Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén despiertos, prevenidos,

porque no saben cuándo llegará el momento oportuno.

Será como un hombre que se va de viaje,

deja su casa al cuidado de sus servidores,

asigna a cada uno su tarea,

y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si al atardecer,

a medianoche,

al canto del gallo

o por la mañana.

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén despiertos, prevenidos!» (Mc 13, 33-37).

Contemplación

Comenzamos el adviento con esta exhortación de Jesús a a velar a estar despiertos y me gusta la traducción que dice: “estar prevenidos”. Prevenidos o “pre-idos”, en el sentido de estar no solo con la valija lista, disponibles para lo que el Señor pida, sino en el sentido de “haber ido y vuelto ya en la oración”.

En este tiempo de enfermedad me ha tocado estar atento y con todo preparado para cuando me llaman del hospital. Acá en la salud pública italiana, cuando uno pregunta por alguna fecha para una operación o un tratamiento te dicen simplemente: Nosotros lo llamaremos.

Al comienzo cuesta, porque parece que no te van a llamar nunca. Pero después de varias veces en que uno constata que sí te llaman, aprendés a confiar.

Hoy por ejemplo, tuve cita con la oncóloga y con todo el equipo que me trata y  me dijeron que el tratamiento monoclonal (o algo así) podía esperar un poco y que preferían primero fijar con un clavo el brazo. Yo ya estaba preparado para esto desde hace tiempo y cuando pregunté por la fecha me dijeron que en una semana o 10 días. Le pedí al doctor si podía adelantar algo la operación y me dijo que tenía varios pacientes antes… Así que le dije: “Estoy en sus manos”.

Al volver a casa me fui a rezar a la capilla y le dije muy cortito a San José: “Ayúdame. Estoy cansado”. Por un lado estaba contento de que vamos dando pasos, pero por otro sentía que el cansancio me estaba llevando a bloquearme en vez de hablar con el Señor como al comienzo, en que cada paso, lo llevaba a un rato tranquilo de oración.

En la pieza le recé a Bernardita, la Sierva de Dios de las Pobres Bonaerenses a la que le he encomendado el brazo. Y enderecé la estampita que había quedado medio caiducha en la mesa. Comencé a llamar a mis superiores diciendo lo que me habían dicho y no alcancé a hacer dos llamadas que ya vino Paolo a decirme que había llamado el doctor preguntando por mi disponibilidad. Que si podía hacer el hisopado en casa e internarme mañana sábado me operaría el lunes. Por supuesto que ahí mismo dijimos que sí y preparamos todo.

Lo que quería testimoniar es que esto de que estar preparados y prevenidos es rezar. Rezar, como decía, en el sentido de haber ya ido y vuelto en la oración y charlado con el Señor acerca de las cosas en las que estamos embarcados.

Como yo sentía que en esta última semana me había cansado y más que rezar trataba de distraerme un poco, le dije al Señor con mucha sinceridad:  “ayudame porque no me da ni para rezar”.

No se trata de que Dios haga milagros o de que todo salga bien, como decimos hoy en día, sino de crecer en la confianza mutua con Jesús y sus santas y santos, tanto en las cosas que salen bien como en las que no salen tan bien por el momento.

Se ve que esta oración, que fue bien sincera, le gustó, porque me respondió ahí mismo mostrando su gran poder. Ha sido una constante en este tiempo la experiencia de que cuando llego a mi límite y lo charlo simplemente con el Señor, Él me hace sentir todo su poder y lo “toca” a alguno para que se despierte y me de una mano. Y esta mezcla de mi límite – de mi medida potencia, como dice Ignacio en la “Contemplación para cosechar amor” -, y de su omnipotencia, me hace crecer en la fe, que en definitiva es lo que me importa.

A mí lo que me da confianza es sentir que el Señor es el que conduce mi historia, tanto interior como exteriormente, y que Él prepara todas las cosas para bien: mi bien último y más grande que es ganar la amistad de Jesus, dejarme salvar por Él y dar un testimonio que ayude a la fe y al bien de los demás.

Diego Fares sj

Read Full Post »

      Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,

porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;

tuve sed, y me dieron de beber;

estaba de paso, y me alojaron;

desnudo, y me vistieron;

enfermo, y me visitaron;

preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán:”Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”

Y el Rey les responderá:”Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos;vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,

porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;

tuve sed, y no me dieron de beber;

estaba de paso, y no me alojaron;

desnudo, y no me vistieron;

enfermo y preso, y no me visitaron.”

Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.”

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.» (Mt 25, 35-46)

Contemplación

En la evocación del juicio final, Jesús nos hace poner la mirada en nuestras acciones. Nos revela que nos juzgará por como hemos tratado a los más pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”. Nuestros pensamientos, ideologías, sentimientos… valdrán en la medida en que nos hayan llevado a acciones que se caracterizan y definen solo por la misericordia y el amor a los más necesitados.

En su última encíclica el Papa Francisco nos invita a ampliar la misericordia y el amor de manera tal que no se queden solo en gestos particulares, sino que adquieran dimensión universal: social y política. Le pagaste un café con leche y medialunas a un pobre que viste con hambre mientras tomabas tu desayuno en el bar, pero también trabajaste en una ley para que ningún niño de nuestra patria crezca desnutrido, asegurando que las madres tendrán leche de calidad para darle a sus bebés.

Darle una frazada al que tirita de frío en el invierno es algo que brota espontáneo y que hace sentir más calentito al mismo que la dio; instrumentar entre todos los países una política que regule las migraciones y la integración cultural de los que huyen de sus países por la guerra o el hambre es algo que no brota espontáneamente, sino que requiere la colaboración inteligente y generosa de toda la humanidad. Es posible hacerlo, pero vemos cuánto cuesta: incluso ante un peligro mortal como es el COVID-19, no es fácil llevar adelante políticas comunes, no solo a nivel mundial, sino incluso dentro de una misma familia.           

No es fácil. La situación de la pandemia nos ha hecho constatar que no hay líderes capaces de conducir a todos. La autoridad, incluso de los líderes legítimamente elegidos, está contestada. Las ideas, todas las ideas, están en permanente discusión. Las actitudes, aún las más generosas, son puestas en duda. Hay gente que cree que las ambulancias que circulan por nuestra ciudades no llevan a médicos y enfermeras generosos que gastan su tiempo en jornadas agotadoras trayendo y llevando enfermos, sino que van vacías y hacen sonar la sirena con el fin de meter miedo a la gente.

En este contexto de fragmentación y desconfianza, el relato que Jesús acerca de lo esencial para la vida plena, contiene algunas semillas de sanidad mental, las cuales, si caen en tierra buena, pueden dar frutos que, al comerlos, vayan sanando esta enfermedad espiritual que afecta nuestra capacidad de discernir lo que es verdad y de poner en práctica acciones buenas y bellas.

La primera semilla de sanidad mental es la de instalar la fe en que habrá un juicio final. No cualquier juicio, sino solo uno con las características precisas y únicas que describe Jesús con la autoridad moral que solo Él tiene, respaldada por su vida muerte y resurrección.

La idea del juicio final está metida en la raíz misma de nuestra inteligencia y libertad. Y no solo en nuestra dimensión espiritual, sino incluso en la vida natural misma: la vida en sus estadios más simples  crece y se mantiene juzgando lo que le conviene y lo que no.

Puede que haya muchas ideas fantasiosas acerca de juicios finales en las que los hombres inventamos dioses autoritarios y criterios de juicio a la medida de nuestras culturas y conveniencias. Pero no es sano instalar la idea de que no habrá ningún tipo de juicio final, de que es una fantasía humana. De hecho afirmar que la idea de un juicio final es una fantasía humana es, ella misma, un juicio final. Es una afirmación que se muerde la cola, que se contradice a sí misma. Con el agravante de que paraliza la vida: sin esperanza de un juicio final no solo no lucharíamos para que sean juzgados los genocidas y los corruptos, sino que tampoco tendría valor juzgar que es lo mejor para mi familia en el día de hoy.

Pero vayamos al tipo de juicio final que describe Jesús. La primera imagen que deja sentada el Señor es la de la gloria. La existencia misma del universo es gloriosa, espléndidamente bella potente y plena de misterio. Y así como fue esplendoroso su comienzo y es esplendorosa cada primavera, cada salida del sol y el enamoramiento de cada pareja de jóvenes, también esperamos que será esplendoroso el final. Esplendoroso no solo en acontecimientos físicos apocalípticos, sino esplendoroso con el esplendor de la conciencia agradecida que ilumina lo vivido y con el esplendor de la libertad que elige amar el don recibido. Cuando en un caso de delitos contra la humanidad un juez dicta sentencia justa, sentimos que la justicia resplandece iluminando un hecho sombrío y desgarrador con una luz esplendorosa que nos devuelve a la vida. Sin esa justicia no vale la pena vivir. Lo mismo podemos decir que sucede cuando la Iglesia como pueblo de Dios jerárquicamente organizado canoniza a un santo: la luz de la gloria toma posesión de toda su vida, la santifica y permite que todo el pueblo se pueda dejar iluminar y fortalecer por esta luz gloriosa en su vida cotidiana.

La otra imagen que Jesús instala – como semilla de sanidad- es la de que el juicio será personal. El detalle de los pronombres personales -“yo” tuve hambre y “ustedes me” dieron de comer-, es causa de admiración tanto para los benditos como para los malditos. Una admiración que es el corazón de la parábola, porque está antes del agradecimiento o de la queja. Ambos grupos se admiran de que haya sido Jesús en persona ese a quien sirvieron o dejaron de ayudar.

Este es el único tipo de juicio final que no es fantasioso, sino increíblemente real: nos juzgará nuestro Creador, pero no sintiendo lo que podría sentir alguien que crea a otro desde su trascendencia, sino sintiendo el peso de nuestras acciones -de compasión o de crueldad- que afectaron la carne y la vida de sus hermanos más pequeños, con los que el Juez se identifica. Es clave aquí la categoría de hermanos que Jesus utiliza. Por que hace a la realidad de la identificación: todos podemos decir con verdad que lo que le hacen a uno de nuestros hermanos nos lo hacen a nosotros, porque somos de la misma carne y sentimos las cosas en común.

Dicen los estudiosos que aunque este texto del juicio está muy elaborado, el detalle de esa identificación de Jesús con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los que no tienen ropa, con los enfermos, los extranjeros y los presos, es algo que solo puede haber salido de la boca del maestro.

A lo que apunta la parábola es a suscitar esta admiración con respecto a quién es el que nos juzga y quiénes somos los hombres a quien es el define como sus hermanos. En lo más profundo del corazón nos tenemos que dejar conmover por este Jesús que dice: era yo, ese nuestro hermano pequeñito quien ayudaste.

Nuestro juicio juzga de acuerdo a lo que vemos. Por eso el Señor quiere enseñarnos a ver profundo. Nos ayuda el cuadro de Rupnik que representa al buen samaritano y expresa artísticamente -mediante la similitud de los rostros- esta identidad de hermandad entre el Jesús que ayuda y el Jesús ayudado.

No creo que se trate de que al ver al juez en la persona del pobre le ayudemos a este por interés de ganarnos la buena voluntad de aquel. Que no se trata de esto lo podemos ver en el detalle de que ninguno se dio cuenta de que el necesitado era Jesús. Y entre los que no se dieron cuenta estamos todos. No es que después de haber escuchado la parábola nosotros sepamos algo que nos podría dar una ventaja con respecto a otros. Lo que Jesús dice es que todos quedaremos sorprendidos al descubrir existencialmente que ese pobre, al que ayudamos o ante el cual pasamos de largo, era Jesús.

Y si es conmovedor pensar en la altísima dignidad que esta identificación de Jesús le confiere a cada persona, más conmovedor todavía es pensar la riqueza que el Creador siente que le da cada pobre ser humano a Él. Así como uno goza en carne propia cuando alguien le hace bien a un hermano o hermana suyos, así Jesús nos revela que se alegra o sufre cuando alguien ayuda o abandona a uno de sus hermanos más pequeños.

Tenemos así que el tipo de juicio final que revela Jesús en esta parábola es algo único y al mismo tiempo muy humano. Pongamos un ejemplo sencillo. Cuando un papá o una mamá se juzgan a sí mismos luego de haber tenido que premiar o castigar a un hijito pequeño, no se fijan solo en la intención con que tuvieron, sino que tratan de medir el efecto que la alabanza o el reto produjeron en el corazoncito de su hijo pequeño. El amor que sienten por su hijo les permite identificarse con los sentimientos de su hijo y evaluar si una mirada de desprecio o un chirlo, por fugaces y leves que hayan sido en sí mismos, han causado un sufrimiento hondo en la fragilidad afectiva de sus pequeños. Aunque alguien de afuera, e incluso el mismo hijo o hija, diga por ejemplo, que un reto no fue para tanto, el juicio que se hacen a sí mismos los papás que aman, se guía por un criterio interior: el del amor o no amor que imprimieron subjetivamente a su acción exterior. Saben que el hijo percibe la fuente misma de este amor, y que el día en que le toque ser padre comprenderá en profundidad cómo fue tratado.

Al identificarse con los más pequeñitos Jesús nos invita hacernos “hermanos todos”, a  entrar en la dinámica de este amor que juzga y se deja juzgar en sus acciones concretas con respecto a los más necesitados porque allí encuentras el criterio seguro para mejorar, corregirse y crecer. Solo lo más profundo y lo que toca la fibra más íntima de nuestro corazón es universalizable (juzgable); y solo lo que es válido para todos, universal, vale la pena que sea asumido (para que se nos juzgue por ello) en lo más profundo y de la manera más radical. El amor y la misericordia son los valores más íntimos profundos y universales y por eso  serán los únicos validos para el juicio final.  

Leemos ahora con fruto tres párrafos de Fratelli tutti:

“Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7) (Ft 84).

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que «con ello le confiere una dignidad infinita». A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad (Ft 85).

A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (Ft 86).

Read Full Post »

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5,1-12).

Contemplación

En estos días previos a una operación al riñón, que si Dios quiere me harán este viernes a la mañana, me venía insistentemente un pensamiento acerca de cómo hacer para suspender, por un tiempo al menos, los WhatsApp y también las Contemplaciones. Yo solo me he metido en este lío, por contar las cosas que me pasan y responder a cada mensajito lo mejor que puedo. 

Pero no es culpa mía. En general, cuando uno está por operarse o convaleciente y recién operado, con los únicos con los que tiene ganas de comunicarse es con su familia y con algún amigo. Pero ahora que por culpa del Papa Francisco somos “Fratelli tutti” y “Amici tutti”, estamos sonados. Sonados en el buen sentido: con profunda emoción puedo dar testimonio de cuánto se me han hermanado y amigado tantas personas con las que me ha tocado compartir tiempos y lugares de mi vida y misión. Todas se hacen presentes en estos momentos.

El Papa, en descargo, dirá que la culpa tampoco es suya, sino de Jesús, que dijo que el que lo siga tendrá el ciento por uno en madres padres hermanos y hermanas y amigos. Así que por más que las razones para entrar en un tiempo de silencio sean muchas y muy razonables, no he mandado ningún mensajito diciendo que no me manden WhatsApp ni suspendo las contemplaciones (mientras pueda). Los mensajes los leeré y los iré respondiendo cuando pueda, como siempre he hecho.

Con la Contemplaciones del evangelio, como verán los que estén leyendo, estoy adelantando la de este domingo. Desde el 2001, creo que nunca he dejado de hacerlas y enviarlas y eso me hace pensar que es una gracia, porque en ninguna de mis otras actividades he sido tan perseverante ni mucho menos. Pensaba, eso sí, que no voy a poder enviarlas por mail, pero por ahí es un buen momento para que el que quiera leerlas las lea en el blog, al que puede entrar poniendo en google diegojavierfares.com e inscribiéndose para que le lleguen por mail. 

Siempre que empiezo contar estas cosas que me pasan me viene un sentimiento de disgusto que me recrimina diciéndome “¿y qué tiene que ver esto con el evangelio del domingo?”. Pero al final termino siempre rechazando este tipo de pensamientos como tentación. En realidad estas cosas que cuento, anécdotas e historias mías y de gente con la que me encuentro, son todas vueltas que doy para poder entrar en el Evangelio. Entrar, digo, por la puerta de alguna Palabra que el Señor me da a sentir y gustar; una de esas palabras que son para acoger y dejar caer en tierra buena y esperar a que den sus frutos la vida cotidiana. 

Haciendo esto, por ahí, uno ayuda a que otros entren también en el Evangelio y encuentren la palabra que el Espíritu les quiere recordar, haciendo que ilumine alguna situación de su vida. 

A esto apuntan, siempre han deseado apuntar, estas “contemplaciones del Evangelio”, en algún momento se me ocurrió llamar contemplacciones. Siempre se trata de alguna palabra evangélica o de algún suceso de la vida en el que se abre una brecha para que entre la misericordia de Dios. 

La palabra o los gestos que busco compartir siempre son declinaciones de la misericordia. De la Misericordia del Padre, que abraza a todos sus hijos y no excluye a ninguno. De la Misericordia de Jesús, que va a buscar a los pecadores y comparte la vida con ellos. De la Misericordia del Espíritu Santo, que perdona los pecados y recrea nuestro corazón, dejándolo como nuevo.

La misericordia es la perla preciosa que buscamos entre todas las demás perlas. 

La misericordia es el tesoro en el campo. 

Misericordia el talento que debemos hacer fructificar siendo misericordiosos.

La Misericordia es la semilla que cae en tierra buena y da el ciento por uno: siempre son fecundos los gestos de misericordia.

Hablar y contar historias donde las palabras hacen lugar para que entre la misericordia no va contra el deseo de silencio (De paso un aviso: Si Dios quiere pronto saldrá a la luz un librito con aquellas contemplaciones en las que hay alguna historia con los más pobres, especialmente con la gente con la que compartí el trabajo en El Hogar de San José).

Cómo dicen Madeleine Delbrêl, el silencio no es mutismo, sino “no quitarle la palabra a Dios”. Ella pone ejemplos de las actitudes con que a veces “le quitamos la palabra a Dios” y entre esas actitudes no sólo están la de los charlatanes, los fanfarrones, los vanidosos y los chusmas, sino también las de los que se quedan callados y no cuentan todas las buenas noticias que el Señor quiere que anuncien no sólo con palabras, sino con toda su vida. 

Madeleine dice que no es difícil, cuando hablamos, no caer en alguna de esas actitudes que “le quitan la palabra Dios”, pero también hace ver que hay personas a las que podemos sentir hablar por horas enteras sin que tengan el aire de estarle sacando la palabra Dios. Las palabras de estas personas son como un ECO de la Palabra de Dios; eco que puede ser más o menos completo, más o menos fuerte, pero es siempre un eco de la Palabra de Jesús. 

Como habrán adivinado, hoy quería rezar y hablarles de Madeleine Delbrêl y la entrada fue por el lado de mostrar una tentación bajo apariencia de bien con respecto al silencio y aprovechar las reflexiones de Madeleine sobre lo que es el verdadero silencio, ese en el que -en medio del mundo- escuchamos a Dios. Más aún, ella dice que no se trata de irse a lugares silenciosos para que Dios hable, porque eso implicaría salirnos del mundo, sino de no quitarle la palabra en medio del mundo como es, con sus ruidos y rumores. 

Esto es Madeleine Delbrêl (octubre 1904-1964): una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry, Francia, para escuchar allí ese Evangelio que según ella cuenta “le explotó” a los 20 años, convirtiéndola de atea en creyente fiel. 

Madeleine es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al subte, a los barrios más pobres…: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados. 

Madeleine es una de las Santas de la puerta al lado de las que habla el papa Francisco, y me parecía una linda imagen para compartir en esta fiesta de todos los santos.

Y ahora sí, removida un poco la tierra, traduzco libremente algunos párrafos de Madeleine sobre las bienaventuranzas del evangelio de hoy. En este último tiempo me he devorado todos sus escritos. Sus palabras sobre las bienaventuranzas no son literatura, sino evangelio vivo. Ella que tanto amaba el Papa gozaría hoy mucho con el Papa Francisco. 

“Dado que las palabras no están hechas para permanecer 

inertes en nuestros libros, 

sino para tomarnos y correr el mundo en nosotros, 

deja, oh, Señor, que de aquella lección de felicidad, 

de aquel fuego de alegría que encendiste un día sobre el monte, 

algunas llamitas nos toquen nos muerdan 

nos revistan nos invadan. 

Haz qué penetrados por ellas, cómo “chispas en los rastrojos” 

corramos por las calles de la ciudad 

acompañando la onda de las multitudes, 

contagiosos de bienaventuranza, 

contagiosos de gozo.

Porque la verdad es que ya tenemos bastante 

de todos los anunciadores de malas noticias, 

de noticias tristes: 

ellos hacen tanto ruido 

que tu palabra no resuena más. 

Haz explotar sobre su ruido 

nuestro silencio que palpita de tu mensaje.

Felices los pobres de espíritu … porque de ellos es el reino de los cielos.

Ser pobre no es interesante: todos los pobres lo saben.

Interesante es poseer el reino de los cielos, pero 

sólo los pobres lo poseen.

Por eso no piensen que nuestra alegría consiste en pasar nuestros días en vaciar 

nuestras manos nuestras mentes y nuestros corazones. 

Nuestra alegría es pasar los días cavando 

en nuestras manos en nuestras mentes y nuestros corazones 

un lugar para el reino de los cielos que pasa…

Salgan a su jornada sin ideas prefabricadas 

y sin cansancios a priori;

Sin proyectarse ustedes mismos sobre Dios, 

sin replegarse frente a él, 

sin entusiasmo, 

sin biblioteca, 

sólo a encontrarlo.

Partan sin guía a descubrirlo, sabiendo que Él 

está a lo largo del camino y no solo al final.

No traten de encontrarlo con métodos originales,

sino más bien déjense encontrar por Él en la pobreza 

de una vida como las demás. 

La monotonía es una pobreza: acéptenla. 

No busquen lindos viajes imaginarios. 

La variedad del reino de Dios les baste 

y les de alegría.

Felices los pacíficos … porque serán llamados hijos de Dios.

En cada esquina se desatan pequeñas guerras, 

así como en cada rincón del mundo hay grandes guerras. 

En todas las situaciones de nuestra vida 

podemos hacer la paz o hacer la guerra. 

Sólo los hijos de Dios son totalmente pacíficos. 

Para ellos la tierra es una casa del Padre celestial. 

Todo cuanto existe sobre la tierra le pertenece 

y también la tierra misma. 

Sí, verdaderamente la tierra es una pequeña casa del Padre.

Por eso ellos no desprecian nada: ni un continente ni una pequeña isla ni una nación ni un patio ni las plazas ni las oficinas ni los negocios ni las calles ni las estaciones… 

En todos lados ellos deben crear un clima de familia. 

Los ojos de los pacíficos son benévolos y sus compañeros de camino 

se rescaldan en ellos como junto al fuego. 

Y ellos caminan con una doble alegría: 

alegría de un adviento de paz en torno a ellos,

Quería de escuchar en su interior una voz inefable 

que dice “Padre” en el fondo de su corazón.

Felices los Misericordiosos… porque obtendrán misericordia 

Ser misericordiosos: no parece ser un oficio descansado.

Es ya mucho sufrir las propias miserias, sin tener que agregar 

la pena de aquellos a los que encontramos. 

Nuestro corazón se rehusaría ser misericordioso si hubiera otros medios 

para obtener misericordia.

No nos lamentemos, por tanto, demasiado, si tenemos a menudo 

lágrimas en los ojos 

al cruzarnos por la calle con tantos dolores. 

Es por medio de estos que sabemos qué cosa 

es la ternura de Dios.

Nuestro corazón encuentra su alegría en estar 

junto al incansable fuego de la misericordia del amor de Dios. 

Y nosotros vamos espontáneamente a buscar 

todo aquello que puede permitir a este fuego quemar: 

todo lo que es pequeño y frágil,

todo lo que siente dolor y sufre,

todo lo que peca, se tambalea y cae,

todo lo que tiene necesidad de curación. 

Y llevamos este fuego que arde en nosotros 

a todas las personas dolientes que nuestros encuentros atraen 

para que los toque y los sane.

Felices los mansos … porque poseerán la tierra.

Para cumplir tu obra sobre la tierra, 

tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, 

sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso

de un cierto grado de obediente asentimiento

de un cierto peso de ciego abandono,

situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres.

Y si en un solo corazón se encontraran juntos 

todo este peso de abandono 

este acatamiento amoroso y este asentimiento,

el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente.

Porque este solo corazón te abriría el camino, 

se convertiría en la brecha para la invasión de tu Misericordia, 

en el punto débil donde cedería la rebelión universal.

Un corazón manso tarda mucho tiempo en hacerse. 

Se va haciendo segundo a segundo, minuto a minuto, 

día a día… 

En esta conversación en la que nuestro silencio acoge la palabra de algún otro 

y nuestro pensamiento se inclina frente a otros pensamientos; 

en estas cosas inertes que parecen querérsenos escapar: 

la birome que escribe mal, el calor que nos fatiga, 

el frío que nos devora, 

en esos juicios sobre nosotros en los que no reconocemos 

nuestro rostro; 

en estos pequeños o grandes dolores, 

que nos corroen por dentro, que nos cansan los nervios, en lo profundo, 

donde dejamos que corra nuestra vida… 

con estas paciencias tú vas tejiendo tu mansedumbre en nuestro corazón.

Felices los puros de corazón … porque verán a Dios.

Señor, tú nos ha dicho que sin esta castidad implacable 

nosotros no podremos verte.

Ella es la libertad de todo impedimento, 

y el no ser poseídos por nada 

y el poder ir a Ti de un solo golpe. 

Ella es un amor urgente impaciente celoso 

que no tolera a aquellos que bloquean el camino.

Por eso, su último asalto será en la hora de nuestra muerte. 

Ella nos hará subir al tren que nos llevará 

más allá de nosotros mismos. 

A través de los vidrios, todas las cosas nos harán grandes señales 

de adiós. 

Pero ninguna se ofrecerá a subir con nosotros, 

todas tendrán miedo a tenernos por compañeros.

Todas nos parecerán efímeras, sin otro valor 

que el de una pausa. 

Nosotros lo dejaremos todo. Todo nos dejará.

Y veremos al Dios que nos espera 

una vez que nos haya conducido a Sí 

después de la castidad paciente de nuestra vida

después de la castidad elemental de nuestra muerte”.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «‹Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón (kardía), con toda tu alma (psiché) y con toda tu razón (dianoia). Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: ‹Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas›» (Mt 22, 34-40).

Contemplación

Ya sabíamos que la pre-hospitalización en el IFO (Istituti fisioterapici ospitalieri) llevaría toda la mañana. Pero como ya tenía hechos tantos estudios pensamos con Paolo, mi ángel custodio enfermero, que sería más breve. Así fue con los análisis de sangre, pero después se alargó la espera del turno con la anestesista y más todavía de la charla con el urólogo del equipo que me operará el riñón. Menos mal que a las 11:30 hs. le dije a Paolo que se fuera, porque al final salí a como a las cuatro de la tarde. 

Lo que quería contar era algo acerca del lindo ambiente que se creó esa mañana – por unos minutos- en la sala de espera de los análisis pre-quirúrgicos . Nos habían dicho por teléfono de estar a las ocho en el Reparto de pre-hospitalización, primer subsuelo del recorrido F (de color fucsia), «Ascensores N, N, O», y de buscar a un tal Antonio. 

Antonio, como aprendimos estando en el lugar, no solo es el que organiza los turnos de la pre-hospitalización, sino que es una especie de nombre mágico en el Reparto de urología. Allí los médicos son inalcanzables, como me dijo después Emanuella: «Primero está el papa Francisco y después el urólogo». Yo me reí y le dije que me parecía que el Papa era más accesible, a lo cual ella asintió. 

Antonio es la única persona a la que todos llaman por el nombre: «tiene que ver Antonio»; «vuelva con la carpeta y muéstresela a Antonio»; «eso se lo tiene que decir a Antonio». Yo terminé de amigarme con el hospital cuando se fue Paolo, y al quedar solo, sentí al mismo tiempo tres cosas: una fue que en medio de las sala de espera repleta de gente caí en la cuenta de que el rumor de todas las voces mezcladas, al que no le prestaba atención mientras estaba acompañado, de repente me sonaba en lengua extranjera (es notable la diferencia cuando te habla una sola persona y cuando hablan muchas al mismo tiempo); la segunda fue el desconcierto cuando la jefa de sala de admisión me dijo que me faltaba un papel y que no había pagado la visita. Ahí fue que usé la palabra mágica y dije que me había mandado Antonio, lo cual hizo que la jefa me dijera que esperara un poquito, a ver cómo hacíamos; la tercera cosa fue la experiencia de la acción del ángel de la guarda (aclaro que en la entrada del hospital hay una estatua gigantesca del Arcángel Rafael indicándole a Tobías como debe curar a su padre con la hiel del pescado, y siempre que entramos al hospital le rezo). Pasó así: mientras esperaba en la fila, vi que salía de Admisión una enfermera peticita, con cara de seria y apurada, y le pregunté si había mucha fila para el urólogo. Ella que había escuchado mi charla con la jefa de sala, me indicó de manera un poco brusca que me dirigiera ella y siguió su camino. En ese mismo momento, en que me sentí de verdad desorientado, noté con el rabillo del ojo que la enfermera pegaba la vuelta como si alguien la hubiera tocado en el hombro. Entró decididamente en la oficina y le dijo a la jefa de sala que se encargaba ella de lo mío. Me adoptó! Demoramos como 25 minutos y ella completó amablemente todos los formularios que faltaban, porque «Antonio -como siempre- los dejaba porque sabía que los llenarían ellas», me indicó dónde tenía que pagar y después me hizo amigar con Daniela, la jefa de sala, a la que, rezándole a los ojos de la Virgen, le ayude a encontrar una formularios que hacía media hora que buscaba y que habían literalmente «desaparecido».

Pero volvamos atrás. Porque la ayuda de este angelito -Emanuella- fue lo que «terminó» de amigarme con el hospital. El inicio del amigamiento se dio en la primera sala de espera.

Cuándo llegamos a las 8:15 hs., ya había unas 10 personas esperando. Como no había números ni nadie explicaba nada, todos nos amontonábamos en la puerta tratando de ver al tal «Antonio». En relación a otras enfermeras y enfermeros que cuando veían que la gente se amontonaba comenzaban a gritar y luego desaparecían, abandonando el campo, vi cómo Antonio con pocas palabras logró tener a toda la gente tranquila: «Tooodos tienen que hacer la pre-hospitalización. Aquí tengo sus nombres» – fue lo único que dijo. Y dejó que nosotros mismos nos ubicáramos y respetáramos el orden de llegada. Cómo dijo una señora -después supe que se llamaba Ana- cuando uno se le coló: «Por amor de Dios, no vamos a discutir por unos minutos más o menos».

La cuestión es que en dos lugares pequeños quedamos así: seis o siete en el espacio al lado del ascensor y cuatro personas en la salita cercana a la puerta de Antonio: una señora, que no se sentaba, porque eso le hacía doler los riñones; un señor de pelo blanco, de mi edad, qué había viajado toda la noche desde Calabria y había venido directamente: «para no molestar a sus parientes», y otro señor más joven que le dejó su asiento a un hombre mayor muy venido a menos al que acompañaba su hijo. Cinco desconocidos un poco ansiosos por entender cómo funcionaban los turnos y no perder el nuestro. Rompió el hielo el calabrés cuando vio que yo me hacía lío con el cabestrillo y la carpeta grande de los análisis al tratar de sacarme la campera. Gentilmente se ofreció a darme una mano. Ahí fue que me animé a entablar el diálogo y le pregunté a cada uno los nombres. Ana -dijo la señora-, de Roma. Mario, dijo el de Calabria. Y ahí fue que el abuelo, que parecía medio dormido, abrió un ojito y dijo Aldo, con una sonrisa linda y ganas de mostrar que estaba bien atento a todo a pesar de sus dolores. 

Mario dijo que no sabía si lo iban a atender a pesar de haber viajado toda la noche y de tener turno, porque se veía que faltaban algunos papeles. «Estamos en las manos de Dios», afirmó abriendo los brazos y mirando al cielo. y agregó: «Y de la Madonna». Ana lo confirmó sonriendo: «Ella sí. Ella hace todo». 

Como vi que la conversación había ido para el lado espiritual, dije que yo era Diego y que era sacerdote. 

La charla siguió muy naturalmente. A Mario y a Aldo apenas los volví a cruzar una vez, les di una bendición y no los vi más. Con Ana, en cambio, nos encontramos una hora después y charlamos lindo mientras esperábamos al urólogo. También a ella le tienen que sacar el riñón. Es su segunda operación, tiene dos hijos, marido y dos nietos que son su vida. Cuando se dio cuenta que había dicho “su vida”, me aclaró que los quería igual igual que a sus hijos, como si el haber confesado un amor tan grande por los nietos pudiera despertar celos en los otros, aunque no la pudieran escuchar.

A lo que quería llegar, para compartirlo, es a cómo cambió nuestra actitud después que intercambiamos algunas palabras amables con estas personas. De ser cuatro desconocidos que empujaban -tratando de que no se notara mucho- para entrar primero, pasamos a sentirnos igualados por la espera, por nuestros nombres -que Antonio «tenía» – y por la necesidad de ser atendidos en nuestra enfermedad. 

Cuando la gente me pregunta «cuándo te operan» sintiendo que “la semana que viene” demora mucho, a mí se me vienen los rostros de Ana, de Mario, de Aldo y de todos los demás que no conozco, y siento que si bien deseo que me operen rápido, que mi riñón es uno más junto con los riñones de estos nuevos amigos. Igual que en la sala de espera entraremos tranquilamente por turno, cada uno en su momento, a nuestra intervención. 

Estas cosas sencillas me hicieron caer hoy la ficha de lo que significa: «Como a ti mismo», cuando el Señor explica el mandamiento del amor al prójimo.

Cómo dijo Mario, el calabrés, haciéndome señas amablemente de que pasara yo primero: «Estamos todos en la misma barca de la sala de espera». 

Diego Fares sj

Read Full Post »

(Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consultar cómo podrían entrampar a Jesús con sus propias palabras. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, por que no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, (a la luz de la Ley) ¿qué te parece? ¿Es lícito dar el tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo: ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario. Y El les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción (“Emperador Tiberio, hijo adorable del dios adorable”)?

Le respondieron: Del César. Jesús les dijo: Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-22).

Contemplación 

El evangelio dice que los fariseos se retiraron después de escuchar la parábola del Señor sobre el vestido de bodas, que se juntaron con los herodianos (que eran sus enemigos) para ver cómo le podían tender una trampa y que la trampa se la armaron en torno al dinero. 

Cómo vemos no es ninguna novedad que contra Jesús y los que anuncian el Evangelio se junten los fundamentalistas de la religión con los fundamentalistas del poder y que los que en otras cosas son enemigos entre si, encuentren un lenguaje común en torno al dios dinero. Por eso -porque la historia se repite- terminó siendo tan paradigmática esta escena en que el Señor, ni lerdo ni perezoso, les respondió de rebote y pasó como en el tenis, que cuando uno hace un saque muy fuerte, si el adversario lo agarra de pleno, el rebote vuelve con el doble de velocidad. Aprendiendo de los criterios de discernimiento del Evangelio, cuando uno escucha críticas al Papa y a la Iglesia puede ser interesante, para encontrar un punto de vista independiente de las manipulaciones mediáticas, examinar no sólo el tema en discusión, sino la relación con el dinero qué tienen los que atacan.

Hoy sólo quiero detenerme en una cuestión de lenguaje. En esto de que después de escuchar una parábola, que es como decir después de escuchar una invitación linda a entrar en la dinámica del Reino del Dios, que es la dinámica del amor gratuito, los fariseos inventan una trampa. 

Las trampas tienen algo de paradoja . Uno «cae en una trampa» cuando se deja llevar por un razonamiento lógico que le resulta familiar y termina cayendo en un pozo. Sucede al revés con las parábolas de Jesús. En ellas, uno entra en una situación que le resulta familiar, como es la del rey que con gran ilusión invita las bodas de su hijo, y termina cayendo en la cuenta de que es uno el que ha sido invitado no por méritos sino por misericordia y que debe ponerse el vestido de bodas que le regalan para estar a la altura de una fiesta tan gloriosa. 

Podríamos decir que tanto las invitaciones de Jesús como las trampas del maligno nos hacen pisar el palito de alguna paradoja, pero con intenciones distintas: Jesús para hacernos caer en las manos misericordiosas del Padre y en el compromiso fraternal con los hombres; el maligno, para hacernos caer en sus engaños asesinos.

Ahora, el detalle evangélico de hoy está en que los fariseos y herodianos quisieron usar el dinero para entrampar a Jesús. El lenguaje del dinero es particularmente peligroso porque tiene la dinámica de las anti-parábolas: sus pa-radojas son malignas. Como cuando se dice que “el tiempo es dinero”. La frase parece positiva, en cuanto que impulsa a trabajar más, pero se absolutiza de modo tal que uno termina vendiendo su tiempo para ganar un dinero que luego no puede usar.

El dinero es un dios, el dios infinito cuantitativo, y tiene su liturgia y su (anti) evangelio, cuyo lenguaje es siempre la antítesis del lenguaje de las parábolas de Jesús. 

Tono de burla

Es la antítesis de las parábolas de Jesús, primero que nada, por el tono (que refleja la intención): los que hablan en lenguaje de dinero se ríen y se burlan sarcásticamente de los que hablan el lenguaje evangélico -que es poético y religioso- de las parábolas. En el pasaje evangélico de hoy, el sarcasmo se puede notar en la frase: «Maestro! tú que no haces acepción de personas…, dinos si es lícito o no pagar el tributo al César». 

La dinámica de las parábolas de Jesús es siempre de salvación: ayudan a que el que escucha descubra la verdad por sí mismo y reciba una gracia. La dinámica de las parábolas del dinero, en cambio, es de perdición: son para engañar y confundir al otro y hacer que se hunda.

Las metáforas inmanentes del dinero

El lenguaje del dinero es una antítesis peligrosa de las parábolas porque también usa metáforas que seducen, cómo esa de Manolito: «Lo bonito de los dólares es ese ‹verde-coima› tan seductor». Lo que sucede es que, en el fondo, la dinámica de las metáforas del dinero no es trascendente: el dinero no trasciende, sólo busca más dinero. 

En cambio el lenguaje del Evangelio tiene una dinámica que nos hace salir hacia el Otro -hacia Dios y hacia el prójimo -, una dinámica que trasciende, que hace crecer. 

El dinero se alimenta a sí mismo. Da la ilusión de que nos permite comprar cosas y desarrollarnos, pero la realidad es que lo que se compra con dinero son cosas que se consumen y nos consumen con ellas. 

En cambio, el lenguaje evangélico cuando te conecta con la gracia te la da entera. Y la gracia no sólo es un tesoro que no se consume, sino que hace que se dilate en el amor nuestro corazón: nos hace crecer como personas. 

El dinero aunque te da un producto es un producto marcado por el dinero mismo, de esos que apenas los compraste ya quedaron caducos, y te están como exigiendo que desees comprar el siguiente, que será más sofisticado. 

Jesús sabe que el dinero es necesario y por eso dice que se le de al dueño del dinero lo que es suyo. Pero que no se mezcle con darle a Dios lo que es suyo: nuestro corazón, nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro amor.

Al dinero hay que darle lo suyo que es su carácter de medio para relacionarnos entre nosotros. De ninguna manera hay que convertirlo en fin, pero hay que saber que como es el medio universal que aceptan los de todas la religiones e ideas políticas, es difícil no endiosarlo en la práctica. El dinero es el ídolo perfecto, el ídolo por antonomasia. A los que lo poseen en gran cantidad les hace real la ilusión de que sean ellos los dioses. Lastimosamente terminan dejándoselo íntegro a otros a quienes esa masa de dinero anónima pasará a darles la misma ilusión y se los devorará como se devoró al primero. 

…..

Meditaba en estas cosas en la clínica «Salvator mundi» mientras esperábamos las dos horas que tardaron en hacer el informe de la «TAC total Body con contraste» (que entre otras cosas reveló que ‹no tenía nada en el cerebelo›, como dijo el radiólogo. Cosa que ya sabíamos). Como los médicos que me operarán en el riñón necesitaban tenerla «ya», esta la tuvimos que pagar, porque si no había que ir a hacerla a Nápoles y demoraríamos mucho. Hay momentos, como me decía Paolo, el enfermero amigo que me gestiona y acompaña en todos los análisis, en que se justifica pagar, si uno puede. Mi tumor al riñón es de los que no dan señales. Creció muy lentamente hacia fuera del riñón que por eso seguía cumpliendo bien con su función y no daba señales, el muy traidor. Pero estos tumores en cierto momento comienzan a esparcir metástasis por todos lados y ahí es donde es vital apurarse a sacarlo. 

Yo pensaba que nosotros, jesuitas, con la organización que tenemos, estamos reasegurados. Papá siempre decía que los jesuitas teníamos la comida, la salud y los medios para trabajar asegurados, cosa que el 99,90 % de los mortales no tiene y vive «en la inseguridad». Experimentando estos privilegios de manera particular en el momento en que las papas queman, la reflexión no se me fue para el lado de la justicia, sino para el lado de la amistad. Es tan grande el abismo que nos separa de los más pobres, que no hay justicia humana que pueda salvarlo. Y aunque lográramos tener un mundo justo hoy, no llegaríamos a darle una mano a los que en este momento están siendo los más pobres, especialmente los niños que ya nacieron físicamente pobres, desnutridos. Cuando hablamos de «ser pobres» y de hacer «una opción por los pobres», a mi ese lenguaje me queda grande en la boca y siento que no puedo usarlo sin sentir vergüenza interior y tratar de que al menos el tono que uso al hablar no sea el de quien se siente muy contento de lo que debe decir. 

Pero en medio de estos razonamientos, quizá demasiado humanos, me consoló y muy mucho pensar en mis amigos más pobres tanto del Argentina como de Roma con los que en estos días me he comunicado tanto. Y se me juntó con un sentimiento de agradecimiento muy grande a la inspiración que ha tenido el Papa Francisco al hablar de la amistad social como la clave de todos los desafíos que nos presenta el mundo actual. 

Si queremos una justicia que nos vaya igualando, la igualdad básica no puede ser otra que la más alta: la de la amistad. La dinámica de la amistad es lo más igualador que existe entre los seres humanos. Siempre encuentra caminos y allí donde no los hay, los crea. Allí donde el dinero divide irremediablemente, la amistad une indisolublemente. 

Sólo siendo amigos con los pobres y con Dios es posible establecer una relación con el dinero que no caiga en sus razonamientos tramposos ni en una idolatría práctica. «Hacerse amigo de los pobres con el dinero inicuo» sigue siendo el consejo sabio del Señor.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: (Lo que acontece en) el reino de los cielos es semejante a (lo que le pasó a) un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero, ¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

El vestido de bodas… La palabra «bodas» – que aparece ocho veces en la parábola que Jesús le cuenta a los que lo critican y lo quieren matar- es la clave de la invitación, del banquete y del vestido. Son las bodas del Hijo que el Padre venía preparando desde toda la eternidad: la alianza de Jesús con la humanidad, con la gente, con todos los pueblos y personas que Dios creó. A esta fiesta de bodas no hay excusa que valga para faltar o no estar a la altura.

Pensaba que, para una fiesta de casamiento, el vestido, que es algo muy personal, tiene un sentido social particular. En otras fiestas, actualmente, uno puede ponerse un vestido extravagante, si quiere. En una fiesta de bodas tiene que ser algo lindo y elegante, pero que no desentone, que no llame mucho la atención, ya que lo que importan son los novios. Quizás ese era el sentido de que en los casamientos en la época de Jesús el que invitaba le daba una túnica -un vestido de bodas- a sus invitados. En definitiva, no aceptar el vestido de fiesta es como si hoy uno se llevará su botella de vino personal y no bebiera del que le da el anfitrión: una muestra de desprecio.

Está claro que el Padre es el que hace la fiesta y la celebra, sí o sí: si los invitados no son dignos, invita a otros, a los pobres de los caminos, a buenos y malos. Y si bien la invitación es gratuita, la fiesta tiene su etiqueta rigurosa, que aquí se puede ver en la importancia del vestido de bodas. No se trata de algo difícil, porque el vestido se regala, sino que se trata de hacer la voluntad de otro, de vestirse como le agrada al Padre y no como uno quiere. Y esto no siempre resulta fácil. 

Además este hombre ni siquiera se excusó, se quedó callado, lo cual puede ser signo de uno que no tiene idea de lo que pasa, pero también de alguien muy soberbio que ni siquiera se digna a responder, acostumbrado hacer lo que quiere.

Me gusta pensar en este vestido de bodas como un hábito qué expresa nuestra igual dignidad, nuestro ser “todos hermanos”, como sueña Francisco que soñemos. 

Cuando en la Iglesia entraron en crisis los hábitos entre los consagrados, las consagradas y los sacerdotes, el deseo profundo era el de no distinguirnos de los demás, el deseo de usar el vestido común de la gente. 

No es fácil lograr esto en la práctica. Es verdad que los hábitos pasan de moda y muchos se convierten en algo estrambótico, como ciertos sombreros de monjas y de obispos. Pero también es cierto que en todas las épocas y culturas tendemos a uniformarnos y a distinguirnos. Recuerdo que en nuestra época de estudiantes terminamos inventando un «hábito» que consistía en una mezcla de camisa de cura y jeans. 

Creo que el punto está en que el hábito es dinámico, conlleva una relación entre la espiritualidad que se vive interiormente y lo que se expresa con la manera de vestir. Evangélicamente me parece que lo bueno es que el hábito tenga algo de parábola, algún elemento común que suscite la apertura a la novedad que trae Jesús. En este sentido, creo que en nuestra época es bueno tener libertad interior para usar diversos hábitos. Como aquel cura que cuando iba con los progresistas se ponía la sotana y cuando iba con los conservadores usaba jeans. Pero la dinámica no debe ser la de escandalizar o atraer la atención sobre uno mismo, sino la de ayudar a que las personas con las que uno trata acepten mejor el evangelio. 

Pensaba estas cosas en el hospital Hesperia al que fui a hacerme una biopsia. El hecho de no ir vestido de cura en una tierra donde la imagen del sacerdote está super estereotipada me ayudó a entablar relación con mis compañeros de habitación y con las enfermeras y los asistentes sanitarios de una manera muy natural. Esto hizo que cuando alguno se enteraba de que era cura, la relación cordial que ya habíamos establecido se profundizará en un diálogo más espiritual. Como el que tuvimos con Giuseppe mi compañero de pieza, con el que al segundo día terminamos celebrando la misa. No se sentía “a la altura”, pero aceptó participar cuando le dije que necesitaba un monaguillo, por el brazo. También terminamos rezando con los papás de Beatrice, una nena de Calabria que se había operado de la columna, después que Francesco -el papá-  se me acercó porque dijo que era el único que le había sonreído cuando andaba por el pasillo. Y también terminamos amigos con Carlos, del equipo de radiólogos, que resultó ser jujeño. Sin saber que era cura, al ver que era argentino cambió de idioma mientras me acomodaba en la camilla y comenzó hablarme en español, cosa que me tranquilizó un montón. 

Pero uno de los diálogos con Giuseppe – napolitano papá de cuatro hijos, camionero, que también se operaba de la espalda- no tuvo desperdicio. Charlábamos y entre cosa y cosa salió que él no creía mucho los curas. Yo le dije que yo tampoco y le conté el dicho de mi amigo Francesco, que dice que los curas «estudiamos de noche para jorobar a la gente de día». El napolitano, moviendo la cabeza, pesó la frase apenas un instante y dijo espontáneamente: «Y algunos ni siquiera estudian!» Me hizo largar la carcajada y ahí nomás le mandé un WhatsApp a Francesco, que respondió diciendo: «Un maestro! Entendió todo. Yo había entendido sólo la mitad». La charla era en camiseta y en medio del personal que entraba y salía con remedios y anotaciones varias.

Las bodas son una figura de la Alianza entre Jesús y la humanidad y el vestido de bodas tiene que ser un hábito que haga alianza, no que cause rechazo o establezca lejanías. El hábito, cómo todo lo que hace al estilo cristiano -ritos, costumbres, leyes…-, tiene que favorecer esta Alianza entre Jesús y la gente. En este sentido siempre tiene que ser objeto de un cuidadoso discernimiento. No existe un hábito o un estilo cristiano en sí mismo, que sea igual para todas las culturas y en todas las situaciones. Aquí vale lo de San Pablo de «hacerse toda todos» para ganar al menos alguno para Cristo. Éste «relativismo cultural» es el que permite predicar en su radicalidad absoluta el Evangelio. El hábito de San Francisco lleno de los remiendos que le hacía su amiga e hija espiritual Santa Clara, es una linda imagen de un evangelio que se deja remendar exteriormente por la gente sencilla para poder brillar así con toda la fuerza y el esplendor de su gloria interior.

Diego Fares sj

Read Full Post »

“Jesús dijo a los ancianos y sumos sacerdotes: Escuchen otra parábola: Había un hombre, padre de familias, que plantó una viña y la cercó, cavó en ella un lagar y edificó una torre, la alquiló a unos viñadores y emigró. Cuando se aproximaba el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los viñadores para recibir sus frutos. Y los viñadores, agarrándolos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. De nuevo envió otros siervos, en mayor número e hicieron con ellos otro tanto. Por último envió a su propio hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo. Pero los viñadores, viendo al Hijo se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero, matémoslo y quedémonos con su herencia’. Y agarrándolo lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos viñadores? Le respondieron: ‘A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo’. Les dijo Jesús: ¿No han leído en la escritura: ‘La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular. Por obra del Señor se hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos’? Por eso les digo que a ustedes les será quitado el reino de Dios y se le dará a gente que le haga dar frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la gente, que lo consideraba un profeta (Mt 21, 33-46).

Contemplación

En su discusión con los ancianos y sumos sacerdotes Jesús cuenta una parábola en la que la lógica de unos viñadores que no querían pagar impuestos fue la de  matar al heredero: “Este es el heredero matémoslo y quedémonos con su herencia». El Señor concluye la parábola con la metáfora de la piedra angular: «La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular». 

Sin embargo esto que parece terrible se convierte en algo bueno en las manos del Padre. El intento de frustrar el plan de Dios se vuelve contra los viñadores homicidas. Jesús afirma resueltamente que todo esto se hizo “por obra del Señor y es maravilloso nuestros ojos”. Y agrega que la viña que se pierden los viñadores homicidas le será dada a un pueblo que le haga dar frutos. Vemos así que la muerte del heredero, del Hijo amado, se convierte en piedra angular para la salvación de todos los que desean dar fruto.

Nos detenemos a gustar la solidez de la imagen de la piedra angular. Pablo nos dice que la piedra angular es Jesús: “Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef 2: 19-20). 

La metáfora está tomada de la edificación antigua y nos habla de una piedra clave que se coloca en diversidad ubicaciones: en el fundamento, en la parte superior y más visible o en el ángulo. Es piedra de fundamento, entre el cielo y el suelo, piedra de unión, en el ángulo donde se juntan dos paredes (esquinera; y clave de bóveda, en el centro de un arco para que las otras piedras permanezcan en su lugar.

Esta metáfora tiene dos orígenes en la Biblia. Por un lado, es la piedra sobre la que Moisés hizo brotar agua en la roca de Horeb (Ex 17, 5) y que el cristianismo identificará con la Roca espiritual que representaba a Cristo . Se trata de una roca que camina junto con su pueblo, no de una roca estática: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Co 10, 4). Por otro lado, y principalmente, es la piedra rechazada por los constructores que fue elegida por Dios para convertirse en piedra angular del edificio, como dice el Salmo 118. 

Es una piedra cósmica, cimiento de la Creación, y también una piedra especial,   que Jesús “crea” en Pedro – el Papa- para construir su Iglesia, la comunidad cristiana entendida como edificio formado por piedras vivas (1 Pe 2, 4-8). 

Son muy lindas las palabras del profeta Isaías que expresa así el deseo de Dios: «Voy a poner una piedra de cimiento en Sión, una piedra sólida, angular, preciosa; quien se apoye en ella, no sucumbirá. Pondré el derecho por regla y la justicia por nivel (Is 28, 16-17).

Aplicada a Cristo la metáfora nos dice que el Señor es el que tiene que estar allí donde se unen los pueblos, allí donde se construye la vida y la cultura, y allí donde se concluyen y cierran las cosas en la vida de cada persona. Todo fue creado por Él; Él es el que recapitula todas las cosas y, en medio de la historia, Él es el lugar de encuentro y el Mediador.

Piedras angulares de hoy

Tratando de bajar esta hermosa doctrina a nuestra vida, meditaba acerca de cuál es la piedra angular en el mundo de hoy. La imagen se entiende, pero hoy los fundamentos de los edificios no se ven: muchos no tienen esquinas y los pesos se distribuyen homogéneamente en el interior de las estructuras de acero y hormigón armado. 

Sin embargo buscando en internet vi que la metáfora de la piedra angular se sigue usando. Dice uno: “Cuando hablamos de una piedra angular hacemos referencia al objeto fundamental que hace que algo se lleve a cabo. Es el elemento que permite sentar las bases para iniciar un proceso que es elemental para el crecimiento”. 

A nivel de crecimiento de un país se suele decir que la infraestructura es la piedra angular del desarrollo.

A nivel de funcionamiento de la sociedad se habla de los datos (digitalizados e interconectados) como la piedra angular de la así llamada cuarta revolución industrial.

También se habla de cuatro piedras angulares que tienen que ver con el uso de los datos: estos campos son: el acceso a la información y al conocimiento, libertad de expresión, privacidad y normas y comportamientos éticos en línea. Son claves necesarias para construir una Internet global libre y confiable que posibilite Sociedades del Conocimiento inclusivas.

Pero quizá el uso más interesante de la metáfora es el que proviene de la publicidad. Dice Daniel Heer, CEO y fundador de Zeotap: “La personalización (de los datos) es la piedra angular de todo”. Escuchemos lo que sigue: «No es raro mentir en encuestas. Según BBC News, es probable que un tercio de los encuestados no respondan con sinceridad, por lo que uno puede imaginar cómo eso puede sesgar cualquier estudio. Los encuestados quieren parecer mejores de lo que son, quieren dar respuestas socialmente más deseables o no quieren responder honestamente sobre comportamientos sensibles. Sin embargo, los datos agregados sobre los consumidores, incluidas las búsquedas en Internet, nos dan una imagen real, más completa y precisa de quiénes son estos clientes y cómo se comportan realmente en la vida real: qué contenido leen, qué compran y con qué frecuencia, qué aplicaciones usan activamente y así sucesivamente. Aquí es donde entra el poder de los datos, no de mirar las búsquedas en Internet de manera aislada, sino de la agregación y análisis de miles de millones de puntos de datos de millones de consumidores. Las marcas deben dejar de depender de datos en silos y desactualizados que solo revelan una dimensión del comportamiento del usuario. Deben comenzar a reunir diferentes puntos de datos que agreguen comportamientos holísticos y dinámicos. Solo así, las marcas podrán determinar si realmente hay una intención de compra detrás de cada una de ellas. Por eso es más importante que nunca que las marcas tengan la inteligencia superior del cliente para sobrevivir en un panorama publicitario cada vez más competitivo, donde la personalización es la piedra angular de todo». 

Es notable como los que se dedican a la publicidad conocen más del hombre que los que cultivan las ciencias. Como dice Heer la clave está en la personalización de los datos. Y personalización quiere decir libertad, que se concreta en lo que uno compra realmente, es decir en lo que desea comprar y en lo que está realmente dispuesto a gastar. Personalización de los datos para las empresas significa predecir qué es lo que uno realmente está dispuesto a salir a comprar y a pagar. Este discernimiento requiere los datos que proporcionan las máquinas y el juicio último de la persona que interpreta los datos. 

Así el dinamismo del consumo -característica principal de la vida moderna-  tiene como piedra angular el discernimiento de nuestra intención de compra.

Podemos imaginar al Señor como uno que recoge todos los datos de nuestra vida -los datos que provienen de ese motor de búsqueda interior que es nuestra oración, en la que expresamos nuestros deseos más hondos, por quienes rezamos y que pedimos-, y los datos que provienen de nuestros comportamientos prácticos, fraternales o egoístas. El señor que lee los corazones observa nuestra vida: se fija si rezamos como el fariseo o como el publicano, está atento a sí damos limosna como la viuda pobre o como los ricos, haciéndonos ver. Evalúa cómo es nuestra fe, si poca, como la de Simón sobre las aguas o grande como la de la siro-fenicia y el centurión. Nos prueba, como al joven rico, a ver si estamos dispuestos a regalar nuestros bienes por una mirada suya, llena de amor.

Podemos decir que Jesús personaliza todos nuestros datos poniendo especial atención a nuestra intención de compra: es decir en lo que estamos dispuestos a pagar. Porque su Reino, Él nos lo brinda gratuitamente, no es algo que se pueda comprar, pero una vez que entramos en su dinámica, sí depende de que estemos dispuestos a pagar su “uso”, ofreciendo cada vez como don nuestra vida entera. 

Así como la piedra angular de una empresa está en su capacidad de interactuar con nuestra intención de compra de productos o servicios, Jesús interactúa no tanto con nuestras virtudes o pecados en sí mismos, sino con lo que estamos dispuesto a pagar para que vaya adelante su Reino en bien de todos los hombres, especialmente de los más desamparados. 

Lo vemos en la parábola de los talentos; lo vemos en la parábola de hoy que se fija en los que no quieren pagar los impuestos y en los pueblos que querrán dar fruto a su tiempo. El Reino de los cielos, recibido como don gratuito, requiere que a cambio pongamos en juego y gastemos nuestra vida entera para que vaya adelante y llegue a todos. Jesús es la piedra angular porque es el que personaliza los datos y encuentra las personas que pueden hacer realidad su reino: que tanto ayer como hoy no suelen ser tanto los los meritocrátas, sino más bien los santos y santas de la puerta de al lado.

Jesús se fija en nuestra libertad y en nuestro deseo hondo: si realmente queremos recibir ese don del reino que implica dejarnos “invadir y dinamizar el corazón” por su amor absoluto que nos lleva a apasionarnos por la justicia y la fraternidad entre los hombres, como decía Madeleine Delbrel. 

Jesús se fija en nuestro deseo de compartir nuestros bienes, practicando las obras de misericordia; se fija en nuestras elecciones de vida profundas, si son en beneficio de nosotros mismos solamente o para bien de todos los hombres nuestros hermanos. 

El negocio es “a todo o nada”, aunque el Señor lo vaya planteando a lo largo de toda nuestra vida, respetando nuestros tiempos. 

Le pedimos la gracia de que sea Él esta “piedra angular“ de nuestra vida, que sea Él -y no solo google- el que recoge y junta nuestros datos y elige el momento justo para proponernos el negocio del reino, cuando sabe que nos podemos hacer cargo del precio alegremente.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué les parece a ustedes?: Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero le dijo: ‘Hijo mío, ve hoy a trabajar en la viña’. El, respondiendo, dijo: ‘No quiero’-, pero después, arrepentido, cambió de parecer y fue. Acercándose al otro le habló de manera similar. Este, respondiendo, dijo: ‘Voy, señor’-, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? ‘El primero’-, respondieron. Les dijo Jesús: ‘En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en Él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; pero ustedes, aún viendo esto, no se han arrepentido ni han cambiado de parecer para creer en Él (Mt 21, 28-32).

Contemplación

Así como a la parábola del Hijo pródigo la fuimos aprendiendo a ver como la parábola del Padre misericordioso, a está de los dos hijos, el que dice que no, pero después va a trabajar en la viña, y el que dice que sí, pero después no va, también podemos aprender a contemplarla como la parábola del Padre que pide ayuda a sus hijos.

Es el mismo Padre que salía a contratar obreros este que ahora sale de sí a pedirle una mano a sus hijos. Sale de ese silencio en el que a veces los padres le dan vueltas a las cosas discerniendo en su corazón a ver si le piden o no ayuda a sus hijos. 

Nos remansamos contemplando esta imagen de un Dios que pide ayuda, o mejor, colaboración: «Hijo mío, ven hoy a trabajar en la viña». Digo «colaboración» porque en familia «rica» uno puede suponer que no es que «necesite» ayuda; si necesitara, podría salir a contratar más obreros para realizar la cosecha. Hay un detalle que da pie a imaginar que aquí se trata de otra cosa, de lo que Jesús llama a la voluntad del Padre, su deseo preferido, la alegría que le da que sus hijos trabajen en la viña. El detalle es que la llama «la viña», no «mi viña». En la parábola anterior el empresario repite muchas veces «mi viña» y deja bien claro que se trata de sus bienes, con los cuales hace lo que quiere. En esta parábola, en cambio, la invitación – sugerencia o mandato-, que dice ” ve a trabajar” está abrazada por dos expresiones muy lindas: «Hijo mío» ve a trabajar «en la viña». «Hijo mío» hace sentir todo el cariño del Padre y que el mandato apunta al interior del corazón de su hijo. No es una obligación externa. Esto se entiende al decirle «la viña»; la viña común, la propiedad familiar. Su invitación y mandato es de ese tipo que hace un padre o una madre a sus hijos encareciendo lo lindo que es trabajar en las cosas comunes y deseando que el hijo incorpore como propio lo que puede hacer por el bien común. Aquí no se habla de salario ni de últimos y primeros, sino de quién incorpora lo que le alegra el Padre. 

Creer en Jesús

Ahora bien, como el Señor habla de «hacer» la voluntad de Dios y como el ejemplo que usa es el de ir a «trabajar» a la viña, podemos quedarnos en un hacer exterior. Pero después vemos que aplica la parábola a un «hacer» distinto: Jesús termina hablando de la fe. Le dice a los fariseos que los publicanos y las prostitutas se les adelantan en el reino porque creen en Juan el Bautista y en Él. Tenemos así que lo que le agrada al Padre, lo que quiere que hagamos, es creer en su enviado Jesucristo. «Esta es la voluntad del Padre: que el que contempla al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna» (Jn 6, 40). En esa fe en Jesús es donde toman la delantera los publicanos y las prostitutas. 

La voluntad del Padre es algo que hay que «hacer», en el sentido de que siempre y cada vez se trata de algo concreto que se nos invita a practicar. No es decir: «Señor Señor». Creer es como ir a trabajar en la viña: la fe implica un llamado y una tarea. Pero es un hacer interior, de corazón, y por eso la condición de posibilidad para sintonizar nuestro interior con el del Padre es la fe en Jesús, es mirar al Hijo predilecto, así como un hermanito menor mira a su hermano mayor cuando quiere ver cómo es que hay que hacer las cosas que mandó la mamá o el papá.

 Voluntad es, pues, el deseo preferido, hondo, lo que le agrada más a nuestro Padre, lo que alegra su corazón, lo que más le gusta de nosotros. Y este deseo se centra en una sola cosa: que creamos en su Hijo amado Jesucristo, que lo escuchemos. Esta es la única voluntad del Padre. Jesús después explicitará esta voluntad de muchas maneras: en las bienaventuranzas, en las obras de misericordia, en los consejos evangélicos. Pero trabajar en la viña es, antes que ninguna otra cosa, creer en Jesús. El Señor lo dirá claramente: «El que no cosecha conmigo, desparrama».

Contentos de trabajar con Jesús

 Trabajar en la viña es colaborar con Jesús, no simplemente hacer las cosas, sino hacerlas a su estilo, a su ritmo, a su manera. Cómo dice Ignacio en la meditación del rey que a todos llama diciendo: «El que quiera venir conmigo estará contento de trabajar como yo, de modo que siguiéndome las penas me siga también en la gloria». Dolores Alexaindre consagró la unión de estas tres condiciones del llamado a trabajar en la viña: «conmigo, trabajar y contento». Ella nos ayuda discernir donde renguea nuestra respuesta. Están los que trabajan con Jesús, pero no contentos, sino con cara de vinagre; están los que trabajan contentos, pero no con Jesús. Trabajan porque son entusiastas y le gusta trabajar (en lo que quieren y al modo suyo). Y están los que están con Jesús muy contentos, pero no trabajan. No trabajan en las obras de misericordia.

El trabajo, entonces, la obra que Dios quiere que hagamos desde el interior del corazón, es creer en Jesús. Creer con esa fe que opera por la caridad, como dice Pablo: una fe que se traduce en obras de misericordia y que tiene el sabor de la bienaventuranzas. 

Un Dios que se deja ayudar

Pero volvamos a la imagen de un Dios que se deja ayudar, al que le place trabajar con otros, co-laborar. Jesús dice muchas veces que el Padre es el viñador, que siempre está trabajando y que Él , su Hijo, siempre está colaborando con el Padre, haciendo lo que le agrada. Ir a trabajar a su viña -qué es toda la creación y en ella, todos los pueblos-, es entrar en este círculo de estrecha colaboración entre Jesús y el Padre. Y aquí todos tenemos que cambiar un chip. Tenemos que cambiar el chip del «qué me pide Dios que cumpla» por el chip de «cómo me está ayudando Jesús a crecer como persona en la adoración y el servicio». Por qué esta es la primera fe: que Jesús vino ayudarnos y que lo podemos ayudar a Él a llegar a los demás.

El Padre de la parábola ayuda a sus hijos a crecer como personas haciéndose ayudar, haciéndole ajustar el trabajo por la familia en la viña común. Jesús vendría ser como el tercer hermano, el que responde al Padre «aquí estoy para hacer tu voluntad» y no sólo lo dice, sino que lo hace y lo hace hasta el final: «nos amó hasta el extremo».

….

Cómo me decidí a ir contando algunas experiencias de fe en esta etapa en que me estoy haciendo análisis para poder hacer una biopsia del húmero (este miércoles, si Dios quiere) y luego de 20 días, seguramente una intervención, les comparto algo que tiene que ver con esto de dejarse ayudar. (Siempre he contado historias en las que acompañaba a alguno yendo al hospital o en alguna situación en que necesitaba ayuda, y discerní que no era auto-referencial contar estas pequeñas historias en las que en vez de acompañar, doy testimonio de que soy acompañado).

La doctorcita me estaba sacando sangre. Eran muchos tubitos -siete- y al quinto le estaba por elogiar su destreza para cambiarlos con una mano, pero me quedé callado para no distraerla y justo ahí no va que se distrae ella como si hubiéramos estado pensando lo mismo y con un movimiento involuntario hizo que se corriera la aguja y se trabara la salida de la sangre. Realizó varios intentos, pero como no pudo arreglarlo rápido, llamó a la jefa que solucionó con profesionalidad la cosa. Cuándo se fue la jefa, ahí sí la elogié: «Te hiciste ayudar rápido!» «Sí, -me dijo- adonde no llego, no tengo vergüenza de hacerme ayudar». «Ese es el secreto», le dije. Y sonreímos con Rosana.

Todo pasó en un instante, pero yo quedé contento con el moretón en el brazo porque a la mañana, en la oración, había hecho un trato con Jesús: le había propuesto no pretender «ver su presencia» en las cosas que salían bien y sin problemas, sino allí donde algo se trababa o daba un pequeño sufrimiento. Es decir, en las crucecitas que aparecían durante el día. Por mi parte, le pedía saber descubrir, en esas cruces, una oportunidades para brindarme -para excusar al otro, para quedar a su disposición y humor y no al mío…-. Esta petición que nunca se me había ocurrido antes, creo que tiene que ver con la gracia que descubrió San Pedro Fabro una Nochebuena en la que se sentía desolado y frío, sin fervor espiritual. Se dio cuenta de que estando así, se parecía más al pesebre, y que esa falta de consolación era propicia para que naciera Jesús en él, mejor que se hubiera estado adornado y calentito como un palacio. Bueno, en estos días en que las cosas no siempre salen bien o en el tiempo y modo en que uno quisiera, yo pedía la gracia de ver a Jesús en estas dificultades, sintiendo que como están y son bien concretas tendría la oportunidad de ver más veces al Señor que si sólo lo buscara en lo que sale bien. Por ahí resulta medio complicado pero en realidad es simple: no buscar la presencia de Jesús en el consuelo, sino en una cruz que se presenta; y el consuelo, en cambio, buscarlo no en recibir algo lindo, sino en el poder darme. 

Por eso, cuando se le corrió la aguja y empezó a pinchar de nuevo me alegró la crucecita en medio de algo que ni siquiera dolió y que fundamentalmente salió bien. Y la pude consolar no en su destreza que me venía bien a mí, sino en su hacerse ayudar por otra cuando vio que me hacía doler un poco. 

Hoy en la oración, meditando sobre el modo como Jesús abraza la Cruz, sentía la dulzura de su mirada, y era como si el Padre me dijera lo mismo que yo le había dicho a la doctorcita: «Ese es el secreto: Dejate ayudar por mi Hijo muy amado!»

Cuatro ayudas de Jesús

Cuatro son fundamentalmente las ayudas a las que se aplica Jesús cumpliendo su oficio artesanal de consolar a sus amigos.

La primera ayuda la da como Maestro. Es la ayuda de su Palabra que nos enseña a discernir lo que le agrada al padre y encontrar el modo de servir a nuestros hermanos en cada situación. Para hacer efectiva esta ayuda, el Señor dio testimonio y predicó su Evangelio y nos dedicó nada menos que a la Persona del Espíritu Santo, que es el que nos enseña en cada momento lo que tenemos que hacer.

La segunda ayuda la da como servidor humilde. Siendo que es Nuestro Señor se inclina a lavarnos los pies, a bautizarnos en su amor y a purificarnos de todo lo que nos daña y nos impide amar y creer y esperar.

La tercera ayuda consiste en partirnos el pan. No cualquier pan, sino el pan en el que Él mismo se convierte, para alimentarnos y ayudarnos a caminar en comunión con los hermanos.

La cuarta ayuda es abrazar nuestras cruces y dejarse ayudar por nosotros como se dejó ayudar por el Cireneo. Cargar con Jesús nuestra cruz nuestra y la de los demás es el gesto clave: el secreto. Abrazarla con Jesús. Porque Él es el único que la abraza sin culpa. Nosotros, cuando aparece una cruz en nuestra vida, en parte le echamos la culpa a otros y en parte pensamos que la culpa es nuestra. En este chicaneo de quién se hace cargo de cada cruz se nos pasan nuestros días. El Señor nos enseña abrazarla directamente, sea una cruz grande o pequeña. A cargarla abrazándola y a seguirlo a Él, que nos ayuda a llevarla. 

El Señor abraza la Cruz así como predica, parte el pan o lava los pies. Es que el amor necesita mediaciones concretas: que nos sentemos a escuchar la palabra, que compartamos el mismo pan, que nos dejemos lavar los pies… Y cuando hay una Cruz, nuestra o de otro, que la abracemos con Jesús. Como si el amor no se pudiera dar directamente, sino en medio de estos pequeños gestos que realizamos juntos con mucho amor. 

Diego Fares sj

Read Full Post »

Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña. Habiendo concertado con los obreros en un denario por día, los misionó a su viña. Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Ellos fueron. De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo. Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo: ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Y les dice: ‘Vayan ustedes también a mi viña’. Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más, pero recibieron ellos también cada uno un denario. Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo: ‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’. El, respondiendo a uno de ellos, le dijo: ‘Compañero, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20, 1-16).

Contemplación

Esta es una de esas parábolas particularmente provocativas del Señor. Todas lo son, pero esta se mete con la plata, con el sueldo, con lo que uno puede hacer con su dólares, y por eso hace que salten las alarmas de una mentalidad que comulga modo natural con los criterios que se difunden desde las cátedras sagradas del dios dinero.

La penúltima frase del empresario generoso me parece decisiva. Son palabras que pegan fuerte en lo más solapado de la actitud del servidor que se lamenta por lo que considera una injusticia. El patrón le dice: «¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?» 

Estamos ante un discernimiento: el patrón destapa una falacia del mal espíritu que ataca la bondad de Dios, que busca justificar un sentimiento de envidia contra un compañero y un sentimiento de indignación contra Dios. 

La parábola de Jesús nos ayuda a discernir un criterio cargado de afectos desordenados que se mete muy hondo en nuestro sentido común de las cosas, allí donde medimos y calculamos comparativamente lo que tenemos, lo que se nos debe y lo que ganan los demás. Impresiona la palabra que usa este trabajador para quejarse: los igualaste a nosotros. Convengamos en que estamos hablando de un día de trabajo. El contrato se supone que es para toda la cosecha y es probable que estos, que fueron bien pagados el primer día, al día siguiente trabajaran más. 

Estas no son meras suposiciones, sino que las podemos deducir del modo de trabajar del empresario: es un tipo que sale a todas horas a contratar obreros para su viña. Esta actitud suya de pagar lo mismo a los últimos y a los primeros quiere marcar un estilo. Quiere hacer ver que lo importante es la viña, cuya cosecha da trabajo a todos y les permite vivir. Él es el dueño, pero sale a buscar trabajadores y los contrata personalmente. Se ve que quiere crear un modo nuevo de hacer las cosas. 

Nos detenemos un momento a gustar la imagen linda de este Empresario evangélico que «sale». Así como el buen pastor sale a buscar a la oveja perdida y el sembrador sale a sembrar, este hombre sale a todas horas a buscar gente para trabajar en la cosecha de su viña. Jesús nos cuenta de las salidas de Dios: la salida a buscar al más frágil, al último, al más lastimado, al descartado por la sociedad, al pecador. La salida a sembrar el Evangelio. Y la salida a buscar a los trabajadores, a proponer cosas creativas, a dar trabajo que sirva para igualarnos a todos en la búsqueda del bien común. 

Afinemos ahora un poco más su actitud para con los últimos. Algún mérito tienen! Vemos que el patrón les reprocha que hayan estado todo el día sin trabajar. Ellos responden que fue porque nadie los contrató. Entonces el empresario los envía su viña sin ninguna promesa de salario. Y ellos van! Si hubieran sido calculadores como el que se quejaba, hubieran pensado: para que trabajar una horita si lo que ganemos no nos va a alcanzar ni para comer. Sin embargo se fiaron del patrón y fueron. Seguramente habrán pensado: «hoy nos pagarán muy poco, pero tenemos trabajo para mañana». Quizás esto fue lo que motivó al patrón a pagarles un denario como a los otros. Estamos en un ambiente de lealtad en el trabajo, no de cálculo mezquino. 

Así podemos interpretar bien la frase más disonante, esa en el que el patrón dice: «¿Acaso no puede hacer con mi dinero lo que quiero?» Es una frase provocativa, pero para hacer reaccionar el envidioso. No es una frase que haya estado en el aire al contratar a los últimos. A ellos el patrón no les dice: «Vayan a trabajara a mi viña y les pagaré lo que quiera». No. La frase que remarca que él es el dueño la usa para desenmascarar la actitud de envidia para con un compañero que carcome el corazón del indignado. La frase expresa algo así: «No me uses a mí que soy el patrón para justificar tu desprecio y tu envidia para con uno de tus iguales». 

Creo que la actitud de fondo que quiere suscitar Jesús con esta parábola tiene que ver con las con los valores esenciales: con la misericordia y el derroche de bondad gratuita que nuestro patrón celestial ha derramado en nosotros y con la actitud justa de sentirnos pares en humanidad y en dignidad con todos los hombres nuestros hermanos. Todos hermanos! Éste es el nombre de la Encíclica que el Papa publicará el 3 de octubre y que nos iluminará mucho en esto de la igualdad entre los hombres. 

Un excurso personal. Meditaba sobre la igualdad en estos días en que me ha tocado hacerme análisis por un problema en el húmero derecho que me tendrán que operar (a eso se deben algunas rarezas de estilo que varios han notado en las contemplaciones: dado que no puedo escribir, le dicto a la compu y después corrijo con la izquierda). Pidiendo turno, haciendo fila, compartiendo la sala de espera con tanta gente…, sentía muy fuerte esto de ser uno más, de que todos somos iguales. Qué tienen de especial mis huesos, mis problemas, mis dolores y esperanzas…, meditaba. En las pocas horas que estuve haciendo resonancias magnéticas, centellograma y tac, compartí la sala de espera con ocho pacientes, todos con problemas de huesos. Un hombre de unos 40, que decía que había sentido mucho calor en la máquina; un joven deportista, que entró y salió como si nada; una chica con discapacidad mental, que se había caído, pobrecita!, y a la que su mamá, ya anciana, cuidaba desde hacía 50 años; un hombre que venía en camilla y se ve que había tenido un accidente y llevaba un rosario en el cuello; una mujer de Moldavia, que me pidió ayuda para completar un formulario y me contó que había sido operada de cáncer hacía dos años y que le había parecido de vuelta algo en la columna; un señor que, al levantarse, se veía que le costaba caminar; y otro de más edad al que encontré luego en la puerta y me dijo que le había ido todo bien. Yo pensaba en nuestros huesos ante los ojos atentos de los médicos, cómo se veían todos parecidos en las pantallas. Para los especialistas que hacían turnos de doce horas en esos subsuelos del hospital Cristo Rey, los centenares de imágenes para analizar no tenían mucho que ver con lo que cada uno de nosotros hacía en la vida y era como persona. Ellos estudiaban nuestra materia ósea común.

En la oración me golpeó esto de no tener nada especial. Digo que me golpeó porque surgió con un sentimiento de disgusto, de sospecha y de desprecio al valor de la fe. Para que te sirve creer y pedirle a Dios que te cure si sos igual a todos los demás. Siempre estoy atento a estos razonamientos mezclados en los que hay verdades y en los que se mete alguna cosa retorcida. Enfrente la objeción e hice un recuento gozoso de todas nuestra igualdades: la misma materia, problemas de salud similares, tratamientos en lugares comunes… cada uno es uno más junto con todos. 

Y de esta igualdad tan básica, tan fundamental y democrática, surgió limpita y con mucha fuerza una única verdad: hay una sola cosa en lo que soy -y puedo serlo siempre que quiera- especial y es mi deseo de darme gratuita y amablemente y mi amor por los demás. Es lo único a lo que le puedo poner mi nombre, y esto consciente de que es pura gracia. Todo lo demás es materia común. Todas las demás diferencias las iguala el tiempo con su olvido. 

Confieso que es muy consoladora esta relación entre « todo lo común» y «lo único especial». Te lleva a no buscar nada especial que no sea el poder ser amable y bueno con los demás. En todo lo demás el gozo es ser uno más, es lo común, no lo especial.

(Bueno, todo el excurso del brazo sirva para pedirles a cada uno una oración para que sane pronto y pueda escribir mejor que con un dedo).

Volviendo a la parábola: cómo reprochar a Dios su modo de distribuir las cosas, fijando la mirada en algo particular que nos parece injusto en un momento, cuando la realidad es que todo es don. Como dice Pablo: «Que tiene que no hayas recibido?» Cómo tener envidia de un hermano porque un día recibe algo de más, siendo que somos tan iguales si miramos la vida de cada uno en su conjunto. 

Una anécdota muy simple y muy linda puede ayudar a visualizar la mentalidad que nos quiere compartir Jesús con su parábola. Se resume en una frase de la hermana Juliana, compradora y cocinera del Hogar de San José. En medio de una entrevista, una periodista le preguntó si en tantos años de servicio los pobres había algo de lo que se arrepentía. Y ella, muy fresca, respondió sin pensarlo dos veces: «Sí. De no haber empezado antes». Esa espontaneidad refleja la mentalidad de alguien que goza con el servicio, totalmente contraria a la del indignado envidioso y quejoso.

Es verdad que las injusticias que vemos en el mundo pueden llevar a actitudes de indignación, de envidia y de queja resentida. Pero también es verdad que pueden llevar a la generosidad y al servicio. No creo que haya una explicación del por qué algunos nacemos con tanto y otros con tan poco fuera de la que se centra en un «para que»: para compartir. El Señor, con su generosidad, nos invita a ser generosos nosotros, a imitarlo en esa misericordia creativa que suscita la lealtad en los corazones agradecidos. 

Diego Fares sj

Read Full Post »

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es tmb1_693941_20160810165922.jpg

“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» 

Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» 

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.” Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes.” Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.” Pero él no quiso, sino que fue y le metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. 

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. 

Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 21-35).

Contemplación

En las parábolas hay que estar atentos a los detalles especiales. En esta, me llama a la atención el papel que Jesús le da a los «compañeros» o «co-servidores». La palabra que usa -syndoulos- nombra a los que sirven al mismo Rey o Señor y esto los hace pares entre sí. Son co-servidores con los otros dos, con el que fue perdonado tan generosamente y con aquel a quien éste no perdonó su pequeña deuda. 

Simón Pedro pregunta por el perdón a un hermano -adelfos- y al final de la parábola Jesús retoma la expresión y dice que nuestro Padre del cielo hará con nosotros como hizo el rey con el servidor qué no tuvo compasión: si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos nos hará pagar todo lo que debemos. Este es el corazón de la enseñanza, lo esencial. Es lo que Jesús nos enseña en el Padre nuestro. Pero en el medio Jesús crea esta parábola, lo cual significa que quiere decirnos algo más y que ese plus requiere que nos metamos en la narración, como hay que hacer con las parábolas. Es como si Jesús no quisiera responder a la cuestión numérica, al «caso» que le plantea Simon, sino hacernos juzgar las cosas por nosotros mismos. 

Salta a la vista que los co-servidores o compañeros juegan un rol protagónico: son los testigos y los que denuncian. Nos identificamos, pues, con ellos, a ver qué pasa. 

Ellos ven las dos situaciones: asisten al perdón del rey a su co-servidor que debía 10.000 talentos -una suma impagable ya que estamos hablando de 343.000 kg de oro) y asisten luego, inmediatamente, a la falta de compasión de este agraciado-desgraciado para con otro co-servidor que le debe 100 denarios (unos tres meses de sueldo). 

Son estos co-servidores fieles y justos los que van a decirle al Rey lo que ha sucedido. Denuncian al que no tuvo compasión. No dejan pasar esta injusticia. No dicen «es cosa de ellos», «andá a saber cómo será la cosa», «si ya pasado otras veces…». Todas esas cosas que uno se dice cuando pasa de largo ante uno que acogota a otro o lo manda a la cárcel. Cosas que necesitamos decirnos para no meternos. 

Y aquí cobra valor la primera parte de la parábola. Porque estos co-servidores han asistido al perdón que su Rey otorgó tan compasivamente al siervo que le suplicó. Por eso, porque han sido testigos de una compasión tan grande, es que no pueden hacerse los distraídos ante una injusticia, por pequeña que parezca.

Si nos centramos en la figura de estos testigos, tanto de la misericordia como de la injusticia, encontramos nuestro lugar: el lugar justo para discernir y juzgar lo que Pedro le preguntó al Señor. Y qué es lo que le había preguntado? Desde la perspectiva que hemos adoptado las palabras de Pedro adquieren un significado particular. Pedro usa el verbo «afiemi», que significa perdonar y que tiene el matiz de “dejar pasar”. Nosotros usamos a veces esta expresión de “dejar pasar algo” para decir que perdonamos algo. Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debo ” dejar ir a mi hermano sin intervenir, sin cobrarle». 

Esto de aprovechar las palabras que uno usa para decir algo más hondo es muy de Jesús. Es como si Jesús pescara algo que no le gustó en la expresión que Pedro usa para perdonar. Se trata de algo en lo que el Papa insiste mucho, eso que llama la globalización de la indiferencia, el «mirar para otro lado». 

Lo que yo saco es que, por mi parte debo perdonar de corazón, 70 veces siete, las ofensas que me hace mi hermano; pero por otra parte no debo dejar pasar las injusticias que un co-servidor más grande le hace a otro co-servidor más pequeño. 

Así ilumina Jesús las relaciones fundamentales de nuestra vida: nuestra relación con Dios nuestro Padre, que es la de suplicar y recibir su Misericordia infinita; la relación con nuestros hermanos -para nosotros todos los hombres son nuestros hermanos-, con quienes nuestro perdón tiene que ser de corazón; y nuestra relación con todos los co-servidores, palabra fundamental para sentirnos pares en humanidad con todos los hombres de cualquier edad, raza, religión y condición social. Aquí las relación básica es la de la justicia: la de no dejar pasar las injusticias que se cometen a los más pequeños y las de denunciarlas. Denunciarla ante Dios con nuestra intercesión, y denunciarlas a los que pueden poner remedio humanamente mediante la política, la ley y la justicia.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: