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Marca Jesús (26 B 2021)

Le dice Juan: Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros, 

expulsar demonios en tu nombre, y se lo prohibimos.

Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi nombre y pueda enseguida hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está con nosotros.

Y quien les dé de beber un vaso de agua en nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. Y el que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de moler y lo echen al mar. Si tu mano te hace tropezar (es motivo de escándalo), córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue. Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

Contemplación

Te pedimos Señor, que quienes adoramos 

el Santísimo nombre de Jesús

disfrutemos de la dulzura de su gracia 

en esta vida y de su gozo para siempre en el Cielo. 

   (Oración colecta de la Misa del Nombre de Jesús)

            La contemplación de hoy la podemos centrar y desplegar en torno al nombre Bendito de Jesús. Se repite cuatro veces en este pasaje (de un total de nueve en Marcos) y es “el criterio” que utiliza el Señor para discernir lo que no hay que prohibir y lo que tiene un valor especial. Criterio que comparte con los discípulos y que ellos nos transmitieron. 

Podemos aprovechar la importancia que tienen en nuestra cultura los nombres, las marcas, el “logo” de cada cosa, y, en la misma línea afirmar que todo lo cristiano tiene que tener el Logo de Jesús, ya que todo es “Marca Jesús”. Cada cosa existente -estrellas y flores, pájaros y trenes – aunque no siempre esté a la vista, llevan escrito dentro: “made in Jesús”. “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1, 3).

“Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen” (Col 1, 16-17).

En el mundo de hoy las cosas valen o cuestan más cuando son de marca. Y bien, para nosotros las cosas valen porque llevan la marca del Nombre de Jesús.  

Lo que me encanta de la marca “Jesús” es que tiene propiedades muy singulares. 

Usar el nombre de Jesús impulsa a mejorar

Sucede hoy que se imita a las grandes marcas y que las imitaciones son cada vez mejores. Pero las grandes marcas luchan contra los imitaciones. En cambio el Señor no quiere que nadie tenga la exclusividad de su marca y él mismo “mejora” a los que crean algo en su nombre. Los autentica, digamos así. Por eso dice que “si alguien hace un milagro en su nombre…” El otro, aunque no sea de los nuestros, como dice Juan, al usar el nombre de Jesús es bendecido con el milagro. Y el Señor explica que si hace las cosas en su nombre, luego no podrá hablar mal de é. Pasa a ser “de los nuestros”. Este colectivo “los nuestros” es infinitamente más grande de lo que nos podemos imaginar. Aunque no salga en los diarios.

Practicar el bien en nombre de Jesús nos hace ser de los suyos

El nombre de Jesús consiste en volver nuestro lo que no es nuestro. Juan le dice que uno está usando su nombre pero es “trucho”. Y Jesús le da vuelta el argumento. Si usa su Nombre para hacer algo bueno se autentifica, pasa a ser “de los que están con nosotros”. Podríamos llamar a esto “el carácter bautismal”, el carácter inclusivo, del nombre de Jesús. Al que lo usa, lo bautiza. 

Es lindo entonces, para los cristianos, pensarnos como gente bautizadora, gente que incluye. Pensarnos, quiero decir, como gente que va buscando “la marca Jesús”, en todas las personas, en todas las cosas buenas que hace la gente, para allí detenernos a “comprar”, a valorar, a dialogar, a elogiar y apoyar. 

¡Qué triste tentación –y qué rápido hay que salirnos cuando caemos en ella- la de Juan, de pensar que uno ya tiene la exclusividad del criterio del Señor y se pone a prohibir a la gente que haga tal o cual cosa buena, diciéndole: “mirá, vos todavía no sos de los nuestros”. 

En este punto creo que los cristianos tenemos que reconocer que la mentalidad del mundo nos gana. Por buscar sus intereses, los políticos hacen mejores alianzas que nosotros, consideran “de los suyos a todos los que no están en contra”, suman, incluyen, tejen alianzas. Y no hablemos de los comerciantes. Un amigo me explicaba porqué muchas marcas de software permitían que se usaran sus programas sin licencia e incluso te los actualizaban. Es la manera de ganar mercado. Luego que mucha gente lo usa y se acostumbra, te pueden vender el que viene mejorado. Es la lógica del que sabe que vende algo valioso, del que sigue la vida y el progreso y busca mejorar. 

Pues bien, un cristiano que piensa que algo que se hace “en Nombre de Jesús”, no va a andar, no solo no comprende nada de la mentalidad de Jesús (en cuyo nombre el Padre recapitulará todas las cosas y se le arrodillarán todos los hombres y cuyo “Logo” está inscripto en el código genético de todo lo creado, que sin Él no existiría), sino que además es mal político y mal comerciante. Si nos agarraran los de Microsoft o los de Apple nos dirían: “¿pero vos no te das cuenta del producto que tenés entre manos? Ocupate de anunciarlo, de ofrecerlo, dejá que se mezcle con otros, no tengas miedo, prevalecerá”.  

El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas: vasito de agua

La otra cosa linda del nombre de Jesús es la del vasito de agua. El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas, vuelve valiosísimos los gestos más cotidianos, renueva lo que parece rutinario o común. Si algo lleva el nombre de Jesús, vale y vale de tal manera que renueva todo a su alrededor, renueva todo lo que toca. 

En realidad lo de Jesús es lo único nuevo que existe bajo el sol. Todo lo demás es “repetición”, todo lo demás es la misma “materia” –mucho hidrógeno y algunos elementos más- combinada de distintas maneras. Y el ser humano, cada uno de nosotros, que es “único y nuevo” por ser espíritu, si no se renueva en Cristo a cuya imagen es creado, tiende a volverse igual a la materia de la que está hecho, tiende a repetirse y a imitarse a sí mismo o a sus padres, a mimetizarse con la cultura en la que nace, a masificarse y a perder su originalidad.  El Cohelet decía, con su sabiduría de hombre de mundo que vivió todo: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Y podemos suscribirlo. Exceptuando a Jesús. Y a lo que lleva su nombre o se hace en nombre suyo. El es el que hace nuevas todas las cosas. 

El nombre de Jesús marca tendencia

En esta misma línea, el nombre de Jesús marca una tendencia irresistible al bien, consiste enpotenciar de manera inaudita todo lo bueno. Una pequeñísima acción hecha en su Nombre –el vasito de agua-, cobra valor infinito. 

“Hecha en su nombre” significa a su estilo, que es el de la “prautes”, el de la dulzura y mansedumbre de corazón, el del bien hecho con una tranquilidad laboriosa y una paz recuperada con denuedo. 

“En su nombre” significa cumpliendo lo que Él enseña, aunque explícitamente no se diga que es “por Jesús”. Por eso es que podemos decir que en nuestro mundo hay tanto de cristiano que lleva impreso el nombre del Señor de manera invisible. Tantos gestos, tantas maneras solidarias de proceder que tienen su fuente en la enseñanza del Señor. El inmenso número de nuestros santos y de nuestras santas “de la puerta de al lado” es el que con su ejemplo ha ido inculcando al mundo este estilo de Jesús. Ellos han cumplido el mandato apostólico: “Vayan y enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he enseñado”. Lo han cumplido con el ejemplo y es lo que más ha prendido. Para el que sabe ver, hay tanto evangelio practicado en el mundo! 

María es la que tiene a su cargo administrar “la marca Jesús”. Ella y San José, que le puso el nombre. Ese nombre del cual nos dice Pablo: “todo lo que hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”. El texto completo dice:

La paz de Cristo presida sus corazones (…).

La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza;

y todo cuanto hagan, de palabra y de boca, 

háganlo todo en el nombre del Señor Jesús,

dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 15-17).

Así, discernir y conjurar un mal, obrar un milagro y dar un vasito de agua en nombre de Jesús, estas acciones a favor del bien y contra el mal, en lo grande y en lo pequeño, son bendecidas por Jesús, las haga quien las haga.

Y por el contrario, escandalizar o hacer tropezar al que “cree y obra en su nombre” tendrá su castigo. Aunque parezcan tonteras o cosas de poca importancia, si uno escandaliza a un pequeño hace un mal muy grande.

Y el Señor desea que el mismo criterio nos lo apliquemos a nosotros mismos. 

Si algo en nosotros nos impide obrar en nombre de Jesús: ver el bien, hacer un bien, emprender un camino hacia el bien, hay que cortarlo. 

Si es una idea o un pensamiento que nos enturbia el ojo –que nos vuelve envidiosos, calculadores, suspicaces o resentidos…-, hay que arrancarlo: ¡no el ojo sino la idea!

Si es una dificultad práctica, algo que paraliza las manos, que no nos permite agarrar las cosas, organizarlas, moldearlas, realizarlas, trabajar haciendo el bien: hay que cortarla: ¡no la mano, sino la indecisión que paraliza!. 

Si es algo que nos impide dar un paso, algo que cierra el camino, que demora la acción buena, hay que cortarlo: ¡no el pie, sino el capricho, la terquedad o la pereza que nos detiene!.

Cortarlo, significa hacer el bien igual, aunque para hacerlo o valorarlo en otro tengamos que “cerrar un ojo”, caminar o tolerar que el otro camine rengueando, o que no salga perfecto porque se hace con una sola mano. El Señor bendice el bien aunque no esté perfectamente hecho: lo que se hace en su nombre lo perfecciona Él. 

Y lo bueno de su nombre –de su marca- es que si no se puso antes, se puede poner después, porque el Señor santifica también para atrás. Que no otra cosa es ser perdonados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

                                                                                                                                                                                                                                             Diego Fares sj

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea.

Y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos  y les decía: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’. Pero los discípulos no comprendían tales palabras  y tenían miedo de preguntarle.

Llegan a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntaba:‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’ Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diácono) de todos’. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9, 30-37).

Contemplación

La escena del niño al que Jesús pone en medio del grupo que discutía acerca de quién era el más grande es un adelanto del lavatorio de los pies que realizará el Señor en la última cena. En ella, el que es el más grande, se ceñirá con un delantal y les brindará a sus amigos una lección de servicio. Lo hará como último acto, antes de dar la vida en la Cruz.

El más grande, el que sirve; el primero, el que va a lo último.

Pero debemos entender bien esto. El que sirve no es el que hace cualquier servicio, sino el que realiza el servicio que Dios quiere. Es el que encuentra su lugar de servicio y de misión en el Reino y se aboca a servir allí, con toda la fuerza y la creatividad del carisma que el Espíritu le da.

Dice Pablo: 

“Como tenemos carismas diferentes, según la gracia que se nos ha dado, procedamos así: (el que tiene el carisma de) la profecía,(que profetice proporcionalmente a la fe que es consciente que tiene – ni de más ni de menos -); el que sirve, dedicándose a servir; el que enseña, a enseñar, y el que exhorta, a exhortar; el que comparte sus bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con diligencia y prontitud, y el que practica la misericordia, con alegría” (Rm 12, 7-8).

Cuando Jesús dice que el que quiere ser el primero debe ser el último y el servidor de todos no está diciendo que el que preside debe ir a servir el café, sino que debe presidir en el lugar que se le ha confiado y hacerlo con diligencia y prontitud (al estilo de María, que fue con prontitud a visitar a Isabel). El que practica la misericordia debe hacerlo al estilo de Jesús, con alegría; y en la obra de misericordia que el Espíritu lo solicita cada vez. 

Por tanto no se trata de pensar estas cosas en abstracto -ser más grande en general o servir en general, sino de manera muy concreta. 

En la vida de los santos y santas esto es claro: los que encuentran su lugar en la Iglesia, van al último puesto de servicio y en esa tarea que Dios les encomienda, se convierten en los más grandes. 

Comparto dos historias, una de una santa “universal”, digamos así, de esas lámparas que el Señor pone en el candelero, para iluminar a toda la Iglesia; el otro, el de un “santo de la puerta de al lado”, uno de esos al que el Señor bendice de manera extraordinaria pero sólo para animar y fortalecer a sus testigos inmediatos, a gente común, que comparte su luz de lamparita de 20 watts.

La santa del candelero es Teresita. Ella es un ejemplo de esta búsqueda de nuestro lugar de servicio en la Iglesia. Teresita  se eligió la mejor parte (y el Señor no se la quitó): la de ser el amor en el corazón de la Iglesia. Cuando encuentra su lugar, es feliz. Es este mismo texto el que encontró y “llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”.

El ejemplo del santo de la puerta de al lado es el de uno que trabajó como encargado de la cocina de El Hogar de San José. Aquí el carisma de servicio tiene una característica increíble. Lo que en una Santa Teresita es algo único de ella que el Espíritu le da para el bien común, en el santo de la puerta de al lado es algo común, que se encarna en los (no muchos) que se van sucediendo en ese servicio. Dentro de esta gracia que es la de unir personalidad y misión, en unos santos, su personalidad le pone el sello a la misión; en otros, es la misión la que imprime el sello a la personalidad. 

Una gracia que el Señor me fue dando a lo largo de los años de trabajo en el Hogar, fue la de haber descubierto algo muy especial, aunque aparentemente era común, en los que se hacían cargo de la cocina, a la mañana. Se fueron sucediendo, a lo largo de 20 años, uno al otro: Navarro, que estaba ya cuando yo llegue, cuya historia se encuentra en el librito “Contemplar el rostro de Cristo en los pobres”. Félix González, José Luis Domínguez, Jorge Retamozo, Hugo Reboledo… 

La gracia par mí fue caer en la cuenta de que todos, pero todos, es como que encontraban su lugar en el mundo en nuestra cocina. Y abrazaban el trabajo con una dedicación total y todos lo hicieron hasta el día de su muerte. Cuando descubrí la gracia del lugar, cuidé de elegir bien y cuidar al que se encargaba. Pero la experiencia es que la misión “se adueñaba” del que iba y moldeaba una misma actitud en todos los que se fueron sucediendo. Uno que elegí especialmente yo fue Hugo Reboledo. Aquí un poquita de su historia:

“Antes de ayer, el jueves 6 (de setiembre de 2012), en la Casa de la Bondad murió Hugo Reboledo, que de estar en situación de calle pasó a hospedarse en el Hogar de San José y luego a trabajar como empleado de maestranza en nuestra cocina. Doy testimonio de su historia porque supo honrarnos con su modo de dejarse ayudar y de ayudar a los demás, aprovechando todos los recursos de nuestras dos obras. Recuerdo que fue el primer usuario al que me animé a contratarlo en blanco como empleado de la Fundación. Me ganó la confianza la vez que, estando como huésped ya que había caído en situación de calle, me pidió un día hablar en privado y me mostró una maleta que había encontrado en la calle Pueyrredón. Después supimos que un joven que volvía de Suiza bajó del taxi y para pagar dejó una valija contra un poste y se la olvidó. Hugo que pasaba por allí la vio y se la trajo para el Hogar. Al abrirla y descubrir todo lo que tenía, me llamó para que la devolviera yo, por miedo a que por su situación creyeran que la había robado o que quería sacar provecho. Había 800 euros, varias tarjetas de banco, todo tipo de aparatitos electrónicos… Los dueños agradecieron mucho y a él lo contraté para trabajar con nosotros.
Que unos años después aceptara ir a la Casa de la Bondad implicó el cariño y el acompañamiento de nuestras dos instituciones durante muchos meses. Hugo no quería “perder su privacidad” y prefería su pieza de hotel (que se fue convirtiendo en un desastre a medida que él se dejaba estar, “por su rebeldía”, como me dijo,) a estar en la casa.
Como sí había aceptado ir a hacerse curar (su cáncer de cuello requería curaciones diarias) le fueron ganando el cariño y cuando ya no pudo más, al fin aceptó ir y fue como un corderito manso y se dejó mimar y atender sus últimas dos semanas.
Hay mucho para agradecer y reflexionar acerca de lo que significó “Hugo del Hogar en la Casa de la Bondad”, pero aquí  lo que quiero compartir es su sonrisa en su puesto de trabajo y de padecimiento en la Casa de la Bondad. 

Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su vía crucis por los rayos y las curaciones, dijo: Es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Que alguien te sonría con los ojos es un regalo de valor inestimable”.

Valgan estos dos ejemplos – el de una pequeñita grande como Teresita y el de un pequeñito anónimo como Hugo – para que veamos que esto de “encontrar el propio puesto de servicio” es una gracia que no se puede perder ningún cristiano. El signo de que uno ha encontrado su lugar de servicio en el Reino es que empieza a sonreír con los ojos, o a trasparentar la Gloria del Padre, que es lo mismo.

Diego Fares sj

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.» 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» 

Pedro respondió: «¿Tú eres el Mesías.» 

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir 

mucho y ser rechazado por los ancianos,los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. 

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Marcos 8, 27-35).

Contemplación

Escuchamos lo que le dice el Señor a Pedro. 

«¡Sal, ve detrás de mí, Satanás!

Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios,

sino con los criterios de los hombres.»

Tratamos de escuchar el tono de las palabras.Como son palabras duras, uno puede imaginar que el Señor hizo algún gesto brusco, como apartar a Pedro, o soltarse el hombro, si es que Pedro lo tenía tomado cuando se lo llevó aparte. 

Sin embargo, también podemos imaginar que Jesús no hizo ningún gesto de desprecio ni puso cara de indignado, sino que sus palabras fueron duras para con los pensamientos de Pedro, no para con su persona. 

Podemos imaginar que al Señor no le escandaliza para nada que Pedro esté tentado por el mal espíritu y que esté juzgando mal. 

Ignacio diría más aún, que hay que dar por supuesto que, si uno está haciendo bien sus Ejercicios o trabajando bien en su misión, va a ser tentado, va a tener variedad de sentimientos encontrados y movimiento de espíritus. 

¡Le va a suceder como a Pedro, que en un momento es conducido por los sentimientos de Dios Padre y discierne que Jesús es el Mesías, y al momento siguiente es conducido por el mal espíritu y siente –convencidísimo- que Jesús se equivoca y llevándoselo aparte lo reta!

La risa del padre Fiorito

Esta imagen de Jesús atacando la tentación sin agredir a la persona, me viene de recordar el rostro siempre sonriente del Maestro Fiorito cuando me decía “estás tentado”. 

El maestro era de las pocas personas que he conocido que, cuanto más tentado estaba alguien, más dulce y manso se ponía para ayudar a corregirlo. Y quizás fueel único al que he visto verdaderamente “divertirse” cuando le decía a uno que estaba tentado. 

Cuando discernía un mal espíritu Fiorito “sacaba balcones”, esa era su expresión. Con mucho cariño te lo decía y contemplaba las distintas reacciones y defensas que uno ponía, riendo cada vez con mas gusto, hasta que uno reconocía la tentación y pedía consejo. 

“Estás tentado” era una de sus frases favoritas y siempre la decía sonriendo. Y cuando uno ponía cara de indignado, se reía con más fuerza, verdaderamente divertido. 

Porque la cosa solía ser así: uno le contaba que estaba mal con otro, las razones por las que estaba mal y las cosas que le había dicho el tarado ese, por ejemplo, y ahí el Maestro sonreía y decía: “estás tentado”. Entonces uno retrucaba con más y mejores argumentos, pero él se reía y te desafiaba a encontrar en el evangelio un pasaje donde dijera “el tarado ese”. Ahí te hacía sonreír a vos, porque el Evangelio dice que el que llama «tarado a su hermano» merece un castigo, y uno se daba cuenta de que había pescado, en el tono que uno estaba usando, la tentación del mal espíritu. La sonrisa del Maestro permitía eso tan difícil que es despegarse uno de su propio sentimiento. 

En general uno piensa: si estoy de mal espíritu es que soy una mala persona. Por eso cuesta tanto aceptar que otro nos diga que estamos tentados. Pues bien. Esto es el ABC de la dirección espiritual y hasta que no se acepta y aprende, no hay conducción espiritual que valga: dar por descontado que uno experimenta gracias y tentaciones y discernirlas.

Es muy divertido ver cómo nos cuesta aceptar esta dirección espiritual. Uno acepta que el médico diga “hay que operar”, que el psicoanalista diga eso viene de un complejo de inferioridad, o que el economista diga que “hay que hacer un ajuste de cirugía mayor”, pero si el director espiritual al que uno mismo fue a buscar, que no le cobra nada ni tiene otro interés, sino que uno descubra la voluntad de Dios en su vida, le dice “estás tentado”, ahí se arma. 

Confieso que recién después de los cincuenta años comencé a valorar la risa de Fiorito como el único remedio eficaz contra el mal espíritu, especialmente el de los amigos. 

Y esto luego de haber experimentado el fracaso de todas las explicaciones y razones para convencer al que está tentado, que no hacen sino aumentar o reforzar la tentación. 

Por eso imagino a un Jesús sonriente que mira a Pedro divertido y le dice: “Salí de ahí, que estás tentado”. Y luego, con mucha claridad y dureza explicita bien que “hay pensamientos y criterios que son de Satanás”. Pero lo dice atrayendo hacia sí a la persona de su amigo, no alejándolo. Y Pedro se deja acercar, se deja corregir y cargar por Jesús. Pedro sabe “en quién se ha confiado”, Pedro sabe que solo Jesús tiene palabras que dan vida y no se quiere alejar de él ni siquiera para seguir sus propios criterios. Pedro no dice: “por qué me corrige en público si yo me lo llevo aparte”. Pedro no dice: “que corrija también un poco a los otros”. Pedro no dice: “siempre la ligo yo, por hablar”. Nada de eso. Pedro es el que ha gustado la conducción espiritual de Jesús y sabe que en todas las situaciones en las que el Señor lo pone o en las que él mismo se mete, Jesús le está enseñando a discernir, le está enseñando a “tener sus mismos sentimientos, su manera de pensar y de juzgar”, que es la manera del Padre del Cielo y no la de Satanás.

El criterio del seguimiento: la cruz

Aprovechando la “tentación de Pedro”, en vez de taparla para que nadie vea el desatino de aquel a quien desea poner como cabeza de la Iglesia, Jesús llama a toda la gente e igualando a todos, les habla (nos habla) claramente de la Cruz. El pensamiento del Señor, su criterio de discernimiento, su manera de sentir la vida, su sabiduría práctica (frónesis), fuera de la cual todo otro criterio termina siendo “de Satanás”, es esta: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo –especialmente a esos criterios suyos que tratan de evitar la cruz-, que cargue con su cruz y me siga”.

Esta es la manera de pensar y de sentir del Señor, a la que Pablo alude en esa recomendación tan hermosa: “Tengan los sentimientos de Jesús”. Froneistho, dice Pablo en pasivo: dejen que esta mentalidad de Jesús habite en ustedes. Dejen que esta manera de juzgar y de sentir las cosas que tuvo Jesús, esté también entre ustedes, se adueñe pacíficamente de su corazón y los haga dóciles al Espíritu.

Y Jesús, sonriendo, manda su amigo Simón Pedro al fondo, lo ubica con un gesto, lo pone en su lugar. El Señor hace del problema una cuestión de distancias. No solo se trata de “lo que se dice”, sino de “Quién es el que lo dice”: el Padre o el maligno? Por eso Jesús ha preguntado “¿Quién dice la gente que soy Yo?”. No ha preguntado qué opinan de mis enseñanzas o de mi manera de obrar, sino que piensan de mi Persona. Esto es cristianismo básico. Catolicismo básico. La persona de Jesús. 

La Persona en primer lugar, no las ideas, ni los valores, ni las cosas. 

La Persona representada por otras personas concretas.

Para cuidarnos de esta tentación –ya que las razones las puede inspirar el Padre o Satanás-, Jesús aprovecha la pifiada de Pedro: precisamente el que tendrá que representar a Jesús en persona es el que primero la pifia. Y no una sino muchas veces. Pero es también el que una y otra vez se deja corregir con gusto. Y no solo en privado sino en público. ¡Cuántas veces desautorizó Jesús a Simón Pedro delante de sus pares con esa pedagogía amorosa que al mismo tiempo que parecía que le quitaba autoridad se la estaba dando, sólida como una Piedra de roca! 

En la situación que narra el evangelio de hoy queda bien claro que no son los criterios de Pedro lo que le dan o quitan autoridad. Pedro es capaz de hablar inspirado por el Padre del cielo y por Satanás, casi en el mismo momento. Es capaz de confesar a Jesús como Mesías y luego de desdecirse al pretender corregirlo como si fuera un chico. La autoridad de Pedro (y toda autoridad en la Iglesia) se basará en la capacidad de una persona de aguantar todo lo que le pongan arriba sin desanimarse ni sacarse el peso de encima. Será la capacidad de Pedro de cargar la cruz y seguir al Señor –con la cruz de la Iglesia amada a cuestas- lo que el Señor bendiga como autoridad. 

El don de cargar y llevar contradicciones con amor es el signo de la autoridad en la Iglesia. 

El más pastor es el que más carga con amor, sin resentirse ni agriarse. 

(Y que suele necesitar de otro que se le ría un poco de sus tentaciones y malos espíritus).

El mejor pastor no es el que tiene más razón ni el que más sabe ni el que mejor argumenta, sino el que más aguanta –con alegría y dulzura, mansamente-, el que a más abraza, el que a más incluye, el que a más anima, el que a más espera, el que en más confía, el que más perdona, el que más se ríe y sigue adelante contento. 

Solo el amor que pasa por la cruz es creíble

Jesús define su amor y los criterios de su amor por la Cruz. Pero no por la cruz en cuanto dolor, sino porque en el abandono y en el desprecio de la cruz, puede hacer creíble que El es el que más nos ama, que El es el que nos ama a todos, El que nos perdona a todos, el que  cree en todos nosotros y a todos nos convoca junto a sí. 

¿Por qué la abrazas? (a la cruz) le gritaba el mal ladrón al Señor en una escena de la película La Pasión. El Señor cierra los ojos, abraza y besa la cruz y se levanta. ¿Por qué la abrazas? El Señor no responde sino que abraza. Pero si respondiera diría que la abraza porque al abrazar la Cruz nos salva a nosotros, sus hijos, sus amigos, sus ovejitas. 

Porque al abrazar la Cruz nos libra de ese enojo de niños, tan profundo, que nos hace decepcionarnos y culparnos a nosotros mismos ante un Padre que sentimos que nos abandonó en algún sufrimiento. 

Porque al abrazar la Cruz nos reconcilia con Dios nuestro Padre. 

Nos reconcilia no tanto de que hayamos pecado nosotros sino que nos reconcilia con esa herida honda de haber sufrido y que nuestro Padre no nos haya defendido o protegido, o curado. 

Al abrazar Jesús la Cruz, podemos sentir que es el Padre el que nos pide perdónpor el dolor que nos produce el haber sido creados de la nada. Es el Padre el que nos hace sentir en su Hijo abrazando nuestra Cruz, que Él está a nuestro lado, que está todo bien, que sufrir no es lo definitivo.

¿En qué consiste este criterio de la cruz, esta “sabiduría de la cruz” como la llama Pablo en esa hermosísima primera carta a los Corintios? 

La sabiduría de la cruz no se posee. 

La gusta el que, cargando la cruz, se deja habitar por ella. 

La goza y la siente el que, cargando su cruz y la de otros, deja que los sentimientos de Jesús se vayan posando y asentando pacíficamente sobre su corazón y descubre cómo de esos sentimientos comienzan a fluir buenos pensamientos. 

Goza de los beneficios de ser conducido según esta sabiduría aquel que permite que otro se le ría de sus malos espíritus. Otro que tiene en mayor grado este don de soportar contradicciones y de llevar adelante el evangelio sin desanimarse ni resentirse, con alegría y mansedumbre. 

La sabiduría de la cruz es espiritual (del Espíritu común) y no carnal (propia y auto-referencial). 

La sabiduría de la Cruz se articula en un tejido estrecho y constante, en el cual yo me dejo guiar (y cargar) por el que ama más que yo, y guío y cargo al que más amo y más me necesita. 

Y al que ama más que muchos, al que carga con la cruz de muchos, lo defiendo, lo enaltezco, le obedezco y no lo critico ni aunque se “equivoque”. 

¿Cómo que no lo critico ni aunque se equivoque? Si, señor. 

Si se equivoca el que está cargando más cruz, busco a otro igual o superior a él para que lo corrija él y no yo. ¿No es acaso esto lo que le enseñó Jesús a Pedro?

La dirección espiritual

¡Tener quién nos diga “esa manera de pensar no es de Dios, sino de los hombres”!En esto tan sencillo y refrescante consiste la dirección espiritual, y, me animaría a decir, la vida entera de la Iglesia. En que Otro, en nombre de Jesús, en cada caso el que la Iglesia pone, nos diga cuándo un pensamiento es de Dios y cuando es de los hombres (de Satanás). Si lo dice sonriendo, como Fiorito, mucho mejor. Pero, de última, que nos lo diga como pueda!

Es algo tan simple y hermoso como tener un Pastor: alguien que con amor nos guía y nos lleva a “tener los sentimientos de Cristo Jesús” en nuestra vida. 

Diego Fares sj

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentan a un sordo y tartamudo y le ruegan que ponga sobre él su mano. 

Jesús tomándolo  se lo llevó aparte, lejos de la multitud, le metió sus dedos en las orejas y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente). Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Todo lo ha hecho bien! Ese es Jesús: El que hace todo bien, el único que hace bien el bien, en las pequeñas y en las grandes cosas.

Hace unos días, leyendo el evangelio de la primera pesca milagrosa, que conmocionó tanto a los primeros discípulos que lo dejaron todo y se fueron en seguimiento de uno que les había cumplido el sueño más fantástico de un humilde pescador: les había llenado sobreabundantísimamente las dos barcas de peces, «me cayo una ficha» al ver a Jesús allí, metido entre los pescados, juntándose con los trabajadores de la pesca. 

Así como es lindo siempre pensar en María entre las cosas de la cocina de Caná, así admira y consuela ver a Jesús en las cosas de los trabajadores del lago. Jesús entre los pescadores! Cuando esta imagen se unió con la proclamación del Pueblo de Dios, infalible en su modo de creer, que exclama a coro: «Jesús hace todo bien, véanlo curando al sordo mudo, véanlo allí entre los pescados, véanlo multiplicando el pan», no hay que confundirse, no estamos frente a un aplauso, sino ante una proclamación. No es como cuando se dice: “Un aplauso para el milagro”, sino que la gente da testimonio de que lo sucedido con el sordo mudo es algo único y proclama a Jesús como “el que hace todo bien”. Se trata de un discernimiento del Pueblo de Dios que concluye con un juicio sobre Jesús. 

Pensaba que el Señor no solo hacía milagros puntuales, sino que su mismo hacer cada cosa tenía siempre algo milagroso. ¡El milagro es Él entre nosotros! El milagro es Él, en todo momento, en cualquier situación. Y el tipo de milagros cotidianos que hacía, con su bendición y en su Nombre, los podemos hacer nosotros. También podemos hacer nosotros todo bien si iniciamos las cosas en Nombre de Jesús, si en el medio permitimos que él meta mano (es decir, si discernimos dentro de lo bueno “de sentido común” lo bueno-mejor y concreto que le agrada al Padre) y al final le pedimos que bendiga el bien que hicimos y lo recapitule, puliendo todo mal.

Dentro de un bien que se hace, siempre hay grados, intensidades distintas, y el grado mayor de bien es la persona misma de Jesús: Él nos hace bien con su existencia misma y nos lo hace en nuestro mismo ser, no solo en alguna parte o dándonos alguna cosa buena. Jesús es la perfección perfectiva, perfección que nos atrae como un fin porque Él es el fin de toda la creación. Entonces, que este Fin ande metido entre pescadores y cocinas, en medio del Pueblo de Dios, es el bien más grande: ¡que él esté! Que sea Dios con nosotros.

Decir que Jesús es “perfección perfectiva” es decir que no solo es bueno, perfecto y misericordioso él, sino que además lo comunica con su presencia -haciendo más bueno al que se le acerca con fe, como el sordo mudo- y comunicando la gracia de poder hacer el bien a los demás, con el protocolo preciso de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia de Mateo 25. Todo lo que es o tiene “perfección perfectiva” atrae a la manera de un fin. Atrae porque es una fuente de bien, no solo un bien particular. 

Todas las cosas han sido hechas en Jesús nos dice la Carta a los Gálatas, y el asunto lindo es ver como el Creador se mete en la vida diaria de sus criaturas y nos hace sentir el gusto de que haya una Persona así como Jesús que hace que cuaje en su centro toda la creación, que pivotea de manera tal que unifica todos los hechos históricos y se mueve con libertad. Tenerlo a Él como alguien muy especial dejarlo que se meta en nuestra vida cotidiana, es la gracia más linda que hay.

Concretando: la gracia a pedir al que, según nuestro Pueblo, lo hace todo bien, es que esté, que se mueva y camine con nosotros. No es «yo sentado y una imagen de Jesús enfrente y yo pidiéndole una lista de cosas». Soy yo saliendo a los demás, a lo que venga, en su Nombre, pidiéndole que camine a mi lado como hizo en Emaús, que me vaya dando su Espíritu que me explica las Escrituras y me interpreta los signos de los tiempos, y que vaya bendiciendo a los que sirvo. Todo esto luego puesto en clave de “nosotros”: misionando dos en dos, rezando alabanzas e intercediendo en comunidad, participando en todo como un pueblo sacerdotal, que mete a Dios en la vida diaria del mundo. 

    Todas estas reflexiones, que espero no sean demasiado sino lo justamente filosóficas para comunicar algo muy preciso como es esto de “perfeccionar con la propia Persona a la otra persona” y no solo de hacer cosas buenas, las reflexiones, digo, vienen al caso por “el modo” de Jesús, como dice Fones: “Su modo de proceder, su modo de hacer al otro más humano”. Leamos de nuevo atentamente, el grado y la intensidad corpórea con Jesús se mete entero en este milagro de curar al sordo tartamudo:

Jesús tomándolo se lo llevó aparte,

lejos de la multitud, 

le metió sus dedos en las orejas 

y con su saliva tocó su lengua 

(teniéndola firmemente). 

Después, levantando los ojos al cielo, 

suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. 

Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”.

Si el pobre hombre este hubiera tenido Covid, su saliva hubiera contagiado al Señor al instante. Digo para dar una imagen: el Señor se hace humano al punto de contagio. Se contagió de nuestros pecados, me animaría a decir, de sus síntomas y consecuencias, sin haber cometido ninguno. 

Abrite, entonces, hermano, amiga, abrite -Effetá-. No te quedes tartamudeando razones mediáticas que ponen distancia entre tu existencia tal como es ahora y este Jesús que te puede llevar un poquito aparte, consigo, y hacerte escuchar su voz y permitir que “hables (con Él) normalmente”. 

No te podés permitir que te alejen de la Persona que es fuente de bien por razones que no tocan a lo esencial de esa Persona. Mi madre (que hoy cumpliría 95 años) me contaba cómo ella había llegado a amar a Jesús en la Iglesia sin enredarse en las contradicciones y pecados y cosas que a veces no entendía de la Iglesia. Que esas cosas no le hacían perder la fe. Discernía bien entre la Persona y las cosas. Esa es una gracia que Hurtado, por ejemplo, le agradecía a San Ignacio y a la Compañía, que le habían enseñado a no confundir el fin con los medios. El Fin es la Persona de Jesús, los medios son la manera como lo testimoniamos los que los seguimos.

Abrite! Cuando las personas se abren bien, cuando abren el corazón, surge el lenguaje, el hablar correctamente, que es lo que está en crisis hoy. Somos sordo-tartamudos mediáticos” Hablamos de cosas y nos hemos perdido a las personas. 

Cómo puede ser que siendo argentinos nos perdamos “la persona” de Francisco! A mi me dan celos de que otros pueblos lo quieran más. Recuerdo siempre con mucho gusto lo que le escribía un jesuita norteamericano con motivo del viaje del Papa a los EE:UU. Le decía que, así como había algunas voces críticas, él y una gran mayoría de norteamericanos, se despertaban por la mañana «dando gracias de que una persona como él exista”.

Diego Fares sj

    Se reunieron ante Jesús  los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos discípulos de él estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (Pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes)le preguntaban: 

-¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras? Y les respondió diciendo: 

-Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito: 

Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí. Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres. 

Llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía: 

-Oiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre se introduzca en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. Y les dijo: 

-¿Así que también ustedes están sin entendimiento? 

¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón, sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía: 

-Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Porque desde adentro, del corazón del hombre,

salen los malos pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la sensualidad, la envidia, la blasfemia, la insolencia y la insensatez.

Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación

Jesús señala en dirección a la interioridad: es en el corazón donde nos acercamos o nos alejamos de Él. En mi corazón es donde me voy convirtiendo en un adorador o en un idólatra.

Pido la gracia de adorar al Padre. De adorarlo estando aquí en en el secreto de mi habitación -el tameion del evangelio-, tendido en la cama. 

La inspiración de esta oración me viene un poco de la postura que tengo en la cama, esta bendita cama eléctrica que tanto me ayuda a modelar una posición cómoda para descansar. 

Primer paso: le pido al Espíritu que me enseñe adorar al Padre “en espíritu y en verdad”, como le dijo Jesús a la Samaritana. Así son los adoradores que le agradan al Padre. 

Le digo que en realidad no sé lo que es adorar, o sí en un sentido: el de poner la frente en el suelo y decirle “Creo, te adoro, espero en tí y te amo, Señor”, como los pastorcitos de Fátima. La duda de ahora es porque no sé bien qué “fuerza” tengo que hacer, que acto de inteligencia o voluntad o afecto poner. Me surge lo de La France, que la adoración se hace con el peso de la existencia. La adoración no solo se da intentando trascender con el intelecto desde la conciencia que tenemos de que “se nos está donando ser quien somos”, hacia un Origen que estáría en lo Alto, sino que también se puede hacer yendo a la raíz del propio interior, donde respiramos con el diafragma y desde donde nos soplaron el espíritu de vida y vivimos, ya que el Padre es también Raíz. Pido adorar como manda el Señor: con todas mis fuerzas, con toda mi inteligencia, con todo mi corazón. 

Se me ocurre un primer gesto. Es el de María que magnifica a Dios: “Porque miró con bondad mi pequeñez, me llamarán feliz todos los pueblos”, dice María. “Le agradezco al Padre que haya mirado con bondad mi pequeñez”. Esa mirada me hace sentir seguro de que le agradará mi pequeña adoración. Él me tiene que enseñar a darle el culto de criatura y de hijo a un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez. Su mirada bondadosa limpia mi corazón y lo deja como una balanza sin ningún otro peso.

Segundo paso para adorar: Creo que puedo adorar no haciendo fuerza para salir de mi mismo, sino mejor dejándome atraer por el amor del Padre hacia la intimidad espiritual en donde sabemos por la Fe que Él misteriosamente habita. El Padre atrae hacia adentro el peso de mi amor. Por eso, sencillamente, como mi corazón tiene poco amor y pesa poco, el segundo paso será agregar el peso de otros a mi corazón. 

Para adorar le pido al Señor que ponga conmigo a la persona que Él me diga y la dejo estar en mi corazón como si fuera en una balanza, sintiendo lo que pesa para Él, cuánto ama Él a esa persona, cuánto es valioso para Él hasta un pajarito que cae de una rama en su presencia. 

Él que “siente” el peso de las dos monedas de limosna de la viuda, con la sensibilidad del Corazón de Jesús. El Padre que registra el peso de la Eucaristia en cada boca que comulga. Al agregar su leve peso a nuestro corazón, Jesus nos lleva consigo al Padre. “Voy al Padre”, es la actividad del resucitado. Va desde cada uno que lo come. 

Con este dulce peso de los otros mi corazón puede hacer pie en su fondo, en su raíz y en su fuente: en el amor del Padre. 

Con otros dentro cuya vida pesa, voy a lo profundo de la intimidad desde donde me creó (porque hemos sido “tejidos desde adentro hacia afuera”, como dice Eulalia).

Para tener un buen peso con qué adorar, a la primera que podemos poner dentro del corazón es a Nuestra Señora. Para eso Jesús se la confió en la cruz a Juan y élnos dice que la tomo consigo y ella “vino  a lo suyo propio”, es decir: a su corazón, a su intimidad. Con el peso de María en el corazón estamos seguro que la adoración se cumple, que el peso del corazón baja y se asienta pacíficamente en el del Padre. 

Como atraído por un imán, me adhiero en el fondo del alma a mi Padre Creador. Aquí dudaba si poner mucha gente o pedirle al Padre que Él me diga específicamente con quién quiere que lo adore. 

Elegí primero poner en mi corazón a uno de los seres más abandonados que conozco y que tanto está haciendo sufrir a su madre con su dependencia de las drogas y deje que esta pobre criatura pese en mí con el peso que tiene para Dios. Porque esto es adorar. Al sentir el valor y el peso que una de sus criaturas tienen para el Padre, se despierta en nosotros la conciencia de quién es Él, de cómo nos ha creado por puro deseo de amistad y esa conciencia agradecida se siente movida a bendecir y a alabar y reverenciar y adorar, dando un culto digno de Dios. 

Estos son los dos pasos de la adoración que me enseñó el Espiritu.

Dejar que el Señor mire con bondad mi pequeñez y convierta mi corazón en una balanza. 

Poner a otro sobre esta balanza y dejar que pese como persona ante Dios, aumentando y haciendo descender con su peso el poco peso de mi corazón. Al estar pisando en la intimidad del Corazón del Padre, se despierta la alabanza y la adoración. 

Esto de la balanza me viene de mi jesuita vecino que está tan enfermito (y no puede salir de la pieza ni casi hablar por la traqueotomía). Es el único que tiene una balanza que está bien y me la presta. Creo que de aquí vino lo de la gracia de pensarnos en la balanza del otro. Y todo porque la Gloria de Dios es el peso de su amor, y se lo adora con el peso de la propia existencia y el peso del propio amor consciente y agradecido y el peso del amor solidario que incluye a los otros. 

Diego Fares sj

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron: – ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’ Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo: – ‘¿Esto los escandaliza? ¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha. Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida. Pero hay algunos de entre ustedes que no creen. Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le había de entregar. Y decía: – ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí  a no ser que le sea concedido por mi Padre. Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía. Dijo pues Jesús a los Doce: – ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’ Le respondió Simón Pedro: – ‘Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.’ (Juan 6, 60-69)

Contemplación

Duro es este lenguaje… Al escuchar el discurso del pan de vida muchos de los discípulos  comenzaron a murmurar. Me preguntaba: ¿Qué es propiamente lo duro, lo difícil de escuchar y aceptar de este lenguaje “espiritual”? ¿Por qué resultan duras palabras que, como dice Jesús y reafirma Simón Pedro, son “Espíritu y vida”? No se en aquel contexto qué les habrá parecido duro a los contemporáneos de Jesús, pero mirando nuestra sociedad actual, pienso que seguramente hay gente que no tolera un lenguaje como el de Jesús porque por su propio peso y coherencia no permite que se lo use para murmurar. Y si hay algo que una gran mayoría reivindica hoy es el poder decir cada uno lo que quiera y donde se le de la gana. 

El Señor, en cambio, cuando habla, siempre es para abrir un ámbito en el que se de la posibilidad al otro de entrar con Él en una comunión profunda de fe, de vida, de apertura a la verdad y de deseo de practicar esas obras de misericordia que nos hacen  iguales a nuestro Padre del cielo. El lenguaje de Jesús invita en cada frase, en cada palabra, en cada pequeño signo de puntuación como una coma, a hospedar, a ser hospedado y a crear comunidad.

Por eso es que no se puede torcer la intención de fondo con que construye su lenguaje Jesús de modo que derive en banalidades y mucho menos en chismes, murmuraciones o mentiras. 

Cuando decimos “lenguaje” yo lo uso en sentido filosfófico. El lenguaje no son solamente las palabras y la lengua que hablamos (estas constituyen su aspecto material), ni son solo los razonamientos y el discurso que hacemos (este es el aspecto formal), sino que el lenguaje es, en sentido profundo, un acontecimiento en el que las personas se comunican: cuando hablamos, adviene lo que se llama un intercambio comunicacional, en el cual los interlocutores adherimos al mensaje del otro bien comprendido o le pedimos que nos explique mejor lo que quiere decir (nos damos cuenta si no entendemos!). Cuando habla Jesús, cuando cuenta una parábola como la del hijo pródigo, cuando nos da el mandamiento del amor, la fuerza, la convicción y la bella claridad que tiene su lenguaje suscitan la admiración e invitan al asentimiento del que tiene buena disposición. El que no está bien dispuesto para un lenguaje así y quiere usar el evangelio para murmurar podra hacerlo, pero se verá seguramente frustrado más temprano que tarde.

 El lenguaje es constitutivo de nuestra vida de relación. Vivimos en comunidad gracias a este poder de comunicarnos que nos permite ser ayudados, ayudar, compartir y hacer cosas juntos. San Ignacio dice que “el amor consiste en la comunicación” y cuando se da verdadera comunicación y uno siente que es bien entendido y se hace entender es un gusto hablar y conversar.  Cuando no, vienen los problemas. 

 Jesús conecta su lenguaje directamente con la fe. Les dice: ustedes murmuran porque no creen, no tienen fe. Esto es algo que no sólo el Señor hace; cualquiera de nosotros cuando hablamos con alguien, si vemos que el otro no nos cree, nos detenemos y afrontamos ese problema de credibilidad antes de continuar hablando. Ser digno de fe es algo que toda persona pretende cuando habla. Si no me crees, si no crees lo que digo o, peor aún, si no confías en mí como persona que te habla sinceramente y para bien, es inútil entonces que hablemos. Este es el supuesto de básicos de toda comúnicación humana. 

En el terreno de las discusiones sobre cosas prácticas de la vida y sobre cuestiones de investigación, la credibilidad es pedida y se concede al otro con sus más y sus menos, en la medida en que se ve que es objetivo en lo que dice y que está abierto a la verdad. Pero cuando entramos en el ámbito del amor, de la amistad y de las relaciones interpersonales, la intención del que da testimonio de su amor sólo puede tener como respuesta la fe confiada del otro o el rechazo. No hay términos medios. Por eso Jesús plantea una y otra vez claramente que si alguien no cree en Él es mejor que se vaya. 

La fe es un don precioso que el Señor nos ha dado. Rezando hace dos noches y le decía a Jesús: Señor, creo en vos, sentía que esa era mi primera palabra para estar con Él. La primera palabra para empezar a conversar bien ubicado. Creo en vos, aunque no sepa expresar todo lo que esta fe significa. 

Una gracia linda que he pedido y siento que el Señor me ha dado es la de mi ángel custodio. Le pedí que venga cuando rezo y «modere» mi emotividad (como hacía el ángel custodio de San José) y me ayude a tener la reverencia amorosa que el estar hablando con mi Señor requiere. Al comenzar a rezar imagino que se sienta mi ángel y rezo: «el ángel del Señor acampa en medio de sus fieles y los cuida». Luego:

Ángel del Señor que eres mi custodio,

por un especial favor de la Divina Bondad para conmigo,

dignaos iluminarme, guardarme,

defenderme y gobernarme en este día.

Ayúdame en esta oración para que mis pensamientos, emociones y afectos

estén puramente ordenadas en servicio y alabanza del Señor.

Cuando siento que estoy pensando cualquier cosa, o que me distraje, o que estoy tentado… le pido que me devuelva al «tono espiritual» y me modere, para continuar rezando en paz y bien.

En esto de «encontrarnos con Jesús y de hablar con él en la oración», me ayudó a una expresión muy original del Papa Francisco en la entrevista que le dio a Spadaro. Decía: “El encuentro con Jesús no es un eureka empírico” (me hace reír la ocurrencia, pero es tan práctica!). Es decir, no es que lo veo a Jesús como si le pudiera sacar una foto con el teléfono o grabar el encuentro. Con Jesús el encuentro se va dando en el lenguaje, a medida que hablamos. Yo lo experimento diciéndole algo que busco en el fondo de mi corazón y tanteando a ver cómo le cae. Luego le pido que me lo corrija y que profundice Él lo que le quiero decir y así…

Otra noche, luego de dar vueltas y sinceramente ver que la verdad es que no sabía que pedirle al Señor que me diera, me vino claramente: Pedíme el Espíritu Santo. Quizá sea obvio para alguno, ya que sabemos que el Señor ha dicho que sin el Espíritu no podemos comprender todo lo que Él nos tiene para decir. Pero lo importante para mi es que en un rato de oración en que experimenté con fuerza mi impotencia para hablar con el Señor, de manera que lo que decía tuviera sentido, esta gracia de sentir que lo primero al querer rezar es pedirle al Señor su Espíritu para que inicie, modere y haga fecunda mi oración, fue una gracia grande. 

También es gracia esto de que el Señor pregunte si nos queremos ir. Anoche, por ejemplo sentía que no se me ocurría mucho que decirle al Señor y entonces le dije que se acercara más y que se quedara a la noche más cerquita mío, en silencio, imponiéndome las manos en mis dolores. Y eso me hizo mucho bien. Las Misioneras diocesanas tienen una canción hermosa -Amigos en Jesús” qué dice así: 

…Y es propio del que ama, el callarse y mirar.

Son miradas silenciosas que aman

ya no es necesario hablar”.

Es decir el lenguaje que hablamos con el Señor no sólo es para decir cosas, sino una manera de amarlo y de estar juntos, de estar con Él.

Por eso puede ser que el proceso de la oración parta de la palabra y llegue a sentir la mirada de Jesús, y allí se remanse: en ese mirarlo y que nos mire, y puede luego vovler a partir de la mirada para ir a buscar una nueva palabra que nos infunda coraje y nos ilumine para la misión. 

La palabra del Señor es Espíritu y vida. Esto significa que uno no debe estar muy apurado por decir cosas o escuchar cosas de Jesús, ya que basta que se imprima una Palabra suya en nuestro corazón para llenarnos una jornada y hasta la vida entera. 

El cura de Ars decía que a veces vamos a la oración atajándonos. Le decimos a Jesús de entrada: “Vengo pero un momentito nomás”. El pensamiento de que la oración tendrá que ser larga y continua y siempre fiel por ahí nos aleja de las ganas de rezar que sentimos en un momento y por no hacer una oración perfecta nos perdemos de charlar un dialogo sabroso con Jesús. Las tentaciones contra la oración suelen ser “bajo especie de bien”. El mal espíritu sugiere algo más perfecto y anula la oración real , con sus límites, que es la que le encanta a Jesús. 

Por eso creo que hay que ir por el lado contrario: el de desear durante el día y la noche el encuentro con el Señor y entonces aprovechar cualquier ratito y cualquier excusa para poder tener unas palabras con él. Madeleine Debrêl decía que si uno profundiza el deseo de encontrar a Jesús durante sus oraciones, cuando se da un momentito de encuentro, se aprovecha como si fuera un encuentro sorpresa que uno tiene con un amigo o una persona querida. Cuando nos encontramos por fortuna con alguien a quien no esperábamos ver, enseguida abrimos un hueco y creamos esos momentos especiales, tomando un café o deteniéndonos a conversar por unos instantes, y eso basta para alegrar el día. 

Parafraseando a Teresa podríamos decir que Rezar es andar en compañía con quien sabemos que nos ama. Ese sería un lindo título para la oración de hoy. 

Diego Fares sj

                                                                                             

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. 

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 

Apenas esta oyó el saludo de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, 

Isabel quedó llena del Espíritu Santo y levantó la voz con gran clamor diciendo: 

«¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 

¿De dónde a mí esto de que venga la Madre de mi Señor (y se me acerque) a mi? 

En cuanto sonó la voz de tu saludo en mis oídos, dio saltos de alegría el niño en mi seno. 

Feliz la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor». 

María dijo entonces: 

«Engrandece mi alma al Señor, 

y se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador, 

porque miró con bondad la humildad de su servidora. 

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, 

porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso: 

¡Santo es su Nombre! 

Su misericordia se extiende por generaciones y generaciones

Para con aquellos que le temen. 

Hizo ostentación de poder con su brazo:

dispersó a los soberbios en los proyectos de su corazón; 

Derrocó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos. 

Tomó bajo su amparo a Israel, su servidor, para acordarse de la misericordia, 

como lo había anunciado a nuestros padres, 

a favor de Abraham y de su descendencia para siempre.» 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa (Lc 1, 39-56).

Contemplación

La riqueza de la liturgia de la Asunción hace que uno quiera contemplar a María a través de todos los textos. Como si uno tuviera muchas fotos de nuestra Señora, una más linda que la otra, y las fuera mirando a todas, sin decidirse por ninguna.

Con la Virgen pasa así: cada uno tiene su imagen preferida, pero le gusta mirar las preferidas de los demás.  

Nuestro pueblo se complace en tener, en cada sitio, «su» imagen de María. 

Cada imagencita, cada estampa, es como la foto que cada pueblo le saca a nuestra Señora para tenerla siempre fresca en los ojos y en el corazón.

María una y multiplicada…, por el cariño… Ella misma lo profetizó…

La contemplación que hacemos hoy consiste en eso: en “elegir” la imagen que más nos gusta, en encontrar una perspectiva para, desde allí, darnos el gusto de mirar a nuestra Señora y dejar que su rostro, sus gestos, sus palabras, nos queden impresos en el corazón, de modo que cuando lo necesitamos, la sintamos cerca.

“Elevó a los humildes”.

Esta frase de María en su Magnificat puede darnos hoy la perspectiva que buscamos: puede hacer que «la miremos toda” desde este punto de vista de su elevación.

Miramos quién es la persona que dice esto y ante quién:

La prima joven es la que pronuncia estas palabras ante Isabel, la prima mayor. 

Se trata de algo que Ella siente en su corazón.

Ante el elogio de Isabel, que es personal –“Feliz de tí»-, María expresa que lo que el Señor hizo con ella, ella ve que lo hará con todos.

Y comparte con su prima y con todas las generaciones y generaciones que la seguimos esto que Ella experimenta en la Fe, esto que ella ve con su mirada que llega lejos: El Señor, nuestro Dios es un Dios que se complace en elevar a los humildes.

Así es el Dios que nos anuncia María de Nazaret. Entre otras muchas cosas, es un Dios que “tira abajo” y que “levanta”. Un Dios que se abaja y mira con bondad la humildad de su pequeña servidora y un Dios que hace ostentación de poder y derroca a los poderosos de sus tronos. 

Se trata de mirar no una cualidad de Dios, sino un modo de actuar. Y no un modo entre otros, sino algo esencial.

Es el Dios que “levanta» a Jesús de la muerte, lo pone en pie. 

Es un Dios que “hace subir a sí” a María, la primera elevada al Cielo – a esa intimidad sagrada del Dios Trino y uno que llamamos Cielo-.

Digo “elevación a la intimidad”, porque se trata de una elevación que “asume” –por eso Asunción- no de una elevación que traslada simplemente.

Los ojos de la Virgen, en su limpidez cristalina, disciernen este modo de actuar en que se complace el Todopoderoso: ella ve que hay gente a la que Dios eleva y gente a la que Dios tira abajo (con el deseo de elevarlos también a ellos  si quieren dejarse mirar en su pequeñez).

La liturgia rescata para María la imagen antigua del Arca de la alianza elevada en andas sobre los hombros del pueblo.

El libro de las Crónicas tiene una mención al traslado del Arca, cuando el Rey David la hizo subir al lugar que le había preparado en Jerusalem. Si imaginamos una foto, veríamos a los hijos de los Levitas trasladando el Arca de Dios, sosteniéndola sobre sus hombros con unas andas (1 Cr 15).

Se trata, pues, de una primera elevación-Asunción de María: en andas sobre los hombros de su pueblo fiel, que la ama. 

El peso leve de sus imágenes y cuadros sobre los hombros de las mujeres y de los hombres de nuestro pueblo…

Nos metemos entre la gente, recordando alguna procesión en la que hayamos estado y le ponemos el hombro a nuestra Señora. 

Dejamos que su peso leve y ligero se nos acomode en las espaldas y nos afirme el paso. Nos complace cargarla en alto porque deseamos que la miren a Ella, que Ella sea la alabada, la que todos los ojos miran… 

Y rezamos por nuestro pueblo, por la Iglesia, que necesita subirla a Ella en hombros, para sentir que el Señor habita en medio de su pueblo. 

Como dice el Salmo 131:

“El Señor eligió a Sión (a María), 

y la deseó para que fuera su Morada.

 «Este es mi Reposo para siempre; 

aquí habitaré, porque lo he deseado” .

Y le pedimos: 

“¡Levántate, Señor, 

entra en el lugar de tu Reposo, 

Tú y tu Arca poderosa!”

Hay gente a la que el Señor eleva y eleva “no mucho”: a María la eleva sobre los hombros de los demás. 

No la eleva Él solo, sino que hace sentir a todos ganas de elevarla y de ponerla en andas. 

Es una elevación comunitaria, en la que, al elevar a la Elegida entre muchos, todos nos sentimos elevados y unidos unos con otros. 

Es el gozo de coronarLa, de entronizarLa, de hacer ver que la mejor de todos es la que está en el Trono, la que conduce.

Nos quedamos contemplando a María elevada al Cielo, pero a ese Cielo que está cerquita, a la altura de nuestros hombros y de nuestro corazón si la ponemos en andas y la llevamos entre todos, como pueblo fiel de Dios.

Gustamos la proximidad del Reino de los Cielos en esa altura cercana de María, en ese su querer estar apenas un poquito por encima de sus hijitos. Hasta esa altura posible queremos, junto con Dios, elevar a María.

La imagen que tengo es la de nuestras procesiones multitudinarias en las que una imagencita de la Virgen sobresale apenas un poco por sobre las cabezas numerosas de la gente sencilla. 

Altura asequible para las manos que quieren tomar gracia. 

Altura de mamá, no de superstar. 

Altura que obliga a bajar a Dios a bendecir con su mano las cabezas de su pueblo si es que la quiere acariciar a ella. 

Altura que María comparte con la de los chicos a los que sus papás se ponen en hombros. 

Altura que se mantiene en contacto con la multitud fatigada y anónima, pero que con alla anda como ovejas que sí tienen Pastor.

Altura que derriba las alturas falsas a las que nos disparan nuestras pretensiones.

Reflexión para sacar provecho

Mirando a nuestra Señora, podemos ir reflexionando y sacando provecho…

¿De qué alturas me ha bajado o me tiene que bajar el Señor, para que pueda gozar de este elevar a María junto con mis hermanos?

En general, tenemos buen ojo para “tirar abajo” al que se le suben los humos, pero…:

¿estoy buscando mi lugar entre los que llevan las andas? 

¿estoy poniendo el hombro a alguna tarea común, de esas en las que anda metida María,

tipo visitar a su prima Isabel para dar una mano…, 

o cuidar que al pobrecito Jesús no le falten los pañales…,  

o andar por la cocina de las bodas de Caná viendo que hace falta el vino…, 

o siguiendo algún vía crucis de cerca, dando ánimo…, 

o estar junto con la comunidad cuando se reúne para rezar y para la Eucaristía…?

Diego Fares sj

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’. Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo: ‘No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí; y Yo lo resucitaré en el último día. Estáescrito: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí. No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien: Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. El que coma de este pan viviráeternamente. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 41-51).

Contemplació

Nos quedamos con esta palabra: “atraer” (“helkuo”). 

Es poco usada en el nuevo testamento, sólo cinco veces. 

Juan la utiliza para hablar de la acción del Padre que nos acerca a Jesús.  

También cuando el Señor dice que desde la Cruz “atraerá todo hacia sí” (Jn 12, 32). 

Helkuo” es atraer con fuerza, significa “arrastrar”, influenciar a otro. 

El término está presente en el pasaje de la pesca milagrosa. Juan dice: “No podían arrastrar la red por la cantidad de peces”; luego “Pedro subió a la barca y arrastró la red“ (Jn 21, 6 y 11). 

Es sugerente el texto de Santiago que dice: “Cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce” (St 1, 14).

Para poder creer en Jesús cuando nos dice que él ha bajado del Cielo, que es Pan de vida y que nos resucitará en el último día, necesitamos ayuda: que el Padre nos atraiga hacia su Hijo. Escúchenlo!, dirá; es mi Hijo predilecto. Podemos imaginar que sentimos una fuerza de atracción exterior como aquella con que Pedro arrastró la red cargada de peces; y también una fuerza interior, la que tienen nuestras pasiones que nos arrastran cada una hacia su objeto deseado. 

En el evangelio de hoy el Señor primero advierte a sus paisanos: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí. Luego cita la Escritura: Está escrito: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí”. La atracción que provoca el Padre no es mecánica. Uno tiene que escucharlo y aprender, en el sentido de darse cuenta de que está siendo atraído por una Persona hacia otra. 

Enseguida, Jesús da otra vuelta de tuerca: “No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien: Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna”. Es decir: no se trata de que nuestra fe en Jesús necesita la ayuda del movimiento en que la pone el Padre y en cambio nuestro escuchar al Padre y aprender de su enseñanza sea algo que podemos hacer espontáneamente. No. Solo Jesús conoce así al Padre y, como dice en otro pasaje, lo pueden conocer los pequeños a quienes Él se los quiere revelar. 

Como vemos, Jesús nos va situando, con su Palabra y con los ejemplos que da, en medio de Ellos dos, nos introduce en la hermosa relación que tienen su Padre y Él: allí todo se vuelve un círculo virtuoso, en el que el amor del Padre por su Hijo nos lo vuelve atractivo a Jesús, y el amor de Jesús por su Padre nos lo vuelve comprensible a nuestro Padre. (Todo el Evangelio de Jesús, y de manera única sus parábolas son “enseñanza” acerca de nuestro Padre.

En este punto, Jesús da un paso más y comienza a usar los ejemplos del Pan. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”. La atracción y la sabiduría de la enseñanza no se resuelve en el ámbito del “ver” -nadie ha visto al Padre-, ni en el ámbito del conocer intelectual, sino en el ámbito vital del comer. Sentirse atraído por Jesús es sentir ganas de comer la Eucaristía. Saborear conscientemente las enseñanzas del Padre es sentir deseo de saborear la Eucaristía. La relación con el Padre y con Jesús se establece así al nivel mas básico, el de la alimentación, el de recibir de otros seres lo que necesitamos para vivir: el Señor nos invita a comer su Carne, Él es el Pan vivo bajado del Cielo. 

Ahora bien, todos los gestos de amor de Jesús son gestos de comunión, gestos de partir el pan y de darse en alimento. Y como el darse en alimento enteramente, gratuitamente, es don de la propia vida, la entrega del Señor en la Cruz es, de todos los gestos de amor de Jesús, el acontecimiento que atrae con mayor fuerza en toda la historia. La fragilidad como de pan de Jesús, hecho pedazos en la cruz, es el imán poderosísimo que atrae de manera irresistible, 

que arrastra a todos hacia el que traspasamos. Atrae, precisamente porque no impone nada -el Señor todo se lo carga sobre sí-; atrae irresistiblemente porque no intenta seducir ni convencer a nadie: el Señor simplemente se entrega por nosotros, por pura amistad. Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos.

En la última cena Jesús tiene la delicadeza de darle un sentido de comunión y de amistad gratuita a su entrega en la Cruz. La Eucaristía sella este deseo de comunión que tiene el Señor y que está escrito en lo más íntimo de nuestro ser con el signo del pan y del vino. Esta es la verdad que atrae con fuerza irresistible: Jesús es pan, pan que se parte y se entrega para que tengamos vida. 

Le pedimos a nuestro Padre del Cielo que nos arrastre hacia la dulzura y hacia la ternura de la santa Eucaristía.

Diego Fares sj

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: – «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello»

Ellos le dijeron: – «¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? » 

Jesús les respondió: – «La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado» 

Ellos entonces le dijeron: – «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: –«Señor, danos siempre de ese pan»

Les dijo Jesús: – «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6, 24-35).

Contemplación

La gente sencilla del pueblo fiel busca a Jesús y el Señor les enseña a discernir bien lo que en realidad buscan. Les hace notar: Ahora me buscan porque han comido los panes y se han saciado. Esta es la experiencia que hay que discernir, la de lo que sacia. Han comido pan; el pan, como todo objeto de una necesidad, desaparece cuando se consume. Y al desaparecer, se apaga la necesidad, de manera cíclica, como sucede con todo lo que es alimento. Pero Jesús les hace ver que no han recibido solo un pan común, que el les ha dado algo mejor. Y los anima a trabajar con dedicación para recibir este pan que dura: el pan del Cielo que permanece y dilata el deseo haciendo crecer el amor y el corazón. Pan del Cielo es la metáfora. La palabra “cielo” modifica de manera impertinente a la palabra pan para hacer sentir que se trata de un pan vivo que no perece, un pan eterno, que no se consume porque no es objeto material, sino que es espíritu, alimento personal.

Jesús dice que deben trabajar, pero aclara que se trata de un Pan que nos debe dar Él, el que ha sido marcado por el sello del Padre, por el Espíritu. El que es espiritual nos puede dar un alimento espiritual. Luego aclara más y dice que el que da el verdadero Pan del Cielo es el Padre. Y con esto ya está diciendo que el Pan del Cielo es Él en Persona.

Estamos por tanto en el ámbito misterioso de la Eucaristía, de un Dios que nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre, de un Dios que se hace Pan para que podamos comerlo. Comerlo de esta manera espiritual, no como quien quiere quedar saciado, sino comerlo como quien quiere dilatar su corazón.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual. 

Hablábamos de un discernimiento que Jesús le ayuda a hacer a la gente (estos temas de alta mística el Señor los charlaba en la calle con la gente común, que sabe acerca de pan, de trabajo y de personas). Se trata de discernir una dimensión humana como tal, ya que si se la confunde con otras que pueden tener dinamismos parecidos, uno no se entera que “existe este espacio dentro suyo” y no se le ocurre que puede habitarlo, cultivarlo, aprovecharlo. Imaginemos que a uno lo hubieran hecho crecer con los ojos pegados y no supiera que, de poder abrirlos, la dimensión de la vista estaría intacta y podría ver. Bueno, algo así sucede con la Eucaristía. Muchos no saben que existe en su interior un apetito de Pan del Cielo, un hambre de un Pan que no perece, sino que dilata el deseo. Tienen “cerrado” el apetito! Comparto lo desesperanzador que es cuando alguna medicina te quita el apetito. Cuando te quita los sabores que corresponden a cada alimento y te hace sentir solo el sabor de su propia composición química en todo, hasta en el aire y la saliva. Junto con la incapacidad de discernir los distintos gustos, se cierra por completo el apetito, que deja de sentir necesidad de comer, salvo algo muy básico, para sobrevivir.

Es notable cómo se modifica la memoria y, consecuentemente, la esperanza. En poco tiempo, al ver un alimento que antes hacía que se nos hiciera agua a la boca, ya no sentimos nada, o peor aún, revivimos una experiencia del último mal gusto que nos dejó en la boca o que nos revolvió el estómago y el solo verlo u olerlo nos hace venir arcadas. El pensamiento de que no volveremos a sentir gusto por esa comida se instala a continuación, también con bastante facilidad. Cuando pasa el tiempo y el organismo se desintoxica y vuelven los sabores, también se borra la experiencia de mal gusto y se retoma la vida normal, con gran alegría. 

Tan unidos están los gustos sensibles, los alientos materiales y el continuo trabajo de la alimentación.

Todo esto para decir que el Señor nos tiene que educar para poder aprovechar la Eucaristía, porque en este mundo tóxico y consumista en que vivimos no se puede dar por descontado que el deseo de comulgar pueda surgir y mantenerse de manera espontánea. Sucede más bien todo lo contrario.Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres deseosos de este Pan celestial pero no todos ni siempre nos damos cuenta. A veces puede que no sintamos el apetito por tener el gusto estragado; pero también puede pasar que no sepamos ponerle nombre a un hambre que sí sentimos. Esta es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús. Pero solo puede ir haciéndolo en la práctica. Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez a lo largo de la vida, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan. Ahora, cuál puede ser una buena pedagogía para entrar en sintonía con la que Jesús usaba con la gente de su tiempo, que se enamoró de la Eucaristía?

No es fácil encontrar una pedagogía así en nuestro mundo que se debate entre los extremos de la saciedad más sofisticada y del hambre más terrible, sociedad en que conviven el hiperconsumo y la miseria total. El deseo humano es eso, humano, está hecho para interactuar con materiales humanos, naturales, diríamos, o delicadamente elaborados.

Encontré un diálogo de José Luis Martín Descalzo en el que hace hablar a Jesús, a María y a los apóstoles. Por ahí ayuda a despertar el deseo del Pan del Cielo a la manera de Jesús. Es un fragmento:

  • Hombre 

¿Tú fuiste un hombre o solamente un sueño enorme disfrazado de humano? 

  • Jesús 

Yo no «fui» un hombre.
«Soy» un hombre. Es distinto.
Yo tuve y tengo carne como tú.
No es que yo me vistiera de hombre para estar con vosotros,
lo mismo que se visten de mineros unas horas obispos y ministros
que luego volverán a sus palacios y despachos.
Yo asumí entera la condición humana,
tan hombre como tú, tan verdadero.
Yo tuve hambre como tú, sed como tú, cansancio;
yo conocí la soledad y el miedo,
supe lo que es luchar por los que amas sin que ellos te entiendan,
conocí la belleza de estar vivo,
el milagro del sol, la maravilla del agua.
No me gustó morir: estaba muy bien entre vosotros.
Yo me tragué la muerte como se traga un vaso de ricino
sólo porque vosotros necesitabais vida.

  • María
    Yo lo sé bien.
    Soy el mejor testigo, pues yo le tuve dentro,
    yo le sentí crecer en mis entrañas
    y salir de mi carne y de mi sangre.
    Le soñaba creciendo allá en mi seno como un gigante que me desbordaría!
    Pero… fue igual que todos, tierno y niño, diminuto y de goma, con lágrimas y hambre.
    Yo sabía que aquella dulce «cosa» entre mis manos era el creador del mundo, mas sabía también que moriría si yo no le acercaba su boquita a mi pecho.
    Hoy… le he visto subiendo camino del Calvario
    y he vuelto a preguntarme si todo no es un sueño.
    Mas yo sé que su carne traspasada sigue siendo la carne que yo traje y que él repartiría entre los hombres.
  • Hombre

Esto aún lo entiendo menos:
¿cómo es posible que tu carne muera
y que, veinte siglos después, alguien nos diga
que podemos comerte y devorarle? 

  • Cristo
    Tampoco yo lo entiendo. Yo «lo sé». Cuando estuve en la tierra muchas veces me pregunté a mí mismo si tendría derecho a volverme a mi cielo dejando en la estacada a mis hermanos.¿Cómo dejarles solos y morirme? ¿Cómo resucitar y abandonaros?Un día tomé un pan y, de repente, pensé que el pan tenla más suerte que yo mismo él estaría siempre en vuestras mesas, por él trabajaríais, estaría en vosotros, en las manos, en la boca, en el cuerpo.¡Tuve envidia del pan! Y pensé que podría quedarme entre vosotros, por él, con él y en él, a través de su miga y su corteza.
  • Hombre

Pero ¿cómo podrían entenderlo los hombres?

  • Cristo

Es que no lo entendieron.
Recuerdo que aquel jueves,
cuando por vez primera se lo anuncié a los doce,
se quedaron atónitos, convulsos, aterrados.
¿Es que se ha vuelto loco?, se decían.
Los doce vivían ya en el miedo,
ya les olía a muerte mi mirada
y pensaban que, al morir yo, caerían las columnas del orbe.
Los doce me querían,
pero no me entendieron nunca.
¿Cómo podría caber yo en sus cabezas?
Tomé el pan y les dije: «Esto es mi carne»,
y tendieron las manos temblorosos,
tocaban aquel pan, lo remiraban, lo llevaban a la boca aún temblando,
lo masticaban cuidadosamente queriendo allí encontrar el sabor del misterio. ¡Y después me explicaron que les sabía a sangre!
Era yo.
Soy yo, el que cada día se ofrece en los altares.

  • María
    ¡Ah, si el hombre supiera que lo puede tener dentro del alma
    como lo tuve yo dentro del seno!
    Pero hace falta tanto amor para entender
    que ni yo misma lo entendí del todo.
  • Cristo
    No hace falta entender. Nunca se entiende. Ya basta con amar.
    El corazón -ya lo sabéis– tiene en esto razones
    que nunca aclararán los silogismos.
    ¿Creéis tal vez que yo hubiera muerto aquel viernes
    si sólo llego a usar la inteligencia?

Diego Fares sj

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, 

y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. 

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. 

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: – «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» 

Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. 

Felipe le contestó: -«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» 

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: -«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» 

Dijo Jesús: -«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres  en número de unos cinco mil. 

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo  los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.» 

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que  habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: -«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» 

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

En este tiempo de vacaciones en nuestra querida enfermería San Pedro Canisio, junto a la Curia General Jesuita, ando con tiempo de sobra para rezar y la verdad es que lo hago a gusto. Y como desde hace una semana el Señor me viene dando una gracia particular la comparto con sencillez hoy, porque junto con el consuelo de la oración, el Señor me confirmó que es algo suyo, planeado, si se puede hablar así. Es una “segunda gracia” que el Señor da en la oración y tiene que ver con lo que Ignacio llama “reflexionar para sacar provecho”. Con las gracias siempre puede uno ser más delicado y atento a la hora de valorarlas y de reconocerlas para dar gracias debidamente. En la oración el Señor da distintos tipos de consolación -alegría, paz, aumento de caridad…-; pero también es una gracia reflexionar acerca de lo recibido y en qué grado se dio; y una tercera, gracia, que siempre hay que pedir, consiste en poder comunicar a otros lo recibido con el mismo Espíritu e intensidad con que el Espíritu nos lo hizo sentir. Son cosas distintas y hace bien meditar en ellas.

 Esta de la “reflexión para sacar provecho” es una gracia muy linda, porque uno no solo recibe “algo” del Señor -en el sentido de un sentimiento para gustar o de una situación que logra discernir- , sino que también comparte el gusto que siente el Señor al dar su regalo, es decir, uno participa de algo que experimenta el Otro. Todo esto no es otra cosa que comunicación, y como dice Ignacio, “el amor consiste en la comunicación”, en dar y recibir uno del otro cada uno dando de lo que tiene y puede. 

Con la gracia de la que hablo sucede así: el Señor me hace sentir su presencia de manera muy intensa -con alegría y lágrimas- y está haciendo todas las noches hacia las 3 de la mañana. Como tengo que tomar agua todo el tiempo para que riñón trabaje sin esforzarse, no duermo profundamente, sino que descanso en una especie de somnolencia leve y tranquila. Pero, como decía, a eso de las tres se me hace sola una contemplación entera, en general de los ejercicios. Es como si me la predicaran. Anoche, me avivé de lo de la hora y me animé a preguntarle al Señor si eran impresiones piadosas mías o si de verdad se le estaba ocurriendo venir todas las noches a la misma hora, con eso de “estoy a la puerta y llamó…”. No digo que me dijo: “Y qué te parece! Ya va una semana! No?”, pero dentro mío se formaron unas palabras más o menos como esas (en realidad las palabras fueron más cercanas a un “te avivaste!”), mientras sentía que le abría la puerta y que el Señor entraba a charlar un rato, como la noche aquella en que lo visitó Nicodemo. 

La charla -o contemplación que se arma – arrancó por el lado de la escena del Señor con Pedro junto al lago: Hace días que vengo tratando de “perforar” en el terreno duro de este deseo, en busca de encontrar el modo como el Señor se quiere relacionar conmigo: que si tengo que dejarlo que venga Él cuando quiera o llamarlo más; que si lo primero es pedirle que mire mis infidelidades y me sane de mis pecados y enfermedades o si le tengo que preguntar cosas y escuchar lo que dice en el Evangelio… Me he estado preguntando también con qué personaje del Evangelio puedo identificar el trato que quiere tener el Señor conmigo (antenoche me parecía que Zaqueo me viene bien, dado que soy de la especie de los cobradores de impuestos). No terminaba de encontrar nada que me conformara  como algo definitivo pero, de golpe, me llamó la atención que el Señor le preguntara a Simón Pedro si lo amaba como amigo e, inmediatamente, en vez de ponerse a charlar acerca de cosas suyas, como en general hacemos con nuestros amigos, le saliera con lo de pastorear a sus ovejas y corderitos. Ahí encontré algo! Jesús trata a Simón como un par, le encarga que colabore con su misión de pastorear y lo involucra en su carisma de intercesión (el Señor está siempre intercediendo por nosotros ante el Padre). 

Esto de la intercesión de a dos es un modo de relación “definitivo”, en el sentido de que es algo propríisimo de Jesús y Él decide compartirlo! Ayudame a interceder, le dice a Pedro, ayúdame a rezar! La relación no va por el lado de mírame a mi a ver qué pienso de vos, sino ayudémonos a mirar a los demás. 

Sin excluir otros modos, como los de tener una relación de Dios a hombre, de Redentor a pecador, de Maestro a discípulo, de Esposo, de hermano, hermana, Madre y de amigo, Jesús se quiere relacionar con Pedro como con uno que le ayudará a pastorear y a interceder por los demás. Esto me hizo bien y caí en la cuenta que mi oración de estos días había ido por ahí: en vez de andar mirando cómo estaba el Señor conmigo -cosa que no me llevaba a nada concreto-  terminaba siempre encontrando gusto en interceder por tantos amigos y amigas que también rezan por mí. Uno por uno, por toda la gente que conozco y pidiendo por sus necesidades. 

En el Evangelio de hoy, sucede igual: Jesús lo involucra a Felipe poniéndole el problema de cómo dar de comer a la gente que los sigue, con hambre de la Palabra de Dios y también con hambre de pan. Es un modo de relación particular este que se da entre los que comparten una misión de ayudar con obras de misericordia a los demás, sean corporales, como dar de comer (y juntar las canastas), sean espirituales, como pastorear, cuidar y consolar… 

En el mosaico de Rupnik, la imagen del pibe en puntitas de pie, que le alcanza sus cinco pancitos a Jesús, es conmovedora. El Señor involucra a los más pequeñitos en esta oración de intercesión. No hace falta ser un Samuel, un Moisés o un Isaías para interceder ante Yahveh. Gracias a Jesús, la oración al Padre del más pequeñito del Reino es superior a la de todos los grandes intercesores del AT. 

El Evangelio incorpora todos los pedidos de las madres, todos los deseos de los enfermos, todos los sueños de la gente humilde, que se suman al deseo de que “venga el Reino” que es el motor del Corazón del Señor. 

Nadie mejor que el Papa Francisco para decir algo sobre la intercesión. Decía en una de sus catequesis sobre la oración: “Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. 

Todos necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad. En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión.

Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… 

Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie. La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad quien reza —ya sea la soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora para rezar— se separa de todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo. 

El Catecismo escribe: «Interceder, pedir en favor de otro es […] lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios» (n. 2635). Esto es muy bonito. Cuando rezamos estamos en sintonía con la misericordia de Dios: misericordia en relación con nuestros pecados —que es misericordioso con nosotros—, pero también misericordia hacia todos aquellos que han pedido rezar por ellos, por los cuales queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios. Esta es la verdadera oración. En sintonía con la misericordia de Dios, ese corazón misericordioso. «En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos» (ibid.). ¿Qué quiere decir que se participa en la intercesión de Cristo, cuando yo intercedo por alguien o rezo por alguien? Porque Cristo delante del Padre es intercesor, reza por nosotros, y reza haciendo ver al Padre las llagas de sus manos; porque Jesús físicamente, con su cuerpo está delante del Padre. Jesús es nuestro intercesor, y rezar es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al Padre, por los otros. Esto es muy bonito” (Francisco, Audiencia General, 16 de diciembre 2020).

Diego Fares sj

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