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El espacio del Espíritu, en el que Jesús nos sumerge

La gente le preguntaba a Juan:
– «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
– «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:
– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,
él tomó la palabra y les dijo:
– «Yo los bautizo con agua,
pero viene uno que es más poderoso que yo,
y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era
y recoger el trigo en su granero.
Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»
Y por medio de muchas otras exhortaciones,
anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación
Hemos identificado y resignificado dos “lugares de Adviento”, dos espacios o ámbitos donde Jesús viene a nosotros: el cielo y el desierto.

Que Jesús viene del cielo quiere decir que viene “desde más allá de lo esperado”. Y en nuestro mundo en el que todo es negociable, lo único inesperado es lo gratuito. Por eso decíamos que para ver venir a Jesús debemos fijar la mirada en los espacios de de no-negocio, en los lugares de gratuidad que hay en nuestra vida: la familia, la amistad, la eucaristía, el voluntariado…

Que la Palabra viene a nosotros en lo desierto quiere decir que viene “en lo que es capaz de ser consolado”, en lo que con nuestras solas fuerzas es estéril pero se vuelve capaz de florecer y dar frutos con la gracia, como los desiertos florecen con las lluvias.
Y decíamos que pueden florecer en Dios los corazones y las obras que permanecen fieles al compromiso de su amor,
los corazones y las obras que no aceptan consolaciones artificiales,
los corazones y las obras en los que hemos sembrado semillas verdaderas que cuando las visita la consolación florecen y dan fruto. Mantenerse paciente y fielmente en lo desierto implica no querer otro consuelo que no sea el de Jesús.
Allí donde hemos sido enviados por él, allí donde están los que amamos, allí esperamos la consolación que nos haga florecer.
No queremos consolaciones artificiales.

Hoy el evangelio nos habla de un espacio totalmente especial, un espacio donde sólo Jesús puede sumergirnos: “El los bautizará en el Espíritu y en el fuego”, dice Juan Bautista.
Este espacio no existe como parte de la naturaleza.
Es un espacio sobrenatural, espiritual; un espacio que Dios crea, que sólo él abre y delimita con su presencia.
Es el espacio del Espíritu.

Se puede hablar del Espíritu en términos de espacio.
El territorio del Espíritu es lo que llamamos “Reino de Dios” o “Reino de los cielos”.
Es un espacio que “viene”.
Por eso rezamos al Padre: “venga a nosotros tu reino”.
Cuando el Señor envía su Espíritu, la presencia del Espíritu crea un ámbito especial. No es algo puntual sino una realidad que se expande. Esto es tan así que la presencia del Espíritu en un corazón siempre lo lleva a “hacer lugar”, a crear lugar, a transfigurar lugares, como hizo José con el pesebre de Belén, como hacemos nosotros con nuestras casas y hogares.

Este espacio del Espíritu tiene sus características especiales.
Se me ocurren algunas muy lindas y espero que cada uno aporte lo suyo.

El espacio que se genera cuando viene el Espíritu y cuando aceptamos bautizarnos en Él es siempre un Espacio Común.
En el territorio donde reina el Espíritu del Señor no hay sitios exclusivos –ni countries ni villas ni ningún tipo de lugar reservado sólo para algunos o que se puedan reclamar como “propio”: todo es común, eclesial, comunitario.
Debemos tener cuidado sin embargo en malinterpretar este espacio común con criterios mundanos. Como nuestro mundo se ocupa constantemente de crear espacios exclusivos para negociarlos, lo común está desvalorizado, se convierte en tierra de nadie. Lo vemos con tristeza e impotencia en nuestras ciudades: las plazas, los parques, los lugares públicos, son objeto del descuido y el maltrato.

En el Espacio común del Espíritu no es así. Lo más común es lo más sagrado: en vez de ser tierra de nadie es tierra de todos, pero de todos jerárquicamente organizados. Es decir, espacio común que todos cuidamos respetuosa y organizadamente. Con caridad discreta, diría Ignacio. Caridad que brinda su servicio en el tiempo oportuno y con la distancia óptima.
Así, el espacio que se genera cuando viene el Espíritu y nos dejamos bautizar en él es siempre un Espacio Jerárquico. “A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12, 7).

Jerarquía significa “principio santo” u “orden sagrado”. Es un orden que se establece teniendo en cuenta lo principal, lo más santo. Cuando la jerarquía es artificial o se utiliza para los negocios y la fama de algunos en desmedro de otros, es detestable. Pero cuando la jerarquía es verdadera, cuando se distribuyen los cargos y roles de acuerdo al mayor servicio, a la mayor belleza y al mayor conocimiento, entonces es amable y defendible a toda costa.
Si hablamos en términos de belleza es muy claro. En una fiesta de bodas los tiempos y espacios deben estar ordenados para realzar a los novios: la mesa principal, destacada, el momento del vals, momento en que se deja todo lo demás de lado…
Si hablamos en términos de salud, también es claro: en un hospital todo se organiza para el bien del enfermo, tanto los lugares como los roles de los que deciden qué hay que darle, cómo y cuándo.
Y así también en una universidad… el que más sabe hace valer sus conocimientos ordenadamente, para bien de los que aprenden…
Resulta obvio que si la vida social y política no está organizada según las jerarquías de la verdad, el bien y la belleza, no es porque carezca de orden. El problema no es el “desorden”. Lo que sucede es que en vez de jerarquía –orden sagrado- hay “negociarquía”, por usar un neologismo. Y el orden de los negocios es impiadoso: no deja lugar para la gratuidad, que es propiamente “lo sagrado”, la “gracia”, lo “no-comprable ni controlable”.
Por eso el espacio del reino choca –a veces de manera manifiesta y otras (muchas más) de manera sorda y tapada- con los espacios de los negocios. Cuando alguien está defendiendo el espacio de sus negocios causa interferencias de distinto tipo y grado con los que están cuidando los espacios del Espíritu. Dos señales son el boicot al espacio común y al orden que busca la verdad, el bien y la lindura.

Para no abundar, destaco otra característica del espacio del Espíritu.
Si los espacios humanos tienen límites inciertos y fluctuantes, el espacio del Reino en el que nos bautiza Jesús es un ámbito de certeza.
El espacio del Espíritu tiene una sola ley, la caridad, y la caridad no tiene límites ni condicionamientos.
Por eso su fruto y corona, la alegría del espíritu, se expande de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.
Todas las alegrías humanas tienen como contrapartida algún miedo o tristeza, real o posible, pasado o futuro.
El gozo del Espíritu, la alegría de tanta alegría de Jesús resucitado, no tienen límite que los amenace, no son gozo mezclado con angustias.
Pablo es el que mejor se anima a formularlo como es él, sin medias tintas: “No se angustien por nada”, le dice los Filipenses.
“Alégrense siempre en el Señor. Insisto, alégrense”.
Este es el mensaje de Juan el Bautista, el Precursor, el Amigo del Novio que se alegra con su alegría: Jesús los bautizará en este ámbito del Espíritu: espacio común, santa y hermosamente ordenado, donde la caridad reina y la alegría es cierta.

Adviento es tiempo de dejarnos bautizar por Jesús en el Espíritu para que “venga a nosotros el Reino del Padre”.

Diego Fares sj

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