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Posts Tagged ‘Agua viva’

          “El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba

—«El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».

Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Contemplación

Sed del Espíritu, sed de Agua viva. Jesús es la fuente, el que dice: “el que tenga sed que venga a mí”. Lo dice a todos, y a nosotros nos toca anunciarlo. El que tenga sed, dice. No dice el católico, sino el que tenga sed. No dice la persona que esté en regla, dice el que tenga sed. No dice el que no esté en pecado ni, mucho menos el que no esté en “situación objetiva de pecado”, como se deleitan en precisar algunos, sino el que tenga sed…

Para san Francisco de Asís era el agua “la hermana agua”, la que es siempre humilde, pura, casta.

Nuestra hermana el agua es el signo más simple del Espíritu Santo. Decimos que es humilde porque el agua siempre baja, no asciende, busca el bajo para fecundar, para dar vida, para nutrir, para regar. 

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Uno de los problemas más acuciantes del planeta en la época actual es la desertificación. Será uno de los temas del sínodo de la Amazonia.  

Este fenómeno no se limita a la superficie de la tierra sino que se extiende también a nuestra vida, que corre el riesgo de desertificarse. La desertificación de la vida humana tiene una peculiaridad: no se da por vacío de espacios verdes sino por acumulación de espacios tecnologizados. La desertificación de la tecnología es la de las pantallas, que se iluminan y se beben con los ojos pero no calman la sed!

El Espíritu, en cambio, es como una pileta de agua limpian en la que uno se zambulle, es como el agua de un mate que se bebe a sorbos y calma la sed, sacia y alimenta.

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Se trata por tanto, ahora, en este Pentecostés, de suplicar al Padre, una vez más, que nos envíe su Espíritu, de pedirle al Señor que interceda, para que el Padre nos lo envíe en su Nombre.

Jesús es la Fuente Viva del Espíritu. El Padre nos lo manda desde el Corazón de su Hijo, no desde otro “cielo” como si fuera un lugar “físico”. Pedimos al Espíritu que baje a regar lo árido, a saciar nuestra sed, la sed de vida.

Se trata, por tanto, de abrir valles y canales al Espíritu. Los áridos valles de nuestras ciudades, los canales que llevan al corazón. Hay que construir fuentes, como en Roma (es lo más hermoso de Roma: sus fuentes y chorros de agua potable por doquier). Se trata de abrir surcos a la acequia, para que el agua irrigue toda la viña; y de hacer también riego por goteo, para que el agua de la Palabra llegue a cada uno en su medida, y sumerja la ciudad entera como un aguacero, que limpia el smog y deja el aire con olor a lluvia fresca; para que la Palabra moje los labios y refresque la lengua y el paladar de cada boca.

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Tenemos sed, y es necesario ponerle nombre porque son muchos los tipos de sed: sed de agua, sed de justicia, sed de Dios…

Todas estas imágenes apuntan a beber a tragos una sola: la de la humildad del agua que siempre busca el bajo, que va a la raíz. Como dice Menapace: “Achicate, hermano/ no busqués la altura/ andá por lo bajo/ buscá el trebolar…”

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La sed que despierta el Espíritu es la sed de Cristo, la sed del amor y la amistad con el Señor Jesús, nuestro buen Amigo, el que se sienta en el brocal de nuestro pozo y -como hizo con la Samaritana- nos pide de beber. 

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Es verdad que el Espíritu es el Agua viva que dinamiza todo lo vital y sacia toda sed, pero para la sed que fue enviado es para la que desea a Cristo, esa sed tan especial. 

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Se fijaron que sed no tiene plural? Es uno de esos sustantivos llamados “de singular inherente”, sea porque “sedes” suena mal, porque es también el plural de sede, o porque “cada sed es única y solo se sacia de modo singular”. Esto último me gusta más.

Hoy en día corre una tendencia vitalista, que insiste en que el Espíritu debe revitalizar todo lo humano. Y está bien, porque el Espíritu es así: Vivificante. Es Espíritu Creador, dio vida a todo y es capaz de renovar la faz de la tierra, de insuflar vida a nuestras comunidades y reanimar nuestras liturgias. Todas las dinámicas que sirven a dar vida sean bienvenidas!

Pero en cierto punto es necesario discernir dos detalles: uno, si al saciar toda sed no pasa que nos “equilibramos” tanto que se nos aplaca la sed ardiente de salir en busca de Cristo crucificado y resucitado; la otra, si el embeleso de los dinamismos bien bailados y organizados no nos encierra en nuestros mundos a medida y se disminuye el volumen del clamor de los que están afuera. Me vienen a la mente los ojos de Zacarías, un chico del Mali, cuya selección nos ganó por penales los octavos del sub-veinte. Vino a Italia hace seis años (tiene 19 ahora) y apenas le dan algunas changas en nuestros centros de acogida. El quiere trabajar y en los ojos se ve la desesperación del joven que no ve futuro, del que siente que no le dicen nada, pero que las puertas del trabajo están muy pero muy limitadas para los extranjeros pobres. Para los extranjeros ricos el hotel De la Ville, que tengo enfrente, ofrece suites que pueden llegar a costar 13.000 euros (más IVA) por noche.

A lo que voy es que puede suceder que la sed de justicia, si uno se ocupa mucho de cultivar dinámicas, se calme; deje de quemar. No por una cuestión de calidad, sino de cantidad. 

Es necesario, sin dudas, mejorar la calidad de nuestra vida comunitaria, de nuestras relaciones interpersonales, de nuestras liturgias y celebraciones, de nuestros estudios y publicaciones…, pero hay un desequilibrio cuantitativo con el que nos tenemos que confrontar más crudamente, pienso yo. No me extiendo aquí en que hay gente que se muere de sed o que tiene que caminar kilómetros para encontrar una canilla de agua no contaminada y gente que toma agua de Evián, que cuesta 32 euros (y un agua japonesa, el agua kona nigari, que sacan del fondo del océano y venden a 380 euros la botella). De lo que quiero hablar es de la Palabra, del Agua viva del Evangelio. 

Hay un mundo al que no le llega la Palabra! Y hay tanta gente a la que le haría tanto bien escuchar las palabras de Jesús. No podemos tratar la Palabra como si fuera el agua de Evián o de kona nigari. El Papa usó la imagen para hablar de la unción del Espíritu: no somos repartidores de aceite en botella!, dijo. El agua del Espíritu es para todos o no es el Agua del Espíritu.

Comencemos por aquellas palabras del Evangelio que se pueden beber como agua fresca. Propongo tres que indican tres modos de beber. 

La primera, principal e imprescindible, es “misericordia”. Misericordia es la palabra que se bebe a canilla libre: todos podemos beber todo lo que queramos y necesitemos, a boca de jarro o por gotas, según sea la sed, la enfermedad o la cantidad de gente de la que seamos responsables y hagan que debamos estar nosotros misericordiados para poder servirlos con misericordia. 

La segunda es “fraternidad”. Fraternidad es la palabra que se puede beber con todos: con los hermanos de sangre y de cultura, con los hermanos de otras razas y religiones y, también, con los que piensan y sienten y actúan tan distinto, que lo único común es nuestro origen y en todo lo demás disentimos. 

 La tercera que propongo es “justicia”. Es la palabra que se tiene que beber por turnos y emparejando desde abajo, para que cada uno tenga lo suyo. 

La sed tiene este aspecto cuantitativo, que le quita límite y la hace ser compartible de manera igualitaria y justa. Por expresarlo con una imagen: si uno ha saciado su sed, no se enoja si ve que otro toma más agua.

Del Espíritu tenemos sed como de Agua. Necesitamos que sea ilimitado y simple: necesitamos ser bautizados en el Espíritu, que nos sumerja en sí -río de agua viva- y, a la vez, que nos de a beber, sorbo a sorbo, el evangelio entero de Jesús. Necesitamos la sencillez cristalina de una Palabra que se nos de sin discusiones ni complicaciones. Como decía Teresita: “Para almas pequeñitas, nada de métodos muy, muy complicados. Les dejo un caminito de confianza y amor”.

Por eso, la señal de que algo es del Espíritu -y no del maligno que se disfraza de ángel de luz- se puede discernir tomando el agua como clave. Si algo es del Espíritu la pueden recibir, compartir, beber y asimilar todos, como el agua. 

Si tiene que ver con la misericordia, que es la sed básica e imprescindible para la vida, toda persona la puede beber en la cantidad que necesite y desee, todos los días, sin límites, sin condiciones. Por eso, como insiste el Papa, el bautismo no se le niega a nadie. 

Si es algo que tiene que ver con la fraternidad, que es la sed compartible, uno se puede sentar a la mesa a beber con todos: toda persona es hermana. 

Si es algo que tiene que ver con la justicia, que es la sed diversa, como el Espíritu le da a cada uno lo suyo en el momento oportuno, todos debemos estar atentos a no suprimir esta diversidad, a respetarla, a respetar los tiempos y modos de cada uno. 

…..

Están los que invierten la lógica del agua, la lógica bautismal y alimenticia o sediticia: ponen tantas condiciones, que hacen que la persona al ver lo que tendrá que cumplir apenas “salga del agua bautismal”, no se anime a tirarse a la pileta. Los que exigen así es porque no confían en que el gusto del agua fresca y pura, la limpieza que brinda y la plenitud de recibir la Gracia y la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, irán haciendo que la persona misma vaya “convirtiendo” su futuro y sus aspectos más egoístas, por decirlo así. Pero para ello tiene que poder experimentar primero la dicha sobreabundante del perdón y de la gracia santificante! 

Algunos siguen la lógica de no regalar nada que el otro no pueda luego pagar, la lógica de limpiar solo a los limpios, la de alimentar solo a los puros, la lógica de “te perdono el pasado si me asegurás que no pecarás más en el futuro”. Convierten en condición previa lo que el Señor da como consejo para adelante: el “de ahora en adelante no peques más” lo convierten en condición previa. Dan vuelta todo. En definitiva: te niegan el agua! Convierten el Agua del Espíritu en agua de Evián o de kona nigari.

Una formulación que usan es decir, por ejemplo, que la Iglesia no tiene que hablar de política sino de teología. Entienden que hablar de agua común es política y cuando dicen teología están pensando en el agua de kona nigari, como si el Espíritu fuera embotellable y estuviera al alcance solo de los ricos de espíritu.

No es así: el Espíritu es Agua común, agua viva para todos los que tienen sed de Jesús y de su Evangelio. 

Diego Fares sj

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“Si conocieras la Gratuidad de Dios… “

“Jesús abandonó la Judea y se fue de nuevo a Galilea. Debía pasar por Samaría. Llega, pues, a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, cerca de la posesión que Jacob le dio a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo. Eran como las doce del mediodía. Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice:

– “Dame de beber” (los discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).
La samaritana le dice:
– “¿Cómo tú, judío como eres, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Es que los judíos no se tratan con los samaritanos)
Le respondió Jesús y le dijo:
-“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.
Le dice la mujer:
– “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”
Respondió Jesús:
“Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”
Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.
Le dice Jesús: – “Ve, llama a tu marido y vuelve acá”.
Respondió la mujer y dijo: – “No tengo marido”.
Le dice Jesús: – “Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en eso has dicho la verdad”.
Le dice la mujer: – “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarlo”
Le dice Jesús: – “Créeme, mujer, llega el tiempo en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Porque los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Esos son los adoradores que busca el Padre para que lo adoren. Espíritu es Dios y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad”.
Le dice la mujer: – “Yo se que el Mesías tiene que venir, el que se llama Cristo; y cuando venga nos enseñará todo”
Le dice Jesús: – “Yo soy, el que habla contigo”.
(En eso volvieron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. La mujer dejó su cántaro y se marchó a la ciudad a decir a los hombres: – “Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿Acaso será éste el Mesías?” Y salieron de la ciudad y venían a él).
Entre tanto los discípulos le rogaban diciendo:
– “Rabí, come”.
El les dijo:
– “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.
(Los discípulos se decían entre sí: “¿Acaso alguien le trajo de comer?)
Les dice Jesús:
– “Mi alimento es hacer la voluntad del que me misionó y llevar a cabo su obra…”. ¿No dicen ustedes: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo les digo: Alcen sus ojos y vean los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo los he enviado a segar donde ustedes no se han fatigado. Otros se fatigaron y ustedes sacan provecho de su fatiga”.
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación
Quizás porque últimamente ando medio apurado con la gente que se me acerca me impresiona todo el tiempo que Jesús le dedica a la Samaritana.
Y me quedo con esto: a perder un rato de tiempo con estos dos que se ponen a charlar y charlan y charlan. (Como el domingo pasado que nos pusimos a charlar con una mujer en el confesionario y una vieja se asomaba a cada momento y avanzaba un pasito como diciendo “a ver si se apuran que aquí hay más gente” y después resulta que no tenía nada que confesar sino que era para contarme no me acuerdo qué cosa que le había pasado. Ella quería también un encuentro personal pero sentía que la otra le robaba tiempo. Y yo sentía que una me quitaba tiempo con pequeñeces y la otra no… Bueno, por aquí va el tema, porque parece que Jesús también con alguna gente se queda más y con otros pasa rapidito, como si fuera apurado. Pero si le dan charla…).

¿Qué me llama la atención en el tiempo que Jesús le dedica a la Samaritana? Por un lado me gusta el diálogo que sostienen –creo que es el más largo del evangelio y eso tiene un mensaje, obviamente-, pero por otro lado me parece raro que Jesús se detenga tanto a charlar con una sola persona. Claro, si se ve el fruto –la Samaritana le trae a todo su pueblo- la estrategia apostólica no está mal: “Los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él”. Pero de lo que conversa con la Samaritana no se ve que Jesús esté pensando en algo así como un proyecto apostólico con metas y prioridades. Lo que pasó, simplemente, es que Jesús estaba fatigado del camino, vino la Samaritana, él le pidió de beber, comenzaron a conversar y la charla se puso linda, interesante. Me corrijo, sin embargo, de lo que dije acerca de plan de Jesús. Se ve que sí lo tiene: cuando se va la Samaritana y los discípulos le ofrecen de comer, se ve que él se había quedado pensando porque les sale con que “su comida es hacer la obra del Padre” y los hace participar de sus pensamientos interiores en los que se estaba admirando de lo que el Padre obraba en el corazón de los hombres y mujeres que se le acercaban. Jesús siempre se admira y alaba al Padre que les revela sus cosas a los pequeños. Aquí les hace notar a los discípulos (que están en otra, como siempre) cómo se dan cosechas inesperadas “antes de tiempo”, de modo que el sembrador y el cosechero se gozan juntos. El Plan de Salvación del Padre y los encuentros personales están unidos en la mente del Señor.

Pero la cuestión que me itneresa es que con la Samaritana se quedó charlando largo y aquí salto al final, porque pareciera que después no charlaron más. La gente decía: “Ya no creemos por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo”. Volvemos entonces un poquito más atrás y escuchamos la última frase de la Samaritana: “La mujer atestiguaba: ‘me dijo todo lo que hice’”.
Me quedo aquí.
¿No es acaso esta la sed que todos tenemos: contar todo lo que hicimos? Que alguien lo sepa. ¿No es esta la sed del mundo? ¿No brotan de aquí los noticieros que cuentan todo lo que pasa por afuera y los gran hermano que tratan de contar lo que pasa por adentro?
Cuando la Samaritana se da cuenta de que Jesús es testigo de su vida entera, que la mira y sabe todo lo que le pasa y, más aún, cuando ve que Jesús le dice sus cosas mejor de lo que ella misma las piensa para sí, entonces se le calma la sed de hablar sola o con cualquiera. Le brota el Agua viva porque ha conocido y experimentado “la gratuidad de Dios”. El que le dice: “dame de beber” –contame tus cosas- es uno que la ha estado mirando desde siempre y cuando ella le cuenta sus cosas él le hace sentir que fue testigo y que estuvo presente en todo lo que ella hizo y en todo lo que le pasó. Jesús se convierte para ella en La Palabra. Esa palabra de la que tiene sed en todas sus charlas con otros y en todos sus diálogos interiores. Esa Palabra con la que se puede expresar y a la que puede escuchar con gusto, porque le dice todo lo que hizo.
Me parece lindísima esta frase tan trivial, porque si sacamos el chimento de los cinco maridos uno diría y qué tiene de interesante la vida de la Samaritana si tenemos en cuenta de que lo que había “hecho” todos los días de su vida (al menos una o dos horitas por día) había sido ir al pozo y volver con el agua (“Señor dame esa agua para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”). Aquí entra la frase tan linda de Jesús: “si conocieras el don de Dios”, que significa “la gratuidad de Dios”. Si conocieras la gratuidad de Dios, cómo se te da en todo lo que hacés y vivís y cómo está a tu lado y le interesa todo lo tuyo, conversarías con él y tu diálogo sería como un Agua viva, como un manantialcito, como un chorro de agua fresca que salta hasta la vida eterna. Dejarías de hablar solo o sola y entrarías en un diálogo tan lindo con el que es “testigo” de todo lo que te pasa…
La Samaritana ha encontrado el pozo de Agua viva que es el Corazón de Jesús y se ha convertido en “mártir”, en testigo del que es Testigo veraz de su vida y de la de todos. Ella es la que nos da testimonio a todos de que existe Alguien que nos puede decir todo lo que hicimos.
Cuando decís: “no sé lo que hice hoy”, porque sentís que se te fue el día y no hubo nada tuyo, nada importante, la Samaritana te asegura que Jesús te puede decir lo que hiciste y te puede abrir los ojos a todo lo valioso que hubo en tu día, en tus encuentros y en tus padeceres, porque Él te acompañó por el camino.
Cuando decís: “no sé qué estoy haciendo aquí”, porque sentís que tu rutina te come la vida que querrías estar compartiendo con la gente que querés, la Samaritana te da testimonio de que Jesús te puede hacer sentir que en tú lugar –en tu ir al mismo pozo y en tu pueblo de siempre- podés ser fecundo como ni te imaginás.
Cuando decís “no sé por qué hice aquello o por qué hago siempre lo mismo” porque sentís que tus pecados te tienen atado y no te dejan respirar líbremente, la Samaritana te atestigua que Jesús te puede decir la verdad sobre tus cinco maridos de una manera tan respetuosa y tan liberadora que te hará sentir perdonado y perdonada hasta el fondo de tu corazón, absuelto de toda culpa, libre para vivir en plenitud.
Cuando decís “no sé que voy a hacer” porque sentís que se ciernen sombras sobre tu futuro por la inseguridad o la enfermedad y los problemas, la Samaritana te cuenta que sin decir nada Jesús te puede hacer sentir unas ganas inmensas de hacer cosas por los demás y de acercarle gente a él gracias a tu propia experiencia de estar bebiendo de su Agua viva.
A mí la Samaritana de hoy me está haciendo sentir que, aunque es verdad que he estado huidizo con alguna gente, Jesús ha estado metido en cada encuentro y me ha hecho escuchar y decir sus Palabras, que son como sorbitos de Agua viva que han estado metidos –en Espíritu y en Verdad- en todo lo que he vivido. Me doy cuenta de que, como le viejita del confesionario, yo también necesito contarle mis cosas y sentir que él me dice “todo lo que hice”, para que después me sugiera todo lo que puedo “hacer”, como ser: pedirle que me haga conocer la gratuidad de Dios, que me de de beber del Agua Viva de su Corazón, que me haga sentir deseos de Adorar al Padre en Espíritu y en Verdad, que me perdone mis pecados y que me convierta en testigo de su Presencia gratuita en medio de la vida de mis hermanos…
El nunca corta la fuente de Agua viva y cada vez que me detengo un ratito en el Pozo de Diego (recién ahora me acuerdo de que Jacob es mi nombre en el idioma que habla Jesús) (y como uno de sus significados es “Dios proteja” es nombre común porque expresa nuestra sed), cada vez que nuestra alma Samaritana se detiene junto a su propio pozo, allí está el Señor, fatigado del camino, que nos dice: “Dame de beber” y despierta en nosotros la sed de conversar gratuitamente con él.
Diego Fares sj

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