El Dios de vivos de Jesús vs el dios de los que se creen vivos (32 C 2019)

            Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, tome por esposa a la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo tomó por esposa a la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?» 

Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se dan y se toman en matrimonio, pero los que sean juzgados dignos de alcanzar la eternidad y la resurrección de los muertos, no se tomarán ni se darán en matrimonio. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. 

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. 

Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación

         Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Esta es la respuesta de Jesús a los saduceos. Un Dios de vivientes, un Dios de la vida. Con esto el Señor les dice que sus razonamientos son de muertos, su lógica es una lógica de muerte. 

Un detalle resulta revelador. Ahora no lo decimos así, pero en aquella época casarse se decía “tomar mujer”. Se “daba a la mujer en matrimonio” y se la “tomaba por esposa”. Hoy se utiliza el sentido del verbo “lambano” que es “tomar” y también “recibir” y se dice “te recibo por esposa, te recibo por esposo”. Los saduceos terminan diciendo directamente: “de quién será esposa ya que todos ‘la tuvieron’ por mujer”. 

Más allá de estas cuestiones de lenguaje, lo que quiero señalar es que la lógica de los saduceos es la lógica de la posesión. Y como la vida no “se posee” sino que es don, esta lógica conduce a errores nefastos. Por eso el Señor, en otra ocasión, argumentando sobre estas mismas cosas les dirá a sus adversarios: ustedes están en un grave error. Hoy nos resulta desagradable usar esta lógica de posesión para hablar del matrimonio. Ningún padre dice al novio “te doy como esposa a mi hija”, aunque si uno lo piensa bien, el rito de entrar con la hija de la mano y luego dejarla en manos del novio está diciendo eso gestualmente. Sin embargo, la lógica de la posesión no ha sido superada sino que ha cambiado de ámbito: ahora ha pasado al propio cuerpo: yo soy dueño/dueña de mi cuerpo, se dice. Pareciera un paso adelante y sin embargo, la lógica es la misma: de posesión. 

Jesús propone otra lógica para hablar de la vida. Y usa tres argumentos. 

El primero tiene que ver con los hijos, con el ciclo de los hijos. Los saduceos piensan dentro de esa mentalidad en la que la posesión de la esposa se legitima por los hijos. Al no tener hijos, no le pertenece a ninguno de los hermanos. Aunque nos choque esa mentalidad, también hoy es real que cuando hay un hijo en común, la relación entre un hombre y una mujer adquiere otra consistencia vital. No es lo mismo separarse sin hijos que teniendo hijos. El hijo -y los nietos- hace que el vínculo permanezca en el tiempo y no sea solo cuestión pasada. No es solo un vínculo de voluntades ni solo jurídico, sino que hay algo biológico y espiritual que une. Lo que hace Jesús, siguiendo esa mentalidad es ponerla en clave de don, no de posesión.

Escuchemos bien las palabras que usa. Dice: “los que sean juzgados dignos de la eternidad y de la resurrección de los muertos”. La vida eterna no es un “derecho” ni una “exigencia biológica”, es -será- fruto de un don. Así como la vida es don, la vida eterna no puede ser menos. 

Lo que pasó es que a nosotros se nos fue instalando una lógica: la de que Dios nos dio la vida y no puede “aniquilarla”. Y como tenemos un alma “espiritual”, esta “debe ser inmortal”. Y entonces “a algún lado tenemos que ir” y “tiene que existir otra vida”. La imaginación va “cosificando” estos razonamientos y terminamos como los saduceos, burlándonos de “quién estará con quién en esa vida eterna a donde tenemos necesariamente que ir”. 

El Señor cambia la lógica. Centra todo en Dios, del que serán hijos los que sean considerados dignos de “nacer de nuevo”, es decir, los que sean juzgados dignos de recibir el don de la resurrección.

Esta lógica nos orienta en primer lugar a pensar de modo distinto nuestra vida actual. Antes de sacar conclusiones acerca de cómo se “articulará en el cielo” eso de “ser considerados dignos de nacer de nuevo”, podemos pensar que “ya hemos sido considerados dignos de nuestra vida actual”. Y esto sí debería ser motivo suficiente para ponernos de rodillas, agradeciendo a nuestro Creador, y levantarnos inmediatamente, como María, a ir a servir a nuestros hermanos, ya que todos son igual de dignos y muchos -la mayoría- está sufriendo hambre, pobreza y exclusión.

Para desear cambiar de vida basta considerar mi vida como un don inmerecido, ya que no “soy” digno, sino que “fui considerado digno”. Y no solo por Dios sino por mis padres, que no me abandonaron, y por la sociedad que, en distinta medida, me consideró digno de tener nacionalidad, escuela, trabajo, casa, derechos… 

Una vez que uno usa esta lógica del don para juzgar su situación actual, se puede situar mejor para pensar “lo que será el don del Cielo”. Lo que será “ser considerado digno de una vida eterna y de ser hijo de Dios”. 

“Ser hijo de Dios a través de un nuevo acto, en el que resucitarme es una “reduplicación” de su decisión amorosa de crearme. Esta vez el ser hijo es un don que se me da siendo yo consciente y eligiéndolo a mi vez. Así como muchos se rebelan contra la vida diciendo que “no eligieron nacer”, pues bien, podemos elegir nacer de nuevo! 

Esta es la delicadeza de nuestro Padre del Cielo de la que le habla Jesús a los Saduceos escépticos y burlones y que debería hacer que se derritiera su dureza producto vaya a saber de qué frustración o ambición que no los deja abrirse a la maravilla de lo que les está revelando y ofreciendo Jesús.

El segundo argumento, es el de la Escritura. También aquí el Señor sigue la mentalidad de sus adversarios que sólo aceptaban como canónica la Torá, los cinco libros de Moisés. Les dice que Moisés “ha dado a entender” que los muertos resucitan al hablar de “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Jesús apunta como siempre a la Escritura, como sabiduría de Dios revelada a su pueblo, que cada uno de saber leer. Si uno no aprende a “leer bien la Escritura”, si uno lee solo noticias y lo que se dice en los medios y no profundiza toda su vida en la Escritura, no creerá en la resurrección ni aunque resucite un muerto, como le decía Abraham al rico Epulón. Los saduceos eran tipos cultos y leídos, que creían en el libre albedrío y se jactaban de estar por encima de creencias y mitos populares. Pues bien, el Señor apela a su libertad. La resurrección será un nacer de nuevo libremente, eligiendo creer, eligiendo fiarnos de gente como Jesús y sus testigos.

El tercer argumento es una definición de Dios en términos de vida. La argumentación es fortísima. Empieza con una negación que es como darles una bofetada y que, si la tomaran bien, debería ser capaz de hacerlos reaccionar, ya que son gente que está como muerta. Dios no es un Dios de muertos”, les dice Jesús. Es como decirles “ustedes están muertos”. 

Y sigue:… “Dios es un Dios de vivos”. Solo si vivís, puede ser tu Dios. La inversión lógica es poderosa. No te rías de las imágenes ridículas que te has hecho de Dios! No te das cuenta de que son conclusión de una lógica equivocada? Que has seguido la lógica de la posesión que es una lógica de muertos? Abrí tu mente a la lógica de la vida, que es una lógica de don: viví y date a vos mismo y verás que se te vuelven claros los rasgos de este Dios de gente viva, de este Dios que es Padre, de este Dios que no tiene miedo a encarnarse, porque en la vida de la gente simple se encuentra siendo verdaderamente el Dios que es. 

Concluye Jesús: “Todos, de hecho, viven para Él”. Es un juicio inclusivo. También los saduceos, aunque no se den cuenta, aunque se burlen de Jesús que les predica este Dios vivo, viven para Él.  

Ellos planteaban la “anti parábola de la viuda que no tenía quién la poseyera como esposa en la vida eterna”. Jesús se las desarticula prolijamente y les muestra que ni siquiera Dios “nos posee”: más bien, los que así lo elijen, “viven para Él”. 

Un Dios de vivos significa un Dios pobre, que no posee a sus creaturas sino que las alienta a vivir porque las considera dignas de vivir. Y los que son sus hijos y eligen serlo “viven para Él”, es decir: se nutren, disfrutan, crecen, van adelante, trabajan, se donan, ofrecen su vida y la comparten y, viviendo así, hacen de Él su Dios, lo glorifican.

………..

Comparto, como todos los años, las Confesiones de un saduceo, imaginando a uno que se convirtió.

“Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…

Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención. 

Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra los fariseos y la satisfacción que les producía ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…). 

Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le di en llamar. Y me creí que verdaderamente era ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César… 

La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante. 

Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral a la sarta de leyes escrupulosas de nuestros amigos. Lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos. Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales, y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión? 

La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.

Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”… 

Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se de por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo. 

Ahí me di cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús. Cualquier cosa que Él dijera, estaría bien. No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía. Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón. No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera. Sus palabras entraban en uno y permane-cían. Era como si se aposentaran sin apuro por dar fruto… Entraban mansamente en el corazón, como semillas en una tierra blanda por la llovizna… 

Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para Él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para Él. 

¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión. 

Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando. Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en Él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades. 

No sé si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando que esté viva, quiero decir. Gozando que exista.

¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo! Y distinto a la vez. 

Y no es que le brillara ninguna luz especial. El Dios vivo estaba en sus Palabras. Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban. Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer, limpiaba el alma como un viento fuerte, regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña. Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…! 

Desde entonces creo en Él. Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos. Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante. Creo todo, porque lo dice Él. Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más crece Él, más vivo en Él.

Diego Fares sj

Zaqueo y su fe que se adelanta (31 C 2019)

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. 

Vivía allí un hombre llamado Zaqueo.

Zaqueo era jefe de los publicanos, era rico y buscaba ver a Jesús –quién era-, y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura. 

Entonces, echando a correr hasta ponerse adelante, subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. 

Al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo: 

«Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy es necesario que vaya a tu casa.» 

Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente. 

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: 

«Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador.» 

Poniéndose de pie Zaqueo dijo al Señor: 

«Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más.» 

Y Jesús le dijo: 

«Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

Contemplación

– Soy Zaqueo, el jefe de publicanos, el rico, el petiso, el que quería ver a Jesús, el hijo de Abraham… como gusten llamarme. Lucas me puso todos los apodos posibles en su evangelio (aunque tuvo la delicadeza de dejar de lado algunos adjetivos que agregaban mis compatriotas…), pero destacó mi nombre propio y les adelanto que estoy orgulloso de ello. Porque limpió mi nombre. Y eso redundó en un bien para mi familia. 

Sabrán que mi nombre Zaqueo era objeto de burla para mis paisanos. Significa puro, inocente. Y que un publicano se llame “Puro” en Jericó es como que un paisano se llame Inocencio en el barrio del Once. La cuestión es que me cargaban… 

También les diré, que después de mi conversión, no todos se creyeron eso de que iba a devolver lo robado y a ponerme a trabajar por los pobres… Pero yo lo hice con alegría y a conciencia, lo mejor que pude, y quedé en paz. El hecho de que Jesús hubiera venido a hospedarse en mi casa me cambió la vida. Yo me levantaba a la mañana pensando a quién usar y de quién defenderme y pasé a tratar de ver cómo podía ayudar a los demás. 

Pero lo que quiero compartir con ustedes no es tanto la moraleja de mi conversión cuanto su dinamismo, que consistió en una gracia especial que tuve: una gracia de Fe. Creo que Lucas me puso en su evangelio más que todo por eso. Me explico. La fe es algo muy personal. En el evangelio hay algunos ejemplos de fe que sirven como modelo para que otros encuentren motivación para la suya. La cosa comienza por ese “deseo de ver a Jesús” que todos sentimos al oír hablar de Alguien como él. Él tiene un sentido especial para detectar la fe. La reconoce de lejos, la lee en los corazones…, le basta un gesto para darse cuenta de que alguien “quiere verlo” y esto se convierte en Él en algo irresistible. Por eso cuando me vio trepado a la higuera me dijo eso de que “es necesario que hoy me hospede en tu casa”. Imagínense: “es necesario!”, dijo. Yo después me instruí y los suyos me contaron que el Maestro siempre decía que si uno se acercaba a Él y quería conocerlo, era porque el Padre había despertado en su corazón esa atracción. Y Jesús respondía a esa fe con su ir al encuentro. No importaba si se trataba de gente sencilla, de gente respetada o de gente como yo… Él no se fijaba en cómo estaba etiquetado cada uno socialmente. Ni siquiera le importaban las motivaciones humanas de cada uno – el que quería ser curado de alguna enfermedad, el que simplemente era curioso, el que pensaba obtener de él alguna enseñanza o favor… Jesús, cuando sentía que el otro tenía fe, no importa si mucha o poca, organizaba un encuentro. Pensemos en la Samaritana, en Nicodemo, en Simón y sus amigos, en Mateo…

Pero bueno, yo me centro en su encuentro conmigo y en una característica de mi fe que es por la que me gustaría ser recordado. No para vanagloria sino para Gloria del Padre que me la regaló, cuando con esa fe me atrajo a beber del corazón de su Hijo amado, Jesús, el Bendito. La característica de que hablo es la de adelantarme: mi fe es una fe que se adelanta. Así la llamo yo. 

Es una característica especial, lo confieso sin vanidad. De qué otra manera si no, un publicano rico y petiso como yo hubiera entrado en el evangelio? Espero que no me malentiendan. En el evangelio entramos todos, por la gracia de Jesús que atrae a todos y se mete hasta en la casa del publicano y las pecadoras. Pero con nombre propio se destacan sólo algunos, cuya fe tiene algo que puede servir de ejemplo, algo abarcativo, como la red de Simón y sus compañeros, capaz de pescar gran cantidad de peces.

Y ya que mencioné a Simón, pienso que puede venir bien comparar una característica de su fe vista desde mi perspectiva. Lo propio de la fe que tiene Simón, para mí, es que es una fe instantánea. Yo digo que lo admiro en eso porque yo como buen recaudador de impuestos soy muy desconfiado. Esto de lo instantáneo quizás tiene que ver con que él era pescador y en el lago la cosa es así, hay que estar atentos y cuando uno intuye un banco de peces, hay que tirar la red ahí nomás. Para Pedro la fe es como automática: le basta ver a Jesús –o que Juan le diga “es el Señor”- que ya se zambulló al agua. Escucha la Palabra de Jesús y ya está tirando la red. 

Así también le va cuando mira para otro lado o escucha los pensamientos del mal espíritu: inmediatamente comienza a hundirse o dice cualquier barbaridad. Pedro es el que tiene que ver y oír al Señor concretamente. Al no ver al Señor en la tumba, se queda pensativo y a la espera. En eso es más como Tomás. Necesita que el Señor lo tome de la mano.

Juan en cambio, según veo yo, tiene una fe más como la de la Madre del Señor: una fe memoriosa, diría. Es el tipo de persona que guarda las cosas en el corazón y las está rumiando todo el tiempo… Eso le permite mirar lo inmediato desde otra perspectiva. Por eso encuentra signos en todas partes. Le basta ver un detalle para reconstruir, en la fe, la totalidad de la figura del Maestro, como cuando vio las vendas y el sudario…: vio y creyó. Él mismo lo dice. Así de simple.

La característica de la fe que se me regaló a mí, en cambio, es distinta. Aunque si lo miro bien vendría a ser como complementaria de las otras, si se puede hablar así. Más que instantánea o memoriosa es una fe que se adelanta. Quizás se me regaló por tener alma de negociante, cosa que resultó ser un terreno propicio. En los negocios el que se adelanta gana. Y pareciera que esto mío de correr (como cuando era chico) a subirme a la higuera, en el lugar por donde sabía que él tenía que pasar, le agradó a Jesús. Por supuesto que él, que sentía todo lo que sucedía a su alrededor, percibió que yo andaba entre la gente deseando verlo y supo que me había adelantado. Y me primereó cuando levantó la vista y se invitó a mi casa, ante el asombro de todos. Es que cuando uno va, el Señor ya fue y volvió. Pero le gusta esto de que uno se le adelante en la fe… Y así como me adelanté a verlo, él se adelantó a invitarse a mi casa; yo me animé a adelantarme a ofrecer ser más justo, y él se adelantó a defenderme frente a los que me criticaban. Entramos así de lleno en esta dinámica tan linda de adelantarse a confiar, a invitar y a ofrecer, que es tan del estilo de Jesús.

Al Señor le gusta la fe en todas sus versiones. Le gusta la fe instantánea de Pedro, cuando se larga al agua sin pensarlo dos veces. Y le reprocha “por qué dudaste, poca-fe!”. Poca-fe le dice! Esta fe tenía sus problemas, también, ya que a veces Pedro decía lo primero que se le pasaba por la cabeza y se ligaba un reto. Pero gracias a eso aprendía mucho, y los que estaban alrededor también. Yo, desde mi perspectiva, lo que saco es que hacer un acto de fe instantáneo, sin dudar ni pensar dos veces, es un modo de adelantarse. Es adelantar el corazón y darlo entero antes que la mente se ponga a razonar. Primero amar y luego razonar.

También le gusta al Señor la fe memoriosa de Juan. Su amigo es uno que conecta todo lo que pasa y es capaz de reconocerlo en los signos más pequeños. Esto puede hacerlo porque guarda las palabras del Señor en su corazón. Y como las palabras del Señor no son “abstractas” sino “vivas”, ellas mismas se conectan entre sí. A Juan le basta que un desconocido les diga “tiren la red a la derecha” para reconocer que es el Señor resucitado. Yo, desde mi perspectiva, lo que saco es que esto de guardar las palabras es un modo de adelantarse también. Uno se da cuenta de que son palabras vivas, que no pueden decirlo todo en un momento y que necesitan tiempo para revelar bien la verdad que contienen en su interior. Y cuando uno hace memoria es como si se adelantara para atrás: la fe es confirmación de que uno había visto bien, de que uno se había confiado con razón. Es eso que llaman “dejà vu”: en un instante uno comprende que “ya vivió” lo que le está pasando, que lo había adelantado en la fe.

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Hasta aquí el Zaqueo de la contemplación del 2007, que me puse a releer con gusto y a seguir “conversando con él” acerca de su fe que se adelanta.

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El 29 de octubre fue el aniversario de La Casa de la Bondad de Buenos Aires. Diez años! La casa tuvo desde el comienzo esta gracia de adelantarse en la fe. Nació de un adelanto, de “ver” que sería tal cual fue y es. Siempre recuerdo el día en que Rossi dijo que iba a hacerla y me propuso que fuera cerca del Hogar. Ya en esa charla estaba tan entera y linda y llena de gente como está hoy. Es que las obras de misericordia crean su propio tiempo (eso que en el evangelio se llama “kairos” -momento de gracia, momento oportuno-), y su propio espacio -que en el evangelio se llama “reino de Dios” y es el espacio que se abre cuando dos se juntan a rezar y a practicar la misericordia.

Diego Fares sj

Se propicio conmigo, el pecador. Propicio como solo son los amigos (30 C 2019)

            Refiriéndose a algunos que tenían la íntima presunción de ser justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo también esta parábola: 

«Dos hombres subieron al Templo para rezar; uno era fariseo y el otro, publicano. 

El fariseo, estando de pie, rezaba así: 

«Oh Dios, te agradezco porque no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; y tampoco como ese publicano. Yo ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.» 

El publicano, en cambio, estando a distancia, no quería ni siquiera los ojos alzar al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: 

«¡Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador!» 

Yo les digo que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se empequeñece a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

Contemplación

            Me tocó que Lucas no diga que el publicano “no osaba” sino que “no quería” levantar los ojos. Y el orden de la frase lo enfatiza más: “No quería ni siquiera los ojos alzar al cielo”. Lo único que quiere el publicano al que Jesús alaba es que Dios le sea propicio: “Oh, Dios, se propicio conmigo, el pecador”. 

Se queda a distancia. No quiere ni siquiera alzar los ojos. Se golpea el pecho. No se detiene a enumerar sus pecados… (podría haberse puesto a hacer la lista contraria al fariseo: soy ladrón, injusto, adúltero…, un fariseo como aquel de allá adelante). 

Pero no. Nada de eso. Solo “Se propicio conmigo, el pecador”. 

Me impresiona también que diga “el pecador”. No “que soy un pecador” o “porque soy un pecador”. 

Y el verbo que usa va más allá que decir “se compasivo” o “perdoname mis pecados”. “Ilasthemi”  significa “se propicio conmigo”, en el sentido de: muéstrate favorable, aplacate y no me retes ni me castigues sino convertite y mirame con benevolencia.

            La parábola nos invita a profundizar. Hay mucho para aprender de esta actitud del publicano que a él le sale de una, espontánea, mostrando en cada gesto toda su persona. Hay mucho allí y se puede entrar. 

La actitud del fariseo en cambio como que no tiene mucho misterio. Cada uno sabe lo que es estar lleno de sí mismo, esa íntima presunción de ser justo y ese desprecio por los demás que si la consentimos se apodera de nuestro rostro como una máscara y que, aunque “actuemos” desde allí, en el fondo sabemos que hay algo que no funciona. Nos quisiéramos arrancar la máscara, aunque solos no podamos. 

Esto es quizás lo que el publicano tenía ya aprendido y por eso simplifica las cosas: el tiene sed de que Dios le sea propicio. El “Tú” ha crecido en su oración -Oh, Dios, (Tú) se propicio conmigo-; y el “yo” ha desaparecido: se define como “el pecador”. No es que se justifique, sino que no se detiene en ese nivel de la culpa que es auto referencial (yo hice esto, cómo es posible que yo, siempre yo….), sino que el acento lo pone en que Dios le sea propicio. Esto es lo que comprendió Pablo y le cambió la vida. 

            Él, que primero rezaba como el fariseo, aprendió que lo importante era ganarse a Cristo, ganar su favor. Escuchemos qué bien se lo dice a los Romanos: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? (…) Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rm 8, 31-37).

Ganarse a Jesús!

Aprovecharlo!

Si para eso vino!

Acaso no comprendemos que vino para que nos lo ganemos? Que su amistad se la puede ganar cualquiera que quiera? A Él le encantaba la gente que se lo ponía simple, que iba directo a “querer verlo”, como Zaqueo subido de la morera, como Bartimeo y su pedido: “Señor, que yo vea”. Le encantaba la gente que se animaba a romper un frasco de perfume y ungirlo en público, como si fuera su mejor amiga, o los que le metían por el techo a su amigo paralítico en camilla, interrumpiendo la conferencia, para que se los curara. En los modos de pedirle que les fuera propicio se veía el corazón de los que habían comprendido esta mano abierta de Jesús a la amistad, la invitación a ser amigos en Dios.

En la parábola del fariseo y el publicano Jesús también lo pone fácil. Uno salió justificado y el otro no. Salió justificado el que le pidió -con todo su ser- que le fuera propicio. Que es como pedir que sea amigo, porque los amigos siempre nos son propicios.

Dos hombres entraron al Templo a rezar. Cuando vamos a rezar no vamos ni para discutir hablando de los demás, ni para justificarnos ni para culparnos. Rezamos para que Él nos sea propicio, para que nos haga sentir que camina a nuestro lado, que nos cuida y nos valora, que nos anima siempre de nuevo a crecer en el bien y nos da fuerza para luchar en lo que nos toca. Si rezamos, tenemos que ir directo al grano y rezar como el publicano, que se ganó el favor de Dios. No “un favor”, sino su amistad, que es “el favor”, porque los amigos siempre son “a favor”. 

La amistad tiene esa gracia tan inexpresable que hace que uno disfrute sintiendo qué buen amigo es el otro con uno; se disfruta la conciencia de que el otro es mejor amigo que uno. 

A mi me gusta expresarlo con algo que una vez salió en broma y después quedó. Hablando de la oración con un amigo que decía que no sabía si estaba rezando bien me acuerdo de que le dije: 

– La verdad es que vos rezás muy bien, mejor que yo! 

– Cómo es eso?

– Y sí. Fijate que vos rezás por mí y yo he mejorado tanto en este tiempo, en cambio yo rezo por vos y vos no has mejorado casi nada. Así que es evidente que vos rezás mejor y Dios te escucha más.

Él siempre lo recuerda y lo cuenta. Y nos reímos.

El coraje de creer, sin descorazonarse (29 C 2019)

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin descorazonarse, les proponía una parábola diciendo: 

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. 

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: 

«Hazme justicia frente a mi adversario.» 

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: 

«Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, no sea que al fin, de tanto venir, me abofetee en la cara”.

Y el Señor dijo: 

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?  Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él, que los escucha con magnanimidad, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

Contemplación

La parábola de la mujer corajuda, Jesús la cuenta para mostrarnos a sus discípulos que es necesario que recemos como ella, “echando tu corazón adelante” y sin descorazonarnos (coraje viene de corazón). El coraje tiene que ver con la pasión de la ira, con la bronca y la agresividad. Pero no con las que vienen del hígado sino con la que viene de otra víscera: del corazón. Es la indignación noble que brota ante la injusticia, la bronca lúcida que se centra y se modera para luchar por la justicia siendo uno mismo justo. No es la ira que se descontrola y se descarga emotivamente con palabras y acciones agresivas sino la ira que pone su fuerza en perseverar en la lucha a lo largo del tiempo, el que haga falta para lograr justicia. En esta virtud del coraje, del no descorazonarse nunca, las madres del dolor -de todos los dolores y de todas las injusticias sufridas por sus hijos- son ejemplo ayer y hoy. Sin dejarnos distraer por las ideologías, que pueden ser variadas, el Señor nos invita a que nos concentremos en el coraje de esta viuda que pide justicia a un juez corrupto. Va todos los días hasta que el juez juzga bien su coraje y se da cuenta de que no se va a cansar. No se va a cansar porque lo suyo es algo que le toca el corazón. El Señor no cuenta cuál era su caso, pero sabemos que tocaba su corazón, tocaba su dignidad. Por eso el juez teme que lo abofetee en la cara, como termina haciendo el más débil cuando defiende su dignidad ante el más fuerte y sabe que no puede ganar pero sí mostrarle al otro, con una bofetada, que por tener más poder no es más digno y puede ser tratado vilmente en el mano a mano. Esto era lo único que temía el juez inicuo: la bofetada de una mujer digna, esa capaz de revelar en un gesto toda su bajeza humana y su corrupción.

La palabra que responde al “no descorazonarse” humano es la “magnanimidad de corazón” con la que nos escucha y está atento a nosotros Dios. 

Aquí nos da Jesús los parámetros en los que se mueve la fe, esa fe que da fortaleza al corazón y lucidez al discernimiento: el parámetro del coraje que nos mete decididamente en el corazón magnánimo de Dios. Magnánimo en el sentido que tiene hablar de un ánimo grande, que es una manera de decir que Dios tiene en sus manos nuestra vida entera y por eso espera pacientemente el momento justo para “hacernos justicia en un abrir y cerrar de ojos” como dice Jesús. El que tiene todo un proceso en sus manos es el que no se desanima por una derrota o un problema y sabe tirar del hilo justo en el momento preciso. La fe, nos dice el Señor, es ese poner por delante el corazón, ese jugarse con entera confianza de que uno no se tira a ningún vacío sino a las manos de nuestro Padre que conduce la historia y la vida de cada uno hacia sí, hacia su abrazo. Esta es la audacia en la oración de la que siempre habla el Papa: cuando rezás tenés que pedir mucho, tenés que insistir mucho. Si no, no es rezar. Para rezar hay que rezar con coraje, como la viuda valiente y corajuda. Esa fe es la que espera encontrar Jesús cuando vuelva. Porque es una fe que hace honor a Dios. Una fe que discierne que no puede ser que nos haya creado para poco. Y menos para soportar toda la injusticia e iniquidad como la que anda desatada por el mundo. 

………….

Hablando del coraje de la fe cuento una pequeña historia. Es de una mujer también, pero no se trata de una viuda sino de una preadolescente corajuda, hija de una familia amiga, que expresamente le preguntó a su papá “si me había contado lo que le pasó en la escuela”. Quería contarme y después que la escuché, cenando en su casa, le escribí una cartita, que transcribo tal cual, sin más explicaciones: 

La fe

Ciao Miriam, 

Te escribo algunas reflexiones que pensé en la oración recordando lo que me contaste. Decime vos si comprendí bien lo que pasó en tu escuela 

Diego

La profesora te preguntó por qué creés o cómo es que vos creés en Dios 

Vos le respondiste que a Dios lo sentís, y luego “te fiás”. “Si no te fiás…” – le dijiste- e hiciste un gesto como diciendo: si no te fías, no lo sentirás y yo no puedo hacer nada. Y te quedaste en silencio. 

Este silencio me conmovió.

Vos no tenés muchos argumentos, pero lo tuyo fue un verdadero testimonio.

Por qué hablo de testimonio?

Porque te fue pedido en público (y de manera hostil por parte de una adulta) que dieras razón de tu fe y pienso que lo hiciste con coraje e inteligencia.

Lo primero que me viene en mente es que, sin decirlo, les hiciste sentir a los otros que la fe es cuestión de libertad y de coraje. Hablo de “los otros” porque también algunos de tus compañeritos te hicieron experimentar cierto encarnizamiento tirando argumentos comunes que escuchan sin reflexionar e insistiendo sin mucho respeto por tus convicciones (cosa que no se hace, por ejemplo, con los que profesan otra religión).

Ellos no comprendieron bien que vos hablabas de libertad y la profesora argumentó que “como hacés para fiarte si a Dios no lo ves”. Un compañero agregó que la ciencia “ha demostrado muchas cosas”…

Vos a la profesora le respondiste insistiendo de nuevo: “Si no te fiás…”.

Esto me recuerda el evangelio de Juan, cuando Jesús le dice a Tomás: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae también tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27). El imperativo “no seas” “no quieras ser incrédulo”, habla a la libertad. Incluso viendo a Jesús y metiendo los dedos en sus llagas uno puede decidir no fiarse. 

A tu compañerito, a continuación, le preguntaste si él había “visto” todo lo que dicen las ciencias”. Estuviste bien! 

La profesora dijo que “como hacés para fiarte si cuando tenés necesidad Dios no te habla”

Vos dijiste algo del Evangelio como Palabra de Dios y un compañero retrucó con ironía (todos hablaban juntos y te contradecían): “Y si son todas fábulas?”

Yo te conté de cómo cuando tenía más o menos tu edad, ante una discusión similar que se dio en clase acerca de la veracidad del evangelio, me puse a estudiar y di testimonio en mi clase acerca de cómo había comprendido que el Evangelio, antes de ser palabra escrita había sido palabra viva dentro de la primera comunidad, testimoniada con la vida de los mártires. Creemos libremente a personas que viven lo que predican y no a deducciones abstractas de una ciencia anónima!

Fue aquí donde -hablando de los testimonios- vos dijiste que no entendías qué tenían tus compañeros y la profesora en la cabeza, qué habían aprendido en su familia. Sentiste que eran sus familias que no le habían dado testimonio vivo de la fe y habían dejado que la cabeza de estos niños se llenara de medias verdades y de fábulas pseudocientíficas (porque la verdadera ciencia es muy consciente de sus límites, de sus hipótesis y no confunde el ámbito de la demostración científica con el de la fe). La fe se inculca en la familia, viendo a los padres rezar y fiarse de Dios. Esta fe viva no tiene problema en investigar las cosas con instrumentos científicos, pero esto no es obstáculo para fiarse de la Persona de Jesús testimoniada con su vida por los santos, los mártires y todos aquellos que tienen la valentía de creer, como vos.

Diego Fares sj

Y los otros nueve? Dónde están? (28 C 2019)

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea. Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, 

Los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:  «¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!» 

Luego que los vio, Jesús les dijo: «Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.» 

Y sucedió que mientras iban quedaron purificados. 

Uno de ellos, al ver que se había curado, 

volvió atrás 

glorificando a Dios a grandes voces 

y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, 

le daba gracias (euchariston).

Era un samaritano. 

Respondiendo Jesús dijo entonces: «¿Acaso no quedaron limpios los diez?  Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» 

Y agregó:   «Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

Contemplación

            Jesús pregunta por los otros nueve: “Acaso no quedaron limpios los diez? Los otros nueve, dónde están que no vuelven a dar gloria a Dios?”.

            Desde la perspectiva de estos nueve, esta escena vendría a ser como el complemento de la parábola de la oveja perdida, en la que el Señor hace notar cómo 

el pastor deja las noventa y nueve y va en busca de la única perdida. Aquí, aprovechando la fe del samaritano agradecido, Jesús pone el acento en que los perdidos son los otros nueve. 

            Son dos maneras de insistir en la totalidad, en la importancia de todos y cada uno de los hombres. El Señor viene del Padre que “no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos”. Eso incluye tanto a la única oveja que se perdió como a los nueve leprosos curados que no volvieron a agradecer.

            Nos detenemos un momento en estos nueve. Qué les pasó que no volvieron a dar gloria a Dios ni a agradecer a Jesús que los limpió?

            Martín Descalzo afirma que esa es la proporción del agradecimiento -o más bien del desagradecimiento-: nueve a uno. Pero también dice que ese uno vale mucho, porque da mucho fruto. Como la semilla que cae en tierra buena (el agradecimiento es tierra buena para las semillas de Dios), que a veces el treinta, otras el sesenta y otras el ciento por uno!

Pero qué pasa con ese noventa por ciento que pasa de largo en la vida y no se vuelve, no se detiene siquiera, a pensar en dar gloria a Dios por lo bueno ni conecta lo que le sucede con la persona de Jesús. Cuando sucede algo malo, sí, bien que nos detenemos a quejarnos y a cuestionar que Dios no esté. Pero todo lo bueno que nos pasa, el milagro de cada día, lo tomamos como si fuera lo más natural. Y Jesús, que es uno que se queja poco por no decir nada, de esto sí se lamenta: de la falta de agradecimiento. 

            Su pregunta es significativa: “Dónde están?” No pregunta por qué no vinieron, como quien juzga las intenciones del otro, sino que pregunta dónde están, en qué piensan, que tienen en la cabeza que no se dan cuenta? 

            Del samaritano agradecido, si lo quisiéramos definir, podemos decir que era uno que tenía en cuenta las personas. Lucas dice que se volvió “glorificando a Dios” y que “cayó sobre su rostro a los pies de Jesús” y que “le daba gracias”. Estamos ante una persona que conecta lo que le pasó en su cuerpo leproso con El que le dijo que fuera a presentarse ante los sacerdotes. Y como conecta bien, es libre para postergar el mandato ritual y dar prioridad al deber de agradecer primero a la persona que lo curó. 

            Dónde están, entonces, los otros nueve? Por contraste con este único agradecido podemos deducir que los otros nueve están “en las cosas (formales) que hay que hacer” más que “en las personas (reales) a las que hay que agradecer”. 

            También podemos decir, considerando su “estar” de modo dinámico, que son gente que orienta su camino impulsada por el deber en vez de ser gente que vuelve sobre sus pasos atraída por la posibilidad de agradecer. 

            Para ser justos digamos que ninguno de los diez eran personas que se miraban a sí mismas. Al verse curados no se olvidaron de su mal para dedicarse a seguir sus propios intereses. También podemos pensar que, seguramente, el leproso agradecido habrá ido después a presentarse a los sacerdotes, como Jesús les había mandado. Pero la diferencia está en que este fue más libre, primero volvió a agradecer. Y de eso se trata cuando está en juego la fe, que es lo que le interesa despertar a Jesús tanto cuando cura a alguien como cuando predica o simplemente sirve dando ejemplo. La fe sigue los pasos que dio el samaritano, que fueros pasos atrás, hacia un Jesús con el que se encontró por el camino y al que tuvo que volver para dimensionarlo bien. 

            Los pasos de la misericordia nos los enseña el samaritano misericordioso. Los pasos de la fe que salva, nos los enseña este samaritano misericordiado. Pongo estos adjetivos porque el de “buen samaritano” les corresponde a los dos. Uno se vuelve bueno y agradecido y se le abren los ojos a la fe y las manos se vuelven activas para la caridad tanto cuando recibe como cuando practica la misericordia. 

Podemos decir que la primera bondad -la de la fe y la del agradecimiento- es más para con Dios Salvador; y la compasión, es bondad para con el prójimo herido.

Los pasos de la fe

Salir al encuentro de Jesús. El primer paso de la fe es el de un deseo y una decisión: de salir al encuentro. Lo habrían planeado, lo habrían soñado y charlado entre ellos tantas noches desde el momento en que escucharon hablar de Jesús. La esperanza de que alguna vez se les cruzara en el camino fue haciendo que este deseo se convirtiera en la decisión firme de no dejarlo pasar sin hacerle su pedido.

Detenerse a distancia. El segundo paso de la fe es el de la reverencia y el temor de Dios. Es un paso de toma de conciencia: conciencia de la propia indignidad, conciencia del posible contagio… y de no querer hacer mal a nadie. Detenerse a cierta distancia y esperar -fiándose- a que esa distancia será colmada.

 Alzar la voz. El tercer paso es de audacia, esa caradurez interior que impulsa a hacerse escuchar por Jesús que pasa. Es la audacia de Bartimeo y la de todos los pobrecitos que no se hacen notar ante el mundo pero sí ante Jesús.

Hago aquí una disgresión. Todos somos de alzar la voz. Algunos lo hacen solo por internet, haciéndose notar por sus tweets, mostrando sus fotos en Instagram, gritando en manifestaciones a favor de alguna causa, o alzando la voz entre los suyos, discutiendo entre amigos e incluso en familia… Estos diez leprosos tenían claro que ante el único que valía la pena alzar la voz era ante Jesús. Es que para ellos no había posibilidad alguna de que otro los escuchara. Eso era la lepra. Hoy, en cambio, los abusados y los excluidos de todo tipo, por ser distintos, por tener alguna lacra social, pueden hacerse escuchar de muchas maneras. Sin embargo, es bueno darse cuenta de que para escuchar de verdad ciertas cosas el único oído capaz es el oído infinitamente atento y deseoso de salvar de Jesús. Los demás, aún los de los que tienen buena voluntad, no bastan para escuchar los gritos más profundos de tantas miserias de todo tipo como son las que aquejan a gran parte de la humanidad.

Tener preparada “la frase”: compadécete de nosotros. Este es un paso muy personal. Se ve en el hecho de que a la frase “compadécete de nosotros” le agregaron dos apelativos: Jesús y Maestro. Primero Jesús. Como si fueran conocidos. Como si fueran amigos. Luego Maestro: un título que esconde un deseo, el de ser sus discípulos. Deseo pretencioso para unos pobres leprosos, pero que habrá sonado de manera especial en los oídos de Jesús (y habrá hecho parar la oreja a los otros doce discípulos, haciéndoles aprender esta lección dada en la cátedra de la calle acerca de “donde está uno” y de “los pasos que se requieren” para ser verdadero discípulo de Jesús).

            Compadecete de nosotros, dicen. No dice cada uno “compadecete de mí”. Como vamos viendo, estos diez leprosos no eran ese “cualquiera”, ese sujeto indefinido que se esconde detrás de la cantidad -los diez leprosos…-; eran gente que pensaba a fondo, como todos los enfermos que se reúnen en los grupos de los que tienen alguna dependencia, en las antesalas de los hospitales y de las quimios…; gente que charla acerca de las palabras justas para decir. Y esta frase que encontraron y seguramente consensuaron -porque no es que cada uno gritaba la suya- es “la frase”. 

            Reflexionaba sobre esto hace poco, al ir a esperar a mi tía Olga -la última hermana de papá- al Hospital Español ya que se había descompensado en el geriátrico y la llevaban a internar. Cuando la bajaron de la ambulancia la camilla parecía que se desarmaba al avanzar por el piso empedrado del estacionamiento. Le di la mano y ella, quejándose con un hilo de voz por el zamarreo, atinó a decirme: “Ayudame!”. Me conmovió y lo compartí tres días después, en la misa del funeral. Reflexionaba en la misa que esa palabra “ayudame” – ten compasión de mí, compadécete de nosotros -, es la palabra y la frase que todos debemos tener preparada. Porque es la que nos expresa y expresa quién es Dios, en definitiva. Es la frase que simplifica la complejidad de nuestra vida. Para la tía, la ayuda de Jesús se manifestó en nuestra compañía, en la unción de los enfermos que recibió con deseo y muy consciente, en la oración que rezamos con mis primos y primas a su lado. 

Darse cuenta. Este último paso de la fe es un paso que incluye muchos en un instante. Más que un paso es una carrera con toda el alma. El samaritano se dio cuenta de que había sido misericordiado. Lucas expresa todo en una frase: “Al ver que se había curado, volvió atrás glorificando a Dios a grandes voces y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le daba gracias”. Todo sucede en un único movimiento que, de un golpe, lo saca de sí mismo -no se queda examinando parte por parte su cuerpo, como hubiera sido lo natural- y lo proyecta en dos direcciones simultáneamente, hacia Jesús que viene por el camino y ante quien cae rostro en tierra, dándole gracias, y hacia el Dios Altísimo, a quien glorifica con gritos de alabanza. Todo esto es la fe, esa fe de la que el Señor dirá: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: ‘De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva’. El decía esto del Espíritu, que los que habían creído en El habían de recibir” (Jn 7, 37-39). 

Y los otros nueve? Donde están? Cómo es que no se dan cuenta de que, sea donde sea que estén y cualquiera sea la dirección en la que están corriendo, la misericordia del Señor ya los ha alcanzado, porque ya ha habido quienes los incluyeron en esa oración comunitaria que dice “compadécete de nosotros”. Basta que en algún momento se den cuenta de que han sido limpiados para que brote en ellos esa fe viva que el Espíritu hace saltar en el interior de los corazones.

Diego Fares sj