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Posts Tagged ‘amistad’

Para que el amor sea un sentimiento, más aún: una pasión

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro:
–Voy a pescar.
Los otros dijeron:
–Vamos contigo.
Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.
Jesús les dijo:
–Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?
Ellos contestaron: –No.
El les dijo:
–Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.
Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.
Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro:
–¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. Jesús les dijo:
–Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.
Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
–Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.
Después de comer, Jesús preguntó a Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Pedro le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Entonces Jesús le dijo:
–Apacienta mis corderos.
Jesús volvió a preguntarle:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro respondió:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez insistió Jesús:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?
Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió:
–Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.
Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió:
–Sígueme” (Jn 21, 1-19).

Contemplación
“Simón ¿Me amas más que estos?”
Jesús hace como hacemos con los chicos: “¿A quién querés más?” “¿Hasta dónde me querés?” “Hasta el cielo”. El amor expresa su profundidad en esta manera ingenua del comparar no por celos sino para hacer sentir al niño que su amor no tiene límites de manera que le tome el gusto al amor y entre en esa dinámica del más. Con juegos de cariño las mamás y los papás le enseñan a sus hijos pequeños la verdad más honda de la vida: que lo que nos importa es su amor.
Y este y no otro es el evangelio de Jesús resucitado: hacerle experimentar a Simón Pedro, su amigo, que lo que le importa es su amor.
Y Pedro, que no escribirá mucho pero que dará su vida por Jesús, nos dejará testimonio de este amor y de esta amistad que sintieron y cultivaron Jesús y él.
Juan, ya anciano, recordará estas cosas y nos dejará como regalo este diálogo que Simón, su amigo mayor, le habrá confiado y acerca del cual habrán conversado tantas veces.
Y en la primera carta de Pedro está esa frase tan hermosa que tiene su fuente en esto que decimos, en lo que le enseñó Jesús que era lo único importante. Pedro nos habla de un Jesucristo: “a quien ustedes aman sin haberlo visto” (1 Pe 1, 8). Y nos exhorta a purificarnos en la verdad de “un amor fraternal sin hipocresía”. Dice: “Ámense unos a otros de corazón e intensamente”. “Sean de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, de humildes sentimientos, no devolviendo mal por mal” (1 Pe 3, 8).

La última “manifestación” o “encuentro” del Señor con los suyos se da en el ámbito de la vida cotidiana, en medio del trabajo. Jesús ya no “se aparece” en medio de ellos, ni les sale al encuentro por el camino sino que “está” a la orilla del lago donde trabajan, atrayéndolos hacia sí, hacia la Eucaristía que les tiene preparada, atrayéndolos hacia las preguntas sobre el amor.
El Señor Resucitado es el que atrae a todos a su amor. Y como la Resurrección acontece en el corazón, es hacia este diálogo de corazones hacia lo que nos atrae el Resucitado. No solo a Pedro y a sus amigos, no solo las redes con la pesca milagrosa de aquella mañana, sino a toda la humanidad. Pedro arrastrando las redes hacia la orilla es la imagen del Pescador de hombres que le lleva a todos a Jesús. ¿Para qué? Para que el Señor interrogue a todos acerca del amor.
El Señor “está”, esperándonos con el bien que despierta en nosotros el amor: el pan calentito de la Eucaristía. Nos está esperando luego del trabajo para partirnos el pan. Y si un desayuno calentito en una mañana fría nos hace sentir el cariño de quien nos lo preparó, cuánto más si no es solo pan el bien que nos alimenta sino el mismo Cuerpo del Señor. En ese Bien supremo podemos arraigar con todos los afectos de nuestro corazón, arraigar de modo tal que nada nos pueda apartar de ese nuestro sumo Bien y en él permanezcamos adheridos por la fe y el amor.
El Señor “está” esperándonos para charlar, para realizar con nosotros eso que llamamos “oración”, a la que damos tantas vueltas y que en el fondo es algo muy sencillo: rezar es hablar con Jesús –nuestro Bien- y dejar que nos pregunte si lo amamos: si lo amamos más que todos, si lo amamos simplemente, si lo queremos como amigos. Cuando nos hace arder el corazón en este triple amor que brota de su Corazón (como decía Santa Margarita María) –de misericordia infinita, que perdona todo pecado, de caridad perfecta que completa lo que nos falta y de amistad gratuita que goza al igualarse con nosotros-, cuando nos hace arder el corazón, digo, entonces nos confía sus ovejas y sus corderitos, lo que le es más querido, nos confía a sus hermanos, a nuestros hermanos, para que los cuidemos y apacentemos.
Como dice Pedro, que experimentó este amor del Señor: “Ante todo mantengan ardiente la caridad unos con otros, porque “la caridad cubre la muchedumbre de los pecados”, practiquen una amorosa hospitalidad unos con otros, sin murmuraciones, cada uno conforme al don que recibió” (1 Pe 4, 8 ss.). A los pastores nos dirá: “Apacienten el rebaño de Dios en medio de ustedes no a la fuerza sino de buen grado, espontáneamente en Dios, no por interés sino de corazón (…) revestidos con sentimientos de humildad, como esclavos los unos de los otros” (1 Pe 5, 2 ss.).

En este clima, contemplando al Señor y a Pedro cómo dialogan acerca del amor, quisiera aprovechar para sanar algunas ideas erradas acerca del amor. Me llamó la atención un sencillo texto de Santo Tomás en el que valora más el simple amor sensible que el amor que depende de una elección de la razón (amor de dilección). ¿Cómo argumenta? Diciendo que “el hombre puede tender mejor a Dios por el amor -atraído pasivamente en cierto modo por Dios mismo-, de lo que pueda conducirle a ello la propia razón, lo cual pertenece a la naturaleza de la dilección. Y por esto el amor es más divino que la dilección”.
Explicamos un poco. El amor de dilección presupone “elegir” y uno elige juzgando con la razón. Cuando elegimos nuestros amores, a veces nos equivocamos y elegimos mal. El simple amor natural, en cambio, el amor que está en el apetito sensitivo, ese amor que es una “pasión” (un bien ante el que nuestro apetito es pasivo porque ese bien se nos impone naturalmente), el simple amor, decimos, nos mueve el corazón sin que podamos resistirlo. Es el amor de un hijo pequeño por su madre: un amor natural, irresistible. El bien que la madre es para el bebé despierta en él el amor.
En estos términos plantea Jesús el Amor a Dios, al revelarnos que Dios es nuestro Padre, nuestro querido Padre.
En estos términos plantea Jesús su propio amor por nosotros al darnos por Madre a su Madre en la hora de la Cruz. Nos dio a la Virgen por Mamá. Cuando vemos con qué cariño nos adoptó ella en sus afectos, comprendemos lo “sentido” que fue este gesto para el Señor. Ella comprendió con qué amor quería su Hijo que nos amara! El Señor nos muestra, pues, con este gesto que nos ama como a hermanos, dándose tan por entero a nosotros, con una misericordia sin condiciones, con una dedicación y entrega tan sentidas que no nos dejan dudas de que nos considera su mayor bien. El Señor nos ama “sensiblemente”, nos tiene “afecto”, nos quiere “naturalmente”, nos siente hermanos, amigos. Le gusta estar entre nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Le agrada haberse llevado al Cielo todas nuestras anécdotas, toda nuestra existencia humana, se siente cómodo en el Cielo con nuestra humanidad, sintiendo las cosas de la Trinidad “apasionadamente”, con un corazón de carne. Porque Él es así, puro amor. Y nos ha creado, nos ha dado el don de la vida. Y al encarnarse y sentir con un corazón humano, su Amor se ha vuelto “apasionado”: nos ama sintiendo cariño sensible, con una sensibilidad riquísima, ya que está imbuida por su Espíritu, pero bien sensibilidad (nada de “espiritualismo intelectual y desencarnado).
Y le interesa saber si Simón Pedro, su discípulo y amigo del alma (si cada uno de nosotros) nos damos cuenta de cómo siente él su amor. El amor sensible “siente” si es correspondido “sensiblemente”. Siente si el otro siente lo mismo o no. No le basta con el amor de elección (ya te elegí y me quedo con vos aunque no “sienta que te amo”). A Jesús le interesa saber si llegó con su amor a hacernos sentir amor. Cuando uno es muy amado, con el amor justo que corresponde a la condición del otro, ese amor despierta irresistiblemente un amor igual. Cuanto más es amado un hijo por su padre con amor de padre, más siente crecer en sí el amor de hijo. Lo mismo sucede con cada amor: si en el trabajo nos amamos con amor de compañeros de trabajo, ese amor suscita más amor de compañerismo. El problema son, pues, los amores “mezclados”, los que provienen de proyectar expectativas de un tipo de amor donde deberíamos notar otro…
Con Jesús, tengámoslo bien claro, no se trata para nada de un amor formal, cultual, de cumplimiento de deberes…. El Señor quiere saber si lo queremos como amigo, si tenemos ganas de andar en su Compañía y de comer y trabajar con él.
Hay una canción preciosa que dice: “Para que el amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero”. Y está bien lo que dice, en cuanto a arraigar en el amor perfecto, que dice sí hasta el final. Pero creo que no valora lo que significa un “sentimiento” y un “deslumbramiento” cuando del otro lado está la Persona de Jesús. Eso que es tan carnal y fragil, nuestro sentimiento, el afecto, la pasión, es la materia con la que le interesa trabajar a Jesús. Y cuando ponemos en juego nuestros afectos y los dejamos en sus manos, El hace que nuestro corazón arraigue de tal manera en su Corazón, el Bien Sumo, que se convierten en lo más movilizante. ¿No es acaso este amor sensible y real lo que más nos atrae en la vida de los Santos? La Pasión del simple amor cura el temor y la tristeza y nos asienta en el territorio del alegre fervor espiritual.

Diego Fares sj

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Joven ricoAmigos de Jesús, el Bien y los bienes

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué debo hacer para poseer en herencia la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino el único Dios.

Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.
El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.
Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (con amor gratuito, de caridad), y le dijo: Te falta una cosa, andá, vendé todo lo que tenés y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego volvé acá y seguime.
El, quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que poseía muchos bienes.
Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos:
¡Cuán difícilmente los que posean bienes y riquezas entrarán en el Reino de Dios!
Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.
Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:
¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en sus bienes entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.
Los discípulos se pasmaban más y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?
Jesús, mirándolos a los ojos, les dice:
Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles para Dios.
Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

Contemplación
“Ninguno es Bueno sino el único Dios”.
Jesús pesca la palabra justa en torno a la cual giran los deseos del corazón del joven rico: Maestro “Bueno”.
Salía Jesús para ponerse de nuevo en camino y esto joven lo corrió y lo llamó “Maestro bueno” (agathon).
El oído atento del Señor escucha las resonancias de fondo que tienen nuestras palabras. En las expresiones que usamos escucha nuestros anhelos más íntimos, los gemidos del Espíritu que habla en el corazón de las creaturas, deseando crecer y ser más.

¿Por qué me llamás Bueno?, le dice y no lo deja contestar sino que le revela Él mismo el por qué. Le dice: “Ninguno es Bueno sino el único Dios”, como diciendo: si te salió espontáneamente llamarme Maestro Bueno, sabé que eso no procede de la carne sino del Padre que te hace venir corriendo hacia mí.
Jesús le valora al joven las palabras que ha utilizado, se las resignifica como una declaración de amor: intuiste bien, me percibiste como Bueno, me viste como lo que realmente Soy: el único Bueno, el único Valioso, el Bien en Persona.

Jesús no lo deja responder sino que le responde Él mismo, como para que esa expresión feliz no pase inadvertida, e inmediatamente lo vuelve a confrontar con su mentalidad. El joven al decir “bueno”, visualiza al Maestro como un “medio” para lograr un bien para él: la vida eterna como herencia que se puede poseer. La mentalidad del joven es que los bienes se consiguen “haciendo cosas”. ¿Qué debo hacer para poseer este bien?.
Jesús lo remite a la Ley: “Feliz el hombre que cumple la Ley de Dios”. Los mandamientos ensanchan el corazón y cumpliéndolos la vida se vuelve plena, se expande y se consolida.
El joven desea más. Todo eso ya lo vivo desde niño; el bien que se dona a un corazón que cumple los mandamientos, él ya lo recibe y lo pone en práctica desde siempre.
Jesús da un nuevo paso en este diálogo de amor.
Marcos dice que fijó en él su mirada -lo miró a los ojos- y lo amó.
Lo amó con amor gratuito de agape, de caridad.
Tendríamos que decir mejor que “se lo amigó”, ya que no hay un verbo para caridad.
El amor de amistad puede utilizar el verbo “amigar”, que no se utiliza en abstracto sino que tira para el lado reflexivo y personal: “amigarse”.
Amar puede ser una necesidad, un impulso (eros) o un acto gratuito (agape); amigar solo puede ser un amigarse que se ofrece líbremente y que requiere la libertad del otro que responde.
Quiero decir: uno puede amar sin ser amado, pero no puede amigarse sin que otro corresponda.
Jesús se sintió amado por esto joven y lo miró con amor.
Se sintió amado como Bueno, pero no quiso ser confundido con uno de los muchos bienes que el joven poseía. Por eso lo amó (como nos ama a todos), no tanto con misericordia, porque el joven era sano y santo, no necesitaba ser curado ni perdonado de algo especial; lo amó con amor de caridad, con amor que Dios regala gratuitamente y que, para ser plenamente eficaz requiere la contrapartida de nuestro amor gratuito. Cuando estos dos amores gratuitos se dan la mano, nace la Amistad. La amistad son dos o más amores, gratuitos, líbremente recibidos y donados.

Este amor de amistad necesita idas y vueltas.
Tiene que reafirmarse como gratuito en cada ocasión. Para lo cual es necesario ir y volver, ir a vender bienes y volver al único Bien.

Esta es la propuesta del Maestro: sólo una cosa te falta, andá, vendé todos los bienes que tenés, dáselos a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo (hasta acá seguimos en el terreno de los bienes, en una operación comercial entre bienes de la tierra y bienes del cielo), después volvé acá (a este punto en el que te estoy mirando con amor de amistad) y seguime como amigo.

Jesús se revela al joven como el único Bien, como el sólo Dios, y le propone Amistad; ser amigos…
Le propone el Bien sumo e inimaginable: ser amigo de Dios, ser amigo con Jesús.
Entendámoslo bien: no “cosas”, sino “ser amigos”.

En la mente del joven debe haber resonado el Sirácida:
“El amigo fiel no tiene precio,
no hay peso que mida su valor
El amigo fiel es seguro refugio,
el que le encuentra, ha encontrado un tesoro” (Ecl 6, 14…).
“No cambies un amigo por dinero,
ni un hermano de veras por el oro de Ofir” (Ecl 7, 18).

Imagínense que Jesús públicamente nos llame, o si nos hemos acercado nosotros con alguna petición, la responda como al joven y nos proponga ser sus amigos.
No “uno más”, sino amigos. Amigos de verdad. Con todos los “derechos que un amigo tiene” ya que el Amigo le da derechos a su amigo líbremente y con gusto porque “La dulzura del amigo consuela el alma”.

Amigos con derecho a importunar a Jesús (como el amigo que llama a la puerta de su amigo de noche, cuando éste ya está acostado y le pide un pan para otro amigo que llegó tarde…), porque “El amigo ama en toda ocasión” (Prov 17, 17).

Amigos con derecho a conocer todo lo que pasa por el corazón de Jesús (“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que piensa su Amo. Yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he oído del Padre”).

Amigos con derecho a hablar cara a cara con Jesús, con “descaro”, con familiaridad, como Moisés y Yahvéh (“Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo”).

Amigos con derecho a recibir las promesas de Jesús, como Abraham, el amigo de Dios, nuestro padre en la fe en que Dios cumple lo que promete.

Amigos con derecho a una amistad incondicional con Jesús y sus amigos, como la que tenían entre sí los Macabeos, leales a muerte para defenderse de los enemigos.

Amigos con derecho a ser mimados por Jesús. Como dice el Salmo 4: “Sepan que el Señor mima a su amigo, Yahveh me escucha cuando yo le invoco”.
A ser mimados y a mimarlo, como las amigas del Señor que lo ungían con sus perfumes; como las familias amigas que lo recibían en sus casas, como Lázaro y sus hermanas, como Simón el leproso, como Zaqueo y, Mateo, los publicanos (Jesús era conocido como “amigo de publicanos y pecadores”). El Señor hizo y hace amigos de todas clases, entre los que saben apreciar su Amistad como el Bien de los bienes.

Amigos con derecho a nunca ser abandonados por Jesús: “Porque el Señor no abandona a sus amigos” (Sal 37, 28).

Amigos con derecho a ser siempre protegidos por Jesús, como Él protegió a sus amigos en la Pasión, evitando que sufrieran daño: “Él guarda el camino de sus amigos” (Prov 2, 8).

Amigos con derecho a exultar de alegría y a compartir la gloria de Jesús: “Exulten de gloria sus amigos, desde su lecho griten de alegría, porque es un honor para todos sus amigos que se cumplan sus decretos” (Sal 149).

Amigos con derecho a ser siempre justificados, como Jesús justifica siempre a Simón Pedro, su amigo, porque “Las heridas del amigo despiertan lealtad” (Prov 27, 6).

Amigos con derecho a ser formados por la Sabiduría de Jesús que, “entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría” (Sab 7, 28).

Amigos con derecho a alegrarse con la alegría de su Amigo, como Juan Bautista se alegraba (desde el seno de su madre y durante toda su vida) de las alegrías de Jesús su amigo.
Amigos con derecho a reclinar la cabeza sobre el Corazón del Señor, como Juan en la Cena.
Amigos con los derechos de la Esposa del Cantar de los Cantares:
“- Hermosa eres, amiga mía,
– Yo soy para mi amado y mi amado es para mí:
él, que pastorea entre los lirios” (Cant 6, 3…).

La amistad del Señor con María y Juan abre un ámbito de amistad eclesial en el que se nos regala ese ciento por uno del que el Señor habla y promete a los que dejan todos los bienes por el Bien de su Amistad.
Diego Fares sj

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Pedro y Jesús

Apostar a Jesús

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:
– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’
Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:
– ‘¿Esto los escandaliza?
¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?
El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.
Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.
Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.
Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían
y quién era el que le había de entregar.
Y decía:
– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre.
Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás
y no andaban ya en su compañía.
Dijo pues Jesús a los Doce:
– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’
Le respondió Simón Pedro:
– ‘Señor ¿a quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.
Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Pedro y Jesús se entienden bien: se trata de “andar en compañía”, de ser amigos fieles, de adhesión de corazón a las personas.
Jesús eligió a Pedro y a los discípulos como personas, no por sus cualidades para un trabajo. Después comenzó la tarea de formarlos bien, tarea que nunca acaba: el discípulo no es más que su Maestro.
Y Pedro le responde al Señor eligiéndolo también como Persona: no quiere “ir a otro”.
Y eso supone que le acepta lo más valioso de una persona, que son las palabras que salen de su corazón. Después vendrá el trabajo de interpretación y de llevarlas a la práctica… Pero Pedro salva entera la proposición de Jesús, su Prójimo.

En cambio los discípulos que se alejan de la Persona de Jesús y dejan de andar en su compañía, se justifican con la excusa de que el lenguaje es duro. Entienden “comer su carne” de manera literal. Martini califica estos “malentendidos” como “interpretaciones materialistas de las palabras de Jesús; interpretaciones literales, fundamentalistas”.
También hoy se da esta tentación cuando uno, en la vida espiritual, pasa a un nivel de compromiso más hondo y se toma más en serio la religión. Por ahí se exagera la letra. Ahora bien, si la vida espiritual es un camino en el que vamos “de bien en mejor subiendo”, como dice San Ignacio, esta adhesión a la materialidad de las enseñanzas de Jesús es algo bueno si uno mira lo que dejó atrás (uno que no se interesaba por tratar de cumplir nada, ahora cumple y exagera un poco); y si miramos para adelante o para arriba, es necesario dar un paso más: pasar al espíritu de esa ley. Quedarse en la letra terminará haciendo que uno se aleje de Jesús, como les sucedió a muchos de sus discípulos. Es que la ley, si no se vive su espíritu, tiende a la burocracia y a la dureza, y al final uno se cansa: cuando queremos cumplir todo terminamos no cumpliendo nada.

Por eso, escuchemos bien lo que dice el Señor. Jesús habla de cosas concretas: nos invita a comulgar con Él, nos asegura que su Carne es verdadera comida. Pero, agrega, “estas palabras que les digo son Espíritu y vida”. “La carne sola no aprovecha para nada”. Fijémonos en la libertad con que el Señor usa el lenguaje: dice que “el que no come su Carne no tiene Vida” y dice también que “la carne no aprovecha para nada”.
Es que al hablar, la primera “adecuación” es entre corazones, entre personas espirituales que quieren ponerse de acuerdo. Luego viene la adecuación a las cosas y a las palabras.
La Carne que Jesús nos da es Él mismo, toda su Vida. Comulgar con Él es adherirnos a Él de corazón, mediante la fe. Comer es algo más que saborear un instante la sagrada Eucaristía. Comer la Carne de Jesús es recibirlo con toda la fe y con todo el amor del corazón en el sacramento, aceptando el don de su muerte y resurrección que recibimos eclesialmente, junto con todos nuestros hermanos, con las consecuencias prácticas que esto conlleva, de comulgar luego con toda la realidad, creando vínculos de comunión justa y misericordiosa con todos.

Pedro mira a los ojos a Jesús y entiende que está diciendo algo de Corazón, que está tratando de buscar su adhesión de fe (uno se da cuenta cuando un amigo está buscando que nos juguemos por él). Por eso Pedro no dice: “nosotros vamos comer tu carne ahora mismo y acá comenzamos a anotar a los que no vienen a Misa y sepan que están en pecado mortal”. Pedro dice: aunque no entienda bien cómo se concreta lo que estás diciendo (aún no había instituido el Señor la Eucaristía) sólo Vos tenés palabras de vida eterna. Nosotros nos adherimos a Vos, a tu Persona. Nos quedamos con Vos. No vamos a ir tras ningún otro. Y como nos adherimos a Vos, nos adherimos a lo que decís. Después te pedimos explicación –como María, cuando dice “cómo será posible esto”, como tantas veces los discípulos: “Señor, entonces quién podrá salvarse, si no se puede ser rico, si no hay que divorciarse, si…-. Nos tendrás que explicar cómo es eso de “comer tu carne”. Pero tus Palabras son pan, no son duras.

Me conmueve esa frase de Jesús (ese ruego):
─ ¿Acaso también ustedes quieren marcharse?
Pedro saltó espontáneamente y –como en esos casos en que su amor hablaba primero que su mente- el Padre le inspiró esas benditas palabras: “Señor, a quién iremos”. Bendito Simón Pedro, amigo de Jesús, porque no dijiste “a dónde” sino “a quién”.
Algunos se pierden a Jesús por cuestiones de palabras.
Algunos se pierden a Jesús por que no les gustó algo de la Iglesia.
Algunos se pierden a Jesús, la amistad con Jesús, la maravilla de poder profundizar en las riquezas de las Palabras de Jesús, por motivos intrascendentes.
Feliz de vos, Simón, por haber creído.
En ese instante te podrías haber ido (o dejado que Jesús siguiera su camino).
Podrías haber regresado a casa, a “tus cosas”: a la dureza conocida de las redes y de las noches en el lago, al calor de tu hogar… Pero te quedaste con Jesús. Gracias porque no solo te quedaste sino que te jugaste entero por tu Maestro. Allí perdiste, seguramente, algunos compañeros. Y se te juntaron otros que tal vez no eran los que más congeniaban con tus ideas…

La frase de Jesús aludiendo a que también se quedó Judas siendo un demonio endureció más todavía el discurso. No fue que se fueron los malos y el grupo se purificó y quedaron menos pero más contentos y todo resultó más fácil. Los demonios también se juegan y apuestan fuerte.
El Señor lo advierte precisamente en este momento de lealtad para que los suyos no se engañen. Están los que se alejan… Pero cerca de Jesús quedan los que se van volviendo buenos como el Pan ─ aquellos cuyo corazón se va volviendo líquido, como decía el Cura de Ars ─, y los que se van volviendo duros como la piedra ─ aquellos cuyo corazón se va esclerotizando ─. Entre los que perseveran cercanos, la proporción es de once a uno. Pero ese uno, Judas, hace mal.
Jesús no se asusta ni hace aspavientos.
Pero lo saca a la luz con toda claridad:
─ “Yo mismo los he elegido y uno es un demonio”.

¿Por qué es así? No sabría decirlo. Pero lo que Jesús deja claro ante la opción que Pedro y los discípulos hacen generosamente por Él es que el drama de la salvación sigue abierto. Cada opción por Jesús llevará a otras, más comprometidas y exigentes.
Eso sí, Él también se dará más enteramente:
nos defenderá,
nos perdonará,
nos cuidará,
nos dará su Espíritu,
nos preparará una morada,
nos hará fecundos,
nos colmará de una alegría que nadie nos podrá quitar,
estará con nosotros todos los días,
su Padre nos amará y nos concederá todo lo que le pidamos en su Nombre…

Algunos se alejaron…
Y el Señor me hace elegir una vez más:
─ ¿Quizás también vos te querés ir?
─ “Señor, a quién iré. Vos tenés palabras de Vida eterna”.
Son apuestas. Y valen la pena.

Diego Fares sj

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