Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

Fueron a Jericó. Y saliendo Jesús  de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo-  un ciego mendigo, estaba sentado al costado del  camino. Y oyendo que pasaba Jesús, el Nazareno, comenzó a gritar y decía:

– ¡Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!

Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:

– ¡Hijo de David, apiádate de mí!

Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran.

Entonces llamaron al ciego y le dijeron:

– ¡Animo, levántate! El te llama.

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús.

Y en respuesta Jesús le dijo:

– ¿Qué deseas que haga para ti?

El le respondió:

– Maestro –Rabbuní-, que vea.

Jesús le dijo

– Vete. Tu fe te ha salvado.

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino.

                        (Mc 10, 46-52)

Contemplación

En pocos renglones Marcos nos muestra el momento clave de un largo proceso interior, el de Bartimeo, ciego mendigo, que de estar sentado a un costado del camino recupera la vista y se convierte en discípulo de Jesús, en uno que ahora no está más al costado sino que sigue al Señor por el camino. Esas son las dos imágenes fuertes de Marcos y tienen como punto central el camino: Bartimeo sentado a un costado del camino, Bartimeo siguiendo a Jesús por el camino. Un camino que, como ha anunciado el Señor poco antes, por tercera vez, lo lleva a Jerusalén, lo lleva a la Cruz.

En medio de estas dos escenas vemos a un Bartimeo atento, que “oye” que Jesús pasa cerca y se pone a gritar:  “Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!”

Y como muchos lo increpaban para que se callara, él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, apiádate de mí!”

Seguramente cuando Jesús “entró en Jerico” Bartimeo no se dio cuenta, pero se enteró de que el Señor estaba en su ciudad y planeó un encuentro con él, decidido a no dejar pasar al Maestro sin aprovechar la oportunidad. Notemos con qué nombres lo llama: Hijo de David y Jesús. Hijo de David es un término mesiánico. Jesús es un nombre familiar. Bartimeo es de los pocos que llaman por su nombre al Señor. Se ve que ha estado pensando en lo que quería pedirle y en cómo se dirigiría a Él, con qué nombres lo llamaría para tocar el corazón y moverlo a piedad. 

Cundo el Señor se detiene y manda a que lo llamen, vemos a un Bartimeo lleno de vida y energía que en un solo movimiento arroja su manto (a veces era la única posesión preciosa de un mendigo) y se levanta de un salto y va hacia Jesús. El encuentro es como de dos que ya se conocen: bastan pocas palabras. Que quieres que haga para ti, le dice gentilmente Jesús; Rabbuni -mi Maestro-, le dice Bartimeo, haz que vea. Y Jesús: Vete, tu fe te ha salvado.

Rabbuni es un título de mucha intimidad. Bartimeo le está diciendo a Jesús que él se siente su discípulo y el Señor se lo acepta. Bartimeo es la figura opuesta al joven rico, que tenía muchas posesiones y no se animó a seguir al Señor. Bartimeo en cambio dejó su manto allí tirado y lo sigue a Jesús por el camino.

No sabemos cómo habrá seguido su vida, pero es seguro que fue de bien en mejor. 

Ver y seguir. Con Jesús estos dos verbos van juntos y se ayudan el uno al otro. Ver a Jesús, al Hijo de David, al Maestro, es una gracia. Seguirlo por el camino después de haber tenido un encuentro con él, es un paso necesario para poder “verlo” más. Al Señor lo va viendo -conociendo y amando- el que lo sigue. No se puede ver a Jesús y quedarse estático porque lo perdemos. El Señor (sobre todo en Marcos) está siempre “en camino”. Y los que quieren ser sus discípulos deben apurar el paso. 

La llamada al seguimiento seguir a Jesús- constituye todo el tejido del evangelio de Marcos. Es la palabra clave y Bartimeo la pone en práctica apenas curado. 

El evangelio de Marcos termina precisamente con las palabras: “El irá delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como les dijo”. La Galilea, donde veremos a Jesús resucitado, si seguimos lo que El nos ha enseñado, es precisamente el comienzo del Evangelio de Marcos, símbolo de nuestra vida cotidiana, el lugar donde Jesús nos sale al encuentro y nos dice: Vengan conmigo! 

El evangelio termina invitándonos a volver al comienzo, a releer, para “ver” más y mejor. 

El seguimiento es el modo de vivir cristiano, siempre atentos a los signos que revelan la presencia de Jesús (en los más pequeños) y yendo hacia donde el Espíritu nos sopla y nos inspira. 

La vida cristiana se realiza siguiendo paso a paso a Jesús por el camino que él ha recorrido y que va de la encarnación al Padre, pasando por la Cruz, luego de haber “salido” de la muerte dejando el sepulcro vacío.

Seguir a Jesús quiere decir guiarnos por sus criterios y no por los nuestros. Implica siempre escuchar su Palabra, interpretarla personalmente y elegir lo que el Señor nos muestra como lo mejor en cada situación. 

Seguir a Jesús es llevar una vida con un oído inclinado hacia el corazón del Señor, que nos permite “tener sus mismos sentimientos”, y los ojos fijos en el Evangelio, que nos hacen “tener su mente”, lo que le agrada, lo que desea.

El Jesús al que debemos seguir -como vemos que hace ahora Bartimeo- es un Jesús “móvil”, siempre saliendo. 

Jesús en Marcos “sale siempre”, ya desde el comienzo, vemos a un Jesús “caminando junto al mar de Galilea (Mc 1, 16) que llama a los pescadores a que lo sigan. Y durante sus peripecias Jesús siempre “va adelante”, se les adelanta. 

Así lo tenemos que seguir, con el entusiasmo de que ya se nos adelantó y nos espera en el día que tenemos para vivir, con las sorpresas de los bienes que ha preparado para que los llevemos a cabo.

Seguir a Jesús, decíamos es “salir de nuestros criterios, de nuestro habitual modo de pensar y de razonar y animarnos a ir un poco más allá, visto que Jesús siempre “se sale” del modo habitual de pensar de la gente y enseña nuevos modos (“Entre ustedes no es así, el que quiere ser grande que se haga pequeño y sirva a todos).

Diego Fares sj

Read Full Post »

María fatigada y feliz servidora abrazada a la Palabra

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén. 

Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo. 

Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anuncia por tercera vez la pasión).

Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:

Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir lo hagas con nosotros.

El les dijo: ¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?

Ellos le dijeron: Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.

Jesús les dijo: No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?

Podemos – le respondieron ellos.

Pero Jesús dijo: El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.

Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan. Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran o pasan como jefes de las naciones los tratan despóticamente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes (de las naciones) las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes

sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes, será su servidor (diakono) y el que quiera ser el primero entre ustedes, será siervo (doulos) de todos. Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para dar su vida en rescate por muchos (Mc 10, 35-45).

Contemplación

Mentalidades: El grupo, Santiago y Juan, Jesús, Iglesia

Después de la transfiguración, de la que el Señor hizo participar a Santiago y Juan junto con Simón Pedro, los discípulos se pusieron más “proactivos”, digamos. Ante un Jesús que insiste varias veces con el anuncio de su pasión, y que les habla de Cruz , de muerte y de resurrección, Pedro se anima a “corregir” a su Maestro y se liga un reto de aquellos: “Salí de aquí Satanás”. Santiago y Juan sienten que les toca probar a ellos y en vez de discutir con los demás acerca de quién es el mayor, deciden ir de frente y pedírselo ellos mismos al Señor. El pedido no está mal hecho dado que Jesús no los saca carpiendo. Pero les corrige la mentalidad. Ellos utilizan la palabra “gloria” y el contenido de esa palabra resuena con música de triunfo. Pero no saben que, en el lenguaje de Jesús, Gloria es igual a Cruz, a humillación y anonadamiento de sí para salvar a los demás. Por eso el Señor les dice que no saben lo que piden. Agrega el Señor algo que a mi me ayuda cuando me indigno ante alguno que tiene autoridad en la Iglesia y usa mal de sus cargos. El Señor dice que los cargos no los reparte él, que son para quienes están preparados o que es el Padre el que maneja ese asunto. Jesús reparte cruces, todas las que sepamos y queramos cargar, trabajos, todos los que deseemos realizar por el reino, reparte amistad, todo lo cercana que uno como amigo quiera que sea. Y su Espíritu, sin medida. Pero no puestitos de honor. 

Al ver que el grupo se indigna con Santiago y Juan, el Señor vuelve al ataque con lo de ser servidores. 

Pero no se trata solo de servicios concretos sino de una mentalidad. En este tiempo en que compartimos mucho con el hermano Rizzo me impresiona cómo cada vez que alguien le ayuda para llevar los platos a lavar, él se siente avergonzado. Durante toda su larga vida de hermano en la Compañía siempre ha levantado él los platos y servido a todos y ahora que tiene que dejar que lo sirvan, le cuesta. Todos le dicen esas frases de teología abstracta: hay que saber dejarse ayudar, etc. El responde con una frase suya cada vez que otro usa una palabra evangélica sin medir toda su profundidad: “dejarse ayudar”. ¡Es toda una palabra! Como diciendo: la palabra yo también la entiendo, pero no es fácil ni así nomás. En lo que insisto es en cómo una actitud evangélica se ha hecho carne en una persona. No es que el hermano “haga servicios”, el “es un servidor”. 

Se trata por tanto de cambiar de mentalidad. De esa conversión le habla Pablo a los Romanos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rm 12, 2). Mente (nous) significa las facultades de percibir y comprender y las de sentir, juzgar, determinar. Implica cambiar el modo de percibir y entender (intelecto) las cosas con la luz de la fe y la sabiduría del Espíritu que nos hace captar las situaciones para responder según Dios en cada momento. La mente implica también la capacidad de razonar, de sacar conclusiones o llegar al fondo de una cuestión usando los “criterios de Jesús” y no los del mundo. Captar bien para razonar bien y así, en tercer lugar, discernir o juzgar lo que le agrada al Padre.  Es un cambio total el que Jesús nos pide. Francisco siempre dice aquello de Romano Guardini: Jesús cambió el poder en servicio. La mentalidad que busca el poder, la riqueza y la gloria propia, el Señor la cambia en una mentalidad que busca servir, en pobreza y humildad, para Gloria de Dios Padre y salvación de todos. 

Para argumentar acerca de este cambio de mentalidad que se nos propone, Jesús usa el recurso de ponerse a sí mismo como ejemplo: “No vine a ser servido, sino a servir y dar su vida para rescatarnos”. Esto debería bastar: si Jesús se pone como el que sirve, si dice que incluso en el Cielo, con todos los ángeles a disposición será Él mismo en persona el que nos sirva a la mesa, quiere decir que el servicio es algo precioso en sí mismo y que debemos poner en práctica lo más rápido posible para no perder oportunidades de “igualarnos” con el Señor, de tener su mismo estilo e imitar, cada uno en su puesto de servicio, al Señor que sirve a todos. 

El lavatorio de los pies es el gesto que consagra el servicio y reúne en sí todo lo que Jesús nos quiere enseñar: “Después de lavarles los pies, Jesús se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Entienden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman “Maestro” y “Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy su Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su amo ni el mensajero más grande que quien lo envió. ¡Felices serán si entienden esto y lo practican!». Si yo que soy el Maestro, hago esto, ustedes serán felices si hacen lo mismo” (Jn 13, 12-17). De aquí es que el Papa Francisco haya “reavivado” este gesto que define la Persona y la Misión de Jesús y, practicándolo a lo largo de los años (desde que era párroco en la Iglesia del Patriarca San José) y lo haya puesto como “gesto profético” que condensa en si su pontificado. 

Todos conocemos (en la familia siempre hay alguien que se destaca) a esa gente que tiene “mentalidad de servidor/a”. No suelen ser los más importantes, pero se los ve siempre felices.

Descalzo nos cuenta una historia real que le pone una sonrisa a esto de la “mentalidad de servidores”.

El mozo de equipajes

Hace unos días me puse a pensar -no sé muy bien por qué- en un viejo amigo mío que era mozo de equipajes en Valladolid. Debía de tener más o menos la edad que yo tengo ahora, pero entonces a mí me parecía muy viejo. Pero lo asombroso era su permanente alegría.

No sabia hacer su trabajo sin gastarte una broma, y cuando te hacía un favor, parecía que se lo hubieses hecho tú a él. Un día le pregunté: «Y tú, ¿cuándo te vas de vacaciones?» Se rió y me dijo: «Me voy un poco en cada maleta que subo para los que se van hacia la playa.»

El sonreía, pero fui yo quien se marchó desconcertado. Nunca había pensado en lo dramático de esa vocación de alguien que se pasa la vida ayudando a viajar a los demás, pero él se queda siempre en el andén, viendo partir los trenes donde los demás se van felices, mientras él sólo saborea el sudor de haberles ayudado en esa felicidad.

¿Sólo el sudor? No se lo dije a mi amigo, el mozo de equipajes porque se hubiera reído de mi y me hubiera explicado que el sudor le quedaba por fuera, mientras por dentro le brotaba una quizá absurda, pero también maravillosa, satisfacción.

Desde entonces pienso que todos los que sienten vocación de servicio -sea la que sea su profesión- son un poco mozos de equipaje. Y que todos sienten esa extraña mezcla de cansancio y alegría.

Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, hermoso y fecundo.

Caro, desde luego. Todos somos egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel.

Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por salir de sí mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a ser sólo amados”.

Ese “cansancio alegre” de Descalzo, el Papa lo describe -usando palabras de san Juan Pablo II en Redemptoris Mater – como la “fatiga del corazón de María” que va a servir a su prima Isabel y, fatigada del camino en subida, canta el Magnificat. Esta fatiga del corazón, que proviene del trabajo que lleva leer la vida con la luz de la fe y discernir la voluntad de Dios en medio de las ambigüedades de la vida, es lo que vence la tentación de triunfalismo y de mundanidad espiritual.

El antídoto contra el triunfalismo (de querer un cristianismo sin Cruz y buscar la propia gloria) está en esa peculiar fatiga del corazón que Juan Pablo II hizo notar cómo se daba en nuestra Señora y que Bergoglio retoma siempre como signo de fe: “Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón». Es la noche de la fe. En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar”.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?

Jesús le dijo:  ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.

El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.

Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

El, se quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: 

¡Cuán difícilmente los que posean riquezas entrarán en el  Reino de Dios! 

Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. 

Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: 

¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. 

Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?  

Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: 

Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles  para Dios. 

Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. 

Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros. (Mc 10, 17-31)

Contemplación

www.youtube.com/watch?v=8OhCA4TnP0M

Los ojos de Jesús 

Nos centramos un rato en la mirada de amor de Jesús al joven rico. 

Se ve que Marcos pescó algo especial en ella, porque dice: “Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: una cosa te falta…”. Imagino que Jesús siempre miraba con amor, pero aquí el evangelio es explícito y quiere hacer notar que ésta fue una mirada especial, de esas que el Señor tiene cuando elige, cuando quiere a uno o a una sólo para sí. 

Podríamos dejarnos llevar un poco por la idea de que el Señor se entusiasmó con este joven, que puso lo mejor de sí en la mirada y en la respuesta… y que falló! 

¿Nos animamos a decir que a Jesús le falló una vocación? ¿Que el Señor se jugó y le salió mal? Por el suspiro y la triple alusión a lo difícil que les resulta seguirlo a los que tienen muchas posesiones, se percibe cierta ‘desilusión’ en Jesús e incluso algo de fastidio. Jesús se asombra cuando ve gente con una gran fe y este asombro que lo lleva a repetir “qué difícil” dos veces, es como la contracara: el Señor se maravilla de que alguien rechace una propuesta tan increíble como la que le hizo al joven rico. El Señor constata amargamente que el Dios dinero es poderoso y le da mucha pena que le robe estas ovejitas para las cuales tenía reservado algo lindo.

De todas maneras, aunque previó que quizás fracasaba, lo que me gusta del Señor es que se jugó por este joven rico; que lo miró como sólo Él sabe mirar.

San Juan  de la Cruz dice que “el mirar de Dios es amar”. Jesús lo miró y lo amó, lo miró con esa mirada que a uno se lo lleva a donde sea y para siempre. 

Teresa de Jesús nos dice: “Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por El”. Ella, que cuenta cómo “una vez que vio la mirada de Jesús -su belleza en esa mirada- se sintió sanada interiormente”. Es que “la mirada de Dios limpia, embellece y agracia. 

Pero el joven le esquivó la mirada. Le puso cara, decimos nosotros. Le frunció el ceño a sus palabras y se puso mal. No se agarró de la mirada de Jesús sino que sus palabras le llevaron a mirar sus posesiones –que eran muchas- y se le perdieron los ojos y los deseos en muchas direcciones. 

Hay quien daría la vida por una mirada así de Jesús, y éste no la advirtió. 

Decía Teresita: “Mi Bien Amado, tu pequeño gorrioncito siempre permanecerá con los ojos fijos en ti; es que él quiere vivir fascinado por tu mirada divina”.

¿Se fijaron que hay veces en que uno no mira a los ojos a las personas? Cuando discute o cuando trata un tema, a veces uno no mira a los ojos del otro, sino a lo que se está diciendo: a las proyecciones, a las consecuencias de lo que cada uno dice… Pues bien, este joven no se dio cuenta de que Jesús lo estaba mirando a los ojos. No se dio cuenta de que el Señor había abierto la ventana de sus ojos, que le estaba regalando una transfiguración personal. ¡Si se hubiera detenido un momento hubiera entrevisto, en esos ojos, los Ojos del Padre que lo miraban!

Pienso también que el Señor debía velar siempre un poco su mirada. Graduándola, quiero decir, a la medida del que tenía enfrente. Para no andar creando descalabros, digo. Ya que su mirada capaz de crear universos podía traspasar y derretir, quemar y encender, hacer resucitar y fulminar…

Los sencillos se daban cuenta de los destellos de los ojos de Jesús. 

A veces uno piensa cómo es que el Señor convocaba a la gente, por qué la gente dejaba todo y se iba tras él, por qué  salía corriendo a buscarlo, como este joven. Y pienso que es que el Señor pasaba mirando

Pasaba mirando a cada uno y esa mirada ponía en pie a la gente, hacía salir de sí a los ensimismados. Aún a los que no lo veían. El Señor pasaba mirando y los corazones sentían que eran mirados. Unos versículos más adelante, en este mismo capítulo 10, Marcos hará notar que hasta un ciego como el de Jericó, fue capaz de captar el amor de la mirada de Jesús, que mirándolo, le hizo abrir los ojos y seguirlo por el camino. 

La gente veía algo en los ojos de Jesús y era eso lo que los movía a actuar. El brillo especial de la misericordia en la mirada de Jesús bastaba para hacer surgir un grito pidiendo ayuda: ¡Señor, ten compasión de mí! La mirada de Jesús suscitaba cosas, ponía en movimiento corazones, influía en la gente. 

A Natanael le bastó saber que Jesús lo había visto debajo de la higuera para confesarlo como Dios verdadero. 

Y ¿qué habrá visto la pecadora en la mirada que seguramente le regaló Jesús al pasar, para sentirse así de conmovida y no poder resistir el deseo de ir a perfumarle los pies a casa del fariseo? 

La mirada de Jesús no solo era receptiva –al punto de conocer los pensamientos de la gente- sino creadora. El amor se crea con miradas, crea más amor con la mirada. Y un amor como el de Jesús –tan sincero, tan incondicional, tan bueno y amigable- era capaz de crear lazos con solo mirar. 

A Simón, lo miró una vez y le creó un nombre nuevo que se transmite en herencia y en el que nos apoyamos todos: Pedro. 

A María, su Madre, con una mirada en la Cruz –la última mirada del Señor- la hizo Madre de todos nosotros. 

Bueno, esa mirada fue la que no pudo ver, o no quiso ver, el joven rico. 

Eso sí, recordemos que, como dice el Papa Francisco, Jesús nos mira “a cada uno”. El Señor no mira solo la multitud, sino que su mirada a la gente identifica perfectamente a cada uno y tiene una mirada especial para cada uno. Esa es la mirada que anhelamos y deseamos, la mirada de Aquel a cuya imagen hemos sido creados y que tiene para cada uno de nosotros una gracia, un perdón y una misión.

Diego Fares s.j.

Read Full Post »

Volvió el pueblo a juntarse con él, y de nuevo Jesús les enseñaba como solía. Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: ¿es lícito al marido repudiar  a su mujer?

Él, respondiendo, les dijo: — ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: — Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo: – Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo: – Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: – Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

     Al ver que esta semana toca este evangelio no pude evitar un pensamiento que es como si viniera adherido al tema de la familia: “otra vez hablar del divorcio”. Vino en mi ayuda otro pensamiento más positivo y del buen espíritu, y fue el de buscar una imagen linda de familia.

Me gusta mucho esta que elegí. Uno podría quedarse largo rato contemplando como están estrecha y plácidamente unidos en un dulce abrazo: José y María con los ojos cerrados y el Niño con los ojitos abiertos. Todos sonríen y se tienen con ternura y sin angustias. La compré en Asís y refleja bien todo el espíritu que reina en la tierra de Francisco. Es de madera, y se pueden separar, la imagen de José por un lado y la de la Virgen con el Niño, por otro. Pero cuando se las une, las dos partes encajan fácilmente, a la perfección.

Contemplando la imagen se me aclaró el juicio: lo que me molesta es que los fariseos tratan un tema tan importante con mala intención. Se trata de un diálogo tramposo, como lo ha calificado siempre Bergoglio. 

Lo de los fariseos que sacaban temas candentes para ponerle trampas a Jesús es algo que se sigue dando en la actualidad, con el Papa Francisco, por ejemplo. Por eso no hay que entrar a discutir el tema antes de discernir la situación en su conjunto. 

Y la situación es esta: resulta que el Señor les responde bien a los fariseos y los deja callados, pero son los discípulos los que se quedan inquietos – tentados- y terminan por alejar a los niños que las familias traen para que Jesús se los bendiga. De alguna manera aquel diálogo tramposo sigue tentándonos. Porque cada vez que la Iglesia saca el tema del matrimonio y de la familia, lo que la gente “escucha” es que se va ha hablar del divorcio y que va haber discusión. 

La trampa está en que pareciera que las familias solo piensan en la posibilidad de divorciarse, cuando en realidad lo que sucede es que la gente sueña con formar una linda familia y cada familia vive agradeciendo poder estar juntos y desviviéndose por hacer más linda la vida de los demás.

Por eso, cuando sacamos el tema de la familia lo primero tiene que ser agradecer “la alegría del amor” (Amoris Letitiae) y los niños tienen que estar en el centro, de manera tal que los problemas, como el del divorcio, no distraigan a los adultos de los bienes verdaderos.

Las familias, en la intimidad de cada hogar, viven lo maravilloso que es poder unirse con otras personas de tal manera que todos forman una sola carne y tienen la misma sangre! De esta gracia tan grande, se desprende que sea cosa tan triste y seria el problema de la separación. Pero el centro del corazón y la de la mente de los esposos y de los hijos gira en torno a la gracia, no a la tentación. Este es el espíritu de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, como dice el Papa ya desde el primer párrafo:

“La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, ‘el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia’. Como respuesta a ese anhelo «el anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia». 

Esta tentación sigue vigente: mientras la realidad es que, si vamos a tratar el tema de la familia, lo que la Iglesia tiene para aportar es positivísimo, sin embargo nos dejamos arrastrar a discusiones amargas sobre temas conflictivos. En vez de anunciar lo bueno que tenemos para decir a las familias, discutimos y defendemos (muchas veces muy mal) cuestiones que deben ser tratadas en un contexto preciso. 

Amoris Laetitia es un buen ejemplo de la proporción que debemos tener al hablar de las cuestiones conflictivas. Recordemos que Francisco trata en siete capítulos todo lo positivo de la familia y recién en el capítulo 8º, en la nota 351 hace referencia  un tema que otros usan como titular: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia” (AL 305). La ayuda de la Iglesia, madre y pastora: “En ciertos casos -dice el Papa en la nota al pie de página), podría ser también la ayuda de los sacramentos. Y como el que tiene que “juzgar” en cada caso concreto es el confesor, el Papa da dos grandes principios que iluminan la situación y que luego, cada uno debe bajar a la práctica, con la ayuda del Espíritu Santo, que nunca falta al que desea ser “pastor”. Un principio para la confesión es recordar su fin: «A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor». El otro gran principio es que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (Id). 

A este respecto, hace poco, Francisco tuvo un momento de gracia en el que logró bajar a la realidad su pensamiento de una manera concisa, original y creativa.

En el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia, una pregunta del periodista norteamericano Gerard O’Connell suscitó una respuesta del Papa que que permite ver, como si fuera una sola cosa, el pontificado entero de Francisco como Pastor. La pregunta tuvo algo de esos “diálogos tramposos” porque, si bien el periodista le había avisado acerca del contenido del tema (la excomunión al presidente Biden), no le dijo sino ahí mismo: “qué le aconsejaría Ud. a los obispos”. El Papa lo miró con una cara de “me estás queriendo enganchar mal”, pero respondió con lo que había estado rezando. A mi me pareción que pescaba la cosa, pero fue motivo de una gran alegría que el mismo Francisco, cuando le comenté cómo había visto yo lo que pasó, me confirmó que, al saber que le preguntarían del tema, había rezado mucho y que sintió que la formulación que hizo de la “pastoralidad” fue una inspiración y algo original.

Esta vez el Papa recogió el guante y se repreguntó a sí mismo -retóricamente-tres veces, siendo que los que retrucan son los periodistas, para dejar algo picando. 

El contexto del avión nos retrotrae a aquel momento tan fuerte de las “irrespetuosas re-preguntas” que le hizo la periodista norteamericana a raíz del caso Viganó. La diferencia -para el que sabe esperar tiempo para “leer” a Francisco a la luz de la historia que conduce el Espíritu, fue que en aquel entonces dió la impresión de que la periodista “lo arrinconaba” al Papa, que humildemente dijo que él por ahora haría silencio. En cambio, en esta ocasión fue Francisco mismo el que repreguntó para aclarar mejor su pensamiento.

Así fue el diálogo:

FRANCISCO: “No quisiera particularizar porque Ud. me habla de los EE.UU y no conozco bien el detalle. Yo doy el principio. Ud. me dirá, entonces como Ud. es cercano y bueno y tierno con una persona, Ud. ¿le daría la comunión? Y se respondió: Esto es una hipótesis. Tú sé pastor y el pastor sabe qué debe hacer en cada momento. Pero lo sabe como pastor. Pero si se sale de esta pastoralidad de la Iglesia inmediatamente se convierte en un político. Y esto lo verán en todas las denuncias y todas las condenas no pastorales que ha hecho la Iglesia. Con este principio creo que un pastor se puede mover bien. Los principios son de la teología. La pastoral (aquí el Papa hace un gesto como diciendo que la pastoral es un ir y venir dialogando con el otro y que es ardua, pero lo formula simplemente) es la teología más el Espíritu Santo, que te va conduciendo a hacerlo ‘al estilo De Dios’. Aquí se detuvo y con una gran sonrisa, mirándolo a los ojos le dijo al periodista, que no se atrevió a repregunta más: “Yo osaría (explicar) hasta aquí”. El otro hizo señal de que “estaba bien” pero esta vez fue el Papa el que se puso en ese lugar de retrucar en que se ponen los periodistas yvolvió de nuevo a la carga: – “Si Ud. me dice si se puede dar o no se puede dar, eso es casuística. Eso que lo digan los teólogos. Y avanzó todavía más el Papa (el otro ya quería levantarse e irse, pienso). – Se recuerda Ud. de la tempestad que se desató cuando salió aquel capitulo de acompañamiento a los separados, divorciados… Herejía! Herejía! (decían muchos) Siempre esta condena. Ya basta con la excomunión! No metamos,por favor, más excomuniones! Pobre gente. Son hijos de Dios. Están fuera de la comunidad temporáneamente, pero quieren, tienen necesidad de nuestra cercanía pastoral. Después el pastor resuelve las cosas como el Espíritu le dice”. Y agregó: “Pero yendo a la respuesta de fondo sobre la excomunión. El problema no es el problema teológico, porque esto es simple. El problema es pastoral: (con énfasis, como tocando el problema con la mano) El problema es cómo nosotros, obispos, gestionamos pastoralmente este principio.Y si vemos la historia de la Iglesia, veremos que cada vez que los obispos han gestionado no como pastores un problema se han “bandeado” (si sono ischierati = en el sentido de formar bando) en la vida política, sobre el problema político. Por no gestionar bien un problema se han situado (de manera partidista, se entiende) en el lado político. Pensemos en la noche de San Bartolome. Herejes! Si. La herejía es gravísima! Degollemos a todos. Un hecho político. Pensemos a Juana de Arco: Esta visión! Pensemos en la caza de brujas…, pensemos en Campo dei Fiori, en Savonarola, toda esta gente. Cuando la Iglesia para defender un principio lo hace no pastoralmente se sitúa en el campo político. Y esto ha sido siempre así. Basta mirar la historia. Que debe hacer el pastor? Ser pastor. Ser pastor y no andar condenando, no condenando. Y él es pastor también del excomulgado? Si. Tiene que ser pastor con él. Con el estilo De Dios. Y el estilo de Dios es cercana, compasión y ternura. Toda la biblia nos lo dice. Ya en el Deuteronomio Dios le dice a  Israel: Qué pueblo hay que tenga un Dios tan cercano como yo a tí. Cercano.  Compasión. El Señor que tiene compasión de nosotros, leamos Ezequiel, Oseas… Ya del inicio. Y ternura: basta mirar el evangelio y las cosas de Jesús. Un pastor que no sabe gestionar las cosas al estilo de Dios resbala y se mete en tantas cosas que no son pastorales”.

Así siente y gusta la pastoralidad de la Iglesia nuestro Papa Francisco. El es pastor y sólo pastor. También de los fariseos. Por eso es que el Espíritu lo ayuda, por eso es que no le hacen “pisar el palito”.  

Diego Fares s.j.

Read Full Post »

Le dice Juan: Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros, 

expulsar demonios en tu nombre, y se lo prohibimos.

Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi nombre y pueda enseguida hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está con nosotros.

Y quien les dé de beber un vaso de agua en nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. Y el que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de moler y lo echen al mar. Si tu mano te hace tropezar (es motivo de escándalo), córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue. Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

Contemplación

Te pedimos Señor, que quienes adoramos 

el Santísimo nombre de Jesús

disfrutemos de la dulzura de su gracia 

en esta vida y de su gozo para siempre en el Cielo. 

   (Oración colecta de la Misa del Nombre de Jesús)

            La contemplación de hoy la podemos centrar y desplegar en torno al nombre Bendito de Jesús. Se repite cuatro veces en este pasaje (de un total de nueve en Marcos) y es “el criterio” que utiliza el Señor para discernir lo que no hay que prohibir y lo que tiene un valor especial. Criterio que comparte con los discípulos y que ellos nos transmitieron. 

Podemos aprovechar la importancia que tienen en nuestra cultura los nombres, las marcas, el “logo” de cada cosa, y, en la misma línea afirmar que todo lo cristiano tiene que tener el Logo de Jesús, ya que todo es “Marca Jesús”. Cada cosa existente -estrellas y flores, pájaros y trenes – aunque no siempre esté a la vista, llevan escrito dentro: “made in Jesús”. “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1, 3).

“Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen” (Col 1, 16-17).

En el mundo de hoy las cosas valen o cuestan más cuando son de marca. Y bien, para nosotros las cosas valen porque llevan la marca del Nombre de Jesús.  

Lo que me encanta de la marca “Jesús” es que tiene propiedades muy singulares. 

Usar el nombre de Jesús impulsa a mejorar

Sucede hoy que se imita a las grandes marcas y que las imitaciones son cada vez mejores. Pero las grandes marcas luchan contra los imitaciones. En cambio el Señor no quiere que nadie tenga la exclusividad de su marca y él mismo “mejora” a los que crean algo en su nombre. Los autentica, digamos así. Por eso dice que “si alguien hace un milagro en su nombre…” El otro, aunque no sea de los nuestros, como dice Juan, al usar el nombre de Jesús es bendecido con el milagro. Y el Señor explica que si hace las cosas en su nombre, luego no podrá hablar mal de é. Pasa a ser “de los nuestros”. Este colectivo “los nuestros” es infinitamente más grande de lo que nos podemos imaginar. Aunque no salga en los diarios.

Practicar el bien en nombre de Jesús nos hace ser de los suyos

El nombre de Jesús consiste en volver nuestro lo que no es nuestro. Juan le dice que uno está usando su nombre pero es “trucho”. Y Jesús le da vuelta el argumento. Si usa su Nombre para hacer algo bueno se autentifica, pasa a ser “de los que están con nosotros”. Podríamos llamar a esto “el carácter bautismal”, el carácter inclusivo, del nombre de Jesús. Al que lo usa, lo bautiza. 

Es lindo entonces, para los cristianos, pensarnos como gente bautizadora, gente que incluye. Pensarnos, quiero decir, como gente que va buscando “la marca Jesús”, en todas las personas, en todas las cosas buenas que hace la gente, para allí detenernos a “comprar”, a valorar, a dialogar, a elogiar y apoyar. 

¡Qué triste tentación –y qué rápido hay que salirnos cuando caemos en ella- la de Juan, de pensar que uno ya tiene la exclusividad del criterio del Señor y se pone a prohibir a la gente que haga tal o cual cosa buena, diciéndole: “mirá, vos todavía no sos de los nuestros”. 

En este punto creo que los cristianos tenemos que reconocer que la mentalidad del mundo nos gana. Por buscar sus intereses, los políticos hacen mejores alianzas que nosotros, consideran “de los suyos a todos los que no están en contra”, suman, incluyen, tejen alianzas. Y no hablemos de los comerciantes. Un amigo me explicaba porqué muchas marcas de software permitían que se usaran sus programas sin licencia e incluso te los actualizaban. Es la manera de ganar mercado. Luego que mucha gente lo usa y se acostumbra, te pueden vender el que viene mejorado. Es la lógica del que sabe que vende algo valioso, del que sigue la vida y el progreso y busca mejorar. 

Pues bien, un cristiano que piensa que algo que se hace “en Nombre de Jesús”, no va a andar, no solo no comprende nada de la mentalidad de Jesús (en cuyo nombre el Padre recapitulará todas las cosas y se le arrodillarán todos los hombres y cuyo “Logo” está inscripto en el código genético de todo lo creado, que sin Él no existiría), sino que además es mal político y mal comerciante. Si nos agarraran los de Microsoft o los de Apple nos dirían: “¿pero vos no te das cuenta del producto que tenés entre manos? Ocupate de anunciarlo, de ofrecerlo, dejá que se mezcle con otros, no tengas miedo, prevalecerá”.  

El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas: vasito de agua

La otra cosa linda del nombre de Jesús es la del vasito de agua. El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas, vuelve valiosísimos los gestos más cotidianos, renueva lo que parece rutinario o común. Si algo lleva el nombre de Jesús, vale y vale de tal manera que renueva todo a su alrededor, renueva todo lo que toca. 

En realidad lo de Jesús es lo único nuevo que existe bajo el sol. Todo lo demás es “repetición”, todo lo demás es la misma “materia” –mucho hidrógeno y algunos elementos más- combinada de distintas maneras. Y el ser humano, cada uno de nosotros, que es “único y nuevo” por ser espíritu, si no se renueva en Cristo a cuya imagen es creado, tiende a volverse igual a la materia de la que está hecho, tiende a repetirse y a imitarse a sí mismo o a sus padres, a mimetizarse con la cultura en la que nace, a masificarse y a perder su originalidad.  El Cohelet decía, con su sabiduría de hombre de mundo que vivió todo: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Y podemos suscribirlo. Exceptuando a Jesús. Y a lo que lleva su nombre o se hace en nombre suyo. El es el que hace nuevas todas las cosas. 

El nombre de Jesús marca tendencia

En esta misma línea, el nombre de Jesús marca una tendencia irresistible al bien, consiste enpotenciar de manera inaudita todo lo bueno. Una pequeñísima acción hecha en su Nombre –el vasito de agua-, cobra valor infinito. 

“Hecha en su nombre” significa a su estilo, que es el de la “prautes”, el de la dulzura y mansedumbre de corazón, el del bien hecho con una tranquilidad laboriosa y una paz recuperada con denuedo. 

“En su nombre” significa cumpliendo lo que Él enseña, aunque explícitamente no se diga que es “por Jesús”. Por eso es que podemos decir que en nuestro mundo hay tanto de cristiano que lleva impreso el nombre del Señor de manera invisible. Tantos gestos, tantas maneras solidarias de proceder que tienen su fuente en la enseñanza del Señor. El inmenso número de nuestros santos y de nuestras santas “de la puerta de al lado” es el que con su ejemplo ha ido inculcando al mundo este estilo de Jesús. Ellos han cumplido el mandato apostólico: “Vayan y enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he enseñado”. Lo han cumplido con el ejemplo y es lo que más ha prendido. Para el que sabe ver, hay tanto evangelio practicado en el mundo! 

María es la que tiene a su cargo administrar “la marca Jesús”. Ella y San José, que le puso el nombre. Ese nombre del cual nos dice Pablo: “todo lo que hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”. El texto completo dice:

La paz de Cristo presida sus corazones (…).

La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza;

y todo cuanto hagan, de palabra y de boca, 

háganlo todo en el nombre del Señor Jesús,

dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 15-17).

Así, discernir y conjurar un mal, obrar un milagro y dar un vasito de agua en nombre de Jesús, estas acciones a favor del bien y contra el mal, en lo grande y en lo pequeño, son bendecidas por Jesús, las haga quien las haga.

Y por el contrario, escandalizar o hacer tropezar al que “cree y obra en su nombre” tendrá su castigo. Aunque parezcan tonteras o cosas de poca importancia, si uno escandaliza a un pequeño hace un mal muy grande.

Y el Señor desea que el mismo criterio nos lo apliquemos a nosotros mismos. 

Si algo en nosotros nos impide obrar en nombre de Jesús: ver el bien, hacer un bien, emprender un camino hacia el bien, hay que cortarlo. 

Si es una idea o un pensamiento que nos enturbia el ojo –que nos vuelve envidiosos, calculadores, suspicaces o resentidos…-, hay que arrancarlo: ¡no el ojo sino la idea!

Si es una dificultad práctica, algo que paraliza las manos, que no nos permite agarrar las cosas, organizarlas, moldearlas, realizarlas, trabajar haciendo el bien: hay que cortarla: ¡no la mano, sino la indecisión que paraliza!. 

Si es algo que nos impide dar un paso, algo que cierra el camino, que demora la acción buena, hay que cortarlo: ¡no el pie, sino el capricho, la terquedad o la pereza que nos detiene!.

Cortarlo, significa hacer el bien igual, aunque para hacerlo o valorarlo en otro tengamos que “cerrar un ojo”, caminar o tolerar que el otro camine rengueando, o que no salga perfecto porque se hace con una sola mano. El Señor bendice el bien aunque no esté perfectamente hecho: lo que se hace en su nombre lo perfecciona Él. 

Y lo bueno de su nombre –de su marca- es que si no se puso antes, se puede poner después, porque el Señor santifica también para atrás. Que no otra cosa es ser perdonados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

                                                                                                                                                                                                                                             Diego Fares sj

Read Full Post »

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea.

Y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos  y les decía: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’. Pero los discípulos no comprendían tales palabras  y tenían miedo de preguntarle.

Llegan a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntaba:‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’ Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diácono) de todos’. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9, 30-37).

Contemplación

La escena del niño al que Jesús pone en medio del grupo que discutía acerca de quién era el más grande es un adelanto del lavatorio de los pies que realizará el Señor en la última cena. En ella, el que es el más grande, se ceñirá con un delantal y les brindará a sus amigos una lección de servicio. Lo hará como último acto, antes de dar la vida en la Cruz.

El más grande, el que sirve; el primero, el que va a lo último.

Pero debemos entender bien esto. El que sirve no es el que hace cualquier servicio, sino el que realiza el servicio que Dios quiere. Es el que encuentra su lugar de servicio y de misión en el Reino y se aboca a servir allí, con toda la fuerza y la creatividad del carisma que el Espíritu le da.

Dice Pablo: 

“Como tenemos carismas diferentes, según la gracia que se nos ha dado, procedamos así: (el que tiene el carisma de) la profecía,(que profetice proporcionalmente a la fe que es consciente que tiene – ni de más ni de menos -); el que sirve, dedicándose a servir; el que enseña, a enseñar, y el que exhorta, a exhortar; el que comparte sus bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con diligencia y prontitud, y el que practica la misericordia, con alegría” (Rm 12, 7-8).

Cuando Jesús dice que el que quiere ser el primero debe ser el último y el servidor de todos no está diciendo que el que preside debe ir a servir el café, sino que debe presidir en el lugar que se le ha confiado y hacerlo con diligencia y prontitud (al estilo de María, que fue con prontitud a visitar a Isabel). El que practica la misericordia debe hacerlo al estilo de Jesús, con alegría; y en la obra de misericordia que el Espíritu lo solicita cada vez. 

Por tanto no se trata de pensar estas cosas en abstracto -ser más grande en general o servir en general, sino de manera muy concreta. 

En la vida de los santos y santas esto es claro: los que encuentran su lugar en la Iglesia, van al último puesto de servicio y en esa tarea que Dios les encomienda, se convierten en los más grandes. 

Comparto dos historias, una de una santa “universal”, digamos así, de esas lámparas que el Señor pone en el candelero, para iluminar a toda la Iglesia; el otro, el de un “santo de la puerta de al lado”, uno de esos al que el Señor bendice de manera extraordinaria pero sólo para animar y fortalecer a sus testigos inmediatos, a gente común, que comparte su luz de lamparita de 20 watts.

La santa del candelero es Teresita. Ella es un ejemplo de esta búsqueda de nuestro lugar de servicio en la Iglesia. Teresita  se eligió la mejor parte (y el Señor no se la quitó): la de ser el amor en el corazón de la Iglesia. Cuando encuentra su lugar, es feliz. Es este mismo texto el que encontró y “llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”.

El ejemplo del santo de la puerta de al lado es el de uno que trabajó como encargado de la cocina de El Hogar de San José. Aquí el carisma de servicio tiene una característica increíble. Lo que en una Santa Teresita es algo único de ella que el Espíritu le da para el bien común, en el santo de la puerta de al lado es algo común, que se encarna en los (no muchos) que se van sucediendo en ese servicio. Dentro de esta gracia que es la de unir personalidad y misión, en unos santos, su personalidad le pone el sello a la misión; en otros, es la misión la que imprime el sello a la personalidad. 

Una gracia que el Señor me fue dando a lo largo de los años de trabajo en el Hogar, fue la de haber descubierto algo muy especial, aunque aparentemente era común, en los que se hacían cargo de la cocina, a la mañana. Se fueron sucediendo, a lo largo de 20 años, uno al otro: Navarro, que estaba ya cuando yo llegue, cuya historia se encuentra en el librito “Contemplar el rostro de Cristo en los pobres”. Félix González, José Luis Domínguez, Jorge Retamozo, Hugo Reboledo… 

La gracia par mí fue caer en la cuenta de que todos, pero todos, es como que encontraban su lugar en el mundo en nuestra cocina. Y abrazaban el trabajo con una dedicación total y todos lo hicieron hasta el día de su muerte. Cuando descubrí la gracia del lugar, cuidé de elegir bien y cuidar al que se encargaba. Pero la experiencia es que la misión “se adueñaba” del que iba y moldeaba una misma actitud en todos los que se fueron sucediendo. Uno que elegí especialmente yo fue Hugo Reboledo. Aquí un poquita de su historia:

“Antes de ayer, el jueves 6 (de setiembre de 2012), en la Casa de la Bondad murió Hugo Reboledo, que de estar en situación de calle pasó a hospedarse en el Hogar de San José y luego a trabajar como empleado de maestranza en nuestra cocina. Doy testimonio de su historia porque supo honrarnos con su modo de dejarse ayudar y de ayudar a los demás, aprovechando todos los recursos de nuestras dos obras. Recuerdo que fue el primer usuario al que me animé a contratarlo en blanco como empleado de la Fundación. Me ganó la confianza la vez que, estando como huésped ya que había caído en situación de calle, me pidió un día hablar en privado y me mostró una maleta que había encontrado en la calle Pueyrredón. Después supimos que un joven que volvía de Suiza bajó del taxi y para pagar dejó una valija contra un poste y se la olvidó. Hugo que pasaba por allí la vio y se la trajo para el Hogar. Al abrirla y descubrir todo lo que tenía, me llamó para que la devolviera yo, por miedo a que por su situación creyeran que la había robado o que quería sacar provecho. Había 800 euros, varias tarjetas de banco, todo tipo de aparatitos electrónicos… Los dueños agradecieron mucho y a él lo contraté para trabajar con nosotros.
Que unos años después aceptara ir a la Casa de la Bondad implicó el cariño y el acompañamiento de nuestras dos instituciones durante muchos meses. Hugo no quería “perder su privacidad” y prefería su pieza de hotel (que se fue convirtiendo en un desastre a medida que él se dejaba estar, “por su rebeldía”, como me dijo,) a estar en la casa.
Como sí había aceptado ir a hacerse curar (su cáncer de cuello requería curaciones diarias) le fueron ganando el cariño y cuando ya no pudo más, al fin aceptó ir y fue como un corderito manso y se dejó mimar y atender sus últimas dos semanas.
Hay mucho para agradecer y reflexionar acerca de lo que significó “Hugo del Hogar en la Casa de la Bondad”, pero aquí  lo que quiero compartir es su sonrisa en su puesto de trabajo y de padecimiento en la Casa de la Bondad. 

Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su vía crucis por los rayos y las curaciones, dijo: Es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Que alguien te sonría con los ojos es un regalo de valor inestimable”.

Valgan estos dos ejemplos – el de una pequeñita grande como Teresita y el de un pequeñito anónimo como Hugo – para que veamos que esto de “encontrar el propio puesto de servicio” es una gracia que no se puede perder ningún cristiano. El signo de que uno ha encontrado su lugar de servicio en el Reino es que empieza a sonreír con los ojos, o a trasparentar la Gloria del Padre, que es lo mismo.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.» 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» 

Pedro respondió: «¿Tú eres el Mesías.» 

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir 

mucho y ser rechazado por los ancianos,los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. 

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Marcos 8, 27-35).

Contemplación

Escuchamos lo que le dice el Señor a Pedro. 

«¡Sal, ve detrás de mí, Satanás!

Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios,

sino con los criterios de los hombres.»

Tratamos de escuchar el tono de las palabras.Como son palabras duras, uno puede imaginar que el Señor hizo algún gesto brusco, como apartar a Pedro, o soltarse el hombro, si es que Pedro lo tenía tomado cuando se lo llevó aparte. 

Sin embargo, también podemos imaginar que Jesús no hizo ningún gesto de desprecio ni puso cara de indignado, sino que sus palabras fueron duras para con los pensamientos de Pedro, no para con su persona. 

Podemos imaginar que al Señor no le escandaliza para nada que Pedro esté tentado por el mal espíritu y que esté juzgando mal. 

Ignacio diría más aún, que hay que dar por supuesto que, si uno está haciendo bien sus Ejercicios o trabajando bien en su misión, va a ser tentado, va a tener variedad de sentimientos encontrados y movimiento de espíritus. 

¡Le va a suceder como a Pedro, que en un momento es conducido por los sentimientos de Dios Padre y discierne que Jesús es el Mesías, y al momento siguiente es conducido por el mal espíritu y siente –convencidísimo- que Jesús se equivoca y llevándoselo aparte lo reta!

La risa del padre Fiorito

Esta imagen de Jesús atacando la tentación sin agredir a la persona, me viene de recordar el rostro siempre sonriente del Maestro Fiorito cuando me decía “estás tentado”. 

El maestro era de las pocas personas que he conocido que, cuanto más tentado estaba alguien, más dulce y manso se ponía para ayudar a corregirlo. Y quizás fueel único al que he visto verdaderamente “divertirse” cuando le decía a uno que estaba tentado. 

Cuando discernía un mal espíritu Fiorito “sacaba balcones”, esa era su expresión. Con mucho cariño te lo decía y contemplaba las distintas reacciones y defensas que uno ponía, riendo cada vez con mas gusto, hasta que uno reconocía la tentación y pedía consejo. 

“Estás tentado” era una de sus frases favoritas y siempre la decía sonriendo. Y cuando uno ponía cara de indignado, se reía con más fuerza, verdaderamente divertido. 

Porque la cosa solía ser así: uno le contaba que estaba mal con otro, las razones por las que estaba mal y las cosas que le había dicho el tarado ese, por ejemplo, y ahí el Maestro sonreía y decía: “estás tentado”. Entonces uno retrucaba con más y mejores argumentos, pero él se reía y te desafiaba a encontrar en el evangelio un pasaje donde dijera “el tarado ese”. Ahí te hacía sonreír a vos, porque el Evangelio dice que el que llama “tarado a su hermano” merece un castigo, y uno se daba cuenta de que había pescado, en el tono que uno estaba usando, la tentación del mal espíritu. La sonrisa del Maestro permitía eso tan difícil que es despegarse uno de su propio sentimiento. 

En general uno piensa: si estoy de mal espíritu es que soy una mala persona. Por eso cuesta tanto aceptar que otro nos diga que estamos tentados. Pues bien. Esto es el ABC de la dirección espiritual y hasta que no se acepta y aprende, no hay conducción espiritual que valga: dar por descontado que uno experimenta gracias y tentaciones y discernirlas.

Es muy divertido ver cómo nos cuesta aceptar esta dirección espiritual. Uno acepta que el médico diga “hay que operar”, que el psicoanalista diga eso viene de un complejo de inferioridad, o que el economista diga que “hay que hacer un ajuste de cirugía mayor”, pero si el director espiritual al que uno mismo fue a buscar, que no le cobra nada ni tiene otro interés, sino que uno descubra la voluntad de Dios en su vida, le dice “estás tentado”, ahí se arma. 

Confieso que recién después de los cincuenta años comencé a valorar la risa de Fiorito como el único remedio eficaz contra el mal espíritu, especialmente el de los amigos. 

Y esto luego de haber experimentado el fracaso de todas las explicaciones y razones para convencer al que está tentado, que no hacen sino aumentar o reforzar la tentación. 

Por eso imagino a un Jesús sonriente que mira a Pedro divertido y le dice: “Salí de ahí, que estás tentado”. Y luego, con mucha claridad y dureza explicita bien que “hay pensamientos y criterios que son de Satanás”. Pero lo dice atrayendo hacia sí a la persona de su amigo, no alejándolo. Y Pedro se deja acercar, se deja corregir y cargar por Jesús. Pedro sabe “en quién se ha confiado”, Pedro sabe que solo Jesús tiene palabras que dan vida y no se quiere alejar de él ni siquiera para seguir sus propios criterios. Pedro no dice: “por qué me corrige en público si yo me lo llevo aparte”. Pedro no dice: “que corrija también un poco a los otros”. Pedro no dice: “siempre la ligo yo, por hablar”. Nada de eso. Pedro es el que ha gustado la conducción espiritual de Jesús y sabe que en todas las situaciones en las que el Señor lo pone o en las que él mismo se mete, Jesús le está enseñando a discernir, le está enseñando a “tener sus mismos sentimientos, su manera de pensar y de juzgar”, que es la manera del Padre del Cielo y no la de Satanás.

El criterio del seguimiento: la cruz

Aprovechando la “tentación de Pedro”, en vez de taparla para que nadie vea el desatino de aquel a quien desea poner como cabeza de la Iglesia, Jesús llama a toda la gente e igualando a todos, les habla (nos habla) claramente de la Cruz. El pensamiento del Señor, su criterio de discernimiento, su manera de sentir la vida, su sabiduría práctica (frónesis), fuera de la cual todo otro criterio termina siendo “de Satanás”, es esta: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo –especialmente a esos criterios suyos que tratan de evitar la cruz-, que cargue con su cruz y me siga”.

Esta es la manera de pensar y de sentir del Señor, a la que Pablo alude en esa recomendación tan hermosa: “Tengan los sentimientos de Jesús”. Froneistho, dice Pablo en pasivo: dejen que esta mentalidad de Jesús habite en ustedes. Dejen que esta manera de juzgar y de sentir las cosas que tuvo Jesús, esté también entre ustedes, se adueñe pacíficamente de su corazón y los haga dóciles al Espíritu.

Y Jesús, sonriendo, manda su amigo Simón Pedro al fondo, lo ubica con un gesto, lo pone en su lugar. El Señor hace del problema una cuestión de distancias. No solo se trata de “lo que se dice”, sino de “Quién es el que lo dice”: el Padre o el maligno? Por eso Jesús ha preguntado “¿Quién dice la gente que soy Yo?”. No ha preguntado qué opinan de mis enseñanzas o de mi manera de obrar, sino que piensan de mi Persona. Esto es cristianismo básico. Catolicismo básico. La persona de Jesús. 

La Persona en primer lugar, no las ideas, ni los valores, ni las cosas. 

La Persona representada por otras personas concretas.

Para cuidarnos de esta tentación –ya que las razones las puede inspirar el Padre o Satanás-, Jesús aprovecha la pifiada de Pedro: precisamente el que tendrá que representar a Jesús en persona es el que primero la pifia. Y no una sino muchas veces. Pero es también el que una y otra vez se deja corregir con gusto. Y no solo en privado sino en público. ¡Cuántas veces desautorizó Jesús a Simón Pedro delante de sus pares con esa pedagogía amorosa que al mismo tiempo que parecía que le quitaba autoridad se la estaba dando, sólida como una Piedra de roca! 

En la situación que narra el evangelio de hoy queda bien claro que no son los criterios de Pedro lo que le dan o quitan autoridad. Pedro es capaz de hablar inspirado por el Padre del cielo y por Satanás, casi en el mismo momento. Es capaz de confesar a Jesús como Mesías y luego de desdecirse al pretender corregirlo como si fuera un chico. La autoridad de Pedro (y toda autoridad en la Iglesia) se basará en la capacidad de una persona de aguantar todo lo que le pongan arriba sin desanimarse ni sacarse el peso de encima. Será la capacidad de Pedro de cargar la cruz y seguir al Señor –con la cruz de la Iglesia amada a cuestas- lo que el Señor bendiga como autoridad. 

El don de cargar y llevar contradicciones con amor es el signo de la autoridad en la Iglesia. 

El más pastor es el que más carga con amor, sin resentirse ni agriarse. 

(Y que suele necesitar de otro que se le ría un poco de sus tentaciones y malos espíritus).

El mejor pastor no es el que tiene más razón ni el que más sabe ni el que mejor argumenta, sino el que más aguanta –con alegría y dulzura, mansamente-, el que a más abraza, el que a más incluye, el que a más anima, el que a más espera, el que en más confía, el que más perdona, el que más se ríe y sigue adelante contento. 

Solo el amor que pasa por la cruz es creíble

Jesús define su amor y los criterios de su amor por la Cruz. Pero no por la cruz en cuanto dolor, sino porque en el abandono y en el desprecio de la cruz, puede hacer creíble que El es el que más nos ama, que El es el que nos ama a todos, El que nos perdona a todos, el que  cree en todos nosotros y a todos nos convoca junto a sí. 

¿Por qué la abrazas? (a la cruz) le gritaba el mal ladrón al Señor en una escena de la película La Pasión. El Señor cierra los ojos, abraza y besa la cruz y se levanta. ¿Por qué la abrazas? El Señor no responde sino que abraza. Pero si respondiera diría que la abraza porque al abrazar la Cruz nos salva a nosotros, sus hijos, sus amigos, sus ovejitas. 

Porque al abrazar la Cruz nos libra de ese enojo de niños, tan profundo, que nos hace decepcionarnos y culparnos a nosotros mismos ante un Padre que sentimos que nos abandonó en algún sufrimiento. 

Porque al abrazar la Cruz nos reconcilia con Dios nuestro Padre. 

Nos reconcilia no tanto de que hayamos pecado nosotros sino que nos reconcilia con esa herida honda de haber sufrido y que nuestro Padre no nos haya defendido o protegido, o curado. 

Al abrazar Jesús la Cruz, podemos sentir que es el Padre el que nos pide perdónpor el dolor que nos produce el haber sido creados de la nada. Es el Padre el que nos hace sentir en su Hijo abrazando nuestra Cruz, que Él está a nuestro lado, que está todo bien, que sufrir no es lo definitivo.

¿En qué consiste este criterio de la cruz, esta “sabiduría de la cruz” como la llama Pablo en esa hermosísima primera carta a los Corintios? 

La sabiduría de la cruz no se posee. 

La gusta el que, cargando la cruz, se deja habitar por ella. 

La goza y la siente el que, cargando su cruz y la de otros, deja que los sentimientos de Jesús se vayan posando y asentando pacíficamente sobre su corazón y descubre cómo de esos sentimientos comienzan a fluir buenos pensamientos. 

Goza de los beneficios de ser conducido según esta sabiduría aquel que permite que otro se le ría de sus malos espíritus. Otro que tiene en mayor grado este don de soportar contradicciones y de llevar adelante el evangelio sin desanimarse ni resentirse, con alegría y mansedumbre. 

La sabiduría de la cruz es espiritual (del Espíritu común) y no carnal (propia y auto-referencial). 

La sabiduría de la Cruz se articula en un tejido estrecho y constante, en el cual yo me dejo guiar (y cargar) por el que ama más que yo, y guío y cargo al que más amo y más me necesita. 

Y al que ama más que muchos, al que carga con la cruz de muchos, lo defiendo, lo enaltezco, le obedezco y no lo critico ni aunque se “equivoque”. 

¿Cómo que no lo critico ni aunque se equivoque? Si, señor. 

Si se equivoca el que está cargando más cruz, busco a otro igual o superior a él para que lo corrija él y no yo. ¿No es acaso esto lo que le enseñó Jesús a Pedro?

La dirección espiritual

¡Tener quién nos diga “esa manera de pensar no es de Dios, sino de los hombres”!En esto tan sencillo y refrescante consiste la dirección espiritual, y, me animaría a decir, la vida entera de la Iglesia. En que Otro, en nombre de Jesús, en cada caso el que la Iglesia pone, nos diga cuándo un pensamiento es de Dios y cuando es de los hombres (de Satanás). Si lo dice sonriendo, como Fiorito, mucho mejor. Pero, de última, que nos lo diga como pueda!

Es algo tan simple y hermoso como tener un Pastor: alguien que con amor nos guía y nos lleva a “tener los sentimientos de Cristo Jesús” en nuestra vida. 

Diego Fares sj

Read Full Post »

    Se reunieron ante Jesús  los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos discípulos de él estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (Pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes)le preguntaban: 

-¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras? Y les respondió diciendo: 

-Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito: 

Este pueblo me honra de labios, pero su corazón anda lejos de mí. Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, se aferran a la tradición de los hombres. 

Llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía: 

-Oiganme todos y entiendan: no hay nada que siendo externo al hombre se introduzca en él y sea capaz de contaminarlo; las cosas que contaminan al hombre son las que salen del (interior del) hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. Y les dijo: 

-¿Así que también ustedes están sin entendimiento? 

¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón, sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía: 

-Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Porque desde adentro, del corazón del hombre,

salen los malos pensamientos, las inmoralidades sexuales, los robos, los homicidios, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la sensualidad, la envidia, la blasfemia, la insolencia y la insensatez.

Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación

Jesús señala en dirección a la interioridad: es en el corazón donde nos acercamos o nos alejamos de Él. En mi corazón es donde me voy convirtiendo en un adorador o en un idólatra.

Pido la gracia de adorar al Padre. De adorarlo estando aquí en en el secreto de mi habitación -el tameion del evangelio-, tendido en la cama. 

La inspiración de esta oración me viene un poco de la postura que tengo en la cama, esta bendita cama eléctrica que tanto me ayuda a modelar una posición cómoda para descansar. 

Primer paso: le pido al Espíritu que me enseñe adorar al Padre “en espíritu y en verdad”, como le dijo Jesús a la Samaritana. Así son los adoradores que le agradan al Padre. 

Le digo que en realidad no sé lo que es adorar, o sí en un sentido: el de poner la frente en el suelo y decirle “Creo, te adoro, espero en tí y te amo, Señor”, como los pastorcitos de Fátima. La duda de ahora es porque no sé bien qué “fuerza” tengo que hacer, que acto de inteligencia o voluntad o afecto poner. Me surge lo de La France, que la adoración se hace con el peso de la existencia. La adoración no solo se da intentando trascender con el intelecto desde la conciencia que tenemos de que “se nos está donando ser quien somos”, hacia un Origen que estáría en lo Alto, sino que también se puede hacer yendo a la raíz del propio interior, donde respiramos con el diafragma y desde donde nos soplaron el espíritu de vida y vivimos, ya que el Padre es también Raíz. Pido adorar como manda el Señor: con todas mis fuerzas, con toda mi inteligencia, con todo mi corazón. 

Se me ocurre un primer gesto. Es el de María que magnifica a Dios: “Porque miró con bondad mi pequeñez, me llamarán feliz todos los pueblos”, dice María. “Le agradezco al Padre que haya mirado con bondad mi pequeñez”. Esa mirada me hace sentir seguro de que le agradará mi pequeña adoración. Él me tiene que enseñar a darle el culto de criatura y de hijo a un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez. Su mirada bondadosa limpia mi corazón y lo deja como una balanza sin ningún otro peso.

Segundo paso para adorar: Creo que puedo adorar no haciendo fuerza para salir de mi mismo, sino mejor dejándome atraer por el amor del Padre hacia la intimidad espiritual en donde sabemos por la Fe que Él misteriosamente habita. El Padre atrae hacia adentro el peso de mi amor. Por eso, sencillamente, como mi corazón tiene poco amor y pesa poco, el segundo paso será agregar el peso de otros a mi corazón. 

Para adorar le pido al Señor que ponga conmigo a la persona que Él me diga y la dejo estar en mi corazón como si fuera en una balanza, sintiendo lo que pesa para Él, cuánto ama Él a esa persona, cuánto es valioso para Él hasta un pajarito que cae de una rama en su presencia. 

Él que “siente” el peso de las dos monedas de limosna de la viuda, con la sensibilidad del Corazón de Jesús. El Padre que registra el peso de la Eucaristia en cada boca que comulga. Al agregar su leve peso a nuestro corazón, Jesus nos lleva consigo al Padre. “Voy al Padre”, es la actividad del resucitado. Va desde cada uno que lo come. 

Con este dulce peso de los otros mi corazón puede hacer pie en su fondo, en su raíz y en su fuente: en el amor del Padre. 

Con otros dentro cuya vida pesa, voy a lo profundo de la intimidad desde donde me creó (porque hemos sido “tejidos desde adentro hacia afuera”, como dice Eulalia).

Para tener un buen peso con qué adorar, a la primera que podemos poner dentro del corazón es a Nuestra Señora. Para eso Jesús se la confió en la cruz a Juan y élnos dice que la tomo consigo y ella “vino  a lo suyo propio”, es decir: a su corazón, a su intimidad. Con el peso de María en el corazón estamos seguro que la adoración se cumple, que el peso del corazón baja y se asienta pacíficamente en el del Padre. 

Como atraído por un imán, me adhiero en el fondo del alma a mi Padre Creador. Aquí dudaba si poner mucha gente o pedirle al Padre que Él me diga específicamente con quién quiere que lo adore. 

Elegí primero poner en mi corazón a uno de los seres más abandonados que conozco y que tanto está haciendo sufrir a su madre con su dependencia de las drogas y deje que esta pobre criatura pese en mí con el peso que tiene para Dios. Porque esto es adorar. Al sentir el valor y el peso que una de sus criaturas tienen para el Padre, se despierta en nosotros la conciencia de quién es Él, de cómo nos ha creado por puro deseo de amistad y esa conciencia agradecida se siente movida a bendecir y a alabar y reverenciar y adorar, dando un culto digno de Dios. 

Estos son los dos pasos de la adoración que me enseñó el Espiritu.

Dejar que el Señor mire con bondad mi pequeñez y convierta mi corazón en una balanza. 

Poner a otro sobre esta balanza y dejar que pese como persona ante Dios, aumentando y haciendo descender con su peso el poco peso de mi corazón. Al estar pisando en la intimidad del Corazón del Padre, se despierta la alabanza y la adoración. 

Esto de la balanza me viene de mi jesuita vecino que está tan enfermito (y no puede salir de la pieza ni casi hablar por la traqueotomía). Es el único que tiene una balanza que está bien y me la presta. Creo que de aquí vino lo de la gracia de pensarnos en la balanza del otro. Y todo porque la Gloria de Dios es el peso de su amor, y se lo adora con el peso de la propia existencia y el peso del propio amor consciente y agradecido y el peso del amor solidario que incluye a los otros. 

Diego Fares sj

Read Full Post »

                                                                                             

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. 

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 

Apenas esta oyó el saludo de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, 

Isabel quedó llena del Espíritu Santo y levantó la voz con gran clamor diciendo: 

«¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 

¿De dónde a mí esto de que venga la Madre de mi Señor (y se me acerque) a mi? 

En cuanto sonó la voz de tu saludo en mis oídos, dio saltos de alegría el niño en mi seno. 

Feliz la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor». 

María dijo entonces: 

«Engrandece mi alma al Señor, 

y se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador, 

porque miró con bondad la humildad de su servidora. 

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, 

porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso: 

¡Santo es su Nombre! 

Su misericordia se extiende por generaciones y generaciones

Para con aquellos que le temen. 

Hizo ostentación de poder con su brazo:

dispersó a los soberbios en los proyectos de su corazón; 

Derrocó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos. 

Tomó bajo su amparo a Israel, su servidor, para acordarse de la misericordia, 

como lo había anunciado a nuestros padres, 

a favor de Abraham y de su descendencia para siempre.» 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa (Lc 1, 39-56).

Contemplación

La riqueza de la liturgia de la Asunción hace que uno quiera contemplar a María a través de todos los textos. Como si uno tuviera muchas fotos de nuestra Señora, una más linda que la otra, y las fuera mirando a todas, sin decidirse por ninguna.

Con la Virgen pasa así: cada uno tiene su imagen preferida, pero le gusta mirar las preferidas de los demás.  

Nuestro pueblo se complace en tener, en cada sitio, “su” imagen de María. 

Cada imagencita, cada estampa, es como la foto que cada pueblo le saca a nuestra Señora para tenerla siempre fresca en los ojos y en el corazón.

María una y multiplicada…, por el cariño… Ella misma lo profetizó…

La contemplación que hacemos hoy consiste en eso: en “elegir” la imagen que más nos gusta, en encontrar una perspectiva para, desde allí, darnos el gusto de mirar a nuestra Señora y dejar que su rostro, sus gestos, sus palabras, nos queden impresos en el corazón, de modo que cuando lo necesitamos, la sintamos cerca.

“Elevó a los humildes”.

Esta frase de María en su Magnificat puede darnos hoy la perspectiva que buscamos: puede hacer que “la miremos toda” desde este punto de vista de su elevación.

Miramos quién es la persona que dice esto y ante quién:

La prima joven es la que pronuncia estas palabras ante Isabel, la prima mayor. 

Se trata de algo que Ella siente en su corazón.

Ante el elogio de Isabel, que es personal –“Feliz de tí”-, María expresa que lo que el Señor hizo con ella, ella ve que lo hará con todos.

Y comparte con su prima y con todas las generaciones y generaciones que la seguimos esto que Ella experimenta en la Fe, esto que ella ve con su mirada que llega lejos: El Señor, nuestro Dios es un Dios que se complace en elevar a los humildes.

Así es el Dios que nos anuncia María de Nazaret. Entre otras muchas cosas, es un Dios que “tira abajo” y que “levanta”. Un Dios que se abaja y mira con bondad la humildad de su pequeña servidora y un Dios que hace ostentación de poder y derroca a los poderosos de sus tronos. 

Se trata de mirar no una cualidad de Dios, sino un modo de actuar. Y no un modo entre otros, sino algo esencial.

Es el Dios que “levanta” a Jesús de la muerte, lo pone en pie. 

Es un Dios que “hace subir a sí” a María, la primera elevada al Cielo – a esa intimidad sagrada del Dios Trino y uno que llamamos Cielo-.

Digo “elevación a la intimidad”, porque se trata de una elevación que “asume” –por eso Asunción- no de una elevación que traslada simplemente.

Los ojos de la Virgen, en su limpidez cristalina, disciernen este modo de actuar en que se complace el Todopoderoso: ella ve que hay gente a la que Dios eleva y gente a la que Dios tira abajo (con el deseo de elevarlos también a ellos  si quieren dejarse mirar en su pequeñez).

La liturgia rescata para María la imagen antigua del Arca de la alianza elevada en andas sobre los hombros del pueblo.

El libro de las Crónicas tiene una mención al traslado del Arca, cuando el Rey David la hizo subir al lugar que le había preparado en Jerusalem. Si imaginamos una foto, veríamos a los hijos de los Levitas trasladando el Arca de Dios, sosteniéndola sobre sus hombros con unas andas (1 Cr 15).

Se trata, pues, de una primera elevación-Asunción de María: en andas sobre los hombros de su pueblo fiel, que la ama. 

El peso leve de sus imágenes y cuadros sobre los hombros de las mujeres y de los hombres de nuestro pueblo…

Nos metemos entre la gente, recordando alguna procesión en la que hayamos estado y le ponemos el hombro a nuestra Señora. 

Dejamos que su peso leve y ligero se nos acomode en las espaldas y nos afirme el paso. Nos complace cargarla en alto porque deseamos que la miren a Ella, que Ella sea la alabada, la que todos los ojos miran… 

Y rezamos por nuestro pueblo, por la Iglesia, que necesita subirla a Ella en hombros, para sentir que el Señor habita en medio de su pueblo. 

Como dice el Salmo 131:

“El Señor eligió a Sión (a María), 

y la deseó para que fuera su Morada.

 «Este es mi Reposo para siempre; 

aquí habitaré, porque lo he deseado” .

Y le pedimos: 

“¡Levántate, Señor, 

entra en el lugar de tu Reposo, 

Tú y tu Arca poderosa!”

Hay gente a la que el Señor eleva y eleva “no mucho”: a María la eleva sobre los hombros de los demás. 

No la eleva Él solo, sino que hace sentir a todos ganas de elevarla y de ponerla en andas. 

Es una elevación comunitaria, en la que, al elevar a la Elegida entre muchos, todos nos sentimos elevados y unidos unos con otros. 

Es el gozo de coronarLa, de entronizarLa, de hacer ver que la mejor de todos es la que está en el Trono, la que conduce.

Nos quedamos contemplando a María elevada al Cielo, pero a ese Cielo que está cerquita, a la altura de nuestros hombros y de nuestro corazón si la ponemos en andas y la llevamos entre todos, como pueblo fiel de Dios.

Gustamos la proximidad del Reino de los Cielos en esa altura cercana de María, en ese su querer estar apenas un poquito por encima de sus hijitos. Hasta esa altura posible queremos, junto con Dios, elevar a María.

La imagen que tengo es la de nuestras procesiones multitudinarias en las que una imagencita de la Virgen sobresale apenas un poco por sobre las cabezas numerosas de la gente sencilla. 

Altura asequible para las manos que quieren tomar gracia. 

Altura de mamá, no de superstar. 

Altura que obliga a bajar a Dios a bendecir con su mano las cabezas de su pueblo si es que la quiere acariciar a ella. 

Altura que María comparte con la de los chicos a los que sus papás se ponen en hombros. 

Altura que se mantiene en contacto con la multitud fatigada y anónima, pero que con alla anda como ovejas que sí tienen Pastor.

Altura que derriba las alturas falsas a las que nos disparan nuestras pretensiones.

Reflexión para sacar provecho

Mirando a nuestra Señora, podemos ir reflexionando y sacando provecho…

¿De qué alturas me ha bajado o me tiene que bajar el Señor, para que pueda gozar de este elevar a María junto con mis hermanos?

En general, tenemos buen ojo para “tirar abajo” al que se le suben los humos, pero…:

¿estoy buscando mi lugar entre los que llevan las andas? 

¿estoy poniendo el hombro a alguna tarea común, de esas en las que anda metida María,

tipo visitar a su prima Isabel para dar una mano…, 

o cuidar que al pobrecito Jesús no le falten los pañales…,  

o andar por la cocina de las bodas de Caná viendo que hace falta el vino…, 

o siguiendo algún vía crucis de cerca, dando ánimo…, 

o estar junto con la comunidad cuando se reúne para rezar y para la Eucaristía…?

Diego Fares sj

Read Full Post »

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’. Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo: ‘No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí; y Yo lo resucitaré en el último día. Estáescrito: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí. No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien: Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. El que coma de este pan viviráeternamente. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 41-51).

Contemplació

Nos quedamos con esta palabra: “atraer” (“helkuo”). 

Es poco usada en el nuevo testamento, sólo cinco veces. 

Juan la utiliza para hablar de la acción del Padre que nos acerca a Jesús.  

También cuando el Señor dice que desde la Cruz “atraerá todo hacia sí” (Jn 12, 32). 

Helkuo” es atraer con fuerza, significa “arrastrar”, influenciar a otro. 

El término está presente en el pasaje de la pesca milagrosa. Juan dice: “No podían arrastrar la red por la cantidad de peces”; luego “Pedro subió a la barca y arrastró la red“ (Jn 21, 6 y 11). 

Es sugerente el texto de Santiago que dice: “Cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce” (St 1, 14).

Para poder creer en Jesús cuando nos dice que él ha bajado del Cielo, que es Pan de vida y que nos resucitará en el último día, necesitamos ayuda: que el Padre nos atraiga hacia su Hijo. Escúchenlo!, dirá; es mi Hijo predilecto. Podemos imaginar que sentimos una fuerza de atracción exterior como aquella con que Pedro arrastró la red cargada de peces; y también una fuerza interior, la que tienen nuestras pasiones que nos arrastran cada una hacia su objeto deseado. 

En el evangelio de hoy el Señor primero advierte a sus paisanos: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí. Luego cita la Escritura: Está escrito: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí”. La atracción que provoca el Padre no es mecánica. Uno tiene que escucharlo y aprender, en el sentido de darse cuenta de que está siendo atraído por una Persona hacia otra. 

Enseguida, Jesús da otra vuelta de tuerca: “No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien: Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna”. Es decir: no se trata de que nuestra fe en Jesús necesita la ayuda del movimiento en que la pone el Padre y en cambio nuestro escuchar al Padre y aprender de su enseñanza sea algo que podemos hacer espontáneamente. No. Solo Jesús conoce así al Padre y, como dice en otro pasaje, lo pueden conocer los pequeños a quienes Él se los quiere revelar. 

Como vemos, Jesús nos va situando, con su Palabra y con los ejemplos que da, en medio de Ellos dos, nos introduce en la hermosa relación que tienen su Padre y Él: allí todo se vuelve un círculo virtuoso, en el que el amor del Padre por su Hijo nos lo vuelve atractivo a Jesús, y el amor de Jesús por su Padre nos lo vuelve comprensible a nuestro Padre. (Todo el Evangelio de Jesús, y de manera única sus parábolas son “enseñanza” acerca de nuestro Padre.

En este punto, Jesús da un paso más y comienza a usar los ejemplos del Pan. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”. La atracción y la sabiduría de la enseñanza no se resuelve en el ámbito del “ver” -nadie ha visto al Padre-, ni en el ámbito del conocer intelectual, sino en el ámbito vital del comer. Sentirse atraído por Jesús es sentir ganas de comer la Eucaristía. Saborear conscientemente las enseñanzas del Padre es sentir deseo de saborear la Eucaristía. La relación con el Padre y con Jesús se establece así al nivel mas básico, el de la alimentación, el de recibir de otros seres lo que necesitamos para vivir: el Señor nos invita a comer su Carne, Él es el Pan vivo bajado del Cielo. 

Ahora bien, todos los gestos de amor de Jesús son gestos de comunión, gestos de partir el pan y de darse en alimento. Y como el darse en alimento enteramente, gratuitamente, es don de la propia vida, la entrega del Señor en la Cruz es, de todos los gestos de amor de Jesús, el acontecimiento que atrae con mayor fuerza en toda la historia. La fragilidad como de pan de Jesús, hecho pedazos en la cruz, es el imán poderosísimo que atrae de manera irresistible, 

que arrastra a todos hacia el que traspasamos. Atrae, precisamente porque no impone nada -el Señor todo se lo carga sobre sí-; atrae irresistiblemente porque no intenta seducir ni convencer a nadie: el Señor simplemente se entrega por nosotros, por pura amistad. Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos.

En la última cena Jesús tiene la delicadeza de darle un sentido de comunión y de amistad gratuita a su entrega en la Cruz. La Eucaristía sella este deseo de comunión que tiene el Señor y que está escrito en lo más íntimo de nuestro ser con el signo del pan y del vino. Esta es la verdad que atrae con fuerza irresistible: Jesús es pan, pan que se parte y se entrega para que tengamos vida. 

Le pedimos a nuestro Padre del Cielo que nos arrastre hacia la dulzura y hacia la ternura de la santa Eucaristía.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: