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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentan a un sordo y tartamudo y le ruegan que ponga sobre él su mano. 

Jesús tomándolo  se lo llevó aparte, lejos de la multitud, le metió sus dedos en las orejas y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente). Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Todo lo ha hecho bien! Ese es Jesús: El que hace todo bien, el único que hace bien el bien, en las pequeñas y en las grandes cosas.

Hace unos días, leyendo el evangelio de la primera pesca milagrosa, que conmocionó tanto a los primeros discípulos que lo dejaron todo y se fueron en seguimiento de uno que les había cumplido el sueño más fantástico de un humilde pescador: les había llenado sobreabundantísimamente las dos barcas de peces, “me cayo una ficha” al ver a Jesús allí, metido entre los pescados, juntándose con los trabajadores de la pesca. 

Así como es lindo siempre pensar en María entre las cosas de la cocina de Caná, así admira y consuela ver a Jesús en las cosas de los trabajadores del lago. Jesús entre los pescadores! Cuando esta imagen se unió con la proclamación del Pueblo de Dios, infalible en su modo de creer, que exclama a coro: “Jesús hace todo bien, véanlo curando al sordo mudo, véanlo allí entre los pescados, véanlo multiplicando el pan”, no hay que confundirse, no estamos frente a un aplauso, sino ante una proclamación. No es como cuando se dice: “Un aplauso para el milagro”, sino que la gente da testimonio de que lo sucedido con el sordo mudo es algo único y proclama a Jesús como “el que hace todo bien”. Se trata de un discernimiento del Pueblo de Dios que concluye con un juicio sobre Jesús. 

Pensaba que el Señor no solo hacía milagros puntuales, sino que su mismo hacer cada cosa tenía siempre algo milagroso. ¡El milagro es Él entre nosotros! El milagro es Él, en todo momento, en cualquier situación. Y el tipo de milagros cotidianos que hacía, con su bendición y en su Nombre, los podemos hacer nosotros. También podemos hacer nosotros todo bien si iniciamos las cosas en Nombre de Jesús, si en el medio permitimos que él meta mano (es decir, si discernimos dentro de lo bueno “de sentido común” lo bueno-mejor y concreto que le agrada al Padre) y al final le pedimos que bendiga el bien que hicimos y lo recapitule, puliendo todo mal.

Dentro de un bien que se hace, siempre hay grados, intensidades distintas, y el grado mayor de bien es la persona misma de Jesús: Él nos hace bien con su existencia misma y nos lo hace en nuestro mismo ser, no solo en alguna parte o dándonos alguna cosa buena. Jesús es la perfección perfectiva, perfección que nos atrae como un fin porque Él es el fin de toda la creación. Entonces, que este Fin ande metido entre pescadores y cocinas, en medio del Pueblo de Dios, es el bien más grande: ¡que él esté! Que sea Dios con nosotros.

Decir que Jesús es “perfección perfectiva” es decir que no solo es bueno, perfecto y misericordioso él, sino que además lo comunica con su presencia -haciendo más bueno al que se le acerca con fe, como el sordo mudo- y comunicando la gracia de poder hacer el bien a los demás, con el protocolo preciso de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia de Mateo 25. Todo lo que es o tiene “perfección perfectiva” atrae a la manera de un fin. Atrae porque es una fuente de bien, no solo un bien particular. 

Todas las cosas han sido hechas en Jesús nos dice la Carta a los Gálatas, y el asunto lindo es ver como el Creador se mete en la vida diaria de sus criaturas y nos hace sentir el gusto de que haya una Persona así como Jesús que hace que cuaje en su centro toda la creación, que pivotea de manera tal que unifica todos los hechos históricos y se mueve con libertad. Tenerlo a Él como alguien muy especial dejarlo que se meta en nuestra vida cotidiana, es la gracia más linda que hay.

Concretando: la gracia a pedir al que, según nuestro Pueblo, lo hace todo bien, es que esté, que se mueva y camine con nosotros. No es “yo sentado y una imagen de Jesús enfrente y yo pidiéndole una lista de cosas”. Soy yo saliendo a los demás, a lo que venga, en su Nombre, pidiéndole que camine a mi lado como hizo en Emaús, que me vaya dando su Espíritu que me explica las Escrituras y me interpreta los signos de los tiempos, y que vaya bendiciendo a los que sirvo. Todo esto luego puesto en clave de “nosotros”: misionando dos en dos, rezando alabanzas e intercediendo en comunidad, participando en todo como un pueblo sacerdotal, que mete a Dios en la vida diaria del mundo. 

    Todas estas reflexiones, que espero no sean demasiado sino lo justamente filosóficas para comunicar algo muy preciso como es esto de “perfeccionar con la propia Persona a la otra persona” y no solo de hacer cosas buenas, las reflexiones, digo, vienen al caso por “el modo” de Jesús, como dice Fones: “Su modo de proceder, su modo de hacer al otro más humano”. Leamos de nuevo atentamente, el grado y la intensidad corpórea con Jesús se mete entero en este milagro de curar al sordo tartamudo:

Jesús tomándolo se lo llevó aparte,

lejos de la multitud, 

le metió sus dedos en las orejas 

y con su saliva tocó su lengua 

(teniéndola firmemente). 

Después, levantando los ojos al cielo, 

suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. 

Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”.

Si el pobre hombre este hubiera tenido Covid, su saliva hubiera contagiado al Señor al instante. Digo para dar una imagen: el Señor se hace humano al punto de contagio. Se contagió de nuestros pecados, me animaría a decir, de sus síntomas y consecuencias, sin haber cometido ninguno. 

Abrite, entonces, hermano, amiga, abrite -Effetá-. No te quedes tartamudeando razones mediáticas que ponen distancia entre tu existencia tal como es ahora y este Jesús que te puede llevar un poquito aparte, consigo, y hacerte escuchar su voz y permitir que “hables (con Él) normalmente”. 

No te podés permitir que te alejen de la Persona que es fuente de bien por razones que no tocan a lo esencial de esa Persona. Mi madre (que hoy cumpliría 95 años) me contaba cómo ella había llegado a amar a Jesús en la Iglesia sin enredarse en las contradicciones y pecados y cosas que a veces no entendía de la Iglesia. Que esas cosas no le hacían perder la fe. Discernía bien entre la Persona y las cosas. Esa es una gracia que Hurtado, por ejemplo, le agradecía a San Ignacio y a la Compañía, que le habían enseñado a no confundir el fin con los medios. El Fin es la Persona de Jesús, los medios son la manera como lo testimoniamos los que los seguimos.

Abrite! Cuando las personas se abren bien, cuando abren el corazón, surge el lenguaje, el hablar correctamente, que es lo que está en crisis hoy. Somos sordo-tartamudos mediáticos” Hablamos de cosas y nos hemos perdido a las personas. 

Cómo puede ser que siendo argentinos nos perdamos “la persona” de Francisco! A mi me dan celos de que otros pueblos lo quieran más. Recuerdo siempre con mucho gusto lo que le escribía un jesuita norteamericano con motivo del viaje del Papa a los EE:UU. Le decía que, así como había algunas voces críticas, él y una gran mayoría de norteamericanos, se despertaban por la mañana “dando gracias de que una persona como él exista”.

Diego Fares sj

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Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron: – ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’ Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo: – ‘¿Esto los escandaliza? ¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha. Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida. Pero hay algunos de entre ustedes que no creen. Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le había de entregar. Y decía: – ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí  a no ser que le sea concedido por mi Padre. Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía. Dijo pues Jesús a los Doce: – ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’ Le respondió Simón Pedro: – ‘Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.’ (Juan 6, 60-69)

Contemplación

Duro es este lenguaje… Al escuchar el discurso del pan de vida muchos de los discípulos  comenzaron a murmurar. Me preguntaba: ¿Qué es propiamente lo duro, lo difícil de escuchar y aceptar de este lenguaje “espiritual”? ¿Por qué resultan duras palabras que, como dice Jesús y reafirma Simón Pedro, son “Espíritu y vida”? No se en aquel contexto qué les habrá parecido duro a los contemporáneos de Jesús, pero mirando nuestra sociedad actual, pienso que seguramente hay gente que no tolera un lenguaje como el de Jesús porque por su propio peso y coherencia no permite que se lo use para murmurar. Y si hay algo que una gran mayoría reivindica hoy es el poder decir cada uno lo que quiera y donde se le de la gana. 

El Señor, en cambio, cuando habla, siempre es para abrir un ámbito en el que se de la posibilidad al otro de entrar con Él en una comunión profunda de fe, de vida, de apertura a la verdad y de deseo de practicar esas obras de misericordia que nos hacen  iguales a nuestro Padre del cielo. El lenguaje de Jesús invita en cada frase, en cada palabra, en cada pequeño signo de puntuación como una coma, a hospedar, a ser hospedado y a crear comunidad.

Por eso es que no se puede torcer la intención de fondo con que construye su lenguaje Jesús de modo que derive en banalidades y mucho menos en chismes, murmuraciones o mentiras. 

Cuando decimos “lenguaje” yo lo uso en sentido filosfófico. El lenguaje no son solamente las palabras y la lengua que hablamos (estas constituyen su aspecto material), ni son solo los razonamientos y el discurso que hacemos (este es el aspecto formal), sino que el lenguaje es, en sentido profundo, un acontecimiento en el que las personas se comunican: cuando hablamos, adviene lo que se llama un intercambio comunicacional, en el cual los interlocutores adherimos al mensaje del otro bien comprendido o le pedimos que nos explique mejor lo que quiere decir (nos damos cuenta si no entendemos!). Cuando habla Jesús, cuando cuenta una parábola como la del hijo pródigo, cuando nos da el mandamiento del amor, la fuerza, la convicción y la bella claridad que tiene su lenguaje suscitan la admiración e invitan al asentimiento del que tiene buena disposición. El que no está bien dispuesto para un lenguaje así y quiere usar el evangelio para murmurar podra hacerlo, pero se verá seguramente frustrado más temprano que tarde.

 El lenguaje es constitutivo de nuestra vida de relación. Vivimos en comunidad gracias a este poder de comunicarnos que nos permite ser ayudados, ayudar, compartir y hacer cosas juntos. San Ignacio dice que “el amor consiste en la comunicación” y cuando se da verdadera comunicación y uno siente que es bien entendido y se hace entender es un gusto hablar y conversar.  Cuando no, vienen los problemas. 

 Jesús conecta su lenguaje directamente con la fe. Les dice: ustedes murmuran porque no creen, no tienen fe. Esto es algo que no sólo el Señor hace; cualquiera de nosotros cuando hablamos con alguien, si vemos que el otro no nos cree, nos detenemos y afrontamos ese problema de credibilidad antes de continuar hablando. Ser digno de fe es algo que toda persona pretende cuando habla. Si no me crees, si no crees lo que digo o, peor aún, si no confías en mí como persona que te habla sinceramente y para bien, es inútil entonces que hablemos. Este es el supuesto de básicos de toda comúnicación humana. 

En el terreno de las discusiones sobre cosas prácticas de la vida y sobre cuestiones de investigación, la credibilidad es pedida y se concede al otro con sus más y sus menos, en la medida en que se ve que es objetivo en lo que dice y que está abierto a la verdad. Pero cuando entramos en el ámbito del amor, de la amistad y de las relaciones interpersonales, la intención del que da testimonio de su amor sólo puede tener como respuesta la fe confiada del otro o el rechazo. No hay términos medios. Por eso Jesús plantea una y otra vez claramente que si alguien no cree en Él es mejor que se vaya. 

La fe es un don precioso que el Señor nos ha dado. Rezando hace dos noches y le decía a Jesús: Señor, creo en vos, sentía que esa era mi primera palabra para estar con Él. La primera palabra para empezar a conversar bien ubicado. Creo en vos, aunque no sepa expresar todo lo que esta fe significa. 

Una gracia linda que he pedido y siento que el Señor me ha dado es la de mi ángel custodio. Le pedí que venga cuando rezo y “modere” mi emotividad (como hacía el ángel custodio de San José) y me ayude a tener la reverencia amorosa que el estar hablando con mi Señor requiere. Al comenzar a rezar imagino que se sienta mi ángel y rezo: “el ángel del Señor acampa en medio de sus fieles y los cuida”. Luego:

Ángel del Señor que eres mi custodio,

por un especial favor de la Divina Bondad para conmigo,

dignaos iluminarme, guardarme,

defenderme y gobernarme en este día.

Ayúdame en esta oración para que mis pensamientos, emociones y afectos

estén puramente ordenadas en servicio y alabanza del Señor.

Cuando siento que estoy pensando cualquier cosa, o que me distraje, o que estoy tentado… le pido que me devuelva al “tono espiritual” y me modere, para continuar rezando en paz y bien.

En esto de “encontrarnos con Jesús y de hablar con él en la oración”, me ayudó a una expresión muy original del Papa Francisco en la entrevista que le dio a Spadaro. Decía: “El encuentro con Jesús no es un eureka empírico” (me hace reír la ocurrencia, pero es tan práctica!). Es decir, no es que lo veo a Jesús como si le pudiera sacar una foto con el teléfono o grabar el encuentro. Con Jesús el encuentro se va dando en el lenguaje, a medida que hablamos. Yo lo experimento diciéndole algo que busco en el fondo de mi corazón y tanteando a ver cómo le cae. Luego le pido que me lo corrija y que profundice Él lo que le quiero decir y así…

Otra noche, luego de dar vueltas y sinceramente ver que la verdad es que no sabía que pedirle al Señor que me diera, me vino claramente: Pedíme el Espíritu Santo. Quizá sea obvio para alguno, ya que sabemos que el Señor ha dicho que sin el Espíritu no podemos comprender todo lo que Él nos tiene para decir. Pero lo importante para mi es que en un rato de oración en que experimenté con fuerza mi impotencia para hablar con el Señor, de manera que lo que decía tuviera sentido, esta gracia de sentir que lo primero al querer rezar es pedirle al Señor su Espíritu para que inicie, modere y haga fecunda mi oración, fue una gracia grande. 

También es gracia esto de que el Señor pregunte si nos queremos ir. Anoche, por ejemplo sentía que no se me ocurría mucho que decirle al Señor y entonces le dije que se acercara más y que se quedara a la noche más cerquita mío, en silencio, imponiéndome las manos en mis dolores. Y eso me hizo mucho bien. Las Misioneras diocesanas tienen una canción hermosa -Amigos en Jesús” qué dice así: 

…Y es propio del que ama, el callarse y mirar.

Son miradas silenciosas que aman

ya no es necesario hablar”.

Es decir el lenguaje que hablamos con el Señor no sólo es para decir cosas, sino una manera de amarlo y de estar juntos, de estar con Él.

Por eso puede ser que el proceso de la oración parta de la palabra y llegue a sentir la mirada de Jesús, y allí se remanse: en ese mirarlo y que nos mire, y puede luego vovler a partir de la mirada para ir a buscar una nueva palabra que nos infunda coraje y nos ilumine para la misión. 

La palabra del Señor es Espíritu y vida. Esto significa que uno no debe estar muy apurado por decir cosas o escuchar cosas de Jesús, ya que basta que se imprima una Palabra suya en nuestro corazón para llenarnos una jornada y hasta la vida entera. 

El cura de Ars decía que a veces vamos a la oración atajándonos. Le decimos a Jesús de entrada: “Vengo pero un momentito nomás”. El pensamiento de que la oración tendrá que ser larga y continua y siempre fiel por ahí nos aleja de las ganas de rezar que sentimos en un momento y por no hacer una oración perfecta nos perdemos de charlar un dialogo sabroso con Jesús. Las tentaciones contra la oración suelen ser “bajo especie de bien”. El mal espíritu sugiere algo más perfecto y anula la oración real , con sus límites, que es la que le encanta a Jesús. 

Por eso creo que hay que ir por el lado contrario: el de desear durante el día y la noche el encuentro con el Señor y entonces aprovechar cualquier ratito y cualquier excusa para poder tener unas palabras con él. Madeleine Debrêl decía que si uno profundiza el deseo de encontrar a Jesús durante sus oraciones, cuando se da un momentito de encuentro, se aprovecha como si fuera un encuentro sorpresa que uno tiene con un amigo o una persona querida. Cuando nos encontramos por fortuna con alguien a quien no esperábamos ver, enseguida abrimos un hueco y creamos esos momentos especiales, tomando un café o deteniéndonos a conversar por unos instantes, y eso basta para alegrar el día. 

Parafraseando a Teresa podríamos decir que Rezar es andar en compañía con quien sabemos que nos ama. Ese sería un lindo título para la oración de hoy. 

Diego Fares sj

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Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: – «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello»

Ellos le dijeron: – «¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? » 

Jesús les respondió: – «La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado» 

Ellos entonces le dijeron: – «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: –«Señor, danos siempre de ese pan»

Les dijo Jesús: – «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6, 24-35).

Contemplación

La gente sencilla del pueblo fiel busca a Jesús y el Señor les enseña a discernir bien lo que en realidad buscan. Les hace notar: Ahora me buscan porque han comido los panes y se han saciado. Esta es la experiencia que hay que discernir, la de lo que sacia. Han comido pan; el pan, como todo objeto de una necesidad, desaparece cuando se consume. Y al desaparecer, se apaga la necesidad, de manera cíclica, como sucede con todo lo que es alimento. Pero Jesús les hace ver que no han recibido solo un pan común, que el les ha dado algo mejor. Y los anima a trabajar con dedicación para recibir este pan que dura: el pan del Cielo que permanece y dilata el deseo haciendo crecer el amor y el corazón. Pan del Cielo es la metáfora. La palabra “cielo” modifica de manera impertinente a la palabra pan para hacer sentir que se trata de un pan vivo que no perece, un pan eterno, que no se consume porque no es objeto material, sino que es espíritu, alimento personal.

Jesús dice que deben trabajar, pero aclara que se trata de un Pan que nos debe dar Él, el que ha sido marcado por el sello del Padre, por el Espíritu. El que es espiritual nos puede dar un alimento espiritual. Luego aclara más y dice que el que da el verdadero Pan del Cielo es el Padre. Y con esto ya está diciendo que el Pan del Cielo es Él en Persona.

Estamos por tanto en el ámbito misterioso de la Eucaristía, de un Dios que nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre, de un Dios que se hace Pan para que podamos comerlo. Comerlo de esta manera espiritual, no como quien quiere quedar saciado, sino comerlo como quien quiere dilatar su corazón.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual. 

Hablábamos de un discernimiento que Jesús le ayuda a hacer a la gente (estos temas de alta mística el Señor los charlaba en la calle con la gente común, que sabe acerca de pan, de trabajo y de personas). Se trata de discernir una dimensión humana como tal, ya que si se la confunde con otras que pueden tener dinamismos parecidos, uno no se entera que “existe este espacio dentro suyo” y no se le ocurre que puede habitarlo, cultivarlo, aprovecharlo. Imaginemos que a uno lo hubieran hecho crecer con los ojos pegados y no supiera que, de poder abrirlos, la dimensión de la vista estaría intacta y podría ver. Bueno, algo así sucede con la Eucaristía. Muchos no saben que existe en su interior un apetito de Pan del Cielo, un hambre de un Pan que no perece, sino que dilata el deseo. Tienen “cerrado” el apetito! Comparto lo desesperanzador que es cuando alguna medicina te quita el apetito. Cuando te quita los sabores que corresponden a cada alimento y te hace sentir solo el sabor de su propia composición química en todo, hasta en el aire y la saliva. Junto con la incapacidad de discernir los distintos gustos, se cierra por completo el apetito, que deja de sentir necesidad de comer, salvo algo muy básico, para sobrevivir.

Es notable cómo se modifica la memoria y, consecuentemente, la esperanza. En poco tiempo, al ver un alimento que antes hacía que se nos hiciera agua a la boca, ya no sentimos nada, o peor aún, revivimos una experiencia del último mal gusto que nos dejó en la boca o que nos revolvió el estómago y el solo verlo u olerlo nos hace venir arcadas. El pensamiento de que no volveremos a sentir gusto por esa comida se instala a continuación, también con bastante facilidad. Cuando pasa el tiempo y el organismo se desintoxica y vuelven los sabores, también se borra la experiencia de mal gusto y se retoma la vida normal, con gran alegría. 

Tan unidos están los gustos sensibles, los alientos materiales y el continuo trabajo de la alimentación.

Todo esto para decir que el Señor nos tiene que educar para poder aprovechar la Eucaristía, porque en este mundo tóxico y consumista en que vivimos no se puede dar por descontado que el deseo de comulgar pueda surgir y mantenerse de manera espontánea. Sucede más bien todo lo contrario.Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres deseosos de este Pan celestial pero no todos ni siempre nos damos cuenta. A veces puede que no sintamos el apetito por tener el gusto estragado; pero también puede pasar que no sepamos ponerle nombre a un hambre que sí sentimos. Esta es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús. Pero solo puede ir haciéndolo en la práctica. Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez a lo largo de la vida, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan. Ahora, cuál puede ser una buena pedagogía para entrar en sintonía con la que Jesús usaba con la gente de su tiempo, que se enamoró de la Eucaristía?

No es fácil encontrar una pedagogía así en nuestro mundo que se debate entre los extremos de la saciedad más sofisticada y del hambre más terrible, sociedad en que conviven el hiperconsumo y la miseria total. El deseo humano es eso, humano, está hecho para interactuar con materiales humanos, naturales, diríamos, o delicadamente elaborados.

Encontré un diálogo de José Luis Martín Descalzo en el que hace hablar a Jesús, a María y a los apóstoles. Por ahí ayuda a despertar el deseo del Pan del Cielo a la manera de Jesús. Es un fragmento:

  • Hombre 

¿Tú fuiste un hombre o solamente un sueño enorme disfrazado de humano? 

  • Jesús 

Yo no «fui» un hombre.
«Soy» un hombre. Es distinto.
Yo tuve y tengo carne como tú.
No es que yo me vistiera de hombre para estar con vosotros,
lo mismo que se visten de mineros unas horas obispos y ministros
que luego volverán a sus palacios y despachos.
Yo asumí entera la condición humana,
tan hombre como tú, tan verdadero.
Yo tuve hambre como tú, sed como tú, cansancio;
yo conocí la soledad y el miedo,
supe lo que es luchar por los que amas sin que ellos te entiendan,
conocí la belleza de estar vivo,
el milagro del sol, la maravilla del agua.
No me gustó morir: estaba muy bien entre vosotros.
Yo me tragué la muerte como se traga un vaso de ricino
sólo porque vosotros necesitabais vida.

  • María
    Yo lo sé bien.
    Soy el mejor testigo, pues yo le tuve dentro,
    yo le sentí crecer en mis entrañas
    y salir de mi carne y de mi sangre.
    Le soñaba creciendo allá en mi seno como un gigante que me desbordaría!
    Pero… fue igual que todos, tierno y niño, diminuto y de goma, con lágrimas y hambre.
    Yo sabía que aquella dulce «cosa» entre mis manos era el creador del mundo, mas sabía también que moriría si yo no le acercaba su boquita a mi pecho.
    Hoy… le he visto subiendo camino del Calvario
    y he vuelto a preguntarme si todo no es un sueño.
    Mas yo sé que su carne traspasada sigue siendo la carne que yo traje y que él repartiría entre los hombres.
  • Hombre

Esto aún lo entiendo menos:
¿cómo es posible que tu carne muera
y que, veinte siglos después, alguien nos diga
que podemos comerte y devorarle? 

  • Cristo
    Tampoco yo lo entiendo. Yo «lo sé». Cuando estuve en la tierra muchas veces me pregunté a mí mismo si tendría derecho a volverme a mi cielo dejando en la estacada a mis hermanos.¿Cómo dejarles solos y morirme? ¿Cómo resucitar y abandonaros?Un día tomé un pan y, de repente, pensé que el pan tenla más suerte que yo mismo él estaría siempre en vuestras mesas, por él trabajaríais, estaría en vosotros, en las manos, en la boca, en el cuerpo.¡Tuve envidia del pan! Y pensé que podría quedarme entre vosotros, por él, con él y en él, a través de su miga y su corteza.
  • Hombre

Pero ¿cómo podrían entenderlo los hombres?

  • Cristo

Es que no lo entendieron.
Recuerdo que aquel jueves,
cuando por vez primera se lo anuncié a los doce,
se quedaron atónitos, convulsos, aterrados.
¿Es que se ha vuelto loco?, se decían.
Los doce vivían ya en el miedo,
ya les olía a muerte mi mirada
y pensaban que, al morir yo, caerían las columnas del orbe.
Los doce me querían,
pero no me entendieron nunca.
¿Cómo podría caber yo en sus cabezas?
Tomé el pan y les dije: «Esto es mi carne»,
y tendieron las manos temblorosos,
tocaban aquel pan, lo remiraban, lo llevaban a la boca aún temblando,
lo masticaban cuidadosamente queriendo allí encontrar el sabor del misterio. ¡Y después me explicaron que les sabía a sangre!
Era yo.
Soy yo, el que cada día se ofrece en los altares.

  • María
    ¡Ah, si el hombre supiera que lo puede tener dentro del alma
    como lo tuve yo dentro del seno!
    Pero hace falta tanto amor para entender
    que ni yo misma lo entendí del todo.
  • Cristo
    No hace falta entender. Nunca se entiende. Ya basta con amar.
    El corazón -ya lo sabéis– tiene en esto razones
    que nunca aclararán los silogismos.
    ¿Creéis tal vez que yo hubiera muerto aquel viernes
    si sólo llego a usar la inteligencia?

Diego Fares sj

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En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…
Sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se
levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto
automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y
cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.
Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el
reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que
cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas
las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.
Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de
entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo
cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Sucede con el Reino de Dios como sucede con un hombre que siembra y que, cuando llega el momento, cosecha. El Reino, como la semilla, crece por sí solo. Pero se necesita uno que siembre y que coseche.

Es decir: se nos ha regalado algo valioso, una semilla que da fruto. Nos toca discernir cuándo y en qué terreno sembrarla y estar atentos al tiempo de la cosecha.

A qué se opone esta imagen del labrador que interactúa con la semilla y hace alianza con la tierra? Diría que este labrador es lo contrario de un mero consumidor. Es una persona que trabaja y que hace su parte. Sus expectativas son humildes y reales: conoce qué semilla ha sembrado y cuál será el fruto que cosechará. Si lo que ha sembrado es un granito de mostaza, se sorprenderá al ver cómo crece tanto la planta y cómo los pajaritos hacen en ella nido, pero sabe que cosechará mostaza.

Para nosotros, el fruto del trabajo, es el dinero. El dinero que nos permite comprar cualquier otro “fruto” que deseemos. Pero esta relación no sirve para comprender cómo funciona el Reino. En el Reino el Señor multiplica los frutos de la semilla concreta que sembramos, no hay ninguna “moneda” abstracta que se meta en medio. Es importante comprender bien este mecanismo, esta dinámica que Jesús pone como analogía de lo que sucede con su Reino. Sembramos misericordia, cosechamos misericordia (centuplicada). Pero se trata siempre y solo de misericordia. No es que cosechemos alguna “moneda” que se pueda intercambiar con cualquier cosa. No es que si sembrás misericordia cosecharás riquezas, como quieren las teologías de la prosperidad. O tendrás un seguro contra las desgracias y las enfermedades. El que es misericordioso obtendrá misericordia. Al que perdona los pecados y repara lo que otros dañan, se le perdonarán sus pecados y el Señor reparará lo que él no logre hacer del todo bien.

Si sembrás oración, cosecharás oración. Una oración más sólida y perseverante, más inclusiva y sincera, pero siempre oración. No es que si rezás Dios te dará otros “productos”. La oración no es una moneda. Es en primer lugar gratuita adoración y generosa intercesión por los demás, que te pone necesariamente en la fila de los que necesitan, como uno más. No te da privilegios, salvo el de ir rezando más de corazón cada día y de ir haciendo más íntima y comprometida tu relación con el Señor, que te permite colaborar más conscientemente con Él en su plan de salvación.

Si sembrás la Palabra de Dios, enseñando el catecismo, predicando el evangelio y dando testimonio de los frutos de esa Palabra cuando la encarnás en tu vida, cosecharás que Jesús mismo te “explique todo” personalmente y te haga crecer en tu capacidad de interpretar la vida a la luz de las parábolas y no a la luz de las ideologías de moda.

Si sembrás tu semilla -la del carisma que el Espíritu te da de manera especial a vos- cosecharás el poder apreciar las semillas-carismas que el Espíritu le da a los demás y te convertirás cada día más en una persona colaborativa con los demás, todo lo contrario del individualista multitasking que cree poder ser autosuficiente.

Bueno, el fruto de las parábolas de hoy, ha ido por este lado: el de caer en la cuenta de cómo el paradigma individualista, consumista y monetarizado en el que pensamos y nos movemos no nos ayuda a comprender la dinámica de la comparación que hace Jesús. Quizás es esto lo que no nos permite “ver” las semillas del Reino que el Espíritu nos regala abundantemente para que sembremos y a no gustar los frutos de esa cosecha abundante que nos rodea en la Iglesia gracias a lo que sembraron y siembran tantos hermanos y hermanas nuestras que tienen una imagen más sencilla de sí mismos, como los que vemos en las imágenes que compartimos en esta contemplación.

Si nos miramos como simples sembradores y cosechadores de las semillas y frutos concretos del Reino se nos aclararán muchas cosas de Jesús que ahora no vemos ni gustamos al vivir y actuar como consumidores dispersos de todos esos bienes, muchos tan insustanciales, con que nos distrae el mundo de hoy.

Diego Fares sj

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El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: – Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huesped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?. El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: -Tomen y coman, esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: -Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Para contemplar el misterio de la Eucaristía, nos detenemos hoy en el lugar donde el Señor quiso celebrar la Ultima Cena. El piso alto de aquella hospedería nos indica algo muy especial acerca de cómo quiere quedarse el Señor entre nosotros: como un huésped!

El diálogo de Jesús y los discípulos comienza con la pregunta de estos por el lugar: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. Y el Señor les indica entonces un camino un tanto complicado para llegar al lugar de la Cena… que ya estaba preparado!

Esto llama la atención. Uno piensa: “Si Jesús ya lo tenía todo planeado, ¿por qué no los mandó directamente a la casa? ¿Por qué los hizo caminar siguiendo pistas, como si fuera una búsqueda del tesoro?”.

Creo que quería hacerlos experimentar el camino que Él había recorrido antes, siguiendo al hombre del cántaro hasta encontrar la hospedería en la que trabajaba. Una manera de hacerlos sentir huéspedes también a ellos. Lo cual tiene su importancia a la hora de celebrar a Jesús en la Eucaristía, en ese pan y ese vino en los que el Señor “se hospeda” para que lo podamos comer.

Me gusta pensar que Jesús había rezado y preparado largamente la última cena. Iba a ser su gesto definitivo: la manera de darse y de quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

El lugar era, pues, importante. Notamos que no eligió la casa de ninguno de los apóstoles ni la de algún amigo o conocido, sino un lugar distinto, al que los hizo llegar como si fueran forasteros que entran a un pueblo y siguen a uno que lleva un cántaro de agua, suponiendo que los conducirá a algún albergue.

Nos quedamos mirando y contemplando el lugar que el Señor eligió.

Dos palabras que suelen pasar desapercibidas, pueden ayudarnos a contemplar: “katalyma” – “aposento”- y “anagaion” – “piso alto”.

Jesús les encarga que le digan al dueño de casa: “donde está mi aposento”. La palabra que usa es “katalyma” que significa estancia o aposento y que propiamente es una “habitación para huéspedes”. Lucas es el otro que usa esta palabra cuando narra la peregrinación de José y María y dice que “no había lugar para ellos en el aposento u hospedería” (Lc 2, 17). También la usa cuando le critican a Jesús que haya ido a “hospedarse” en la casa de un pecador (en referencia al publicano Mateo) (Lc 19, 17).

Dejamos que resuene en nuestro corazón esta palabra tan querida para nosotros: “hospedería”, “habitación de húespedes”, “hogar de tránsito”.

Jesús no tenía casa propia, no tenía “donde reclinar la cabeza”. Para sus reuniones debía pedir prestada una casa. Por supuesto que tenía amigos, como Lázaro y sus hermanas, que lo hospedaban gustosos. También es cierto que en esta ocasión Jesús hace notar su Señorío: el mensaje que les da a los discípulos es el de un Señor. Habla de “” aposento. Pero el lugar que elige y el modo como los hace llegar a él, hablan de un lugar ajeno.

La otra palabra es “gran sala en el piso superior” (ana-gaion), que literalmente sería “sobre piso”.

Jesús celebra la Eucaristía en una sala grande, en el piso alto de una hospedería! Como si dijéramos en El Hogar de San José o en la Hospedería Padre Hurtado: esos lugares son El Hogar de Cristo!

Podemos imaginar que el Señor nos manda decir: “¿Donde está dentro tuyo ese lugar grande donde quiero que me hospedes para que comamos juntos, para que te pueda dar mi Cuerpo y mi Sangre?”.

Ese es nuestro lugar íntimo y secreto donde se complace en habitar la Trinidad Santa: el Padre, Jesús y el Dulce Huésped del alma, el Espíritu Santo.

Imaginamos ahora nuestro interior con una habitación grande para huéspedes.

Así como para nacer el Señor se hubiera conformado con esa hospedería humilde de Belén y ni siquiera en ella encontró lugar, para celebrar la fiesta de la Alianza con los hombres elige y prepara él mismo un lugar de paso. Quiere ser “huesped”.

La imagen del huesped habla de libertad. Tanto el que hospeda como el huésped comparten un espacio íntimo sin que sea definitivo.

Y los permisos que uno pide para disponer de algo o para ir al baño…, los gestos de cortesía que se usan, suponen una valoración muy linda de lo que significa compartir la intimidad sin adueñarse de ella.

Hospedar y hospedarse implica un ritual de ofrecimiento y de agradecimiento. Uno, como huésped, tiene que pedir permiso y es lindo tener que pedirlo y que el otro refuerce explícitamente la gratuidad y la amplitud de su ofrecimiento: “Sentite como en tu casa” decimos. Por eso esta es una imagen llena de profundidad y de misterio para gustar la manera en que Jesús elige estar presente en nuestro interior.

Él, aunque es dueño, quiere ser huésped. En Emaús, el “forastero” (huésped, en latín, es forastero) hace ademán de seguir de largo y espera a que lo inviten: “quédate con nosotros, porque anochece…”

Esta imagen de huésped se aplica también al Espíritu: “Dulce huésped de nuestra alma”.

Al darnos su Cuerpo y su Sangre, el Señor se nos da de manera íntima y total y un don tan grande para darse y para ser recibido requiere esta distancia-cercana tan propia de la relación de hospitalidad.

El Señor no viene ni como dueño de casa que se instala ni como desconocido que alquila o viene a negociar algo. Viene como huésped. Y no es esta una imagen menor para la caridad. Como si dijéramos que sería mejor que viniera como Esposo o como hijo… Por el contrario: al huesped uno lo trata mejor incluso que a los de casa.

En la hospitalidad reina la libertad, condimentando cada gesto de dar y recibir como algo que se hace gratuitamente, sin que nunca se pierda este gusto por la gratuidad.

Es bueno en este punto que cada uno rememore sus experiencias de hospitalidad y las aplique a la Eucaristía y a la Palabra, de modo que cuando comulgamos y cuando leemos la Palabra “hospedemos” al Señor en nuestro interior. Cada vez de modo nuevo, hasta que sea Él a hospedarnos definitivamente en el hogar de la intimidad de Dios, en lo que llamamos Cielo.

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Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16-20).

Contemplación

En Pentecostés subrayamos la palabra “recibir” –porque el Espíritu es Don- y, luego de contemplar cómo se lo recibe “en comunidad”, volvimos a reflexionar para sacar provecho, pidiendo la gracia de “amar” nuestra comunidad concreta, la única en que el Espíritu viene a nosotros: nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestro Pueblo.

Con la Trinidad parece difícil reflexionar sin caer en la abstracción. Nada más abstracto que un número. Y sin embargo, cuando hay mucha familiaridad, un número puede expresarlo todo, como cuando decimos “qué duo!”, refiriéndonos a dos que van de acuerdo.

“Trinidad” no es una palabra que se encuentre en el Evangelio. Es fruto de una meditación que ha hecho la Iglesia. Luego de mucho contemplar a las Personas divinas la Iglesia ha sacado provecho de esa contemplación y ha guardado el fruto en una palabra: Trinidad. Cifra que señala el misterio de Dios como Trino y uno y lo protege contra toda imagen falsa.

Solo que a veces la protección se vuelve hermetismo y cuando decimos “Trinidad” no se nos mueve ningún afecto. Por eso hay que hacer el camino de ida y vuelta y llenar nuestras reflexiones de contemplación gustosa y sentida. Le pedimos al Espíritu: “Enciende con tu luz nuestros sentidos!”

Una cosa es cierta: Predicar sobre el Dios Trino y Uno se vuelve sencillo cuando nos ponemos en actitud de pequeñez. Somos pequeñitos cuando nos arrodillamos ante la Palabra más grande que se nos ha regalado; somos pequeñitos cuando nos dejamos “bautizar” –sumergir- en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Decimos “Padre”, dejando que esta palabra tan querida resuene en nuestro interior. “Porque somos hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6).

Decimos “Padre de Jesús y Padre nuestro”, y dejamos que los afectos del Hijo corrijan y mejoren nuestra imagen paterna. Sólo Jesús puede amar al Padre incondicionalmente y el Padre sólo puede estar contento con su Hijo predilecto… y con nosotros, sus hijos pródigos-predilectos que de la mano con Jesús nos animamos a sentirnos hijos. “Gracias a Jesús tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino […] familiares De Dios” (Ef 2, 18-19).

Y ahora invocamos: “Espíritu del Padre y de Jesús”, y sentimos que ese amor que ellos se tienen es un Don espiritual, es amor gratuito. Y el amor ¡se puede comunicar! Lo puede sentir el hijo con menos capacidades igual que el hijo más dotado: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

De esta manera sencilla el misterio de la Trinidad nos guía en la oración: nos va llevando en un movimiento que es tan simple como el movimiento de nuestra mano cuando hacemos la señal de la Cruz y nos dejamos abrazar (bautizar) por el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Miramos a nuestra Señora

Otra manera evangélica de contemplar la Trinidad es fijarnos en qué pasajes del evangelio se mencionan las tres Personas juntas y detenernos a considerar a quién se le revelan.

El primer pasaje trinitario, en Lucas, por ejemplo, es la Anunciación. María es la primera que escucha hablar en lenguaje Trinitario. Se le anuncia que Dios mira con amor su pequeñez y que ha hallado gracia a los ojos del Padre. Se le anuncia que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Se le aclara que esto es obra del Espíritu Santo, que descenderá sobre ella y del Padre Altísimo, cuyo poder la cubrirá con su Sombra. Nuestra Señora es así “incorporada” (bautizada) a la vida trinitaria. Y en ella, todos nosotros, como Iglesia, como familia.

Junto con María nos animamos a sentir familiaridad con nuestro Dios Trino y Uno. Las gracias que brotan de aquí son todas gracias de familia.

Entrar en la vida trinitaria es como entrar en una familia que se ama y en la que todos se entienden y se conocen.

Una familia en la que nos podemos sentir Hijos predilectos, como Jesús, sobre quien: “Bajó el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy»” (Lc 3, 22).

Una familia en la que podemos expresar nuestros dolores más hondos y confiarnos en las manos de los otros: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi Espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46).

Una familia en la que estamos unidos con todos los hombres en espíritu y en verdad, más allá de las distancias y trabajos de cada uno: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 23).

Una familia en la que conocemos todo lo de los otros: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26).

Una familia donde no hay temores ni desconfianzas: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos” (Rm 8, 15).

Así queda claro, entonces, que cuando escuchamos “Trinidad” y no logramos imaginar nada, esto no debe descorazonarnos ni aburrirnos. Todo lo contrario: cuando uno escucha “Trinidad”, la ausencia de imagen concreta, propia de todo número, es una invitación a buscarla en la vida. La Iglesia nos regala un molde seguro en el que volcar todo nuestro cariño por cada una de las Personas divinas sabiendo que le llega a las otras por igual, y recibir las gracias de cada una sabiendo que proceden de las tres.

Miramos a Ignacio

En este año dedicado a la Conversión de Ignacio, nuestro padre nos enseña otra manera de contemplar a la Trinidad en la acción. Ignacio es moderno, en el sentido de que no busca “crecer” mentalmente para llegar a concebir lo que es la Trinidad, sino que le interesa “descubrirla en todas las cosas”, en su modo de estar, de trabajar y de donarse en cada situación y persona concreta.

Como Ignacio en la visión de la Storta, podemos contemplar al Padre que “nos pone con su Hijo Jesús” y a Jesús que “cargando con la Cruz, nos asegura que nos será propicio en Roma” (en nuestro lugar de misión). A ambos podemos pedirles que nos llenen con su Espíritu para consolar a nuestros hermanos y predicar la verdad del Evangelio.

Ahora bien, la gracia que el Espíritu le regala a Ignacio es la del discernimiento. Es un hecho que nuestro Padre “siempre” nos está “poniendo con Jesús”, siempre nos atrae hacia su Hijo. Es un hecho también que Jesús “nos es propicio” siempre. Su actitud básica es interceder por nosotros, estarnos cerca, acompañarnos, bendecir la misión a la que nos envía. El punto es que necesitamos al Espíritu para discernir en cada situación “dónde es que el Padre nos pone con su Hijo” y “cómo nos es propicio Jesús”.

Porque muchas veces, por falta de discernimiento, nos equivocamos de parábola, por decirlo así. El Padre nos está queriendo poner misericordiosamente con su hijo pródigo, como al hermano mayor, y nosotros no queremos entrar en la fiesta, atrincherados en una parábola de juicio final. O sucede que Jesús nos es propicio dejándose ayudar a cargar con la Cruz, como hizo el Cireneo, y nosotros le estamos pidiendo como los fariseos que se baje de la Cruz y se salve a sí mismo y a nosotros con él.

Discernimiento: que el Espíritu nos enseñe dónde se concreta nuestro estar con Jesús (en su compañía) y cómo se vuelve fecunda su bendición en cada momento de nuestra vida. Esto es concretar trinitariamente nuestra oración.

Al hacer nuestra contemplación sobre el misterio del Dios Trino y Uno debemos hacernos muy pequeñitos, como María. El esfuerzo no tenemos que ponerlo en “pensar a ese Dios siempre más grande que todo lo que podamos concebir, sino en empequeñecernos para recibirlo.

En la elección del Papa Francisco se dio un discernimiento comunitario (cosa que raramente sucede): él discernió que Jesús llamaba a nuestra puerta, pero no para entrar sino para salir! Y los cardenales lo eligieron para que condujera una Iglesia en salida. (Algunos se arrepintieron como el Pueblo de Dios en el desierto, que añoraba las cebollas de Egipto).

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes. Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan (Jn 20, 19-23).

Contemplación

¿Qué valor está en juego en el texto?

Subrayamos el “recibir”. El Espíritu Santo es Don y la actitud ante El es de receptividad. Una receptividad comunitaria, no individualista.

Miramos a los discípulos: un grupo en crisis.

Los discípulos están encerrados. Tienen miedo a los judíos. Sin embargo, reciben a Jesús y se llenan de alegría.

Podemos decir que su “no-receptividad” tiene un carácter especial: la dura realidad de la pasión y de la muerte del Señor los ha llevado a encerrarse en su dolor y en su miedo. Necesitan estar solos (no cada uno aislado, sino entre amigos, en familia). No quieren recibir visitas desagradables. Los anuncios de la resurrección son débiles. No terminan de cambiarles el ánimo. Están en una situación tal que sólo pueden y quieren recibir algo de Jesús, no de nadie más.

Es importante tener en cuenta esta situación porque El Señor elige precisamente ese momento para darles el Espíritu. A otros les ha salido al encuentro, individualmente, por el camino: a María Magdalena, a los de Emaús… Pero el Espíritu lo derrama sólo en la comunidad reunida: la comunidad que brota de haber vivido juntos y de haber padecido juntos.

No es un dato menor darnos cuenta que no se separaron. Bien podrían haberse formado dos o tres grupos: el de los “fidelísimos” -María, Juan, la Magdalena y algunas de las santas mujeres, que permanecieron al pie de la Cruz-; el de Pedro y los que lucharon por defender al Señor y trataron de acercarse, a pesar de sus miedos; el de los otros, que huyeron de entrada y no se jugaron…

De hecho, ya en esta reunión faltaba Tomás. Es decir: vemos a una comunidad en crisis, a punto de comenzar a disgregarse. Y sin embargo, todavía unidos: esperando que pase algo.

Algo que sólo puede hacer Jesús, en quien confiaron. Es este momento preciso el que Jesús elige para venir a ellos, para pacificarlos y darles el Espíritu.

¿Por qué -nos podemos preguntar-, esta espera que les hace sufrir el Señor?. Resucitó de madrugada, pero no los fue a ver. Esperó que María Magdalena fuera al sepulcro, que luego fueran Pedro y Juan…

¿Por qué se le apareció primero a la Magdalena y la envió con el anuncio “He visto al Señor y me ha dicho esto”? (En los otros evangelios la espera es más larga, porque los hace ir a Galilea!)

¿Por qué si ha resucitado no sale corriendo a buscarlos y reunirlos a todos sino que espera a que se haga tarde y recién va a su encuentro de nochecita?

Es verdad que en Juan la espera no es muy larga y Pentecostés acontece ese mismo domingo! Así como ya en la Cruz Juan ve la Gloria del Resucitado en los signos del agua y la sangre que brotan de su corazón traspasado.

Pero no deja de ser una espera.

Se me ocurren varias cosas, todas en torno a la actitud de “recibir”. Lo expresaría así: el Señor resucitado espera a ver quién lo va buscar al sepulcro. También está atento y busca a los que se alejan desilusionados y a Tomás que es bastante escéptico. Pero el Espíritu lo da a los que se juntan y se mantienen unidos –a pesar de haber tenido actitudes de distinta fidelidad- para esperarlo.

Quizás hay aquí una distinción que hace a la persona del Espíritu Santo.

Jesús entabla relaciones personales con cada uno, es más, pareciera que siempre su accionar está marcado por lo personal, por llamar a cada uno, por perdonar a este pecador y curar a este enfermo. Todo en el evangelio desemboca en situaciones personales: el diálogo con la samaritana, con Nicodemo… Las predicas y los milagros masivos encuentran luego su explicación en la pequeña comunidad. Jesús huye de las multitudes, desaparece apenas ha hecho un signo grande.

En cambio el Espíritu entabla relaciones con personas en comunidad. La unidad lo atrae; lo atrae irresistiblemente una Iglesa Sinodal. Es recibido comunitariamente, cuando dos o tres se reúnen en el Nombre de Jesús. Y produce inmediatamente frutos comunitarios: las conversiones de grandes grupos o de familias enteras, la misión que dispersa a los apóstoles y los dirige a todas partes del mundo.

Es como que para recibir al Espíritu hay que ser capaz de comunidad, de sinodalidad.

Es que el Espíritu es “Espíritu del Padre y del Hijo” y no se recibe si no hay por lo menos “dos o tres”, no se recibe si no hay comunidad que esté tratando de formarse o comunidad que desee misionar e incorporar a otros.

Así pues, la comunidad, la Iglesia, es algo decisivo a la hora de recibir el Espíritu.

El Espíritu es el que “termina”, el que completa la obra de Jesús:

Es el que redondea toda la verdad del Evangelio: “Todavía tengo muchas cosas que decirles pero ustedes no pueden comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, el los introducirá en toda la verdad”.

Es el que hace la unidad y expande la Iglesia.

Es el que en y a través de la Iglesia hace la Eucaristía y perdona los pecados, incorpora a los nuevos bautizados, une los matrimonios y hace perdurar el sacerdocio.

Nos quedamos reflexionando un rato sobre nuestras ganas de recibir este Espíritu común (del Padre y del Hijo y que nos hace ser Iglesia común, uno más en medio del pueblo de Dios, uno con todos –santos y pecadores-).

¿Estamos dispuestos a cuidar  (y a “aguantar”) la comunidad –como Iglesia universal, con toda su historia y estructura, con sus gracias y pecados y como Iglesia particular, con la gente concreta de la parroquia, del grupo, de la familia- para poder recibir así al Espíritu?

Pedimos la gracia a la Virgen, madre de la primera comunidad, que se mantuvo unida en torno a ella en Pentecostés, y madre de la Iglesia de todos los tiempos, que la siente como la “aguantadora cariñosa y esperanzada” de la unidad sinodal de todos sus hijos.

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Jesús dijo a sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20)

Contemplación

Miramos a Jesús que “se sentó a la diestra del Padre”.

La imagen no nos dice tanto como a los antiguos, para los que las ceremonias de coronación en las que finalmente el Rey se sentaba en su trono, eran el espectáculo mayor que se podía contemplar. Me imagino que el trono era un lugar preciso de sociedades estructuradas de modo jerárquico muy centralizado. Actualmente “el sillón” del poder no es visualizado de la misma manera. Cuentan más las personas en movimiento. Al Papa lo vemos “sentado” en silloncitos comunes en las visitas que hace a todos los pueblos.

Imaginarlo a Jesús “sentado a la diestra del Padre” es una imagen que tenemos que recuperar en todo su significado, porque es una imagen que nos puede hacer mucho bien.

Miramos primero al Padre

El Padre ha dejado de ser el “misterioso” ser a quien nadie puede ver. Ha dejado de ser ese Ser que intuímos que tiene que existir y sobre el cual proyectamos nuestros deseos y frustraciones. Ese Dios desconocido que los hombres adoran o detestan haciéndolo a imagen de sus miedos o de sus anhelos.

En Jesús, que nos lo ha revelado, el Padre es “el Padre mío y el Padre de ustedes”.

Es el Padre Agricultor, que sembró la vida y que trabaja podándola para que de fruto.

Es el Padre Misericordioso que reparte su herencia y aguarda pacientemente a que sus hijos maduren.

Es el Padre que nos envió a Jesús, su Hijo predilecto, porque confía que lo respetaremos y lo escucharemos.

Su diestra, como lugar de predilección, importa más que el trono o la acción de sentarse. Como dice el Salmo: Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre (Slm 16, 11).

La diestra del Padre es lugar donde la intimidad sagrada del Dios santo es toda cercanía, comunicación amorosa, alegría de estar juntos.

Dios es el Padre que nos regaló la vida y que nos regaló a Jesús. Y ahora lo recupera y le hace fiesta. La parábola del hijo pródigo expresa el sentimiento del Padre al ver subir al Cielo a Jesús: “Este hijo mío estaba muerto y revivió”.

Miramos a Jesús

Con esto pasamos a “fijar nuestros ojos” en Jesús, como dice la carta a los Hebreos. ¿Quién es este que se sienta a la derecha del Padre?Recordamos el evangelio del domingo de Ramos: es el mismo que se sentó sobre un burrito, para entrar en Jerusalem como rey humilde. Este Jesús que asciende y se sienta en el trono es el que “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo al descrédito y a la mala fama y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2).

Pero más importante es mirar bien quién es “para nosotros”. Porque, como decía Jesús, cuando rezaba al Padre para hacer algún milagro, lo hacía por nosotros. El y el Padre no tienen necesidad de “gestos” para expresarse su amor.

Todos estos gestos son para nosotros, para revelarnos y que nos demos cuenta a qué estamos invitados a participar.

Para que sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb). Para que confiemos plenamente, porque: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 33-35). Para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo” (Ef 1, 17-23). Para que “si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1).

Este Jesús que se sentó, también se pone de pie. Es la imagen que fortalece a Esteban, el primer mártir, quien: “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios»” (Hc 7, 55).

Miramos pues a Jesús, al lado del Padre, que está intercediendo por nosotros. Es un Jesús unido a los suyos, que salen a predicar por todas partes. Un Jesús que está cooperando con ellos y confirmando con signos la Palabra que anuncian. Un Jesús que ha derramado el Espíritu Santo y ha establecido una Alianza permanente –que hace que su amor vaya y venga- con nosotros. “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hc 2, 32-33). Nos quedamos un rato imaginando a Jesús y al Padre avocados a darnos su Espíritu, conectados enteramente con lo que nos pasa, deseando nuestro bien, incorporándonos a su vida y a su plan de salvación todo lo que pueden (todo lo que le dejamos).

Reflexión para sacar provecho

Cómo podemos sacar provecho de esta imagen de ”Jesús, sentado a la diestra del Padre, intercediendo y cooperando con nosotros”. Lo primero, como vemos, es buscar el sentido profundo de la imagen: llenar de evangelio las palabras que se nos quedan vacías, despejar falsas imágenes que se pegan a la verdadera…

Pero la segunda tarea, es “encontrar nuestro lugar”.

Si Jesús ha encontrado su lugar definitivo, su puesto desde donde ama más plenamente y a todos, ¿dónde me ubico yo para estar bajo la influencia de su amor?

Como siempre, nuestros hermanos los santos nos ayudan. En este caso me viene al corazón “el banquito de San Ignacio”. Rivadeneyra lo describía así: “Subíase a un terrado o azotea, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie quitado su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo, luego hincadas las rodillas hacía una humillación a Dios; después se asentaba en un banquito bajo, porque la flaqueza del cuerpo no le permitía hacer otra cosa: allí se estaba (con) la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.

Para sentir la cooperación y la intercesión de Jesús en nuestra vida cada uno tiene que “asentarse en su banquito bajo” y estarse allí un buen rato, rezando.

Nuestro lugar es el banquito de nuestra oración y el banquito de la Iglesia en el que participamos de la Eucaristía.

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Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:  Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y temeroso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsado) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: 

«Ahora deja, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,

porque ya vieron mis ojos tu salvación,

la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminación de las naciones paganas

y gloria de tu pueblo Israel.»

Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre: «Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como signo a quien se contradice, y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Charlando ayer por zoom con mis primos y hermanas salió en la conversación que los jóvenes de hoy no tienen mucho apuro por tener hijos y alguien dijo: “vamos a tener que adoptar nietos”. La frase me la guardé para meditar y hoy en la fiesta de la Sagrada Familia, al ver cómo los ancianos Simeón y Ana “adoptan” al Niño Jesús, siento que hay aquí una verdad rica para contemplar. 

El Evangelio nos dice que “el padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él” . Estos dos santos abuelos -Ana y Simeón, vigías de su pueblo, atentos a los signos del Espíritu-, sienten al Niño Jesús como su nieto y profetizan sobre él y sobre sus padres. Profetizan llenos de alegría, cubriéndolo de abrazos y besos, y hablando del Niño a todo el pueblo que acude al templo. 

Generacionalmente, las ganas de ser abuelos preceden a veces a las ganas de los jóvenes de ser papás. Hoy, en que las parejas tienen menos hijos y los padres esperan hasta después de los 30 para tenerlos, las ganas de los abuelos – de tener nietos- cobran una fuerza especial. Aunque por discreción no siempre lo digan, no pueden ocultar cuánto les encantaría tener un nieto; y cuando llega uno, muestrán a todos que les cambió la vida. La alegría existencial de ser abuelos es una de esa alegrías que brotan por todos los poros.  Cada vez que veo abuelos paseando o jugando con sus nietos me detengo a contemplarlos, porque veo allí amor puro y dicha perfecta. 

La reflexión que hago hoy va por el lado del deseo. Afirmo solo esto: que el deseo tener hijos es un deseo especial: incluyente, más grande que un deseo meramente individual. Es un deseo de dimensiones familiares y sociales: radicado en el corazón de los padres, ciertamente, pero allí donde su terreno comunica con el de los abuelos. Por eso es también -y con derecho- deseo de abuelos de tener nietos y bisnietos. Es un deseo que brota de lo más profundo de nuestro ser allí donde somos al mismo tiempo personas individuales familia pueblo y humanidad. 

Qizás es por eso que suenan tan artificialmente extraños los discursos que hablan de este  deseo y lo atribuyen de modo exclusivo a la persona gestante en su dimensión individual. (Hay quien afirma que no tiene sentido decir que somos individuos ya que más bien somos con-dividuos . El individuo aislado no es ni siquiera pensable que pueda existir). Es verdad que nadie más se puede “meter” a decidir por otro en esto de gestar. Pero respetando la decisión del que gesta, nada puede impedir que “otros” -abuelos, abuelas, hermanos, pueblo…, “deseen” que esa vida vaya adelante (por no hablar del mismo ser en gestación, que lo desea con cada latido). 

Estamos como digo ante un deseo muy particular: un deseo que sabe que coincide e incluye el de muchos otros. Al fin y al cabo, ser madre y padre expresado en términos de deseos es “desear lo que desea su hijo”: lo expresamos popularmente cuando decimos lo que deseo es que sea él mismo y que sea feliz. 

Por eso cuando se habla de hijos “no deseados” la expresión no es simple y debe asumir su propia tragicidad. Lo que no se quiere o no se puede asumir son las circunstancias -no deseado por mi, así concebido, en este momento, con estos problemas…- y por eso es que hay causales para el aborto, y se puede entenderlo y exculparlo, aunque no justificarlo. Cuando es concebido un hijo siempre hay alguien que lo desea, alguien que se quisiera hacer cargo.  

Me animo a decir que si nosotros, como personas nacidas, hubiéramos sido fruto sólo del deseo de una persona gestante, no solo que las probabilidades de haber nacido se hubieran visto muy reducidas, sino que nuestra identidad de seres humanos estaría mutilada. Me animaría a decir que estadísticamente, en la cadena generacional, cada uno de nosotros actualmente vivos podría encontrar algún ancestro cuyo nacimiento en algún momento “no fue deseado”.   

Yo no puedo no pensarme sino como deseado no sólo de mi madre y de mi padre sino de mis abuelos y bisabuelos. Deseado y aceptado tal como soy antes de que se delineara mi personalidad, como si todos hubieran intuido que sería un lindo nieto y un buen hijo. El hecho de que cuando apareció mi vida haya dependido durante algunas semanas exclusivamente de la libertad de la persona que me llevaba en su seno, no significa que el deseo que la afectaba directamente a ella haya sido un deseo reducido, como el deseo de sacarse un grano de la cara. La persona gestante identifica perfectamente que su deseo de proseguir o no un embarazo se enlaza intimamente con otros deseos, en primer lugar, con el deseo de vivir de su hijo, que lo manifiesta con los latidos de su corazón y con la fuerza con que se van organizando sus células. Identifica también perfectamente que su deseo de dar a luz a su hijo se unirá al deseo de sus padres y abuelos que la quieren a ella y lo querrán a él . Y también que si su deseo es no tenerlo tendrá que buscar ayuda: a otros que deseen asistirla y hacerse cargo del aborto. 

Trato de no hablar en términos morales,  de si esto está bien o está mal, sino en términos de un deseo qué es más que un deseo meramente individual. En filosofía se distingue entre deseo y necesidad. Aunque a menudo usemos la misma palabra, no es lo mismo “deseo comer” que “deseo tener un hijo”. Después de comer, cuando se sacia mi apetito, el asado que queda no me suscita los mismos deseos que cuando lo estaba preparando. La realidad es que no quiero el asado por sí mismo, sino saciar mi apetito: quiero el asado en cuanto es un bien para mí . Un hijo en cambio es un bien por sí mismo, y lo es en tal grado absoluto que es capaz de dilatar mi corazón, de hacerme desearlo y amarlo cada vez más. Por eso a una persona que desea abortar se le pide que espere a tenerlo para que compruebe si es verdad que no lo desea. Precisamente esto es lo que lleva a muchas a querer abortar lo antes posible ya que no quieren tener ese hijo y saben que si lo dejan crecer querrán que viva. 

Hay que profundizar más en estas reflexiones sobre el deseo pero en esta meditación pienso que estas consideraciones bastan para no hablar ligeramente de hijos deseados y no deseados. Existencialmente es imposible no desear un hijo en cuanto hijo. Por eso es que cuando el deseo de sacarse de encima un problema prevalece sobre ese bien deseable que es la vida de un hijo, ese deseo anulado vuelve bajo la forma del dolor, aunque se pueda perdonar la culpa. Por eso es que para poder legislar hay que realizar un proceso de negación de la realidad mediante reduccionismos. Hay que reducir los sujetos, hay que reducir la responsabilidad, hay que reducir un problema integralmente humano a una mera cuestión de salud pública.

Aunque reflexiones como esta no sirvan a un Congreso apurado (curiosamente solo en esta ley) creo que sí sirven a la hora de iniciar una siembra nueva de valores, entre los cuales este del deseo de los abuelos de tener nietos creo que es muy importante para un pueblo.

Hace poco me llego un videito muy tierno y el que lo mandaba decía “el mejor vídeo del año aunque no sé de qué producto hace propaganda ni me interesa”. Muestra a un viejo que se levanta una mañana y desempolva una pesa de más de 40 kg que tenía en el garaje. Al principio no la puede ni mover pero con los días la gimnasia va dando resultado. La motivación está en una foto que no vemos y que el viejo se pone en frente cada vez que inicia su ejercicio. Su empecinamiento comienza a preocupar a los vecinos. La vieja de al lado llama a la hija el día en que la pesa se le cae al abuelo, porque le da miedo de que se haga daño. El misterio se devela el día de Navidad. El viejo se afeita y se viste con su mejor traje y cuando ve bajar a su nieta mayor por la escalera comprendemos de quién era la foto. El regalo para la princesita -que al verlo se enciende en una hermosa sonrisa- es una linda estrella de Navidad, de esas que van en la punta del árbol. El abuelo alza a nieta como si fuera una pluma y ante la emoción de todos – reflejada en el cruce de miradas entre el padre y su hija- la nieta coloca la estrella en su lugar. https://twitter.com/borja_pardo/status/1340076934068396034?s=21

La publicidad es de una empresa de productos para la salud y la frase que ponen junto con la foto de la nieta es: “para que te puedas ocupar de lo que realmente importa en la vida”. Me llamó mucho la atención que una empresa que se dedica a cuestiones de salud fuera tan creativa y a la hora de vender sus productos apelará al deseo de los abuelos.  Son las paradojas de nuestra sociedad en que los que hacen publicidad muestran conocer mejor al hombre que los psicólogos y los legisladores.

Diego Fares

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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,

salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo reclinó en un pesebre,

porque no había lugar para ellos en la posada.

En esa región acampaban unos pastores,

que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.

De pronto, se les apareció el Ángel del Señor

y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, 

una gran alegría para todo el pueblo: 

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido 

envuelto en pañales 

y acostado en un pesebre.»

Y junto con el Ángel,  apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 

paz a los hombres amados por él!» 

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido recostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados  de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

Esperando la misa de la noche buena, mientras leo el Evangelio, me vienen ganas de hablar de San José y de los pastores. De San José la Virgen y los pastores, se entiende, Porque en el Evangelio cuando se habla de alguien siempre se incluye a los demás . 

En este tiempo de andar por los hospitales me ha tocado encontrar mucha gente como San José la Virgen y los pastores, gente sencilla, quiero decir, gente que en medio de su trabajo sabe levantar la mirada y aprovechar la magia de un encuentro lindo. Cosa que no suele suceder tan a menudo en los bancos o en el supermercado… 

Nada más decir esto y se me llenan los ojos de imágenes como lágrimas recordando tantos encuentros llenos de ternura y de humanidad en medio del gris de las salas de espera y del tono neutro del lenguaje hospitalario.Porque las salas de espera especialmente cuando hay mucha gente son grises. (Aunque no todas, porque debo decir que en el hospital Regina Elena las indicaciones de los recorridos tienen colores – fucsia verde azul- y las habitaciones el reparto de ortopedia, por ej. están pintadas cada una con un motivo. A mi me tocó “el jardín”, con pinturas de árboles y flores y dos pajaritos que a mi compañero Massimiliano y a mi nos representaban simpáticamente). En realidad, lo que es gris es el tono que tenemos los que estamos esperando, los pacientes. Pero apenas alguien toca una cuerda humana a alguno de los presentes se le enciende un color. 

Así pasó en la Noche buena, en qué con el blanco de unos pañalitos cuidadosamente extendidos en los que recostaron al Niño Jesús, San José y María llenaron de luz aquel  pesebre de Belén. No sé si sea la misma la palabra en griego y no tengo tiempo ahora de mirar pero el texto del Evangelio que uso así como dice que la Virgen envolvió en pañales a Jesús también dice que la gloria del Señor envolvió a los pastores con su luz. 

Y por aquí se me encamina la reflexión de hoy que quiere ser muy sencillita, pero con lindos colores, sobre la gente como San José la Virgen y los pastores – y  también Jesusito- que son gente que se deja envolver por los colores de Dios.

Los colores de Dios tienen sus particularidades. Algunos pintores como El Greco o Rupnik hacen ver cómo la luz de Dios, que es envolvente, ilumina brotando de adentro hacia afuera. En el mosaico del nacimiento que está en la capilla de nuestra casa San Pedro Canisio es muy notable cómo el dorado que brota del niñito Jesús traspasa la oscuridad de la cueva y se sobrepone a la luz de la estrella. 

Esto es lo que me conmueve de la gente sencilla: iluminan desde adentro hacia afuera aun cuando se dejan iluminar por otro. Es gente que ya tiene su lucecita encendida, pero no trasciende, sino cuándo se cruza con otro que también tiene la mirada encendida. 

Por eso la iluminación de los pastores no es una escena en la que los Ángeles ponen un reflector sobre la oscuridad de la campaña. El fueguito y la esperanza que alentaban el corazón de los pastores fue atraída como un imán por la luz que bajó del cielo, como pasa con los relámpagos que parece que vienen de arriba y sin embargo brotan de la tierra. Que tenían luz dentro de sus corazones se ve en cómo les brotó enseguida la fe, en cómo esa fe se les convirtió en ir corriendo a ver lo que les habían anunciado los Ángeles y esa fe se convirtió en fe anunciada, lo cual se ve por cómo contaban a todos – llenándolos de admiración – lo que habían visto y oído. Lucas dice que volvieron alabando y glorificando a Dios, que es como decir que volvieron pintándolo todo con la luz de Dios.

Me gusta esta imagen del imán: tu color y una luz que te brota de adentro, atraen el color y la luz que brotan de adentro del otro. 

Decía que los colores de Dios tienen sus particularidades : una es la de envolverlo todo -incluyen mansamente-, otra es la de brotar desde adentro, lo cual, cualitativamente, nos habla de autenticidad, y esta tercera, la del imán, que es la de atraerse las luces entre sí, contagiándose alegría y creando fraternidad.

Vuelvo a la relación entre los pañalitos blancos que envolvieron a Jesús y la luz de los Ángeles que envolvió a los humildes pastores. La hermandad entre Jesús y los pobres creo que no se debe a que cuando estamos en situación de pobreza o de enfermedad (que es una forma de pobreza) seamos mejores que cuando estamos en situación de riqueza o de salud. Esto es algo que descubrí en el cottolengo de Don Orione cuando hacía el mes de hospital. Me llamaba mucho la atención la alegría contagiosa qué reinaba en los pabellones en medio del dolor, de la enfermedad y las deformidades. Me di cuenta de que allí el mal se había externalizado y había dejado limpio el ámbito interior de los corazones llenos de inocencia de los cotolenguinos. No es que la enfermedad y la pobreza nos hagan más buenos por sí mismas, pero de alguna misteriosa manera le allanan el camino a la ternura y a la luz de Dios: cuando estamos pobres y enfermos nos dejamos envolver con más facilidad por la ternura, como el Niño Jesús, y por la luz de los Ángeles, como los pastores. Nos volvemos más atentos y abiertos a los gestos amables y a las buenas noticias, que nos pintan el rostro con los colores de Dios.

 …..

La sala de espera de Oncología Médica es amplia y fría. Alguien ha abierto una gran ventana por miedo al Covid y entra un chiflete de aire helado. Me siento en el único lugar libre debajo televisor y quedo mirando al resto de la gente – unas 20 personas esparcidas respetando el distanciamiento social-. Paola y Mima (después me dijeron que se llamaba así) conversan entre ellas de lo larga que se les hace la espera. Paola se acaricia una mano hinchada mientras cuenta que ha viajado 5 horas desde el sur, qué hace 3 horas que está esperando y no sabe si podrán permanecer, ya que tiene el tren de regreso en dos horas. En cierto momento dice qué hace una semana que no duerme y yo sin saber por qué me meto en la conversación y le pregunto por qué no duerme. Ella no me mira raro ni me dice y a usted qué le importa, sino que me incluye la conversación y dice que son los pensamientos…, que no puede hablar con nadie para no preocupar a la familia y que por eso no duerme. sin pensarlo me levanto y le doy un Rosario que siempre llevo y que ella recibe con un poco de embarazo pero enseguida comienza a acariciar el lugar de hacerlo con su mano mientras Mima le muestra el suyo que lleva siempre colgado al cuello ya que es el Rosario de la patrona de su pueblo. Le digo que es la medicina cuando uno no puede dormir y que no se preocupe que la llamaran pronto seguramente, ya que tienen en cuenta a los que vienen de lejos. Salgo un momento a tomar un café y cuando vuelvo veo que ninguna de las dos está, que ya las han llamado.

A la media hora sale Paola por otra puerta caminando apresurada. De golpe se detiene se da vuelta y me busca con la mirada: ya me llamaron me dice y le brillan los ojitos. Nos deseamos una feliz Navidad y parte a buscar su tren. Me deja a mí en una sala de espera que de repente se ha vuelto cálida y luminosa.  

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