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Presentación de la edición de La Civiltà Cattolica Iberoamericana en la Embajada de España (Roma -9 de febrero de 2017)

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La edición en español de La Civiltà Cattolica, con su número 1 estampado allí donde la Revista madre lleva el número 4000, nos habla de fecundidad. Sale a la luz junto con tres hermanas: la edición de la revista en francés, editada por Parole et Silence, la edición en inglés, editada por UcaNews y la edición en coreano, a cargo de la Provincia coreana de la Compañía de Jesús.

En los últimos años la revista se ha vuelto más internacional (más poliédrica, culturalmente hablando), por los temas que trata, por la incorporación de escritores jesuitas de distintos países y culturas y por el interés que han suscitado muchos de sus artículos, traducidos en diversas lenguas.

Los ofrecimientos que se sucedieron durante el año pasado, de editarla en las lenguas mencionadas –y los proyectos de edición en otras- son una respuesta concreta a esta apertura e interés de la revista a todo lo que es “civilizado” en el sentido de  “humano” (y no bárbaro, deshumanizante)  como nos decía Juan Pablo II en 1982. El espacio de diálogo plurilingüístico que se abre con estas ediciones hace honor al nombre de La Civiltà Cattolica. Lo que era interés por algunos artítulos adquiere ahora consistencia de revista y vuelve realidad un deseo que motivó a nuestros padres fundadores, que en 1849, soñaban con “una universalidad de lectores”.

Un sueño así requiere personas, tiempo y recursos.

Los recursos, que suelen ser el primer obstáculo para muchos sueños “que no son negocio”, en este caso, no han sido un problema sino que inesperadamente, han surgido. De manera realista -porque se prevé que el proyecto puede ser autosustentable- y a la vez generosa. Es una apuesta hecha en conjunto por gente distinta que trabaja en el mundo editorial y que valora un contenido –el de la revista- que puede ser de interés para sus lectores.

Las personas que se suman al grupo de escritores para hacer realidad este sueño, además de los buenos traductores y de los arriesgados editores, son nuevos escritores. Para llegar a una universalidad de lectores hace falta una universalidad concreta de escritores, “que sean testigos directos o que vivan climas culturales, sociales y políticos diversos”. La Compañía de Jesús, que convoca, forma y misiona hombres que, condividiendo el mismo fervor por anunciar el Evangelio provienen de muchos pueblos y que anhelan capacitarse para inculturarse en otros, puede proveer sujetos que se dediquen a este particular modo de apostolado intelectual. Con los escritores y lectores de otras lenguas, los impulsos de otros países y culturas entrarán a formar parte del corazón mismo de la revista como nunca antes. La dimensión plurilingüística que aportan se injerta en el tronco vivo y secular de la revista, cuyas raíces se hunden en la Ciudad de Roma y sus ramas se expanden a la Civilización universal.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de la misión jesuita residente en la estratégica Macao (el delta del Río de las Perlas o Guandong, la región de más alta densidad de población y de desarrollo industrial del mundo actual), había concebido un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual. Proyecto sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reinos en los cuales se había intentado introducir el cristiniasmo. Valignano había entendido que no era posible acercarse con los métodos de evangelización acostumbrados a un pueblo con una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa que se conociese en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía poder recibir ninguna enseñanza de todos los otros “pueblos bárbaros”. Por eso ordenó en 1582 que dos padres –el padre Ricci era uno de ellos- se aplicaran totalmente liberados de todo otro encargo, al estudio de la lengua oficial, llamada “mandarín”; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y a la mentalidad del pueblo para transmitir desde el interior, habiéndose hecho chinos ellos mismos, la verdad del cristianismo”. El padre Ricci escribiría su libro “Sobre la amistad” –recopilando en chino lo mejor de la civilización occidental sobre este tema- y dirá que “Esta ‘Amistad’  me ha dado más crédito a mí y a la europa que todo lo demás que hemos hecho”[1].

La narración prolija del plan de Valignano, es para hacer ver, en la última frase de Ricci, la importancia de los escritos en otras lenguas, si es que se quiere estrechar lazos de amistad sólidos y establecer un verdadero diálogo entre culturas y pueblos diversos. Pero también tiene el fin de hacernos sentir la necesidad de un cambio radical de mentalidad. Lo que Valignano concibió como una estrategia necesaria para relacionarse con la “superioridad de la cultura china” no fue algo coyuntural, es la esencia de la evangelización de la cultura y de la inculturación del Evangelio. Aprender la lengua y las costumbres de un pueblo, más aún “hacerse uno de ese pueblo para anunciar la verdad del Evangelio desde su interior” es la actitud básica y el modo de proceder con toda cultura.

Para ello son necesarias al menos tres actitudes: erradicar el criterio de superioridad, adoptar el criterio de amistad entre culturas y poner el acento en lo único que permite incluir dialogalmente todas las diferencias. Esto es: una política que promueve la igualdad y la dignidad de cada persona humana y garantiza la apertura a la trascendencia. Vale recordar una y otra vez que la apertura a lo trascendente y el sentido ético de la justicia no son acumulables, como el dinero, la tecnología y el dominio territorial. Pueden poseerlos en alto grado las culturas más pobres en bienes materiales y pueden perderlos en el curso de una o dos generaciones las civilizaciones que han alcanzado el más alto grado de sofisticación y de expansión territorial.

En estos dos ámbitos el cristianismo tiene un Espíritu nuevo para contribuir a la civilización universal: la Misericordia incondicional del Padre que nos iguala en Jesús. Trabajar en la inculturaración de este anuncio en todos los pueblos, implica un esfuerzo mancomunado de hombres que, proveniendo y viviendo en las diferentes culturas, cultiven estos valores que son los que crean puentes y dinamizan todo lo que es bien común y trascendente, en sus distintas expresiones.

Por último, el tiempo. Cultivar esta dimensión pluricultural –para que no se vuelva abstracta- requiere un delicado equilibrio y mucho tiempo. El primer signo de que esto es asumido con realismo, puede verse en que la Revista, en su edición en otras lenguas, ralenta su ritmo. El exigente ritmo quincenal, que es el mínimo para mantener perspectiva y profundidad sin perder actualidad -sin quedar absorbidos por exceso de inmediatez-, se vuelve mensual. La lógica selección de los artículos que se traducen no se reduce solo a una cuestión cuantitativa. La selección requiere un ulterior trabajo de discernimiento, el cual amplía el discernimiento habitual que implica cada publicación italiana.

El punto es y será siempre el que nos señalaba nuestro Papa Francisco, retomando a Pablo VI y a Benedicto: “Donde haya existido o exista una confrontación entre las exigencias urgentes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas” Y agregaba: “Y por favor, sean hombres de frontera (…) Para entrar en las otras culturas, no “para barnizarlas un poco, ni para  domesticarlas”. El trabajo de lograr el equilibrio que permite discernir esos puntos donde se juega el hecho de que una frontera se convierta en puente o en muro, es un trabajo en equipo y, por tanto, de una investigación y de un esfuerzo compartidos que requieren tiempo y paciencia.

En esto, para el que no lo sabe, es significativo expresar que en La Civiltà Cattolica, lo que se escribe tiene un plus consensual. Antes de su publicación, cada artículo —haya sido escrito por los miembros de la redacción o venga de fuera— se somete al juicio de los otros –icluidos los de la Secretaría de Estado de la Santa Sede- y, al  final, constituye el fruto de un diálogo interno, de una  apertura a otros modos de escribir y de pensar.

Decía mi abuelo paterno –un libanés, que emigró a Argentina a finales del siglo XIX y que aprendió el español leyendo los carteles de las calles – que cada lengua que uno aprende es un hombre.

No el enriquecimiento cultural de un hombre que incorpora nuevos saberes sino –llanamente- otro hombre, uno nuevo, sin ser –cuantitativamente- uno más. Porque con la lengua uno aprende a sentir y gustar las cosas y a pensarlas y expresarlas con otro corazón: el de las culturas que la hablan.             Encomendamos al Señor esta Civiltà Cattolica que late ahora con cuatro corazones. De manera particular hoy, a la que comienza a hablar en español. Y como hispanoablante que habla con uno de los cien acentos que nuestra lengua adopta en los dos continentes, doy testimonio de la alegría que nos da contar en este momento único en la historia de la Revista, con el Papa Francisco como uno de nuestros escritores jesuitas “de otras lenguas”. Ojalá que La Civiltà Cattolica, al hablar ahora en español, se entone con el tono de Francisco, que ha sintonizado tan bien con el tono con que hablan las gentes.

[1] Cfr. M. RICCI, Dell’amicizia, Macerata, Quodlibet, 2005. Introducción de F. MIGNINI, 8-9.

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