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Posts Tagged ‘Amor’

José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Estén atentos, velen,

porque no saben cuándo es el tiempo.

Será como un hombre que emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,

asignando a cada cual su tarea,

y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si a primera hora de la noche,

o a la medianoche,

o al canto del gallo

o a la madrugada.

No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

A qué tenemos que estar despiertos? Qué es lo que nos tiene que desvelar? Tenemos que estar despiertos al amor. Y el amor es una fuerza que se extiende a todas las personas, pero a condición de que esté siempre centrado en alguien especial. Si no se centra con predilección en alguien, al amor se dispersa.

Por eso, en este comienzo del Adviento, el Señor reclama esta atención especial hacia su Persona. Ese Alguien especial -especialísimo- es Él, Jesús: el predilecto del Padre y de los pequeños.

Podemos leer la parábola como un reclamo de cariño, de atención: el Dueño de casa que viene a cualquier hora y quiere que lo estemos esperando -insomnes y levantados- lo que hace es reclamar para sí un trato especial, un trato de Esposo que vuelve de un largo viaje y sueña con que lo esperan su esposa y sus hijitos.

La parábola no trata de un juicio final al que deberíamos temer y de tener todo en orden para poder salir airosos del examen.

La parábola no habla de nosotros.

Habla de Jesús.

Jesús quiere que lo miremos a Él, que estemos atentos a su venida y a sus encargos. No dice “miren que no saben cuándo vengo” para obligarnos a mirar las cosas que hacemos a ver si las estamos haciendo bien, sino que nos alerta para que nos demos cuenta de que Él es la Persona especial.

En términos de amor, Jesús es Especial porque en Él podemos amar a todos: al Padre, a los hombres y a nosotros mismos.

Es el “elemento aglutinante” por utilizar una palabra que quizás sea poco humana, pero la usamos teniendo en cuenta que el Señor mismo se comparó con una piedra cuando usó la metáfora de la “piedra angular”.

Él es el pan que nos une, el perdón que nos iguala, la palabra que nos interpreta.

Él es el alfa y la omega, el Predilecto del Padre, la Palabra en la que fuimos creados, el Nombre clave que activa todo…

Él es el que nos vino a buscar, el que nos perdona y nos sana, el que puede unir a todas las culturas y a todos los hombres.

Sin Él sólo podemos amar a pocos.

Y precisamente en estos pocos se ve que el amor se estructura siguiendo esta “tendencia” propia suya, que consiste en ser fecundo y extensivo a varios eligiendo y siendo fiel a una persona en especial.

Enamorarse es descubrir a ese alguien único y especial.

Formar familia es traer a la vida y hacer participar a los hijos de ese amor especial que, de ser entre dos, pasa a ser amor especial a la propia familia.

Ese amor por la familia es lo que impulsa a salir a trabajar con los demás, construyendo la sociedad.

Dice el dicho que “se trabaja por los hijos” y es una gran verdad. Si la esperanza de un futuro mejor para los hijos no centrara los esfuerzos de las personas, la sociedad se convertiría en algo extraño. Si cada uno fuera sólo él ese “alguien especial”, si todos fuéramos como esos hijos de multimillonarios que sólo piensan en pasarla bien y no contribuyen haciendo algo positivo para los demás, implosionaría la sociedad.

El amor crece en esta tensión entre algo que es especial para uno -su esposa y su esposo, su familia, su barrio, su escuela, su club, su pueblo, su patria, su comunidad eclesial- y algo que es común de todos.

Por tanto, al comenzar el Adviento, lo único que nos debe quitar el sueño es el amor a Jesús. Él nos manda que nos despertemos y resucitemos a su amor. Que salgamos de la anestesia del mundo, cuyo espectáculo pasa sin dejar alegría en el corazón, y volvamos a la vida verdadera, centrando nuestro amor en Él, nuestra Persona especial, para de allí poder amar a todos los demás.

La imagen del amor que no tiene horarios es una imagen familiar. Los papás con hijos pequeños saben que sus hijitos se despiertan a cualquier hora, que se asustan y vienen a la cama matrimonial a medianoche o de madrugada, o se despiertan primero los feriados y despiertan a todos los demás. También los papás de adolescentes saben de este “llegar a cualquier hora” de sus hijas y de sus hijos, y estar en vela hasta que los sienten llegar.

La venida de Jesús -el Adviento- hay que esperarlo velando y despiertos como esos papás. Y si en esta imagen de hijos que no te dejan dormir hay un resabio de cansancio, podemos empequeñecernos más y recordar nuestros desvelos infantiles. La noche de reyes en que no nos podíamos dormir de la emoción de los regalos. Cómo nos quedábamos dormidos sin darnos cuenta y al despertar era como si no hubiera durado nada la noche y nos levantábamos enseguida para ir a ver qué nos habían dejado en los zapatitos.

Para empezar el Aviento despertándonos al amor, nada mejor que aprender de los niños que fuimos, pues los niños son, como dice Martín Descalzo,

Los maestros de la esperanza

“Cuando algunos amigos me escriben diciéndome que mis articulejos de los domingos les llevan cada semana una ración de esperanza, yo me pregunto si estos amigos estarán tan solos o tan miopes como para no percibir que, con toda seguridad, tienen en sus casas infinitas más razones para esperar de las que yo pudiera dar en estas líneas.

Las tienen. Sobre todo en estos días. En este tiempo antes de Navidad, que es como un cursillo intensivo de la asignatura de la esperanza. Y que conste que hablo de las dos esperanzas: de la que se escribe con mayúscula y que se hizo visible en el portal de Belén y de esas esperancillas en moneda fraccionada que cada día nos regala la vida. Pero no voy a hablar hoy de las grandes esperanzas sino de ese libro de texto que se puede tener sin acudir a las librerías, el mejor tratado de esperanzas que existe en este mundo: los ojos de los niños.

Sobre todo en Adviento ahí puede leerse todo. ¿Qué daría yo porque todos mis artículos juntos valiesen la milésima parte o dijeran la mitad de lo que unos ojos de niño pueden decir en una fracción de segundo?

Leedlos, por favor, en estos días. Convertíos en espías de sus ojos. Estad despiertos al milagro que en ellos se refleja. Seguro que todos, en casa o en el vecindario, tenéis este texto que no cuesta un solo céntimo. Observadles cuando juegan en la calle, cuando os los cruzáis en los ascensores de vuestra casa, cuando se quedan como perdidos en el mundo de sus sueños. Perseguid en estos días las miradas de vuestros hijos, de vuestros nietecillos, de vuestros pequeños sobrinos. Nadie, nada, nunca os contará tanto como esos ojos, como ese tesoro que todos tenéis al alcance de la mano.

Observadlos, sobre todo, la víspera de Nochebuena y de Reyes. Entonces descubriréis que las suyas son esperanzas de oro, mientras que las de los mayores son simples esperanzas de barro. ¿Y sabéis por qué? Porque las de los pequeños son esperanzas «ciertas». Comparadlas con esa mirada con la que el jugador sigue la bola que gira en la ruleta y acabaréis de entender. Los ojos de éste se vuelven vidriosos, el girar de la bolita le da esperanza, pero es una esperanza torturadora que le crea una tensión enfebrecido y casi le multiplica el dolor en lugar de curárselo: sabe que la suya no es una esperanza cierta. Más que esperanza es hambre, pasión, ansia. Nada de eso hay en el niño. El pequeño, la víspera de Reyes, también espera, también está impaciente. Pero su impaciencia consiste no en que dude si le vendrá la alegría o la tristeza, sino tan sólo en que no sabe qué tipo de alegría le van a dar. Sabe que es amado, que será amado y su esperanza consiste en tratar de adivinar de qué manera le van a amar y cuán hermoso será el fruto de ese amor. ¡Esa es la verdadera esperanza! La de los adultos siempre les encoge un poco el alma, les hace cerrarse en ella, la aprietan a la vez que los puños, como con miedo a que se les escape. La esperanza de los niños es abierta, les vuelve comunicativos, saltan y se agitan, pero se agitan porque la esperanza les ha multiplicado su vitalidad y no son ya capaces de contenerla; arden, pero están serenos y tranquilos. Saben. Saben que no hay nada que temer. No han visto aún sus regalos. Pero sienten la mano que les acaricia ya antes de entregárselos”.

Diego Fares sj

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            Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos,

se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Al que ama así –con todo-, el Espíritu Santo le da una alegría que nada ni nadie le puede quitar (aunque en algunos períodos haya cosas que la ensombrezcan la mirada y atribulen el corazón). Uniendo amor y alegría no me puedo resistir a poner una paginita de un periodista muy querido que dice así de sus alegrías:

“Otra alegría más: el Papa. Qué méritos ha hecho nuestro siglo para que al frente de nuestra Iglesia haya puesto Dios a este anciano tan transparentemente evangélico, tan infantilmente cristiano, tan jubilosamente constructivo, tan amigo del mundo, tan de corazón abierto, tan serenamente vivo, tan vivamente sereno, tan hermano de todos, tan naturalmente sobrenatural? Un Papa de transición! Qué despistados estuvimos todos hace cuatro años! Qué divertido este Dios que lleva a los cristianos casi humorísticamente hacia lo que precisan en cada momento! El Papa, sí digámoslo: uno de los más sólidos motivos de esperanza en esta hora. Precisamente porque es tan sencillo, precisamente porque no es el “divino inspirado” ni la “clarísima mente” ni el “omnipotente faraón”. Dios es así: comenzó llamando a los pastores en Belén y termina dirigiéndonos a través de un Pastor con mayúscula que es tierno y humano como un pastor con minúscula”.

Mientras tecleo cada una de estas palabras siento mis dedos hermanos de los de José Luis Martín Descalzo que, otro octubre, hace 55 años, tecleaban en su Remington portátil estas mismas letras, contándonos como solo sabe contar él estas “razones de su alegría” ante el Papa Juan XXIII que había dado inicio al Concilio Vaticano II.

El día antes, mientras acompañaba al Papa en el trencito con que salió del Vaticano (por primera vez en cien años, luego de haber “perdido” la Iglesia los estados pontificios) para ir a Loreto y a Asís a rezar por el Concilio, el Papa les había dicho a los periodistas:

“Conservad bien esos blocs de notas. Veréis lo que os gusta revisarlos cuando tengáis ochenta años”.

Martín Descalzo tendría ahora 87 y no es que crea solamente sino que estoy cierto, tanto como lo estaba él de que “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”, de que releerá conmigo con alegría desde su cielo, donde sigue siendo el periodista de alma que fue en la tierra, estas notas que escribió mirando como yo desde su ventana la cúpula de San Pedro iluminada, el aquella noche y yo esta madrugada.

La cuestión es que buscaba alguna cita sobre el mandamiento del amor del evangelio de hoy -que sí sé por qué lo tengo ligado a Descalzo- y me encontré con que nuestra biblioteca tiene en castellano sus cuatro tomos de: “Un periodista en el Concilio”. Los mismos cuatro tomos que papá tenía en el estante de abajo de la biblioteca del comedor de casa y que alguna vez hojeé de adolescente sin animarme a leerlos todos. Dije que sí sabía por qué tengo unido estos dos mandamientos a la figura de Martín Descalzo. Él tiene esa paginita que se llama “Mis diez mandamientos” que comienza así:

“Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, una abstracción, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”.

Y seguía luego, más adelante:

“No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie”.

 

Descalzo escribió “Mis diez mandamientos” por pedido de una emisora que lo había llamado para entrevistarlo acerca de “su decálogo”. Estaban llamando gente importante para que dijeran cuáles serían los mandamientos que impondrían al mundo para que funcionase bien y a Descalzo le chocó la cosa. Respondió a los de la emisora que para él el decálogo de la Biblia estaba “bastante bien hecho” y que no se sentía con fuerzas para intentar “mejorarlo”. Que bastante trabajo tenía ya con intentar cumplirlo. Pero que ciertamente tenía su visión personal de los mandamientos de siempre y para no desilusionarlos les compartía los que intentaba cumplir él mismo.

A mí me dio más alegría releerlo a él que tratar de rezar por mí mismo (esto de rezar con otro es uno de los mejores modos de oración, especialmente si uno se distrae o encuentra que más que rezar le da vueltas a sus propios pensamientos) así es que esta contemplación salió con sus cosas.

Confieso que me encanta ese “Amarás a Dios José Luis”. No me sale tan natural a mí decirme: “Amarás a Dios Diego”. Y sí en cambio imaginar cómo Descalzo se dice a sí mismo: “Amarás a tu Dios José Luis”.

Aquí cada uno puede detenerse y sentir qué resonancias tiene escuchar de otro este mandamiento y mandárselo a sí mismo.

Yo siento que Descalzo se habla a sí mismo con bondad (no con fastidio ni exigencia). Se habla a sí mismo con el realismo de quien se manda también: “te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”. Y reflexiono que el “todo” del mandamiento – amarás a Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente- no es un “todo” que signifique reproche, como si uno pudiera “tener partes de corazón que no aman a Dios”. Descalzo agarra por el lado de la aceptación: “te sentirás feliz de tener un solo corazón”, se manda. Y creo que da en la tecla, porque “todo” su corazón significa “el único real”, el que tiene, con el que “ama como sabe: pobremente!”.

Es mejor amar como a uno le sale, que no amar por no estar conforme con la idea que uno tiene del amor, de cómo “debería” amar.

 

Lo del amor al prójimo también me gusta por su realismo. Eso de “dedicarse apasionadamente a ayudar para estar seguro de no haber matado a nadie”.

Es poner la pasión en la actitud totalmente contraria a la actitud de acusarnos mediáticamente unos a otros de matar (y de robar y de mentir y de codiciar los bienes ajenos…). Si uno se fija bien, en la pasión con que nos atacamos y discutimos subyace un “estar seguros de que nosotros no hemos matado a nadie”. Si uno no estuviera tan seguro, no discutiría tan abiertamente.

En el tono de nuestras acusaciones mutuas –con muertos reales en el medio, muertos con balas en la cabeza, con agua en los pulmones y destrozados con bombas- se nota que habla esta “certeza” de que somos puros. Por supuesto que nadie se cree así de puro personalmente. Pero hemos construido una especie de “yo mediático” que se pretende no puro pero sí neutro. Un “nosotros” mediático en el que, el que habla –son muchos y van por turno-, se permite hablar como representando una voz común. Y la característica de esta “voz común” es que tiene no solo el derecho sino el deber de “tirar la primera piedra”.

Usando la imagen evangélica, podemos decir que luego de dos mil años hemos logrado un “ámbito” en el que todos podemos tirar la primera piedra sin peligro de ser acusados de pecado. Es una piedra virtual, por supuesto. Pero los efectos de sus golpes son físicos, morales, causan daño real.

Descalzo habla de todo lo contrario: de estar apasionadamente tratando de ayudar a los demás para poder estar seguros de no haber hecho daño a nadie. Es decir: no hay lugar neutro. Dado que hay gente tirando piedras apasionadamente, si uno no está ayudando apasionadamente, las piedras que lastiman personas lo convierten en cómplice.

Así, “todo el corazón, toda el alma y toda la razón” quiere decir “apasionadamente”. Es una traducción temporal, no espacial. Cuando uno se apasiona, en un momento pone todo, da todo.

Termino con algunas apreciaciones de Descalzo sobre el Concilio que iniciaba con respecto al cual, además de sus alegrías, compartía también sus temores. Un temor era el de “creer demasiado en el Espíritu Santo” y lo expresaba así: “Partir del supuesto de que el Concilio no puede fracasar”. Y agregaba esta frase tremenda y profética: “Dios sólo ha prometido que no permitirá el error, no que no pueda permitir la mediocridad”. Transcribo:

“Dios no ha prometido librarnos del palabrerío, del pietismo barato (de los cara de estampita), de las visiones personales (de las teologías de una sola escuela), del despiste en nuestra visión del mundo, del lenguaje celeste e inútil (abstracto), del “encaje de bolillos” teológico (de las trenzas eclesiásticas al hacer documentos). Dios no ha prometido librarnos de la ineficacia. El Concilio tiene garantizada la infalibilidad doctrinal, no una infalibilidad pastoral y, sobre todo, no una máxima eficacia pastoral. Esto dependerá de la oración de toda la Iglesia”.

Cincuenta y cinco años después, en algunas reacciones contra el simple revivir del Espíritu del Concilio, hace bien releer la descripción de estas tentaciones de las que hablaba Descalzo. Porque se ve que son las mismas de siempre. Para combatirlas, nada mejor que las “Razones para el amor” que nos daba el entonces joven curita-periodista, al que me complazco en dedicar esta página como un modo mío de hacer que se cumpla lo que le dijo Juan XXIII, acerca de que ochenta años después le gustaría revisar sus blocs de notas. Era el comienzo del Concilio, y el Papa soñaba con una Iglesia que prefiriese “usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Quería una iglesia que al alzar la antorcha de la verdad supiera “mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (Discurso inicial del Concilio Vaticano II, octubre de 1962).

Diego Fares sj

 

 

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cómo se hace para que en nuestra vida se de un “nuevo Pentecostés”? En un mundo donde el consumo y la prisa nos petrifican el corazón, necesitamos una verdadera y literal reanimación espiritual. Hay que “masajear” el corazón, como cuando a alguno se le detiene y otro con ambas manos trata de ponérselo en movimiento y le hace respiración asisitida. La oración es la que nos hace entar el Aire que nos falta, cuando con toda la Iglesia suplicamos y cantamos: “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar, eres bienvenido en mi corazón”. Y luego viene el segundo movimiento que consiste en ponerse a amar. Ya, inmediátamente, sin dudar ni postergar. Amar aunque sea con un pequeño gesto, pequeñísimo: desear simplemente el bien a otro. Ya. No importa si es a fuerza de voluntad, no pasa nada si no lo sentimos tanto. Amar a todos, a cualquiera: a los cercanos y a los más desconocidos, al que nos quiere y mejor aún a alguno que nos cae antipático. Ninguno debería pensar que puede conocer el Amor que  Dios ha “infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo regalado” (Rm 5, 5), si ese Amor no le ha servido, al menos una vez, para perdonar una ofensa, para amar a un enemigo, para reconciliarse con un hermano, para tener un gesto de ternura al dar una limosna a un pobre…

Para que el Espíritu venga y permanezca, hay que ponerse a amar. Gestos de amor. No importa cuáles. No importa a quién. No importa cómo. El amor no hace daño, el amor purifica todo y mejora todo lo que toca.

El gesto de amor pequeño, florece y alegra;

el gesto de amor momentáneo, abre una ventana;

el gesto de amor acotado, hace experimentar que su plenitud queda intacta, es más: se multiplica, como el aceite y la harina en el frasco de la viuda de Sarpta, que compartió su última hogaza de pan con el profeta y no se agotó nunca más el aceite en su frasco ni se acabó la harina en su tinaja (1 Re 17, 14). Hay que ponerse a adorar y a servir. Son los dos movimientos simples e infalibles para recibir al Espíritu y para que permanezca del único modo que sabe hacerlo: expandiéndose a todos, llenándolo todo.

El Pueblo fiel de Dios es el que mejor sabe y el que mejor hace esto. Lo hace con millones de manos y de rostros, de manera invisible y oculta, como son invisibles y ocultos los movimientos del corazón.

Hay que saber intuir al Espíritu en el Pueblo fiel. Hay que aprender a verlo en los signos. Cuando uno ve la muchedumbre de fieles que peregrina a Luján –y a todos los santuarios marianos del mundo- hay que saber ver, como dijo el Concilio Vaticano II, que es “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium 4).

El Papa Francisco es uno que siempre ha sabido ver como nos dice el Concilio que veamos; es uno que siempre ha insistido en que el Espíritu Santo hace que el pueblo fiel de Dios sea “infalible en su modo de creer”.

El Concilio lo dice así: «La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia”. Y agrega que no se trata de un acto de fe intelectual, como si el Pueblo de Dios escribiera documentos y definiera dogmas. El Pueblo de Dios cree con su presencia –nada más-  y con sus gestos –nada menos-: “ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todos, cuando desde los obispos hasta el último de los fieles seglares, manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG  12).

Este plus del Pueblo fiel en su totalidad sobre lo que sería la fe de cada persona considerada individualmente, se debe a que el Sujeto o la Persona que hace actuar como una sola persona a la muchedumbre, unificándola, es el Espíritu Santo, que en el conjunto se muestra «indefectible»: da el sentido de la fe que «mueve y sostiene» a todo el Pueblo fiel de Dios.

El Concilio dice que “el Pueblo de Dios, con ese sentido de la fe que le da el Espíritu, recibe la verdadera Palabra de Dios, penetra más profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente a su vida». Fijémonos bien en las tres palabras: recibe, profundiza con rectitud de juicio y aplica de modo íntegro a su vida. Es tan maciza y sólida esta fe, que, si uno no participa, si uno no sale y se mete en la procesión, corre el riesgo de no verla.

El cardenal Bergoglio decía que no se puede pronunciar la palabra “Pueblo de Dios” sin comprometerse. Si uno habla como desde afuera, queriendo objetivar, si uno no siente con el corazón del pueblo fiel de Dios y está en su lugar de servicio, no lo ve.

Lo dice Evangelii Gaudium: “Yo soy una misión (…) en el corazón del pueblo” (EG 237).

Si separo mi trabajo y mi misión de mi vida –si no soy “maestro de alma, enfermera de alma, político de alma”- dejo de ser pueblo… Y no recibo ni puedo dar el amor que el Espíritu Santo infunde en los corazones. Porque solo en el seno de un Pueblo -movido y sostenido por el Espíritu Santo-, puede cada uno recibir y ejercitar el propio carisma y la propia misión, que no es un deber sino una bendición y una fuente de alegría y plenitud, ya que haciendo encontrar a cada uno su carisma es como el Espíritu conduce concretamente a la totalidad del Pueblo fiel.

En ese sentido nuestra Señora y los santos y santas son expresión de esta indefectibilidad y eficacia del Espíritu: al dejarse conducir por él, todo en ellos redunda en beneficio de la totalidad del Pueblo fiel. Y el pueblo lo reconoce honrando a nuestra Señora y a los santos y nombrándose a sí mismo -a los lugares que habita y a las instituciones que crea- con el nombre de sus santos que es personal y común.

De entre todos los modos de rezar y de servir que el Amor –porque el Espíritu Santo es el Amor- inspira, uno es privilegiado. Es semilla flor y fruto, en ese sentido digo que es privilegiado. Tiene que ver con la unidad. San Agustín dice que, así como en el primer Pentecostés “las diversas lenguas que un hombre podía hablar eran el signo de la presencia del Espíritu Santo, así ahora el amor por la unidad de todos los pueblos es el signo de su presencia” (Discurso 267). Lo decía Agustín hace 1500 años y ese “ahora” del que habla es más actual que nunca: hoy tiene el Espíritu Santo –lo hospeda, recibe sus bienes, lo discierne en la vida y actúa según su conducción amorosa- el que “ama la unidad de todos los pueblos”. Y el que no, no. El que solo piensa en su país o en su cultura, en su religión o, menos aún, en su sector, no es del Espíritu. El Espíritu respira con todos y cada uno de los que en este momento inhalamos y exhalamos. Nadie puede “respirar de más”. Pero sí podemos respirar juntos, igualados en esta “espiritualidad” que nos hace ser más por comunión y no por posesión. O por posesión de lo único que podemos realmente poseer, interiorizar, hacer nuestro y hacernos suyos, íntegramente y modo pleno: el Amor que el Espíritu Santo infunde en el corazón común del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares sj

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Captura de pantalla 2017-05-19 a las 15.52.46Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo estoy en ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación

Al igual que Judas Tadeo, nosotros también preguntamos: “¿Por qué Jesús no se manifiesta a todo el mundo, de una sola vez, para que todos crean?

El Señor no corrige la pregunta de Judas Tadeo (como había hecho con las de Tomás y Felipe) sino que vuelve a repetir lo que había dicho antes. Es como si le dijera: escuchen bien lo que les dije.

Primero dijo: “El que me ama será amado de mi Padre”.

Ahora agrega: “Si uno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará”.

Es como si dijera: “A una persona, no hay que mostrarle al Padre, hay que ayudarle a que se sienta amada por Él”.

Y esto requiere un proceso, un camino…

Jesús es el Camino. Cuando lo seguimos, comenzamos a sentirnos amados por el Padre. Experimentamos la predilección del Padre: que estamos en sus brazos como un hijo amado.

Este amor es un Don.

O mejor: es “la mitad de un Don”.

El Espíritu Santo es este “Don por la mitad”.

El amor, si solo ama uno, aunque ese uno sea un Dios, se apaga.

El amor necesita que yo también lo demuestre.

Cuando cumplo (cumplimos) los mandamientos de Jesús, siento (sentimos) el Amor de Dios completo.

Y esto se nota en que siento (sentimos) paz y alegría en el corazón.

Esto hay que entenderlo bien: la condición que pone Jesús -de “cumplir sus mandamientos y de guardar su palabra” -no es una exigencia moral.

Es el Amor que necesita ser amado.

Es como si Jesús nos dijera: por favor, (hagan) lo que lee digo, que solo así sentirán mi amor entero en su corazón.

Y esto es posible gracias a la ayuda del Espíritu Santo.

El Espíritu es nuestro Compañero interior, nuestro Maestro y nuestro Defensor.

El nos enseña modos concretos para “poner en práctica el mandamiento del amor a Jesús”, es el que hace que sea transitable el dificil camino del amor.

El discernimiento, del que habla Francisco es: encontrar el modo concreto de hacer el bien en cada situación única y personal.

Y aquí respondemos a la pregunta: El Señor se manifiesta primero a sus amigos porque necesita de nuestro amor para poder mostrar al mundo un amor completo.

Se nos manifestó a un “nosotros” que al recibirlo a Él se volvería abierto al mundo… El Señor, para manifestarse como Don, necesita de este “rebañito” que es la Iglesia, que lo acoge con su respuesta. En el seno de los que guardan la Palabra y cumplen el mandamiento de amar a Jesús, como María, se crea ese espacio de misericordia y de alegría, abierto e inclusivo, para que todo el que quiera pueda entrar a experimentar y a gustar lo lindo que es ser amado del Padre.

Diego Fares sj

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probervio

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’.

Pero yo les digo:

No hagan frente al malo.

Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra;

al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa;

y si uno te quiere forzar a caminar un kilómetro, acompañalo dos;

a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48). 

Contemplación

Estamos viviendo en un mundo en el que cada país se arma para aniquilar a sus enemigos y se construye muros para no permitirles entrar. Sostener que al enemigo hay que eliminarlo lleva a aceptar como algo lógico que haya “daños colaterales”. Este es el nombre para la muerte de personas inocentes. No solo estamos lejos de la lógica del Señor sino muy lejos incluso del “ojo por ojo y diente por diente”.

En un mundo así, ¿son aplicables los consejos del Señor “no hagan frente al malo” y “amen a sus enemigos”?

Creo que debemos insistir en la novedad absoluta de esta ley de Jesús. Se sintetiza en “amar a los enemigos” y esto es algo que no podemos repetir a la ligera, sin medir las consecuencias.

El concreta sus consejos con ejemplos muy claros. La primera actitud que recomienda es no resisitir al malo, e implica:

“poner la otra mejilla”

“acompañar el doble de lo que se nos pide”

y “no escaparse del que nos viene a pedir prestado”. No solo “dar al que nos pide” sino “no escaparse”.

Vemos que Jesús no deja resquicio alguno para la excusa.

La segunda actitud es positiva, y lo de amar a los enemigo se concreta en ejemplos para las manos –hacer el bien a los que nos aborrecen- y para el corazón –recen por los que los calumnian. El Señor no deja que se escape ni siquiera el saludo! Porque uno puede aceptar que nos pida rezar en nuestra pieza por un perseguidor y hasta hacerle un bien si lo vemos necesitado, pero saludarlo… sonreírle! Qué difícil, no?

Por eso debemos sentir la dificultad que supone aceptar estas palabras. Por que si no, escuchamos el evangelio como uno que dice “sí, pero no”. Y esta es la peor manera de volverlo intrascendente.

Qué es lo que nos está diciendo el Señor? Qué significa hoy “poner la otra mejilla”, y “no esquivar al que sabemos que nos va a pedir prestado”?

Leamos detenidamente.

No resistir a los malos

Convengamos que los tres primeros son ejemplos muy distintos, pero parecen estar dentro de un ambito “vecinal”, por decirlo de alguna manera. En esto de no resistir al mal, el Señor no está hablando de un ataque con drones o de un terrorista suicida, ni tampoco del corrupto que deja que se desgaste asesinamente la maquinaria de un tren o del que por venganza te rocía con fósforo la casa y quema a tu familia.

La no resistencia al mal, el Señor la pone en escenas de la vida cotidiana. Una es de esas situaciones en las que una discusión, de pronto, pasa a mayores y termina en un empujón o en un cachetazo. El que sigue el consejo del Señor, es el que logra contener el  desborde sin recurrir a la violencia, poniendo un gesto de mansedumbre que desarma al otro.

Hacer el bien a los que nos odian        

Fijémonos ahora en otro detalle. Cuando habla de “hacer el bien” al que nos aborrece, no dice qué bien o cuánto. El Señor aquí dice simplemente “hacerle el bien”. No dice cuál bien. No dice que no lo esquivemos. Podemos esquivarlo y hacerle un bien sin que lo sepa. No dice que nos dejemos odiar más y más. A veces solo es posible hacer un bien muy pequeño a uno que nos odia mucho, pero siempre podemos actuar concentrándonos en algo positivo y no contagiados por el odio.

Rezar por los que nos persiguen

En la oración, los consejos del Señor se vuelven más radicales: rezar y bendecir al que nos persigue y nos calumnia. Aquí sí, el Señor nos dice que le deseemos el bien incluso al que puede quitarnos la vida. Que recemos para que se convierta, cambie, deje de obrar mal. Es que cuando hablamos con Dios, el tema tiene que ser el amor y no el rencor: no podemos dejar que el corazón se nos llene con sentimientos de odio y venganza.

Como vemos, hay una graduación en esto de los enemigos. No todos son igual de malos y hay muchos modos de resistir el mal y de hacer el bien.

Si damos un paso más, es bueno caer en la cuenta del tono que usa el Señor. Es de consejo, no de mandamiento. Estos no son preceptos legales, son  consejos espirituales.

¿Qué diferencia hay? Que los mandamientos obligan bajo pena de pecado; los consejos, en cambio, no: son libres. Uno se obliga lo que puede o quiere. Si uno no los sigue, se pierde su alegría. No es que Dios lo vaya a castigar.

El que se mete a caminar según estos consejos y modos de amar –incluso al enemigo-, se mete en unos líos tales que sólo el Espíritu Santo lo puede ayudar. Pero bueno. Si no para que se habría gastado tanto el Señor en enviarnos a su Espíritu, si con el derecho canónico bastara.

Diego Fares sj

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 Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará fielmente mi palabra, y mi Padre lo amará;

y vendremos a él y en él haremos morada.

En cambio el que no me ama no guarda a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,

Él les enseñará a ustedes todas las cosas

y les recordará todas las cosas que les dije.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.

¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!

Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.

Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es mayor que yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

Nos centramos en la respuesta de Jesús a Judas Tadeo. Judas pregunta “qué pasa”, por qué decís que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo… Por la respuesta del Señor vemos que preguntó con inquietud, como quien no entiende y no está de acuerdo con algo que otro dice y lo interrumpe en un punto. Jesús aprovecha y hace una explicación sobre las actitudes que tenemos que tener con su Palabra.

Guardar fielmente la Palabra

La primera actitud es de cuidar la Palabra. Guardarla, protegerla, conservarla en el corazón: serle fiel.

La parábola de la semilla que cae en tierra buena nos muestra la actitud que el Señor quiere que cultivemos: el deseo de ser tierra buena, que acoge la Palabra y la deja echar raices profundas en el corazón.

La imagen contraria es la de los que no guardan la Palabra, sea porque su corazón es superficial como una calle, sea porque es pedregoso y tiene muchas ideas propias, sea porque hay en él yuyos de otras palabras que echaron raíces y le quitan alimento a la Palabra de Dios.

Guardarla por amor a Jesús

Guardar la Palabra y protegerla no es cuestión teórica sino que es cuestión de amor. En esto se confunden muchos que creen la Palabra se cuida con otras palabras. Y no es así. La Palabra se cuida con Amor. Por eso Jesús manda el Espíritu Santo, el Espíritu que es puro Amor. El Espíritu, como el Amor, no es nada si no hay dos que se aman. El Amor cuida la Palabra de Jesús. Que no es sólo suya, como dice, sino que es Palabra del Padre que lo envió. Esto es importante para nosotros. Porque la Palabra de Jesús a veces no es fácil de entender y menos facil aún es ponerla en práctica. Cuidarla y tener paciencia mientras crece, como una semilla, y se va volviendo clara a medida que da frutos en nuestra vida, es cuestión de amor. Si lo queremos a Jesús, si nos dejamos querer por nuestro Padre misericordioso, que no se cansa de perdonarnos, entonces podremos “guardar fielmente su Palabra”. Si no, es imposible.

Y ya sabemos lo que pasa con los que no cuidan la Palabra: o se vuelven sordos a todo lo que dice el Evangelio y no le hacen caso o, lo que es mucho peor, se vuelven celosos guardianes de “algunas palabras” que les vienen bien y que cuidan a su modo. Estos son los que se vuelven como los fariseos y los escribas. Distinguen hasta un mosquito cuando se trata, por ejemplo, de moral sexual y se tragan un camello cuando se trata de moral con el dinero o con la fama, como les decía el Señor en su época. No amaban a Jesús, no les agradaba su persona, su modo de ser… Se fijaban solamente en la literalidad de sus palabras, atentísimos a lo que decía, para entramparlo: “esta palabra que vos decís va contra esta otra que está en la Ley!” Su manera de cuidar la palabra era compararla con otras palabras. No veían los frutos que la Palabra de Jesús daba en el corazón del pueblo, los milagros de sanación que hacía, cómo perdonaba a la gente y la gente se volvía más buena, cómo los liberaba de sus malos espíritus y les enseñaba a amar a Dios en todas las cosas de su vida. La Palabra de Jesús es una Palabra viva, que hay que poner en contacto con la vida de la gente, no con las palabras de otros libros para que se quede guardada allí y no salga.

Guardar la Palabra como quien hospeda a un amigo

El amor con que se cuida la Palabra es como el amor con que uno hospeda a un amigo. Por eso el Señor dice que el Padre amará al que lo ama a Él y que los dos vendrán y se hospedarán en su casa. Y estando ellos dos así como en su casa, el Espíritu del Amor que se tienen, tomará a su cargo ir enseñando todo lo que la Palabra quiere decirnos. El Espíritu lo hará paso a paso, como cuando uno charla con un amigo y le deja todo el tiempo que necesite y tenga ganas para contar sus cosas y explicarlas detalladamente, a fondo. Esta es la característica de la amistad: que uno sabe que tiene todo el tiempo que quiera para charlar con un amigo. Que puede pedirle charlar en cualquier momento que necesite y el otro deja todo. Que puede contar esos detalles que otro no escucha porque le dice que eso ya lo dijo. Cuando un amigo cuenta sus cosas puede repetir lo que quiera y extenderse todo lo que quiera, porque uno sabe que no es cuestión de palabras, no es cuestión de entender qué quiere decir. No es una “cosa” lo que quiere decir. Está abriendo su corazón a través de las palabras que dice… Así es con la Palabra de Jesús: conservarla, no es ponerla en la biblioteca ni menos en el freezer, para descongelarla cuando haga falta. Conservarla es hospedarlo a Él para que Él mismo la conserve y nosotros tener el oído atento para “ponerle la oreja” –para escucharlo- cuando quiera hablar.

Guardar la Palabra como la de alguien que se jugó por mí

El amor con que se cuida la Palabra es el amor eternamente agradecido que uno tiene con una persona que, en su momento, se jugó por nosotros. Si alguien nos habla mal o nos dice que dijo algo que no corresponde, antes de pregunta qué dijo uno ya lo está defendiendo. Fijémonos que Jesús hizo eso antes de la Pasión. Él ya le había hablado al Padre bien de su amigo Simón, sabiendo que lo iba a traicionar, para que después, cuando se recuperase, volviera bien, para que no perdiera la fe. Y a los discípulos, Jesús les adelanta todo lo que va a pasar para que no se escandalicen cuando lo vean acusado como blasfemo y crucificado en una Cruz.

El Señor nos cuida a nosotros de nuestras propias palabras, aunque sean de negación a Él, como fue en el caso de Pedro.

Cómo no vamos a cuidar las suyas, las del que jamás nos traiciona, las Palabras del que siempre nos es fiel.

…….

Tengo un amigo que en este momento no puede pronunciar palabras. Las escribe en una pizarra, lo cual, dada su simpática locuacidad natural, es un límite considerable. No por eso ha perdido su humor, según me dicen y sus “discusiones con la nutricionista” en pocos renglones dejan traslucir que se está recuperando raudamente del problema que lo dejó sin habla.

Transcribo (dando espacio a la  narración) el mail de su hija que cuenta los Whatsapp de su hermano menor donde va mensajeando en tiempo real la desigual discusión entre la nutricionista parlanchina y mi amigo con su pizarra en mano.

Whatsapp del hijo menor:

[29/4 09:09] Discusión entre Papá y la nutricionista:

–       Nutricionista: (con voz de cariño profesional, imagino yo) “Le voy a mandar un Ensure y con un Espesan que le dejo, lo llevan a la consistencia de un yogurt. Si?”.

–       Papá: (en la pizarra) “Y si directamente me traés un yogurt y nos dejamos de joder?”

…….

Whatsapp del hijo:

[29/4 09:11]:

“La nutricionista palideció”.

………

Otro Whatsapp del hijo:

[29/4 09:22]

“Ahora papá le está escribiendo una nota al doctor y si no le dan de comer algo más sólido pronto va a morder a la nutricionista”.

……

Jacques es el que prepara los almuerzos de los domingos en la Casa de la Bondad. Los prepara como los de “La fiesta de Babette”, que dicho sea de paso, es la imagen que usa el Papa para expresar, en una sóla parábola, lo que quiere decir con toda su Exhortación Apostólica “La alegría del amor en las familias”. Cómo Jacques me ha dicho que desde que comenzó su enfermedad se va sintiendo menos voluntario de la Casa y más Patroncito, me tomo la libertad de transcribir esta escena ya que lo muestra de cuerpo entero como uno de los patroncitos cuando no les gusta la comida que les proponen. Así como él, con infinita paciencia y creatividad, le va pescando el gusto a cada uno y de a poquito logra preparar el banquete que se adapta a su gusto y a su estado de ánimo espero que la nutricionista logre aprender de este paciente tan especial que tiene a cargo y que ha ejercido esta tarea de “nutricionista-Chef” con los enfermos en estado terminal de la Casa de la Bondad.

Pero lo que más me interesa compartir es cómo los hijos “guardan las palabras de su padre”.

Diego Fares sj

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