Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Contemplaciones 2022’ Category

Estando el pueblo expectante todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-, respondió Juan diciendo a todos: «Yo los bautizo a ustedes en agua; pero viene El que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»

Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar Jesús también fue bautizado, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: ¡«Tú eres el Hijo mío, el predilecto, ¡en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

Lucas nos presenta dos imágenes del Pueblo de Dios: una, es la del Pueblo en “expectación”. Esperando al Mesías. La otra imagen es la del Pueblo “en oración haciéndose bautizar”—.

En ambos casos, Jesús se encuentra en medio de la gente, no escondido sino como uno más en medio de los suyos. Cuando uno está en medio de su pueblo en alguna fiesta o en la celebración de algún sacramento, no se hace notar sino cuando corresponde, cuando le toca a él protagonizar. Es el caso de Jesús que estaba en la fila, con todos los “pecadores” – los que se iban a bautizar – y cuando le toca su turno, se hace bautizar por Juan. 

Corazón expectante

De la primera imagen, me quedo con la palabra “corazón”. El pueblo “se preguntaba en su corazón”. Esta es la manera religiosa de estar de nuestro pueblo, que está atento a los signos de Dios. Tener una pregunta común en el corazón es lo que nos moldea como pueblo. A esa pregunta responde Juan. Él es un profeta que “le habla al pueblo allí donde están las preguntas más hondas de su corazón”. Estas preguntas tienen que ver con el Mesías, con el que viene a salvarnos. El pueblo no “hace teología”, no está estudiando quién es Dios o cómo es. El Pueblo de Dios conoce a su Señor. Y sus reflexiones van por el lado de discernir quién es el elegido ( se preguntan si será Juan) y cuándo comenzará a actuar el Mesías.

Allí, en ese corazón de su pueblo ,como en un pesebre, está habitando Jesús desde hace treinta años, participando de la vida de su Pueblo como uno más, que trabaja, que reza, que celebra y peregrina cada año al Templo… 

Para saber dónde está Dios habitando y actuando hoy”, tenemos que contemplarlo “en el corazón expectante de nuestro Pueblo”. Tenemos que “hacer teología” reflexionando acerca de cuáles son las expectativas de nuestra gente.

Aquí, más que inventar y responder a preguntas así llamadas “teológicas” debemos responder señalando “personas”: acercando a la gente a las personas que “ven su dolor y escuchan su clamor”. Como Juan el Bautista debemos decirle a la gente: mirá que yo “te bendigo con agua”, pero hay uno que bautiza con Espíritu Santo y Fuego. Uno que santifica de verdad, que perdona y sana, que pone en pie y misiona. Uno que te hace sentir su compañía y que viene a liberar a su pueblo. Lo libera de las discusiones inútiles y de los que buscan confundirlo. 

Nuestra misión es señalar al Mesías, a ese “Buen Samaritano colectivo” del que habla el Papa Francisco. Esas personas que son “más que solo ellos”, son personas que piensan y actúan junto con otros y se unen para llevar adelante las obras de misericordia que necesita hoy el mundo. 

Debemos señalar y apoyar a las Personas que conocen las angustias de la gente y se juegan para liberar, sanar, consolar, acompañar. 

¡Personas! El pueblo en su corazón busca otros corazones: los de gente que tenga corazón y desde allí reflexione, sienta compasión, elija intervenir y actúe con obras de misericordia. Personas que reconstruyan y sanen las heridas con misericordia, y que le digan al corazón: “con amor eterno te amaré”. 

Por el contrario, para saber donde “no está Dios habitando y actuando hoy”.

Dios “no está” allí donde se habla de otras expectativas que no son las de la gente. Dios no está allí donde “se discute” de él, donde se discute lo indiscutible”: allí donde alguien obra con misericordia y caridad y se le ponen “peros”.

En oración “gustosa”

La otra imagen es la del Pueblo (con Jesús en medio) en oración. En general se presenta solo a Jesús en oración, pero no es así: estamos en un bautismo general y como sucede en nuestros bautismos, siempre hay mucha gente que participa. Y la gente sabe que está en oración, que está en una ceremonia religiosa. Es allí donde el Pueblo está “en expectación”. Una expectación que se agrega y concentra la vivencia religiosa común. 

Lo lindo es que en esta “oración de expectación” se abre una brecha al Cielo. ¡Se abre el Cielo directamente! Esta es la expectación milenaria de todo el Antiguo Testamento: que se abra el cielo y descienda Dios ha hablar con su pueblo y a ponerse delante de su caminar. Que vuelva el Señor a salir en medio del camino a invitarnos a trabajar en su viña. Que baje corriendo el Padre de su azotea a abrazar al hijo pródigo -nuestro hermano- que vuelve (¡y a salir nosotros con él a abrazarlo también!).

Esta oración del Pueblo de Dios es una oración de “predilección”. Esto se ve en que Dios responde a una pregunta que no se le ha formulado directamente así, pero que “está en el fondo del corazón” de su Pueblo. El Padre señala a “uno que está en medio de la gente desde hace años” y que es “su predilecto”. No es un recién venido ni un improvisado; no es uno que viene directamente de una experiencia celestial y se pone a vivir en medio de la gente. Nada de eso: el Padre señala a un Jesús que está entre nosotros desde niño, desde bebé, desde que lo fueron a adorar los pastores y los magos. ¡Es uno de nosotros! Uno que vive desde hace tiempo entre nosotros. Eso es lo lindo porque extiende la predilección del Padre a todo el tiempo que Jesús ha vivido en medio de su pueblo. (Lo mismo pasará de ahora en más: la predilección del Padre se extenderá a todo el período de tiempo que Jesús resucitado habitará en medio de nosotros, en la sencillez de cada eucaristía y de cada sacramento. Acompañándonos a lo largo de la historia, allí donde uno, en su oración, “teje una historia común con otros”, viviendo un carisma, practicando una espiritualidad, trabajando en un determinado tipo de obras de misericordia -las que perdonan pecados, las que sanan heridas, las que alimentan, visten y acogen y visitan-; y las que enseñan a rezar y a discernir el bien en medio de las ambigüedades de la vida, como dice Francisco.

¡La gente desea un Mesías que lo salve de algunos males y el Padre nos revela un Mesías pleno de vida, de Vida Eterna, que nos vivifica con su Espíritu en todas las dimensiones -personales y comunitarias- de nuestra vida humana!

A Jesús hay que “descubrirlo” como “el Predilecto” en nuestra vida. Como Alguien muy especial. Al que no hay que menospreciar ni mucho menos “ningunear”. Tenemos que cultivar las actitudes básicas del respeto y del valorar la dignidad del Otro para que “brille” y “se nos muestre”. Si a Jesús no lo tratamos como “es” (no solo como se merece, sino como es, simplemente se “vela”, se opaca, pero no por culpa de nadie, sino que es algo parecido a lo que sucede con muchas personas, que, si no las valoramos, no las vemos, así, directamente. Uno se da cuenta a veces cuando mueren o se nos alejan. Pienso que algo de esto pasa con Francisco: hay muchos que directamente “no lo ven”. Y si a Jesús le gusta (y nos juzgará por ello) que “veamos su rostro en el de los pobres” cuánto más le gustará que lo veamos al mismo tiempo “en los que aman a los pobres” y “trabajan por los pobres”. ¡Son dos miradas que van juntas, necesariamente! ¡En los ojos de los pobres veremos a los que los cuidan! En el corazón de los más pobres nos encontraremos con los que los aman y ellos tienen en su corazón. 

Diego Javier Fares sj

Read Full Post »

ENCUENTRO CON EL SEÑOR

En la Anotación 3ª para ayudar a los que dan y hacen los Ejercicios Espirituales, San Ignacio dice así: 

“Advirtamos que, en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocal o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus santos, se requiere de nuestra parte mayor reverencia que cuando usamos el entendimiento entendiendo (y razonando sobre cosas)”.

Las contemplaciones no son un ejercicio meramente intelectual, en el que uno está pensando solo, sino un encuentro con el Señor,  en el que conversamos de corazón a corazón con Jesús y con los personajes del Evangelio. No se trata por tanto de “pensar cosas” sino de “dialogar con el Señor en persona”. Es verdad que pareciera que, en cierta manera, estas mis largas contemplaciones van a contramano de lo que debería ser la esencia del E-mail -comunicar las cosas sintética e instantáneamente a la mayor cantidad de personas de un modo que sea fácilmente “archivable”-, por decir algo. Paro la “trampita” está en que lo que les mando por este medio -el E-mail- es el Evangelio. Y el Evangelio es un tipo de Palabra especial (por decir lo menos) que actúa “mejorando” cualquier medio que use. El Evangelio que mando va más como un “programa” que como un “simple texto”.  Un programa de esos “ejecutable”. Y el que lo “ejecuta en cada persona” es el Espíritu Santo. Por eso al leer, es bueno recordar que la Palabra que va escrita en el mail y las sugerencias para la contemplación, son “la mitad” de una contemplación, o mejor, “la tercera parte de una contemplación”. Las otras dos terceras partes se reconstruyen con lo que cada uno siente y gusta según el Espíritu le da la gracia.

COMPOSICIÓN DEL LUGAR

La lectio divina que hace Juan en su prólogo sitúa la Encarnación en un contexto teológico universal, pero es fruto de una contemplación tan sencilla como la de mirar al Niño recostado en el pesebre, tal como lo presenta Lucas. Podemos hacer la lectura de esta página solemne del comienzo del Evangelio según Sn Juan teniendo algún Niño Jesús pequeñito en una mano, sintiendo que Nuestra Señora o San José me lo brindan y me permiten recibirlo y contemplarlo con adoración.

PETICIÓN

Padre, te pedimos la gracia de amar a Jesús como a un hijo.

Lectura y contemplación del Evangelio (teniendo delante la imagencita del Niño)

Al principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera

que, al venir a este mundo,

ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

(Hijos que) no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:

‘Este es Aquel del que yo dije: 

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos recibido

y gracia sobre gracia:

porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, 

que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

MEDITACIÓN

Elegimos una frase para entrar en el misterio de la Encarnación:

La gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo,

de su plenitud todos nosotros hemos recibido, y gracia sobre gracia.

¡La gracia y la verdad!

Estas dos palabras nos hacen bien a todos. 

Todo ser humano valora y anhela lo gratuito y lo auténtico.

Ahora bien, Juan nos habla de 

La gloria que recibe Jesús del Padre 

como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”.

No se trata de “algunas gracias particulares” ni de “una verdad dentro de los límites de nuestros paradigmas”. Juan nos habla de un Jesús que es la Vida y la Verdad. 

Esa vida llena de armonía y de un sentido misterioso que experimentamos en nuestro propio ser y en todo el universo. 

Esa vida y esa verdad contra la cual, a veces, la muerte y el absurdo parecen jugar de igual a igual, pero que al final resultan vencidas, porque “mientras hay vida hay esperanza (verdad, sentido)”, decimos; y es la convicción más honda que nos lleva a vivir. 

El Evangelio nos dice que Jesús es la fuente de esa vida y de esa verdad de la que todos vamos recibiendo.

Pero la maravilla más grande no es tanto que esta verdad y esta gracia existan sino ¡que se hayan vuelto pequeñas, para que todos podamos recibirlas, para que crezcan junto con nosotros, a nuestra medida, haciéndose a nuestro paso!

¡La gracia y la verdad!

CONTEMPLACIÓN

¡Qué hermosas palabras para expresar lo que trae en las manos Jesucristo!

La gracia y la verdad es lo que recibe quien se acerca al pesebre lleno de ternura y deseo de adorar, y contempla las manos pequeñitas.

La gracia y la verdad es lo que recibe el que besa la Cruz, lleno de piedad, 

y contempla las manos traspasadas.

La gracia y la verdad es lo que recibe el que cree en el Resucitado y contempla las manos lastimadas.

La gracia y la verdad es lo que se nos pone en nuestras manos, unidas a manera de las tablas del pesebre, al recibir la Eucaristía.

La gracia es “amor gratuito”. Por tanto, es “el amor” y la verdad lo que nos trae en sus manitos el Niño.

La contemplación de este amor y esta verdad pequeñitos debe conmover nuestro corazón.

¿No nos damos cuenta del mensaje? 

¿No nos desarma que Dios quiera ser amado como un hijo?

El amor al Padre nos dirá luego Jesús, consiste en hacer su voluntad.

Pero todo comienza por el amor al Hijo.

De hecho, el amor al Padre está cuestionado desde hace mucho tiempo en nuestra cultura. Los más piadosos lo mantienen un poco formalmente, pero la actitud de fondo es “tener al Padre ahí”, a distancia, en una mezcla de actitud de hijo pródigo y de hijo mayor, que mantienen a distancia a su Padre, preocupados por la herencia.

Y resulta que ya desde que Jesús pronunció aquella hermosísima parábola, el Padre no quiere otra cosa que compartirlo todo con los hijos. 

Para eso fue que envió a su Hijo. 

Y el Hijo, antes de ser el Maestro que nos enseña a cumplir la ley en su plenitud, quiere ser amado como hijo nuestro.

¡Dios se anima a que comencemos a amarlo como a un hijo nuestro!

Es que él sabe que, aun siendo malos, sabemos dar cosas buenas a los chicos.

Que somos mejores como padres que como hijos.

Que cumplir los mandamientos del Padre se nos hace “culturalmente” difícil, pero que amarlo como a un hijo, quizás no tanto.

Es que uno ama gratuitamente a los hijos.

Lo da todo por ellos.

Las cosas más difíciles le salen como por instinto.

Un padre y una madre saben que tienen defectos, pero eso no impide que tengan la certeza de estar dando su amor más auténtico y más puro a sus hijos.

Un amor que se corrige solo, sin que nadie de afuera nos lo diga: uno sabe cuando fue egoísta o demasiado severo… uno sabe cuando se olvidó de algo… y no desea otra cosa que corregirse.

Este amor quiere Jesús. 

No otro.

De este amor quiere que brote todo:

            Nuestra oración, que comenzará con balbuceos, igual como comienza el diálogo con los bebés.

            Nuestro culto, que cultivará las ganas de tener al Señor, de besarlo y contemplarlo, aunque la casa esté con ese desorden que causan los chicos.

            Nuestra economía, que estará marcada por esa ausencia de cálculos a la hora de compartir y de darle a los hijos lo mejor.

            Nuestra justicia, que se ajustará a cada situación desde el peso decisivo del amor que inclina la balanza a favor del hijo.

            Nuestra política, que buscará ser estable en el rol de padres, sin ambiciones de “otros cargos”.

“Un niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado”.

Que el Señor nos de la gracia de recibir el año nuevo y de recibirlo a El como a un hijo recién nacido.

Diego Javier Fares sj

Read Full Post »

Pedimos al Señor su bendición para todo el año 2022 tomando la que nos da en el libro de los Números, que es la bendición más antigua – la esencial: la del rostro y la de la paz -. Es una bendición que otro nos da y que podemos dar nosotros en nombre de nuestro Dios, que comparte el don de ben-decir:

“El Señor dijo a Moisés:

Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos:

Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán:

«Que el Señor te bendiga y te proteja.

Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.

Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.»

Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas,

y yo los bendeciré” (Núm. 6, 22-27).

La memoria de María y el Nombre de Jesús

Los pastores fueron rápidamente 

y encontraron a María, a José, 

y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, 

y todos los que los escuchaban quedaron admirados 

de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios 

por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, 

llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús

nombre que le había sido dado por el Ángel 

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

CONTEMPLACIÓN

Al terminar un año y comenzar otro, contemplamos dos imágenes que son fuente de mucha consolación: Una, la imagen de “María que guarda todas las cosas en su corazón”.  Como dijo hoy Francisco: María custodia meditando. Custodia cosas que no entiende (el ángel había hablado de un “trono” y Ella ve a su hijito en un pesebre. María no discute ni comenta, sino que guarda las cosas que suceden -toda la realidad- y su modo de custodiarlas es “meditándolas”, “rumiándolas” para ser más precisos. La meditación que “mastica” la realidad mezclándola con la palabra de Dios la protege del desgaste del palabrerío.

Contemplamos a nuestra Señora de la memoria cuidadosa y le pedimos que guarde también “nuestras cosas” – las que nos pasaron este año, las que nos pasan- en su corazón de Madre. 

Podemos hacer cada uno el ejercicio de “traer a la memoria” como dice Ignacio, algunas cosas de este año. Y lo hacemos apelando al corazón de María. 

Juana Molina tiene una reflexión muy linda sobre los colores y la música que viene al caso. Ella reflexiona y hace notar que los colores cambian con la textura de las cosas que colorean. ¡No es lo mismo un azul profundo en una remera que en unos ojos! 

También sucede con la música: la misma melodía suena diferente en una guitarra y en un violín. Si uno escucha al grupo Vedruna de Ain Karem, que apela a la sobriedad de sus voces, de la guitarra y poco más, sentirá esto de las “texturas”. (cfr. En youtube la canción “Ain Karem-Alégrate” que es distintiva del grupo: https://www.youtube.com/watch?v=f09ztLDav9A).

Los recuerdos también cambian de acuerdo con la textura del corazón que recuerda, al timbre de nuestros sentimientos. No recuerda igual una madre que un extraño (y que nosotros mismos como hijos a veces desatentos a lo que nos pasó). La gracia que pedimos es “recordarnos este año con el corazón de María”, dejando que las cosas que pasaron resuenen en las fibras más tiernas de su corazón y se coloreen con la clarividencia de su esperanza. 

La misma realidad “objetiva” de lo que nos pasó, puede verse y sentirse muy distinto si el instrumento y la tela son el corazón y los ojos de María. 

El Evangelio nos revela algunas claves acerca de cómo recuerda María: Ella recuerda dejando que su corazón se llene de gozo, ella recuerda cantando alabanzas, Ella recuerda dando gracias… 

Y envuelta en esta tonalidad mira el futuro. Su mirada se llena de Jesús que la limpia y la vuelve diáfana para ver a Dios en todas las cosas. 

María ve todas las cosas en Clave de Jesús. Recordando a su Jesusito, nos recuerda a todos. 

Así nosotros, podemos ir recordando el año con los sentimientos de María, pidiéndole que nos afine si desafinamos y que pinte cada cosa con el color adecuado:

Recordamos con agradecimiento humilde el año pasado en Jesús, ya que, como dice Pablo “en El vivimos, nos movemos y existimos”,

y damos gracias a Dios por tantas gracias…

tantas bendiciones…

tantos rostros…

tantas lágrimas…

tantas penas y alegrías compartidas… 

Tantos sufrimientos este año en que nos golpeó la soledad del Covid.

Meditando lo vivido en sintonía con el corazón de la Virgen, vamos dejando que el peso de su amor se aposente en nuestro corazón e incline toda interpretación de las cosas –buenas y malas- hacia el lado de Dios nuestro Señor. 

EL NIÑO

La otra imagen que contemplamos es la imagen del Niño en el momento en el que le imponen el Nombre bendito de Jesús.

 El dulcísimo Nombre de Jesús.

Imaginamos el rostro de José, teniendo en brazos a su hijo, inclinado sobre Él, pronunciando su Nombre con orgullo de Padre.

Imaginamos el rostro de María al pronunciar por primera vez –oficialmente- el Nombre que comenzó a susurrar desde el momento en el que lo concibió por obra del Espíritu.

No podemos decir Jesús sin que se nos llene de misericordia la boca 

y el corazón lo sienta amigo, cercano, Dios, compañero… Pronunciarlo es saborear su caridad.

Jesús, nuestro todo.

¡Qué gracia infinita poder reunirlo todo en un Nombre!

Poder decir Jesús y que estén allí todos nuestros amores, todas nuestras ilusiones, todos nuestros (sus) sufrimientos.

¿Acaso no es ese el anhelo más profundo del corazón del hombre?

¿Acaso no es eso lo que nos hace humanos?

¡Recapitular todas las cosas en un solo Nombre!

Poder decir Jesús y que no se pierda ninguno, nadie, ni uno solo de todos los pequeñitos que el Padre creó con tanto amor.

Poder decir Jesús y que baste, que quede saciada nuestra sed de más, en esa sola fuente.

Poder decir Jesús y que se abran todas las puertas de todos los corazones, y que todas las creaturas se vuelvan hermanas, como descubrió Francisco y nos lo volvió a traer el otro Francisco. 

Poder decir Jesús y que esas cinco letras sean el código clave que todo lo vuelve accesible, familiar.

Poder decir Jesús y que se concentren todos los valores: “todos los tesoros del cielo y de la tierra que están escondidos en Él”, como en una única moneda que todo lo paga y multiplica su interés.

Poder decir Jesús y que se vuelva pan tierno en la boca, y vino alegre en el corazón.

Poder decir Jesús y sentir que se ponen en marcha, como infinitos rebaños, todos los hombres y mujeres de la tierra para reunirse en torno a El, deseosos de ser juzgados, pesados y medidos por su misericordia infinitamente justa.

Sin el Nombre de Jesús ¡qué fatigosa tarea la de tratar de recordar todos los nombres! 

Y qué pena de tantos que se nos olvidan o se nos pierden. 

Sin Jesús quién puede tolerar el peso de no saber si fueron ciento cincuenta mil los muertos en el mediterráneo o si hubo un niño más al que el mar arrancó de los brazos de su padre.

Con Jesús, aunque más no sea con poder pronunciar el nombre de Jesús, 

qué alivio de saber… 

Que hay esperanza de que nadie haya quedado excluido, 

Que ningún pajarito haya caído muerto en tierra sin que el Padre lo supiera,

Que ninguna abuela haya puesto sus dos moneditas sin que retintineara una emoción en el corazón del Señor.

Que ningún caminante recibió un vasito de agua sin que el ángel de la guarda lo anotara en el libro de los gestos de la vida,

Que ninguna ovejita anda perdida sin que su buen Pastor la ande buscando…

Con Jesús, ningún deseo queda lejos de la orla de un manto que sana.

¡Sin Jesús qué dispersión el universo!

Qué desperdicio la creación, corriendo a perderse en el olvido.

Qué desperdicio las galaxias en fuga… 

Qué desperdicio la energía de los soles…

Qué desperdicio de esfuerzos:

los de cada niño que aprende a leer, los de cada mamá que educa,

los de cada papá que lleva de la mano.

Sin Jesús que unifica, sin Jesús que recapitula, sin Jesús que asume, ¡qué desperdicio tanta vida!

¿Se puede poner tanto en Jesús?

¡Infeliz el que ponga menos!

¡Si tenemos a Jesús sólo para algún momento de devoción aislada, somos los más desdichados de los hombres!

Si decimos Jesús que sea para morir con ese Nombre en los labios, como Francisco Javier.

Si decimos Jesús, que sea para andar siempre en su compañía, como nuestro padre Ignacio.  

Te pedimos Señor,

que quienes veneramos el Santísimo Nombre de Jesús

disfrutemos de la dulzura de su gracia en esta vida

y de su gozo eterno en el Cielo.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

Diego Javier Fares sj

Read Full Post »

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, 

sin que se dieran cuenta sus padres. Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. 

Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: 

«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, muy angustiados, te andábamos buscando». 

El les dijo: 

«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en lo de mi Padre?» 

Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres  (Lc 2, 40-52). 

Contemplación

            “Las cosas del Padre…”. ”. Cuando alguna “cosa” del Padre surge, se hace presente, se deja ver, para Jesús se transforma en un “tengo que estar allí”. Jesús nos revela, en primer lugar, que las cosas del Padre son todas, ya que El Padre no excluye a nadie ni quiere que se pierda nada: El quiere que todos se salven, que ninguno se pierda, que todos reciban lo suyo. El Padre sabe de los pajaritos que caen y tiene contados nuestros cabellos… Todo está en las manos del Padre que sabe muy bien lo que necesitamos.

Jesús nos enseña también que estar en las cosas del Padre es un modo de estar. Y el modo tiene que ver con la paciencia, con la misericordia y con  la alegría. Estar en las cosas del Padre es algo amplio, porque todas las cosas le pertenecen –“somos suyos y a él pertenecemos” como dice el Salmo- y porque “su misericordia nos alcanza de generación en generación”. “¿A dónde huiré lejos de ti; si subo al cielo allí estás tú, si bajo al abismo, allí te encuentro”. Es algo amplio pero también algo muy preciso y que nos toca a nosotros. 

A nosotros nos toca la decisión de buscar y hallar cuáles son “las cosas del Padre” cada día. El tiene sus preferencias: los perdidos, los pequeñitos, los pobres, su viña, su Hijo…, las bodas con la humanidad. A nosotros nos toca el esfuerzo de cuidar y cultivar las cosas del Padre. El es un Dios que trabaja, no es uno que está sentado en la poltrona celestial, aunque lo presenten así. En el Evangelio Jesús dice: “mi Padre trabaja siempre”. Y las imágenes que nos da son las de uno que está preparando una fiesta, uno que sale a toda hora a buscar obreros para su viña, uno que reparte sus talentos y luego toma cuenta… Y como alguien que trabaja, tiene sus preocupaciones: ama su viña y por eso sale a buscar colaboradores a toda hora. Paga bien, a los últimos igual que a los primeros, pero quiere que todos trabajemos. Posee una rica herencia y reparte con generosidad sus talentos, pero es exigente y quiere ver los frutos.

A nosotros nos toca también una elección muy especial con respecto a las cosas del Padre. El Padre es un Dios esplendoroso, un Padre que sueña con la fiesta de bodas de su Hijo –de sus hijos-, y desea que la fiesta salga linda –gloriosa, más que linda-: quiere que todo esté a punto, que los invitados lleguemos a hora y que estemos vestidos de fiesta. Por eso, llegados a este punto de la fiesta, se nos revela algo último, el “tengo que estar” de Jesús y nuestro se muestra como un “tengo que… elegir libremente estar y estar bien”. La fiesta requiere que uno esté de buena onda por convicción. Que uno decida estar de buen humor y no “aguar la fiesta” a la primera de cambio, como suelen hacer algunos. Estar requiere que uno quiera estar alegre por la alegría del Novio y de la Novia y contribuya a esa alegría con la propia. 

El tengo que estar e la misericordia es un imperativo, tiene que ver con la necesidad. No podríamos sostenernos ni un instante si no nos aferráramos a la mano que la misericordia nos tiende cada día, al aire que nos insufla con el perdón, que nos permite ir adelante con la frente alta. 

El tengo que estar del trabajo y de los talentos, nos resulta familiar, en esta cultura de la eficacia en la que vivimos. Incluso lo de que el Dueño pague demás podemos verlo como un “incentivo”.

El tengo que estar de la pasión, también está incorporado: un poco a la fuerza, porque uno sabe que así es la vida, y otro por compasión con Jesús, que nos abrió el camino.

Sin embargo, el último “tengo que estar”, ese “era necesario alegrarse y hacer fiesta” que el Padre alega como respuesta a la queja del hijo mayor, es propio de la elección más íntima de cada uno. Elegir “hacer fiesta”, elegir “entrar en la fiesta” y “con buena cara”, es algo que toca a cada uno. 

Es un “tengo que estar bien” que como tiene que brotar de lo más hondo no se puede improvisar. Uno puede entrar “tapándose la nariz” o “poniéndose una careta”… pero el Padre lo nota. Y Él sueña con que participemos de esta “necesidad suya”: la de celebrar. Tan honda o más aún – si se puede hablar así – que su “necesidad de ser misericordioso”. 

Y convengamos que la tentación contra este “tengo que estar alegre” es mimética. El hijo mayor expresa el comienzo de una tentación. Pero se ve que la competencia con su hermano menor venía de lejos. Del no estar contento del menor, que por algo agarró su parte y se fue a un país lejano. Y del no estar contento del mayor, que por algo le reprocha al padre lo del asado que nunca le dio para comer con sus amigos. 

La tentación de no estar alegres con lo que el Padre hace y da viene de lejos y puede llegar lejos. Pero nuestro Padre del cielo no se entristece con nuestras quejas, sino que sigue firme en su apuesta, hasta que nos convenzamos. A todos nos dice: “Hijo, todo lo mío es tuyo”. Tenemos que hacer fiesta cada vez que alguien vuelve a la vida, cada vez que alguno da un pasito hacia la vida. 

Si uno se pregunta de qué estaría hablando el Niño con los Doctores, puede que no se equivoque si piensa que estaría hablando de estas cosas: de los sueños de misericordia y de fiesta de su Padre.  Jesús viene a decir (y a mostrar) que las cosas del Padre se tienen que realizar “en espíritu y de verdad”, se tienen que decidir con alegría en lo secreto del corazón. El Padre ve en lo secreto y ama al que da con alegría. 

María será la primera que capte esto. Le costó, porque la primera actitud de Jesús de “salirse de la ley”, de quedarse en el Templo sin avisarles, la desconcertó. Pero guardó las cosas –estas del Padre- en su corazón. Y en las bodas  de Caná se ve que ya está madura esa libertad de espíritu suya, esa libertad propia del corazón de María, que hace que su hijo adelante la hora. María pescó que “Jesús debía estar allí” y ella “también estaba”. Y que convertir el agua en vino, lo cotidiano en fiesta, el amor en Agape –amor de gratuidad sobreabundante, de gratuidad por la gratuidad misma- eso era “estar en las cosas del Padre”. 

María descubrió el secreto de Jesús, que es alegrar al Padre (en eso consiste hacer su voluntad, en alegrarlo, no en cumplir, meramente). Y lo mismo podemos decir nosotros de nuestro secreto para con nuestra familia: es alegrarlos!.

María conectó la alegría de la hora de Jesús con la alegría de los novios de Caná. En su fiesta de bodas los fundó a ellos en el Amor de Dios y deben haber formado una lindísima familia en la que nunca faltó el vino que les había conseguido María de manos de Jesús.

Alegrarles la fiesta a los hombres en lo mejor de su amor, comenzando por nuestra familia, es lo mismo que alegrar al Padre del cielo. 

Y en eso consiste toda la ley y todas las profecías, todos los “tengo que estar en las cosas del Padre”.

Diego Fares s.j.

Read Full Post »

… Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. La generación de Jesucristo aconteció de esta manera:

María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Estando él en estos pensamientos, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ellaproviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar José del sueño, hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado:

y recibió en su casa a su mujer, y sin que hubieran hecho vida en común,

ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús. 

                                                                                     (Mateo 1, 18-25).

Contemplación

En este años dedicado a San José, que acaba de terminar, la misa de esta Nochebuena lo tiene como protagonista de la segunda Anunciación del Ángel.

El mosaico de la Cueva de Manresa, nos muestra a un José dormido, con una mano en la Palabra -una larga Palabra que el Ángel le comunica a una María bien despierta, que dialoga con él y le hace preguntas- y la otra en sus sueños, con ese segundo ángel que se los custodia, teniendo entre sus manos, amorosamente la cabeza del soñador. Soñar con una mano en la Palabra de Dios y la otra en las palabras propias, las más profundas, que vienen afuera en nuestros sueños. 

El mosaico capta dos momentos distintos en uno. Junta, de manera no habitual, el momento de turbación de María y el momento de paz de José. Ella parece estar diciendo “¿Y cómo será posible esto?”, mientras que José parece estar ya del lado de la confianza, una vez que ha surtido efecto el “no temas” del Ángel, que le tiene aferrada la cabeza para que los malos sueños no la agiten. El Ángel le está mostrando a María con una mano mientras le susurra al oído que “lo que ha sido engendrado en Ella, proviene del Espíritu Santo”. Yo diría que ya está en la parte en la que le dice que será él el encargado de ponerle el nombre de Jesús”. Esto es importante para José porque, si se hace cargo del Niño, quiere hacerlo “con corazón de Padre”, como dice Francisco. 

Me quedo contemplando esas manos de José, una en la Palabra y la otra como almohada, tocando tal vez uno de sus oídos mientras el otro está abierto al Ángel. Es una linda manera de dormir esta de José. San Ignacio siempre recomienda que, antes de dormir en Ejercicios, leamos la contemplación que haremos al otro día o a la. Medianoche y elijamos una imagen para luego “despertarnos” con ella. Tan o más importante que estudiar la Palabra teológicamente o que meditarla racionalmente, es “soñarla”. Esto hace a una potencialidad de la Palabra que no es solo la de despertar causas y conclusiones lógicas sino la de “crear cosas nuevas”, la de “imaginar creativamente lo que sueña nuestro Padre, cuya mano, abriéndose un hueco en el Cielo, conduce y guía todo el plan de salvación, que los dos ángeles bien instruidos comunican de la manera más eficaz y cariñosa a los dos prometidos esposos. 

Me parece una linda propuesta esta de nuestro Padre para esta Navidad: soñar con Jesusito, soñar con lo que será esa Palabra encarnada y “nuevamente encarnable” cada vez que nosotros le prestamos nuestra disponibilidad y nuestro hogar, como María y José. Lo que puede hacer Jesús! Perdonar los pecados no es solo perdonar las faltas morales (para volver a cometerlas, como dice una doctora mía que se declara atea y dice que ellos se tienen que hacer cargo de lo que hacen, mientras nosotros, nos confesamos y listo, como por arte de magia desaparece todo). Yo le digo que no es tan así, aunque en la práctica es bastante así. Pero como decía, perdonar los pecados no es perdonar solo malas palabras, pensamientos impuros y actitudes egoístas, sino mucho más: es liberar la fuerza del amor que sale de sí, que no se queda mirándose en el espejo de la culpa ni del perfeccionismo, y sale, limpio a dar una mano a los demás. Navidad nos invita a soñar poniendo una mano en la Palabra, para que nos haga vibrar y nos entre en el corazón, potenciando en nosotros todo lo mejor que tenemos. Hay tanto bueno por hacer que no soñarlo es una pena. A ese Ángel que le tiene la cabeza, yo le llamo el ángel custodio que me “modera la emotividad”. El otro es el que ilumina el entendimiento y aclara las cosas, este es el que pacifica las emociones y nos centra en lo esencial, en lo que tenemos que elegir y con qué sentimiento debemos hacerlo: se nos invita, con José, a “recibir a María y a Jesús y ha hacerlo sin temor, sin miedo. Se trata de una acción del Espíritu Santo, algo que el Padre ha planeado desde el comienzo de la creación y en lo que su Hijo amado a aceptado involucrarse enteramente, hasta el punto de dar la vida para que el plan de Dios se lleve a cabo. Poder participar en nuestra medida de esto tan maravilloso es una gracia inmensa. 

Le pedimos a San José que nos enseñe a dormir como él, con una mano en los seños del Padre, en la Palabra que cada día nos emociona y nos regala algo nuevo para hacer, y la otra mano en nuestros propios sueños: fieles a lo que somos y abiertos a lo que Dios nos invita a ser. Estar así, como José y María, en medio de nuestro Pueblo, es una gracia y un honor y una manera de hacer algo que verdaderamente cuente y sea eficaz para el bien de los demás.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Pesebre peruano de la región de Huancavelica en Plaza san Pedro

La gente le preguntaba a Juan: 

– «¿Qué debemos hacer entonces?» 

El les respondía: 

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; 

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.» 

Algunos recaudadores de impuestos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:

– «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 

El les respondió: 

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley» 

A su vez, unos militares le preguntaron: 

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» 

Juan les respondió: 

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.» 

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: 

– «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

¿Qué debemos hacer mientras esperamos al Señor que viene?

¿Qué debemos hacer…?

Tres veces se repite la pregunta y en el evangelio esto significa que es una pregunta importante. Por tanto, la hacemos nuestra en este tiempo de Adviento y le vamos preguntando a Juan el Bautista, a San José, a María, ¿qué debemos hacer para recibir bien la Navidad?

La respuesta es sencilla en cuanto al deber fundamental: debemos hacer el bien.  Debemos “hacer bien el bien” -hemos dicho alguna vez-. Y agregamos: tenemos que “ser” buenos. 

Me gusta traer aquí una contemplación que nos hizo Bergoglio siendo nuestro Provincial o Rector en los años 80 que se llama:

Ganas de ser buenos

“El tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad, da densidad a la esperanzadel pueblo fiel de Dios actualizando esa paciente espera de siglos. El Señor está cerca. El Señor vendrá. El Señor es bueno y nos visitará. 

Yo quisiera pediros que, en estas semanas, volvamos nuestro corazón hacia el naciente, esperando con ilusión y vigilancia la venida del Sol de Justicia, Cristo nuestro Señor.

Esta esperanza tiene ya su realización, porque creemos que ya «se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres» (Tit 2,11) y sabemos que «se manifestó la bondad de nuestro Dios Salvador y su amor a los hombres» (Tit 3,4).

La Bondad de nuestro Padre del cielo se nos impone en el misterio de la Navidad. Es probable que la gracia más obvia que se nos regale cuando contemplemos el pesebre sea las ganas de ser buenos. 

Cuando Jesús contesta al joven: «Nadie es bueno, sino Dios», le está diciendo cuál es el origen de toda bondad y nos está enseñando un camino para ser buenos: dejarnos empapar por el insondable Misterio de la Bondad del Padre.

Pueden faltar muchas virtudes, pero no la bondad

No estuvo ausente del pensamiento de san Ignacio el deseo de que sus jesuitas fuesen buenos, y así, hablando del superior, llega a decir: «Y si algunas de las partes (toda una lista de virtudes y cualidades que debería tener un padre General) arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía.

Basta leer las Constituciones de la Compañía para comprobar cómo privilegia, para misiones delicadas, un tipo de hombres que reúnan «discreción y bondad», en otros casos «juicio y bondad» o «letras y bondad».

Para consolidar el Cuerpo de la Compañía en la unión de superiores y súbditos habla: «Así que la caridad, y en general toda bondad y virtudes con las que se proceda conforme al espíritu, ayudarán para la unión de una parte y de otra». En síntesis, todo esto no es sino un reflejo de su asombro frente a «la suma Sapiencia y Bondad de Dios nuestro Criador y Señor».

La bondad de Jesús es la que describe Pablo en 1 Cor 13

Acercarse al pesebre es acercarse al misterio de la Bondad y esto resulta purificador, porque allí se encarna la Bondad suma: en Jesús se realiza lo que expresa san Pablo acerca de la caridad (cf. 1 Cor 13).

Jesús es el paciente y el servicial. 

El que no conoce la envidia,

no se deja morder por la tentación de la jactancia y el engreimiento. 

Y es tan sobrio, que no busca su interés, 

no se irrita,

no toma en cuenta el mal, 

no se alegra de la injusticia 

y se alegracon la verdad. 

Jesús todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La Bondad de Jesús no tiene límites y no conoce ocasos.

Ser buenoS

Por eso, para encontrar la respuesta a la pregunta “qué debemos hacer” y,  lo que es también importante, “cómo lo debemos hacer”, el secreto es acercarse al Pesebre. Ante el pesebre se estrellan tantas cosas nuestras que quizá brillaban mucho o las creíamos importantes, ¡firmes! Pero a veces, ese brillo, esa importancia y esa firmeza no tienen otro fundamento que el tremedal de nuestras ambiciones, las que decaen ante quien no temió anonadarse hasta la muerte y muerte de cruz.

La fuerza del pesebre es hacernos caer en la cuenta de quetodo verdadero sustento –el ser cimentado sobre piedra de que nos habla el Evangelio– tiene un rumbo distinto. Y no otra cosa nos dice san Ignacio: no vale tener letras sin bondad, no vale el discernimiento sin bondad, no vale el juicio si no está lleno de bondad. El rumbo que nos marca el pesebre es otro que el inspirado por nuestra ambición. 

Es el camino que da vida y no muerte.

Es el camino de la verdad y no del engaño. 

Los Reyes cambian de rumbo y salvan la vida del Niño, porque ya antes el mismo Niño los había salvado del engaño de Herodes indicándoles el cambio de rumbo en sus vidas.  Los Reyes son arquetipos de la fe porque creyeron más en la Bondad de Dios encarnada en el Niño que en el brillo aparente del poder. Los Reyes depusieron todo razonamiento para regalar lo mejor de sí a Quien les había hecho el regalo sin precio: el de la fe. Fe y piedad se vuelven indisolubles frente a la suma Bondad que «de Criador es venido a hacerse hombre» (EE 53).

Pesebre y Cruz: acrecentar las ganas de ser buenos

Acrecentar las ganas de ser buenos supone dejarnos convocar por la fuerza de este misterio de Bondad sabiendo de antemano que toda Bondad que desciende de Dios se fundamenta y consolida en una cruz. 

Por ello nos hará bien dejar quenuestros ojos se carguen de contemplación mirando y considerando lo que pasa en el pesebre. Dice Ignacio en los Ejercicios: «El caminar y trabajar (de San José y María), para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y a cabo de tantostrabajos de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí» (EE 116).

En el pesebre nos visita la Bondad y nos habla. Que nuestra Señora –un poco como hacen las mamás con los chicos– nos restriegue los ojos y nos limpie los oídos para que podamos ver y escuchar ( con el corazón). 

Jorge Bergoglio (Navidad, años 70-80).

Al Pesebre se lo contempla desde lo hondo del corazón: desde el afecto, que responde a lo que contempla acrecentando las propias ganas de ser buenos.

Al Niño en el Pesebre lo contemplamos de veras si no somos meros expectadores, sino gente que se hace como un esclavito indigno -dice Ignacio- y se pone al servicio de María y José para ver qué necesitan para el Niño Jesús.

La contemplación es más que un ver con la inteligencia. Los sentidos espirituales nos abren a “ver con el corazón”, que es un ver muy distinto al solo ver. Ver con el corazón como un padre o una madre contempla a su hijito. Cuánto amor se transmite a través de los ojos! Cuantos deseos de ser mas tiernos, más atentos con ese bebé, cómo se dilata el corazón imaginando mil maneras de hacer sentir el cariño al recién nacido… Todo esto tan humano es lo que el Espíritu supone, asume, perfecciona y bendice con su gracia para que crezcamos en la oración contemplativa.

La contemplación tiene un doble movimiento: se mira, se “siente y gusta” lo que se ve y cuando esta visión nos conmueve y dilata nuestro corazón, acrecentamos nuestro deseo, nuestras ganas de ser buenos. Luego, volvemos a mirar el pesebre y a acompañar -agradeciéndola y pidiendo más- la dilatación de nuestro corazón, que se trasunta en “ver” más, en “desear” más, en “imaginar y sentir” más. Así procede la contemplación afectiva y de corazón.

El Pesebre y los misterios de la vida oculta son elegidos por Ignacio como el lugar apropiado para aprender a “contemplar”. De aquí nacieron este “Contempl-acciones del Evangelio”. Contemplar la vida oculta, la niñez y la vida de familia de Jesús, es algo que podemos hacer de corazón. Con más afectos que preguntas solo intelectuales. La vida oculta es escuela de contemplación. Pero hay que estar atentos. Así como un bebé es lindo de contemplar, pero exige todo de nosotros, de igual manera la contemplación del Niño es exigente en cuanto exige que acrecentemos nuestras ganas de ser más buenos. Y esto sin medida y para con todo prójimo!!!

Diego Fares sj

Read Full Post »

Estaba comprometida

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo:

– ‘¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.’

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada

y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– ‘No temas, María, ante Dios has hallado gracia.

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– ‘¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?’

El Angel le respondió:

-‘ El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.’

María dijo entonces:

-‘Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí según tu Palabra.’

Y el Angel se alejó  (Lc 1, 26-38).

Contemplación

Tomamos las primeras palabras que se refieren a María: estaba comprometida.

Lo primero que nos hace saber de Ella y de José el evangelio es que es que estában desposada (comprometidos).

Los vemos como  personas que han elegido estado de vida.

Su proyecto no es solitario sino comunitario:  y lo seguirá siendo toda la vida.

Llama la atención que Dios no se le manifieste “antes” de que se comprometa, sino por el contrario, en el tiempo especial que conllevaba el compromiso.

Puede hacernos bien quedarnos contemplando este tiempo del compromiso.

Quizás traer a nuestra memoria nuestro propio compromiso, matrimonial o de votos religiosos, y recordarlo de manera especial.

María y José estaban desposados, estaban en ese momento en el que uno compromete toda su vida con la de otra persona o con el Señor y su Pueblo, en el que uno decide ser del otro y estar con y para el otro para siempre.

Esta decisión ocupa un lugar muy fuerte en nuestra vida; un lugar tan central que acalla por un tiempo los otros deseos.

El compromiso es un momento muy especial: tiene sus ritos, tiene un lugar y un momento elegidos, consiste en unas pocas palabras en las que el amor se expresa con mucha intensidad y con mucho despojo.

Uno le dice al otro que ase compromete con el/ella y pone en medio dos anillos, un escrito … Y espera a que el otro responda, guardando la distancia, sin querer influirle –uno ya lo ha dicho todo-, deseando que el otro responda también con una palabra libre.

Recién después se sella la alianza con un gesto, y se comienza a planificar las cosas…

El compromiso es un momento de respetuosa distancia entre dos libertades y la libertad lo ocupa todo. Es un momento casto por excelencia, de amor no

Posesivo, como dice el Papa. Se necesita esa distancia para que las dos personas se “adueñen” y “entreguen” consciente y libremente ese amor que comenzó con el “arrebato” tan propio del enamoramiento

Pues bien, es ese tiempo de compromiso –que actualmente se da en la intimidad y que para los antiguos tenía ceremonias más solemnes y derechos y deberes establecidos públicamente- el que el Señor elige para meterse en la vida de María y de José. Y lo hace uno por uno, con cada uno a su manera, para que sea de verdad libre. No los junta a los dos no espera a que estén casados… lo cual quizás hubiera sido invasivo.

El tiempo del compromiso es un “kairos”, un tiempo de gracia. Es quizás el tiempo de mayor gracia en la vida humana, porque es el tiempo en el que dos personas hacen su alianza de manera única, libre y llena de amor, de esperanza y de fe en el otro. Allí nace la familia.

El Señor entra en la vida de ellos en el momento inmediatamente posterior al compromiso ritual, cuando cada uno está solo, pensando en que se comprometió.

Es un momento de mucha plenitud, que se disfruta también en un rato de soledad, antes de que comience todo a ser vida compartida.

Sobre esta base humana viene la propuesta de Dios: propuesta de un Hijo que será único y que les dará una fecundidad insospechada, ampliándoles el horizonte de manera impensable.

Jesús quiere encarnarse en una familia verdadera, en dos corazones que se aman y que quieren compartir la vida juntos.

Que la fecundidad inaudita de ser Madre de Dios plenifique de tal manera su relación que no tengan otros hijos propios para poder adoptar en Jesus a todos los demás (a nosotros). Que se mantengan castos es más por sobreabundancia que porque el amor de Dios necesite límites o renuncias que lo encaucen.

Es la fecundidad más grande, la que se da toda de una vez y una vez sola en la historia, la que irradia sobre la persona de María y también de José, sellando su virginidad fecunda.

En el Hijo –en quien fueron creadas todas las cosas- ella (y él) se convierten en padres de “todos los hijos”. No hay exclusión de otros hijos sino, por el contrario, inclusión de todos, una inclusión tan total que plenifica la maternidad de María y, por ella, la paternidad de José.

De aquí surge luego la contemplación de la Iglesia acerca de la calidad de personas que eran María y José. Personas que dejan entrar el proyecto superabundante de Dios en ese momento tan de ellos. Esto permite entrever una gracia especial. En María, que acepta tan dócil y sencillamente integrar su plan de vida en el Plan de Dios, se entrevé una gracia especial: una apertura a la Voluntad de Dios tan incondicional y sin peros habla de ausencia de egoísmo, de ausencia de pecado, de una manera tal que nos hace descubrir una gracia especial en su naturaleza humana. Ella es la “toda santa”, la Inmaculada, la concebida sin pecado original.

En José, el hecho de que tenga sus tribulaciones y dudas antes de tomarla por esposa, nos lo hace sentir más cercano a nosotros, gente común.

El Señor entra en su proyecto de vida en común, ese en el que, cada uno según su gracia y condición, quiere y decide de manera concreta construir en común. El Señor entra en la historia allí donde hay un compromiso común de amor elegido.

Quizás por eso el Señor trabaja tan bien con los pecadores que se convierten: porque el pecado requiere una decisión y la conversión también. Una decisión egoísta, la del pecado, pero decisión consciente y libre. Y allí donde se encuentra una decisión generosa, como la de María y José (y todos los que se comprometen en su vida) el Señor trabaja a gusto. No así donde las cosas se dan sin que uno ponga el corazón y se haga cargo.

Ofrecimiento para sacar provecho

Cada uno puede renovar su compromiso, el más personal y común que haya hecho, y sentirlo como lugar sagrado en el que la Palabra se hace carne nuevamente en nuestra vida.

Read Full Post »

El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,  siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando (kerusson) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados, como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:  “Voz de que clama en el desierto diciendo: Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos. Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.  Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano. Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación

            El tiempo de la Oración, decíamos, no nos lo tenemos que hacer nosotros. Cuando entramos a rezar en una Iglesia silenciosa, vamos a un retiro o abrimos el Evangelio, el tiempo del Señor acampa en la tierra de nuestra alma, se asienta, y con su presencia nos va “haciendo” a nosotros, va configurando y armonizando los sentimientos de nuestro corazón, las ideas que tenemos, haciéndolas ideas cordiales, nuestras imaginaciones y deseos.

Hoy nos detenemos en una Palabra: Anuncio. La Palabra de Dios viene a Juan y lo mueve a salir para “anunciar” un bautismo de conversión. El Anuncio está en el centro de este evangelio y más aún, el Kerygma, el anuncio de la Buena Noticia de que Jesús viene a salvarnos, está en el corazón del Evangelio entero.

La alegría del Anuncio

Afirmamos que este Anuncio es una alegría por dos motivos. Uno, porque es Anuncio de una Noticia buena y hoy en día no todos los medios nos traen buenas noticias. En general, las noticias que más corren son las malas. Y las buenas siempre tienen un “pero”. Pues bien, esta Noticia de Jesús es toda buena y no tiene “peros”. Condiciones para recibirla mejor, sí, pero no “peros”. La otra razón para la alegría es que la totalidad del tiempo mismo es un gran adviento. El tiempo de espera a que venga Aquel que por pura y gratuita amistad nos dio la vida, Aquel a cuya imagen estamos hechos nosotros y todo lo que viene a la existencia, es el tiempo más original: el motor del tiempo, diríamos. El tiempo se mueve hacia donde esperamos. Nuestra experiencia más definitiva del tiempo es la de que el tiempo nos viene, nos adviene y lo hace brotando como un río del Corazón del que nos creó

Nuestra situación

Miramos hacia atrás desesperados por que se nos pasó el tiempo; tratamos de retener algunos instantes o de que pasen rápido otros, pero de última, la mirada la ponemos en lo que viene: hay que mirar para adelante, decimos. El tiempo propiamente humano es tiempo que viene. Somos gente hecha para ir hacia adelante y por eso es clave la fe en Jesús que nos espera adelante. A nosotros, que somos seres que miran hacia adelante, que estamos hechos de tiempo futuro, se nos promete la venida de un tiempo lindo. Y la promesa se corrobora recordándonos la primera venida -tan humilde, tan pobrecita en ese pesebre que le armaron José y María- de quien nos dio la vida por amor. Él ya vino, y esa noticia todavía la estamos difundiendo, porque algunos no lo saben aún y otros lo olvidan a menudo. El Anuncio lindo es que el Dios que nos hizo por amor vino en nuestra carne, esa que sufre el tiempo, esa pobre carne nuestra a la que el tiempo que viene le pesa en los huesos y se le arruga en el rostro. El que nos hizo por amistad vino en nuestra carne…, y prometió que volverá. Ese es el Anuncio. Prometió que volverá a salvarnos. ¿De qué? Del tiempo que se nos va (eso es la muerte). Volverá a darnos un tiempo que no se nos irá, que se condensará en lo mejor que tenemos: en el tiempo que le dedicamos en gratuidad al amor.

Perdidos en el tiempo cósmico

Pensaba “¿qué pasaría sin ya no esperáramos al que por amor nos creó?” y decía lo siguiente… “Si ya no esperáramos que venga el que por amor nos creó, el tiempo propiamente humano dejaría de existir (y esto pasa, les pasa a muchos, aunque no se den cuenta). Si suprimimos el tiempo de Adviento -de espera-, quedamos inmersos, en primer lugar, en el tiempo cósmico. El tiempo cósmico es relativo, por decir lo menos terrorífico. Las duraciones del tiempo cósmico son invivibles humanamente. Pongámoslo con crudeza: la belleza del cielo estrellado que nos conmueve a la noche (si no esperáramos la estrellita de Belén y la venida de Jesús) será sólo el espectáculo aterrador de un cementerio de estrellas que se apagaron hace millones de años. Y las nuevas, las que están naciendo, no las verán nuestros ojos. Decimos que la gente ya no mira al cielo. Que se esconde bajo las luces de los shoppings. Y hace bien. Si sólo existe el tiempo cósmico no es grato tener un cementerio sobre las cabezas. Ya es bastante con la Chacarita en Buenos Aires y el Verano de Roma, y con los jardines de paz que crecen en las afueras de las grandes ciudades…”.

Cobijados en la burbuja del tiempo biológico y social

También pensaba, un poco más positivamente… “Si ya no esperáramos que venga el que por amor nos creó, si suprimiéramos el tiempo de Adviento, quedaríamos entonces inmersos, en segundo lugar, en el tiempo biológico –que en el hombre es también sicológico y social-. Este tiempo nos es más familiar. Y muchos lo anhelan cómo el único tiempo válido. ¿Para qué esperar la eternidad, para qué soñar con fábulas, por qué mejor no vivir lo que se nos da hoy y ya está? Este tiempo es el tiempo de la vida en nuestro pequeño planeta. Lo que duramos biológicamente, aunque siempre parece fugaz, está en armonía con lo que duran los otros seres vivientes. Y cuando estudiamos la materia viva es reconfortante saber que estamos hechos del material que se fraguó en esas estrellas lejanísimas, que dieron su vida para que fuera posible la nuestra. El carbono que nos permite “pensar” no se fraguó en nuestro planeta, sino en las estrellas. Como escribe bellamente el franciscano Frey Beto en su libro “La obra del Artista”: “Estamos hechos de polvo de estrellas”. Para que nosotros respiremos y pensemos se necesitó todo ese tiempo cósmico de gestación. No son solo nueve meses lo que tarda en gestarse una vida. Tiene tiempos larguísimos acumulados y condensados…”

Angustia de estos tiempos

También meditaba… “Cómo el agradecimiento se convierte muy pronto en angustia! Tantos millones de años para fabricar la materia de la que estamos hechos y que se desperdicie semejante portento en cualquier accidente de ruta o por cualquier enfermedad. Y aún teniendo una vida larga y plena, de 100 años o más, como se ve posible hoy en día, qué fugaz es el tiempo biológico! Lo vivimos como propio, no es algo terrorífico como el tiempo cósmico; aceptar nuestra duración es algo que está escrito en nuestras células. Si uno vive lo suficiente para morir de viejo, al final “deja de vivir” naturalmente. Si la muerte no es violenta o a destiempo, coincide el tiempo biológico con el tiempo sicológico. Y en la medida en que se da esta coincidencia, la vida es bella. El ser humano puede vivir tiempo intensamente y en plenitud. Y no hablemos de lo lindo que es cuando ese tiempo pleno personal entra en armonía con el tiempo social y político, cuando un pueblo vive en paz y trabaja solidariamente. Entonces la vida tiene sentido. Construir un hogar y una patria para los hijos es algo hermoso en lo cual uno “gasta” su tiempo con gusto. La vida está bien hecha y aún con sus catástrofes naturales sigue adelante.

La contemporaneidad del cielo

No me gustó mucho lo del cielo como cementerio de estrellas. Me gustó en cambio lo de sentir que la materia de nuestros ojos es contemporánea con la de las estrellas que vemos. Es como si pudiera ver vivos a mis tatarabuelos y sentir que el código genético que late en mi carácter está allí, activo, parte en mi abuela que está sonriendo, parte en mi abuelo, renegando por algo… El milagro del tiempo cósmico, que es relativo y tarda tanto en llegar con la luz, nos hace ser contemporáneos de las estrellas abuelas. Bueno, este pensamiento de la contemporaneidad del cielo –que es una de las características que imaginamos para describir la eternidad (todo será contemporáneo), me consuela. Y me lleva a meditar ponderando que estamos hechos de “Buenos Anuncios condensados que nos advienen”. 

Estamos hechos de buenas noticias

La vida nos advino con nuestro código genético que no es sino una “buena noticia que condensa todo lo mejor de nuestros padres”, lo que logró sobrevivir a nuestros abuelos y comunicársenos. El código genético “se transmite”, decimos. Y usamos el lenguaje de la comunicación. Nuestras células intercambian información y si ven que hay sintonía se unen y se regocijan de lo nuevo que adviene. Así, esta alegría del tiempo que viene, esta alegría de futuros anuncios es algo propio y constitutivo de nuestro ser humano. Por eso es que necesitamos el Anuncio más que el aire, más que la comida, más que la vida misma. Necesitamos que nos vengan buenas noticias del tiempo futuro, porque de eso estamos hechos. Y es por eso que, al ver al Niñito Jesús, a la Buena Noticia hecha carne, al Anuncio de vida condensado en el Resucitado, lo sentimos familiarísimo. Hay un Anuncio que está en código –en código genético, en código filosófico, en código evangélico- y que nos viene y tenemos que contemplar. No es un enigma para descifrar, es un código de amor para recibir en brazos y adorar, para contemplar y reflexionar: un código para vivir. El código del Amor de Dios para “traducir”, como dicen que hacía Hurtado a cada instante, en amor a los hombres. Un código que todos comprendemos porque está en el lenguaje del amor.

Todos tenemos códigos. Y el de Jesús no hay que explicarlo mucho. El viene para salvarnos y da la vida en testimonio –sus códigos son sus cinco llagas y su modo de partir el pan-. Nos trae el anuncio de una buena noticia: que el Padre nos ama. Su código es no rechazar a nadie. Después de Él, ninguna guerra, ninguna agresividad;  Benedicto XVI instaló esta verdad de Jesús: ninguna religión puede tolerar la violencia, ningún tipo de violencia. 

El Señor viene “estés como estés”

Y por eso, porque el código de Jesús es vivible: “Toda carne –si se toma uno el tiempo para contemplar y practicar los códigos del evangelio- verá la salvación de Dios”. Lucas sitúa el comienzo de todo esto en el Anuncio de Juan. Y lo enmarca en un tiempo preciso, nombrando a todas las autoridades políticas y religiosas de la época. Como si ahora dijéramos: siendo presidente del Imperio Biden, presidente nuestro Fernández, jefe de Gobierno Larreta, Gobernador de Buenos Aires, Kicilof…, durante el papado de Francisco y siendo arzobispo de Córdoba Rossi… “Viene la Palabra de Dios sobre… nosotros, y se nos empieza a anunciar que si uno se sumerge (se bautiza) un rato en la contemplación, la Palabra del evangelio puede irle cambiando la mentalidad, puede hacer que uno se corrija de algunas actitudes equivocadas…

… Viene la Palabra a nosotros para recordarnos que, como dicen los profetas y todos nuestros santos, como la Iglesia constantemente nos anuncia: el Señor viene a nosotros, sí o sí, estés como estés, en cada Navidad y que, si uno le prepara el camino, mejor. No es difícil dedicarle un tiempo a preparar su venida: Solo hay que rectificar algunas intenciones medio torcidas, rellenar de amor nuestros tiempos vacíos, agachar un poco la cabeza y bajar un cambio en cuanto a pretensiones, 

de manera tal que lo que fuimos haciendo complicado lo simplifiquemos un poco 

y limemos asperezas, así la venida del Señor se hará visible, que es como decir que “toda carne verá la salvación de Dios”.

Estas actitudes de abajamiento son para que se note que, como dice Pablo:

“No nos anunciamos (kerygma) a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo. Sin embargo, llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4, 5-7). ¡Qué anuncio tan hermoso! ¡Necesitamos que nos anuncien a Jesucristo! Necesitamos vernos en ese Rostro que irradia la gloria del Padre que nos creó, para reconocernos, porque los seres humanos nos volvemos irreconocibles si no. 

Sin anuncio no hay esperanza

Un amigo sacerdote me compartió esta perspectiva linda para este Adviento: “Sin anuncio no hay esperanza”, me decía, “¿Por qué no le das un poco vueltas a esto: ¿qué anunciamos?, ¿cómo es que damos esperanza?”. De allí salió la contemplación de hoy. Sin Anuncio no hay esperanza porque sin Anuncio no hay “tiempo que viene”, lo cual es lo mismo que decir que no hay vida. Por eso nos alegramos de que se nos anuncie a Jesús como Señor. Nos alegramos de que el Espíritu Santo se derrame en nuestros corazones. Nos alegramos de que Él mismo, mientras contemplamos, ilumine nuestros corazones (eso significa “que irradie el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Jesús”). Y nos alegramos también porque al hacer este anuncio nosotros, se nota que somos como esos “recipientes de barro”, que muestran por contraste, lo que es la gracia. Me encanta pensar que estas contemplaciones son un “cántaro de barro” (o un impulso de bytes) en los que el Señor transforma el agua de la palabra humana en el Vino de la suya. Que se anuncie a Jesucristo no es un mensaje “puro” espíritu, sino un mensaje que se encarna en cada anunciador y toma no solo su tono de voz y sus modos sino, sobre todo, sus tiempos. Ojalá que el Señor, así como viene a mi tiempo al escribir esta contemplación, entre también en el tiempo de ustedes, al usarla como recipiente para contemplar y escuchar el Anuncio y les haga sentir la alegría del tiempo de Adviento.

Diego Fares s.j.

Read Full Post »

Jesús dijo a sus discípulos:

“Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; en la tierra habrá angustia de la gente, y desesperación por el sonido del mar y del oleaje, los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad de lo que va a sobrevenir al mundo, porque las fuerzas del cielo se conmoverán. Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se apro­xima su redención. 

¡Estén atentos! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. 

Velen en todo tiempo rogando para que logren escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

Todas las descripciones apocalípticas y las recomenda­ciones de estar atentos y de velar que hace el Señor a su Iglesia son para decirnos una sola cosa: “¡Recen, no se cansen de rezar”! Recen con esta oración especial que es la oración del ruego, la oración de la súplica: ese gemido del Espíritu en nuestro interior, constitutivo de nuestro ser creaturas. 

El tiempo del ruego y de la súplica es un tiempo que nace de lo profundo, es el tiempo propio de la creatura que lo necesita todo de su Creador, como el bebé necesita todo de su madre, y más aún. 

Escuchemos un momento cómo habla Pablo de las diferentes maneras de rezar: “Orando con todo tipo de oración (pros-eujomai) y súplica (deomai), orando en todo tiempo en Espíritu, y para ello velando con total perseverancia” (Ef 6, 18). 

A su discípulo predilecto, Timoteo, lo instruye en los dis­tintos tipos de oración:  “Recomiendo, pues, lo primero de todo, que se hagan súplicas (deesis), oraciones (proseuchas = poner los deseos y anhelos cara a cara ante Dios), inter­cesiones (enteusis), acciones de gracias (eujaristía) por todos los hombres” (1 Timoteo 2:1, y 5, 5)

Y a los Filipenses les hace ver que la alegría es condición y fruto la oración: “Alégrense en el Señor en todo tiempo. Se los repito: Alégrense. El Señor está cerca. No se acongojen por nada, sino que en toda coyuntura presenten sus oraciones y súplicas con acciones de gracias en el acatamiento de Dios. Y la paz de Dios que sobrepuja toda inteligencia guar­dará sus corazones y pensamientos en Cristo Jesús” (Filip 4, 4-6).

La oración es fuente de un tiempo de gracia

Hay una frase que usamos a menudo y que dice: “me tendría que hacer más tiempo para rezar”, no es una formulación feliz. Porque la oración es fuente de un tiempo distinto, de un tiempo de gracia. Y para rezar, más que de “hacerme tiempo”, de lo que se trata es de “dejar que el tiempo de la oración, me moldee y me haga a mí”. 

¿Qué significa esto de que “el tiempo me hace a mí?”. Para comprenderlo hay que darse cuenta de que uno vive diferentes tiempos. La frase de “hacerme tiempo para” -por ejemplo- es propia de un tipo de tiempo, el del mundo adulto. Es un tiempo agendado, pautado por la vida del trabajo y de la responsa­bilidad, impuestos en gran medida desde afuera: por amor a la familia uno ofrenda su tiempo al trabajo y a las necesi­dades de los hijos y “se tiene que hacer tiempo para todo”. 

Pero no es el único modelo de tiempo que tenemos. El tiempo de la infancia, por ejemplo, no lo teníamos que “hacer”; se hacía solo. De niños nos metíamos en el tiempo de los juegos, de los sueños de aventuras, de los amigos y las cosas nuevas y vivíamos como en una eternidad, con las fronteras marcadas por el llamado a comer o a irse a acostar… 

El tiempo de la ancianidad también tiene sus características únicas. Aunque está limitado por el tiempo biológico, tiene mucho de esa intemporalidad de la memoria que recrea los hechos y les va sacando el jugo de la sabiduría, esto si uel anciano cuida que su memoria se amplíe con el agradecimiento y no se quede fijada en alguna amargura suelta. 

El tiempo del enamoramiento es otro de esos tiempos que no controlamos, de esos tiempos lindos que nos manejan dulcemente a nosotros y, cuando el que enamora es el amor definitivo, ese “primer tiempo” deja una huella y un ritmo que hace que todos los otros tiempos se relativicen y uno siempre vuelva a desear este, el de la alegría de estar junto a la persona amada y de vivir todo para esos momentos de encuentro. 

Tenemos, pues, en nuestra vida ejemplo de tiempos que “no hacemos”, sino que “nos hacen”. Cada uno debe encontrar en su corazón la vivencia de estos tiempos y con lo aprendido en ellos, entrar en el tiempo de la oración, que es el tiempo del Espíritu.  

Entrar en el tiempo del Espíritu

No diré “tengo que hacerme un tiempo para rezar”, sino “voy a entrar en el tiempo del Espíritu, que transcurre como puro deseo de estar con Jesús, de sentir con sus sentimientos las cosas de la vida, y de verlas con sus ojos. El tiempo del Espíritu es un tiempo de “estar a los pies de Jesús” escuchando sus palabras, como María. El tiempo del Espíritu es un presente primordial en el cual diciendo “Abba, Padre”, me experimento como recién saliendo de las manos del Padre y como acabando de llegar a Casa, a su abrazo, como el hijo pródigo. Es un tiempo en el que a cada hora del día puedo escuchar la invitación y el llamado del Padre a ir a trabajar a su viña. El tiempo del Espíritu es un tiempo común en el que nos juntamos todos los que rezamos y me encuentro con los santos y santas preferidos que me comparten sus vivencias que no son pasadas sino presentes.

El tiempo del Espíritu es como el tiempo del niño y el del enamorado.

¿Cuánto tiempo debo rezar? nos preguntamos. ¿Cuánto tiempo querías jugar de niño?, podemos respondernos. Y no vale la excusa de que no tenemos ese tiempo (otra vez la palabra “adulta” “tenemos”). De niño uno dejaba de jugar cuando lo llamaban (o seguía jugando hasta que lo agarraban de la mano y lo llevaban a bañarse…) pero seguía jugando interiormente. 

¿Qué debo decir? nos preocupamos. ¿Qué le decías a la persona que amabas? “Que la amaba”, podemos respondernos; o “hablábamos de cualquier cosa, pero mirándonos a los ojos…”. Bueno ese es uno de los modos de oración de que habla la Escritura: Proseujas = poner los deseos y anhelos cara a cara ante Dios.

Así, a las preguntas de “qué tengo que decir” y “cuánto tiempo debo estar en la oración”, la respuesta la encontraremos en la oración misma, estando cara a cara y corazón a corazón con el Señor, dejando que vayan fluyendo a su ritmo los anhelos y deseos de nuestra alma. 

El tiempo del Espíritu es el de la oración contemplativa, que mira a los ojos a las personas del evangelio y se deja mirar por ellas; deja que se le asomen al corazón, como decía Francisco Javier a sus compañeros en una de sus cartas más hermosas: “Si se asomaran a mi corazón, se verían en él, pues los llevo muy dentro”. 

Esta oración es la de los enamorados, que gustan mirarse, escucharse, ver lo que el otro hace… Es una oración en la que va más adelante el gusto de estar juntos y el amor que las palabras mismas. 

Es también la oración de los niños, que se sumergen totalmente en las imágenes de un video o en sus juguetes… y dialogan con ellos imaginando y dando vida a las cosas con las que juegan con sus manitos.

El tiempo del Espíritu es el que aprieta el corazón en la súplica y el ruego y lo dilata con la esperanza

A la pregunta “cómo tengo que pedir” la respuesta está en la oración de súplica (deomai) que implica pedir, suplicar y rogar con insistencia, como los niños a su madre o a su padre (¡por favor, por favor, por favor!), con la certeza de que necesitan totalmente y de que sus padres les darán infaliblemente lo que piden, o algo equivalente que les haga bien. 

Esta oración de súplica implica un sentido especial del tiempo. Contra el tiempo fatídico o neutro de la mentalidad actual, la súplica siente el tiempo como tiempo propicio para acercarse a Dios, con la confianza de que la súplica puede cambiar las cosas y si no las cosas, siempre puede cambiar mi propio corazón (que es de lo que se trata: cambiar yo mi modo de ver y de sentir, no tanto cambiar “las situaciones externas”). 

La oración de súplica no es nuestra, es la oración del Espíritu en nosotros. La súplica nos hace entrar y nos asocia a la súplica del Espíritu que va transformando los corazones y las realidades desde adentro y de manera definitiva. 

Suplicar hace tener viva la esperanza de que la oración tiene el poder del amor que mejora las cosas. La suplica “hace contra” ese curso de las cosas, que solemos pensar según el modelo “estadístico” que predice que “probablemente sucederá como siempre ha sucedido”. Sin embargo, más allá del curso de las cosas, Jesús nos insta a rogar y a suplicar para obtener de Dios una gracia personal: la perseverancia fina en creer en Él, la gracia de poder estar de pie en las pruebas que nos sobrevienen.

Este ruego del que habla Jesús, en medio de las pruebas que sobrevendrán, se resume en las peticiones del Padrenuestro: “No nos dejes caer en la tentación” y “líbranos del maligno”. El texto habla de no caer, de ponerse de pie, de mantenerse en pie. Esta es la gracia que se pide en la oración de la que habla hoy Jesús. 

El tiempo del Espíritu es tiempo de intercesión (enteusis)

Interceder es entrar en la eternidad de la vida de nuestro Señor Jesucristo –que está constantemente intercediendo por nosotros-, y en la intimidad de la comunión de los santos –Teresita decía que pasaría su cielo haciendo el bien en la tierra, intercediendo por nosotros-. 

Interceder es dejarse modelar el tiempo que uno vive preocupado, intercediendo junto con el Señor, haciendo contra al tiempo estéril de las cavilaciones, de las sospechas, de las acusacions, de los recuerdos amargos, de las angustias por situaciones futuribles. 

Cada vez que hay un problema o necesidad, o hubo un pecado o se prevé que sucederá algo malo, la respuesta es pasar un tiempo intercediendo. ¿Cuánto? Todo lo que me haga falta para no “cavilar”. Señor, intercedo por este. Es tuyo, vos lo creaste, vos lo llevás, vos lo cuidás. Miralo. Cuidalo. 

La oración de intercesión más linda es la de Lázaro y sus hermanas: “Jesús tu amigo, el que Tu amas, está enfermo”.

El tiempo del Espíritu es tiempo Eucarístico

Por fin, la oración que incluye a todas, la oración que las inicia y las corona: la Eucaristía. La acción de gracias entendida en sentido amplio: como ofrenda de todo y comunión con todos. La Acción de gracias de Jesús al Padre, oración que nos permite que nosotros lo presentemos y lo recibamos a él. El tiempo de la Misa es tiempo en el que entramos como si entráramos un rato al cielo y estuviéramos allí con Dios y todos sus santos. El Señor está siempre celebrando la Eucaristía por nosotros –ofreciéndose y dándose-. Nosotros entramos un rato en ese tiempo litúrgico y vivimos un tiempo privilegiado, como un adelanto de fiesta, como una primicia de lo que será la eternidad, como una tregua en medio del fragor de la batalla, que nos da el viático, el pan para el camino.

No es difícil, pues, pasar un tiempo rezando así, al contrario, la oración es un tiempo de alegría, en el que podemos

…desahogar nuestros anhelos –evangelio en mano- en presencia de nuestro Dios; 

…suplicarle en todo momento, sintiendo lo lindo que es andar necesitados, teniéndolo a él tan bueno, tan solícito; 

…interceder por los demás, interceder, en vez de cavilar;

…participar de la acción de gracias, de la Eucaristía, expresión de la oración que canta en su intimidad infinita, la Trinidad Santa.

No es difícil (ni fácil) estar así en la oración: es algo siempre novedos. Tan vital, como respirar, como pensar y amar. No se hace largo (o corto) el tiempo. Hay que saber nomás cambiar un reloj” y dejar que corra otro. Dejar un rato el reloj que marca el tiempo de las cosas (dominado por el Dios dinero) y dejar que corra el reloj del Señor, con su ritmo tan humanamente apropiado a nuestros deseos más hondos. 

Entrar en ese tiempo, como quien entra en una Iglesia que está siempre abierta y llena de espacio silencioso para estar un rato en paz con Dios. 

Entrar sabiendo que entramos en otro tiempo, en el tiempo alegre del Señor que está cerca

Entramos en su tiempo propicio, y salimos un rato del tiempo neutro y frío, que pasa ciegamente sin tener consideración por nadie. 

Entramos en el tiempo de las dos lecciones ciertas del Señor: la desolación, que el Señor permite, y la consolación que siempre da. Salimos del tiempo engañoso del mundo, que solo enseña que se va y no vuelve más.

Entramos en el tiempo flexible y vivo del Evangelio: en el que se puede esperar contra toda esperanza que el trigo venza a la cizaña, que el hijo pródigo regrese y la ovejita perdida sea encontrada y vuelva en brazos de su buen pastor, que los que han recibido el denario produzcan el doble y los que trabajaron más no se enojen con los que llegaron al final, tiempo flexible en el que las personas pueden arrepentirse y cambiar, detenerse y ayudar, permanecer y compartir, vigilar y recibir…, tiempo en el que no está todo dicho aún y en el que se puede apurar su venida, si la deseamos mucho y se lo suplicamos de corazón.

¡Ven, Señor Jesús! Le decimos a El. 

Y a vos te digo, y espero que vos me lo digas a mí: 

Amigo, amiga ¡entra en el tiempo alegre de tu oración!Entra en la cámara secreta de tu corazón, en el “cuartito de las escobas” donde el Padre que escucha en lo secreto te escuchará y te abrazará. Reza! no te canses de rezar! Entra en ese tiempo distinto, ese tiempo que tiene otra marcha que la monótona del reloj. Ese tiempo donde Jesús se “presenta”, viene en tu presente y lo contagia al resto de tu día.

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: