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Pan del cielo 3La dinámica del Pan del Cielo

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,
subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.
Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:
«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.
Obren, no por el alimento perecedero,
sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »
Ellos le dijeron:
«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»
Ellos entonces le dijeron:
«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan.»
Les dijo Jesús:
«Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Pan del Cielo.
Sabe linda la frase de Jesús.
Digo que “sabe” porque no es una mera imagen que Jesús imaginó.
Nosotros saboreamos ese Pan del Cielo, en la Eucaristía, cotidianamente.

Aquellas primeras reflexiones del Señor con la gente en torno al pan, que San Juan convirtió en su contemplación del Pan de Vida, han pasado no solo por la mente de todos los que leen la Palabra sino también por la boca de todos los que hemos recibido la comunión en cada misa.

El Pan del Cielo es el que comieron nuestros padres:
nuestra Señora, los Apóstoles, los primeros cristianos y todos “los que vivieron en tu amistad a través de los tiempos, Señor”, como rezamos en la plegaria eucarística: los mártires, los santos, las santas…

Centramos la mirada en Jesús y escuchamos con atención el diálgo que tiene con la gente. Creo que Jesús aclaró de entrada un posible malentendido. Un malentendido o un “pocoentendido” que se repite a lo largo de las generaciones de cristianos.
La gente probó su pan y le gustó.
Se dieron cuenta de que era un pan distinto.
Pero, como nos pasa a todos cuando encontramos algo valioso,
querían manipularlo rápidamente, aún sin entender del todo de qué se trataba.

Y por eso Jesús tiene que ir explicando poco a poco y con muchas imágenes qué tipo de alimento es su Pan. A qué hambre y cuál sed va dirigido.

Se ve que no es algo fácil de digerir y de procesar, porque mucha gente no siente hambre de este Pan del Cielo. Y aún los que comulgamos diariamente, muchas veces no conectamos bien el alimento que se nos entrega y los hambres que tenemos. Sabemos que es algo bueno, sí. Pero puede ser que muchas veces nos quede grande: como un regalo demasiado hermoso que no sabemos dónde poner o cuando usar.

Sin embargo, la grandeza de la Eucaristía es en sencillez, no en complicación.

El Pan del Cielo es de una gran sencillez.
Es como si nos regalaran agua, aire, luz y pan, en el preciso momento en que comienzan a escasear y sentimos la necesidad.

Al decir necesidad se vuelve más claro dónde puede ser que esté el malentendido.
El Pan del Cielo no es un alimento perecedero, dice Jesús.
No es un alimento que viene a llenar una carencia, a cubrir una necesidad.
Los alimentos primarios, como el pan y el agua, sólo los valoramos mucho cuando tenemos gran necesidad. No es lo mismo decir pan en la Argentina que en África. Quizás recuerde alguno la película “Ser digno de ser” (“Vete, vive y hazte digno de ser”, le dice la madre a su hijo al desprenderse de él en el campo de refugiados de Sudán, para que vaya a Jerusalen con los judíos etíopes que Israel aceptó como ciudadanos en los años 60). Hay una escena en que están bañando a los refugiados y de pronto el niño, que tiene los ojos cerrados por el jabón, los abre y ve cómo se escurre el agua por la rejilla. Ahí se desespera y comienza a manotear tratando de tapar la rejilla, de retener el agua. Lo tienen que calmar entre varios y sacudirlo para que reaccione: “En Israel abunda el agua” le repiten; “hay agua, sobra el agua!”.

En la fiesta del Corpus, el padre Rossi contaba aquella experiencia tan fuerte del Padre Arrupe en Hiroshima, que le reveló: “el valor que tiene el Santísimo Sacramento cuando se ha estado en contacto familiar y prolongado con él durante la vida y sentimos la falta de él cuando no podemos recibirlo…
Recuerdo a una muchacha japonesa de unos 18 años. La había bautizado yo tres o cuatro años antes y era cristiana fervorosa: comulgaba diariamente en la Misa de 6,30 de la mañana, a la que venía puntualmente todos los días. Después de la explosión de la bomba atómica, recorría yo un día las calles destrozadas, entre montones de ruinas de toda clase. Donde estaba antes su casa, descubrí como una especie de choza, sostenida por unos palos y cubierta con hojas de lata: me acerqué y quise entrar, pero un hedor insoportable me echó hacia atrás. La joven cristiana -se llamaba Nakamura- estaba tendida sobre una tabla un poco levantada del suelo, con los brazos y piernas extendidos, cubierta con unos harapos chamuscados. Las cuatro extremidades estaban convertidas en una llaga, de la que emanaba pus. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y las llagas. Así llevaba 15 días sin que la pudieran atender y limpiar, comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre también mal herido (…) Anonadado ante tan terrible visión no sabía qué decir. Al poco tiempo Nakamura abrió los ojos y, al ver que era yo quien estaba allí sonriéndole, mirándome con dos lágrimas en sus ojos y en un tono que nunca olvidaré, me dijo, tratando de darme la mano: ‘Padre, ¿me ha traído la comunión?’. Que comunión fue aquella, tan diversa de la que por tantos años le había dado cada día! Olvidando toda pena, todo deseo de alivio corporal, Nakamura me pidió lo que había estado deseando durante dos semanas, desde el día en que explotó la bomba atómica: la Eucaristía, Jesucristo, su gran consolador, al que ya hacía meses se había ofrecido en cuerpo y alma para trabajar por los pobres como religiosa. ¿Qué no hubiera yo dado por obtener una explicación de aquella experiencia de la falta de la Eucaristía y de la alegría de recibirla después de tantos dolores? Nunca había tenido la experiencia directa de una petición semejante ni de una comunión recibida con tanto deseo. Nakamura murió poco después”.

Deseo es la palabra que lo ilumina todo. Deseo, no necesidad.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.
Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres sedientos de este Agua, más que el niño africano de la película, pero no nos damos cuenta.

O más bien, no sabemos ponerle nombre a esa sed y a ese hambre. Erramos al vivir hambreados y probar todo tipo de sustitutos para calmar ese hambre que solo sacia el Pan del Cielo. La muchacha japonesa, Nakamura, sabía bien el nombre del alimento que podía calmar su hambre: “Padre, ¿me trajo la comunión?”.

Esa es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús.
Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan.

Y para eso no hay otra pedagogía que la de despertar e incrementar el deseo.

Lo cual no es fácil en un mundo que pendula entre los extremos de la saciedad y el hambre, el hiperconsumo y la miseria total.

El deseo no puede sobrevivir cuando es tironeado por estos extremos.

A nuestros oídos la palabra “deseo” suena muy unida a necesidad, a satisfacción inmediata, a exacerbación…
Allí es donde Jesús nos tiene que educar mostrándonos que hay en nosotros un deseo que no es de objetos.
Es deseo de que unos Ojos nos miren,
deseo de que la Persona que nos dio la vida
y nos sostiene en ella nos hable con amor.
Es deseo de ser alimentados con una Palabra buena y sabrosa como un Pan.
Pero un Pan del Cielo: un Pan que se queda, un Pan que permanece, un Pan Compañero.

El Pan del Cielo es una Persona, la Persona de Jesús,
y despierta en nosotros “hambre de más Jesús”.

Es un hambre no sólo de recibir “algo”, sin de entrar en comunión con Alguien.

No es un Pan para estar fuertes para hacer cosas.
Má bien es un Pan que se come para estar juntos,
para celebrar una cena,
para compartir vida de familia.

No se trata de “para qué me sirve comulgar” o de “cuantas veces hay que comulgar”. Se trata de pensar al revés: para que sirve todo lo demás si no es para entrar en comunión.
Lo que no puedo convertir en Eucaristía es desecho.
Lo que se puede convertir en ofrenda agradable para que el Señor la convierta en Eucaristía, eso sí vale.
¿Para qué sirve comulgar?
Para que crezca mi deseo de comulgar con Jesucristo, Pan de Vida,
por quien tenemos acceso al Padre, en quien somos todos hermanos.

Comenzamos diciendo que la imagen “Pan del Cielo” tiene un sabor lindo.
Jesús junta allí dos realidades que parecen opuestas: el pan parece cosa de la tierra, del trabajo del hombre, necesario para ser consumido y transformado en energía vital… El Cielo, en cambio, parece cosa espiritual, ausencia de necesidad, paz eterna…
Sin embargo Jesús nos hace ver estas dos realidades juntas, unidas.
Él es un Pan Espiritual, que da vida eterna. Y esa Vida del Cielo requiere un alimento cotidiano como el Pan, no es vida automática ni estática. Es vida compartida, es alimento y comunión no de cosas sino entre personas.

La dinámica del Pan del Cielo es la que, con su enérgica sencillez, pone en movimiento todo el universo y lo centra en Jesucristo.
Pero esta dinámica nos la tiene que explicar Él, Jesús.
Sólo Él, puede hacernos arder de deseo el corazón mientras nos acompaña por el camino.
Sólo Él es capaz de despertar, con su ademán de irse, de pasar de largo, el deseo de que se quede.
Sólo Él es capaz de hacer surgir de nuestros labios esa frase feliz, apenas susurrada: “quedate con nosotros, Señor, que ya es tarde y anochece”.
Sólo Él es capaz de partir el pan de tal manera que el gesto simple haga que se nos abran los ojos, como a los de Emaús.
Sólo Él es capaz de desaparecer de nuestra vista y de ponernos en movimiento hacia la Comunidad: la Comunidad del Pan del Cielo.
Esa Comunidad en la que las personas se alimentan de lo más personal como si fuera un Pan.
Esa Comunidad en la que lo cotidiano se vuelve mágico, como dice la canción.
Esa Comunidad en la que lo fragmentario es absoluto y lo fugaz puede ser amado como eterno.
Esa comunidad en la que los servicios más terrenos son reflejo de lo más celestial.
La Comunidad del Pan del Cielo, que cuanto más saciado tiene su hambre con más amor suplica diciendo: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Diego Fares sj

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Curaciones16Hemorroisa

Los “pianissimo” de la fe

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia:
– «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.»
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba:
– «Con sólo tocar su manto quedaré curada.»
Inmediatamente se secó la fuente de su sangre, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:
– «¿Quién tocó mi manto?»
Sus discípulos le dijeron:
– «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?»
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:
– «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron:
– «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?»
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga:
– «No temas, basta que creas.»
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo:
– «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.»
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:
– «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!»
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Mc 5, 21-43).

Contemplación
Gente que piensa en Jesús

“…Pensaba: con sólo tocar su manto quedaré curada.”
Entramos en la contemplación por la puertita interior del corazón de la mujer que sufría hemorragias.
La escena de hoy es multitudinaria y ajetreada. Jesús va por la calle, en medio de la gente que lo apretuja por todos lados. Va con sus discípulos, urgido por el pedido del Jefe de la Sinagoga, que suplica por la vida de su hijita. Pero por el camino, en medio de tanta gente que va con Jesús o pasa a su lado, del corazón de alguien brota un pensamiento especial. Un pensamiento que se dirige exclusivamente a la fuerza vital que emana del corazón bueno de Jesús Ese pensamiento pensaba así: “con solo tocar su manto quedaré curada”.

Entramos entonces a la contemplación por este “pensaba…” de la hemorroisa (la mujer a la cual la vida se le iba yendo de a poco pero de manera creciente); entramos a Jesús por el pensamiento que brotó de ella lleno de amor y de fe total en el Señor.
Contemplamos su corazón. ¡Qué corazón lindo el suyo! Cuánto amor escondido a Jesús. Cuánta confianza en la Bondad de Jesús se esconde en el pensamiento de que “con solo tocar su manto quedaré curada”. Decimos que el pensamiento le brotó del corazón. Y cuando decimos pensamiento tenemos que recuperar la fuerza de esta palabra. El pensamiento no es algo estándar, no es un medio para contactarse con la realidad. El pensamiento es una potencia del espíritu cuya unidad reside en el corazón del hombre. Un corazón bueno y sabio piensa virtuosamente. Piensa con una fuerza que le permite “remar contra la corriente” (virtud), remontar situaciones difíciles. Un corazón como el de la hemorroisa piensa con fuerza vital, piensa positivamente, con fe. Y por eso Jesús le dice: tu fe te ha salvado. Tu pensamiento virtuoso a leído bien la realidad, ha sido capaz de sentir el latido pianísimo de mi Corazón en la orla de mi manto.
¡Hay tanta gente así! Tanta gente que confía en Jesús en silencio, que lo ama sin que nadie lo note. Hay tanta gente aue va cultivando pensamientos fuertes de fe en la intimidad y cuando llega la ocasión la “toca” y es bendecida. Hay tanta gente que dialoga interiormente de sus cosas con él y que reza por todos: por los que no conoce, por los enfermos, por la patria. Gente que no hace ruido, como la hemorroisa. Que no se hace notar, pero que está pensando en Jesús todo el tiempo. Gente que está haciendo actos de fe, positivos, virtuosos, y que toca las cosas con la música de su buena onda y les saca armonías y melodías en vez de disonancias.

Hablo en términos musicales porque el evangelio dice que, cuando la mujer le tocó el manto, “Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis) había salido de él”. En música la “dinámica” se expresa marcando la intensidad con que se puede ejecutar una pieza. Están los pianísimos, los piano, los mezzopianos, los fortes, mezzofortes y fortísimos). Jesús se da cuenta de las intensidades de la fe como un músico es capaz de percibir matices en la misma nota. El pianísimo de la mano de la mujer al tocar su manto, en medio de los tonos subidos de la multitud, hizovibrar el Corazón del Señor y le sacó un tono fortísimo, como una corriente, dice también el griego, que secó instantáneamente la fuente de sangre de la mujer (así expresa el evangelio lo que nosotros traducimos como “cesó la hemorragia”).
Cuando Jesús se da vuelta y dirigiéndose a la gente pregunta “Quién tocó mi manto”, está hablando en términos de dinámica, en términos de intensidad. Los discípulos responden con aparente sentido común, inmersos en la intensidad coyuntural que fluye sin ton ni son en la corriente de la multitud que va por la calle. Pero uno sabe –no solo Jesús- cuando alguien lo toca para pedir algo humildemente. Así como distinguimos los empujones y la brusquedad, también sentimos la amabilidad del que nos toca el brazo para ceder un asiento o dar el paso.
La fe no es estática, es dinámica, tiene infinitos matices: es cuestión de intensidad. En un pianísimo se encierra la belleza de toda una intensidad que se contiene para darse con dulzura, casi en silencio. Así lo tocó la hemorroisa a Jesús e hizo vibrar de admiración su  corazón. Se dio cuenta al instante pero no un segundo antes. Jesús también iba “distraído”, si se puede hablar así, o quizás, totalmente focalizado en Jairo y su hijita, y por eso sintió que “una virtud” había salido de él, y entonces para todo y quiere ponerle nombre. “Quién”, pregunta. Porque la fe tiene la intensidad de cada nombre propio.
Ayer bauticé en terapia a una joven mujer china, embarazada de cinco meses, con neumonía, y entre los barbijos y la pequeña jeringa con agua que una mano me pasaba sin querer entrar en la zona de aislamiento (patéticamente precario, por otro lado) la bauticé al lado de su marido y primero dije las palabras Yo te bautizo en el nombre del Padre… y después el nombre chino, y después me salióbajito “María”. Y mirando al marido lo interrogué con los ojos si le parecía bien que la bautizara así. Él asintió. Cuando trato de hablar con los chinos, como las palabras no salen, salvo dos o tres, cambio el tono. Y ellos, que tienen cuatro (y alguno más) captan los cambios de tono y te miran a los ojos y entienden que estás diciendo algo especial. En la confesión solo se decir “quede en paz” y sin embargo basta.
La fe es cuestión de tonos. Cuando decimos “aumenta mi fe”, no estamos diciendo dame mucha, sino dame cambiar la intensidad. Y más bien no para el lado de los forte sino de los pianissimo. Dame una fe mansa y piana, que en un pequeño toque de con la nota justa con gran amor. Por eso el Señor habla de una fe como un granito de mostaza. Nosotros pensamos en algo chiquito, pero lo importante es la intensidad vital que encierra un granito de mostaza, al acorde de vida que late en su interior. Una fe pequeña es más bien una fe pianissima, que toque las realidades y las piense con intensidad callada y sonora.
Tu fe te ha salvado.
Le pedimos a la hemorroisa la gracia de la fe. El nombre de hemorroisa parece el de una enfermedad y sin embargo tiene un sentido espiritual profundo, porque “ruomai” significa fluir, liberar, y se usa también para “salvar”. Ella liberaba sangre perdiendo vida y nosotros fuimos salvados por la efusión de sangre del Salvador, que es fuente de Vida.
La hemorroisa es tipo del ser humano que se desangra, que pierde energía y vitalidad derramándolas en tantos esfuerzos inútiles (como las terapias que había buscado esta mujer sin obtener resultados). Es tipo también del que se deja secar la fuente por donde pierde vida y energía interior (como dice Grün). Tipo de la persona que deja que fluya la fe de su corazón y que toque suavemente el corazón del Señor, fuente de Vida verdadera.
El Señor es el que hizo cesar nuestras hemorragias con la Suya. El que derramó con su Sangre el Espíritu para el perdón de los pecados. Una hemorragia necesita una transfusión y él es el donante generoso.
Nos quedamos, pues, contemplando y dejando resonar los matices de la escena en nuestro corazón, pidiendo a esta santa mujer, tan tímida en cuanto a respeto humano y tan audaz en la fe, que nos comparta la gracia de esa fe que la llevó a ponerse en contacto armonioso con la Fuente de la Vida.

Una última imagen: la de Jesús dándose vuelta y mirando a la gente hasta dar con los ojos de la mujer que tocó su manto. Jesús conoce a la gente que es como la hemorroisa. Conoce a su pueblo sencillo que lo toca con fe, en el manto de sus imágenes y de las de sus santos. Jesús ama a esta gente y le dedica lo mejor de su amor. Porque él es uno de ellos. El también se acerca a nosotros en medio de la multitud y nos toca apenas el brazo, a veces pidiendo algo, otras con algún gesto amable… Y si uno se da cuenta de que fue Él, si uno aprende a sentirlo se sana de tantas cosas! En primer lugar de las enfermedades que hacen sangrar, que hacen “perder energía”, perder vida: los rencores que sangran por las heridas del corazón, las desilusiones que sangran por la heridas de la mente… Y si algo ya no sangra porque se ha muerto, para el Señor “duerme” y puede venir a resucitarlo con su “talita kum”, pequeña, yo te lo mando ¡levántate!.
Diego Fares sj

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