Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Fabro’

(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

Read Full Post »

“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: