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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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jesús de teresita“Su corazón anda lejos de mí…”: Un reproche sanador

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos de sus discípulos estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (Pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes) le preguntaron:
─ ¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?
Y Jesús les respondió diciendo:
─ Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:
‘Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.
Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres’.
Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:
─ Oiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre, entre en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola (enigma). Y les dijo:
─ ¿Así que también ustedes están sin entendimiento? ¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina.
Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:
─ Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque desde adentro, del corazón del hombre, salen los razonamientos retorcidos, la lujuria , los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la impudicia, el ojo envidioso, la difamación, el orgullo del aparentar demás y la insensatez. Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación
El centro del evangelio de hoy está en la frase que Jesús elige de Isaías, su profeta amado: “Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí.”
Es un reproche del Señor. Los fariseos le van con una cuestión legal y el Señor aprovecha para ir directo al corazón. Por eso decimos que se trata de un reproche; pero, para el que quiera dejarse tocar por su amor, es un reproche sanador.

El evangelio de hoy tiene su dificultad. Las prácticas de los fariseos están culturalmente lejos de nuestras vivencias y nos resultan ajenas sus discusiones en torno a la ley (sin embargo cada pueblo y cada institución tiene sus “internas” y sus discusiones interminables en torno a cómo se tienen que hacer las cosas).
Por otro lado, la primera impresión al leer la lista de pecados resulta dura; no nos cae muy simpático que el Señor no deje piedra sin remover y no de lugar para excusas.
El tema del corazón, en cambio, nos resulta atractivo. Es un evangelio duro pero franco. Para Jesús lo que no es de corazón es falso, no es auténtico, aunque se pueda discutir y tratar de defender.
El Señor quiere nuestro corazón. Y nosotros, por nuestra parte, tenemos verdadero deseo de interioridad, estamos sedientos de experiencias auténticas, sinceras, transparentes. Estamos hartos de las falluteadas, de las chicanas y del no compromiso. Necesitamos un ámbito seguro y confiable en el que podamos abrir el corazón y compartir nuestra vida.
Bien. A eso apunta Jesús. A él también le cansan las discusiones formales y legalistas de los fariseos. Le cansan porque gastan energías en justificarse cuando es Dios el que justifica y una vez justificados nos pone a trabajar con él para ayudar a que los demás tengan Vida.
Por eso a Jesús le encanta cuando encuentra gente de buen corazón: ellos son sus amigos y con ellos puede hacer maravillas.

En todos los ámbitos de la vida es lindo encontrar sinceridad y cordialidad. Pero cuando se trata de religión, de religarnos con Dios y con el prójimo en el Amor, nada que no sea de corazón sirve. Es más, si no se hacen las cosas de corazón la religión pasa a ser peor que el ateismo y el trabajo por los pobres, si no se hace con humildad de corazón, si no se rectifica sinceramente la intención cada vez que nos bandeamos para el lado de la vanidad o del individualismo, se convierte en algo retorcido. Como dice el adagio romano: “Corruptio optimi, pessima” ─ la corrupción de los óptimos es pésima (no solo mala ni peor que otras, sino pésima).

De aquí sacamos que la dureza del lenguaje de Jesús no es una dureza exagerada: el Señor está defendiendo lo mejor que tenemos: nuestro corazón. Y su defensa es radical y sin concesiones ni medias tintas. El es el defensor del corazón:
“Dios es mi fuerza, escudo mío,
en Él confió mi corazón y he recibido ayuda” (Sal 28, 7).

En primer lugar, el Señor defiende a sus discípulos, que, si bien habían infringido la norma de lavarse las manos para comer el pan, son atacados por los fariseos de mala fe. El que viene de mala fe, cuanta más razón tiene menos le hace caso Jesús. Jesús busca la vida plena de la gente. Su reino es un reino donde se puede vivir en plenitud. Las leyes del reino son para el hombre, para que crezca en una vida más digna y justa, no para que se hunda. Por eso el Señor, sin entrar a discutir el caso ni mirarle las manos a sus discípulos, contraataca a los fariseos y escribas con las palabras de Isaías, con quien tan bien sintoniza. “Este pueblo me honra de labios para afuera, pero su corazón anda lejos de mí”.
Uno puede leer esto como un reproche sanador, como una declaración de amor. El Dios de Jesús es un Dios que quiere nuestro corazón no nuestras prácticas externas. Y si sólo quiere mi corazón, entonces siempre hay esperanza, porque es algo que siempre puedo dar!

Ahí nomás aprovecha Jesús para declarar puros todos los alimentos. La razón que da el Señor tiene un alcance amplio: Jesús dice que los alimentos no contaminan porque no “entran” en el corazón sino en el estómago. Así ilumina el corazón como ámbito de libertad interior en el que se juega la relación con Dios.
Es que nada puede “entrar o salir” del corazón si uno no quiere, si uno no abre la puerta, si uno no elige. Por eso cuando a uno hace algo malo sin quererlo plenamente uno dice “perdón, se me escapó” “no quise decir eso”. Aunque uno lo haya dicho, uno reivindica para sí el derecho de adherir o no, en segunda instancia, a lo dicho o a lo hecho. Hay cosas que se nos escapan o que nos asaltan. Vienen de nuestro interior o entran en nosotros y a veces las recibimos o las llevamos a la práctica con mayor o menor grado de conciencia, pero de última no las queremos. Y lo que convierte a algo en bueno o malo no es sólo el consentimiento primero sino la reafirmación deliberada de lo hecho. Es ahí que algo “sale o entra” verdaderamente al corazón.
Esta zona íntima de la última decisión siempre permanece libre e incontaminada, y desde allí uno puede pedir perdón y ser perdonado, convertirse, cambiar, amar y ser amado. Hasta el último instante de la vida todo depende de esa adhesión del corazón.
Y a reivindicar y a proteger ese ámbito de interioridad vino Jesús y por defenderlo dio su vida.
Si algo fuera capaz de contaminarnos definitivamente y sin vuelta atrás dejaría de tener sentido la redención. Pero dado que ese ámbito siempre permanece intacto, vale la pena que el Señor se juegue entero para salvarnos. Para salvar a todos, para salvar al último, al más perdido, al peor de todos… La entrega total de Jesús tiene sentido porque existe este ámbito en el corazón de todo hombre: la capacidad de comprender el Amor sin condiciones y de adherirse a él de todo corazón, sea cual fuere el estado de pecado o de lejanía del Amor en que una persona haya caído.

El diagnóstico de Jesús, la lista de todos los males que salen del corazón del hombre, aunque parece pesimista es todo lo contrario. Uno puede pensar positivamente así: si todo eso salió de mí, tengo la medida de mi maldad y puedo encontrar, con la ayuda de la gracia y con la luz del evangelio, el punto exacto en que, tentado por el mal espíritu, “elegí” hacer o decir algo malo. (La mentalidad actual desplaza la conciencia de esta responsabilidad hacia ámbitos inconcientes o estructurales y nos priva del tesoro de “ser concientes”). Por eso, aunque sea duro, si puedo encontrar ese punto (ese chispazo de claridad que tuve) y hacerlo conciente, puedo también desadherir mi corazón de su afección a eso malo y adherirme con todas mis fuerzas al perdón del Señor y al bien que me propone.
Puedo también, por la clara conciencia que tengo del pecado, vislumbrar el bien al que se opone, la gracia que intenta obnubilar y corromper. Puedo hacer la contralista de los pecados que desagradan al Señor y descubrir, maravillado, qué lindas (y posibles) son las actitudes santas que le agradan.

Esa lista es lo contrario de lo expresado en los pecados que el Señor describe.
Podemos visualizarla así:
Jesús ama la Fe simple y rechaza los razonamientos torcidos.
El Señor leía los pensamientos a los fariseos y se los descubría en público sin respeto humano. En cambio, con mucha delicadeza, hacía que los que lo habían buscado con fe (como la hemorroisa) expresaran sus sentimientos íntimos en una libre confesión de fe y los ponía como ejemplo.

Jesús ama al que pone en Él su Esperanza y rechaza la insensatez de los que hacen proyectos sin Dios (Parábola del rico que había llenado sus graneros y planeaba pasarla bien sin pensar que es noche moriría)

Jesús ama la Humildad del que adora al Padre en secreto y rechaza el orgullo de los que desplazan a Dios del centro del corazón (como en la parábola del Publicano y del Fariseo).

Jesús ama al que se da por entero (como la viuda humilde que da sus dos moneditas) y detesta la avaricia del rico Epulón)

Jesús ama al que se compadece y perdona y detesta la maldad de los que son duros de corazón (como los que condenan a la adúltera)

Jesús ama la sinceridad y detesta el engaño.
Ama la limpieza de corazón y detesta la impudicia.
Ama la gratuidad y detesta el ojo envidioso (parábola de los que cobraron último y se enojaron).

Jesús detesta a los que difaman y acusan a los demás (los que miran la paja en el ojo ajeno) y ama a los que piden perdón y se acusan a sí mismos (los que miran la viga en el ojo propio).
Jesús ama pobreza y rechaza a los que adoran al dinero.
Ama la generosidad de Zaqueo y detesta el robo.
Ama a los que son compasivos (como el Buen Samaritano) y detesta la agresión y el crimen.
Ama la fidelidad y rechaza la traición y el adulterio.

Así, la lista de pecados se convierte en lista de gracias.
Esto es posible gracias a la mirada de Jesús, que va directo al corazón y desea corazones que anden cerca del Suyo.

Diego Fares sj

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IgnacioElegir de corazón lo que amamos

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,
había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió:
«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,
queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

Mi alma ahora está turbada.
¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?
¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo:
«Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»
Jesús respondió:
«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación
Estos pasajes de Juan son fáciles y difíciles. Fáciles porque uno va leyendo y encuentra frases muy profundas de Jesús que hacen bien. Algunas son duras, ─ como la del grano de trigo que debe morir para dar fruto ─, pero son tan ciertas que nos iluminan sobre la realidad de la vida.
Otras son increíblemente consoladoras, como lo que dice el Señor del Padre, que “honrará al que sirva a Jesús”. ¡Imaginémonos que el Padre nos honra a nosotros! Confieso que nunca había prestado bien atención a esta frase. Siempre me conmovió esa otra “el que me ama será amado por mi Padre”. Suena natural que el Padre nos ame como hijos. Y si amamos a su Hijo predilecto y somos sus amigos, más aún. Pero que nos honre! Que se sienta orgulloso de nosotros! Parece mucho. Y sin embargo… ¿no es la mayor alegría y el deseo más hondo de un hijo que su padre se sienta orgulloso de él, de su valía moral, de sus logros… ¿Y no es acaso el deseo más hondo del corazón de un padre este de poder sentirse orgulloso de sus hijos? ¿Acaso no viene precisamente de aquí ─ de este amor ─ el dolor profundo cuando los hijos actúan como el hijo pródigo o como el hijo mayor de la parábola y el padre sufre aguantando comportamientos y sentimientos de sus hijos de los cuales no puede enorgullecerse?
Decía que la narración de Juan es fácil y difícil. Es difícil porque el discurso se vuelve por momentos tan denso que uno siente que todas las palabras de Jesús tienen relación entre sí pero habría que hundirse en lo profundo de su Corazón para que tenga sentido lo que está diciendo. Porque comienza con que Felipe le dice que lo quieren ver los Griegos y el Señor sale con este larguísimo párrafo sobre su glorificación.

Bueno, luego de este rodeo, que espero nos haya puesto en clima, haciéndonos experimentar un poco de lo que habrán sentido Andrés y Felipe (como cuando uno tiene gente esperando una respuesta y el que tiene que darla se entretiene con un discurso larguísimo que no termina de responder la pregunta concreta de si los va a recibir o no), nos centramos ahora en el Corazón del Señor.

Siguiendo con nuestros “ejercicios para el corazón” el de hoy apunta a lo más propio del corazón que es “elegir”. Elegir de corazón lo que amamos. Esto es lo que hace el Señor y como lo explicita, podemos aprender del Maestro cómo “discernía” la voluntad del Padre en su corazón. En este pasaje podemos encontrar una de las fuentes de lo que en Ejercicios Ignacio llama un “proceso de discernimiento”.

El primer paso: el discernimiento parte de un hecho externo que resuena de manera especial en el corazón del Señor. Se trata de una decisión que tiene que tomar y que parece común: recibir o no en ese momento a los paganos que vienen a él. En esa decisión cotidiana se encierra, sin embargo, para Jesús La decisión más honda. El Señor está atento a los signos de los tiempos, como dice el Concilio, está atento a su Hora y lo que le informan Felipe y Andrés, acerca del interés de verlo que tienen los paganos, es para Jesús un toque de alerta: interiormente siente que “Ha llegado su hora…”.
Así sucede en nuestra vida. La vida está tejida con dos hilos, uno de textura ordinaria, que fluye unido al de todos los demás y se reconstituye cada vez que se anuda o se corta ─ la vida sigue ─; el otro es totalmente personal y único: es el hilo primordial (como en el cuento de Menapace) que tensiona todo el tejido desde los tironcitos que provienen de las manos bondadosas de nuestro Padre. Pues bien, en este hecho trivial, Jesús siente el tironcito hacia lo Alto del Hilo primordial que marca la hora del Padre, la hora de la salvación.

Esto causa turbación en su alma y el Señor explicita sus sentimientos (segundo paso).
En el lenguaje de los ejercicios esta agitación interior o turbación se llama “movimiento de espíritus”. No se trata de un sentimiento negativo ante algo inevitable, como cuando a uno le dicen que alguien está enfermo o falleció. Se trata de la agitación ante una decisión que hay que tomar. Tener que decidir genera lucha espiritual. Uno siente mociones encontradas que agitan su alma. Tenemos que decidir algo y eso nos conmociona. Animarse a sentir, darle tiempo a cada sentimiento contrario, ponerle nombre y confrontarlo son parte del proceso de discernimiento.
Jesús expresa su aguda agitación espiritual: “Mi alma ahora está turbada”.

Viene entonces un tercer paso, que consiste en juzgar (deliberando) esos sentimientos y mociones contrarias. Gandhi decía que “cuando uno se encuentra en el dilema de elegir, la cobardía dice ¿será esto seguro?. La política dice: ¿será rentable?. La vanidad dice: ¿quedará bien mi imagen? Y la conciencia moral dice: ¿es lo correcto?”. Cristianamente le podemos agregar otra pregunta, al Espíritu del Señor y suplicarle que nos muestre si este el tiempo de gracia oportuno y el modo que le agrada al Padre.
Jesús expresa este proceso del juicio mediante un diálogo interior, preguntándose a sí mismo:
─ “¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?”
A lo cual se responde con claridad de juicio:
─ “¡Si para eso he llegado a esta hora!”.

El cuarto paso del discernimiento (que es inmediato pero distinto del juicio que se realiza en la mente) es la adhesión del corazón a lo que se juzga como bueno en concreto y el rechazo de todo lo demás (malo o bueno en sí pero no en concreto para mí, aquí y ahora).
El juicio claro de Jesús sobre su misión, sobre lo que da sentido a su vida se convierte en una aceptación y elección libre de la Voluntad de Dios: “la pasión voluntariamente aceptada” como decimos en la Eucaristía.

Entonces el Señor se juega por la Voluntad del Padre y se lo manifiesta (quinto paso: manifestar pública y expresamente la decisión tomada como compromiso explícito – consentimiento matrimonial, votos…-):
─ “¡Padre, glorifica tu Nombre!”.
En el huerto dirá lo mismo con otras palabras:
─ “Padre, que se haga tu voluntad y no la mía”.

Viene entonces el último paso del discernimiento, que es la confirmación. El Padre allí lo confirma inmediatamente: se oye la voz del cielo que dice:
─ “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.
Jesús aclara que esta confirmación es “para nosotros”. Nosotros, además de la confirmación que uno pide y recibe interiormente en Ejercicios, es necesaria también la confirmación eclesial, del que nos acompaña en los Ejercicios y de la Iglesia, si se trata de una misión pública.

Rescatamos en todos estos pasos la importancia del juicio sobre la Hora, sobre el momento de gracia oportuno. Está presente en todo el discernimiento del Señor. Es lo que hace la diferencia entre un discernimiento puramente ético (lo correcto, lo que hay que hacer) y un discernimiento en Cristo. Mirar los tiempos (que es lo único que el hombre no puede manejar) implica estar constantemente atentos al evangelio y al Espíritu que nos da signos en el tiempo. Mirar los tiempos implica comulgar con el Padre en el momento presente, en lo secreto del corazón, muchas veces cada día.
Lo que trae paz a la hora de elegir es esta adhesión íntegra a querer lo que Dios más quiera, del modo que quiera y en el momento en que quiera.
Es muy lindo lo que cuenta Ribadeneyra del modo de rezar de Ignacio cuando tenía que decidir y determinarse en alguna cosa grave e importante.
“Siempre la consultaba primero en la oración con nuestro Señor, y la manera de consultarla era esta:
Desnudábase primeramente de cualquier pasión y afecto, que suele ofuscar el juicio y oscurecerle, de manera que no pueda tan fácilmente descubrir el rayo y luz de la verdad, y se ponía sin inclinación ni forma alguna como una materia prima en las manos de Dios nuestro Señor.
Después, con gran vehemencia le pedía gracia para conocer y para abrazar lo mejor.
Luego consideraba muy atentamente, y pesaba las razones que se le ofrecían por una parte y por otra; y la fuerza de cada una de ellas, y las cotejaba entre sí.
Al cabo volvía a Nuestro Señor con lo que había pensado y hallado y lo ponía todo delante de su divino acatamiento, suplicándole que le diese luz para escoger lo que le había de resultar más agradable a El”.

Diego Fares sj

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Nicodemo

Con el corazón ensanchado de Luz

Jesús dijo a Nicodemo:
«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado;
el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,
y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,
porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,
por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,
para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»
(Juan 3, 14-21).

Contemplación
Contemplamos hoy a Nicodemo el “discípulo oculto de Jesús”, el que lo visita de noche y no se adhiere públicamente al Señor hasta después de su muerte en la Cruz. Nicodemo tiene un corazón de esos “que aman más de lo que se animan a confesar”. Y aunque de afuera parecen más quedados, incluso poco comprometidos, la intensidad de su lucha interior hace que “el corazón se les vaya ensanchando”. Son de esa gente a la que les cuesta jugarse pero cuando llega la hora se dan con todo, sin calcular, sin mirar cómo queda su imagen: caen con cien libras de perfume, como cayó Nicodemo al velorio de Jesús. Cuando hasta los más amigos se escondieron, él se hizo cargo del muerto y sepultó al ajusticiado por blasfemo como si fuera un Rey. Nicodemo comulgó con el Cuerpo de Cristo ya en descomposición ─ pública y física ─. Salió a la luz, compartió la suerte del Rabbí a quien admiraba y seguía en secreto.
Quizás alguno habrá pensado “¿de dónde salió este?”; “con qué derecho viene ahora…?”. Lo que no sabe el que juzga así (el Padre que ve en lo secreto del corazón sí que lo sabe) es que el “ahora” de Nicodemo es un “ahora” que no dejó de madurar desde que sostuvo con Jesús aquel “coloquio nocturno en Jerusalen” (recordamos aquí este “testamento iluminador” del Cardenal Martini, que ha sido publicado hace poco).
Aquella noche (noche dichosa…, diría San Juan de la Cruz) en que Nicodemo fue a ver a Jesús y se quedaron charlando hasta tarde, el Señor le sembró una luz en el corazón. El Sembrador le sembró una semillita de su Luz y esta lucecita le fue ensanchando el corazón.
Ciento por uno se lo ensanchó.
De hecho Jesús le comunicó su Espíritu aquella noche, la semilla de su Espíritu y lo hizo nacer de lo Alto, lo hizo nacer de nuevo sin que Nicodemo lo supiera, como nosotros, cuando somos bautizados de chicos. Y este nuevo corazón fue madurando en la fe, en una lucha silenciosa aunque sin tregua, a medida que esa lucecita crecía. Bien podría hacer suyos Nicodemo, estos versos de San Juan de la Cruz:

“En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta (luz) me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
Quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.

En el diálogo con Nicodemo el Señor explica lo que antes hizo simbólicamente al expulsar a los mercaderes del Templo. Nicodemo es “Maestro en Israel”, y representa ese Templo anciano ─ ese corazón de piedra que es Israel, que es el hombre ─ al que el Señor purifica de todo comercio y lo reconstruye como corazón de carne, con su muerte y resurrección.
De toda la riqueza de evangelio de Juan nos quedamos con la imagen que usa Jesús de la Luz. El es Luz, una luz que ensancha el corazón. Porque hay luces que lo angostan (angustian). Como dice el Salmo:
“Tu Palabra Señor es la verdad
y la luz de mis ojos”.
La Palabra de Jesús es luz para los ojos del corazón.
Hay en cambio otras palabras que son tinieblas: esas ideas que con sus futuribles ensombrecen el corazón, esas ideas alimentando el resentimiento ciegan los ojos de rabia y oscurecen con sus obsesiones el entendimiento.

Jesús no. El nunca oscurece.
Es más, él no apaga ni la velita que apenas chisporrotea.
El Señor junta toda lucecita, por pequeña que sea, como junta las ovejitas perdidas del rebaño, como junta los pancitos que sobran de la eucaristía… Donde ve que se prende una lucecita de entendimiento y de fe en un corazón, el Señor entra inmediatamente en diálogo con ella y la alimenta con su Palabra, como una madre alimenta a sus hijos pequeñitos, o como un nieto que se queda explicándole pacientemente a su abuela algo de esas cosas modernas que a los adultos mayores les cuesta entender cómo funcionan.
Así conversa Jesús con Nicodemo, que no entiende cómo funciona esto de “nacer de nuevo y de lo Alto”. Sin embargo, ha tenido la humildad de venir a Jesús; se ha acercado a la luz. Y Jesús se lo valora, dice que el que se acerca a la luz es porque sus obras son buenas. “El que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios».
En las contemplaciones de esta Cuaresma hemos puesto en el centro de nuestra contemplación al corazón. En cada contemplación hemos practicado un “ejercicio espiritual” que ha tratado de afectar directamente a nuestro corazón, dejando de lado otros aspectos no tan esenciales de la vida espiritual.
Vamos a repasar hoy estos “ejercicios cordiales” acercándolos al fogón de este coloquio nocturno en Jerusalen entre Jesús y Nicodemo, para que la Luz del Señor ilumine las verdades contempladas y se ponga de manifiesto que son buena doctrina, obras buenas, hechas ─ ejercitados ─en Dios.

El primer ejercicio para el corazón consiste en bajar:
“descender con la mente al corazón”.
Este descenso se hace “hablando”,
pronunciando en voz baja Palabras esenciales que nos enseñó a decir Jesús:
Padre, te doy gracias,
Padre, Yo se que siempre me escuchas
Padre, todas las cosas son posibles para Ti…

Pronunciar estas palabras silencia la mente y aquieta el corazón.
En la mente las palabras son conceptos abstractos y pueden producir multitud de imágenes y hacernos “volar” la imaginación. Cuando uno “pronuncia” las palabras, como que la mente baja: la voz viene del aire del pecho, y sube a la garganta… La pronunciación en voz baja de las Palabras de Jesús hace bajar la mente a sentir el corazón. Y como son Palabras de Vida, que incluyen a todas las otras, las otras se adhieren a ellas y se acallan y el corazón se alimenta con el Pan de la Verdad que sale de la boca de Dios y es manjar sólido y no papitas y palitos salados…

El segundo ejercicio para el corazón consiste en subir:
Subir al Monte de la Transfiguración.
Aquí practicamos un ejercicio auditivo y otro visual.
Probamos escuchar (pronunciando las palabras en voz baja: “Este es mi Hijo, el predilecto. Escúchenlo a Él”) la voz del Padre.
Escuchando como quien lee los labios y repite una oración, la Voz del Padre nos dibuja rasgos del Rostro de Jesús. Lo sentimos a Jesús iluminado, lo vemos radiante y sonriente, lo experimentamos glorioso, gustamos su luz, nos sentimos apacentados por su cayado de Buen Pastor….

La subida a la mente, en cuya altura podemos imaginar sin disiparnos porque el rebaño de ideas está sujeto por la Voz del Padre y todas las ideas tienen los ojos fijos en Jesús, autor y consumador de la fe, es una subida en compañía de Jesús, una subida humilde y conducida. No hay temor a irse por las ramas y si uno delira un poco, como le pasó a Pedro, enseguida el Señor nos baja.

El tercer ejercicio para el corazón es doble: consiste en expulsar y re-centrar
El ejercicio consiste en “sentir los empujones del Señor”. Dejarlo que expulse a “los vendedores del Templo”, para sentir luego como se “sienta como en un trono sobre nuestro corazón”. Solo el Amor debe reinar en el centro del Corazón. Así, sentado en nosotros, el Señor reina, y nuestro corazón se aquieta y se centra en su humildad. Este ejercicio de “sentirlo” cómo asentado, puede hacerse también gustando su única ley. A veces nuestro corazón está inquieto porque recibe multitud de mandatos de la mente, mandatos que provienen de las exigencias y placeres del mundo exterior y mandatos internos que brotan de la culpa y del deber… El Señor simplifica todo y reina pronunciando un único mandamiento: el del Amor. Gustar este mandamiento es pronunciarlo diciendo:
“Escucha Israel, el Señor tu Dios es el único Dios.
Y tú amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu mente,
con todo tu espíritu
con todas tus fuerzas.
Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

El cuarto ejercicio para el corazón consiste en ensanchar
El corazón se ensancha cuando recibe la Luz del mandato de sólo amar. Este mandato imperado interiormente por el Espíritu, expande el corazón, lo hace respirar, le da un movimiento amplio y constante que llega con su ánimo a todos los rincones de nuestro ser y se convierte en oración y en obras de misericordia y de bondad para con los demás. Obras que dan fruto y fruto duradero: como dice la canción: “sólo el amor alumbra lo que perdura”.
Otras mandatos angostan el corazón, son mentiras o verdades a medias que con su tiniebla van achicando el movimiento del corazón, hasta obsesionarlo en torno a uno o dos puntos que le quitan vida.
La verdad, en cambio, así “practicada” y ejercitada por medio de estos ejercicios espirituales, nos hace vivir “con el corazón ensanchado de luz”.

Diego Fares sj

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Con el corazón en el centro de su humildad

Se acercaba la Pascua de los judíos.
Jesús subió a Jerusalén
y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas
y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,
junto con sus ovejas y sus bueyes;
desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas
y dijo a los vendedores de palomas:
«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:
“El celo por tu Casa me fagocitará” (Sal 69, 10).
Entonces los judíos le preguntaron:
«¿Qué signo nos das para obrar así?»
Jesús les respondió:
«Destruyan este templo y en tres días lo levanto (resucito).»
Los judíos le dijeron:
«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,
¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,
muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:
Él sabía lo que hay en el interior de cada uno.
(Juan 2, 13-25)

Contemplación
San Juan de la Cruz, en su “Subida al Monte Carmelo” tiene una serie de consejos para que:
El alma espiritual encuentre su quietud y descanso,
de manera tal que, no codiciando nada, nada le fatigue hacia arriba
y nada le oprima hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad.

Es en este centro donde nos queremos situar hoy, dejando que Jesús “expulse a todos los mercaderes del templo” que es nuestra alma, para que nuestro corazón pueda estar en el “centro de su humildad”.
Los dos primeros domingos de Cuaresma hemos seguido un camino descendente y otro de subida.
Descendimos primero al desierto de nuestro corazón para luego subir a su monte elevado; dos caminos a los que Jesús nos invita siempre y de manera especial en este tiempo de preparación de la Pascua.
Bajamos al silencio y a la soledad del corazón, allí donde no hay imágenes ni muchas palabras…; sólo las esenciales: Padre, perdón, te agradezco, intercedo, tú sabes que me considero tu amigo…

Subimos con Jesús, Pedro, Santiago y Juan, Elías y Moisés, al monte elevado, a lo más alto de nuestro corazón, allí donde se ve el panorama total de la vida y la mirada se ensancha en los horizontes grandes. Subimos a donde sopla el Viento de los valores puros encarnados en Jesús. Subimos con Jesús dejando que todo lo humano adquiera su perspectiva de pequeñez ante la belleza y majestad del Dios siempre Mayor (Deus semper Maior).

Y así como hay días en que uno necesita el corazón-desierto y tiene hambre de abajarse, de estar en soledad…
… así hay días en que uno necesita el corazón-Tabor y tiene sed de altura, de horizonte amplio, de viento y cielo…
y también hay días en que uno necesita el corazón-corazón,
─ el corazón en el centro de su humildad ─,
y tiene necesidad de paz,
de estar centrado,
de aquietarse en su propio centro y recentrarse en Jesús,
de latir al ritmo del Corazón del Señor
de sentir las cosas
y pesarlas
y sopesarlas como las valora Él.

Para ello ayuda la contemplación de hoy, en la que Jesús expulsa a los vendedores del Templo.
El Templo es nuestro corazón, ese lugar donde el Padre quiere adoradores que lo adoren en Espíritu y en Verdad.
Allí no tiene que haber ningún otro Dios.
Allí no tiene que haber ninguna actividad regida por las leyes de otros dioses.
Y como el dinero es “El ídolo”, la actividad mercantilista no tiene que ocupar el espacio del Templo de nuestro corazón.
Los negocios son por su propia naturaleza interesados, egoístas (incluso en el sentido bueno de buscar lo propio y luchar por la vida), y por eso mismo no deben estar en el centro de nuestro corazón.
El centro debe estar ocupado sólo por Dios nuestro Creador y Señor.
El centro del corazón debe estar ocupado sólo por el agradecimiento del Don de la vida y por el humilde pedido de perdón de los pecados.
El centro del corazón debe estar ocupado sólo por el vacío de la disponibilidad atenta a lo que Dios quiera en el momento en que quiera y no lleno de otras ocupaciones que nos impidan seguirlo apenas nos llame.

Las únicas monedas con que se negocia en el Templo del Corazón son los Talentos de oro o plata que el Señor nos confió ─ el Talento de la Fe, el Talento de la Esperanza, el Talento de la Caridad y los Talentos de la vocación, del carisma y de la misión de cada uno…─.
Los denarios con la imagen del César son para el César y los diez centavitos de la viuda son para la alcancía de los pobres.
En este espacio Jesús quiere que:
El alma espiritual encuentre su quietud y descanso,
de manera tal que, no codiciando nada,
nada le fatigue hacia arriba
y nada le oprima hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad.

Y aquí Jesús no negocia. Se apasiona, deja que “el celo por esta Casa de Dios lo devore, se lo fagocite, lo consuma”. Jesús se deja llevar por la ira ─ se recalienta ─ para defender este espacio y es capaz, Él que es tan manso y sereno siempre, de pegar latigazos y empujones, de ocasionar pérdidas y desparramos… Es que está defendiendo la vida misma de esos mercaderes, está derribando los valores falsos que impiden que los verdaderos ocupen su lugar.

En el mundo actual mucha gente nos empuja (basta subir al subte en hora pico),
de muchos lugares se nos expulsa o ni siquiera se nos permite acceder,
recibimos diariamente muchos guazcasos (agresiones de todo tipo que nos sacuden como un latigazo los ojos, los oídos y nos golpean el alma y a veces nuestra misma carne). Mal acostumbrados a tanta violencia quizás nos animemos con buen humor a aguantar un poquito sin miedo la vehemencia de Jesús. Estemos ciertos de que, aún pegando un cintazo, Jesús es tan certero que no hace daño sino a lo que nos hace daño y que, cuando empuja, es para que caigamos en los brazos del amor del Padre y no para que nos apartemos de él.

Hablaba al comienzo de San Juan de la Cruz. Entre sus consejos, el primero es el de “imitar a Cristo en todas las cosas”. Y para tener “los sentimientos de Jesús” nos invita a “descebar el corazón de objetos vanos y a apaciguar las cuatro pasiones naturales que son el gozo, la esperanza, el temor y el dolor.
Y en su esquema del Monte Carmelo puesto al principio de la Subida da una serie de consejos famosos. Podemos leerlos como si fueran “chirlos” de Jesús, que nos hacen sacar las manos de aquello que tenemos agarrado.
Podemos leerlas al ritmo de los empujones y desparramos que ocasiona el Señor, de ovejas, monedas y palomas, empujones no a nosotros sino a aquello que ha ocupado el centro de nuestro corazón, de manera tal que experimentemos el gozo de sentirlo de nuevo en el “centro de su humildad”.
(Antes de leer, para no empacharnos, ya que no se trata sólo de consejos morales sino de la mejor poesía de la lengua hispana y puede que nos quede grande tanto por el lado del bien como por el de la belleza, cuando leemos es bueno quedarnos con una sola de las frases ─ la que intuyamos que más nos cabe ─ y darle vueltas unos días…).
Dice San Juan de la Cruz:
Para venir a gustarlo todo (a Jesús),
no quieras tener gusto en nada;
para venir a poseerlo todo (a Jesús),
no quieras poseer algo en nada;
para venir a serlo todo (que Jesús viva en vos),
no quieras ser algo en nada;
para venir a saberlo todo (con los criterios de Jesús),
no quieras saber algo en nada;

Para venir a lo que no gustas (aún de Jesús),
has de ir por donde no gustas;
para venir a lo que no posees (de Jesús),
has de ir por donde no posees;
para venir a lo que no eres (y desearías ser por llamado de Jesús),
has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo (que te da temor),
dejas de arrojarte al todo (a Jesús que te dice no temas);
porque, para venir del todo al todo,
has de negarte del todo en todo;
y cuando lo vengas del todo a tener (a Jesús, tu Señor),
has de tenerlo sin nada querer;
porque, si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro.
“En esta desnudez halla el alma espiritual su quietud y descanso,
porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba
y nada le oprime hacia abajo,
porque está en el centro de su humildad”.

Estando así centrados en el centro de nuestra humildad podemos comulgar con Cristo y, en Él, con toda la realidad, con lo positivo y con lo negativo, con las alegrías y con las penas, sin que se nos adueñen del corazón. Porque el problema no son las cosas que nos pasan ni los sentimientos e ideas que tenemos sino el lugar que les damos en nuestro corazón.
Podemos estar descentrados tanto por exceso de comercio con angustias como por el exceso de comercio con ideales.
Se nos puede endurecer el corazón (como se endurecen los mercados, el merval y el dow jones, y la gente cuando hablamos de dinero) tanto si comerciamos la defensa ante las agresiones como si comerciamos la imposición de nuestros ideales. El evangelio es invitación y propuesta, no comercio ni imposición. Y los únicos “excesos” del Señor, sus únicas intransigencias, son precisamente contra los ídolos del dinero y de la hipocresía, que se apoderan del centro del corazón imponiendo sus negocios.
Cuando este centro está libre y centrado en su humildad, comulgando con el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, todo lo demás el Señor lo perdona, lo resucita y lo misiona con una bendición de fecundidad.

Diego Fares sj

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Descender con la mente al corazón

 

Al punto (apenas fue bautizado por Juan),

el Espíritu lo condujo a Jesús al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

 

El Espíritu condujo a Jesús al desierto.

Tras haber escuchado en su corazón la voz de su Padre diciéndole “Tú eres mi Hijo amado, el predilecto”, Jesús necesita estar solo y en silencio. Necesita estar a solas con esa Palabra amorosa del Padre en su corazón. Le hace falta la inmensidad del desierto para que la Palabra del Padre se expanda en su corazón humano, en el que están todos nuestros corazones, los corazones de todos los hombres y mujeres del mundo. Jesús necesita el desierto para beberse de un sorbo todo el Espíritu del Padre. Luego lo insuflará como Buena Nueva, como Evangelio, como Bienaventuranzas, como Espíritu de perdón de los pecados, como Eucaristía…   

 

Cuando en la Cuaresma se nos habla de ir al desierto, nos da un poco de miedo. Pero no hay que temer. Creo que ayuda unir la imagen del desierto con la del corazón. En la Biblia están unidos. Oseas hace hablar a Yahvéh que contempla a Israel y se dice: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16).

Ir a desierto (como ir a un retiro o hacerse un tiempo para rezar a solas, en silencio) es ir a que Dios nos hable al corazón.

 

Los monjes del desierto hablan de “descender al corazón” (H. Nouwen, El camino del corazón):

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior”.

 

¡Descender con la mente al corazón!

Ahí está el secreto.

En vez de salir proyectados al mundo de imágenes en lucha que produce nuestra mente, inclinarnos un poco y bajar con el oido a nuestro pecho para escuchar a nuestro corazón.

El corazón no habla. Late en silencio. Y cuando le prestamos atención, se acallan las voces y las imágenes de la mente y, por un momento, nos sentimos nosotros mismos. En ese silencio surgen algunas palabras. Suelen ser pocas. Las que nos definen. Las de nuestro amor.

 

¡Descender con la mente dentro del corazón! Si surgen muchos pensamientos, temores y angustias ─ las tentaciones ─ , descender un poquito más. Ir más hondo, a la fuente de donde brotan nuestros deseos. Ir a donde nos definimos por el amor y por la verdad. Allí donde el corazón dice mi verdad creatural: “Abba, Padre”, soy tu creatura. Soy tu hijo. Fuera de ti soy nada. Polvo. Soy vasija de barro en tus manos. ¡Padre Creador!

 

Descender con la mente dentro del corazón. Escuchar a mi corazón que dice mi verdad moral: “Misericordia, Señor. Jesús ten piedad de mí que soy pecador!”.

 

Descender con la mente dentro del corazón y escuchar la Verdad evangélica de Jesús, su Buena Nueva. Escuchar cómo nos dice: No tengan miedo. Les doy mi paz. Yo soy la resurrección y la vida…

 

Cuando tratamos de descender con nuestra mente dentro de nuestro corazón solemos encontrarnos con las fieras que suben. Nouwen dice que nos encontramos con nuestro yo compulsivo. Hay una zona del corazón que es difícil de atravesar. El impulso vital nos expele hacia fuera y ese impulso pone a nuestra mente a imaginar mundos de fantasía en los que luchan entre sí angustias contra placeres, miedos contra ilusiones, cólera contra avaricia… 

 

Pero más adentro, nuestro corazón está humilde y callado. Tiene pocas cosas, pero auténticas: los rostros de los que amamos más, las palabras de Jesús, la imagen de María… Nuestro deseo de ser buenos, de ser ayudados. El sentirnos pares con los demás, a gusto con la gente pequeña y sencilla. El gusto por el Evangelio, por la Palabra.

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior.

 

Antes de que Jesús “fuera al desierto” y lo llenara con su amor, el desierto era símbolo del corazón humano con su miedo a la nada y a la soledad. De ese miedo y de esa angustia brotan todas las compulsiones del corazón que, si no recibe amor, comienza a enojarse y a volverse avaro.

Jesús enfrentó y venció todas esas tentaciones (que en el fondo son miedo a la muerte) alimentándose sólo de la Palabra de amor que sale de la boca del Padre.

Con ese “Tú eres mi Hijo amado”, el Señor vence todo miedo y vuelve amigable todo desierto. Desde entonces “ir al desierto” es “descender con la mente al corazón”. Para escuchar esa Palabra da gusto “descender con la mente dentro del desierto de nuestro corazón” y estarnos allí, en compañía de Jesús, en el Reino del Padre que ve en lo secreto y ama a los que aman a su Hijo amado.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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