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Posts Tagged ‘demonio’

(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

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Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con

un hombre -señor de su casa y dueño de una viña-

que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña.

Habiendo concertado con los obreros en un denario por día,

Los misionó a su viña.

Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:

– ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Ellos fueron.

De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo.

Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo:

– ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’

Le respondieron:

– ‘Es que nadie nos ha contratado’.

Y les dice:

‘Vayan ustedes también a mi viña’.

Cuando atardeció, el Señor de la viña dijo a su mayordomo:

‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’.

Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario.

Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más,

pero recibieron ellos también cada uno un denario.

Recibiéndolo murmuraban contra el Dueño de la viña diciendo:

-‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’.

El, respondiendo a uno de ellos, le dijo:

– ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

 

Contemplación

El comienzo de estas parábolas tiene una fórmula aramea que se traduce:

“Lo que sucede con (el reino) … es como (lo que sucede) con…”.

Las parábolas de Jesús van siempre directo a un punto dramático. Cuál es el drama aquí? El drama es que a un hombre bueno, una murmuración que se hace por lo bajo, le pone en cuestión todo su modo de proceder. Y él no lo permite. Reta severamente al murmurador envidioso y reafirma su bondad. No deja que una murmuración manche y amargue lo que fue una jornada hermosa de trabajo en su viña, de contratar gente y de pagar generosamente.

Hay que tener en cuenta el momento particular en el que se sitúa la parábola. En el pasaje anterior, el joven rico se había alejado de Jesús, triste y sin haber recibido en su corazón la mirada de amor que Jesús le regaló. La reflexión que el Señor hizo a continuación, acerca de lo difícil que es para los ricos entrar en el Reino de los Cielos, causó desconcierto y confusión entre los discípulos. Quién podrá entrar a este reino, decían. Simón Pedro, como siempre, fue el que se animó a sacar lo que tenía adentro: y nosotros, que lo hemos dejado todo (que hemos trabajado desde el comienzo…) que recompensa tendremos?. Jesús promete el ciento por uno y la vida eterna e, inmediatamente, cuenta la parábola de “los trabajadores de la viña”.

La llamo así pero hago notar que los títulos, como el del “hijo pródigo”, no suelen hacer justicia plena a las parábolas. Como en las películas, lo importante es que el título ayude a entrar en el drama no que sea una frase general que “resuma” abstractamente toda la película. El asunto en una parábola del reino es que el título que le pongamos en cada situación, sirva de ayuda para “meternos en lo que está en juego”, para entrar en la parábola como uno que entra en territorio santo, en una parcela del Reino de Dios. La parábola es palabra viva y meterse en ella es vivir durante el tiempo que dura la contemplación en el mismo Reino de Dios.

Releamos, pues, la parábola centrándonos en el detalle del “reto al murmurador”. Este detalle es significativo desde el momento en que los seis retos se narran tan prolijamente como las cinco salidas del dueño a contratar obreros para su viña. Escuchemos:

Lo que sucede con el reino de los cielos… es como lo que sucedió con un hombre Dueño de una viña que salió a contratar obreros… y cuando le pagó a los últimos el jornal completo igualándolos a los primeros, algunos murmuraron y se le quejaron. Entonces él le dio seis retos contra la envidia diciéndole:

‘Amigo, … yo no te hago ninguna injusticia a ti.

2º ¿No te concertaste conmigo en un denario?

3º Toma lo tuyo y vete.

4º Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti

5º ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero?

6º ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Si leemos esto como continuación de la respuesta a Simón Pedro, que preguntaba por su parte de recompensa, sentimos varias cosas. La primera, que este murmurador no es un ser despreciable, un envidioso ajeno al grupo de amigos, sino que puede ser Pedro mismo, los discípulos, los cristianos de bien, los más cercanos al Señor, cualquiera de nosotros…, en definitiva: yo. Ese que se escandaliza de que el Señor trata a “un último como a un primero”, soy yo. Y lo soy cada vez que una “murmuración” –propia o insinuada por otro (por los medios)- me hace nacer una indignación “religiosa” ante algún gesto de bondad concreto.

Por eso puede hacerme bien aplicarme como una cura estos seis retos del Señor cada vez que la envidia anida en mi corazón con alguna comparación odiosa.           La envidia del jornalero es la misma que le hacía decir a los fariseos: mirá con qué gente se junta Jesús. Come con los pecadores. Recibe al corrupto de Mateo (que al final fue el que escribió este evangelio que estamos leyendo). Se deja ungir con los perfumes de la pecadora… Y esa envidia tan sórdida es la mismita misma que otras, aparentemente más inofensivas, como la que le lleva a Pedro a calcular qué le tocará a él, a ellos, o la que llevará en la escena que sigue a la madre de los Zebedeo a pedir un puesto para sus hijos suscitando la reacción de los demás. Son todas la misma envidia. Y la envidia es asesina. En cualquiera de sus formas.

Por envidia, dice la Biblia, entró el diablo en el mundo. Por la envidia entra el diablo en mi corazón y en el tuyo. Con otras cosas el mal espíritu “nos saca”, pero por la envidia “nos entra”.

Por la ira nos saca, nos hace insultar o maltratar… pero como el fruto se exterioriza y uno ve el desastre que hizo o el mal efecto que causo, se siente mal y puede pedir perdón. Con la envidia, en cambio, uno se justifica y hasta se siente justo por tener sentimientos tan nobles y compartidos por todos, de que es algo bueno pagar más al que trabajó más y no a los vagos. Y con ese sentimiento justo hasta se le anima a Jesús. Con buenos modales, por supuesto, pero uno dice “en esto, Señor, no estoy de acuerdo con vos”. Y sale la frase: “has igualado a estos con nosotros”.        Es una frase molde. Aquí los términos de comparación son “estos últimos que trabajaron sólo una hora y nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor”. (No deja de tener su sutileza la comparación. Sicológicamente nos habla de uno que estuvo “masticando” envidia todo el día. Que el primer gustito amargo lo sintió, no con los últimos sino con los que vinieron segundo y luego con los del mediodía… Y así, su envidia fue creciendo a medida que crecía el día y se hacía sentir el sol.

La envidia no es un sentimiento puntual, es una tentación que se cocina al fuego lento de las comparaciones retorcidas de quien no goza con lo que tiene y está siempre mirando de reojo lo que tienen los demás).

Ese “los igualaste a nosotros” es una piedra de toque que divide la entera historia de la humanidad. La divide entre los que se alegran cada vez que el Señor “iguala a nosotros” a alguno más humilde y los que se retuercen de envidia.

Los que se alegran son como nuestra Señora, la humilde servidora, que se alegra en su alma al ver cómo Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (no subiéndolos al trono del que derribó a los otros, sino igualando las sillas).

Aquellos a los que se les ensombrece la mirada son (podemos ser en algún momento) gente de todo tipo. La envidia tiene mil matices y grados. Siempre me sorprende ver cómo la envidia puede hincar su raíz en la mirada de un niño pequeño, cuando saca la vista de su juguete y al ver un juguete igual en manos de otro niño, siente ese tirón en el ojo que lo impulsa a querer arrebatárselo. Siempre me hace sentir mal cuando siento que la envidia tiñó mi corazón por un momento al ver que aplaudían a un amigo… Desearía que no existiera ni la sombra de un sentimiento así y me disgusta tener que echarla, porque el que haya entrado significa que alguna puerta abierta tenía.

Sin embargo, hay que rechazar su invitación con firmeza pero amablemente, sin inquietarse. Porque entra por la capacidad comparativa del ojo humano, que es parte esencial de la inteligencia. Lo que es maligno es ese pase mágico demoníaco que insinúa que el bien del otro es mal para mí. Nunca y por nada del mundo hay que aceptar esta falacia. Contra esto va tan fuertemente Jesús en la parábola: “que yo sea bueno no puede ser la causa de que tu ojo sea envidioso”.

El bien no puede ser causa del mal! Buscá en otro lado el motivo de tu envidia. Quizás es que se te fueron subiendo los humos y de golpe caes en la cuenta de tu realidad. Pero no tienes que hacer como Caín, que envidió a su hermano Abel y lo mató, en vez de corregir su propio egoísmo (si es que el problema fue que no le ofrecía lo mejor suyo a Dios sino algo de menor calidad).

La parábola del hombre que contrata a toda hora y paga a los últimos igual que a los primeros nos viene a decir que Dios es Bueno por encima de toda medida y que esta bondad de ninguna manera es la causa del mal. La envidia de la gente de bien de la época de Jesús no venía de que el Señor recibiera a los pecadores. La envidia les venía del demonio que se les había metido por algún lado en su propio corazón (por la idea de una justicia rígida que terminaba excluyendo a los demás).     Es cuestión de vida o muerte esto de discernir que la envidia no es natural. Hay una puerta natural –la capacidad comparativa- que está siempre abierta y no puede no estarlo porque equivaldría a cerrar la inteligencia a la objetividad. Por ella puede entrar la envidia. Pero la envidia –el entristecerse y rabiar por el bien de otro- no es natural. Coagula por un plus de veneno que agrega el demonio. La envidia es demoníaca y hay que rechazarla como tal. Apenas uno siente que se le mezcló como si fuera lo más natural del mundo insinuando que el bien del otro es algo malo para uno, hay que rechazarla con un “sal de aquí, Satanás”. Aquí hay que sacar a relucir los seis retos del Señor y decirle al demonio que nos quiere hacer murmurar contra el bien:

‘Amigo, nadie me hace ninguna injusticia a mí.

2º ¿No me concerté yo con el Señor en un denario?

3º Yo recibo lo mío y me voy contento.

4º Si el Señor le quiere dar a este último lo mismo que a mí

5º ¿no puede hacer con lo que es suyo lo que Él quiera?

6º ¿O es que mi ojo va a ser envidioso por culpa de que Dios sea bueno?’.

Y así, uno tiene las respuestas para acallar cualquier tentación de murmuración envidiosa que el mal espíritu le sugiera. Cada uno puede elegir a alguien que por algún motivo le haga sentir estos despuntes de envidia (digo elegir a alguien porque nadie le tiene envidia a todo el mundo sino que es una tentación muy personalizada) y aplicar la curación de los seis retos al demonio de la envidia, hasta que se ponga verde y se vaya.

Diego Fares sj

 

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Entonces Jesús fue conducido (anago) por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.  Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’».

Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:

«Todo esto te daré si postrándote me adoras».

Le dice entonces Jesús:

«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’».

Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

 

Contemplación

Hoy vamos a contemplar la “desaparición de una palabra”: anagogía.

En castellano ha quedado la palabra “analogía”, que usamos para explicar algo “por analogía”, es decir con otra cosa semejante. Pero “anagogía” no se usa más.

Es parecida a la otra, porque las dos señalan “hacia arriba” (aná). Pero anagogía incluye la acción (ago) no solo la idea (logos).

En tiempo de Jesús era una palabra muy común. Se usaba para decir que alguien te “impulsaba a la acción”, te “lanzaba”, te “conducía”, “te llevaba a un lugar más alto” (Lc 4, 5), “hacía zarpar una nave hacia alta mar” (Lc 8, 22).

Esta palabra sencilla y común se empezó a utilizar para expresar un sentido de la Escritura que va más allá de lo literal: el sentido espiritual (San Clemente de Alejandría -150-215 dC).

Si uno toma la Palabra de Dios solo a la letra puede terminar muy mal, como les pasó a los escribas y fariseos. El Señor les decía: La ley hay que cumplirla, por supuesto; pero es para dar vida! Si viene a mí uno que está enfermo, yo lo curo, aunque tenga que hacer un paréntesis en la ley que dice que el sábado no se puede trabajar.

La Palabra de Dios, por tanto, hay que interpretarla espiritualmente. (Nuestro Padre General, en una entrevista que le concedió a uno de estos fundamentalistas, dijo que “en la época de Jesús no existían grabadores”. Esto hizo enfurecer a algunos, que comenzaron a predecir que se está por terminar la Iglesia porque se “relativiza todo. Hasta las palabras de Jesús”. No entienden que “interpretar” no siempre es relativizar o disminuir. Es entender bien. Jesús mismo pide que lo entendamos bien, cada vez que dice “el que pueda entender que entienda” o cuando explica las cosas una y otra vez a sus discípulos o cuando les dice que ni siquiera Él les puede explicar todo en ese momento, pero que cuando venga el Espíritu, Él les (nos) enseñará toda la verdad”. Interpretar puede ser descubrir un sentido más profundo y exigente todavía, no solo un sentido más comprensivo y misericordioso. Interpretar es “interpretar con buen espíritu” y no con burlas, odio y desprecio. Estos son “científicos del evangelio”. Se contagiaron de las ciencias positivistas, que pretendían definir todo “objetivamente”. Lo terrible es que la ciencia evolucionó a posturas más humildes y estos “científicos del evangelio” se quedaron en el tiempo).

Dentro de los sentidos espirituales de la Escritura, el sentido anagógico es el más alto. Más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el dogma, que te dice la verdad; más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el sentido del deber moral, que te dice lo que hay que hacer.

El sentido anagógico es místico (enciende el fuego del fervor),

está tensionado por la Esperanza,

te impulsa a dar un paso adelante en el bien,

te hace madurar,

te lleva a discernir el bien concreto en el momento presente sin temor a infringir ninguna ley.

Este sentido tan fuerte y tan importante –el más importante diría yo- que se le atribuyó a esta humilde palabra, hizo que sufriera la burla y el menosprecio de las palabras cultas y, directamente, la hicieran “desaparecer”.

Sentido espiritual, anagógico, pasó a ser “sentido espiritualoide”, sentido idealista, sentido no “científico”.

Se trata de una palabra “mártir”, de una palabra “desaparecida”.

Dicen algunos: “Cómo vas a decir que la realidad no solo se “puede explicar” con números y conceptos científicos sino que, además, tiene un sentido anagógico, un sentido más alto y más noble! Nada de eso! La realidad es materia, economía, números, estadísticas, intereses, pasiones.

Y todo lo explican por “katagogía”, no por “anagogía”. (Katá quiere decir abajo).

Todo se explica por lo más bajo, no por lo más alto.

Ese es nuestro mundo. Lo más alto es “magia” o “ilusiones”, “expresión de deseos”, “sentimentalismo”…

Uno de los pocos que siempre usó este “modo de pensar” anagógico, es el Papa Francisco.

En sus cuatro principios – si escuchamos bien-, de lo que nos habla es de dejar que el Espíritu nos impulse a interpretar las cosas desde un nivel más alto –superior, dice él-.

Interpretar las cosas desde la altura (aná) del tiempo, que es superior al espacio.

Pero ojo, que no es una altura como la de la terraza del templo, a donde el mal espíritu lleva a Jesús para tentarlo de “tirarse abajo”, de interpretar su misión desde los deseos bajos de la vanidad y de las expectativas de aplauso. No se trata de la altura del monte, desde la que se ven todos los reinos de la tierra, a donde el demonio lleva a Jesús para que –curiosamente- “se agache” y lo adore. La superioridad del tiempo es una superioridad que nos pone a caminar, que no nos instala en el lugar de dominio más alto, sino que humildemente nos saca a caminar.

Lo mismo hace el papa en los otros tres principios: la realidad es superior a la idea porque es bien concreta y no se deja dominar. Las ideas se pueden ordenar y retocar a piacere y por eso cada pensador inventa su sistema de pensamiento (esto sólo –que haya tantos sistemas distintos- nos debería llevar a sospechar de su verdad…). La realidad, en cambio, supera nuestras ideas porque nos pone a su servicio, nos hace estar disponibles y atentos a lo que viene porque si no perdemos el tren. Y bien que cuando viene un tren real todos dejan de lado sus trenes ideales y se suben y van…

También los conflictos. El Papa dice que se resuelven desde el plano superior de la unidad, no quedando metidos en ellos. No enredándonos. No “llevando como si fuera un ícono, un conflicto que se dio una vez, a lo largo de toda la historia”, como dijo en la catedral anglicana. Y así con todo (el todo es superior a las partes).

El Papa Francisco usa este modo de pensar “anagógico” que nos pone en salida, nos impulsa a las fronteras, nos saca de la autorreferencialidad…

Es el “modo de pensar y de obrar” del Espíritu Santo. El que le inspiraba a Jesús y a la primera Iglesia, que era capaz de decir, con mucha sencillez: “Nos ha parecido, al Espíritu Santo y nosotros… no imponerles más cargas” (Hc 15, 28).

En todo el libro de “Los hechos de los Apóstoles… con el Espíritu Santo” la Iglesia siente que “interpreta las cosas desde este nivel espiritual”.

Y esta interpretación es lo que llamamos “discernimiento”.

El discernimiento del momento, del que habla el Papa.

Ese momento en el que el Espíritu Santo nos impulsa a dar un paso (porque no se trata de definir en un papel, sino dar un paso, como el que dieron los Apóstoles cuando decidieron con el Espíritu Santo no imponer más cargas a los gentiles) y jugarnos por lo que el Espíritu nos inculca en el corazón para hacer un bien concreto.

Ese paso “anagógico”, superior, es un paso práctico.

No es para congelarlo luego y convertirlo en una definición abstracta.

Lo propio de lo anagógico es abrirse a nuevos pasos, es seguir interpretando la realidad no en sentido literal sino espiritual, abiertos a la dinámica del Espíritu, a sus sorpresas, siempre orientadas hacia el bien común, hacia el bien concreto de los más pobres.

Es lo que el Espíritu le hace discernir –anagógicamente- al Señor, cuando responde a las tentaciones “rastreras” con el sentido espiritual de la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios: no tentarás al Señor tu Dios (actuando según las pasiones más bajas). Solo a Dios adorarás, sólo ante él te arrodillarás.

Cuando el Evangelio nos dice que el Espíritu “impulsó a Jesús al desierto”, no está diciendo que lo condujo allí y luego lo dejó. El Espíritu conduce e inspira al Señor en todo el diálogo contra el tentador. Le hace encontrar el sentido espiritual a cada cosa, la palabra justa que no nos deja “caer en la tentación” y que nos impulsa a dar un paso más en el camino de la salvación. Toda nuestra vida, con sus tentaciones, está contenida en esa “oración del Señor en el desierto” que ahora es “oración del Señor en el Cielo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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