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Posts Tagged ‘escándalo’

 

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y la mayoría de los que lo escuchaban estaban shockeados y decían: -¿De dónde saca este estas cosas? y ¿Qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que se realizan por medio de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. El se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

 

Contemplación

 

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

 

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

 

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

 

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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escandalo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo,

y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Jesús les respondió:

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:

los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?

Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?

Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Él es aquel de quien está escrito:

“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

 

Contemplación

La palabra que me golpea del evangelio de hoy es “escándalo”. Estoy pensando en el escándalo que sacude a Mendoza y a la Iglesia por el caso de los sacerdotes implicados en el abuso de menores hipoacúsicos que tenían a su cargo, en el Instituto Próvolo.

El escándalo tiene que ver con la desmesura, con lo intolerable, lo que supera la medida que cada uno y cada sociedad tiene, tenemos, para juzgar el mal.

Hago esta reflexión después de un tiempo de oración, tras haber recibido varias cartas de amigos. Estas cosas no se asimilan –más bien se vomitan o te enferman-. Pero cuanto mayor es el mal, más necesario es tomar distancia en Dios –no cualquier distancia-, para no ser devorado ni empujado por su violencia destructiva.

El escándalo suscita la indignación y la ira. En algunos, explota hacia fuera; en otros es como si implosionara… Pero ambos efectos, si no los ponemos ante el Señor producen la misma desesperanza. Y la desesperanza, para un cristiano, es un pecado más.

Así que rezar, reflexionar y escribir sobre este escándalo, buscando donde se enciende una luz de esperanza, es una forma de no agregar otro mal al del escandalo, ya de por sí tan terrible.

Alguien cometió un delito horrendo, que nos escandaliza y la indignación que nos suscita esta injusticia fuera de toda medida, hace que nos escandalicemos del que hizo el mal, de los que fueron cómplices de alguna manera, de los que tenían que haber sabido… y de los que podían haberlo evitado.

Lo cual, para mí está bien sólo si yo me incluyo en esta cadena, en mi justo punto y en mi personal medida.

No estoy diciendo que todos están obligados a incluirse.

Los cristianos, al menos, sí.

Las sociedades pueden convivir sin el cristianismo y fijar los límites de lo que toleran y lo que no, acotando lo que es capaz de “escandalizar”.

Hay cosas que escandalizan a una sociedad en un tiempo y no a otra o en otro tiempo.

Cristianamente hay algunas actitudes que el Señor marca claramente frente al escándalo. Y la primera es esta de implicarnos.

Ante los escándalos de su época, el Señor hacía ver a la gente que aquellos “cuya sangre había sido mezclada con la de los sacrificios no eran más culpables” que todo el resto del pueblo. Ante los escándalos –que son inevitables, pero hay del que los ocasiona- el mensaje es que “todos tenemos que convertirnos”.

Esta conversión no supone “igualar” todo de manera indiscriminada, sino que es ir a buscar, cada uno, el punto en el que el mal influye o toma pie en su vida y, desde ahí, convertirse.

Esta “solidaridad en la responsabilidad ante el pecado” es, junto con la interiorización, algo propio de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. El hecho de que se haya encarnado y haya dado su vida por los pecadores, habla de un solidarizarse haciéndose cargo personalmente del precio que hay que pagar para combatir el mal.

Esta actitud va contra la otra manera de resolver el mal que tienen muchas sociedades y que consiste en descargar toda la culpa y el castigo en un chivo expiatorio.        Cristianamente, en cambio, una vez que Cristo pagó por todos –todos- nosotros debemos y podemo ser solidarios en ayudar, en perdonar de corazón –lo cual no significa no castigar justamente y hacer reparar en la medida de lo posible el mal hecho- e, incluso, en pagar por otros.

La segunda actitud cristiana ante el escándalo es “interiorizar la maldad del pecado”. La maldad del pecado es la misma en su raíz, en su estructura viral, sea que quede confinada a un acto privado y secreto, sea que se extienda a actos públicos y manifiestos.

El Señor predica esta maldad del pecado que nace del corazón, no del exterior. Y condenando absolutamente la maldad del pecado hasta en una mirada o un pensamiento, tiene siempre misericordia del pecador y de la pecadora.

Odiar de pensamiento es ya pecado, aunque uno no mate físicamente.

El chusmerío y la detracción de palabra es “terrorismo”, como dice el Papa. Hace explotar la fama del otro y lo mata socialmente.

Pagar o consumir pornografía es ser cómplice del que explota a las personas que se exhiben (que aunque sean adultas, muchas comenzaron siendo explotadas en su niñez; además el mismo sitio incluye todo).

La avidez de riquezas y el mal uso del dinero y de los bienes alimenta una cadena de producción que “roba” –no pagando bien el trabajo- a millones de personas explotadas laboralmente.

Por tanto, si no se condena y combate la maldad en su fase “interna” –digamos- es hipócrita escandalizarse de sus manifestaciones “externas”.

Así, ante los escándalos, mientras la justicia hace su trabajo, y cada uno de los implicados más o menos directamente, son investigados o hacen su aporte, es bueno que cada uno de los que nos “sentimos indignados” hagamos nuestro personal examen de conciencia y “nos rasguemos el corazón y no solo los vestidos”.

Agrego aquí que hay una “intuición” que tiene la opinión pública que es verdadera pero necesita ser profundizada. Cuando se dice que “la Iglesia es lo peor”, en el sentido de que pretendiendo ser la mejor termina revelándose la más miserable, se toca algo que es de fondo. “La corrupción de lo óptimos es pésima (no es simplemente mala, es lo peor”). Por eso no hay que asombrarse de que la corrupción más horrible se de en los lugares que comenzaron siendo los más buenos. No hay que olvidar que la Biblia nos revela que el primer pecado se dio en el cielo y que el demonio era un ángel, y el más bello. Y que el pecado original se dio en el lugar de la inocencia. El demonio fue a corromper precisamente la inocencia de Adán y Eva en el paraíso. No hay que olvidar que el primer crimen se dio entre hermanos. Y que Judas era uno de los amigos y discípulos que Jesús eligió personalmente. Solo la confianza total del Señor en los suyos hizo posible que Judas lo entregara tan fácilmente aquella noche, en la que mandó que lo fueran a buscar al huerto de los olivos y lo identificó en la oscuridad dándole un beso.

La palabra escándalo quiere decir “piedra que hace tropezar” y alude a una trampa, a una piedra que está escondida y uno no la advierte hasta que tropieza malamente.

La vida social se basa en la confianza. Y no es racional pasar de la confianza absoluta en la bondad humana a la desconfianza absoluta y a la demonización de todo. Hace bien caer en la cuenta de que, en las familias, instituciones e incluso países, donde no ocurren estos hechos escandalosos, es porque hay un sano cuidado de todos para con todos. Cuando digo sano cuidado hablo de un cuidado que acepta que el pecado que en alguno se “desencuadra de manera escandalosa” es el mismo que anida en mi corazón y que, solo por gracia, no pasa a mayores.

Esto para repasar nuestra fe y nuestra antropología contra toda una visión mediática que explota una visión idílica del bien y del mal como realidades cuyos límites están claramente separados: de un lado los buenos y de otro los malos. Y hay cosas que “no se toleran” (y otras sí…). Esta visión idílica hace que combatamos el mal sólo allí donde están los malos y no cuidemos con atención los lugares donde estan los buenos –la familia, las escuelas, los seminarios, los hogares, nuestro corazón…

Lo cristiano es que el mal no se tolera nunca ni en nada, y que no solo no se tolera sino que se lo aborrece y se lucha por neutralizarlo allí donde no se puede vencerlo definitivamente. Esta concepción es vista como “exagerada” por la misma mentalidad que luego, cuando uno de estos “males tolerables” se convierte en un monstruo, se escandaliza y busca chivos expiatorios que le permitan tranquilizar la conciencia.

La última actitud ante el escándalo que quería compartir hoy es una muy paradójica: podemos escandalizarnos del bien!

Así como el mal, cuando es desmesurado, escandaliza, también la Misericordia, cuando es desmesurada (y se aplica a un caso concreto) a muchos los escandaliza. De hecho, ante una prédica del Papa en Santa Marta acerca de que “todos tenemos algo de oveja perdidad, aunque algunos tengan “mucho”, y de que hay que entender incluso a un Judas y que no hay que mandarlo al infierno así sin más, como quien tiene total seguridad de que “a ese, ni Dios lo perdona”, esto, digo, causó escándalo en algunos medios.

Y sí, la misericordia incondicional escandaliza. Algunos se escandalizan de que pueda darse el caso de que un divorciado y vuelto a casar pueda recibir la Eucaristía, porque un buen discernimiento puede reconocer que en esa situación particular no hay culpa grave que lo impida. A otros, esto les parece obvio y piensan que a qué viene tanto lío para algo socialmente aceptado desde hace años. A estos, en cambio, que se pueda arrepentir un pedófilo les parece intolerable. Para ese, hasta son capaces de creer (y desear) que exista el infierno. Por supuesto que cuando hablamos de perdonar no queremos decir seguir usando ese método nefasto de cambiar de lugar a estas personas, cuya patología tiene alto grado de reincidencia, o de evitar que cumplan una condena en la cárcel. Estamos hablando del perdón como oportunidad de conversión que hace a la dignidad de toda persona. Si no se confía en esta capacidad de redimirse de toda persona, la otra opción, tengámoslo claro, es el estado policíaco, en distintos grados y versiones.

El Señor se da cuenta de que su Misericordia puede escandalizar a los suyos por superar toda medida previsible. Por eso dice que es una gracia “no escandalizarse de él”. Es una bienaventuranza.

Es que mucha gente se escandalizaba de Jesús. No sólo los fariseos, que “se escandalizaron” cuando Jesús dijo que lo que mancha es lo que sale del corazón, no las cosas exteriores (Mt 15, 12), también se escandalizaron sus paisanos: “No es este el hijo de José, el carpintero? Y se escandalizaban de él” (Mat 13, 55-57). Y hasta sus discípulos, como Jesús mismo se los predice, en la última cena: “Esta noche todos ustedes se apartarán de mí. Está escrito: ‘heriré al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea” (Mt 26, 31).

La desmesura escandaliza. No solo la del mal, sino que incluso puede escandalizar la del bien. Este escándalo –bajo apariencia de bien- es del demonio. Sólo él produce este efecto: escandalizarse de que Dios sea bueno, de que pague al último igual que al primero, de que perdone al hijo pródigo y a la adúltera y al buen ladrón…

Por eso hay que meditar mucho en este punto y conversarlo y hacernos ayudar. No hay que ser ingenuos. Esto pasó y pasa. Nos podemos escandalizar, no solo de un Papa, sino hasta de Jesús.

Pero cuando el demonio se pasa de rosca y nos hace que nos escandalicemos hasta de la misericordia que será lo único que nos salve, hay que avivarse un poco y enfrentarlo decididamente.

Por eso rogamos por las víctimas de los abusos, por los pobres niños y niñas que sufrieron este mal terrible de parte de los que tenían que ayudarlos. Pedimos para que con la ayuda de toda la gente buena que tienen a su lado y la custodia de las instituciones responsables puedan recibir la gracia de reconstruir sus vidas convirtiendo en bien lo que fue malo. Para Dios todo es posible, también esto.

Y pedimos por los victimarios, para que se arrepientan de corazón, confiesen sus crímenes y cumplan su castigo y reparen en lo que puedan el mal cometido.

Y cada uno pida por sí mismo. Yo hago mía la oración que en forma de pregunta hace el Papa cada vez que visita una cárcel, y pensando en todas las víctimas y en todos los victimarios, le digo al Señor: “Por qué ellos y no yo”.

Esta es la pregunta “anti-efectos-del-escándalo”, la pregunta que nos saca de la desesperanza de la ira y la tristeza, y nos moviliza al arrepentimiento personal, cada uno de sus pecados, y al compromiso solidario. Es la pregunta que nos vuelve atentos para cuidar el bien y para neutralizar el poder del mal, en la medida en que cada uno pueda y allí donde le toca ser responsable.

Diego Fares sj

 

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