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Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. 

«Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. 

Pero Jesús les dijo: «Coraje soy Yo; no teman.» 

Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.» 

«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame.» 

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Poca fe, ¿por qué dudaste?» 

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó

Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

Contemplación

La palabra coraje está en el centro del pasaje de hoy. Jesús les dice: Ánimo! Coraje! soy Yo! no tengan miedo! El «soy Yo» lo repite dos veces y podemos imaginar que lo dice tocándose el pecho: soy Yo. 

Si interpretamos la escena por lo que pasó antes vemos a Jesús rezando, solo, en el monte. Pero no pensemos que estuvo rezando sobre cualquier tema, sino más bien que le estuvo pidiendo al Padre la gracia del coraje para los suyos. Me gusta imaginar que Jesús estuvo pensando cómo hacer para darles coraje y se le ocurrió esto de dejarlos remando con viento en contra, para luego ir caminando sobre las aguas en medio de la tormenta y entonces serenarla con su poder. En la oración al señor se le ocurre este modo grandioso de mostrar su divinidad: caminar sobre las aguas, serenar una tempestad. 

Si miramos la escena que sigue a la palabra coraje, vemos algo que no deja de ser extraño. Pedro le pide a Jesús que le mande ir hacia Él caminando sobre las aguas y Jesús se lo concede. Pedro interpretó así la exhortación de Jesús de tener coraje. 

Si lo pensamos bien el pedido de Pedro es valiente. Y al Señor se ve que le gustó este pedido audaz de su amigo. Tengamos en cuenta que Jesús no siempre le seguía la corriente a Pedro. Aquí sí. Quizás porque el coraje se muestra en la cancha y está bien que Pedro lo ejercite. Por eso después, evaluándolo, Jesús le dirá «tuviste poca fe». E inmediatamente lo tomará de la mano y serenará la tormenta, como había planeado. 

Esto nos hace pensar que Jesús no había planeado que Pedro caminara sobre el agua. De ser así, lo habría hecho hacer dos o tres ensayos hasta que le saliera bien. Por la actitud de los discípulos que se postran diciendo «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios» se nota que la lección iba por el lado de calmar el viento.

Siempre me maravilla que así como Jesús nos muestra quién es Pedro, Pedro nos hace ver muchas cosas acerca de cómo es Jesús. Con sus actitudes, con escenas como ésta en que le pide caminar sobre el agua, Simón Pedro nos lo acerca a Jesús, nos hace conocer sus sentimientos de amigo. Digo de amigo porque esta escena es una escena de complicidad. De no ser por Simón Pedro, uno diría que aventuras como esta de probar a caminar sobre el agua, no son cosa seria. Y cuando Jesús le dice «poca fe» se lo debe haber dicho con cierta ironía cariñosa. En este pedido, Pedro, por su parte, revela una gran confianza. Que nosotros sepamos, el evangelio de Juan, al final, sugiere que Pedro «aprendió» a caminar sobre el agua, aunque no usara este poder para sí. 

Repasemos. Tenemos una escena en la que el coraje está en el centro. Jesús, con su pedagogía tan particular, quiere hacerles experimentar en medio de una situación difícil lo que significa tener fe en Él. Tenemos además, a Pedro que sale con este pedido extraño de caminar sobre el agua. Jesús se lo concede e inmediatamente, con señorío, cumple su cometido: pacificar la tormenta. El deseo de Jesús por el que ha estado rezando al Padre es fortalecer la fe de los discípulos en su Persona. Por eso repite dos veces “soy Yo, soy Yo! no tengan miedo”. 

El coraje ante el que estamos, no es un coraje cualquiera, es el coraje de la fe en Jesús. 

Hay muchos tipos de coraje y nadie los tiene todos. Uno puede ser valiente en tierra firme, por ejemplo, y ser miedoso en el mar. El coraje de la fe es un tipo de valentía que hace «actuar» a Jesús.

En medio de toda esta escena solemne que Jesús ha planeado en la oración se mete el deseo intempestivo de Pedro. Y se ve que a Jesús le cae bien, porque lo incorpora en la lección que quería dar. Tan es así que la caminata de Simón Pedro sobre las aguas ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia con más fuerza qué el hecho de que Jesús calmara la tormenta. 

Se ve también que a Jesús le basta una palabra para calmar el viento pero para que Pedro camine sobre las aguas no basta su palabra sino que se requiere la fe de Pedro. Y lo que es más importante todavía para nosotros es que para nuestra fe se requiere la interacción entre Jesús y Pedro. Para tener nosotros el coraje de la fe tenemos que centrarnos en esa mano tendida de Jesús que agarra la mano de un Pedro que se hunde. Nuestra fe no es «en Jesús solo», sino en Jesús con Pedro. En esas dos manos que se agarran se anuda el coraje de nuestra fe. Nuestra fe no es sólo en Jesús que camina sobre las aguas, sino que es fe en Jesús y en Pedro agarrados de la mano. 

El coraje tiene la propiedad de ser contagioso si el gesto de alguien se revela tan humano que toca las fibras de nuestro corazón en el punto en que somos uno con todos. Un gesto de coraje excesivamente individualista no contagia, más bien aleja. En el Evangelio de hoy lo que contagia coraje es el coraje de Pedro de pedirle a Jesús algo extraordinario, sabiendo que necesitará ayuda, y el coraje de Jesús de aceptar su pedido, sabiendo que lo tendrá que ayudar. Jesús ha dicho dos veces «soy Yo, soy Yo! y Pedro ha escuchado bien, porque le dice «si eres Tú, mándame ir a Ti». Lo que nos encorazona y nos da coraje es como se conocen y se confían estos dos de corazón. Nada encorazona más que una amistad. 

La caminata de Simón Pedro hacia Jesús sobre las aguas – que según Goethe es símbolo de la vida humana- es propiamente el coraje de tener fe que conjuga en si dos actitudes aparentemente contrarias: el coraje de tomar las decisiones más audaces en nombre de Jesús, como si uno lo pudiera todo, y el coraje de pedirle ayuda humildemente, como si uno no pudiera nada.

Como bien lo expresa el aforismo ignaciano: «Esta es la primera regla que debemos observar a la hora de actuar: ‹así confía en Dios: como si todo el éxito de lo que emprendes dependiera de ti y nada de Dios (tirate al agua); y, sin embargo, dedícate de lleno a lo que haces, como si Dios lo tuviera que hacer todo Él solo y tú nada”. 

Así actuaba San Ignacio. Rivadeneira dice que: “El padre, en las empresas que toma, muchas veces parece que no usa de ninguna prudencia humana, cómo fue cuando hizo el colegio Romano sin tener ninguna renta para él; más bien parece que todo lo hace fundado en la sola confianza en Dios. Pero así como al emprender las obras parece que va por sobre la prudencia humana, así en seguirlas y buscar los medios para llevarlas adelante usa de toda prudencia divina y humana. Parece que cualquier cosa que emprende primero la negocia con Dios y como nosotros no vemos que lo han negociado con él nos espantamos de cómo lo emprende». 

Les pedimos a Pedro y a Ignacio (que le tenía gran devoción), que nos concedan tratar con Jesús con esta familiaridad y coraje (parresía, como la llama Francisco), en la oración y en las obras apostólicas, en las que todo es «caminar sobre el agua».

Diego Fares

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.

Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente y se le enterneció con ellos el corazón y se puso a curar a sus enfermos. 

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: ‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’. 

Pero Jesús les dijo: ‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’. 

Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’. 

‘Tráiganmelos aquí’, les dijo. 

Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud. 

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación

La gente siguió a Jesús a pie. En aquel contexto “a pie”, quería decir “por tierra”, es decir “no por mar”, no en barca. A pie también quería decir “no a caballo, ni en burro, ni en carro”. En la actualidad, decir “a pie” supone renunciar a más medios de transporte: al  auto, al subte, al micro, al tren, al avión y a los monopatines a motor que se han puesto de moda en Roma con esto del distanciamiento social en los transportes. 

Me quedé con esta frase quizás porque ayer fue la fiesta de San Ignacio y siempre me viene el título del libro de Tellechea Idígoras: Ignacio solo y a pie. O “Nunca solo”, como dice Rodríguez Olaizola. Ignacio -solo o con compañeros- casi siempre a pie. Es que el 2021-2022 será un “año ignaciano”. Recordaremos los 500 años de su conversión, en la que jugó un papel importante el hecho de no poder caminar por haber sido herido en una pierna. De ahí salió convertido en un incansable peregrino que, con su renguera a cuestas, recorrió toda Europa y llegó a Tierra Santa. 

Qué nos inspira esto de “seguir a Jesús a pie”, como la gente sencilla, como Ignacio, con sus Ejercicios Espirituales, que son bien “de a pie”? Lo primero es que mirando a la gente sencilla que no tenía otros medios de transporte, caemos en la cuenta de que Jesús mismo fue uno que siempre anduvo a pie. Tan es así que la única vez que se nos cuenta que anduvo en burra el hecho quedó marcado para siempre como algo excepcional en su misma sencillez. En la escena de hoy lo vemos caminando entre la gente, sanando a sus enfermos. Y luego lo veremos en medio de la tormenta y avanzando sobre las aguas, tambien a pie! 

Por eso la reflexión de hoy es muy simple. Y puede parecer hasta banal. El seguimiento de Jesús, que a lo largo de la historia va tomando distintos modelos, siempre tiene esta característica de fondo: es a pie. Y el motivo es porque Él vino a nosotros a pie!

Quiso nacer “de camino”, padeció el tener que irse caminando al destierro, en brazos de sus padres, peregrinaba desde niño, todos los años de Nazaret a Jeursalen, recorrió toda su patria de punta a punta, caminando junto con sus discípulos, hizo su “via crucis” a pie, cargando con su Cruz y, resucitado, se nos dice que acompañó por el camino a los discípulos de Emaús. 

Pensaba en los lugares a los que voy y vuelvo a pie. De niño eran las catorce cuadras entre mi casa y el colegio. Durante muchos años, en San Miguel, a los barrios ibamos en colectivo, pero dentro del barrio nos movíamos a pie. Caminábamos bastante yendo a buscar a los chicos para el catecismo, llevando la comunión a los enfermos, yendo de una capilla a la otra. En los veinte años en El Hogar de San José hacía generalmente cuatro veces al día las siete cuadras de ida o de vuelta entre Regina y el Hogar. Aquí en Roma, son los dos km de La Civiltà al Gesù… 

Los recorridos que uno hace a pie, de ida y vuelta, tienen algo que está en la base de todos los otros viajes: al trabajo en auto o en colectivo y tren, y a otras regiones, en avión. En los trayectos que hacemos a pie experimentamos una alianza entre el espacio y el tiempo y nuestra humanidad. Se podría decir que ese espacio pisado y contemplado al ritmo de nuestros pasos se vuelve nuestro. El espacio que transitamos a mayor velocidad en auto (y ni hablar del que sobrevolamos en avión) es menos nuestro. Incorporamos solo fragmentos vistos al pasar. Sin embargo, no se trata de una cuestión de tipo “gimnástico”, porque podemos incluir entre los caminos hechos a pie el camino cotidiano al trabajo o a la escuela aunque los hagamos en otros medios. La frecuencia y el recorrido siempre igual hacen que ese territorio se nos incorpore como si lo recorriéramos a pie. 

Que Jesús venga  a nosotros “a pie” indica que el Señor quiere hacer alianza con nosotros no en abstracto, sino situados en nuestra historia y en nuestra geografía terrena. Y esto es para poder incluirnos de verdad enla historia y la geografía de su Reino. 

Esta es una indicación preciosa a la hora de “buscar” al Señor, de “querer conocer cuál es su voluntad”, a dónde quiere llevarnos. Para encontrarlo, más que salir a buscarlo por caminos desconocidos, tenemos que “volver sobre nuestros pasos”. Antes de que nos envíe a los confines del mundo (y de la libertad de los otros, que pueden estar viviendo al lado), el Señor que nos invita a seguirlo es el mismo que, cuando llamó a Mateo, fue primero a su casa. El Señor que nos llama a seguirlo es el que citó a los discípulos en Galilea, y luego sí, los envió a bautizar a todos los pueblos y a enseñarles a cumplir todo lo que Él les había revelado.

Lo que quiero decir es que el seguimiento de Jesús no nos llevará por un camino en el que lo único que importa es el punto final. El seguimiento del Señor nos habla más bien de ese ritmo que tenemos cuando vamos a pie, ese ritmo de ida y vuelta cotidiano, que no es el del turista ni el del que huye, sino el ritmo del que permanece. 

En medio de ese ritmo cotidiano, hecho de pequeños pasos, se muestra lo que somos, lo que podemos caminar sin ayudas externas, lo que verdaderamente amamos, porque vamos y volvemos allí, la relación real que tenemos con nuestro prójimo, el que sabemos que volveremos a encontrar mañana. 

El Señor está allí: en el camino de regreso de todos los día, en la orilla a la que volvemos después del trabajo, en la Galilea de nuestra infancia, donde está la cuadra que caminábamos jugando, en la barca a la que vamos al trabajo cada día.

Al Señor lo encontramos viniendo a nosotros a pie por los mismos caminos que nosotros recorremos cada día a pie. 

El es capaz de alcanzarnos incluso cuando nos hemos alejado y estamos en medio de una tormenta, pero viene a pie”, no volando. 

El ha ido al Padre, cubriendo la distancia más inconmensurable que existe, la que se da entre el misterio de Dios y nuestra carne, pero incluso en esta imagen “de ascensión” que nos dejaron los evangelistas, lo último que alcanzaron a ver del Señor fueron sus pies llagados. E inmediatamente los ángeles los exhortaron a no quedarse mirando al cielo, sino a partir en misión, hacia los confines del mundo, caminando. 

Por estas cosas es que el seguimiento de Jesús tiene el ritmo del que lo sigue a pie. Aunque nos lleve muy lejos y en avión el quiere que donde vayamos “creemos recorridos a pie”. Caminitos alegres, como los de Teresita. Rutinas sanadoras, como las de los que rezan en los monasterios y las de los que practican las obras de misericordia en las casas para los más pobres. 

Así como las obras de misericordia se practican “a mano”, no al bulto ni en serie, el seguimiento de Jesús se hace “a pie” . A pie quiere decir que todo el proceso es importante y que no se trata de andar saltando por el aire, cubriendo grandes distancias. “A pie” quiere decir “personalmente”: al propio ritmo, siguiendo paso a paso el camino, sin saltear etapas. 

Seguirlo a pie quiere decir: “sintiendo y gustando las cosas internamente”.

Seguirlo a pie quiere decir: “no tener la posibilidad de cambiar de caballo a mitad del río” (porque uno no tiene ni caballo).

Seguirlo a pie quiere decir paso a paso, como quien sigue los pasos de la oración ignaciana: antes de hablar con Dios, discierne lo que le pide; antes de discernir, contempla a Jesús, escucha lo que dice, mira lo que hace; antes de contemplar, medita; antes de meditar, lee atentamente el Evangelio; antes de leer, pide la gracia de rezar de corazón; antes de pedir, imagina el lugar -se sitúa-, y un paso o dos antes de entrar en la oración, se deja mirar por Dios nuestro Señor, lo adora y le hace una reverencia.

Seguirlo a pie quiere decir paso a paso, como el buen Samaritano que practica la obra de misericordia: antes de pasar a ayudar al siguiente herido, regresa a ver si hace falta pagar algo más en la hospedería donde dejó al primero; antes de completar el pago, lo promete y asegura; antes de prometer, se queda una noche cuidando personalmente al herido; antes de cuidarlo, busca ayuda; antes de buscar ayuda, lo carga sobre la propia montura; antes de cargarlo, le brinda los primeros auxilios; antes de brindárselos, se le acerca bien; antes de acercársele, se compadece; antes de compadecerse, lo ve de lejos; antes de verlo de lejos, andaría rezando -abierto el corazón a los intereses de Dios y del prójimo- y no distraído ni metido solo en sus cosas.

Diego Fares sj 

Jesús dijo a la multitud:

– Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. 

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

Contemplación

Jesús nos habla hoy de los misterios de Su reino y lo hace en clave de alegría. Que es la que el oído fino del papa Francisco ha sabido percibir en medio del ruido de nuestra época, como ese “hilo de silencio sonoro” en el que Elías reconoció la voz de Dios. 

La alegría de la que habla Jesús tiene sus características particulares. 

Es la alegría que habrá en el cielo por un pecador que se arrepiente (Lc 15, 7).

Es el gozo y la perfecta alegría que se apodera de nuestra alma cuando permanecemos en su amor y guardamos los mandamientos -especialmente los más pequeñitos- del Padre (Jn 15, 10-11). Jesús prometió -y Él cumple!- que cuando nos vea otra vez, nuestro corazón se alegrará y “nadie nos podrá quitar nuestro gozo” (Jn 16, 22). Es el “gozo del Espíritu Santo” que nos da la Palabra de Jesús en medio de mucha tribulación ( 1 Tes 1, 6). Un gozo que se puede apoderar de toda una ciudad, como sucedió en Samaría, por la prédica y los hechos de Felipe (Hec 8, 5-7).

Es una alegría para la cual Jesús inventa sus parábolas. Una alegría como la del mercader en perlas finas que encuentra una de gran valor. Aunque uno no sea un mercader de perlas, puede comprender lo que alguien así sentirá. No es facil, porque para sentir algo similar hay que ser un buscador de cosas únicas, y no mucha gente lo es. 

Por eso el Señor la compara con otra alegría, la del que se encuentra un tesoro en un campo. Aunque no sea un buscador de tesoros, puede ser alguien que los aprecie si es que se los encuentra. Eso sí, si uno no es audaz como para vender todo y comprarse el campo donde está el tesoro (que no se puede sacar de allí con facilidad) puede ser que el hallazgo le cause más temores que alegría. 

Por eso el Señor inventa la tercera parábola, la de la red que pesca todo tipo de peces y la alegría de los pescadores consiste en elegir los buenos y desechar los malos. Esta última es una alegría más a nuestro alcance, ya que quien no la ha experimentado cada vez que le toca elegir ropa en una feria, por ejemplo. 

El asunto es “comprender” que el Reino de Jesús un tesoro y que para buscarlo, para ser capaces de vender todo para comprarlo y para saber discernirlo, como se disciernen los peces buenos de los malos, el “criterio” es la perfecta alegría.

Hay un problema, sin embargo. Esa alegría que “nos permite reconocer” el tesoro no es una alegría “standard”, por decirlo así. Es la “perfecta alegría”. La que solo experimentan los personajes de las parábolas de Jesús: los mercaderes especializados en perlas finas, que son los únicos que pueden reconocer una de valor infinito cuando está mezclada con otras (todas las perlas se asemejan); los audaces que están dispuestos a vender todo para comprarse un campo con un tesoro; los pescadores que saben distinguir al tacto los peces buenos de los que no lo son tanto. Es decir: aunque la alegría perfecta está “graduada” y la puede experimentar tanto un sofisticado buscador de perlas como un sencillo pescador de pueblo e incluso uno que se encuentra el reino “por casualidad”, hay algo que tienen en común estos personajes tan distintos y que los hace especiales también a ellos. La capacidad de alegrarse es algo personalísimo e incomunicable. El Señor quiere y puede darnos todos sus tesoros, pero la capacidad de alegrarnos con ellos es algo que debe “cultivar” cada uno. No se improvisa. Hay que seleccionar cientos de pescados, luego de muchas noches de pesca, para que las manos se acostumbren a reconocerlos. Hay que haber hecho muchos negocios para animarse a “vender todo lo que uno tiene” en un solo día para comprar un campo… El brillo del tesoro y el de la sonrisa, se contagian, crecen juntos, se suplen cuando al otro le falta algo. Hay sonrisas que encienden tesoros, no solo tesoros que despiertan la sonrisa. Hay perlas finas que atraen las miradas, pero solo las miradas que buscan perlas finas. 

Les comparto una canción y un librito que tienen ese encanto de la perla del evangelio, del tesoro escondido en el campo y de la red que pesca en grande y luego los pescadores seleccionan los pescados que valen la pena y devuelven los otros al lago.

La canción es de Angelo Branduardi y de su esposa Luisa  Zappa, y refleja hermosamente el famoso “tratadito” de la perfecta alegría, de San Francisco de Asís 

www.youtube.com/watch?v=gd7WI_yKK-8).

“Era el tiempo del invierno ya 

y Francisco Perugina dejó. 

Con León caminaba 

y un viento frío los helaba. 

Francisco en el silencio, 

a espaldas de León, le habló: 

‘Puede ser santa tu vida, 

pero sabe que no es esa la alegría. 

Puedes sanar a los ciegos y expulsar demonios, 

dar vida a los muertos y palabra a los mudos; 

puedes conocer el curso de las estrellas, 

pero sabe que no es esa la leticia. 

Si a Santa María llegamos 

y la puerta no se nos abre, 

atormentados por el hambre, 

bajo la lluvia mojados estaremos: 

afrontar el mal sin murmurar

con paciencia y alegría saber soportar; 

haberse vencido a sí mismo: 

sabe que esa es la perfecta leticia”.

El librito es de Christian Bobin. Me lo hizo mandar por encomienda desde Barcelona una amiga misionera en el Congo, entre los pigmeos, y se llama “El Bajísimo” (Le tres-petit) en alusión al Dios de Francisco, que siendo el Altísimo quiso hacerse pequeñito. Es el libro más lindo que he leido desde El regreso del Hijo Pródigo, de H. Nouwen. Con eso digo todo.

Diego Fares sj

“Jesús propuso a la gente esta parábola: El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron: ‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña?’ El les respondió: ‘Un enemigo hizo esto’. Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ No –les dijo- porque al arrancar la cizaña corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.» El les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!» (Mt 13, 24 ss.).

Contemplación

«Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre», es lo que profetiza el Señor y lo ilustra con las parábolas del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. O mejor: con la parábola del padre que apuesta al fruto y no a la apariencia del campo, arruinada por la cizaña que sembró el enemigo; con la parábola del hombre que apuesta al tiempo y confía en que esa pequeña semilla de mostaza se convertirá en un gran arbusto que dará fruto, sombra y cobijo; con la parábola de la mujer que amasa, confiada en la fuerza de la levadura que transforma su trabajo con la harina en un pan. Son todas personas que están en lo esencial, no en lo aparente. Y a su tiempo, asegura el Señor, brillarán. Pero con luz propia, como brilla el sol.

Me gustó esta última frase que cierra el evangelio de hoy, y creo que la clave no es que los justos «brillarán», sino que “brillarán con luz propia”, como el sol. Porque se puede brillar con luz prestada.

En realidad, todo es luz prestada, menos el amor. El amor se nos da a todos, pero solo sigue siendo amor si los que lo recibimos lo sembramos y cultivamos, como el granito de mostaza; si lo mezclamos con la harina y amasamos la masa, como la mujer de la parábola; si resistimos -porque el amor es resistencia- las tentaciones de “arrancar la cizaña” que cuando no se soporta y se la arranca antes de tiempo, se lleva gavillas enteras de amor. El amor es lo único que «brilla con luz propia», lo que «no pasará». Nuestros ojos ven con luz prestada, nuestra inteligencia piensa con luz prestada, solo nuestro corazón ama con amor propio, derramado por el Espíritu, sí, pero sembrado y amasado con nuestras propias manos.

El que tiene ojos para ver el «brillo del amor» ve un mundo totalmente distinto al que muestran los medios. Porque el amor brilla -con luz mansa, eso sí- en las personas menos notorias. Brilla en los ojos de los niños y por eso las madres y los papás no les pueden sacar los ojos de encima a sus pequeñitos y viven todo el tiempo que pueden sumergidos en ese resplandor que es el de un solcito, solo visible para los papás y las abuelas… El amor brilla con luz propia en los ojos de los ancianos satisfechos con su vida, agradecidos por haberse dado enteros, con amor. El amor brilla con luz propia en los ojos de los enamorados. El amor resplandece con luz propia en los ojos de los pobres, cuando alguien los trata con respeto y dignidad. El amor brilla en los ojos de los que cumplen con su tarea siempre dando un poquito de más cuando nadie los ve, por puro amor a su trabajo. El amor brilla con luz propia en los que hacen de su trabajo un oficio, una labor artesanal, y ponen un detalle de belleza a lo que producen.

Los justos, los que han vivido las bienaventuranzas y practicado las obras de misericordia, brillarán con luz propia en el reino de su Padre. Ese Padre que «ve en lo secreto» y que «recompensa en lo secreto». No con un salario externo, sino con el pago de amor con amor, como dice el dicho.

El Reino del Padre, no es un lugar al que se entra para ser espectador de su Gloria. Esta es la versión «espectáculo» del Cielo, que no ayuda a nuestra imaginación. La Gloria del Padre es su «Peso». El peso de su Amor que hace gravitar todos los corazones en torno a sí.

Brillar en el Reino del Padre es actuar -girar/danzar- movidos por su Amor, atraídos desde adentro por la fuerza de gravedad de su Amor Misericordioso, como la tierra -con todos sus granos de polvo, sus plantas, animales y personas- nos movemos atraídos al sol. Es un movimiento que no se ve si uno no se imagina saliendo de la órbita terrestre y contemplando nuestro sistema solar como desde afuera. Es un movimiento que no se siente, pero que afecta cada partícula del planeta, cada ola, cada viento. El amor, como la fuerza de gravedad, es real y está activo.

En estos días releo a Martín Descalzo, que es uno de esa multitud incontable de gente que vivió con la luz propia de su granito de mostaza y de sus cucharaditas de levadura, que creció hasta alcanzar toda su estatura, sin preocuparse de cizañas, y hoy resplandece como un justo en el Reino de nuestro Padre. El tiene un artículo brevísimo que ilumina con luz propia lo que Jesús quiere decir hoy. Se titula:

Teoría del cascabel

Toda buena metáfora es como un relámpago que enciende, de repente, la noche. Así me iluminó a mí -hace ya tantos años que apenas lo recuerdo- un viejo texto de Ortega y Gasset que hoy quisiera comentar aquí para mis jóvenes amigos.

«Todos -decía- somos (o más bien deberíamos ser, porque algunos se empeñan en no serlo) como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Y es el caso que, como en el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para liberarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión.»

¿Quién, que esté vivo, no ha experimentado alguna vez ese desdoblamiento desgarrador de su vida? ¿Quién no conoce ese algo que quiere volarle dentro y ese encadenamiento en el que vivimos? Las palabras nos atan, el tiempo nos encadena, el hombre cree ser libre, pero es su propia condición quien le maniata. A mi nunca me han preocupado demasiado los condicionamientos exteriores. Desde fuera nadie puede quitamos la libertad. Nos la quita la simple realidad de existir, esa coraza externa que parece rodear nuestros sueños, nuestras aspiraciones. ¿No habéis sentido millares de veces que todo se os queda corto, que cuando amamos, escribimos, construirnos, el amor, los libros o cuánto hacemos no son ni sombra de los sueños con que los proyectamos? Ser hombre es saber que nunca se llegará a serlo del todo, reconocer que en todos los caminos nos quedamos a medias. El cascabel de nuestras esperanzas se encuentra permanentemente encorsetado en la coraza de la realidad.

¿Qué hacer entonces? ¿Aburguesarnos? ¿Amargamos? Un burgués y un resentido es alguien a quien el cascabel se le ha convertido todo él en coraza. Se les ha endurecido lo que tenían de niños, de ilusión; se ha vuelto todo piedra, incluso lo que debía ser ese núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Son los que cambian ese núcleo por su ambición, por el dinero o por el poder. Ya no podrán sonar nunca, se han vuelto sólidos y estériles.

Los que siguen «sonando» (viviendo, produciendo) son quienes no se resignan a estar muertos y hacen que su alma de niños siga, terca, golpeándose con la realidad, chocando con las paredes inexorables del tiempo, de nuestra prisión. Esa es nuestra verdadera música, la vida despierta.

Un verdadero creador (de su obra o de su vida personal) es alguien permanentemente insatisfecho, alguien que todos los días lanza su alma a la aventura, que no teme a los choques, que- se mantiene terca e insobornablemente adolescente, que nunca se considera maduro o concluido, que vive en un perpetuo redescubrimiento de su propia alma.

Los cínicos, los pasotas, los amargados, se mueren en plena juventud. Los instalados, los que sólo producen dinero, los que no tienen más sueño que el de poseer (lo que sea) están secos. Su campana no suena. Ya no son un cascabel. Cuando más un cencerro.

Diego Fares sj

“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía…: 

El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos, y estos, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra linda y buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron: ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’ El les respondió: ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’. Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Felices sus ojos, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…

Qué es lo que vemos, para que podamos considerar felices a nuestros ojos? Qué es lo que oímos para sentir que son felices nuestros oídos? Vemos a Jesús, que le habla extensamente a la gente que lo sigue, y escuchamos su parábola: la parábola del Sembrador, los terrenos y la semilla. 

La parábola es muy sencilla. Sencillísima! Tanto que nos parece que ya la sabemos. Es la parábola que ilumina todas las enseñanzas de Jesús. Nos muestra que sus palabras -bellas y sabias en sí mismas, como una linda semilla-, dan fruto en la medida en que se las recibe bien, se las cuida y se las pone en práctica. Pero esta regla que podríamos llamar de la «interactividad de las parábolas» se le aplica también a ella misma. 

Vemos a Jesús que le habla habla largamente a todo tipo de gente: grandes, niños, cultos e iletrados, buenos y distraídos… La pregunta de los discípulos acerca de por qué les habla en parábolas, parece tener como trasfondo el sentimiento de que el Señor se está desperdiciando al dedicarle tanto tiempo a hablar con gente común. Los discípulos le piden al Señor que les explique el significado de las parábolas y vemos que la explicación literal no es nada complicado. Además, en el evangelio de Marcos, el Señor les reprochará que «no entiendan»: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, comprenderéis todas las parábolas?» (Mc 4, 13). Es como si los discípulos estuvieran buscando «significados difíciles» y no creyeran que la gente entendía de verdad al Señor. Porque el pueblo sencillo parecería que entiende, ya que no le piden que les explique! 

Esto me lleva a pensar que el tipo de «interacción con las parábolas» -lo que simboliza la tierra buena»- no debe ser cuestión de inteligencia o de estudios teológicos, sino que se trata de otro tipo de interacción. 

Qué será entonces esa «tierra linda y buena» que le permite dar fruto a la semilla?

Quizás tiene que ver con la bienaventuranza de los ojos y los oídos. La tierra buena no es en primer lugar la de una inteligencia estudiosa, sino -antes- la de unos ojos que ven y la de unos oídos que escuchan. Qué cosa? La parábola del Sembrador, de los terrenos y de la semilla! Jesús bendice a los que lo ven Sembrador y escuchan sus parábolas. Los bendice y los felicita sin más. Los evangelistas nos dicen muchas veces que «la gente se alegraba al ver las maravillas que hacía Jesús» (Lc 13, 17); que lo seguían, que buscaban verlo, que se admiraban de su enseñanza, porque veían que enseñaba con autoridad…

Qué es lo lindo de contemplar a un Jesús que se presenta como Sembrador? Quizás que no es un Dios interesado en cosechar rápido en nosotros; es uno que viene a sembrar, no a cosechar. Viene a dar algo sin apuro, algo que será también nuestro, así como las plantas toman el color y el perfume de la tierra en la que crecen.

 Y por lo que dice luego, es un Sembrador muy particular, ya que siembra en todo tipo de terrenos. Todas las parábolas tienen un detalle sorprendente, algo que parece natural, pero no lo es, como el hecho de que un pastor deje las noventa y nueve ovejas por buscar a una perdida. Aquí el detalle asombroso es que el Sembrador esparce la semilla en todo tipo de terrenos. La parábola es realista: muchos terrenos no dan fruto. Pero Él igual siembra y siembra. Tanto que nos vienen ganas de agradecer que haya tierra buena y al ver cómo algunos terrenos dan tanto fruto, nos alegramos de saber que la semilla era buena! Esta es la Buena Noticia: que hay un Sembrador que es así de bueno, uno que no se cansa de sembrar ni selecciona sus terrenos; que su semilla es tan buena que es capaz de dar el treinta, el sesenta y el ciento por uno en frutos!, y que existe tierra buena en este mundo. Aunque haya mucho terreno inútil y malo, hay tierra buena. 

Con estas tres buenas noticias, podemos ir adelante, con fe y esperanza, en seguimiento del Señor. Vale la pena lo que él siembra. Vale la pena ir a trabajar en su viña, vale la pena salir a cosechar lo que Él ha sembrado y en tantas partes está dando fruto. Alegrarnos en Él como Sembrador, escuchar su Palabra como Semilla buena, equivale a convertirnos nosotros mismos en tierra buena.

Felices nuestros oídos que pueden escuchar de nuevo la parábola del Sembrador y de sus semillas que cayeron en distintos terrenos. Felices nosotros porque las palabras-semillas que escuchamos nos cuentan nuestra historia pasada y nos ofrecen la posibilidad de una nueva historia en el presente. 

Nos cuentan la historia de las palabras que se nos perdieron, la historia de las palabras que arraigaron lo suficiente y la historia de las palabras que nuestras malezas ahogaron. Pero también nos cuentan la historia de las palabras que dieron fruto en nuestra vida. Y nos hacen sentir la alegría de ser «tierra», simple tierra, gente sencilla que si se la trabaja y abona, es tierra buena para que den fruto las palabras-semillas de Jesús. 

Diego Fares sj

“En aquel momento de gracia Jesús dijo: Te alabo (te confieso con agradecimiento = exomologeo), Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes se las has revelado a los niños pequeñitos (nepion). Sí, Padre porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Vengan a mí todos los que están exhaustos y agobiados, y Yo les daré un descanso. Tomen el yugo mío sobre ustedes y aprendan de mí, (habituense a ser como yo) pues soy manso (praus) y humilde (tapeinos) de corazón, y encontrarán descanso para sus almas, pues mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

Contemplación

El Evangelio de hoy es un compendio de las palabras más queridas de Jesús: Padre, alabanza, niños pequeñitos, descanso del agobio de no poder más (la cruz), corazón pacífico, dulce, pobre. Cada una de estas palabras es un tesoro y todas ellas están escondidas en el Corazón de Jesús, el Corazón abierto para todo el que quiera entrar en relación de corazón a corazón con Él. 

Aprendan de mí, dice el Señor. Aprendan en el sentido de habitúense a sentir y gustar las cosas como Yo. Acostúmbrense a soportar todo pero con la mansedumbre y la ternura con que lo soporto Yo, por amor al Padre, por amor a mis amigos. Habitúense. 

Los niños pequeñitos aprenden por mímica, imitando las poses, los tonos de voz y las actitudes de los papás y de las mamás. Por este lado va lo de «hacerse pequeñitos como niños»: por la capacidad mimética de aprender que tiene un niño, que es algo admirable. Mirando y escuchando a nuestros padres aprendemos a hablar una lengua en tres años! Imaginemos si miramos y escuchamos con esta predisposición a nuestro Padre del Cielo siguiendo las indicaciones de nuestro Maestro, de nuestro Rabbuní Jesús! 

Escuchar como niños pequeños

Dicen que a partir de los seis o siete meses de gestación el bebé escucha en el vientre de su madre lo que ella habla o canta. Por eso escuchar siempre tiene algo de niño. Cuando uno se dispone a escuchar adopta poses de niño, se «compone» -digamos- como cuando era un niño pequeñito y su mamá lo sentaba para hablarle bien de cerca, mirándolo a los ojos y gesticulando de manera tal que uno comprendía perfectamente que le estaban enseñando algo importante. Todo este mundo de la infancia tiene su base en una estructura más profunda y misteriosa todavía que son los primeros sonidos que escuchamos en el vientre materno y que fueron configurando nuestras neuronas de manera dialogal, abiertas al otro. Por eso escuchar la Palabra de nuestro Padre, escuchar a Jesús, nos hace bien. Escuchar los Salmos, repetirlos en voz alta, rezar las oraciones vocales, el Ave María, el Padre nuestro, el Gloria, nos estimulan a entrar en contacto con nuestro Dios de manera afectiva y viva. 

Aprendan de mí, dice Jesús, que rezaba así: invocando a su Abba, a su Papá, como un Niño pequeño. No se trata de una actitud que luego se «supera», sino todo lo contrario: es una actitud a la que hay que volver. Siempre es así a la hora de incorporar algo nuevo: uno debe ponerse en actitud de niño. Es así para aprender una nueva lengua. Y lo mismo sucede con cualquier arte, con cualquier ciencia. El manejo del computer va unido a la habilidad lúdica de jugar con el mouse y de tocar investigativamente la pantalla como tocábamos las cosas de chicos. Son cosas que de grandes «perdemos». Por eso los niños aprenden tan rápido a manejar los aparatos y a los grandes nos cuesta más. 

Bueno, se entiende lo que queremos decir con esto de «escuchar como niños pequeños»: Se trata deabrirnos con toda nuestra capacidad de recibir en plenitud algo totalmente nuevo, sin prejuicio alguno, como sólo podemos hacer si reeditamos nuestra niñez. Esa niñez interior que siempre está intacta y activa, aunque muchas veces tapada, en nuestro interior. Eso sí, cada uno se debe conectar con «su» niño interior. Con lo que más le gustaba jugar, con lo que mejor aprendió a hacer de niño. Para uno será bailar, para otro pintar,  para este gatear y corretear, para aquel mimar e imitar. Uno aprendía mirando: llevándose los objetos a los ojos, otros gustando su sabor con la boca; este toqueteaba todo, aquel olía, el otro hacíasonar las cosas cerca de su oído. 

Llorar como niños pequeños

El primer sonido que ejercitamos y al que nos habituamos es el llanto: los gemidos, el sollozo, el quejido, el llanto desconsolado. A esto nos tenemos que habituar mirando llorar a Jesús, mirándolo suspirar y sollozar de compasión y pena. El Espíritu Santo es Maestro interior en esto de «convertir en palabras los gemidos», como dice la oración Ven Creador. Primer se gime, como un niño pequeño, y luego el Espíritu nos enseña a ponerle palabras a ese llanto. Así rezamos con lo más nuestro, con lo más entrañable, con lo más necesario. Si no, uno puede estar rezando con palabras ajenas a su situación existencial, que no lo conectan con su interior. 

Nombrar, balbucear, arrullar, como niños pequeñitos

Nombrar, balbucear, arrullar… son los pasos siguientes del aprendizaje de los niños pequeños. Jesús nos muestra cómo Él estaba atentísimo a las expresiones que brotaban espontáneas de los labios de la gente sencilla cuando lo veía pasar. Eran nombres (de las primeras cien palabras que los niños aprenden, un gran número son los nombres de las personas queridas) y balbuceos: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Mi maestro, que yo vea! Sáname. Si tú quieres, puedes limpiarme! 

El evangelio convirtió todos estos balbuceos del pueblo sencillo en oraciones litúrgicas. Pero nosotros tenemos que recuperar el tono infantil con que nacieron! También están las palabras «arrulladas», el Ave María que rezamos como escuchamos rezar de niños, mirando los labios de nuestra madre o de nuestra abuela. El Ave María nunca pierde su carácter de arrullo y conforta en los insomnios, en las enfermedades, en los momentos en que uno no sabe qué rezar. Es la oración para cada «ahora» y para la hora de nuestra muerte.

Aprendan de mí! Habitúense a rezar como Yo! -dice el Señor. Recuperen su modo de escuchar -mimético- de niños pequeños; recuperen su llanto básico; recuperen su nombrar a los que quieren, sus balbuceos más imperativos y sus arrullos más amorosos. Así su oración crecerá como un río que se desborda, como un árbol que echó raíces y se eleva en poco tiempo, como un niño que aprende a hablar y admira a todos, porque habla como un adulto. 

Especialmente en estos tiempos tan duros, de tanto miedo, encierro e impotencia, recuperar la oración de niños es un descanso y un consuelo. Mimar – en el doble sentido, de acariciar y de imitar- a Jesús es el camino. 

Diego Fares sj

“Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama (philon) a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentra su vida la perderá. Y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de un profeta, y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber aunque sólo sea un vasito de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10, 37-42).

Contemplación

El Señor habla usando imágenes. Las consideramos en conjunto, como diversos modos de comunicarnos un único mensaje, el cual se podría sintetizar así: solo si tratamos a Jesús como nuestra persona preferida, como nuestro Predilecto, nos ponemos a su altura, nos volvemos dignos de Él, de recibir lo que nos trae del Padre: su Espíritu. Nuestro Padre lo dice claramente: Jesús es su Hijo predilecto, su Hijo amado. Si para el Padre la Persona de Jesús es así, no puede serlo menos para nosotros. 

El punto es que Jesús quiere este trato de parte nuestra. No considera que Él deba ser predilecto solo de su Padre, como uno que quiere ser la persona preferida de algunos, pero no de todos. Lo que quiero decir es que es un honor y una gracia inmerecida que Jesús se fije en nosotros y le interese que le demos este lugar preferencial en nuestra vida. 

Veamos cada una de las imágenes. La primera es una comparación. Jesús toma como ejemplo el amor de un hijo para con su padre y de un padre para con su hijo. Y dice que, con respecto a Él, nuestro amor de predilección debe ser mayor. Que lo debemos preferir. 

El amor del que habla es el más entrañable, el que hace que un hijo se sienta orgulloso de su papá y un papá de su hijo. Pero no es que el Señor intente competir. Creo que más bien lo que intenta es hacernos comprender quién es Él para nosotros: es más que un padre amado, más que un hijo preferido. Toma el sentimiento más entrañable que hay en un corazón humano y entra en él. Si lo tratamos así, lo tratamos como quién es y entonces podrá responder. Si lo tratamos con una preferencia menor, no seremos dignos de Él. 

Esto es así en la vida. Hay personas que son muy dignas por sí mismas, pero si uno las ningunea o las rebaja, aunque no afecte lo que ellas valen por sí mismas, uno se las pierde. El trato es de ida y vuelta: la persona digna, cuando es dignamente tratada, dignifica al que la trata así. Puede resultar paradójico en nuestro mundo en que cualquiera desprecia o habla mal de cualquiera. Pero es claro que «cualquieriar» o «ningunear» a alguien digno y bueno vuelve indigno al que lo trata así, no al otro. 

Yo diría que Jesús con este ejemplo quiere llamar la atención a todos en este punto: si vamos a tratar con Él -acercarnos a su persona, escuchar sus palabras, preguntar acerca de Él a sus amigos/testigos, brindarle nuestra atención…- el rasgo determinante para nuestro modo de tratarlo lo expresa la palabra «especial». Jesús es Alguien especial y debe ser tratado como tal si es que queremos «hacernos dignos de Él», de su mirada, de su atención, de sus beneficios. 

«Trato especial» significa muchas cosas y puede tener infinidad de matices y de grados. “Especial”significa que, subjetivamente, usamos para con Él algún recurso no común de nuestra parte. El Evangelio está lleno de ejemplos así, de lo que este trato especial significaba para la gente pequeña, esa gente que se sentía honrada de poder siquiera merecer tratar con Jesús y se lo demostraba en algún detalle. 

La pecadora que rompe su frasco con perfume de nardo carísimo es quizás la imagen que «perfuma» todas las demás. No se puede ir a Jesús con cualquier perfume. Ni tampoco es digno de Él rociarlo solo con algunas gotas. El ejemplo que se sitúa en el polo totalmente opuesto es el de la hemorroísa, cuyo gesto de tocarle la orla del manto es aparentemente contrario al perfume, que perfuma toda la casa. El suyo es un gesto íntimo, fugaz, imperceptible…, pero «especial». Y el Señor lo nota. Como también es «especial» la limosna de la viuda, esas dos moneditas; o el treparse a la morera de un tipo importante como Zaqueo, sin importar el “qué dirán”. Es especial el modo de escuchar a Jesús -sentada a sus pies- de su amiga María y es especial el modo de querer defenderlo de Simón-Pedro, aunque Jesús le impida causar daño con la espada. 

Todo el evangelio es una sucesión de «encuentros especiales» con Jesús. Y cada uno debe encontrar «su gesto especial», ese que lo hace digno del Señor, de su trato, que es también especial. Quizás este sea el punto: como todo en el Señor es «especial», sólo lo puede comprender y recibirlo el que «existencialmente» pone de parte suya gestos también especiales.

Cuando el Espíritu nos abre los ojos y nos hace ver que «todos los gestos de Jesús para con nosotros fueron especiales» comenzamos a comprenderlos en su peculiaridad. Salimos de la nube de vulgaridad y de banalización en que vivimos inmersos, ese caldo que tiñe con su niebla la vida cotidiana haciendo que todo parezca ordinario en el sentido peyorativo de la palabra: desleído, soso, sin brillo, sin especial bondad. 

La siguiente imagen es la de la Cruz. Leída a la luz de un Jesús que ya estamos considerando como Alguien especial -como el más especial!-, lo de cargar nuestra cruz inclina el peso hacia el seguimiento. Es como si dijera: a Alguien así hay que seguirlo sí o sí y como sea. Por tanto, no se puede poner como excusa la propia cruz. No importa cuál sea: si algo que uno no puede resolver externamente o si es  algo interior. El Señor «nos da permiso» para seguirlo con nuestra Cruz! Esa es la buena noticia. 

La tercer imagen incluye la palabra «psiché». Perder o ganar la vida… psíquica, en el sentido en que se distingue de la vida espiritual -libre- y la vida física. Perder o ganar los entiendo yo en el sentido de «preocuparse por», de centrarse allí. La psichè es el alma o la vida en cuanto sede de los sentimientos, pasiones, deseos, afectos y aversiones psicológicas. En el fondo, lo que está diciendo es que cada uno puede seguir al Señor y relacionarse con Él como es, con su sicología. No es que la madurez y el autodominio psicológico sea condición determinante para relacionarse con Jesús. Al contrario, los enfermos y pecadores son los que mejor se relacionan con este Jesús tan especial. Quizás porque son los que mejor captan su «especialidad» que es redimir, sanar, dar vida, enseñar, disfrutar de la amistad sincera… 

Las últimas imágenes tienen que ver con el recibir y el dar. Miran la intención última con que uno recibe y da. Aquí «lo especial» de Jesús se muestra en toda su extensión y calidad. El Señor quiere que todo lo hagamos y recibamos en su Nombre, por Él como Persona, para Él en particular, en Él en el sentido de «con su estilo». Lo más justo, como recibir o alabar a un profeta porque es profeta, solo «equilibra» las cosas. En cambio, lo más pequeño, como un vasito de agua, hecho en Nombre de Jesús, para hacerle sentir a Él lo que significa para nosotros, adquiere un valor inusitado y se hace acreedor de una recompensa desbordante. Así de especial es Jesús! El vuelve todo especial. Fuera de Él todo es «pérdida» -basura, como dice Pablo-, rutina, poca cosa. Con Él todo adquiere su propio valor y el plus que le da el Predilecto.

Jesús conjuga y declina el amor en todas sus formas, grados y matices. Aquí usa «filein», que es amor de la predilección que uno tiene por sus amigos. Esa que lleva, como dice Borges, a engrandecer sus acciones para poder admirarlos y darle así al amor que se siente por ellos un recipiente propicio. Cuando un amigo «agranda» a su amigo, cuando cuenta con pasión lo que el otro hizo y le agrega cosas dignas de admiración, a veces hasta exagerando un poco, no es por afán de fabular o de adular. Que no es así se comprueba en que el mismo amigo que es capaz de mostrar su admiración incondicional por algo que hicimos bien, no duda en cargarnos y señalarnos alguna metida de pata o defecto. Expresar nuestra admiración por un amigo, considerarlo alguien único en el mundo y especial, nos enaltece al mismo tiempo a nosotros y, por encima de todo, enaltece nuestra  amistad. Jesús quiere ese trato especial que el zorro le enseña al Principito: “tú serás para mí único en el mundo, yo seré único en el mundo para ti”.

Diego Fares sj

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad repítanlo a la luz (en pleno día); y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos. 

No teman a los que matan el cuerpo pero no tienen poder para matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. 

¿Acaso no se vende un par de gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre de ustedes. Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que se juega abiertamente por mí ante los hombres, Yo me jugaré por él ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

Contemplación

Cuatro veces aparece en el evangelio el término «miedo» (fobos), temor, y el Señor lo ahuyenta como Buen Pastor:con realismo y energía, usando ejemplos sencillos, como los de los pajaritos que están en las manos de nuestro Padre, el cual hasta los cabellos de la cabeza de sus hijos tiene contados. No teman, dice Jesús a su pequeño rebaño. No le tengan miedo a nada, fuera del Maligno, que los quiere apartar de mi amor y amistad. 

El temor es una de las cuatro pasiones principales con que «reaccionamos» ante un bien, presente o ausente: gozo/tristeza; esperanza/temor. El temor se opone a la esperanza porque -robándonos el gozo del bien presente- nos pone en actitud de fuga ante un mal futuro y arduo, difícil de evitar. 

San Juan que es quien mejor discierne los miedos y su remedio, afirma: «El amor (agape) expulsa el temor (fobos) (1 Jn 4, 18). Lo expulsa, porque el amor nos pone bajo la acción de un Bien presente, al alcance de la mano: el amor de nuestro Padre del Cielo -que habita en nuestro corazón-. El Padre nos cuida y nos protege contra todo mal, dice Jesús, poniéndose a sí mismo como ejemplo y testigo fiel. 

Este es el anuncio consolador que nos trae el Señor en el evangelio de hoy: No teman! porque ustedes están en las manos del Padre y si Él cuida hasta de los pajaritos, cuanto más los cuidará a ustedes! Confíen!

Gozar de este amor de nuestro Padre Dios despierta en nosotros la esperanza, que siempre está, pero que a veces la tenemos como de reserva. Gozar del amor de Dios despierta la esperanza de alcanzar más bienes -todos los bienes que el Señor promete: la alegría, la paz, la amistad con Él, la unidad entre nosotros, la vida eterna…-, y nos da el coraje para vencer todo tipo de temor, tanto el que nos paraliza (pereza) como el que nos llevan a huir de las situaciones difíciles (cobardía).

El Señor habla con ejemplos. Para ilustrar el primer «no teman» nos presenta situaciones que tienen que ver con la Palabra. Por un lado, con la palabra que dicen los demás. El Señor advierte que nos llamarán «endemoniados» como lo llamaron a Él que es el Maestro. Por otro lado, con la palabra que nosotros debemos anunciar y proclamar a la luz del día: la buena noticia, el evangelio, las bienaventuranzas. 

Jesús les quita a los apóstoles el miedo al «qué diran» recordando que «el discípulo no es más que su maestro»; si al Maestro lo llamaron Beelzebub, también de sus discípulos dirán lo mismo. No debemos temer ese tipo de reacciones agresivas que la predicación de la Palabra suscita en algunos y que, hoy, los medios multiplican. 

El otro ejemplo que da el Señor tiene que ver con lo oculto y lo público. En cada sociedad hay «códigos», cosas que se dicen y cosas que no se dicen o se dicen de un modo y no de otro. Pues bien, en el evangelio la única ley para administrar la verdad es la de la caridad. No hay otra. Y al final, nada habrá oculto, todo será revelado. Por tanto, no hay que temer. Solo discernir el momento en que se debe dar testimonio, teniendo en cuenta el bien de los demás. Aquí vale, por ejemplo, la regla de «no tirar perlas a los chanchos». Pero hay momentos, como cuando el Señor manifiesta ante el sanedrín que Él es verdaderamente el Hijo del Dios Bendito, en que hay que decir la verdad aunque cueste la vida (o el puesto, o una relación o lo que sea).

Para ilustrar el segundo «no teman» el Señor pone ejemplos de persecución: habla de los que tienen «poder de matar». Aquí distingue claramente dos tipos de amenazas: una física, a la que no hay que temer, y la otra espiritual, a la que sí hay que temer. Establece, sin dejar lugar a dudas, que al único que tenemos que temer es al demonio, porque tiene poder de robarnos la vida eterna y, cuando no puede lograr esto, nos trata de robar algunos de sus frutos, o disminuirlos, o al menos «escupirnos el asado», en el sentido de causar algún disgusto. El Papa insiste siempre: «no se dejen robar la alegría del evangelio; no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la pertenencia al pueblo fiel… 

Para ilustrar el tercer «no teman» el Señor usa ejemplos que tienen que ver con la autoestima en la fe. Los ejemplos de los gorrioncitos y de los cabellos contados son para hacernos sentir lo mucho que valemos a los ojos de nuestro Padre. Él «está» junto a cada criatura suya, en su vida y en su muerte. Y contabiliza todo, hasta nuestros cabellos. En otro momento, Jesús dirá que el Padre sabe todo lo que le queremos pedir, todo lo que necesitamos. 

La oración del Padre nuestro nos la enseñará para que cada día nos pongamos totalmente en sus manos y gozando así de su amor y de su providencia, sea expulsado de nuestra vida todo temor y todo miedo. 

Lo contrario del temor es el coraje, en cuanto virtud del corazón. La valentía de corazón  se nutre de la esperanza y sale busca del bien con audacia, metiéndole para adelante. La valentía del corazón se alimenta también de la fortaleza y resiste el mal, aguanta y persevera en el bien sin rendirse jamás, levantándose, si cae, una y otra vez.

En las parábolas y ejemplos que Jesús nos da de nuestro Padre vemos estas cualidades y, como hijos suyos, podemos sentirnos animados a vivirlas en su Nombre, es decir para gloria suya. 

Si miramos la creación, y en especial nuestro planeta, no podemos menos de pensar que es fruto de Alguien audaz y creativo,  de un apasionado por la vida en todas sus formas. Viendo la creación no podemos imaginar que sea fruto de alguien temeroso y calculador, de alguien con una mentalidad utilitaria que haya calculado costos y beneficios como quien quiere producir cosas en serie. Por el contrario, la creación en su infinita riqueza y variedad da testimonio de ser obra de Alguien que no teme derrochar recursos y que se juega entero en su obra dando todo sin reservarse nada para sí. 

Su audacia para crear se muestra también en su apuesta a la colaboración de sus creaturas. Algo de esto podemos verlo expresado en la parábola de los talentos, donde el rey distribuye generosamente sus bienes y desea que se negocie y arriesgue con ellos para que den fruto abundante. 

Se proyecta luego este coraje en el aguante y la paciencia del corazón del Padre para sostener y mantener todo lo creado sin fijarse en costos ni en sacrificios, como vemos en la parábola del dueño de la finca, en la que Jesús nos muestra a su Padre apasionado por su viña, cómo sale a todas horas a buscar cosechadores y paga generosamente a todos, comenzando por los últimos. 

En las parábolas de la fiesta de bodas de su hijo, el coraje del corazón del Padre se pone de manifiesto en su decisión inclaudicable de hacer la fiesta, sí o sí. No acepta excusas y si los primeros invitados son indignos, dignificará a los pobres, a los enfermos y pecadores con el vestido de su misericordia que los haga esta a la altura de la celebración. 

La misericordia incondicional y a toda prueba es también una forma de valentía del corazón: el Padre no teme enviar a su Hijo a buscar a los que se habían perdido. En Jesús se encarna este coraje del Padre que es el que, como Hijo, lo hace «amar hasta el extremo» y lo lleva a dar la vida por sus hermanos. 

También es valentía el animarse a hacer fiesta por su hijo pródigo que regresa y apostar al diálogo con su hijo mayor. El Padre no se deja amedrentar por nada y ningún respeto humano lo aparta de su deseo de salvar a todos. 

En el día del padre pedimos esta gracia de la valentía del corazón para todos los padres, biológicos, adoptivos y espirituales. Gracia que se muestra, perfectamente reflejada, en el Corazón del Señor, imagen del Corazón invisible del Padre eterno.

Diego Fares sj

(Después de la multiplicación de los panes) Jesús dijo a la gente (que lo seguía y había ido en su búsqueda): «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» 

“Aquéllos que rechazaban a Jesús” discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente» (Juan 6, 51-58).

Contemplación

Este tiempo de Covid-19 y de pandemia, en el que no podemos comulgar materialmente ni sacar el Corpus por las calles en multitudinaria procesión, muchos me cuentan que han tomado conciencia del valor de la comunión sacramental, con el Cuerpo y la Sangre del Señor. También han tomado conciencia de lo lindo que era poder caminar con Él por nuestras calles. (Siempre recordaré el Corpus de 1992 cuando, sin saber que se hacía la procesión desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor, salí a caminar de tarde por las callecitas de Roma y desemboqué en vía Merulana en el  momento preciso en que Juan Pablo II pasaba frente a mí a pie, llevando el Santísimo en sus manos, cantando en medio de la multitud con antorchas). 

Siguiendo todas las misas de Santa Marta que desde el 9 de marzo al 18 de mayo nos celebró al mundo como un simple sacerdote nuestro Papa Francisco, disfruté de manera especial el momento que le dedicaba a “aquellos que no pueden comulgar y hacen ahora su comunión espiritual”. De las dos o tres oraciones distintas que rezaba el Papa cada mañana, me quedaron la de san Alfonso María de Ligorio y la del Cardenal Merry del Val. La primera dice así:  

“Jesús mío, yo creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento.

Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma.

Como ahora no puede recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Como ya habiendo venido, yo te abrazo y me uno a Ti; 

no permitas que me vaya a separar jamás de Ti”.

Me hace pensar eso de “ven al menos espiritualmente”. Es un hecho notable cómo las palabras del evangelio recobran vigor en los momentos de crisis, cuando se abren brechas en el sistema de pensamiento en el que pensamos y discutimos. La Encarnación del Hijo de Dios y el hecho de que nos de a comer su Cuerpo y su Sangre, significa que cuando lo recibimos a Jesús “material y espiritualmente”, lo recibimos de una manera más plena que si lo hiciéramos “solo espiritualmente” (o “solo materialmente”, podemos agregar, para los que se han “acostumbrado a la comunión” y no le dedican un acto espiritual de adoración al hecho físico de comer). Sacramentalmente quiere decir las dos cosas juntas. Esta es la palabra que “cobra vigor” en la situación actual! Sacramentalmente! Dice un antropólogo del Amazonas peruano que los indios huitotos “relatan” sus mitos bailando. “Eso es cosa de baile”, dice un abuelo, cuando le piden que explique un mito. Hay cosas que se comprenden “bailando”, sacramentalmente!

La necesidad que nos ha llevado a poder hacer sólo la comunión espiritual nos devuelve a todos la conciencia de las dos cosas: de la fuerza que tiene el deseo de comulgar, de lo importante que es poner toda nuestra atención y libertad en ese acto de unión con Jesús, y también la conciencia de la importancia del pan, del hecho de comer, de juntarse en la Eucaristía presencialmente y no solo de manera virtual. 

Hoy en que el plasma de los que se han curado del Covid-19 es medicina para los enfermos, el lenguaje de Jesús que nos dice que su Sangre da vida eterna y nos redime y nos perdona los pecados parece que adquiere más valor real en medio de tantas palabras gastadas. 

La otra oración, la del Cardenal Rafael Merry del Val, reza así: 

“A tus pies, oh, mi Jesús!, me postro y te ofrezco 

el arrepentimiento de mi corazón contrito 

que se abisma en su nada y en Tu santa presencia. 

Te adoro en el sacramento de Tu amor, 

deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi corazón. 

En la espera de la felicidad de la comunión sacramental, 

quiero poseerte en espíritu. 

Ven a mí, oh, mi Jesús!, que yo venga a Ti. 

Que tu amor pueda inflamar todo mi ser, 

para la vida y para la muerte.

Creo en Ti, espero en Ti, Te amo. Amén”. 

De esta oración me gusta lo de “la pobre morada que te ofrece mi corazón” y lo de “ven a mí, oh, mi Jesús!, que yo venga a ti”. Es fuerte este “venir” el uno al otro, en libertad, para entrar en comunión. 

Meditaba y sacaba provecho de esta reflexión: Contra un virus que “no tiene cuerpo”, que es un código genético envuelto con algunas sustancias, contra un virus  que se contagia sin que podamos evitarlo y toma la vida de nuestro cuerpo, un Dios que tiene “su propioCuerpo”, individual, uno más, pero inmune al mal y sanificante, y que nos lo comparte y participa para darnos “su plasma”, su Vida, abriéndose a que “libremente entremos en comunión con Él”, se revela simplemente un Dios real. 

Me acuerdo cómo me impactó una charla entre Moria Casán y su hija Sofía. La hija le reprochaba que la hubiera mandado a un colegio de monjas y Moria le pregunta: 

– “¿Pero vos sos atea o agnóstica?”

– “No creo en la idea de Dios y no creo en la Iglesia, nada. No puedo creer que digan que Dios es un hombre, que un ser que se parece a nosotros sea el que domina todo. ¡Me mato! Si es así, no quiero tener nada que ver.”

Me impactó porque yo pienso que sólo un Dios que no solo “se parece a nosotros” sino que “es uno de nosotros” me resulta creíble, A mí, si me dicen que Dios es una energía cósmica anónima de la que salimos nosotros con esta conciencia, ahí sí que me quiero matar. Capaz que donde se le tuerce la lógica a Sofía es en eso de que “domina todo”. En las cosas de la vida no hay “dominio de todo”. Hay predominio que se limita a sí mismo y sirve a los demás seres vivos. Si no, no habría vida (y nosotros, con nuestro predominio para beneficio exclusivo estamos suicidándonos junto con la muerte de nuestro planeta). Y parece que es lo mismo en la Trinidad, en la que el hecho de que “el Padre sea mayor” no le quita nada al Hijo, al contrario, le da todo, porque es un ser mayor para darse entero.

Otra oración “sacramental”, en el sentido que decíamos de unir lo más material y lo espiritual, es la que nos dejó grabada en los Ejercicios San Ignacio: 

“Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del Costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh! mi buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme

Y no permitas que aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti, 

para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos, Amén”.

Es una oración que crea mucha intimidad con el Señor mediante el uso de los pronombres personales y posesivos.

En este tiempo de distanciamiento social, en que el otro es anhelado y temido y uno mismo frena el movimiento espontáneo que lo lleva a acercarse a los que quiere por temor a contagiarlos, valoramos lo que significa que haya Alguien como Jesús que haya ofrecido y ofrezca una comunión total. 

A muchos de su tiempo les resultaba una “doctrina dura”. Les parecía mucho esto de “exigir” una comunión tan total (entendían perfectamente lo que Jesús quería decir con eso de “comer su carne”). Pero si uno lo piensa bien, en este tiempo en que todos nos “distanciamos”, quién quiere (y quién ofrecería) una comunión así?

Además, comprendemos que una comunión tan total solo se puede dar “sacramentalmente” -corporal y espiritualmente-. No bastan estas dimensiones si se dan separadas. No hay verdadero amor espiritual si no baja a las obras de misericordia, si no toca la carne herida de Cristo en los sufrientes. No hay verdadera unión de pareja si no se extiende a todas las dimensiones y circunstancias de la vida: al gozo y al sufrimiento, a la salud y a la enfermedad, como dice el rito del matrimonio cristiano.

La última oración que compartimos y sobre la que reflexionamos para sacar algún provecho, es la del mosaico del padre Rupnik que está en la capilla de nuestra casa de formación en Tainach (Eslovenia). En el mosaico contemplamos una Trinidad misionera, que se nos muestra en el Cuerpo de Cristo. Una Trinidad que sale de sí y se nos brinda, viene a habitar en la pobre morada de nuestro corazón, en nuestra tienda, simbolizada en ese ala del Espíritu que toca la tienda de Sara y la cubre con su sombra.

En el mosaico la figura del Hijo resalta por sus colores (azul de hombre, que mira al cielo; rojo de Dios, que es como la sangre que da vida) y centra todo en la herida de su Cuerpo, de su Corazón. 

En el Cuerpo de Cristo tenemos acceso a la Trinidad, a nuestro Padre y a nuestro Espíritu Santo común. Contemplar la Trinidad sana nuestras relaciones, porque ellos son todo “relación al Otro”. 

Contemplar la Trinidad centrando la mirada en el Cuerpo de Cristo, sana nuestras relaciones con nosotros mismos. Sana nuestra memoria, porque el Padre es más grande que nuestra conciencia y la memoria de nuestros pecados es vencida por la memoria de su Misericordia sin límites ni condiciones.

Sana nuestra inteligencia, porque Jesús es más inteligente que nosotros, es nuestro Maestro, el que tiene parábolas que tocan el corazón e iluminan los ojos con la luz del Evangelio. Un ala del Padre cubre parcialmente el ojo de Jesús, indicando que Jesús “ve con el ojo del Padre”.

Sana nuestros deseos, porque el Espíritu Santo “transforma en Palabra nuestros gemidos” y nos concentra el deseo en los bienes concretos que nos ofrece en cada momento para amar y servir. El Espíritu está vestido de blanco, el color humilde que sin brillar él es la suma de los demás. El Espíritu es la más humilde de las Personas porque no sobresale por sí mismo sino que siempre está exaltando a los demás. No solo al Padre y al Hijo, sino a nosotros, haciendo brillar sus carismas como si fueran nuestros -y lo son, pero porque nos los ha dado-.

Contemplar la Trinidad centrando la mirada en el Cuerpo de Cristo, sana nuestras relaciones familiares y comunitarias, sociales y eclesiales porque nos hace gustar la paz de estar atentos el uno al otro con la alegría que da el poder servir y no pelear. Nuestras luchas de “egos” se desinflan al comprender que nuestro yo no es “nadie” en sí mismo, si no siendo alguien “para los demás”. Los hermanos para los hermanos, los padres para los hijos, los nietos para los abuelos. Gustamos este ser servicialmente para los demás mirándolos a Ellos tres: a ese ondear y abrazarse de sus alas que los hacen cubrirse y volar como Uno solo; a ese darse de sus manos: la del Padre en la bendición, la del Hijo en el señalar siempre al Padre y la del Espíritu “santificando la ofrenda de Abraham” símbolo de la Eucaristía, del Corpus Christi.

Diego Fares sj

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes (2 Cor 13, 13).

Contemplación

Padre, Padre mío! (Mc 14, 36); Mi Maestro -Rabbuní- (Jn 20, 16) Jesús, mi querido Maestro!; Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28); Espíritu Paráclito que estás con nosotros – con cada uno y con todos juntos- para siempre! (Jn 14, 16).

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra querida Trinidad Una y Santa, Cercana e Inefable. 

Jesús, nuestro Señor, ruega a tu Padre para que nos envíe a nosotros, su Espíritu, tu Espíritu (Jn 14, 16)

Padre, en el Nombre de Jesús tu Hijo amado, envíanos -envíennos- su Espíritu.

Espíritu Santo que estás con nosotros, derrama en nuestro corazones -pobres, pequeños, inquietos- el amor con que se los ama a ustedes, divinas Personas, Trinidad Santa, único e indivisible Dios nuestro. 

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra Santísima Trinidad, así, con todos los pronombres personales que podamos agregar, como Jesús que no decía solo “Padre”, sino que inmediátamente agregaba Padre mío, mi papá. Como el ciego Bartimeo y María Magdalena, que no decían a Jesús Maestro, sino “mi Maestro”, “mi querido y amadísimo Maestro” que es lo que expresa la palabra “Rabbuní”. Como el Padre que cuando hablaba de Jesús decía “Mi Hijo predilecto”; como el padre de la parábola que le decía a su hijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo”. 

Una cosa es hablar con nuestro Dios, invocarlo, adorarlo, suplicarle, agradecerle, pedirle que nos ayude y otra hacer teología, hablar de Él en tercera persona. “El Espíritu Santo” es esto y hace esto y aquello”, decimos. Y ya se nos aleja, como la Paloma que es, que una cosa es que se pose sobre nuestras cabezas y como llamitas de fuego sobre nuestros corazones, como hizo en Pentecostés, y otra cosa es que se nos aleje con unos saltitos, como las palomitas en la plaza. 

“El Padre” -decimos-, o “Dios” (más abstracto todavía) en vez de invocarlo: Padre nuestro, Padrecito mío de mi corazón. Jesús mío. Jesucito. Mi Sagrado Corazón. 

Y al Espíritu lo tenemos que invocar diciendole: Tú eres, Espíritu, “el que está para siempre con nosotros”, eres Espíritu de todos, Espíritu de la Comunidad, Espíritu de nuestro Pueblo, Espíritu que escribes la ley de la caridad en nuestros corazones, como dice Ignacio en nuestras Constituciones. 

Si a nuestro Padre nunca hay que sacarle el “nuestro”, menos a nuestro Espíritu Santo, aunque nos hayamos acostumbrado así y hablemos de “el” Espíritu, como quien dice “esa realidad misteriosa”. Misterioso, sí, pero no “esa realidad” sino nuestro Misterioso amigo, nuestro Defensor más eficaz – el que nos defiende a todos nosotros, no a algunos en particular-. 

La fiesta de nuestra Santa Trinidad es apropiada para tratar este problema. Digo porque apenas trato de hablar “de la Trinidad”, el lenguaje se me vuelve fastidioso y se me enfría el fervor del corazón con esos números que dicen que son tres y uno y se empieza a hablar de “la” esencia y de “las” personas. En cambio, apenas digo mi Jesús, mi Maestro y escucho sus palabras en el Evangelio cuando dice “ustedes son mis amigos”, todo cambia. El lenguaje se me vuelve precioso, gracias a esos pronombres personales, gracias a esos posesivos. Apenas digo Padre nuestro, siento la presencia de todos los que rezan, de tantas religiones y creencias. Me achico hasta volverme pequeñito, uno más entre miles de millones; me igualo en nuestra común cualidad: todos hijos, solo hijos, nada menos que hijos suyos! Con nuestro Espíritu cuesta más, porque la costumbre del lenguaje teológico lo ha vuelto impersonal. Justamente a Él, que es la Persona que hace que lo común se vuelva personal: El es el que hace que el Pueblo de Dios tenga un corazón común, como dice siempre Francisco cuando habla que los pueblos tienen un corazón que late en su cultura. 

No tenemos que confundirnos: cuando uno quiere mucho a una persona y siente que de golpe esa persona creció y se le vuelve misteriosa, en el sentido de que uno se da cuenta de que el otro tiene una riqueza y una vida más grande de lo que uno estaba acostumbrado a compartir, si de verdad la quiere, no se aleja, sino que crece con ella. Eso pasa con un hijo o una hija, cuando trae a casa a la persona con la que se va a casar o cuando comparte una vocación que lo llevará lejos del hogar. Los padres “crecen” con sus hijos, incorporan lo que sus hijos aman, lo integran, lo vuelven familiar. Así con nuestro Dios: cuando Jesús comenzó a hablar de su Padre enseguida lo hizo “nuestro Padre” y sus discípulos lo incorporaron. Y cuando comenzó a hablar del Espíritu que era de su Padre y suyo y que nos lo enviarían para que estuviera siempre con nosotros, los discípulos lo fueron incorporando. Tanto que al comienzo decían: El Espíritu Santo y nosotros… hemos decidido esto y queremos hacer aquello. El Espíritu Santo y nosotros. 

No sé en qué momento comenzamos a hablar en general. Quizás fue por las discusiones que se suscitaban y para tratar de explicar mejor las cosas y corregir errores. Pero la cuestión es que creció mucho el hablar de Dios y no tanto el hablar con nuestro Dios. O quizás fue que crecieron cada cosa por su lado y se volvieron cosas distintas, como cuando se habla de teología y espiritualidad o se distinguen la dogmática de la pastoral. San Pablo le dice a Timoteo que vendrán días en que los hombre “no tolerarán la sana doctrina” y cada uno seguirá a maestros según su capricho que le hablarán de fábulas. La sana doctrina no consiste solo en el uso de sustantivos y adjetivos calificaficativos (como cuando se discutía si Jesús o el Espíritu eran “Dios” iguales al Padre, o como cuando se discute hoy sobre el alcance “doctrinal” de lo que predica el Papa), sino que la sana doctrina consiste también en los pronombres personales que hacen que nuestro hablar con nuestro Dios sea oración y no contar fábulas. Esas fábulas  que hoy se llaman “el relato político” y “el paradigma científico” pero son tan fábulas (impersonales) como las de Esopo: hacen hablar hasta a los animales pero no se animan a conversar francamente con nuestro Dios.

Toda manera de hablar puede ser buena y necesaria, pero hay que cuidar que no se enfríe nuestro lenguaje. Un poco como pasa en la mesa familiar, que se tocan todos los temas y a veces hay que explicar algún tema “más técnicamente”, como cuando se trata de una cuestión juirídica, médica o de un deporte que practica alguno y los otros no tienen ni idea de las reglas, pero cuando el que habla se pone muy profesoril, enseguida la familia le baja el discurso a la realidad de las personas que tiene delante comiendo.

Que en esta fiesta de nuestra querida Trinidad, nuestro querido Espíritu Santo nos ilumine los ojos del corazón para que nos dejemos abrazar y envolver por el Amor de nuestro querido Padre que nos quiere como a su Hijo Predilecto, su Jesús, en quien todos podemos sentirnos comprendidos, perdonados y amigados, con Ellos tres y entre nosotros, todos, todos los hombres, todos sin exclusión. 

Pd. Lo de los pronombres, como decía hace poco, me viene de una charla a distancia con dos personas con las que tengo una relación de amistad muy particular -como sucede en toda amistad, que siempre es única, pero en ésta lo “único” es más particular todavía, en cuanto tiene muy poco de “vista” y consiste más que nada en “palabras”). Una es Victoria Braquehais (Ushindi) (misionera en Camerún), con la que nos comunicamos por whatsapp y mail desde hace unos años. La amistad nació en torno al interés común por los Ejercicios Espirituales y ha crecido con el tiempo. El otro es alguien cuyos escritos  conocí a través de Ushindi. Su nombre musulmán es Abdelmumin Aya. Ellos hacen la exégesis del Evangelio partiendo de sus raíces arameas. No he tenido trato directo aún con Abdelmumin, sino a través de las palabras del evangelio que elige comentar y que me ayuda a paladear. De este gusto común pasé a buscar en internet quién era y voy descubriendo muchas cosas de su vida. Pero lo que quería compartir de esta “triangulación de mails” entre Ngovayang, Sevilla y Roma, es que puede nacer una trinidad de personas muy diversas unidas por un hilo al comienzo invisible: el del amor a palabras de Jesús tan pequeñas como esos pronombres personales que Él usa. Palabras que a medida que se tejen con las otras palabras conforman algo pleno de vida y rico de significados: Una trinidad que existe solo cuando los pronombres personales y los posesivos ponen en relación las otras palabras, como acontece cuando compartimos nuestros mails con mis dos amigos.

Diego Fares sj

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