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Y aconteció que mientras iba en camino a Jerusalén,

Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea y al entrar él en cierto pueblo, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y alzaron la voz diciendo:

«¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!»

Cuando Él los vio, les dijo:

«Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.»

Y sucedió que mientras iban quedaron limpios.

Uno de ellos, al ver que había sido sanado se volvió glorificando a Dios en alta voz

y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús, dándole gracias …

Era un samaritano.

Respondiendo Jesús dijo entonces:

«¿Acaso no quedaron limpios los diez?

Los otros nueve, ¿dónde están?

¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios excepto este extranjero?»

Y le dijo:

«Levántate, vete, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación

Esta es “la” contemplación que más utilizo para ayudar a entrar en Ejercicios a los ejercitantes (estuve dando cinco días a un grupo de curas argentinos en Torricella, en la hermosa casita de las Esclavas, junto al caminito por el que Francisco volvió de Roma a Asís).

La imagen es la de Jesús en camino que “al entrar en un pueblo” le salen al encuentro estos diez hombres leprosos, los cuales, aunque se pararon a distancia, también ellos “entraron en el espacio de Jesús”.

Y de eso se trata en Ejercicios: de “entrar lo antes posible” en el espacio de Jesús, de meterse en la oración y dejar que Jesús entre en el espacio de nuestra imaginación, de nuestros recuerdos y pensamientos y dilate los deseos de nuestro corazón.

Entrar en el reino es la imagen que Jesús usa cuando habla de lo que Él viene a traernos. Nos dice que para entrar hay hacerse como un niño, que la puerta es la chiquita, no la grande, que hay que empujar, que no basta con decir “Señor, Señor”, que hay que tener lista la lámpara, con aceite propio, como las amigas de la novia que fueron prudentes.

El reino es el espacio del Padre, en el que actúa el Espíritu para bien común, y en el que hay que entrar de la mano de Jesús.

Entrar es no pasar de largo, no quedarse afuera…, pero también es no mantener las distancias de la vergüenza o de lo políticamente correcto. Hay que hacer como la gente que se le tiraba encima a Jesús o lo seguía corriendo por el camino o alzaba la voz o se subía a una higuera, como Zaqueo, o se hacía meter por el techo, como el paralítico.

La gente sencilla intuía que a Jesús hay que tocarlo, acercársele, quedar bajo su mirada, hacerlo hablar… Por eso le rogaban que permaneciera en su pueblo (salvo los gerasenos y la aldea aquella sobre la que Santiago y Juan querían hacer caer fuego del cielo): quédate con nosotros, porque anochece, le dijeron los de Emaús, quedate con nosotros!

La gente intuía que su carácter tenía las características del pan –amigable, compañero, compartible…- lo sentían cercano, abordable, uno que se complacía de verdad en hablar con todos, les era familiar (de hecho todos somos creados a imagen suya), que hablaba con cualquiera y con todos tenía afinidad y cosas que compartir.

Jesús no es como esas personas que tienen una misión muy especial que, aunque lo que hacen incumba a todos, lo aleja de cada uno en particular. No por ser lejanos sino por falta de tiempo, por no poder detenerse a charlar con cada uno. Como esos políticos que te dan la mano, sí, pero tienen que seguir su camino. No somos un voto más para Jesús, eso está claro. Donde alguno muestra ganas de más, Él se queda. Para el Universo y te escucha a vos!

Esto es de lo que se da cuenta el leproso. Al sentir y ver que había sido sanado: inmediatamente, sin pensarlo dos veces ni mirar lo que hacían sus compañeros, pegó la vuelta glorificando a Dios, se echó a los pies de Jesús y –dice Lucas- que le agradecía…

Y agrega Lucas que el Señor le respondió. Respondiendo –a sus gestos de agradecimiento más que a alguna pregunta- Jesús lo pone de ejemplo: glorificar a Dios es la clave. El principio y fundamento y el fin para el que somos creados, dirá Ignacio.

El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Y todo lo que haga debe orientarse “para la mayor Gloria de Dios”. Y la mayor Gloria del Padre es que nos ganemos a Jesús. Pablo dirá que él considera que “todas las cosas son basura, con tal de ganar a Cristo” (Fil 3, 8).

Ganar a Cristo es muchas cosas –todo en realidad-, ya que en Él hemos sido creados: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef 2, 10).

Con Él “todo lo podemos”: Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4, 13).

En Cristo lo único que significa algo es “la fe que obra por amor” –lo demás son títulos…, opiniones…- (Cfr. Gal 5, 6).

En Él recibimos la bendición de Abraham y la promesa del Espíritu (Gal 3, 14).

Me quedo en esto de la bendición: ganar a Jesús es ganar su bendición.

Ganar esa bendición que nos dice: “Levántate, vete (sigue tu vida), tu fe te ha salvado”.

Ganar la bendición que nos dice: “Tus pecados quedan perdonados” o “nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno”; o “toma tu camilla y camina”; o “queda limpio”.

Ganar su bendición, esa que nos permite vivir, resucitar, sanar, ir adelante, seguirlo, estar con él, ser enviado a ganar a otros.

Siempre que hablo de bendiciones aparece Pedrito. Pedrito por la Plaza 1º de Mayo, con su traje de trabajo, sucio y con el pantalón hecho jirones, “porque si no nadie te da nada, padre”. Pedro que viene comiendo un durazno y cuando le pido la bendición, como siempre, se mira el dedo pulgar, se lo frota en la remera dejando rastros dulces, y me encaja la bendición en la frente diciendo de lo más campante un que Dios te bendiga como quien dice si lo pedís, lo tenés. Pedro Baez que desapareció y a quien nunca encontramos y quizás por eso vuelve cuando quiere y aparece en las contemplaciones.

Acá en Roma es más difícil. Los del Centro Astalli, en la Iglesia nuestra de San Saba, son musulmanes y la bendición es solo de palabra, sin cruces, por supuesto. En la calle, mucha gente no sabés si es ortodoxa, musulmana o católica y hay que ser respetuoso. Las abuelas, de palabra, siempre regalan un “Dios te bendiga”.

A alguna gente le resulta un poco excéntrico o invasivo que la bendigan en la frente, aunque casi nadie saca la cabeza y cuando se acostumbran, les hace bien: “cada tanto ‘ci vuole’ –dicen- se necesita, hace falta”.

Leía que Brochero acostumbró a su gente a recibir la bendición. Cuenta nuestro querido padre Aznar, que juntó testimonios durante doce años por toda la zona donde había andado Brochero, que: “Al pasar junto a su rancho o hallarse con él en los caminos y despoblados, él le enseño a la gente a pedirle la bendición. Se la daba entonces el señor Brochero (así lo llamaban) y decía: que ésta los acompañaba a su casa y que a los de ello, lo comunicaran”.

“Años adelante, cuando la veneración y cariño se habrá acrecido, hasta “bajarán los paisanos de la cabalgadura e hincados, juntas las manos, rogarán a su señor Brochero, los bendiga”.

Estos gestos poblaban las sierras y quedaron grabados en la memoria de un pueblo entero que se sintió bendecido y agradeció siempre que le hubieran “enseñado a pedirla, la bendición”.

Pensaba en que esta sería una de las cosas que más extrañaría Brochero cuando la lepra hizo que se le alejaran muchos, hasta algunos muy queridos, y la gente le escapara a su contacto. Justo a él que no le había hecho asco a tomar mate con los leprosos ni a tenerle miedo al contagio cuando le hacía los fomentos a los apestados del cólera.

Y como la contemplación se vino para el lado de “ganarnos bendiciones”, comparto la última linda que me “robé” y que fue la última de nuestro padre General. El domingo 2 tuvimos la Misa de comienzo de la Congregación General 36 de los jesuitas. Fue una misa muy linda en nuestra Iglesia del Gesù, donde confieso los martes. Estaban los 215 padres congregados y nos sumamos muchos otros de todas partes, junto con hermanos y estudiantes, religiosas y laicos amigos de la Compañía. Nuestro todavía Padre General, Adolfo Nicolás, a quien ya le aceptó la renuncia la Congregación el lunes pasado, se quedó un rato luego de la Eucaristía charlando con el Gran Maestro de los Dominicos, que había presidido y predicado, como es la tradición entre nuestras órdenes. Yo pasé frente a lugar que había hecho de sacristía y me quedé rondando un rato. De golpe ví que los que estaban se iban y el General quedó casi solo. Me le acerqué, lo saludé y le pedí la bendición. Se alegró mucho de que se la pidiera y me puso la mano en la cabeza y me estuvo bendiciendo un rato, pidiendo a Dios que me fortaleciera y me diera mucha salud y me conservara el buen humor, cosa que repitió dos veces y que fue el detalle lindo y especial (porque en las bendiciones siempre se mete el Espíritu y hace decir algo especial que el otro necesita o que Dios confirma o que quiere dar). Fue un momento muy lindo y me lo fui sintiendo y gustando solo, caminando por mi caminito habitual de los martes, cruzando frente al Panteon y luego yendo hasta Plaza España para agarrar el ascensor y hacer más suave la subida a casa.

Entrar en el espacio bendecido del Señor… Cada uno tiene que encontrar su manera, su puertita, su excusa, su pedido para acercarse. Pero para permanecer basta con dar gracias. Cuando damos gracias el Señor nos deja estar todo el tiempo que queramos y él mismo se alegra y nos da su gozo y su consuelo.

Diego Fares sj

 

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Eucaristizar la vida

Mientras se dirigía a Jerusalén,
Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea.
Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos,
los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:
«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Luego que los vio, Jesús les dijo:
«Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.»
Y lo que pasó es que mientras iban quedaron purificados.
Uno de ellos, al ver que estaba sano,
pegó la vuelta glorificando a Dios en voz alta
y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le agradecía (eujariston).
Era un samaritano.
Respondiendo Jesús dijo entonces:
«¿Acaso no quedaron limpios los diez?
Los otros nueve, ¿dónde están?
¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?»
Y agregó:
«Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación
Agradecer. Eucaristizar la vida.
La contemplación son apuntes para poner el corazón en alto, para elevarlo dando gracias como se hace en la Misa con la Eucaristía…

Pimer apunte: Maravillarnos de que a Jesús, el Maestro, le encante como me hacía notar un amigo, realzar la vida de la gente simple, de la gente común.
El Maestro se complace en darnos lecciones de vida con las reacciones espontáneas de los Samaritanos.
Uno no puede no maravillarse si cae en la cuenta de cómo Jesús vuelve interesantísimo lo que le pasa en el corazón a la gente simple, como este samaritano. El se miró las manos, se sintió curado y pegó la vuelta dando gritos de alegría y alabanza. Fue corriendo a ponerse de rodillas a los pies de Jesús y no dejaba de decir “gracias, Señor, gracias. Bendito sea Dios. Gracias…”.
El evangelio no narra la historia de grandes personajes (Abraham, Moisés, los Profetas…) sino de personas anónimas que al ser tocadas por Jesús se iluminaron en toda su belleza y sacaron a relucir toda la bondad de su corazón.
Y Jesús, el Maestro, se detiene y hace un alto en el camino cada vez que se encuentra con gente así y nos muestra lo que hace la fe, lo que logra el amor.
Así, nos evangeliza haciéndonos caer en la cuenta de lo que acontece en una persona cuando responde de corazón a la gracia.

Segundo apunte: recordatorio de los tres samaritanos
El Buen Samaritano sintió el enternecimiento de la compasión y se dejó llevar por ella: se conmovió, miró bien, se acercó… y de allí vino todo lo demás.

La Samaritana sintió la sed de hablar con el extranjero que estaba sentado en el brocal del Pozo de Jacob, aquel mediodía, y le brotó un manantial de agua viva, ese diálogo con Jesús que no se cortó ya, que se volvió cada vez más profundo e refrescante, más verdadero e iluminador.

El Samaritano curado de su lepra sintió la alegría del agradecimiento, sintió que estaba purificado, que su carne estaba limpia y tirante otra vez, sin las pústulas de la lepra, y le brotó un agradecimiento incontenible y se dejó llevar… Así fue que pegó la vuelta, se olvidó del grupo y del mandato de Jesús, no le importaron los papeles –el certificado de sanidad- ni la vida nueva que le esperaba, sino que sintió que sólo quería dar gracias en alta voz al cielo y estar de rodillas a los pies de Jesús.

Tercer apunte: un evangelio que se puede encontrar a la vuelta de la esquina
Jesús aprovecha para evangelizar, no con un evangelio que viene de arriba, de una super ley que costaría comprender, sino con un evangelio que viene de al lado nuestro, de esas reacciones espontáneas de la gente común, que le hace caso a su corazón. Jesús hace un evangelio del agradecimiento conmovedor del leproso curado. No importa lo que le pasó sino lo que hizo con lo que le pasó, cómo reaccionó él. Le pasó lo mismo que a los otros nueve, pero él reaccionó con agradecimiento y se dejó llevar por el impulso de su corazón.
Jesús bendice esta corazonada, este afecto, este sentimiento, esta pasión … Jesús bendice el desborde y la alegría, el “bendito sea Dios”.

Apunte para ir mejor a misa, apunte para eucaristizar la vida.
La palabra “gracias” se apoderó del corazón del Samaritano y una liturgia comenzó a armarse en todos sus gestos, palabras y acciones.
Entonces, hacemos un alto aquí en nuestra contemplación y apuntamos lo siguiente: el Samaritano agradecido nos enseña a vivir la Eucaristía. A ir a misa, para ser más claros.

Hay misa cuando la palabra Gracias se apodera de nuestro corazón.
La misa como tal es la Palabra Gracias, Padre, que se apodera del Corazón de Jesús y lo mueve a hacer todo lo demás.

Nosotros participamos de la misa cuando dejamos que se instale la Palabra Gracias, Padre, en el centro de nuestro corazón. Gracias como preludio de nuestras acciones; gracias como coronación de lo realizado.

La misa comienza a distancia.
Jesús está siempre en camino hacia Jerusalen y pasa por los confines de nuestra vida pagana actual –Galilea y Samaría- y entra en nuestra aldea.
La misa comienza cuando sentimos la lepra de esta cultura pegajosa y pudridora que nos enferma y, a distancia, vemos a Jesús como una fuente de agua limpia a la que nos gustaría acceder.
La misa comienza cuando le decimos al Señor, desde algún lugar distante, pero cercanos en el corazón: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”.
Siempre es lindo sentir cómo los más alejados de la sociedad lo llamaban “Jesús” al Señor. Esa confianza que sentían apenas lo veían de lejos. Esa intuición que tienen los pequeños de que con Jesús todo está bien.

La lectura de la Palabra nos “purifica” de nuestros pecados: “Ustedes están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado” (Jn 15,3).

Y al tomar conciencia de esta Palabra, que nos limpia al instante de recibirla, se nos eucaristiza el corazón: entonces la misa se vuelve vida porque sentimos un Gracias que se posa sobre nuestro ánimo y comienza a generar sentimientos auténticos, que nos ubican en nuestro verdadero ser de hijos, de creaturas. Podemos rezar entonces el Padre nuestro y bendecir y glorificar al Padre que nos libra de todo mal y nos perdona y alimenta.

Comulgar con el Gracias de Jesús transforma nuestro gracias en un Gracias perfecto.
Necesitamos ayuda para dar gracias por tanto bien recibido. No solo para ser perdonados necesitamos a Jesús sino, más que todo, para dar un Gracias que esté a la altura del Padre.
El Magníficat de María es la mejor expresión de este “eucaristizar” la vida. Ella desde la pureza conservada intacta, el samaritano desde la impureza sufrida y sanada, ambos nos enseñan a glorificar a Dios que nos ha mirado con bondad en nuestra pequeñez. Y así, con esta consolación del corazón, salir a transfigurar la vida cotidiana, tocándola con manos que bendicen porque se saben bendecidas.
La acción necesita el preludio de la Eucaristía, ese Gracias que, antes de emprender cualquier trabajo, nos hace sentir el don de la vida y de la misión que el Señor nos encomienda.
Y una vez realizada la tarea, se completa con un gracias que es corona: bendición y ofrecimiento de todo que se confía en las manos del Padre para que lo haga fructificar.
Agradecer. Eucaristizar. Lo que hace el sacerdote en la Misa: tomar el pan, dar gracias, bendecir, partirlo y repartirlo, dando gloria a Dios Padre Omnipotente, por Cristo, con Él y en Él, eso tenemos que hacer, como pueblo sacerdotal, en todas las cosas de la vida.
Diego Fares sj

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