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Posts Tagged ‘Espíritu’

 

Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Unknown

Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

El domingo pasado veíamos a Jesús rezando de madrugada -intercambiando deseos con el Padre-. Hoy Marcos nos muestra cómo Jesús “es movido por una compasión que toca” y sana al leproso y a toda la gente.

La palabra “compasión entrañable” hace referencia a las entrañas y al hecho de que hay cosas que nos “tocan” y nos mueven a compasión. Los evangelistas señalan a menudo esto que le sucede al Señor: siente compasión por el pueblo que anda “como ovejas que no tienen pastor” y se queda enseñándoles y curándolos largamente, imponiéndoles las manos. Lo mueven a compasión los leprosos, los ciegos, los sordomudos… Jesús se conmueve y actúa con sus manos: le mete los dedos en los oídos, les toca la lengua, hace barro con su saliva y les recrea los ojos…

La “compasión que toca” es la actitud con la que Lucas describe al buen samaritano, que se compadece del herido, le limpia las heridas y lo venda con sus manos, se lo carga en hombros y lo sube a su asno. La imagen contraria es la de aquel deudor a quien el Rey, movido a compasión, le perdonó una gran deuda, pero él, al ver a uno que le debía unos pocos pesos, lo agarró por el cuello y lo ahogaba sin compasión.

Hay tanto para compadecer hoy!

Y como cambia el sentimiento cuando pasamos de mirar a tocar. Cuando le damos la mano al mendigo que nos pide una limosna o le tocamos el hombro o lo bendecimos en la frente.

Hoy no basta ver. Es más, a veces incluso es contraproducente. Vemos demasiado -tantos rostros, tantas imágenes en directo de gente que sufre…-, vemos tanto que la capacidad de sentir se sobrecarga y nos ponemos en “modo no sentir”. Para salir a la calle y llegar al trabajo uno desconecta la compasión como pone el celular en modo avión… Si no no llega.

Yo saco en conclusión que sólo se puede compadecer de verdad al que se puede tocar, aunque sea solo un poquito como cuando uno apenas estrecha la mano o acaricia la frente del enfermo que está en terapia.

La compasión se conecta y se vuelve vaso comunicante a distancia de las manos, no de la vista. No es para nada un sentimiento general, para la humanidad en su conjunto.

La mirada puede despertar la compasión, pero si uno no se acerca, la compasión se convierte en otra cosa. Si no nos conectamos con las manos, la compasión se vuela al mundo de las ideas y corre el riesgo de convertirse en impotencia abstracta con un sabor amargo muy concreto. Esos son los síntomas: impotencia y sentimiento amargo. Tan distintos de lo que uno siente cuando al darle la mano al otro se encuentra con su mirada amiga! La madre Teresa contaba de aquel hombre enfermo de lepra que vino a su encuentro unos días después de haber recibido ella el premio nobel de la paz (1980):

“Hace unos días, a las nueve de la noche, sonó el timbre. Bajé enseguida a ver qué pasaba. Me encontré un enfermo de lepra que estaba tiritando de frío. Le pregunté si necesitaba algo. Le ofrecí comida y una manta para que se protegiese de la dura noche de Calcuta. Las rehusó. Me tendió el cuenco de pedir. Me dijo en bengalí: ‘Madre, oí decir a la gente que le había sido dado un premio. Esta mañana tomé la resolución de traerle todo lo que consiguiese recaudar a lo largo del día. por eso he venido’. Vi en el cuenco 75 paise. Una pequeña cantidad (menos de 10 centavos de dólar). La conservo sobre mi mesa, porque este modesto regalo revela la grandeza del corazón humano. Y es algo de verdad muy hermoso. Nunca he visto alegría semejante en el rostro de alguien tras regalar dinero o comida como la de aquel mendigo que se sentía feliz de poder dar algo también él”.

Imagino que al recibir el dinero ella le tomó la mano y luego le agarró la cabeza como sus manos como hacía, lo besó en la frente y ahí le vio en los ojos la alegría que cuenta que este hombre sentía.

Allí me vino el recuerdo de la foto del Papa tocando a la abuela de cien años que no ve y “quería tocar su manita”. Como la hemorroísa, a la que le bastaba tocar los flecos del manto del Señor. Es que la gente sabe que la compasión se establece cuando hay contacto con las manos.

Y contra esa impotencia de los ojos, que para ver necesitan distancia, la potencia del tacto, que es el sentido de la proximidad, tenemos la comunión como el sacramento de la compasión. Jesús nos mandó comulgar, hacer la comunión en memoria suya, porque tocándonos, al recibirlo en la mano, en el sencillo gesto de tomar el pan con los dedos y llevarlo a la boca, su Pasión entra en contacto con nuestra vida. Y al tocarnos, el Señor nos equipara y nos sintoniza con sus sentimientos y nos transmite la corriente de su gracia.

Si no nos tocara, su Palabra quedaría como imagen, se nos iría al mundo de las ideas, que flotan en el paradigma de cada cultura y sólo bajan al corazón y a las manos en la medida en que los imperativos de moda se lo permiten.

Son tan distintas las cosas que mueven a actuar en cada cultura! En la India, por ejemplo, hay castas enteras de gente a la que se llama “los intocables”. Es tanta la miseria, pienso yo, que elaboraron esa autodefensa para poder vivir: no tocar a los que no van a poder ayudar. Para no sentir compasión? Eso creo yo. Y la madre Teresa cambió ese paradigma tocando a todos, ayudando a bien morir con las manos de sus monjas y colaboradores (como un grupo de 50 argentinos que están ahora allí, ayudando y aprendiendo de los pobres).

Podemos poner en práctica, cuando vamos a comulgar, esto de “compadecer tocando a Jesús, recibiéndolo en la mano”. La Eucaristía no es solo Jesús, es la carne de Jesús que es la carne de todos. En la comunión el Señor nos brinda la posibilidad de que, dejándonos tocar por Él, nuestra compasión se conecte con la suya y encontremos nuestra manera y medida humana de compadecer a todos con Él y en Él. No con “nuestra compasión” que se excede o se enfría de más o de menos. Jesús nos da la posibilidad real de compadecer con una compasión “nuestra”, de Jesús y mía, o de Jesús y nosotros, mejor. Es esta compasión común que nos da comulgar con el mismo pan la que unifica sentimientos y acciones.

Hoy no se puede “tocar” a los pobres si no es con la manos que tenemos en común. No sirven las manos individualistas que usamos para agarrar nuestra plata, no bastan las manos buenas de cada uno, que en cierto momento deben soltar para ir a hacer otra cosa, hacen falta las manos de muchos, de un cuerpo social, de una institución que se hace Manos abiertas, siempre abiertas, las de todos a través de las de cada uno sumado a los demás.

Al dejarnos tocar por la Eucaristía y al tocar a Jesús podemos tocar compasiva y sanadoramente, la carne de todos lo intocables del mundo. Es imprescindible, hoy más que nunca, comulgar. Tocar bien la carne, para hacer sentir la misericordia, el amor, la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Tocar bien la carne para sanar, para alentar, para impulsar a vivir. Hoy más que nunca, hace falta este “sentido de la carne que solo Cristo puede dar”, ya que en nuestra carne se abren las llagas de la humanidad. En la carne se  muestran las enfermedades propias de ella y las del nuestra mente, que nos llevan a maltratar nuestra carne: que la hieren y abandonan, que la explotan, la comercian, la abusan, la anestesian, la decoran, la idolatran, se encarnizan terapéuticamente con ella, no la dejan nacer, no la alimentan ni la cuidan, no la dejan morir en paz…

Hace poco, el Papa hablaba de no usar los celulares en la Misa y decía que basta pensar en el lugar donde estamos cuando se celebra la Eucaristía -estamos en el Calvario, decía, ante el Señor que da la vida en la Cruz por nosotros- basta pensar en esto para que uno se ubique y no sienta deseos de sacar fotos.

No se sacan fotos en el calvario.             La misa no es un espectáculo, decía (esta es la reflexión de hoy). No es un espectáculo porque los espectáculos tengan algo de malo, no es un espectáculo porque es algo más profundo e intenso. Se nos invita tocar al Señor, a comulgar con su compasión dejando que al tocarnos, su Carne y su Sangre hagan vaso comunicante con nuestra carne y nuestra sangre y entremos en comunión con las de toda la humanidad. La Eucaristía es cada vez un acontecimiento único: es entrar en compasión y requiere las manos y toda la atención del corazón puesta en sentir el momento y vivirlo ahí. No es algo que se registra para vivirlo después.

Por otra parte, sólo entrando en comunión con la Pasión del Señor podemos animarnos un poco más a entrar en compasión con los que sufren. Sólo la comunión con la Carne de Cristo, muerta y resucitada, puede darnos el sentido justo de la compasión. Sólo comulgando con esa Carne, con lo que pasó (pasión) y lo que ahora es, glorificada, podemos ir aprendiendo a gustar lo que significa compadecer a los demás, lo que significa tratar bien a nuestra carne, con amor respetuoso y familiar, con sentido humano.

La Eucaristía es el momento para compadecer. Comulgar no es “gustar” la carne del Señor como cosa, como objeto de un momentito mío a solas con un Jesús particular. Comulgar es gustar la carne viva del Señor. Viva quiere decir en acción y pasión, padeciendo y muriendo y dando la vida por mí. Comulgar así, me permite comulgar también con la carne viviente de los demás, con sus alegrías y padecimientos. Puedo masticar los dolores de los que amo al masticar los dolores del Señor y comulgar con ellos en la paz que nos da la fe en que las llagas del Señor son llagas resucitadas. Revivir los dolores del Señor uniéndolos a los dolores reales de la gente concreta que conozco y que sé que sufre, uniéndolos a Él, eso me resulta más cercano y consolador que pensarlos separados.

Al comulgar podemos decir el “sí, quiero, queda limpio” que le dijo el Señor al leproso. Aunque nuestro sí no “cure” directamente, es un sí que nos permite entrar en la corriente de la compasión sanadora del Señor. Nos unimos comulgando con esa compasión que dice sí y que extiende la mano tocando a lo largo de la historia a cada ser humano que viene a este mundo. Al comulgar podemos decir “sí, quiero”, quiero que toda lágrima sea enjugada, toda enfermedad sanada y todo sufrimiento compadecido, cuando y como el Señor quiera y sea como sea que lo haga.

En la comunión experimentamos la belleza que salva al mundo: la del amor que se compadece del dolor -como dice el príncipe de Dostoievski-, tocándolo.

Así como en la consagración pedimos al Padre que “santifique los dones de pan y de vino con una efusión de Espíritu Santo, podemos pedir al Espíritu, al que invocamos como “Dedo de la mano Paterna” que nos de un simple toque, de esos que “encienden con su luz nuestros sentidos” e infunda su compasión en nuestro pecho y fortalezca con su fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”. Es el Espíritu el que puede darnos la gracia de esta “compasión que extiende la mano y toca y limpia las lepras de nuestro tiempo”.

Diego Fares

 

 

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En seguida Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. [Saliendo] Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

De madrugada, muy de noche todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; y allí rezaba.

[A media mañana] Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: – «Todos te andan buscando.»

El les respondió: – «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar porque para eso he salido (del Padre).»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

Marcos, que nos muestra la actividad febril de un día en la vida de Jesús, nos dice que ” De madrugada, muy de noche todavía, se levantó, salió y fue a un lugar desierto. Y allí rezaba.

“Proseuchomai” -rezar- significa “intercambiar deseos”. Entre la riqueza infinita del cuadro que nos pinta Marcos, como siempre, me quedé con ese sentimiento. Jesús se iba un rato -largo- a intercambiar deseos con el Padre.

Lo hacía todo el tiempo, como hacemos todos, aunque a veces no nos demos cuenta o el intercambio quede medio atorado.

Qué lindo que es poder charlar con una persona amiga. Los deseos fluyen, con un poco de apuro y desorden quizás, pero solitos se ordenan y el intercambio se establece. Charlar entre amigos es intercambiar deseos. Uno discierne intuitivamente, entre el mar de cosas que quiere compartir, lo que más desea y pesca lo que el otro le quiere decir. A veces hay charlas largas como una cena con sobremesa, en las que algo importante que llena el corazón -de alegría o de angustia- se comparte a fondo, tocando todos los registros, hasta que las dos personas sienten que han dicho todo y que han recibido todo lo del otro. Otras veces no hay tiempo para remansarse y entonces se pasa la información más gruesa, de manera que uno sepa que el otro sabe lo que se quiere compartir. Con peso y consecuencias, con los matices de cada detalle. Intercambiar deseos.

Acaso no son eso las largas charlas entre una madre y su bebé. Balbuceos, manos y manitas, miradas, sonrisas, caricias y gestos de amor: oración -intercambio de deseos-. Tan fuerte es el intercambio que de ahí se despierta en el bebé el deseo de hablar, que de tan fuerte se convierte después en toda la literatura, toda la prensa, todas los chats, los tweets y los WhatsApp, pero que en el fondo fondo es deseo de “intercambio de deseos”, es deseo de rezar.

Vendría a querer decir todo esto que rezar no es difícil, si uno le da tiempo a los amigos, si uno reza dejándose llevar como cuando de niño pequeño le contaba sus aventuras, en la mesa, a sus papás.

La oración de Jesús es una oración totalmente expuesta. Estaba tan a la vista que un día (no este, porque Simón y los otros estaban apurados porque toda la gente andaba buscando al Maestro y ellos sentían que estaban llenos de actividad. Y Jesús se ve que también porque les dice: “Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí yo pueda predicar porque para eso he salido”), estaba tan a la vista lo que le sucedía a Jesús en la oración -que literalmente se transfiguraba- que le pidieron: enséñanos a rezar”. Y Él les enseñó a intercambiar deseos con el Padre. O más bien, les dio ese “odre nuevo” que es el Padrenuestro, capaz de contener todos los deseos que, después, uno tiene que decir y beber a sorbos, gustando cada “padre nuestro” y cada “que estás en los cielos” como se gusta el pan “cada día” y se perdona cada deuda y se pide ayuda en cada tentación…

Digo que la oración de Jesús está expuesta en su vida, porque en lo que hizo aquel día, por ejemplo, se transparentan -cristalinos- sus deseos. Inmediatamente, dice Marcos y repite la palabra varias veces, Jesús interactúa con su pueblo. Sale de la sinagoga y va la casa de Simón y ahí nomás le presentan lo más urgente, la suegra que tiene fiebre, y el Señor la toma de la mano y la levanta. Los deseos son como los pájaros que vuelan en bandadas, siempre hay uno guía que quizás no se lo pueda distinguir de los otros pero se adivina en el movimiento de conjunto, en la dirección y en los cambios al unísono. Jesús despierta los deseos guías, los deseos de fondo, intercambia con los hombres a partir de nuestros deseos principales. Por eso es Maestro de oración. Y lo que enseña no es una técnica sino a vivir. Porque vivir es desear. Si uno aprende a mirar todos pueden ver el deseo que late en cada cosa y que imanta y despliega todo lo que es estructura exterior. Un joven jesuita peruano, en el encuentro que tuvieron los jesuitas con Francisco en Lima, le pedía una palabra de aliento al Papa porque -le decía- “cada vez somos menos y tenemos muchas instituciones para llevar adelante”. El Papa le tomó la palabra y le pidió permiso para hacerle una corrección: dijiste instituciones y lo que tenemos son muchas “obras”, que quizás nacieron como instituciones, pero por algún motivo a lo largo del tiempo, dejaron de serlo. Y le definió así lo que es una institución: “algo que convoca, que atrae, que da respuestas a los problemas actuales, que da fuerza y consolación”.

A mí la imagen que me viene es la de haber entrado el domingo pasado, a la nochecita, en dos grandes iglesias de Roma en las que se estaba celebrando misa, y verlas desproporcionadamente grandes y vacías. Los jóvenes que participaban de la misa, en un gesto de rezar el padrenuestro tomándose de las manos, le dieron algo de calor. Pero la impresión era de demasiada estructura sobre una llamita pequeña, que necesitaba más bien otro ámbito para “intercambiar deseos con el Padre y entre sí”. Cuando el intercambio de deseos se consolida nace una institución, pero si por eficiencia los caminos de los deseos se vuelven rutina y comodidad y la institución se puebla de burócratas, pronto queda solo una cáscara, un museo, una oficina…

La institución es oración y la oración es institución cuando ambas son “intercambio de deseos”. Intercambio que se hace con palabras, con miradas, con gestos, con procedimientos y trabajo. Pero siempre cuidando que lo que se intercambia sea el deseo, la atracción al bien, eso que se llama amor.

Jesús salió del Padre para enseñarnos este intercambio que llevamos dentro, como su sello y que es distintivo de un ser espiritual. Las estrellas y los planetas intercambian energía y materia, las plantas intercambian sales con la tierra y colores con la luz, los animales intercambian su semen y se reproducen, los seres humanos, además de todo, intercambiamos sueños. E intercambiarlos con precisión, alegría y constancia, como quien distribuye colores en un cuadro, melodías en una canción, palabras y rimas en una poesía, condimentos en una comida, pases en un juego y tareas en una organización, eso es “hacer oración”.

A enseñarnos a rezar salió Jesús del Padre y vino a nosotros. Su predicación no son exhortaciones morales que estandarizan el movimiento del deseo para que sea ordenado al fin. Eso es consecuencia natural y segunda de la exhortación de fondo que consiste en avivar el deseo, en encenderlo y hacer experimentar el gozo de compartirlo: por eso la alegría del evangelio enciende la alegría del amor, esa que se contiene en el odre nuevo y vivo del modelo de toda institución: la familia. En la familia, el intercambio de deseos es la actividad principal. Por eso, cuando una mamá o un padre me dicen que quisieran rezar más, pero que no tienen tiempo para rezar, siempre les digo que no es así, que están pensando mal, que en realidad están rezando todo el tiempo, sólo que no se dan cuenta.  Y les hago ver que ese “deseo” de rezar más que interpretan como que están rezando poco, es clara señal de otra cosa: de que el Espíritu que es el que “gime” y desea en nuestro interior, está golpeando la puerta de su corazón, pero no para entrar sino para que lo dejan salir, como dice el Papa dando vuelta la imagen del Apocalipsis del “Estoy a la puerta y llamo”. Rezar no es incorporar ideas ni sentimientos. Rezar es intercambiar deseos. Y cada uno intercambia lo que tiene y de lo que tiene y puede, como dice la Contemplación para crecer en el amor.

Lo mismo cuando un cura o una religiosa dice que no está rezando bien, que dedica mucho tiempo al trabajo o que pierde el tiempo y que no reza. No es así. El problema no es que no rece, porque eso sería como no respirar, no comer o no mirar. El problema está en que no intercambia deseos con el Señor. Porque sus deseos le parecen mezquinos o el papel con que los envuelve es demasiado ideal o tiene los deseos dispersos y centrados en sí mismo. El punto es que “deseos tenemos todos” y todo el tiempo. Basta intercambiarlos, que el Espíritu siempre nos hace ganar en el cambio. Al revés que en las casas de dinero, donde siempre, en el momento en que cambiás dólares, algo perdés, el Espíritu, hasta cuando lo que intercambiás son pecados en una buena confesión, siempre te hace ganar. Y mucho.

Con la oración sucede como con el dinero: como decía don Zatti: “el dinero, lo importante es que circule”. Y ponía ese cartel sobre la alcancía que decía: “si necesita, saque, si tiene, ponga”.

Así que, de mañanita -y en cualquier momento en que nos vengan ganas- a intercambiar deseos con el Padre y con Jesús, con la ayuda del Espíritu que es “El Deseo mismo de intercambiar”. Y si uno tiene para dar, ponga. Y si necesita, saque. Y vuelva a sacar, que por mucho que sea, si hay algo que no se agota es la Misericordia del Señor.

Diego Fares sj

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(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

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Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo (de Jacob). Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: Dame de beber” (pues sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: ¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le respondió: Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tú le habrías pedido a Él y te habría dado agua viva.

Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva? Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Le respondió Jesús: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él fuente de agua que brota para vida eterna.

Le dice la mujer: Señor, dame de esa Agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.

Jesús le dice: Ve, llama a tu marido y vuelve acá.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido.

Le dice Jesús: Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no marido tuyo; en eso has dicho la verdad.

Le dice la mujer: Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es donde se lo debe adorar.

Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que lo adoren. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad.

Le dice la mujer: Yo sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando él venga nos anunciará todo.

Le dice Jesús: Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y quedaron sorprendidos de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. La mujer dejando su cántaro, corrió a la ciudad, y dijo a la gente: Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿No será éste el Cristo?” Y salieron de la ciudad y venían donde él.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Adelanto de Pentecostés

“Si conocieras el Don de Dios…”.

La Samaritana “adelantó” algo que el Señor tenía planeado para después de su ascensión al Cielo. Ella le pidió a Jesús el Don del Agua viva, al mismo tiempo que charlaba y le daba de beber. La Samaritana confesó su pecado y fue instruida por el Señor –el Cristo, como ella dice- en lo que respecta a la adoración en Espíritu y en verdad.

El evangelio nos dice que hubo un momento en el que se juntaron muchas cosas. Contemplemos la secuencia:

* Jesús apura la charla. Apenas ella le dice “Dame de esa Agua”, el Señor cambia de tema: le manda que se vaya, que llame a su marido y que regrese.

Es como hacer ver que la cosa puede ir para largo.

Pero la mujer confiesa directamente: “No tengo marido”.

Es una frase seca.

Como era ella, se ve que tenía la ocasión servida en bandeja para comenzar a dar vueltas y explicarle al Señor lo complicada que había sido su vida…

Sin embargo, le larga su verdad más honda con una sola frase: No tengo marido.

*Jesús se ve que se admira, porque cambia de nuevo la marcha.

Ya no le insiste en que vaya a buscar su marido, sino que con infinita delicadeza le habla siguiendo esa pedagogía del “dulce, salado, dulce”. La alienta con un dulce: “Bien has dicho”; mete la salada explicitación de los cinco maridos, que dejan clara una vida tumultuosa, no solo para la vida de un pequeño pueblo; y concluye con el dulce: “En eso has dicho la verdad”, que no solo es un elogio sino una invitación a decir la verdad en otras cosas profundas suyas, no solo en su pecado.

Y ella se anima y nos sorprende a todos sacando el tema de la adoración!

Debo decir que creo que es la primera persona que le saca este tema a Jesús.

* Y se ve que al Señor le encanta, porque no solo cambia de marcha, sino que acelera. Como hizo en Caná, motivado por ese diálogo con su Madre que lo llevó a adelantar su hora. Pero ante el alma abierta de la Samaritana, en la que siente el agrado del Padre, el Señor adelanta nada menos que Pentecostés.

Vemos como le empieza a decir que “llegará la hora” de un nuevo modo de adorar y de golpe –como si Él se diera cuenta de lo que está sucediendo, de lo que ha desencadenado la Samaritana- le dice: “ya estamos en esa hora, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad”.

Ella le ha dicho la verdad y el Señor le revela que al Padre le agradan las personas que lo adoran en la verdad. Que el Padre quiere personas como ella, como la Samaritana, eso es lo que le está diciendo.

* Y a continuación agrega el Señor la frase: “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad”.

Al decir esta frase, vemos que las cosas se precipitan: la mujer insinúa su confesión acerca del Mesías y Jesús, que a nadie le confesaba esto, sino que más bien pedía que se guardara el secreto, a ella se lo confiesa claramente: “Yo soy, el que habla contigo”.

* En ese instante llegan los discípulos y se corta el diálogo, porque todos quedan sorprendidos.  Mientras ellos miran a Jesús y de alguna manera le “hacen sentir” que algo no encaja, la samaritana aprovecha, deja su cántaro y sale corriendo a llamar a su pueblo.

En alguno de esos instantes, el Don de Dios –el Espíritu- descendió sobre ella en este Pentecostés interior.

Y nuestra querida Samaritana, convertida, perdonada e instruida en la fe, corrió a evangelizar a todo un pueblo y se lo trajo a Jesús.

* La gente recibió el Espíritu Santo. No recibieron sólo un anuncio previo… Le dicen: “Ahora nosotros mismos hemos oído y sabemos que Jesús es verdaderamente el Salvador del mundo”. Tiempo después, en su carta, Juan dirá: “En esto nos damos cuenta de que estamos en Él y Él en nosotros: en que nos ha hecho Don de su Espíritu” (1 Jn 4, 13).

Decíamos que la palabra Don es el mejor nombre para esta Tercera Persona que Jesús y el Padre nos anuncian que nos donarán. En el pasaje de la Samaritana lo vemos como Don en acción. No como una cosa que se nos regala sino en el acto de donarse. Y lo vemos porque la Samaritana se transforma en una persona que se dona. Es decir, se convierte en una persona espiritual, lo cual no quiere decir en una persona que pone cara de devota o es muy compuesta y nos mira desde arriba, sino en una persona que se dona entera. Que sale corriendo a anunciar el evangelio y arrastra con su entusiasmo a la gente hasta ponerla con Jesús.

Don es el mejor nombre para nombrar la Persona del Espíritu Santo 

“Qué debemos hacer, hermanos” -preguntaba la gente con el corazón compungido a los apóstoles, cuando salieron a predicar luego de Pentecostés. “-Conviértanse… y recibirán el Don del Espíritu Santo”-, les dijo Pedro (Hc 2, 38).

Don, por tanto, pero no como una cosa que se nos pone en las manos, sino como “don de sí”. El Espíritu es el que, donándosenos Él mismo, nos hace comprender que Dios es el Padre que nos donó la vida y que Jesús es Pan que se nos dona y Hermano que nos enseña a vivir donándonos a los demás. Esto, que Dios es Don, nos lo enseña y comunica el Espíritu dándosenos personalmente.

A nosotros nos resulta difícil imaginar a una persona que sea “puro don”. Nosotros tenemos necesidad de “guardarnos” algo, por así decirlo. Si nos donáramos enteros, desapareceríamos. Nosotros necesitamos recibir, no podemos ser “puro don”.

Quizás por eso es que el Espíritu “se nos escapa”. No lo podemos imaginar como ese tú tan humano, que es Jesús: uno que se sienta a hablar con la Samaritana y le pide “dame de beber”.

En ese sentido, el Espíritu es lo “menos humano” y lo “más Dios” de Dios. No quiero decir que sea “inhumano”. Todo lo contrario. El Espíritu es el que nos humaniza, enseñándonos a ser para los demás. Pero ser Espíritu es lo más propio de Dios y en este sentido es lo más misterioso: no lo podemos “cosificar”. Es puro viento-fuego-agua; pura pasividad y pura acción, puro amor.

No quiere decir que no tenga rostro: pero es más bien “todos los rostros”, es el rostro del pueblo de Dios en marcha, el rostro que, para poder tener los rasgos de todos los rostros, no se dibuja de modo particular.

Se nos escapa, pero no es porque sea como esas amas de casa que nos invitan a comer y no paran de servir, de modo que en cierto momento uno les dice: “Sentate un poco. Vení a charlar”. No es que el Espíritu no tenga tiempo para sentarse a charlar de “sus cosas”.

Lo que pasa es que no “tiene cosas suyas”, no tiene cosas para decirnos que no sean las de Jesús. Una, porque en Jesús el Padre nos dijo todo. Otra, porque bastante trabajo tiene con hacer que cada cosa sea comprensible y eficaz en cada momento, en cada situación y para cada persona.

Nosotros no entendemos a Alguien que diga que “no tiene algo propio para decir”. Porque en toda conversación, si no tenemos algo nuestro para decir o no nos dejan decirlo, perdemos interés. Pero en el Espíritu se ve que esto funciona diferente: él estuvo en el origen de todo lo que dijo y reveló Jesús y es el que está en el origen de que nosotros lo entendamos. Es como un buen maestro que no nos cuenta su vida, sino que nos enseña las materias; y nos enseña también el modo de aprender y a leer, a escribir y a  pronunciar… Y no por eso es menos un tú, aunque acalle lo suyo personal y se haga a nosotros, para enseñarnos lo que necesitamos aprender.

Cuántos maestros y maestras en los que no pensamos todo el tiempo, pero que apenas hacemos memoria, vemos dibujarse su rostro o escuchamos su voz. Rostros y voces que están indisolublemente mezcladas con las materias y las técnicas que nos enseñaron.

Al Padre le agrada la gente que adora

El Espíritu nos enseña a creer, y a Jesús le encanta la gente que confía en Él. El Espíritu nos enseña a donarnos, en el servicio y en la adoración. Y al Padre le agrada la gente que sirve a sus pequeñitos y que adora.

Le agrada especialmente la gente que se siente pequeñita y poca cosa, y por eso lo adora a Él como un hijito pequeño adora a su mamá y a su papá.

Al Padre le agrada la gente que lo adora al levantarse, besando el crucifijo y tocando con la frente el suelo.

Al Padre le agrada la gente que lo adora en medio del trabajo, que se para un instante y le muestra su rostro sonriente a Dios (como si uno se sacara una selfie sólo para que la vea el Padre en lo secreto, para que vea que su hijo o su hija están contentos con él).

Al Padre le agrada la gente que lo adora a la noche, dándole gracias por el día y poniéndose en sus manos.

Al Padre le agrada la gente que lo adora sirviendo a los demás, que trata a los demás como a hijos de Dios y los ayuda en todo. Especialmente le gusta la gente que enseña a otros a adorar. Como hizo la Samaritana, acerca a su pueblo a Jesús. Así hacemos nosotros cuando enseñamos a nuestros hijos a adorar a Dios.

Diego Fares sj

 

 

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probervio

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’.

Pero yo les digo:

No hagan frente al malo.

Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra;

al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa;

y si uno te quiere forzar a caminar un kilómetro, acompañalo dos;

a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48). 

Contemplación

Estamos viviendo en un mundo en el que cada país se arma para aniquilar a sus enemigos y se construye muros para no permitirles entrar. Sostener que al enemigo hay que eliminarlo lleva a aceptar como algo lógico que haya “daños colaterales”. Este es el nombre para la muerte de personas inocentes. No solo estamos lejos de la lógica del Señor sino muy lejos incluso del “ojo por ojo y diente por diente”.

En un mundo así, ¿son aplicables los consejos del Señor “no hagan frente al malo” y “amen a sus enemigos”?

Creo que debemos insistir en la novedad absoluta de esta ley de Jesús. Se sintetiza en “amar a los enemigos” y esto es algo que no podemos repetir a la ligera, sin medir las consecuencias.

El concreta sus consejos con ejemplos muy claros. La primera actitud que recomienda es no resisitir al malo, e implica:

“poner la otra mejilla”

“acompañar el doble de lo que se nos pide”

y “no escaparse del que nos viene a pedir prestado”. No solo “dar al que nos pide” sino “no escaparse”.

Vemos que Jesús no deja resquicio alguno para la excusa.

La segunda actitud es positiva, y lo de amar a los enemigo se concreta en ejemplos para las manos –hacer el bien a los que nos aborrecen- y para el corazón –recen por los que los calumnian. El Señor no deja que se escape ni siquiera el saludo! Porque uno puede aceptar que nos pida rezar en nuestra pieza por un perseguidor y hasta hacerle un bien si lo vemos necesitado, pero saludarlo… sonreírle! Qué difícil, no?

Por eso debemos sentir la dificultad que supone aceptar estas palabras. Por que si no, escuchamos el evangelio como uno que dice “sí, pero no”. Y esta es la peor manera de volverlo intrascendente.

Qué es lo que nos está diciendo el Señor? Qué significa hoy “poner la otra mejilla”, y “no esquivar al que sabemos que nos va a pedir prestado”?

Leamos detenidamente.

No resistir a los malos

Convengamos que los tres primeros son ejemplos muy distintos, pero parecen estar dentro de un ambito “vecinal”, por decirlo de alguna manera. En esto de no resistir al mal, el Señor no está hablando de un ataque con drones o de un terrorista suicida, ni tampoco del corrupto que deja que se desgaste asesinamente la maquinaria de un tren o del que por venganza te rocía con fósforo la casa y quema a tu familia.

La no resistencia al mal, el Señor la pone en escenas de la vida cotidiana. Una es de esas situaciones en las que una discusión, de pronto, pasa a mayores y termina en un empujón o en un cachetazo. El que sigue el consejo del Señor, es el que logra contener el  desborde sin recurrir a la violencia, poniendo un gesto de mansedumbre que desarma al otro.

Hacer el bien a los que nos odian        

Fijémonos ahora en otro detalle. Cuando habla de “hacer el bien” al que nos aborrece, no dice qué bien o cuánto. El Señor aquí dice simplemente “hacerle el bien”. No dice cuál bien. No dice que no lo esquivemos. Podemos esquivarlo y hacerle un bien sin que lo sepa. No dice que nos dejemos odiar más y más. A veces solo es posible hacer un bien muy pequeño a uno que nos odia mucho, pero siempre podemos actuar concentrándonos en algo positivo y no contagiados por el odio.

Rezar por los que nos persiguen

En la oración, los consejos del Señor se vuelven más radicales: rezar y bendecir al que nos persigue y nos calumnia. Aquí sí, el Señor nos dice que le deseemos el bien incluso al que puede quitarnos la vida. Que recemos para que se convierta, cambie, deje de obrar mal. Es que cuando hablamos con Dios, el tema tiene que ser el amor y no el rencor: no podemos dejar que el corazón se nos llene con sentimientos de odio y venganza.

Como vemos, hay una graduación en esto de los enemigos. No todos son igual de malos y hay muchos modos de resistir el mal y de hacer el bien.

Si damos un paso más, es bueno caer en la cuenta del tono que usa el Señor. Es de consejo, no de mandamiento. Estos no son preceptos legales, son  consejos espirituales.

¿Qué diferencia hay? Que los mandamientos obligan bajo pena de pecado; los consejos, en cambio, no: son libres. Uno se obliga lo que puede o quiere. Si uno no los sigue, se pierde su alegría. No es que Dios lo vaya a castigar.

El que se mete a caminar según estos consejos y modos de amar –incluso al enemigo-, se mete en unos líos tales que sólo el Espíritu Santo lo puede ayudar. Pero bueno. Si no para que se habría gastado tanto el Señor en enviarnos a su Espíritu, si con el derecho canónico bastara.

Diego Fares sj

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No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (estos pequeños mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Yo les aseguro que, si la justicia de ustedes no supera la justicia de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).

Contemplación

Un pueblo que ama sus costumbres y cumple la ley interiormente, no por miedo a la policía, es un pueblo sabio y maduro.

Solo el Espíritu Santo es capaz de dar esta gracia: la ley interior de la caridad, que la gente cumpla de corazón las leyes, con gusto de buen ciudadano, por amor al bien.

Sin el Espíritu Santo de Jesús, las costumbres más buenas se vuelven secas y duras o se corrompen y se pudren. Si no se enseñan y se practican con amor las costumbres, los jóvenes se preguntan ¿por qué tengo que hacer esto si no me gusta?

Por eso se compara a las leyes con las frutas. Para enseñarlas a los niños hay que hacer como las madres que nos hacen gustar la dulzura interior de las leyes de la casa.

Dice el proverbio: “Deja que el carácter sea formado por la poesía, fijado por las leyes del buen comportamiento, y perfeccionado por la música”. O como decía un amigo: Dulce, salado, dulce. Así tiene que ser el proceso de una enseñanza. Dulce, salado, dulce.

El Espíritu es el que origina primero y luego perfecciona la ley.

Un buen árbol frutal da fruto en todas sus ramas. Puede ser que algún grano de uva no madure bien o se vuelva agrio, pero el racimo si es bueno, tiene buen gusto en cada grano pequeño. En esos últimos y pequeños frutos se ve la bondad de la planta.

Por eso el Señor habla de los “pequeños mandamientos”. No sólo “no matar”, sino tratar con dulzura y respeto al prójimo: no enojarse ni gritar a nadie, no llamar estúpido ni loco a ninguno. El modo de hablar es importante: es el fruto del corazón, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y si uno está lleno del Amor del Espíritu Santo sus palabras son buenas y dichas en buen tono.

Lo mismo con el adulterio. No basta con un “no adulterar” vivido como cáscara. El Señor nos invita a no dar mucho tiempo a pensamientos que –en un momento nos damos cuenta- están haciendo de otra persona un objeto en función de nuestro placer. El Señor nos invita a cultivar en cambio pensamientos que se dirijan a desear el bien a la otra persona.

Si un cristiano quiere dar estos frutos sin estar muy unido a Jesús (por la oración y la comunión que son el espacio donde actúa su Espíritu) será como una rama cortada: no sirve para nada, se secará pronto y su fruto se marchitará. El cristianismo no consiste en pensar lo que Jesús dice. En primer lugar, es buscar modos de encontrarnos con Él y de permanecer en el ámbito de su amistad. Y estos modos no son “costumbres” o “ritos” sino que son la relación con una Persona –el Espíritu-. El cristianismo es buscar al Espíritu Santo: dejarnos encontrar por Él, que viene, que sopla, que actúa… y canta!

El canto del Espíritu es una suave melodía que uno puede inventar y tararear cuando tiene pocas ganas de rezar.

Es el Espíritu Santo el que vuelve disfrutable la cercanía con Jesús. Y unidos a Jesús, el Espíritu en persona circula por nuestra vida –se mueve, suscita mociones, despierta ideas, hace gustar…-. Así va haciendo madurar nuestras costumbres, nuestros sentimientos y nuestro modo de pensar, de modo que todo se convierte en alimento dulce para los que nos rodean y nuestra vida da fruto.

Más que enseñarnos verdades como “cosas”, el Espíritu toma a su cargo el ritmo de nuestros días y hace que se sucedan las consolaciones del Padre, eligiendo sus momentos oportunos (kairós), dentro del tiempo de Dios, que todo lo ha planeado para bien de los que ama.

Pidamos al Espíritu Santo que cante en nuestros corazones las notas de la ley interior de la caridad, ese canto que hace que se vuelva dulce y fácil de cumplir toda otra ley y nos permite cumplir con gusto –cantando- los “pequeños mandamientos del Señor”.

……………

Como se habrán dado cuenta, la contemplación de hoy es la que mando a la comunidad china. Más corta, ya que los chinos trabajan todo el día y no tienen tiempo para leer largas teologías (ya sé que los argentinos tampoco (je)). La imagen para hablar de la ley es “alusiva”. Es que la pintura china, si quiere pintar un templo, no lo pinta, sino que pinta a un monje cortando leña o llevando un cubo de agua por el camino, de modo que se sienta que “hay un templo en la cercanía”.

El asunto es que hoy me puse a escribir primero la contemplación que le mando a Shu Qin, una amiga monja de la Compañía de María que me las traduce. Siempre rezo con lo más sentido de la semana y como ayer, un grupo de amigas de mi comunidad China de Regina, que andaban de paseo por Mendoza, me inundaron de WhatsApp y de fotos de la visita que le fueron a hacer a mi madre, el tiempo se me fue con esta contemplación “china”. Extendiendo un poco la confidencia personal, comparto que es muy lindo como cura que la gente me exprese su cariño “saludando a mi madre”. No solo los chinos, también los refugiados de San Saba siempre preguntan “cómo está tu mamá” (Ely –el pintor- hasta le mandó uno de sus cuadros).

Cuando le contaba, mi madre reflexionaba que “se ve que el cariño a la madre está muy metido en esas culturas”. Yo le decía que también en la nuestra y que hasta el Papa, ayer, en la audiencia que tuvo con La Civiltà Cattolica por nuestro número 4000, cuando me tocó saludarlo –como siempre- me dijo: “dale un saludo a tu madre”. Su modo formarnos a los jesuitas siempre estuvo unido a su cariño por nuestras madres.

Pienso que esto es así y que por algo el Señor confió la enseñanza de la ley de la caridad al Espíritu, que nos habla “en lengua materna” (y que actúa en la Iglesia, y de modo particular a través de nuestra Madre la Virgen).

Como nuestras madres, el Espíritu nos inculca los pequeños mandamientos que hacen que la ley sea cumplible y vivible, que se convierta en cultura, es decir: en el corazón de cada pueblo.

Diego Fares

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