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Posts Tagged ‘buen espíritu’

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea.

Allí anunciaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca.

Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

Caminando junto al mar de Galilea,

vio a Simón y a su hermano Andrés,

que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y haré que se conviertan en pescadores de hombres.»

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,

que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,

y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

 

Contemplación

Jesús hacía fundamentalmente dos cosas: anunciaba y llamaba. El anuncio lo hacía “por atracción”, el llamado, saliendo Él a buscar. La gente se sentía atraída por Jesús e iba hacia él. Se juntaban multitudes para escucharlo. El llamamiento lo hacía yendo a buscar y eligiendo Él personalmente a sus discípulos.

La predicación, el anuncio del evangelio, la buena noticia de que uno puede convertirse en una persona de fe, de que cualquiera es importante para el Reino y hoy mismo, donde esté, puede cambiar de mentalidad, puede salir de la anestesia con la que los medios le enchufan criterios venenosos sin que le duelan, y pasar a ser una persona libre, que piensa en la fe, que goza con la luz que le va dando el Espíritu Santo, el Espíritu que visita las mentes de los fieles y nos propone los criterios de Jesús, el Espíritu que hace arder los corazones de los discípulos desilusionados dándonos los mismos sentimientos de Cristo Jesús…, este “kerigma”, el Señor lo predicaba a toda la gente que se le acercaba, al pueblo de Dios en su conjunto. Y lo hacía al aire libre.

La otra tarea, la de llamar discípulos para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar el Evangelio, la hacía yendo Él personalmente a su encuentro.    Hoy vemos que llama a los cuatro hermanos, a Simón y a su hermano Andrés primero, y luego a Santiago y a su hermano menor, Juan.

Les dice una frase que nos hemos acostumbrado a oír hasta el punto de que nos parezcan casi normales estas palabras -pescadores de hombres- en labios de Jesús. Y sin embargo…

Jesús era un carpintero y venía de las montañas de Nazaret. Cuando los llama les está hablando a hombres del lago de Galilea. Son gente que está en medio de su trabajo. Simón y Andrés estaban echando las redes al agua; Santiago y Juan las estaban reparando. Y Jesús viene y les dice que se vayan con él, que Él hará que se conviertan en pescadores de hombres.

No solo les cambia el objeto de su trabajo -peces por hombres-, sino que este cambio de objeto los transformará a ellos mismos: pescadores de hombres es algo que tienen que “llegar a ser”, es algo que hará Jesús con ellos y para esto tienen que dejarlo todo y seguirlo.

Lo que quiero decir es que solo en apariencia les está diciendo algo fácil y entendible. En realidad los está cambiando enteros: en su mismo oficio, en lo que ya saben hacer, Jesús los cambiará radicalmente, como si los hiciera de nuevo.

Puede ayudar una consideración de lo que significa “pescar hombres”. Cuando le decimos a alguien “te pesqué”, significa que en alguna mirada o en alguna palabra que usó, le descubrimos una intención que estaba ocultando. Esto tanto para bien, como cuando alguien trata de escondernos que nos hará un regalo sorpresa, como para mal, cuando nos está mintiendo: “te pesqué”. Pescar hombres tiene que ver, con las intenciones y los criterios.

Por un lado, se trata de pescar nosotros las intenciones más hondas de los hombres, esas que están como un pez en el fondo de un lago.

Jesús es especialista en pescar los pensamientos del corazón de la gente. Pescaba los buenos deseos de la gente sencilla con que solo le tocaran el manto, como la pescó a la hemorroisa; pescó al vuelo el deseo de seguirlo de los primero discípulos, cuando se dio vuelta y les dijo “qué quieren”, aunque era obvio que ya lo sabía, que les había tirado el anzuelo o había hecho que su primo Juan el Bautista pescara la cosa y se los mandara; Jesús pescaba la mala intención de los fariseos, les leía el pensamiento torcido, sabía que estaban pensando mal y se los expresaba en la cara; sabía lo que quería hacer su Madre en Caná y lo hacía aunque protestara cariñosamente con que no era su hora… y así con todo. Podríamos reescribir el evangelio entero desde esta perspectiva de pesca. Todas las parábolas, por ejemplo, son fruto de la mirada de Jesús que “pesca” en la vida cotidiana de la gente, las semillas del reino, que sabe ver cómo el Padre le revela sus cosas a los pequeños. Jesús pesca y enseña a pescar “al vuelo” los deseos del Espíritu en el corazón de los hombres (como pescó el Papa Francisco el deseo de casarse a la pareja que casó ahí mismo, en el avión, durante el vuelo de Chile a Perú).

Hay otra expresión que usamos y es “me pescás? “pescaste lo que quería decir?”. Es cuando apelamos al conocimiento que el otro tiene de una cosa y de nuestro modo de pensar. Más allá de las palabras que usamos como podemos, cuando hablamos con alguien esperamos que “pesque” lo que queremos decir. Esta capacidad que filosóficamente se llama “analógica” y es lo propio del pensar humano. Deducimos cosas por comparación. Y comparamos no solo cosas, sino dinamismos, procesos, estilos y antes que nada, intenciones… Pensar es discernir. La inteligencia no consiste en entender las cosas una por una y luego ponerlas juntas en un razonamiento. Uno pesca primero “la cosa en su conjunto”, la “situación”, como le decía el Güero a su mujer en la novela de Pérez Reverte, La Reina del sur”: “En este negocio, había dicho el Güero, hay que saber reconocer La Situación. Eso es que alguien puede llegar y decirte buenos días. Tal vez lo conozcas y él te sonría. Suave. Con cremita. Pero notarás algo extraño: una sensación indefinida, como de que algo no está donde debe. Y un instante después estarás muerta”.

Saber pescar “la situación”, es una buena imagen de lo que es el discernimiento. Es saber pescar al demonio cuando te dice “buenos días”, porque como dice el Papa Francisco, el demonio es un señor muy educado, y te sonríe, suave y te habla como quien no quiere la cosa y un instante después, no que estás muerto, como cuando se trata de narcos, sino que te ensartó un criterio y ya estás pensando vos mismo como él, sin que te fuerce en nada. Es lo que nos pasa a todos cuando nos “enganchamos” con algo que dicen los medios: nos muestran una foto o nos repiten una frase y nosotros seguimos solitos repitiendo un discurso como si fuera el único. No les ha pasado tener como un dejavu: notar de repente, en medio de un argumento que están pensando interiormente, que se les ha metido en la cabeza un tonito y que están repitiendo una frase “tal cual” como la dice un periodista que opinó sobre un tema?

Pescar hombres para el reino tiene, pues, que ver con los criterios. Con pescar “la situación”, no un zapato aislado. Con pescar lo que siembra el Buen Espíritu y con lo que sobre siembra el malo.

Jesús compara el Reino con pescadores que disciernen: “El reino de los cielos es semejante a una red, que, echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera” (Mt 13, 47-48).

Pescar hombres es discernir y enseñar a discernir, eso es lo que quería decir hoy, reflexionando sobre este evangelio. Es la tarea más importante en la que el Papa quiere que crezca la Iglesia en la actualidad.

Y quizás no hay mejor época que la nuestra. Hoy no se puede ocultar nada, todo el pescado está a la vista. Las cosas salen a la luz. No se pueden ocultar. Pero salen a la luz, no espontáneamente, salen ya “editadas”. Y exigen discernimiento personal y comunitario.

Pescar con Jesús y para Jesús es pescar la “intención de fondo” de las personas. Jesús, como ya se lo había profetizado Simeón a María, su Madre, cuando era un recién nacido, es y será uno que hace que salgan las intenciones de fondo de los corazones. Para eso vino a este mundo. Para eso nos visita y se nos acerca. No para imponernos nada. Visita para que salgan a la luz lo que tiene cada persona y cada pueblo en su corazón.

Esta tarea de pesca es la tarea principal del Señor: nos pesca para el reino, para llevarnos al Padre. Nos pesca en este lago que se escurre por el resumidero del tiempo, a las aguas del cielo, que no se escurren sino que son para siempre.

Para pescar con Él primero hay que dejarlo que discierna nuestro corazón y saque a flote nuestro verdadero rostro y nos libre de todo lo que es máscara y sentimientos menos dignos. Así, dejando que nos pesque el buen deseo que nos constituye y dignifica como las buenas personas que querríamos ser, y que nos discierna los deseos mezclados de todos los días, podremos ayudar también a los demás.

Jesús es el Pescador invisible, el Cristo de la mano rota de la Iglesia de San Bernardo en flores, que tironea desde arriba, como dice el Adán buenosayres de Leopoldo Marechal: “¡Es absurdo! Uno está navegando en ciertas aguas oscuras, y de repente se da cuenta que ha mordido un anzuelo invisible. ¿Comprenden? Y uno se resiste, forcejea, trata de agarrarse al fondo! Es inútil: ¡el Pescador invisible tironea desde arriba!”.

Discernir…

Morder el anzuelo invisible del Pescador que tironea para arriba! Gustar este anzuelo, gustar que vaya para arriba. Interpretar las cosas “hacia arriba”, aunque uno abajo patalee…

Ayudar a discernir.

Ayudar a “pescar la situación”, no solo las cosas sueltas, los títulos editados cada día, las noticias que son pescado viejo y podrido que nos sirven refritas como si fueran frescas de hoy.

No hay mejor época que la nuestra si es que uno quiere entrenarse en el discernimiento. Cada día tenemos ante los ojos “todo el pescado: buenos y malos”. Es tarea de cada uno ver qué elige, elegir qué come.

Diego Fares sj

 

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“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

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