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Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: 

«Este es el Cordero de Dios.» 

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: 

«¿Qué quieren?» 

Ellos le respondieron: 

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» 

«Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: 

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. 

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: 

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

Maestro donde habitas.

En el mosaico de Rupnik se representan dos tiendas: una de la tierra, que cubre a Jesús y a los discípulos, y otra del cielo, hacia la que Jesús señala con su mano indicando la apertura llena de color. Él habita en el Padre, en la intimidad de la tienda del Padre, mientras camina y habita nuestra tierra. “Puso su tienda entre nosotros”, dice Juan.

La pregunta de los discípulos – “donde vives”- tiene varios sentidos. Uno de lugar y de tiempo: donde se aloja, donde reside, donde habita de modo permanente. Quieren ir a su casa para charlar con tranquilidad. 

Otro sentido -más profundo- es el de un “permanecer” espiritual: donde estás arraigado, quiere decir; donde tienes tu fuente, tu origen y tus deseos. Uno habita espiritualmente en sus afectos, en sus pensamientos, preocupaciones y anhelos que giran en torno a los que ama: a su familia, a sus amigos, a su pueblo. Amar tiene que ver con habitar en el sentido concreto de que las personas que uno ama tienen “su espacio” dentro de nosotros. Se ve claro en el hecho de que, cuando pensamos en alguien querido, dejamos que este pensamiento ocupe su espacio y se tome su tiempo. Y lo hacemos con gusto. Mientras que a los pensamientos sobre otros (que nos llegan por un WhatsApp de alguien no muy conocido, por ejemplo) los hacemos esperar o les ponemos límites. Habitar en y con los que amamos no significa estar todo el día juntos, pero sí tener la llave de la misma casa, poder entrar y salir, encontrarnos familiarmente, poder quedarnos y que el otro se quede lo que desee. 

La expresión es fuerte porque el Señor la usará para hablar de la relación que tiene con el Padre: “yo vivo en el Padre y el Padre vive en mí”. Este “vivir en otro” quiere decir que esa persona opera continuamente en nosotros por su influencia y energía, que puede hacerlo sin que sintamos que se entromete, como dejamos que uno de casa nos prepare algo rico o nos pida que hagamos algo por él como si fuéramos su misma mano (sosteneme esto un momento, pasame aquello). Pequeñas cosas que cuando hay amor se hacen con natural espontaneidad y cuando no hay amor pueden causar infinita molestia (agarralo vos!).  

El Señor también usará este término -habitar, permanecer-  para decir que el que lo ama permanece en Él, en el sentido de que está arraigado en Él, como el sarmiento en la Vid;  unido a Él, por el Espíritu Santo que nos ha dado. 

A veces tenemos la imagen de que el envío del Espíritu Santo, que Jesús y el Padre prometen y realizan no solo en Pentecostés, sino siempre que pedimos “envíennos su Espíritu”, fuera como el envío de un paquete, de alguien que luego no sabemos dónde poner.  Es verdad que el Espíritu viene a habitar entre nosotros, a estar a nuestro lado como Paráclito,  como abogado defensor y Compañero fiel. Pero esta es solo una cara de una relación dialogal. El Espíritu no se suma como uno más a nuestra vida, sino que por ser Él quien es, el Espíritu creador y dador de vida, entrando humildemente en nuestra historia nos abre un espacio absolutamente nuevo para habitar: el espacio del reino de Dios. Es así que, al recibirlo, nos incorporamos a un nuevo ámbito de vida, a una nueva casa: en el Espíritu el Padre y Jesús habitan en nosotros, pero siempre como inclinando suavemente la balanza a que seamos nosotros los que habitamos en ellos. Es como una madre que al entrar en la habitación de su hijo pequeño que ha quedado toda desordenada, poniendo cada en cosa en su lugar, hace que el niño habite en una habitación que se ha transformado y ha quedado como nueva. Toda la familia habita en la misma casa y se puede decir que unos habitan en los otros, pero la realidad es que lo que llamamos “ nuestra casa “ se ordena y organiza en el corazón y en las manos de nuestra madre. Es bien clara la diferencia entre “la que habita volviendo habitable” para todos el espacio común y los que habitamos haciendo que con nuestros descuidos de cosas tiradas por cualquier lado, el mismo espacio sea distinto: menos agradable, menos de todos. 

Rabí -Maestro- ¿dónde vives?

Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Bendita sea aquella hora décima, la hora del comienzo del tiempo de los llamados (allí tuvo su comienzo también mi vocación), la hora de los encuentros maduros, de los encuentros entre los que desean permanecer juntos para siempre, perseverar en ser el uno en el otro, gozar en ser el uno para lo que el otro necesite y quiera. 

Aquella tarde nació en la primera Iglesia, o mejor se hizo Iglesia, casa común, la casita o habitación en la que el Señor vivía. Sería seguramente la casa de alguna familia amiga, en la que le habían reservado un lugar después que él dejara su casa de Nazaret. Pero con la pregunta y el deseo de los discípulos de ver donde vivía y de pasar allí su tarde con Él, esa habitación se transformó en Casa de Dios para los hombres. 

Aquella tarde los discípulos aprendieron la dinámica cristiana que es la de primero hacer casa, la de encarnarse, inculturarse, compartir el espacio donde vive el otro, crear un espacio común donde vivir, y luego sí, allí, predicar y escuchar el evangelio que ya se empezó a vivir en este habitar en común.

Es importante caer en la cuenta de que antes de revelar que la santísima Trinidad viene a habitar en nuestro corazón Jesús inició con sus discípulos un largo camino que comenzó aquella tarde en que habitaron juntos en su pequeña casita. Notemos también que los discípulos fueron de a dos y que inmediatamente corrieron a buscar a Simón Pedro. Captaron existencialmente que vivir y habitar el mismo espacio con Jesús implica haber salido del individualismo y tender con todas nuestras fuerzas a incluir a todos los hombres, nuestros hermanos.  Para poder permanecer en Jesús y que Dios permanezca en nosotros nuestro espacio interior debe ser algo más que un mero espacio individualista tal como lo concibe mentalidad posmoderna. Si consideramos nuestro interior como ese espacio individual en el que “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, es difícil imaginar que pueda querer venir a habitar allí la Santísima Trinidad: tres Personas a las que les apasiona hacer lo que quiere el Otro, por decirlo de manera simple.

La dificultad actual de muchos de creer en Dios, de creer en un Dios que habita en nuestro interior, que nos da fuerza, nos ama y nos perdona, quizá provenga de la manera como concebimos nuestro interior. Es lógico que un individualista sea ateo, porque en su espacio exclusivo y excluyente, Dios no habita. Pero si ahondamos un poco, es obvio que solo se puede ser individualista si uno tiene detrás o una familia o una sociedad de consumo que lo sostiene (en la medida en que tiene dinero). En ese espacio individualista Dios no está, no se lo puede sentir, y es lógico ser ateos. Pero hay que avivarse: que no esté allí no significa que Dios no habite en ninguna parte. Basta salir (entrar) en los espacios comunitarios de amor de solidaridad y de servicio para que inmediatamente aparezca la estrella y se haga sentir la presencia del Espíritu que habita nuestra casa común recreándola cada día como una madre que ordena su casa y la deja como nueva. 

Diego Fares sj

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Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al resurgir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc 1, 7-11).

Contemplación

El mosaico de Rupnik muestra la fuerza con que se abren los cielos en el bautismo de Jesús. La apertura del cielo es algo más que un hecho físico. Se experimenta por lo que acontece: el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del Padre que como una caricia ilumina al Señor, testimoniando que es su Hijo amado. 

Está irrupción de la Trinidad en nuestra historia nos hace conscientes de que, antes, el cielo estaba cerrado y que ahora, gracias a la humildad de Jesús que asume nuestra humanidad bautizándose como uno más del pueblo fiel, está abierto. Es decir: no hay ninguna barrera que nos impida interactuar con nuestro Creador y Señor. 

El cielo cerrado es imagen de un Dios inaccesible, tan trascendente que no podemos acceder a su intimidad. Sabemos que no nos hemos creado a nosotros mismos, pero la materia de nuestro mundo hace que rebotemos al querer trascender, al buscar ese sentido más profundo e integral que tiene la vida y que no se ve a simple vista. 

El cielo abierto es imagen de un Dios accesible, cercano, familiar, que camina a nuestro lado en Jesús, que desciende en la Persona del Espíritu, que nos revela la intimidad del Padre y nos permite ascender a Él, es la imagen de un Dios que nos habla y se hace entender, y que nos escucha con el oído amoroso de un Padre.

En el bautismo de Jesús el cielo se abrió para no volverse a cerrar. Y lo lindo es que está abierto para todos. Está abierto, pero requiere ojos capaces de ver esta apertura, corazones capaces de sentir y experimentar las cosas que se dan en este reino de los cielos. 

El cielo está abierto a los ojos de la fe, de la fe activa, que se concreta en obras  y sentimientos de caridad. No se abre enteramente el cielo a los ojos del mero sentido común; tampoco basta la mirada de la ciencia. Estos ojos, cuándo no están nublados por prejuicios, algo pueden presentir y entrever del cielo abierto. Pero no bastan. Y no es algo negativo que no basten. Todo lo contrario. Gracias a que el cielo se abre de par en par a los ojos de la fe del que ama, conservamos nuestro espacio de autonomía y de libertad, que de otra manera perderíamos. 

Esto no es algo extraño a nuestra experiencia humana. También el alma de cada persona es un cielo abierto para los ojos de los que la aman y un cielo cerrado para aquel que mira con indiferencia o mero espíritu de investigación y curiosidad. 

Ahora bien, cómo podemos ayudar a nuestros ojos a que vean el cielo que nos ha abierto Jesús, cómo pueden nuestros oídos escuchar entre los ruidos del mundo la voz del padre que señala Jesús como su hijo amado, cómo podemos hacer que el espíritu se pose sobre nuestro corazón pacíficamente como una paloma y nos impulse a seguir la voluntad de Dios?

Es lindo usar aquí la imagen del desborde que tanto le gusta al papa Francisco. El cielo se abre por un desborde de la misericordia de Dios. Y el desborde lo produce una diferencia de nivel en la tierra, un abajamiento como el de Jesús que al sumergirse en las aguas del Jordán desnivela la realidad y hace que el Padre no puede resistirse a confesar su predilección y que el Espíritu tenga que descender, sí o sí, a este Jesús humilde que atrae sobre sí la misericordia y el amor de Dios.

Sucede así en otros pasajes del Evangelio.

En el preciso instante en el que la Virgen María envuelva en pañales a Jesús y lo recuesta en el pesebre, Lucas nos dice que se abrió el cielo para los pastores que habitaban en la región de Judea y la gloria de Dios los envolvió con su resplandor.

En la transfiguración cuando Jesús se pone a hablar con Moisés y Elías acerca de su éxodo y Simón Pedro, que no sabe bien lo que dice, pero se da cuenta que sería bueno hacer tres tiendas para quedarse allí escuchando este diálogo a cielo abierto, también entonces se escucha la voz del Padre diciendo que Jesús es su Hijo amado.

Junto a estas aperturas grandes del cielo hay una multitud de aperturas pequeñas, personales. Cada vez que Jesús se abaja para servir a alguien -como en el lavatorio de los pies-, para perdonar -como cuando se arrodilla anta la acusación a la adúltera- y curar -como cuando lloró ante la tumba de su amigo Lazaro- , y cada vez que alguno del pueblo de Dios se abaja para adorar al Señor o para tener una actitud de servicio con los demás -como la viuda que dio sus dos moneditas y desniveló el corazón de Jesus-, se produce una apertura del cielo, desciende el Espíritu y el Padre confirma que Jesús es su Hijo amado. Los actos de fe en Jesús y los actos de caridad desnivelan la realidad y atraen el desborde de la misericordia de Dios. 

También nosotros podemos provocar este desnivel que hace que abran las compuertas del cielo y se desborde en nuestra historia la misericordia de Dios. 

Desnivelamos la realidad con nuestros gestos, cuando nos arrodillamos y tocamos el suelo con la frente en  adoración, como Jacinta, la pastorcita de Fatima, que rezaba: Dios mío, creo en tí, te adoro, espero en tí y te amo…

Desnivelamos la realidad con nuestra acción, cuándo nos arremangamos para servir, sin necesidad de muchas explicaciones, como todos los santos y santas “de la puerta de al lado”.

Desnivelamos la realidad interiormente, sin que se vea, cuando abajamos nuestras pretensiones y nos ponemos a la altura de la gente común y si es la de los más pequeños mejor.

Desnivelamos la realidad con el pensamiento, cuándo pensamos como Madeleine Delbrêl, que hacer pequeñas cosas por Dios nos hace amarlo tanto como hacer grandes cosas. Porque sabemos que estamos muy mal informados acerca de la medida que tienen nuestros actos. Nosotros no sabemos sino dos cosas: la primera, que todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño; la segunda, que todo lo que Dios hace es grande. Esto nos vuelve muy tranquilos a la hora de actuar.

Desnivelamos la realidad con nuestra esperanza, cuando allí donde nadie espera nada somos capaces de volcar toda nuestra angustia en Dios y dejar las cosas en sus manos con la certeza de que el obrará.

Diego Fares sj

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Cuadro de la capilla de La Civiltà Cattolica

Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. » 

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» 

            Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

La tradición dice que los Reyes Magos eran sabios, en el sentido de buscadores de la verdad. No de una verdad abstracta, sino buscadores del verdadero Dios: ese que se encuentra superando cada vez las imágenes idolátricas que nos inventamos; un Dios al que se lo puede adorar, porque es siempre más grande que el punto al que hemos llegado con nuestra imaginación y nuestros razonamientos: El nos creado!; un Dios al que se lo puede servir, ofreciéndole en regalo lo mejor de nosotros mismos. 

Me gusta imaginar a los reyes magos partiendo del dato concreto de lo que regalan: oro, incienso y mirra, en el caso de Jesús; en el caso mío de niño: los mejores regalos del mundo por la emoción con que los esperábamos en los zapatitos que dejábamos en la ventana de la pieza que daba al patio. Siempre me encantó el detalle de que, además del pastito y el agua para los camellos, papá ponía una botellita de champán en el congelador, para que los reyes brindarán con algo fresco en nuestros calurosos eneros.

Al que le regala oro lo imagino como una persona de generosidad pragmática, de esas que te regalan dinero -una buena suma- para que te compres lo que quieras. Ese oro le habrá venido muy bien a San José en la dura etapa del destierro, en medio de las angustias de los refugiados. 

Al que le regala incienso lo imagino como una persona de generosidad en lo que hace a la fama, en el sentido de uno que no se inciensa a si mismo (ni le pega con el turíbulo a uno que desea humillar mientras ensalza a otro). Es uno interesado por la mayor gloria de Dios y no por la gloria propia.

Y como la mirra tiene propiedades medicinales, al que se la regala lo imagino como un médico o una persona que se ocupa en sentido amplio de la salud de los demás, de los sufrimientos y problemas vitales de la gente.  

Lo importante es que estos hombres desde tres ámbitos muy distintos de la vida buscan la verdad, esa verdad que les hace trascender sus ideas y se vuelve adoración, esa verdad que se concreta en el servicio al más pequeño y les hace regalar al Niño lo mejor que tienen, lo que más valoran en la vida. 

Epifania es la celebración de la verdad de Dios que ilumina a todos los hombres que tienen estas tres actitudes reales, de búsqueda de adoración y de servicio.

Ser de los que le regalan al niño su oro quiere decir ser gente realista, que goza usando bien el dinero poniéndolo al servicio del bien común: el bien de la familia, el bien del propio pueblo el bien de la humanidad junto con todo el planeta.

Ser de los que regalan al niño su incienso quiere decir ser gente realista, que goza devolviendo la gloria al creador; actitud noble que no roba el minuto de fama ni trabaja para el aplauso, sino para el oro verdadero que es la caridad y la misericordia vividas por sí mismas, sin necesidad de buscar un premio externo a ellas.

Ser de los que regalan al niño su mirra es ser gente realista, que ofrece a Jesús sus sufrimientos y que ayuda a sobrellevar los sufrimientos a los demás. 

Si sabemos mirar con la sabiduría del Evangelio descubriremos que hay tanta gente así a nuestro lado, gente regia, gente que no es un mero “personaje”, sino gente real, que regala su oro su incienso y su mirra, gente que no se detiene, sino que sigue andando nomás, como dice la canción, siempre en búsqueda de la verdad que, como la estrella de Belén, ilumina la vida y la mente de los que cultivan en su corazón estas actitudes reales que nos enseñan los reyes magos.

Diego Fares sj

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Bailarina – Joan Miró (1925)

Al principio existía la Palabra,

y  la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre

viniendo a este mundo.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:

‘Este es Aquel del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado

y hemos recibido gracia sobre gracia:

porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, 

que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

La Iglesia nos invita a comenzar el año con Jesús, la Palabra encarnada.

Con esa Palabra que no es ningún concepto abstracto, sino que tiene Madre: María. 

Con esa Palabra a la que el Espíritu le pone música. Y así, como dice el salmo 119: se convierte en “lámpara para nuestros pasos y luz en el camino”. Lámpara para el pequeño y alegre paso que puedo dar hoy en el amor y en la fe. 

Es decir: con una Palabra que no tiene nada que ver con las ideologías. Vieron que la ideología se puede ver? Yo me doy cuenta de que alguien está ideologizado cuando me transmite la emoción de un sentimiento auténtico pero un brillo opaco en su mirada revela que no me mira a mí, sino a su propia idea, que no me habla a mí, sino que discute con lo que considera otra ideología.   

La palabra qué es Jesús no es el envase descartable de las ideas de Dios. Es más bien como las palabras de esos cuentos que nos contaba nuestro papá y que aunque ya conocíamos de memoria el argumento nos encantaba escuchar de nuevo cada noche antes de dormir.  

Pero antes de seguir hablando yo me gusta escuchar al comienzo del año lo que dice sobre la palabra una querida amiga, Madeleine Delbrêl. Como presentación para los que no la conocen baste decir que era una joven atea a la que en cierto momento de su vida “le explotó el Evangelio” y la dejó para siempre “deslumbrada con Dios”. Ella dice algo sobre nuestras discusiones que puede hacernos bien en estos tiempos en qué discutimos tanto usando las verdades del Evangelio.

Madeleine dice que tenemos que dejarnos evangelizar, una y otra vez. Especialmente cuando tenemos que defender una verdad del Evangelio. Si nuestra actitud no es la de dejarnos evangelizar por esa palabra que defendemos fácilmente se nos transforma en una ideología.  

“No podemos evangelizar a otros si no nos hacemos conscientes de que nosotros mismos estamos siendo evangelizados – que hemos “recibido” la buena noticia, que “se nos ha dado”. Lo que pensamos que “naturalmente creemos” no nos sentimos en deuda de proclamar – nos parece normal que esto se sepa. Esta fe que asimilamos a una “buena mentalidad” se reduce dentro de nosotros a los límites de una mentalidad humana – ya no podemos proponérsela a los demás como personas que han recibido libremente un tesoro y quieren compartirlo. De ser indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica. 

Nuestras certezas, las de la fe y las de nuestra mentalidad, hoy están siendo cuestionadas. Visceralmente, las defendemos. Dondequiera que haya materia para la discusión humana, afirmamos absolutos. Donde hay materia para la evangelización discutimos ideas, no damos testimonio de una vida. No anunciamos las buenas noticias. Porque el Evangelio ya no es noticia para nosotros: estamos acostumbrados a él, es una noticia vieja. El Dios vivo no es una felicidad prodigiosa y abrumadora – es algo debido, el telón de fondo de nuestras vidas. No nos damos cuenta de lo que la ausencia de Dios sería para nosotros; por lo tanto no nos damos cuenta de lo que es para los demás. Discutimos una idea cuando hablamos de Él, no damos testimonio de un amor recibido y dado. Defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos. No somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar. Así que sería inútil estar lo suficientemente cerca para ser escuchado, hablar el idioma de nuestros semejantes, estar presente y existir para ellos si, cumplidas todas estas condiciones, nosotros mismos no hubiéramos encontrado el mensaje de la eterna novedad de Dios”.

Me hace bien la lucidez con que Madeleine discierne cómo una verdad que es “indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica”. Esto sucede porque, “cuando hablamos de Él, discutimos una idea, no damos testimonio de un amor recibido y dado”. 

Esto nos pasa cuando “defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos”.

Esto acontece cada vez que “no somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar”.

No es acaso esto de lo que nos acusaban en el Congreso cuando decían que defendíamos el “status quo”, que criticábamos la nueva ley pero no ofrecíamos ninguna propuesta nueva?

Más allá de que esto sea verdad o no,  si en los oídos de los otros el Evangelio que nosotros predicamos no deja que primero resuene el timbre de su novedad (la Buena Nueva) ningún contenido que transmitamos tocará su corazón.  

Cuando hablaba Jesús y luego cuando hablaban sus apóstoles si de algo se daba cuenta la gente -tanto amigos como enemigos- era de que se trataba de algo nuevo, de una palabra que antes no habían escuchado. La novedad es lo que abre el oído y hace escuchar la música del Espíritu que da sentido a nuestros pasos.

Como dice Madeleine:

“Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que habla siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un matrimonio envejecido.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.

Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.

No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa,
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, 

saber detenerse 

y deslizarse en vez de caminar.

Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor”.

Qué más decir de Madeleine? 

Qué se puede decir de alguien capaz de imaginar esta poesía del “baile de la obediencia”. Igual me gustaría agregar que fue capaz de parafrasear así el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en casa nuestra como en el cielo”. 

Y para terminar de empezar el año alegremente  ya que Madeleine nos habla de San Francisco como juglar de Dios, comparto un recuerdo no muy conocido de San Ignacio:

Se sabe que un día en París, estando enfermo un discípulo espiritual suyo, le fue a visitar. Estaba el otro muy triste por la enfermedad. 

– “¿Qué es lo que puedo hacer por vos?”, le dice Ignacio. 

–  “Nada! Esto no tiene remedio” – le contesta el enfermo, que era vasco. 

–  “Si algo hay en que te pueda ayudar, aquí estoy”.

El enfermo animado por la repetida petición, le contesta: 

– “Una cosa le pido, si usted cantare y bailare como se hace en Vizcaya, esto creo que me daría mucho contento y alegría”.

 – “¿De esto recibirías mucha alegría?”

 – “Grandísima” – le contestó el enfermo. 

El padre Ignacio que tenía buena voz, empezó a cantar y bailó un zortziko vasco. Y enseguida de terminado, le dijo al enfermo: 

– “Mira, que no me pidas esto otra vez, pues no lo haría”. 

Fue tanta la alegría que recibió el enfermo, que a los pocos días quedó curado y libre de toda tristeza y melancolía. 

Diego Fares

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Los pastores fueron rápidamente 

y encontraron a María, a José, 

y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, 

y todos los que los escuchaban quedaron admirados 

de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María atesoraba estas cosas 

y las ponderaba en su corazón

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios 

por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús, 

nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción (Lucas 2, 16-21).

Contemplación

Qué cosas atesorar en el corazón del año que pasó? Es un trabajo de discernimiento elegir qué quiere el Señor que guardemos y qué se debe desechar. 

Un paso del discernimiento consiste en “ponderar” las cosas que nos han acontecido. Ponderar es pesarlas, determinar su “peso” en “medidas” de amor, que podemos concretar usando como medida el Nombre de Jesús. Recordemos la gloria de Dios es el peso de su Amor, de su mismo Ser. Y que las cosas se recapitulan en Jesús: lo que es “más” Jesús permanece, lo que no lo puede asimilar Jesús, es descarte.

Cuánto de Jesús tuvo cada cosa de nuestro año, podemos preguntarnos: cuanta paciencia de Jesús compartimos con Él para soportar los males, cuanta alegría de Jesús nos regaló el Espíritu para evangelizar, cuanta compasión de Jesús nos dio el Padre para tratar a nuestros hermanos.

Dolores Aleixandre, comentando la Contemplación para alcanzar amor de san Ignacio reflexiona acerca de este paso del discernimiento en nuestra Señora que “pondera” las cosas en su corazón:

“Es la actitud que el evangelista Lucas atribuye a María, que «guardaba todas estas cosas meditándolas y ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). Symballousa es un participio griego que expresa la acción de reunir (sym-) lo lanzado (ballo) e insinúa:

una actividad cordial de ida y venida de dentro afuera y de fuera adentro

una confrontación entre la interioridad y el acontecimiento

una labor callada de reunir lo disperso, de tejer juntas la Palabra y la vida

Dice algo sobre el trabajo de la fe que María, la creyente, realiza en su corazón para unificar lo que conocía por la Palabra y la realidad que iba a aconteciendo ante sus ojos”.

Al terminar el año es lindo espejarnos en María y dedicarle un rato a este trabajo cordial de buscar dentro del corazón los sentimientos y afectos más fuertes y confrontarlos con los acontecimientos externos, buscando aquellos recuerdos que son para atesorar y que nos mueven afectivamente a la ofrenda de nosotros mismos y al don, al agradecimiento y al pedido de perdón. 

El Papa en su mensaje a la Curia nos da un criterio de discernimiento. Es una de esas reflexiones suyas proféticas que disciernen la realidad como separando de un tajo con una espada afilada lo que parecía confusamente mezclado por el mal espíritu. Nos ayuda a ver qué atesorar y qué dejar de lado.

“La Navidad – dijo- es el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret que nos recuerda que «los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar», como observa de modo tan brillante e incisivo Hanna Arendt, la filósofa hebrea que desmonta el pensamiento de su maestro Heidegger, según el cual el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, Arendt reconoce esta verdad luminosa: «El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y “natural” es en último término el hecho de la natalidad. […] Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: “Les ha nacido hoy un Salvador”». 

El discernimiento es simple: qué peso de nacimiento y qué peso de muerte discernimos en las cosas que nos pasaron, en las cosas que vivimos este año 2020. Lo que tuvo peso y olor a muerte es para dejar: que los muertos entierren a sus muertos, como dice el Señor en el Evangelio. Lo que tuvo el dulce peso de la vida lo ha comenzado el Espíritu Santo y con nuestra colaboración lo llevará adelante: es algo para guardar,  para sembrar y a su tiempo cosechar.  

            El peso bruto de los hechos lo conocemos, está a disposición de todos en internet. Su peso neto (el peso real más la gracia del Espíritu) lo tiene que discernir cada uno, entrando y saliendo de sí, confrontando las cosas externas con los sentimientos que el Espíritu nos da en nuestro corazón. Porque las mismas cosas pesan distinto según sean queridas por Dios y vengan  envueltas por el amor y la compasión de un corazón o por la indiferencia y el odio de otro. 

La pandemia con su hambre de abrazos, sus calles desiertas, sus médicos vestidos de astronautas, sus pacientes sin rostro en respiradores artificiales, sus fosas comunes y el conteo de contagios, impredecible e implacable… 

Hay un conjunto de cosas qué hacen más anti-vida al Covid-19 en comparación con otras enfermedades y males. Dejando la palabra definitiva a los especialistas, como simple ser humano veo que se juntan muchas cosas dañinas: la velocidad del contagio, el hecho de que contagian los asintomáticos, el hecho de que haga más daño a los más frágiles, el hecho de que vuelva por oleadas sin respetar lugares ni climas, el hecho de que no alcancen las terapias intensivas, los respiradores y el personal capacitado para tratarlo y el hecho de que recién ahora están apareciendo las vacunas. Esta suma de cosas que no podemos controlar hace que se paralice y se bloquee a cada rato la vida, que se deterioren la economía y se debiliten los lazos sociales.

Rápidamente respondimos a estos males con un modo de actuar y de razonar que sigue en el fondo la lógica del “nacimiento”. El modo de actuar de médicos, enfermeras y personal sanitario ha sido y es el de una entrega total e incondicional al cuidado de la vida: se arremangaron y desde hace 10 meses que trabajan hasta quedar exhaustos ayudando a pacientes concretos en su lugar de atención. La entrega supera las quejas, la vocación de servicio supera aún los reclamos más legítimos. El modo de razonar simple e incuestionable de todos fue: hay que encontrar la vacuna. Aunque la charlatanería y los discursos ideológicos -que se reinventan para subsistir- han superado todo lo que uno pudiera haber imaginado,  no hacen mella en la convicción compartida de que la solución va por el lado de la vacuna. 

Es decir: la lógica de la vida, que se despliega eligiendo el camino largo de la prevención, supera la lógica de la muerte, con su camino corto de la reducción de daños. 

Es tan dañino el virus que la reducción de daños no alcanza. Aunque parecía una locura, de hecho y rápidamente, paramos -intentamos parar-  el mundo hasta encontrar una vacuna. Por supuesto que la lógica de la muerte todo lo discute, desde la duración de las cuarentenas hasta el color político de las vacunas. Pero a las buenas o a las malas todos nos vamos convenciendo de que no hay soluciones simples ni a corto plazo. El virus es malo en serio y no hay atajos para combatirlo fuera del antídoto que lo neutraliza, lo cual supone combatir el mal con el bien y no con males menores.  Esta lección tan evidente y radical que nos enseña este virus es la que tenemos que aprender a aplicar en los otros ámbitos de la vida. 

En el cuidado del planeta, por ejemplo, no podemos apostar a la reducción de daños. No podemos pensar que es exagerado trabajar a largo plazo en la prevención. Son para atesorar, pues, todos los pequeños pasos que nos llevan por el camino largo el cuidado del planeta. 

En el tema de la gestación de la vida, el único camino es el de cuidar, educar y acompañar a las que deberán asumir la decisión de dar vida. Es un camino largo de infinito respeto y de amor prodigado a todos los niveles personales y estructurales por toda la sociedad. Este amor es la única vacuna contra el virus del aborto. No tener a toda la sociedad buscando esta vacuna y aplicándola, es lo que hace que fracasen, en cuanto ideológicas y parciales, todas las soluciones meramente principistas o pragmáticas. 

Debemos saber que toda ley nace de algo que es más que la ley: del amor, personal y social. Nadie mejor que los cristianos deberíamos saber que no hay ley perfecta que pueda hacer que sea prescindible el amor personal y social. Digo esto para hacernos conscientes de que ninguna ley merece ser defendida absolutamente ni atacada absolutamente y de que en medio de leyes imperfectas siempre podemos apostar al amor. Son, pues, para atesorar en el corazón todos los pasos que, en el camino largo del cuidado de toda vida, han sido pasos que llevan la marca de una misericordia, de un respeto y de un amor ilimitados e incondicionales. Y todos los que han sido meros atajos o pasos formales son para dejar atrás.

Pensando una palabra qué definiera lo que ha significado el 2020 para la humanidad la única que se me ocurría es humillación. Hemos sido humillados. Por la enfermedad ciertamente.  Pero a esto se le suma el tener que aguantar a charlatanes y soberbios que no mueven un dedo para ayudar a los demás y cuya gestión desde los lugares de poder -ejecutivo, legislativo, judicial y de comunicación- ha demostrado estar muy lejos de la altura que requieren las circunstancias. Sin embargo de la humillación vivida con amor al Señor nace la humildad, qué es la madre de todos los bienes. Atesoramos por tanto en el corazón las humillaciones vividas por amor a Jesús y por querer servir a nuestros hermanos. Que el señor las tenga en cuenta y las convierta en fuente de bendición para nuestra humanidad golpeada y sacudida por la crisis actual.   

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