Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Familia’

En seguida Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. [Saliendo] Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

De madrugada, muy de noche todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; y allí rezaba.

[A media mañana] Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: – «Todos te andan buscando.»

El les respondió: – «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar porque para eso he salido (del Padre).»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

Marcos, que nos muestra la actividad febril de un día en la vida de Jesús, nos dice que ” De madrugada, muy de noche todavía, se levantó, salió y fue a un lugar desierto. Y allí rezaba.

“Proseuchomai” -rezar- significa “intercambiar deseos”. Entre la riqueza infinita del cuadro que nos pinta Marcos, como siempre, me quedé con ese sentimiento. Jesús se iba un rato -largo- a intercambiar deseos con el Padre.

Lo hacía todo el tiempo, como hacemos todos, aunque a veces no nos demos cuenta o el intercambio quede medio atorado.

Qué lindo que es poder charlar con una persona amiga. Los deseos fluyen, con un poco de apuro y desorden quizás, pero solitos se ordenan y el intercambio se establece. Charlar entre amigos es intercambiar deseos. Uno discierne intuitivamente, entre el mar de cosas que quiere compartir, lo que más desea y pesca lo que el otro le quiere decir. A veces hay charlas largas como una cena con sobremesa, en las que algo importante que llena el corazón -de alegría o de angustia- se comparte a fondo, tocando todos los registros, hasta que las dos personas sienten que han dicho todo y que han recibido todo lo del otro. Otras veces no hay tiempo para remansarse y entonces se pasa la información más gruesa, de manera que uno sepa que el otro sabe lo que se quiere compartir. Con peso y consecuencias, con los matices de cada detalle. Intercambiar deseos.

Acaso no son eso las largas charlas entre una madre y su bebé. Balbuceos, manos y manitas, miradas, sonrisas, caricias y gestos de amor: oración -intercambio de deseos-. Tan fuerte es el intercambio que de ahí se despierta en el bebé el deseo de hablar, que de tan fuerte se convierte después en toda la literatura, toda la prensa, todas los chats, los tweets y los WhatsApp, pero que en el fondo fondo es deseo de “intercambio de deseos”, es deseo de rezar.

Vendría a querer decir todo esto que rezar no es difícil, si uno le da tiempo a los amigos, si uno reza dejándose llevar como cuando de niño pequeño le contaba sus aventuras, en la mesa, a sus papás.

La oración de Jesús es una oración totalmente expuesta. Estaba tan a la vista que un día (no este, porque Simón y los otros estaban apurados porque toda la gente andaba buscando al Maestro y ellos sentían que estaban llenos de actividad. Y Jesús se ve que también porque les dice: “Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí yo pueda predicar porque para eso he salido”), estaba tan a la vista lo que le sucedía a Jesús en la oración -que literalmente se transfiguraba- que le pidieron: enséñanos a rezar”. Y Él les enseñó a intercambiar deseos con el Padre. O más bien, les dio ese “odre nuevo” que es el Padrenuestro, capaz de contener todos los deseos que, después, uno tiene que decir y beber a sorbos, gustando cada “padre nuestro” y cada “que estás en los cielos” como se gusta el pan “cada día” y se perdona cada deuda y se pide ayuda en cada tentación…

Digo que la oración de Jesús está expuesta en su vida, porque en lo que hizo aquel día, por ejemplo, se transparentan -cristalinos- sus deseos. Inmediatamente, dice Marcos y repite la palabra varias veces, Jesús interactúa con su pueblo. Sale de la sinagoga y va la casa de Simón y ahí nomás le presentan lo más urgente, la suegra que tiene fiebre, y el Señor la toma de la mano y la levanta. Los deseos son como los pájaros que vuelan en bandadas, siempre hay uno guía que quizás no se lo pueda distinguir de los otros pero se adivina en el movimiento de conjunto, en la dirección y en los cambios al unísono. Jesús despierta los deseos guías, los deseos de fondo, intercambia con los hombres a partir de nuestros deseos principales. Por eso es Maestro de oración. Y lo que enseña no es una técnica sino a vivir. Porque vivir es desear. Si uno aprende a mirar todos pueden ver el deseo que late en cada cosa y que imanta y despliega todo lo que es estructura exterior. Un joven jesuita peruano, en el encuentro que tuvieron los jesuitas con Francisco en Lima, le pedía una palabra de aliento al Papa porque -le decía- “cada vez somos menos y tenemos muchas instituciones para llevar adelante”. El Papa le tomó la palabra y le pidió permiso para hacerle una corrección: dijiste instituciones y lo que tenemos son muchas “obras”, que quizás nacieron como instituciones, pero por algún motivo a lo largo del tiempo, dejaron de serlo. Y le definió así lo que es una institución: “algo que convoca, que atrae, que da respuestas a los problemas actuales, que da fuerza y consolación”.

A mí la imagen que me viene es la de haber entrado el domingo pasado, a la nochecita, en dos grandes iglesias de Roma en las que se estaba celebrando misa, y verlas desproporcionadamente grandes y vacías. Los jóvenes que participaban de la misa, en un gesto de rezar el padrenuestro tomándose de las manos, le dieron algo de calor. Pero la impresión era de demasiada estructura sobre una llamita pequeña, que necesitaba más bien otro ámbito para “intercambiar deseos con el Padre y entre sí”. Cuando el intercambio de deseos se consolida nace una institución, pero si por eficiencia los caminos de los deseos se vuelven rutina y comodidad y la institución se puebla de burócratas, pronto queda solo una cáscara, un museo, una oficina…

La institución es oración y la oración es institución cuando ambas son “intercambio de deseos”. Intercambio que se hace con palabras, con miradas, con gestos, con procedimientos y trabajo. Pero siempre cuidando que lo que se intercambia sea el deseo, la atracción al bien, eso que se llama amor.

Jesús salió del Padre para enseñarnos este intercambio que llevamos dentro, como su sello y que es distintivo de un ser espiritual. Las estrellas y los planetas intercambian energía y materia, las plantas intercambian sales con la tierra y colores con la luz, los animales intercambian su semen y se reproducen, los seres humanos, además de todo, intercambiamos sueños. E intercambiarlos con precisión, alegría y constancia, como quien distribuye colores en un cuadro, melodías en una canción, palabras y rimas en una poesía, condimentos en una comida, pases en un juego y tareas en una organización, eso es “hacer oración”.

A enseñarnos a rezar salió Jesús del Padre y vino a nosotros. Su predicación no son exhortaciones morales que estandarizan el movimiento del deseo para que sea ordenado al fin. Eso es consecuencia natural y segunda de la exhortación de fondo que consiste en avivar el deseo, en encenderlo y hacer experimentar el gozo de compartirlo: por eso la alegría del evangelio enciende la alegría del amor, esa que se contiene en el odre nuevo y vivo del modelo de toda institución: la familia. En la familia, el intercambio de deseos es la actividad principal. Por eso, cuando una mamá o un padre me dicen que quisieran rezar más, pero que no tienen tiempo para rezar, siempre les digo que no es así, que están pensando mal, que en realidad están rezando todo el tiempo, sólo que no se dan cuenta.  Y les hago ver que ese “deseo” de rezar más que interpretan como que están rezando poco, es clara señal de otra cosa: de que el Espíritu que es el que “gime” y desea en nuestro interior, está golpeando la puerta de su corazón, pero no para entrar sino para que lo dejan salir, como dice el Papa dando vuelta la imagen del Apocalipsis del “Estoy a la puerta y llamo”. Rezar no es incorporar ideas ni sentimientos. Rezar es intercambiar deseos. Y cada uno intercambia lo que tiene y de lo que tiene y puede, como dice la Contemplación para crecer en el amor.

Lo mismo cuando un cura o una religiosa dice que no está rezando bien, que dedica mucho tiempo al trabajo o que pierde el tiempo y que no reza. No es así. El problema no es que no rece, porque eso sería como no respirar, no comer o no mirar. El problema está en que no intercambia deseos con el Señor. Porque sus deseos le parecen mezquinos o el papel con que los envuelve es demasiado ideal o tiene los deseos dispersos y centrados en sí mismo. El punto es que “deseos tenemos todos” y todo el tiempo. Basta intercambiarlos, que el Espíritu siempre nos hace ganar en el cambio. Al revés que en las casas de dinero, donde siempre, en el momento en que cambiás dólares, algo perdés, el Espíritu, hasta cuando lo que intercambiás son pecados en una buena confesión, siempre te hace ganar. Y mucho.

Con la oración sucede como con el dinero: como decía don Zatti: “el dinero, lo importante es que circule”. Y ponía ese cartel sobre la alcancía que decía: “si necesita, saque, si tiene, ponga”.

Así que, de mañanita -y en cualquier momento en que nos vengan ganas- a intercambiar deseos con el Padre y con Jesús, con la ayuda del Espíritu que es “El Deseo mismo de intercambiar”. Y si uno tiene para dar, ponga. Y si necesita, saque. Y vuelva a sacar, que por mucho que sea, si hay algo que no se agota es la Misericordia del Señor.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué le parece?:

Un hombre tenía dos hijos.

Acercándose al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.

Él le respondió: No quiero, pero después, arrepentido, fue.

Acercándose al otro le dijo lo mismo.

Este le respondió: Yo iré, señor, pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?

El primero –respondieron.

Les dijo Jesús:  En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; y ustedes, ni viendo esto se han convertido de modo de creer en él (Mt 21,28-32).

 

Contemplación

Comienzo con algunas palabras que me llaman más la atención y desde ellas paso al contexto del ejemplo que propone Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que le están cuestionando su autoridad.

En la frase: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”, me resuena la palabra “trabajar”.

El trabajo es lo que hay que hacer y esa es “la voluntad del padre”.

La frase está puesta por el Señor en un contexto de relaciones familiares. Lo vemos en el hecho de que las expresiones “hijo” y “la viña” nos hablan de familia, de un padre que distribuye los encargos de la casa.

No es este el caso del que sale a contratar gente por el día o por una temporada y luego les paga. Aquí se trata de un padre que, ese día –hoy-, se acerca primero al hijo mayor para pedirle que vaya a trabajar en la viña familiar y, como este le dice “no quiero” –cosa que suelen decir los hijos cuando en un primer momento no dan importancia a lo que les pide el padre-, el padre va y le pide lo mismo al segundo.

Hago aquí un paréntesis para recordar ese pasaje tan hermoso de Amoris Laetitia (que el papa recomienda que leamos entera, de comienzo a fin) en el que se muestra cómo “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva (…), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero” (AL 8). Amoris Laetitia nos hace notar cómo Jesús elegía ejemplos de la vida familiar, y cita este de “los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (Mt 21, 28…). Son ejemplos que muestran que “La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje, también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (AL 22).

Volvemos a nuestra escena. Si el padre pide una mano es porque necesita que ese día vaya uno a la viña. Se ve en el detalle de que no obliga al primero, sino que, cuando le dice “no quiero”, va y le pide al segundo. Se ve que necesitaba uno ese día. Quizás le había faltado un empleado… La cuestión es que me parece que de lo que trata el ejemplo es del trabajo que hay que hacer y de quién es el que efectivamente lo hace. Por eso el marco de lo que pasa en una relación familiar cotidiana. Es totalmente distinto al de la parábola de los obreros de la última hora. Allí el Señor quería hablar de la bondad, gratuidad y libertad soberana del Padre. Por eso eligió un ejemplo en el que se sobrepasa la justicia con la trampita que hace el dueño de la viña al pagar a los últimos igual que a los primeros. El ejemplo es “picante”. En términos humanos es una “injusticia”, y eso mueve los corazones y hace saltar al que tenía un ojo envidioso, al que miraba “lo que le tocaba a él” y no “la bondad del que lo había contratado a trabajar en su viña”. Aquí, en cambio, el ejemplo apunta a “la voluntad del Padre”. Y Jesús la sitúa en el terreno objetivo. La pregunta que les hace a los sumos sacerdotes y ancianos es bien concreta. “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?”.

Para comprender tenemos que retroceder al pasaje precedente.

Jesús estaba enseñando en el Templo.

El día anterior había expulsado a los vendedores y compradores del Templo (Mateo señala que echó a todos “los que vendían y compraban”, no solo a los que vendían).

Las autoridades van a cuestionarle: “¿Con qué autoridad haces esto?”

El Señor, por un lado, no les responde directamente, como quieren ellos.

(Se ve que esto de pretender que el Señor o los suyos “están obligados a responder” no es nuevo, sino que viene de lejos. Digo que no es cuestión de ahora, de 4 cardenales o de 42 teólogos o de gente que junta firmas en change.org y que el papa estaría obligado a responderles en los términos que ellos pretenden).

Como vienen con mal espíritu, el Señor les plantea el dilema de que se definan acerca de Juan Bautista. Y ellos, como calcularon que no les convenía definirse, le dijeron: “No sabemos”.

Jesús les replicó: entonces, “tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto”. Pero luego les cuenta el cuento -ellos querían definiciones y él les cuenta cuentos… (Je!)- del padre y los dos hijos, el que le dice no, pero luego va a trabajar y el que le dice que sí, pero luego no va a trabajar. En la parábola siguiente –la de los viñadores homicidas- el Señor insistirá en el tema de los frutos.

La cuestión, por tanto, son las obras, quién es el que hace; no las palabras ni las definiciones. En las palabras, los “no” a veces terminan siendo “sí”. Y muchos “sí” después son “no”… o “ni”. El trabajo realizado, en cambio, es concreto. Y lo concreto se puede resignificar.

Si uno realizó una obra de misericordia por el motivo que sea, ese motivo podrá corregirse y mejorarse, podrá pasar de ser un motivo meramente humanitario –incluso con algo de egoísmo, como una limosna que se da para sacarse a alguien de encima- a ser por amor de Dios. Pero la intención se puede corregir si la obra se hizo. Y la obra, el trabajo del que habla el Señor, el que le “agrada al Padre”, tiene dos grandes objetos, o mejor dos grandes sujetos: el prójimo y Jesús. Con respecto al prójimo, las obras que el Padre quiere que “hagamos” (no importa si a veces vamos un poco diciendo “no quiero”) son las obras de misericordia. Con respecto a su Hijo amado y predilecto, las obras son “que lo escuchemos” y que “creamos en Él”: “La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29).

La relación que establece el Señor es: “Voluntad del Padre”-“Obras de Jesús”-“Confianza y fe en su autoridad”-“Obras nuestras”.

Y remacha el ejemplo con la afirmación de que “los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

Podemos imaginar la cara de los sumos sacerdotes y ancianos.

Le habían cuestionado la autoridad a Jesús y él los compara con publicanos y rameras y les dice que “se apuren” porque al Reino de Dios se entra y hay que caminar en medio de la gente que va hacia él. El reino no es ese Templo en torno al cual ellos han organizado sus negocios.

No podemos dejar de notar que, si bien a estas personas con autoridad teológica les molestaba que Jesús curara a la gente en sábado o que predicara, no saltaban así nomás. En cambio, acá, cuando tocó el negocio de los puestos, de los cuales ellos cobraban su buena parte, ahí fueron con todo.

Y así salieron.

El Señor les dice que los publicanos y rameras “creyeron en Juan Bautista”. Y que ellos, aunque reconocían que era un hombre justo, no se arrepintieron para luego creer en él.

La secuencia de “arrepentirse-creer” se supone en los pecadores. En cambio en los sumos sacerdotes y ancianos se explicita.

Con esto, el Señor está haciendo una afirmación fuerte: los que creen en Jesús es que ya se arrepintieron. Es lo mismo que le hace ver al fariseo que lo invitó a comer cuando le hace ver que si la mujer pecadora muestra mucho amor es porque se le ha perdonado mucho.

En el amor y la fe a Jesús, mostrada en obras, el Señor ve arrepentimiento oculto, dolor de corazón por los pecados.

En la vida cotidiana, en la familia, es así. Al hijo que dice que no y protesta, pero luego hace las cosas, el arrepentimiento se ve en el gesto. No hacen falta declaraciones formales.

El Reino de Dios no está asegurado a los que dicen un “sí” formal ni está cerrado para los que dicen “no quiero”. El Reino de Dios es para los que hacen, arrepintiéndose y poniendo manos a la obra cada día, la voluntad del Padre, para los que creen en Jesús y sirven con obras de misericordia al prójimo. Y en esto del “hacer” a mí me gusta estar atento y descubrir y valorar todo lo que pueda a toda esa gente que se me adelanta. Escribir las historias de los que se me adelantan es la consolación más grande. Hasta me hace agradecer mi poca cosa y mi renguera que me hace ir detrás, porque así los veo. Si fuera adelante no los vería…

Siempre que rebusco alguno de los miles de ejemplos que guardo y que pesco cada día –de gente que se me adelanta en esto de “hacer cosas que le agradan al padre”- aparece Antonito. Ayer me mandó un montón de fotos por Whatsapp (me lo pidió el último día en Argentina en que pasó a verme por el Hogar, porque cuando yo había ido a la Verdulería de Caputo donde trabaja él no estaba). Son fotos de unas familias con montones de chicos a los que él ayuda. Les llevó zapatillas “Tridy” y “Running” y agradecía por una ayudita que le di para esos chicos a los que él ayuda. Y decía el Whatsapp: “Esta es su hinchada q lo quiere y le agradece tda su ayuda q yo tantas veses lo molesté pero bien y cntento xq la ayuda siempre llegó”. Ese “siempre llegó” fue lo que más me llegó.

(Antonio Hualpa –Antoñito-, para el común de la gente es el empleado de Caputo, el que lleva las verduras y frutas en un carro grande, por las calles vecinas al Spinetto. Es el que siempre que me ve, se para a pedir la bendición. Lo que muchos no saben es que tiene esa Obra que él lleva en particular – una de esas en las que “la ayuda siempre llega”- pero que a los ojos de Dios debe ser tanto o más grande que El Hogar de San José, por decir).

Diego Fares sj

Read Full Post »

Las cosas del Padre son “cosas de familia”

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría,
y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no se enteraron de ello.
Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 40-52).

Contemplación
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?» Así responde Jesús preadolescente a la pregunta de su Madre. José con la mirada y María con palabras le reprochaban: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? No ves la angustia con que tu padre y yo te andábamos buscando».
Jesús parece dejar de lado lo de la angustia para centrarles el corazón en lo de la búsqueda. Les retruca, “por qué me buscaban”, haciéndoles ver no solo para atrás sino también para adelante: “Dense cuenta que yo tengo que estar, sí o sí, siempre, en las cosas de mi Padre.

El diálogo es típico. Los hijos responden con un “obvio que estaba en tal lado” a los reproches angustiados de sus padres cuando no los encuentran. En Jesús, este “obvio” adolescente son “las cosas del Padre”.

Un adolescente “tiene que estar con sus amigos”. Ese “tengo qué” es tan fuerte que les hace saltar a veces todos los códigos. Es el impulso a crecer, a independizarse, a encontrar su propia identidad. Por supuesto que nuestros jóvenes no siempre terminan “en el templo” o “en las cosas de Dios”. Los que lucran con todo lo humano saben de este impulso irresistible y fabrican para los jóvenes todo tipo de “templos” y todo tipo de sustitutos para saciar artificialmente este deseo hondo del corazón humano cuando apenas despierta. Nos austa este impulso porque el riesgo es grande, pero sin ese impulso nadie saldría del resguardo de la vida familiar. El impulso a “salir” para “estar allí donde se plenifica nuestro ser” es el impulso más fuerte de la vida. Y Jesús vive este comienzo de la adolescencia con una radicalidad plena.

Hago aquí un paréntesis para que nos admiremos: es increíble el evangelio! Cómo nos hace entrar en una escena cotidiana y las palabras comunes que utilizamos todos los días adquieren una apertura a lo profundo y una transparencia tal que se vuelven inagotables. Si alguien nos cuenta una situación familiar similar a esta, enseguida uno ve dos límites: lo que es típico de los problemas con adolescentes y lo que es especial de esa familia. La escena del evangelio, en cambio, asume lo típico y lo original de cada uno y, vivido por Jesús, todo adquiere un sentido pleno.
Las angustias de todos los papás, por ejemplo, pueden encontrar en María y José un lugar seguro donde descargarse. Con ellos podemos decirle a Jesús “Por qué nos hacés esto”, cuando no entendemos lo que nos hacen nuestros hijos. Y encontrándolo a Él, junto con Él, podemos sentir que está con nosotros “en las cosas del Padre”, buscando a los que se pierden, sanando a los enfermos, perdonando a los pecadores, evangelizando a los pobres…
Con María y José encontramos a Jesús y con Jesús “sujeto a nosotros” nos metemos a buscar a los demás. En la vocación de Jesús todos podemos encontrar nuestra propia vocación.

Lucas nos narra cómo un Jesús preadolescente actúa y formula su vocación: estar con el Padre. La actúa obedeciendo a ese “llamado” que se le despierta en esta visita al Templo, con una obediencia que no mira a nada ni a nadie. Jesús siente que tiene que estar en las cosas del Padre y al pasar por algún aula donde los maestros están discutiendo acerca de algún punto de la ley, se mete y se queda allí. Y luego se pone a conversar con ellos, con tal intensidad que nadie se pregunta cómo es que este jovencito no se vuelve a su casa… Las preguntas y respuestas los envuelven a todos de manera tal que cuando sus padres lo ven –a los tres días-, Jesús está sentado en medio de los doctores y maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Algo especial pasó en esos dos días para que el jovencito que entró al aula discretamente haya terminado en el centro de la sala con todos a su alrededor.
Martini se pregunta por qué será que Jesús eligió del Templo las aulas de estudio y no el lugar de los sacrificios y de la oración. Y responde que en las aulas “el tema central era el de la interpretación de la voluntad de Dios”. Eso debe haber atraído como un imán su corazón de Hijo. “Se hablaba de la voluntad de su Padre, de aquella voluntad de la que Él, como Hijo, tenía una inteligencia profunda, ese conocimiento habitual que se llama Sabiduría”.

Hay un momento en el que uno descubre lo que más desea en esta vida. El descubrimiento consiste en que se vuelve reflejo algo que se vivía como normal y uno siente una invitación a apropiarse líbremente de ese deseo. Uno siente “tengo que ser esto dado que es lo que más amo”. Algo así debe haber sentido Jesús al escuchar hablar de “la voluntad de su Padre”. “Tengo que estar aquí, metido en esta discusión, porque están hablando de algo que Yo conozco con transparente claridad y se ve que estos maestros no terminan de ver”. Es más, quizás fue alguna interpretación desacertada lo que motivó que Jesús se metiera. Como cuando leía las mentes de los escribas y fariseos y se daba cuenta que estaban interpretando mal lo que él hacía bien. Jesús, tan discreto, en esto no se aguantaba y hacía público lo que los otros malinterpretaban de su manera de ver las cosas con los ojos del Padre. Algo así debe haberle pasado por primera vez a Jesús al escuchar las discusiones de los doctores de la ley. Quizás el shock provino de haber estado siempre con José y María, quienes le responderían muy normalmente a sus preguntas siempre según Dios. En cambio en el Templo le debe haber pasado como le pasa a nuestros chicos cuando escuchan criterios raros en la escuela o en los medios yeso les produce un shock que los lleva a reflexionar por sí mismos.

De toda la riqueza de este pasaje, en la fiesta de la Sagrada Familia, me quedo con este punto, el de estar en las cosas del Padre. Hago algunas afirmaciones y las dejo para meditar.
Para poder responder por sí mismo, libre y concientemente, a ese “tengo que” estar en las cosas de mi Padre, Jesús necesitó primero los doce años de ir con sus padres al Templo, al comienzo en brazos, como nos narra el misterio de la Presentación, y luego de la mano de José y María.
Para poder sentir la disonancia de las interpretaciones de los doctores de la ley, de manera tal que pudiera por sí mismo, con sus propias palabras, ponerse a dialogar con ellos, Jesús necesitó de la catequesis de sus papás y maestros, que lo formaron en la verdad y el bien y en la belleza de dar culto a Dios. Si no las discusiones lo hubieran “aburrido” o le hubieran “lavado la cabeza” tal como sucede a muchos jóvenes cuya fe no bien formada, al chocar con los criterios del mundo hace que el volverse reflexivos y autoconcientes los lleva a la confusión mental y hacer suyos los criterios más disparatados.
Para haberse quedado lo más pancho dando clase a los doctores, Jesús preadolescente tuvo que haber estado seguro de que contaba con unos papás que lo buscaban. Por algo volvió en su compañía y siguió viviendo sujeto a ellos. Más allá de la “incomprensión” –que es también generacional -,Jesús cuenta con la cercanía y la presencia de sus padres. Hoy que los valores se han licuado, los niños y jóvenes necesitan que alguien esté a su lado para dialogar cada vez que se produce un cortocircuito de criterios o un valor es asesinado públicamente sin que a nadie se le mueva un pelo.

En las interpretaciones de este pasaje el haberse quedado Jesús en el Templo suele verse como opuesto al quedarse en la familia. Pero Jesús no dice “por qué no me buscaron en el Templo” sino que se asombra de que lo buscaran. Como si sintiera que Él nunca se les fue ni se les perdió.
“Estar en las cosas del Padre” es lo habitual en él. De hecho se encarnó sin dejar de “estar en el seno del Padre”. Por eso me parece que la enseñanza es más honda. Les hace ver a José y a María que “estar en las cosas del Padre” es algo dinámico:
que se amplía a veces hasta extenderse al Templo (y a todo el mundo) y se concentra por momentos a un único lugar, allí donde alguien necesita la misericordia del Padre.
Estar en las cosas del Padre tiene también sus tiempos. Y ellos (y nosotros) debemos notar cuándo Jesús se “tiene que quedar más tiempo” en un lugar, o porque está en juego la “interpretación de las cosas del Padre” o porque un gesto de la misericordia del Padre requiere más tiempo para ser recibido y para dar fruto.
Por eso Jesús “rechaza” el reproche de la angustia que les sobrevino al tener que buscarlo. Debían saber (debemos saber de ahora en adelante) dónde es que él está. Siempre, en todo momento.
El tiempo que nos lleva acercarnos será el mismo que nos llevó alejarnos o el que requiere que de fruto lo que en su nombre sembramos. Pero no es que no se sepa dónde está Jesús.
El tiempo que nos lleva ser iluminados por este criterio absoluto, claro y cierto, tiene que ver con el tiempo que nos pasamos sin rezar, incorporando inconcientemente esos otros criterios, complicados y retorcidos –esas falacias, diría Ignacio- que los hombres inventamos para justificar nuestro egoísmo.
Hoy Jesús sigue estando en las cosas del Padre, que siempre son cosas de familia.
Jesús está allí donde una familia está dialogando con sus pequeñitos de manera que nada ni nadie impida “que se acerquen a Dios”.
Jesús está allí donde uno de la familia cierra la puerta de su cuarto y reza en lo secreto, adorando al Padre en espíritu y en verdad.
Jesús está allí donde uno de la familia da limosna en lo secreto y suple con cariño lo que otro no hizo.
Jesús está allí donde alguien de la familia padece amando y hace un sacrificio en lo secreto por los demás.
Jesús está allí donde uno de la familia salió a buscar a otro que andaba perdido.
Jesús está allí donde uno de la familia está cuidando a uno enfermito…
Jesús está allí donde hay obras que son como una extensión de este espíritu de familia que le agrada al Padre, porque las cosas del Padre son cosas de familia.

Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: