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Posts Tagged ‘Bienaventuranzas’


            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea, de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano, y alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. 

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

 En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!

Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26). 

Contemplación

            Me quedaron resonando en el corazón las palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles pasado, 13 de febrero. Fueron sobre el Padre nuestro y, más que decirlas, las dramatizó con preguntas, como se suele hacer en las clases de catecismo a los niños: “Hay una ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro” -así comenzó diciendo-, y agregó: “Y si yo les preguntara cuál es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro…? No les resultará fácil responder (…) Piénsenlo, qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo».

            Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. “Yo” no, no va. 

            Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padre nuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”.

            Acá me detuve, al sentir que las bienaventuranzas tienen el mismo espíritu que el Padre nuestro. De hecho el Papa decía el otro día en Santa Marta: “Para rezar el Padre nuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas”. Es el “odre nuevo”, el “estilo” comunitario que nos enseña Jesús, para poder vivir bien el contenido del evangelio. 

            Jesús no dice “feliz de ti, que eres pobre”, sino “felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Jesús nos ve, felices o desdichados, juntos. 

            Nadie es pobre solo, nadie tiene hambre solo. En una mesa donde hay muchos comiendo uno solo no pasa hambre. Quizás por eso a los pobres los van juntando entre ellos, para que vivan en villas miseria, en zonas más pobres, en países y continentes enteros más pobres. Siempre recuerdo a una familia amiga que vivía en la villa del barrio Sancalal, junto a las vías del Belgrano. Un plan de viviendas ofreció casas prefabricadas a unas cien familias por el lado de Trujuy y se fueron. Las casitas estaban lindas y el barrio bien demarcado. Pero me quedó grabado lo que dijo una mamá: “Acá no hay quién pedirle una taza de azúcar”. Estaba aislado y eran todos igual de pobres. Para comprar tenían que salir caminando por la ruta como tres kilómetros.

            Continuaba Francisco: “No hay que olvidarlo, en el Padre nuestra falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No se olviden. Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, «nosotros».

Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: «Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo?» Y yo, ingenuo, dije: «Tú». «Este es el principio de la guerra -me dijo-. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, porque estamos todos juntos». Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura”.

            Estoy haciendo la prueba en estos días de entrar en la oración usando el nosotros, como si rezáramos en grupo. Con distintos grupos. Me di cuenta (con el estremecimiento que provoca siempre que uno da un paso de conciencia y se da cuenta de lo ciego que ha vivido!) de que siempre he rezado diciendo “yo”. Es cierto que pido por los demás y que cuando digo yo lo hago diciendo “yo soy un pecador” y también “quiero ser mejor para los demás”. Pero el “yo” está ahí, como una estatua. Empecé a tratar de rezar usando el nosotros y en el primer “nosotros” en el que me sentí identificado fue este -amplísimo- de los pobres. Acá estamos Señor, los que te pedimos limosna hoy día… Y me hacía la composición de lugar de la fila que hacen los pobres para entrar al Hogar a la mañana, al desayuno y luego al almuerzo. Acá estamos, Señor: los pobres. Los que venimos a pedirte “danos la limosna de oración de cada día”. Cuando uno no hace fila, aunque esté en medio de una multitud, por ahí no se siente “nosotros”. Y en cambio, ponerse en fila nos constituye como “nosotros”. Y ese nosotros hace que nuestra hambre se modere a su ración, que no nos pongamos avarientos con el mensaje de la sociedad de consumo, que estimula hambres innecesarios, deseos de cosas que no podemos consumir. Felices los pobres que hacen fila y siendo ese “nosotros” se les sacia el hambre con su ración común y gozan “siendo parte” del Reino de Dios, en el que ninguno es solo yo sino que cada uno se siente con un solo corazón.

            Me decía un matrimonio amigo que fue a esta audiencia del “yo” y del “nosotros”, que el Papa pasaba saludando a los que estaban adelante y que “uno veía que había tanta gente y que él tenía que pasar rápido, y entonces uno elegía bien lo que le quería decir, lo más importante”. Cuando el Señor pasa, ese “nosotros” en el que uno está nos hace discernir lo importante y no andar dando vueltas. Estar en fila con los demás nos ayuda a discernir lo esencial, a elegir las palabras que nos importa comunicar.

            Otro “nosotros” en el que me pongo a rezar es el familiar. Sintiendo nuestras penas familiares comunes. Esto es algo que sale natural. Las lágrimas son familiares. No es que uno se tenga que hacer a la situación. Si uno ve llorar a sus hermanos, a su madre, a sus primos, se conmueve inmediatamente. El nosotros está inscrito antes que el yo en nuestra carne que es familiar. 

            La familia es ese nosotros que el Señor ve cuando dice “ustedes” y que nos enseña a declinar al rezar el Padre nuestro. El es el Padre de nuestra familia, antes que nada. En esa “habitación familiar” debemos entrar para estar a solas con Él, no aislados sino como el que reza por todos. El papa lo describía así: “Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón ¿cómo está? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. «Ablanda, Señor, mi corazón». Es una oración hermosa: «Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás»”

            El nosotros familiar es el que debemos recuperar. Está tapado por el individualismo. Pero basta escarbar un poquito para que brote el agua fresca del manantial familiar. Rezar como hijo, como hijo pequeño en brazos de su madre, rezar como hermano, rezar como primo hermano, compañero de juegos. Qué extrañas posturas adoptamos a veces en la oración entendida como deber o, peor, como técnica! Jesús nos remite al “Abba” -papito- de la infancia, al hermanito y a la hermanita con quien se compartían los regalos y las tareas, al hijo mío que toca el corazón a la hora de responder a algún pedido. El nosotros familiar no permite que se convierta algo tan precioso como la oración en un bien más de consumo.

            “Podemos preguntarnos -prosigue el Papa-: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿o pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese «nosotros» que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas”.

            Por fin, la bienaventuranza de las persecuciones, los insultos y las exclusiones. Salten de gozo, dice Jesús. Así trataron a los profetas. Ser profeta -que la palabra que uno dice y el testimonio que da, deje huella, le haga algún bien concreto a otros- es la gracia propiamente evangélica. La señal de que uno fue evangelizado (por un profeta de palabra eficaz y fecunda) es que uno la comunica y la anuncia también proféticamente, de manera que incide en la vida y deja marca. En este ámbito de la profecía, del martirio (porque se es profeta por el testimonio de vida y no solo porque uno habla o escribe) el nosotros adquiere una dimensión misteriosa. Impresionan los “compañeros mártires”, esos mártires que dan la vida en grupo, sin distinguirse quién era “más santo” o tenía tal cualidad. Es el hecho duro y neto de haber dado la vida junto con los demás el que hace a nuestros mártires santos la causa de que nos haya llegado al fondo del corazón la fe. Es la multitud de testigos la que transmite la fe. Testigos anónimos, que amaron y dieron la vida, sin reclamar nada para sí. Esta entrega constituye ese nosotros al que gozosamente nos sumamos. Silenciosamente nos sumamos, cada uno cuando le llega su tiempo. No hay otro orgullo más grande que el que se siente al poder formar parte de ese nosotros: uno más, en medio de nuestro pueblo. No entramos en este nosotros dichoso por ningún reconocimiento externo. Entra el que lo vive y lo goza de adentro, el que desea ser “nosotros”, el que se esfuerza interiormente por dejar de ser “yo, me, mi, conmigo” y ama sentirse uno más de los que “aman a Jesús aún sin haberlo visto”. Uno forma parte cuando busca sólo la ayuda y la aceptación del Señor, que es el que pronuncia ese “felices ustedes” y ese “vengan ustedes, benditos de mi Padre”, que justifican la vida. 

            No hay otro pecado para pedir perdón sino este -fundamental, clarísimo, inexcusable- de no estar a la altura de este nosotros. El pecado de ser solo “yo”. 

            No hay otra gracia para agradecer más que la de ser invitado -sin mérito alguno, por pura gracia- a formar parte de los que entran a este banquete y forman parte de este reino. 

Ir aprendiendo cada vez que digo “yo” a corregirme y agregar “nosotros” es la gracia. Nosotros los hombres. Nosotros los de nuestro pueblo. Nosotros los de nuestra familia. Nosotros… 

Dichosos nosotros, si apuntamos en esa dirección, enderezando el rumbo empecinadamente hacia un nosotros abierto, al que pueden venir a habitar todos los hombres de buena voluntad. Ay! de nosotros si vamos para el otro lado: para el nosotros que se achica y se encierra. 

Diego Fares sj

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Repaso del año con las bienaventuranzas (Santa María Madre de Dios C 2018-2019)

            En aquel tiempo, los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban maravillados. Pero María atesoraba todas estas cosas reflexionando y sacando provecho en su corazón.

            Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios, porque todo cuanto habían visto y oído era tal como les habían dicho. A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción (Lc 2, 15-19).

Contemplación 

            María no solo se maravilla con las cosas que cuentan los pastores acerca del Niño, sino que las “atesora”. Guarda como un tesoro en el corazón todo lo que dicen estos hombres sencillos que anuncian la buena noticia que les revelaron los ángeles, este primer evangelio predicado por los pobres de Belén. 

            María atesoraba estas cosas “meditándolas”. Pero con una forma de meditar que es especial. La frase que mejor expresa lo que quiere decir “synballousa” es quizás la que usa San Ignacio en los Ejercicios: reflexionar para sacar provecho. Se trata de guardar las cosas ponderándolas, confiriéndolas unas con otras, hasta que uno concreta algo y saca provecho para su vida. Nuestra Señora es Maestra en esta contemplación para la acción. Para nosotros, los Ejercicios espirituales son un modo muy cercano a este modo de rezar que practica la Virgen por connaturalidad: Se trata de atesorar (en la memoria), de meditar (con la inteligencia) y de aprovechar para sentir y gustar afectivamente (con la voluntad).

            Una palabra más sobre “atesorar” o “conservar cuidadosamente”. Lucas usa el verbo “sintereo“, que implica “guardar las cosas poniéndoles un rótulo que dice “tesoro”, “cosas muy buenas para amar”, “maravillas de Dios”. Lo que filosóficamente llamamos “sindéresis” es un juicio básico y originario que configura nuestra razón práctica. Es habitual y no meramente puntual porque nuestra mente “se enciende o activa” en este programa que ilumina todo lo que se nos presenta para decidir diciendo: “hay que amar el bien y rechazar el mal”. Siempre está encendida la llamita de esta “sindéresis”, siempre esa voz -que llamamos conciencia- nos está diciendo:  sea lo que sea que hagas y elijas tenés que elegir el bien y rechazar el mal. Gracias a esta certeza nos podemos corregir cuando nos damos cuenta de que hemos elegido algo menos bueno o malo, podemos juzgar por nosotros mismos, rectificar el rumbo y orientarnos nuevamente al bien, que es el sentido de nuestro obrar. 

            Todo esto que decimos apunta a sintonizar con el modo de pensar y sentir de María, que en su simplicidad, es la Sabiduría misma. Sabiduría práctica que discierne siempre lo que le agrada al Padre y lo que está tratando de hacer Jesús. De aquí brota su consejo práctico: “hagan todo lo que Él te diga”. Esto, si lo que deseas es beber el Vino bueno del Espíritu y que tu vida tenga otro sabor, otra pasión y otra alegría, más plenas  que las del mundo, que son pasajeras y se acaban (“No tienen vino”). 

            Teniendo en cuenta la riqueza que estas palabras adquieren en María, repasamos el 2018 poniendo la atención en el 2019, es decir: mirando para adelante. 

            Atesoraremos algunas cosas, sí!, pero no para guardarlas en el archivo de fotos (las lindas para mirar de vez en cuando y las feas y tristes para borrar), sino para discernir con más claridad y determinación qué ánimo nos dan estas perlas preciosas para vivir más fecundamente el año que se nos ofrece. 

            Una imagen es mirarnos a nosotros mismos cada vez que nos toca armar la mochila para salir de viaje. Al meter o dejar de lado cosas, uno hace memoria, discierne los pesos inútiles que cargó la vez anterior y busca poner esta vez lo esencial, solo lo que más le ayudará a caminar ligero y bien provisto, el viaje que emprende. Como ese papá que carga el sueño de su hijito como peso principal.

………

            Rezando esta mañana pedía como cada día, “esa limosna de oración” al Espíritu que me permite arrancar la mañana (y el año) con algo Suyo y no mío, algo pequeño pero nuevo.

            Suelen caer en mi jarro gracias muy pequeñitas, que apenas tintinean, y que estoy aprendiendo a no dejar pasar por quedarme esperando billetes grandes que no siempre llegan. 

            Hoy sentí que caían las moneditas de las bienaventuranzas. Y se me ocurrió hacer el repaso del año desde esa perspectiva: un examen y un plan en clave de bienaventuranzas. 

            Esto para  mí quiere decir que no tomo las afirmaciones de Jesús desde el “deber ser” (algo así como “si querés ser feliz, tenés que ser pobre, llorar, ser manso… etc.), sino como algo que puedo constatar de manera muy real y práctica: la felicidad que el Señor desgrana en sus bienaventuranzas son “lo que quedó”, cuando tamizo la arena del año que pasó y que malgasté en gran parte. Las bienaventuranzas me quedan en el cernidor  como algunas pepitas de oro y se nota enseguida que son puro don. 

            Tomo solo dos: Felices los pobre y felices los que lloran.

            Los índices nos dicen -con la crudeza de los números- que terminamos el año más pobres. El salario real -las cosas que podemos comprar para vivir con el dinero que conseguimos- cayó más del 10%. Hay más de 7 millones y medio de personas que caminan al lado nuestro que no tienen recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. Es decir que no comen bien, no se pueden vestir dignamente, no tienen remedios si se enferman, no pueden mandar a sus chicos a la escuela con todos los útiles que necesitan para aprender… 

            La constatación de la pobreza material, en un mundo que tiene todos los recursos naturales y sociales para erradicarla, nos lleva a una conclusión: ha aumentado la miserabilidad política: la inequidad de pensar cada uno solo en lo suyo y no en el bien común, el no ser creativos en la solidaridad. Esta miseria política es la causa de la miseria material. No es un problema natural! Ni heredado como una fatalidad. Ni culpa de la situación mundial. Si en una familia o en un pueblo los padres de uno de cada tres niños no tienen para cubrir sus necesidades básicas, es un problema político, en el que entramos primero como padres de los otros dos chicos y, luego, cada uno con su profesión y posibilidades. Quiero decir que a esta pobreza hay que entrarle primero con el corazón, donde se encarna el sentido político del pobre.

            Aprender políticamente, crecer como ciudadanos que construyen un pueblo y dejar de ser meros individuos que van de la queja a la avivada, lleva tiempo. Mucho tiempo y muchos aprendizajes (digo aprendizaje y no fracasos porque “en la vida no se fracasa: o se gana o se aprende“, como dice Vecchione, un cantautor italiano). Sin embargo, la bienaventuranza de Jesús que dice: “Felices ustedes pobres, porque de ustedes es el Reino de los Cielos”, nos puede abrir una perspectiva más honda, más inmediata y posible de practicar. 

            Es la visión de la vida que surge cuando uno termina de aceptar que “es” pobre. Que sea cual fuere el punto del índice comparativo en el que me encuentro socialmente en este momento, soy radicalmente pobre. En cosas, en cualidades, en tiempo, en méritos y hasta en mis pecados: soy pobre. 

            Pero no en sentido despreciativo de ser “un pobre tipo”. No!

            La clave de la pobreza feliz del Reino está en la paternidad. Solo un padre, solo una madre, son verdaderamente pobres. Porque uno si no tiene hijos a quienes cuidar y alimentar y hacer crecer como personas, no experimenta lo que es la pobreza. Experimentará solo carencias o necesidades individuales. 

            La pobreza verdadera es no tener nada para dar a los que uno ama y que dependen de uno. Cuando experimento esta pobreza, de tener muy poco o nada para dar a mis hijos, a mi comunidad, a mi pueblo, entonces la bienaventuranza de Jesús se abre como una revelación y una promesa. Porque el Reino que nos ofrece Jesús es siempre un tesoro que puedo dar. Yo, aquí y ahora. Lo puedo dar, no importa cuán pobre sea! Y cuando experimento que no tengo otras cosas para dar, este tesoro, esta perla de Jesús, comienza a irradiar con todo su esplendor. 

Es un tesoro que no se devalúa ni se corrompe. 

Se nos regala gratuitamente y lo podemos regalar. 

La alegría que nos produce, nadie nos la puede quitar. 

No nos lo pueden robar. 

Todo lo que hacemos con sus monedas -la de la misericordia y la de la caridad- se capitaliza, da fruto para otros, produce el 30, el 60 y el 100 por uno. 

Y los que amamos lo pueden heredar.

No son “monedas para acumular” (apropiables, que yo utilizo como y cuando quiero), son monedas que se capitalizan como “monedas para dar”. 

No son monedas que se puedan atesorar en lugar alguno -material o espiritual- de esta tierra. Por eso se llaman “tesoro del cielo”. 

No son parte de un sueldo mensual, son limosna diaria para vivir y para dar hoy. 

No dan renta, producen frutos.

Las distribuye -con exclusividad- el Espíritu. 

Yo puedo administrar estos talentos y negociarlos para que se multipliquen, pero nunca soy dueño. De nada. Aunque, paradójicamente, se me de todo y posea la administración total del capital ilimitado de misericordia y caridad que se me confía. 

Feliz entonces si la vida me ha llevado al punto de ser consciente que no tengo nada mío para dar a los que amo. Feliz porque recién entonces puedo valorar lo real del tesoro que Jesús me ofrece para dar. 

Examino, pues, el año, desde la perspectiva de lo que he “perdido” (aprendido), desde aquello en lo que me he empobrecido y lo agradezco, ya que esta moneda de mi pobreza es la que me permite adquirir derecho al Reino, derecho a poseer todas las gracias que Jesús nos comparte y nos regala para distribuir a los demás. 

….

Felices los que tienen la moneda del llanto, porque recibirán la de la consolación

            Me propongo encontrarme con el Señor allí donde tengo la fuente de mi llanto. Es un lugar especial. Como hacen los niños que se han golpeado, que primero pispean si los ha visto su madre y recién allí sueltan el llanto, así también yo muchas veces no me atrevo a llorar por no sentirme bajo el abrazo de Dios. 

Llorar es signo de pobreza y de amor. 

Pido perdón por haber llorado poco, pido la gracia de acercarme más a Dios, para poder llorar bien, como lloran los padres.

Con estas dos monedas, de la pobreza y el llanto, adquieren mansedumbre paterna las demás bienaventuranzas, especialmente las del hambre y la sed de justicia y la de la  persecución. De la pobreza y el llanto de padres se origina la gracia de no perder nunca la paz. Esta gracia que el Espíritu le ha dado a Francisco y de la que participamos los que lo queremos y seguimos como Papa.

En este espíritu de bienventuranzas y en esta clave de paternidad-maternidad, cada uno puede atesorar y reflexionar para sacar provecho la bienaventuranza que el Espíritu le de a elegir y desde allí examinar el año que pasó, dando gracias por las gracias, pidiendo perdón y proponiéndose un plan de vida dichoso para el año que viene.

Diego Fares sj

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                                                            Trinidad de vida, Ana Graça Bessan

Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: Lo que pasa con el reino de los cielos es semejante a lo que le pasó a un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero,¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

En la parábola de hoy, lo que más me llama la atención es –no sé si esta es la palabra- la obstinación del rey con la celebración de las bodas de su hijo, con que todo salga bien.

Lo que depende de sólo de él y de sus servidores, sale impecable. Se puede ver en lo que manda a decir a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto”. Lo que depende de la libertad de los otros, se complica, y mucho.

Pero al contemplar hoy no siento deseo de poner el acento en los invitados, sino en el Rey al que por ahora llamo obstinado, aunque no sea la palabra justa.

Como en la parábola del Padre misericordioso, en la que las actitudes de los hijos sirven para comprender que debemos “ser perfectos en misericordia (y no en autorrealizarnos), como el Padre”, frente a todo endurecimiento del corazón, aquí me interesa más contemplar al Rey que a los invitados.

Los invitados representan todos los tipos de rechazo a la invitación a la fiesta, que es lo importante. Unos porque que están en otra cosa y no les interesa, otros porque, como bien lo demuestran sus actos de violencia, son malos y matan a los servidores, y el último, el que no se puso el vestido de fiesta y –lo que es más grave- ni siquiera se excusó ni dio muestras de arrepentimiento sino que se quedó callado, puede ser que represente a los que no se sabe por qué no se suman al esplendor de la fiesta, pero de hecho no se suman.

Los ejemplos sirven, pues, para ver la decisión del Rey, al que no lo detiene ni deprime ningún rechazo ni ningún obstáculo.

Él va adelante con la fiesta de bodas de su hijo y cuida que nada empañe la alegría de la celebración.

A los que mataron a sus servidores, los manda matar e incendia su ciudad. En el otro extremo, al que con su actitud puede poner una nota discordante en la fiesta, simplemente lo hecha sin dar muchas vueltas. Si nos parece excesivo, tengamos en cuenta que no se trata de una parábola de misericordia. Si fuera así, habría que compadecerse de este pobre tipo que se liga un reto que parece desmesurado (sin embargo, es común que, si entra un desubicado en una ceremonia, uno haga que lo saquen. En todo caso, se lo atiende en otra parte, pero no se puede permitir que arruine la entrada de los novios, por ejemplo). Aquí la cosa es más drástica, porque la fiesta es “la última” –son las bodas del Hijo con la humanidad-. Los pobres –buenos y malos- han sido invitados y vestidos de fiesta y no hay más tiempo ni lugares a dónde ir que no sean o en la Fiesta o afuera, donde hay llanto y rechinar de dientes.

Despejamos, pues, la cuestión de los invitados: de los que están en la suya, de los que están en contra y de los que son “ni”. Y tomamos nota de los que aceptaron la invitación y “llenaron la sala de bodas como comensales”. Estos se suman al deseo del Rey, que quiere que las bodas de su hijo sean algo especial y contribuyen con su presencia. Saben que son invitados “de tercera” (ni siquiera de segunda) y aceptan ponerse el vestido que les dan y que los “hace dignos” de estar en una fiesta real, en una fiesta así. Los otros mostraron, con sus actitudes, “que no eran dignos”. Ese fue el juicio categórico del Rey para calificar su rechazo. Estos, buenos y malos (Lucas agrega “pobres, lisiados, ciegos y tullidos”) son dignos, no porque tengan méritos propios, sino porque aceptan la invitación y el vestido y lo hacen de corazón. Es como cuando uno se da cuenta de que está en un lugar más alto del que le corresponde y trata de no desentonar para ayudar al dueño de casa a que su fiesta salga bien. No sabría describir bien un ejemplo, pero hay situaciones en las que se da cierta complicidad entre alguien muy poderoso y rico y alguien muy humilde y pobre. Quizás este tipo de situaciones sólo se de en una fiesta de bodas, en las que un detalle (como el que estaba mal vestido) puede amargar la fiesta y, por el contrario, hay muchos pequeños detalles de gente atentam que “salvan la fiesta”, que solucionan un problema como el de que “no haya lugares vacíos”, por ejemplo. Digo esto porque pienso que tampoco es que los invitados que se excusan fueran tan tan importantes. Seguro que en una fiesta así había muchos más invitados. Los de la propia familia, por comenzar. Y otros de otros reinos, ya que se trata de un rey. Estos más bien parecen los del propio reino y vienen a “llenar” la sala. Son un poco de relleno, digamos. Como para no darles mucha importancia… Y con esto llego por fin a lo que quería hacer, que era no darles mucha importancia, para poner la atención en el rey “obstinado”.             Esta “obstinación” en que todo salga perfecto, revela la actitud del rey frente a los obstáculos. Pero, una vez salvados y mejor aún relativizados, todos los rechazos y problemas, vemos que surge otra cosa: surge el hijo y su fiesta de bodas.

La Fiesta del Banquete de Bodas se hizo –se está celebrando- y salió -está saliendo- perfecta, gracias a muchos y pese a algunos. El rey entra en ella para ver cómo va todo y cuida de que nada arruine la alegría de la Fiesta (en Lucas le dicen que “todavía hay sitio” y él manda que “obliguen a entrar gente hasta que se llene la casa”). Lo importante es la Fiesta de bodas, lo importante es el hijo y su esposa, que seguramente será como dice el Salmo: “Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos recamados en oro; con sus brocados es lleva ante el rey” y “prendado estará el rey de su belleza” (Sal 45, 11-14).

La Fiesta es la Fiesta de Bodas del Cordero –que simboliza el establecimiento definitivo del Reino de los Cielos ya en nuestra historia- y por eso, como dice el libro del Apocalipsis: son “Bienaventurados los que están invitados a las Bodas del Cordero” (Ap 19, 9).

Es esta una Bienaventuranza muy especial. Porque están otras en las que la condición es algo en lo que está implicada la vulnerabilidad humana. Hago un paréntesis para recordar que el Papa afirmó que esta vulnerabilidad nos es “esencial”. En Cartagena, una niña discapacitada intelectual –Leda María- le dijo al Papa algo que lo emocionó mucho. Y el Papa le pidió que lo leyera de nuevo porque era importantísimo. Ella leyó pronunciando cuidadosamente cada palabra y levantando varias veces los ojos para conectarse con Francisco: “Queremos un mundo en el que la vulnerabilidad sea reconocida como esencial en lo humano. Que lejos de debilitarnos nos fortalece y dignifica. Un lugar de encuentro común que nos humaniza”. Pues bien, hay bienaventuranzas que bendicen nuestra vulnerabilidad: nuestra pobreza, nuestro llanto, nuestra paciencia, las persecuciones… Ésta en cambio es una bienaventuranza final y bendice nuestra capacidad de ser invitados por el Padre a la fiesta de bodas de su Hijo con la humanidad.

Uno tiene muchas cosas que trabajar y mejorar en su vida, pero es fundamental trabajar esta: la capacidad de ser invitado. Y hay que tener “el aceite en la lámpara” y “aceptar que a uno le pongan el vestido”. El Padre, como el Rey de la parábola, es –al igual que Jesús- fundamentalmente un “invitador”. Es decir: alguien que prepara y realiza cosas muy lindas y que invita a participar. Ni las hace para él solo ni obliga a nadie: invita. Pero invita insistentemente –con obstinación, diría- y no acepta que ningún rechazo arruine su fiesta. De última uno puede optar por quedarse o ser echado fuera. Aunque el “afuera” sea tenebroso y lleno de llantos, hay un afuera. Eso sí, no se puede pedir que el “afuera del amor” sea lindo o neutro.

Con esto hemos caracterizado al rey como una Persona que invita, como un Rey que recibe en su casa, que sienta invitados a su mesa y los atiende cuidadosamente. La palabra es buen anfitrión. Los sinónimos no dan –hospitalario, invitante, acogedor, hospedador-. Quizás es porque no hay tantos “reyes” y la actitud tenga que ver con alguien cuya condición sea real, en el sentido de que esté por encima de sus huéspedes y se note que recibirlos bien y atenderlos magníficamente se debe a su magnanimidad y no a los derechos de los otros. Algo de esta experiencia se da hoy cuando el Papa recibe a alguna persona humilde y la hace sentir especial. Me lo decía por whatsapp la mamá de un adolescente que salió de un coma profundo y que tuvo una invitación para ir a la audiencia de los miércoles: “No puedo creer estar aquí”. Y después, viendo las fotos, me decía que, en el momento, por la emoción, no se había dado cuenta de que Francisco había tenido todo el tiempo la mano sobre el hombro de su hijo…

………….

Y hablando de manos de padre, paso a Manos Abiertas, que este fin de semana festeja en el Encuentro Nacional, sus 25 años de vida. Estos encuentros, que en algún momento por el trabajo que implica organizarlos (y que siempre recae en los mismos animosos que no saben decir que no) alguno planteó espaciarlos de un modo más funcional y que otros insistimos en que, si se había dado como una gracia de esas que surgen por la acción espontánea y carismática que tanto le agrada al Espíritu Santo, lo mejor era alimentar la gracia y no restringirla, estos Encuentros, digo, gozan de esa bienaventuranza de la Fiesta: “Bienaventurados los que están invitados a las Fiestas de Manos Abiertas”, podemos bien decir.

Son encuentros en los que se dan todas las gracias y los frutos que el evangelio describe para el banquete que será el cielo: uno se reencuentra con gente amiga y descubre amigos que no sabía que tenía y que están en lo mismo; hay alegría, comida compartida, testimonios de vida, eucaristías lindas, proyectos y sueños, obras nuevas…

Todo gira en torno a los otros invitados –a los patroncitos y a las patroncitas- que en cada obra participan de este mismo espíritu. La condición de todos, eso que se le ha regalado a cada uno de los que formamos parte de Manos Abiertas, es la de “invitados”.

E “invitados de tercera”. Invitados para “invitar a otros” –pobres, lisiados, ciegos y tullidos, buenos y malos-, es decir “invitados servidores”.

Este espíritu de “sentirse invitado indigno” y “hecho digno”, vestido de fiesta, hace brillar que el único “Dueño de casa” es el Padre y que la Fiesta es para Jesús con su Esposa –la Iglesia pueblo de Dios que reúne a todos los pequeños de la tierra-.

Esta gracia de sentirse “invitado” –y no dueño- se cultiva con la memoria agradecida de quién era uno antes de que lo invitaran, en qué andaba y qué le faltaba y qué recibió participando en Manos.

Esta gracia de sentirse invitado se mantiene y se cuida con dos actitudes más, una positiva y otra de resistencia. Positivamente, uno cuida el ser invitado sirviendo. No acomodándose ni exigiendo, sino sirviendo a los demás.

Negativamente, se ve si uno realmente no se la cree y sigue sintiéndose invitado, si en la práctica rechaza toda actitud de patrón y de funcionario. Si uno no se enoja de que le paguen a los últimos igual que a los primeros, si uno perdona deudas chicas y no se indigna por cualquiera que le debe cinco pesos siendo que le han perdonado un millón, si uno entra a la fiesta cuando el Padre le festeja a algún hermano pródigo que regresa…

La gracia de ser buen anfitrión, como el Rey de la parábola, es una gracia linda que nuestro amigo el padre Rossi ha recibido y a la que, con ayuda de muchos, hace dar fruto como el buen servidor de la parábola de los talentos. Somos siempre más los que gozamos de este carisma suyo de hacernos sentir a todos bien recibidos. Es una gracia que tiene un ida y vuelta muy especial: se nota, paradójicamente, en la manera que tiene Rossi de ser buen huésped, de hacer sentir cómo se siente a gusto cuando es invitado a visitar a otros por todo el país. Es una gracia grande. No es solo simpatía y bondad natural. Es una gracia de Paternidad, de brazos amplios para abrazar a muchos. Y de obstinación para superar todos los conflictos, rechazos y complicaciones que salgan, cosa que lleva sus buenos disgustos y angustias. Es gracia de fe. Rossi es una persona que cree – y nos ha embarcado a muchos en esta misma fe- con fe inquebrantable en que nuestro Padre tiene preparado un lugar para cada uno –esto se hace realidad en cada casa de Manos Abiertas- y de verdad desea que su salón de Fiesta se llene de comensales. Y por eso es que sale tanto a invitar gente para fiestas nuevas. Damos gracias por eso y como invitados servidores pedimos al Espíritu que bendiga la capacidad de los pobres de sentirse invitados del Padre al banquete de Jesús.

Diego Fares sj

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Al ver a las muchedumbres, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el

Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo» (Mateo 5, 1-12ª).

 

Contemplación

El Señor, al comienzo de su ministerio, retoma al profeta Isaías. Le dice a la gente que el Espíritu Santo lo ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres y consolar a los afligidos.

Las bienaventuranzas son ese Anuncio.

Son las bendiciones consoladoras de Jesús a su pueblo.

Nos hará bien escucharlas de los labios de un Jesús sentado en medio de su pueblo.

Al ver a la gente que lo había seguido multitudinariamente –grandes y chicos, familias enteras que lo siguieron en procesión, esperando que el Maestro los juntara en algún lugar adecuado y se pusiera a enseñarles-, Jesús subió al monte y allí –rodeado de sus discípulos- se sentó tranquilamente y comenzó a “anunciar la buena noticia a los pobres”.

Su anuncio no es comparable a ningún tipo de anuncio o enseñanza humana. O mejor, es el más humano de los anuncios y la mejor de las enseñanzas.

Dos detalles. Se dieron cuenta de que, para empezar, toma la pobreza, las penas y el hambre y sed de justicia de la gente? Jesús no anuncia ni enseña lo que la gente “no sabe” sino que toma lo que la gente “vive” y eso es lo que ilumina.

 

Felices los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia. El reino es de ustedes, los pobres: serán consolados en sus penas, serán saciados en su sed de justicia.

Vemos como en la primera bendición consoladora está todo: Benditos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

El discurso es convocante: los está mirando a ellos, notando su pequeñez

¿Quiénes eran, uno a uno, esas personas que estaban escuchando aquel día?

¿Qué tenían de especial para ser destinatarios del anuncio más bello de la historia?

No eran nadie y, por eso mismo, eran todos.

Eran los más comunes. Ninguno pudo reivindicar “yo estuve allí, aquel día”, porque no había periodistas.

Eran las familias del pueblo, las mamás que salieron con sus hijas a ver si Jesús se las bendecía. Eran los hombres con sus hijos que estaban trabajando en su campito: dejaron el arado y se fueron con sus compañeros a escuchar a Jesús. Eran los viejos, que estaban sentados a la puerta de su casa y les decían a todos que estaba bien ir a escuchar al Rabí. Y, por supuesto, en primera fila estaban los mendigos que habían ido todos. Y los enfermos, los que el Señor había curado y los que tenían la esperanza de hacerse curar.

Felices los que tienen alma de pobres, los que no pretenden mucho para sí, solo poder estar sanos para trabajar por su familia…

Jesús anuncia que su Reino, el de los cielos que han bajado a ese monte y a esa pequeña multitud del pueblo fiel –en la que bien caben todos los pueblos de la historia, esos pueblos que somos todos cuando nos abajamos a estar juntos, contentos de ser uno más que escucha junto con todos a Alguien como Jesús, cuando convoca-, su Reino… les pertenece: es de ellos!

A veces uno se pregunta cómo llegaría el mensaje a tanta gente, qué escucharían, qué podrían entender… Yo creo que esto, lo entendieron todos. Perfectamente.

Uno presta atención cuando, en medio de una multitud, dicen “los que tienen asiento de la fila 20 a la 40 suben primero”; o “las personas con niños a cargo o personas ancianas, por este lado”. Cuando Jesús dijo “los que tienen alma de pobres”, nadie se movió, pero todos los que estaban allí, sentados en el suelo, después de haber dejado sus cosas para seguir a Jesús, sintieron que les estaba hablando a ellos. Y les decía que El Reino de los Cielos era de ellos.

Y apenas sintieron que les hablaba a ellos, que los pobres de espíritu eran ellos, los que “lo habían seguido para escucharlo y estaban allí sentados en el suelo”, el Maestro los contuvo con la bienaventuranza de la paciencia y les hizo sentir que comprendía su estado de ánimo y su sed. Como si hubiera dicho levanten la mano los que tienen alguna aflicción y los que están esperando que se haga justicia. No hizo falta que levantaran la mano. El anuncio era, indudablemente, para ellos.

Y entonces, después de escuchar esto, se les abrieron bien los oídos y entendieron todo lo demás, que les vino como un agua fresca para sus corazones y los consoló como el solcito de la tarde que los iluminaba haciendo que las palabras del Reino entraran en sus mentes y se fijaran para siempre en su memoria común.

Ustedes serán consolados, serán saciados. Eso vengo a anunciarles, esa es la buena noticia. Ahora cambian las cosas, se dan vuelta: lo mismo que los afligía se convierte en su bendición. Porque Yo estoy con ustedes, el Padre me ha enviado, y Yo los veo y los comprendo, yo los consuelo, yo les hago justicia.

Fue en ese momento, en el que todos estaban pendientes de sus labios porque se sentían comprendidos en su situación y en sus aspiraciones más hondas y comunes, que el Señor sembró La Bienaventuranza: Felices los misericordiosos porque alcanzarán Misericordia. Allí, en el corazón de su discurso, en el momento culminante de esa homilía que duró nueve minutos –porque el Señor hacía silencio luego de cada una y esperaba que se la dijeran unos a otros, especialmente a los que estaban más lejos- Jesús anunció y reveló que las dos Misericordias van unidas: la que damos a los demás con la que recibimos de Dios.

Esta es la más importante, si se puede hablar así, o mejor, es el corazón, que da vida a las demás, en ese latir que purifica todo, asumiéndolo, y oxigena todo, con sangre renovada. Por eso, ahí mismo, viene la que dice: Felices los de corazón puro, porque verán a Dios.

A continuación, todos comprendieron que el Señor les daba una tarea –la de trabajar por la paz, como buenos hijos de Dios. Y los precavía contra la tentación de pensar en un reino fácil o triunfalista. El Señor les enseña que, así como asume todas sus pobrezas, sus penas y deseos de justicia, también asume las persecuciones. Pone dos clases –y por eso se dice que estas dos últimas bienaventuranzas son una que se desdobla-: la persecución por practicar la justicia (por luchar por los pobres y oprimidos) y la persecución por causa suya (por confesar la fe). Así como unió las misericordias en una sola, también une los martirios en uno solo. La confesión de la fe y la lucha por la justicia van unidas en una misma bienaventuranza.

 

El asunto es que la gente entendió perfectamente estas bienaventuranzas.

La gente recibió estas bendiciones consoladoras de Jesús que los iban convirtiendo así, de mera multitud en el pueblo fiel de Dios.

Cuando Jesús dice que “de ellos –de los pobres de espíritu que lo escuchan allí sentados como Él en el suelo- es el Reino de los Cielos” está diciendo que son el pueblo de Dios, porque un Reino más que un territorio o una Constitución es un pueblo fiel a ese territorio y a esa constitución. Aquí el territorio es el del Cielo y la ley carismática e identitaria son estas bienaventuranzas.

El pueblo fiel de Dios es el de los afligidos –enfermos, pecadores y esclavos de alguna adicción que los somete al poder del diablo- a los que el Señor consuela.

El pueblo fiel de Dios es el de los que tienen hambre y sed de justicia y esperan pacientemente la herencia. Mientras tanto son el pueblo de Dios que el Señor alimenta multiplicando los panes y los peces y dándose a sí mismo como viático en la Eucaristía.

El pueblo fiel de Dios es el que practica y recibe la Misericordia en un mismo gesto: como es misericordioso y comprensivo con las debilidades de los demás y se compadece de sus miserias, con la misma grandeza de corazón recibe el perdón de Dios.

El pueblo fiel de Dios tiene el corazón purificado, no por muchas virtudes, que también las tiene, sino sobre todo por esa misericordia común e inclusiva, con que los más pobres acogen a todos y siempre tienen lugar para uno más.

El pueblo fiel de Dios está formado por las inmensas multitudes que trabajan por la paz. Siempre allí donde uno levanta un arma y hiere a otro, hay diez que tratan de contenerlo y que asisten al herido.

El pueblo fiel de Dios es el de los perseguidos (hoy también se persigue excluyendo o tratando como sobrante) por reclamar justicia para los hombres y por adorar a Dios.

El Señor convoca, armoniza y conduce a su pueblo

dándole pertenencia –sellada con su sangre y caracterizada en el bautismo-,

conteniéndolo y consolándolo,

saciando su sed de justicia

haciéndolo misericordioso y misericordiado,

revelando sus cosas a los más pequeñitos

otorgando a todos el don de trabajar artesanalmente por la paz (en todos sus trabajos, más allá de las distintas tareas que cada uno esté realizando, la gente sencilla siempre está construyendo la paz),

y alegrándolo en medio de las persecuciones y desprecios.

Bendito Jesús que dio las bienaventuranzas a su pueblo!

Diego Fares sj

 

 

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Sin nada para dar o “Sus almas son bellas y preciosas…”

Y bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea y de Jerusalem, y de la región marina de Tiro y de Sidón, para oírlo a El y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano.
Y Jesús, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Dichosos ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.
En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!
Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres,
porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26).

Contemplación

¿Dichosos los pobres?
¿Bienaventurados los que tienen hambre, los que lloran?
¿Felices nosotros cuando nos odian, nos excluyen, nos injurian, nos persiguen por seguir a Jesús?

En estos meses de calor, cuando muchos comedores cierran, la gente que acude al segundo turno de almuerzo en El Hogar de San José excede el número de raciones que podemos brindar (168). Y cuando vemos que la cola supera los 84 queentran en las mesas, salimos a la puerta a hablar con las personas.
Salimos a atender a las personas sin un recurso material para dar,
salimos a explicar nuestros límites,
a pedir disculpas por no poder atender a todos,
a expresarles que necesitamos que nos ayuden con su comprensión,
salimos a agradecer su paciencia…
Y conmueve y emociona sentir en las miradas lo que se produce cuando hablamos desde la propia pobreza.
Cuando nos miramos a los ojos, compartiendo la pobreza de tener hambre de un plato de comida y la pobreza de no tener un plato de comida más para dar, brota una especie de llanto común, mezcla de bronca y de cariño, de impotencia y de comprensión. Brota esa compasión que sale de las entrañas y se ve en los ojos, brota eso que Jesús llama Misericordia –juntar miseria y corazón- y que Él nos ha revelado que es el Nombre propio de su Padre.

A veces no son muchos los que exceden el número y pueden entrar. Siempre aclaramos que es una excepción, porque si no al otro día se dobla el número y ya nos pasó un año que la cola tenía más de una cuadra… Por eso el mensaje tiene que ser claro: hasta acá podemos dar bien y de manera constante. Así, cuando se puede hacer un lugar más, se expande por el Hogar un airecito de alegría evangélica y se siente el aroma de la multiplicación de los panes. Pero cuando no se puede –y esto me lo terminó de iluminar una frase de Madre Teresa-, cuando no hay “cosas” para dar, brota algo también muy profundo: se establece una comunicación entre las almas, se da un contacto personal hondo que sale de la pobreza y el llanto compartido.
La Madre Teresa dice en una de sus cartas: “La india es tan abrasadora como el infierno –pero sus almas son bellas y preciosas porque la Sangre de Cristo las ha rociado”. Eso de “las almas son bellas y preciosas” me iluminó. Ese era el paisaje que ella veía: el cariño de la gente, su agradecimiento infinito al sentirse reconocidos y queridos por ellas. El otro paisaje, abrasador y de desoladora miseria, es real, pero este otro, de ojos vivos y hermosos en su dolor, es más real todavía. A veces en medio de la riqueza y de la “normalidad” de la vida cotidiana, este paisaje está velado y nos lo perdemos. Ella lo veía a raudales.

De esto habla Jesús cuando dice: “dichosos los pobres…”. Esto es lo que él ve en la gente. Jesús ve lo que Él despierta en la gente humilde, en la gente que sufre. Y eso que la fe en Él despierta es tan hermoso que le lleva a bendecir la pobreza y el llanto que lo hace posible.
El nos ve así. Y verlo a Él pobre y doliente, sin nada para dar, necesitado de sus amigos, como en el Huerto, sediento como en la Cruz, con verdadera necesidad de la compañía de su Madre…, verlo perseguido e injuriado, nos pone en contacto con Él a partir de lo más propio nuestro. Tenerlo a Él pobre y excluido entre nosotros es fuente de la dicha de lo propiamente humano, eso que no se sacia con ninguna abundancia de cosas, eso que es pobreza agradecida, dignidad de no ser nada y de saber reconocer el don y obrar en consecuencia.

¿Qué es, entonces, la bienaventuranza? La bienaventuranza es Jesús pobre entre nosotros pobres. La bienaventuranza es Jesús de igual a igual con nosotros en pobreza y llanto, en hambre y exclusión. Desde estas situaciones de despojo de lo exterior nos comunicamos en lo más interior, en lo propiamente humano.

La felicidad que todos deseamos es sinónimo de vida, de paz, de alegría y de consolación; bienaventuranza es descanso, bendición, salud, amor…
Y sólo en Jesús, en torno a Jesús pobre, con Él y en Él, gracias al Don de su Espíritu y a su amistad que nos hace entrar en relación de Familiaridad con el Padre y con todos sus amigos los santos, sólo en Jesús sin nada que dar sino a sí mismo, encontramos la fuente y la plenitud de estas dichas.

Jesús pobre es nuestra Vida, Vida eterna metida en una vida cortita, amada y vivida en plenitud en sus circunstancias más comunes y corrientes. Su amor por nuestra vida común y corriente es la dicha porque metiéndose en nuestra vida común y corriente Él hace que tenga sabor de eternidad cada instante y cada encuentro.

En Jesús sin nada para dar lo encontramos como el que todo lo puede compartir.

Como puede compartir nuestras limitaciones su presencia se vuelve cercanísima, ya que limitaciones las tenemos todas. Si Él solo estuviera más allá, lo sentiríamos cerca sólo en situaciones especiales. Al ser pobre y limitado, está siempre al alcance de la mano. Por eso nos reveló el secreto de que al dar de comer al hambriento le estamos dando de comer a Él. Para que nos avivemos. Para que no nos perdamos el paisaje de las almas bellas y preciosas.

Vuelvo a releer el evangelio y caigo en la cuenta de que lo que conté al comienzo, lo de salir a hablar con los que están en la cola, es la experiencia de Jesús con esa multitud “copiosa” que hacía fila para pasar ante él y que les sanara las enfermedades.
Aunque el Señor se quedaba largamente con la gente y bendecía a muchos y multiplicaba panes, tampoco Él alcanzaba a curar y alimentar a todos.
Es en esta situación de pobreza cuando el Señor “alza la mirada a sus discípulos” y saca de su corazón las bienaventuranzas.
Jesús saca las bienaventuranzas de su pobreza e impotencia.
Allí se para y se sitúa poniéndose de igual a igual, como par en humanidad con todos, y desde allí se comunica como Dios plenamente humano –pobre y limitado- y nos da lo mejor de sí: su corazón, su mirada, su trato de hermano, su amigable compañía.
Bienaventurados nosotros si tenemos la grandeza que tienen los pobres de saber recibir el Don de su Persona que el Señor nos hace al no poder darnos nada más.
Diego Fares sj

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