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El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Si somos ovejas venceremos, si nos convertimos en lobos seremos vencidos” (San Juan Crisóstomo).

Quizás sólo viniendo de Asís se pueda sentir que es verdad esto de que es bueno permanecer siendo ovejitas, esto de ir armados sólo con una misión, de dar paz a la gente y anunciar el Reino con alegría.

Quizás nunca haya sido tan consolador como hoy escuchar de labios de Jesús que lo de “estar como ovejas en medio de lobos” no es una situación terrificante o inevitable sino una misión.

Que estamos en medio de lobos no hace falta que lo diga Jesús.

La imagen del lobo solitario que va cargado de explosivos nos atemoriza al entrar en cualquier aeropuerto.

Las medidas económicas de muchos gobiernos se sienten como verdaderos zarpazos que le arrebatan a la gente que vive solo de su sueldo tajadas significativas de su limitado poder adquisitivo.

Cada tanto se vuelve patente el hedor de la corrupción que muestra cómo alguno estuvo rapiñando dinero para sí y escondiéndolo, literalmente, en guaridas y cuevas.

Los voces de muchos periodistas suenan más a aullidos que a comentarios y uno escucha como gruñen sus sarcasmos ideológicos amenazando a la manada rival.

Matar indiscriminadamente, dar zarpazos, rapiñar, aullar… son todas actitudes de lobo contra las que el Señor nos previene: si nos convertimos en lobos, perdemos.

Cuáles son las actitudes de ovejitas en medio de lobos?

Hay una de la que siempre habla el Papa y es caminar. Las ovejitas tienen que caminar. Y no solas sino todas juntas, así las puede proteger el pastor.

Por eso lo de ir ligeros de equipaje, sin dinero ni mochila ni calzado extra: caminar. La imagen “ no detenerse a saludar a nadie por el camino” nos habla de la misión de caminar. Si estamos en medio de lobos, la actitud de ovejitas es caminar…

La otra actitud, que también es central en el estilo de Francisco es la de dar la paz. Los mensajes suyos son de paz. Si la persona no es digna, la paz vuelve a él. Pero él no manda mensajes de guerra. Esto de Jesús de que los suyos dicen siempre y a todos: “que la paz descienda sobre esta casa”, es clave para distinguir a un cristiano. Jesús agrega que si hay allí alguien digno de la paz, esa paz reposará sobre esa persona y si hay alguien que no es digno o la rechaza, la paz volverá a nosotros. Pero a nosotros no nos toca discernir a esta casa sí y esta no. La paz de Jesús se desea a todos y se da a todas “las casas”. Podríamos decir: a todos los pueblos, a todas las culturas, a todos los grupos –sociales, religiosos, políticos, de género, de ideas y modos de accionar- a todos.

Luego de estas dos actitudes de ovejitas, la de andar siempre caminando y caminando como los rebaños con su pastor y la de dar la paz porque un rebañito de ovejas nunca puede dar miedo o generar violencia, sino que de su vista misma y de su modo de moverse emana paz, vienen otras actitudes que el Señor señala.

Una es la de entrar en las casas y permanecer un tiempo en ellas, compartiendo la comida. Es como decir que la actitud de paz no es algo que se da de lejos sino que requiere convivir, visitar, ser recibido, compartir. En ese tiempo el Señor nos hace poner especial atención a “curar a los enfermos”. Uno ve esta dedicación en el Papa Francisco que, en medio de la gente, saludando a todos, se detiene especialmente a acariciar y abrazar a los enfermos.

En este clima de paz y de cuidado por los más débiles, viene la misión de “anunciar el Reino”. El Reino no se anuncia como un estado de cosas sino como una cercanía. El reino no se instala sino que camina con los enviados y genera ese clima de paz y de obras de misericordia. Camina, no se impone: el que lo desea tiene que “entrar” por sí mismo. Y cada día se tiene que entrar y, si uno no desea permanecer puede salir.

No es un reino con papeles, visados, scanners y muros. Es más bien un reino en marcha: no se instala en nuestro territorio sino que nos pone a nosotros en camino. Camina a paso lento, como un rebañito de ovejas. Pero no se detiene a ocupar espacios sino que siempre está en movimiento.

Jesús dice que si alguno no recibe este anuncia ni se deja cautivar por esta cercanía, la actitud más “agresiva” diríamos es “sacudirse hasta el polvo de las sandalias” y seguir camino, remarcando no obstante que “el reino está cerca”.

Esta actitud de darle para adelante, de no detenerse a discutir, es lo que a algunos les desespera, literalmente, del Papa Francisco. Se ve en la exasperación de los comentarios, en las palabras fuertes, en las frases altisonantes, en la satisfacción que manifiestan cuando creen que lo atraparon en un error “in-dis-cu-ti-ble”.

El Papa les regaló la Amoris Laetitia a las familias y las que la gozan y se alimentan de sus palabras mansas y llenas de paz familiar, son bendecidas, y las que no, se la pierden por ahora, pero sepan que “está cerca” –que la “Alegría del amor familiar” está cerca-.

A los que discuten frases y citan definiciones antiguas, el papa los deja hablando solos. Ya se puso en camino a otras periferias y está planeando nuevos anuncios evangélicos para los pequeñitos.

Este seguir para adelante es tan suave que ni siquiera se nota que se sacude el polvo de los zapatos, pero el gesto está, aunque sea tan leve como cuando una ovejita sacude las patitas. Ni siquiera aquí hay la más mínima actitud de lobo. Respecto de esas preguntas impertinentes que algunos dejan picando el aire –al estilo de “cómo puede ser que haga esto”-, alguien dijo: este papa no responde preguntas sino que las plantea. Es ese gesto tan evangélico del Señor ante toda pregunta tramposa, de pegar media vuelta e irse a otra parte, a hablar con la gente que está interesada en recibir un evangelio.

La última actitud “de ovejita” con que el Señor remacha su envío misionero hace a la manera de cantar victoria: no se alegren porque el demonio se les someta sino porque sus nombres están escritos en el cielo.

Por tanto: nada de triunfalismos ni de revanchas de ovejas que festejan como lobos.

Caminar y caminar, dar la paz, quedarse con la gente y cuidar a los enfermos, anunciar la cercanía del reino, seguir adelante sin discutir, festejar sin revanchismos… Cada una de estas actitudes genera un ámbito vital que se expande como un reino por sí mismo. Son actitudes que dilatan el corazón y abren un espacio social distinto.

Lucas corona este envío misionero diciendo una frase misteriosa: “Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo”.

El Señor confirma con el gozo la misión, el enviarnos así, como a ovejitas en medio de lobos. Nada confirma más que ver no solo alegría en los ojos del que nos envió sino ver que “exulta de gozo” cuando regresamos y le contamos lo que hicimos y cómo lo hicimos.

Esa imagen de Jesús exultando de gozo en el Espíritu Santo es la imagen evangélica más poderosa del nuevo testamento. Equivale a la Transfiguración, pero ésta no es solo ante los tres grandes amigos –Pedro, Santiago y Juan- sino ante los 72 discípulos y discípulas, ante la Iglesia que sale.

Dicen algunos que no entienden nada que Jesús nunca sonríe en el evangelio. Podemos imaginar de otra manera que con su mejor sonrisa a este Jesús que exulta de gozo en el Espíritu Santo?

Esta alegría y este gozo es su única arma, la que disuelve todo temor y quita todas las ansiedades, sospechas y escrúpulos.

Y el Señor nos la regala a los discípulos y discípulas que en misión fueron como ovejitas en medio de lobos y no se contagiaron de los lobos: volvieron como ovejas al seno de su Buen Pastor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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El-circo-invade-el-Vaticano-y-el-Papa-acaricia-pequeño-tigre (1).jpg

Domingo 12 c 2016

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó:

«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron:

«Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Respondiendo, Pedro dijo:

«El Mesías de Dios.»

Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo:

«El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación

¿Qué dice de mí la gente; qué dicen ustedes?

A Jesús le interesaba estar en boca de la gente y saber qué pensaban sus discípulos. Pero no para hacer encuestas de popularidad. Con estas preguntas, el Señor animaba a los suyos a hacer un discernimiento, a sentir lo que pensaba la opinión pública de entonces y a jugarse ellos personalmente.

Lucas menciona la opinión de la gente sencilla, del pueblo fiel, que sentía a Jesús como alguien a favor suyo, como un hombre de Dios, como uno que los defendía y ayudaba. Pero seguramente en el grupo de los discípulos también se hablaba de lo que decía los grupos de poder de aquel entonces.

Los principales formadores de opinión eran los saduceos, los zelotes y los fariseos.

Los Saduceos eran los que negociaban con los romanos con tal de conservar su poder. Eran gente rica y poderosa, dueños de la tierra, con poder político.

Los discípulos le podrían haber dicho a Jesús algo así: estos piensan que sos un iluminado más pero que no tenés idea de la política. Te ven peligroso por cómo te ganás a la gente. De última, son capaces de sacrificarte si los molestás en su relación con el imperio. De hecho, esto fue lo que hizo Caifás, el jefe de los saduceos, cuando pronunció aquella frase de que era bueno que uno muriera por la nación y condenó a Jesús a muerte.

Los Zelotes, estaban en el otro extremo del abanico político, eran militantes anti-romanos. Un rasgo que los definía era la anticorrupción: acusaban a los Saduceos de amar el dinero. Fueron Zelotes los que combatieron hasta dar la vida en Masada (73 dC), después que los Romanos tomaron Jerusalén. Jesús tenía en su grupo a Simón el Zelote (ningún Saduceo se hizo discípulo suyo). Este le podría haber dicho a Jesús: algunos pensamos que vos sos el Mesías, pero otros te ven demasiado contemporizador, con eso de “dar al César lo que es del César…”.

De última, el sentimiento popular zelote prefirió a Barrabás y no a Jesús.

Los Fariseos, ya sabemos lo que pensaban. Nicodemo le podría haber dicho a Jesús: mis hermanos piensan que les ponés a la gente en contra, que aflojás le Ley, que les das muchos palos con lo de que son hipócritas y vanidosos…

Esta contemplación de lo que podría ser una charla extendida entre Jesús y sus discípulos la hacemos “actualizándola” con sentimientos del presente. El Señor nos da pie con sus preguntas. El quiere que le contemos lo que opina la gente, lo que dicen los diarios. Porque sabe que estas cosas nos movilizan, nos provocan sentimientos encontrados. Y esto es necesario sentirlo y clarificarlo en la oración para tener nuestra propia idea formada de quién es Él para nosotros.

….

Pensaba que nuestro Papa Francisco ha puesto nuevamente en movimiento estas preguntas.

Lo ha hecho poniendo el cuerpo, saliendo a la calle, charlando con todos y de todo. Exponiéndose.

Y creo que es inteligente que, antes de considerar esta opinión o aquella, cada uno reflexione sobre el hecho mismo de que el Papa esté en boca de todos.

El mismo lo ha provocado acercándose.

Acercándose de manera despojada de toda distancia.

Este es el punto.

Porque todos los papas se han acercado y lo han hecho de manera cada vez más sencilla y explícita. Desde que Juan XXIII comenzó a bajarse de la silla gestatoria (que de hecho era como el papamóvil, para que la gente pudiera verlo, pero daba aires de realeza) hasta las arrodilladas de Juan Pablo II que besaba el suelo de cada país que visitaba.

Pero Francisco ha terminado de acercarse definitivamente, si se puede decir así.

Partamos de un extremo. Hace unos días en el espectáculo que dio un circo, escuchamos a uno que le dice al santo Padre si se quiere acercar a acariciar a un cachorro de tigre. Se le ve la cara al papa como diciendo yo hago lo que me digan, si a ustedes les parece… Y cuando se levanta y va caminando ya se lo nota confiado. El tigre le pegó un sustito, pero luego lo acarició tranquilamente.

Francisco tiene incorporado el gesto de ir y acercarse.

En el encuentro con los sacerdotes, después de la misa, también hizo el mismo gesto de ir al encuentro. Constaté que desarmó todo el protocolo porque los guardias, como no sabían para donde iba a agarrar, cerraron por una hora todas las salidas del altar. Francisco decía después que al meterse entre los curas los abrazos eran verdaderos golpes (estos te pegan!).

El mismo deseo de mayor cercanía se ve cuando toca con la frente la cabeza de un enfermo o se deja abrazar por los niños.

Hay una cercanía física que ha borrado todas las distancias y ha llevado lo sagrado a otro lugar.

El sentimiento de adoración y de reverencia ante nuestro Creador nos lleva naturalmente a formas de expresión que tienen que ver con la distancia. Es el “aléjate de mí que soy un hombre pecador” de Pedro al ver la pesca milagrosa. Pero en Jesús, estas distancias no tienen sentido. En el evangelio de la mujer pecadora que lo unge se nota que el Señor no pone distancias de ningún tipo sino todo lo contrario: sus gestos invitan a la confianza familiar.

En la cercanía física la misma persona se contiene.

La otra imagen es la de Jesús en medio de la multitud, camino a casa de Jairo: lo aprietan por todos lados pero él siente a la mujer que toca su manto y se cura y se detiene a conversar con ella cara a cara. Esta total cercanía es la que, a su manera, hace sentir Francisco. Es un modo de testimoniar la cercanía del Reino que trajo el Señor.

Esta cercanía y projimidad del Dios con nosotros no sólo es física sino también espiritual.

El Papa la expresa al hablar siempre de una misericordia que no se cansa de perdonar.

Al quitar las condenas y las aristas bien definidas de las definiciones abstractas, su lenguaje pone en contacto los corazones: es un lenguaje cercano en el sentido de que invita a dialogar, a expresarse.

Es esto antes que nada lo que posibilita que hable cualquiera. Y que algunas palabras a las que los medios les ponen micrófono, se amplifiquen. Pero por cada opinión desencajada hay cientos de miles de frases que la gente pronuncia en su corazón y que son bendiciones.

Siempre recuerdo lo que para mí, como jesuita, fue la mejor opinión “de la gente” sobre el Papa. En nuestra revista América, en los Estados Unidos, hicieron una encuesta antes de la visita del Papa y le preguntaban a la gente “qué le diría Ud. al Papa Francisco si tuviera cinco minutos a solas con él”. El jesuita James Keenan escribió: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote (…) Y tengo que decirle que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección. Por último, pido a Dios por su salud, su consuelo y su sabiduría; y espero que esté entre nosotros más de lo que usted piensa. Que usted sea un jesuita es, poniéndolo en sus propias palabras, «la frutilla de la torta»”.

Por tanto, el hecho de escuchar que cualquiera dice cosas del Papa no es para indignarse sino para caer en la cuenta de que si su cercanía en unos provoca estos sentimientos en mí puede provocar otros. El movimiento tiene que ser: cuando escucho algo que me provoca sentimientos e ideas encontradas, tengo que acercarme yo de alguna manera directamente al papa. Ir a leer lo que él dijo, sus palabras textuales en el sitio del vaticano, buscar el video donde se ven sus expresiones (no solo la foto que me dan los diarios).

Allí donde los medios me quieren alejar haciéndome sentir disgusto por un punto particular, por algo que “dijo” el Papa, allí me tengo que “acercar”, buscando formar mi opinión personal.

No importa que después mi opinión no salga en los diarios. Importa que yo me examine y discierna lo que siento yo, lo que el Espíritu dice en mi corazón.

En lo disonante de algunos titulares se puede discernir un intento desesperado de evitar que se descubra que alguien les ha quitado poder. El modo de comunicar del Papa Francisco es directo. No solo se trata de que gracias a los medios actuales cualquiera pueda leer y ver en directo lo que dice y hace. Su modo de plantear los temas invita a dialogar, a que uno se ponga junto con él a la escucha del Espíritu. Titular sus frases como si fueran dogmas, siendo que la Iglesia misma hace tiempo que no habla dogmáticamente, es una cortina de humo. Si uno escucha y lee bien, el Papa está hablando un lenguaje humilde y abierto al diálogo y a la corrección de los puntos de vista. Hacer de cada gesto suyo una definición de partido político es una táctica que tiene patas cortas. Y aunque las tuviera largas, la provocación no deja de ser buena para que cada uno se juegue y opte por la cercanía cordial contra los diversos tipos de distancia: tanto la distancia saducea que sólo se mueve en espacios de su conveniencia política, como la distancia farisaica, que aleja al pueblo de las fuentes de vida con la excusa de la ley.

Diego Fares

 

 

 

 

 

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Encantados por el Reino o “el magnificat de Jesús”

El Señor designó a otros setenta y dos,
y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío
como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado,
y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero:
“¡Que descienda la paz sobre esta casa!”
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente:
“Se ha vuelto cercano a ustedes el Reino de Dios.”
Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
“¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies,
lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que se ha vuelto cercano el Reino de Dios.”
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo (jarás):
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»
El les dijo:
«Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»
Y en aquel momento, exultó de gozo (egalliasato) Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación
El Magnificat de Jesús es misionero. Igual que su Madre, el Señor exulta de gozo lleno del Espíritu Santo al contemplar cómo el Padre se revela a los pequeñitos. Los ojos del Señor y todo su corazón están centrados en la misión. En el ir y venir de Jesús a los hombres y de la gente al Señor.

El maestro les comunica a los Setenta y dos el espíritu con que deben salir a misionar. Y no sólo les dice cómo deben ir sino cómo deben actuar en medio de la misión y cómo deben regresar.
Nos hace bien detenernos a escuchar atentamente qué es lo que nos encomienda el Señor a todos, ya que la misión de los setenta y dos abarca a todos los discípulos misioneros, cualquiera sea su estado de vida.

Comencemos por lo que nos encomienda que hagamos. Teóricamente es mejor comenzar por el llamado y el don, pero todo discípulo siente cierta urgencia práctica. “No le des mucha vuelta Señor, decime qué querés que haga y yo lo haré”.
Bueno, aquí tenemos los verbos bien concretitos para nosotros:
Rueguen-vayan, coman-curen, entren-permanezcan-digan, salgan-digan, alégrense (de… estar incluidos).

“Rueguen” al Padre es la primera acción que el Señor encomienda a los discípulos misioneros. Este ruego brota espontáneo al mirar el mundo tal como lo ve Jesús; con una mirada de discípulos misioneros, como dice Aparecida.

Jesús mira el mundo como una gran cosecha, lo ve lleno de cosas buenas, de frutos que el Padre ha sembrado y que Él junto con nosotros, tenemos que cosechar. Experimentamos con Él la abundancia de bienes y los pocos que somos los cosechadores. Esta mirada hace elevar nuestro corazón al Dueño de los frutos y rogarle que envíe más cosechadores.

Se trata de una mirada positivísima, de una manera de ver al mundo que no es la que estamos acostumbrados. Cuando nos dicen misión y envío lo primero que resuena en nuestra mentalidad es “nos mandan a trabajar porque el mundo anda mal”. Nada de eso. Es como si Jesús mirara la Argentina y viera los campos sembrados de soja, de trigo y maíz espirituales y sintiera que hay que convocar más gente para esa cosecha sobreabundante.

El comienzo de la misión parte de contemplar un derroche de bienes y de belleza que hay que cosechar. ¡Qué no se pierda tanto bien! Ese es el ruego. Que muchos sintamos todo lo bueno y hermoso que podemos hacer juntos con Jesús. El bien está a la mano, hace falta “pescar hombres”, convocar cosecheros, manos que quieran cosechar los frutos.

El final de la misión es el gozo exultante de Jesús en el Espíritu Santo, bendiciendo al Padre que hace cosechar tantos bienes a gente pequeñita. La alegría al regresar de la misión es también sobreabundante, igual que la cosecha.
Como vemos, la belleza, el gozo, la alegría, el derroche de bienes, son lo primordial en el Reino de Dios.
Las fronteras del Reino son –objetivamente- terreno cultivado y con frutos abundantes, y –subjetivamente- sentimientos de plenitud y de gozo ante la potencia del Padre que hace dar frutos de Vida a los hombres.

Cuando Jesús manda a anunciar que el Reino de Dios se ha vuelto cercano, lo que está queriendo comunicar es que “una cosecha abundante de bienes y de gozos” está a la mano, en medio de la sociedad. Hace falta ver con los ojos de la fe para que todo este bien se vuelva visible y experimentable. Al mandarlos a ellos antes de ir Él en persona, lo que está queriendo el Señor es despertar la atención de la gente para que, cuando lo vean a Él en medio de ellos, caigan en la cuenta de que Él es el Reino de Dios actuando entre nosotros. Jesús es el fruto que hay que “cosechar” en el corazón del mundo, fruto que se come y da Vida, fruto sembrado que ha ido creciendo en lo secreto, fruto que se comparte y alimenta, que se vuelve a sembrar y da el ciento por uno.

¿A qué se opone esta mirada espiritual, positiva, esperanzada, gozosa?
Se opone a toda riqueza menor, a todo bien que no sea el Reino mismo. Por eso el Señor hace ir en pobreza, sin muchas cosas en las manos: porque es más grande y hermoso lo que hay que cosechar que lo que uno puede llevar. Hay que rogar con las manos juntas y salir con las manos abiertas. Más que lo que tenemos que dar es lo que tenemos que juntar y cosechar.

Esta mirada encantada y deslumbrada ante tanto bien por cosechar es lúcida de los peligros. El que está cosechando en cierta manera está indefenso. No puede usar sus manos para tener armas porque las tiene llenas de frutos.
El Señor sabe que esto implica estar en la vida “como corderos en medio de lobos”. El que está atento al bien que hay que cosechar sufre los zarpazos y las mordidas de los lobos. Sin embargo el Señor redobla la apuesta: nada de previsiones. Ni para el propio confort ni para la defensa.

Las culturas y las personas que están deseando el Reino recibirán a los enviados y reposará sobre ellos la paz. Tendrán así la buena disposición para que pueda ser cosechado en ellos el Fruto del Reino de Dios, que es Jesús, el Hijo de Dios venido en carne.
Es tan sólido y verdadero este Bien y está tan maduro ya para la cosecha, que urge que los hombres se den cuenta, para que puedan elegir y jugarse por acogerlo y comenzar a vivirlo. Está tan extendido el fruto que no se puede perder tiempo en convencer al que no quiere participar en la cosecha. Se anuncia de todas maneras que El Reino está cerca, que lo tienen a la mano, pero se parte para otra ciudad si en una no quieren recibirlo.
Ni los enemigos (lobos) ni los que no tienen interés o rechazan a los enviados tienen peso al lado del peso glorioso de la cosecha de bienes que tenemos para cosechar. Jesús envía discípulos misioneros a convocar gente que quiera trabajar en torno a lo positivo, cosecharlo, desarrollarlo, compartirlo, extenderlo… No somos un ejercito a la defensiva sino cosechadores de bienes y sembradores de esperanza.
………..
Tenemos en el Hogar una colaboradora que ha venido de España. Habla con todo el salero y a todos nos encanta. Y contaba cómo le preguntaba un comensal del desayuno “que cuánto ganaba ella. Porque para venirse de España ha hacer este trabajo, debe ser mucho”. Y que “cuando yo les digo sonriente que no gano nada ¡hombre!, que lo hago por gusto, y es que me encanta poder servir en un lugar así, pues que no se lo creen!”. Y lo dice de tal manera que uno se da cuenta de que sí se lo creen. Y que si uno no se lo cree, cuando pasa con el plato o con la panera, ella ya está sirviendo a otro, igual de encantada.

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