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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

(Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consultar cómo podrían entrampar a Jesús con sus propias palabras. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, por que no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, (a la luz de la Ley) ¿qué te parece? ¿Es lícito dar el tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo: ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario. Y El les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción (“Emperador Tiberio, hijo adorable del dios adorable”)?

Le respondieron: Del César. Jesús les dijo: Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-22).

Contemplación 

El evangelio dice que los fariseos se retiraron después de escuchar la parábola del Señor sobre el vestido de bodas, que se juntaron con los herodianos (que eran sus enemigos) para ver cómo le podían tender una trampa y que la trampa se la armaron en torno al dinero. 

Cómo vemos no es ninguna novedad que contra Jesús y los que anuncian el Evangelio se junten los fundamentalistas de la religión con los fundamentalistas del poder y que los que en otras cosas son enemigos entre si, encuentren un lenguaje común en torno al dios dinero. Por eso -porque la historia se repite- terminó siendo tan paradigmática esta escena en que el Señor, ni lerdo ni perezoso, les respondió de rebote y pasó como en el tenis, que cuando uno hace un saque muy fuerte, si el adversario lo agarra de pleno, el rebote vuelve con el doble de velocidad. Aprendiendo de los criterios de discernimiento del Evangelio, cuando uno escucha críticas al Papa y a la Iglesia puede ser interesante, para encontrar un punto de vista independiente de las manipulaciones mediáticas, examinar no sólo el tema en discusión, sino la relación con el dinero qué tienen los que atacan.

Hoy sólo quiero detenerme en una cuestión de lenguaje. En esto de que después de escuchar una parábola, que es como decir después de escuchar una invitación linda a entrar en la dinámica del Reino del Dios, que es la dinámica del amor gratuito, los fariseos inventan una trampa. 

Las trampas tienen algo de paradoja . Uno «cae en una trampa» cuando se deja llevar por un razonamiento lógico que le resulta familiar y termina cayendo en un pozo. Sucede al revés con las parábolas de Jesús. En ellas, uno entra en una situación que le resulta familiar, como es la del rey que con gran ilusión invita las bodas de su hijo, y termina cayendo en la cuenta de que es uno el que ha sido invitado no por méritos sino por misericordia y que debe ponerse el vestido de bodas que le regalan para estar a la altura de una fiesta tan gloriosa. 

Podríamos decir que tanto las invitaciones de Jesús como las trampas del maligno nos hacen pisar el palito de alguna paradoja, pero con intenciones distintas: Jesús para hacernos caer en las manos misericordiosas del Padre y en el compromiso fraternal con los hombres; el maligno, para hacernos caer en sus engaños asesinos.

Ahora, el detalle evangélico de hoy está en que los fariseos y herodianos quisieron usar el dinero para entrampar a Jesús. El lenguaje del dinero es particularmente peligroso porque tiene la dinámica de las anti-parábolas: sus pa-radojas son malignas. Como cuando se dice que “el tiempo es dinero”. La frase parece positiva, en cuanto que impulsa a trabajar más, pero se absolutiza de modo tal que uno termina vendiendo su tiempo para ganar un dinero que luego no puede usar.

El dinero es un dios, el dios infinito cuantitativo, y tiene su liturgia y su (anti) evangelio, cuyo lenguaje es siempre la antítesis del lenguaje de las parábolas de Jesús. 

Tono de burla

Es la antítesis de las parábolas de Jesús, primero que nada, por el tono (que refleja la intención): los que hablan en lenguaje de dinero se ríen y se burlan sarcásticamente de los que hablan el lenguaje evangélico -que es poético y religioso- de las parábolas. En el pasaje evangélico de hoy, el sarcasmo se puede notar en la frase: «Maestro! tú que no haces acepción de personas…, dinos si es lícito o no pagar el tributo al César». 

La dinámica de las parábolas de Jesús es siempre de salvación: ayudan a que el que escucha descubra la verdad por sí mismo y reciba una gracia. La dinámica de las parábolas del dinero, en cambio, es de perdición: son para engañar y confundir al otro y hacer que se hunda.

Las metáforas inmanentes del dinero

El lenguaje del dinero es una antítesis peligrosa de las parábolas porque también usa metáforas que seducen, cómo esa de Manolito: «Lo bonito de los dólares es ese ‹verde-coima› tan seductor». Lo que sucede es que, en el fondo, la dinámica de las metáforas del dinero no es trascendente: el dinero no trasciende, sólo busca más dinero. 

En cambio el lenguaje del Evangelio tiene una dinámica que nos hace salir hacia el Otro -hacia Dios y hacia el prójimo -, una dinámica que trasciende, que hace crecer. 

El dinero se alimenta a sí mismo. Da la ilusión de que nos permite comprar cosas y desarrollarnos, pero la realidad es que lo que se compra con dinero son cosas que se consumen y nos consumen con ellas. 

En cambio, el lenguaje evangélico cuando te conecta con la gracia te la da entera. Y la gracia no sólo es un tesoro que no se consume, sino que hace que se dilate en el amor nuestro corazón: nos hace crecer como personas. 

El dinero aunque te da un producto es un producto marcado por el dinero mismo, de esos que apenas los compraste ya quedaron caducos, y te están como exigiendo que desees comprar el siguiente, que será más sofisticado. 

Jesús sabe que el dinero es necesario y por eso dice que se le de al dueño del dinero lo que es suyo. Pero que no se mezcle con darle a Dios lo que es suyo: nuestro corazón, nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro amor.

Al dinero hay que darle lo suyo que es su carácter de medio para relacionarnos entre nosotros. De ninguna manera hay que convertirlo en fin, pero hay que saber que como es el medio universal que aceptan los de todas la religiones e ideas políticas, es difícil no endiosarlo en la práctica. El dinero es el ídolo perfecto, el ídolo por antonomasia. A los que lo poseen en gran cantidad les hace real la ilusión de que sean ellos los dioses. Lastimosamente terminan dejándoselo íntegro a otros a quienes esa masa de dinero anónima pasará a darles la misma ilusión y se los devorará como se devoró al primero. 

…..

Meditaba en estas cosas en la clínica «Salvator mundi» mientras esperábamos las dos horas que tardaron en hacer el informe de la «TAC total Body con contraste» (que entre otras cosas reveló que ‹no tenía nada en el cerebelo›, como dijo el radiólogo. Cosa que ya sabíamos). Como los médicos que me operarán en el riñón necesitaban tenerla «ya», esta la tuvimos que pagar, porque si no había que ir a hacerla a Nápoles y demoraríamos mucho. Hay momentos, como me decía Paolo, el enfermero amigo que me gestiona y acompaña en todos los análisis, en que se justifica pagar, si uno puede. Mi tumor al riñón es de los que no dan señales. Creció muy lentamente hacia fuera del riñón que por eso seguía cumpliendo bien con su función y no daba señales, el muy traidor. Pero estos tumores en cierto momento comienzan a esparcir metástasis por todos lados y ahí es donde es vital apurarse a sacarlo. 

Yo pensaba que nosotros, jesuitas, con la organización que tenemos, estamos reasegurados. Papá siempre decía que los jesuitas teníamos la comida, la salud y los medios para trabajar asegurados, cosa que el 99,90 % de los mortales no tiene y vive «en la inseguridad». Experimentando estos privilegios de manera particular en el momento en que las papas queman, la reflexión no se me fue para el lado de la justicia, sino para el lado de la amistad. Es tan grande el abismo que nos separa de los más pobres, que no hay justicia humana que pueda salvarlo. Y aunque lográramos tener un mundo justo hoy, no llegaríamos a darle una mano a los que en este momento están siendo los más pobres, especialmente los niños que ya nacieron físicamente pobres, desnutridos. Cuando hablamos de «ser pobres» y de hacer «una opción por los pobres», a mi ese lenguaje me queda grande en la boca y siento que no puedo usarlo sin sentir vergüenza interior y tratar de que al menos el tono que uso al hablar no sea el de quien se siente muy contento de lo que debe decir. 

Pero en medio de estos razonamientos, quizá demasiado humanos, me consoló y muy mucho pensar en mis amigos más pobres tanto del Argentina como de Roma con los que en estos días me he comunicado tanto. Y se me juntó con un sentimiento de agradecimiento muy grande a la inspiración que ha tenido el Papa Francisco al hablar de la amistad social como la clave de todos los desafíos que nos presenta el mundo actual. 

Si queremos una justicia que nos vaya igualando, la igualdad básica no puede ser otra que la más alta: la de la amistad. La dinámica de la amistad es lo más igualador que existe entre los seres humanos. Siempre encuentra caminos y allí donde no los hay, los crea. Allí donde el dinero divide irremediablemente, la amistad une indisolublemente. 

Sólo siendo amigos con los pobres y con Dios es posible establecer una relación con el dinero que no caiga en sus razonamientos tramposos ni en una idolatría práctica. «Hacerse amigo de los pobres con el dinero inicuo» sigue siendo el consejo sabio del Señor.

Diego Fares sj

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Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: (Lo que acontece en) el reino de los cielos es semejante a (lo que le pasó a) un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero, ¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

El vestido de bodas… La palabra «bodas» – que aparece ocho veces en la parábola que Jesús le cuenta a los que lo critican y lo quieren matar- es la clave de la invitación, del banquete y del vestido. Son las bodas del Hijo que el Padre venía preparando desde toda la eternidad: la alianza de Jesús con la humanidad, con la gente, con todos los pueblos y personas que Dios creó. A esta fiesta de bodas no hay excusa que valga para faltar o no estar a la altura.

Pensaba que, para una fiesta de casamiento, el vestido, que es algo muy personal, tiene un sentido social particular. En otras fiestas, actualmente, uno puede ponerse un vestido extravagante, si quiere. En una fiesta de bodas tiene que ser algo lindo y elegante, pero que no desentone, que no llame mucho la atención, ya que lo que importan son los novios. Quizás ese era el sentido de que en los casamientos en la época de Jesús el que invitaba le daba una túnica -un vestido de bodas- a sus invitados. En definitiva, no aceptar el vestido de fiesta es como si hoy uno se llevará su botella de vino personal y no bebiera del que le da el anfitrión: una muestra de desprecio.

Está claro que el Padre es el que hace la fiesta y la celebra, sí o sí: si los invitados no son dignos, invita a otros, a los pobres de los caminos, a buenos y malos. Y si bien la invitación es gratuita, la fiesta tiene su etiqueta rigurosa, que aquí se puede ver en la importancia del vestido de bodas. No se trata de algo difícil, porque el vestido se regala, sino que se trata de hacer la voluntad de otro, de vestirse como le agrada al Padre y no como uno quiere. Y esto no siempre resulta fácil. 

Además este hombre ni siquiera se excusó, se quedó callado, lo cual puede ser signo de uno que no tiene idea de lo que pasa, pero también de alguien muy soberbio que ni siquiera se digna a responder, acostumbrado hacer lo que quiere.

Me gusta pensar en este vestido de bodas como un hábito qué expresa nuestra igual dignidad, nuestro ser “todos hermanos”, como sueña Francisco que soñemos. 

Cuando en la Iglesia entraron en crisis los hábitos entre los consagrados, las consagradas y los sacerdotes, el deseo profundo era el de no distinguirnos de los demás, el deseo de usar el vestido común de la gente. 

No es fácil lograr esto en la práctica. Es verdad que los hábitos pasan de moda y muchos se convierten en algo estrambótico, como ciertos sombreros de monjas y de obispos. Pero también es cierto que en todas las épocas y culturas tendemos a uniformarnos y a distinguirnos. Recuerdo que en nuestra época de estudiantes terminamos inventando un «hábito» que consistía en una mezcla de camisa de cura y jeans. 

Creo que el punto está en que el hábito es dinámico, conlleva una relación entre la espiritualidad que se vive interiormente y lo que se expresa con la manera de vestir. Evangélicamente me parece que lo bueno es que el hábito tenga algo de parábola, algún elemento común que suscite la apertura a la novedad que trae Jesús. En este sentido, creo que en nuestra época es bueno tener libertad interior para usar diversos hábitos. Como aquel cura que cuando iba con los progresistas se ponía la sotana y cuando iba con los conservadores usaba jeans. Pero la dinámica no debe ser la de escandalizar o atraer la atención sobre uno mismo, sino la de ayudar a que las personas con las que uno trata acepten mejor el evangelio. 

Pensaba estas cosas en el hospital Hesperia al que fui a hacerme una biopsia. El hecho de no ir vestido de cura en una tierra donde la imagen del sacerdote está super estereotipada me ayudó a entablar relación con mis compañeros de habitación y con las enfermeras y los asistentes sanitarios de una manera muy natural. Esto hizo que cuando alguno se enteraba de que era cura, la relación cordial que ya habíamos establecido se profundizará en un diálogo más espiritual. Como el que tuvimos con Giuseppe mi compañero de pieza, con el que al segundo día terminamos celebrando la misa. No se sentía “a la altura”, pero aceptó participar cuando le dije que necesitaba un monaguillo, por el brazo. También terminamos rezando con los papás de Beatrice, una nena de Calabria que se había operado de la columna, después que Francesco -el papá-  se me acercó porque dijo que era el único que le había sonreído cuando andaba por el pasillo. Y también terminamos amigos con Carlos, del equipo de radiólogos, que resultó ser jujeño. Sin saber que era cura, al ver que era argentino cambió de idioma mientras me acomodaba en la camilla y comenzó hablarme en español, cosa que me tranquilizó un montón. 

Pero uno de los diálogos con Giuseppe – napolitano papá de cuatro hijos, camionero, que también se operaba de la espalda- no tuvo desperdicio. Charlábamos y entre cosa y cosa salió que él no creía mucho los curas. Yo le dije que yo tampoco y le conté el dicho de mi amigo Francesco, que dice que los curas «estudiamos de noche para jorobar a la gente de día». El napolitano, moviendo la cabeza, pesó la frase apenas un instante y dijo espontáneamente: «Y algunos ni siquiera estudian!» Me hizo largar la carcajada y ahí nomás le mandé un WhatsApp a Francesco, que respondió diciendo: «Un maestro! Entendió todo. Yo había entendido sólo la mitad». La charla era en camiseta y en medio del personal que entraba y salía con remedios y anotaciones varias.

Las bodas son una figura de la Alianza entre Jesús y la humanidad y el vestido de bodas tiene que ser un hábito que haga alianza, no que cause rechazo o establezca lejanías. El hábito, cómo todo lo que hace al estilo cristiano -ritos, costumbres, leyes…-, tiene que favorecer esta Alianza entre Jesús y la gente. En este sentido siempre tiene que ser objeto de un cuidadoso discernimiento. No existe un hábito o un estilo cristiano en sí mismo, que sea igual para todas las culturas y en todas las situaciones. Aquí vale lo de San Pablo de «hacerse toda todos» para ganar al menos alguno para Cristo. Éste «relativismo cultural» es el que permite predicar en su radicalidad absoluta el Evangelio. El hábito de San Francisco lleno de los remiendos que le hacía su amiga e hija espiritual Santa Clara, es una linda imagen de un evangelio que se deja remendar exteriormente por la gente sencilla para poder brillar así con toda la fuerza y el esplendor de su gloria interior.

Diego Fares sj

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“Jesús dijo a los ancianos y sumos sacerdotes: Escuchen otra parábola: Había un hombre, padre de familias, que plantó una viña y la cercó, cavó en ella un lagar y edificó una torre, la alquiló a unos viñadores y emigró. Cuando se aproximaba el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los viñadores para recibir sus frutos. Y los viñadores, agarrándolos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. De nuevo envió otros siervos, en mayor número e hicieron con ellos otro tanto. Por último envió a su propio hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo. Pero los viñadores, viendo al Hijo se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero, matémoslo y quedémonos con su herencia’. Y agarrándolo lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos viñadores? Le respondieron: ‘A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo’. Les dijo Jesús: ¿No han leído en la escritura: ‘La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular. Por obra del Señor se hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos’? Por eso les digo que a ustedes les será quitado el reino de Dios y se le dará a gente que le haga dar frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la gente, que lo consideraba un profeta (Mt 21, 33-46).

Contemplación

En su discusión con los ancianos y sumos sacerdotes Jesús cuenta una parábola en la que la lógica de unos viñadores que no querían pagar impuestos fue la de  matar al heredero: “Este es el heredero matémoslo y quedémonos con su herencia». El Señor concluye la parábola con la metáfora de la piedra angular: «La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular». 

Sin embargo esto que parece terrible se convierte en algo bueno en las manos del Padre. El intento de frustrar el plan de Dios se vuelve contra los viñadores homicidas. Jesús afirma resueltamente que todo esto se hizo “por obra del Señor y es maravilloso nuestros ojos”. Y agrega que la viña que se pierden los viñadores homicidas le será dada a un pueblo que le haga dar frutos. Vemos así que la muerte del heredero, del Hijo amado, se convierte en piedra angular para la salvación de todos los que desean dar fruto.

Nos detenemos a gustar la solidez de la imagen de la piedra angular. Pablo nos dice que la piedra angular es Jesús: “Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef 2: 19-20). 

La metáfora está tomada de la edificación antigua y nos habla de una piedra clave que se coloca en diversidad ubicaciones: en el fundamento, en la parte superior y más visible o en el ángulo. Es piedra de fundamento, entre el cielo y el suelo, piedra de unión, en el ángulo donde se juntan dos paredes (esquinera; y clave de bóveda, en el centro de un arco para que las otras piedras permanezcan en su lugar.

Esta metáfora tiene dos orígenes en la Biblia. Por un lado, es la piedra sobre la que Moisés hizo brotar agua en la roca de Horeb (Ex 17, 5) y que el cristianismo identificará con la Roca espiritual que representaba a Cristo . Se trata de una roca que camina junto con su pueblo, no de una roca estática: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Co 10, 4). Por otro lado, y principalmente, es la piedra rechazada por los constructores que fue elegida por Dios para convertirse en piedra angular del edificio, como dice el Salmo 118. 

Es una piedra cósmica, cimiento de la Creación, y también una piedra especial,   que Jesús “crea” en Pedro – el Papa- para construir su Iglesia, la comunidad cristiana entendida como edificio formado por piedras vivas (1 Pe 2, 4-8). 

Son muy lindas las palabras del profeta Isaías que expresa así el deseo de Dios: «Voy a poner una piedra de cimiento en Sión, una piedra sólida, angular, preciosa; quien se apoye en ella, no sucumbirá. Pondré el derecho por regla y la justicia por nivel (Is 28, 16-17).

Aplicada a Cristo la metáfora nos dice que el Señor es el que tiene que estar allí donde se unen los pueblos, allí donde se construye la vida y la cultura, y allí donde se concluyen y cierran las cosas en la vida de cada persona. Todo fue creado por Él; Él es el que recapitula todas las cosas y, en medio de la historia, Él es el lugar de encuentro y el Mediador.

Piedras angulares de hoy

Tratando de bajar esta hermosa doctrina a nuestra vida, meditaba acerca de cuál es la piedra angular en el mundo de hoy. La imagen se entiende, pero hoy los fundamentos de los edificios no se ven: muchos no tienen esquinas y los pesos se distribuyen homogéneamente en el interior de las estructuras de acero y hormigón armado. 

Sin embargo buscando en internet vi que la metáfora de la piedra angular se sigue usando. Dice uno: “Cuando hablamos de una piedra angular hacemos referencia al objeto fundamental que hace que algo se lleve a cabo. Es el elemento que permite sentar las bases para iniciar un proceso que es elemental para el crecimiento”. 

A nivel de crecimiento de un país se suele decir que la infraestructura es la piedra angular del desarrollo.

A nivel de funcionamiento de la sociedad se habla de los datos (digitalizados e interconectados) como la piedra angular de la así llamada cuarta revolución industrial.

También se habla de cuatro piedras angulares que tienen que ver con el uso de los datos: estos campos son: el acceso a la información y al conocimiento, libertad de expresión, privacidad y normas y comportamientos éticos en línea. Son claves necesarias para construir una Internet global libre y confiable que posibilite Sociedades del Conocimiento inclusivas.

Pero quizá el uso más interesante de la metáfora es el que proviene de la publicidad. Dice Daniel Heer, CEO y fundador de Zeotap: “La personalización (de los datos) es la piedra angular de todo”. Escuchemos lo que sigue: «No es raro mentir en encuestas. Según BBC News, es probable que un tercio de los encuestados no respondan con sinceridad, por lo que uno puede imaginar cómo eso puede sesgar cualquier estudio. Los encuestados quieren parecer mejores de lo que son, quieren dar respuestas socialmente más deseables o no quieren responder honestamente sobre comportamientos sensibles. Sin embargo, los datos agregados sobre los consumidores, incluidas las búsquedas en Internet, nos dan una imagen real, más completa y precisa de quiénes son estos clientes y cómo se comportan realmente en la vida real: qué contenido leen, qué compran y con qué frecuencia, qué aplicaciones usan activamente y así sucesivamente. Aquí es donde entra el poder de los datos, no de mirar las búsquedas en Internet de manera aislada, sino de la agregación y análisis de miles de millones de puntos de datos de millones de consumidores. Las marcas deben dejar de depender de datos en silos y desactualizados que solo revelan una dimensión del comportamiento del usuario. Deben comenzar a reunir diferentes puntos de datos que agreguen comportamientos holísticos y dinámicos. Solo así, las marcas podrán determinar si realmente hay una intención de compra detrás de cada una de ellas. Por eso es más importante que nunca que las marcas tengan la inteligencia superior del cliente para sobrevivir en un panorama publicitario cada vez más competitivo, donde la personalización es la piedra angular de todo». 

Es notable como los que se dedican a la publicidad conocen más del hombre que los que cultivan las ciencias. Como dice Heer la clave está en la personalización de los datos. Y personalización quiere decir libertad, que se concreta en lo que uno compra realmente, es decir en lo que desea comprar y en lo que está realmente dispuesto a gastar. Personalización de los datos para las empresas significa predecir qué es lo que uno realmente está dispuesto a salir a comprar y a pagar. Este discernimiento requiere los datos que proporcionan las máquinas y el juicio último de la persona que interpreta los datos. 

Así el dinamismo del consumo -característica principal de la vida moderna-  tiene como piedra angular el discernimiento de nuestra intención de compra.

Podemos imaginar al Señor como uno que recoge todos los datos de nuestra vida -los datos que provienen de ese motor de búsqueda interior que es nuestra oración, en la que expresamos nuestros deseos más hondos, por quienes rezamos y que pedimos-, y los datos que provienen de nuestros comportamientos prácticos, fraternales o egoístas. El señor que lee los corazones observa nuestra vida: se fija si rezamos como el fariseo o como el publicano, está atento a sí damos limosna como la viuda pobre o como los ricos, haciéndonos ver. Evalúa cómo es nuestra fe, si poca, como la de Simón sobre las aguas o grande como la de la siro-fenicia y el centurión. Nos prueba, como al joven rico, a ver si estamos dispuestos a regalar nuestros bienes por una mirada suya, llena de amor.

Podemos decir que Jesús personaliza todos nuestros datos poniendo especial atención a nuestra intención de compra: es decir en lo que estamos dispuestos a pagar. Porque su Reino, Él nos lo brinda gratuitamente, no es algo que se pueda comprar, pero una vez que entramos en su dinámica, sí depende de que estemos dispuestos a pagar su “uso”, ofreciendo cada vez como don nuestra vida entera. 

Así como la piedra angular de una empresa está en su capacidad de interactuar con nuestra intención de compra de productos o servicios, Jesús interactúa no tanto con nuestras virtudes o pecados en sí mismos, sino con lo que estamos dispuesto a pagar para que vaya adelante su Reino en bien de todos los hombres, especialmente de los más desamparados. 

Lo vemos en la parábola de los talentos; lo vemos en la parábola de hoy que se fija en los que no quieren pagar los impuestos y en los pueblos que querrán dar fruto a su tiempo. El Reino de los cielos, recibido como don gratuito, requiere que a cambio pongamos en juego y gastemos nuestra vida entera para que vaya adelante y llegue a todos. Jesús es la piedra angular porque es el que personaliza los datos y encuentra las personas que pueden hacer realidad su reino: que tanto ayer como hoy no suelen ser tanto los los meritocrátas, sino más bien los santos y santas de la puerta de al lado.

Jesús se fija en nuestra libertad y en nuestro deseo hondo: si realmente queremos recibir ese don del reino que implica dejarnos “invadir y dinamizar el corazón” por su amor absoluto que nos lleva a apasionarnos por la justicia y la fraternidad entre los hombres, como decía Madeleine Delbrel. 

Jesús se fija en nuestro deseo de compartir nuestros bienes, practicando las obras de misericordia; se fija en nuestras elecciones de vida profundas, si son en beneficio de nosotros mismos solamente o para bien de todos los hombres nuestros hermanos. 

El negocio es “a todo o nada”, aunque el Señor lo vaya planteando a lo largo de toda nuestra vida, respetando nuestros tiempos. 

Le pedimos la gracia de que sea Él esta “piedra angular“ de nuestra vida, que sea Él -y no solo google- el que recoge y junta nuestros datos y elige el momento justo para proponernos el negocio del reino, cuando sabe que nos podemos hacer cargo del precio alegremente.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué les parece a ustedes?: Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero le dijo: ‘Hijo mío, ve hoy a trabajar en la viña’. El, respondiendo, dijo: ‘No quiero’-, pero después, arrepentido, cambió de parecer y fue. Acercándose al otro le habló de manera similar. Este, respondiendo, dijo: ‘Voy, señor’-, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? ‘El primero’-, respondieron. Les dijo Jesús: ‘En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en Él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; pero ustedes, aún viendo esto, no se han arrepentido ni han cambiado de parecer para creer en Él (Mt 21, 28-32).

Contemplación

Así como a la parábola del Hijo pródigo la fuimos aprendiendo a ver como la parábola del Padre misericordioso, a está de los dos hijos, el que dice que no, pero después va a trabajar en la viña, y el que dice que sí, pero después no va, también podemos aprender a contemplarla como la parábola del Padre que pide ayuda a sus hijos.

Es el mismo Padre que salía a contratar obreros este que ahora sale de sí a pedirle una mano a sus hijos. Sale de ese silencio en el que a veces los padres le dan vueltas a las cosas discerniendo en su corazón a ver si le piden o no ayuda a sus hijos. 

Nos remansamos contemplando esta imagen de un Dios que pide ayuda, o mejor, colaboración: «Hijo mío, ven hoy a trabajar en la viña». Digo «colaboración» porque en familia «rica» uno puede suponer que no es que «necesite» ayuda; si necesitara, podría salir a contratar más obreros para realizar la cosecha. Hay un detalle que da pie a imaginar que aquí se trata de otra cosa, de lo que Jesús llama a la voluntad del Padre, su deseo preferido, la alegría que le da que sus hijos trabajen en la viña. El detalle es que la llama «la viña», no «mi viña». En la parábola anterior el empresario repite muchas veces «mi viña» y deja bien claro que se trata de sus bienes, con los cuales hace lo que quiere. En esta parábola, en cambio, la invitación – sugerencia o mandato-, que dice ” ve a trabajar” está abrazada por dos expresiones muy lindas: «Hijo mío» ve a trabajar «en la viña». «Hijo mío» hace sentir todo el cariño del Padre y que el mandato apunta al interior del corazón de su hijo. No es una obligación externa. Esto se entiende al decirle «la viña»; la viña común, la propiedad familiar. Su invitación y mandato es de ese tipo que hace un padre o una madre a sus hijos encareciendo lo lindo que es trabajar en las cosas comunes y deseando que el hijo incorpore como propio lo que puede hacer por el bien común. Aquí no se habla de salario ni de últimos y primeros, sino de quién incorpora lo que le alegra el Padre. 

Creer en Jesús

Ahora bien, como el Señor habla de «hacer» la voluntad de Dios y como el ejemplo que usa es el de ir a «trabajar» a la viña, podemos quedarnos en un hacer exterior. Pero después vemos que aplica la parábola a un «hacer» distinto: Jesús termina hablando de la fe. Le dice a los fariseos que los publicanos y las prostitutas se les adelantan en el reino porque creen en Juan el Bautista y en Él. Tenemos así que lo que le agrada al Padre, lo que quiere que hagamos, es creer en su enviado Jesucristo. «Esta es la voluntad del Padre: que el que contempla al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna» (Jn 6, 40). En esa fe en Jesús es donde toman la delantera los publicanos y las prostitutas. 

La voluntad del Padre es algo que hay que «hacer», en el sentido de que siempre y cada vez se trata de algo concreto que se nos invita a practicar. No es decir: «Señor Señor». Creer es como ir a trabajar en la viña: la fe implica un llamado y una tarea. Pero es un hacer interior, de corazón, y por eso la condición de posibilidad para sintonizar nuestro interior con el del Padre es la fe en Jesús, es mirar al Hijo predilecto, así como un hermanito menor mira a su hermano mayor cuando quiere ver cómo es que hay que hacer las cosas que mandó la mamá o el papá.

 Voluntad es, pues, el deseo preferido, hondo, lo que le agrada más a nuestro Padre, lo que alegra su corazón, lo que más le gusta de nosotros. Y este deseo se centra en una sola cosa: que creamos en su Hijo amado Jesucristo, que lo escuchemos. Esta es la única voluntad del Padre. Jesús después explicitará esta voluntad de muchas maneras: en las bienaventuranzas, en las obras de misericordia, en los consejos evangélicos. Pero trabajar en la viña es, antes que ninguna otra cosa, creer en Jesús. El Señor lo dirá claramente: «El que no cosecha conmigo, desparrama».

Contentos de trabajar con Jesús

 Trabajar en la viña es colaborar con Jesús, no simplemente hacer las cosas, sino hacerlas a su estilo, a su ritmo, a su manera. Cómo dice Ignacio en la meditación del rey que a todos llama diciendo: «El que quiera venir conmigo estará contento de trabajar como yo, de modo que siguiéndome las penas me siga también en la gloria». Dolores Alexaindre consagró la unión de estas tres condiciones del llamado a trabajar en la viña: «conmigo, trabajar y contento». Ella nos ayuda discernir donde renguea nuestra respuesta. Están los que trabajan con Jesús, pero no contentos, sino con cara de vinagre; están los que trabajan contentos, pero no con Jesús. Trabajan porque son entusiastas y le gusta trabajar (en lo que quieren y al modo suyo). Y están los que están con Jesús muy contentos, pero no trabajan. No trabajan en las obras de misericordia.

El trabajo, entonces, la obra que Dios quiere que hagamos desde el interior del corazón, es creer en Jesús. Creer con esa fe que opera por la caridad, como dice Pablo: una fe que se traduce en obras de misericordia y que tiene el sabor de la bienaventuranzas. 

Un Dios que se deja ayudar

Pero volvamos a la imagen de un Dios que se deja ayudar, al que le place trabajar con otros, co-laborar. Jesús dice muchas veces que el Padre es el viñador, que siempre está trabajando y que Él , su Hijo, siempre está colaborando con el Padre, haciendo lo que le agrada. Ir a trabajar a su viña -qué es toda la creación y en ella, todos los pueblos-, es entrar en este círculo de estrecha colaboración entre Jesús y el Padre. Y aquí todos tenemos que cambiar un chip. Tenemos que cambiar el chip del «qué me pide Dios que cumpla» por el chip de «cómo me está ayudando Jesús a crecer como persona en la adoración y el servicio». Por qué esta es la primera fe: que Jesús vino ayudarnos y que lo podemos ayudar a Él a llegar a los demás.

El Padre de la parábola ayuda a sus hijos a crecer como personas haciéndose ayudar, haciéndole ajustar el trabajo por la familia en la viña común. Jesús vendría ser como el tercer hermano, el que responde al Padre «aquí estoy para hacer tu voluntad» y no sólo lo dice, sino que lo hace y lo hace hasta el final: «nos amó hasta el extremo».

….

Cómo me decidí a ir contando algunas experiencias de fe en esta etapa en que me estoy haciendo análisis para poder hacer una biopsia del húmero (este miércoles, si Dios quiere) y luego de 20 días, seguramente una intervención, les comparto algo que tiene que ver con esto de dejarse ayudar. (Siempre he contado historias en las que acompañaba a alguno yendo al hospital o en alguna situación en que necesitaba ayuda, y discerní que no era auto-referencial contar estas pequeñas historias en las que en vez de acompañar, doy testimonio de que soy acompañado).

La doctorcita me estaba sacando sangre. Eran muchos tubitos -siete- y al quinto le estaba por elogiar su destreza para cambiarlos con una mano, pero me quedé callado para no distraerla y justo ahí no va que se distrae ella como si hubiéramos estado pensando lo mismo y con un movimiento involuntario hizo que se corriera la aguja y se trabara la salida de la sangre. Realizó varios intentos, pero como no pudo arreglarlo rápido, llamó a la jefa que solucionó con profesionalidad la cosa. Cuándo se fue la jefa, ahí sí la elogié: «Te hiciste ayudar rápido!» «Sí, -me dijo- adonde no llego, no tengo vergüenza de hacerme ayudar». «Ese es el secreto», le dije. Y sonreímos con Rosana.

Todo pasó en un instante, pero yo quedé contento con el moretón en el brazo porque a la mañana, en la oración, había hecho un trato con Jesús: le había propuesto no pretender «ver su presencia» en las cosas que salían bien y sin problemas, sino allí donde algo se trababa o daba un pequeño sufrimiento. Es decir, en las crucecitas que aparecían durante el día. Por mi parte, le pedía saber descubrir, en esas cruces, una oportunidades para brindarme -para excusar al otro, para quedar a su disposición y humor y no al mío…-. Esta petición que nunca se me había ocurrido antes, creo que tiene que ver con la gracia que descubrió San Pedro Fabro una Nochebuena en la que se sentía desolado y frío, sin fervor espiritual. Se dio cuenta de que estando así, se parecía más al pesebre, y que esa falta de consolación era propicia para que naciera Jesús en él, mejor que se hubiera estado adornado y calentito como un palacio. Bueno, en estos días en que las cosas no siempre salen bien o en el tiempo y modo en que uno quisiera, yo pedía la gracia de ver a Jesús en estas dificultades, sintiendo que como están y son bien concretas tendría la oportunidad de ver más veces al Señor que si sólo lo buscara en lo que sale bien. Por ahí resulta medio complicado pero en realidad es simple: no buscar la presencia de Jesús en el consuelo, sino en una cruz que se presenta; y el consuelo, en cambio, buscarlo no en recibir algo lindo, sino en el poder darme. 

Por eso, cuando se le corrió la aguja y empezó a pinchar de nuevo me alegró la crucecita en medio de algo que ni siquiera dolió y que fundamentalmente salió bien. Y la pude consolar no en su destreza que me venía bien a mí, sino en su hacerse ayudar por otra cuando vio que me hacía doler un poco. 

Hoy en la oración, meditando sobre el modo como Jesús abraza la Cruz, sentía la dulzura de su mirada, y era como si el Padre me dijera lo mismo que yo le había dicho a la doctorcita: «Ese es el secreto: Dejate ayudar por mi Hijo muy amado!»

Cuatro ayudas de Jesús

Cuatro son fundamentalmente las ayudas a las que se aplica Jesús cumpliendo su oficio artesanal de consolar a sus amigos.

La primera ayuda la da como Maestro. Es la ayuda de su Palabra que nos enseña a discernir lo que le agrada al padre y encontrar el modo de servir a nuestros hermanos en cada situación. Para hacer efectiva esta ayuda, el Señor dio testimonio y predicó su Evangelio y nos dedicó nada menos que a la Persona del Espíritu Santo, que es el que nos enseña en cada momento lo que tenemos que hacer.

La segunda ayuda la da como servidor humilde. Siendo que es Nuestro Señor se inclina a lavarnos los pies, a bautizarnos en su amor y a purificarnos de todo lo que nos daña y nos impide amar y creer y esperar.

La tercera ayuda consiste en partirnos el pan. No cualquier pan, sino el pan en el que Él mismo se convierte, para alimentarnos y ayudarnos a caminar en comunión con los hermanos.

La cuarta ayuda es abrazar nuestras cruces y dejarse ayudar por nosotros como se dejó ayudar por el Cireneo. Cargar con Jesús nuestra cruz nuestra y la de los demás es el gesto clave: el secreto. Abrazarla con Jesús. Porque Él es el único que la abraza sin culpa. Nosotros, cuando aparece una cruz en nuestra vida, en parte le echamos la culpa a otros y en parte pensamos que la culpa es nuestra. En este chicaneo de quién se hace cargo de cada cruz se nos pasan nuestros días. El Señor nos enseña abrazarla directamente, sea una cruz grande o pequeña. A cargarla abrazándola y a seguirlo a Él, que nos ayuda a llevarla. 

El Señor abraza la Cruz así como predica, parte el pan o lava los pies. Es que el amor necesita mediaciones concretas: que nos sentemos a escuchar la palabra, que compartamos el mismo pan, que nos dejemos lavar los pies… Y cuando hay una Cruz, nuestra o de otro, que la abracemos con Jesús. Como si el amor no se pudiera dar directamente, sino en medio de estos pequeños gestos que realizamos juntos con mucho amor. 

Diego Fares sj

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Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña. Habiendo concertado con los obreros en un denario por día, los misionó a su viña. Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Ellos fueron. De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo. Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo: ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Y les dice: ‘Vayan ustedes también a mi viña’. Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más, pero recibieron ellos también cada uno un denario. Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo: ‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’. El, respondiendo a uno de ellos, le dijo: ‘Compañero, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20, 1-16).

Contemplación

Esta es una de esas parábolas particularmente provocativas del Señor. Todas lo son, pero esta se mete con la plata, con el sueldo, con lo que uno puede hacer con su dólares, y por eso hace que salten las alarmas de una mentalidad que comulga modo natural con los criterios que se difunden desde las cátedras sagradas del dios dinero.

La penúltima frase del empresario generoso me parece decisiva. Son palabras que pegan fuerte en lo más solapado de la actitud del servidor que se lamenta por lo que considera una injusticia. El patrón le dice: «¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?» 

Estamos ante un discernimiento: el patrón destapa una falacia del mal espíritu que ataca la bondad de Dios, que busca justificar un sentimiento de envidia contra un compañero y un sentimiento de indignación contra Dios. 

La parábola de Jesús nos ayuda a discernir un criterio cargado de afectos desordenados que se mete muy hondo en nuestro sentido común de las cosas, allí donde medimos y calculamos comparativamente lo que tenemos, lo que se nos debe y lo que ganan los demás. Impresiona la palabra que usa este trabajador para quejarse: los igualaste a nosotros. Convengamos en que estamos hablando de un día de trabajo. El contrato se supone que es para toda la cosecha y es probable que estos, que fueron bien pagados el primer día, al día siguiente trabajaran más. 

Estas no son meras suposiciones, sino que las podemos deducir del modo de trabajar del empresario: es un tipo que sale a todas horas a contratar obreros para su viña. Esta actitud suya de pagar lo mismo a los últimos y a los primeros quiere marcar un estilo. Quiere hacer ver que lo importante es la viña, cuya cosecha da trabajo a todos y les permite vivir. Él es el dueño, pero sale a buscar trabajadores y los contrata personalmente. Se ve que quiere crear un modo nuevo de hacer las cosas. 

Nos detenemos un momento a gustar la imagen linda de este Empresario evangélico que «sale». Así como el buen pastor sale a buscar a la oveja perdida y el sembrador sale a sembrar, este hombre sale a todas horas a buscar gente para trabajar en la cosecha de su viña. Jesús nos cuenta de las salidas de Dios: la salida a buscar al más frágil, al último, al más lastimado, al descartado por la sociedad, al pecador. La salida a sembrar el Evangelio. Y la salida a buscar a los trabajadores, a proponer cosas creativas, a dar trabajo que sirva para igualarnos a todos en la búsqueda del bien común. 

Afinemos ahora un poco más su actitud para con los últimos. Algún mérito tienen! Vemos que el patrón les reprocha que hayan estado todo el día sin trabajar. Ellos responden que fue porque nadie los contrató. Entonces el empresario los envía su viña sin ninguna promesa de salario. Y ellos van! Si hubieran sido calculadores como el que se quejaba, hubieran pensado: para que trabajar una horita si lo que ganemos no nos va a alcanzar ni para comer. Sin embargo se fiaron del patrón y fueron. Seguramente habrán pensado: «hoy nos pagarán muy poco, pero tenemos trabajo para mañana». Quizás esto fue lo que motivó al patrón a pagarles un denario como a los otros. Estamos en un ambiente de lealtad en el trabajo, no de cálculo mezquino. 

Así podemos interpretar bien la frase más disonante, esa en el que el patrón dice: «¿Acaso no puede hacer con mi dinero lo que quiero?» Es una frase provocativa, pero para hacer reaccionar el envidioso. No es una frase que haya estado en el aire al contratar a los últimos. A ellos el patrón no les dice: «Vayan a trabajara a mi viña y les pagaré lo que quiera». No. La frase que remarca que él es el dueño la usa para desenmascarar la actitud de envidia para con un compañero que carcome el corazón del indignado. La frase expresa algo así: «No me uses a mí que soy el patrón para justificar tu desprecio y tu envidia para con uno de tus iguales». 

Creo que la actitud de fondo que quiere suscitar Jesús con esta parábola tiene que ver con las con los valores esenciales: con la misericordia y el derroche de bondad gratuita que nuestro patrón celestial ha derramado en nosotros y con la actitud justa de sentirnos pares en humanidad y en dignidad con todos los hombres nuestros hermanos. Todos hermanos! Éste es el nombre de la Encíclica que el Papa publicará el 3 de octubre y que nos iluminará mucho en esto de la igualdad entre los hombres. 

Un excurso personal. Meditaba sobre la igualdad en estos días en que me ha tocado hacerme análisis por un problema en el húmero derecho que me tendrán que operar (a eso se deben algunas rarezas de estilo que varios han notado en las contemplaciones: dado que no puedo escribir, le dicto a la compu y después corrijo con la izquierda). Pidiendo turno, haciendo fila, compartiendo la sala de espera con tanta gente…, sentía muy fuerte esto de ser uno más, de que todos somos iguales. Qué tienen de especial mis huesos, mis problemas, mis dolores y esperanzas…, meditaba. En las pocas horas que estuve haciendo resonancias magnéticas, centellograma y tac, compartí la sala de espera con ocho pacientes, todos con problemas de huesos. Un hombre de unos 40, que decía que había sentido mucho calor en la máquina; un joven deportista, que entró y salió como si nada; una chica con discapacidad mental, que se había caído, pobrecita!, y a la que su mamá, ya anciana, cuidaba desde hacía 50 años; un hombre que venía en camilla y se ve que había tenido un accidente y llevaba un rosario en el cuello; una mujer de Moldavia, que me pidió ayuda para completar un formulario y me contó que había sido operada de cáncer hacía dos años y que le había parecido de vuelta algo en la columna; un señor que, al levantarse, se veía que le costaba caminar; y otro de más edad al que encontré luego en la puerta y me dijo que le había ido todo bien. Yo pensaba en nuestros huesos ante los ojos atentos de los médicos, cómo se veían todos parecidos en las pantallas. Para los especialistas que hacían turnos de doce horas en esos subsuelos del hospital Cristo Rey, los centenares de imágenes para analizar no tenían mucho que ver con lo que cada uno de nosotros hacía en la vida y era como persona. Ellos estudiaban nuestra materia ósea común.

En la oración me golpeó esto de no tener nada especial. Digo que me golpeó porque surgió con un sentimiento de disgusto, de sospecha y de desprecio al valor de la fe. Para que te sirve creer y pedirle a Dios que te cure si sos igual a todos los demás. Siempre estoy atento a estos razonamientos mezclados en los que hay verdades y en los que se mete alguna cosa retorcida. Enfrente la objeción e hice un recuento gozoso de todas nuestra igualdades: la misma materia, problemas de salud similares, tratamientos en lugares comunes… cada uno es uno más junto con todos. 

Y de esta igualdad tan básica, tan fundamental y democrática, surgió limpita y con mucha fuerza una única verdad: hay una sola cosa en lo que soy -y puedo serlo siempre que quiera- especial y es mi deseo de darme gratuita y amablemente y mi amor por los demás. Es lo único a lo que le puedo poner mi nombre, y esto consciente de que es pura gracia. Todo lo demás es materia común. Todas las demás diferencias las iguala el tiempo con su olvido. 

Confieso que es muy consoladora esta relación entre « todo lo común» y «lo único especial». Te lleva a no buscar nada especial que no sea el poder ser amable y bueno con los demás. En todo lo demás el gozo es ser uno más, es lo común, no lo especial.

(Bueno, todo el excurso del brazo sirva para pedirles a cada uno una oración para que sane pronto y pueda escribir mejor que con un dedo).

Volviendo a la parábola: cómo reprochar a Dios su modo de distribuir las cosas, fijando la mirada en algo particular que nos parece injusto en un momento, cuando la realidad es que todo es don. Como dice Pablo: «Que tiene que no hayas recibido?» Cómo tener envidia de un hermano porque un día recibe algo de más, siendo que somos tan iguales si miramos la vida de cada uno en su conjunto. 

Una anécdota muy simple y muy linda puede ayudar a visualizar la mentalidad que nos quiere compartir Jesús con su parábola. Se resume en una frase de la hermana Juliana, compradora y cocinera del Hogar de San José. En medio de una entrevista, una periodista le preguntó si en tantos años de servicio los pobres había algo de lo que se arrepentía. Y ella, muy fresca, respondió sin pensarlo dos veces: «Sí. De no haber empezado antes». Esa espontaneidad refleja la mentalidad de alguien que goza con el servicio, totalmente contraria a la del indignado envidioso y quejoso.

Es verdad que las injusticias que vemos en el mundo pueden llevar a actitudes de indignación, de envidia y de queja resentida. Pero también es verdad que pueden llevar a la generosidad y al servicio. No creo que haya una explicación del por qué algunos nacemos con tanto y otros con tan poco fuera de la que se centra en un «para que»: para compartir. El Señor, con su generosidad, nos invita a ser generosos nosotros, a imitarlo en esa misericordia creativa que suscita la lealtad en los corazones agradecidos. 

Diego Fares sj

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“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» 

Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» 

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.” Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes.” Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.” Pero él no quiso, sino que fue y le metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. 

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. 

Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 21-35).

Contemplación

En las parábolas hay que estar atentos a los detalles especiales. En esta, me llama a la atención el papel que Jesús le da a los «compañeros» o «co-servidores». La palabra que usa -syndoulos- nombra a los que sirven al mismo Rey o Señor y esto los hace pares entre sí. Son co-servidores con los otros dos, con el que fue perdonado tan generosamente y con aquel a quien éste no perdonó su pequeña deuda. 

Simón Pedro pregunta por el perdón a un hermano -adelfos- y al final de la parábola Jesús retoma la expresión y dice que nuestro Padre del cielo hará con nosotros como hizo el rey con el servidor qué no tuvo compasión: si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos nos hará pagar todo lo que debemos. Este es el corazón de la enseñanza, lo esencial. Es lo que Jesús nos enseña en el Padre nuestro. Pero en el medio Jesús crea esta parábola, lo cual significa que quiere decirnos algo más y que ese plus requiere que nos metamos en la narración, como hay que hacer con las parábolas. Es como si Jesús no quisiera responder a la cuestión numérica, al «caso» que le plantea Simon, sino hacernos juzgar las cosas por nosotros mismos. 

Salta a la vista que los co-servidores o compañeros juegan un rol protagónico: son los testigos y los que denuncian. Nos identificamos, pues, con ellos, a ver qué pasa. 

Ellos ven las dos situaciones: asisten al perdón del rey a su co-servidor que debía 10.000 talentos -una suma impagable ya que estamos hablando de 343.000 kg de oro) y asisten luego, inmediatamente, a la falta de compasión de este agraciado-desgraciado para con otro co-servidor que le debe 100 denarios (unos tres meses de sueldo). 

Son estos co-servidores fieles y justos los que van a decirle al Rey lo que ha sucedido. Denuncian al que no tuvo compasión. No dejan pasar esta injusticia. No dicen «es cosa de ellos», «andá a saber cómo será la cosa», «si ya pasado otras veces…». Todas esas cosas que uno se dice cuando pasa de largo ante uno que acogota a otro o lo manda a la cárcel. Cosas que necesitamos decirnos para no meternos. 

Y aquí cobra valor la primera parte de la parábola. Porque estos co-servidores han asistido al perdón que su Rey otorgó tan compasivamente al siervo que le suplicó. Por eso, porque han sido testigos de una compasión tan grande, es que no pueden hacerse los distraídos ante una injusticia, por pequeña que parezca.

Si nos centramos en la figura de estos testigos, tanto de la misericordia como de la injusticia, encontramos nuestro lugar: el lugar justo para discernir y juzgar lo que Pedro le preguntó al Señor. Y qué es lo que le había preguntado? Desde la perspectiva que hemos adoptado las palabras de Pedro adquieren un significado particular. Pedro usa el verbo «afiemi», que significa perdonar y que tiene el matiz de “dejar pasar”. Nosotros usamos a veces esta expresión de “dejar pasar algo” para decir que perdonamos algo. Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debo ” dejar ir a mi hermano sin intervenir, sin cobrarle». 

Esto de aprovechar las palabras que uno usa para decir algo más hondo es muy de Jesús. Es como si Jesús pescara algo que no le gustó en la expresión que Pedro usa para perdonar. Se trata de algo en lo que el Papa insiste mucho, eso que llama la globalización de la indiferencia, el «mirar para otro lado». 

Lo que yo saco es que, por mi parte debo perdonar de corazón, 70 veces siete, las ofensas que me hace mi hermano; pero por otra parte no debo dejar pasar las injusticias que un co-servidor más grande le hace a otro co-servidor más pequeño. 

Así ilumina Jesús las relaciones fundamentales de nuestra vida: nuestra relación con Dios nuestro Padre, que es la de suplicar y recibir su Misericordia infinita; la relación con nuestros hermanos -para nosotros todos los hombres son nuestros hermanos-, con quienes nuestro perdón tiene que ser de corazón; y nuestra relación con todos los co-servidores, palabra fundamental para sentirnos pares en humanidad con todos los hombres de cualquier edad, raza, religión y condición social. Aquí las relación básica es la de la justicia: la de no dejar pasar las injusticias que se cometen a los más pequeños y las de denunciarlas. Denunciarla ante Dios con nuestra intercesión, y denunciarlas a los que pueden poner remedio humanamente mediante la política, la ley y la justicia.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’; 

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia. 

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo. 

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

Contemplación

Teología kerigmática

Contaba un amigo que uno de los fieles le preguntó a su párroco  por qué no hablaba más de las cosas que predicaba el Papa y el cura le respondió que él «hablaba de Jesucristo», como dando entender que el Papa habla mucho de sociología o de otras cosas que para él no son “teología”. 

Hay gente que piensa así, que el papa Francisco habla mucho de los pobres y que se mete en cosas que no son de su incumbencia, como cuando habla economía. Cuenta muchas historias  de cosas que pasan en la vida cotidiana pero -dicen- habla poco de «Jesucristo». 

Siendo un poco provocativo me animo a decir que la culpa de esto la tiene Jesús, que hablaba mucho de las cosas de la vida y hacía poca «teología» sobre sí mismo. O mejor: su teología es kerigmática, ordena lo que dice a despertar el ardor de la fe en el corazón del que escucha.

En el evangelio de hoy vemos que el Señor se extiende en contar un hecho de la vida cotidiana, un conflicto entre hermanos o amigos, y en el modo de resolverlo evangélicamente. Recién al final hace una afirmación sobre el Padre y otra sobre su Persona; y las hace en términos prácticos no teóricos. 

Hay que estar atentos para evitar dos peligros al leer lo que dice Jesús. Un peligro es quedarnos con la moraleja; el otro es irnos para el lado abstracto. Un peligro es pensar que Jesús está dando ejemplos edificantes acerca de cómo resolver los conflictos como si estuviera dando clases de autoayuda: primero hablar las cosas en privado, después con dos testigos y recién por  último decírselo a la comunidad. No está mal aprovechar esto, pero la moraleja es solo una consecuencia de un discurso más profundo. El otro peligro es irse para el lado de la teología abstracta y ponerse a elucubrar si Jesús está presente espiritual o físicamente, como sucede en las discusiones sobre la presencia real en la Eucaristía. Jesús asegura que Él está! Discutir el «cómo» ayuda si no tapa lo importante, que es la fe en que Él está «en medio».

Una lectura contemplativa es la que se asombra

Una lectura contemplativa tiene que partir siempre, una y otra vez, del asombro. Es asombroso lo que Jesús dice. El Señor afirma que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos si nos ponemos de acuerdo para pedírselo. 

Pareciera que esto no sucede en la práctica. Y entonces tenemos que asombrarnos más todavía. Porque, una de tres, o Jesús ha dicho solo una frase linda, una expresión de deseos, o ha dicho algo que tiene alguna cláusula oculta,  o lo que sucede es que no hay casi nadie en esta tierra que se ponga verdaderamente de acuerdo para pedir al Padre. 

Eliminemos la primera: Jesús no habla por hablar y no promete cosas que no cumpla. Aceptemos la tercera: es verdad que hay pocos acuerdos sinceros entre los hombres en esta tierra. Pero en la vida de los santos tenemos testimonios innumerables de que el Padre concede las cosas a los que se las piden cumpliendo esta condición de Jesús de ponerse de acuerdo. 

Miles de misas por la conversión de un cardenal 

Un lindo ejemplo lo encontramos en la vida de Ignacio y los primeros compañeros cuando se pusieron de acuerdo para rezar “algunos miles de misas” por el cardenal Guidiccione. Este cardenal se oponía junto con otros a que el Papa Pablo III aprobase formalmente la institución de la Compañía de Jesús, a pesar de que ya la había aprobado “a viva voz” el 3 de septiembre de 1539. ¡Miles de misas! San Francisco Javier escribe el 17 de marzo de 1541 que ya habían celebrado en las Indias 250 misas por esta intención. Y Rivadeneira dice que se tardaron “algunos años” en celebrar todas las misas que Ignacio había prometido. 

El hecho es que el cardenal Guidiccione experimentó un cambio tan grande y notable que es imposible que se haya dado de otra manera que por una intervención explícita de nuestro Padre Dios. Decía este cardenal a quien le quisiera oír: «A mi no me parece bien que se creen nuevas órdenes religiosas, pero esta no puedo dejar de aprobarla: porque me siento interiormente tan afeccionado y experimento en mi corazón movimientos tan extraordinarios y divinos, que allí donde la humana razón no me inclina, veo que me llama la divina voluntad, que me hace abrazar con afecto aquello que por la fuerza de la razón humana aborrecía». De ser el mayor enemigo de la Compañía pasó a ser su más amable y apasionado defensor. Eso sí, la unión de ánimos y el acuerdo entre Ignacio y sus compañeros jesuitas fue un acuerdo de esos que no se ven todos los días: ¡miles de misas celebradas por estos santos amigos en el Señor!

Pero vayamos a la cláusula oculta. Es muy audaz la revelación de Jesús y hay que leer bien todo el pasaje para notar que hay un «porque». Jesús dice que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos poniéndonos de acuerdo porque donde dos están reunidos en su nombre Él está en medio de ellos. Es decir, el Señor se pone como garante de nuestro acuerdo ante el Padre. 

Además, estamos hablando no de dos que se ponen de acuerdo para pedir plata, sino de dos que se reúnen en el Nombre de Jesús, es decir deseando cosas que pueden llevar su marca. Se trata pues de un ponerse de acuerdo sobre las cosas de Jesús, no sobre cualquier cosa. Y estamos en el ámbito de la Iglesia, en el ámbito del evangelio, de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia. 

Amigos que se ponen de acuerdo para pedir en favor de los pobres

Yo puedo dar testimonio de que en el Hogar todas las cosas que pedimos a través de San José para poder hacer mejor el bien a los más pobres, nuestro Padre nos las concedió siempre. Y viene bien hoy, que es aniversario de la muerte de Ricardo Servente y de Ricardo Ferrari, dos amigos del grupo fundador de Manos Abiertas, recordar con alegría cómo se pusieron de acuerdo con sus esposas y otros amigos para proponerle al padre Rossi institucionalizar la ayuda que espontáneamente se estaba brindando a los pobres. Ver hoy a Manos Abiertas ayudando en todo el país nos confirma en la fe que el Padre concede estos deseos evangélicos a los que se animan a soñar juntos en nombre de Jesús.

Los sínodos de Francisco y su ir a lo esencial

Reunirnos el nombre de Jesús y ponernos de acuerdo para pedir algo al padre implica, entre otras cosas, tener  una actitud sinodal en torno a lo esencial del Evangelio: esto es lo que propone, una y otra vez, nuestro Papa Francisco.

Sin embargo muchos discuten precisamente esto y no se ponen de acuerdo en las cosas esenciales que se pueden pedir en nombre de Jesús y hacen que esta  extraordinaria  promesa del Señor quede tapada por discusiones secundarias e inútiles.

Es notable cómo Jesús nos revela cosas del Padre y suyas pero no lo hace para darnos datos sobre su esencia en sí misma, sino  en relación a nosotros: nos revela cómo actúa el Padre y dónde se hace presente Él para que lo aprovechemos de manera concreta. En ese sentido podemos decir que Jesús no habla de Jesús. O mejor: habla de «Jesús con nosotros y para nosotros». No hace un tipo de teología de definiciones abstractas sobre Dios. La suya es más bien una teología de la vida, de las cosas que nos suceden todos los días y del modo que tiene Dios de intervenir y de comportarse en ellas.

Jesús nos revela dónde y cómo Dios se mete en nuestra vida. 

Es muy consolador saber de labios de Jesús que nuestro Padre se mete allí donde nos ponemos de acuerdo los hijos para pedir algo  que tiene que ver con los sentimientos de Jesús, el Hijo amado.

Un último detalle. Advirtamos Jesús nos dice dónde está presente: en medio de los que rezan y obran en su nombre.

Los odres nuevos son los otros

Ese «en medio» me trae al corazón la parábola de los odres, la que dice que el vino nuevo tiene que estar en odres nuevos. Siempre he meditado qué representan esos odres nuevos: si un corazón más puro, o una mente iluminada por la fe… Ayer se me hizo claro que no es ningún «recipiente» interno mío, sino que «el odre nuevo son los otros». Las cosas de Jesús, «el amor con que nos ha amado» se debe «poner» en los otros. Y hoy veo que ese odre nuevo es un “otro” comunitario. La comunidad es el espacio que se vuelve recipiente de la presencia de Jesús cuando nos juntamos en su nombre.

Por tanto, y dado que el señor nos da una clave práctica, en vez de hacer especulaciones es sensato ir directamente a confirmar su palabra en la práctica, poniéndonos de acuerdo con otros para pedir algo en nombre de Jesús.

Emaús

Termino con una reflexión sobre el episodio de los discípulos de Emaús. Diría que cumplen el mínimo de lo requerido por Jesús: están reunidos en nombre de Jesús aunque su reunión de dos sea para irse de la comunidad y aunque el nombre de Jesús sea el de una ilusión que tuvieron y de la cual se han desilusionado. En este mínimo mínimo se hace presente Jesús, él rescata que no se haya ido cada uno por su lado, sino que se vuelvan juntos y rescata también el diálogo que sostienen acerca de su persona, aunque sea desolado.  

Aquí creo que entramos muchos: los desolados por las cosas que Jesús «no hace en  su Iglesia como pensamos que debería hacer».  También en medio de nosotros el Señor está. Reteniéndonos los ojos a su presencia. Para ver si aún en nuestras desolaciones teológicas somos capaces de ponernos de acuerdo en hospedarlo en la persona de tantos refugiados y sin techo que encontramos por el camino. Como a los de Emaús, al poner en medio a los pobres, el Señor se nos hará presente partiéndonos el pan.

Diego Fares sj

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Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo: “Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a ti”.

Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro: “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

Contemplación

Los discípulos nos ponen en contacto con un Jesús que quiere explicarles las cosas que están por pasar. No le resulta fácil. El Señor los ha ido preparando, especialmente después que le confirmara a Pedro que lo que había sentido en su interior era la voz del Padre. Pero no es fácil «explicar» la cruz. De hecho, la cruz no se explica, más bien el Señor nos enseña a aceptarla y/o a desearla. Esto último nos lo enseña con su ejemplo inolvidable cuando abraza la cruz que le cargan: su cruz. 

Me conmueve este esfuerzo de Jesús por explicar las cosas a sus discípulos. No es una cosa más. Cuando les diga que ellos no son siervos sino amigos, la señal de la amistad será esta: que entre amigos se explican las cosas. El siervo no sabe lo que piensa su señor, el amigo en cambio sí. Este deseo de explicar las cosas más íntimas revela que Jesús los siente de verdad sus amigos. Y amigos en torno a la misión, amigos que comparten no solo sentimientos lindos, ideas, vivencias personales, sino una misión grande en beneficio de toda la humanidad. Se trata de una amistad apostólica, de una amistad que mira el bien del pueblo de Dios. 

El deseo de explicar tiene que ver también con que Jesús quiere testigos de su vida y de su modo de obrar. De hecho después se lo dirá explícitamente: Ustedes son mis testigos. Su plan de salvación es algo que se hace en colaboración con otros. Es un plan de salvación que consiste no en sacarnos de un peligro para que cada uno después vuelva lo suyo, sino en salvarnos integrándonos a una vida de familia, en comunión con Dios – con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-. La salvación no es individualista, va incorporando a la vida trinitaria a todos aquellos que son bautizados y, en esa pertenencia que nos iguala a todos como hijos, nos va enseñando a cada uno a cumplir lo que el Señor nos mandó. 

Dentro del grupo de los discípulos se destaca la enseñanza más detallada de Jesús a Pedro. Vemos cómo Jesús le enseña discernir. 

El primer paso del discernimiento es discernir la voz del Padre que nos dice que Jesús es su Hijo predilecto. Sentir, interpretar y dar testimonio de esta gracia es algo interior cuya dinámica se desarrolla así: Jesús hace una pregunta, el Padre habla en el interior, Pedro se juega y da testimonio, y Jesús lo confirmapúblicamente y lo consagra como Papa.

La confirmación del Señor es inmediata, abundante en consolación y en los dones que le comunica. Pero el momento de jugarse por lo que cree es solo de Pedro. 

Cuando usamos la expresión «la voz del Padre» nos situamos en el espacio de esa voz interior que resuena en cada hombre y que es el fundamento de todas las religiones, en el sentido deque es la voz que nos re-liga con aquel que nos creó. Jesús valora esta actitud religiosa diciendo que es “adorar a Dios en espíritu y en verdad». Toda la pedagogía de Jesús consistirá en despertar esa voz, en explicitarlaenseñar a interpretarlaconfirmarla, cada vez que alguien expresa su fe, y en hacer ver con su testimonio de amorque esa voz habla de Él como «el Hijo predilecto». Debemos advertir y notar que se trata de una voz doble: el Padre le hace sentir a Pedro que Jesús es su Hijo amado, el Mesías; y Jesús le confirma a su amigo que esa voz que siente es la voz del Padre. Está actuando aquí, aún sin hacerse ver, el espíritu Santo. Él es el que nos hace decir Abba – Padre – y Jesús es el Señor.

Tenemos así que el discernimiento espiritual que enseña Jesús no es el de la simple prudencia que discierne las cosas humanas, sino el discernimiento de las cosas de Dios. 

El paso siguiente del discernimiento que Jesús le enseña a Pedro tiene que ver con el misterio de la acción del maligno. Es un paso que se aprende solo por la experiencia de una oposición. Quizá por eso es que Jesús se apura a confirmar a Pedro en la gracia que ha recibido, porque sabe que casi inmediatamente a la gracia surgirá la tentación. 

Es importante ver la dinámica de lo que sucedió. Primero, Pedro tuvo una inspiración y Jesús lo confirmó en que esa era la voz del Padre; inmediatamente Pedro sintió otra inspiración y Jesús, con un fuerte gesto de rechazo lo llamó  Satanás y le enseñó que ese pensamiento no era del Padre, sino de los hombres. La enseñanza del Señor es vivencial: le hace experimentar a Pedro que hay pensamientos que lo ponen en comunión y cercanía con Él y otros en cambio que hacen que el Señor lo aparte de sí para poder ayudarlo a que tome conciencia. Esto se transforma en un criterio definitivo de discernimiento: distinguir, como absolutamente contrarias, las cosas que me acercan a Jesús de las cosas que me alejan de su amor.

La enseñanza de fondo, aprovechando esta inspiración mundana y tentada de Pedro, es que el discernimiento se hace entre mociones contrapuestas, en lucha a muerte entre sí. Como nos recuerda Francisco en Gaudete et exsultate: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158 ). 

Y así como es misterioso que uno escuche la voz del Padre en su corazón, también es un misterio que surja esta voz contraria, la del mal espíritu que aprovecha las frágiles voces propias y los criterios mundanos para «hablarnos» con sus falacias y mentiras que hacen mal. En este caso a Pedro lo tienta aprovechándose de su amor a Jesús y del sentimiento espontáneo que le vino  de  que no era bueno que alguien sufriera así, tan injustamente. Aprovechando esto, el maligno  le hizo decir un «no» a ese plan del Padre, que misteriosamente incluye cruz y resurrección. 

Primer paso entonces, inspiración y consolación de la palabra del Padre. Segundo paso, conciencia de que esa palabra buena y veraz suscita lucha espiritual. 

La Palabra de Dios discierne esas palabras contrarias que están anidadas y dormidas en nuestro interior. El Señor dirá a los discípulos que cuando lo ven resucitado junto con la alegría sienten dudas: ¿de donde surgen esos pensamientos cargados de afectividad que les hacen dudar en su corazón? La Palabra de Dios discierne; es como una espada de doble filo que separa los sentimientos buenos de los malos en lo profundo del corazón. Es lo que el anciano Simeón le dijo a Nuestra Señora: que Jesús sería una bandera discutida y que haría que se revelaran los pensamiento que cada uno tiene en su interior.

El tercer paso del discernimiento será resolver esta lucha, entre la inspiración de nuestro Padre y los pensamientos del mal espíritu, con el único criterio que no es ambiguo ni puede ser falsificado que es la Cruz. Como no puede tergiversarla, el demonio trata de hacer que la evitemos. En la cruz siempre está Jesús. Jesús la consagró como instrumento de salvación, la ungió al abrazarla, ungió toda cruz de una vez para siempre. Poe eso todo el que abraza la cruz, la propia y la de alguien que sufre, discierne bien:empieza a pensar con claridad y es librado de todo engaño del mal. Por eso el mal espíritu hace lo imposible para que no abracemos la cruz, para que la dejemos, la cuestionemos o la rechacemos. Porque sabe que cuando un abraza su propia cruz queda inmediatamente en las manos del Padre. Jesús al ponerse Él en las manos del Padre en su cruz, nos puso a todos. Fue testigo el buen ladrón, que obtuvo la promesa de salvación de Jesús sin ningún otro requisito que el de haber estado allí con Él en su cruz, sin lamentarse, sino bendiciendo al que sufría sin culpa su misma suerte y pidiéndole ayuda.

Siempre que abrazamos la cruz nos ponemos en las manos del Padre. Lo cual equivale a «conformar» nuestra vida con la de Jesús, que todo lo recibía del Padre y a Él lo orientaba. La cruz recapitula toda la vida de Cristo. San Ignacio la pone ya en el nacimiento: tanto caminar y trabajar y padecer para después encima morir en cruz. Toda la vida de Jesús está signada por el abrazo a la cruz. Es decir, por abrazar aquello que no se puede resolver «desde afuera», técnicamente, sin involucrarse. El Señor abraza a los enfermos, a los pecadores, abraza los conflictos, los abraza metiéndose en ellos: esto es lo que significa la cruz. Por eso, ante la cruz final, el Señor dirá después que “nadie le quita la vida, sino que Él la da”. 

El discernimiento nos enseña a cargar con nuestra cruz, a abrazar -pidiendo misericordia- nuestros pecados, nuestras fragilidades y los conflictos que vivimos, y así cargados, seguir a Jesús. El discernimiento es perder la vida para recibirla de las manos del señor. Con esto reafirmamos que nuestra vida básicamente es un Don y que recibir vida eterna es recibir un nuevo Don. 

En este tiempo de cruz y de feroces posturas contrapuestas le pedimos al Señor y  a Pedro su amigo que nos den la gracia de discernir la voz del Padre que siempre nos conforta de esas otras voces que nos hacen escandalizarnos de la cruz de Cristo. Les pedimos también la gracia de abrazar la cruz que nos toca -la de todos y cada uno- para quedar así, enteramente, en las manos de nuestro Padre, que es el único lugar seguro en esta situación de pandemia que estamos viviendo.

Diego Fares sj

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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Bienaventuranza para ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo. 

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella. 

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. 

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20). 

Contemplación

Siempre me pregunto por qué le pregunta Jesús a sus discípulos que dice la gente sobre Él? La imagen que me viene hoy es la del pescador. Jesús tira el anzuelo en el corazón de los suyos y en el de su amigo Simón Pedro “pesca” la palabra del Padre. Y cuando Pedro muerde el anzuelo, digamos así, Jesús no lo suelta. Pero no lo suelta de una manera especial. No es como cuando uno dice de otro “lo pesqué” en el sentido de “lo agarré”. Más bien es todo lo contrario.  El Señor al pescar a Simón lo bendice, le regala una bienaventuranza. 

Jesús le hace reflexionar a Pedro sobre lo que ha sido dicho en su corazón y él ha sabido testimoniar. Le enseña a su discípulo a discernir (de ahí en más) la voz del Padre. Lo confirma en su intuición. 

Recordemos que la confirmación es parte esencial de un discernimiento evangélico y eclesial. Los pasos del discernimiento son: sentir y escuchar la palabra cargada de consolación que nos “mueve”; interpretarla, especialmente por sus frutos de paz y consolación, como Palabra de Dios, no “nuestra”; acogerla, adhiriéndonos a ella y  eligiéndola; ponerla en práctica (aquí es testimoniarla públicamente); y recibir la confirmación del Señor y de sus representantes (aquí del mismo Jesús).

Discernimiento es el nombre correcto de la “espiritualidad”. La espiritualidad no es un conjunto indefinido de dinámicas , frases y liturgias religiosas, distintas de las “materiales”. Espiritualidad es discernir lo que nos dice el Espíritu. Discernir la voz del Padre distinguiéndola obediente y reverencialmente de las otras voces. Espiritualidad es elegir esa Palabra-llamamiento, ponerla en práctica y recibir la bienaventuranza del Señor y de sus pequeños (“Me darán bienaventuranza todas las generaciones”, dice María). 

La espiritualidad discernidora (es decir “concreta y realista) es un ámbito que “se pierde o se licúa” cada tanto en algunos ámbitos de la vida de la iglesia. Es como si los dones del Espíritu los convirtiéramos en productos, separándolos de su fuente. El proceso es más o menos así. La Iglesia contempla y saborea la Palabra de Dios en la oración personal y litúrgica y la lleva a la práctica dando fruto en las obras de justicia y caridad. Pero, después de un tiempo, esta contemplación se vuelve tratado de teología; y al tratado de teología se lo divide en partes, se le aplican otras ciencias…, y esa Palabra, que era como un pan calentito de Eucaristía para cada día, termina encerrada en libros y alejada de la fuente de la que nació y de las semillas que tiene que regar (la vida de la gente). 

La palabra es semilla y se nos da para ser sembrada en el terreno fértil del corazón que quiere escucharla hoy. 

La palabra fruto y es para ser cosechada, saboreada, compartida: como la eucaristía en la misa de cada día. 

La palabra es palabra viva, palabra eficaz que, cuando la ponemos en práctica, se transforma en obra concreta de misericordia, de justicia y de caridad.

Pero sobre todo esto, la Palabra es una Persona: Jesucristo, el Ungido del Dios viviente, como dice Pedro. Él es la palabra del Padre, la que engendra eternamente y nos envía en la historia con la consigna de que la escuchemos. Él -Jesús- es la Palabra que el Espíritu nos recuerda y nos enseña cómo aplicar en la situación en que nos pone la vida cada día.

Decía que la espiritualidad es saber discernir, en todas las palabras que resuenan en nuestra memoria, en nuestra mente y corazón y en el de los otros, cuáles son palabras del Padre, y  cuáles no (porque son simples palabras nuestras, o porque son del mal espíritu). 

Jesús se lo enseña Pedro y en él, nos enseña a todos, cuando le dice: “Bendición a ti, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Que es como decirle: “Te confirmo y te bendigo porque escuchaste esta palabra y elegiste dar testimonio de mi. Seguramente todos la escucharon en su interior, pero no todos se animaron a decirlo en voz alta”. 

Al Señor le gusta que le digamos quien es Él para nosotros. Porque cuando nos aclaramos quien es Él para nosotros, entonces, Él puede decirnos la palabra que nos confirma en nuestra misión y nos da identidad: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Esto es digno de notar: a Jesús le complace que le digamos quién es Él para nosotros, porque Él “es Dios con nosotros”, Él ha querido “no ser sin nosotros”. Jesús ha elegido edificar su Iglesia sobre Pedro, sobre el discernimiento que sabe hacer Pedro y que concreta su fe en Jesús. La fe de Pedro no es un mero sentimiento de confianza íntima y subjetiva en Jesús, sino que es un sentimiento fruto de una Palabra pronunciada nada menos que por el Creador y Padre de todos, que dice: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”; Palabra que Pedro escucha, discierne y fórmula públicamente, confesando a Jesús como hijo del Dios viviente.

Así, la misión que Jesús le da se basa en la adhesión libre de fe que Pedro hace de corazón. Esta es la virtud que hace que Pedro sea roca: su capacidad de discernir, de escuchar al Padre que le dice “Jesús es mi hijo predilecto”, de tirarse al agua cuando Juan le dice que “es el Señor” y de saber “echar las redes en su Nombre”.

Ahora, lo propio de esta espiritualidad es que no es una sección especial de la Biblioteca de la Iglesia. Es pura, simple y cotidiana vida. El Padre se revela a los pequeños en su vida común y corriente y la espiritualidad consiste en escuchar su palabra -todo el Evangelio de Jesús- e interpretarla con la luz del Espíritu, no como una palabra más, sino como una palabra que está dentro de las otras fecundándolas, como la levadura fecunda la masa.

Por eso la espiritualidad es muy sencilla y a la vez extremadamente compleja. 

La espiritualidad es enteramente personal y a la vez comunitaria y social. Hay una palabra del Padre que solo un papá puede inculcar en el corazón de su hijito. Hay una palabra que solo un amigo puede decirla bien a otro amigo. Hay una palabra que solo el Papa puede decir a toda la iglesia para confirmarla en la fe. 

La palabra va unida a las personas, -en este caso al Padre, que es el que revela esta palabra a Simón Pedro-, a la persona de Pedro, que da testimonio de ella, y a Jesús que la confirma y la convierte en una misión específica con la que inviste a su amigo. 

Muchos confesaban a Jesús como hijo de David, como profeta; incluso algunos demonios le gritaban frases como “si eres el hijo de Dios…”. Sin embargo solo a Pedro Jesús le acepta esta confesión de fe y lo hace basando en ella nada menos que la edificación de la Iglesia, la protección contra las fuerzas del mal y el poder de atar y desatar y de abrir y cerrar. 

Esto nos permite entrar más profundamente en ese ámbito, en esa dimensión que llamamos espiritualidad. Espiritualidad es el ámbito en el que las palabras corresponden a las personas; son Palabras en las que no solo “se dice algo”, sino en las que se “dona a sí misma” una persona entera. Son expresión y don del ser más íntimo y personal. No son palabras abstractas que cualquiera pueda decir con igual autoridad y eficacia. Esto es importante hoy en día en que cualquiera dice cualquier cosa y pareciera que se separa la autoridad de la palabra de la persona que lo dice. En la espiritualidad no es así. La palabra de un maestro dicha en el momento oportuno tiene valor espiritual absoluto para el discípulo. Así, dos o más personas pasan a actuar “en cuerpo”, pasan a “sentir en común”. Esto lo que crea Jesús al elegir no ser sin nosotros. Ser con Pedro, con los discípulos, con toda la iglesia, es para Jesús ser en el tiempo nuestro lo que es desde siempre con el Padre y el Espíritu Santo. Ellos sienten, piensan y actúan en esa misteriosa unidad que llamamos Santísima Trinidad, dialogando el Uno con los Otros en todo momento y esto es lo que Jesús transmite a sus discípulos, uniéndose en todo a ellos.  Es por eso que funda la Iglesia, la  comunidad, precisamente en ese discernimiento de Pedro que lo hace situarse activamente, como co-protagonista, en medio del actuar conjunto del Padre y de Jesús.

Todo esto para decir que nuestra relación con Jesús no es una relación entre dos individuos. Nada más lejos de la intención del Señor. El estilo de nuestra relación con Jesús es comunitario. Nos relacionamos con Jesús que forma un grupo compacto con los discípulos y las discípulas y todo el pueblo fiel de Dios. Entre Jesús y Pedro está el lugar para encontrarnos todos.

¿Quien dice la gente que soy Yo? Junto con Simón Pedro podemos responder hoy a Jesús: Eres el hijo del Dios viviente, que se ha hecho uno con todos nosotros; eres el amigo de Simón Pedro; eres el Hermano mayor y el Compañero de todas y todos los que te siguieron y te seguimos; eres el Dios encarnado en los pequeños de todos los pueblos que vienes a nosotros en la persona de cada pobre y necesitado.

Bendición y bienaventuranza para todos los que disciernen así!

Diego Fares

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Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela (dale lo que pide) que nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante Él y, adorándolo, le dijo:

– “Señor, ¡socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No es lindo tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Entonces Jesús le dijo:

-“ ¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

La fe. El señor se admira de la fe de esta mujer, de esta mamá. “Qué grande es tu fe. Hágase como deseas”, le dice.

Cómo se da cuenta Jesús de que la mujer tiene una gran fe? Por un lado por su insistencia. Pero más aún por su respuesta ingeniosa. Esto nos hace ver que al hacerla esperar y al decirle esa frase despreciativa, el Señor estaba probando su fe. Probandola no en el sentido de que tuviera dudas, si no estimulándola para que creciera. 

Este detalle de la pedagogía de Jesús puede ayudarnos en nuestra oración. Cuando estamos rezando y pidiendo alguna gracia si se nos cruza alguna frase que nos choca, prestemos atención. Puede ser una frase de Jesús como esta que le dijo a la mujer. Algunos se desaniman enseguida ante un pensamiento negativo. Pero es bueno sacar a relucir nuestro ingenio evangélico y probar a retrucar la frase que nos choca, como hizo esta mujer. 

Eso sí, estamos en el ámbito de la fe, no en el ámbito de cualquier discusión teológica o de otro tipo. Cuando me refiero a frases que chocan estoy hablando de frases que van contra la fe. En el pasaje de hoy esto está claro: la mujer le dice al Señor “ayúdame, socorreme, ten piedad de mí, que mi hija está enferma”. Y Jesús le responde que “no está bien sacar la comida a los hijos y dársela a los cachorros”. Ella le pide misericordia y Jesús le responde con una palabra especial: “Kalon”, “sappir”, qué significa “lindo y bueno”, “precioso”. Simón Pedro la usa en la transfiguración, cuando le dice a Jesús “es precioso estar aquí, que lindo que es estar aquí”. Jesús la usa con la Samaritana cuando ésta le dice “no tengo marido”. Jesús le responde: “está lindo lo que has dicho”, “que precioso lo que dijiste”, en el sentido de: “qué bueno qué has dicho la verdad”; “has hablado bien”. 

Es la manera que tiene Jesús de reafirmarnos cuando decimos algo sincero y que está bien. Aquí la unión de la belleza con el bien se nota más porque se ve que a Jesús le encantó el ejemplo que dio la mujer de los perritos que comen las migas que caen de la mesa de los hijos. Es como si Jesús le dijera a la mujer (y para que sintieran los demás): “Qué genia! Me encanta cuando la gente responde así”. 

Gracias a esta libanesa tenemos entonces una frase certificada por Jesús. Una frase con la cual probar si una palabra contra la fe es de Jesús o es del mal espíritu. Aunque en el fondo no importa tanto la causa, porque, sea una tentación del mal espíritu o una prueba de Jesús, si respondemos con fe a una frase que trata de desalentarnos, el Señor se va a poner contento.

Es decir, cuando una frase va contra la fe en Jesús siempre hay que rebatirla. Como uno pueda. La fe es un don que el Señor nos ha ganado dando testimonio de su amor en la cruz. Así que no hay nada que pueda separarnos de la fe en el amor de Cristo. “Cristo nos ama y habita por la fe en nuestros corazones”. Nuestro discernimiento, por tanto, debe ser firme, y confiemos en que el Espíritu Santo siempre viene en ayuda de nuestra fe. 

Cuando sentimos que nuestra fe es poca y que no alcanza a sostenernos, inmediatamente debemos decir como Pedro al caminar sobre las aguas: “Señor ayúdame!”. Y si el Señor no nos tiende la mano inmediatamente y nos hace esperar como hizo con la Siro-fenicia, debemos insistir sin dudar. Y si escuchamos en nuestro interior una frase tipo “no hay que molestar al Señor”, debemos responderle con ingenio. 

Sepamos que Jesús no bromea con la fe. Si a esta mujer la prueba más es porque está seguro de que tiene una fe grande y quiere ponerla como ejemplo, por eso le hace dar  testimonio público de su fe. A otras personas, quizás más débiles en la fe,  apenas le pedían que las curara, el Señor les concedía la gracia. En esto hay una gran variedad en el evangelio. Pero a lo que voy es a que, si en la oración uno siente alguna de esas “frases  hechas” contra la fe, puede estar seguro de que Jesús quiere entablar un diálogo más profundo con uno. Aquí seguimos el criterio de San Ignacio de que “si hay movimiento de espíritus es señal de que uno está rezando bien”. Podemos decir si el Señor nos pincha un poco y nos prueba (o el mal espíritu nos tienta), es señal de que podemos dar un paso adelante en la fe.

Sintamos algunas “frases hechas”. Una clásica es “Para que voy a molestar al Señor”. Es la que le susurran a Jairo sus “amigos” (el mal espíritu) para que deje de pedirle a Jesús ya que su hija ha muerto. Jesús rebate con fuerza esta frase: “Basta que creas”. Es también la frase de los discípulos cuando espantaban a los niños. Jesús los reta y dice: “dejen que los niños se acerquen a mi”. 

La fe nunca molesta el Señor. Más aún es lo único que le interesa. Su tarea principal es despertar nuestra fe. Porque una vez que tenemos fe en Él, podemos recibir todo lo que Él tiene para dar. 

Otra frase hecha se refiere a las cosas pequeñas. Este tipo de frases las suelo escuchar  cuando le digo alguien que les rece a los ojos de la Virgen para encontrar algo que se le perdió. Mucha gente responde diciendo: “No voy a molestar a la Virgen con esta pequeñez”. Como si la fe fuera solo para cosas grandes. Nada de eso! La fe engrandece las cosas, las grandes y las pequeñas. Y nada es pequeño si se hace con fe. Yo suelo retrucar diciendo que a la Virgen le encanta que le mostremos nuestra fe absoluta en ella en cosas pequeñas. Ella está atenta a los detalles. No solo si falta el vino en Caná! Como buena madre está atenta a todas las pequeñas faltas que percibimos en nuestra vida y de manera especial a nuestra falta de fe. Por eso le encanta que comprobemos la eficacia de la fe en ella y en Jesús tomando pie en alguna cosa pequeña.

En este último tiempo al hermano Rizzo se le pierden algunas cosas. Él dice que la memoria le falla por sus 95 años y pide ayuda. Hace unos días se le perdieron los anteojos por estar cortando juncos en el jardín. Por supuesto, le rezamos a los ojos de la Virgen y estuvimos más de una hora buscando entre los juncos los anteojos, que no aparecieron. Yo ya estoy acostumbrado a que por ahí la Virgen hace que nos acordemos donde está algo en dos etapas así que le dije que dejara dormir al asunto y que seguramente a la tarde los encontraríamos. Lo fui a ver después de la siesta y se ve que la Virgen lo había iluminado porque se acordó que había estado en otro lado y era probable que los hubiera perdido en otra parte del jardín. Así que nos reímos un buen rato al comprobar que habíamos estado buscando en el lugar equivocado. 

La cuestión es que fui al otro lado del jardín y tampoco los encontré. Me volvía ya un poco desilusionado cuando veo a nuestro superior que salía también para el jardín a buscar los anteojos. Le dije que había estado mirando y que no los había encontrado. Me respondió que él le rezaba a San Antonio y que iba a mirar un poco más allá, en otro rincón. Qué tenga más suerte, le dije. Y lo bendije interiormente. La cuestión es que los encontró! El hermano Rizzo estaba contento y me cargaba un poco con que no los había encontrado yo si no el Delegado. Pero yo con mi resto de ingenio le respondí que como la Virgen me había visto cansado, lo había mandado a San Antonio para que le hiciera encontrar los anteojos al Delegado. Con lo cual quedamos todos contentos y reconfortados, cada uno en su fe. Yo siempre he sostenido que San Antonio cuando encontró su rosario fue porque les rezó a los ojos de la Virgen: “Haceme ver donde perdí el rosario”, parece que fue lo que le dijo. Y de allí quedó como patrono de las cosas perdidas. Pero a la Virgen no le molesta si le pedimos directamente que nos encuentre alguna cosa. 

Diego Fares sj

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