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Posts Tagged ‘Eucaristía’

Le pregunta Judas (no el Iscariote): 

Señor ¿cómo es eso de que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo? 

Respondió Jesús y le dijo: 

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; y vendremos a él y en él haremos morada. En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes. 

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre les enviará en mi Nombre, Él les enseñará todas las cosas y les recordará todas las cosas que les dije.

 Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

            Tres “moradas” y un “ir y volver”. Cuando Judas -el fiel, no el Iscariote- le pregunta a Jesús “Señor, cómo es (eso de) que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo”, Jesús le responde hablando de tres moradas y de su irse y volver, de su estar yendo y viniendo, podemos decir. 

            “Vendremos a él y haremos morada en él” le dice. El Padre y Yo vendremos y haremos morada en el que sea fiel a mi Palabra, en el que conserve mi Palabra en su corazón -como María- y la ponga en práctica en su vida. Vendremos y haremos casa en su alma, nos hospedaremos en él. 

            Este venir y hospedarse del Padre y de Jesús es misterioso. No podemos explicarnos muchas cosas: cómo es que viene, cómo es que está… Pero quedémonos en que uno sabe por connaturalidad que las personas muy queridas “viven” en nosotros, habitan… Quizás una buena imagen es decir que hay personas que tienen su lugar propio en nuestro corazón. Como un huésped especial que tiene la llave de casa y su propio cuarto y puede venir cuando quiere. Es gente que puede entrar sin llamar, como dice una de las chacareras más hermosas de Carlos Carabajal, cuya letra es del poeta santiagueño Pablo Raúl Trullenque  (1936-2000): Mi pueblo es un cantor/ Que canta la chacarera/ No ha de cantar/ Lo que muy dentro no sienta/ Cuando lo quiera escuchar/ Entre a mi pago sin golpear. Esta letra expresa tan bien lo que quiere decir el Señor que da gusto: hay un pueblo (y un Dios) que está siempre cantando, lo que siente muy adentro. Y para escuchar hay que entrar a donde habita. Se entra sin golpear. Ojalá podamos decirle al Señor que entre así en nosotros. Y si uno siente que solo no es muy digno, hace bien saber que como parte de ese pueblo, sí se lo podemos decir. Porque nuestro pueblo sabe hospedar al Señor. También lo dice Trullenque: Así es como se dan/ En la amistad mis paisanos/ Sus manos son/ Pan, cacho y mate cebado/ Y la flor de la humildad/ Suele su rancho perfumar.

            Me gusta esta imagen del huésped para no entrar en disquisiciones teológicas o psicolológicas sobre la inhabitación trinitaria en el alma, que por ahí me distrae del centro. El corazón de lo que Jesús dice es que su venir a nosotros y permanecer en nuestra vida tiene que ver con la fidelidad a su Palabra. Es en torno a su Palabra que se da la realidad de su presencia. Y por eso, para que hablemos bien, para que su Palabra se abra espacio, se haga diálogo compartido, en el que uno pregunta, como lo hacían los apóstoles, como lo hace Judas hoy, el Señor inventa la Eucaristía: una mesa común en la que compartir el pan nos remansa el alma y nos permite conversar en familia. 

            Comiendo juntos es como somos fieles a su Palabra. Comiendo juntos el diálogo familiar va brotando tranquilo. Es lo que se contempla en la imagen del cuadro de los discípulos de Emaús, de Sieger Köder (1925-2015), el sacerdote y pintor alemán: la presencia del Señor se expande como luz en el espacio entre las Escrituras y el Pan y el Vino.

            En torno a la mesa, cada miembro de la familia siente que puede decir sus cosas y escuchar el corazón de los demás en lo que se va diciendo. La mesa familiar es el lugar donde la Palabra encuentra su mejor espacio para “habitar”. No es la palabra que decimos cuando llamamos a otro para charlar de “un tema”, cosa también muy buena, sino algo más amplio: la palabra primordial que es uno mismo y que se va diciendo en muchas maneras a lo largo de toda la vida: compartiendo algo que le pasó, contando un chiste, anunciando un deseo, una buena noticia, contando una pena… En la mesa familiar cada uno es él mismo y se expresa en el conjunto, no haciendo un unipersonal, sino aportando su palabra a la de los demás. Cada uno puede reflexionar acerca de la relación que tiene lo que uno es y lo que puede decir en la mesa familiar (a veces hay cosas que lleva años decir, pero uno sabe que las dirá en alguna ocasión, porque allí están los suyos, que la acogerán seguramente como amor). La cuestión es que el Señor une su venir a habitar en nuestra casa y en nuestra mesa familiar con su Palabra. Una cosa ayuda a la otra: la mesa a la palabra y la palabra a la mesa. Se necesitan y se complementan. Lo que tiene para decir, esa Palabra que es Él mismo, no la puede decir en un discurso sino a lo largo de toda la vida y entre la gente de su familia. 

            Entonces si entendemos -Judas- por qué el Señor se manifiesta a los suyos y no lo hace en público. Y los suyos, nosotros que somos honrados con esta presencia suya que es la de uno de casa, debemos seguir el mismo camino para profundizar en esa Palabra y para anunciarla al mundo: debemos perseverar en esto de hacerle casa al Padre y a Jesús, de  hospedarlos -hospedando a los pobres- para que hagan su morada entre nosotros, para que vengan cuando quieran.

            La otra morada de la que habla Jesús es la del Espíritu. El Espíritu también es alguien que viene a habitar: es el Dulce Huésped del alma, el Paráclito, El que nos está siempre al lado, como quien quiere estar a nuestra disposición, para instruirnos y defendernos, para ayudarnos a discernir y elegir lo que le agrada al Padre, lo que Jesús nos sugiere. 

            El Espíritu es -digamos así- el Huésped estable. Es como el que le organiza la venida y la presencia al Padre y a Jesús. Organiza la agenda, en el sentido de que conoce los tiempos -los de Dios y los nuestros- y va encontrando “el momentito oportuno” para cada encuentro, para cada cosa. Él hace su tarea con mucha discreción, de manera tal que uno sienta que “se va encontrando” providencialmente con Dios a lo largo de su jornada y de su vida. También es el que dosifica la Palabra de Jesús, para que “se ilumine” la Palabra justa en cada situación. 

            El Señor anuncia esta tarea que tendrá cuando dice que “El Espíritu nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Él nos dijo”. Vemos cómo también la Presencia del Espíritu tiene que ver con la Palabra. 

            El Espíritu Santo es uno que viene a enseñar y a recordar. Su habitar en nosotros, por tanto, tiene algo que ver con la escuela. Aunque quizás esta sea la imagen estándar que nos viene cuando nos dicen que alguien nos “enseñará”: la imagen de la maestra de escuela o del profesor. Sin embargo hay otras imágenes. Se me ocurre más bien la de esas personas que nos dicen, si querés que te enseñe, te me tenés que poner al lado, tenés que ver cómo voy haciendo las cosa, tenés que verme en acción, porque yo no tengo tiempo de sentarte y ponerme a darte clases teóricas. 

            Pero atención! Porque el Espíritu invierte de alguna manera lo que sería la actitud de uno que nos quiere enseñar su modo de trabajar para que colaboremos en su empresa. La invierte, digo, porque somos nosotros los que no tenemos tiempo de sentarnos a que nos enseñe, y entonces Él se nos pone al lado y nos acompaña durante nuestra jornada. Previendo que somos así, es que Jesús hizo todo para enviarnos Alguien que nos acompañara por la vida. La imporancia del trabajo que hizo el Señor fue la de hacernos desear su venida y su compañía. No era cuestión de enviarlo, nomás, y que no lo recibiéramos, como pasó con Él. 

            El Espíritu, por tanto, no tiene interés en enseñarnos en primer lugar un trabajo en particular, no tiene una misión para darnos de entrada, sino que lo que desea primero es enseñarnos a vivir y hacer lo mismo que ya hacemos, pero “con buen espíritu”, usando los criterios de Jesús, para que nuestra vida resplandezca y de testimonio de la Bondad del Padre. 

            Hay que avivarse de esta inversión de roles, porque si no uno anda siempre mirando para arriba, esperando que baje el Espíritu en forma de Paloma, y resulta que el Espíritu lo tiene al lado, lo tenemos adentro; o uno está esperando una palabra que lo ilumine de arriba y le resuelva las cosas y el Espíritu está trabajando en los afectos, para que sintamos bien, confiado en que la palabra justa, si estamos en paz, saldrá sola; o por ahí uno está esperando que venga del futuro y resulta que más bien tiene que recordar algo en lo que ya estuvo (suele ser más fácil reconocer su acción luego que hizo algo por entero, con todo el proceso que llevó). Por eso el Papa recomienda el examen del día, para ver cómo manejó el Espíritu esa Palabra de Jesús que se hizo carne en nuestra vida.  

            Con la clave de estas dos presencias o modos de habitar de las divinas Personas en nuestra vida -la del Padre y Jesús en torno a la mesa y la del Espíritu mientras vamos por la calle- podemos entrar en la tercera morada, que es a la que Jesús dice que “vuelve”, que va al Padre. 

            Releemos y meditamos la frase entera porque es central en el Evangelio: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean”.

            Leemos imaginando a Jesús sentado allí con los suyos, en torno a la mesa, compartiendo esto tan hondo, como cuando uno anuncia que se va lejos, de viaje, y que volverá, pero no pronto.

            Lo primero que hace Jesús, como siempre que viene, es darles la paz. Hace que las emociones no les nublen la mente para que puedan escuchar bien lo que les tiene que decir. El Señor usa su Palabra para indicarles cómo sentir: no tienen que inquietarse -les dice- sino alegrarse! Y para ello tienen que estar en paz. Esto es propiamente lo que llamamos un discernimiento. Jesús les enseña a discernir su Palabra, a discernir qué sentimientos abren la casa a la Palabra y le permiten hospedanrse -la paz, la alegría-, y qué sentimientos dejan afuera la Palabra -la inquietud, la tristeza-. 

            Lo que anuncia el Señor es que Él “vuelve al Padre”. Y dice que eso nos tendría que alegrar. Por qué? Si se va. La respuesta va por el lado de lo que meditamos antes. Pero cada uno le tiene que dar tiempo a relacionar este modo de “venir” a nosotros que tienen Jesús y el Padre (cuya agenda organiza el Espíritu), y el modo de “volver” de Jesús al Padre, su modo de “estar” con el Padre, que es Mayor que Él. 

            Lo que hay que pescar es la dinámica: el modo que tienen de estar entre Ellos es el mismo modo que tienen ahora de estar entre nosotros. Al decir esto, en ese clima único de la última Cena, el Señor nos ha compartido algo muy grande. Algo que solo pueden comprender los que comulgan con él y los que se dejan amaestrar en su vida diaria por el Maestro interior, por el Espíritu. Es algo que se va transmitiendo de persona a persona a lo largo de la vida y de la historia.

            Me encantó asociar la canción de Peteco Carabajal con este modo que tiene Jesús de entrar en nuestro pago sin golpear. Y más todavía descubrir que la canción era de su padre, Carlos Carabajal y la letra de don Pablo Raúl Trullenque. Un poeta desconocido para mí hasta hoy, que supo encontrar en la canción popular una tierra buena para que sus versos dieran fruto en las almas sin que se conociera mucho su persona. Es la gracia del cantor de la que habla Atahualpa en su poema “La responsabilidad del canto”, donde dice que:

            La luz que alumbra el corazón del artista/ es una lámpara milagrosa que el pueblo usa /para encontrar la belleza en el camino, /la soledad, el miedo, el amor y la muerte.

Y profetiza  a los poetas que creen en su pueblo y aman “traducirlo”: Nadie los nombrará./ Serán lo anónimo / Pero ninguna tumba guardará su canto. 

            Cuando uno descubre un alma gemela, un poeta o un pensador que expresa lo que uno siente, es como si lo sentara a su mesa, como si se convirtiera en amigo inesperadamente y pudiera hospedarse en su casa de ahora en más. Esta experiencia de descubrir un alma en un verso y ganar un nuevo amigo gracias a una palabra es de las cosas más lindas que tiene la vida. 

           Y Jesús nos dice que así lo viven Él, el Padre y el Espíritu. Que son como estos poetas, que escriben lo que sienten muy adentro y lo lanzan al viento, para que encuentren sus “yapitas” -como dice Atahualpa en “el canto del viento”- los que tienen sed de estas Palabras y siempre están atentos a lo que trae el Viento. 

            Tres moradas para la Palabra, para que venga y vaya y vuelva cuando quiera: la morada de nuestro corazón -como una mesa familiar-; la morada del camino, por el que nos acompaña el Espíritu; la Morada del Padre, de donde vienen Jesús y el Espíritu y adonde nos alegra que vuelvan y que siempre estén y un día nos lleven con ellos.

Diego Fares sj

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            En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebataráde mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno»(Jn 10, 27-30).

Contemplación

            Estoy escribiendo sobre la fraternidad y me vino esta imagen de Jesús como Cordero en el sentido de “uno más del rebaño”. El Señor nos salva hermanándose. 

Si algo tienen los corderitos es ser hermanos, como todos lo somos en ese tiempo de la infancia en que los hermanitos jugamos juntos y nos dejamos apacentar. 

La fraternidad estáen el centro del Documento de Abu Dhabi. Francisco contaba que les llevó a él y al Gran Imán de Al-Azhar,Ahmad Al-Tayyeb, más de un año redactarlo y corregirlo. (Hago un paréntesis sobre mi falta de cultura para con los nombres de otras culturas -árabes, africanas, del asia…-. Cuando se juntan en una frase varisa palabras como estas ya no distingo de quién hablan ni de dónde es. “Al Azhar” significa “florida” o “la más esplendida”-por la hija preferida del profeta, Fátima-. Para entendernos: esta Mesquita Al AzharUniversidad Al Azhar, es como “El vaticano musulman”. Ahmad Al-Tayyeb no es el Papa, porque los musulmanes no tienen una autoridad máxima, pero de de este espléndido lugar en El Cairo, Al Azhar (mezquita y universidad), surgen las interpretaciones doctrinales más leídas y respetadas por los sunitas, que son entre el 80 y el 90% de los musulmanes. 

El documento comienza diciendo: 

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente estállamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

            Aquí quería llegar: Jesús es quien mejor expresala fraternidad humana y divina. Siendo Dios se quizo hacer hermano, con todo lo que esto significa. Su revelación de cómo es el Padre no la hizo con definiciones abstractas, sino existencialmente, hermanándose con todos nosotros. 

Es importante entender esto que se da a un nivel muy inmediato, a nivel de piel y de sangre, no conceptualmente. Cuando uno escucha las parábolas de Jesús quizás lo más importante y lo “no dicho”, es que las cuenta hermanándose. Son parábolas que al leerlas, además de la enseñanza específica que tiene cada una -la del sembrador, la del hijo pródigo, esta de las ovejas…-, uno se siente más hermano con el Señor. 

Se trata de una aproximación indirecta que hace Jesús, que lleva eso tan admirable que es que no lo sientan distante ni siquiera los que más atacan a la Iglesia. Es más, como que muchos se sienten alentados por algo que está en la misma imagen de Jesús a criticarnos a los cristianos cuando no somos fieles a este Jesús-hermano. Cosa que debemos agradecer, porque habrá críticas que hieren, pero si nos ayudan a no perdernos la hermandad con el Señor, bienvenidas sean.

            La parábola del Buen Pastor y de las ovejas que escuchan su voz, se puede leer como la parábola de la hermandad. Sin querer explicar conceptualmente todo, sino más bien oliendo esta verdad que surge de un Jesús con olor a oveja, como dice el Papa. El pastor cuida y conduce con autoridad el rebaño pero hermanándose, cargando en hombros a la oveja perdida, curando a las enfermas, llamando a cada una por su nombre, protegiéndolas, como un hermano mayor, para que nadie se las arrebate de su mano, como dice Jesús aquí.

            Si dejamos que esta palabra “arrebatar” nos conmueva -arrebatar es pegar un zarpazo y esta es la resonancia de la palabra griega “harpazein”-, vemos que Jesús la usa dos veces, para expresar cómo nos cuida Él y cómo nos cuida el Padre. Es esta la imagen que utiliza para afirmar que Él y el Padre son Uno! 

            La unidad de Dios no se define, se muestra en su modo unitario de protegernos para que nada ni nadie nos arrebate de sus manos. El Padre y Jesús son uno en este abrazo al corderito, en esta protección que brindan a las ovejas. Son Uno en esa actitud primitiva de abrazar y proteger a la criatura indefensa. 

            Esta es una imagen primordial de Dios que nosotros no debemos dejar que nada ni nadie nos la arrebate. Sé que mi Dios es Alguien que no deja que me arrebaten de sus manos.

            Sin embargo, la imagen del mundo es la de un mundo que ha sido arrebatado a los zarpazos de las manos de Dios. Vivimos en un mundo que yace herido y lastimado, lejos de Dios. En un mundo que se ha perdido el rebaño y la casa paterna a la que pertenece y que se ha reconstruido en el exilio como ha podido, lejos de este calor familiar. Expulsado del paraíso, vivimos en un mundo que anda en situación de calle, sin hogar. 

            Que nadie nos puede arrebatar de sus manos no significa que no lo hayan hecho, significa que el Señor nos sigue “sintiendo” en sus manos y -sabiéndonos arrebatados- nos sale a buscar. Nos está buscando, eso significa que no nos pueden arrebatar. No es que no suceda, y muy a menudo, sino que Él no se resigna. Como las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos. Y no es que los busquen solo en lugares lejanos, en fosas comunes o en bancos de ADN, sino que los buscan cada día en el interior de su corazón: ellas mantienen el calor del recuerdo con un amor que es más real que todo lo de afuera y que no dejan que se los arrebate ni siquiera el olvido. 

            Viene bien cementar aquí esta verdad fundamental con la palabra de Nuevo Testamento: “[Nada ni nadie…] será capaz de separarnos del amor que Dios nos expresa en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 39).

            A veces uno expresa cosas profundas en forma de un cuestionamiento: “existe Dios?” o “Dónde está Dios?” (cuando alguien sufre injusticia, por ejemplo). Son preguntas que uno lanza contra el muro de las ideas comunes dentro de las cuales vivimos comunmente, muros que se resquebrajan y caen y nos dejan a la intemperie, sin defensa.      Aquí puede ayudar este muro último, esta última línea de defensa: Dios es Aquel – o aquellos, Jesús y el Padre- de cuyas manos nadie me puede arrebatar. Por más que tironeen, la fuerza con que esas manos tienen aferrado amorosamente mi corazón, son más poderosas. No me pueden arrancar de ellas. 

            La de estar en manos de quien nos sostiene y no nos deja caer, de quien nos lleva consigo y no deja que otro nos arrebate, es una imagen básica, como decíamos. 

La imagen de las manos que nos reciben al nacer; 

las manos de nuestro padre o de nuesta madre cuando nos llevan por la calle, en medio de la gente, sin soltarnos; 

la imagen del que nos sostiene la mano en el lecho de la enfermedad y, aunque no pueda evitar que nos arrebate la muerte nuestro cuerpo, nos hace sentir que no nos suelta el alma, que como personas, seguimos unidos a sus manos más allá de lo que pueda pasar. 

            En la imagen física de aferrar a otro de la mano, se esconde una realidad más profunda: existir es estar de la mano. Es poder tender la mano y saber que otro la agarrará. Nos agarraron al nacer y no nos sueltan al morir. En el medio, se nos tienden y tendemos muchas manos. 

            Allí se sitúa Jesús y esa es su verdadera imagen, la que expresa su ser Uno con el Padre. 

Jesús es todas las manos que tendió en la vida, y que por eso se le llagaron y por eso no quiso curarse esas heridas. 

Jesús es también uno que se confía en nuestras manos. La Eucaristía no es solo “alimento”, sino alimento que se toma con las manos. Por eso lo reconocieron al partir el Pan, por su modo de tenerlo entre sus manos para ponerlo en las nuestras. Son los gestos básicos que hacemos al comulgar -extender las manos para que el sacerdote nos ponga en su hueco a Jesús. Así como insistimos en que se convierte en Pan para poder ser nuestro alimento, también podemos decir que se convierte en pan para que podamos tenerlo en nuestras manos (y por un momento experimentar lo que significa tenerlo y “que nadie nos lo vaya a arrebatar”, para ser Uno con Él y con el Padre).

            Comulgar supone este momento previo, de recibir y tomar en las manos y hacer nuestro al Señor, que no se nos caiga, que nadie nos lo robe. Esto es más que “comerlo”. Poder hacer este gesto de cuidado para con nuestro Creador y Señor, es una delicadeza suya para con nosotros, es un gesto de hermano, como cuando la madre le deja al hermanito mayor que tome en brazos al recién nacido. Cuidando que no se le caiga pero confiando en que no lo dejará caer. 

            En el hermano que cuida a su hermano se completa amorosamente el círculo virtuoso de la familia y el amor alcanza el número perfecto de sujetos, perfecto en el sentido que se abre a todos los demás. En el hermanito que abraza a su hermanito rodeado del abrazo de sus papás, la familia siembra el sentido social, la fraternidad que se multiplica y que va integrando a todos.

            Volvemos a Jesús Pastor-Cordero. En el abrazo del Señor a los más pequeñitos, a la oveja que nadie le puede arrebatar, en ese abrazo que aquí hemos contemplado como abrazo de hermano mayor, (que se da en el sobre-abrazo del Padre que nos incluye a todos en su Hijo) queda consagrada la fraternidad humana, como gesto fundante de la vida social y política y económica. 

            Toda política que no abraza así, como hermano mayor, al más vulnerable, no es política, no es bien común, sino anti-política. El signo de este abrazo es no dejar que “nadie” arrebate al más fragil. Que ningún mercado financiero pegue zarpazos que dejen a la intemperie a los más pobes… La imagen defensiva es clave para detectar políticos verdaderos de mercenarios. 

            En este último tiempo, en muchas partes de Italia, se suceden los ataques a familias gitanas (aquí les dicen “rom”). El argumento es que reciben casas en algún barrio o edificio de las periferias en menos tiempo del que debe esperar un italiano. La lucha por leyes más justas se traduce en violencia contra personas concretas, contra familias con niños. El Papa recibió a 500 miembros de la comunidad rom. La reflexión que hizo es que el problema no es solo social o político o de raza sino el problema de la distancia entre la mente y el corazón. Un problema de distancia. Precisamente eso es lo que el Señor sana “abrazando y estrechando contra su corazón a la ovejita y no dejando que se la arrebaten”. Es la distancia entre mente y corazón la que se sana con la hermandad. 

La hermandad encuentra la distancia justa con el hermano. No es algo que se pueda fijar desde afuera, con normas precisas. Los hermanos “sienten” cuando hay algo que los separa. Entre hermanos siempre se llena esa distancia que hace que una idea separe los corazones.

Diego Fares sj

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“El primer día de la fiesta de los panes Acimos,

cuando se inmolaba la víctima pascual,

los discípulos dijeron a Jesús:

-¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

– Vayan a la ciudad;

allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo

y díganle al dueño de la casa donde entre:

‘El Maestro dice:

¿dónde está mi habitación de huéspedes,

en la que voy a comer el cordero pascual

con mis discípulos?.

El les mostrará una gran sala en el piso alto,

arreglada con almohadones y ya dispuesta;

prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,

encontraron todo como Jesús les había dicho

y prepararon la Pascua.

Mientras comían,

Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

-Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.

Y les dijo:

-Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.

Les aseguro que no beberé más del fruto de la vida hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Siempre me impresiona que el Señor ya tenía “contratada” la sala en el piso alto de la hospedería  (“mi” habitación de huéspedes”- dice-) en la que celebraría su última cena de Pascua -la primera Eucaristía-.

Al decir esto, lo primero que me imagino es que ya se había hecho una costumbre entre el Señor y sus discípulos esto de celebrar las pascua juntos. Y no lo invitan a su casa o a la de algún conocido, porque saben que al Señor le gustaba hacerlo en un lugar especial. Por eso le preguntan.

También imagino que se habían ido acostumbrando a su especial manera de partirles el pan. La multiplicación de los panes debía estar presente en la memoria de los discípulos y se activaría cada vez que Jesús realizaba el gesto de compartir su pan con ellos.

La pregunta “donde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual” da la sensación de pregunta habitual. Es de esas preguntas que se hacen las familias: donde nos juntamos para Pascua? Y el Señor ya tenía visto el lugar, el restaurante digamos.

Preparar. Esta es la palabra de hoy. El Señor preparó la Eucaristía.

Los discípulos piensan en prepararla y el Señor acepta su ayuda: “Prepárennos allí todo lo necesario”. Pero les hace jugar esa especie de búsqueda del tesoro de seguir al hombre con el cántaro de agua en vez de darles directamente la dirección. Después que digo “búsqueda del tesoro” pienso que no es la expresión adecuada. No me parece que el Señor juegue a las escondidas ni haga perder tiempo a la gente y menos en aquellos momentos dramáticos que estaban viviendo.

Si pienso en una intención -y no es desacertado ya que el Señor tenía todo pensado- la que se me ocurre es que les hace recorrer el mismo camino que siguió él la primera vez, cuando encontró esa hospedería. Imagino uno que entra en la ciudad que no es la suya, se detiene en el pozo de agua, mira a la gente que hay y sigue a uno que va con un cántaro de agua, pensando que seguramente lo conducirá a un albergue. Así habrá hecho Jesús la primera vez y quiere que los suyos hagan el mismo recorrido, para que se vayan preparando interiormente a la Eucaristía que instituirá.

Si hay una cosa que es única en Roma (imagino lo que será caminar por Jesusalén) es esta de caminar por caminos que recorrieron otros. A mí me gusta seguir algunos recorridos que hacía Ignacio: imaginarlo entrando por la puerta de Piazza del Popolo o subiendo por la escalinata de San Sebastianello que es la escalera lateral a la de Piazza Spagna (donde está una antigua fuente romana, reservorio del “agua virgen” -el acueducto que pasa por debajo de nuestra casa y termina en la Fontana di Trevi). Ignacio subía por allí hasta Trinitá dei Monti para ir luego por Vía Sistina hacia Santa María Maggiore, su Basílica más querida (como lo es para el Papa Francisco) donde celebró su primera Misa, en el altarcito con la reliquia del Pesebre.

Esto de “preparar la Eucaristía” es muy propio de Ignacio. Fue ordenado junto con sus primeros compañeros un 24 de junio de 1537 (hace casi 500 años!) y se preparó durante todo un año entero para celebrar su primera misa, ya que deseaba celebrarla en tierra Santa, presumiblemente en Belén.

No pudieron embarcarse aquel año ni el siguiente y entonces se pusieron a las órdenes del Papa e Ignacio se quedó para siempre en Roma, en ese lugarcito tan especial de nuestra Iglesia del Gesù, donde tenía su pieza y el oratorio en el que celebraba la misa cada día (a donde me voy dentro de un rato para hacer esta semana mis ejercicios espirituales anuales).

Detenernos contemplativamente en el detalle de que el Señor los hiciera recorrer el mismo camino de preparación que recorrió primero Él, tiene su importancia a la hora de profundizar nuestra conciencia de lo que sucede en la Eucaristía.

Nosotros, en general, seguimos un camino lineal que parte de atrás y va para adelante. Preparamos una fiesta, luego la realizamos y por fin la recordamos. Ni la preparación ni el recuerdo tienen la misma intensidad de vivir el hecho. Pero la fiesta misma, si bien tiene más intensidad que la preparación y el recuerdo, “se pasa rápido”. Por eso, para vivir bien una fiesta, necesitamos de todos los momentos: el gozo y la ansiedad de la preparación, la fiesta misma y luego juntarnos a recordar lo vivido, alegrándonos de nuevo al tomar conciencia de lo linda que estuvo.

En el Señor, estos tres momentos, tienen igual densidad vital y realismo. La Eucaristía no es un “recuerdo” simbólico de la entrega que hizo “realmente” en la Pasión. Fue tan real la entrega de su Cuerpo y Sangre en la última cena como fue real la entrega que hizo luego en la Cruz.

Pensar que se entregó realmente “antes” de la Pasión nos ayuda a recibirlo realmente “después”.

Y detenernos en su modo de “preparar la preparación” es el detalle que nos ayuda a romper con nuestro modo de pensar las cosas linealmente y entrar en el modo de vivir las cosas de Jesús.

Es un modo en el que todo lo que se hace en Él y con Él tiene el mismo valor. La comunión con Él es tan real cuando me preparo para ir a misa, cuando comulgo y cuando salgo a mi vida cotidiana -esa misa prolongada, como la llamaba Hurtado-.

Desear recibir la comunión es tan comunión como recibirla en la boca y como agradecerla después.

Preparar la misa es tan misa como participar en ella y como prolongarla luego durante “las comuniones” del día -con las penas y alegrías de mis hermanos-.

Rezar por alguien “en Nombre de Jesús” es tan real como darle un vaso de agua “en Nombre de Jesús”.

Al misterio de esta densidad de vida que tiene todo “en Jesús” entramos por el pequeño detalle de que se le haya ocurrido hacerlos recorrer el mismo camino que él recorrió para encontrar el lugar donde preprarar la Eucaristía. Recordar agradecidos el camino que otro recorrió, preparando el nuestro con amor, nos ayuda a caminar nuestro propio camino para adelante con mayor esperanza.

Preparar, realizar, agradecer… todo es uno en la comunión con Jesús.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a los judíos: Yo soy el pan vivo bajado del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió:

«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre

y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,

y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida,

vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí» (Juan 6, 51-58).

 

Contemplación

El que me come vivirá por mí, dice el Señor. No se trata de un comer inconsciente, sino de un comer espiritual. Recibir la Eucaristía es comer un Pan que uno elige, rodeando de preparación y cuidado la comida (la misa) para saborearlo y gustarlo como un banquete especial, junto con toda la Iglesia, en cada comunidad.

Comulgar así, es una gracia del Espíritu Santo, que no solo hace espiritual al agua del Bautismo y al aceite con que somos ungidos en la Confirmación, sino que hace que la Carne de Cristo, el Pan de la Eucaristía y el vino consagrado que es verdaderamente la Sangre del Señor –derramada para el perdón de nuestros pecados- sean también comida espiritual, que nos hace “vivir por Jesús”: el que me come vivirá por mí.

Solemos separar a Jesús del Espíritu y más bien los deberíamos unir siempre y todo lo posible. La Carne del Señor, el que se nos dé como Pan y como Vino consagrados, hace que la vida que el Espíritu nos da, no sea solo una cuestión que captamos con la mente o con el corazón, sino que podamos “sentir y gustar” sensiblemente, masticando y bebiendo en un momento breve pero concreto que nos permite experimentar que “hemos tomado la comunión”. Pero al mismo tiempo es el Espíritu Santo el que hace que este acto físico, que no permite abstracciones ni espiritualizaciones vagas, que conecta el pan de la Eucaristía con el pan que comemos en casa y la Carne de Cristo con nuestra Carne –de modo preferencial con la Carne que necesita ayuda, la carne de los enfermos, de los pobres y desamparados de este mundo-, que este acto material de recibir una hostia consagrada, tenga un sentido mayor que el de tomar un simple alimento. Humanamente, comer un pedazo de pan y beber un vaso de vino, adquiere un significado diverso si uno sólo los toma como alimento rápido camino al trabajo o si los comparte en una fiesta familiar y de amistad. La comida es alimento material y al mismo tiempo concreta y sella una alianza espiritual. Así también comer la Carne del Señor, es alimento físico, viático que da energía para el camino diario y banquete de bodas, comida de alianza, adelanto del Banquete del Cielo.

El Espíritu Santo es el que inspira el sentido de cada comunión: hace que la comunión de la misa diaria sea alimento para la jornada, que la comunión del Domingo sea expresión de la unión con la familia, con la comunidad y con todo el pueblo fiel de Dios y que las comuniones en los momentos grandes, en el matrimonio o en las Fiestas de la Iglesia, sean comuniones de renovación de la Alianza con el Señor y con su pueblo.

Por eso tenemos que pedir al Espíritu saber comulgar bien, con un sentido espiritual, que hace de cada Eucaristía algo único. El cansancio o la rutina con respecto a la Eucaristía no tienen sentido si, simplemente, se pide la ayuda al Espíritu para comulgar. Otras ayudas, el Espíritu las da “como quiere y cuando quiere”, y como sus carismas requieren nuestra participación y el cultivo de sus gracias –que son siempre “la mitad”- a veces no los “recibimos” plenamente. Como además, toda gracia del Espíritu es para el bien común, el que no está en su puesto de trabajo y de servicio propio, elegido como vocación –o si está en el lugar a donde es llamado por el Señor, a veces haraganea o se distrae- tampoco recibimos “plenamente” las gracias que el Espíritu siembre y derrama abundantemente sobre toda la humanidad y la creación. Pero con la Eucaristía es distinto porque no se trata de recibir nosotros una gracia según nuestra capacidad y la del entorno en el que históricamente nos hemos situado, sino que se trata de que el Espíritu “haga brillar” al mismo Jesús, haga que su Carne de toda su energía y su Sangre todo su fervor. Es decir: la parte “subjetiva” espiritual que plenifica todo acto material, haciendo que despliegue toda su potencialidad, no es nuestra subjetividad sino la del Espíritu.

En definitiva, lo que digo es que no se puede comulgar bien con Jesús sino es con la ayuda del Espíritu Santo.

Al Espíritu le tengo que pedir todo: que me dé ganas de ir a misa y que me de gustarla y aprovecharla según Él desea para el bien común.

Si uno comulga sólo desde sus expectativas, por ahí su comunión es aburrida. Como cuando uno se sienta a la mesa en un banquete de otra cultura y solo come lo que le resulta conocido. Pasamos gran parte de la vida “comulgando solo con un Jesús “pan conocido” y nos perdemos todos los sabores que el Espíritu da a cada Eucaristía. Comulgar con la ayuda del Espíritu es comulgar “apostólicamente”, en orden a gustar y aprovechar cosas nuevas que serán fuente de vida para servir mejor a aquellos a los que somos enviados a evangelizar.

Probemos a comulgar rezando con el Ven Creador.

Digamos el Espíritu: “enciende con tu luz nuestros sentidos” para que el sabor de la Eucaristía nos traiga a la memoria el pan ázimo que el Señor consagró por primera vez.

Pidámosle: “infunde tu amor en nuestro pecho” para que al tragar la Eucaristía y sentir el calor del Vino consagrado, el camino que recorren desde nuestro paladar a nuestro estomago encienda de fervor nuestro corazón.

Roguemos al Espíritu: “fortalece con tu fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”, para que la experiencia de estar en comunión con Cristo nos haga sentir y experimentar que “nada ni nadie podrá separarnos del amor del Señor” que el Espíritu ha infundido en nuestros corazones.

Solicitémosle “repele lejos a nuestro enemigo”. Que la Carne del Señor no deje hacer valer al mal espíritu esa “mala alianza” que estableció con nuestra carne. Si uno reflexiona bien, esto que decimos de “comulgar con la Carne del Señor ayudados por el Espíritu” tiene su contrapartida en el hecho de que es el mal espíritu el que utiliza la debilidad de nuestra carne para alejarnos del amor de Dios. Nuestra carne no se aleja de Dios naturalmente. Se desordenó por el pecado. Y aún en su desorden, tiene límites. Lo que no tiene límites es lo espiritual, que hace que nuestra ira no tenga medida –como sí la de un animal, que solo mata para comer- o que nuestra avaricia sea insaciable. La lucha, pues, no es entre carne y espíritu, así sin más. Es entre nuestra carne bajo el dominio del mal espíritu y nuestra carne –unida a la Carne de Cristo- conducida por el Espíritu Santo.

Que en la fiesta del Corpus, el Espíritu Santo nos enseñe a comulgar bien y nos quite la niebla de los ojos para que sepamos reconocer al Señor Jesús resucitado en cada partir el pan.

Diego Fares sj

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Jesus pan de vida2 (1)

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomando los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y se los iba dando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11 b-17).

Contemplación

El jueves, en la misa del Corpus en San Juan de Letrán, una frase del Papa me gustó para compartirla. Habló de dos pequeños gestos que son parte de la Eucaristía: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos y recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Decía así Francisco, acercar del mandato del Señor:

«Denles Ustedes de comer». En realidad, es Jesús el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos. Y Jesús quería precisamente eso: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían.

Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» (la Eucaristía) con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre. Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. (Francisco, Misa del Corpus, 2016).

Se trata, entonces, de dirigir rápido la mirada a esto pequeño. Cuando contemplamos el hambre de la humanidad, los ojos de los niños, los rostros de los papás que llevan a su familia escapando de Siria, las mamás que abrazan a sus bebés en los barcones atestados de refugiados…, hay que buscar algo pequeño. Algo nuestro, para ofrecer y algo (también pequeño) de Jesús, para recibir y distribuir. Lo nuestro es fácil: unas monedas, ropa linda que tenemos y no usamos, un ratito de nuestro tiempo para hacer una llamada o una visita… Pero ¿cuáles son los pequeños gestos de Jesús que podemos recibir y compartir?

Me gustó esta imagen de que también Jesús realiza “pequeños gestos”. Incluso los grandes gestos, como este de convertir los cinco pancitos en panes para cinco mil personas, lo fue haciendo de a poquito, dándole a cada discípulo el pan y los peces que debían llevar a cada grupo de cincuenta.

Contemplamos los pequeños gestos de Jesús con el pan.

Digamos ante todo que son los mismos que hace cuando instituye la Eucaristía.

Yo no soy exegeta y el pasaje está muy estudiado, por supuesto, pero uno puede ver que la actitud de Jesús para con los pancitos, que le sale espontánea, es marcadamente especial. Alzar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partirlos… son pequeñas acciones del Señor que quedaron grabadas para siempre en los ojos y en el corazón de los discípulos. Repetirlos no fue un intento de apropiarse mágicamente de sus gestos. El Señor mismo mandó que “hiciéramos esos gestos” en memoria suya. Además, como son gestos con el pan, a todos nos salen naturales. Son gestos de madre y de padre que simplemente parten el pan para sus hijos y lo hacen bendiciéndolo de corazón, sin nada especial, con el amor mismo cotidiano, que en algún momento contempla al hijito que toma el pan con sus deditos y uno agradece a Dios y sonríe interiormente y atesora esa imagen en el corazón. Son esas imágenes que alimentan el alma y dan sabor y fuerza a la vida.

Los pequeños gestos de Jesús para con el pan conforman un solo gesto en el que todo está integrado: tomar-alzar los ojos/pronunciar la bendición-partir-repartir.

Se trata de una acción que fluye, espontánea, sin titubeos ni apuros.

Pero no es algo que le salga así nomás a cualquiera.

En una mesa familiar el tomar y partir y repartir se hace con espontaneidad y cariño. Quizás el momento de alzar los ojos al cielo y bendecir, queda medio como sobrentendido. La bendición de la comida no siempre está integrada perfectamente a la acción de servir y compartir.

En Jesús ese alzar la mirada buscando la bendición del Padre es algo connatural, algo que entra en el ritmo habitual de su vida y es parte de cómo hace las cosas. En mucha gente sencilla esta bendición, esta conexión con el Padre forma parte del lenguaje. Los musulmanes, por ejemplo, en medio de su conversación dicen muchas veces “alabado sea Dios”; también muchos pentecostales. Nosotros usamos el “Dios quiera” como modo de referirnos a lo alto cuando expresamos un deseo…

La otra espontaneidad del Señor, que no es tan fácil para nosotros, es la de tomar con sus manos los pocos panes en un gesto que está referido a la multitud: los toma con intención de repartir. En nosotros esto no es tan espontáneo. Si vemos que no va a alcanzar no queremos ni agarrar. Nos alejamos del pan, tomamos distancia. Lo espontáneo más generoso sería no comer tampoco nosotros, o guardarlos para después, como parece que habían hecho los discípulos…

Jesús, así como une el pan con el Padre une también los pancitos para sí y los pancitos para los otros, une con sus gestos lo poco y lo mucho, lo poquitito y lo desmesuradamente mucho. Esto es bien de Él.

La actitud de partir el pan, en cambio, es más de todos. Espontáneamente el pan invita a ser partido y repartido. Su estructura misma es así: fácil de partir y no sujeta a mucho cálculo. Un chocolate se puede partir en pedacitos iguales. El pan es distinto. No es tan cuantificable, digamos. Está fuera de la lógica del sistema, que se maneja con ese dios cuantitativo que es el dinero. Si uno parte muy igualito el pan queda medio ridículo. En cambio si uno no parte parejo un chocolate o una torta, queda medio egoísta.

Como vamos viendo y sintiendo, en estos pequeños gestos de Jesús con el pan, hay cosas que son muy comunes y fáciles para nosotros, como el tomar y partir y repartir en un ámbito pequeño, y otras que son más de Él, como el hacer esto refiriéndose al Padre y a todos los hombres.

Este es el Evangelio de los pequeños gestos eucarísticos de Jesús.

Nos evangeliza porque se encarna en nuestra cultura humana, familiar, y haciendo lo mismo que nos gusta hacer a nosotros, lo mejora infinitamente con su amor. Todo sin que se note demasiado, sin hacer alarde. Pero abierto a que uno “abra los ojos” –porque cuando el Señor parte el pan se nos abren los ojos- y aprenda a sentir y a recibir un amor grande y tierno como un pan en una pequeña Eucaristía.

Miramos ahora unos instantes los tiempos que el Señor se toma y el modo como realiza sus gestos. Sin ser exegeta uno ve que Lucas usa tiempos verbales distintos: no dice “tomó” los panes sino “habiendo tomado o tomando los panes”; y la referencia al Padre no es “alzó” los ojos sino un “habiendo alzado o alzando los ojos al cielo”.

Tomar y abrazar lo nuestro, lo poquito de nuestros cinco panes, es algo que el Señor hace de una vez para siempre y lo está haciendo de manera constante. El está “tomando y abrazando nuestra humanidad”. Lo mismo sucede con su estar en contacto constante y directo con su Padre.

En el centro del gran gesto vienen dos acciones precisas y puntuales: bendijo y partió los panes.

Y luego una acción que se extiende en el tiempo: “les iba dando” los panes para que los sirvieran.

Lo que uno siente es que el Señor bendijo los panes que tenía abrazados mientras estaba mirando al cielo y que luego los partió decididamente y comenzó la larga tarea de repartirlos.

Detenernos en estos pequeños gestos del Señor es un modo de entrar en comunión con Él, de ir haciéndonos a su ritmo, a su modo de hacer las cosas.

Invirtiendo los términos, nosotros, que estamos metidos en ese ir y venir de los discípulos que llevan las canastas con panes y peces y las ponen delante de cada familia y de cada grupo de cincuenta y que vuelven al Señor con las canastas vacías a buscar más panes y peces; nosotros que luego tenemos que juntar las sobras para que nada se pierda… podemos imitar la actitud de Jesús que toma y abraza todo lo nuestro y tomar y abrazar nosotros todo lo suyo; y con el mismo sentimiento de hijos,

podemos alzar los ojos al cielo y centrarnos en el Padre que es nuestro referente último,

al que todo agradecemos y de quien todo recibimos y esperamos;

con la misma fuerza con que Jesús abraza nuestros pecados y nuestra Cruz,

podemos abrazar nosotros su misericordia y su perdón;

con la misma alegría con que Él toma nuestros pocos panes,

podemos tomar nosotros sus dones, que aunque son grandes, inmensos,

se nos dan bajo forma contraria, envueltos de pequeñez, de simples gracias cotidianas.

Podemos tomar y recibir (sabiéndolos discernir…):

los pequeños gestos de Jesús, que está con nosotros todos los días de la historia y se nos aparece por el camino en la persona de algún hermano y nos acompaña un trecho…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que recibimos la Eucaristía en la misa…

los pequeños gestos de Jesús, cada vez que una simple palabra del Evangelio se nos enciende como una velita y nos ilumina una situación…

los pequeños gestos de Jesús, en la mirada agradecida del que servimos…

los pequeños gestos de Jesús, en la compasión que compartimos con el que padece.

 Diego Fares sj

 

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Para que el amor sea un sentimiento, más aún: una pasión

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro:
–Voy a pescar.
Los otros dijeron:
–Vamos contigo.
Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.
Jesús les dijo:
–Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?
Ellos contestaron: –No.
El les dijo:
–Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.
Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.
Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro:
–¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. Jesús les dijo:
–Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.
Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
–Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.
Después de comer, Jesús preguntó a Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Pedro le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Entonces Jesús le dijo:
–Apacienta mis corderos.
Jesús volvió a preguntarle:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro respondió:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez insistió Jesús:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?
Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió:
–Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.
Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió:
–Sígueme” (Jn 21, 1-19).

Contemplación
“Simón ¿Me amas más que estos?”
Jesús hace como hacemos con los chicos: “¿A quién querés más?” “¿Hasta dónde me querés?” “Hasta el cielo”. El amor expresa su profundidad en esta manera ingenua del comparar no por celos sino para hacer sentir al niño que su amor no tiene límites de manera que le tome el gusto al amor y entre en esa dinámica del más. Con juegos de cariño las mamás y los papás le enseñan a sus hijos pequeños la verdad más honda de la vida: que lo que nos importa es su amor.
Y este y no otro es el evangelio de Jesús resucitado: hacerle experimentar a Simón Pedro, su amigo, que lo que le importa es su amor.
Y Pedro, que no escribirá mucho pero que dará su vida por Jesús, nos dejará testimonio de este amor y de esta amistad que sintieron y cultivaron Jesús y él.
Juan, ya anciano, recordará estas cosas y nos dejará como regalo este diálogo que Simón, su amigo mayor, le habrá confiado y acerca del cual habrán conversado tantas veces.
Y en la primera carta de Pedro está esa frase tan hermosa que tiene su fuente en esto que decimos, en lo que le enseñó Jesús que era lo único importante. Pedro nos habla de un Jesucristo: “a quien ustedes aman sin haberlo visto” (1 Pe 1, 8). Y nos exhorta a purificarnos en la verdad de “un amor fraternal sin hipocresía”. Dice: “Ámense unos a otros de corazón e intensamente”. “Sean de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, de humildes sentimientos, no devolviendo mal por mal” (1 Pe 3, 8).

La última “manifestación” o “encuentro” del Señor con los suyos se da en el ámbito de la vida cotidiana, en medio del trabajo. Jesús ya no “se aparece” en medio de ellos, ni les sale al encuentro por el camino sino que “está” a la orilla del lago donde trabajan, atrayéndolos hacia sí, hacia la Eucaristía que les tiene preparada, atrayéndolos hacia las preguntas sobre el amor.
El Señor Resucitado es el que atrae a todos a su amor. Y como la Resurrección acontece en el corazón, es hacia este diálogo de corazones hacia lo que nos atrae el Resucitado. No solo a Pedro y a sus amigos, no solo las redes con la pesca milagrosa de aquella mañana, sino a toda la humanidad. Pedro arrastrando las redes hacia la orilla es la imagen del Pescador de hombres que le lleva a todos a Jesús. ¿Para qué? Para que el Señor interrogue a todos acerca del amor.
El Señor “está”, esperándonos con el bien que despierta en nosotros el amor: el pan calentito de la Eucaristía. Nos está esperando luego del trabajo para partirnos el pan. Y si un desayuno calentito en una mañana fría nos hace sentir el cariño de quien nos lo preparó, cuánto más si no es solo pan el bien que nos alimenta sino el mismo Cuerpo del Señor. En ese Bien supremo podemos arraigar con todos los afectos de nuestro corazón, arraigar de modo tal que nada nos pueda apartar de ese nuestro sumo Bien y en él permanezcamos adheridos por la fe y el amor.
El Señor “está” esperándonos para charlar, para realizar con nosotros eso que llamamos “oración”, a la que damos tantas vueltas y que en el fondo es algo muy sencillo: rezar es hablar con Jesús –nuestro Bien- y dejar que nos pregunte si lo amamos: si lo amamos más que todos, si lo amamos simplemente, si lo queremos como amigos. Cuando nos hace arder el corazón en este triple amor que brota de su Corazón (como decía Santa Margarita María) –de misericordia infinita, que perdona todo pecado, de caridad perfecta que completa lo que nos falta y de amistad gratuita que goza al igualarse con nosotros-, cuando nos hace arder el corazón, digo, entonces nos confía sus ovejas y sus corderitos, lo que le es más querido, nos confía a sus hermanos, a nuestros hermanos, para que los cuidemos y apacentemos.
Como dice Pedro, que experimentó este amor del Señor: “Ante todo mantengan ardiente la caridad unos con otros, porque “la caridad cubre la muchedumbre de los pecados”, practiquen una amorosa hospitalidad unos con otros, sin murmuraciones, cada uno conforme al don que recibió” (1 Pe 4, 8 ss.). A los pastores nos dirá: “Apacienten el rebaño de Dios en medio de ustedes no a la fuerza sino de buen grado, espontáneamente en Dios, no por interés sino de corazón (…) revestidos con sentimientos de humildad, como esclavos los unos de los otros” (1 Pe 5, 2 ss.).

En este clima, contemplando al Señor y a Pedro cómo dialogan acerca del amor, quisiera aprovechar para sanar algunas ideas erradas acerca del amor. Me llamó la atención un sencillo texto de Santo Tomás en el que valora más el simple amor sensible que el amor que depende de una elección de la razón (amor de dilección). ¿Cómo argumenta? Diciendo que “el hombre puede tender mejor a Dios por el amor -atraído pasivamente en cierto modo por Dios mismo-, de lo que pueda conducirle a ello la propia razón, lo cual pertenece a la naturaleza de la dilección. Y por esto el amor es más divino que la dilección”.
Explicamos un poco. El amor de dilección presupone “elegir” y uno elige juzgando con la razón. Cuando elegimos nuestros amores, a veces nos equivocamos y elegimos mal. El simple amor natural, en cambio, el amor que está en el apetito sensitivo, ese amor que es una “pasión” (un bien ante el que nuestro apetito es pasivo porque ese bien se nos impone naturalmente), el simple amor, decimos, nos mueve el corazón sin que podamos resistirlo. Es el amor de un hijo pequeño por su madre: un amor natural, irresistible. El bien que la madre es para el bebé despierta en él el amor.
En estos términos plantea Jesús el Amor a Dios, al revelarnos que Dios es nuestro Padre, nuestro querido Padre.
En estos términos plantea Jesús su propio amor por nosotros al darnos por Madre a su Madre en la hora de la Cruz. Nos dio a la Virgen por Mamá. Cuando vemos con qué cariño nos adoptó ella en sus afectos, comprendemos lo “sentido” que fue este gesto para el Señor. Ella comprendió con qué amor quería su Hijo que nos amara! El Señor nos muestra, pues, con este gesto que nos ama como a hermanos, dándose tan por entero a nosotros, con una misericordia sin condiciones, con una dedicación y entrega tan sentidas que no nos dejan dudas de que nos considera su mayor bien. El Señor nos ama “sensiblemente”, nos tiene “afecto”, nos quiere “naturalmente”, nos siente hermanos, amigos. Le gusta estar entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Le agrada haberse llevado al Cielo todas nuestras anécdotas, toda nuestra existencia humana, se siente cómodo en el Cielo con nuestra humanidad, sintiendo las cosas de la Trinidad “apasionadamente”, con un corazón de carne. Porque Él es así, puro amor. Y nos ha creado, nos ha dado el don de la vida. Y al encarnarse y sentir con un corazón humano, su Amor se ha vuelto “apasionado”: nos ama sintiendo cariño sensible, con una sensibilidad riquísima, ya que está imbuida por su Espíritu, pero bien sensibilidad (nada de “espiritualismo intelectual y desencarnado).
Y le interesa saber si Simón Pedro, su discípulo y amigo del alma (si cada uno de nosotros) nos damos cuenta de cómo siente él su amor. El amor sensible “siente” si es correspondido “sensiblemente”. Siente si el otro siente lo mismo o no. No le basta con el amor de elección (ya te elegí y me quedo con vos aunque no “sienta que te amo”). A Jesús le interesa saber si llegó con su amor a hacernos sentir amor. Cuando uno es muy amado, con el amor justo que corresponde a la condición del otro, ese amor despierta irresistiblemente un amor igual. Cuanto más es amado un hijo por su padre con amor de padre, más siente crecer en sí el amor de hijo. Lo mismo sucede con cada amor: si en el trabajo nos amamos con amor de compañeros de trabajo, ese amor suscita más amor de compañerismo. El problema son, pues, los amores “mezclados”, los que provienen de proyectar expectativas de un tipo de amor donde deberíamos notar otro…
Con Jesús, tengámoslo bien claro, no se trata para nada de un amor formal, cultual, de cumplimiento de deberes…. El Señor quiere saber si lo queremos como amigo, si tenemos ganas de andar en su Compañía y de comer y trabajar con él.
Hay una canción preciosa que dice: “Para que el amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero”. Y está bien lo que dice, en cuanto a arraigar en el amor perfecto, que dice sí hasta el final. Pero creo que no valora lo que significa un “sentimiento” y un “deslumbramiento” cuando del otro lado está la Persona de Jesús. Eso que es tan carnal y fragil, nuestro sentimiento, el afecto, la pasión, es la materia con la que le interesa trabajar a Jesús. Y cuando ponemos en juego nuestros afectos y los dejamos en sus manos, El hace que nuestro corazón arraigue de tal manera en su Corazón, el Bien Sumo, que se convierten en lo más movilizante. ¿No es acaso este amor sensible y real lo que más nos atrae en la vida de los Santos? La Pasión del simple amor cura el temor y la tristeza y nos asienta en el territorio del alegre fervor espiritual.

Diego Fares sj

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La Pasión del Señor y nuestras pasiones

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.
…..
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: «Oren, para no caer en la tentación». Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un án-gel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: «¿Por qué están dur-miendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

Contemplación
La contemplación de este Domingo de Ramos, en que la liturgia nos evangeliza con la Pasión según San Lucas, nace de una impresión y de un deseo. La impresión, compartida con muchos, es la de que la Semana Santa siempre me encuentra poco preparado. Y cuando llega ese momento especial en medio de las ceremonias en que el Señor se las ingenia para conmover mi corazón, surge también la pena de no haberme preparado mejor para aprovechar su gracia.

El deseo es el de “preparar mejor la Pascua”. Escribiendo esto me doy cuenta de que así comienza la Pasión. Jesús mismo manda que preparemos la Pascua:
“Llegó el día de los Azimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan a prepararnos lo necesario para la comida pascual»”.

Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que la preparemos?”. Nosotros podemos preguntar “¿Cómo querés que la preparemos?”. Cómo en cuanto a los afectos: ¿Con qué disposición afectiva, centrados en qué sentimientos, con cuánto fervor y pasión querés que preparemos la Pascua?

Leyendo la Pasión uno puede ir tanteando en las escenas y en los diálogos, tratando de imaginar afectivamente cuáles serían los sentimientos de Jesús en la Pasión. Los sentimientos fuertes, quiero decir, los más hondos…

Al fijar el corazón en esto de los sentimientos impresiona mucho lo humano y lo divino que se ve a Jesús. Por un lado se lo ve Dueño de sí, con un Señorío que está lleno de la potencia del Espíritu y que se manifiesta hasta en los últimos detalles. No lo vemos al Señor poseído por un solo sentimiento (depresión por la traición, miedo a la muerte, bronca por los que lo empujan y se le burlan…). Al contrario, uno lo siente como atento a todo, con los sentimientos a flor de piel, pero centrados. El Señor siente todo: lo grande y dramático y lo pequeño y banal. Como dice Guardini “Jesús saca de su interior las fuerzas más vigorosas y se arma para la lucha suprema”.
Por otro lado –y esto es lo que contrasta con el Señorío- Jesús es arrastrado por los acontecimientos. En esto es como cualquier ser humano. En unas pocas horas lo arrestaron, lo condenaron y lo ejecutaron. Y lo que admira es el trabajo interior que el Señor hace. No se si me explico: me impresiona que “no trate de cambiar los acontecimientos”. Se somete a ellos y los modela desde adentro. Eso es lo que deslumbra en la Pasión: parece que a Jesús le pasan todas y que es el único que no actua y eso mismo hace que surja con nitidez la fuerza de su amor. El Señor padece con amor. Y ama apasionadamente.

Aquí es donde entran nuestras pasiones. A ellas tiene que llegar el efecto benéfico de la Pasión del Señor. No solo a nuestras ideas y buenas intenciones. La Pasión tiene que llegar nuestras pasiones, a ese lugar en donde un “salta” (pasión irascible) o donde uno es “arrastrado irresistiblemente” (pasión concupiscible). Allí tiene que llegar la gracia de la Pasión de Cristo, para apasionarnos con el Bien y para fortalecernos ante el mal.

Uno de los dramas de nuestro mundo, dicen los psicólogos, es la pérdida del deseo. Invadidos por bienes menores –bienes de consumo- se nos apaga el deseo del Bien con mayúsculas (el Bien común, de todo el hombre y de todos los hombres, el Bien trascendente). El amor a las chucherías tecnológicas enfría el Amor apasionado a las personas.
Por otro lado, los males que se nos muestran con toda crudeza no vienen “revestidos de publicidad” y causan verdadera angustia. Si uno ve los noticieros podemos entender bastante lo que significa el ver los pecados del mundo, los males y sufrimientos por los cuales va Jesús a la Pasión. Nosotros los vemos en gran medida todos los días. Angustia grande y real y deseos artificiales y pequeños: una mala mezcla. En estas coordenadas se mueven nuestras pasiones: el deseo del bien (concupiscencia) y el rechazo del mal (irascibilidad).

¿Y Jesús? ¿Cuáles son sus deseos apasionados? ¿Qué mal le angustia? ¿En qué amor está arraigado su Corazón?

Elegimos del evangelio de Lucas dos pasajes en los que se habla explícitamente de sus deseos y angustias.

Pasión por la Eucaristía

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión”.

Es la única vez que el Señor abre su corazón mostrando su “deseo ardiente”. Una vez había dicho que venía a traer fuego a la tierra y cómo deseaba que ya estuviera ardiendo. Pues bien, aquí nos muestra en qué consiste ese deseo ardiente: es deseo de “comer la Pascua con sus amigos”. Es el deseo de “hacer la Eucaristía antes de su Pasión”. En la Pasión su entrega será un puro dejarse arrastrar, ser entregado en manos de sus enemigos y dejarse crucificar. En la Eucaristía su entrega es un puro don, un partirse como pan y compartirse como vino consagrados, un darse como alimento y establecer una comunión íntima y total con los suyos. La Pasión de Jesús es la Eucaristía, acción de gracias al Padre y unificación en sí de sus amigos.
Cuando el Señor dice deseo ardiente dice hambre de verdad, como el del hijo pródigo que “deseaba ardientemente comer las bellotas de los cerdos”. El Señor tiene hambre y sed de Eucaristía, de entrar en comunión con nosotros, en una comunión que nos purifica de todo lo propio egoista nuestro y nos hace latir con sus sentimientos y compartir sus deseos de salvación para todos los hombres.
Nuestro mundo sin deseos tiene hambre y sed de la Eucaristía. En todas nuestras ansias late escondida y puja por salir a la luz este deseo de la Eucaristía, de entrar en comunión total con el que nos creó, con el que puede perdonarnos nuestros insoportables pecados y encendernos la esperanza de un amor grande y vivificante.
Toda nuestra concupiscencia exacerbada por la publicidad y el mundo del consumo no hace más que aumentar el hambre de Dios, el hambre del Bien verdadero, que se concreta en la Eucaristía, al comer el Pan de Vida y al beber la Sangre del Señor que se derrama para el perdón de los pecados.
Si en algún lugar podemos poner nuestra pasión (esa que todos tenemos y que muchas veces no se pone en movimiento por no encontrar un objeto adecuado) es en la Eucaristía. Creer que el Señor viene a nosotros apasionadamente y corresponderle yendo a comulgar apasionadamente (en la misa y en los lugares de comunión con los hermanos).

Pasión por la oración
Si ante el Bien que expresa la Eucaristía el Señor siente un deseo ardiente, ante el mal de la muerte que le sobreviene el Señor experimenta una angustia enorme que lo lleva hasta sudar gotas de sangre. El mal causa enojo y angustia. Si sentimos que podemos vencerlo, se despierta la pasión de la ira y arremetemos con violencia. Pero cuando es desproporcionadamente enorme, nos invade la angustia, un querer enfrentarlo y sentir que no podemos. Aquí el Señor nos enseña la lección del Huerto, quizás la más hondamente humana: “En medio de la angustia, él oraba más intensamente”. En su interior se ve la lucha por querer cambiar los acontecimientos y la transformación que experimenta en su voluntad al poner, por encima de todo el mal, al Padre, Bien Único y Supremo. El Señor vence el mal, internamente, adhiriéndose al Bien.

Este orar más intensamente es su recomendación (con el gesto de llevarlos consigo y de orar tres veces) a los discípulos, a los que la angustia los ha anestesiado y se han dormido de tristeza. Oren para no caer en la tentación de la desesperación y del bajar los brazos. En la angustia, la pasión tiene que orientarnos al Padre, en cuyas manos debemos ponernos sobreponiéndonos a la aplastante sensación de impotencia.

Pasión por la Eucaristía, Pasión por la Oración. Son como dos caras de la Pasión por el Padre. El Amor al Padre lo lleva a Jesús a desear ardientemente hacer la Eucaristía y a padecer en la Cruz. Son las dos expresiones de su Amor. Centrados sus afectos en el Padre, todo en Jesús será servicio (lavatorio de los pies), comunión fraterna, perdón hasta a los enemigos (Padre perdónalos porque no saben lo que hacen), abandono en Dios (Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu).

Y para que no queden dudas de que su Pasión es alimento y remedio para nuestras pasiones, nos deja a su Madre para que la llevemos “a nuestra casa”, a lo más propio nuestro: “a la intimidad de nuestros afectos”, como dice Juan. Nuestra Señora es la que, con su manera de vivir la Pasión de su Hijo, apasionada por lo que le apasiona a El y no por ningún otro deseo o dolor, nos enseña a centrar en Cristo nuestro amor de manera tal que ordene nuestras pasiones y afectos y todos nuestros sentimientos, haciendo que sean los mismos que los sentimientos de Jesús.
Diego Fares sj

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