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Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y los más de los que lo escuchaban estaban estupefactos y shoqueados y decían: -¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? ¿Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno, salvo que, a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. Él se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

“El se admiraba de su incredulidad”, nos dice Marcos. Jesús se admira y proverbializa lo que siente: “Un profeta sólo es desprestigiado en su tierra”. Así como lo admira la fe, al Señor lo admira también la falta de fe. Suele pasar. Cuando a uno lo sorprende algo causándole admiración también se admira si ve que a otros esto no les suscita el mismo sentimiento. 

La admiración nos saca de nosotros mismos, de nuestros esquemas mentales habituales,  nos “extasía”, nos hace “mirar más allá”. La admiración es un indicador de realidad: percibimos la realidad de lo otro o de los otros. Por eso, ver que a otro no “lo saca de sus esquemas” nos causa también admiración. ¿Cómo es que el otro puede “meter en sus esquemas viejos” lo que nosotros vemos como nuevo?  

Admirarse es algo muy humano y totalmente personal. Podríamos definir a una persona a partir de “lo que la admira” (y lo que no). En ese sentido decimos que la admiración es algo fundamentalmente positivo, en cuanto que enraíza en lo más propio de cada persona. Allí donde uno tiene su percepción más alta de la realidad y de lo que es valioso. En eso que uno “no espera que suceda pero que quisiera que suceda”. En eso que uno dice: si viera algo así o si pasara tal cosa, eso sí me admiraría. 

También sucede que, a veces, uno mismo se sorprende de lo que le admira, porque descubre aspectos de su personalidad que no conocía del todo (y esta apertura es más humana todavía). 

La admiración se sitúa, pues, en el lugar de frontera entre lo que uno ha visto y lo que es capaz de ver, si se da. 

Ahora, si miramos a Jesús desde nuestra imagen común de lo que debería ser un “dios” podríamos pensar: Si Él es Dios, ¿hay algo de lo que pueda admirarse, algo “nuevo” para Él que conoce todo? 

Pues bien, el evangelio no hace caso a las imágenes estereotipadas de Dios y nos dice sencillamente que Jesús se admiraba de esta falta de fe. Nos dice también que la fe de los extranjeros, de la Cananea, del Centurión, le despertaba admiración. 

Comparando admiraciones, diría que a nosotros en general, no nos admira la falta de fe. Nos admira un poco la fe, pero enseguida la metemos en algún esquema sicológico que nos permite poner distancia del fenómeno. Respetamos la fe de la gente, pero no nos admira. Y la falta de fe del mundo actual nos parece bastante natural. 

Llegado a este punto, me surge una clave de interpretación evangélica. Así como Jesús hacía milagros para “despertar la fe”, para aumentarla y fortalecerla, cuando “muestra sus sentimientos de manera expresa”, como aquí, también lo hace para evangelizar, para despertar y fortalecer nuestra fe. Lo dice explícitamente cuando va a resucitar a Lázaro, le dice al Padre que Él sabe que siempre lo escucha pero que pronuncia en público su oración “por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11, 42). 

Al mostrar su admiración, entonces, el Señor se nos acerca. El no es uno que se las sabe todas, sino uno que se abre a la sorpresa y a la novedad de la vida. 

Ser cristiano, por tanto, no es sabérselas todas, sino ser capaz de admirarse de las maravillas del Padre, de las cosas que Dios hace nuevas cada día. 

Ser como Jesús, tener los sentimientos de Jesús, como dice Pablo, no es andar “ya sabiendo” lo que va a pasar, sino al revés, “andar no sabiendo” porque confiamos en un Dios que nos sorprenderá. No hay nada peor que esa actitud del “yo ya sabía”, ese vicio de andar “constatando predicciones nefastas”, que se auto-cumplen para el profeta de calamidades, que vive encerrado en su propia historieta, pero no para aquellos que viven la historia de Salvación de Dios. 

¡Jesús es capaz de admiración! ¡Qué admirable! ¡Yo lo puedo sorprender! Lo puedo alegrar con algún gesto mío de confianza, más allá de lo esperado: “Señor, hoy te voy a sorprender, sorprendiéndome a mí mismo”. Este era el discurso de todos los pequeñitos que se acercaban a pedirle algo más allá de las expectativas comunes. Y verdaderamente sorprendían al Señor, que les quedaba agradecido, en medio de lo aburrido de este mundo tan predecible de las convenciones humanas, por animarse a sacar lo mejor de sí y de Él -esas virtudes sanadoras que la fe hacía brotar a raudales de su interior-. 

Una de las cosas más tristes de nuestro mundo actual –empalagado de estadísticas hechas por algoritmos- es que ya casi nada nos sorprende (¡excepto la tecnología, que es tan predecible!). Y esta falta de capacidad de admiración es el atentado mayor a la dignidad del corazón humano. Negarnos la admiración es negarnos nuestra dignidad de ser libres y de que la vida tenga final abierto. 

“¿De dónde éste estas cosas?” es la frase que -por su negatividad- le admira a Jesús. Le admira que los suyos no se abran a creer que de alguien normal pueda salir algo bueno y maravilloso. Le admira que en el fondo se valoren tan poco a sí mismos que no crean que Jesús pueda salir de Nazareth, que el más grande sea uno de ellos. 

El Señor se admira para que nos admiremos de nuestra falta de fe.

¿Cómo puede ser que no crea más?

¿Cómo es posible que, si contemplo la maravilla de mi vida con todo lo que el Señor me ha dado, no me maraville más, no espere cosas mejores para adelante, no confíe en que él me ama y me quiere llenar de su gracia más allá de lo que me atrevería a esperar?

¿Cómo puede ser que no confíe más en Jesús, en que Él ha hecho las cosas bien en mi vida y me va llevando de su mano, según su sabiduría? 

¿Cómo puede ser que otros saquen más milagros de su corazón, disponible para dar, y hasta de la orla de su manto, y yo me quede encerrado en mis cavilaciones?

¿Cómo puede ser que otros pidan perdón de pecados iguales o mayores que los míos y yo no tenga confianza en que Él me perdona de verdad?

¿Cómo puede ser que Él, que hace milagros en la vida de tanta gente de todo tipo y condición, no pueda hacerlos más en mi vida (¿y que yo no reconozca los que de todas maneras hace, a pesar mío, en el secreto de su misericordia?).

La pregunta: “¿De dónde éste estas cosas?” es en el fondo, una pregunta autorreferencial. Lo que están diciendo los paisanos del Señor es “¿Cómo nosotros no notamos nada antes?”. Es querer ganarle a Dios y no alegrarse de que Dios nos gane. 

Hay gente que ante cualquier cosa que sucede –especialmente si es algo digno de atención-, primero piensa cómo queda ella y luego piensa en lo demás y en los demás. 

Por eso, la evangelización de Jesús va por el lado del “salir de sí”, del no ser auto-referencial”. Él, que podría serlo, según una imagen estándar de Dios, no lo es. Jesús muestra que el sentimiento más humano –la admiración- es también el más divino. Que Dios mismo está abierto a admirarse de lo que hacen sus creaturas libres. Como un padre se admira de sus hijos, aunque los conozca. Es que la admiración es propia del amor. No admirarse es no querer amar. Admirarse aún de lo que uno conoce mucho es amar mucho, es valorar mucho. 

Así, muy sencillamente, podríamos decir que, al admirarse en público, con solo mostrar sencillamente ese sentimiento, Jesús cura nuestra incredulidad (la del que desee curarse). Frente a todo el escepticismo del mundo postmoderno, la respuesta de Jesús es “admirarse de ese escepticismo”. Él mira los argumentos de nuestra cultura y expresa un: ¿Cómo es posible que no tengan fe? Cómo es posible que, con todos los adelantos de la ciencia, que nos muestran lo inagotable y maravilloso del universo y del ser humano, no nos abramos al misterio de la fe que nos hace adorar al Creador. Un Creador que, aunque sepa en el fondo de su corazón que yo voy a volver a Él, siempre tendrá un brillo de admiración en sus ojos cada vez que esto ocurre de verdad. “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. Es que donde no hay admiración no puede haber alegría. Y viceversa.

Decía José Luis Martín Descalzo: “Yo tengo que confesar que a mí me encanta casi todo, me asombra casi todo. No hay autor que lea en el que no encuentre cosas aprovechables, me entusiasma cualquier música que supere los límites de la dignidad, me admiran cientos y millares de personas. Creo que el día que la muerte me llegue, lo que voy a sentir es no haber llegado a saborear ni la milésima parte de las maravillas de todos los estilos que en mi vida merodean. Además, lo bueno del asombro es que no se acaba nunca. Lo que sorprende, te sorprende una sola vez. A la segunda ya no es sorprendente. Pero el asombro crece en todo lo bueno. Yo diría que cuanto más estudio y analizo una cosa hermosa, más me asombra, lo mismo que cuando saco agua de un pozo tanto más fresca me sale cuanto más hondo meto el caldero” (Quien se asombra reinará, en “Razones para la alegría”).

Diego Fares sj

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Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: – «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.» Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. 

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: – «Con sólo tocar su manto quedaré curada.» Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: – «¿Quién tocó mi manto?» Sus discípulos le dijeron: – «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: – «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: – «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: – «No temas, basta que creas.» Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: – «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.» Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:- «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Marcos 5, 21-43).

Contemplación

Contemplamos a Jesús que “se da vuelta” cuando la mujer enferma toca el borde de su manto y a Jesús que “se inclina” para dar la mano a la niña y hacer que se levante. 

Los hechos exteriores, la curación de la hemorroisa y la resurrección o despertar de la hija de Jairo, son solo una cara del mundo interior de esta mujer y de este hombre que se relacionan íntimamente con Jesús. En medio de la multitud, la mujer se acerca a Jesús envuelta en sus pensamientos; Marcos nos dice que “sintió en su cuerpo que estaba curada”. Al mismo tiempo y de la misma manera el Señor “se dio cuenta de la fuerza que había salido de Él”. También Jairo va a Jesús movido por una corazonada: ¡Él puede curar a mi hijita! Y Jesús, cuando le anuncian a Jairo que su hija ya ha muerto, lo re-centra con firmeza en su moción primera: “No tengas miedo. Basta que creas”.  

En el mosaico del padre Rupnik, Jesús que se da vuelta nos mira a nosotros. Es verdad que pregunta por la persona que lo ha tocado, pero lo hace para llamar la atención de los discípulos (y la nuestra), porque con la mujer ya está interiormente comunicado. No se comunican a través de palabras, sino a través del fluir de la vida y el poder de sanación de la fe que es el vínculo de la más íntima unión entre las personas. 

En el mosaico en que pone en pie a la niña, Jesús está notoriamente “encurvado” y sus grandes ojos expresan tierna misericordia hacia la pequeñita. Es la culminación de toda la escena, del largo camino hasta la casa de Jairo quien le conmovió el corazón con su petición desgarradora: “Mi hijita se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se sane y viva”. 

Como nota, recordamos que los mosaicos están en el Santuario de la Divina Misericordia, en Czestochova, Polonia, y nos hablan de la misericordia de Jesús , cuyo lenguaje interior hace que se comunique con los corazones necesitados de su misericordia. (https://www.centroaletti.com/opere/santuario-della-divina-misericordia-czestochowa-2018/).

Movido, pues, por la Misericordia, el Señor en camino por las calles del mundo “se detiene” y “se inclina” para escuchar a sus hijitas, para mirar a los ojos a las personas comunes que se le acercan y lo tocan, para darles la mano y ponerlas de pie, sanándolas y resucitándolas a una nueva vida. 

Es curioso que haya gente que afirma que Dios no habla, que permanece mudo ante los dramas del mundo. Será por que sólo conocen la manera de hablar de los medios… En el pasaje de Marcos, la conversación de Jesús con su pueblo es como un río caudaloso, como una fuente. Jesús va hablando con todos, escuchando, respondiendo, haciendo que todos se expresen, haciendo callar a los que dicen insensateces… Todo es comunicación de corazones en esta escena. Todo es Palabra: palabras movidas por la Misericordia, que Jesús estimula a que sean dichas; y palabras movidas por otros sentimientos (timidez de la mujer, desesperación de Jairo, superficialidades de la multitud) que el Señor acalla. ¡Si algo hace nuestro Dios en este mundo – si algo no cesan nunca de realizar nuestro Padre, Jesús y nuestro Espíritu Santo- es dialogar! 

Estos dos iconos del Señor los podemos renombrar como Iconos del diálogo: uno, el icono de Jesús en medio de la multitud mientras va de camino a una empresa dramática y urgente, que se detiene para dialogar con un alma pequeñita pero llena de fe como la de esta mujer debilitada, que hablaba para sí diciéndose que le bastaría con solo tocarle el manto; el otro, el icono de Jesús interpelado por la fe de un padre desesperado a quien sostiene y confirma, para que las palabras que el Padre le ha inspirado en el corazón y que lo han llevado a acercarse a su Hijo no se vean contaminadas por ningún otro discurso mentiroso y de mal espíritu. 

El diálogo de Jesús con la mujer enferma, a la que el Señor saca de su anonimato y la hace hablar dando testimonio de su fe en público, es un diálogo que se había iniciado hacía mucho: doce años han pasado desde que se enfermó. No había comenzado, seguramente siendo un diálogo directo con Dios. La mujer había estado buscando respuestas a su mal en boca de numerosos médicos y se había ido gastando todos sus bienes en tratamientos sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Pero en cierto momento “oyó hablar de Jesús” y algo en su interior “cuajó”: todas las palabras que se había dicho a sí misma (se ve que era una mujer que hablaba mucho consigo misma y reflexionaba en su interior) y que le habían dicho los demás se concentraron en una sola frase: “Con solo tocar su manto quedaré curada”. Se trata de una frase final: de una frase que es fruto, no semilla. La semilla debe haber sido alguna palabra de Jesús que la llevó a sentir algo así como: “¿Y si Jesús fuera la respuesta a todas mis angustias?”. 

Jairo se ve que también “había oído hablar de Jesús”. Pero su diálogo interior habría girado en torno a las cosas que se decían de sus enfrentamientos con los fariseos. Un diálogo en torno a las “opiniones de Jesús” sobre la ley y sobre las discusiones del momento. Pero cuando de la noche a la mañana se le enferma de muerte su hijita, la semilla de fe en Jesús que había sido sembrada en su interior, germina y madura de un tirón y lo lleva a salir corriendo a interpelar al Maestro en medio de una jornada de enseñanza a la gente. 

Cómo madura la semilla de la Palabra en el interior de cada uno, no lo sabemos. Es algo personal. El punto es que estas dos personas estuvieron atentos a esa Palabra interior y hablaron con ella, le dieron entidad, la escucharon y la pusieron en práctica, esto fue lo que resultó de “hablar” con ella (de rezar). La mujer tocó efectivamente el manto de Jesús; Jairo se lo trajo al Señor a su casa, sin escuchar a nadie más. Ambos se liberaron del mundo de “lo que se dice” y se jugaron por su propio y personalísimo diálogo interior, al que el Señor respondió inmediatamente y de manera asombrosa. Tenemos así a dos personas comunes que se convierten en modelo del diálogo que Jesús viene a instaurar en medio del mundo, de un mundo de habladurías, de fake-news y de “para qué molestar al Maestro”. 

Un detalle que se nota al contemplar juntos los dos iconos es que la mujer y Jesús tienen la misma “curvatura”. Como si el Señor, al curarla a ella hubiera tomado sobre sí su inclinación hacia Él, que le hizo brotar de su corazón esa “virtud” sanadora y la aprovechara para inclinarse hacia la niña con la misma actitud para despertarla y ponerla de pie. 

La misericordia habla, dialoga, comunica. Lo hace con sentimientos y afectos interiores -conmoverse, estremecerse – y movimientos exteriores -detenerse, acercarse, inclinarse-; con gestos -volverse a mirar, escuchar con atención, dar la mano-, con miradas, con silencios y palabras – “No tengas miedo. Basta que tengas fe”-; “Levántate”, no te quedes caído-. 

Jairo y la hemorroísa son parte de esa muchedumbre de personas que conversan con Jesús y tienen con él esos “Coloquios de misericordia” como les llama San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales (EE 61). Si uno quiere hablar con Dios, si uno desea rezar y no sabe bien cómo, si a uno le gustaría sentirse escuchado y recibir alguna palabra especial de Dios para él, basta con que busque en su corazón algún “tema” personal, que tenga que ver con la misericordia. Que, como Jairo, le hable a Jesús como le salga de alguna “hijita enferma” (todos tenemos tantas personas queridas afectadas por la pandemia en este momento); que, como la hemorroisa, le toque discretamente el manto al Señor de manera que sin darse cuenta surja de Él alguna fuerza que toque de lleno esas heridas por las que uno sangra. 

Eso sí, no se trata de iniciar un diálogo sobre un tema puntual, que el Señor resolvería con una curación y luego, cada uno por su lado. Iniciar un diálogo de Misericordia con Jesús es iniciar esa conversación que ya nunca terminará, que irá incluyendo a todos, uno por uno -a todos los hombres y a todo el hombre-, que siempre tendrá “tema”, como pasa con las charlas con los amigos; que se irá profundizando a medida que nuestro corazón se va volviendo más parecido al de nuestro Padre Misericordioso, a medida que conversamos con su Hijo, con afectos, gestos, silencios y palabras. No hay que perder tiempo opinando o hablando de otros temas. Se puede hablar de todo, pero la conversación de base, la que da inicio al diálogo y lo va profundizando, siempre tiene que girar en torno a la Misericordia. Si juzgo a alguien, persona, institución, país, el juicio último debe ser de misericordia (sin excluir otros juicios, este se debe sumar, para que no se amargue el pensamiento con raíces venenosas). Si reflexiono para tratar de comprender, situaciones, actitudes, comportamientos, cosas que pasan, la misericordia debe ser la última clave; sin ella no se entiende nada ni a nadie. Señor, yo y cada uno de nosotros, nuestro mundo, toda la gente y también nuestra hermana madre tierra, estamos necesitados de tu misericordia. Ven a imponernos las manos, deja que toquemos la orla de tu manto. 

Diego Fares sj

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Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la gente, se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba, aunque había otras barcas con él. Se desató una fuerte tempestad. Las olas entraban en la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús dormía sobre el cabezal en la popa. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?». Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. Luego les dijo: «¿Por qué son tan cobardes y timoratos? ¿Aún no tienen fe?». Y llenos de gran temor se preguntaban unos a otros: «¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).

Contemplación

La primera frase que toma forma en mi interior al escuchar este evangelio dice algo así: “Jesús calmó aquella tormenta, pero no se ve que calme las nuestras”. Le respondo desde el evangelio, teniendo en cuenta el contexto en que el Señor realizó ese gesto único de Señorío sobre las fuerzas de la naturaleza. Acababa de comparar su Reino con un granito de mostaza y, de manera coherente con la parábola de la semilla que crece por sí sola, el Señor se había tirado a descansar en el cabezal de la barca y se había quedado dormido. De golpe lo despiertan y ejerce este acto de soberanía que abre una puerta distinta a la comprensión del Reino. Los discípulos, que venían rumiando acerca de la paciencia que se requiere para que de fruto la semilla del Reino, se espantan ante esta muestra de poder (única, insisto) y se preguntan “quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

La reflexión que hago es que el camino del grano que muere para dar fruto es un camino elegido por el Señor, un camino que Él, el Padre y el Espíritu han discernido, por decirlo así, como el mejor para implantar su Reino, no usando el otro camino, el de imponerlo con su poder cosa que, como se ve en esta escena, el Señor podría haber realizado “encarando” la realidad y pronunciando en alta voz algunas de sus Palabras poderosas. Aquí es “¡Calla! ¡Enmudece!”. Con Lázaro, hundido en las aguas de la muerte, serán: “Lázaro ¡Sal fuera!”. A Pilato, Jesús le dirá que podría haber simplemente llamado a sus ángeles para que vinieran a liberarlo. 

El camino largo que elige el Señor para implantar su Reino en medio de la historia es un camino elegido, no trágicamente inevitable. La cruz y la muerte son, ciertamente, el cuello de botella en el que a veces se nos “atraganta” la fe y no podemos rezar. Cuando la vida “nos pega” por todos lados y es “tormenta”, cuando sentimos que nos hundimos, que nos golpean bajo la línea de flotación y que nos ahogamos, como les sucede a los discípulos en este evangelio, la cruz se revela como el punto decisivo, en el que nos jugamos el todo por el todo: o la abrazamos o le escapamos (y dejamos que la cargue otro). Pero, aunque es el punto de inflexión en todo proceso, el Reino no es solo Cruz, sino vida, pasión y cruz, muerte y resurrección, en la que la vida da fruto, el ciento por uno. 

Miramos las personas

Miramos al Señor profundamente dormido, apoyado sobre el cabezal. Debía estar rendido para que no lo haya despertado el primer zarandeo de las olas y el agua que entraba. 

Miramos a los discípulos agitados, dándose que hacer: amarran las velas, sacan el agua con baldes, toman los remos… Seguramente de tanto en tanto miran al Señor y se cruzan miradas entre ellos… ¿Cómo puede ser que no se despierte? 

La imagen de Jesús durmiendo sobre el cabezal de la pequeña barca, en medio de esa tormenta que tanto agita el corazón de sus amigos, puede ser una buena imagen de nuestro tiempo, en que la tormenta silenciosa de la pandemia nos pega por todos lados y a todo nivel: de salud, económico, relacional, psicológico y espiritual. Tan agitados todos, peleando a brazo partido para que no se nos hundan nuestras pequeñas barcas: la barca donde navega la familia de cada uno, la barca del trabajo apostólico en nuestras obras y comunidades, la barca grande de cada nación y la del mundo entero… La impresión que nos sobreviene es la de estar remando solos, como decía una amiga contemplativa… ¡Y Jesús que duerme! 

Escuchamos lo que dicen.

Si contemplamos tratando de escuchar que es lo que dicen, llama la atención el cruce de reproches que estructura el diálogo. El reproche de los discípulos “¿No te importa?”, el reproche de Jesús “Por qué son tan cobardes ¿No tienen fe?” . 

El diálogo está cargado de emotividad y signos de admiración. Escuchemos a los discípulos cómo gritan “¡Maestro!”, mientras lo zamarrean para que se despierte. La frase “¿No te importa que nos vayamos a pique?” suena más a indignación  que a angustia. No pueden creer que no se despierte, que no haga nada…         

A veces pasa. En medio de una calamidad uno aparta la vista un instante del desastre y se interesa por la reacción personal de otro. ¡Cuánto encierra ese “no te importa”! ¡Qué nuestra que es esta exclamación! La escucharemos en medio de una agitación cotidiana en boca de Marta: “No te importa que mi hermana me deje sola con el servicio” (Lc 10, 40).

Es todo un tema este de qué le importa y qué no a Dios. Qué le importa quiere decir en qué se fija, qué cuida, de cuáles cosas se ocupa con solicitud y de cuáles no. Porque hay cosas que parece que no le importaran a nuestro Dios. Cosas que para nosotros son vitales y pareciera que para Él no. Y al igual que para Marta y para los discípulos a nosotros también nos resulta obvio que hay momentos en los que hay que meterse a ayudar, a dar una mano. Uno no puede quedarse charlando o durmiendo como si no pasara nada. Hay cosas que merecen nuestra agitación e indignación: ya se trate de tormentas grandes o de cosas de la vida cotidiana.

Mechando una reflexión, confieso que me gusta la espontaneidad de estos amigos del Señor que se atreven a reclamarle, a reprocharle a viva voz… Obtienen una respuesta. Aunque los sobrepase más allá de toda expectativa y los llene de espanto al verlo encarar la tempestad y calmarla. En cambio, me dan miedo mis reproches velados, resignados:  los: “Ya se que no te importa” o “Sí, te debe importar, pero ya se lo que me vas a decir y no creo que vayas a cambiar nada”. Y, sin embargo, si uno logra mirar la vida con más perspectiva evangélica ¡es tanto lo que el Señor cambia! Si uno mira su historia ve cómo hay palabras que fueron sembradas como un granito de mostaza y hoy son un árbol en el que sostenemos a tanta gente. Y palabras que terminan siendo la única que uno quiere escuchar y pronunciar, como cuando uno sufre y solo tolera abrazarse a la Cruz del Señor y nada más. 

En todo caso es vital para cada persona y para cada comunidad tener claro “qué le importa”, a uno y al Señor. 

¿Qué cosas me importan más? ¿Qué cosas cuido y me ocupo de que salgan bien, de que esté lindas, de que se hagan a tiempo, con buena onda?

¿Me importan más las personas que las cosas? ¿Qué me importa de las personas: su amistad, su fidelidad, ¿o su eficiencia y utilidad?

¿Por qué me juego, en qué gasto con gusto la vida?

¿Qué valores no negocio? 

¿De qué estoy dispuesto a arrepentirme y/o a perdonar siempre?

¿A qué puedo renunciar…, si hace falta? 

Digo tener claro en el sentido de “estar siempre clarificando” qué nos importa verdaderamente, porque cuando vienen las tormentas, de pronto resulta que no a todos nos importaba lo mismo. Y mientras uno se puso a remar, otro se borró; y mientras uno le suplica a Jesús que se despierte, otro se pone a reprochar cosas a los demás. 

Vamos ahora al Señor. ¿Qué le importa al Señor? Se destaca entonces la primera frase: «Crucemos a la otra orilla». La tormenta en la que se metieron no es una tormenta más, sino una tormenta que a uno lo agarra por “cruzar a la otra orilla”, por “remar mar adentro”, por ser “una Iglesia en salida”, como dice Francisco. El Señor los mete (y se mete con ellos) en esa situación. Entonces, todo lo que pasa debe ser leído “en clave apostólica, en clave evangélica”, lo que equivale a decir: como una enseñanza práctica, de vida, que el Señor nos da en medio de la misión a la que Él nos ha enviado.

¿Qué les reprocha a sus amigos con su pedagogía de educarlos mientras van en la barca, en medio de una tormenta? Les reprocha que todavía no tienen fe:  «¿Por qué son tan timoratos? ¿Cómo, todavía (después de tanto tiempo conmigo) no tienen fe?». 

Timoratos es “cobardes”, pero cobardes en la fe. 

Es decir, no se trata de no tener miedo a una tormenta, sino de “no dudar de que a Jesús le importe”; no se trata de no asustarse, sino de no confiar en que “para Él todo es posible”; no se trata de no sufrir cuando sentimos que nos ha dejado remando solos, sino de hacer allí un acto de fe y de entrega: “pase lo que pase, me pondo en tus manos y nadie ni nada que me pase me separará de tu amor”. 

Eso es lo que le importa al Señor: que sus discípulos se vayan haciendo valientes en la fe. Y la fe crece “haciendo actos de fe” como decía mi padre que le había enseñado un padre espiritual.  Actos de fe en las situaciones límite, allí donde el proceso se encuentra con el cuello de botella de la cruz. Así y solo así uno se vuelve poco a poco más confiado, más audaz en su fe. 

Al Señor le preocupa que nuestra fe se quede tímida, que nos volvamos tímidos y apocados en la fe. Qué no pidamos en grande, que no creamos en grande, que no esperemos en grande.

Es de los pocos reproches que el Señor hace constantemente a sus amigos: “poca fe”. Poca en el sentido de “apocada”: de fe tímida, dubitosa, vacilante… 

Al Señor le gusta la fe entera, la que en la duda redobla la apuesta y se entrega. Como dice Pedro: “Arrojen en Dios todas sus preocupaciones (todo cuidado, toda solicitud, todo lo que les “importa”), ya que Él cuida de ustedes (1 Pe 5, 7).

Al Señor le gusta la fe fuerte: “No nos dio el Señor un Espíritu de timidez, sino de fortaleza” (2 Tm 1, 7).

Al Señor le gusta la fe de los amigos, no el temor de los esclavos: “No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor” propio de los esclavos, sino todo lo contrario: hemos recibido “un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!”. Ese Espíritu nos lleva a decir como Pablo: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 15 ss.). 

Nada de timidez para creer cuando vienen las tormentas. 

Cuánto más grande la tormenta, más grandes los actos de fe. 

Nada de una fe apocada y temerosa. Cuánto más se dimensiona la fuerza del mal y sus embates, más fuertemente nos adherimos a las palabras del evangelio: no teman, tengan fe.

No se trata, como vemos, de menospreciar las tormentas, no se trata de hacernos los valientes. Se trata de adherirnos más plenamente a Jesús cuando las tormentas nos sobrepasan. Se trata de agrandar la confianza en Jesús de manera tal que siempre lo sintamos por encima de todo y dominando toda tormenta, exterior o interior. 

Valentía de la fe en el poder del Señor, no en el nuestro. 

¡Sí que le importa a Jesús que perezcamos! 

¡Cómo le vamos a decir justo a Él que no le importamos! 

A Él que en su pasión estaba más preocupado por el corazón de los suyos que por él mismo: “No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Recuerden que “todo es posible para Dios ( Mc 10,27), que “todo es posible para el que cree (Mc 9,20).

¿Cómo le vamos a hacer este reproche a nuestro Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos? A nuestro Padre que “siempre está”, que no cae un pajarito a tierra sin que Él esté.

El “no te importa”, ese grito angustiado de hijos está asumido por Jesús en el Padre nuestro: allí nos enseñó a rezar con confianza de hijos, en esa petición que dice “Padre, líbranos del mal”.

Cuando el Señor dice “líbranos del mal” no se trata de un mal genérico, sino del mal tal como lo pone el evangelio: el mal que puede arrebatarnos la fe, el mal que puede hacernos perder la Vida eterna, el mal que puede endurecernos el corazón con la ley y quitarnos amor de hijos, humildad de pecadores, el mal que puede llevarnos a no perdonar, a no creer, a no esperar… 

El Padre nuestro es la oración del “Nosotros sabemos, Padre, ¡cuánto te importa! Es la oración que nos enseñó tu Hijo, que vino a responder a esa insidia del demonio de que a Dios no le importa.

Por eso, cuando la vida nos “pega” de todos lados… nos dirigimos con Jesús al Padre y le pedimos juntos: líbranos del mal. Pedimos no solo para que mejoren las condiciones meteorológicas (o pandémicas) de la vida, sino también y principalmente para recibir la gracia de esa fe que nos permite comprender la enseñanza de Jesús en medio de la tormenta. Esa enseñanza práctica dada en el momento justo, que nos permite aprender existencialmente lo que significa creer e interactuar libremente con Él y que nos hace crecer en el amor en medio, y no a pesar, de todo lo que sucede, tal como es, lo bueno y lo malo. 

La fe crece en las cruces, aprovechando el momento de cruz para mirar a Jesús y recibir su enseñanza (que más que palabras es el testimonio del crucificado). Aprovechar las tormentas, aprovechar las cruces -lo que sale mal, los dolores, las angustias de cada problema, la enfermedad, la impotencia…-, para recibir esa palabra o ese gesto de Jesús, que ilumina distinto lo que pasa y nos hace sentir en sus manos, cómo está conduciendo todo el proceso de nuestra vida y el de toda la humanidad.  Nuestra vida, por ser vida que le dimos a Él y que nos llevó a “cruzar a la otra orilla” de nuestro egoísmo para servir a los demás, es la que nos lleva a esa pasión y a esa muerte que solo Jesús puede convertir en resurrección. Una resurrección que es en primer lugar puro don para los demás.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 

Les he dicho esto para que el gozo que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. 

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Estamos en el momento más íntimo de lo que se da en llamar “El libro de la hora de Jesús”, que comienza así: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Juan organiza su Evangelio en dos grandes secciones: la de los signos  que realizó Jesús (cap. 1-12) y la de la hora (cap. 13- 20). La hora se refiere al momento de pasar de este mundo al Padre. Es la hora de la Cruz. Pero también es la hora de decir las cosas importantes, la hora de “hablar claramente del Padre” (Jn 16, 25), como les dice el Señor a sus amigos. Es la hora de sintetizarlo todo en un único mandamiento: el mandamiento del amor: “Como el Padre me ha amado, también Yo los he amado a ustedes”. 

Nos detenemos en este “como” del amor del Padre a Jesús. ¿Cómo ama el Padre a Jesús? Esta es la contemplación básica, la fuente de toda otra contemplación que queramos hacer, porque el Señor nos manda amar del mismo modo. 

Jesús “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a él” (Jn 5, 18). De este amor lo acusaban a Jesús, de sentirse así amado, al punto de igualarse con Aquel que lo amaba tan incondicionalmente, con toda su predilección. Jesús será acusado de sentirse “demasiado amado”. Y dará la vida para testimoniar que este amor es real. 

Como un hijo pequeño que imita a su papá, caminando como él o poniéndose a trabajar con alguna herramienta, Jesús decía claramente que su amor se traducía en imitación. “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el hijo, de igual manera” (Jn 5, 19). Tenemos aquí un dato precioso acerca de “cómo ama el Padre”: Jesús nos dice que todo lo que él hace lo hace “al modo del Padre”. Toda la vida de Jesús es simplemente una revelación de cómo lo ama y nos ama el Padre. 

El Maestro lo dice claramente: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Él es el camino para ir al Padre, la verdad de lo que el Padre piensa y la vida que el Padre participa. Ver a Jesús es ver al Padre, como le dice a Felipe. Porque Jesús “está en el Padre y el Padre está en él” (Cfr. Jn 14, 9-10).

En algunos pasos, esto es claro, como cuando Jesús cuenta la parábola del Padre Misericordioso y la del buen Pastor que busca la oveja perdida. Es el mismo amor el que mueve al Padre y a Jesús Pastor. 

En otros pasajes hay que meditar y contemplar hasta recibir la gracia de ver en la Persona de Jesús, la del Padre, actuando al unísono, como una sola. El Padre ama irrumpiendo, buscando tocar nuestro corazón, entrando en comunión de vida.

Irrumpiendo

Cuando Jesús le dice al fariseo que a la mujer que lo ha ungido “se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho” usa la misma expresión. Amar como ama el Padre es amar como esta pecadora que irrumpió en la casa del fariseo para ungir los pies de Jesús con sus lágrimas! El modo del Padre tiene esta característica, de irrumpir rompiendo todas las reglas de cortesía para expresar su amor de predilección por Jesús. El Señor equipara el amor de esta mujer, con su gesto algo extravagante para el ambiente social, con el amor de su Padre por él. Y se goza de esta predilección de ambos!

Buscando tocar el corazón

También en el encuentro con el joven rico se nos dice que Jesús “lo miró y lo amo”, buscando tocar su corazón. Pero este joven no se dejó tocar el corazón por la mirada creadora de Dios y bajó los ojos, entristecido. Podemos pensar que Jesús siempre miraba con este amor a las personas. Y que es el “modo” como nos mira el Padre: amándonos. Las otras miradas que sentimos sobre nosotros pueden ser proyección de miradas humanas, que juzgan, exigen, desprecian, menosprecian o idealizan. La mirada de nuestro Padre es simplemente una mirada de amor, de ese amor que se tiene por los hijos pródigos-predilectos. 

Entrando en comunión de vida

El amor del Padre por Jesús es un amor que lo hace “vivir el uno en el otro”: “Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57). Es una forma de sentir la Eucaristía: no solo comulgamos con Jesús, sino que al entrar en comunión con él participamos de su comunión con el Padre. Jesús nos manda hacer la Eucaristía en memoria suya porque en ella entramos en la vida en común que Él tiene con el Padre.

Cuando amamos como Jesús nos ama, del mismo modo que el Padre lo ama a Él, entonces el Señor ruega al Padre y Él nos da otro Consolador-Intercesor, el Espíritu santo, para que esté con nosotros siempre (Jn 14, 16). Que se pueda hacer efectivo este ruego de Jesús y este envío del Padre, solo es posible en el amor. Es de esas cosas que solo se pueden hacer reales donde hay un mismo amor. Sentirnos amados como Jesús se siente amado es la condición para poder recibir el Espíritu Santo, que no tiene otro “poder” que el de explicitar y consolidar este amor de manera definitiva. Fuera del ámbito del amor no actúa el Espíritu, no puede suscitar en nosotros la moción a decir “Abba” al Padre y “Señor” a Jesús; no puede hacernos “sentir y gustar” el evangelio; no puede aconsejarnos para discernir y elegir el bien que el Padre desea de nosotros en cada situación particular. El Espíritu sólo actúa allí donde nos sentimos amados como Jesús se siente amado. Y para hacérnoslo sentir, el Señor dio su vida. Dio testimonio de sentirse amado por el Padre aún en el abandono total de la Cruz! De la misma manera que se sintió amado en el Bautismo y en la Transfiguración y en cada momento de su vida en medio de sus amigos-discípulos y del cariño del pueblo fiel de Dios. 

En el día de la Virgen de Luján, haciendo memoria agradecida de todo lo que la Virgencita ha hecho por nuestro pueblo en estos casi 400 años, la contemplamos a Ella como el mejor signo concreto de cómo ama a Jesús el Padre y de cómo quiere ser amado Jesús. A la sombra del amor de José y envuelto en el cariño cotidiano de su madre, “el niño crecía, y se fortalecía, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2, 39).

Si queremos saber el “como” del amor del Padre, vayamos a María, contemplemos a nuestra Madre. Y hagámoslo con la fe con que se acerca a Ella el santo pueblo fiel de Dios, que es “infalible en su modo de creer (y de querer)”, como siempre nos recuerda Francisco siguiendo al Concilio.

Diego Fares sj

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Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que trabaja la viña.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. 

El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Con la metáfora de la Vid, Jesús nos pone a todos consigo en las manos del Padre trabajador. El Señor nos abraza, usando esa imagen de comunión tan estrecha y fecunda como es la unión de los sarmientos a la vid. Y así, estrechamente unido con nosotros, nos pone en las manos del Padre Viñador. 

Nuestro Padre es el Creador del universo. Nadie lo ha visto y en su “ser siempre más grande que todo lo que podamos pensar” se escapa a lo que logran aferrar nuestros conceptos. Pero eso no significa que no podamos entrar en contacto con Él. Las metáforas que usa Jesús son especiales para “sentir y gustar” la acción de nuestro Creador. El Señor nos revela algo clave: Dios no es un Creador distante, sino un Creador que crea trabajando con sus manos, como hace el que cultiva su viña: elige las cepas, las planta, las riega, las poda y cosecha los racimos. 

Nuestro Dios, nos revela Jesús, es el Dueño de la viña, es verdad, pero no de esos dueños que poseen sus propiedades en los papeles y compran y venden por internet, sino que es un Dueño que sale a contratar cosechadores a toda hora; uno que paga bien a sus colaboradores y que sabe también arrendar su viña y confiarla en manos de otros (aunque algunos le fallen). 

Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión original acerca de Dios. Nos invita a “Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir: se comporta como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis)”. Dios trabaja en todas las creaturas – en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.,- dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc.” (EE 236). Labora, dice, usando la expresión latina para designar a un “Dios laburante”.

Esta imagen de Dios se apoya en las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Es una imagen que viene del AT, donde Isaías alaba a Dios diciendo: «Todas nuestras obras nos las realizas tú» (Is 26,12); y el salmista canta: «Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos» (Sal 92,5).

En el día del trabajador la imagen de San José, patrono del trabajo, nos ayuda a mirar bajo una luz particular a nuestro Padre trabajador. Consideramos, como dice Ignacio, que Dios “se comporta” como uno que trabaja. ¿Y cómo se comporta el que trabaja? La característica, diría yo, es el silencio. Se trabaja en silencio. Un silencio atento a lo que se está realizando. Un silencio que hace las señas o dice al otro las palabras necesarias para actuar coordinadamente.

De esta manera, el silencio de San José se nos revela bajo un nuevo aspecto. No es simplemente el silencio de un hombre de “carácter callado”, sino el silencio de un padre de familia que siempre está trabajando. 

Este “siempre” no nos habla de ese tipo de gente que es adicta al trabajo (a un tipo de trabajo). El trabajo de san José no se reduce al que le requiere su oficio de carpintero, sino que es el trabajo propio de un padre de familia, atento a todo. Es el silencio de uno que no se distrae en charlas vanas porque está atento a lo que necesitan su esposa y su hijo, a lo que hace falta hacer en la casa y también a los peligros que pueden sobrevenir de afuera. 

El silencio de un padre que trabaja es el silencio del que está a cargo, atento a todo, con sus cinco sentidos puestos en los demás, para servirlos en el momento oportuno.

Con ese silencio laborioso, San José es la imagen más fuerte que tenemos de un Dios que, también en silencio, trabaja siempre porque es Padre. ¡Están en silencio porque están trabajando! Y trabajando para nosotros, sus hijos, sus creaturas. Esto como una línea de reflexión para los que hablan (lamentándose) del “silencio de Dios”. Con su silencio san José nos introduce en el Silencio de Dios, que consiste en “hablar con obras más que con palabras”. Esto es lo propio del amor y, por eso mismo, es lo propio del Padre Amoroso. 

No hay nada más lindo para un hijo que contemplar el silencio amoroso de sus padres cuando trabajan en casa para la familia, para él. El silencio cantarín de la mamá, cuando cocina limpia y ordena. El silencio del papá, arreglando alguna cosa o haciendo el asado. El silencio de los padres que dejan hacer y jugar y que intervienen solo si algo se desordena, dejando que la vida fluya en la familia, con libertad…

Estar atentos a este silencio laborioso del Padre, sintiendo sus manos buenas, que podan y cosechan, que anudan bien nuestra relación con Jesús, es la primera gracia de una oración atenta a colaborar con el Creador. Hacer la voluntad del Padre no es “seguir las indicaciones de uno que dirige de lejos”, sino que, mirando con atención y en silencio al que “ya está trabajando desde siempre”, buscamos diligentemente encontrar nuestro lugar, allí donde podemos colaborar con Él sin disturbar su tarea ni ponerle impedimentos. 

El silencio de la oración cristiana no es el silencio del que hace “ohm” y se abstrae del mundo, sino que es como el silencio del que entra en un lugar donde lo primero que se ve es un cartel que dice: “Silencio, personas trabajando”. Uno mira a la gente concentrada en su trabajo y naturalmente dirige su atención a la tarea que están realizando.  El mejor modo de colaborar con el que trabaja en silencio es entrar en sintonía con él, haciendo silencio uno para ver dónde y en qué están concentrados los ojos y las manos del otro, de modo tal que la ayuda que le demos sea eficaz. 

Así debe hacer nuestra oración: escrutar en silencio hasta encontrar el punto en el que Dios está trabajando en cada cosa por nosotros, para darnos cuenta de lo que está haciendo: si está eligiendo, si está sembrando, si está podando o cosechando… 

San José, como hombre de trabajo que era, se sumó y se ajustó tan calladamente y con tanta precisión al trabajo del Padre que este pudo continuar a través suyo en Nazaret lo que desde toda la eternidad hace con su Hijo amado. El Padre que está desde la Eternidad engendrando a su Hijo y enseñándole todas sus cosas pudo continuar sin sobresaltos ni traumas su tarea en la tierra, haciendo crecer en sabiduría estatura y gracia a Jesús bajo la mirada paternal y siempre atenta de san José. 

Le pedimos a nuestro patrono la gracia de saber contemplar y gustar, en su silencio laborioso, el silencio de nuestro Padre que trabaja siempre para unirnos a Jesús su Hijo amado y hacernos crecer a todos como hermanos en su amor.

Diego Fares sj

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Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y se escapa -y el lobo a zarpazos las dispersa- porque es mercenario y no está involucrado con las ovejas. 

Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, 

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. 

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que pastorear y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

Me resuenan algunas palabras: zarpazos, pastorear, ovejas de otro redil y rebaño. Les doy vueltas en la boca como “carozos de aceituna” (el último libro traducido al español de Erri de Luca, que usa esta metáfora para hablar de “sentir y gustar” la Palabra antes de escupirla/sembrarla en tierra buena para que de fruto).  

Ovejas de otro redil

“También tengo otras ovejas, 

que no son de este redil; 

también a ésas las tengo que pastorear 

y escucharán mi voz; 

y habrá un solo rebaño, un solo pastor”.

Esta afirmación del Señor siempre me da consuelo. Me hace sentir que la humanidad entera es suya y que Él en persona pastorea a la gente y hace escuchar su voz en el interior de cada corazón (el Espíritu está orando en todos, con gemidos inefables muchas veces). Haciendo nuestra en la fe la mirada de largo alcance de Jesús podemos vislumbrar ese “único rebaño” que llegará a haber bajo un solo Pastor. Mientras tanto, somos “rediles”. No somos aún el único rebaño. Hay otros rediles y nosotros somos un redil. 

Si en algo somos privilegiados es en esta conciencia de que los otros rediles también son de Jesús. Esto es lo que predica el Papa cuando habla de “Fratelli tutti”. No hay nada más “cristológico” que esta visión que reconoce a los “otros rediles” y se pone en camino siguiendo la voz del buen pastor, de modo que Él nos vaya pastoreando, apacentando y reuniendo a todos en ese único rebaño. Este es “el dogma”. A algunos les parece un cristianismo diluido, porque no pone al acento en definir verdades y dar leyes. Sin embargo, cultivar en la oración de cada mañana esta pertenencia de todos – cada uno ahora, como es – al único Rebaño por el que Jesús da la vida y es amado del Padre, es la Fuente viva “de todos los dogmas” que hay que ir aprendiendo a creer y “de todas las leyes” que tenemos que ir aprendiendo a practicar. 

Nuestra misión – desde este humilde redil, que es nuestra querida Iglesia católica- es entrar en diálogo con todos los rediles -los de todas las iglesias cristianas, los de otras religiones y no religiones- , entrar en diálogo y comunión de vida, haciéndonos “todo a todos”, servidores de todos, para que, cuando madure la ocasión, cuando alguno sienta  esa voz del Señor en su corazón, le podamos acercarle – ahí sí – el Nombre de Jesús, proponiendo, por ejemplo, un pasaje del Evangelio que aclare de Quién es esa voz, como hizo Felipe al catequizar al ministro eunuco de la reina Candaces. 

Esta tarea requiere esa larga preparación que hoy llamamos inculturación: despojados de casi todo lo nuestro (especialmente de los anteojos de nuestros esquemas mentales, de las sandalias que siguen los pasos de nuestras costumbres y de los bastones de nuestras leyes), nos metemos poco a poco en la cultura del otro, en la manera de pensar y sentir del otro distinto, en las situaciones que vive la gente que tiene otra, estando a mano para poder pronunciar el Nombre de Jesús en el momento justo. Esto es todo lo contrario de una prédica ya completa con todas las verdades que hay que creer y todas las leyes que hay que cumplir para ser parte de un rebaño concebido como si fuera un club exclusivo. 

El rebaño único es una realidad en esperanza, es decir futura y presente ya en estas prácticas benditas del Señor que tratan a todos como iguales en dignidad. Sostenidos por esa esperanza (hermanita menor de la fe y la caridad, que las lleva de la mano), nos movemos en el aquí y ahora de estar entre “otras ovejas” de “otros rediles” que el Señor dice que también le pertenecen. Anunciar el evangelio, entonces, significa ir como servidores en pie de igualdad ovejuna, esa igualdad tan común y propia de estos animales que hace ridículo pensarlas como ejemplo de protagonismos o bellezas individualmente espectaculares. 

Zarpazos vs pastoreo

Jesús define su misión en términos de pastoreo. El pastor, como dice tan bien Francisco, suele ir delante de su rebañito, pero, a veces, se mete en medio, y otras veces -cuando ya por sí solas ellas ventean el agua fresca-, camina detrás. 

Su tarea va por el lado de conocer a sus ovejas y de hacerse reconocer por ellas. Y esto, no a los zarpazos y bastonazos, sino por su voz y por su olor. 

Es lo diametralmente opuesto al modo de actuar del Lobo, que dispersa pegando zarpazos; y del mercenario, que se borra ya que no se siente involucrado con las ovejas de su patrón. 

El pegar zarpazos, es propio del Demonio. Hay zarpazos que causan heridas mortales de un solo desgarrón. Y no hablo solo de los zarpazos físicos, sino también de los zarpazos espirituales. Hay verdades que son muy verdades pero que se formulan como un zarpazo causando heridas mortales en muchas mentes sencillas y escándalo que dispersa al rebaño. 

Hay también actitudes que esconden durante mucho tiempo un zarpazo, un zarpazo que se sueña con dar y que, aunque no se dé del todo, envenena la vida y contamina un ambiente familiar, laboral o político. No vivimos acaso en un clima de país hecho de zarpazos?

Es todo lo contrario del cultivo interior y paciente de la misericordia y de la bondad, que se desgranan a veces a cuentagotas, pero que son bálsamo para la vida familiar y hacen respirable el ambiente social. 

Pedimos a nuestro Buen Pastor -Jesús, el Pastor hermoso- que nos enseñe a discernir quién nos pastorea y quién nos pega zarpazos, quién nos conoce y quién se borra, y de cultivar en nuestro interior la esperanza del único rebaño, haciéndola real en gestos concretos -interiores y externos-: esos pequeños gestos con los que nos igualamos -hermanándonos- con los demás.

Diego Fares sj

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Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan. Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»  Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? qué es ese vaivén de pensamientos que se agita en sus corazones y sube a sus mentes? Miren mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»  Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto»  (Lc 24, 35-48).

Contemplación

En el relato de Lucas (como en todos los relatos de la Resurrección), se notan ciertos énfasis tanto en las palabras como en las actitudes del Señor que nos ayudan no solo a recibir el testimonio de la Resurrección, sino a entrar en su dinámica, que es la del Espíritu Santo. 

El Señor, así como no vivió ni murió “para sí mismo”, sino “para nosotros”, tampoco resucitó para sí mismo, sino para bien y salvación de todos los hombres. Así como no se “salvó a sí mismo” bajando de la Cruz, tampoco se “salvó a sí mismo” subiendo al Cielo y yéndose. Entender a Jesús, conocer Quién es, es adentrarse en el misterio del que “da su vida por nosotros”. No solo nos creó, sino que nos redimió dando su vida y nos propone una misión que da sentido a la vida de cada uno y de toda la humanidad. Pero para que no nos quede lejano algo de tal magnitud, es necesario dejar que sea el Maestro mismo el que no enseñe quién es Él y qué hace por nosotros. En este sentido, los énfasis que pone para hacer comprender a sus discípulos quién es Él, ahora resucitado, nos ayudan a entrar en el asunto.

No podemos conocer a Jesús sino en medio de la Comunidad de los que lo aman

El primer énfasis del Señor resucitado se puede ver en sus acciones: podemos decir que Él se concentra en mostrarse a los que habían estado con Él desde el comienzo. Jesús resucitado no es alguien a quien se pueda comprender sino relacionándonos con esta comunidad de testigos que Él eligió y formó durante su vida pública. Esto es lo primero. No podemos entender quién es Jesús resucitado sin “entrar” en esta dinámica que el evangelio pone en acto al contarnos sus apariciones a sus discípulos. Por qué hablamos de “énfasis”? Porque se nota que el Señor se esfuerza en hacerse reconocer por los suyos y lo hace de determinada manera. En esta escena vemos que primero se apareció a los de Emaús, y cuando estos vuelven y están anunciando la buena noticia a los otros, allí se aparece a todos, como haciendo notar que la suya es una estrategia para que su Resurrección sea algo experimentado por una comunidad y no por gente aislada o por una masa de desconocidos. Captar este “énfasis” comunitario es ya mucho. Si nos interesa saber de Jesús y de su resurrección, tenemos que entrar en la Iglesia, en esta comunidad de los que lo aman, de los testigos que se han ido comunicando la fe unos a otros, a lo largo del tiempo. Jesús resucitado “se presenta en medio” de una comunidad integrada por los de Emaús, que vuelven, y los del Cenáculo, que se habían quedado con las puertas cerradas por miedo. En el evangelio de Juan, la figura de Tomás, con su no estar en la primera aparición y sí en la segunda, es el mejor ejemplo de este “énfasis comunitario” que imprime el Señor a la fe en la resurrección. No será una fe absoluta e ilustrada de un individuo que se pone a meditar y a estudiar la posibilidad de la resurrección en libros y documentos, sino la fe de gente que se busca y se reúne en Nombre de Jesús, que acepta a los otros, distintos, cada uno con su relación particular con Jesús. Jesús resucitado se hizo y se hace presente en medio de su comunidad, que es la de los que compartieron su vida con Él y quieren seguir compartiéndola, incorporando a otros.

No podemos conocer a Jesús sin dejarnos pacificar, personal y comunitariamente, por el Espíritu

Un segundo énfasis lo podemos ver en la paz. El Señor se esfuerza de muchas maneras en hacer sentir su paz a los suyos, en quitarles el miedo, en despejarles las dudas, en quitarles las sospechas. La paz va unida a la comunidad. Se trata de una paz común, no solo individual. Así como pone en orden las “zonas” que se inquietan en cada persona -la mente, el corazón, los sentimientos…- , así también pone en paz a todos y a cada uno. Es parte de la estrategia del Señor el ir de los más alborotados a los más serenos, así como de las partes más sensibles a las más libres. Por eso se aparece primero a los de Emaús, que estaban desolados y desconcertados. Por eso muestra las llagas y pide algo de comer. El Señor va pacificando todo y a todos. El hecho de que repita tantas veces: “La paz con ustedes”, basta para confirmar este énfasis. 

No podemos conocer a Jesús sin entrar en contacto con el Pueblo elegido a través de todas las Escrituras

El tercer énfasis lo pone el Señor en las Escrituras: en relacionar todo lo que vivió con las Escrituras y en abrir la mente de los discípulos para que “lo lean a Él con las claves de interpretación que vienen de las Escrituras” (y no de otras ciencias y saberes). Para creer en Jesús y tener vida en Él, es necesario leer, meditar y contemplar lo que dicen los Patriarcas, los Profetas y los Salmos. La Resurrección se sitúa así en un ámbito comunitario más amplio que el de la pequeña comunidad: se sitúa en el ámbito comunitario del pueblo de Israel. Para entender a Jesús resucitado y creer en él hace falta dejarse abrir la mente a esta misteriosa relación suya con todo lo que el Pueblo de Israel fue aprendiendo de Dios a lo largo de su historia.

No podemos conocer a Jesús hasta predicarlo a todos los pueblos y que cada cultura nos ilumine más cosas acerca del Señor

El cuarto énfasis el Señor lo pone en el Espíritu Santo. Había hecho hincapié muchas veces en la necesidad de recibir al Espíritu Santo para poder comprender sus palabras y sus acciones. Resucitado, de varias maneras deja claro que todo ha estado orientado a abrirle camino al Espíritu para que conduzca la Iglesia de ahora en adelante. Y aquí el ámbito en el que se hará presente Jesús resucitado son “todos los pueblos”. Es al ámbito comunitario más grande. No solo la comunidad de los testigos, no solo el pueblo elegido, sino todas las naciones, todos los pueblos de la historia. No comprenderemos quién es Jesús resucitado hasta que no lo prediquemos a todos los hombres y vivamos juntos practicando sus enseñanzas. 

Lo que quiero decir es que Jesús resucitado no es ni puede ser un “objeto de estudio” como lo son los personajes del pasado de los que tomamos conocimiento por textos que están guardados en bibliotecas. Jesús resucitado no puede ser “objeto” como no puede serlo nadie vivo, por la sencilla razón de que es “sujeto”, que sigue actuando desde su libertad y se sigue relacionando. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer si uno forma parte de la comunidad de los que creen en Él y se juntan a rezar al Padre en su Nombre. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer y querer si uno se junta con las comunidades que tratan de vivir sus bienaventuranzas y de practicar las obras de misericordia que Él practicó y enseñó y hacen esto yendo a todos los pueblos. 

En medio de los que viven en esta Dinámica comunitaria, popular y humanitaria, está y se hace presente, Jesús Resucitado. 

Diego Fares sj

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“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos  y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo: «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.» 

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío. » Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.» 

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Mirando las cosas desde nuestra perspectiva (como testigos de Jesús resucitado, enviados a proclamar la buena noticia a todos los pueblos) nos animamos a aclararles algunas cosas que les pueden ayudar. Cuando decimos “nuestra perspectiva” tenemos en cuenta fundamentalmente dos cosas: una, ese carácter especial que tiene nuestra perspectiva, dado que quedó signada por el acontecimiento único del que fuimos testigos. Está claro que no fue por mérito nuestro: fuimos testigos del Resucitado por la misericordia del Altísimo, por la amistad con que nuestro Maestro y Señor se dignó honrarnos y por la fuerza que nos comunicó el que es Señor y Dador de vida, el Espíritu Paráclito. Sin ellos no seríamos más que una nada en la historia de la humanidad.

La otra cosa para tener en cuenta es que nuestra perspectiva tiene al mismo tiempo un carácter común con todas las demás perspectivas humanas, como es provenir de una cultura y mentalidad que en nuestro caso era la de hombres de hace dos mil años. 

Dos mil años pueden parecer muchos. Lo son para la parte común de una perspectiva. Pero no tienen mucha importancia si uno atiende a lo especial: los hechos únicos dan al que los ve y experimenta una perspectiva que tiene algo de absoluto y que lo cambia para siempre. 

Pienso en la conciencia del que por primera vez dio la vuelta al mundo o del que puso los pies sobre la luna. ¡Imagínense lo que es haber visto a Jesús resucitado!

Vemos que está de moda entre ustedes un libro que juega con la historia del universo y de la humanidad abarcando grandes períodos de tiempo y marcando cambios significativos, de manera tal que al que lee se le cambia la perspectiva de una manera alucinante. Habla, por ejemplo, de tres grandes revoluciones: la primera fue la revolución cognitiva (hace 70.000 años) en que apareció el lenguaje (que él llama “ficticio”) que comenzó la historia. Luego vino la revolución agrícola (12.000 años). Y por fin, la actual revolución científica, en que la humanidad “admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder” sin precedentes. 

La revolución científica, para Y. N. Harari (De animales a dioses), se basa en tres puntos fundamentales: 

A) La disposición a admitir ignorancia (ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho). 

B) La centralidad de la observación y de las matemáticas para ir adquiriendo siempre nuevos conocimientos (que pueden poner en entredicho todo lo sabido hasta ahora, religiones incluidas). 

C) La adquisición de nuevos poderes (no solo de nuevas teorías). 

Harari pone el ejemplo de un hombre del año 1.000 dC que se duerme y despierta en 1.492 viendo cómo se preparan las carabelas de Colón. Todo lo que ve le parecerá bastante familiar, dice. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone, se sentiría, sin lugar a duda, en un mundo extraño más allá de toda comprensión. 

Pues bien, en este diálogo que hemos abierto con ustedes, nosotros nos hemos descalzado de nuestras sandalias y nos hemos puesto unas de esas Nike -muy cómodas, por cierto- que fascinan a la generación de ustedes tanto como los iPhone, y constatamos algunas cosas que nos gustaría compartir.

Es verdad que los aparatos que ustedes utilizan parecen cosa de fábula a nuestros ojos y mentalidad de hombres de hace 2.000 años. Sin embargo, les confesamos que a los muy antiguos nos pasa como a los niños: aprendemos rápidamente. La prueba es que estamos charlando con ustedes usando Word y subiremos estas reflexiones a un blog que nos han prestado para que nos podamos hacer oír.

Pero lo que nos llamó enseguida la atención, gracias a nuestra perspectiva especial, esa que les decíamos que se nos abrió gracias a haber sido testigos de un hecho único como fueron nuestros encuentros con el Señor resucitado, es una especie de desviación (no culpable por supuesto) que se ha producido en la relación de la fe de ustedes con su cultura. Les señalaremos lo que para nosotros es un error de perspectiva que vemos en su fe, no en sí misma, en cuanto fe, sino en la capacidad o incapacidad que tiene la fe de “explicar” el sentido del universo y de la historia. Capacidad o incapacidad que esta fe revela cuando entra en contacto con una cultura.

En nuestro tiempo, nos entusiasmamos mucho al ver que nuestra fe en el Señor resucitado respondía a todas las promesas hechas por Dios a nuestro pueblo. Vimos luego, más entusiasmados aún, que respondía a las expectativas de la cultura griega y romana, imperantes en aquel tiempo. Fue esto lo que nos llevó a escribir tantos libros y a hacer una síntesis universal entre la sabiduría de Israel, la filosofía griega y el derecho romano. Pues bien, todo esto duró 2.000 años y, desde hace un tiempo, se ve que ha comenzado a desmoronarse debido a esa “revolución científica” de la que hablan ustedes. Cada vez más gente ni siquiera siente la necesidad de plantearse si cree en Dios o es atea dado que “están convencidos” de que “todas sus creencias” son “ficticias” (fruto de esa revolución cognitiva que creó el lenguaje ficticio) y “serán superadas por otros conocimientos más comprobables” (revolución científica actual que es consciente de su ignorancia y de su poder) (Harari). 

Nosotros vivíamos una época en la que nuestra fe “respondía” a las preguntas que se hacía la gente. Ustedes, en cambio, viven en una época que pone entre paréntesis todas las respuestas (y también todas las preguntas).

Vamos entonces a nuestro punto. Lo que queremos decirles es que el testimonio que nos mandó a anunciar el Señor Jesús resucitado no tiene que ver (sino en segundo o tercer lugar) con las expectativas que conforman la mentalidad de una cultura o generación. Y tampoco tiene que ver con la falta de expectativas de otra. Por dos mil años nuestra teología (nuestra reflexión sobre la fe) respondió a todo y ahora parece que no responde a casi nada. Ver esto, gracias a que ustedes están en medio de un cambio de paradigmas muy grande (sabiendo que habrá siempre otros mayores todavía), a nosotros que venimos de lejos, nos permite relativizar “todas las ideas y paradigmas”, no solo las anteriores. Y reafirmar que nuestro anuncio es mucho más que una idea y que un paradigma, tanto si sintoniza con otras ideas y paradigmas o se opone a ellos (sean judíos, griegos o postmodernos).

Como durante dos mil años nuestra teología parecía responder a todo, ahora parece no responder a nada. Pero nuestro anuncio no se dirige en primer lugar a responder, sino a proponer algo enteramente y siempre nuevo.

Aquella tarde del primer día después del sábado (que se convertiría en el día del Señor o domingo, y cambiaría para siempre nuestro día religioso -el sábado-, no en el sentido de sustituirlo, sino estableciendo que las cosas del reino de Dios se darían en otro tipo de “día”, en el tiempo especial de la Gracia),  estando las puertas cerradas del lugar donde nos encontrábamos los discípulos, por miedo a los que lo habían crucificado, vino Jesús y se presentó en medio de nosotros y nos dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, nos mostró las manos y el costado. 

Aquí está lo que queremos decirles! Aquello de lo que damos testimonio no es una idea, sino una paz. La paz que nos dio Él al mostrarnos sus manos y su costado. Uno de sus “asistentes inteligentes” -Siri-, define así la paz: “Ausencia de inquietud, violencia o guerra”; y también: “estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad”. La paz que Jesús nos dio y que transmitimos al que desea recibirla (si no nos vamos a otro pueblo) nos quitó los miedos y nos equilibró entre nosotros con un mismo estado de ánimo, que se convirtió en criterio de discernimiento de todo lo que iríamos pensando y sintiendo de ahí en más. 

Esto es clave para todas las personas, épocas, culturas y mentalidades. Si lo que reciben cuando nos escuchan es esta paz, luego podrán asimilar todo lo demás. Si no reciben (si  no pueden captar, ni hacerse conscientes, ni aceptar) esta paz, las ideas que vengan después no les servirán de mucho. 

Nos alegramos entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús nos dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre nosotros y nos dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» 

Esta segunda paz que nos dio el Señor es también lo segundo que comunicamos nosotros como testigos y apóstoles cuando anunciamos el Evangelio. Damos primero la paz que quita el miedo y la reforzamos luego con la paz que da impulso espiritual. 

Esta paz que dinamiza e impulsa a ir para adelante es una paz que Jesús quiso no solo dar Él, sino que la consolidó con el envío del Espíritu Santo. Y aquí viene el punto importante para ustedes: la paz que da Jesús la consolida el Espíritu con el perdón o la retención de los pecados. Esta es nuestra acción, el discernimiento que tenemos que hacer con respecto a la vida de aquellos que se incorporan a nuestra fe. Nosotros perdonamos pecados en su Nombre: bautizamos, confesamos, ungimos. Y otros pecados, los retenemos. Retenerlos no significa juzgar y condenar al otro, sino dejar los pecados en suspenso para que juzgue el Señor. Nosotros seguimos adelante, ocupándonos de hacer el bien y no de cortar cizaña, junto con aquellos que se quieren dejar perdonar los pecados.

Esto es lo absoluto de nuestro anuncio, no otras cosas. Lo absoluto es que el Señor sigue dando la paz, sigue quitando los miedos, sigue dando su Espíritu y sigue, a través nuestro, perdonando los pecados de los que se suman y dejando en suspenso los de los que no.

Se trata de experiencias, no de ideas. De experimentar su paz, como la experimentamos y transmitimos nosotros, y de experimentar su misericordia (o su paciencia, con los que no la experimentan todavía). 

Que las ideas que brotaron de 2.000 años de reflexiones en diálogo con la fe estén hoy en crisis no le quita ni le agrega nada a esta fe de fondo. Lo único que dice es que la humanidad evoluciona, que el conocimiento siempre progresa y que cada generación tiene el desafío de hacer dialogar la fe con las nuevas realidades culturales y científicas.  

Nuestro querido Tomás, que ahora se suma a nuestra voz común (Jesús nos enseñó a hacerlo todo como un gran nosotros, inclusivo y siempre mayor) es un buen ejemplo de esto que decimos. Su duda se expresaba en términos de “ver la señal de los clavos y meter su dedo en las llagas”. Hoy a ustedes eso no les bastaría. Necesitarían una prueba de ADN y de otros instrumentos y maneras más “científicas” de ver y de tocar. Por eso el Señor le dijo (y dijo para todos): Felices los que creen sin haber visto. Felices los que creen y experimentan la paz y la misericordia del Espíritu y se ponen en camino para anunciar y misericordiar a los demás. En este diálogo entre la fe y los paradigmas humanos, la fe tiene un aspecto especial que no cambia: es pura fe en Jesús resucitado que se anuncia y comunica de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la adre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle . 

Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol. Y se decían entre ellas: 

¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas.

El les dice:  

No teman. 

Buscan a Jesús, el Nazareno Crucificado. 

Ha resucitado, no está aquí. 

Miren el lugar donde lo pusieron. 

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro: 

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo.

Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8). 

Contemplación

Años después, las tres piensan que ha estado bien la escena que ha elegido Marcos para terminar su evangelio. Aunque a algunos les haya parecido insuficiente y otros de la comunidad hayan agregado finales más “finales”, a ellas les parece que él, en la escena que ellas les contaron a los discípulos una vez que se les pasó el miedo, captó la fuerza del Anuncio que les hizo el ángel y lo enmarcó perfectamente en los sentimientos que ellas experimentaron, tanto al ir al sepulcro -decididas-, como al huir del sepulcro -temblando y estupefactas-, y no contar nada a nadie por un tiempo. Las tres concuerdan que es un final vivo, que abre los ojos a fe y a la sorpresa que viene de la vida, y no un final literario, que atrae las miradas y sentimientos a la perfección de la propia forma.

Las tres están esperando a que caiga el sol y termine el descanso ritual del sábado. Saben que está permitido ocuparse de los muertos aún en sábado, pero quieren esperar. No sienten apuro porque su corazón “está allí, donde sepultaron a Jesús”. Apenas se pone el sol, salen hacia la casa donde comprarán los perfumes. La ciudad está desierta. Hay un extraño silencio. Como si fuera un tiempo de peste y la gente temiera salir de casa. Ellas son las únicas que se mueven por las callejuelas vacías. José les ha dado el dinero para comprar los perfumes. Es mucho dinero. La señora que las atiende sabe para qué van y las deja elegir lo mejor. Y ellas le dejan todo el dinero, sin contarlo. Cuando salen, ya es de noche. Regresan a casa. La ciudad sigue vacía, desierta. Calientan algo de sopa y se acuestan en silencio. No hace falta que hablen porque todas piensan lo mismo y por eso se entienden sin hablar, haciendo cada una lo que le toca. 

Ella se mira las manos y acerca la mano derecha a su rostro para verla bien en la penumbra de la habitación. No se ha lavado desde el viernes, desde que aferró sus pies cuando lo bajaban y ella sintió que se deshacía en un llanto atroz que le desgarró la garganta, aunque no emitió sonido alguno. Le quedan aún pequeños rastros de sangre en la mano. Los besa y se le abren los ojos muy grandes abarcando la oscuridad de la habitación donde se escucha la respiración inquieta de María y de Salomé que duermen agotadas. No tiene sueño ni siente el cansancio que tiene. También sus oídos hacen fuerza por abrirse lo más posible -atenta- en medio del silencio oscuro de la noche. Piensa en la Madre. Se ha quedado en casa de Juan. Ella seguramente tampoco duerme. A los soldados les dijo que ella era “de la familia” y la dejaron pasar. ¡De la familia! Repite las palabras para sí. Se abraza a ellas como se abrazó a la cruz, antes de que lo bajaran. 

De golpe las otras dos se despiertan al mismo tiempo y todas se levantan sin decir palabra. Es muy de madrugada, pero ya cantan los pájaros. Pronto aclarará. Juntan todas las cosas que han dejado bien ordenadas sobre la mesa y salen sin tomar agua siquiera. La ciudad sigue desierta, pero el silencio ahora es de sueño y no de congoja como ayer. Es el silencio que ha pasado página y dejará lugar a los ruidos habituales de la vida que continúa. No es como el del viernes a la noche, ni como el del sábado, que era un silencio lleno de vergüenza y vacío (“vacío”, esa es la palabra que describe todo). Caminan decididas, sin apuro. En lo alto de las casas y de los árboles pegan los primeros rayos de sol, que van bajando mientras ellas suben por el camino empedrado. Se dicen entre sí: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Los exegetas, al encontrar esa frase se preguntan cómo es que ellas no se lo plantearon antes, cuando tan cuidadosamente preparaban todo para ungirlo. Se preguntan estas cosas como si esas palabras que ellas recordaron cuando contaban lo que había sucedido, y que Marcos rescató, fueran expresión de una preocupación práctica. No se dan cuenta de que ellas habían pensado miles de cosas en ese viernes y sábado eternos. Miles. Todo lo habían pensado y repasado. Cada detalle de lo vivido, mientras intentaban estar cerca de lo que le hacían a Jesús, y cada cosa que harían con su cuerpo ahora que había muerto. Si solo quedó esa frase no fue para dar un dato sobre la piedra de la entrada del sepulcro, sino para hacer sentir la diferencia entre el impulso que traían y el que luego las hizo huir, de manera tal que el Anuncio del Ángel quedara grabado abriéndose un lugar en medio de las dos direcciones que toman nuestros pies humanos, la de ir decididamente a una meta y la de huir corriendo de un abismo.

Ellas iban y se movían -aunque no lo sabían aún- atraídas por un vacío irresistible: el que generaba ese sepulcro que, como un vórtice, tiraba de ellas hacia sí. Iban llenas de ungüentos, vendas y perfumes, como para ungir a un rey. Habían comprado tanto porque sentían la necesidad imperiosa de cubrir algo que se había abierto con su muerte y que sabían que nada sería capaz de llenar. El pensamiento de la piedra que se les cruzó por la cabeza mientras iban y que no habían pensado antes ni se detuvieron a considerar después que se lo dijeron entre sí, da cuenta del embale que traían, de la fuerza de atracción que venía de ese vacío, que ya había atravesado la piedra y llegado hasta ellas, como un perfume que se percibe antes de que uno lo huela realmente. 

Lo que los exegetas no ven es que la frase que ellas se decían entre sí sin hacer que se detuvieran está en relación con el hecho de que luego salieran corriendo. 

Lo que pasó luego, lo que les dijo el ángel mientras les hacía ver el lugar donde habían puesto al Señor y que no estaba allí porque había resucitado, se enmarca entre estos dos impulsos contrarios: el que llevaban cuando iban decididas a ungirlo y ni se preocuparon de quién les movería la piedra, y el impulso que las llevó a huir, a salir corriendo del sepulcro, llenas de temblor y estupor y a no decir nada a nadie por que tenían miedo. 

Marcos pescó que ellas, al contar su entrada y su salida del sepulcro, querían poner en el centro el Anuncio del Ángel de la resurrección.

Lo que les dijo el Ángel lo entendieron todo, pero recién tomaron conciencia después, porque en ese momento, “saliendo, huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo”.

El Anuncio quedó bien enmarcado así, piensan ellas, por estos dos sentimientos suyos tan contrapuestos: el de mujeres que saben perfectamente qué hacer con un muerto y nada las detiene cuando se ponen en marcha a realizar esta tarea ancestral de ungirlo y vendarlo para la sepultura en paz, y el de mujeres que quedan estupefactas y no saben qué hacer ante la ausencia del cuerpo del Señor resucitado. 

Después de repasar con qué impulso iban y cómo salieron huyendo, se abrirán paso en su corazón y en su mente las palabras del Ángel, que recordarán y transmitirán con toda precisión: 

“No teman.

Buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado.

Ha resucitado, no está aquí.

Miren el lugar donde lo pusieron.

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”.

Las tres concuerdan que el vacío lleno del cuerpo muerto del Señor en el sepulcro, que las atraía humanamente, y el vacío vacío del cuerpo del Señor resucitado, que las espantó y las hizo huir, son dos vacíos diametralmente opuestos. 

El vacío del cuerpo muerto es un vacío con el que ellas como mujeres sabían qué hacer. Era un vacío que llenarían de vendas y perfumes, un vacío de sepultura donde poder ir a llorar y a rezar. Era un vacío exterior de esos que hacen que la presencia de los que han muerto esté en el interior de cada persona, pero de manera incomunicable. Cada uno lleva adentro a sus muertos -piensan- y no lo puede compartir, sino con pocos en contadas ocasiones. Pero los lleva en sí mucho más de lo que se puede ver por afuera.

El vacío del cuerpo del Señor resucitado, en cambio, es un vacío distinto. Las tres lo sienten con mucha claridad. Es un vacío más notable que el que dejan los muertos, porque una no se puede apoderar del recuerdo “terminado” del que ya no está, piensan. Es un vacío que las impulsó a querer comunicarlo, luego que se les fue el miedo. Es un vacío que impulsó a todo el grupo a ir a Galilea, que los llevó a todos a estar abiertos a que Él se apareciera cuando quisiera y del modo que quisiera. Es un vacío más grande que el otro porque no lo puede llenar nada ni nadie, sino solo Él, cuando así lo dispone. 

El mundo confunde este vacío con el otro, con el de lo que “ya fue”. Interpreta que el vacío que dejó Jesús significa que “ya no está”, como los muertos. Pero de alguna manera todos percibimos que el vacío del Sepulcro vacío de Jesús es distinto: es un vacío del que no nos podemos apoderar para embalsamarlo, aunque muchos lo intenten. 

Cada vez que la iglesia “embalsama” a Jesús en algún tipo de culto, de templo o de legislación, el Señor “deja vacía” esa estructura y resucita en otro lado, en la vida cotidiana de la gente, apareciéndose a los más humildes.  

Por eso las tres sienten que el final de Marcos quedó bien así: trunco. Porque deja la puerta abierta para salir de la literatura que embalsama, y nos impulsa a desear dejarnos encontrar por el Señor resucitado, que tiene esas maneras suyas de salirnos al encuentro, tan llenas de humanidad y de ternura, que nos provocan estupor y temblor y también nos dan una paz muy linda, que no es como la que da el mundo. 

Diego Fares sj

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Cuando se aproximaban a Jerusalén,

estando ya al pie del monte de los Olivos,

cerca de Betfagé y de Betania,

Jesús envió dos de sus discípulos diciéndoles:

-“Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, 

encontrarán un burrito atado,

sobre el cual ningún hombre se ha sentado hasta ahora.

Desátenlo y tráiganmelo.

Y si alguien les pregunta ‘¿por qué hacen eso?’

respóndanle: ‘El Señor tiene necesidad de él. Enseguida se los devolverá’”.

Ellos fueron y encontraron un burrito atado cerca de una puerta en la calle y lo desataron.

Y algunos de los que estaban allí les preguntaron:

– “¿Qué hacen desatando el burrito?”.

Y ellos respondieron como Jesús les había dicho y los dejaron hacer.

Entonces le llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos y Jesús se sentó en él. 

Mucha gente extendía sus mantos en el camino, y otros, ramas que cortaban en el campo.

Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús gritaban:

– “Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor! 

Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! 

Hosanna en las alturas!” (Mc 11, 1-10).

Contemplación

Mientras la multitud canta y expresa su entusiasmo, cada uno a su manera, Jesús y el burrito parecen estar a la escucha en medio de la algarabía general. El Señor tiene alta la mirada, los ojos fijos en algún punto del cielo; el burrito, mira sin ver con su mirada mansa, atento a abrirse camino, tranco sobre tranco por el empedrado de la entrada a Jerusalén. Siente el peso del Señor y las indicaciones suaves de la soga que le sirve de rienda, atada a su cuello. Va sin bozal. 

El Señor se siente a sus anchas en medio de la gente; ha querido entrar en la Ciudad Santa como un Rey. Él, que se había escapado siempre de ese tipo de manifestaciones, como cuando lo querían hacer rey después de haber dado de comer a la multitud con los panes y peces multiplicados, acepta ahora la euforia y la exaltación del pueblo y se deja conducir en medio de la gente que lo aclama como enviado del Señor y glorifica al Altísimo. El pueblo siente que ha llegado -¡por fin!-  su Rey, Jesús, el profeta de Nazaret, y todos desde los más ancianos a los más pequeños, se sienten parte de su Reino: “Hosanna!

Bendito el que viene en el nombre del Señor!

¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David!

¡Hosanna en las alturas!”

“Nosotros sabemos quién es Jesús”, piensa uno y piensan todos. Por eso la   exaltación. Saben de su bondad, de sus milagros, han escuchado sus enseñanzas. Algunas de sus parábolas más conmovedoras, como la del hijo pródigo, corren de boca en boca. Saben también que Él les ha escapado a todos los intentos de proclamarlo Rey. Y ahora que ven que acepta complacido las alabanzas y las consignas, el entusiasmo crece y se desborda. Se ve que había estado contenido y bastó una chispa para encenderlo todo. ¡Jesús acepta ser su Rey! Lo hace a su manera, humilde, montado sobre un burrito…, pero se ve que acepta. Y por si quedara alguna duda, cuando uno de las autoridades intenta poner cordura y le dice que haga callar a sus discípulos, Jesús responde que “si ellos se callan gritarán hasta las piedras”. 

Juan hizo notar después que “al principio los discípulos no entendieron estas cosas” (que Jesús aceptara y en cierto sentido provocara esta proclamación popular de su realeza). Dice que lo entendieron después, cuando fue “glorificado”: “Se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él y vieron que así había sucedido”. Juan reflexiona partiendo de la gente. Los otros evangelistas parten de Jesús, hacen ver que  mandó a buscar el burrito y dio inicio, por decirlo así, a la procesión que se fue volviendo triunfal. Juan, en cambio, dice que: “Cuando la gran multitud que había llegado para la fiesta se enteró de que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo gritando ‘¡Hosanna!’”. Y ahí fue que, “al encontrar un burro, Jesús se montó en él, según está escrito: ‘Hija de Sión, no temas; mira que viene tu rey, montado sobre un burrito’”. 

Por la perspectiva de Juan, pienso que no fue él uno de los “dos discípulos” a los que Jesús había enviado a buscar el burrito. La escena que cuentan los otros evangelistas es tan detallada que se ve que a estos discípulos les quedaron grabadas las palabras de Jesús con respecto a lo que tenían que decir si alguno les preguntaba qué estaban haciendo al ver que desataban el burro. Se ve que cada uno de los discípulos vivió estas cosas desde su perspectiva, en medio de la euforia general, y luego fue rearmando lo que pasó. De todas maneras, sea que Jesús planeó todo para entrar en el burrito y suscitar la adhesión de la gente o que la gente fue a su encuentro y él “encontró” un burrito y se montó, lo que vemos es un acontecimiento único, masivo, incontenible, que se fue gestando al unísono en los corazones de muchos y que Jesús condujo con una mansedumbre y un señorío dignos de un verdadero Rey. 

Nosotros, dos mil años después, sentimos y experimentamos aún los ecos de aquel acontecimiento en que se unieron el deseo del pueblo de tener un rey y el de Jesús de serlo. Persiste y renace el eco de aquella alianza, al buscar cada uno nuestros ramitos de olivos los Domingo de palmas, al agitarlos para que sean bendecidos y al llevarlos a nuestras casas en señal de paz. 

Jesús dice claramente que él es “un rey de paz”. Lo dice llorando al acercarse a la ciudad, como cuenta Lucas: “Si conocieras hoy lo que te trae la paz -le dice a Jerusalén- pero está oculto a tu mirada”. 

El deseo de los pueblos de tener un rey de paz es un deseo antiguo y profundo, que nos lo guardamos a la espera de que aparezca el elegido. A veces, los pueblos se entusiasman con alguno o son manipulados para que ese deseo aflore. Jesús nunca lo manipuló, sino que lo condujo prudentemente para hacerlo aflorar en un momento en todo su esplendor y luego sellarlo, no con una gloria externa, sino dando su vida en la Cruz. 

La lección tardaría en ser comprendida, pero a los que la comprenden, como les pasó después a los discípulos, a los que unen en su comprensión la entrada triunfal, la muerte en cruz y la resurrección humilde del Señor, esto les cambia para siempre el corazón. Jesús es rey: rey de paz, rey crucificado, que da la vida por su pueblo, rey glorioso que instala su reino humildemente en la vida cotidiana de quien lo acepta en la fe y lo honra con su servicio y seguimiento fiel.

En esos días todo en Jesús fue un actuar como rey. Rey de la familia que le presta el asna con su burrito, rey que desea higos y maldice a la higuera que no tenía fruto (aunque no era el tiempo), rey que acepta los cantos y homenajes que le brinda la gente y recibe en sí todas las proyecciones de los sueños del pueblo, que se adhieren a su persona y que serán luego transformados -desfigurados en la pasión y transfigurados en la resurrección-, rey que expulsa a los vendedores del templo y limpia el terreno para un renio que es solo de adoración al Padre, a quien Jesús da y nos enseña a dar toda lo que sea Gloria, sin reservarse nada para sí.

Esta exteriorización grande del poder de su realeza es parte de la misión precisa que Jesús tiene y lleva a cabo, que consiste en interiorizar su Reinado. El Señor hace sentir que él es un Rey todopoderoso, capaz de hacer bajar doce legiones de ángeles para que lo defiendan del poder de Roma, capaz de secar de raíz una higuera solo con su maldición, capaz de hacer que dos discípulos cualesquiera suyos desaten una burra y su pollino en casa ajena y baste que mencionen su nombre para que la gente mansamente los deje hacer… Y cuando este sentimiento se convierte en exaltación en la multitud que lo aclama, el Señor es capaz de despojarse de todo su poder y padecer todos los poderes, hasta los más abyectos, de los poderosos de turno, que se ceban con su persona y le infligen todo tipo de humillaciones hasta hacer intolerable la impotencia que sufre. Esto hace que se grabe en el corazón de la gente su mensaje de fondo: que él es un rey de amor. Solamente de amor. Y que nada ni nadie nos puede separar del amor de un rey así, como reconoce Pablo, admirado de todo lo que le toca padecer por Jesús y que esto no haga mella en su ánimo: “¡¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?!”, dirá admirado y como para sí. 

Todos sabemos que el amor tiene dos caras: que es omnipotente entre los que se aman y que es impotente allí donde uno no quiere amar. Jesús une en sí las dos experiencias, mostrándose rey en la escena del burrito, de la higuera y de los cantos de su gente; y luego mostrándose rey impotente bajo el poder de sus enemigos. Y pasando por ambas situaciones, de exaltación máxima y de máxima humillación, como quien pasa por un cernidor, al final lo que queda es el oro de su solo amor, sencillo y fecundo,  único valor que reina sobre todo lo demás. 

Jesús es rey: rey de amor que reina en paz y conduce a su pueblo con paciencia y mansedumbre, como al burrito de su entrada triunfal en Jerusalén. Dejémonos conducir así por Él, nuestro Rey.

Diego Fares sj

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