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Posts Tagged ‘Ascensión’

 

  

Jesús dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a todas las creaturas. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;  podrán tomar a las serpientes con sus manos,  y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, colaborando el Señor y confirmando la Palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

Contemplación

La contemplación de hoy tratará de llevarnos por un camino poco transitado hasta ahora. El punto de partida son dos imágenes y una frase que no son frecuentes: una la de Jesús “colaborando” con los que salen a evangelizar; la otra, la del Padre que está rodilla en tierra, podando las vides.

Lo que nos empuja a fijar los ojos en estas dos imágenes -la del Padre y la de Jesús “en la tierra” es la orden de los ángeles de la Ascensión: “Hombres de Galilea, por qué están ahí parados y miran al Cielo”.

Esta advertencia de los ángeles de la Ascensión creo que no la hemos entendido bien. Al menos yo, porque al repetirla interiormente mientras leo la frase siento que ese “qué hacen ahí” tiene sabor a reproche.

Claramente no es el “alégrate” de la Anunciación a María.

Tiene un tono similar al de los reproches en el Sepulcro vacío cuando los ángeles les dice a las mujeres: “Ustedes buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado. No está aquí. Ha resucitado”.

Pero en esa ocasión la reconvención a no quedarse con los ojos fijados en la tumba, iba acompañada con un envío y una promesa: “vayan a anunciar a sus discípulos que lo verán en Galilea”.

Ahora, en la Ascensión, el sacudón para que no se queden ahí parados mirando al cielo tiene también una promesa -Jesús volverá-, pero es una promesa a larguísimo plazo (dicen los científicos que nuestro sol, que cumple ya sus 4.500 millones de años, tiene todavía 1.000 millones de años antes de que sus rayos se nos vuelvan tóxicos).

Jesús volverá por el mismo lado por donde lo vieron subir. Pero no será pronto, parece.

San Ignacio, cuando se escapó de los guardias para regresar al monte de la Ascensión, fue porque quería asegurarse de recordar bien hacia qué dirección apuntaban los pies del Señor cuando ascendió. Quería fijar en la memoria “hacia donde tenía que mirar” cada vez que se sentara a rezar, como haría después en el balconcito del Gesù desde el que miraba al cielo, a cabeza descubierta y derramando lágrimas mansas de consuelo.

Traigo aquí esta imagen porque describe la fuerza con que la Subida del Señor se imprimió en la memoria de los creyentes. Y digo que lo que nos ha quedado es algo así como que “no hay que quedarse mirando al cielo”, pero no porque sea algo bueno sino algo a lo que hay que resignarse: Jesús se fue!.

“Está bien mirar al cielo, pero conscientes de que el Señor no vendrá por ahora”.

Y así, hemos impostado un  cristianismo que mira al cielo de reojo.

Nuestras liturgias fueron adquiriendo con los siglos un tono de “cielo anticipado”. Una liturgia celestial que, con la ayuda de grandes artistas, se fue convirtiendo en “un rato de cielo”. Lo cual está bien si no se exagera. La dimensión de Cielo, de Gloria y de transfiguración, de descanso y Eucaristía fraterna, es importante en la vida cristiana. Por eso tiene su rol central en cada Domingo y en los tiempos de Fiesta, principalmente la Pascua, en la Navidad y en los sacramentos que acompañan la vida. Pero toda esta dimensión de Cielo cae bajo la advertencia de los ángeles de la Ascensión: “Por qué están ahí parados y miran al cielo?”.

Tengamos muy en cuenta que la frase siguiente, acerca de que el mismo Jesús volverá, no cierra para nada “la vida terrena de Jesús”. Todo lo contrario! Es verdad que el Señor “en cuerpo y alma”, volverá cuando el Padre considere que se ha cumplido el tiempo regalado a la humanidad. Pero esta “Ascensión” del Señor, que dilata el tiempo convirtiendo nuestra historia en Historia de la Salvación, no es el único punto donde hay que fijar la mirada. Antes de la promesa de los Ángeles sobre la venida definitiva del Señor, está la promesa del mismo Jesús sobre la venida del Espíritu Santo. Y esta se realizó pocos días después! Es decir: “bajó Alguien del Cielo”, que no era Jesús, pero sí el Espíritu! Lo cual quiere decir que bajaron ahora no solo Jesús, sino Jesús y el Padre!

El Señor lo dice en los discursos de la última Cena, cuando explica que Él ha salido del Padre y vuelve al Padre y que nos conviene que se vaya porque así nos enviará al Espíritu Consolador. Y ahí agrega algo muy significativo: dice que no intercederá Él para que el Padre nos conceda lo que le pedimos sino que “el mismo Padre nos ama porque lo hemos amado a Él y hemos creído en Él” (Jn 16, 27).

Esta nueva relación directa con el Padre y con Jesús es la Obra del Espíritu Santo.

Y de lo que se trata en esta relación es de algo tan concreto como “pedir algo”. Es decir: no habla aquí de una relación “mirando al cielo” sino de una relación “mirando a la tierra”. Eso es el Padrenuestro:

Padre nuestro que estás en el Cielo… baja a la tierra:

que sea santificado tu Nombre,

que venga tu Reino,

que se haga tu voluntad… así en la tierra como en el cielo.

Y entonces? Yo no digo que habría que suprimir los techos pintados de las Iglesias romanas, que hacen que la gente se quede parada mirando a ese cielo abierto pintado con luz blanca en el que se ve al Padre celestial en su trono y a Jesús sentado a su diestra, y a todos los ángeles y santos mirando para arriba, como en el glorioso techo de nuestra Iglesia madre del Gesù. Lo que digo es que sería una experiencia muy evangélica hacer oír una música que dijera: “Qué hacen ahí parados, hombres de todas las naciones, mirando al cielo…”.

También podría ser que se pintara el suelo, con caminos abiertos, como en la Basílica de nuestra Señora Aparecida, en Brasil, en la que los mosaicos de los pisos dan la sensación de caminar sobre las aguas que brotan de la fuente del altar central y van hacia las doce puertas de salida.

Al salir a anunciar nos encontraremos al Padre viñador y al Jesús colaborador. No son imagenes para contemplar parados sino en camino: contempl-acciones, como titulamos ahora este sitio.

El no quedarse mirando al cielo es llamamiento a mirar la tierra. Con el Cielo asegurado, porque está en las manos llagadas del Señor, podemos hacer la “Contemplación para crecer en el amor”, el tercer punto en el que Ignacio dice: “Considerar cómo Dios trabaja y co-labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra. Es decir: está presente como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis). Trabaja en los cielos, en los elementos, en las plantas, en los frutos, en el ganados, etc., dando ser, conservando, vegetando y sintiendo. Y reflexionar luego sobre mí mismo”.

Y también podemos contemplar la imagen del Llamamiento de Jesús como Rey eternal, que llama a todos diciendo: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo (en el día y vigilar en la noche, etcétera), porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.

Estas dos imágenes -la del Padre con las manos metidas en toda la creación y la de Jesús trabajando de día y velando de noche- son imagenes que no es necesario “pintar” porque cada uno las ve en vivo y en directo cada vez que sale al trabajo o hace las cosas de la casa. Ver el rostro del Padre y de Jesús en cada trabajador, ver las manos del Padre – una masculina y otra femenina como en el cuadro de Rembrandt- colaborando con las manos de todos los padres y de todas las mamás, no necesita artistas del renacimiento o del barroco sino artesanos. Al Padre Trabajador y a Jesús Colaborador no se los ve sino colaborando. El que tenga ojos para ver, que vea!

 Diego Fares sj 

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Jesús dijo: Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes:

que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.

Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías debía sufrir

y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén,

en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión

para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto.

Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.

Permanezcan en la ciudad,

hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

Razonar bien

¿Qué quiere decir Lucas con la frase: “les abrió la mente – la facultad de razonar- para que comprendieran las Escrituras”?

Comprender es “poner juntas las ideas”, en este caso las de toda la Escritura.

Esta apertura es algo así como cuando, en una escena, el director de una película nos da la clave que nos permite entender, en un instante, todo lo que pasó. Cada escena cobra sentido entonces.

Ahora bien, convengamos en que nuestros razonamientos suelen complicarse. Todos vemos las mismas imágenes y captamos las mismas palabras, pero puestos a razonar, cada uno va para lados diversos (o nos llevan). Hay tantas interpretaciones (razonamientos) sobre las cosas!

La gracia grande del Espíritu Santo, que Jesús resucitado ya comienza a dar a los suyos, es la de “razonar bien”.

Y razonar bien, con buen espíritu, tiene sus condiciones, sus características propias.

Antes de contar la principal (con un poema) analicemos algunas más teóricamente:

El que razona bien, permite que el Espíritu unifique las ideas conflictivas que se suscitan al pensar.

El que razona bien, permite que el Espíritu le haga ver la totalidad de la verdad.

El que razona bien, le da tiempo al Espíritu para que ponga cada verdad en su lugar, de acuerdo a su importancia para la salvación y el bien común.

El que razona bien, permite que el Espíritu lo abra a la realidad de Cristo, que es más grande que las ideas que nos hacemos de Él.

El mal espíritu, en cambio, instiga a razonar insistiendo una y otra vez en las ideas conflictivas.

El mal espíritu encierra el razonamiento en alguna verdad parcial, en la que uno se obstina en que tiene razón.

El mal espíritu apura  los razonamientos, hace que uno “patee el tablero de ajedrez”, y entonces ya no se puede ver la jerarquía de las verdades, los pasos que se fueron dando.

El mal espíritu adula los razonamientos que formalmente son impecables o brillantes y hace que uno se la crea y piense que puede meter toda la realidad en su esquema.

Vayamos ahora a una linda petición: Espíritu Santo, ábrenos la mente para que razonemos bien!

Pedirle al Espíritu que nos abra la mente para razonar bien, es una petición poco usual y sin embargo, es la más importante. Allí, en el proceso de nuestros razonamientos, es donde más necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Porque la gracia la tenemos, la recibimos en el Bautismo y  cada vez que comulgamos o nos confesamos… La Palabra la escuchamos…, pero cuando razonamos por nosotros mismos, es allí donde más somos tentados. Sin embargo, nadie piensa que es cerrado. Que el problema no está en sus ideas sino en la forma en que “las pone juntas” y en las conclusiones que saca.

Por eso en el Veni Creator, le pedimos al Espíritu Santo que “visite las mentes de sus fieles”. Su visita nos consuela y –consolados- pensamos bien: se nos amplía la mente, se nos abre la cabeza. Pedirle al Espíritu que nos abra la mente es una forma de pedirle que nos aumente la fe. Porque lo que abre la mentalidad no son nuevas ideas sino la fe en Jesús.

Dos aperturas

El Evangelio nos narra los trabajos que se tomó Jesús para “abrir el entendimiento” a los suyos de modo que “comprendieran las Escrituras”.

Podríamos decir que hay dos aperturas.

Una la que logra establecer Jesús, con su muerte en Cruz y mostrándose resucitado. Las llagas abiertas son la señal de esta primer apertura que se hace propiamente en su Carne! Esta apertura no es mental sino carnal. Nadie la puede cerrar porque las llagas y el Corazón abierto –traspasado- del Señor queda así abierto para siempre. La apertura de la Cruz no hay idea que la cierre. No es cuestión de interpretaciones. Por eso Pablo habla de “la Sabiduría de la Cruz”.

La segunda apertura, es la del Espíritu, que colma con su Verdad todo lo que dejó abierto el Señor y hace que cada persona de fe se abra a los demás. Es la apertura de una verdad misionera, que se vuelve humilde y se hace todo a todos para ir ganando a la gente para Cristo.

El cielo al que se asciende

La primera apertura, la de las llagas abiertas de Jesús resucitado, culmina abriendo las puertas del cielo. Pero aquí hay que poner atención y razonar bien. Porque cuando razonamos sobre el cielo solemos usar paradigmas antiguos que nos llevan a conclusiones en contradicción con la ciencia y entonces abandonamos el razonamiento.

La Ascensión, como dice un amigo, no fue un viaje a la estrellas. Fue un entrar a cuerpo entero en el corazón del Padre y, al mismo tiempo un entrar de lleno en las historias de todos los hombres. El Cielo es una imagen física de “trascendencia”. Y hoy, las imágenes de trascendencia van por el lado de la interioridad, no de la altura.

Las dos trascendencias, como nos dice el Papa Francisco –los dos cielos- son la trascendencia al Padre y la trascendencia a los demás. Subir al cielo es hoy entrar en comunión con el Padre en el misterio de la oración y entrar en comunión con los demás en el servicio de la caridad. Allí están “los cielos: en el Corazón del Padre, que ve en lo secreto, y en el corazón de los hombres, donde uno se siente “a la altura de la dignidad humana” cuando los sirve, especialmente a los más pobres.

…..

Miremos, pues, a Jesús que asciende a estos cielos.

El Señor se aleja para que adquiramos perspectiva de lo que Es Él, de lo que nos donó con su Vida.

El movimiento del Señor es hacia la intimidad misteriosa del Padre.

El movimiento que el Espíritu desencadena en los discípulos es hacia todos los hombres, hacia todas las culturas y situaciones humanas que se dan y se darán en la historia.

Ambos movimientos se acompasan y tienen sentido.

Y como hablamos de movimiento y de acompasar los pasos, les comparto el poema de Madeleine Delbrêl que “razona bien” porque piensa como quien danza. Se llama:

La danza de la obediencia

Tocamos la flauta y ustedes no han bailado

Es 14 de julio (Fiesta popular en Francia).

Todo el mundo sale a bailar.

Por todas partes, después de meses, de años, el mundo baila (Madeleine escribe después de la guerra)

Más se muere, más se danza.

Delirios de guerras, delirios de danza.

Se siente verdaderamente mucho ruido.

La gente seria se ha ido a acostar.

Los religiosos recitan los maitines de San Enrique Rey.

Y yo pienso en el otro Rey.

En el Rey David que danzaba delante del Arca.

Porque si hay mucha gente santa que no ama bailar

Hay muchos santos que tienen necesidad de bailar.

Tan contentos de vivir estaban:

Santa Teresa, con sus castañuelas,

San Juan de la Cruz con un Niño Jesús en brazos,

Y San Francisco, delante del Papa.

 

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,

no podríamos resistir

a esa necesidad de bailar que desborda el mundo

y llegaríamos a adivinar

qué danza es la que te gusta hacernos danzar,

enlazando los pasos de tu Providencia.

 

Porque pienso que quizás ya tengas bastante

con esa gente que habla siempre

de servirte con aire de capitanes;

de conocerte con aires de profesor;

de alcanzarte con las reglas de un deporte;

de amarte como se ama una vieja pareja.

Y un día, en que tenías un poco de ganas de otra cosa,

inventaste a San Francisco

y lo hiciste tu juglar.

A nosotros nos toca ahora el dejarnos inventar

para ser gente alegre que dance su vida contigo.

 

Para ser buen bailarín, contigo como en otras cosas, no hace falta

saber adónde conduce el baile.

Solo hace falta seguir,

ser alegre,

ser ligero

y, sobre todo, no ponerse rígido.

No hace falta pedirte explicaciones

de los pasos que te gusta dar.

Hay que ser como una prolongación

ágil y viva de ti mismo

y recibir a través tuyo la comunicación del ritmo de la orquesta.

 

No hay por qué querer avanzar a toda costa

sino aceptar dar la vuelta, ir de lado,

Hay que saber detenerse y deslizarse en vez de marchar.

Y esto no sería más que una serie de pasos tontos

si la música no hiciera de ellos una armonía.

 

Pero nosotros olvidamos la música de tu Espíritu

y hacemos de nuestra vida un ejercicio gimnástico;

olvidamos que, en tus brazos, se danza,

que tu Santa Voluntad

es de una increíble fantasía,

y que no hay monotonía ni aburrimiento

más que para las almas viejas

que hacen de decorado estático

en el baile gozoso de tu amor.

 

Señor, sácanos a bailar.

Estamos listos para danzarte este recado que tenemos que hacer,

estas cuentas, el desayuno a preparar, esta tarde en la que tendremos sueño.

Estamos listos para danzarte la danza del trabajo, la del calor y, más tarde, la del frío.

 

Si algunas melodías suenan en tono menor, no te diremos

que son tristes.

Si otras nos fatigan un poco, no te diremos

que son cansadoras.

Y si alguno nos empuja, lo tomaremos a risa

sabiendo bien que eso pasa siempre al bailar.

 

Señor, muéstranos el puesto que,

en este romance eterno

iniciado entre tú y nosotros,

tiene el baile singular de nuestra obediencia.

Revélanos la gran orquesta de tus designios,

donde aquello que tu permites,

pone notas extrañas

en la serenidad de lo que quieres.

 

Enséñanos a revestir cada día

nuestra condición humana

como un vestido de baile,

que nos hará amar de ti todo detalle

como una joya indispensable.

 

Haznos vivir nuestra vida,

no como un ajedrez en el que todo está calculado,

no como un partido en el que todo es difícil,

no como un teorema que nos rompe la cabeza,

sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,

como un baile,

como una danza

entre los brazos de tu gracia,

con la música universal del amor.

Señor, ven a sacarnos a bailar.

 

Diego Fares sj

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… Para el perdón de las adicciones

Jesús les dijo: “Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir
y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y comenzando por Jerusalén,
en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión
para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto.
Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.
Permanezcan en la ciudad,
hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación
La escena de la Ascensión contiene la esencia del Evangelio.
Primero, Jesús da testimonio de que en su vida se ha cumplido todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos.
En el evangelio de la semana pasada lo había expresado de otra manera:
“es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que tal como él me lo mandó (como está escrito en las Escrituras) así hago las cosas” (Jn 14, 31). Es decir: el Señor da testimonio de que ha vivido su vida humana, singular y única como la de cada uno, sin nada agregado, buscando cumplir con amor todo lo que el Padre había ido enseñando a su pueblo elegido. Y gracias a esta fidelidad, todas las promesas que el Padre había hecho a su pueblo, muchas de las cuales parecían imposibles por demasiado hermosas (la promesa de cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne, la promesa de establecer un reino de paz en el que todos se amaran y ayudaran, la promesa de que Dios fuera Dios con nosotros…), todas las promesas han encontrado en el corazón de Jesús como un imán: en Él todo lo bueno se hace real y posible.

Segundo, les abre el entendimiento para comprendan todas las Escrituras y les anuncia la esencia del Evangelio. Tengamos en cuenta que el Nuevo Testamento no estaba escrito! Jesús les da la gracia de poder comprender, partiendo de Él, todo lo escrito antes. Para lo nuevo, para lo que tendrán que anunciar y escribir, necesitarán la fuerza que viene de lo alto.
Si uno mira bien, esta pedagogía de Jesús es muy consoladora para nosotros. Al ascender a las Alturas, al ocultarlo la Nube de la vista de ellos, Jesús Resucitado abre un espacio y un tiempo nuevo en los que el protagonismo lo tienen “el Espíritu Santo y nosotros”. Al irse al Padre y dejar a los suyos, iguala a los discípulos de todos los tiempos. Lo que transmiten los apóstoles es el kerygma: que en Jesús muerto y resucitado nos son perdonados los pecados. Esta semilla del evangelio es anunciada con la fuerza del Espíritu y el mismo Espíritu obra en los que escuchan. El Espíritu es el encargado de “recordar todas las cosas que dijo e hizo Jesús” y de ir marcando el camino, lo que hay que hacer. Esto significa que no tienen ventaja los primeros. El Espíritu da la misma chance a todos.

Con pequeños “toques” el Señor “recapitula su vida” y la “comunica” de manera tal que, sin dejar de estar presente, permite que nosotros, gracias al Espíritu, vivamos nuestra propia vida sin perder autonomía. Esto es lo que diferencia al cristianismo de toda religión mítica o racionalista.
El que ha hecho la experiencia de lo que significa enseñar a un discípulo de modo tal que el discípulo tome lo que uno sabe y lo haga propio y lo retransmita mejorado, puede vislumbrar la maestría del Señor. ¡Qué manera de vivir algo y de dejarlo como herencia viva!
Gracias a que Jesús toma Altura (no se va sino que abre espacio ocupando su lugar, junto al Padre) nos permite crecer. Crecer desde abajo y desde lo más íntimo, desde la virtud del Espíritu que hace nido en lo más íntimo de los apetitos (sensitivo y racional) de nuestro corazón humano. Al tomar Altura Jesús atrae a todos desde adentro.

Por eso la semilla va directo a lo más íntimo: al perdón de los pecados. Ese es el nudo que el hombre no puede desatar y absolver por sí solo y que impide crecer en el amor: los propios pecados contra el amor. Los pecados de los que sentimos que nos tendrían que haber amado más y los pecados contra los que tenemos conciencia de que tendríamos que haber amado más (nuestros padres y hermanos, maestros y amigos, de la sociedad en la que nacimos y nosotros mismos también).
Nuestra carne sufre las heridas del pecado y aunque racionalmente uno se de cuenta de las cosas y siga adelante, la carne herida conserva las huellas del pecado sufrido o cometido y dificulta o impide la vida. En las personas adictas se ve con tanta claridad este mecanismo (no hay que dejar de ver la película “Paco” que es conmovedora)! Los adictos, digo (una vez pasado el aviso), se dan cuenta con más lucidez que nadie de lo mal que les hace la sustancia a la que están ligados y desearían más que nada en el mundo liberarse de ella. Pero el hambre de las células de su carne es tan voraz que en ciertos momentos los arrastra irremisiblemente hacia lo que los esclaviza. De eso es de lo que Jesús nos libera con su Carne. En su carne crucificada, muerta y resucitada, nuestra carne, que era lo que nos impedía acceder a Dios, es liberada (conservando las llagas, como los adictos que quedan adictos para siempre pero pueden “no pecar”) de su esclavitud y cuidada por la gracia, principio de una libertad nueva.
El testimonio de la muerte y resurrección de Jesús para el perdón de nuestras ‘adicciones’ es la tarea de los apóstoles.
Lo demás lo dejan al Espíritu y a cada uno.
Este es el principio de una Iglesia que anuncia la vida y sigue adelante,
porque confía en el corazón de los hombres,
confía en que cada comunidad (cada persona, cada familia, cada cultura) sacará por sí misma las consecuencias de un Anuncio tan hermoso para su vida cotidiana.
Es el principio de una Iglesia que propone y no que impone,
de una Iglesia que convoca a los que quieren y no persigue a los que no quieren…

Queda, entonces para cada uno la tarea linda de “ver las consecuencias de la resurrección del Señor”. Resurrección enmarcada en este contexto en que me sitúo en el tiempo y el espacio del “Espíritu Santo” y del “nosotros” que me anuncian los testigos.
Si en la Reconciliación está el remedio para mis adicciones, ¿cómo tengo que hacer para conseguirlo?.
Si la Eucaristía es el Pan de vida que sacia todas mis hambres, las más carnales y las más espirituales, ¿qué estrategia debo implementar para que mi vida gire en torno a ese Pan?
Si las Escrituras, cuando las abro, se iluminan con la luz del Espíritu, que me enseña a rezar y a contemplar y me abre la mente para comprender lo que dicen de Jesús y lo que eso significa para mi vida, ¿qué puedo hacer para tenerlas más a mano, para rezar con ellas?

PD
Llamo adicciones al pecado porque puede ayudar a descubrir de qué me tengo que confesar, qué es aquello que me esclaviza y entibia o directamente reemplaza el amor incondicional a Jesús. La mentalidad moderna nos hace sonreir con cierta suficiencia al leer las listas de pecados que el catecismo nos presenta. Algunos nos parecen “pasados de moda” por su contenido, que antes era tabú y ahora es socialmente aceptado; otros nos parecen cosas muy formales y que no se pueden “exigir”; otros, directamente nos parecen imposibles de cumplir… Y así, descartando los pecados uno por uno, no nos fijamos en el problema de la “esclavitud” que el pecado (grande o pequeño) produce. Por eso lo de la adicción. Si sos adicto a algo tan banal como la Tele o al Chat y eso te quita el gusto por la contemplación del Evangelio, de esa adicción te tiene que liberar el Señor Jesús, pero no porque en sí misma sea muy mala, sino para que no te pierdas lo mejor de tu vida, haciendo zapping en la de otros. Así, cada uno tiene que sacar las consecuencias de recibir el anuncio de que Jesús ha resucitado para el perdón de sus pecados. El que no tenga ninguna adicción, se lo pierde. El vino para los adictos y no para los sanos… Pero ¿acaso no es ese el problema de los adictos: el no reconocer su adicción, que son adictos no solo a una sustancia sino a su propia interpretación de lo que les pasa? De ahí que sea clave el tocar el propio líimite y buscar ayuda. En ese punto es donde se sitúa el Señor Resucitado, donde asciende a la Altura y envía al Espíritu a los suyos para que nos vengan a encontrar en ese confín de la frontera de la adicción donde todos estamos necesitados de ayuda.
Diego Fares sj

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