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Posts Tagged ‘Epifanía’

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán 

y se presentó a Juan para ser bautizado por él. 

Juan se resistía, diciéndole: 

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti,

¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» 

Pero Jesús le respondió: 

«Ahora déjame hacer esto, 

porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». 

Y Juan se lo permitió. 

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. 

En ese momento se abrieron los cielos, 

y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. 

Y se oyó una voz del cielo que decía: 

«Este es mi Hijo muy querido, 

en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3, 13-17).

Contemplación

La liturgia une maravillosamente estos dos acontecimientos, el del bautismo del Señor según una costumbre instaurada en el pueblo de manera novedosa y profética por Juan Bautista, y el del bautismo en el Espíritu de la familia de Cornelio, hecho ante el cual Pedro exclama admirado: “La verdad es que me estoy dando cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge al que lo teme y practica la justicia, cualquiera sea la nación de la que venga (Hc 10, 35).

Escuché decir en una conferencia (y no logro recordar quién era el que la daba, pero creo que todos los que pudieron ser estarán de acuerdo) que este pasaje es central en la historia de la evangelización de los pueblos. El libro de los Hechos le dedica dos capítulos y bien puede llamarse “el pentecostés de los paganos”, pero lo que a mí me impacta es la admiración de Pedro ante lo que hace el Espíritu. Me impacta la frase: “la verdad es que me estoy dando cuenta…”. El Pedro que va siendo “El primer sorprendido” por lo que hace el Espíritu es el Pedro que más me gusta como conductor y como Papa. Es que el Espíritu literalmente “lo sacó de los pelos” de sus esquemas mentales con esa triple visión de una mesa servida con todos los alimentos “impuros” para la cultura judía , ordenándole que comiera! Y luego, terminó de sorprenderlo con su modo de “caer” sobre la familia de Cornelio, mientras él les anunciaba el kerigma. Esa experiencia de la distancia desproporcionada entre lo que uno está predicando -por más que lo predique bien- y el efecto de consolación que el Espíritu desencadena en las personas que escuchan! 

El pasaje es conmovedor: “Estaba aún hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: «¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!» Y así era, pues les oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo” (Hc 10, 44-48).

Cómo no ver acá el paradigma de todo encuentro intercultural, el modelo de toda salida de la Iglesia a predicar el evangelio a aquellos pueblos en los que el Espíritu ya está actuando en el interior de sus corazones? Cómo no ver que Dios quita todo obstáculo cultural -nada más culturalmente propio de cada pueblo que sus comidas-, y se adelanta a bautizar Él mismo en Persona -el Espíritu “cayó” sobre ellos- de manera tal que el bautismo sacramental viene después, a confirmar la acción del Espíritu que es el que lleva en todo la delantera!

Una clave está en la palabra “justicia” -dikaiosine-, que usan tanto Jesús como Pedro. Pienso que fue lo que llevó a la liturgia a elegir estos dos pasajes y ponerlos juntos en esta fiesta que corona el tiempo de la Epifanía, es decir el tiempo de la revelación de Dios a todas las naciones. 

Cornelio era un hombre que rezaba y daba limosnas, dice el libro de los Hechos. Y dar limosnas va unido a la justicia bíblica, es como una consecuencia natural de la buena relación con Dios. Pues bien: a esos hombres justos que viven en todos los pueblos es a quienes tenemos que ir al encuentro! Y no a querer bautizarlos a ellos de entrada, sino primero a bautizarnos nosotros en sus costumbres, como hizo Jesús en la suya: en todo lo que en sus costumbres y cultura es “justicia”, en todo lo que es modo de adorar a Dios y practicar la justicia con los demás hombres. 

El término justicia indica, positivamente, lo que a Dios le agrada, lo que le complace y alegra su corazón. Es natural que lo que nos gusta y hace bien lo transformemos en costumbre, en cultura, en ley. Es una dinámica propia de todo proceso educativo que un comportamiento que se demuestra bueno en la práctica se convierta en ley para asegurar su transmisión. Pero si la generación que sigue pierde contacto con la experiencia de los buenos frutos que siguen a una determinada práctica, poco a poco va perdiendo el gusto por esa ley y esto puede llegar a un punto tal en que la misma ley se convierte obstáculo para transmitir la experiencia buena que buscaba asegurar con su formulación. Pasó con la Ley del Antiguo testamento, que se fue volviendo rígida y formal y perdió el sabor. Es lo que pasa también en la Iglesia, cuando una generación no logra comunicar a otra el gusto por ir a misa los domingos, por ejemplo. Cómo puede ser que logremos que la Eucaristía no sea un momento lindísimo! Hay aquí algo perverso. Lo difícil de la vida cristiana está en otros lados, en la vida misma, en la hostilidad del mundo. No puede ser que hayamos transformado en aburrido y obligatorio algo tan simple, tan gratuito y tal lleno de gracia como es la Eucaristía!

El término justicia, negativamente, es lo opuesto al “pecado”, a todo lo que es falta, transgresión, error etc. Cuando Jesús le dice a su primo que es necesario cumplir con toda justicia le está diciendo que no se preocupe, que el hecho de que Èl se bautice “no es pecado”. Es decir, Jesús saca la cuestión del ámbito de los ritos y la pone en un nivel más hondo e interior.

Y esto hay que decirlo claro: Jesús no viene a sustituir los ritos de su pueblo con nuevos ritos. Por eso, más bien cumple todos los ritos y los plenifica. Esto hará, por supuesto, que surjan en la Iglesia “nuevos ritos”, según esa dinámica propiamente humana de la que hablábamos. Pero nos tiene que quedar claro que los ritos cristianos deben ser (y parecer) siempre “ritos verdaderamente nuevos”. Es decir, ritos que contengan en su dinámica misma un paso de “desacralización de lo meramente formal”, por decirlo de manera fuerte.

En la instauración y celebración de cada rito cristiano se tiene que poder vivir esta dinámica misteriosa de la Encarnación: entre un signo concreto y la Presencia salvífica de nuestro Dios trino y uno. Esta dinámica nos lleva tanto a “cuidar” el signo, con la veneración con que uno trata el pan consagrado en la Eucaristía, por ejemplo, como a “relativizarlo”. Qué quiero decir? Que no le hace justicia a la Eucaristía el que algunos se pongan guantes para tocarla! O que pretenden purificar tanto que, con el pretexto de que no quede ninguna partícula perdida, hacen un nuevo rito de la purificación que dura más que la comunión misma. El Señor eligió pan porque quiere que la comunión con Él se de en el ámbito familiar de una cena, no para transformar el altar en un laboratorio con gente vestida como para un experimento. La misma dinámica tiene que estar presente en el encuentro con otras culturas. 

Las palabras, los signos y los ritos que se usen deben ser ritos en los que se note que el Espíritu está antes, durante y después, encarnado y a la vez desbordando por todos lados el signo con la Gracia. 

Cuando Jesús le dice a Juan que “no es pecado” bautizarse, le soluciona un problema de escrúpulo ritual: del tipo de si se puede comulgar si todavía faltan unos minutos para que se cumpla la hora de ayuno, por ejemplo. Me acuerdo cómo nos quitó este tipo de escrúpulos un gran especialista en Derecho canónico, monseñor Gógala, una vez que discutíamos si podíamos o no, según el derecho, participar en una misa de ordenación. Éramos varios curas que ese domingo habíamos celebrado ya tres misas y esa iba a ser la cuarta. Le preguntamos si el derecho canónico lo permitía. Gógala sonrió y dijo simplemente: “pecado, no es”. Y se fue. A mí, que era cura recién ordenado, se me grabó en el alma este criterio “negativo absoluto”, como le llamo, que se formula cuando uno juzga que algo “pecado, no es”. Podrá ser algo “imperfecto” y hasta “ilícito”, pero “no pecado” y, por tanto, entrará en el reino de la libertad de los hijos de Dios para hacer el bien y no el mal, aunque sea “en sábado”.

Es un pasito nomás, pero allí se juega el Evangelio. Porque algunos invierten el orden de las cosas y hacen de cada precepto en vez de un puente un foso con alambre de púas y convierten los modos de “organizar el reparto y la práctica del bien” -que tienen necesariamente sus normas- en fines.

Si el Espíritu hubiera esperado que se pusieran de acuerdo los judíos y los paganos en cuestiones de alimentos, el Evangelio hubiera quedado atascado en la puerta de la carnicería. 

Pasó en China, con la cuestión de ritos como el del culto a los antepasados, por ejemplo. Definirlos como idolátricos llevó a los papas a prohibirlos y eso llevó a las autoridades chinas a considerar el cristianismo como ignorante y enemigo de su cultura y a prohibirlo a su vez y perseguirlo. 

Imagino que el Señor y Pedro, su discípulo, de haber ido a China en el siglo XVII, no habrían tenido ningún problema con el culto a los antepasados. Al contrario, inculturándose en las costumbres de ese pueblo, hubieran permitido al Espíritu ir adelante haciendo su obra. En el fondo, lo esencial de todo rito y de toda acción evangelizadora, es abrir la puerta al Espíritu, para que entre o salga a gusto y sea Él el protagonista de la santificación de los hombres. El discernimiento básico, primero y último, ante cada gesto que desea ser evangelizador, es el discernimiento preciso del punto en que ese gesto -sea una simple palabra, un rito sacramental o una entera estructura eclesial- se convierte en una puerta que se abre o, por el contrario, en una puerta que se cierra al Espíritu. 

Esto hará que a veces, el discernimiento nos lleve a arriesgarnos y a dar un paso más allá de lo formal, como cuando Jesús se saltaba la ley del sábado para curar a alguno. Otras veces, el discernimiento nos llevará a detenernos, a no decir una palabra de más, a no exigir en ese momento para no maltratar un límite y a esperar el tiempo propicio, como cuando el Padre misericordioso le dio al hijo pródigo su parte de la herencia y entró en el largo tiempo de la paciencia, hasta que su hijo regresó por sí mismo, arrepentido.

Si no puede sucedernos lo que cuenta José Luis Martín Descalzo en “El color de la sobrepelliz”.

     “Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas. Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo. (…) Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo. Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías.”  

Diego Fares sj

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Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo:

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. »

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron:

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel. »

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

Martín Descalzo a fines de los 80 y el Papa Francisco el año pasado toman una frase de San Juan Crisóstomo que dice que los Magos: “No se pusieron en camino porque hubieran visto una estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino”. “Eran almas ya en camino, ya a la espera -dice José Luis-. Mientras el mundo dormía, el corazón de estos magos ya caminaba… Confiaban en que sus vidas no concluirían sin que algo sucediese”.

Nosotros pedimos al Niño la gracia de ponernos en camino para buscarlo y encontrarlo. ¿Cómo nos ponemos en camino?  Dijo hoy el Papa Francisco: “Seguir a Jesús no es un educado protocolo a respetar, sino un éxodo a vivir”. Sal de ti mismo!, por tanto. Sal! Deja de pensar sólo en ti y haz oración: adora al Padre, pide al Espíritu Santo que te movilice alguna palabra de Jesús en el Evangelio. Sal del círculo de andar siempre buscando tus intereses y mira a tu alrededor. Mira a los demás. Interroga a las personas humildes, como el niño envuelto en pañales en un pesebre, junto a su madre y san José. Sal de ti mismo y presta un servicio a los más pequeños, a tus hijos, a tus ancianos, a los más pobres. “El evangelio se realiza cuando llega al don. Al don gratuito, sin nada cambio”.

Pedimos también la gracia de saber burlar a los malvados, como hicieron los reyes que “volvieron a su país por otro camino”. Pedimos la gracia de saber burlar a los que se creen sabios y poderosos, los que se ríen de los que buscan estrellas que se mueven en el cielo, los que se burlan de los que adoran a los niños pobres que están en un pesebre.

…………

Basten estas peticiones para movernos, para iniciar el año poniéndonos en camino. En camino de oración, leyendo el evangelio o adorando en silencio al Niño, espejito de la gloria del Padre del cielo. En camino de servicio, organizando algo para los niños en la fiesta de los Reyes o saliendo a buscar a algún pobrecito. “Probemos hoy -decía el Papa- a pensar en algún don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer a alguien”

………

Una reflexión partiendo de una palabra que me quedó picando: “burlar”. Burlar a los poderosos, dice Martín Descalzo. Junté burlar, no con hacer muecas o decir frases ingeniosas, sino con lo que hicieron los reyes, que simplemente “volvieron a su tierra por otro camino”.

Para ir a Jesús recibieron la ayuda de la estrella. No fue impedimento para llegar al Niño el hecho de haber pasado por la corte de Herodes con sus juegos de poder y de haber recibido información de la ciencia sin fe de los sumos sacerdotes y escribas. Pero para volver (para aplicar la gracia a la vida), tuvieron que encontrar “otro camino”.

Esto me hace pensar que Dios nos ayuda de una manera a encontrar a su Hijo y de otra a burlarnos del mal espíritu y poner en práctica su Palabra.

El Padre nos atrae a Jesús. Pone signos en el cielo, pone un imán en nuestro corazón para que la suma de todos nuestros pasos -lo sepamos o no- termine orientada a su Hijo amado.

El Espíritu ilumina los momentos, sugiere el pasito adelante que podemos dar para acercarnos a Jesús. En el evangelio, la estrella marca el rumbo a los magos: “Iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo en el lugar donde estaba el Niño”. La ayuda del Señor a los que se ponen en camino es constante y precisa.

Pero después, para burlar a Herodes y regresar a sus cosas, el camino es distinto. El evangelio nos dice que los Reyes, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, regresaron a su casa por otro camino. Este “otro camino” pareciera que no necesita de una guía especial. Será que uno lo tiene que descubri solo?

La inspiración que me viene a la mente es la formula de San Ignacio: el “agere contra” -el hacer lo totalmente contrario a lo que la tentación me sugiere-.

Herodes les había sugerido con sutileza que, luego de investigar bien todo lo referente al Niño, apenas lo encontraran se lo comunicaran. Ellos directamente “se volvieron por otro camino” sin ningún temor ni respeto humano por el poderoso.

La clave es, por tanto, que el camino sea “otro”.

Pero totalmente otro.

No basta con que sea “un poco distinto”.

La tentación de querer burlar a los malvados usando sus mismas técnicas o algo parecidas, es algo en lo que solemos caer por falta de discernimiento. Ignacio nos ayuda con esta fórmula límpida como una estrella en el cielo: “agere contra”. Lo digo en latín para que se nos grabe en el cielo de la memoria. Hacer contra pero no “cualquier contra” sino “lo totalmente contrario”.

Esto no es difícil descubrirlo, pero hace falta tomarse un momento de oración, hacer silencio y pedir ayuda al Espíritu Santo.

Debemos desconfiar de la primera acción en contra que se nos presenta como clara. En general, la primera reacción en contra de otro que nos ataca o nos quiere engañar, es mimética. Nos mimetizamos con el enemigo: si alguien alza la voz, la alzamos, si nos gritan, gritamos, si nos empujan, damos un codazo, si el otro se burla, ironizamos, si nos ningunea, buscamos rebajarlo… La pausa consiste en saber reconocer con buen humor que nuestra respuesta es mimética y que por tanto no es “contraria” sino funcional al enemigo. Por eso, hay que aprender de los Reyes a tomar otro camino. Es propio de un Rey, no rebajarse. Eso es tener señorío.

Algunos ejemplos, por si ayudan, teniendo en cuenta que cuando uno baja la Palabra a la realidad, arriesga a decir algo de más o algo que moleste…

A nivel país, en política, ¿qué sería lo totalmente contrario a la corrupción, por ejemplo, definida como uso sistemático del dinero público para provecho propio? La justicia, dirá alguno. Meterlos a todos en cana hasta que se pudran y que devuelvan todo lo que se robaron… Me pregunto si lo que logra eso, a lo sumo, no es equilibrar la balanza. Y no del todo, porque para los pobres que no recibieron ayuda o para las víctimas de las tragedias por el desvío de dinero, ya es tarde. Tampoco basta, aunque sea bueno y necesario, con ir tomando medidas estructurales para que en seis años mejore la cosa. Estas cosas son contrarias a la corrupción pero no son “lo totalmente contrario”. La corrupción siempre tiene un “ya”, que alguien se goza para él solo. Por eso la contra tiene que incluir -dentro de las medidas a largo plazo- también un “ya”, en el que se ayuda con dinero tan concreto como el de los bolsos de López, al más vulnerado y de un modo comunitario. Dando plata a Manos Abiertas o a El Hogar de San José, por ejemplo.

A nivel de los medios, ¿qué sería lo totalmente contrario a esa degradación de la información que padecemos en todos sus grados: desde la chabacanería más trivial a la difamación más refinada? La verdad está tan relativizada que apenas uno comienza a charlar, el tema se politiza. ¿Qué sería lo totalmente contrario a este “pensar de qué lado estás”? Facilmente se ve que es “pensar de qué lado estamos”. No es tan facil llevarlo a la práctica cuando se habla de política, pero es posible. Reveía en internet el discurso de don Ricardo Balbin ante la muerte del presidente Perón, en el que hablaba de honrar a nuestros grandes muertos (yo agrego: a todos nuestros muertos). No sirvió para detener la violencia que se desató en el país, cuyos ecos siguen resonando en nuestros discursos. Pero hace bien escuchar “al viejo adversario que despide a un amigo” para encontrar vivo el tono “totalmente contrario” al que escuchan nuestros oídos todo el día y que imprimimos a nuestras palabras haciéndonos eco y mimetizándonos con lo que pretendemos criticar.

A nivel religioso cuando siento que alguien critica sin cariño ni respeto al Papa Francisco, mi “agere contra” es repetir sonriendo lo que decía el anciano Padre Fernando Boasso SJ: “No hay que hacerse problema. Nosotros muy contentos con el Papa Francisco y al que no le gusta que se jorobe”. No es algo muy ortodoxo ni que recomiende a todos como un principio universal, pero a mí me cambia el humor, que es en lo que soy tentado (ponerme de mal humor con los que critican).

Como decía, hay que discernir bien dónde apunta la tentación (mi tentación que es distinta a la de los otros) para no salir disparado a hacer contra en cualquier lado y terminar siendo engañado.

Que nadie nos robe la gracia de adorar al niño y de darle nuestros regalos. Sobre todo el mejor regalo, el que más le agrada, el de nuestro corazón que, como el de los Reyes, quiere aprender a caminar por los senderos de Dios y a no perderse por el camino de los malvados.

Diego Fares sj

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