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Posts Tagged ‘cultura’

            Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden cargar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

            La reflexión de hoy, sobre la Trinidad, nace del diálogo interior con un hermano musulmán. Para hablar de la Trinidad siento que para mí es mejor partir del diálogo con alguien fiel que cree en Dios y, por adorarlo como el Dios Único, tiene dificultad para aceptar nuestras fórmulas trinitarias, y no partir del diálogo de sordos con un mundo que ni siquiera se plantea que pueda existir una Trinidad, o del diálogo con gente que cree que con sus reflexiones teológicas ya lo sabe todo acerca de Ella.

            Charlamos con Sheer, un pakistaní musulmán que vive en San Saba, nuestro centro de acogida para “personas en situación de haber tenido que emigrar de su país” (cómo expresar la situación del que tiene su casa -en su país y en el de inmigración-, pero no tiene “papeles”?). A poco de escucharlo nombrar regiones y ciudades como Kashmir, Islamabad…, me doy cuenta de lo poco que sé de Pakistán. Son más de 200 millones de personas; su monte K2, el segundo más alto del mundo, domina el imaginario geográfico de mi amigo como el Aconcagua el mío… Sheer tiene hoy ganas de hablar y yo, que voy a San Saba para eso, lo sigo. Me pregunta mi edad. Cuando le digo 63 ahí nomás me pregunta cuántos hijos tengo. Yo me quedo medio cortado al ver lo raro que suena en su cultura que alguien no tenga hijos. 

            Este fue el encuentro más “fuerte” de esta semana. Y suelo partir de esas cosas significativas para confrontarme con el Evangelio del domingo. 

            En Europa, en cambio, no suena raro lo de no tener hijos. Pero por otros motivos, más raros todavía. Actualmente aquí la gente no tiene hijos o tiene uno, a lo sumo dos. Acá ni siquiera es raro no casarse. Solamente es raro no tener parej@. 

            En la siesta de este rinconcito romano multicultural que es San Saba, nuestra Basílica situada sobre el Aventino, en un barrio cuya historia se remonta al siglo VI (aquí vivió San Gregorio Magno y su madre Silvia), se da un fenómeno raro en la conversación: la inmediatez de la charla hace sentir la distancia cultural. 

            Basta ver qué está cocinando alguno de los huéspedes para caer en la cuenta de que no es fácil explicar vivencialmente lo que es un mate o comprender el tipo de fideos que come un nigeriano. Y lo mismo sucede al hablar de la familia entre un encargado del centro que es italiano y tiene una sola hermana y un senegalés que tiene más de veinte hermanos y medio hermanos de las cuatro esposas de su padre. 

            A lo que voy es a que “entrar en una cultura” no solo requiere tiempo, sino también “vivir en un lugar”. Por eso es que el hecho de estar todos “acercados” físicamente por el mundo mediático común y por la posibilidad de viajar, paradójicamente dificulta la inculturación. La dificulta porque uno cree que todos pensamos parecido, pero a poco de hablar surgen diferencias grandes, muchas veces milenarias. Manejamos los mismos aparatos, pero los afectos van por otros caminos. El celular es el mismo modelo, pero cada uno escucha la música de su tierra y habla con familiares que habitan mundos tan distintos como un campo de refugiados sirios en Turquía, un pequeño pueblo con plantaciones de plátanos en Gambia o una ciudad a cientos de kilómetros del K2, desde la que se lo ve en los días claros (la montaña sobresale más de medio km entre las de su entorno).

            Al experimentar lo difícil que es explicar por qué no tengo hijos me viene a la mente lo que supondría empezar a hablar de la Trinidad! 

            Después, en casa, investigo un poco y leo lo que dice el Corán en el Cap. 4 v 171: “Oh Gente de la Escritura, no se excedan en su religión y no digan sobre Allah otra cosa que la verdad. El Mesías Jesús, hijo de María no es otra cosa sino un mensajero de Allah, una Palabra suya que Él puso en María, un Espíritu proveniente de Él. Crean pues en Allah y en sus Mensajeros. No digan “Tres”, dejen (de decirlo). Será mejor para ustedes. La verdad es que Allah es un dios único. Tendría un hijo? Gloria a Él. A Él le pertenece todo lo que hay en los cielos y todo aquello que hay sobre la tierra. Allah es suficiente como protector“.

            Me impresionan las expresiones que usa el Corán: “no digan ‘Tres’; “dejen de decirlo”; “No se excedan en su religión”; “Allah basta como protector”. 

            Hay allí una manera de pensar, una lógica que entra en diálogo con la persona y le da indicaciones precisas sobre cómo actuar. No dice: “no existe la trinidad”, dice: “no digan “Tres”, “dejen de decirlo”, “no se excedan”, “basta Allah como protector…”. 

            Es un lenguaje que no discute usando definiciones abstractas, sino que matiza prescripciones y sugerencias de modo persuasivo. Se siente la fuerza del mandato concreto, la apelación a la fe que tiene la gente en un texto sagrado. Y esto va “moderado” por una argumentación basada en el “no se excedan” y “será mejor para ustedes”. Es un lenguaje difícil de resistir; tiene algo de fascinación quizás porque actúa directamente sobre los deseos más que sobre el intelecto.

            De lo poco que conozco del islam, una de las cosas que más me impresionan es cómo con pocas prescripciones, muy precisas, hacen sentir la misma pertenencia a todos por igual -ricos y pobres, de pueblos y culturas muy distintas-.

            Y entonces? Con respecto a la Trinidad, veo que si vamos por el camino de los conceptos metafísicos, la discusión podría ser infinita, lo cual lleva a ni siquiera querer comenzarla. Si ya partimos de que para nosotros el misterio de Dios es que es Uno y Trino y los musulmanes y hebreos piensan que sólo puede ser Uno y único, mejor ni hablar. 

            Sin embargo, nuestra fe en “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero” no es cuestión de disquisiciones metafísicas sino de riqueza de Vida. Una riqueza de vida que nos permite relacionarnos con Jesús como hermanos, siguiéndolo de manera tal que Él se convierte en nuestro Señor, en nuestro Maestro de vida, en nuestro Salvador: el que nos perdona los pecados y nos alimenta con la Eucaristía. Nuestra fe en Jesús nos abre un camino a tratar con Dios como Padre, nuestro y de todos los hombres, nos sitúa en una cercanía familiar y a la vez llena de respeto y deseo de adoración. Nuestra fe en el Espíritu Santo nos hace escucharlo y gustarlo en nuestra vida cotidiana, sintiendo que es el mismo Dios el que nos mueve, el que nos enseña todas las cosas, nos fortalece y santifica. 

            Esta fe rica y compleja no es para “discutir” ni para elaborar teorías que no nos convencen ni a nosotros mismos, sino que es una fe para ser vivida plenamente y explicada “sin excedernos” en nuestras teologías, como bien recomienda el Corán.

            La fe en el Dios Trino y Uno nos permite acercarnos a todos los hombres y comenzar a caminar con ellos sin necesidad de poner por delante una Doctrina en sí misma ya terminada y completa, como condición para comenzar a hacer algo.

            Decía el Cardenal Martini: “El Espíritu nos enseña a “observar” la Palabra, siendo Maestro de nuestra vida práctica. Lo que importa es que la “observemos” -la vivamos- y con nuestro modo de vivir enseñemos qué quiere decir observar. Aquí no se pone el acento sobre una recta doctrina en sí misma, sino sobre la capacidad de hacer vivir evangélicamente a la gente; por tanto, antes que nada se trata de empeñarnos nosotros en vivir una vida evangélica”.

            Nuestra fe en el Dios Trino y Uno, antes que algo para “razonar y explicar” es un espacio infinito para relacionarnos con los demás “entrando por cualquier puerta que tengan ellos abierta con su fe”. 

            Podemos dialogar con el que cree en que Allah es el único Dios y no ofendernos de que no acepte la formulación ya acabada de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, de su misma naturaleza. A Jesús no le molestó presentarse como uno más, como un simple hijo del hombre, y por eso mismo es capaz de acompañar a uno que cree en el Dios Único sin exigirle que crea en Él, como hizo durante su vida terrena. Incluso a aquellos a quienes se reveló en toda su gloria y esplendor, les dijo que tenía muchas cosas para decirles pero que todavía no podían “cargar con ellas”. Jesús no se hizo problemas teológicos, por decirlo así. Confió y sigue confiando en que el Espíritu Santo que envía irá enseñando todas “sus cosas”, toda la verdad, sorbo a sorbo, no de un trago. En este sentido, un cristiano es uno que cree en que Jesús es el Hijo de Dios “en la medida en que el Espíritu se lo va enseñando y le va dando las fuerzas para cargar con esta verdad, haciéndola real en su vida”. Me animo a decir que en este sentido tenemos tanto para aprender de la Trinidad como un musulmán o un judío. Puede ser que gracias a muchos santos y padres y doctores de la Iglesia tengamos una elaboración teológica refinada y muy consistente de las verdades de la fe. Pero luego, a nivel personal, es bueno que cada uno se sienta como analfabeto, como mendigo de fe y de revelación,  como niño de escuela al que el Espíritu le tiene que enseñar todo sobre el Padre y el Hijo. En este punto, creerse que porque uno sabe un poco de teología, “tiene” la verdad revelada, es muy poco cristiano (y poco realista). 

            Por eso es bueno para la fe dialogar con los que tienen otra fe. No para discutir, sino para aprovecharnos de su modo distinto de creer y de las preguntas que nos hacen y las dificultades culturales que tienen para profundizar en lo nuestro, para ser “evangelizados” nuevamente por el Espíritu y tener esto como una actitud permanente: la de ser siempre discípulos.

            El Espíritu es nuestro maestro de vida y no solo nos “recuerda” y nos “enseña” la verdad de Jesús, sino que nos ayuda a “cargar” con la Palabra como el Señor cargó con la cruz (Jn 19, 17). 

            La Palabra es algo que se abraza y se carga como la Cruz, no es una espada o un dedo en alto que usamos para discutir. 

            La Palabra es algo que se recibe con la fe, que se contempla y se gusta en la oración,  y que se pone en práctica con la caridad y la misericordia. Haciendo todo esto, al mismo tiempo, se sale a anunciarla a los demás, a todos los pueblos y culturas. La Palabra no es algo que se usa solo para escribir libros ni -mucho menos- para proyectar esquemas de pensamiento de la propia cultura. 

            La palabra de Jesús -que “es La Palabra”- no es una palabra que Él pretenda decir entera! El se encarga de vivirla y deja que sea el Espíritu el que “cuando venga, el Espíritu de la verdad, Él los encaminará a la Verdad total”

            La Palabra con que nos “encamina” el Espíritu no son “ideas suyas”, no es una palabra autorreferencial: “Porque Él Espíritu no habla desde sí mismo, sino que lo que oye (de lo que se dicen el Padre y Jesús), de eso habla”

            La Palabra que dice el Espíritu no es tanto una explicación como un anuncio: “Les anunciará lo por venir”.

            Y mucho menos es una Palabra de autoelogio, es toda de elogio de Jesús: “El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. 

            Y este elogio que le hace el Espíritu, Jesús siente que no es algo suyo sino del Padre: Es que “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

            Como vemos, Jesús no da definiciones dogmáticas combinando números uno dos y tres, sino que nos revela un modo de actuar en comunión profunda entre el Padre el Espíritu y Él que la definición “Uno y Trino” no hace sino resguardar. Pero no es ni mucho menos el final sino el comienzo del amor que Dios nos quiere revelar.

Diego Fares sj

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No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (estos pequeños mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Yo les aseguro que, si la justicia de ustedes no supera la justicia de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).

Contemplación

Un pueblo que ama sus costumbres y cumple la ley interiormente, no por miedo a la policía, es un pueblo sabio y maduro.

Solo el Espíritu Santo es capaz de dar esta gracia: la ley interior de la caridad, que la gente cumpla de corazón las leyes, con gusto de buen ciudadano, por amor al bien.

Sin el Espíritu Santo de Jesús, las costumbres más buenas se vuelven secas y duras o se corrompen y se pudren. Si no se enseñan y se practican con amor las costumbres, los jóvenes se preguntan ¿por qué tengo que hacer esto si no me gusta?

Por eso se compara a las leyes con las frutas. Para enseñarlas a los niños hay que hacer como las madres que nos hacen gustar la dulzura interior de las leyes de la casa.

Dice el proverbio: “Deja que el carácter sea formado por la poesía, fijado por las leyes del buen comportamiento, y perfeccionado por la música”. O como decía un amigo: Dulce, salado, dulce. Así tiene que ser el proceso de una enseñanza. Dulce, salado, dulce.

El Espíritu es el que origina primero y luego perfecciona la ley.

Un buen árbol frutal da fruto en todas sus ramas. Puede ser que algún grano de uva no madure bien o se vuelva agrio, pero el racimo si es bueno, tiene buen gusto en cada grano pequeño. En esos últimos y pequeños frutos se ve la bondad de la planta.

Por eso el Señor habla de los “pequeños mandamientos”. No sólo “no matar”, sino tratar con dulzura y respeto al prójimo: no enojarse ni gritar a nadie, no llamar estúpido ni loco a ninguno. El modo de hablar es importante: es el fruto del corazón, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y si uno está lleno del Amor del Espíritu Santo sus palabras son buenas y dichas en buen tono.

Lo mismo con el adulterio. No basta con un “no adulterar” vivido como cáscara. El Señor nos invita a no dar mucho tiempo a pensamientos que –en un momento nos damos cuenta- están haciendo de otra persona un objeto en función de nuestro placer. El Señor nos invita a cultivar en cambio pensamientos que se dirijan a desear el bien a la otra persona.

Si un cristiano quiere dar estos frutos sin estar muy unido a Jesús (por la oración y la comunión que son el espacio donde actúa su Espíritu) será como una rama cortada: no sirve para nada, se secará pronto y su fruto se marchitará. El cristianismo no consiste en pensar lo que Jesús dice. En primer lugar, es buscar modos de encontrarnos con Él y de permanecer en el ámbito de su amistad. Y estos modos no son “costumbres” o “ritos” sino que son la relación con una Persona –el Espíritu-. El cristianismo es buscar al Espíritu Santo: dejarnos encontrar por Él, que viene, que sopla, que actúa… y canta!

El canto del Espíritu es una suave melodía que uno puede inventar y tararear cuando tiene pocas ganas de rezar.

Es el Espíritu Santo el que vuelve disfrutable la cercanía con Jesús. Y unidos a Jesús, el Espíritu en persona circula por nuestra vida –se mueve, suscita mociones, despierta ideas, hace gustar…-. Así va haciendo madurar nuestras costumbres, nuestros sentimientos y nuestro modo de pensar, de modo que todo se convierte en alimento dulce para los que nos rodean y nuestra vida da fruto.

Más que enseñarnos verdades como “cosas”, el Espíritu toma a su cargo el ritmo de nuestros días y hace que se sucedan las consolaciones del Padre, eligiendo sus momentos oportunos (kairós), dentro del tiempo de Dios, que todo lo ha planeado para bien de los que ama.

Pidamos al Espíritu Santo que cante en nuestros corazones las notas de la ley interior de la caridad, ese canto que hace que se vuelva dulce y fácil de cumplir toda otra ley y nos permite cumplir con gusto –cantando- los “pequeños mandamientos del Señor”.

……………

Como se habrán dado cuenta, la contemplación de hoy es la que mando a la comunidad china. Más corta, ya que los chinos trabajan todo el día y no tienen tiempo para leer largas teologías (ya sé que los argentinos tampoco (je)). La imagen para hablar de la ley es “alusiva”. Es que la pintura china, si quiere pintar un templo, no lo pinta, sino que pinta a un monje cortando leña o llevando un cubo de agua por el camino, de modo que se sienta que “hay un templo en la cercanía”.

El asunto es que hoy me puse a escribir primero la contemplación que le mando a Shu Qin, una amiga monja de la Compañía de María que me las traduce. Siempre rezo con lo más sentido de la semana y como ayer, un grupo de amigas de mi comunidad China de Regina, que andaban de paseo por Mendoza, me inundaron de WhatsApp y de fotos de la visita que le fueron a hacer a mi madre, el tiempo se me fue con esta contemplación “china”. Extendiendo un poco la confidencia personal, comparto que es muy lindo como cura que la gente me exprese su cariño “saludando a mi madre”. No solo los chinos, también los refugiados de San Saba siempre preguntan “cómo está tu mamá” (Ely –el pintor- hasta le mandó uno de sus cuadros).

Cuando le contaba, mi madre reflexionaba que “se ve que el cariño a la madre está muy metido en esas culturas”. Yo le decía que también en la nuestra y que hasta el Papa, ayer, en la audiencia que tuvo con La Civiltà Cattolica por nuestro número 4000, cuando me tocó saludarlo –como siempre- me dijo: “dale un saludo a tu madre”. Su modo formarnos a los jesuitas siempre estuvo unido a su cariño por nuestras madres.

Pienso que esto es así y que por algo el Señor confió la enseñanza de la ley de la caridad al Espíritu, que nos habla “en lengua materna” (y que actúa en la Iglesia, y de modo particular a través de nuestra Madre la Virgen).

Como nuestras madres, el Espíritu nos inculca los pequeños mandamientos que hacen que la ley sea cumplible y vivible, que se convierta en cultura, es decir: en el corazón de cada pueblo.

Diego Fares

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Presentación de la edición de La Civiltà Cattolica Iberoamericana en la Embajada de España (Roma -9 de febrero de 2017)

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La edición en español de La Civiltà Cattolica, con su número 1 estampado allí donde la Revista madre lleva el número 4000, nos habla de fecundidad. Sale a la luz junto con tres hermanas: la edición de la revista en francés, editada por Parole et Silence, la edición en inglés, editada por UcaNews y la edición en coreano, a cargo de la Provincia coreana de la Compañía de Jesús.

En los últimos años la revista se ha vuelto más internacional (más poliédrica, culturalmente hablando), por los temas que trata, por la incorporación de escritores jesuitas de distintos países y culturas y por el interés que han suscitado muchos de sus artículos, traducidos en diversas lenguas.

Los ofrecimientos que se sucedieron durante el año pasado, de editarla en las lenguas mencionadas –y los proyectos de edición en otras- son una respuesta concreta a esta apertura e interés de la revista a todo lo que es “civilizado” en el sentido de  “humano” (y no bárbaro, deshumanizante)  como nos decía Juan Pablo II en 1982. El espacio de diálogo plurilingüístico que se abre con estas ediciones hace honor al nombre de La Civiltà Cattolica. Lo que era interés por algunos artítulos adquiere ahora consistencia de revista y vuelve realidad un deseo que motivó a nuestros padres fundadores, que en 1849, soñaban con “una universalidad de lectores”.

Un sueño así requiere personas, tiempo y recursos.

Los recursos, que suelen ser el primer obstáculo para muchos sueños “que no son negocio”, en este caso, no han sido un problema sino que inesperadamente, han surgido. De manera realista -porque se prevé que el proyecto puede ser autosustentable- y a la vez generosa. Es una apuesta hecha en conjunto por gente distinta que trabaja en el mundo editorial y que valora un contenido –el de la revista- que puede ser de interés para sus lectores.

Las personas que se suman al grupo de escritores para hacer realidad este sueño, además de los buenos traductores y de los arriesgados editores, son nuevos escritores. Para llegar a una universalidad de lectores hace falta una universalidad concreta de escritores, “que sean testigos directos o que vivan climas culturales, sociales y políticos diversos”. La Compañía de Jesús, que convoca, forma y misiona hombres que, condividiendo el mismo fervor por anunciar el Evangelio provienen de muchos pueblos y que anhelan capacitarse para inculturarse en otros, puede proveer sujetos que se dediquen a este particular modo de apostolado intelectual. Con los escritores y lectores de otras lenguas, los impulsos de otros países y culturas entrarán a formar parte del corazón mismo de la revista como nunca antes. La dimensión plurilingüística que aportan se injerta en el tronco vivo y secular de la revista, cuyas raíces se hunden en la Ciudad de Roma y sus ramas se expanden a la Civilización universal.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de la misión jesuita residente en la estratégica Macao (el delta del Río de las Perlas o Guandong, la región de más alta densidad de población y de desarrollo industrial del mundo actual), había concebido un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual. Proyecto sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reinos en los cuales se había intentado introducir el cristiniasmo. Valignano había entendido que no era posible acercarse con los métodos de evangelización acostumbrados a un pueblo con una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa que se conociese en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía poder recibir ninguna enseñanza de todos los otros “pueblos bárbaros”. Por eso ordenó en 1582 que dos padres –el padre Ricci era uno de ellos- se aplicaran totalmente liberados de todo otro encargo, al estudio de la lengua oficial, llamada “mandarín”; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y a la mentalidad del pueblo para transmitir desde el interior, habiéndose hecho chinos ellos mismos, la verdad del cristianismo”. El padre Ricci escribiría su libro “Sobre la amistad” –recopilando en chino lo mejor de la civilización occidental sobre este tema- y dirá que “Esta ‘Amistad’  me ha dado más crédito a mí y a la europa que todo lo demás que hemos hecho”[1].

La narración prolija del plan de Valignano, es para hacer ver, en la última frase de Ricci, la importancia de los escritos en otras lenguas, si es que se quiere estrechar lazos de amistad sólidos y establecer un verdadero diálogo entre culturas y pueblos diversos. Pero también tiene el fin de hacernos sentir la necesidad de un cambio radical de mentalidad. Lo que Valignano concibió como una estrategia necesaria para relacionarse con la “superioridad de la cultura china” no fue algo coyuntural, es la esencia de la evangelización de la cultura y de la inculturación del Evangelio. Aprender la lengua y las costumbres de un pueblo, más aún “hacerse uno de ese pueblo para anunciar la verdad del Evangelio desde su interior” es la actitud básica y el modo de proceder con toda cultura.

Para ello son necesarias al menos tres actitudes: erradicar el criterio de superioridad, adoptar el criterio de amistad entre culturas y poner el acento en lo único que permite incluir dialogalmente todas las diferencias. Esto es: una política que promueve la igualdad y la dignidad de cada persona humana y garantiza la apertura a la trascendencia. Vale recordar una y otra vez que la apertura a lo trascendente y el sentido ético de la justicia no son acumulables, como el dinero, la tecnología y el dominio territorial. Pueden poseerlos en alto grado las culturas más pobres en bienes materiales y pueden perderlos en el curso de una o dos generaciones las civilizaciones que han alcanzado el más alto grado de sofisticación y de expansión territorial.

En estos dos ámbitos el cristianismo tiene un Espíritu nuevo para contribuir a la civilización universal: la Misericordia incondicional del Padre que nos iguala en Jesús. Trabajar en la inculturaración de este anuncio en todos los pueblos, implica un esfuerzo mancomunado de hombres que, proveniendo y viviendo en las diferentes culturas, cultiven estos valores que son los que crean puentes y dinamizan todo lo que es bien común y trascendente, en sus distintas expresiones.

Por último, el tiempo. Cultivar esta dimensión pluricultural –para que no se vuelva abstracta- requiere un delicado equilibrio y mucho tiempo. El primer signo de que esto es asumido con realismo, puede verse en que la Revista, en su edición en otras lenguas, ralenta su ritmo. El exigente ritmo quincenal, que es el mínimo para mantener perspectiva y profundidad sin perder actualidad -sin quedar absorbidos por exceso de inmediatez-, se vuelve mensual. La lógica selección de los artículos que se traducen no se reduce solo a una cuestión cuantitativa. La selección requiere un ulterior trabajo de discernimiento, el cual amplía el discernimiento habitual que implica cada publicación italiana.

El punto es y será siempre el que nos señalaba nuestro Papa Francisco, retomando a Pablo VI y a Benedicto: “Donde haya existido o exista una confrontación entre las exigencias urgentes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas” Y agregaba: “Y por favor, sean hombres de frontera (…) Para entrar en las otras culturas, no “para barnizarlas un poco, ni para  domesticarlas”. El trabajo de lograr el equilibrio que permite discernir esos puntos donde se juega el hecho de que una frontera se convierta en puente o en muro, es un trabajo en equipo y, por tanto, de una investigación y de un esfuerzo compartidos que requieren tiempo y paciencia.

En esto, para el que no lo sabe, es significativo expresar que en La Civiltà Cattolica, lo que se escribe tiene un plus consensual. Antes de su publicación, cada artículo —haya sido escrito por los miembros de la redacción o venga de fuera— se somete al juicio de los otros –icluidos los de la Secretaría de Estado de la Santa Sede- y, al  final, constituye el fruto de un diálogo interno, de una  apertura a otros modos de escribir y de pensar.

Decía mi abuelo paterno –un libanés, que emigró a Argentina a finales del siglo XIX y que aprendió el español leyendo los carteles de las calles – que cada lengua que uno aprende es un hombre.

No el enriquecimiento cultural de un hombre que incorpora nuevos saberes sino –llanamente- otro hombre, uno nuevo, sin ser –cuantitativamente- uno más. Porque con la lengua uno aprende a sentir y gustar las cosas y a pensarlas y expresarlas con otro corazón: el de las culturas que la hablan.             Encomendamos al Señor esta Civiltà Cattolica que late ahora con cuatro corazones. De manera particular hoy, a la que comienza a hablar en español. Y como hispanoablante que habla con uno de los cien acentos que nuestra lengua adopta en los dos continentes, doy testimonio de la alegría que nos da contar en este momento único en la historia de la Revista, con el Papa Francisco como uno de nuestros escritores jesuitas “de otras lenguas”. Ojalá que La Civiltà Cattolica, al hablar ahora en español, se entone con el tono de Francisco, que ha sintonizado tan bien con el tono con que hablan las gentes.

[1] Cfr. M. RICCI, Dell’amicizia, Macerata, Quodlibet, 2005. Introducción de F. MIGNINI, 8-9.

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