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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:  Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y temeroso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsado) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: 

«Ahora deja, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,

porque ya vieron mis ojos tu salvación,

la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminación de las naciones paganas

y gloria de tu pueblo Israel.»

Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre: «Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como signo a quien se contradice, y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Charlando ayer por zoom con mis primos y hermanas salió en la conversación que los jóvenes de hoy no tienen mucho apuro por tener hijos y alguien dijo: “vamos a tener que adoptar nietos”. La frase me la guardé para meditar y hoy en la fiesta de la Sagrada Familia, al ver cómo los ancianos Simeón y Ana “adoptan” al Niño Jesús, siento que hay aquí una verdad rica para contemplar. 

El Evangelio nos dice que “el padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él” . Estos dos santos abuelos -Ana y Simeón, vigías de su pueblo, atentos a los signos del Espíritu-, sienten al Niño Jesús como su nieto y profetizan sobre él y sobre sus padres. Profetizan llenos de alegría, cubriéndolo de abrazos y besos, y hablando del Niño a todo el pueblo que acude al templo. 

Generacionalmente, las ganas de ser abuelos preceden a veces a las ganas de los jóvenes de ser papás. Hoy, en que las parejas tienen menos hijos y los padres esperan hasta después de los 30 para tenerlos, las ganas de los abuelos – de tener nietos- cobran una fuerza especial. Aunque por discreción no siempre lo digan, no pueden ocultar cuánto les encantaría tener un nieto; y cuando llega uno, muestrán a todos que les cambió la vida. La alegría existencial de ser abuelos es una de esa alegrías que brotan por todos los poros.  Cada vez que veo abuelos paseando o jugando con sus nietos me detengo a contemplarlos, porque veo allí amor puro y dicha perfecta. 

La reflexión que hago hoy va por el lado del deseo. Afirmo solo esto: que el deseo tener hijos es un deseo especial: incluyente, más grande que un deseo meramente individual. Es un deseo de dimensiones familiares y sociales: radicado en el corazón de los padres, ciertamente, pero allí donde su terreno comunica con el de los abuelos. Por eso es también -y con derecho- deseo de abuelos de tener nietos y bisnietos. Es un deseo que brota de lo más profundo de nuestro ser allí donde somos al mismo tiempo personas individuales familia pueblo y humanidad. 

Qizás es por eso que suenan tan artificialmente extraños los discursos que hablan de este  deseo y lo atribuyen de modo exclusivo a la persona gestante en su dimensión individual. (Hay quien afirma que no tiene sentido decir que somos individuos ya que más bien somos con-dividuos . El individuo aislado no es ni siquiera pensable que pueda existir). Es verdad que nadie más se puede “meter” a decidir por otro en esto de gestar. Pero respetando la decisión del que gesta, nada puede impedir que “otros” -abuelos, abuelas, hermanos, pueblo…, “deseen” que esa vida vaya adelante (por no hablar del mismo ser en gestación, que lo desea con cada latido). 

Estamos como digo ante un deseo muy particular: un deseo que sabe que coincide e incluye el de muchos otros. Al fin y al cabo, ser madre y padre expresado en términos de deseos es “desear lo que desea su hijo”: lo expresamos popularmente cuando decimos lo que deseo es que sea él mismo y que sea feliz. 

Por eso cuando se habla de hijos “no deseados” la expresión no es simple y debe asumir su propia tragicidad. Lo que no se quiere o no se puede asumir son las circunstancias -no deseado por mi, así concebido, en este momento, con estos problemas…- y por eso es que hay causales para el aborto, y se puede entenderlo y exculparlo, aunque no justificarlo. Cuando es concebido un hijo siempre hay alguien que lo desea, alguien que se quisiera hacer cargo.  

Me animo a decir que si nosotros, como personas nacidas, hubiéramos sido fruto sólo del deseo de una persona gestante, no solo que las probabilidades de haber nacido se hubieran visto muy reducidas, sino que nuestra identidad de seres humanos estaría mutilada. Me animaría a decir que estadísticamente, en la cadena generacional, cada uno de nosotros actualmente vivos podría encontrar algún ancestro cuyo nacimiento en algún momento “no fue deseado”.   

Yo no puedo no pensarme sino como deseado no sólo de mi madre y de mi padre sino de mis abuelos y bisabuelos. Deseado y aceptado tal como soy antes de que se delineara mi personalidad, como si todos hubieran intuido que sería un lindo nieto y un buen hijo. El hecho de que cuando apareció mi vida haya dependido durante algunas semanas exclusivamente de la libertad de la persona que me llevaba en su seno, no significa que el deseo que la afectaba directamente a ella haya sido un deseo reducido, como el deseo de sacarse un grano de la cara. La persona gestante identifica perfectamente que su deseo de proseguir o no un embarazo se enlaza intimamente con otros deseos, en primer lugar, con el deseo de vivir de su hijo, que lo manifiesta con los latidos de su corazón y con la fuerza con que se van organizando sus células. Identifica también perfectamente que su deseo de dar a luz a su hijo se unirá al deseo de sus padres y abuelos que la quieren a ella y lo querrán a él . Y también que si su deseo es no tenerlo tendrá que buscar ayuda: a otros que deseen asistirla y hacerse cargo del aborto. 

Trato de no hablar en términos morales,  de si esto está bien o está mal, sino en términos de un deseo qué es más que un deseo meramente individual. En filosofía se distingue entre deseo y necesidad. Aunque a menudo usemos la misma palabra, no es lo mismo “deseo comer” que “deseo tener un hijo”. Después de comer, cuando se sacia mi apetito, el asado que queda no me suscita los mismos deseos que cuando lo estaba preparando. La realidad es que no quiero el asado por sí mismo, sino saciar mi apetito: quiero el asado en cuanto es un bien para mí . Un hijo en cambio es un bien por sí mismo, y lo es en tal grado absoluto que es capaz de dilatar mi corazón, de hacerme desearlo y amarlo cada vez más. Por eso a una persona que desea abortar se le pide que espere a tenerlo para que compruebe si es verdad que no lo desea. Precisamente esto es lo que lleva a muchas a querer abortar lo antes posible ya que no quieren tener ese hijo y saben que si lo dejan crecer querrán que viva. 

Hay que profundizar más en estas reflexiones sobre el deseo pero en esta meditación pienso que estas consideraciones bastan para no hablar ligeramente de hijos deseados y no deseados. Existencialmente es imposible no desear un hijo en cuanto hijo. Por eso es que cuando el deseo de sacarse de encima un problema prevalece sobre ese bien deseable que es la vida de un hijo, ese deseo anulado vuelve bajo la forma del dolor, aunque se pueda perdonar la culpa. Por eso es que para poder legislar hay que realizar un proceso de negación de la realidad mediante reduccionismos. Hay que reducir los sujetos, hay que reducir la responsabilidad, hay que reducir un problema integralmente humano a una mera cuestión de salud pública.

Aunque reflexiones como esta no sirvan a un Congreso apurado (curiosamente solo en esta ley) creo que sí sirven a la hora de iniciar una siembra nueva de valores, entre los cuales este del deseo de los abuelos de tener nietos creo que es muy importante para un pueblo.

Hace poco me llego un videito muy tierno y el que lo mandaba decía “el mejor vídeo del año aunque no sé de qué producto hace propaganda ni me interesa”. Muestra a un viejo que se levanta una mañana y desempolva una pesa de más de 40 kg que tenía en el garaje. Al principio no la puede ni mover pero con los días la gimnasia va dando resultado. La motivación está en una foto que no vemos y que el viejo se pone en frente cada vez que inicia su ejercicio. Su empecinamiento comienza a preocupar a los vecinos. La vieja de al lado llama a la hija el día en que la pesa se le cae al abuelo, porque le da miedo de que se haga daño. El misterio se devela el día de Navidad. El viejo se afeita y se viste con su mejor traje y cuando ve bajar a su nieta mayor por la escalera comprendemos de quién era la foto. El regalo para la princesita -que al verlo se enciende en una hermosa sonrisa- es una linda estrella de Navidad, de esas que van en la punta del árbol. El abuelo alza a nieta como si fuera una pluma y ante la emoción de todos – reflejada en el cruce de miradas entre el padre y su hija- la nieta coloca la estrella en su lugar. https://twitter.com/borja_pardo/status/1340076934068396034?s=21

La publicidad es de una empresa de productos para la salud y la frase que ponen junto con la foto de la nieta es: “para que te puedas ocupar de lo que realmente importa en la vida”. Me llamó mucho la atención que una empresa que se dedica a cuestiones de salud fuera tan creativa y a la hora de vender sus productos apelará al deseo de los abuelos.  Son las paradojas de nuestra sociedad en que los que hacen publicidad muestran conocer mejor al hombre que los psicólogos y los legisladores.

Diego Fares

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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,

salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo reclinó en un pesebre,

porque no había lugar para ellos en la posada.

En esa región acampaban unos pastores,

que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.

De pronto, se les apareció el Ángel del Señor

y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, 

una gran alegría para todo el pueblo: 

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido 

envuelto en pañales 

y acostado en un pesebre.»

Y junto con el Ángel,  apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 

paz a los hombres amados por él!» 

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido recostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados  de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

Esperando la misa de la noche buena, mientras leo el Evangelio, me vienen ganas de hablar de San José y de los pastores. De San José la Virgen y los pastores, se entiende, Porque en el Evangelio cuando se habla de alguien siempre se incluye a los demás . 

En este tiempo de andar por los hospitales me ha tocado encontrar mucha gente como San José la Virgen y los pastores, gente sencilla, quiero decir, gente que en medio de su trabajo sabe levantar la mirada y aprovechar la magia de un encuentro lindo. Cosa que no suele suceder tan a menudo en los bancos o en el supermercado… 

Nada más decir esto y se me llenan los ojos de imágenes como lágrimas recordando tantos encuentros llenos de ternura y de humanidad en medio del gris de las salas de espera y del tono neutro del lenguaje hospitalario.Porque las salas de espera especialmente cuando hay mucha gente son grises. (Aunque no todas, porque debo decir que en el hospital Regina Elena las indicaciones de los recorridos tienen colores – fucsia verde azul- y las habitaciones el reparto de ortopedia, por ej. están pintadas cada una con un motivo. A mi me tocó “el jardín”, con pinturas de árboles y flores y dos pajaritos que a mi compañero Massimiliano y a mi nos representaban simpáticamente). En realidad, lo que es gris es el tono que tenemos los que estamos esperando, los pacientes. Pero apenas alguien toca una cuerda humana a alguno de los presentes se le enciende un color. 

Así pasó en la Noche buena, en qué con el blanco de unos pañalitos cuidadosamente extendidos en los que recostaron al Niño Jesús, San José y María llenaron de luz aquel  pesebre de Belén. No sé si sea la misma la palabra en griego y no tengo tiempo ahora de mirar pero el texto del Evangelio que uso así como dice que la Virgen envolvió en pañales a Jesús también dice que la gloria del Señor envolvió a los pastores con su luz. 

Y por aquí se me encamina la reflexión de hoy que quiere ser muy sencillita, pero con lindos colores, sobre la gente como San José la Virgen y los pastores – y  también Jesusito- que son gente que se deja envolver por los colores de Dios.

Los colores de Dios tienen sus particularidades. Algunos pintores como El Greco o Rupnik hacen ver cómo la luz de Dios, que es envolvente, ilumina brotando de adentro hacia afuera. En el mosaico del nacimiento que está en la capilla de nuestra casa San Pedro Canisio es muy notable cómo el dorado que brota del niñito Jesús traspasa la oscuridad de la cueva y se sobrepone a la luz de la estrella. 

Esto es lo que me conmueve de la gente sencilla: iluminan desde adentro hacia afuera aun cuando se dejan iluminar por otro. Es gente que ya tiene su lucecita encendida, pero no trasciende, sino cuándo se cruza con otro que también tiene la mirada encendida. 

Por eso la iluminación de los pastores no es una escena en la que los Ángeles ponen un reflector sobre la oscuridad de la campaña. El fueguito y la esperanza que alentaban el corazón de los pastores fue atraída como un imán por la luz que bajó del cielo, como pasa con los relámpagos que parece que vienen de arriba y sin embargo brotan de la tierra. Que tenían luz dentro de sus corazones se ve en cómo les brotó enseguida la fe, en cómo esa fe se les convirtió en ir corriendo a ver lo que les habían anunciado los Ángeles y esa fe se convirtió en fe anunciada, lo cual se ve por cómo contaban a todos – llenándolos de admiración – lo que habían visto y oído. Lucas dice que volvieron alabando y glorificando a Dios, que es como decir que volvieron pintándolo todo con la luz de Dios.

Me gusta esta imagen del imán: tu color y una luz que te brota de adentro, atraen el color y la luz que brotan de adentro del otro. 

Decía que los colores de Dios tienen sus particularidades : una es la de envolverlo todo -incluyen mansamente-, otra es la de brotar desde adentro, lo cual, cualitativamente, nos habla de autenticidad, y esta tercera, la del imán, que es la de atraerse las luces entre sí, contagiándose alegría y creando fraternidad.

Vuelvo a la relación entre los pañalitos blancos que envolvieron a Jesús y la luz de los Ángeles que envolvió a los humildes pastores. La hermandad entre Jesús y los pobres creo que no se debe a que cuando estamos en situación de pobreza o de enfermedad (que es una forma de pobreza) seamos mejores que cuando estamos en situación de riqueza o de salud. Esto es algo que descubrí en el cottolengo de Don Orione cuando hacía el mes de hospital. Me llamaba mucho la atención la alegría contagiosa qué reinaba en los pabellones en medio del dolor, de la enfermedad y las deformidades. Me di cuenta de que allí el mal se había externalizado y había dejado limpio el ámbito interior de los corazones llenos de inocencia de los cotolenguinos. No es que la enfermedad y la pobreza nos hagan más buenos por sí mismas, pero de alguna misteriosa manera le allanan el camino a la ternura y a la luz de Dios: cuando estamos pobres y enfermos nos dejamos envolver con más facilidad por la ternura, como el Niño Jesús, y por la luz de los Ángeles, como los pastores. Nos volvemos más atentos y abiertos a los gestos amables y a las buenas noticias, que nos pintan el rostro con los colores de Dios.

 …..

La sala de espera de Oncología Médica es amplia y fría. Alguien ha abierto una gran ventana por miedo al Covid y entra un chiflete de aire helado. Me siento en el único lugar libre debajo televisor y quedo mirando al resto de la gente – unas 20 personas esparcidas respetando el distanciamiento social-. Paola y Mima (después me dijeron que se llamaba así) conversan entre ellas de lo larga que se les hace la espera. Paola se acaricia una mano hinchada mientras cuenta que ha viajado 5 horas desde el sur, qué hace 3 horas que está esperando y no sabe si podrán permanecer, ya que tiene el tren de regreso en dos horas. En cierto momento dice qué hace una semana que no duerme y yo sin saber por qué me meto en la conversación y le pregunto por qué no duerme. Ella no me mira raro ni me dice y a usted qué le importa, sino que me incluye la conversación y dice que son los pensamientos…, que no puede hablar con nadie para no preocupar a la familia y que por eso no duerme. sin pensarlo me levanto y le doy un Rosario que siempre llevo y que ella recibe con un poco de embarazo pero enseguida comienza a acariciar el lugar de hacerlo con su mano mientras Mima le muestra el suyo que lleva siempre colgado al cuello ya que es el Rosario de la patrona de su pueblo. Le digo que es la medicina cuando uno no puede dormir y que no se preocupe que la llamaran pronto seguramente, ya que tienen en cuenta a los que vienen de lejos. Salgo un momento a tomar un café y cuando vuelvo veo que ninguna de las dos está, que ya las han llamado.

A la media hora sale Paola por otra puerta caminando apresurada. De golpe se detiene se da vuelta y me busca con la mirada: ya me llamaron me dice y le brillan los ojitos. Nos deseamos una feliz Navidad y parte a buscar su tren. Me deja a mí en una sala de espera que de repente se ha vuelto cálida y luminosa.  

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En el sexto mes,
el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

Y habiendo ingresado a ella la saludó, diciendo:

– « ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– «No temas, María, has hallado gracia a los ojos de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Angel le respondió:

– «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces:

– «Yo soy la servidora del Señor,

Hágase en mí según tu palabra

Y el Angel se alejó  (Lucas 1, 26-38).

Contemplación

La imagen de Rupnik nos muestra María recibiendo la Palabra de manos del Arcángel Gabriel.

El papiro es bien grande! No se trata solamente de una palabra profética particular, sino que es Jesús mismo, el Verbo del Padre, es la Palabra que se encarna en Nuestra Señora.

Ignacio al final de la contemplación de la Encarnación, en el coloquio amoroso que propone que tengamos con las tres divinas Personas o con el Verbo encarnado o con la Madre y Señora nuestra, nos anima a hablar “de lo que sentimos” contemplando esta escena de la Anunciación, y agrega: “para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” (EE 109).

Lo primero que nos detenemos a “sentir y gustar” es que la Encarnación de la Palabra -del Hijo Amado del Padre Creador- no es algo meramente puntual, sino algo que Jesús, desde el primer momento y “todos los días hasta el fin de la historia” quiere continuar realizando.

El Papa Francisco siempre recuerda que lo que el Espíritu Santo obra con su Gracia santificante en Nuestra Señora, la Virgen Madre, de manera personal, eso mismo lo realiza también en la Iglesia universal y en cada alma en particular. Se trata de una misma acción en distintos sujetos.

Esta es la gracia de la Navidad y al mismo tiempo el desafío: que la Palabra de Dios, Jesús, se encarne nuevamente en la Iglesia, en nuestra historia común y en la mía personal. En vos, en nosotros, en mí.

Encarnar la Palabra! Que no se quede en meras “palabras”, en ese mar de palabras con que tejemos – a menudo tan superficialmente- nuestra vida social,  sino que La Palabra, Jesucristo mismo, que se despliega en los cuatro Evangelios y en toda la Escritura, pase a nuestros gestos -que sean gestos al estilo de Jesús-, pase a la acción -se convierta cada palabra de Jesús en una Bienaventuranza y en una Obra de Misericordia, material y/o espiritual-, pase a la vida: se convierta en un carisma.

Y como se hace para encarnar la palabra en la vida? Esto es lo que hacen los santos cuando encarnan la palabra y crean una obra apostólica, una orden religiosa, un estilo de vida cristiano nuevo y particular en cada época. Ignacio, por ejemplo, encarnó la Palabra en los Ejercicios, en una estructura que, practicada con alguien que nos acompaña, siempre es fecunda y da fruto: el 30, el  60 o el ciento por uno.

En esto de Encarnar, Maria es la maestra. Contemplando lo que ella hace y dice y lo que le deja hacer al Señor nos orientamos en esta misión de encarnar la palabra una y otra vez siempre nuevamente.

Tres expresiones en las que podemos “sentir y gustar” cómo encarna María: “Estaba comprometida con”, “Ella quedó desconcertada y se preguntaba”, “María dijo: hágase en mi”. Tres actitudes de Nuestra Señora que puede hacernos bien contemplar.

1 Cuando el Angel entra en su vida María “estaba comprometida con José”. Los dos se habían dado una promesa, se habían dado la palabra de ser esposos y de formar familia. A mí esto me resuena como que para encarnarse la palabra de Dios necesita de una “pre-encarnación humana”, que nosotros le hayamos dado ya la palabra a otros, que seamos gente comprometida.

Siempre me hace sonreír recordar lo que un cura amigo le decía a los que expresaban el deseo de dar una mano en el Hogar y se lamentaban de no tener mucho tiempo libre. El decía que le encantaba la gente que estaba muy ocupada, porque era gente que valoraba el tiempo que podía dar y lo daba bien, en el sentido de concentrarse en la misión que se les confiaba y de saber integrarse dentro de un trabajo de equipo. En cambio los que tenía mucho tiempo libre muchas veces solían ser más complicados.

Por el grado de compromiso que asumió María -y también José- podemos deducir el tipo de compromiso que habían asumido entre ellos. Eran de esa gente que se compromete de corazón en lo que es bueno bello y verdadero, como formar una familia y ser parte de su pueblo.

Un detalle del compromiso de Maria lo podemos gustar en ese andar suyo en la cocina que le permite ver que falta el vino en Caná. Y como una cosa trae la otra, nos vienen como agua de manantial otras escenas: la escena de la obediencia a la ley civil que los lleva a cumplir con el censo, de las dos palomitas que ofrecen en el templo cuando van a ponerle el nombre a Jesús, su capacidad de reaccionar instintivamente ante la amenaza de Herodes y de ir a refugiarse a Egipto, los tres días de agotadora búsqueda hasta encontrar a Jesús en el templo… En cada detalle de su vida María y Jose muestran que son gente comprometida.

Esto de elegir por madre a una mujer ya humanamente comprometida es algo que Jesús repetirá a la hora de llamar a los apóstoles para formar su iglesia: son pescadores, llamados en medio de su trabajo; son gente como Mateo, el recaudador de impuestos, comprometido con la plata, a quien Jesús llama mientras está sentado a la mesa de recaudación; son gente como Natanael, comprometido con su sueño, ese en el cual Jesús lo vio soñando debajo de la higuera; son gente como Saulo, comprometido con la persecución de los cristianos (imaginemos entre qué grupo de gente estaría hoy, entre que fundamentalistas de causas religiosas o sociales); son gente como los padres que le piden que cure a sus hijitos, como los pecadores que se le acercan para pedirle perdón, como la gente sencilla que se compromete con la escucha y sigue su palabra hasta lugares desiertos sin pensar en la hora, son gente como los enfermos que le piden curación.

          Es bueno aquí agradecer por mis compromisos humanos, con mi familia mi pueblo mi profesión mi fe, ya que son requisitos pre-encarnatorios de la Palabra. Si en alguna parte me va a salir al encuentro Jesús seguramente será en el ámbito de alguno de mis compromisos más humanos.

2. Ella quedó desconcertada, nos dice Lucas. María es capaz de dejarse desconcertar por la Palabra de Dios y de reaccionar haciéndose preguntas y eligiendo una para hacerle al ángel. Las palabras del Evangelio son todas en sí misma fecundas, pero interactúan con las personas, con los tiempos situaciones y lugares. Esto hace que otro requisito para que se encarne la palabra precisa -y las otras queden como de reserva para otro momento- es el discernimiento. Y el discernimiento requiere esta capacidad de “dejarse sacar de los propios esquemas” y esta capacidad de preguntarse y de preguntar.

En el evangelio es muy notable la contraposición entre gente sencilla que se deja desconcertar por el paso de Jesús y es capaz de gritar en medio de la multitud, como el ciego Bartimeo, o de arriesgarse a tocarle el manto por detrás como la hemorroisa, y gente como los escribas y fariseos que nunca se salen de su esquema, que nunca interactúan realmente con Jesús, gente presa de su ideología.

En Maria vemos que es el Angel el que tiene que decirle que no tema, que nada es imposible para Dios, luego de que ella desconcertada se ha animado a preguntarle “cómo será posible esto si yo no convivo con ningún hombre”.

Podríamos decir que la regla es que cuanto más clara es la palabra que se nos dice más desconcertante nos tiene que resultar. Si no nos desconcierta, es que no escuchamos bien, porque estamos presos de nuestro prejuicio y de nuestra pre-comprensión ideológica de las cosas. ¿No nos llama la atención que ante un mensaje tan detallado y claro como el del Ángel, María responda dejando que se expanda por un momento en ella el desconcierto y que surjan preguntas…? Bastaría comparar su reacción con la de Zacarías que en vez de dar lugar humildemente al desconcierto le pide pruebas al ángel, en vez de reconocer que no entiende cómo será posible el anuncio, reacciona como si hubiera entendido perfectamente y pidiera más pruebas. Esto es lo que lo enoja el ángel que lo deja mudo. Esta mudez es como decir que no se relacionó bien con sus propias palabras, que no eligió la pregunta correcta como María.

Dejarnos desconcertar para dar lugar a ese proceso en el que surgen preguntas y elegimos la que está esperando el Señor es un segundo pre-requisito para que la palabra se encarne. El Señor necesita que nos relacionemos bien con lo que nos pasa interiormente, con el mundo de palabras ya armado en el que vivimos y que su Palabra, al entrar desconcierta. La palabra del Señor desarmoniza nuestros paradigmas más sinceros y nuestras ideologías más retorcidas y lo hace a nivel filosófico diríamos, antes que a nivel  moral. Es solo aparente la ingenuidad de María al decir que no convive con ningún hombre. Y al elegir preguntar por el “como”, muestra su profundidad espiritual única: En un momento María es capaz de expresar que Dios la sacado totalmente de sus esquemas y de volcarse sin peros a lo nuevo que Dios le quiera  proponer.

Es increíble el discernimiento que hace María en un instante: discierne que Dios la ha desconcertado y que por tanto lo que le propone debe ser algo totalmente nuevo. Por eso pregunta por él como. Esto me hace acordar siempre a una lección que me dio un gran amigo una vez que me pidió algo y yo le dije que siendo sincero, “no sabía si iba a poder hacerlo”. El me retruco con algo de enojo diciéndome: no Diego, entre amigos primero es “sí” y después “vemos cómo hacemos”.

Esta es la reacción correcta de un desconcierto que no es auto-referencial, sino que mira al otro, pre-requisito para algo así como una Encarnación, para una fecundación que viene de afuera y que no parte del propio yo.

3 María dijo: hágase en mí según tu palabra. Así como aceptar el propio desconcierto es aceptar que se nos remueva la tierra para que pueda sembrarse una semilla, decir hágase es ponerse a disposición de un proceso en el que uno es más bien pasivo o colaborador secundario, diríamos así, del protagonista principal. La palabra se tiene que ir haciendo carne en nuestra vida: esto requiere tiempo en el que el protagonismo lo tiene Dios.           

Si nos surge la objeción de que es difícil decirle a Dios “hágase en mi según tu Palabra”, podemos reflexionar que el mundo del consumo en el que vivimos ya nos tiene entrenados a este “hágase”. Es la palabra mágica que decimos a las máquinas cada vez que damos clic a actualizar el celular o al abrir una app. Nos confiamos plenamente: decimos hágase en mi celular como dice Apple o Samsung. No debería resultarnos tan difícil decirle “hágase” a nuestro Creador y Señor, que nos quiere tanto. No debería ser difícil decirle “hágase” a ese programa siempre renovado que es el de la Misericordia incondicionada del Padre, que no se cansa de perdonar y de Jesús que no se cansa de reparar. No debería ser difícil “dejarle hacer”” a un Dios que nos recrea desde cero y nos da un corazón nuevo en vez de poner parches que no duran. No debería ser difícil decirle “hágase” a un Espíritu que se actualiza cada día en vez de estar petrificados en tradiciones humanas que fueron novedad en un tiempo y necesitan renovarse. En esta Navidad le pedimos a María Nuestra Señora del “hágase” que nos enseñe a hacer todo lo que Jesús nos diga, Para que así la Palabra se encarne nuevamente cada vez en nuestra vida.

Diego Fares sj

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Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

– «¿Quién eres tú?»

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

– «Yo no soy el Mesías.»

– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:

– «¿Eres Elías?»

– Juan dijo: «No.»

– «¿Eres el Profeta?»

– «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron:

– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo:

– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn  1, 6-8. 19-28).

Contemplación

1 Pensaba que si la revelación fuese totalmente traducible en categorías culturales -en filosofía, en leyes…- no hubiese sido necesario que el Señor se encarnara y viniera a dar su vida -no solo a enseñarnos la verdad, sino a dar su vida- por nosotros. Hay cosas que ni el mismo Señor, el Maestro por excelencia, puede explicar de manera convincente, y por eso da testimonio del Amor del Padre y deja al Espíritu Santo la tarea de enseñarnos toda la verdad. Eso sí: el Espíritu trabaja con nuestra libertad. No se impone a nadie que no lo quiera recibir. El Espíritu Santo encuentra la manera de hacernos dar testimonio de modo tal que nuestros enemigos se queden sin argumentos, pero eso no impide que a veces dar  testimonio cueste la vida.

2 Hay épocas y culturas que aceptan que los valores del Evangelio se encarnen en su vida social y otras que no. Un ejemplo: los mismos jesuitas que se ganaron el cariño y la colaboración de los guaraníes y crearon toda una cultura en las misiones jesuíticas, no lograron penetrar de igual manera en la cultura japonesa.

3 En nuestra patria estamos viviendo un momento en que gran parte de la sociedad y la cultura se quieren independizar de los valores cristianos que fundaron nuestra nación. Esto pone en crisis muchas instituciones creadas conjuntamente: desde la escuela católica a la Constitución nacional.

4 A mi parecer, es importante discernir rápidamente la profundidad que está en la raíz de este cambio de humor cultural y social para que la evangelización no quede pegada y entrampada en discusiones que, por defender una plasmación de un valor en una estructura  (una ley), pierdan el corazón de mucha gente, especialmente los jóvenes.

5 Un criterio que da el Señor es que, cuando en un pueblo no nos reciben, tenemos que sacudir hasta el polvo de los pies e ir a predicar a otro pueblo. Podríamos parafrasear este criterio diciendo que, cuando en la discusión de una ley uno argumenta desde el derecho natural y otro no lo acepta, sino que se limita al derecho positivo, en cierto momento el diálogo se vuelve un diálogo de sordos y hay que dar testimonio de la verdad en paz, sin agredir, e “ir a predicar a otro nivel”.

6 Un buen ejemplo lo da el papa Francisco con algunas formulaciones que usa para defender la vida haciendo pensar: por ejemplo cuando dice que “no va esto de eliminar una vida para resolver un problema”; o cuando dice que “no se puede contratar un sicario para resolver un problema”.

7 “Sacudir el polvo de los pies” e ir a “predicar a otro pueblo” son imágenes que invitan a la creatividad y a encontrar un modo de sembrar verdades que darán fruto a su tiempo y que no se pueden imponer discutiendolas en el presente.

8 Los pensadores cristianos “ bautizaron“ las culturas griega y romana utilizándolas como canal de expresión de la revelación, con tanto entusiasmo que muchas cosas en si mismas relativas quedaron identificadas con nuestra fe. Sin embargo estas culturas contenían algunas semillas que siguieron otros caminos del camino cristiano y que desembocaron en la actual cultura occidental, con nuestra crisis del paradigma tecnocrático (Heidegger).

9 Encima y para complicar más la cosa, algunos valores originalmente cristianos como el valor absoluto de la libertad personal, se han independizado de su referencia a la libertad de un Dios también personal y en nombre de esta libertad se pasa por encima del bien común, cosa impensable dentro de cualquier  cultura pagana.

10 Al punto al que quiero llegar es a la actitud de Juan el Bautista en el evangelio de hoy. Juan niega rotundamente muchas cosas de sí mismo y afirma positivamente un solo absoluto: Jesucristo, el Señor, a quien él no es digno de desatarle ni siquiera la correa de sus sandalias. Esto que Juan afirma aquí de manera absoluta también lo afirma en otra parte como un proceso en el que “él tiene que ir disminuyendo para que Jesucristo crezca”.

11 Esta dinámica es propia del cristiano, y lo es tanto cuando la cultura se muestra favorable a nuestros valores como cuando los rechaza. Nuestra actitud siempre va por el lado de disminuir -incluso en cosas legítimamente ganadas- para que Cristo crezca. También deben disminuir nuestras obras realizadas en colaboración con una cultura. Siempre debemos volver a recordar que estas obras no son “la luz”, sino que dan testimonio de la Luz con mayúscula, que es Jesucristo. Aun cuidando y defendiendo nuestras mejores obras siempre debemos estar atentos a dar testimonio de que no son “la obra mesiánica” ni “la obra profética”, ni “la obra síntesis” que logró el bautismo de una cultura. Esta actitud mesiánica es la que causa rechazo cuando se identifica la fe con una cultura de manera tal que se imponen las dos cosas como si fueran una a otros pueblos.

12 Una y otra vez la actitud del cristiano que entra en diálogo con una cultura -incluso con la propia- y con otra persona, es comenzar humildemente, negando ser un mesías, un profeta o uno que tiene toda la verdad, para afirmar que solo Jesucristo es el Salvador.

13 Esto suele ser más fácil de ver hoy cuando uno va a una cultura totalmente pagana. El misionero trata de irse inculturando poco a poco y con humildad va buscando los valores más altos de esa cultura en los que ya hay semillas de la Encarnación y la crítica a valores anti-cristianos se realiza con mucha prudencia. Es más difícil cuando uno es parte de una cultura cristiana que se ha paganizado. Porque uno siente como que tiene que defender más que volver a sembrar.

14 En la discusión que estamos sosteniendo acerca del tema del aborto, frente a un proyecto que reivindica el valor de la libertad de la mujer para decidir, por más que la exagere y absolutice mal, no podemos quedar del lado de los que defienden un “status quo” que pasa por encima de esa libertad. Uno puede promover todo lo que ayude a que una mujer elija bien, pero no puede imponerle por la fuerza- y menos con la amenaza de la cárcel- que tenga un hijo contra su voluntad.

15 Y esto no es una desgracia, sino un lugar de gracia. Aquí es donde nos encontramos en uno de los puntos cruciales del drama de la existencia humana donde se ve el límite de toda ley y por qué fue que nuestro mismo Dios no pudo solucionar las cosas “técnicamente”, con un decreto, y quiso encarnarse para poder dar testimonio del amor del Padre entregando su vida en una cruz.

16 Nadie mejor que nosotros los cristianos deberíamos saber que no puede haber una ley totalmente justa para los casos en los que una mujer decide abortar. La ley termina o penalizando o permitiendo todo. No tiene la infinidad de recursos que solo el amor y la ternura pueden dar para acompañar un proceso de esta índole. Ante un hijo que no es fruto del amor de los que lo engendran, solo el amor de toda una familia, de todo un pueblo, de todas las estructuras sociales y del mismo Dios hecho hombre, pueden ayudar (hasta cierto punto) a que una madre elija libremente no deshacerse de ese hijo.

17 Si decide no hacerse cargo, ningún otro ser humano la puede culpabilizar, pero esto no significa que se la pueda o tenga que justificar, lo cual supondría tratar algo que en sí mismo no es bueno como si fuera bueno. Justificar es como invitar a repetir.

18 En definitiva, lo que alcanzo a expresar aquí es que como cristianos en este punto nos encontramos de hecho ante el límite de que no hemos podido hacer nosotros, entera, una ley concreta más justa que la que pueden hacer los que siguen el derecho positivo.

19  Creo que nuestra actitud tiene que ir por el lado de proponer y defender las mejoras que se puedan hacer a las leyes positivas que logran hacer los legisladores que tenemos (con sus límites tan evidentes de formación).

20 y debemos hacerlo con una actitud de humildad (no somos la luz) y de grandeza, en la que nuestro testimonio del amor incondicional de Jesucristo se haga palpable en nuestro  servicio al prójimo, especialmente a los más frágiles y vulnerables, y en un respeto a todos que haga experimentar que hace falta algo más que leyes para convivir como hermanos en el mundo actual. Hace falta Jesús.        

Diego Fares sj

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Principio del Evangelio de Jesús

Cristo, Hijo de Dios.

Juan el Bautista se presentó en el desierto…

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados

como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:

preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

 Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’

                                                                   (Mc 1, 1-8).

Contemplación

Llevar la gente a Jesús. Juan Bautista es el icono de esta tarea apostólica. Para realizarla plenamente tiene claro que, por una parte, debe predicar la palabra de Dios y, por otra, debe disminuir para que Jesus crezca.

Esto es una gracia propia de los ejercicios espirituales de San Ignacio. Ignacio logra poner el alma en contacto con Jesús y cuando discierne que esta relación está establecida, desaparece, digamos así. A esto se deben sus recomendaciones de que “los puntos sean cortos” para que la persona le saque jugo al Evangelio por sí misma y no tanto por lo que dice el predicador; y también la indicación de dejar el alma sola con Dios cuando está consolada.

Acercar la gente a Jesús requiere de nuestra parte, como cristianos, una cierta plasticidad. Dentro de una cultura cristiana la manera de acercar a la gente a Jesús es acercarla a los sacramentos, a las ceremonias de  la Iglesia, al estudio de la doctrina… Pero cuando la cultura se ha descristianizado estas cosas, que en sí mismas son una gracia, pueden convertirse en un obstáculo. Aquí es donde entra la otra manera de acercar la gente a Jesús que es la de dar testimonio con obras de misericordia y caridad. Un testimonio mas bien callado, que trata de no discutir sobre cosas teóricas ya que están discutidas dentro de la misma sociedad cristiana. 

Pero, qué significa acercar a la gente a Jesús? Cómo se hace?

Me viene la frase de que es un Jesús al que “amamos sin haberlo visto”, como dice Pedro.

Amarlo sin haberlo visto es amarlo viéndolo en las personas con las que tratamos. Significa tratar de tal manera a las personas que sientan que vemos algo más en ellas de lo que se ve habitualmente. Hacerles sentir que las vemos con una mirada de fe. Una fe que mira su corazón, ese lugar misterioso en el que Dios habita en cada persona y que la mueve a hacer el bien.

La frase que me viene es la de Isabel cuando recibe la visita de la Virgen: “Quién soy yo para que la madre de mi Señor me venga visitar?”.

….

En estos días que pasé en el reparto de ortopedia  del hospital Regina Elena, me fui aprendiendo los nombres de todos los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza que pasaban por nuestros pieza. A los médicos no los vi a todos, porque son de los que hablan poco y trabajan mucho. Pero el equipo de enfermería, que son 12, si los conocí todos por su nombre. Les encantó también que nos sacáramos una selfie al final del internación, aunque fuera con la mitad del equipo. El suyo es un trabajo duro y anónimo, en el que ven pasar a los pacientes ejerciendo durante algunos días una tarea de compasión muy fuerte y delicada y después pasan al olvido.

Les encantó también que les dijera que mucha de la gente que reza por mi salud ha estado rezando por las personas que me cuidan. Es decir, nuestra oración cristiana es encarnada. Vemos la acción de Dios a través de las manos de la gente, de los médicos, de las enfermeras…, no se trata de un Dios que actúe solo desde arriba, sino más bien, preferiblemente, desde abajo, encarnado en personas y estructuras concretas.

Las historias con la gente del hospital fueron muchas pero hay una que me conmovió particularmente y que responde a lo que salió al comienzo de la contemplación: esto de amar a Jesús sin haberlo visto. Se puede Amar a alguien a quien uno no conoce, no ha visto nunca ni volverá a ver?

El camillero que me llevo a la sala de operación se llama a Domenico. Un napolitano que todo el camino me habló de que estaba leyendo la biblia y que no entendía bien cómo es que se pasaba del Génesis al libro siguiente.

No alcancé a hacer una explicación de los géneros literarios que ya habíamos llegado a destino. Y él, con orgullo, le dijo al compañero que estaba del otro lado de la ventana por la que nos hacen pasar sin tocar el piso, que era un napolitano trayendo un paciente que se llamaba Diego. El otro como era hincha de la Roma no le dio mucha bola.

Esta vez no fue como que la anterior, que entré directo al quirófano con el robot, sino que me metieron en un box donde tuve que esperar media hora. Gracias a Dios estaba Ana López, la enfermera que me había recibido hace un mes, que me reconoció y estuvo cariñosa como siempre.

En eso trajeron a otra paciente, de la que solo vi la cabeza pelada y la pusieron en el box de al lado.

Me conmovió una frase dicha bajito, muy bajito: “que frío”.

Y me animé a hablar: “Quién está del otro lado? Cómo te llamas?” No le entendí el nombre y le pregunté de nuevo. Me dijo que se llamaba Eugenia y que era Rumana, que por eso no hablaba bien el italiano. Le dije que yo era Argentino y que tampoco hablaba bien, así que no había problema. Llame a Ana para que le diera una frazada para taparla un poco y en esos 20 minutos tuvimos una linda conversación. Recuerdo que intempestivamente apareció mi anestesista, que era el mismo de la otra vez, me empezó hablar, me puso la vía y me empezó a llevar y solo alcancé a gritar un saludo cuando ya iba alejándome por el pasillo: “Ciao Eugenia Dio ti Benedica”. Saludo al que ella respondió con un: “Ciao padre Diego, anche a te ti benedica”.

Cuando me desperté de la anestesia, ella también estaba al lado, pero se la llevaron rápido y ya no nos vimos más. Eugenia tiene 48 años, está separada, tiene un hijo en Rumania, vino para un bautismo hacía nueve meses y quedó bloqueada por el coronavirus. Le descubrieron un cáncer, comenzó un tratamiento y ese día lo operaron de un tumor en el seno. Estaba muy sola en Italia y me dio mucha ternura poder compartir ese ratito con ella, en el que en el frío de la espera nos dimos animo y nos bendijimos mutuamente.

Digo esto es para decir que Eugenia fue la persona que menos vi -apenas una cabecita en la camilla que pasaba- y que me quedo más marcada.

Y con lágrimas se me impone una frase: claro que se puede amar sin ver! Más aún: solo vemos a los que amamos.

Y espero que cuando vea a Jesús, a quien “amo sin haberlo visto”, veré también a Eugenia, sin el biombo que separaba nuestros box y que solo dejaba pasar nuestra voz, en ese media lengua en la que nos comunicamos, y me dirá: “Soy yo, Eugenia, con la que charlaste en el hospital. Te acuerdas que nos dimos una bendición?”

Diego Fares sj

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En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén despiertos, prevenidos,

porque no saben cuándo llegará el momento oportuno.

Será como un hombre que se va de viaje,

deja su casa al cuidado de sus servidores,

asigna a cada uno su tarea,

y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si al atardecer,

a medianoche,

al canto del gallo

o por la mañana.

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén despiertos, prevenidos!» (Mc 13, 33-37).

Contemplación

Comenzamos el adviento con esta exhortación de Jesús a a velar a estar despiertos y me gusta la traducción que dice: “estar prevenidos”. Prevenidos o “pre-idos”, en el sentido de estar no solo con la valija lista, disponibles para lo que el Señor pida, sino en el sentido de “haber ido y vuelto ya en la oración”.

En este tiempo de enfermedad me ha tocado estar atento y con todo preparado para cuando me llaman del hospital. Acá en la salud pública italiana, cuando uno pregunta por alguna fecha para una operación o un tratamiento te dicen simplemente: Nosotros lo llamaremos.

Al comienzo cuesta, porque parece que no te van a llamar nunca. Pero después de varias veces en que uno constata que sí te llaman, aprendés a confiar.

Hoy por ejemplo, tuve cita con la oncóloga y con todo el equipo que me trata y  me dijeron que el tratamiento monoclonal (o algo así) podía esperar un poco y que preferían primero fijar con un clavo el brazo. Yo ya estaba preparado para esto desde hace tiempo y cuando pregunté por la fecha me dijeron que en una semana o 10 días. Le pedí al doctor si podía adelantar algo la operación y me dijo que tenía varios pacientes antes… Así que le dije: “Estoy en sus manos”.

Al volver a casa me fui a rezar a la capilla y le dije muy cortito a San José: “Ayúdame. Estoy cansado”. Por un lado estaba contento de que vamos dando pasos, pero por otro sentía que el cansancio me estaba llevando a bloquearme en vez de hablar con el Señor como al comienzo, en que cada paso, lo llevaba a un rato tranquilo de oración.

En la pieza le recé a Bernardita, la Sierva de Dios de las Pobres Bonaerenses a la que le he encomendado el brazo. Y enderecé la estampita que había quedado medio caiducha en la mesa. Comencé a llamar a mis superiores diciendo lo que me habían dicho y no alcancé a hacer dos llamadas que ya vino Paolo a decirme que había llamado el doctor preguntando por mi disponibilidad. Que si podía hacer el hisopado en casa e internarme mañana sábado me operaría el lunes. Por supuesto que ahí mismo dijimos que sí y preparamos todo.

Lo que quería testimoniar es que esto de que estar preparados y prevenidos es rezar. Rezar, como decía, en el sentido de haber ya ido y vuelto en la oración y charlado con el Señor acerca de las cosas en las que estamos embarcados.

Como yo sentía que en esta última semana me había cansado y más que rezar trataba de distraerme un poco, le dije al Señor con mucha sinceridad:  “ayudame porque no me da ni para rezar”.

No se trata de que Dios haga milagros o de que todo salga bien, como decimos hoy en día, sino de crecer en la confianza mutua con Jesús y sus santas y santos, tanto en las cosas que salen bien como en las que no salen tan bien por el momento.

Se ve que esta oración, que fue bien sincera, le gustó, porque me respondió ahí mismo mostrando su gran poder. Ha sido una constante en este tiempo la experiencia de que cuando llego a mi límite y lo charlo simplemente con el Señor, Él me hace sentir todo su poder y lo “toca” a alguno para que se despierte y me de una mano. Y esta mezcla de mi límite – de mi medida potencia, como dice Ignacio en la “Contemplación para cosechar amor” -, y de su omnipotencia, me hace crecer en la fe, que en definitiva es lo que me importa.

A mí lo que me da confianza es sentir que el Señor es el que conduce mi historia, tanto interior como exteriormente, y que Él prepara todas las cosas para bien: mi bien último y más grande que es ganar la amistad de Jesus, dejarme salvar por Él y dar un testimonio que ayude a la fe y al bien de los demás.

Diego Fares sj

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      Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,

porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;

tuve sed, y me dieron de beber;

estaba de paso, y me alojaron;

desnudo, y me vistieron;

enfermo, y me visitaron;

preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán:”Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”

Y el Rey les responderá:”Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos;vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,

porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;

tuve sed, y no me dieron de beber;

estaba de paso, y no me alojaron;

desnudo, y no me vistieron;

enfermo y preso, y no me visitaron.”

Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.”

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.» (Mt 25, 35-46)

Contemplación

En la evocación del juicio final, Jesús nos hace poner la mirada en nuestras acciones. Nos revela que nos juzgará por como hemos tratado a los más pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”. Nuestros pensamientos, ideologías, sentimientos… valdrán en la medida en que nos hayan llevado a acciones que se caracterizan y definen solo por la misericordia y el amor a los más necesitados.

En su última encíclica el Papa Francisco nos invita a ampliar la misericordia y el amor de manera tal que no se queden solo en gestos particulares, sino que adquieran dimensión universal: social y política. Le pagaste un café con leche y medialunas a un pobre que viste con hambre mientras tomabas tu desayuno en el bar, pero también trabajaste en una ley para que ningún niño de nuestra patria crezca desnutrido, asegurando que las madres tendrán leche de calidad para darle a sus bebés.

Darle una frazada al que tirita de frío en el invierno es algo que brota espontáneo y que hace sentir más calentito al mismo que la dio; instrumentar entre todos los países una política que regule las migraciones y la integración cultural de los que huyen de sus países por la guerra o el hambre es algo que no brota espontáneamente, sino que requiere la colaboración inteligente y generosa de toda la humanidad. Es posible hacerlo, pero vemos cuánto cuesta: incluso ante un peligro mortal como es el COVID-19, no es fácil llevar adelante políticas comunes, no solo a nivel mundial, sino incluso dentro de una misma familia.           

No es fácil. La situación de la pandemia nos ha hecho constatar que no hay líderes capaces de conducir a todos. La autoridad, incluso de los líderes legítimamente elegidos, está contestada. Las ideas, todas las ideas, están en permanente discusión. Las actitudes, aún las más generosas, son puestas en duda. Hay gente que cree que las ambulancias que circulan por nuestra ciudades no llevan a médicos y enfermeras generosos que gastan su tiempo en jornadas agotadoras trayendo y llevando enfermos, sino que van vacías y hacen sonar la sirena con el fin de meter miedo a la gente.

En este contexto de fragmentación y desconfianza, el relato que Jesús acerca de lo esencial para la vida plena, contiene algunas semillas de sanidad mental, las cuales, si caen en tierra buena, pueden dar frutos que, al comerlos, vayan sanando esta enfermedad espiritual que afecta nuestra capacidad de discernir lo que es verdad y de poner en práctica acciones buenas y bellas.

La primera semilla de sanidad mental es la de instalar la fe en que habrá un juicio final. No cualquier juicio, sino solo uno con las características precisas y únicas que describe Jesús con la autoridad moral que solo Él tiene, respaldada por su vida muerte y resurrección.

La idea del juicio final está metida en la raíz misma de nuestra inteligencia y libertad. Y no solo en nuestra dimensión espiritual, sino incluso en la vida natural misma: la vida en sus estadios más simples  crece y se mantiene juzgando lo que le conviene y lo que no.

Puede que haya muchas ideas fantasiosas acerca de juicios finales en las que los hombres inventamos dioses autoritarios y criterios de juicio a la medida de nuestras culturas y conveniencias. Pero no es sano instalar la idea de que no habrá ningún tipo de juicio final, de que es una fantasía humana. De hecho afirmar que la idea de un juicio final es una fantasía humana es, ella misma, un juicio final. Es una afirmación que se muerde la cola, que se contradice a sí misma. Con el agravante de que paraliza la vida: sin esperanza de un juicio final no solo no lucharíamos para que sean juzgados los genocidas y los corruptos, sino que tampoco tendría valor juzgar que es lo mejor para mi familia en el día de hoy.

Pero vayamos al tipo de juicio final que describe Jesús. La primera imagen que deja sentada el Señor es la de la gloria. La existencia misma del universo es gloriosa, espléndidamente bella potente y plena de misterio. Y así como fue esplendoroso su comienzo y es esplendorosa cada primavera, cada salida del sol y el enamoramiento de cada pareja de jóvenes, también esperamos que será esplendoroso el final. Esplendoroso no solo en acontecimientos físicos apocalípticos, sino esplendoroso con el esplendor de la conciencia agradecida que ilumina lo vivido y con el esplendor de la libertad que elige amar el don recibido. Cuando en un caso de delitos contra la humanidad un juez dicta sentencia justa, sentimos que la justicia resplandece iluminando un hecho sombrío y desgarrador con una luz esplendorosa que nos devuelve a la vida. Sin esa justicia no vale la pena vivir. Lo mismo podemos decir que sucede cuando la Iglesia como pueblo de Dios jerárquicamente organizado canoniza a un santo: la luz de la gloria toma posesión de toda su vida, la santifica y permite que todo el pueblo se pueda dejar iluminar y fortalecer por esta luz gloriosa en su vida cotidiana.

La otra imagen que Jesús instala – como semilla de sanidad- es la de que el juicio será personal. El detalle de los pronombres personales -“yo” tuve hambre y “ustedes me” dieron de comer-, es causa de admiración tanto para los benditos como para los malditos. Una admiración que es el corazón de la parábola, porque está antes del agradecimiento o de la queja. Ambos grupos se admiran de que haya sido Jesús en persona ese a quien sirvieron o dejaron de ayudar.

Este es el único tipo de juicio final que no es fantasioso, sino increíblemente real: nos juzgará nuestro Creador, pero no sintiendo lo que podría sentir alguien que crea a otro desde su trascendencia, sino sintiendo el peso de nuestras acciones -de compasión o de crueldad- que afectaron la carne y la vida de sus hermanos más pequeños, con los que el Juez se identifica. Es clave aquí la categoría de hermanos que Jesus utiliza. Por que hace a la realidad de la identificación: todos podemos decir con verdad que lo que le hacen a uno de nuestros hermanos nos lo hacen a nosotros, porque somos de la misma carne y sentimos las cosas en común.

Dicen los estudiosos que aunque este texto del juicio está muy elaborado, el detalle de esa identificación de Jesús con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los que no tienen ropa, con los enfermos, los extranjeros y los presos, es algo que solo puede haber salido de la boca del maestro.

A lo que apunta la parábola es a suscitar esta admiración con respecto a quién es el que nos juzga y quiénes somos los hombres a quien es el define como sus hermanos. En lo más profundo del corazón nos tenemos que dejar conmover por este Jesús que dice: era yo, ese nuestro hermano pequeñito quien ayudaste.

Nuestro juicio juzga de acuerdo a lo que vemos. Por eso el Señor quiere enseñarnos a ver profundo. Nos ayuda el cuadro de Rupnik que representa al buen samaritano y expresa artísticamente -mediante la similitud de los rostros- esta identidad de hermandad entre el Jesús que ayuda y el Jesús ayudado.

No creo que se trate de que al ver al juez en la persona del pobre le ayudemos a este por interés de ganarnos la buena voluntad de aquel. Que no se trata de esto lo podemos ver en el detalle de que ninguno se dio cuenta de que el necesitado era Jesús. Y entre los que no se dieron cuenta estamos todos. No es que después de haber escuchado la parábola nosotros sepamos algo que nos podría dar una ventaja con respecto a otros. Lo que Jesús dice es que todos quedaremos sorprendidos al descubrir existencialmente que ese pobre, al que ayudamos o ante el cual pasamos de largo, era Jesús.

Y si es conmovedor pensar en la altísima dignidad que esta identificación de Jesús le confiere a cada persona, más conmovedor todavía es pensar la riqueza que el Creador siente que le da cada pobre ser humano a Él. Así como uno goza en carne propia cuando alguien le hace bien a un hermano o hermana suyos, así Jesús nos revela que se alegra o sufre cuando alguien ayuda o abandona a uno de sus hermanos más pequeños.

Tenemos así que el tipo de juicio final que revela Jesús en esta parábola es algo único y al mismo tiempo muy humano. Pongamos un ejemplo sencillo. Cuando un papá o una mamá se juzgan a sí mismos luego de haber tenido que premiar o castigar a un hijito pequeño, no se fijan solo en la intención con que tuvieron, sino que tratan de medir el efecto que la alabanza o el reto produjeron en el corazoncito de su hijo pequeño. El amor que sienten por su hijo les permite identificarse con los sentimientos de su hijo y evaluar si una mirada de desprecio o un chirlo, por fugaces y leves que hayan sido en sí mismos, han causado un sufrimiento hondo en la fragilidad afectiva de sus pequeños. Aunque alguien de afuera, e incluso el mismo hijo o hija, diga por ejemplo, que un reto no fue para tanto, el juicio que se hacen a sí mismos los papás que aman, se guía por un criterio interior: el del amor o no amor que imprimieron subjetivamente a su acción exterior. Saben que el hijo percibe la fuente misma de este amor, y que el día en que le toque ser padre comprenderá en profundidad cómo fue tratado.

Al identificarse con los más pequeñitos Jesús nos invita hacernos “hermanos todos”, a  entrar en la dinámica de este amor que juzga y se deja juzgar en sus acciones concretas con respecto a los más necesitados porque allí encuentras el criterio seguro para mejorar, corregirse y crecer. Solo lo más profundo y lo que toca la fibra más íntima de nuestro corazón es universalizable (juzgable); y solo lo que es válido para todos, universal, vale la pena que sea asumido (para que se nos juzgue por ello) en lo más profundo y de la manera más radical. El amor y la misericordia son los valores más íntimos profundos y universales y por eso  serán los únicos validos para el juicio final.  

Leemos ahora con fruto tres párrafos de Fratelli tutti:

“Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7) (Ft 84).

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que «con ello le confiere una dignidad infinita». A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad (Ft 85).

A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (Ft 86).

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Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5,1-12).

Contemplación

En estos días previos a una operación al riñón, que si Dios quiere me harán este viernes a la mañana, me venía insistentemente un pensamiento acerca de cómo hacer para suspender, por un tiempo al menos, los WhatsApp y también las Contemplaciones. Yo solo me he metido en este lío, por contar las cosas que me pasan y responder a cada mensajito lo mejor que puedo. 

Pero no es culpa mía. En general, cuando uno está por operarse o convaleciente y recién operado, con los únicos con los que tiene ganas de comunicarse es con su familia y con algún amigo. Pero ahora que por culpa del Papa Francisco somos “Fratelli tutti” y “Amici tutti”, estamos sonados. Sonados en el buen sentido: con profunda emoción puedo dar testimonio de cuánto se me han hermanado y amigado tantas personas con las que me ha tocado compartir tiempos y lugares de mi vida y misión. Todas se hacen presentes en estos momentos.

El Papa, en descargo, dirá que la culpa tampoco es suya, sino de Jesús, que dijo que el que lo siga tendrá el ciento por uno en madres padres hermanos y hermanas y amigos. Así que por más que las razones para entrar en un tiempo de silencio sean muchas y muy razonables, no he mandado ningún mensajito diciendo que no me manden WhatsApp ni suspendo las contemplaciones (mientras pueda). Los mensajes los leeré y los iré respondiendo cuando pueda, como siempre he hecho.

Con la Contemplaciones del evangelio, como verán los que estén leyendo, estoy adelantando la de este domingo. Desde el 2001, creo que nunca he dejado de hacerlas y enviarlas y eso me hace pensar que es una gracia, porque en ninguna de mis otras actividades he sido tan perseverante ni mucho menos. Pensaba, eso sí, que no voy a poder enviarlas por mail, pero por ahí es un buen momento para que el que quiera leerlas las lea en el blog, al que puede entrar poniendo en google diegojavierfares.com e inscribiéndose para que le lleguen por mail. 

Siempre que empiezo contar estas cosas que me pasan me viene un sentimiento de disgusto que me recrimina diciéndome “¿y qué tiene que ver esto con el evangelio del domingo?”. Pero al final termino siempre rechazando este tipo de pensamientos como tentación. En realidad estas cosas que cuento, anécdotas e historias mías y de gente con la que me encuentro, son todas vueltas que doy para poder entrar en el Evangelio. Entrar, digo, por la puerta de alguna Palabra que el Señor me da a sentir y gustar; una de esas palabras que son para acoger y dejar caer en tierra buena y esperar a que den sus frutos la vida cotidiana. 

Haciendo esto, por ahí, uno ayuda a que otros entren también en el Evangelio y encuentren la palabra que el Espíritu les quiere recordar, haciendo que ilumine alguna situación de su vida. 

A esto apuntan, siempre han deseado apuntar, estas “contemplaciones del Evangelio”, en algún momento se me ocurrió llamar contemplacciones. Siempre se trata de alguna palabra evangélica o de algún suceso de la vida en el que se abre una brecha para que entre la misericordia de Dios. 

La palabra o los gestos que busco compartir siempre son declinaciones de la misericordia. De la Misericordia del Padre, que abraza a todos sus hijos y no excluye a ninguno. De la Misericordia de Jesús, que va a buscar a los pecadores y comparte la vida con ellos. De la Misericordia del Espíritu Santo, que perdona los pecados y recrea nuestro corazón, dejándolo como nuevo.

La misericordia es la perla preciosa que buscamos entre todas las demás perlas. 

La misericordia es el tesoro en el campo. 

Misericordia el talento que debemos hacer fructificar siendo misericordiosos.

La Misericordia es la semilla que cae en tierra buena y da el ciento por uno: siempre son fecundos los gestos de misericordia.

Hablar y contar historias donde las palabras hacen lugar para que entre la misericordia no va contra el deseo de silencio (De paso un aviso: Si Dios quiere pronto saldrá a la luz un librito con aquellas contemplaciones en las que hay alguna historia con los más pobres, especialmente con la gente con la que compartí el trabajo en El Hogar de San José).

Cómo dicen Madeleine Delbrêl, el silencio no es mutismo, sino “no quitarle la palabra a Dios”. Ella pone ejemplos de las actitudes con que a veces “le quitamos la palabra a Dios” y entre esas actitudes no sólo están la de los charlatanes, los fanfarrones, los vanidosos y los chusmas, sino también las de los que se quedan callados y no cuentan todas las buenas noticias que el Señor quiere que anuncien no sólo con palabras, sino con toda su vida. 

Madeleine dice que no es difícil, cuando hablamos, no caer en alguna de esas actitudes que “le quitan la palabra Dios”, pero también hace ver que hay personas a las que podemos sentir hablar por horas enteras sin que tengan el aire de estarle sacando la palabra Dios. Las palabras de estas personas son como un ECO de la Palabra de Dios; eco que puede ser más o menos completo, más o menos fuerte, pero es siempre un eco de la Palabra de Jesús. 

Como habrán adivinado, hoy quería rezar y hablarles de Madeleine Delbrêl y la entrada fue por el lado de mostrar una tentación bajo apariencia de bien con respecto al silencio y aprovechar las reflexiones de Madeleine sobre lo que es el verdadero silencio, ese en el que -en medio del mundo- escuchamos a Dios. Más aún, ella dice que no se trata de irse a lugares silenciosos para que Dios hable, porque eso implicaría salirnos del mundo, sino de no quitarle la palabra en medio del mundo como es, con sus ruidos y rumores. 

Esto es Madeleine Delbrêl (octubre 1904-1964): una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry, Francia, para escuchar allí ese Evangelio que según ella cuenta “le explotó” a los 20 años, convirtiéndola de atea en creyente fiel. 

Madeleine es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al subte, a los barrios más pobres…: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados. 

Madeleine es una de las Santas de la puerta al lado de las que habla el papa Francisco, y me parecía una linda imagen para compartir en esta fiesta de todos los santos.

Y ahora sí, removida un poco la tierra, traduzco libremente algunos párrafos de Madeleine sobre las bienaventuranzas del evangelio de hoy. En este último tiempo me he devorado todos sus escritos. Sus palabras sobre las bienaventuranzas no son literatura, sino evangelio vivo. Ella que tanto amaba el Papa gozaría hoy mucho con el Papa Francisco. 

“Dado que las palabras no están hechas para permanecer 

inertes en nuestros libros, 

sino para tomarnos y correr el mundo en nosotros, 

deja, oh, Señor, que de aquella lección de felicidad, 

de aquel fuego de alegría que encendiste un día sobre el monte, 

algunas llamitas nos toquen nos muerdan 

nos revistan nos invadan. 

Haz qué penetrados por ellas, cómo “chispas en los rastrojos” 

corramos por las calles de la ciudad 

acompañando la onda de las multitudes, 

contagiosos de bienaventuranza, 

contagiosos de gozo.

Porque la verdad es que ya tenemos bastante 

de todos los anunciadores de malas noticias, 

de noticias tristes: 

ellos hacen tanto ruido 

que tu palabra no resuena más. 

Haz explotar sobre su ruido 

nuestro silencio que palpita de tu mensaje.

Felices los pobres de espíritu … porque de ellos es el reino de los cielos.

Ser pobre no es interesante: todos los pobres lo saben.

Interesante es poseer el reino de los cielos, pero 

sólo los pobres lo poseen.

Por eso no piensen que nuestra alegría consiste en pasar nuestros días en vaciar 

nuestras manos nuestras mentes y nuestros corazones. 

Nuestra alegría es pasar los días cavando 

en nuestras manos en nuestras mentes y nuestros corazones 

un lugar para el reino de los cielos que pasa…

Salgan a su jornada sin ideas prefabricadas 

y sin cansancios a priori;

Sin proyectarse ustedes mismos sobre Dios, 

sin replegarse frente a él, 

sin entusiasmo, 

sin biblioteca, 

sólo a encontrarlo.

Partan sin guía a descubrirlo, sabiendo que Él 

está a lo largo del camino y no solo al final.

No traten de encontrarlo con métodos originales,

sino más bien déjense encontrar por Él en la pobreza 

de una vida como las demás. 

La monotonía es una pobreza: acéptenla. 

No busquen lindos viajes imaginarios. 

La variedad del reino de Dios les baste 

y les de alegría.

Felices los pacíficos … porque serán llamados hijos de Dios.

En cada esquina se desatan pequeñas guerras, 

así como en cada rincón del mundo hay grandes guerras. 

En todas las situaciones de nuestra vida 

podemos hacer la paz o hacer la guerra. 

Sólo los hijos de Dios son totalmente pacíficos. 

Para ellos la tierra es una casa del Padre celestial. 

Todo cuanto existe sobre la tierra le pertenece 

y también la tierra misma. 

Sí, verdaderamente la tierra es una pequeña casa del Padre.

Por eso ellos no desprecian nada: ni un continente ni una pequeña isla ni una nación ni un patio ni las plazas ni las oficinas ni los negocios ni las calles ni las estaciones… 

En todos lados ellos deben crear un clima de familia. 

Los ojos de los pacíficos son benévolos y sus compañeros de camino 

se rescaldan en ellos como junto al fuego. 

Y ellos caminan con una doble alegría: 

alegría de un adviento de paz en torno a ellos,

Quería de escuchar en su interior una voz inefable 

que dice “Padre” en el fondo de su corazón.

Felices los Misericordiosos… porque obtendrán misericordia 

Ser misericordiosos: no parece ser un oficio descansado.

Es ya mucho sufrir las propias miserias, sin tener que agregar 

la pena de aquellos a los que encontramos. 

Nuestro corazón se rehusaría ser misericordioso si hubiera otros medios 

para obtener misericordia.

No nos lamentemos, por tanto, demasiado, si tenemos a menudo 

lágrimas en los ojos 

al cruzarnos por la calle con tantos dolores. 

Es por medio de estos que sabemos qué cosa 

es la ternura de Dios.

Nuestro corazón encuentra su alegría en estar 

junto al incansable fuego de la misericordia del amor de Dios. 

Y nosotros vamos espontáneamente a buscar 

todo aquello que puede permitir a este fuego quemar: 

todo lo que es pequeño y frágil,

todo lo que siente dolor y sufre,

todo lo que peca, se tambalea y cae,

todo lo que tiene necesidad de curación. 

Y llevamos este fuego que arde en nosotros 

a todas las personas dolientes que nuestros encuentros atraen 

para que los toque y los sane.

Felices los mansos … porque poseerán la tierra.

Para cumplir tu obra sobre la tierra, 

tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, 

sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso

de un cierto grado de obediente asentimiento

de un cierto peso de ciego abandono,

situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres.

Y si en un solo corazón se encontraran juntos 

todo este peso de abandono 

este acatamiento amoroso y este asentimiento,

el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente.

Porque este solo corazón te abriría el camino, 

se convertiría en la brecha para la invasión de tu Misericordia, 

en el punto débil donde cedería la rebelión universal.

Un corazón manso tarda mucho tiempo en hacerse. 

Se va haciendo segundo a segundo, minuto a minuto, 

día a día… 

En esta conversación en la que nuestro silencio acoge la palabra de algún otro 

y nuestro pensamiento se inclina frente a otros pensamientos; 

en estas cosas inertes que parecen querérsenos escapar: 

la birome que escribe mal, el calor que nos fatiga, 

el frío que nos devora, 

en esos juicios sobre nosotros en los que no reconocemos 

nuestro rostro; 

en estos pequeños o grandes dolores, 

que nos corroen por dentro, que nos cansan los nervios, en lo profundo, 

donde dejamos que corra nuestra vida… 

con estas paciencias tú vas tejiendo tu mansedumbre en nuestro corazón.

Felices los puros de corazón … porque verán a Dios.

Señor, tú nos ha dicho que sin esta castidad implacable 

nosotros no podremos verte.

Ella es la libertad de todo impedimento, 

y el no ser poseídos por nada 

y el poder ir a Ti de un solo golpe. 

Ella es un amor urgente impaciente celoso 

que no tolera a aquellos que bloquean el camino.

Por eso, su último asalto será en la hora de nuestra muerte. 

Ella nos hará subir al tren que nos llevará 

más allá de nosotros mismos. 

A través de los vidrios, todas las cosas nos harán grandes señales 

de adiós. 

Pero ninguna se ofrecerá a subir con nosotros, 

todas tendrán miedo a tenernos por compañeros.

Todas nos parecerán efímeras, sin otro valor 

que el de una pausa. 

Nosotros lo dejaremos todo. Todo nos dejará.

Y veremos al Dios que nos espera 

una vez que nos haya conducido a Sí 

después de la castidad paciente de nuestra vida

después de la castidad elemental de nuestra muerte”.

Diego Fares sj

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Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «‹Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón (kardía), con toda tu alma (psiché) y con toda tu razón (dianoia). Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: ‹Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas›» (Mt 22, 34-40).

Contemplación

Ya sabíamos que la pre-hospitalización en el IFO (Istituti fisioterapici ospitalieri) llevaría toda la mañana. Pero como ya tenía hechos tantos estudios pensamos con Paolo, mi ángel custodio enfermero, que sería más breve. Así fue con los análisis de sangre, pero después se alargó la espera del turno con la anestesista y más todavía de la charla con el urólogo del equipo que me operará el riñón. Menos mal que a las 11:30 hs. le dije a Paolo que se fuera, porque al final salí a como a las cuatro de la tarde. 

Lo que quería contar era algo acerca del lindo ambiente que se creó esa mañana – por unos minutos- en la sala de espera de los análisis pre-quirúrgicos . Nos habían dicho por teléfono de estar a las ocho en el Reparto de pre-hospitalización, primer subsuelo del recorrido F (de color fucsia), «Ascensores N, N, O», y de buscar a un tal Antonio. 

Antonio, como aprendimos estando en el lugar, no solo es el que organiza los turnos de la pre-hospitalización, sino que es una especie de nombre mágico en el Reparto de urología. Allí los médicos son inalcanzables, como me dijo después Emanuella: «Primero está el papa Francisco y después el urólogo». Yo me reí y le dije que me parecía que el Papa era más accesible, a lo cual ella asintió. 

Antonio es la única persona a la que todos llaman por el nombre: «tiene que ver Antonio»; «vuelva con la carpeta y muéstresela a Antonio»; «eso se lo tiene que decir a Antonio». Yo terminé de amigarme con el hospital cuando se fue Paolo, y al quedar solo, sentí al mismo tiempo tres cosas: una fue que en medio de las sala de espera repleta de gente caí en la cuenta de que el rumor de todas las voces mezcladas, al que no le prestaba atención mientras estaba acompañado, de repente me sonaba en lengua extranjera (es notable la diferencia cuando te habla una sola persona y cuando hablan muchas al mismo tiempo); la segunda fue el desconcierto cuando la jefa de sala de admisión me dijo que me faltaba un papel y que no había pagado la visita. Ahí fue que usé la palabra mágica y dije que me había mandado Antonio, lo cual hizo que la jefa me dijera que esperara un poquito, a ver cómo hacíamos; la tercera cosa fue la experiencia de la acción del ángel de la guarda (aclaro que en la entrada del hospital hay una estatua gigantesca del Arcángel Rafael indicándole a Tobías como debe curar a su padre con la hiel del pescado, y siempre que entramos al hospital le rezo). Pasó así: mientras esperaba en la fila, vi que salía de Admisión una enfermera peticita, con cara de seria y apurada, y le pregunté si había mucha fila para el urólogo. Ella que había escuchado mi charla con la jefa de sala, me indicó de manera un poco brusca que me dirigiera ella y siguió su camino. En ese mismo momento, en que me sentí de verdad desorientado, noté con el rabillo del ojo que la enfermera pegaba la vuelta como si alguien la hubiera tocado en el hombro. Entró decididamente en la oficina y le dijo a la jefa de sala que se encargaba ella de lo mío. Me adoptó! Demoramos como 25 minutos y ella completó amablemente todos los formularios que faltaban, porque «Antonio -como siempre- los dejaba porque sabía que los llenarían ellas», me indicó dónde tenía que pagar y después me hizo amigar con Daniela, la jefa de sala, a la que, rezándole a los ojos de la Virgen, le ayude a encontrar una formularios que hacía media hora que buscaba y que habían literalmente «desaparecido».

Pero volvamos atrás. Porque la ayuda de este angelito -Emanuella- fue lo que «terminó» de amigarme con el hospital. El inicio del amigamiento se dio en la primera sala de espera.

Cuándo llegamos a las 8:15 hs., ya había unas 10 personas esperando. Como no había números ni nadie explicaba nada, todos nos amontonábamos en la puerta tratando de ver al tal «Antonio». En relación a otras enfermeras y enfermeros que cuando veían que la gente se amontonaba comenzaban a gritar y luego desaparecían, abandonando el campo, vi cómo Antonio con pocas palabras logró tener a toda la gente tranquila: «Tooodos tienen que hacer la pre-hospitalización. Aquí tengo sus nombres» – fue lo único que dijo. Y dejó que nosotros mismos nos ubicáramos y respetáramos el orden de llegada. Cómo dijo una señora -después supe que se llamaba Ana- cuando uno se le coló: «Por amor de Dios, no vamos a discutir por unos minutos más o menos».

La cuestión es que en dos lugares pequeños quedamos así: seis o siete en el espacio al lado del ascensor y cuatro personas en la salita cercana a la puerta de Antonio: una señora, que no se sentaba, porque eso le hacía doler los riñones; un señor de pelo blanco, de mi edad, qué había viajado toda la noche desde Calabria y había venido directamente: «para no molestar a sus parientes», y otro señor más joven que le dejó su asiento a un hombre mayor muy venido a menos al que acompañaba su hijo. Cinco desconocidos un poco ansiosos por entender cómo funcionaban los turnos y no perder el nuestro. Rompió el hielo el calabrés cuando vio que yo me hacía lío con el cabestrillo y la carpeta grande de los análisis al tratar de sacarme la campera. Gentilmente se ofreció a darme una mano. Ahí fue que me animé a entablar el diálogo y le pregunté a cada uno los nombres. Ana -dijo la señora-, de Roma. Mario, dijo el de Calabria. Y ahí fue que el abuelo, que parecía medio dormido, abrió un ojito y dijo Aldo, con una sonrisa linda y ganas de mostrar que estaba bien atento a todo a pesar de sus dolores. 

Mario dijo que no sabía si lo iban a atender a pesar de haber viajado toda la noche y de tener turno, porque se veía que faltaban algunos papeles. «Estamos en las manos de Dios», afirmó abriendo los brazos y mirando al cielo. y agregó: «Y de la Madonna». Ana lo confirmó sonriendo: «Ella sí. Ella hace todo». 

Como vi que la conversación había ido para el lado espiritual, dije que yo era Diego y que era sacerdote. 

La charla siguió muy naturalmente. A Mario y a Aldo apenas los volví a cruzar una vez, les di una bendición y no los vi más. Con Ana, en cambio, nos encontramos una hora después y charlamos lindo mientras esperábamos al urólogo. También a ella le tienen que sacar el riñón. Es su segunda operación, tiene dos hijos, marido y dos nietos que son su vida. Cuando se dio cuenta que había dicho “su vida”, me aclaró que los quería igual igual que a sus hijos, como si el haber confesado un amor tan grande por los nietos pudiera despertar celos en los otros, aunque no la pudieran escuchar.

A lo que quería llegar, para compartirlo, es a cómo cambió nuestra actitud después que intercambiamos algunas palabras amables con estas personas. De ser cuatro desconocidos que empujaban -tratando de que no se notara mucho- para entrar primero, pasamos a sentirnos igualados por la espera, por nuestros nombres -que Antonio «tenía» – y por la necesidad de ser atendidos en nuestra enfermedad. 

Cuando la gente me pregunta «cuándo te operan» sintiendo que “la semana que viene” demora mucho, a mí se me vienen los rostros de Ana, de Mario, de Aldo y de todos los demás que no conozco, y siento que si bien deseo que me operen rápido, que mi riñón es uno más junto con los riñones de estos nuevos amigos. Igual que en la sala de espera entraremos tranquilamente por turno, cada uno en su momento, a nuestra intervención. 

Estas cosas sencillas me hicieron caer hoy la ficha de lo que significa: «Como a ti mismo», cuando el Señor explica el mandamiento del amor al prójimo.

Cómo dijo Mario, el calabrés, haciéndome señas amablemente de que pasara yo primero: «Estamos todos en la misma barca de la sala de espera». 

Diego Fares sj

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(Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consultar cómo podrían entrampar a Jesús con sus propias palabras. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, por que no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, (a la luz de la Ley) ¿qué te parece? ¿Es lícito dar el tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo: ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario. Y El les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción (“Emperador Tiberio, hijo adorable del dios adorable”)?

Le respondieron: Del César. Jesús les dijo: Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-22).

Contemplación 

El evangelio dice que los fariseos se retiraron después de escuchar la parábola del Señor sobre el vestido de bodas, que se juntaron con los herodianos (que eran sus enemigos) para ver cómo le podían tender una trampa y que la trampa se la armaron en torno al dinero. 

Cómo vemos no es ninguna novedad que contra Jesús y los que anuncian el Evangelio se junten los fundamentalistas de la religión con los fundamentalistas del poder y que los que en otras cosas son enemigos entre si, encuentren un lenguaje común en torno al dios dinero. Por eso -porque la historia se repite- terminó siendo tan paradigmática esta escena en que el Señor, ni lerdo ni perezoso, les respondió de rebote y pasó como en el tenis, que cuando uno hace un saque muy fuerte, si el adversario lo agarra de pleno, el rebote vuelve con el doble de velocidad. Aprendiendo de los criterios de discernimiento del Evangelio, cuando uno escucha críticas al Papa y a la Iglesia puede ser interesante, para encontrar un punto de vista independiente de las manipulaciones mediáticas, examinar no sólo el tema en discusión, sino la relación con el dinero qué tienen los que atacan.

Hoy sólo quiero detenerme en una cuestión de lenguaje. En esto de que después de escuchar una parábola, que es como decir después de escuchar una invitación linda a entrar en la dinámica del Reino del Dios, que es la dinámica del amor gratuito, los fariseos inventan una trampa. 

Las trampas tienen algo de paradoja . Uno «cae en una trampa» cuando se deja llevar por un razonamiento lógico que le resulta familiar y termina cayendo en un pozo. Sucede al revés con las parábolas de Jesús. En ellas, uno entra en una situación que le resulta familiar, como es la del rey que con gran ilusión invita las bodas de su hijo, y termina cayendo en la cuenta de que es uno el que ha sido invitado no por méritos sino por misericordia y que debe ponerse el vestido de bodas que le regalan para estar a la altura de una fiesta tan gloriosa. 

Podríamos decir que tanto las invitaciones de Jesús como las trampas del maligno nos hacen pisar el palito de alguna paradoja, pero con intenciones distintas: Jesús para hacernos caer en las manos misericordiosas del Padre y en el compromiso fraternal con los hombres; el maligno, para hacernos caer en sus engaños asesinos.

Ahora, el detalle evangélico de hoy está en que los fariseos y herodianos quisieron usar el dinero para entrampar a Jesús. El lenguaje del dinero es particularmente peligroso porque tiene la dinámica de las anti-parábolas: sus pa-radojas son malignas. Como cuando se dice que “el tiempo es dinero”. La frase parece positiva, en cuanto que impulsa a trabajar más, pero se absolutiza de modo tal que uno termina vendiendo su tiempo para ganar un dinero que luego no puede usar.

El dinero es un dios, el dios infinito cuantitativo, y tiene su liturgia y su (anti) evangelio, cuyo lenguaje es siempre la antítesis del lenguaje de las parábolas de Jesús. 

Tono de burla

Es la antítesis de las parábolas de Jesús, primero que nada, por el tono (que refleja la intención): los que hablan en lenguaje de dinero se ríen y se burlan sarcásticamente de los que hablan el lenguaje evangélico -que es poético y religioso- de las parábolas. En el pasaje evangélico de hoy, el sarcasmo se puede notar en la frase: «Maestro! tú que no haces acepción de personas…, dinos si es lícito o no pagar el tributo al César». 

La dinámica de las parábolas de Jesús es siempre de salvación: ayudan a que el que escucha descubra la verdad por sí mismo y reciba una gracia. La dinámica de las parábolas del dinero, en cambio, es de perdición: son para engañar y confundir al otro y hacer que se hunda.

Las metáforas inmanentes del dinero

El lenguaje del dinero es una antítesis peligrosa de las parábolas porque también usa metáforas que seducen, cómo esa de Manolito: «Lo bonito de los dólares es ese ‹verde-coima› tan seductor». Lo que sucede es que, en el fondo, la dinámica de las metáforas del dinero no es trascendente: el dinero no trasciende, sólo busca más dinero. 

En cambio el lenguaje del Evangelio tiene una dinámica que nos hace salir hacia el Otro -hacia Dios y hacia el prójimo -, una dinámica que trasciende, que hace crecer. 

El dinero se alimenta a sí mismo. Da la ilusión de que nos permite comprar cosas y desarrollarnos, pero la realidad es que lo que se compra con dinero son cosas que se consumen y nos consumen con ellas. 

En cambio, el lenguaje evangélico cuando te conecta con la gracia te la da entera. Y la gracia no sólo es un tesoro que no se consume, sino que hace que se dilate en el amor nuestro corazón: nos hace crecer como personas. 

El dinero aunque te da un producto es un producto marcado por el dinero mismo, de esos que apenas los compraste ya quedaron caducos, y te están como exigiendo que desees comprar el siguiente, que será más sofisticado. 

Jesús sabe que el dinero es necesario y por eso dice que se le de al dueño del dinero lo que es suyo. Pero que no se mezcle con darle a Dios lo que es suyo: nuestro corazón, nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro amor.

Al dinero hay que darle lo suyo que es su carácter de medio para relacionarnos entre nosotros. De ninguna manera hay que convertirlo en fin, pero hay que saber que como es el medio universal que aceptan los de todas la religiones e ideas políticas, es difícil no endiosarlo en la práctica. El dinero es el ídolo perfecto, el ídolo por antonomasia. A los que lo poseen en gran cantidad les hace real la ilusión de que sean ellos los dioses. Lastimosamente terminan dejándoselo íntegro a otros a quienes esa masa de dinero anónima pasará a darles la misma ilusión y se los devorará como se devoró al primero. 

…..

Meditaba en estas cosas en la clínica «Salvator mundi» mientras esperábamos las dos horas que tardaron en hacer el informe de la «TAC total Body con contraste» (que entre otras cosas reveló que ‹no tenía nada en el cerebelo›, como dijo el radiólogo. Cosa que ya sabíamos). Como los médicos que me operarán en el riñón necesitaban tenerla «ya», esta la tuvimos que pagar, porque si no había que ir a hacerla a Nápoles y demoraríamos mucho. Hay momentos, como me decía Paolo, el enfermero amigo que me gestiona y acompaña en todos los análisis, en que se justifica pagar, si uno puede. Mi tumor al riñón es de los que no dan señales. Creció muy lentamente hacia fuera del riñón que por eso seguía cumpliendo bien con su función y no daba señales, el muy traidor. Pero estos tumores en cierto momento comienzan a esparcir metástasis por todos lados y ahí es donde es vital apurarse a sacarlo. 

Yo pensaba que nosotros, jesuitas, con la organización que tenemos, estamos reasegurados. Papá siempre decía que los jesuitas teníamos la comida, la salud y los medios para trabajar asegurados, cosa que el 99,90 % de los mortales no tiene y vive «en la inseguridad». Experimentando estos privilegios de manera particular en el momento en que las papas queman, la reflexión no se me fue para el lado de la justicia, sino para el lado de la amistad. Es tan grande el abismo que nos separa de los más pobres, que no hay justicia humana que pueda salvarlo. Y aunque lográramos tener un mundo justo hoy, no llegaríamos a darle una mano a los que en este momento están siendo los más pobres, especialmente los niños que ya nacieron físicamente pobres, desnutridos. Cuando hablamos de «ser pobres» y de hacer «una opción por los pobres», a mi ese lenguaje me queda grande en la boca y siento que no puedo usarlo sin sentir vergüenza interior y tratar de que al menos el tono que uso al hablar no sea el de quien se siente muy contento de lo que debe decir. 

Pero en medio de estos razonamientos, quizá demasiado humanos, me consoló y muy mucho pensar en mis amigos más pobres tanto del Argentina como de Roma con los que en estos días me he comunicado tanto. Y se me juntó con un sentimiento de agradecimiento muy grande a la inspiración que ha tenido el Papa Francisco al hablar de la amistad social como la clave de todos los desafíos que nos presenta el mundo actual. 

Si queremos una justicia que nos vaya igualando, la igualdad básica no puede ser otra que la más alta: la de la amistad. La dinámica de la amistad es lo más igualador que existe entre los seres humanos. Siempre encuentra caminos y allí donde no los hay, los crea. Allí donde el dinero divide irremediablemente, la amistad une indisolublemente. 

Sólo siendo amigos con los pobres y con Dios es posible establecer una relación con el dinero que no caiga en sus razonamientos tramposos ni en una idolatría práctica. «Hacerse amigo de los pobres con el dinero inicuo» sigue siendo el consejo sabio del Señor.

Diego Fares sj

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