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Posts Tagged ‘divorcio’

José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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sagrada_familiaGSe indignó Jesús…

Y levantándose de allí (Cafarnaún) se va a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntan muchedumbres en el camino y de nuevo Jesús les enseñaba como solía.
Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo:
─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?
Él, respondiendo, les dijo:
─ ¿Qué les mandó Moisés?
Ellos dijeron:
─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.
Pero Jesús, les dijo:
─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.
En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:
─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo:
─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

Otro “evangelio molesto” el de hoy, diría Pronzato. El tema del divorcio suscita opiniones destempladas. Basta leer un poco los comentarios al libro de Martini y Verzé, “Todos estamos en la misma barca”, para sentir que, a pesar de que han transcurrido dos mil años desde aquel encontronazo de los fariseos con el Maestro, los “tonos” que se agitan en el evangelio de hoy siguen igual de caldeados. Verzé (sacerdote de 89 años, trabajó siempre con los pobres y enfermos y parece ultra-crítico) le pregunta a Martini, entre otras cosas:
─“Y ya que estamos en materia de práctica moral, ¿qué me dice, eminente padre, de la negación de los sacramentos a fidelísimos divorciados?

Martini le responde:
─ “Usted me pregunta qué pienso sobre el rechazo de los sacramentos a fieles divorciados. Yo me he alegrado por la bondad con que el Santo Padre ha quitado la excomunión a cuatro obispos lefebvrianos. Pienso, sin embargo, en otros muchos, que hay muchas personas en la Iglesia que sufren porque se sienten ellos mismo marginados y que sería necesario pensar también en ellos. Y me refiero, especialmente, a los divorciados que se han vuelto a casar. No a todos, porque no debemos favorecer la falta de consideración y la superficialidad, sino promover la fidelidad y la perseverancia. Pero hay algunos que hoy están en una situación irreversible y sin culpa. Han incluso contraído nuevos deberes hacia los hijos tenidos del segundo matrimonio y no existe ningún motivo para volver la historia atrás; más bien, sería insensato aconsejarle esto. Retengo que la Iglesia debe encontrar soluciones para estas personas. Dije a menudo, y repito a los sacerdotes, que ellos están formados para construir el hombre nuevo según el Evangelio. Pero en la realidad ellos tienen que ocuparse también en recomponer huesos rotos y salvar a las personas que han naufragado. Estoy contento de que la Iglesia se muestre a veces benevolente y apacible, pero retengo que debe tener este talante con todas las personas que lo merecen realmente. Son, sin embargo, problemas que no puede resolver un simple sacerdote ni un obispo. Es necesario que toda la Iglesia se ponga a reflexionar en estos casos y, guiada por el Papa, encuentre un camino de salida”.

Transcribo la respuesta entera porque Martini no habla a la ligera, como dan a entender los que lo sacan de contexto. La suya es una respuesta ponderada, respetuosa, que acoge tanto la ironía de Verzé (los “fidelísimos divorciados”) como la doctrina de la Iglesia, y busca ampliar el “lugar” donde se debe tratar el tema y el “sujeto” que puede llevar la reflexión a buen puerto. No se trata de cosas sobre las que valga la opinión de cualquier sacerdote o laico suelto que escribe por internet. Es un tema para toda la Iglesia guiada por el Papa.
Y también es importante el tono con que se dicen las cosas.
La imagen que eligen Martini y Verzé para dialogar es la de dos que están en la misma barca. Barca en la que ─ nos recuerdan ─ estamos todos:
─ “Yo no sé si estoy despierto o soñando. Sé que me encuentro completamente en la oscuridad, mientras un batir lento me hace pensar que estoy en una barca que desliza por el agua. Busco tanteando determinar mejor el lugar en el que me encuentro y me doy cuenta de que cerca de mí hay un árbol, quizás el palo maestro de la embarcación. Poco a poco me acerco para poder adherirme a él con las manos, para tener un poco de seguridad y de la estabilidad en los movimientos cada vez más frecuentes del barco en las olas. En este intento encuentro algo que me parece como una mano de hombre. Quizás es otro pasajero que busca también él apoyarse en el árbol maestro. Yo no sé quién es, como tampoco se cómo me encuentro yo mismo en esta barca. Pero el toque de esa mano me da confianza: me inclino hacia delante para poder estrecharla y para expresar mi solidaridad con alguien en esa oscuridad que estremece. Querría también intentar decir algo, aun sin saber si mi compañero de barca comprende el italiano. Pero entretanto él comienza a hacerme algunas breves preguntas, a las que contesto con mucho gusto. Se trata de una persona que no conocía, pero de quien había oído hablar. Me impresiona su interés por mí en este difícil momento, en que cada uno sólo debería tener ganas de pensar en sí mismo. Dialogando así en la noche profunda, en ese momento de incertidumbre y también de peligro fueron despuntando poco a poco las primeras luces del alba. Reconocí el lugar en el que me encontraba: estábamos nosotros dos solos en la barca. Y utilizando algunos remos que encontramos en el fondo de ella, nos pusimos a remar hacia la orilla, parándonos de vez en cuando para saborear la calma del lago. Nos hemos dicho muchas cosas en esas horas. Ha quedado bien claro durante la conversación que éramos muy diferentes uno del otro. Pero nos respetamos como personas y nos a queremos como hijos de Dios. También el hecho de encontrarnos en la misma barca nos ha permitido comprendernos y acogernos tal cómo éramos. Entre lo primero que nos hemos dichos hay naturalmente un poco de autopresentación. Así que aprendí que mi interlocutor tenía realmente ochenta y nueve años, mientras que yo estoy en los ochenta y dos. Don Luigi Verzé (me enteré después que este era el nombre de mi compañero de barca) presentó su vida como la uno que había vivido sesenta y un años de sacerdote (… ).

Martini termina su vida dialogando en lugares especiales y con personas especiales. Esto le da un tono particular a los temas que trata. En “Coloquios nocturnos en Jerusalen”, dialoga con Georg Sporschill s.j., que trabaja en Europa del Este ayudando a niños de la calle y a jóvenes desamparados. En “Todos estamos en la misma barca”, dialoga con Luigi Verzé, fundador de un hospital en Milán y de una Fundación y Universidad nacidas en torno a él y que llevan el mismo nombre: San Raffaele.

Reflexiono sobre esto porque son cosas que hacen al mensaje evangélico. El evangelio es Palabra viva, dialogante. No se puede abstraer un contenido sin tener en cuenta a quién le dijo Jesús cada palabra, dónde las dijo y que otras cosas agregó, no solo en palabras sino en gestos.

El Señor y Maestro da su doctrina sobre el divorcio en medio de las multitudes que se le juntan por el camino y a las que “como era su costumbre” les enseña.
El evangelio no dice qué le enseñaba Jesús a la gente. Sí podemos distinguir esto: que cuando el Señor está hablando con el pueblo fiel, lo que le sale del corazón son las parábolas, las bienaventuranzas, el Padre nuestro… Con el Pueblo fiel el Señor siembra generosamente y confía en que su semilla dará fruto a su tiempo.
Son los suyos los que luego le piden precisiones y cuando las da, el Señor muestra cierta impaciencia. Aclara, pero como diciendo: “Cómo es posible que Uds. no entiendan esto por ustedes mismos”.
Con los fariseos, que más que pedir aclaraciones van derecho a ponerle trampas, el Señor se muestra implacable por un lado ─ Moisés les permitió divorciarse por la dureza de sus corazones ─, pero luego vuelve a abrir el panorama ─ lean el Génesis, vean las cosas no sólo en el marco moral sino en el marco del misterio de la creación de la vida y de la familia ─.
De última, el Señor no sigue discutiendo la situación de hecho –el divorcio judío-, lo refiere, eso sí al pecado de dureza de corazón (y de cultura) y abre el tema hacia la Vida más allá del legalismo farisaico (que en este punto, paradójicamente, era más “progresista” que el Señor!!).
Cuando los discípulos le exigen que aclare más, el Maestro dice las cosas como son: cuando se unen dos en una sola carne la unión que se da es tal que otra unión es adulterio. Adulterio significa mezclar cosas que no se pueden mezclar. Pero acto seguido se pone a bendecir a los niños y da su doctrina sobre la cercanía con él, que nada ni nadie impida que los pequeños se acerquen a Él.
La verdad sobre el adulterio es dura, pero los gestos de mayor amor del Señor fueron para la adúltera y para los pecadores, con los cuales el Señor comía y compartía.
Jesús junta, de manera inigualable, la verdad y la misericordia.
Como dice Martini: “Sin la caridad, la fe está ciega. Sin caridad no hay esperanza y no hay justicia”.
Como dice el Papa: “Si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo « piadoso » y cumplir con mis « deberes religiosos », se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación « correcta », pero sin amor (Dios es caridad 18).
Sin caridad, la verdad es solo “correcta”, pero no da vida.
Y sin verdad, la caridad puede quedar relegada al ámbito de lo asistencial y privado, sin incidencia política ni social, como dice el Papa en Caritas in veritate (4-5).

Ahora bien ¿cuál es el camino para unir en nuestra vida cotidiana la verdad con la caridad? ¿Cómo saber si por ser sinceros no fuimos demasiado duros o si por ser buenos no fuimos demasiado contemporizadores?
Quedémonos contemplando el gesto de Jesús: cómo se pone a bendecir a los niños que le traen las mamás y la indignación y el reto severo que le da a los discípulos cuando tratan de impedir que se le acerquen con el pretexto de no molestar al Maestro.
El evangelio dice que Jesús se indignó.
No se indignó con la trampa de los fariseos. No se indignó con su dureza de corazón. Mucho menos se indignará con la adultera o con los pecadores que se le acercan. No se indigna de que los discípulos le pidan precisiones tipo derecho canónico… Y se indigna ostensiblemente de que le aparten a los niños!
Es como que el Señor aprovecha la oportunidad para cambiar de objeto el tono de indignación que ha provocado la cuestión del divorcio. El Señor dice su verdad sobre el matrimonio pero no usa el tema para indignarse ni para discutir. Y apenas puede la corta y dirige la mirada de los discípulos hacia lo importante: los pequeños.
El estandar evangélico para la indignación no va ciertamente por el lado de rasgarse las vestiduras ante el divorcio o el adulterio. Sí hay un tono de cierta pena, al recordar con el relato del Génesis lo lindo que es el amor humano y la vida de familia tal como la sueña el Padre Creador; sí hay un tono de misericordiosa recomendación (en privado) a la adúltera: “vete en paz y no peques más”. Pero nada de indignación. Lo único que le indigna a Jesús es que alguien le aparte a sus pequeñitos! Y las familias rotas o armadas a medias son a veces lo único que tienen para crecer sus predilectos, los niños. Así pues, con cuánto amor mira el Señor a todo aquel que lucha por cuidar a los chicos y a los jóvenes y llevar adelante su familia, sea cual fuere la situación legal y moral en que se encuentren.

Samaritana 5

Diego Fares sj

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