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Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y los más de los que lo escuchaban estaban estupefactos y shoqueados y decían: -¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? ¿Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno, salvo que, a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. Él se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

“El se admiraba de su incredulidad”, nos dice Marcos. Jesús se admira y proverbializa lo que siente: “Un profeta sólo es desprestigiado en su tierra”. Así como lo admira la fe, al Señor lo admira también la falta de fe. Suele pasar. Cuando a uno lo sorprende algo causándole admiración también se admira si ve que a otros esto no les suscita el mismo sentimiento. 

La admiración nos saca de nosotros mismos, de nuestros esquemas mentales habituales,  nos “extasía”, nos hace “mirar más allá”. La admiración es un indicador de realidad: percibimos la realidad de lo otro o de los otros. Por eso, ver que a otro no “lo saca de sus esquemas” nos causa también admiración. ¿Cómo es que el otro puede “meter en sus esquemas viejos” lo que nosotros vemos como nuevo?  

Admirarse es algo muy humano y totalmente personal. Podríamos definir a una persona a partir de “lo que la admira” (y lo que no). En ese sentido decimos que la admiración es algo fundamentalmente positivo, en cuanto que enraíza en lo más propio de cada persona. Allí donde uno tiene su percepción más alta de la realidad y de lo que es valioso. En eso que uno “no espera que suceda pero que quisiera que suceda”. En eso que uno dice: si viera algo así o si pasara tal cosa, eso sí me admiraría. 

También sucede que, a veces, uno mismo se sorprende de lo que le admira, porque descubre aspectos de su personalidad que no conocía del todo (y esta apertura es más humana todavía). 

La admiración se sitúa, pues, en el lugar de frontera entre lo que uno ha visto y lo que es capaz de ver, si se da. 

Ahora, si miramos a Jesús desde nuestra imagen común de lo que debería ser un “dios” podríamos pensar: Si Él es Dios, ¿hay algo de lo que pueda admirarse, algo “nuevo” para Él que conoce todo? 

Pues bien, el evangelio no hace caso a las imágenes estereotipadas de Dios y nos dice sencillamente que Jesús se admiraba de esta falta de fe. Nos dice también que la fe de los extranjeros, de la Cananea, del Centurión, le despertaba admiración. 

Comparando admiraciones, diría que a nosotros en general, no nos admira la falta de fe. Nos admira un poco la fe, pero enseguida la metemos en algún esquema sicológico que nos permite poner distancia del fenómeno. Respetamos la fe de la gente, pero no nos admira. Y la falta de fe del mundo actual nos parece bastante natural. 

Llegado a este punto, me surge una clave de interpretación evangélica. Así como Jesús hacía milagros para “despertar la fe”, para aumentarla y fortalecerla, cuando “muestra sus sentimientos de manera expresa”, como aquí, también lo hace para evangelizar, para despertar y fortalecer nuestra fe. Lo dice explícitamente cuando va a resucitar a Lázaro, le dice al Padre que Él sabe que siempre lo escucha pero que pronuncia en público su oración “por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11, 42). 

Al mostrar su admiración, entonces, el Señor se nos acerca. El no es uno que se las sabe todas, sino uno que se abre a la sorpresa y a la novedad de la vida. 

Ser cristiano, por tanto, no es sabérselas todas, sino ser capaz de admirarse de las maravillas del Padre, de las cosas que Dios hace nuevas cada día. 

Ser como Jesús, tener los sentimientos de Jesús, como dice Pablo, no es andar “ya sabiendo” lo que va a pasar, sino al revés, “andar no sabiendo” porque confiamos en un Dios que nos sorprenderá. No hay nada peor que esa actitud del “yo ya sabía”, ese vicio de andar “constatando predicciones nefastas”, que se auto-cumplen para el profeta de calamidades, que vive encerrado en su propia historieta, pero no para aquellos que viven la historia de Salvación de Dios. 

¡Jesús es capaz de admiración! ¡Qué admirable! ¡Yo lo puedo sorprender! Lo puedo alegrar con algún gesto mío de confianza, más allá de lo esperado: “Señor, hoy te voy a sorprender, sorprendiéndome a mí mismo”. Este era el discurso de todos los pequeñitos que se acercaban a pedirle algo más allá de las expectativas comunes. Y verdaderamente sorprendían al Señor, que les quedaba agradecido, en medio de lo aburrido de este mundo tan predecible de las convenciones humanas, por animarse a sacar lo mejor de sí y de Él -esas virtudes sanadoras que la fe hacía brotar a raudales de su interior-. 

Una de las cosas más tristes de nuestro mundo actual –empalagado de estadísticas hechas por algoritmos- es que ya casi nada nos sorprende (¡excepto la tecnología, que es tan predecible!). Y esta falta de capacidad de admiración es el atentado mayor a la dignidad del corazón humano. Negarnos la admiración es negarnos nuestra dignidad de ser libres y de que la vida tenga final abierto. 

“¿De dónde éste estas cosas?” es la frase que -por su negatividad- le admira a Jesús. Le admira que los suyos no se abran a creer que de alguien normal pueda salir algo bueno y maravilloso. Le admira que en el fondo se valoren tan poco a sí mismos que no crean que Jesús pueda salir de Nazareth, que el más grande sea uno de ellos. 

El Señor se admira para que nos admiremos de nuestra falta de fe.

¿Cómo puede ser que no crea más?

¿Cómo es posible que, si contemplo la maravilla de mi vida con todo lo que el Señor me ha dado, no me maraville más, no espere cosas mejores para adelante, no confíe en que él me ama y me quiere llenar de su gracia más allá de lo que me atrevería a esperar?

¿Cómo puede ser que no confíe más en Jesús, en que Él ha hecho las cosas bien en mi vida y me va llevando de su mano, según su sabiduría? 

¿Cómo puede ser que otros saquen más milagros de su corazón, disponible para dar, y hasta de la orla de su manto, y yo me quede encerrado en mis cavilaciones?

¿Cómo puede ser que otros pidan perdón de pecados iguales o mayores que los míos y yo no tenga confianza en que Él me perdona de verdad?

¿Cómo puede ser que Él, que hace milagros en la vida de tanta gente de todo tipo y condición, no pueda hacerlos más en mi vida (¿y que yo no reconozca los que de todas maneras hace, a pesar mío, en el secreto de su misericordia?).

La pregunta: “¿De dónde éste estas cosas?” es en el fondo, una pregunta autorreferencial. Lo que están diciendo los paisanos del Señor es “¿Cómo nosotros no notamos nada antes?”. Es querer ganarle a Dios y no alegrarse de que Dios nos gane. 

Hay gente que ante cualquier cosa que sucede –especialmente si es algo digno de atención-, primero piensa cómo queda ella y luego piensa en lo demás y en los demás. 

Por eso, la evangelización de Jesús va por el lado del “salir de sí”, del no ser auto-referencial”. Él, que podría serlo, según una imagen estándar de Dios, no lo es. Jesús muestra que el sentimiento más humano –la admiración- es también el más divino. Que Dios mismo está abierto a admirarse de lo que hacen sus creaturas libres. Como un padre se admira de sus hijos, aunque los conozca. Es que la admiración es propia del amor. No admirarse es no querer amar. Admirarse aún de lo que uno conoce mucho es amar mucho, es valorar mucho. 

Así, muy sencillamente, podríamos decir que, al admirarse en público, con solo mostrar sencillamente ese sentimiento, Jesús cura nuestra incredulidad (la del que desee curarse). Frente a todo el escepticismo del mundo postmoderno, la respuesta de Jesús es “admirarse de ese escepticismo”. Él mira los argumentos de nuestra cultura y expresa un: ¿Cómo es posible que no tengan fe? Cómo es posible que, con todos los adelantos de la ciencia, que nos muestran lo inagotable y maravilloso del universo y del ser humano, no nos abramos al misterio de la fe que nos hace adorar al Creador. Un Creador que, aunque sepa en el fondo de su corazón que yo voy a volver a Él, siempre tendrá un brillo de admiración en sus ojos cada vez que esto ocurre de verdad. “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. Es que donde no hay admiración no puede haber alegría. Y viceversa.

Decía José Luis Martín Descalzo: “Yo tengo que confesar que a mí me encanta casi todo, me asombra casi todo. No hay autor que lea en el que no encuentre cosas aprovechables, me entusiasma cualquier música que supere los límites de la dignidad, me admiran cientos y millares de personas. Creo que el día que la muerte me llegue, lo que voy a sentir es no haber llegado a saborear ni la milésima parte de las maravillas de todos los estilos que en mi vida merodean. Además, lo bueno del asombro es que no se acaba nunca. Lo que sorprende, te sorprende una sola vez. A la segunda ya no es sorprendente. Pero el asombro crece en todo lo bueno. Yo diría que cuanto más estudio y analizo una cosa hermosa, más me asombra, lo mismo que cuando saco agua de un pozo tanto más fresca me sale cuanto más hondo meto el caldero” (Quien se asombra reinará, en “Razones para la alegría”).

Diego Fares sj

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: – «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.» Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. 

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: – «Con sólo tocar su manto quedaré curada.» Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: – «¿Quién tocó mi manto?» Sus discípulos le dijeron: – «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: – «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: – «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: – «No temas, basta que creas.» Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: – «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.» Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:- «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Marcos 5, 21-43).

Contemplación

Contemplamos a Jesús que “se da vuelta” cuando la mujer enferma toca el borde de su manto y a Jesús que “se inclina” para dar la mano a la niña y hacer que se levante. 

Los hechos exteriores, la curación de la hemorroisa y la resurrección o despertar de la hija de Jairo, son solo una cara del mundo interior de esta mujer y de este hombre que se relacionan íntimamente con Jesús. En medio de la multitud, la mujer se acerca a Jesús envuelta en sus pensamientos; Marcos nos dice que “sintió en su cuerpo que estaba curada”. Al mismo tiempo y de la misma manera el Señor “se dio cuenta de la fuerza que había salido de Él”. También Jairo va a Jesús movido por una corazonada: ¡Él puede curar a mi hijita! Y Jesús, cuando le anuncian a Jairo que su hija ya ha muerto, lo re-centra con firmeza en su moción primera: “No tengas miedo. Basta que creas”.  

En el mosaico del padre Rupnik, Jesús que se da vuelta nos mira a nosotros. Es verdad que pregunta por la persona que lo ha tocado, pero lo hace para llamar la atención de los discípulos (y la nuestra), porque con la mujer ya está interiormente comunicado. No se comunican a través de palabras, sino a través del fluir de la vida y el poder de sanación de la fe que es el vínculo de la más íntima unión entre las personas. 

En el mosaico en que pone en pie a la niña, Jesús está notoriamente “encurvado” y sus grandes ojos expresan tierna misericordia hacia la pequeñita. Es la culminación de toda la escena, del largo camino hasta la casa de Jairo quien le conmovió el corazón con su petición desgarradora: “Mi hijita se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se sane y viva”. 

Como nota, recordamos que los mosaicos están en el Santuario de la Divina Misericordia, en Czestochova, Polonia, y nos hablan de la misericordia de Jesús , cuyo lenguaje interior hace que se comunique con los corazones necesitados de su misericordia. (https://www.centroaletti.com/opere/santuario-della-divina-misericordia-czestochowa-2018/).

Movido, pues, por la Misericordia, el Señor en camino por las calles del mundo “se detiene” y “se inclina” para escuchar a sus hijitas, para mirar a los ojos a las personas comunes que se le acercan y lo tocan, para darles la mano y ponerlas de pie, sanándolas y resucitándolas a una nueva vida. 

Es curioso que haya gente que afirma que Dios no habla, que permanece mudo ante los dramas del mundo. Será por que sólo conocen la manera de hablar de los medios… En el pasaje de Marcos, la conversación de Jesús con su pueblo es como un río caudaloso, como una fuente. Jesús va hablando con todos, escuchando, respondiendo, haciendo que todos se expresen, haciendo callar a los que dicen insensateces… Todo es comunicación de corazones en esta escena. Todo es Palabra: palabras movidas por la Misericordia, que Jesús estimula a que sean dichas; y palabras movidas por otros sentimientos (timidez de la mujer, desesperación de Jairo, superficialidades de la multitud) que el Señor acalla. ¡Si algo hace nuestro Dios en este mundo – si algo no cesan nunca de realizar nuestro Padre, Jesús y nuestro Espíritu Santo- es dialogar! 

Estos dos iconos del Señor los podemos renombrar como Iconos del diálogo: uno, el icono de Jesús en medio de la multitud mientras va de camino a una empresa dramática y urgente, que se detiene para dialogar con un alma pequeñita pero llena de fe como la de esta mujer debilitada, que hablaba para sí diciéndose que le bastaría con solo tocarle el manto; el otro, el icono de Jesús interpelado por la fe de un padre desesperado a quien sostiene y confirma, para que las palabras que el Padre le ha inspirado en el corazón y que lo han llevado a acercarse a su Hijo no se vean contaminadas por ningún otro discurso mentiroso y de mal espíritu. 

El diálogo de Jesús con la mujer enferma, a la que el Señor saca de su anonimato y la hace hablar dando testimonio de su fe en público, es un diálogo que se había iniciado hacía mucho: doce años han pasado desde que se enfermó. No había comenzado, seguramente siendo un diálogo directo con Dios. La mujer había estado buscando respuestas a su mal en boca de numerosos médicos y se había ido gastando todos sus bienes en tratamientos sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Pero en cierto momento “oyó hablar de Jesús” y algo en su interior “cuajó”: todas las palabras que se había dicho a sí misma (se ve que era una mujer que hablaba mucho consigo misma y reflexionaba en su interior) y que le habían dicho los demás se concentraron en una sola frase: “Con solo tocar su manto quedaré curada”. Se trata de una frase final: de una frase que es fruto, no semilla. La semilla debe haber sido alguna palabra de Jesús que la llevó a sentir algo así como: “¿Y si Jesús fuera la respuesta a todas mis angustias?”. 

Jairo se ve que también “había oído hablar de Jesús”. Pero su diálogo interior habría girado en torno a las cosas que se decían de sus enfrentamientos con los fariseos. Un diálogo en torno a las “opiniones de Jesús” sobre la ley y sobre las discusiones del momento. Pero cuando de la noche a la mañana se le enferma de muerte su hijita, la semilla de fe en Jesús que había sido sembrada en su interior, germina y madura de un tirón y lo lleva a salir corriendo a interpelar al Maestro en medio de una jornada de enseñanza a la gente. 

Cómo madura la semilla de la Palabra en el interior de cada uno, no lo sabemos. Es algo personal. El punto es que estas dos personas estuvieron atentos a esa Palabra interior y hablaron con ella, le dieron entidad, la escucharon y la pusieron en práctica, esto fue lo que resultó de “hablar” con ella (de rezar). La mujer tocó efectivamente el manto de Jesús; Jairo se lo trajo al Señor a su casa, sin escuchar a nadie más. Ambos se liberaron del mundo de “lo que se dice” y se jugaron por su propio y personalísimo diálogo interior, al que el Señor respondió inmediatamente y de manera asombrosa. Tenemos así a dos personas comunes que se convierten en modelo del diálogo que Jesús viene a instaurar en medio del mundo, de un mundo de habladurías, de fake-news y de “para qué molestar al Maestro”. 

Un detalle que se nota al contemplar juntos los dos iconos es que la mujer y Jesús tienen la misma “curvatura”. Como si el Señor, al curarla a ella hubiera tomado sobre sí su inclinación hacia Él, que le hizo brotar de su corazón esa “virtud” sanadora y la aprovechara para inclinarse hacia la niña con la misma actitud para despertarla y ponerla de pie. 

La misericordia habla, dialoga, comunica. Lo hace con sentimientos y afectos interiores -conmoverse, estremecerse – y movimientos exteriores -detenerse, acercarse, inclinarse-; con gestos -volverse a mirar, escuchar con atención, dar la mano-, con miradas, con silencios y palabras – “No tengas miedo. Basta que tengas fe”-; “Levántate”, no te quedes caído-. 

Jairo y la hemorroísa son parte de esa muchedumbre de personas que conversan con Jesús y tienen con él esos “Coloquios de misericordia” como les llama San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales (EE 61). Si uno quiere hablar con Dios, si uno desea rezar y no sabe bien cómo, si a uno le gustaría sentirse escuchado y recibir alguna palabra especial de Dios para él, basta con que busque en su corazón algún “tema” personal, que tenga que ver con la misericordia. Que, como Jairo, le hable a Jesús como le salga de alguna “hijita enferma” (todos tenemos tantas personas queridas afectadas por la pandemia en este momento); que, como la hemorroisa, le toque discretamente el manto al Señor de manera que sin darse cuenta surja de Él alguna fuerza que toque de lleno esas heridas por las que uno sangra. 

Eso sí, no se trata de iniciar un diálogo sobre un tema puntual, que el Señor resolvería con una curación y luego, cada uno por su lado. Iniciar un diálogo de Misericordia con Jesús es iniciar esa conversación que ya nunca terminará, que irá incluyendo a todos, uno por uno -a todos los hombres y a todo el hombre-, que siempre tendrá “tema”, como pasa con las charlas con los amigos; que se irá profundizando a medida que nuestro corazón se va volviendo más parecido al de nuestro Padre Misericordioso, a medida que conversamos con su Hijo, con afectos, gestos, silencios y palabras. No hay que perder tiempo opinando o hablando de otros temas. Se puede hablar de todo, pero la conversación de base, la que da inicio al diálogo y lo va profundizando, siempre tiene que girar en torno a la Misericordia. Si juzgo a alguien, persona, institución, país, el juicio último debe ser de misericordia (sin excluir otros juicios, este se debe sumar, para que no se amargue el pensamiento con raíces venenosas). Si reflexiono para tratar de comprender, situaciones, actitudes, comportamientos, cosas que pasan, la misericordia debe ser la última clave; sin ella no se entiende nada ni a nadie. Señor, yo y cada uno de nosotros, nuestro mundo, toda la gente y también nuestra hermana madre tierra, estamos necesitados de tu misericordia. Ven a imponernos las manos, deja que toquemos la orla de tu manto. 

Diego Fares sj

Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la gente, se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba, aunque había otras barcas con él. Se desató una fuerte tempestad. Las olas entraban en la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús dormía sobre el cabezal en la popa. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?». Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. Luego les dijo: «¿Por qué son tan cobardes y timoratos? ¿Aún no tienen fe?». Y llenos de gran temor se preguntaban unos a otros: «¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).

Contemplación

La primera frase que toma forma en mi interior al escuchar este evangelio dice algo así: “Jesús calmó aquella tormenta, pero no se ve que calme las nuestras”. Le respondo desde el evangelio, teniendo en cuenta el contexto en que el Señor realizó ese gesto único de Señorío sobre las fuerzas de la naturaleza. Acababa de comparar su Reino con un granito de mostaza y, de manera coherente con la parábola de la semilla que crece por sí sola, el Señor se había tirado a descansar en el cabezal de la barca y se había quedado dormido. De golpe lo despiertan y ejerce este acto de soberanía que abre una puerta distinta a la comprensión del Reino. Los discípulos, que venían rumiando acerca de la paciencia que se requiere para que de fruto la semilla del Reino, se espantan ante esta muestra de poder (única, insisto) y se preguntan “quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

La reflexión que hago es que el camino del grano que muere para dar fruto es un camino elegido por el Señor, un camino que Él, el Padre y el Espíritu han discernido, por decirlo así, como el mejor para implantar su Reino, no usando el otro camino, el de imponerlo con su poder cosa que, como se ve en esta escena, el Señor podría haber realizado “encarando” la realidad y pronunciando en alta voz algunas de sus Palabras poderosas. Aquí es “¡Calla! ¡Enmudece!”. Con Lázaro, hundido en las aguas de la muerte, serán: “Lázaro ¡Sal fuera!”. A Pilato, Jesús le dirá que podría haber simplemente llamado a sus ángeles para que vinieran a liberarlo. 

El camino largo que elige el Señor para implantar su Reino en medio de la historia es un camino elegido, no trágicamente inevitable. La cruz y la muerte son, ciertamente, el cuello de botella en el que a veces se nos “atraganta” la fe y no podemos rezar. Cuando la vida “nos pega” por todos lados y es “tormenta”, cuando sentimos que nos hundimos, que nos golpean bajo la línea de flotación y que nos ahogamos, como les sucede a los discípulos en este evangelio, la cruz se revela como el punto decisivo, en el que nos jugamos el todo por el todo: o la abrazamos o le escapamos (y dejamos que la cargue otro). Pero, aunque es el punto de inflexión en todo proceso, el Reino no es solo Cruz, sino vida, pasión y cruz, muerte y resurrección, en la que la vida da fruto, el ciento por uno. 

Miramos las personas

Miramos al Señor profundamente dormido, apoyado sobre el cabezal. Debía estar rendido para que no lo haya despertado el primer zarandeo de las olas y el agua que entraba. 

Miramos a los discípulos agitados, dándose que hacer: amarran las velas, sacan el agua con baldes, toman los remos… Seguramente de tanto en tanto miran al Señor y se cruzan miradas entre ellos… ¿Cómo puede ser que no se despierte? 

La imagen de Jesús durmiendo sobre el cabezal de la pequeña barca, en medio de esa tormenta que tanto agita el corazón de sus amigos, puede ser una buena imagen de nuestro tiempo, en que la tormenta silenciosa de la pandemia nos pega por todos lados y a todo nivel: de salud, económico, relacional, psicológico y espiritual. Tan agitados todos, peleando a brazo partido para que no se nos hundan nuestras pequeñas barcas: la barca donde navega la familia de cada uno, la barca del trabajo apostólico en nuestras obras y comunidades, la barca grande de cada nación y la del mundo entero… La impresión que nos sobreviene es la de estar remando solos, como decía una amiga contemplativa… ¡Y Jesús que duerme! 

Escuchamos lo que dicen.

Si contemplamos tratando de escuchar que es lo que dicen, llama la atención el cruce de reproches que estructura el diálogo. El reproche de los discípulos “¿No te importa?”, el reproche de Jesús “Por qué son tan cobardes ¿No tienen fe?” . 

El diálogo está cargado de emotividad y signos de admiración. Escuchemos a los discípulos cómo gritan “¡Maestro!”, mientras lo zamarrean para que se despierte. La frase “¿No te importa que nos vayamos a pique?” suena más a indignación  que a angustia. No pueden creer que no se despierte, que no haga nada…         

A veces pasa. En medio de una calamidad uno aparta la vista un instante del desastre y se interesa por la reacción personal de otro. ¡Cuánto encierra ese “no te importa”! ¡Qué nuestra que es esta exclamación! La escucharemos en medio de una agitación cotidiana en boca de Marta: “No te importa que mi hermana me deje sola con el servicio” (Lc 10, 40).

Es todo un tema este de qué le importa y qué no a Dios. Qué le importa quiere decir en qué se fija, qué cuida, de cuáles cosas se ocupa con solicitud y de cuáles no. Porque hay cosas que parece que no le importaran a nuestro Dios. Cosas que para nosotros son vitales y pareciera que para Él no. Y al igual que para Marta y para los discípulos a nosotros también nos resulta obvio que hay momentos en los que hay que meterse a ayudar, a dar una mano. Uno no puede quedarse charlando o durmiendo como si no pasara nada. Hay cosas que merecen nuestra agitación e indignación: ya se trate de tormentas grandes o de cosas de la vida cotidiana.

Mechando una reflexión, confieso que me gusta la espontaneidad de estos amigos del Señor que se atreven a reclamarle, a reprocharle a viva voz… Obtienen una respuesta. Aunque los sobrepase más allá de toda expectativa y los llene de espanto al verlo encarar la tempestad y calmarla. En cambio, me dan miedo mis reproches velados, resignados:  los: “Ya se que no te importa” o “Sí, te debe importar, pero ya se lo que me vas a decir y no creo que vayas a cambiar nada”. Y, sin embargo, si uno logra mirar la vida con más perspectiva evangélica ¡es tanto lo que el Señor cambia! Si uno mira su historia ve cómo hay palabras que fueron sembradas como un granito de mostaza y hoy son un árbol en el que sostenemos a tanta gente. Y palabras que terminan siendo la única que uno quiere escuchar y pronunciar, como cuando uno sufre y solo tolera abrazarse a la Cruz del Señor y nada más. 

En todo caso es vital para cada persona y para cada comunidad tener claro “qué le importa”, a uno y al Señor. 

¿Qué cosas me importan más? ¿Qué cosas cuido y me ocupo de que salgan bien, de que esté lindas, de que se hagan a tiempo, con buena onda?

¿Me importan más las personas que las cosas? ¿Qué me importa de las personas: su amistad, su fidelidad, ¿o su eficiencia y utilidad?

¿Por qué me juego, en qué gasto con gusto la vida?

¿Qué valores no negocio? 

¿De qué estoy dispuesto a arrepentirme y/o a perdonar siempre?

¿A qué puedo renunciar…, si hace falta? 

Digo tener claro en el sentido de “estar siempre clarificando” qué nos importa verdaderamente, porque cuando vienen las tormentas, de pronto resulta que no a todos nos importaba lo mismo. Y mientras uno se puso a remar, otro se borró; y mientras uno le suplica a Jesús que se despierte, otro se pone a reprochar cosas a los demás. 

Vamos ahora al Señor. ¿Qué le importa al Señor? Se destaca entonces la primera frase: «Crucemos a la otra orilla». La tormenta en la que se metieron no es una tormenta más, sino una tormenta que a uno lo agarra por “cruzar a la otra orilla”, por “remar mar adentro”, por ser “una Iglesia en salida”, como dice Francisco. El Señor los mete (y se mete con ellos) en esa situación. Entonces, todo lo que pasa debe ser leído “en clave apostólica, en clave evangélica”, lo que equivale a decir: como una enseñanza práctica, de vida, que el Señor nos da en medio de la misión a la que Él nos ha enviado.

¿Qué les reprocha a sus amigos con su pedagogía de educarlos mientras van en la barca, en medio de una tormenta? Les reprocha que todavía no tienen fe:  «¿Por qué son tan timoratos? ¿Cómo, todavía (después de tanto tiempo conmigo) no tienen fe?». 

Timoratos es “cobardes”, pero cobardes en la fe. 

Es decir, no se trata de no tener miedo a una tormenta, sino de “no dudar de que a Jesús le importe”; no se trata de no asustarse, sino de no confiar en que “para Él todo es posible”; no se trata de no sufrir cuando sentimos que nos ha dejado remando solos, sino de hacer allí un acto de fe y de entrega: “pase lo que pase, me pondo en tus manos y nadie ni nada que me pase me separará de tu amor”. 

Eso es lo que le importa al Señor: que sus discípulos se vayan haciendo valientes en la fe. Y la fe crece “haciendo actos de fe” como decía mi padre que le había enseñado un padre espiritual.  Actos de fe en las situaciones límite, allí donde el proceso se encuentra con el cuello de botella de la cruz. Así y solo así uno se vuelve poco a poco más confiado, más audaz en su fe. 

Al Señor le preocupa que nuestra fe se quede tímida, que nos volvamos tímidos y apocados en la fe. Qué no pidamos en grande, que no creamos en grande, que no esperemos en grande.

Es de los pocos reproches que el Señor hace constantemente a sus amigos: “poca fe”. Poca en el sentido de “apocada”: de fe tímida, dubitosa, vacilante… 

Al Señor le gusta la fe entera, la que en la duda redobla la apuesta y se entrega. Como dice Pedro: “Arrojen en Dios todas sus preocupaciones (todo cuidado, toda solicitud, todo lo que les “importa”), ya que Él cuida de ustedes (1 Pe 5, 7).

Al Señor le gusta la fe fuerte: “No nos dio el Señor un Espíritu de timidez, sino de fortaleza” (2 Tm 1, 7).

Al Señor le gusta la fe de los amigos, no el temor de los esclavos: “No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor” propio de los esclavos, sino todo lo contrario: hemos recibido “un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!”. Ese Espíritu nos lleva a decir como Pablo: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 15 ss.). 

Nada de timidez para creer cuando vienen las tormentas. 

Cuánto más grande la tormenta, más grandes los actos de fe. 

Nada de una fe apocada y temerosa. Cuánto más se dimensiona la fuerza del mal y sus embates, más fuertemente nos adherimos a las palabras del evangelio: no teman, tengan fe.

No se trata, como vemos, de menospreciar las tormentas, no se trata de hacernos los valientes. Se trata de adherirnos más plenamente a Jesús cuando las tormentas nos sobrepasan. Se trata de agrandar la confianza en Jesús de manera tal que siempre lo sintamos por encima de todo y dominando toda tormenta, exterior o interior. 

Valentía de la fe en el poder del Señor, no en el nuestro. 

¡Sí que le importa a Jesús que perezcamos! 

¡Cómo le vamos a decir justo a Él que no le importamos! 

A Él que en su pasión estaba más preocupado por el corazón de los suyos que por él mismo: “No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Recuerden que “todo es posible para Dios ( Mc 10,27), que “todo es posible para el que cree (Mc 9,20).

¿Cómo le vamos a hacer este reproche a nuestro Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos? A nuestro Padre que “siempre está”, que no cae un pajarito a tierra sin que Él esté.

El “no te importa”, ese grito angustiado de hijos está asumido por Jesús en el Padre nuestro: allí nos enseñó a rezar con confianza de hijos, en esa petición que dice “Padre, líbranos del mal”.

Cuando el Señor dice “líbranos del mal” no se trata de un mal genérico, sino del mal tal como lo pone el evangelio: el mal que puede arrebatarnos la fe, el mal que puede hacernos perder la Vida eterna, el mal que puede endurecernos el corazón con la ley y quitarnos amor de hijos, humildad de pecadores, el mal que puede llevarnos a no perdonar, a no creer, a no esperar… 

El Padre nuestro es la oración del “Nosotros sabemos, Padre, ¡cuánto te importa! Es la oración que nos enseñó tu Hijo, que vino a responder a esa insidia del demonio de que a Dios no le importa.

Por eso, cuando la vida nos “pega” de todos lados… nos dirigimos con Jesús al Padre y le pedimos juntos: líbranos del mal. Pedimos no solo para que mejoren las condiciones meteorológicas (o pandémicas) de la vida, sino también y principalmente para recibir la gracia de esa fe que nos permite comprender la enseñanza de Jesús en medio de la tormenta. Esa enseñanza práctica dada en el momento justo, que nos permite aprender existencialmente lo que significa creer e interactuar libremente con Él y que nos hace crecer en el amor en medio, y no a pesar, de todo lo que sucede, tal como es, lo bueno y lo malo. 

La fe crece en las cruces, aprovechando el momento de cruz para mirar a Jesús y recibir su enseñanza (que más que palabras es el testimonio del crucificado). Aprovechar las tormentas, aprovechar las cruces -lo que sale mal, los dolores, las angustias de cada problema, la enfermedad, la impotencia…-, para recibir esa palabra o ese gesto de Jesús, que ilumina distinto lo que pasa y nos hace sentir en sus manos, cómo está conduciendo todo el proceso de nuestra vida y el de toda la humanidad.  Nuestra vida, por ser vida que le dimos a Él y que nos llevó a “cruzar a la otra orilla” de nuestro egoísmo para servir a los demás, es la que nos lleva a esa pasión y a esa muerte que solo Jesús puede convertir en resurrección. Una resurrección que es en primer lugar puro don para los demás.

Diego Fares sj

En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…
Sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se
levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto
automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y
cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.
Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el
reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que
cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas
las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.
Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de
entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo
cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Sucede con el Reino de Dios como sucede con un hombre que siembra y que, cuando llega el momento, cosecha. El Reino, como la semilla, crece por sí solo. Pero se necesita uno que siembre y que coseche.

Es decir: se nos ha regalado algo valioso, una semilla que da fruto. Nos toca discernir cuándo y en qué terreno sembrarla y estar atentos al tiempo de la cosecha.

A qué se opone esta imagen del labrador que interactúa con la semilla y hace alianza con la tierra? Diría que este labrador es lo contrario de un mero consumidor. Es una persona que trabaja y que hace su parte. Sus expectativas son humildes y reales: conoce qué semilla ha sembrado y cuál será el fruto que cosechará. Si lo que ha sembrado es un granito de mostaza, se sorprenderá al ver cómo crece tanto la planta y cómo los pajaritos hacen en ella nido, pero sabe que cosechará mostaza.

Para nosotros, el fruto del trabajo, es el dinero. El dinero que nos permite comprar cualquier otro “fruto” que deseemos. Pero esta relación no sirve para comprender cómo funciona el Reino. En el Reino el Señor multiplica los frutos de la semilla concreta que sembramos, no hay ninguna “moneda” abstracta que se meta en medio. Es importante comprender bien este mecanismo, esta dinámica que Jesús pone como analogía de lo que sucede con su Reino. Sembramos misericordia, cosechamos misericordia (centuplicada). Pero se trata siempre y solo de misericordia. No es que cosechemos alguna “moneda” que se pueda intercambiar con cualquier cosa. No es que si sembrás misericordia cosecharás riquezas, como quieren las teologías de la prosperidad. O tendrás un seguro contra las desgracias y las enfermedades. El que es misericordioso obtendrá misericordia. Al que perdona los pecados y repara lo que otros dañan, se le perdonarán sus pecados y el Señor reparará lo que él no logre hacer del todo bien.

Si sembrás oración, cosecharás oración. Una oración más sólida y perseverante, más inclusiva y sincera, pero siempre oración. No es que si rezás Dios te dará otros “productos”. La oración no es una moneda. Es en primer lugar gratuita adoración y generosa intercesión por los demás, que te pone necesariamente en la fila de los que necesitan, como uno más. No te da privilegios, salvo el de ir rezando más de corazón cada día y de ir haciendo más íntima y comprometida tu relación con el Señor, que te permite colaborar más conscientemente con Él en su plan de salvación.

Si sembrás la Palabra de Dios, enseñando el catecismo, predicando el evangelio y dando testimonio de los frutos de esa Palabra cuando la encarnás en tu vida, cosecharás que Jesús mismo te “explique todo” personalmente y te haga crecer en tu capacidad de interpretar la vida a la luz de las parábolas y no a la luz de las ideologías de moda.

Si sembrás tu semilla -la del carisma que el Espíritu te da de manera especial a vos- cosecharás el poder apreciar las semillas-carismas que el Espíritu le da a los demás y te convertirás cada día más en una persona colaborativa con los demás, todo lo contrario del individualista multitasking que cree poder ser autosuficiente.

Bueno, el fruto de las parábolas de hoy, ha ido por este lado: el de caer en la cuenta de cómo el paradigma individualista, consumista y monetarizado en el que pensamos y nos movemos no nos ayuda a comprender la dinámica de la comparación que hace Jesús. Quizás es esto lo que no nos permite “ver” las semillas del Reino que el Espíritu nos regala abundantemente para que sembremos y a no gustar los frutos de esa cosecha abundante que nos rodea en la Iglesia gracias a lo que sembraron y siembran tantos hermanos y hermanas nuestras que tienen una imagen más sencilla de sí mismos, como los que vemos en las imágenes que compartimos en esta contemplación.

Si nos miramos como simples sembradores y cosechadores de las semillas y frutos concretos del Reino se nos aclararán muchas cosas de Jesús que ahora no vemos ni gustamos al vivir y actuar como consumidores dispersos de todos esos bienes, muchos tan insustanciales, con que nos distrae el mundo de hoy.

Diego Fares sj

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: – Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huesped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?. El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: -Tomen y coman, esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: -Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Para contemplar el misterio de la Eucaristía, nos detenemos hoy en el lugar donde el Señor quiso celebrar la Ultima Cena. El piso alto de aquella hospedería nos indica algo muy especial acerca de cómo quiere quedarse el Señor entre nosotros: como un huésped!

El diálogo de Jesús y los discípulos comienza con la pregunta de estos por el lugar: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. Y el Señor les indica entonces un camino un tanto complicado para llegar al lugar de la Cena… que ya estaba preparado!

Esto llama la atención. Uno piensa: “Si Jesús ya lo tenía todo planeado, ¿por qué no los mandó directamente a la casa? ¿Por qué los hizo caminar siguiendo pistas, como si fuera una búsqueda del tesoro?”.

Creo que quería hacerlos experimentar el camino que Él había recorrido antes, siguiendo al hombre del cántaro hasta encontrar la hospedería en la que trabajaba. Una manera de hacerlos sentir huéspedes también a ellos. Lo cual tiene su importancia a la hora de celebrar a Jesús en la Eucaristía, en ese pan y ese vino en los que el Señor “se hospeda” para que lo podamos comer.

Me gusta pensar que Jesús había rezado y preparado largamente la última cena. Iba a ser su gesto definitivo: la manera de darse y de quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

El lugar era, pues, importante. Notamos que no eligió la casa de ninguno de los apóstoles ni la de algún amigo o conocido, sino un lugar distinto, al que los hizo llegar como si fueran forasteros que entran a un pueblo y siguen a uno que lleva un cántaro de agua, suponiendo que los conducirá a algún albergue.

Nos quedamos mirando y contemplando el lugar que el Señor eligió.

Dos palabras que suelen pasar desapercibidas, pueden ayudarnos a contemplar: “katalyma” – “aposento”- y “anagaion” – “piso alto”.

Jesús les encarga que le digan al dueño de casa: “donde está mi aposento”. La palabra que usa es “katalyma” que significa estancia o aposento y que propiamente es una “habitación para huéspedes”. Lucas es el otro que usa esta palabra cuando narra la peregrinación de José y María y dice que “no había lugar para ellos en el aposento u hospedería” (Lc 2, 17). También la usa cuando le critican a Jesús que haya ido a “hospedarse” en la casa de un pecador (en referencia al publicano Mateo) (Lc 19, 17).

Dejamos que resuene en nuestro corazón esta palabra tan querida para nosotros: “hospedería”, “habitación de húespedes”, “hogar de tránsito”.

Jesús no tenía casa propia, no tenía “donde reclinar la cabeza”. Para sus reuniones debía pedir prestada una casa. Por supuesto que tenía amigos, como Lázaro y sus hermanas, que lo hospedaban gustosos. También es cierto que en esta ocasión Jesús hace notar su Señorío: el mensaje que les da a los discípulos es el de un Señor. Habla de “” aposento. Pero el lugar que elige y el modo como los hace llegar a él, hablan de un lugar ajeno.

La otra palabra es “gran sala en el piso superior” (ana-gaion), que literalmente sería “sobre piso”.

Jesús celebra la Eucaristía en una sala grande, en el piso alto de una hospedería! Como si dijéramos en El Hogar de San José o en la Hospedería Padre Hurtado: esos lugares son El Hogar de Cristo!

Podemos imaginar que el Señor nos manda decir: “¿Donde está dentro tuyo ese lugar grande donde quiero que me hospedes para que comamos juntos, para que te pueda dar mi Cuerpo y mi Sangre?”.

Ese es nuestro lugar íntimo y secreto donde se complace en habitar la Trinidad Santa: el Padre, Jesús y el Dulce Huésped del alma, el Espíritu Santo.

Imaginamos ahora nuestro interior con una habitación grande para huéspedes.

Así como para nacer el Señor se hubiera conformado con esa hospedería humilde de Belén y ni siquiera en ella encontró lugar, para celebrar la fiesta de la Alianza con los hombres elige y prepara él mismo un lugar de paso. Quiere ser “huesped”.

La imagen del huesped habla de libertad. Tanto el que hospeda como el huésped comparten un espacio íntimo sin que sea definitivo.

Y los permisos que uno pide para disponer de algo o para ir al baño…, los gestos de cortesía que se usan, suponen una valoración muy linda de lo que significa compartir la intimidad sin adueñarse de ella.

Hospedar y hospedarse implica un ritual de ofrecimiento y de agradecimiento. Uno, como huésped, tiene que pedir permiso y es lindo tener que pedirlo y que el otro refuerce explícitamente la gratuidad y la amplitud de su ofrecimiento: “Sentite como en tu casa” decimos. Por eso esta es una imagen llena de profundidad y de misterio para gustar la manera en que Jesús elige estar presente en nuestro interior.

Él, aunque es dueño, quiere ser huésped. En Emaús, el “forastero” (huésped, en latín, es forastero) hace ademán de seguir de largo y espera a que lo inviten: “quédate con nosotros, porque anochece…”

Esta imagen de huésped se aplica también al Espíritu: “Dulce huésped de nuestra alma”.

Al darnos su Cuerpo y su Sangre, el Señor se nos da de manera íntima y total y un don tan grande para darse y para ser recibido requiere esta distancia-cercana tan propia de la relación de hospitalidad.

El Señor no viene ni como dueño de casa que se instala ni como desconocido que alquila o viene a negociar algo. Viene como huésped. Y no es esta una imagen menor para la caridad. Como si dijéramos que sería mejor que viniera como Esposo o como hijo… Por el contrario: al huesped uno lo trata mejor incluso que a los de casa.

En la hospitalidad reina la libertad, condimentando cada gesto de dar y recibir como algo que se hace gratuitamente, sin que nunca se pierda este gusto por la gratuidad.

Es bueno en este punto que cada uno rememore sus experiencias de hospitalidad y las aplique a la Eucaristía y a la Palabra, de modo que cuando comulgamos y cuando leemos la Palabra “hospedemos” al Señor en nuestro interior. Cada vez de modo nuevo, hasta que sea Él a hospedarnos definitivamente en el hogar de la intimidad de Dios, en lo que llamamos Cielo.

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16-20).

Contemplación

En Pentecostés subrayamos la palabra “recibir” –porque el Espíritu es Don- y, luego de contemplar cómo se lo recibe “en comunidad”, volvimos a reflexionar para sacar provecho, pidiendo la gracia de “amar” nuestra comunidad concreta, la única en que el Espíritu viene a nosotros: nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestro Pueblo.

Con la Trinidad parece difícil reflexionar sin caer en la abstracción. Nada más abstracto que un número. Y sin embargo, cuando hay mucha familiaridad, un número puede expresarlo todo, como cuando decimos “qué duo!”, refiriéndonos a dos que van de acuerdo.

“Trinidad” no es una palabra que se encuentre en el Evangelio. Es fruto de una meditación que ha hecho la Iglesia. Luego de mucho contemplar a las Personas divinas la Iglesia ha sacado provecho de esa contemplación y ha guardado el fruto en una palabra: Trinidad. Cifra que señala el misterio de Dios como Trino y uno y lo protege contra toda imagen falsa.

Solo que a veces la protección se vuelve hermetismo y cuando decimos “Trinidad” no se nos mueve ningún afecto. Por eso hay que hacer el camino de ida y vuelta y llenar nuestras reflexiones de contemplación gustosa y sentida. Le pedimos al Espíritu: “Enciende con tu luz nuestros sentidos!”

Una cosa es cierta: Predicar sobre el Dios Trino y Uno se vuelve sencillo cuando nos ponemos en actitud de pequeñez. Somos pequeñitos cuando nos arrodillamos ante la Palabra más grande que se nos ha regalado; somos pequeñitos cuando nos dejamos “bautizar” –sumergir- en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Decimos “Padre”, dejando que esta palabra tan querida resuene en nuestro interior. “Porque somos hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6).

Decimos “Padre de Jesús y Padre nuestro”, y dejamos que los afectos del Hijo corrijan y mejoren nuestra imagen paterna. Sólo Jesús puede amar al Padre incondicionalmente y el Padre sólo puede estar contento con su Hijo predilecto… y con nosotros, sus hijos pródigos-predilectos que de la mano con Jesús nos animamos a sentirnos hijos. “Gracias a Jesús tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino […] familiares De Dios” (Ef 2, 18-19).

Y ahora invocamos: “Espíritu del Padre y de Jesús”, y sentimos que ese amor que ellos se tienen es un Don espiritual, es amor gratuito. Y el amor ¡se puede comunicar! Lo puede sentir el hijo con menos capacidades igual que el hijo más dotado: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

De esta manera sencilla el misterio de la Trinidad nos guía en la oración: nos va llevando en un movimiento que es tan simple como el movimiento de nuestra mano cuando hacemos la señal de la Cruz y nos dejamos abrazar (bautizar) por el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Miramos a nuestra Señora

Otra manera evangélica de contemplar la Trinidad es fijarnos en qué pasajes del evangelio se mencionan las tres Personas juntas y detenernos a considerar a quién se le revelan.

El primer pasaje trinitario, en Lucas, por ejemplo, es la Anunciación. María es la primera que escucha hablar en lenguaje Trinitario. Se le anuncia que Dios mira con amor su pequeñez y que ha hallado gracia a los ojos del Padre. Se le anuncia que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Se le aclara que esto es obra del Espíritu Santo, que descenderá sobre ella y del Padre Altísimo, cuyo poder la cubrirá con su Sombra. Nuestra Señora es así “incorporada” (bautizada) a la vida trinitaria. Y en ella, todos nosotros, como Iglesia, como familia.

Junto con María nos animamos a sentir familiaridad con nuestro Dios Trino y Uno. Las gracias que brotan de aquí son todas gracias de familia.

Entrar en la vida trinitaria es como entrar en una familia que se ama y en la que todos se entienden y se conocen.

Una familia en la que nos podemos sentir Hijos predilectos, como Jesús, sobre quien: “Bajó el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy»” (Lc 3, 22).

Una familia en la que podemos expresar nuestros dolores más hondos y confiarnos en las manos de los otros: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi Espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46).

Una familia en la que estamos unidos con todos los hombres en espíritu y en verdad, más allá de las distancias y trabajos de cada uno: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 23).

Una familia en la que conocemos todo lo de los otros: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26).

Una familia donde no hay temores ni desconfianzas: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos” (Rm 8, 15).

Así queda claro, entonces, que cuando escuchamos “Trinidad” y no logramos imaginar nada, esto no debe descorazonarnos ni aburrirnos. Todo lo contrario: cuando uno escucha “Trinidad”, la ausencia de imagen concreta, propia de todo número, es una invitación a buscarla en la vida. La Iglesia nos regala un molde seguro en el que volcar todo nuestro cariño por cada una de las Personas divinas sabiendo que le llega a las otras por igual, y recibir las gracias de cada una sabiendo que proceden de las tres.

Miramos a Ignacio

En este año dedicado a la Conversión de Ignacio, nuestro padre nos enseña otra manera de contemplar a la Trinidad en la acción. Ignacio es moderno, en el sentido de que no busca “crecer” mentalmente para llegar a concebir lo que es la Trinidad, sino que le interesa “descubrirla en todas las cosas”, en su modo de estar, de trabajar y de donarse en cada situación y persona concreta.

Como Ignacio en la visión de la Storta, podemos contemplar al Padre que “nos pone con su Hijo Jesús” y a Jesús que “cargando con la Cruz, nos asegura que nos será propicio en Roma” (en nuestro lugar de misión). A ambos podemos pedirles que nos llenen con su Espíritu para consolar a nuestros hermanos y predicar la verdad del Evangelio.

Ahora bien, la gracia que el Espíritu le regala a Ignacio es la del discernimiento. Es un hecho que nuestro Padre “siempre” nos está “poniendo con Jesús”, siempre nos atrae hacia su Hijo. Es un hecho también que Jesús “nos es propicio” siempre. Su actitud básica es interceder por nosotros, estarnos cerca, acompañarnos, bendecir la misión a la que nos envía. El punto es que necesitamos al Espíritu para discernir en cada situación “dónde es que el Padre nos pone con su Hijo” y “cómo nos es propicio Jesús”.

Porque muchas veces, por falta de discernimiento, nos equivocamos de parábola, por decirlo así. El Padre nos está queriendo poner misericordiosamente con su hijo pródigo, como al hermano mayor, y nosotros no queremos entrar en la fiesta, atrincherados en una parábola de juicio final. O sucede que Jesús nos es propicio dejándose ayudar a cargar con la Cruz, como hizo el Cireneo, y nosotros le estamos pidiendo como los fariseos que se baje de la Cruz y se salve a sí mismo y a nosotros con él.

Discernimiento: que el Espíritu nos enseñe dónde se concreta nuestro estar con Jesús (en su compañía) y cómo se vuelve fecunda su bendición en cada momento de nuestra vida. Esto es concretar trinitariamente nuestra oración.

Al hacer nuestra contemplación sobre el misterio del Dios Trino y Uno debemos hacernos muy pequeñitos, como María. El esfuerzo no tenemos que ponerlo en “pensar a ese Dios siempre más grande que todo lo que podamos concebir, sino en empequeñecernos para recibirlo.

En la elección del Papa Francisco se dio un discernimiento comunitario (cosa que raramente sucede): él discernió que Jesús llamaba a nuestra puerta, pero no para entrar sino para salir! Y los cardenales lo eligieron para que condujera una Iglesia en salida. (Algunos se arrepintieron como el Pueblo de Dios en el desierto, que añoraba las cebollas de Egipto).

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes. Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan (Jn 20, 19-23).

Contemplación

¿Qué valor está en juego en el texto?

Subrayamos el “recibir”. El Espíritu Santo es Don y la actitud ante El es de receptividad. Una receptividad comunitaria, no individualista.

Miramos a los discípulos: un grupo en crisis.

Los discípulos están encerrados. Tienen miedo a los judíos. Sin embargo, reciben a Jesús y se llenan de alegría.

Podemos decir que su “no-receptividad” tiene un carácter especial: la dura realidad de la pasión y de la muerte del Señor los ha llevado a encerrarse en su dolor y en su miedo. Necesitan estar solos (no cada uno aislado, sino entre amigos, en familia). No quieren recibir visitas desagradables. Los anuncios de la resurrección son débiles. No terminan de cambiarles el ánimo. Están en una situación tal que sólo pueden y quieren recibir algo de Jesús, no de nadie más.

Es importante tener en cuenta esta situación porque El Señor elige precisamente ese momento para darles el Espíritu. A otros les ha salido al encuentro, individualmente, por el camino: a María Magdalena, a los de Emaús… Pero el Espíritu lo derrama sólo en la comunidad reunida: la comunidad que brota de haber vivido juntos y de haber padecido juntos.

No es un dato menor darnos cuenta que no se separaron. Bien podrían haberse formado dos o tres grupos: el de los “fidelísimos” -María, Juan, la Magdalena y algunas de las santas mujeres, que permanecieron al pie de la Cruz-; el de Pedro y los que lucharon por defender al Señor y trataron de acercarse, a pesar de sus miedos; el de los otros, que huyeron de entrada y no se jugaron…

De hecho, ya en esta reunión faltaba Tomás. Es decir: vemos a una comunidad en crisis, a punto de comenzar a disgregarse. Y sin embargo, todavía unidos: esperando que pase algo.

Algo que sólo puede hacer Jesús, en quien confiaron. Es este momento preciso el que Jesús elige para venir a ellos, para pacificarlos y darles el Espíritu.

¿Por qué -nos podemos preguntar-, esta espera que les hace sufrir el Señor?. Resucitó de madrugada, pero no los fue a ver. Esperó que María Magdalena fuera al sepulcro, que luego fueran Pedro y Juan…

¿Por qué se le apareció primero a la Magdalena y la envió con el anuncio “He visto al Señor y me ha dicho esto”? (En los otros evangelios la espera es más larga, porque los hace ir a Galilea!)

¿Por qué si ha resucitado no sale corriendo a buscarlos y reunirlos a todos sino que espera a que se haga tarde y recién va a su encuentro de nochecita?

Es verdad que en Juan la espera no es muy larga y Pentecostés acontece ese mismo domingo! Así como ya en la Cruz Juan ve la Gloria del Resucitado en los signos del agua y la sangre que brotan de su corazón traspasado.

Pero no deja de ser una espera.

Se me ocurren varias cosas, todas en torno a la actitud de “recibir”. Lo expresaría así: el Señor resucitado espera a ver quién lo va buscar al sepulcro. También está atento y busca a los que se alejan desilusionados y a Tomás que es bastante escéptico. Pero el Espíritu lo da a los que se juntan y se mantienen unidos –a pesar de haber tenido actitudes de distinta fidelidad- para esperarlo.

Quizás hay aquí una distinción que hace a la persona del Espíritu Santo.

Jesús entabla relaciones personales con cada uno, es más, pareciera que siempre su accionar está marcado por lo personal, por llamar a cada uno, por perdonar a este pecador y curar a este enfermo. Todo en el evangelio desemboca en situaciones personales: el diálogo con la samaritana, con Nicodemo… Las predicas y los milagros masivos encuentran luego su explicación en la pequeña comunidad. Jesús huye de las multitudes, desaparece apenas ha hecho un signo grande.

En cambio el Espíritu entabla relaciones con personas en comunidad. La unidad lo atrae; lo atrae irresistiblemente una Iglesa Sinodal. Es recibido comunitariamente, cuando dos o tres se reúnen en el Nombre de Jesús. Y produce inmediatamente frutos comunitarios: las conversiones de grandes grupos o de familias enteras, la misión que dispersa a los apóstoles y los dirige a todas partes del mundo.

Es como que para recibir al Espíritu hay que ser capaz de comunidad, de sinodalidad.

Es que el Espíritu es “Espíritu del Padre y del Hijo” y no se recibe si no hay por lo menos “dos o tres”, no se recibe si no hay comunidad que esté tratando de formarse o comunidad que desee misionar e incorporar a otros.

Así pues, la comunidad, la Iglesia, es algo decisivo a la hora de recibir el Espíritu.

El Espíritu es el que “termina”, el que completa la obra de Jesús:

Es el que redondea toda la verdad del Evangelio: “Todavía tengo muchas cosas que decirles pero ustedes no pueden comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, el los introducirá en toda la verdad”.

Es el que hace la unidad y expande la Iglesia.

Es el que en y a través de la Iglesia hace la Eucaristía y perdona los pecados, incorpora a los nuevos bautizados, une los matrimonios y hace perdurar el sacerdocio.

Nos quedamos reflexionando un rato sobre nuestras ganas de recibir este Espíritu común (del Padre y del Hijo y que nos hace ser Iglesia común, uno más en medio del pueblo de Dios, uno con todos –santos y pecadores-).

¿Estamos dispuestos a cuidar  (y a “aguantar”) la comunidad –como Iglesia universal, con toda su historia y estructura, con sus gracias y pecados y como Iglesia particular, con la gente concreta de la parroquia, del grupo, de la familia- para poder recibir así al Espíritu?

Pedimos la gracia a la Virgen, madre de la primera comunidad, que se mantuvo unida en torno a ella en Pentecostés, y madre de la Iglesia de todos los tiempos, que la siente como la “aguantadora cariñosa y esperanzada” de la unidad sinodal de todos sus hijos.

Jesús dijo a sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20)

Contemplación

Miramos a Jesús que “se sentó a la diestra del Padre”.

La imagen no nos dice tanto como a los antiguos, para los que las ceremonias de coronación en las que finalmente el Rey se sentaba en su trono, eran el espectáculo mayor que se podía contemplar. Me imagino que el trono era un lugar preciso de sociedades estructuradas de modo jerárquico muy centralizado. Actualmente “el sillón” del poder no es visualizado de la misma manera. Cuentan más las personas en movimiento. Al Papa lo vemos “sentado” en silloncitos comunes en las visitas que hace a todos los pueblos.

Imaginarlo a Jesús “sentado a la diestra del Padre” es una imagen que tenemos que recuperar en todo su significado, porque es una imagen que nos puede hacer mucho bien.

Miramos primero al Padre

El Padre ha dejado de ser el “misterioso” ser a quien nadie puede ver. Ha dejado de ser ese Ser que intuímos que tiene que existir y sobre el cual proyectamos nuestros deseos y frustraciones. Ese Dios desconocido que los hombres adoran o detestan haciéndolo a imagen de sus miedos o de sus anhelos.

En Jesús, que nos lo ha revelado, el Padre es “el Padre mío y el Padre de ustedes”.

Es el Padre Agricultor, que sembró la vida y que trabaja podándola para que de fruto.

Es el Padre Misericordioso que reparte su herencia y aguarda pacientemente a que sus hijos maduren.

Es el Padre que nos envió a Jesús, su Hijo predilecto, porque confía que lo respetaremos y lo escucharemos.

Su diestra, como lugar de predilección, importa más que el trono o la acción de sentarse. Como dice el Salmo: Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre (Slm 16, 11).

La diestra del Padre es lugar donde la intimidad sagrada del Dios santo es toda cercanía, comunicación amorosa, alegría de estar juntos.

Dios es el Padre que nos regaló la vida y que nos regaló a Jesús. Y ahora lo recupera y le hace fiesta. La parábola del hijo pródigo expresa el sentimiento del Padre al ver subir al Cielo a Jesús: “Este hijo mío estaba muerto y revivió”.

Miramos a Jesús

Con esto pasamos a “fijar nuestros ojos” en Jesús, como dice la carta a los Hebreos. ¿Quién es este que se sienta a la derecha del Padre?Recordamos el evangelio del domingo de Ramos: es el mismo que se sentó sobre un burrito, para entrar en Jerusalem como rey humilde. Este Jesús que asciende y se sienta en el trono es el que “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo al descrédito y a la mala fama y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2).

Pero más importante es mirar bien quién es “para nosotros”. Porque, como decía Jesús, cuando rezaba al Padre para hacer algún milagro, lo hacía por nosotros. El y el Padre no tienen necesidad de “gestos” para expresarse su amor.

Todos estos gestos son para nosotros, para revelarnos y que nos demos cuenta a qué estamos invitados a participar.

Para que sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb). Para que confiemos plenamente, porque: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 33-35). Para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo” (Ef 1, 17-23). Para que “si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1).

Este Jesús que se sentó, también se pone de pie. Es la imagen que fortalece a Esteban, el primer mártir, quien: “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios»” (Hc 7, 55).

Miramos pues a Jesús, al lado del Padre, que está intercediendo por nosotros. Es un Jesús unido a los suyos, que salen a predicar por todas partes. Un Jesús que está cooperando con ellos y confirmando con signos la Palabra que anuncian. Un Jesús que ha derramado el Espíritu Santo y ha establecido una Alianza permanente –que hace que su amor vaya y venga- con nosotros. “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hc 2, 32-33). Nos quedamos un rato imaginando a Jesús y al Padre avocados a darnos su Espíritu, conectados enteramente con lo que nos pasa, deseando nuestro bien, incorporándonos a su vida y a su plan de salvación todo lo que pueden (todo lo que le dejamos).

Reflexión para sacar provecho

Cómo podemos sacar provecho de esta imagen de ”Jesús, sentado a la diestra del Padre, intercediendo y cooperando con nosotros”. Lo primero, como vemos, es buscar el sentido profundo de la imagen: llenar de evangelio las palabras que se nos quedan vacías, despejar falsas imágenes que se pegan a la verdadera…

Pero la segunda tarea, es “encontrar nuestro lugar”.

Si Jesús ha encontrado su lugar definitivo, su puesto desde donde ama más plenamente y a todos, ¿dónde me ubico yo para estar bajo la influencia de su amor?

Como siempre, nuestros hermanos los santos nos ayudan. En este caso me viene al corazón “el banquito de San Ignacio”. Rivadeneyra lo describía así: “Subíase a un terrado o azotea, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie quitado su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo, luego hincadas las rodillas hacía una humillación a Dios; después se asentaba en un banquito bajo, porque la flaqueza del cuerpo no le permitía hacer otra cosa: allí se estaba (con) la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.

Para sentir la cooperación y la intercesión de Jesús en nuestra vida cada uno tiene que “asentarse en su banquito bajo” y estarse allí un buen rato, rezando.

Nuestro lugar es el banquito de nuestra oración y el banquito de la Iglesia en el que participamos de la Eucaristía.

Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 

Les he dicho esto para que el gozo que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. 

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Estamos en el momento más íntimo de lo que se da en llamar “El libro de la hora de Jesús”, que comienza así: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Juan organiza su Evangelio en dos grandes secciones: la de los signos  que realizó Jesús (cap. 1-12) y la de la hora (cap. 13- 20). La hora se refiere al momento de pasar de este mundo al Padre. Es la hora de la Cruz. Pero también es la hora de decir las cosas importantes, la hora de “hablar claramente del Padre” (Jn 16, 25), como les dice el Señor a sus amigos. Es la hora de sintetizarlo todo en un único mandamiento: el mandamiento del amor: “Como el Padre me ha amado, también Yo los he amado a ustedes”. 

Nos detenemos en este “como” del amor del Padre a Jesús. ¿Cómo ama el Padre a Jesús? Esta es la contemplación básica, la fuente de toda otra contemplación que queramos hacer, porque el Señor nos manda amar del mismo modo. 

Jesús “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a él” (Jn 5, 18). De este amor lo acusaban a Jesús, de sentirse así amado, al punto de igualarse con Aquel que lo amaba tan incondicionalmente, con toda su predilección. Jesús será acusado de sentirse “demasiado amado”. Y dará la vida para testimoniar que este amor es real. 

Como un hijo pequeño que imita a su papá, caminando como él o poniéndose a trabajar con alguna herramienta, Jesús decía claramente que su amor se traducía en imitación. “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el hijo, de igual manera” (Jn 5, 19). Tenemos aquí un dato precioso acerca de “cómo ama el Padre”: Jesús nos dice que todo lo que él hace lo hace “al modo del Padre”. Toda la vida de Jesús es simplemente una revelación de cómo lo ama y nos ama el Padre. 

El Maestro lo dice claramente: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Él es el camino para ir al Padre, la verdad de lo que el Padre piensa y la vida que el Padre participa. Ver a Jesús es ver al Padre, como le dice a Felipe. Porque Jesús “está en el Padre y el Padre está en él” (Cfr. Jn 14, 9-10).

En algunos pasos, esto es claro, como cuando Jesús cuenta la parábola del Padre Misericordioso y la del buen Pastor que busca la oveja perdida. Es el mismo amor el que mueve al Padre y a Jesús Pastor. 

En otros pasajes hay que meditar y contemplar hasta recibir la gracia de ver en la Persona de Jesús, la del Padre, actuando al unísono, como una sola. El Padre ama irrumpiendo, buscando tocar nuestro corazón, entrando en comunión de vida.

Irrumpiendo

Cuando Jesús le dice al fariseo que a la mujer que lo ha ungido “se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho” usa la misma expresión. Amar como ama el Padre es amar como esta pecadora que irrumpió en la casa del fariseo para ungir los pies de Jesús con sus lágrimas! El modo del Padre tiene esta característica, de irrumpir rompiendo todas las reglas de cortesía para expresar su amor de predilección por Jesús. El Señor equipara el amor de esta mujer, con su gesto algo extravagante para el ambiente social, con el amor de su Padre por él. Y se goza de esta predilección de ambos!

Buscando tocar el corazón

También en el encuentro con el joven rico se nos dice que Jesús “lo miró y lo amo”, buscando tocar su corazón. Pero este joven no se dejó tocar el corazón por la mirada creadora de Dios y bajó los ojos, entristecido. Podemos pensar que Jesús siempre miraba con este amor a las personas. Y que es el “modo” como nos mira el Padre: amándonos. Las otras miradas que sentimos sobre nosotros pueden ser proyección de miradas humanas, que juzgan, exigen, desprecian, menosprecian o idealizan. La mirada de nuestro Padre es simplemente una mirada de amor, de ese amor que se tiene por los hijos pródigos-predilectos. 

Entrando en comunión de vida

El amor del Padre por Jesús es un amor que lo hace “vivir el uno en el otro”: “Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57). Es una forma de sentir la Eucaristía: no solo comulgamos con Jesús, sino que al entrar en comunión con él participamos de su comunión con el Padre. Jesús nos manda hacer la Eucaristía en memoria suya porque en ella entramos en la vida en común que Él tiene con el Padre.

Cuando amamos como Jesús nos ama, del mismo modo que el Padre lo ama a Él, entonces el Señor ruega al Padre y Él nos da otro Consolador-Intercesor, el Espíritu santo, para que esté con nosotros siempre (Jn 14, 16). Que se pueda hacer efectivo este ruego de Jesús y este envío del Padre, solo es posible en el amor. Es de esas cosas que solo se pueden hacer reales donde hay un mismo amor. Sentirnos amados como Jesús se siente amado es la condición para poder recibir el Espíritu Santo, que no tiene otro “poder” que el de explicitar y consolidar este amor de manera definitiva. Fuera del ámbito del amor no actúa el Espíritu, no puede suscitar en nosotros la moción a decir “Abba” al Padre y “Señor” a Jesús; no puede hacernos “sentir y gustar” el evangelio; no puede aconsejarnos para discernir y elegir el bien que el Padre desea de nosotros en cada situación particular. El Espíritu sólo actúa allí donde nos sentimos amados como Jesús se siente amado. Y para hacérnoslo sentir, el Señor dio su vida. Dio testimonio de sentirse amado por el Padre aún en el abandono total de la Cruz! De la misma manera que se sintió amado en el Bautismo y en la Transfiguración y en cada momento de su vida en medio de sus amigos-discípulos y del cariño del pueblo fiel de Dios. 

En el día de la Virgen de Luján, haciendo memoria agradecida de todo lo que la Virgencita ha hecho por nuestro pueblo en estos casi 400 años, la contemplamos a Ella como el mejor signo concreto de cómo ama a Jesús el Padre y de cómo quiere ser amado Jesús. A la sombra del amor de José y envuelto en el cariño cotidiano de su madre, “el niño crecía, y se fortalecía, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2, 39).

Si queremos saber el “como” del amor del Padre, vayamos a María, contemplemos a nuestra Madre. Y hagámoslo con la fe con que se acerca a Ella el santo pueblo fiel de Dios, que es “infalible en su modo de creer (y de querer)”, como siempre nos recuerda Francisco siguiendo al Concilio.

Diego Fares sj

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que trabaja la viña.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. 

El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Con la metáfora de la Vid, Jesús nos pone a todos consigo en las manos del Padre trabajador. El Señor nos abraza, usando esa imagen de comunión tan estrecha y fecunda como es la unión de los sarmientos a la vid. Y así, estrechamente unido con nosotros, nos pone en las manos del Padre Viñador. 

Nuestro Padre es el Creador del universo. Nadie lo ha visto y en su “ser siempre más grande que todo lo que podamos pensar” se escapa a lo que logran aferrar nuestros conceptos. Pero eso no significa que no podamos entrar en contacto con Él. Las metáforas que usa Jesús son especiales para “sentir y gustar” la acción de nuestro Creador. El Señor nos revela algo clave: Dios no es un Creador distante, sino un Creador que crea trabajando con sus manos, como hace el que cultiva su viña: elige las cepas, las planta, las riega, las poda y cosecha los racimos. 

Nuestro Dios, nos revela Jesús, es el Dueño de la viña, es verdad, pero no de esos dueños que poseen sus propiedades en los papeles y compran y venden por internet, sino que es un Dueño que sale a contratar cosechadores a toda hora; uno que paga bien a sus colaboradores y que sabe también arrendar su viña y confiarla en manos de otros (aunque algunos le fallen). 

Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión original acerca de Dios. Nos invita a “Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir: se comporta como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis)”. Dios trabaja en todas las creaturas – en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.,- dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc.” (EE 236). Labora, dice, usando la expresión latina para designar a un “Dios laburante”.

Esta imagen de Dios se apoya en las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Es una imagen que viene del AT, donde Isaías alaba a Dios diciendo: «Todas nuestras obras nos las realizas tú» (Is 26,12); y el salmista canta: «Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos» (Sal 92,5).

En el día del trabajador la imagen de San José, patrono del trabajo, nos ayuda a mirar bajo una luz particular a nuestro Padre trabajador. Consideramos, como dice Ignacio, que Dios “se comporta” como uno que trabaja. ¿Y cómo se comporta el que trabaja? La característica, diría yo, es el silencio. Se trabaja en silencio. Un silencio atento a lo que se está realizando. Un silencio que hace las señas o dice al otro las palabras necesarias para actuar coordinadamente.

De esta manera, el silencio de San José se nos revela bajo un nuevo aspecto. No es simplemente el silencio de un hombre de “carácter callado”, sino el silencio de un padre de familia que siempre está trabajando. 

Este “siempre” no nos habla de ese tipo de gente que es adicta al trabajo (a un tipo de trabajo). El trabajo de san José no se reduce al que le requiere su oficio de carpintero, sino que es el trabajo propio de un padre de familia, atento a todo. Es el silencio de uno que no se distrae en charlas vanas porque está atento a lo que necesitan su esposa y su hijo, a lo que hace falta hacer en la casa y también a los peligros que pueden sobrevenir de afuera. 

El silencio de un padre que trabaja es el silencio del que está a cargo, atento a todo, con sus cinco sentidos puestos en los demás, para servirlos en el momento oportuno.

Con ese silencio laborioso, San José es la imagen más fuerte que tenemos de un Dios que, también en silencio, trabaja siempre porque es Padre. ¡Están en silencio porque están trabajando! Y trabajando para nosotros, sus hijos, sus creaturas. Esto como una línea de reflexión para los que hablan (lamentándose) del “silencio de Dios”. Con su silencio san José nos introduce en el Silencio de Dios, que consiste en “hablar con obras más que con palabras”. Esto es lo propio del amor y, por eso mismo, es lo propio del Padre Amoroso. 

No hay nada más lindo para un hijo que contemplar el silencio amoroso de sus padres cuando trabajan en casa para la familia, para él. El silencio cantarín de la mamá, cuando cocina limpia y ordena. El silencio del papá, arreglando alguna cosa o haciendo el asado. El silencio de los padres que dejan hacer y jugar y que intervienen solo si algo se desordena, dejando que la vida fluya en la familia, con libertad…

Estar atentos a este silencio laborioso del Padre, sintiendo sus manos buenas, que podan y cosechan, que anudan bien nuestra relación con Jesús, es la primera gracia de una oración atenta a colaborar con el Creador. Hacer la voluntad del Padre no es “seguir las indicaciones de uno que dirige de lejos”, sino que, mirando con atención y en silencio al que “ya está trabajando desde siempre”, buscamos diligentemente encontrar nuestro lugar, allí donde podemos colaborar con Él sin disturbar su tarea ni ponerle impedimentos. 

El silencio de la oración cristiana no es el silencio del que hace “ohm” y se abstrae del mundo, sino que es como el silencio del que entra en un lugar donde lo primero que se ve es un cartel que dice: “Silencio, personas trabajando”. Uno mira a la gente concentrada en su trabajo y naturalmente dirige su atención a la tarea que están realizando.  El mejor modo de colaborar con el que trabaja en silencio es entrar en sintonía con él, haciendo silencio uno para ver dónde y en qué están concentrados los ojos y las manos del otro, de modo tal que la ayuda que le demos sea eficaz. 

Así debe hacer nuestra oración: escrutar en silencio hasta encontrar el punto en el que Dios está trabajando en cada cosa por nosotros, para darnos cuenta de lo que está haciendo: si está eligiendo, si está sembrando, si está podando o cosechando… 

San José, como hombre de trabajo que era, se sumó y se ajustó tan calladamente y con tanta precisión al trabajo del Padre que este pudo continuar a través suyo en Nazaret lo que desde toda la eternidad hace con su Hijo amado. El Padre que está desde la Eternidad engendrando a su Hijo y enseñándole todas sus cosas pudo continuar sin sobresaltos ni traumas su tarea en la tierra, haciendo crecer en sabiduría estatura y gracia a Jesús bajo la mirada paternal y siempre atenta de san José. 

Le pedimos a nuestro patrono la gracia de saber contemplar y gustar, en su silencio laborioso, el silencio de nuestro Padre que trabaja siempre para unirnos a Jesús su Hijo amado y hacernos crecer a todos como hermanos en su amor.

Diego Fares sj

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