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            Refiriéndose a algunos que tenían la íntima presunción de ser justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo también esta parábola: 

«Dos hombres subieron al Templo para rezar; uno era fariseo y el otro, publicano. 

El fariseo, estando de pie, rezaba así: 

“Oh Dios, te agradezco porque no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; y tampoco como ese publicano. Yo ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.” 

El publicano, en cambio, estando a distancia, no quería ni siquiera los ojos alzar al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: 

“¡Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador!” 

Yo les digo que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se empequeñece a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

Contemplación

            Me tocó que Lucas no diga que el publicano “no osaba” sino que “no quería” levantar los ojos. Y el orden de la frase lo enfatiza más: “No quería ni siquiera los ojos alzar al cielo”. Lo único que quiere el publicano al que Jesús alaba es que Dios le sea propicio: “Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador”. 

Se queda a distancia. No quiere ni siquiera alzar los ojos. Se golpea el pecho. No se detiene a enumerar sus pecados… (podría haberse puesto a hacer la lista contraria al fariseo: soy ladrón, injusto, adúltero…, un fariseo como aquel de allá adelante). 

Pero no. Nada de eso. Solo “Se propicio conmigo, el pecador”. 

Me impresiona también que diga “el pecador”. No “que soy un pecador” o “porque soy un pecador”. 

Y el verbo que usa va más allá que decir “se compasivo” o “perdoname mis pecados”. “Ilasthemi”  significa “se propicio conmigo”, en el sentido de: muéstrate favorable, aplacate y no me retes ni me castigues sino convertite y mirame con benevolencia.

            La parábola nos invita a profundizar. Hay mucho para aprender de esta actitud del publicano que a él le sale de una, espontánea, mostrando en cada gesto toda su persona. Hay mucho allí y se puede entrar. 

La actitud del fariseo en cambio como que no tiene mucho misterio. Cada uno sabe lo que es estar lleno de sí mismo, esa íntima presunción de ser justo y ese desprecio por los demás que si la consentimos se apodera de nuestro rostro como una máscara y que, aunque “actuemos” desde allí, en el fondo sabemos que hay algo que no funciona. Nos quisiéramos arrancar la máscara, aunque solos no podamos. 

Esto es quizás lo que el publicano tenía ya aprendido y por eso simplifica las cosas: el tiene sed de que Dios le sea propicio. El “Tú” ha crecido en su oración -Oh, Dios, (Tú) se propicio conmigo-; y el “yo” ha desaparecido: se define como “el pecador”. No es que se justifique, sino que no se detiene en ese nivel de la culpa que es auto referencial (yo hice esto, cómo es posible que yo, siempre yo….), sino que el acento lo pone en que Dios le sea propicio. Esto es lo que comprendió Pablo y le cambió la vida. 

            Él, que primero rezaba como el fariseo, aprendió que lo importante era ganarse a Cristo, ganar su favor. Escuchemos qué bien se lo dice a los Romanos: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? (…) Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rm 8, 31-37).

Ganarse a Jesús!

Aprovecharlo!

Si para eso vino!

Acaso no comprendemos que vino para que nos lo ganemos? Que su amistad se la puede ganar cualquiera que quiera? A Él le encantaba la gente que se lo ponía simple, que iba directo a “querer verlo”, como Zaqueo subido de la morera, como Bartimeo y su pedido: “Señor, que yo vea”. Le encantaba la gente que se animaba a romper un frasco de perfume y ungirlo en público, como si fuera su mejor amiga, o los que le metían por el techo a su amigo paralítico en camilla, interrumpiendo la conferencia, para que se los curara. En los modos de pedirle que les fuera propicio se veía el corazón de los que habían comprendido esta mano abierta de Jesús a la amistad, la invitación a ser amigos en Dios.

En la parábola del fariseo y el publicano Jesús también lo pone fácil. Uno salió justificado y el otro no. Salió justificado el que le pidió -con todo su ser- que le fuera propicio. Que es como pedir que sea amigo, porque los amigos siempre nos son propicios.

Dos hombres entraron al Templo a rezar. Cuando vamos a rezar no vamos ni para discutir hablando de los demás, ni para justificarnos ni para culparnos. Rezamos para que Él nos sea propicio, para que nos haga sentir que camina a nuestro lado, que nos cuida y nos valora, que nos anima siempre de nuevo a crecer en el bien y nos da fuerza para luchar en lo que nos toca. Si rezamos, tenemos que ir directo al grano y rezar como el publicano, que se ganó el favor de Dios. No “un favor”, sino su amistad, que es “el favor”, porque los amigos siempre son “a favor”. 

La amistad tiene esa gracia tan inexpresable que hace que uno disfrute sintiendo qué buen amigo es el otro con uno; se disfruta la conciencia de que el otro es mejor amigo que uno. 

A mi me gusta expresarlo con algo que una vez salió en broma y después quedó. Hablando de la oración con un amigo que decía que no sabía si estaba rezando bien me acuerdo de que le dije: 

– La verdad es que vos rezás muy bien, mejor que yo! 

– Cómo es eso?

– Y sí. Fijate que vos rezás por mí y yo he mejorado tanto en este tiempo, en cambio yo rezo por vos y vos no has mejorado casi nada. Así que es evidente que vos rezás mejor y Dios te escucha más.

Él siempre lo recuerda y lo cuenta. Y nos reímos.

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo: 

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. 

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: 

“Hazme justicia frente a mi adversario.” 

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: 

“Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.

Y el Señor dijo: 

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?  Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha con magnanimidad, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación

La parábola de la mujer corajuda, Jesús la cuenta para mostrarnos a sus discípulos que es necesario que recemos como ella, “echando tu corazón adelante” y sin descorazonarnos (coraje viene de corazón). El coraje tiene que ver con la pasión de la ira, con la bronca y la agresividad. Pero no con las que vienen del hígado sino con la que viene de otra víscera: del corazón. Es la indignación noble que brota ante la injusticia, la bronca lúcida que se centra y se modera para luchar por la justicia siendo uno mismo justo. No es la ira que se descontrola y se descarga emotivamente con palabras y acciones agresivas sino la ira que pone su fuerza en perseverar en la lucha a lo largo del tiempo, el que haga falta para lograr justicia. En esta virtud del coraje, del no descorazonarse nunca, las madres del dolor -de todos los dolores y de todas las injusticias sufridas por sus hijos- son ejemplo ayer y hoy. Sin dejarnos distraer por las ideologías, que pueden ser variadas, el Señor nos invita a que nos concentremos en el coraje de esta viuda que pide justicia a un juez corrupto. Va todos los días hasta que el juez juzga bien su coraje y se da cuenta de que no se va a cansar. No se va a cansar porque lo suyo es algo que le toca el corazón. El Señor no cuenta cuál era su caso, pero sabemos que tocaba su corazón, tocaba su dignidad. Por eso el juez teme que lo abofetee en la cara, como termina haciendo el más débil cuando defiende su dignidad ante el más fuerte y sabe que no puede ganar pero sí mostrarle al otro, con una bofetada, que por tener más poder no es más digno y puede ser tratado vilmente en el mano a mano. Esto era lo único que temía el juez inicuo: la bofetada de una mujer digna, esa capaz de revelar en un gesto toda su bajeza humana y su corrupción.

La palabra que responde al “no descorazonarse” humano es la “magnanimidad de corazón” con la que nos escucha y está atento a nosotros Dios. 

Aquí nos da Jesús los parámetros en los que se mueve la fe, esa fe que da fortaleza al corazón y lucidez al discernimiento: el parámetro del coraje que nos mete decididamente en el corazón magnánimo de Dios. Magnánimo en el sentido que tiene hablar de un ánimo grande, que es una manera de decir que Dios tiene en sus manos nuestra vida entera y por eso espera pacientemente el momento justo para “hacernos justicia en un abrir y cerrar de ojos” como dice Jesús. El que tiene todo un proceso en sus manos es el que no se desanima por una derrota o un problema y sabe tirar del hilo justo en el momento preciso. La fe, nos dice el Señor, es ese poner por delante el corazón, ese jugarse con entera confianza de que uno no se tira a ningún vacío sino a las manos de nuestro Padre que conduce la historia y la vida de cada uno hacia sí, hacia su abrazo. Esta es la audacia en la oración de la que siempre habla el Papa: cuando rezás tenés que pedir mucho, tenés que insistir mucho. Si no, no es rezar. Para rezar hay que rezar con coraje, como la viuda valiente y corajuda. Esa fe es la que espera encontrar Jesús cuando vuelva. Porque es una fe que hace honor a Dios. Una fe que discierne que no puede ser que nos haya creado para poco. Y menos para soportar toda la injusticia e iniquidad como la que anda desatada por el mundo. 

………….

Hablando del coraje de la fe cuento una pequeña historia. Es de una mujer también, pero no se trata de una viuda sino de una preadolescente corajuda, hija de una familia amiga, que expresamente le preguntó a su papá “si me había contado lo que le pasó en la escuela”. Quería contarme y después que la escuché, cenando en su casa, le escribí una cartita, que transcribo tal cual, sin más explicaciones: 

La fe

Ciao Miriam, 

Te escribo algunas reflexiones que pensé en la oración recordando lo que me contaste. Decime vos si comprendí bien lo que pasó en tu escuela 

Diego

La profesora te preguntó por qué creés o cómo es que vos creés en Dios 

Vos le respondiste que a Dios lo sentís, y luego “te fiás”. “Si no te fiás…” – le dijiste- e hiciste un gesto como diciendo: si no te fías, no lo sentirás y yo no puedo hacer nada. Y te quedaste en silencio. 

Este silencio me conmovió.

Vos no tenés muchos argumentos, pero lo tuyo fue un verdadero testimonio.

Por qué hablo de testimonio?

Porque te fue pedido en público (y de manera hostil por parte de una adulta) que dieras razón de tu fe y pienso que lo hiciste con coraje e inteligencia.

Lo primero que me viene en mente es que, sin decirlo, les hiciste sentir a los otros que la fe es cuestión de libertad y de coraje. Hablo de “los otros” porque también algunos de tus compañeritos te hicieron experimentar cierto encarnizamiento tirando argumentos comunes que escuchan sin reflexionar e insistiendo sin mucho respeto por tus convicciones (cosa que no se hace, por ejemplo, con los que profesan otra religión).

Ellos no comprendieron bien que vos hablabas de libertad y la profesora argumentó que “como hacés para fiarte si a Dios no lo ves”. Un compañero agregó que la ciencia “ha demostrado muchas cosas”…

Vos a la profesora le respondiste insistiendo de nuevo: “Si no te fiás…”.

Esto me recuerda el evangelio de Juan, cuando Jesús le dice a Tomás: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae también tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27). El imperativo “no seas” “no quieras ser incrédulo”, habla a la libertad. Incluso viendo a Jesús y metiendo los dedos en sus llagas uno puede decidir no fiarse. 

A tu compañerito, a continuación, le preguntaste si él había “visto” todo lo que dicen las ciencias”. Estuviste bien! 

La profesora dijo que “como hacés para fiarte si cuando tenés necesidad Dios no te habla”

Vos dijiste algo del Evangelio como Palabra de Dios y un compañero retrucó con ironía (todos hablaban juntos y te contradecían): “Y si son todas fábulas?”

Yo te conté de cómo cuando tenía más o menos tu edad, ante una discusión similar que se dio en clase acerca de la veracidad del evangelio, me puse a estudiar y di testimonio en mi clase acerca de cómo había comprendido que el Evangelio, antes de ser palabra escrita había sido palabra viva dentro de la primera comunidad, testimoniada con la vida de los mártires. Creemos libremente a personas que viven lo que predican y no a deducciones abstractas de una ciencia anónima!

Fue aquí donde -hablando de los testimonios- vos dijiste que no entendías qué tenían tus compañeros y la profesora en la cabeza, qué habían aprendido en su familia. Sentiste que eran sus familias que no le habían dado testimonio vivo de la fe y habían dejado que la cabeza de estos niños se llenara de medias verdades y de fábulas pseudocientíficas (porque la verdadera ciencia es muy consciente de sus límites, de sus hipótesis y no confunde el ámbito de la demostración científica con el de la fe). La fe se inculca en la familia, viendo a los padres rezar y fiarse de Dios. Esta fe viva no tiene problema en investigar las cosas con instrumentos científicos, pero esto no es obstáculo para fiarse de la Persona de Jesús testimoniada con su vida por los santos, los mártires y todos aquellos que tienen la valentía de creer, como vos.

Diego Fares sj

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea. Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, 

Los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:  «¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!» 

Luego que los vio, Jesús les dijo: «Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.» 

Y sucedió que mientras iban quedaron purificados. 

Uno de ellos, al ver que se había curado, 

volvió atrás 

glorificando a Dios a grandes voces 

y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, 

le daba gracias (euchariston).

Era un samaritano. 

Respondiendo Jesús dijo entonces: «¿Acaso no quedaron limpios los diez?  Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» 

Y agregó:   «Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación

            Jesús pregunta por los otros nueve: “Acaso no quedaron limpios los diez? Los otros nueve, dónde están que no vuelven a dar gloria a Dios?”.

            Desde la perspectiva de estos nueve, esta escena vendría a ser como el complemento de la parábola de la oveja perdida, en la que el Señor hace notar cómo 

el pastor deja las noventa y nueve y va en busca de la única perdida. Aquí, aprovechando la fe del samaritano agradecido, Jesús pone el acento en que los perdidos son los otros nueve. 

            Son dos maneras de insistir en la totalidad, en la importancia de todos y cada uno de los hombres. El Señor viene del Padre que “no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos”. Eso incluye tanto a la única oveja que se perdió como a los nueve leprosos curados que no volvieron a agradecer.

            Nos detenemos un momento en estos nueve. Qué les pasó que no volvieron a dar gloria a Dios ni a agradecer a Jesús que los limpió?

            Martín Descalzo afirma que esa es la proporción del agradecimiento -o más bien del desagradecimiento-: nueve a uno. Pero también dice que ese uno vale mucho, porque da mucho fruto. Como la semilla que cae en tierra buena (el agradecimiento es tierra buena para las semillas de Dios), que a veces el treinta, otras el sesenta y otras el ciento por uno!

Pero qué pasa con ese noventa por ciento que pasa de largo en la vida y no se vuelve, no se detiene siquiera, a pensar en dar gloria a Dios por lo bueno ni conecta lo que le sucede con la persona de Jesús. Cuando sucede algo malo, sí, bien que nos detenemos a quejarnos y a cuestionar que Dios no esté. Pero todo lo bueno que nos pasa, el milagro de cada día, lo tomamos como si fuera lo más natural. Y Jesús, que es uno que se queja poco por no decir nada, de esto sí se lamenta: de la falta de agradecimiento. 

            Su pregunta es significativa: “Dónde están?” No pregunta por qué no vinieron, como quien juzga las intenciones del otro, sino que pregunta dónde están, en qué piensan, que tienen en la cabeza que no se dan cuenta? 

            Del samaritano agradecido, si lo quisiéramos definir, podemos decir que era uno que tenía en cuenta las personas. Lucas dice que se volvió “glorificando a Dios” y que “cayó sobre su rostro a los pies de Jesús” y que “le daba gracias”. Estamos ante una persona que conecta lo que le pasó en su cuerpo leproso con El que le dijo que fuera a presentarse ante los sacerdotes. Y como conecta bien, es libre para postergar el mandato ritual y dar prioridad al deber de agradecer primero a la persona que lo curó. 

            Dónde están, entonces, los otros nueve? Por contraste con este único agradecido podemos deducir que los otros nueve están “en las cosas (formales) que hay que hacer” más que “en las personas (reales) a las que hay que agradecer”. 

            También podemos decir, considerando su “estar” de modo dinámico, que son gente que orienta su camino impulsada por el deber en vez de ser gente que vuelve sobre sus pasos atraída por la posibilidad de agradecer. 

            Para ser justos digamos que ninguno de los diez eran personas que se miraban a sí mismas. Al verse curados no se olvidaron de su mal para dedicarse a seguir sus propios intereses. También podemos pensar que, seguramente, el leproso agradecido habrá ido después a presentarse a los sacerdotes, como Jesús les había mandado. Pero la diferencia está en que este fue más libre, primero volvió a agradecer. Y de eso se trata cuando está en juego la fe, que es lo que le interesa despertar a Jesús tanto cuando cura a alguien como cuando predica o simplemente sirve dando ejemplo. La fe sigue los pasos que dio el samaritano, que fueros pasos atrás, hacia un Jesús con el que se encontró por el camino y al que tuvo que volver para dimensionarlo bien. 

            Los pasos de la misericordia nos los enseña el samaritano misericordioso. Los pasos de la fe que salva, nos los enseña este samaritano misericordiado. Pongo estos adjetivos porque el de “buen samaritano” les corresponde a los dos. Uno se vuelve bueno y agradecido y se le abren los ojos a la fe y las manos se vuelven activas para la caridad tanto cuando recibe como cuando practica la misericordia. 

Podemos decir que la primera bondad -la de la fe y la del agradecimiento- es más para con Dios Salvador; y la compasión, es bondad para con el prójimo herido.

Los pasos de la fe

Salir al encuentro de Jesús. El primer paso de la fe es el de un deseo y una decisión: de salir al encuentro. Lo habrían planeado, lo habrían soñado y charlado entre ellos tantas noches desde el momento en que escucharon hablar de Jesús. La esperanza de que alguna vez se les cruzara en el camino fue haciendo que este deseo se convirtiera en la decisión firme de no dejarlo pasar sin hacerle su pedido.

Detenerse a distancia. El segundo paso de la fe es el de la reverencia y el temor de Dios. Es un paso de toma de conciencia: conciencia de la propia indignidad, conciencia del posible contagio… y de no querer hacer mal a nadie. Detenerse a cierta distancia y esperar -fiándose- a que esa distancia será colmada.

 Alzar la voz. El tercer paso es de audacia, esa caradurez interior que impulsa a hacerse escuchar por Jesús que pasa. Es la audacia de Bartimeo y la de todos los pobrecitos que no se hacen notar ante el mundo pero sí ante Jesús.

Hago aquí una disgresión. Todos somos de alzar la voz. Algunos lo hacen solo por internet, haciéndose notar por sus tweets, mostrando sus fotos en Instagram, gritando en manifestaciones a favor de alguna causa, o alzando la voz entre los suyos, discutiendo entre amigos e incluso en familia… Estos diez leprosos tenían claro que ante el único que valía la pena alzar la voz era ante Jesús. Es que para ellos no había posibilidad alguna de que otro los escuchara. Eso era la lepra. Hoy, en cambio, los abusados y los excluidos de todo tipo, por ser distintos, por tener alguna lacra social, pueden hacerse escuchar de muchas maneras. Sin embargo, es bueno darse cuenta de que para escuchar de verdad ciertas cosas el único oído capaz es el oído infinitamente atento y deseoso de salvar de Jesús. Los demás, aún los de los que tienen buena voluntad, no bastan para escuchar los gritos más profundos de tantas miserias de todo tipo como son las que aquejan a gran parte de la humanidad.

Tener preparada “la frase”: compadécete de nosotros. Este es un paso muy personal. Se ve en el hecho de que a la frase “compadécete de nosotros” le agregaron dos apelativos: Jesús y Maestro. Primero Jesús. Como si fueran conocidos. Como si fueran amigos. Luego Maestro: un título que esconde un deseo, el de ser sus discípulos. Deseo pretencioso para unos pobres leprosos, pero que habrá sonado de manera especial en los oídos de Jesús (y habrá hecho parar la oreja a los otros doce discípulos, haciéndoles aprender esta lección dada en la cátedra de la calle acerca de “donde está uno” y de “los pasos que se requieren” para ser verdadero discípulo de Jesús).

            Compadecete de nosotros, dicen. No dice cada uno “compadecete de mí”. Como vamos viendo, estos diez leprosos no eran ese “cualquiera”, ese sujeto indefinido que se esconde detrás de la cantidad -los diez leprosos…-; eran gente que pensaba a fondo, como todos los enfermos que se reúnen en los grupos de los que tienen alguna dependencia, en las antesalas de los hospitales y de las quimios…; gente que charla acerca de las palabras justas para decir. Y esta frase que encontraron y seguramente consensuaron -porque no es que cada uno gritaba la suya- es “la frase”. 

            Reflexionaba sobre esto hace poco, al ir a esperar a mi tía Olga -la última hermana de papá- al Hospital Español ya que se había descompensado en el geriátrico y la llevaban a internar. Cuando la bajaron de la ambulancia la camilla parecía que se desarmaba al avanzar por el piso empedrado del estacionamiento. Le di la mano y ella, quejándose con un hilo de voz por el zamarreo, atinó a decirme: “Ayudame!”. Me conmovió y lo compartí tres días después, en la misa del funeral. Reflexionaba en la misa que esa palabra “ayudame” – ten compasión de mí, compadécete de nosotros -, es la palabra y la frase que todos debemos tener preparada. Porque es la que nos expresa y expresa quién es Dios, en definitiva. Es la frase que simplifica la complejidad de nuestra vida. Para la tía, la ayuda de Jesús se manifestó en nuestra compañía, en la unción de los enfermos que recibió con deseo y muy consciente, en la oración que rezamos con mis primos y primas a su lado. 

Darse cuenta. Este último paso de la fe es un paso que incluye muchos en un instante. Más que un paso es una carrera con toda el alma. El samaritano se dio cuenta de que había sido misericordiado. Lucas expresa todo en una frase: “Al ver que se había curado, volvió atrás glorificando a Dios a grandes voces y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le daba gracias”. Todo sucede en un único movimiento que, de un golpe, lo saca de sí mismo -no se queda examinando parte por parte su cuerpo, como hubiera sido lo natural- y lo proyecta en dos direcciones simultáneamente, hacia Jesús que viene por el camino y ante quien cae rostro en tierra, dándole gracias, y hacia el Dios Altísimo, a quien glorifica con gritos de alabanza. Todo esto es la fe, esa fe de la que el Señor dirá: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva’. El decía esto del Espíritu, que los que habían creído en El habían de recibir” (Jn 7, 37-39). 

Y los otros nueve? Donde están? Cómo es que no se dan cuenta de que, sea donde sea que estén y cualquiera sea la dirección en la que están corriendo, la misericordia del Señor ya los ha alcanzado, porque ya ha habido quienes los incluyeron en esa oración comunitaria que dice “compadécete de nosotros”. Basta que en algún momento se den cuenta de que han sido limpiados para que brote en ellos esa fe viva que el Espíritu hace saltar en el interior de los corazones.

Diego Fares sj

Los apóstoles le dijeron al Señor:

– Auméntanos la fe.

El respondió:

-Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí: Erradícate y trasplántate en el mar, y les obedecería.

¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice: Ven pronto y siéntate a la mesa?

¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan: Somos servidores inútiles, sólo hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 5- 10).

Contemplación

Los apóstoles piden al Señor “auméntanos la fe”, y el Señor les responde hablando no solo de la fe, sino también del servicio.

Hay una relación entre cuánto cree uno y cómo sirve a los demás; hay relación estrecha entre creer sin dudar, hasta el punto de hacer que se erradique una morera y se trasplante en el mar, y la imagen que uno tiene de sí mismo como un servidor inútil que solo hizo lo que tenía que hacer (cuando erradicó la morera en el Nombre de Cristo, por ejemplo).

A San Ignacio se le atribuye un aforismo sobre la fe y el servicio: «Fíate de Dios como si el suceso de las obras que vas a llevar a cabo dependiera totalmente de ti y en nada de Dios; sin embargo, pon las cosas por obra como si todo tuviera que ser hecho por Dios y nada por ti”. Esta es una traducción casera del latín (por si alguno sabe y me la traduce mejor): “Sic Deo fide, quasi rerum successus omnis a Te, nihil a Deo penderet; ita tamen iis operam omnem admove, quasi tu nihil, Deus omnia solus sit facturus».

Este tipo de aforismos suscita problemas de traducción a los mejores pensadores. Está formulado así a propósito, para hacer pensar. Yo me lo apropio a mi manera y lo que veo es que habla del fiarse en Dios como en tres tiempos: uno al rezar, otro al mirar algo ya realizado y otro, intermedio, mientras uno está actuando, metiendo manos a la obra.

Para iluminar estos tres momentos de la fe (y ayudar a que el Señor nos la aumente), más que los razonamientos ayudan las parábolas. Una parábola para cada frase.

Para la primera frase, “fíate de Dios así: como si todo el suceso de las cosas dependiera totalmente de ti y en nada de Dios”, ayuda la luz que brota de lo que dice Jesús acerca de tener una fe como un granito de mostaza, una fe que puede hacer que uno diga a una higuera “erradícate y trasplántate”, y ella nos obedezca. El Señor dice que ten la fe hay un momento en el que hay que creer y mandar sin dudar, como si uno fuera omnipotente.

La otra frase hay que desdoblarla en dos momentos. La parábola del servidor inútil ayuda a comprender la actitud de fe que hay que tener cuando una cosa ya ha sido realizada. La parábola lo expresa con la imagen del servidor que, luego de haber trabajado en el campo, se dispone a servir la cena a su patrón y encima dice al final: soy un servidor inútil, no hice más que lo que tenía que hacer. Esto significa que la fe, que al comenzar una acción debe ser omnipotente y mandar como si todo dependiera de uno, una vez realizado algo en nombre de Jesús, esa misma fe debe ser humilde y referir todo lo hecho a Dios: él es el que hizo todo, todo es para Gloria suya!

Para el tiempo intermedio, ese que se da mientras uno está actuando -mandando a la morera que se trasplante y viendo cómo obedece…- puede ayudar otra parábola o más bien un milagro de Jesús. Me refiero a lo que fue pasando en Caná cuando los servidores iban echando agua en los cántaros y el Señor lo transformaba en vino. Ellos estaban actuando en la fe, siguiendo la orden de Jesús de realizar una acción un poco extraña como era la de llenar de agua las vasijas de piedra, y Él actuaba misteriosamente junto con ellos transformando esa agua en vino. Trabajaban, como dice el aforismo, como si todo dependiera de ellos y confiando en que lo de fondo lo estaba haciendo Jesús. No sabían lo que iba a hacer pero confiaban en que algo bueno saldría. Se pusieron a cumplir la acción con fe absoluta, haciéndole caso a nuestra Señora, que les dijo que hicieran cualquier cosa que Jesús les dijera; y mientras lo hacían, trabajaban confiados en que era Jesús el que estaba haciendo algo a través de la acción de sus manos. Al finalizar habrán sentido con toda claridad que ellos habían sido servidores inútiles, que solo habían hecho lo mandado, ya que el milagro era enteramente del Señor. Pero a su vez, habrán sentido la satisfacción de haberle creído y de haber trabajado así, fiándose de Él.

Como reflexión para sacar provecho pienso que el Señor quiere hacernos sentir que, cuando rezamos, debemos hacerlo con una fe absoluta, confiando en que Dios nuestro Padre sabe lo que necesitamos y nos dará cosas buenas -su Espíritu Santo, sobre todo- porque somos sus hijos. El nos va a conceder todo lo que le pidamos en nombre de Jesús, como lo ha prometido el mismo Señor: Lo que pidan en mi Nombre, el Padre se los concederá. En la oración, como dice Francisco, hay que ser audaces. Pedir que se convierta el mundo entero, que se den vuelta las situaciones totalmente, como expresa la imagen del trasplante de la morera. En la oración la fe tiene que actuar sin dudar. Jesús mismo recomienda y manda que recemos así. Vemos cómo a la gente que se acerca a pedirle un milagro les dice: ten fe, basta que creas.

Vemos también cómo elogia la fe cuando es audaz: tu fe te ha salvado! Nunca vi tanta fe en Israel como en este pagano. Y cómo reprocha cuando ve poca fe: por qué dudaste! Hombre de poca fe.

Luego de haber actuado impulsados por esta fe, la actitud que recomienda el Señor es totalmente distinta. Cuando has obrado con fe y algo resultó bien, no digas “qué bueno que soy” o “cuánta fe tengo” sino di “soy un servidor inútil. No hice más que cumplir con mi deber”. Reconociendo que fue Dios el que lo hizo todo.

Estas dos actitudes o estos dos momentos de la fe redundan en bien mientras uno está actuando. En medio del baile, mientras actúo, la mezcla virtuosa de fe en Dios que me mueve y Gloria de Dios que me atrae, produce esa rara seguridad de que Dios mete la mano en lo que voy haciendo y lo hace él, como hizo en el milagro de Caná.

El Maestro Fiorito decía comentando esta frase: “Debemos guardar el equilibrio entre la naturaleza y la gracia. La colaboración entre una y otra es un misterio (Jer 15, 20): el equilibrio es difícil de expresar sin caer en cualquiera de los dos extremos que podrían ser el espiritualismo o el naturalismo; pero se lo puede lograr. ―De tal manera fíate de Dios, como si todo el suceso fuera a depender de ti y nada de Dios; pero de tal manera pon manos a la obra, como si nada fueras a hacer tú, sino solo Dios. Frase difícil de explicar, pero que puede querer decir que antes de obrar hay que pensar en todos los medios humanos posibles como si todo dependiera de mí y mientras se está obrando hay que confiar sólo en Dios.Fíate de Dios como si el éxito de tus trabajos dependiese en todo de ti y en nada de Dios; pero también, una vez realizado todo ese trabajo, como si tú no hubieses hecho nada y Dios solo todo”.

Diego Fares sj

“Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.(…) Jesús dijo a los fariseos: ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día banqueteaba espléndidamente. En cambio un pobre de nombre Lázaro yacía a su puerta lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras. Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: – Padre Abraham, apiádate de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. – Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre una gran grieta. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí. El rico contestó: – Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.  Abraham respondió: – Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen. – No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán. Pero Abraham respondió: – Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’” (Lc 16, 19-31).

Contemplación
El rico “no consideraba” a Lázaro. Se ve que lo veía porque lo reconoce por nombre al verlo al lado de Abraham. Pero aún allí, lo considera un sirviente! Si está al lado de Abraham no puede ser otra cosa sino un sirviente. Para refrescarlo a él o, luego, más generosamente, para salvar a sus familiares. 

No ve a Lázaro como lo ve Dios, uno a quien ayuda -Lázaro significa “Dios ayuda”. 

Lázaro que yace a la puerta del rico, lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras. 

Lázaro visualizado como sirviente de Abraham al que se le pide que lo mande a refrescar al rico.

Lázaro visualizado como enviado para que al verlo resucitado se arrepientan los hermanos del rico.

Lázaro que muere y es llevado por los ángeles al seno de Abraham.

Lázaro que recibió males ahora recibe consuelo.

Impresiona lo que dice Abraham acerca de que, para creer tenemos “a Moisés y a los profetas” y que si uno no los escucha, aunque resucite alguno de entre los muertos, no se convencerá. Para mi quiere decir que la resurrección del Señor, en cuanto hecho objetivo, no basta para suscitar la fe. De hecho, por algo el Señor se apareció solo a testigos elegidos que habían convivido antes con Él. Los que pueden haberlo visto o tenido noticias del “hecho” de la tumba vacía y de las apariciones, lo tomaron como un hecho sujeto a distintas interpretaciones. 

La fe requiere algo de las dos partes, de Dios y de cada persona. Más aún, de toda una comunidad. De parte nuestra requiere estemos buscando, que seamos personas que se hacen preguntas fuertes acerca del misterio de la vida. Si  le cerramos la puerta a estas preguntas, se la cerramos también a las respuestas que puede brindar Jesús. 

Cuáles son esas preguntas? Son preguntas teórico-prácticas. Con esto quiero decir que, por un lado, son preguntas acerca del sentido último de la vida y, por otro lado, son preguntas por algo inmediato que puedo hacer yo aquí y ahora por los demás. 

Tomemos como ejemplo alguna pregunta que surge de este evangelio. 

Cuál sería la pregunta que se tendría que haber hecho el rico Epulón (siempre impresiona que no tiene nombre propio, su nombre es “Rico” -Epulón significa rico-. Impresiona porque significa que es uno que perdió su nombre, su rostro, y tomó el nombre del dinero al que adoraba. Lázaro también tiene un nombre simbólico -Eleazar, “el ayudado por Dios”-, pero es un nombre que se convirtió en nombre propio. En cambio nadie le pone a un hijo “Epulón”, al menos que yo sepa, y si se lo pone, mal para él). Pero volvamos a la pregunta del Rico, esa pregunta que está sobre entendida . Yo creo que debió ser “¿Cómo fue que no me di cuenta!?”. ¿De qué? De Lázaro. Pero por lo que cuenta Jesús, se ve que siguió sin darse cuenta de Lázaro. La lógica del rico es algo así: No vi a Lázaro porque era tan miserable que parecía parte del paisaje, de los perros y de la miseria en que vivía. Esto se puede deducir en que piensa que si sus hermanos lo vieran resucitado, lo tomarían en cuenta y se arrepentirían de no ayudarlo. 

Abraham le hace ver que no es así, que ni siquiera la resurrección como hecho externo basta. La prueba está en que el Rico, ahora que identifica bien a Lázaro y lo toma en cuenta porque lo ve al lado de Abraham, glorioso en el Cielo, da por descontado que debe ser un sirviente. Esto se ve en las cosas que le pide a Abraham, que lo mande a servirle una gota de agua, que lo mande a aparecerse a sus parientes. Lázaro no dice nada. Simplemente está allí recibiendo bienes así como antes estuvo yaciendo, recibiendo males. No habla! Este es el signo de que para “ver” a Lázaro como persona hay que hacer un proceso interior. Abraham lo dice explícitamente: Hay que “escuchar” a Moisés y a los profetas. 

Hay que “escuchar” significa hay que “interiorizar” las preguntas. Escuchar significa dialogar, ahondar, abrirse a la palabra del otro y modificar la propia. Este es el primer paso de la fe: no vivir encerrado en las propias palabras e ideas, sino vivir abriéndonos a las de los demás. 

Escuchar a otro es el primer paso para “verlo”. Si no escucho en las palabras que el otro dice lo que siente y lo que le pasa, si no lo valoro como persona distinta e igual a mí, no lo “veo”. Veo lo que proyecto, veo lo que otros me dicen de él… 

Epulón sigue sin ver a Lázaro aún viéndolo glorioso, en la mejor versión de sí mismo! Otra prueba de que no lo considera es que no le pide perdón, lo quiere usar de empleado para que le sirva una gota de agua, primero, y luego, para que le haga un mandado con sus familiares. No lo ve cómo persona. 

Esa es la grieta! Ese es el abismo que Abraham dice que no se puede traspasar. Es una grieta que se abre en la propia mirada y en el propio corazón. La  grieta que no me permite ver al otro porque no lo amo y no me permite amar al otro porque no lo veo. Un círculo vicioso. 

Es una grieta que no es física ni externa, porque si lo fuera otro podría ayudarme a sortearla, dándome una mano. En la parábola dice que Epulón “levantó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro junto a él”. No sé cuán lejos sería. El hecho es que se pueden hablar con Abraham y se escuchan perfectamente. Como detalle literario me hace pensar que la distancia es mayor para la vista que para el oído. Y esto tiene que ver con lo que estamos reflexionando. La vista pone distancia, el oído cercanía. Para “ver a Dios” y para “ver a Lázaro-para ver a cada pobre-“, hay que “escuchar” a esos grandes hombres -Moisés, los profetas, y a Jesús especialmente- que hablan palabras que tocan el corazón y abren los ojos, palabras que hacen pensar críticamente porque no buscan poseer la realidad sino abrirse al misterio, palabras que nos permiten dialogar con Dios y con los demás sin dividir, palabras que ayudan a amar y a servir, palabras que desencadenan la misericordia, despiertan la sed de justicia, suscitan la ternura y la compasión.

Esta pregunta que el Rico responde mal, Jesús nos invita a responderla bien. La pregunta sería más o menos así: Cómo puede ser que yo no tenga fe? Cómo puede ser que no vea que la fe en Dios tiene que ver con ver a los pobres con la ayuda de Jesús?

Debería darme cuenta de que si no tengo fe, mi primera respuesta seguro será  como la de Epulón. Yo también pensaré: “Si no tengo fe, si no veo a Lázaro, es porque no he visto resucitado a nadie”. Aunque algunos afirmen que Cristo ha resucitado, yo no lo ví”. 

Pero la parábola me indica otra posible respuesta. Me dice: “No tenés fe porque no escuchás a los que te hablan palabras que abren los ojos y el corazón. O, los escuchás pero no les das el tiempo que esas palabras necesitan para dar fruto. Estás, en cambio, lleno de tus propias palabras y del diálogo distractivo con otros que hablan de todo un poco pero no con palabra de Dios.

El dramatismo de la parábola, que habla del infierno como lugar de tormento, también requiere interiorización. Porque si uno piensa la grieta y el infierno como cosas externas, pierden fuerza. No hay grieta externa que la misericordia no puede rellenar ni lugar que pueda estar fuera del alcance de su bondad. Si existen realidades como este abismo que no se puede salvar y este lugar de tormento al que no puede acercarse ni siquiera una gota de agua para mojar los labios del que tiene una sed abrasadora, no son realidades externas sino espirituales. Solo una decisión espiritual -soberbia y libre- puede ser tan abismal e impenetrable. Y de esas decisiones -de esos abismos e infiernos- está más lleno el mundo de lo que se ve por fuera. Basta unir el rostro de los pobres que agradecerían una miga de pan y una gota de agua (literalmente hablando) y las decisiones política y económicas que, con un decreto, lo impiden. Detrás de la pobreza hay decisiones. Y son decisiones que “no ven” a los que están esperando las migas. Ni siquiera los ven! Y no los ven porque no escuchan palabras de vida. Escuchan discursos abstractos que abren una grieta en su mirada y en su corazón. Y como no ven a los pobres Lázaro, tampoco ven a Dios. Y no lo verán ni aunque estén en el infierno, ni aunque resucite un muerto.

Qué se puede hacer con una cultura y una mentalidad que “no cree en Dios”? Qué se puede hacer frente al drama de los que no ven a los pobres y se pierden el poder ver a Dios? Sólo contar la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, con la esperanza de que aquellos a los que el Espíritu mueva, nos demos cuenta de que se nos ha pegado la mirada del Rico que no nos deja ver a Lázaro y vayamos corriendo – a ciegas, porque no vemos- a escuchar a Moisés, a los profetas, y a los que nos anuncian el Evangelio con sus vidas y, cuando hace falta, con sus palabras. 

Diego Fares sj

Jesús decía a los discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador (oikonomo), al cual difamaron de que malgastaba sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Que es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración (oikonomia), porque ya no podrás administrar más.”  El administrador pensó entonces para sí:  “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración, haya quienes me reciban en su casa!” Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.” Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” . “Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos.” Y el Señor alabó a este “administrador de injusticia”, porque obró prudentemente.

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. 

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero» (Lc 16, 1-13).

Contemplación

            La parábola del ministro de economía difamado por la gente y alabado por Jesús da para mucho. El evangelista pone tres “moralejas” en labios del Señor. Comenzamos por la última, que es decisiva: “no se puede servir a dos señores”. 

            Fijémonos que no dice “no se puede robar! Ese es un mandamiento y es claro para todos, para los que roban mucho y para los que robamos poco, para los que roban en bolsos y para los que roban como Manzi, el de la Odisea de los giles, aprovechando los vaivenes económicos para quedarse con los dólares y dejarle a los giles los pesos. 

            La parábola no es sobre el robo sino sobre el servicio. A quién sirvo: a Dios o al dinero. Y lo interesante es que Jesús baja mucho el discurso y termina embarrado en la realidad. No moraliza acerca del administrador, que era un chorro egoísta y terminó siendo un Robin Hood. Tampoco es que diga que está bien en términos morales su actitud, la avivada cuando no le queda otra y pasa de robarle a su patrón para sí a robarle beneficiando a los otros cosa que después le den un puesto cuando pierda el suyo. No! El Señor no moraliza como les gusta a muchos que se rasgan las vestiduras si no se condena a los chorros y se alaba a las personas de bien. El Señor habla en parábolas y las parábolas no son discursos mediáticos sino palabras que buscan herir mi corazón para darle vida.

            Lo que alaba Jesús en el administrador infiel es la virtud práctica de la prudencia. Y pone a propósito un ejemplo escandaloso de su época, como si alabara a los chorros de hoy y dijera, como decimos nosotros muchas veces: “qué hijos…, qué bien que la hicieron! qué vivos que son”. 

            El Señor alaba la prudencia para hacernos caer en la cuenta de que es la virtud última, tanto que es necesaria no solo para hacer el bien sino hasta para hacer el mal. Porque el mal, los malos lo tienen que hacer bien! Son astutos en el trato con el dinero inicuo y con los demás, como advierte el Señor. 

            La prudencia -o discreción- es la virtud más alta. Es la que, en cualquier ámbito de la vida, nos lleva derecho al fin. Y el fin último es a quién sirvo yo, que es como decir en términos concretos quién es mi Dios. Dios no es un concepto en el que creo con la mente, sino una Persona a la que sirvo. Porque está claro que todos somos servidores, administradores en todo caso. No somos los Dueños de la vida; no somos “dios”. Y entonces el discernimiento más concreto y a la vez el más definitivo acerca de Dios es “si lo sirvo o no”. 

            La parábola del juicio final ayuda a discernir con claridad. Al Señor le interesa si creemos en Él, si lo adoramos como nuestro único Dios verdadero. Pero las preguntas que nos hace no serán teóricas, no nos toma  el Credo ni los dogmas. Tampoco son preguntas sobre moral particular, si dijimos malas palabras, si tuvimos malos pensamientos o si cometimos actos deshonestos, de robo, impureza o agresión. Incluyendo estas cosas, las preguntas últimas van derecho al tema de a quién servimos: si servimos al dinero o si servimos al prójimo: si comimos solo nosotros o dimos de comer al que tenía hambre, si nos vestimos solo nosotros o compartimos la ropa con el pobre, si pusimos todo en construirnos nuestra propia casa o tuvimos una actitud hospitalaria para con los sin hogar y sin país, si cuidamos solo nuestra salud o nos ocupamos de los enfermos… En estas preguntas que parecen dejar de lado muchas cosas sobre las que se discute mucho -teológicas, políticas y morales-, está el tema último: el del servicio. Jesús lo ajusta y simplifica de manera escandalosa, haciendo la afirmación más tajante de la historia: no se puede servir a dos señores. Y los señores son Dios y ese poderoso caballero que es “don dinero”. Digo  que esta simplificación es escandalosa para muchísima gente, casi para todos, me atrevo a decir.

            Pero volvamos al administrador infiel, al que se quedaba con el vuelto de los negocios de su señor y, al ver que este lo iba a pescar cuando revisara los cuadernos, salió a repartir plata entre los deudores a los que les había cobrado de más, para ganárselos como amigos cuando saliera de la cárcel  (la parábola no deja de tener su actualidad!). 

            No cambió de moral sino de señor. Pasó de servir a su jefe a servir a los deudores de su jefe. De estos, al Señor tampoco le interesa aquí su  moral. Capaz que ellos eran acopiadores de granos y de aceite y también le robaban a los productores y estos a su vez le robaban a los que trabajaban la tierra. Lo que destaca aquí el Señor es la prudencia del administrador para cambiar de Dueño. De eso se trata: tengo que cambiar de patrón!!! 

Este hombre nos enseña la gran lección de la vida: él sabe que su nueva vida -después de haber sido difamado y condenado como deshonesto- no será lo mismo, no dependerá de su curriculum, ya manchado, sino de la buena voluntad de otros, quizás deshonestos como él, pero a los que se ganó como amigos con el dinero mal habido.

            En el fondo el Señor está diciendo que “todo el dinero” es “dinero de la iniquidad”, dinero “no equitativamente repartido”. Jesús está condenando el dinero.       

            Esto escandaliza a muchos que empiezan con los argumentos de siempre: pero el dinero es un medio, se necesita para vivir…, etc. No se trata de condenar al dinero como medio sino de discernir cuando se convierte en Dios y, ahí sí, condenarlo sin piedad. Porque es el ídolo más peligroso. Más que todos los otros ídolos, más que el sexo o el poder. Porque es el dios neutro, el dios cuantitativo, el dios sin rostro, el que se hace servir por todos, por pobres y ricos, por laicos y curas y obispos, por niños que roban una moneda a mamá y por viejos que se mueren escondiendo plata en lugares impensados. Por países enteros que están tan hechizados por este dios que lo adoran en forma de doble moneda!!! 

            La pregunta es, por tanto, si estoy sirviendo al dinero o estoy sirviendo a Jesús, siguiendo al Espíritu que me hace reconocerlo como el único Señor de mi vida práctica. 

            Es esta una pregunta que me la puedo hacer -que me la debo hacer- en cada situación. En los grandes negocios y en los pequeños. La pregunta es por el fin, por mi Dueño. Se refleja en lo pequeño (por eso el Señor habla del que es fiel en lo poco y afirma que será fiel en lo mucho), pero es una pregunta no por las cosas sino por el Rostro de mi amo: si es el de Dios reflejado en los ojos de los pobres o es el rostro neutro del dinero, detrás del cual se esconde el “no rostro”. 

            Digo “no rostro” y no digo demonio o mal, porque la realidad es que no se puede servir a dos señores no porque no se deba sino porque no existen “dos” señores. El único Señor es Cristo y lo demás son ilusiones. 

            La otra tarde me senté en una pizzería, que para colmo se llama “Los inmigrantes” y me pedí dos porciones de muzzarella. Estaba cortando la primera y entra un hombre al que no le ví la cara (no lo quise mirar!) y me pregunta si quiero medias. Le digo que no y me insiste. Le vuelvo a decir que no y me cambia el discurso y me dice si no le doy un pedazo de pizza para comer por el camino. Él “no” me salió espontáneo, siguiendo el hilo de los no a las medias. Sentí: “es mi pizza”, “es poca -solo dos porciones-, la estoy comiendo y no quiero darte de mi bocado”. Algo muy primitivo y muy rápido, que el hombre -pequeño y flaquito- aceptó sin discutir. Se fue ahí nomás y yo me quedé con la pizza atragantada. Cuando reaccioné y pensé pagarle una porción (pero no “mi porción”), ya se había ido. Así que otro que vino después y me agarró ya preparado se ligó la limosna. 

            Ese fue el caso. Lo que reflexioné leyendo este evangelio es que , aún teniendo por oficio dar limosnas (que otros me dan para que de), si no estoy atento, no veo ni escucho a “mis patrones”, a mis “patroncitos” como decía Hurtado. Y termino sirviendo al dios dinero que se esconde bajo el dios vientre o el dios “yo con mi plata hago lo que quiero”, o al dios “ahora no me molesten”. Son todas frases del decálogo del dios dinero, que se han incorporado a mi vida y salen espontáneas si no paro un poco y corrijo el rumbo. Gracias a Dios que los pobrecitos me despiertan y me hacen ver que no me tengo que perder la oportunidad de “ganarme amigos con el dinero inicuo”. 

            Ese servicio brindan los pobres! Los patroncitos nos recuerdan quién es el Patrón. Por eso piden con autoridad y con caradurez -me das esa porción de pizza para comer por el camino- y luego se van sin insistir (con las medias sí insistió, porque era venta). No es que se fuera a morir de hambre por esa pizza. Solo la pidió para hacerme sentir que él era Jesús y me pidió un pedazo de mi pizza y yo no lo reconocí. Y me quedé con una ganas de dársela que no les cuento. Porque no me pidió “una pizza” sino un pedazo de la mía, yo que andaba medio tristón y comiendo solo en la ciudad y podría haber compartido un rato con él, si lo invitaba a sentarse. Y capaz que hasta me regalaba unas medias, como hizo una vez otro en Milán, o me partía él el pan. Pero desapareció. 

            En cambio este administrador, tan astuto él, no esperó a que vinieran a pedirle. Él mismo comenzó a llamar a los deudores y a ofrecerles cosas, adoptándolos como sus nuevos patroncitos, representantes del único Patrón, de Jesús.

Diego Fares sj 

            Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: 

«Este hombre acepta a los pecadores ( tiene expectativas con respecto a ellos) y come con ellos.» 

Jesús les dijo entonces esta parábola: 

«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.” 

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»

Y les dijo también: 

«Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: 

“Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte.» 

Jesús dijo también: 

«Un hombre tenía dos hijos….” (Lc 15, 1-32).

Contemplación

            Leo las lecturas para hacer la contemplación y me quedo con un versículo del Aleluya que dice: “Dios nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación”. Enmarca para mí las lecturas de hoy, la de Moisés que intercede para que Dios se reconcilie con su pueblo, que lo ha abandonado por otros dioses, y las parábolas de Jesús, con las que el Señor nos revela el sentido profundo de su vida, que es reconciliarnos con el Padre y entre nosotros. 

            Dice así el pasaje entero de Pablo: “…Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que consiste en que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Cor 5, 18-19).

            Esta palabra de la reconciliación, que tenemos como ministerio los cristianos, es una palabra especial. Es una palabra extendida, que sigue los procesos de un largo diálogo… No es una palabra puntual, de esas que concluyen una situación definiéndola, sino una palabra que abre. Es el tipo de palabras como las que dice el padre cuando sale a tratar de convencer a su hijo mayor de que está bien la fiesta que le ha hecho al hermano menor que ha vuelto arrepentido. La palabra de la reconciliación es una palabra que Dios nos va diciendo durante toda la vida. 

            Así también nosotros, si nos hacemos cargo de este ministerio de la reconciliación, hay una palabra que tenemos que ir viviendo y predicando durante toda nuestra vida, con gestos de reconcilición, con la preparación del terreno para que esos gestos tengan sentido y luego sí, si es necesario, diciendo alguna palabra que ilumine la reconciliación que Dios siempre está poniendo en acto. Poner en acto quiere decir que la reconciliación es “el drama”, es “lo que acontece”. Si la expresáramos en términos de una obra de teatro podríamos decir que el argumento de nuestra vida es “una reconciliación”, como la que ponen sobre el escenario las parábolas de la misericordia de hoy.

….

            Las lecturas las leo en un momento único de mi vida, de la vida de nuestra familia, como es el de la partida de nuestra madre, ya antes de ayer!, a la Casa del Padre. Ayer la enterramos en la misma tumba en que está papá desde hace 21 años, en el Parque de Descanso de Mendoza, con la cordillera nevada de fondo -el volcán Tupungato!- y todo el verde de este hermoso cementerio. 

            Tener que predicar a tantos amigos y amigas, me hizo sentir muy fuerte las imágenes cruzadas que cada palabra de nuestros rituales suscita en las mentes modernas, atravezadas por paradigmas diversos. Entonces uno busca en la mente las palabras esenciales -solo alguna- que permitan expresar evangélicamente lo que siente el corazón. Y reconciliación es una de ellas. 

            Si algo puedo decir, irá seguramente por el lado de “no tomar en cuenta las transgresiones (mentales, el hecho de que cada uno piense lo que quiera o lo que pueda) de los hombres y encontrar palabras que reconcilien. Palabras que reconcilien las ideas con la fe, que reconcilien lo que uno siente de la Iglesia, que reconcilien lo que uno aprendió en el catecismo y lo que la vida le enseñó después. 

            Al ver la tumba abierta en cuyo fondo está -tapado por una fina capa de tierra- el cajón que contiene los restos de papá, escucho las palabras de Ernesto que dice: “Bendecimos este sepulcro donde estos restos mortales esperarán la resurrección final” y -agrega- “porque en eso creemos: en que Jesús resucitará no solo nuestra alma sino nuestro cuerpo mortal, que enterramos ahora en la fragilidad de la carne”. Escucho estas palabras y siento: no se si todos creen en esta resurrección. No sé si todos “la esperan”. Yo sé que no lo entiendo, que siento que la  muerte me deja “afuera”, pero creo en Jesús y espero que Él me resucite, si quiere. Que nos resucite a todos, así como nos dió la vida.

Después, rezando la misa esta mañana, me vino con toda su fuerza la imagen de la tumba en la que descendió, lentamente gracias al aparato mecánico, el cajón de mamá, hasta posarse suavemente sobre el de papá, como en un abrazo. Y sentí esta verdad: que la vida se da a luz y se entierra. Que la vida es un misterio que viene de adentro: venimos a la vida dentro del cuerpo de nuestra madre y al morir somos guardados en el seno de la madre tierra, que nos cobija a todos, a la espera de la resurrección. 

            Se puede esperar en la resurrección! Si la vida nació desde adentro, si es un misterio de interioridad, se puede esperar que al entrar en el interior de la tierra, un día el Señor nos resucite. Pero más claro que todo es que “estamos afuera”. Al ver entrar el cajón en lo profundo de la tierra, queda claro que nuestra vida es “afuera”. Y que el misterio no está “más allá”, en un Cielo que es más alto pero también afuera, sino “adentro”. La vida es cuestión de intimidad: nacemos viniendo de adentro, morimos yéndonos para adentro, desconectándonos del afuera, quedando enterrados, a la espera de la resurrección, que si algo será, será renacer en el Corazón que nos creó. 

            La mujer a la que se le pierde la dracma sabe que la moneda está adentro de su casa. Busca, barre y mira debajo de la cama y dentro de los roperos y cajones. 

            El pastor al que se le pierde la oveja, antes de salir campo afuera a buscarla, la encuentra adentro de las expectativas de su corazón, allí donde no se resigna a quedarse sólo con noventa y nueve, aunque sea un número importante. En su interior, sus ovejas son cien. Y esa que falta le pesa adentro. Por eso sale a buscarla y la trae con tanta alegría sobre los hombros. 

            El Padre que abraza al hijo pródigo y sale a convencer a su hijo mayor para que entre en la fiesta, es un Padre que está dentro de la casa. Y todo el movimiento de la parábola es hacia adentro de esa casa construida desde el Corazón por el Padre, de la que un hijo se fue y a la que el otro hijo no quiere entrar. 

            La vida se vive desde adentro. Es un misterio de interioridad. Se despliega hacia afuera, ciertamente, pero madurando desde adentro, yendo y volviendo, sin perder conexión con el misterio de la fuente vital, que no está afuera sino en el interior, en el amor. La palabra de la reconciliación, por tanto, debe ser siempre una palabra que haga sentir que es lindo “entrar”: entrar en relación, entrar en casa, entrar a meditar, entrar a ayudar. Hacen falta no palabras abstractas, que dejan en punto muerto la mente, sino palabras que atraigan y despierten el deseo de volver a entrar en la casa paterna. Que quiten el miedo a entrar, incluso en una tumba, incluso en la muerte. Entrar. 

            Y si uno concibe la vida como a lo que hay que entrar, siempre más profundamente, entonces Jesús pasa a ser el único interesante, el único necesario.   Porque si algo es Él -Jesús-, es puerta! 

            Jesús es la puerta. Jesús es la llave. Jesús es el camino que lleva al interior de la vida – a los valores que valen: la projimidad, la misericordia, la sinceridad, la confianza, la esperanza, la caridad-. 

            Jesús es el Nombre que abre todo, el corazón de tus hermanos, los secretos de la vida, el sentido de Dios.

            Les decía a mi familia y a mis amigos que mamá escribía todos los días en sus agendas (esas de San Pablo) desde el año 1994. Sobre un estante en su mesa de luz estaban ordenadas 25 agendas. Y en cada página están escritas, primero, las resonancias de la Palabra del evangelio del día y, luego, abajo, las cosas de la familia. Allí están guardados nuestros días, en el interior de esas agendas que expresan lo que guardan en su interior todas las madres: las cosas de sus hijos, las cosas cotidianas de su familia. Y comentaba lo que me dijo una de sus amigas (mamá tenía amigas mucho más jóvenes que ella, lo cual es todo un carisma): que María Olga había sido una mujer de fe y que nada había hecho que cambiara su relación con Jesús, ni las cosas malas ni las cosas buenas del mundo y de la iglesia. Una relación con Jesús basada en la lectura de la Palabra y en esa reflexión suya, casera, personal, en la que consistía su diálogo con el Señor. 

            Jesús es la Palabra de reconciliación que el Padre nos ha dado y confiado para que a nuestra vez la demos. Jesús. Las otras palabras sufren con el cambio de paradigmas como un continente que choca con otro (a la velocidad de dos o tres cm por año pero haciendo una presión que crea cordilleras!). 

            Uno dice “resurrección” y siente todo lo que una palabra así despierta en el imaginario actual, poblado de fórmulas químicas aplicadas al cuerpo y a la vida. El imaginario espiritual, lleno de palabras como vida eterna, cielo, resurrección, Dios…, choca con el imaginario cotidiano, lleno de palabras como calidad de vida, implante de órganos y microchips, nube y wifi, actualización de datos, evolución de la materia. 

            Solo la realidad, humilde y rica, de Jesús -con su vida de valores incuestionables, sus parábolas y su entrega- es una roca segura donde poner pie y comenzar a rezar, comenzar a pensar por uno mismo, relativizando un poco todo lo demás. Uno no puede caminar sobre otras palabras como si fueran piedras sobre el mar, porque da dos pasos y se hunde. Sí se puede caminar, paso a paso, por la palabra de Jesús. Jesús como lo sienta cada uno, Jesús como me lo dan los evangelios, Jesús amado por los santos que quiero, Jesús y sus valores esenciales, Jesús misterio, Jesús Eucaristía, Jesús que habla a los sencillos, Jesús bueno con los enfermos, Jesús comprensivo con los pecadores, Jesús que tiene palabras que dan vida… Jesús.

            Se puede hablar “de” Jesús. Decir algo, para que a cada uno el Espíritu le de ganas de hablar “con” Jesús. El que siempre está “reconciliando” a los hombres con Dios y entre sí. 

Diego Fares sj

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