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Posts Tagged ‘amistad’


            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Estatua de Matteo Ricci y Xu Guangqi (laico chino convertido).

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:  «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense mutuamente, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando. Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

“Yo los he llamado amigos” dice Jesús en la última Cena.

Nos quedamos con esa frase y le dedicamos este rato de contemplación a dejar que se asiente en nuestra  alma este nombre de amigos con que nos llama el Señor.

Sabemos que esto de “dar un nombre” a alguien, es para Jesús algo especial. El hecho de que remarque que “nos ha llamado amigos” y que lo fundamente -“les he dado a conocer todas las cosas que oí junto al Padre”- es una invitación a apreciar este gesto suyo como algo decisivo para nuestra vida.

Estas contemplaciones hace un tiempo ya que una amiga -Shu Qin Xiao-, religiosa de la Compañía de María, las traduce en chino. Como los chinos aunque no lo parezca, tienen menos paciencia que los argentinos (al menos para leer estas contemplaciones en sus celulares), la primera sugerencia que me hicieron, luego de una encuesta que mandamos, fue acortarlas bastante. Sus educadas respuestas fueron mayoritariamente: “Muy lindo. Pero mejor más cortito y más ejemplos de la vida cotidiana”. Así que comencé a hacer una síntesis de media paginita. Pero después, como para que se publicara en una página abierta del whatsapp chino tenía que estar antes, terminé por escribirla durante la semana, de modo que en general salen contemplaciones muy distintas.

Hoy comienzo con la china, ya que para escribirles a ellos me inspiró el libro Sobre la amistad del padre Ricci. Aunque en vez de sintetizar más la otra, aquí me extiendo, dejándome llevar por el gusto de hacer “coloquio”, como un amigo hace con sus amigos.

….

El misionero jesuita Mateo Ricci, cuando se estableció en Nanchang en el año 1595, se hizo amigo de dos funcionarios que tenían título de “rey”, aunque no tenían reino (como nos pasa a los curas que estamos en Roma y no tenemos parroquia). A uno de ellos, el rey de Jian’an, que se llamaba Zhu Duojie, Ricci le regaló dos libros: uno era un mapamundi con muchas descripciones en chino hechas por él mismo. El otro libro fue su tratado Sobre la amistad. Consta de 100 sentencias y está escrito como respuesta a una inquietud que tenía el rey acerca de “qué sentíamos de la amistad en occidente”. El libro se hizo muy famoso, tanto que  Ricci o Xitai (“Maestro del gran Occidente”, como le dieron en llamar sus amigos chinos) afirmaba que con ese libro habían logrado más que con todos los otros trabajos apostólicos juntos. Es que a los hombres nos interesan muchas cosas -como los mapamundi-, pero la amistad nos interesa más.

En la meditación para mis amigos chinos me centré en un punto: que en Jesús podemos ser amigos de todos los hombres.

Tomé pie en la importancia que tiene para la sabiduría popular china la “amistad social” (de la que siempre nos habla el Papa Francisco y creo yo que es una gracia contra la cual el Maligno, enemigo de la naturaleza humana que es amigable, lucha con ensañamiento sembrando odio, mentira y guerra).

En china se considera la amista como la quinta relación social. Lo expresan así: “Entre soberano y súbdito no puede faltar la justicia, entre padre e hijo, no puede faltar el afecto, entre marido y mujer, no puede faltar la diferencia; entre hermano mayor y hermanos menores, no puede faltar la jerarquía: cómo podrá faltar la amistad?”

También tomé un proverbio chino que habla de los amigos lejanos: “Los amigos estarán cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los confines más remotos“. Me encanta este modo de decirlo. Nosotros lo expresamos temporalmente, diciendo que “es como si nos hubiéramos visto ayer“. Ellos lo expresan diciendo que es como encontrarse con el vecino de al lado.

La verdad es que da gusto cómo cada pueblo -y cada grupo o par de amigos- nos complacemos en encontrar imágenes antiguas y nuevas para expresar algo inefable de mil maneras distintas y que todos entendemos.

El punto es, por supuesto, la evangelización. Se trata de meditar y contemplar cómo Jesús, que multiplica y mejora todas las cosas humanas -los cinco panes y los peces y el agua convertida en vino en Caná-, multiplica y mejora la amistad humana, que ya en sí misma es de lo mejor que tenemos los hombres.          Pongo especial atención en lo de que la multiplica, porque por ahí es un lugar común decir que los amigos son pocos y que es dificil encontrar un amigo o una amiga de confianza.

La reflexión que hice teniendo en cuenta todas estas cosas, es que no existe “la amistad”, así en general, como si fuera un valor absoluto en lo alto del reino de las ideas al que todos tendríamos que mirar. No existe “la amistad” en abstracto. Existen los amigos. Y cada relación entre amigos es única y aporta algo especial a la amistad de los demás.

Si esto es así, entonces cuando Aristóteles dice que a uno no le da la vida para tener muchos amigos, está haciendo una reflexión cuantitativa que le viene de la razón, es cierto, pero de una razón limitada a su experiencia cultural particular. Es razonable porque es veredad que los amigos – especialmente los “amigos incómodos”, que vienen a cualquier hora y se quedan hasta tarde-, a veces demandan mucho tiempo. Pero Aristóteles no contaba con un Amigo como Jesús, que si es capaz de multiplicar peces y panes, con mayor razón es capaz de multiplicar amigos (y hacer que se multiplique el tiempo que uno le dedica a los amigos.

En el Reino, el tiempo para los amigos, en vez de perderse se duplica y quintuplica. Lo vemos en el Papa, por ejemplo, que la gente dice “no sé de dónde saca tiempo para escribir personalmente sus saludos y para llamar a tantos”. Es que eso de que “lo saca” contiene una gran verdad, porque no lo saca de su cítizen, sino del reloj pulsera que usaría Jesús, para quien, como afirma Pedro, que estaba atento al modo de vivir el tiempo que tenía el Señor: “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Otra frase común es que la amistad es una “rara avis” -un “cisne negro” decía Kant-. Pero esta reflexión, al igual que todas las que hacemos sobre la amistad, tiene un “sí, es verdad” y un “pero también”. Es verdad que la amistad es especial. Pero si es verdad que no existe la amistad sino los amigos, la imagen del “cisne negro” nos habla de cómo era Kant, que era un tipo bastante particular, y por tanto, sus amigos deberían ser también “particulares”. Pero también hay otra gente que por ahí es muy simple y tiene muchos “mejores amigos”, como mi amigo Iñaki, por ejemplo, que no tiene ningún empacho en llamar “mi mejor amigo” a varios de nosotros.

Jesús es así, se hacía y se hace amigos entre gente muy distinta. Amigos que lo seguían (y lo siguen) en su tarea misionera, como los apóstoles, amigos que lo recibían (y lo reciben) en su casa, como Lázaro, Marta y María, amigas como la Samaritana o Zaqueo, a los que se encontró (y se sigue encontrando) en el campo y por la calle, amigos de otras culturas y religiones, como el Centurión, la Sirofenicia y el leproso Samaritano que volvió a darle gracias. Y era (y es) también amigo de pueblos enteros, como los de Caná, Cafarnaún y el pueblo de la Samaritana… El Señor pensaba en “todos los pueblos”, en las ovejas de esos “otros rebaños” que sus apóstoles-amigos saldrían a buscar.

Íntima y comunicable, especial y común, son rasgos que aporta a los amigos Alguien como Jesús y que todos podemos incorporar y aprovechar a nuestro modo. Digo a nuestro modo porque con las cosas entre amigos pasa algo curioso: si uno quiere copiar lo de otros, no tiene sentido. No solo no se puede sino que se logra el efecto contrario. Pero si uno pesca algún dinamismo de los otros y lo sintoniza con el propio, su amistad crece y se potencia. No siempre sirve contar los chistes de un grupo de amigos a otro, por ejemplo, pero sí contagiarse del espíritu del buen humor.

Termino con esta reflexión: el hecho de que el Señor los llamara amigos significa que entre ellos reinaba mucho el buen humor, esa alegría y esos comentarios que condimentan las charlas y reuniones entre amigos. En Alégrense y regocíjense, el Papa habla del buen humor como una de las “cinco notas” de la santidad que espera que “resuenen de manera especial” en nuestra vida.

La alegría y el buen humor es una de esas características “indispensables para comprender el estilo de vida al cual el Señor nos llama” (GE 110).

La santidad -como la amistad- no puede ser ni “triste, ni ácida, ni melancólica, ni tener un perfil bajo y sin energía” (GE 122).

Un proverbio chino dice que “La fuerza con que los amigos se hacen el bien es menor de aquella con que los enemigos se odian“. Es terrible esto. A mí me lleva a examinarme seriamente acerca de cuánta energía positiva y cuánta creatividad le pongo a cultivar mi relación con mis amigos. No para ponerme triste o melancólico por lo que he pecado de omisión en esto, sino para ponerme con renovada energía a imaginar gestos que puedan acercarles alegría y buen humor. Mis amigos son gasoleros y con poco andan un trecho largo.

La última nota de buen humor del Papa va por el lado de “no complicarla”: “El Señor nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados” (GE 127), dice el Papa. Y cita al Cohelet: “En tiempo de prosperidad, disfruta (…) Dios ha creado a los seres humanos rectos, pero ellos van a la búsqueda de infinitas complicaciones” (Qo 7, 14-15).

Es propio entre amigos de gozar con el bien del otro sin envidias ni mezquindades. Por eso es que caminan, codo a codo, la amistad y la santidad, o mejor, los amigos y los santos.

Diego Fares sj

 

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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

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Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido decapitado se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones (paganas)! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2).

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Galilea de las naciones paganas…,

orillas del mar…,

pescadores echando las redes…,

la gente con sus dolencias…

El papa Francisco usa la palabra “periferias”.

Periferias geográficas, culturales, existenciales.

Allí donde se mezclan las fronteras entre los pueblos: eso era Galilea.

Allí comienza el Señor a proclamar la buena noticia: que el reino de los cielos está cerca… Cerca de la vida de esa gente.

Esto hay que agregarlo y tenerlo claro. Jesús no va al Templo de Jerusalén a decir que el Reino de los cielos está allí, en medio de las paredes del templo. Jesús va al interior del país, a la frontera, que ahora es con Siria y el Líbano. Va a una región próspera de pesca y comercio, donde Israel se mezclaba con otras culturas.

Dicen que los Galileos “tenían acento” y en la capital se les burlaban, como sucede en todas las capitales con la gente que consideran más simple, con los extranjeros…

A ese pueblo Jesús le anuncia –recordando a Isaías- que les va a amanecer una luz. Linda expresión! De esperanza: Que te amanezca una luz. Que te despiertes contento y salgas a la vida y al trabajo pensando que te espera algo bueno.

Primera enseñanza para nosotros: el Reino está cerca de los lugares donde se mezclan las culturas.

Dije se mezclan porque es una expresión común, pero hay que ver bien dónde y cómo es que las culturas se mezclan. Hay que ver dónde es que no se levantan muros de piedras y acero afilado; dónde es que no hay aduanas con perros y militares; dónde es que no te piden documentos ni tarjetas, sin los cuales no tenés trabajo ni posibilidad de entrar a ningún lado.

Diría que las culturas se mezclan, por ejemplo, cuando te invitan a comer, cuando una familia o una comunidad te cocina sus platos nacionales, cuando los refugiados del Centro Astalli te ofrecen su café “touba” (el café de mis amigos senegaleses)…

Sí. Las culturas se mezclan intercambiando dones, palabras, recuerdos.

El miércoles pasado estaba charlando con Zia –afghano- y Ferozi -un iraní, al que le dicen que es peruano o mexicano, por la cara. Hablábamos como podíamos en nuestro medio italiano, y en cierto momento Zia, pregunta como cayendo en la cuenta de que no tiene ni idea: “¿pero dónde queda la Argentina?”. Mientras busco un mapa en Google, siento que es justo que él no sepa bien si Argentina está cerca de México, como intenta decirle Ferozi, o más al sur, porque yo no sé bien cuáles son las fronteras de Afganistán o las de Irán.

Esta experiencia de ignorancia compartida es básica para empezar a sentir que cada cultura es un mundo en el que las personas vivimos como en nuestra casa y que no vale más una que otra.

Cuando tu cultura es muy conocida –como les pasa a los europeos- es como que se da por sentado que hay una cierta superioridad. En cambio, cuando el desconocimiento es mutuo, como que se empieza bien.

Es que las culturas, más que mezclarse, se amigan.

Cuando uno abre el corazón a la amistad, apenas te hacés amigo de alguien, te interesa saber dónde queda su ciudad, cómo se saluda en su lengua, qué comida les gusta…

Yo siempre pregunto cómo se dice “amigo”. Los chinos dicen Peng You (y con los caracteres repetidos indican que “el amigo es como yo y yo como él”). Los senegaleses dicen “sama xarit” o “sama wei” (mi amigo). En dari y en pastún todavía no sé.

Aquí viene el punto que quiero invitarlos a contemplar: la relación que hay entre frontera y amistad. La relación que hay entre el hecho de que el Señor se vaya a la frontera con los paganos y allí empiece a anunciar que el reino está cerca, y el hecho de que elija a estos pescadores que eran hermanos y amigos entre sí.

La amistad entre pescadores se forja enfrentando los peligros del mar. Pero también es importante tener en cuenta que el suyo es un trabajo de frontera en el sentido de que el mar es un medio ajeno, que siempre hay que respetar, un medio que nunca se puede dominar. Se pueden dominar los espacios geográficos de un pueblo, no su cultura. Las culturas, por su propio ser, tienden a amigarse. Por eso, para formar “misioneros”, es importante este sustrato básico de “ser pescadores”. El pescador echa las redes… no controla lo que pesca. Entra al mar por un tiempo y luego tiene que salir de él. Esta interacción con un medio extraño, hace del trabajo de pescar algo especial. Y el Señor usa la metáfora de “pescadores de hombres”, que tenemos que asumir en toda su complejidad. No se trata de tirar un anzuelo y pescar un pez (o un zapato). La prueba es que hay hombres que no podemos pescar porque no hemos respetado el mar de su cultura y se nos han cerrado las puertas de países enteros, como la china. Y en otros países, en los que la Iglesia entró a caballo de culturas dominantes, o fue expulsada y perseguida, o se impuso no siempre paciente y respetuosamente, imponiendo costumbres “humanas” que no son necesariamente evangélicas, y que a la larga entran en crisis. Y aún así, muchas culturas se les amigaron a los cristianos. Donde dio fruto el cristianismo fue porque se dio esta amistad.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de los jesuitas que se habían establecido en Macao (esa zona clave del Asia, en el Delta del Río de las Perlas que es ahora la zona de mayor densidad de población del planeta y que perteneció al Portugal hasta 1999 y recién será totalmente china en el 2050), concibió un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual, sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reino en los cuales se había intentado introducir el cristianismo. Valignano había comprendido que no era posible acercarse con los métodos habituales de evangelización a un pueblo de una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa conocida en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía ninguna enseñanza de otros “pueblos bárbaros”. Los chinos pensaban que la región china más alejada del centro y sin gobernadores era superior a cualquier país extranjero. Por eso Valignano ordenó al padre Ricci y a un compañero que se dedicaran totalmente, libres de cualquier otro encargo, al estudio de la lengua oficial, el mandarín; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y mentalidad del pueblo, para transmitir desde el corazón de su cultura, convertidos ellos mismos en chinos, la verdad del cristianismo.

Y qué escribió el padre Ricci, en medio de una vida entera dedicada a “ser chino”? Un tratado sobre la Amistad! Un tratado que se valoró siempre y mañana se valorará más todavía.

Esto, que concibió Valignano y realizó el padre Ricci, es lo que se debería haber hecho en todas las culturas!! Es lo que está aún por hacerse. El hecho de que la cultura china estuviera más desarrollada no es, en el fondo, lo importante. Toda cultura, como toda persona, tiene esa identidad única a la que Jesús desea hablarle de igual a igual. Sin querer imponerle nada y ofreciéndole todo. El hecho de “hacerse todo a todos”, de encarnarse e inculturarse en otra cultura para anunciar el evangelio “en su lengua”, vale tanto para una cultura “desarrollada” como para una cultura “menos desarrollada”, así como vale para una persona que haya estudiado, igual que para una persona sin estudios especiales.

Si no nos dice nada sobre nuestra actitud ante las otras culturas, el hecho de que el Señor haya ido a predicar a la región de Zabulón y Neftalí y que, siendo del gremio de los carpinteros, haya tenido que aprender a lidiar con los del gremio de los pescadores, es que todavía estamos en pañales en lo que hace a la misión de ir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Estos dos mil años de cristianismo y el hecho de cómo ha crecido el mundo, nos tienen que hacer ver en perspectiva, que la Iglesia apenas si salió a misionar. Aunque haya habido valientes misioneros que llegaron a los extremos del mundo, salir a misionar implica mucho más que ir, implica un cambio de mentalidad siempre renovado y de todos y cada uno de los cristianos. Y ese cambio que comienza por “salir” de la propia cultura. Salir en el sentido de situarla en medio del concierto de todas las demás culturas como una más, de igual a igual con todas. Con las grandes civilizaciones que unificaron muchas culturas: la egipcia, la china, la griega, la roma, la maya y la azteca, la bantú… y con cada pequeña cultura que por estar aislada o por ser pequeña no cuenta menos y es en sí misma un universo al igual que las demás.

Se trata de salir y de poner, entonces, el evangelio en medio de cada cultura, como si pusiéramos al Niño Jesús en un pesebre, rodeado de pastores pobres y de magos venidos del extranjero, para comenzar a dejar que su luz ilumine a todos y a todo.

Se trata de navegar mar adentro –en ese océano inmenso de todas las culturas- y echar las redes humildemente, agradecidos como agradecen los pescadores con lo que el mar les da.

Se trata de establecer una cultura del encuentro, como dice Francisco, en la que la amistad es la clave. Y si cultivar una amistad personal les lleva toda la vida a dos amigos, cultivar una amistad entre culturas, lleva miles de años. La buena noticia es que la amistad, aunque requiera tanto tiempo para afianzarse, se goza y da frutos desde el primer instante. Como dice Ricci: “No hay nadie que ame las riquezas solo por las riquezas mismas, en cambio el que ama a un amigo, lo ama sólo por sí mismo” (Sobre la Amistad, 37).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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 A pesar de ser un hombre de 79 años, el Papa Francisco consigue comunicar muy bien con los jóvenes. Claro que es muy simpático, pero no es solo esto. Según usted cual parte de su mensaje fascina tanto a los jóvenes?

Espontáneamente, para responder qué es lo que fascina tanto a los jóvenes del Papa Francisco, me vino la imagen de una joven amiga, muy conmovida por un encuentro que tuvo con Francisco que me escribía: “Francisco nos miró a los ojos! Eso es encuentro. Fue conmovedor al extremo!!! Profundo, de absoluta entrega y escucha, se ‘conectó’ con nosotros… ese casi minuto con él fue eterno en encuentro y bendición. Me he sentido la persona más bendecida del mundo”.

Esta capacidad del Papa de mirar a los ojos a las personas y conectarse con cada uno como si fuera único en el mundo, es algo que todos apreciamos, pero creo que los jóvenes lo aprecian más. La capacidad de enamorarse tiene que ver con esta mirada y en la juventud la sed de esta mirada es absoluta.

También diría, compartiendo otros testimonios, que los jóvenes captan que Francisco no representa un papel, que es sincero. No es demagogo como muchos viejos son con los jóvenes. Se gana su simpatía porque es cercano de verdad. Es alguien que simplifica las cosas, que no se asusta de nada, no tiene miedo a morir ni a exponerse, no le tiene miedo a los abrazos ni a las selfies, aunque se note que es más bien tímido o reservado. Te acepta como sos y te invita a dar un pasito adelante. Te anima a ser libre, no te impone nada. Te escucha con verdadero interés. No se la cree. Se juega por los pobres. Es desacartonado. Sorprende y ama la sorpresa. Vive con radicalidad evangélica, lo cual es un signo de juventud espiritual. Bueno, estas son cosas que he escuchado que dicen los jóvenes y creo que responden a la pregunta.

Usted lo conoció cuando era un joven jesuita. Que le impactó más?

En el año 74 conocí a Bergoglio primero por sus “efectos” en los buenos jesuitas que mandó a Mendoza, mi provincia, y que lo valoraban como un “Provincial que sabía mandar, con coraje y lucidez”. Al año siguiente, en setiembre del 75 lo conocí personalmente, en la Casa Provincial en el Barrio de Flores, cuando pedí ser admitido a la Compañía. Me impactó que siendo Provincial y viviendo en esa gran casa, el tuviera su piecita en la terraza, en el cuartito donde se guardaban las escobas.

Pero me impactó sobre todo la amistad que tenía con los otros jesuitas jóvenes que eran sus pares y serían nuestros formadores. Se notaba que habían optado por los jóvenes y que nos dedicaban todo su tiempo. Nos daban lo mejor que tenían. Provincial, Maestro de novicios, misioneros jóvenes, sacerdotes ancianos, profesores… convivían con nosotros (un grupito de 7 novicios que fue incrementándose hasta llegar a más de cien estudiantes en diez años) y creían en construir una Compañía al servicio de nuestro pueblo, de los más pobres, sin ideologías, con una formación seria y una espiritualidad muy linda. Bergoglio y nuestros formadores se dedicaban a nosotros –novicios y estudiantes- como lo más importante, sin descuidar por supuesto a los ancianos y a las tareas pastorales que la Compañía les confiaba además del la formación.

Como lograba comunicar con los jesuitas mas jóvenes?

Como decía más arriba mi amiga, también entonces: “Te miraba y te conocía”. Pero esto hay que entenderlo bien. No hablo de uno que te adivina el pensamiento. La sensación era más bien que conectaba con tus sueños, con lo mejor de tu vocación. Te miraba proyectado en lo que tenías ganas de ser y lo alentaba con su mirada y lo sabía encauzar con lo que te iba enseñando y confiando como tareas. Era capaz de mirar lejos en un alma y sembrar buenas semillas que darían fruto con el tiempo. En todo nuestro grupo de jesuitas jóvenes sembró lo mejor que Dios le había dado a él y lo cultivó pacientemente. Y mientras nos formaba nos hizo amigos entre nosotros. Nos enseñó a dialogar entre nosotros sin mentir ni buscar quedar bien. Nos puso en contacto con nuestro pueblo. Nos dio ejemplo de amar a los pobres y de aprender de ellos, caminar pacientemente con ellos. Nos libró de ideologías y de modas teológicas y se animó a reinventar nuestra formación con nosotros, a nuestro paso. Nos gustaba también que no tuviera miedo de nada ni de nadie cuando se trataba de servir al Señor.

Cuando era arzobispo de Buenos Aires, el Papa tenia mucho cariño para la peregrinación anual de los jóvenes a Lujan. Por que? Que representa esta iniciativa y por que tiene tanto impacto?

El amor a Luján viene de antes. La primera peregrinación juvenil fue en el 75, si no me equivoco. Antes solo se hacía una llamada “tradicional” y a esa se le agregó en primavera la de los jóvenes, aunque iba todo el mundo. Esta nació de una intuición del padre Tello, que sentía que a los jóvenes politizados nos haría bien entrar en contacto con la Virgen Madre y patrona de la Argentina. Bergoglio y nuestro maestro de Novicios nos mandaron a esa primera peregrinación. Para mí fue un descubrimiento experimentar al pueblo de Dios en marcha, caminando en la noche para llegar al Santuario. En mi provincia no había conocido expresiones de espiritualidad popular tan masivas. Fue una gracia que se mantiene intacta con los años: ir a Lujan significa rezar con todos y por todos. Es verdadera gracia de ser un mismo pueblo de Dios ante nuestra única Madre.

Había creado otras iniciativas especificas para los jóvenes en Buenos Aires?

Bergoglio siempre tuvo mucha entrada y cercanía con los niños y los jóvenes. En su trabajo en la Parroquia de San José, que inspiraba el trabajo en las parroquias vecinas a las que íbamos los jóvenes, el trabajo con niños y jóvenes fue para nosotros un verdadero milagro de alegría, de participación, de respuesta masiva y fiel de las familias que nos confiaban a sus hijos. Es verdad que nosotros, como estudiantes jesuitas, lo seguíamos a muerte en sus iniciativas. El Día del niño, por ejemplo, llegaba a juntar más de cinco mil niños en la parroquia y tenían un día entero para ellos, con juegos, cine, deportes, comida y regalos (salíamos a conseguir regalos por todo el gran Buenos Aires y cada niño tenía el suyo). Los campamentos de jóvenes juntaban cientos de ellos en Mar del Plata.

Cuando fue obispo todo esto se tradujo en aliento a la pastoral de la niñez y la juventud: las Misas del día del Niño en grandes estadios, luego de una procesión por la ciudad, el aliento a los jóvenes catequistas, a sus iniciativas, todo el aliento a los curas que trabajan en las Villas y a sus ayudas a los jóvenes con problemas…

Según usted que significa la expresión “hacer lío”?

De joven uno entiende lo que significa que un padre de permiso para “hacer lío”. Significa que confía en uno, que no le tiene miedo a la alegría, que se fía en que, aunque uno se pase un poco de la raya, hará las cosas bien. En general los adultos le dicen a los jóvenes que “no hagan lío”, que se porten bien, que no rompan. Y esa expresión es un poco egoísta, en el sentido de que puede significar: hacé lo que quieras pero no me molestes.

Hagan lío, en cambio, significa confesar que la sociedad no está bien, que necesita un cambio, y que lo tienen que hacer los jóvenes. Si para eso tienen que hacer lío y romper esquemas, no importa. Lo importante es que se mejore lo esencial: “Hagan lío y organícenlo bien –exhortó el Santo Padre–. Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios a quien conocí es mi fortaleza. Ese es, debe ser, el lío que hagan”. Esto es porque un cura en broma le había dicho: ‘sí, usted siga aconsejándole a los jóvenes que hagan lío, siga, siga… pero después los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros’. ¡Hagan lío! pero también ayuden a arreglar y organizar el lío que hacen. Las dos cosas ¿eh?”

En sus viajes, el Papa habla mucho de sueños con los jóvenes. Siempre los invita a ser sonadores. Que tiene que ver el sueño con la fe?

Bergoglio siempre soñó en grande. Cuando nacen este tipo de personas, son una gracia que hay que saber aprovechar. Sobre todo cuando se trata, como en su caso, de un soñador de sueños comunes, uno que sabe hacer soñar a otros y sabe sumar sueños de muchos. Nuestra formación espiritual y pastoral, hoy puedo decirlo pero porque entonces lo viví así, tenía mucho de sus sueños. Soñábamos con tener vocaciones, soñábamos con trabajar en equipo, soñábamos con dar los ejercicios espirituales a muchos jóvenes, soñábamos con justicia social para nuestra patria, soñábamos con acompañar a nuestra gente en sus sueños, yendo a su paso, soñábamos con un lenguaje nuevo en la iglesia, soñábamos con ir más allá de esas posiciones escépticas e ilustradas que son un poco tristes y contagiar de alegría y fervor a muchos… Y eran sueños que se realizaban en el día a día y daban frutos, como la fe, que en unos da el 30, en otros el 60 y en otros el ciento por uno.

Que tipo de sueño necesita nuestro presente?

Nuestro tiempo necesita salir de un ensueño –el del confort- y animarse a los sueños verdaderos. El primer sueño creo que pasa por los niños: soñar un mundo en que los niños puedan soñar. Esto es constitutivo del ser humano. Si ese sueño se apaga, la vida está muerta, aunque por fuera se ve mucho progreso. Todos los logros están ensombrecidos por la esterilidad. La Encíclica Amoris Laetitia es un acto de fe del papa en la capacidad de soñar juntos el futuro, que define lo que es una familia.

El otro sueño que necesita nuestro tiempo es el de la política: soñar una política con otra música, como dice el Papa. Por eso él invita a Europa a salir del ensueño de un confort individualista y a soñar la política solidaria, la defensa de la dignidad humana a escala mundial.

El tercer sueño es planetario: el Papa invita al planeta a soñar una alabanza compartida, a salir de la pesadilla de la contaminación y de la destrucción de la humanidad y a soñar una tierra cuidada y cultivada con amor para glorificar al Creador.

Sus Encíclicas –caracterizadas por la alegría- pueden leerse como “sueños” y deseos del Papa. Francisco nos invita a soñar con la belleza del evangelio, a soñar con la belleza de la creación y a soñar con la belleza de la familia.

Borges decía que todas las palabras nacen de una metáfora, aún las más comunes. Y que para hablar un lenguaje abstracto hay que hacer morir esta metáfora de modo que quede un mínimo esencial, diríamos. Esto es todo lo contrario de los sueños, en los que se trata de lo máximo existencial, de lo afectivamente más rico, mejor y más bello. Un sueños de mínimos no tiene sentido. El lenguaje que sueña Francisco (porque lo sueña en la oración, en la que a veces confiesa que se adormenta como un hijo en brazos de su padre) no excluya para nada esos mínimos abstractos que algunos llaman tradición y doctrina. El invita a ir más allá.

La misericordia es el “arma cristiana” para revolucionar el mundo? 

La misericordia y la ternura. La misericordia es un sueño, es soñar que el mal y el pecado se pueden no solamente paliar mediante acciones y política de minimizar daños, sino curar radicalmente, desde adentro y para siempre. El abrazo del Padre Misericordioso al hijo pródigo, es el sueño que Jesús regaló –a costa de dar su vida- a la humanidad.

La ternura es otro sueño, el del Espíritu, cuya fuerza no es como la de la naturaleza inanimada, que se rige por la fuerza rígida, sino la de la vida, que se transmite por lo más frágil y del modo más inagresivo. La imagen del “arma” vale solo por contraposición absoluta, ya que la ternura y la misericordia comienzan por el gesto de desarmarse para no herir ni descartar sino para sanar y abrazar.

Estos sueños de Dios, el de la ternura de María y José con el Niño en el pesebre –que San Francisco supo legarnos como un sueño que cada familia recrea al hacer su pesebrito con los niños en Navidad-; el de Jesús desarmado totalmente en una Cruz, capaz de atraer la mirada de todos los que lo traspasamos; y el sueño del Padre que nos espera y nos abraza conmovido en sus entrañas de modo tal que nos vuelve a hacer sentir hijos, son sueños que estaban perdiendo fuerza. El del pesebre, reemplazado por el frenesí del consumo; el de la Cruz, reemplazado por la eficacia de otros medios de atracción y el de la misericordia del Padre por técnicas de introspección y autoayuda que no hacen referencia a Otro. El Papa nos devuelve estos sueños en su radicalidad, sin ningún matiz ni pero: la misericordia del Padre perdona todo y sana todo, la ternura de María es más potente que cualquier gestión y la Cruz de Jesús, haciéndonos morir de veras nos permite ser verdaderamente resucitados en carne y afectos reales.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Jesús y Pedro 

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: Voy a pescar.

Los otros dijeron: Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada.

 

Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.

Jesús les dijo: Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?

Ellos contestaron: No.

El les dijo: Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.

Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.

Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!

Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan.

Jesús les dijo: Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.

Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

Jesús les dijo: Vengan a comer.

Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces.  Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

 

Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis corderos.

Jesús volvió a preguntarle: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Pedro respondió: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dijo: Pastorea  mis ovejas.

Por tercera vez insistió Jesús: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?

Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.

Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió: Sígueme” (Jn 21, 1-19).

 

Contemplación

Se aclara el día, se aclara la fe.

Juan ve a Jesús en la orilla y le dice a Pedro: Es el Señor.

Fuego encendido. Nadie se anima a preguntar: Quien eres? porque saben muy bien…

Jesús se hace de nuevo Eucaristía. Les parte el pan…

Después de comulgar, se aclara el amor.

El Señor lleva el diálogo con sus preguntas hasta llegar a la amistad.

Me quieres como amigo?

Allí Simón Pedro se rinde.

Pensaba que ese amor ya estaba roto. Que quizás quedara la posibilidad de un amor de segunda, digamos. Como el hijo pródigo que tenía claro que ya no merecía ser llamado hijo…

Jesús le dice que a la amistad no le pasó nada. Que apaciente sus ovejas como un amigo a quien su amigo le confía el rebaño.

Ya la vida le dará oportunidad de “pagar” la deuda de haberse escapado cuando a Jesús lo tenían preso. A él también lo “llevarán a donde no quiere” y podrá dar gloria a Dios.

Pero ahora Jesús quiere que lo siga como amigo.

Tú sígueme. Como amigo.

Sin importarle lo que haga Juan, su otro amigo.

…..

Es curiosa la amistad con Jesús.

Claro que a Pedro le importa Juan.

Es el que le dice: Es el Señor.

Juan es su amigo en el Señor.

Así como la comunidad de amigos en el Señor le dice a Tomás: Hemos visto al Señor.

Juan es que primero discierne a Jesús por los gestos.

Lo ve en la acción. Cuando las cosas pasan de cierta manera, Juan se da cuenta de que es Jesús el que está moviendo las aguas, el que está conduciendo el proceso.

Hoy decimos el que sabe leer los signos de los tiempos.

Es el que cree primero.

Pero eso no quita que Pedro, como amigo, tenga con Jesús un trato único.

Su amistad es a la vez comunitaria. Se ordenará al bien de los demás. Para bien de todo el rebaño…, pero eso no quita que la amistad de Jesús con Simón Pedro sea única.

Y lo que Juan y los demás evangelistas hacen explícito de la amistad entre Jesús y Pedro, nos ayuda a ver lo especial de al amistad de Jesús con cada uno de los demás (y de nosotros).

Se entiende mejor el trato especial a Tomás, el amigo que necesitaba tocarlo, verlo en persona. Puede resultar curioso porque la “forma del reproche” pareciera que ocupa el centro de la escena. Pero si uno mira bien, Jesús le concede ese trato especial que necesitaba Tomás para decirle “Señor mío y Dios mío”. Ahí nomás el Señor “usa” la situación como ejemplo para dar una bienaventuranza comunitaria, que nos servirá a todos los que vengamos después: Felices los que creen –en Jesús resucitado, que nos da la misión del Padre y el Espíritu del perdón- sin haber visto (los que creen en el anuncio de los testigos). Pero entre Jesús y Tomás la amistad se terminó de consolidar cuando Jesús le respondió a las preguntas interiores que Tomás tenía.

La amistad es un diálogo entre dos. Un diálogo interior que sólo los amigos comprenden y que se puede mantener en medio de otras cosas, hablando con otros de otras cosas…

Y así como lo tiene con Pedro, el Señor lo tiene con Tomás (y con los que queremos tener este diálogo de a dos con Él).

Con María Magdalena, el diálogo de amistad que retoma el Resucitado tiene pocas palabras: Mujer por qué lloras; a quién buscas… Una sola palabra –María- bastará para que ella diga la suya: Mi maestro, mi Rabbuní. Enseguida el Señor modera la efusión afectiva de María que se echa a sus pies y quiere abrazarlos… Le da la misión y la tarea. Pero ya quedó consolidada la amistad única.

Toda la apasionada carrera de María Magdalena para ir a anunciar a los discípulos que ha visto a Jesús y lo que Él le ha dicho, está motivado por esta amistad única entre ella y el Señor.

La amistad se motiva desde adentro.

La amistad es una alegría que uno lleva consigo permanentemente. Basta pensar nomás en un el amigo.

Con los de Emaús será necesaria una larga charla. Son de esos amigos que necesitan contar tooodo lo que les pasa. Y el Señor los ve de lejos y con gusto se les vuelve encontradizo y los acompaña por el camino y los hace hablar. Es signo de amistad clara esto de acercarse a uno que sabemos que nos llevará toda la tarde escucharlo. Si no sos amigo, te escapás o en cierto momento decís que te tenés que ir. El Señor hace al revés. Después que les escuchó todo y logró que ellos lo escucharan a Él con gusto, se deja invitar. El “quédate con nosotros que atardece”, es la clave de una amistad que quiere ser cultivada. Es la clave de todas las amistades con Jesús: si lo invitamos a nuestros atardeceres. En el atardecer de la vida serás juzgado por el amor. Cada atardecer es para celebrar este juicio. Para invitar a Jesús a cenar con nosotros. Para quedarnos “juzgando” las cosas que vivimos “en el amor”.

La amistad es cuestión de atardeceres.

Con Juan, la amistad ya estaba “consolidada” de antes.

Desde la cena, en la que el Señor lo dejó recostarse sobre su pecho.

Desde mucho antes, seguro.

Yo diría que desde el primer día, en que se quedaron con Él toda la tarde.

La amistad de Juan con Jesús es de esas en las que en un momento uno ve toda la vida del otro, si se puede decir así.

Con Jesús esto es posible si Él lo da como gracia.

Debe haber sido algo que pasó aquella tarde, a la hora undécima (la de las amistades maduras).

Juan será el que en cada signo “vea” al Señor.

Lo vio traspasado en la Cruz.

Lo vio en el sudario doblado.

Lo ve ahora en la orilla del lago.

Hay amigos que pueden ver mucho en sus amigos. En Jesús, como es un transfigurado, se puede ver todo todo, si él se manifiesta, si él “cuenta todo lo que le ha dicho el Padre” como hace un amigo con sus amigos. Y Juan es de estos.

Y su evangelio es el fruto que comparte con todos nosotros, como un buen amigo que todo lo que tiene lo comparte.

La amistad se la pasa viendo lo que es invisible a los ojos

…..

Así, cada uno de nosotros tiene que descubrir su amistad “especial” con Jesús.

Puede ayudarnos algo muy lindo que dijo el Papa hace unos días: que el Evangelio es el libro de la Misericordia y Juan nos dice que “no todos los gestos de misericordia de Jesús quedaron registrados allí”. Y que eso es una invitación a seguir descubriendo y escribiendo nosotros los gestos escondidos y los gestos que faltan.

Lo mismo podemos decir de la amistad. Cada uno tiene que escribir el evangelio de “su amistad” con Jesús.

Para eso hay que entrar por el lado de alguno de estos “ejemplos” de amistad especial de Jesús con algunos de sus amigos (no hablamos de Lázaro, de Marta y María, de tanta gente sencilla que se hacía amiga de Jesús –de Zaqueo, de Natanael, de Mateo…-).

Y también hay que conocer las propias necesidades y lo que uno tiene para dar. Las preguntas que tenemos, los sueños de amistad…

Jesús está siempre “respondiendo” a estos anhelos profundos. Somos nosotros los que a veces no los consideramos “dignos de atención” o son deseos tan fuertes que nos ciegan, como le pasaba a María Magdalena, cuyo llanto desconsolado no la dejaba ver a Jesús a quien tenía delante de los ojos.

….

Volvemos a Simón Pedro.

La amistad resucitada con Jesús –esa amistad que Pedro había considerado muerta con la negación- la amistad resucitada, digo, será el criterio para tratarse a sí mismo (para dejarse lavar los pies y perdonar las culpas) y para tratar a los demás, para pastorear a las ovejas y a los corderitos. El dirá en su carta que hay que pastorear no por obligación ni maltratando a la gente sino como buen pastor. Como amigo del Buen Pastor, quiere decir.

Pedimos la gracia de dejar que sea Jesús –gracias sean dadas a Jesucristo, como dice Pablo- Amigo el que nos libre de esa lucha interminable entre las dos leyes que luchan entre nosotros: la de la carne y la del deber. Ninguna logra ni logrará vencer a la otra. Solo la amistad de Jesús es capaz de armonizarlas. Porque, como dicen los chinos (estoy leyendo el tratado del jesuita misionero en china Mateo Ricci sobre la amistad): la amistad es armonía.

La amistad de Jesús es lo único capaz de armonizar las diferencias –todas las diferencias que se consolidan muchas veces y se convierten en cruz- de modo tal que den vida.

La paz y la armonía, interior y comunitaria, es el criterio para discernir que está actuando Jesús, que su Espíritu está conduciendo con su modo bueno nuestras cosas y nuestra vida.

Recordemos que “el oficio de Jesús resucitado” es consolar y dar paz a sus amigos, como dice Ignacio en las contemplaciones de la Resurrección.

Porque la amistad tiene un solo oficio y un solo propósito: alegrar a los amigos

Diego Fares sj

 

 

 

 

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