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Posts Tagged ‘aborto’

 

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y la mayoría de los que lo escuchaban estaban shockeados y decían: -¿De dónde saca este estas cosas? y ¿Qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que se realizan por medio de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. El se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

 

Contemplación

 

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

 

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

 

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

 

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un momento emotivo, al finalizar la sesión en la que Diputados dio media sanción al proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo, estuvo a cargo de la diputada Lospenatto. Dijo varias cosas que me impactaron profundamente y me movieron a escribir.

Una fue que «todos habíamos cambiado con este debate». Creo que es verdad y que hay que seguir por el camino de «debatir las leyes y de dialogar». Aunque uno pierda una discusión o se vote una ley que no nos gusta, todos ganamos en la creación de este espacio común en el que, si se le toma el gusto al diálogo, a la larga se muestra como el mejor instrumento de la democracia. Si no se discute allí, en el Congreso, las cosas se discuten y deciden en otros lados, donde no hay manera de constatar quién votó qué cosa. El hecho de que se conozca qué piensa y qué vota cada diputado o senador y cómo actúa cada grupo social, es básico para la sanidad democrática.

Otra cosa que dijo Lospenatto fue que «le hemos puesto nombre al dolor». Ponerle nombre a algo que estaba silenciado -brutal y cobardemente- es justicia. Creo, eso sí, que el nombre del dolor es «aborto». Sin apellido.

Sin el apellido «Clandestino» y sin el triple apellido «Legal, Seguro y Gratuito». En todo caso, el apellido es de la madre ya que el padre ni se enteró o no quiso dárselo.

Con el nombre del dolor lo que está sucediendo es que, por ser un dolor tan grande, un dolor que los que no somos madre podemos, sí, compadecer, pero nunca llegar a experimentar en toda su magnitud, corremos el riesgo de pasarnos a otro extremo: de no poder o no querer nombrarlo, ahora se le da un  nombre que no es el suyo.

Primero era «aborto de un niño, hecho clandestinamente», ahora no es «aborto de un niño» sino «interrupción voluntaria de un embarazo» hecho legalmente. Se le ha cambiado el apellido pero la realidad es que tiene menos nombre que antes.

Se pretende solucionar así una culpa social, eliminar un estigma cultural, hacer justicia sobre un sometimiento y abandono en el que es verdad que se ha dejado siempre a la mujer. Pero para ello se vehiculiza como único remedio solo una acción pragmática en lo que a la salud (de la madre) se refiere…

Pero el dolor sigue ahí. Y con menos nombre que antes.

Se piensa y se sostiene que borrándole el apellido no existirá más la culpa.

Una niña adolescente dijo (lo cuento porque me quedó grabado) «Nos quieren hacer creer que un ser sin sistema nervioso central es igual que una mujer adulta». Al escucharla daba la impresión de que le habían vendido que con esta frase se libraría de una culpa que le imponía la sociedad machista. Ojalá fuera tan simple. La culpa viene del registro que tiene toda conciencia respecto del “peso moral” que tiene toda vida, por su dignidad absoluta.

El camino de «nombrar el dolor -cada dolor de cada persona de nuestra patria y de nuestro mundo-» es el camino correcto. Pero no se soluciona con dos frases y una ley.

Los nombres que utiliza un paradigma esencialista, en muchos aspectos sobrepasado o puesto en cuestión por las ciencias, no alcanzan. Pero no hay que conformarse con que nos ofrezcan en reemplazo cualquier nombre para las cosas.

Aquí, con esto del reemplazo, tomo otra frase que me impactó de Lospenatto: decía algo así (yo lo cito como lo recuerdo ya que lo escuché en el momento pero se puede encontrar en youtube): no llegamos a esta votación con una mayoría aplastante, pero en la historia de las conquistas sociales es así: el poder se le arrebata al que lo tiene y lo ejerce y se cambia de mano. Esta convicción de que «el poder se cambia de mano» es lo que me abrió los ojos. Es algo real, porque el poder no deja vacíos, siempre lo ocupa alguien. Pero como concepción creo que es reductiva. Porque la democracia -el poder del pueblo- es precisamente eso, poder de un pueblo. Si alguien se lo apropió, el punto no es «cambiarlo de mano» y que se lo apropie alguien de signo contrario, sino hacer que sean nuevamente las manos del pueblo las que lo ejerzan. Los partidos políticos, en su lucha legítima contra el adversario se exceden cuando «se apoderan del poder discrecionalmente». Este exceso es el que es difícil hacer notar cuando como ciudadanos cristianos, de un pueblo cristiano en su cultura e instituciones y en la gran mayoría de sus integrantes individuales, defendemos las dos vidas y toda vida, como se expresaba en los lemas. El que tiene mentalidad de parte busca que el otro se vuelva también parte. Y aquí se citan, muchas veces con razón, todas las veces que miembros de la Iglesia han actuado de modo partidista o, directamente, han -hemos- actuado mal.

Creo que no es posible testimoniar que uno no es parte sino mostrando que se sabe  perder. Y hablo de saber perder aún la vida, no solo una ley. A lo largo de la historia, el pueblo de Dios cristiano ha sido capaz de vivir su fe con cualquier ley. No solo con la ley del aborto o del matrimonio igualitario sino con las leyes que te meten en prisión o justifican que alguien de degüelle por la simple confesión de la fe. Cuando defendemos un valor como el respeto a la vida desde la concepción, que ha adquirido status constitucional y legal, no es -no debería ser- por conveniencia o por imponer algo a los que no son cristianos. En primer lugar, es -debe ser- por una convicción humana  -iluminada por la fe, pero que es algo de todo ser humano, no «solo cristiano». El que la fe «descubra algunas cosas más profundas» no significa que las invente. De hecho la postura más «anti pro-vida» se basa -paradójicamente- en un valor descubierto por la fe: el valor absoluto de la persona y su libertad de conciencia». Se defienden ciertos «satus quo» no porque sean perfectos ni por conveniencia, sino por la conciencia de este «cambio de mano» que se da en política y que, si no es dialogado y pensado largamente, produce efectos peores que lo que pretendía mejorar. El «cambio de mano» es algo de lo que todos tenemos que ser conscientes. Y la apuesta es a que el cambio de mano sea para darle más libertad al pueblo en su conjunto -presente, pasado y futuro- y no para tener un nuevo dictador con distinto signo.

A nivel de ideas, es claro el cambio de mano: de un paradigma que de alguna manera respeta algo así como un derecho natural, con valores que preexisten a la constitución social -como la vida-, se pasa a un derecho positivo, como se llama, sin puntos de referencia más allá de sí mismo. Estamos viviendo cada vez más en este nuevo paradigma, que va conquistando, uno a uno, los ámbitos en el que ese «derecho más amplio» (para no usar el término natural que está en crisis), conservaba sus espacios. El nuevo paradigma lo devora todo.

Ese ámbito más amplio, que la Iglesia promueve y tutela cuando puede, es un ámbito donde, por ejemplo, reina la misericordia. Toda vida, también la que está en gestación y la que está por morir, es digna de ser tratada con misericordia. Ese ámbito se subsume ahora por el reino de la racionalidad pragmática. Evidentemente que pareciera más «racional» y más «pragmático» actuar sobre la salud de una madre adulta que sobre un embrión sin sistema nervioso central, como decía esa adolescente (cosa discutible científicamente, por supuesto). Pero el punto es el «cambio de manos». No es que «nos liberemos de una iglesia machista» para ser más libres. Pasamos a una nueva «iglesia», la de la racionalidad pragmática. Y la racionalidad pragmática, aunque tenga género femenino puede llegar a ser muy machista y depredadora. Si luego de cinco mil años de machismo alguien quiere que vengan otros tantos de feminismo, ok. El cambio de manos no sería injusto y en ciertas cosas hasta puede que nos vaya mejor. Pero mejor todavía sería soñar y trabajar juntos en el tema de la vida que es el único tema que trasciende todo y posibilita todo -también la política y también los géneros-.

Concluyo con otra frase que me impactó. Prefiero no mencionar el nombre del (de los diputados) sino solo el concepto. Se refirieron a sus hijas. A la «revolución de las hijas» y a sus hijas. “Voto esta ley por mis hijas”, dijo uno. “Y por las hijas de los otros diputados”, agregó otro. Y alguno comentó que si su hija tenía que abortar, cosa que no deseaba de ninguna manera, prefería que fuera con un aborto legal, seguro y gratuito.

Me parece honrado que pongan a sus hijas sobre la mesa, ya que de eso se trata. Pero no deja de horrorizarme lo que dicen. Revela hasta qué punto este nuevo dios -la racionalidad pragmática- ha invadido las mentes de tanta gente y, en particular, de los que tienen a su cargo legislar las leyes para nuestro pueblo -para sus hijas y los nietos que les abortarán libre, gratuita y -profecía cumplida- con toda seguridad-.

Insisto: es bueno que se diga y que salga a la luz lo que está en acto en las mentes, porque así se puede objetivar y pensar. Es bueno que salga a la luz y no que quede allí escondido como el veneno que, inoculado, actúa secretamente.

Pero resulta chocante «tanta sinceridad». Es la realidad, sí: nuestras adolescentes -hijas, hermanas, amigas- abortan. Una chica dijo que «eran ellas, chicas de 15, las que acompañaban a sus amigas a abortar y las que les veían la cara de terror” y no sus padres que ni se enteraban-. Es la realidad que los padres son los últimos en enterarse. Por eso el Papa desafía a los padres preguntándoles si sabe “donde están sus hijos, existencialmente”, no en qué discoteca. Los curas nos seguimos «enterando» décadas y décadas después, porque la gente que trata de confesarse antes de morir, confiesa los abortos como lo único dramáticamente serio de su vida.

Todo esto es así. Pero lo que me impactó fue esa «prepeada» de hablar de «la revolución de las hijas» y de los «abortos de sus hijas» con cierto tono de subirse al caballo del humor político que había en la calle. Estoy hablando de diputados que en el gobierno anterior no trataron el tema por disciplina partidaria, cosa que otros se lo hicieron sentir. Está bien lo de «robarle las banderas» a los adversarios y todo lo que ya sabemos que se hace en política, pero el hecho de poner a sus hijas sobre la bancada, me impresionó.

Me estremece escuchar a esas adolescentes que sin saberlo sus papás van con sus amigas a abortar a una clínica clandestina. Pero me estremece más aún escuchar a un papá decir que entrará de la mano con su hija para que aborte en un hospital público. Me estremece más porque esas chicas iban «con cara de terror» y este papá legislador irá con … cara de qué?

Veo tanto a las amigas como al padre llevando de la mano a la que va a sacrificar a un hijo no deseado. Y me da menos terror la cara de terror de las chicas que la cara (indescriptible) con que el padre dijo que la acompañaría.

Hablo no de lo que uno hace sino de lo que dice cuando legisla, que es una actividad específica y representativa. En esto, la imagen que se contrapone en mi corazón es lo que le dijo un padre a su hija, que ante la opinión de los médicos que le dijeron que su bebé no era viable y que ella corría riesgo, decidió abortar. El papá hizo silencio y luego le dijo: al menos que tenga un entierro digno. Nada más. Hay veces en las que no se puede hablar.

Mis argumentos, como la mayoría de los que hablaron a favor de toda vida, no son muy convincentes. Seguramente no son pragmáticos. Y resaltan algunas cosas muy desagradables. Yo mismo, cuando escucho a algunos que hablan con precisión del inciso tal de la ley cual, en el lenguaje concreto que se habla en la cocina de las leyes, me digo que me falta esa precisión. El cambio de paradigma, y más que cambio el choque entre un paradigma «esencialista» y otro «funcionalista», y más que choque, el acabalgamiento que se produce entre estos paradigmas, es algo que vuelve difícil la reflexión articulada y serena y más difícil aún la toma de decisiones.

Pero en los momentos de crisis, las decisiones son a todo o nada. Pero a todo o nada no contra esta ley (que es de las más irrestrictas que he visto comparadas con otros países: en Italia y Francia es hasta las 12 semanas; hasta en China es ilegal el aborto selectivo, porque todos eligen tener varones y abortan a las niñas…; la objeción de conciencia en italia es más respetada…), no contra esta ley, repito, porque sea mejor la anterior, que no es buena, sino porque hay que hacer unas leyes enteramente nuevas!

Ante la complejidad y las urgencias del mundo actual, el Papa habla de que estamos viviendo «en un hospital de campaña» y nos da un «protocolo» para la vida plena. Ese protocolo, esas reglas de comportamiento eficaz y posible en momentos de crisis, como los colores con que se clasifica rápidamente a las víctimas de una tragedia para no perder tiempo, son las bienaventuranzas, no el aborto.

Las bienaventuranzas no son «pragmáticas» ni «razonables» ni «agradables». Pero dan verdaderos frutos de felicidad allí donde la vida misma no es agradable ni pragmática ni razonable.

Es cierto que la misericordia para con el más vulnerable, en toda situación de vulnerabilidad, no es pragmática. Pero acaso vamos a pretender que la vida sea pragmática? Es eso lo que nos quieren vender? Una vida pragmática?

No es pragmático lo que costó traernos al mundo, darnos de comer y educarnos como seres humanos. No es convincente racionalmente que existamos en un universo donde cien mil millones de galaxias no han producido un solo embrión fuera de nuestro planeta. No son siempre cómodas ni agradables todas las tareas que hay que hacer para que un chico viva bien y feliz.

Lo que está en juego en este momento no es dar un paso adelante o volver atrás. Lo que está en juego es que si el paso que damos no es a favor del Dios de la misericordia será a favor del dios de la racionalidad pragmática, que nos devorará uno a uno, comenzando por los que están en gestación, siguiendo por nuestras hijas adolescentes, continuando con nuestras familias para terminar con toda una civilización que, teniendo todos los medios y la plata para honrar la vida de los otros, prefirió deshonrar cómodamente la propia.

Diego Fares sj

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(En aquel tiempo decía Jesús a la gente… Si alguno tiene oídos para oír, que oiga!)    Así es el reino de Dios: como con un hombre que echa semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí sola: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y cuando se da el fruto, con prontitud mete la hoz porque ha llegado la cosecha.

Decía también: ¿A qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el reino sucede como con un grano de mostaza que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que cualquier semilla, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de entender  y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo cuando estaban entre ellos  (Mc 4, 26-33).

Contemplación

El reino de los cielos es un misterio. El misterio de cómo está presente Dios -el Padre, Jesús, el Espíritu Santo- en medio de nosotros, cómo es que actúa en la vida de la gente, cómo inicia, como se desarrolla, en qué estructuras, cuáles son sus frutos que podemos aprovechar, cómo tenemos que comunicarlo a las próximas generaciones…

Cuando nos preguntamos dónde está Dios, cómo es que actúa, qué quiere que hagamos como ciudadanos de su reino, en medio de una situación como la que estamos viviendo en torno a la despenalización del aborto, la respuesta hay que rezarla contemplando las parábolas del reino.

Más que tomar “frases sueltas” del evangelio o de la doctrina de la Iglesia, puede ayudar un rato de oración. Una oración de pobres, de gente común del pueblo de Dios que necesitamos que Jesús mismo nos hable y nos predique alguna palabra nueva, entre tanta cosa que hemos escuchado y dicho. Necesitamos una oración de pobres discípulos que no entienden y desean una explicación como esas que Jesús les daba “cuando estaban entre ellos”. Es decir: necesitamos escuchar a Jesús no “por la calle”, sino dándonos un tiempo especial.

Y las parábolas contienen dentro de sí -en su dinámica- un tiempo especial. Abren la mente con sus juegos de imágenes. Como esta sobre el hombre que siembra y cosecha, que no sabe cómo se da el proceso de crecimiento de la semilla, pero sí puede discernir claramente cuándo sembrar y cuándo cosechar porque “se ha dado” el fruto (se ofrece el fruto, dice el griego). Y la otra, que tiene sentido en sí misma pero también juega dialécticamente con su hermana gemela, esta parábola en la que el reino se compara no con la acción de un labrador sino con un tipo de semilla -el granito de mostaza, que condimenta las comidas-, un granito pequeño que llega a ser un arbusto grande y no solo sirve por sus frutos sino que trasciende: sirve para que los pajaritos hagan nido a la sombra de sus ramas. Hermosa imagen del reino que es algo más que “frutos” y no solo sirve al reino humano sino también al reino animal.

Jesús está hablando en un discurso más amplio y nos advierte que paremos la oreja, que el que tenga oídos para oír, que oiga. Es una invitación de esas que son perennes, para toda época que no se haya vuelto tan autorreferencial que no quiera ya usar sus oídos para oír (al otro) porque sólo se escucha a sí misma (para eso no hacen falta oídos!).

Las parábolas son como una vasija que contiene un tiempo especial. Como toda obra de arte, crean su propio tiempo. Una obra de arte -un cuadro, una música, una Iglesia…- sin que nos demos cuenta, por atracción, nos hacen entrar en su propio tiempo, deteniéndonos en un detalle, impulsándonos a ir a ver o a escuchar otro y luego haciéndonos sentir la necesidad de volver atrás… Las parábolas, en cuanto obras de arte narrativas de Jesús, le regalan este tiempo de contemplación al que quiere entrar en su lectura, meditación y contemplación. Nos regalan este tiempo como el fruto que “se ofrece” en la primera parábola. Nos regalan este tiempo de gracia como las ramas del arbusto de mostaza, para que hagamos nido y pongamos huevo en vez de andar solo revoloteando por la historia.

Cómo actúa Dios en nuestra historia? Jesús usa una imagen de su época aprovechando que entonces no se sabía mucho acerca del proceso de crecimiento de las plantas pero sí se sabía muy bien cuándo sembrar y cuándo cosechar. Hoy en día esto ha cambiado. Y yo diría que está cambiando radicalmente. No sólo se trata de que ahora sabemos mucho (nunca todo, en esto la ciencia actual es más humilde que el saber común) acerca de cómo crece una planta. No sabemos todo pero sabemos mucho, tanto que podemos modificar genéticamente los cultivos. Sabemos! aunque algunos se hagan los tontos y digan que no se pueden usar estos conocimientos a la hora de hacer una ley que afecta a una vida en gestación. Esto es “religioso” -dicen- y hay que ponerlo entre paréntesis a la hora de legislar “para todos”. El problema es que, entre paréntesis, se pueden poner las palabras, no la realidad. Las creencias absolutas permean las prácticas más cotidianas. Además, hay que reconocer el menos que el concepto de “derecho absoluto de una persona a decidir libremente” es una conquista del pensamiento cristiano. No lo tenían los griegos ni los romanos, ni se respeta de igual modo en la actualidad en países de otras religiones o sistemas políticos.

Decía que la imagen que usa el Señor ha cambiado no en el sentido de algo que evoluciona sino que ha mutado: ahora conocemos todo de los procesos biológicos y hemos perdido el conocimiento de nuestro modo de interactuar positivamente con la vida en el planeta: ya no sabemos cuándo sembrar y cuándo cosechar. Sembramos mal, llenando el país de soja, por ejemplo, sin rotar los sembrados; quemamos bosques… Estamos viviendo en una anti-parábola: en una mentalidad que privilegia el funcionamiento y se desentiende de los fines.

Y creo que la parábola tiene más actualidad aún. Podríamos cambiarla, con todo respeto, en la parte que habla de que la semilla crece sola y decir que ahora el hombre sabe cómo crece y la tierra no da fruto “automáticamente” (esa era la palabra griega) sino que el hombre la hace dar el fruto transgénico que quiere. El punto del Señor sigue siendo el mismo: lo que interesa para conocer su reino es compararlo no con el saber tecnológico que puede tener o no tener el hombre, sino con su saber “humano”: cuando sembrar y cuándo cosechar. Esto es lo que el Papa llama “discernimiento” y afirma que “se disciernen las situaciones”: cuando sembrar y cuándo cosechar (y esto conlleva el “cuándo hay que interrumpir un proceso y cuándo no se puede).

El fruto que saco yo de esta parábola es que “hay que sembrar de nuevo”.

La parábola, aunque no lo dice, supone que el reino es algo que se siembra y se cosecha y esto es algo que hay que hacer cada año o cada ciclo de cultivo. No solo hay que sembrar de nuevo cada ciclo sino que hay que rotar los cultivos. Y el evangelio no solo tiene potencia de crecimiento inusitada que se renueva en cada siembra sino también multitud de semillas, muchas de las cuales no se han sembrado en la misma cantidad que otras.

Cada cultura y cada época es como una tierra nueva y apta para distintos tipos de semilla. Lo bueno de las semillas evangélicas es que, en cada una, diferente a las demás, está Cristo entero, así como en cada espiritualidad y en cada carisma está el Espíritu entero, Único en las diferencias.

Creo que ahora, en nuestra patria, pero no solo, hay que sembrar de nuevo. Porque los frutos que dieron otras siembras, cuando los ofrecemos a las nuevas generaciones, les saben a frisados y enlatados. Y esto no es culpa del evangelio sino nuestra, por no sembrar cada año con la misma pasión y dedicación que sembraron nuestros mayores y ofrecer a los jóvenes frutos en conserva.

Ha cambiado el terreno, ha cambiado la mentalidad y la cultura y hay que sembrar de nuevo, para que los frutos de la nueva cosecha tengan el gusto de la nueva tierra. Si no, no serán aceptados.

Y esto de sembrar de nuevo no es ninguna amenaza a la doctrina ni significa ningún fracaso. En todo caso es un fracaso haber perdido tiempo y seguir atrasando la nueva siembra con la excusa de que los frutos conservados son comestibles. Lo cual es tan cierto como que celebrar una misa en latín vale tanto como celebrarla en lengua vernácula. El punto es que la misa es para que la generación de las hijas (y de los hijos), que recién han salido del catecismo, le sigan tomando el gusto a Jesús y se encienda en sus corazones puros el deseo de recibir al Espíritu, que es el único que les dará alegría duradera y astucia para interactuar con este mundo que los seduce y luego los descarta con suma facilidad.

En Amoris Laetitia, el Papa dice a los padres: “Las preguntas que hago a los padres son: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente (existencialmente) en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo? Los padres -dice- siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Ya que esta función educativa de las familias es tan importante y se ha vuelto muy compleja, quiero detenerme especialmente en este punto: la familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos” (Cfr AL 259-262).

Cuáles son las semillas que el Papa nos pide que sembremos en esta época. El insiste una y otra vez en sembrar las semillas de las bienaventuranzas y, entre ellas, de modo particular todas las semillas de la misericordia, que se concreta en una semilla para cada obra de las que enseña Mt 25 -las obras de misericordia que hacen a nuestra carne con hambre, sed, enferma, presa, sin hogar, sin vestido.

También insiste en las obras de misericordia espirituales, entre las que se destaca la semilla del discernimiento. Esta semilla se siembra de manera especial con las parábolas, cuya estructura nos hace pensar por nosotros mismos, nos invita juzgar entre situaciones contrapuestas.

Esto es urgente en nuestra época en la que las ideas abstractas son una especie de “ídolos transparentes”. El ídolo transparente es un ídolo que no te hace adorarlo a él como objeto, sino que te permite ver la realidad pero con un “filtro” que la distorsiona imperceptiblemente para una parcialidad. Es difícil darse cuenta porque es muy transparente y se aloja en el nacimiento mismo de la visión.

Un ejemplo (de mi predicador de Ejercicios que me ayudó a descubrir un ídolo transparente mío) Cuándo Dios le dice al profeta Samuel que tiene que dejar de llorar por Saúl y elegir otro Rey para Israel, Samuel mira a los hijos de Isaí y se fija en el más fuerte. Ese era su “ídolo transparente” para “ver a un Rey elegido por Dios”. Pero Dios no se fija en las apariencias sino en el corazón y le señala a David.

Así cada uno debe revisar su “ídolo transparente” -pidiendo ayuda al Espíritu para que se le caigan las escamas de los ojos, como a los discípulos de Emaús) y las parábolas ayudan a salir de una visión “autorreferncial” al hacernos entrar en una dinámica distinta. Una dinámica que nos obliga a salir de nosotros mismos, a enfrentarnos a un misterio a la vez claro (porque en la parábola están todos los elementos sobre la mesa) e inagotable (la interacción de las parábolas entre sí y con la realidad de cada persona las hacen inagotables).

Una fe que se purifica los ojos de estos ídolos transparentes es como un granito de mostaza que, en su pequeñez, contiene todo el evangelio, y puede extender ramas para que hagan nido los pajaritos del cielo a su sombra.

Diego Fares sj

 

 

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Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

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Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas

y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo,

junto con sus ovejas y sus bueyes;

desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado (emporio).»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

“El celo por tu Casa me fagocitará” (Sal 69, 10).

Entonces los judíos le preguntaron:

«¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo levanto.»

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo,

¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua,

muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie:

él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

 

Contemplación

El templo de su cuerpo. La frase de Juan para hablar del cuerpo de Jesús me inspiró para sumarme al diálogo sobre la ley de la Interrupción legal del embarazo (ILE) como se llama, que pone en juego no solo un tema de salud y de derecho a decidir de la mujer embarazada, sino que concentra y desafía a cada persona y a la sociedad entera ya que, cuando se pone en juego la vida humana, el modo como se actúa con la vida de cada persona afecta a toda la sociedad y a la humanidad entera. Cuando digo “la vida humana de cada persona” lo que trato de decir es que no existe algo así como “la vida humana en general, en abstracto”. Existimos personas concretas, cada una con su nombre y número. La reflexión de hoy irá principalmente a este punto.

Cada uno con nombre y número único

El nombre nos lo da otro. La primera que le da vueltas a nuestro nombre en su corazón y piensa cómo le gustaría llamarnos es nuestra madre. Cuando hay un padre presente, lo terminan de elegir juntos, en algún momento de la gestación o al nacer. Una vez nacidos, el Estado inscribe el nombre que nos dan nuestros padres y nos da un Número que no elegimos, nuestro DNI. (También podremos obtener un número de “pasaporte” que nos permite solicitar un número en otras naciones, pero el número del país de origen es el decisivo, como me hizo entender un carabinieri al que le mostraba mi permesso di soggiorno y él me pedía el pasaporte también: tiene que presentar los dos, me decía, pero el “suyo” es el pasaporte!).

Antes de este nombre y de este número hay otros dos que nos vienen dados: uno nos lo da la naturaleza, es nuestro ADN, que combina los números de nuestros padres y ancestros de manera única. El otro, es el nombre que nos da Dios nuestro Creador y viene junto con la Vida misma, con nuestro ser “tal persona”. El Apocalipsis nos habla de un “nombre nuevo” escrito en una piedrita blanca que el Espíritu da (Ap 2, 17).

Quizás esto me venga de que aquí, en Italia, tengo que renovar mis documentos una vez al año y eso me hace ver la importancia de ser “reconocido para siempre en mi país de nacimiento”. Me imaginaba la pesadilla de tener que renovar mi nombre propio cada año y esperar a que mi familia me diera el: Ok Diego. Podés seguir usando nuestro apellido por este año”.

Toda esta “preocupación” de todos -madre, padre, estados- por dar a cada uno un nombre y apellido y un número únicos, proviene de la imperiosa necesidad de ser justos reconociendo nuestra dignidad de seres únicos: cada ser humano es único de una manera absoluta. No somos dos personas ni media persona. Recuerdo la angustia de una persona del Hogar de San José a la que le habíamos ayudado a sacar su DNI para cobrar una pensión cuando se le bloqueó todo porque había otro con el mismo DNI en otra provincia. También me viene el ejemplo de los refugiados que tienen solo papeles provisorios de los que “requieren asilo humanitario” y sin un documento más firme no pueden trabajar: no se sienten “a medias” sino que sienten que “no son nadie”. Así de absoluto es no tener DNI.

Un misterio muy grande que contiene todo nombre puede verse en estos dos hechos: por un lado hasta los gemelos que tienen todo igual son distintos. No se puede clonar la personalidad de nadie. Por otro, cada órgano humano es trasplantable y puede servir a otros, podemos trasfundir nuestra sangre y comunicar nuestros sentimientos y pensamientos más hondos y secretos con todos los demás. Todo lo humano es único y común. La persona y la comunidad se constituyen al mismo tiempo. En cada paso de la gestación y de la historia la madre se va haciendo madre y el hijo hijo y en la historia de cada familia, la sociedad se va haciendo sociedad.

ADN y DNI

Estas imágenes y reflexiones que bucean en el misterio común de nuestro nombre y nuestro número apuntan a no separar así nomás nuestro ADN (natural), nuestro Nombre propio (familiar) y nuestro DNI (social).

Se nos dan en tiempos distintos, siguiendo ritmos distintos. Pero cada uno está presente desde el comienzo hasta el final y hay que mantenerlos unidos sin confundirlos ni dividirlos.

Algunos ejemplos: a los hijos de los así llamados subversivos, sus apropiadores ilegítimos les dieron un DNI y un nombre nuevos con el que pretendieron borrar su identidad biológica y familiar. Con el tiempo, las abuelas, gracias al número que traemos por naturaleza, nuestro ADN, van pudiendo reconstruir la historia y ofrecer la posibilidad a esos nietos de restablecer su relación con su familia de origen. Por eso digo que es peligroso separar el ADN del DNI. El hecho de que se nos de un DNI en un momento posterior a nuestro nacimiento, no significa que comience a valer desde ahí. Si fuera así, el DNI que se nos da a pedido, por ejemplo, de un apropiador ilegítimo, pasaría a tener valor absoluto. Vemos que esto es ridículo. El DNI vale en referencia al ADN, que es un número más de fábrica, digamos.

Pongamos otro caso, esta vez de ciencia ficción. Si uno hubiera sido abortado y, por esas cosas de la ciencia, hubiera sobrevivido, con algunos daños físicos, por supuesto. Podría reclamar luego la herencia a su madre biológica rica que, por ir a una clínica de alta sofisticación, ocurrió que su feto en vez de terminar ahí hubiera seguido adelante? Estos problemas legales están surgiendo ahora a raíz de los embriones congelados.

Esto último es para contrastar con proyectos de ley que quieren solucionar las cosas con tres frases: aborto seguro, legal e irrestricto hasta la semana 14. Fundamentos: el derecho absoluto de la madre a decidir sobre su cuerpo y la obligación del Estado a brindarle asistencia para su salud, no solo física sino psicológica y social. (Aquí hay que agregar: salud trascendental, ya que si uno va contra la belleza, la verdad o el bien, el alma se enferma “trascendentalmente” y uno no sabe qué le pasa, porque los síntomas parecen raros, pero si uno les pone nombre son clarísimos: hiciste algo feo y te sentís horrible; hiciste algo falso, y te sentís inauténtico; hiciste algo malo y te sentís mal. Una sociedad que legisla de manera superficial o defendiendo intereses espúreos, se degrada a sí misma y vive en un malestar social, en un clima feo. Uno no se enferma solo de cáncer o de depresión, también se enferma de fealdad, de mentira, de maldad y, más grave aún, de verdades a medias, de bienes menores y bellezas pasajeras).

No se puede tratar de manera simplista algo que, siendo simple es bien complejo,  como cada uno de nosotros.

Para cada uno es importante todo: su identidad genética, su identidad cultural, su historia, sus decisiones, sus cambios y opciones. No se puede decir ni que estamos totalmente “hechos” ni que “nos hacemos completamente”. El lenguaje lo muestra: usamos palabras y lenguas que nos enseñan otros y que tienen palabras que inventaron otros, y nos expresamos de manera totalmente personal.

Otro ejemplo sobre el DNI. Cuándo nos lo tiene que dar un Estado? Cuándo hay que “registrar” una nueva vida?  A los tantos días de nacido, dice la ley. De hecho queda registrada en la memoria y en el corazón de cada madre. Algunas dicen que si abortaron una vez, al tener otro hijo, el registro del que no tuvieron, se vuelve más neto. Es que las cosas valiosas se registran. Nuestra mente y nuestro corazón son máquinas de discernir lo que es valioso y de descartar lo que no lo es. Hoy en día, todo se registra. Entrás en internet y de una huella tuya, se puede reconstruir casi tu vida entera. Pronto los celulares que te reconocen facialmente y sienten tu pulso, podrán registrar si una mujer está embarazada al fotografiar su ojo o al sentir el latido de otro corazón (un estudio reciente dice que el primer latido puede darse a los 16 días).

Habría que darle un DNI provisorio a este nuevo corazón? Desde un punto de vista , podría ser una intromisión en la privacidad (cosa que por otra parte ya se realiza de manera exhaustiva para vendernos cosas). Desde el punto de vista de la salud preventiva podría ser un indicador para ofrecer todo tipo de ayuda y asistencia a esa madre. Pienso en las madres pobres que desean con toda el alma tener su bebé y que si recibieran ayuda económica para nutrirse bien y cuidados para que su bebé se desarrollara sanito serían las mujeres más felices del mundo. Protección integral del niño desde el momento 0! Madres protegidas, futuros ciudadanos sanos! Son slogans que suenan un poco extraños porque las palabras se usan para otras cosas. Pero si hay slogans que dicen “Aborto seguro” por qué no también “Embarazo seguro”. Si se defiende el derecho a recibir gratuitamente toda la atención hospitalaria para interrumpir un embarazo, con lo que cuesta, por qué no defender también el derecho de las madres pobres a recibir gratuitamente toda la atención que requiere gestar y criar a un hijo de modo digno y seguro. Seguramente esto último cuesta más. Pero dado que no hay presupuesto para todo, como dicen los funcionarios públicos, se podría distribuir más equitativamente el dinero que se usa y dar más ayuda económica a la madre cuya salud está en riesgo y quiere tener un hijo que a la que no quiere tenerlo. No es mi lógica, pero sí la de los empresarios que siguen el ojo por ojo y podrían decir: madre con hijo por madre con hijo. Y aquí hay que luchar por una legislación positiva  que promueva al vida en todos sus estadios y no solo contra una legislación que facilite el aborto.

Por supuesto que esto requiere una legislación detallada que contemple, pese y mida, tantos casos e implemente todo un mundo de organizaciones intermedias que puedan intervenir y ayudar especialmente a las madres más frágiles y pobres. Dejarlas solas en medio de un mundo hostil, que no te dará nada gratis para criar a un hijo y, en medio de esa oscuridad y de esa selva, poner una sola puerta gratis que diga “aborto seguro”, no es un tipo de coacción social?

Resumiendo, lo que me gustaría que quede para reflexionar es:

Que la cuestión de que uno es persona entera, desde el primer momento y a lo largo de toda su vida, no es solo una cuestión “teológica”, “filosófica” o de “creencia religiosa”.

Si uno parte de la práctica, del ADN, del nombre de familia y del DNI , surge la misma verdad: somos personas “haciéndonos cargo de todos nuestros nombres y números”.

Y la sociedad, de hecho, nos reconoce este derecho fundamental. Cuando uno reclama, lo reconoce. Por tanto hay que legislar cuidando que la actuación con respecto a cada uno de estos nombres y números, que se van manifestando en distintos momentos, no lesione a los otros.

Que por salvarnos el ADN nos cambien el DNI, como hicieron los jueces que permitieron una apropiación ilegítima.

Que porque una madre no pueda o no desee darnos un nombre propio, el estado trate nuestro número de ADN como material descartable o congelable, sin profundizar en todos los problemas que trae no legislar o legislar parcialmente.

Que por no poder darnos un DNI hasta que hayamos nacido, el Estado se desentienda de nosotros, reduciendo el problema a “que decida otra” y poniendo recursos económicos a disposición de alguien que elimina a un posible ciudadano a la vez que no invierte en otras personas que también están en riesgo y que quieren contribuir a la vida común haciéndose cargo de esos “futuros ciudadanos” sin ayuda social.

Dejo aquí por hoy. Espero que las reflexiones hayan salido con buen espíritu. Sin herir a nadie. Con la convicción de que ampliar el tema -centrándolo en el punto de lo que es una persona- no es para mal de nadie sino para el bien de todos. Porque lo que se hace con cada uno de los más pequeños y frágiles -madres e hijos- se hace con el Cuerpo del Señor, que es un Templo en cuyo sagrario estamos todos, ya que hemos sido creados a imagen suya y más profundo aún que nuestro ADN, cada persona lleva escrito en su ser el Nombre de Jesús (somos “made in Jesús, como se había tatuado uno). Él adopta todos nuestros nombres y le da su nombre a todos, especialmente a los que otros no se lo quieren dar, a los más pobres de los pobres.

Diego Fares sj

 

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José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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