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Los pastores fueron rápidamente

y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,

y todos los que los escuchaban quedaron admirados

de lo que decían los pastores.

Mientras tanto,

María atesoraba estas cosas ponderándolas (symballousa) en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios

Por todo lo que habían visto y oído,

conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después,

llegó el tiempo de circuncidar al niño

y José le puso el nombre de Jesús,

nombre que le había sido dado por el Ángel

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

 

Contemplación

Me gusta la traducción que dice que María “atesoraba” los acontecimientos de su Hijo y lo hacía no de manera estática, como quien saca una foto y la guarda, sino “ponderándolas” en su corazón. “Sym-ballo” es un verbo muy rico. De allí viene nuestra palabra “símbolo” y, es también significativo su opuesto: “diaballo”.

“Symballo” resume toda una actividad reflexiva y meditativa, que significa rumiar las cosas, relacionarlas, unir, ponderando y sopesando los pensamientos, buscando no sólo la explicación sino el sentido profundo de los acontecimientos o sucesos que suscitan admiración. Y este sentido se refuerza con la acción opuesta del verbo “diaballo”, que se traduce por acusar, separar, dividir.

Por eso es que ponemos este pasaje del evangelio en clave de ese discernimiento en el cual el Papa Francisco nos invita a crecer.

La ponemos a Nuestra Señora como Maestra espiritual –maestra de novicias y de novicios, como se dice en la vida religiosa-, y como la que nos acompaña y hace de directora espiritual.

Estas imágenes no son muy habituales pero no nos resultan para nada extrañas. Es verdad que a nuestra Madre para venerarla solemos ponerla en un lugar alto y llena de flores, colocación espacial que hace que nuestra mirada se oriente hacia arriba, hacia una trascendencia celestial.

También es verdad que nuestro modo de dirigirnos a ella tiene mucho de ruego de niños pequeños que buscan el socorro inmediato de la Madre, su ternura, el cobijo de su manto, su mirada buena…

Todo esto es el ámbito materno total y envolvente que constituye el discernimiento básico –diríamos- de que en Ella –como en la Iglesia- nuestra alma encuentra su espacio, el del Espíritu, en el que nos encontramos con nuestro Padre y con Jesús.

Pero eso es invitación también a una charla adulta con nuestra Madre que, en sintonía con su modo de pensar bien, nos ayude a discernir lo que nos pasa en la vida concreta.

Discernir es “ponderar” lo que sentimos y pensamos y lo que nos pasa con un fin práctico: las cosas de Dios, para “atesorarlas en el corazón” y las cosas del mal espíritu, para “lanzarlas”, sin permitir que nos dividan en la duda ni que nos confundan, ni que nos orienten por el mal camino.

Aunque parezca jugar un poco con las palabras, puede hacernos bien oponer “símbolo” contra “diablo”. Pensamientos que integran contra pensamientos que dividen. El Papa Francisco, en Amoris Laetitia habla de dos lógicas:

«Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita». Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296).

 

El discernimiento como atención

María es Maestra en el discernimiento que “pondera” la complejidad de todo lo que acontece en torno a Jesús –la Palabra hecha carne- y no se apura a sacar conclusiones abstractas ni simplistas de las cosas.

Este “atesorar las cosas en su corazón, dándoles altura de símbolo -en el que cada partecita de lo que vive el Niño encierra el Todo de Dios-, es el primer discernimiento: el que acoge “toda la realidad” tal como es y no excluye ni margina nada.

Cuando el Papa habla de que “Es sano prestar atención a la realidad concreta” (AL 31), algunos, con esa mentalidad legalista que nos ha invadido la Iglesia, piensan enseguida en “casos”: casos particulares que entrarían o no dentro del “caso general” del que habla la ley. Y el Papa no está hablando de “casos” (ni generales ni particulares), está hablando de gente, de personas con rostro y familia. Prestar atención a la realidad concreta no es considerar a los individuos aislados para construir casos estadísticos. Nuestra realidad íntima es que somos familia, grupo, pueblo.

La conciencia de una mamá y de un papá, que están llevando adelante a sus hijos, es una conciencia en la que “se pondera y pesa todo lo que vive la familia”, no lo de uno solo. La realidad humana es comunitaria en lo más personal. Individuos somos solo para las estadísticas, que nos cuentan de a uno para calcular nuestro voto y ver qué más vendernos. ¿Se han fijado que los productos tienden a ser cada vez más “individuales”? Antes un televisor o una heladera eran “familiares”. La tendencia a dividir, a que cada miembro de la familia quiera “tener lo suyo”, es una tendencia que, si se contagia a otros ámbitos, termina haciendo mal.

Cuando el Papa habla de “atención a la realidad concreta” es porque «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia», a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia» (AL 31).

En este sentido María es Maestra en lo que hace al primer paso del discernimiento que es la “atención a la realidad”. Es Maestra porque, atenta a la realidad de Jesús, gracias a su maternidad por encargo de su Hijo en la Cruz, su atención se extiende a todos.

La atención amorosa a su Hijo, concentrada como sólo una madre puede concentrarse es, por un lado, algo común. Toda mamá tiene ese sexto sentido que hace que esté atenta a todo lo que sucede a su hijo: en su corazón y a su alrededor, en la pieza, en la casa, en la cuadra y en la escuela, con sus amigos… Pero como Jesús es especial, y Él mismo estará atento y concentrado en todo lo humano, la atención de María creció increíblemente.

Todo lo humano “resuena” en su corazón y despierta su atención con un matiz materno que nos hace discernir fácilmente si aprendemos a “pensar – a sentir y gustar- con Ella”. Siempre recuerdo a Juana Molina –cantautora argentina- que dice que los colores cambian con la textura de las cosas que colorean. No es lo mismo un azul profundo en una remera que en unos ojos. También la música: la misma melodía suena diferente en una guitarra y en un piano. Y lo mismo, digo yo, sucede con la verdad: no es da igual leerla escrita en un código de Derecho canónico que oírla pronunciada por los labios de María. Cada uno puede probar escuchando esa frase que dice: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Si sintonizamos con La que piensa bien, las cosas que nos pasaron y que nos pasan se colorearán con su esperanza, se enternecerán con su ternura y se iluminarán con su fe. La misma realidad “objetiva” puede verse y sentirse muy distinto si el instrumento y la tela son el corazón y la mente de María.

Esto de lo que hemos hablado –la atención a la realidad concreta- es el primer paso de todo discernimiento. Es animarse a ver y sentir las cosas como son, en su complejidad real: siento esto, está pasando esto.

Esta percepción de lo propio e íntimo y de lo ajeno y común es especial en nuestra Señora. Ella es capaz de darse cuenta de que falta el vino en medio del bullicio de una fiesta y de turbarse ante el saludo de un ángel y preguntarle cómo será posible lo que le dice.

Consultar a nuestra Directora espiritual acerca de nuestras mociones más íntimas –esos pensamientos que nos dividen el corazón, como le predijo Simeón a Ella, que desde entonces tiene el corazón “traspasado” y sabe discernir bien lo que acerca a Jesús y lo que nos separa de su amor- consultarle acerca de lo que falta en el mundo que nos rodea, es el primer paso  del discernimiento.

 

El discernimiento como interpretación con criterios espirituales

El segundo paso es “interpretar las mociones”. Interpretarlas según Dios. Porque cada moción y pensamiento viene con su propio peso y con una interpretación ya dada, fruto de nuestra cultura, de nuestra historia y sensibilidad. Pero darles tiempo a las cosas, poner un poquito de distancia, ponderar y examinar lo que ya viene como obvio y no siempre lo es, es necesario para ser una persona libre y con pensamiento crítico.

María es Maestra en esto. Ella, con todo respeto, lo frena un poquito hasta al Arcángel Gabriel, pidiendo que le explique un poco más despacio. Cosa que el Ángel hace a continuación, esta vez sin enojarse como le pasó con el viejo Zacarías, que expresó sus dudas como pudo y el otro lo dejó mudo por nueve meses.

Nuestra Señora tiene la delicadeza de discernir hasta los apuros angélicos.

Esa misma gracia femenina la llevará a hacer que su Hijo adelante su hora en las Bodas de Caná. Alguna incomodidad le causó a Jesús el pedido de su Madre. Se nota en la respuesta que le dio el Señor, que por más que uno le dé vueltas teológicas, en el dejar claro el Señor que no era su hora, algo de fastidio se trasluce, aunque inmediatamente el Señor haya obedecido a su Madre. No me gusta decir “fastidio” pero sí diría que algo hubo, porque el Señor hizo llenar las tinajas hasta el borde, como cuando uno hace lo que el otro quiere, pero lo hace “exagerando” un poco la cosa para hacer reír, como hace un amigo que conozco.

Pero lo que interesa aquí es la parte “interpretativa” del discernimiento en la que María nos puede ayudar tanto a interpretar bien.

Cuándo necesitamos más explicación, como le pasó a Ella en la Anunciación,

cuándo hace falta apurar la cosa, como pasó en Caná, y hay que importunar a Jesús, con el riesgo de ligarnos un desplante…

y también cuándo la situación es de vida o muerte, como cuando se les perdió el Niño en el Templo y lo “buscaban angustiados”. Allí sí, María puso toda su emocionalidad en juego y no paró hasta encontrar a Jesús.

Son los Ojos de la Virgen los que, por estar bien atentos a las cosas, nos hace ver dónde encontrarlas si se nos perdieron.

 

El discernimiento como atesorar y lanzar

El tercer paso del discernimiento es “atesorar” lo bueno –no solo conservarlo como si uno lo pusiera en el freezer o en un álbum de recuerdos de la compu- y lanzar lo malo.

Lanzar y rechazar lo malo –vomitarlo y aborrecerlo- es parte del discernimiento.

Porque el mal espíritu siempre actúa en dos tiempos y hay cosas que nos sugiere que “de ninguna manera pretende que las hagamos ahora” pero nos las deja en consignación por si en algún momento nos vienen ganas. Y uno guarda muchas cosas que no tendría que guardar. Atesoramos resentimientos, culpas, deseos de revancha, reivindicaciones a futuro… Tantas cosas que, aunque no las realicemos ocupan lugar en la memoria y lentifican nuestra vida espiritual.

María es la mujer del “hágase”, es Nuestra Señora de la Prontitud, como la llama Francisco.

El bien lo hace con presteza y diligencia. Sin perezas ni vueltas.

Y, por eso mismo, rechaza el mal. Ella rechazar el mal por connaturalidad, sin necesidad de grandes enfrentamientos, por estar toda ocupada en hacer el bien.

Quizás sea este su secreto de Inmaculada. María vence el mal a fuerza de bien, a fuerza de sencillo desinterés propio y de amor tierno y materno por el bien de sus hijos.

El cariño de una madre descomplica las cosas, Desata los nudos en los que se enredan los hijos, y lo hace con decisión, con paciencia y buen humor.        María, en la medida que puede, no deja que el mal entre en su casa. Y cuando viene de afuera, como les pasó con Herodes, sabe huir a tiempo. Como familia, Ella con José son capaces de perderlo todo con tal de cuidar al Niño. Por eso es María es Maestra de novicios y novicias en esto de discernir el grado de malignidad del mal y neutralizar su poder “refugiándose” en Egipto.

En la cruz, cuando ya no haya lugar donde refugiarse, Ella sabrá estar de pie junto a su Hijo, confortándolo con su mirada y sacando lo mejor de su corazón (del de ambos).

Su estar de pie junto a la cruz es el rechazo valiente y absoluto del mal sin violencia alguna. Si con algunos males menores, el discernimiento es la huida, el alejarse uno para no mimetizarse haciendo fuerzas por combatir activamente el mal, ante el mal absoluto de la cruz el discernimiento no es la huida sino la presencia, el estar allí donde muere su Hijo inocente y compadecer con él.

Por último, el Magnificat. Es la Oración del Discernimiento.

Allí María:

Engrandece al Señor

y se deja inundar de la alegría de la consolación en Dios su Salvador.

Nos dice qué es lo que el Señor mira con bondad: la pequeñez de su Servidora, porque es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez.

Y Ella discierne que esta gracia será reconocida por todas las generaciones de la historia. Esta atención particular que, en María, Dios ha prestado a sus pequeñitos, es una gracia extendida y decisiva, que nada ni nadie cambiará ni nos podrá quitar.

Es la gracia que le hace atesorar ese “Feliz de ti” que todos sus hijos le decimos y que nos hace sentir “Felices de nosotros, que la tenemos a Ella”.

María está atenta a “las grandes cosas” que Dios hace en la vida de cada uno y de la historia y las refiere a su Nombre, lo santifica, lo bendice y magnifica: Santo es su Nombre. Esto es lo que hay que atesorar para que nuestro corazón cante salmos de Alabanza y adore a Dios en Espíritu y en verdad, como a Él le agrada.

María también discierne que el modo de actuar de Dios será el de una permanente e incondicional Misericordia –por todas las generaciones- para con aquellos que se vuelven a él con santo temor de Dios.

Y luego discierne lo que Dios, con el poder de su brazo atesora, y lo que rechaza; lo que acoge y lo que dispersa:

Dios dispersa a los soberbios (en su propio corazón, en su interior los vuelve confusos y divididos) y destrona a los poderosos, mientras que a los humildes los realza;

Dios colma de bienes a los hambrientos y expulsa a los ricos con las manos vacías.

Finalmente, y de nuevo, como para dejarlo claro, María discierne que Dios nos socorre a sus hijos “acordándose de la Misericordia”, la que prometió a Abraham y que renueva siempre, con toda su descendencia. Una descendencia que en Abraham incluye a todos los hombres de buena voluntad, ya que Abraham primero era “pagano” si se puede hablar así, y a judíos y musulmanes que lo tienen como padre en la fe.

Esta Misericordia es el bien absoluto a atesorar en el corazón, como nuestra Madre y Maestra y Directora espiritual nos enseña y por cuyas sendas nos encamina y acompaña.

 

Diego Fares sj

 

 

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Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:
“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

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