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Posts Tagged ‘Corazón de Jesús’

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad repítanlo a la luz (en pleno día); y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos. 

No teman a los que matan el cuerpo pero no tienen poder para matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. 

¿Acaso no se vende un par de gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre de ustedes. Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que se juega abiertamente por mí ante los hombres, Yo me jugaré por él ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

Contemplación

Cuatro veces aparece en el evangelio el término «miedo» (fobos), temor, y el Señor lo ahuyenta como Buen Pastor:con realismo y energía, usando ejemplos sencillos, como los de los pajaritos que están en las manos de nuestro Padre, el cual hasta los cabellos de la cabeza de sus hijos tiene contados. No teman, dice Jesús a su pequeño rebaño. No le tengan miedo a nada, fuera del Maligno, que los quiere apartar de mi amor y amistad. 

El temor es una de las cuatro pasiones principales con que «reaccionamos» ante un bien, presente o ausente: gozo/tristeza; esperanza/temor. El temor se opone a la esperanza porque -robándonos el gozo del bien presente- nos pone en actitud de fuga ante un mal futuro y arduo, difícil de evitar. 

San Juan que es quien mejor discierne los miedos y su remedio, afirma: «El amor (agape) expulsa el temor (fobos) (1 Jn 4, 18). Lo expulsa, porque el amor nos pone bajo la acción de un Bien presente, al alcance de la mano: el amor de nuestro Padre del Cielo -que habita en nuestro corazón-. El Padre nos cuida y nos protege contra todo mal, dice Jesús, poniéndose a sí mismo como ejemplo y testigo fiel. 

Este es el anuncio consolador que nos trae el Señor en el evangelio de hoy: No teman! porque ustedes están en las manos del Padre y si Él cuida hasta de los pajaritos, cuanto más los cuidará a ustedes! Confíen!

Gozar de este amor de nuestro Padre Dios despierta en nosotros la esperanza, que siempre está, pero que a veces la tenemos como de reserva. Gozar del amor de Dios despierta la esperanza de alcanzar más bienes -todos los bienes que el Señor promete: la alegría, la paz, la amistad con Él, la unidad entre nosotros, la vida eterna…-, y nos da el coraje para vencer todo tipo de temor, tanto el que nos paraliza (pereza) como el que nos llevan a huir de las situaciones difíciles (cobardía).

El Señor habla con ejemplos. Para ilustrar el primer «no teman» nos presenta situaciones que tienen que ver con la Palabra. Por un lado, con la palabra que dicen los demás. El Señor advierte que nos llamarán «endemoniados» como lo llamaron a Él que es el Maestro. Por otro lado, con la palabra que nosotros debemos anunciar y proclamar a la luz del día: la buena noticia, el evangelio, las bienaventuranzas. 

Jesús les quita a los apóstoles el miedo al «qué diran» recordando que «el discípulo no es más que su maestro»; si al Maestro lo llamaron Beelzebub, también de sus discípulos dirán lo mismo. No debemos temer ese tipo de reacciones agresivas que la predicación de la Palabra suscita en algunos y que, hoy, los medios multiplican. 

El otro ejemplo que da el Señor tiene que ver con lo oculto y lo público. En cada sociedad hay «códigos», cosas que se dicen y cosas que no se dicen o se dicen de un modo y no de otro. Pues bien, en el evangelio la única ley para administrar la verdad es la de la caridad. No hay otra. Y al final, nada habrá oculto, todo será revelado. Por tanto, no hay que temer. Solo discernir el momento en que se debe dar testimonio, teniendo en cuenta el bien de los demás. Aquí vale, por ejemplo, la regla de «no tirar perlas a los chanchos». Pero hay momentos, como cuando el Señor manifiesta ante el sanedrín que Él es verdaderamente el Hijo del Dios Bendito, en que hay que decir la verdad aunque cueste la vida (o el puesto, o una relación o lo que sea).

Para ilustrar el segundo «no teman» el Señor pone ejemplos de persecución: habla de los que tienen «poder de matar». Aquí distingue claramente dos tipos de amenazas: una física, a la que no hay que temer, y la otra espiritual, a la que sí hay que temer. Establece, sin dejar lugar a dudas, que al único que tenemos que temer es al demonio, porque tiene poder de robarnos la vida eterna y, cuando no puede lograr esto, nos trata de robar algunos de sus frutos, o disminuirlos, o al menos «escupirnos el asado», en el sentido de causar algún disgusto. El Papa insiste siempre: «no se dejen robar la alegría del evangelio; no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la pertenencia al pueblo fiel… 

Para ilustrar el tercer «no teman» el Señor usa ejemplos que tienen que ver con la autoestima en la fe. Los ejemplos de los gorrioncitos y de los cabellos contados son para hacernos sentir lo mucho que valemos a los ojos de nuestro Padre. Él «está» junto a cada criatura suya, en su vida y en su muerte. Y contabiliza todo, hasta nuestros cabellos. En otro momento, Jesús dirá que el Padre sabe todo lo que le queremos pedir, todo lo que necesitamos. 

La oración del Padre nuestro nos la enseñará para que cada día nos pongamos totalmente en sus manos y gozando así de su amor y de su providencia, sea expulsado de nuestra vida todo temor y todo miedo. 

Lo contrario del temor es el coraje, en cuanto virtud del corazón. La valentía de corazón  se nutre de la esperanza y sale busca del bien con audacia, metiéndole para adelante. La valentía del corazón se alimenta también de la fortaleza y resiste el mal, aguanta y persevera en el bien sin rendirse jamás, levantándose, si cae, una y otra vez.

En las parábolas y ejemplos que Jesús nos da de nuestro Padre vemos estas cualidades y, como hijos suyos, podemos sentirnos animados a vivirlas en su Nombre, es decir para gloria suya. 

Si miramos la creación, y en especial nuestro planeta, no podemos menos de pensar que es fruto de Alguien audaz y creativo,  de un apasionado por la vida en todas sus formas. Viendo la creación no podemos imaginar que sea fruto de alguien temeroso y calculador, de alguien con una mentalidad utilitaria que haya calculado costos y beneficios como quien quiere producir cosas en serie. Por el contrario, la creación en su infinita riqueza y variedad da testimonio de ser obra de Alguien que no teme derrochar recursos y que se juega entero en su obra dando todo sin reservarse nada para sí. 

Su audacia para crear se muestra también en su apuesta a la colaboración de sus creaturas. Algo de esto podemos verlo expresado en la parábola de los talentos, donde el rey distribuye generosamente sus bienes y desea que se negocie y arriesgue con ellos para que den fruto abundante. 

Se proyecta luego este coraje en el aguante y la paciencia del corazón del Padre para sostener y mantener todo lo creado sin fijarse en costos ni en sacrificios, como vemos en la parábola del dueño de la finca, en la que Jesús nos muestra a su Padre apasionado por su viña, cómo sale a todas horas a buscar cosechadores y paga generosamente a todos, comenzando por los últimos. 

En las parábolas de la fiesta de bodas de su hijo, el coraje del corazón del Padre se pone de manifiesto en su decisión inclaudicable de hacer la fiesta, sí o sí. No acepta excusas y si los primeros invitados son indignos, dignificará a los pobres, a los enfermos y pecadores con el vestido de su misericordia que los haga esta a la altura de la celebración. 

La misericordia incondicional y a toda prueba es también una forma de valentía del corazón: el Padre no teme enviar a su Hijo a buscar a los que se habían perdido. En Jesús se encarna este coraje del Padre que es el que, como Hijo, lo hace «amar hasta el extremo» y lo lleva a dar la vida por sus hermanos. 

También es valentía el animarse a hacer fiesta por su hijo pródigo que regresa y apostar al diálogo con su hijo mayor. El Padre no se deja amedrentar por nada y ningún respeto humano lo aparta de su deseo de salvar a todos. 

En el día del padre pedimos esta gracia de la valentía del corazón para todos los padres, biológicos, adoptivos y espirituales. Gracia que se muestra, perfectamente reflejada, en el Corazón del Señor, imagen del Corazón invisible del Padre eterno.

Diego Fares sj

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            Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo. Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!» Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» Y dijo a otro: «Sígueme.» El respondió: «Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.» Jesús le respondió: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

Contemplación

            Retomamos el tiempo ordinario y el dibujo de Fano representa bien el año como un camino en subida y en espiral (no solo lineal o en círculo, como se suele representar el tiempo). 

            Me llamó la atención que retomáramos el tiempo ordinario con este evangelio de la última subida del Señor a Jerusalén. Es que el evangelio de Lucas que seguimos en el ciclo C, organiza todo lo que vive el Señor, desde el llamamiento a los Doce – a los que inmediatamente hace el primer anuncio de la pasión (Lc 9,22) – hasta la entrada en la ciudad Santa (Lc 19, 28), desde la perspectiva de la ida del Señor a la Pasión o “La subida a Jerusalén” (Lc 9 -19, 28). El Señor le “puso rostro” a la pasión, como se dice. 

            Entre las apps que ayudan a organizar el trabajo, hay una que recomienda dar “prioridad 1” a la tarea más importante, y para ello nos invita a ponerle un título que resulta entre simpático y repulsivo: “tragarse el sapo”. Poner primero la tarea más difícil y empeñativa y concentrarse en ella, ayuda a que el resto se ordene por su propio peso. 

            Pues bien, Lucas muestra este modo que tiene Jesús de priorizar la Cruz en su misión. Tenía que “tragarse el sapo” y se encaminó decididamente a realizarlo.

            A mí esta actitud decidida del Señor me ayuda a discernir que la Cruz no es lo importante en sí, sino que es lo que hay que “pasar” para que lo importante vaya adelante. 

            No hay que confundirse en esto. Hay cosas, situaciones, problemas, trabajos, defectos…, pecados incluso, que son un nudo, un cuello de botella, una decisión ineludible a tomar. Hay problemas de los que alguien se tiene que hacer cargo para que todo lo demás pueda proceder para bien. Son esas “cruces” que no se pueden “resolver”, sino que hay que abrazar, cargar y atravesar; y cuanto antes lo hagamos, mejor para todo lo demás. 

            Esta actitud es todo lo contrario del masoquismo que tiñe de tristeza la manera sana de enfrentar el problema principal y termina logrando que esa cruz no abrazada entristezca toda la vida. El masoquismo de la cruz mal entendida es lo que, como no se soporta que esté en todo, hace que se intente eliminar la cruz de la vida, ya sea pasando de largo ante las cruces, que quedan tiradas allí, al borde del camino, ya sea anestesiándose para no sentirla cuando no se la puede evitar. Estas actitudes evitativas son todo lo contrario del cargar la cruz principal, de abrazarla, llevarla y morir en ella, con la esperanza puesta sólo en Dios que resucita a los muertos. Esta actitud es tanto para la cruz de cada día como para la definitiva.

            Contemplamos en el evangelio de hoy el efecto positivo que tiene la actitud decidida y generosa del Señor. Es un efecto sobre su juicio, sobre su discernimiento acerca de varias cosas distractivas que le plantean los que lo siguen. 

            Haberse decidido a ir a Jerusalén, donde sabe que lo espera la pasión a la que tiene que atravesar, sí o sí, hace, en primer lugar, que el Señor no pierda tiempo peleando contra los samaritanos que no lo quieren recibir. Los discípulos le preguntan si quiere fulminarlos haciendo bajar fuego del cielo. El Señor los reta y sigue su camino, se va a otro pueblo, se va donde lo reciban bien. Esta es la primera lección de la Cruz bien asumida, el signo de que uno se “ha tragado el sapo” principal y no les hace asco a los sapitos. La lección es no perderse en contradicciones secundarias; no andar hurgando para buscar problemas -que siempre se encuentran-; no perder tiempo discutiendo y peleando con cualquiera que se nos cruza por el camino… Estos son los frutos buenos de haberse decidido a cargar la propia cruz. 

            Las otras tres situaciones que discierne el Señor tienen que ver con los distintos modos que tienen estos hombres de esquivar la cruz, retardando la decisión de enfrentarla o poniéndole condiciones. 

            El primero, es uno que parece muy determinado y desprendido con su frase: “te seguiré adonde vayas”. Pero en ese “adonde” se esconde un reclamo: decime bien a dónde vas. Hoy podríamos calificar esta tentación como la que se esconde en el “paradigma tecnocrático”, del que habla el Papa. Es un modo de pensar que viene de la técnica y que contagia nuestra manera de pensar, de sentir y de aplicar el plan de Dios. Para seguir a alguien le exigimos que planifique y explique todo, pero con el plan de Dios las cosas no funcionan así. El Espíritu sopla donde quiere y no sabemos de donde viene ni a dónde va. El Señor lo único que sí tiene claro es la Cruz, y que, si pasa por ella, el Padre lo resucitará. Todo lo demás no es “planificable” ni “previsible”. No hay “proyecto” donde descansar la cabeza.

            El segundo, es uno a quien el Señor llama en persona. No sucedo así con los otros dos, que son ellos los que piden seguirlo y lo hacen desde su idea de Jesús y poniendo condiciones. A este, al que se le había muerto el padre, o lo estaba cuidando en su última etapa, el Señor lo llama a que lo siga al instante. Se nota entonces que los tiempos no coinciden. El tiempo del Señor ya tiene fecha de vencimiento. No volverá a pasar de nuevo por ese pueblo. El tiempo del otro está en un momento importante para su familia. Él está está haciendo una obra buena al cumplir con el mandamiento de honrar a su padre. Por eso, su pedido de esperar un poco es comprensible y razonable. Sin embargo, el Señor se muestra intransigente:  “Deja que los muertos entierren a sus muertos, le dice. En el diálogo se nota un juego de palabras: déjame, dice el hombre; deja tú, replica el Señor. Con los otros dos, las respuestas del Señor son respuestas de principio, los hace corregir sus ideas y expectativas proponiéndoles parábolas que los hagan reflexionar la de la zorra que tiene su madriguera y la del que está arando y mira para atrás. Con éste, en cambio, la interpelación es personal. 

            Debemos estar atentos a discernir bien entre cosas que son ideas nuestras, buenas en sí, pero nuestras, y los llamados directos del Señor. En esto no hay regla general y cuando el Señor llama directamente cada uno debe responder también directamente, no con excusas generales, ni siquiera de “mandamientos” y misiones dadas anteriormente. 

Un ejemplo de estos llamados directos es el que el Señor hizo a santa Margarita María de Alacoque y a san Claudio de La Colombiere para que anunciaran la “buena noticia” de la devoción al Corazón de Jesús. Buena noticia que no excluyen ninunga otra sino que las incluye a todas. 

Se trató de un llamado que el Señor preparó y llevó adelante insistiendo y haciendo superar mil dificultades a sus dos amigos. En el modo de dirigirse a Santa Margarita María, que solía expresarle esas dificultades que provienen de mirar las propias fuerzas, se percibe  el mismo tono que usa el Señor para con esta persona que nos presenta el evangelio.  Cuenta la santa: «No quería la Bondad Divina que yo recibiese consolación alguna sin costarme muchas humillaciones. La comunicación (que tenía con el padre La Colombiere) me las atrajo en gran número, y aun el mismo padre tuvo mucho que sufrir por mi causa, porque se hablaba de que yo quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como había pasado con otros confesores. Ninguna pena le causaba esto al padre y no dejó de prestarme continuos socorros en el poco tiempo que permaneció en este pueblo, y siempre. Mil veces me he admirado de que no me abandonase también como los demás… Un día que vino a decir Misa en nuestra iglesia, le hizo Nuestro Señor, y a mí también, grandísimos favores. Al aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, Jesús me mostró Su Sagrado Corazón como un Horno ardiente, y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en él, diciéndome: «Así es como une para siempre Mi Puro Amor estos tres corazones.» Y después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de Su Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre, para que él los diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería que fuésemos, como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes espirituales; y representándole yo acerca de esta misión mi pobreza y la desigualdad que había entre un hombre de tan elevada virtud y mérito y una pobre miserable pecadora como yo me dijo: «Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán e igualarán todo: háblale sin temor.» (Autobiografía, 43).

La santa le presenta al Señor la dificultad que siente al mirar su pobreza y la desigualdad que se nota si se compara con La Colombiere, pero el Señor le responde insistiendo que “le hable sin temor”, que le cuente todo como a un padre espiritual y que confíe en que el Corazón del Señor “suple e iguala todo” con sus riquezas. 

Ponemos el acento en lo personal del diálogo. Está bien que la santa (y el del evangelio) digan todo lo que sienten y que, luego, escuchen lo que el Señor personalmente les responde. Cuando hay una apelación personal no hay que hacerse el tonto y responder como si fueran cosas generales!

            El tercer ejemplo es el del que dice que sí pero posterga la cosa. No mucho, porque solo será despedirse de los suyos, pero posterga. Procrastinar se le llama a esto y es una tentación muy actual, dada la cantidad de posibilidades que nos ofrece la técnica para hacerlo. Dice el diccionario que significa “posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes pero que son irrelevantes. Procrastinar es una forma de evadir, usando otras actividades como refugio para no enfrentar una responsabilidad, una acción o una decisión que debemos tomar”.

El Señor le responde con un ejemplo de su vida y de su actividad misma: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios». El reino siempre es “para adelante”. El pasado queda en manos del Señor y no puede servir de excusa para no ir para adelante. 

            Si miramos bien, estas actitudes evangélicas tienen su analogía en las cosas de la vida, en el trabajo y en la gestión -no perder tiempo, mirar para adelante, centrarse en la tarea principal-, pero son, ante todo, actitudes que suponen poner todo el corazón. Cuando uno pone todo el corazón, sale solo ir a abrazar la dificultad principal, acudir a curar la herida más grande, ir cuanto antes a la misión, no posponer ni un segundo las cosas buenas que hay que dar y realizar.

El Señor, al mostrarnos su corazón, no solo como imagen pintada, sino haciéndonos sentir por qué late y se apasiona, actúa así con nosotros: no descansa hasta encontrarnos si nos hemos perdido; no antepone otras cosas si se trata de pasar un momento con nosotros, no mira nuestro pasado sino lo que podemos hacer junto a Él de ahora en adelante.

Diego Fares sj

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