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            Le dice Juan: Maestro, vimos a uno que no anda con nosotros, expulsando  demonios en tu Nombre, y se lo prohibimos.

            Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi Nombre y pueda enseguida hablar mal de mí.

            Porque el que no está contra nosotros está con nosotros.

            El que les dé de beber un vaso de agua en Nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. 

            Y al que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi Nombre, sería mejor para él que le colgaran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

            Si tu mano te es motivo de escándalo, córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible.

            Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

            Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue(Mc 9, 38-48).

Contemplación

            En torno a la cuestión del Nombre de Jesús, que Juan siente que algunos están utilizando sin derecho porque “no son de los nuestros”, dice, resulta conmovedor ver cómo el Señor no tiene miedo a ser mal utilizado. Al contrario, expresa que “si uno hace un milagro usando su Nombre, después no podrá “hablar mal de Él”. Es decir que Jesús confía en el poder sanador de su Nombre cuando uno lo usa para hacer el bien: predicar en su Nombre, expulsar un mal espíritu, hacer una obra de misericordia -dar un vaso de agua a un pobre en Nombre de Jesús-. 

            Jesús es “nombrable”. Podemos ponerle nombre a sus sentimientos, a sus pensamientos, a las acciones que realiza… Podemos poner Nombre a todas sus cosas en el sentido de que se pueden concretizar y comunicar claramente. No hay nada encriptado en la vida del Señor, nada que no se pueda narrar para compartir. El es “imagen del Dios invisible”, rostro humano de Dios, revelación del Padre. 

            Me gusta expresarlo diciendo que todo lo de Jesús es “evangelio”: se puede anunciar y es buena noticia que ilumina los ojos y hace bien al corazón (todo lo contrario de los discursos que en vez de ser evangelio son escándalo, piedra de tropiezo, que enturbian la mirada y amargan el corazón).

            Cuando alguien como San Alberto Hurtado se pregunta “Qué haría Cristo en mi lugar”, las respuestas que obtiene esta pregunta, sea cual sea la situación en que se formula, son claras y precisas, están todas en el evangelio:  cada parábola del Señor, cada paso de su vida, son respuestas concretas para cada situación actual que nos toca vivir a cada uno. 

            Hacer las cosas en Nombre de Jesús comienza siempre siendo un buen deseo, que luego se convierte, en medio de la acción, en criterio para ir rectificando y mejorando lo que hacemos. Eso es lo que quiere decir que “después no podemos hablar mal de Él”. Cuando ponemos en práctica el mandato evangélico de dar de beber al sediento, cuando, en algún momento de nuestra acción, ponemos la intención deliberada y voluntaria de hacerlo en Nombre de Jesús, haciendo sentir al otro que hay Alguien más que nos ama, a él y a nosotros, el “sello” que imprime invocar a Jesús en algo que hacemos, perfecciona, nuestra acción, la completa, en el sentido de que, aún con imperfecciones, es una acción abierta a una bendición especial. Las obras hechas en Nombre de Jesús son perfectas porque el Señor se hace cargo de ellas.

            Ahora bien, hay algo más grande aún que esta bendición sobre las acciones hechas en su Nombre y es el hecho de que el Señor nos permita, más aún, nos aliente, a hacer cosas en su Nombre. Nos invita a que nos juntemos a rezar -dos o más- en su Nombre, nos anima a perdonar en su Nombre, nos manda a realizar obras de Misericordia en su Nombre. Este es el punto. Digamos que Jesús no es celoso de su marca, no elige gente especial para que obre en su Nombre sino más bien lo contrario, elige a los pequeños de este mundo. Y además de elegir a los que no contamos socialmente, no prohibe que otros que ni siquiera conoce, usen su Nombre. 

            Es la práctica misma la que justifica que se utilice su Nombre. Y justifica a posteriori, por los frutos. Comercialmente sería algo así como lo que hacen los que fabrican programas de computación con codigo abierto e incorporan las mejoras que hacen los mismos usuarios, cosa que tiene su lógica comercial. Pero el Señor comparte también los beneficios! No utiliza su marca como una aspiradora de mejoras para provecho propio, sino que todo lo que se hace en su Nombre fructifica para los demás, tiende a convertirse en puro don, en un don que llega siempre a más personas. 

            En esto debemos ser cuidadosos los cristianos. No somos los “controladores de aduana” ni los “dueños de la patente”. 

            Más bien la actitud es la contraria: debemos aprender de todos los que, por inspiración del Espíritu Santo, hacen mejor que nosotros “obras cristianas”.          El discernimiento no consiste solo en “optar” nosotros, sino también en “canonizar” lo que otros han optado y lleva el sello de lo enseñado por Jesús. 

            En ese sentido “no prohibir” hacer cosas buenas en Nombre de Jesús es la cara opuesta de “hacer tropezar o paralizar (escandalizar) a los más pequeños”. Hoy estamos llenos de noticias sobre escándalos sexuales y viene bien el evangelio de hoy acerca de que sería mejor para él el castigo humano más severo -el atarle al abusador una piedra de molino y tirarlo al mar-. Sería mejor que lo que le espera ante la justicia de Dios. 

            Es fuerte esto que dice Jesús! Está hablando de que nuestro Padre misericordioso y Él mismo, que es capaz de dar la vida por los pecadores, van a ser más severos que la justicia humana más dura! Dice que cuando nuestro pecado escandaliza a los más pequeños, la misericordia consiste en que nosotros mismos no seamos misericordiosos con aquello nuestro que daña a los demás y que lo mejor que nos puede pasar es que nos condene nuestra comunidad y la justicia, aunque sea un castigo terrible como el de la piedra de molino, y no que nos lo dejen pasar, porque será peor para nosotros caer en las manos del Dios vivo. 

            Actualmente interpreto esto como un poner las cosas en manos de la justicia civil -además de la eclesiástica-. Esto contra una idea que se fue apoderando del imaginario (no solo cristiano, sino en muchas culturas) de que como “la policía y la justicia civil tienen sus propias fallas, es mejor no hacerlas intervenir”. El evangelio de hoy iría por el lado contrario: mejor que te agarre la policía!

            La imagen de la justicia humana como despreciable suele ir junta con una mala idealización de la misericordia divina: tiene como trasfondo también la idea de una misericordia divina “individualista” y “puntual”, una imagen que no tiene en cuenta las incidencias sociales y temporales de la miseria y de la misericordia.

            Contra esto que está tan instalado, el evangelio nos orienta para otro lado. Queda clara la imagen de que el bien no tiene dueño humano: el Nombre de Jesús “recapitula” todo bien que se hace en esta tierra, no importa quién lo haga, no importa qué títulos tenga ni si tiene todos los papeles en regla. 

            La otra imagen es la del mal que escandaliza a los pequeños, el mal con efecto de rebote, que afecta la fe y la vida de los más sencillos: este mal escandaloso es digno del infierno si no se castiga en esta vida. 

            En el mismo pasaje San Mateo agrega una frase del Señor que invita a la reflexión: es inevitable que haya escándalos. Pero hoy en día no solo hay hechos escandalosos sino que los escándalos han subido de nivel y nos encontramos sumergidos en algo análogo a lo que sucede con el dinero en el mundo de las finanzas. Así como la especulación financiera gana dinero haciendo trabajar el dinero que otros ganaron con su trabajo, así también hay algunos que mediatizan los escándalos y hacen escándalo con los escándalos. Utilizan de manera escandalosa los escándalos. 

            En un primer momento, puede parecer que el destapar ollas es un servicio a la verdad, pero luego de un tiempo (a veces no necesariamente corto) se ve que una cosa es destapar una olla y otra volcar ollas hirvientes de escándalos y prender el ventilador para enmierdarlo todo. Esto es otra manera de “tapar escándalos reales” y de no querer solucionarlos. 

            Cómo discernir? No se puede discernir “en abstracto”, comparando noticias con noticias. 

            Sigue siendo el criterio “el Nombre”.

            Jesús acepta con gusto que se use su Nombre para obras de misericordia concretas, para sanar heridas concretas) y rechaza a los que usan su Nombre para otras cosas. Rechaza a los que lo usan para llenarse la boca diciendo Señor Señor sin amarlo de corazón y con obras. Rechaza más duramente a los que usan su Nombre para hablar mal del prójimo y rechaza mucho más a los que, con el uso que dan a su Nombre, escandalizan al pueblo fiel de Dios. Arrancarse una mano, dice Jesús. Morderse la lengua, dice el Papa… Cerrar los oídos a lo que te envenena el corazón, dice la gente sencilla. Si uno gusta el Nombre de Jesús y comulga con Él y lo invoca cotidianamente, el Espíritu le hará sentir inmediatamente y si lugar a dudas, si una acción o una palabra o un sentimiento es digno de llevar ese Nombre bendito o, por el contrario, lo rechaza.

Diego Fares sj

Dueño de Casa.jpg
Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará. Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿Qué discutían por el camino? Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37). Contemplación Toda la escena se concentra en la Palabra “recibir”. Jesús despliega una verdadera liturgia de gestos para hacernos entender lo que nos quiere enseñar. La suya es una Escuela de afectos, no de conceptos abstractos. Escuela en la que el Maestro nos enseña qué sentimientos tiene el que creó nuestros corazones. Recibir a un niño, recibir el Reino, recibirlo como la tierra buena recibe con gozo la semilla de la Palabra,  recibir a los discípulos que Jesús nos envía, recibir su paz. Recibirlo a Él y en Él al Padre que lo envió a nuestra vida. Recibir al Espíritu Santo, que los Dos nos envían cada día, cuando discernimos algo que quieren, algo que les agrada que llevemos a cabo. (El Papa dijo a los jesuitas de Irlanda que así como Jesús está en la Eucaristía, cuando hacemos un discernimiento, el Espíritu Santo está allí, presente, actuando). Recibir al Niño Jesús como lo recibió el anciano Simeón,  tomándolo en sus brazos lleno de la alegría, bendiciendo a Dios que le había cumplido sus promesas. Recibir… Recibir es una de las palabras preferidas de Jesús. Hace juego con “tomen” -tomen y reciban- que es suPalabra Eucarística, la que usa para dársenos como Pan, para darnos su Cuerpo y su Sangre. Recibir no es recibir así nomás. Recibir es recibir evangélicamente: Es abrir la puerta y dar al huésped una cálida bienvenida. Es mostrarse favorable, receptivo, acogedor, hospitalario. Es recibir como el Padre Misericordioso a su hijo pródigo: Es abrazar al que regresa mal, darle una acogida entrañable, llena de cariño y alegría. Una acogida paternal. A Jesús le gustaba ser recibido así por sus amigos, cuando iba a casa de Lázaro, de Marta y de María. Así lo recibió Mateo, el publicano, en su casa. Y Zaqueo. Y el pueblo de la Samaritana, donde se quedó unos días. Recibir es no rehusar el contacto, no rechazar, no dejar al otro afuera ni tenerlo a distancia. Recibir es tomar consigo, hacerse cargo, como San José, cada vez que el evangelio nos dice que tomó al Niño y a su Madre, para ponerse en camino. En síntesis: recibir es la actitud afectiva que da un sentido personal al servicio. Cuando el Señor dice que el que quiera ser el más grande sea el último y se haga el servidor de todos no está hablando en términos funcionalistas. Ese ir al último lugar y ponerse a servir no es como el de un mozo contratado, que se mantiene en su rol, atento y distante a la vez. Es el servicio que brinda el amigo que te recibe haciendo el asado y atiende el fuego y la carne de manera tal que se puede compartir un vaso de buen vino y conversar amigablemente, todo al mismo tiempo. El servicio del que habla el Señor, incluso el servicio humilde de lavar los pies, tiene que ver con este espíritu del que invita a un asado. Cuando el Señor usa la imagen de que Él está como el que sirve, la imagen no es la de un empleado, sino la del Dueño de casa que sienta a la mesa a sus amigos y los sirve mientras conversan. Esta mezcla tan especial de servicio y amistad, de diálogo en medio de un trabajo que no es “trabajo para ganarse el pan” sino trabajo de compartir el pan, es la expresión más alta del amor de Amistad. El Papa Francisco lo expresa cuando hace ver que: “Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora”. Y agrega que: “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor” (GE 29-31). Para enseñar esto, el Señor “se sentó” como un Maestro de escuela y solemnizó la lección: “llamando a los Doce”, acercó a uno de los niños de la casa, lo puso en medio de ellos y abrazándolo les dijo: Quien recibaa uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado. Así como antes los había llamado para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, ahora los llama al servicio. Pero a un tipo especial de servicio: el que realiza uno que invita a sus amigos a un asado, no al servicio que hace un empleado o un funcionario. Tampoco se trata de un  servicio con distinción de clases sociales: de esos que consideran que servir desde un sillón te hace más que el que sirve caminando. De hecho la palabra diácono significa “levantar polvo por salir corriendo a servir”. Pensaba que cuando la misa dejó de ser un asado en el que se juntaban las familias a compartir y a conversar -y la Palabra de Dios era motivo de charla apasionada entre amigos), el cristianismo empezó a perder algo muy suyo. Los que estudian la relación entre la arquitectura y la religión, afirman que los grandes templos que los emperadores romanos dieron o construyeron para la Iglesia, la fueron domesticando. Esos grandes espacios hicieron que el Dueño de casa entrara en procesión y se sentara en lo alto de la cátedra. Eso hizo que en vez de los abuelos y los chicos, se sentaran a su lado “los de la corte”. No voy contra los templos en cuanto productos culturales, lo que digo es que cuando lo que la costumbre crea te diluye el espíritu, hay que sacudir el polvo de los pies e inventar otras estructuras. El papa lo dice en Evangelii gaudium: “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin « fidelidad de la Iglesia a la propia vocación », cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26). Y por eso propone: “Una impostergable renovación eclesial: Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto preservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (GE 27). Si la imagen final de Jesús es, en esta tierra, la del que lava los pies, y en el cielo, la del que sirve el asado, la imagen del Papa, del Obispo y del cura no puede ser la del Rey, el Príncipe y el patrón de estancia. Si el Señor enseñaba confrontando su Palabra con la vida cotidiana de la gente -enseñaba en el camino, subido a la barca, en la montaña y entrando en la casa de la gente y en la sinagoga del pueblo- la imagen del que se dedica al Evangelio no puede ser la de uno que abstrae (separa) la Palabra de la vida para conservarla en su pureza conceptual. La Palabra se hizo Carne (y volvemos a la imagen del asado) y no se contamina por que uno “charle con todos”, con los que piensan igual y con los que piensan totalmente distinto. Por supuesto que “una palabra trae la otra” y cuando uno charla, por ahí se pierde “precisión dogmática”, como pasa cuando el Papa charla con los periodistas y nunca falta un buey corneta que salga titulando “miren lo que dijo el Papa!” y alguno se escandalice. Le pasaba a Jesús cuando tenía que salir al frente a explicar que por qué sus discípulos no se lavaban las manos o cómo es que había ido a comer a la casa de Zaqueo o se había dejado tocar los pies por la prostituta del pueblo. La historia sigue siendo la misma. Jesús, con su enseñar por el camino, dando testimonio de que Él venía a servir y no a ser servido, y con su enseñar sentado en casa, mostrando que la cuestión es servir no como empleado sino como Dueño de casa y mejor amigo- poniendo en el centro a los más pequeños, dividió, queriendo o sin querer, a la humanidad en dos grandes movimientos. Los del movimiento de “Discutidores sobre quien es el más grande” y los del movimiento “Alegres servidores de los más pobres y pequeños”. Si en la Iglesia hemos terminado “no viendo” que algunos cubrían a los abusadores, a los que, en vez de poner en el centro de atención a los más pequeños para servirlos -recibiendo en su persona a Jesús y al mismo Padre del Cielo-, los apartaban de la comunidad para abusar de su inocencia, es que en algún punto de estos dos mil años de cristianismo, cambió totalmente de dirección nuestro movimiento. El elitismo de los Discutidores acerca de quién es el más grande se apoderó de nuestras estructuras físicas y mentales y terminó arrastrando todo hacia el abismo al que lleva tomar la dirección contraria a la que lleva Señor. Como pueblo de Dios debemos agarrar para el otro lado, para el de los Alegres servidores de los más pobres y pequeños. No importa si para ese lado en vez de Templos hay hospederías. No importa si no podemos llevar muchos libros y por ahí se nos pierden algunas definiciones. La cuestión es que no se nos pierdan las palabras esenciales, como “recibir dando la bienvenida al Padre y a Jesús en la persona de los más pobres”. Lo importante es que no perdamos los ritos esenciales, como el de ir al último puesto y ponernos a servir, como hace todo aquel que invita a sus amigos a un asado. Diego Fares sj

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino los interrogaba preguntándoles:

« ¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron:

«Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió:

«Tú eres el Mesías.»

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.

Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo:

« ¡Sal! ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres.»

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo:

«El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Mc 8, 27-35).

 

Contemplación

Cuando se arma confusión en el corazón de Simón, escandalizado porque Jesús les enseñaba que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, el Señor llama a todos, al pueblo junto con los discípulos, y aclara bien que su lógica es la lógica de la Cruz.

El Papa Francisco nos lo recuerda cuando afirma que la lógica del discernimiento es la lógica de la Cruz. Como dice San Buenaventura refiriéndose a la Cruz: “Esta es nuestra lógica” (GE 174)”.

La aclaración del Señor a todos viene justo para este momento en el que muchos se sienten confundidos al ver las descalificaciones que sufre el Papa de parte de gente “seria” -de “ancianos, sumos sacerdotes y escribas” que es como decir de obispos, cardenales, teólogos y vaticanistas. No hay que equivocarse, la fidelidad a Jesús se la juega cada uno personalmente en la opción entre cargar la propia cruz o cargársela a otros, buscando chivos emisarios. Más que a las palabras que dicen los distintos grupos ideológicos y personajes, a lo que hay que estar atentos es a la cruz, a la lógica de la Cruz.

Qué significa esta frase? Qué quiere decir el Papa con esta expresión “lógica de la cruz”?

Lógica quiere decir una sucesión coherente de pasos, en los que una cosa lleva a otra. Las cosas tienen su lógica, decimos. Si no fuera así, no solo no discutiríamos sino que ni siquiera pensaríamos.

Hoy en día es común decir que hay que aceptar que haya distintas lógicas. Pero si le pensamos a fondo, lo que queremos decir con esto es que hay que respetar a las personas más allá de la lógica que sigan sus razonamientos. Es decir: hay muchas lógicas de ideas, pero una sola lógica profunda: la de las personas. La realidad de cada persona concreta es superior a las ideas.

La lógica de la Cruz de la que habla Jesús es una lógica que mira a su Persona: “el que quiera seguirme, dice Jesús, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz y me siga”. Es la lógica de ponerlo a Él como Persona por encima de todo, incluso de nuestras cruces. Por eso dice que la cruz hay que cargarla, no hay que quedarse aplastado por ella (ni mucho menos encajársela a otro), sino que hay que cargarla -abrazarla- y seguirlo a Él. Esto es lo importante. Esto es lo lógico ya que Él es el que más nos ama, el que nos viene a buscar si andamos perdidos, el que nos carga sobre sus hombros si estamos cansados, el que nos lava los pies y nos venda las heridas, el que nos perdona los pecados y nos enseña la voluntad del Padre. El es, en definitiva, nuestro Salvador. Cómo no va a ser lógico seguirlo, dejarlo todo por andar en su compañía!

La lógica de la cruz es la lógica del que sabe perder: del que saber perder lo menos importante para ganar lo más valioso. Es la lógica del comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos que hacen falta para hacerse cargo de las cosas. Es la lógica del padre y la madre que cargan con el peso que no pueden cargar los hijos porque pesa en ellos más el amor que las cosas.

La lógica de la cruz es la lógica del que da siempre un pasito más: no del más cuantitativo sino del más de la entrega más bella: con sonrisa más linda, con el ánimo más limpio, con la armonía y la paz en cada gesto. No hay que dejar de soñar con una entrega de sí más bella, dice el Papa Francisco.

La lógica de la cruz es la lógica del que encuentra siempre el paso justo  para permanecer -clavado- en su lugar misión. Del que se deja contener por el encargo que le fue encomendado y lo lleva adelante con fidelidad, sin mirar a los demás.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos necesarios para repartir y compartir. De la persona generosa y solidaria que sabe que cuando reparte el Señor lo multiplica.

Hoy en día, en que los discursos lógicos parten de supuestos distintos y te terminan llevando a donde no querrías, no basta con mirar a las personas (y no solo a las ideas abstractas). No basta con mirar la película y no quedarse con la foto. No basta mirar! Para pensar bien cada uno tiene que armarse cargando su cruz. El peso de la propia cruz será el que le de la clave para ver bien la realidad. No hay otra. Si uno se sienta como espectador terminará confundido, por más que recabe toda la información y escudriñe los ojos de los demás y trate de estar bien atento a su tono de voz. Solo el peso de la propia cruz activa el sentido del discernimiento.

La lógica de la cruz, el primer paso que nos invita a dar, es el de cargar la propia cruz. Y si por ahí uno no tiene clara cuál sea, se puede muy bien comenzar por darle la mano a alguien más pequeñito que tengamos al lado y ayudarlo a llevar su cruz. Estos dos pasos se equilibran mutuamente y a ellos se suma sin pensarlo dos veces el mismo Jesús, que a todo el que empieza a caminar cargando su cruz y ayudando a otro, le pone el hombro. Con estos paso, se aclara el panorama y uno empieza a distinguir -existencialmente- quiénes son los demás que llevan su propia cruz y quiénes los que disimulan, quiénes son los que están abocados a “sacarle provecho a esta vida” y quiénes los que intentan aprender cómo pueden cumplir mejor la misión que se les ha confiado en el bautismo, como dice el Papa.

Diego Fares sj

 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.

Él, apartándolo de la multitud, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:

«Effetá» (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían:

«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Ese sordo que apenas podía hablar somos nosotros. No tanto cuando hablamos en familia, con nuestros amigos más cercanos o de las cosas de trabajo de todos los días, sino cuando intentamos escucharnos y hablar como sociedad, de los temas que nos afectan a todos: la política, la religión, las leyes, la economía, las costumbres…: somos sordos que apenas podemos hablar. Y el único remedio verdadero, el único tratamiento para la sordera y el hablar mal, lo tiene Jesús.

Como el sordomudo, necesitamos que nos lleve aparte, a solas, que nos ponga los dedos en los oídos y nos toque la lengua con su saliva. Necesitamos que Jesús nos suspire y, mirando al Cielo, nos diga “Effetá” “ábrete!”, para que se nos abra la dimensión social del oído y se nos suelte la lengua y podamos hablarnos correctamente: como hermanos, como ciudadanos de un mismo pueblo, como seres humanos y no como bestias que se gruñen y como enemigos que se gritan y amenazan.

La gente decía admirada, en el colmo del asombro: Jesús todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Fijémonos que este milagro es El milagro. El milagro de oír y hablar bien es el milagro evangélico por excelencia. Cuando dialogamos entre nosotros, cuando nos escuchamos y nos hablamos bien, todos los problemas se encaminan: la vida se armoniza, el amor encuentra senderos, puede actuar. Por el contrario, cuando no sabemos dialogar, todo se empantana. Hasta las mejores intenciones fracasan cuando no “comunicamos” bien, como se dice hoy.

Cuáles son los pasos que sigue Jesús para curar al sordomudo? Podemos identificarlos y consolidarlos cómo un verdadero protocolo de comportamientos evangélicos a seguir, rigurosamente, para hacer frente a esta verdadera “tragedia humanitaria de sordera y hablar mal”, de gente que se grita, se insulta y se maltrata por los medios de comunicación, para hacer frente a esta guerra mediática de calumnias y difamaciones que inundan nuestros medios y nos hacen vivir en un clima de confrontación permanente, cada día por un motivo distinto.

Porque estamos en una guerra cultural. Una guerra que no se libra ahora con ejércitos de ocupación, con bombardeos y armas químicas sino con algo peor, con armas más letales. Se envenena a los pueblos y a las familias de modo tal que nos dividimos y atacamos entre nosotros. ¿No resulta extraño que se pelee en la misma familia por “temas” que “no se pueden hablar bien” porque cada uno siente que el otro no escucha?

Apartándolo de la multitud, a solas

Lo primero que hace el Señor es llevar al sordomudo aparte. Lo sacó de la multitud y se lo llevó a solas. Un ratito a solas con el Señor es el primer paso para escuchar bien y así poder hablar bien. No se puede si estamos todo el tiempo en medio del griterío y de las expectativas que fomentan los medios. Un ejemplo: En los encuentros del Papa con los periodistas, si uno está atento, siempre hay un momento en que Francisco le hace sentir al periodista que “están a solas”. Que le responde a él, como persona, no como representante anónimo de “lo que se dice”. Me recuerda al Señor cuando les pregunta a los discípulos “qué dice la gente de mí”. Y luego: Y uds. qué opinan? Lo mismo en su diálogo con Pilato: Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? Este momento a solas con Jesús, en el que uno pregunta por sí mismo con intención de hacerse cargo de lo que salga del diálogo, es esencial para escuchar y hablar bien: define quiénes son los que están hablando, define a los interlocutores. Porque la primera tentación del padre de la mentira, del Maligno, consiste en convertirnos en loros, en portavoces de ideologías y frases hechas que discuten entre sí a través nuestro. Irse aparte, mirarse a los ojos, hablar de a dos, privadamente, con el Señor y con un prójimo, es el primer paso para romper la sordera y la incomunicación.

Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua

Estos dos gestos del Señor son los de un médico, los de una madre que le limpia los oídos a su hijito y le lame una lastimadura con su saliva. Son gestos terapéuticos, íntimos, que van a la carne de la persona antes que a sus ideas. Es como cuando en una discusión en la que un hijo se encapricha y no puede salir de su enojo, el padre lo abrazo y lo besa hasta que se disuelve afectivamente la idea que lo ciega y encapricha.

Este paso afectivo, de tocar al otro, de curar con la propia carne, da testimonio de que no bastan las palabras sino que en la escucha y en el diálogo uno tiene que ponerse en juego como persona. El mismo Jesús que es La Palabra, el Logos, no convence ni enseña sólo con ideas sino que se hace Carne y habla con sus dedos y con su saliva!

Aquí cada uno puede detenerse a contemplar y a reflexionar acerca de lo que significa hablar con gestos de cercanía y de humanidad. Comparto solo dos indicaciones acerca de por donde podría ir la cosa, porque lo que se puede hacer materialmente con un hijo pequeñito, como meterle los dedos en los oídos y lamerle una herida, uno debe encontrar la forma de hacerlo de modo no invasivo con los interlocutores adultos.

Me ayuda pensar que “meter los dedos en los oídos” metafóricamente sería “remover un obstáculo” para que el otro escuche por sí mismo. Es indicar, no imponer. Es consensuar que el problema está en algo que obstruye y cierra el oído y no en la capacidad de razonar del otro. Tocar la lengua con la saliva, metafóricamente es como decir que el problema para hablar, además de no haber identificado bien las palabras por la sordera, está también en tener la lengua seca. La saliva del Señor es el Agua viva que refresca la lengua y le permite hablar fluidamente. Y uno debe encontrar alguna palabra, algún recuerdo que “refresque” la memoria y permita a que el diálogo fluya.

Yo tomo pie en estas dos imágenes, para pensar en una acción conjunta de Jesús -por la carnalidad de los dedos y la saliva- y del Espíritu Santo, que es el Dedo del Padre y el Agua viva.

Y mirando al cielo, suspiró…

Se suma a estos gestos el alzar el Señor sus ojos al Cielo, invocando al Padre y ese Suspiro que es Aire Santo, Espíritu que Él espira junto con el Padre para completar su acción sanadora.

Y dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»).

Todo se concentra, finalmente, en una pequeña palabra: Abrete!

Es pequeña pero cargada con todo el peso amoroso del Actuar trinitario de Jesús. Es una Palabra hecha carne: dedos, saliva, ojos que se alzan al cielo y suspiro de un Jesús que pone toda su persona en juego y actúa junto con el Padre y el Espíritu. Es la imagen de todo lo que implica un verdadero diálogo en el que se escucha y se habla bien.

Toda la intención que denotan los gestos que pone en juego el Señor antes de pronunciar eficazmente la palabra “ábrete” a una persona concreta, nos hacen vislumbrar que lo que enfrenta Jesús en esta curación es algo importante. Algo que tiene una dimensión social y no meramente individual. También nos permite mensurar la dimensión de la guerra de incomunicación en la que estamos inmersos: no es cuestión de malentendidos o de algún exabrupto. La incomunicación -la sordera y la mudez- condensa todo el fruto amargo del pecado original. Y también podemos comprender la importancia que tiene escuchar y hablar bien cada uno en su vida y no asombrarnos de que sea tan difícil. Lo que pasa es que el Maligno pone todas sus armas para evitar que nos abramos a la escucha y al diálogo.

Además, es consolador sentir que una pequeña victoria en este terreno, del brindar a la palabra del Evangelio la tierra buena de nuestro oído abierto y de una lengua que sabe bendecir y no maldecir, es una victoria muy grande. Si bien es cierto que en nuestro mundo reina la confusión de ideas, la sordera y el griterío, es también verdad que una sola palabra que cae en tierra buena da el ciento por uno.

Se trata por tanto de combatir cantidad con calidad. De buscar diálogos personales y ricos, sinceros y fecundos, que contrarresten el palabrerío banal y el griterío infernal.

Abrete, nos dice Jesús. Un rato con Él a solas, un dejarnos “encender los sentidos” por el fuego del Espíritu, que nos abre los oídos del corazón y nos suelta la lengua para anunciar a todos con alegría la buena noticia del evangelio, es nuestra misión principal.

Le pedimos a nuestra Señora, en la fiesta de su Nacimiento, que “se haga en nosotros la Palabra”, como se hizo en Ella, la que siempre está, inconmensurablemente abierta a la acción del Espíritu y a la Encarnación de su Hijo, para comunicar esta apertura a todo el pueblo fiel de Dios, siguiendo los pasos que siguió Jesús para curar al sordomudo.

Diego Fares sj

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos discípulos de él estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes) le preguntaban:

-¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?

Y Jesús les respondió diciendo:

-Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:

Este pueblo me honra con los labios,

pero su corazón anda lejos de mí.

Y en vano me rinden culto,

enseñando como doctrina los mandamientos de hombres.

Porque dejando los mandamientos de Dios,

se aferran a la tradición de los hombres.

….

Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:

-Oiganme todos y entiendan:

no hay nada

que siendo externo al hombre

se introduzca en él

y sea capaz de contaminarlo;

las cosas que contaminan al hombre

son las que salen del (interior del) hombre.

Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. Y les dijo:

-¿Así que también ustedes están sin entendimiento?

¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:

-Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Porque desde adentro, del corazón del hombre,

salen los razonamientos torcidos, el libertinaje, los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la impudicia, la envidia, la difamación, el orgullo y la necedad.

Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación

Jesús apuesta todas las fichas al corazón del hombre. Lo hace con el lenguaje de “todo/nada”: Nada de lo que entra desde afuera nos puede contaminar! Si algo nos envenena, no vino de afuera, Salió de adentro, de nuestra libertad.

Las tentaciones pueden venir de afuera y ser muy masivas, pero la última palabra la tiene cada corazón.

También lo que salva y todo lo bueno viene del corazón, pasa por su ternura y tiene su sello de autenticidad.

Es que el corazón del hombre es algo muy especial: de carne y de espíritu, personal y social, nuestro pequeño corazón humano tiene una capacidad ilimitada de crecer en el amor. El amor y la alegría lo dilatan.

Como dice Amoris Laetitia: “La alegría, amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga. Por eso decía santo Tomás que se usa la palabra «alegría» para referirse a la dilatación de la amplitud del corazón” (AL 126). Qué linda definición de la alegría!: Dilatación de la amplitud del corazón.

Esta alegría, en la que Francisco centra la santidad, la evangelización, el cuidado del planeta y el amor en la familia, dilata el corazón. La alegría permite que nuestro interior se convierta en una hospedería digna de nuestro Dios: digna del Amor del Padre, digna casa para que se pose sobre ella la Paz de Jesús, digno espacio para que de fruto la Santidad del Espíritu. Dios, para hospedarse y habitar, solo necesita corazones alegres. La alegría es su espacio vital. Lo que más le agrada en sus creatura es esa cualidad propia de los niños -que se vive, se aprende y se ejercita en la familia- de dejarse alegrar por los demás.

El evangelio de hoy nos presenta un acontecimiento aparentemente banal que el Señor aprovecha para dejar grabada una doctrina que se resume muy bien en una bienaventuranza, la que afirma: “Felices los de corazón puro, porque verán a Dios”. Ser de corazón puro más que un estado o un logro es una actitud pasiva: es dejarse purificar por la presencia amorosa del Espíritu, rectificando una y otra vez las intenciones que nos salen de adentro para que sean “de corazón”. Cuando obramos de corazón el Espíritu nos purifica.

El Señor afirma la doctrina de la pureza de corazón en varios momentos:

Primero, desarma la hipocresía de los fariseos, que honran a Dios con los labios, se aferran al cumplimiento de tradiciones externas pero no cumplen la ley con alegría de corazón. La pureza es sinceridad, no hipocresía.

En segundo lugar, clarifica bien las cosas a todo el pueblo de Dios, a toda la gente. Entiéndanlo bien, dice Jesús: “nada que venga de afuera puede contaminarnos”. La pureza es interior, no viene de cosas o prácticas meramente externas.

Por último, remarca esta doctrina a sus discípulos en privado, declarando “limpias todas las comidas”. San Pablo redondeará esta doctrina diciendo: “Todo me es lícito, mas no todo conviene: todo me es lícito, mas no todo edifica” (1 Cor 10, 23). Para el puro y sincero todo es puro.

Esta libertad en el Espíritu nos pone en clave de discernimiento apostólico. No es cuestión de cosas malas o buenas en sí sino de discernir lo conveniente y lo mejor, lo que más le agrada a Dios y lo que edifica al prójimo.

En lenguaje actual diríamos que el mal no son “cosas”. Ninguna cosa natural es “mala” (ninguna comida es impura). En todo caso pueden ser malas las cosas elaboradas por el hombre con la intención ínsita en ellas de hacer el mal, como puede ser una bomba química o una ley inicua. El mal adquiere consistencia en la adhesión libre de nuestras voluntades, en el seno de nuestras relaciones intersubjetivas, allí donde deseamos como fin bienes que son medios, allí donde deseamos egoístamente y privatizamos lo que es bien común. El dinero usado en especulación financiera, es el ejemplo máximo de endiosamiento de un medio.

El mal sale del corazón y lo angosta (lo angustia). Al contrario del bien y del amor, que salen del corazón y lo alegran, lo ensanchan y dilatan.

Los males que el Señor describe, vistos desde el punto de vista de la alegría, son más fácilmente discernibles y por tanto combatibles que vistos desde el punto de vista meramente moral.

La hipocresía, por ejemplo, no solo es mala sino que es triste! No rezar de corazón es triste. Es triste interiormente hacer el esfuerzo de fingir algo que no se siente, y más si se trata del culto a Dios, de la adoración! Ir a misa por obligación, rezar para cumplir son actitudes muy tristes. Si algo externo nos aburre -el predicador o un canto o la duración de una ceremonia, hay que buscar algo en el corazón que no alimente esta tristeza. Hay tantos motivos interiores para estar alegres en una misa!

Y no digamos nada de la oración personal. El solo hecho de poder rezar, de dirigirnos a nuestro Padre o a Jesús, ya es en sí mismo motivo de dilatación del corazón. Un culto a Dios que no se hace de corazón solo puede ser una tentación y apenas se la percibe la debemos rechazar, no solo por mala sino por desagradable y triste, como cosa fea, carente de belleza.

Veamos un momento dos de los males que nombra el Señor y que se pueden discernir por la tristeza que producen como fruto: los razonamientos torcidos y la necedad.

Un mal que nos roba la alegría son los razonamientos torcidos. Hoy está de moda llamarlos “falacias”. Son verdades que en un punto – que suele ser sutil y difícil de discernir en abstracto pero fáciles de ver por sus frutos venenosos- se tuercen y nos hacen concluir falsedades. Cuando una verdad me envenena, me amarga, me roba la alegría, me quita la esperanza y me pone agriamente contra mi hermano, antes de buscar argumentos abstractos que confirmen esta verdad, es bueno tomar distancia crítica y examinarla afectivamente. Si una verdad me lleva a proferir palabras venenosas e insultantes, es muy probable que en algún punto algo esté torcido mi razonamiento. La torcedura puede ser mínima, pero la falta de alegría como fruto es algo que siempre merece que le prestemos atención. Robar alegrías y esperanzas con verdades torcidas es la especialidad del padre de la mentira, del Maligno. Saberlo ayuda a estar atentos y a pedir, cada día a nuestro Padre: líbranos del Maligno!

El último mal que señala el Señor es la necedad. La necedad es obstinarse en defender verdades que pretenden pensar el mundo sin abrirse al misterio, a los dos Rostros que nos trascienden: el del prójimo y el Rostro de Dios.

Cualquier verdad se tuerce necesariamente si se cierra a estas dos trascendencias. En una familia y en un pueblo esto es claro. Las verdades que se ponen por encima de las personas, por encima de la propia familia y de la historia y cultura del propio pueblo se vuelven abstractas y en algún momento se tuercen y dan frutos de intolerancia y de violencia. Vemos en estos días que se sacan con violencia y se destruyen imágenes de la Virgen que están en lugares públicos. Una cosa es obrar institucionalmente y, así como por algún decreto se colocó una imagen, por otro decreto retirarla si se ve que es más conveniente ordenar de esta manera el espacio público. Pero ensañarse contra símbolos que encarnan valores concretos -en la imagen de la virgen no solo está lo religioso sino el valor de la ternura revestido de colores de nuestra madre patria- es necedad.

Nadie está libre de caer en la trampa de alguna falacia. La mezcla de ideas y las informaciones cruzadas y sobreabundantes en medio de las cuales pensamos y discutimos hace imposible que los razonamientos no se tuerzan en algún punto. Pero la sabiduría y el discernimiento consisten en corregir la intención una y otra vez. Y el criterio de ver si algo es “de corazón” por la alegría duradera que conlleva y que produce, es un criterio que no falla. La alegría del diálogo siempre retomado es lo opuesto a la necedad de sostener obstinadamente palabras que producen cerrazón y amargura.

En la familia esto es claro y debe serlo en el propio pueblo: cuando una frase amarga a algún miembro, se busca otra, se debe buscar otra forma de expresar las cosas; cuando hay amor, se espera otro momento, se busca alguien que pueda mediar… Todos tenemos claro que en una familia, si algo anda mal es porque viene de adentro, del corazón, y no desde afuera. Y esto debe ser claro también en el seno de nuestro pueblo: si muchos en nuestro pueblo se han convertido en ladrones y si muchos nos hemos habituado a difamar es porque algo se nos ha torcido adentro. Aceptar que la política tiene que ser chorra y difamadora porque “el enemigo” lo es es una falacia. Aunque los otros roben y difamen, si yo me contagio es porque algo anda torcido adentro mío. Y si lo justifico es porque yo soy necio.

El criterio de la alegría que amplía la dilatación del corazón es un criterio familiar y popular, algo que se vive naturalmente en la familia en el seno de un pueblo y sobre lo cual el evangelio nos hace tomar conciencia de su valor sobrenatural y de su valor social. Por eso la alegría del amor en la familia (y en nuestro pueblo), como dijo el Papa en Irlanda en no es un bien que se pueda dar por descontado. Es algo que hay que promover, custodiar y tutelar. En la familia se aprende a amar, a obrar de corazón, y si no se aprende en ella, todo lo demás queda como “habito externo”, no internalizado, no verdaderamente vinculante y entonces el pueblo pierde lo que lo cementa y le da consistencia histórica y política.

Diego Fares sj

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:

– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’

Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:

– ‘¿Esto los escandaliza?

¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?

El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.

Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.

Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.

Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían

y quién era el que le había de entregar.

Y decía:

– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre’.

Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás

y no andaban ya en su compañía.

Dijo pues Jesús a los Doce:

– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’

Le respondió Simón Pedro:

– ‘Señor ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.

Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Juan dice que a muchos de los discípulos de Jesús, les resultó “duro” (skleros) el lenguaje de Jesús, tanto que “se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía”.

En la espiritualidad de los Ejercicios, “andar en compañía de Jesús” es una experiencia de la que no se puede hablar con categorías de dureza o comodidad, como si uno midiera si es fácil o difícil. Se trata de otra cosa, de algo más radical, más íntimo y total, algo que abarca “salud y enfermedad, honores y críticas, buenas y malas”. Es una alianza que se fortalece en todas las circunstancias de la vida. Como cuando en la fórmula de la alianza matrimonial se dice “en las buenas y en las malas”.

La verdad es que con tal de poder andar en compañía del Señor – de los amigos que se hacen en el Señor-, uno hace lo que sea, deja lo que tenga que dejar y se aguanta con gusto lo que haya que aguantar.

La respuesta de Simón Pedro “A quién iremos”, dio en el blanco y sigue siendo actual. Pedro pone las cosas en términos personales. No dice “en qué otro proyecto nos embarcaremos” sino “A quién iremos”. Quién hay como Jesús! A qué otro Dios serviremos! Como dice el pueblo en la primera lectura, del libro de Josué: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!”

En aquel momento de crisis de “lenguajes”, Simón Pedro se jugó por la Persona del que hablaba: “Tú” tienes palabras de vida eterna. No se trata sólo de “lo que se dice” sino de quién es el que lo dice. Y en la iglesia -en el pueblo fiel al que el Señor convoca y llama y alimenta con su vida, que es misericordia, pan y palabra- el lenguaje no es solo el de las palabras y estructuras sino que es sobre todo el lenguaje de los gestos y el del testimonio de las personas. En la iglesia amamos y respetamos a todos, pero seguimos sólo a los Santos. Los de altar y los de la puerta de al lado.

Cabe la pregunta: qué les resultó duro a aquellos discípulos del lenguaje de Jesús, que frase les cayó mal? Algunos dicen que tomaron muy literalmente lo de “comer su Carne”. Puede ser, pero creo que pescaron bien que la exigencia de comulgar con Él era algo radical. Entendieron que no se trataba de seguirlo yendo a una marcha o defendiendo alguna idea, sino de “vivir por Él”. Ese maestro, ese Rabbí, les estaba invitando a una comunión de vida total, como la que Él mismo tenía con el Padre del Cielo. A la gente le gusta coincidir, juntarse a comer un asado, participar en empresas comunes, pero cada uno quiere vivir su vida. Vivir por otro, de otro, con otro, es algo que hay que pensarlo bien. Sólo es posible con Alguien como Jesús -Alguien que se nos puede dar por entero porque es Dios y hombre- y en aquel momento no todos veían con claridad Quién era este Maestro. Pero esto es así siempre: si uno no se juega por una persona, nunca llega a conocerla plenamente. Para conocer a Jesús hay que andar en su compañía. Toda la vida.

A los que amamos la Eucaristía, el hecho de que Jesús nos diga que para andar con Él tenemos que comulgar con Él, es más premio que otra cosa, es la fuente del consuelo. Sin el alimento de la Eucaristía no nos sería posible seguirlo, no podríamos permanecer en su amor. Jesús no es un jefe que da consignas a sus seguidores y luego los envía a sus tareas mientras él se dedica a otras cosas más importantes. Todo lo contrario, el Señor es uno que desea vivir en nuestra compañía. Nos espera cada amanecer a orillas del lago de nuestras pescas (las milagrosas y las infructuosas) con el pan sobre las brasas; nos acompaña cada atardecer por el camino de vuelta a casa (contentos o desilusionados) para partirnos el pan si lo invitamos quedarse con nosotros. Aunque parezca obvio, no solo se trata de andar nosotros en “su” compañía, sino de que Él desea andar en “nuestra” compañía. La comunión es un sacramento de ida y vuelta.

De todas maneras, el hecho es que si miramos el momento que estamos viviendo, vemos que hoy también a mucha gente el lenguaje de Jesús, tal como lo predicamos los cristianos, les resulta duro. Las razones son muchas y tienen su verdad. A unos les resulta duro porque sienten que hablamos un lenguaje impositivo, que la iglesia amenaza con el miedo al infierno, que impone una ley y no respeta la libertad y los procesos que conlleva. A otros, porque sienten que decimos una cosa y hacemos otra. A otros, porque no pueden tolerar nuestros escándalos. En todo esto debemos hacer un examen de conciencia y convertirnos. Pero Jesús mismo envió gente común a anunciar el evangelio en Nombre suyo. No quiso dejar un mensaje abstracto, escrito o grabado en piedra, sino que puso su palabra en diálogo con la nuestra y nos mandó a predicar su Palabra con nuestras palabras! Esto, precisamente, es lo más duro para muchos. Para los que quieren mensajes puros, palabras no contaminadas con la vida de gente pecadora. Claro, es verdad que cuando las bienaventuranzas del Señor se mezclan con nuestras palabras dichas como nos salen y, peor aún, cuando se ven las incoherencias de nuestra vida, pareciera que esas palabras tan hermosas del Señor se devalúan. Pero también es verdad que cuando se mezclan con la vida de un Brochero o de un Hurtado, cuando la que anuncia el Evangelio tiene la sonrisa de una Teresita y la determinación de un Ignacio de Loyola, uno agradece que Jesús haya querido “encarnar su lenguaje”.

La opción sigue siendo de cada uno: el que quiere discursos puros, los encuentra. El precio es la abstracción: deben abstraerse de la persona y de la historia de quien los pronuncia. El lenguaje de Jesús es de otro tipo: siempre vendrá encarnado en la vida de sus predicadores. Para entrar en diálogo con Él, hay que entrar en diálogo con todos. No solo con toda la historia de la Iglesia sino con todo ser humano. Y cada uno debe entrar en diálogo sincero consigo mismo, porque es en la tierra de nuestro corazón donde crece la Palabra que el Señor ha sembrado para nosotros.

El lenguaje de Jesús resultaba duro para los fariseos y escribas, a los que el Señor les decía de frente que eran unos hipócritas. No le resultaba duro a la gente común, sino todo lo contrario, se alegraban cuando Jesús les hablaba y experimentaban, en sus palabras ciertamente exigentes, todo su cariño y su misericordia. Esta es una clave para nuestro modo de hablar como seguidores de Jesús. Debemos examinar con quién somos duros y con quién tiernos. No podemos ser como el empleado que es obsecuente y meloso con sus jefes y luego en casa es duro con sus hijos y con su esposa. No podemos ser condescendientes al hablar del dinero (que es el estiércol del demonio, como le dice el Papa) y duros e intransigentes con los que quieren formar familia. Hay que estar atentos a las proporciones, no solo a lo que es justo en sí.

Y en el mismo lenguaje duro de condena a toda hipocresía, de defensa de la fe y de la vida y en la denuncia de toda exclusión de los más débiles, debemos estar atentos a no mimetizarnos con el lenguaje mundano y los recursos de los malvados. Es mejor perder en una discusión a escandalizar con nuestro tono y nuestras formulaciones a los más pequeños.

Aquí es donde entra una dureza “especial” del lenguaje de Jesús: se trata de la dureza del Señor para con sus seguidores más cercanos. No es la dureza que usaba con los corruptos. Es la dureza con los que pueden dar más y ayudar a muchos y para ello necesitan purificarse mucho mediante la corrección fraterna. Un ejemplo es la dureza del Señor cuando llama a Simón Pedro “satanás” porque este, con toda la buena intención, quería apartarlo de la Cruz. Otro ejemplo es la dureza con que retó a los discípulos cuando discutían acerca de quién era el mayor en vez de estar pensando en servir. Otros ejemplos pueden verse en la dureza del Señor contra la falta de fe: de Tomás, de los de Emaús a quienes llama “duros de entendimiento y tardos de corazón”, del conjunto de los discípulos antes de la Ascensión, a los que les reprocha su falta de fe. La dura calificación de Judas en el evangelio de hoy es significativa. Era uno de los elegidos y sin embargo se convirtió en un diablo.

La dureza del Señor es caridad, él sabe que la corrupción de los mejores es algo pésimo. No solo malo sino pésimo.

Por eso el lenguaje del pan es un lenguaje exigente. Diríamos que no exige mucho sino “todo”: exige el corazón. Y esta gracia hay que pedirla al Padre que es el Creador de nuestros corazones.

Diego Fares sj

Jesús dijo a los judíos:

Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.

Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,

vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,

No como el que comieron sus padres y murieron.

El que coma de este pan vivirá eternamente.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 51-59).

Contemplación

“Este hombre”. Discutían los judíos diciendo: cómo puede “este hombre” darnos a comer su carne? Verlo como un hombre común hacía que no le creyeran. Para nosotros, que Jesús pueda ser Dios siendo un hombre común nos lo acerca y nos maravilla. Nos abre el corazón y nos amplía la mirada a considerar otra manera lo que significa “ser hombres”, la dignidad del ser humano.

Y si reflexionamos sobre la Eucaristía, comulgar con Jesús Pan del Cielo no significa comulgar solo con Dios, no significa recibir algo divino, especial, único, celestial. También significa comulgar con el hombre, con algo humano, común, terrenal.

Cuando Jesús elige hacerse Pan, lo hace porque encuentra en el Pan algo que expresa la relación que Él tiene con el Padre y que quiere compartir con nosotros. Por un lado, encarna las cosas de Dios en medio de la vida cotidiana. Pero este es un camino de bajada y de subida: en el Pan vivo la vida cotidiana se vuelve espiritual, adquiere un significado fecundo y hondo.

Lo que quiero decir es que Jesús se hace pan humano y que el pan humano se hace Jesús.

El pan es alimento común, sencillo, diario. Pero en su sencillez tiene algo extraordinario, no es cualquier alimento.

Que el pan se pueda hacer Jesús significa que hay realidades humanas que, en su simplicidad, tienen algo más.

José y María eran personas sencillas, gente “de la puerta de al lado” como dice el Papa. Pero lo ordinario lo vivían “de modo extraordinario”. Y en esto consistía su santidad. Extraordinario no en el sentido de algo maravilloso o extraño, sino en el sentido de un “extra”, un plus de amor, de alegría, de fe, de espíritu de oración y de servicialidad con los demás.

Jesús durante su vida oculta era sencillo como el pan, pero la intensidad con que vivió sus años de Nazaret, fue algo extraordinario. Me gusta pensar que el Señor “inventó” sus parábolas en aquella época, viendo a su madre amasar el pan, con ese poquito de levadura que fermentaba toda la masa…Y que aprendió de su padre San José el modo de partir el pan que se convirtió en la característica de los cristianos.

El ser profundamente humano Jesús lo aprendió viviendo la vida cotidiana en su casa, en su barrio y en medio de su pueblo, como uno más. Por eso, en el pan de la Eucaristía podemos saborear y gustar los olores y las texturas de Nazaret, las relaciones simples de la gente de un pueblo pequeño con historia y con memoria.

En la comunión entramos en relación con Dios, pero estemos atentos: no se trata del Dios del Cielo sino del Dios que ha bajado del Cielo. Antes de “subir” a algún tipo de experiencia devota o mística, hay que aprender a bajar y comulgar con la Carne entregada y la Sangre derramada del Señor. Y antes de eso, antes de que pudiera entregarla y derramarla, la Carne y la Sangre del Señor crecieron y circularon por los días y las noches de Nazaret, caminaron y trabajaron codo a codo con la carne y la sangre de sus paisanos.

Comer la Carne que nos da “este hombre” es comulgar con lo más humano de Jesús. Comulgar con una vida de la que el evangelio no nos da muchos detalles no porque no se hubieran podido conocer sino por que eran tan comunes que cualquiera puede imaginarlos sin temor a equivocarse.

El Pan de Jesús tiene las cualidades simples y comunes de nuestra vida como hombres y mujeres de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.

Señalo dos características de este Pan. Es un Pan que ha bajado del cielo. Comerlo gustando su verdadero sentido es comerlo “bajando”, al encuentro de los heridos que están al costado del camino que baja de Jerusalén a Jericó. Es verdad que es Pan del Cielo, pero es Pan bajado del Cielo. Nosotros solemos comerlo intentando subir, intentando tener deseos elevados. Y más bien se trata de comulgar animándonos a ir a lo más bajo hasta donde ese Pan ha querido llegar: comulgar con la carne de los más pobres, de los más desposeídos, de los que están abajo. No solo muy abajo sino también un poquito más abajo que nosotros. En clase social, en jerarquía, en saber, en cultura… en todo. Comulgar es gustar a Dios en lo más bajo.

La otra característica es también relacional: Jesús dice que si lo comemos viviremos por Él. Y -agrega- así como Yo vivo por el Padre.

El Padre es Pan para Jesús! Y por eso Jesús se hace Pan para nosotros. Pensar en que el Señor también comulgaba, nos hace bien. Pensar que cuando nos enseñó a rezar diciendo: “Padre nuestro… danos hoy nuestro pan cotidiano”, hacía referencia a su modo de estar en relación con el Padre, hace bien.

No es que nosotros tenemos que comulgar para tener vida eterna como si esta vida fuera un añadido, un suplemento alimentario. Jesús es Dios y su modo de serlo es “vivir por el Padre”. Comulgar, vivir por otro, alimentarse de otro, no es solo porque “carezcamos” de un bien, sino que es un modo de relacionarse de seres plenos que comparten su plenitud.

Cuando ya tengamos vida eterna seguiremos comulgando, eso quiero decir. La vida eterna el Señor la describe con la imagen del Banquete y eso significa que seguiremos comiendo y comulgando con Él, viviendo por Él.

El Jesús con el que comulgamos es un Jesús Pan que se alimenta del Pan del Padre, como hombre y como Dios. Me detengo en esto para complementar o para cambiar una imagen de la Eucaristía como algo inventado por Jesús para nosotros, algo que resulta un poco extraño. A los de su época, porque lo veían muy “este hombre” que conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de María… A nosotros porque nos parece algo “especial”, algo que rodeamos de una liturgia particular y que sólo es para algunos, para los pocos que practican.

Pensar la Eucaristía como algo muy íntimo y propio de Jesús y del Padre, que nos quieren compartir, es muy consolador. La relación entre ellos es “Eucarística”. Jesús siempre está agradeciendo y bendiciendo al Padre y el Padre siempre está regocijándose en su Hijo predilecto. Ellos se comulgan entre sí. Al comulgar, nosotros nos hacemos semejantes a ellos. Y entonces sí, podemos convertirnos en pan para los demás. Vivir comulgando con otros. Todos de igual a igual, con la igualdad que da la mesa y el pan compartidos.

Diego Fares sj

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