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Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 

Les he dicho esto para que el gozo que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. 

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Estamos en el momento más íntimo de lo que se da en llamar “El libro de la hora de Jesús”, que comienza así: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Juan organiza su Evangelio en dos grandes secciones: la de los signos  que realizó Jesús (cap. 1-12) y la de la hora (cap. 13- 20). La hora se refiere al momento de pasar de este mundo al Padre. Es la hora de la Cruz. Pero también es la hora de decir las cosas importantes, la hora de “hablar claramente del Padre” (Jn 16, 25), como les dice el Señor a sus amigos. Es la hora de sintetizarlo todo en un único mandamiento: el mandamiento del amor: “Como el Padre me ha amado, también Yo los he amado a ustedes”. 

Nos detenemos en este “como” del amor del Padre a Jesús. ¿Cómo ama el Padre a Jesús? Esta es la contemplación básica, la fuente de toda otra contemplación que queramos hacer, porque el Señor nos manda amar del mismo modo. 

Jesús “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a él” (Jn 5, 18). De este amor lo acusaban a Jesús, de sentirse así amado, al punto de igualarse con Aquel que lo amaba tan incondicionalmente, con toda su predilección. Jesús será acusado de sentirse “demasiado amado”. Y dará la vida para testimoniar que este amor es real. 

Como un hijo pequeño que imita a su papá, caminando como él o poniéndose a trabajar con alguna herramienta, Jesús decía claramente que su amor se traducía en imitación. “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el hijo, de igual manera” (Jn 5, 19). Tenemos aquí un dato precioso acerca de “cómo ama el Padre”: Jesús nos dice que todo lo que él hace lo hace “al modo del Padre”. Toda la vida de Jesús es simplemente una revelación de cómo lo ama y nos ama el Padre. 

El Maestro lo dice claramente: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Él es el camino para ir al Padre, la verdad de lo que el Padre piensa y la vida que el Padre participa. Ver a Jesús es ver al Padre, como le dice a Felipe. Porque Jesús “está en el Padre y el Padre está en él” (Cfr. Jn 14, 9-10).

En algunos pasos, esto es claro, como cuando Jesús cuenta la parábola del Padre Misericordioso y la del buen Pastor que busca la oveja perdida. Es el mismo amor el que mueve al Padre y a Jesús Pastor. 

En otros pasajes hay que meditar y contemplar hasta recibir la gracia de ver en la Persona de Jesús, la del Padre, actuando al unísono, como una sola. El Padre ama irrumpiendo, buscando tocar nuestro corazón, entrando en comunión de vida.

Irrumpiendo

Cuando Jesús le dice al fariseo que a la mujer que lo ha ungido “se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho” usa la misma expresión. Amar como ama el Padre es amar como esta pecadora que irrumpió en la casa del fariseo para ungir los pies de Jesús con sus lágrimas! El modo del Padre tiene esta característica, de irrumpir rompiendo todas las reglas de cortesía para expresar su amor de predilección por Jesús. El Señor equipara el amor de esta mujer, con su gesto algo extravagante para el ambiente social, con el amor de su Padre por él. Y se goza de esta predilección de ambos!

Buscando tocar el corazón

También en el encuentro con el joven rico se nos dice que Jesús “lo miró y lo amo”, buscando tocar su corazón. Pero este joven no se dejó tocar el corazón por la mirada creadora de Dios y bajó los ojos, entristecido. Podemos pensar que Jesús siempre miraba con este amor a las personas. Y que es el “modo” como nos mira el Padre: amándonos. Las otras miradas que sentimos sobre nosotros pueden ser proyección de miradas humanas, que juzgan, exigen, desprecian, menosprecian o idealizan. La mirada de nuestro Padre es simplemente una mirada de amor, de ese amor que se tiene por los hijos pródigos-predilectos. 

Entrando en comunión de vida

El amor del Padre por Jesús es un amor que lo hace “vivir el uno en el otro”: “Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57). Es una forma de sentir la Eucaristía: no solo comulgamos con Jesús, sino que al entrar en comunión con él participamos de su comunión con el Padre. Jesús nos manda hacer la Eucaristía en memoria suya porque en ella entramos en la vida en común que Él tiene con el Padre.

Cuando amamos como Jesús nos ama, del mismo modo que el Padre lo ama a Él, entonces el Señor ruega al Padre y Él nos da otro Consolador-Intercesor, el Espíritu santo, para que esté con nosotros siempre (Jn 14, 16). Que se pueda hacer efectivo este ruego de Jesús y este envío del Padre, solo es posible en el amor. Es de esas cosas que solo se pueden hacer reales donde hay un mismo amor. Sentirnos amados como Jesús se siente amado es la condición para poder recibir el Espíritu Santo, que no tiene otro “poder” que el de explicitar y consolidar este amor de manera definitiva. Fuera del ámbito del amor no actúa el Espíritu, no puede suscitar en nosotros la moción a decir “Abba” al Padre y “Señor” a Jesús; no puede hacernos “sentir y gustar” el evangelio; no puede aconsejarnos para discernir y elegir el bien que el Padre desea de nosotros en cada situación particular. El Espíritu sólo actúa allí donde nos sentimos amados como Jesús se siente amado. Y para hacérnoslo sentir, el Señor dio su vida. Dio testimonio de sentirse amado por el Padre aún en el abandono total de la Cruz! De la misma manera que se sintió amado en el Bautismo y en la Transfiguración y en cada momento de su vida en medio de sus amigos-discípulos y del cariño del pueblo fiel de Dios. 

En el día de la Virgen de Luján, haciendo memoria agradecida de todo lo que la Virgencita ha hecho por nuestro pueblo en estos casi 400 años, la contemplamos a Ella como el mejor signo concreto de cómo ama a Jesús el Padre y de cómo quiere ser amado Jesús. A la sombra del amor de José y envuelto en el cariño cotidiano de su madre, “el niño crecía, y se fortalecía, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2, 39).

Si queremos saber el “como” del amor del Padre, vayamos a María, contemplemos a nuestra Madre. Y hagámoslo con la fe con que se acerca a Ella el santo pueblo fiel de Dios, que es “infalible en su modo de creer (y de querer)”, como siempre nos recuerda Francisco siguiendo al Concilio.

Diego Fares sj

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Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que trabaja la viña.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. 

El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Con la metáfora de la Vid, Jesús nos pone a todos consigo en las manos del Padre trabajador. El Señor nos abraza, usando esa imagen de comunión tan estrecha y fecunda como es la unión de los sarmientos a la vid. Y así, estrechamente unido con nosotros, nos pone en las manos del Padre Viñador. 

Nuestro Padre es el Creador del universo. Nadie lo ha visto y en su “ser siempre más grande que todo lo que podamos pensar” se escapa a lo que logran aferrar nuestros conceptos. Pero eso no significa que no podamos entrar en contacto con Él. Las metáforas que usa Jesús son especiales para “sentir y gustar” la acción de nuestro Creador. El Señor nos revela algo clave: Dios no es un Creador distante, sino un Creador que crea trabajando con sus manos, como hace el que cultiva su viña: elige las cepas, las planta, las riega, las poda y cosecha los racimos. 

Nuestro Dios, nos revela Jesús, es el Dueño de la viña, es verdad, pero no de esos dueños que poseen sus propiedades en los papeles y compran y venden por internet, sino que es un Dueño que sale a contratar cosechadores a toda hora; uno que paga bien a sus colaboradores y que sabe también arrendar su viña y confiarla en manos de otros (aunque algunos le fallen). 

Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión original acerca de Dios. Nos invita a “Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir: se comporta como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis)”. Dios trabaja en todas las creaturas – en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.,- dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc.” (EE 236). Labora, dice, usando la expresión latina para designar a un “Dios laburante”.

Esta imagen de Dios se apoya en las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Es una imagen que viene del AT, donde Isaías alaba a Dios diciendo: «Todas nuestras obras nos las realizas tú» (Is 26,12); y el salmista canta: «Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos» (Sal 92,5).

En el día del trabajador la imagen de San José, patrono del trabajo, nos ayuda a mirar bajo una luz particular a nuestro Padre trabajador. Consideramos, como dice Ignacio, que Dios “se comporta” como uno que trabaja. ¿Y cómo se comporta el que trabaja? La característica, diría yo, es el silencio. Se trabaja en silencio. Un silencio atento a lo que se está realizando. Un silencio que hace las señas o dice al otro las palabras necesarias para actuar coordinadamente.

De esta manera, el silencio de San José se nos revela bajo un nuevo aspecto. No es simplemente el silencio de un hombre de “carácter callado”, sino el silencio de un padre de familia que siempre está trabajando. 

Este “siempre” no nos habla de ese tipo de gente que es adicta al trabajo (a un tipo de trabajo). El trabajo de san José no se reduce al que le requiere su oficio de carpintero, sino que es el trabajo propio de un padre de familia, atento a todo. Es el silencio de uno que no se distrae en charlas vanas porque está atento a lo que necesitan su esposa y su hijo, a lo que hace falta hacer en la casa y también a los peligros que pueden sobrevenir de afuera. 

El silencio de un padre que trabaja es el silencio del que está a cargo, atento a todo, con sus cinco sentidos puestos en los demás, para servirlos en el momento oportuno.

Con ese silencio laborioso, San José es la imagen más fuerte que tenemos de un Dios que, también en silencio, trabaja siempre porque es Padre. ¡Están en silencio porque están trabajando! Y trabajando para nosotros, sus hijos, sus creaturas. Esto como una línea de reflexión para los que hablan (lamentándose) del “silencio de Dios”. Con su silencio san José nos introduce en el Silencio de Dios, que consiste en “hablar con obras más que con palabras”. Esto es lo propio del amor y, por eso mismo, es lo propio del Padre Amoroso. 

No hay nada más lindo para un hijo que contemplar el silencio amoroso de sus padres cuando trabajan en casa para la familia, para él. El silencio cantarín de la mamá, cuando cocina limpia y ordena. El silencio del papá, arreglando alguna cosa o haciendo el asado. El silencio de los padres que dejan hacer y jugar y que intervienen solo si algo se desordena, dejando que la vida fluya en la familia, con libertad…

Estar atentos a este silencio laborioso del Padre, sintiendo sus manos buenas, que podan y cosechan, que anudan bien nuestra relación con Jesús, es la primera gracia de una oración atenta a colaborar con el Creador. Hacer la voluntad del Padre no es “seguir las indicaciones de uno que dirige de lejos”, sino que, mirando con atención y en silencio al que “ya está trabajando desde siempre”, buscamos diligentemente encontrar nuestro lugar, allí donde podemos colaborar con Él sin disturbar su tarea ni ponerle impedimentos. 

El silencio de la oración cristiana no es el silencio del que hace “ohm” y se abstrae del mundo, sino que es como el silencio del que entra en un lugar donde lo primero que se ve es un cartel que dice: “Silencio, personas trabajando”. Uno mira a la gente concentrada en su trabajo y naturalmente dirige su atención a la tarea que están realizando.  El mejor modo de colaborar con el que trabaja en silencio es entrar en sintonía con él, haciendo silencio uno para ver dónde y en qué están concentrados los ojos y las manos del otro, de modo tal que la ayuda que le demos sea eficaz. 

Así debe hacer nuestra oración: escrutar en silencio hasta encontrar el punto en el que Dios está trabajando en cada cosa por nosotros, para darnos cuenta de lo que está haciendo: si está eligiendo, si está sembrando, si está podando o cosechando… 

San José, como hombre de trabajo que era, se sumó y se ajustó tan calladamente y con tanta precisión al trabajo del Padre que este pudo continuar a través suyo en Nazaret lo que desde toda la eternidad hace con su Hijo amado. El Padre que está desde la Eternidad engendrando a su Hijo y enseñándole todas sus cosas pudo continuar sin sobresaltos ni traumas su tarea en la tierra, haciendo crecer en sabiduría estatura y gracia a Jesús bajo la mirada paternal y siempre atenta de san José. 

Le pedimos a nuestro patrono la gracia de saber contemplar y gustar, en su silencio laborioso, el silencio de nuestro Padre que trabaja siempre para unirnos a Jesús su Hijo amado y hacernos crecer a todos como hermanos en su amor.

Diego Fares sj

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Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y se escapa -y el lobo a zarpazos las dispersa- porque es mercenario y no está involucrado con las ovejas. 

Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, 

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. 

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que pastorear y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

Me resuenan algunas palabras: zarpazos, pastorear, ovejas de otro redil y rebaño. Les doy vueltas en la boca como “carozos de aceituna” (el último libro traducido al español de Erri de Luca, que usa esta metáfora para hablar de “sentir y gustar” la Palabra antes de escupirla/sembrarla en tierra buena para que de fruto).  

Ovejas de otro redil

“También tengo otras ovejas, 

que no son de este redil; 

también a ésas las tengo que pastorear 

y escucharán mi voz; 

y habrá un solo rebaño, un solo pastor”.

Esta afirmación del Señor siempre me da consuelo. Me hace sentir que la humanidad entera es suya y que Él en persona pastorea a la gente y hace escuchar su voz en el interior de cada corazón (el Espíritu está orando en todos, con gemidos inefables muchas veces). Haciendo nuestra en la fe la mirada de largo alcance de Jesús podemos vislumbrar ese “único rebaño” que llegará a haber bajo un solo Pastor. Mientras tanto, somos “rediles”. No somos aún el único rebaño. Hay otros rediles y nosotros somos un redil. 

Si en algo somos privilegiados es en esta conciencia de que los otros rediles también son de Jesús. Esto es lo que predica el Papa cuando habla de “Fratelli tutti”. No hay nada más “cristológico” que esta visión que reconoce a los “otros rediles” y se pone en camino siguiendo la voz del buen pastor, de modo que Él nos vaya pastoreando, apacentando y reuniendo a todos en ese único rebaño. Este es “el dogma”. A algunos les parece un cristianismo diluido, porque no pone al acento en definir verdades y dar leyes. Sin embargo, cultivar en la oración de cada mañana esta pertenencia de todos – cada uno ahora, como es – al único Rebaño por el que Jesús da la vida y es amado del Padre, es la Fuente viva “de todos los dogmas” que hay que ir aprendiendo a creer y “de todas las leyes” que tenemos que ir aprendiendo a practicar. 

Nuestra misión – desde este humilde redil, que es nuestra querida Iglesia católica- es entrar en diálogo con todos los rediles -los de todas las iglesias cristianas, los de otras religiones y no religiones- , entrar en diálogo y comunión de vida, haciéndonos “todo a todos”, servidores de todos, para que, cuando madure la ocasión, cuando alguno sienta  esa voz del Señor en su corazón, le podamos acercarle – ahí sí – el Nombre de Jesús, proponiendo, por ejemplo, un pasaje del Evangelio que aclare de Quién es esa voz, como hizo Felipe al catequizar al ministro eunuco de la reina Candaces. 

Esta tarea requiere esa larga preparación que hoy llamamos inculturación: despojados de casi todo lo nuestro (especialmente de los anteojos de nuestros esquemas mentales, de las sandalias que siguen los pasos de nuestras costumbres y de los bastones de nuestras leyes), nos metemos poco a poco en la cultura del otro, en la manera de pensar y sentir del otro distinto, en las situaciones que vive la gente que tiene otra, estando a mano para poder pronunciar el Nombre de Jesús en el momento justo. Esto es todo lo contrario de una prédica ya completa con todas las verdades que hay que creer y todas las leyes que hay que cumplir para ser parte de un rebaño concebido como si fuera un club exclusivo. 

El rebaño único es una realidad en esperanza, es decir futura y presente ya en estas prácticas benditas del Señor que tratan a todos como iguales en dignidad. Sostenidos por esa esperanza (hermanita menor de la fe y la caridad, que las lleva de la mano), nos movemos en el aquí y ahora de estar entre “otras ovejas” de “otros rediles” que el Señor dice que también le pertenecen. Anunciar el evangelio, entonces, significa ir como servidores en pie de igualdad ovejuna, esa igualdad tan común y propia de estos animales que hace ridículo pensarlas como ejemplo de protagonismos o bellezas individualmente espectaculares. 

Zarpazos vs pastoreo

Jesús define su misión en términos de pastoreo. El pastor, como dice tan bien Francisco, suele ir delante de su rebañito, pero, a veces, se mete en medio, y otras veces -cuando ya por sí solas ellas ventean el agua fresca-, camina detrás. 

Su tarea va por el lado de conocer a sus ovejas y de hacerse reconocer por ellas. Y esto, no a los zarpazos y bastonazos, sino por su voz y por su olor. 

Es lo diametralmente opuesto al modo de actuar del Lobo, que dispersa pegando zarpazos; y del mercenario, que se borra ya que no se siente involucrado con las ovejas de su patrón. 

El pegar zarpazos, es propio del Demonio. Hay zarpazos que causan heridas mortales de un solo desgarrón. Y no hablo solo de los zarpazos físicos, sino también de los zarpazos espirituales. Hay verdades que son muy verdades pero que se formulan como un zarpazo causando heridas mortales en muchas mentes sencillas y escándalo que dispersa al rebaño. 

Hay también actitudes que esconden durante mucho tiempo un zarpazo, un zarpazo que se sueña con dar y que, aunque no se dé del todo, envenena la vida y contamina un ambiente familiar, laboral o político. No vivimos acaso en un clima de país hecho de zarpazos?

Es todo lo contrario del cultivo interior y paciente de la misericordia y de la bondad, que se desgranan a veces a cuentagotas, pero que son bálsamo para la vida familiar y hacen respirable el ambiente social. 

Pedimos a nuestro Buen Pastor -Jesús, el Pastor hermoso- que nos enseñe a discernir quién nos pastorea y quién nos pega zarpazos, quién nos conoce y quién se borra, y de cultivar en nuestro interior la esperanza del único rebaño, haciéndola real en gestos concretos -interiores y externos-: esos pequeños gestos con los que nos igualamos -hermanándonos- con los demás.

Diego Fares sj

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Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan. Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»  Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? qué es ese vaivén de pensamientos que se agita en sus corazones y sube a sus mentes? Miren mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»  Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto»  (Lc 24, 35-48).

Contemplación

En el relato de Lucas (como en todos los relatos de la Resurrección), se notan ciertos énfasis tanto en las palabras como en las actitudes del Señor que nos ayudan no solo a recibir el testimonio de la Resurrección, sino a entrar en su dinámica, que es la del Espíritu Santo. 

El Señor, así como no vivió ni murió “para sí mismo”, sino “para nosotros”, tampoco resucitó para sí mismo, sino para bien y salvación de todos los hombres. Así como no se “salvó a sí mismo” bajando de la Cruz, tampoco se “salvó a sí mismo” subiendo al Cielo y yéndose. Entender a Jesús, conocer Quién es, es adentrarse en el misterio del que “da su vida por nosotros”. No solo nos creó, sino que nos redimió dando su vida y nos propone una misión que da sentido a la vida de cada uno y de toda la humanidad. Pero para que no nos quede lejano algo de tal magnitud, es necesario dejar que sea el Maestro mismo el que no enseñe quién es Él y qué hace por nosotros. En este sentido, los énfasis que pone para hacer comprender a sus discípulos quién es Él, ahora resucitado, nos ayudan a entrar en el asunto.

No podemos conocer a Jesús sino en medio de la Comunidad de los que lo aman

El primer énfasis del Señor resucitado se puede ver en sus acciones: podemos decir que Él se concentra en mostrarse a los que habían estado con Él desde el comienzo. Jesús resucitado no es alguien a quien se pueda comprender sino relacionándonos con esta comunidad de testigos que Él eligió y formó durante su vida pública. Esto es lo primero. No podemos entender quién es Jesús resucitado sin “entrar” en esta dinámica que el evangelio pone en acto al contarnos sus apariciones a sus discípulos. Por qué hablamos de “énfasis”? Porque se nota que el Señor se esfuerza en hacerse reconocer por los suyos y lo hace de determinada manera. En esta escena vemos que primero se apareció a los de Emaús, y cuando estos vuelven y están anunciando la buena noticia a los otros, allí se aparece a todos, como haciendo notar que la suya es una estrategia para que su Resurrección sea algo experimentado por una comunidad y no por gente aislada o por una masa de desconocidos. Captar este “énfasis” comunitario es ya mucho. Si nos interesa saber de Jesús y de su resurrección, tenemos que entrar en la Iglesia, en esta comunidad de los que lo aman, de los testigos que se han ido comunicando la fe unos a otros, a lo largo del tiempo. Jesús resucitado “se presenta en medio” de una comunidad integrada por los de Emaús, que vuelven, y los del Cenáculo, que se habían quedado con las puertas cerradas por miedo. En el evangelio de Juan, la figura de Tomás, con su no estar en la primera aparición y sí en la segunda, es el mejor ejemplo de este “énfasis comunitario” que imprime el Señor a la fe en la resurrección. No será una fe absoluta e ilustrada de un individuo que se pone a meditar y a estudiar la posibilidad de la resurrección en libros y documentos, sino la fe de gente que se busca y se reúne en Nombre de Jesús, que acepta a los otros, distintos, cada uno con su relación particular con Jesús. Jesús resucitado se hizo y se hace presente en medio de su comunidad, que es la de los que compartieron su vida con Él y quieren seguir compartiéndola, incorporando a otros.

No podemos conocer a Jesús sin dejarnos pacificar, personal y comunitariamente, por el Espíritu

Un segundo énfasis lo podemos ver en la paz. El Señor se esfuerza de muchas maneras en hacer sentir su paz a los suyos, en quitarles el miedo, en despejarles las dudas, en quitarles las sospechas. La paz va unida a la comunidad. Se trata de una paz común, no solo individual. Así como pone en orden las “zonas” que se inquietan en cada persona -la mente, el corazón, los sentimientos…- , así también pone en paz a todos y a cada uno. Es parte de la estrategia del Señor el ir de los más alborotados a los más serenos, así como de las partes más sensibles a las más libres. Por eso se aparece primero a los de Emaús, que estaban desolados y desconcertados. Por eso muestra las llagas y pide algo de comer. El Señor va pacificando todo y a todos. El hecho de que repita tantas veces: “La paz con ustedes”, basta para confirmar este énfasis. 

No podemos conocer a Jesús sin entrar en contacto con el Pueblo elegido a través de todas las Escrituras

El tercer énfasis lo pone el Señor en las Escrituras: en relacionar todo lo que vivió con las Escrituras y en abrir la mente de los discípulos para que “lo lean a Él con las claves de interpretación que vienen de las Escrituras” (y no de otras ciencias y saberes). Para creer en Jesús y tener vida en Él, es necesario leer, meditar y contemplar lo que dicen los Patriarcas, los Profetas y los Salmos. La Resurrección se sitúa así en un ámbito comunitario más amplio que el de la pequeña comunidad: se sitúa en el ámbito comunitario del pueblo de Israel. Para entender a Jesús resucitado y creer en él hace falta dejarse abrir la mente a esta misteriosa relación suya con todo lo que el Pueblo de Israel fue aprendiendo de Dios a lo largo de su historia.

No podemos conocer a Jesús hasta predicarlo a todos los pueblos y que cada cultura nos ilumine más cosas acerca del Señor

El cuarto énfasis el Señor lo pone en el Espíritu Santo. Había hecho hincapié muchas veces en la necesidad de recibir al Espíritu Santo para poder comprender sus palabras y sus acciones. Resucitado, de varias maneras deja claro que todo ha estado orientado a abrirle camino al Espíritu para que conduzca la Iglesia de ahora en adelante. Y aquí el ámbito en el que se hará presente Jesús resucitado son “todos los pueblos”. Es al ámbito comunitario más grande. No solo la comunidad de los testigos, no solo el pueblo elegido, sino todas las naciones, todos los pueblos de la historia. No comprenderemos quién es Jesús resucitado hasta que no lo prediquemos a todos los hombres y vivamos juntos practicando sus enseñanzas. 

Lo que quiero decir es que Jesús resucitado no es ni puede ser un “objeto de estudio” como lo son los personajes del pasado de los que tomamos conocimiento por textos que están guardados en bibliotecas. Jesús resucitado no puede ser “objeto” como no puede serlo nadie vivo, por la sencilla razón de que es “sujeto”, que sigue actuando desde su libertad y se sigue relacionando. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer si uno forma parte de la comunidad de los que creen en Él y se juntan a rezar al Padre en su Nombre. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer y querer si uno se junta con las comunidades que tratan de vivir sus bienaventuranzas y de practicar las obras de misericordia que Él practicó y enseñó y hacen esto yendo a todos los pueblos. 

En medio de los que viven en esta Dinámica comunitaria, popular y humanitaria, está y se hace presente, Jesús Resucitado. 

Diego Fares sj

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“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos  y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo: «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.» 

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío. » Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.» 

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Mirando las cosas desde nuestra perspectiva (como testigos de Jesús resucitado, enviados a proclamar la buena noticia a todos los pueblos) nos animamos a aclararles algunas cosas que les pueden ayudar. Cuando decimos “nuestra perspectiva” tenemos en cuenta fundamentalmente dos cosas: una, ese carácter especial que tiene nuestra perspectiva, dado que quedó signada por el acontecimiento único del que fuimos testigos. Está claro que no fue por mérito nuestro: fuimos testigos del Resucitado por la misericordia del Altísimo, por la amistad con que nuestro Maestro y Señor se dignó honrarnos y por la fuerza que nos comunicó el que es Señor y Dador de vida, el Espíritu Paráclito. Sin ellos no seríamos más que una nada en la historia de la humanidad.

La otra cosa para tener en cuenta es que nuestra perspectiva tiene al mismo tiempo un carácter común con todas las demás perspectivas humanas, como es provenir de una cultura y mentalidad que en nuestro caso era la de hombres de hace dos mil años. 

Dos mil años pueden parecer muchos. Lo son para la parte común de una perspectiva. Pero no tienen mucha importancia si uno atiende a lo especial: los hechos únicos dan al que los ve y experimenta una perspectiva que tiene algo de absoluto y que lo cambia para siempre. 

Pienso en la conciencia del que por primera vez dio la vuelta al mundo o del que puso los pies sobre la luna. ¡Imagínense lo que es haber visto a Jesús resucitado!

Vemos que está de moda entre ustedes un libro que juega con la historia del universo y de la humanidad abarcando grandes períodos de tiempo y marcando cambios significativos, de manera tal que al que lee se le cambia la perspectiva de una manera alucinante. Habla, por ejemplo, de tres grandes revoluciones: la primera fue la revolución cognitiva (hace 70.000 años) en que apareció el lenguaje (que él llama “ficticio”) que comenzó la historia. Luego vino la revolución agrícola (12.000 años). Y por fin, la actual revolución científica, en que la humanidad “admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder” sin precedentes. 

La revolución científica, para Y. N. Harari (De animales a dioses), se basa en tres puntos fundamentales: 

A) La disposición a admitir ignorancia (ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho). 

B) La centralidad de la observación y de las matemáticas para ir adquiriendo siempre nuevos conocimientos (que pueden poner en entredicho todo lo sabido hasta ahora, religiones incluidas). 

C) La adquisición de nuevos poderes (no solo de nuevas teorías). 

Harari pone el ejemplo de un hombre del año 1.000 dC que se duerme y despierta en 1.492 viendo cómo se preparan las carabelas de Colón. Todo lo que ve le parecerá bastante familiar, dice. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone, se sentiría, sin lugar a duda, en un mundo extraño más allá de toda comprensión. 

Pues bien, en este diálogo que hemos abierto con ustedes, nosotros nos hemos descalzado de nuestras sandalias y nos hemos puesto unas de esas Nike -muy cómodas, por cierto- que fascinan a la generación de ustedes tanto como los iPhone, y constatamos algunas cosas que nos gustaría compartir.

Es verdad que los aparatos que ustedes utilizan parecen cosa de fábula a nuestros ojos y mentalidad de hombres de hace 2.000 años. Sin embargo, les confesamos que a los muy antiguos nos pasa como a los niños: aprendemos rápidamente. La prueba es que estamos charlando con ustedes usando Word y subiremos estas reflexiones a un blog que nos han prestado para que nos podamos hacer oír.

Pero lo que nos llamó enseguida la atención, gracias a nuestra perspectiva especial, esa que les decíamos que se nos abrió gracias a haber sido testigos de un hecho único como fueron nuestros encuentros con el Señor resucitado, es una especie de desviación (no culpable por supuesto) que se ha producido en la relación de la fe de ustedes con su cultura. Les señalaremos lo que para nosotros es un error de perspectiva que vemos en su fe, no en sí misma, en cuanto fe, sino en la capacidad o incapacidad que tiene la fe de “explicar” el sentido del universo y de la historia. Capacidad o incapacidad que esta fe revela cuando entra en contacto con una cultura.

En nuestro tiempo, nos entusiasmamos mucho al ver que nuestra fe en el Señor resucitado respondía a todas las promesas hechas por Dios a nuestro pueblo. Vimos luego, más entusiasmados aún, que respondía a las expectativas de la cultura griega y romana, imperantes en aquel tiempo. Fue esto lo que nos llevó a escribir tantos libros y a hacer una síntesis universal entre la sabiduría de Israel, la filosofía griega y el derecho romano. Pues bien, todo esto duró 2.000 años y, desde hace un tiempo, se ve que ha comenzado a desmoronarse debido a esa “revolución científica” de la que hablan ustedes. Cada vez más gente ni siquiera siente la necesidad de plantearse si cree en Dios o es atea dado que “están convencidos” de que “todas sus creencias” son “ficticias” (fruto de esa revolución cognitiva que creó el lenguaje ficticio) y “serán superadas por otros conocimientos más comprobables” (revolución científica actual que es consciente de su ignorancia y de su poder) (Harari). 

Nosotros vivíamos una época en la que nuestra fe “respondía” a las preguntas que se hacía la gente. Ustedes, en cambio, viven en una época que pone entre paréntesis todas las respuestas (y también todas las preguntas).

Vamos entonces a nuestro punto. Lo que queremos decirles es que el testimonio que nos mandó a anunciar el Señor Jesús resucitado no tiene que ver (sino en segundo o tercer lugar) con las expectativas que conforman la mentalidad de una cultura o generación. Y tampoco tiene que ver con la falta de expectativas de otra. Por dos mil años nuestra teología (nuestra reflexión sobre la fe) respondió a todo y ahora parece que no responde a casi nada. Ver esto, gracias a que ustedes están en medio de un cambio de paradigmas muy grande (sabiendo que habrá siempre otros mayores todavía), a nosotros que venimos de lejos, nos permite relativizar “todas las ideas y paradigmas”, no solo las anteriores. Y reafirmar que nuestro anuncio es mucho más que una idea y que un paradigma, tanto si sintoniza con otras ideas y paradigmas o se opone a ellos (sean judíos, griegos o postmodernos).

Como durante dos mil años nuestra teología parecía responder a todo, ahora parece no responder a nada. Pero nuestro anuncio no se dirige en primer lugar a responder, sino a proponer algo enteramente y siempre nuevo.

Aquella tarde del primer día después del sábado (que se convertiría en el día del Señor o domingo, y cambiaría para siempre nuestro día religioso -el sábado-, no en el sentido de sustituirlo, sino estableciendo que las cosas del reino de Dios se darían en otro tipo de “día”, en el tiempo especial de la Gracia),  estando las puertas cerradas del lugar donde nos encontrábamos los discípulos, por miedo a los que lo habían crucificado, vino Jesús y se presentó en medio de nosotros y nos dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, nos mostró las manos y el costado. 

Aquí está lo que queremos decirles! Aquello de lo que damos testimonio no es una idea, sino una paz. La paz que nos dio Él al mostrarnos sus manos y su costado. Uno de sus “asistentes inteligentes” -Siri-, define así la paz: “Ausencia de inquietud, violencia o guerra”; y también: “estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad”. La paz que Jesús nos dio y que transmitimos al que desea recibirla (si no nos vamos a otro pueblo) nos quitó los miedos y nos equilibró entre nosotros con un mismo estado de ánimo, que se convirtió en criterio de discernimiento de todo lo que iríamos pensando y sintiendo de ahí en más. 

Esto es clave para todas las personas, épocas, culturas y mentalidades. Si lo que reciben cuando nos escuchan es esta paz, luego podrán asimilar todo lo demás. Si no reciben (si  no pueden captar, ni hacerse conscientes, ni aceptar) esta paz, las ideas que vengan después no les servirán de mucho. 

Nos alegramos entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús nos dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre nosotros y nos dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» 

Esta segunda paz que nos dio el Señor es también lo segundo que comunicamos nosotros como testigos y apóstoles cuando anunciamos el Evangelio. Damos primero la paz que quita el miedo y la reforzamos luego con la paz que da impulso espiritual. 

Esta paz que dinamiza e impulsa a ir para adelante es una paz que Jesús quiso no solo dar Él, sino que la consolidó con el envío del Espíritu Santo. Y aquí viene el punto importante para ustedes: la paz que da Jesús la consolida el Espíritu con el perdón o la retención de los pecados. Esta es nuestra acción, el discernimiento que tenemos que hacer con respecto a la vida de aquellos que se incorporan a nuestra fe. Nosotros perdonamos pecados en su Nombre: bautizamos, confesamos, ungimos. Y otros pecados, los retenemos. Retenerlos no significa juzgar y condenar al otro, sino dejar los pecados en suspenso para que juzgue el Señor. Nosotros seguimos adelante, ocupándonos de hacer el bien y no de cortar cizaña, junto con aquellos que se quieren dejar perdonar los pecados.

Esto es lo absoluto de nuestro anuncio, no otras cosas. Lo absoluto es que el Señor sigue dando la paz, sigue quitando los miedos, sigue dando su Espíritu y sigue, a través nuestro, perdonando los pecados de los que se suman y dejando en suspenso los de los que no.

Se trata de experiencias, no de ideas. De experimentar su paz, como la experimentamos y transmitimos nosotros, y de experimentar su misericordia (o su paciencia, con los que no la experimentan todavía). 

Que las ideas que brotaron de 2.000 años de reflexiones en diálogo con la fe estén hoy en crisis no le quita ni le agrega nada a esta fe de fondo. Lo único que dice es que la humanidad evoluciona, que el conocimiento siempre progresa y que cada generación tiene el desafío de hacer dialogar la fe con las nuevas realidades culturales y científicas.  

Nuestro querido Tomás, que ahora se suma a nuestra voz común (Jesús nos enseñó a hacerlo todo como un gran nosotros, inclusivo y siempre mayor) es un buen ejemplo de esto que decimos. Su duda se expresaba en términos de “ver la señal de los clavos y meter su dedo en las llagas”. Hoy a ustedes eso no les bastaría. Necesitarían una prueba de ADN y de otros instrumentos y maneras más “científicas” de ver y de tocar. Por eso el Señor le dijo (y dijo para todos): Felices los que creen sin haber visto. Felices los que creen y experimentan la paz y la misericordia del Espíritu y se ponen en camino para anunciar y misericordiar a los demás. En este diálogo entre la fe y los paradigmas humanos, la fe tiene un aspecto especial que no cambia: es pura fe en Jesús resucitado que se anuncia y comunica de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la adre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle . 

Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol. Y se decían entre ellas: 

¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas.

El les dice:  

No teman. 

Buscan a Jesús, el Nazareno Crucificado. 

Ha resucitado, no está aquí. 

Miren el lugar donde lo pusieron. 

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro: 

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo.

Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8). 

Contemplación

Años después, las tres piensan que ha estado bien la escena que ha elegido Marcos para terminar su evangelio. Aunque a algunos les haya parecido insuficiente y otros de la comunidad hayan agregado finales más “finales”, a ellas les parece que él, en la escena que ellas les contaron a los discípulos una vez que se les pasó el miedo, captó la fuerza del Anuncio que les hizo el ángel y lo enmarcó perfectamente en los sentimientos que ellas experimentaron, tanto al ir al sepulcro -decididas-, como al huir del sepulcro -temblando y estupefactas-, y no contar nada a nadie por un tiempo. Las tres concuerdan que es un final vivo, que abre los ojos a fe y a la sorpresa que viene de la vida, y no un final literario, que atrae las miradas y sentimientos a la perfección de la propia forma.

Las tres están esperando a que caiga el sol y termine el descanso ritual del sábado. Saben que está permitido ocuparse de los muertos aún en sábado, pero quieren esperar. No sienten apuro porque su corazón “está allí, donde sepultaron a Jesús”. Apenas se pone el sol, salen hacia la casa donde comprarán los perfumes. La ciudad está desierta. Hay un extraño silencio. Como si fuera un tiempo de peste y la gente temiera salir de casa. Ellas son las únicas que se mueven por las callejuelas vacías. José les ha dado el dinero para comprar los perfumes. Es mucho dinero. La señora que las atiende sabe para qué van y las deja elegir lo mejor. Y ellas le dejan todo el dinero, sin contarlo. Cuando salen, ya es de noche. Regresan a casa. La ciudad sigue vacía, desierta. Calientan algo de sopa y se acuestan en silencio. No hace falta que hablen porque todas piensan lo mismo y por eso se entienden sin hablar, haciendo cada una lo que le toca. 

Ella se mira las manos y acerca la mano derecha a su rostro para verla bien en la penumbra de la habitación. No se ha lavado desde el viernes, desde que aferró sus pies cuando lo bajaban y ella sintió que se deshacía en un llanto atroz que le desgarró la garganta, aunque no emitió sonido alguno. Le quedan aún pequeños rastros de sangre en la mano. Los besa y se le abren los ojos muy grandes abarcando la oscuridad de la habitación donde se escucha la respiración inquieta de María y de Salomé que duermen agotadas. No tiene sueño ni siente el cansancio que tiene. También sus oídos hacen fuerza por abrirse lo más posible -atenta- en medio del silencio oscuro de la noche. Piensa en la Madre. Se ha quedado en casa de Juan. Ella seguramente tampoco duerme. A los soldados les dijo que ella era “de la familia” y la dejaron pasar. ¡De la familia! Repite las palabras para sí. Se abraza a ellas como se abrazó a la cruz, antes de que lo bajaran. 

De golpe las otras dos se despiertan al mismo tiempo y todas se levantan sin decir palabra. Es muy de madrugada, pero ya cantan los pájaros. Pronto aclarará. Juntan todas las cosas que han dejado bien ordenadas sobre la mesa y salen sin tomar agua siquiera. La ciudad sigue desierta, pero el silencio ahora es de sueño y no de congoja como ayer. Es el silencio que ha pasado página y dejará lugar a los ruidos habituales de la vida que continúa. No es como el del viernes a la noche, ni como el del sábado, que era un silencio lleno de vergüenza y vacío (“vacío”, esa es la palabra que describe todo). Caminan decididas, sin apuro. En lo alto de las casas y de los árboles pegan los primeros rayos de sol, que van bajando mientras ellas suben por el camino empedrado. Se dicen entre sí: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Los exegetas, al encontrar esa frase se preguntan cómo es que ellas no se lo plantearon antes, cuando tan cuidadosamente preparaban todo para ungirlo. Se preguntan estas cosas como si esas palabras que ellas recordaron cuando contaban lo que había sucedido, y que Marcos rescató, fueran expresión de una preocupación práctica. No se dan cuenta de que ellas habían pensado miles de cosas en ese viernes y sábado eternos. Miles. Todo lo habían pensado y repasado. Cada detalle de lo vivido, mientras intentaban estar cerca de lo que le hacían a Jesús, y cada cosa que harían con su cuerpo ahora que había muerto. Si solo quedó esa frase no fue para dar un dato sobre la piedra de la entrada del sepulcro, sino para hacer sentir la diferencia entre el impulso que traían y el que luego las hizo huir, de manera tal que el Anuncio del Ángel quedara grabado abriéndose un lugar en medio de las dos direcciones que toman nuestros pies humanos, la de ir decididamente a una meta y la de huir corriendo de un abismo.

Ellas iban y se movían -aunque no lo sabían aún- atraídas por un vacío irresistible: el que generaba ese sepulcro que, como un vórtice, tiraba de ellas hacia sí. Iban llenas de ungüentos, vendas y perfumes, como para ungir a un rey. Habían comprado tanto porque sentían la necesidad imperiosa de cubrir algo que se había abierto con su muerte y que sabían que nada sería capaz de llenar. El pensamiento de la piedra que se les cruzó por la cabeza mientras iban y que no habían pensado antes ni se detuvieron a considerar después que se lo dijeron entre sí, da cuenta del embale que traían, de la fuerza de atracción que venía de ese vacío, que ya había atravesado la piedra y llegado hasta ellas, como un perfume que se percibe antes de que uno lo huela realmente. 

Lo que los exegetas no ven es que la frase que ellas se decían entre sí sin hacer que se detuvieran está en relación con el hecho de que luego salieran corriendo. 

Lo que pasó luego, lo que les dijo el ángel mientras les hacía ver el lugar donde habían puesto al Señor y que no estaba allí porque había resucitado, se enmarca entre estos dos impulsos contrarios: el que llevaban cuando iban decididas a ungirlo y ni se preocuparon de quién les movería la piedra, y el impulso que las llevó a huir, a salir corriendo del sepulcro, llenas de temblor y estupor y a no decir nada a nadie por que tenían miedo. 

Marcos pescó que ellas, al contar su entrada y su salida del sepulcro, querían poner en el centro el Anuncio del Ángel de la resurrección.

Lo que les dijo el Ángel lo entendieron todo, pero recién tomaron conciencia después, porque en ese momento, “saliendo, huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo”.

El Anuncio quedó bien enmarcado así, piensan ellas, por estos dos sentimientos suyos tan contrapuestos: el de mujeres que saben perfectamente qué hacer con un muerto y nada las detiene cuando se ponen en marcha a realizar esta tarea ancestral de ungirlo y vendarlo para la sepultura en paz, y el de mujeres que quedan estupefactas y no saben qué hacer ante la ausencia del cuerpo del Señor resucitado. 

Después de repasar con qué impulso iban y cómo salieron huyendo, se abrirán paso en su corazón y en su mente las palabras del Ángel, que recordarán y transmitirán con toda precisión: 

“No teman.

Buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado.

Ha resucitado, no está aquí.

Miren el lugar donde lo pusieron.

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”.

Las tres concuerdan que el vacío lleno del cuerpo muerto del Señor en el sepulcro, que las atraía humanamente, y el vacío vacío del cuerpo del Señor resucitado, que las espantó y las hizo huir, son dos vacíos diametralmente opuestos. 

El vacío del cuerpo muerto es un vacío con el que ellas como mujeres sabían qué hacer. Era un vacío que llenarían de vendas y perfumes, un vacío de sepultura donde poder ir a llorar y a rezar. Era un vacío exterior de esos que hacen que la presencia de los que han muerto esté en el interior de cada persona, pero de manera incomunicable. Cada uno lleva adentro a sus muertos -piensan- y no lo puede compartir, sino con pocos en contadas ocasiones. Pero los lleva en sí mucho más de lo que se puede ver por afuera.

El vacío del cuerpo del Señor resucitado, en cambio, es un vacío distinto. Las tres lo sienten con mucha claridad. Es un vacío más notable que el que dejan los muertos, porque una no se puede apoderar del recuerdo “terminado” del que ya no está, piensan. Es un vacío que las impulsó a querer comunicarlo, luego que se les fue el miedo. Es un vacío que impulsó a todo el grupo a ir a Galilea, que los llevó a todos a estar abiertos a que Él se apareciera cuando quisiera y del modo que quisiera. Es un vacío más grande que el otro porque no lo puede llenar nada ni nadie, sino solo Él, cuando así lo dispone. 

El mundo confunde este vacío con el otro, con el de lo que “ya fue”. Interpreta que el vacío que dejó Jesús significa que “ya no está”, como los muertos. Pero de alguna manera todos percibimos que el vacío del Sepulcro vacío de Jesús es distinto: es un vacío del que no nos podemos apoderar para embalsamarlo, aunque muchos lo intenten. 

Cada vez que la iglesia “embalsama” a Jesús en algún tipo de culto, de templo o de legislación, el Señor “deja vacía” esa estructura y resucita en otro lado, en la vida cotidiana de la gente, apareciéndose a los más humildes.  

Por eso las tres sienten que el final de Marcos quedó bien así: trunco. Porque deja la puerta abierta para salir de la literatura que embalsama, y nos impulsa a desear dejarnos encontrar por el Señor resucitado, que tiene esas maneras suyas de salirnos al encuentro, tan llenas de humanidad y de ternura, que nos provocan estupor y temblor y también nos dan una paz muy linda, que no es como la que da el mundo. 

Diego Fares sj

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Cuando se aproximaban a Jerusalén,

estando ya al pie del monte de los Olivos,

cerca de Betfagé y de Betania,

Jesús envió dos de sus discípulos diciéndoles:

-“Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, 

encontrarán un burrito atado,

sobre el cual ningún hombre se ha sentado hasta ahora.

Desátenlo y tráiganmelo.

Y si alguien les pregunta ‘¿por qué hacen eso?’

respóndanle: ‘El Señor tiene necesidad de él. Enseguida se los devolverá’”.

Ellos fueron y encontraron un burrito atado cerca de una puerta en la calle y lo desataron.

Y algunos de los que estaban allí les preguntaron:

– “¿Qué hacen desatando el burrito?”.

Y ellos respondieron como Jesús les había dicho y los dejaron hacer.

Entonces le llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos y Jesús se sentó en él. 

Mucha gente extendía sus mantos en el camino, y otros, ramas que cortaban en el campo.

Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús gritaban:

– “Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor! 

Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! 

Hosanna en las alturas!” (Mc 11, 1-10).

Contemplación

Mientras la multitud canta y expresa su entusiasmo, cada uno a su manera, Jesús y el burrito parecen estar a la escucha en medio de la algarabía general. El Señor tiene alta la mirada, los ojos fijos en algún punto del cielo; el burrito, mira sin ver con su mirada mansa, atento a abrirse camino, tranco sobre tranco por el empedrado de la entrada a Jerusalén. Siente el peso del Señor y las indicaciones suaves de la soga que le sirve de rienda, atada a su cuello. Va sin bozal. 

El Señor se siente a sus anchas en medio de la gente; ha querido entrar en la Ciudad Santa como un Rey. Él, que se había escapado siempre de ese tipo de manifestaciones, como cuando lo querían hacer rey después de haber dado de comer a la multitud con los panes y peces multiplicados, acepta ahora la euforia y la exaltación del pueblo y se deja conducir en medio de la gente que lo aclama como enviado del Señor y glorifica al Altísimo. El pueblo siente que ha llegado -¡por fin!-  su Rey, Jesús, el profeta de Nazaret, y todos desde los más ancianos a los más pequeños, se sienten parte de su Reino: “Hosanna!

Bendito el que viene en el nombre del Señor!

¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David!

¡Hosanna en las alturas!”

“Nosotros sabemos quién es Jesús”, piensa uno y piensan todos. Por eso la   exaltación. Saben de su bondad, de sus milagros, han escuchado sus enseñanzas. Algunas de sus parábolas más conmovedoras, como la del hijo pródigo, corren de boca en boca. Saben también que Él les ha escapado a todos los intentos de proclamarlo Rey. Y ahora que ven que acepta complacido las alabanzas y las consignas, el entusiasmo crece y se desborda. Se ve que había estado contenido y bastó una chispa para encenderlo todo. ¡Jesús acepta ser su Rey! Lo hace a su manera, humilde, montado sobre un burrito…, pero se ve que acepta. Y por si quedara alguna duda, cuando uno de las autoridades intenta poner cordura y le dice que haga callar a sus discípulos, Jesús responde que “si ellos se callan gritarán hasta las piedras”. 

Juan hizo notar después que “al principio los discípulos no entendieron estas cosas” (que Jesús aceptara y en cierto sentido provocara esta proclamación popular de su realeza). Dice que lo entendieron después, cuando fue “glorificado”: “Se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él y vieron que así había sucedido”. Juan reflexiona partiendo de la gente. Los otros evangelistas parten de Jesús, hacen ver que  mandó a buscar el burrito y dio inicio, por decirlo así, a la procesión que se fue volviendo triunfal. Juan, en cambio, dice que: “Cuando la gran multitud que había llegado para la fiesta se enteró de que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo gritando ‘¡Hosanna!’”. Y ahí fue que, “al encontrar un burro, Jesús se montó en él, según está escrito: ‘Hija de Sión, no temas; mira que viene tu rey, montado sobre un burrito’”. 

Por la perspectiva de Juan, pienso que no fue él uno de los “dos discípulos” a los que Jesús había enviado a buscar el burrito. La escena que cuentan los otros evangelistas es tan detallada que se ve que a estos discípulos les quedaron grabadas las palabras de Jesús con respecto a lo que tenían que decir si alguno les preguntaba qué estaban haciendo al ver que desataban el burro. Se ve que cada uno de los discípulos vivió estas cosas desde su perspectiva, en medio de la euforia general, y luego fue rearmando lo que pasó. De todas maneras, sea que Jesús planeó todo para entrar en el burrito y suscitar la adhesión de la gente o que la gente fue a su encuentro y él “encontró” un burrito y se montó, lo que vemos es un acontecimiento único, masivo, incontenible, que se fue gestando al unísono en los corazones de muchos y que Jesús condujo con una mansedumbre y un señorío dignos de un verdadero Rey. 

Nosotros, dos mil años después, sentimos y experimentamos aún los ecos de aquel acontecimiento en que se unieron el deseo del pueblo de tener un rey y el de Jesús de serlo. Persiste y renace el eco de aquella alianza, al buscar cada uno nuestros ramitos de olivos los Domingo de palmas, al agitarlos para que sean bendecidos y al llevarlos a nuestras casas en señal de paz. 

Jesús dice claramente que él es “un rey de paz”. Lo dice llorando al acercarse a la ciudad, como cuenta Lucas: “Si conocieras hoy lo que te trae la paz -le dice a Jerusalén- pero está oculto a tu mirada”. 

El deseo de los pueblos de tener un rey de paz es un deseo antiguo y profundo, que nos lo guardamos a la espera de que aparezca el elegido. A veces, los pueblos se entusiasman con alguno o son manipulados para que ese deseo aflore. Jesús nunca lo manipuló, sino que lo condujo prudentemente para hacerlo aflorar en un momento en todo su esplendor y luego sellarlo, no con una gloria externa, sino dando su vida en la Cruz. 

La lección tardaría en ser comprendida, pero a los que la comprenden, como les pasó después a los discípulos, a los que unen en su comprensión la entrada triunfal, la muerte en cruz y la resurrección humilde del Señor, esto les cambia para siempre el corazón. Jesús es rey: rey de paz, rey crucificado, que da la vida por su pueblo, rey glorioso que instala su reino humildemente en la vida cotidiana de quien lo acepta en la fe y lo honra con su servicio y seguimiento fiel.

En esos días todo en Jesús fue un actuar como rey. Rey de la familia que le presta el asna con su burrito, rey que desea higos y maldice a la higuera que no tenía fruto (aunque no era el tiempo), rey que acepta los cantos y homenajes que le brinda la gente y recibe en sí todas las proyecciones de los sueños del pueblo, que se adhieren a su persona y que serán luego transformados -desfigurados en la pasión y transfigurados en la resurrección-, rey que expulsa a los vendedores del templo y limpia el terreno para un renio que es solo de adoración al Padre, a quien Jesús da y nos enseña a dar toda lo que sea Gloria, sin reservarse nada para sí.

Esta exteriorización grande del poder de su realeza es parte de la misión precisa que Jesús tiene y lleva a cabo, que consiste en interiorizar su Reinado. El Señor hace sentir que él es un Rey todopoderoso, capaz de hacer bajar doce legiones de ángeles para que lo defiendan del poder de Roma, capaz de secar de raíz una higuera solo con su maldición, capaz de hacer que dos discípulos cualesquiera suyos desaten una burra y su pollino en casa ajena y baste que mencionen su nombre para que la gente mansamente los deje hacer… Y cuando este sentimiento se convierte en exaltación en la multitud que lo aclama, el Señor es capaz de despojarse de todo su poder y padecer todos los poderes, hasta los más abyectos, de los poderosos de turno, que se ceban con su persona y le infligen todo tipo de humillaciones hasta hacer intolerable la impotencia que sufre. Esto hace que se grabe en el corazón de la gente su mensaje de fondo: que él es un rey de amor. Solamente de amor. Y que nada ni nadie nos puede separar del amor de un rey así, como reconoce Pablo, admirado de todo lo que le toca padecer por Jesús y que esto no haga mella en su ánimo: “¡¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?!”, dirá admirado y como para sí. 

Todos sabemos que el amor tiene dos caras: que es omnipotente entre los que se aman y que es impotente allí donde uno no quiere amar. Jesús une en sí las dos experiencias, mostrándose rey en la escena del burrito, de la higuera y de los cantos de su gente; y luego mostrándose rey impotente bajo el poder de sus enemigos. Y pasando por ambas situaciones, de exaltación máxima y de máxima humillación, como quien pasa por un cernidor, al final lo que queda es el oro de su solo amor, sencillo y fecundo,  único valor que reina sobre todo lo demás. 

Jesús es rey: rey de amor que reina en paz y conduce a su pueblo con paciencia y mansedumbre, como al burrito de su entrada triunfal en Jerusalén. Dejémonos conducir así por Él, nuestro Rey.

Diego Fares sj

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Felipe (ícono ruso)

                                                                                    

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. 

El les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, 

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. 

¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora! 

¡Padre, glorifica tu Nombre!» 

Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» 

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.» 

Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

Felipe busca un lugar donde estar un rato a solas para reflexionar. Ha tenido que despachar a los griegos con la excusa de que el Maestro está ocupado y ahora se ha quedado un poco aparte para repasar lo sucedido. Lo primero que piensa es que él es uno de los discípulos que “hacen hablar” a Jesús. Le gusta que Juan lo reconozca en su evangelio por esa cualidad suya de establecer buenas relaciones con todos. Es un rasgo de su modo de ser que el Padre podó y encauzó para que estuviera al servicio exclusivo de hacer conocer a Jesús y a su Evangelio.

Luego de la escena que acaba de vivir, como sucederá luego en la última Cena, cuando tendrá el coraje de decirle al Señor “muéstranos al Padre y eso nos basta”, Felipe siente que una palabra suya suscita una revelación completa y detallada del Señor. Y se siente feliz de ser uno “que le da pie” a Jesús para que se revele al mundo. El Maestro no daba lecciones abstractas, sino que le gustaba ir enseñando su Doctrina en medio de la vida cotidiana, aprovechando las reacciones de la gente. Y Felipe, como Pedro, con sus reacciones, lo hacía hablar a Jesús.

A mi, Felipe me cae particularmente bien porque es el único que menciona a san José. Cuando lo fue a buscar a Natanael, luego de que el Maestro lo llamara, y le dijo que habían encontrado “a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”, lo presentó como “Jesús, hijo de José de Nazareth”. Y cuando Natanael se burló un poco de ese dato genealógico,  que más bien le jugaba en contra a un Mesías, diciendo: “Acaso puede salir algo bueno de Nazareth?”, él, Felipe lo defendió diciéndole: “Ven y verás”. 

Felipe reflexiona y se siente un hombre realista, uno que va a los hechos. Recuerda ahora con simpatía ese día en que Jesús le preguntó a él “cuántos panes pensaba que harían falta para alimentar a la multitud” , y él, que ya había hecho mentalmente el cálculo, le proporcionó los datos inmediatamente, como un buen secretario. A Felipe le complace saborear de nuevo el hecho de que Jesús lo conocía , que sabía que él hacía este tipo de cálculos y le adivinaba los pensamientos sin necesidad ni de mirarlo. Esto es algo muy propio de los amigos que, ante un hecho especial, piensan en lo que estará pensando su amigo. Y aciertan.

Felipe asiente al siguiente pensamiento que le viene mientras reflexiona y es que él está contento de no ser de los que se cortan solos; él siempre busca a sus amigos, trabaja en equipo. Apenas Jesús lo llamó, recuerda, lo primero que pensó fue en ir a llamar a su amigo Natanael. Y hoy, lo primero que hizo cuando lo abordaron los griegos fue ir a hablar con Andrés. No fue directamente a Jesús. Es que él es una de esas personas que no buscan sobresalir en el grupo, pero a las que sí le gusta crear buenas relaciones entre todos. Es un hecho que los griegos se informaron y lo fueran a buscar a él para ver a Jesús. Sin embargo, a él no le pareció tan importante esto, sino el hecho en sí de que quisieran encontrarse con el Señor. Esto fue para él el signo importante. Si lo tuviera que poner en palabras Felipe diría algo así: “Si Jesús ha despertado el interés de los griegos, es el momento de que se de a conocer a más gente y yo puedo ayudar a ello”. 

Jesús ve que se le acerca Andrés y que un poco atrás viene Felipe y adivina lo que le van a decir. Entonces, con su picardía habitual, el Señor aprovecha el momento y les revela (nos revela a todos) algo que no parece que tenga mucho que ver con lo que ellos le vinieron a preguntar. 

Felipe, ahora que reflexiona a solas, se lo formula a sí mismo más o menos con estas palabras: “El Señor nos quiso hacer ver cual es la “notoriedad” -verdadera- que Él busca. Es esa notoriedad que no tiene nada que ver con la notoriedad mundana. Es la de la gloria de Dios -concluye-, la gloria que Jesús ardía en deseos de darle al Padre, entregando su vida como un granito de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (esa fue la imagen que usó el Maestro). Es la notoriedad de la gloria que el Padre le da a Jesús, su Hijo amado. Por eso hizo sentir el Padre su Voz por última vez: “Lo ha glorificado y lo volveré a glorificar”, dijo”. 

Felipe cae en la cuenta de que Juan hizo notar cómo la gente escuchó, pero no entendió las palabras del Padre; pensaron que había sido un trueno. Pero, aunque Juan no lo diga, él, Felipe, sí escuchó y entendió perfectamente. Por eso, después, en la Cena, se animará a pedirle a Jesús que les haga “ver” al que había hablado así, al Padre. Él, como hombre de relaciones públicas, captó que, en ese momento, Jesús y el Padre habían mostrado en público la relación que tienen.

Ahora Felipe se deja llevar un poco por el hilo de sus pensamientos y piensa que los griegos lo consideraron como uno que podía hacer bien de puente para llegar a Jesús, que debieron verlo como una especie de asesor o secretario del Maestro, uno que está atento a lo que pasa y sabe ayudar a que la gente se vincule bien con él. Felipe piensa que en nuestra época él habría sido un buen nuncio apostólico (de hecho, la tradición narra que predicó en Turquía y allí murió mártir). Pero se confirma a sí mismo en que lo que lo hace sentir a bien con su rol de hombre de relaciones públicas es que su actuación sirve para que Jesús revele cómo se relacionan el Padre y Él, cómo tejen sus vínculos, a qué nivel se conectan, cómo se apoyan Uno al Otro y se dan a conocer. Por eso no se siente mal porque Jesús no haya tenido en cuenta su gestión y haya aprovechado para hablar de otra cosa, o de la misma cosa, pero a otro nivel. 

Felipe ve claro que Jesús desestimó su intención de que tuviera una entrevista con los griegos, pero no su intención de fondo, de que había llegado el momento de que se diera a conocer plenamente y a todos. Lo que hicieron, Jesús y el Padre, que intervino aquí de manera especial, fue dejar en claro cuál era la notoriedad que deseaban y cómo se obtiene. No con entrevistas, ciertamente.

La honra, piensa para sí Felipe, esa que tanto buscamos y apreciamos los seres humanos, nos la dará el Padre en Persona si servimos a Jesús. Es la única honra que importa, la que el Padre brinda a los que sirven a Jesús. 

Y Jesús, que lo observa de lejos mientras Felipe reflexiona así, siente que su amigo ha recibido el mensaje, que la buena semilla de su Palabra ha caído en tierra buena. Y se siente contento porque sabe que su enseñanza dará fruto a su tiempo. 

Diego Fares sj

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Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,  también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. 

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplar

Siempre me impresiona pensar que Jesús tenía 30-33 años y que yo ya lo doblo en edad. Nicodemo me hace pensar en esta cuestión generacional. Me lo imagino como un fariseo experimentado, que ha pasado los 50 y que va a encontrarse con un rabí de 30. 

Nicodemo era respetado dentro del grupo de los fariseos, lo cual significaba  en aquel entonces un respeto a triple nivel: a nivel de escuela de pensamiento, a nivel de práctica religiosa y también a nivel político. En la actualidad, estos ámbitos suelen estar separados, pero en aquel entonces estaban unidos. Los fariseos influían en la vida de Israel, tanto por sus posiciones políticas, distintas de la posición de los saduceos que trenzaban con el imperio, y distintas también de la de los zelotes, que  combatían violentamente. Además, influían en la vida cotidiana de la gente con sus interpretaciones autorizadas acerca de la ley y con normas y leyes concretas. 

En el hecho de que haya ido a ver a Jesús se nota que Nicodemo es un hombre abierto, con pensamiento propio, que juzga por sí mismo los signos que ve realizar al joven rabí. Su planteo me da la impresión de que es sincero, … pero va para largo (de hecho, se convertirá públicamente recién después de la muerte del Señor). Nicodemo comienza haciéndole ver a Jesús que ha seguido atentamente su irrupción en la vida pública de Israel, que ha reflexionado acerca los signos que Jesús está realizando,  y ha discernido que viene de Dios como maestro, que Dios está con él y por tanto que tiene algo que enseñar a su pueblo,

Jesús lo pesca al vuelo y lo apura: le sale con que, para acercarse a Él y entrar en el Reino que Él predica, hay que nacer de lo alto, del Espíritu. 

Nicodemo patalea haciendo notar que las cosas requieren tiempo y que no se puede cambiar de mentalidad así nomás. Usa la imagen de volver a entrar en el seno de su madre y nacer por segunda vez, para luego rehacer todo el camino de su vida de nuevo. Pero Jesús insiste en la dimensión de lo alto, en el nacimiento nuevo que da el Espíritu y que no sigue los procesos de la carne. Se trata de un nacimiento que pone en marcha nuevos procesos, que uno no sabe a donde llevan ni cuanto durarán. Jesús usa la imagen del viento, que sopla donde quiere: uno escucha su sonido, pero no sabe de dónde viene ni a donde va. Lo que propone el Maestro es un seguimiento de su persona en completa disponibilidad y apertura total a “lo Alto”. 

Nicodemo retruca con pragmatismo: cómo puede ser posible un seguimiento así, a ciegas, sin proyecto… 

Y Jesús redobla la apuesta. No le explica nada, sino que lo remite a su propia experiencia: ¿tu eres maestro en Israel y no sabes esto? 

El Señor, como vemos, se sitúa a nivel existencial, no de discusiones de palabras. Si uno es maestro de vida sabe que la vida enseña si uno se juega entero cuando se dan los desafíos verdaderos. Lo hemos experimentado en esta pandemia, cuando se cayeron todos los libretos y los que estaban en primera fila se tuvieron que jugar sin saber nada, aprendiendo sobre la marcha y exponiendo su vida. 

Luego de este estacazo final con el que el Jesús desarma a Nicodemo, quitándole esa seguridad comparativa que todo maestro experimentado tiene midiéndose con los demás, una vez que lo deja como un niño de escuela que tiene que aprender todo de nuevo, el Maestro, ahora sí, le da los argumentos teológicos que Nicodemo había venido a buscar. Primero le dice que Él es el único que ha venido de lo Alto; luego le recuerda la Escritura, el pasaje en que Moisés usó como remedio para su pueblo la misma serpiente que los mordía, levantándola en alto; y por fin le revela la doctrina de fondo por la que Él viene a dar la vida en testimonio: que el Padre ama tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo amado, y que este Hijo viene para salvar, no para condenar. 

Jesús centra todo en su persona: el que cree en Él se salva, el que viene a Él y se deja iluminar, se salva. La cualidad de las personas se define por cómo nos acercamos a Jesús, y el ejemplo que pone es el del que practica la verdad y por tanto se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas en Dios. 

He contado de nuevo el relato evangélico tratando de hacerlo a mi manera, buscando puntos de contacto con Nicodemo, para poder recibir mejor la Palabra del Señor. Cada uno tiene que hacer este trabajo y reeditar este encuentro y diálogo de Jesús partiendo de las “Nicodemadas” que cada uno tiene y profesa. Es decir, discerniendo en Nicodemo algo con lo que uno se identifica y, diciéndoselo a Jesús cada uno a su manera, permitir al Señor que lo ilumine. 

Dos cosas me vienen con mayor fuerza en mi oración. Una es la de “ir a encontrarme con Jesús como hizo Nicodemo”. El fue de noche, con sus miedos y sus discursos, pero fue. Se animó a charlar personalmente con el Rabí, mientras que sus pares lo miraban de lejos y lo estudiaban sin confrontarse con él. 

Madeleine Delbrêl cuandocuenta su conversión, dice algo que podemos identificar con la postura de Nicodemo. Ella a los 17 años se había declarado atea. Pero, en cierto momento, viendo cómo vivían otros jóvenes como ella que sí creían, hace una reflexión similar a la de Nicodemo: concluye que “no es rigurosamente imposible que Dios exista” y, por tanto, ella, si quiere tener de Él alguna respuesta, tiene que tratarlo como una persona viva. Y esto significa “rezar”. 

Rezar es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama, como dice Teresa. Es un razonamiento muy iluminador. Con la razón, no va más allá de lo que esta puede dar. Pero, así como no puede “probar” que Dios existe, tampoco es racional pretender probar que no existe. El salto que da luego es como el de Nicodemo. Si puede ser que exista Alguien así como un Dios (Alguien que es mi Padre y mi Salvador) no puedo acercarme como un estudioso que pone a ese Dios bajo el microscopio de su razón y lo va probando, sino que tengo que tratarlo yo como hijo. Esto es nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer “eligiendo” ser libremente el hijo que soy naturalmente. 

El otro punto que me toca en el evangelio de hoy tiene que ver con el reclamo que hace Jesús. Es un reclamo de amor. ¡Se trasluce en ese “tanto” amó Dios al mundo! Digo que el tono es el de un reclamo amoroso y no el de alguien que quiere probar algo objetivamente. Esto es propio de un verdadero padre y amigo, de alguien que nos quiere y no nos dice simplemente que nos quiere, sino que nos dice que nos quiere tantísimo, como diciendo que no podemos no darnos cuenta de un amor así. Y a esta Luz poderosa del “tanto amor” del Padre se suma la otra Luz, la de que el Hijo vino para salvar y no para condenar a nadie. Salvar sí o sí, cueste lo que cueste (y le costó la vida) es la prueba de tanto amor. Con menos que eso, no sería tanto. Quizás un amor justo, pero no “tanto amor”. 

La fe, entonces, no tiene mucho que ver con un creer en la idea de un Dios que debe existir de alguna manera misteriosa, sino que la fe es fe en tanto amor, fe en un Jesús que hace todo por salvar a todos. Eso es “lo Alto”. La altura del tanto, de lo exagerado, de lo sin condiciones del Amor del Padre y la altura del cueste lo que cueste de la salvación que se propone Jesús y que lo lleva a ser alzado en lo alto de una cruz. Hay que nacer de lo alto, dice Jesús. La fe no es creer al menos un mínimo, sino que creer es solamente creer lo máximo. Y actuar en consecuencia, es decir: rezar. Hablarle a ese Dios como un hijo a su padre o un amigo a otro amigo. ¡Hablarle! Tratarlo como una persona, que nos quiere no “lo justo”, sino “¡tanto!”, que viene para salvarnos y que tengamos vida y no para que cumplamos y zafemos.

Siempre recuerdo a ese pobre hombre que me llamaron para que saliera a ver porque estaba sentado en la vereda del Hogar, flaquito y derrumbado, que no respondía a lo que le preguntaban, todo sucio y desaliñado. Los que hacen la fila para entrar a desayunar no están en las mejores condiciones de higiene y vestido y que este les hubiera impresionado tanto habla por sí solo de la condición triste y desesperada en la que se encontraba este pobre ser humano. No me respondía tampoco a mí ni me miraba así que con la ayuda de otros lo alzamos en vilo y lo hicimos entrar en el hogar. Uno de los encargados fue a buscar ropa limpia mientras otro lo ayudó a bañarse. Yo seguí con otras cosas y como a la media hora me llamaron de nuevo para que fuera a verlo al comedor. El hombre estaba sentado tomando su te con leche y facturas. Hablaba con todo el mundo y sonreía. Era obvio que primero no hablaba porque estaba sucio y hambriento. No hablaba, pero se hizo entender como si gritara. Y cuando se sintió tratado con dignidad, empezó a hablar normalmente. Yo no se por qué, pero le apliqué el ejemplo a Dios y ahora me vino de nuevo la escena. Pensé -pienso- si no será que el silencio de Dios que muchos experimentan se debe a que está como este hombre, esperando a que lo tratemos como una persona. Solo que, en el caso de Dios, tratarlo como persona no significa bañarlo a Él, sino bautizarnos nosotros (ayudando a que se pongan en condiciones dignas también nuestros hermanos). Ahí sí que nuestro Dios comienza a hablar con todos y se vuelve luminoso su amor y vemos posible su salvación.

Diego Fares sj

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Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: 

“Los celos por tu Casa me han devorado” (Sal 69, 9). 

Entonces los judíos le preguntaron: 

«¿Qué signo nos das para obrar así?» 

Jesús les respondió: 

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.» 

Los judíos le dijeron: 

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 

Pero él se refería al templo de su cuerpo.  Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Y los discípulos recordamos todos lo mismo: ‘Los celos por tu casa me han devorado’, como dice nuestro salmo 69. Veníamos de la fiesta apacible de las bodas de Caná, con el sabor del vino bueno aún en la boca, y después de pasar por Cafarnaún, con María y con los parientes de Jesús, a todos nosotros, sus discípulos, la subida a Jerusalén nos había llenado de alegría el corazón. ¡Íbamos con el Maestro a orar al templo! 

Pero de golpe, lo vimos enrojecer (qin-ah, rojo, es la palabra que usamos para calificar el enrojecimiento del rostro que nos provocan los celos) y comenzar a actuar como alguien que está fuera de sí. Nosotros estábamos apreciando las cosas que se vendían en la escalinata del templo, eligiendo cada uno algún regalito para comprar, y no va que Él se enfurece, agarra un látigo y comienza a voltear las mesas de los cambistas y a sacar a latigazos a todos, hombres y animales. Con los únicos que tuvo un gesto de amabilidad fue con los que vendían palomitas. Lo curioso fue que lo que nos vino a la mente no fue la palabra “bronca”, sino celos. Y en ella nos quisiéramos detener, porque cuando, después, se lo comentamos al Señor, Él no nos dijo que no, y, de alguna manera, aceptó nuestra interpretación. 

Al igual que las autoridades del templo tampoco nosotros entendimos qué quería decir cuando habló de reconstruir en tres días el templo. Recién comprendimos esto cuando el Señor resucitó. Pero lo de los celos, lo captamos enseguida. Es que los celos son algo que todos conocemos por experiencia. Quién no sintió celos por la llegada de un nuevo hermanito o al ver algún regalo especial que nuestros papás le hacían a alguno de nuestros hermanos el día de su cumple; quién no tuvo celos en su adolescencia, al ver que la persona de la que estábamos secretamente enamorados comenzaba a salir con otro amigo; o, de grandes, al ver que en el trabajo o en el círculo de nuestras amistades, otro recibía mayor atención que nosotros. Todos reconocemos cuando hay celos. 

Ahora bien, cuando al ver la reacción del Maestro pensamos en celos, la imagen no fue la de los celos normales, sino que la imagen fue la de celos devoradores. Son esos celos que surgen cuando vemos que el amor que alguien querido nos tenía otro lo acapara para sí con engaños. Y es alguien que no merece ni le importa ese amor y que lo usará para mal. Todo esto hace que los celos se dupliquen y se conviertan en indignación, de modo tal que muchas veces uno pasa a la acción violenta en su intento de evitar un daño seguro. Estos celos no surgen de un día para otro, sino que se cultivan por años. Y así como es destructivo cultivar celos devoradores si están enfermos de egoísmo, cultivar el celo por las cosas santas es constructivo, ya que se rebela contra lo malo sin hesitar. Estos celos no son para oponerse a cualquier mal, porque hay males con los que hay que tener paciencia, como nos enseña el mismo Señor en la parábola del trigo y la cizaña. Son para atacar ese mal absoluto que consiste en robarle con engaño a un hijo el amor incondicional por su padre bueno. Ese mal no tolera componendas. 

Algo así fue lo que sentimos que le pasó a Jesús: al verlo reaccionar tan mal y de una manera para nada habitual en Él -siempre tan manso y pacífico-, inmediatamente nos vino a la mente que estaba celoso, pero que no se trataba de una cuestión meramente ética o de simple justicia, en el sentido de que cada cosa tiene que tener su lugar -hay un lugar para adorar a Dios y un lugar para comerciar-, sino que lo que le indignó al Señor fue comprobar que le habían ocupado la Casa de su Padre, que es el lugar santo donde el pueblo va a rezar, y se lo habían convertido en un mercado. Es decir, que había gente que aprovechaba un lugar tan santo sin tener en cuenta que distraía a la gente de algo tan vital y único como es tener un espacio sagrado en el que adorar al Padre. 

Más que “celo por  casa” (referido al Padre) es “celo por nuestra casa”, por la casa de todos nosotros (también de los comerciantes, ya que incluso ellos deben tener un lugar para rezar), rebajada de lugar de adoración a lugar de comercio. 

Los celos del Señor le venían porque sentía que le estaban robando a su pueblo esa casa paterna a la cual como hijos pródigos siempre podemos regresar para recuperar nuestra condición de hijos amados. Esto es lo que causó y causa indignación en el Corazón del Señor”.

El celo de Jesús al ver profanado el espacio sagrado de la Casa del Padre es algo que se fue gestando a lo largo de mucho tiempo, en cada subida con sus padres a Jerusalén. La consideración que Jesús mostró con los vendedores de palomas nos hizo pensar en sus padres, que habían ofrecido por él un par de tórtolas, y ese detalle nos llevó a concluir que lo de Jesús no fue una reacción, sino una acción largamente preparada y medida. Una escena de celos, sí, pero no fruto de una pasión descontrolada, sino de una pasión rezada y discernida, que con los gestos que realizó deseaba imprimir, como de hecho hizo, en el recuerdo de los que lo vimos actuar así, un signo claro y profético de algo que desagrada a Dios de manera intolerable: que le roben a sus hijos el espacio sagrado de su Casa -el Templo-, donde podemos adorar y obtener Misericordia. El amor extremo de Jesús se muestra en estas dos actitudes complementarias: la de su mansedumbre de Cordero que recibe en sus espaldas los azotes que mereceríamos nosotros por nuestros pecados y la de la furia del Pastor que echa a latigazos a los lobos que, disfrazados de ovejas, ocupan el lugar sagrado del Templo.

La “medida” de los celos, que medimos con nuestro “celómetro” interior – que es muy sensible-, debe ser bien pesada, calibrada y dialogada, para que sea justa, ya que a veces nuestra percepción puede verse empañada o exagerada por nuestro egoísmo o por nuestros prejuicios. Pero el “sentido de celosía”, como el sentido de justicia o el sentido de sinceridad, es algo propio de nuestro ser humano y, por lo que vemos en el evangelio de hoy, es algo también propio de Dios. Nuestro Dios es un Dios celoso de sus hijos y de su pueblo. Reacciona cuando siente que le quitan el amor de sus hijos. No porque tenga Él una carencia y la proyecte en otros, como a veces nos pasa a nosotros, sino porque no tolera que el demonio, el padre de la envidia -que es un tipo de celos radicalmente viciado y dañino- nos robe con engaños a nosotros sus hijos nuestro amor de predilección por nuestro Padre, que es la fuente de nuestra autoestima y de nuestra fraternidad humana. 

Dejando la perspectiva de lo que pensarían los discípulos (sugerida por Juan al contar la escena diciendo lo que “sus discípulos pensaron”) pasamos a nuestra realidad actual. 

El estereotipo es reducir la fuerza de esta escena imaginando que Jesús desarmaría los puestos de venta de estampitas que se sitúan en la entrada de los santuarios. Creo que la reprensión del Señor frente a estas actitudes sería como la que les hizo a los vendedores de palomitas. En todo caso, los comerciantes a los que el Señor empujó fueron objeto de un maltrato directo y momentáneo y quizás ellos mismos hayan estado entre esos “muchos” que Juan dice que “creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba”. El gesto del Señor, que sirvió y sirve para corrección de la gente humilde, no sirvió para cambiar a las autoridades del templo que, astutamente, aprovecharon para cuestionar al Señor. Habrán pensado que Jesús había metido la pata, que se había calentado, y que eso lo llevaría al desprestigio… El Señor los enfrenta en otro terreno que no es el de un simple empujón o rebencazo. Ellos son los verdaderos comerciantes del templo, los que no dejan que la gente se acerque a adorar a Dios con sus leyes formales (que ellos mismos no cumplen, aunque aparenten lo contrario). La actitud diferente que el Señor adopta frente a estos fariseos, que terminarán por matarlo en nombre de la ley, contrastada con la actitud directa que muestra ante los vendedores, nos hace pensar en el misterio del mal. Tendría que bastarnos un reto para darnos cuenta de lo tontos que somos al dejarnos robar el Amor de nuestro Padre por las ventajas de comerciar chucherías al servicio de algún ídolo. Y sin embargo no basta. El Señor más que dar dos latigazos tendrá que recibirlos Él, para que, al verlo tan herido en la Cruz, creamos que no vino a condenar sino a salvar. Tendrá que perder todo, incluso la vida, para que -comerciantes como somos- no creamos que Dios es también un comerciante, interesado en servirse de nosotros o de sacarnos algo. 

Los celos tienen una virtud: la de hacer patente un valor que estaba oculto. Son señal de amor. Los celos enfermizos y exagerados son señal de un amor enfermo. El que es celado mal siente que el enojo del que lo cela se debe a que quiere poseerlo él y no a que desea que no lo engañe otro. Pero los celos buenos de quien solo busca nuestro bien y, aunque se exceda en alguna medida, tiene la lucidez de elegir el mejor momento posible para hacernos sentir su indignación por el engaño del que estamos siendo víctimas, es señal de un amor especial. Estos celos buenos son una de las características más lindas de Jesús y nos revelan cómo es el Corazón del Padre. Un Dios al que le importamos. Tanto como para estar celoso de nuestro amor. Cuando uno entiende estas cosas, que son básicas entre enamorados, se libera de muchas imágenes falsas de Dios: del Dios del deber y del formalismo y del Dios indiferente y lejano. 

Diego Fares sj

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