Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Evangelio’

 

(En aquel tiempo decía Jesús a la gente… Si alguno tiene oídos para oír, que oiga!)    Así es el reino de Dios: como con un hombre que echa semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí sola: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y cuando se da el fruto, con prontitud mete la hoz porque ha llegado la cosecha.

Decía también: ¿A qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el reino sucede como con un grano de mostaza que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que cualquier semilla, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de entender  y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo cuando estaban entre ellos  (Mc 4, 26-33).

Contemplación

El reino de los cielos es un misterio. El misterio de cómo está presente Dios -el Padre, Jesús, el Espíritu Santo- en medio de nosotros, cómo es que actúa en la vida de la gente, cómo inicia, como se desarrolla, en qué estructuras, cuáles son sus frutos que podemos aprovechar, cómo tenemos que comunicarlo a las próximas generaciones…

Cuando nos preguntamos dónde está Dios, cómo es que actúa, qué quiere que hagamos como ciudadanos de su reino, en medio de una situación como la que estamos viviendo en torno a la despenalización del aborto, la respuesta hay que rezarla contemplando las parábolas del reino.

Más que tomar “frases sueltas” del evangelio o de la doctrina de la Iglesia, puede ayudar un rato de oración. Una oración de pobres, de gente común del pueblo de Dios que necesitamos que Jesús mismo nos hable y nos predique alguna palabra nueva, entre tanta cosa que hemos escuchado y dicho. Necesitamos una oración de pobres discípulos que no entienden y desean una explicación como esas que Jesús les daba “cuando estaban entre ellos”. Es decir: necesitamos escuchar a Jesús no “por la calle”, sino dándonos un tiempo especial.

Y las parábolas contienen dentro de sí -en su dinámica- un tiempo especial. Abren la mente con sus juegos de imágenes. Como esta sobre el hombre que siembra y cosecha, que no sabe cómo se da el proceso de crecimiento de la semilla, pero sí puede discernir claramente cuándo sembrar y cuándo cosechar porque “se ha dado” el fruto (se ofrece el fruto, dice el griego). Y la otra, que tiene sentido en sí misma pero también juega dialécticamente con su hermana gemela, esta parábola en la que el reino se compara no con la acción de un labrador sino con un tipo de semilla -el granito de mostaza, que condimenta las comidas-, un granito pequeño que llega a ser un arbusto grande y no solo sirve por sus frutos sino que trasciende: sirve para que los pajaritos hagan nido a la sombra de sus ramas. Hermosa imagen del reino que es algo más que “frutos” y no solo sirve al reino humano sino también al reino animal.

Jesús está hablando en un discurso más amplio y nos advierte que paremos la oreja, que el que tenga oídos para oír, que oiga. Es una invitación de esas que son perennes, para toda época que no se haya vuelto tan autorreferencial que no quiera ya usar sus oídos para oír (al otro) porque sólo se escucha a sí misma (para eso no hacen falta oídos!).

Las parábolas son como una vasija que contiene un tiempo especial. Como toda obra de arte, crean su propio tiempo. Una obra de arte -un cuadro, una música, una Iglesia…- sin que nos demos cuenta, por atracción, nos hacen entrar en su propio tiempo, deteniéndonos en un detalle, impulsándonos a ir a ver o a escuchar otro y luego haciéndonos sentir la necesidad de volver atrás… Las parábolas, en cuanto obras de arte narrativas de Jesús, le regalan este tiempo de contemplación al que quiere entrar en su lectura, meditación y contemplación. Nos regalan este tiempo como el fruto que “se ofrece” en la primera parábola. Nos regalan este tiempo de gracia como las ramas del arbusto de mostaza, para que hagamos nido y pongamos huevo en vez de andar solo revoloteando por la historia.

Cómo actúa Dios en nuestra historia? Jesús usa una imagen de su época aprovechando que entonces no se sabía mucho acerca del proceso de crecimiento de las plantas pero sí se sabía muy bien cuándo sembrar y cuándo cosechar. Hoy en día esto ha cambiado. Y yo diría que está cambiando radicalmente. No sólo se trata de que ahora sabemos mucho (nunca todo, en esto la ciencia actual es más humilde que el saber común) acerca de cómo crece una planta. No sabemos todo pero sabemos mucho, tanto que podemos modificar genéticamente los cultivos. Sabemos! aunque algunos se hagan los tontos y digan que no se pueden usar estos conocimientos a la hora de hacer una ley que afecta a una vida en gestación. Esto es “religioso” -dicen- y hay que ponerlo entre paréntesis a la hora de legislar “para todos”. El problema es que, entre paréntesis, se pueden poner las palabras, no la realidad. Las creencias absolutas permean las prácticas más cotidianas. Además, hay que reconocer el menos que el concepto de “derecho absoluto de una persona a decidir libremente” es una conquista del pensamiento cristiano. No lo tenían los griegos ni los romanos, ni se respeta de igual modo en la actualidad en países de otras religiones o sistemas políticos.

Decía que la imagen que usa el Señor ha cambiado no en el sentido de algo que evoluciona sino que ha mutado: ahora conocemos todo de los procesos biológicos y hemos perdido el conocimiento de nuestro modo de interactuar positivamente con la vida en el planeta: ya no sabemos cuándo sembrar y cuándo cosechar. Sembramos mal, llenando el país de soja, por ejemplo, sin rotar los sembrados; quemamos bosques… Estamos viviendo en una anti-parábola: en una mentalidad que privilegia el funcionamiento y se desentiende de los fines.

Y creo que la parábola tiene más actualidad aún. Podríamos cambiarla, con todo respeto, en la parte que habla de que la semilla crece sola y decir que ahora el hombre sabe cómo crece y la tierra no da fruto “automáticamente” (esa era la palabra griega) sino que el hombre la hace dar el fruto transgénico que quiere. El punto del Señor sigue siendo el mismo: lo que interesa para conocer su reino es compararlo no con el saber tecnológico que puede tener o no tener el hombre, sino con su saber “humano”: cuando sembrar y cuándo cosechar. Esto es lo que el Papa llama “discernimiento” y afirma que “se disciernen las situaciones”: cuando sembrar y cuándo cosechar (y esto conlleva el “cuándo hay que interrumpir un proceso y cuándo no se puede).

El fruto que saco yo de esta parábola es que “hay que sembrar de nuevo”.

La parábola, aunque no lo dice, supone que el reino es algo que se siembra y se cosecha y esto es algo que hay que hacer cada año o cada ciclo de cultivo. No solo hay que sembrar de nuevo cada ciclo sino que hay que rotar los cultivos. Y el evangelio no solo tiene potencia de crecimiento inusitada que se renueva en cada siembra sino también multitud de semillas, muchas de las cuales no se han sembrado en la misma cantidad que otras.

Cada cultura y cada época es como una tierra nueva y apta para distintos tipos de semilla. Lo bueno de las semillas evangélicas es que, en cada una, diferente a las demás, está Cristo entero, así como en cada espiritualidad y en cada carisma está el Espíritu entero, Único en las diferencias.

Creo que ahora, en nuestra patria, pero no solo, hay que sembrar de nuevo. Porque los frutos que dieron otras siembras, cuando los ofrecemos a las nuevas generaciones, les saben a frisados y enlatados. Y esto no es culpa del evangelio sino nuestra, por no sembrar cada año con la misma pasión y dedicación que sembraron nuestros mayores y ofrecer a los jóvenes frutos en conserva.

Ha cambiado el terreno, ha cambiado la mentalidad y la cultura y hay que sembrar de nuevo, para que los frutos de la nueva cosecha tengan el gusto de la nueva tierra. Si no, no serán aceptados.

Y esto de sembrar de nuevo no es ninguna amenaza a la doctrina ni significa ningún fracaso. En todo caso es un fracaso haber perdido tiempo y seguir atrasando la nueva siembra con la excusa de que los frutos conservados son comestibles. Lo cual es tan cierto como que celebrar una misa en latín vale tanto como celebrarla en lengua vernácula. El punto es que la misa es para que la generación de las hijas (y de los hijos), que recién han salido del catecismo, le sigan tomando el gusto a Jesús y se encienda en sus corazones puros el deseo de recibir al Espíritu, que es el único que les dará alegría duradera y astucia para interactuar con este mundo que los seduce y luego los descarta con suma facilidad.

En Amoris Laetitia, el Papa dice a los padres: “Las preguntas que hago a los padres son: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente (existencialmente) en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo? Los padres -dice- siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Ya que esta función educativa de las familias es tan importante y se ha vuelto muy compleja, quiero detenerme especialmente en este punto: la familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos” (Cfr AL 259-262).

Cuáles son las semillas que el Papa nos pide que sembremos en esta época. El insiste una y otra vez en sembrar las semillas de las bienaventuranzas y, entre ellas, de modo particular todas las semillas de la misericordia, que se concreta en una semilla para cada obra de las que enseña Mt 25 -las obras de misericordia que hacen a nuestra carne con hambre, sed, enferma, presa, sin hogar, sin vestido.

También insiste en las obras de misericordia espirituales, entre las que se destaca la semilla del discernimiento. Esta semilla se siembra de manera especial con las parábolas, cuya estructura nos hace pensar por nosotros mismos, nos invita juzgar entre situaciones contrapuestas.

Esto es urgente en nuestra época en la que las ideas abstractas son una especie de “ídolos transparentes”. El ídolo transparente es un ídolo que no te hace adorarlo a él como objeto, sino que te permite ver la realidad pero con un “filtro” que la distorsiona imperceptiblemente para una parcialidad. Es difícil darse cuenta porque es muy transparente y se aloja en el nacimiento mismo de la visión.

Un ejemplo (de mi predicador de Ejercicios que me ayudó a descubrir un ídolo transparente mío) Cuándo Dios le dice al profeta Samuel que tiene que dejar de llorar por Saúl y elegir otro Rey para Israel, Samuel mira a los hijos de Isaí y se fija en el más fuerte. Ese era su “ídolo transparente” para “ver a un Rey elegido por Dios”. Pero Dios no se fija en las apariencias sino en el corazón y le señala a David.

Así cada uno debe revisar su “ídolo transparente” -pidiendo ayuda al Espíritu para que se le caigan las escamas de los ojos, como a los discípulos de Emaús) y las parábolas ayudan a salir de una visión “autorreferncial” al hacernos entrar en una dinámica distinta. Una dinámica que nos obliga a salir de nosotros mismos, a enfrentarnos a un misterio a la vez claro (porque en la parábola están todos los elementos sobre la mesa) e inagotable (la interacción de las parábolas entre sí y con la realidad de cada persona las hacen inagotables).

Una fe que se purifica los ojos de estos ídolos transparentes es como un granito de mostaza que, en su pequeñez, contiene todo el evangelio, y puede extender ramas para que hagan nido los pajaritos del cielo a su sombra.

Diego Fares sj

 

 

Read Full Post »

 

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,

también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,

sino para que el mundo se salve por Él.

El que cree en Él, no es condenado;

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,

y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,

por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,

para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»  (Juan 3, 14-21).

 

Contemplación

Jesús le habla a Nicodemo de “practicar la verdad”. Qué significa “practicar la verdad”?.

Cuando tenemos la gracia de que el Espíritu Santo nos de a conocer una verdad, sobre Jesús, sobre nuestro corazón o sobre algo que mejora nuestra relación con el prójimo, tenemos que poner en práctica esa verdad inmediatamente, con la prontitud de los que recibieron sus talentos y los pusieron a trabajar, con la decisión del que encontró la perla fina y vendió todo para comprarla.

Solo en la tierra buena de “ponerla en juego” puede hacer el Espíritu que una verdad crezca y de frutos. Si se queda en el terreno abstracto de nuestra mente, junto con todas las ideas de todo tipo que nos dan vueltas en la cabeza, a la pobre verdad del evangelio le pasa como a las semillas que cayeron, una en la calle, otra en un pedregal y la tercera entre malezas: la verdad-de-moda, pasa y cambia (el diablo nos fascina con las verdades de moda y nos mantiene como eternos espectadores); la verdad-que-no-hecha-raíz -la verdad no reflexionada-, promete pero no cumple (el diablo nos hace olvidar lo que un día creímos), y a la verdad-que-no-combate, las medio verdades y las verdades políticamente correctas, la sofocan (el mentiroso nos acosa con sus suasiones y falacias, como dicen los Ejercicios).

Hay muchos modos de “poner en práctica” la verdad, pero dos son como los movimientos de las manos: uno el que las junta o las alza para rezar; el otro, el que dinamiza los mil gestos que hacemos para dar y para servir al prójimo.

A nuestra oración le puede ayudar el nombre que los griegos daban a la verdad: “aletheia”, que quiere decir “des-olvidar”. Al hacer oración de contemplación leemos serenamente el evangelio, dejamos que nuestra imaginación se empape con las escenas evangélicas y sentimos cómo “arde” en nuestro corazón la Palabra del Señor. Una experiencia común es que a nuestra mente se le vuelve claro algo que siempre supimos, pero se vuelve claro con una intensidad especial, que hace sentir que es el Señor el que está imprimiendo en nosotros esa claridad, esa evidencia de la verdad. Es como si algo estuviera velado y de golpe se abre el telón.

Y luego se vuelve a velar… Aquí es donde viene el segundo modo de “poner en práctica” la verdad, que es el servicio. Las verdades del Evangelio no son como las verdades matemáticas, que una vez que uno aprendió la tabla del 5 no se la olvida más. Las verdades del Evangelio, se conservan en la memoria activa solo en la medida en que las practicamos. Si no, se van al fondo de nuestro ser, a la espera de un mejor momento.           Aquí puede ayudar el nombre hebreo de la verdad que es “emeth” y significa fidelidad. La verdad que encarnamos en algún servicio concreto (también el breviario y la misa son “servicio sacerdotal” que hace todo el pueblo de Dios con sus ministros), requiere que ese servicio sea fiel, constante. Retomado una y otra vez, volviendo a empezar si nos damos cuenta de que nos olvidamos o flaqueamos.

Ahora bien, en el evangelio hay muchas verdades, infinitas verdades de vida, una para cada persona, para cada situación… Hay frases del evangelio que definieron de una vez para siempre todo un carisma, y legiones de mujeres y hombres practican esa palabra “especial” a lo largo del tiempo.

Al padre Hurtado se le reveló la verdad de que “el pobre es Cristo”. De allí nació el deseo incontenible de hacer de todo para hospedarlo.

A la madre Teresa le bastó sentirle decir al Señor “Tengo sed”, sed de que conozcan mi amor los mas pobres. De esa verdad de lo que siente el Señor nació todo su cariño por aliviar la sed de amor de los pobres.

El cura Brochero y la Mama Antula, experimentaron que los Ejercicios Espirituales ayudan de verdad cuando uno desea servir a Dios y no sabe cómo. De allí nació su entusiasmo para llevar a todos a hacer Ejercicios.

En el evangelio vemos a la gente que se acerca con fe sincera a Jesús, cómo el Señor le revela alguna verdad que queda ligada a esa persona. El evangelio está lleno de estas “verdades-persona”. Verdades no solo puestas en práctica como quien hace un trabajo externo sino verdades encarnadas y vividas de manera personal y que se pueden compartir.

A María se le revela la verdad de que “para Dios nada es imposible” y de allí brota su “Sí” a Dios, para que la Palabra -y todas sus palabras- se hagan carne en ella, la servidora. Se le revela también que Dios mira con bondad su pequeñez y todas las maravillas que hace con sus pequeños en la historia.

A San José se le revela que él tiene que ponerle el Nombre a Jesús y comprende que esa Verdad se custodia con el silencio y el trabajo paterno de toda una vida.

A Simón Pedro se le revela la verdad de que a Jesús le interesa si lo ama como amigo. Y la verdad de esa amistad hace que Pedro acepte todo lo demás: ser pecador perdonado, ser roca sostenida de la mano, ser cabeza abierta al discernimiento del Espíritu…

A Juan Bautista se le revela la verdad de que él tiene que disminuir y Jesús crecer. De allí brota su alegría interior y su aceptación del martirio.

A María Magdalena se le revela la verdad de su nombre -María- que pronunciado por su Maestro le lleva a reconocerlo resucitado y convertirse en anunciadora de la resurrección.

Y junto con estas grandes “verdades-personalizadas”, junto con estas “verdades en las que la misión y el carisma es la persona misma”, está la muchedumbre incontable de los pequeños, que viven y encarnan como un solo pueblo y personalmente “pequeñas verdades” que contienen toda la Revelación (porque el Padre se complace en hacer brillar toda la verdad en pequeñas verdades).

El pueblo fiel, en el evangelio, encarna las grandes verdades: la que dice que hay que acercar a Jesús a los niños para que los bendiga, a los enfermos para que los sane y a los adictos a algún actitud o sustancia demoníaca para que el Señor los libere. Encarna también el pueblo fiel la verdad que dice que hay que “marchar” siguiendo a Jesús, como lo seguían las multitudes; y que hay que “escuchar largamente a Jesús” y “recibir su pan y sus peces“; también encarna el pueblo fiel la verdad que dice que hay que alegrarse de que Jesús obre con autoridad y expresarlo con sonrisas y carteles y comentándolo en familia.     Dentro del pueblo fiel, hay personajes representativos que encarnan los deseos de toda la gente.

Zaqueo encarna esa verdad que dice que “la conversión verdadera llega al bolsillo“: vemos cómo suelta y reparte la plata que antes había amarrocado.

El samaritano leproso encarna la verdad que dice que “la relación con Dios tiene que ser personal y no formal“: vemos cómo deja la formalidad de ir a los sacerdotes y vuelve para dar gracias a Jesús, cosa que el Señor aprecia.

El paralítico al que sus amigos bajan por el techo encarna la verdad de que “nada ni nadie nos puede impedir que nos la ingeniemos para salir de nuestras parálisis y acercarnos a la vida que nos da Jesús”.

La hemorroisa encarna la verdad que dice que “a Jesús le basta con que le toquemos la punta del manto con un deseo hondo del corazón” en medio de la multitud y de las cosas del día. El se da cuenta de todo, conoce todo.

La viuda de las dos moneditas encarna la verdad que dice felices los pobres porque “cuanto más pobre es uno más fácil es ser generoso”. Esta es una verdad “intraevangélica”, no es una verdad sociológica. Es, pienso yo, lo qe habrá pensado Zaqueo cuando leyó en el evangelio del domingo que la joven mujer viuda había dado todo lo que tenía para vivir ese día mientras que la buena noticia suya decía que él había dado la mitad. Claro, para él era más difícil porque había acumulado tanto y tenía tantos compromisos que resolver.

Y así, todos: cada uno encarna una verdad y yo puedo encontrar la mía, para que esa “verdad-misión” me forje la personalidad. Y en vez de que la gente diga “qué personaje”, puedan decir: la vida de esta familia o de esta persona nos ayuda a comprender una verdad del evangelio.

Me quedó Bartimeo. Qué verdad encarna nuestro ciego de nacimiento, el hijo de don Timeo? Ahora veo que Bartimeo es el ícono de todo este evangelio: el ícono de la verdad puesta en práctica. Lucas nos hace ver cómo puede ver la verdad un ciego. Bartimeo encarna la verdad de que “ver (la verdad) es primero un deseo interior y antes que una evidencia que viene de afuera“. Él, que no veía, sintió que pasaba Jesús y cuando éste le preguntó que quería que hiciera por él, le dijo: “Señor, que vea!”. Deseaba tanto que sus ojos pudieran adecuarse a las cosas gracias a la luz! Y ahí nomas, nos dice Lucas, se puso a seguir a Jesús por el camino. Puso en práctica la Verdad básica, que es la luz de Jesús que sirve para ver las cosas de Jesús, antes que ponerse a ver (aunque también las veía), no se… la cara de sus familiares, el color del cielo y las plantas del camino…

La verdad más grande que existe es que Dios ha amado tanto al mundo -a cada uno de nosotros- que nos dio a Jesús, su Hijo amado. Y Bartimeo nos enseña a usar toda la luz de todas las verdades para seguir a Jesús por el camino, confrontando todo con su Palabra.

Ante cada situación, ponemos en práctica el criterio de ir a mirar “que verdad” – que pasaje, qué parábola, qué personaje del evangelio-, ilumina lo que vivo.

Así, la verdad que alguien en el evangelio supo poner en práctica, nos ilumina nuestra práctica de hoy. Esa práctica que consiste en hacer sentir a los demás como “amados por Dios”. De modo tal que nadie se sienta excluido ni lejos del Amor de Dios que Jesús trajo al mundo.

Padre Diego

Read Full Post »

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento),

porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a Él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí,

y se preguntaban qué significaría

«resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

Contemplación

Cómo no decirlo de nuevo: los cristianos creemos en la resurrección de los muertos.

El solo hecho de formularlo así – de decir “resurrección”- hace sentir cuánto se ha opacado esta palabra. Necesitamos que se nos transfigure. Y nada mejor que el evangelio de hoy para hacerle recobrar a esta palabra que es el centro ardiente de nuestra fe toda su fuerza original de modo tal que nuestro corazón se adhiera a ella con la alegría de los primeros creyentes.

Las palabras, como las casas, sufren el paso del tiempo. Se las revoca, se las pinta de otro color, se les construye encima…, pedazos de ellas van a parar a otras.

Palabras potentes que salieron del lenguaje común para nombrar un acontecimiento nuevo y se convirtieron en “palabras mágicas”, se desgastan con el tiempo. Se las usa para cualquier cosa y se depotencian.

Caridad, por ejemplo. La caridad expresaba un tipo de amor alegre y gratuito, un amor que el Espíritu derramaba a cada persona que creía en Jesús y que hacía que todas las relaciones comunitarias brillaran con luz propia, al punto de hacer decir a la gente, viendo a los cristianos: “Cómo se aman!”…, la caridad, sufrió una especie de “privatización”. Quedó asociada a “instituciones de caridad”. La fuerza de irradiación que nació del corazón de los santos que pusieron en práctica este amor caritativo y lo convirtieron en institución quedó reducido a dar una limosna o atender a gente que “necesita caridad”. La gente poderosa y autosuficiente, que la publicidad nos incita a que seamos, es gente que “no necesita caridad”.

Con la palabra Resurrección pasó otra cosa. Los términos para nombrar lo que aconteció a Jesús el domingo después de su muerte en la Cruz, eran términos que se usaban para algo tan cotidiano como “ponerse de pie”. “Egeirei” -erguirse- y “anastasis” -levantarse-, eran palabras que se usaban para expresar que uno se despierta del sueño y se levanta otra vez por la mañana. Hoy la palabra “resurrección”, perdió aquel sentido cotidiano de “levantarse” y suscita imágenes médicas -resucitación artificial- y de series de ciencia ficción  -“Resurrection”.

Estos cambios y usos para otras cosas que sufren las palabras influyen en nuestra mentalidad y si no tenemos un pensamiento crítico, al usar la palabra resurreción podemos terminar pensando algo que no tiene nada que ver con lo que dice Jesús e incluso algo totalmente contrario!

Por tanto, es mejor -como siempre- partir de lo que dice el evangelio respecto a lo que pasaba en la cabeza de los tres amigos y discípulos del Señor a Quien acababan de ver “transfigurado”:

“Se preguntaban qué significaría ‘levantarse de entre los muertos'” (Mc 9, 10).

Evangélicamente podemos preguntarnos como los discípulos qué significa “resucitar” y pedirle al Señor que nos lo vaya aclarando. Cosa que, como veremos, requiere todo el evangelio y toda la historia de la humanidad, así que no hay apuro.

Jesús, aquel día, les había dicho algo totalmente nuevo. No es que la palabra les resultara totalmente ajena. De hecho en la Escritura se habla de que Dios puede volver a dar vida a los muertos. El profeta Oseas dice: “Volvamos al Señor! Después de dos días nos hará revivir; al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia” (Os 6, 1). La palabra que utiliza Oseas es “qum“, levantarse y es la misma que Jesús utilizó para “resucitar” a la hija de Jairo y que quedó en nuestro vocabulario: Talitá qum!, niña levántate!. Pero la referencia tan directa del Señor a su persona, no la entendieron. Así que también a nosotros puede hacernos bien preguntarnos: que quiere decir “resucitar de entre los muertos”.

Cuando el Señor se les apareció vivo, luego que lo habían visto crucificado y puesto en el sepulcro, comenzaron a experimentar todo lo que implicaba esto de “haberse levantado de la muerte”. No se trataba sólo del hecho de haber estado muerto y volver a la vida, sino que la vida entera de Jesús les resultaba ahora “igual y distinta” a la vez. Este es el punto: al hablar de resurrección hablamos de una vida “igual y distinta”.

Trabajo crítico de transfiguración

Y para pensar esto tenemos que hacer un doble trabajo crítico ( de transfiguración): primero, sacarnos de la cabeza las imágenes “modernas” de aparatos médicos y series televisivas; segundo, tenemos que desopacar las palabras usadas en la liturgia para que readquieran su esplendor original.

Cuando uno lee los testimonios de la resurrección -de los ángeles, de las discípulas, de María Magdalena, de Pedro y Juan, de los discípulos…- resalta otra frase que va unida a la expresión: “se levantó de la muerte” (como quien se levanta de una enfermedad o del sueño). Esa palabra es “He visto”, “hemos visto al Señor”.

El primer anuncio de María Magdalena es el más hermoso (y hay pocos íconos de este momento tan trascendental en la vida de la Iglesia):

“He visto al Señor y me ha dicho estas cosas” (Jn 20, 18).

Este evangelio de María Magdalena a los Apóstoles contiene todo. Porque María no “ha visto” simplemente a Jesús como estaba en ese momento, sino que lo “ha visto” en Persona con su vida entera. Una breve anécdota puede ayudar: Ayer una hermana de las Pobres Bonaerenses me llamó para decirme que se abría la causa de canonización de la Hna Bernadita, muy querida por muchos de nosotros en nuestra época de formación. Me pedía un testimonio de su vida. Yo me alegré mucho y se me ocurrió decirle que, en realidad, tenía pocos “hechos” para contar, pero que mi recuerdo de ella era de su persona: de su maternidad espiritual, de su ternura y de su viveza, porque ponía cara de abuelita inocente pero no se le pasaba una… Le decía que hay gente que se transparenta toda en cada pequeño gesto y uno, en lo que hace, “ve” su persona.

En “verlo y escucharlo a Él” está todo

Algo de esto es lo que sucede en la transfiguración y está también contenido en ese “he visto al Señor” de la Magdalena. En “verlo y escucharlo a Él” está todo. Los demás testimonios irán por este mismo cauce: Hemos visto al Señor… Los discípulos se alegraron al ver al Señor. El Señor ha resucitado y se ha “vuelto visible” (ofte; se le apareció) a Pedro. Los de Emaús contaron cómo se les habían caído las escamas de los ojos y habían “reconocido al Señor al partir el pan”.

La experiencia es que al mismo Jesús que conocían, al que habían visto muerto, ahora lo veían vivo y sus palabras cobraban otro sentido. Y cada uno recogía cuidadosamente las palabras que el Señor le decía y se las comunicaba a la comunidad con gran alegría. Así nacieron los evangelios!

Es decir: la experiencia de la resurrección no es solo la de un “hecho físico” que le acontece a la carne del Señor, sino la experiencia de entrar otra vez en contacto con su Persona que, por una parte, se les presenta como siempre -saluda, come con ellos, se deja tocar- y, por otra parte, se presenta con características totalmente nuevas -se hace visible en medio de ellos estando las puertas cerradas, los acompaña por el camino sin darse a conocer y luego se deja ver (se transfigura)…

Y aquí nos encontramos nuevamente con la “transfiguración”, que fue una experiencia única en la vida de la comunidad, testimoniada por Pedro, Santiago y Juan. En ella “vieron” a Jesús en todo ese esplendor y gloria que estaban velados en su interior y que relucían en sus milagros, en algún destello de su mirada, en la fuerza irresistible de su predicación.

Jesús vivía desde antes de la Resurrección con una Vida totalmente distinta en medio de la vida normal. Podemos decir que la Resurrección solo “liberó” o desató lo que había estado contenido y escondido y que se dejaba ver por momentos.

Jesús siempre fue un “Jesús resucitado”, en el sentido de “levantado de toda postración y despierto de todo sueño”. El Señor vivió siempre “de pie”, erguido, vivió “de lo alto”, del Espíritu, lleno de poder para hacer el bien, para sanar, para enseñar a amar y a adorar.

Luego de la resurrección los discípulos recuperan esta vida que habían compartido sin tener total conciencia: recuperan en la fe toda la vida del Señor como vivida por Alguien que es Dios con nosotros, que fue especialmente Dios con ellos.

Estas cosas son las que tenemos que recuperar también, en la oración contemplativa que es, literalmente, “ver al Señor”.

La contemplación es fruto del Señor que “se aparece” “que se deja ver” y -consolándonos- nos dice “estas palabras” para que las anunciemos y vivamos. La contemplación es experiencia del Señor resucitado y transfigurado, ni más ni menos, sino exactamente igual que la que tuvieron las discípulas y los discípulos. Porque el Señor no resucita sino para que “lo veamos en Galilea” y para “decirnos todas sus cosas” y “abrirnos la Escritura” y “recordarnos todo lo que nos había dicho”.

El evangelio no es otra cosa que “las palabras que el Señor les dijo que dijeran” a Magdalena, a los de Emaús, a los doce. Son Palabras cargadas con la fuerza del Resucitado que los envía a decírnoslas!

Contemplar es resucitar

Leer, saborear y pedir la gracia de entender estas palabras -el Evangelio- es igual no solo a “ver a Jesús resucitado”, a que se nos “aparezca” por el camino, sino que es igual a “resucitar“. Más allá de la resurrección final, que no es más misteriosa que nuestro nacimiento y la creación del Universo, podemos vivir una  “resurrección actual”, participando de la resurrección del Señor, mediante el contacto eclesial con los testigos a los que el Señor se les va apareciendo a lo largo de la historia, a los que les va haciendo experimentar la fuerza carismática de alguna de sus palabras que ellos, como testigos, convierten en obras de misericordia y de comunión fraterna.

Este participar de la resurrección de Cristo no es algo añadido, algo que sería pleno en Él y que a nosotros se nos regalaría con cuentagotas o vaya a saber uno cómo y cuando. La resurrección en cuanto “dejarse ver y tocar y poder hablar y hacer recordar todo lo que dijo e hizo por nosotros” es algo del Señor que es “enteramente para nosotros”.

Lo que quiero decir es que Cristo siempre vivió con una vida que era la misma nuestra y más, infinitamente más, en tanto que vida del mismo Dios. Y esa vida suya, toda para nosotros, que fue comunicando a todos los que encontraba, como nos narran los evangelios -Cristo pasó haciendo el bien (se acostaba “cansado de haber hecho todo el bien posible” como dice el Papa Francisco que debemos vivir y él mismo da buen ejemplo)-, es ahora una vida que, gracias a la resurrección, está toda a disposición de quien la quiera vivir y compartir.

Eso son los sacramentos: estar bautizados -sumergidos- enteramente en la vida de Jesús (podríamos decir “en su evangelio”, como si pudiéramos vivir dentro del evangelio y reeditar, en cada situación, alguna escena y meterla en nuestra vida como quien siembra una semilla buena que da ciento por uno en flores y frutos).

En la Eucaristía, entramos en comunión con la carne de Cristo resucitada, podemos estar con él compartiendo como los suyos en la última cena, podemos estar en el Calvario -como dice Francisco- comulgando en Jesús que muere en la Cruz con todos los que sufren y mueren en el mundo.

Y así en cada sacramento: vida plena que es toda para nosotros.

Bueno. La contemplación salió de un solo tirón, sin pensarla, partiendo de la dificultad para incorporar esa palabra “resurrección” y para mí es toda una experiencia de cómo una palabra puede volver a ponerse en pie y regalarnos tanto.

Diego Fares sj

Read Full Post »

 

aprende-a-amar-la-palabra-de-dios-1-728.jpg

 Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará fielmente mi palabra, y mi Padre lo amará;

y vendremos a él y en él haremos morada.

En cambio el que no me ama no guarda a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,

Él les enseñará a ustedes todas las cosas

y les recordará todas las cosas que les dije.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.

¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!

Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es mayor que yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

Nos centramos en la respuesta de Jesús a Judas Tadeo. Judas pregunta “qué pasa”, por qué decís que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo… Por la respuesta del Señor vemos que preguntó con inquietud, como quien no entiende y no está de acuerdo con algo que otro dice y lo interrumpe en un punto. Jesús aprovecha y hace una explicación sobre las actitudes que tenemos que tener con su Palabra.

Guardar fielmente la Palabra

La primera actitud es de cuidar la Palabra. Guardarla, protegerla, conservarla en el corazón: serle fiel.

La parábola de la semilla que cae en tierra buena nos muestra la actitud que el Señor quiere que cultivemos: el deseo de ser tierra buena, que acoge la Palabra y la deja echar raices profundas en el corazón.

La imagen contraria es la de los que no guardan la Palabra, sea porque su corazón es superficial como una calle, sea porque es pedregoso y tiene muchas ideas propias, sea porque hay en él yuyos de otras palabras que echaron raíces y le quitan alimento a la Palabra de Dios.

Guardarla por amor a Jesús

Guardar la Palabra y protegerla no es cuestión teórica sino que es cuestión de amor. En esto se confunden muchos que creen la Palabra se cuida con otras palabras. Y no es así. La Palabra se cuida con Amor. Por eso Jesús manda el Espíritu Santo, el Espíritu que es puro Amor. El Espíritu, como el Amor, no es nada si no hay dos que se aman. El Amor cuida la Palabra de Jesús. Que no es sólo suya, como dice, sino que es Palabra del Padre que lo envió. Esto es importante para nosotros. Porque la Palabra de Jesús a veces no es fácil de entender y menos facil aún es ponerla en práctica. Cuidarla y tener paciencia mientras crece, como una semilla, y se va volviendo clara a medida que da frutos en nuestra vida, es cuestión de amor. Si lo queremos a Jesús, si nos dejamos querer por nuestro Padre misericordioso, que no se cansa de perdonarnos, entonces podremos “guardar fielmente su Palabra”. Si no, es imposible.

Y ya sabemos lo que pasa con los que no cuidan la Palabra: o se vuelven sordos a todo lo que dice el Evangelio y no le hacen caso o, lo que es mucho peor, se vuelven celosos guardianes de “algunas palabras” que les vienen bien y que cuidan a su modo. Estos son los que se vuelven como los fariseos y los escribas. Distinguen hasta un mosquito cuando se trata, por ejemplo, de moral sexual y se tragan un camello cuando se trata de moral con el dinero o con la fama, como les decía el Señor en su época. No amaban a Jesús, no les agradaba su persona, su modo de ser… Se fijaban solamente en la literalidad de sus palabras, atentísimos a lo que decía, para entramparlo: “esta palabra que vos decís va contra esta otra que está en la Ley!” Su manera de cuidar la palabra era compararla con otras palabras. No veían los frutos que la Palabra de Jesús daba en el corazón del pueblo, los milagros de sanación que hacía, cómo perdonaba a la gente y la gente se volvía más buena, cómo los liberaba de sus malos espíritus y les enseñaba a amar a Dios en todas las cosas de su vida. La Palabra de Jesús es una Palabra viva, que hay que poner en contacto con la vida de la gente, no con las palabras de otros libros para que se quede guardada allí y no salga.

Guardar la Palabra como quien hospeda a un amigo

El amor con que se cuida la Palabra es como el amor con que uno hospeda a un amigo. Por eso el Señor dice que el Padre amará al que lo ama a Él y que los dos vendrán y se hospedarán en su casa. Y estando ellos dos así como en su casa, el Espíritu del Amor que se tienen, tomará a su cargo ir enseñando todo lo que la Palabra quiere decirnos. El Espíritu lo hará paso a paso, como cuando uno charla con un amigo y le deja todo el tiempo que necesite y tenga ganas para contar sus cosas y explicarlas detalladamente, a fondo. Esta es la característica de la amistad: que uno sabe que tiene todo el tiempo que quiera para charlar con un amigo. Que puede pedirle charlar en cualquier momento que necesite y el otro deja todo. Que puede contar esos detalles que otro no escucha porque le dice que eso ya lo dijo. Cuando un amigo cuenta sus cosas puede repetir lo que quiera y extenderse todo lo que quiera, porque uno sabe que no es cuestión de palabras, no es cuestión de entender qué quiere decir. No es una “cosa” lo que quiere decir. Está abriendo su corazón a través de las palabras que dice… Así es con la Palabra de Jesús: conservarla, no es ponerla en la biblioteca ni menos en el freezer, para descongelarla cuando haga falta. Conservarla es hospedarlo a Él para que Él mismo la conserve y nosotros tener el oído atento para “ponerle la oreja” –para escucharlo- cuando quiera hablar.

Guardar la Palabra como la de alguien que se jugó por mí

El amor con que se cuida la Palabra es el amor eternamente agradecido que uno tiene con una persona que, en su momento, se jugó por nosotros. Si alguien nos habla mal o nos dice que dijo algo que no corresponde, antes de pregunta qué dijo uno ya lo está defendiendo. Fijémonos que Jesús hizo eso antes de la Pasión. Él ya le había hablado al Padre bien de su amigo Simón, sabiendo que lo iba a traicionar, para que después, cuando se recuperase, volviera bien, para que no perdiera la fe. Y a los discípulos, Jesús les adelanta todo lo que va a pasar para que no se escandalicen cuando lo vean acusado como blasfemo y crucificado en una Cruz.

El Señor nos cuida a nosotros de nuestras propias palabras, aunque sean de negación a Él, como fue en el caso de Pedro.

Cómo no vamos a cuidar las suyas, las del que jamás nos traiciona, las Palabras del que siempre nos es fiel.

…….

Tengo un amigo que en este momento no puede pronunciar palabras. Las escribe en una pizarra, lo cual, dada su simpática locuacidad natural, es un límite considerable. No por eso ha perdido su humor, según me dicen y sus “discusiones con la nutricionista” en pocos renglones dejan traslucir que se está recuperando raudamente del problema que lo dejó sin habla.

Transcribo (dando espacio a la  narración) el mail de su hija que cuenta los Whatsapp de su hermano menor donde va mensajeando en tiempo real la desigual discusión entre la nutricionista parlanchina y mi amigo con su pizarra en mano.

Whatsapp del hijo menor:

[29/4 09:09] Discusión entre Papá y la nutricionista:

–       Nutricionista: (con voz de cariño profesional, imagino yo) “Le voy a mandar un Ensure y con un Espesan que le dejo, lo llevan a la consistencia de un yogurt. Si?”.

–       Papá: (en la pizarra) “Y si directamente me traés un yogurt y nos dejamos de joder?”

…….

Whatsapp del hijo:

[29/4 09:11]:

“La nutricionista palideció”.

………

Otro Whatsapp del hijo:

[29/4 09:22]

“Ahora papá le está escribiendo una nota al doctor y si no le dan de comer algo más sólido pronto va a morder a la nutricionista”.

……

Jacques es el que prepara los almuerzos de los domingos en la Casa de la Bondad. Los prepara como los de “La fiesta de Babette”, que dicho sea de paso, es la imagen que usa el Papa para expresar, en una sóla parábola, lo que quiere decir con toda su Exhortación Apostólica “La alegría del amor en las familias”. Cómo Jacques me ha dicho que desde que comenzó su enfermedad se va sintiendo menos voluntario de la Casa y más Patroncito, me tomo la libertad de transcribir esta escena ya que lo muestra de cuerpo entero como uno de los patroncitos cuando no les gusta la comida que les proponen. Así como él, con infinita paciencia y creatividad, le va pescando el gusto a cada uno y de a poquito logra preparar el banquete que se adapta a su gusto y a su estado de ánimo espero que la nutricionista logre aprender de este paciente tan especial que tiene a cargo y que ha ejercido esta tarea de “nutricionista-Chef” con los enfermos en estado terminal de la Casa de la Bondad.

Pero lo que más me interesa compartir es cómo los hijos “guardan las palabras de su padre”.

Diego Fares sj

Read Full Post »

¡Recen, que el Padre escucha!

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo:
«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él.
Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole:
“Hazme justicia frente a mi adversario.”
Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí:
“Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.
Y el Señor dijo:
«Oyeron lo que dijo este juez injusto? Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación
La gracia a pedir en la contemplación de este evangelio, es que se nos liberen las ganas de rezar de manera tal que podamos entablar una comunicación familiar, permanente, con nuestro Padre del Cielo.
Ojalá sintamos que se nos abre la puerta del Cielo y que el Padre se complace en escuchar nuestras oraciones y en concedernos todo lo que le pedimos, como un padre que le da cosas buenas a sus hijos.
Padre, que en un abrir y cerrar de ojos
nos concedas la gracia de poder rezarte
con el gusto y la confianza de tus hijos queridos.
Que te contemos todo, Padre
y lo esperemos todo de Vos.

Saboreamos este evangelio de la oración insistente con toda nuestra fe, seguros de que la Palabra es eficaz para hacer lo que dice.
Y ¿qué dice? Dice que Jesús “quiere mostrarnos que es necesario rezar siempre”.
Nos detenemos en el deseo de Jesús. Podemos ver lo que desea en lo que hace con más pasión. En Lucas vemos muchas veces a Jesús rezando.
Su oración es una manera de relacionarse muy linda y muy íntima que Él tiene con el Padre y su deseo es que nosotros podamos entablar la misma relación.
Es un deseo hermosísimo el de Jesús: recen, que el Padre los escucha como me escucha a mí.

Rezar, todo el mundo reza. De alguna manera todos “suspiramos” a Alguien en nuestras angustias (ese “Dios mío” que brota de lo profundo del ánimo de quien sufre) y todos damos gracias a “la Vida” cuando nos va bien. Rezar es como respirar. Todas las religiones enseñan a rezar, a ponerse de acuerdo con los propios deseos y a invocar al Creador, al que es fuente de la vida.
Pero la oración de Jesús es eso y mucho más.

Contemplemos, pues, a Jesús rezando en el evangelio de Lucas:
cuando Jesús reza se abre el cielo y el Padre envía el Espíritu Santo sobre Él (Lc 3, 21-22).
Cuando Jesús reza entra en la intimidad del Padre. Jesús busca espacios de soledad y tiempos tranquilos, se va a lugares desiertos para rezar (Lc 5, 16) y pasa las noches en oración (Lc 6, 12).
Cuando Jesús reza se transfigura en esa charla con Dios y con sus amigos los santos (Lc 9, 29).
Cuando Jesús reza despierta en los discípulos un deseo irresistible de rezar así: “enséñanos a orar” (Lc 11, 1). Y la oración que Él les enseña es el Padre nuestro: “cuando recen digan Padre…” (Lc 11, 2).
Cuando Jesús reza su oración es insistente. El modelo será la oración del Huerto: recen para no caer en tentación, recen para ponerse bien de acuerdo con la voluntad del Padre (Lc 22, 40-46).

Qué lindo que es tener acceso directo a quien nos puede ayudar y aconsejar. El Padre siempre atiende el celular cuando llama uno de sus hijos.
Qué lindo que es haber experimentado que la oración nos “transfigura” el rostro y transfigura lo que nos pasa: ilumina nuestros sentimientos, nos aclara la mente, nos pacifica el corazón.
Qué lindo que es sentir que uno puede ajustarse plenamente a lo que le agrada al Padre. Con esfuerzo, es verdad, pero contando con la ayuda del Espíritu y siendo bien humildes podemos sentir que al Padre le agrada de verdad lo que hacemos en Nombre de Jesús.

Cuando llegamos a este punto surgen los peros: la duda, el no creer del todo, cierto descorazonamiento… todo muy lindo, pero…

Y a esto apunta precisamente Jesús con la parábola de hoy: quiere que nos entusiasmemos con la oración, que nada ni nadie pueda apartarnos de la gracia de poder rezar siempre y en toda situación a nuestro Padre del Cielo.

Vayamos palabra por palabra, que aquí todo es importantísimo y vital.
Es necesario rezar (dein), dice Jesús. No hay que escuchar una sola campana, la que nos dice “tenés que”, “es tu obligación”. “Es necesario” significa también es oportuno y es lo correcto. No se trata sólo de un “ideal” que pocos alcanzan. Jesús nos quiere enseñar que “podemos” rezar siempre, que esa necesidad que sentimos y que nos ahoga porque no sabemos cómo hacer para rezar bien es una necesidad legítima y que, con sus enseñanzas y ayuda, podemos satisfacerla en plenitud.
Podés rezar, es correcto que reces todo lo que quieras, es oportuno insistir en la oración, al Padre no le molesta.

“Rezar siempre, sin descorazonarnos”. Jesús sabe que nos descorazonamos fácilmente. A veces, cuando estamos consolados, la oración brota espontáneamente, como la respiración. Rezamos con peces en el agua: agradecemos y pedimos “naturalmente”. Pero en otros momentos sentimos que la oración es imposible. Que se nos deshacen las peticiones en la lengua en el mismo momento de pronunciarlas. Experimentamos que lo que más deseamos es justamente lo que no sabemos pedir porque tememos que eso no nos será concedido. Para qué rezar!

Para desmentir esta falacia, Jesús inventa la parábola de la viuda insistente y el juez inicuo. El Señor toma el toro por las astas: detrás de los descorazonamientos en la oración hay una mala imagen de Dios. Pensamos que en el fondo “no le importa”. Tantas cosas que pasan en el mundo, por qué se va a ocupar justamente de lo mío. (Las estadísticas nos matan!). Por eso Jesús inventa el ejemplo extremo de alguien a quien no le importa nada. Los jueces muchas veces se sienten dios. Sus dictámenes son ley. Tiene más poder incluso que los presidentes. Pues bien, uno de estos jueces inicuos termina cediendo por conveniencia y por temor: para que la viuda no le siga “rompiendo” (esa es la expresión del evangelio), no vaya a ser que le arme un escándalo y lo desprestigie.
¿A dónde apunta el Señor? Apunta a que la insistencia en la petición justa vale por sí misma. Y que este valor es “no negociable” lo pesca hasta un juez inicuo. Y le teme. Él, que no teme a nadie más, le teme a esta coherencia hecha petición. Pedir lo justo hace a la dignidad de la viuda. Aunque no sea escuchada por mucho tiempo ella no puede dejar de reclamar, porque si no pierde su esencia.
Las madres del dolor y las personas que reclaman justicia expresan muchas veces esta verdad: “yo antes no era así, decía una mamá. La muerte injusta de mi hijo me cambió. Y ahora soy otra: soy una persona que reclama justicia. No solo para mí sino para todos”.
En estos días, rezar por los mineros chilenos y por los que los están ayudando a salir en este preciso instante, es una cuestión de honor, de participar de corazón en lo bueno que se está haciendo. No podemos no rezar, no podemos no ocupar tiempo deseando el bien y pidiendo a Dios por ellos. No se trata del resultado, que está en muy buenas manos y el “milagro” va parejo, sin contradicciones, con la tecnología humana. Se trata de unir el corazón al corazón de los demás que están deseando el bien. Rezar nos compromete y, en lo que ya va bien, nos permite participar!
Eso está diciendo Jesús: podés rezar significa podés participar! Con tu oración sos parte, pertenecés, todo lo bueno que hace el Padre te incluye y cuenta con vos, con tu corazón, con tu buen deseo, con tu amor.

Así pues: podemos rezar, rezar nos hace bien, hace a nuestra dignidad de seres humanos, rezar nos une, nos comunica, nos hace partícipes.

Aquí es importante la figura del Padre que “nos hará justicia en un abrir y cerrar de ojos”. La expresión vale porque pinta tan bien lo que es la vida. ¿Acaso no se nos pasa la vida en un abrir y cerrar de ojos? La experiencia siempre es así: las cosas parece que tardan y, luego, cuando ocurren, parece que todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Pues bien, la oración nos permite capitalizar lo que acontece en un instante. Sin la oración el mundo se vuelve inasible, fugaz… Haber rezado nos permite “ver” de manera distendida, lo que Dios hace en el tiempo. Y este ver con fe –haber pedido creyendo y luego agradecer el don- le da consistencia –Vida plena- a nuestro corazón.
La oración nos revela nuestro propio ser de creaturas. El soberbio no reza. El que reza se ubica como humilde creatura y lo deja a Dios ser Dios. Lo de un abrir y cerrar de ojos es una verdad profunda. La vida pasa en un abrir y cerrar de ojos. Y la oración nos da la oportunidad de ponernos del lado del Dios Padre que lleva adelante su plan de salvación. Rezar nos hace ser hombres.

Por eso Jesús nos quiere enseñar que podemos orar siempre, sin descorazonarnos, sin perder ánimo, sin desmayar ni desfallecer.
Jesús nos insta a pedir lo que creemos justo e insistir, como la viuda.
Y nos asegura que el Padre se apresurará a venir en nuestro auxilio.
Recen! Que el Padre escucha! Él está haciendo maravillas y vos podés ser parte con tu oración, como María.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Los diez grados de amor al prójimo

Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él,
también lo glorificará en sí mismo,
y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación
Dice un exegeta que la Pasión, en San Juan no es, como en los demás Evangelistas, pura acción, sino Palabra, Verbo: Jesús habla con sus discípulos largamente, y pone en Palabras de Vida el sentido de la redención. San Juan transforma todo en “Palabra” en “Logos”. Por eso la última cena no narra la institución de la Eucaristía como hecho sino que Jesús con Palabras nos dona su mandamiento nuevo: el mandamiento del amor. Las Palabras del Señor llenan de contenido la Eucaristía, las va diciendo mientras les lava los pies, mientras comparten el Pan y el Cáliz de salvación.
El Señor integra lo que sucede en esa Cena Eucarística. Como vemos que hace con Judas, a quien le ha lavado los pies como a los otros. Precisamente en el momento en que Judas sale para entregarlo Jesús expresa: “ahora se ve claro –glorioso- mi amor. Dice: “el Hijo del hombre ha sido glorificado”. Como diciendo, ahora queda bien manifiesta la magnitud de mi amor, que lava los pies al traidor y que se entrega libre y misericordiosamente mientras es entregado miserablemente.
En el peor momento de su vida Jesús hace que brille en todo su esplendor el amor que el Padre le ha encomendado comunicarnos. Y el Padre corrobora su predilección por Jesús, poniendo todo en sus manos, que lavan pies sucios y que serán traspasadas por los clavos. Es en el contexto de esta hora, la hora de la mayor traición, en la que el Señor nos deja el mandamiento de su amor:

Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros»

El amor no es algo estandar. El amor es a medida. Tiene infinitos grados y matices. Hay un amor distinto para cada bien. Si el Bien es nuestro Dios, el amor se expande a todo el corazón y a toda el alma y atrae todas nuestras fuerzas. Si el bien es el prójimo, el amor suscita sentimientos de ternura para con los niños, de unión profunda entre los esposos, nos mueve a compasión ante el que sufre, establece igualdad de ánimo entre los amigos, nos inclina a honrar a los mayores… y en lo social, el amor despierta la sed de justicia y de paz.
El amor tiene grados, intensidades distintas, y así como es pasión y sentimiento vivo, se hace también institución, gana territorios, se muestra en obras y crea costumbres que sanan y dan vida.

Leyendo a San Juan de la Cruz, en la Noche oscura tiene un precioso tratadito (que toma de San Bernardo y de Santo Tomás) en el que habla de “los grados de la escalera del amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios”.
Esta escalera se refiere directamente al amor a Dios, pero pienso que podemos aplicar sus enseñanzas al amor al prójimo. A mí me sirvió para identificar sentimientos y grados de compromiso que experimentamos en nuestro trabajo apostólico de servicio al prójimo.

Tomamos pues el amor al prójimo como “mandato” o misión que nos da el Señor y examinamos los grados y escalones por los que subimos o bajamos en esta escala de compromiso y entrega a esta nuestra misión de amarnos entre nosotros como Él nos amó.

Dice San Juan de la Cruz:
“El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente”
El primer grado de amor (que es un escalón donde uno siente que puso el pie y que es como una escalera mecánica, que comienza a llevarnos suavemente y sin pausas) es un estado de “enfermedad provechosa”. “Así como el enfermo pierde al apetito y el gusto por la comida”, en este primer grado de amor o de compromiso con un apostolado de servicio a los enfermos y a los más pobres, uno siente que muchas cosas que antes deseaba y le interesaban mucho y lo atraían (fiestas, lujos, placeres…) no le despiertan ya el gusto de antes. Esto se da en mayor o menor grado, pero, como decía un colaborador: las cosas que son un bien “sólo para uno” ya no tienen “el gusto de antes”.

El segundo grado de amor “hace al alma buscar su bien en todo momento” (uno se pone un poco monotemático)
El segundo grado o escalón del amor o compromiso con el apostolado “hace que uno se encuentre pensando y hablando todo el tiempo” del prójimo (de la Casa de la Bondad o de los casos del Hogar…”. Como que nos ponemos un poco (o muy) monotemáticos. Y esto es señal de amor porque: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

El tercer grado de amor es el que “hace al alma trabajar y poner fervor para no faltar” (uno se sorprende trabajando generosamente, sin cálculos mezquinos)
El tercer grado de la escala amorosa o compromiso con la misión consiste en” ponerse a trabajar sin reparar en el esfuerzo”. Se sienten como dos cosas: una que uno no puede dejar al prójimo sin ayudar –Jesusito me necesita…- y al mismo tiempo uno experimenta el propio límite: que nada alcanza. Se deja de condenar a los demás y uno siente que es muy poco lo que puede hacer comparado con lo que desearía! Trata entonces de hacer lo que puede bien hecho.

El cuarto grado de amor es que “por razón del Amado, se causa en el alma un ordinario sufrir sin fatigarse” (Como que lo difícil se hace fácil, lo pesado se siente liviano).
El cuarto grado de esta escala de amor y de compromiso con el prójimo, dice bellamente San Juan de la Cruz, consiste en que el alma siente un “ordinario sufrir sin fatigarse”. San Ignacio dice que cuando uno está consolado las cosas más pesadas le parecen livianas. Muchas veces vemos en medio de un trabajo duro cómo algún colaborador pareciera que no se cansa. Uno le ofrece ayuda y el otro nos mira como diciendo “gracias, pero estoy bien”. Se da como un cansancio físico con una fuerza espiritual que lo compensa y sobrepasa.

Valga aquí una aclaración. Por estos grados se va y se viene. No es que uno siempre vaya para arriba, pero una vez experimentado uno de estos grados como que se tiende a subir y a desear que el Señor nos mantenga la intensidad de amor que nos hizo experimentar. Uno discierne con facilidad, por sensación, cuando está en un grado o en otro y puede pedir a Dios la gracia de subir por su escala.

El quinto grado “hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente” (Nos viene una cierta impaciencia por hacer las cosas bien, con intensidad).
El quinto escalón del amor a Dios y al prójimo es una especie de impaciencia (San Juan habla de codicia) por estar sirviendo al prójimo. Toda dilación por mínima que sea, se hace muy larga, molesta y pesada, y uno no puede estar sino está con el prójimo necesitado. Vemos a los que llegan temprano y se van tarde y están siempre en movimiento. Lo cual no deja de causar cierta contrariedad en el que no ama igual.

El sexto grado “hace correr ligeramente a Dios con alegría” (Se siente a veces que uno puede trabajar como quien juega).
El sexto grado de la escala del amor es muy lindo. Uno siente que “corre ligeramente hacia los que tiene que servir” y nota “en el trato con los demás cómo se dan muchos toques de alegría y de agradecimiento y de cariño”. Como dice el Salmo: Así como el ciervo desea las aguas, así mi alma te desea a ti, Dios mío.

El séptimo grado “hace atrevida al alma” (Nos viene una cierta caradurez).
El séptimo grado en esta escala consiste en un atrevimiento y caradurez para hacer cosas novedosas y buenas y para decirlas sin respeto humano ni cobardía. Uno siente que se vuelve atrevido en el bien, vehemente, sin vergüenza ni prudencias humanas. Esto también trae sus contrariedades: “Pero si siempre se hizo así, para qué cambiar ahora”.

El octavo grado de amor “hace al alma agarrar y apretar sin soltar el Bien” (No se afloja ni “abajo del agua”).
El octavo grado de la escala de este amor que es fidelidad a la misión encomendada y elegida es cuando uno no suelta ni afloja por nada del mundo la tarea que ha asumido con amor. Uno se siente unido a los que ama y partícipe de sus sentimientos, padeceres y alegrías. Visto el bien del prójimo y puesto en marcha no se retrocede ni un tranco de pollo.

El noveno grado de amor “hace arder al alma con suavidad”.
El noveno grado, dice San Juan “ Hace arder al alma con suavidad”. Se trata de esa alegría mansa que brilla en los ojos de los que sirven con amor a sus hermanos. Por ahí uno ve un brillito en los ojos del otro que ha estado sirviendo platos, charlando largo con uno, contemplando en silencio al que agoniza…

El décimo grado ya es sólo para con Dios y no pertenece a esta vida sino al Cielo: Hace asimilarse totalmente a Dios, por la clara visión de Dios. Aunque como dice San Juan, esto pertenece al Cielo, cuando Madre Teresa hablaba de “las almas preciosas y bellas de sus pobres” uno siente que algo de esta visión se da a veces también en esta vida y al ver un destello de la presencia de Jesús en los ojos agradecidos de un pobre el corazón se nos inunda de amor.

Estas diez intensidades distintas del amor espero que nos sirvan para andar atentos a toda la riqueza y a todos los matices que tiene el mandamiento que el Señor nos dejó, para que nos ejercitemos, cada uno según la gracia que el Señor le de, en cultivar y acrecentar estos grados del amor comprometido.
Diego Fares sj

Read Full Post »

Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:
–La paz esté con ustedes.
Y añadió:
–Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo:
–Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos:
–Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
–Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.
Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
–La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás:
–Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó:
–¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
–¿Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).

Contemplación
¿Qué evangelio, qué buena noticia quiere comunicarnos el Señor Resucitado con estos encuentros en los que, por un lado, se presenta físicamente y por otro lado, desaparece una semana; estos encuentros en los que, por un lado, muestra sus llagas y por otro lado dice “felices los que creen sin haber visto”?
Los cuarenta días de este “dejarse ver y retener los ojos”, de estos venir al encuentro y luego desaparecer de Jesús Resucitado, creo que apuntan a suscitar la expectativa de una nueva manera de Presencia suya en nuestra vida.
No se trata pues de añorar sólo los “apariciones” del Señor durante aquellos cuarenta días benditos, sino también de aprender de sus “ausencias”.

Gracias a la pedagogía del Resucitado la comunidad entra en un ritmo de Esperanza, en el que están atentos a que el Señor se les haga visible en cualquier momento y situación de la vida:
por el camino (como a los de Emaús y a las mujeres),
en medio de la comunidad reunida,
durante el trabajo de pesca, junto al lago.
Jesús los acostumbra a esperar que venga: el “¡Ven Señor Jesús!” se hará oración en la Iglesia. Tomás aprende hoy la lección de que el Señor viene a sus tiempos y hay que estar atento: a los ocho días “estaba también Tomás con ellos cuando se presentó el Señor”.

Además de educarnos en este ritmo que hace bien a la fe dado que deja espacio a nuestra libertad, dándonos tiempo para ir y venir con nuestros sentimientos y decisiones (Tomás decidió estar aquel día, así como luego decidió estar al lado de Pedro en la barca, cuando se fueron a pescar, dado que el Señor no “aparecía” y ellos no sabían bien qué hacer mientras esperaban), ¿qué otro mensaje comunica el Señor Resucitado con sus presencias y ausencias?

Otro mensaje es el de los frutos de la Resurrección. “Por sus frutos reconocerán a las personas”, les había enseñado Jesús. La Resurrección irradia paz. La paz de Cristo es el primer fruto de su Resurrección; y lo capta nuestra sensibilidad antes que nuestra mente. Antes de reconocer que “es el Señor” los discípulos sienten que su paz lo precede. En esos días el Señor dice la frase repetidas veces: “La paz esté con ustedes”. Pero esa paz pasa a ser don de los cristianos: nos damos la paz al comenzar la misa, en medio de la Eucaristía, y al despedirnos nos vamos en paz. El don de la paz es el ámbito en el que luego “viene y se va” el Resucitado. Y es algo que podemos sentir. Es la primera señal de la consolación, dice Ignacio. Y la más estable, la de fondo. Paz alegre en los momentos lindos y paciencia en el dolor. La paz quita el temor, que es una de las cuatro pasiones principales: gozo y tristeza, esperanza y temor. Como dice Santo Tomás:
Respecto del bien, el movimiento comienza en el amor, continúa en el deseo y termina en la esperanza; mientras respecto del mal, comienza en el odio, continúa en la huida y termina en el temor.
Vemos pues que el Señor como Buen Pastor de nuestras pasiones, va a buscar lo más perdido de nuestros sentimientos, el temor, y lo rescata con la paz. Invierte así el movimiento de huida que provocó el no tolerar sus llagas, su pasión y muerte, y llena de amor sus corazones con su presencia, despertando la Esperanza de su regreso y el gozo de su presencia física.
La paz la comunica el Señor mostrando sus llagas, que es lo que producía rechazo, odio a los enemigos, miedo al dolor y a la muerte, huida, tristeza y desesperanza. Sensiblemente cura a los discípulos inundándolos de suave paz. Sus llagas nos han curado:
Vengo Señor, junto a las ígneas huellas
De tus sacras heridas luminosas:
Quíntuple abrir de inmarcesibles rosas,
Suma constelación de cinco estrellas.

Vengo a poblar sus oquedades bellas,
A estudiar en sus aulas silenciosas
Y a beber, con ternuras dolorosas,
La miel de acibar que pusiste en ellas.

Cuando zozobre mi valor, inerme,
Y vaya en turbias ansias a abismarme
Y llagado también llegue yo a verme,

Deja a tus dulces llagas allegarme,
Y en sus íntimos claustros esconderme
Y en su divina suavidad curarme.

El mensaje de fondo que nos comunica el Resucitado, con sus presencias y ausencias, con su paz y su perdón, es que, gracias a su ayuda, puede resucitar siempre nuestra capacidad de amar. Y para que se abran de nuevo los ojos al amor es necesario dialogar con sus heridas. Inmersos en este ritmo de la Esperanza, que hace “desear” en paz la presencia del Señor, podemos dialogar con las heridas del Señor, pidiéndole con fe que nos dinamicen con el movimiento sanante de la resurrección y nos rescaten de la tendencia hacia el miedo, la tristeza y la desesperación.

¿Cuál es tu llaga? -te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus manos? ¿Sentís que te cuesta dar la mano, que te cuesta abrirlas, que te cuesta recibir y compartir? Si es así, es una llaga en tus manos. Quizás te faltó quién te diera la mano de niño, quien te consolidara y te hiciera sentir seguro en tu adolescencia, quien te enseñara a hacer las cosas en tu trabajo. Quizás no te daban bien y tenías que manotear y robar vos y te quedó una huella de manos cerradas, de manos lastimadas. Agarrate de mi Mano –te dice el Señor-, dejá que te tome la mano, como a Pedro cuando se hundía, que te alce como a la Magdalena. Dejá qué ponga en tus manos mi Eucaristía, dejá que te ayude a abrazar la Cruz que has tomado con tus manos heridas para seguirme, dejá que te bendiga en la frente con mi mano.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela. ¿Es una llaga de tus pies? ¿Sentís que te cuesta levantarte a la mañana, que cada paso es un acercarte a lo que temés, una incertidumbre? Te cuesta ir a tus cosas, sentís que no avanzás, que caminás lento como cargando un peso, o que vas y venís desorientado,? Si es así, es una llaga en tus pies.
Quizás tropezaste muchas veces y no te levantaron rápido, con cariño, o saliste a dar vueltas de joven y metiste la pata, y no te animaste a regresar a la casa del Padre, quizás te has vuelto demasiado temeroso y estás paralizado en tu espacio reducido sin animarte a los caminos… Ponete tras mis huellas –te dice Jesús-. Seguime. No mirés para atrás ni a los otros: Vos seguime a mí. Vamos juntos. Yo soy la Luz, Yo soy el Camino. Dejá que te cargue un trecho en mis hombros, como a la ovejita perdida, como al herido del camino, permitime que te ponga en pie como al paralítico, dejá que ordene cargar tu camilla y caminar.

¿Cuál es tu llaga? – te dice Jesús- mostrámela ¿Es una llaga en tu costado? ¿Sentís que tenés el corazón indeciso, que perdés el ánimo y la confianza cuando te invaden sentimientos tristes, de bronca, de culpa, de impotencia, de desesperación? Si es así, se trata de una llaga en tu corazón.
Quizás te lastimaron de pequeño, esperabas más amor del que te dieron tus papás, te quedó la impresión de que mejor no esperar mucho amor para no desilusionarte…
En esta llaga hay que ser muy pero muy delicados. Las otras son estandar, por decirlo de alguna manera. Las llagas del corazón, en cambio son únicas. Inimaginable es lo que puede herir el corazón de un niño, el corazón de un adolescente, el corazón de una madre, el corazón de un padre, el corazón de un amigo… Aquí sí que es imprescindible que dejés que se te acerque Jesús, con la llaga de su Corazón a la de tu corazón. Sólo Alguien como él puede ayudar. Porque las otras llagas, con una curita pueden andar, aunque uno renguée o le moleste al agarrar. Pero el corazón, si tiene una llaga necesita “resurrección”. No menos. Porque si no se muere. Se muere espiritualmente. Funciona en automático. Manda sangre. Siente. Pero no ama. Se muere el amor y el corazón sigue vivo ¿puede haber mayor dolor?
Cada corazón es infinitamente sensible: tanto el de un niño como el de un anciano, el de los pobres como el de los ricos, el de los enfermos como el de los fuertes… No importa quién o qué seas por fuera si se te ha muerto el amor. Cada corazón es infinitamente sensible porque está hecho de carne y espíritu, de una manera tan delicada que solo puede ser obra de Dios. Y si está herido en su capacidad de amar, sólo lo puede sanar Él. Y con un Corazón también herido, que para eso se dejó traspasar: para poder curar nuestros corazones. Sólo Jesús puede curar el corazón de un niño abusado y con miedo, de una abuelita despreciada por sus hijos, de un pobre tratado sin respeto, de un poderoso humillado injustamente, de una adolescente engañada por su novio, de un padre de familia que perdió el trabajo, de una mujer maltratada por su esposo…
La Resurrección acontece en el corazón y allí tiene que acercarse Jesús Resucitado y, con su paz y su alegría, con el soplo suavecito que cura el ardor de las heridas, tiene que perdonarte tus pecados (y las llagas que tus pecados o los pecados ajenos produjeron en tu corazón), para que resucite y siente que, de nuevo, puede amar.
Esa es la señal definitiva de la Resurrección: que uno siente, experimenta, que de nuevo puede amar. Que gracias a Jesús podemos amar: a Dios, a nosotros mismos y a los demás.
Diego Fares sj

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: