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Posts Tagged ‘Espíritu’

  Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». El le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.» «Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida.» Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.» ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

   Comenzamos notando una frase particular de Jesús: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». La primera parte es objetiva “qué está escrito”; la segunda es postmoderna: cómo lo lees tú. Cómo lo interpretas. Lucas usa “anaginoskein” que significa “leer” de manera personal, reconociendo, interpretando, entendiendo porque uno discierne el fondo de lo que está escrito, el espíritu de la letra. 

A esto vamos, al discernimiento de espíritus. No basta con lo que está escrito, con el mandamiento, con la ley o la definición dogmática. Hay que ver con qué espíritu se leen y se proponen las cosas. Con la fórmula perfecta del amor a Dios y al prójimo se puede terminar pasando de largo frente a los dos, como les pasó a los personajes que no se compadecieron del herido y en vez de hacerse prójimos se hicieron lejanos.

Digamos que Jesús no le tiene miedo al discernimiento. No le tiene miedo a la lectura personal de la Biblia. En esto es muy “protestante”, podríamos decir. No dice: ojo! cuando lees anda y asegúrate que no se te ocurra una herejía! Sino que dice todo lo contrario: qué lees? Cómo lees tú? Cómo entiendes lo que dice ahí?

Es la pregunta que le hace Felipe al gobernador etíope de la reina Candaces que venía leyendo Isaías: “Entiendes lo que lees?”. Y el otro “entendió” que se podía bautizar ahí nomás! No fue cuestión de definiciones. Fue cuestión de vida. Recibió el Espíritu Santo en ese mismo momento y Felipe lo dejó seguir su camino, que fuera aprendiendo de a poco todo lo que el Espíritu tenía para enseñarle sobre el cristianismo al que ya pertenecía.

La misión que el Señor da a los que envía a trabajar en la mies -que es mucha- es la de anunciar el evangelio que despierta la fe y atrae al Espíritu Santo. Una vez que la persona recibe el Espíritu, es cristiana. Luego vendrá el camino de catequizar esa fe, de enseñarle a rezar y a cumplir todos los mandamientos. Pero esto segundo no es lo primero. Primero se derrama el Espíritu sin medida; luego se va enseñando la letra -de lo que hay que creer y de lo que hay que practicar- con medida, discretamente. 

De ahí la importancia de comprender quién es mi prójimo a la manera de Jesús, no con definiciones preconcebidas. Para poder aproximarnos bien a todos, de manera tal que sintamos que podemos comunicar el Espíritu del Padre y de Jesús, o, dado que el Espíritu ya habita en los corazones y en las culturas de cada pueblo, hacer que cada uno comience a interactuar personalmente con Él, mediante la fe que despierta el Evangelio, y se deje enseñar y conducir por Él.

Cuando el doctor de la ley le preguntó a Jesús “quién es mi prójimo”, Lucas dice que repreguntó para justificarse. Notemos que Jesús, que primero le había respondido con la letra de la ley y lo había invitado a interpretarla por sí mismo, ahora le responde no con una definición de prójimo sino con una narración: la parábola del buen samaritano. Y al final, le hace juzgar por sí mismo nuevamente: ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

Una cosa es el ámbito de la letra, otro el del Espíritu. Los dos requieren interpretación, pero de distinto modo. Digámoslo con dos imágenes: a nivel de definiciones, Jesús suele felicitar a los doctores de la ley. Los tipos saben. Y hablan bien. El Señor no tiene problemas con la doctrina. Es más, la cumple personalmente hasta la última coma o tilde. Y si por misericordia hace que alguno se salte un precepto para poder curarlo o para que empiece de nuevo después de haber pecado y pueda ir para adelante, el Señor lo paga de su bolsillo. Lo pagó con cada gota de su sangre en la pasión y pagará lo que falte a su vuelta.

Ahora, cuando se trata del Espíritu, los fariseos y letrados reciben muchos aplazos. Sin embargo, este respondió bien a la parábola. Se convirtió en prójimo el que tuvo compasión del herido. El que tuvo compasión! En otras parábolas, como la de los viñadores homicidas, este tipo de gente se retiraba enojada. Se daban cuenta de que el palo iba para ellos y no “leían” bien la parábola. Pero esta sobre la fraternidad la puede leer bien cualquiera que tenga buena voluntad. 

Hoy sin embargo, incluso esta parábola se ha vuelto contracultural. Al menos aquí en Europa los oídos se han endurecido. Los heridos al borde del camino, se dice, hay que distinguirlos bien. Si son verdaderos “refugiados” porque su país está en guerra, o si son “emigrantes económicos”. Y los que se les acercan con sus naves hay que ver bien quién los financia y si no son cómplices de los traficantes de personas. También están en discusión las hospederías, los puertos a los que se pueden llevar estas personas. Y si alguien predica que lo primero es salvar al herido, se le aplica, aquí sí, la parte de la parábola que dice que pagó de su bolsillo y prometió pagar a su regreso lo que se hubiera gastado de más. Al menos esta parte de la parábola la escuchan hasta los más reacios a mensajes “buonistas”. Buen samaritano suena ahora a “buonista”. A una bondad que no respeta la ley y que no es viable ni política ni económicamente.

Otra frase es “ayudémoslos ‘en su casa’”. Se ha logrado crear un clima en el que las personas sienten que si se ayuda a un emigrante se le está quitando ayuda a ella.

Lo que se percibe en conjunto es un endurecimiento de los corazones. Si no fuera así, no entrarían tan fácilmente los slogans “anti-prójimo”. Si nos situamos en el espacio de la parábola podemos decir que -socialmente- la discusión se ha desplazado. Hoy no solo no se discute a los que pasan de largo sino que estos tienen voceros que atacan duramente a los que se acercan a los heridos. Son criticados los extranjeros que hacen caridad fuera de su país y que pretenden utilizar hospederías nacionales para heridos extranjeros que no se sabe sin son heridos reales o terroristas enmascarados. Como se ve, se ha contaminado el espacio mismo de la parábola.

Lo que yo “leo” en esta situación es que no solo no hay remedio si se discute en el primer nivel, en el de las definiciones, sino que parece que tampoco basta con bajar sin más al nivel narrativo de la parábola para que toque el corazón de cada uno, porque los personajes mismos de la parábola están “ideologizados”. 

El caso de la capitana alemana de la “Sea-watch 3” -Carola Rackete- es el ejemplo más reciente. Es una “buena samaritana moderna” o es una niña bien, rica y privilegiada, que hace política con la piel de los migrantes y rompe las leyes de otros países que no son el suyo con el pretexto de hacer caridad?

Aquí surge una cuestión decisiva, y es la fe. La fe es a lo que apela siempre Jesús. Como le dice a Tomás: “no quieras ser incrédulo sino creyente, fiel”. Ese no quieras alude a que la fe es la fe que uno tiene. No importa si poca o mucha. No importa si ilustrada o menos. Jesús apela a la fe, a la gente que se juega por fe y no por cálculos, por fe en las personas y no por el propio interés. 

Hoy, hasta para leer la parte “simpática” de las parábolas, se nos exige una opción radical: de fe o no fe. Fe en las personas, porque los discursos están todos mezclados. Uno debe mirarles la cara a los protagonistas, ver cómo actúan y jugarse. Esa es la polarización básica, existencial. La única que impide caer en todas las falsas polarizaciones. Uno es un hombre o una mujer de fe o no. Uno que se mueve en último término por la fe en Cristo y en las personas o uno que se mueve por ideas o voluntarismos. 

Dicho más sencillamente: el que se mueve por fe es uno que actúa por “reconocimiento”. Actúa impulsado por la gratitud ante los que le demuestran su amor y devuelve amor con amor. Fundar nuestra acción en el reconocimiento y la gratitud, como dice Michel Rondet sj, sustrae nuestra acción al arbitrio de la voluntad de poder y de dominio, a las insidias del activismo y de la propaganda ideológica.

Actuar por “deber” no excluye la voluntad obsesiva de lograr las metas fijadas, sin tener en cuenta el contexto humano y espiritual de las acciones que uno emprende.

Actuar por “convicción” no nos garantiza siempre contra el fanatismo y sus aberraciones (la historia de la Iglesia nos proporciona ejemplos).

Actuar por reconocimiento sitúa de una vez nuestra acción en la gratuidad y liberalidad del amor. El que actúa por reconocimiento de tanto bien recibido escapa de las “pasiones tristes” como son la envidia, el resentimiento, la búsqueda de la propia fama.

Es curioso, pero Jesús, en el evangelio, liga la imagen del reconocimiento a otro Samaritano, el de los diez leprosos, que regresa a darle gracias. Si los “aproximamos” evangélicamente, podemos imaginar que es este mismo que fue curado el que se compadece del herido que está tirado al borde del camino y se acerca a ayudarlo. 

Hoy como ayer para “leer” bien la parábola, hay que “proceder” como el buen samaritano pero no solo para ayudar al herido sino para llegar a tener un corazón como el del samaritano. Un corazón en el que el actuar -lo que nos mueve e impulsa a hacer las cosas de determinada manera- sea por reconocimiento. 

Reconocimiento de los que son pares en humanidad: hermanos. Si uno reconoce en el otro a un hermano, brota espontáneamente el ayudarlo, sí o sí. La ley prohibía acercarse a un muerto salvo en el caso de que fuera pariente, hermano. El samaritano no tenía problemas, porque era extranjero, pero los otros habrían podido acercarse si lo hubieran considerado como hermano.

Reconocimiento para con Jesús, que se hizo “extranjero” para poder acercarse a ayudarnos. Cuando Jesús se identifica con los más pequeños, confiándonos el protocolo con el que serán juzgadas nuestras acciones en el juicio final, no lo hace “metafóricamente”. En sus encuentros con los discípulos, después de haber resucitado, el Señor les hace experimentar que ya no es “objeto de posesión” sino que se hace ver cuando quiere y en la forma que quiere. Se hace presente, está junto a Magdalena, camina al lado de los discípulos de Emaús, espera en la orilla del lago a los que han ido a pescar… Esta libertad del Señor con respecto a lo que nosotros podemos “poseer”, “objetivar” y “conceptualizar”, debe abrirnos la mente para aprender a “reconocer al Señor” en cualquier situación. Y Él nos revela que “es Él” cada vez que la situación es la de alguien que necesita un vaso de agua o que le venden las heridas, como el hombre de la parábola. 

El reconocimiento, en sentido de la gratitud, permite el reconocimiento, en el sentido de ver a Jesús en el prójimo.

El camino que va de Jerusalén a Jericó es el camino que va del sentirnos “propietarios” -de nuestro país, de nuestra cultura, de nuestro mundo- a sentirnos peregrinos, extranjeros de este sistema que a unos da carta de ciudadanía al precio de tener que excluir ellos mismos a otros.

Diego Fares sj

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            Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden cargar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

            La reflexión de hoy, sobre la Trinidad, nace del diálogo interior con un hermano musulmán. Para hablar de la Trinidad siento que para mí es mejor partir del diálogo con alguien fiel que cree en Dios y, por adorarlo como el Dios Único, tiene dificultad para aceptar nuestras fórmulas trinitarias, y no partir del diálogo de sordos con un mundo que ni siquiera se plantea que pueda existir una Trinidad, o del diálogo con gente que cree que con sus reflexiones teológicas ya lo sabe todo acerca de Ella.

            Charlamos con Sheer, un pakistaní musulmán que vive en San Saba, nuestro centro de acogida para “personas en situación de haber tenido que emigrar de su país” (cómo expresar la situación del que tiene su casa -en su país y en el de inmigración-, pero no tiene “papeles”?). A poco de escucharlo nombrar regiones y ciudades como Kashmir, Islamabad…, me doy cuenta de lo poco que sé de Pakistán. Son más de 200 millones de personas; su monte K2, el segundo más alto del mundo, domina el imaginario geográfico de mi amigo como el Aconcagua el mío… Sheer tiene hoy ganas de hablar y yo, que voy a San Saba para eso, lo sigo. Me pregunta mi edad. Cuando le digo 63 ahí nomás me pregunta cuántos hijos tengo. Yo me quedo medio cortado al ver lo raro que suena en su cultura que alguien no tenga hijos. 

            Este fue el encuentro más “fuerte” de esta semana. Y suelo partir de esas cosas significativas para confrontarme con el Evangelio del domingo. 

            En Europa, en cambio, no suena raro lo de no tener hijos. Pero por otros motivos, más raros todavía. Actualmente aquí la gente no tiene hijos o tiene uno, a lo sumo dos. Acá ni siquiera es raro no casarse. Solamente es raro no tener parej@. 

            En la siesta de este rinconcito romano multicultural que es San Saba, nuestra Basílica situada sobre el Aventino, en un barrio cuya historia se remonta al siglo VI (aquí vivió San Gregorio Magno y su madre Silvia), se da un fenómeno raro en la conversación: la inmediatez de la charla hace sentir la distancia cultural. 

            Basta ver qué está cocinando alguno de los huéspedes para caer en la cuenta de que no es fácil explicar vivencialmente lo que es un mate o comprender el tipo de fideos que come un nigeriano. Y lo mismo sucede al hablar de la familia entre un encargado del centro que es italiano y tiene una sola hermana y un senegalés que tiene más de veinte hermanos y medio hermanos de las cuatro esposas de su padre. 

            A lo que voy es a que “entrar en una cultura” no solo requiere tiempo, sino también “vivir en un lugar”. Por eso es que el hecho de estar todos “acercados” físicamente por el mundo mediático común y por la posibilidad de viajar, paradójicamente dificulta la inculturación. La dificulta porque uno cree que todos pensamos parecido, pero a poco de hablar surgen diferencias grandes, muchas veces milenarias. Manejamos los mismos aparatos, pero los afectos van por otros caminos. El celular es el mismo modelo, pero cada uno escucha la música de su tierra y habla con familiares que habitan mundos tan distintos como un campo de refugiados sirios en Turquía, un pequeño pueblo con plantaciones de plátanos en Gambia o una ciudad a cientos de kilómetros del K2, desde la que se lo ve en los días claros (la montaña sobresale más de medio km entre las de su entorno).

            Al experimentar lo difícil que es explicar por qué no tengo hijos me viene a la mente lo que supondría empezar a hablar de la Trinidad! 

            Después, en casa, investigo un poco y leo lo que dice el Corán en el Cap. 4 v 171: “Oh Gente de la Escritura, no se excedan en su religión y no digan sobre Allah otra cosa que la verdad. El Mesías Jesús, hijo de María no es otra cosa sino un mensajero de Allah, una Palabra suya que Él puso en María, un Espíritu proveniente de Él. Crean pues en Allah y en sus Mensajeros. No digan “Tres”, dejen (de decirlo). Será mejor para ustedes. La verdad es que Allah es un dios único. Tendría un hijo? Gloria a Él. A Él le pertenece todo lo que hay en los cielos y todo aquello que hay sobre la tierra. Allah es suficiente como protector“.

            Me impresionan las expresiones que usa el Corán: “no digan ‘Tres’; “dejen de decirlo”; “No se excedan en su religión”; “Allah basta como protector”. 

            Hay allí una manera de pensar, una lógica que entra en diálogo con la persona y le da indicaciones precisas sobre cómo actuar. No dice: “no existe la trinidad”, dice: “no digan “Tres”, “dejen de decirlo”, “no se excedan”, “basta Allah como protector…”. 

            Es un lenguaje que no discute usando definiciones abstractas, sino que matiza prescripciones y sugerencias de modo persuasivo. Se siente la fuerza del mandato concreto, la apelación a la fe que tiene la gente en un texto sagrado. Y esto va “moderado” por una argumentación basada en el “no se excedan” y “será mejor para ustedes”. Es un lenguaje difícil de resistir; tiene algo de fascinación quizás porque actúa directamente sobre los deseos más que sobre el intelecto.

            De lo poco que conozco del islam, una de las cosas que más me impresionan es cómo con pocas prescripciones, muy precisas, hacen sentir la misma pertenencia a todos por igual -ricos y pobres, de pueblos y culturas muy distintas-.

            Y entonces? Con respecto a la Trinidad, veo que si vamos por el camino de los conceptos metafísicos, la discusión podría ser infinita, lo cual lleva a ni siquiera querer comenzarla. Si ya partimos de que para nosotros el misterio de Dios es que es Uno y Trino y los musulmanes y hebreos piensan que sólo puede ser Uno y único, mejor ni hablar. 

            Sin embargo, nuestra fe en “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero” no es cuestión de disquisiciones metafísicas sino de riqueza de Vida. Una riqueza de vida que nos permite relacionarnos con Jesús como hermanos, siguiéndolo de manera tal que Él se convierte en nuestro Señor, en nuestro Maestro de vida, en nuestro Salvador: el que nos perdona los pecados y nos alimenta con la Eucaristía. Nuestra fe en Jesús nos abre un camino a tratar con Dios como Padre, nuestro y de todos los hombres, nos sitúa en una cercanía familiar y a la vez llena de respeto y deseo de adoración. Nuestra fe en el Espíritu Santo nos hace escucharlo y gustarlo en nuestra vida cotidiana, sintiendo que es el mismo Dios el que nos mueve, el que nos enseña todas las cosas, nos fortalece y santifica. 

            Esta fe rica y compleja no es para “discutir” ni para elaborar teorías que no nos convencen ni a nosotros mismos, sino que es una fe para ser vivida plenamente y explicada “sin excedernos” en nuestras teologías, como bien recomienda el Corán.

            La fe en el Dios Trino y Uno nos permite acercarnos a todos los hombres y comenzar a caminar con ellos sin necesidad de poner por delante una Doctrina en sí misma ya terminada y completa, como condición para comenzar a hacer algo.

            Decía el Cardenal Martini: “El Espíritu nos enseña a “observar” la Palabra, siendo Maestro de nuestra vida práctica. Lo que importa es que la “observemos” -la vivamos- y con nuestro modo de vivir enseñemos qué quiere decir observar. Aquí no se pone el acento sobre una recta doctrina en sí misma, sino sobre la capacidad de hacer vivir evangélicamente a la gente; por tanto, antes que nada se trata de empeñarnos nosotros en vivir una vida evangélica”.

            Nuestra fe en el Dios Trino y Uno, antes que algo para “razonar y explicar” es un espacio infinito para relacionarnos con los demás “entrando por cualquier puerta que tengan ellos abierta con su fe”. 

            Podemos dialogar con el que cree en que Allah es el único Dios y no ofendernos de que no acepte la formulación ya acabada de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, de su misma naturaleza. A Jesús no le molestó presentarse como uno más, como un simple hijo del hombre, y por eso mismo es capaz de acompañar a uno que cree en el Dios Único sin exigirle que crea en Él, como hizo durante su vida terrena. Incluso a aquellos a quienes se reveló en toda su gloria y esplendor, les dijo que tenía muchas cosas para decirles pero que todavía no podían “cargar con ellas”. Jesús no se hizo problemas teológicos, por decirlo así. Confió y sigue confiando en que el Espíritu Santo que envía irá enseñando todas “sus cosas”, toda la verdad, sorbo a sorbo, no de un trago. En este sentido, un cristiano es uno que cree en que Jesús es el Hijo de Dios “en la medida en que el Espíritu se lo va enseñando y le va dando las fuerzas para cargar con esta verdad, haciéndola real en su vida”. Me animo a decir que en este sentido tenemos tanto para aprender de la Trinidad como un musulmán o un judío. Puede ser que gracias a muchos santos y padres y doctores de la Iglesia tengamos una elaboración teológica refinada y muy consistente de las verdades de la fe. Pero luego, a nivel personal, es bueno que cada uno se sienta como analfabeto, como mendigo de fe y de revelación,  como niño de escuela al que el Espíritu le tiene que enseñar todo sobre el Padre y el Hijo. En este punto, creerse que porque uno sabe un poco de teología, “tiene” la verdad revelada, es muy poco cristiano (y poco realista). 

            Por eso es bueno para la fe dialogar con los que tienen otra fe. No para discutir, sino para aprovecharnos de su modo distinto de creer y de las preguntas que nos hacen y las dificultades culturales que tienen para profundizar en lo nuestro, para ser “evangelizados” nuevamente por el Espíritu y tener esto como una actitud permanente: la de ser siempre discípulos.

            El Espíritu es nuestro maestro de vida y no solo nos “recuerda” y nos “enseña” la verdad de Jesús, sino que nos ayuda a “cargar” con la Palabra como el Señor cargó con la cruz (Jn 19, 17). 

            La Palabra es algo que se abraza y se carga como la Cruz, no es una espada o un dedo en alto que usamos para discutir. 

            La Palabra es algo que se recibe con la fe, que se contempla y se gusta en la oración,  y que se pone en práctica con la caridad y la misericordia. Haciendo todo esto, al mismo tiempo, se sale a anunciarla a los demás, a todos los pueblos y culturas. La Palabra no es algo que se usa solo para escribir libros ni -mucho menos- para proyectar esquemas de pensamiento de la propia cultura. 

            La palabra de Jesús -que “es La Palabra”- no es una palabra que Él pretenda decir entera! El se encarga de vivirla y deja que sea el Espíritu el que “cuando venga, el Espíritu de la verdad, Él los encaminará a la Verdad total”

            La Palabra con que nos “encamina” el Espíritu no son “ideas suyas”, no es una palabra autorreferencial: “Porque Él Espíritu no habla desde sí mismo, sino que lo que oye (de lo que se dicen el Padre y Jesús), de eso habla”

            La Palabra que dice el Espíritu no es tanto una explicación como un anuncio: “Les anunciará lo por venir”.

            Y mucho menos es una Palabra de autoelogio, es toda de elogio de Jesús: “El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. 

            Y este elogio que le hace el Espíritu, Jesús siente que no es algo suyo sino del Padre: Es que “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

            Como vemos, Jesús no da definiciones dogmáticas combinando números uno dos y tres, sino que nos revela un modo de actuar en comunión profunda entre el Padre el Espíritu y Él que la definición “Uno y Trino” no hace sino resguardar. Pero no es ni mucho menos el final sino el comienzo del amor que Dios nos quiere revelar.

Diego Fares sj

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Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

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Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Unknown

Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

El domingo pasado veíamos a Jesús rezando de madrugada -intercambiando deseos con el Padre-. Hoy Marcos nos muestra cómo Jesús “es movido por una compasión que toca” y sana al leproso y a toda la gente.

La palabra “compasión entrañable” hace referencia a las entrañas y al hecho de que hay cosas que nos “tocan” y nos mueven a compasión. Los evangelistas señalan a menudo esto que le sucede al Señor: siente compasión por el pueblo que anda “como ovejas que no tienen pastor” y se queda enseñándoles y curándolos largamente, imponiéndoles las manos. Lo mueven a compasión los leprosos, los ciegos, los sordomudos… Jesús se conmueve y actúa con sus manos: le mete los dedos en los oídos, les toca la lengua, hace barro con su saliva y les recrea los ojos…

La “compasión que toca” es la actitud con la que Lucas describe al buen samaritano, que se compadece del herido, le limpia las heridas y lo venda con sus manos, se lo carga en hombros y lo sube a su asno. La imagen contraria es la de aquel deudor a quien el Rey, movido a compasión, le perdonó una gran deuda, pero él, al ver a uno que le debía unos pocos pesos, lo agarró por el cuello y lo ahogaba sin compasión.

Hay tanto para compadecer hoy!

Y como cambia el sentimiento cuando pasamos de mirar a tocar. Cuando le damos la mano al mendigo que nos pide una limosna o le tocamos el hombro o lo bendecimos en la frente.

Hoy no basta ver. Es más, a veces incluso es contraproducente. Vemos demasiado -tantos rostros, tantas imágenes en directo de gente que sufre…-, vemos tanto que la capacidad de sentir se sobrecarga y nos ponemos en “modo no sentir”. Para salir a la calle y llegar al trabajo uno desconecta la compasión como pone el celular en modo avión… Si no no llega.

Yo saco en conclusión que sólo se puede compadecer de verdad al que se puede tocar, aunque sea solo un poquito como cuando uno apenas estrecha la mano o acaricia la frente del enfermo que está en terapia.

La compasión se conecta y se vuelve vaso comunicante a distancia de las manos, no de la vista. No es para nada un sentimiento general, para la humanidad en su conjunto.

La mirada puede despertar la compasión, pero si uno no se acerca, la compasión se convierte en otra cosa. Si no nos conectamos con las manos, la compasión se vuela al mundo de las ideas y corre el riesgo de convertirse en impotencia abstracta con un sabor amargo muy concreto. Esos son los síntomas: impotencia y sentimiento amargo. Tan distintos de lo que uno siente cuando al darle la mano al otro se encuentra con su mirada amiga! La madre Teresa contaba de aquel hombre enfermo de lepra que vino a su encuentro unos días después de haber recibido ella el premio nobel de la paz (1980):

“Hace unos días, a las nueve de la noche, sonó el timbre. Bajé enseguida a ver qué pasaba. Me encontré un enfermo de lepra que estaba tiritando de frío. Le pregunté si necesitaba algo. Le ofrecí comida y una manta para que se protegiese de la dura noche de Calcuta. Las rehusó. Me tendió el cuenco de pedir. Me dijo en bengalí: ‘Madre, oí decir a la gente que le había sido dado un premio. Esta mañana tomé la resolución de traerle todo lo que consiguiese recaudar a lo largo del día. por eso he venido’. Vi en el cuenco 75 paise. Una pequeña cantidad (menos de 10 centavos de dólar). La conservo sobre mi mesa, porque este modesto regalo revela la grandeza del corazón humano. Y es algo de verdad muy hermoso. Nunca he visto alegría semejante en el rostro de alguien tras regalar dinero o comida como la de aquel mendigo que se sentía feliz de poder dar algo también él”.

Imagino que al recibir el dinero ella le tomó la mano y luego le agarró la cabeza como sus manos como hacía, lo besó en la frente y ahí le vio en los ojos la alegría que cuenta que este hombre sentía.

Allí me vino el recuerdo de la foto del Papa tocando a la abuela de cien años que no ve y “quería tocar su manita”. Como la hemorroísa, a la que le bastaba tocar los flecos del manto del Señor. Es que la gente sabe que la compasión se establece cuando hay contacto con las manos.

Y contra esa impotencia de los ojos, que para ver necesitan distancia, la potencia del tacto, que es el sentido de la proximidad, tenemos la comunión como el sacramento de la compasión. Jesús nos mandó comulgar, hacer la comunión en memoria suya, porque tocándonos, al recibirlo en la mano, en el sencillo gesto de tomar el pan con los dedos y llevarlo a la boca, su Pasión entra en contacto con nuestra vida. Y al tocarnos, el Señor nos equipara y nos sintoniza con sus sentimientos y nos transmite la corriente de su gracia.

Si no nos tocara, su Palabra quedaría como imagen, se nos iría al mundo de las ideas, que flotan en el paradigma de cada cultura y sólo bajan al corazón y a las manos en la medida en que los imperativos de moda se lo permiten.

Son tan distintas las cosas que mueven a actuar en cada cultura! En la India, por ejemplo, hay castas enteras de gente a la que se llama “los intocables”. Es tanta la miseria, pienso yo, que elaboraron esa autodefensa para poder vivir: no tocar a los que no van a poder ayudar. Para no sentir compasión? Eso creo yo. Y la madre Teresa cambió ese paradigma tocando a todos, ayudando a bien morir con las manos de sus monjas y colaboradores (como un grupo de 50 argentinos que están ahora allí, ayudando y aprendiendo de los pobres).

Podemos poner en práctica, cuando vamos a comulgar, esto de “compadecer tocando a Jesús, recibiéndolo en la mano”. La Eucaristía no es solo Jesús, es la carne de Jesús que es la carne de todos. En la comunión el Señor nos brinda la posibilidad de que, dejándonos tocar por Él, nuestra compasión se conecte con la suya y encontremos nuestra manera y medida humana de compadecer a todos con Él y en Él. No con “nuestra compasión” que se excede o se enfría de más o de menos. Jesús nos da la posibilidad real de compadecer con una compasión “nuestra”, de Jesús y mía, o de Jesús y nosotros, mejor. Es esta compasión común que nos da comulgar con el mismo pan la que unifica sentimientos y acciones.

Hoy no se puede “tocar” a los pobres si no es con la manos que tenemos en común. No sirven las manos individualistas que usamos para agarrar nuestra plata, no bastan las manos buenas de cada uno, que en cierto momento deben soltar para ir a hacer otra cosa, hacen falta las manos de muchos, de un cuerpo social, de una institución que se hace Manos abiertas, siempre abiertas, las de todos a través de las de cada uno sumado a los demás.

Al dejarnos tocar por la Eucaristía y al tocar a Jesús podemos tocar compasiva y sanadoramente, la carne de todos lo intocables del mundo. Es imprescindible, hoy más que nunca, comulgar. Tocar bien la carne, para hacer sentir la misericordia, el amor, la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Tocar bien la carne para sanar, para alentar, para impulsar a vivir. Hoy más que nunca, hace falta este “sentido de la carne que solo Cristo puede dar”, ya que en nuestra carne se abren las llagas de la humanidad. En la carne se  muestran las enfermedades propias de ella y las del nuestra mente, que nos llevan a maltratar nuestra carne: que la hieren y abandonan, que la explotan, la comercian, la abusan, la anestesian, la decoran, la idolatran, se encarnizan terapéuticamente con ella, no la dejan nacer, no la alimentan ni la cuidan, no la dejan morir en paz…

Hace poco, el Papa hablaba de no usar los celulares en la Misa y decía que basta pensar en el lugar donde estamos cuando se celebra la Eucaristía -estamos en el Calvario, decía, ante el Señor que da la vida en la Cruz por nosotros- basta pensar en esto para que uno se ubique y no sienta deseos de sacar fotos.

No se sacan fotos en el calvario.             La misa no es un espectáculo, decía (esta es la reflexión de hoy). No es un espectáculo porque los espectáculos tengan algo de malo, no es un espectáculo porque es algo más profundo e intenso. Se nos invita tocar al Señor, a comulgar con su compasión dejando que al tocarnos, su Carne y su Sangre hagan vaso comunicante con nuestra carne y nuestra sangre y entremos en comunión con las de toda la humanidad. La Eucaristía es cada vez un acontecimiento único: es entrar en compasión y requiere las manos y toda la atención del corazón puesta en sentir el momento y vivirlo ahí. No es algo que se registra para vivirlo después.

Por otra parte, sólo entrando en comunión con la Pasión del Señor podemos animarnos un poco más a entrar en compasión con los que sufren. Sólo la comunión con la Carne de Cristo, muerta y resucitada, puede darnos el sentido justo de la compasión. Sólo comulgando con esa Carne, con lo que pasó (pasión) y lo que ahora es, glorificada, podemos ir aprendiendo a gustar lo que significa compadecer a los demás, lo que significa tratar bien a nuestra carne, con amor respetuoso y familiar, con sentido humano.

La Eucaristía es el momento para compadecer. Comulgar no es “gustar” la carne del Señor como cosa, como objeto de un momentito mío a solas con un Jesús particular. Comulgar es gustar la carne viva del Señor. Viva quiere decir en acción y pasión, padeciendo y muriendo y dando la vida por mí. Comulgar así, me permite comulgar también con la carne viviente de los demás, con sus alegrías y padecimientos. Puedo masticar los dolores de los que amo al masticar los dolores del Señor y comulgar con ellos en la paz que nos da la fe en que las llagas del Señor son llagas resucitadas. Revivir los dolores del Señor uniéndolos a los dolores reales de la gente concreta que conozco y que sé que sufre, uniéndolos a Él, eso me resulta más cercano y consolador que pensarlos separados.

Al comulgar podemos decir el “sí, quiero, queda limpio” que le dijo el Señor al leproso. Aunque nuestro sí no “cure” directamente, es un sí que nos permite entrar en la corriente de la compasión sanadora del Señor. Nos unimos comulgando con esa compasión que dice sí y que extiende la mano tocando a lo largo de la historia a cada ser humano que viene a este mundo. Al comulgar podemos decir “sí, quiero”, quiero que toda lágrima sea enjugada, toda enfermedad sanada y todo sufrimiento compadecido, cuando y como el Señor quiera y sea como sea que lo haga.

En la comunión experimentamos la belleza que salva al mundo: la del amor que se compadece del dolor -como dice el príncipe de Dostoievski-, tocándolo.

Así como en la consagración pedimos al Padre que “santifique los dones de pan y de vino con una efusión de Espíritu Santo, podemos pedir al Espíritu, al que invocamos como “Dedo de la mano Paterna” que nos de un simple toque, de esos que “encienden con su luz nuestros sentidos” e infunda su compasión en nuestro pecho y fortalezca con su fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”. Es el Espíritu el que puede darnos la gracia de esta “compasión que extiende la mano y toca y limpia las lepras de nuestro tiempo”.

Diego Fares

 

 

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En seguida Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. [Saliendo] Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

De madrugada, muy de noche todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; y allí rezaba.

[A media mañana] Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: – «Todos te andan buscando.»

El les respondió: – «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar porque para eso he salido (del Padre).»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

Marcos, que nos muestra la actividad febril de un día en la vida de Jesús, nos dice que ” De madrugada, muy de noche todavía, se levantó, salió y fue a un lugar desierto. Y allí rezaba.

“Proseuchomai” -rezar- significa “intercambiar deseos”. Entre la riqueza infinita del cuadro que nos pinta Marcos, como siempre, me quedé con ese sentimiento. Jesús se iba un rato -largo- a intercambiar deseos con el Padre.

Lo hacía todo el tiempo, como hacemos todos, aunque a veces no nos demos cuenta o el intercambio quede medio atorado.

Qué lindo que es poder charlar con una persona amiga. Los deseos fluyen, con un poco de apuro y desorden quizás, pero solitos se ordenan y el intercambio se establece. Charlar entre amigos es intercambiar deseos. Uno discierne intuitivamente, entre el mar de cosas que quiere compartir, lo que más desea y pesca lo que el otro le quiere decir. A veces hay charlas largas como una cena con sobremesa, en las que algo importante que llena el corazón -de alegría o de angustia- se comparte a fondo, tocando todos los registros, hasta que las dos personas sienten que han dicho todo y que han recibido todo lo del otro. Otras veces no hay tiempo para remansarse y entonces se pasa la información más gruesa, de manera que uno sepa que el otro sabe lo que se quiere compartir. Con peso y consecuencias, con los matices de cada detalle. Intercambiar deseos.

Acaso no son eso las largas charlas entre una madre y su bebé. Balbuceos, manos y manitas, miradas, sonrisas, caricias y gestos de amor: oración -intercambio de deseos-. Tan fuerte es el intercambio que de ahí se despierta en el bebé el deseo de hablar, que de tan fuerte se convierte después en toda la literatura, toda la prensa, todas los chats, los tweets y los WhatsApp, pero que en el fondo fondo es deseo de “intercambio de deseos”, es deseo de rezar.

Vendría a querer decir todo esto que rezar no es difícil, si uno le da tiempo a los amigos, si uno reza dejándose llevar como cuando de niño pequeño le contaba sus aventuras, en la mesa, a sus papás.

La oración de Jesús es una oración totalmente expuesta. Estaba tan a la vista que un día (no este, porque Simón y los otros estaban apurados porque toda la gente andaba buscando al Maestro y ellos sentían que estaban llenos de actividad. Y Jesús se ve que también porque les dice: “Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí yo pueda predicar porque para eso he salido”), estaba tan a la vista lo que le sucedía a Jesús en la oración -que literalmente se transfiguraba- que le pidieron: enséñanos a rezar”. Y Él les enseñó a intercambiar deseos con el Padre. O más bien, les dio ese “odre nuevo” que es el Padrenuestro, capaz de contener todos los deseos que, después, uno tiene que decir y beber a sorbos, gustando cada “padre nuestro” y cada “que estás en los cielos” como se gusta el pan “cada día” y se perdona cada deuda y se pide ayuda en cada tentación…

Digo que la oración de Jesús está expuesta en su vida, porque en lo que hizo aquel día, por ejemplo, se transparentan -cristalinos- sus deseos. Inmediatamente, dice Marcos y repite la palabra varias veces, Jesús interactúa con su pueblo. Sale de la sinagoga y va la casa de Simón y ahí nomás le presentan lo más urgente, la suegra que tiene fiebre, y el Señor la toma de la mano y la levanta. Los deseos son como los pájaros que vuelan en bandadas, siempre hay uno guía que quizás no se lo pueda distinguir de los otros pero se adivina en el movimiento de conjunto, en la dirección y en los cambios al unísono. Jesús despierta los deseos guías, los deseos de fondo, intercambia con los hombres a partir de nuestros deseos principales. Por eso es Maestro de oración. Y lo que enseña no es una técnica sino a vivir. Porque vivir es desear. Si uno aprende a mirar todos pueden ver el deseo que late en cada cosa y que imanta y despliega todo lo que es estructura exterior. Un joven jesuita peruano, en el encuentro que tuvieron los jesuitas con Francisco en Lima, le pedía una palabra de aliento al Papa porque -le decía- “cada vez somos menos y tenemos muchas instituciones para llevar adelante”. El Papa le tomó la palabra y le pidió permiso para hacerle una corrección: dijiste instituciones y lo que tenemos son muchas “obras”, que quizás nacieron como instituciones, pero por algún motivo a lo largo del tiempo, dejaron de serlo. Y le definió así lo que es una institución: “algo que convoca, que atrae, que da respuestas a los problemas actuales, que da fuerza y consolación”.

A mí la imagen que me viene es la de haber entrado el domingo pasado, a la nochecita, en dos grandes iglesias de Roma en las que se estaba celebrando misa, y verlas desproporcionadamente grandes y vacías. Los jóvenes que participaban de la misa, en un gesto de rezar el padrenuestro tomándose de las manos, le dieron algo de calor. Pero la impresión era de demasiada estructura sobre una llamita pequeña, que necesitaba más bien otro ámbito para “intercambiar deseos con el Padre y entre sí”. Cuando el intercambio de deseos se consolida nace una institución, pero si por eficiencia los caminos de los deseos se vuelven rutina y comodidad y la institución se puebla de burócratas, pronto queda solo una cáscara, un museo, una oficina…

La institución es oración y la oración es institución cuando ambas son “intercambio de deseos”. Intercambio que se hace con palabras, con miradas, con gestos, con procedimientos y trabajo. Pero siempre cuidando que lo que se intercambia sea el deseo, la atracción al bien, eso que se llama amor.

Jesús salió del Padre para enseñarnos este intercambio que llevamos dentro, como su sello y que es distintivo de un ser espiritual. Las estrellas y los planetas intercambian energía y materia, las plantas intercambian sales con la tierra y colores con la luz, los animales intercambian su semen y se reproducen, los seres humanos, además de todo, intercambiamos sueños. E intercambiarlos con precisión, alegría y constancia, como quien distribuye colores en un cuadro, melodías en una canción, palabras y rimas en una poesía, condimentos en una comida, pases en un juego y tareas en una organización, eso es “hacer oración”.

A enseñarnos a rezar salió Jesús del Padre y vino a nosotros. Su predicación no son exhortaciones morales que estandarizan el movimiento del deseo para que sea ordenado al fin. Eso es consecuencia natural y segunda de la exhortación de fondo que consiste en avivar el deseo, en encenderlo y hacer experimentar el gozo de compartirlo: por eso la alegría del evangelio enciende la alegría del amor, esa que se contiene en el odre nuevo y vivo del modelo de toda institución: la familia. En la familia, el intercambio de deseos es la actividad principal. Por eso, cuando una mamá o un padre me dicen que quisieran rezar más, pero que no tienen tiempo para rezar, siempre les digo que no es así, que están pensando mal, que en realidad están rezando todo el tiempo, sólo que no se dan cuenta.  Y les hago ver que ese “deseo” de rezar más que interpretan como que están rezando poco, es clara señal de otra cosa: de que el Espíritu que es el que “gime” y desea en nuestro interior, está golpeando la puerta de su corazón, pero no para entrar sino para que lo dejan salir, como dice el Papa dando vuelta la imagen del Apocalipsis del “Estoy a la puerta y llamo”. Rezar no es incorporar ideas ni sentimientos. Rezar es intercambiar deseos. Y cada uno intercambia lo que tiene y de lo que tiene y puede, como dice la Contemplación para crecer en el amor.

Lo mismo cuando un cura o una religiosa dice que no está rezando bien, que dedica mucho tiempo al trabajo o que pierde el tiempo y que no reza. No es así. El problema no es que no rece, porque eso sería como no respirar, no comer o no mirar. El problema está en que no intercambia deseos con el Señor. Porque sus deseos le parecen mezquinos o el papel con que los envuelve es demasiado ideal o tiene los deseos dispersos y centrados en sí mismo. El punto es que “deseos tenemos todos” y todo el tiempo. Basta intercambiarlos, que el Espíritu siempre nos hace ganar en el cambio. Al revés que en las casas de dinero, donde siempre, en el momento en que cambiás dólares, algo perdés, el Espíritu, hasta cuando lo que intercambiás son pecados en una buena confesión, siempre te hace ganar. Y mucho.

Con la oración sucede como con el dinero: como decía don Zatti: “el dinero, lo importante es que circule”. Y ponía ese cartel sobre la alcancía que decía: “si necesita, saque, si tiene, ponga”.

Así que, de mañanita -y en cualquier momento en que nos vengan ganas- a intercambiar deseos con el Padre y con Jesús, con la ayuda del Espíritu que es “El Deseo mismo de intercambiar”. Y si uno tiene para dar, ponga. Y si necesita, saque. Y vuelva a sacar, que por mucho que sea, si hay algo que no se agota es la Misericordia del Señor.

Diego Fares sj

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