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Posts Tagged ‘Bautismo’


La gente le preguntaba a Juan: 

– «¿Qué debemos hacer entonces?» 

El les respondía: 

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; 

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.» 

Algunos recaudadores de impuestos 

 vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: 

– «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 

El les respondió: 

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley» 

A su vez, unos militares le preguntaron: 

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» 

Juan les respondió: 

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.» 

Como el pueblo estaba a la expectativa 

y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, 

él tomó la palabra y les dijo: 

– «Yo los bautizo con agua, 

pero viene uno que es más poderoso que yo, 

y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; 

él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego

Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era 

y recoger el trigo en su granero. 

Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» 

Y por medio de muchas otras exhortaciones, 

anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

            Bautismo significa sumergir, lavar sumergiendo. Para lavarse uno se sumerge en el agua limpia y sale purificado. 

En la vida nos sumergimos en muchas cosas. 

Nos sumergimos las cosas cotidianas, en el trabajo que tenemos que hacer para ganarnos la vida, para arreglar nuestra casa… Nos sumergimos en nuestros pensamientos y sentimientos, en nuestra vida interior. O en internet… Nos sumergimos en el diálogo con otras personas, con la familia, con los amigos…

Recién nos damos cuenta de que estamos “sumergidos” cuando alguien o algo que sucede nos saca de nuestro trabajo, o de nuestros pensamientos o de nuestra conversación, y eso nos molesta. 

De hecho, no podemos sumergirnos en muchas cosas a la vez: o charlamos, o soñamos y vemos televisión o trabajamos. Las redes nos hacen sentir que podemos sumergirnos en muchas piletas y en muchos océanos simultáneamente, haciendo zapping de uno a otro. La experiencia no es fácil de discernir. No se puede decir que cuando nos sumergimos en la red, por llamarlo de alguna manera, estamos surfeando en un mundo virtual y que cuando salimos a la calle estamos caminando por el mundo real. Porque también en la calle interactuamos a través de carteles digitalizados, nos guiamos no mirando al cielo sino al GPS y un mensajito de WhatsApp puede llegarnos directo al corazón, cuando no es posible vernos personalmente con alguien que está lejos.

El punto es que el Bautismo en el Espíritu Santo no es “otra piscina” donde sumergirnos. 

A veces pensamos que la oración es apartarnos de todo para sumergirnos en Dios, pero no es así. El Agua de la piscina de Dios tiene vasos comunicantes con todas las otras: la de nuestros pensamientos, la del trabajo, la de los demás, la de la red… Cuando nos sumergimos en el Agua santa de Dios, podemos dialogar bien con todo y con todos. 

Por eso, el Bautismo en el Espíritu Santo es la realidad primera. 

El Génesis nos lo narra poéticamente: En el comienzo, “el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gn 1, 2). El texto remite a otro muy lindo del Deuteronomio: “Como el águila que despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus espaldas, el Señor solo los condujo. No hubo dioses extraños con él” (Dt 32, 11-12). Es una linda imagen del Espíritu como un Águila que lleva a sus pichones sobre sus espaldas a lo más alto para enseñarles a volar y está atenta, si descienden rápidamente, para acudir en su ayuda y volver a elevarlos a su nivel. 

Si nos zambullimos en Él, si nos dejamos llevar en sus plumas, y volamos en su santidad, en su Amor de caridad y de amistad, en su paz y armonía, podremos pasar del trabajo a la oración y al diálogo con los demás, sin dificultad. 

El bautismo en el Espíritu Santo nos permite dialogar bien con toda la realidad. Las imágenes de estar sumergidos en el mar y de volar por los cielos nos expresan que el Espíritu se convierte para nosotros en un “Medio” especial. Se hace para nosotros Agua, Aire y Fuego y -podríamos decir hoy- se hace Wi-Fi. 

Es esta una sigla hermosa que significa Wireless Fidelity -Fidelidad inalámbrica-. Y al igual que la conexión de Wi Fi que se hace sin cables, por “frecuencia de radio”, la conexión espiritual entre todas las realidades tiene también sus “protocolos”. Protocolos para funcionar bien y para evitar “vulnerabilidades”. El Papa dice que el protocolo son las bienaventuranzas y Mateo 25, que nos ponen en la actitud justa para actuar bajo la influencia del Espíritu y al estilo de Jesús.

El ponernos dentro del alcance del Espíritu, en su radio de acción y de influencia, nos conecta con la realidad a nivel de su vibración más profunda. San Pablo nos habla de un “sonido profundo” de un “gemido” que emite toda la creación (Rm 8, 22) y también nos dice que “no sabemos rezar, pero que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad e “intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26).

Se trata, pues de conectanos con estos dos gemidos profundos, el de cada creatura, cuyo gemido y suspiro es el de un parto y de un anhelo de redención, y el Suspiro del Espíritu que es un gemido inefable de “intercesión”. El Espíritu intercede ante el Padre en nuestro favor, nos comprende profundamente y nos permite comprender a los demás, a todas las creaturas. 

San Francisco de Asís es el ejemplo más puro del que vive en esta “Frecuencia” que lo hermana con todas las creaturas. Laudato Si’ – ¡Alabado Seas, mi Señor! -. 

Nos puede hacer bien en este momento alabar con Francisco, rezando el Cantico de las creaturas:

Altísimo y omnipotente buen Señor, 
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen 
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, 
especialmente en el hermano sol, 
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor, 
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, 
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento 
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, 
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche, 
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, 
la cual nos sostiene y gobierna 
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, 
y sufren enfermedad y tribulación; 
bienaventurados los que las sufran en paz, 
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, 
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad 
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor 
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…

Esta frecuencia de onda espiritual es la que hace que una Madre Teresa “escuche” la sed de Cristo gimiendo en ese mendigo que le susurró “tengo sed”.

Escuchar este gemido es lo que le despierta a San Alberto Hurtado “el sentido del pobre”. Ese que no es un “sexto sentido” sino el “sentido primero” el sentido básico de la irradiación del Espíritu de Cristo en cada cosa redimida por su Sangre. A Hurtado este sentido le permite reconocer en cada pobre a Cristo, especialmente en los pobres más desagradables y “distintos”. Somos pobres y el pobre es Cristo.

Este sentido es el que hacía percibir a Teresita, en todas las situaciones desagradables – en sus propios defectos y susceptibilidades, en las pequeñas bajezas de la vida común -, la sonrisa del Padre en cuyas manos se confiaba. 

A Ignacio, la Voz del Espíritu, además de hacerlo ver a Dios en todas las cosas, le había desarrollado el discernimiento espiritual, eso que le permitía “oler” al mal espíritu para poder rechazarlo instintivamente aún antes de comprenderlo con el pensamiento. Y también le hacía “sentir y gustar” las cosas de Dios al leer su Palabra o rezar los salmos.

Meditaba también en los reclamos actuales de tantas mujeres en nuestro país, que hacen oír su voz colectivamente, en marchas y con denuncias. Más allá de las denuncias puntuales, que se dirimen en la justicia, y de las ideas que cada uno defiende, que se deben confrontar, yo trato de hacer mucho silencio para escuchar otros sonidos que vienen de muy adentro. Hay un miedo que ha acallado la voz de las mujeres no por mucho tiempo sino quizás desde siempre. Simple miedo al más fuerte. Hoy, la amplificación de la voz a través de los medios, empareja a los más fuertes con los más débiles. La voz, si no se impone la presencia física, tiene un tipo de fuerza distinto, muy especial. Vieron que la fuerza del que habla no le viene solo de alzar la voz o solo de argumentar lógicamente sino de la relación entre ambas cosas? Entre el contenido de lo que dice y el tono con que lo dice? Hablando nos emparejamos como personas. Y es un avance de la humanidad el que cada uno pueda hablar -especialmente los más débiles física y estructuralmente- y lo podamos escuchar todos los demás. La palabra vence al miedo. A este paso adelante estamos asistiendo, más allá de los “temas” que se discuten. Creo yo.

Sumergirnos en el Espíritu, dejarnos conducir sobre sus alas (y cuando bajamos de nivel, pedirle gimiendo que venga en nuestra ayuda y nos eleve y nos vuelva a hacer volar con altura), nos permite escuchar a cada persona con atención profunda, esa que capta sus gemidos más hondos en alguna queja, que sabe percibir sus expectativas y deseos reales en alguna mirada. 

El Bautismo en el Espíritu nos permite escuchar a cada cosa que requiere nuestra atención y -lo que es importante, a darle a cada cosa el tiempo necesario, sin ansiedad ni descuido.

El Bautismo renovado en el Espíritu -basta una simple señal de la cruz bien hecha que nos envuelva todo nuestro ser- nos permite escuchar cada sentimiento que surge en nuestro corazón y comprender el mensaje que tiene para darnos.

El Bautismo en el Espíritu Santo no nos aparta de nada ni de nadie, sino que evita que estemos ahogados y desbordados por lo que nos pasa. 

El Bautismo en el Espíritu Santo nos hace libres y ordena nuestra vida por el camino del Plan de Dios, que todo lo hace para el bien de los que lo aman.

Como un mendigo con su jarrito sentado en un rincón, le pedimos a los santos y a las santas, a nuestra Señora y también a Jesús, que se sienten a nuestro lado a pedir la limosna del Espíritu, que nuestro Dios, como todo buen Padre, no niega a ninguno de sus hijos. Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro Padre del Cielo les dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

Pedimos al Padre diciendo: Padre nuestro, en el Nombre de Jesús, tu Hijo predilecto, danos tu Espíritu Santo.

Pedimos al Espíritu: Espíritu Santo, comunica a nuestro pobre corazón humano, el amor con que se ama a las tres Personas de la Trinidad.

Pedimos a Jesús: Señor Jesús, muéstranos al Padre y danos tu Espíritu.

Pedimos a nuestra Madre la Iglesia: renueva en nosotros la gracia del Bautismo, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Diego Fares sj

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Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo:

“He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

En este tiempo estoy rezando con “El canto del Espíritu”, un libro de Raniero Cantalamesa, el predicador del Papa. En nuestra casa no faltan libros –la biblioteca tiene más de 400.000- pero este lo pesqué del escritorio del Hermano Rizzo (91 años muy activos) que lo tiene también en casetes y lo usa para hacer sus ejercicios cada año.

Al contemplar al Espíritu que desciende sobre el Señor, pensaba que puede ayudarnos decir “no” a dos imágenes del Espíritu Santo que lo alejan de nuestra vida cotidiana.

Primer no. Nunca tenemos que pensar al Espíritu Santo solo, aislado.  

Siempre tenemos que pensarlo “con” otros: con Jesús, con la Comunidad, tejiendo relaciones buenas entre las personas. Él es el Espíritu de Jesús. Es el Espíritu de la Iglesia.

Es verdad que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad y que es muy misteriosa la relación que se da entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo… Pero el evangelio de hoy nos lo  muestra “descendido”, aterrizado, posado sobre Jesús, acompañándolo durante toda su vida.

Se usan muchas imágenes para nombrar al Espíritu Santo: Viento, Fuego, Agua, Paloma… Son ideas muy lindas y buenas, pero no sirven si las pensamos aisladas. En cambio, tienen mucho sentido si las unimos al Jesús.

El Espíritu es Viento, pero no como el viento que mueve la copa de los árboles. El Espíritu es el Aliento que respiraba Jesús.

Es el Aire que exhaló Jesús en la Cruz: “Jesús inclinó la cabeza y entregó su Espíritu” (Jn 19, 30).

Es el Viento que Jesús les sopló a los apóstoles cuando les dijo: “reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

Entonces, focalicemos bien la imagen: el Espíritu Santo acompaña y conduce toda la vida de Jesús. También conduce y acompaña la vida de nuestra familia y de nuestra comunidad. Si lo imaginamos de alguna manera no puede sino ser cercana!!

Cuando nos imaginamos el Espíritu como Aire y como Aliento de Vida, podemos imaginar a Jesús cuando suspira hondo porque las discusiones de los suyos lo impacientan; también cuando silba como un pastor que llama a sus ovejitas, cuando ronca durmiendo en la barca, o cuando canta rezando los Salmos…

Cuando decimos que el Espíritu “sopla” o “nos inspira” recordemos que el Espíritu:

+ sopla de los labios de Jesús

+ nos inspira buenos sentimientos desde el Corazón de Jesús.

+ renueva y refresca el Aire que respiramos en la Iglesia.

Segundo no. No tenemos que pensar al Espíritu Santo como algo puramente inmaterial.

Cuando decimos que una persona es muy espiritual muchas veces nos imaginamos a alguien que está alejado de las cosas carnales y terrenas.

Es un poco como si “espiritual” fuera cantar en la iglesia y “material” fuera trabajar en el supermercado.

Esta imagen no tiene nada que ver con el Espíritu Santo, porque Jesús es la Palabra hecha Carne y su Espíritu es un Espíritu que actúa en la carne, en la historia, en la vida cotidiana de la gente.

A veces pensamos que el Espíritu inspira sólo “ideas espirituales”. Pero la verdad es que las “ideas espirituales” suelen ser objeto de muchas tentaciones. Cuando discutimos y peleamos en familia y en la Iglesia, suele ser por causa de “ideas que uno cree que son mejores que las de los otros”, que son “la verdad”.

Esto es una gran tentación contra el Espíritu. Porque la verdad del Espíritu nunca es para pelear.

Por eso creo que, cuando pensamos en el Espíritu Santo –el Espíritu de Jesús- es bueno conectarlo con los sentidos antes que con las ideas.  Creo que al Espíritu Santo le cuesta mucho “hacernos pensar como Jesús”. Fácilmente las diferencias de ideas degeneran en peleas y no somos dóciles a la acción del Espíritu en cuestiones de ideas. En cambio, en la práctica, en las cosas que hacemos usando nuestros sentidos, suele ser más fácil dejarnos conducir por el Espíritu.

Podemos ejercitarnos en sentir al Espíritu actuando en el sentido del tacto:

cuando una mamá acaricia a su bebé: el suyo es un sentido totalmente del Espíritu Santo, porque es pura bondad y ternura.

Cuando una enfermera cura una herida y va tocando con la presión justa para curar haciendo doler lo menos posible y siendo rápida y eficaz, allí “toca” el Espíritu Santo.

Hace poco ví en YouTube un video de niños trabajando en una mina de “coltán” en el Congo. El coltán es ese material que usan nuestros Smartphone, por el cual a los que trabajan en las minas les dan un euro por kilo. El niño, después de haber roto la roca con una barra, separaba, con sus manitas embarradas, el coltán de otros materiales y sonreía.

Cómo es que sonreía en medio de ese trabajo extenuante y de esa explotación tan injusta?

Sonreía porque él trabajaba para ayudar a su familia. Y el mismo Espíritu que sonríe en sus manos que tocan el mineral que alimenta a su familia, debe llorar en nuestros ojos tocados por esa imagen que indigna el corazón.

Podemos ejercitarnos en escuchar al Espíritu. Se puede oír su paso, se lo puede escuchar en el silencio, no “entendiendo” todo lo que dice –porque más que hablar, gime con sonidos inefables- pero sí “sintiendo” que reza en nuestro interior. Podemos “sentir” su quietud y reposo.

Podemos ejercitarnos en gustar al Espíritu, sintiendo el buen sabor del evangelio, el gusto que dejan en la boca las buenas acciones, los cantos y oraciones de alabanza, las gracias bien dadas…

Podemos ejercitarnos en olfatear al buen Espíritu que deja sentir su presencia allí donde percibimos que alguien obra desinteresadamente, con amor y humildad. Y distinguirlo perfectamente del mal espíritu, que se huele allí donde hay soberbia, maltrato, mentira y falsedad.

Podemos ejercitarnos en ver al Espíritu de Jesús, pero no con ojos televisivos, que quieren ver todo rápido, pasando de una imagen a la siguiente, sino con ojos más lentos y serenos, con los ojos del corazón, que miran complaciéndose en agradecer y en desear el bien a los que amamos. En esta semana diremos muchas veces al Espíritu: “Ven Creador, Espíritu de Jesús, y enciende con tu luz nuestros sentidos.

Si nuestros sentidos lo buscan sepamos que el Espíritu:

puede llenar nuestra soledad, como un buen Amigo;

puede defendernos del maligno, que se aprovecha de nuestras debilidades;

puede suplir todo lo que nos falta cuando tratamos de rezar y no quedamos contentos y cuando queremos hacer bien al prójimo y no sabemos bien cómo;

puede perdonar y sanar nuestros pecados, si lo dejamos que nos trate bien, dándonos paz y serenidad y ayudando a que nos aceptemos a nosotros mismos y nos tengamos paciencia.

Diego Fares sj

 

 

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Entonces llegó Jesús,

que venía de Galilea al Jordán

donde Juan, para ser bautizado por él.

Pero Juan trataba de disuadirlo diciendo:

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti,

¿y tú vienes a mí?»

Jesús le respondió:

«Déjame ahora, pues conviene que de este modo

cumplamos toda justicia.»

Entonces le dejó.

Después de ser bautizado, Jesús salió del agua;

y he aquí que se abrieron los cielos

y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.

Y se oyó una voz que salía de los cielos que decía:

«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17).

 

Contemplación

Siempre impresiona ver a Jesús haciendo fila en medio del pueblo de Dios, como si fuera un pecador más, para hacerse bautizar por Juan. El estar metido de lleno en las costumbres populares, no solo en las más puras sino en todo, como cuando comía con los pecadores o tocaba a los leprosos o charlaba con la samaritana, son como “bautismos cotidianos” en los que Jesús se sumerge y se deja purificar por lo humano. Uso a propósito esta frase “se deja purificar” por lo humano, se deja tocar, se deja conmover, dialoga… y así redime.

Por eso elegí esta foto en que al Papa Francisco le salió del corazón agacharse a tocar el agua y remojando los dedos en ella se hizo la señal de la Cruz, como hace cualquiera de nuestro pueblo fiel al entrar en un santuario y ver la pila de agua bendita.

Esto es obra del Espíritu Santo. Un Espíritu que el Señor enviará en Pentecostés no como desde un Cielo lejano, sino como el Espíritu que ya recibió sobre sí, como una Palomita-, en su bautismo en el Jordán. Se abrió el Cielo y el Espíritu de Dios bajó en forma de paloma y se vino al Señor que estaba con los pies hundidos en el barro del río, metido en sus aguas. Este Hijo, así metido en la humanidad y así bendecido por el Espíritu, es el Hijo amado del Padre, en el que se complace.

Esta “inculturación” del Señor en las costumbres de su pueblo –en este caso en una nueva, que Juan Bautista inventa proféticamente como rito de purificación- viene de más hondo: su carne misma tiene un ADN de dos naturalezas, como dice la Teología: el de María y el del Espíritu Santo.

El misterio de la vida consiste en que una persona nueva y única nace de la unión de otras dos, pero de una unión que viene de adentro, no de afuera. Dentro mismo de cada ADN hay una intimidad más íntima que es a la vez única y compartible, abierta a hacerse una con otra, sin perder las características propias, pero combinándolas amorosamente de manera nueva. Hay una plasticidad en la materia que permite esto: que cada uno se apropie lo común y lo haga enteramente suyo, cuando somos engendrados, cuando comemos, cuando nos trasplantan un corazón…

Cuando el Señor manda que todos seamos bautizados en este Espíritu Santo que es Espíritu y Fuego, no se trata de un bautismo exterior –no es solo con agua, que purifica lo externo- sino interior, con la energía del Fuego. Así como Él se encarnó en nuestra carne y se bautizó en nuestra cultura y en nuestra vida cotidiana, así quiere que nuestra carne se bautice en su Espíritu, que seamos engendrados espiritualmente como hijos y nos hagamos un solo corazón con Él y con el Padre.

Lo importante es caer en la cuenta de que el Espíritu actúa desde adentro (y el mal espíritu sólo desde afuera).

El mal espíritu ha sido “expulsado” de la interioridad de la carne y de la historia por Jesús. Es un enemigo vencido. Actúa desde afuera. Y se nos mete sólo cuando lo dejamos. Pero siempre permanece como un cuerpo extraño, no logra “encarnarse”, digamos así.

Basta una buena confesión para barrerlo, basta cerrarle la puerta para que quede afuera, basta no dejarlo que nos enturbie el corazón.

Esta doctrina sencilla pone a salvo todo lo humano, en su fragilidad. Todo lo humano es limpio y ha sido limpiado desde adentro por Jesús.

Por eso el Señor no tiene problema en mezclarse con todo lo humano. No necesita “leyes” que lo protejan de los malos, ni ritos que no dejen que se contamine. Él no se contamina con nada y lo purifica todo. Lo hace por contacto, pero porque el contacto restablece la unión de corazón que el pecado bloqueaba, no porque tenga que ir avanzando con una limpieza externa que tendría que llegar a no sé qué interior manchado.

Este discernimiento –de que el mal espíritu actúa desde afuera- es fundamental. Porque el mayor engaño del demonio es hacernos creer que “dentro nuestro hay algo malo”.

Puede ser que en la medida en que el pecado se entrometió en la vida y en la cultura, el mal haya llegado a estratos muy profundos de nuestro ser y de nuestra sicología y de las estructuras sociales injustas que hemos creado. Pero la llamita de la conciencia, que nos atrae hacia el bien y nos manda buscarlo siempre de nuevo, es interior.

Con esa conciencia deseosa del bien, que es lo que nos constituye como personas (desde donde nos rearmamos, cada uno como puede, para construir su vida lo mejor que puede), con ese interior, se conecta Jesús, rompiendo toda barrera exterior que diga que “con ese no se puede juntar” o que “eso no se puede integrar”. El Señor vence el mal –externo- con el bien interior (el Suyo y el nuestro).

Bautizarse en el Espíritu es sumergirse totalmente en esa Interioridad misteriosa de Dios que no tiene nada malo porque no tiene nada externo a su propio Amor. Nos sumergimos con todo nuestro cuerpo y nuestra historia afectada en mayor o menor medida por el mal, pero desde ese interior bueno, de hijos amados y que quieren amar.

Y lo hacemos de modo tal que “nada nos robe la paz del corazón”. El corazón es ese interior bueno, el más íntimo, que el pecado no penetra ni contamina totalmente y que es donde podemos hacer pie para “arrepentirnos”.

Puede afectar el mal espíritu a nuestra mente –que se llena de imágenes e ideas que vienen de afuera y la contaminan y la llevan a pensar esto y aquello.

Puede afectar nuestras pasiones con bienes externos que hacen “reaccionar” y mueven a cada una según el objeto que se les pone delante. Pero todo esto está discernido como “exterior”.

Nuestro corazón sabe que no son su Bien. Que su Bien es sólo otro Corazón, otros corazones, bienes que no se poseen, sino que se nos dan y los aceptamos y amamos en esta libertad que nos nace de adentro.

Cuando somos bautizados, nuestro nuevo ADN de Hijos de Dios, no es un componente “espiritual” que se uniría a uno “carnal”, de modo tal que surgiría es engendro que algunas teologías desarrollan, en el que el cuerpo es lo impuro y el espíritu –protegido por la letra de leyes abstractas- sería lo puro.

El ADN de Hijos es el de Jesús, que ya integró en sí nuestra carne –gracias a su carne heredada de la carne purísima de María- y también todo lo que es “extensión de lo humano” –léase cultura, costumbres, estructuras sociales, paradigmas…-. Ese ADN de Jesús es ya unión del Espíritu con la carne y es capaz de sanar y convertir desde adentro enteramente a todo el que se injerte en él y se le una, como un sarmiento a una Cepa de Vid buena.

Esta conexión de corazones de hijos, que nos hace hermanos, se dio una vez en el Bautismo y se renueva cuantas veces queramos en cada confesión y crece y fructifica en cada nueva cosecha.

El mal no viene de adentro de la carne (Sí puede ser “elegido” desde adentro, por una decisión espiritual, pero no se convierte en parte nuestra si no queremos).

Esta es la Buena Noticia.

Aunque esté muy metido, aunque parezca que nace de las estructuras más íntimas de la sociedad, aunque parezca que, si un niño sufrió violencia de pequeño, ese mal se le habrá metido tan hondo que tendrá que repetirlo. No es así.

Sí es verdad que hace falta cambiar un país entero para que el ambiente favorable pueda ir incidiendo en la fragilidad herida de un pequeñito que nació entre bombardeos.

Sí es verdad que se necesitan mil años o dos mil para cambiar una cultura que considera inferiores a las mujeres y que es capaz de explotar a los niños y aislar en asilos a los ancianos.

Sí es verdad que para que alguien que quedó en situación de calle hace falta un hogar que sea como una pequeña ciudad, con todas las prestaciones gratis y todo el cariño gratuito que uno necesita para reconectarse con su deseo de vivir en comunidad y en sociedad.

Sí es verdad que para un enfermo terminal que no tiene contención haga falta toda una Casa de la Bondad en la que 150 cuiden solo a seis o siete por vez.

Sí es verdad que hay que cambiar de raíz la cultura del dinero –que es el Dios de lo externo y cuantificable- y que esto puede llevar diez mil años (dicen que el dinero nació con la acuñación de monedas entre los siglos VII y V antes de Cristo, por lo cual llevamos entre 7000 y 9000 años bajo este diosecito que, una vez acuñado (idolizado) comenzó a permitir que algunos más vivos se dedicaran a las finanzas en vez de trabajar). Así pues, lo que se construyó en diez mil años puede llevar otro tanto para cambiarse. No digo que volvamos al trueque, sino que lo que digo es que las estructuras en que vivimos no son “naturales” –no nacemos con un monto de dinero bajo el brazo- ni, mucho menos, sobre-naturales. Por tanto, se pueden cambiar y mejorar.

Que el Bautismo del Señor nos haga sentir deseos de ser bautizados en el Espíritu Santo, muchas veces, como nos enseñan nuestros hermanos pentecostales. Porque el Espíritu es todo bueno y sopla donde quiere y suscita adoradores del Padre, que vuelven a Él, como el hijo pródigo, y amigos de Jesús, que lo invocan como Señor y conectan con él de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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El Bautismo de Jesús o “La uva está hecha de vino”

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan,
si no sería el Mesías -el Cristo-,
respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua;
pero viene el que es más fuerte que yo,
al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que,
cuando el pueblo se hacía bautizar,
habiendo sido bautizado también Jesús,
y estando en oración,
se abrió el cielo
y el Espíritu Santo descendió
en figura corporal, a manera de paloma,
sobre Él.
Y una voz vino del cielo:
«Tú eres el Hijo mío, el predilecto,
en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

En estas contemplaciones, con la ayuda del Señor, seguimos a Ignacio, que en las “Adiciones para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que se desea” recomienda lo siguiente:
“En el punto en el cual hallare lo que quiero, allí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga” (EE 76).
Por eso el trabajo contemplativo consiste en ir regulando y manteniendo una tensión: la que se da entre el buscar y hallar esa Palabra que es para mí (vs no concretar) y el contener el ansia de pasar adelante (vs dispersión).
En cada contemplación que hacemos hay alguna Palabra en la que todo se reposa. Una vez encontrada, lo demás es andamiaje “desmontable”, que puede servir o no para otra vez.
Y la invitación al que lee estas contemplaciones es a que haga él mismo este doble trabajo. Tenés que buscar “tu Palabra” y reposarte en ella hasta que te satisfaga, conteniendo el ansia de pasar adelante. Esto se puede hacer leyendo todo y luego releyendo para quedarse donde el Espíritu le hace sentir un poco más de gusto o bien deteniéndose simplemente en una frase y dejando lo demás.

Una intuición de von Balthasar en la contemplación del Bautismo del Señor ayuda a profundizar esto del trabajo contemplativo. Juan dice al Señor: “Soy yo el que tengo que ser bautizado por vos”; Jesús le responde: “Dejá que se hagan así las cosas ahora”. “El Antiguo Testamento busca hacer la justicia, el Nuevo “deja que acontezca” (esta es su acción primaria).
Como dice María: “fiat, hágase”.
Como nos enseña Jesús en el Padrenuestro:
“Padre, venga tu reino;
hágase tu voluntad,
danos, perdonanos, no nos dejes, libranos…”.

La contemplación cristiana es pues don y tarea de dejar que “se haga el don”: “hágase en mí según tu Palabra”.

Si uno mira bien, en el Bautismo Jesús no solo obedece a Juan (la ley, lo humano, lo histórico que viene de la cultura de su pueblo) sino también al Espíritu. Es una paradoja que Jesús “obedezca al Espíritu”.
¿Cómo es que “obedece” al Espíritu si el Espíritu “procede del Padre y de Él”?

Es que Jesús comienza a manifestar que un mismo Espíritu de Amor reina entre los deseos del Padre y los suyos, y este mismo Espíritu no solo viene de lo Alto “sobre” Él sino que brota desde lo más íntimo de su corazón humano, de su carne.
Se da en Jesús esa doble tensión que guarda el secreto de la ética cristiana: la tensión entre el Espíritu que está “sobre” Él y “en” Él.
En el Bautismo se une el cielo y la tierra, lo más alto de la voluntad del Padre y lo más íntimo del corazón humano.
Y en ambas realidades Jesús deja que actúe un mismo Espíritu, el Espíritu del Amor.
El Espíritu está “sobre” Él, porque así lo requiere la misión, que viene siempre de lo Alto (el hombre no puede automisionarse).
El Espíritu está “en” Él, porque Jesús hace lo que le agrada al Padre desde lo más íntimo de su corazón y no como obligado por una ley impuesta desde afuera; Jesús conoce y ama los secretos deseos del corazón del Padre.

Así, el trabajo contemplativo es un trabajo de “Bautismo y Confirmación”, de sumergirse en la Palabra y de salir confirmado y misionado por ella.

Contemplar es dejar que Jesús nos sumerja en al Agua viva de su Palabra y que nos encienda en el Fervor apostólico que es Fuego que enciende otros fuegos, como decía Hurtado.

Contemplar es leer el Evangelio en el mismo Espíritu con que fue escrito, que es el mismo Espíritu con que Jesús lo vivió.

Para unificar estas cosas es que Jesús se bautizó, siendo que “no tenía necesidad” en cuanto que no tenía pecado de qué purificarse. Lo que el Señor quiso hacer fue “manifestar” que el mismo Espíritu que descendía del cielo sobre él era el Espíritu que lo impulsaba desde dentro a sumergirse en el agua de los seres humanos comunes y pecadores.
El Padre confirma su predilección sobre “este” Jesús: Hijo suyo único e hijo del hombre.
Y el Espíritu unifica el Amor entre el Padre y el Hijo bajo la forma de la igualdad (el Padre y yo somos uno, dirá Jesús) y bajo la forma de la obediencia (el Padre es más grande que yo, dirá también Jesús).

A partir de allí, todos los que somos bautizados en Cristo,
sumergidos en este Amor de un único Espíritu Santo que viene de lo Alto y brota de lo profundo,
que procede del Padre y que aletea en la historia de Israel y de los hombres,
que nos atrae irresistiblemente a Jesús y nos envía, con fuerza también irresistible, a bautizar a todos los pueblos,
todos los que somos bautizados
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
experimentamos esta salvación:
se unifica en nosotros lo más espiritual y lo más carnal.
Los deseos del Espíritu y los deseos de la Carne encuentran su paz en Jesús.
Sólo Él es capaz de unificar estos deseos, siempre en lucha.
Los otros intentos de unificar espíritu y carne terminan en pecado: en espiritualismos desencarnados o en carnaduras endiosadas.

Ahora bien, esta unificación no es automática.
Es una plenitud que se nos regala el día del Bautismo y en la Confirmación y que luego, como hizo también Jesús, tenemos que desarrollar y cuidar para que crezca y se haga fuerte en un proceso que nos lleva la vida entera.
Pero no se trata de “inventar algo que quizás se de” sino de desplegar en toda su amplitud una realidad que está latente y plena.
Quizás la mejor imagen sea esa que Galeano escribe en su Libro de los Abrazos:

“Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir le reveló su secreto: —La uva —le susurró— está hecha de vino”.

La uva está hecha de vino y nosotros de las palabras que nos habitan, reflexiona el poeta.
Estamos hechos de La Palabra. Llenos de Jesús. Y contemplando la Palabra que se nos anuncia desde afuera, se desencadena el proceso que va transformando en vino nuevo la palabra que llevamos dentro.

La Palabra se hizo carne quiere decir que tomó un ritmo distinto al de las puras palabras.
Me imagino que la Palabra Pura en la vida Trinitaria es una sola: Amor.
Amor del Padre que “engendra” al Hijo,
Amor del Hijo que recibe y entrega todo al Padre,
Amor de ambos, que es Espíritu Santo.

También imagino que las palabra humanas se multiplican en multitud de lenguajes, muchas veces contrapuestos, que nos llevan de la mudez al palabrerío.

Entre estos dos extremos la Palabra única de Dios toma nuestra carne (antes de comenzar a hablar con nuestras palabras se toma su tiempo) y va aprendiendo a hablar como aprenden los niños, gracias al lenguaje amoroso, sereno y paciente de María y de José. Lenguaje de largo aliento, en el que todas las palabras humanas van siendo pronunciadas por Jesús, una a una, de manera tal que se van centrando en su contenido verdadero y tejiendo entre sí todo un lenguaje lleno de sentido: el evangelio.
Jesús va viviendo auténticamente su vida humana y pronunciando las palabras justas en cada situación, de manera tal que las palabras se purifican en sus labios, se sanan y se plenifican al pasar por su corazón y se llenan de vida y de sentido al ser puestas en obras de misericordia por sus manos.

Así, el proceso de Bautizar que desencadena el Señor es un proceso complementario con el suyo:
Él, Palabra pura, al tomar carne, entra en el ritmo lento de ir aprendiendo y pronunciando las palabras una a una, haciéndose entender por cada uno en cada situación concreta y única.
Nosotros, que estamos llenos de palabras a medias, que no logran expresar todo lo que siente nuestra carne espiritual, al sumergirnos en Cristo vamos aprendiendo a hablar un lenguaje desconocido, a cantar un cántico nuevo, como dice el Salmo. Así se purifican nuestras palabras mal dichas y se vuelven plenas las mejores. En Cristo, Palabra encarnada, podemos expresarnos a nosotros mismos, podemos expresar los anhelos más íntimos de nuestro corazón, que tanto sufre al no encontrar las palabras adecuadas.
Nuestra carne se hace Palabra en Jesús, porque así como la uva está hecha de vino, nuestra carne, al ser bautizada, está rehecha de Jesús.

Diego Fares sj

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