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Posts Tagged ‘esperanza’

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Estén atentos, velen,

porque no saben cuándo es el tiempo.

Será como un hombre que emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,

asignando a cada cual su tarea,

y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si a primera hora de la noche,

o a la medianoche,

o al canto del gallo

o a la madrugada.

No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

A qué tenemos que estar despiertos? Qué es lo que nos tiene que desvelar? Tenemos que estar despiertos al amor. Y el amor es una fuerza que se extiende a todas las personas, pero a condición de que esté siempre centrado en alguien especial. Si no se centra con predilección en alguien, al amor se dispersa.

Por eso, en este comienzo del Adviento, el Señor reclama esta atención especial hacia su Persona. Ese Alguien especial -especialísimo- es Él, Jesús: el predilecto del Padre y de los pequeños.

Podemos leer la parábola como un reclamo de cariño, de atención: el Dueño de casa que viene a cualquier hora y quiere que lo estemos esperando -insomnes y levantados- lo que hace es reclamar para sí un trato especial, un trato de Esposo que vuelve de un largo viaje y sueña con que lo esperan su esposa y sus hijitos.

La parábola no trata de un juicio final al que deberíamos temer y de tener todo en orden para poder salir airosos del examen.

La parábola no habla de nosotros.

Habla de Jesús.

Jesús quiere que lo miremos a Él, que estemos atentos a su venida y a sus encargos. No dice “miren que no saben cuándo vengo” para obligarnos a mirar las cosas que hacemos a ver si las estamos haciendo bien, sino que nos alerta para que nos demos cuenta de que Él es la Persona especial.

En términos de amor, Jesús es Especial porque en Él podemos amar a todos: al Padre, a los hombres y a nosotros mismos.

Es el “elemento aglutinante” por utilizar una palabra que quizás sea poco humana, pero la usamos teniendo en cuenta que el Señor mismo se comparó con una piedra cuando usó la metáfora de la “piedra angular”.

Él es el pan que nos une, el perdón que nos iguala, la palabra que nos interpreta.

Él es el alfa y la omega, el Predilecto del Padre, la Palabra en la que fuimos creados, el Nombre clave que activa todo…

Él es el que nos vino a buscar, el que nos perdona y nos sana, el que puede unir a todas las culturas y a todos los hombres.

Sin Él sólo podemos amar a pocos.

Y precisamente en estos pocos se ve que el amor se estructura siguiendo esta “tendencia” propia suya, que consiste en ser fecundo y extensivo a varios eligiendo y siendo fiel a una persona en especial.

Enamorarse es descubrir a ese alguien único y especial.

Formar familia es traer a la vida y hacer participar a los hijos de ese amor especial que, de ser entre dos, pasa a ser amor especial a la propia familia.

Ese amor por la familia es lo que impulsa a salir a trabajar con los demás, construyendo la sociedad.

Dice el dicho que “se trabaja por los hijos” y es una gran verdad. Si la esperanza de un futuro mejor para los hijos no centrara los esfuerzos de las personas, la sociedad se convertiría en algo extraño. Si cada uno fuera sólo él ese “alguien especial”, si todos fuéramos como esos hijos de multimillonarios que sólo piensan en pasarla bien y no contribuyen haciendo algo positivo para los demás, implosionaría la sociedad.

El amor crece en esta tensión entre algo que es especial para uno -su esposa y su esposo, su familia, su barrio, su escuela, su club, su pueblo, su patria, su comunidad eclesial- y algo que es común de todos.

Por tanto, al comenzar el Adviento, lo único que nos debe quitar el sueño es el amor a Jesús. Él nos manda que nos despertemos y resucitemos a su amor. Que salgamos de la anestesia del mundo, cuyo espectáculo pasa sin dejar alegría en el corazón, y volvamos a la vida verdadera, centrando nuestro amor en Él, nuestra Persona especial, para de allí poder amar a todos los demás.

La imagen del amor que no tiene horarios es una imagen familiar. Los papás con hijos pequeños saben que sus hijitos se despiertan a cualquier hora, que se asustan y vienen a la cama matrimonial a medianoche o de madrugada, o se despiertan primero los feriados y despiertan a todos los demás. También los papás de adolescentes saben de este “llegar a cualquier hora” de sus hijas y de sus hijos, y estar en vela hasta que los sienten llegar.

La venida de Jesús -el Adviento- hay que esperarlo velando y despiertos como esos papás. Y si en esta imagen de hijos que no te dejan dormir hay un resabio de cansancio, podemos empequeñecernos más y recordar nuestros desvelos infantiles. La noche de reyes en que no nos podíamos dormir de la emoción de los regalos. Cómo nos quedábamos dormidos sin darnos cuenta y al despertar era como si no hubiera durado nada la noche y nos levantábamos enseguida para ir a ver qué nos habían dejado en los zapatitos.

Para empezar el Aviento despertándonos al amor, nada mejor que aprender de los niños que fuimos, pues los niños son, como dice Martín Descalzo,

Los maestros de la esperanza

“Cuando algunos amigos me escriben diciéndome que mis articulejos de los domingos les llevan cada semana una ración de esperanza, yo me pregunto si estos amigos estarán tan solos o tan miopes como para no percibir que, con toda seguridad, tienen en sus casas infinitas más razones para esperar de las que yo pudiera dar en estas líneas.

Las tienen. Sobre todo en estos días. En este tiempo antes de Navidad, que es como un cursillo intensivo de la asignatura de la esperanza. Y que conste que hablo de las dos esperanzas: de la que se escribe con mayúscula y que se hizo visible en el portal de Belén y de esas esperancillas en moneda fraccionada que cada día nos regala la vida. Pero no voy a hablar hoy de las grandes esperanzas sino de ese libro de texto que se puede tener sin acudir a las librerías, el mejor tratado de esperanzas que existe en este mundo: los ojos de los niños.

Sobre todo en Adviento ahí puede leerse todo. ¿Qué daría yo porque todos mis artículos juntos valiesen la milésima parte o dijeran la mitad de lo que unos ojos de niño pueden decir en una fracción de segundo?

Leedlos, por favor, en estos días. Convertíos en espías de sus ojos. Estad despiertos al milagro que en ellos se refleja. Seguro que todos, en casa o en el vecindario, tenéis este texto que no cuesta un solo céntimo. Observadles cuando juegan en la calle, cuando os los cruzáis en los ascensores de vuestra casa, cuando se quedan como perdidos en el mundo de sus sueños. Perseguid en estos días las miradas de vuestros hijos, de vuestros nietecillos, de vuestros pequeños sobrinos. Nadie, nada, nunca os contará tanto como esos ojos, como ese tesoro que todos tenéis al alcance de la mano.

Observadlos, sobre todo, la víspera de Nochebuena y de Reyes. Entonces descubriréis que las suyas son esperanzas de oro, mientras que las de los mayores son simples esperanzas de barro. ¿Y sabéis por qué? Porque las de los pequeños son esperanzas «ciertas». Comparadlas con esa mirada con la que el jugador sigue la bola que gira en la ruleta y acabaréis de entender. Los ojos de éste se vuelven vidriosos, el girar de la bolita le da esperanza, pero es una esperanza torturadora que le crea una tensión enfebrecido y casi le multiplica el dolor en lugar de curárselo: sabe que la suya no es una esperanza cierta. Más que esperanza es hambre, pasión, ansia. Nada de eso hay en el niño. El pequeño, la víspera de Reyes, también espera, también está impaciente. Pero su impaciencia consiste no en que dude si le vendrá la alegría o la tristeza, sino tan sólo en que no sabe qué tipo de alegría le van a dar. Sabe que es amado, que será amado y su esperanza consiste en tratar de adivinar de qué manera le van a amar y cuán hermoso será el fruto de ese amor. ¡Esa es la verdadera esperanza! La de los adultos siempre les encoge un poco el alma, les hace cerrarse en ella, la aprietan a la vez que los puños, como con miedo a que se les escape. La esperanza de los niños es abierta, les vuelve comunicativos, saltan y se agitan, pero se agitan porque la esperanza les ha multiplicado su vitalidad y no son ya capaces de contenerla; arden, pero están serenos y tranquilos. Saben. Saben que no hay nada que temer. No han visto aún sus regalos. Pero sienten la mano que les acaricia ya antes de entregárselos”.

Diego Fares sj

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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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