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Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, 

y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. 

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. 

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: – «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» 

Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. 

Felipe le contestó: -«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» 

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: -«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» 

Dijo Jesús: -«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres  en número de unos cinco mil. 

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo  los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.» 

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que  habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: -«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» 

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

En este tiempo de vacaciones en nuestra querida enfermería San Pedro Canisio, junto a la Curia General Jesuita, ando con tiempo de sobra para rezar y la verdad es que lo hago a gusto. Y como desde hace una semana el Señor me viene dando una gracia particular la comparto con sencillez hoy, porque junto con el consuelo de la oración, el Señor me confirmó que es algo suyo, planeado, si se puede hablar así. Es una “segunda gracia” que el Señor da en la oración y tiene que ver con lo que Ignacio llama “reflexionar para sacar provecho”. Con las gracias siempre puede uno ser más delicado y atento a la hora de valorarlas y de reconocerlas para dar gracias debidamente. En la oración el Señor da distintos tipos de consolación -alegría, paz, aumento de caridad…-; pero también es una gracia reflexionar acerca de lo recibido y en qué grado se dio; y una tercera, gracia, que siempre hay que pedir, consiste en poder comunicar a otros lo recibido con el mismo Espíritu e intensidad con que el Espíritu nos lo hizo sentir. Son cosas distintas y hace bien meditar en ellas.

 Esta de la “reflexión para sacar provecho” es una gracia muy linda, porque uno no solo recibe “algo” del Señor -en el sentido de un sentimiento para gustar o de una situación que logra discernir- , sino que también comparte el gusto que siente el Señor al dar su regalo, es decir, uno participa de algo que experimenta el Otro. Todo esto no es otra cosa que comunicación, y como dice Ignacio, “el amor consiste en la comunicación”, en dar y recibir uno del otro cada uno dando de lo que tiene y puede. 

Con la gracia de la que hablo sucede así: el Señor me hace sentir su presencia de manera muy intensa -con alegría y lágrimas- y está haciendo todas las noches hacia las 3 de la mañana. Como tengo que tomar agua todo el tiempo para que riñón trabaje sin esforzarse, no duermo profundamente, sino que descanso en una especie de somnolencia leve y tranquila. Pero, como decía, a eso de las tres se me hace sola una contemplación entera, en general de los ejercicios. Es como si me la predicaran. Anoche, me avivé de lo de la hora y me animé a preguntarle al Señor si eran impresiones piadosas mías o si de verdad se le estaba ocurriendo venir todas las noches a la misma hora, con eso de “estoy a la puerta y llamó…”. No digo que me dijo: “Y qué te parece! Ya va una semana! No?”, pero dentro mío se formaron unas palabras más o menos como esas (en realidad las palabras fueron más cercanas a un “te avivaste!”), mientras sentía que le abría la puerta y que el Señor entraba a charlar un rato, como la noche aquella en que lo visitó Nicodemo. 

La charla -o contemplación que se arma – arrancó por el lado de la escena del Señor con Pedro junto al lago: Hace días que vengo tratando de “perforar” en el terreno duro de este deseo, en busca de encontrar el modo como el Señor se quiere relacionar conmigo: que si tengo que dejarlo que venga Él cuando quiera o llamarlo más; que si lo primero es pedirle que mire mis infidelidades y me sane de mis pecados y enfermedades o si le tengo que preguntar cosas y escuchar lo que dice en el Evangelio… Me he estado preguntando también con qué personaje del Evangelio puedo identificar el trato que quiere tener el Señor conmigo (antenoche me parecía que Zaqueo me viene bien, dado que soy de la especie de los cobradores de impuestos). No terminaba de encontrar nada que me conformara  como algo definitivo pero, de golpe, me llamó la atención que el Señor le preguntara a Simón Pedro si lo amaba como amigo e, inmediatamente, en vez de ponerse a charlar acerca de cosas suyas, como en general hacemos con nuestros amigos, le saliera con lo de pastorear a sus ovejas y corderitos. Ahí encontré algo! Jesús trata a Simón como un par, le encarga que colabore con su misión de pastorear y lo involucra en su carisma de intercesión (el Señor está siempre intercediendo por nosotros ante el Padre). 

Esto de la intercesión de a dos es un modo de relación “definitivo”, en el sentido de que es algo propríisimo de Jesús y Él decide compartirlo! Ayudame a interceder, le dice a Pedro, ayúdame a rezar! La relación no va por el lado de mírame a mi a ver qué pienso de vos, sino ayudémonos a mirar a los demás. 

Sin excluir otros modos, como los de tener una relación de Dios a hombre, de Redentor a pecador, de Maestro a discípulo, de Esposo, de hermano, hermana, Madre y de amigo, Jesús se quiere relacionar con Pedro como con uno que le ayudará a pastorear y a interceder por los demás. Esto me hizo bien y caí en la cuenta que mi oración de estos días había ido por ahí: en vez de andar mirando cómo estaba el Señor conmigo -cosa que no me llevaba a nada concreto-  terminaba siempre encontrando gusto en interceder por tantos amigos y amigas que también rezan por mí. Uno por uno, por toda la gente que conozco y pidiendo por sus necesidades. 

En el Evangelio de hoy, sucede igual: Jesús lo involucra a Felipe poniéndole el problema de cómo dar de comer a la gente que los sigue, con hambre de la Palabra de Dios y también con hambre de pan. Es un modo de relación particular este que se da entre los que comparten una misión de ayudar con obras de misericordia a los demás, sean corporales, como dar de comer (y juntar las canastas), sean espirituales, como pastorear, cuidar y consolar… 

En el mosaico de Rupnik, la imagen del pibe en puntitas de pie, que le alcanza sus cinco pancitos a Jesús, es conmovedora. El Señor involucra a los más pequeñitos en esta oración de intercesión. No hace falta ser un Samuel, un Moisés o un Isaías para interceder ante Yahveh. Gracias a Jesús, la oración al Padre del más pequeñito del Reino es superior a la de todos los grandes intercesores del AT. 

El Evangelio incorpora todos los pedidos de las madres, todos los deseos de los enfermos, todos los sueños de la gente humilde, que se suman al deseo de que “venga el Reino” que es el motor del Corazón del Señor. 

Nadie mejor que el Papa Francisco para decir algo sobre la intercesión. Decía en una de sus catequesis sobre la oración: “Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. 

Todos necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad. En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión.

Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… 

Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie. La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad quien reza —ya sea la soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora para rezar— se separa de todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo. 

El Catecismo escribe: «Interceder, pedir en favor de otro es […] lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios» (n. 2635). Esto es muy bonito. Cuando rezamos estamos en sintonía con la misericordia de Dios: misericordia en relación con nuestros pecados —que es misericordioso con nosotros—, pero también misericordia hacia todos aquellos que han pedido rezar por ellos, por los cuales queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios. Esta es la verdadera oración. En sintonía con la misericordia de Dios, ese corazón misericordioso. «En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos» (ibid.). ¿Qué quiere decir que se participa en la intercesión de Cristo, cuando yo intercedo por alguien o rezo por alguien? Porque Cristo delante del Padre es intercesor, reza por nosotros, y reza haciendo ver al Padre las llagas de sus manos; porque Jesús físicamente, con su cuerpo está delante del Padre. Jesús es nuestro intercesor, y rezar es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al Padre, por los otros. Esto es muy bonito” (Francisco, Audiencia General, 16 de diciembre 2020).

Diego Fares sj

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Volvieron los apóstoles a reunirse junto a Jesús

Y le contaron todas las cosas que habían hecho

y las cosas que habían enseñado.

El les dice:

Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

y descansen un poquito’ (anapausasthe).

Porque eran tantos los que iban y venían

que ni para comer encontraban un tiempo desocupado.

Y se fueron en la barca a un lugar desiertoentre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas,

concurrieronallá y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre,

y se compadeció entrañablemente de ellos,

porque andaban como ovejas que no tienen pastor

y se puso a enseñarles largamente y con calma (Mc 6, 30-34).

Contemplación

Este evangelio es uno de mis preferidos. Se respira compañerismo en él.. Y eso hace a lo más hondo que descubrió Ignacio de Jesús: su deseo de amistad con nosotros.Por eso le puso el nombre de “Compañía de Jesús” a la manera de vivir y de ayudar que el Señor le inspiró compartir con otros compañeros.

Marcos nos hace contemplar cómo el Señor acompaña a los suyos y cómo les va enseñando a acompañar. Les enseña y los escucha. Los llama junto a sí, los envía y espera a que vuelven a reunirse junto a Él. Se los lleva a descansar un poco, Los urge a hacer esas pausas en las que la amistad y la charla cordial, permiten que se recobre la paz y la serenidad del alma.

Miramos a los apóstoles, como vuelven a juntarse en torno a Jesús. Vienen con mil cosas que contarse.

Me gusta quedarme mirando a este Jesús que goza con los cuentos de sus amigos, que escucha con emoción las anécdotas de las primeras salidas apostólicas. Esto me trae siempre recuerdos de nuestra formación, cómo volvíamos de los Barrios aledaños al Colegio Máximo, los sábados a la noche, y nos juntábamos a contar las anécdotas más sabrosas del día, lo divertido y lo doloroso, las cosas lindas vividas con la gente… Una gracia especial ya la tenía desde entonces el padre Ángel Rossi. Sus anécdotas nos hacían desternillar de risa. Habíamos estado juntos, con las mismas abuelas, las mismas mamás y los mismos chicos del barrio, pero no tenían desperdicio sus imitaciones de los hermanitos Pinto, por ejemplo, apareciendo colgados de un colectivo que pasaba  lentamente por las calles tierra, saludando con voz finita que Rossi remedaba: “chau hermano!”. El sábado a la noche esas eran nuestras “contemplaciones para alcanzar humor”.

La “pausa” que el Señor hace con los apóstoles es muestra de compañerismo. Conmueve sentir cómo los cuida, atendiendo Él en persona a la gente la cual, cuando descubre que el Señir está cruzando el lago, hace el camino por tierra (que es más corto) y lo espera en la otra orilla.Sin desatender a la gente Jesús cuida el descanso de los suyos.

Este pasaje de la primera misión, con su ida y su retorno, con Jesús que los misiona y los recibe, encierra todos los tesoros de la intuición de lo que significa ser discípulos misioneros.

En el centro de todo está el Señor: comunicando siempre lo que Él es, su manera de “estar con el Padre” -“Yo nunca estoy solo”- les confesará Jesús un día y el “para qué ha salido” del Padre y ha venido a nosotros.

La imagen que nos regala Marcos es la de un Jesús a quien, así como le encanta estar con el Padre, le encanta de igual manera estar con nosotros: con sus amigos y con la gente.

En este evangelio podemos contemplar que es un Jesús sin apuros, con ganas de compartir.

La sensación es doble: por un lado parece que el ritmo que llevan es agobiante: no les deja tiempo ni para comer, se tienen que escapar, la gente los persigue.

Pero, por otro lado, los gestos del Señor son de tranquilidad: se los lleva a descansar; y con la gente se queda Él, enseñándoles largo y con calma…

La escena es de mucho trabajo y mucha paz.Va y viene mucha gente y sin embargo se respira intimidad. Son esas tensiones que solo se dan en el Reino, que no separa trabajo y descanso como nuestra cultura actual.

Un detalle para orientar lo que vamos sintiendo: Marcos no nos cuenta qué le enseñaba Jesús a la gente. Mejor dicho: al no poner dichos de Jesús o enseñanzas doctrinales, nos hace mirar al Señor mismo como Maestro de vida.

¿Qué es lo que nos enseña Jesús Maestro y Buen Pastor en este pasaje?

Si lo miramos a Él, si como dice Ignacio, miramos la Persona de Jesús, lo que hace y lo que dice, recibimos enseñanzas muy hondas.

Jesús se nos revela con una Persona con infinita capacidad de acogida.

Recibe a todos.“Vengan a Mi todos…”; “Atraeré a todos hacia Mí…”

A los apóstoles los recibe comprendiendo sus ganas de contarle lo que hicieron y enseñaron y su necesidad de descansar un poquito.

A la gente la recibe comprendiendo sus ganas de escucharlo hablar, de que les enseñe y les predique. La gente acudía a oírlo hablar. El pueblo sencillo capta mejor que nadie que Jesús es la Parábola viviente del Padre Dios. La gente sencilla, que quizás no lee muchos libros, cuando habla Jesús se va tras él y se olvida (también ellos) hasta de comer.

A veces, cuando vemos que la gente va a Lujan o a San Cayetano, muchos piensan que van a buscar un milagro. Y es cierto. La gente pide cosas concretas. Pero más que nada va a hablar con su Buen Pastor, con sus compañeros los santos y con la Virgen. La gente va porque sabe que será escuchada y acogida. Va a hablar no tanto de cosas para resolver, sino de esas cosas que uno necesita hablar para desahogarme y compartir el corazón.

Cuando uno se encuentra con sus amigos y hay poco tiempo para estar juntos, uno saca lo más hondo ─ lo más lindo y lo que más duele ─. Aunque no sea todo, uno comparte algunas cosas que hacen sentir que se compartió el corazón. Por este lado va la charla de Jesús con la gente y de la gente con Jesús. No importa tanto qué se dijeron ─ serían las cosas de aquel momento y de cada uno ─ importa aprender que es lindo sentir que a Jesús le gusta quedarse enseñándonos largamente y con calma, cuando nos ve que andamos como ovejitas que no tienen pastor.

Y yendo más hondo, esta capacidad del Señor de acompañar y compartir brota de ese sentimiento que se identifica con el Ser mismo de Dios: la compasión entrañable. Desde la perspectiva del compañerismo, la compasión se ve de otra manera. Solemos poner el acento en la segunda parte de la palabra, el padecimiento. Y sin embargo, el acento está en el con. El dolor hace estar con el otro. En la impotencia que a veces se experimenta para ayudar de manera eficaz a que cese un dolor, uno experimenta cómo se abre otra dimensión, la del sentir el amor de la persona que nos acompaña o a la que acompañamos. La compasión hace a este ser comunitario de Dios, al estar siempre juntos el Padre con su Hijo, en constante comunicación Espiritual.

Esto es lo que enseña Jesús con su Persona, con sus gestos y sus pocas palabras en este pasaje evangélico.

Si al enviarlos les dio muchas instrucciones, al recibirlos sólo les dice “Vengan ustedes solos a descansar un poquito”. Solo una frase y lo demás son gestos: de escucha, de servicialidad, de atención y cariño.

Juan le dará forma definitiva y Eucarística a este Jesús que recibe a los suyos luego del trabajo en la última aparición en el Lago, cuando los espera en la otra orilla con el Pan y el pescado a las brasas.

Nos quedamos descansando en esta imagen acogedora del Señor.

Solo en torno a esta compañía de Jesús que nos recibe y nos espera se reconcilian esas cosas que en el mundo son opuestas y en el Reino se armonizan: trabajo exigente, fatigoso y clima distendido, de cordialidad.

Diego Fares sj

 

 

 

Gracias

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“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

 comenzó a enviarlos de dos en dos

y les dio potestad sobre los malos espíritus.

Les mandó que nada tomaran para el camino,

sino sólo un bastón;

ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía: ‘En cualquier lugar que entren en una casa

permanezcan allí hasta que salgan de ese lugar.

Y si algún lugar no los recibe y no los escuchan,

saliendo de allí, sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo, predicaron de manera que la gente se convirtiera;

expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

En lo que se refiere a personas, Jesús suma: envía a sus discípulos de dos en dos; en lo que es cuestión de cosas, Jesús se muestra sobrio: solo un bastón, ninguna mochila, una sola túnica… El Reino crece incluyendo personas y compartiendo no solo los bienes, sino también las cruces.

            Los dos criterios están íntimamente conectados: si se multiplican las personas hay que dividir los bienes y ayudarse a cargar las cruces. La contraprueba la da la lógica del dinero: si uno quiere amontonar bienes o gozar exageradamente de ellos, tiene necesariamente que excluir personas. 

Cuando uno establece esta correlación de manera cruda, no faltará quien te haga  sentir que sos ingenuo, que no sabés nada de economía… Me refiero a formulaciones fuertes  y claras como la de San Ambrosio, por poner un ejemplo acerca de cómo pensaban los Padres de la Iglesia: «No es parte de tusbienes lo que tú das al pobre; lo que le das le pertenece».

Pero entendámonos bien. No se trata de que tengamos que pasar necesidad ni de nivelar para abajo, ni de tener una postura “pobrista”, contraria al crecimiento. Estos son slogans burlones que usan personas poco serias. La propuesta cristiana es muy concreta y precisa: se trata de “madurar en una feliz sobriedad” (LS 225), para que a ningún ser humano le falte lo que “le pertenece”.  

El Papa nos propone a todos una “conversión ecológica que nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, una mirada que considera la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida”. 

La transformación de las relaciones, como decíamos, pone a las personas en el lugar más alto de la escala de valores. Notemos, eso sí que compartir los bienes es solo una cara de este poner a la persona por encima de las cosas; la otra cara es compartir también las cruces (los problemas y la responsabilidad personal). 

En este año ignaciano, la imagen de Jesús compartiendo la cruz con Ignacio, codo a codo, con una misma mirada, paso tras paso, es original y muy sugestiva: con su belleza nos invita a una contemplación sin apuros, que le vaya tomando el gusto a esta gracia propia del carisma ignaciano tal como se nos regala en los Ejercicios: la gracia de ser compañeros de Jesús.

Este ir “de a dos” con nuestro Señor es, creo yo, la gracia más grande que puede dar  Dios a su creatura. Pero lleva tiempo desprenderse de los estereotipos. Una imagen estereotipada, por ejemplo, es la que se limita a resaltar el aspecto “ascético” de la cruz: “lo que vale, cuesta”. Si querés seguir a Jesús “tenés” que cargar tu cruz. Son expresiones que contienen una verdad, pero pueden ocultar otra más honda, de índole existencial. La cruz es un misterio tan grande que Dios mismo no lo resolvió “técnicamente”, como quien resuelve un problema, sino que vino a hacerse cargo y abrazó la cruz de todas sus creaturas con infinito amor. Pero no con un amor heroico, del que se hace cargo de todo él solo, sino con un amor que también sabe pedir ayuda a sus amigos. Así, el compartir la cruz es más que el mero cargarla. Aquí hay un sello característico de nuestras ayudas cristianas, tanto personales, como puede ser un acompañamiento espiritual, como sociales. Ayudamos pidiendo ayuda al otro, compartimos la cruz, cada uno según puede hacerse cargo. 

En la base está este ir “de a dos” con Jesús, el dejarse ayudar por Él y el ayudarlo nosotros. ¡Sí! También nosotros podemos ayudar a Jesús. Y esto está más allá de que Él “lo necesite o no”: ciertamente ¡lo desea! Jesús desea nuestra ayuda. Y cuanto más creativa y libre, mejor. 

El ir de a dos con Jesús es el que posibilita e incluye a todos los otros “de dos en dos”. La petición de Ignacio al Padre, de que lo pusiera con su Hijo, incluye un doble deseo, el de estar en Compañía de Jesús y el de estar en compañía de todos los hombres, nuestros hermanos. Dejándonos acompañar por Jesús podemos abrirnos a los demás, podemos aceptar a todos en su diversidad.

            Por eso remarcamos que el Reino consiste en primer lugar en personas (más que en estructuras): personas con las que compartimos la amistad con Jesús y con las que salimos a predicar, a ungir, a sanar. Personas excluidas a las que salimos a buscar para crear junto con ellas espacios donde nadie esté excluido.  

            En esta dinámica del compartirlo todo con Jesús – Él, de lo que tiene y puede y nosotros, de lo que tenemos y podemos, como dice San Ignacio -, hay un detalle especial: Jesús nos comparte también su “autoridad o poder” sobre el mal espíritu. Nos comparte su “discernimiento” para detectar el mal espíritu y para “expulsarlo”. No se trata de un poder en el mero sentido de una habilidad o conocimiento, sino que el Señor nos comparte su Espíritu Santo, que es el que “expulsa al mal espíritu” y lo hace no por decreto sino por “llenura”. Llenándonos de gracia el Espíritu le quita al malo la covacha donde anidar. 

El Espíritu Santo sanea las fuentes de la contaminación con que se alimenta el mal espíritu: la enfermedad y el pecado. Sanando y perdonando el Espíritu hace que el hombre quede liberado del poder del maligno y bajo el influjo bienhechor de su gracia santificante. Grün dice: “expulsar a los demonios significa librar a los demás de los modelos de vida enfermizos, de las imágenes enfermizas de Dios”.

Podemos releer el discurso de la misión desde esta clave del Buen Espíritu y ver los criterios con que Jesús ejerce su autoridad para con el mal espíritu y nos la comparte, haciéndonos especialistas en discernir lo que es de buen espíritu y lo que no, cada uno en su ámbito de vida y misión.

La autoridad que da andar en compañía de Jesús

Llama junto a sí a los que El quiere”. El primer criterio del Espíritu Santo es el de la cercanía con el SeñorJesús. El Señor nos llama a vivir en su compañía y el buen espíritu fomenta y consolida todo lo que es cercanía y amistosa familiaridad con el Señor. Este llamado es algo inaudito, propio de Jesús, un acto soberano de su libertad y de su amor de predilección que llama porque quiere a que estemos “junto a Él”. Le quita así el Señor autoridad al príncipe de este mundo cuya principal acción es hacernos sentir lejos del amor de Dios, “tibios, tristes y perezosos — dice Ignacio —, y como separados y alejados del amor del Señor”. 

“A dónde iré lejos de ti, a dónde huiré de tu presencia” (Salmo 139).

“Quién nos separará del amor de Cristo” (Rm 8, 35)

“Qué nada ni nadie me aparte de tu amor” (Oración secreta antes de la comunión).

“No permitas que me aparte de ti” (Alma de Cristo).

La autoridad que da participar de la comunidad grande y cultivar una amistad personal con Jesús

Llamó a los Doce, nos dice Marcos, y los fue enviando de a dos en dos. El segundo criterio del Buen Espíritu es el de la Comunidad grande y el de los amigos en el Señor. Los Doce son el símbolo de la Comunidad: del pueblo de Dios, de Israel, con sus doce tribus, y de  la Iglesia. En esta comunidad grande el Señor forma pequeñas sociedades, parejas de apóstoles a los que envía de dos en dos. Con esta autoridad de la amistad y de la comunidad, el Señor hace frente al mal espíritu de la división, esa que se da por fragmentación, individualismo, competencia y celos, actitudes que destruyen el trabajo en equipo y la colaboración armonizada por el Espíritu de sus distintos dones y carismas. 

La autoridad que da peregrinar y predicar en pobreza espiritual 

El tercer criterio del Buen Espíritu es la pobreza en la que el Señor los manda a peregrinar. Les hace llevar lo que sirve para caminar mejor: el bastón y las sandalias, y dejar las cosas que pesan o llevan a instalarse. La pobreza tiene autoridad y poder sobre el mal espíritu que arraiga allí donde hay riquezas y posesiones propias: de cosas que dan poder y crean espacios de poder.

La autoridad que da trabajar para estar en paz y pacificar a los demás en la medida en que depende de nosotros

La paz es el cuarto criterio que da Jesús para vencer al mal espíritu. Marcos lo expresa con un “seguir adelante”, un “seguir haciendo y predicando”, sin enroscarse en discusiones ni instalarse en el resentimientopor los rechazos. Es una linda paz, porque es una paz “hacia delante”, que pone en manos de Dios los conflictos y sigue caminando, no vuelve una y otra vez al punto en que se armó el problema. No se lleva ni el polvo del suelo del conflicto. Va adelante. Con la autoridad que da esta paz el Señor expulsa el mal espíritu que arraiga rabiosamente en esas frases que nos motivan: “lo que me hicieron”, “lo que me dijeron”, el “si me miraron – o no me miraron”. 

Martini tiene una frase hermosa acerca de este Sermón de la misión: “el Sermón de Jesús quiere mostrarsolamente el esplendor de una actitud”. ¿De qué actitud? La de las bienaventuranzas. Por eso decimos quela autoridad y el poder que da Jesús sobre el mal espíritu va por este lado de la majestad y del señorío que tiene el que se mantiene cerca de Jesúsen comunidad y amistad, en pobreza y en paz. Estas actitudes “resplandecen”, dan autoridad moral sobre el mal espíritu, al que sabemos que no le gusta que lo descubran y que lo expulsen, ni de un corazón, ni de una estructura, ni de una región, ni de una cultura, ni de un tiempo. Le gusta andar “encarnado” (aunque no le salga, porque no quiere pagar los costos): y para ello obra en secreto (Ignacio dice “como un seductor o vano enamorado”), domina por atrás (busca entrar por las partes débiles del castillo) y muestra los dientes si uno le tiene miedo.  

Le pedimos humildemente a Jesús que resplandezca su autoridad sobre nosotros y nos la comparta para que ningún mal espíritu tenga poder sobre nuestras vidas ni sobre la vida de los que Él nos ha confiado.

Diego Fares s.j.

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Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y los más de los que lo escuchaban estaban estupefactos y shoqueados y decían: -¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? ¿Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno, salvo que, a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. Él se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

“El se admiraba de su incredulidad”, nos dice Marcos. Jesús se admira y proverbializa lo que siente: “Un profeta sólo es desprestigiado en su tierra”. Así como lo admira la fe, al Señor lo admira también la falta de fe. Suele pasar. Cuando a uno lo sorprende algo causándole admiración también se admira si ve que a otros esto no les suscita el mismo sentimiento. 

La admiración nos saca de nosotros mismos, de nuestros esquemas mentales habituales,  nos “extasía”, nos hace “mirar más allá”. La admiración es un indicador de realidad: percibimos la realidad de lo otro o de los otros. Por eso, ver que a otro no “lo saca de sus esquemas” nos causa también admiración. ¿Cómo es que el otro puede “meter en sus esquemas viejos” lo que nosotros vemos como nuevo?  

Admirarse es algo muy humano y totalmente personal. Podríamos definir a una persona a partir de “lo que la admira” (y lo que no). En ese sentido decimos que la admiración es algo fundamentalmente positivo, en cuanto que enraíza en lo más propio de cada persona. Allí donde uno tiene su percepción más alta de la realidad y de lo que es valioso. En eso que uno “no espera que suceda pero que quisiera que suceda”. En eso que uno dice: si viera algo así o si pasara tal cosa, eso sí me admiraría. 

También sucede que, a veces, uno mismo se sorprende de lo que le admira, porque descubre aspectos de su personalidad que no conocía del todo (y esta apertura es más humana todavía). 

La admiración se sitúa, pues, en el lugar de frontera entre lo que uno ha visto y lo que es capaz de ver, si se da. 

Ahora, si miramos a Jesús desde nuestra imagen común de lo que debería ser un “dios” podríamos pensar: Si Él es Dios, ¿hay algo de lo que pueda admirarse, algo “nuevo” para Él que conoce todo? 

Pues bien, el evangelio no hace caso a las imágenes estereotipadas de Dios y nos dice sencillamente que Jesús se admiraba de esta falta de fe. Nos dice también que la fe de los extranjeros, de la Cananea, del Centurión, le despertaba admiración. 

Comparando admiraciones, diría que a nosotros en general, no nos admira la falta de fe. Nos admira un poco la fe, pero enseguida la metemos en algún esquema sicológico que nos permite poner distancia del fenómeno. Respetamos la fe de la gente, pero no nos admira. Y la falta de fe del mundo actual nos parece bastante natural. 

Llegado a este punto, me surge una clave de interpretación evangélica. Así como Jesús hacía milagros para “despertar la fe”, para aumentarla y fortalecerla, cuando “muestra sus sentimientos de manera expresa”, como aquí, también lo hace para evangelizar, para despertar y fortalecer nuestra fe. Lo dice explícitamente cuando va a resucitar a Lázaro, le dice al Padre que Él sabe que siempre lo escucha pero que pronuncia en público su oración “por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11, 42). 

Al mostrar su admiración, entonces, el Señor se nos acerca. El no es uno que se las sabe todas, sino uno que se abre a la sorpresa y a la novedad de la vida. 

Ser cristiano, por tanto, no es sabérselas todas, sino ser capaz de admirarse de las maravillas del Padre, de las cosas que Dios hace nuevas cada día. 

Ser como Jesús, tener los sentimientos de Jesús, como dice Pablo, no es andar “ya sabiendo” lo que va a pasar, sino al revés, “andar no sabiendo” porque confiamos en un Dios que nos sorprenderá. No hay nada peor que esa actitud del “yo ya sabía”, ese vicio de andar “constatando predicciones nefastas”, que se auto-cumplen para el profeta de calamidades, que vive encerrado en su propia historieta, pero no para aquellos que viven la historia de Salvación de Dios. 

¡Jesús es capaz de admiración! ¡Qué admirable! ¡Yo lo puedo sorprender! Lo puedo alegrar con algún gesto mío de confianza, más allá de lo esperado: “Señor, hoy te voy a sorprender, sorprendiéndome a mí mismo”. Este era el discurso de todos los pequeñitos que se acercaban a pedirle algo más allá de las expectativas comunes. Y verdaderamente sorprendían al Señor, que les quedaba agradecido, en medio de lo aburrido de este mundo tan predecible de las convenciones humanas, por animarse a sacar lo mejor de sí y de Él -esas virtudes sanadoras que la fe hacía brotar a raudales de su interior-. 

Una de las cosas más tristes de nuestro mundo actual –empalagado de estadísticas hechas por algoritmos- es que ya casi nada nos sorprende (¡excepto la tecnología, que es tan predecible!). Y esta falta de capacidad de admiración es el atentado mayor a la dignidad del corazón humano. Negarnos la admiración es negarnos nuestra dignidad de ser libres y de que la vida tenga final abierto. 

“¿De dónde éste estas cosas?” es la frase que -por su negatividad- le admira a Jesús. Le admira que los suyos no se abran a creer que de alguien normal pueda salir algo bueno y maravilloso. Le admira que en el fondo se valoren tan poco a sí mismos que no crean que Jesús pueda salir de Nazareth, que el más grande sea uno de ellos. 

El Señor se admira para que nos admiremos de nuestra falta de fe.

¿Cómo puede ser que no crea más?

¿Cómo es posible que, si contemplo la maravilla de mi vida con todo lo que el Señor me ha dado, no me maraville más, no espere cosas mejores para adelante, no confíe en que él me ama y me quiere llenar de su gracia más allá de lo que me atrevería a esperar?

¿Cómo puede ser que no confíe más en Jesús, en que Él ha hecho las cosas bien en mi vida y me va llevando de su mano, según su sabiduría? 

¿Cómo puede ser que otros saquen más milagros de su corazón, disponible para dar, y hasta de la orla de su manto, y yo me quede encerrado en mis cavilaciones?

¿Cómo puede ser que otros pidan perdón de pecados iguales o mayores que los míos y yo no tenga confianza en que Él me perdona de verdad?

¿Cómo puede ser que Él, que hace milagros en la vida de tanta gente de todo tipo y condición, no pueda hacerlos más en mi vida (¿y que yo no reconozca los que de todas maneras hace, a pesar mío, en el secreto de su misericordia?).

La pregunta: “¿De dónde éste estas cosas?” es en el fondo, una pregunta autorreferencial. Lo que están diciendo los paisanos del Señor es “¿Cómo nosotros no notamos nada antes?”. Es querer ganarle a Dios y no alegrarse de que Dios nos gane. 

Hay gente que ante cualquier cosa que sucede –especialmente si es algo digno de atención-, primero piensa cómo queda ella y luego piensa en lo demás y en los demás. 

Por eso, la evangelización de Jesús va por el lado del “salir de sí”, del no ser auto-referencial”. Él, que podría serlo, según una imagen estándar de Dios, no lo es. Jesús muestra que el sentimiento más humano –la admiración- es también el más divino. Que Dios mismo está abierto a admirarse de lo que hacen sus creaturas libres. Como un padre se admira de sus hijos, aunque los conozca. Es que la admiración es propia del amor. No admirarse es no querer amar. Admirarse aún de lo que uno conoce mucho es amar mucho, es valorar mucho. 

Así, muy sencillamente, podríamos decir que, al admirarse en público, con solo mostrar sencillamente ese sentimiento, Jesús cura nuestra incredulidad (la del que desee curarse). Frente a todo el escepticismo del mundo postmoderno, la respuesta de Jesús es “admirarse de ese escepticismo”. Él mira los argumentos de nuestra cultura y expresa un: ¿Cómo es posible que no tengan fe? Cómo es posible que, con todos los adelantos de la ciencia, que nos muestran lo inagotable y maravilloso del universo y del ser humano, no nos abramos al misterio de la fe que nos hace adorar al Creador. Un Creador que, aunque sepa en el fondo de su corazón que yo voy a volver a Él, siempre tendrá un brillo de admiración en sus ojos cada vez que esto ocurre de verdad. “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. Es que donde no hay admiración no puede haber alegría. Y viceversa.

Decía José Luis Martín Descalzo: “Yo tengo que confesar que a mí me encanta casi todo, me asombra casi todo. No hay autor que lea en el que no encuentre cosas aprovechables, me entusiasma cualquier música que supere los límites de la dignidad, me admiran cientos y millares de personas. Creo que el día que la muerte me llegue, lo que voy a sentir es no haber llegado a saborear ni la milésima parte de las maravillas de todos los estilos que en mi vida merodean. Además, lo bueno del asombro es que no se acaba nunca. Lo que sorprende, te sorprende una sola vez. A la segunda ya no es sorprendente. Pero el asombro crece en todo lo bueno. Yo diría que cuanto más estudio y analizo una cosa hermosa, más me asombra, lo mismo que cuando saco agua de un pozo tanto más fresca me sale cuanto más hondo meto el caldero” (Quien se asombra reinará, en “Razones para la alegría”).

Diego Fares sj

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Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: – «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.» Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. 

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: – «Con sólo tocar su manto quedaré curada.» Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: – «¿Quién tocó mi manto?» Sus discípulos le dijeron: – «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: – «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: – «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: – «No temas, basta que creas.» Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: – «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.» Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo:- «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer” (Marcos 5, 21-43).

Contemplación

Contemplamos a Jesús que “se da vuelta” cuando la mujer enferma toca el borde de su manto y a Jesús que “se inclina” para dar la mano a la niña y hacer que se levante. 

Los hechos exteriores, la curación de la hemorroisa y la resurrección o despertar de la hija de Jairo, son solo una cara del mundo interior de esta mujer y de este hombre que se relacionan íntimamente con Jesús. En medio de la multitud, la mujer se acerca a Jesús envuelta en sus pensamientos; Marcos nos dice que “sintió en su cuerpo que estaba curada”. Al mismo tiempo y de la misma manera el Señor “se dio cuenta de la fuerza que había salido de Él”. También Jairo va a Jesús movido por una corazonada: ¡Él puede curar a mi hijita! Y Jesús, cuando le anuncian a Jairo que su hija ya ha muerto, lo re-centra con firmeza en su moción primera: “No tengas miedo. Basta que creas”.  

En el mosaico del padre Rupnik, Jesús que se da vuelta nos mira a nosotros. Es verdad que pregunta por la persona que lo ha tocado, pero lo hace para llamar la atención de los discípulos (y la nuestra), porque con la mujer ya está interiormente comunicado. No se comunican a través de palabras, sino a través del fluir de la vida y el poder de sanación de la fe que es el vínculo de la más íntima unión entre las personas. 

En el mosaico en que pone en pie a la niña, Jesús está notoriamente “encurvado” y sus grandes ojos expresan tierna misericordia hacia la pequeñita. Es la culminación de toda la escena, del largo camino hasta la casa de Jairo quien le conmovió el corazón con su petición desgarradora: “Mi hijita se está muriendo, ven a imponerle las manos para que se sane y viva”. 

Como nota, recordamos que los mosaicos están en el Santuario de la Divina Misericordia, en Czestochova, Polonia, y nos hablan de la misericordia de Jesús , cuyo lenguaje interior hace que se comunique con los corazones necesitados de su misericordia. (https://www.centroaletti.com/opere/santuario-della-divina-misericordia-czestochowa-2018/).

Movido, pues, por la Misericordia, el Señor en camino por las calles del mundo “se detiene” y “se inclina” para escuchar a sus hijitas, para mirar a los ojos a las personas comunes que se le acercan y lo tocan, para darles la mano y ponerlas de pie, sanándolas y resucitándolas a una nueva vida. 

Es curioso que haya gente que afirma que Dios no habla, que permanece mudo ante los dramas del mundo. Será por que sólo conocen la manera de hablar de los medios… En el pasaje de Marcos, la conversación de Jesús con su pueblo es como un río caudaloso, como una fuente. Jesús va hablando con todos, escuchando, respondiendo, haciendo que todos se expresen, haciendo callar a los que dicen insensateces… Todo es comunicación de corazones en esta escena. Todo es Palabra: palabras movidas por la Misericordia, que Jesús estimula a que sean dichas; y palabras movidas por otros sentimientos (timidez de la mujer, desesperación de Jairo, superficialidades de la multitud) que el Señor acalla. ¡Si algo hace nuestro Dios en este mundo – si algo no cesan nunca de realizar nuestro Padre, Jesús y nuestro Espíritu Santo- es dialogar! 

Estos dos iconos del Señor los podemos renombrar como Iconos del diálogo: uno, el icono de Jesús en medio de la multitud mientras va de camino a una empresa dramática y urgente, que se detiene para dialogar con un alma pequeñita pero llena de fe como la de esta mujer debilitada, que hablaba para sí diciéndose que le bastaría con solo tocarle el manto; el otro, el icono de Jesús interpelado por la fe de un padre desesperado a quien sostiene y confirma, para que las palabras que el Padre le ha inspirado en el corazón y que lo han llevado a acercarse a su Hijo no se vean contaminadas por ningún otro discurso mentiroso y de mal espíritu. 

El diálogo de Jesús con la mujer enferma, a la que el Señor saca de su anonimato y la hace hablar dando testimonio de su fe en público, es un diálogo que se había iniciado hacía mucho: doce años han pasado desde que se enfermó. No había comenzado, seguramente siendo un diálogo directo con Dios. La mujer había estado buscando respuestas a su mal en boca de numerosos médicos y se había ido gastando todos sus bienes en tratamientos sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Pero en cierto momento “oyó hablar de Jesús” y algo en su interior “cuajó”: todas las palabras que se había dicho a sí misma (se ve que era una mujer que hablaba mucho consigo misma y reflexionaba en su interior) y que le habían dicho los demás se concentraron en una sola frase: “Con solo tocar su manto quedaré curada”. Se trata de una frase final: de una frase que es fruto, no semilla. La semilla debe haber sido alguna palabra de Jesús que la llevó a sentir algo así como: “¿Y si Jesús fuera la respuesta a todas mis angustias?”. 

Jairo se ve que también “había oído hablar de Jesús”. Pero su diálogo interior habría girado en torno a las cosas que se decían de sus enfrentamientos con los fariseos. Un diálogo en torno a las “opiniones de Jesús” sobre la ley y sobre las discusiones del momento. Pero cuando de la noche a la mañana se le enferma de muerte su hijita, la semilla de fe en Jesús que había sido sembrada en su interior, germina y madura de un tirón y lo lleva a salir corriendo a interpelar al Maestro en medio de una jornada de enseñanza a la gente. 

Cómo madura la semilla de la Palabra en el interior de cada uno, no lo sabemos. Es algo personal. El punto es que estas dos personas estuvieron atentos a esa Palabra interior y hablaron con ella, le dieron entidad, la escucharon y la pusieron en práctica, esto fue lo que resultó de “hablar” con ella (de rezar). La mujer tocó efectivamente el manto de Jesús; Jairo se lo trajo al Señor a su casa, sin escuchar a nadie más. Ambos se liberaron del mundo de “lo que se dice” y se jugaron por su propio y personalísimo diálogo interior, al que el Señor respondió inmediatamente y de manera asombrosa. Tenemos así a dos personas comunes que se convierten en modelo del diálogo que Jesús viene a instaurar en medio del mundo, de un mundo de habladurías, de fake-news y de “para qué molestar al Maestro”. 

Un detalle que se nota al contemplar juntos los dos iconos es que la mujer y Jesús tienen la misma “curvatura”. Como si el Señor, al curarla a ella hubiera tomado sobre sí su inclinación hacia Él, que le hizo brotar de su corazón esa “virtud” sanadora y la aprovechara para inclinarse hacia la niña con la misma actitud para despertarla y ponerla de pie. 

La misericordia habla, dialoga, comunica. Lo hace con sentimientos y afectos interiores -conmoverse, estremecerse – y movimientos exteriores -detenerse, acercarse, inclinarse-; con gestos -volverse a mirar, escuchar con atención, dar la mano-, con miradas, con silencios y palabras – “No tengas miedo. Basta que tengas fe”-; “Levántate”, no te quedes caído-. 

Jairo y la hemorroísa son parte de esa muchedumbre de personas que conversan con Jesús y tienen con él esos “Coloquios de misericordia” como les llama San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales (EE 61). Si uno quiere hablar con Dios, si uno desea rezar y no sabe bien cómo, si a uno le gustaría sentirse escuchado y recibir alguna palabra especial de Dios para él, basta con que busque en su corazón algún “tema” personal, que tenga que ver con la misericordia. Que, como Jairo, le hable a Jesús como le salga de alguna “hijita enferma” (todos tenemos tantas personas queridas afectadas por la pandemia en este momento); que, como la hemorroisa, le toque discretamente el manto al Señor de manera que sin darse cuenta surja de Él alguna fuerza que toque de lleno esas heridas por las que uno sangra. 

Eso sí, no se trata de iniciar un diálogo sobre un tema puntual, que el Señor resolvería con una curación y luego, cada uno por su lado. Iniciar un diálogo de Misericordia con Jesús es iniciar esa conversación que ya nunca terminará, que irá incluyendo a todos, uno por uno -a todos los hombres y a todo el hombre-, que siempre tendrá “tema”, como pasa con las charlas con los amigos; que se irá profundizando a medida que nuestro corazón se va volviendo más parecido al de nuestro Padre Misericordioso, a medida que conversamos con su Hijo, con afectos, gestos, silencios y palabras. No hay que perder tiempo opinando o hablando de otros temas. Se puede hablar de todo, pero la conversación de base, la que da inicio al diálogo y lo va profundizando, siempre tiene que girar en torno a la Misericordia. Si juzgo a alguien, persona, institución, país, el juicio último debe ser de misericordia (sin excluir otros juicios, este se debe sumar, para que no se amargue el pensamiento con raíces venenosas). Si reflexiono para tratar de comprender, situaciones, actitudes, comportamientos, cosas que pasan, la misericordia debe ser la última clave; sin ella no se entiende nada ni a nadie. Señor, yo y cada uno de nosotros, nuestro mundo, toda la gente y también nuestra hermana madre tierra, estamos necesitados de tu misericordia. Ven a imponernos las manos, deja que toquemos la orla de tu manto. 

Diego Fares sj

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Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la gente, se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba, aunque había otras barcas con él. Se desató una fuerte tempestad. Las olas entraban en la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús dormía sobre el cabezal en la popa. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?». Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. Luego les dijo: «¿Por qué son tan cobardes y timoratos? ¿Aún no tienen fe?». Y llenos de gran temor se preguntaban unos a otros: «¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).

Contemplación

La primera frase que toma forma en mi interior al escuchar este evangelio dice algo así: “Jesús calmó aquella tormenta, pero no se ve que calme las nuestras”. Le respondo desde el evangelio, teniendo en cuenta el contexto en que el Señor realizó ese gesto único de Señorío sobre las fuerzas de la naturaleza. Acababa de comparar su Reino con un granito de mostaza y, de manera coherente con la parábola de la semilla que crece por sí sola, el Señor se había tirado a descansar en el cabezal de la barca y se había quedado dormido. De golpe lo despiertan y ejerce este acto de soberanía que abre una puerta distinta a la comprensión del Reino. Los discípulos, que venían rumiando acerca de la paciencia que se requiere para que de fruto la semilla del Reino, se espantan ante esta muestra de poder (única, insisto) y se preguntan “quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

La reflexión que hago es que el camino del grano que muere para dar fruto es un camino elegido por el Señor, un camino que Él, el Padre y el Espíritu han discernido, por decirlo así, como el mejor para implantar su Reino, no usando el otro camino, el de imponerlo con su poder cosa que, como se ve en esta escena, el Señor podría haber realizado “encarando” la realidad y pronunciando en alta voz algunas de sus Palabras poderosas. Aquí es “¡Calla! ¡Enmudece!”. Con Lázaro, hundido en las aguas de la muerte, serán: “Lázaro ¡Sal fuera!”. A Pilato, Jesús le dirá que podría haber simplemente llamado a sus ángeles para que vinieran a liberarlo. 

El camino largo que elige el Señor para implantar su Reino en medio de la historia es un camino elegido, no trágicamente inevitable. La cruz y la muerte son, ciertamente, el cuello de botella en el que a veces se nos “atraganta” la fe y no podemos rezar. Cuando la vida “nos pega” por todos lados y es “tormenta”, cuando sentimos que nos hundimos, que nos golpean bajo la línea de flotación y que nos ahogamos, como les sucede a los discípulos en este evangelio, la cruz se revela como el punto decisivo, en el que nos jugamos el todo por el todo: o la abrazamos o le escapamos (y dejamos que la cargue otro). Pero, aunque es el punto de inflexión en todo proceso, el Reino no es solo Cruz, sino vida, pasión y cruz, muerte y resurrección, en la que la vida da fruto, el ciento por uno. 

Miramos las personas

Miramos al Señor profundamente dormido, apoyado sobre el cabezal. Debía estar rendido para que no lo haya despertado el primer zarandeo de las olas y el agua que entraba. 

Miramos a los discípulos agitados, dándose que hacer: amarran las velas, sacan el agua con baldes, toman los remos… Seguramente de tanto en tanto miran al Señor y se cruzan miradas entre ellos… ¿Cómo puede ser que no se despierte? 

La imagen de Jesús durmiendo sobre el cabezal de la pequeña barca, en medio de esa tormenta que tanto agita el corazón de sus amigos, puede ser una buena imagen de nuestro tiempo, en que la tormenta silenciosa de la pandemia nos pega por todos lados y a todo nivel: de salud, económico, relacional, psicológico y espiritual. Tan agitados todos, peleando a brazo partido para que no se nos hundan nuestras pequeñas barcas: la barca donde navega la familia de cada uno, la barca del trabajo apostólico en nuestras obras y comunidades, la barca grande de cada nación y la del mundo entero… La impresión que nos sobreviene es la de estar remando solos, como decía una amiga contemplativa… ¡Y Jesús que duerme! 

Escuchamos lo que dicen.

Si contemplamos tratando de escuchar que es lo que dicen, llama la atención el cruce de reproches que estructura el diálogo. El reproche de los discípulos “¿No te importa?”, el reproche de Jesús “Por qué son tan cobardes ¿No tienen fe?” . 

El diálogo está cargado de emotividad y signos de admiración. Escuchemos a los discípulos cómo gritan “¡Maestro!”, mientras lo zamarrean para que se despierte. La frase “¿No te importa que nos vayamos a pique?” suena más a indignación  que a angustia. No pueden creer que no se despierte, que no haga nada…         

A veces pasa. En medio de una calamidad uno aparta la vista un instante del desastre y se interesa por la reacción personal de otro. ¡Cuánto encierra ese “no te importa”! ¡Qué nuestra que es esta exclamación! La escucharemos en medio de una agitación cotidiana en boca de Marta: “No te importa que mi hermana me deje sola con el servicio” (Lc 10, 40).

Es todo un tema este de qué le importa y qué no a Dios. Qué le importa quiere decir en qué se fija, qué cuida, de cuáles cosas se ocupa con solicitud y de cuáles no. Porque hay cosas que parece que no le importaran a nuestro Dios. Cosas que para nosotros son vitales y pareciera que para Él no. Y al igual que para Marta y para los discípulos a nosotros también nos resulta obvio que hay momentos en los que hay que meterse a ayudar, a dar una mano. Uno no puede quedarse charlando o durmiendo como si no pasara nada. Hay cosas que merecen nuestra agitación e indignación: ya se trate de tormentas grandes o de cosas de la vida cotidiana.

Mechando una reflexión, confieso que me gusta la espontaneidad de estos amigos del Señor que se atreven a reclamarle, a reprocharle a viva voz… Obtienen una respuesta. Aunque los sobrepase más allá de toda expectativa y los llene de espanto al verlo encarar la tempestad y calmarla. En cambio, me dan miedo mis reproches velados, resignados:  los: “Ya se que no te importa” o “Sí, te debe importar, pero ya se lo que me vas a decir y no creo que vayas a cambiar nada”. Y, sin embargo, si uno logra mirar la vida con más perspectiva evangélica ¡es tanto lo que el Señor cambia! Si uno mira su historia ve cómo hay palabras que fueron sembradas como un granito de mostaza y hoy son un árbol en el que sostenemos a tanta gente. Y palabras que terminan siendo la única que uno quiere escuchar y pronunciar, como cuando uno sufre y solo tolera abrazarse a la Cruz del Señor y nada más. 

En todo caso es vital para cada persona y para cada comunidad tener claro “qué le importa”, a uno y al Señor. 

¿Qué cosas me importan más? ¿Qué cosas cuido y me ocupo de que salgan bien, de que esté lindas, de que se hagan a tiempo, con buena onda?

¿Me importan más las personas que las cosas? ¿Qué me importa de las personas: su amistad, su fidelidad, ¿o su eficiencia y utilidad?

¿Por qué me juego, en qué gasto con gusto la vida?

¿Qué valores no negocio? 

¿De qué estoy dispuesto a arrepentirme y/o a perdonar siempre?

¿A qué puedo renunciar…, si hace falta? 

Digo tener claro en el sentido de “estar siempre clarificando” qué nos importa verdaderamente, porque cuando vienen las tormentas, de pronto resulta que no a todos nos importaba lo mismo. Y mientras uno se puso a remar, otro se borró; y mientras uno le suplica a Jesús que se despierte, otro se pone a reprochar cosas a los demás. 

Vamos ahora al Señor. ¿Qué le importa al Señor? Se destaca entonces la primera frase: «Crucemos a la otra orilla». La tormenta en la que se metieron no es una tormenta más, sino una tormenta que a uno lo agarra por “cruzar a la otra orilla”, por “remar mar adentro”, por ser “una Iglesia en salida”, como dice Francisco. El Señor los mete (y se mete con ellos) en esa situación. Entonces, todo lo que pasa debe ser leído “en clave apostólica, en clave evangélica”, lo que equivale a decir: como una enseñanza práctica, de vida, que el Señor nos da en medio de la misión a la que Él nos ha enviado.

¿Qué les reprocha a sus amigos con su pedagogía de educarlos mientras van en la barca, en medio de una tormenta? Les reprocha que todavía no tienen fe:  «¿Por qué son tan timoratos? ¿Cómo, todavía (después de tanto tiempo conmigo) no tienen fe?». 

Timoratos es “cobardes”, pero cobardes en la fe. 

Es decir, no se trata de no tener miedo a una tormenta, sino de “no dudar de que a Jesús le importe”; no se trata de no asustarse, sino de no confiar en que “para Él todo es posible”; no se trata de no sufrir cuando sentimos que nos ha dejado remando solos, sino de hacer allí un acto de fe y de entrega: “pase lo que pase, me pondo en tus manos y nadie ni nada que me pase me separará de tu amor”. 

Eso es lo que le importa al Señor: que sus discípulos se vayan haciendo valientes en la fe. Y la fe crece “haciendo actos de fe” como decía mi padre que le había enseñado un padre espiritual.  Actos de fe en las situaciones límite, allí donde el proceso se encuentra con el cuello de botella de la cruz. Así y solo así uno se vuelve poco a poco más confiado, más audaz en su fe. 

Al Señor le preocupa que nuestra fe se quede tímida, que nos volvamos tímidos y apocados en la fe. Qué no pidamos en grande, que no creamos en grande, que no esperemos en grande.

Es de los pocos reproches que el Señor hace constantemente a sus amigos: “poca fe”. Poca en el sentido de “apocada”: de fe tímida, dubitosa, vacilante… 

Al Señor le gusta la fe entera, la que en la duda redobla la apuesta y se entrega. Como dice Pedro: “Arrojen en Dios todas sus preocupaciones (todo cuidado, toda solicitud, todo lo que les “importa”), ya que Él cuida de ustedes (1 Pe 5, 7).

Al Señor le gusta la fe fuerte: “No nos dio el Señor un Espíritu de timidez, sino de fortaleza” (2 Tm 1, 7).

Al Señor le gusta la fe de los amigos, no el temor de los esclavos: “No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor” propio de los esclavos, sino todo lo contrario: hemos recibido “un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!”. Ese Espíritu nos lleva a decir como Pablo: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 15 ss.). 

Nada de timidez para creer cuando vienen las tormentas. 

Cuánto más grande la tormenta, más grandes los actos de fe. 

Nada de una fe apocada y temerosa. Cuánto más se dimensiona la fuerza del mal y sus embates, más fuertemente nos adherimos a las palabras del evangelio: no teman, tengan fe.

No se trata, como vemos, de menospreciar las tormentas, no se trata de hacernos los valientes. Se trata de adherirnos más plenamente a Jesús cuando las tormentas nos sobrepasan. Se trata de agrandar la confianza en Jesús de manera tal que siempre lo sintamos por encima de todo y dominando toda tormenta, exterior o interior. 

Valentía de la fe en el poder del Señor, no en el nuestro. 

¡Sí que le importa a Jesús que perezcamos! 

¡Cómo le vamos a decir justo a Él que no le importamos! 

A Él que en su pasión estaba más preocupado por el corazón de los suyos que por él mismo: “No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27). Recuerden que “todo es posible para Dios ( Mc 10,27), que “todo es posible para el que cree (Mc 9,20).

¿Cómo le vamos a hacer este reproche a nuestro Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos? A nuestro Padre que “siempre está”, que no cae un pajarito a tierra sin que Él esté.

El “no te importa”, ese grito angustiado de hijos está asumido por Jesús en el Padre nuestro: allí nos enseñó a rezar con confianza de hijos, en esa petición que dice “Padre, líbranos del mal”.

Cuando el Señor dice “líbranos del mal” no se trata de un mal genérico, sino del mal tal como lo pone el evangelio: el mal que puede arrebatarnos la fe, el mal que puede hacernos perder la Vida eterna, el mal que puede endurecernos el corazón con la ley y quitarnos amor de hijos, humildad de pecadores, el mal que puede llevarnos a no perdonar, a no creer, a no esperar… 

El Padre nuestro es la oración del “Nosotros sabemos, Padre, ¡cuánto te importa! Es la oración que nos enseñó tu Hijo, que vino a responder a esa insidia del demonio de que a Dios no le importa.

Por eso, cuando la vida nos “pega” de todos lados… nos dirigimos con Jesús al Padre y le pedimos juntos: líbranos del mal. Pedimos no solo para que mejoren las condiciones meteorológicas (o pandémicas) de la vida, sino también y principalmente para recibir la gracia de esa fe que nos permite comprender la enseñanza de Jesús en medio de la tormenta. Esa enseñanza práctica dada en el momento justo, que nos permite aprender existencialmente lo que significa creer e interactuar libremente con Él y que nos hace crecer en el amor en medio, y no a pesar, de todo lo que sucede, tal como es, lo bueno y lo malo. 

La fe crece en las cruces, aprovechando el momento de cruz para mirar a Jesús y recibir su enseñanza (que más que palabras es el testimonio del crucificado). Aprovechar las tormentas, aprovechar las cruces -lo que sale mal, los dolores, las angustias de cada problema, la enfermedad, la impotencia…-, para recibir esa palabra o ese gesto de Jesús, que ilumina distinto lo que pasa y nos hace sentir en sus manos, cómo está conduciendo todo el proceso de nuestra vida y el de toda la humanidad.  Nuestra vida, por ser vida que le dimos a Él y que nos llevó a “cruzar a la otra orilla” de nuestro egoísmo para servir a los demás, es la que nos lleva a esa pasión y a esa muerte que solo Jesús puede convertir en resurrección. Una resurrección que es en primer lugar puro don para los demás.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 

Les he dicho esto para que el gozo que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. 

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Estamos en el momento más íntimo de lo que se da en llamar “El libro de la hora de Jesús”, que comienza así: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Juan organiza su Evangelio en dos grandes secciones: la de los signos  que realizó Jesús (cap. 1-12) y la de la hora (cap. 13- 20). La hora se refiere al momento de pasar de este mundo al Padre. Es la hora de la Cruz. Pero también es la hora de decir las cosas importantes, la hora de “hablar claramente del Padre” (Jn 16, 25), como les dice el Señor a sus amigos. Es la hora de sintetizarlo todo en un único mandamiento: el mandamiento del amor: “Como el Padre me ha amado, también Yo los he amado a ustedes”. 

Nos detenemos en este “como” del amor del Padre a Jesús. ¿Cómo ama el Padre a Jesús? Esta es la contemplación básica, la fuente de toda otra contemplación que queramos hacer, porque el Señor nos manda amar del mismo modo. 

Jesús “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a él” (Jn 5, 18). De este amor lo acusaban a Jesús, de sentirse así amado, al punto de igualarse con Aquel que lo amaba tan incondicionalmente, con toda su predilección. Jesús será acusado de sentirse “demasiado amado”. Y dará la vida para testimoniar que este amor es real. 

Como un hijo pequeño que imita a su papá, caminando como él o poniéndose a trabajar con alguna herramienta, Jesús decía claramente que su amor se traducía en imitación. “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el hijo, de igual manera” (Jn 5, 19). Tenemos aquí un dato precioso acerca de “cómo ama el Padre”: Jesús nos dice que todo lo que él hace lo hace “al modo del Padre”. Toda la vida de Jesús es simplemente una revelación de cómo lo ama y nos ama el Padre. 

El Maestro lo dice claramente: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Él es el camino para ir al Padre, la verdad de lo que el Padre piensa y la vida que el Padre participa. Ver a Jesús es ver al Padre, como le dice a Felipe. Porque Jesús “está en el Padre y el Padre está en él” (Cfr. Jn 14, 9-10).

En algunos pasos, esto es claro, como cuando Jesús cuenta la parábola del Padre Misericordioso y la del buen Pastor que busca la oveja perdida. Es el mismo amor el que mueve al Padre y a Jesús Pastor. 

En otros pasajes hay que meditar y contemplar hasta recibir la gracia de ver en la Persona de Jesús, la del Padre, actuando al unísono, como una sola. El Padre ama irrumpiendo, buscando tocar nuestro corazón, entrando en comunión de vida.

Irrumpiendo

Cuando Jesús le dice al fariseo que a la mujer que lo ha ungido “se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho” usa la misma expresión. Amar como ama el Padre es amar como esta pecadora que irrumpió en la casa del fariseo para ungir los pies de Jesús con sus lágrimas! El modo del Padre tiene esta característica, de irrumpir rompiendo todas las reglas de cortesía para expresar su amor de predilección por Jesús. El Señor equipara el amor de esta mujer, con su gesto algo extravagante para el ambiente social, con el amor de su Padre por él. Y se goza de esta predilección de ambos!

Buscando tocar el corazón

También en el encuentro con el joven rico se nos dice que Jesús “lo miró y lo amo”, buscando tocar su corazón. Pero este joven no se dejó tocar el corazón por la mirada creadora de Dios y bajó los ojos, entristecido. Podemos pensar que Jesús siempre miraba con este amor a las personas. Y que es el “modo” como nos mira el Padre: amándonos. Las otras miradas que sentimos sobre nosotros pueden ser proyección de miradas humanas, que juzgan, exigen, desprecian, menosprecian o idealizan. La mirada de nuestro Padre es simplemente una mirada de amor, de ese amor que se tiene por los hijos pródigos-predilectos. 

Entrando en comunión de vida

El amor del Padre por Jesús es un amor que lo hace “vivir el uno en el otro”: “Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57). Es una forma de sentir la Eucaristía: no solo comulgamos con Jesús, sino que al entrar en comunión con él participamos de su comunión con el Padre. Jesús nos manda hacer la Eucaristía en memoria suya porque en ella entramos en la vida en común que Él tiene con el Padre.

Cuando amamos como Jesús nos ama, del mismo modo que el Padre lo ama a Él, entonces el Señor ruega al Padre y Él nos da otro Consolador-Intercesor, el Espíritu santo, para que esté con nosotros siempre (Jn 14, 16). Que se pueda hacer efectivo este ruego de Jesús y este envío del Padre, solo es posible en el amor. Es de esas cosas que solo se pueden hacer reales donde hay un mismo amor. Sentirnos amados como Jesús se siente amado es la condición para poder recibir el Espíritu Santo, que no tiene otro “poder” que el de explicitar y consolidar este amor de manera definitiva. Fuera del ámbito del amor no actúa el Espíritu, no puede suscitar en nosotros la moción a decir “Abba” al Padre y “Señor” a Jesús; no puede hacernos “sentir y gustar” el evangelio; no puede aconsejarnos para discernir y elegir el bien que el Padre desea de nosotros en cada situación particular. El Espíritu sólo actúa allí donde nos sentimos amados como Jesús se siente amado. Y para hacérnoslo sentir, el Señor dio su vida. Dio testimonio de sentirse amado por el Padre aún en el abandono total de la Cruz! De la misma manera que se sintió amado en el Bautismo y en la Transfiguración y en cada momento de su vida en medio de sus amigos-discípulos y del cariño del pueblo fiel de Dios. 

En el día de la Virgen de Luján, haciendo memoria agradecida de todo lo que la Virgencita ha hecho por nuestro pueblo en estos casi 400 años, la contemplamos a Ella como el mejor signo concreto de cómo ama a Jesús el Padre y de cómo quiere ser amado Jesús. A la sombra del amor de José y envuelto en el cariño cotidiano de su madre, “el niño crecía, y se fortalecía, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2, 39).

Si queremos saber el “como” del amor del Padre, vayamos a María, contemplemos a nuestra Madre. Y hagámoslo con la fe con que se acerca a Ella el santo pueblo fiel de Dios, que es “infalible en su modo de creer (y de querer)”, como siempre nos recuerda Francisco siguiendo al Concilio.

Diego Fares sj

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Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que trabaja la viña.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. 

El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Con la metáfora de la Vid, Jesús nos pone a todos consigo en las manos del Padre trabajador. El Señor nos abraza, usando esa imagen de comunión tan estrecha y fecunda como es la unión de los sarmientos a la vid. Y así, estrechamente unido con nosotros, nos pone en las manos del Padre Viñador. 

Nuestro Padre es el Creador del universo. Nadie lo ha visto y en su “ser siempre más grande que todo lo que podamos pensar” se escapa a lo que logran aferrar nuestros conceptos. Pero eso no significa que no podamos entrar en contacto con Él. Las metáforas que usa Jesús son especiales para “sentir y gustar” la acción de nuestro Creador. El Señor nos revela algo clave: Dios no es un Creador distante, sino un Creador que crea trabajando con sus manos, como hace el que cultiva su viña: elige las cepas, las planta, las riega, las poda y cosecha los racimos. 

Nuestro Dios, nos revela Jesús, es el Dueño de la viña, es verdad, pero no de esos dueños que poseen sus propiedades en los papeles y compran y venden por internet, sino que es un Dueño que sale a contratar cosechadores a toda hora; uno que paga bien a sus colaboradores y que sabe también arrendar su viña y confiarla en manos de otros (aunque algunos le fallen). 

Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión original acerca de Dios. Nos invita a “Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir: se comporta como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis)”. Dios trabaja en todas las creaturas – en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.,- dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc.” (EE 236). Labora, dice, usando la expresión latina para designar a un “Dios laburante”.

Esta imagen de Dios se apoya en las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Es una imagen que viene del AT, donde Isaías alaba a Dios diciendo: «Todas nuestras obras nos las realizas tú» (Is 26,12); y el salmista canta: «Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos» (Sal 92,5).

En el día del trabajador la imagen de San José, patrono del trabajo, nos ayuda a mirar bajo una luz particular a nuestro Padre trabajador. Consideramos, como dice Ignacio, que Dios “se comporta” como uno que trabaja. ¿Y cómo se comporta el que trabaja? La característica, diría yo, es el silencio. Se trabaja en silencio. Un silencio atento a lo que se está realizando. Un silencio que hace las señas o dice al otro las palabras necesarias para actuar coordinadamente.

De esta manera, el silencio de San José se nos revela bajo un nuevo aspecto. No es simplemente el silencio de un hombre de “carácter callado”, sino el silencio de un padre de familia que siempre está trabajando. 

Este “siempre” no nos habla de ese tipo de gente que es adicta al trabajo (a un tipo de trabajo). El trabajo de san José no se reduce al que le requiere su oficio de carpintero, sino que es el trabajo propio de un padre de familia, atento a todo. Es el silencio de uno que no se distrae en charlas vanas porque está atento a lo que necesitan su esposa y su hijo, a lo que hace falta hacer en la casa y también a los peligros que pueden sobrevenir de afuera. 

El silencio de un padre que trabaja es el silencio del que está a cargo, atento a todo, con sus cinco sentidos puestos en los demás, para servirlos en el momento oportuno.

Con ese silencio laborioso, San José es la imagen más fuerte que tenemos de un Dios que, también en silencio, trabaja siempre porque es Padre. ¡Están en silencio porque están trabajando! Y trabajando para nosotros, sus hijos, sus creaturas. Esto como una línea de reflexión para los que hablan (lamentándose) del “silencio de Dios”. Con su silencio san José nos introduce en el Silencio de Dios, que consiste en “hablar con obras más que con palabras”. Esto es lo propio del amor y, por eso mismo, es lo propio del Padre Amoroso. 

No hay nada más lindo para un hijo que contemplar el silencio amoroso de sus padres cuando trabajan en casa para la familia, para él. El silencio cantarín de la mamá, cuando cocina limpia y ordena. El silencio del papá, arreglando alguna cosa o haciendo el asado. El silencio de los padres que dejan hacer y jugar y que intervienen solo si algo se desordena, dejando que la vida fluya en la familia, con libertad…

Estar atentos a este silencio laborioso del Padre, sintiendo sus manos buenas, que podan y cosechan, que anudan bien nuestra relación con Jesús, es la primera gracia de una oración atenta a colaborar con el Creador. Hacer la voluntad del Padre no es “seguir las indicaciones de uno que dirige de lejos”, sino que, mirando con atención y en silencio al que “ya está trabajando desde siempre”, buscamos diligentemente encontrar nuestro lugar, allí donde podemos colaborar con Él sin disturbar su tarea ni ponerle impedimentos. 

El silencio de la oración cristiana no es el silencio del que hace “ohm” y se abstrae del mundo, sino que es como el silencio del que entra en un lugar donde lo primero que se ve es un cartel que dice: “Silencio, personas trabajando”. Uno mira a la gente concentrada en su trabajo y naturalmente dirige su atención a la tarea que están realizando.  El mejor modo de colaborar con el que trabaja en silencio es entrar en sintonía con él, haciendo silencio uno para ver dónde y en qué están concentrados los ojos y las manos del otro, de modo tal que la ayuda que le demos sea eficaz. 

Así debe hacer nuestra oración: escrutar en silencio hasta encontrar el punto en el que Dios está trabajando en cada cosa por nosotros, para darnos cuenta de lo que está haciendo: si está eligiendo, si está sembrando, si está podando o cosechando… 

San José, como hombre de trabajo que era, se sumó y se ajustó tan calladamente y con tanta precisión al trabajo del Padre que este pudo continuar a través suyo en Nazaret lo que desde toda la eternidad hace con su Hijo amado. El Padre que está desde la Eternidad engendrando a su Hijo y enseñándole todas sus cosas pudo continuar sin sobresaltos ni traumas su tarea en la tierra, haciendo crecer en sabiduría estatura y gracia a Jesús bajo la mirada paternal y siempre atenta de san José. 

Le pedimos a nuestro patrono la gracia de saber contemplar y gustar, en su silencio laborioso, el silencio de nuestro Padre que trabaja siempre para unirnos a Jesús su Hijo amado y hacernos crecer a todos como hermanos en su amor.

Diego Fares sj

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Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y se escapa -y el lobo a zarpazos las dispersa- porque es mercenario y no está involucrado con las ovejas. 

Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, 

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. 

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que pastorear y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

Me resuenan algunas palabras: zarpazos, pastorear, ovejas de otro redil y rebaño. Les doy vueltas en la boca como “carozos de aceituna” (el último libro traducido al español de Erri de Luca, que usa esta metáfora para hablar de “sentir y gustar” la Palabra antes de escupirla/sembrarla en tierra buena para que de fruto).  

Ovejas de otro redil

“También tengo otras ovejas, 

que no son de este redil; 

también a ésas las tengo que pastorear 

y escucharán mi voz; 

y habrá un solo rebaño, un solo pastor”.

Esta afirmación del Señor siempre me da consuelo. Me hace sentir que la humanidad entera es suya y que Él en persona pastorea a la gente y hace escuchar su voz en el interior de cada corazón (el Espíritu está orando en todos, con gemidos inefables muchas veces). Haciendo nuestra en la fe la mirada de largo alcance de Jesús podemos vislumbrar ese “único rebaño” que llegará a haber bajo un solo Pastor. Mientras tanto, somos “rediles”. No somos aún el único rebaño. Hay otros rediles y nosotros somos un redil. 

Si en algo somos privilegiados es en esta conciencia de que los otros rediles también son de Jesús. Esto es lo que predica el Papa cuando habla de “Fratelli tutti”. No hay nada más “cristológico” que esta visión que reconoce a los “otros rediles” y se pone en camino siguiendo la voz del buen pastor, de modo que Él nos vaya pastoreando, apacentando y reuniendo a todos en ese único rebaño. Este es “el dogma”. A algunos les parece un cristianismo diluido, porque no pone al acento en definir verdades y dar leyes. Sin embargo, cultivar en la oración de cada mañana esta pertenencia de todos – cada uno ahora, como es – al único Rebaño por el que Jesús da la vida y es amado del Padre, es la Fuente viva “de todos los dogmas” que hay que ir aprendiendo a creer y “de todas las leyes” que tenemos que ir aprendiendo a practicar. 

Nuestra misión – desde este humilde redil, que es nuestra querida Iglesia católica- es entrar en diálogo con todos los rediles -los de todas las iglesias cristianas, los de otras religiones y no religiones- , entrar en diálogo y comunión de vida, haciéndonos “todo a todos”, servidores de todos, para que, cuando madure la ocasión, cuando alguno sienta  esa voz del Señor en su corazón, le podamos acercarle – ahí sí – el Nombre de Jesús, proponiendo, por ejemplo, un pasaje del Evangelio que aclare de Quién es esa voz, como hizo Felipe al catequizar al ministro eunuco de la reina Candaces. 

Esta tarea requiere esa larga preparación que hoy llamamos inculturación: despojados de casi todo lo nuestro (especialmente de los anteojos de nuestros esquemas mentales, de las sandalias que siguen los pasos de nuestras costumbres y de los bastones de nuestras leyes), nos metemos poco a poco en la cultura del otro, en la manera de pensar y sentir del otro distinto, en las situaciones que vive la gente que tiene otra, estando a mano para poder pronunciar el Nombre de Jesús en el momento justo. Esto es todo lo contrario de una prédica ya completa con todas las verdades que hay que creer y todas las leyes que hay que cumplir para ser parte de un rebaño concebido como si fuera un club exclusivo. 

El rebaño único es una realidad en esperanza, es decir futura y presente ya en estas prácticas benditas del Señor que tratan a todos como iguales en dignidad. Sostenidos por esa esperanza (hermanita menor de la fe y la caridad, que las lleva de la mano), nos movemos en el aquí y ahora de estar entre “otras ovejas” de “otros rediles” que el Señor dice que también le pertenecen. Anunciar el evangelio, entonces, significa ir como servidores en pie de igualdad ovejuna, esa igualdad tan común y propia de estos animales que hace ridículo pensarlas como ejemplo de protagonismos o bellezas individualmente espectaculares. 

Zarpazos vs pastoreo

Jesús define su misión en términos de pastoreo. El pastor, como dice tan bien Francisco, suele ir delante de su rebañito, pero, a veces, se mete en medio, y otras veces -cuando ya por sí solas ellas ventean el agua fresca-, camina detrás. 

Su tarea va por el lado de conocer a sus ovejas y de hacerse reconocer por ellas. Y esto, no a los zarpazos y bastonazos, sino por su voz y por su olor. 

Es lo diametralmente opuesto al modo de actuar del Lobo, que dispersa pegando zarpazos; y del mercenario, que se borra ya que no se siente involucrado con las ovejas de su patrón. 

El pegar zarpazos, es propio del Demonio. Hay zarpazos que causan heridas mortales de un solo desgarrón. Y no hablo solo de los zarpazos físicos, sino también de los zarpazos espirituales. Hay verdades que son muy verdades pero que se formulan como un zarpazo causando heridas mortales en muchas mentes sencillas y escándalo que dispersa al rebaño. 

Hay también actitudes que esconden durante mucho tiempo un zarpazo, un zarpazo que se sueña con dar y que, aunque no se dé del todo, envenena la vida y contamina un ambiente familiar, laboral o político. No vivimos acaso en un clima de país hecho de zarpazos?

Es todo lo contrario del cultivo interior y paciente de la misericordia y de la bondad, que se desgranan a veces a cuentagotas, pero que son bálsamo para la vida familiar y hacen respirable el ambiente social. 

Pedimos a nuestro Buen Pastor -Jesús, el Pastor hermoso- que nos enseñe a discernir quién nos pastorea y quién nos pega zarpazos, quién nos conoce y quién se borra, y de cultivar en nuestro interior la esperanza del único rebaño, haciéndola real en gestos concretos -interiores y externos-: esos pequeños gestos con los que nos igualamos -hermanándonos- con los demás.

Diego Fares sj

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Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan. Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»  Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? qué es ese vaivén de pensamientos que se agita en sus corazones y sube a sus mentes? Miren mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»  Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto»  (Lc 24, 35-48).

Contemplación

En el relato de Lucas (como en todos los relatos de la Resurrección), se notan ciertos énfasis tanto en las palabras como en las actitudes del Señor que nos ayudan no solo a recibir el testimonio de la Resurrección, sino a entrar en su dinámica, que es la del Espíritu Santo. 

El Señor, así como no vivió ni murió “para sí mismo”, sino “para nosotros”, tampoco resucitó para sí mismo, sino para bien y salvación de todos los hombres. Así como no se “salvó a sí mismo” bajando de la Cruz, tampoco se “salvó a sí mismo” subiendo al Cielo y yéndose. Entender a Jesús, conocer Quién es, es adentrarse en el misterio del que “da su vida por nosotros”. No solo nos creó, sino que nos redimió dando su vida y nos propone una misión que da sentido a la vida de cada uno y de toda la humanidad. Pero para que no nos quede lejano algo de tal magnitud, es necesario dejar que sea el Maestro mismo el que no enseñe quién es Él y qué hace por nosotros. En este sentido, los énfasis que pone para hacer comprender a sus discípulos quién es Él, ahora resucitado, nos ayudan a entrar en el asunto.

No podemos conocer a Jesús sino en medio de la Comunidad de los que lo aman

El primer énfasis del Señor resucitado se puede ver en sus acciones: podemos decir que Él se concentra en mostrarse a los que habían estado con Él desde el comienzo. Jesús resucitado no es alguien a quien se pueda comprender sino relacionándonos con esta comunidad de testigos que Él eligió y formó durante su vida pública. Esto es lo primero. No podemos entender quién es Jesús resucitado sin “entrar” en esta dinámica que el evangelio pone en acto al contarnos sus apariciones a sus discípulos. Por qué hablamos de “énfasis”? Porque se nota que el Señor se esfuerza en hacerse reconocer por los suyos y lo hace de determinada manera. En esta escena vemos que primero se apareció a los de Emaús, y cuando estos vuelven y están anunciando la buena noticia a los otros, allí se aparece a todos, como haciendo notar que la suya es una estrategia para que su Resurrección sea algo experimentado por una comunidad y no por gente aislada o por una masa de desconocidos. Captar este “énfasis” comunitario es ya mucho. Si nos interesa saber de Jesús y de su resurrección, tenemos que entrar en la Iglesia, en esta comunidad de los que lo aman, de los testigos que se han ido comunicando la fe unos a otros, a lo largo del tiempo. Jesús resucitado “se presenta en medio” de una comunidad integrada por los de Emaús, que vuelven, y los del Cenáculo, que se habían quedado con las puertas cerradas por miedo. En el evangelio de Juan, la figura de Tomás, con su no estar en la primera aparición y sí en la segunda, es el mejor ejemplo de este “énfasis comunitario” que imprime el Señor a la fe en la resurrección. No será una fe absoluta e ilustrada de un individuo que se pone a meditar y a estudiar la posibilidad de la resurrección en libros y documentos, sino la fe de gente que se busca y se reúne en Nombre de Jesús, que acepta a los otros, distintos, cada uno con su relación particular con Jesús. Jesús resucitado se hizo y se hace presente en medio de su comunidad, que es la de los que compartieron su vida con Él y quieren seguir compartiéndola, incorporando a otros.

No podemos conocer a Jesús sin dejarnos pacificar, personal y comunitariamente, por el Espíritu

Un segundo énfasis lo podemos ver en la paz. El Señor se esfuerza de muchas maneras en hacer sentir su paz a los suyos, en quitarles el miedo, en despejarles las dudas, en quitarles las sospechas. La paz va unida a la comunidad. Se trata de una paz común, no solo individual. Así como pone en orden las “zonas” que se inquietan en cada persona -la mente, el corazón, los sentimientos…- , así también pone en paz a todos y a cada uno. Es parte de la estrategia del Señor el ir de los más alborotados a los más serenos, así como de las partes más sensibles a las más libres. Por eso se aparece primero a los de Emaús, que estaban desolados y desconcertados. Por eso muestra las llagas y pide algo de comer. El Señor va pacificando todo y a todos. El hecho de que repita tantas veces: “La paz con ustedes”, basta para confirmar este énfasis. 

No podemos conocer a Jesús sin entrar en contacto con el Pueblo elegido a través de todas las Escrituras

El tercer énfasis lo pone el Señor en las Escrituras: en relacionar todo lo que vivió con las Escrituras y en abrir la mente de los discípulos para que “lo lean a Él con las claves de interpretación que vienen de las Escrituras” (y no de otras ciencias y saberes). Para creer en Jesús y tener vida en Él, es necesario leer, meditar y contemplar lo que dicen los Patriarcas, los Profetas y los Salmos. La Resurrección se sitúa así en un ámbito comunitario más amplio que el de la pequeña comunidad: se sitúa en el ámbito comunitario del pueblo de Israel. Para entender a Jesús resucitado y creer en él hace falta dejarse abrir la mente a esta misteriosa relación suya con todo lo que el Pueblo de Israel fue aprendiendo de Dios a lo largo de su historia.

No podemos conocer a Jesús hasta predicarlo a todos los pueblos y que cada cultura nos ilumine más cosas acerca del Señor

El cuarto énfasis el Señor lo pone en el Espíritu Santo. Había hecho hincapié muchas veces en la necesidad de recibir al Espíritu Santo para poder comprender sus palabras y sus acciones. Resucitado, de varias maneras deja claro que todo ha estado orientado a abrirle camino al Espíritu para que conduzca la Iglesia de ahora en adelante. Y aquí el ámbito en el que se hará presente Jesús resucitado son “todos los pueblos”. Es al ámbito comunitario más grande. No solo la comunidad de los testigos, no solo el pueblo elegido, sino todas las naciones, todos los pueblos de la historia. No comprenderemos quién es Jesús resucitado hasta que no lo prediquemos a todos los hombres y vivamos juntos practicando sus enseñanzas. 

Lo que quiero decir es que Jesús resucitado no es ni puede ser un “objeto de estudio” como lo son los personajes del pasado de los que tomamos conocimiento por textos que están guardados en bibliotecas. Jesús resucitado no puede ser “objeto” como no puede serlo nadie vivo, por la sencilla razón de que es “sujeto”, que sigue actuando desde su libertad y se sigue relacionando. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer si uno forma parte de la comunidad de los que creen en Él y se juntan a rezar al Padre en su Nombre. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer y querer si uno se junta con las comunidades que tratan de vivir sus bienaventuranzas y de practicar las obras de misericordia que Él practicó y enseñó y hacen esto yendo a todos los pueblos. 

En medio de los que viven en esta Dinámica comunitaria, popular y humanitaria, está y se hace presente, Jesús Resucitado. 

Diego Fares sj

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