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Archive for the ‘Contemplaciones 2021’ Category

Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús. Y le preguntó:¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó:

¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió:

Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió:

Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: 

para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato

 ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación

            El domingo pasado me quedó algo nuevo en el corazón y que me dio ganas de seguir meditándo: el consuelo de no ser dueño del tiempo. El consuelo de que sólo el Padre sea el dueño de mi tiempo. Y de manera especial el consuelo que da el que Jesús puede ser compañero cercano y Rey y Señor de mi vida práctica en cada uno de esos momentos en los que elijo vivir alguna obra de misericordia, predicar el Evangelio, o hacer las cosas con el estilo de las bienaventuranzas 

Pablo formula así esta Realeza de Dios: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

El Espíritu es el que inspira, consuela y ayuda a discernir los momentos del Señor Jesús , que se concretan en el amor al prójimo y esta actitud de adoración al Padre del tiempo, que es nuestra manera de amar al Padre sobre todas las cosas.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo se enseñorea de todo lo que somos…! 

No podemos controlar cuánto durará lo que hacemos, cuánto viviremos nosotros y los que amamos. Este no control pone un sello radical a todo lo demás. 

Es tan clara esta verdad, tan rotunda, que resultan patéticos todos los pataleos por “estirar unos instantes nuestro tiempo”. Jesús lo dijo de una vez para siempre, y esta enseñanza suya sobre el tiempo es, a mi entender, su sabiduría más preciosa, su enseñanza más honda, la que pone el marco a todas las demás. Al revelarnos que el Padre es el Señor de nuestro tiempo, y al hacerlo habiendo venido a vivir dentro de este tiempo nuestro, compartiendo nuestras ansiedades y dialogando con ellas al ritmo del latido de su corazón de hombre, igual al nuestro, Jesús se muestra como “Hijo y heredero del Padre del tiempo”. 

Vale la pena escuchar de nuevo todo el pasaje de Mateo, tan hermoso y consolador. Lo podríamos titular: “Consejos de Jesús para no andar con cara de angustia el día de hoy con la excusa de que estamos preocupados por el futuro”:

« Por eso les digo: No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren los pajaritos del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y nuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos? Por lo demás, ¿quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparse tanto? Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo les digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió tan lindo como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe? No anden, entonces, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se inquietan los paganos; pues ya sabe nuestro Padre celestial que tenemos necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Así que nada de preocuparse del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mt 6, 25 ss.).

Vivir al día, como decimos. A Dios lo encontramos en el presente, como dice al Papa Francisco. Es la gracia de la pobreza, de la enfermedad… Junto con sus penas y dolores puntuales, nuestras hermanitas, como las llamaba Francisco, la pobreza y la enfermedad, nos regalan la gracia de tener que vivir al día. Paso a paso, sin omnipotencias ni desplantes, sintiendo el peso (liviano y ligero) de cada hora, de cada parte del día que, vivido de la mano de Jesús, se hace cruz y yugo suave y llevadero. 

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo está preñado de cosas nuevas!

Me consuela pensar como venidas de las manos del Padre todas las cosas nuevas que acontecen (en este mes nacieron bebés de amigos: un tiempo que comienza…, misteriosamente cobijado con amor en los brazos de una mamá, misteriosamente contemplado con los ojos sonrientes de un papá…). 

El tiempo tiene que ver con los comienzos, con las cosas nuevas que la vida nos pone en las manos.  Es consolador mirar todo las cosas nuevas con la mirada de Pablo que nos revela que han sido “preparadas de antemano” por las manos del Padre: porque “somos hechura suya: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos” (Ef 2, 10).

¿Qué me has preparado para que viva hoy Señor? ¿Quién me solicitará un rato de mi tiempo? ¿Cuánto habrás dispuesto que tarde en resolverse tal problema, cuánto le llevará a quien quiero ayudar a madurar en su proceso? ¿Será hoy tiempo de siembra, de soñar cosas que has preparado para después? ¿O más bien hoy tocará un tiempo de frutos, de cosechar y recibir lo que otros sembraron? ¿Qué has preparado para hoy? ¿Tiempo de fiesta o tiempo de aguante? Más allá de las cosas que vengan te pido la gracia de sentirlas como venidas de tu mano, como medidas y pesadas, como preparadas de antemano con amor, como ya compartidas y redimidas por tu Hijo, como modeladas por él para el bien.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo pone fin a todo cuando quiere, ciegamente a veces! 

El tiempo tiene que ver también con el final, con las etapas que se terminan, con la vida misma que se termina. Tiene que ver con los trabajos que se realizan bien y se coronan y con lo que quedó trunco o terminó abruptamente, mal. Por eso rezamos para “Que nuestro Dios lleve a término con su poder todo nuestro deseo de hacer el bien” (2 Tes 1, 11). 

Frente a esta dimensión del tiempo, lo más consolador es lo de los pajaritos: “ninguno cae en tierra –dice Jesús- sin el Padre”. Nuestro Padre está en todo final. El es Dios de vivientes, de sus manos sale la creación y en sus manos termina cada vida. La oración de Jesús en la Cruz, reclamando por el sentimiento de abandono y entregándose confiado en las manos del Padre es la oración que cada uno debe tener preparada para cuando sienta llegar su final. También es consolador saber que Jesús es el que “recapitula todas las cosas”. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia: 

“El es la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 17 ss.).

Jesús es Rey, o mejor “se va haciendo Rey”, porque el Padre ha hecho que se vayan convirtiendo a su amor todas las cosas y “cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se pondrá en las manos de Aquel al que le fue poniendo bajo su amor todas las cosas, para que Dios sea todo en todo” (1 Cor 15, 28).

Así, es consolador contemplar este poder recapitulador del amor de Jesús. Nos quita la angustia que sentimos ante todo lo que queda trunco, ante todo final abrupto o mal terminado, ante lo que queda inconcluso, ante lo que sentimos fragmentado, no del todo integrado… 

Por eso nuestra oración nos debe ir metiendo en este tiempo recapitulador del Corazón de Jesús (porque Jesús recapitula todo “recorazonándolo”), ese corazón que lleva la cuenta de las moneditas, de los vasitos de agua dados a los pobres, de los pajaritos que caen bajo la mirada amorosa del Creador, de los lirios que florecen y que a Teresita le gustaban tanto…: él es el que enjugará todas y cada una de las lágrimas. Nada quedará sin recompensa, nada inconcluso, nada sin redimir: hasta el último pecado quedará perdonado, si cultivamos la humildad de ponerlos todos en sus manos.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo rota, cómo cambia de repente, sin aviso, cómo a veces se hace eterno y luego, en un instante, apura todo, y todo cambia!

No solo las cosas nuevas, no solo el final de cada una, sino también la rotación de distintos tiempos viene de las manos del Padre. Ignacio le explica a sor Teresa Rejadell, que se dirigía con él por carta, cómo “la consolación no está siempre en nosotros, mas camina siempre a sus tiempos ciertos según la ordenación (divina), y todo esto para nuestro provecho” (Carta 5, 4). 

Las reglas de discernimiento de los Ejercicios son la sabiduría de Ignacio para vivir nuestro tiempo bajo el Señorío de Jesús. El que hace los ejercicios experimenta esta gracia que es principio y fundamento de la vida espiritual y que permite “Alcanzar amor”: la gracia de pasar varios días a merced de lo que el Señor quiera darle y experimentar tiempos de consolación y de desolación. Es la experiencia más fuerte de los ejercicios, esta de sentir el tiempo totalmente en manos de Dios. Otro nos da la materia de contemplación, nos maneja los horarios, nos dice cuando esperar para elegir, cuándo pasar a otra semana de la vida de Jesús… Y en medio de esto el Señor se muestra Rey de nuestro tiempo. Y nos va dando la fe cierta y experimentada de que las consolaciones vienen, sí o sí. De que, si uno le regala su tiempo, el Señor responde. Y nos va regalando la fortaleza de aguantar una desolación, aunque dure mucho, y de perseverar en la petición hasta que el Señor nos consuele. 

Estas experiencias dan un sentido del tiempo que luego es precioso para la vida. 

En el tiempo de Ejercicios el Señor nos enseña que no está en nuestras manos estar consolados o desolados. Precisamente de eso se trata. Hacer ejercicios no es para nada un ir a buscar recetas de autoayuda para andar siempre optimistas! Todo lo contrario: es meterse en el tiempo de Dios sin horarios propios y experimentar cómo su ordenación y su ritmo son más sabios y llevaderos que los nuestros. Y de mayor fecundidad. 

Una de las cargas más pesadas de las que nos liberan los ejercicios es la de “no saber sufrir en paz el estar desolados”, no vivirlo como una lección del Señor que “pronto nos consolará”. Y, de manera equivalente, también nos libran del “temor a estar bien”, del sospechar de las consolaciones por el hecho de que no las podemos “retener” o “manejar”.  

¡Qué misterio el tiempo! con su instantaneidad y sus épocas extensas…

Nos hace bien y nos consuela poner en manos del Padre el misterio de los momentos, de esos instantes de gracia (kairos) preciosos en que la gracia relampaguea en unos ojos o resplandece en un gesto fugaz que advertimos cuando estamos atentos y miramos a la gente con amor, como Jesús cuando ve el gesto de la mujer viuda y sus moneditas. 

También es consolador saber que las edades de nuestra vida, como dice Guardini, están enteras en las manos del Padre: algunas han pasado, como nuestra niñez, y otras quizás las estamos viviendo o no han llegado aún, pero en las manos del Padre están intactas, enteras, resguardadas y completadas, gracias a la redención de Jesús. 

Nuestra niñez, con sus juegos y alegrías espontáneas, está guardada y viva en el Reino interior donde habita el Padre, que les dedica ángeles de la guarda a los niños (y cuya amistad no hay que perder con la excusa de ser adultos).

También nuestro primer acto de fe, y la primera confesión, están en sus manos.

Intacta está en las manos del Padre la sensación del tiempo del primer amor, con sus incertidumbres y el quedarse eternamente en cada instante. 

Intacta la certeza del tiempo de la amistad, que es “lo de una vez”. 

También el tiempo de la madurez, que se vuelve casa, trabajo, sentirse a cargo. 

Y el de la ancianidad, que lo rememora todo y se complace en volver a vivir para agradecer y bendecir.

Cada etapa de la vida es única y guarda en sí algo irrepetible: siempre somos niños en la espontaneidad de nuestros sentimientos más básicos, siempre somos jóvenes en el rincón más lindo de nuestros sueños, siempre somos padres, aunque hayamos pasado ya a ser abuelos. Y en el Señor podemos ir y venir por el reino de sus tiempos, rezando con lo mejor de cada uno, pidiendo con prevención intercesora, reparando con arrepentimiento sincero, ofreciendo y aprendiendo como buenos discípulos que aprovechan la hora.

En la fiesta de Cristo Rey, podemos quedarnos un rato contemplando a Jesús rey del tiempo, que se encarnó para vivir como servidor su tiempo limitado: 

Contemplarlo como rey herido, 

como rey atado de manos, 

como rey coronado de espinas, 

como rey discutido y cuestionado por Pilatos, 

como rey rechazado por su pueblo, 

reinando en la paciencia de la pasión.

Lo miramos como rey del tiempo vivido “sin saber la hora”, teniendo que estar atento a discernirla (y a adelantarla a pedido de María). 

Lo contemplamos recordando a su padre David, que ya había sido ungido y coronado en secreto, y era rey sin ejercer poder ni recibir honra. 

Jesús, un rey que reina desde adentro del tiempo, modelándolo con su paciencia y con su mansa humildad. 

¿Cómo se es rey de algo que uno no puede dominar? 

Solo amando y sirviendo. Esa sería la lección de hoy. 

El Señor es rey de un tiempo humano que ama hasta sus últimos segundos, 

de un tiempo que recibe enteramente de manos de su Padre, 

atento a la hora, 

sin controlarlo ni poder prever lo que sucederá, 

aunque sepa que habrá pasión y resurrección. 

El Señor no es como esos ajedrecistas que a la tercera jugada ya prevén cómo seguirá la partida y en cierto momento, resuelven abandonar porque ya saben que el otro les ha ganado. Nada de eso: Jesús juega hasta el último instante con un amor abierto al Padre y al corazón de los hombres. Nada está dicho hasta que todo se cumple. A último momento se convierte el buen ladrón, Juan se lleva a nuestra Señora a su casa (y a la nuestra), Judas se suicida y Pedro llora arrepentido, y la Magdalena espera más allá de toda esperanza… 

Nada está ya dicho y como Pablo, podemos decir:  

“Habiendo  sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús, yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil 3, 9-14).

Confiado en Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén” (Ef 3, 16-21).

Porque sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio… El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Nada de eso. En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 28 ss).

Diego Fares sj.

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(Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?…) …Y Jesús comenzó a decirles: -En aquellos días, después de la tribulación  el sol se entenebrecerá y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria. El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan esta parábola, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, dense cuenta que está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,  ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre (Mc 13, 24-32).

Contemplación

“Es la hora la que nos posee, no nosotros los que la poseemos a ella” (Hans Urs von Balthasar).

Estamos tan inmersos en el curso de los acontecimientos que no percibimos cuánto cambia nuestra vida a cada instante. Planificamos las cosas y éstas siguen cierto ordenamiento y marchan según disponemos, pero basta a veces un acontecimiento inesperado (como el Covid 19), para que cambie totalmente nuestra vida. Es esta la condición más profunda, la más propia quizás de nuestro ser creaturas: no somos dueños del tiempo. 

Esta verdad, viene de la mano de otra: Nuestro Padre Creador es quien tiene en sus manos el tiempo, nuestro tiempo. 

Mis días, mis años, mis horas, vienen de sus manos,  están en sus manos, van hacia ellas. 

Así como el comienzo de mi vida no provino de mí, sino de su Amor que me soñó y  me dio la dicha de existir –sus dedos “me tejieron en el seno de mi madre”  dice el Salmo 139)-, así también el día de mi muerte será dejarme caer en sus brazos diciendo, como Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). 

Y entre tanto, cada uno de mis días, cada etapa de mi vida, cada instante de mis horas, puedo vivirlo como un don que viene de las manos del Padre y como una ofrenda  que pongo en ellas. Es nuestro Padre el que me regala mis días, orienta mis planes según los suyos (escribiendo muchas veces derecho sobre mis renglones torcidos), el que cuida que haya pan en mi mesa y amor en mi corazón (si estoy dispuesto a perdonar y a dejarme perdonar por su Misericordia infinita) en medio de las tribulaciones y alegrías de cada día.

Un “detalle” (si se puede llamar detalle) significativo: Jesús manifiesta a sus amigos, inquietos por conocer las señales del fin de los tiempos, que ni siquiera Él sabe la hora. Comparte así lo más humano del hombre: también Él debe discernir “la hora” y estar atento al Espíritu, que lo conduce para que cumpla la Voluntad del Padre. Yo pienso que compartiendo esta condición de “no saber” cuándo será el fin del tiempo, Jesús se convierte para nosotros en un compañero de camino junto con el cual podemos discernir la voluntad del Padre en cada situación concreta. Jesús no es un maestro de costumbres morales, es el Maestro del tiempo, pero no de “todo el tiempo” sino del tiempo en sus momentos. Con Jesús, escuchando sus Palabras (que no pasan) cada momento se convierte en un momento de gracia, en un momento propicio para acercarnos al que está herido al costado del camino, en un momento de gracia para hacer un acto de Fe en Él y “tirar las redes”, en un momento para realizar alguna de las obras de misericordia en las que el Señor siempre estuvo ocupado.

El Señor ha hecho las cosas de tal manera que, no importa cuánto dure o cuando termine nuestro tiempo, Él estará con nosotros: “todos los días, hasta el fin del mundo”. El Señor nos ha asegurado su cercanía, como le gusta decir al Papa Francisco, su “estar”. Para ello inventó la Eucaristía, con la que lo podemos hacer presente en cualquier momento.

También nos ha asegurado que “estará” en el juicio final, y que nos reconocerá si lo supimos reconocer a él en los pobres que, en cualquier momento, nos salieron al encuentro pidiéndonos ayuda.

Y siempre tenemos el consuelo de que Él “ya estuvo”. Él ya vino. A esto no hay con qué darle. Tenemos sus huellas. Tenemos a sus testigos. Que Alguien como Él haya existido en este planeta tierra, ya solo por eso, vale la pena ser hombres. Nuestra esperanza no es una esperanza cualquiera, es la esperanza de que vuelva el mismo Jesús que conocimos. 

Nuestro tiempo, finalmente, impulsa las velas de nuestra barca gracias al Viento del Espíritu. “

El Espíritu sopla donde quiere, y nosotros oímos su voz pero no sabemos de dónde viene ni adonde va” (Jn 3, 8). Pero sí sabemos que, cuando se lo pedimos humilde e insistentemente en nuestra oración de cada día, el Espíritu hace que las Palabras de Jesús “no pasen”, sino que se actualicen e iluminen cada momento.

El Espíritu nos recuerda las Palabras de Jesús y las vuelve reales, concretas, vivibles. 

Todo pasa, menos ellas, las benditas palabras de Jesús.

Cada una de sus palabras: las pronunciadas de camino, sobre semillas y pajaritos del cielo, sobre brotes de higueras y lirios del campo;

las solemnes, anunciadas en alta voz a las multitudes que lo oían embelesadas,

las íntimas, conversadas a media voz en sus noches de barca o en la pieza alta del cenáculo… 

las no dichas, que se volvieron imágenes imborrables en los ojos de los que lo contemplaron: brillante como el sol, transfigurado, 

o tan herido y lastimado, dándose entero en la Cruz, 

o al verlo, por fin, resucitado…

Sus palabras no pasan. 

Es más, ellas son las que hacen que todo pase…, en el sentido de que “acontezca”: 

Las Palabras de Jesús son vida, son palabras que crean lo que dicen, que hacen aparecer, que consolidan y alimentan, palabras que dan ánimo, luz, que ponen en camino y llenan de esperanza. Sus palabras pacifican, abren ojos, destapan oídos, enternecen corazones, absuelven culpas, fortalecen manos. 

Sus palabras son más reales que las cosas más reales, 

y más increíbles que lo más increíble. 

Y precisamente por eso, porque son lo que ningún oído oyó ni pensó siquiera que pudiera escuchar, por eso mismo son las más de fiar, las que tienen credibilidad. 

La Palabra del Señor –el evangelio entero, con el antiguo Testamento incluido- es el ámbito razonable, de esa razón amplia y cordial- que permite entender la vida, orientarla, edificarla, explicarla, anunciarla…

Las palabras del Señor son capaces de crear mundos, de establecer vínculos, de pasarse de boca en boca y de corazón a corazón de padres a hijos, de hacer que una comunidad viva mil años en torno a una palabra suya. 

Son palabras que permiten iluminar y dar sentido a épocas enteras, hermanar hombres y mujeres a través de todos los tiempos y en la diferencia de culturas y mentalidades diversísimas.

Las palabras humanas pasan, se desgastan. Hay palabras, consignas, ideologías que parecen definitivas y de golpe, un cambio de paradigma, y dejan de tener sentido, se vuelve viejas, sin capacidad de iluminar.

Las palabras de Jesús en cambio, en diálogo con todas las demás –con las intimísimas de cada corazón y con las comunísimas de cada cultura- siempre están vigentes, siempre tienen la virtud de renovarlo todo –el amor y el sentido- si dos o tres las eligen y se ponen de acuerdo para ponerlas en práctica, si un corazón se anima a hacerles sitio en su contemplación.

Diego Fares sj

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Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.» 

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 38-44).

Contemplación

            En Marcos, luego del mandamiento del amor, no está la parábola del Buen Samaritano. Pero sí está en cambio esta hermosísima parábola-real de la mujer viuda que echa sus dos moneditas en la alcancía del Templo (imagino que trabajaba por horas y eran lo que había cobrado para comprar algo para comer entre un trabajo y otro) bajo la mirada atenta de Jesús, que la elige como conclusión y corona de toda su enseñanza sobre el Amor. Lo lindo que tiene es que Jesús no inventa una bella historia para ilustrar sus palabras, sino que le basta sentarse un rato en un rinconcito del templo, donde nadie lo ve, para encontrar enseguida uno de esos pequeños gestos que el pueblo sencillo realiza cotidianamente con gran amor. 

Llama ahí nomás a sus discípulos, como diciendo, miren que el amor del que les hablo ya está activo en medio de nuestro pueblo; no les estoy dando imperativos éticos ideales, de esos de los que todos teorizan, pero pocos cumplen, que sirven sólo para quejarse de lo mediocre que es la humanidad y para culparse porque nadie es tan generoso. Todo lo contrario, les muestro que, así como hay muchos que dan para hacerse ver, hay muchos más que se dan enteros porque gozan con esta plenitud del amor, que no tiene otro premio mayor que él mismo.

El marco en que el Señor nos habla del amor conserva, como en el evangelio anterior, un aspecto más estético. Jesús advierte contra el espíritu de los escribas, contra su vedettismo. ¿De qué hay que cuidarse? De que a uno le empiece a gustar más figurar que amar. O, expresado de manera contraria, hay que cuidarse de que a uno le disguste y le preocupen más cuestiones de figuración que cuestiones de amor. Que nuestros temas de conversación dejen de ser cómo y cuánto estamos amando y que pasen a ser “lo que este dijo de aquel”, a quién le dieron importancia y a quién no, si se fijaron, si figuré…. vedettismos, en suma.

Notamos que el marco de la enseñanza sobre el amor es estético. Aunque es cierto que el aspecto ético es inseparable y que Jesús critica que los escribas “devoren los bienes de las viudas y finjan hacer largas oraciones”, pero lo que destaca aquí como amenaza contra el amor es una cuestión de vanidad y de buen gusto. Es verdad que es un problema de inequidad que haya tanta codicia, injusticia y robo. Pero la levadura agria de todo esto está en un error de mal gusto. En que a uno le guste más estar en el centro y comparar reconocimientos externos -el vedettismo-, que amar dándose entero. 

Por eso elige Jesús como ejemplo a esta mujer que da sus moneditas y con ellas todo lo que poseía para vivir aquel día o aquella mañana. Jesús destaca el don, pero el don totalmente ocupado en darse y no en otra cosa. La mujer ni se enteró de que Jesús la estaba mirando, (aunque sí habrá experimentado la mirada del Padre que ve en lo secreto y que recompensa en lo secreto). Recompensa, sí, pero convengamos en que el Padre recompensa no con una aprobación externa, sino haciendo sentir a alguien que puede actuar de manera perfecta, igualándose a su Padre, que se da entero y goza con este darse gratuita y plenamente. Jesús destaca el gusto que saborea el que posee este secreto del amor.

Me viene al corazón un ejemplo lindo que vivimos hace tiempo en un concierto para la Casa de la Bondad que organizó Manos Abiertas. Lo resumo primero en una actitud: la Camerata Bariloche entró y salió sin decir una palabra. Ni siquiera hablaron entre ellos. Fue la maravilla de las manos. Y me pareció la parábola musical más hermosa de lo que podría ser nuestro trabajo de servicio por los más humildes: un trabajo en el que sólo hablaran las manos.

Me extiendo ahora un poco, porque vale le pena hacer memoria agradecida y, aquí sí, poner más palabras. Hace unos años, mil personas participamos del Concierto que la Camerata Bariloche brindó a beneficio de la Casa de la Bondad. Demás está decir que fue un placer escucharlos y una alegría reconfortante sentir el trabajo de tanta gente de Manos Abiertas que lo organizó durante meses en silencio, y el apoyo de tantos amigos que concurrieron. En medio del concierto, mientras la música se adueñaba de nuestras almas, me concentré en contemplar las manos de los músicos. La verdad es que disfruté de la maravilla de las manos. Manos enérgicas apretando las cuerdas de violines, violas y contrabajo, manos suaves acariciando con los arcos las cuerdas y el clavecín, manos ágiles pulsando las llaves del oboe y los pistones de las trompetas. Entre los músicos reinó un silencio de palabras que fue absoluto: no dijeron una sola palabra, ni al público ni entre ellos, desde que entraron hasta que se fueron. Sólo miradas de entendimiento y gestos acordados. Todo su lenguaje fue música, el de la música de Mozart, de Vivaldi, de Bach, de Piazzola… Música a la que, para hacer hablar, tuvieron que callar ellos.

Y no solo callar ellos, sino que nos fueron acallando también a nosotros. Con indulgencia aceptaron los aplausos que les dábamos a destiempo, cada vez que hacían la pausa de ese silencio que es tan música como el sonido, entre un movimiento y otro de la pieza que se interpreta. Saludaban explícitamente al final, con gestos bien elegidos para que el público se diera cuenta de cuándo hay que aplaudir y cuándo no. Creo que todos percibimos el intento de incorporarnos a su riguroso servicio de la música en plenitud, pero no pudimos ordenarnos de manera tal que todos aplaudiéramos al mismo tiempo. Siempre hay algún entusiasta que desentona y algunos que, inadvertidamente, se dejan llevar por unos instantes.

Imagino que tanto silencio en escena a ellos les llevará mucho diálogo en los ensayos. Y también discusiones, planeamientos, corrección de errores, autocrítica… 

Pero han logrado un grupo en el que no hay vedettismos. Yo que no conocía los nombres de los integrantes supuse quién era el que dirigía, porque veía a uno que estaba al último de la fila, no en el centro, y que iniciaba las piezas con un gesto más enérgico y que daba lugar al protagonismo de los demás, de acuerdo a lo que había que tocar. Lo supe ya casi con certeza, cuando en cierto momento, junto con otra violinista, ejecutaron las piezas más difíciles. Y lo confirmé cuando en el entreacto miré el programa y vi que su nombre figuraba siguiendo a la frase “arreglos de…”. Es decir: la que mandaba era la música y dirigía el que mejor podía ayudar a que todos a su ejecución, de acuerdo a la partitura y a las posibilidades y méritos de cada uno. 

La gracia que se me ocurrió pedir en ese momento fue la de que, en nuestro servicio a los pobres, fuéramos logrando el mismo antivedettismo que esplendía en ese silencio de la Camerata en el que sólo hablaran nuestras manos. Aclaro que no todo en la música es así. Hay música de grandes orquestas en las que se destaca el Director, hay grupos y solistas en los que el vedettismo es alimentado, e incluso es parte necesaria del espectáculo y de la diversión. En la Camerata en cambio es la música que elijen tocar la que les impone su estilo. Se siente que el trabajo de despojo individual y de parquedad de expresiones se debe a que la música que eligen es la más sublime que ha producido la humanidad. 

Así también nosotros: para ejecutar las obras de misericordia tal como las escribió Jesús, para que alumbre la alegría de las bienaventuranzas tal como él las concibió, se requiere un arduo trabajo de despojo de todo vedettismo y capricho individual, al servicio de un Amor que debe ser puesto en práctica en común. Es la sublimidad del Amor que se nos regala para que amemos (el del Señor, no el nuestro) el que impone actitudes de especial antivedettismo.

En la partitura del Espíritu cada carisma, cada sentimiento, cada palabra, cada acción, está ordenada al Bien Común, con el mismo rigor con que cada nota y cada movimiento de una partitura musical están ordenados a la obra entera. 

Por eso rompen la armonía no solo los que desafinan, sino también los que tocan más fuerte que los demás, o a destiempo, e incluso, me animo a decir, los que con sus virtudes afinan tanto que hacen parecer desafinados a los demás!

Pablo les decía a los Efesios que una de las amenazas contra la unidad de la Iglesia provenía de la riqueza misma de carismas que el Espíritu derrama entre los cristianos y que no todos comprenden que son carismas esencialmente ordenados al bien común (aunque sean únicos y muy especiales): “A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida del don de Cristo: a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros…” y toda esta diversidad es “para capacitar a los santos en las funciones de servicio para la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef 4, 7-12).

La complejidad del mundo requiere diversidad de dones y el Espíritu da todos los dones necesarios para captar a todos los hombres, y los da articuladamente, para el bien común, sino no daría tantos dones. Y por eso la unidad de la Iglesia en su rica diversidad requiere coordinación, jerarquía. Una jerarquía al servicio de la caridad, en la que el más grande es el que sirve a todos. Pero jerarquía al fin. Porque la tentación es la de que las jerarquías sean para el poder y la fama. Nada de eso: la jerarquía del servicio, la jerarquía del amor que ordena en paz el servicio, es más rigurosa que la del poder. Lo cual no quita que sea misericordiosa, alegre, dialogal, participativa, como la de la música.

Por eso pedía que, así como en la música el amor es puro don de los sonidos en los que se nos da una obra entera, en nuestro trabajo de justicia y caridad, así nuestro amor sea puro don de gestos concretos, en los cuales demos nuestro corazón entero ajustándonos al sentido de un Amor mayor, que incluye todo y a todos dentro del Plan de Amor de Dios. 

Volvemos aquí a la viuda del evangelio, a la que no hemos dejado olvidada. El tintineo de sus dos moneditas de cobre al caer sobre el oro y la plata de las monedas grandes resonó como una melodía celestial -afinadísima- en el oído atento de Jesús. El Señor reconoció en esas dos notas la música de su Amor interpretada a la perfección por un alma sencilla y anónima del pueblo fiel de Dios. El Espíritu que pronto Él efundiría en plenitud ya estaba aleteando en los corazones de la gente de su tierra. 

La mujer quizás ni supo que fue puesta como ejemplo. Tampoco le interesaría, preocupada como estaba por dar su limosna entera y por requerir del Padre una ayuda igual de entera, ya que se ve que su vida se jugaba entera a cada instante. 

Los aplausos le estaban tan demás como los que nosotros les brindábamos a la Camerata a destiempo. Es que el Señor quiere que aprendamos, no de él tan solo, sino de la gente más humilde que nos rodea, que el gozo del amor está en darse entero, de la misma manera en que el gozo de la música está en ejecutarla entera. El aplauso es un agregado. Vale si se lo vive también como una música de respuesta agradecida con la que un grupo se une para agradecer enteramente al que los deleitó. El marco del amor que nos predica el Señor es, pues, estético en el sentido de una estética que se oculta porque está concentrada en poder hacer don de sí en plenitud. 

Cuando uno tiene la gracia de darse en plenitud, el aplauso molesta. Y, paradójicamente, la crítica causa alegría, como dicen las bienaventuranzas. Podría ser este el termómetro para ver si nos estamos dando enteros: si nos preocupa que se nos tenga en cuenta, si nos aflige que no nos reconozcan y nos deprime una crítica o ser dejados de lado, es que no estamos gozando del darnos enteros, estamos en el ámbito del vedettismo comparativo, con el aplausómetro prendido, y no en el ámbito de una camerata que está gozando de su música ni en el de la viuda que está dando con todo amor y entrega sus dos moneditas. Ámbito de la mirada del Padre que ve en lo secreto y recompensa en lo secreto, porque es el Padre “que ama al que da con alegría”, como dice Pablo:

“Cada cual dé según el dictamen de su corazón,

no de mala gana ni forzado, pues:

Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

Diego Fares s.j.

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Fueron a Jericó. Y saliendo Jesús  de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo-  un ciego mendigo, estaba sentado al costado del  camino. Y oyendo que pasaba Jesús, el Nazareno, comenzó a gritar y decía:

– ¡Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!

Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:

– ¡Hijo de David, apiádate de mí!

Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran.

Entonces llamaron al ciego y le dijeron:

– ¡Animo, levántate! El te llama.

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús.

Y en respuesta Jesús le dijo:

– ¿Qué deseas que haga para ti?

El le respondió:

– Maestro –Rabbuní-, que vea.

Jesús le dijo

– Vete. Tu fe te ha salvado.

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino.

                        (Mc 10, 46-52)

Contemplación

En pocos renglones Marcos nos muestra el momento clave de un largo proceso interior, el de Bartimeo, ciego mendigo, que de estar sentado a un costado del camino recupera la vista y se convierte en discípulo de Jesús, en uno que ahora no está más al costado sino que sigue al Señor por el camino. Esas son las dos imágenes fuertes de Marcos y tienen como punto central el camino: Bartimeo sentado a un costado del camino, Bartimeo siguiendo a Jesús por el camino. Un camino que, como ha anunciado el Señor poco antes, por tercera vez, lo lleva a Jerusalén, lo lleva a la Cruz.

En medio de estas dos escenas vemos a un Bartimeo atento, que “oye” que Jesús pasa cerca y se pone a gritar:  “Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!”

Y como muchos lo increpaban para que se callara, él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, apiádate de mí!”

Seguramente cuando Jesús “entró en Jerico” Bartimeo no se dio cuenta, pero se enteró de que el Señor estaba en su ciudad y planeó un encuentro con él, decidido a no dejar pasar al Maestro sin aprovechar la oportunidad. Notemos con qué nombres lo llama: Hijo de David y Jesús. Hijo de David es un término mesiánico. Jesús es un nombre familiar. Bartimeo es de los pocos que llaman por su nombre al Señor. Se ve que ha estado pensando en lo que quería pedirle y en cómo se dirigiría a Él, con qué nombres lo llamaría para tocar el corazón y moverlo a piedad. 

Cundo el Señor se detiene y manda a que lo llamen, vemos a un Bartimeo lleno de vida y energía que en un solo movimiento arroja su manto (a veces era la única posesión preciosa de un mendigo) y se levanta de un salto y va hacia Jesús. El encuentro es como de dos que ya se conocen: bastan pocas palabras. Que quieres que haga para ti, le dice gentilmente Jesús; Rabbuni -mi Maestro-, le dice Bartimeo, haz que vea. Y Jesús: Vete, tu fe te ha salvado.

Rabbuni es un título de mucha intimidad. Bartimeo le está diciendo a Jesús que él se siente su discípulo y el Señor se lo acepta. Bartimeo es la figura opuesta al joven rico, que tenía muchas posesiones y no se animó a seguir al Señor. Bartimeo en cambio dejó su manto allí tirado y lo sigue a Jesús por el camino.

No sabemos cómo habrá seguido su vida, pero es seguro que fue de bien en mejor. 

Ver y seguir. Con Jesús estos dos verbos van juntos y se ayudan el uno al otro. Ver a Jesús, al Hijo de David, al Maestro, es una gracia. Seguirlo por el camino después de haber tenido un encuentro con él, es un paso necesario para poder “verlo” más. Al Señor lo va viendo -conociendo y amando- el que lo sigue. No se puede ver a Jesús y quedarse estático porque lo perdemos. El Señor (sobre todo en Marcos) está siempre “en camino”. Y los que quieren ser sus discípulos deben apurar el paso. 

La llamada al seguimiento seguir a Jesús- constituye todo el tejido del evangelio de Marcos. Es la palabra clave y Bartimeo la pone en práctica apenas curado. 

El evangelio de Marcos termina precisamente con las palabras: “El irá delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como les dijo”. La Galilea, donde veremos a Jesús resucitado, si seguimos lo que El nos ha enseñado, es precisamente el comienzo del Evangelio de Marcos, símbolo de nuestra vida cotidiana, el lugar donde Jesús nos sale al encuentro y nos dice: Vengan conmigo! 

El evangelio termina invitándonos a volver al comienzo, a releer, para “ver” más y mejor. 

El seguimiento es el modo de vivir cristiano, siempre atentos a los signos que revelan la presencia de Jesús (en los más pequeños) y yendo hacia donde el Espíritu nos sopla y nos inspira. 

La vida cristiana se realiza siguiendo paso a paso a Jesús por el camino que él ha recorrido y que va de la encarnación al Padre, pasando por la Cruz, luego de haber “salido” de la muerte dejando el sepulcro vacío.

Seguir a Jesús quiere decir guiarnos por sus criterios y no por los nuestros. Implica siempre escuchar su Palabra, interpretarla personalmente y elegir lo que el Señor nos muestra como lo mejor en cada situación. 

Seguir a Jesús es llevar una vida con un oído inclinado hacia el corazón del Señor, que nos permite “tener sus mismos sentimientos”, y los ojos fijos en el Evangelio, que nos hacen “tener su mente”, lo que le agrada, lo que desea.

El Jesús al que debemos seguir -como vemos que hace ahora Bartimeo- es un Jesús “móvil”, siempre saliendo. 

Jesús en Marcos “sale siempre”, ya desde el comienzo, vemos a un Jesús “caminando junto al mar de Galilea (Mc 1, 16) que llama a los pescadores a que lo sigan. Y durante sus peripecias Jesús siempre “va adelante”, se les adelanta. 

Así lo tenemos que seguir, con el entusiasmo de que ya se nos adelantó y nos espera en el día que tenemos para vivir, con las sorpresas de los bienes que ha preparado para que los llevemos a cabo.

Seguir a Jesús, decíamos es “salir de nuestros criterios, de nuestro habitual modo de pensar y de razonar y animarnos a ir un poco más allá, visto que Jesús siempre “se sale” del modo habitual de pensar de la gente y enseña nuevos modos (“Entre ustedes no es así, el que quiere ser grande que se haga pequeño y sirva a todos).

Diego Fares sj

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María fatigada y feliz servidora abrazada a la Palabra

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén. 

Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo. 

Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anuncia por tercera vez la pasión).

Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:

Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir lo hagas con nosotros.

El les dijo: ¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?

Ellos le dijeron: Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.

Jesús les dijo: No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?

Podemos – le respondieron ellos.

Pero Jesús dijo: El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.

Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan. Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran o pasan como jefes de las naciones los tratan despóticamente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes (de las naciones) las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes

sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes, será su servidor (diakono) y el que quiera ser el primero entre ustedes, será siervo (doulos) de todos. Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para dar su vida en rescate por muchos (Mc 10, 35-45).

Contemplación

Mentalidades: El grupo, Santiago y Juan, Jesús, Iglesia

Después de la transfiguración, de la que el Señor hizo participar a Santiago y Juan junto con Simón Pedro, los discípulos se pusieron más “proactivos”, digamos. Ante un Jesús que insiste varias veces con el anuncio de su pasión, y que les habla de Cruz , de muerte y de resurrección, Pedro se anima a “corregir” a su Maestro y se liga un reto de aquellos: “Salí de aquí Satanás”. Santiago y Juan sienten que les toca probar a ellos y en vez de discutir con los demás acerca de quién es el mayor, deciden ir de frente y pedírselo ellos mismos al Señor. El pedido no está mal hecho dado que Jesús no los saca carpiendo. Pero les corrige la mentalidad. Ellos utilizan la palabra “gloria” y el contenido de esa palabra resuena con música de triunfo. Pero no saben que, en el lenguaje de Jesús, Gloria es igual a Cruz, a humillación y anonadamiento de sí para salvar a los demás. Por eso el Señor les dice que no saben lo que piden. Agrega el Señor algo que a mi me ayuda cuando me indigno ante alguno que tiene autoridad en la Iglesia y usa mal de sus cargos. El Señor dice que los cargos no los reparte él, que son para quienes están preparados o que es el Padre el que maneja ese asunto. Jesús reparte cruces, todas las que sepamos y queramos cargar, trabajos, todos los que deseemos realizar por el reino, reparte amistad, todo lo cercana que uno como amigo quiera que sea. Y su Espíritu, sin medida. Pero no puestitos de honor. 

Al ver que el grupo se indigna con Santiago y Juan, el Señor vuelve al ataque con lo de ser servidores. 

Pero no se trata solo de servicios concretos sino de una mentalidad. En este tiempo en que compartimos mucho con el hermano Rizzo me impresiona cómo cada vez que alguien le ayuda para llevar los platos a lavar, él se siente avergonzado. Durante toda su larga vida de hermano en la Compañía siempre ha levantado él los platos y servido a todos y ahora que tiene que dejar que lo sirvan, le cuesta. Todos le dicen esas frases de teología abstracta: hay que saber dejarse ayudar, etc. El responde con una frase suya cada vez que otro usa una palabra evangélica sin medir toda su profundidad: “dejarse ayudar”. ¡Es toda una palabra! Como diciendo: la palabra yo también la entiendo, pero no es fácil ni así nomás. En lo que insisto es en cómo una actitud evangélica se ha hecho carne en una persona. No es que el hermano “haga servicios”, el “es un servidor”. 

Se trata por tanto de cambiar de mentalidad. De esa conversión le habla Pablo a los Romanos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rm 12, 2). Mente (nous) significa las facultades de percibir y comprender y las de sentir, juzgar, determinar. Implica cambiar el modo de percibir y entender (intelecto) las cosas con la luz de la fe y la sabiduría del Espíritu que nos hace captar las situaciones para responder según Dios en cada momento. La mente implica también la capacidad de razonar, de sacar conclusiones o llegar al fondo de una cuestión usando los “criterios de Jesús” y no los del mundo. Captar bien para razonar bien y así, en tercer lugar, discernir o juzgar lo que le agrada al Padre.  Es un cambio total el que Jesús nos pide. Francisco siempre dice aquello de Romano Guardini: Jesús cambió el poder en servicio. La mentalidad que busca el poder, la riqueza y la gloria propia, el Señor la cambia en una mentalidad que busca servir, en pobreza y humildad, para Gloria de Dios Padre y salvación de todos. 

Para argumentar acerca de este cambio de mentalidad que se nos propone, Jesús usa el recurso de ponerse a sí mismo como ejemplo: “No vine a ser servido, sino a servir y dar su vida para rescatarnos”. Esto debería bastar: si Jesús se pone como el que sirve, si dice que incluso en el Cielo, con todos los ángeles a disposición será Él mismo en persona el que nos sirva a la mesa, quiere decir que el servicio es algo precioso en sí mismo y que debemos poner en práctica lo más rápido posible para no perder oportunidades de “igualarnos” con el Señor, de tener su mismo estilo e imitar, cada uno en su puesto de servicio, al Señor que sirve a todos. 

El lavatorio de los pies es el gesto que consagra el servicio y reúne en sí todo lo que Jesús nos quiere enseñar: “Después de lavarles los pies, Jesús se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Entienden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman “Maestro» y “Señor», y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy su Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su amo ni el mensajero más grande que quien lo envió. ¡Felices serán si entienden esto y lo practican!». Si yo que soy el Maestro, hago esto, ustedes serán felices si hacen lo mismo” (Jn 13, 12-17). De aquí es que el Papa Francisco haya “reavivado” este gesto que define la Persona y la Misión de Jesús y, practicándolo a lo largo de los años (desde que era párroco en la Iglesia del Patriarca San José) y lo haya puesto como “gesto profético” que condensa en si su pontificado. 

Todos conocemos (en la familia siempre hay alguien que se destaca) a esa gente que tiene “mentalidad de servidor/a”. No suelen ser los más importantes, pero se los ve siempre felices.

Descalzo nos cuenta una historia real que le pone una sonrisa a esto de la “mentalidad de servidores”.

El mozo de equipajes

Hace unos días me puse a pensar -no sé muy bien por qué- en un viejo amigo mío que era mozo de equipajes en Valladolid. Debía de tener más o menos la edad que yo tengo ahora, pero entonces a mí me parecía muy viejo. Pero lo asombroso era su permanente alegría.

No sabia hacer su trabajo sin gastarte una broma, y cuando te hacía un favor, parecía que se lo hubieses hecho tú a él. Un día le pregunté: «Y tú, ¿cuándo te vas de vacaciones?» Se rió y me dijo: «Me voy un poco en cada maleta que subo para los que se van hacia la playa.»

El sonreía, pero fui yo quien se marchó desconcertado. Nunca había pensado en lo dramático de esa vocación de alguien que se pasa la vida ayudando a viajar a los demás, pero él se queda siempre en el andén, viendo partir los trenes donde los demás se van felices, mientras él sólo saborea el sudor de haberles ayudado en esa felicidad.

¿Sólo el sudor? No se lo dije a mi amigo, el mozo de equipajes porque se hubiera reído de mi y me hubiera explicado que el sudor le quedaba por fuera, mientras por dentro le brotaba una quizá absurda, pero también maravillosa, satisfacción.

Desde entonces pienso que todos los que sienten vocación de servicio -sea la que sea su profesión- son un poco mozos de equipaje. Y que todos sienten esa extraña mezcla de cansancio y alegría.

Al fin me parece que en la vida no hay más que un problema: vives para ti mismo o vives para ser útil. Vivir para ser útil es caro, hermoso y fecundo.

Caro, desde luego. Todos somos egoístas. Al fin y al cabo, ¿qué queremos todos sino ser queridos? Por mucho que nos disfracemos, nuestra alma lo único que hace es mendigar amor. Sin él vivimos como despellejados. Y se vive mal sin piel.

Por eso el mundo no se divide en egoístas y generosos, sino en egoístas que se rebozan en su propio egoísmo y en otros egoístas que luchan denodadamente por salir de sí mismos, aun sabiendo que pagarán caro el precio de preferir amar a ser sólo amados”.

Ese “cansancio alegre” de Descalzo, el Papa lo describe -usando palabras de san Juan Pablo II en Redemptoris Mater – como la “fatiga del corazón de María” que va a servir a su prima Isabel y, fatigada del camino en subida, canta el Magnificat. Esta fatiga del corazón, que proviene del trabajo que lleva leer la vida con la luz de la fe y discernir la voluntad de Dios en medio de las ambigüedades de la vida, es lo que vence la tentación de triunfalismo y de mundanidad espiritual.

El antídoto contra el triunfalismo (de querer un cristianismo sin Cruz y buscar la propia gloria) está en esa peculiar fatiga del corazón que Juan Pablo II hizo notar cómo se daba en nuestra Señora y que Bergoglio retoma siempre como signo de fe: “Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón». Es la noche de la fe. En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar”.

Diego Fares sj

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Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna?

Jesús le dijo:  ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.

El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.

Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.

El, se quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: 

¡Cuán difícilmente los que posean riquezas entrarán en el  Reino de Dios! 

Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. 

Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: 

¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. 

Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?  

Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: 

Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles  para Dios. 

Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. 

Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros. (Mc 10, 17-31)

Contemplación

www.youtube.com/watch?v=8OhCA4TnP0M

Los ojos de Jesús 

Nos centramos un rato en la mirada de amor de Jesús al joven rico. 

Se ve que Marcos pescó algo especial en ella, porque dice: “Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (egapesen), y le dijo: una cosa te falta…”. Imagino que Jesús siempre miraba con amor, pero aquí el evangelio es explícito y quiere hacer notar que ésta fue una mirada especial, de esas que el Señor tiene cuando elige, cuando quiere a uno o a una sólo para sí. 

Podríamos dejarnos llevar un poco por la idea de que el Señor se entusiasmó con este joven, que puso lo mejor de sí en la mirada y en la respuesta… y que falló! 

¿Nos animamos a decir que a Jesús le falló una vocación? ¿Que el Señor se jugó y le salió mal? Por el suspiro y la triple alusión a lo difícil que les resulta seguirlo a los que tienen muchas posesiones, se percibe cierta ‘desilusión’ en Jesús e incluso algo de fastidio. Jesús se asombra cuando ve gente con una gran fe y este asombro que lo lleva a repetir “qué difícil” dos veces, es como la contracara: el Señor se maravilla de que alguien rechace una propuesta tan increíble como la que le hizo al joven rico. El Señor constata amargamente que el Dios dinero es poderoso y le da mucha pena que le robe estas ovejitas para las cuales tenía reservado algo lindo.

De todas maneras, aunque previó que quizás fracasaba, lo que me gusta del Señor es que se jugó por este joven rico; que lo miró como sólo Él sabe mirar.

San Juan  de la Cruz dice que “el mirar de Dios es amar”. Jesús lo miró y lo amó, lo miró con esa mirada que a uno se lo lleva a donde sea y para siempre. 

Teresa de Jesús nos dice: «Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por El”. Ella, que cuenta cómo “una vez que vio la mirada de Jesús -su belleza en esa mirada- se sintió sanada interiormente”. Es que «la mirada de Dios limpia, embellece y agracia. 

Pero el joven le esquivó la mirada. Le puso cara, decimos nosotros. Le frunció el ceño a sus palabras y se puso mal. No se agarró de la mirada de Jesús sino que sus palabras le llevaron a mirar sus posesiones –que eran muchas- y se le perdieron los ojos y los deseos en muchas direcciones. 

Hay quien daría la vida por una mirada así de Jesús, y éste no la advirtió. 

Decía Teresita: “Mi Bien Amado, tu pequeño gorrioncito siempre permanecerá con los ojos fijos en ti; es que él quiere vivir fascinado por tu mirada divina”.

¿Se fijaron que hay veces en que uno no mira a los ojos a las personas? Cuando discute o cuando trata un tema, a veces uno no mira a los ojos del otro, sino a lo que se está diciendo: a las proyecciones, a las consecuencias de lo que cada uno dice… Pues bien, este joven no se dio cuenta de que Jesús lo estaba mirando a los ojos. No se dio cuenta de que el Señor había abierto la ventana de sus ojos, que le estaba regalando una transfiguración personal. ¡Si se hubiera detenido un momento hubiera entrevisto, en esos ojos, los Ojos del Padre que lo miraban!

Pienso también que el Señor debía velar siempre un poco su mirada. Graduándola, quiero decir, a la medida del que tenía enfrente. Para no andar creando descalabros, digo. Ya que su mirada capaz de crear universos podía traspasar y derretir, quemar y encender, hacer resucitar y fulminar…

Los sencillos se daban cuenta de los destellos de los ojos de Jesús. 

A veces uno piensa cómo es que el Señor convocaba a la gente, por qué la gente dejaba todo y se iba tras él, por qué  salía corriendo a buscarlo, como este joven. Y pienso que es que el Señor pasaba mirando

Pasaba mirando a cada uno y esa mirada ponía en pie a la gente, hacía salir de sí a los ensimismados. Aún a los que no lo veían. El Señor pasaba mirando y los corazones sentían que eran mirados. Unos versículos más adelante, en este mismo capítulo 10, Marcos hará notar que hasta un ciego como el de Jericó, fue capaz de captar el amor de la mirada de Jesús, que mirándolo, le hizo abrir los ojos y seguirlo por el camino. 

La gente veía algo en los ojos de Jesús y era eso lo que los movía a actuar. El brillo especial de la misericordia en la mirada de Jesús bastaba para hacer surgir un grito pidiendo ayuda: ¡Señor, ten compasión de mí! La mirada de Jesús suscitaba cosas, ponía en movimiento corazones, influía en la gente. 

A Natanael le bastó saber que Jesús lo había visto debajo de la higuera para confesarlo como Dios verdadero. 

Y ¿qué habrá visto la pecadora en la mirada que seguramente le regaló Jesús al pasar, para sentirse así de conmovida y no poder resistir el deseo de ir a perfumarle los pies a casa del fariseo? 

La mirada de Jesús no solo era receptiva –al punto de conocer los pensamientos de la gente- sino creadora. El amor se crea con miradas, crea más amor con la mirada. Y un amor como el de Jesús –tan sincero, tan incondicional, tan bueno y amigable- era capaz de crear lazos con solo mirar. 

A Simón, lo miró una vez y le creó un nombre nuevo que se transmite en herencia y en el que nos apoyamos todos: Pedro. 

A María, su Madre, con una mirada en la Cruz –la última mirada del Señor- la hizo Madre de todos nosotros. 

Bueno, esa mirada fue la que no pudo ver, o no quiso ver, el joven rico. 

Eso sí, recordemos que, como dice el Papa Francisco, Jesús nos mira “a cada uno”. El Señor no mira solo la multitud, sino que su mirada a la gente identifica perfectamente a cada uno y tiene una mirada especial para cada uno. Esa es la mirada que anhelamos y deseamos, la mirada de Aquel a cuya imagen hemos sido creados y que tiene para cada uno de nosotros una gracia, un perdón y una misión.

Diego Fares s.j.

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Volvió el pueblo a juntarse con él, y de nuevo Jesús les enseñaba como solía. Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: ¿es lícito al marido repudiar  a su mujer?

Él, respondiendo, les dijo: — ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: — Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo: – Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo: – Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: – Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

     Al ver que esta semana toca este evangelio no pude evitar un pensamiento que es como si viniera adherido al tema de la familia: “otra vez hablar del divorcio”. Vino en mi ayuda otro pensamiento más positivo y del buen espíritu, y fue el de buscar una imagen linda de familia.

Me gusta mucho esta que elegí. Uno podría quedarse largo rato contemplando como están estrecha y plácidamente unidos en un dulce abrazo: José y María con los ojos cerrados y el Niño con los ojitos abiertos. Todos sonríen y se tienen con ternura y sin angustias. La compré en Asís y refleja bien todo el espíritu que reina en la tierra de Francisco. Es de madera, y se pueden separar, la imagen de José por un lado y la de la Virgen con el Niño, por otro. Pero cuando se las une, las dos partes encajan fácilmente, a la perfección.

Contemplando la imagen se me aclaró el juicio: lo que me molesta es que los fariseos tratan un tema tan importante con mala intención. Se trata de un diálogo tramposo, como lo ha calificado siempre Bergoglio. 

Lo de los fariseos que sacaban temas candentes para ponerle trampas a Jesús es algo que se sigue dando en la actualidad, con el Papa Francisco, por ejemplo. Por eso no hay que entrar a discutir el tema antes de discernir la situación en su conjunto. 

Y la situación es esta: resulta que el Señor les responde bien a los fariseos y los deja callados, pero son los discípulos los que se quedan inquietos – tentados- y terminan por alejar a los niños que las familias traen para que Jesús se los bendiga. De alguna manera aquel diálogo tramposo sigue tentándonos. Porque cada vez que la Iglesia saca el tema del matrimonio y de la familia, lo que la gente “escucha” es que se va ha hablar del divorcio y que va haber discusión. 

La trampa está en que pareciera que las familias solo piensan en la posibilidad de divorciarse, cuando en realidad lo que sucede es que la gente sueña con formar una linda familia y cada familia vive agradeciendo poder estar juntos y desviviéndose por hacer más linda la vida de los demás.

Por eso, cuando sacamos el tema de la familia lo primero tiene que ser agradecer “la alegría del amor” (Amoris Letitiae) y los niños tienen que estar en el centro, de manera tal que los problemas, como el del divorcio, no distraigan a los adultos de los bienes verdaderos.

Las familias, en la intimidad de cada hogar, viven lo maravilloso que es poder unirse con otras personas de tal manera que todos forman una sola carne y tienen la misma sangre! De esta gracia tan grande, se desprende que sea cosa tan triste y seria el problema de la separación. Pero el centro del corazón y la de la mente de los esposos y de los hijos gira en torno a la gracia, no a la tentación. Este es el espíritu de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, como dice el Papa ya desde el primer párrafo:

“La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, ‘el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia’. Como respuesta a ese anhelo «el anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia». 

Esta tentación sigue vigente: mientras la realidad es que, si vamos a tratar el tema de la familia, lo que la Iglesia tiene para aportar es positivísimo, sin embargo nos dejamos arrastrar a discusiones amargas sobre temas conflictivos. En vez de anunciar lo bueno que tenemos para decir a las familias, discutimos y defendemos (muchas veces muy mal) cuestiones que deben ser tratadas en un contexto preciso. 

Amoris Laetitia es un buen ejemplo de la proporción que debemos tener al hablar de las cuestiones conflictivas. Recordemos que Francisco trata en siete capítulos todo lo positivo de la familia y recién en el capítulo 8º, en la nota 351 hace referencia  un tema que otros usan como titular: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia” (AL 305). La ayuda de la Iglesia, madre y pastora: “En ciertos casos -dice el Papa en la nota al pie de página), podría ser también la ayuda de los sacramentos. Y como el que tiene que “juzgar” en cada caso concreto es el confesor, el Papa da dos grandes principios que iluminan la situación y que luego, cada uno debe bajar a la práctica, con la ayuda del Espíritu Santo, que nunca falta al que desea ser “pastor”. Un principio para la confesión es recordar su fin: «A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor». El otro gran principio es que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (Id). 

A este respecto, hace poco, Francisco tuvo un momento de gracia en el que logró bajar a la realidad su pensamiento de una manera concisa, original y creativa.

En el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia, una pregunta del periodista norteamericano Gerard O’Connell suscitó una respuesta del Papa que que permite ver, como si fuera una sola cosa, el pontificado entero de Francisco como Pastor. La pregunta tuvo algo de esos “diálogos tramposos” porque, si bien el periodista le había avisado acerca del contenido del tema (la excomunión al presidente Biden), no le dijo sino ahí mismo: “qué le aconsejaría Ud. a los obispos”. El Papa lo miró con una cara de “me estás queriendo enganchar mal”, pero respondió con lo que había estado rezando. A mi me pareción que pescaba la cosa, pero fue motivo de una gran alegría que el mismo Francisco, cuando le comenté cómo había visto yo lo que pasó, me confirmó que, al saber que le preguntarían del tema, había rezado mucho y que sintió que la formulación que hizo de la “pastoralidad” fue una inspiración y algo original.

Esta vez el Papa recogió el guante y se repreguntó a sí mismo -retóricamente-tres veces, siendo que los que retrucan son los periodistas, para dejar algo picando. 

El contexto del avión nos retrotrae a aquel momento tan fuerte de las “irrespetuosas re-preguntas” que le hizo la periodista norteamericana a raíz del caso Viganó. La diferencia -para el que sabe esperar tiempo para “leer” a Francisco a la luz de la historia que conduce el Espíritu, fue que en aquel entonces dió la impresión de que la periodista “lo arrinconaba” al Papa, que humildemente dijo que él por ahora haría silencio. En cambio, en esta ocasión fue Francisco mismo el que repreguntó para aclarar mejor su pensamiento.

Así fue el diálogo:

FRANCISCO: “No quisiera particularizar porque Ud. me habla de los EE.UU y no conozco bien el detalle. Yo doy el principio. Ud. me dirá, entonces como Ud. es cercano y bueno y tierno con una persona, Ud. ¿le daría la comunión? Y se respondió: Esto es una hipótesis. Tú sé pastor y el pastor sabe qué debe hacer en cada momento. Pero lo sabe como pastor. Pero si se sale de esta pastoralidad de la Iglesia inmediatamente se convierte en un político. Y esto lo verán en todas las denuncias y todas las condenas no pastorales que ha hecho la Iglesia. Con este principio creo que un pastor se puede mover bien. Los principios son de la teología. La pastoral (aquí el Papa hace un gesto como diciendo que la pastoral es un ir y venir dialogando con el otro y que es ardua, pero lo formula simplemente) es la teología más el Espíritu Santo, que te va conduciendo a hacerlo ‘al estilo De Dios’. Aquí se detuvo y con una gran sonrisa, mirándolo a los ojos le dijo al periodista, que no se atrevió a repregunta más: “Yo osaría (explicar) hasta aquí”. El otro hizo señal de que “estaba bien” pero esta vez fue el Papa el que se puso en ese lugar de retrucar en que se ponen los periodistas yvolvió de nuevo a la carga: – “Si Ud. me dice si se puede dar o no se puede dar, eso es casuística. Eso que lo digan los teólogos. Y avanzó todavía más el Papa (el otro ya quería levantarse e irse, pienso). – Se recuerda Ud. de la tempestad que se desató cuando salió aquel capitulo de acompañamiento a los separados, divorciados… Herejía! Herejía! (decían muchos) Siempre esta condena. Ya basta con la excomunión! No metamos,por favor, más excomuniones! Pobre gente. Son hijos de Dios. Están fuera de la comunidad temporáneamente, pero quieren, tienen necesidad de nuestra cercanía pastoral. Después el pastor resuelve las cosas como el Espíritu le dice”. Y agregó: “Pero yendo a la respuesta de fondo sobre la excomunión. El problema no es el problema teológico, porque esto es simple. El problema es pastoral: (con énfasis, como tocando el problema con la mano) El problema es cómo nosotros, obispos, gestionamos pastoralmente este principio.Y si vemos la historia de la Iglesia, veremos que cada vez que los obispos han gestionado no como pastores un problema se han “bandeado” (si sono ischierati = en el sentido de formar bando) en la vida política, sobre el problema político. Por no gestionar bien un problema se han situado (de manera partidista, se entiende) en el lado político. Pensemos en la noche de San Bartolome. Herejes! Si. La herejía es gravísima! Degollemos a todos. Un hecho político. Pensemos a Juana de Arco: Esta visión! Pensemos en la caza de brujas…, pensemos en Campo dei Fiori, en Savonarola, toda esta gente. Cuando la Iglesia para defender un principio lo hace no pastoralmente se sitúa en el campo político. Y esto ha sido siempre así. Basta mirar la historia. Que debe hacer el pastor? Ser pastor. Ser pastor y no andar condenando, no condenando. Y él es pastor también del excomulgado? Si. Tiene que ser pastor con él. Con el estilo De Dios. Y el estilo de Dios es cercana, compasión y ternura. Toda la biblia nos lo dice. Ya en el Deuteronomio Dios le dice a  Israel: Qué pueblo hay que tenga un Dios tan cercano como yo a tí. Cercano.  Compasión. El Señor que tiene compasión de nosotros, leamos Ezequiel, Oseas… Ya del inicio. Y ternura: basta mirar el evangelio y las cosas de Jesús. Un pastor que no sabe gestionar las cosas al estilo de Dios resbala y se mete en tantas cosas que no son pastorales”.

Así siente y gusta la pastoralidad de la Iglesia nuestro Papa Francisco. El es pastor y sólo pastor. También de los fariseos. Por eso es que el Espíritu lo ayuda, por eso es que no le hacen “pisar el palito”.  

Diego Fares s.j.

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Le dice Juan: Maestro, vimos a uno, que no anda con nosotros, 

expulsar demonios en tu nombre, y se lo prohibimos.

Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi nombre y pueda enseguida hablar mal de mí. Porque quien no está contra nosotros está con nosotros.

Y quien les dé de beber un vaso de agua en nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. Y el que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de moler y lo echen al mar. Si tu mano te hace tropezar (es motivo de escándalo), córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible. Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue. Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

Contemplación

Te pedimos Señor, que quienes adoramos 

el Santísimo nombre de Jesús

disfrutemos de la dulzura de su gracia 

en esta vida y de su gozo para siempre en el Cielo. 

   (Oración colecta de la Misa del Nombre de Jesús)

            La contemplación de hoy la podemos centrar y desplegar en torno al nombre Bendito de Jesús. Se repite cuatro veces en este pasaje (de un total de nueve en Marcos) y es “el criterio” que utiliza el Señor para discernir lo que no hay que prohibir y lo que tiene un valor especial. Criterio que comparte con los discípulos y que ellos nos transmitieron. 

Podemos aprovechar la importancia que tienen en nuestra cultura los nombres, las marcas, el “logo” de cada cosa, y, en la misma línea afirmar que todo lo cristiano tiene que tener el Logo de Jesús, ya que todo es “Marca Jesús”. Cada cosa existente -estrellas y flores, pájaros y trenes – aunque no siempre esté a la vista, llevan escrito dentro: “made in Jesús”. “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1, 3).

“Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y El es antes de todas las cosas, y en El todas las cosas permanecen” (Col 1, 16-17).

En el mundo de hoy las cosas valen o cuestan más cuando son de marca. Y bien, para nosotros las cosas valen porque llevan la marca del Nombre de Jesús.  

Lo que me encanta de la marca “Jesús” es que tiene propiedades muy singulares. 

Usar el nombre de Jesús impulsa a mejorar

Sucede hoy que se imita a las grandes marcas y que las imitaciones son cada vez mejores. Pero las grandes marcas luchan contra los imitaciones. En cambio el Señor no quiere que nadie tenga la exclusividad de su marca y él mismo “mejora” a los que crean algo en su nombre. Los autentica, digamos así. Por eso dice que “si alguien hace un milagro en su nombre…” El otro, aunque no sea de los nuestros, como dice Juan, al usar el nombre de Jesús es bendecido con el milagro. Y el Señor explica que si hace las cosas en su nombre, luego no podrá hablar mal de é. Pasa a ser “de los nuestros”. Este colectivo “los nuestros” es infinitamente más grande de lo que nos podemos imaginar. Aunque no salga en los diarios.

Practicar el bien en nombre de Jesús nos hace ser de los suyos

El nombre de Jesús consiste en volver nuestro lo que no es nuestro. Juan le dice que uno está usando su nombre pero es “trucho”. Y Jesús le da vuelta el argumento. Si usa su Nombre para hacer algo bueno se autentifica, pasa a ser “de los que están con nosotros”. Podríamos llamar a esto “el carácter bautismal”, el carácter inclusivo, del nombre de Jesús. Al que lo usa, lo bautiza. 

Es lindo entonces, para los cristianos, pensarnos como gente bautizadora, gente que incluye. Pensarnos, quiero decir, como gente que va buscando “la marca Jesús”, en todas las personas, en todas las cosas buenas que hace la gente, para allí detenernos a “comprar”, a valorar, a dialogar, a elogiar y apoyar. 

¡Qué triste tentación –y qué rápido hay que salirnos cuando caemos en ella- la de Juan, de pensar que uno ya tiene la exclusividad del criterio del Señor y se pone a prohibir a la gente que haga tal o cual cosa buena, diciéndole: “mirá, vos todavía no sos de los nuestros”. 

En este punto creo que los cristianos tenemos que reconocer que la mentalidad del mundo nos gana. Por buscar sus intereses, los políticos hacen mejores alianzas que nosotros, consideran “de los suyos a todos los que no están en contra”, suman, incluyen, tejen alianzas. Y no hablemos de los comerciantes. Un amigo me explicaba porqué muchas marcas de software permitían que se usaran sus programas sin licencia e incluso te los actualizaban. Es la manera de ganar mercado. Luego que mucha gente lo usa y se acostumbra, te pueden vender el que viene mejorado. Es la lógica del que sabe que vende algo valioso, del que sigue la vida y el progreso y busca mejorar. 

Pues bien, un cristiano que piensa que algo que se hace “en Nombre de Jesús”, no va a andar, no solo no comprende nada de la mentalidad de Jesús (en cuyo nombre el Padre recapitulará todas las cosas y se le arrodillarán todos los hombres y cuyo “Logo” está inscripto en el código genético de todo lo creado, que sin Él no existiría), sino que además es mal político y mal comerciante. Si nos agarraran los de Microsoft o los de Apple nos dirían: “¿pero vos no te das cuenta del producto que tenés entre manos? Ocupate de anunciarlo, de ofrecerlo, dejá que se mezcle con otros, no tengas miedo, prevalecerá”.  

El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas: vasito de agua

La otra cosa linda del nombre de Jesús es la del vasito de agua. El nombre de Jesús revaloriza las cosas más sencillas, vuelve valiosísimos los gestos más cotidianos, renueva lo que parece rutinario o común. Si algo lleva el nombre de Jesús, vale y vale de tal manera que renueva todo a su alrededor, renueva todo lo que toca. 

En realidad lo de Jesús es lo único nuevo que existe bajo el sol. Todo lo demás es “repetición”, todo lo demás es la misma “materia” –mucho hidrógeno y algunos elementos más- combinada de distintas maneras. Y el ser humano, cada uno de nosotros, que es “único y nuevo” por ser espíritu, si no se renueva en Cristo a cuya imagen es creado, tiende a volverse igual a la materia de la que está hecho, tiende a repetirse y a imitarse a sí mismo o a sus padres, a mimetizarse con la cultura en la que nace, a masificarse y a perder su originalidad.  El Cohelet decía, con su sabiduría de hombre de mundo que vivió todo: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Y podemos suscribirlo. Exceptuando a Jesús. Y a lo que lleva su nombre o se hace en nombre suyo. El es el que hace nuevas todas las cosas. 

El nombre de Jesús marca tendencia

En esta misma línea, el nombre de Jesús marca una tendencia irresistible al bien, consiste enpotenciar de manera inaudita todo lo bueno. Una pequeñísima acción hecha en su Nombre –el vasito de agua-, cobra valor infinito. 

“Hecha en su nombre” significa a su estilo, que es el de la “prautes”, el de la dulzura y mansedumbre de corazón, el del bien hecho con una tranquilidad laboriosa y una paz recuperada con denuedo. 

“En su nombre” significa cumpliendo lo que Él enseña, aunque explícitamente no se diga que es “por Jesús”. Por eso es que podemos decir que en nuestro mundo hay tanto de cristiano que lleva impreso el nombre del Señor de manera invisible. Tantos gestos, tantas maneras solidarias de proceder que tienen su fuente en la enseñanza del Señor. El inmenso número de nuestros santos y de nuestras santas “de la puerta de al lado” es el que con su ejemplo ha ido inculcando al mundo este estilo de Jesús. Ellos han cumplido el mandato apostólico: “Vayan y enséñenles a guardar todas las cosas que yo les he enseñado”. Lo han cumplido con el ejemplo y es lo que más ha prendido. Para el que sabe ver, hay tanto evangelio practicado en el mundo! 

María es la que tiene a su cargo administrar “la marca Jesús”. Ella y San José, que le puso el nombre. Ese nombre del cual nos dice Pablo: “todo lo que hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”. El texto completo dice:

La paz de Cristo presida sus corazones (…).

La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza;

y todo cuanto hagan, de palabra y de boca, 

háganlo todo en el nombre del Señor Jesús,

dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3, 15-17).

Así, discernir y conjurar un mal, obrar un milagro y dar un vasito de agua en nombre de Jesús, estas acciones a favor del bien y contra el mal, en lo grande y en lo pequeño, son bendecidas por Jesús, las haga quien las haga.

Y por el contrario, escandalizar o hacer tropezar al que “cree y obra en su nombre” tendrá su castigo. Aunque parezcan tonteras o cosas de poca importancia, si uno escandaliza a un pequeño hace un mal muy grande.

Y el Señor desea que el mismo criterio nos lo apliquemos a nosotros mismos. 

Si algo en nosotros nos impide obrar en nombre de Jesús: ver el bien, hacer un bien, emprender un camino hacia el bien, hay que cortarlo. 

Si es una idea o un pensamiento que nos enturbia el ojo –que nos vuelve envidiosos, calculadores, suspicaces o resentidos…-, hay que arrancarlo: ¡no el ojo sino la idea!

Si es una dificultad práctica, algo que paraliza las manos, que no nos permite agarrar las cosas, organizarlas, moldearlas, realizarlas, trabajar haciendo el bien: hay que cortarla: ¡no la mano, sino la indecisión que paraliza!. 

Si es algo que nos impide dar un paso, algo que cierra el camino, que demora la acción buena, hay que cortarlo: ¡no el pie, sino el capricho, la terquedad o la pereza que nos detiene!.

Cortarlo, significa hacer el bien igual, aunque para hacerlo o valorarlo en otro tengamos que “cerrar un ojo”, caminar o tolerar que el otro camine rengueando, o que no salga perfecto porque se hace con una sola mano. El Señor bendice el bien aunque no esté perfectamente hecho: lo que se hace en su nombre lo perfecciona Él. 

Y lo bueno de su nombre –de su marca- es que si no se puso antes, se puede poner después, porque el Señor santifica también para atrás. Que no otra cosa es ser perdonados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

                                                                                                                                                                                                                                             Diego Fares sj

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Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea.

Y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos  y les decía: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’. Pero los discípulos no comprendían tales palabras  y tenían miedo de preguntarle.

Llegan a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntaba:‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’ Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diácono) de todos’. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9, 30-37).

Contemplación

La escena del niño al que Jesús pone en medio del grupo que discutía acerca de quién era el más grande es un adelanto del lavatorio de los pies que realizará el Señor en la última cena. En ella, el que es el más grande, se ceñirá con un delantal y les brindará a sus amigos una lección de servicio. Lo hará como último acto, antes de dar la vida en la Cruz.

El más grande, el que sirve; el primero, el que va a lo último.

Pero debemos entender bien esto. El que sirve no es el que hace cualquier servicio, sino el que realiza el servicio que Dios quiere. Es el que encuentra su lugar de servicio y de misión en el Reino y se aboca a servir allí, con toda la fuerza y la creatividad del carisma que el Espíritu le da.

Dice Pablo: 

“Como tenemos carismas diferentes, según la gracia que se nos ha dado, procedamos así: (el que tiene el carisma de) la profecía,(que profetice proporcionalmente a la fe que es consciente que tiene – ni de más ni de menos -); el que sirve, dedicándose a servir; el que enseña, a enseñar, y el que exhorta, a exhortar; el que comparte sus bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con diligencia y prontitud, y el que practica la misericordia, con alegría” (Rm 12, 7-8).

Cuando Jesús dice que el que quiere ser el primero debe ser el último y el servidor de todos no está diciendo que el que preside debe ir a servir el café, sino que debe presidir en el lugar que se le ha confiado y hacerlo con diligencia y prontitud (al estilo de María, que fue con prontitud a visitar a Isabel). El que practica la misericordia debe hacerlo al estilo de Jesús, con alegría; y en la obra de misericordia que el Espíritu lo solicita cada vez. 

Por tanto no se trata de pensar estas cosas en abstracto -ser más grande en general o servir en general, sino de manera muy concreta. 

En la vida de los santos y santas esto es claro: los que encuentran su lugar en la Iglesia, van al último puesto de servicio y en esa tarea que Dios les encomienda, se convierten en los más grandes. 

Comparto dos historias, una de una santa “universal”, digamos así, de esas lámparas que el Señor pone en el candelero, para iluminar a toda la Iglesia; el otro, el de un “santo de la puerta de al lado”, uno de esos al que el Señor bendice de manera extraordinaria pero sólo para animar y fortalecer a sus testigos inmediatos, a gente común, que comparte su luz de lamparita de 20 watts.

La santa del candelero es Teresita. Ella es un ejemplo de esta búsqueda de nuestro lugar de servicio en la Iglesia. Teresita  se eligió la mejor parte (y el Señor no se la quitó): la de ser el amor en el corazón de la Iglesia. Cuando encuentra su lugar, es feliz. Es este mismo texto el que encontró y “llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”.

El ejemplo del santo de la puerta de al lado es el de uno que trabajó como encargado de la cocina de El Hogar de San José. Aquí el carisma de servicio tiene una característica increíble. Lo que en una Santa Teresita es algo único de ella que el Espíritu le da para el bien común, en el santo de la puerta de al lado es algo común, que se encarna en los (no muchos) que se van sucediendo en ese servicio. Dentro de esta gracia que es la de unir personalidad y misión, en unos santos, su personalidad le pone el sello a la misión; en otros, es la misión la que imprime el sello a la personalidad. 

Una gracia que el Señor me fue dando a lo largo de los años de trabajo en el Hogar, fue la de haber descubierto algo muy especial, aunque aparentemente era común, en los que se hacían cargo de la cocina, a la mañana. Se fueron sucediendo, a lo largo de 20 años, uno al otro: Navarro, que estaba ya cuando yo llegue, cuya historia se encuentra en el librito “Contemplar el rostro de Cristo en los pobres”. Félix González, José Luis Domínguez, Jorge Retamozo, Hugo Reboledo… 

La gracia par mí fue caer en la cuenta de que todos, pero todos, es como que encontraban su lugar en el mundo en nuestra cocina. Y abrazaban el trabajo con una dedicación total y todos lo hicieron hasta el día de su muerte. Cuando descubrí la gracia del lugar, cuidé de elegir bien y cuidar al que se encargaba. Pero la experiencia es que la misión “se adueñaba” del que iba y moldeaba una misma actitud en todos los que se fueron sucediendo. Uno que elegí especialmente yo fue Hugo Reboledo. Aquí un poquita de su historia:

“Antes de ayer, el jueves 6 (de setiembre de 2012), en la Casa de la Bondad murió Hugo Reboledo, que de estar en situación de calle pasó a hospedarse en el Hogar de San José y luego a trabajar como empleado de maestranza en nuestra cocina. Doy testimonio de su historia porque supo honrarnos con su modo de dejarse ayudar y de ayudar a los demás, aprovechando todos los recursos de nuestras dos obras. Recuerdo que fue el primer usuario al que me animé a contratarlo en blanco como empleado de la Fundación. Me ganó la confianza la vez que, estando como huésped ya que había caído en situación de calle, me pidió un día hablar en privado y me mostró una maleta que había encontrado en la calle Pueyrredón. Después supimos que un joven que volvía de Suiza bajó del taxi y para pagar dejó una valija contra un poste y se la olvidó. Hugo que pasaba por allí la vio y se la trajo para el Hogar. Al abrirla y descubrir todo lo que tenía, me llamó para que la devolviera yo, por miedo a que por su situación creyeran que la había robado o que quería sacar provecho. Había 800 euros, varias tarjetas de banco, todo tipo de aparatitos electrónicos… Los dueños agradecieron mucho y a él lo contraté para trabajar con nosotros.
Que unos años después aceptara ir a la Casa de la Bondad implicó el cariño y el acompañamiento de nuestras dos instituciones durante muchos meses. Hugo no quería “perder su privacidad” y prefería su pieza de hotel (que se fue convirtiendo en un desastre a medida que él se dejaba estar, “por su rebeldía”, como me dijo,) a estar en la casa.
Como sí había aceptado ir a hacerse curar (su cáncer de cuello requería curaciones diarias) le fueron ganando el cariño y cuando ya no pudo más, al fin aceptó ir y fue como un corderito manso y se dejó mimar y atender sus últimas dos semanas.
Hay mucho para agradecer y reflexionar acerca de lo que significó “Hugo del Hogar en la Casa de la Bondad”, pero aquí  lo que quiero compartir es su sonrisa en su puesto de trabajo y de padecimiento en la Casa de la Bondad. 

Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su vía crucis por los rayos y las curaciones, dijo: Es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Que alguien te sonría con los ojos es un regalo de valor inestimable”.

Valgan estos dos ejemplos – el de una pequeñita grande como Teresita y el de un pequeñito anónimo como Hugo – para que veamos que esto de “encontrar el propio puesto de servicio” es una gracia que no se puede perder ningún cristiano. El signo de que uno ha encontrado su lugar de servicio en el Reino es que empieza a sonreír con los ojos, o a trasparentar la Gloria del Padre, que es lo mismo.

Diego Fares sj

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Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.» 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» 

Pedro respondió: «¿Tú eres el Mesías.» 

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir 

mucho y ser rechazado por los ancianos,los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. 

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Marcos 8, 27-35).

Contemplación

Escuchamos lo que le dice el Señor a Pedro. 

«¡Sal, ve detrás de mí, Satanás!

Porque no disciernes (phroneis) según los criterios de Dios,

sino con los criterios de los hombres.»

Tratamos de escuchar el tono de las palabras.Como son palabras duras, uno puede imaginar que el Señor hizo algún gesto brusco, como apartar a Pedro, o soltarse el hombro, si es que Pedro lo tenía tomado cuando se lo llevó aparte. 

Sin embargo, también podemos imaginar que Jesús no hizo ningún gesto de desprecio ni puso cara de indignado, sino que sus palabras fueron duras para con los pensamientos de Pedro, no para con su persona. 

Podemos imaginar que al Señor no le escandaliza para nada que Pedro esté tentado por el mal espíritu y que esté juzgando mal. 

Ignacio diría más aún, que hay que dar por supuesto que, si uno está haciendo bien sus Ejercicios o trabajando bien en su misión, va a ser tentado, va a tener variedad de sentimientos encontrados y movimiento de espíritus. 

¡Le va a suceder como a Pedro, que en un momento es conducido por los sentimientos de Dios Padre y discierne que Jesús es el Mesías, y al momento siguiente es conducido por el mal espíritu y siente –convencidísimo- que Jesús se equivoca y llevándoselo aparte lo reta!

La risa del padre Fiorito

Esta imagen de Jesús atacando la tentación sin agredir a la persona, me viene de recordar el rostro siempre sonriente del Maestro Fiorito cuando me decía “estás tentado”. 

El maestro era de las pocas personas que he conocido que, cuanto más tentado estaba alguien, más dulce y manso se ponía para ayudar a corregirlo. Y quizás fueel único al que he visto verdaderamente “divertirse” cuando le decía a uno que estaba tentado. 

Cuando discernía un mal espíritu Fiorito “sacaba balcones”, esa era su expresión. Con mucho cariño te lo decía y contemplaba las distintas reacciones y defensas que uno ponía, riendo cada vez con mas gusto, hasta que uno reconocía la tentación y pedía consejo. 

“Estás tentado” era una de sus frases favoritas y siempre la decía sonriendo. Y cuando uno ponía cara de indignado, se reía con más fuerza, verdaderamente divertido. 

Porque la cosa solía ser así: uno le contaba que estaba mal con otro, las razones por las que estaba mal y las cosas que le había dicho el tarado ese, por ejemplo, y ahí el Maestro sonreía y decía: “estás tentado”. Entonces uno retrucaba con más y mejores argumentos, pero él se reía y te desafiaba a encontrar en el evangelio un pasaje donde dijera “el tarado ese”. Ahí te hacía sonreír a vos, porque el Evangelio dice que el que llama «tarado a su hermano» merece un castigo, y uno se daba cuenta de que había pescado, en el tono que uno estaba usando, la tentación del mal espíritu. La sonrisa del Maestro permitía eso tan difícil que es despegarse uno de su propio sentimiento. 

En general uno piensa: si estoy de mal espíritu es que soy una mala persona. Por eso cuesta tanto aceptar que otro nos diga que estamos tentados. Pues bien. Esto es el ABC de la dirección espiritual y hasta que no se acepta y aprende, no hay conducción espiritual que valga: dar por descontado que uno experimenta gracias y tentaciones y discernirlas.

Es muy divertido ver cómo nos cuesta aceptar esta dirección espiritual. Uno acepta que el médico diga “hay que operar”, que el psicoanalista diga eso viene de un complejo de inferioridad, o que el economista diga que “hay que hacer un ajuste de cirugía mayor”, pero si el director espiritual al que uno mismo fue a buscar, que no le cobra nada ni tiene otro interés, sino que uno descubra la voluntad de Dios en su vida, le dice “estás tentado”, ahí se arma. 

Confieso que recién después de los cincuenta años comencé a valorar la risa de Fiorito como el único remedio eficaz contra el mal espíritu, especialmente el de los amigos. 

Y esto luego de haber experimentado el fracaso de todas las explicaciones y razones para convencer al que está tentado, que no hacen sino aumentar o reforzar la tentación. 

Por eso imagino a un Jesús sonriente que mira a Pedro divertido y le dice: “Salí de ahí, que estás tentado”. Y luego, con mucha claridad y dureza explicita bien que “hay pensamientos y criterios que son de Satanás”. Pero lo dice atrayendo hacia sí a la persona de su amigo, no alejándolo. Y Pedro se deja acercar, se deja corregir y cargar por Jesús. Pedro sabe “en quién se ha confiado”, Pedro sabe que solo Jesús tiene palabras que dan vida y no se quiere alejar de él ni siquiera para seguir sus propios criterios. Pedro no dice: “por qué me corrige en público si yo me lo llevo aparte”. Pedro no dice: “que corrija también un poco a los otros”. Pedro no dice: “siempre la ligo yo, por hablar”. Nada de eso. Pedro es el que ha gustado la conducción espiritual de Jesús y sabe que en todas las situaciones en las que el Señor lo pone o en las que él mismo se mete, Jesús le está enseñando a discernir, le está enseñando a “tener sus mismos sentimientos, su manera de pensar y de juzgar”, que es la manera del Padre del Cielo y no la de Satanás.

El criterio del seguimiento: la cruz

Aprovechando la “tentación de Pedro”, en vez de taparla para que nadie vea el desatino de aquel a quien desea poner como cabeza de la Iglesia, Jesús llama a toda la gente e igualando a todos, les habla (nos habla) claramente de la Cruz. El pensamiento del Señor, su criterio de discernimiento, su manera de sentir la vida, su sabiduría práctica (frónesis), fuera de la cual todo otro criterio termina siendo “de Satanás”, es esta: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo –especialmente a esos criterios suyos que tratan de evitar la cruz-, que cargue con su cruz y me siga”.

Esta es la manera de pensar y de sentir del Señor, a la que Pablo alude en esa recomendación tan hermosa: “Tengan los sentimientos de Jesús”. Froneistho, dice Pablo en pasivo: dejen que esta mentalidad de Jesús habite en ustedes. Dejen que esta manera de juzgar y de sentir las cosas que tuvo Jesús, esté también entre ustedes, se adueñe pacíficamente de su corazón y los haga dóciles al Espíritu.

Y Jesús, sonriendo, manda su amigo Simón Pedro al fondo, lo ubica con un gesto, lo pone en su lugar. El Señor hace del problema una cuestión de distancias. No solo se trata de “lo que se dice”, sino de “Quién es el que lo dice”: el Padre o el maligno? Por eso Jesús ha preguntado “¿Quién dice la gente que soy Yo?”. No ha preguntado qué opinan de mis enseñanzas o de mi manera de obrar, sino que piensan de mi Persona. Esto es cristianismo básico. Catolicismo básico. La persona de Jesús. 

La Persona en primer lugar, no las ideas, ni los valores, ni las cosas. 

La Persona representada por otras personas concretas.

Para cuidarnos de esta tentación –ya que las razones las puede inspirar el Padre o Satanás-, Jesús aprovecha la pifiada de Pedro: precisamente el que tendrá que representar a Jesús en persona es el que primero la pifia. Y no una sino muchas veces. Pero es también el que una y otra vez se deja corregir con gusto. Y no solo en privado sino en público. ¡Cuántas veces desautorizó Jesús a Simón Pedro delante de sus pares con esa pedagogía amorosa que al mismo tiempo que parecía que le quitaba autoridad se la estaba dando, sólida como una Piedra de roca! 

En la situación que narra el evangelio de hoy queda bien claro que no son los criterios de Pedro lo que le dan o quitan autoridad. Pedro es capaz de hablar inspirado por el Padre del cielo y por Satanás, casi en el mismo momento. Es capaz de confesar a Jesús como Mesías y luego de desdecirse al pretender corregirlo como si fuera un chico. La autoridad de Pedro (y toda autoridad en la Iglesia) se basará en la capacidad de una persona de aguantar todo lo que le pongan arriba sin desanimarse ni sacarse el peso de encima. Será la capacidad de Pedro de cargar la cruz y seguir al Señor –con la cruz de la Iglesia amada a cuestas- lo que el Señor bendiga como autoridad. 

El don de cargar y llevar contradicciones con amor es el signo de la autoridad en la Iglesia. 

El más pastor es el que más carga con amor, sin resentirse ni agriarse. 

(Y que suele necesitar de otro que se le ría un poco de sus tentaciones y malos espíritus).

El mejor pastor no es el que tiene más razón ni el que más sabe ni el que mejor argumenta, sino el que más aguanta –con alegría y dulzura, mansamente-, el que a más abraza, el que a más incluye, el que a más anima, el que a más espera, el que en más confía, el que más perdona, el que más se ríe y sigue adelante contento. 

Solo el amor que pasa por la cruz es creíble

Jesús define su amor y los criterios de su amor por la Cruz. Pero no por la cruz en cuanto dolor, sino porque en el abandono y en el desprecio de la cruz, puede hacer creíble que El es el que más nos ama, que El es el que nos ama a todos, El que nos perdona a todos, el que  cree en todos nosotros y a todos nos convoca junto a sí. 

¿Por qué la abrazas? (a la cruz) le gritaba el mal ladrón al Señor en una escena de la película La Pasión. El Señor cierra los ojos, abraza y besa la cruz y se levanta. ¿Por qué la abrazas? El Señor no responde sino que abraza. Pero si respondiera diría que la abraza porque al abrazar la Cruz nos salva a nosotros, sus hijos, sus amigos, sus ovejitas. 

Porque al abrazar la Cruz nos libra de ese enojo de niños, tan profundo, que nos hace decepcionarnos y culparnos a nosotros mismos ante un Padre que sentimos que nos abandonó en algún sufrimiento. 

Porque al abrazar la Cruz nos reconcilia con Dios nuestro Padre. 

Nos reconcilia no tanto de que hayamos pecado nosotros sino que nos reconcilia con esa herida honda de haber sufrido y que nuestro Padre no nos haya defendido o protegido, o curado. 

Al abrazar Jesús la Cruz, podemos sentir que es el Padre el que nos pide perdónpor el dolor que nos produce el haber sido creados de la nada. Es el Padre el que nos hace sentir en su Hijo abrazando nuestra Cruz, que Él está a nuestro lado, que está todo bien, que sufrir no es lo definitivo.

¿En qué consiste este criterio de la cruz, esta “sabiduría de la cruz” como la llama Pablo en esa hermosísima primera carta a los Corintios? 

La sabiduría de la cruz no se posee. 

La gusta el que, cargando la cruz, se deja habitar por ella. 

La goza y la siente el que, cargando su cruz y la de otros, deja que los sentimientos de Jesús se vayan posando y asentando pacíficamente sobre su corazón y descubre cómo de esos sentimientos comienzan a fluir buenos pensamientos. 

Goza de los beneficios de ser conducido según esta sabiduría aquel que permite que otro se le ría de sus malos espíritus. Otro que tiene en mayor grado este don de soportar contradicciones y de llevar adelante el evangelio sin desanimarse ni resentirse, con alegría y mansedumbre. 

La sabiduría de la cruz es espiritual (del Espíritu común) y no carnal (propia y auto-referencial). 

La sabiduría de la Cruz se articula en un tejido estrecho y constante, en el cual yo me dejo guiar (y cargar) por el que ama más que yo, y guío y cargo al que más amo y más me necesita. 

Y al que ama más que muchos, al que carga con la cruz de muchos, lo defiendo, lo enaltezco, le obedezco y no lo critico ni aunque se “equivoque”. 

¿Cómo que no lo critico ni aunque se equivoque? Si, señor. 

Si se equivoca el que está cargando más cruz, busco a otro igual o superior a él para que lo corrija él y no yo. ¿No es acaso esto lo que le enseñó Jesús a Pedro?

La dirección espiritual

¡Tener quién nos diga “esa manera de pensar no es de Dios, sino de los hombres”!En esto tan sencillo y refrescante consiste la dirección espiritual, y, me animaría a decir, la vida entera de la Iglesia. En que Otro, en nombre de Jesús, en cada caso el que la Iglesia pone, nos diga cuándo un pensamiento es de Dios y cuando es de los hombres (de Satanás). Si lo dice sonriendo, como Fiorito, mucho mejor. Pero, de última, que nos lo diga como pueda!

Es algo tan simple y hermoso como tener un Pastor: alguien que con amor nos guía y nos lleva a “tener los sentimientos de Cristo Jesús” en nuestra vida. 

Diego Fares sj

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