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Posts Tagged ‘corazón’

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.» 

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?» 

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.” No los sigan. 

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.» Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Asienten bien esto en sus corazones: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque Yo les daré lengua y sabiduría a la cual no podrán resistir o contradecir ninguno de sus adversarios. 

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a su capacidad de resistir (hypomoné) salvarán sus vidas.» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

El evangelio habla de “capacidad de resistencia” y su lógica se puede sintetizar teniendo en cuenta estos pasos: 1. La fortaleza se funda en la convicción de que nada creado es sólido por sí mismo (“no quedará piedra sobre piedra”): todo tiene principio y fin, el universo, la tierra, la vida humana. Por tanto, “somos creados”, como dice Ignacio en el Principio y fundamento. 2. Tener conciencia del misterio de que “todo es creatura”, hace 2.1. perder el control (cuándo sucederá, cuáles serán los signos), pero 2.2. nos libra de los temores (no se atemoricen) y 2.3. no permite que nos manipule ningún seductor: ni poderoso (soy yo) ni sabio (este es el tiempo). La conciencia de ser creaturas 3. nos centra en juzgar todo lo que nos acontece como oportunidad de dar testimonio de que Dios nos ama y nos cuida. 3.1. Sólo en Él nos confiamos (Él nos dará las palabras) y 3.2. allí resistimos con una resistencia del todo especial, que llamaremos “resistencia cordial”. 3.3. El Señor nos da la fortaleza de corazón para resistir. Mejor aún, su Corazón nos “encorazona”.

Un pequeño excurso sobre el lenguaje

En castellano tenemos una palabra que expresa la capacidad de enfrentar lo arduo y de resistir incluyendo “corazón”: esta palabra es “coraje” (“cor”). Decimos “tener coraje” pero no tanto “dar coraje”. Más bien usamos “dar ánimo” o “dar valor”. En italiano se usa “incoraggiare”. Una sola palabra que expresa “dar corazón al otro”. A nosotros “encorajear” no nos suena bien. Pero podría ir “en-corazonar”. Si nos fijamos bien, usamos la palabra para expresar lo contrario: “des-corazonarse” es habitual. Indica que se sacó o se salió el corazón de una empresa y eso hizo que se perdiera el entusiasmo y las ganas para ir adelante. Pero para la actitud positiva no tenemos una sola palabra, que sería  “encorazonarse”, sino que usamos una expresión: “poner el corazón”. Quizás se trate de un cierto pudor, al ver que a veces no basta para expresar positividad, porque tenemos conciencia de que nuestro corazón es flaco y vacilante y a veces no sabe a qué adherirse o no tiene fuerza adhesiva para no soltar lo que quiere… Decir “lo hice de corazón” no basta para justificar todo. Porque a veces el corazón sigue una idea equivocada o es blando o egoísta… No siempre “poner corazón” es sinónimo de “poner coraje” o de “resistir con coherencia”. 

Por otro lado, “encorazonar” se está usando, pero como neologismo para nombrar los “like”, los corazones en facebook. Indica una acción del corazón, que es “abrazar y rodear con amor algo que nos gusta”. Pero aquí se da el defecto contrario, si parece que da pudor identificar corazón con coraje y valentía, porque a veces el corazón es cobarde, pareciera que no hay problema en identificar corazón con “me gusta” y consentir a un uso superficial de un símbolo que debería ser sagrado.

Hacer de tripas corazón

Sin embargo, hay una expresión en la que la palabra “corazón” queda bien parada. Es “hacer de tripas corazón”. Cuando decimos “hacer una montaña de un grano de arena”, entendemos que se está exagerando. Cuando decimos “hacer de tripas corazón” estamos tomando las tripas en cuanto recipiente de la flaqueza y cobardía y el corazón como contenedor de la fortaleza y el coraje. Y hay aquí un discernimiento que juzga bien, creo yo, y hace ver que el corazón es la sede del coraje y que la cobardía no proviene de su sede sino que reside en las tripas. 

Es significativo que culturalmente usemos la expresión “poner huevo” o “tener pelotas” (ahora se usa también “tener ovarios” para emparejar géneros). Es decir, juzgamos que el coraje tiene que ver con las partes bajas. Pero estas son como son: o se tienen o no se tienen y este coraje genético, por así decirlo, no es modificable en sí mismo. Cada uno tiene un grado de valentía y cobardía propio escrito en sus partes bajas, dicho esto sin despreciar. Pero vemos y admiramos esos actos de heroísmo en los que alguien “hace de tripas corazón”. O poniendo el corazón logra imprimir a las tripas un coraje que por sí mismas no tenían. 

Encorazonados por Jesús

En este punto preciso es en el que nos situamos con el evangelio de hoy. En ese coraje, en esa valentía que nos puede ser impresa no por el nuestro sino por Otro corazón. El Corazón del Señor -que es puro corazón- es capaz de hacer de todas las tripas un corazón como el suyo. Esta operación que nosotros consideramos heroica y que se publicita como algo raro (aunque toda cotidianeidad de trabajo y de amor por la familia tiene mucho de este “hacer de tripas corazón), Él la puede hacer siempre, en todo momento y situación y es propiamente lo que nos cambia la vida. La valentía cristiana, la capacidad de resistir al mal, la gracia de levantarse una y mil veces y volver a ir adelante (así define Francisco la santidad) es algo que no proviene de nuestras tripas ni tampoco de nuestro corazón, pero sí puede ser recibido por él. Nuestro corazón es órgano abierto, no determinado genéticamente, y puede ser “encorazonado” por otro que nos traspasa su valor y nos contagia su ánimo y determinación.

La fortaleza y el ánimo cristiano no es cuestión de voluntarismo o de agallas, no está en poner huevos ni en encolerizarse ni en endurecerse. Hay una fortaleza que es propia del Corazón de Cristo y la infunde su Espíritu que se derrama en todo corazón que lo desea y lo acepta y se deja “encorazonar por Él”.

Esto es lo que el Apóstol Santiago expresa cuando nos exhorta: “Tengan grande ánimo y consoliden sus corazones porque la venida del Señor está cerca” (St 5, 8). Consolidar el corazón y que se llene de ánimo eso sería “encorazonarse”. Y es la cercanía del Señor lo que logra esta gracia, la promesa de su pronta venida, su compañía cotidiana, el contacto de amistad con él en todo momento, por la Eucaristía y el Evangelio, recibidos y gustados en la comunión y la contemplación.

San Pablo habla de estas cosas con palabras imborrables: 

“Nosotros nos gozamos en la gracia estribando en la esperanza de la gloria de Dios.  Y no solo eso, sino que hasta nos gozamos en las tribulaciones, porque sabemos que:

lo que nos angustia engendra la capacidad de resistencia, el coraje y la paciencia (hypomoné); y la capacidad de padecer, engendra aquilatamiento; y el aquilatamiento engendra esperanza, y la esperanza no defrauda,

porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado“ (Rm 5, 3-5).

Puede hacernos bien pensar que no es que se nos haya derramado el amor como si fuera solo una energía (que es el efecto) sino que es el Corazón mismo de Dios el que se ha trasplantado en los nuestros, ya que el Señor dice que “harán morada en nosotros”.   

También dice Pablo, en uno de los pasajes más consoladores del Nuevo Testamento:

“El Dios del coraje y del consuelo les conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Rm 15, 5).

Tener los mismos sentimientos equivale a tener un mismo corazón. O a emparejarlo con el del otro, de manera tal que latan al unísono y se comuniquen su dinamismo. Dado que el corazón es un órgano de pasaje, no algo que valga en sí mismo sino que vale en cuanto que late, al contagiar su latido comunica su mismo ser, que es pura acción de amar. 

El coraje del corazón es un coraje espiritual

No es un coraje desmedido, que en su ímpetu individual arrase con todo para lograr la victoria sin importar los daños colaterales. Nada de eso: es el coraje del Señor que en el camino a la pasión, sin soltar la Cruz, va derramando gestos de ternura y consideración con las mujeres que lo acompañan, con la Verónica, con Juan y su Madre. 

El coraje del corazón es distinto al del carácter. Más aún, se suele complacer el Señor en “encorazonar” con su valentía a los más débiles y pequeñitos, como vemos en toda la historia de nuestro mártires y santos, en los de altar y en los de “clase media” y, también diría yo, en los de la clase baja de la santidad, que es la preferida del Señor misericordioso, ya que Él los “encorazona” con infinita delicadeza y predilección. 

El coraje del corazón es el coraje de la caridad, la paciencia de la caridad. 

Es también coraje noble, que no se alegra por ningún mal y que ama todo bien, venga de quien venga.

El coraje del corazón no es momentáneo, sino que se extiende a lo largo de los días y de toda la vida. Es la valentía de abrazar la vida entera con todo lo que sucede y no un arranque de valor pasajero.

Este encorazonamiento, este ánimo y esta fortaleza para soportarlo todo y llevar adelante la misión se alimenta de Jesús. Pero no solo de mirarlo como ejemplo sino de mirarlo incorporando -encorazonando- su Corazón mismo. La oración que “encorazona” es una oración que va directo al Corazón, a la sede del ánimo y del coraje, y de allí toma no solo claridad respecto de lo que hay que hacer sino fuerza para hacerlo. 

Y aquí, paradójicamente, el mejor “recipiente” para atraer la Fortaleza del Corazón del Señor no son nuestras virtudes sino nuestras debilidades. Teresita lo sabía y por eso la primera paciencia que ejercitaba no era para con los demás sino para con ella misma.  

« ¡Qué feliz soy -decía- de verme imperfecta y tan necesitada de la misericordia de Dios! ».

Allí donde estamos “descorazonados” es el lugar preciso a donde dirige su mirada el Señor y, conmoviéndose como se conmovía al ver a los más humildes, pone Él su Corazón y nos encorazona: nos tiende la mano y nos levanta, nos dice tu fe te ha salvado; toma tu camilla y camina; de ahora en adelante, no peques más; sígueme; ánimo, no tengas miedo, soy Yo.

Teniendo a Jesús delante no hay duda de que lo mejor para presentarle, lo más claro y que se hace presente de manera inmediata, tantas veces por día, es nuestro corazón allí donde “nos descorazonamos”. Es precisamente el lugar donde sufrimos las insidias del enemigo para apartarnos de Jesús! San Ignacio diría: aprovechar que allí se desenmascara el enemigo y el ángel de luz muestra la cola de mono: allí donde nos descorazonamos podemos sentir claramente la diferencia de trato del que nos descorazona más y de Jesús, que nos encorazona.

Diego Fares sj

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            Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»  El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17). 

Contemplación

            “Denles de comer ustedes mismos”. Del corazón le nació al Señor esta frase como respuesta a la sugerencia de los discípulos de que “despidiera a la gente” para que cada uno encontrara por sí mismo algo para comer. Dar, no que cada uno se las arregle como pueda. Dar. 

            De aquí le nace al Señor la idea no solo de dar pan sino de darse. Es decir, de no solo multiplicar los cinco pancitos, sino de convertirse Él mismo en pan, de modo tal de conferir al pan “la multiplicabilidad propia de su corazón”. 

            Es algo muy humano esto de que el corazón es multiplicable. No se divide al amar a muchos distintos.

            En la Eucaristía el Señor toma la forma de pan y le da al pan la forma de su Corazón, en el sentido de que al darle esa propiedad que tiene nuestro corazón de “darse entero en cada gesto” -lo cual es propio del amor- convierte el pan en multiplicable. Multiplicable en cuanto “partible”. Como dice el himno Lauda Sion -uno de los cinco que compuso Santo Tomás en honor de la Eucaristía-: “Si lo parten, no vaciles/ sólo parten lo exterior/ en el mínimo fragmento/ late entero el Señor”.

            Hablando ayer en Radio María sobre el Corazón de Jesús me preguntaba Javier Cámara “por qué esta devoción particular”. Precisamente porque en el corazón en lo particular está el todo”. La pregunta “por qué” surge también frente al mandato del Señor de “comer su carne”, que la Iglesia convierte en el precepto de ir a misa y de comulgar al menos una vez al año. Si no entendemos la lógica del corazón, estos mandamientos y preceptos se devalúan y terminan por lograr el efecto contrario! Nada con más sentido que juntarse en familia los domingos. Pero si se convierte en algo sin corazón, meramente formal, nada con menos sentido.

            Por qué comulgar? Por qué la Eucaristía? 

            Preguntamos “por qué” y solemos limitarnos a respuestas abstractas, olvidando que hay “por qué” que no son abstractos sino que son históricos. 

            Por qué nuestra bandera es celeste y blanca? La elección está unida a una predilección de Belgrano, un hombre que dio su vida por la patria y que nos legó esa insignia amada. 

            La pregunta “por qué” nos hace entrar en este aspecto de nuestra fe cristiana que es el histórico: nosotros amamos y seguimos a una Persona y amamos las cosas que nos dejó, sus «signos» -los sacramentos- porque nos los dejó Él.  Amamos la Eucaristía porque nos la dejó Jesús. Y como lo amamos a Él, su palabra “hagan esto en memoria mía”, tiene un valor entrañable: es herencia de familia. 

            Me atrevo a decir que amamos la Eucaristía como amamos la bandera. 

            La amamos muchos más, por supuesto, pero en la misma dirección de cordialidad. 

            Mucho más, porque a la Eucaristía no solo la podemos besar, honrándola, sino que nos sentamos a la mesa como hermanos y la comulgamos. El Señor tiene ese poder de estar presente en los signos que deja no sólo simbólicamente, sino con una presencia real. Pero real en la línea de la realidad que tienen los corazones, que es mayor que la realidad de las cosas. 

            Un corazón no alcanza toda su realidad sino en el medio de otros corazones. Diría más, un corazón no es real sino amando y siendo amado por todos los corazones.

            La realidad de un corazón que ama se manifiesta, por ejemplo, en que «alimenta» al corazón del que lo ama con sólo hacerle saber que late al unísono.

            En esa línea, y más aún, el Corazón del Señor alimenta el nuestro cuando comulgamos con la Eucaristía. En el acto de consumirlo nos deja la huella viva de su latido que se mezcla, sin confusión ni división, con el nuestro.

            A mí me da devoción, al consagrar, meditar cómo el pan y el vino que comulgaré se convierten en la carne y la sangre del Corazón de Jesús. No son carne y sangre “en general” -esto es lo que maravilla -, sino carne que se entregó a la muerte y sangre que se derramó cuando el soldado atravesó con la lanza el costado del Señor. Y son también la carne y la sangre que volvieron a latir en el Corazón del Señor, cuando el Padre lo resucitó, en el glorioso instante en que su Corazón «arrancó» de nuevo. 

            Comulgamos con la carne y la sangre del Señor en los momentos concretos en que muere y en que resucita. Esto significa comulgar con la muerte y resurrección del Señor. Es que muerte y resurrección son algo que acontece (no solo “pasa” o “sucede”, sino que “acontece”) en primer lugar, en el ámbito del corazón. 

Como también acontece con la fe: que nace o muere en el corazón de las personas. Como el amor y la amistad…

            Entonces, por qué la Eucaristía, por qué este Pan del Corazón de Jesús? Porque allí arrancó todo históricamente, y por eso allí -comulgando con el Corpus Christi – se puede abrazar todo, toda la realidad, tal como es: a todos los hombres, todo lo que sucede.

            Así, la Eucaristía imprime su materialidad y espiritualidad cordial a todo lo que hacemos en la Iglesia. Comer la Carne y beber la Sangre del Corazón del Señor nos pone en comunión con todo el universo, con todos los pueblos, con todas las personas. En cada fragmento de la vida encontramos al Señor entero, podemos estar en cualquier misión particular con un sólo y entero corazón común, eclesial.

            Por eso es tan urgente comulgar, por eso es tan imprescindible. No comulgar equivale a dispersarnos, a diluirnos, como una familia que no se junta más en torno a la mesa común. Es bueno que cada uno haga su vida, pero reunirse cada domingo en torno a la mesa familiar es lo que da la identidad y la pertenencia que son el alimento del alma.

            En la fiesta del Corpus Christi renovamos nuestra comunión con el Señor haciendo el ejercicio espiritual de “someter el corazón por completo” al comulgar. 

            En el otro de sus himnos a la Eucaristía -el “Adoro Te, devote”-, dice santo Tomás: “Te adoro con devoción, Dios escondido,/ oculto verdaderamente bajo estas apariencias./ A Ti se somete mi corazón por completo,/ y se rinde totalmente al contemplarte.// Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; / pero basta el oído para creer con firmeza; / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:/ nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.

            El hecho de que el Señor no cambie las “especies” de pan y de vino al convertirlos en su Carne y en su Sangre, nos tiene que remitir intuitivamente a su Corazón. Él trata de alimentarnos material y espiritualmente, haciéndonos sentir su corazón sin agregar otro gusto al pan y al vino. Por eso es que el Señor quiere que permanezcan el gusto y la textura del pan y del vino: para no distraernos agregando “otro” gusto material. La eucaristía tiene gusto a pan y así alimenta un amor al que le “basta el oído para creer con firmeza todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.                                                                                       

                                                                                                                                                                                                                        Diego Fares sj

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“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él,

de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella,

mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino

y los pájaros se las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos,

y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra

y dieron fruto:

unas cien,

otras sesenta,

otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

– ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

Él les respondió:

– ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’.

Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Las parábolas son siempre nuevas para el que tenga oídos y quiera oir, como dice el Señor.

Estos oídos y este oír son algo complejo. No es que cualquiera pueda oír lo que el Señor dice. Sus palabras están literalmente escritas en el Evangelio y en las palabras que la tradición de la Iglesia conserva en las oraciones, en los cantos, en la liturgia de los Sacramentos… Pero para que esas palabras “den fruto” hoy, en la tierra actual de nuestro corazón y de nuestra vida como pueblos, se requiere una mediación.

Jesús lo dejó claro: “El Espíritu de la Verdad, cuando venga, los guiará en toda la Verdad, porque no hablará por su cuenta, sino que, de lo que oiga, de eso hablará, y les anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13).

Así, la totalidad de la Verdad –la Verdad íntegra- de la que habla Jesús, no está en los libros. Es una Verdad viva, una Palabra Viva que el Espíritu está escuchando con su Oído y nos la dice a nuestro oído. Esa Palabra Viva no es que Jesús la esté inventando ahora y diciendo cosas que se le ocurren. Jesús no es que “habla de cosas” o “desarrolla discursos” sino que lo que tenía para decirnos lo encarnó, es una Palabra hecha carne. Tiene por tanto los límites de la carne. Caminó por una geografía y vivió una historia, dialogó con su pueblo y sus discípulos, padeció en la Cruz y resucitó. La narración de los testigos de esta Palabra encarnada que tocaron con sus manos, contemplaron lo que hacía con sus ojos y escucharon con sus oídos, está contenida en los Evangelios. Contenida en una integridad apta para suscitar la fe: es decir, para suscitar la escucha de lo que dice el Espíritu acerca de esas palabras. Porque el Espíritu “toma de lo de Jesús”, es decir, “toma de su vida entre nosotros” y nos introduce en esa Verdad total encarnada, guiándonos paso a paso, anunciando el paso que viene.

Nada más lejos, pues, de una Verdad abstracta, enlatada en fórmulas, que interpretan sólo algunos que estudiaron filosofía de escuela y que discuten interminablemente usando términos ininteligibles que definen de manera distinta en cada escuela. Este envase formal de la Verdad tiene un gran valor a la hora de definir algo en torno a lo cual se suscita una discusión. La Iglesia, en los Concilios, escuchando todas las opiniones, a veces en directa confrontación, definió algunos dogmas de fe, con las mejores palabras con que contaba. Lo hizo “escuchando al Espíritu”. Al igual que lo hace cuando elige un Papa o cuando habla de las cosas de fe y costumbre en los distintos documentos –Encíclicas, exhortaciones apostólicas…- y en cada homilía. Pero cada una de estas palabras deben ser leídas y actualizadas en una nueva escucha del Espíritu. ¡Imagínese! Si el mismo Jesús dijo que muchas cosas que Él decía no las podían entender los suyos, sino que necesitarían de la ayuda del Espíritu, cuánto más todo el resto. Ni Jesús con sus más fieles encontraba la palabra justa para iluminarles la mente a los que tenía delante! Ni qué hablar de sus detractores y enemigos, que le pedían y exigían que definiera esto y aquello, si era lícito o no apedrear a la adúltera y pagar los impuestos al César (qué curioso, no, que ya en aquella época todo lo que más les interesaba a estos personajes eran cuestiones legales sobre sexo y dinero). El Señor les respondía con gestos (muéstrenme la moneda, a ver quién tira la primera piedra…), les contaba una parábola, les respondía con otra pregunta o directamente pegaba media vuelta y se iba.

Y las cosas que “ya se definieron según el Espíritu Santo”?

Es increíble que haya gente que siga buscando, en el cristianismo, palabras como “cosas” (definidas en una fórmula como si fuera que las enlataron) para arrojárselas en la cara a los demás. Amoris Laetitia lo dice: Algunos, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas para lanzarlas contra los demás” (AL 49). Por eso el Papa a ciertas personas no les responde como ellos quieren, con “ulteriores definiciones”. Una porque “Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 3). Pero otra razón es porque mucha de esta gente, apenas logra “una definición”, la usa como una piedra!!!  Lo vemos todos los días en la red, cómo las personas se arrojan verdades y palabras evangélicas como piedras, con odio y furor, para herir y denigrar al otro.

Si las cosas de Jesús tenían la dinámica de la encarnación (qué es la encarnación de la Palabra sino un darle tiempo a que crezca, como la semilla), la dinámica del Espíritu, cuando enseña algo, es la misma. Es una tentación (una más pero muy sutil y escurridiza, porque tiene apariencia de bien) querer “enjaular” al Espíritu en jaulas abstractas. Es como decir: Jesús se encarnó, le dio otra oportunidad a los pecadores, hizo excepciones a la ley en un momento para permitir que las personas se convirtieran y reemprendieran su camino… pero ahora, una vez que el Espíritu definió toda la verdad (y citan encíclicas y documentos) en este tema, ya no hay nada más que tocar ni que decir. Todo el esfuerzo del Señor por poner su Palabra en contacto con la vida, toda su creatividad para inventar sacramentos concretos que tocaran a la gente –como el agua que moja, el aceite que unge y el pan que se saborea y la señal de la cruz que perdona todos los pecados- todo eso es ahora empaquetado y su uso reglamentado. En algunos puntos, la reglamentación es como la de esas aduanas, que te dicen que tu paquete llegó, pero es imposible sacarlo del depósito. Algunos tendrán cuenta de las absoluciones y comuniones con nombre y apellido que dejaron en suspenso, guardadas para que no se manchen, siendo que el Señor quería que llegaran a sus hijos en un momento determinado de su vida.

Escuchar, por tanto, es escuchar lo que escucha el Espíritu. Que con un oído escucha al Padre y al Hijo y con el otro a la humanidad, el llanto de cada bebé que nace y el canto de cada enamorado, el gemido de cada persona que sufre y el grito de todos los pueblos.

Así se escucha la Palabra de Jesús, así se escuchan las parábolas: con los Oídos del Espíritu, que son Oídos de Amor, atentos a lo que dice Jesús –a lo que ha dicho en el Evangelio-, y a las preguntas de los hombres. El Espíritu escucha de manera práctica, orientando su escucha a la concreción en la vida. Por eso es Maestro, porque baja una enseñanza a la capacidad de los alumnos que tiene delante.

Este escuchar lo que escucha otro es la esencia de toda enseñanza en la que, tanto el maestro como el alumno están con el oído atento a la Verdad.

“El que tenga oídos, que oiga” es la frase que resume la parábola.

El que tenga tierra buena que reciba la semilla. Si la semilla es una metáfora de la Palabra, la tierra buena es nuestro oído.

Prestemos atención que identifica Palabra con semilla. Oír una semilla requiere tiempo. Lo que se desarrolla en la semilla es algo preciso y concreto –cada planta es única en su especie- pero se va manifestando en formas distintas: raíz, tallo, ramas, hojas, flor, y fruto, que es nueva semilla. No compara el Señor su Palabra con un producto humano, con un grabador, en el que cada palabra queda registrada en una cinta o en un soporte digital y sintetizada en sus elementos principales (dejando de lado todos los matices reales) puede ser reproducida en otro aparato. Sabemos que los aparatos actuales “comprimen” el sonido y uno escucha sólo un pequeño porcentaje de lo que sonó en la realidad. El Espíritu en cambio es todo lo contrario. No sólo registra perfectamente todo lo que la Palabra del Señor dijo –dice- sino que lo transmite fielmente con todos sus matices y potencia nuestro oído para que oiga cada día mejor.

Por eso el Señor quiso que su palabra quedara registrada en corazones –que tienen memoria imborrable y reconocen una voz a través de los años- y no escribió usando las palabras de su lengua. Sus Palabras escritas por Él hubieran corrido el riesgo de ser usadas como “objetos”. En cambio, cuando uno escucha a Alguien en vivo, lo primero que escucha no es cada palabra sino la fuerza y el tono de la voz que modula las emociones y los afectos e imprime en la inteligencia la contundencia unitaria de un mensaje. Uno siente que el otro anuncia un kerigma de conversión. Después vienen las palabras, una por una, y cada frase… Por eso es que los evangelios que canoniza la Iglesia son cuatro y tienen sus diferencias de palabras: porque el registro de La Palabra necesita de esta multiplicidad de registros para situarnos como en medio de varias voces que nos cantan lo mismo en distintos tonos.

“El que tenga oídos como tierra buena” se contrasta con otros tipos de oído, duros como el camino, pedregosos y superficiales o en los que resuenan otras voces, como yuyos que distorsionan la Palabra. Son las dificultades que no permiten que la Palabra eche raíz suficiente y crezca con fuerza y ganando altura para no ser sofocada.

“Que oiga”. Esta frase apunta al otro momento de la Palabra. Estamos ya en un oído fiel que es tierra buena, en la que la Palabra puede crecer. Pero ese “que oiga” revela que se puede oír más y mejor. Que algunos “oyen a medias”. La Palabra da fruto con distinta fuerza. Es la misma semilla, pero en algunos oídos da fruto en un ciento por uno, en otros en un sesenta y en otros en un treinta. Nuestra Señora es la que, lo sabemos porque lo sentimos al gozar de esos frutos, da fruto en un ciento por uno. También los santos, dan mucho fruto. Este “que oiga” tiene relación con el Espíritu, que es el que hace oír con fruto la Palabra. Y el fruto es a medias, es fruto de dos libertades: lo que el Espíritu libremente nos quiere dar y lo que nosotros libremente queremos dar.

Dar fruto tiene un sentido doble: dar en el sentido de producir y dar en el sentido de compartir. Dar en el sentido de producir, dependemos más de nuestra naturaleza y de lo que el Espíritu nos quiera hacer producir para bien común, como hace con todo lo suyo. Dar en el sentido de compartir, depende más de nosotros, del trabajo previo que cada uno haya hecho y de la generosidad que tenga. Qué pena no haberme preparado mejor para poder dar más! Siempre queda la alegría de ser fundamentalmente un pobre al que el Espíritu hace dar frutos ricos para los demás de su misma pobreza.

Diego Fares sj

 

 

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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Y junto con Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial,

que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lucas 2, 1-14).

 

Contemplación

La contemplación de Navidad debe ser sencilla. Porque la Palabra se hizo carne y entonces no tenemos que andar dando muchas vueltas para “bajarla a la realidad”. Porque ya bajó.

Más bien tenemos que partir de nuestra realidad, allí donde nuestra carne nos es más cercana: allí donde cada familia tiene a sus niños más pequeños, a sus bebés, los que han nacido en estos días; allí donde cada pueblo tiene a sus niños que vemos que sufren y necesitan ser atendidos inmediatamente, ya sea que se encuentren en una maternidad, en casa, en una barcaza en el Mediterráneo o en medio de un bombardeo en Alepo o en Mosul.

Como la Palabra se hizo carne y nació en un pesebre, hay que salir buscar los pesebres de hoy. No es complicado ni hay que buscar necesariamente los pesebres más lejanos o peligrosos. Por todos lados hay “pesebres”-situaciones precarias que sostienen la carne frágil de los niños-.

En realidad todas las situaciones de los niños son precarias, frágiles, necesitan constante atención y cuidado.

Y allí hay que ir. Con pañalitos para limpiar y abrigar, como la Virgen cuidando que las pajitas no pinchen al Niño. Con manos fuertes para consolidar el pesebre, como San José, con dos golpes que lo asientan y enclavijan bien.

Se pueden llevar también regalitos simples, como los de los pastores. O regalos más para elaborados y para el largo plazo, como el incienso o el oro de los Reyes Magos. Todo sirve.

Pero cada uno tiene que encontrar “su pesebre”, porque lo que la Palabrita que Dios tiene para decirle esta Navidad sólo la escuchará yendo a adorar allí y no en ningún otro lado.

Como la Palabra se hizo carne, el Evangelio hay que aplicarlo inmediatamente. Con un bebé –lo experimentamos- todo es “inmediatamente”: lavarlo, abrazarlo, amamantarlo, vestirlo, acunarlo…

Después la vida irá poniendo distancias entre la palabra y la acción. Al comienzo no. La carne requiere todo ya.

Y lo mismo pasa con la carne de los que tienen hambre, de los que tienen frío, de los que no tienen casa ni patria, de los que están solos: hay que atender su carne ya. No sirve hablar de problemas que vienen de antes ni de los plazos de la macroeconomía.

Eso es mentira.

Y la prueba es que las finanzas funcionan en un constante ya. Por eso es que el dinero se transforma en ídolo y es el estiércol del demonio. No porque vaya contra Dios en abstracto sino porque va contra el Dios que se hizo carne.   La instantaneidad del dinero –esa que hace que algunos ganen millones de dólares en segundos y otros no logren juntar un dólar y medio para entrar en el Indec como pobres en vez miserables-, roba el derecho a la instantaneidad que tiene nuestra carne cuando se ve en riesgo.

Porque en un instante se muere un niño, en un instante nace una vida.

Como la Palabra se hizo carne, habrá que arreglar las cosas de la carne, no las del espíritu. Lo que quiero decir es que no se trata de que nuestra carne haga una pausa y se vuelva un poco más espiritual, cantando algún villancico o elaborando alguna ingeniosa tarjeta de navidad.

Es totalmente al revés: de lo que se trata es de que nuestro espíritu se haga carne; de que nuestro espíritu, tan acostumbrado a “reflexionar” mirándose al espejo, vuelva la mirada a los demás; de que nuestro espíritu, tan despierto siempre para lo que le conviene a él, se abaje y se ponga a pensar cómo volverse más carnal en el servicio, en la misericordia y en la ternura.

Navidad es para que nuestra espiritualidad se encarne, no para que nuestra carne se espiritualice.

Pero para esto hay que salirse de esa discusión entre carne y espíritu y hay que entrar en el corazón. Entrar en nuestro corazón y en el de los demás, como quien entra en la gruta de Belén; sentir al Niño en nuestro corazón y en el de los demás, como recién recostado por su Madre en el pesebre.

La Palabra se hizo carne primero en el corazón de María y de José. Cuando se dice que María concibió primero en la fe, no se trata de una fe “mental” sino en la fe del corazón, allí donde se unifica la carne y el espíritu. Un corazón de madre y de padre intuye esto. Fuera del corazón, afirmar cosas como “la Palabra se hizo carne”, es algo muy extraño.

Si no ponemos el corazón, si no vamos al pesebre con el regalito de nuestro corazón en las manos, si no vamos a ponerle la oreja en el pecho para sentir cómo late su corazoncito (así dicen que rezaba el papá de Orígenes, después de bautizar a su hijito, poniéndole el oído en el pecho para escuchar a Dios en el latido de ese corazón), la Navidad termina siendo una fiesta muy extraña. Con algún plato de comida muy carnal y algún deseo de paz muy espiritual, con algún regalito muy carnal y alguna tarjeta con un pensamiento muy espiritual.

Si le ponemos el corazón, la comida, el regalito, el pensamiento y el deseo, serán palabra hecha carne. Pero carne como la del corazón!

Y todos sabemos –podemos sentir y gustar- que, cada uno en su corazón, es único y al mismo tiempo igual a los demás. Igual a todo ser humano. También a Jesús.

captura-de-pantalla-2016-12-24-a-las-8-53-08            Y gracias a él sabemos que nuestro corazón es igual al de nuestro Padre. E igual al corazón del más pequeñito recién nacido que llora reclamando a su madre (y también al corazón de los niños de Alepo, que como ven que lloran sus madres, ellos han dejado de llorar).

En el corazón no hay que separar las imágenes de los que sufren y las de los que ríen. Compartimos de corazón las alegrías y las penas, las esperanzas y los sufrimientos de cada corazón.

Padre Diego

 

 

 

 

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 En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo:

Conviértanse, porque se ha acercado el Reino de los Cielos”.

A Él se refería el profeta Isaías cuando dijo:

‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, Enderecen sus senderos’.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

“Engendro de víboras, ¿quién les enseñó a escaparse de la ira de Dios que se acerca? Den el fruto que corresponde a una conversión verdadera, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí, es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de sacarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3, 1-12).

Contemplación

Conviértanse! Conversión -metanoia- es la palabra preferida de Juan.

Una palabra, una misión: hacer que la gente se convierta a Jesús que viene.

Ese Jesús que viene después de Juan, que es más poderoso que él en Espíritu y al cual Juan no se considera digno ni de sacarle las sandalias de los pies para servirlo.

La conversión es un proceso, un camino y donde hay que poner los ojos es en Jesús.

De qué tengamos que convertirnos y cuánto nos lleve, depende de dónde esté parado cada uno, de hacia dónde esté orientada su mente, sus costumbres y cuál sea el tesoro de su corazón.

La conversión de las pasiones. Examinándome, veo que lo primero que resuena cuando escuchó conversión, es dejar algunos pecados que tienen que ver con lo más inmediato de mis pasiones: perezas, avideces, broncas. Son pasiones –en el sentido preciso de que las padezco, de que me mueven espontáneamente- que no obedecen fácilmente a Jesús. Las controlo hasta cierto punto, pero siempre están ahí. Y por eso mismo, porque no tenemos “dominio total” de nuestras pasiones, es que no son lo primero sino lo último que se convierte.

La conversión de la mente. Antes está la conversión de mi mentalidad, de mis ideas y modo de razonar. En este punto yo creo que mis ideas están más modeladas por las del evangelio. Gracias a los Ejercicios espirituales le he tomado el gusto a “pensar con los criterios de Jesús” y no con los míos. Por experiencia y gracias a la ayuda de buenos maestros, he aprendido a discernir las “falacias del demonio”, sus razonamientos torcidos, apenas se siente su “tufo” y su mal sabor.

Pero en este punto veo que hay una gran tarea ya que mucha gente piensa mal.

Hay quien piensa, por ejemplo, que si el Papa pone la Misericordia infinita del Padre por encima de todo y no “clarifica” los casos en los papeles, la gente se va a “confundir”.

Hay gente que piensa como pensaban los saduceos, que no creían en la resurrección, y le presentaban “casos” de libro al Señor. Casos como de la mujer que tuvo siete maridos, y querían que les clarificara qué opinaba sobre ese “caso”.

El Señor les dice que “están muy equivocados”, que los criterios de la resurrección son otros. Que Dios es un Dios de vivos, no de “casos de manual”.

Cuando le ponen delante una persona, como la pecadora, el Señor no opina sino que se involucra totalmente con la persona, pone en contacto su Misericordia con la miseria, como dice el Papa en la Carta Apostólica con que concluyó el Jubileo.

No me resisto a poner el primer párrafo:

“Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia».

Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

(…) La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo.

En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno. Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Misericordia et misera 1).

Estas palabras del Papa no solo son claras sino que son “luminosas”, y con el esplendor de la verdad del Evangelio nos marcan “el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”.

Sus enseñanzas son magisterio y sana doctrina y nos ponen en contacto “con la “verdad profunda del Evangelio”. “Todo se vuelve claro, se revela, en la Misericordia; todo se resuelve –se juzga de manera justa y sabia- en el amor misericordioso del Padre”.

La conversión del corazón. Llegamos así a la conversión del corazón, que es la que cuenta. La conversión de las pasiones y la conversión de las ideas siempre están “a medio hacer”, no son cosas de las que uno pueda decir que ya está convertido, ni en las que uno se pueda sentir totalmente seguro. Cuando uno domina una pasión, el demonio comienza a trabajarlo en otra… Y con las ideas, siempre surge alguna deslumbrante que –como ángel de luz- fascina a veces nuestra mente y tenemos que estar atentos porque no son ideas “malas” y que lleven a algo directamente malo, sino que suelen ser ideas “alternativas”, que llevan a algún bien, pero menor o distinto del que el Señor quería para nosotros.

Es siempre la misma lucha: los paganos tenían que convertirse de los “ídolos” y los judíos de la dureza de la “ley”.

El Señor, sin desatender estos ámbitos de conversión, apunta directo al corazón. Él entabla un diálogo sostenido en el que el tema es sólo y en primer lugar “el corazón de la gente”, de cada persona y de su pueblo, porque, como dice siempre Francisco: los pueblos tienen un corazón y se lo siente latir en su cultura.

Uno no puede convertir totalmente sus pasiones ni sus ideas pero sí puede convertir enteramente su corazón. Como decía aquella religiosa amiga de una amiga: Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy.

Y a propósito de todo esto, les comparto algo muy lindo que me contó esta amiga religiosa, – es misionera en el Congo y está haciendo el mes de Ejercicios en la vida cotidiana-:

“Te cuento ahora –me escribía- algo muy bello. Aquí hoy hemos tenido una sesión de 8 a 13, que continuará el próximo sábado, para los alumnos de los dos últimos cursos, de las 4 escuelas secundarias de la misión. Era un grupo de 109 alumnos y alumnas. El tema es la educación afectivo-sexual. Ha ido muy, muy bien y eso les ayuda a crecer y formarse bien. Lo damos un matrimonio comprometido, 2 sacerdotes y 2 religiosas.

Tenías que ver la cara de una chica de 20 años (la conozco bien) que estudia en un Instituto vecino y que ha participado en la formación. Lleva ya un aborto y dos embarazos con 2 hombres distintos… ahora estudia 5º de Secundaria. Su cara cuando ha oído que nunca está todo perdido, que aunque se haya perdido la virginidad del cuerpo se puede recuperar la del corazón, que a pesar de la magnitud de nuestros errores y pecados Dios no puede sino perdonar y que nos llama a ir adelante… por esa cara que ha recuperado la luz y la esperanza yo daría una vida entera y mil más.

El día que veas al Papa Francisco, cuéntaselo! Eso es la Misericordia.”

La conversión del corazón, sólo Jesús la consigue. Ese es el Bautismo del Espíritu. Un bautismo del corazón. Un sumergir el corazón en su agua bendita que lo limpia todo. Un dejar que por el camino Jesús nos lo vaya “bautizando” con su modo de contar las cosas que pasaron, y caigamos en la cuenta y nos digamos, como los discípulos de Emaús: “acaso no ardía nuestro corazón por el camino mientras nos hablaba?”.

La conversión del corazón es solo un “sí”, como el de María; un “que se haga” –eso es el corazón-, un hágase según tu palabra, a tu modo y a tu medida, cuando quieras y como quieras.

La conversión del corazón es  dejar algo, como dejaron las redes los primeros cuatro discípulos: así como estaban, lo siguieron. Eso es el corazón.

La conversión del corazón es seguir una corazonada, como Zaqueo, como la hemorroisa, como Bartimeo, como Pedro y Juan corriendo al sepulcro, como María Magdalena que no se quería ir. Una corazonada, eso es el corazón.

La conversión del corazón es una certeza que toca fondo, como la del hijo pródigo. “Me levantaré y volveré junto a mi Padre”, eso es el corazón.

La conversión del corazón es tirarse de cabeza, como Brochero tirándose al río agarrado de la cola de su mula Malacara y es también una rutina cotidiana, como el pasar del cura con la pata entablada, al tranco de mula, frente a los ranchos de la gente que sale a pedirle la bendición, mientras va fumando un chala rumbo a una viejita que lo espera para la confesión.

La conversión del corazón es inmediata, es un “encantado patroncito” como el de Hurtado. ¿Recuerdan? Aquel día en que un estudiante jesuita había viajado a Santiago con una lista inmensa de encargos y al llegar, no va que se topa con el Padre Hurtado y espontáneamente se le ocurre pedirle la camioneta. Hurtado sacó ahí nomás las llaves del bolsillo y se las dio con su mejor sonrisa diciendo: “encantado, patroncito“. Apenas partió el joven en la camioneta, San Alberto salió a hacer sus numerosas diligencias de aquel día en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”, dice el cronista. Nosotros decimos que eso es “el corazón”.

La conversión del corazón es una sed de amor y de almas, como esa que “de una manera que nunca podrá explicar, se apoderó del corazón de la Madre Teresa, y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida”.

La conversión del corazón es un sentir la Palabra de Dios como un lapicito que escribe las cosas suavemente y con linda letra en esa superficie tierna del alma que llamamos “nuestro corazón”.

La conversión del corazón es una decisión, como la que tomó Teresita, el día en que “se olvidó de sí misma -de su hipersensibilidad para con los afectos de los demás, que hacían que se le estrujara el corazón- y fue feliz”.

La conversión del corazón es ponerle, a cada miseria, la firma de la misericordia, que es la única que no necesita “aclaración”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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 Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió:

«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación

La “antiparábola” de la viuda que se casó siete veces debió parecerle muy ingeniosa a los saduceos. Ingeniosa como es ingenioso el mal, cuando quiere ser cruel, burlarse y herir. Sin embargo es patético que alguien ponga toda su inteligencia para burlarse de Alguien como Jesús, en vez de preguntarle humildemente acerca de un tema tan grande como el de la resurrección. La resurrección de la carne –que el Señor nos resucitará con toda nuestra historia, esa que se graba en nuestra frágil carne mortal- es el misterio de la Vida mismo y no puede ser tratado irónicamente ni con silogismos ingeniosos. Que no la podamos “demostrar” científicamente como se muestra la energía que se enciende en nuestro cerebro cuando pensamos y amamos, no significa que tengamos que desarraigar esta esperanza que habita de alguna manera en nuestro corazón.

Toco aquí la palabra corazón y me viene lo más hondo que he leído en mucho tiempo. Es de Romano Guardini y lo dice describiendo a Stavròghin, un personaje de su obra “Los demonios”:

“Stavròghin no tiene corazón; por eso su espíritu es frío y vacío y su cuerpo se intoxica en una pereza y sensualidad bestial. No tiene corazón, por eso no puede encontrar íntimamente a nadie y nadie se encuentra verdaderamente con él. Porque solo el corazón crea la intimidad, la verdadera cercanía entre dos seres. Solo el corazón sabe acoger y dar una patria. La intimidad es el acto, la esfera del corazón. Stavròghin está siempre infinitamente lejano, incluso de sí mismo, porque interior a sí el hombre sólo puede serlo con el corazón, no con el espíritu. El hombre no tiene en su poder el entrar en la propia interioridad con el espíritu. Por eso, si el corazón no vive, el hombre es un extraño para sí mismo”.

            Sin enredarnos en muchas distinciones, lo que me iluminó como un rayo es esa frase de Guardini que afirma que, a la intimidad, se entra de corazón o no se entra.

Esto es para todos los que se hacen lío con los razonamientos y cuando algún Saduceo moderno da cátedra sobre la evolución, sobre la química del cerebro o sobre la materia, se confunden y dudan de lo que dice el Evangelio porque les parece que es poco científico.

Nuestro corazón es ese misterioso “corazón” (iba a decir “lugar” o “centro” pero es una palabra primordial, no hay otra palabra para decir corazón que “corazón”) donde laten al unísono lo que llamamos espíritu y lo que llamamos carne. No somos “espíritu y carne”. Lo que somos sólo lo podemos saber si entramos en nuestro corazón y si lo hacemos de corazón.

Si entramos allí donde “latimos”, donde somos amados y amamos.

Si entramos allí donde sabemos si somos amados o no.

Si entramos amando “de todo corazón”, como decimos.

Cuando Jesús dice que Dios es un Dios de vivientes, está diciendo que Dios es Dios de los corazones. Sin corazón un cerebro puede ser reemplazado por una computadora, porque no tiene capacidad de “decidir por amor”. 

Confesiones de un Saduceo (2007)

Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…

Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.

Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).

Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…

La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.

Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas sobre las que ellos discutían interminablemente…

Pero lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos.

Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello, nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?

La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.

Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”.

Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se dé por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.

Ahí me di cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús.

Cualquier cosa que él dijera, estaba bien.

No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía.

Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón.

No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera.

Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran.

Sin apuro por dar fruto…

Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna…  

Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.

¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión.

Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando.

Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.

No sé si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.

¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo!

Y distinto a la vez.

Y no es que le brillara ninguna luz especial.

El Dios vivo estaba en sus Palabras.

Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban.

Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer,

limpiaba el alma como un viento fuerte,

regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña.

Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!

Desde entonces creo en él.

Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos.

Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante.

Creo todo, porque lo dice Él.

Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

 

 

 

 

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pecadora-ungir-pies-jesus-perfume-lagrimas 

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». Pero Jesús le dijo:

– «Simón, tengo algo que decirte».

– « Maestro, dime,», respondió él.

– «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?».

Simón contestó:

– «Estimo que aquel a quien perdonó más».

Jesús le dijo:

-«Has juzgado bien».

Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:

– «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que le han sido perdonados sus numerosos pecados porque ha amado mucho. En cambio a quien poco se le perdona, poco ama». Después dijo a la mujer:

– «Tus pecados te son perdonados».

Los invitados pensaron:

– «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?».

Pero Jesús dijo a la mujer:

– «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes (Lc 7, 36-8, 3).

Contemplación

En un acontecimiento sin precedentes, el Papa Francisco nos dio un día de Ejercicios Espirituales a los sacerdotes y a los seminaristas de todo el mundo. Como dijo un periodista: nos habló “con el tono afectuoso de un sacerdote muy veterano que habla con sus compañeros más jóvenes”.

Al comienzo, en la introducción, pronunció una frase que impactó: “El receptáculo de la misericordia es nuestro pecado”. Aquí  el Papa levantó la mirada de la hoja, como hace siempre que quiere remarcar algo, y dijo: “Repito esto, que es la clave de la primera meditación: utilizar como receptáculo de la misericordia nuestro propio pecado”. En realidad, es la clave de las tres (que se pueden leer en la página del Vaticano).

El pasaje de hoy de Lucas, está emparentado con el de la mujer adúltera de Juan, que el Papa contempló tan bellamente en la tercera meditación. Allí decía “Siempre me conmueve el pasaje del Señor con la mujer adúltera: cómo, cuando no la condenó, el Señor «faltó» a la ley; en ese punto en que le pedían que se definiera —«¿hay que apedrearla o no?»—, no se definió, no aplicó la ley. Se hizo el sordo —también en esto el Señor es un maestro para todos nosotros— y, en ese momento, les salió con otra cosa”.

El Papa hizo ver cómo Jesús “Inició así un proceso en el corazón de la mujer que necesitaba aquellas palabras: «Yo tampoco te condeno». Con la mano tendida la puso en pie, y esto le permitió que se encontrara con una mirada llena de dulzura que le cambió el corazón”.

En ese proceso que se inició allí, entre el Señor, que se hizo el tonto hasta que se fueron todos, y la mujer, a la que le dio la mano para que se pusiera de pie, Francisco señaló dos espacios libres que el Señor nos abre: “uno es un espacio libre de condena –el espacio de la no condena, lo definió; el otro, el espacio libre de pecado –el espacio de “en adelante no peques más”.

En este espacio libre que es propiamente lo que llamamos “el reino de los cielos (es linda la imagen del cielo como un espacio donde reina la libertad) surge otro espacio que tiene que ver con el perfume: es el espacio del amor, un espacio que rompe el frasco y llena con su aroma toda la casa. Es el espacio de la creatividad del amor que suscita la presencia de Jesús en la casa y en la historia. Esa creatividad que inunda el alma de las santas y de los santos y los impulsa irresistiblemente a inventar obras de misericordia y de fiesta alegrando con sus iniciativas la vida de la Iglesia e iluminando al mundo para que crea que Dios es nuestro Padre y que Jesús nuestro Salvador.

Podemos imaginar, uniendo a la “mujer adultera perdonada” del evangelio de Juan con la “mujer pecadora que se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume”, del evangelio de Lucas, que era una sola, la misma y que esta idea de ir a ponerse detrás de Jesús, de llorar a sus pies y de bañarlos con sus lágrimas, de secarlos con sus cabellos y de cubrirlos de besos y ungirlos con perfume”, fue algo que nació en su corazón una vez que se sintió viviendo en el espacio libre de condenas y pecado. Esto de agarrar su frasco de perfume –el que se había guardado quizás esperando a alguien especial- e ir donde Jesús, indica que el proceso que inició en su corazón el perdón del Jesús, ella lo continuó sola. Y es conmovedor cómo se transforma siendo ella misma. No es que se viste de negro y con tul como las actrices famosas cuando van a ver al Papa. El Señor la ha transfigurado desde adentro y con los mismos gestos y perfumes con que antes seducía ahora simplemente ama con todo el corazón. El amor purifica la intención y todos sus gestos –lágrimas, besos, caricias y perfumes- son santos. No para la mirada del fariseo, por supuesto, pero sí para Jesús que se da cuenta de que es un malpensado y lo evangeliza (nos evangeliza) con la parábola de los dos deudores.

Aquí entra la clave que nos da el Papa para contemplar no solo esta escena sino cómo es la Misericordia que trae Jesús al mundo y que derrama en infinitos receptáculos hechos de pecados perdonados.

Intuitivamente vamos al corazón y decimos que la Misericordia de Dios es como el perfume de la pecadora. La Misericordia es ese amor hecho con las sustancias perfumadas de Dios que rompe el frasco y unge los pies de Jesús indicando que es el Predilecto y que a Él tenemos que acudir si queremos ser perfumados por esta Misericordia infinita.

Que el receptáculo de la misericordia es nuestro pecado lo vemos misteriosamente al contemplar cómo la pecadora es la misma de antes y está totalmente renovada. Si ayuda podemos decir que la santidad es todo lo contrario de “vestirse de santa” o de “cambiar de vida” en el sentido de que ahora uno va a la Iglesia en vez de a la discoteca.

Aquí hay que decir lo que nos decía el Papa del “no peques más”. El decía que cada uno lo tiene que escuchar de manera muy personal. Porque no es un “no peques más” mirando a la ley, que es general, sino mirando a Jesús y a la relación única que cada uno tiene con él. Lo mismo vale para el perfume: para comenzar a poblar de obras de misericordia el espacio libre que nos abre el Señor, cada uno tiene que oler su perfume y descubrir su carisma. Por eso cada congregación religiosa viste un hábito distinto. No distinto a los vestidos del mundo sino distinto a los de los otros carismas. Distinto en el sentido de un detalle único que da el toque personal al vestido común de la caridad.

Así como Pedro siguió oliendo a pescador, porque cuando tenía un rato se iba a pescar, la pecadora siguió oliendo bien, a perfume que no se olvida. Esto es indicio nomás para que cada uno medite dónde recibe la misericordia. Si uno la pone en un recipiente distinto que el de su pecado, esta no obra efecto. Es como ponerse el alcohol donde uno no tiene la herida…

La misericordia va puesta sobre el pecado. Porque donde pecamos, allí es donde amamos. Mal, pero amamos. Digo amamos, porque no nos cuidamos, porque nos jugamos y salimos de nosotros mismos, aunque sea de manera egoísta. La misericordia va allí donde tenemos guardada la ira, la vanidad, la pasión de poseer, el deseo de gozar. Ese es el receptáculo. Cuando algo o alguien toca nuestras pasiones, “saltamos”, salimos de nosotros mismos, nos dejamos llevar por la ira, decimos, o nos arrastra irresistiblemente el deseo o nos mueve la ambición. Lo importante no es tanto lo bueno o malo en sí mismo de estas pasiones sino que son reales, en ellas nos “sentimos” a nosotros mismos y nos “movemos” por nosotros mismos, mostramos nuestro carácter, lo que de verdad nos importa, consentimos a ellas. Allí es donde la misericordia obra sus efectos maravillosos, porque aprovecha esto tan propio nuestro que es “salir” de nosotros mismos a buscar un objeto amado y nos hace encontrarnos con los ojos del Señor.

Imaginando el comienzo de esta escena, me gusta pensar que antes de que la mujer se “colocara detrás de Jesús”, hubo un cruce de miradas entre ella y el Señor. O de pensamientos, si prefieren, como el que Lucas nos dice que hubo entre Jesús y el fariseo, al que le leyó lo que estaba pensando. Entre la mujer y Jesús se dio un entendimiento de corazón que hizo posibles todos los gestos de ella: presentarse en la casa del fariseo con su frasco de alabastro lleno de perfume, acercarse al Señor en medio de todos los comensales y ponerse a sus pies…

Ya aquí se puede uno imaginar que el entendimiento de corazón fue mutuo porque se deben haber mirado. Ella debe haber buscado al Señor con su mirada y habrá encontrado aprobación en los ojos del Señor, si no, no se hubiera animado a acercarse. A veces uno apura la escena y la mujer aparece como tomando la mesa por asalto. Pero si en esta escena el Señor reina como el que lee los corazones, inmediatamente uno se da cuenta de que apenas entró la mujer en la casa, el Señor debe haber levantado la mirada.

El espacio libre para perfumar, cada uno con sus gestos, con sus obras y con sus mejores pensamientos y deseos, es el espacio que se abre ante esta mirada de Jesús. La vida cristiana no cae bajo la mirada (en el fondo auto-referencial) de la ley. Digo auto-referencial porque aunque la ley sea objetiva, yo soy el que juzga si cumplí o no y en el fondo siempre se trata de un “yo-yo”: yo pequé, yo cumplí, yo me justifico o me condeno… aplicándome la ley). La vida cristiana está bajo la mirada abierta de Jesús, que nos deja espacio: el de la no condena, el de mirar para adelante y el espacio libre a la creatividad de mi modo de ser en el amor, a la libertad de mi carisma.

 

La mirada de Jesús contabiliza cada entrada perfume en mano, cada lágrima, cada beso, cada gesto hecho de corazón.

Contabiliza también, para perdonarlo porque es verdadero pecado, cada gesto calculado, cada cosa que no fue de corazón. Y en este punto uno sabe. Nuestra conciencia registra si algo fue o no de corazón y en qué medida. No hace falta ninguna ley externa para clarificarlo.

 

Eso sí, para poder hacer las cosas de corazón, hay que andar con un frasco de perfume siempre a mano. Amar mucho a Jesús, se puede en todo momento.

Sólo hay que saber pescar la ocasión o… crearla. Para esto hay que “adelantarse” un poco a los acontecimientos y tener preparado un perfume, por las dudas, de que Jesús ande cerca. Admiramos la audacia y la libertad interior de esta mujer. Cuántos se habrán quedado con las ganas hacer algo así en la vida de Jesús. Cuántos habrán pensado “no es posible”, “qué va a pensar el Señor…”, “y si no le cae bien”…

….

Cuentan que Borges una día de mucho frío en Escocia hizo detener el auto y entró en una capillita muy pequeña, de cinco metros cuadrados de piedra, donde rezó el padrenuestro en Anglosajón. Al volver al auto dijo: “Lo hice para darle una sorpresa a Dios”. Se ve que los poetas entienden de estas cosas.

 

Diego Fares sj

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