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Dios quiso prodigarnos su Amor con un Corazón humano

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
(Hijos que) no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:
‘Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí me ha precedido,
porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido
y gracia sobre gracia:
porque la ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación
Para comenzar bien el Año Nuevo –el 2010- la Iglesia nos invita a profundizar en el misterio de la Encarnación. Proclama la fiesta de María Madre de Dios y en el Prólogo de Juan nos dice que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo grande se hace pequeño, Aquel que hizo todas las cosas, el Hijo de Dios se hace Hijo de María.
Como dice Guardini: Dios quiso prodigarnos su Amor con un corazón humano. Esto excede nuestros esquema mentales. Pero no excede a nuestro corazón. Nuestro corazón sabe que “el amor hace cosas así”: se deja contener por lo pequeño y, lo que parece un límite, con el tiempo se convierte en un proceso, en un camino. Así sucede en la familia: el largo tiempo que se dedica a los niños va dando frutos y es un gozo verlos crecer y madurar. Así sucede con nuestras obras de caridad: los pequeños gestos se consolidan y crean familia, comunidades de inclusión, de cuidado y promoción.
En Jesús, Dios quiso prodigarnos su Amor infinito con un Corazón de carne: lo más universal se volvió concreto.

Este es un principio puramente cristiano, que choca quizás con otras mentalidades. En Economía, por ejemplo, los grandes números se distancian de lo concreto. Se nos dice que la macroeconomía anda bien aunque eso no se refleje en el bolsillo de un ama de casa cuando va a hacer las compras. En la economía de la salvación, en cambio, sucede al revés: el Padre se alegra, por ejemplo, por un solo pecador que se convierte y se alegra más que por 99 justos que no necesitan conversión. Lo cualitativo –el amor- sobrepasa y da consistencia a lo cuantitativo. Los 20 centavos de la viuda tienen otro peso, cualitativamente mejor, que las grandes limosnas de los ricos…

Otra expresión es la del amor tal como lo presenta Juan: el amor de Dios, el más sublime, se verifica con el grado de amor al prójimo más común y más ‘casualmente’ cercano. El que dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien sí ve, miente o se engaña.

Que Dios haya querido prodigarnos su Amor con un Corazón humano es una buena noticia que nos ilumina la vida y nos llena de esperanza. También nosotros, con nuestro corazón humano, podemos prodigar el Amor de Dios.

Por supuesto que esta “encarnación”, este “concretarse y dejarse contener por lo pequeño” tiene sus consecuencias para el Amor. Una consecuencia es que requiere tiempo. De allí los largos años de vida familiar del Señor.
Este Amor encarnado requiere tiempo pero cuando madura se desborda. El Corazón de Jesús metido en medio de su Pueblo comienza a desbordarse sin medida, todos lo buscan, todos le piden, todos lo reclaman… y algunos comienzan a sentirse amenazados por la fuerza incontenible de un Amor así.
Cuando el Amor se concreta –en matrimonio, en votos religiosos, en compromisos apostólicos…- durante un tiempo parece que no pasa nada. Pero el crecimiento de ese amor comprometido, cuando se desborda no inunda sino que crea camino. De tanto ir de lo universal a lo concreto el amor hace historia, abre un camino, permite que otros lo transiten. Y la historia vivida juntos nos da pertenencia. Una pertenencia linda que, cuando recordamos lo vivido y planeamos vida nueva, nos plenifica y nos da identidad.

Contra este Amor que se concreta en obras, que llevan tiempo y dan pertenencia, el mundo propone un amor que se diluye en experiencias. La plenitud forzada de querer vivirlo todo en un instante tiene la inconsistencia de las pompas de jabón, que fascinan al inflarse y luego se desvanecen.
Por otro lado, nuestro mundo nos ofrece obras y estructuras globales pero sin la semilla del amor. Entonces uno tiene el celular pero pocos amigos con quienes charlar. O cientos de amigos virtuales pero con los que puede compartir pocas cosas profundas.
Experiencias puntuales, sin historia y universalidades abstractas, sin contenido.
A salvarnos de esta tristeza viene el Señor Jesús.
Viene a encarnarse en María, que lo acepta y lo recibe con todo su amor: hágase en mí tu Palabra. Y ese “hágase” incluye todas las generaciones.

En Jesús, Dios quiere prodigarnos su amor con un Corazón humano.
Sin palabras, el sólo hecho de pedirle permiso a María para venir a habitar en Ella, ya es una invitación. Al ver este gesto, nuestro corazón de carne dice “yo también quiero ser parte de esta historia de salvación”. Escuchamos entonces lo que dice Juan, el discípulo amado:
“A todos los que reciben la Palabra, a los que creen en su Nombre,
les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Que el Señor y la Virgen nos concedan la gracia de vivir este año nuevo en su Compañía, dejando que la Palabra se haga carne en nuestros corazones, comunitariamente comprometidos en obras de amor por la familia y por los más necesitados.
Diego Fares sj

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