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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

Card. Krajewski, limosnero del Papa

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her­mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma­nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas, está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban. Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»  Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.» 

Encuentro con Marta

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» 

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» 

Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» 

Le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

Encuentro con María

Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. 

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó: «¿Dónde lo pusieron?».

Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»

Y Jesús lloró.

Encuentro con Lázaro

Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?»

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra.» Marta le dijo: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.» Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.» 

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían venido a la  casa creyeron en él. (Juan 11, 1-45).

Contemplación

Dentro del pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro nos encontramos con la historia de estos tres hermanos a los que Jesús amaba: eran sus amigos. Cada uno de ellos tiene su historia, una historia de encuentros con Jesús. Marta era la que lo había invitado a comer a su casa. María la misma que ungió con perfume al Señor y le enjugó los pies con sus cabellos. A Lázaro lo podemos describir con la frase que eligió junto con sus hermanas para mandar a llamar a Jesús: era “el que Jesús amaba y estaba enfermo”. 

Recordemos que, como dijo el Papa Benedicto en Aparecida y siempre le gusta repetirlo al Papa Francisco, nuestra fe no es el fruto de una idea, sino el fruto de un encuentro con la persona de Jesús. 

Estas historias de encuentros entre los tres hermanos y Jesús tienen, cada una, un sabor especial: de barrio, de amistad, de casa… Y nos hará mucho bien “encontrarnos” con ellos. Eso es la contemplación, un modo de tocar y de ver a las personas del evangelio que se encuentran con Jesús, un modo de sentir lo que dicen y de gustar lo que hacen. Nos hará bien en este tiempo en el que también nosotros le podemos mandar decir a Jesús, cada uno y el mundo entero: “el que tú amas está enfermo”. 

Esta frase por sí sola sintetiza lo que es un encuentro con Alguien como Jesús. Es una frase clave, de amigable complicidad, una frase que apela al corazón del otro y se confía enteramente a él, una frase que no necesita explicaciones. No es improvisada, se nota que la pensaron y la eligieron entre los tres, porque la repiten las dos hermanas. Quizás Marta hubiera deseado decir más cosas, como de hecho hizo cuando le salió al encuentro a Jesús que se había quedado en las afueras del pueblo. María, en cambio, dice solo esas seis palabras. Y llora. Imagino que Lázaro habrá sido tajante en esto de mandar a decir solo esa frase. Entre amigos, cuantas menos palabras, mejor.

Este tiempo en el que la pandemia nos mete en casa (a los que la tenemos), es tiempo de encuentros, con nosotros mismos, con el Señor, con la familia, con los que nos toca compartir la cuarentena, de cerca y de lejos. Tiempo de encuentros. 

Miremos cómo el Señor se detiene a hablar con cada persona, con sus discípulos, con Marta, con María, con el Padre, con Lázaro. No va directamente a lo práctico, no resucita a Lázaro de lejos…, más aún, retarda el milagro y se ocupa de la fe de cada uno. El Señor abre espacios de encuentro, los crea, les dedica tiempo y con cada uno se encuentra a su manera (la suya y la del otro). En esto Jesús es tan pero tan único y especial. Ojalá supiéramos y experimentáramos que hay un encuentro que es entre él y cada uno de nosotros solos. Un encuentro sin precedentes ni repetición. Un encuentro que abrirá y contendrá muchos otros, todos únicos. 

Los encuentros con los tres hermanos, siendo únicos, tienen algunos elementos que sirven de modelo a todos, o mejor, Juan contemplando estos encuentros ha sacado algunas cosas que nos sirven “para que creamos”, como dice al final de su Evangelio. Conscientes de que los encuentros de Jesús con la gente, si se contaran, no alcanzarían las bibliotecas del mundo (ni siquiera las digitales) para contener todos los libros.

Yo saco tres cosas.

Del encuentro de Marta con Jesús saco lo de invitarlo a venir a casa. A Jesús le gustaba ir a casa de Marta. Se sentía a gusto. Tenía su piecita, donde podía rezar tranquilo. Marta le cocinaría alguno de sus platos preferidos. Tener un lugar en casa para Jesús es una clave para que haya encuentro. Es bueno que sea un lugar solo para él. Yo por ejemplo, como mi pieza tiene dos ventanas, armé un rincón junto a una solo con mis cosas para rezar. Los encuentros necesitan tener su lugar. Y que haya algo que lo haga especial, aunque sea por un rato.

Del encuentro de María con el Señor saco lo de encontrar el modo de darle un trato especial. María tiene sus perfumes, sus lágrimas, sus cabellos y su modo de sentarse a escuchar como si no existiera nadie más en el mundo. A Marta esto la irritaba bastante. Pero al Señor le gustaba. En todo caso, lo que hizo notar es que era una elección de María y que “no le sería quitada”. Hay gestos que son enteramente personales y no se pueden replicar. Encontrarlos es una aventura sin guías, sin límites a la imaginación, que no necesita que nadie la justifique desde afuera. Pensemos que Jesús defendió los gestos de María poniendo en su lugar tanto a Marta como a Judas. Los defendió del ataque artero de Judas, que la atacó con argumentos de una pretendida “teología de los pobres” usada para desprestigiar un gesto de amor de adoración puramente gratuito. Y la defendió también de la crítica de su hermana, ese tipo de críticas familiares que parecen poca cosa pero a veces matan una personalidad, anulan una vocación, cortan las alas antes de que nazcan. El encuentro con el Señor requiere “gestos de amor especiales”.

Del encuentro de Jesús con Lázaro saco lo de que llegar tarde no importa, porque la amistad es la cercanía definitiva e íntegra que se da “de una vez”. Sólo a los muy amigos se los puede hacer esperar como Jesús hizo esperar a Lázaro. Pensemos: todos los días de la enfermedad, desde que lo mandó a llamar hasta que Jesús se enteró y después dos días más sin que el Señor se moviera para llegar cuatro días después que se había muerto. Lázaro se dejó resucitar lo mismo, como si no hubiera estado ya oliendo a podrido. El encuentro con el Señor requiere estar dispuesto a esperarlo todo lo que el quiera, hasta cuatro días después que nos muramos o se nos mueran los que amamos, de coronavirus o de lo que sea.

Que estos tres amigos queridos del Señor nos despierten la sed de encuentro con él que habita en lo más hondo de nuestra esperanza para que nada ni nadie nos robe esta cita con Él -cara a cara-, la final y las que se dan, milagrosamente, en medio de la vida cotidiana, gracias a esa virtud que tiene Jesús Resucitado de “aparecerse”, de volverse encontradizo y cercano cuando Él quiere.

Diego Fares sj

  Pd. La foto del limosnero del Papa la elegí porque me cayó simpática como expresión de un cura todo terreno que hace llegar la cercanía de Francisco a los que nadie llega.

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En medio de una situación concreta de la vida

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni pecó él ni sus padres, respondió Jesús; sino que se habían de manifestar en él las obras de Dios. Es preciso que Yo obre las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy Luz del mundo.» Después que dijo esto, escupió en la tierra e hizo barro con la saliva y le ungió con el barro los ojos y le dijo: «Anda, lávate en la piscina de Siloé» que significa ‘Enviado’”. Fue, pues, se lavó y volvió viendo. 

La lucha entre mociones del buen espíritu y del malo 

Los vecinos y los que antes le habían visto mendigar, se preguntaban: – « ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»  Unos opinaban: – «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»  El decía: – «Soy yo.» Ellos le dijeron: – « ¿Y cómo te fueron abiertos los ojos?» El respondió: – «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, y me ungió los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Conque fui y me lavé y veo.» Ellos le preguntaron: – « ¿Dónde está?»  El respondió: – «No lo sé.» El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió:  – «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»  Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.» Otros replicaban: « ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces le dijeron nuevamente: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El respondió: – «Es un profeta.»  Sin embargo, los judíos no querían creer que había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:  – « ¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»  Sus padres respondieron: – «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta.» Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él.» Los judíos lo llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: – «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.»- «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo.» Ellos le preguntaron: – « ¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» El les respondió: – «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?» Ellos lo injuriaron y le dijeron: – « ¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este.»  El les respondió: – «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron:  – «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron afuera. 

La confirmación del discernimiento 

Oyó Jesús que lo habían echado afuera y, cuando se encontró con él, le preguntó: – « ¿Crees en el Hijo del hombre?» El respondió:  – « ¿Y Quién es, Señor, para que crea en él?»  Jesús le dijo: –  «Tú lo has visto; el que está hablando contigo, El es.»  Entonces exclamó: – «Creo, Señor», y se postró ante él. Y dijo Jesús: – «Para un discernimiento he venido Yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos.» Oyeron esto algunos de los fariseos que estaban con Él y le dijeron:  « ¿Es que también nosotros estamos ciegos? » Les dijo Jesús: – «Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen “vemos” su pecado permanece. » Juan 9, 1-41).

Contemplación

La subdivisión del pasaje es simplemente para identificar algunos “pasos” teniendo en cuenta que el Señor, al final, nos da una indicación para interpretar lo que sucedió realmente en la curación del ciego de nacimiento. Fue un discernimiento: Él vino para hacer un discernimiento.

Discernir es sinónimo de “ver” y también de “pensar”. Cuando uno ve borroso, sea por falta de luz, por lejanía, por miopía, presbicia o lo que sea, “no discierne”. Discernir es ver nítidamente cada cosa como es, con su forma y sus colores. 

Lo mismo sucede con el pensamiento: discernir es juzgar prudentemente, cada cosa como es, en su contexto y al ritmo con que se nos va mostrando. 

Hay muchas maneras de “juzgar” erróneamente la realidad. Puede ser por inadecuación de las ideas que usamos o del horizonte mental que tenemos, por apuro, por no tener en cuenta el contexto, por extrapolar ideas de un ámbito a otro, como cuando sicologizamos todo o lo espiritualizamos… 

El hecho es que cuando la realidad “no responde”, cuando “uno no entiende dónde está parado” ni “cómo tiene que actuar” es que está ciego: no está viendo bien las cosas, no está “discirniendo” la situación. 

Jesús dice que Él viene para discernir: y el primer discernimiento es entre los que no ven y los que dicen que ven, entre el ciego de nacimiento, que fue curado y los fariseos que se obcecaron en su ceguera. 

Queda claro entonces que el discernimiento – tanto de lo que vemos con los ojos como de lo que vemos cuando hacemos un juicio- es una cuestión de Luz y de ojos, de Luz y de juicios. Ojos y mentes que se dejan iluminar por la luz en la medida justa, siendo dóciles a la luz, abriéndose y concluyendo de acuerdo a lo que la intensidad de la luz les invita a hacer. 

El ciego curado es el mejor ejemplo. El evangelio nos muestra al proceso por el que, luego de ser curado (obedeciendo dócilmente al mandato de ir a lavarse a la piscina de Siloé), el exciego va dando testimonio a medida que le preguntan lo que sucedió. No se adelanta ni se echa atrás. Su testimonio va dando pasos: 

  • el primero es de sinceridad: “Dice lo que le dijo Jesús, lo que el hizo y lo que pasó: fui, me lavé y veo; 
  • el segundo paso es de fe: cuando lo apuran, responde con la teología que tiene y afirma que Jesús es un profeta;
  • el tercer paso es de valentía: no se echa atrás ante las amenazas y los argumentos de los fariseos y esgrime sus propios argumentos, inspirado ciertamente por el Espíritu Santo que está actuando en él y le “dice lo que tiene que decir en el momento oportuno”.

Son los pasos del discernimiento: 

  • sentir y reconocer lo que pasa y lo que uno siente, 
  • interpretarlo en la fe con la doctrina que uno ha recibido, 
  • jugarse con valentía por lo que en conciencia uno siente que es justo. 

Luego viene el último paso, que le toca al Señor, y que es confirmar lo que uno discirnió, eligió y por lo que se jugó. 

El discernimiento, en última instancia, no es de “cosas”, sino que consiste en “ver” -discernir- a Jesús, al que nos está hablando en medio de las situaciones que nos tocan vivir, el que nos da Luz y nos viene al Encuentro. 

Es importante “discernirlo” en el sentido de que se trata de verlo como Aquel a quien fuimos descubriendo con nuestros propios ojos y con nuestros propios razonamientos, Aquel por quien nos jugamos agradecidos porque nos curo la ceguera. 

Discernir a Jesús es mucho más que “verlo” como si lo viéramos por televisión o de lejos. Discernirlo es tener la conciencia de que lo “vemos” con la Luz con que su Persona misma nos ilumina y con unos ojos que desean verlo tal como es para decirle que creemos en Él y postrados adorarlo.

………….

Y qué tiene que ver esta contemplación espiritual con el Coronavirus. Para mí, mucho, porque que Jesús diga que Él vino para hacer un discernimiento es muy reconfortante en este momento, porque la pandemia de Coronavirus nos está obligando a todos a discernir a cada momento, pero lo está haciendo con una crudeza que pone en peligro esta misma capacidad de discernir y necesitamos ayuda. El que no discierne está ciego! Y el peor ciego es el que cree que ve.  

Jesús viene a hacer una separación entre los que no vemos (y como ciegos queremos ser curados y que nos enseñe a discernir por nosotros mismos-) y los que creen que ven y nos quieren imponer sus ideologías (económicas, sociales, políticas y religiosas).Jesús tiene, por tanto, algo en común con el Coronavirus, pero también algo muy distinto. 

Un virus que se convierte en pandemia nos hace discernir “despertándonos” a todos de muchos sueños. 

Del sueño del confort consumista, por ejemplo. Ahora nadie piensa en comprar cremas antiarrugas sino alcohol en gel y mascaritas. 

Del sueño de muchas ideologías que recogen información y luego, procesándola mediante algoritmos, nos dicen a cada uno lo que queremos escuchar.

El virus nos dice una sola palabra: “muerte”. La dice a todos, sin importar razas, credos, ideas, condición social… Esa palabra nos despierta y nos hace discernir que la realidad es una sola y que es común: todo está conectado. 

Solo que este discernimiento lo provoca con el miedo y sin “medida”. No nos permite “discernir” claramente toda la realidad, sino que nos abre los ojos a su crudeza en un punto decisivo -la enfermedad contagiosa y la muerte en aislamiento-. El riesgo es que una luz tan cruda siembre solo pavor y uno no logre procesar todas las demás cosas, que también son reales. 

Lo que ha hecho el virus es poner en el centro de la mesa – la de cada familia y quizás por primera vez la del concierto mundial de las naciones- un aspecto de la realidad que habíamos arrinconado: la muerte. No solo la de cada uno de nosotros, sino que nos hace experimentar comunitariamente la experiencia de que la humanidad entera así como ha nacido, morirá. 

Cuando esta realidad entra “existencialmente” en el centro de la escena, la vida cambia, las demás realidades se miden con esta, se relativizan y encuentran su lugar. 

El valor de la familia, por ejemplo, se ubica en el centro, no solo de cada miembro sino de la política nacional e internacional. Todos nos dicen que “permanezcamos en nuestra casa”. Solo que en este momento de pandemia, esto que todos naturalmente deseamos -estar con nuestra familia-, cobra un ímpetu exagerado y el problema del contagio nos empuja a un abismo social: hacia un aislamiento total que nos separa no solo de la familia, sino hasta de los que nos cuidan en terapia intensiva y de los que nos tienen que enterrar cuando morimos! Lo que se me impone a la reflexión es esta constatación: la naturaleza, en última instancia, no discierne. No hay matices ni piedad en el ímpetu dañino de un virus que saltó de otra especie e invade la nuestra, destruyendo todos los tejidos, comenzando por los de las células y siguiendo por el tejido social… 

Esto nos hace abrir los ojos a la realidad de que la naturaleza es “ciega” y por eso debemos respetarla. La podemos manipular, pero cuando desatamos sus fuerzas, avanza en la dirección hacia la que la obligamos a ir sin que nada la detenga. La naturaleza ha sido creada con un discernimiento interno a cada cosa y al conjunto que la ha vuelto capaz de que la vida -vegetal, animal y humana- haya nacido y viva en ella. Pero esto no significa que la podamos manipular sin respeto ni medida. Lo estamos experimentando ahora que la radioactividad se salió del laboratorio o que un virus saltó desde otra especie. Pero tenemos que aprender que el peligro es el mismo cuando emitimos gases tóxicos, deforestamos el Amazonia o experimentamos genéticamente.

Nosotros sí debemos “discernir” libremente lo que ya está discernido en el ser mismo de cada cosa.

………

Paso a una “frase hecha” que se había impuesto en las argumentaciones a favor del aborto fue la de “disponer del propio cuerpo”. Una formulación de esta idea la hizo el Presidente Fernández en el Congreso: “En el siglo XXI toda sociedad necesita respetar la decisión individual de sus miembros a disponer libremente de sus cuerpos”. Se ve que la formulación ha sido ponderada. Abre una posibilidad de que se la complete. El Presidente eligió decir “necesita” en vez de decir “debe”. Puede ser mejor agregar, aunque parezca redundante: “toda sociedad necesita respetar -porque no puede no hacerlo- la decisión individual de sus miembros”. 

Esto necesitamos tenerlo claro también los que defendemos las dos vidas.

Vamos ahora a la segunda parte de la frase, allí donde especifica que esa decisión es “disponer libremente de sus cuerpos”. Aquí se impone agregar: “y por eso, como no puede no respetar esa decisión individual, cuando esta afecta al cuerpo social, la sociedad no puede no tratar de implementar medidas para evitar o minimizar lo más posible los males que se puedan derivar de ella”. Una medida es “no penalizar” la interrupción del embarazo. Pero también hay que tomar medidas que pongan límites al tiempo, a la repetición, a quién puede hacerlo y quién puede tener objeción de conciencia…etc.

Resulta digno de admiración cómo ha bastado el coronavirus para que las palabras “decisión individual a disponer libremente del propio cuerpo” suene distinto. Imaginemos que sale la gente a manifestar a la calle gritando “exigimos que se respete nuestra decisión individual a disponer de nuestro cuerpo”. Ni hace falta explicar que, más allá de la consigna, no se puede ni salir a la calle ni hacer manifestaciones masivas. Menos aún se puede hablar de “disponer libremente del propio cuerpo” si uno da positivo al coronavirus. Ese cuerpo debe ser aislado y pasa a depender de los criterios de seguridad que imponen los médicos. Porque este cuerpo -el suyo mismo, sus células, no una parte ni otro ser que se gesta en él- es portador del virus que contagia a los demás. Imaginemos solamente que alguien que no tiene síntomas pretenda discutir diciendo que afirmar que es “portador de un virus” es un concepto metafísico, dado que el virus todavía no se ha manifestado… 

Lo que deseo decir es que hay que cuidar los argumentos que se usan para justificar las cosas! Porque fuera del contexto ideológico en que se usan como slogans, pasan a ser argumentos peligrosos cuando se incluyen en una ley. Todos los argumentos que se usan en una ley -cuya esencia es cuidar el bien y evitar el mal- deben articular positivamente dos dimensiones del bien: la dimensión del bien particular -el propio cuerpo, por ej.- y la dimensión del bien común – el cuerpo de los otros y el cuerpo social-. Los casos en que se da conflicto se deben tratar como excepciones, formulando los argumentos de modo negativo. Por ejemplo: 

No se puede no respetar la decisión última del individuo. Pero esto vale tanto para la persona que quiere abortar como para la que pone objeción de conciencia. 

No se puede obligar a alguien a que no aborte, pero tampoco se puede dejarlo solo ni alentarlo a que lo siga haciendo, ni no ofrecerle que considere otras posibilidades… Y así…

Todo esto se tiene que articular de manera detallada y compleja al confeccionar un proyecto de ley. Simplificar los argumentos e igualar los casos en temas tan vitales es dañar el cuerpo social y, en consecuencia, el cuerpo individual de sus componentes. 

De la contemplación del discernimiento que vino a hacer Jesús pasamos a un discernimiento concreto en una bajada abrupta y sin muchas mediaciones. Pero estamos en tiempos de coronavirus y hay que discernir rápido y cortar por lo sano. Esta frase “disponer libremente de mi cuerpo”, si no se contextualiza socialmente, no va más. Especialmente si se la quiere cantar como slogan por la calle y ni hablemos si se la quiere integrar a los argumentos de una ley. Es una frase de ciegos que dicen que ven, una frase “pre-coronavirus”. Y no va más.

Diego Fares sj

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“Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo. 

Eran como las doce del mediodía. 

Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: – “Dame de beber” (los discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: – “¿Cómo tú, judío como eres, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Es que los judíos no se tratan con los samaritanos)

 Le respondió Jesús y le dijo: -“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.

Le dice la mujer: – “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”

Respondió Jesús: – “Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”

Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.

Le dice Jesús: – “Ve, llama a tu marido y vuelve acá”.

Respondió la mujer y dijo: – “No tengo marido”.

Le dice Jesús: – “Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en eso has dicho la verdad”.

Le dice la mujer: – “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarlo”

Le dice Jesús: – “Créeme, mujer, llega el tiempo en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Porque los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Esos son los adoradores que busca el Padre para que lo adoren. Espíritu es Dios y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad”.

Le dice la mujer: – “Yo sé que el Mesías tiene que venir, el que se llama Cristo; y cuando venga nos enseñará todo”

Le dice Jesús: – “Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. 

La mujer dejó su cántaro y se marchó a la ciudad a decir a los hombres: – “Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿Acaso será éste el Mesías?” Y salieron de la ciudad y venían a él.

Entre tanto los discípulos le rogaban diciendo: – “Rabí, come”.

El les dijo: – “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.

(Los discípulos se decían entre sí: “¿Acaso alguien le trajo de comer?)

Les dice Jesús: – “Mi alimento es hacer la voluntad del que me misionó y llevar a cabo su obra…”. ¿No dicen ustedes: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo les digo: Alcen sus ojos y vean los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo los he enviado a segar donde ustedes no se han fatigado. Otros se fatigaron y ustedes sacan provecho de su fatiga”. 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo, dice Juan. Y esta es “la composición del lugar” que hacemos. Siempre me ha gustado esta imagen de Jesús sentado, como invitando a charlar. Jesús sentado sin apuro, en el centro de nuestra alma. Porque ese es el brocal del pozo donde el Señor se sienta.

Dice Santa Teresa que el castillo con el que compara el alma es como una perla y como un árbol plantado en las mismas aguas de la vida, que es Dios. 

Nuestra alma está asentada en la fuente misma de la vida!  Cnectarnos con ese manantial, con esa agua viva, es lo más provechoso que nos puede suceder. 

Por eso la Samaritana, cuando se da cuenta de Quién es el que le habla y dónde está sentado, cuando se da cuenta de que la conoce en su interior y por eso le dice “todo lo que ha hecho”, ya no quiere que se vaya más de allí y lo invita a ir a su pueblo y a su casa. 

Esa fuente es en la que uno bebe cuando adora al Padre en Espíritu y en Verdad. Es la fuente del Agua viva que calma toda nuestra sed y la sacia no como si tuviéramos que beberla a tragos por la boca, sino que es como ese manantial del que habla Teresa, que se hinche desde adentro. 

Escuchamos a Teresa. Pero antes aclaro que escribe porque le mandan que lo haga, para que aproveche a otros con su experiencia en las cosas de Dios. Y escribe en medio de un dolor de cabeza y de un zumbido que no la alentaba para nada a tener que escribir. En ese “estado de salud” es que dice cosas como estas: “Los que yo llamo ‘gustos de Dios’, (…) para entenderlos mejor (les propongo que)  hagamos de cuenta que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de agua. Yo no hallo cosa más a propósito que el agua para declarar algunas cosas del espíritu; será porque sé poco y el ingenio no ayuda y soy tan amiga de este elemento, que lo he mirado con más advertencia que otras cosas… 

Estos dos pilones se hinchen de agua de diferentes maneras: en uno, el agua viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua y se va hinchendo sin ningún ruido, y si es el manantial caudaloso, como es este del que hablamos, después de henchido este pilón se convierte en un gran arroyo. No hacen falta medios artificiales, ni se agota el edificio de los arcaduces, sino que siempre está procediendo agua de allí”.

En esta fuente, viene el agua de su mismo nacimiento, que es Dios, y así como quiere Su Majestad, cuando es servido de hacernos algún don, produce (esta agua) con grandísima paz y quietud y suavidad de lo muy interior de nosotros mismos, yo no sé hacia dónde ni como, (…) se va revertiendo esta agua por todas las moradas del alma”. 

“Dilataste mi corazón” dice el Salmo. Y Teresa agrega que esta dilatación viene de más adentro aún y que debe ser “el centro del alma”. Que brote desde allí esta agua viva es pura gracia “y no hay que trabajar en balde, ya que como no se ha de traer esta agua por ‘arcaduces’, si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos cansemos. Sólo se da esta agua a quien Dios quiere y se da cuando más descuidada está muchas veces el alma”. 

Los textos los transcribo para sintonizar con la escena. Para ver cómo venía distraída la Samaritana, como todos los días, a realizar la fatigosa tarea de llevar agua a su casa y se encontró con Jesús. Los textos nos ayudan a ver cómo el Señor, sentándose allí donde todos buscaban -también él- el agua material, con su charla despertó la fuente del agua viva que estaba bloqueada en el centro mismo del alma de la Samaritana. Y al ver esto nos vengan ganas de conversar con Él para que nos habilite nuestro manantial interior, que lo tenemos todos pero no todos lo gozamos.

Cuando vamos a rezar, vamos en busca de beber esta agua. Vamos deseando que quiera brotar y producirse desde adentro de nuestro corazón. Es el agua de la autenticidad que todos deseamos beber y que nos la hace brotar, como Moisés de la Roca, una charla auténtica con Jesús, que es el que nos da el Agua viva -el Espíritu Santo del Padre y Suyo-.

Dice Jesús: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.  Le dice la mujer: – “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”.

Ella siente el gusto de la charla pero se mueve en el mundo de la eficacia y de las cosas útiles y por eso se fija en que Jesús no tiene ningún “instrumento” (ni técnica) para sacar esa agua viva que ella cree que sacará del pozo. 

Respondió Jesús: – “Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”

El Señor no “sacará” agua de ningún pozo, sino que está sentado en el centro mismo del pozo del alma de la Samaritana (que es imagen de nuestra alma), allí donde toda alma “comunica” con la fuente de la vida, con el origen del Creador que la está creando y sosteniendo en el ser. Por eso esa agua “se hará en ella fuente de agua que brota hasta la vida eterna”. 

El Señor es el que, sentado en el brocal de nuestro pozo interior, nos desbloquea para que brote lo que realmente somos, para que fluya la vida que cada uno tiene en su interior y lo haga auténticamente, incontaminadamente. Beber del propio pozo, como decía Gutierrez, es lo que uno desea. Y como ese pozo es como el Pozo de Jacob, el pozo de nuestro pueblo, el pozo común, cuando uno bebe de él bebe con todos el agua viva que es el agua de todos. 

Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.

En ese momento, en el que el deseo del Agua viva está ya siendo saciado en el alma de la Samaritana (porque como es deseo y no necesidad cuando se despierta es señal de que uno ya está bebiendo del Bien y se dilata el pilón del corazón a medida que bebe más, sin agotarse la fuente sino dilatándose el corazón) el Señor le hace ver, con delicadeza, dónde estaba su bloqueo. Cuál era su “afección desordenada”, con la que estaba “casada”. Más que un problema moral estos “cinco maridos” son signo de un problema espiritual: de estar calmando la sed en fuentes externas sin tomar conciencia de la fuente interior que es la única que sacia (y enciende) nuestra sed profunda.

……..

Jesús está sentado allí. Siempre está sentado allí, en el pozo al que nos lleva nuestra necesidad a buscar aguas que calmen nuestra sed: la sed de amor, la sed de reconocimiento, la sed de cosas, la sed de amistad, la sed con la que cada sentido y cada pasión se lanza hacia lo que la puede calmar. Allí está siempre sentado Jesús, fatigado también Él del camino, ya que viene a nosotros a pie, no como super héroe que cae de lo alto, sino a pie, en la persona de tantos que no parecen Jesús, pero que un día sabremos que lo eran, y que nos piden “dame de beber”, palabra mágica para reconocer al Señor, al que nos da el Agua viva mientras nosotros se la servimos a él.

……………

Un excurso necesario hoy. La pregunta: Y qué tiene que ver esta contemplación espiritual con el Coronavirus? 

Para mí, mucho. La imagen de Jesús fatigado del camino, sentado junto al pozo de Jacob, charlando amigablemente con la mujer Samaritana, es una imagen que me ayuda a discernir muchos comportamientos. Por el buen espíritu que se trasmite en el modo de comportarse de Jesús y la Samaritana, puedo discernir que otros modos de comportarse son del mal espíritu. Y en algunos modos de actuar del coronavirus, según lo que leo que dicen algunos científicos, se encuentran imágenes muy gráficas y concretas para describir al mal espíritu. Imágenes que por lo actuales pueden ayudar más que otras antiguas. La imagen de un virus silencioso que anda buscando millones a quienes infectar es más temible que la de un león rugiente que puede devorar a uno o dos por vez. 

Qué es lo que temo del virus?  Físicamente, que me infecte, que me haga contagiar a los demás -a los que quiero y a los que no conozco- cuando aún no tengo síntomas, que destruya mi sistema inmunitario o lo haga reaccionar exageradamente, inflamando todo… A nivel personal, temo que me vuelva egoísta, insensible, indiferente, sectario, acusador en vez de solidario… Son tantos los comportamientos virales fisicos que se replican a nivel social, económico, político, religioso…! Son comportamientos de mal espíritu, que al verlos actuar realmente en el virus, nos hacen ver lo inhumanos que son cuando se dan a otros niveles.

Es inhumano, porque es parásito, el comportamiento de un mercado financiero que replica el dinero en sí mismo sin que nunca llegue a convertirse en instrumento para que compren pan y remedios los que tienen hambre o están enfermos.

Es inhumano, porque es ilusorio, el comportamiento del que construye muros y cierra fronteras a personas de carne y hueso y se le cuelan virus por el aire, entrando no por barcones sino en vuelos y hasta de primera clase.

Es inhumano, porque egoísta, el comportamiento de producir bienes innecesarios que solo consumen pocos y luego se tiran, cuando hay verdadera necesidad de producir bienes que sirvan a todos…

El comportamiento del Señor, en cambio, es un comportamiento humano, porque amigable y  respetuoso. 

El Señor no invade, no avasalla, espera, está allí sentado, en medio de las fatigas de nuestra vida cotidiana.

El diálogo del Señor dilata el alma de la Samaritana, dilata su corazón desde su fuente interior y el corazón dilatado hace que cada sentimiento, cada pensamiento, cada pasión, encuentre su propia medida. El Señor no “inflama” una pasión para que arrase con las otras imponiendo sus necesidades, como hace la ira, como hace la avaricia, como hace el virus, como hacen las empresas que deforestan. 

El Señor se encarnó en “su” carne, en “su” cultura y en “su” historia. En la nuestra, se encarna en la medida en que libremente nos aliamos en amistad con Él, cuando le abrimos la puerta de nuestra alma, lo invitamos a que se quede en nuestro pueblo y a que se hospede y coma en nuestra casa, como hicieron los Samaritanos.

Fundamentalmente, el Señor se sienta a dialogar con el que quiere, y no invade al que no quiere.

El Señor dilata el espíritu del corazón, no inflama las pasiones ni aturde los sentidos.

El Señor hace alianza y potencia lo mejor de cada uno, no invade ni consume y luego tira.

El Señor suscita la admiración e invita al seguimiento libre, no contagia sin que uno sepa.

El Señor dialoga respetando y enriqueciéndose con la diversidad, no se replica a sí mismo como las ideologías.

El Señor es la Fuente del Espíritu, la fuente del Agua viva, que sanifica lo que toca y neutraliza todo foco de contagio, toda fuente de desolación y de muerte espiritual, que es la única que debemos temer. No los virus que matan el cuerpo, sino a aquel que puede apestar en su centro íntimo la fuente de la vida en la que Dios nos creo y que desea que se convierta en vida eterna.

Diego Fares sj

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Jesús tomó (en su compañía a sus amados discípulos),

a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, 

y los llevó aparte a un monte elevado. 

Allí se transfiguró en presencia de ellos: 

su rostro resplandecía como el sol 

y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. 

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. 

Pedro dijo a Jesús: 

«Señor, ¡qué bien estamos aquí! 

Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, 

una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra 

se oyó una voz que decía desde la nube: 

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.» 

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. 

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: 

«Levántense, no tengan miedo.» 

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. 

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: 

«No hablen a nadie de esta visión, 

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17, 1-9).

Contemplación

La escena es sobrecogedora. Imagino lo que habrá sido esa experiencia para los tres discípulos. San Ignacio, cuando “narra la historia” y da los puntos dice que: “Tomando en compañía Cristo nuestro Señor a sus amados discípulos Pedro, Jacobo y Juan,  se transfiguró, y su cara resplandecía como el sol, y sus vestiduras como la nieve”.

Eran sus amados discípulos y el Señor los tomó en compañía. Las palabras destilan amistad e intimidad y sólo en ese contexto se entiende lo que pasó después. Porque de una sola vez se les revela a estos hombres simples quién es Jesús, cuál es la gloria que habita escondida en su interior, que hace resplandecer su rostro y blanquea sus vestiduras; quién es este que habla con Moisés y Elías! Y por si esto fuera poco: escuchan la Voz del Padre que dice que es su Hijo muy querido y les manda que lo escuchen. La experiencia los hace caer rostro en tierra llenos de temor. 

El Señor, que los hizo entrar en esa experiencia envolvente como la nube que los cubrió, los toca, como quien saca a otro de su ensimismamiento, y cierra la cosa diciendo que se levanten y que no tengan miedo. Se entiende que les recomiende que no hablan de lo que han visto (y oído) hasta que Él no resucite.

Me quedo hoy con la familiaridad que abre y cierra la escena. 

Ese “tomarlos en compañía” y ese “tocarles” el hombro que los vuelve a la cotidianeidad.

Estamos ante la experiencia más grande que hombre alguno haya jamás tenido: ver a Jesús transfigurado, ver la historia de salvación resumida en esa charla con Moisés y Elías y escuchar la Voz del Padre que centra toda su predilección en su Hijo y resume eso que llamamos “su Voluntad” en una palabra: “escuchen a Jesús”.

Si uno considera la escena desde el punto de vista de lo que son nuestras “contemplaciones”, allí está todo. Todo lo que hay que ver y oír, todo lo que uno puede sentir -las ganas de hacer tres tiendas en esa gloria y el temor reverencial de Dios-, y todo lo que debemos hacer: escuchar a Jesús, su Evangelio. 

Pero nos detenemos en el ambiente que Jesús crea para comunicar esta gracia a los suyos, gracia que se convertirá luego en el Evangelio entero. 

Juan lo expresará así: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos, esto escribimos acerca de la Palabra de vida (1 Jn, 1, 1). 

Pedro recordará esta escena en sus dos cartas. En la primera carta es muy lindo cómo bendice a Dios Padre de Cristo Jesús que por su gran misericordia, al resucitar a Jesús nos dio una vida nueva y una esperanza viva. Y luego dice: “Ustedes lo aman (a Jesús) sin haberlo visto; ahora creen en Él sin verlo y ahora se sienten llenos de una alegría inefable y celestial al tener ya ahora eso mismo que pretende la fe, la salvación de sus almas” (1 Pe 1, 8-9). 

En la segunda, nos dice: (sepan que) “No hemos sacado de fábulas o de teorías inventadas lo que les hemos enseñado sobre el poder y la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. Con nuestros propios ojos hemos contemplado su majestad cuando recibió de Dios Padre gloria y honor. En efecto llegó sobre él la propia palabra de la gloriosa Majestad: «Este es mi Hijo muy querido, el que me agradó elegir.» Nosotros mismos escuchamos esa voz venida del cielo estando con él en el monte santo” (2 Pe 1, 16-18). Y agrega que a consecuencia de esto “creemos más firmemente en el mensaje de los profetas, y debemos tenerlo como una lámpara que luce en un lugar oscuro, hasta que se levante el día y el lucero de la mañana brille en sus corazones”. Dice además que esto que leemos es una profecía que no ha venido por iniciativa humana, sino que, como hombre de Dios ha hablado movido por el Espíritu Santo.

Lo que me conmueve en la palabra de Pedro y de Juan, los testigos de la transfiguración del Señor, es la manera que tienen de transmitir las cosas. Si lo pensamos bien nos debería maravillar. Su testimonio está “amalgamado” por la experiencia del Espíritu Santo que es común a los cristianos de toda época y cultura.

Me explico. Cómo entender la frase de Pedro: “Ustedes lo aman (a Jesús) sin haberlo visto; ahora creen en Él sin verlo y ahora se sienten llenos de una alegría inefable y celestial al tener ya ahora eso mismo que pretende la fe, la salvación de sus almas”.

No dice, “ustedes no lo vieron, pero créanme que fue algo increíble”. No pone énfasis en lo que solo vieron ellos, sino que se maravilla de que nosotros “amemos a Jesús sin haberlo visto y de que creamos y sintamos alegría por “haber alcanzado” la salvación. Es la maravilla que se va viendo en todo el libro de los Hechos de los Apóstoles al ver cómo el Espíritu Santo bautiza y da el don de la fe a los paganos. Ellos ven que la Palabra que predican desde afuera -digamos así- “suscita” la fe por la acción del Espíritu que obra desde adentro de las personas. 

En la segunda carta, en la que narra la escena de la transfiguración, cuenta lo que le sucedió al ver a Jesús glorioso charlando con Moisés y Elías: a causa de esto “creemos más firmemente en el mensaje de los profetas”. La transfiguración les reforzó la fe que les venía por la palabra de los profetas. Lo mismo sucede ahora cuando predican: ven que se fortalece la fe de las personas en la Palabra. Todo se sintetiza en ese “escúchenlo” del Padre refiriéndose a Jesús. Jesús habla tomando palabras de la Escritura y “asumiendo” en la Suya todas las palabras verdaderas sobre Dios. No solo las de las Escrituras, sino también las de cada cultura y cada persona. Todo lo bueno que uno aprendió y dice en su interior acerca del Dios verdadero, el Creador y Padre de todos, encuentra su ratificación y su fuerza en las Palabras de Jesús. La predicación del kerygma, que nos dice que Jesús es el Señor y que ha resucitado, atrae y fecunda todo discurso bello, bueno y verdadero sobre Dios.

Por eso la naturalidad con que Pedro y Juan hablan de su experiencia sintiendo que no fue algo raro ni simplemente extraordinario sino que lo extraordinario es cómo esa experiencia se vuelve común y sintoniza con la de todos los que la escuchan con apertura de corazón a lo que el Espíritu les corrobora en su interior.

La familiaridad con que el Señor les hizo entrar y salir de ese éxtasis, de esa experiencia única en la historia de la humanidad, nos hace ver que se trataba de algo que era para todos, que estaría abierto y accesible a la fe de todos, para que “amemos a Jesús” sin verlo y “creamos en Él” y nos sintamos llenos de alegría celestial por participar en la fe de esta visión de su transfiguración. 

En compañía de Jesús y de sus tres discípulos amados entramos en compañía de Moisés y Elías y de todos los cristianos del mundo, que han vivido, viven y vendrán. Podemos entrar y salir de la nube de la transfiguración, podemos escuchar la voz del Padre que cada vez que abrimos el Evangelio nos dice: Este es mi Hijo amado, el predilecto, escúchenlo. El Espíritu nos da la alegría del Evangelio y nos pone en comunión con todos los que creen en Jesús.

La transfiguración es, por tanto, la fuente de toda oración contemplativa, a la que uno sube, como subieron los discípulos en compañía de Jesús, en la que uno entra como entraron ellos en la Nube -señal de la presencia numinosa del Espíritu-, y en la que uno ve la gloria de Jesús y escucha la voz del Padre que nos certifica quién es su Hijo, el amado. La transfiguración sucede “familiarmente” en distintos “grados” podríamos decir, de gusto espiritual y de ganas de quedarse rezando un rato o de hacer una semana de Ejercicios. La transfiguración es algo que llevamos dentro, ya que a Jesús siempre tenemos la gracia de verlo y escucharlo “glorioso”. Es el Espíritu el que nos hace ver a Jesús siempre “transfigurado”, siempre lindo, siempre misericordioso, amigo y cercano. 

El mosaico de Rupnik está envuelto de esta cercanía entre todos y de esta benevolencia y familiaridad que envuelve a todos los personajes, que se inclinan a Jesús en gestos de ofrecimiento, cada uno de su don, y de receptividad.

Diego Fares sj

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La payunia -Malargüe- Mendoza 

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.  Y acercándose el tentador, le dijo: « Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. » Pero él respondió: « Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. » 

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: « Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’. » Jesús le dijo: « También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’. » Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria,  y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras. »  Le dice entonces Jesús: « Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto’. » Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían (Mt 4, 1-11).

Contemplación

Desierto de La Payunia

            Cada uno tiene su imagen de desierto preferida. A mí más que los desiertos con dunas y camellos me gustan los desiertos como el de la montaña en la que el Señor le habló a Elías en la brisa suave – “un hilo de silencio sonoro” es la traducción que le gusta al Papa-. Prefiero los desiertos con piedras y guanacos, como este de la pampa negra, el desierto volcánico del sur de Mendoza, cuyas imágenes descubro estando lejos.

Escuchar el hilo de silencio sonoro

El desierto es lugar de intimidad. La soledad y la inmensidad del paisaje hacen sentir la propia alma, mantener atento el oído a ese “hilo de silencio sonoro” que es la Voz del Padre. Allí, en el desierto al que el Espíritu lo ha conducido, el Señor nos enseña que la Voz del Padre no la escuchamos como un discurso directo, sino como un silencio en el que se hace presente una palabra de la Escritura con la que el Señor responde a una tentación del maligno. Es decir: a Dios se lo escucha en el reflejo de otras voces.

De hecho, en todo el Evangelio, el Padre habla directamente solo para decir una frase: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo!”.

Y en las enseñanzas de Jesús resuena, hondo y bajito, la Voz del Padre: “Mi palabra no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 7, 16). 

Una palabra que hay que discernir

Cuál sea esa Palabra del Padre para nosotros en cada momento de nuestra vida, eso es lo que Jesús nos enseña a discernir. Y lo hace en las distintas situaciones que vive, en medio de sus diálogos con la gente, haciendo siempre referencia a las palabras de la Escritura que contienen el diálogo de Dios con su pueblo a lo largo de la historia de salvación. 

Pedro tomado como ejemplo

Una escena paradigmática la encontramos en la confesión de fe de Pedro. Jesús le hizo ver, para ejemplo de todos, cómo en un momento discirnió bien, cuando dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16, 16), y cómo unos minutos después discirnió mal, cuando dijo: “No lo permita Dios, Señor. Eso nunca te sucederá”. La primera vez hizo suya la frase que el Padre le revelaba en su interior; la segunda vez, en cambio, hizo suya una frase del mal espíritu. El primer discernimiento, el Señor se lo confirmó con una bienaventuranza; el segundo, se lo rechazó con vehemencia: No piensas las cosas con el criterio de Dios sino con los criterios de los hombres (cfr. Mt 16, 23). 

Pensar como Jesús, usando los criterios del Padre

En las tentaciones en el desierto Jesús se resume toda la enseñanza del Señor acerca de este modo de pensar con los criterios de Dios. Digamos que más que un modo de pensar es un modo de dialogar interiormente. San Ignacio explica que este diálogo interior tiene un presupuesto: “Presupongo que existen tres pensamientos en mí, a saber, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos, que vienen de fuera (de mi libertad y querer): el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo” (EE 32).

Confrontar pensamientos

Lo que me quiere decir el Padre lo encontraré no ya formulado sino confrontando estos pensamientos o voces. Esto es lo que se llama “discernir” la voluntad de Dios. Implica dar tres pasos: “reconocer” sin miedo lo que uno siente, “interpretar” con la ayuda del evangelio y de una persona espiritual, lo que es de Dios y lo que no ; y “elegir” lo de Dios, poniéndolo en práctica y resistiendo lo que lo contradice.

 La primera tentación de Jesús

La primera frase del tentador es: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. » Jesús responde con el Deuteronomio (8, 3): «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Nos quedamos en esta primera tentación y hacemos algunas reflexiones para sacar provecho de la contemplación, como invita Ignacio.

 Discernir la persona del tentador más que sus frases

Jesús discierne la persona antes que las palabras: discierne que se trata del Tentador y lo discierne de entrada, en la primera frase que el maligno dice sobre el pan. Cómo hace? Es olfato. Un olfato para oler al apestoso que el Padre da a todo el que se lo pide como hijo. Junto con el don de percibir al Espíritu Santo (si no se lo percibe y si no se entiende su enseñanza, qué sentido tendría que nos lo diera como don y que el Espíritu nos enseñara toda la verdad!) viene el don de oler al mal espíritu (cfr Lc, 11, 13). Jesús aquí lo pesca al vuelo en su intento burdo de mezclar su hambre legítima – su fragilidad- con una propuesta de salida fácil e indigna. 

Desconfiar del primer impulso

El Papa Francisco tiene una frase que ayuda en este punto del discernimiento: “Siempre desconfío de mi primera reacción -expresó en la entrevista que le hizo Spadaro-. Suele ser tentada.” Este “ya saber” que la primera reacción es probable que sea tentada es el inicio del amor al discernimiento. Como que uno ya va al desierto preparado para ser tentado, listo para ver cuál será la primera cosa que nos va a proponer el mal espíritu, sabiendo que se apoyará en nuestro parte débil, en nuestra fragilidad y que la envenenará con sus falacias insidiosas.

Al Padre se lo escucha por contraste

La Voz del Padre la escucharemos por contraste con esta primera voz del tentador. Reconoceremos el modo de hablar del mal espíritu en la duda de fondo que mete como haciéndose el tonto –“si eres hijo de Dios…”-, y que nos incita a utilizar nuestro poder en beneficio propio, cambiando la naturaleza de las cosas. Jesús responderá magistralmente mostrando que el pan en su esencia es don, no conquista, y que hay además un pan superior: toda Palabra que sale de la boca de Dios. La frase del tentador le dió pie a Jesús para expresar toda la doctrina. Y no solo con palabras, sino convirtiéndose Él mismo en Pan eucarístico. En una sola frase Jesús nos dice todo y se nos da entero: Él es la Palabra que sale de la boca del Padre que se convierte en Pan para saciar todas nuestras hambres. 

Basta hacer un poquito de desierto…

Bastará en esta cuaresma hacernos un huequito de desierto, para que afloren inmediatamente nuestras necesidades de “pan”(cada sentido y cada pasión desea su pan) y para que el mal espíritu meta su frase, esa que nos tienta a convertir el momento en algo gratificante en vez de pedir como pobres que el don de la gratificación nos venga de manos de nuestro Padre.

En Jesús el Padre habla aconsejando más que mandando

En Jesús Dios no nos habla “prohibiendo” los panes que hambrean nuestros deseos. Las prohibiciones de Dios -sus mandamientos- son el límite último que pone a la exasperación de esos deseos, cuando se transforman en algo que daña a los otros y a nosotros mismos. Pero en Jesús el Padre nos habla más bien “aconsejando”: te aconsejo, le dice a la adúltera, que de ahora en adelante no peques más. Sólo alguien que ha experimentado la adicción, la violencia y la esclavitud a la que su pecado la ha llevado, como es el caso de un adicto o una prostituta, puede sentir en el tono amoroso del consejo algo más potente que una prohibición. Es la voz del Padre que le dice, si pecás de nuevo, te perdonaré setenta veces siete, pero te aconsejo que no peques porque te hace mal, porque vos misma no querés eso. 

El consejo es una voz amiga que se suma a la tuya y no una voz externa que se te impone. Escuchando al Señor resuena su “no solo… sino…” -no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. En las cosas más humanas, en lo que hace al pan, a nuestras necesidades y deseos, el lenguaje del Señor es alternativo no impositivo. Lo reconocemos por su tono: allí donde el tentador maltrata nuestra humanidad “imperando” que sigamos nuestras pasiones, que utilicemos nuestro poder para satisfacer nuestras necesidades, el Señor nos habla de otra manera, sin imponer nada, mostrando que no solo somos pasiones, sino que nuestro deseo busca bienes más altos también.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo: No hagan frente al malo. Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra; al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa; y si uno te quiere forzar a caminar una milla, andá con él dos; a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48).

Contemplación

El texto del éxodo que dice “ojo por ojo, diente por diente” continúa “mano por mano”… Las manos están presentes en este pasaje: la mano que te abofetea la mejilla y la mano que no devuelve mal por mal, la mano que tironea de la túnica, la mano que cede y la que ofrece también la capa, la mano del que te quiere forzar a acompañarlo una milla, la mano que pide, la mano que da, la mano que saluda, incluso a los enemigos… La mano de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos.

En los mosaicos del padre Rupnik, Dios Padre suele estar representado sólo por su mano. Es una mano que irrumpe desde lo invisible y entra en la historia que representa el cuadro. La imagen que elegí hoy es la mano del Padre que está en la nueva Capilla del escolasticado del Gesù, en Roma. 

La mano del Padre!

Cuando Jesús nos exhorta a “ser perfectos como nuestro Padre del Cielo es perfecto” la perfección de la que habla no es una perfección sin manos. Todo lo contrario. 

Qué sería una perfección sin manos? 

Una perfección sin manos es una perfección que esconde sus manos para no tener que dar, para no ensuciarlas, para no gastarlas.

La perfección del Padre, en cambio, es la perfección de sus manos. De hecho “nadie ha visto al Padre” pero se lo puede reconocer por las obras de sus manos, en particular por las manos de Jesús, que bendecían, que curaban tocando lepras y parálisis, tocando ojos muertos , abriendo oídos y agarrando fuerte lenguas balbuceantes. Las manos del Padre son, en definitiva, las manos en las que Jesús se confía cuando entrega el Espíritu. 

A Dios no se lo ve, decimos como si fuera una constatación empírica que probaría no sé que cosa, que la fe no tiene sentido, quizás. Y con esa afirmación científica no nos damos cuenta de que solo corroboramos lo que el mismo Dios nos dice: que a Él no se lo puede ver. Jesús nos dice que precisamente por eso es por lo que Él vino: Porque a Dios no se lo puede ver pero el que lo ve a Él ve al Padre. 

Pero el asunto es caer en la cuenta de que a Dios se le pueden sentir las manos.

Como cuando uno llega a casa y encuentra la comida preparada y caliente y agradece las manos que la prepararon. 

Hay obras que dicen todo de las manos que las realizaron. Y esas manos no son simplemente “instrumentos” como una mano robótica o “la mano invisible del mercado” o la mano del azar. No hay manos sin corazón, no hay manos sin inteligencia. Y viceversa: no hay corazón sin manos misericordiosas, no hay inteligencia sin manos que lleven a cabo las ideas y los sueños.

Pues bien: nuestro Padre es perfecto en el uso de sus manos. 

Las manos del Padre son las que abrazan y acarician el rostro del hijo que volvió. Son las mismas que contaron la plata de la herencia y se la dieron, en un gesto sin mezquindad, como quien pone en manos de otro un fajo de dinero y rubrica el gesto haciendo sentir el peso de su mano y luego lo suelta y lo deja ir. El gesto del que da bien dadas las cosas. Así da el Padre, generosamente, con desprendimiento, mirando a los ojos del hijo, que no lo mira, sino que mira la plata…

Las manos del Padre son las que se mueven encareciendo las palabras con que quiere convencer al hijo mayor de que acepte a su hermano. Son manos que le tocan el hombro, que lo sacuden un poco para sacarlo del ensueño de su propio enojo, que vela la mirada. Manos que se posan en su espalda con suavidad, como para hacerlo entrar junto consigo. 

Las manos del Padre son manos trabajadoras. Mi Padre siempre trabaja, revela Jesús. No es un universo automático el universo en el que vivimos. Es verdad que las imágenes “antropológicas” del Dios creador, ese anciano con barba larga volando sobre las estrellas en una masa de ángeles, es de Miguel Ángel. Algunos prefieren una imagen más destilada, de una energía estelar sin rostro, que hace chocar átomos entre sí durante miles de millones de años luz y al final “hete aquí que aparecemos nosotros” con nuestros celulares, nuestros drones y nuestros parlamentos. Confieso que no hay ninguna cara de Dios Padre pintada por artistas que me guste. Y tampoco me gusta ninguna que pueda proyectar o imaginarme yo. Pero lo que no acepto es un Dios sin manos. No acepto ninguna lógica que le corte las manos al Dios que espero. Porque son las manos que me formaron en el vientre de mi madre y son las manos en las que espero caer cuando me muera. Así como me recibieron las manos de la partera al nacer y me pusieron en las manos de mi madre, así espero me reciban las manos de mis seres queridos, de mis santos amigos y de los pobres que recibí en El Hogar de San José, de María y de Jesús cuando me escurra hacia adentro y me apague, y me pongan en las manos de mi Padre, que me dio la vida. 

Si en algo espero es en las manos de Dios. Y trato de sentir cómo se “mete” en el cuadro de mi existencia, en medio de los acontecimientos de mi vida y cómo ajusta alguna cosa, cómo da una palmada de ánimo, cómo me sostiene y me tira para arriba, cómo me señala el sendero o que me fije en aquel…, cómo me hace señas de que vaya, de que me anime y me tire nomás, cómo me saluda de lejos y me aplaude cuando doy un pasito adelante en su reino.

Las manos de nuestro Padre para mí son como las de papá, cuando jugábamos a hacer luchitas en la cama grande y me lanzaba altísimo por el aire y me campujaba con seguridad mientras yo reía y reía a carcajadas felices. Son como sus manos cuando me llevaba al colegio caminando en la mañana fría de Mendoza, como lo llevaba a él su padre. Son como las manos que me dejaron ir cuando le dije que me iba a San Miguel para ver si en la Compañía estaba el lugar al que Dios me llamaba y me quise recostar en su pecho y el me empujó suavemente a que partiera. Son manos como ojos, que solo se quedan quietas para que el abrazo sea solo con la mirada y permita partir, marcando la distancia, marcando que cada uno debe seguir su sueño y hacer su camino.

Las manos se pueden sentir con todo el cuerpo pero donde mejor se sienten es en las propias manos. Las manos perfectas del Padre se sienten perfectas en nuestras manos, cuando “hacemos su voluntad”, que es como decir cuando “hacemos lo que hacen sus manos”.

Cuando practicamos la misericordia con nuestras manos es cuando la Mano del Padre se mete en la historia. No tenemos la capacidad mental ni cordial de ver y de amar a Dios como lo que Él es. Nos desborda por todos lados. Pero sí tenemos la capacidad de sostener como Él sostiene a un hijo, de abrazar como Él abraza a uno que se había distanciado, de hacer cosas buenas -de prepararlas, de realizarlas y de ofrecerlas- como Él hace cosas buenas, de acariciar y bendecir como Él acaricia y bendice, de padecer y no soltar, como Él -en Jesús- nos enseña que padece y no nos suelta de su mano.

Iba un día caminando al Hogar por Moreno, por la vereda del shopping, una semana después de que se me habían muerto dos amigos y colaboradores muy queridos, que eran mi mano derecha, y le decía al Señor con lágrimas, que eso no tenía nada de bueno, que no me dijeran que era su providencia, que estaba todo mal y no había allí nada de bueno. Lo desafié a que me explicara qué podía haber de bueno en lo que estaba pasando y lo que sentí, como si Él derramara con su mano un bálsamo en mi interior que me dilató el corazón que tenía angustiado, fue: “que tenés ahora tu corazón más parecido al mío”. Sentí lo que siente Él cada vez que pierde a uno de los suyos, cada vez que cae un pajarito, como dice Jesús, cada vez que un pequeño es escandalizado, cada vez que un Jesusito tiene que nacer -o no nacer- en un refugio, cada vez que su Jesús está de nuevo crucificado y se lo matan o lo dejan que muera nomás, sin ayuda.

Así como con el corazón, pasa también con las manos: que se vuelven más parecidas a las suyas. Cuando toco al mendigo al que le doy la monedita (que aquí es un euro y allá como 90 pesos), cuando bendigo a todos los que saludo  cada vez que me voy o se van, cuando trabajo bien escribiendo y no pierdo tiempo: mis manos y mis dedos son más parecidos a los Suyos, a los de nuestro Padre. Y sale natural fijarme en otras manos, buscar otras manos, querer estrechar las manos de todos. Porque las manos están hechas para eso, para relacionarse, para unirse. 

Una última imagen (o anti-imagen) para discernir una tentación de las manos que nos las aleja de las de nuestro Padre. Esta tentación no va por el lado de las manos que agreden, ni de las manos que con mezquindad se cierran, ni de las manos que con avidez buscan todo para sí. Tampoco de las manos que se quedan caídas, sin hacer nada. Hay otra tentación que no nos deja sentir las Manos del Padre en nuestras propias manos y es la que describe el Principito en su visita al segundo planeta: 

“El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso: 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! —Gritó el vanidoso al divisar a lo lejos al principito. 

Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores. 

—¡Buenos días! —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tiene! 

—Es para saludar a los que me aclaman —respondió el vanidoso. Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí. 

—¿Ah, sí? —preguntó sin comprender el principito. 

Golpea tus manos una contra otra —le aconsejó el vanidoso. 

El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero (con su mano). 

“Esto parece más divertido que la visita al rey”, se dijo para sí el principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el sombrero.

A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego. 

—¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? —preguntó el principito. 

Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas. 

—¿Tú me admiras mucho, verdad? —preguntó el vanidoso al principito. 

—¿Qué significa admirar? 

—Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta. 

—¡Si tú estás solo en tu planeta!
—¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
—¡Bueno! Te admiro —dijo el principito encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué te sirve? Y el principito se marchó. 

“Decididamente, las personas mayores son muy extrañas”, se decía para sí el principito durante su viaje”.

Nuestras manos se vuelven parecidas a las Manos del Padre cuando lo aplaudimos solo a Él y solo a los que Él aplaude: a los que hacen las obras buenas que Él planeó desde el comienzo de la creación para que las practicáramos; las obras que Jesús nos enseñó a hacer y que el Espíritu nos indica que hagamos con su sabiduría y su discernimiento y nos da la fuerza para llevarlas adelante. 

No aplaudir vanidosos es un buen ejercicio (comenzando por suprimir los auto-aplausos, que ya es mucho). Pero aplaudir calurosamente a los que Dios aplaude, es mejor. Y le hace mucho bien a nuestras manos.

Diego Fares sj

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No crean que he venido a disolver (katalusai) la Ley o los Profetas. No he venido para disolver (katalusai), sino para plenificar (pleromai).

En verdad les digo: mientras duren (mientras no pasen, mientras no se destruyan), el cielo y la tierra, no prescribirá (no pasará ni se destruirá) ni una letra o una coma de la Ley, hasta que todo (lo que dice la ley) se realice (se cumpla, acontezca). 

Por tanto, el que disuelva (anule) el más pequeño de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será llamado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio el que los lleve a la práctica y los enseñe, será llamado grande en el Reino de los Cielos. Yo se lo digo: si su rectitud (dikaiosyne)  no se desborda con mayor plenitud (pleion) que la de los fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. 

Ustedes han escuchado lo que se dijo a sus antepasados:

 «No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse a un juicio.» Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda. Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias, que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. 

Ustedes han oído que se dijo: 

«No cometerás adulterio.» Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 

También se dijo:  «El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.» Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio. 

Ustedes han oído lo que se dijo a sus antepasados: 

«No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.» Pero yo les digo: ¡No juren! No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, que es la tarima de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu propia cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio” (Mt 5, 17-37).

Contemplación

El pasaje es difícil. Porque en principio todos entendemos el fondo del asunto, pero luego hay demasiados ejemplos de leyes y costumbres que culturalmente nos resultan ajenas, como lo de no jurar por Jerusalen, o que parecen perimidas, aunque luego polarizan de nuevo la sociedad, como la discusión sobre el divorcio…

Digo que es difícil porque la cuestión de fondo se ha estereotipado: Jesús contra los fariseos. La palabra misma “fariseo” se ha estereotipado. Como dice A. Ivereigh en The wounded Shepherd -El pastor herido- su nuevo libro sobre cómo Francisco lucha por cambiar la Iglesia, sería más justo decir “los malos fariseos”, porque había fariseos buenos, como Nicodemo, por ejemplo. Es difícil este pasaje porque tampoco podemos simplificar la posición de Jesús y dar por descontado que la entendemos su forma de “plenificar la ley”.  Los mismos discípulos, que no tenían nada de fariseos (por lo menos mientras se dejaban corregir por Jesús), no entendían muchas cosas y les resultaban “imposibles” de poder cumplir, como les pasaba con la cuestión del dinero o del divorcio. Quién podrá salvarse – decían!- previendo ya que tendrían que predicar cosas que no los harían muy populares con la gente. Porque al principio parece lindo hablar de amor y misericordia en vez de hablar de ley, pero cuando la misericordia y el amor se convierten en la única ley, muchos prefieren volver a tener leyes cuya aplicación no requiera  de un discernimiento regulado por el “más”, porque, aunque resulten exigentes, son leyes “de mínima”, que se pueden saltar de vez en cuando, y en cambio las del amor y la misericordia no se pueden saltar nunca y llevan directo a la cruz.

El drama era el de siempre: se ve que algunos acusaban a Jesús de que, con las excepciones que hacía curando en Sábado, por ejemplo, estaba de hecho disolviendo la Ley. Juzgaban que esto terminaría por confundir a la gente y destruiría las costumbres que daban cohesión social al pueblo.

Sin embargo, Jesús no contemporiza para entrar en diálogo, sino que aquí sale con los tapones de punta. 

Despejemos primero los ejemplos que usa. El Señor toma cuatro temas candentes en su tiempo: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. Las variaciones culturales con nuestra mentalidad son significativas. El juramento, por ejemplo, pesaba personal y socialmente. Hoy en cambio se jura por Dios o por la patria y nadie duda que cada uno está diciendo “por mi Dios” y “por mi idea de patria”. Nadie pretende que sean juramentos que no reconocen valores absolutos y por eso nadie se escandaliza cuando los que juraron no reconocen que juraron en falso, sino que si los atacan se defienden diciendo que los otros son iguales o peores. 

También es bueno notar aquí que en la cuestión del divorcio, los fariseos eran menos rigurosos que Jesús. Digo esto para disolver imágenes estereotipadas.

Estas diferencias entre las mentalidades de cada época, las costumbres culturales y las leyes, nos permite ir directamente al corazón del evangelio que el Señor predica.

Una rectitud más plena

Las palabras claves que usa Jesús son “rectitud” y “plenitud”. 

Dice que nuestra rectitud debe desbordarse con mayor plenitud que la rectitud de los fariseos.

La rectitud es la medida con la que uno se ajusta a si mismo en conciencia, con sinceridad de corazón. A esto apela el Señor: a la honradez y sinceridad de cada uno, allí donde uno no busca defenderse ni justificarse comparándose con los demás, sino donde uno está interesado realmente en mejorar, en crecer, en ser más pleno. 

Esta rectitud última, dice el Señor, no se puede ajustar desde afuera de la persona. 

Esta es la conciencia! No principalmente en cuanto ya formada con los valores de la ley sino en cuanto deseo de ajustarse siempre mejor a lo que a Dios más le agrada y a lo que necesitan mis hermanos. La conciencia que se rectifica con mayor plenitud que la que viene de la ley, para ser más buenos, más objetivos, más justos.

Esto no se ajusta desde afuera. Y desde adentro, lo que uno experimenta es que tampoco se puede ajustar solo. 

Aquí es donde necesitamos “salvación”, aquí es donde necesitamos a Alguien como Jesús. El único “recto” que puede “rectificar” a todos los demás. 

Pero esta necesidad de Alguien recto no se experimenta así nomás. De niño uno tiene este don naturalmente: se deja rectificar dócilmente por los papás. Pero luego uno piensa que se puede rectificar solo y debe hacer un largo camino.  Primero uno tiene que renunciar a ajustarse solo por las leyes externas. Son útiles para tener límites, pero no bastan. Luego, después de haber tratado de ajustarse a si mismo, siendo lo más sincero y honesto posible, después, digo de ver que uno mismo falla, que está condicionado por su sicología, su formación y su entorno y que no es buen juez de sí mismo (este es un juicio último que nos da soberanía), entonces sí, puede uno abrirse humildemente a Jesús y buscar en la oración con el evangelio que sea el Espíritu Santo el que lo vaya “rectificando”.

Es bueno saber que no existe una “rectificación” absoluta. El trabajo de discernir  se debe retomar cada día, en cada situación, tendiendo en cuenta tiempos, lugares y personas, como dice Ignacio. Es un trabajo de apertura constante al Espíritu. 

Esto no relativiza ninguna ley sino que nos concentra a cada uno en buscar ser uno mismo rectificado y nos libera de andar queriendo rectificar a los demás.

Dicho esto, quiero introducir aquí, a manera de presentación práctica de la Exhortación Querida Amazonia, un hermoso pasaje del Papa Francisco en el que habla de “Ampliar horizontes más allá de los conflictos”. 

Los conflictos son los de siempre, pero en cada época se focalizan en puntos concretos. En este caso son los que se plantean en torno a la ordenación o no de hombres casados y al diaconado femenino. Dos temas que quedan abiertos y que algunos ponen en el candelero para oscurecer el gran tema que es “el Amazonia” como símbolo de lo que ocurrió u ocurrirá en el planeta. 

Son conflictos en los que unos buscan absolutizar y otros relativizar las leyes y el Papa apunta a “plenificar”, a ir madurando las cosas caminando juntos, superando los conflictos sin quedar atrapados en ellos: 

“Esto de ninguna manera significa relativizar los problemas, escapar de ellos o dejar las cosas como están. Las verdaderas soluciones nunca se alcanzan licuando la audacia, escondiéndose de las exigencias concretas o buscando culpas afuera. Al contrario, la salida se encuentra por “desborde”, trascendiendo la dialéctica que limita la visión para poder reconocer así un don mayor que Dios está ofreciendo. De ese nuevo don acogido con valentía y generosidad, de ese don inesperado que despierta una nueva y mayor creatividad, manarán como de una fuente generosa las respuestas que la dialéctica no nos dejaba ver. En sus inicios, la fe cristiana se difundió admirablemente siguiendo esta lógica que le permitió, a partir de una matriz hebrea, encarnarse en las culturas grecorromanas y adquirir a su paso distintas modalidades. De modo análogo, en este momento histórico, la Amazonia nos desafía a superar perspectivas limitadas, soluciones pragmáticas que se quedan clausuradas en aspectos parciales de los grandes desafíos, para buscar caminos más amplios y audaces de inculturación” (QA 105).

Si nuestra rectitud no se desborda -en amor y en misericordia- más plenamente que la rectitud de los buscan mantener o cambiar solo las leyes externas y no el modo mismo de ser rectificados por el Espíritu, no cambiarán las cosas que no están bien ni madurarán las que sí lo están.

Diego Fares sj 

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