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Card. Krajewski, limosnero del Papa

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her­mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma­nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas, está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban. Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»  Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.» 

Encuentro con Marta

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» 

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» 

Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» 

Le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

Encuentro con María

Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. 

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó: «¿Dónde lo pusieron?».

Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»

Y Jesús lloró.

Encuentro con Lázaro

Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.» Marta le dijo: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.» Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.» 

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la  casa creyeron en él. (Juan 11, 1-45).

Contemplación

Dentro del pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro nos encontramos con la historia de estos tres hermanos a los que Jesús amaba: eran sus amigos. Cada uno de ellos tiene su historia, una historia de encuentros con Jesús. Marta era la que lo había invitado a comer a su casa. María la misma que ungió con perfume al Señor y le enjugó los pies con sus cabellos. A Lázaro lo podemos describir con la frase que eligió junto con sus hermanas para mandar a llamar a Jesús: era “el que Jesús amaba y estaba enfermo”. 

Recordemos que, como dijo el Papa Benedicto en Aparecida y siempre le gusta repetirlo al Papa Francisco, nuestra fe no es el fruto de una idea, sino el fruto de un encuentro con la persona de Jesús. 

Estas historias de encuentros entre los tres hermanos y Jesús tienen, cada una, un sabor especial: de barrio, de amistad, de casa… Y nos hará mucho bien “encontrarnos” con ellos. Eso es la contemplación, un modo de tocar y de ver a las personas del evangelio que se encuentran con Jesús, un modo de sentir lo que dicen y de gustar lo que hacen. Nos hará bien en este tiempo en el que también nosotros le podemos mandar decir a Jesús, cada uno y el mundo entero: “el que tú amas está enfermo”. 

Esta frase por sí sola sintetiza lo que es un encuentro con Alguien como Jesús. Es una frase clave, de amigable complicidad, una frase que apela al corazón del otro y se confía enteramente a él, una frase que no necesita explicaciones. No es improvisada, se nota que la pensaron y la eligieron entre los tres, porque la repiten las dos hermanas. Quizás Marta hubiera deseado decir más cosas, como de hecho hizo cuando le salió al encuentro a Jesús que se había quedado en las afueras del pueblo. María, en cambio, dice solo esas seis palabras. Y llora. Imagino que Lázaro habrá sido tajante en esto de mandar a decir solo esa frase. Entre amigos, cuantas menos palabras, mejor.

Este tiempo en el que la pandemia nos mete en casa (a los que la tenemos), es tiempo de encuentros, con nosotros mismos, con el Señor, con la familia, con los que nos toca compartir la cuarentena, de cerca y de lejos. Tiempo de encuentros. 

Miremos cómo el Señor se detiene a hablar con cada persona, con sus discípulos, con Marta, con María, con el Padre, con Lázaro. No va directamente a lo práctico, no resucita a Lázaro de lejos…, más aún, retarda el milagro y se ocupa de la fe de cada uno. El Señor abre espacios de encuentro, los crea, les dedica tiempo y con cada uno se encuentra a su manera (la suya y la del otro). En esto Jesús es tan pero tan único y especial. Ojalá supiéramos y experimentáramos que hay un encuentro que es entre él y cada uno de nosotros solos. Un encuentro sin precedentes ni repetición. Un encuentro que abrirá y contendrá muchos otros, todos únicos. 

Los encuentros con los tres hermanos, siendo únicos, tienen algunos elementos que sirven de modelo a todos, o mejor, Juan contemplando estos encuentros ha sacado algunas cosas que nos sirven “para que creamos”, como dice al final de su Evangelio. Conscientes de que los encuentros de Jesús con la gente, si se contaran, no alcanzarían las bibliotecas del mundo (ni siquiera las digitales) para contener todos los libros.

Yo saco tres cosas.

Del encuentro de Marta con Jesús saco lo de invitarlo a venir a casa. A Jesús le gustaba ir a casa de Marta. Se sentía a gusto. Tenía su piecita, donde podía rezar tranquilo. Marta le cocinaría alguno de sus platos preferidos. Tener un lugar en casa para Jesús es una clave para que haya encuentro. Es bueno que sea un lugar solo para él. Yo por ejemplo, como mi pieza tiene dos ventanas, armé un rincón junto a una solo con mis cosas para rezar. Los encuentros necesitan tener su lugar. Y que haya algo que lo haga especial, aunque sea por un rato.

Del encuentro de María con el Señor saco lo de encontrar el modo de darle un trato especial. María tiene sus perfumes, sus lágrimas, sus cabellos y su modo de sentarse a escuchar como si no existiera nadie más en el mundo. A Marta esto la irritaba bastante. Pero al Señor le gustaba. En todo caso, lo que hizo notar es que era una elección de María y que “no le sería quitada”. Hay gestos que son enteramente personales y no se pueden replicar. Encontrarlos es una aventura sin guías, sin límites a la imaginación, que no necesita que nadie la justifique desde afuera. Pensemos que Jesús defendió los gestos de María poniendo en su lugar tanto a Marta como a Judas. Los defendió del ataque artero de Judas, que la atacó con argumentos de una pretendida “teología de los pobres” usada para desprestigiar un gesto de amor de adoración puramente gratuito. Y la defendió también de la crítica de su hermana, ese tipo de críticas familiares que parecen poca cosa pero a veces matan una personalidad, anulan una vocación, cortan las alas antes de que nazcan. El encuentro con el Señor requiere “gestos de amor especiales”.

Del encuentro de Jesús con Lázaro saco lo de que llegar tarde no importa, porque la amistad es la cercanía definitiva e íntegra que se da “de una vez”. Sólo a los muy amigos se los puede hacer esperar como Jesús hizo esperar a Lázaro. Pensemos: todos los días de la enfermedad, desde que lo mandó a llamar hasta que Jesús se enteró y después dos días más sin que el Señor se moviera para llegar cuatro días después que se había muerto. Lázaro se dejó resucitar lo mismo, como si no hubiera estado ya oliendo a podrido. El encuentro con el Señor requiere estar dispuesto a esperarlo todo lo que el quiera, hasta cuatro días después que nos muramos o se nos mueran los que amamos, de coronavirus o de lo que sea.

Que estos tres amigos queridos del Señor nos despierten la sed de encuentro con él que habita en lo más hondo de nuestra esperanza para que nada ni nadie nos robe esta cita con Él -cara a cara-, la final y las que se dan, milagrosamente, en medio de la vida cotidiana, gracias a esa virtud que tiene Jesús Resucitado de “aparecerse”, de volverse encontradizo y cercano cuando Él quiere.

Diego Fares sj

  Pd. La foto del limosnero del Papa la elegí porque me cayó simpática como expresión de un cura todo terreno que hace llegar la cercanía de Francisco a los que nadie llega.

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Le pregunta Judas (no el Iscariote): 

Señor ¿cómo es eso de que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo? 

Respondió Jesús y le dijo: 

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; y vendremos a él y en él haremos morada. En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes. 

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre les enviará en mi Nombre, Él les enseñará todas las cosas y les recordará todas las cosas que les dije.

 Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

            Tres “moradas” y un “ir y volver”. Cuando Judas -el fiel, no el Iscariote- le pregunta a Jesús “Señor, cómo es (eso de) que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo”, Jesús le responde hablando de tres moradas y de su irse y volver, de su estar yendo y viniendo, podemos decir. 

            “Vendremos a él y haremos morada en él” le dice. El Padre y Yo vendremos y haremos morada en el que sea fiel a mi Palabra, en el que conserve mi Palabra en su corazón -como María- y la ponga en práctica en su vida. Vendremos y haremos casa en su alma, nos hospedaremos en él. 

            Este venir y hospedarse del Padre y de Jesús es misterioso. No podemos explicarnos muchas cosas: cómo es que viene, cómo es que está… Pero quedémonos en que uno sabe por connaturalidad que las personas muy queridas “viven” en nosotros, habitan… Quizás una buena imagen es decir que hay personas que tienen su lugar propio en nuestro corazón. Como un huésped especial que tiene la llave de casa y su propio cuarto y puede venir cuando quiere. Es gente que puede entrar sin llamar, como dice una de las chacareras más hermosas de Carlos Carabajal, cuya letra es del poeta santiagueño Pablo Raúl Trullenque  (1936-2000): Mi pueblo es un cantor/ Que canta la chacarera/ No ha de cantar/ Lo que muy dentro no sienta/ Cuando lo quiera escuchar/ Entre a mi pago sin golpear. Esta letra expresa tan bien lo que quiere decir el Señor que da gusto: hay un pueblo (y un Dios) que está siempre cantando, lo que siente muy adentro. Y para escuchar hay que entrar a donde habita. Se entra sin golpear. Ojalá podamos decirle al Señor que entre así en nosotros. Y si uno siente que solo no es muy digno, hace bien saber que como parte de ese pueblo, sí se lo podemos decir. Porque nuestro pueblo sabe hospedar al Señor. También lo dice Trullenque: Así es como se dan/ En la amistad mis paisanos/ Sus manos son/ Pan, cacho y mate cebado/ Y la flor de la humildad/ Suele su rancho perfumar.

            Me gusta esta imagen del huésped para no entrar en disquisiciones teológicas o psicolológicas sobre la inhabitación trinitaria en el alma, que por ahí me distrae del centro. El corazón de lo que Jesús dice es que su venir a nosotros y permanecer en nuestra vida tiene que ver con la fidelidad a su Palabra. Es en torno a su Palabra que se da la realidad de su presencia. Y por eso, para que hablemos bien, para que su Palabra se abra espacio, se haga diálogo compartido, en el que uno pregunta, como lo hacían los apóstoles, como lo hace Judas hoy, el Señor inventa la Eucaristía: una mesa común en la que compartir el pan nos remansa el alma y nos permite conversar en familia. 

            Comiendo juntos es como somos fieles a su Palabra. Comiendo juntos el diálogo familiar va brotando tranquilo. Es lo que se contempla en la imagen del cuadro de los discípulos de Emaús, de Sieger Köder (1925-2015), el sacerdote y pintor alemán: la presencia del Señor se expande como luz en el espacio entre las Escrituras y el Pan y el Vino.

            En torno a la mesa, cada miembro de la familia siente que puede decir sus cosas y escuchar el corazón de los demás en lo que se va diciendo. La mesa familiar es el lugar donde la Palabra encuentra su mejor espacio para “habitar”. No es la palabra que decimos cuando llamamos a otro para charlar de “un tema”, cosa también muy buena, sino algo más amplio: la palabra primordial que es uno mismo y que se va diciendo en muchas maneras a lo largo de toda la vida: compartiendo algo que le pasó, contando un chiste, anunciando un deseo, una buena noticia, contando una pena… En la mesa familiar cada uno es él mismo y se expresa en el conjunto, no haciendo un unipersonal, sino aportando su palabra a la de los demás. Cada uno puede reflexionar acerca de la relación que tiene lo que uno es y lo que puede decir en la mesa familiar (a veces hay cosas que lleva años decir, pero uno sabe que las dirá en alguna ocasión, porque allí están los suyos, que la acogerán seguramente como amor). La cuestión es que el Señor une su venir a habitar en nuestra casa y en nuestra mesa familiar con su Palabra. Una cosa ayuda a la otra: la mesa a la palabra y la palabra a la mesa. Se necesitan y se complementan. Lo que tiene para decir, esa Palabra que es Él mismo, no la puede decir en un discurso sino a lo largo de toda la vida y entre la gente de su familia. 

            Entonces si entendemos -Judas- por qué el Señor se manifiesta a los suyos y no lo hace en público. Y los suyos, nosotros que somos honrados con esta presencia suya que es la de uno de casa, debemos seguir el mismo camino para profundizar en esa Palabra y para anunciarla al mundo: debemos perseverar en esto de hacerle casa al Padre y a Jesús, de  hospedarlos -hospedando a los pobres- para que hagan su morada entre nosotros, para que vengan cuando quieran.

            La otra morada de la que habla Jesús es la del Espíritu. El Espíritu también es alguien que viene a habitar: es el Dulce Huésped del alma, el Paráclito, El que nos está siempre al lado, como quien quiere estar a nuestra disposición, para instruirnos y defendernos, para ayudarnos a discernir y elegir lo que le agrada al Padre, lo que Jesús nos sugiere. 

            El Espíritu es -digamos así- el Huésped estable. Es como el que le organiza la venida y la presencia al Padre y a Jesús. Organiza la agenda, en el sentido de que conoce los tiempos -los de Dios y los nuestros- y va encontrando “el momentito oportuno” para cada encuentro, para cada cosa. Él hace su tarea con mucha discreción, de manera tal que uno sienta que “se va encontrando” providencialmente con Dios a lo largo de su jornada y de su vida. También es el que dosifica la Palabra de Jesús, para que “se ilumine” la Palabra justa en cada situación. 

            El Señor anuncia esta tarea que tendrá cuando dice que “El Espíritu nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Él nos dijo”. Vemos cómo también la Presencia del Espíritu tiene que ver con la Palabra. 

            El Espíritu Santo es uno que viene a enseñar y a recordar. Su habitar en nosotros, por tanto, tiene algo que ver con la escuela. Aunque quizás esta sea la imagen estándar que nos viene cuando nos dicen que alguien nos “enseñará”: la imagen de la maestra de escuela o del profesor. Sin embargo hay otras imágenes. Se me ocurre más bien la de esas personas que nos dicen, si querés que te enseñe, te me tenés que poner al lado, tenés que ver cómo voy haciendo las cosa, tenés que verme en acción, porque yo no tengo tiempo de sentarte y ponerme a darte clases teóricas. 

            Pero atención! Porque el Espíritu invierte de alguna manera lo que sería la actitud de uno que nos quiere enseñar su modo de trabajar para que colaboremos en su empresa. La invierte, digo, porque somos nosotros los que no tenemos tiempo de sentarnos a que nos enseñe, y entonces Él se nos pone al lado y nos acompaña durante nuestra jornada. Previendo que somos así, es que Jesús hizo todo para enviarnos Alguien que nos acompañara por la vida. La imporancia del trabajo que hizo el Señor fue la de hacernos desear su venida y su compañía. No era cuestión de enviarlo, nomás, y que no lo recibiéramos, como pasó con Él. 

            El Espíritu, por tanto, no tiene interés en enseñarnos en primer lugar un trabajo en particular, no tiene una misión para darnos de entrada, sino que lo que desea primero es enseñarnos a vivir y hacer lo mismo que ya hacemos, pero “con buen espíritu”, usando los criterios de Jesús, para que nuestra vida resplandezca y de testimonio de la Bondad del Padre. 

            Hay que avivarse de esta inversión de roles, porque si no uno anda siempre mirando para arriba, esperando que baje el Espíritu en forma de Paloma, y resulta que el Espíritu lo tiene al lado, lo tenemos adentro; o uno está esperando una palabra que lo ilumine de arriba y le resuelva las cosas y el Espíritu está trabajando en los afectos, para que sintamos bien, confiado en que la palabra justa, si estamos en paz, saldrá sola; o por ahí uno está esperando que venga del futuro y resulta que más bien tiene que recordar algo en lo que ya estuvo (suele ser más fácil reconocer su acción luego que hizo algo por entero, con todo el proceso que llevó). Por eso el Papa recomienda el examen del día, para ver cómo manejó el Espíritu esa Palabra de Jesús que se hizo carne en nuestra vida.  

            Con la clave de estas dos presencias o modos de habitar de las divinas Personas en nuestra vida -la del Padre y Jesús en torno a la mesa y la del Espíritu mientras vamos por la calle- podemos entrar en la tercera morada, que es a la que Jesús dice que “vuelve”, que va al Padre. 

            Releemos y meditamos la frase entera porque es central en el Evangelio: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean”.

            Leemos imaginando a Jesús sentado allí con los suyos, en torno a la mesa, compartiendo esto tan hondo, como cuando uno anuncia que se va lejos, de viaje, y que volverá, pero no pronto.

            Lo primero que hace Jesús, como siempre que viene, es darles la paz. Hace que las emociones no les nublen la mente para que puedan escuchar bien lo que les tiene que decir. El Señor usa su Palabra para indicarles cómo sentir: no tienen que inquietarse -les dice- sino alegrarse! Y para ello tienen que estar en paz. Esto es propiamente lo que llamamos un discernimiento. Jesús les enseña a discernir su Palabra, a discernir qué sentimientos abren la casa a la Palabra y le permiten hospedanrse -la paz, la alegría-, y qué sentimientos dejan afuera la Palabra -la inquietud, la tristeza-. 

            Lo que anuncia el Señor es que Él “vuelve al Padre”. Y dice que eso nos tendría que alegrar. Por qué? Si se va. La respuesta va por el lado de lo que meditamos antes. Pero cada uno le tiene que dar tiempo a relacionar este modo de “venir” a nosotros que tienen Jesús y el Padre (cuya agenda organiza el Espíritu), y el modo de “volver” de Jesús al Padre, su modo de “estar” con el Padre, que es Mayor que Él. 

            Lo que hay que pescar es la dinámica: el modo que tienen de estar entre Ellos es el mismo modo que tienen ahora de estar entre nosotros. Al decir esto, en ese clima único de la última Cena, el Señor nos ha compartido algo muy grande. Algo que solo pueden comprender los que comulgan con él y los que se dejan amaestrar en su vida diaria por el Maestro interior, por el Espíritu. Es algo que se va transmitiendo de persona a persona a lo largo de la vida y de la historia.

            Me encantó asociar la canción de Peteco Carabajal con este modo que tiene Jesús de entrar en nuestro pago sin golpear. Y más todavía descubrir que la canción era de su padre, Carlos Carabajal y la letra de don Pablo Raúl Trullenque. Un poeta desconocido para mí hasta hoy, que supo encontrar en la canción popular una tierra buena para que sus versos dieran fruto en las almas sin que se conociera mucho su persona. Es la gracia del cantor de la que habla Atahualpa en su poema “La responsabilidad del canto”, donde dice que:

            La luz que alumbra el corazón del artista/ es una lámpara milagrosa que el pueblo usa /para encontrar la belleza en el camino, /la soledad, el miedo, el amor y la muerte.

Y profetiza  a los poetas que creen en su pueblo y aman “traducirlo”: Nadie los nombrará./ Serán lo anónimo / Pero ninguna tumba guardará su canto. 

            Cuando uno descubre un alma gemela, un poeta o un pensador que expresa lo que uno siente, es como si lo sentara a su mesa, como si se convirtiera en amigo inesperadamente y pudiera hospedarse en su casa de ahora en más. Esta experiencia de descubrir un alma en un verso y ganar un nuevo amigo gracias a una palabra es de las cosas más lindas que tiene la vida. 

           Y Jesús nos dice que así lo viven Él, el Padre y el Espíritu. Que son como estos poetas, que escriben lo que sienten muy adentro y lo lanzan al viento, para que encuentren sus “yapitas” -como dice Atahualpa en “el canto del viento”- los que tienen sed de estas Palabras y siempre están atentos a lo que trae el Viento. 

            Tres moradas para la Palabra, para que venga y vaya y vuelva cuando quiera: la morada de nuestro corazón -como una mesa familiar-; la morada del camino, por el que nos acompaña el Espíritu; la Morada del Padre, de donde vienen Jesús y el Espíritu y adonde nos alegra que vuelvan y que siempre estén y un día nos lleven con ellos.

Diego Fares sj

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            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Estatua de Matteo Ricci y Xu Guangqi (laico chino convertido).

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:  «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense mutuamente, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando. Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

“Yo los he llamado amigos” dice Jesús en la última Cena.

Nos quedamos con esa frase y le dedicamos este rato de contemplación a dejar que se asiente en nuestra  alma este nombre de amigos con que nos llama el Señor.

Sabemos que esto de “dar un nombre” a alguien, es para Jesús algo especial. El hecho de que remarque que “nos ha llamado amigos” y que lo fundamente -“les he dado a conocer todas las cosas que oí junto al Padre”- es una invitación a apreciar este gesto suyo como algo decisivo para nuestra vida.

Estas contemplaciones hace un tiempo ya que una amiga -Shu Qin Xiao-, religiosa de la Compañía de María, las traduce en chino. Como los chinos aunque no lo parezca, tienen menos paciencia que los argentinos (al menos para leer estas contemplaciones en sus celulares), la primera sugerencia que me hicieron, luego de una encuesta que mandamos, fue acortarlas bastante. Sus educadas respuestas fueron mayoritariamente: “Muy lindo. Pero mejor más cortito y más ejemplos de la vida cotidiana”. Así que comencé a hacer una síntesis de media paginita. Pero después, como para que se publicara en una página abierta del whatsapp chino tenía que estar antes, terminé por escribirla durante la semana, de modo que en general salen contemplaciones muy distintas.

Hoy comienzo con la china, ya que para escribirles a ellos me inspiró el libro Sobre la amistad del padre Ricci. Aunque en vez de sintetizar más la otra, aquí me extiendo, dejándome llevar por el gusto de hacer “coloquio”, como un amigo hace con sus amigos.

….

El misionero jesuita Mateo Ricci, cuando se estableció en Nanchang en el año 1595, se hizo amigo de dos funcionarios que tenían título de “rey”, aunque no tenían reino (como nos pasa a los curas que estamos en Roma y no tenemos parroquia). A uno de ellos, el rey de Jian’an, que se llamaba Zhu Duojie, Ricci le regaló dos libros: uno era un mapamundi con muchas descripciones en chino hechas por él mismo. El otro libro fue su tratado Sobre la amistad. Consta de 100 sentencias y está escrito como respuesta a una inquietud que tenía el rey acerca de “qué sentíamos de la amistad en occidente”. El libro se hizo muy famoso, tanto que  Ricci o Xitai (“Maestro del gran Occidente”, como le dieron en llamar sus amigos chinos) afirmaba que con ese libro habían logrado más que con todos los otros trabajos apostólicos juntos. Es que a los hombres nos interesan muchas cosas -como los mapamundi-, pero la amistad nos interesa más.

En la meditación para mis amigos chinos me centré en un punto: que en Jesús podemos ser amigos de todos los hombres.

Tomé pie en la importancia que tiene para la sabiduría popular china la “amistad social” (de la que siempre nos habla el Papa Francisco y creo yo que es una gracia contra la cual el Maligno, enemigo de la naturaleza humana que es amigable, lucha con ensañamiento sembrando odio, mentira y guerra).

En china se considera la amista como la quinta relación social. Lo expresan así: “Entre soberano y súbdito no puede faltar la justicia, entre padre e hijo, no puede faltar el afecto, entre marido y mujer, no puede faltar la diferencia; entre hermano mayor y hermanos menores, no puede faltar la jerarquía: cómo podrá faltar la amistad?”

También tomé un proverbio chino que habla de los amigos lejanos: “Los amigos estarán cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los confines más remotos“. Me encanta este modo de decirlo. Nosotros lo expresamos temporalmente, diciendo que “es como si nos hubiéramos visto ayer“. Ellos lo expresan diciendo que es como encontrarse con el vecino de al lado.

La verdad es que da gusto cómo cada pueblo -y cada grupo o par de amigos- nos complacemos en encontrar imágenes antiguas y nuevas para expresar algo inefable de mil maneras distintas y que todos entendemos.

El punto es, por supuesto, la evangelización. Se trata de meditar y contemplar cómo Jesús, que multiplica y mejora todas las cosas humanas -los cinco panes y los peces y el agua convertida en vino en Caná-, multiplica y mejora la amistad humana, que ya en sí misma es de lo mejor que tenemos los hombres.          Pongo especial atención en lo de que la multiplica, porque por ahí es un lugar común decir que los amigos son pocos y que es dificil encontrar un amigo o una amiga de confianza.

La reflexión que hice teniendo en cuenta todas estas cosas, es que no existe “la amistad”, así en general, como si fuera un valor absoluto en lo alto del reino de las ideas al que todos tendríamos que mirar. No existe “la amistad” en abstracto. Existen los amigos. Y cada relación entre amigos es única y aporta algo especial a la amistad de los demás.

Si esto es así, entonces cuando Aristóteles dice que a uno no le da la vida para tener muchos amigos, está haciendo una reflexión cuantitativa que le viene de la razón, es cierto, pero de una razón limitada a su experiencia cultural particular. Es razonable porque es veredad que los amigos – especialmente los “amigos incómodos”, que vienen a cualquier hora y se quedan hasta tarde-, a veces demandan mucho tiempo. Pero Aristóteles no contaba con un Amigo como Jesús, que si es capaz de multiplicar peces y panes, con mayor razón es capaz de multiplicar amigos (y hacer que se multiplique el tiempo que uno le dedica a los amigos.

En el Reino, el tiempo para los amigos, en vez de perderse se duplica y quintuplica. Lo vemos en el Papa, por ejemplo, que la gente dice “no sé de dónde saca tiempo para escribir personalmente sus saludos y para llamar a tantos”. Es que eso de que “lo saca” contiene una gran verdad, porque no lo saca de su cítizen, sino del reloj pulsera que usaría Jesús, para quien, como afirma Pedro, que estaba atento al modo de vivir el tiempo que tenía el Señor: “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Otra frase común es que la amistad es una “rara avis” -un “cisne negro” decía Kant-. Pero esta reflexión, al igual que todas las que hacemos sobre la amistad, tiene un “sí, es verdad” y un “pero también”. Es verdad que la amistad es especial. Pero si es verdad que no existe la amistad sino los amigos, la imagen del “cisne negro” nos habla de cómo era Kant, que era un tipo bastante particular, y por tanto, sus amigos deberían ser también “particulares”. Pero también hay otra gente que por ahí es muy simple y tiene muchos “mejores amigos”, como mi amigo Iñaki, por ejemplo, que no tiene ningún empacho en llamar “mi mejor amigo” a varios de nosotros.

Jesús es así, se hacía y se hace amigos entre gente muy distinta. Amigos que lo seguían (y lo siguen) en su tarea misionera, como los apóstoles, amigos que lo recibían (y lo reciben) en su casa, como Lázaro, Marta y María, amigas como la Samaritana o Zaqueo, a los que se encontró (y se sigue encontrando) en el campo y por la calle, amigos de otras culturas y religiones, como el Centurión, la Sirofenicia y el leproso Samaritano que volvió a darle gracias. Y era (y es) también amigo de pueblos enteros, como los de Caná, Cafarnaún y el pueblo de la Samaritana… El Señor pensaba en “todos los pueblos”, en las ovejas de esos “otros rebaños” que sus apóstoles-amigos saldrían a buscar.

Íntima y comunicable, especial y común, son rasgos que aporta a los amigos Alguien como Jesús y que todos podemos incorporar y aprovechar a nuestro modo. Digo a nuestro modo porque con las cosas entre amigos pasa algo curioso: si uno quiere copiar lo de otros, no tiene sentido. No solo no se puede sino que se logra el efecto contrario. Pero si uno pesca algún dinamismo de los otros y lo sintoniza con el propio, su amistad crece y se potencia. No siempre sirve contar los chistes de un grupo de amigos a otro, por ejemplo, pero sí contagiarse del espíritu del buen humor.

Termino con esta reflexión: el hecho de que el Señor los llamara amigos significa que entre ellos reinaba mucho el buen humor, esa alegría y esos comentarios que condimentan las charlas y reuniones entre amigos. En Alégrense y regocíjense, el Papa habla del buen humor como una de las “cinco notas” de la santidad que espera que “resuenen de manera especial” en nuestra vida.

La alegría y el buen humor es una de esas características “indispensables para comprender el estilo de vida al cual el Señor nos llama” (GE 110).

La santidad -como la amistad- no puede ser ni “triste, ni ácida, ni melancólica, ni tener un perfil bajo y sin energía” (GE 122).

Un proverbio chino dice que “La fuerza con que los amigos se hacen el bien es menor de aquella con que los enemigos se odian“. Es terrible esto. A mí me lleva a examinarme seriamente acerca de cuánta energía positiva y cuánta creatividad le pongo a cultivar mi relación con mis amigos. No para ponerme triste o melancólico por lo que he pecado de omisión en esto, sino para ponerme con renovada energía a imaginar gestos que puedan acercarles alegría y buen humor. Mis amigos son gasoleros y con poco andan un trecho largo.

La última nota de buen humor del Papa va por el lado de “no complicarla”: “El Señor nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados” (GE 127), dice el Papa. Y cita al Cohelet: “En tiempo de prosperidad, disfruta (…) Dios ha creado a los seres humanos rectos, pero ellos van a la búsqueda de infinitas complicaciones” (Qo 7, 14-15).

Es propio entre amigos de gozar con el bien del otro sin envidias ni mezquindades. Por eso es que caminan, codo a codo, la amistad y la santidad, o mejor, los amigos y los santos.

Diego Fares sj

 

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Ustedes son la sal de la tierra.

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

El Señor junta la luz y la sal, la iluminación de los ojos y el sabor de la lengua.

El Espíritu Santo, cuando se nos acerca y nos dejamos iluminar y conducir por Él, es el que nos permite percibir “la luz y el esplendor de la verdad y gustar su íntima dulzura”.

No nos da Jesús su Sal y su Luz como si fueran “cosas”: nos da su Espíritu que es el que hace que “las palabras de las Escrituras –cuando leemos el Evangelio con fe y deseo de ponerlo en práctica- se transformen en una especie de palabras fosforescentes, que emiten luz”.

La sal del Espíritu, como sucede cuando se hecha un poquito de sal al melón, acentúa la dulzura de la Palabra.

Es por la acción del Espíritu que la Escritura se anima: frases que uno había leído y escuchado muchas veces sin ninguna particular emoción, de pronto se llenan de sentido y de sabor, parece que hubieran sido escritas personalmente para uno, para iluminar precisamente la situación particular que uno está viviendo. Como dice Cantalamessa en su libro “El canto del Espíritu”, es como si Jesús te estuviera hablando allí mismo, en persona, con autoridad y dulzura inmensas.

El hecho de que esto no suceda siempre y cuando se da la gracia y la consolación, sea algo tan claro y tan intenso, debe llevarnos a inclinar la cabeza en adoración y humilde acción de gracias al Espíritu, cuya acción suave y poderosa –como un Viento- nos invita a desplegar nuestras velas y a dejarnos conducir a donde Él quiera.

Es importante distinguir el estilo y el modo de “mover” que es propio del Espíritu que nos dan nuestro Padre y Jesús. Estamos acostumbrados a los empujones, en los subtes, en los trenes, en el tránsito… Estamos acostumbrados a una sociedad de consumo que utiliza la luz y los sabores de modo que provoquen reacciones inmediatas y adicción. Por eso, el modo de utilizar la luz y el sabor que es propio del Espíritu, puede pasarnos desapercibido. Puede sucedernos que su luz mansa y su sabor natural –como el del agua o el del pan- nos parezcan poco atrayentes, si es que nos hemos acostumbrado a ser empujados.

El Espíritu actúa a través de nuestros sentidos y gustos, pero –y esta es la clave- disminuye su capacidad de influenciarnos en el preciso momento en que sentimos que podemos elegir. El de la elección es un momento sagrado que sólo el Espíritu Santo respeta y aprecia más que nadie, incluso más que nosotros mismos, que nos acostumbramos a dejarnos llevar por lo que nos interesa y a rechazar espontáneamente lo que nos molesta.

Siempre hay un instante en el que uno experimenta que es libre de elegir: entre levantarse o quedarse un ratito más, entre detenerse o pasar de largo, entre hablar o cerrar la boca, entre jugarse o esperar a ver qué hacen los demás… El Espíritu no sólo respeta y acepta nuestra decisión, sino que “podés elegir” es la palabra que Él vuelve fosforescente y sabrosa.

El Espíritu realza el valor que tiene el hecho de que podamos elegir. Elegir lo que nos da a gustar, libremente, con gusto y por amor.

Elegir produce vértigo. Por eso, aunque no parezca, le tenemos tanto miedo a la libertad. Algunos se justifican con leyes objetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien siempre y en todos los casos, porque es La Verdad. Otros se justifican con leyes subjetivas, que les aseguran que lo que hacen está bien en el momento en que lo hacen y si quieren podrán cambiar.

El Espíritu en cambio nos abre un espacio de libertad, nos da tiempo para pensar y sentir y sopesar. Nos hace gustar sus propuestas y permite que experimentemos las contrarias, da lugar a que digamos no, no quiero, no puedo, no entiendo, no soporto… Espera a que recorramos los caminos alternativos que el mal espíritu nos propone, hasta que decidimos regresar al punto justo donde no lo elegimos a Él para, ahora sí, pedirle humildemente que nos explique de nuevo cómo sería su propuesta.

Sus propuestas son simples. Se pueden resumir en dos Palabras y un criterio de discernimiento. Las dos palabras son una, “Abba”, y es para que se la digamos a Dios, cualquiera sea la idea que nos hayamos hecho de Aquel que nos creó; la otra es “Señor”, y es para decírsela a Jesús, que se hizo hombre para ganarse nuestra amistad.

Se entiende que son dos palabras para ser dichas no solo con la boca sino con el corazón:

Papá es para decirla como un hijo, con el cariño y la honra filial con que nos dirigimos al que nos trajo a la vida.

Señor es para decírsela a Jesús con gestos, “haciendo cualquier cosa que Él nos diga”, como nos recomienda nuestra Madre, la Virgen.

El criterio de discernimiento –que ilumina y pone sal a las cosas- es el que nos revela que el Espíritu es Alguien que se puede “entristecer” si lo tratamos mal, y que “se enciende de luz y de gozo”, cuando sintonizamos con Él.

Es decir: el criterio es muy humano, en el sentido de algo muy sensible. Uno se da cuenta si entristeció a alguien o si le alegró el día.

No es, por tanto, criterio de discernimiento, fijarme si “cumplí” o si “infringí una ley”. Por supuesto que esto entra y se da por descontado, pero es el mínimo y si no se hace de corazón puede ser la mayor trampa, como le pasaba a los Fariseos, que cumpliendo la letra de la ley pecaban contra el Espíritu Santo, contra la Verdad y el Bien que Jesús encarnaba en la vida de los hombres, con gestos de amor para con los pecadores y los enfermos.

Sal y luz son el criterio. Ni pura sal ni pura luz. El Espíritu ilumina los momentos importantes de la vida y luego nos los hace gustar y reflexionar. Y así quiere que lo tratemos, compartiendo con Él un poco de luz para hacer y trabajar y otro poco gustando las cosas, interiorizándolas.

Se trata, como vemos, de un criterio propio de la amistad, siempre rica en luz y en sal. Como decía Juan Luis Vives: “la amistad es la sal de la vida”. Y como decía Tagore: “la amistad es como una luz fosforescente, resplandece mejor cuando todo se oscurece”.

Diego Fares sj

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Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido decapitado se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones (paganas)! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2).

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Galilea de las naciones paganas…,

orillas del mar…,

pescadores echando las redes…,

la gente con sus dolencias…

El papa Francisco usa la palabra “periferias”.

Periferias geográficas, culturales, existenciales.

Allí donde se mezclan las fronteras entre los pueblos: eso era Galilea.

Allí comienza el Señor a proclamar la buena noticia: que el reino de los cielos está cerca… Cerca de la vida de esa gente.

Esto hay que agregarlo y tenerlo claro. Jesús no va al Templo de Jerusalén a decir que el Reino de los cielos está allí, en medio de las paredes del templo. Jesús va al interior del país, a la frontera, que ahora es con Siria y el Líbano. Va a una región próspera de pesca y comercio, donde Israel se mezclaba con otras culturas.

Dicen que los Galileos “tenían acento” y en la capital se les burlaban, como sucede en todas las capitales con la gente que consideran más simple, con los extranjeros…

A ese pueblo Jesús le anuncia –recordando a Isaías- que les va a amanecer una luz. Linda expresión! De esperanza: Que te amanezca una luz. Que te despiertes contento y salgas a la vida y al trabajo pensando que te espera algo bueno.

Primera enseñanza para nosotros: el Reino está cerca de los lugares donde se mezclan las culturas.

Dije se mezclan porque es una expresión común, pero hay que ver bien dónde y cómo es que las culturas se mezclan. Hay que ver dónde es que no se levantan muros de piedras y acero afilado; dónde es que no hay aduanas con perros y militares; dónde es que no te piden documentos ni tarjetas, sin los cuales no tenés trabajo ni posibilidad de entrar a ningún lado.

Diría que las culturas se mezclan, por ejemplo, cuando te invitan a comer, cuando una familia o una comunidad te cocina sus platos nacionales, cuando los refugiados del Centro Astalli te ofrecen su café “touba” (el café de mis amigos senegaleses)…

Sí. Las culturas se mezclan intercambiando dones, palabras, recuerdos.

El miércoles pasado estaba charlando con Zia –afghano- y Ferozi -un iraní, al que le dicen que es peruano o mexicano, por la cara. Hablábamos como podíamos en nuestro medio italiano, y en cierto momento Zia, pregunta como cayendo en la cuenta de que no tiene ni idea: “¿pero dónde queda la Argentina?”. Mientras busco un mapa en Google, siento que es justo que él no sepa bien si Argentina está cerca de México, como intenta decirle Ferozi, o más al sur, porque yo no sé bien cuáles son las fronteras de Afganistán o las de Irán.

Esta experiencia de ignorancia compartida es básica para empezar a sentir que cada cultura es un mundo en el que las personas vivimos como en nuestra casa y que no vale más una que otra.

Cuando tu cultura es muy conocida –como les pasa a los europeos- es como que se da por sentado que hay una cierta superioridad. En cambio, cuando el desconocimiento es mutuo, como que se empieza bien.

Es que las culturas, más que mezclarse, se amigan.

Cuando uno abre el corazón a la amistad, apenas te hacés amigo de alguien, te interesa saber dónde queda su ciudad, cómo se saluda en su lengua, qué comida les gusta…

Yo siempre pregunto cómo se dice “amigo”. Los chinos dicen Peng You (y con los caracteres repetidos indican que “el amigo es como yo y yo como él”). Los senegaleses dicen “sama xarit” o “sama wei” (mi amigo). En dari y en pastún todavía no sé.

Aquí viene el punto que quiero invitarlos a contemplar: la relación que hay entre frontera y amistad. La relación que hay entre el hecho de que el Señor se vaya a la frontera con los paganos y allí empiece a anunciar que el reino está cerca, y el hecho de que elija a estos pescadores que eran hermanos y amigos entre sí.

La amistad entre pescadores se forja enfrentando los peligros del mar. Pero también es importante tener en cuenta que el suyo es un trabajo de frontera en el sentido de que el mar es un medio ajeno, que siempre hay que respetar, un medio que nunca se puede dominar. Se pueden dominar los espacios geográficos de un pueblo, no su cultura. Las culturas, por su propio ser, tienden a amigarse. Por eso, para formar “misioneros”, es importante este sustrato básico de “ser pescadores”. El pescador echa las redes… no controla lo que pesca. Entra al mar por un tiempo y luego tiene que salir de él. Esta interacción con un medio extraño, hace del trabajo de pescar algo especial. Y el Señor usa la metáfora de “pescadores de hombres”, que tenemos que asumir en toda su complejidad. No se trata de tirar un anzuelo y pescar un pez (o un zapato). La prueba es que hay hombres que no podemos pescar porque no hemos respetado el mar de su cultura y se nos han cerrado las puertas de países enteros, como la china. Y en otros países, en los que la Iglesia entró a caballo de culturas dominantes, o fue expulsada y perseguida, o se impuso no siempre paciente y respetuosamente, imponiendo costumbres “humanas” que no son necesariamente evangélicas, y que a la larga entran en crisis. Y aún así, muchas culturas se les amigaron a los cristianos. Donde dio fruto el cristianismo fue porque se dio esta amistad.

Cuenta la historia que el padre Valignano, superior de los jesuitas que se habían establecido en Macao (esa zona clave del Asia, en el Delta del Río de las Perlas que es ahora la zona de mayor densidad de población del planeta y que perteneció al Portugal hasta 1999 y recién será totalmente china en el 2050), concibió un plan de evangelización fundado sobre un principio revolucionario respecto al método habitual, sugerido (impuesto, más bien) por la diversidad de China respecto a todos los otros reino en los cuales se había intentado introducir el cristianismo. Valignano había comprendido que no era posible acercarse con los métodos habituales de evangelización a un pueblo de una civilización antiquísima, de refinada cultura literaria y filosófica, dotado de la más avanzada organización administrativa conocida en el mundo y con una estima de la propia civilización que no admitía ninguna enseñanza de otros “pueblos bárbaros”. Los chinos pensaban que la región china más alejada del centro y sin gobernadores era superior a cualquier país extranjero. Por eso Valignano ordenó al padre Ricci y a un compañero que se dedicaran totalmente, libres de cualquier otro encargo, al estudio de la lengua oficial, el mandarín; que aprendieran los clásicos de la cultura china y se adecuaran a las costumbres y mentalidad del pueblo, para transmitir desde el corazón de su cultura, convertidos ellos mismos en chinos, la verdad del cristianismo.

Y qué escribió el padre Ricci, en medio de una vida entera dedicada a “ser chino”? Un tratado sobre la Amistad! Un tratado que se valoró siempre y mañana se valorará más todavía.

Esto, que concibió Valignano y realizó el padre Ricci, es lo que se debería haber hecho en todas las culturas!! Es lo que está aún por hacerse. El hecho de que la cultura china estuviera más desarrollada no es, en el fondo, lo importante. Toda cultura, como toda persona, tiene esa identidad única a la que Jesús desea hablarle de igual a igual. Sin querer imponerle nada y ofreciéndole todo. El hecho de “hacerse todo a todos”, de encarnarse e inculturarse en otra cultura para anunciar el evangelio “en su lengua”, vale tanto para una cultura “desarrollada” como para una cultura “menos desarrollada”, así como vale para una persona que haya estudiado, igual que para una persona sin estudios especiales.

Si no nos dice nada sobre nuestra actitud ante las otras culturas, el hecho de que el Señor haya ido a predicar a la región de Zabulón y Neftalí y que, siendo del gremio de los carpinteros, haya tenido que aprender a lidiar con los del gremio de los pescadores, es que todavía estamos en pañales en lo que hace a la misión de ir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Estos dos mil años de cristianismo y el hecho de cómo ha crecido el mundo, nos tienen que hacer ver en perspectiva, que la Iglesia apenas si salió a misionar. Aunque haya habido valientes misioneros que llegaron a los extremos del mundo, salir a misionar implica mucho más que ir, implica un cambio de mentalidad siempre renovado y de todos y cada uno de los cristianos. Y ese cambio que comienza por “salir” de la propia cultura. Salir en el sentido de situarla en medio del concierto de todas las demás culturas como una más, de igual a igual con todas. Con las grandes civilizaciones que unificaron muchas culturas: la egipcia, la china, la griega, la roma, la maya y la azteca, la bantú… y con cada pequeña cultura que por estar aislada o por ser pequeña no cuenta menos y es en sí misma un universo al igual que las demás.

Se trata de salir y de poner, entonces, el evangelio en medio de cada cultura, como si pusiéramos al Niño Jesús en un pesebre, rodeado de pastores pobres y de magos venidos del extranjero, para comenzar a dejar que su luz ilumine a todos y a todo.

Se trata de navegar mar adentro –en ese océano inmenso de todas las culturas- y echar las redes humildemente, agradecidos como agradecen los pescadores con lo que el mar les da.

Se trata de establecer una cultura del encuentro, como dice Francisco, en la que la amistad es la clave. Y si cultivar una amistad personal les lleva toda la vida a dos amigos, cultivar una amistad entre culturas, lleva miles de años. La buena noticia es que la amistad, aunque requiera tanto tiempo para afianzarse, se goza y da frutos desde el primer instante. Como dice Ricci: “No hay nadie que ame las riquezas solo por las riquezas mismas, en cambio el que ama a un amigo, lo ama sólo por sí mismo” (Sobre la Amistad, 37).

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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