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Posts Tagged ‘demonio’

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Pero nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3, 20-35).

Contemplación

Este evangelio de Marcos aparece pocas veces en la liturgia dominical ya que el tiempo ordinario suele comenzar por el domingo 11, 12 o 13. De hecho, nunca me ha tocado hacer esta contemplación (desde el 2001 en que comencé a enviar las contemplacciones a algunos amigos que participaban en el Taller de Ejercicios de Regina).

Es un evangelio importante para retomar el ciclo litúrgico ordinario, luego de la Pascua y las fiestas grandes -Pentecostés, Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón-. Importante porque comienza directamente, como hace San Ignacio, planteando la lucha entre Jesús y Satanás.

Acerca de esta lucha, decía nuestro Maestro, el Padre Miguel Ángel Fiorito, allá por el año 1956, en un artículo que tituló “La opción personal de San Ignacio: Cristo o Satanás” y que marcó el comienzo de su misión de formar a los jesuitas argentinos (dos años después, en 1958, entraría Bergoglio al Noviciado):  “Yo por mi parte confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos, desde que hice mis primeros Ejercicios espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizandoen dos términos de una opción personal” entre el Buen espíritu y el mal espíritu, entre Jesús y el Maligno, del cual pedimos al Padre que nos libre, cada vez que rezamos el Padrenuestro.

Marcos presenta a Jesús en tres lugares:

* primero en torno al lagode Galilea. El lago es el lugar de la predicación y de la misericordia. En torno al lago el Señor ha curado a tantos enfermos (el primer milagro fue curar a un endemoniado, ya que para Marcos es esencial la lucha del Señor contra el Maligno y contra todo tipo de mal);

* luego la Montaña, donde llama e instituye a los doce para que “estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La montaña es lugar de contemplación y de trato íntimo con el Señor en la oración-;

* y por fin la casa, el lugar de las elecciones y los problemas de la vida cotidiana.

Curiosamente, la lucha contra el Maligno se infiltra en la vida familiar. No se da sólo “en la calle”. Los “teólogos” del tiempo -los escribas- hacen campaña contra Jesús haciendo correr la voz -de modo que le llegue a sus parientes- de que Jesús está “sacado”. “Tranquilícenlo porque está fuera de sí”, “háganlo entrar en razón ustedes que son sus familiares”… Ese es el mensaje…

Al mismo tiempo, lanzan públicamente -en medio del pueblo de Dios- la acusación terrible de que está endemoniado. “Expulsa a los demonios con el poder del Jefe de los demonios!”

Esta acusación, violenta en una sociedad teocrática, revela de entrada lo que ya han concebido en su corazón: demonizar a Jesús es instalar la idea de que hay que matarlo, exterminarlo, no queda otra.

Reconocen su autoridad para expulsar demonios porque no pueden negar los hechos, pero tergiversan totalmente su significado. Tres años después, cuando muevan la cabeza frente al Señor crucificado, recordarán que ya lo habían dicho: uno que no puede salvarse a sí mismo es uno que todo lo que hacía lo hacía con el poder de Belzebú. Esa es su “teología”: la de un Dios que si no se salva a sí mismo, no es Dios”.

Cuando hablamos del Maligno, de Satanás, del Demonio o Diablo, tenemos que esta atentos a una “operación mediática” que el Padre de la Mentira, como también lo llama Jesús, realiza en cada época. La operación consiste en promover una imagen desactualizada de sí mismo, de modo que uno le pierda el miedo y eso lo lleve “a bajar la guardia, a descuidarnos y quedar expuestos” a sus engaños (EG 161), como bien nos advierte el Papa Francisco.

El mal es algo muy real en nuestra vida: la inseguridad, el que te puedan robar y matar, los bombardeos y los atentados terroristas que se cobran vidas inocentes, los millones de personas -tantos niños- que sufren hambre, que tiene que huir de su tierra. Y también el mal que se mete entre los que nos queremos: las peleas en familia, la infidelidad entre los que se prometieron amor…

Tanto mal no es algo “natural”. La naturaleza no odia ni miente. El mal que más nos destruye es el que tiene detrás una intención personal de hacer daño.  Esa intención sufre dos tentaciones: una la de que nadie se haga cargo. La otra, la de hacernos cargo nosotros o hacer cargo a otra persona de la totalidad del mal. Es verdad que somos “cómplices”. Pero no hay persona humana individual que sea culpable de todo el mal.

Aquí es donde podemos dejar la cuestión “entre paréntesis” o escuchar a Jesús que nos dice que hay un Maligno, uno que instiga y cosecha todo mal.

Al escuchar esto, tenemos que estar atentos a que no nos juegue en contra “la imagen desactualizada” de la que hablaba. Porque si pensamos a este autor del odio y la mentira con cuernos y fuego y describimos su accionar con posesiones diabólicas y gente que se retuerce y habla idiomas extraños, entonces nuestra mente lo pondrá “entre paréntesis”, se negará a creer que detrás de los males concretos esté alguien así.

El Papa interviene en este punto y expone las cosas de esta manera: “El Maligno no tiene necesidad de poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras reducimos las defensas (y nos negamos a ponerle nombre personal y a enfrentarlo como la persona que es y lo dejamos en el “anonimato”) él aprovecha para destruir nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestras comunidades, porque “como león rugiente ronda buscando a quien devorar” ” (1 Pe 5, 8)”.

En el capítulo V de su Exhortación apostólica Alégrense y exultenFrancisco nos da una clave muy útil y concreta para desenmascarar al Demonio y hacernos ver su rostro real, actualizado! Dice el Papa: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 159).

Nos detenemos en la conexión entre “tentaciones del diablo” y “anuncio del Evangelio”.

Las tentaciones del Maligno van directamente contra la Alegría del Evangelio, contra el anuncio de las Bienaventuranzas, que son el corazón latiente del Evangelio y contra Mateo 25, que nos da el criterio para discernir si somos o no dignos del cielo y lo pone en las obras de misericordia -tuve hambre y me diste de comer…-.

Otras “tentaciones” y “acciones del Maligno”, no son hoy algo que él se tome el trabajo de realizar personalmente. Decía un periodista que en la Italia actual, alguno podía estar tentado a pensar que la mafia ya no existe dado que han disminuido tanto los asesinatos personales. Aunque esto sea un dato estadístico no significa que haya desaparecido la mafia. Lo que sucede es que hoy la droga le da tanto dinero que no necesitan matar gente. La pueden comprar! Esta imagen puede ayudarnos a no ser ingenuos pensando que el Demonio no “actúa personalmente” tentándonos. Lo que sucede es que su campo de acción contra Jesucristo (no olvidemos que el Demonio se muestra “como persona” en relación a la Persona de Jesús. Nosotros no le interesamos realmente sino en cuanto “somos de Jesús”) no es hoy el terreno de los vicios tradicionales, por decirlo de alguna manera. En ese terreno ya nos ha “comprado” y nos tentamos solos. En cambio sí se concentra en atacar “el anuncio del Evangelio” y a los que lo anuncian con alegría y dando testimonio con su vida.

En el pasaje de hoy vemos cómo la táctica de los secuaces del Maligno consiste en desacreditar a Jesús, publica y familiarmente, de modo tal que su Evangelio salvador, el que nos pone en contacto filial con el Padre de las Misericordias, pierda poder salvador al entrar en conflicto con estas dudas que siembran en la gente.

La mejor imagen del Maligno para nuestra actualidad es una aparentemente inofensiva: la que el Señor pone al comienzo de la parábola del Sembrador, cuando habla de una parte de la semilla que “cayó a lo largo del camino (y) vinieron las aves y se la comieron”. El Señor explica así la parábola: “Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 4-15). No por nada la parábola del Sembrador viene inmediatamente después de la parábola de Satanás que leemos en el evangelio de hoy.

La imagen parece inofensiva, porque pinta a Satanás como esas “aves del cielo” que se comen las semillitas que caen de la bolsa del Sembrador mientras va de camino. Sin embargo, este “robo” de las semillas antes de que tengan tiempo de ser ni siquiera sembradas, es la acción personal más destructiva y decidida del Demonio en el mundo actual. Nos roba la Palabra antes de que nos demos cuenta de que era una Palabra del Señor para nosotros. Este es el nombre y el rostro que le tenemos que poner a Satanás, al Maligno, al Mentiroso, en la actualidad: es el rostro de uno que está detrás de todo aquel o aquello que nos roba la Palabra de Jesús. La roba o la ensucia o la tergiversa o la reduce o desacredita al que nos la predica… Si algo se tira contra la humildad, la lindura, la transparencia y la ternura de toda Palabra de Jesús, es Alguien que tiene nombre propio: el Maligno.

Me impresiona que en la explicación el Señor habla de “la Palabra sembrada en ellos”. Es decir: la Palabra tiene fuerza como para crecer en cualquier terreno, también en el camino. Si en otros terrenos hay que protegerla contra las piedras y los yuyos, aquí hay que protegerla directamente del Maligno.

Puede ser una imagen de estar atentos a una acción personal que el Maligno desempeña en la vida pública, en los medios, allí donde hoy se juega casi la totalidad de nuestra vida que casi no tiene “terrenos protegidos” donde pueda crecer en paz una semilla, sino que todo es hoy “camino”.

Qué nos dicen estas dos parábolas de Jesús, que anteceden a la del Sembrador y vienen a ser “las primeras parábolas del evangelio de Marcos” (esto lo digo sin ninguna autoridad “exegética”, tomando pie solamente a que Marcos dice que Jesús: “llamándolos junto a sí (a estos escribas o “comentadores”) les decía en parábolas…”).

Son dos parábolas muy difíciles de comprender si no les pescamos el punto justo. A mí me ayuda pensarlas al modo de San Ignacio que, cuando habla del mal espíritu, lo hace humildemente, sin pontificar ni hacer definiciones dogmáticas sino describiendo un modo de actuar que “comúnmente” tiene el enemigo de nuestra naturaleza humana.

Si pensamos así estas parábolas, lo que Jesús les responde a los escribas es que sería muy raro que el demonio actuara así, haciendo un bien para lograr un mal. No es lo que acostumbra: el demonio si te da un placer para que hagas el mal también te escupe el placer y te lo arruina, tarde o temprano. No es bueno ni siquiera con los otros demonios! mucho menos con sus cómplices humanos.    El demonio es autodestructivo y malo hasta consigo mismo, cuánto más con los demás!

Jesús les dice que si el demonio sigue la lógica que ellos proponen, entonces está perdido. Si usa su poder contra sí mismo y el Jefe se la agarra contras los demonios menores, entonces es que ha llegado su fin.

La lógica de los escribas es aparentemente sutil y entradora: ellos tratan de hacer pensar a la gente que Jesús sigue el camino de los estafadores, que te regalan algo para robarte o la lógica del enemigo que te salva de un peligro menor para hacerte un mal mayor. Es la táctica más usada por el demonio que, cuando nos propone un placer agranda el beneficio y desestima el peligro que conlleva. Esta lógica no funciona para los casos de las personas concretas que el Señor ayuda. Para aquel que es liberado de un demonio o curado de una enfermedad concreta que lo atormenta, el bien que le hace Jesús es tan real y concreto que es blasfemo decirle que el Señor lo cura con la intención de hacerle luego un mal mayor! Este discurso de los escribas no va destinado a la persona curada (que como el ciego del evangelio de Juan, defenderá a Jesús contra todos los que opinan diciendo “lo que yo se es que era ciego y ahora veo”). Es un discurso que va “al público en general”, tratando de dañar a otros y usando, ellos sí, al que Jesús sanó, para hacer un mal y sembrar la duda en los demás.

El Señor propone otra lógica más simple: si hay personas que realmente son libradas del mal y curadas, es señal de que “vino uno más fuerte” que el demonio.

Así de claro y simple.

Y luego contra ataca con la condena más fuerte de todo el Evangelio: decir que el bien concreto es “un medio para hacer un mal” es un pecado contra el Espíritu Santo, un pecado que no tiene perdón porque es como un ataque terrorista que destruye y se autodestruye. Si alguien me ataca en mi capacidad de reconocer el bien y el mal, ese es mi peor enemigo. Y a ese padre de la Mentira, a ese que ha destruido en sí mismo su capacidad de reconocer el bien y por eso se ha convertido en El Maligno, le digo: En Nombre de Jesucristo, aléjate de mí -de nosotros-. Y al Padre le ruego -le rogamos- líbranos del Maligno, que nos quiere robar la Palabra y pretende hacernos sentir separados  del Amor de Cristo

Diego Fares sj

 

 

 

 

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(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

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Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con

un hombre -señor de su casa y dueño de una viña-

que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña.

Habiendo concertado con los obreros en un denario por día,

Los misionó a su viña.

Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:

– ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Ellos fueron.

De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo.

Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo:

– ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’

Le respondieron:

– ‘Es que nadie nos ha contratado’.

Y les dice:

‘Vayan ustedes también a mi viña’.

Cuando atardeció, el Señor de la viña dijo a su mayordomo:

‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’.

Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario.

Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más,

pero recibieron ellos también cada uno un denario.

Recibiéndolo murmuraban contra el Dueño de la viña diciendo:

-‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’.

El, respondiendo a uno de ellos, le dijo:

– ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

 

Contemplación

El comienzo de estas parábolas tiene una fórmula aramea que se traduce:

“Lo que sucede con (el reino) … es como (lo que sucede) con…”.

Las parábolas de Jesús van siempre directo a un punto dramático. Cuál es el drama aquí? El drama es que a un hombre bueno, una murmuración que se hace por lo bajo, le pone en cuestión todo su modo de proceder. Y él no lo permite. Reta severamente al murmurador envidioso y reafirma su bondad. No deja que una murmuración manche y amargue lo que fue una jornada hermosa de trabajo en su viña, de contratar gente y de pagar generosamente.

Hay que tener en cuenta el momento particular en el que se sitúa la parábola. En el pasaje anterior, el joven rico se había alejado de Jesús, triste y sin haber recibido en su corazón la mirada de amor que Jesús le regaló. La reflexión que el Señor hizo a continuación, acerca de lo difícil que es para los ricos entrar en el Reino de los Cielos, causó desconcierto y confusión entre los discípulos. Quién podrá entrar a este reino, decían. Simón Pedro, como siempre, fue el que se animó a sacar lo que tenía adentro: y nosotros, que lo hemos dejado todo (que hemos trabajado desde el comienzo…) que recompensa tendremos?. Jesús promete el ciento por uno y la vida eterna e, inmediatamente, cuenta la parábola de “los trabajadores de la viña”.

La llamo así pero hago notar que los títulos, como el del “hijo pródigo”, no suelen hacer justicia plena a las parábolas. Como en las películas, lo importante es que el título ayude a entrar en el drama no que sea una frase general que “resuma” abstractamente toda la película. El asunto en una parábola del reino es que el título que le pongamos en cada situación, sirva de ayuda para “meternos en lo que está en juego”, para entrar en la parábola como uno que entra en territorio santo, en una parcela del Reino de Dios. La parábola es palabra viva y meterse en ella es vivir durante el tiempo que dura la contemplación en el mismo Reino de Dios.

Releamos, pues, la parábola centrándonos en el detalle del “reto al murmurador”. Este detalle es significativo desde el momento en que los seis retos se narran tan prolijamente como las cinco salidas del dueño a contratar obreros para su viña. Escuchemos:

Lo que sucede con el reino de los cielos… es como lo que sucedió con un hombre Dueño de una viña que salió a contratar obreros… y cuando le pagó a los últimos el jornal completo igualándolos a los primeros, algunos murmuraron y se le quejaron. Entonces él le dio seis retos contra la envidia diciéndole:

‘Amigo, … yo no te hago ninguna injusticia a ti.

2º ¿No te concertaste conmigo en un denario?

3º Toma lo tuyo y vete.

4º Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti

5º ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero?

6º ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Si leemos esto como continuación de la respuesta a Simón Pedro, que preguntaba por su parte de recompensa, sentimos varias cosas. La primera, que este murmurador no es un ser despreciable, un envidioso ajeno al grupo de amigos, sino que puede ser Pedro mismo, los discípulos, los cristianos de bien, los más cercanos al Señor, cualquiera de nosotros…, en definitiva: yo. Ese que se escandaliza de que el Señor trata a “un último como a un primero”, soy yo. Y lo soy cada vez que una “murmuración” –propia o insinuada por otro (por los medios)- me hace nacer una indignación “religiosa” ante algún gesto de bondad concreto.

Por eso puede hacerme bien aplicarme como una cura estos seis retos del Señor cada vez que la envidia anida en mi corazón con alguna comparación odiosa.           La envidia del jornalero es la misma que le hacía decir a los fariseos: mirá con qué gente se junta Jesús. Come con los pecadores. Recibe al corrupto de Mateo (que al final fue el que escribió este evangelio que estamos leyendo). Se deja ungir con los perfumes de la pecadora… Y esa envidia tan sórdida es la mismita misma que otras, aparentemente más inofensivas, como la que le lleva a Pedro a calcular qué le tocará a él, a ellos, o la que llevará en la escena que sigue a la madre de los Zebedeo a pedir un puesto para sus hijos suscitando la reacción de los demás. Son todas la misma envidia. Y la envidia es asesina. En cualquiera de sus formas.

Por envidia, dice la Biblia, entró el diablo en el mundo. Por la envidia entra el diablo en mi corazón y en el tuyo. Con otras cosas el mal espíritu “nos saca”, pero por la envidia “nos entra”.

Por la ira nos saca, nos hace insultar o maltratar… pero como el fruto se exterioriza y uno ve el desastre que hizo o el mal efecto que causo, se siente mal y puede pedir perdón. Con la envidia, en cambio, uno se justifica y hasta se siente justo por tener sentimientos tan nobles y compartidos por todos, de que es algo bueno pagar más al que trabajó más y no a los vagos. Y con ese sentimiento justo hasta se le anima a Jesús. Con buenos modales, por supuesto, pero uno dice “en esto, Señor, no estoy de acuerdo con vos”. Y sale la frase: “has igualado a estos con nosotros”.        Es una frase molde. Aquí los términos de comparación son “estos últimos que trabajaron sólo una hora y nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor”. (No deja de tener su sutileza la comparación. Sicológicamente nos habla de uno que estuvo “masticando” envidia todo el día. Que el primer gustito amargo lo sintió, no con los últimos sino con los que vinieron segundo y luego con los del mediodía… Y así, su envidia fue creciendo a medida que crecía el día y se hacía sentir el sol.

La envidia no es un sentimiento puntual, es una tentación que se cocina al fuego lento de las comparaciones retorcidas de quien no goza con lo que tiene y está siempre mirando de reojo lo que tienen los demás).

Ese “los igualaste a nosotros” es una piedra de toque que divide la entera historia de la humanidad. La divide entre los que se alegran cada vez que el Señor “iguala a nosotros” a alguno más humilde y los que se retuercen de envidia.

Los que se alegran son como nuestra Señora, la humilde servidora, que se alegra en su alma al ver cómo Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (no subiéndolos al trono del que derribó a los otros, sino igualando las sillas).

Aquellos a los que se les ensombrece la mirada son (podemos ser en algún momento) gente de todo tipo. La envidia tiene mil matices y grados. Siempre me sorprende ver cómo la envidia puede hincar su raíz en la mirada de un niño pequeño, cuando saca la vista de su juguete y al ver un juguete igual en manos de otro niño, siente ese tirón en el ojo que lo impulsa a querer arrebatárselo. Siempre me hace sentir mal cuando siento que la envidia tiñó mi corazón por un momento al ver que aplaudían a un amigo… Desearía que no existiera ni la sombra de un sentimiento así y me disgusta tener que echarla, porque el que haya entrado significa que alguna puerta abierta tenía.

Sin embargo, hay que rechazar su invitación con firmeza pero amablemente, sin inquietarse. Porque entra por la capacidad comparativa del ojo humano, que es parte esencial de la inteligencia. Lo que es maligno es ese pase mágico demoníaco que insinúa que el bien del otro es mal para mí. Nunca y por nada del mundo hay que aceptar esta falacia. Contra esto va tan fuertemente Jesús en la parábola: “que yo sea bueno no puede ser la causa de que tu ojo sea envidioso”.

El bien no puede ser causa del mal! Buscá en otro lado el motivo de tu envidia. Quizás es que se te fueron subiendo los humos y de golpe caes en la cuenta de tu realidad. Pero no tienes que hacer como Caín, que envidió a su hermano Abel y lo mató, en vez de corregir su propio egoísmo (si es que el problema fue que no le ofrecía lo mejor suyo a Dios sino algo de menor calidad).

La parábola del hombre que contrata a toda hora y paga a los últimos igual que a los primeros nos viene a decir que Dios es Bueno por encima de toda medida y que esta bondad de ninguna manera es la causa del mal. La envidia de la gente de bien de la época de Jesús no venía de que el Señor recibiera a los pecadores. La envidia les venía del demonio que se les había metido por algún lado en su propio corazón (por la idea de una justicia rígida que terminaba excluyendo a los demás).     Es cuestión de vida o muerte esto de discernir que la envidia no es natural. Hay una puerta natural –la capacidad comparativa- que está siempre abierta y no puede no estarlo porque equivaldría a cerrar la inteligencia a la objetividad. Por ella puede entrar la envidia. Pero la envidia –el entristecerse y rabiar por el bien de otro- no es natural. Coagula por un plus de veneno que agrega el demonio. La envidia es demoníaca y hay que rechazarla como tal. Apenas uno siente que se le mezcló como si fuera lo más natural del mundo insinuando que el bien del otro es algo malo para uno, hay que rechazarla con un “sal de aquí, Satanás”. Aquí hay que sacar a relucir los seis retos del Señor y decirle al demonio que nos quiere hacer murmurar contra el bien:

‘Amigo, nadie me hace ninguna injusticia a mí.

2º ¿No me concerté yo con el Señor en un denario?

3º Yo recibo lo mío y me voy contento.

4º Si el Señor le quiere dar a este último lo mismo que a mí

5º ¿no puede hacer con lo que es suyo lo que Él quiera?

6º ¿O es que mi ojo va a ser envidioso por culpa de que Dios sea bueno?’.

Y así, uno tiene las respuestas para acallar cualquier tentación de murmuración envidiosa que el mal espíritu le sugiera. Cada uno puede elegir a alguien que por algún motivo le haga sentir estos despuntes de envidia (digo elegir a alguien porque nadie le tiene envidia a todo el mundo sino que es una tentación muy personalizada) y aplicar la curación de los seis retos al demonio de la envidia, hasta que se ponga verde y se vaya.

Diego Fares sj

 

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Entonces Jesús fue conducido (anago) por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.  Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’».

Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice:

«Todo esto te daré si postrándote me adoras».

Le dice entonces Jesús:

«Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’».

Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

 

Contemplación

Hoy vamos a contemplar la “desaparición de una palabra”: anagogía.

En castellano ha quedado la palabra “analogía”, que usamos para explicar algo “por analogía”, es decir con otra cosa semejante. Pero “anagogía” no se usa más.

Es parecida a la otra, porque las dos señalan “hacia arriba” (aná). Pero anagogía incluye la acción (ago) no solo la idea (logos).

En tiempo de Jesús era una palabra muy común. Se usaba para decir que alguien te “impulsaba a la acción”, te “lanzaba”, te “conducía”, “te llevaba a un lugar más alto” (Lc 4, 5), “hacía zarpar una nave hacia alta mar” (Lc 8, 22).

Esta palabra sencilla y común se empezó a utilizar para expresar un sentido de la Escritura que va más allá de lo literal: el sentido espiritual (San Clemente de Alejandría -150-215 dC).

Si uno toma la Palabra de Dios solo a la letra puede terminar muy mal, como les pasó a los escribas y fariseos. El Señor les decía: La ley hay que cumplirla, por supuesto; pero es para dar vida! Si viene a mí uno que está enfermo, yo lo curo, aunque tenga que hacer un paréntesis en la ley que dice que el sábado no se puede trabajar.

La Palabra de Dios, por tanto, hay que interpretarla espiritualmente. (Nuestro Padre General, en una entrevista que le concedió a uno de estos fundamentalistas, dijo que “en la época de Jesús no existían grabadores”. Esto hizo enfurecer a algunos, que comenzaron a predecir que se está por terminar la Iglesia porque se “relativiza todo. Hasta las palabras de Jesús”. No entienden que “interpretar” no siempre es relativizar o disminuir. Es entender bien. Jesús mismo pide que lo entendamos bien, cada vez que dice “el que pueda entender que entienda” o cuando explica las cosas una y otra vez a sus discípulos o cuando les dice que ni siquiera Él les puede explicar todo en ese momento, pero que cuando venga el Espíritu, Él les (nos) enseñará toda la verdad”. Interpretar puede ser descubrir un sentido más profundo y exigente todavía, no solo un sentido más comprensivo y misericordioso. Interpretar es “interpretar con buen espíritu” y no con burlas, odio y desprecio. Estos son “científicos del evangelio”. Se contagiaron de las ciencias positivistas, que pretendían definir todo “objetivamente”. Lo terrible es que la ciencia evolucionó a posturas más humildes y estos “científicos del evangelio” se quedaron en el tiempo).

Dentro de los sentidos espirituales de la Escritura, el sentido anagógico es el más alto. Más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el dogma, que te dice la verdad; más alto (incluyéndolo, por supuesto) que el sentido del deber moral, que te dice lo que hay que hacer.

El sentido anagógico es místico (enciende el fuego del fervor),

está tensionado por la Esperanza,

te impulsa a dar un paso adelante en el bien,

te hace madurar,

te lleva a discernir el bien concreto en el momento presente sin temor a infringir ninguna ley.

Este sentido tan fuerte y tan importante –el más importante diría yo- que se le atribuyó a esta humilde palabra, hizo que sufriera la burla y el menosprecio de las palabras cultas y, directamente, la hicieran “desaparecer”.

Sentido espiritual, anagógico, pasó a ser “sentido espiritualoide”, sentido idealista, sentido no “científico”.

Se trata de una palabra “mártir”, de una palabra “desaparecida”.

Dicen algunos: “Cómo vas a decir que la realidad no solo se “puede explicar” con números y conceptos científicos sino que, además, tiene un sentido anagógico, un sentido más alto y más noble! Nada de eso! La realidad es materia, economía, números, estadísticas, intereses, pasiones.

Y todo lo explican por “katagogía”, no por “anagogía”. (Katá quiere decir abajo).

Todo se explica por lo más bajo, no por lo más alto.

Ese es nuestro mundo. Lo más alto es “magia” o “ilusiones”, “expresión de deseos”, “sentimentalismo”…

Uno de los pocos que siempre usó este “modo de pensar” anagógico, es el Papa Francisco.

En sus cuatro principios – si escuchamos bien-, de lo que nos habla es de dejar que el Espíritu nos impulse a interpretar las cosas desde un nivel más alto –superior, dice él-.

Interpretar las cosas desde la altura (aná) del tiempo, que es superior al espacio.

Pero ojo, que no es una altura como la de la terraza del templo, a donde el mal espíritu lleva a Jesús para tentarlo de “tirarse abajo”, de interpretar su misión desde los deseos bajos de la vanidad y de las expectativas de aplauso. No se trata de la altura del monte, desde la que se ven todos los reinos de la tierra, a donde el demonio lleva a Jesús para que –curiosamente- “se agache” y lo adore. La superioridad del tiempo es una superioridad que nos pone a caminar, que no nos instala en el lugar de dominio más alto, sino que humildemente nos saca a caminar.

Lo mismo hace el papa en los otros tres principios: la realidad es superior a la idea porque es bien concreta y no se deja dominar. Las ideas se pueden ordenar y retocar a piacere y por eso cada pensador inventa su sistema de pensamiento (esto sólo –que haya tantos sistemas distintos- nos debería llevar a sospechar de su verdad…). La realidad, en cambio, supera nuestras ideas porque nos pone a su servicio, nos hace estar disponibles y atentos a lo que viene porque si no perdemos el tren. Y bien que cuando viene un tren real todos dejan de lado sus trenes ideales y se suben y van…

También los conflictos. El Papa dice que se resuelven desde el plano superior de la unidad, no quedando metidos en ellos. No enredándonos. No “llevando como si fuera un ícono, un conflicto que se dio una vez, a lo largo de toda la historia”, como dijo en la catedral anglicana. Y así con todo (el todo es superior a las partes).

El Papa Francisco usa este modo de pensar “anagógico” que nos pone en salida, nos impulsa a las fronteras, nos saca de la autorreferencialidad…

Es el “modo de pensar y de obrar” del Espíritu Santo. El que le inspiraba a Jesús y a la primera Iglesia, que era capaz de decir, con mucha sencillez: “Nos ha parecido, al Espíritu Santo y nosotros… no imponerles más cargas” (Hc 15, 28).

En todo el libro de “Los hechos de los Apóstoles… con el Espíritu Santo” la Iglesia siente que “interpreta las cosas desde este nivel espiritual”.

Y esta interpretación es lo que llamamos “discernimiento”.

El discernimiento del momento, del que habla el Papa.

Ese momento en el que el Espíritu Santo nos impulsa a dar un paso (porque no se trata de definir en un papel, sino dar un paso, como el que dieron los Apóstoles cuando decidieron con el Espíritu Santo no imponer más cargas a los gentiles) y jugarnos por lo que el Espíritu nos inculca en el corazón para hacer un bien concreto.

Ese paso “anagógico”, superior, es un paso práctico.

No es para congelarlo luego y convertirlo en una definición abstracta.

Lo propio de lo anagógico es abrirse a nuevos pasos, es seguir interpretando la realidad no en sentido literal sino espiritual, abiertos a la dinámica del Espíritu, a sus sorpresas, siempre orientadas hacia el bien común, hacia el bien concreto de los más pobres.

Es lo que el Espíritu le hace discernir –anagógicamente- al Señor, cuando responde a las tentaciones “rastreras” con el sentido espiritual de la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios: no tentarás al Señor tu Dios (actuando según las pasiones más bajas). Solo a Dios adorarás, sólo ante él te arrodillarás.

Cuando el Evangelio nos dice que el Espíritu “impulsó a Jesús al desierto”, no está diciendo que lo condujo allí y luego lo dejó. El Espíritu conduce e inspira al Señor en todo el diálogo contra el tentador. Le hace encontrar el sentido espiritual a cada cosa, la palabra justa que no nos deja “caer en la tentación” y que nos impulsa a dar un paso más en el camino de la salvación. Toda nuestra vida, con sus tentaciones, está contenida en esa “oración del Señor en el desierto” que ahora es “oración del Señor en el Cielo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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