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La misericordia: el don de acercarnos “al otro”

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»
Jesús le preguntó a su vez:
«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
El le respondió:
«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»
«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:
«Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.»
¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»
«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.
Y Jesús le dijo:
«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación
Volvernos cercanos es poner en obra la misericordia que el Señor nos da a sentir. San Agustín dice que “la misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos mueve imperiosamente a socorrerlo, si podemos”. Misericordia es tener “el corazón compasivo por la miseria de otro”.
Puede hacernos bien seguir uno poco caseramente el tratadito de Santo Tomás sobre la misericordia. Como para clarificar conceptos ya que en la actualidad el demonio tiende a mezclarlos y oscurecerlos.
Nos compadecemos especialmente del que sufre males sin merecerlo: allí donde se esperaba que sobreviniera un bien, cuando sobreviene un mal se nos llena de tristeza el corazón. ¡Pobre!, decimos, movidos por la misericordia.

Lo más notable de la misericordia es que se experimenta ante el mal que, sin culpa, le sobreviene a otro. No la experimentamos para con nosotros mismos. Cuando uno sufre un mal siente dolor. ¿Por qué nos hace tanto bien que otro se nos acerque y “padezca con nosotros”? No porque nos alegre que al otro le duela sino porque sentimos su amor en su alteridad: se conduele conmigo, le duele que a mi me duela, es capaz de ponerse en mi lugar y de dolerse líbremente conmigo. La misericordia nos pone en la cercanía que mantiene la distancia óptima, esa que nos hace sentir personas junto a otra persona. Unidos y distintos. Distintos que eligen estar unidos.

La misericordia es netamente “social”, es índicativa de la “alteridad”, es un sentimiento que nos permite “amar al prójimo como a nosotros mismos”, sintiendo verdadera compasión por el dolor del otro.
Requiere, podríamos decir, que yo no esté sufriendo lo mismo para poder compadecerme del otro. Así como para poder cargar a un herido yo tengo que estar sano. Si estamos sufriendo exactamente lo mismo más que sentir misericordia nos condolemos. Quizás esto del dolor propio y del ajeno se aclare un poco si uno cae en la cuenta de que cuando el que sufre es muy cercano –un hijo, por ejemplo- uno no siente “misericordia” sino que se “conduele”, le duele igual o más que el dolor propio.
La misericordia se experimenta ante el otro como tal, marca la no-identidad entre las personas y abre espacio a salir de uno mismo, a actuar a favor de otro, gratuitamente, por misericordia.
La misericordia nos hace estar unidos sin confusión (indivise et inconfuse, como se dice que coexisten en la persona de Jesús la naturaleza humana y la divina).
La misericordia toma pie en la identificación con el otro y en el sentir la propia debilidad, pero pone el acento en que es el otro el que sufre y yo el que me compadezco.
Quien ama considera al amigo como a sí mismo y hace suyo el mal que él padece. Por eso se duele del mal del amigo como si fuera propio pero refuerza la conciencia de que el mal es del otro y que a uno le conmueve.
También hay que notar que los que más han sufrido o están más cercanos a padecer algo (los ancianos, por ejemplo) están más inclinados a la misericordia que los que se sienten tan fuertes y felices que les parece que no podrán ser víctimas de mal alguno. La propia debilidad hace sentir más netamente la debilidad ajena. Por todo esto decimos que la misericordia es el sentimiento vital que nos indica que estamos sintiendo bien, que estamos actuando amorosamente por el otro y no con amor egoísta o narcisista.

Los sentimientos contrarios a la misericordia son sentimientos o pasiones que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen perder la riqueza de la alteridad.
Por ejemplo, contrario a la misericordia es el miedo excesivo por el propio mal futuro, la ansiedad que absorbe hasta el extremo de no prestar atención a la miseria ajena.
También es contraria la ira: cuando uno se enoja de más contra el mal o contra los que lo causaron, ese sentimiento lo absorbe y lo aleja del que está lastimado y de lo que puede hacer por él.
La soberbia es contraria a la misericordia y hace perder el índice de la importancia que tiene el otro en cuanto persona. El soberbio desvaloriza y desprecia a los demás y por eso no puede sentir misericordia: no siente al otro! Se pierde la riqueza del otro.
Pero lo más contrario a la misericordia es la envidia, que es tristeza no por el mal sino por el bien del otro!
Todos estos sentimientos nos alejan del prójimo en la medida en que nos encierran en nosotros mismos. La misericordia, en cambio, nos vuelve cercanos, nos hace salir de nuestro camino y acercarnos al herido para emprender una nueva marcha “junto con el otro”. Gastando nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestros bienes por ayudar al otro lo ganamos a él, y juntos ganamos la comunidad.
La misericordia nos vuelve cercanos. Nos permite “amar al prójimo como a nosotros mismos”. Al decir esto hay que aclarar que es “como a nosotros mismos” en cuanto personas creadas por Dios, en cuanto a seres a los que se nos ha regalado el ser nosotros mismos como puro don. Amar al otro gratuitamente, en su no poder valerse por sí mismo, nos permite sentirnos amados también en nuestro no poder valernos por nosotros mismos. La misericordia nos da el índice de lo que somos: amados por nosotros mismos, sin merecerlo por cosas que hagamos sino por lo que una persona vale desde el momento en que comienza a existir.

La misericordia nos acerca a la distancia óptima. Por eso debemos cultivarla poniendo obras en las que ese sentimiento pueda ejercitarse a lo largo del tiempo, de manera orgánica.
Estas obras son imprescindibles ya que la misericordia requiere tiempo y muchos gestos y muchas manos, como vemos en la parábola del buen samaritano. La misericordia, así como requiere al menos dos personas para comenzar (alteridad), al poco tiempo de ejercitarse requiere a otros (comunidad), al hospedero. La misericordia requiere tiempo y eso hace que se impliquen otros.
El que ayuda de manera individualista no siente verdadera misericordia por el otro. Lo atiende más atento a sacárselo de encima que a incorporarlo. Si uno se conmueve entrañablemente de la situación del otro buscará la ayuda de más gente para que el circulo cariñoso y sanador de la misericordia no se corte sino que se establezca firmemente y mantenga la inclusión que brinda cercanía.

Estar cerca es una decisión: la decisión de volverse cercano.
¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones? La pregunta de Jesús al doctor de la ley le abre los ojos a todas las obras de misericordia que requiere la cercanía. Volverse cercano, dice Jesús: “ginomai” significa “nacer, llegar a ser, devenir, convertirse”…
¿Quién es mi prójimo? es una pregunta dinámica. Hay cercanías que cambian a cada instante y otras que son para toda la vida. Ser cercanos es una decisión del corazón que las manos y los pies ponen en obra.
Para ser cercanos necesitamos tiempo, gestos, casas, estructuras de misericordia… que nos vuelvan cercanos, que mantengan la cercanía, la cultiven y la profundicen. Para que, como decía San Alberto Hurtado, “en nuestras obras nuestro pueblo sepa que comprendemos (compadecemos) su dolor” (Ap 386).
Diego Fares sj

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