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“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos.

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: – «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?»

Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: -«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: -«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús: -«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres  en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo  los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que  habían comido.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía: -«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

Las canastas multiplicadas

El Señor envió a los doce a recoger los fragmentos “para que no se perdiera nada”. El Evangelio dice simplemente que “los recogieron y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido”.

No puedo no preguntar: ¿se habrán multiplicado también las canastas junto con los panes y peces? De golpe no sólo sucede que todos comen y que sobra sino que aparecen en el desierto doce canastos grandes!

Conversábamos un día (hace 12 años) con el padre Rossi acerca de la Casa de la Bondad y de las donaciones que aparecían y se multiplicaban… Cómo cuando teníamos claro el proyecto del Señor y nos poníamos a trabajar alegre y confiadamente en él, aparecían no solo los recursos materiales sino también las estructuras, los colaboradores… El trabajo evangélico es el de sostener estructuras (canastos) que se multiplican junto con el pan y los peces… ¡para que no se pierda nada!

Nosotros, que a veces andamos angustiados por lo que falta o por el esfuerzo hecho en repartir lo que nos regalaron! Y resulta que  el Señor nos manda a cuidar que no se pierda nada ¡de lo que sobró!

Que no se pierdan los voluntarios que se desgastaron trabajando,

que no se malogre el primer amor de los proyectos primeros,

que no se nos llene de angustia o de quejas o de suspicacias el corazón mientras estamos gestionando milagros.

La canasta con los panes besados

La gente agradecería al devolverles los panes. Y los discípulos irían recibiendo los pedacitos  con humildad (como aquella Eucaristía en el Hogar en que el Toto, que estaba un poco borrachito, se puso en la fila para comulgar y cuando le di la hostia, la tomó con la mano, la besó y me la devolvió con una sonrisa y yo la consumí.

Cada pedacito devuelto seguro que fue besado.

La canasta con los fragmentos del amor entero

Me gusta la palabra fragmentos porque me hace pensar en los fragmentitos de Eucaristía que cada día purifico en la patena, cuidando de hacer caer en el cáliz cada partícula blanca que reluce sobre el dorado.

El gesto de purificar los vasos sagrados y la patena, siempre huele a la multiplicación de los panes, a mandato del Señor de que no se pierda nada, a milagro de que Él esté entero en cada fragmento!

Los pedacitos de pan de aquella tarde venían con las huellas de las manos de cada familia, amasados por los dedos de los chicos que juegan con la miga. Fragmentos de vida que a nosotros se nos pierden por el camino pero que el Señor recoge, cuidadosamente, en la memoria materna de la Iglesia.

¡Los fragmentos de la historia de la humanidad!

Los fragmentos de la historia de cada vida!

De la mía… Todo lo que pasó, todo lo que sobró y no pude aprovechar, porque ya estaba lleno y no tenía más capacidad. Todo lo bueno y hermoso que me pasó y que disfruté sólo hasta ahí, con la pena de que terminara o de que no se pudiera guardar, todo eso fragmentario, el Señor lo junta en esa canasta que será su mejor regalo al llegar al cielo. No una canasta sólo con cosas nuevas sino también con las antiguas que cada uno vivió: será la canasta con el amor entero.

La canasta de la multiplicación constante

Comieron todos hasta saciarse!

El Señor es sobreabundante! Lo muestra la naturaleza, el universo infinito que nos ha regalado. De otra manera, nuestro espíritu se sentiría inevitablemente desilusionado. Si pudiera mos entrever nomás el límite del cielo o de lo infinitamente pequeño nos sentiríamos encerrados.

La sobreabundancia del universo en todas sus dimensiones es precisamente para que permanezca así, inagotable, y nosotros nos dediquemos a amar gratuitamente y no a querer poseer lo que ya es nuestro.

Ahora bien, las sobreabundancias de Jesús no son “naturales” ni tampoco “caen del cielo”: son sobreabundancias que El toma partiendo de un poquito de lo nuestro: del agua con la que los servidores llenan las tinajas de piedra de Caná, de los pancitos que le presenta el chico del evangelio de hoy. Sobreabundancias de Jesús multiplicadas a partir del don de nuestra pobreza y pequeñez, que el Señor va multiplicando de a poquito, de a uno en uno, pan por pan y pescadito por pescadito.

Jesús multiplica tan en silencio que recién cuando va por la mitad la gente se empieza a dar cuenta de lo que está pasando. En la economía de nuestras obras solidarias es así. Uno no se da cuenta del milagro del día a día sino cuando pasan dos o tres años y al hacer las cuentas y confeccionar la estadística con las buenas noticias se ve que alguien puso un signo de multiplicación constante en cada cosa, a cada momento: cada corazón se multiplicó por dos; a cada media hora de trabajo se le agregó otra; cada idea, cada proyecto, produjo otro mejor; cada equipo se desdobló en dos y luego en tres; cada espacio de la casa creció y se amplió como desde adentro. Y así con todo. Una sobreabundancia construida desde la pequeñez! Doce canastas que salen de una, cuyo fondo explorado por la mano de Jesús, nunca se vacía ni se llena de más.

La canasta llena del bienestar del pan

Ciertos alimentos influyen en el estado de ánimo. Así lo aseguran expertos del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Según ellos, los panes pueden generar sensaciones de bienestar, porque aumentan los niveles cerebrales del neurotransmisor serotonina… “Los panes que generan sensación de bienestar”. ¡El bienestar del pan!

Es reconfortante poder  percibir la coherencia de este universo en todos sus niveles: desde los más materiales a los más espirituales. ¡No tiene por qué estar reñida la química con la teología ni con la poesía! En el “Rosario al pan de centeno”, Bernárdez dice:

“Hermano pan: en el mantel de lino (…)

La misma gota de sudor fecundo

Que te engendraba te enseñó la norma

Para copiar esta encendida forma

Que te asemeja exactamente al mundo”.

Las canasta que guarda el gusto de la Eucaristía

Esta contemplación siempre apunta a recuperar la gracia de gustar la Eucaristía.  La hago por fragmentos para que cada uno coma lo que le gusta.

Se trata de ayudarnos a sentir ganas de comulgar el pan simple y verdadero. Porque la cultura actual nos anestesia el gusto con demasiados productos.

Da pena que algo tan lindo como poder ir a comulgar se les haya convertido a muchos en un rito que “hay que cumplir”. No es así!

Basta rezar un poco y conectarse con nuestra hambre primordial, para que se nos despierta el apetito del Pan de vida.

Basta recordar el niño que fuimos para que se refresque la alegría pura que teníamos en nuestra primera comunión y volvamos a sentir ganas de ir a misa entre semana.

Eso sí, para comulgar con gusto hay que gustar la fila: como un pobre refugiado que hace cola para recibir una hostia pequeñita y frágil en la mano…

La canasta de Ema

Recuerdo que el sábado 29 de julio de 2006 escribí sobre estas seis canastas y dejé las otras seis para que cada uno les imaginara el contenido por su cuenta. Hoy agrego una más porque me acordé que a Ema, que entró en la Casa del Padre el sábado pasado. Le había gustado en aquella contemplación el verso de Bernárdez y lo comentamos tomando un café (el que teníamos acordado para mi visita a Buenos Aires, queda para el cielo).

Así que la séptima canasta es suya. No es simbólica, porque como se ve en la foto, Ema era una voluntaria con canasta en la bicicleta. Mangueaba entre sus amigas cosas para el Hogar.

Pero más importante que este modo de multiplicar pidiendo a otros, es ese otro modo de multiplicar que consiste en ensanchar la canasta del propio corazón. Ella siempre decía medio en broma medio en serio que yo la había engañado porque, cuando vino a charlar un día y yo le pedí que colaborara en el Hogar, quedamos en un día a la semana y luego se lo fui aumentando hasta que  terminó trabajando tres mañanas todas las semanas en Mesa de entradas y después ella misma agregó su trabajo en la Casa de la Bondad. Misteriosamente, el corazón se multiplica y se ensancha, nunca se llena ni se desborda, cuando uno lo da.

                                                                                                         Diego Fares s.j.

Volvieron los apóstoles a juntarse con Jesús

Y le reportaron (ap angeilan) todas las cosas que habían hecho y enseñado.

El les dice:

‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

y descansen un poquito (anapausasthe)’.

Porque eran tantos los que iban y venían

que no encontraban un momento ni para comer.

Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas, concurrieron allá

Y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vió una gran muchedumbre,

Y se compadeció entrañablemente (splangisestai) de ellos,

Porque andaban como ovejas que no tienen pastor

Y se puso a enseñarles largamente y con calma (Mc 6, 30-34).

 

Contemplación

Este evangelio de Marcos tiene varias “palabras-pan”, palabras que son en sí mismas, cada una, un evangelio, una buena noticia, porque comulgando con ellas se saborea el evangelio entero. Las escribo de manera que suenen en un griego familiar, que está en el origen de nuestra lengua castellana:

Juntarse con Jesús (sin-agogein). contarle a Jesús lo que uno a hecho, darle un reporte (ap angelio).

Cuando hablamos de Evangelio (eu-angelio), en el sentido de anunciar a otros la “buena noticia” de Jesús, que nos revela la Misericordia del Padre y las Bienventuranzas, debemos saber que el anuncio incluye el reporte: la palabra que sembramos la debemos reportar a Jesús para que, conversando con Él nos mejore el modo de comunicarla, nos haga mejores evangelizadores.

Hacer una pausa con Jesús (anapausasthe), ir a descansar con Él.

Compadecerse-simpatizar entrañablemente junto con Jesús (splangisestai).

Reconocer a Jesús (epegnosan) que es la gracia del discernimiento que tiene el pueblo fiel.

Ponerse a enseñar a la gente de Jesús (didaskein).

Podemos concentrar todas estas palabras en torno a “evangelio”.

Todos sabemos lo que quiere decir Evangelio. No digo “técnicamente”, en el sentido del anuncio del kerygma y de los cuatro evangelios canónicos, sino como pueblo fiel, como gente común que cuando se dice “evangelio” entiende que hay algo bueno de Jesús para cada uno en especial y para todos. Sabemos que se trata de una Palabra buena, alegre, que ilumina, que aconseja bien, que se puede anunciar a otros. Una parábola de Jesús es algo que todo el mundo -toda la gente de buena voluntad- recibe bien. Aunque por ahí no acepte las interpretaciones de la Iglesia, la parábola es patrimonio común de la humanidad; más que los monumentos y los paisajes naturales. La parábola del Buen Samaritano es un tesoro de la humanidad!

Pues bien, este “evangelio” tiene dos polos, por decir así: no solo se trata de anunciarlo a la gente -lo cual requiere la gracia de discernir, con la ayuda del Espíritu, para saber decir la palabra justa en el momento justo- sino que también se trata de “reportarle” (ap-angelion) a Jesús todo lo que hicimos y dijimos al llevar el evangelio a los demás. De esto hay que charlar con el Señor.

A este “reporte” se refiere el Papa en Gaudete et exsultate cuando habla de hacer un examen de conciencia. El dice así: “Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia»” (GE 169).

Nosotros solemos entender “examen de conciencia” solo en sentido moral individual: qué hice mal, en qué estuve tentado, en qué pequé. Pero se trata de algo mucho más interesante, que no excluye lo moral y las fallas por cierto, pero las mete en una perspectiva de santida misional. Recordemos que el Papa cuando habla de santidad tiene un pasaje muy consolador sobre este punto de “los defectos”. Dice:

“Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona” (GE 22).

Como vemos, lo importante es “transmitir fielmente el evangelio”, con o sin defectos: con toda nuestra vida. Dios usa también los defectos de los que quieren llevar su Evangelio a los hombres. Esto es consolador. No podría ser de otra manera ya que se trata de anunciar la Misericordia y esta se ve mejor si en la persona misma que la anuncia se ve que ejerce su primera acción!

Por tanto, en el examen de conciencia que propone el Papa, el “reporte” que le hacemos a Jesús de nuestras cosas, no será en primer lugar el reporte de nuestros pecados y defectos sino el reporte de lo que hizo su Palabra en los demás y en nosotros. Le contaremos la alegría que nos dió visitar a tal enfermo, servir a tal pobre, enseñar a rezar a tal niño, haber escuchado y aconsejado bien a un amigo… No solo lo que hicimos sino especialmente las gracias que experimentamos al “anunciar su evangelio” con gestos y palabras. Y ahí sí, le contaremos las tentaciones que sentimos para no predicar el evangelio: los miedos, los desánimos, el espíritu de derrotismo… Contándole al Señor lo que expermentamos practicando el evangelio podremos discernir con la ayuda del Espíritu, cómo hacerlo mejor. Y en vistas de esa misión revisaremos nuestro carisma. Es decir: quiénes somos por gracia.

En ese marco amplio y sanante de la alegría del evangelio, ahí sí, podremos incluir, como un punto más, quiénes somos “por sicología”, digamos así. (Martini distingue estas dos conciencias: la conciencia de lo que somos por gracia y la conciencia sicológica). Nuestros defectos y pecados son una dificultad más, junto con todas las externas, que el Señor tiene que purificar, como hizo al lavar los pies de los discípulos. Si lo contemplamos así, veremos que les lava los pies porque les lava “el instrumento para salir a misionar”. No les lava las manos ni la cabeza (aunque también les pegaba una buena lavada de cabeza de vez en cuando). Les lava los pies para que puedan salir a caminar de nuevo y se vean “hermosos los pies de los que anuncian la buena noticia”, como dice Isaías.

Así, esta palabra “reportar” (apangelio) ligada a “buena noticia” (evangelio), es un punto de conversión para nuestro modo de “pensarnos a nosotros mismos”. Nos cuesta hacer examen de conciencia porque tenemos muy metida una mirada autorreferencial: cómo soy, qué hice, qué siento, cómo hago para pasarla bien, de qué me culpo… Yo, yo, yo.

El Señor nos invita a “descansar un rato con Él”, no tanto del trabajo sino de nuestro yo invasivo. Nos invita a hacer una pausa y contarle tranquilamente -al igual que Él enseñaba a la gente largamente y sin apuro- lo que el evangelio hizo en los otros y en nosotros al predicarlo y ponerlo en acción. Este es un examen de conciencia evangélico y apostólico.

El contenido objetivo serán las bienaventuranzas -el estilo de Jesús- y las obras de misericordia corporales y espirituales.

El contenido subjetivo serán los sentimientos y pensamientos de alegría o tristeza en torno a estas bienaventuranzas y obras de misericordia. Sentí ánimo o desánimo al ir a servir a los pobres. Sentí fuerza o debilidad para predicar un valor evangélico. Me pacificó el Espíritu o me puso ansioso el mal espíritu al ver que había dificultades…

Este tipo de examen de conciencia es lo que el Papa llama “discernimiento”: “El discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones”. Y agrega que “Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor”. Instrumento de lucha sobre todo para dos cosas: “reconocer los tiempos de Dios y de su gracia” y “no desperdiciar las inspiraciones del Señor” que siempre son “una invitación a crecer” y a madurar en el amor, que “no hay que dejar pasar”.

La última cosa a tener en cuenta al “reportar” estas cosas evangélicas a Jesús es que:

Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy”. En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)” (GE 169). Que también se puede traducir, referido a Dios mismo: “Es propio de Dios no tener límites para su inmensa grandeza y al mismo tiempo poder ‘dejarse contener enteramente’ dentro de un espacio mínimo“, como el de un rato nuestro de oración.

Para terminar con algo sabroso una narración de Teresita acerca del día de sus votos:

Por fin, llegó el hermoso día de mis bodas. Fue un día sin nubes. Pero la víspera, se levantó en mi alma la mayor tormenta que había conocido en toda mi vida… Nunca hasta entonces me había venido al pensamiento una sola duda acerca de mi vocación. Pero tenía que pasar por esa prueba. Por la noche, al hacer el Viacrucis después de Maitines, se me metió en la cabeza que mi vocación era un sueño, una quimera… La vida del Carmelo me parecía muy hermosa, pero el demonio me insuflaba la convicción de que no estaba hecha para mí, de que engañaba a los superiores empeñándome en seguir un camino al que no estaba llamada…Mis tinieblas eran tan oscuras, que no veía ni entendía más que una cosa: ¡que no tenía vocación…!

¿Cómo describir la angustia de mi alma…? Me parecía (pensamiento absurdo, que demuestra a las claras que esa tentación venía del demonio) que si comunicaba mis temores a la maestra de novicias, ésta no me dejaría pronunciar los votos. Sin embargo, prefería cumplir la voluntad de Dios, volviendo al mundo, a quedarme en el Carmelo haciendo la mía.

Hice, pues, salir del coro a la maestra de novicias, y, llena de confusión, le expuse el estado de mi alma…

Gracias a Dios, ella vio más claro que yo y me tranquilizó por completo. Por lo demás, el acto de humildad que había hecho acababa de poner en fuga al demonio, que quizás pensaba que no me iba a atrever a confesar aquella tentación. En cuanto acabé de hablar, desaparecieron todas las dudas.

Sin embargo, para completar mi acto de humildad, quise confiarle también mi extraña tentación a nuestra Madre, que se contentó con echarse a reír.

En la mañana del 8 de septiembre, me sentí inundada por un río de paz. Y en medio de esa paz, «que supera todo sentimiento», emití los santos votos…

Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos -es decir, entre gracias extraordinarias, sino al soplo de una ligera brisa parecida a la que oyó en la montaña nuestro Padre san Elías…

¡Cuántas gracias pedí aquel día…! Me sentía verdaderamente reina, así que me aproveché de mi título para liberar a los cautivos y alcanzar favores del Rey para sus súbditos ingratos. En una palabra, quería liberar a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores… Pedí mucho por mi Madre, por mis hermanas queridas…, por toda la familia, pero sobre todo por mi papaíto, tan probado y tan santo… Me ofrecí a Jesús para que se hiciese en mí con toda perfección su voluntad, sin que las criaturas fuesen nunca obstáculo para ello…

Pasó por fin ese hermoso día, como pasan los más tristes, pues hasta los días más radiantes tienen un mañana. Y deposité sin tristeza mi corona a los pies de la Santísima Virgen. Estaba segura de que el tiempo no me quitaría mi felicidad… ¡Qué fiesta tan hermosa la de la Natividad de María para convertirme en esposa de Jesús! Era la Virgencita recién nacida quien presentaba su florecita al Niño Jesús… Todo fue pequeño, excepto las gracias y la paz que recibí y excepto la alegría serena que sentí por la noche al ver titilar las estrellas en el firmamento mientras pensaba que pronto el cielo se abriría ante mis ojos extasiados y podría unirme a mi Esposo en una alegría eterna…”.

Diego Fares sj

 

“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

los envió de dos en dos y les dio autoridad sobre los espíritus impuros.

Les mandó

que nada tomaran para el camino

sino sólo un bastón;

ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía:

‘En cualquier lugar (que vayan) y entren en una casa,

permanezcan en ella hasta que salgan de esa población.

Y si algún lugar no los recibe

y no los escuchan,

al salir de allí,

sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo

predicaron a la gente que se convirtiera;

y expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

El Señor envió de dos en dos a los apóstoles y les encomendó que llevaran solo un bastón. El baston del peregrino, el bastón del que se larga a caminar por el monte y lo usa para todo: como apoyo para subir las cuestas o para poder vadear un arroyo; como arma para defenderse de los perros, los lobos y alguna víbora que se cruce por el camino; para bajar alguna fruta medio alta… y al pastor, para ayudarse a contar las ovejas. La gente en aquella época no salía al camino sin el bastón en la mano igual que nosotros no salimos sin el celular.

Hoy el bastón es algo más bien simbólico -pienso en el bastón de mando presidencial-, aunque también conserva su practicidad, por ejemplo en la batuta con la que un director dirige la orquesta ya que le da mayor visibilidad y precisión a los movimientos de su mano. Los ingleses usan la palabra “staff” para designar tanto al personal (que no son empleados sueltos sino un equipo de trabajo cercano al director) como al bastón de mando o batuta en cuanto instrumento (material o simbólico) para dirigir a un “staff”.

En la antigüedad la vara también servía para medir (tantas “varas”) y hasta dicen que  ayudaba a la circulación de la sangre de la manos. Servía para todo lo que se necesitaba para   salir al mundo exterior: ere apoyo, defensa, autoridad, metro, indicación conjunta.

Desde la antigüedad todos notan que en Mateo el Señor dice que no lleven nada de nada, que en Marcos dice “solo un bastón” y en Lucas que “no lleven dos túnicas”. San Agustín dice que hay que saber leer con sentido y para sacar provecho.

Yo hago la lectura de Marcos hoy, pensando en que el Papa dice nos dice que tenemos que ser Iglesia en salida, Pueblo de Dios peregrino hacia los demás pueblos. Entonces el bastón lo veo como exhortación a salir llevando sólo lo que ayude a caminar e ir adelante, sin preocuparnos de las cosas que pueden entorpecer el camino, como una mochila pesada o el pan y el dinero y la manta, que son más para sentarse a comer y acostarse a dormir.

El bastón es imagen práctica que concentra en una sola cosa todo lo que se necesita para llevar el Evangelio a las fronteras existenciales y a las encrucijadas del mundo actual. Encrucijadas hay a cada paso y son cada vez más sutiles: que si recibir solo a los refugiados o también a los emigrantes económicos; que si ampliar las causales de despenalización del aborto basta o hay que legalizarlo casi irrestrictamente; que si el Papa debe resolver todos los dilemas teóricos y prácticos que se plantean hoy, con definiciones dogmáticas y leyes de derecho canónico, o está bien que exhorte a discernir pastoralmente e ir adelante abriendo el corazón y la mente al Espíritu y acompañando al pueblo fiel de Dios en su caminar.

Fronteras también las hay y de todo tipo. Al mismo tiempo que los países levantan muros (hay más de 65 muros creo, en todos los continentes, menos en Sud América -aunque nosotros tenemos los minimuros de los countries-) surgen nuevas fronteras que nos abren a territorios desconocidos: el mundo de la bioética, los mundos virtuales, las nuevas culturas de los jóvenes.

Qué sería el bastón actual que Jesús recomienda en Marcos como lo único que debemos llevar al salir a estos mundos? Recordemos las cosas para las que servía: apoyarse, sortear obstáculos, defenderse de los enemigos, medir distancias, organizar el rebaño (o la orquesta o el staff), tener autoridad.

Pensando estas funciones la palabra que me viene al corazón es “discernimiento”. El discernimiento en el que el Papa nos anima a crecer.

El discernimiento como apoyo, como defensa, como ayuda para sortear obstáculos y defendernos del mal espíritu, el discernimiento como vara para medir lo justo, para hacer que nuestra caridad sea discreta y nuestras teorías se concreten en obras de misericordia. El discernimiento como criterio de autoridad real: tiene autoridad y manda el que mejor discierne. No sólo el que más sabe en los libros sino el que mejor discierne el paso concreto a dar y el que señala con más claridad el horizonte.

Quién es digno de llevar el báculo hoy en día? El que tiene no solo la gracia sino también el coraje de discernir. Porque el bastón hay que saber jugarse para usarlo, hay que arriesgar e involucrarse: el bastón da cierta distancia, pero si te atacan perros furiosos, hay que saber usarlo con destreza y decisión.

Si unimos esta dos palabras: el bastón  – la materialidad sólida del leño- y el discernimiento -lo propiamente espiritual que es el juicio que abre el camino a la salvación – entramos de lleno a caminar en el mundo real de las personas con rostro y familia y de los pueblos que anelan vivir en paz y justicia.

El bastón del discernimiento y el discernimiento como bastón.

El bastón del discernimiento para desterrar eso impreciso que queda en el aire cuando dicen que el Papa “pega” o “bastonea” (los curas en italia dicen que bastonea; los periodistas en argentina dicen que “pega” (el Papa le pegó a fulano…). No le pegó a nadie, discirnió una situación. Bastonear es medir una situación, espantar al enemigo y tirar una mano para ayudar a salir del pantano al que se está hundiendo en su miseria. Bastonear es alzar en alto la bandera de la Cruz para que en la multitud uno pueda ver adonde va el guía y caminar “sinodalmente”. Bastonear es  marcar con precisión cuando tiene que entrar a tocar cada instrumento para estar en armonía con la orquesta.

El discernimiento como bastón, como único bastón, para que se note que la autoridad no es algo simbólico sino que toca la vida concreta e incide en la realidad:

Discernir es brindar apoyo firme, no en general sino en el momento justo, en el que se lo necesita para no caer y para salir de un pozo.

Discernir es saber pegarle un buen palo el león -atado pero rugiente- para que se calle y se meta en su cucha. El discernimiento es dar la estocada precisa a la cabeza de la serpiente, a distancia para que no muerda.

Discernir es dar la señal concreta que dice “por aquí se va”, alzándose en alto, como el asta de una bandera.

Discernir es indicar que  “ahora sí”, marcando el momento y el ritmo, como un director que lleva la batuta en el concierto.

El que es santo pueblo fiel de Dios -porque uno no es solo uno mismo sino que es pueblo fiel de Dios con los demás, cuando camina y trabaja con los otros- sabe reconocer, no con frases sino siguiendo en la práctica sus discernimientos ,al que tiene el Bastón y lo usa bien. Con autoridad, para “hacer crecer” (augere) y no para pavonearse ni para hacer sentir su poder. Y sabe distinguier perfectamente a los que usan el bastón sin discernimiento, por que les gusta tener la manija y el sartén por el mango en provecho propio, o usar el cetro como elemento decorativo de su vanidad.

Y cuales son estos “discernimientos” que el Papa nos hace:

En primerísimo lugar, creo yo, ha alzado en alto el estandarte de la Misericordia incondicionada del Padre que ni se ha cansado ni se cansará de perdonar. El estandarte que tiene en lo más alto esa bandera, como horizonte único hacia el que caminamos todos, es un bastón en forma de Cruz. Así como al Señor poner en alto el Paradigma de todos los paradigmas, la Misericordia del Padre, le costó la Cruz, así también al que lo siga y quiera practicar las obras de misericordia para ser bendecido con la bienaventuranza de ser misericordiado, le costará abrazar, cargar y ayudarse con el bastón de la Cruz. No hay otro báculo que la sustituya.

A la hora de defendernos del Maligno -león, lobo, serpiente, perro rabioso, buitre y lo que sea- el bastón que lo espanta es el discernimiento. Porque descubre sus engaños, porque hace ver que es un derrotado -un dragon muerto pero cuya cola sigue arrastrando gente-; un léon atado que mete miedo pero sólo hace daño si te acercás; una serpiente a la que la Virgen con la rapidez y la fuerza de su pie le ha aplastado la cabeza. Cuando sus mentiras son puestas a la luz, el Maligno pierde poder.

Y a la hora de formar familia, comunidad apostólica, pueblo de Dios, el bastón es el de un tipo de autoridad eclesial que más que mandar con muchos preceptos atrae dando el ejemplo con alegría y armoniza el trabajo de todos asignando a cada uno su misión.

Para terminar con algo sabroso y que aproveche para discernir la situación de nuestra Patria una fábula Campera del Padre Castellani. Se llama “La tala”. Dice así:

“Tres días duró en la isleta el estruendo de las hachas, y crujieron al tumbarse los viejos troncos, y volaron todos los pájaros menos las tijeretas, que no se van de sus nidos aunque las maten, y se quedaron por allí chillando, sobre las ramas mustias.

Aquello era una desolación. El Guayacán duro, el Algarrobo dulce, el Quebracho tenaz, el Cedro valioso, el Jacarandá florido, y el Ñandubay añudado, los forzudos del monte habían caído. Sólo quedaban en pie el Ombú inútil y el Abrojo dañino.

-¡Lo que yo siempre he dicho, mi compadre! -gritó el Abrojo-. En esta vida los únicos que sobreviven son dos clases: los que no sirven ni para leña como usté, y los que muerden a todos, como yo-.

 Pero sucedió que con los árboles martirizados se hicieron muebles finos, vigas inmortales,  durmientes eternos, crucecitas con los retoños más tiernos y un báculo de pastor: y después los obrajeros pegaron fuego a la isleta talada y del Ombú y del Abrojo no quedaron ni las cenizas».

 

Diego Fares sj

 

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y la mayoría de los que lo escuchaban estaban shockeados y decían: -¿De dónde saca este estas cosas? y ¿Qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que se realizan por medio de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. El se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

 

Contemplación

 

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

 

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

 

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

 

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia:

– «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.»

Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba:

– «Con sólo tocar su manto quedaré curada.»

Inmediatamente se secó la fuente de su sangre, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de que una virtud (dínamis)  había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:

– «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron:

– «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?»

Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo:

– «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.»

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron:

– «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?»

Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga:

– «No temas, basta que creas.»

Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo:

– «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.»

Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:

– «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!»

En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Mc 5, 21-43).

Contemplación

El fotógrafo se llama Richard Tsong-Taatarii. La foto es de octubre del año pasado. La pesqué buscando imágenes para las contemplaciones y la puse en mi escritorio. Como a veces siento que ya me acostumbré a ver la imagen de Jesús en la cruz estas fotos de sus pequeñitos me ayudan a no olvidar que el se identifica con los crucificados del mundo real en el que vivo. Ese balde rojo vacío es real. No lo podrían llenar los productos de todos los supermercados del mundo. Y sin embargo las lágrimas que apenas asoman en los ojos de la niña del vestidito azul bastan para que nosotros nos sintamos conmovidos a llenarlo con nuestra compasión.

Los baldes, las tazas, los jarros y las ollitas que tienen los niños son para juntar el agua de la lluvia que esperan. Quizás la única esperanza real -la del Padre que hace llover sobre buenos y malos-, ya que las que deberían venir de las instituciones no llegan o demoran demasiado para la sed de hoy. Son chicas y chicos rohingya, esa palabra prohibida en Myanmar  -de donde los rohingya huyen porque no son considerados parte del estado-. Actualmente viven en el campamento de Tangkali, Bangladesh. Son más de 300.000 refugiados.

Contemplando el evangelio de hoy, me llamaba la atención cómo Mateo presenta a Jesús en medio de la gente, en medio de su pueblo. El evangelista ve a Jesús con toda “la gente que se reunía a su alrededor”. Y dice que “la gente lo seguía y lo apretujaba por todos lados”. Y agrega que Jesús, cuando la hemorroisa lo toca, la buscó con la mirada en medio de la multitud y preguntaba a todos: “Quién me ha tocado”. Nos hace bien esta imagen de Jesús interactuando con su gente, inmerso -bautizado- en la vida de su pueblo, con todos sus sentidos despiertos, un Jesús que tiene sed de nuestra fe.

Y pensaba en “el protocolo de la santidad” del que habla el Papa en Gaudete et exsultate. Mateo 25. Tuve hambre y me diste de comer, me viste con el balde, esperando agua, y me diste de beber. Te diste cuenta, en medio de la multitud, que era Yo el que te tocaba apenas el brazo, para que me vieras…

Jesús se sumerge en medio de la multitud y sigue los pasos de su protocolo. La palabra “protocolo” me llamó la atención como modo de presentar la bienaventuranza de la Misericordia. Porque pareciera una palabra fuera de contexto. Luego, meditándolo bien, veía que va bien con otra imagen que usa siempre Francisco: la del “hospital de campaña”. Como este mundo tiene inmensos sectores que son hospital de campaña, campamento de refugiados, en los que hay víctimas por todos lados, tiene sentido que el Señor nos de un protocolo, un modo concreto para actuar en estas emergencias que se han vuelto realidad estructural.

Un protocolo es un pequeño manual de procedimiento que ayudan a no dudar y a reaccionar teniendo las prioridades claras. Aplicarlo permite salvar vidas, permite ser eficaz con las fuerzas que uno tiene y de manera coordinada.

El jesuita que me dio los Ejercicios en estos días usó una imagen que me ayudó. Hablaba de establecer prioridades en la vida (primero la oración…) y se miraba la mano en dos posiciones. Una con la palma hacia arriba y viendo todos los dedos uno al lado del otro, como si fueran todas las cosas que tenía que hacer ese día y pasara de una a otra. Luego cambió la posición de la mano: la puso verticalmente de modo tal que el pulgar quedó frente a su nariz y los otros dedos en fila, medio tapándose unos a otros. Así nos hace ver las cosas un protocolo: nos ayuda a ver priorizando.

Si se trata de salvar víctimas en una tragedia, lo primero es clasificarlas rápidamente según el riesgo de vida.

Si se trata de rescatar gente de un bote, los niños y las mujeres van primero.

Si se trata de lo que que uno puede hacer como ciudadano en una gran ciudad, la gente en situación de calle es prioridad. Dar de comer, vestir y alojar, se puede hacer en cada parroquia si la gente se organiza. Jesús les enseñó este protocolo a sus discípulos en la multiplicación de los panes, cuando les dijo: “Denles ustedes de comer” y se puso a trabajar con ellos en la repartida de los panes y los peces.

En el evangelio de hoy, llevándose consigo a toda la gente y, luego, personalizando más la cosa al hacer entrar en la habitación de la niña solo a Pedro, Santiago y Juan, el Señor nos enseña el protocolo de ir a visitar a los enfermos.

Es otra prioridad.

Vemos los pasos: Jesús estaba predicando y cuando Jairo lo viene a buscar y le pide que vaya a curar a su hijita, el Señor deja todo y se va con él.

Podría haberla curado de palabra, como hizo con el servidor del Centurión. Pero el Centurión le pidió que no fuera, que bastaba con que dijera una palabra. En cambio Jairo le pide que vaya a imponerle las manos. Y Jesús, obediente, va.

Por qué? Yo diría que en los milagros de curaciones, la prioridad del Señor es la fe. O, como su prioridad es la fe, las curaciones son importantes porque “activan la fe”. Pero como la prioridad es la fe, el Señor no cura de cualquier manera, sino que se adapta a la fe de cada persona y la ayuda a que esta fe crezca. Este modo de adaptarse Jesús a la fe de la gente es el núcleo del evangelio de hoy en el que estamos invitados a centrarnos.

Evidentemente, no se trata de una cuestión de salud pública. Así como la multiplicación de los panes no fue una cuestión de distribución de bienes, como entendieron los que querían hacerlo rey.

Vemos, por una parte, al Señor que actúa en medio de la gente involucrando a los suyos de manera ostensible. Vemos también que, primero sigue rápidamente a Jairo porque este se lo pide, pero luego se detiene por el camino y pierde tiempo hablando con la hemorroisa, esta mujer no le pidió que le impusiera las manos sino que ella misma fue a tocar la orla de su manto con la punta de sus dedos.

Tanto con Jairo como con la hemorroisa las palabras de Jesús giran en torno a la fe. Tu fe te ha salvado, le dice a la mujer. Basta que creas, le dice a Jairo cuando vienen a avisarle que su hija ya murió y que no hace falta que “moleste al Maestro”.

En oposición a ese tipo de gente que conforman “los que no quieren molestar al Maestro”, Jesús se siente bien y se mezcla e interactúa con “los que sí quieren molestar al Maestro”. Los que lo importunan con su fe.

Así llegamos al protocolo y al dedo pulgar frente a nuestras narices que nos indica que “lo primero es la fe”.

Jesús hace cualquier cosa que le pidan y que ayude a tener más fe. Donde no encontraba fe -entre sus mismos paisanos- podía hacer poco. Y donde encuentra fe es capaz de sanar una hemorragia, de resucitar a una niña y de ganarse la fe de todo el pueblo.

El protocolo de Jesús nos dice que busquemos primero la fe. Lo que más ayude a despertar y a concretar la fe. Porque? Porque la fe hace que “uno mismo se salve”. La fe nos convierte en protagonistas de nuestra propia vida. Uno es protagonista solo de aquello en lo que se juega con su fe.

Con toda su vida, con los pasos que sigue como quien sigue un protocolo, Jesús da un mensaje claro: su caridad se vuelve dinámica al interactuar con la fe de las personas: basta que alguien toque su manto con fe para que esta fe se vea confirmada y de un fruto inmediato: Jesús se dio cuenta de que había salido de él una fuerza, una dinamis, dice el evangelio.

Lo primero es la fe. La fe “enciende a Jesús”. La falta de fe es como que lo deja a la espera…

La prioridad a la hora de ser protagonistas de la historia desde nuestro interior más personal es la fe. La fe que nos hace pensar, valorar y juzgar por nosotros mismos.

La fe es lo que hace que Jairo, cuando ve que se le muere su hijita y piensa qué hago, decida ir a buscar a Jesús.

La fe es lo que hace que la hemorroisa, viendo su condición de salud y que nada le sirve de ayuda, piense en acercarse a tocar el manto de Jesús.

La fe es “ingeniárselas” para acercar a Jesús a nuestra vida. Sea reuniéndose en torno a Él y siguiéndolo y apretujándolo, como el pueblo fiel de Dios, sea saliendo a buscarlo para llevarlo a nuestra casa como Jairo, sea tocándolo apenas en medio de la gente, como la hemorroisa. Cada uno a su manera pero todos con fe, con esa fe que “activa” a Jesús, que hace salir milagros de sus manos.

No hace falta mucha fe. Basta un poquito, porque enseguida el Señor la confirma, la defiende y la consolida: No temas, basta que creas, tu fe te ha salvado.

El Señor hace ver que su prioridad es la fe, sobre todo cuando afirma que a Él le basta con que tengamos una fe chiquita como un grano de mostaza. Las prioridades más grandes, cuando son reales, aprovechan hasta lo más pequeño.

A mi me gusta usar la imagen de la fe frágil como una lágrima, como esa lagrimita que asoma en el llanto seco de la niña del vestidito azul. El Señor tiene sed de esa lágrima y es capaz de llenar el balde rojo con el Agua viviente de su compasión y hacer que nos dé de beber a nosotros y que esa fe de nuestros pobres se convierta en fuente de Agua viva, que salta hasta la vida eterna.

Diego Fares sj

 

Un momento emotivo, al finalizar la sesión en la que Diputados dio media sanción al proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo, estuvo a cargo de la diputada Lospenatto. Dijo varias cosas que me impactaron profundamente y me movieron a escribir.

Una fue que «todos habíamos cambiado con este debate». Creo que es verdad y que hay que seguir por el camino de «debatir las leyes y de dialogar». Aunque uno pierda una discusión o se vote una ley que no nos gusta, todos ganamos en la creación de este espacio común en el que, si se le toma el gusto al diálogo, a la larga se muestra como el mejor instrumento de la democracia. Si no se discute allí, en el Congreso, las cosas se discuten y deciden en otros lados, donde no hay manera de constatar quién votó qué cosa. El hecho de que se conozca qué piensa y qué vota cada diputado o senador y cómo actúa cada grupo social, es básico para la sanidad democrática.

Otra cosa que dijo Lospenatto fue que «le hemos puesto nombre al dolor». Ponerle nombre a algo que estaba silenciado -brutal y cobardemente- es justicia. Creo, eso sí, que el nombre del dolor es «aborto». Sin apellido.

Sin el apellido «Clandestino» y sin el triple apellido «Legal, Seguro y Gratuito». En todo caso, el apellido es de la madre ya que el padre ni se enteró o no quiso dárselo.

Con el nombre del dolor lo que está sucediendo es que, por ser un dolor tan grande, un dolor que los que no somos madre podemos, sí, compadecer, pero nunca llegar a experimentar en toda su magnitud, corremos el riesgo de pasarnos a otro extremo: de no poder o no querer nombrarlo, ahora se le da un  nombre que no es el suyo.

Primero era «aborto de un niño, hecho clandestinamente», ahora no es «aborto de un niño» sino «interrupción voluntaria de un embarazo» hecho legalmente. Se le ha cambiado el apellido pero la realidad es que tiene menos nombre que antes.

Se pretende solucionar así una culpa social, eliminar un estigma cultural, hacer justicia sobre un sometimiento y abandono en el que es verdad que se ha dejado siempre a la mujer. Pero para ello se vehiculiza como único remedio solo una acción pragmática en lo que a la salud (de la madre) se refiere…

Pero el dolor sigue ahí. Y con menos nombre que antes.

Se piensa y se sostiene que borrándole el apellido no existirá más la culpa.

Una niña adolescente dijo (lo cuento porque me quedó grabado) «Nos quieren hacer creer que un ser sin sistema nervioso central es igual que una mujer adulta». Al escucharla daba la impresión de que le habían vendido que con esta frase se libraría de una culpa que le imponía la sociedad machista. Ojalá fuera tan simple. La culpa viene del registro que tiene toda conciencia respecto del “peso moral” que tiene toda vida, por su dignidad absoluta.

El camino de «nombrar el dolor -cada dolor de cada persona de nuestra patria y de nuestro mundo-» es el camino correcto. Pero no se soluciona con dos frases y una ley.

Los nombres que utiliza un paradigma esencialista, en muchos aspectos sobrepasado o puesto en cuestión por las ciencias, no alcanzan. Pero no hay que conformarse con que nos ofrezcan en reemplazo cualquier nombre para las cosas.

Aquí, con esto del reemplazo, tomo otra frase que me impactó de Lospenatto: decía algo así (yo lo cito como lo recuerdo ya que lo escuché en el momento pero se puede encontrar en youtube): no llegamos a esta votación con una mayoría aplastante, pero en la historia de las conquistas sociales es así: el poder se le arrebata al que lo tiene y lo ejerce y se cambia de mano. Esta convicción de que «el poder se cambia de mano» es lo que me abrió los ojos. Es algo real, porque el poder no deja vacíos, siempre lo ocupa alguien. Pero como concepción creo que es reductiva. Porque la democracia -el poder del pueblo- es precisamente eso, poder de un pueblo. Si alguien se lo apropió, el punto no es «cambiarlo de mano» y que se lo apropie alguien de signo contrario, sino hacer que sean nuevamente las manos del pueblo las que lo ejerzan. Los partidos políticos, en su lucha legítima contra el adversario se exceden cuando «se apoderan del poder discrecionalmente». Este exceso es el que es difícil hacer notar cuando como ciudadanos cristianos, de un pueblo cristiano en su cultura e instituciones y en la gran mayoría de sus integrantes individuales, defendemos las dos vidas y toda vida, como se expresaba en los lemas. El que tiene mentalidad de parte busca que el otro se vuelva también parte. Y aquí se citan, muchas veces con razón, todas las veces que miembros de la Iglesia han actuado de modo partidista o, directamente, han -hemos- actuado mal.

Creo que no es posible testimoniar que uno no es parte sino mostrando que se sabe  perder. Y hablo de saber perder aún la vida, no solo una ley. A lo largo de la historia, el pueblo de Dios cristiano ha sido capaz de vivir su fe con cualquier ley. No solo con la ley del aborto o del matrimonio igualitario sino con las leyes que te meten en prisión o justifican que alguien de degüelle por la simple confesión de la fe. Cuando defendemos un valor como el respeto a la vida desde la concepción, que ha adquirido status constitucional y legal, no es -no debería ser- por conveniencia o por imponer algo a los que no son cristianos. En primer lugar, es -debe ser- por una convicción humana  -iluminada por la fe, pero que es algo de todo ser humano, no «solo cristiano». El que la fe «descubra algunas cosas más profundas» no significa que las invente. De hecho la postura más «anti pro-vida» se basa -paradójicamente- en un valor descubierto por la fe: el valor absoluto de la persona y su libertad de conciencia». Se defienden ciertos «satus quo» no porque sean perfectos ni por conveniencia, sino por la conciencia de este «cambio de mano» que se da en política y que, si no es dialogado y pensado largamente, produce efectos peores que lo que pretendía mejorar. El «cambio de mano» es algo de lo que todos tenemos que ser conscientes. Y la apuesta es a que el cambio de mano sea para darle más libertad al pueblo en su conjunto -presente, pasado y futuro- y no para tener un nuevo dictador con distinto signo.

A nivel de ideas, es claro el cambio de mano: de un paradigma que de alguna manera respeta algo así como un derecho natural, con valores que preexisten a la constitución social -como la vida-, se pasa a un derecho positivo, como se llama, sin puntos de referencia más allá de sí mismo. Estamos viviendo cada vez más en este nuevo paradigma, que va conquistando, uno a uno, los ámbitos en el que ese «derecho más amplio» (para no usar el término natural que está en crisis), conservaba sus espacios. El nuevo paradigma lo devora todo.

Ese ámbito más amplio, que la Iglesia promueve y tutela cuando puede, es un ámbito donde, por ejemplo, reina la misericordia. Toda vida, también la que está en gestación y la que está por morir, es digna de ser tratada con misericordia. Ese ámbito se subsume ahora por el reino de la racionalidad pragmática. Evidentemente que pareciera más «racional» y más «pragmático» actuar sobre la salud de una madre adulta que sobre un embrión sin sistema nervioso central, como decía esa adolescente (cosa discutible científicamente, por supuesto). Pero el punto es el «cambio de manos». No es que «nos liberemos de una iglesia machista» para ser más libres. Pasamos a una nueva «iglesia», la de la racionalidad pragmática. Y la racionalidad pragmática, aunque tenga género femenino puede llegar a ser muy machista y depredadora. Si luego de cinco mil años de machismo alguien quiere que vengan otros tantos de feminismo, ok. El cambio de manos no sería injusto y en ciertas cosas hasta puede que nos vaya mejor. Pero mejor todavía sería soñar y trabajar juntos en el tema de la vida que es el único tema que trasciende todo y posibilita todo -también la política y también los géneros-.

Concluyo con otra frase que me impactó. Prefiero no mencionar el nombre del (de los diputados) sino solo el concepto. Se refirieron a sus hijas. A la «revolución de las hijas» y a sus hijas. “Voto esta ley por mis hijas”, dijo uno. “Y por las hijas de los otros diputados”, agregó otro. Y alguno comentó que si su hija tenía que abortar, cosa que no deseaba de ninguna manera, prefería que fuera con un aborto legal, seguro y gratuito.

Me parece honrado que pongan a sus hijas sobre la mesa, ya que de eso se trata. Pero no deja de horrorizarme lo que dicen. Revela hasta qué punto este nuevo dios -la racionalidad pragmática- ha invadido las mentes de tanta gente y, en particular, de los que tienen a su cargo legislar las leyes para nuestro pueblo -para sus hijas y los nietos que les abortarán libre, gratuita y -profecía cumplida- con toda seguridad-.

Insisto: es bueno que se diga y que salga a la luz lo que está en acto en las mentes, porque así se puede objetivar y pensar. Es bueno que salga a la luz y no que quede allí escondido como el veneno que, inoculado, actúa secretamente.

Pero resulta chocante «tanta sinceridad». Es la realidad, sí: nuestras adolescentes -hijas, hermanas, amigas- abortan. Una chica dijo que «eran ellas, chicas de 15, las que acompañaban a sus amigas a abortar y las que les veían la cara de terror” y no sus padres que ni se enteraban-. Es la realidad que los padres son los últimos en enterarse. Por eso el Papa desafía a los padres preguntándoles si sabe “donde están sus hijos, existencialmente”, no en qué discoteca. Los curas nos seguimos «enterando» décadas y décadas después, porque la gente que trata de confesarse antes de morir, confiesa los abortos como lo único dramáticamente serio de su vida.

Todo esto es así. Pero lo que me impactó fue esa «prepeada» de hablar de «la revolución de las hijas» y de los «abortos de sus hijas» con cierto tono de subirse al caballo del humor político que había en la calle. Estoy hablando de diputados que en el gobierno anterior no trataron el tema por disciplina partidaria, cosa que otros se lo hicieron sentir. Está bien lo de «robarle las banderas» a los adversarios y todo lo que ya sabemos que se hace en política, pero el hecho de poner a sus hijas sobre la bancada, me impresionó.

Me estremece escuchar a esas adolescentes que sin saberlo sus papás van con sus amigas a abortar a una clínica clandestina. Pero me estremece más aún escuchar a un papá decir que entrará de la mano con su hija para que aborte en un hospital público. Me estremece más porque esas chicas iban «con cara de terror» y este papá legislador irá con … cara de qué?

Veo tanto a las amigas como al padre llevando de la mano a la que va a sacrificar a un hijo no deseado. Y me da menos terror la cara de terror de las chicas que la cara (indescriptible) con que el padre dijo que la acompañaría.

Hablo no de lo que uno hace sino de lo que dice cuando legisla, que es una actividad específica y representativa. En esto, la imagen que se contrapone en mi corazón es lo que le dijo un padre a su hija, que ante la opinión de los médicos que le dijeron que su bebé no era viable y que ella corría riesgo, decidió abortar. El papá hizo silencio y luego le dijo: al menos que tenga un entierro digno. Nada más. Hay veces en las que no se puede hablar.

Mis argumentos, como la mayoría de los que hablaron a favor de toda vida, no son muy convincentes. Seguramente no son pragmáticos. Y resaltan algunas cosas muy desagradables. Yo mismo, cuando escucho a algunos que hablan con precisión del inciso tal de la ley cual, en el lenguaje concreto que se habla en la cocina de las leyes, me digo que me falta esa precisión. El cambio de paradigma, y más que cambio el choque entre un paradigma «esencialista» y otro «funcionalista», y más que choque, el acabalgamiento que se produce entre estos paradigmas, es algo que vuelve difícil la reflexión articulada y serena y más difícil aún la toma de decisiones.

Pero en los momentos de crisis, las decisiones son a todo o nada. Pero a todo o nada no contra esta ley (que es de las más irrestrictas que he visto comparadas con otros países: en Italia y Francia es hasta las 12 semanas; hasta en China es ilegal el aborto selectivo, porque todos eligen tener varones y abortan a las niñas…; la objeción de conciencia en italia es más respetada…), no contra esta ley, repito, porque sea mejor la anterior, que no es buena, sino porque hay que hacer unas leyes enteramente nuevas!

Ante la complejidad y las urgencias del mundo actual, el Papa habla de que estamos viviendo «en un hospital de campaña» y nos da un «protocolo» para la vida plena. Ese protocolo, esas reglas de comportamiento eficaz y posible en momentos de crisis, como los colores con que se clasifica rápidamente a las víctimas de una tragedia para no perder tiempo, son las bienaventuranzas, no el aborto.

Las bienaventuranzas no son «pragmáticas» ni «razonables» ni «agradables». Pero dan verdaderos frutos de felicidad allí donde la vida misma no es agradable ni pragmática ni razonable.

Es cierto que la misericordia para con el más vulnerable, en toda situación de vulnerabilidad, no es pragmática. Pero acaso vamos a pretender que la vida sea pragmática? Es eso lo que nos quieren vender? Una vida pragmática?

No es pragmático lo que costó traernos al mundo, darnos de comer y educarnos como seres humanos. No es convincente racionalmente que existamos en un universo donde cien mil millones de galaxias no han producido un solo embrión fuera de nuestro planeta. No son siempre cómodas ni agradables todas las tareas que hay que hacer para que un chico viva bien y feliz.

Lo que está en juego en este momento no es dar un paso adelante o volver atrás. Lo que está en juego es que si el paso que damos no es a favor del Dios de la misericordia será a favor del dios de la racionalidad pragmática, que nos devorará uno a uno, comenzando por los que están en gestación, siguiendo por nuestras hijas adolescentes, continuando con nuestras familias para terminar con toda una civilización que, teniendo todos los medios y la plata para honrar la vida de los otros, prefirió deshonrar cómodamente la propia.

Diego Fares sj

       Se quedó María con Isabel como tres meses; después se volvió a su casa. Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre Isabel, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.

Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados.

Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel (Lc 1, 57-66. 80).

Contemplación

En el nombre “Juan” está la idea de que “Dios tiene misericordia”, Dios se ha apiadado, se ha mostrado benigno. La verdad es que quería conectar lo que captaron los vecinos de Zacarías e Isabel, “los santos de la puerta de al lado”, como dice el Papa, con el nombre de Juan y estuve buscando pero no encontré lo que buscaba, así que directamente lo rezo como me inspira el evangelio mismo, aunque siempre me gusta tener algún apoyo exegético para partir. En este caso me basta con que la gente del pueblo simple sentía y experimentaba ante el nacimiento de ese bebé. Lucas usa una palabra -“emegalunen“, engrandecer, incrementar, magnificar- para expresar que la gente del pueblo y sus padres veían en esto algo que es propio solo de Dios Padre: incrementar en modo desacostumbrado su Misericordia.

Que unos padres ancianos hubieran sido bendecidos con este hijo era algo grande. Y por eso el nombre que significa “Dios ha tenido misericordia” es el nombre que Isabel se apura a dar y que Zacarías ratifica escribiéndolo en la pizarra. Cuando escribió “misericordia” se le soltó la lengua. Esa experiencia es el centro del Evangelio del Nacimiento de Juan el Bautista: cómo se le ablandó la lengua a su padre, como si la hubiera tenido congelada y el calor del nombre de su hijo hubiera hecho que se le derritiera de amor.

Juan heredará de su madre, la alegría inmediata al ver a Jesús, su amor incondicional y su fe en el Cordero de Dios que es el que absuelve los pecados del mundo y tiene la Palabra verdadera y el tono justo para contar las parábolas que nos hacen experimentar la Misericordia infinita y sin peros de nuestro Padre del cielo. Esa Misericordia que cuando uno la experimenta, recupera su dignidad de hijo, como el hijo pródigo cuando recibió un abrazo en vez del reproche que esperaba (y que su hermano se encargó de hacerle sentir igual).

Juan también heredará esta resistencia a la fe de su padre, Zacarías, esa que le llevó a pedirle al ángel una prueba de que era verdad lo que le anunciaba y el ángel, con cierto enfado angélico, le dio la prueba, pero no “desde afuera” con algún signo, sino desde adentro, haciendo que se le endureciera la lengua con la que había expresado sus dudas, hasta que fuera capaz de usarla solo para escribir “Juan”, “Dios ha engrandecido su misericordia con nosotros”.

Esta palabra, magnificar, engrandecer, es la que Juan pone en los labios de María cuando canta las Misericordias de Dios para con sus pequeñitos y dice que esa Misericordia se extiende de generación en generación.

Decía que Juan heredó esas resistencias de su padre porque él también las experimentó cuando, estando en la cárcel,  mandó a sus discípulos a preguntarle a Jesús si era Él el Mesías o debían esperar a otro. Y Jesús le respondió con algo que tenía que ver con su nombre -Dios tiene misericordia-. Les dijo: “Vayan a contarle a Juan lo que oyen y ven: que los ciegos reciben la vista…. y los pobres son evangelizados (Mt 11, 2-6). Y le agregó la bienaventuranza para los que no se escandalizan de Él.

Juan acató el mensaje como acató la orden de Jesús de bautizarlo. Pero esta resistencia siempre estaba ahí y se ve que sus discípulos la pescaron porque duró mucho tiempo en la Iglesia primitiva: seguía habiendo discípulos de Juan, que bautizaban con el bautismo de Juan (siempre hay gente más papista que el papa). Tanto es así que en su evangelio, Juan evangelista, muchos años después, escribe todos los elogios que Jesús hacía de su primo, para que no quedaran dudas ni del amor de Jesús ni de la fidelidad de Juan, que superaba en la fe sus resistencias, hasta el punto de dar la vida con alegría por el Esposo y de aceptar con gozo que “El crezca y yo disminuya”.

Esta experiencia de “dejar que Dios engrandezca su Misericordia en nosotros y en nuestra vida” es el signo de que estamos en presencia de un Dios activo, que interviene en la vida de la gente. Es el “capolavoro” de Jesús: hacer experimentar esta misericordia creciente que nos toca en la herida y hace salir lo mejor de nosotros: nuestra dignidad de ser hijos y de querer actuar como tales.

San Ignacio lo expresaba de manera magnífica. Lo cito y con esto respondo a una oyente de Radio María que ayer, en la entrevista en la radio, planteaba una contradicción en su interior. Por un lado, decía, se sentía tan agradecida por todas las cosas buenas que Dios le daba en su vida. Por otra, sentía culpa por no ser más generosa con los pobres dado que tenía tanto. Yo le decía que estas “contradicciones” son justamente las cosas que requieren que le demos “tiempo de oración”. No se resuelven en la cabeza sino rezando, preguntando a Jesús “y con esto cómo se hace?” y dando tiempo al Espíritu para que, mientras contemplamos al Escritura, nos vaya aclarando todo.

Ignacio cuenta así su experiencia de cómo se “incrementa la Misericordia de Dios en su vida: “Mirando sus faltas y llorándolas, decía que deseaba que en castigo dellas Nuestro Señor le quitase alguna vez el regalo de su consuelo, para que con esta sofrenada anduviese más cuidadoso y más cauto en su servicio; pero que era tanta la misericordia del Señor y la muchedumbre de la suavidad y dulzura de su gracia para con él, que cuanto él más faltaba y más deseaba ser castigado desta manera, tanto el Señor era más benigno y con mayor abundancia derramaba sobre él los tesoros de su infinita liberalidad. Y así decía, que creía que no había hombre en el mundo en quien concurriesen estas dos cosas juntas tanto como en él. La primera, el faltar tanto a Dios, y la otra, el recibir tantas y tan continuas mercedes de su mano. Decía más, que esta misericordia usaba el Señor con él, por su flaqueza y miseria, y por la misma le había comunicado la gracia de la devoción, porque siendo ya viejo, enfermo y cansado, no estaba para ninguna cosa, sino para entregarse del todo a Dios, y darse al espíritu de la devoción”.

Sin palabras!

Diego Fares sj

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