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… Para el perdón de las adicciones

Jesús les dijo: “Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías debía sufrir
y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y comenzando por Jerusalén,
en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión
para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto.
Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.
Permanezcan en la ciudad,
hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación
La escena de la Ascensión contiene la esencia del Evangelio.
Primero, Jesús da testimonio de que en su vida se ha cumplido todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos.
En el evangelio de la semana pasada lo había expresado de otra manera:
“es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que tal como él me lo mandó (como está escrito en las Escrituras) así hago las cosas” (Jn 14, 31). Es decir: el Señor da testimonio de que ha vivido su vida humana, singular y única como la de cada uno, sin nada agregado, buscando cumplir con amor todo lo que el Padre había ido enseñando a su pueblo elegido. Y gracias a esta fidelidad, todas las promesas que el Padre había hecho a su pueblo, muchas de las cuales parecían imposibles por demasiado hermosas (la promesa de cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne, la promesa de establecer un reino de paz en el que todos se amaran y ayudaran, la promesa de que Dios fuera Dios con nosotros…), todas las promesas han encontrado en el corazón de Jesús como un imán: en Él todo lo bueno se hace real y posible.

Segundo, les abre el entendimiento para comprendan todas las Escrituras y les anuncia la esencia del Evangelio. Tengamos en cuenta que el Nuevo Testamento no estaba escrito! Jesús les da la gracia de poder comprender, partiendo de Él, todo lo escrito antes. Para lo nuevo, para lo que tendrán que anunciar y escribir, necesitarán la fuerza que viene de lo alto.
Si uno mira bien, esta pedagogía de Jesús es muy consoladora para nosotros. Al ascender a las Alturas, al ocultarlo la Nube de la vista de ellos, Jesús Resucitado abre un espacio y un tiempo nuevo en los que el protagonismo lo tienen “el Espíritu Santo y nosotros”. Al irse al Padre y dejar a los suyos, iguala a los discípulos de todos los tiempos. Lo que transmiten los apóstoles es el kerygma: que en Jesús muerto y resucitado nos son perdonados los pecados. Esta semilla del evangelio es anunciada con la fuerza del Espíritu y el mismo Espíritu obra en los que escuchan. El Espíritu es el encargado de “recordar todas las cosas que dijo e hizo Jesús” y de ir marcando el camino, lo que hay que hacer. Esto significa que no tienen ventaja los primeros. El Espíritu da la misma chance a todos.

Con pequeños “toques” el Señor “recapitula su vida” y la “comunica” de manera tal que, sin dejar de estar presente, permite que nosotros, gracias al Espíritu, vivamos nuestra propia vida sin perder autonomía. Esto es lo que diferencia al cristianismo de toda religión mítica o racionalista.
El que ha hecho la experiencia de lo que significa enseñar a un discípulo de modo tal que el discípulo tome lo que uno sabe y lo haga propio y lo retransmita mejorado, puede vislumbrar la maestría del Señor. ¡Qué manera de vivir algo y de dejarlo como herencia viva!
Gracias a que Jesús toma Altura (no se va sino que abre espacio ocupando su lugar, junto al Padre) nos permite crecer. Crecer desde abajo y desde lo más íntimo, desde la virtud del Espíritu que hace nido en lo más íntimo de los apetitos (sensitivo y racional) de nuestro corazón humano. Al tomar Altura Jesús atrae a todos desde adentro.

Por eso la semilla va directo a lo más íntimo: al perdón de los pecados. Ese es el nudo que el hombre no puede desatar y absolver por sí solo y que impide crecer en el amor: los propios pecados contra el amor. Los pecados de los que sentimos que nos tendrían que haber amado más y los pecados contra los que tenemos conciencia de que tendríamos que haber amado más (nuestros padres y hermanos, maestros y amigos, de la sociedad en la que nacimos y nosotros mismos también).
Nuestra carne sufre las heridas del pecado y aunque racionalmente uno se de cuenta de las cosas y siga adelante, la carne herida conserva las huellas del pecado sufrido o cometido y dificulta o impide la vida. En las personas adictas se ve con tanta claridad este mecanismo (no hay que dejar de ver la película “Paco” que es conmovedora)! Los adictos, digo (una vez pasado el aviso), se dan cuenta con más lucidez que nadie de lo mal que les hace la sustancia a la que están ligados y desearían más que nada en el mundo liberarse de ella. Pero el hambre de las células de su carne es tan voraz que en ciertos momentos los arrastra irremisiblemente hacia lo que los esclaviza. De eso es de lo que Jesús nos libera con su Carne. En su carne crucificada, muerta y resucitada, nuestra carne, que era lo que nos impedía acceder a Dios, es liberada (conservando las llagas, como los adictos que quedan adictos para siempre pero pueden “no pecar”) de su esclavitud y cuidada por la gracia, principio de una libertad nueva.
El testimonio de la muerte y resurrección de Jesús para el perdón de nuestras ‘adicciones’ es la tarea de los apóstoles.
Lo demás lo dejan al Espíritu y a cada uno.
Este es el principio de una Iglesia que anuncia la vida y sigue adelante,
porque confía en el corazón de los hombres,
confía en que cada comunidad (cada persona, cada familia, cada cultura) sacará por sí misma las consecuencias de un Anuncio tan hermoso para su vida cotidiana.
Es el principio de una Iglesia que propone y no que impone,
de una Iglesia que convoca a los que quieren y no persigue a los que no quieren…

Queda, entonces para cada uno la tarea linda de “ver las consecuencias de la resurrección del Señor”. Resurrección enmarcada en este contexto en que me sitúo en el tiempo y el espacio del “Espíritu Santo” y del “nosotros” que me anuncian los testigos.
Si en la Reconciliación está el remedio para mis adicciones, ¿cómo tengo que hacer para conseguirlo?.
Si la Eucaristía es el Pan de vida que sacia todas mis hambres, las más carnales y las más espirituales, ¿qué estrategia debo implementar para que mi vida gire en torno a ese Pan?
Si las Escrituras, cuando las abro, se iluminan con la luz del Espíritu, que me enseña a rezar y a contemplar y me abre la mente para comprender lo que dicen de Jesús y lo que eso significa para mi vida, ¿qué puedo hacer para tenerlas más a mano, para rezar con ellas?

PD
Llamo adicciones al pecado porque puede ayudar a descubrir de qué me tengo que confesar, qué es aquello que me esclaviza y entibia o directamente reemplaza el amor incondicional a Jesús. La mentalidad moderna nos hace sonreir con cierta suficiencia al leer las listas de pecados que el catecismo nos presenta. Algunos nos parecen “pasados de moda” por su contenido, que antes era tabú y ahora es socialmente aceptado; otros nos parecen cosas muy formales y que no se pueden “exigir”; otros, directamente nos parecen imposibles de cumplir… Y así, descartando los pecados uno por uno, no nos fijamos en el problema de la “esclavitud” que el pecado (grande o pequeño) produce. Por eso lo de la adicción. Si sos adicto a algo tan banal como la Tele o al Chat y eso te quita el gusto por la contemplación del Evangelio, de esa adicción te tiene que liberar el Señor Jesús, pero no porque en sí misma sea muy mala, sino para que no te pierdas lo mejor de tu vida, haciendo zapping en la de otros. Así, cada uno tiene que sacar las consecuencias de recibir el anuncio de que Jesús ha resucitado para el perdón de sus pecados. El que no tenga ninguna adicción, se lo pierde. El vino para los adictos y no para los sanos… Pero ¿acaso no es ese el problema de los adictos: el no reconocer su adicción, que son adictos no solo a una sustancia sino a su propia interpretación de lo que les pasa? De ahí que sea clave el tocar el propio líimite y buscar ayuda. En ese punto es donde se sitúa el Señor Resucitado, donde asciende a la Altura y envía al Espíritu a los suyos para que nos vengan a encontrar en ese confín de la frontera de la adicción donde todos estamos necesitados de ayuda.
Diego Fares sj

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