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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…
Sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se
levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto
automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y
cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.
Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el
reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que
cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas
las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.
Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de
entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo
cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Sucede con el Reino de Dios como sucede con un hombre que siembra y que, cuando llega el momento, cosecha. El Reino, como la semilla, crece por sí solo. Pero se necesita uno que siembre y que coseche.

Es decir: se nos ha regalado algo valioso, una semilla que da fruto. Nos toca discernir cuándo y en qué terreno sembrarla y estar atentos al tiempo de la cosecha.

A qué se opone esta imagen del labrador que interactúa con la semilla y hace alianza con la tierra? Diría que este labrador es lo contrario de un mero consumidor. Es una persona que trabaja y que hace su parte. Sus expectativas son humildes y reales: conoce qué semilla ha sembrado y cuál será el fruto que cosechará. Si lo que ha sembrado es un granito de mostaza, se sorprenderá al ver cómo crece tanto la planta y cómo los pajaritos hacen en ella nido, pero sabe que cosechará mostaza.

Para nosotros, el fruto del trabajo, es el dinero. El dinero que nos permite comprar cualquier otro “fruto” que deseemos. Pero esta relación no sirve para comprender cómo funciona el Reino. En el Reino el Señor multiplica los frutos de la semilla concreta que sembramos, no hay ninguna “moneda” abstracta que se meta en medio. Es importante comprender bien este mecanismo, esta dinámica que Jesús pone como analogía de lo que sucede con su Reino. Sembramos misericordia, cosechamos misericordia (centuplicada). Pero se trata siempre y solo de misericordia. No es que cosechemos alguna “moneda” que se pueda intercambiar con cualquier cosa. No es que si sembrás misericordia cosecharás riquezas, como quieren las teologías de la prosperidad. O tendrás un seguro contra las desgracias y las enfermedades. El que es misericordioso obtendrá misericordia. Al que perdona los pecados y repara lo que otros dañan, se le perdonarán sus pecados y el Señor reparará lo que él no logre hacer del todo bien.

Si sembrás oración, cosecharás oración. Una oración más sólida y perseverante, más inclusiva y sincera, pero siempre oración. No es que si rezás Dios te dará otros “productos”. La oración no es una moneda. Es en primer lugar gratuita adoración y generosa intercesión por los demás, que te pone necesariamente en la fila de los que necesitan, como uno más. No te da privilegios, salvo el de ir rezando más de corazón cada día y de ir haciendo más íntima y comprometida tu relación con el Señor, que te permite colaborar más conscientemente con Él en su plan de salvación.

Si sembrás la Palabra de Dios, enseñando el catecismo, predicando el evangelio y dando testimonio de los frutos de esa Palabra cuando la encarnás en tu vida, cosecharás que Jesús mismo te “explique todo” personalmente y te haga crecer en tu capacidad de interpretar la vida a la luz de las parábolas y no a la luz de las ideologías de moda.

Si sembrás tu semilla -la del carisma que el Espíritu te da de manera especial a vos- cosecharás el poder apreciar las semillas-carismas que el Espíritu le da a los demás y te convertirás cada día más en una persona colaborativa con los demás, todo lo contrario del individualista multitasking que cree poder ser autosuficiente.

Bueno, el fruto de las parábolas de hoy, ha ido por este lado: el de caer en la cuenta de cómo el paradigma individualista, consumista y monetarizado en el que pensamos y nos movemos no nos ayuda a comprender la dinámica de la comparación que hace Jesús. Quizás es esto lo que no nos permite “ver” las semillas del Reino que el Espíritu nos regala abundantemente para que sembremos y a no gustar los frutos de esa cosecha abundante que nos rodea en la Iglesia gracias a lo que sembraron y siembran tantos hermanos y hermanas nuestras que tienen una imagen más sencilla de sí mismos, como los que vemos en las imágenes que compartimos en esta contemplación.

Si nos miramos como simples sembradores y cosechadores de las semillas y frutos concretos del Reino se nos aclararán muchas cosas de Jesús que ahora no vemos ni gustamos al vivir y actuar como consumidores dispersos de todos esos bienes, muchos tan insustanciales, con que nos distrae el mundo de hoy.

Diego Fares sj

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El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: – Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huesped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?. El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: -Tomen y coman, esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: -Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Para contemplar el misterio de la Eucaristía, nos detenemos hoy en el lugar donde el Señor quiso celebrar la Ultima Cena. El piso alto de aquella hospedería nos indica algo muy especial acerca de cómo quiere quedarse el Señor entre nosotros: como un huésped!

El diálogo de Jesús y los discípulos comienza con la pregunta de estos por el lugar: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. Y el Señor les indica entonces un camino un tanto complicado para llegar al lugar de la Cena… que ya estaba preparado!

Esto llama la atención. Uno piensa: “Si Jesús ya lo tenía todo planeado, ¿por qué no los mandó directamente a la casa? ¿Por qué los hizo caminar siguiendo pistas, como si fuera una búsqueda del tesoro?”.

Creo que quería hacerlos experimentar el camino que Él había recorrido antes, siguiendo al hombre del cántaro hasta encontrar la hospedería en la que trabajaba. Una manera de hacerlos sentir huéspedes también a ellos. Lo cual tiene su importancia a la hora de celebrar a Jesús en la Eucaristía, en ese pan y ese vino en los que el Señor “se hospeda” para que lo podamos comer.

Me gusta pensar que Jesús había rezado y preparado largamente la última cena. Iba a ser su gesto definitivo: la manera de darse y de quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

El lugar era, pues, importante. Notamos que no eligió la casa de ninguno de los apóstoles ni la de algún amigo o conocido, sino un lugar distinto, al que los hizo llegar como si fueran forasteros que entran a un pueblo y siguen a uno que lleva un cántaro de agua, suponiendo que los conducirá a algún albergue.

Nos quedamos mirando y contemplando el lugar que el Señor eligió.

Dos palabras que suelen pasar desapercibidas, pueden ayudarnos a contemplar: “katalyma” – “aposento”- y “anagaion” – “piso alto”.

Jesús les encarga que le digan al dueño de casa: “donde está mi aposento”. La palabra que usa es “katalyma” que significa estancia o aposento y que propiamente es una “habitación para huéspedes”. Lucas es el otro que usa esta palabra cuando narra la peregrinación de José y María y dice que “no había lugar para ellos en el aposento u hospedería” (Lc 2, 17). También la usa cuando le critican a Jesús que haya ido a “hospedarse” en la casa de un pecador (en referencia al publicano Mateo) (Lc 19, 17).

Dejamos que resuene en nuestro corazón esta palabra tan querida para nosotros: “hospedería”, “habitación de húespedes”, “hogar de tránsito”.

Jesús no tenía casa propia, no tenía “donde reclinar la cabeza”. Para sus reuniones debía pedir prestada una casa. Por supuesto que tenía amigos, como Lázaro y sus hermanas, que lo hospedaban gustosos. También es cierto que en esta ocasión Jesús hace notar su Señorío: el mensaje que les da a los discípulos es el de un Señor. Habla de “” aposento. Pero el lugar que elige y el modo como los hace llegar a él, hablan de un lugar ajeno.

La otra palabra es “gran sala en el piso superior” (ana-gaion), que literalmente sería “sobre piso”.

Jesús celebra la Eucaristía en una sala grande, en el piso alto de una hospedería! Como si dijéramos en El Hogar de San José o en la Hospedería Padre Hurtado: esos lugares son El Hogar de Cristo!

Podemos imaginar que el Señor nos manda decir: “¿Donde está dentro tuyo ese lugar grande donde quiero que me hospedes para que comamos juntos, para que te pueda dar mi Cuerpo y mi Sangre?”.

Ese es nuestro lugar íntimo y secreto donde se complace en habitar la Trinidad Santa: el Padre, Jesús y el Dulce Huésped del alma, el Espíritu Santo.

Imaginamos ahora nuestro interior con una habitación grande para huéspedes.

Así como para nacer el Señor se hubiera conformado con esa hospedería humilde de Belén y ni siquiera en ella encontró lugar, para celebrar la fiesta de la Alianza con los hombres elige y prepara él mismo un lugar de paso. Quiere ser “huesped”.

La imagen del huesped habla de libertad. Tanto el que hospeda como el huésped comparten un espacio íntimo sin que sea definitivo.

Y los permisos que uno pide para disponer de algo o para ir al baño…, los gestos de cortesía que se usan, suponen una valoración muy linda de lo que significa compartir la intimidad sin adueñarse de ella.

Hospedar y hospedarse implica un ritual de ofrecimiento y de agradecimiento. Uno, como huésped, tiene que pedir permiso y es lindo tener que pedirlo y que el otro refuerce explícitamente la gratuidad y la amplitud de su ofrecimiento: “Sentite como en tu casa” decimos. Por eso esta es una imagen llena de profundidad y de misterio para gustar la manera en que Jesús elige estar presente en nuestro interior.

Él, aunque es dueño, quiere ser huésped. En Emaús, el “forastero” (huésped, en latín, es forastero) hace ademán de seguir de largo y espera a que lo inviten: “quédate con nosotros, porque anochece…”

Esta imagen de huésped se aplica también al Espíritu: “Dulce huésped de nuestra alma”.

Al darnos su Cuerpo y su Sangre, el Señor se nos da de manera íntima y total y un don tan grande para darse y para ser recibido requiere esta distancia-cercana tan propia de la relación de hospitalidad.

El Señor no viene ni como dueño de casa que se instala ni como desconocido que alquila o viene a negociar algo. Viene como huésped. Y no es esta una imagen menor para la caridad. Como si dijéramos que sería mejor que viniera como Esposo o como hijo… Por el contrario: al huesped uno lo trata mejor incluso que a los de casa.

En la hospitalidad reina la libertad, condimentando cada gesto de dar y recibir como algo que se hace gratuitamente, sin que nunca se pierda este gusto por la gratuidad.

Es bueno en este punto que cada uno rememore sus experiencias de hospitalidad y las aplique a la Eucaristía y a la Palabra, de modo que cuando comulgamos y cuando leemos la Palabra “hospedemos” al Señor en nuestro interior. Cada vez de modo nuevo, hasta que sea Él a hospedarnos definitivamente en el hogar de la intimidad de Dios, en lo que llamamos Cielo.

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Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16-20).

Contemplación

En Pentecostés subrayamos la palabra “recibir” –porque el Espíritu es Don- y, luego de contemplar cómo se lo recibe “en comunidad”, volvimos a reflexionar para sacar provecho, pidiendo la gracia de “amar” nuestra comunidad concreta, la única en que el Espíritu viene a nosotros: nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestro Pueblo.

Con la Trinidad parece difícil reflexionar sin caer en la abstracción. Nada más abstracto que un número. Y sin embargo, cuando hay mucha familiaridad, un número puede expresarlo todo, como cuando decimos “qué duo!”, refiriéndonos a dos que van de acuerdo.

“Trinidad” no es una palabra que se encuentre en el Evangelio. Es fruto de una meditación que ha hecho la Iglesia. Luego de mucho contemplar a las Personas divinas la Iglesia ha sacado provecho de esa contemplación y ha guardado el fruto en una palabra: Trinidad. Cifra que señala el misterio de Dios como Trino y uno y lo protege contra toda imagen falsa.

Solo que a veces la protección se vuelve hermetismo y cuando decimos “Trinidad” no se nos mueve ningún afecto. Por eso hay que hacer el camino de ida y vuelta y llenar nuestras reflexiones de contemplación gustosa y sentida. Le pedimos al Espíritu: “Enciende con tu luz nuestros sentidos!”

Una cosa es cierta: Predicar sobre el Dios Trino y Uno se vuelve sencillo cuando nos ponemos en actitud de pequeñez. Somos pequeñitos cuando nos arrodillamos ante la Palabra más grande que se nos ha regalado; somos pequeñitos cuando nos dejamos “bautizar” –sumergir- en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Decimos “Padre”, dejando que esta palabra tan querida resuene en nuestro interior. “Porque somos hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6).

Decimos “Padre de Jesús y Padre nuestro”, y dejamos que los afectos del Hijo corrijan y mejoren nuestra imagen paterna. Sólo Jesús puede amar al Padre incondicionalmente y el Padre sólo puede estar contento con su Hijo predilecto… y con nosotros, sus hijos pródigos-predilectos que de la mano con Jesús nos animamos a sentirnos hijos. “Gracias a Jesús tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino […] familiares De Dios” (Ef 2, 18-19).

Y ahora invocamos: “Espíritu del Padre y de Jesús”, y sentimos que ese amor que ellos se tienen es un Don espiritual, es amor gratuito. Y el amor ¡se puede comunicar! Lo puede sentir el hijo con menos capacidades igual que el hijo más dotado: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

De esta manera sencilla el misterio de la Trinidad nos guía en la oración: nos va llevando en un movimiento que es tan simple como el movimiento de nuestra mano cuando hacemos la señal de la Cruz y nos dejamos abrazar (bautizar) por el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Miramos a nuestra Señora

Otra manera evangélica de contemplar la Trinidad es fijarnos en qué pasajes del evangelio se mencionan las tres Personas juntas y detenernos a considerar a quién se le revelan.

El primer pasaje trinitario, en Lucas, por ejemplo, es la Anunciación. María es la primera que escucha hablar en lenguaje Trinitario. Se le anuncia que Dios mira con amor su pequeñez y que ha hallado gracia a los ojos del Padre. Se le anuncia que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Se le aclara que esto es obra del Espíritu Santo, que descenderá sobre ella y del Padre Altísimo, cuyo poder la cubrirá con su Sombra. Nuestra Señora es así “incorporada” (bautizada) a la vida trinitaria. Y en ella, todos nosotros, como Iglesia, como familia.

Junto con María nos animamos a sentir familiaridad con nuestro Dios Trino y Uno. Las gracias que brotan de aquí son todas gracias de familia.

Entrar en la vida trinitaria es como entrar en una familia que se ama y en la que todos se entienden y se conocen.

Una familia en la que nos podemos sentir Hijos predilectos, como Jesús, sobre quien: “Bajó el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy»” (Lc 3, 22).

Una familia en la que podemos expresar nuestros dolores más hondos y confiarnos en las manos de los otros: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi Espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46).

Una familia en la que estamos unidos con todos los hombres en espíritu y en verdad, más allá de las distancias y trabajos de cada uno: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 23).

Una familia en la que conocemos todo lo de los otros: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26).

Una familia donde no hay temores ni desconfianzas: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos” (Rm 8, 15).

Así queda claro, entonces, que cuando escuchamos “Trinidad” y no logramos imaginar nada, esto no debe descorazonarnos ni aburrirnos. Todo lo contrario: cuando uno escucha “Trinidad”, la ausencia de imagen concreta, propia de todo número, es una invitación a buscarla en la vida. La Iglesia nos regala un molde seguro en el que volcar todo nuestro cariño por cada una de las Personas divinas sabiendo que le llega a las otras por igual, y recibir las gracias de cada una sabiendo que proceden de las tres.

Miramos a Ignacio

En este año dedicado a la Conversión de Ignacio, nuestro padre nos enseña otra manera de contemplar a la Trinidad en la acción. Ignacio es moderno, en el sentido de que no busca “crecer” mentalmente para llegar a concebir lo que es la Trinidad, sino que le interesa “descubrirla en todas las cosas”, en su modo de estar, de trabajar y de donarse en cada situación y persona concreta.

Como Ignacio en la visión de la Storta, podemos contemplar al Padre que “nos pone con su Hijo Jesús” y a Jesús que “cargando con la Cruz, nos asegura que nos será propicio en Roma” (en nuestro lugar de misión). A ambos podemos pedirles que nos llenen con su Espíritu para consolar a nuestros hermanos y predicar la verdad del Evangelio.

Ahora bien, la gracia que el Espíritu le regala a Ignacio es la del discernimiento. Es un hecho que nuestro Padre “siempre” nos está “poniendo con Jesús”, siempre nos atrae hacia su Hijo. Es un hecho también que Jesús “nos es propicio” siempre. Su actitud básica es interceder por nosotros, estarnos cerca, acompañarnos, bendecir la misión a la que nos envía. El punto es que necesitamos al Espíritu para discernir en cada situación “dónde es que el Padre nos pone con su Hijo” y “cómo nos es propicio Jesús”.

Porque muchas veces, por falta de discernimiento, nos equivocamos de parábola, por decirlo así. El Padre nos está queriendo poner misericordiosamente con su hijo pródigo, como al hermano mayor, y nosotros no queremos entrar en la fiesta, atrincherados en una parábola de juicio final. O sucede que Jesús nos es propicio dejándose ayudar a cargar con la Cruz, como hizo el Cireneo, y nosotros le estamos pidiendo como los fariseos que se baje de la Cruz y se salve a sí mismo y a nosotros con él.

Discernimiento: que el Espíritu nos enseñe dónde se concreta nuestro estar con Jesús (en su compañía) y cómo se vuelve fecunda su bendición en cada momento de nuestra vida. Esto es concretar trinitariamente nuestra oración.

Al hacer nuestra contemplación sobre el misterio del Dios Trino y Uno debemos hacernos muy pequeñitos, como María. El esfuerzo no tenemos que ponerlo en “pensar a ese Dios siempre más grande que todo lo que podamos concebir, sino en empequeñecernos para recibirlo.

En la elección del Papa Francisco se dio un discernimiento comunitario (cosa que raramente sucede): él discernió que Jesús llamaba a nuestra puerta, pero no para entrar sino para salir! Y los cardenales lo eligieron para que condujera una Iglesia en salida. (Algunos se arrepintieron como el Pueblo de Dios en el desierto, que añoraba las cebollas de Egipto).

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes. Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan (Jn 20, 19-23).

Contemplación

¿Qué valor está en juego en el texto?

Subrayamos el “recibir”. El Espíritu Santo es Don y la actitud ante El es de receptividad. Una receptividad comunitaria, no individualista.

Miramos a los discípulos: un grupo en crisis.

Los discípulos están encerrados. Tienen miedo a los judíos. Sin embargo, reciben a Jesús y se llenan de alegría.

Podemos decir que su “no-receptividad” tiene un carácter especial: la dura realidad de la pasión y de la muerte del Señor los ha llevado a encerrarse en su dolor y en su miedo. Necesitan estar solos (no cada uno aislado, sino entre amigos, en familia). No quieren recibir visitas desagradables. Los anuncios de la resurrección son débiles. No terminan de cambiarles el ánimo. Están en una situación tal que sólo pueden y quieren recibir algo de Jesús, no de nadie más.

Es importante tener en cuenta esta situación porque El Señor elige precisamente ese momento para darles el Espíritu. A otros les ha salido al encuentro, individualmente, por el camino: a María Magdalena, a los de Emaús… Pero el Espíritu lo derrama sólo en la comunidad reunida: la comunidad que brota de haber vivido juntos y de haber padecido juntos.

No es un dato menor darnos cuenta que no se separaron. Bien podrían haberse formado dos o tres grupos: el de los “fidelísimos” -María, Juan, la Magdalena y algunas de las santas mujeres, que permanecieron al pie de la Cruz-; el de Pedro y los que lucharon por defender al Señor y trataron de acercarse, a pesar de sus miedos; el de los otros, que huyeron de entrada y no se jugaron…

De hecho, ya en esta reunión faltaba Tomás. Es decir: vemos a una comunidad en crisis, a punto de comenzar a disgregarse. Y sin embargo, todavía unidos: esperando que pase algo.

Algo que sólo puede hacer Jesús, en quien confiaron. Es este momento preciso el que Jesús elige para venir a ellos, para pacificarlos y darles el Espíritu.

¿Por qué -nos podemos preguntar-, esta espera que les hace sufrir el Señor?. Resucitó de madrugada, pero no los fue a ver. Esperó que María Magdalena fuera al sepulcro, que luego fueran Pedro y Juan…

¿Por qué se le apareció primero a la Magdalena y la envió con el anuncio “He visto al Señor y me ha dicho esto”? (En los otros evangelios la espera es más larga, porque los hace ir a Galilea!)

¿Por qué si ha resucitado no sale corriendo a buscarlos y reunirlos a todos sino que espera a que se haga tarde y recién va a su encuentro de nochecita?

Es verdad que en Juan la espera no es muy larga y Pentecostés acontece ese mismo domingo! Así como ya en la Cruz Juan ve la Gloria del Resucitado en los signos del agua y la sangre que brotan de su corazón traspasado.

Pero no deja de ser una espera.

Se me ocurren varias cosas, todas en torno a la actitud de “recibir”. Lo expresaría así: el Señor resucitado espera a ver quién lo va buscar al sepulcro. También está atento y busca a los que se alejan desilusionados y a Tomás que es bastante escéptico. Pero el Espíritu lo da a los que se juntan y se mantienen unidos –a pesar de haber tenido actitudes de distinta fidelidad- para esperarlo.

Quizás hay aquí una distinción que hace a la persona del Espíritu Santo.

Jesús entabla relaciones personales con cada uno, es más, pareciera que siempre su accionar está marcado por lo personal, por llamar a cada uno, por perdonar a este pecador y curar a este enfermo. Todo en el evangelio desemboca en situaciones personales: el diálogo con la samaritana, con Nicodemo… Las predicas y los milagros masivos encuentran luego su explicación en la pequeña comunidad. Jesús huye de las multitudes, desaparece apenas ha hecho un signo grande.

En cambio el Espíritu entabla relaciones con personas en comunidad. La unidad lo atrae; lo atrae irresistiblemente una Iglesa Sinodal. Es recibido comunitariamente, cuando dos o tres se reúnen en el Nombre de Jesús. Y produce inmediatamente frutos comunitarios: las conversiones de grandes grupos o de familias enteras, la misión que dispersa a los apóstoles y los dirige a todas partes del mundo.

Es como que para recibir al Espíritu hay que ser capaz de comunidad, de sinodalidad.

Es que el Espíritu es “Espíritu del Padre y del Hijo” y no se recibe si no hay por lo menos “dos o tres”, no se recibe si no hay comunidad que esté tratando de formarse o comunidad que desee misionar e incorporar a otros.

Así pues, la comunidad, la Iglesia, es algo decisivo a la hora de recibir el Espíritu.

El Espíritu es el que “termina”, el que completa la obra de Jesús:

Es el que redondea toda la verdad del Evangelio: “Todavía tengo muchas cosas que decirles pero ustedes no pueden comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, el los introducirá en toda la verdad”.

Es el que hace la unidad y expande la Iglesia.

Es el que en y a través de la Iglesia hace la Eucaristía y perdona los pecados, incorpora a los nuevos bautizados, une los matrimonios y hace perdurar el sacerdocio.

Nos quedamos reflexionando un rato sobre nuestras ganas de recibir este Espíritu común (del Padre y del Hijo y que nos hace ser Iglesia común, uno más en medio del pueblo de Dios, uno con todos –santos y pecadores-).

¿Estamos dispuestos a cuidar  (y a “aguantar”) la comunidad –como Iglesia universal, con toda su historia y estructura, con sus gracias y pecados y como Iglesia particular, con la gente concreta de la parroquia, del grupo, de la familia- para poder recibir así al Espíritu?

Pedimos la gracia a la Virgen, madre de la primera comunidad, que se mantuvo unida en torno a ella en Pentecostés, y madre de la Iglesia de todos los tiempos, que la siente como la “aguantadora cariñosa y esperanzada” de la unidad sinodal de todos sus hijos.

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Jesús dijo a sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20)

Contemplación

Miramos a Jesús que “se sentó a la diestra del Padre”.

La imagen no nos dice tanto como a los antiguos, para los que las ceremonias de coronación en las que finalmente el Rey se sentaba en su trono, eran el espectáculo mayor que se podía contemplar. Me imagino que el trono era un lugar preciso de sociedades estructuradas de modo jerárquico muy centralizado. Actualmente “el sillón” del poder no es visualizado de la misma manera. Cuentan más las personas en movimiento. Al Papa lo vemos “sentado” en silloncitos comunes en las visitas que hace a todos los pueblos.

Imaginarlo a Jesús “sentado a la diestra del Padre” es una imagen que tenemos que recuperar en todo su significado, porque es una imagen que nos puede hacer mucho bien.

Miramos primero al Padre

El Padre ha dejado de ser el “misterioso” ser a quien nadie puede ver. Ha dejado de ser ese Ser que intuímos que tiene que existir y sobre el cual proyectamos nuestros deseos y frustraciones. Ese Dios desconocido que los hombres adoran o detestan haciéndolo a imagen de sus miedos o de sus anhelos.

En Jesús, que nos lo ha revelado, el Padre es “el Padre mío y el Padre de ustedes”.

Es el Padre Agricultor, que sembró la vida y que trabaja podándola para que de fruto.

Es el Padre Misericordioso que reparte su herencia y aguarda pacientemente a que sus hijos maduren.

Es el Padre que nos envió a Jesús, su Hijo predilecto, porque confía que lo respetaremos y lo escucharemos.

Su diestra, como lugar de predilección, importa más que el trono o la acción de sentarse. Como dice el Salmo: Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre (Slm 16, 11).

La diestra del Padre es lugar donde la intimidad sagrada del Dios santo es toda cercanía, comunicación amorosa, alegría de estar juntos.

Dios es el Padre que nos regaló la vida y que nos regaló a Jesús. Y ahora lo recupera y le hace fiesta. La parábola del hijo pródigo expresa el sentimiento del Padre al ver subir al Cielo a Jesús: “Este hijo mío estaba muerto y revivió”.

Miramos a Jesús

Con esto pasamos a “fijar nuestros ojos” en Jesús, como dice la carta a los Hebreos. ¿Quién es este que se sienta a la derecha del Padre?Recordamos el evangelio del domingo de Ramos: es el mismo que se sentó sobre un burrito, para entrar en Jerusalem como rey humilde. Este Jesús que asciende y se sienta en el trono es el que “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo al descrédito y a la mala fama y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2).

Pero más importante es mirar bien quién es “para nosotros”. Porque, como decía Jesús, cuando rezaba al Padre para hacer algún milagro, lo hacía por nosotros. El y el Padre no tienen necesidad de “gestos” para expresarse su amor.

Todos estos gestos son para nosotros, para revelarnos y que nos demos cuenta a qué estamos invitados a participar.

Para que sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb). Para que confiemos plenamente, porque: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 33-35). Para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo” (Ef 1, 17-23). Para que “si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1).

Este Jesús que se sentó, también se pone de pie. Es la imagen que fortalece a Esteban, el primer mártir, quien: “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios»” (Hc 7, 55).

Miramos pues a Jesús, al lado del Padre, que está intercediendo por nosotros. Es un Jesús unido a los suyos, que salen a predicar por todas partes. Un Jesús que está cooperando con ellos y confirmando con signos la Palabra que anuncian. Un Jesús que ha derramado el Espíritu Santo y ha establecido una Alianza permanente –que hace que su amor vaya y venga- con nosotros. “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hc 2, 32-33). Nos quedamos un rato imaginando a Jesús y al Padre avocados a darnos su Espíritu, conectados enteramente con lo que nos pasa, deseando nuestro bien, incorporándonos a su vida y a su plan de salvación todo lo que pueden (todo lo que le dejamos).

Reflexión para sacar provecho

Cómo podemos sacar provecho de esta imagen de ”Jesús, sentado a la diestra del Padre, intercediendo y cooperando con nosotros”. Lo primero, como vemos, es buscar el sentido profundo de la imagen: llenar de evangelio las palabras que se nos quedan vacías, despejar falsas imágenes que se pegan a la verdadera…

Pero la segunda tarea, es “encontrar nuestro lugar”.

Si Jesús ha encontrado su lugar definitivo, su puesto desde donde ama más plenamente y a todos, ¿dónde me ubico yo para estar bajo la influencia de su amor?

Como siempre, nuestros hermanos los santos nos ayudan. En este caso me viene al corazón “el banquito de San Ignacio”. Rivadeneyra lo describía así: “Subíase a un terrado o azotea, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie quitado su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo, luego hincadas las rodillas hacía una humillación a Dios; después se asentaba en un banquito bajo, porque la flaqueza del cuerpo no le permitía hacer otra cosa: allí se estaba (con) la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.

Para sentir la cooperación y la intercesión de Jesús en nuestra vida cada uno tiene que “asentarse en su banquito bajo” y estarse allí un buen rato, rezando.

Nuestro lugar es el banquito de nuestra oración y el banquito de la Iglesia en el que participamos de la Eucaristía.

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Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:  Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y temeroso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsado) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: 

«Ahora deja, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,

porque ya vieron mis ojos tu salvación,

la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminación de las naciones paganas

y gloria de tu pueblo Israel.»

Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre: «Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como signo a quien se contradice, y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Charlando ayer por zoom con mis primos y hermanas salió en la conversación que los jóvenes de hoy no tienen mucho apuro por tener hijos y alguien dijo: “vamos a tener que adoptar nietos”. La frase me la guardé para meditar y hoy en la fiesta de la Sagrada Familia, al ver cómo los ancianos Simeón y Ana “adoptan” al Niño Jesús, siento que hay aquí una verdad rica para contemplar. 

El Evangelio nos dice que “el padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él” . Estos dos santos abuelos -Ana y Simeón, vigías de su pueblo, atentos a los signos del Espíritu-, sienten al Niño Jesús como su nieto y profetizan sobre él y sobre sus padres. Profetizan llenos de alegría, cubriéndolo de abrazos y besos, y hablando del Niño a todo el pueblo que acude al templo. 

Generacionalmente, las ganas de ser abuelos preceden a veces a las ganas de los jóvenes de ser papás. Hoy, en que las parejas tienen menos hijos y los padres esperan hasta después de los 30 para tenerlos, las ganas de los abuelos – de tener nietos- cobran una fuerza especial. Aunque por discreción no siempre lo digan, no pueden ocultar cuánto les encantaría tener un nieto; y cuando llega uno, muestrán a todos que les cambió la vida. La alegría existencial de ser abuelos es una de esa alegrías que brotan por todos los poros.  Cada vez que veo abuelos paseando o jugando con sus nietos me detengo a contemplarlos, porque veo allí amor puro y dicha perfecta. 

La reflexión que hago hoy va por el lado del deseo. Afirmo solo esto: que el deseo tener hijos es un deseo especial: incluyente, más grande que un deseo meramente individual. Es un deseo de dimensiones familiares y sociales: radicado en el corazón de los padres, ciertamente, pero allí donde su terreno comunica con el de los abuelos. Por eso es también -y con derecho- deseo de abuelos de tener nietos y bisnietos. Es un deseo que brota de lo más profundo de nuestro ser allí donde somos al mismo tiempo personas individuales familia pueblo y humanidad. 

Qizás es por eso que suenan tan artificialmente extraños los discursos que hablan de este  deseo y lo atribuyen de modo exclusivo a la persona gestante en su dimensión individual. (Hay quien afirma que no tiene sentido decir que somos individuos ya que más bien somos con-dividuos . El individuo aislado no es ni siquiera pensable que pueda existir). Es verdad que nadie más se puede “meter” a decidir por otro en esto de gestar. Pero respetando la decisión del que gesta, nada puede impedir que “otros” -abuelos, abuelas, hermanos, pueblo…, “deseen” que esa vida vaya adelante (por no hablar del mismo ser en gestación, que lo desea con cada latido). 

Estamos como digo ante un deseo muy particular: un deseo que sabe que coincide e incluye el de muchos otros. Al fin y al cabo, ser madre y padre expresado en términos de deseos es “desear lo que desea su hijo”: lo expresamos popularmente cuando decimos lo que deseo es que sea él mismo y que sea feliz. 

Por eso cuando se habla de hijos “no deseados” la expresión no es simple y debe asumir su propia tragicidad. Lo que no se quiere o no se puede asumir son las circunstancias -no deseado por mi, así concebido, en este momento, con estos problemas…- y por eso es que hay causales para el aborto, y se puede entenderlo y exculparlo, aunque no justificarlo. Cuando es concebido un hijo siempre hay alguien que lo desea, alguien que se quisiera hacer cargo.  

Me animo a decir que si nosotros, como personas nacidas, hubiéramos sido fruto sólo del deseo de una persona gestante, no solo que las probabilidades de haber nacido se hubieran visto muy reducidas, sino que nuestra identidad de seres humanos estaría mutilada. Me animaría a decir que estadísticamente, en la cadena generacional, cada uno de nosotros actualmente vivos podría encontrar algún ancestro cuyo nacimiento en algún momento “no fue deseado”.   

Yo no puedo no pensarme sino como deseado no sólo de mi madre y de mi padre sino de mis abuelos y bisabuelos. Deseado y aceptado tal como soy antes de que se delineara mi personalidad, como si todos hubieran intuido que sería un lindo nieto y un buen hijo. El hecho de que cuando apareció mi vida haya dependido durante algunas semanas exclusivamente de la libertad de la persona que me llevaba en su seno, no significa que el deseo que la afectaba directamente a ella haya sido un deseo reducido, como el deseo de sacarse un grano de la cara. La persona gestante identifica perfectamente que su deseo de proseguir o no un embarazo se enlaza intimamente con otros deseos, en primer lugar, con el deseo de vivir de su hijo, que lo manifiesta con los latidos de su corazón y con la fuerza con que se van organizando sus células. Identifica también perfectamente que su deseo de dar a luz a su hijo se unirá al deseo de sus padres y abuelos que la quieren a ella y lo querrán a él . Y también que si su deseo es no tenerlo tendrá que buscar ayuda: a otros que deseen asistirla y hacerse cargo del aborto. 

Trato de no hablar en términos morales,  de si esto está bien o está mal, sino en términos de un deseo qué es más que un deseo meramente individual. En filosofía se distingue entre deseo y necesidad. Aunque a menudo usemos la misma palabra, no es lo mismo “deseo comer” que “deseo tener un hijo”. Después de comer, cuando se sacia mi apetito, el asado que queda no me suscita los mismos deseos que cuando lo estaba preparando. La realidad es que no quiero el asado por sí mismo, sino saciar mi apetito: quiero el asado en cuanto es un bien para mí . Un hijo en cambio es un bien por sí mismo, y lo es en tal grado absoluto que es capaz de dilatar mi corazón, de hacerme desearlo y amarlo cada vez más. Por eso a una persona que desea abortar se le pide que espere a tenerlo para que compruebe si es verdad que no lo desea. Precisamente esto es lo que lleva a muchas a querer abortar lo antes posible ya que no quieren tener ese hijo y saben que si lo dejan crecer querrán que viva. 

Hay que profundizar más en estas reflexiones sobre el deseo pero en esta meditación pienso que estas consideraciones bastan para no hablar ligeramente de hijos deseados y no deseados. Existencialmente es imposible no desear un hijo en cuanto hijo. Por eso es que cuando el deseo de sacarse de encima un problema prevalece sobre ese bien deseable que es la vida de un hijo, ese deseo anulado vuelve bajo la forma del dolor, aunque se pueda perdonar la culpa. Por eso es que para poder legislar hay que realizar un proceso de negación de la realidad mediante reduccionismos. Hay que reducir los sujetos, hay que reducir la responsabilidad, hay que reducir un problema integralmente humano a una mera cuestión de salud pública.

Aunque reflexiones como esta no sirvan a un Congreso apurado (curiosamente solo en esta ley) creo que sí sirven a la hora de iniciar una siembra nueva de valores, entre los cuales este del deseo de los abuelos de tener nietos creo que es muy importante para un pueblo.

Hace poco me llego un videito muy tierno y el que lo mandaba decía “el mejor vídeo del año aunque no sé de qué producto hace propaganda ni me interesa”. Muestra a un viejo que se levanta una mañana y desempolva una pesa de más de 40 kg que tenía en el garaje. Al principio no la puede ni mover pero con los días la gimnasia va dando resultado. La motivación está en una foto que no vemos y que el viejo se pone en frente cada vez que inicia su ejercicio. Su empecinamiento comienza a preocupar a los vecinos. La vieja de al lado llama a la hija el día en que la pesa se le cae al abuelo, porque le da miedo de que se haga daño. El misterio se devela el día de Navidad. El viejo se afeita y se viste con su mejor traje y cuando ve bajar a su nieta mayor por la escalera comprendemos de quién era la foto. El regalo para la princesita -que al verlo se enciende en una hermosa sonrisa- es una linda estrella de Navidad, de esas que van en la punta del árbol. El abuelo alza a nieta como si fuera una pluma y ante la emoción de todos – reflejada en el cruce de miradas entre el padre y su hija- la nieta coloca la estrella en su lugar. https://twitter.com/borja_pardo/status/1340076934068396034?s=21

La publicidad es de una empresa de productos para la salud y la frase que ponen junto con la foto de la nieta es: “para que te puedas ocupar de lo que realmente importa en la vida”. Me llamó mucho la atención que una empresa que se dedica a cuestiones de salud fuera tan creativa y a la hora de vender sus productos apelará al deseo de los abuelos.  Son las paradojas de nuestra sociedad en que los que hacen publicidad muestran conocer mejor al hombre que los psicólogos y los legisladores.

Diego Fares

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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,

salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo reclinó en un pesebre,

porque no había lugar para ellos en la posada.

En esa región acampaban unos pastores,

que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.

De pronto, se les apareció el Ángel del Señor

y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, 

una gran alegría para todo el pueblo: 

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido 

envuelto en pañales 

y acostado en un pesebre.»

Y junto con el Ángel,  apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 

paz a los hombres amados por él!» 

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido recostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados  de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

Esperando la misa de la noche buena, mientras leo el Evangelio, me vienen ganas de hablar de San José y de los pastores. De San José la Virgen y los pastores, se entiende, Porque en el Evangelio cuando se habla de alguien siempre se incluye a los demás . 

En este tiempo de andar por los hospitales me ha tocado encontrar mucha gente como San José la Virgen y los pastores, gente sencilla, quiero decir, gente que en medio de su trabajo sabe levantar la mirada y aprovechar la magia de un encuentro lindo. Cosa que no suele suceder tan a menudo en los bancos o en el supermercado… 

Nada más decir esto y se me llenan los ojos de imágenes como lágrimas recordando tantos encuentros llenos de ternura y de humanidad en medio del gris de las salas de espera y del tono neutro del lenguaje hospitalario.Porque las salas de espera especialmente cuando hay mucha gente son grises. (Aunque no todas, porque debo decir que en el hospital Regina Elena las indicaciones de los recorridos tienen colores – fucsia verde azul- y las habitaciones el reparto de ortopedia, por ej. están pintadas cada una con un motivo. A mi me tocó “el jardín”, con pinturas de árboles y flores y dos pajaritos que a mi compañero Massimiliano y a mi nos representaban simpáticamente). En realidad, lo que es gris es el tono que tenemos los que estamos esperando, los pacientes. Pero apenas alguien toca una cuerda humana a alguno de los presentes se le enciende un color. 

Así pasó en la Noche buena, en qué con el blanco de unos pañalitos cuidadosamente extendidos en los que recostaron al Niño Jesús, San José y María llenaron de luz aquel  pesebre de Belén. No sé si sea la misma la palabra en griego y no tengo tiempo ahora de mirar pero el texto del Evangelio que uso así como dice que la Virgen envolvió en pañales a Jesús también dice que la gloria del Señor envolvió a los pastores con su luz. 

Y por aquí se me encamina la reflexión de hoy que quiere ser muy sencillita, pero con lindos colores, sobre la gente como San José la Virgen y los pastores – y  también Jesusito- que son gente que se deja envolver por los colores de Dios.

Los colores de Dios tienen sus particularidades. Algunos pintores como El Greco o Rupnik hacen ver cómo la luz de Dios, que es envolvente, ilumina brotando de adentro hacia afuera. En el mosaico del nacimiento que está en la capilla de nuestra casa San Pedro Canisio es muy notable cómo el dorado que brota del niñito Jesús traspasa la oscuridad de la cueva y se sobrepone a la luz de la estrella. 

Esto es lo que me conmueve de la gente sencilla: iluminan desde adentro hacia afuera aun cuando se dejan iluminar por otro. Es gente que ya tiene su lucecita encendida, pero no trasciende, sino cuándo se cruza con otro que también tiene la mirada encendida. 

Por eso la iluminación de los pastores no es una escena en la que los Ángeles ponen un reflector sobre la oscuridad de la campaña. El fueguito y la esperanza que alentaban el corazón de los pastores fue atraída como un imán por la luz que bajó del cielo, como pasa con los relámpagos que parece que vienen de arriba y sin embargo brotan de la tierra. Que tenían luz dentro de sus corazones se ve en cómo les brotó enseguida la fe, en cómo esa fe se les convirtió en ir corriendo a ver lo que les habían anunciado los Ángeles y esa fe se convirtió en fe anunciada, lo cual se ve por cómo contaban a todos – llenándolos de admiración – lo que habían visto y oído. Lucas dice que volvieron alabando y glorificando a Dios, que es como decir que volvieron pintándolo todo con la luz de Dios.

Me gusta esta imagen del imán: tu color y una luz que te brota de adentro, atraen el color y la luz que brotan de adentro del otro. 

Decía que los colores de Dios tienen sus particularidades : una es la de envolverlo todo -incluyen mansamente-, otra es la de brotar desde adentro, lo cual, cualitativamente, nos habla de autenticidad, y esta tercera, la del imán, que es la de atraerse las luces entre sí, contagiándose alegría y creando fraternidad.

Vuelvo a la relación entre los pañalitos blancos que envolvieron a Jesús y la luz de los Ángeles que envolvió a los humildes pastores. La hermandad entre Jesús y los pobres creo que no se debe a que cuando estamos en situación de pobreza o de enfermedad (que es una forma de pobreza) seamos mejores que cuando estamos en situación de riqueza o de salud. Esto es algo que descubrí en el cottolengo de Don Orione cuando hacía el mes de hospital. Me llamaba mucho la atención la alegría contagiosa qué reinaba en los pabellones en medio del dolor, de la enfermedad y las deformidades. Me di cuenta de que allí el mal se había externalizado y había dejado limpio el ámbito interior de los corazones llenos de inocencia de los cotolenguinos. No es que la enfermedad y la pobreza nos hagan más buenos por sí mismas, pero de alguna misteriosa manera le allanan el camino a la ternura y a la luz de Dios: cuando estamos pobres y enfermos nos dejamos envolver con más facilidad por la ternura, como el Niño Jesús, y por la luz de los Ángeles, como los pastores. Nos volvemos más atentos y abiertos a los gestos amables y a las buenas noticias, que nos pintan el rostro con los colores de Dios.

 …..

La sala de espera de Oncología Médica es amplia y fría. Alguien ha abierto una gran ventana por miedo al Covid y entra un chiflete de aire helado. Me siento en el único lugar libre debajo televisor y quedo mirando al resto de la gente – unas 20 personas esparcidas respetando el distanciamiento social-. Paola y Mima (después me dijeron que se llamaba así) conversan entre ellas de lo larga que se les hace la espera. Paola se acaricia una mano hinchada mientras cuenta que ha viajado 5 horas desde el sur, qué hace 3 horas que está esperando y no sabe si podrán permanecer, ya que tiene el tren de regreso en dos horas. En cierto momento dice qué hace una semana que no duerme y yo sin saber por qué me meto en la conversación y le pregunto por qué no duerme. Ella no me mira raro ni me dice y a usted qué le importa, sino que me incluye la conversación y dice que son los pensamientos…, que no puede hablar con nadie para no preocupar a la familia y que por eso no duerme. sin pensarlo me levanto y le doy un Rosario que siempre llevo y que ella recibe con un poco de embarazo pero enseguida comienza a acariciar el lugar de hacerlo con su mano mientras Mima le muestra el suyo que lleva siempre colgado al cuello ya que es el Rosario de la patrona de su pueblo. Le digo que es la medicina cuando uno no puede dormir y que no se preocupe que la llamaran pronto seguramente, ya que tienen en cuenta a los que vienen de lejos. Salgo un momento a tomar un café y cuando vuelvo veo que ninguna de las dos está, que ya las han llamado.

A la media hora sale Paola por otra puerta caminando apresurada. De golpe se detiene se da vuelta y me busca con la mirada: ya me llamaron me dice y le brillan los ojitos. Nos deseamos una feliz Navidad y parte a buscar su tren. Me deja a mí en una sala de espera que de repente se ha vuelto cálida y luminosa.  

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En el sexto mes,
el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

Y habiendo ingresado a ella la saludó, diciendo:

– « ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– «No temas, María, has hallado gracia a los ojos de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Angel le respondió:

– «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces:

– «Yo soy la servidora del Señor,

Hágase en mí según tu palabra

Y el Angel se alejó  (Lucas 1, 26-38).

Contemplación

La imagen de Rupnik nos muestra María recibiendo la Palabra de manos del Arcángel Gabriel.

El papiro es bien grande! No se trata solamente de una palabra profética particular, sino que es Jesús mismo, el Verbo del Padre, es la Palabra que se encarna en Nuestra Señora.

Ignacio al final de la contemplación de la Encarnación, en el coloquio amoroso que propone que tengamos con las tres divinas Personas o con el Verbo encarnado o con la Madre y Señora nuestra, nos anima a hablar “de lo que sentimos” contemplando esta escena de la Anunciación, y agrega: “para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” (EE 109).

Lo primero que nos detenemos a “sentir y gustar” es que la Encarnación de la Palabra -del Hijo Amado del Padre Creador- no es algo meramente puntual, sino algo que Jesús, desde el primer momento y “todos los días hasta el fin de la historia” quiere continuar realizando.

El Papa Francisco siempre recuerda que lo que el Espíritu Santo obra con su Gracia santificante en Nuestra Señora, la Virgen Madre, de manera personal, eso mismo lo realiza también en la Iglesia universal y en cada alma en particular. Se trata de una misma acción en distintos sujetos.

Esta es la gracia de la Navidad y al mismo tiempo el desafío: que la Palabra de Dios, Jesús, se encarne nuevamente en la Iglesia, en nuestra historia común y en la mía personal. En vos, en nosotros, en mí.

Encarnar la Palabra! Que no se quede en meras “palabras”, en ese mar de palabras con que tejemos – a menudo tan superficialmente- nuestra vida social,  sino que La Palabra, Jesucristo mismo, que se despliega en los cuatro Evangelios y en toda la Escritura, pase a nuestros gestos -que sean gestos al estilo de Jesús-, pase a la acción -se convierta cada palabra de Jesús en una Bienaventuranza y en una Obra de Misericordia, material y/o espiritual-, pase a la vida: se convierta en un carisma.

Y como se hace para encarnar la palabra en la vida? Esto es lo que hacen los santos cuando encarnan la palabra y crean una obra apostólica, una orden religiosa, un estilo de vida cristiano nuevo y particular en cada época. Ignacio, por ejemplo, encarnó la Palabra en los Ejercicios, en una estructura que, practicada con alguien que nos acompaña, siempre es fecunda y da fruto: el 30, el  60 o el ciento por uno.

En esto de Encarnar, Maria es la maestra. Contemplando lo que ella hace y dice y lo que le deja hacer al Señor nos orientamos en esta misión de encarnar la palabra una y otra vez siempre nuevamente.

Tres expresiones en las que podemos “sentir y gustar” cómo encarna María: “Estaba comprometida con”, “Ella quedó desconcertada y se preguntaba”, “María dijo: hágase en mi”. Tres actitudes de Nuestra Señora que puede hacernos bien contemplar.

1 Cuando el Angel entra en su vida María “estaba comprometida con José”. Los dos se habían dado una promesa, se habían dado la palabra de ser esposos y de formar familia. A mí esto me resuena como que para encarnarse la palabra de Dios necesita de una “pre-encarnación humana”, que nosotros le hayamos dado ya la palabra a otros, que seamos gente comprometida.

Siempre me hace sonreír recordar lo que un cura amigo le decía a los que expresaban el deseo de dar una mano en el Hogar y se lamentaban de no tener mucho tiempo libre. El decía que le encantaba la gente que estaba muy ocupada, porque era gente que valoraba el tiempo que podía dar y lo daba bien, en el sentido de concentrarse en la misión que se les confiaba y de saber integrarse dentro de un trabajo de equipo. En cambio los que tenía mucho tiempo libre muchas veces solían ser más complicados.

Por el grado de compromiso que asumió María -y también José- podemos deducir el tipo de compromiso que habían asumido entre ellos. Eran de esa gente que se compromete de corazón en lo que es bueno bello y verdadero, como formar una familia y ser parte de su pueblo.

Un detalle del compromiso de Maria lo podemos gustar en ese andar suyo en la cocina que le permite ver que falta el vino en Caná. Y como una cosa trae la otra, nos vienen como agua de manantial otras escenas: la escena de la obediencia a la ley civil que los lleva a cumplir con el censo, de las dos palomitas que ofrecen en el templo cuando van a ponerle el nombre a Jesús, su capacidad de reaccionar instintivamente ante la amenaza de Herodes y de ir a refugiarse a Egipto, los tres días de agotadora búsqueda hasta encontrar a Jesús en el templo… En cada detalle de su vida María y Jose muestran que son gente comprometida.

Esto de elegir por madre a una mujer ya humanamente comprometida es algo que Jesús repetirá a la hora de llamar a los apóstoles para formar su iglesia: son pescadores, llamados en medio de su trabajo; son gente como Mateo, el recaudador de impuestos, comprometido con la plata, a quien Jesús llama mientras está sentado a la mesa de recaudación; son gente como Natanael, comprometido con su sueño, ese en el cual Jesús lo vio soñando debajo de la higuera; son gente como Saulo, comprometido con la persecución de los cristianos (imaginemos entre qué grupo de gente estaría hoy, entre que fundamentalistas de causas religiosas o sociales); son gente como los padres que le piden que cure a sus hijitos, como los pecadores que se le acercan para pedirle perdón, como la gente sencilla que se compromete con la escucha y sigue su palabra hasta lugares desiertos sin pensar en la hora, son gente como los enfermos que le piden curación.

          Es bueno aquí agradecer por mis compromisos humanos, con mi familia mi pueblo mi profesión mi fe, ya que son requisitos pre-encarnatorios de la Palabra. Si en alguna parte me va a salir al encuentro Jesús seguramente será en el ámbito de alguno de mis compromisos más humanos.

2. Ella quedó desconcertada, nos dice Lucas. María es capaz de dejarse desconcertar por la Palabra de Dios y de reaccionar haciéndose preguntas y eligiendo una para hacerle al ángel. Las palabras del Evangelio son todas en sí misma fecundas, pero interactúan con las personas, con los tiempos situaciones y lugares. Esto hace que otro requisito para que se encarne la palabra precisa -y las otras queden como de reserva para otro momento- es el discernimiento. Y el discernimiento requiere esta capacidad de “dejarse sacar de los propios esquemas” y esta capacidad de preguntarse y de preguntar.

En el evangelio es muy notable la contraposición entre gente sencilla que se deja desconcertar por el paso de Jesús y es capaz de gritar en medio de la multitud, como el ciego Bartimeo, o de arriesgarse a tocarle el manto por detrás como la hemorroisa, y gente como los escribas y fariseos que nunca se salen de su esquema, que nunca interactúan realmente con Jesús, gente presa de su ideología.

En Maria vemos que es el Angel el que tiene que decirle que no tema, que nada es imposible para Dios, luego de que ella desconcertada se ha animado a preguntarle “cómo será posible esto si yo no convivo con ningún hombre”.

Podríamos decir que la regla es que cuanto más clara es la palabra que se nos dice más desconcertante nos tiene que resultar. Si no nos desconcierta, es que no escuchamos bien, porque estamos presos de nuestro prejuicio y de nuestra pre-comprensión ideológica de las cosas. ¿No nos llama la atención que ante un mensaje tan detallado y claro como el del Ángel, María responda dejando que se expanda por un momento en ella el desconcierto y que surjan preguntas…? Bastaría comparar su reacción con la de Zacarías que en vez de dar lugar humildemente al desconcierto le pide pruebas al ángel, en vez de reconocer que no entiende cómo será posible el anuncio, reacciona como si hubiera entendido perfectamente y pidiera más pruebas. Esto es lo que lo enoja el ángel que lo deja mudo. Esta mudez es como decir que no se relacionó bien con sus propias palabras, que no eligió la pregunta correcta como María.

Dejarnos desconcertar para dar lugar a ese proceso en el que surgen preguntas y elegimos la que está esperando el Señor es un segundo pre-requisito para que la palabra se encarne. El Señor necesita que nos relacionemos bien con lo que nos pasa interiormente, con el mundo de palabras ya armado en el que vivimos y que su Palabra, al entrar desconcierta. La palabra del Señor desarmoniza nuestros paradigmas más sinceros y nuestras ideologías más retorcidas y lo hace a nivel filosófico diríamos, antes que a nivel  moral. Es solo aparente la ingenuidad de María al decir que no convive con ningún hombre. Y al elegir preguntar por el “como”, muestra su profundidad espiritual única: En un momento María es capaz de expresar que Dios la sacado totalmente de sus esquemas y de volcarse sin peros a lo nuevo que Dios le quiera  proponer.

Es increíble el discernimiento que hace María en un instante: discierne que Dios la ha desconcertado y que por tanto lo que le propone debe ser algo totalmente nuevo. Por eso pregunta por él como. Esto me hace acordar siempre a una lección que me dio un gran amigo una vez que me pidió algo y yo le dije que siendo sincero, “no sabía si iba a poder hacerlo”. El me retruco con algo de enojo diciéndome: no Diego, entre amigos primero es “sí” y después “vemos cómo hacemos”.

Esta es la reacción correcta de un desconcierto que no es auto-referencial, sino que mira al otro, pre-requisito para algo así como una Encarnación, para una fecundación que viene de afuera y que no parte del propio yo.

3 María dijo: hágase en mí según tu palabra. Así como aceptar el propio desconcierto es aceptar que se nos remueva la tierra para que pueda sembrarse una semilla, decir hágase es ponerse a disposición de un proceso en el que uno es más bien pasivo o colaborador secundario, diríamos así, del protagonista principal. La palabra se tiene que ir haciendo carne en nuestra vida: esto requiere tiempo en el que el protagonismo lo tiene Dios.           

Si nos surge la objeción de que es difícil decirle a Dios “hágase en mi según tu Palabra”, podemos reflexionar que el mundo del consumo en el que vivimos ya nos tiene entrenados a este “hágase”. Es la palabra mágica que decimos a las máquinas cada vez que damos clic a actualizar el celular o al abrir una app. Nos confiamos plenamente: decimos hágase en mi celular como dice Apple o Samsung. No debería resultarnos tan difícil decirle “hágase” a nuestro Creador y Señor, que nos quiere tanto. No debería ser difícil decirle “hágase” a ese programa siempre renovado que es el de la Misericordia incondicionada del Padre, que no se cansa de perdonar y de Jesús que no se cansa de reparar. No debería ser difícil “dejarle hacer”” a un Dios que nos recrea desde cero y nos da un corazón nuevo en vez de poner parches que no duran. No debería ser difícil decirle “hágase” a un Espíritu que se actualiza cada día en vez de estar petrificados en tradiciones humanas que fueron novedad en un tiempo y necesitan renovarse. En esta Navidad le pedimos a María Nuestra Señora del “hágase” que nos enseñe a hacer todo lo que Jesús nos diga, Para que así la Palabra se encarne nuevamente cada vez en nuestra vida.

Diego Fares sj

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Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

– «¿Quién eres tú?»

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

– «Yo no soy el Mesías.»

– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:

– «¿Eres Elías?»

– Juan dijo: «No.»

– «¿Eres el Profeta?»

– «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron:

– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo:

– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn  1, 6-8. 19-28).

Contemplación

1 Pensaba que si la revelación fuese totalmente traducible en categorías culturales -en filosofía, en leyes…- no hubiese sido necesario que el Señor se encarnara y viniera a dar su vida -no solo a enseñarnos la verdad, sino a dar su vida- por nosotros. Hay cosas que ni el mismo Señor, el Maestro por excelencia, puede explicar de manera convincente, y por eso da testimonio del Amor del Padre y deja al Espíritu Santo la tarea de enseñarnos toda la verdad. Eso sí: el Espíritu trabaja con nuestra libertad. No se impone a nadie que no lo quiera recibir. El Espíritu Santo encuentra la manera de hacernos dar testimonio de modo tal que nuestros enemigos se queden sin argumentos, pero eso no impide que a veces dar  testimonio cueste la vida.

2 Hay épocas y culturas que aceptan que los valores del Evangelio se encarnen en su vida social y otras que no. Un ejemplo: los mismos jesuitas que se ganaron el cariño y la colaboración de los guaraníes y crearon toda una cultura en las misiones jesuíticas, no lograron penetrar de igual manera en la cultura japonesa.

3 En nuestra patria estamos viviendo un momento en que gran parte de la sociedad y la cultura se quieren independizar de los valores cristianos que fundaron nuestra nación. Esto pone en crisis muchas instituciones creadas conjuntamente: desde la escuela católica a la Constitución nacional.

4 A mi parecer, es importante discernir rápidamente la profundidad que está en la raíz de este cambio de humor cultural y social para que la evangelización no quede pegada y entrampada en discusiones que, por defender una plasmación de un valor en una estructura  (una ley), pierdan el corazón de mucha gente, especialmente los jóvenes.

5 Un criterio que da el Señor es que, cuando en un pueblo no nos reciben, tenemos que sacudir hasta el polvo de los pies e ir a predicar a otro pueblo. Podríamos parafrasear este criterio diciendo que, cuando en la discusión de una ley uno argumenta desde el derecho natural y otro no lo acepta, sino que se limita al derecho positivo, en cierto momento el diálogo se vuelve un diálogo de sordos y hay que dar testimonio de la verdad en paz, sin agredir, e “ir a predicar a otro nivel”.

6 Un buen ejemplo lo da el papa Francisco con algunas formulaciones que usa para defender la vida haciendo pensar: por ejemplo cuando dice que “no va esto de eliminar una vida para resolver un problema”; o cuando dice que “no se puede contratar un sicario para resolver un problema”.

7 “Sacudir el polvo de los pies” e ir a “predicar a otro pueblo” son imágenes que invitan a la creatividad y a encontrar un modo de sembrar verdades que darán fruto a su tiempo y que no se pueden imponer discutiendolas en el presente.

8 Los pensadores cristianos “ bautizaron“ las culturas griega y romana utilizándolas como canal de expresión de la revelación, con tanto entusiasmo que muchas cosas en si mismas relativas quedaron identificadas con nuestra fe. Sin embargo estas culturas contenían algunas semillas que siguieron otros caminos del camino cristiano y que desembocaron en la actual cultura occidental, con nuestra crisis del paradigma tecnocrático (Heidegger).

9 Encima y para complicar más la cosa, algunos valores originalmente cristianos como el valor absoluto de la libertad personal, se han independizado de su referencia a la libertad de un Dios también personal y en nombre de esta libertad se pasa por encima del bien común, cosa impensable dentro de cualquier  cultura pagana.

10 Al punto al que quiero llegar es a la actitud de Juan el Bautista en el evangelio de hoy. Juan niega rotundamente muchas cosas de sí mismo y afirma positivamente un solo absoluto: Jesucristo, el Señor, a quien él no es digno de desatarle ni siquiera la correa de sus sandalias. Esto que Juan afirma aquí de manera absoluta también lo afirma en otra parte como un proceso en el que “él tiene que ir disminuyendo para que Jesucristo crezca”.

11 Esta dinámica es propia del cristiano, y lo es tanto cuando la cultura se muestra favorable a nuestros valores como cuando los rechaza. Nuestra actitud siempre va por el lado de disminuir -incluso en cosas legítimamente ganadas- para que Cristo crezca. También deben disminuir nuestras obras realizadas en colaboración con una cultura. Siempre debemos volver a recordar que estas obras no son “la luz”, sino que dan testimonio de la Luz con mayúscula, que es Jesucristo. Aun cuidando y defendiendo nuestras mejores obras siempre debemos estar atentos a dar testimonio de que no son “la obra mesiánica” ni “la obra profética”, ni “la obra síntesis” que logró el bautismo de una cultura. Esta actitud mesiánica es la que causa rechazo cuando se identifica la fe con una cultura de manera tal que se imponen las dos cosas como si fueran una a otros pueblos.

12 Una y otra vez la actitud del cristiano que entra en diálogo con una cultura -incluso con la propia- y con otra persona, es comenzar humildemente, negando ser un mesías, un profeta o uno que tiene toda la verdad, para afirmar que solo Jesucristo es el Salvador.

13 Esto suele ser más fácil de ver hoy cuando uno va a una cultura totalmente pagana. El misionero trata de irse inculturando poco a poco y con humildad va buscando los valores más altos de esa cultura en los que ya hay semillas de la Encarnación y la crítica a valores anti-cristianos se realiza con mucha prudencia. Es más difícil cuando uno es parte de una cultura cristiana que se ha paganizado. Porque uno siente como que tiene que defender más que volver a sembrar.

14 En la discusión que estamos sosteniendo acerca del tema del aborto, frente a un proyecto que reivindica el valor de la libertad de la mujer para decidir, por más que la exagere y absolutice mal, no podemos quedar del lado de los que defienden un “status quo” que pasa por encima de esa libertad. Uno puede promover todo lo que ayude a que una mujer elija bien, pero no puede imponerle por la fuerza- y menos con la amenaza de la cárcel- que tenga un hijo contra su voluntad.

15 Y esto no es una desgracia, sino un lugar de gracia. Aquí es donde nos encontramos en uno de los puntos cruciales del drama de la existencia humana donde se ve el límite de toda ley y por qué fue que nuestro mismo Dios no pudo solucionar las cosas “técnicamente”, con un decreto, y quiso encarnarse para poder dar testimonio del amor del Padre entregando su vida en una cruz.

16 Nadie mejor que nosotros los cristianos deberíamos saber que no puede haber una ley totalmente justa para los casos en los que una mujer decide abortar. La ley termina o penalizando o permitiendo todo. No tiene la infinidad de recursos que solo el amor y la ternura pueden dar para acompañar un proceso de esta índole. Ante un hijo que no es fruto del amor de los que lo engendran, solo el amor de toda una familia, de todo un pueblo, de todas las estructuras sociales y del mismo Dios hecho hombre, pueden ayudar (hasta cierto punto) a que una madre elija libremente no deshacerse de ese hijo.

17 Si decide no hacerse cargo, ningún otro ser humano la puede culpabilizar, pero esto no significa que se la pueda o tenga que justificar, lo cual supondría tratar algo que en sí mismo no es bueno como si fuera bueno. Justificar es como invitar a repetir.

18 En definitiva, lo que alcanzo a expresar aquí es que como cristianos en este punto nos encontramos de hecho ante el límite de que no hemos podido hacer nosotros, entera, una ley concreta más justa que la que pueden hacer los que siguen el derecho positivo.

19  Creo que nuestra actitud tiene que ir por el lado de proponer y defender las mejoras que se puedan hacer a las leyes positivas que logran hacer los legisladores que tenemos (con sus límites tan evidentes de formación).

20 y debemos hacerlo con una actitud de humildad (no somos la luz) y de grandeza, en la que nuestro testimonio del amor incondicional de Jesucristo se haga palpable en nuestro  servicio al prójimo, especialmente a los más frágiles y vulnerables, y en un respeto a todos que haga experimentar que hace falta algo más que leyes para convivir como hermanos en el mundo actual. Hace falta Jesús.        

Diego Fares sj

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Principio del Evangelio de Jesús

Cristo, Hijo de Dios.

Juan el Bautista se presentó en el desierto…

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados

como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:

preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

 Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’

                                                                   (Mc 1, 1-8).

Contemplación

Llevar la gente a Jesús. Juan Bautista es el icono de esta tarea apostólica. Para realizarla plenamente tiene claro que, por una parte, debe predicar la palabra de Dios y, por otra, debe disminuir para que Jesus crezca.

Esto es una gracia propia de los ejercicios espirituales de San Ignacio. Ignacio logra poner el alma en contacto con Jesús y cuando discierne que esta relación está establecida, desaparece, digamos así. A esto se deben sus recomendaciones de que “los puntos sean cortos” para que la persona le saque jugo al Evangelio por sí misma y no tanto por lo que dice el predicador; y también la indicación de dejar el alma sola con Dios cuando está consolada.

Acercar la gente a Jesús requiere de nuestra parte, como cristianos, una cierta plasticidad. Dentro de una cultura cristiana la manera de acercar a la gente a Jesús es acercarla a los sacramentos, a las ceremonias de  la Iglesia, al estudio de la doctrina… Pero cuando la cultura se ha descristianizado estas cosas, que en sí mismas son una gracia, pueden convertirse en un obstáculo. Aquí es donde entra la otra manera de acercar la gente a Jesús que es la de dar testimonio con obras de misericordia y caridad. Un testimonio mas bien callado, que trata de no discutir sobre cosas teóricas ya que están discutidas dentro de la misma sociedad cristiana. 

Pero, qué significa acercar a la gente a Jesús? Cómo se hace?

Me viene la frase de que es un Jesús al que “amamos sin haberlo visto”, como dice Pedro.

Amarlo sin haberlo visto es amarlo viéndolo en las personas con las que tratamos. Significa tratar de tal manera a las personas que sientan que vemos algo más en ellas de lo que se ve habitualmente. Hacerles sentir que las vemos con una mirada de fe. Una fe que mira su corazón, ese lugar misterioso en el que Dios habita en cada persona y que la mueve a hacer el bien.

La frase que me viene es la de Isabel cuando recibe la visita de la Virgen: “Quién soy yo para que la madre de mi Señor me venga visitar?”.

….

En estos días que pasé en el reparto de ortopedia  del hospital Regina Elena, me fui aprendiendo los nombres de todos los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza que pasaban por nuestros pieza. A los médicos no los vi a todos, porque son de los que hablan poco y trabajan mucho. Pero el equipo de enfermería, que son 12, si los conocí todos por su nombre. Les encantó también que nos sacáramos una selfie al final del internación, aunque fuera con la mitad del equipo. El suyo es un trabajo duro y anónimo, en el que ven pasar a los pacientes ejerciendo durante algunos días una tarea de compasión muy fuerte y delicada y después pasan al olvido.

Les encantó también que les dijera que mucha de la gente que reza por mi salud ha estado rezando por las personas que me cuidan. Es decir, nuestra oración cristiana es encarnada. Vemos la acción de Dios a través de las manos de la gente, de los médicos, de las enfermeras…, no se trata de un Dios que actúe solo desde arriba, sino más bien, preferiblemente, desde abajo, encarnado en personas y estructuras concretas.

Las historias con la gente del hospital fueron muchas pero hay una que me conmovió particularmente y que responde a lo que salió al comienzo de la contemplación: esto de amar a Jesús sin haberlo visto. Se puede Amar a alguien a quien uno no conoce, no ha visto nunca ni volverá a ver?

El camillero que me llevo a la sala de operación se llama a Domenico. Un napolitano que todo el camino me habló de que estaba leyendo la biblia y que no entendía bien cómo es que se pasaba del Génesis al libro siguiente.

No alcancé a hacer una explicación de los géneros literarios que ya habíamos llegado a destino. Y él, con orgullo, le dijo al compañero que estaba del otro lado de la ventana por la que nos hacen pasar sin tocar el piso, que era un napolitano trayendo un paciente que se llamaba Diego. El otro como era hincha de la Roma no le dio mucha bola.

Esta vez no fue como que la anterior, que entré directo al quirófano con el robot, sino que me metieron en un box donde tuve que esperar media hora. Gracias a Dios estaba Ana López, la enfermera que me había recibido hace un mes, que me reconoció y estuvo cariñosa como siempre.

En eso trajeron a otra paciente, de la que solo vi la cabeza pelada y la pusieron en el box de al lado.

Me conmovió una frase dicha bajito, muy bajito: “que frío”.

Y me animé a hablar: “Quién está del otro lado? Cómo te llamas?” No le entendí el nombre y le pregunté de nuevo. Me dijo que se llamaba Eugenia y que era Rumana, que por eso no hablaba bien el italiano. Le dije que yo era Argentino y que tampoco hablaba bien, así que no había problema. Llame a Ana para que le diera una frazada para taparla un poco y en esos 20 minutos tuvimos una linda conversación. Recuerdo que intempestivamente apareció mi anestesista, que era el mismo de la otra vez, me empezó hablar, me puso la vía y me empezó a llevar y solo alcancé a gritar un saludo cuando ya iba alejándome por el pasillo: “Ciao Eugenia Dio ti Benedica”. Saludo al que ella respondió con un: “Ciao padre Diego, anche a te ti benedica”.

Cuando me desperté de la anestesia, ella también estaba al lado, pero se la llevaron rápido y ya no nos vimos más. Eugenia tiene 48 años, está separada, tiene un hijo en Rumania, vino para un bautismo hacía nueve meses y quedó bloqueada por el coronavirus. Le descubrieron un cáncer, comenzó un tratamiento y ese día lo operaron de un tumor en el seno. Estaba muy sola en Italia y me dio mucha ternura poder compartir ese ratito con ella, en el que en el frío de la espera nos dimos animo y nos bendijimos mutuamente.

Digo esto es para decir que Eugenia fue la persona que menos vi -apenas una cabecita en la camilla que pasaba- y que me quedo más marcada.

Y con lágrimas se me impone una frase: claro que se puede amar sin ver! Más aún: solo vemos a los que amamos.

Y espero que cuando vea a Jesús, a quien “amo sin haberlo visto”, veré también a Eugenia, sin el biombo que separaba nuestros box y que solo dejaba pasar nuestra voz, en ese media lengua en la que nos comunicamos, y me dirá: “Soy yo, Eugenia, con la que charlaste en el hospital. Te acuerdas que nos dimos una bendición?”

Diego Fares sj

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