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Posts Tagged ‘autoridad’

“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

los envió de dos en dos y les dio autoridad sobre los espíritus impuros.

Les mandó

que nada tomaran para el camino

sino sólo un bastón;

ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía:

‘En cualquier lugar (que vayan) y entren en una casa,

permanezcan en ella hasta que salgan de esa población.

Y si algún lugar no los recibe

y no los escuchan,

al salir de allí,

sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo

predicaron a la gente que se convirtiera;

y expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

El Señor envió de dos en dos a los apóstoles y les encomendó que llevaran solo un bastón. El baston del peregrino, el bastón del que se larga a caminar por el monte y lo usa para todo: como apoyo para subir las cuestas o para poder vadear un arroyo; como arma para defenderse de los perros, los lobos y alguna víbora que se cruce por el camino; para bajar alguna fruta medio alta… y al pastor, para ayudarse a contar las ovejas. La gente en aquella época no salía al camino sin el bastón en la mano igual que nosotros no salimos sin el celular.

Hoy el bastón es algo más bien simbólico -pienso en el bastón de mando presidencial-, aunque también conserva su practicidad, por ejemplo en la batuta con la que un director dirige la orquesta ya que le da mayor visibilidad y precisión a los movimientos de su mano. Los ingleses usan la palabra “staff” para designar tanto al personal (que no son empleados sueltos sino un equipo de trabajo cercano al director) como al bastón de mando o batuta en cuanto instrumento (material o simbólico) para dirigir a un “staff”.

En la antigüedad la vara también servía para medir (tantas “varas”) y hasta dicen que  ayudaba a la circulación de la sangre de la manos. Servía para todo lo que se necesitaba para   salir al mundo exterior: ere apoyo, defensa, autoridad, metro, indicación conjunta.

Desde la antigüedad todos notan que en Mateo el Señor dice que no lleven nada de nada, que en Marcos dice “solo un bastón” y en Lucas que “no lleven dos túnicas”. San Agustín dice que hay que saber leer con sentido y para sacar provecho.

Yo hago la lectura de Marcos hoy, pensando en que el Papa dice nos dice que tenemos que ser Iglesia en salida, Pueblo de Dios peregrino hacia los demás pueblos. Entonces el bastón lo veo como exhortación a salir llevando sólo lo que ayude a caminar e ir adelante, sin preocuparnos de las cosas que pueden entorpecer el camino, como una mochila pesada o el pan y el dinero y la manta, que son más para sentarse a comer y acostarse a dormir.

El bastón es imagen práctica que concentra en una sola cosa todo lo que se necesita para llevar el Evangelio a las fronteras existenciales y a las encrucijadas del mundo actual. Encrucijadas hay a cada paso y son cada vez más sutiles: que si recibir solo a los refugiados o también a los emigrantes económicos; que si ampliar las causales de despenalización del aborto basta o hay que legalizarlo casi irrestrictamente; que si el Papa debe resolver todos los dilemas teóricos y prácticos que se plantean hoy, con definiciones dogmáticas y leyes de derecho canónico, o está bien que exhorte a discernir pastoralmente e ir adelante abriendo el corazón y la mente al Espíritu y acompañando al pueblo fiel de Dios en su caminar.

Fronteras también las hay y de todo tipo. Al mismo tiempo que los países levantan muros (hay más de 65 muros creo, en todos los continentes, menos en Sud América -aunque nosotros tenemos los minimuros de los countries-) surgen nuevas fronteras que nos abren a territorios desconocidos: el mundo de la bioética, los mundos virtuales, las nuevas culturas de los jóvenes.

Qué sería el bastón actual que Jesús recomienda en Marcos como lo único que debemos llevar al salir a estos mundos? Recordemos las cosas para las que servía: apoyarse, sortear obstáculos, defenderse de los enemigos, medir distancias, organizar el rebaño (o la orquesta o el staff), tener autoridad.

Pensando estas funciones la palabra que me viene al corazón es “discernimiento”. El discernimiento en el que el Papa nos anima a crecer.

El discernimiento como apoyo, como defensa, como ayuda para sortear obstáculos y defendernos del mal espíritu, el discernimiento como vara para medir lo justo, para hacer que nuestra caridad sea discreta y nuestras teorías se concreten en obras de misericordia. El discernimiento como criterio de autoridad real: tiene autoridad y manda el que mejor discierne. No sólo el que más sabe en los libros sino el que mejor discierne el paso concreto a dar y el que señala con más claridad el horizonte.

Quién es digno de llevar el báculo hoy en día? El que tiene no solo la gracia sino también el coraje de discernir. Porque el bastón hay que saber jugarse para usarlo, hay que arriesgar e involucrarse: el bastón da cierta distancia, pero si te atacan perros furiosos, hay que saber usarlo con destreza y decisión.

Si unimos esta dos palabras: el bastón  – la materialidad sólida del leño- y el discernimiento -lo propiamente espiritual que es el juicio que abre el camino a la salvación – entramos de lleno a caminar en el mundo real de las personas con rostro y familia y de los pueblos que anelan vivir en paz y justicia.

El bastón del discernimiento y el discernimiento como bastón.

El bastón del discernimiento para desterrar eso impreciso que queda en el aire cuando dicen que el Papa “pega” o “bastonea” (los curas en italia dicen que bastonea; los periodistas en argentina dicen que “pega” (el Papa le pegó a fulano…). No le pegó a nadie, discirnió una situación. Bastonear es medir una situación, espantar al enemigo y tirar una mano para ayudar a salir del pantano al que se está hundiendo en su miseria. Bastonear es alzar en alto la bandera de la Cruz para que en la multitud uno pueda ver adonde va el guía y caminar “sinodalmente”. Bastonear es  marcar con precisión cuando tiene que entrar a tocar cada instrumento para estar en armonía con la orquesta.

El discernimiento como bastón, como único bastón, para que se note que la autoridad no es algo simbólico sino que toca la vida concreta e incide en la realidad:

Discernir es brindar apoyo firme, no en general sino en el momento justo, en el que se lo necesita para no caer y para salir de un pozo.

Discernir es saber pegarle un buen palo el león -atado pero rugiente- para que se calle y se meta en su cucha. El discernimiento es dar la estocada precisa a la cabeza de la serpiente, a distancia para que no muerda.

Discernir es dar la señal concreta que dice “por aquí se va”, alzándose en alto, como el asta de una bandera.

Discernir es indicar que  “ahora sí”, marcando el momento y el ritmo, como un director que lleva la batuta en el concierto.

El que es santo pueblo fiel de Dios -porque uno no es solo uno mismo sino que es pueblo fiel de Dios con los demás, cuando camina y trabaja con los otros- sabe reconocer, no con frases sino siguiendo en la práctica sus discernimientos ,al que tiene el Bastón y lo usa bien. Con autoridad, para “hacer crecer” (augere) y no para pavonearse ni para hacer sentir su poder. Y sabe distinguier perfectamente a los que usan el bastón sin discernimiento, por que les gusta tener la manija y el sartén por el mango en provecho propio, o usar el cetro como elemento decorativo de su vanidad.

Y cuales son estos “discernimientos” que el Papa nos hace:

En primerísimo lugar, creo yo, ha alzado en alto el estandarte de la Misericordia incondicionada del Padre que ni se ha cansado ni se cansará de perdonar. El estandarte que tiene en lo más alto esa bandera, como horizonte único hacia el que caminamos todos, es un bastón en forma de Cruz. Así como al Señor poner en alto el Paradigma de todos los paradigmas, la Misericordia del Padre, le costó la Cruz, así también al que lo siga y quiera practicar las obras de misericordia para ser bendecido con la bienaventuranza de ser misericordiado, le costará abrazar, cargar y ayudarse con el bastón de la Cruz. No hay otro báculo que la sustituya.

A la hora de defendernos del Maligno -león, lobo, serpiente, perro rabioso, buitre y lo que sea- el bastón que lo espanta es el discernimiento. Porque descubre sus engaños, porque hace ver que es un derrotado -un dragon muerto pero cuya cola sigue arrastrando gente-; un léon atado que mete miedo pero sólo hace daño si te acercás; una serpiente a la que la Virgen con la rapidez y la fuerza de su pie le ha aplastado la cabeza. Cuando sus mentiras son puestas a la luz, el Maligno pierde poder.

Y a la hora de formar familia, comunidad apostólica, pueblo de Dios, el bastón es el de un tipo de autoridad eclesial que más que mandar con muchos preceptos atrae dando el ejemplo con alegría y armoniza el trabajo de todos asignando a cada uno su misión.

Para terminar con algo sabroso y que aproveche para discernir la situación de nuestra Patria una fábula Campera del Padre Castellani. Se llama “La tala”. Dice así:

“Tres días duró en la isleta el estruendo de las hachas, y crujieron al tumbarse los viejos troncos, y volaron todos los pájaros menos las tijeretas, que no se van de sus nidos aunque las maten, y se quedaron por allí chillando, sobre las ramas mustias.

Aquello era una desolación. El Guayacán duro, el Algarrobo dulce, el Quebracho tenaz, el Cedro valioso, el Jacarandá florido, y el Ñandubay añudado, los forzudos del monte habían caído. Sólo quedaban en pie el Ombú inútil y el Abrojo dañino.

-¡Lo que yo siempre he dicho, mi compadre! -gritó el Abrojo-. En esta vida los únicos que sobreviven son dos clases: los que no sirven ni para leña como usté, y los que muerden a todos, como yo-.

 Pero sucedió que con los árboles martirizados se hicieron muebles finos, vigas inmortales,  durmientes eternos, crucecitas con los retoños más tiernos y un báculo de pastor: y después los obrajeros pegaron fuego a la isleta talada y del Ombú y del Abrojo no quedaron ni las cenizas».

 

Diego Fares sj

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Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

¿Qué le parece?:

Un hombre tenía dos hijos.

Acercándose al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.

Él le respondió: No quiero, pero después, arrepentido, fue.

Acercándose al otro le dijo lo mismo.

Este le respondió: Yo iré, señor, pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?

El primero –respondieron.

Les dijo Jesús:  En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; y ustedes, ni viendo esto se han convertido de modo de creer en él (Mt 21,28-32).

 

Contemplación

Comienzo con algunas palabras que me llaman más la atención y desde ellas paso al contexto del ejemplo que propone Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que le están cuestionando su autoridad.

En la frase: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”, me resuena la palabra “trabajar”.

El trabajo es lo que hay que hacer y esa es “la voluntad del padre”.

La frase está puesta por el Señor en un contexto de relaciones familiares. Lo vemos en el hecho de que las expresiones “hijo” y “la viña” nos hablan de familia, de un padre que distribuye los encargos de la casa.

No es este el caso del que sale a contratar gente por el día o por una temporada y luego les paga. Aquí se trata de un padre que, ese día –hoy-, se acerca primero al hijo mayor para pedirle que vaya a trabajar en la viña familiar y, como este le dice “no quiero” –cosa que suelen decir los hijos cuando en un primer momento no dan importancia a lo que les pide el padre-, el padre va y le pide lo mismo al segundo.

Hago aquí un paréntesis para recordar ese pasaje tan hermoso de Amoris Laetitia (que el papa recomienda que leamos entera, de comienzo a fin) en el que se muestra cómo “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva (…), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero” (AL 8). Amoris Laetitia nos hace notar cómo Jesús elegía ejemplos de la vida familiar, y cita este de “los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (Mt 21, 28…). Son ejemplos que muestran que “La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje, también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (AL 22).

Volvemos a nuestra escena. Si el padre pide una mano es porque necesita que ese día vaya uno a la viña. Se ve en el detalle de que no obliga al primero, sino que, cuando le dice “no quiero”, va y le pide al segundo. Se ve que necesitaba uno ese día. Quizás le había faltado un empleado… La cuestión es que me parece que de lo que trata el ejemplo es del trabajo que hay que hacer y de quién es el que efectivamente lo hace. Por eso el marco de lo que pasa en una relación familiar cotidiana. Es totalmente distinto al de la parábola de los obreros de la última hora. Allí el Señor quería hablar de la bondad, gratuidad y libertad soberana del Padre. Por eso eligió un ejemplo en el que se sobrepasa la justicia con la trampita que hace el dueño de la viña al pagar a los últimos igual que a los primeros. El ejemplo es “picante”. En términos humanos es una “injusticia”, y eso mueve los corazones y hace saltar al que tenía un ojo envidioso, al que miraba “lo que le tocaba a él” y no “la bondad del que lo había contratado a trabajar en su viña”. Aquí, en cambio, el ejemplo apunta a “la voluntad del Padre”. Y Jesús la sitúa en el terreno objetivo. La pregunta que les hace a los sumos sacerdotes y ancianos es bien concreta. “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?”.

Para comprender tenemos que retroceder al pasaje precedente.

Jesús estaba enseñando en el Templo.

El día anterior había expulsado a los vendedores y compradores del Templo (Mateo señala que echó a todos “los que vendían y compraban”, no solo a los que vendían).

Las autoridades van a cuestionarle: “¿Con qué autoridad haces esto?”

El Señor, por un lado, no les responde directamente, como quieren ellos.

(Se ve que esto de pretender que el Señor o los suyos “están obligados a responder” no es nuevo, sino que viene de lejos. Digo que no es cuestión de ahora, de 4 cardenales o de 42 teólogos o de gente que junta firmas en change.org y que el papa estaría obligado a responderles en los términos que ellos pretenden).

Como vienen con mal espíritu, el Señor les plantea el dilema de que se definan acerca de Juan Bautista. Y ellos, como calcularon que no les convenía definirse, le dijeron: “No sabemos”.

Jesús les replicó: entonces, “tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto”. Pero luego les cuenta el cuento -ellos querían definiciones y él les cuenta cuentos… (Je!)- del padre y los dos hijos, el que le dice no, pero luego va a trabajar y el que le dice que sí, pero luego no va a trabajar. En la parábola siguiente –la de los viñadores homicidas- el Señor insistirá en el tema de los frutos.

La cuestión, por tanto, son las obras, quién es el que hace; no las palabras ni las definiciones. En las palabras, los “no” a veces terminan siendo “sí”. Y muchos “sí” después son “no”… o “ni”. El trabajo realizado, en cambio, es concreto. Y lo concreto se puede resignificar.

Si uno realizó una obra de misericordia por el motivo que sea, ese motivo podrá corregirse y mejorarse, podrá pasar de ser un motivo meramente humanitario –incluso con algo de egoísmo, como una limosna que se da para sacarse a alguien de encima- a ser por amor de Dios. Pero la intención se puede corregir si la obra se hizo. Y la obra, el trabajo del que habla el Señor, el que le “agrada al Padre”, tiene dos grandes objetos, o mejor dos grandes sujetos: el prójimo y Jesús. Con respecto al prójimo, las obras que el Padre quiere que “hagamos” (no importa si a veces vamos un poco diciendo “no quiero”) son las obras de misericordia. Con respecto a su Hijo amado y predilecto, las obras son “que lo escuchemos” y que “creamos en Él”: “La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29).

La relación que establece el Señor es: “Voluntad del Padre”-“Obras de Jesús”-“Confianza y fe en su autoridad”-“Obras nuestras”.

Y remacha el ejemplo con la afirmación de que “los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios”.

Podemos imaginar la cara de los sumos sacerdotes y ancianos.

Le habían cuestionado la autoridad a Jesús y él los compara con publicanos y rameras y les dice que “se apuren” porque al Reino de Dios se entra y hay que caminar en medio de la gente que va hacia él. El reino no es ese Templo en torno al cual ellos han organizado sus negocios.

No podemos dejar de notar que, si bien a estas personas con autoridad teológica les molestaba que Jesús curara a la gente en sábado o que predicara, no saltaban así nomás. En cambio, acá, cuando tocó el negocio de los puestos, de los cuales ellos cobraban su buena parte, ahí fueron con todo.

Y así salieron.

El Señor les dice que los publicanos y rameras “creyeron en Juan Bautista”. Y que ellos, aunque reconocían que era un hombre justo, no se arrepintieron para luego creer en él.

La secuencia de “arrepentirse-creer” se supone en los pecadores. En cambio en los sumos sacerdotes y ancianos se explicita.

Con esto, el Señor está haciendo una afirmación fuerte: los que creen en Jesús es que ya se arrepintieron. Es lo mismo que le hace ver al fariseo que lo invitó a comer cuando le hace ver que si la mujer pecadora muestra mucho amor es porque se le ha perdonado mucho.

En el amor y la fe a Jesús, mostrada en obras, el Señor ve arrepentimiento oculto, dolor de corazón por los pecados.

En la vida cotidiana, en la familia, es así. Al hijo que dice que no y protesta, pero luego hace las cosas, el arrepentimiento se ve en el gesto. No hacen falta declaraciones formales.

El Reino de Dios no está asegurado a los que dicen un “sí” formal ni está cerrado para los que dicen “no quiero”. El Reino de Dios es para los que hacen, arrepintiéndose y poniendo manos a la obra cada día, la voluntad del Padre, para los que creen en Jesús y sirven con obras de misericordia al prójimo. Y en esto del “hacer” a mí me gusta estar atento y descubrir y valorar todo lo que pueda a toda esa gente que se me adelanta. Escribir las historias de los que se me adelantan es la consolación más grande. Hasta me hace agradecer mi poca cosa y mi renguera que me hace ir detrás, porque así los veo. Si fuera adelante no los vería…

Siempre que rebusco alguno de los miles de ejemplos que guardo y que pesco cada día –de gente que se me adelanta en esto de “hacer cosas que le agradan al padre”- aparece Antonito. Ayer me mandó un montón de fotos por Whatsapp (me lo pidió el último día en Argentina en que pasó a verme por el Hogar, porque cuando yo había ido a la Verdulería de Caputo donde trabaja él no estaba). Son fotos de unas familias con montones de chicos a los que él ayuda. Les llevó zapatillas “Tridy” y “Running” y agradecía por una ayudita que le di para esos chicos a los que él ayuda. Y decía el Whatsapp: “Esta es su hinchada q lo quiere y le agradece tda su ayuda q yo tantas veses lo molesté pero bien y cntento xq la ayuda siempre llegó”. Ese “siempre llegó” fue lo que más me llegó.

(Antonio Hualpa –Antoñito-, para el común de la gente es el empleado de Caputo, el que lleva las verduras y frutas en un carro grande, por las calles vecinas al Spinetto. Es el que siempre que me ve, se para a pedir la bendición. Lo que muchos no saben es que tiene esa Obra que él lleva en particular – una de esas en las que “la ayuda siempre llega”- pero que a los ojos de Dios debe ser tanto o más grande que El Hogar de San José, por decir).

Diego Fares sj

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“Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no deba ser revelado

y nada secreto que no deba ser conocido.

Lo que Yo les digo en privado repítanlo públicamente;

y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos.

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de canaritos por unas monedas?

Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre (sin que el Padre esté)

También ustedes tienen contados todos sus cabellos.

No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que se declare por mí ante los hombres,

Yo me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo.

Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo

a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

 

Contemplación

No teman. No teman. No teman.

No teman confesarse los pecados y predicar públicamente el evangelio.

No teman a las persecuciones externas, que no pueden matarles el alma.

Ustedes son valiosos para el Padre, que los cuida más que a los pajaritos: no teman.

La persecución viene de anunciar la alegría del evangelio, que es la alegría del amor.

Y los lobos –tanto los que devoran las ovejas como los que dejan que otros las devoren porque ellos cuidan letras y frases y no a las personas concretas- meten miedo, amenazan, difaman, matan.

El Señor dice que al que se declare abiertamente por él ante los hombres, él se declarará por él ante el Padre. Y que negará ante el Padre al que reniegue de Él ante los hombres.

Esto es pues lo único que debemos temer: que Jesús no nos reconozca ante el Padre.

A esto se refiere también lo de “temer al que puede arrojarnos al infierno”.

El infierno es quedar fuera del reconocimiento salvífico de Jesús.

El demonio no nos puede “arrojar” al infierno si primero no nos hemos soltado de la mano y de la mirada del Señor. Solo fuera del ámbito de acción de su Misericordia, quedamos a merced de los empujones y zarpazos del maligno.

Ahora bien, el Señor ha querido ligar su reconocimiento a –al menos- tres confesiones que tenemos que saber hacer sin miedo.

La primera confesión es de nuestros pecados. Es íntima y personal. Es la Confesión sincera de que somos pecadores, manifestación sacramental de nuestras enfermedades y de nuestros pecados.

Es una confesión privada en la que uno abre su conciencia ante el confesor que en nombre del Señor y de la Iglesia nos concede la absolución y el perdón.

El día en que “todo lo secreto sea revelado”, nuestros pecados se tendrán que revelar como pecados confesados, como pecados de los que pedimos perdón y que tratamos de  reparar de acuerdo a lo que la Iglesia nos dio como penitencia.

Saligo al paso de una dificultad: el Señor nos manda confesamos ante otro. Y esto es algo que algunos cuestionan. Pero esa persona cuida con delicado respeto que lo confesado abra nuestra conciencia a la fuente de misericordia salvadora del Señor, esa que inunda el alma de paz y nos da un arrepentimiento amoroso que  nos lleva a la conversión.

El confesionario no es una tintorería ni una sala de torturas. Es, como decía alguien, el único lugar donde uno puede hablar mal de uno mismo sin temor a que sea mal usado. En la confesión se perdona todo para que la persona pueda repartir de nuevo. Se perdonan todas los malos “pensamientos, palabras, obras y omisiones”, no minimizando su malicia íntima y su malos efectos en los demás, sino todo lo contrario: se perdonan para que la persona se libere de sus ataduras y comience a “pensar, hablar y obrar” bien desde una decisión suya, de corazón.

El Señor lo hizo ver tan claro cuando curó al que tenía la mano paralizada, seca –como señal concreta de que no podía “hacer” nada, y por tanto no podía hacer el bien-. Lo curó en sábado y “miró con enojo a los que lo rodeaban y sintiendo tristeza por su dureza de corazón”. Es que ellos no miraban la persona sino la formulación de la ley y consideraban como un desastre que el Señor se la saltara en público. Pero lo que Jesús quería era hacerles ver precisamente eso: que había un ámbito en que, si la ley permitía que el hombre siguiera con su mano paralizada, nunca se daría un paso adelante en su salvación.

Pedimos al Espíritu: quitanos el miedo a la confesión, que tanto alivio nos da y tanto bien nos hace. Perdonados podemos ir para adelante en la misión que nos has encomendado, libres de los enredos narcisistas de culpas y autojustificaciones. Es mejor tu juicio bueno que el nuestro o el ajeno.

La otra confesión es de que Dios es misericordioso. La tenemos que hacer de modo visible y comunitario (uno solo no alcanza a dar testimonio de esto). Consiste en declararnos por Jesús con palabras encarnadas en gestos concretos y obras de misericordia.

Se trata de nuestro reconocimiento de la Persona de Jesús en la persona de cada pobre y necesitado que encontramos por el camino de la vida. Los pobres son los pobres concretos que cada uno encuentra cada día. Más aún: no solo estamos atentos al que nos encontramos casualmente sino que abrimos obras específicas para salir al encuentro de cada tipo de pobreza y de miseria.

¿Cuándo fue que no te reconocimos?, será la pregunta de algunos en el juicio. Cada vez que no hiciste esto –darle de comer, vestirlo, hospedarlo, visitarlo…- con uno de mis hermanos más pequeños, no lo hiciste conmigo.

Pedimos al Espíritu de misericordia: quitanos quite ese respeto humano, ese temor a dar un pasito de cercanía amable hacia el otro con quien podemos tener un pequeño gesto de misericordia que él sabrá completar con la suya hacia nosotros. Es tanta la alegría que devuelven estos pequeños gestos, que es una pena perderlos por temerosos.

La tercera confesión es de obediencia explícita a nuestros pastores. Es la más controvertida actualmente. Tiene que ver con la persona del Pastor: del Papa, del Obispo, del párroco, del padre espiritual, del maestro, del papá y de la mamá para cada hijo… Algo muy obvio (al menos para mí) en lo que el demonio muestra su cola serpentina, es que con esta tentación tienta tanto a los hijos pródigos como a los hijos cumplidores. Con el papa, por ejemplo, es muy notable: lo “desobedece” la gente que se considera a sí misma como liberada de todo paternalismo y que se rebela contra todo lo que sea dogmatismo eclesial, y lo desobedece también la gente que se considera defensora a ultranza del dogma y de la tradición. Por arriesgar un discernimiento nomás: ¿no será que ambos tipos de personas coinciden en que al defender “ideas” –las propias o las de la tradición- no se animan a confrontarse con personas de carne y hueso?

La cuestión es que, en el ámbito del reino que Jesús abre y establece, la autoridad es personal. La autoridad no son los libros, son personas concretas. El Señor no “escribió un código de leyes y dogmas”. Confió su poder –que es servicio- a Pedro y a sus apóstoles.

En el pueblo de Dios las relaciones son personales y disimétricas. Manda uno y –paradójicamente- para mandar debe ser el que sirve a todos. Pero manda uno.

A ese que manda sirviendo humildemente, el Señor le confía las llaves de su Reino y le da el poder de atar y de absolver.

Mirar y juzgar las cosas como nuestro pastor –hacerle caso a nuestros padres y maestros, seguir el consejo del confesor, hacer las cosas como nos pide el párroco, seguir el ritmo de nuestros obispos y declararnos públicamente a favor de lo que dice el Papa- a alguno le puede sonar paternalista o anticuado. Sin embargo, este modo de obrar “eclesial”, escuchando la voz del Señor –que nos dice “cada vez que hiciste lo que te decía tu padre espiritual hiciste lo que Yo quería”- es bendecido por el Espíritu Santo. Incluso cuando lo que nos manda el pastor no es “lo más perfecto”, el Señor escribe derecho con líneas torcidas.

Cuando uno se acostumbra a seguir solo sus propios criterios –con todo lo que tienen de criterios de otros- puede que tenga más “razón” y que en sí mismo esté bien, pero no cuenta con la misma bendición del Espíritu que lo que uno hace obedeciendo a Cristo en la persona de sus pastores.

La obediencia es “ob-audire”, tender el oído para escuchar al Otro que habla en “otros” (no en formulaciones abstractas). Esa obediencia no significa no dialogar y discutir, pero el principio es que es mejor obedecer a otra persona “en nombre de Cristo” que a sí mismo.

Me viene siempre la anécdota de San Alberto Hurtado que cuenta Larraín:

“…Un joven jesuita viajó a Santiago con una lista inmensa de encargos. Al llegar se topó con el Padre Hurtado y le pidió la camioneta. Él sacó las llaves del bolsillo y le dijo “encantado, patroncito”. Apenas partió el joven en la camioneta, el Padre Hurtado salió a hacer sus numerosas diligencias en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”.

También muestra su obediencia espontánea. Así como veía a Cristo en el pobre, y los servía como a sus patroncitos” también oía a Cristo en los mandatos de otro y le obedecía como a un “patroncito”.

Si el amor a la persona de Jesús se concreta en las obras de misericordia para con los pobres, el amor a la persona del Espíritu Santo se concreta en la obediencia a quien en la Iglesia tiene el encargo de conducir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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dos monjas.jpg

Jesús entró en un pueblo,

y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa.

Tenía una hermana llamada María,

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo.»

Pero el Señor le respondió:

«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios),

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Dos mujeres dialogan con Jesús. Son hermanas, amigas del Señor, y en la intimidad familiar charlan con Él de sus cosas. El tono de confianza de su conversación nos hace sentir también invitados: es como si el evangelio de Marta y María nos hospedara a todos – discípulos y discípulas de todos los tiempos- en el misterio de lo que siente Jesús de nuestro servicio y de nuestra oración, para que podamos hacerle las preguntas que nos surgen del corazón.

La escena nos resulta familiar: nos basta escuchar unas pocas palabras e imaginar un cruce de miradas para sentir que conocemos lo que pasó. En casa uno actúa como es e intuye cómo se actúa en otros hogares. Cuando vienen amigos y hay que preparar la comida, los roles se dividen espontáneamente. En un primer momento cada uno elige y atiende a lo que le gusta: uno hace el asado, otro prepara las ensaladas, uno atiende a los huéspedes, les muestra sus cosas, otro prepara la mesa… En cierto momento, como en el Evangelio, hay que terminar de organizar y alguien toma el mando: la comida está casi lista ¡hay que colaborar! Luego podemos seguir charlando (aunque en algunas sobremesas, de nuevo viene el apuro de alguno por juntar los platos…).

Es este preciso instante el que capta Lucas. Podemos imaginar que habrán charlado de mil cosas aquel día… Y con Jesús, todas darían para un evangelio. Pero este diálogo espontáneo y chispeante, en medio de una escena que todos hemos vivido alguna vez, es una puerta para entrar en los sentimientos hondos del corazón de Jesús. Y en los nuestros.

Cómo decía, en toda comida familiar con amigos las cosas se mueven espontáneamente. Pero cuando el asado está listo, alguno hace notar que hay que colaborar para pasar de un tiempo a otro: del tiempo de la preparación al tiempo de la comida. Suele ser el padre o la madre los que “sienten la necesidad” de mandar. Conocen los tiempos y que las cosas hay que hacerlas y por eso mandan. Los tiempos de la casa, en este caso los conoce Marta que es la que cocina y pareciera ser la hermana mayor. Pero en vez de arreglar las cosas entre hermanas, lo mete a Jesús en el asunto. Y aquí comienza lo interesante para reflexionar nosotros. Se nota que lo que quiere el evangelio es hacernos reflexionar. Pero más que una reflexión sobre la vida activa y la vida contemplativa me parece que se trata de una reflexión sobre sobre nuestra libertad: sobre lo que cada uno elige y sobre lo que nos distrae, haciendo que pongamos la fuerza en controlar lo que hacen los demás.

Marta, que está cumpliendo el rol de dueña de casa, apela a Jesús directamente. Escuchemos cómo le dice con total desfachatez: “No te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo”. Marta está totalmente convencida de que tiene razón y que la autoridad de Jesús debe estar de su parte. Por eso le extraña que Él no se haya dado cuenta (podemos imaginar que habrá hecho ruido con las cacerolas o habrá pasado suspirando para hacer notar a esos dos que bien podían levantarse a darle una mano). Pero el punto no son los supuestos celos de Marta, ni el activismo ni tampoco los derechos especiales de las contemplativas que vendrían a ser las preferidas del Señor…

El punto me parece que está en que Marta apela a la autoridad de Jesús para que resuelva su caso y el Señor, cariñosamente, le rechaza el planteo. Le responde, sí, pero no interviniendo como autoridad. La remite a los criterios de la fraternidad. Cómo? Jesús hace que Marta vuelva la mirada, primero al modo como está desarrollando ella su actividad  –te preocupas y te pones mal– y luego al modo como María está realizando la suya –eligió-. Convengamos que escuchar al Señor es también una actividad. Estas dos actitudes interiores y modos de actuar, son lo que quiere hacerle discernir el Señor. En segundo lugar vienen “las muchas cosas” y “la mejor parte”.

Tanto las actitudes como las cosas están en una relación asimétrica. Elegir es un acto libre, andar ansioso, en cambio, es algo que más bien se padece. Elegir supone un juicio claro y una decisión que luego se mantienen gracias al afecto que uno cultiva. Es decir: el afecto es una nueva elección, reforzada cada vez. En cambio andar preocupado y ponerse mal, nos hablan de sentimientos que van y vienen, de pensamientos encontrados que tienen que ver con “las muchas cosas” que el Señor le señala a Marta. En cambio la elección tiene que ver con una sola cosa, la que vale por sí misma como “la mejor” y por eso es que uno la puede elegir sin lugar a dudas.

Lo que Jesús hace con Marta es ayudarla a que tome conciencia de que está justificando su estado de ánimo con algo que parece objetivo: que hay muchas cosas por hacer. El Señor le aclara que no es verdad, que sólo una cosa es necesaria. Y que su hermana la ha descubierto y la ha elegido y por eso está tranquila. En esto el Señor toma parte –su parte- al juzgar que María eligió lo mejor. Pero notemos que tampoco en esto se pone Él como autoridad. No dice: “Yo no se la quito” sino “no le será quitada”.

Podemos pensar que está hablando del Padre que es el que “designa los puestos de cada uno” como le dirá en otra ocasión a la madre de Santiago y Juan, que le planteaba algo similar (siempre la cuestión son los cargos, los honores y quién manda, quién es “el mayor”).  Y los planteos de Jesús van por otro lado: por el lado de fortalecer a cada uno en su libertad, para que elija la mejor parte y no se la pierda distrayéndose en controlar a sus hermanos, como si fuera él el encargado de hacer cumplir cosas que ni el mismo Jesús obliga.

Así como el Señor dice a la pecadora: “Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”, así le dice a Marta: “María ha elegido ella la mejor parte y no le será quitada”. Ante el mal, el Señor no se pone a soltar mandamientos negativos, como hacen algunos cardenales que pareciera se complacen en remachar cada vez que pueden que un precepto negativo vale siempre y sin ninguna excepción. El Señor no rebate esto a nivel teórico (usando otra abstracción que es la de buscar casos y casos excepcionales). El simplemente mira a la persona (no al caso particular ni al caso general) y agrega un NO: no te condeno. No te aplico la ley. Te perdono.

Y cuando se trata del bien y de lo mejor, que es elegir escucharlo a Él, tampoco pone mandamientos sino que se nos iguala como hermano y dice que El Padre no nos quitará nada de lo que hayamos elegido por amor a él y a su Palabra. Aunque alguno como Marta piense que estamos siendo injustos y poco solidarios por elegir tan exclusivamente a Jesús.

La tentación de invertir esta jerarquía de valores evangélicos y volver a discutir quién manda, es una constante en la Iglesia. Reaparece bajo distintas formas: quién es el mayor, qué ministerio tiene la primacía, cual es el estado de vida más perfecto, quién tiene la última palabra –si el Papa actual, el anterior o el de hace 100 años, si el Concilio Vaticano o el de Trento-, cuál es la declaración infalible de mayor valor dogmático…

Un lindo ejemplo del espíritu que Jesús hace reinar entre las hermanas, Marta y María, lo dieron el Papa Francisco y Benedicto en el encuentro que tuvieron con motivo de los 65 años de sacerdocio de Ratzinger. Las palabras que se dijeron estuvieron signadas por este espíritu de fraternidad, tan lejano de todos los que los contraponen buscando discusiones abstractas sobre la autoridad.

Francisco le dijo que: “lo que Benedicto ha siempre testimoniado y testimonia también ahora es que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia- aquella sólo con la cual viene también todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseemos, que interiormente estemos cercanos a Él, que lo amemos, que de verdad creamos profundamente en  Él y creyendo lo amemos de verdad”. Le dijo también que el lugarcito que habita en el Vaticano, es como “la Porciúncula, la pequeña porción (la mejor parte, podríamos decir aquí) de donde emana una tranquilidad, una paz, una fuerza, una madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y dan fuerza a mí y a toda la Iglesia”.

Y Benedicto le agradeció hablando también de la mejor parte que ha elegido Francisco y que no le será quitada, diciendo: “Gracias sobre todo a usted, Santo Padre. Su bondad, desde el primer momento de la elección, en cada momento de mi vida aquí, me admira, me hace conmueve realmente, interiormente. Más que los jardines vaticanos, con su belleza, es su bondad el lugar donde vivo: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Y esperamos que Usted junto con todos nosotros pueda ir adelante por este camino de la misericordia divina, mostrándonos el camino de Jesús, el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Si uno lee profundo, de verdad que conmueven las palabras de estos dos hermanos. Francisco le agradece a Benedicto su testimonio de lo que es “la mejor parte” –el amor a Jesús. Y le dice que de esa elección brota paz y coraje. Benedicto le dice que esa Porciúncula donde vive, más que los jardines es “la bondad de Francisco”. Frase que podemos hacer nuestra tantos en el mundo, especialmente los más pequeños y olvidados: en la bondad de Francisco vivimos y nos sentimos protegidos, en medio de este mundo tan violento y expulsivo. Siendo que así siente Benedicto uno no puede entender bien qué es lo que le pasa a algunos cristianos en su corazón que sienten verdadero disgusto (e incluso sentimientos de agresividad) ante Francisco. Qué avaricia de poder o de otras cosas habrán cultivado en su corazón para no querer a alguien que es antes que nada una buena persona). Pero Benedicto va más allá y anima a Francisco a ir adelante por el camino de la Misericordia que ha emprendido. Yo aquí sí que tomaría sus palabras como una “definición de Papa emérito”: Benedicto define que el camino de la Misericordia que ha emprendido Francisco “es el camino de Jesús y el camino hacia Jesús, hacia Dios”.

Qué lindo ejemplo de cómo se viven las relaciones de servicio y oración entre hermanos tal como las quiere Jesús! Qué lejos de todo lo que generan los que “no han elegido la mejor parte”, como han elegido Benedicto y Francisco, y de esa insatisfacción brotan tantos males: habladurías, celos, envidias, condenas furibundas, ironías sarcásticas, detracciones… Todo un mundo de avaricia y ambición de poder que brota de “no elegir la mejor parte”.

BYF.jpgDiego Fares sj

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