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No crean que he venido a disolver (katalusai) la Ley o los Profetas. No he venido para disolver (katalusai), sino para plenificar (pleromai).

En verdad les digo: mientras duren (mientras no pasen, mientras no se destruyan), el cielo y la tierra, no prescribirá (no pasará ni se destruirá) ni una letra o una coma de la Ley, hasta que todo (lo que dice la ley) se realice (se cumpla, acontezca). 

Por tanto, el que disuelva (anule) el más pequeño de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será llamado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio el que los lleve a la práctica y los enseñe, será llamado grande en el Reino de los Cielos. Yo se lo digo: si su rectitud (dikaiosyne)  no se desborda con mayor plenitud (pleion) que la de los fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. 

Ustedes han escuchado lo que se dijo a sus antepasados:

 «No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse a un juicio.» Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda. Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias, que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. 

Ustedes han oído que se dijo: 

«No cometerás adulterio.» Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 

También se dijo:  «El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.» Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio. 

Ustedes han oído lo que se dijo a sus antepasados: 

«No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.» Pero yo les digo: ¡No juren! No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, que es la tarima de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu propia cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio” (Mt 5, 17-37).

Contemplación

El pasaje es difícil. Porque en principio todos entendemos el fondo del asunto, pero luego hay demasiados ejemplos de leyes y costumbres que culturalmente nos resultan ajenas, como lo de no jurar por Jerusalen, o que parecen perimidas, aunque luego polarizan de nuevo la sociedad, como la discusión sobre el divorcio…

Digo que es difícil porque la cuestión de fondo se ha estereotipado: Jesús contra los fariseos. La palabra misma “fariseo” se ha estereotipado. Como dice A. Ivereigh en The wounded Shepherd -El pastor herido- su nuevo libro sobre cómo Francisco lucha por cambiar la Iglesia, sería más justo decir “los malos fariseos”, porque había fariseos buenos, como Nicodemo, por ejemplo. Es difícil este pasaje porque tampoco podemos simplificar la posición de Jesús y dar por descontado que la entendemos su forma de “plenificar la ley”.  Los mismos discípulos, que no tenían nada de fariseos (por lo menos mientras se dejaban corregir por Jesús), no entendían muchas cosas y les resultaban “imposibles” de poder cumplir, como les pasaba con la cuestión del dinero o del divorcio. Quién podrá salvarse – decían!- previendo ya que tendrían que predicar cosas que no los harían muy populares con la gente. Porque al principio parece lindo hablar de amor y misericordia en vez de hablar de ley, pero cuando la misericordia y el amor se convierten en la única ley, muchos prefieren volver a tener leyes cuya aplicación no requiera  de un discernimiento regulado por el “más”, porque, aunque resulten exigentes, son leyes “de mínima”, que se pueden saltar de vez en cuando, y en cambio las del amor y la misericordia no se pueden saltar nunca y llevan directo a la cruz.

El drama era el de siempre: se ve que algunos acusaban a Jesús de que, con las excepciones que hacía curando en Sábado, por ejemplo, estaba de hecho disolviendo la Ley. Juzgaban que esto terminaría por confundir a la gente y destruiría las costumbres que daban cohesión social al pueblo.

Sin embargo, Jesús no contemporiza para entrar en diálogo, sino que aquí sale con los tapones de punta. 

Despejemos primero los ejemplos que usa. El Señor toma cuatro temas candentes en su tiempo: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. Las variaciones culturales con nuestra mentalidad son significativas. El juramento, por ejemplo, pesaba personal y socialmente. Hoy en cambio se jura por Dios o por la patria y nadie duda que cada uno está diciendo “por mi Dios” y “por mi idea de patria”. Nadie pretende que sean juramentos que no reconocen valores absolutos y por eso nadie se escandaliza cuando los que juraron no reconocen que juraron en falso, sino que si los atacan se defienden diciendo que los otros son iguales o peores. 

También es bueno notar aquí que en la cuestión del divorcio, los fariseos eran menos rigurosos que Jesús. Digo esto para disolver imágenes estereotipadas.

Estas diferencias entre las mentalidades de cada época, las costumbres culturales y las leyes, nos permite ir directamente al corazón del evangelio que el Señor predica.

Una rectitud más plena

Las palabras claves que usa Jesús son “rectitud” y “plenitud”. 

Dice que nuestra rectitud debe desbordarse con mayor plenitud que la rectitud de los fariseos.

La rectitud es la medida con la que uno se ajusta a si mismo en conciencia, con sinceridad de corazón. A esto apela el Señor: a la honradez y sinceridad de cada uno, allí donde uno no busca defenderse ni justificarse comparándose con los demás, sino donde uno está interesado realmente en mejorar, en crecer, en ser más pleno. 

Esta rectitud última, dice el Señor, no se puede ajustar desde afuera de la persona. 

Esta es la conciencia! No principalmente en cuanto ya formada con los valores de la ley sino en cuanto deseo de ajustarse siempre mejor a lo que a Dios más le agrada y a lo que necesitan mis hermanos. La conciencia que se rectifica con mayor plenitud que la que viene de la ley, para ser más buenos, más objetivos, más justos.

Esto no se ajusta desde afuera. Y desde adentro, lo que uno experimenta es que tampoco se puede ajustar solo. 

Aquí es donde necesitamos “salvación”, aquí es donde necesitamos a Alguien como Jesús. El único “recto” que puede “rectificar” a todos los demás. 

Pero esta necesidad de Alguien recto no se experimenta así nomás. De niño uno tiene este don naturalmente: se deja rectificar dócilmente por los papás. Pero luego uno piensa que se puede rectificar solo y debe hacer un largo camino.  Primero uno tiene que renunciar a ajustarse solo por las leyes externas. Son útiles para tener límites, pero no bastan. Luego, después de haber tratado de ajustarse a si mismo, siendo lo más sincero y honesto posible, después, digo de ver que uno mismo falla, que está condicionado por su sicología, su formación y su entorno y que no es buen juez de sí mismo (este es un juicio último que nos da soberanía), entonces sí, puede uno abrirse humildemente a Jesús y buscar en la oración con el evangelio que sea el Espíritu Santo el que lo vaya “rectificando”.

Es bueno saber que no existe una “rectificación” absoluta. El trabajo de discernir  se debe retomar cada día, en cada situación, tendiendo en cuenta tiempos, lugares y personas, como dice Ignacio. Es un trabajo de apertura constante al Espíritu. 

Esto no relativiza ninguna ley sino que nos concentra a cada uno en buscar ser uno mismo rectificado y nos libera de andar queriendo rectificar a los demás.

Dicho esto, quiero introducir aquí, a manera de presentación práctica de la Exhortación Querida Amazonia, un hermoso pasaje del Papa Francisco en el que habla de “Ampliar horizontes más allá de los conflictos”. 

Los conflictos son los de siempre, pero en cada época se focalizan en puntos concretos. En este caso son los que se plantean en torno a la ordenación o no de hombres casados y al diaconado femenino. Dos temas que quedan abiertos y que algunos ponen en el candelero para oscurecer el gran tema que es “el Amazonia” como símbolo de lo que ocurrió u ocurrirá en el planeta. 

Son conflictos en los que unos buscan absolutizar y otros relativizar las leyes y el Papa apunta a “plenificar”, a ir madurando las cosas caminando juntos, superando los conflictos sin quedar atrapados en ellos: 

“Esto de ninguna manera significa relativizar los problemas, escapar de ellos o dejar las cosas como están. Las verdaderas soluciones nunca se alcanzan licuando la audacia, escondiéndose de las exigencias concretas o buscando culpas afuera. Al contrario, la salida se encuentra por “desborde”, trascendiendo la dialéctica que limita la visión para poder reconocer así un don mayor que Dios está ofreciendo. De ese nuevo don acogido con valentía y generosidad, de ese don inesperado que despierta una nueva y mayor creatividad, manarán como de una fuente generosa las respuestas que la dialéctica no nos dejaba ver. En sus inicios, la fe cristiana se difundió admirablemente siguiendo esta lógica que le permitió, a partir de una matriz hebrea, encarnarse en las culturas grecorromanas y adquirir a su paso distintas modalidades. De modo análogo, en este momento histórico, la Amazonia nos desafía a superar perspectivas limitadas, soluciones pragmáticas que se quedan clausuradas en aspectos parciales de los grandes desafíos, para buscar caminos más amplios y audaces de inculturación” (QA 105).

Si nuestra rectitud no se desborda -en amor y en misericordia- más plenamente que la rectitud de los buscan mantener o cambiar solo las leyes externas y no el modo mismo de ser rectificados por el Espíritu, no cambiarán las cosas que no están bien ni madurarán las que sí lo están.

Diego Fares sj 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Ustedes son la sal de la tierra. 

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? 

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. 

Ustedes son la luz del mundo. 

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. 

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, 

sino que se la pone sobre el candelero 

para que ilumine a todos los que están en la casa. 

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes,

 a fin de que ellos vean sus buenas obras 

y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt 5, 13-16).

Contemplación

Ustedes son la sal, la luz en el candelero de casa y la de la ciudad en la cima de la montaña… Ustedes… Quiénes? Los que me siguen, ustedes: mis discípulos.

Jesús nos define por el seguimiento: somos Sus seguidores.

Y define el seguimiento por la sal que no pierde su sabor, por la luz de la lámpara en el techo, que ilumina a todos los de la casa, por la luz de la ciudad en lo alto del monte que ilumina el mundo, como la Virgen alada sobre el Panecillo de Quito

A sus discípulos el Señor nos define por estas dos cualidades: una que actúa en lo interior, la de la sal cuya misión consiste en realzar el sabor propio de cada alimento; la otra, que irradia hacia afuera, la de la luz que resplandece. 

Estas son las dos acciones propias del que se pone en camino cada día y sale en seguimiento de Jesús. Una de sus tareas es salar, la otra, iluminar. Ambas son relativas. Para salar bien hay que saborear los alimentos mientras se preparan hasta encontrar el punto justo para cada uno. Conviene dejar la opción -y esto es clave!- de que cada uno de los comensales pueda agregar una pizca de sal a gusto. La justeza en la sal de base que tiene en cuenta lo que el alimento absorbe es el arte del que cocina. Hay que tener cuidado: si se sala un poquito de menos, algo se puede mejorar (y ahí entra lo de la pizca de sal que se deja a gusto del otro), pero si el alimento absorbió sal de más, ya no se puede quitar. 

La parábola del Cocinero y la sal que perdió el sabor

La parábola de la sal es de las más cortas del evangelio. Yo la llamo “la parábola del Cocinero y la sal que perdió el sabor”. No sé si técnicamente se la considera parábola pero a mí me parece que en dos frases el Señor logra expresar todo un drama. Si la sal pierde su sabor, pregunta Jesús: “¿con qué se la volverá a salar? Y ahí nomás responde sin concesiones, como dando por supuesto que todos captamos lo dramático de la cosa: “Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres”. Es que no tiene sentido “salar la sal”, mezclar granitos salados con otros que han perdido el sabor. No hay granitos infinitesimales capaces de entrar en los granitos comunes y salarlos! La sal viene en granitos mínimos para poder realizar esa tarea de ser absorbida en medidas proporciones por los otros alimentos. Por eso, los granitos que no sirven (o un salero entero), se tiran directamente y, sin perder tiempo, se buscan otros que “sean” granitos de sal.

No se trata, por tanto, de una parábola simpática en un sentido algo banal. Como si Jesús dijera “tienen que ponerle un poco de sabor a la vida de la gente”. No es así. No nos dice que nosotros somos los cocineros que deben tener el arte del discernimiento para saber salar. El Cocinero es Él! Y con el Espíritu, son Dos que saben salar muy bien. A nosotros nos dice que somos la sal, simples e importantes granitos de sal que Él quiere usar a gusto. 

La comparación nos hace experimentar dramáticamente que en nuestro sabor intrínseco nos lo jugamos todo. Si perdemos nuestro sabor, no serviremos para nada: nos tendrá que reemplazar. Directamente. Nada dice Jesús acerca de si esto le causa pena o no. Un cocinero que está cocinando la comida no tiene tiempo de lamentarse por unos granitos de sal que se volvieron insípidos. Busca otros buenos ahí nomás y los malos los tira.

A mí esta parábola me hace gustar dos cosas. Una, el gusto de la sal básica, ese grado de salamiento con que el Señor cocinó mi ser cristiano. Me hace bien saborear el gusto intacto de ser hijo de Dios que me imprimió el Bautismo. Es un sabor inmodificable que quedó para siempre. Antes se significaba poniendo unos granitos de sal en la lengua del bautizado. Me hace bien saborear el gusto intacto de ser testigo de Cristo que el Espíritu me imprimió en la Confirmación. Me hace bien gustar el sabor intacto del ministerio sacerdotal, cada vez que pronuncio las palabras de la Consagración y de la Absolución.

La sal es en imagen lo que conceptualmente se llama “carácter”. “El carácter es propiamente hablando un sello por el que una cosa es determinada al cumplimiento de un fin”. El discípulo está salado para salar e iluminado para iluminar. Para ser hay que actuar, eso quiere decir.

La otra cosa que me hace gustar, aquí con temor y temblor, es la sal que no viene ya preservada con el carácter sino que la gracia la debemos custodiar y mejorar “junto con los demás”. Así pasa en el matrimonio: la sal tiene sabor “familiar”. La pregunta no es “si me gusta a mí” sino si “nos gusta (y nos hace bien) como familia”.

Así pasa en la vida consagrada: la sal tiene sabor “comunitario”. La pregunta no es por “mi carisma” sino por “nuestro carisma”.

Así pasa en la evangelización de las culturas. La sal tiene sabor a la cultura de cada pueblo. La cuestión no es lo que le gusta a mi cultura sino el gusto nuevo a Cristo que surge de la mutua inculturación.

La tercera cosa que me hace gustar la parábola es que gracias a Dios, en este ámbito de sal compartida y libre, cada nuevo día se puede cocinar de nuevo y se puede usar sal nueva. Eso no quita que haya días que quedaron mal cocidos porque la sal estaba insípida y hubo que tirarla. Las acciones que quedan así son materia de confesión y solo así servirán para algo, ya que Jesús es maestro en salar con su cruz nuestras carnes desabridas y devolverle sabor a nuestra vida insípida. Incluso hay instituciones enteras -con sus libros, reglamentos, edificios y horarios- que pierden su sal: fueron creadas para evangelizar y para ejercitar las obras de misericordia y se convirtieron en otra cosa, como esos hospitales que fueron creados para pobres y terminaron siendo clínicas de lujo- y solo sirven para ser demolidas. El Papa en Evangelii gaudium 27 sueña con una sal que pueda renovarlo todo: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”. 

La parábola del que es Luz y las lamparitas que lo hacen resplandecer

La parábola de la luz el Señor la expande: no solo no hay que esconder la luz sino que hay que hacerla resplandecer! Si la de la sal nos habla de medida, la de la luz nos habla de desborde: el evangelio debe brillar de manera tal que se desborde, para que la Gloria de la misericordia de Dios resplandezca en todo su esplendor y llegue a todos las casas y a todos los pueblos.

La luz es relativa a la forma y color de las cosas que ilumina y a la sensibilidad del ojo que se adapta a ella para ver. Aquí remito al sitio de Pastoral Jesuita https://pastoralsj.org/ser/2524-matices, donde Facundo Fernández Buils diagnostica con una metáfora genial lo que nos está sucediendo: “Mirar en blanco y negro”, se titula su escrito y dice: “Quizás me equivoque pero tengo la impresión que de un tiempo a esta parte, hemos perdido significativamente la capacidad de reconocer los matices de la realidad”. Ayer me lo contaba y nos apasionamos en una charla sobre fotografía. Yo le decía que era bueno que explicara qué es el “rango dinámico” en una cámara fotográfica, porque era el corazón de la metáfora. Él me decía que era una cuestión un poco técnica, pero concordábamos en que no hacía falta convertirse en especialistas, sino en captar “la cosa”. Y “la cosa” es que el “rango dinámico” o gama dinámica: es la capacidad de captar el detalle -los grises, los matices intermedios- en las luces y en las sombras dentro una misma imagen. 

Nuestro ojo, me decía, tiene una gran capacidad y velocidad para adaptarse en rapidísimos movimientos a todos los cambios y matices que la luz produce en las cosas que vemos. Las cámaras fotográficas antiguas no lo captaban, en cambio las nuevas máquinas digitales si. Pero el asunto es que hay “modos de pensar”  que tienen poco rango dinámico: ven todo en blanco y/o negro. Es la polarización. Y es aquí donde hace falta el discernimiento. Facundo me decía que es verdad que Dios habita en la ciudad. Pero que el asunto es ver  “dónde”. Y que él creía que estaba más en los grises que en el blanco o negro. Como cuando se les aparece en el claroscuro de la madrugada, a orillas del lago, a los apóstoles que venían de no pescar nada. Jesús vive en los grises de la vida de tanta gente que cotidianamente hace el bien y vive las bienaventuranzas y que no es “registrada” por el lente periodístico, afiebrado en fabricar noticias en blanco y negro para vender. 

Hablamos también de que para “ver a Jesús” hay que ampliar el rango dinámico de nuestra mirada y ser capaces de ver procesos, no solo flashes. El Señor está presente y trabaja entre nosotros lentamente, y hay que registrarlo en sus largos plazos que “brillan” a veces en un momento, con luz mansa, en esos pequeños matices que hacen la diferencia.

Que el Señor nos de “ser sal en sus manos”, sal fiel al sabor que no cambia, el de ser hijos, testigos y sacerdotes, sal humilde que tiene el coraje de recuperar, una y otra vez, el sabor del carisma y de la misión si los perdimos, con la gustación del Evangelio, de la Eucaristía y del Perdón.

Que el Señor no de ser “lamparita para su luz”, esa luz mansa que respeta las cosas como son y los ojos de cada uno, y hace que su Presencia amiga se vuelva resplandeciente en medio de los grises de la vida cotidiana.

Diego Fares sj 

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación (paraklesis) de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él; le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre:

«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo a quien se contradice, -y a ti misma una espada te traspasará el alma- para que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones.» 

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Elegí esta imagen del Evangelio de la Presentación: “Simeón tomó al Niño en sus brazos y bendijo a Dios”. Me trajo al corazón lo que decía ayer el Papa Francisco al finalizar el Congreso internacional de la pastoral de los ancianos, cuyo lema fue “La riqueza de los años”: 

“La profecía de los ancianos se realiza cuando la luz del Evangelio entra plenamente en su vida; cuando, como Simeón y Ana, toman entre sus brazos a Jesús y anuncian la revolución de la ternura, la Buena noticia de Aquel que ha venido al mundo a traer la luz del Padre”.

“La vejez, dijo Francisco, no es una enfermedad, es un privilegio!”

“En la Biblia la longevidad es una bendición. Nos confronta con nuestra fragilidad, con la dependencia recíproca, con nuestras relaciones familiares y comunitarias y, sobre todo, con nuestra relación filial con Dios. 

Concediendo la vejez, Dios Padre da tiempo para profundizar en el   conocimiento sobre Él, en la intimidad con Él, para entrar siempre más en su corazón y abandonarse en Él. 

Es el tiempo para prepararse a entregar en sus manos nuestro espíritu, definitivamente, con confianza de hijos. 

Y es también el tiempo para una renovada fecundidad. “En la vejez seguirán dando frutos” dice el salmista (Sal 92, 15)”.

En la vejez seguirán dando frutos

El Niño Jesús en los brazos de Simeón y de Ana, que exultan de alegría,  bendicen a Dios y hablan a todos acerca de quién es ese Niño -la consolación de Israel, la consolación de todos los pequeños y humildes del mundo-, es un Jesús “fruto”.

De hecho, sus padres se maravillan al ver que su Niño, el que ellos traían en brazos, es alabado por estos dos ancianos fieles que exultan de gozo: Simeón, que esperaba la consolación de Israel y Ana, con sus 84 años, que servía a Dios día y noche en el templo. La alegría de estos viejos los hace mirar a su Jesús con otros ojos, como les había pasado con los pastores y con los reyes…

Es la manera de contemplar la vida que tienen estos ancianos lo que convierte, por así decirlo, a Jesús en un fruto maduro antes de comenzar siquiera a hablar. 

Es un Jesús-fruto gozado por los ancianos en esperanza. una esperanza cierta, como solo puede serlo la esperanza cristiana, que posee las arras de lo que espera y por eso profetiza. 

También sucede que a veces, un fruto natural es más sabroso en esperanza que mientras uno lo consume. Cristianamente, con Jesús en brazos, esto es así siempre, puede ser así cada día: que uno lo goce en esperanza. Nuestro espíritu, templado por años de esperanzas realizadas, por años de bendiciones y de gracias recibidas, adquiere esta capacidad de jugar con el tiempo. Eso es lo que llamamos oración contemplativa: jugar con el tiempo, adelantarlo en la fe y expandirlo en la esperanza, hacer presente lo pasado en una memoria cordial y agradecida; traer el futuro al hoy mediante la fuerza de la esperanza. 

Son estas dos gracias poderosas que se potencian en la vejez, si la vivimos soltando otras cosas para poder tener mejor a Jesús entre nuestros brazos. Como un abuelo o una abuela que larga todo para tener en sus brazos al nieto. 

El Señor hace que las promesas se vean cumplidas: tanto las promesas que nos hizo un día para nuestra vida personal como las que nos vuelve a hacer en la persona de hijos y nietos. 

Estas gracias de oración que se expande por el tiempo, que se mueve a sus anchas del pasado al futuro con alegría y libertad de espíritu, se dan cuando la vejez nos invita a cambiar el paso del presente, a adoptar otro ritmo de vida y de trabajo. 

La disminución de las fuerzas físicas puede ayudar, lo mismo que la menor presión de las expectativas ajenas… Y si se hace el cambio de ritmo con inteligencia, se pueden seguir dando frutos. 

Frutos que son menores en cuanto a producción -la producción siempre es de cosas que se pueden traducir en dinero-, pero mayores en lo que podemos llamar “calidad de vínculos interpersonales”. 

Si uno dedica tiempo a esta oración, que es un poco como “navegar a vela”  por esa dimensión oceánica de la vida que llamamos tiempo (pienso en un amigo que se ha embarcado en este tipo de aventuras y anda ahora por el Beagle en su barco), en la vejez puede seguir dando frutos. Como dice el salmista: “El justo florecerá como una palmera, crecerá como un cedro del Líbano. Plantados en la Casa del Señor, florecen en los atrios de nuestro Dios. En la vejez siguen dando fruto, llenos de frescura y lozanía”.

Son frutos-Jesús. Frutos zarandeados en la oración. Frutos rumiados en el tiempo dedicado a la contemplación, al modo como María y José rumiaban las cosas de Jesús en su corazón. 

Si uno “discierne” -zarandea- su propia vida en la oración (presente, pasado y futuro), se pierde todo lo que es polvo y quedan solo los racimos de uva de los gestos de misericordia y los granos de trigo de las bienaventuranzas. 

Son frutos-semilla. Valen por sí mismos y por aquello en lo que se pueden transformar. Son frutos que se pueden compartir y transmitir, no se avinagran ni se amufan. Pasan frescos de corazón a corazón, se comunican por el simple hecho de testimoniar la alegría con que se disfrutan. El gozo que da darse tiempo para vivirlos es como el gozo de los abuelos que se dan tiempo para estar con sus nietos, poniendo un montonazo de amor en las cosas más pequeñas de cada día. Estos frutos-Jesús son “la verdadera riqueza de los años”.

Diego Fares sj 

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2). A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar (kerygma): «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Yendo más allá, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Hay dos imágenes que me gustan de Jesús: una, la de Jesús sentado, charlando amigablemente con Simón, con la Samaritana, enseñando a la gente las bienaventuranzas…; la otra, la de Jesús caminando, como la del evangelio de hoy, que lo muestra caminando por la orilla del lago, yendo más allá, a llamar a Santiago y a Juan, luego de haber llamado a Andrés y a Simón, y recorriendo después a pie toda la Galilea…

            La imagen de Jesús que se sienta es la imagen de un acercamiento que se prolonga y se convierte en quedarse a habitar, como dice hoy Mateo: “se quedó a habitar en Cafarnaún”. Alguien me enseñó en la Casa de la Bondad que con los enfermos un gesto claro de cariño es sentarse junto a la cama. Es una manera de decir con el cuerpo que uno se quiere quedar un rato, que hace una pausa y se pone a la altura del que está en la cama. Venir a habitar, sentarse, quedarse: son los gestos que rodean a la Eucaristía.

            La imagen de Jesús caminando también es una imagen de projimidad: Jesús es “El que viene” a nosotros, El que vino y vendrá. Pero viene para llamarnos, viene a ponernos en camino, para ir con Él a todos los pueblos, para salir con Él a anunciar la Palabra. 

            Los cuatro momentos del caminar de Jesús Mateo los describe así:  dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaún, junto al lago; mientras caminaba a la orilla del lago vio y llamó a dos hermanos; yendo más allá, vio y llamó a otros dos; recorría toda la Galilea enseñando, proclamando el Evangelio y curando. Nos dejamos llevar por este ritmo que tiene el paso del Señor: dejar un pueblo y quedarse a habitar en otro; caminar, ver y llamar; ir más allá, ver a otros y llamarlos en su seguimiento; recorrer toda la región, enseñar, evangelizar y sanar.

El Señor no puso una oficina

            Lo primero que me viene al corazón, contemplando la “itinerancia” que Jesús imprime a su vida apostólica, es que no puso una oficina. Su quedarse a habitar en la casa de Simón, así como lo hará en la casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro y también en la de Zaqueo, será para compartir la mesa y descansar en familia, pero el Señor no tendrá casa propia durante su vida apostólica. Jesús no deja su casa de Nazaret, que siempre será su única casa, para ponerse una oficina. Tampoco para su trabajo se armará un “sitio donde reclinar la cabeza” (todo esto lo digo y le medito movilizando interiormente mi “pieza-oficina”, la más linda de Roma, donde me enviaron a habitar y trabajar,  comparándola con mi oficinita de 1,60 x 2 del Hogar…)

El desborde de la itinerancia        

En el Sínodo de la Amazonia, una participante usó una frase que le gustó al Papa: el desborde de la itinerancia. Francisco siempre habla del desborde, de los conflictos que se solucionan por desborde interior de amor y misericordia y no por disciplinamiento, y aprovechó esta imagen de Arizete Miranda para decir que “solo se desborda el que está en camino”, el que sale de sí y va más allá, al encuentro del otro. Así es Jesús, el que se desborda al caminar, el que va dando todo de sí mientras camina a nuestro lado, cuando nos viene a buscar para llevarnos al Padre, para enviarnos a llamar a todos los demás.

            Así como decimos que Jesús no se instala en una oficina para la evangelización, su itinerancia no es la de un turista, su desborde no es agua que se pierde y se dispersa saliendo de su cauce. La Casa y la Oficina -el lugar donde habita y desde donde ejerce su oficio- los tiene el Señor interiorizados. 

Jesús reveló una vez a sus amigos que Él nunca estaba solo, que el Padre siempre estaba con Él. Si se puede hablar de “casa” en el misterio de Dios, el Padre es la Casa donde Jesús habita: Casa móvil y eterna a la vez, Casa del Cielo y de la tierra, Casa que puede ser pesebre y cielo abierto cuando Jesús se inclina a rezar. 

Jesús dijo también: “mi Padre siempre trabaja” y en ese sentido, el universo entero es la “oficina” del Padre, que crea estrellas, viste a los lirios del campo más hermosamente de lo que se vestía el Rey Salomón y está presente cada vez que un pajarito cae en tierra. Como decía San Francisco, mientras recorría los campos, el haber dejado la casa de su padre hacía que fueran casa suya todos los campos de la tierra, caminándolos, por supuesto, no poniéndoles cercos. 

            Por eso el Papa habla de “desborde interior”. Es el desborde del que sale de sí y deja su casa y oficina y descubre que en vez de perder una casa y oficina ganó otras cien, porque todo es Casa y Oficina del Padre. Es el desborde del que se da como quien siembra y lo que da se transforma y le vuelve centuplicado en la cosecha. Infaliblemente. Y aunque a veces no lo vea, en esperanza siempre la siembra de amor es ya cosecha.

            La imagen de Jesús que camina es la imagen de una poderosa recapitulación: el Señor camina sembrando y cosechando, llamando y enviando, sanando e incorporando, misericordiando y enseñando a amar. En Jesús que camina a la orilla del lago (esa orilla entre la tierra, el mar, el cielo y el horizonte)  podemos contemplar todo lo que existe en su centro y en su itinerancia, en cuanto viene de Dios y a Dios vuelve. 

Cuando decimos esa frase tan linda de Ignacio de “ver a Dios en todas las cosas” y de ser “contemplativos en la acción”, se trata no de un ver como quien ve una foto, en la que se trasluce algo interior en la superficie, sino que es más bien un “ver a Jesús que camina todas las cosas”. El Señor camina la realidad, viene a nosotros, pasa a nuestro lado, nos llama, nos atrae a seguirlo más allá, va a todos, nos conduce al Padre. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que se camina todo: que acompaña todos los procesos y alienta todos los pasos adelante que da cada uno en su vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que nos espera, como a la Samaritana, junto al brocal de los pozos donde buscamos agua que nos de vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que pasa en medio de una multitud, como lo vio Zaqueo subido al sicómoro, es ver cómo se detiene y nos dice que vendrá a quedarse en nuestra casa. 

Ver a Dios es sentir que se va de nuestra ciudad, como Bartimeo, y gritarle para que se detenga y nos llame y una vez rota nuestra ceguera, verlo cómo va a Jerusalén y seguirlo por el camino. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que viene hacia nuestra barca -oficina navegante de los primeros discípulos- y nos llama a seguirlo, subidos siempre en esa barca interiorizada desde la que un discípulo misionero, aunque no se vea, siempre está “echando las redes” porque es un pescador de hombres. 

            Y dejo acá porque me tengo que ir a la misa del año nuevo chino, que se celebra en Roma.

Diego Fares sj

Bautismo

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice: 

“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. 

Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. 

Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. 

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 

“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

“Yo no lo conocía, pero…” Dos veces repite Juan el Bautista que no conocía a Jesús. No lo conocía y lo conocía. 

No lo conocía pero lo conoció desde el seno de su madre, cuando saltó de gozo al escuchar la voz de María. 

No lo conocía pero había predicho que, aunque vendría después, era Alguien que lo precedía, que existía antes que él! 

No lo conocía pero se había pasado la vida llevando adelante una misión ordenada enteramente a Jesús. 

No lo conocía pero supo reconocerlo por el signo que le había sido revelado: que el Espíritu Santo descendería y permanecería sobre Él. 

No lo conocía pero siempre supo que la misión de Jesús sería más importante que la suya, que él bautizaba con agua y Jesús bautizaría en el Espíritu Santo.

No lo conocía pero dio testimonio de Él toda su vida: primero con la palabra, luego pasándole sus discípulos más queridos, después desapareciendo, haciendo disminuir su rol en medio de la gente y, por fin, dando su vida en la cárcel, sufriendo el martirio ignominioso por el capricho de la mujer de Herodes y de su hija. 

No lo conocía y sin embargo era Jesús Aquel a quien más conocía.

Juan vivió su vida en orden a Jesús, lo tuvo como referente siempre en todo. Supo y aceptó gozoso que su vocación y su misión era la de precederlo para que “fuera manifestado a Israel”, para que la gente lo recibiera bien y lo entendiera. Y Jesús dirá de él que fue el más grande de los profetas. En cambio él dirá de sí mismo y se lo repetirá a todos que él no era el Mesías, que era solo “el amigo del Esposo”, y que debía disminuir para que Jesús creciera.

El “no lo conocía”, entonces, tienen un sentido más profundo.

El sentido de que no se sentaron a planear las cosas juntos, por ejemplo. 

A Juan Dios le fue mostrando cuál era su misión en la soledad de su oración personal. Y cumpliendo bien lo suyo, bautizando a la gente para que se convierta a Dios, se fue disponiendo, junto con todos, a recibir a Jesús. Un Jesús que entró humildemente en su vida y se hizo bautizar por él, como uno más del pueblo, confirmándole la misión que había recibido de Dios y que luego siguió de largo dejándolo atrás. No lo convocó entre sus discípulos, quiero decir. Esto es quizás lo más notable en la relación entre Jesús y Juan el Bautista. Podría haberlo hecho el primero de los doce. Quién mejor que el maestro de Juan, de Santiago, de Andrés y de Pedro.

“No lo conocía y no lo conocerá”, como vemos que sucedió cuando, estando en la cárcel, le mandó a preguntar a Jesús si era Él el que debían esperar, el mesías. Jesús le respondió indirectamente, haciéndole ver la obra del Espíritu en la gente: los pobres son evangelizados. Pero Juan no pasó a ser de los suyos, de los que lo conocieron íntimamente, compartiendo la vida con Jesús, siendo testigos de su muerte y resurrección.

La figura de Juan sería la del que completa la Antigua Alianza de Dios con su pueblo y queda ahí. No entra en el Reino con su propio paso, como protagonista. Por eso el Señor dirá que “el más pequeño en el Reino es mayor que Juan”. Mayor, no por sí mismo, que en eso Juan nos gana a todos “los nacidos de mujer”, sino mayor en lo que recibe. El niño recién bautizado y el que aprende el catecismo y recibe la comunión y la confirmación, recibe más conocimiento de Jesús que el que Juan recibió en su vida. 

Pero es gracias a que Juan se queda en la otra orilla que podemos vislumbrar en alguna medida la magnitud del don y de las gracias que en Jesús hemos recibido. El hombre más grande de la historia de Israel se queda a las puertas del Reino! Esto en función de nuestra fe, para que veamos que la Nueva Alianza que ahora establece Jesús es radicalmente nueva, pura gracia, don absolutamente inmerecido. 

Se trata de una ruptura, si se puede decir así, con la historia anterior para que pueda comenzar una historia nueva, que incluirá la historia de los demás pueblos. La antigua alianza de Dios con Israel entra en la Nueva Alianza, pero no de manera tal que la condicione o que sus leyes y costumbres tengan privilegio absoluto y excluyente frente a las historias de los otros pueblos. 

Juan se queda atrás, disminuyendo, para que sus discípulos puedan entrar al Reino y abrirle la puerta a los demás, a los otros pueblos, que no tienen la tradición de Israel. Esto es lo que comprenderá Pedro, admirado, al ver cómo el Espíritu Santo bautiza a la familia de Cornelio antes de que él los bautice con agua. 

El Espíritu va adelante. Se invierte el ritmo de la historia! 

Esto es lo que marca Juan con su sacrificio, con su quedarse en el umbral a las puertas del Reino. Todo lo suyo será asumido por Jesús, ciertamente. Pero por pura gracia también. Será Jesús el que lo reivindique, al igual que reivindicará la fe de los hijos de otros pueblos y culturas, como la siro-fenicia, los samaritanos, el centurión…

“No lo conocía, pero…” La frase de Juan es nuestra frase ante la novedad del Espíritu que nos bautiza cada día y en cada nueva etapa de la vida de la Iglesia de manera sorprendente. 

“No lo conocía” a este Jesús que me desafía a abrirme más y más a lo que el Espíritu obra en el mundo y en la Iglesia.

Es la actitud radicalmente opuesta a la tentación de encerrar a Jesús en “nuestra” historia. 

Un síntoma se puede discernir cuando la frase motiva de los que se oponen a alguna novedad del Espíritu es: “siempre se hizo así”. Apenas uno examina un poco el asunto, ese “siempre” no es tan “siempre”, sino que tiene algún punto preciso en la historia de la Iglesia en que se cambió una costumbre y se instauró otra. Igual hay que estar atentos porque la dinámica del “siempre se hizo así” también se puede esconder en el “hay que hacer todo de nuevo”. Sea que usemos una piedra de mármol antigua o un ladrillo hueco nuevo, el punto es si dejamos que el Espíritu lo use para edificar o lo usamos nosotros para arrojárselo en la cara a los demás.

“No lo conocía, pero…”. La actitud de Juan, el buen espíritu de Juan el Bautista nos ayuda a discernir que la historia entera del pueblo elegido, los dos mil años de historia de la Iglesia y la historia de los pueblos no cristianos, valen lo mismo ante la Alianza que invita a establecer -siempre de nuevo- Jesús. “Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Y este bautismo en Cristo lo hace el Espíritu Santo, en el momento del Bautismo sacramental, ciertamente. Pero también “antes”, como en el caso de Cornelio, y muchas veces “después”, renovando la “llenura del Espíritu” en nuestra vida, cada vez que damos un paso de conversión.

Para el que se dispone a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y practica la misericordia cada día, su historia y cultura -sea la de Israel, sea la de la Iglesia, sea la de cualquier pueblo- entra con su propio peso y con todas sus virtudes como riqueza para el Reino. Pero si no es en este espíritu y con esta práctica, todo pasa a jugar en contra. Y cuanto más “cristiana” es la costumbre o la ley o el rito que se utiliza, si no se hace en este espíritu y practicando la misericordia, es peor.

El Papa lo dice así en Amoris laetitia: “En las difíciles situaciones que viven las personas más necesitadas, la Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar, integrar, evitando imponerles una serie de normas como si fueran una roca, con lo cual se consigue el efecto de hacer que se sientan juzgadas y abandonadas precisamente por esa Madre que está llamada a acercarles la misericordia de Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, algunos quieren « adoctrinarlo », convertirlo en « piedras muertas para lanzarlas contra los demás »” (AL 49).

“No lo conocía…” En la misa del funeral de nuestra madre, el año pasado, que celebramos en familia, rodeados de amigos de mamá y nuestros, la prédica y los agradecimientos y peticiones de todos giraron en torno a la familia que mamá gestó y acompañó con una fe sencilla y bien plantada en la Palabra. Me contaba mi hermana que un amigo suyo, conmovido positivamente, le dijo que durante la celebración se había preguntado algo así como “si era la misma religión que la que él conocía”. Yo pensé que era el mejor elogio que nos podía hacer alguien sobre el modo de comunicar nuestra fe. Y me viene este recuerdo hoy porque pienso que es la gracia “base”, la gracia “ambiental” podríamos decir, que tiene que acompañar todo lo cristiano: la misa, los sacramentos, la oración personal y la práctica de las obras de anuncio y de misericordia. En algún momento debe surgir la “admiración” que nos lleva a decir: esto “no lo conocía, pero…” siempre lo esperé, lo presentí, recuerdo que alguien me lo profetizó…

“No lo conocía a este Jesús” es la frase “Juan Bautista”, por ponerle un sello y convertirla en una marca, en una piedra de toque. E implica un detener la marcha ante el umbral del Reino, un frenar nuestro protagonismo, el de nuestras ideas y costumbres y los “siempre se hizo así”, para que se note que, en nuestro límite, somos uno más, junto con todos, cristianos y no cristianos, ante la novedad absoluta y siempre nueva como en la mañana misma de la Resurrección de un Jesús que es el protagonista de todas las historias, las de cada persona y las de todos los pueblos, culturas y civilizaciones.

“No lo conocías!” es la frase que nos susurra el Espíritu haciendo saltar de alegría al Juan Bautista que llevamos dentro, cada vez que nos visita con esa gracia con que llena el alma de alguno de sus pequeñitos, como llenaba el alma de nuestra Señora aquel día en que, por primera vez, el que solo se llamaba Juan en la mudez de su padre Zacarías, conoció a Jesús de manera tal, que todo lo demás fue siempre un “no conocerlo” para “conocerlo siempre mejor, siempre de manera nueva”.

Diego Fares sj

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán 

y se presentó a Juan para ser bautizado por él. 

Juan se resistía, diciéndole: 

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti,

¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» 

Pero Jesús le respondió: 

«Ahora déjame hacer esto, 

porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». 

Y Juan se lo permitió. 

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. 

En ese momento se abrieron los cielos, 

y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. 

Y se oyó una voz del cielo que decía: 

«Este es mi Hijo muy querido, 

en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3, 13-17).

Contemplación

La liturgia une maravillosamente estos dos acontecimientos, el del bautismo del Señor según una costumbre instaurada en el pueblo de manera novedosa y profética por Juan Bautista, y el del bautismo en el Espíritu de la familia de Cornelio, hecho ante el cual Pedro exclama admirado: “La verdad es que me estoy dando cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge al que lo teme y practica la justicia, cualquiera sea la nación de la que venga (Hc 10, 35).

Escuché decir en una conferencia (y no logro recordar quién era el que la daba, pero creo que todos los que pudieron ser estarán de acuerdo) que este pasaje es central en la historia de la evangelización de los pueblos. El libro de los Hechos le dedica dos capítulos y bien puede llamarse “el pentecostés de los paganos”, pero lo que a mí me impacta es la admiración de Pedro ante lo que hace el Espíritu. Me impacta la frase: “la verdad es que me estoy dando cuenta…”. El Pedro que va siendo “El primer sorprendido” por lo que hace el Espíritu es el Pedro que más me gusta como conductor y como Papa. Es que el Espíritu literalmente “lo sacó de los pelos” de sus esquemas mentales con esa triple visión de una mesa servida con todos los alimentos “impuros” para la cultura judía , ordenándole que comiera! Y luego, terminó de sorprenderlo con su modo de “caer” sobre la familia de Cornelio, mientras él les anunciaba el kerigma. Esa experiencia de la distancia desproporcionada entre lo que uno está predicando -por más que lo predique bien- y el efecto de consolación que el Espíritu desencadena en las personas que escuchan! 

El pasaje es conmovedor: “Estaba aún hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: «¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!» Y así era, pues les oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo” (Hc 10, 44-48).

Cómo no ver acá el paradigma de todo encuentro intercultural, el modelo de toda salida de la Iglesia a predicar el evangelio a aquellos pueblos en los que el Espíritu ya está actuando en el interior de sus corazones? Cómo no ver que Dios quita todo obstáculo cultural -nada más culturalmente propio de cada pueblo que sus comidas-, y se adelanta a bautizar Él mismo en Persona -el Espíritu “cayó” sobre ellos- de manera tal que el bautismo sacramental viene después, a confirmar la acción del Espíritu que es el que lleva en todo la delantera!

Una clave está en la palabra “justicia” -dikaiosine-, que usan tanto Jesús como Pedro. Pienso que fue lo que llevó a la liturgia a elegir estos dos pasajes y ponerlos juntos en esta fiesta que corona el tiempo de la Epifanía, es decir el tiempo de la revelación de Dios a todas las naciones. 

Cornelio era un hombre que rezaba y daba limosnas, dice el libro de los Hechos. Y dar limosnas va unido a la justicia bíblica, es como una consecuencia natural de la buena relación con Dios. Pues bien: a esos hombres justos que viven en todos los pueblos es a quienes tenemos que ir al encuentro! Y no a querer bautizarlos a ellos de entrada, sino primero a bautizarnos nosotros en sus costumbres, como hizo Jesús en la suya: en todo lo que en sus costumbres y cultura es “justicia”, en todo lo que es modo de adorar a Dios y practicar la justicia con los demás hombres. 

El término justicia indica, positivamente, lo que a Dios le agrada, lo que le complace y alegra su corazón. Es natural que lo que nos gusta y hace bien lo transformemos en costumbre, en cultura, en ley. Es una dinámica propia de todo proceso educativo que un comportamiento que se demuestra bueno en la práctica se convierta en ley para asegurar su transmisión. Pero si la generación que sigue pierde contacto con la experiencia de los buenos frutos que siguen a una determinada práctica, poco a poco va perdiendo el gusto por esa ley y esto puede llegar a un punto tal en que la misma ley se convierte obstáculo para transmitir la experiencia buena que buscaba asegurar con su formulación. Pasó con la Ley del Antiguo testamento, que se fue volviendo rígida y formal y perdió el sabor. Es lo que pasa también en la Iglesia, cuando una generación no logra comunicar a otra el gusto por ir a misa los domingos, por ejemplo. Cómo puede ser que logremos que la Eucaristía no sea un momento lindísimo! Hay aquí algo perverso. Lo difícil de la vida cristiana está en otros lados, en la vida misma, en la hostilidad del mundo. No puede ser que hayamos transformado en aburrido y obligatorio algo tan simple, tan gratuito y tal lleno de gracia como es la Eucaristía!

El término justicia, negativamente, es lo opuesto al “pecado”, a todo lo que es falta, transgresión, error etc. Cuando Jesús le dice a su primo que es necesario cumplir con toda justicia le está diciendo que no se preocupe, que el hecho de que Èl se bautice “no es pecado”. Es decir, Jesús saca la cuestión del ámbito de los ritos y la pone en un nivel más hondo e interior.

Y esto hay que decirlo claro: Jesús no viene a sustituir los ritos de su pueblo con nuevos ritos. Por eso, más bien cumple todos los ritos y los plenifica. Esto hará, por supuesto, que surjan en la Iglesia “nuevos ritos”, según esa dinámica propiamente humana de la que hablábamos. Pero nos tiene que quedar claro que los ritos cristianos deben ser (y parecer) siempre “ritos verdaderamente nuevos”. Es decir, ritos que contengan en su dinámica misma un paso de “desacralización de lo meramente formal”, por decirlo de manera fuerte.

En la instauración y celebración de cada rito cristiano se tiene que poder vivir esta dinámica misteriosa de la Encarnación: entre un signo concreto y la Presencia salvífica de nuestro Dios trino y uno. Esta dinámica nos lleva tanto a “cuidar” el signo, con la veneración con que uno trata el pan consagrado en la Eucaristía, por ejemplo, como a “relativizarlo”. Qué quiero decir? Que no le hace justicia a la Eucaristía el que algunos se pongan guantes para tocarla! O que pretenden purificar tanto que, con el pretexto de que no quede ninguna partícula perdida, hacen un nuevo rito de la purificación que dura más que la comunión misma. El Señor eligió pan porque quiere que la comunión con Él se de en el ámbito familiar de una cena, no para transformar el altar en un laboratorio con gente vestida como para un experimento. La misma dinámica tiene que estar presente en el encuentro con otras culturas. 

Las palabras, los signos y los ritos que se usen deben ser ritos en los que se note que el Espíritu está antes, durante y después, encarnado y a la vez desbordando por todos lados el signo con la Gracia. 

Cuando Jesús le dice a Juan que “no es pecado” bautizarse, le soluciona un problema de escrúpulo ritual: del tipo de si se puede comulgar si todavía faltan unos minutos para que se cumpla la hora de ayuno, por ejemplo. Me acuerdo cómo nos quitó este tipo de escrúpulos un gran especialista en Derecho canónico, monseñor Gógala, una vez que discutíamos si podíamos o no, según el derecho, participar en una misa de ordenación. Éramos varios curas que ese domingo habíamos celebrado ya tres misas y esa iba a ser la cuarta. Le preguntamos si el derecho canónico lo permitía. Gógala sonrió y dijo simplemente: “pecado, no es”. Y se fue. A mí, que era cura recién ordenado, se me grabó en el alma este criterio “negativo absoluto”, como le llamo, que se formula cuando uno juzga que algo “pecado, no es”. Podrá ser algo “imperfecto” y hasta “ilícito”, pero “no pecado” y, por tanto, entrará en el reino de la libertad de los hijos de Dios para hacer el bien y no el mal, aunque sea “en sábado”.

Es un pasito nomás, pero allí se juega el Evangelio. Porque algunos invierten el orden de las cosas y hacen de cada precepto en vez de un puente un foso con alambre de púas y convierten los modos de “organizar el reparto y la práctica del bien” -que tienen necesariamente sus normas- en fines.

Si el Espíritu hubiera esperado que se pusieran de acuerdo los judíos y los paganos en cuestiones de alimentos, el Evangelio hubiera quedado atascado en la puerta de la carnicería. 

Pasó en China, con la cuestión de ritos como el del culto a los antepasados, por ejemplo. Definirlos como idolátricos llevó a los papas a prohibirlos y eso llevó a las autoridades chinas a considerar el cristianismo como ignorante y enemigo de su cultura y a prohibirlo a su vez y perseguirlo. 

Imagino que el Señor y Pedro, su discípulo, de haber ido a China en el siglo XVII, no habrían tenido ningún problema con el culto a los antepasados. Al contrario, inculturándose en las costumbres de ese pueblo, hubieran permitido al Espíritu ir adelante haciendo su obra. En el fondo, lo esencial de todo rito y de toda acción evangelizadora, es abrir la puerta al Espíritu, para que entre o salga a gusto y sea Él el protagonista de la santificación de los hombres. El discernimiento básico, primero y último, ante cada gesto que desea ser evangelizador, es el discernimiento preciso del punto en que ese gesto -sea una simple palabra, un rito sacramental o una entera estructura eclesial- se convierte en una puerta que se abre o, por el contrario, en una puerta que se cierra al Espíritu. 

Esto hará que a veces, el discernimiento nos lleve a arriesgarnos y a dar un paso más allá de lo formal, como cuando Jesús se saltaba la ley del sábado para curar a alguno. Otras veces, el discernimiento nos llevará a detenernos, a no decir una palabra de más, a no exigir en ese momento para no maltratar un límite y a esperar el tiempo propicio, como cuando el Padre misericordioso le dio al hijo pródigo su parte de la herencia y entró en el largo tiempo de la paciencia, hasta que su hijo regresó por sí mismo, arrepentido.

Si no puede sucedernos lo que cuenta José Luis Martín Descalzo en “El color de la sobrepelliz”.

     “Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas. Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo. (…) Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo. Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías.”  

Diego Fares sj

En el principio era la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan.

Vino como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz,

sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera

que, al venir a este mundo,

ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 1-18).

Contemplación

            La contemplación del himno de Juan 1 hay que comenzarla por el final, con la imagen del Niño Jesús: la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros. Contemplando al Niño, Juan nos enseña a profundizar en el misterio: esa Palabra es la luz verdadera, la luz que ilumina la mente del que cree y le hace sentir, gustar y comprender que es hijo de Dios, creado por medio de esa Palabra. Esa Palabra es Dios.

El Papa, en un librito muy lindo que salió hace poco: “Sin mí no pueden hacer nada”, dice que la evangelización comienza con un encuentro al que después le vamos poniendo palabras. El ejemplo lindo que da es el de un niño que, al principio, no sabe cómo se llaman sus padres pero los conoce perfectamente y los distingue entre todos los que se le acercan. Luego aprende su nombre y después a entender todo lo que le enseñan. 

Con Dios podemos decir que es lo mismo: lo primero es conocerlo como Padre por experiencia de su bondad y su grandeza en nuestra vida, cada uno a su manera. Luego sí, aprender a llamarlo Padre, conocer cómo es, qué piensa y qué desea de nosotros. 

En el fondo de todo encuentro con Dios siempre está la Palabra, siempre está Jesús. 

Es una palabra que recibimos primero como caricia, como cercanía de abrazo, como mirada silenciosa, como el gesto de quien nos tiende una mano o nos sostiene. Pero sabemos que detrás hay una palabra porque los gestos de amor son precisos y concretos, se pueden nombrar y describir perfectamente. 

Lo que sucede es que se trata de una palabra “grande” por decirlo así, una palabra que incluye muchas, como un poema o una novela entera, y no una palabra que separa (abstraer significa separar). 

Esto es importante recordarlo: hay palabras y palabras y es vital discernir entre una y otra. El discernimiento básico responde a esta pregunta: se trata de una palabra que incluye o de una palabra que separa? 

Las palabras que incluyen son humildes, invitan al diálogo, desean ser completadas por otras… Las palabras que separan, en cambio, son soberbias, se creen la última palabra, la que cierra el asunto, la que lo dice todo. 

Las palabras que incluyen primero “se encarnan” y después “iluminan”. Encarnarse significa encontrar el tono, como el que aprende la pronunciación de las palabras de otra lengua, a los que nuestra boca no está habituada y necesita tiempo de practica. Encarnarse significa también encontrar el contexto adecuado en el que cada palabra se dice, porque en cada cultura cada palabra viene en frases hechas, como una ovejita en su rebaño. 

El tiempo que lleva encarnar las palabras hace que la verdad que cada palabra contiene como una luz en su interior, vaya brillando mansamente, sin pretensiones de acaparar toda la escena. 

Eso hizo Jesús, La Palabra, al encarnarse. Se tomó todo el tiempo de su vida para hacerlo y así como en su tiempo fue iluminando a los suyos de a poco, lo mismo hace en nuestra vida. 

Me quedo con lo del tono y el contexto. Son las dos cosas que más tiempo llevan cuando uno se incultura y aprende a hablar en otra lengua. El tono, porque uno tiene ya mecanizada la forma de la boca y la postura de la lengua y tiene que cambiarla para pronunciar bien. Uno se resiste porque los signos que son las letras están unidos en su mente a un sonido y a una pronunciación y “le suena raro” usar la misma letra para emitir otro sonido (que la misma letra “z” en argentino suene como una “s” y en italiano pueda sonar como “dz” o como “tz”). 

Esto tan elemental es lo que algunos no entienden: que la expresión de una verdad o de una ley, a una persona, por la formación que recibió y por sus experiencias de vida, le suene distinto que a otra, al punto de sentir gusto espontáneo o rechazo. El precepto de ir a misa el domingo, por ejemplo, le suena distinto al que de chiquito fue a misa con sus papás y al terminar los llevaban a tomar un helado o a pasear a la plaza, que a otro que ni siquiera sabe lo que es un domingo, porque sus papás cartonean todos los días o, peor, ni siquiera sabe lo que es un papá. Para que el mandamiento de adorar a Dios santificando las fiestas se convierta en el precepto de ir a misa los domingos se  requiere un contexto social en el que haya “días de fiesta” para todos. Por eso es que “las verdades” que las palabras del evangelio expresan, deben encarnarse para poder ir iluminando mansamente. Y esto requiere un doble trabajo: uno debe bajar los tonos fuertes de su cultura e ir haciéndose a los tonos de las otras, de modo tal que todos lleguen a sentir lo mismo: el amor de Dios que late en cada Palabra de su Hijo.

Y aquí llegamos a lo esencial, que lo expresamos usando la misma imagen del niño que primero reconoce a sus padres por su rostro, su sonrisa y la ternura de sus palabras y gestos y luego aprende a nombrarlos y a hablar y a aceptar las normas que le van dando. 

Hoy más que nunca, el que desee evangelizar tiene que estar dispuesto “perder tiempo”, como los papás, hablando con “palabras encarnadas”: esas que más que palabras son obras que le hacen sentir a la gente que el Padre los ama con Misericordia incondicional, que Jesús es su amigo fiel y que da la vida por ellos, que el Espíritu Santo los purifica de todos sus pecados y está a su lado, consolándolos y defendiéndolos en toda situación. Que la Virgen -la Iglesia- es nuestra Madre y en su casa todos somos bienvenidos, como estemos.

Estas palabras se tienen que pronunciar retomando cada día un discurso positivo que se muestre sosteniendo estructuras en las que se practican diariamente las obras de misericordia, sin pretensión alguna de “formular” las cosas de manera más elaborada, a no ser que el otro “pregunte”. Un discurso abstracto, sobre todo cuando se polariza, permanece en el mismo punto en que se dejó. El discurso concreto de una obra de misericordia, en cambio, cada vez que se retoma tiene la novedad de los rostros y de la vida de las personas y hace crecer a todos los que dialogan en torno a él.

Lo que quiero decir es que la guerra grande -entre la luz verdadera y las tinieblas- no se da en torno a las palabras secundarias, sino en torno a La Palabra principal.  

Podemos “perder” y quedarnos sin palabras, por ejemplo, ante la precisión técnica de las palabras que alguno mete en un protocolo, modificando subrepticiamente una ley constitucional. Pero por tratar de cuestionar eso no podemos “perder” las palabras esenciales, como son “madre” y “libertad”. 

No se me ocurre otra manera de explicar esto que recordando la parábola del hijo pródigo. Allí se ve que el Padre Misericordioso, por ejemplo, “perdió” y se quedó sin palabras cuando el hijo pródigo le dijo que se iba de casa y que quería su herencia. Es probable que ese dinero haya sido usado para financiar muchas cosas malas. Pero el Padre no le dijo: “Si hacés esto -si te vas o si malgastás la herencia-, no sos más mi hijo”. Tampoco le dijo: “Yo no te voy a dar esa plata porque no quiero ser cómplice de tus malas acciones”. 

Sin embargo, el Padre no perdió la palabra “hijo” ni la palabra “libertad”. Eso le supuso esperar mucho tiempo, hasta que el hijo usó para volver la misma palabra “libertad” que había usado para irse (Entrando en sí mismo dijo: me levantaré y volveré a mi padre” ).

Un detalle significativo es que vuelve usando la palabra “sirviente”, no “hijo”. Aunque le dice “padre” al padre, se refiere a sí mismo como indigno de ser llamado “hijo”. En la parábola Jesús nos revela el fondo de la cuestión: el Padre había conservado esa Palabra sagrada -hijo- en su corazón y se la regaló de nuevo. La usó además para dialogar con el otro, con el hijo mayor, que estaba resentido. 

Se trata por tanto de no perder, por nada del mundo, las Palabras esenciales! 

Y aquí hay una jerarquía. Podemos perder formulaciones que adquirimos con el tiempo y pasaron a formar parte de nuestra cultura y legislación y que hoy están cuestionadas. 

Podemos defenderlas, como un ciudadano más, es verdad. Pero por defender estas formulaciones no podemos perder una palabra más esencial, como es “libertad”. Y si la libertad alguno la usa para mal, no hay que tener miedo. Es de esas palabras que cuando uno la usa y defiende, aunque sea para algo no bueno, luego es corregido por ella misma.

Pero la palabra “hijo” es más esencial todavía. Y esta necesitamos que nos la diga amorosamente nuestro Padre. Si la hemos perdido, no la podemos recuperar solos. Aquí es donde vino a ayudarnos Jesús, nuestro hermano. Y nosotros los cristianos tenemos que dar testimonio de que esta Palabra es la principal. Aunque nos cueste mordernos la lengua como tendría que haber hecho el hermano mayor y entrar en la fiesta de su hermano prodigo, el hijo que estaba muerto y había vuelto a la vida.

La palabra “hijo” es la más combatida por el demonio. No es una palabra estática, sino todo lo contrario: es la más dinámica. Conlleva todas las etapas de crecimiento por la que pasa un hijo y, si como es el caso, el Padre es el Dios siempre Mayor, implica también el desafío de crecer siempre más, desafiados por Jesús a ser “perfectos” como el Padre es perfecto, misericordiosos como el Padre es infinitamente Misericordioso.

Las tentaciones pueden ir por el lado de no aguantarnos ser hijos, como le pasa al pródigo, y de irnos primero para luego sentirnos indignos de ser hijos, o por el lado agrandarnos y sentirnos más que el Padre como el hijo mayor, que pretende saber y hacer las cosas mejor que su padre. Entre estos extremos hay tantos matices como personas. Pero si vemos que una sociedad pierde el sentimiento de fraternidad y se vuelve violenta, calumniosa, insolidaria, individualista… significa que ha perdido muchas palabras pero sobre todo ha perdido la palabra “hijo”. 

Y antes de pretender que recupere otras palabras, hay que esperar a que pueda escuchar y aceptar esta, que es la fundamental. Para ello, el camino lo marca Jesús: el Hijo amado, el hermano fiel, la Palabra hecha carne que ilumina a todos los que lo reciben y a los a los que creen en su Nombre les da el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Diego Fares sj 

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