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Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. 

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, 

llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús,

nombre que le había sido dado por el Ángel 

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

Contemplación

Decía ayer el Papa en el Tedeum: “La presencia de Dios en la ciudad, también en esta ciudad nuestra, ‘no debe ser fabricada, sino descubierta, desvelada’ (Evangelii gaudium 71). Somos nosotros los que tenemos que pedir a Dios la gracia de ojos nuevos, capaces de ‘una mirada contemplativa, es decir una mirada de fe que descubra a Dios que habita en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestras plazas’ (Ibid.). Cuando Dios quiere hacer nuevas todas las cosas por medio de su Hijo, no empieza desde el templo, sino del vientre de una mujer pequeña y pobre de su pueblo”. 

Los “ojos nuevos” -contemplativos- no son los de los que leen muchos libros o ven mucha internet, sino los de los pastores, que al ver a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre, contaron lo que habían oído decir sobre este niño. Contaban de manera tal que todos los que los escuchaban quedaban admirados de lo que decían estos pastores. Qué contaban? Contaban que no había que tener más miedo, porque había buenas noticias, de gran gozo para todo el pueblo: que hoy había nacido un Salvador, Cristo el Señor y que la señal era ese Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Contaban que, cuando el Ángel les había terminado de dar esta buena noticia, habían comenzado a festejar una multitud de ángeles en el cielo, que alababan a Dios y cantaban: Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz entre los hombres en los que Dios se complace. 

La buena nueva se recibe y se comunica por atracción. Los que dan la noticia festejan y contagian su alegría. Es la presencia de los pastores que han acudido al humilde lugar del pesebre lo que atrae a la gente. Y los pastores cuentan lo que los atrajo a ellos, cuentan al Niño que los ángeles les hicieron ir a ver. 

Ver a un niño, alegrarse por ver a un niño es saber ver a largo plazo. Un niño no tiene nada de especial y lo tiene todo: depende quién y con qué amor lo mire, depende de cuál sea la grandeza desinteresada de sus sueños. Una abuela es capaz de ver en su nieto recién nacido el cumplimiento de sus sueños sin necesidad de verlo ya crecido y padre a su vez. El que mira a un niño con esos ojos ve mucho más de lo que se ve a simple vista. 

Los pastores ven con ojos de pueblo. Son capaces de ver en un niño el cumplimiento de sus sueños de paz y de justicia. Lo ven como ve las cosas el pueblo, con una mirada que dilata el tiempo, que recuerda promesas antiguas y sueña realizaciones futuras sin ansiedad por el presente. El presente les llena los ojos con la personita del niño, de su madre y de su padre allí en la humildad del pesebre. El presente les llena los ojos con lo que ellos tienen para regalar a ese niño que será su Salvador. Va unida esta capacidad de estar, de hacerse presentes con regalos allí donde se los necesita, con la capacidad de creer en una promesa. Es una manera de ver totalmente distinta a la del ver espectáculos o cosas para consumir y noticias con los chismes del día. 

Cómo se recibe la gracia de una mirada así? Cómo se recibe la gracia de ojos nuevos, capaces de descubrir a Dios en lo pequeño de signos como los que los ángeles dieron a los pastores?

Fueron rápidamente, dice Lucas. La primera condición para “ver” estos signos es mirar rápido: la rapidez. San José y María no estuvieron mucho tiempo, podemos presumir, en la gruta del pesebre. Quizás ya de mañana encontraron otro lugar mejor y desaparecieron de allí. Ciertamente a los ocho días ya estaban en Jerusalén, para circuncidar al Niño y ponerle el nombre de Jesús. 

Los signos de la presencia de Dios en nuestras calles y en nuestras plazas -en los rincones de nuestros pesebres actuales- es una presencia fugaz. Siempre está, pero cada vez hay que encontrarlo yendo rápido. O deteniéndonos cuando somos nosotros los que vamos rápido para otro lado, para otros lugares que no son pesebres. Hay un cruce de velocidades: la que llevamos nosotros, apurados por ir a nuestras cosas y la de los pobres y pequeños que buscan un lugarcito mejor. Estas dos velocidades en sentido contrario hace que la presencia de Dios en nuestras calles y ciudades sea breve, fugaz, pasajera como un cruce de miradas. Por eso la necesidad de rapidez: para ir adonde está ahora, esta noche, y ya no estará mañana. Rapidez para frenar y detenernos un momento a dejar que nos anide la compasión ante alguna miseria fugaz que vemos al pasar. No hace falta mucho para que se nos despierte la compasión, pero como digo, la velocidad contraria que imprimen a nuestra mirada los intereses propios hace que se vuelva doblemente invisible lo que el otro necesita y baste dar vuelta la cara o bajar los ojos un instante para que pase esta “presencia de Dios” como un mendigo que desaparece de nuestra vista y es reemplazado por alguna vidriera o algún semáforo en verde…

Encontraron, dice Lucas. La segunda condición, además de mirar rápido es la mirar para encontrar. Sabemos que a veces uno mira para no ver, mira no queriendo encontrar…, y efectivamente, nunca encuentra. Yo recibí la gracia de que, cuando yo o algún amigo perdemos algo, rezo a los ojos de la Virgen y lo encontramos. Siempre. Sí o sí (con el 100% de la efectividad evangélica que cuando no es cuantitativa, como en el caso de las cien ovejas y de las diez monedas, es cualitativa, como en el caso del samaritano leproso que volvió a agradecer y su agradecimiento, que fue del diez por ciento, valió cien por ciento en intensidad evangélica). La Virgen “me hace ver” donde dejé lo que perdí, o le hace ver al otro donde fue que perdió lo que busca. Pero la oración, muy simple, a la Virgen, es una oración para encontrar. Mucha gente se la pierde porque se le cruza el pensamiento de que “para qué molestar a la Virgen con estas pequeñeces” o de que “lo que se perdió ya se perdió y no vale la pena gastar esperanza en eso…”. Los que simplemente piden la gracia de “ver donde perdieron lo que buscan”, reciben la gracia de “verlo” y lo encuentran. Los que lo han experimentado, lo creerán sin ninguna duda y recordarán algo que les pasó y los llenó de alegría por haber encontrado lo que se les había perdido. Los que no lo prueban por miedo a “gastar esperanza”, nunca lo experimentarán. Es cuestión de cuánto uno quiera de verdad “ver para encontrar”. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre el Niño, dice Lucas. La tercera condición para ver con ojos nuevos es “contar para ver”. Las cosas de Dios se ven en la medida en que uno las cuenta, en la medida en que uno cuenta lo que le contaron. Dios se mete “en medio” del contar las  buenas noticias de su evangelio. Y la cosa se va contagiando, como los ángeles se contagiaron de la alegría del anuncio que ellos mismo hicieron a los pastores y los pastores se contagiaron de los ángeles y entre ellos -vamos, se decían y veamos lo que se nos ha anunciado-, y contagiaron a todo el pueblo. Es así: cuando uno cuenta algo admirable que le contaron y que le pasó, ve viendo más. Por eso el Señor manda a que salgamos a anunciar el evangelio y no que nos quedemos a estudiarlo. Contarlo es comprenderlo. Anunciarlo es recibirlo mejor. Son los oídos y los corazones de los oyentes los que hacen que la misma semilla de frutos iguales pero de distinta calidad y en diferente cantidad. El ciento por uno en algunos, y es la misma palabra! En un carisma nuevo para una nueva época, y es la misma palabra!

Volvieron alabando y glorificando a Dios, dice Lucas. La cuarta condición para mantener los ojos nuevos es alabar y glorificar a Dios en la vida a la que uno vuelve. Esto es importante. Porque los ojos nuevos ven nuevas todas las cosas, no solo a Dios en el pesebre sino en la propia cotidianeidad. Y la alabanza en la propia vida común y corriente es el signo de que uno conserva los ojos que el Señor nos regaló para verlo a Él. 

La última condición para los ojos nuevos nos la enseña María, que “rumiaba” todas estas cosas meditándolas en su corazón. La mirada nueva de Dios tiene esta “condición” un poco rara y es que necesita que se la renueve volviendo a ver en la oración lo que uno ya vio. La condición es la repetición o rumia, una rumia que “ve las cosas con el corazón”. Digo rara, pero no es tan así. Uno se acostumbra a las cosas y “deja de verlas”. A mí, por ejemplo, ver Roma desde mi terraza es algo que tengo que renovar aprovechando cuando viene alguno que la ve por primera vez. Su maravilla me despierta de nuevo los ojos, haciéndome recordar cómo fue que la vi por primera vez yo. Es que la mirada contemplativa es una gracia que proviene más de la Persona a la que miramos que de la fuerza de nuestros ojos. Solo mirando a Jesús se nos renueva la mirada. Si miramos mucho otras cosas, los ojos se nos apagan y dejamos de ser contemplativos. Esto lo digo con dolor y vergüenza, de perder tanto tiempo mirando pavadas y luego ser miope para ver las maravillas que Dios me hace pasar delante de las narices -fugazmente, eso sí- cada día. Gracias a Dios, Él no se cansa. Y un sorbo de contemplación prende los ojos para mil pesebres, donde el Niño siempre está, sonriente y envuelto en pañales, esperando que vayamos como los pastores a contemplarlo como Salvador.

Diego Fares sj

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se manifestó en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo. Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se manifestó en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno”(Mt 2, 13-15. 19-23).

Contemplación

La expresión “tomar al Niño y a su madre” se repite cuatro veces en este evangelio de la Sagrada Familia. Dos como imperativo en sueños mandado por el Ángel y dos como acción concreta realizada por José. 

Tomar consigo la propia familia. Es lo que uno sueña y lo que le preocupa en sus sueños, es lo que uno hace, con todo el corazón y también en “piloto automático” cada día.

Lo que me hace bien mirando a San José es contemplar esa paciencia de su corazón con la que lleva adelante su vida, especialmente en esa etapa que fue tan dura del destierro y de la vuelta. Sueña y se levanta con la misma palabra: “toma al Niño y a su madre”. Toma al Niño y a su madre y permanece, tomó al Niño y a su madre y se fue; toma al Niño y a su madre y regresa, tomó al Niño y a su madre y entró en la tierra de Israel. 

Aquí el evangelista da un paso más en la dinámica de la paciencia de José. Resume “tuvo miedo y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea”. La interacción con el ángel es a nivel no solo de sueños sino directamente de “miedos” y “advertencias”. José y Dios se comunican a nivel de instinto. Instinto de padres, me gusta pensar. 

            Y aquí encontré la palabra de hoy. Instinto de padres. En sus deseos y en la acción, teniendo abrazados al Niño y a María, San José siente con todos sus poros, la situación en que se encuentra. La situación política, la situación económica, la situación del viaje, la situación de ir a otro país, a otra cultura, aunque en Egipto se presume que vivió en la comunidad israelita que había allí y que era numerosa. Siente todo José y siente también al “Ángel” del Padre, que es el Ángel del instinto de Dios.

Uso la palabra instinto, que parece más bien del reino animal que del reino celeste, porque en estas cosas más básicas es donde mejor “comprendemos” a nuestro Padre del Cielo y no en los atributos extraños que le proyectamos, que son más propios del fantasioso olimpo griego. Me refiero a “Todopoderoso” o a “Omnisciente” etc… 

En el evangelio Jesús describe a su Padre de una manera totalmente novedosa para las religiones.

Lo describe haciendo notar sus “entrañas de misericordia”, que es una pasión que actúa a nivel bien instintivo. 

Lo describe “corriendo a echarse al cuello de su hijo que regresa”; y sabemos que en los abrazos uno pierde la compostura, se le tuercen los anteojos y se le desacomoda la camisa. 

Lo describe preocupado por la cosecha, yendo de un hijo a otro a ver si van a ir a trabajar en la viña familiar, y saliendo a todas horas a buscar cosechadores. Y sabemos que cuando uno se mete en cuestiones de trabajo, la discusión es inevitable. El trabajo es el punto álgido de toda la vida social. Para colmo, Jesús nos presenta a este padre de familias “tirando a populista”, con este asunto de pagarle primero a los que trabajaron último y de pagarles a todos igual. 

Lo describe organizando la fiesta de bodas de su hijo y lidiando con los invitados. Y sabemos lo que cuesta organizar a los invitados, cómo en las fiestas salen a la luz todas las susceptibilidades y cada uno “cobra” sus deudas. 

Todo esto para decir que el Señor describe al Padre más con imágenes instintivas que destiladas. Y en esto, San José, es una figura para seguir: lo es con la fiereza de su instinto paterno que supo mantener aferrada a su familia y no perderla en medio todas las vicisitudes que le tocó vivir: el rechazo social que lo dejó a la intemperie, la persecución política que lo obligó a huir en plena noche, el destierro que lo obligó a pedir asilo y vivir como refugiado y la situación inestable de su tierra que lo obligó a cambiar de provincia.

La relación entre estos “dos padres” de Jesús -el Padre y el padre adoptivo- que el evangelista nos señala con estas intervenciones constantes del Ángel (que se mete en los sueños de José, en su inconsciente diríamos hoy, allí donde un padre está siempre despierto, alerta, vigilante, extendiendo todos sus sentidos como brazos que abrazan y toman consigo a su familia), es una relación a este nivel que llamo “instintivo”. 

Y es aquí donde José nos puede ayudar mucho hoy a aprender a relacionarnos bien con Dios. Como José tenemos que buscar a Dios, no en las bellas ideas, sino donde el peligro no nos deja dormir, donde la preocupación por los que queremos nos desvela, allí donde no nos importa nada humillarnos o desgastarnos con tal que los nuestros estén seguros y bien.

Sin hablar, pero actuando a partir de lo que siente en sueños, José nos enseña a escarbar en la tierra de nuestra alma hasta encontrar las raíces instintivas de donde brotamos a la vida y allí buscar religarnos con nuestro Padre. Eso es “religión” y no los ritos que culturalmente han perdido su sentido profundo y nos “dejan afectivamente afuera”. 

Jesús habla de este instinto diciendo que es “adorar en espíritu y en verdad”. Adorar es besar con la boca del espíritu a Dios de la manera más auténtica y verdadera, que es instintiva como la de un hijo cuando abraza a su padre o besa a su madre. A Dios hay que “tomarlo consigo”. Hay que abrazarlo entrañablemente en vez de “tratar de pensarlo” con conceptos que no sirven para nada y que más bien lo alejan. Hay que abrazarlo en sueños y en la acción. Uniendo estas dos actitudes vitales. 

Así como Dios nos dice que abracemos a nuestra familia, nuestra familia nos “dice” que abracemos a nuestro Padre. No se puede abrazar una familia en la acción diaria si uno no está dispuesto a abrazar a Dios en sus sueños nocturnos. No se puede abrazar a Dios en sueños si uno no abraza a su familia en las cosas diarias.

Todos hacemos esto “instintivamente”. Pues bien, también se trata de reflexionarlo para sacar provecho, para desideologizar a Dios y revalorizar la familia. 

Dios no es sino “el Dios de nuestros padres”. De los de todos y en concreto de los de cada familia. Y nuestra familia no es sino la medida de lo que somos. No nos miden las estadísticas, ni los títulos individuales, lo que nos mide y nos da la medida de lo que es nuestro corazón, nuestra altura humana, es nuestra familia. Padre, abuelos, hermanos, tías y primos. Nuestra “individualidad” no es algo destilado que se pueda separar, sino todo lo contrario: es un modo propio que se nos regala poder ser y que tiene sentido en medio de todas las otras diferentes opciones que los de nuestra familia eligieron ser. Gracias a todo lo que nos dieron y amaron somos el o la que somos, y para serlo plenamente lo mejor es “sonar” como uno más en la orquesta familiar. Aunque seamos solistas, el timbre y el tono de nuestra voz contiene el de todos los demás.

El “tomar con nosotros” nuestra familia, en los sueños y en la acción, paciente y renovadamente, es lo que nos da identidad y nos vuelve fecundos. La validez de nuestros sueños y de nuestros trabajos se juega en este “tomar con nosotros”, en este incluir, aceptar e involucrar a los nuestros en lo nuestro. 

El sueño que no incluye a la familia no es sueño real, es evasión. La acción que no redunda en bien común familiar no es acción fecunda, sino dispersión de esfuerzos. Qué tienes que no hayas recibido de los tuyos, quién te heredará sino uno de los tuyos. 

Tomar consigo es tanto recibir como hacerse cargo. Y con la familia y con Dios estas dos cosas son una y la misma: un mismo sueño y una misma acción.

Que el Ángel del instinto de Dios nos lo diga en sueños y al despertarnos, este nuevo año, hagamos como el Ángel nos dice y tomemos con nosotros al Niño y a su madre, es decir a nuestro Dios y a nuestra familia.

Diego Fares sj

            En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, 

 ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia,  una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria en lo más alto a Dios, y en la tierra paz a los hombres en los que Dios se complace!»  (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

            Paz a los hombres en los que Dios se complace! Eudokía significa que son “los que le caen bien”, “con los que se siente a gusto”, “en los que se deleita”, “aquellos de los que tiene una buena opinión”. 

            Y quiénes son estos? Aunque no lo parezca, aunque muchos no lo crean y otros no sientan que está bien, somos todos. En principio Dios se complace en todos, ya que como Padre, Dios no rechaza a ninguno de sus hijos. No quiere que se le pierda ninguno y se alegra de modo especial por los ‘peores’ hijos cuando se convierten, lo cual significa que en su corazón siempre nos estuvo esperando. 

            El punto somos, pues, nosotros: si somos capaces de encontrar algo para poder pensar bien de todos. Y esto tiene que ver con el hecho de que nos perdonemos a nosotros mismos y perdonemos a los demás. 

            No se ustedes, pero yo ciertamente no me complazco en todas las personas, ni mucho menos. Con mucha gente me resulta fácil sentirme bien en su presencia. Pero con otros, no tanto y con algunos me resulta insoportable. Tanto que los esquivo lo más que puedo. 

            En la oración, suelo encontrarle la vuelta cuando el rechazo espontáneo que me suscitan algunas personas por sus comportamientos se dirija a esos comportamientos y no a la persona misma. De igual manera, creo que como todos, me doy cuenta cuando a alguna gente le resulto desagradable, cuando mis ideas o comportamientos causan rechazo a alguno y también cuando a muchos les resulto totalmente indiferente. Uno registra a la gente que no te registra.

            Meditando cómo puede ser que Dios encuentre en todos algo en qué complacerse, busco en el evangelio los criterios. 

            Lo primero que surge es que el Señor se complace en la fe. En los que tienen fe en Él y en los demás, en los que se confían de corazón. 

            Es un buen criterio para mí. Cuando miro a la gente me fijo en qué cree. En qué cree de verdad, es decir al punto de apasionarse y jugarse por ello. Aunque no comparta el objeto de su fe, sí siento que puedo compartir su pasión y la coherencia que cada uno busca tener entre lo que cree y cuánto se juega por ello. 

            Me viene al corazón el pasaje en que a Jesús le cayó bien el centurión. Este romano fue capaz de razonar que a Jesús le debía agradar que creyeran en Él, así como a él le agradaba que le obedecieran sus soldados. El comienzo de la fe va por este tipo de razonamientos que solo puede hacer cada uno partiendo de su propia experiencia.

            Como decía, el Señor se complace en los que tienen fe. Y me animo a decir que nosotros también: al menos a mucha gente que conozco nos cae bien la gente que tiene fe.

            Otra cosa que a Dios le complace son “los que dan con alegría”. Por eso, dice Pablo: “Que cada uno haga lo que ha decidido en su corazón, y no dé de mala gana ni a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” ( 2 Cor 9, 7). 

            Una imagen linda es la de Jesús que se complace al ver la limosna que hizo la mujer viuda. Pero la imagen primordial de este “dar con alegría” es la de Dios encarnado: es la imagen del Niño Jesús en el pesebre, contento y en paz de estar allí y en el regazo de su madre y en el de José. Esta es la señal que Dios dio a los pastores: “Encontrarán un niño recostado en un pesebre y envuelto en pañales”. Es una imagen en la que todo ser humano se complace y se deleita: un niño en brazos de su madre, en el seno de su hogar… Aunque cause tristeza el entorno pobre y miserable, el amor familiar modifica el entorno, al menos lucha por modificarlo, protegiendo y alimentando la vida.

            Lo que causa complacencia no es la magnitud del don -de la limosna-, sino el acuerdo entre lo que uno decidió dar en su corazón y lo que da efectivamente. Esto se nota en la cara de la gente que hace bien el bien. Sin celos y con humildad. 

            Sin embargo, vivimos insatisfechos y rodeados de gente insatisfecha. Una causa es el desajuste entre el deseo profundo y lo que se busca y posee afuera. La sociedad de consumo estimula este desajuste, porque es lo que nos mueve a salir a comprar, a consumir, a cambiar de modelo. Pero el desmadre de esta tensión, que cuando es sana es buena, causa profunda insatisfacción.      

            En la vida de oración se nota cómo esto se proyecta. En la dirección espiritual recibo muchas expresiones de esta insatisfacción: gente que dice que “no reza bien”. Les suele ayudar mucho cuando se dan cuenta de que se trata de una insatisfacción “extrapolada”. No puede haber insatisfacción en la oración! Es contradictorio. Es como decir, le sonreí a mi hijo y me devolvió una hermosa sonrisa, pero no quedé satisfecho; o mi hijo me dio la mano espontáneamente para cruzar la calle y se la tomé, pero no quedé satisfecho. Si alguien dice algo así, él solo se da cuenta de que la insatisfacción se proyecta de otro lado. La mano y la sonrisa tendida y regalada son un bien en sí mismas. Rezar, conversar con Jesús, ponerse en las manos del Padre, es un bien en sí mismo. Y como de parte de Ellos no hay sino amor incondicional y absoluto, dado que se complacen en la gente que adora en espíritu y en verdad, no puede ser que el resultado sea “insatisfacción”. Si ese sentimiento se instala, es que uno cedió a una tentación que viene de otro lado, del mal espíritu. No viene de Dios ni tampoco del fondo de nuestro corazón de creaturas, de hijos, de amigos del Señor.

            Por eso a los que tienen esta enfermedad de la insatisfacción en la oración les suelo recomendar la oración de pobre -rezar con la limosna de oración que Dios les de, cada día, según le pidan-, y que recen “con algo que les gusta”. No solo esto, sino que recen “donde les guste, el tiempo que tengan ganas y del modo que quieran”. Empezar y echar raíz en lo que el Espíritu nos da a sentir y gustar -aunque sea un poquito más que otras cosas- es el buen remedio para después extenderse en la oración más allá de gustos y sequedades, afirmados en la roca del gusto de la Persona misma de Jesús y de su Amistad. 

            Un tercer tipo de personas que le caen bien a Dios son los samaritanos: los samaritanos agradecidos, como el leproso, y los samaritanos buenos, que se compadecen de los que están al costado del camino de la vida y actúan con misericordia. A todos nos cae bien la gente así. 

            Bueno, son tres simples pensamientos que pueden ayudarnos esta Noche a contemplar al Niño sintiendo que Dios se complace en nosotros, pequeños seres humanos. Se complace de nuestra pequeñita fe, de nuestra oración que balbucea y de nuestra poco poderosa misericordia, más corazón que manos. Se complace sin razones y sin medida, como un Niño en brazos de su Madre.

Diego Fares sj

La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su madre María con José, antes de que estuviesen juntos, 

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.  José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, 

resolvió abandonarla en secreto. 

Estando metido en estos pensamientos cargados de afectividad,

el Ángel del Señor 

se le manifestó en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»  Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel,  que traducido significa: «Dios con nosotros.»  Al despertar, José 

hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado 

recibió consigo a su mujer”(Mt 1, 18-24).

Contemplación 

“El pesebre nos educa a contemplar a Jesús (…), nos cuenta el amor de Dios que se hizo Niño para decirnos cuán cercano está a todo ser humano, en cualquier situación en que se encuentre” (Admirable signo 10).

“El pesebre” es “el pesebrito y todas las personas, animales y cosas que reúne y contiene: estrellas y ángeles, burro, buey y pastores, María y José, por supuesto, y el Jesús recién nacido”.

José, además de ser justo, era un hombre silencioso, y la parte que le toca de educarnos a contemplar a Jesús, la realiza más con obras que con palabras. 
Por eso, para contemplar su persona, elegimos los verbos de la anunciación a José.

Se encontró-tomó consigo

Mateo hace referencia directa a María cuando nos dice que “se encontró con que había concebido”. Pero el verbo expresa bien lo que les pasó a los dos. También José “se encontró” con que su prometida estaba embarazada. 

Todos “nos encontramos” en situaciones, a veces buscadas, otras inesperadas, esto es parte de la vida humana; pero hay modos y modos de “encontrarse”. El de José lo comprendemos juntándolo con los dos últimos verbos: “hizo” como el Ángel le había dicho, y “tomó consigo” a su esposa.

Para aprovechar las lecciones de José, que con su acción nos educa a contemplar a Jesús, nos interesa el proceso que vivió entre estas dos acciones: una que lo afectó involuntariamente: se encontró con una situación que era como era, algo tan ineludible como un embarazo; la otra, que lo tuvo como protagonista: obedeció y se hizo cargo de su familia, recibió a María y la tomó consigo.

En medio, tenemos un discernimiento. 

Que es justamente eso, un proceso entre una realidad que uno se encuentra y una decisión bien tomada, según Dios, según su modo y su estilo, de la que uno se hace cargo enteramente y elige y lleva a cabo con todas sus consecuencias.

Así son las cosas con Jesús. A Jesús se lo discierne. Si no, todo encuentro queda a medias. Siempre, en primer lugar, a Jesús “uno se lo encuentra”. Él es “el que viene”, el Dios que pasa, el Dios que se nos acerca por el camino y nos acompaña, el Dios que nos espera en las orillas del trabajo y de la vida, el que toca a la puerta y llama… 

A Jesús nos lo encontramos y sus venidas siempre tienen algo de esta mezcla revulsiva como la que debe haber sentido José al “encontrarse” con que María estaba embarazada. 

Las venidas de Jesús no son tranquilas, se dan en medio de la lucha más contrastante de sentimientos. Los encuentros con Jesús provocan “movimiento de espíritus”, como dice San Ignacio. 

Y esto es bueno que sea así, es signo de que es verdaderamente Jesús. 

Los sentimientos encontrados que provoca su venida no son simples. 

Dependen de Él, en primer lugar. El es el Dios creador, el Resucitado que da Vida. Y la vida siempre es movimiento. 

Pero dependen también del mal espíritu, que ante la presencia del Señor se agita, se inquieta, sale a la luz si estaba mimetizado, reacciona. 

Y también dependen de nosotros, de cómo sea la disposición de nuestra alma. A los que van obrando bien en su vida, el encuentro con Jesús provoca sintonía. San Ignacio usa la imagen de una gota de agua que entra en una esponja: dulce, leve y suavemente. 

Así entró Jesús en el alma de María, con apenas un momento de turbación, que le hizo preguntarle al Ángel cómo sería posible eso. 

En el alma de José, que era justo, terminó también entrando dulce y suavemente, pero esto fue una vez que eligió bien, con la ayuda de lo que el Ángel le reveló. Su primera decisión, cuando “resolvió” repudiarla en secreto, fue revulsiva, le provocó toda esa lucha en sueños que lo angustió y desveló. 

Aquí tenemos una lección honda que nos enseña José. Veamos si logro explicitarla bien. 

Yo diría así: el primer encuentro con Jesús, no es con Jesús Jesús, sino con lo que provoca en nosotros. Sucede con todas las personas que nos encontramos, pero con Jesús de manera más fuerte e ineludible. Uno cuando encuentra a alguien por primera vez, registra los efectos que esa persona le causa: agrado, desagrado, expectativas, prejuicios… Esto se va luego modificando y uno progresa en el conocimiento del otro como tal. Cuanto más sincera y franca es la persona, si uno también lo es, más se abre y se adapta uno a conocerla tal como es, dejando de lado prejuicios. 

Con Jesús, como se revela siendo plenamente tal como es, en cada mínimo gesto y en todo su conjunto, siempre produce un shock. Y aquí es donde la disposición última de cada alma entra en juego y se pone en movimiento. Los sencillos “se pliegan espontáneamente” a Jesús: sintonizan, se le abren, se dejan influenciar por la brisa fresca de su presencia, como una barca que hincha sus velas al viento y se deja conducir por él, gozan de su acción vivificante, como quien come un pan o bebe un vino rico o se deja ungir por sus manos que sanan y bendicen lo que toca. Los fariseos, en cambio, ante su sola presencia, levantan todas sus barreras, endurecen sus prejuicios, ponen en estado de alarma todos sus esquemas mentales. Y esta actitud, hay que decirlo, no es un paso neutral de simple  sentido común, sino que hace misteriosa alianza con el demonio, que a cada una de estas actitudes, que podrían parecer de natural precaución, las cristaliza y fogonea para que se conviertan en rechazo explícito del Señor. Con Jesús no se puede ser neutral. Con la belleza, el bien y la verdad ser neutral equivale a convertirse, rápidamente, en enemigo. 

Con José, con lo que José “se encuentra” y con lo que el embarazo de María provoca en sus esquemas mentales (obligación de repudiarla, posible lapidación), nos hallamos ante lo que la venida de Jesús provoca en una persona justa que tiene el coraje de resolver lo que considera justo y en vez de cerrar la cosa, abrirse “en sueños” a que su amor por María y su decisión tomada según la ley, entren en conflicto y Dios meta allí su Ángel bueno. 

Esta es la lección de José, la lección de cómo se hace un discernimiento: poniendo el cuerpo, exponiéndose a la lucha espiritual, al dilema entre ideas y sentimientos encontrados, dando tiempo a esta experiencia desgarrante de ser “campo de lucha espiritual”, a esta decisión de no “poner la lucha afuera”. 

No se puede discernir si uno no se cuestiona sus convicciones más profundas y arraigadas, si uno no se deja conmover y afectar por lo que sus ideas y principios causan si son aplicados a las personas reales. 

En José vemos como la lucha más grande no se da entre el bien y el mal considerados en absoluto, sino entre la decisión más justa humanamente posible, de “repudiar a María en secreto” y la decisión totalmente contraria de “tomarla consigo públicamente y haciéndose cargo como padre de Jesús”.

Lo más “justo”, lo más “legal”, lo más “prudente”, lo más “generoso de parte suya”, se ve totalmente desbordado por un amor sin medida que se hace cargo enteramente de la persona de María y del Niño que lleva en su seno y los hace parte de su vida abrazando íntegramente su destino para siempre. 

Junto con la primera enseñanza, que es la de que para “encontrarse con Jesús vivo” y no con nuestros esquemas mentales, proyecciones y prejuicios, hay que animarse a “ser campo de lucha” y no “poner la lucha afuera”, la segunda enseñanza es que el discernimiento siempre termina en un abrazo, en un tomar consigo personas concretas. 

Es lo más opuesto a abrazar “causas” e “ideales” que es como abrazar el vacío (cuando no la propia conveniencia). En todo discernimiento se suele “perder” una verdad (abstractamente formulada) para ganar una verdad personal, que se mostrará en su plenitud solo con el tiempo. 

San José no elige a “Dios”, sino a una jovencita frágil y embarazada de un niño que “proviene del Espíritu Santo” y al que él pondrá el nombre de Jesús. 

San José no abraza a “Dios” -lo pongo entre comillas porque me refiero al “Dios” explicado con conceptos teológicos elaborados a partir de deducciones-. El Ángel le revela muchas cosas, pero no un tratado de teología. En el siguiente versículo, el evangelista hace teología recordando la Biblia, definiendo a Jesús como “Dios con nosotros”. Pero en el versículo anterior, en que Mateo cita las palabras textuales del Ángel, escuchamos un lenguaje más básico, más de Dios adaptado al carpintero que eligió como padre de su Hijo. El Ángel le dice que no tema abrazar personas, a María, al Espíritu Santo, al Niño -poner el Nombre de Jesús es abrazar su vida y su misión-, al pueblo fiel al que ese Niño salvará. El lenguaje de Dios es lenguaje de abrazos y de nombres concretos. Y San José lo entiende perfectamente. Esa es la concretez del discernimiento que permite que la Palabra se haga carne, en personas y situaciones concretas. No es la palabra abstracta que se queda en los libros sino la palabra que uno encarna con sus decisiones de jugarse por las personas, a veces incluso más allá de la ley que manda apedrear o repudiar en secreto. 

Cuántos repudios en secreto abortan la encarnación de Jesús en la vida! 

Cuántos repudios secretos hechos por hombres justos que no disciernen sino que aplican automáticamente normas que se han alejado de la vida concreta de la gente, con la que uno “se encuentra” en situaciones siempre difíciles, complicadas, que requieren no tener miedo a abrirse al discernimiento para que Dios pueda meterse allí, en el pequeño espacio que le brinda un simple pesebre.

San José se hizo cargo de las personas -de María y de Jesús-. Terminó en que sólo puedo brindarles un pesebre, una estructura provisoria (no sólida como un templo ni como un tratado de teología dogmática o moral-. Sin embargo, allí Jesús nació. Y en los ambientes provisorios que José le fue brindando, en pesebres, casas para refugiados, casita humilde pero propia en Nazaret, el Niño fue creciendo en estatura y gracia, delante de Dios y en medio de su pueblo, al que había venido a salvar. Si no hubiera tenido el coraje de discernir cada vez cual era la estructura provisoria en la que tener consigo a María y a Jesús, San José se hubiera quedado fuera de la historia (y Jesús, fuera de nuestra vida).

Diego Fares sj

En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: ¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?

Y Jesús les respondió: Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y dichoso el que no se escandalice de mí.

Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: “Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparándote el camino”. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.

Contemplación

“Alégrense!” Así dice el Introito al tercer Domingo de Adviento -el domingo de “gaudete”, el domingo de la alegría. Se trata de una alegría en medio de la lucha de la vida, no de esas “alegrías-en-burbuja” que nos vende el mundo de hoy, en el que para divertirse hay que encerrarse de modo de no ver a la gente que sufre. La alegría de Jesús -porque Èl es la fuente de nuestra alegría- es una alegría evangelizadora, la alegría de compartir la Buena Noticia con los pobres. Ante la pregunta de Juan el Bautista, que está en la cárcel, la respuesta de Jesús, haciendo ver a los que envió su primo que los pobres son evangelizados, bien podría sintetizarte en lo que el Papa Francisco nos dice a todos en Evangelii gaudium: “¡No nos dejemos (no te dejes, Juan) robar la alegría evangelizadora!” (EG 83). 

La frase del Señor es “dichoso el que no se escandaliza de mí”. En nuestro mundo tejido por la publicidad la fábrica de escándalos está siempre activa y descorazona a la gente sencilla con noticias permanentemente escandalosas. Más allá de que contengan verdades, el mecanismo es perverso. Decía la Madre Teresa: “No permitan que ninguna cosa los llene de tristeza”. Una vez charlando con el Papa Francisco acerca de una serie de noticias malas y de gente que daba y sembraba escándalos, le pregunté cómo hacía para no perder esa paz tan linda que tiene y transmite. “Hay que consolarse con los buenos”, me dijo. No es trata de negar lo malo sino de combatir el mal con el bien, y siempre hay ejemplos de gente buena, especialmente la más pequeña, que si uno fija en ellos la mirada, hacen que el corazón se llene de alegría. Con esa alegría dentro, con el corazón rebosante del bien que hace alguna persona buena, uno enfrenta las noticias escandalosas con otro espíritu.

Hay que saber discernir. El mal espíritu te dice cosas como: “no te podés alegrar si pasa esto (en la iglesia, en el país, a tu alrededor…)”. Sí que me puedo alegrar! Puedo beber de las tres fuentes de la Alegría: la fuente que es Jesús, que me alegra porque siempre “está cerca”; la segunda fuente, en la que se derrama Jesús, y que es la fuente de la esperanza: el Señor me alegra haciéndome “esperarlo”; y la tercer fuente, que es pequeñita, la fuente que son los pobres, las personas más humildes que me encuentro durante el día. Ellos son la fuente – la única fuente- de la que puede beber un sorbo de alegría, un hálito del Espíritu de Alegría. Las otras dos fuentes son las que proveen el agua viva, son la vertiente y el manantial. Pero la botellita con mi alegría para el momento, solo la distribuyen los pobres, los pequeños. Debo recibirla gratuitamente, como limosna de alegría. No es la Alegría de Dios una alegría que pueda comprar para almacenar. Esto es importante: mi ración de alegría para hoy no la tengo yo sino que la tienen otros: la tiene esa persona a la que me será dado acercarme en nombre de Jesús. Para recibir de ella, como discípulo, el sorbo bendito de alguna verdad con que el Maestro me quiere evangelizar o para brindarle mi caricia y ayuda como buen samaritano socorriéndola con misericordia en alguna necesidad que tenga. La alegría de Jesús para  mí está en las manos y en los ojos de los otros y es para que a través de mis manos y de mi mirada llegue a otros.

No hay mucho más que decir, sino exhortarnos mutuamente a salir a buscar y a dar la ración de alegría que el Señor quiere darnos y que repartamos, entre la gente, en medio de nuestra vida.

Solo una ayuda, una clave para ayudar a despertar el sentido del discernimiento espiritual. Hemos dicho que la frase central es “Dichoso el que no se escandaliza de mí”. Para mostrar lo que quiero decir tengo que usar varias frases.

1. La alegría evangelizadora tiene como enemigo principal al escándalo.

2. Un dato del lenguaje:  cuando los medios hablan de escándalos suelen usar expresiones como “un escándalo de proporciones”. Esta es la palabra “proporciones”. Luego agregan “grandes”, mayores, y hasta “siderales”. 

3. Lo que queda “sugerido” es que “hay mucho más de lo que se ve”. De hecho esto es propiamente lo dañino del escándalo: se trata de un mal cuya dinámica es expansiva, no queda encerrado en un hecho o en un responsable, sino que lo “cualitativamente corrupto” que contiene corrompe todo lo que toca y va más allá.  

4. El Señor opone a la fuerza del escándalo la fuerza de la alegría evangelizadora. Ella tiene esa dinámica que el escándalo trata de imitar: la alegría evangelizadora es cualitativamente inmaculada, incorruptible y contagiosa. Y a partir de los pequeños a los que llega con su misericordia y su alegre anuncio que da esperanza, se expande a toda la gente y a toda la creación. Jesús dice a los enviados de Juan:  “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Se trata de personas concretas a las que el Señor sanó y predicó el Evangelio. Y al ver lo que Dios es capaz de realizar en una persona, todos recibimos la gracia de creer que Dios puede hacer maravillas en nuestra vida. La dinámica expansiva parece la misma, solo que la dinámica del escándalo es “parásita” y por eso “un escándalo reemplaza a otro”. En cambio la dinámica de la alegría se sustenta por sí misma y no se pierde ni es reemplazada sino que se suma positivamente y crece de verdad en cada uno que la recibe. Es una alegría que nadie nos puede quitar ni robar (salvo que por falta de discernimiento dejemos que nos la escamoteen en el momento presente). 

5. El Señor muestra este “realidad” de la alegría que él trae con un juego en el que invierte las proporciones: dice que Juan es el más grande de los profetas y luego dice que el más pequeño en el Reino es más grande que él. Cómo es esto? Es que todo se centra en la Persona de Jesús: Él es el que da las verdaderas proporciones a todo! Juan es el más grande de los profetas porque lo tuvo más cerca a Él. Y el más pequeño en el reino es más grande que Juan porque recibirá más beneficios de la cercanía de Cristo muerto y resucitado. La dinámica que hace crecer es la de la Alegría que da Cristo, en sí misma plena y desbordante, Alegría que hace grande al pequeñito que se deja evangelizar por ella.

Diego Fares sj

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,  a una virgen que estaba desposada con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José.  El nombre de la virgen era María.  El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: – ‘¡Alégrate!, Llena de gracia, el Señor está contigo.’ 

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 

Pero el Ángel le dijo: – ‘No temas, María, has hallado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo.  El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,  reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.» 

María dijo al Ángel:  – ‘¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?’

El Ángel le respondió:  -‘ El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.  También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez,  y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.’ 

María dijo entonces:  -‘Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.’ 

Y el Ángel se alejó  (Lc 1, 26-38).

Contemplación

            Alégrate! Llena de gracia! el Señor está contigo! Qué lindas palabras! Las repetimos y nos alegra pronunciarlas con la boca en cada Ave María. 

Es admirable cómo el saludo del Arcángel Gabriel quedó grabado para siempre en la memoria de la Iglesia. Las suyas son palabras que aprendemos de niños, de los labios de nuestras madres y abuelas. Son palabras que atesoran en sus rosarios las mujeres más sencillas del pueblo fiel de Dios, cuya fe quizás no está muy ilustrada con conceptos teológicos, pero sabe de personas y cuando miran a nuestra Madre, la Inmaculada, no necesitan otras palabras que las de ese saludo para que se les “ilustre” la mente y se les encienda el corazón: Salve, Madre Llena de gracia, el Señor es contigo.

             En la fiesta de la Inmaculada es lindo pedir la gracia de participar de su llenura de gracia. Ella está repletita como un cuenco de la gracia del Espíritu, y se derrama con gusto, bendiciendo y regando el alma de sus hijos que se lo solicitan con amor y verdadera necesidad. Saberla Inmaculada nos consuela. 

            Nos es verdad acaso que la imagen que está instalada en el mundo es que todos los que llegan al poder o son corruptos o se corrompen? Lo mínimo es que al menos alguna mancha de corrupción los toca. Y estamos como resignados a tener que movernos en el terreno pantanoso de “lo que hay”. De manera tal que la división es entre los que ven todo en blanco y negro y los que apuestan a los grises.

            En María, sin embargo, tenemos algo distinto a todo. Con un rol muy sencillo en lo exterior, pero fecundo y decisivo, tenemos a Alguien incorruptible. Incorruptible no como un súper héroe al que le rebotan las balas sino incorruptible con la simpleza de un “sí” sin más. Un sí suave, en voz baja, apenas pronunciado, pero nítido y rotundo como el sonido de una campana. Sí a Jesús. Y lo lindo de este sí no solo es que Ella lo dijo sino que al decirlo lo volvió posible. Eso es lo que cree con fe infalible el pueblo fiel y por eso la quiere tanto a María, por eso la adorna y la embellece y le canta y la lleva en andas y le reza día y noche. A nuestra Madre y Señora la queremos como persona, ciertamente, pero no como persona en el sentido individualista del “yo con mi vida hago lo que quiero”, sino como persona que dice sí a todos y se vuelve comunitaria. En su caso, Madre de todos, hermana, discípula… Su personalidad es expansiva hasta alcanzar los márgenes de la Iglesia entera, hasta hacerse una y diversa adoptando los rostros de cada pueblo que visita y en el que se queda, como un árbol que hecha raíces y cobija con su sombra a los peregrinos.

            La vemos en el cuadro de “la que desata los nudos” con angelical concentración en su tarea, gozando interiormente del lío que desarma, simplificándonos la vida a los que nos confiamos a su poder descomplicador. 

            A veces el título de Inmaculada se centra -quizás demasiado- en el pecado, en las manchas del pecado. Es claro que María está lejos de la negrura de cualquier maldad y no la roza siquiera la sombra de esa serpiente a la que pisa la cabeza. Sin embargo, caigo ahora en la cuenta, no es la suya una blancura de alguien que camina por los mármoles de palacio, sino que tiene los pies bien sobre la tierra y a la serpiente pisada es signo irrefutable de que el mal siempre está ahí. No la roza no porque no le afecte, al contrario! – quién sufre más que la Inocente! – sino que no la toca porque interiormente tiene decidido su sí de modo inquebrantable. El mal y el pecado la afectan y la hieren, lo que no logran es hacerla vacilar en su sí. El mal afecta todo y puede destruir todo pero solo puede hacer nido en nuestro sí, en nuestra libertad. Allí hace alianza y se propaga corrompiendo. Si no logra hacer alianza, siempre es posible reconstruir lo que destruyó a su paso, siempre es posible “desatar” el nudo que él ató y engarbulló. Esa es la imagen de la paciente y alegra Desatanudos. Es su confianza en el sí la que le alegra el rostro y la hace desenmarañar la “galleta”, como la llama el Papa Francisco, sin ansiedad ni preocupación. Llevará lo que lleve pero María sabe que desatará el nudo y la vida irá adelante como lo quiere Jesús, según el plan del Padre que ordena todas las cosas para el bien de los que ama.

            Desatar nudos es una de las gracias que emana del ser inmaculada. Es uno de los efectos de su ser inmaculada. Un efecto no sobre el pecado en sí mismo, sino sobre las situaciones que se complican.

            Porque su sí es limpio y cristalino, sin doblez, puede Ella desenmarañar todo lo que se enredó y complicó. Esas situaciones en las que uno dice “esto no lo arregla nadie”. Quién puede desenredar una relación en la que una posición dura suscitó otra y se mezcló con una ofensa o con un desdén hiriendo las fibras más íntimas y usando cosas que no se tenían que usar ni venían al caso. Esas historias en las que una cosa llevó a otra y todo quedó mezclado y malentendido, de modo tal que lo único sano es dejar el ovillo como está y no tocar nada porque si tocamos nosotros y tiramos del hilo equivocado solo logramos enredar las cosas de peor manera. María sin embargo, alegremente, toca el hilo justo en el momento justo y va dando vuelta las cosas de modo tal que hace posible las cosas imposibles. Le confiamos a Ella, por tanto, todo aquello en lo que no podemos meter mano porque lo empeoramos. 

            Unir la Inmaculada con la Desatanudos es una operación contemplativa a nivel de imágenes primordiales. Guardini en su ensayo sobre “La esencia de la obra de arte”, habla de las imágenes primordiales sobre las que se estructuran todos nuestros imaginarios. Son imágenes como el camino, el horizonte, el círculo, el fiel de la balanza… y el hilo. El hilo de la vida, decimos y uno sabe a qué se refiere. Es una imagen “operante”, que toca las fibras más íntimas de todos. 

            La imagen del hilo evoca lo más simple, como es ir de un punto a otro, atar algo, tejer, perder el hilo de una conversación…, y también evoca lo profundo, el hilo de la vida que tiene un comienzo y se puede cortar en cualquier punto, frágil en sí mismo. El mito de las Parcas expresa esto: ve la vida bajo la imagen de un hilo que las Parcas hilan, desarrollan y por fin cortan. Según eso, la vida aparece como algo empezado y continuado por poderes desconocidos; algo en que únicamente se ve lo que es, y no lo que viene; que puede estar liso, pero también tener nudos y enredarse; que es débil, amenazado de ruptura y, sin embargo, soporta muchas tensiones; que, en definitiva, lo concluyen los mismos poderes que lo comenzaron. Con esa imagen se interpreta la existencia, no con conceptos científicos sino con un sentir vivo. 

            En este nivel se pone la imagen de María que desata alegre y pacientemente los nudos. Y lo que hace es mostrar que el mito de las Parcas, que rige nuestro imaginario tecnocrático, no es la única ni la más profunda expresión de lo que esta imagen del “hilo de la vida” contiene. 

            Algunos ejemplos de cómo se instrumentaliza esta imagen primordial del hilo. Hace poco un científico (un tal Lezcano Araujo, investigador y biólogo de la Universidad de México), expresaba así algo que muchos piensan: que “un embrión es una masa de células vivas que no son una persona, no tienen derechos sociales”. 

            Lo de “masa de células” no es un concepto sino una imagen, que opera sobre nuestro imaginario evocando una maraña, un embrollo de células, con los que se quiere identificar el comienzo de la vida como algo sin unidad, sin historia, sin derechos sociales. En realidad en el embrión los hilos de “la cadena del ADN” no es ninguna masa informe  ni ningún ovillo enredado de células sueltas sino algo único y preciso que se define más y más a cada momento desde un centro que permanece idéntico a sí mismo y a partir de allí despliega su historia, primero biológica, que es base que posibilita su historia social y espiritual. A eso único que es un hijo la madre le dice un sí y en diálogo con ese sí lo que biológicamente es único comienza a desarrollarse como persona en relación, primero familiar y luego social.

Otra imagen: la del progreso tecnológico como algo que “no se puede detener”. Este lugar común de que el progreso “no se puede detener” contiene la imagen “lineal” de algo que siempre va adelante y que es acumulativo, siempre hacia algo más perfecto. Esta imagen tecnológica se impone en muchos ámbitos y arrasa con todo lo humano, ya que el progreso humano es lineal en algunos aspectos pero en otros no. En muchos ámbitos necesitamos reconcentrarnos, detenernos, esperar a que avancen los otros miembros de la familia o de la sociedad. Tampoco es un progreso infinito, ya que somos mortales. Por eso un mundo en el que la técnica cambia siempre nos va resultando extraño, nos deja atrás y no permite educar a los hijos humanamente.

Detrás de estas dos imágenes, de una biología que es una maraña inextricable de hilos que se mezclaron por casualidad y de una tecnología que progresa siempre de manera clara y cada vez más perfecta, hay una intención política: un modelo tecnocrático que se va imponiendo como reino de la racionalidad frente a la “posibilidad de corrupción” de los seres humanos. Sin embargo, nada más “irracional” que un progreso lineal que atropella todo en su carrera inhumana, y nada más racional que un “sí” humano, que se compromete con la vida y frena todo lo demás con tal de cuidarla y amarla.

            En las manos de alguien como María, la mujer del sí, el hilo de la vida adquiere otra densidad, otras posibilidades. No estamos en las manos de las Parcas sino en las manos de María!

            La fragilidad del hilo de la vida es tratada con ternura y se convierte en resistencia, como la de un hilo de acero. 

            La pequeñez del hilo de cada vida, en las manos tejedoras de María, que saben tocar todos los hilos y encuentran a cada uno su lugar, según su textura y su color, se convierte en elemento capaz de alianza con los demás. 

            La simplicidad que hace único a cada hilo en las manos de alguien como María, sabias y expertas, proporciona la seguridad “material” de que se lo puede “desenredar” del más intrincado ovillo en que se haya enredado. 

            Contemplando el hilo de nuestras vidas en las manos de María la que desata los nudos, dejamos que esta imagen primordial le “hable” a nuestro corazón: 

El sí de María como Madre es el hilo conductor que reúne todos los sí que nos dijeron los que nos amaron, los que nos dieron la vida y nos educaron. Y desde esos sí podemos descubrir el sentido profundo de todo lo que nos pasó -siempre enmarañado exteriormente- y comprender que Dios nos ha tejido del derecho y del revés con Misericordia infinita y que es nuestra Madre la artesana que mueve esos Hilos misericordiosos con que Dios teje la historia.

            El sí de María como discípula es un sí al que podemos atar los nuestros de modo tal que nuestro seguimiento no pierda continuidad, ni memoria, ni esperanza.

            El sí de María como reina es un sí al que podemos unir los nuestros para tejer con Ella los lazos sociales de nuestra vida junto con la de los demás. Para que Ella dirija, descomplique y teja hermosamente nuestras vidas, dando a cada hilo su lugar según la  consistencia y el color de cada carisma, en ese tapiz comunitario que solo Ella, guiada por el Espíritu, es capaz de tejer: el tapiz de la vida como la soñó el Padre, como la hizo posible con su sacrificio Jesús.

Diego Fares sj

En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos:         

Como en los días de Noé, así será el Advenimiento del Hijo del hombre. 

Porque así como pasó en los días que precedieron al diluvio, que la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no sospecharon nada, hasta que sobrevino el diluvio y los arrastró a todos, así será también el Advenimiento del Hijo del hombre. Entonces habrá dos hombres en el campo: uno será tomado y uno abandonado; dos mujeres estarán moliendo con la muela, una será tomada y una abandonada. 

Velen, pues, porque no saben qué día viene su Señor. 

Sepan esto: si el amo de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, vigilaría y no dejaría abrir un boquete en su casa. 

Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora menos pensada viene el Hijo del hombre (Mt 24, 37-44).

Contemplación

Velen! dice Jesús. En el huerto de los olivos les reprochará cariñosamente a sus amigos:”No han podido velar ni una hora conmigo!” 

Velar es  más que vigilar. Lo incluye, pero es algo más. Se vigila sobre la puerta y las ventanas de la casa, para ver si están bien cerradas y atrancadas. Se vigilan los movimientos del enemigo, para tratar de prever cuando atacará. Se vigila que los empleados cumplan con sus tareas… 

Velar, en cambio, es cuestión también del corazón. Es pasar la noche en vela acompañando a la familia y a los amigos en un velorio; es pasar la jornada junto a la cama de un enfermo. Velar es estar atentos a que haya paz en la casa, que los chicos estén tranquilos, haciendo los deberes y jugando. Mientras hacen sus cosas, los papás y las mamás “velan”: levantan la mirada de tanto en tanto y comprueban si está todo bien, hacen un momento de pausa y escuchan los ruidos de la casa y de los chicos, a ver si no hay nada raro y si todo está transcurriendo en paz… 

Evangelii gaudium dice que hay que cuidar que haya “sal y luz en los corazones”. Así como los padres velan para que haya paz y alegría en la casa, así los pastores – y todos somos pastores de al menos alguna ovejita- debemos velar para que haya luz y sal en los corazones de nuestros corderitos y de las ovejas del rebaño que tenemos a cargo, en el corazón de la gente, en nuestra cultura, que es el corazón del pueblo de Dios. 

Al fin de este año, en el mundo convulsionado en que nos toca vivir, ciertamente no hay paz. No hay una guerra mundial, pero no hay paz en el mundo porque estallan conflictos todos los días, por muchos lados, y eso hace sentir que hay otros conflictos iguales que están latentes. Es la guerra mundial a pedazos, de la que habla el Papa. 

No hay paz en el mundo porque no hay justicia, hay mucha inequidad, pocos que tienen mucho y una inmensa mayoría que tiene poco y en muchos casos nada. Y el asunto es que esto, desde hace un tiempo, se ve. Se ve por todos los medios. Las “ofertas” del “black friday” hacen ver toda la producción que sobra y que se remata en estos días, y eso hace más patente y doloroso que tanta gente no tenga nada, que no pueda comer una buena comida, ni tener una casita confortable. 

Cuando no hay paz, la alegría se fragmenta. Hay solo momentos de alegría, burbujas de alegría, pero no hay alegría en la calle. Aquí es donde ayudan y dan esperanza -una esperanza chiquita, como la manito de la hermana menor de la Fe y de la Caridad- las imágenes de la sal y la luz. 

Velamos para que haya sal y luz en los corazones. Velamos la esperanza de que nazca Jesús en medio del mundo miserable e inequitativo en que vivimos. Y para eso armamos pesebres con el poquito de sal y de luz que tenga cada familia y cada pequeña o gran comunidad en el interior de sus corazones y estructuras de bien, en las que compartimos la vida. Velamos y protegemos esta sal y esta luz haciendo pesebres, haciendo huequitos de solidaridad y amor allí donde cada uno pueda, en medio de este mundo injusto, agresivo e indiferente.

Preparar estos pesebres es la tarea del mes, la primer tarea del Adviento.

Se nos invita a crear condiciones para que haya luz y sal en la mesa y en los corazones en Nochebuena. Para que tenga gusto rico lo que se comparta, poco o mucho, y haya luz que ilumine la noche y los ojos de los niños y de los ancianos y los de los que los cuidan.

También es linda la imagen del Arca. Estoy leyendo la poderosa novela de Richard Powers sobre los árboles que están “desapareciendo” en nuestro planeta. Se llama “The overstory” –“El clamor de los bosques”, en castellano-. Uno de los personajes crea una fundación para conservar en un “Arca” las semillas de las especies que desaparecen. El problema, piensa -no lo dice, pero lo piensa una persona muy sencilla que la ayuda-, es quién las querrá plantar!

El comienzo del Adviento es de transición y el año pesa en lo que pasó. En la semana de Navidad tiene más peso el presente, con las fiestas y los regalos, y lugo, rápidamente pasamos al año nuevo, a lo que se nos viene por delante en el 2020. La imagen del Arca puede ayudar a rebobinar el año que termina y ver lo que es semilla. Es decir, lo que vivimos y no fue simple objeto de uso o de consumo, sino que es planta viva que dio fruto y quedó semilla. 

Una actitud realista y esperanzadora frente a las semillas la da otro personaje del libro: un padre que le enseña a su hija a plantar árboles. La hija, de grande, recuerda las preguntas de su papá: – “Cuál es el mejor momento para plantar un arbol?” le preguntaba cada año. Y él mismo respondía: “20 años atrás!” Pero enseguida hacía la otra pregunta: “Y el segundo mejor momento? Cuándo es?” –“Ahora”, responde la hija haciendo memoria de la primera vez que respondieron al unísono, porque ya había aprendido el juego de las preguntas. 

Cuál es la mejor Navidad? nos preguntamos. Y cada uno puede responder pensando en las que se le pasaron y no sembró o no cultivó la semilla que le regaló el Señor y que hoy podría ser un hermoso y gran árbol de santidad en su vida. Para el mundo, quizás la de 1999, cuando comenzaba el milenio! Pero la segunda mejor Navidad es esta, el segundo mejor Adviento es el de este mes. Y si debemos sembrar una santidad cuyos frutos no veremos nosotros, mejor. Porque la pequeñez de nuestra breve vida, que nos iguala a todos en su vulnerabilidad, es un buen lugar para que se ensanche la Esperanza, que al fin y al cabo es lo que tiene que crecer -la esperanza es el Arca y el pesebre-, ya que la semilla y el fruto, que es Jesús, siempre llega a nuestra vida como gracia, nos lo regala cada año nuestro Padre, ese Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez.

Diego Fares sj 

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