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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: ‘Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá’.

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo’. 

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. 

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: 

‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’ Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. ‘¿Quién es éste?’  decían. 

Y la gente decía: ‘Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea’ (Mt 21, 1-11).

Contemplación

El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. Me impresiona el modo cómo organiza el Señor su entrada real a Jerusalen, aquel primer “domingo de ramos”. No tiene nada para la liturgia. Lo tiene que pedir todo: pide lo que necesita y enseguida lo devuelve. El va de pasada y su momento de gloria será eso, solo un momento. Y aunque digamos que la Gloria en que ahora habita es la Gloria Eterna, me ayuda imaginar que es una eternidad llena de “cosas prestadas”, tan provisorias como los ramos que la gente cortó para celebrarlo y como la burra con su burrito detrás (pidió los dos para que ella anduviera tranquila). Una liturgia, la de aquel día, en la que los elementos de culto fueron los que tenía a mano (como el delantal, la toalla y la palangana de la Última Cena) y la ceremonia la inventó con la gente que en eso se prendió, como hace siempre nuestro pueblo. 

En estos días de cuarentena y de pandemia vemos que el Espíritu sopla en toda la Iglesia y hace surgir nuevas liturgias, nuevos modos de rezar y de celebrar los sacramentos “a distancia”. Hay un poco de todo: cosas humanamente más lindas y otras quizás no tanto, pero lo que cuenta es el Espíritu de unión en torno al Señor para rezar por todos, ya que todos estamos afectados de un modo u otro por la pandemia. 

Provisoriedad: nadie patenta sus inventos de cercanía

Un signo importante es, creo yo, la conciencia de que todos tenemos de provisoriedad. Nadie “instala” su misa online, ni patenta su idea sacar al Santísimo a pasear por las calles del pueblo bendiciendo casas y negocios. Lo que sí vemos es cómo algunas cosas que Francisco hacía cotidianamente, como la misa en Santa Marta, se revelan hoy en todo su humilde  evangélico esplendor, con el valor que siempre han tenido, pero que “no se veía en público”. 

Releer a Francisco

También es un lindo momento este para releer sus cosas. Amoris Laetitia y ese capítulo IV sobre “Nuestro amor cotidiano”. O cuando recupera el primer punto de Evangelii gaudium y nos dice que al amor familiar nos libra del aislamiento: “Las familias cristianas, por la gracia del sacramento matrimonial, son los principales sujetos de la pastoral familiar, sobre todo aportando « el testimonio gozoso de los cónyuges y de las familias, iglesias domésticas ». «Se trata de hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que “llena el corazón y la vida entera”, porque en Cristo somos “liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” (AL 200). 

Comunión espiritual para “los que estan en situación de… cuarentena”

Algo que me llama la atención en la reelaboración que vamos haciendo de nuestra vida como Iglesia es cómo recupera su lugar el “deseo del bien”. Lo que se había convertido en “mandamiento o precepto de hacer el bien” ahora rebrota como deseo interior. 

Cuando el Papa después de la comunión, saca una hojita como las que escribe de su propia mano y dice: Este es el momento en que las personas que no pueden comulgar pueden hacer ahora la comunión espiritual. Y lee una oración: “Jesús mío, creo que estás realmente presente en el santísimo sacramento del altar.Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma, pero como ahora no puedo recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya te hubiese recibido, yo te abrazo y me uno todo a ti. No permitas Señor que jamás me separe de ti”.

De alguna manera, toda la Iglesia ha pasado a la condición de “los que no pueden comulgar sacramentalmente”. Lo que era prohibición (para los divorciados y vueltos a casar, por ejemplo) se ha convertido en imposibilidad para todos, pero no por cuestiones “legales” sino por cuestiones de sanidad pública. Lo que era “precepto” de escuchar misa los domingos y fiestas de guardar, cesa ante una disposición pública. Resulta patético ver que algún pastor  se ha desorientado al punto de decir algunos fieles que hay que desobedecer a la autoridad pública porque el mandamiento de Dios está por encima de las leyes humanas. Esta mentalidad, cae por sí sola en una situación como esta, en que la prohibición del Estado no va “contra” la celebración de la Eucaristía, sino a favor del “no contagiar” a los mismos a los que uno quiere, debido a la cercanía que requieren los actos litúrgicos y a la naturaleza misma del gesto material de “beber del mismo caliz y partir el mismo pan”. 

Enfermedad y vida (natural y sacramental)

La naturaleza “física” de la enfermedad así como ataca nuestra vida ataca al sacramento en su parte también “física”, en su ser “signo material”. Afecta el sacramento en la misma manera encarnada en que afecta la vida de las personas, haciendo que los que se aman no se puedan expresar su amor “físicamente” con un abrazo o un beso. Aceptar esto implica revalorizar el amor espiritual y al mismo tiempo (al experimentar su ausencia) revalorizar la importancia que tienen los gestos materiales. Por eso digo que el “mandamiento” se convierte en “deseo”. Recuperamos así la esencia misma del bien, que si “se manda” es por pedagogía, para abreviar un proceso o evitar dudas, como cuando uno dice a un niño: “comé que te hace bien” o “saludá a papá que vuelve del trabajo”. Son cosas que, cuando una situación como la que vivimos nos impide hacer, uno cae en la cuenta de que las “quería hacer” y que “el mandamiento era solo una ayuda exterior a un deseo interior, a una “ley” que nos dice que “seamos lo que somos, perfectamente” ya que en esto consiste el “mandato” de hacer el bien: en llegar a ser lo que uno es, más plenamente, mediante actos buenos concretos.

Saber cosechar uvas de entre las zarzas

Otra cosa interesante es lo que pasó con la Indulgencia plenaria que otorgó el Papa el viernes 27 de marzo, en la Adoración del Santísimo y la Bendición “a la Ciudad y al Mundo”. Yo noto lo que llamo las “resistencias”de los que redactan los decretos de la Penitenciaría Apostólica. He aprendido a “sacar las uvas de entre las zarzas de espinas” como recomienda San Agustín en su Sermón sobre los pastores, en el que le dice a la gente del pueblo de Dios que no se tienen que perder las gracias del Espíritu (las uvas) porque haya malos pastores (las zarzas) que complican las cosas y vuelven menos accesible la gracia.

Se lee en el decreto sobre la Reconciliación: “Cuando el fiel se encuentre en la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, debe recordarse que la contrición perfecta, procedente del amor del Dios amado sobre todas las cosas, expresada por una sincera petición de perdón (la que el penitente pueda expresar en ese momento) y acompañada de votum confessionis, es decir, del firme propósito de recurrir cuanto antes a la confesión sacramental, obtiene el perdón de los pecados, incluso mortales (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452)” (Nota de la Penitenciaría Apostólica sobre el Sacramento de la Reconciliación en la actual situación de pandemia, 19.03.2020).

Precisiones que acercan

Hay palabras que, sueltas, alejan, como “contrición perfecta”. Quién usa hoy “contrición” y quién puede pretender un acto que sea “perfecto”. Pero junto a ellas hay palabras que “acercan”: “un acto de amor de Dios amado sobre todas las cosas y expresado por la sincera petición de perdón hecha como uno pueda expresarla en ese momento”. Esta expresión a mí me acerca. Cuántas veces hace uno esos “suspiros” de decir : “Dios mío, te amo con todo el corazón, perdoname, ayudame, ayudá a los que amo, ayudános a todos!” Me gusta pensar que el paréntesis aclaratorio lo agregó Francisco: es su estilo eso de “precisar para concretar y no para alejar abstractamente”. Hablo de eso entre paréntesis donde dice que la expresión del amor y del pedido de perdón es “la que el penitente pueda expresar en ese momento”. 

Desborde de misericordia

Ahora, el conjunto ayuda. La iglesia tiene ese modo de decir las cosas que parece que por un lado da y por otro quita. Como cuando dice que “el Santo Padre concede la indulgencia plenaria…. de acuerdo a la forma establecida por la Iglesia”. La verdad es que Francisco “desbordó” la disciplina eclesiástica. Pero la desbordó internamente, con un desborde de misericordia que solo se vuelve real en el corazón que se deja desbordar y no en los papeles, cuyas letras escritas y formulaciones son “estiradas al máximo” pero conservan su tensión “legal” (si no no serían documentos legales y esto les quitaría valor, paradójicamente). Quiero decir que en la Iglesia se da esta tensión entre Espíritu y letra que se resuelve en la vida, discerniendo cada vez y haciéndose cargo personalmente de la gracia y de las consecuencias de nuestras interpretaciones de la ley.

Para todos como son y como pueden

El Papa concede “el don de Indulgencias especiales”, en primer lugar “a los que sufren la enfermedad del Covid-19 y a los que los cuidan. Aquí cita por orden, trabajadores de la salud, familiares, y agrega “todos aquellos que en cualquier calidad, incluso con la oración, los cuidan”. Es una manera de detallar y precisar que termina incluyendo a todos, si uno sabe leer, porque quién no reza hoy por todos los enfermos, quien no se compadece y manda buena onda, aunque no sepa hacer otra cosa?

Las indulgencias tienen condiciones y cuando uno las lee, siempre en alguna se traba, como lo de “hacer un voto de confesarse sacramentalmente apenas le sea posible”. La palabra “voto” suena a juramento y a deber y “apenas” suena a que si uno no sale corriendo a confesarse cuando le dan el alta, la cosa no vale. Pero “voto” es también deseo y la palabra apenas va seguida de “posible”. Lo mismo que con las oraciones que hay que rezar: el texto del decreto pone el rosario, el Akatisthos y el via crucis… pero termina diciendo que basta un Credo, Padre nuestro y Ave María. Y de última última, basta con que el moribundo bese la cruz (Yo he sido testigo de enfermos a las que le puse la cruz en los labios y la besaron hasta dormidos).

Lo espiritual es encarnado

Ahora, el que hace un acto espiritual con toda el alma, le sale solo el deso de hacerlo también materialmente. El que le dice a la persona que quiere, te abrazo con toda el alma, la abrazará apenas pueda y le hará bien recordar en ese momento la intensidad espiritual con que la abrazón en ausencia. El que “se confiesa a solas ante Dios” cuánto querrá recibir la absolución sacramental, que sella como un índulto escrito y firmado por el juez, el indulto que se le otorgó de palabra! Son cosas que van juntas, que la rutina había teñido de burocracia y que la distancia obligada restituye en su valor espiritual y material.

Volviendo al Señor y a la burrita y su pollino. El Señor no mandó erigir una estatua con ellos, pero tampoco desautorizó la costumbre popular de bendecir los ramos y llevarse a casa cada uno su ramito de olivo, cosa que este año extrañaremos. Lo importante en este tiempo es meditar sobre lo esencial y, relativizando lo que no es esencial, darle su valor, sea recuperando ritos y gestos, sea creando otros nuevos, que permitan “cabalgar esta nueva realidad”.

Chau clericalismo

Para nosotros los curas, es momento de ubicarnos. Si pudiera usar solo dos palabras diría: Chau clericalismo! La distancia física con la gente nos hace ver la de cosas superfluas con que hemos rodeado la predicación del evangelio y la administración de los sacramentos de vida. 

No hay nada más triste que un templo vacío! O sí: más triste era una iglesia cerrada! Y las hemos tenido cerradas tantas horas al día sin que hubiera habido coronavirus! 

Nada se desactualiza más rápido que un ropero eclesiástico si no se pueden celebrar ceremonias.

Pierde totalmente su sentido toda la “jerarquía” de puestos y funciones alrededor del altar (que luego se extienden en cargos, oficinas y privilegios) si la misa la celebra el Papa solo en Santa Marta porque San Pedro está cerrado.

 No hace falta mucha “estructura jerárquica” para dar una unción o dar de comer a los hambrientos, consolar a los solos y visitar a los enfermos y encarcelados. Para eso no hace falta toda la “corte” que hemos creado. 

Es como en los hospitales: hoy que el “diagnóstico” es “no hay tratamiento”, terminan siendo tan importantes las y los enfermeros como los médicos. Y esto me recuerda una pequeña anécdota de esta semana.

El sábado pasado, sintonicé a la siesta Radio Continental y estaba Daniel López entrevistando a una médica argentina que trabaja en Italia. López es uno de esos periodistas que sigo con gusto cada vez que puedo, porque siempre es respetuoso con la noticia, con el entrevistado y con el oyente. La doctora Patricia Veitman contaba su experiencia en un pequeño hospital de Monza y cómo estaba en cuarentena: se ha aislado de su familia debido a su trabajo en un hospital. López destacó una frase suya que me emocionó: dijo “Estoy en cuarentena pero no he puesto en cuarentena la fe”. 

La busqué en internet, encontré un messenger y le mandé un agradecimiento y una bendición, diciéndole que no hacía falta que me respondiera porque sabía que andaba a mil y tendría bastante, como cada uno, con los mensajitos de familiares y amigos. Pero para alegría mía me respondió y esta semana hemos estado en contacto. Yo le di mi whatsapp por si alguno quería una bendición o un llamadito… El cuento es que a uno que me saludó le devolví el saludo llamandolo “enfermero” y Patricia me hizo saber después que era el médico jefe de sala. Así que le escribí: “Perdón al doctor -poniendo una carita sonriente- por haberlo  promocionado a enfermero”.  

Ojalá que todos los obispos, sacerdotes, diáconos y laicos con puestos en la Iglesia, aprovechemos este tiempo de distancia con el pueblo fiel de Dios para promocionarnos a “simples servidores”.

Diego Fares sj

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Card. Krajewski, limosnero del Papa

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her­mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma­nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas, está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban. Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»  Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.» 

Encuentro con Marta

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» 

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» 

Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» 

Le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

Encuentro con María

Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. 

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó: «¿Dónde lo pusieron?».

Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»

Y Jesús lloró.

Encuentro con Lázaro

Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.» Marta le dijo: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.» Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.» 

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la  casa creyeron en él. (Juan 11, 1-45).

Contemplación

Dentro del pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro nos encontramos con la historia de estos tres hermanos a los que Jesús amaba: eran sus amigos. Cada uno de ellos tiene su historia, una historia de encuentros con Jesús. Marta era la que lo había invitado a comer a su casa. María la misma que ungió con perfume al Señor y le enjugó los pies con sus cabellos. A Lázaro lo podemos describir con la frase que eligió junto con sus hermanas para mandar a llamar a Jesús: era “el que Jesús amaba y estaba enfermo”. 

Recordemos que, como dijo el Papa Benedicto en Aparecida y siempre le gusta repetirlo al Papa Francisco, nuestra fe no es el fruto de una idea, sino el fruto de un encuentro con la persona de Jesús. 

Estas historias de encuentros entre los tres hermanos y Jesús tienen, cada una, un sabor especial: de barrio, de amistad, de casa… Y nos hará mucho bien “encontrarnos” con ellos. Eso es la contemplación, un modo de tocar y de ver a las personas del evangelio que se encuentran con Jesús, un modo de sentir lo que dicen y de gustar lo que hacen. Nos hará bien en este tiempo en el que también nosotros le podemos mandar decir a Jesús, cada uno y el mundo entero: “el que tú amas está enfermo”. 

Esta frase por sí sola sintetiza lo que es un encuentro con Alguien como Jesús. Es una frase clave, de amigable complicidad, una frase que apela al corazón del otro y se confía enteramente a él, una frase que no necesita explicaciones. No es improvisada, se nota que la pensaron y la eligieron entre los tres, porque la repiten las dos hermanas. Quizás Marta hubiera deseado decir más cosas, como de hecho hizo cuando le salió al encuentro a Jesús que se había quedado en las afueras del pueblo. María, en cambio, dice solo esas seis palabras. Y llora. Imagino que Lázaro habrá sido tajante en esto de mandar a decir solo esa frase. Entre amigos, cuantas menos palabras, mejor.

Este tiempo en el que la pandemia nos mete en casa (a los que la tenemos), es tiempo de encuentros, con nosotros mismos, con el Señor, con la familia, con los que nos toca compartir la cuarentena, de cerca y de lejos. Tiempo de encuentros. 

Miremos cómo el Señor se detiene a hablar con cada persona, con sus discípulos, con Marta, con María, con el Padre, con Lázaro. No va directamente a lo práctico, no resucita a Lázaro de lejos…, más aún, retarda el milagro y se ocupa de la fe de cada uno. El Señor abre espacios de encuentro, los crea, les dedica tiempo y con cada uno se encuentra a su manera (la suya y la del otro). En esto Jesús es tan pero tan único y especial. Ojalá supiéramos y experimentáramos que hay un encuentro que es entre él y cada uno de nosotros solos. Un encuentro sin precedentes ni repetición. Un encuentro que abrirá y contendrá muchos otros, todos únicos. 

Los encuentros con los tres hermanos, siendo únicos, tienen algunos elementos que sirven de modelo a todos, o mejor, Juan contemplando estos encuentros ha sacado algunas cosas que nos sirven “para que creamos”, como dice al final de su Evangelio. Conscientes de que los encuentros de Jesús con la gente, si se contaran, no alcanzarían las bibliotecas del mundo (ni siquiera las digitales) para contener todos los libros.

Yo saco tres cosas.

Del encuentro de Marta con Jesús saco lo de invitarlo a venir a casa. A Jesús le gustaba ir a casa de Marta. Se sentía a gusto. Tenía su piecita, donde podía rezar tranquilo. Marta le cocinaría alguno de sus platos preferidos. Tener un lugar en casa para Jesús es una clave para que haya encuentro. Es bueno que sea un lugar solo para él. Yo por ejemplo, como mi pieza tiene dos ventanas, armé un rincón junto a una solo con mis cosas para rezar. Los encuentros necesitan tener su lugar. Y que haya algo que lo haga especial, aunque sea por un rato.

Del encuentro de María con el Señor saco lo de encontrar el modo de darle un trato especial. María tiene sus perfumes, sus lágrimas, sus cabellos y su modo de sentarse a escuchar como si no existiera nadie más en el mundo. A Marta esto la irritaba bastante. Pero al Señor le gustaba. En todo caso, lo que hizo notar es que era una elección de María y que “no le sería quitada”. Hay gestos que son enteramente personales y no se pueden replicar. Encontrarlos es una aventura sin guías, sin límites a la imaginación, que no necesita que nadie la justifique desde afuera. Pensemos que Jesús defendió los gestos de María poniendo en su lugar tanto a Marta como a Judas. Los defendió del ataque artero de Judas, que la atacó con argumentos de una pretendida “teología de los pobres” usada para desprestigiar un gesto de amor de adoración puramente gratuito. Y la defendió también de la crítica de su hermana, ese tipo de críticas familiares que parecen poca cosa pero a veces matan una personalidad, anulan una vocación, cortan las alas antes de que nazcan. El encuentro con el Señor requiere “gestos de amor especiales”.

Del encuentro de Jesús con Lázaro saco lo de que llegar tarde no importa, porque la amistad es la cercanía definitiva e íntegra que se da “de una vez”. Sólo a los muy amigos se los puede hacer esperar como Jesús hizo esperar a Lázaro. Pensemos: todos los días de la enfermedad, desde que lo mandó a llamar hasta que Jesús se enteró y después dos días más sin que el Señor se moviera para llegar cuatro días después que se había muerto. Lázaro se dejó resucitar lo mismo, como si no hubiera estado ya oliendo a podrido. El encuentro con el Señor requiere estar dispuesto a esperarlo todo lo que el quiera, hasta cuatro días después que nos muramos o se nos mueran los que amamos, de coronavirus o de lo que sea.

Que estos tres amigos queridos del Señor nos despierten la sed de encuentro con él que habita en lo más hondo de nuestra esperanza para que nada ni nadie nos robe esta cita con Él -cara a cara-, la final y las que se dan, milagrosamente, en medio de la vida cotidiana, gracias a esa virtud que tiene Jesús Resucitado de “aparecerse”, de volverse encontradizo y cercano cuando Él quiere.

Diego Fares sj

  Pd. La foto del limosnero del Papa la elegí porque me cayó simpática como expresión de un cura todo terreno que hace llegar la cercanía de Francisco a los que nadie llega.

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En medio de una situación concreta de la vida

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni pecó él ni sus padres, respondió Jesús; sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios. Es preciso que Yo obre las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo.» Después que dijo esto, escupió en la tierra e hizo barro con la saliva y le ungió con el barro los ojos y le dijo: «Anda, lávate en la piscina de Siloé» que significa ‘Enviado’”. Fue, pues, se lavó y volvió viendo. 

La lucha entre mociones del buen espíritu y del malo 

Los vecinos y los que antes le habían visto mendigar, se preguntaban: – « ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»  Unos opinaban: – «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»  El decía: – «Soy yo.» Ellos le dijeron: – « ¿Y cómo te fueron abiertos los ojos?» El respondió: – «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, y me ungió los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Conque fui y me lavé y veo.» Ellos le preguntaron: – « ¿Dónde está?»  El respondió: – «No lo sé.» El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió:  – «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»  Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» Otros replicaban: « ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces le dijeron nuevamente: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El respondió: – «Es un profeta.»  Sin embargo, los judíos no querían creer que había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:  – « ¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»  Sus padres respondieron: – «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» Los judíos lo llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: – «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»- «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.» Ellos le preguntaron: – « ¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» El les respondió: – «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?» Ellos lo injuriaron y le dijeron: – « ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»  El les respondió: – «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron:  – «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron afuera. 

La confirmación del discernimiento 

Oyó Jesús que lo habían echado afuera y, cuando se encontró con él, le preguntó: – « ¿Crees en el Hijo del hombre?» El respondió:  – « ¿Y Quién es, Señor, para que crea en él?»  Jesús le dijo: –  «Tú lo has visto; el que está hablando contigo, El es.»  Entonces exclamó: – «Creo, Señor», y se postró ante él. Y dijo Jesús: – «Para un discernimiento he venido Yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos.» Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con Él y le dijeron:  « ¿Es que también nosotros estamos ciegos? » Les dijo Jesús: – «Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen “vemos” su pecado permanece. » Juan 9, 1-41).

Contemplación

La subdivisión del pasaje es simplemente para identificar algunos “pasos” teniendo en cuenta que el Señor, al final, nos da una indicación para interpretar lo que sucedió realmente en la curación del ciego de nacimiento. Fue un discernimiento: Él vino para hacer un discernimiento.

Discernir es sinónimo de “ver” y también de “pensar”. Cuando uno ve borroso, sea por falta de luz, por lejanía, por miopía, presbicia o lo que sea, “no discierne”. Discernir es ver nítidamente cada cosa como es, con su forma y sus colores. 

Lo mismo sucede con el pensamiento: discernir es juzgar prudentemente, cada cosa como es, en su contexto y al ritmo con que se nos va mostrando. 

Hay muchas maneras de “juzgar” erróneamente la realidad. Puede ser por inadecuación de las ideas que usamos o del horizonte mental que tenemos, por apuro, por no tener en cuenta el contexto, por extrapolar ideas de un ámbito a otro, como cuando sicologizamos todo o lo espiritualizamos… 

El hecho es que cuando la realidad “no responde”, cuando “uno no entiende dónde está parado” ni “cómo tiene que actuar” es que está ciego: no está viendo bien las cosas, no está “discirniendo” la situación. 

Jesús dice que Él viene para discernir: y el primer discernimiento es entre los que no ven y los que dicen que ven, entre el ciego de nacimiento, que fue curado y los fariseos que se obcecaron en su ceguera. 

Queda claro entonces que el discernimiento – tanto de lo que vemos con los ojos como de lo que vemos cuando hacemos un juicio- es una cuestión de Luz y de ojos, de Luz y de juicios. Ojos y mentes que se dejan iluminar por la luz en la medida justa, siendo dóciles a la luz, abriéndose y concluyendo de acuerdo a lo que la intensidad de la luz les invita a hacer. 

El ciego curado es el mejor ejemplo. El evangelio nos muestra al proceso por el que, luego de ser curado (obedeciendo dócilmente al mandato de ir a lavarse a la piscina de Siloé), el exciego va dando testimonio a medida que le preguntan lo que sucedió. No se adelanta ni se echa atrás. Su testimonio va dando pasos: 

  • el primero es de sinceridad: “Dice lo que le dijo Jesús, lo que el hizo y lo que pasó: fui, me lavé y veo; 
  • el segundo paso es de fe: cuando lo apuran, responde con la teología que tiene y afirma que Jesús es un profeta;
  • el tercer paso es de valentía: no se echa atrás ante las amenazas y los argumentos de los fariseos y esgrime sus propios argumentos, inspirado ciertamente por el Espíritu Santo que está actuando en él y le “dice lo que tiene que decir en el momento oportuno”.

Son los pasos del discernimiento: 

  • sentir y reconocer lo que pasa y lo que uno siente, 
  • interpretarlo en la fe con la doctrina que uno ha recibido, 
  • jugarse con valentía por lo que en conciencia uno siente que es justo. 

Luego viene el último paso, que le toca al Señor, y que es confirmar lo que uno discirnió, eligió y por lo que se jugó. 

El discernimiento, en última instancia, no es de “cosas”, sino que consiste en “ver” -discernir- a Jesús, al que nos está hablando en medio de las situaciones que nos tocan vivir, el que nos da Luz y nos viene al Encuentro. 

Es importante “discernirlo” en el sentido de que se trata de verlo como Aquel a quien fuimos descubriendo con nuestros propios ojos y con nuestros propios razonamientos, Aquel por quien nos jugamos agradecidos porque nos curo la ceguera. 

Discernir a Jesús es mucho más que “verlo” como si lo viéramos por televisión o de lejos. Discernirlo es tener la conciencia de que lo “vemos” con la Luz con que su Persona misma nos ilumina y con unos ojos que desean verlo tal como es para decirle que creemos en Él y postrados adorarlo.

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Y qué tiene que ver esta contemplación espiritual con el Coronavirus. Para mí, mucho, porque que Jesús diga que Él vino para hacer un discernimiento es muy reconfortante en este momento, porque la pandemia de Coronavirus nos está obligando a todos a discernir a cada momento, pero lo está haciendo con una crudeza que pone en peligro esta misma capacidad de discernir y necesitamos ayuda. El que no discierne está ciego! Y el peor ciego es el que cree que ve.  

Jesús viene a hacer una separación entre los que no vemos (y como ciegos queremos ser curados y que nos enseñe a discernir por nosotros mismos-) y los que creen que ven y nos quieren imponer sus ideologías (económicas, sociales, políticas y religiosas).Jesús tiene, por tanto, algo en común con el Coronavirus, pero también algo muy distinto. 

Un virus que se convierte en pandemia nos hace discernir “despertándonos” a todos de muchos sueños. 

Del sueño del confort consumista, por ejemplo. Ahora nadie piensa en comprar cremas antiarrugas sino alcohol en gel y mascaritas. 

Del sueño de muchas ideologías que recogen información y luego, procesándola mediante algoritmos, nos dicen a cada uno lo que queremos escuchar.

El virus nos dice una sola palabra: “muerte”. La dice a todos, sin importar razas, credos, ideas, condición social… Esa palabra nos despierta y nos hace discernir que la realidad es una sola y que es común: todo está conectado. 

Solo que este discernimiento lo provoca con el miedo y sin “medida”. No nos permite “discernir” claramente toda la realidad, sino que nos abre los ojos a su crudeza en un punto decisivo -la enfermedad contagiosa y la muerte en aislamiento-. El riesgo es que una luz tan cruda siembre solo pavor y uno no logre procesar todas las demás cosas, que también son reales. 

Lo que ha hecho el virus es poner en el centro de la mesa – la de cada familia y quizás por primera vez la del concierto mundial de las naciones- un aspecto de la realidad que habíamos arrinconado: la muerte. No solo la de cada uno de nosotros, sino que nos hace experimentar comunitariamente la experiencia de que la humanidad entera así como ha nacido, morirá. 

Cuando esta realidad entra “existencialmente” en el centro de la escena, la vida cambia, las demás realidades se miden con esta, se relativizan y encuentran su lugar. 

El valor de la familia, por ejemplo, se ubica en el centro, no solo de cada miembro sino de la política nacional e internacional. Todos nos dicen que “permanezcamos en nuestra casa”. Solo que en este momento de pandemia, esto que todos naturalmente deseamos -estar con nuestra familia-, cobra un ímpetu exagerado y el problema del contagio nos empuja a un abismo social: hacia un aislamiento total que nos separa no solo de la familia, sino hasta de los que nos cuidan en terapia intensiva y de los que nos tienen que enterrar cuando morimos! Lo que se me impone a la reflexión es esta constatación: la naturaleza, en última instancia, no discierne. No hay matices ni piedad en el ímpetu dañino de un virus que saltó de otra especie e invade la nuestra, destruyendo todos los tejidos, comenzando por los de las células y siguiendo por el tejido social… 

Esto nos hace abrir los ojos a la realidad de que la naturaleza es “ciega” y por eso debemos respetarla. La podemos manipular, pero cuando desatamos sus fuerzas, avanza en la dirección hacia la que la obligamos a ir sin que nada la detenga. La naturaleza ha sido creada con un discernimiento interno a cada cosa y al conjunto que la ha vuelto capaz de que la vida -vegetal, animal y humana- haya nacido y viva en ella. Pero esto no significa que la podamos manipular sin respeto ni medida. Lo estamos experimentando ahora que la radioactividad se salió del laboratorio o que un virus saltó desde otra especie. Pero tenemos que aprender que el peligro es el mismo cuando emitimos gases tóxicos, deforestamos el Amazonia o experimentamos genéticamente.

Nosotros sí debemos “discernir” libremente lo que ya está discernido en el ser mismo de cada cosa.

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Paso a una “frase hecha” que se había impuesto en las argumentaciones a favor del aborto fue la de “disponer del propio cuerpo”. Una formulación de esta idea la hizo el Presidente Fernández en el Congreso: “En el siglo XXI toda sociedad necesita respetar la decisión individual de sus miembros a disponer libremente de sus cuerpos”. Se ve que la formulación ha sido ponderada. Abre una posibilidad de que se la complete. El Presidente eligió decir “necesita” en vez de decir “debe”. Puede ser mejor agregar, aunque parezca redundante: “toda sociedad necesita respetar -porque no puede no hacerlo- la decisión individual de sus miembros”. 

Esto necesitamos tenerlo claro también los que defendemos las dos vidas.

Vamos ahora a la segunda parte de la frase, allí donde especifica que esa decisión es “disponer libremente de sus cuerpos”. Aquí se impone agregar: “y por eso, como no puede no respetar esa decisión individual, cuando esta afecta al cuerpo social, la sociedad no puede no tratar de implementar medidas para evitar o minimizar lo más posible los males que se puedan derivar de ella”. Una medida es “no penalizar” la interrupción del embarazo. Pero también hay que tomar medidas que pongan límites al tiempo, a la repetición, a quién puede hacerlo y quién puede tener objeción de conciencia…etc.

Resulta digno de admiración cómo ha bastado el coronavirus para que las palabras “decisión individual a disponer libremente del propio cuerpo” suene distinto. Imaginemos que sale la gente a manifestar a la calle gritando “exigimos que se respete nuestra decisión individual a disponer de nuestro cuerpo”. Ni hace falta explicar que, más allá de la consigna, no se puede ni salir a la calle ni hacer manifestaciones masivas. Menos aún se puede hablar de “disponer libremente del propio cuerpo” si uno da positivo al coronavirus. Ese cuerpo debe ser aislado y pasa a depender de los criterios de seguridad que imponen los médicos. Porque este cuerpo -el suyo mismo, sus células, no una parte ni otro ser que se gesta en él- es portador del virus que contagia a los demás. Imaginemos solamente que alguien que no tiene síntomas pretenda discutir diciendo que afirmar que es “portador de un virus” es un concepto metafísico, dado que el virus todavía no se ha manifestado… 

Lo que deseo decir es que hay que cuidar los argumentos que se usan para justificar las cosas! Porque fuera del contexto ideológico en que se usan como slogans, pasan a ser argumentos peligrosos cuando se incluyen en una ley. Todos los argumentos que se usan en una ley -cuya esencia es cuidar el bien y evitar el mal- deben articular positivamente dos dimensiones del bien: la dimensión del bien particular -el propio cuerpo, por ej.- y la dimensión del bien común – el cuerpo de los otros y el cuerpo social-. Los casos en que se da conflicto se deben tratar como excepciones, formulando los argumentos de modo negativo. Por ejemplo: 

No se puede no respetar la decisión última del individuo. Pero esto vale tanto para la persona que quiere abortar como para la que pone objeción de conciencia. 

No se puede obligar a alguien a que no aborte, pero tampoco se puede dejarlo solo ni alentarlo a que lo siga haciendo, ni no ofrecerle que considere otras posibilidades… Y así…

Todo esto se tiene que articular de manera detallada y compleja al confeccionar un proyecto de ley. Simplificar los argumentos e igualar los casos en temas tan vitales es dañar el cuerpo social y, en consecuencia, el cuerpo individual de sus componentes. 

De la contemplación del discernimiento que vino a hacer Jesús pasamos a un discernimiento concreto en una bajada abrupta y sin muchas mediaciones. Pero estamos en tiempos de coronavirus y hay que discernir rápido y cortar por lo sano. Esta frase “disponer libremente de mi cuerpo”, si no se contextualiza socialmente, no va más. Especialmente si se la quiere cantar como slogan por la calle y ni hablemos si se la quiere integrar a los argumentos de una ley. Es una frase de ciegos que dicen que ven, una frase “pre-coronavirus”. Y no va más.

Diego Fares sj

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