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Posts Tagged ‘discernir’

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea.

Allí anunciaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca.

Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

Caminando junto al mar de Galilea,

vio a Simón y a su hermano Andrés,

que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y haré que se conviertan en pescadores de hombres.»

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,

que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,

y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

 

Contemplación

Jesús hacía fundamentalmente dos cosas: anunciaba y llamaba. El anuncio lo hacía “por atracción”, el llamado, saliendo Él a buscar. La gente se sentía atraída por Jesús e iba hacia él. Se juntaban multitudes para escucharlo. El llamamiento lo hacía yendo a buscar y eligiendo Él personalmente a sus discípulos.

La predicación, el anuncio del evangelio, la buena noticia de que uno puede convertirse en una persona de fe, de que cualquiera es importante para el Reino y hoy mismo, donde esté, puede cambiar de mentalidad, puede salir de la anestesia con la que los medios le enchufan criterios venenosos sin que le duelan, y pasar a ser una persona libre, que piensa en la fe, que goza con la luz que le va dando el Espíritu Santo, el Espíritu que visita las mentes de los fieles y nos propone los criterios de Jesús, el Espíritu que hace arder los corazones de los discípulos desilusionados dándonos los mismos sentimientos de Cristo Jesús…, este “kerigma”, el Señor lo predicaba a toda la gente que se le acercaba, al pueblo de Dios en su conjunto. Y lo hacía al aire libre.

La otra tarea, la de llamar discípulos para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar el Evangelio, la hacía yendo Él personalmente a su encuentro.    Hoy vemos que llama a los cuatro hermanos, a Simón y a su hermano Andrés primero, y luego a Santiago y a su hermano menor, Juan.

Les dice una frase que nos hemos acostumbrado a oír hasta el punto de que nos parezcan casi normales estas palabras -pescadores de hombres- en labios de Jesús. Y sin embargo…

Jesús era un carpintero y venía de las montañas de Nazaret. Cuando los llama les está hablando a hombres del lago de Galilea. Son gente que está en medio de su trabajo. Simón y Andrés estaban echando las redes al agua; Santiago y Juan las estaban reparando. Y Jesús viene y les dice que se vayan con él, que Él hará que se conviertan en pescadores de hombres.

No solo les cambia el objeto de su trabajo -peces por hombres-, sino que este cambio de objeto los transformará a ellos mismos: pescadores de hombres es algo que tienen que “llegar a ser”, es algo que hará Jesús con ellos y para esto tienen que dejarlo todo y seguirlo.

Lo que quiero decir es que solo en apariencia les está diciendo algo fácil y entendible. En realidad los está cambiando enteros: en su mismo oficio, en lo que ya saben hacer, Jesús los cambiará radicalmente, como si los hiciera de nuevo.

Puede ayudar una consideración de lo que significa “pescar hombres”. Cuando le decimos a alguien “te pesqué”, significa que en alguna mirada o en alguna palabra que usó, le descubrimos una intención que estaba ocultando. Esto tanto para bien, como cuando alguien trata de escondernos que nos hará un regalo sorpresa, como para mal, cuando nos está mintiendo: “te pesqué”. Pescar hombres tiene que ver, con las intenciones y los criterios.

Por un lado, se trata de pescar nosotros las intenciones más hondas de los hombres, esas que están como un pez en el fondo de un lago.

Jesús es especialista en pescar los pensamientos del corazón de la gente. Pescaba los buenos deseos de la gente sencilla con que solo le tocaran el manto, como la pescó a la hemorroisa; pescó al vuelo el deseo de seguirlo de los primero discípulos, cuando se dio vuelta y les dijo “qué quieren”, aunque era obvio que ya lo sabía, que les había tirado el anzuelo o había hecho que su primo Juan el Bautista pescara la cosa y se los mandara; Jesús pescaba la mala intención de los fariseos, les leía el pensamiento torcido, sabía que estaban pensando mal y se los expresaba en la cara; sabía lo que quería hacer su Madre en Caná y lo hacía aunque protestara cariñosamente con que no era su hora… y así con todo. Podríamos reescribir el evangelio entero desde esta perspectiva de pesca. Todas las parábolas, por ejemplo, son fruto de la mirada de Jesús que “pesca” en la vida cotidiana de la gente, las semillas del reino, que sabe ver cómo el Padre le revela sus cosas a los pequeños. Jesús pesca y enseña a pescar “al vuelo” los deseos del Espíritu en el corazón de los hombres (como pescó el Papa Francisco el deseo de casarse a la pareja que casó ahí mismo, en el avión, durante el vuelo de Chile a Perú).

Hay otra expresión que usamos y es “me pescás? “pescaste lo que quería decir?”. Es cuando apelamos al conocimiento que el otro tiene de una cosa y de nuestro modo de pensar. Más allá de las palabras que usamos como podemos, cuando hablamos con alguien esperamos que “pesque” lo que queremos decir. Esta capacidad que filosóficamente se llama “analógica” y es lo propio del pensar humano. Deducimos cosas por comparación. Y comparamos no solo cosas, sino dinamismos, procesos, estilos y antes que nada, intenciones… Pensar es discernir. La inteligencia no consiste en entender las cosas una por una y luego ponerlas juntas en un razonamiento. Uno pesca primero “la cosa en su conjunto”, la “situación”, como le decía el Güero a su mujer en la novela de Pérez Reverte, La Reina del sur”: “En este negocio, había dicho el Güero, hay que saber reconocer La Situación. Eso es que alguien puede llegar y decirte buenos días. Tal vez lo conozcas y él te sonría. Suave. Con cremita. Pero notarás algo extraño: una sensación indefinida, como de que algo no está donde debe. Y un instante después estarás muerta”.

Saber pescar “la situación”, es una buena imagen de lo que es el discernimiento. Es saber pescar al demonio cuando te dice “buenos días”, porque como dice el Papa Francisco, el demonio es un señor muy educado, y te sonríe, suave y te habla como quien no quiere la cosa y un instante después, no que estás muerto, como cuando se trata de narcos, sino que te ensartó un criterio y ya estás pensando vos mismo como él, sin que te fuerce en nada. Es lo que nos pasa a todos cuando nos “enganchamos” con algo que dicen los medios: nos muestran una foto o nos repiten una frase y nosotros seguimos solitos repitiendo un discurso como si fuera el único. No les ha pasado tener como un dejavu: notar de repente, en medio de un argumento que están pensando interiormente, que se les ha metido en la cabeza un tonito y que están repitiendo una frase “tal cual” como la dice un periodista que opinó sobre un tema?

Pescar hombres para el reino tiene, pues, que ver con los criterios. Con pescar “la situación”, no un zapato aislado. Con pescar lo que siembra el Buen Espíritu y con lo que sobre siembra el malo.

Jesús compara el Reino con pescadores que disciernen: “El reino de los cielos es semejante a una red, que, echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera” (Mt 13, 47-48).

Pescar hombres es discernir y enseñar a discernir, eso es lo que quería decir hoy, reflexionando sobre este evangelio. Es la tarea más importante en la que el Papa quiere que crezca la Iglesia en la actualidad.

Y quizás no hay mejor época que la nuestra. Hoy no se puede ocultar nada, todo el pescado está a la vista. Las cosas salen a la luz. No se pueden ocultar. Pero salen a la luz, no espontáneamente, salen ya “editadas”. Y exigen discernimiento personal y comunitario.

Pescar con Jesús y para Jesús es pescar la “intención de fondo” de las personas. Jesús, como ya se lo había profetizado Simeón a María, su Madre, cuando era un recién nacido, es y será uno que hace que salgan las intenciones de fondo de los corazones. Para eso vino a este mundo. Para eso nos visita y se nos acerca. No para imponernos nada. Visita para que salgan a la luz lo que tiene cada persona y cada pueblo en su corazón.

Esta tarea de pesca es la tarea principal del Señor: nos pesca para el reino, para llevarnos al Padre. Nos pesca en este lago que se escurre por el resumidero del tiempo, a las aguas del cielo, que no se escurren sino que son para siempre.

Para pescar con Él primero hay que dejarlo que discierna nuestro corazón y saque a flote nuestro verdadero rostro y nos libre de todo lo que es máscara y sentimientos menos dignos. Así, dejando que nos pesque el buen deseo que nos constituye y dignifica como las buenas personas que querríamos ser, y que nos discierna los deseos mezclados de todos los días, podremos ayudar también a los demás.

Jesús es el Pescador invisible, el Cristo de la mano rota de la Iglesia de San Bernardo en flores, que tironea desde arriba, como dice el Adán buenosayres de Leopoldo Marechal: “¡Es absurdo! Uno está navegando en ciertas aguas oscuras, y de repente se da cuenta que ha mordido un anzuelo invisible. ¿Comprenden? Y uno se resiste, forcejea, trata de agarrarse al fondo! Es inútil: ¡el Pescador invisible tironea desde arriba!”.

Discernir…

Morder el anzuelo invisible del Pescador que tironea para arriba! Gustar este anzuelo, gustar que vaya para arriba. Interpretar las cosas “hacia arriba”, aunque uno abajo patalee…

Ayudar a discernir.

Ayudar a “pescar la situación”, no solo las cosas sueltas, los títulos editados cada día, las noticias que son pescado viejo y podrido que nos sirven refritas como si fueran frescas de hoy.

No hay mejor época que la nuestra si es que uno quiere entrenarse en el discernimiento. Cada día tenemos ante los ojos “todo el pescado: buenos y malos”. Es tarea de cada uno ver qué elige, elegir qué come.

Diego Fares sj

 

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Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo:

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. »

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron:

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel. »

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

Martín Descalzo a fines de los 80 y el Papa Francisco el año pasado toman una frase de San Juan Crisóstomo que dice que los Magos: “No se pusieron en camino porque hubieran visto una estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino”. “Eran almas ya en camino, ya a la espera -dice José Luis-. Mientras el mundo dormía, el corazón de estos magos ya caminaba… Confiaban en que sus vidas no concluirían sin que algo sucediese”.

Nosotros pedimos al Niño la gracia de ponernos en camino para buscarlo y encontrarlo. ¿Cómo nos ponemos en camino?  Dijo hoy el Papa Francisco: “Seguir a Jesús no es un educado protocolo a respetar, sino un éxodo a vivir”. Sal de ti mismo!, por tanto. Sal! Deja de pensar sólo en ti y haz oración: adora al Padre, pide al Espíritu Santo que te movilice alguna palabra de Jesús en el Evangelio. Sal del círculo de andar siempre buscando tus intereses y mira a tu alrededor. Mira a los demás. Interroga a las personas humildes, como el niño envuelto en pañales en un pesebre, junto a su madre y san José. Sal de ti mismo y presta un servicio a los más pequeños, a tus hijos, a tus ancianos, a los más pobres. “El evangelio se realiza cuando llega al don. Al don gratuito, sin nada cambio”.

Pedimos también la gracia de saber burlar a los malvados, como hicieron los reyes que “volvieron a su país por otro camino”. Pedimos la gracia de saber burlar a los que se creen sabios y poderosos, los que se ríen de los que buscan estrellas que se mueven en el cielo, los que se burlan de los que adoran a los niños pobres que están en un pesebre.

…………

Basten estas peticiones para movernos, para iniciar el año poniéndonos en camino. En camino de oración, leyendo el evangelio o adorando en silencio al Niño, espejito de la gloria del Padre del cielo. En camino de servicio, organizando algo para los niños en la fiesta de los Reyes o saliendo a buscar a algún pobrecito. “Probemos hoy -decía el Papa- a pensar en algún don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer a alguien”

………

Una reflexión partiendo de una palabra que me quedó picando: “burlar”. Burlar a los poderosos, dice Martín Descalzo. Junté burlar, no con hacer muecas o decir frases ingeniosas, sino con lo que hicieron los reyes, que simplemente “volvieron a su tierra por otro camino”.

Para ir a Jesús recibieron la ayuda de la estrella. No fue impedimento para llegar al Niño el hecho de haber pasado por la corte de Herodes con sus juegos de poder y de haber recibido información de la ciencia sin fe de los sumos sacerdotes y escribas. Pero para volver (para aplicar la gracia a la vida), tuvieron que encontrar “otro camino”.

Esto me hace pensar que Dios nos ayuda de una manera a encontrar a su Hijo y de otra a burlarnos del mal espíritu y poner en práctica su Palabra.

El Padre nos atrae a Jesús. Pone signos en el cielo, pone un imán en nuestro corazón para que la suma de todos nuestros pasos -lo sepamos o no- termine orientada a su Hijo amado.

El Espíritu ilumina los momentos, sugiere el pasito adelante que podemos dar para acercarnos a Jesús. En el evangelio, la estrella marca el rumbo a los magos: “Iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo en el lugar donde estaba el Niño”. La ayuda del Señor a los que se ponen en camino es constante y precisa.

Pero después, para burlar a Herodes y regresar a sus cosas, el camino es distinto. El evangelio nos dice que los Reyes, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, regresaron a su casa por otro camino. Este “otro camino” pareciera que no necesita de una guía especial. Será que uno lo tiene que descubri solo?

La inspiración que me viene a la mente es la formula de San Ignacio: el “agere contra” -el hacer lo totalmente contrario a lo que la tentación me sugiere-.

Herodes les había sugerido con sutileza que, luego de investigar bien todo lo referente al Niño, apenas lo encontraran se lo comunicaran. Ellos directamente “se volvieron por otro camino” sin ningún temor ni respeto humano por el poderoso.

La clave es, por tanto, que el camino sea “otro”.

Pero totalmente otro.

No basta con que sea “un poco distinto”.

La tentación de querer burlar a los malvados usando sus mismas técnicas o algo parecidas, es algo en lo que solemos caer por falta de discernimiento. Ignacio nos ayuda con esta fórmula límpida como una estrella en el cielo: “agere contra”. Lo digo en latín para que se nos grabe en el cielo de la memoria. Hacer contra pero no “cualquier contra” sino “lo totalmente contrario”.

Esto no es difícil descubrirlo, pero hace falta tomarse un momento de oración, hacer silencio y pedir ayuda al Espíritu Santo.

Debemos desconfiar de la primera acción en contra que se nos presenta como clara. En general, la primera reacción en contra de otro que nos ataca o nos quiere engañar, es mimética. Nos mimetizamos con el enemigo: si alguien alza la voz, la alzamos, si nos gritan, gritamos, si nos empujan, damos un codazo, si el otro se burla, ironizamos, si nos ningunea, buscamos rebajarlo… La pausa consiste en saber reconocer con buen humor que nuestra respuesta es mimética y que por tanto no es “contraria” sino funcional al enemigo. Por eso, hay que aprender de los Reyes a tomar otro camino. Es propio de un Rey, no rebajarse. Eso es tener señorío.

Algunos ejemplos, por si ayudan, teniendo en cuenta que cuando uno baja la Palabra a la realidad, arriesga a decir algo de más o algo que moleste…

A nivel país, en política, ¿qué sería lo totalmente contrario a la corrupción, por ejemplo, definida como uso sistemático del dinero público para provecho propio? La justicia, dirá alguno. Meterlos a todos en cana hasta que se pudran y que devuelvan todo lo que se robaron… Me pregunto si lo que logra eso, a lo sumo, no es equilibrar la balanza. Y no del todo, porque para los pobres que no recibieron ayuda o para las víctimas de las tragedias por el desvío de dinero, ya es tarde. Tampoco basta, aunque sea bueno y necesario, con ir tomando medidas estructurales para que en seis años mejore la cosa. Estas cosas son contrarias a la corrupción pero no son “lo totalmente contrario”. La corrupción siempre tiene un “ya”, que alguien se goza para él solo. Por eso la contra tiene que incluir -dentro de las medidas a largo plazo- también un “ya”, en el que se ayuda con dinero tan concreto como el de los bolsos de López, al más vulnerado y de un modo comunitario. Dando plata a Manos Abiertas o a El Hogar de San José, por ejemplo.

A nivel de los medios, ¿qué sería lo totalmente contrario a esa degradación de la información que padecemos en todos sus grados: desde la chabacanería más trivial a la difamación más refinada? La verdad está tan relativizada que apenas uno comienza a charlar, el tema se politiza. ¿Qué sería lo totalmente contrario a este “pensar de qué lado estás”? Facilmente se ve que es “pensar de qué lado estamos”. No es tan facil llevarlo a la práctica cuando se habla de política, pero es posible. Reveía en internet el discurso de don Ricardo Balbin ante la muerte del presidente Perón, en el que hablaba de honrar a nuestros grandes muertos (yo agrego: a todos nuestros muertos). No sirvió para detener la violencia que se desató en el país, cuyos ecos siguen resonando en nuestros discursos. Pero hace bien escuchar “al viejo adversario que despide a un amigo” para encontrar vivo el tono “totalmente contrario” al que escuchan nuestros oídos todo el día y que imprimimos a nuestras palabras haciéndonos eco y mimetizándonos con lo que pretendemos criticar.

A nivel religioso cuando siento que alguien critica sin cariño ni respeto al Papa Francisco, mi “agere contra” es repetir sonriendo lo que decía el anciano Padre Fernando Boasso SJ: “No hay que hacerse problema. Nosotros muy contentos con el Papa Francisco y al que no le gusta que se jorobe”. No es algo muy ortodoxo ni que recomiende a todos como un principio universal, pero a mí me cambia el humor, que es en lo que soy tentado (ponerme de mal humor con los que critican).

Como decía, hay que discernir bien dónde apunta la tentación (mi tentación que es distinta a la de los otros) para no salir disparado a hacer contra en cualquier lado y terminar siendo engañado.

Que nadie nos robe la gracia de adorar al niño y de darle nuestros regalos. Sobre todo el mejor regalo, el que más le agrada, el de nuestro corazón que, como el de los Reyes, quiere aprender a caminar por los senderos de Dios y a no perderse por el camino de los malvados.

Diego Fares sj

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Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico; y buscaba ver a Jesús –quién era- pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura, así que se echó a correr hasta ponerse adelante y subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí… y al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo: Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy tengo que ir a quedarme en tu casa. Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente.

 

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador. Pero Zaqueo, poniéndose de pie dijo al Señor: Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más. Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

 

Contemplación

Para Zaqueo el encuentro con Jesús debe haber sido como un solo instante. Así como lo que escribí, todo de corrido: desde el momento en que Jesús entré en Jericó y le avisaron hasta que se cruzaron sus miradas. Él allí en lo alto, subido a una morera y Jesús abajo que alzó la mirada y le habló a él, en medio de la gente, y le dijo que tenía que ir a alojarse en su casa.

La otra escena es un espejo de la primera, en el sentido de que también todo ocurre en un instante. A Zaqueo le basta con escuchar medio comentario de crítica a  Jesús porque ha ido a alojarse en su casa, para ponerse de pie y restituir de una vez lo que había ido acumulando y robando por años.

Es el efecto Zaqueo: el de decidirse en un instante por Jesús y hacer las cosas de corazón. Con Jesús esto sirve. Con otra gente uno puede decir “vamos a ver”, “lo pensaré tranquilo”. Con Jesús que pasa, las cosas se resuelven en un instante.

Por supuesto que detrás ha habido todo un proceso y que, después, cuando se ponga a devolver y a rebajar deudas, también se iniciará otro. Pero son procesos llenos de “saltos”, llenos de “momentos de discernimiento” que son como toda una eternidad de salvación, ya que si la vida de Zaqueo terminara en cualquiera de esos momentos, su vida estaría plena.

Una primera gracia, que vaya a saber desde cuando se venía preparando, le vino en el momento en que la avisaron que Jesús estaba entrando en la ciudad. Fue nada más escuchar y decirse “yo lo tengo que ver”. Aunque se diga en un instante, esa frase es algo complejo. Se puede ver tanto por lo que desencadena como por lo que podría haber abortado el encuentro. “Yo lo tengo que ver” es frase que esconde una gracia recibida, un deseo incontenible y un juicio claro que pone en acción a Zaqueo y lo lleva a meterse entre la gente, a adelantarse corriendo y a subirse a la morera. En cualquiera de esos pasos podría haber cambiado la historia. Zaqueo se podría haber conformado con verlo de lejos, dando algún saltito; podría haber sentido vergüenza de subirse a la higuera… Tantas cosas, pequeñas o grandes, pueden ser impedimento para realizar un deseo, para llevar a cabo una decisión.

Por supuesto que Zaqueo era un hombre de acción, que se arriesgaba a prestar y luego era implacable a la hora de cobrar. Sólo que aquí utiliza toda su viveza y resolución para conectarse con Jesús. Zaqueo no se avergüenza de ser él. No dice “para ver a Jesús primero tengo que cambiar y ser bueno”. Lo va a ver así como está y como es. Y Jesús le dice que quiere hospedarse en su casa, como diciendo que no solo lo acepta a él sino a él con todos sus amigos y su familia. Porque a veces también sucede que pensamos que, para ver a Jesús, tenemos que ir solos y de noche, sin que nadie se entere, como pensaba Nicodemo. A este también lo recibió el Señor, pero parece que era un hueso más duro de roer, como se puede deducir del hecho de que se manifestara públicamente como amigo de Jesús recién después de su muerte, cuando fue a pedirle el cuerpo a Pilato.

Zaqueo, el publicano, se le adelanta, cumpliendo eso que dice Jesús que los publicanos y las prostitutas (y todas las personas que cada sociedad discrimina por su condición sexual, religiosa, política, o por sus opiniones o acciones presentes y pasadas) se adelantan a todos y entran primero en su Reino de misericordia y alegría.

El efecto Zaqueo puede servirnos para discernir nuestros “momentos” cuando pasa Jesús.

Yo pongo como ejemplo las actitudes cuando pasa el Papa. Están los que dicen “Yo lo tengo que ver” y están los que, después que pasa o dice o hace algo, dicen “Vamos a ver”. Están los que corren y se adelantan y gritan y tratan de acercarse y los que consideran que no hay que “idolizar” al Papa. Por supuesto que el cariño y la emoción al ver pasar a Francisco se confirman luego en la vida diaria, si uno cultiva el mismo entusiasmo para acercarse a los pobres y mejorar en su relación con los demás. El segundo paso del efecto Zaqueo, luego de su emoción y cholulismo por ver a Jesús, es reparar sus pecados devolviendo dinero robado y perdonando deudas. Eso no quita que la actitud paralizante, fría y llena de peros, de los fariseos con respecto a Jesús sea equiparable a la de Zaqueo porque de última, todo “sentimiento y emoción” demuestran su autenticidad en la práctica. Yo diría que con Jesús la emoción y el sentimiento y el deseo de acercarse, de verlo y de tocarlo, son ya una “práctica”: la de la oración y adhesión a su Persona en la fe. De allí brota luego la fuerza para ser más justos con los demás y más misericordiosos. Por eso, la emoción de la gente ante el Papa, el deseo de acercarse y de entrar en contacto con su persona, no es un acto sentimentalero. Visto de afuera puede ser que parezca que es la misma euforia que se desata ante cualquier persona famosa. Pero es despreciar la inteligencia y el corazón de los demás rebajar los sentimientos hondos porque la expresión “carnal”, digamos, sea la misma, vista desde afuera. Es una manera sutil de negar la encarnación. Es pensar que toda lágrima es “lágrima de cocodrilo”, que todo entusiasmo es “pasajero”, que toda emoción es subjetiva y superficial, que toda adhesión a una persona es “personalismo” etc.

San Ignacio, en la espiritualidad encarnada de los Ejercicios, cuando entramos en oración, con el debido respeto que nos merece Dios nuestro Señor, nos hace ejercitar todo nuestro ser, poniendo en acción nuestras capacidades más espirituales –como la libertad y la capacidad de contemplar- junto con nuestros sentimientos –pidiendo lágrimas y vergüenza por los pecados y gozo y alegría por la resurrección del Señor- y teniendo en cuenta la posición para rezar, el lugar, las comidas, el sueño, los paseos… Todo sirve a la hora de alabar y buscar y hallar al Señor y de entrar en coloquio con él como un amigo con otro amigo o un servidor con su Señor.

El efecto Zaqueo consiste en dejarse movilizar íntegramente por la presencia y el paso del Señor. Dejar que movilice nuestros deseos más hondos, que ponga en acción nuestra capacidad de decidir en un momento, que agilice nuestros pies para correr y que nos devuelva la agilidad de niños para trepar a un árbol, que nos haga movilizar a todos los de nuestra casa y a nuestras amistades y que la gracia llegue a nuestro bolsillo y a la billetera y cambie la dirección de nuestros intereses convirtiéndonos en personas para los demás.

Diego Fares sj

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Jesús entró en un pueblo,

y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa.

Tenía una hermana llamada María,

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo.»

Pero el Señor le respondió:

«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios),

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Dos mujeres dialogan con Jesús. Son hermanas, amigas del Señor, y en la intimidad familiar charlan con Él de sus cosas. El tono de confianza de su conversación nos hace sentir también invitados: es como si el evangelio de Marta y María nos hospedara a todos – discípulos y discípulas de todos los tiempos- en el misterio de lo que siente Jesús de nuestro servicio y de nuestra oración, para que podamos hacerle las preguntas que nos surgen del corazón.

La escena nos resulta familiar: nos basta escuchar unas pocas palabras e imaginar un cruce de miradas para sentir que conocemos lo que pasó. En casa uno actúa como es e intuye cómo se actúa en otros hogares. Cuando vienen amigos y hay que preparar la comida, los roles se dividen espontáneamente. En un primer momento cada uno elige y atiende a lo que le gusta: uno hace el asado, otro prepara las ensaladas, uno atiende a los huéspedes, les muestra sus cosas, otro prepara la mesa… En cierto momento, como en el Evangelio, hay que terminar de organizar y alguien toma el mando: la comida está casi lista ¡hay que colaborar! Luego podemos seguir charlando (aunque en algunas sobremesas, de nuevo viene el apuro de alguno por juntar los platos…).

Es este preciso instante el que capta Lucas. Podemos imaginar que habrán charlado de mil cosas aquel día… Y con Jesús, todas darían para un evangelio. Pero este diálogo espontáneo y chispeante, en medio de una escena que todos hemos vivido alguna vez, es una puerta para entrar en los sentimientos hondos del corazón de Jesús. Y en los nuestros.

Cómo decía, en toda comida familiar con amigos las cosas se mueven espontáneamente. Pero cuando el asado está listo, alguno hace notar que hay que colaborar para pasar de un tiempo a otro: del tiempo de la preparación al tiempo de la comida. Suele ser el padre o la madre los que “sienten la necesidad” de mandar. Conocen los tiempos y que las cosas hay que hacerlas y por eso mandan. Los tiempos de la casa, en este caso los conoce Marta que es la que cocina y pareciera ser la hermana mayor. Pero en vez de arreglar las cosas entre hermanas, lo mete a Jesús en el asunto. Y aquí comienza lo interesante para reflexionar nosotros. Se nota que lo que quiere el evangelio es hacernos reflexionar. Pero más que una reflexión sobre la vida activa y la vida contemplativa me parece que se trata de una reflexión sobre sobre nuestra libertad: sobre lo que cada uno elige y sobre lo que nos distrae, haciendo que pongamos la fuerza en controlar lo que hacen los demás.

Marta, que está cumpliendo el rol de dueña de casa, apela a Jesús directamente. Escuchemos cómo le dice con total desfachatez: “No te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo”. Marta está totalmente convencida de que tiene razón y que la autoridad de Jesús debe estar de su parte. Por eso le extraña que Él no se haya dado cuenta (podemos imaginar que habrá hecho ruido con las cacerolas o habrá pasado suspirando para hacer notar a esos dos que bien podían levantarse a darle una mano). Pero el punto no son los supuestos celos de Marta, ni el activismo ni tampoco los derechos especiales de las contemplativas que vendrían a ser las preferidas del Señor…

El punto me parece que está en que Marta apela a la autoridad de Jesús para que resuelva su caso y el Señor, cariñosamente, le rechaza el planteo. Le responde, sí, pero no interviniendo como autoridad. La remite a los criterios de la fraternidad. Cómo? Jesús hace que Marta vuelva la mirada, primero al modo como está desarrollando ella su actividad  –te preocupas y te pones mal– y luego al modo como María está realizando la suya –eligió-. Convengamos que escuchar al Señor es también una actividad. Estas dos actitudes interiores y modos de actuar, son lo que quiere hacerle discernir el Señor. En segundo lugar vienen “las muchas cosas” y “la mejor parte”.

Tanto las actitudes como las cosas están en una relación asimétrica. Elegir es un acto libre, andar ansioso, en cambio, es algo que más bien se padece. Elegir supone un juicio claro y una decisión que luego se mantienen gracias al afecto que uno cultiva. Es decir: el afecto es una nueva elección, reforzada cada vez. En cambio andar preocupado y ponerse mal, nos hablan de sentimientos que van y vienen, de pensamientos encontrados que tienen que ver con “las muchas cosas” que el Señor le señala a Marta. En cambio la elección tiene que ver con una sola cosa, la que vale por sí misma como “la mejor” y por eso es que uno la puede elegir sin lugar a dudas.

Lo que Jesús hace con Marta es ayudarla a que tome conciencia de que está justificando su estado de ánimo con algo que parece objetivo: que hay muchas cosas por hacer. El Señor le aclara que no es verdad, que sólo una cosa es necesaria. Y que su hermana la ha descubierto y la ha elegido y por eso está tranquila. En esto el Señor toma parte –su parte- al juzgar que María eligió lo mejor. Pero notemos que tampoco en esto se pone Él como autoridad. No dice: “Yo no se la quito” sino “no le será quitada”.

Podemos pensar que está hablando del Padre que es el que “designa los puestos de cada uno” como le dirá en otra ocasión a la madre de Santiago y Juan, que le planteaba algo similar (siempre la cuestión son los cargos, los honores y quién manda, quién es “el mayor”).  Y los planteos de Jesús van por otro lado: por el lado de fortalecer a cada uno en su libertad, para que elija la mejor parte y no se la pierda distrayéndose en controlar a sus hermanos, como si fuera él el encargado de hacer cumplir cosas que ni el mismo Jesús obliga.

Así como el Señor dice a la pecadora: “Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”, así le dice a Marta: “María ha elegido ella la mejor parte y no le será quitada”. Ante el mal, el Señor no se pone a soltar mandamientos negativos, como hacen algunos cardenales que pareciera se complacen en remachar cada vez que pueden que un precepto negativo vale siempre y sin ninguna excepción. El Señor no rebate esto a nivel teórico (usando otra abstracción que es la de buscar casos y casos excepcionales). El simplemente mira a la persona (no al caso particular ni al caso general) y agrega un NO: no te condeno. No te aplico la ley. Te perdono.

Y cuando se trata del bien y de lo mejor, que es elegir escucharlo a Él, tampoco pone mandamientos sino que se nos iguala como hermano y dice que El Padre no nos quitará nada de lo que hayamos elegido por amor a él y a su Palabra. Aunque alguno como Marta piense que estamos siendo injustos y poco solidarios por elegir tan exclusivamente a Jesús.

La tentación de invertir esta jerarquía de valores evangélicos y volver a discutir quién manda, es una constante en la Iglesia. Reaparece bajo distintas formas: quién es el mayor, qué ministerio tiene la primacía, cual es el estado de vida más perfecto, quién tiene la última palabra –si el Papa actual, el anterior o el de hace 100 años, si el Concilio Vaticano o el de Trento-, cuál es la declaración infalible de mayor valor dogmático…

Un lindo ejemplo del espíritu que Jesús hace reinar entre las hermanas, Marta y María, lo dieron el Papa Francisco y Benedicto en el encuentro que tuvieron con motivo de los 65 años de sacerdocio de Ratzinger. Las palabras que se dijeron estuvieron signadas por este espíritu de fraternidad, tan lejano de todos los que los contraponen buscando discusiones abstractas sobre la autoridad.

Francisco le dijo que: “lo que Benedicto ha siempre testimoniado y testimonia también ahora es que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia- aquella sólo con la cual viene también todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cercanos a Él, que lo amemos, que de verdad creamos profundamente en  Él y creyendo lo amemos de verdad”. Le dijo también que el lugarcito que habita en el Vaticano, es como “la Porciúncula, la pequeña porción (la mejor parte, podríamos decir aquí) de donde emana una tranquilidad, una paz, una fuerza, una madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y dan fuerza a mí y a toda la Iglesia”.

Y Benedicto le agradeció hablando también de la mejor parte que ha elegido Francisco y que no le será quitada, diciendo: “Gracias sobre todo a usted, Santo Padre. Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cada momento de mi vida aquí, me admira, me hace conmueve realmente, interiormente. Más que los jardines vaticanos, con su belleza, es su bondad el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Y esperamos que Usted junto con todos nosotros pueda ir adelante por este camino de la misericordia divina, mostrándonos el camino de Jesús, el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Si uno lee profundo, de verdad que conmueven las palabras de estos dos hermanos. Francisco le agradece a Benedicto su testimonio de lo que es “la mejor parte” –el amor a Jesús. Y le dice que de esa elección brota paz y coraje. Benedicto le dice que esa Porciúncula donde vive, más que los jardines es “la bondad de Francisco”. Frase que podemos hacer nuestra tantos en el mundo, especialmente los más pequeños y olvidados: en la bondad de Francisco vivimos y nos sentimos protegidos, en medio de este mundo tan violento y expulsivo. Siendo que así siente Benedicto uno no puede entender bien qué es lo que le pasa a algunos cristianos en su corazón que sienten verdadero disgusto (e incluso sentimientos de agresividad) ante Francisco. Qué avaricia de poder o de otras cosas habrán cultivado en su corazón para no querer a alguien que es antes que nada una buena persona). Pero Benedicto va más allá y anima a Francisco a ir adelante por el camino de la Misericordia que ha emprendido. Yo aquí sí que tomaría sus palabras como una “definición de Papa emérito”: Benedicto define que el camino de la Misericordia que ha emprendido Francisco “es el camino de Jesús y el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Qué lindo ejemplo de cómo se viven las relaciones de servicio y oración entre hermanos tal como las quiere Jesús! Qué lejos de todo lo que generan los que “no han elegido la mejor parte”, como han elegido Benedicto y Francisco, y de esa insatisfacción brotan tantos males: habladurías, celos, envidias, condenas furibundas, ironías sarcásticas, detracciones… Todo un mundo de avaricia y ambición de poder que brota de “no elegir la mejor parte”.

BYF.jpgDiego Fares sj

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Domingo 12 c 2016

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó:

«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron:

«Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Respondiendo, Pedro dijo:

«El Mesías de Dios.»

Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo:

«El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación

¿Qué dice de mí la gente; qué dicen ustedes?

A Jesús le interesaba estar en boca de la gente y saber qué pensaban sus discípulos. Pero no para hacer encuestas de popularidad. Con estas preguntas, el Señor animaba a los suyos a hacer un discernimiento, a sentir lo que pensaba la opinión pública de entonces y a jugarse ellos personalmente.

Lucas menciona la opinión de la gente sencilla, del pueblo fiel, que sentía a Jesús como alguien a favor suyo, como un hombre de Dios, como uno que los defendía y ayudaba. Pero seguramente en el grupo de los discípulos también se hablaba de lo que decía los grupos de poder de aquel entonces.

Los principales formadores de opinión eran los saduceos, los zelotes y los fariseos.

Los Saduceos eran los que negociaban con los romanos con tal de conservar su poder. Eran gente rica y poderosa, dueños de la tierra, con poder político.

Los discípulos le podrían haber dicho a Jesús algo así: estos piensan que sos un iluminado más pero que no tenés idea de la política. Te ven peligroso por cómo te ganás a la gente. De última, son capaces de sacrificarte si los molestás en su relación con el imperio. De hecho, esto fue lo que hizo Caifás, el jefe de los saduceos, cuando pronunció aquella frase de que era bueno que uno muriera por la nación y condenó a Jesús a muerte.

Los Zelotes, estaban en el otro extremo del abanico político, eran militantes anti-romanos. Un rasgo que los definía era la anticorrupción: acusaban a los Saduceos de amar el dinero. Fueron Zelotes los que combatieron hasta dar la vida en Masada (73 dC), después que los Romanos tomaron Jerusalén. Jesús tenía en su grupo a Simón el Zelote (ningún Saduceo se hizo discípulo suyo). Este le podría haber dicho a Jesús: algunos pensamos que vos sos el Mesías, pero otros te ven demasiado contemporizador, con eso de “dar al César lo que es del César…”.

De última, el sentimiento popular zelote prefirió a Barrabás y no a Jesús.

Los Fariseos, ya sabemos lo que pensaban. Nicodemo le podría haber dicho a Jesús: mis hermanos piensan que les ponés a la gente en contra, que aflojás le Ley, que les das muchos palos con lo de que son hipócritas y vanidosos…

Esta contemplación de lo que podría ser una charla extendida entre Jesús y sus discípulos la hacemos “actualizándola” con sentimientos del presente. El Señor nos da pie con sus preguntas. El quiere que le contemos lo que opina la gente, lo que dicen los diarios. Porque sabe que estas cosas nos movilizan, nos provocan sentimientos encontrados. Y esto es necesario sentirlo y clarificarlo en la oración para tener nuestra propia idea formada de quién es Él para nosotros.

….

Pensaba que nuestro Papa Francisco ha puesto nuevamente en movimiento estas preguntas.

Lo ha hecho poniendo el cuerpo, saliendo a la calle, charlando con todos y de todo. Exponiéndose.

Y creo que es inteligente que, antes de considerar esta opinión o aquella, cada uno reflexione sobre el hecho mismo de que el Papa esté en boca de todos.

El mismo lo ha provocado acercándose.

Acercándose de manera despojada de toda distancia.

Este es el punto.

Porque todos los papas se han acercado y lo han hecho de manera cada vez más sencilla y explícita. Desde que Juan XXIII comenzó a bajarse de la silla gestatoria (que de hecho era como el papamóvil, para que la gente pudiera verlo, pero daba aires de realeza) hasta las arrodilladas de Juan Pablo II que besaba el suelo de cada país que visitaba.

Pero Francisco ha terminado de acercarse definitivamente, si se puede decir así.

Partamos de un extremo. Hace unos días en el espectáculo que dio un circo, escuchamos a uno que le dice al santo Padre si se quiere acercar a acariciar a un cachorro de tigre. Se le ve la cara al papa como diciendo yo hago lo que me digan, si a ustedes les parece… Y cuando se levanta y va caminando ya se lo nota confiado. El tigre le pegó un sustito, pero luego lo acarició tranquilamente.

Francisco tiene incorporado el gesto de ir y acercarse.

En el encuentro con los sacerdotes, después de la misa, también hizo el mismo gesto de ir al encuentro. Constaté que desarmó todo el protocolo porque los guardias, como no sabían para donde iba a agarrar, cerraron por una hora todas las salidas del altar. Francisco decía después que al meterse entre los curas los abrazos eran verdaderos golpes (estos te pegan!).

El mismo deseo de mayor cercanía se ve cuando toca con la frente la cabeza de un enfermo o se deja abrazar por los niños.

Hay una cercanía física que ha borrado todas las distancias y ha llevado lo sagrado a otro lugar.

El sentimiento de adoración y de reverencia ante nuestro Creador nos lleva naturalmente a formas de expresión que tienen que ver con la distancia. Es el “aléjate de mí que soy un hombre pecador” de Pedro al ver la pesca milagrosa. Pero en Jesús, estas distancias no tienen sentido. En el evangelio de la mujer pecadora que lo unge se nota que el Señor no pone distancias de ningún tipo sino todo lo contrario: sus gestos invitan a la confianza familiar.

En la cercanía física la misma persona se contiene.

La otra imagen es la de Jesús en medio de la multitud, camino a casa de Jairo: lo aprietan por todos lados pero él siente a la mujer que toca su manto y se cura y se detiene a conversar con ella cara a cara. Esta total cercanía es la que, a su manera, hace sentir Francisco. Es un modo de testimoniar la cercanía del Reino que trajo el Señor.

Esta cercanía y projimidad del Dios con nosotros no sólo es física sino también espiritual.

El Papa la expresa al hablar siempre de una misericordia que no se cansa de perdonar.

Al quitar las condenas y las aristas bien definidas de las definiciones abstractas, su lenguaje pone en contacto los corazones: es un lenguaje cercano en el sentido de que invita a dialogar, a expresarse.

Es esto antes que nada lo que posibilita que hable cualquiera. Y que algunas palabras a las que los medios les ponen micrófono, se amplifiquen. Pero por cada opinión desencajada hay cientos de miles de frases que la gente pronuncia en su corazón y que son bendiciones.

Siempre recuerdo lo que para mí, como jesuita, fue la mejor opinión “de la gente” sobre el Papa. En nuestra revista América, en los Estados Unidos, hicieron una encuesta antes de la visita del Papa y le preguntaban a la gente “qué le diría Ud. al Papa Francisco si tuviera cinco minutos a solas con él”. El jesuita James Keenan escribió: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote (…) Y tengo que decirle que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección. Por último, pido a Dios por su salud, su consuelo y su sabiduría; y espero que esté entre nosotros más de lo que usted piensa. Que usted sea un jesuita es, poniéndolo en sus propias palabras, «la frutilla de la torta»”.

Por tanto, el hecho de escuchar que cualquiera dice cosas del Papa no es para indignarse sino para caer en la cuenta de que si su cercanía en unos provoca estos sentimientos en mí puede provocar otros. El movimiento tiene que ser: cuando escucho algo que me provoca sentimientos e ideas encontradas, tengo que acercarme yo de alguna manera directamente al papa. Ir a leer lo que él dijo, sus palabras textuales en el sitio del vaticano, buscar el video donde se ven sus expresiones (no solo la foto que me dan los diarios).

Allí donde los medios me quieren alejar haciéndome sentir disgusto por un punto particular, por algo que “dijo” el Papa, allí me tengo que “acercar”, buscando formar mi opinión personal.

No importa que después mi opinión no salga en los diarios. Importa que yo me examine y discierna lo que siento yo, lo que el Espíritu dice en mi corazón.

En lo disonante de algunos titulares se puede discernir un intento desesperado de evitar que se descubra que alguien les ha quitado poder. El modo de comunicar del Papa Francisco es directo. No solo se trata de que gracias a los medios actuales cualquiera pueda leer y ver en directo lo que dice y hace. Su modo de plantear los temas invita a dialogar, a que uno se ponga junto con él a la escucha del Espíritu. Titular sus frases como si fueran dogmas, siendo que la Iglesia misma hace tiempo que no habla dogmáticamente, es una cortina de humo. Si uno escucha y lee bien, el Papa está hablando un lenguaje humilde y abierto al diálogo y a la corrección de los puntos de vista. Hacer de cada gesto suyo una definición de partido político es una táctica que tiene patas cortas. Y aunque las tuviera largas, la provocación no deja de ser buena para que cada uno se juegue y opte por la cercanía cordial contra los diversos tipos de distancia: tanto la distancia saducea que sólo se mueve en espacios de su conveniencia política, como la distancia farisaica, que aleja al pueblo de las fuentes de vida con la excusa de la ley.

Diego Fares

 

 

 

 

 

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