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Posts Tagged ‘coraje’

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. 

«Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. 

Pero Jesús les dijo: «Coraje soy Yo; no teman.» 

Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.» 

«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame.» 

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Poca fe, ¿por qué dudaste?» 

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó

Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

Contemplación

La palabra coraje está en el centro del pasaje de hoy. Jesús les dice: Ánimo! Coraje! soy Yo! no tengan miedo! El «soy Yo» lo repite dos veces y podemos imaginar que lo dice tocándose el pecho: soy Yo. 

Si interpretamos la escena por lo que pasó antes vemos a Jesús rezando, solo, en el monte. Pero no pensemos que estuvo rezando sobre cualquier tema, sino más bien que le estuvo pidiendo al Padre la gracia del coraje para los suyos. Me gusta imaginar que Jesús estuvo pensando cómo hacer para darles coraje y se le ocurrió esto de dejarlos remando con viento en contra, para luego ir caminando sobre las aguas en medio de la tormenta y entonces serenarla con su poder. En la oración al señor se le ocurre este modo grandioso de mostrar su divinidad: caminar sobre las aguas, serenar una tempestad. 

Si miramos la escena que sigue a la palabra coraje, vemos algo que no deja de ser extraño. Pedro le pide a Jesús que le mande ir hacia Él caminando sobre las aguas y Jesús se lo concede. Pedro interpretó así la exhortación de Jesús de tener coraje. 

Si lo pensamos bien el pedido de Pedro es valiente. Y al Señor se ve que le gustó este pedido audaz de su amigo. Tengamos en cuenta que Jesús no siempre le seguía la corriente a Pedro. Aquí sí. Quizás porque el coraje se muestra en la cancha y está bien que Pedro lo ejercite. Por eso después, evaluándolo, Jesús le dirá «tuviste poca fe». E inmediatamente lo tomará de la mano y serenará la tormenta, como había planeado. 

Esto nos hace pensar que Jesús no había planeado que Pedro caminara sobre el agua. De ser así, lo habría hecho hacer dos o tres ensayos hasta que le saliera bien. Por la actitud de los discípulos que se postran diciendo «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios» se nota que la lección iba por el lado de calmar el viento.

Siempre me maravilla que así como Jesús nos muestra quién es Pedro, Pedro nos hace ver muchas cosas acerca de cómo es Jesús. Con sus actitudes, con escenas como ésta en que le pide caminar sobre el agua, Simón Pedro nos lo acerca a Jesús, nos hace conocer sus sentimientos de amigo. Digo de amigo porque esta escena es una escena de complicidad. De no ser por Simón Pedro, uno diría que aventuras como esta de probar a caminar sobre el agua, no son cosa seria. Y cuando Jesús le dice «poca fe» se lo debe haber dicho con cierta ironía cariñosa. En este pedido, Pedro, por su parte, revela una gran confianza. Que nosotros sepamos, el evangelio de Juan, al final, sugiere que Pedro «aprendió» a caminar sobre el agua, aunque no usara este poder para sí. 

Repasemos. Tenemos una escena en la que el coraje está en el centro. Jesús, con su pedagogía tan particular, quiere hacerles experimentar en medio de una situación difícil lo que significa tener fe en Él. Tenemos además, a Pedro que sale con este pedido extraño de caminar sobre el agua. Jesús se lo concede e inmediatamente, con señorío, cumple su cometido: pacificar la tormenta. El deseo de Jesús por el que ha estado rezando al Padre es fortalecer la fe de los discípulos en su Persona. Por eso repite dos veces “soy Yo, soy Yo! no tengan miedo”. 

El coraje ante el que estamos, no es un coraje cualquiera, es el coraje de la fe en Jesús. 

Hay muchos tipos de coraje y nadie los tiene todos. Uno puede ser valiente en tierra firme, por ejemplo, y ser miedoso en el mar. El coraje de la fe es un tipo de valentía que hace «actuar» a Jesús.

En medio de toda esta escena solemne que Jesús ha planeado en la oración se mete el deseo intempestivo de Pedro. Y se ve que a Jesús le cae bien, porque lo incorpora en la lección que quería dar. Tan es así que la caminata de Simón Pedro sobre las aguas ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia con más fuerza qué el hecho de que Jesús calmara la tormenta. 

Se ve también que a Jesús le basta una palabra para calmar el viento pero para que Pedro camine sobre las aguas no basta su palabra sino que se requiere la fe de Pedro. Y lo que es más importante todavía para nosotros es que para nuestra fe se requiere la interacción entre Jesús y Pedro. Para tener nosotros el coraje de la fe tenemos que centrarnos en esa mano tendida de Jesús que agarra la mano de un Pedro que se hunde. Nuestra fe no es «en Jesús solo», sino en Jesús con Pedro. En esas dos manos que se agarran se anuda el coraje de nuestra fe. Nuestra fe no es sólo en Jesús que camina sobre las aguas, sino que es fe en Jesús y en Pedro agarrados de la mano. 

El coraje tiene la propiedad de ser contagioso si el gesto de alguien se revela tan humano que toca las fibras de nuestro corazón en el punto en que somos uno con todos. Un gesto de coraje excesivamente individualista no contagia, más bien aleja. En el Evangelio de hoy lo que contagia coraje es el coraje de Pedro de pedirle a Jesús algo extraordinario, sabiendo que necesitará ayuda, y el coraje de Jesús de aceptar su pedido, sabiendo que lo tendrá que ayudar. Jesús ha dicho dos veces «soy Yo, soy Yo! y Pedro ha escuchado bien, porque le dice «si eres Tú, mándame ir a Ti». Lo que nos encorazona y nos da coraje es como se conocen y se confían estos dos de corazón. Nada encorazona más que una amistad. 

La caminata de Simón Pedro hacia Jesús sobre las aguas – que según Goethe es símbolo de la vida humana- es propiamente el coraje de tener fe que conjuga en si dos actitudes aparentemente contrarias: el coraje de tomar las decisiones más audaces en nombre de Jesús, como si uno lo pudiera todo, y el coraje de pedirle ayuda humildemente, como si uno no pudiera nada.

Como bien lo expresa el aforismo ignaciano: «Esta es la primera regla que debemos observar a la hora de actuar: ‹así confía en Dios: como si todo el éxito de lo que emprendes dependiera de ti y nada de Dios (tirate al agua); y, sin embargo, dedícate de lleno a lo que haces, como si Dios lo tuviera que hacer todo Él solo y tú nada”. 

Así actuaba San Ignacio. Rivadeneira dice que: “El padre, en las empresas que toma, muchas veces parece que no usa de ninguna prudencia humana, cómo fue cuando hizo el colegio Romano sin tener ninguna renta para él; más bien parece que todo lo hace fundado en la sola confianza en Dios. Pero así como al emprender las obras parece que va por sobre la prudencia humana, así en seguirlas y buscar los medios para llevarlas adelante usa de toda prudencia divina y humana. Parece que cualquier cosa que emprende primero la negocia con Dios y como nosotros no vemos que lo han negociado con él nos espantamos de cómo lo emprende». 

Les pedimos a Pedro y a Ignacio (que le tenía gran devoción), que nos concedan tratar con Jesús con esta familiaridad y coraje (parresía, como la llama Francisco), en la oración y en las obras apostólicas, en las que todo es «caminar sobre el agua».

Diego Fares

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No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad repítanlo a la luz (en pleno día); y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos. 

No teman a los que matan el cuerpo pero no tienen poder para matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. 

¿Acaso no se vende un par de gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre de ustedes. Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que se juega abiertamente por mí ante los hombres, Yo me jugaré por él ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

Contemplación

Cuatro veces aparece en el evangelio el término «miedo» (fobos), temor, y el Señor lo ahuyenta como Buen Pastor:con realismo y energía, usando ejemplos sencillos, como los de los pajaritos que están en las manos de nuestro Padre, el cual hasta los cabellos de la cabeza de sus hijos tiene contados. No teman, dice Jesús a su pequeño rebaño. No le tengan miedo a nada, fuera del Maligno, que los quiere apartar de mi amor y amistad. 

El temor es una de las cuatro pasiones principales con que «reaccionamos» ante un bien, presente o ausente: gozo/tristeza; esperanza/temor. El temor se opone a la esperanza porque -robándonos el gozo del bien presente- nos pone en actitud de fuga ante un mal futuro y arduo, difícil de evitar. 

San Juan que es quien mejor discierne los miedos y su remedio, afirma: «El amor (agape) expulsa el temor (fobos) (1 Jn 4, 18). Lo expulsa, porque el amor nos pone bajo la acción de un Bien presente, al alcance de la mano: el amor de nuestro Padre del Cielo -que habita en nuestro corazón-. El Padre nos cuida y nos protege contra todo mal, dice Jesús, poniéndose a sí mismo como ejemplo y testigo fiel. 

Este es el anuncio consolador que nos trae el Señor en el evangelio de hoy: No teman! porque ustedes están en las manos del Padre y si Él cuida hasta de los pajaritos, cuanto más los cuidará a ustedes! Confíen!

Gozar de este amor de nuestro Padre Dios despierta en nosotros la esperanza, que siempre está, pero que a veces la tenemos como de reserva. Gozar del amor de Dios despierta la esperanza de alcanzar más bienes -todos los bienes que el Señor promete: la alegría, la paz, la amistad con Él, la unidad entre nosotros, la vida eterna…-, y nos da el coraje para vencer todo tipo de temor, tanto el que nos paraliza (pereza) como el que nos llevan a huir de las situaciones difíciles (cobardía).

El Señor habla con ejemplos. Para ilustrar el primer «no teman» nos presenta situaciones que tienen que ver con la Palabra. Por un lado, con la palabra que dicen los demás. El Señor advierte que nos llamarán «endemoniados» como lo llamaron a Él que es el Maestro. Por otro lado, con la palabra que nosotros debemos anunciar y proclamar a la luz del día: la buena noticia, el evangelio, las bienaventuranzas. 

Jesús les quita a los apóstoles el miedo al «qué diran» recordando que «el discípulo no es más que su maestro»; si al Maestro lo llamaron Beelzebub, también de sus discípulos dirán lo mismo. No debemos temer ese tipo de reacciones agresivas que la predicación de la Palabra suscita en algunos y que, hoy, los medios multiplican. 

El otro ejemplo que da el Señor tiene que ver con lo oculto y lo público. En cada sociedad hay «códigos», cosas que se dicen y cosas que no se dicen o se dicen de un modo y no de otro. Pues bien, en el evangelio la única ley para administrar la verdad es la de la caridad. No hay otra. Y al final, nada habrá oculto, todo será revelado. Por tanto, no hay que temer. Solo discernir el momento en que se debe dar testimonio, teniendo en cuenta el bien de los demás. Aquí vale, por ejemplo, la regla de «no tirar perlas a los chanchos». Pero hay momentos, como cuando el Señor manifiesta ante el sanedrín que Él es verdaderamente el Hijo del Dios Bendito, en que hay que decir la verdad aunque cueste la vida (o el puesto, o una relación o lo que sea).

Para ilustrar el segundo «no teman» el Señor pone ejemplos de persecución: habla de los que tienen «poder de matar». Aquí distingue claramente dos tipos de amenazas: una física, a la que no hay que temer, y la otra espiritual, a la que sí hay que temer. Establece, sin dejar lugar a dudas, que al único que tenemos que temer es al demonio, porque tiene poder de robarnos la vida eterna y, cuando no puede lograr esto, nos trata de robar algunos de sus frutos, o disminuirlos, o al menos «escupirnos el asado», en el sentido de causar algún disgusto. El Papa insiste siempre: «no se dejen robar la alegría del evangelio; no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la pertenencia al pueblo fiel… 

Para ilustrar el tercer «no teman» el Señor usa ejemplos que tienen que ver con la autoestima en la fe. Los ejemplos de los gorrioncitos y de los cabellos contados son para hacernos sentir lo mucho que valemos a los ojos de nuestro Padre. Él «está» junto a cada criatura suya, en su vida y en su muerte. Y contabiliza todo, hasta nuestros cabellos. En otro momento, Jesús dirá que el Padre sabe todo lo que le queremos pedir, todo lo que necesitamos. 

La oración del Padre nuestro nos la enseñará para que cada día nos pongamos totalmente en sus manos y gozando así de su amor y de su providencia, sea expulsado de nuestra vida todo temor y todo miedo. 

Lo contrario del temor es el coraje, en cuanto virtud del corazón. La valentía de corazón  se nutre de la esperanza y sale busca del bien con audacia, metiéndole para adelante. La valentía del corazón se alimenta también de la fortaleza y resiste el mal, aguanta y persevera en el bien sin rendirse jamás, levantándose, si cae, una y otra vez.

En las parábolas y ejemplos que Jesús nos da de nuestro Padre vemos estas cualidades y, como hijos suyos, podemos sentirnos animados a vivirlas en su Nombre, es decir para gloria suya. 

Si miramos la creación, y en especial nuestro planeta, no podemos menos de pensar que es fruto de Alguien audaz y creativo,  de un apasionado por la vida en todas sus formas. Viendo la creación no podemos imaginar que sea fruto de alguien temeroso y calculador, de alguien con una mentalidad utilitaria que haya calculado costos y beneficios como quien quiere producir cosas en serie. Por el contrario, la creación en su infinita riqueza y variedad da testimonio de ser obra de Alguien que no teme derrochar recursos y que se juega entero en su obra dando todo sin reservarse nada para sí. 

Su audacia para crear se muestra también en su apuesta a la colaboración de sus creaturas. Algo de esto podemos verlo expresado en la parábola de los talentos, donde el rey distribuye generosamente sus bienes y desea que se negocie y arriesgue con ellos para que den fruto abundante. 

Se proyecta luego este coraje en el aguante y la paciencia del corazón del Padre para sostener y mantener todo lo creado sin fijarse en costos ni en sacrificios, como vemos en la parábola del dueño de la finca, en la que Jesús nos muestra a su Padre apasionado por su viña, cómo sale a todas horas a buscar cosechadores y paga generosamente a todos, comenzando por los últimos. 

En las parábolas de la fiesta de bodas de su hijo, el coraje del corazón del Padre se pone de manifiesto en su decisión inclaudicable de hacer la fiesta, sí o sí. No acepta excusas y si los primeros invitados son indignos, dignificará a los pobres, a los enfermos y pecadores con el vestido de su misericordia que los haga esta a la altura de la celebración. 

La misericordia incondicional y a toda prueba es también una forma de valentía del corazón: el Padre no teme enviar a su Hijo a buscar a los que se habían perdido. En Jesús se encarna este coraje del Padre que es el que, como Hijo, lo hace «amar hasta el extremo» y lo lleva a dar la vida por sus hermanos. 

También es valentía el animarse a hacer fiesta por su hijo pródigo que regresa y apostar al diálogo con su hijo mayor. El Padre no se deja amedrentar por nada y ningún respeto humano lo aparta de su deseo de salvar a todos. 

En el día del padre pedimos esta gracia de la valentía del corazón para todos los padres, biológicos, adoptivos y espirituales. Gracia que se muestra, perfectamente reflejada, en el Corazón del Señor, imagen del Corazón invisible del Padre eterno.

Diego Fares sj

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Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.» 

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?» 

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.” No los sigan. 

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.» Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Asienten bien esto en sus corazones: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque Yo les daré lengua y sabiduría a la cual no podrán resistir o contradecir ninguno de sus adversarios. 

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a su capacidad de resistir (hypomoné) salvarán sus vidas.» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

El evangelio habla de “capacidad de resistencia” y su lógica se puede sintetizar teniendo en cuenta estos pasos: 1. La fortaleza se funda en la convicción de que nada creado es sólido por sí mismo (“no quedará piedra sobre piedra”): todo tiene principio y fin, el universo, la tierra, la vida humana. Por tanto, “somos creados”, como dice Ignacio en el Principio y fundamento. 2. Tener conciencia del misterio de que “todo es creatura”, hace 2.1. perder el control (cuándo sucederá, cuáles serán los signos), pero 2.2. nos libra de los temores (no se atemoricen) y 2.3. no permite que nos manipule ningún seductor: ni poderoso (soy yo) ni sabio (este es el tiempo). La conciencia de ser creaturas 3. nos centra en juzgar todo lo que nos acontece como oportunidad de dar testimonio de que Dios nos ama y nos cuida. 3.1. Sólo en Él nos confiamos (Él nos dará las palabras) y 3.2. allí resistimos con una resistencia del todo especial, que llamaremos “resistencia cordial”. 3.3. El Señor nos da la fortaleza de corazón para resistir. Mejor aún, su Corazón nos “encorazona”.

Un pequeño excurso sobre el lenguaje

En castellano tenemos una palabra que expresa la capacidad de enfrentar lo arduo y de resistir incluyendo “corazón”: esta palabra es “coraje” (“cor”). Decimos “tener coraje” pero no tanto “dar coraje”. Más bien usamos “dar ánimo” o “dar valor”. En italiano se usa “incoraggiare”. Una sola palabra que expresa “dar corazón al otro”. A nosotros “encorajear” no nos suena bien. Pero podría ir “en-corazonar”. Si nos fijamos bien, usamos la palabra para expresar lo contrario: “des-corazonarse” es habitual. Indica que se sacó o se salió el corazón de una empresa y eso hizo que se perdiera el entusiasmo y las ganas para ir adelante. Pero para la actitud positiva no tenemos una sola palabra, que sería  “encorazonarse”, sino que usamos una expresión: “poner el corazón”. Quizás se trate de un cierto pudor, al ver que a veces no basta para expresar positividad, porque tenemos conciencia de que nuestro corazón es flaco y vacilante y a veces no sabe a qué adherirse o no tiene fuerza adhesiva para no soltar lo que quiere… Decir “lo hice de corazón” no basta para justificar todo. Porque a veces el corazón sigue una idea equivocada o es blando o egoísta… No siempre “poner corazón” es sinónimo de “poner coraje” o de “resistir con coherencia”. 

Por otro lado, “encorazonar” se está usando, pero como neologismo para nombrar los “like”, los corazones en facebook. Indica una acción del corazón, que es “abrazar y rodear con amor algo que nos gusta”. Pero aquí se da el defecto contrario, si parece que da pudor identificar corazón con coraje y valentía, porque a veces el corazón es cobarde, pareciera que no hay problema en identificar corazón con “me gusta” y consentir a un uso superficial de un símbolo que debería ser sagrado.

Hacer de tripas corazón

Sin embargo, hay una expresión en la que la palabra “corazón” queda bien parada. Es “hacer de tripas corazón”. Cuando decimos “hacer una montaña de un grano de arena”, entendemos que se está exagerando. Cuando decimos “hacer de tripas corazón” estamos tomando las tripas en cuanto recipiente de la flaqueza y cobardía y el corazón como contenedor de la fortaleza y el coraje. Y hay aquí un discernimiento que juzga bien, creo yo, y hace ver que el corazón es la sede del coraje y que la cobardía no proviene de su sede sino que reside en las tripas. 

Es significativo que culturalmente usemos la expresión “poner huevo” o “tener pelotas” (ahora se usa también “tener ovarios” para emparejar géneros). Es decir, juzgamos que el coraje tiene que ver con las partes bajas. Pero estas son como son: o se tienen o no se tienen y este coraje genético, por así decirlo, no es modificable en sí mismo. Cada uno tiene un grado de valentía y cobardía propio escrito en sus partes bajas, dicho esto sin despreciar. Pero vemos y admiramos esos actos de heroísmo en los que alguien “hace de tripas corazón”. O poniendo el corazón logra imprimir a las tripas un coraje que por sí mismas no tenían. 

Encorazonados por Jesús

En este punto preciso es en el que nos situamos con el evangelio de hoy. En ese coraje, en esa valentía que nos puede ser impresa no por el nuestro sino por Otro corazón. El Corazón del Señor -que es puro corazón- es capaz de hacer de todas las tripas un corazón como el suyo. Esta operación que nosotros consideramos heroica y que se publicita como algo raro (aunque toda cotidianeidad de trabajo y de amor por la familia tiene mucho de este “hacer de tripas corazón), Él la puede hacer siempre, en todo momento y situación y es propiamente lo que nos cambia la vida. La valentía cristiana, la capacidad de resistir al mal, la gracia de levantarse una y mil veces y volver a ir adelante (así define Francisco la santidad) es algo que no proviene de nuestras tripas ni tampoco de nuestro corazón, pero sí puede ser recibido por él. Nuestro corazón es órgano abierto, no determinado genéticamente, y puede ser “encorazonado” por otro que nos traspasa su valor y nos contagia su ánimo y determinación.

La fortaleza y el ánimo cristiano no es cuestión de voluntarismo o de agallas, no está en poner huevos ni en encolerizarse ni en endurecerse. Hay una fortaleza que es propia del Corazón de Cristo y la infunde su Espíritu que se derrama en todo corazón que lo desea y lo acepta y se deja “encorazonar por Él”.

Esto es lo que el Apóstol Santiago expresa cuando nos exhorta: “Tengan grande ánimo y consoliden sus corazones porque la venida del Señor está cerca” (St 5, 8). Consolidar el corazón y que se llene de ánimo eso sería “encorazonarse”. Y es la cercanía del Señor lo que logra esta gracia, la promesa de su pronta venida, su compañía cotidiana, el contacto de amistad con él en todo momento, por la Eucaristía y el Evangelio, recibidos y gustados en la comunión y la contemplación.

San Pablo habla de estas cosas con palabras imborrables: 

“Nosotros nos gozamos en la gracia estribando en la esperanza de la gloria de Dios.  Y no solo eso, sino que hasta nos gozamos en las tribulaciones, porque sabemos que:

lo que nos angustia engendra la capacidad de resistencia, el coraje y la paciencia (hypomoné); y la capacidad de padecer, engendra aquilatamiento; y el aquilatamiento engendra esperanza, y la esperanza no defrauda,

porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado“ (Rm 5, 3-5).

Puede hacernos bien pensar que no es que se nos haya derramado el amor como si fuera solo una energía (que es el efecto) sino que es el Corazón mismo de Dios el que se ha trasplantado en los nuestros, ya que el Señor dice que “harán morada en nosotros”.   

También dice Pablo, en uno de los pasajes más consoladores del Nuevo Testamento:

“El Dios del coraje y del consuelo les conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Rm 15, 5).

Tener los mismos sentimientos equivale a tener un mismo corazón. O a emparejarlo con el del otro, de manera tal que latan al unísono y se comuniquen su dinamismo. Dado que el corazón es un órgano de pasaje, no algo que valga en sí mismo sino que vale en cuanto que late, al contagiar su latido comunica su mismo ser, que es pura acción de amar. 

El coraje del corazón es un coraje espiritual

No es un coraje desmedido, que en su ímpetu individual arrase con todo para lograr la victoria sin importar los daños colaterales. Nada de eso: es el coraje del Señor que en el camino a la pasión, sin soltar la Cruz, va derramando gestos de ternura y consideración con las mujeres que lo acompañan, con la Verónica, con Juan y su Madre. 

El coraje del corazón es distinto al del carácter. Más aún, se suele complacer el Señor en “encorazonar” con su valentía a los más débiles y pequeñitos, como vemos en toda la historia de nuestro mártires y santos, en los de altar y en los de “clase media” y, también diría yo, en los de la clase baja de la santidad, que es la preferida del Señor misericordioso, ya que Él los “encorazona” con infinita delicadeza y predilección. 

El coraje del corazón es el coraje de la caridad, la paciencia de la caridad. 

Es también coraje noble, que no se alegra por ningún mal y que ama todo bien, venga de quien venga.

El coraje del corazón no es momentáneo, sino que se extiende a lo largo de los días y de toda la vida. Es la valentía de abrazar la vida entera con todo lo que sucede y no un arranque de valor pasajero.

Este encorazonamiento, este ánimo y esta fortaleza para soportarlo todo y llevar adelante la misión se alimenta de Jesús. Pero no solo de mirarlo como ejemplo sino de mirarlo incorporando -encorazonando- su Corazón mismo. La oración que “encorazona” es una oración que va directo al Corazón, a la sede del ánimo y del coraje, y de allí toma no solo claridad respecto de lo que hay que hacer sino fuerza para hacerlo. 

Y aquí, paradójicamente, el mejor “recipiente” para atraer la Fortaleza del Corazón del Señor no son nuestras virtudes sino nuestras debilidades. Teresita lo sabía y por eso la primera paciencia que ejercitaba no era para con los demás sino para con ella misma.  

« ¡Qué feliz soy -decía- de verme imperfecta y tan necesitada de la misericordia de Dios! ».

Allí donde estamos “descorazonados” es el lugar preciso a donde dirige su mirada el Señor y, conmoviéndose como se conmovía al ver a los más humildes, pone Él su Corazón y nos encorazona: nos tiende la mano y nos levanta, nos dice tu fe te ha salvado; toma tu camilla y camina; de ahora en adelante, no peques más; sígueme; ánimo, no tengas miedo, soy Yo.

Teniendo a Jesús delante no hay duda de que lo mejor para presentarle, lo más claro y que se hace presente de manera inmediata, tantas veces por día, es nuestro corazón allí donde “nos descorazonamos”. Es precisamente el lugar donde sufrimos las insidias del enemigo para apartarnos de Jesús! San Ignacio diría: aprovechar que allí se desenmascara el enemigo y el ángel de luz muestra la cola de mono: allí donde nos descorazonamos podemos sentir claramente la diferencia de trato del que nos descorazona más y de Jesús, que nos encorazona.

Diego Fares sj

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