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Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas

y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,

junto con sus ovejas y sus bueyes;

desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado (emporio).»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

“El celo por tu Casa me fagocitará” (Sal 69, 10).

Entonces los judíos le preguntaron:

«¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo levanto.»

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,

¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,

muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:

él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

 

Contemplación

El templo de su cuerpo. La frase de Juan para hablar del cuerpo de Jesús me inspiró para sumarme al diálogo sobre la ley de la Interrupción legal del embarazo (ILE) como se llama, que pone en juego no solo un tema de salud y de derecho a decidir de la mujer embarazada, sino que concentra y desafía a cada persona y a la sociedad entera ya que, cuando se pone en juego la vida humana, el modo como se actúa con la vida de cada persona afecta a toda la sociedad y a la humanidad entera. Cuando digo “la vida humana de cada persona” lo que trato de decir es que no existe algo así como “la vida humana en general, en abstracto”. Existimos personas concretas, cada una con su nombre y número. La reflexión de hoy irá principalmente a este punto.

Cada uno con nombre y número único

El nombre nos lo da otro. La primera que le da vueltas a nuestro nombre en su corazón y piensa cómo le gustaría llamarnos es nuestra madre. Cuando hay un padre presente, lo terminan de elegir juntos, en algún momento de la gestación o al nacer. Una vez nacidos, el Estado inscribe el nombre que nos dan nuestros padres y nos da un Número que no elegimos, nuestro DNI. (También podremos obtener un número de “pasaporte” que nos permite solicitar un número en otras naciones, pero el número del país de origen es el decisivo, como me hizo entender un carabinieri al que le mostraba mi permesso di soggiorno y él me pedía el pasaporte también: tiene que presentar los dos, me decía, pero el “suyo” es el pasaporte!).

Antes de este nombre y de este número hay otros dos que nos vienen dados: uno nos lo da la naturaleza, es nuestro ADN, que combina los números de nuestros padres y ancestros de manera única. El otro, es el nombre que nos da Dios nuestro Creador y viene junto con la Vida misma, con nuestro ser “tal persona”. El Apocalipsis nos habla de un “nombre nuevo” escrito en una piedrita blanca que el Espíritu da (Ap 2, 17).

Quizás esto me venga de que aquí, en Italia, tengo que renovar mis documentos una vez al año y eso me hace ver la importancia de ser “reconocido para siempre en mi país de nacimiento”. Me imaginaba la pesadilla de tener que renovar mi nombre propio cada año y esperar a que mi familia me diera el: Ok Diego. Podés seguir usando nuestro apellido por este año”.

Toda esta “preocupación” de todos -madre, padre, estados- por dar a cada uno un nombre y apellido y un número únicos, proviene de la imperiosa necesidad de ser justos reconociendo nuestra dignidad de seres únicos: cada ser humano es único de una manera absoluta. No somos dos personas ni media persona. Recuerdo la angustia de una persona del Hogar de San José a la que le habíamos ayudado a sacar su DNI para cobrar una pensión cuando se le bloqueó todo porque había otro con el mismo DNI en otra provincia. También me viene el ejemplo de los refugiados que tienen solo papeles provisorios de los que “requieren asilo humanitario” y sin un documento más firme no pueden trabajar: no se sienten “a medias” sino que sienten que “no son nadie”. Así de absoluto es no tener DNI.

Un misterio muy grande que contiene todo nombre puede verse en estos dos hechos: por un lado hasta los gemelos que tienen todo igual son distintos. No se puede clonar la personalidad de nadie. Por otro, cada órgano humano es trasplantable y puede servir a otros, podemos trasfundir nuestra sangre y comunicar nuestros sentimientos y pensamientos más hondos y secretos con todos los demás. Todo lo humano es único y común. La persona y la comunidad se constituyen al mismo tiempo. En cada paso de la gestación y de la historia la madre se va haciendo madre y el hijo hijo y en la historia de cada familia, la sociedad se va haciendo sociedad.

ADN y DNI

Estas imágenes y reflexiones que bucean en el misterio común de nuestro nombre y nuestro número apuntan a no separar así nomás nuestro ADN (natural), nuestro Nombre propio (familiar) y nuestro DNI (social).

Se nos dan en tiempos distintos, siguiendo ritmos distintos. Pero cada uno está presente desde el comienzo hasta el final y hay que mantenerlos unidos sin confundirlos ni dividirlos.

Algunos ejemplos: a los hijos de los así llamados subversivos, sus apropiadores ilegítimos les dieron un DNI y un nombre nuevos con el que pretendieron borrar su identidad biológica y familiar. Con el tiempo, las abuelas, gracias al número que traemos por naturaleza, nuestro ADN, van pudiendo reconstruir la historia y ofrecer la posibilidad a esos nietos de restablecer su relación con su familia de origen. Por eso digo que es peligroso separar el ADN del DNI. El hecho de que se nos de un DNI en un momento posterior a nuestro nacimiento, no significa que comience a valer desde ahí. Si fuera así, el DNI que se nos da a pedido, por ejemplo, de un apropiador ilegítimo, pasaría a tener valor absoluto. Vemos que esto es ridículo. El DNI vale en referencia al ADN, que es un número más de fábrica, digamos.

Pongamos otro caso, esta vez de ciencia ficción. Si uno hubiera sido abortado y, por esas cosas de la ciencia, hubiera sobrevivido, con algunos daños físicos, por supuesto. Podría reclamar luego la herencia a su madre biológica rica que, por ir a una clínica de alta sofisticación, ocurrió que su feto en vez de terminar ahí hubiera seguido adelante? Estos problemas legales están surgiendo ahora a raíz de los embriones congelados.

Esto último es para contrastar con proyectos de ley que quieren solucionar las cosas con tres frases: aborto seguro, legal e irrestricto hasta la semana 14. Fundamentos: el derecho absoluto de la madre a decidir sobre su cuerpo y la obligación del Estado a brindarle asistencia para su salud, no solo física sino psicológica y social. (Aquí hay que agregar: salud trascendental, ya que si uno va contra la belleza, la verdad o el bien, el alma se enferma “trascendentalmente” y uno no sabe qué le pasa, porque los síntomas parecen raros, pero si uno les pone nombre son clarísimos: hiciste algo feo y te sentís horrible; hiciste algo falso, y te sentís inauténtico; hiciste algo malo y te sentís mal. Una sociedad que legisla de manera superficial o defendiendo intereses espúreos, se degrada a sí misma y vive en un malestar social, en un clima feo. Uno no se enferma solo de cáncer o de depresión, también se enferma de fealdad, de mentira, de maldad y, más grave aún, de verdades a medias, de bienes menores y bellezas pasajeras).

No se puede tratar de manera simplista algo que, siendo simple es bien complejo,  como cada uno de nosotros.

Para cada uno es importante todo: su identidad genética, su identidad cultural, su historia, sus decisiones, sus cambios y opciones. No se puede decir ni que estamos totalmente “hechos” ni que “nos hacemos completamente”. El lenguaje lo muestra: usamos palabras y lenguas que nos enseñan otros y que tienen palabras que inventaron otros, y nos expresamos de manera totalmente personal.

Otro ejemplo sobre el DNI. Cuándo nos lo tiene que dar un Estado? Cuándo hay que “registrar” una nueva vida?  A los tantos días de nacido, dice la ley. De hecho queda registrada en la memoria y en el corazón de cada madre. Algunas dicen que si abortaron una vez, al tener otro hijo, el registro del que no tuvieron, se vuelve más neto. Es que las cosas valiosas se registran. Nuestra mente y nuestro corazón son máquinas de discernir lo que es valioso y de descartar lo que no lo es. Hoy en día, todo se registra. Entrás en internet y de una huella tuya, se puede reconstruir casi tu vida entera. Pronto los celulares que te reconocen facialmente y sienten tu pulso, podrán registrar si una mujer está embarazada al fotografiar su ojo o al sentir el latido de otro corazón (un estudio reciente dice que el primer latido puede darse a los 16 días).

Habría que darle un DNI provisorio a este nuevo corazón? Desde un punto de vista , podría ser una intromisión en la privacidad (cosa que por otra parte ya se realiza de manera exhaustiva para vendernos cosas). Desde el punto de vista de la salud preventiva podría ser un indicador para ofrecer todo tipo de ayuda y asistencia a esa madre. Pienso en las madres pobres que desean con toda el alma tener su bebé y que si recibieran ayuda económica para nutrirse bien y cuidados para que su bebé se desarrollara sanito serían las mujeres más felices del mundo. Protección integral del niño desde el momento 0! Madres protegidas, futuros ciudadanos sanos! Son slogans que suenan un poco extraños porque las palabras se usan para otras cosas. Pero si hay slogans que dicen “Aborto seguro” por qué no también “Embarazo seguro”. Si se defiende el derecho a recibir gratuitamente toda la atención hospitalaria para interrumpir un embarazo, con lo que cuesta, por qué no defender también el derecho de las madres pobres a recibir gratuitamente toda la atención que requiere gestar y criar a un hijo de modo digno y seguro. Seguramente esto último cuesta más. Pero dado que no hay presupuesto para todo, como dicen los funcionarios públicos, se podría distribuir más equitativamente el dinero que se usa y dar más ayuda económica a la madre cuya salud está en riesgo y quiere tener un hijo que a la que no quiere tenerlo. No es mi lógica, pero sí la de los empresarios que siguen el ojo por ojo y podrían decir: madre con hijo por madre con hijo. Y aquí hay que luchar por una legislación positiva  que promueva al vida en todos sus estadios y no solo contra una legislación que facilite el aborto.

Por supuesto que esto requiere una legislación detallada que contemple, pese y mida, tantos casos e implemente todo un mundo de organizaciones intermedias que puedan intervenir y ayudar especialmente a las madres más frágiles y pobres. Dejarlas solas en medio de un mundo hostil, que no te dará nada gratis para criar a un hijo y, en medio de esa oscuridad y de esa selva, poner una sola puerta gratis que diga “aborto seguro”, no es un tipo de coacción social?

Resumiendo, lo que me gustaría que quede para reflexionar es:

Que la cuestión de que uno es persona entera, desde el primer momento y a lo largo de toda su vida, no es solo una cuestión “teológica”, “filosófica” o de “creencia religiosa”.

Si uno parte de la práctica, del ADN, del nombre de familia y del DNI , surge la misma verdad: somos personas “haciéndonos cargo de todos nuestros nombres y números”.

Y la sociedad, de hecho, nos reconoce este derecho fundamental. Cuando uno reclama, lo reconoce. Por tanto hay que legislar cuidando que la actuación con respecto a cada uno de estos nombres y números, que se van manifestando en distintos momentos, no lesione a los otros.

Que por salvarnos el ADN nos cambien el DNI, como hicieron los jueces que permitieron una apropiación ilegítima.

Que porque una madre no pueda o no desee darnos un nombre propio, el estado trate nuestro número de ADN como material descartable o congelable, sin profundizar en todos los problemas que trae no legislar o legislar parcialmente.

Que por no poder darnos un DNI hasta que hayamos nacido, el Estado se desentienda de nosotros, reduciendo el problema a “que decida otra” y poniendo recursos económicos a disposición de alguien que elimina a un posible ciudadano a la vez que no invierte en otras personas que también están en riesgo y que quieren contribuir a la vida común haciéndose cargo de esos “futuros ciudadanos” sin ayuda social.

Dejo aquí por hoy. Espero que las reflexiones hayan salido con buen espíritu. Sin herir a nadie. Con la convicción de que ampliar el tema -centrándolo en el punto de lo que es una persona- no es para mal de nadie sino para el bien de todos. Porque lo que se hace con cada uno de los más pequeños y frágiles -madres e hijos- se hace con el Cuerpo del Señor, que es un Templo en cuyo sagrario estamos todos, ya que hemos sido creados a imagen suya y más profundo aún que nuestro ADN, cada persona lleva escrito en su ser el Nombre de Jesús (somos “made in Jesús, como se había tatuado uno). Él adopta todos nuestros nombres y le da su nombre a todos, especialmente a los que otros no se lo quieren dar, a los más pobres de los pobres.

Diego Fares sj

 

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jordan_9-2

Entonces llegó Jesús,

que venía de Galilea al Jordán

donde Juan, para ser bautizado por él.

Pero Juan trataba de disuadirlo diciendo:

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti,

¿y tú vienes a mí?»

Jesús le respondió:

«Déjame ahora, pues conviene que de este modo

cumplamos toda justicia.»

Entonces le dejó.

Después de ser bautizado, Jesús salió del agua;

y he aquí que se abrieron los cielos

y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.

Y se oyó una voz que salía de los cielos que decía:

«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17).

 

Contemplación

Siempre impresiona ver a Jesús haciendo fila en medio del pueblo de Dios, como si fuera un pecador más, para hacerse bautizar por Juan. El estar metido de lleno en las costumbres populares, no solo en las más puras sino en todo, como cuando comía con los pecadores o tocaba a los leprosos o charlaba con la samaritana, son como “bautismos cotidianos” en los que Jesús se sumerge y se deja purificar por lo humano. Uso a propósito esta frase “se deja purificar” por lo humano, se deja tocar, se deja conmover, dialoga… y así redime.

Por eso elegí esta foto en que al Papa Francisco le salió del corazón agacharse a tocar el agua y remojando los dedos en ella se hizo la señal de la Cruz, como hace cualquiera de nuestro pueblo fiel al entrar en un santuario y ver la pila de agua bendita.

Esto es obra del Espíritu Santo. Un Espíritu que el Señor enviará en Pentecostés no como desde un Cielo lejano, sino como el Espíritu que ya recibió sobre sí, como una Palomita-, en su bautismo en el Jordán. Se abrió el Cielo y el Espíritu de Dios bajó en forma de paloma y se vino al Señor que estaba con los pies hundidos en el barro del río, metido en sus aguas. Este Hijo, así metido en la humanidad y así bendecido por el Espíritu, es el Hijo amado del Padre, en el que se complace.

Esta “inculturación” del Señor en las costumbres de su pueblo –en este caso en una nueva, que Juan Bautista inventa proféticamente como rito de purificación- viene de más hondo: su carne misma tiene un ADN de dos naturalezas, como dice la Teología: el de María y el del Espíritu Santo.

El misterio de la vida consiste en que una persona nueva y única nace de la unión de otras dos, pero de una unión que viene de adentro, no de afuera. Dentro mismo de cada ADN hay una intimidad más íntima que es a la vez única y compartible, abierta a hacerse una con otra, sin perder las características propias, pero combinándolas amorosamente de manera nueva. Hay una plasticidad en la materia que permite esto: que cada uno se apropie lo común y lo haga enteramente suyo, cuando somos engendrados, cuando comemos, cuando nos trasplantan un corazón…

Cuando el Señor manda que todos seamos bautizados en este Espíritu Santo que es Espíritu y Fuego, no se trata de un bautismo exterior –no es solo con agua, que purifica lo externo- sino interior, con la energía del Fuego. Así como Él se encarnó en nuestra carne y se bautizó en nuestra cultura y en nuestra vida cotidiana, así quiere que nuestra carne se bautice en su Espíritu, que seamos engendrados espiritualmente como hijos y nos hagamos un solo corazón con Él y con el Padre.

Lo importante es caer en la cuenta de que el Espíritu actúa desde adentro (y el mal espíritu sólo desde afuera).

El mal espíritu ha sido “expulsado” de la interioridad de la carne y de la historia por Jesús. Es un enemigo vencido. Actúa desde afuera. Y se nos mete sólo cuando lo dejamos. Pero siempre permanece como un cuerpo extraño, no logra “encarnarse”, digamos así.

Basta una buena confesión para barrerlo, basta cerrarle la puerta para que quede afuera, basta no dejarlo que nos enturbie el corazón.

Esta doctrina sencilla pone a salvo todo lo humano, en su fragilidad. Todo lo humano es limpio y ha sido limpiado desde adentro por Jesús.

Por eso el Señor no tiene problema en mezclarse con todo lo humano. No necesita “leyes” que lo protejan de los malos, ni ritos que no dejen que se contamine. Él no se contamina con nada y lo purifica todo. Lo hace por contacto, pero porque el contacto restablece la unión de corazón que el pecado bloqueaba, no porque tenga que ir avanzando con una limpieza externa que tendría que llegar a no sé qué interior manchado.

Este discernimiento –de que el mal espíritu actúa desde afuera- es fundamental. Porque el mayor engaño del demonio es hacernos creer que “dentro nuestro hay algo malo”.

Puede ser que en la medida en que el pecado se entrometió en la vida y en la cultura, el mal haya llegado a estratos muy profundos de nuestro ser y de nuestra sicología y de las estructuras sociales injustas que hemos creado. Pero la llamita de la conciencia, que nos atrae hacia el bien y nos manda buscarlo siempre de nuevo, es interior.

Con esa conciencia deseosa del bien, que es lo que nos constituye como personas (desde donde nos rearmamos, cada uno como puede, para construir su vida lo mejor que puede), con ese interior, se conecta Jesús, rompiendo toda barrera exterior que diga que “con ese no se puede juntar” o que “eso no se puede integrar”. El Señor vence el mal –externo- con el bien interior (el Suyo y el nuestro).

Bautizarse en el Espíritu es sumergirse totalmente en esa Interioridad misteriosa de Dios que no tiene nada malo porque no tiene nada externo a su propio Amor. Nos sumergimos con todo nuestro cuerpo y nuestra historia afectada en mayor o menor medida por el mal, pero desde ese interior bueno, de hijos amados y que quieren amar.

Y lo hacemos de modo tal que “nada nos robe la paz del corazón”. El corazón es ese interior bueno, el más íntimo, que el pecado no penetra ni contamina totalmente y que es donde podemos hacer pie para “arrepentirnos”.

Puede afectar el mal espíritu a nuestra mente –que se llena de imágenes e ideas que vienen de afuera y la contaminan y la llevan a pensar esto y aquello.

Puede afectar nuestras pasiones con bienes externos que hacen “reaccionar” y mueven a cada una según el objeto que se les pone delante. Pero todo esto está discernido como “exterior”.

Nuestro corazón sabe que no son su Bien. Que su Bien es sólo otro Corazón, otros corazones, bienes que no se poseen, sino que se nos dan y los aceptamos y amamos en esta libertad que nos nace de adentro.

Cuando somos bautizados, nuestro nuevo ADN de Hijos de Dios, no es un componente “espiritual” que se uniría a uno “carnal”, de modo tal que surgiría es engendro que algunas teologías desarrollan, en el que el cuerpo es lo impuro y el espíritu –protegido por la letra de leyes abstractas- sería lo puro.

El ADN de Hijos es el de Jesús, que ya integró en sí nuestra carne –gracias a su carne heredada de la carne purísima de María- y también todo lo que es “extensión de lo humano” –léase cultura, costumbres, estructuras sociales, paradigmas…-. Ese ADN de Jesús es ya unión del Espíritu con la carne y es capaz de sanar y convertir desde adentro enteramente a todo el que se injerte en él y se le una, como un sarmiento a una Cepa de Vid buena.

Esta conexión de corazones de hijos, que nos hace hermanos, se dio una vez en el Bautismo y se renueva cuantas veces queramos en cada confesión y crece y fructifica en cada nueva cosecha.

El mal no viene de adentro de la carne (Sí puede ser “elegido” desde adentro, por una decisión espiritual, pero no se convierte en parte nuestra si no queremos).

Esta es la Buena Noticia.

Aunque esté muy metido, aunque parezca que nace de las estructuras más íntimas de la sociedad, aunque parezca que, si un niño sufrió violencia de pequeño, ese mal se le habrá metido tan hondo que tendrá que repetirlo. No es así.

Sí es verdad que hace falta cambiar un país entero para que el ambiente favorable pueda ir incidiendo en la fragilidad herida de un pequeñito que nació entre bombardeos.

Sí es verdad que se necesitan mil años o dos mil para cambiar una cultura que considera inferiores a las mujeres y que es capaz de explotar a los niños y aislar en asilos a los ancianos.

Sí es verdad que para que alguien que quedó en situación de calle hace falta un hogar que sea como una pequeña ciudad, con todas las prestaciones gratis y todo el cariño gratuito que uno necesita para reconectarse con su deseo de vivir en comunidad y en sociedad.

Sí es verdad que para un enfermo terminal que no tiene contención haga falta toda una Casa de la Bondad en la que 150 cuiden solo a seis o siete por vez.

Sí es verdad que hay que cambiar de raíz la cultura del dinero –que es el Dios de lo externo y cuantificable- y que esto puede llevar diez mil años (dicen que el dinero nació con la acuñación de monedas entre los siglos VII y V antes de Cristo, por lo cual llevamos entre 7000 y 9000 años bajo este diosecito que, una vez acuñado (idolizado) comenzó a permitir que algunos más vivos se dedicaran a las finanzas en vez de trabajar). Así pues, lo que se construyó en diez mil años puede llevar otro tanto para cambiarse. No digo que volvamos al trueque, sino que lo que digo es que las estructuras en que vivimos no son “naturales” –no nacemos con un monto de dinero bajo el brazo- ni, mucho menos, sobre-naturales. Por tanto, se pueden cambiar y mejorar.

Que el Bautismo del Señor nos haga sentir deseos de ser bautizados en el Espíritu Santo, muchas veces, como nos enseñan nuestros hermanos pentecostales. Porque el Espíritu es todo bueno y sopla donde quiere y suscita adoradores del Padre, que vuelven a Él, como el hijo pródigo, y amigos de Jesús, que lo invocan como Señor y conectan con él de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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