La mirada del Señor (28 B 2021)

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?

Jesús le dijo:  ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.

El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.

Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

El, se quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: 

¡Cuán difícilmente los que posean riquezas entrarán en el  Reino de Dios! 

Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. 

Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: 

¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. 

Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?  

Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: 

Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles  para Dios. 

Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. 

Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros. (Mc 10, 17-31)

Contemplación

www.youtube.com/watch?v=8OhCA4TnP0M

Los ojos de Jesús 

Nos centramos un rato en la mirada de amor de Jesús al joven rico. 

Se ve que Marcos pescó algo especial en ella, porque dice: “Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: una cosa te falta…”. Imagino que Jesús siempre miraba con amor, pero aquí el evangelio es explícito y quiere hacer notar que ésta fue una mirada especial, de esas que el Señor tiene cuando elige, cuando quiere a uno o a una sólo para sí. 

Podríamos dejarnos llevar un poco por la idea de que el Señor se entusiasmó con este joven, que puso lo mejor de sí en la mirada y en la respuesta… y que falló! 

¿Nos animamos a decir que a Jesús le falló una vocación? ¿Que el Señor se jugó y le salió mal? Por el suspiro y la triple alusión a lo difícil que les resulta seguirlo a los que tienen muchas posesiones, se percibe cierta ‘desilusión’ en Jesús e incluso algo de fastidio. Jesús se asombra cuando ve gente con una gran fe y este asombro que lo lleva a repetir “qué difícil” dos veces, es como la contracara: el Señor se maravilla de que alguien rechace una propuesta tan increíble como la que le hizo al joven rico. El Señor constata amargamente que el Dios dinero es poderoso y le da mucha pena que le robe estas ovejitas para las cuales tenía reservado algo lindo.

De todas maneras, aunque previó que quizás fracasaba, lo que me gusta del Señor es que se jugó por este joven rico; que lo miró como sólo Él sabe mirar.

San Juan  de la Cruz dice que “el mirar de Dios es amar”. Jesús lo miró y lo amó, lo miró con esa mirada que a uno se lo lleva a donde sea y para siempre. 

Teresa de Jesús nos dice: «Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por El”. Ella, que cuenta cómo “una vez que vio la mirada de Jesús -su belleza en esa mirada- se sintió sanada interiormente”. Es que «la mirada de Dios limpia, embellece y agracia. 

Pero el joven le esquivó la mirada. Le puso cara, decimos nosotros. Le frunció el ceño a sus palabras y se puso mal. No se agarró de la mirada de Jesús sino que sus palabras le llevaron a mirar sus posesiones –que eran muchas- y se le perdieron los ojos y los deseos en muchas direcciones. 

Hay quien daría la vida por una mirada así de Jesús, y éste no la advirtió. 

Decía Teresita: “Mi Bien Amado, tu pequeño gorrioncito siempre permanecerá con los ojos fijos en ti; es que él quiere vivir fascinado por tu mirada divina”.

¿Se fijaron que hay veces en que uno no mira a los ojos a las personas? Cuando discute o cuando trata un tema, a veces uno no mira a los ojos del otro, sino a lo que se está diciendo: a las proyecciones, a las consecuencias de lo que cada uno dice… Pues bien, este joven no se dio cuenta de que Jesús lo estaba mirando a los ojos. No se dio cuenta de que el Señor había abierto la ventana de sus ojos, que le estaba regalando una transfiguración personal. ¡Si se hubiera detenido un momento hubiera entrevisto, en esos ojos, los Ojos del Padre que lo miraban!

Pienso también que el Señor debía velar siempre un poco su mirada. Graduándola, quiero decir, a la medida del que tenía enfrente. Para no andar creando descalabros, digo. Ya que su mirada capaz de crear universos podía traspasar y derretir, quemar y encender, hacer resucitar y fulminar…

Los sencillos se daban cuenta de los destellos de los ojos de Jesús. 

A veces uno piensa cómo es que el Señor convocaba a la gente, por qué la gente dejaba todo y se iba tras él, por qué  salía corriendo a buscarlo, como este joven. Y pienso que es que el Señor pasaba mirando

Pasaba mirando a cada uno y esa mirada ponía en pie a la gente, hacía salir de sí a los ensimismados. Aún a los que no lo veían. El Señor pasaba mirando y los corazones sentían que eran mirados. Unos versículos más adelante, en este mismo capítulo 10, Marcos hará notar que hasta un ciego como el de Jericó, fue capaz de captar el amor de la mirada de Jesús, que mirándolo, le hizo abrir los ojos y seguirlo por el camino. 

La gente veía algo en los ojos de Jesús y era eso lo que los movía a actuar. El brillo especial de la misericordia en la mirada de Jesús bastaba para hacer surgir un grito pidiendo ayuda: ¡Señor, ten compasión de mí! La mirada de Jesús suscitaba cosas, ponía en movimiento corazones, influía en la gente. 

A Natanael le bastó saber que Jesús lo había visto debajo de la higuera para confesarlo como Dios verdadero. 

Y ¿qué habrá visto la pecadora en la mirada que seguramente le regaló Jesús al pasar, para sentirse así de conmovida y no poder resistir el deseo de ir a perfumarle los pies a casa del fariseo? 

La mirada de Jesús no solo era receptiva –al punto de conocer los pensamientos de la gente- sino creadora. El amor se crea con miradas, crea más amor con la mirada. Y un amor como el de Jesús –tan sincero, tan incondicional, tan bueno y amigable- era capaz de crear lazos con solo mirar. 

A Simón, lo miró una vez y le creó un nombre nuevo que se transmite en herencia y en el que nos apoyamos todos: Pedro. 

A María, su Madre, con una mirada en la Cruz –la última mirada del Señor- la hizo Madre de todos nosotros. 

Bueno, esa mirada fue la que no pudo ver, o no quiso ver, el joven rico. 

Eso sí, recordemos que, como dice el Papa Francisco, Jesús nos mira “a cada uno”. El Señor no mira solo la multitud, sino que su mirada a la gente identifica perfectamente a cada uno y tiene una mirada especial para cada uno. Esa es la mirada que anhelamos y deseamos, la mirada de Aquel a cuya imagen hemos sido creados y que tiene para cada uno de nosotros una gracia, un perdón y una misión.

Diego Fares s.j.

La pastoralidad de la Iglesia como criterio (27 B 2021)

Volvió el pueblo a juntarse con él, y de nuevo Jesús les enseñaba como solía. Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: ¿es lícito al marido repudiar  a su mujer?

Él, respondiendo, les dijo: — ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: — Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo: – Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo: – Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: – Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

     Al ver que esta semana toca este evangelio no pude evitar un pensamiento que es como si viniera adherido al tema de la familia: “otra vez hablar del divorcio”. Vino en mi ayuda otro pensamiento más positivo y del buen espíritu, y fue el de buscar una imagen linda de familia.

Me gusta mucho esta que elegí. Uno podría quedarse largo rato contemplando como están estrecha y plácidamente unidos en un dulce abrazo: José y María con los ojos cerrados y el Niño con los ojitos abiertos. Todos sonríen y se tienen con ternura y sin angustias. La compré en Asís y refleja bien todo el espíritu que reina en la tierra de Francisco. Es de madera, y se pueden separar, la imagen de José por un lado y la de la Virgen con el Niño, por otro. Pero cuando se las une, las dos partes encajan fácilmente, a la perfección.

Contemplando la imagen se me aclaró el juicio: lo que me molesta es que los fariseos tratan un tema tan importante con mala intención. Se trata de un diálogo tramposo, como lo ha calificado siempre Bergoglio. 

Lo de los fariseos que sacaban temas candentes para ponerle trampas a Jesús es algo que se sigue dando en la actualidad, con el Papa Francisco, por ejemplo. Por eso no hay que entrar a discutir el tema antes de discernir la situación en su conjunto. 

Y la situación es esta: resulta que el Señor les responde bien a los fariseos y los deja callados, pero son los discípulos los que se quedan inquietos – tentados- y terminan por alejar a los niños que las familias traen para que Jesús se los bendiga. De alguna manera aquel diálogo tramposo sigue tentándonos. Porque cada vez que la Iglesia saca el tema del matrimonio y de la familia, lo que la gente “escucha” es que se va ha hablar del divorcio y que va haber discusión. 

La trampa está en que pareciera que las familias solo piensan en la posibilidad de divorciarse, cuando en realidad lo que sucede es que la gente sueña con formar una linda familia y cada familia vive agradeciendo poder estar juntos y desviviéndose por hacer más linda la vida de los demás.

Por eso, cuando sacamos el tema de la familia lo primero tiene que ser agradecer “la alegría del amor” (Amoris Letitiae) y los niños tienen que estar en el centro, de manera tal que los problemas, como el del divorcio, no distraigan a los adultos de los bienes verdaderos.

Las familias, en la intimidad de cada hogar, viven lo maravilloso que es poder unirse con otras personas de tal manera que todos forman una sola carne y tienen la misma sangre! De esta gracia tan grande, se desprende que sea cosa tan triste y seria el problema de la separación. Pero el centro del corazón y la de la mente de los esposos y de los hijos gira en torno a la gracia, no a la tentación. Este es el espíritu de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, como dice el Papa ya desde el primer párrafo:

“La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, ‘el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia’. Como respuesta a ese anhelo «el anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia». 

Esta tentación sigue vigente: mientras la realidad es que, si vamos a tratar el tema de la familia, lo que la Iglesia tiene para aportar es positivísimo, sin embargo nos dejamos arrastrar a discusiones amargas sobre temas conflictivos. En vez de anunciar lo bueno que tenemos para decir a las familias, discutimos y defendemos (muchas veces muy mal) cuestiones que deben ser tratadas en un contexto preciso. 

Amoris Laetitia es un buen ejemplo de la proporción que debemos tener al hablar de las cuestiones conflictivas. Recordemos que Francisco trata en siete capítulos todo lo positivo de la familia y recién en el capítulo 8º, en la nota 351 hace referencia  un tema que otros usan como titular: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia” (AL 305). La ayuda de la Iglesia, madre y pastora: “En ciertos casos -dice el Papa en la nota al pie de página), podría ser también la ayuda de los sacramentos. Y como el que tiene que “juzgar” en cada caso concreto es el confesor, el Papa da dos grandes principios que iluminan la situación y que luego, cada uno debe bajar a la práctica, con la ayuda del Espíritu Santo, que nunca falta al que desea ser “pastor”. Un principio para la confesión es recordar su fin: «A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor». El otro gran principio es que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (Id). 

A este respecto, hace poco, Francisco tuvo un momento de gracia en el que logró bajar a la realidad su pensamiento de una manera concisa, original y creativa.

En el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia, una pregunta del periodista norteamericano Gerard O’Connell suscitó una respuesta del Papa que que permite ver, como si fuera una sola cosa, el pontificado entero de Francisco como Pastor. La pregunta tuvo algo de esos “diálogos tramposos” porque, si bien el periodista le había avisado acerca del contenido del tema (la excomunión al presidente Biden), no le dijo sino ahí mismo: “qué le aconsejaría Ud. a los obispos”. El Papa lo miró con una cara de “me estás queriendo enganchar mal”, pero respondió con lo que había estado rezando. A mi me pareción que pescaba la cosa, pero fue motivo de una gran alegría que el mismo Francisco, cuando le comenté cómo había visto yo lo que pasó, me confirmó que, al saber que le preguntarían del tema, había rezado mucho y que sintió que la formulación que hizo de la “pastoralidad” fue una inspiración y algo original.

Esta vez el Papa recogió el guante y se repreguntó a sí mismo -retóricamente-tres veces, siendo que los que retrucan son los periodistas, para dejar algo picando. 

El contexto del avión nos retrotrae a aquel momento tan fuerte de las “irrespetuosas re-preguntas” que le hizo la periodista norteamericana a raíz del caso Viganó. La diferencia -para el que sabe esperar tiempo para “leer” a Francisco a la luz de la historia que conduce el Espíritu, fue que en aquel entonces dió la impresión de que la periodista “lo arrinconaba” al Papa, que humildemente dijo que él por ahora haría silencio. En cambio, en esta ocasión fue Francisco mismo el que repreguntó para aclarar mejor su pensamiento.

Así fue el diálogo:

FRANCISCO: “No quisiera particularizar porque Ud. me habla de los EE.UU y no conozco bien el detalle. Yo doy el principio. Ud. me dirá, entonces como Ud. es cercano y bueno y tierno con una persona, Ud. ¿le daría la comunión? Y se respondió: Esto es una hipótesis. Tú sé pastor y el pastor sabe qué debe hacer en cada momento. Pero lo sabe como pastor. Pero si se sale de esta pastoralidad de la Iglesia inmediatamente se convierte en un político. Y esto lo verán en todas las denuncias y todas las condenas no pastorales que ha hecho la Iglesia. Con este principio creo que un pastor se puede mover bien. Los principios son de la teología. La pastoral (aquí el Papa hace un gesto como diciendo que la pastoral es un ir y venir dialogando con el otro y que es ardua, pero lo formula simplemente) es la teología más el Espíritu Santo, que te va conduciendo a hacerlo ‘al estilo De Dios’. Aquí se detuvo y con una gran sonrisa, mirándolo a los ojos le dijo al periodista, que no se atrevió a repregunta más: “Yo osaría (explicar) hasta aquí”. El otro hizo señal de que “estaba bien” pero esta vez fue el Papa el que se puso en ese lugar de retrucar en que se ponen los periodistas yvolvió de nuevo a la carga: – “Si Ud. me dice si se puede dar o no se puede dar, eso es casuística. Eso que lo digan los teólogos. Y avanzó todavía más el Papa (el otro ya quería levantarse e irse, pienso). – Se recuerda Ud. de la tempestad que se desató cuando salió aquel capitulo de acompañamiento a los separados, divorciados… Herejía! Herejía! (decían muchos) Siempre esta condena. Ya basta con la excomunión! No metamos,por favor, más excomuniones! Pobre gente. Son hijos de Dios. Están fuera de la comunidad temporáneamente, pero quieren, tienen necesidad de nuestra cercanía pastoral. Después el pastor resuelve las cosas como el Espíritu le dice”. Y agregó: “Pero yendo a la respuesta de fondo sobre la excomunión. El problema no es el problema teológico, porque esto es simple. El problema es pastoral: (con énfasis, como tocando el problema con la mano) El problema es cómo nosotros, obispos, gestionamos pastoralmente este principio.Y si vemos la historia de la Iglesia, veremos que cada vez que los obispos han gestionado no como pastores un problema se han “bandeado” (si sono ischierati = en el sentido de formar bando) en la vida política, sobre el problema político. Por no gestionar bien un problema se han situado (de manera partidista, se entiende) en el lado político. Pensemos en la noche de San Bartolome. Herejes! Si. La herejía es gravísima! Degollemos a todos. Un hecho político. Pensemos a Juana de Arco: Esta visión! Pensemos en la caza de brujas…, pensemos en Campo dei Fiori, en Savonarola, toda esta gente. Cuando la Iglesia para defender un principio lo hace no pastoralmente se sitúa en el campo político. Y esto ha sido siempre así. Basta mirar la historia. Que debe hacer el pastor? Ser pastor. Ser pastor y no andar condenando, no condenando. Y él es pastor también del excomulgado? Si. Tiene que ser pastor con él. Con el estilo De Dios. Y el estilo de Dios es cercana, compasión y ternura. Toda la biblia nos lo dice. Ya en el Deuteronomio Dios le dice a  Israel: Qué pueblo hay que tenga un Dios tan cercano como yo a tí. Cercano.  Compasión. El Señor que tiene compasión de nosotros, leamos Ezequiel, Oseas… Ya del inicio. Y ternura: basta mirar el evangelio y las cosas de Jesús. Un pastor que no sabe gestionar las cosas al estilo de Dios resbala y se mete en tantas cosas que no son pastorales”.

Así siente y gusta la pastoralidad de la Iglesia nuestro Papa Francisco. El es pastor y sólo pastor. También de los fariseos. Por eso es que el Espíritu lo ayuda, por eso es que no le hacen “pisar el palito”.  

Diego Fares s.j.

Marca Jesús (26 B 2021)

Le dice Juan: Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros, 

expulsar demonios en tu nombre, y se lo prohibimos.

Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi nombre y pueda enseguida hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está con nosotros.

Y quien les dé de beber un vaso de agua en nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. Y el que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de moler y lo echen al mar. Si tu mano te hace tropezar (es motivo de escándalo), córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue. Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

Contemplación

Te pedimos Señor, que quienes adoramos 

el Santísimo nombre de Jesús

disfrutemos de la dulzura de su gracia 

en esta vida y de su gozo para siempre en el Cielo. 

   (Oración colecta de la Misa del Nombre de Jesús)

            La contemplación de hoy la podemos centrar y desplegar en torno al nombre Bendito de Jesús. Se repite cuatro veces en este pasaje (de un total de nueve en Marcos) y es “el criterio” que utiliza el Señor para discernir lo que no hay que prohibir y lo que tiene un valor especial. Criterio que comparte con los discípulos y que ellos nos transmitieron. 

Podemos aprovechar la importancia que tienen en nuestra cultura los nombres, las marcas, el “logo” de cada cosa, y, en la misma línea afirmar que todo lo cristiano tiene que tener el Logo de Jesús, ya que todo es “Marca Jesús”. Cada cosa existente -estrellas y flores, pájaros y trenes – aunque no siempre esté a la vista, llevan escrito dentro: “made in Jesús”. “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1, 3).

“Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen” (Col 1, 16-17).

En el mundo de hoy las cosas valen o cuestan más cuando son de marca. Y bien, para nosotros las cosas valen porque llevan la marca del Nombre de Jesús.  

Lo que me encanta de la marca “Jesús” es que tiene propiedades muy singulares. 

Usar el nombre de Jesús impulsa a mejorar

Sucede hoy que se imita a las grandes marcas y que las imitaciones son cada vez mejores. Pero las grandes marcas luchan contra los imitaciones. En cambio el Señor no quiere que nadie tenga la exclusividad de su marca y él mismo “mejora” a los que crean algo en su nombre. Los autentica, digamos así. Por eso dice que “si alguien hace un milagro en su nombre…” El otro, aunque no sea de los nuestros, como dice Juan, al usar el nombre de Jesús es bendecido con el milagro. Y el Señor explica que si hace las cosas en su nombre, luego no podrá hablar mal de é. Pasa a ser “de los nuestros”. Este colectivo “los nuestros” es infinitamente más grande de lo que nos podemos imaginar. Aunque no salga en los diarios.

Practicar el bien en nombre de Jesús nos hace ser de los suyos

El nombre de Jesús consiste en volver nuestro lo que no es nuestro. Juan le dice que uno está usando su nombre pero es “trucho”. Y Jesús le da vuelta el argumento. Si usa su Nombre para hacer algo bueno se autentifica, pasa a ser “de los que están con nosotros”. Podríamos llamar a esto “el carácter bautismal”, el carácter inclusivo, del nombre de Jesús. Al que lo usa, lo bautiza. 

Es lindo entonces, para los cristianos, pensarnos como gente bautizadora, gente que incluye. Pensarnos, quiero decir, como gente que va buscando “la marca Jesús”, en todas las personas, en todas las cosas buenas que hace la gente, para allí detenernos a “comprar”, a valorar, a dialogar, a elogiar y apoyar. 

¡Qué triste tentación –y qué rápido hay que salirnos cuando caemos en ella- la de Juan, de pensar que uno ya tiene la exclusividad del criterio del Señor y se pone a prohibir a la gente que haga tal o cual cosa buena, diciéndole: “mirá, vos todavía no sos de los nuestros”. 

En este punto creo que los cristianos tenemos que reconocer que la mentalidad del mundo nos gana. Por buscar sus intereses, los políticos hacen mejores alianzas que nosotros, consideran “de los suyos a todos los que no están en contra”, suman, incluyen, tejen alianzas. Y no hablemos de los comerciantes. Un amigo me explicaba porqué muchas marcas de software permitían que se usaran sus programas sin licencia e incluso te los actualizaban. Es la manera de ganar mercado. Luego que mucha gente lo usa y se acostumbra, te pueden vender el que viene mejorado. Es la lógica del que sabe que vende algo valioso, del que sigue la vida y el progreso y busca mejorar. 

Pues bien, un cristiano que piensa que algo que se hace “en Nombre de Jesús”, no va a andar, no solo no comprende nada de la mentalidad de Jesús (en cuyo nombre el Padre recapitulará todas las cosas y se le arrodillarán todos los hombres y cuyo “Logo” está inscripto en el código genético de todo lo creado, que sin Él no existiría), sino que además es mal político y mal comerciante. Si nos agarraran los de Microsoft o los de Apple nos dirían: “¿pero vos no te das cuenta del producto que tenés entre manos? Ocupate de anunciarlo, de ofrecerlo, dejá que se mezcle con otros, no tengas miedo, prevalecerá”.  

El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas: vasito de agua

La otra cosa linda del nombre de Jesús es la del vasito de agua. El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas, vuelve valiosísimos los gestos más cotidianos, renueva lo que parece rutinario o común. Si algo lleva el nombre de Jesús, vale y vale de tal manera que renueva todo a su alrededor, renueva todo lo que toca. 

En realidad lo de Jesús es lo único nuevo que existe bajo el sol. Todo lo demás es “repetición”, todo lo demás es la misma “materia” –mucho hidrógeno y algunos elementos más- combinada de distintas maneras. Y el ser humano, cada uno de nosotros, que es “único y nuevo” por ser espíritu, si no se renueva en Cristo a cuya imagen es creado, tiende a volverse igual a la materia de la que está hecho, tiende a repetirse y a imitarse a sí mismo o a sus padres, a mimetizarse con la cultura en la que nace, a masificarse y a perder su originalidad.  El Cohelet decía, con su sabiduría de hombre de mundo que vivió todo: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Y podemos suscribirlo. Exceptuando a Jesús. Y a lo que lleva su nombre o se hace en nombre suyo. El es el que hace nuevas todas las cosas. 

El nombre de Jesús marca tendencia

En esta misma línea, el nombre de Jesús marca una tendencia irresistible al bien, consiste enpotenciar de manera inaudita todo lo bueno. Una pequeñísima acción hecha en su Nombre –el vasito de agua-, cobra valor infinito. 

“Hecha en su nombre” significa a su estilo, que es el de la “prautes”, el de la dulzura y mansedumbre de corazón, el del bien hecho con una tranquilidad laboriosa y una paz recuperada con denuedo. 

“En su nombre” significa cumpliendo lo que Él enseña, aunque explícitamente no se diga que es “por Jesús”. Por eso es que podemos decir que en nuestro mundo hay tanto de cristiano que lleva impreso el nombre del Señor de manera invisible. Tantos gestos, tantas maneras solidarias de proceder que tienen su fuente en la enseñanza del Señor. El inmenso número de nuestros santos y de nuestras santas “de la puerta de al lado” es el que con su ejemplo ha ido inculcando al mundo este estilo de Jesús. Ellos han cumplido el mandato apostólico: “Vayan y enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he enseñado”. Lo han cumplido con el ejemplo y es lo que más ha prendido. Para el que sabe ver, hay tanto evangelio practicado en el mundo! 

María es la que tiene a su cargo administrar “la marca Jesús”. Ella y San José, que le puso el nombre. Ese nombre del cual nos dice Pablo: “todo lo que hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”. El texto completo dice:

La paz de Cristo presida sus corazones (…).

La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza;

y todo cuanto hagan, de palabra y de boca, 

háganlo todo en el nombre del Señor Jesús,

dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 15-17).

Así, discernir y conjurar un mal, obrar un milagro y dar un vasito de agua en nombre de Jesús, estas acciones a favor del bien y contra el mal, en lo grande y en lo pequeño, son bendecidas por Jesús, las haga quien las haga.

Y por el contrario, escandalizar o hacer tropezar al que “cree y obra en su nombre” tendrá su castigo. Aunque parezcan tonteras o cosas de poca importancia, si uno escandaliza a un pequeño hace un mal muy grande.

Y el Señor desea que el mismo criterio nos lo apliquemos a nosotros mismos. 

Si algo en nosotros nos impide obrar en nombre de Jesús: ver el bien, hacer un bien, emprender un camino hacia el bien, hay que cortarlo. 

Si es una idea o un pensamiento que nos enturbia el ojo –que nos vuelve envidiosos, calculadores, suspicaces o resentidos…-, hay que arrancarlo: ¡no el ojo sino la idea!

Si es una dificultad práctica, algo que paraliza las manos, que no nos permite agarrar las cosas, organizarlas, moldearlas, realizarlas, trabajar haciendo el bien: hay que cortarla: ¡no la mano, sino la indecisión que paraliza!. 

Si es algo que nos impide dar un paso, algo que cierra el camino, que demora la acción buena, hay que cortarlo: ¡no el pie, sino el capricho, la terquedad o la pereza que nos detiene!.

Cortarlo, significa hacer el bien igual, aunque para hacerlo o valorarlo en otro tengamos que “cerrar un ojo”, caminar o tolerar que el otro camine rengueando, o que no salga perfecto porque se hace con una sola mano. El Señor bendice el bien aunque no esté perfectamente hecho: lo que se hace en su nombre lo perfecciona Él. 

Y lo bueno de su nombre –de su marca- es que si no se puso antes, se puede poner después, porque el Señor santifica también para atrás. Que no otra cosa es ser perdonados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

                                                                                                                                                                                                                                             Diego Fares sj

Sonreír con los ojos (25 B 2021)

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea.

Y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos  y les decía: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’. Pero los discípulos no comprendían tales palabras  y tenían miedo de preguntarle.

Llegan a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntaba:‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’ Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diácono) de todos’. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9, 30-37).

Contemplación

La escena del niño al que Jesús pone en medio del grupo que discutía acerca de quién era el más grande es un adelanto del lavatorio de los pies que realizará el Señor en la última cena. En ella, el que es el más grande, se ceñirá con un delantal y les brindará a sus amigos una lección de servicio. Lo hará como último acto, antes de dar la vida en la Cruz.

El más grande, el que sirve; el primero, el que va a lo último.

Pero debemos entender bien esto. El que sirve no es el que hace cualquier servicio, sino el que realiza el servicio que Dios quiere. Es el que encuentra su lugar de servicio y de misión en el Reino y se aboca a servir allí, con toda la fuerza y la creatividad del carisma que el Espíritu le da.

Dice Pablo: 

“Como tenemos carismas diferentes, según la gracia que se nos ha dado, procedamos así: (el que tiene el carisma de) la profecía,(que profetice proporcionalmente a la fe que es consciente que tiene – ni de más ni de menos -); el que sirve, dedicándose a servir; el que enseña, a enseñar, y el que exhorta, a exhortar; el que comparte sus bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con diligencia y prontitud, y el que practica la misericordia, con alegría” (Rm 12, 7-8).

Cuando Jesús dice que el que quiere ser el primero debe ser el último y el servidor de todos no está diciendo que el que preside debe ir a servir el café, sino que debe presidir en el lugar que se le ha confiado y hacerlo con diligencia y prontitud (al estilo de María, que fue con prontitud a visitar a Isabel). El que practica la misericordia debe hacerlo al estilo de Jesús, con alegría; y en la obra de misericordia que el Espíritu lo solicita cada vez. 

Por tanto no se trata de pensar estas cosas en abstracto -ser más grande en general o servir en general, sino de manera muy concreta. 

En la vida de los santos y santas esto es claro: los que encuentran su lugar en la Iglesia, van al último puesto de servicio y en esa tarea que Dios les encomienda, se convierten en los más grandes. 

Comparto dos historias, una de una santa “universal”, digamos así, de esas lámparas que el Señor pone en el candelero, para iluminar a toda la Iglesia; el otro, el de un “santo de la puerta de al lado”, uno de esos al que el Señor bendice de manera extraordinaria pero sólo para animar y fortalecer a sus testigos inmediatos, a gente común, que comparte su luz de lamparita de 20 watts.

La santa del candelero es Teresita. Ella es un ejemplo de esta búsqueda de nuestro lugar de servicio en la Iglesia. Teresita  se eligió la mejor parte (y el Señor no se la quitó): la de ser el amor en el corazón de la Iglesia. Cuando encuentra su lugar, es feliz. Es este mismo texto el que encontró y “llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”.

El ejemplo del santo de la puerta de al lado es el de uno que trabajó como encargado de la cocina de El Hogar de San José. Aquí el carisma de servicio tiene una característica increíble. Lo que en una Santa Teresita es algo único de ella que el Espíritu le da para el bien común, en el santo de la puerta de al lado es algo común, que se encarna en los (no muchos) que se van sucediendo en ese servicio. Dentro de esta gracia que es la de unir personalidad y misión, en unos santos, su personalidad le pone el sello a la misión; en otros, es la misión la que imprime el sello a la personalidad. 

Una gracia que el Señor me fue dando a lo largo de los años de trabajo en el Hogar, fue la de haber descubierto algo muy especial, aunque aparentemente era común, en los que se hacían cargo de la cocina, a la mañana. Se fueron sucediendo, a lo largo de 20 años, uno al otro: Navarro, que estaba ya cuando yo llegue, cuya historia se encuentra en el librito “Contemplar el rostro de Cristo en los pobres”. Félix González, José Luis Domínguez, Jorge Retamozo, Hugo Reboledo… 

La gracia par mí fue caer en la cuenta de que todos, pero todos, es como que encontraban su lugar en el mundo en nuestra cocina. Y abrazaban el trabajo con una dedicación total y todos lo hicieron hasta el día de su muerte. Cuando descubrí la gracia del lugar, cuidé de elegir bien y cuidar al que se encargaba. Pero la experiencia es que la misión “se adueñaba” del que iba y moldeaba una misma actitud en todos los que se fueron sucediendo. Uno que elegí especialmente yo fue Hugo Reboledo. Aquí un poquita de su historia:

“Antes de ayer, el jueves 6 (de setiembre de 2012), en la Casa de la Bondad murió Hugo Reboledo, que de estar en situación de calle pasó a hospedarse en el Hogar de San José y luego a trabajar como empleado de maestranza en nuestra cocina. Doy testimonio de su historia porque supo honrarnos con su modo de dejarse ayudar y de ayudar a los demás, aprovechando todos los recursos de nuestras dos obras. Recuerdo que fue el primer usuario al que me animé a contratarlo en blanco como empleado de la Fundación. Me ganó la confianza la vez que, estando como huésped ya que había caído en situación de calle, me pidió un día hablar en privado y me mostró una maleta que había encontrado en la calle Pueyrredón. Después supimos que un joven que volvía de Suiza bajó del taxi y para pagar dejó una valija contra un poste y se la olvidó. Hugo que pasaba por allí la vio y se la trajo para el Hogar. Al abrirla y descubrir todo lo que tenía, me llamó para que la devolviera yo, por miedo a que por su situación creyeran que la había robado o que quería sacar provecho. Había 800 euros, varias tarjetas de banco, todo tipo de aparatitos electrónicos… Los dueños agradecieron mucho y a él lo contraté para trabajar con nosotros.
Que unos años después aceptara ir a la Casa de la Bondad implicó el cariño y el acompañamiento de nuestras dos instituciones durante muchos meses. Hugo no quería “perder su privacidad” y prefería su pieza de hotel (que se fue convirtiendo en un desastre a medida que él se dejaba estar, “por su rebeldía”, como me dijo,) a estar en la casa.
Como sí había aceptado ir a hacerse curar (su cáncer de cuello requería curaciones diarias) le fueron ganando el cariño y cuando ya no pudo más, al fin aceptó ir y fue como un corderito manso y se dejó mimar y atender sus últimas dos semanas.
Hay mucho para agradecer y reflexionar acerca de lo que significó “Hugo del Hogar en la Casa de la Bondad”, pero aquí  lo que quiero compartir es su sonrisa en su puesto de trabajo y de padecimiento en la Casa de la Bondad. 

Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su vía crucis por los rayos y las curaciones, dijo: Es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Que alguien te sonría con los ojos es un regalo de valor inestimable”.

Valgan estos dos ejemplos – el de una pequeñita grande como Teresita y el de un pequeñito anónimo como Hugo – para que veamos que esto de “encontrar el propio puesto de servicio” es una gracia que no se puede perder ningún cristiano. El signo de que uno ha encontrado su lugar de servicio en el Reino es que empieza a sonreír con los ojos, o a trasparentar la Gloria del Padre, que es lo mismo.

Diego Fares sj

“Estás tentado!”(24 B 2021)

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.» 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» 

Pedro respondió: «¿Tú eres el Mesías.» 

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir 

mucho y ser rechazado por los ancianos,los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. 

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Marcos 8, 27-35).

Contemplación

Escuchamos lo que le dice el Señor a Pedro. 

«¡Sal, ve detrás de mí, Satanás!

Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios,

sino con los criterios de los hombres.»

Tratamos de escuchar el tono de las palabras.Como son palabras duras, uno puede imaginar que el Señor hizo algún gesto brusco, como apartar a Pedro, o soltarse el hombro, si es que Pedro lo tenía tomado cuando se lo llevó aparte. 

Sin embargo, también podemos imaginar que Jesús no hizo ningún gesto de desprecio ni puso cara de indignado, sino que sus palabras fueron duras para con los pensamientos de Pedro, no para con su persona. 

Podemos imaginar que al Señor no le escandaliza para nada que Pedro esté tentado por el mal espíritu y que esté juzgando mal. 

Ignacio diría más aún, que hay que dar por supuesto que, si uno está haciendo bien sus Ejercicios o trabajando bien en su misión, va a ser tentado, va a tener variedad de sentimientos encontrados y movimiento de espíritus. 

¡Le va a suceder como a Pedro, que en un momento es conducido por los sentimientos de Dios Padre y discierne que Jesús es el Mesías, y al momento siguiente es conducido por el mal espíritu y siente –convencidísimo- que Jesús se equivoca y llevándoselo aparte lo reta!

La risa del padre Fiorito

Esta imagen de Jesús atacando la tentación sin agredir a la persona, me viene de recordar el rostro siempre sonriente del Maestro Fiorito cuando me decía “estás tentado”. 

El maestro era de las pocas personas que he conocido que, cuanto más tentado estaba alguien, más dulce y manso se ponía para ayudar a corregirlo. Y quizás fueel único al que he visto verdaderamente “divertirse” cuando le decía a uno que estaba tentado. 

Cuando discernía un mal espíritu Fiorito “sacaba balcones”, esa era su expresión. Con mucho cariño te lo decía y contemplaba las distintas reacciones y defensas que uno ponía, riendo cada vez con mas gusto, hasta que uno reconocía la tentación y pedía consejo. 

“Estás tentado” era una de sus frases favoritas y siempre la decía sonriendo. Y cuando uno ponía cara de indignado, se reía con más fuerza, verdaderamente divertido. 

Porque la cosa solía ser así: uno le contaba que estaba mal con otro, las razones por las que estaba mal y las cosas que le había dicho el tarado ese, por ejemplo, y ahí el Maestro sonreía y decía: “estás tentado”. Entonces uno retrucaba con más y mejores argumentos, pero él se reía y te desafiaba a encontrar en el evangelio un pasaje donde dijera “el tarado ese”. Ahí te hacía sonreír a vos, porque el Evangelio dice que el que llama «tarado a su hermano» merece un castigo, y uno se daba cuenta de que había pescado, en el tono que uno estaba usando, la tentación del mal espíritu. La sonrisa del Maestro permitía eso tan difícil que es despegarse uno de su propio sentimiento. 

En general uno piensa: si estoy de mal espíritu es que soy una mala persona. Por eso cuesta tanto aceptar que otro nos diga que estamos tentados. Pues bien. Esto es el ABC de la dirección espiritual y hasta que no se acepta y aprende, no hay conducción espiritual que valga: dar por descontado que uno experimenta gracias y tentaciones y discernirlas.

Es muy divertido ver cómo nos cuesta aceptar esta dirección espiritual. Uno acepta que el médico diga “hay que operar”, que el psicoanalista diga eso viene de un complejo de inferioridad, o que el economista diga que “hay que hacer un ajuste de cirugía mayor”, pero si el director espiritual al que uno mismo fue a buscar, que no le cobra nada ni tiene otro interés, sino que uno descubra la voluntad de Dios en su vida, le dice “estás tentado”, ahí se arma. 

Confieso que recién después de los cincuenta años comencé a valorar la risa de Fiorito como el único remedio eficaz contra el mal espíritu, especialmente el de los amigos. 

Y esto luego de haber experimentado el fracaso de todas las explicaciones y razones para convencer al que está tentado, que no hacen sino aumentar o reforzar la tentación. 

Por eso imagino a un Jesús sonriente que mira a Pedro divertido y le dice: “Salí de ahí, que estás tentado”. Y luego, con mucha claridad y dureza explicita bien que “hay pensamientos y criterios que son de Satanás”. Pero lo dice atrayendo hacia sí a la persona de su amigo, no alejándolo. Y Pedro se deja acercar, se deja corregir y cargar por Jesús. Pedro sabe “en quién se ha confiado”, Pedro sabe que solo Jesús tiene palabras que dan vida y no se quiere alejar de él ni siquiera para seguir sus propios criterios. Pedro no dice: “por qué me corrige en público si yo me lo llevo aparte”. Pedro no dice: “que corrija también un poco a los otros”. Pedro no dice: “siempre la ligo yo, por hablar”. Nada de eso. Pedro es el que ha gustado la conducción espiritual de Jesús y sabe que en todas las situaciones en las que el Señor lo pone o en las que él mismo se mete, Jesús le está enseñando a discernir, le está enseñando a “tener sus mismos sentimientos, su manera de pensar y de juzgar”, que es la manera del Padre del Cielo y no la de Satanás.

El criterio del seguimiento: la cruz

Aprovechando la “tentación de Pedro”, en vez de taparla para que nadie vea el desatino de aquel a quien desea poner como cabeza de la Iglesia, Jesús llama a toda la gente e igualando a todos, les habla (nos habla) claramente de la Cruz. El pensamiento del Señor, su criterio de discernimiento, su manera de sentir la vida, su sabiduría práctica (frónesis), fuera de la cual todo otro criterio termina siendo “de Satanás”, es esta: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo –especialmente a esos criterios suyos que tratan de evitar la cruz-, que cargue con su cruz y me siga”.

Esta es la manera de pensar y de sentir del Señor, a la que Pablo alude en esa recomendación tan hermosa: “Tengan los sentimientos de Jesús”. Froneistho, dice Pablo en pasivo: dejen que esta mentalidad de Jesús habite en ustedes. Dejen que esta manera de juzgar y de sentir las cosas que tuvo Jesús, esté también entre ustedes, se adueñe pacíficamente de su corazón y los haga dóciles al Espíritu.

Y Jesús, sonriendo, manda su amigo Simón Pedro al fondo, lo ubica con un gesto, lo pone en su lugar. El Señor hace del problema una cuestión de distancias. No solo se trata de “lo que se dice”, sino de “Quién es el que lo dice”: el Padre o el maligno? Por eso Jesús ha preguntado “¿Quién dice la gente que soy Yo?”. No ha preguntado qué opinan de mis enseñanzas o de mi manera de obrar, sino que piensan de mi Persona. Esto es cristianismo básico. Catolicismo básico. La persona de Jesús. 

La Persona en primer lugar, no las ideas, ni los valores, ni las cosas. 

La Persona representada por otras personas concretas.

Para cuidarnos de esta tentación –ya que las razones las puede inspirar el Padre o Satanás-, Jesús aprovecha la pifiada de Pedro: precisamente el que tendrá que representar a Jesús en persona es el que primero la pifia. Y no una sino muchas veces. Pero es también el que una y otra vez se deja corregir con gusto. Y no solo en privado sino en público. ¡Cuántas veces desautorizó Jesús a Simón Pedro delante de sus pares con esa pedagogía amorosa que al mismo tiempo que parecía que le quitaba autoridad se la estaba dando, sólida como una Piedra de roca! 

En la situación que narra el evangelio de hoy queda bien claro que no son los criterios de Pedro lo que le dan o quitan autoridad. Pedro es capaz de hablar inspirado por el Padre del cielo y por Satanás, casi en el mismo momento. Es capaz de confesar a Jesús como Mesías y luego de desdecirse al pretender corregirlo como si fuera un chico. La autoridad de Pedro (y toda autoridad en la Iglesia) se basará en la capacidad de una persona de aguantar todo lo que le pongan arriba sin desanimarse ni sacarse el peso de encima. Será la capacidad de Pedro de cargar la cruz y seguir al Señor –con la cruz de la Iglesia amada a cuestas- lo que el Señor bendiga como autoridad. 

El don de cargar y llevar contradicciones con amor es el signo de la autoridad en la Iglesia. 

El más pastor es el que más carga con amor, sin resentirse ni agriarse. 

(Y que suele necesitar de otro que se le ría un poco de sus tentaciones y malos espíritus).

El mejor pastor no es el que tiene más razón ni el que más sabe ni el que mejor argumenta, sino el que más aguanta –con alegría y dulzura, mansamente-, el que a más abraza, el que a más incluye, el que a más anima, el que a más espera, el que en más confía, el que más perdona, el que más se ríe y sigue adelante contento. 

Solo el amor que pasa por la cruz es creíble

Jesús define su amor y los criterios de su amor por la Cruz. Pero no por la cruz en cuanto dolor, sino porque en el abandono y en el desprecio de la cruz, puede hacer creíble que El es el que más nos ama, que El es el que nos ama a todos, El que nos perdona a todos, el que  cree en todos nosotros y a todos nos convoca junto a sí. 

¿Por qué la abrazas? (a la cruz) le gritaba el mal ladrón al Señor en una escena de la película La Pasión. El Señor cierra los ojos, abraza y besa la cruz y se levanta. ¿Por qué la abrazas? El Señor no responde sino que abraza. Pero si respondiera diría que la abraza porque al abrazar la Cruz nos salva a nosotros, sus hijos, sus amigos, sus ovejitas. 

Porque al abrazar la Cruz nos libra de ese enojo de niños, tan profundo, que nos hace decepcionarnos y culparnos a nosotros mismos ante un Padre que sentimos que nos abandonó en algún sufrimiento. 

Porque al abrazar la Cruz nos reconcilia con Dios nuestro Padre. 

Nos reconcilia no tanto de que hayamos pecado nosotros sino que nos reconcilia con esa herida honda de haber sufrido y que nuestro Padre no nos haya defendido o protegido, o curado. 

Al abrazar Jesús la Cruz, podemos sentir que es el Padre el que nos pide perdónpor el dolor que nos produce el haber sido creados de la nada. Es el Padre el que nos hace sentir en su Hijo abrazando nuestra Cruz, que Él está a nuestro lado, que está todo bien, que sufrir no es lo definitivo.

¿En qué consiste este criterio de la cruz, esta “sabiduría de la cruz” como la llama Pablo en esa hermosísima primera carta a los Corintios? 

La sabiduría de la cruz no se posee. 

La gusta el que, cargando la cruz, se deja habitar por ella. 

La goza y la siente el que, cargando su cruz y la de otros, deja que los sentimientos de Jesús se vayan posando y asentando pacíficamente sobre su corazón y descubre cómo de esos sentimientos comienzan a fluir buenos pensamientos. 

Goza de los beneficios de ser conducido según esta sabiduría aquel que permite que otro se le ría de sus malos espíritus. Otro que tiene en mayor grado este don de soportar contradicciones y de llevar adelante el evangelio sin desanimarse ni resentirse, con alegría y mansedumbre. 

La sabiduría de la cruz es espiritual (del Espíritu común) y no carnal (propia y auto-referencial). 

La sabiduría de la Cruz se articula en un tejido estrecho y constante, en el cual yo me dejo guiar (y cargar) por el que ama más que yo, y guío y cargo al que más amo y más me necesita. 

Y al que ama más que muchos, al que carga con la cruz de muchos, lo defiendo, lo enaltezco, le obedezco y no lo critico ni aunque se “equivoque”. 

¿Cómo que no lo critico ni aunque se equivoque? Si, señor. 

Si se equivoca el que está cargando más cruz, busco a otro igual o superior a él para que lo corrija él y no yo. ¿No es acaso esto lo que le enseñó Jesús a Pedro?

La dirección espiritual

¡Tener quién nos diga “esa manera de pensar no es de Dios, sino de los hombres”!En esto tan sencillo y refrescante consiste la dirección espiritual, y, me animaría a decir, la vida entera de la Iglesia. En que Otro, en nombre de Jesús, en cada caso el que la Iglesia pone, nos diga cuándo un pensamiento es de Dios y cuando es de los hombres (de Satanás). Si lo dice sonriendo, como Fiorito, mucho mejor. Pero, de última, que nos lo diga como pueda!

Es algo tan simple y hermoso como tener un Pastor: alguien que con amor nos guía y nos lleva a “tener los sentimientos de Cristo Jesús” en nuestra vida. 

Diego Fares sj