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Archive for the ‘Contemplaciones 2020’ Category

Al día tercero se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, 

y estaba la Madre de Jesús allí. 

También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. 

Y como faltase el vino, le dice la madre de Jesús a él: 

«No tienen vino» 

Y Jesús le dice a ella: 

«¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» 

Le dice su madre a los sirvientes: 

«Cualquier cosa que El les diga, ustedes háganla.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: 

«Llenen de agua estas tinajas.» 

Y las llenaron hasta el borde. 

«Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» 

Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su o rigen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: 

«Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.» 

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

Escuchamos lo que dicen María y Jesús mirando lo que hacen

“No tienen vino”.

Imaginamos a María en la cocina. Los servidores la rodean, expectantes. Sabemos que están a su lado porque inmediatamente luego de hablar con su Hijo les dice a ellos que “hagan cualquier cosa que Jesús les diga”. Da la impresión de que lo hizo levantarse al Señor con alguna seña y que fuera a la cocina, junto con los cinco discípulos – de los cuales  se dice al final que “creyeron en él” y aquí se ve que participaron de todo el milagro.

Pero volvamos ahora un poco más atrás. El Evangelio dice que “como faltase el vino…, la Madre de Jesús le dice a Él: “no tienen vino”.

Nos centramos en María en el momento en que se da cuenta de que falta el vino.

¿Cómo se dio cuenta?

Quizás vio la cara de los servidores cuando alguien levantaba el vaso pidiendo más… O se dio una vueltita por la cocina. O más bien estaba en la cocina. 

El evangelio dice que “estaba allí”  y ese “allí” de la fiesta, para María parece ser la cocina. Por la desenvoltura con que se hace cargo del asunto más que una invitada comedida se ve que es alguien que está ayudando de entrada con el servicio.

¿Qué nos dice de su persona el lugar donde la encontramos?

Es el mismo lugar que eligió de entrada, luego de la anunciación, cuando fue a servir a su prima Isabel. Para ella, sentir la alegría de la predilección de Dios se traduce en buscar los lugares de servicio, donde hace falta dar una mano…

¿Y qué nos dice su preocupación por el vino?

¿María preocupada por el vino?

¿No nos la imaginamos más bien pensando : “Bueno, ya han bebido bastante. Menos mal que esto se acaba, así se moderan un poco…?”.

¿Qué nos dice de Ella que lo llame a su Hijo, lo ponga en medio de los servidores y lo comprometa diciéndoles públicamente que “hagan todo lo que Él les diga!”.

Nuestra Señora forzando las cosas… y por el vino! No es la imagen habitual.

Lo incomoda a Jesús, se aguanta que su Hijo la trate de indiscreta, se juega delante de los servidores… y todo por el vino!

Los cinco discípulos mirarían esto admirados, expectantes.

¿Y los servidores? 

¿Les habrá parecido que María se sobrepasaba?

Sin embargo, obedecieron sin chistar. 

Señal de que los rostros, los gestos, la persona misma del Señor y de su Madre, les decían mucho más de lo que dicen sus palabras cuando solo las tenemos escritas y debemos hacer este trabajo de recrear la escena. “No tienen vino”.

Miramos, pues, al vino. Lo que significa.

Jesús se entusiasmó con este milagro.

En el de la multiplicación de los panes también hubo abundancia. Pero no se nos dice que el pan o los peces fueran de calidad superior.

Aquí no solo le hizo llenar las seis tinajas (los servidores también pusieron lo suyo ya que “las llenaron hasta arriba”) para que hubiera de sobra, sino que se dio el gusto de hacer que le llevaran al experto para que lo juzgara y éste comprobó que era un vino superior -“bello y bueno” (kalón)-. 

Humanamente el vino tiene un “plus” respecto de otras bebida y alimentos. Da más que hablar, permite comparaciones, invita al buen humor compartido… Un buen vino indica la calidad de una fiesta y muestra el aprecio por los invitados. El maestresala se da cuenta: gastar el vino bueno al final es indicio de hospitalidad y de aprecio: ¡el novio se ha reservado lo mejor para el final!

El gesto de Jesús de hacerle probar al encargado tiene algo de picardía.
Podemos imaginar como en una foto al equipo del milagro: Jesús, la Virgen, Pedro, Juan y los otros tres, los servidores…., todos espiando con una sonrisa la escena del servidor cómplice que le hace probar una copita al maestresala; la cara de asombro de este, mientras degusta el vino; cómo se agranda y va a jactarse ante el novio, que lo escucha sin darse muy bien cuenta de qué es que le está hablando, medio en babia como corresponde a un novio en su fiesta de casamiento.

Caná rebosa alegría. Esa alegría linda y simple que se llama “la gloria de Dios”. Juan nos dice que “en Caná, Jesús manifestó su gloria” y esa es quizás la transformación más grande que aconteció aquel día, mayor aún que la del agua en vino: porque a partir de allí la gloria de Dios dejó de ser algo sublime pero terrible y, gracias a Jesús y a la Virgen, se convirtió en ese resplandor manso y tan lindo como el que brilla en una fiesta de familia cuando todos comparten un vino rico.

Caná es una fuente inagotable de contemplación. Esas seis tinajas de buen vino no se agotan jamás, así como las doce canastas de panes y peces siguen alimentándonos en cada Eucaristía. Hay mucho para contemplar:

* Podemos sentir cómo la Madre y el Hijo comienzan a actuar apostólicamente en equipo. Se ve que son dos que se entienden perfectamente: les basta media palabra para dar a entender lo que desean y lo que quieren que el otro haga. 

Podemos gustar esa libertad de espíritu que les da la familiaridad para actuar al unísono, más allá de las palabras, que tomadas fuera de contexto podrían significar otra cosa. Notamos que en su acción incluyen a los servidores (diáconos) y benefician a todos: a los novios, al maestresala, a los invitados. 

* Podemos detenernos en la respuesta de Jesús, que si uno la imagina más como un encogimiento de hombros de alguien que es invitado a intervenir y no quiere, vale con sus pocas palabras: “Y qué a mí y a ti, mujer”. Como diciendo, mientras se acerca a su Madre, abriendo un poco las manos y negando con la cabeza, que ese no es el momento, pero dispuesto a hacer lo que ella diga…

* La frase de María a los servidores, si imaginamos que se la dice mientras los acerca a Jesús, es bueno traducirla literalmente: “cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, y dejar que suene más como una advertencia que como una afirmación. Como si María previera que Jesús los va a sorprender con un pedido extraño y, tomándolos del brazo mientras los pone frente a su Hijo, les fuera haciendo sentir confianza: “Ojo! no vayan a ponerse a discutir. Ustedes háganle caso. Confíen en mí. Vengan”.

Esta manera de leer pone a María en el centro de la primera parte de la escena: ella es la protagonista, la que descubre lo que hace falta y pone en movimiento a todos, a Jesús y a los servidores, acercándolos para que actúen juntos. 

María es la que define el ámbito del primer milagro: la cocina de una fiesta. El lugar donde ella se sitúa y adonde lleva a Jesús para que se manifieste, nos dice mucho acerca de su persona y de la de Jesús. 

*Podemos escuchar lo que Jesús le dice a los servidores y mirar lo que hacen.

El Señor, que primero parecía reticente, pone manos a la obra. Comienza a dirigir la tarea. Primero hecha una mirada a ver lo que hay y ve las tinajas vacías. Entonces ordena a los servidores: “llenen las tinajas con agua”. Ellos obedecen con gusto (no las llenan a medias). Experimentan la alegría de trabajar para este equipo, contentos de poder integrarse al modo de hacer las cosas del Señor y su Madre.

Cada uno puede contemplar lo que más le guste, como en una fiesta, donde se nos ofrece de todo y en abundancia para que uno elija…

A mí me gusta volver a donde comenzamos: al momento en que María se da cuenta de que falta el vino y se decide a intervenir. Martini dice que María se da cuenta de que falta “la alegría del Evangelio” (eso simboliza el vino) porque ella la tiene

La Virgen discierne desde el don de la alegría (la alegría es uno de los frutos del Espíritu, y brota cuando un corazón ama con amor gratuito). Y apela directamente a Jesús y a los servidores. Es decir, no trata de salvar la cosa mandando a comprar un poco más de vino (o echándole agua…), sino que busca al que puede dar una alegría mejor y abundante y se rodea de los que quieren ayudar para que esto suceda.

Reflexión para sacar provecho

A nosotros también nos pasa lo que a María en Caná.

Cuando elegimos la cocina, cuando elegimos colaborar y servir a los demás, enseguida nos damos cuenta de que “falta el vino”.

Enseguida pescamos todo: 

que “algo no estuvo bien planificado”, 

que “alguno se hizo el tonto y dejó cosas sin hacer”

vemos quién será el que aproveche para “quejarse” y quién encontrará la oportunidad para “sembrar cizaña”,

ya sabemos que “el maestresala seguirá fluctuando entre no hacerse cargo de lo que anda mal y jactarse cuando las cosas van bien”….

Y hasta nos parecerá que Jesús está de lo más pancho bebiendo con los discípulos y gozando de la fiesta mientras nosotros cargamos con la preocupación de que todo salga impecable y vemos –ya lo sabíamos- que la fiesta va a terminar aguándose. El que se mete en la cocina se da cuenta de todo lo que falta (y de lo que se sirve mal, de lo que se desperdicia y también de todo lo que se roban).

¿Y entonces?

Entonces nada. 

En esto de darnos cuenta de lo que falta, somos iguales que nuestra Señora… 

Pero de lo que se trata es de ser como Ella en el modo de buscar la solución. Se trata de discernir de corazón, como María, que sabe que el único que puede salvar a los novios es Jesús, y pone manos a la obra con prontitud y alegría, sacando de cada uno lo mejor para que la fiesta sea un éxito sin que nadie note todo el trabajo que llevó.

Cada vez que uno se da cuenta de que falta el vino tiene que agradecer porque significa que está en la cocina de la fiesta (y no en otro lugar de privilegio o de “no responsabilidad); entonces, uno puede volver a rezar con el evangelio de las bodas de Caná. (Podemos comenzar ahora, leyendo todo de nuevo, identificándonos con nuestra Señora ya que vemos lo que falta y confrontando nuestros variados sentimientos con la alegría del Evangelio que desborda en Ella).

Diego Fares sj

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Muchos han tratado de narrar los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: 

“El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha consagrado por la unción.

El me envió a llevar la Buena Noticia los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor.

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó.

Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.

Entonces comenzó a decirles:

«Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura

que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

CONTEMPLACIÓN

Miramos a Teófilo

Miramos a Teófilo., “Un tipo abstracto”, podría decir alguno. Pero en la amistad no hay abstracciones. Lo que cada uno cosecha de ella, va a parar a la bolsa común de los amigos, que se complacen en sacar de su mochila cosas nuevas y viejas, como los maestros espirituales prudentes. 

Más allá de quién sea Teófilo, a quien Lucas dedica su evangelio y el libro de los Hechos, nos apropiamos del significado de su nombre: Teofilo: “amigo de Dios”; y también: “amado de Dios”. Vendría a ser lo mismo, porque Dios, cuando te ama, te hace amigo.

Teófilo es ese tipo de persona que llegado a cierto punto en su vida, quiere hacer síntesis. Y una excelente manera es “ver quiénes son mis amigos”. Es una síntesis especial, ya que no es la del mérito, los títulos o lo que uno “hizo”, sino la de los amigos que tiene por gracia. Y Jesús entre ellos. Teófilo es el tipo de persona que siente a Dios como amigo y, en cierto momento de su vida, como decíamos, necesita,  desea profundizar. Este momento puede (y debe darse) al comienzo de la vocación, pero también es bueno profundizar luego de un camino de ministerio ya recorrido, en el que se hace un alto en la misión para reflexionar acerca de la amistad con el Señor. Como si le dijéramos: te he pastoreado tus ovejas, ahora hablemos de amistad. 

A este “tipo” de persona decide escribirle Lucas acerca de “los hechos de los apóstoles”, acerca de “las andanzas de los amigos de Jesús”. Y sentimos, entonces, que el evangelio está dirigido a nosotros, a ese Teófilo amigo de Dios que se renueva en cada etapa de la vida y en cada generación de cristianos. Somos ese “amigo de Dios”, pedimos serlo cada vez que al comenzar nuestra contemplación pedimos la gracia de “conocer internamente a Jesús, para más amarlo y seguirlo” (EE 104).

Somos amigos de Dios gracias a otros amigos 

Una primera cosa linda que me brota es que somos amigos de Dios gracias a otros amigos. El primero fue Abraham, nuestro padre en la fe: “¿No has sido tú, oh Dios nuestro, el que (diste esta tierra) a la posteridad de tu amigo Abraham para siempre?” (2 Cro 20, 7).

En Abraham, todo Israel es “amigo de Dios”: “Y tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien elegí, simiente de mi amigo Abraham;  que te así desde los cabos de la tierra, y desde lo más remoto te llamé y te dije: « Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado » (Is 41, 8-9).

El otro gran amigo de Dios fue Moisés: “Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33, 11).

Con el salmista, que recuerda a estos amigos y desea también llegar a serlo, entramos en este círculo de amistad, confiados en que Dios “mima a sus amigos” y “no los abandona”: “Sepan que Dios mima a su amigo,Dios escucha cuando yo le invoco” (Sal 4, 4). “Amen a Dios, todos sus amigos” (Sal 31, 24). Porque Dios ama lo que es justo y no abandona a sus amigos” (Sal 37, 28).

Con el libro de la Sabiduría se nos dice que lo que nos va formando en esta amistad es la palabra de Dios, que nos renueva: “(La sabiduría) Aun siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el universo; en todas las edades, entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría” (Sap 7, 27-28).

Juan Bautista retomará esta espiritualidad de la amistad, cuando se llame a sí mismo: “el amigo del Novio” (Jn 3, 29). Y Jesús hará especial hincapié en que todo lo ha hecho para que sus discípulos lleguen a ser sus amigos: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si practican lo que yo les mando. No los llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes (Jn 15, 13-16). A Pedro se lo preguntará explícitamente: “¿Me amas como amigo?”

Así, en esta espiritualidad de la amistad se sitúa Lucas, por un lado, escuchando a los amigos -a los testigos oculares y servidores de la palabra-, y por otro, escribiendo para los amigos de Dios, para que “reconozcamos la solidez de las enseñanzas que recibimos”. Notemos que la solidez no proviene de pruebas científicas sino de pruebas de amistad.

El espíritu con que los amigos de los amigos de Dios escriben y meditan

Como siempre en estas contemplaciones tratamos de dar un paso atrás, en el sentido de que no importa tanto “dar consejos morales” para adelante, sino de ayudar a que cada uno se abra a la palabra que ya lo habita “abundantemente” y beba de su pozo, sacando cuando haga falta sus propias conclusiones, de acuerdo a lo que el mismo Espíritu le enseña de la verdad en cada momento oportuno. En este caso, al detenernos en Teófilo, en aquel “para quien Lucas ha decidido escribir”, buscamos sentir y gustar el espíritu con que los amigos de Dios escriben y meditan. De allí la importancia del primer paso de la oración –el encuentro con el Señor, el entrar en su presencia para que nos mire, poniendo nosotros algún gesto. De allí también la importancia del último paso de la oración –lo que San Ignacio llama el “coloquio”-, en el que uno puede hablar con el Señor “como un amigo habla con su amigo”. Se habla de lo que pasó en esa oración, fijando lo que se quiere que quede, como renovación de alianza.

Narrar los acontecimientos teniendo en cuenta el comienzo y el final

En los encuentros entre amigos se habla de “lo que pasó -de los acontecimientos”-. Y en ellos es importante recordar y narrar bien el comienzo y el final.

Esto es lo que hace Lucas, si nos fijamos bien: “Narrar los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra”.

Con los amigos importan mucho el comienzo y el final. Lo del medio se deja al Espíritu y por eso la charla es libre, se “improvisa”, digamos. Pero el encuentro entre amigos se prepara, se prepara el primer gesto, lo primero que uno quiere que el otro sienta al entrar en casa. Se arreglan las cosas de cierta manera, se pone algo significativo sobre la mesa. El Papa Francisco es un maestro en esto de “preparar” las cosas para que lo primero que uno vea sea algo que se va a llevar (ahora el sobre con los rosarios) o “aparezca” fácilmente algún libro o alguna estampa de la que quiere hablar o que hace ver que ha pensado en nosotros en ese tiempo. 

Y se prepara también el final, lo que se quiere que quede del encuentro, en el que van juntas las cosas que uno preparó y lo que surgió en el diálogo. 

En el primer “encuentro” oficial con su pueblo, Jesús elige su sinagoga de Nazaret y no un lugar público de la capital, Jerusalén, por dar un ejemplo. El Señor elige su capillita de barrio y allí el gesto inicial es el de pasar a leer como solía hacer. Es un gesto importante este de comenzar con la Palabra y, sobre todo, con el texto profético de Isaías que promete al Ungido, nada menos. Pero es importante que lo haga rescatando lo que en su vida este gesto tiene ya de encarnado. Jesús venía leyendo desde hacía años… 

Entre amigos, cuando uno tiene que elegir algún gesto, suele elegir algo que viene haciendo, algo propio suyo. Y es el nuevo acontecimiento lo que da su fuerza al gesto habitual. Aquí Jesús lo une con eso de que: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Esto es lo que quiere dejar marcado, que se cumple “hoy”: hoy en el sentido de que la Palabra es real, es Palabra viva, y hoy en el sentido de que esa Palabra, que él viene leyendo desde hace tiempo, inicia algo nuevo a partir de ese momento. 

Esto es también propio de la amistad: comenzar tiempos nuevos, hacer de ritos antiguos, ritos nuevos. Para otros, por ejemplo, rescatando gestos que harán bien a los hijos o a un nuevo ámbito apostólico que se abre. La amistad ha mantenido en el rescoldo esos gestos y ahora encienden otros fuegos sin problemas, porque están vivos.

Hoy hablaba por teléfono con un amigo que está en los comienzos de su sacerdocio y, como lo han operado porque se rompió un tendón jugando al fútbol, yo le solté un: “Fuerza! que de joven uno se recupera más rápido. Y él, ni lerdo ni perezoso me retrucó con otro: “Fuerza! que de viejo se aguanta mejor”. Me encantó el retruque. Me hizo sentir que está bien sembrada la amistad y que da frutos de diversa estación. 

Diego Fares sj

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Roma, 24 de diciembre, 2021

Queridas Hermanas del Niño Jesús, 

La Pascua de nuestra querida Juliana a la casa del Padre me mueve el corazón compartir con ustedes algunas cosas lindas que hemos vivido con ella en este momento tan especial y que Juli deseaba con verdadera Fe: encontrarse con el Padre, con el Espíritu Santo, de la mano de Jesús y la Virgen, San José y su querido San Juan Bautista. Sabemos que ella ya deseaba partir, aunque vivía contenta su misión aquí, en las cosas de la amada tierra. Quedé contento de lo que me ha dicho Elisa, que partió en santa paz y rodeada de la oración de de todas ustedes, de todas las hermanas que acudieron su lado cuando vieron que estaba mal. 

Me imagino su entrada al Cielo llena de exclamaciones al ver a tantos amigos que le habrán salido al encuentro, comenzando por sus familiares y por toda la gente de El Hogar de San José y del Comedor. También me la imagino encarando para el lado de la cocina, para ponerse a ayudarle al Señor con el banquete celestial. 

Lo primero que me nace del corazón después de haber acompañado espiritualmente a Juliana durante muchos años – casi desde que nos conocimos allá por el 95 -, ya que ella o ella venía charlar conmigo o iba yo a charlar con ella – y siempre hemos mantenido mantenido un contacto espiritual fuerte. 

MUJER DE ORACIÓN

Lo primero, decía,  es mi testimonio de que Juliana era y es una mujer de oración. 

Cuando Juliana decía “unidos en la oración”, acá en esta tierra y ahora con ella desde el cielo, no era una frase hecha sino algo que ella vivía con mucha intensidad. Juliana reza hablando con y de las personas “como si presentes se hallasen” como dice Ignacio. Verdaderamente se unía a los que quería rezando, rezaba con rostros y nombres de personas concretas y de situaciones también concretas por las que había que agradecer o pedir o discernir. 

Su oración era y seguirá siendo una oración metida en la vida. La Juli rezaba con las cosas universales de la Iglesia y las nuestras de cada día en una charla muy familiar con el Señor. Estaba mucho ante el santísimo donde iba a presentarle al Señor su agradecimiento, sus quejas y lamentaciones, todo con mucha frescura y sinceridad. Señor me pasa esto, Señor, por qué aquello. Una oración metida en la realidad. 

Me acuerdo una vez me que me contaba su diálogo con uno que le había venido a arreglar la caldera, porque hacia días que estaba rota. El hombre, muy piadoso, empezó ha hablarle de la Trinidad y a preguntarle. Ella le respondió con cosas del catecismo, pero como el buen hombre seguía, ella le salió con : “Bueno, ya charlamos, ahora menos Trinidad más calderta,  que yo la necesito caldera porque se me se me enfrían las pensionistas. 

«Menos Trinidad y más calefón”. Por ahí iban sus oraciones de contemplativa en la acción.  Yo siempre me reía porque ella decía que tendría que haber sido contemplativa. Yo  le decía que “estaba a tiempo” y nos reíamos porque ella agregaba que no habría aguantado dos minutos encerrada. Juliana era una  contemplativa en la acción, veía a Dios en todas las cosas; era una mujer de oración de alabanza y unión con Dios pero sobre todo una oración de discernimiento.  Se animaba a plantearle al Señor todo lo que pasaba y  buscaba la voluntad de Dios. Juliana rezaba “como era ella”, con virtudes y defectos. No se ponía el hábito de otras espiritualidades para rezar como si la oración fuera una “parte” de su vida, sino que su oración era “toda su vida y su persona”. Charlaba con nuestro Padre y con el Espíritu Santo (a la madrugada, al abrir la puerta de Hipólito Yrigoyen decía que el airecito de la mañana era el Espíritu Santo y ya con ese respiro tenía aliento para el trabajo de todo el día.  “El vientito del Espíritu Santo que sopla por la calle Hipólito Irigoyen! Nada menos.

Mujer de oración comprometida. Rezaba por la gente que le pedía y la gente sabía de esto y por eso le confiaba sus penas e iba a charlar con ella con cualquier excusa, porque sabía que no solo aconsejaba bien, sino que escuchaba mucho e intercedía por los que se lo pedíamos. 

Un ejemplo lindo de eso sencillez y veracidad en la oración es una cartita que le mandó al Papa que la había llamado por el cumpleaños. Que sencilla y linda!

Al Obispo de Roma

Papa Francisco

Querido Padre:

Espero que estés bien, llego hasta usted para agradecerle su delicadeza a través del Padre Diego en el día de mi cumpleaños. ¡¡¡Gracias!!!

Muchas cosas quisiera decirle, pero lo hago a través del Señor en la oración. “Rece por mi”.

 Un abrazo grandote y unión de oración

 ¡Muchas gracias!

 Hermana Juliana

MUJER DE TRABAJO

Si hay algo que Juliana hizo todos los días su vida fue trabajar. Me acuerdo un día en que estábamos charlando no me acuerdo de qué y a ella como que le cayó la ficha de una revelación ( de esas en las que uno comprende algo muy hondo de su vida) y me dijo: Al fin y al cabo, la verdad es que yo he sido toda mi vida una empleada. Una consagrada empleada. Empleada de cocina. 

Yo me admiré mucho por cómo lo decía, y le dije: ¡Como la Virgen! Y ella: “Sí, como la Virgen: la Servidora del Señor, la servidora de Isabel, la servidora en Caná. Me conmovió y me consoló esa alegría el que descubre que ha sido “un servidor que no ha hecho sino lo que tenía que hacer”. 

Juliana se especializó, me gusta decir- en “dar de comer al hambriento” que sigue siendo una obra de misericordia. Sigue siento la primera en un mundo con hambre. Todavía hay gente que discute, no lo de dar de comer, sino el cómo” (como como). Si los comedores sí o los comedores no, si un turno o dos, si el “denles ustedes de comer” nos involucra a todos o a algunos… Es como con los refugiados: si no se llega a la integración, no sirve. Pero también es verdad que si no se acoge primero -y largo tiempo- no habrá integración. La obra de misericordia sigue siendo la definitiva, esa por la cual el Señor nos tomará examen: me diste de comer o no me diste de comer. Y mientras muchos discutían y lo siguen haciendo, Juliana dio de comer todos los días y noches a unos cuantos cientos de personas.  La clave quizás está en algo que me contó. Resulta que alguien viéndola preparar la comida para el Hogar un domingo por la tarde, le dijo pero Hermana vos trabajás hasta los domingos y feriados. Tendrías que tener un día de descanso. Y la Juli le respondió: Y vos, comés también los domingos? Claro! Y algo un poco más rico! Bueno, los pobres también comen todos los días y los domingos les gusta comer un poco más rico. 

“Los pobres comen todos los días”. La Juli tenía claro que los pobres también le gusta comer todos los días y si es algo rico, mejor!

MADRE

Entré por la oración y por el trabajo que han sido dos cualidades muy de ella, para entrar en su corazón de madre. Allí está  el secreto de su oración comprometida y concreta y de su trabajo incansable en las obras de misericordia: todo nace de un corazón de madre. Juliana me confiaba que no sabía por qué la gente venia y le contaba sus cosas. Y yo le decía que era la sentíamos madre: las penas grandes y las alegrías las compartíamos con ella como con nuestra madre.  Uno se decía “esto lo tengo que charlar con Juliana”. Me acuerdo como si fuera hoy el día en que eligieron papa a Jorge y yo estaba rezando en mi pieza. Sentí como que alguien me arrancó de la pieza y me hizo ir rápido a lo de Juliana. Celebramos misa los dos solos y en agradecimiento por el Papa. Teníamos que celebrarlo juntos. La gente de en situación de calle siempre ha sabido que en ella tenía una madre que se preocupaba por ellos y por eso acudían a ella.

Una amiga y compañera de camino de trabajo y de misión

Siempre sentido a Juliana una amiga. Trabajamos codo a codo por más de veinte años en todo lo que era compras y comida y doy testimonio de que sin el trabajo de Juliana y de todo el apoyo de las Hermanas del Niño Jesús, no hubiera podido existir el programa social que se fue desarrollando en el Hogar. Hemos sido amigos, hemos compartido una visión también de las cosas, que no siempre se comparten, y la más importante es el deseo de institucionalizar el Hogar y nuestro trabajo en interparroquial e intercongregacional. Juliana y yo queríamos  que la congregación  y la compañía adoptaran el Hogar como institución propia. Siempre costó. La verdad es que a en nuestras órdenes y congregaciones religiosas hay obras que antes de tener digamos así una (1) persona a la que ayudan, ya tienen oficina, escritorio, compu, página web y cuenta en el banco. El hogar, en cambio, nació al revés: nació dando de comer en Regina cuando no tenía ni tablones para que la gente se sentara a la mesa. Y fue creciendo de acuerdo a la necesidad de la gente convirtiéndose en Hogar, en Cooperativa, en talleres de tantas en tantas cosas lindas que se hacen. Pero, como digo, cuesta institucionalizar. Como que a los pobres siempre los tenemos y como que está es obra tuya. Y no es así, no es así, Juliana siempre fue mujer institucional, eso no significa que cuando había que meter mano y tomar la iniciativa porque que otros no se movían, ella decidía y actuaba. Pero no por cortarse sola sino por el bien de los pobres, el bien de cada día. Y el que cuida del pan de cada día cuenta con la bendición del Padre. 

Pero fue siempre una mujer de institución, de congregación, digamos así, hasta el final. Esto lo digo aquí porque me da pena que muchos se pierdan lo más lindo que hay: que no es solo “dar de comer al pobre en la puerta” sino integrarlo en la propia institución, con título de ciudadanía. 

Mujer de iglesia

Y siempre tuvo un cariño y un respeto especial por los sacerdotes. Juliana siempre ha sido madre de nosotros los curas con especial dedicación. Y como buena madre, sabía decir las cosas también cuando había que dar un tirón de orejas o una buena patada en el trasero. Mujer de iglesia y con el papa Francisco doblemente alegre ya que su devoción y cariño para el papa era por un papa amigo que la quería mucho, un papa cercano. Que así escribía de ella – de su ternura laboriosa- , con motivo de los 10 años de El Hogar de San José:

Rvdo Padre DIEGO J. FARES s.j.

Sarandí 65 – 1081 –Buenos Aires

Querido Diego:

El próximo día 27 el Hogar de San José cumplirá 10 años. Aquella noche durmieron allí, por primera vez, un grupo de hombres. Desde entonces, todos los días, se repite esa historia de projimidad, de amor.

Muchos se han acercado para ayudar en el trabajo y han aprendido a servir a esos hermanos nuestros, a contemplar en sus rostros el rostro del Señor. Se ha formado una comunidad que ha logrado superar el mundano esquema de «asistentes-asistidos» optando siempre por reconocerse ambos en la persona de Cristo, por incluirse todos en la marcha del pueblo fiel de Dios, proclamando el amor y la ternura del Padre. Y, hablando de ternura, no quiero dejar de mencionar la ternura laboriosa de la Hermana Juliana, quien merece ser llamada «la madre» del Hogar de San José.

A vos y a todos los que forman esa Comunidad de amor y ternura les hago llegar mis felicitaciones por este nuevo anirversario; les agradezco todo el bien que hacen en la Arquidiócesis y –por favor- les pido que recen y hagan rezar por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosamente, 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

Algunas de las fotos más significativas (entre otras cien)

Con Donato, pasándole la «consegna»
Entre amigos
Julliana «pispeando» cómo habían quedado las piezas luego de un arreglo

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Levantándose María en aquellos días 

se encaminó con premura y prontitud 

a la montaña, a un pueblo de Judá (Aim Karem)

y entró en la casa de Zacarías 

y saludó a Isabel. 

Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María

exultó el niño en su seno, 

e Isabel quedó llena del Espíritu Santo, 

y levantó la voz con gran clamor y dijo: 

– ¡Bendita tú entre las mujeres 

bendito el fruto de tu vientre! 

¿De dónde a mí esto: que la madre de mi Señor venga a mí? 

Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, 

exultó de alegría el niño en mi seno. 

Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente 

las cosas que le fueron dichas de parte del Señor ( Lc 1, 39-45).

Contemplación

            Contemplamos a las dos mujeres del evangelio de hoy –María e Isabel- centrando nuestra atención con sencillez en sentir y gustar cómo se da en ellas, de manera desbordante, la experiencia de una gran alegría en la fe. Hemos visto en meditaciones anteriores cómo el tiempo del Señor nos ‘hace’ a nosotros, nos va configurando el corazón con su Palabra buena, cuando nos ponemos en oración. Hemos señalado esa experiencia honda de ser personas que miran hacia adelante, porque estamos hechos de tiempo futuro. Nuestra experiencia más definitiva del tiempo es la de que el tiempo nos viene, nos adviene. Y por eso el tiempo de adviento, en que se nos anuncia una buena noticia, es algo propio y constitutivo de nuestro ser humano. 

También hemos reflexionado acerca de cómo el bien, cuando siendo buenos lo hacemos bien, nos modela no solo nuestra acción, sino también nuestros sentimientos y nuestro modo de ser. Al no maltratar los límites, al hacer bien el bien, encontramos el ritmo alegre de Jesús, “que pasó haciendo el bien”, a cada uno según sus posibilidades y en el momento oportuno.

Hoy vamos a contemplar en María e Isabel cómo todas estas alegrías provienen de la fe, del anuncio de la fe, de la oración de alabanza que brota del corazón de quien cree, del bien que la fe pone en práctica con obras de amor. Vuelve a resonar la consoladora exhortación de Pablo a los filipenses: “Alégrense en el Señor en todo tiempo. Se los repito: Alégrense. El Señor está cerca (Filip 4, 4).

Miramos a María, lo que hace

Lucas nos muestra a María en acción: lo que hace apenas ha recibido en sí la Palabra: Levantándose María en aquellos días se encaminó con premura y prontitud a la montaña, a un pueblo de Judá, entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Estamos ante una persona que “hace bien el bien”, sin retaceos ni tardanzas: con premura. La palabra “premura” concentra toda la acción. “Spoudes” se traduce a veces como diligencia, prontitud, (“prestos y diligente para obedecer”, diría Ignacio), pero premura tiene un matiz de cariño, del apuro de quien obra por ternura y no por ninguna exigencia o acelere de tipo eficientista. María se levantó y se puso en camino con premura porque enfocó la persona de su prima y amiga, mujer mayor embarazada, a la cual podría hacer el bien y que sabría comprenderla a ella.

Escuchamos a María, lo que dice

¡El saludo de María! ¡Cómo hay gente linda que saluda bien! Siempre digo que los pobres saludan mejor, quizás porque tienen tiempo, o porque solo tienen eso para ofrecer… Saludan bien y aprecian un buen saludo, de esos que dignifican. 

Saludar en Navidad a nuestros comensales del hogar, luego de la pequeña fiesta que compartimos con ellos, con algunos cantos y regalitos, fue siempre un momento importante para todos y muy movilizante. ¡Es tanto lo que cada uno comunica, da y recibe, en ese apretón de manos y en esa mirada a los ojos, que golpea! Golpea porque los pobres son gente “poco saludada”, “poco saludada bien desde hace tiempo”. Y el agradecimiento y el amor que uno siente en cada saludo es muy grande y sincero.

¡Cómo saludaría entonces María, Ella, ¡La Saludada por el Ángel! En Ella, pobre y pequeña, la humanidad entera que andaba “en la calle”, expulsada del paraíso, volvió a ser saludada por Dios nuestro Señor. Y María, que recibió el saludo en nombre nuestro (y no se escondió como se escondieron Adán y Eva) –ese “salve” que es “Alégrate”- , sabe comunicárselo a cada uno de sus hijos. Ella nos saluda bien, como nos saluda Dios, nos hace sentir personas: recibidos, bienvenidos, visitados. Por eso la gente va a Luján, a sus santuarios: porque allí Ella los saluda bien.

María está contenta –contenida, como dice L. Castellani, en la fábula Estar contentos; como el surubí en su laguna, esperando la crecida que lo lleve de vuelta al río caudaloso del que fue sacado-. María está contenta porque contiene la Palabra y la Palabra que guarda en su interior la contiene a Ella. De esa alegría contenida brota esta intensidaden sus encuentros, este bastarle un saludo para que la otra persona quede “llena del Espíritu Santo”. 

Miramos a Isabel, lo que dice “a voz en cuello”

Martini tiene “una estampa conclusiva” en su libro Por los senderos de la visitación, que pinta el misterio de este encuentro con las palabras de Isabel: “Porque apenas oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno”. Dice Martini: “El efecto positivo de la relación pastoral auténtica (está hablando de la dirección espiritual) es parecido al efecto de la voz de María: se despierta lo que hay de más vivo en cada persona. Es, por tanto, una relación que quiere con todas las fuerzas el bien del otro, y lo obtiene; y que, después, se refleja en un Magníficat por aquel que lo ha otorgado. María, después de que su saludo surtió el efecto de dar alegría, expresa dicha alegría en un canto magnífico; vive la alegría de esta relación de ayuda que supo proponer con simplicidad a Isabel”. Hermoso texto. Dicho “en blanco” como decía las cosas Martini, que salían ya para imprimir. Él ha sido uno de estos que ha sabido “saludar” y decir las cosas de Jesús de manera tal que siempre “despierta lo que hay de más vivo en cada persona”. ¡Que María te salude, hermana, hermano, y que despierte lo más vivi que hay en ti! 

Así, la alegría del Anuncio que nos “adviene”, que nos visita con María, consiste en este “despertar lo que hay más de vivo en nosotros, en tocar la fuente y hacerla que “salte hasta la vida eterna”. En el Hogar reflexionábamos mucho acerca de este recibir bien –cálidamente- a nuestros huéspedes, especialmente desde que en las entrevistas que se les hacían surgía como valor prioritario para ellos, como lo más apreciado del Hogar –mas que la comida o la ropa, por ejemplo-, el buen trato. 

Es el “de dónde a mí que se me trate así de bien” que Isabel le expresa a María, y que expresa eso más hondo que siente todo ser humano cuando es bien tratado, con dignidad. María es la que ve que Dios enaltece, “alza de la basura al pobre” como dice el Salmo, y eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, los colma de cariño, de buen trato, de igualdad, de creatividad, de participación. Ella canta al Dios que enaltece y por eso los pobres no le acercamos con tanto cariño.

Que María te enaltezca a esa altura justa, que es la tuya, que no te hace estar ni más alto ni más bajo de lo que es tu carisma y tu realidad. 

Miramos las personas

Contemplamos a Isabel y a María como personas: personas creyentes, involucradas totalmente en lo que creen. Isabel es la que hace conscientes los efectos positivísimos del saludo y de la visita de María y concentra todoen esa bendición a la fe de nuestra Señora: “Bendita la que creyó y dichosa, porque se le cumplirán plenamente las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”.

¡Bendita la que creyó! ¡Dichosa la que creyó! ¡Plena la que creyó! Esta es la dicha que suscita creer, adherirse a la Palabra con toda nuestra persona. La fe hace que nuestra memoria quede rebosante de las bendiciones recibidas, que nuestra conciencia del presente sea dichosa, no angustiada, que nuestra mirada al futuro se sienta con esperanza de plenitud.

Que con María te animes a decir “feliz de mí porque creí”.

Nos miramos a nosotros en Isabel

Al bendecir a María con esta bienaventuranza, Isabel nos representa muy bien a todos nosotros. ¿Por qué digo esto? Porque Isabel le bendice la fe desde la experiencia de no tener tanta fe. Seguramente ella había conversado con Zacarías su marido –o más bien este le habría escrito las palabras del Ángel- acerca del reproche por no haber creído: Te quedarás callado, no podrás hablar hasta el día en que se verifiquen estas cosas, porque no diste fe a mis palabras, que se cumplirán sin embargo a su tiempo” (Lc 1, 20). Ellos, que habían esperado tanto la buena noticia de un hijo, cuando se les anunció, Zacarías no pudo asimilarla de entrada, le faltó la perspectiva que da la fe. La noticia lo superó, no pudo con ella. Y por eso se le mandó quedarse callado, hasta que la palabra se cumpliera. 

Así, la bendición que brota del corazón de Isabel expresa lo que sentimos todos: que nuestra fe es pobre, que nos falta perspectiva para ver las cosas con los ojos de Dios, que pedimos y ansiamos signos y cuando los tenemos ante los ojos no lo podemos creer… Poca fe, es verdad. Pero también es verdad que sabemos alegrarnos cuando alguien tiene mucha fe. Y esto no es poco. Con Isabel compartimos esa sana alegría por la fe de María, ese ¡menos mal que la tenemos a Ella!, ese ¡gracias a Dios que Ella es parte de nuestra raza humana!. Pero ¿por qué decimos esto? ¿Qué significa que Isabel le bendiga la fe a María? ¿Por qué es bueno para nosotros que alguien como ella crea? Es que a la fe se la puede considerar desde muchos puntos de vista: como un don que se le regala a María en grado sumo y que ella acepta y cultiva con actos de amorosa obediencia y de entrega total a la voluntad del Padre… Pero si es la fe de ella ¿en qué nos beneficia a nosotros?  La dicha de creer implica una manera de vivir el tiempo. 

El tiempo es algo que todos compartimos. Cuando uno ve a alguien que cree y ve cómo se le cumplen las cosas, uno no solo se alegra por el otro, sino que se ve arrastrado a su tiempo bendecido y es contagiado por la fe que mueve al otro, le vienen deseos de creer así y eso ya es un gran beneficio. Alegrarse de que otro confíe más, de que otro tenga una mirada más amplia que la mía, es ya tener fe! Se parece a eso que Ignacio llama “tener deseos de deseos”. Si uno no termina de desear un bien, Ignacio le pregunta si al menos tiene deseos de desearlo, y así se liman las asperezas de una formulación demasiado fuerte para alguno. Deseos de deseos puedo tener siempre. Alegría por la fe de María, también. Y a Ella le basta con eso para hacer todo lo demás. Para compartirnos su alegría y contagiarnos su esperanza. 

La fe, decimos, tiene que ver con una manera de vivir el tiempo. Uno capta y valora cuando ve a alguien cuya mirada se despliega lejos hacia el pasado con memoria agradecida y cuando escudriña el futuro con esperanza, sin quedar atrapado en lo coyuntural. Uno lo valora porque siente que esa mirada es más verdadera que la que está atada a lo inmediato. Nuestro Dios es un Dios Rico en tiempo, como dice Menapace, y su particular sentido del tiempo solo lo va comprendiendo el que tiene fe o el que sabe alegrarse con los que tienen más fe. ¿No es una linda definición de la Iglesia esta?: somos gente que se fía de la fe de otros que, porque la tuvieron mayor, amaron más y dieron testimonio con su vida.

Hablando del tiempo de Adviento, decíamos que lo más constitutivo del tiempo humano es “el tiempo que viene”. Ahora bien, este venir del tiempo es triple: 

nos viene del futuro, es cierto, 

pero también del pasado,

y muchas veces nos adviene como desde arriba, en el presente más puntual, como acontecimiento de pura gracia que se nos da en un instante, como si la Eternidad se abriera un momento y o bajara o nos subiera.

Así, la fe, lo que llamamos “creer” se despliega enseñoreándose del tiempo humano –pasado, presente y futuro- y nos abre la puerta al Tiempo de Dios.

Memoria agradecida del pasado

La fe se despliega hacia el tiempo que nos viene de nuestro pasado como memoria agradecida. Creer es una manera de mirar el pasado, una manera de vivir lo que nos viene como recuerdo haciéndolo entrar por la puerta del corazón, anudando lo que pasó con la acción de gracias y la oración de alabanza. 

El que cree adopta una hermenéutica (una manera de interpretar) que parte siempre del agradecimiento y de la alabanza, nunca del reproche ni de la queja. 

Para el que cree, el pasado es como un océano en el cual uno puede pescar, sin que se agoten nunca, gracia tras gracia, maravilla tras maravilla de lo que obró el Señor en la historia. ¡El Señor hizo en mí maravillas! Esa es la hermenéutica de María al contemplar su vida pasada y la de todo su pueblo: ¡Feliz de mí, porque el Señor ha hecho grandes cosas en mi vida! 

¿Quién es la persona que habla así? La que dice esto es una humilde muchacha de pueblo que ha vivido menos de veinte años. ¿Qué son esas grandes cosas que ha hecho el Señor en ella? ¿Se puede hablar de grandeza en una vida que recién comienza? Es que la memoria de María no se limita a sus jóvenes años de vida, la memoria de María se extiende mucho más atrás, es capaz de descubrir la misericordia de Dios como algo que se viene expandiendo de generación en generación. Así como Abrahám “saludaba de lejos las promesas” y se alegraba en esperanza viendo anticipadamente el tiempo de Jesús, así María se alegra retrospectivamente y su alegría llega hasta el tiempo de Abraham y lo saluda desde el futuro.

El “hágase en mí” de María tiene como trasfondo la otra frase: “Hizo en mí maravillas”. Si María puede acoger la Palabra y dejar que se haga en ella algo tan grande como la Encarnación, es porque ha ido dejando que esa misma Palabra “haga maravillas” a lo largo de toda su vida. Esta memoria agradecida trabaja a ritmo de Magníficat: engrandeciendo a Dios y empequeñeciéndose a sí misma. De aquí brota la oración de Alabanza al Dios que se le dona en las maravillas que hace en su vida pequeñita y en la de su pequeño pueblo. 

Memoria esperanzada del pasado

María se sabe y se siente bienaventurada y tiene la certeza de que los demás la verán también así: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque El Señor ha hecho en mí maravillas”. Y si ve con esta esperanza el futuro es porque su fe está anclada sólidamente en lo profundo de un Dios que está presente y activo en su pasado, por eso puede hablar así. El suyo es un Dios vivo que cuando uno lo recuerda se activa y hace surgir cosas nuevas. 

¡El misterio del pasado! Lo nuevo de Dios no viene solo del futuro sino también del pasado. Podemos tener esperanza del pasado también, esperanza de que las cosas hayan sido distintas a como las ve a veces una mentalidad superficial, o amargada o escéptica. Tantos bienes están encerrados en nuestro pasado, tanto hemos recibido que no nos bastaría la vida para agradecer, aunque no pudiéramos vivir ni un minuto más de ahora en adelante. 

Me puedo preguntar: ¿Sé alegrarme imaginando cómo se alegraron mis abuelos cuando me soñaban a mí, aún sin conocerme, cuando sembraban para que cosecharan sus nietos? Bueno, María tiene la capacidad de soñar hacia delante y hacia atrás recogiendo en su alabanza los sueños de todos los abuelos y de todos los nietos. El Magnificat se pasea por los siglos cantando y alegrándose desde una profundidad que brota de una cualidad de la fe propia del presente y que es el “guardar la Palabra”.

Memoria que guarda la Palabra en cada acontecimiento presente

Maria sabe guardar la Palabra en el corazón. Guardar la Palabra implica una fe que guarda la Palabra entera, la guarda íntegramente. No guarda sólo lo que comprende ahora, no guarda sólo lo que puede poner en práctica. María guarda la Palabra igual a como guarda y cobija al Niño Jesús de carne y hueso. En el pasaje del Niño perdido y hallado en el templo se nos dice explícitamente que “María no comprendió” pero que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. Este guardar es una actitud explícitamente bendecida por el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído (los que han guardado mi Palabra)». 

Guardar la Palabra implica saber esperar a que la Palabra se cumpla en lo cotidiano de cada día y en el futuro, tanto en el más próximo como en el más lejano. Isabel la bendice por esta esperanza: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Guardar la Palabra implica una actitud de discípula, una actitud como de quien no posee la Palabra, sino que tiene que buscarla y seguirla cada día, en cada situación. Debe rumiarla y saborearla para poder ponerla en práctica, y luego reflexionar. El Señor bendice esta actitud de discípula de su Madre cuando dice “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Al guardar la Palabra se produce un efecto milagroso, como el que se da al comulgar: no es uno el que asimila al Señor, sino que es Él quien nos asimila a nosotros y nos hace Cuerpo suyo, Iglesia, comunidad. Así también sucede con la Palabra: no es que uno la guarda, sino que ella nos guarda a nosotros, nos hace entrar en su profundidad, habitar en ella: vivir en la verdad, como dice el Señor. Y no vivir tironeados sólo por las noticias del día.

En la formulación ignaciana de lo que significa “guardar la Palabra” se trata de “guardarla contemplando y obedeciendo con reverencia amorosa”. Esa es la gracia de la fe que nos hace “contemplativos en la acción”. No en cualquier acción nuestra, sino  la acción que pone en práctica, obedientemente, la Palabra que uno contempló y acogió en la fe en su oración cotidiana. Como hace María –preñada de la Palabra- al ir con premura a servir a Isabel.

Diego Fares sj.

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Pesebre peruano de la región de Huancavelica en Plaza san Pedro

La gente le preguntaba a Juan: 

– «¿Qué debemos hacer entonces?» 

El les respondía: 

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; 

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.» 

Algunos recaudadores de impuestos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:

– «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 

El les respondió: 

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley» 

A su vez, unos militares le preguntaron: 

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» 

Juan les respondió: 

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.» 

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: 

– «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

¿Qué debemos hacer mientras esperamos al Señor que viene?

¿Qué debemos hacer…?

Tres veces se repite la pregunta y en el evangelio esto significa que es una pregunta importante. Por tanto, la hacemos nuestra en este tiempo de Adviento y le vamos preguntando a Juan el Bautista, a San José, a María, ¿qué debemos hacer para recibir bien la Navidad?

La respuesta es sencilla en cuanto al deber fundamental: debemos hacer el bien.  Debemos “hacer bien el bien” -hemos dicho alguna vez-. Y agregamos: tenemos que “ser” buenos. 

Me gusta traer aquí una contemplación que nos hizo Bergoglio siendo nuestro Provincial o Rector en los años 80 que se llama:

Ganas de ser buenos

“El tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad, da densidad a la esperanzadel pueblo fiel de Dios actualizando esa paciente espera de siglos. El Señor está cerca. El Señor vendrá. El Señor es bueno y nos visitará. 

Yo quisiera pediros que, en estas semanas, volvamos nuestro corazón hacia el naciente, esperando con ilusión y vigilancia la venida del Sol de Justicia, Cristo nuestro Señor.

Esta esperanza tiene ya su realización, porque creemos que ya «se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres» (Tit 2,11) y sabemos que «se manifestó la bondad de nuestro Dios Salvador y su amor a los hombres» (Tit 3,4).

La Bondad de nuestro Padre del cielo se nos impone en el misterio de la Navidad. Es probable que la gracia más obvia que se nos regale cuando contemplemos el pesebre sea las ganas de ser buenos. 

Cuando Jesús contesta al joven: «Nadie es bueno, sino Dios», le está diciendo cuál es el origen de toda bondad y nos está enseñando un camino para ser buenos: dejarnos empapar por el insondable Misterio de la Bondad del Padre.

Pueden faltar muchas virtudes, pero no la bondad

No estuvo ausente del pensamiento de san Ignacio el deseo de que sus jesuitas fuesen buenos, y así, hablando del superior, llega a decir: «Y si algunas de las partes (toda una lista de virtudes y cualidades que debería tener un padre General) arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía.

Basta leer las Constituciones de la Compañía para comprobar cómo privilegia, para misiones delicadas, un tipo de hombres que reúnan «discreción y bondad», en otros casos «juicio y bondad» o «letras y bondad».

Para consolidar el Cuerpo de la Compañía en la unión de superiores y súbditos habla: «Así que la caridad, y en general toda bondad y virtudes con las que se proceda conforme al espíritu, ayudarán para la unión de una parte y de otra». En síntesis, todo esto no es sino un reflejo de su asombro frente a «la suma Sapiencia y Bondad de Dios nuestro Criador y Señor».

La bondad de Jesús es la que describe Pablo en 1 Cor 13

Acercarse al pesebre es acercarse al misterio de la Bondad y esto resulta purificador, porque allí se encarna la Bondad suma: en Jesús se realiza lo que expresa san Pablo acerca de la caridad (cf. 1 Cor 13).

Jesús es el paciente y el servicial. 

El que no conoce la envidia,

no se deja morder por la tentación de la jactancia y el engreimiento. 

Y es tan sobrio, que no busca su interés, 

no se irrita,

no toma en cuenta el mal, 

no se alegra de la injusticia 

y se alegracon la verdad. 

Jesús todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La Bondad de Jesús no tiene límites y no conoce ocasos.

Ser buenoS

Por eso, para encontrar la respuesta a la pregunta “qué debemos hacer” y,  lo que es también importante, “cómo lo debemos hacer”, el secreto es acercarse al Pesebre. Ante el pesebre se estrellan tantas cosas nuestras que quizá brillaban mucho o las creíamos importantes, ¡firmes! Pero a veces, ese brillo, esa importancia y esa firmeza no tienen otro fundamento que el tremedal de nuestras ambiciones, las que decaen ante quien no temió anonadarse hasta la muerte y muerte de cruz.

La fuerza del pesebre es hacernos caer en la cuenta de quetodo verdadero sustento –el ser cimentado sobre piedra de que nos habla el Evangelio– tiene un rumbo distinto. Y no otra cosa nos dice san Ignacio: no vale tener letras sin bondad, no vale el discernimiento sin bondad, no vale el juicio si no está lleno de bondad. El rumbo que nos marca el pesebre es otro que el inspirado por nuestra ambición. 

Es el camino que da vida y no muerte.

Es el camino de la verdad y no del engaño. 

Los Reyes cambian de rumbo y salvan la vida del Niño, porque ya antes el mismo Niño los había salvado del engaño de Herodes indicándoles el cambio de rumbo en sus vidas.  Los Reyes son arquetipos de la fe porque creyeron más en la Bondad de Dios encarnada en el Niño que en el brillo aparente del poder. Los Reyes depusieron todo razonamiento para regalar lo mejor de sí a Quien les había hecho el regalo sin precio: el de la fe. Fe y piedad se vuelven indisolubles frente a la suma Bondad que «de Criador es venido a hacerse hombre» (EE 53).

Pesebre y Cruz: acrecentar las ganas de ser buenos

Acrecentar las ganas de ser buenos supone dejarnos convocar por la fuerza de este misterio de Bondad sabiendo de antemano que toda Bondad que desciende de Dios se fundamenta y consolida en una cruz. 

Por ello nos hará bien dejar quenuestros ojos se carguen de contemplación mirando y considerando lo que pasa en el pesebre. Dice Ignacio en los Ejercicios: «El caminar y trabajar (de San José y María), para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y a cabo de tantostrabajos de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí» (EE 116).

En el pesebre nos visita la Bondad y nos habla. Que nuestra Señora –un poco como hacen las mamás con los chicos– nos restriegue los ojos y nos limpie los oídos para que podamos ver y escuchar ( con el corazón). 

Jorge Bergoglio (Navidad, años 70-80).

Al Pesebre se lo contempla desde lo hondo del corazón: desde el afecto, que responde a lo que contempla acrecentando las propias ganas de ser buenos.

Al Niño en el Pesebre lo contemplamos de veras si no somos meros expectadores, sino gente que se hace como un esclavito indigno -dice Ignacio- y se pone al servicio de María y José para ver qué necesitan para el Niño Jesús.

La contemplación es más que un ver con la inteligencia. Los sentidos espirituales nos abren a “ver con el corazón”, que es un ver muy distinto al solo ver. Ver con el corazón como un padre o una madre contempla a su hijito. Cuánto amor se transmite a través de los ojos! Cuantos deseos de ser mas tiernos, más atentos con ese bebé, cómo se dilata el corazón imaginando mil maneras de hacer sentir el cariño al recién nacido… Todo esto tan humano es lo que el Espíritu supone, asume, perfecciona y bendice con su gracia para que crezcamos en la oración contemplativa.

La contemplación tiene un doble movimiento: se mira, se “siente y gusta” lo que se ve y cuando esta visión nos conmueve y dilata nuestro corazón, acrecentamos nuestro deseo, nuestras ganas de ser buenos. Luego, volvemos a mirar el pesebre y a acompañar -agradeciéndola y pidiendo más- la dilatación de nuestro corazón, que se trasunta en “ver” más, en “desear” más, en “imaginar y sentir” más. Así procede la contemplación afectiva y de corazón.

El Pesebre y los misterios de la vida oculta son elegidos por Ignacio como el lugar apropiado para aprender a “contemplar”. De aquí nacieron este “Contempl-acciones del Evangelio”. Contemplar la vida oculta, la niñez y la vida de familia de Jesús, es algo que podemos hacer de corazón. Con más afectos que preguntas solo intelectuales. La vida oculta es escuela de contemplación. Pero hay que estar atentos. Así como un bebé es lindo de contemplar, pero exige todo de nosotros, de igual manera la contemplación del Niño es exigente en cuanto exige que acrecentemos nuestras ganas de ser más buenos. Y esto sin medida y para con todo prójimo!!!

Diego Fares sj

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Estaba comprometida

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo:

– ‘¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.’

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada

y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– ‘No temas, María, ante Dios has hallado gracia.

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– ‘¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?’

El Angel le respondió:

-‘ El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.’

María dijo entonces:

-‘Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí según tu Palabra.’

Y el Angel se alejó  (Lc 1, 26-38).

Contemplación

Tomamos las primeras palabras que se refieren a María: estaba comprometida.

Lo primero que nos hace saber de Ella y de José el evangelio es que es que estában desposada (comprometidos).

Los vemos como  personas que han elegido estado de vida.

Su proyecto no es solitario sino comunitario:  y lo seguirá siendo toda la vida.

Llama la atención que Dios no se le manifieste “antes” de que se comprometa, sino por el contrario, en el tiempo especial que conllevaba el compromiso.

Puede hacernos bien quedarnos contemplando este tiempo del compromiso.

Quizás traer a nuestra memoria nuestro propio compromiso, matrimonial o de votos religiosos, y recordarlo de manera especial.

María y José estaban desposados, estaban en ese momento en el que uno compromete toda su vida con la de otra persona o con el Señor y su Pueblo, en el que uno decide ser del otro y estar con y para el otro para siempre.

Esta decisión ocupa un lugar muy fuerte en nuestra vida; un lugar tan central que acalla por un tiempo los otros deseos.

El compromiso es un momento muy especial: tiene sus ritos, tiene un lugar y un momento elegidos, consiste en unas pocas palabras en las que el amor se expresa con mucha intensidad y con mucho despojo.

Uno le dice al otro que ase compromete con el/ella y pone en medio dos anillos, un escrito … Y espera a que el otro responda, guardando la distancia, sin querer influirle –uno ya lo ha dicho todo-, deseando que el otro responda también con una palabra libre.

Recién después se sella la alianza con un gesto, y se comienza a planificar las cosas…

El compromiso es un momento de respetuosa distancia entre dos libertades y la libertad lo ocupa todo. Es un momento casto por excelencia, de amor no

Posesivo, como dice el Papa. Se necesita esa distancia para que las dos personas se “adueñen” y “entreguen” consciente y libremente ese amor que comenzó con el “arrebato” tan propio del enamoramiento

Pues bien, es ese tiempo de compromiso –que actualmente se da en la intimidad y que para los antiguos tenía ceremonias más solemnes y derechos y deberes establecidos públicamente- el que el Señor elige para meterse en la vida de María y de José. Y lo hace uno por uno, con cada uno a su manera, para que sea de verdad libre. No los junta a los dos no espera a que estén casados… lo cual quizás hubiera sido invasivo.

El tiempo del compromiso es un “kairos”, un tiempo de gracia. Es quizás el tiempo de mayor gracia en la vida humana, porque es el tiempo en el que dos personas hacen su alianza de manera única, libre y llena de amor, de esperanza y de fe en el otro. Allí nace la familia.

El Señor entra en la vida de ellos en el momento inmediatamente posterior al compromiso ritual, cuando cada uno está solo, pensando en que se comprometió.

Es un momento de mucha plenitud, que se disfruta también en un rato de soledad, antes de que comience todo a ser vida compartida.

Sobre esta base humana viene la propuesta de Dios: propuesta de un Hijo que será único y que les dará una fecundidad insospechada, ampliándoles el horizonte de manera impensable.

Jesús quiere encarnarse en una familia verdadera, en dos corazones que se aman y que quieren compartir la vida juntos.

Que la fecundidad inaudita de ser Madre de Dios plenifique de tal manera su relación que no tengan otros hijos propios para poder adoptar en Jesus a todos los demás (a nosotros). Que se mantengan castos es más por sobreabundancia que porque el amor de Dios necesite límites o renuncias que lo encaucen.

Es la fecundidad más grande, la que se da toda de una vez y una vez sola en la historia, la que irradia sobre la persona de María y también de José, sellando su virginidad fecunda.

En el Hijo –en quien fueron creadas todas las cosas- ella (y él) se convierten en padres de “todos los hijos”. No hay exclusión de otros hijos sino, por el contrario, inclusión de todos, una inclusión tan total que plenifica la maternidad de María y, por ella, la paternidad de José.

De aquí surge luego la contemplación de la Iglesia acerca de la calidad de personas que eran María y José. Personas que dejan entrar el proyecto superabundante de Dios en ese momento tan de ellos. Esto permite entrever una gracia especial. En María, que acepta tan dócil y sencillamente integrar su plan de vida en el Plan de Dios, se entrevé una gracia especial: una apertura a la Voluntad de Dios tan incondicional y sin peros habla de ausencia de egoísmo, de ausencia de pecado, de una manera tal que nos hace descubrir una gracia especial en su naturaleza humana. Ella es la “toda santa”, la Inmaculada, la concebida sin pecado original.

En José, el hecho de que tenga sus tribulaciones y dudas antes de tomarla por esposa, nos lo hace sentir más cercano a nosotros, gente común.

El Señor entra en su proyecto de vida en común, ese en el que, cada uno según su gracia y condición, quiere y decide de manera concreta construir en común. El Señor entra en la historia allí donde hay un compromiso común de amor elegido.

Quizás por eso el Señor trabaja tan bien con los pecadores que se convierten: porque el pecado requiere una decisión y la conversión también. Una decisión egoísta, la del pecado, pero decisión consciente y libre. Y allí donde se encuentra una decisión generosa, como la de María y José (y todos los que se comprometen en su vida) el Señor trabaja a gusto. No así donde las cosas se dan sin que uno ponga el corazón y se haga cargo.

Ofrecimiento para sacar provecho

Cada uno puede renovar su compromiso, el más personal y común que haya hecho, y sentirlo como lugar sagrado en el que la Palabra se hace carne nuevamente en nuestra vida.

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Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús. Y le preguntó:¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó:

¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió:

Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió:

Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: 

para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato

 ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación

            El domingo pasado me quedó algo nuevo en el corazón y que me dio ganas de seguir meditándo: el consuelo de no ser dueño del tiempo. El consuelo de que sólo el Padre sea el dueño de mi tiempo. Y de manera especial el consuelo que da el que Jesús puede ser compañero cercano y Rey y Señor de mi vida práctica en cada uno de esos momentos en los que elijo vivir alguna obra de misericordia, predicar el Evangelio, o hacer las cosas con el estilo de las bienaventuranzas 

Pablo formula así esta Realeza de Dios: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

El Espíritu es el que inspira, consuela y ayuda a discernir los momentos del Señor Jesús , que se concretan en el amor al prójimo y esta actitud de adoración al Padre del tiempo, que es nuestra manera de amar al Padre sobre todas las cosas.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo se enseñorea de todo lo que somos…! 

No podemos controlar cuánto durará lo que hacemos, cuánto viviremos nosotros y los que amamos. Este no control pone un sello radical a todo lo demás. 

Es tan clara esta verdad, tan rotunda, que resultan patéticos todos los pataleos por “estirar unos instantes nuestro tiempo”. Jesús lo dijo de una vez para siempre, y esta enseñanza suya sobre el tiempo es, a mi entender, su sabiduría más preciosa, su enseñanza más honda, la que pone el marco a todas las demás. Al revelarnos que el Padre es el Señor de nuestro tiempo, y al hacerlo habiendo venido a vivir dentro de este tiempo nuestro, compartiendo nuestras ansiedades y dialogando con ellas al ritmo del latido de su corazón de hombre, igual al nuestro, Jesús se muestra como “Hijo y heredero del Padre del tiempo”. 

Vale la pena escuchar de nuevo todo el pasaje de Mateo, tan hermoso y consolador. Lo podríamos titular: “Consejos de Jesús para no andar con cara de angustia el día de hoy con la excusa de que estamos preocupados por el futuro”:

« Por eso les digo: No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren los pajaritos del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y nuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos? Por lo demás, ¿quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparse tanto? Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo les digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió tan lindo como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe? No anden, entonces, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se inquietan los paganos; pues ya sabe nuestro Padre celestial que tenemos necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Así que nada de preocuparse del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mt 6, 25 ss.).

Vivir al día, como decimos. A Dios lo encontramos en el presente, como dice al Papa Francisco. Es la gracia de la pobreza, de la enfermedad… Junto con sus penas y dolores puntuales, nuestras hermanitas, como las llamaba Francisco, la pobreza y la enfermedad, nos regalan la gracia de tener que vivir al día. Paso a paso, sin omnipotencias ni desplantes, sintiendo el peso (liviano y ligero) de cada hora, de cada parte del día que, vivido de la mano de Jesús, se hace cruz y yugo suave y llevadero. 

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo está preñado de cosas nuevas!

Me consuela pensar como venidas de las manos del Padre todas las cosas nuevas que acontecen (en este mes nacieron bebés de amigos: un tiempo que comienza…, misteriosamente cobijado con amor en los brazos de una mamá, misteriosamente contemplado con los ojos sonrientes de un papá…). 

El tiempo tiene que ver con los comienzos, con las cosas nuevas que la vida nos pone en las manos.  Es consolador mirar todo las cosas nuevas con la mirada de Pablo que nos revela que han sido “preparadas de antemano” por las manos del Padre: porque “somos hechura suya: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos” (Ef 2, 10).

¿Qué me has preparado para que viva hoy Señor? ¿Quién me solicitará un rato de mi tiempo? ¿Cuánto habrás dispuesto que tarde en resolverse tal problema, cuánto le llevará a quien quiero ayudar a madurar en su proceso? ¿Será hoy tiempo de siembra, de soñar cosas que has preparado para después? ¿O más bien hoy tocará un tiempo de frutos, de cosechar y recibir lo que otros sembraron? ¿Qué has preparado para hoy? ¿Tiempo de fiesta o tiempo de aguante? Más allá de las cosas que vengan te pido la gracia de sentirlas como venidas de tu mano, como medidas y pesadas, como preparadas de antemano con amor, como ya compartidas y redimidas por tu Hijo, como modeladas por él para el bien.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo pone fin a todo cuando quiere, ciegamente a veces! 

El tiempo tiene que ver también con el final, con las etapas que se terminan, con la vida misma que se termina. Tiene que ver con los trabajos que se realizan bien y se coronan y con lo que quedó trunco o terminó abruptamente, mal. Por eso rezamos para “Que nuestro Dios lleve a término con su poder todo nuestro deseo de hacer el bien” (2 Tes 1, 11). 

Frente a esta dimensión del tiempo, lo más consolador es lo de los pajaritos: “ninguno cae en tierra –dice Jesús- sin el Padre”. Nuestro Padre está en todo final. El es Dios de vivientes, de sus manos sale la creación y en sus manos termina cada vida. La oración de Jesús en la Cruz, reclamando por el sentimiento de abandono y entregándose confiado en las manos del Padre es la oración que cada uno debe tener preparada para cuando sienta llegar su final. También es consolador saber que Jesús es el que “recapitula todas las cosas”. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia: 

“El es la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 17 ss.).

Jesús es Rey, o mejor “se va haciendo Rey”, porque el Padre ha hecho que se vayan convirtiendo a su amor todas las cosas y “cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se pondrá en las manos de Aquel al que le fue poniendo bajo su amor todas las cosas, para que Dios sea todo en todo” (1 Cor 15, 28).

Así, es consolador contemplar este poder recapitulador del amor de Jesús. Nos quita la angustia que sentimos ante todo lo que queda trunco, ante todo final abrupto o mal terminado, ante lo que queda inconcluso, ante lo que sentimos fragmentado, no del todo integrado… 

Por eso nuestra oración nos debe ir metiendo en este tiempo recapitulador del Corazón de Jesús (porque Jesús recapitula todo “recorazonándolo”), ese corazón que lleva la cuenta de las moneditas, de los vasitos de agua dados a los pobres, de los pajaritos que caen bajo la mirada amorosa del Creador, de los lirios que florecen y que a Teresita le gustaban tanto…: él es el que enjugará todas y cada una de las lágrimas. Nada quedará sin recompensa, nada inconcluso, nada sin redimir: hasta el último pecado quedará perdonado, si cultivamos la humildad de ponerlos todos en sus manos.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo rota, cómo cambia de repente, sin aviso, cómo a veces se hace eterno y luego, en un instante, apura todo, y todo cambia!

No solo las cosas nuevas, no solo el final de cada una, sino también la rotación de distintos tiempos viene de las manos del Padre. Ignacio le explica a sor Teresa Rejadell, que se dirigía con él por carta, cómo “la consolación no está siempre en nosotros, mas camina siempre a sus tiempos ciertos según la ordenación (divina), y todo esto para nuestro provecho” (Carta 5, 4). 

Las reglas de discernimiento de los Ejercicios son la sabiduría de Ignacio para vivir nuestro tiempo bajo el Señorío de Jesús. El que hace los ejercicios experimenta esta gracia que es principio y fundamento de la vida espiritual y que permite “Alcanzar amor”: la gracia de pasar varios días a merced de lo que el Señor quiera darle y experimentar tiempos de consolación y de desolación. Es la experiencia más fuerte de los ejercicios, esta de sentir el tiempo totalmente en manos de Dios. Otro nos da la materia de contemplación, nos maneja los horarios, nos dice cuando esperar para elegir, cuándo pasar a otra semana de la vida de Jesús… Y en medio de esto el Señor se muestra Rey de nuestro tiempo. Y nos va dando la fe cierta y experimentada de que las consolaciones vienen, sí o sí. De que, si uno le regala su tiempo, el Señor responde. Y nos va regalando la fortaleza de aguantar una desolación, aunque dure mucho, y de perseverar en la petición hasta que el Señor nos consuele. 

Estas experiencias dan un sentido del tiempo que luego es precioso para la vida. 

En el tiempo de Ejercicios el Señor nos enseña que no está en nuestras manos estar consolados o desolados. Precisamente de eso se trata. Hacer ejercicios no es para nada un ir a buscar recetas de autoayuda para andar siempre optimistas! Todo lo contrario: es meterse en el tiempo de Dios sin horarios propios y experimentar cómo su ordenación y su ritmo son más sabios y llevaderos que los nuestros. Y de mayor fecundidad. 

Una de las cargas más pesadas de las que nos liberan los ejercicios es la de “no saber sufrir en paz el estar desolados”, no vivirlo como una lección del Señor que “pronto nos consolará”. Y, de manera equivalente, también nos libran del “temor a estar bien”, del sospechar de las consolaciones por el hecho de que no las podemos “retener” o “manejar”.  

¡Qué misterio el tiempo! con su instantaneidad y sus épocas extensas…

Nos hace bien y nos consuela poner en manos del Padre el misterio de los momentos, de esos instantes de gracia (kairos) preciosos en que la gracia relampaguea en unos ojos o resplandece en un gesto fugaz que advertimos cuando estamos atentos y miramos a la gente con amor, como Jesús cuando ve el gesto de la mujer viuda y sus moneditas. 

También es consolador saber que las edades de nuestra vida, como dice Guardini, están enteras en las manos del Padre: algunas han pasado, como nuestra niñez, y otras quizás las estamos viviendo o no han llegado aún, pero en las manos del Padre están intactas, enteras, resguardadas y completadas, gracias a la redención de Jesús. 

Nuestra niñez, con sus juegos y alegrías espontáneas, está guardada y viva en el Reino interior donde habita el Padre, que les dedica ángeles de la guarda a los niños (y cuya amistad no hay que perder con la excusa de ser adultos).

También nuestro primer acto de fe, y la primera confesión, están en sus manos.

Intacta está en las manos del Padre la sensación del tiempo del primer amor, con sus incertidumbres y el quedarse eternamente en cada instante. 

Intacta la certeza del tiempo de la amistad, que es “lo de una vez”. 

También el tiempo de la madurez, que se vuelve casa, trabajo, sentirse a cargo. 

Y el de la ancianidad, que lo rememora todo y se complace en volver a vivir para agradecer y bendecir.

Cada etapa de la vida es única y guarda en sí algo irrepetible: siempre somos niños en la espontaneidad de nuestros sentimientos más básicos, siempre somos jóvenes en el rincón más lindo de nuestros sueños, siempre somos padres, aunque hayamos pasado ya a ser abuelos. Y en el Señor podemos ir y venir por el reino de sus tiempos, rezando con lo mejor de cada uno, pidiendo con prevención intercesora, reparando con arrepentimiento sincero, ofreciendo y aprendiendo como buenos discípulos que aprovechan la hora.

En la fiesta de Cristo Rey, podemos quedarnos un rato contemplando a Jesús rey del tiempo, que se encarnó para vivir como servidor su tiempo limitado: 

Contemplarlo como rey herido, 

como rey atado de manos, 

como rey coronado de espinas, 

como rey discutido y cuestionado por Pilatos, 

como rey rechazado por su pueblo, 

reinando en la paciencia de la pasión.

Lo miramos como rey del tiempo vivido “sin saber la hora”, teniendo que estar atento a discernirla (y a adelantarla a pedido de María). 

Lo contemplamos recordando a su padre David, que ya había sido ungido y coronado en secreto, y era rey sin ejercer poder ni recibir honra. 

Jesús, un rey que reina desde adentro del tiempo, modelándolo con su paciencia y con su mansa humildad. 

¿Cómo se es rey de algo que uno no puede dominar? 

Solo amando y sirviendo. Esa sería la lección de hoy. 

El Señor es rey de un tiempo humano que ama hasta sus últimos segundos, 

de un tiempo que recibe enteramente de manos de su Padre, 

atento a la hora, 

sin controlarlo ni poder prever lo que sucederá, 

aunque sepa que habrá pasión y resurrección. 

El Señor no es como esos ajedrecistas que a la tercera jugada ya prevén cómo seguirá la partida y en cierto momento, resuelven abandonar porque ya saben que el otro les ha ganado. Nada de eso: Jesús juega hasta el último instante con un amor abierto al Padre y al corazón de los hombres. Nada está dicho hasta que todo se cumple. A último momento se convierte el buen ladrón, Juan se lleva a nuestra Señora a su casa (y a la nuestra), Judas se suicida y Pedro llora arrepentido, y la Magdalena espera más allá de toda esperanza… 

Nada está ya dicho y como Pablo, podemos decir:  

“Habiendo  sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús, yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil 3, 9-14).

Confiado en Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén” (Ef 3, 16-21).

Porque sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio… El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Nada de eso. En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 28 ss).

Diego Fares sj.

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Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.» 

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 38-44).

Contemplación

            En Marcos, luego del mandamiento del amor, no está la parábola del Buen Samaritano. Pero sí está en cambio esta hermosísima parábola-real de la mujer viuda que echa sus dos moneditas en la alcancía del Templo (imagino que trabajaba por horas y eran lo que había cobrado para comprar algo para comer entre un trabajo y otro) bajo la mirada atenta de Jesús, que la elige como conclusión y corona de toda su enseñanza sobre el Amor. Lo lindo que tiene es que Jesús no inventa una bella historia para ilustrar sus palabras, sino que le basta sentarse un rato en un rinconcito del templo, donde nadie lo ve, para encontrar enseguida uno de esos pequeños gestos que el pueblo sencillo realiza cotidianamente con gran amor. 

Llama ahí nomás a sus discípulos, como diciendo, miren que el amor del que les hablo ya está activo en medio de nuestro pueblo; no les estoy dando imperativos éticos ideales, de esos de los que todos teorizan, pero pocos cumplen, que sirven sólo para quejarse de lo mediocre que es la humanidad y para culparse porque nadie es tan generoso. Todo lo contrario, les muestro que, así como hay muchos que dan para hacerse ver, hay muchos más que se dan enteros porque gozan con esta plenitud del amor, que no tiene otro premio mayor que él mismo.

El marco en que el Señor nos habla del amor conserva, como en el evangelio anterior, un aspecto más estético. Jesús advierte contra el espíritu de los escribas, contra su vedettismo. ¿De qué hay que cuidarse? De que a uno le empiece a gustar más figurar que amar. O, expresado de manera contraria, hay que cuidarse de que a uno le disguste y le preocupen más cuestiones de figuración que cuestiones de amor. Que nuestros temas de conversación dejen de ser cómo y cuánto estamos amando y que pasen a ser “lo que este dijo de aquel”, a quién le dieron importancia y a quién no, si se fijaron, si figuré…. vedettismos, en suma.

Notamos que el marco de la enseñanza sobre el amor es estético. Aunque es cierto que el aspecto ético es inseparable y que Jesús critica que los escribas “devoren los bienes de las viudas y finjan hacer largas oraciones”, pero lo que destaca aquí como amenaza contra el amor es una cuestión de vanidad y de buen gusto. Es verdad que es un problema de inequidad que haya tanta codicia, injusticia y robo. Pero la levadura agria de todo esto está en un error de mal gusto. En que a uno le guste más estar en el centro y comparar reconocimientos externos -el vedettismo-, que amar dándose entero. 

Por eso elige Jesús como ejemplo a esta mujer que da sus moneditas y con ellas todo lo que poseía para vivir aquel día o aquella mañana. Jesús destaca el don, pero el don totalmente ocupado en darse y no en otra cosa. La mujer ni se enteró de que Jesús la estaba mirando, (aunque sí habrá experimentado la mirada del Padre que ve en lo secreto y que recompensa en lo secreto). Recompensa, sí, pero convengamos en que el Padre recompensa no con una aprobación externa, sino haciendo sentir a alguien que puede actuar de manera perfecta, igualándose a su Padre, que se da entero y goza con este darse gratuita y plenamente. Jesús destaca el gusto que saborea el que posee este secreto del amor.

Me viene al corazón un ejemplo lindo que vivimos hace tiempo en un concierto para la Casa de la Bondad que organizó Manos Abiertas. Lo resumo primero en una actitud: la Camerata Bariloche entró y salió sin decir una palabra. Ni siquiera hablaron entre ellos. Fue la maravilla de las manos. Y me pareció la parábola musical más hermosa de lo que podría ser nuestro trabajo de servicio por los más humildes: un trabajo en el que sólo hablaran las manos.

Me extiendo ahora un poco, porque vale le pena hacer memoria agradecida y, aquí sí, poner más palabras. Hace unos años, mil personas participamos del Concierto que la Camerata Bariloche brindó a beneficio de la Casa de la Bondad. Demás está decir que fue un placer escucharlos y una alegría reconfortante sentir el trabajo de tanta gente de Manos Abiertas que lo organizó durante meses en silencio, y el apoyo de tantos amigos que concurrieron. En medio del concierto, mientras la música se adueñaba de nuestras almas, me concentré en contemplar las manos de los músicos. La verdad es que disfruté de la maravilla de las manos. Manos enérgicas apretando las cuerdas de violines, violas y contrabajo, manos suaves acariciando con los arcos las cuerdas y el clavecín, manos ágiles pulsando las llaves del oboe y los pistones de las trompetas. Entre los músicos reinó un silencio de palabras que fue absoluto: no dijeron una sola palabra, ni al público ni entre ellos, desde que entraron hasta que se fueron. Sólo miradas de entendimiento y gestos acordados. Todo su lenguaje fue música, el de la música de Mozart, de Vivaldi, de Bach, de Piazzola… Música a la que, para hacer hablar, tuvieron que callar ellos.

Y no solo callar ellos, sino que nos fueron acallando también a nosotros. Con indulgencia aceptaron los aplausos que les dábamos a destiempo, cada vez que hacían la pausa de ese silencio que es tan música como el sonido, entre un movimiento y otro de la pieza que se interpreta. Saludaban explícitamente al final, con gestos bien elegidos para que el público se diera cuenta de cuándo hay que aplaudir y cuándo no. Creo que todos percibimos el intento de incorporarnos a su riguroso servicio de la música en plenitud, pero no pudimos ordenarnos de manera tal que todos aplaudiéramos al mismo tiempo. Siempre hay algún entusiasta que desentona y algunos que, inadvertidamente, se dejan llevar por unos instantes.

Imagino que tanto silencio en escena a ellos les llevará mucho diálogo en los ensayos. Y también discusiones, planeamientos, corrección de errores, autocrítica… 

Pero han logrado un grupo en el que no hay vedettismos. Yo que no conocía los nombres de los integrantes supuse quién era el que dirigía, porque veía a uno que estaba al último de la fila, no en el centro, y que iniciaba las piezas con un gesto más enérgico y que daba lugar al protagonismo de los demás, de acuerdo a lo que había que tocar. Lo supe ya casi con certeza, cuando en cierto momento, junto con otra violinista, ejecutaron las piezas más difíciles. Y lo confirmé cuando en el entreacto miré el programa y vi que su nombre figuraba siguiendo a la frase “arreglos de…”. Es decir: la que mandaba era la música y dirigía el que mejor podía ayudar a que todos a su ejecución, de acuerdo a la partitura y a las posibilidades y méritos de cada uno. 

La gracia que se me ocurrió pedir en ese momento fue la de que, en nuestro servicio a los pobres, fuéramos logrando el mismo antivedettismo que esplendía en ese silencio de la Camerata en el que sólo hablaran nuestras manos. Aclaro que no todo en la música es así. Hay música de grandes orquestas en las que se destaca el Director, hay grupos y solistas en los que el vedettismo es alimentado, e incluso es parte necesaria del espectáculo y de la diversión. En la Camerata en cambio es la música que elijen tocar la que les impone su estilo. Se siente que el trabajo de despojo individual y de parquedad de expresiones se debe a que la música que eligen es la más sublime que ha producido la humanidad. 

Así también nosotros: para ejecutar las obras de misericordia tal como las escribió Jesús, para que alumbre la alegría de las bienaventuranzas tal como él las concibió, se requiere un arduo trabajo de despojo de todo vedettismo y capricho individual, al servicio de un Amor que debe ser puesto en práctica en común. Es la sublimidad del Amor que se nos regala para que amemos (el del Señor, no el nuestro) el que impone actitudes de especial antivedettismo.

En la partitura del Espíritu cada carisma, cada sentimiento, cada palabra, cada acción, está ordenada al Bien Común, con el mismo rigor con que cada nota y cada movimiento de una partitura musical están ordenados a la obra entera. 

Por eso rompen la armonía no solo los que desafinan, sino también los que tocan más fuerte que los demás, o a destiempo, e incluso, me animo a decir, los que con sus virtudes afinan tanto que hacen parecer desafinados a los demás!

Pablo les decía a los Efesios que una de las amenazas contra la unidad de la Iglesia provenía de la riqueza misma de carismas que el Espíritu derrama entre los cristianos y que no todos comprenden que son carismas esencialmente ordenados al bien común (aunque sean únicos y muy especiales): “A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida del don de Cristo: a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros…” y toda esta diversidad es “para capacitar a los santos en las funciones de servicio para la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef 4, 7-12).

La complejidad del mundo requiere diversidad de dones y el Espíritu da todos los dones necesarios para captar a todos los hombres, y los da articuladamente, para el bien común, sino no daría tantos dones. Y por eso la unidad de la Iglesia en su rica diversidad requiere coordinación, jerarquía. Una jerarquía al servicio de la caridad, en la que el más grande es el que sirve a todos. Pero jerarquía al fin. Porque la tentación es la de que las jerarquías sean para el poder y la fama. Nada de eso: la jerarquía del servicio, la jerarquía del amor que ordena en paz el servicio, es más rigurosa que la del poder. Lo cual no quita que sea misericordiosa, alegre, dialogal, participativa, como la de la música.

Por eso pedía que, así como en la música el amor es puro don de los sonidos en los que se nos da una obra entera, en nuestro trabajo de justicia y caridad, así nuestro amor sea puro don de gestos concretos, en los cuales demos nuestro corazón entero ajustándonos al sentido de un Amor mayor, que incluye todo y a todos dentro del Plan de Amor de Dios. 

Volvemos aquí a la viuda del evangelio, a la que no hemos dejado olvidada. El tintineo de sus dos moneditas de cobre al caer sobre el oro y la plata de las monedas grandes resonó como una melodía celestial -afinadísima- en el oído atento de Jesús. El Señor reconoció en esas dos notas la música de su Amor interpretada a la perfección por un alma sencilla y anónima del pueblo fiel de Dios. El Espíritu que pronto Él efundiría en plenitud ya estaba aleteando en los corazones de la gente de su tierra. 

La mujer quizás ni supo que fue puesta como ejemplo. Tampoco le interesaría, preocupada como estaba por dar su limosna entera y por requerir del Padre una ayuda igual de entera, ya que se ve que su vida se jugaba entera a cada instante. 

Los aplausos le estaban tan demás como los que nosotros les brindábamos a la Camerata a destiempo. Es que el Señor quiere que aprendamos, no de él tan solo, sino de la gente más humilde que nos rodea, que el gozo del amor está en darse entero, de la misma manera en que el gozo de la música está en ejecutarla entera. El aplauso es un agregado. Vale si se lo vive también como una música de respuesta agradecida con la que un grupo se une para agradecer enteramente al que los deleitó. El marco del amor que nos predica el Señor es, pues, estético en el sentido de una estética que se oculta porque está concentrada en poder hacer don de sí en plenitud. 

Cuando uno tiene la gracia de darse en plenitud, el aplauso molesta. Y, paradójicamente, la crítica causa alegría, como dicen las bienaventuranzas. Podría ser este el termómetro para ver si nos estamos dando enteros: si nos preocupa que se nos tenga en cuenta, si nos aflige que no nos reconozcan y nos deprime una crítica o ser dejados de lado, es que no estamos gozando del darnos enteros, estamos en el ámbito del vedettismo comparativo, con el aplausómetro prendido, y no en el ámbito de una camerata que está gozando de su música ni en el de la viuda que está dando con todo amor y entrega sus dos moneditas. Ámbito de la mirada del Padre que ve en lo secreto y recompensa en lo secreto, porque es el Padre “que ama al que da con alegría”, como dice Pablo:

“Cada cual dé según el dictamen de su corazón,

no de mala gana ni forzado, pues:

Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

Diego Fares s.j.

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Acercándose a Jesús uno de los escribas, que los había oído discutir (acerca de la resurrección), viendo que les había respondido bellamente (a los saduceos), le preguntó: «¿Cuál es mandamiento primero de todos? .» 

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al que está cerca de ti como a ti mismo. Mayor que estos, no hay otro mandamiento.» 

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, con verdad dijiste “Uno es y no hay otro más que él”, y el “Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas”, y el “Amar al prójimo como a sí mismo”, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.» Jesús, al ver que había respondido sensatamente, le dijo: «No andas lejos del Reino de Dios.» Y nadie ya osaba cuestionarle (Mc 12,28b-34).

Contemplación

 Me mandas que te ame – nos mandas que te amemos- con todo el corazón. Decir corazón es decir nuestro centro afectivo, con el que deseamos, elegimos y nos adherimos a nuestro tesoro, las personas que más queremos, a las que nos complace hacer el bien y los valores más altos, que honramos y cultivamos y que nos hacen ser quienes somos. 

Con todo el corazón quiere decir incluyendo las distintas dimensiones de nuestro corazón: inteligencia y querer libre (voluntad), sensibilidad y sentimientos. Lo afectivo unifica todo nuestro ser: busca lo que desea con todas las fuerzas y capacidades y se adhiere a lo que ama también de manera total. Lo que quiero significar que, aunque llamemos corazón al órgano, el corazón es corazón latiendo en acto, bombeando la sangre que da vida a todo el cuerpo y desplegando e integrando todas las dimensiones de nuestra afectividad. 

Nuestro corazón está siempre inclinado a latir físicamente y a amar espiritualmente, a desear, a elegir y a adherirse. Ahora, esto que somos y hacemos naturalmente Tú, Señor, nuestro sumo Bien, nuestro Tesoro, nos mandas que lo seamos y hagamos libremente. Mandarnos que te amemos pareciera innecesario,  como mandarnos que respiremos. Sin embargo, es bueno que nos lo mandes para que recordemos y nos hagamos conscientes de que Tú eres nuestro sumo Bien y de que tenemos que estar atentos para comprobar si estamos desplegando todo el potencial de nuestro corazón en todas sus dimensiones. Porque es tan grande la sed de nuestro corazón y tan fuerte su poder de adhesión, que a veces nos encontramos ya “afeccionados” a algo que no eres Tú como si fuera nuestro bien mayor (idolatramos), o nos adherimos parcialmente a ti, sin poner todas las fuerzas, o reducimos las potencialidades de nuestro corazón solo a la sensibilidad o al sentimiento, sin poner toda nuestra mente y sin ejercitar nuestra libertad.

Por eso, está bien que nos lo mandes, para que corrijamos el rumbo si se desvía o se nos desjerarquizan los valores. En la práctica, por el tiempo y las fuerzas reales que invertimos en ellas, muchas cosas que no son las de mayor valor, lo son de hecho. Como cuando uno, por trabajar de más, se olvida de que es creatura y pasa tiempo sin que adore al Padre Creador o, si es papá, no encuentra nunca el momento para jugar con sus hijos…

Al hablar del corazón, como estamos en el año ignaciano, no me resisto a hablar de ese corazón suyo que sigue latiendo cada vez que un ejercitante y el que lo acompaña entran en Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios vividos y practicados siguiendo los tiempos, los temas y las indicaciones que va dando Ignacio, se podrían definir como la puesta en práctica de lo que significa “obedecer y realizar el mandamiento del amor”. 

Escuchar y poner en práctica el mandamiento del amor es un proceso complejo, que requiere tiempo, toda la vida, para decirlo claramente. Porque implica el trabajo de ir enseñoreándonos de nuestro corazón y armonizando los dos mandamientos, el que nos manda amar a Dios en y sobre todas las cosas y el que nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos.

Si el fin de los ejercicios es “aprender a alcanzar amor” en todo lo que hacemos (es decir: ordenar todo de manera que el amor circule por toda nuestra vida) cada “semana” o “período” de los Ejercicios forma parte esencial del proceso. Ignacio nos enseña primero a adorar -alabando, haciendo reverencia y sirviendo- a Dios nuestro Señor. Adorar implica jerarquizar: poner a nuestro Señor y Creador en el lugar que le corresponde y poner todas las cosas y a nosotros con ellas, también en su lugar. Este es el Principio y Fundamento que los Ejercicios nos proponen para iniciar -cada vez, cada día y en cada oración- el camino que nos lleva al fin: alcanzar amor. 

El tiempo que le dedicamos a meditar sobre nuestro pecado y la Misericordia inagotable de Dios, tiene que ver con algo muy real: basta tomar conciencia de que somos creaturas para sentir el tironeo de muchas cosas a las que estamos mal afectados y que se resisten a ser reordenadas o directamente eliminadas de nuestro corazón, que se ha adherido a ellas no como corresponde. 

El tiempo que le dedicamos a contemplar la vida de Jesús nuestro Señor, nos va haciendo sentir que no basta con buscar, elegir y adherirse al Señor de manera general, sino que cada corazón debe descubrir su modo propio de hacerlo. Cada uno debe buscar y hallar su carisma y su misión. Esto parte de que Dios no nos ama “en general”, sino a cada uno de manera muy concreta y especial y ordenando cada amor especial al bien de todos, especialmente de los más necesitados. No se puede amar “con todo el corazón” si uno no encuentra su carisma y su misión de amor único, intransferible y que se puede armonizar con el amor de los demás. De ahí el proceso de “elección y de reforma de vida”. La pasión y la resurrección del Señor consolidan y confirman el modo de amar de cada uno que se concreta en las bienaventuranzas, y el lugar de servicio donde ese amor se concreta en obras de misericordia. Entonces sí, se “alcanza” un verdadero amor, amor creatural, amor de afectos purificados, amor fiel a un carisma particular, que el Espíritu se encarga de universalizar, amor concretado en un servicio, que comporta cruz y resurrección.

En el relato de su vida que Ignacio le hizo al padre Cámara, se puede descubrir cómo lo que Ignacio dice y recomienda nace de su experiencia y de lo que el Señor fue haciendo con su corazón. Un detalle significativo: Ignacio, en sus escritos, usa poco el término “corazón”. Sus compañeros, en cambio, hablan mucho y se nota el gusto y la alegría que sienten describiendo el corazón de nuestro padre. En la Autobiografía, la palabra corazón enmarca dos momentos clave en su proceso interior de conversión. Ignacio cuenta cómo su corazón pasó de “estar poseído por una cosa vana” a estar “aficionado solo a Dios”. 

En su convalecencia, hasta que se curó su pierna herida por la bala de cañón, decía así: «Leyendo muchas veces (la vida de Cristo y de los santos), algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito… Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar…» (EE 6).

Y luego,  antes de embarcarse para ir a Jerusalén, Ignacio hizo este discernimiento: «Y aunque se le ofrecían algunas compañías, no quiso ir sino solo; que toda su cosa era tener a solo Dios por refugio…porque él deseaba tener tres virtudes: caridad, fe y esperanza; y llevando un compañero, cuando tuviese hambre esperaría ayuda de él… y esta confianza y afición y esperanza la quería tener en solo Dios. Y esto que decía de esta manera, lo sentía así en su corazón» (A 35).

Las dos imágenes del corazón en lucha – poseído por una cosa vana y aficionado sólo a Dios – hacen referencia a otra cosa, a lo objetivo, al «tesoro» de que habla el Evangelio. Importa profundizar entonces en el contexto de estas dos imágenes, y ver cómo describió el objeto en torno al cual se estructuraban los afectos y la conciencia de su corazón.

«Una cosa vana» y «sólo Dios» eran los dos polos antagónicos en referencia a los cuales se movía el corazón de Ignacio. La cosa vana que lo poseía en oposición al Dios que lo atraía. La vana gloria en oposición a la Gloria del Dios siempre mayor.

Hay una carta de Ignacio, escrita en enero de 15541, en que toca el tema de la posesión del corazón y dice así: «… Si alguna vía hay para evitar trabajos y aflicciones de espíritu en este mundo, es esforzarse en conformar totalmente su voluntad con aquella de Dios, porque si Él poseyese enteramente nuestro corazón, no pudiendo nosotros sin nuestra voluntad perderlo, no podría acaecer cosa de mucha aflicción, porque toda la aflicción nace de haber perdido o de temer perder lo que se ama»⁠.

Llama la atención la frase: «no pudiendo nosotros sin nuestra voluntad perderlo». Ignacio considera que «ser poseído» hace a la esencia misma del corazón, y siempre es libre el dejarse poseer, sea por una cosa vana o por Dios nuestro Señor. En el fondo, sólo Dios puede poseer «enteramente» un corazón que se le entrega. 

Una vez que se liberó de su afecto desordenado, consciente de que lo que piensa y dice también lo “siente” en su corazón, Ignacio no usa más explícitamente el término. Cuando narra la visión de la Storta, por ejemplo, dice que “Estando un día, a algunas millas de Roma, en una iglesia, y haciendo oración sintió tal mutación en su alma, y vio tan claramente que Dios Padre lo ponía con Cristo, su hijito amado” (A 96). En la narración de esta gracia, Diego Laínez, uno de sus compañeros,  recuerda que Ignacio le contó esta visión utilizando la palabra “corazón” y no “anima”. «Cuando veníamos a Roma por la vía de Siena, nuestro Padre, como quien tenía muchos sentimientos espirituales y especialmente en la santísima Eucaristía, que recibía todos los días, siéndole administrada o por Maestro Pedro Fabro o por mí, que decíamos misa todos los días, pero él no, me dijo que le parecía que Dios Padre le imprimiese en el corazón estas palabras: – Ego ero vobis Romae propitius⁠[1].

Jerónimo Nadal, el que mejor conocía la espiritualidad que quería Ignacio, deriva de aquella gracia una característica del santo, que se desbordaba en sus compañeros: la elevada paz y energía en sus actividades, la alegría y sosiego del corazón que se proyectaba sobre todas sus acciones. 

Le pedimos a Ignacio la gracia grande de cumplir de todo corazón los dos mandamientos principales.

Diego Fares sj


 

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Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentan a un sordo y tartamudo y le ruegan que ponga sobre él su mano. 

Jesús tomándolo  se lo llevó aparte, lejos de la multitud, le metió sus dedos en las orejas y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente). Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Todo lo ha hecho bien! Ese es Jesús: El que hace todo bien, el único que hace bien el bien, en las pequeñas y en las grandes cosas.

Hace unos días, leyendo el evangelio de la primera pesca milagrosa, que conmocionó tanto a los primeros discípulos que lo dejaron todo y se fueron en seguimiento de uno que les había cumplido el sueño más fantástico de un humilde pescador: les había llenado sobreabundantísimamente las dos barcas de peces, «me cayo una ficha» al ver a Jesús allí, metido entre los pescados, juntándose con los trabajadores de la pesca. 

Así como es lindo siempre pensar en María entre las cosas de la cocina de Caná, así admira y consuela ver a Jesús en las cosas de los trabajadores del lago. Jesús entre los pescadores! Cuando esta imagen se unió con la proclamación del Pueblo de Dios, infalible en su modo de creer, que exclama a coro: «Jesús hace todo bien, véanlo curando al sordo mudo, véanlo allí entre los pescados, véanlo multiplicando el pan», no hay que confundirse, no estamos frente a un aplauso, sino ante una proclamación. No es como cuando se dice: “Un aplauso para el milagro”, sino que la gente da testimonio de que lo sucedido con el sordo mudo es algo único y proclama a Jesús como “el que hace todo bien”. Se trata de un discernimiento del Pueblo de Dios que concluye con un juicio sobre Jesús. 

Pensaba que el Señor no solo hacía milagros puntuales, sino que su mismo hacer cada cosa tenía siempre algo milagroso. ¡El milagro es Él entre nosotros! El milagro es Él, en todo momento, en cualquier situación. Y el tipo de milagros cotidianos que hacía, con su bendición y en su Nombre, los podemos hacer nosotros. También podemos hacer nosotros todo bien si iniciamos las cosas en Nombre de Jesús, si en el medio permitimos que él meta mano (es decir, si discernimos dentro de lo bueno “de sentido común” lo bueno-mejor y concreto que le agrada al Padre) y al final le pedimos que bendiga el bien que hicimos y lo recapitule, puliendo todo mal.

Dentro de un bien que se hace, siempre hay grados, intensidades distintas, y el grado mayor de bien es la persona misma de Jesús: Él nos hace bien con su existencia misma y nos lo hace en nuestro mismo ser, no solo en alguna parte o dándonos alguna cosa buena. Jesús es la perfección perfectiva, perfección que nos atrae como un fin porque Él es el fin de toda la creación. Entonces, que este Fin ande metido entre pescadores y cocinas, en medio del Pueblo de Dios, es el bien más grande: ¡que él esté! Que sea Dios con nosotros.

Decir que Jesús es “perfección perfectiva” es decir que no solo es bueno, perfecto y misericordioso él, sino que además lo comunica con su presencia -haciendo más bueno al que se le acerca con fe, como el sordo mudo- y comunicando la gracia de poder hacer el bien a los demás, con el protocolo preciso de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia de Mateo 25. Todo lo que es o tiene “perfección perfectiva” atrae a la manera de un fin. Atrae porque es una fuente de bien, no solo un bien particular. 

Todas las cosas han sido hechas en Jesús nos dice la Carta a los Gálatas, y el asunto lindo es ver como el Creador se mete en la vida diaria de sus criaturas y nos hace sentir el gusto de que haya una Persona así como Jesús que hace que cuaje en su centro toda la creación, que pivotea de manera tal que unifica todos los hechos históricos y se mueve con libertad. Tenerlo a Él como alguien muy especial dejarlo que se meta en nuestra vida cotidiana, es la gracia más linda que hay.

Concretando: la gracia a pedir al que, según nuestro Pueblo, lo hace todo bien, es que esté, que se mueva y camine con nosotros. No es «yo sentado y una imagen de Jesús enfrente y yo pidiéndole una lista de cosas». Soy yo saliendo a los demás, a lo que venga, en su Nombre, pidiéndole que camine a mi lado como hizo en Emaús, que me vaya dando su Espíritu que me explica las Escrituras y me interpreta los signos de los tiempos, y que vaya bendiciendo a los que sirvo. Todo esto luego puesto en clave de “nosotros”: misionando dos en dos, rezando alabanzas e intercediendo en comunidad, participando en todo como un pueblo sacerdotal, que mete a Dios en la vida diaria del mundo. 

    Todas estas reflexiones, que espero no sean demasiado sino lo justamente filosóficas para comunicar algo muy preciso como es esto de “perfeccionar con la propia Persona a la otra persona” y no solo de hacer cosas buenas, las reflexiones, digo, vienen al caso por “el modo” de Jesús, como dice Fones: “Su modo de proceder, su modo de hacer al otro más humano”. Leamos de nuevo atentamente, el grado y la intensidad corpórea con Jesús se mete entero en este milagro de curar al sordo tartamudo:

Jesús tomándolo se lo llevó aparte,

lejos de la multitud, 

le metió sus dedos en las orejas 

y con su saliva tocó su lengua 

(teniéndola firmemente). 

Después, levantando los ojos al cielo, 

suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. 

Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”.

Si el pobre hombre este hubiera tenido Covid, su saliva hubiera contagiado al Señor al instante. Digo para dar una imagen: el Señor se hace humano al punto de contagio. Se contagió de nuestros pecados, me animaría a decir, de sus síntomas y consecuencias, sin haber cometido ninguno. 

Abrite, entonces, hermano, amiga, abrite -Effetá-. No te quedes tartamudeando razones mediáticas que ponen distancia entre tu existencia tal como es ahora y este Jesús que te puede llevar un poquito aparte, consigo, y hacerte escuchar su voz y permitir que “hables (con Él) normalmente”. 

No te podés permitir que te alejen de la Persona que es fuente de bien por razones que no tocan a lo esencial de esa Persona. Mi madre (que hoy cumpliría 95 años) me contaba cómo ella había llegado a amar a Jesús en la Iglesia sin enredarse en las contradicciones y pecados y cosas que a veces no entendía de la Iglesia. Que esas cosas no le hacían perder la fe. Discernía bien entre la Persona y las cosas. Esa es una gracia que Hurtado, por ejemplo, le agradecía a San Ignacio y a la Compañía, que le habían enseñado a no confundir el fin con los medios. El Fin es la Persona de Jesús, los medios son la manera como lo testimoniamos los que los seguimos.

Abrite! Cuando las personas se abren bien, cuando abren el corazón, surge el lenguaje, el hablar correctamente, que es lo que está en crisis hoy. Somos sordo-tartamudos mediáticos” Hablamos de cosas y nos hemos perdido a las personas. 

Cómo puede ser que siendo argentinos nos perdamos “la persona” de Francisco! A mi me dan celos de que otros pueblos lo quieran más. Recuerdo siempre con mucho gusto lo que le escribía un jesuita norteamericano con motivo del viaje del Papa a los EE:UU. Le decía que, así como había algunas voces críticas, él y una gran mayoría de norteamericanos, se despertaban por la mañana «dando gracias de que una persona como él exista”.

Diego Fares sj

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