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Archive for the ‘Contemplaciones 2019’ Category

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En aquel momento llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les dijo: ¿Ustedes creen que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? Les digo que no; más aún, si no se convierten y cambian de mentalidad, también ustedes perecerán de manera similar. Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creen que eran más deudores que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si no se convierten y cambian de mentalidad, todos perecerán de manera similar.

Jesús les propuso esta parábola: Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró. Entonces dijo al viñador: «Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?» El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono, a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás» (Lc 13, 1-9).

Contemplación

San Ignacio termina el libro de los Ejercicios Espirituales con las reglas para sentir con la Iglesia. No son un apéndice de lo esencial sino un verdadero “cierre eclesial” de la experiencia de hacer los ejercicios que consiste en buscar y hallar lo que más le agrada a Dios nuestro Señor para nuestra vida. El último párrafo Ignacio lo dedica al temor de Dios y distingue el temor servil y el temor filial. Vale la pena releerlo:

“Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad; porque no solamente el temor filial es cosa piadosa y santísima, sino también (es cosa piados y santísima) el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal; y salido fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios nuestro Señor, por estar en uno con el amor divino” (EE 370).

La parte “contemplativa” de los Ejercicios termina con la Contemplación para crecer en el amor a la que se suele ensalzar como la corona de los Ejercicios. Es lindo que los Ejercicios terminen hablando del amor! Pero no hay que olvidar que los Ejercicios están estructurados en torno a tres grandes centros:

uno es el “contemplativo”, que incluye todas las oraciones, meditaciones y contemplaciones;

el otro centro es el “práctico”, que incluye las instrucciones, adiciones y recomendaciones de Ignacio para la oración, los modos de examinarse y la elección y reforma de vida a las que apuntan los Ejercicios;

el tercer pilar o centro es el “normativo”, que incluye todas las “reglas” -para elegir, para ordenarse en el comer, para discernir los movimientos de espíritu, para dar limosna, para combatir los escrúpulos y, finalmente, las “Reglas para el verdadero sentido que debemos tener en la Iglesia militante”.

El final “normativo” de los Ejercicios -equivalente a la tan alabada “contemplación para alcanzar amor”- son estas reglas para saber “sentir” bien en la Iglesia. Son particularmente necesarias hoy en que la Iglesia está cacheteada públicamente y se nos mezclan los sentimientos -la vergüenza con el cariño, la rebelión con el deseo de ser buenos hijos, la indignación y el querer defenderla…-.

La última regla nos da una clave preciosa para afrontar este tiempo: nos habla de la dinámica del santo temor de Dios, que tiene dos alas: el temor filial y el temor servil, el temor de hijos -de hijitos pequeños y de hijos simplemente- que está envuelto en el amor filial, y el temor de empleado que teme a su jefe y quiere cuidar su trabajo o simplemente el temor del que debe sobrevivir en un ámbito hostil de policías y jueces y no quiere caer en la cárcel.

Esta dinámica es la que está en juego en el evangelio de hoy. Por eso esta larga introducción.

El evangelio comienza con una noticia de último momento: la de los paisanos de Jesús y sus discípulos, esos galileos  a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Era una noticia que en aquel tiempo causó la mayor indignación por la abominación de un asesinato hecho con profanación de lo sagrado. Es un tipo de crimen que sigue la misma lógica que tiene el que se aprovecha de lo sagrado para abusar. Algo abominable.

Jesús responde saliéndose de la lógica del “chivo expiatorio” -siempre actual- y hace ver que lo que les pasó a esos galileos, y a las 18 personas que habían muerto en esos días por el desplome de una torre, no era porque fueran “peores” que sus contemporáneos. El Señor insiste con fuerza en que “todos necesitamos conversión”, porque nos pueden suceder o podemos hacer “cosas peores”. La guerra, el abuso, la corrupción, no son virus que vengan de afuera sino que cada uno los puede reconocer como “activos” en su propio corazón y en sus pensamientos. Temer que uno pueda caer en estas cosas -sea que le caigan encima o que uno las cometa- es un temor sano. Hay que tener miedo al pecado. Aborrecerlo, dice Ignacio, no solo torearlo.

A nivel social, el lema que grafica bien esto es: “la corrupción mata”. El pecado, personal y social, es asesino. Termina siéndolo, aunque mantenido dentro de ciertos límites parezca aceptable e inofensivo.

Este temor visceral al mal, al pecado y a la corrupción se puede educar de dos maneras: una, suscitando el temor servil, la otra, suscitando el amor filial.

El temor servil es el miedo puro y simple a lo que uno pierde. Es cumplir el horario para que no me castigue el jefe, no robar para no ir a la cárcel, no drogarse para no convertirse en adicto, no agredir al otro para que no me devuelva una agresión peor, en definitiva: no pecar para no irme al infierno.

En cada época el imaginario para reavivar este temor servil varía. Puede ser que la Iglesia haya exagerado tanto al hablar del fuego del infierno que la gente le haya perdido el miedo. El punto es que una cosa es reírse de las imágenes antiguas de una propaganda y otra es perderle el miedo al peligro real. Hoy, por ejemplo, los paquetes de cigarrillos no te muestran paisajes bucólicos con cowboys y praderas, sino fotos de un cáncer de pulmón o miembros gangrenados. Eso es un buen ejemplo del “temor servil” que ayuda a “no caer en una adicción mortal”. Y, como dice Ignacio, sirve allí donde “el amor filial” – las indicaciones de lo lindo que es hacer una vida sana, libre de humo-, no alcanza.

La dinámica que propone esta última regla para sentir con la Iglesia es la de “acentuar el temor servil” hasta que uno logre una imagen eficaz que haga odiar el pecado mortal y aborrecer todo pecado. Entonces sí, surge solo el temor filial, que es temor no tanto de ser castigado yo sino de causar una tristeza a los que amo y me aman. Entonces este amor toma el control de la vida y hace correr por el camino de la salvación sin que nadie nos apure ni nos empuje o condicione.

A este amor filial apunta la segunda imagen que Jesús utiliza, al contar la parábola de la higuera a la que, por el amor del viñador, el dueño le concede una cuarta oportunidad (ya le habían dado tres y cada año había sido un nuevo fracaso).

El tener alguien que ruega por uno, que le mejora el ambiente y le proporciona medios para que salga adelante, es algo que despierta el temor filial, el temor no a fracasar uno sino a defraudar la confianza que nos brindó otro, que se jugó por nosotros y que puso su trabajo a nuestro servicio.

En la época actual, lo que ya no funciona más, al menos a nivel religioso, es el temor servil. Tampoco funciona mucho a nivel del sentido común. No es que no le tengamos miedo a los sufrimientos que trae como resultado el mal, pero como hemos inventado tantas anestesias para evitar los dolores extremos y tantos modos de prolongar el placer momentáneo, el miedo está como “acorralado”. La droga es el ejemplo más patético de un recurso a la mano de pobres y ricos que logra que uno se escape subjetivamente de los males -externos o interiores- que lo amenazan. Aunque se destruya, puede llegar a “no sentirlo” e incluso a destruirse placenteramente.

Siempre hay que estar atentos a estos “cambios de paradigma” en el imaginario colectivo a la hora de predicar el evangelio. Lo que sí creo que es importante es que no se puede hablar de un temor sin hablar del otro. Es la dinámica de la relación entre ambos lo que “regula” Ignacio. Si en una época la Iglesia exageró quizás en predicar el temor servil, esto no se repara hablando solo de amor o de temor filial. Siempre van juntos los dos temores y el amor.

Puede ayudar al temor filial el hacer ver, como hace el Señor en la parábola, cuánto hemos recibido gratuitamente de su parte y cómo se juega una y otra vez por nosotros y nos brinda no solo cuatro sino innumerables oportunidades de comenzar de nuevo. El Señor siempre está intercediendo, siempre está tratando de mejorar el terreno, siempre está poniendo abono. Aunque le diga al dueño que si la cosa no da resultado este año el que viene puede cortar la higuera, podemos imaginar que al año siguiente repetirá la súplica. Es un modo de razonar el que está en juego: el de la dinámica de la misericordia incondicional. Y si la higuera pudiera escuchar lo que dice este viñador amigo, seguramente sentiría pulsar en su interior la savia que lleva vida a sus ramas y que puja por dar frutos. No frutos extraños sino higos, los higos que una higuera tiene para dar, que tiene inscriptos en su ADN. Se trata de dar frutos acordes con la propia dignidad. Ni menos ni más. Frutos concretos, posibles, sabrosos y simples como un higo maduro en la estación que corresponde.

Pero si esto mismo pareciera muy difícil y mirando nuestra sociedad, nuestra naturaleza enferma, nuestro planeta contaminado y nuestras costumbres en decadencia, sintiéramos que “de adentro” es poco probable que nos salgan frutos buenos, podemos mirar directamente al Señor. Dar fruto evangélicamente es dar fruto con los talentos que nos han sido regalados. Hay todo un mundo que se puede construir sobre esta “base” que es la gracia sanadora y santificante. Los frutos del Espíritu -Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad (Gal 5)-, los puede dar cualquier sarmiento que se deje injertar en la Vid que es Cristo.

El único temor -mezcla de servil y filial- a predicar puede ser este: el de un temor a quedarnos solos, a no ser injertados en Cristo, el único capaz de vivificar todo lo que sin Él se convierte en rama seca, en higuera estéril, en viña devastada.

Hay una posibilidad que nos propone Cristo: que nos injertemos directamente en Él, que nos adhiramos a Él con fe y participemos de sus dones, del bautismo, del perdón de los pecados, de la Eucaristía…, que recemos con el evangelio, nos comprometamos en alguna obra de misericordia. La propuest es ir experimentando lo que sucede entonces y va contra el  permanecer aislados, como ramas secas o como parte de higueras estériles y de viñas enfermas que dan frutos agrios.

Se trata de una propuesta concreta que no se basa en un futuro imaginario como ese que las generaciones anteriores construyeron con una mezcla de materiales que incluyó mucho fuego de infierno (que ya no causa miedo) y mucho color rosa celestial (que ya no despierta deseos).

La propuesta del Señor sigue utilizando el temor servil y el temor filial en su dinámica para despertar proteger y alimentar el amor.

El temor servil puede ir hoy por otro lado, por el lado del temor a no encontrar trabajo, por ejemplo, que es un temor muy actual. El temor a perdernos un puesto de trabajo diseñado a nuestra medida, justo para nosotros, que nos puede llevar a desarrollar nuestras mejores cualidades y a ser útiles para la humanidad, para los que amamos en primer lugar.

No hablamos de premios o castigos futuros sino de algo de hoy, de la posibilidad de un presente provechoso, fructífero, fecundo. Ese trabajo en las cosas del reino, en las obras de misericordia, no es un trabajo con sueldo, jubilación, horario y vacaciones fijas. Es un trabajo que comienza siendo ocasional y se va convirtiendo en institucional con el tiempo, como pasa en nuestras obras de misericordia. No se choca con el trabajo que hacemos para ganarnos la vida. Pero en este nos contratan siempre, podemos trabajar todo lo que queramos, no nos echan ni nos jubilan, la capacitación es gratis y los frutos -de un tipo especial porque no cotizan en el mercado pero se “comen” y se “disfrutan” y se “comparten” a diario y abundantemente- están siempre a la mano.

Perderse este trabajo por el reino es una pena. No es como las penas del infierno, un futurible, sino una pena puntual, instantánea, de perderme algo único para siempre. La alegría es que, si por un instante lo pierdo, al instante siguiente puedo “ganarlo” de nuevo. Siempre hay otra posibilidad de este trabajo en la misericordia que renueva todo, sana todo y revitaliza todo lo que se perdió en el pasado.

Dejamos para la parábola del hijo pródigo el modo que tiene el Padre de revivir y hacer crecer el temor filial, revistiendo a su hijo como lo hizo, de manera tal que el hijo, al mirarse en el espejo de la dignidad que el Padre le otorga externamente, recupere su dignidad interior.

Diego Fares sj

 

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Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que la figura de su rostro era otra y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. He aquí que dos hombres hablaban con Él. Eran Moisés y Elías que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros, estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él.

Y aconteció que al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: –Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías. Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube. Y se dejó oír una voz de la nube que decía: –Este es mi Hijo elegido; escúchenlo. Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto (Lc 9, 28b-36).

Contemplación

El Señor se lleva a sus tres discípulos y amigos al monte Tabor porque quiere que vean su gloria, que tengan acceso a la vida que Él vive en ese ámbito misterioso de su intimidad. Le llamo así “ámbito misterioso de su intimidad” para señalar algo que, por una parte nos excede totalmente, pero por otra, es enteramente accesible desde el momento en que el Señor decide manifestarlo. La vida interior de Jesús es rica de relaciones: dialoga con Moisés y Elías, el Padre hace sentir también su voz, el Espíritu cubre toda la zona con su Nube. La belleza de su rostro que brilla como el sol y de sus vestidos, que resplandecen de blancura como la nieve, hacen sentir a Pedro que “es hermoso estar allí”. Pero más allá de lo puntual de cada uno de estos signos, lo que traspasa los siglos y toca el corazón de todo el que cree en Jesús, es la maravilla de que Él haya vivido con esta riqueza y esta luz interior en medio de la vida cotidiana sin que se trasluciera en todo su esplendor como sucedió solo en lo que llamamos “la transfiguración”.

La transfiguración, al revelar la riqueza interior de Cristo, es piedra de toque para leer todo lo demás: la vida oculta, la vida pública, la pasión y la resurrección. Pablo expresa como deseo para todos los cristianos lo que el Señor les dio a sus amigos en la transfiguración:

“Que (el Padre) les dé, conforme a las riquezas de su gloria,

el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu.

Que habite Cristo por la fe en sus corazones;

para que, arraigados y fundados en amor,

puedan comprender bien, junto con todos los santos,

cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura

y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento,

para que queden llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 16 ss).

            Me llama la atención la frase de “ser corroborados con potencia en el hombre interior”. Esta es la gracia mayor que se nos participa en la transfiguración: contemplar al “hombre interior” que es Jesús, fortalece nuestro “hombre interior”. Es una gracia de Persona a persona, una gracia que fortalece lo personal en cuanto tal, no esta u otra facultad del espíritu, no solo nuestra voluntad o nuestra inteligencia…, sino nuestro ser cada uno la persona que es.

            Dentro de cada uno de nosotros hay lo que Pedro llama un “hombre escondido en el corazón” (1 Pd 3, 4). Es el hombre espiritual que somos, el que vamos siendo con la gracia de Dios, muchas veces sin siquiera darnos cuenta. El hecho de que Pedro diga que está “escondido en el corazón” indica que se trata de una realidad amable, cordial. No se trata de un yo superpoderoso o más perfecto o sin defectos, sino de un yo más cordial, más entrañable, más auténtico y sincero: de corazón.

Podemos decir que eso fue lo que se transfiguró en Jesús y no nos tienen que distraer lo del brillo del rostro y la blancura de los vestidos sino que, por el contrario, esa belleza nos tiene que hablar al corazón. Jesús se transfiguró así porque su Corazón es así: en él todo es cálido y luminoso como el sol y puro como la blancura de la nieve. Su Corazón hace hablar al Padre de su predilección porque eso es lo que el Padre siente por Jesús y de lo que abunda el corazón habla la boca. Y Moisés y Elías hablan con Jesús del éxodo, de la Cruz y la Resurrección y la Ascensión, porque ese era “el tema” de aquellos días en todos los diarios del Cielo. Ese era el sentido de todo lo que ellos habían vivido y profetizado en su vida prefigurando lo que iba a realizar Jesús: la redención. Pero más importante que todo esto es que en lo que hace y habla y en la predilección del Padre que experimenta, Jesús les revela su Corazón y en ese espejo podemos ver lo que le interesa del nuestro. Qué no es otra cosa que nuestro corazón mismo, tal como es. No le interesa tanto nuestra blancura ni nuestra calidez sino que le acerquemos nuestro corazón como es para que Él lo blanquee y le devuelva fervor y calidez. Y a nuestro rostro le contagie su sonrisa y a nuestros diálogos el interés por los temas esenciales.

La transfiguración transfigura a nivel del corazón. No las apariencias, sino el corazón. Este es el hombre escondido en el corazón que tenemos que aprender a descubrir en nosotros contemplando al Señor transfigurado.

En qué se traduce esto? Qué gracia tenemos que pedir contemplando la Transfiguración del Señor? Yo diría que la gracia de vivir, de rezar y obrar más de corazón, dejando que salga a flote, que se vea, que se transparente el corazón.

Vivir de corazón implica seguir más las corazonadas que los cálculos. Hoy el algoritmo ya nos sacó mil años de ventaja y todo lo que podamos “calcular” ya está recalculado. Nos lo dice el GPS y nos lo confirman los anuncios que nos aparecen en nuestro internet (sabían que a cada uno cuando busca una palabra no le sale en primer lugar la misma que a otro sino que le viene primero algo que tiene relación con todo lo que buscó antes?). Así que transfigurarse conlleva seguir más las corazonadas, donde aletea el Espíritu libremente y no puede entrar ningún cálculo frío y meramente estadístico.

Rezar de corazón implica discernir. Rezar reforzando las elecciones sólidas, las alianzas fieles que hemos hecho en la vida. Las alianzas de corazón con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestra patria, con nuestra Iglesia. Rezar discirniendo lo que nos une y lo que nos divide de los que amamos, de los que nos ayudan y los que ayudamos. Discernir por el corazón, no por lo que se dice en los medios, que nos hacen pisar el palito manejándonos los afectos, sobre todo las broncas! (Dice uno que lo conoce que la gran virtud de Trump es la de ser una persona particularmente sensible para captar “la furia de los demás”. Es uno que hace enojar a sus adversarios y aglutina la furia de otros contra ellos transformándose en su conductor). Así que, atención a mimetizarme con cualquiera que coincidiendo conmigo en alguna furia legítima me contagia un montón de otras que no eran mías.

Obrar de corazón implica gestos. Gestos pequeños, concretos, en los que se note que le estamos poniendo corazón a las cosas y no meramente eficiencia o interés propio. Corazón. Los gestos y las acciones que se hacen de corazón son fecundas, dan fruto, duran, la gente se las acuerda.

Y así con todo: creer de corazón, esperar con el corazón en la boca, amar de corazón, sonreír de corazón, llorar de corazón, acercarnos de corazón, descansar el corazón… Por aquí va la gracia de la Transfiguración. Al fin y al cabo, lo que hizo el Padre al decirnos que Jesús es su Hijo elegido y que, por favor, lo escuchemos, más que comunicarnos una idea o darnos un mandamiento fue mostrarnos su Corazón.

Diego Fares sj

 

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Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió: – Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo: –Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación

La tentación del mal espíritu siempre tiene una trampa, alguna falacia o “verdad falsa”. Y el Señor nos enseña a discernirla, es decir a rechazarla, a no caer en ella.

Jesús habla con la Escritura, este es un primer detalle. Nos enseña a responder al mal espíritu no con palabras nuestras, sino con la doctrina, con la Palabra de Dios. Porque el diablo es astuto para enredarnos con las palabras cuando entramos en diálgo con él, es experto en confundir: en mentir, acusar, seducir y dividir. Lo vemos en el proceso de las tentaciones al Señor, vemos cómo aprende y en la última, en la que lo quiere seducir para se tire de la altura del Templo, usa la misma Escritura, el pasaje que dice que Dios “dará órdenes a sus ángeles para que te guarden”, y la refuerza con otro pasje que dice: “te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero vayamos por orden.

En la primera tentación, nos fijamos no tanto en los objetos -la piedra y el pan- sino en que el demonio le quiere “hacer decir algo” a Jesús: “dile a esta piedra que se convierta en pan”. El maligno -que no ve nuestro interior pero sí lo deduce por la cara que tenemos y los gestos que hacemos- ha visto que Jesús tiene hambre, que está débil y demacrado por tantos días de ayuno. Se le acerca como dando por supuesto que sabe lo que siente, aunque no lo sepa en realidad, y se le mete en la fuente de las palabras, allí donde la necesidad o el deseo nos hacen “decir cosas”. Si nos fijamos, el Centurión le dirá luego la misma frase al Señor: “Dí una palabra y mi servidor se sanará” (Lc 7,7). Pero la dice con otra intención, humildemente, como nosotros antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi alma quedará sana”.

El Señor no dice lo que el mal espíritu le sugiere, no le habla a la piedra, sino que le responde a él, y  elige una palabra más amplia de la Escritura, una que enmarca mejor su deseo de alimento. Es verdad lo que el maligno da por supuesto, que Jesús tiene hambre. Es verdad también que su Palabra tiene poder para transformar la realidad, pero el Señor elige una frase que dice: “No solo de pan vivirá el hombre” -y que continúa afirmando- “sino de toda Palabra que sale de la boca del Señor”. La Palabra es alimento, no solo es instrumento para lograr lo que queremos.

Podemos sacar provecho para discernir entre palabras y Palabras. Hay un lenguaje que está al servicio de los deseos ocultos del que habla (de nosotros mismos y de los demás) y otro lenguaje que es distinto, es una Palabra alimento, una Palabra que se nos regala para sentir y gustar, como dice Ignacio, en Ella el amor y la Persona misma de quien nos habla. Una Palabra que es Pan de vida, que es Lámpara para nuestros pasos, Palabra viva, que calma la sed y alimenta el alma.

Hoy en día, el enemigo de la gente, nos distrae haciendo parecer que nos tienta con cosas, con objetos de consumo, con imágenes placenteras, con riquezas y vanidades…, pero esto es lo de afuera. En el fondo nos tienta en “lo que decimos”, tienta la Palabra en nuestra boca. Nos hace decir cosas siguiendo nuestros impulsos más primarios, lo que se nos ocurre, lo primero que nos viene. Las redes sociales están llenas de estas palabras fruto de impulsos y sabemos que, como dice el proverbio chino: “cuando estás airado, mejor no escribas cartas (y menos mandes un twett)”. Contra esta tentación de “decir” cosas, como si diciéndolas la realidad cambiara, el Señor nos enseña la mansedumbre de callar y de alimentar nuestra alma con la Palabra verdadera en nuestra oración de cada día. No solo de decir cualquier cosa vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

En la segunda tentación, el diablo apunta no a las palabras sino a los gestos. Todo el despliegue de mostrarle en un instante de tiempo todos los reinos de este mundo en su esplendor y gloria -imaginemos los desfiles militares y los fuegos artificiales de fin de año de las grandes ciudades que le habrá mostrado como en un video clipo de dos minutos- apunta a un pequeño gesto: hacer que el Señor se arrodille, que se postre en adoración ante él.

El demonio, como dijimos, no tiene acceso a nuestro interior, por eso actúa sobre lo externo: nos quiere hacer decir cosas, nos quiere hacer hacer cosas. Aquí lo que pretende es que Jesús hinque una rodilla en tierra, que haga una genuflexión.

A veces basta un gesto y no hace falta arrodillarse. Una agachada a veces es cerrar la boca, asentir bajando la cabeza, dejar pasar una frase, agarrar un sobre, levantar la mano para votar (o abstenerse), dar un click. Uno sabe cuando “le hicieron hacer algo y lo hizo”. Arrodillarse es arrodillar el alma, someter la voluntad, consentir. Y uno sabe cuando consintió, cuando no se dejó comprar. Hoy hay muchas maneras de hacer socialmente aceptable estas agachadas ante el poder. Muchas veces con la excusa de tener poder para hacer el bien. Y aquí es donde está la tentación. El gesto lo dice todo: agacharse para tener poder. Detrás siempre está Satanás. Que es mal pagador. En el momento paga, pero después te lo cobra todo, y con intereses.

El Señor nos enseña que hay gestos que solo se hacen ante Dios nuestro Señor: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto”. No importa si nadie lo ve. El gesto de agacharse -de asentir-  implica reconocimiento personal e incide profundamente en nuestro ser. Es un gesto que nos totaliza y nos agarra enteros y nos pone en manos de otra voluntad. Por eso es tan grave, aunque no se vea. Esta tentación es de otro orden que la de convertir las piedras en pan. Seguir nuestros deseos es un amor egoísta, pero amor al fin. Es un amor que busca el propio bien de manera instintiva y superficial Pero como es deseo de un bien, cuando el pecador se encuentra con su Bien verdadero, lo sigue fácilmente, como lo seguían los pecadores y las pecadoras a Jesús. En cambio esto de “arrodillarse ante el demonio para tener poder” es otra cosa. Es vender la dignidad, es someterse a la voluntad de otro que hará con ella lo que quiera y habrá contado con nuestro asentimiento total. No se puede dar el propio voto para que otro decida lo que él quiera. Si lo decide, que lo haga, pero no con mi voto.

Para sacar provecho de esta enseñanza del Señor, encarnándola en nuestra situación actual, diría que además de la tentación obvia de “vender el alma al diablo por lograr poder”, hay una tentación más sutil todavía que es la de “no arrodillarse ante Dios para adorar ni ante el próimo para servir”. El demonio también nos tienta de no arrodillarnos explícitamente ante el Señor, nos tienta de no adorar. Adorar es tan básico y vital al espíritu como el aire al cuerpo. Y no adorar enferma el alma, crea un vacío existencial, un malestar y una angustia que debería ser fácil de diagnosticar. Tantas veces nos haría bien que alguien nos dijera, por qué no vas y te postrás un rato, con la frente en el suelo, y adorás a tu creador diciendo que no sos nada, que sos tierra, que no sabés nada ni podés nada ni poseés nada y que agradecés y reconocés que Él es todo, sabe todo y puede todo y te ponés en sus manos porque sos su hijo, su creatura y Él es tu Padre y tu creador. La adoración cura esa enfermedad del espíritu, ese el vacío existencial que nadie sino Dios puede llenar.

En la tercera tentación, como decíamos, nos fijamos en cómo el demonio aprendió (él aprende a ser más sutil y nosotros también podemos aprender de sus tentaciones si usamos las reglas de discernimiento y nos confrontamos con nuestro padre o nuestra madre espiritual (o director/a o compañera/o). El mal espíritu aprende y usa la misma Escritura (y doble) para tentar al Señor.

No hay que menospreciar esta tentación “bajo especie de bien” que usa palabras de la Biblia y la tradición. Si el Señor, que es el mismísimo Verbo en Persona, padeció esta tentación no podemos pretender que a nosotros no nos pasará.

Tiene algo de “ingenuamente maligno” esta tentación. Todas tienen algo burdo, pero esta más. Tentar a Jesús con el hambre, es muy humano y quizás poco sutil. Tentarlo con el poder y pedirle que se arrodille ante el demonio, pareciera algo totalmente desubicado. Y esto de retorcerle las palabras de la Escritura para realizar un acto inconsciente de arrojo por pura vanidad, también tiene algo que no encaja. Sin embargo, el Señor también experimentó este género de tentación y nos enseña a vencerla.

Una lección que podemos sacar es que, vista desde afuera o en otro, la tentación es reconocible y siempre tiene algo de patético, pero en el momento en que la sufre uno, la cosa cambia, y muchas veces parece irresistible en el contexto en que se da. Por eso es bueno tenerlas discernidas y tipificadas tal como el evangelio nos narra que las enfrentó el Señor. Para que cuando se nos presenten a nosotros podamos oler de entrada de cual se trata. Si es que el demonio nos está queriendo “hacer decir” algo, o está queriendo que “hagamos algún gesto” que signifique someter nuestra dignidad… O si, en las mismas palabras de la Escritura que alguien dice, se esconde alguna intención dañada.

Una cosa me llamó la atención hoy al rezar con esta tentación: el lugar a donde el diablo lleva al Señor para decirle estas lindas frases de la Escritura: el techo del Templo. Me hacía pensar que quizás no hay que fijarse tanto en la sugestión de tirarse al vacío, como si fuera una mera tentación de espectacularidad.

Aunque no lo parezca, esta tentación es la más dañina de todas, porque usa mal la Palabra De Dios. Fijémonos que el demonio que no logró hacer arrodillar el Señor, ahora lo sube a lo alto del Templo. Y allí usa la palabra de Dios esperando, quizás, que el Señor entre a dialogar con Él. Pero Jesús no dialoga con el mal espíritu, sino que le responde lacónicamente: “No tentarás al Señor tu Dios”, y lo obliga a retirarse.

La tentación, más que tirarse es quedarse charlando de teología con el demonio en el techo del Templo.

El Templo es para adorar a Dios adentro, en medio de la asamblea, presidida por los ministros, en comunión con la Iglesia. No para subirse al techo y desde allí querer dar cátedra, como hace el demonio.

Para sacar provecho, diría simplemente que se trata de una tentación intraeclesial, no se da ni en el desierto ni en el monte, sino en el Templo.

Es además una tentación de elite, no trata de panes ni de poder sino de teología: es acerca de la interpretación de la doctrina.

Opongo solamente dos imágenes. Una, la de los falsos pastores que hablan como si estuvieran por encima de todo -sobre el techo del Templo, más aún: en el pináculo-; la otra, la de los verdaderos pastores, los que hablan dentro del templo, en medio de la asamblea sinodal, junto con todo el pueblo de Dios.

Esta tentación es de los pastores. Pero el pueblo de Dios debe saber discernir.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

—«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca» (Lc  6, 39-45).

Contemplación

Este pasaje lo debemos contemplar en su contexto. Si no parecen enseñanazas sueltas sobre temas distintos, cuando en realidad lo que hace el Señor es englobar las bienaventuranzas y su énfasis puesto en “ser misericordiosos”, con esta parábola final de los dos ciegos y la invitación a ser discípulos en el arte del discernimiento, dejándonos guiar por nuestros Maestros: Jesús y el Espíritu Santo, el Maestro interior que nos dejó.

La clave es quién puede “mostrar el camino” (hodegein), quien puede ser maestro en esta vida. El Espíritu Santo es “El que nos guía por el camino“, dirá Jesús: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él los guiará por el camino a la verdad plena; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga (del diálogo del Padre Conmigo), y les hará saber las cosas que les vienen al encuentro por el camino” (Jn 16, 13). Este Espíritu que nos guía no es difícil de encontrar. Más bien lo contrario: es El Encontradizo, El Cercano, El que está siempre al lado, por decir de otras formas El Paráclito. Basta pedirle una limosna de oración, como quien pide a la persona que tiene a mano orientación para encontrar una calle, y Él no se resiste y siempre responde con amabilidad y precisión.

Una imagen plástica de esta “guía en el camino” es la de Felipe que más que correr vuela por los caminos desiertos de Jerusalén a Gaza. El Espíritu lo conduce hasta el carro del etíope, Gobernador de la reina Candases. El funcionario real está leyendo Isaías -si fuera hoy la escena se daría en un vuelo de primera clase, dada la categoría del funcionario real- y Felipe le pregunta si entiende lo que lee. El etíope responde, guiado ya por el Espíritu que inspira el diálogo iniciado por Felipe: “Cómo podré entender si no hay alguien que me muestre el camino” (hodegein)?” (Hec 8, 31). Felipe es imagen del discípulo bien preparado del que habla Jesús. La palabra que utiliza el Señor (katartizon) significa perfeccionar algo reparándolo. Las dos cosas. Es decir: no se trata de un perfeccionamiento abstracto, de alguien que va aprendiendo lecciones teóricas para convertirse en especialista en un tema. Es un aprendizaje práctico, experiencial. A saber seguir a Jesús por el camino se aprende caminando, luego de que, como al ciego Bartimeo, nos ha devuelto la vista. Se trata de un discipulado en el que se nos ejercita en el padecimiento, un discipulado que nos lleva a la gloria del Señor pasando por la Cruz.  

Pedro, maestro de Lucas, es quien mejor habla de este tipo de “formación del discípulo” que consiste en haber padecido con Cristo y con los hermanos: “Luego de que hayan padecido un poco de tiempo, el Señor mismo los ‘perfeccionará’ (katartizon), los confirmará, los fortalecerá y los restablecerá” (1 Pe 5, 10).

Entonces: cristianamente, el que más “sabe” es el que más a “padecido”. O mejor “compadecido”. La ciencia o más bien el arte del que es Maestro Jesús, es el arte del compadecimiento, el arte de encontrar caminos para ser más misericordiosos con los demás y con nosotros mismos. Si queremos entrar en diálogo con el Señor -eso que llamamos “oración”-, sepamos que el tema tendrá que girar en torno a la compasión. En otros temas, el Señor deja la palabra a los especialistas. A él le gusta hablar de la fe y del compadecimiento que da el amor, que nos hace sentirnos unidos a todos los que sufren. 

Por eso al hablar de enseñanza el Señor usa esta palabra “katartizon” que significa perfeccionamiento pero de algo que ha sido reparado. La misericordia que se enseña es la que primero uno experimenta en sí mismo, cada vez que el Señor nos junta los pedazos en que hemos partido nuestra vida. Compadeciendo podemos aprender y enseñar. Ahí está toda la ciencia de Dios.

Dos grandes enseñanzas nos da a continuación el Maestro, una vez que despertó nuestra atención y nuestro deseo a dejarnos guiar por Él en la ciencia de la Misericordia y de la Compasión. 

Una enseñanza apunta a nosotros mismos. Lo primero que tenemos que reparar y perfeccionar es nuestro modo de mirar y de juzgar. La imagen es clara: me tengo que sacar primero la viga de mi ojo antes de pretender sacar la pajita del ojo de mi hermano (o de mi adversario). Es lo que el Papa expresa cuando habla de la sana costumbre de “acusarse a sí mismo” en vez de acusar a los demás. 

Estamos ante el primer criterio de discernimiento. Ese que dice que no hay que pensar que vemos claro sin más y porque el aire es gratis (y traslúcido). Vemos, sí, con nuestros ojos y entendimiento. Pero vemos “afectados” por otras dos voces. Y una de ellas es como una viga: lo oscurece todo y lo deforma. El buen espíritu y el mal espíritu “nos indican caminos”, orientan nuestra mirada interesándola desde su raíz, uno hacia todo bien y el otro hacia lo malo.

Por eso lo primero es discernir, sacarme el apego y la mala influencia de mis afectos desordenados que ciegan mis ojos, no como un velo, sino en la fuente misma de la luz. Hay prejuicios que tienen el tamaño de una viga, de esas portantes, que sostienen todo un techo. Son prejuicios grandes y articulados, verdaderos paradigmas que no me permiten ver claro porque traban toda mi manera de juzgar y razonar. Me hacen ver y descubrir defectos por todos lados, pero porque tengo este paradigma-viga equivocado en la base de mi propio ojo, en la manera de abrirse y cerrarse a la luz de mi pupila!

Dos “vigas”, por mencionar solo algunas.

Una grande, creo yo, es la viga de la polarización. Es la que nos hace ver todo dividido. Dividido en dos bandos. Todo. Es una viga grande como una casa. Creerse la polarización, la grieta, lo de nosotros contra ellos, es un presupuesto falso que nos lleva a colar mosquitos todo el tiempo mientras nos tragamos el camello. Apenas uno se da cuenta de que una discusión se polarizó, que entró el virus -porque es un virus- de la polarización, debería pedir pausa, antes de seguir por el camino de una discusión que ya se sabe que será estéril, que dará frutos malos. 

Somos “seres de encuentro”, nuestra felicidad brota del encuentro, no de la guerra, no del aislamiento. No tiene sentido cultivar este “ser nuestro” encontrándonos sólo con los de nuestro grupo para pelear con los del otro! El castigo del que sigue este camino es que termina polarizándose con los de su propio grupo: cayendo en internas, llevado por la dinámica misma de la polarización.

Otra de las “vigas” grandes: la viga de la anestesia. Anestesia es “no sentir”, estar privado de sensibilidad. Esta viga es grande hasta el punto de tomar la dimensión de una cultura: la cultura de la indiferencia. Está tan bien armada que, insensiblemente -porque de eso se trata- uno está como pre orientado a buscar sólo lo suyo, a pasar de largo por lo que no le toca, a mirar para otro lado, a no ver, a cerrar el corazón, a no escuchar lo que no le conviene… Tantas cosas que la sociedad de consumo silencia y anestesia para despertarnos -con una sed desmesurada- el deseo de las cosas que ha producido para que compremos. Esta viga de la anestesia nos roba, literalmente, la fuente misma de nuestra vida. 

Hay remedio para esta anestesia “virtual”, para este mundo de evasiones tan a la mano con que nos envuelve el mundo de hoy?

Solo el amor. Recuerdo siempre a Mauricio, el joven pintor que pasó su último tiempo en nuestra Casa de la Bondad, cuyos dolores por el cáncer solo lo calmaban altas dosis de morfina. Cómo para lo comunión de su hijita, en la misa que hicimos en la casa, no quiso anestesia. Y se bancó toda la mañana así, para poder “sentir” el gozo del cariño de su hijita y los abrazos de toda su familia, con todas las fibras de su amor que la morfina habría insensibilizado, porque son las mismas fibras del dolor.

La otra enseñanza del Maestro es la de los frutos. Criterio de discernimiento que es como el manual básico de supervivencia en este mundo en el que las vigas han oscurecido y confundido todas las verdades. No hay manera de discernir la verdad de un discurso analizándolo en sí mismo. Estamos en la era de la posverdad, señores y señoras. Cualquiera dice cualquier cosa, pero lo dice tan bien, que es muy difícil no quedar prendido de discursos que parecen “copiar lo que pensamos” y expresarlo mejor aún que nosotros mismos. No es empatía, amigos, no es coincidencia: es el algoritmo! Los discursos hoy están estudiados para sonar encantadoramente a nuestros oídos. Pero cómo saber si el que los dice, los dice de corazón?

No hay otra que esperar a ver los frutos. No es fácil, se requiere tener memoria y darles plazo a las palabras. Porque la esencia del verso es el sucederse aprovechando que la vida va siempre para adelante. 

Por sus frutos los conocerán. Y acá repetimos las palabras del Señor. No hace falta agregar ni explicar nada. Cada uno debe leerlas y dejar que “fructifiquen” en su corazón y así se le aclare la vista y sienta que el Espíritu le muestra el camino:

“No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”.

Diego Fares sj

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A ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, oren por los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien a quien se los hace a ustedes, ¿qué gracia tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tienen? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente.Ustedes amen a sus enemigos, hagan bien y presten sin esperar nada a cambio; así su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. Porque él es bueno para con los ingratos y malos. 

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.

No juzguen, y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará. Den, y Dios les dará. Les verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes (Lc 6, 27-38).

Contemplación

            Lucas no había puesto la bienaventuranza de los misericordiosos y la desarrolla ahora de un modo particular, no tanto como un “comportamiento” sino más bien como un modo de ser. “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es Misericordioso”.

            Cuando entendemos la misericordia como un mandamiento, como un deber, por una parte suena como algo muy difícil de cumplir y por otra parte, intuimos que por ahí va la felicidad y la única solución a los males que nos asedian. No es dificil “sentir misericordia y compasión” por alguien que está herido o ha sufrido una desgracia. Si es un niño o un pobre inocente, la compasión brota espontaneamente y a uno se le enternecen las entrañas. Si se trata de un enemigo, en el doble sentido de la palabra (extrós), es como antinatural. Pasivamente, enemigo significa “odioso”, es alguien que nos causa rechazo; activamente, significa la persona hostil, que busca hacernos daño. La misericordia no parece la actitud apropiada, sobre todo para el que se muestra  activamente hostil. Por eso el Señor baja a los detalles: bendigana los que los maldicen, orenpor los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnicaDaa quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.

Son actitudes muy concretas que especifican con precisión qué significa misericordia ante una actitud hostil. Pero si prestamos atención tienen algo que rompe la lógica del deber y de la mera acción. Van más hondo, van a una manera de ser de la cual la hostilidad nos quiere sacar, haciéndonos reactivos y miméticos. Devolver mal por mal, ojo por ojo, insulto por insulto, puede ser justo, pero practicando esa justicia nos perdemos algo propio de nuestro ser. Somos creados a imagen de un Ser Misericordioso, nuestro Padre. Y a Él tenemos que dirigir nuestra mirada para descubrir quiénes somos, cómo podemos ser más “nosotros mismos”, que es la única manera de ser felices. Por eso el Señor usa la comparación: si aman al que los ama, qué gracia tienen?

Dice “gracia” (Jaris, como en Eujaristía) no “mérito”. 

Si leemos en clave legalista, esto de saludar al que no nos saluda es ir más allá del mandamiento justo y hacer un acto “extra” para ganarse un mérito. Sin embargo lo que el Señor quiere hacer notar es otra cosa: si prestas dinero solo al que te lo puede devolver te estás moviendo en un plano de paridad en el que se mueven también los que no conocen a su Creador (y por tanto no saben que ellos mismos “son algo más”). Al hacer un bien al que nos es hostil, damos cauce a un modo de ser nuestro que es propio de los que “son hijos del Altísimo”, del Misericordioso, que esbueno con ingratos y malos. 

Luego de este “crescendo” de acciones de misericordia bien concretas, que van más allá de lo “equivalente”, el Señor pone la máxima más fuerte de todo el Evangelio: “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es misericordioso”. Dios es misericordioso. No es un modo de actuar condescendiente que guarde algo detrás. Detrás de la Misericordia no hay nada más porque la Misericordia es todo lo que Dios es. Simplemente. El es así. Ama a todos los que creó, más allá de cómo se comporten. 

En el fondo, esto es un discernimiento que podemos formular así: cuando una creatura actúa mal, cuando siente odio y realiza acciones hostiles que dañan a los demás, no “es ella misma”, no actúa de acuerdo con su ser, con aquello que se le regaló por gracia y que es la vida. La vida no odia, la vida es movimiento de amor, de unión, de cordialidad, de integración. Odiar es actuar contra la vida, contra el propio ser. 

Al no dejarse arrastrar miméticamente por el mal y por el odio, nos mantenemos en nuestro propio ser. Somos hijos del Altísimo y del Misericordioso. 

Esto es como decirle al otro con actitudes prácticas -saludar, rezar, ofrecer la otra mejilla, prestar, no reclamar- yo te trato así porque “estoy hecho así”, soy y quiero ser así. No quiero terminar siendo otra cosa por reaccionar mal al mal que me haces. Mi modelo para saber y gustar quién soy, como puedo ser más auténticamente ser humano, es nuestro Padre. Y Él es, fundamentalmente, incondicionalmente, Misericordioso. Y en su modo de actuar, en todas sus acciones que tienen un más y un menos, se guía por esta Misericordia que es su actitud última. Cuando siembra, por ejemplo, siembra semilla buena. Y lo hace en todos los terrenos. No siembra una de menos calidad en el terreno menos bueno. Y cuando ve que hay cizaña, Él cuida la semilla buena por sobre todo. Por eso no corta inmediatamente la mala semilla, para no arruinar ninguna buena. Estas actitudes que ponen la Misericordia como criterio absoluto e innegociable, tienen consecuencias. Algunos no se bancan lo concreto de la misercordia, la sienten como injusta. Al hijo mayor le resulta intolerable que su padre haya hecho matar al ternero alimentado a grano! Es demasiado. Le brota toda la hiel comparativa: a mí nunca me diste ni un ternerito para comer con mis amigos y a este hijo tuyo que se gastó la herencia en mala vida lo festejas con un asado con el ternero alimentado a grano! El Padre responde en la línea de lo que todos son, no de lo que hicieron. “Vos estás siempre conmigo. Sos mi hijo. Todo lo mío es tuyo. Y este es tu hermano, que estaba muerto y ha revivido”. 

La Misericordia nos sitúa en el ámbito de lo que somos. Desde allí se resetea todo y se parte de nuevo, desde nuestro “progama” original. 

Misericordia significa amor incondicional allí donde el amor se partió en dos y quedó dividido en amores egoistas que luchan uno contra otro. Es como decirle a uno que lucha contra alguien: tanta pasión, tanto odio, implica un gran amor, un amor que diriges mal, porque amas lo tuyo -tus cosas, tus ideas, tu vida- como si quitándoselas al otro las pudieras aumentar o conservar. Y esta lógica no funciona, es contradictoria. Para vivir más, para gozar más y crecer más, tienes que hacerlo en vos mismo, no contra nadie. Más bien favoreciendo gratuitamente a los demás como un modo de “pagar tu deuda con El que les dio gratuitamente la vida a los dos”.

La misericordia es un modo de ser que se apoya sobre el plus, eso “de más” que a uno se le regala poder libremente dar. 

Si nos comparamos con los animales, vemos que ellos no pueden ir contra su naturaleza. Solemos fijarnos en que no pueden “excederse” en el mal: un toro no puede convertirse en un tigre. No tiene dientes para encarnizarse con su presa, a la que, a lo sumo, puede dar un topetazo. Mortal, quizás, pero nunca encarnizado porque no es carnívoro. Pero el animal tampoco puede excederse en el bien. Al hacer de modo constante el bien debido, muchas veces nosotros interpretamos como compasiva alguna actitud suya. Y lleva el sello, ciertamente, porque todo amor actúa misericordiosamente. También los animalitos son a imagen de su creador. 

Pero a nosotros se nos da la gracia de poder redoblar este amor que está en nuestro ser natural y elegir ser misericordiosos allí donde podríamos ser solo justos. Al actuar así, dice Jesús, tomas conciencia de que sos hijo del Altísimo, tomas conciencia de que puedes recrear tu vida y hacerla libremente más a imagen del que te creo. Puedes ser bueno con buenos y malos. Puedes sembrar semilla buena en todos los terrenos. Puedes recibir en tu casa como iguales a todos los hombres como hermanos. Puedes buscar hacer lo que “más le agrada” a tu Padre y a los demás, sin medir de acuerdo a tus propias conveniencias. 

Este “actuar superando las oposiciones” despierta posibilidades nuevas, te permite ser plenamente lo que sos y desarrollar todo lo que hay en tu interior sin quedar trabado por “lo que te hicieron o te hacen los otros”. O por lo que tú mismo hiciste en el pasado y estás habituado a hacer.

* A imitación de Jesús, la conciencia de “ser misericordioso como lo es un hijo del Altísimo”, te vuelve más sensible y más atento a discernir “lo que más le agrada al Padre” (cfr. Rm 12, 2), no contentándote con la mediocridad o con solo lo justo y necesario.

* La palabra del Evangelio se convierte así, para tí (cuando tu deseo es ser como nuestro Padre) en “lámpara para mis pasos” como dice el Salmo 119).

* Y sientes que crece tu deseo de ser más auténtico, dejandote guiar no por la espontaneidad instintiva y psicológica, sino por la espontaneidad evangélica, que más allá de lo que sientes y haces por instinto o por hábito, te estimula a acciones nuevas, hechas en la pura gratuidad de la fe, por el puro gusto de alegrar a nuestro Dios y al prójimo.

* Cierta búsqueda adolescente de gratificaciones humanas va dejando más lugar a la satisfacción que te da la gratuidad del verdadero amor, ese que desciende de lo Alto y se nos dona como gracia.

* Cuando te dejas guiar por este “instinto espiritual de la misericordia” experimentas siempre más y más la sensación de estar caminando en su Presencia, como “a la sombra de sus alas”. Y que Él, cada vez que “bajas de nivel”, te pone sobre sus plumas y te reconduce a las alturas, como hace el águila con sus pichones.

* La misericordia hace crecer en tu interior el deseo de gustar el sabor profundo de la Palabra, de la oración y de la vida interior. No se trata de usar técnicas o de saber más cosas, sino de profundizar en esa misericordia, es decir: es sentir y gustar internamente la riqueza, la profundidad y la textura concreta que la Misericordia adquiere en contacto con la realidad de cada situación en la que están involucradas las personas.

* De la infelicidad de hacer todo lo que se debe hacer (con las acostumbradas escapadas y transgresiones de los pecados de cada uno) se pasa a la felicidad que uno siente al respirar la libertad que da moverse en el Cielo de la misericordia.

Diego Fares sj

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            Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada, pero en tu palabra, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón:
–No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación 

“En tu palabra echaré las redes”. En boca de Simón la palabra “palabra” (ῤῆμα), no es algo abstracto: es algo que dijo Jesús, un “dicho” con un significado preciso, algo que se dice en un momento concreto a viva voz e indica y manda algo que hay que hacer enseguida. Cuando Pedro responde “en tu palabra echaré las redes” está diciendo: nos ponemos en marcha mar adentro y lanzamos de nuevo las redes “porque Tú lo dices” (solo porque Tú lo dices), “ahora que lo dices” y “como Tú lo dices”. Así lo hicieron y pescaron una gran cantidad de peces. Tanto que las redes se rompían y tuvieron que pedir a ayuda a los compañeros de las otras barcas.

Rezar es pescar. Contemplar es pescar. Como quien se va mar adentro -el mar del Evangelio, el mar de la realida, el de su corazón y su mente- y echa las redes allí donde le dice Jesús, en la escena y en la frase de Jesús en la que el Espíritu le hace sentir y gustar las cosas un poco más.

La pesca tiene mucho de limosna, de aventura, de “a ver qué me dará hoy ese mar”. No es algo que se pueda planificar totalmente. Aún con los medios tecnológicos de hoy, los grandes barcos pesqueros tienen que ir detrás de los peces… Ni qué decir en aquella época. 

En tu palabra echaré las redes fue toda una confesión de fe por parte de un pescador experimentado como Simón que se fió -aunque no pudiera formular bien por qué- de la orden precisa que le dió aquel Jesús de quien sabían que era carpintero y que venía de las montañas de Nazaret. 

El diálogo podría haber terminado ahí, como tantas veces en que algún desubicado pretende enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo y le decimos sí, cómo no; ahora mismo nos embarcamos de nuevo, navegamos mar adentro y nos ponemos a pescar como si no hubiéramos estado haciendo eso toda la noche. 

Sin embargo, Simón se fió. Él mismo habrá contado tantas veces la escena… Podemos imaginar la satisfacción con que la contaría. Él, un pescador que no había pescado nada en toda la noche, haciéndole caso a un nazareno, a un Rabbí… 

Jesús le enseñó después a reconocer en esas frases suyas, que le salían espontáneamente cuando hablaba Jesús, la voz del Padre. El Maestro le enseñaría a discernir que poner en práctica inmediatamente un dicho de Jesús era una gracia del Padre, no cuestión de su carne ni de su sangre, no un esquema mental suyo o algo cultural. 

Aquella mañana, en la barca, empezó a ser Pedro, la roca firme de la fe en la que el Señor fundaría su comunidad, su Iglesia. 

Todo por una frase. Por una respuesta suya que dijo sin pensar, porque ya se había puesto a dar órdenes a los otros que lo miraban sin poder creer que le estaban haciendo caso.

Es que las cosas de Jesús, eso que Él llama “su reino”, son así: cuestión de palabra. 

Le preguntaban a un teólogo por qué la Iglesia tenía necesidad de un estado como el Vaticano y el respondió que, según su opinión, no tenía necesidad. Y entoces por qué lo tiene, le retrucaron. Y él dijo que era una herencia histórica. Pero que la Iglesia tiene “personería jurídica” reconocida internacionalmente (la santa sede) sin necesidad de tener un estado. Conserva algo mínimo, pero podría prescindir. Porque de hecho en lo que se funda es en un “codigo lingüístico común”. Es decir en una Palabra recordada en común y puesta en práctica en común. Como hizo Simón Pedro y sus compañeros cuando aquella primera vez le hicieron caso al Maestro que les había pedido permiso para subir a su barca y predicar desde allí a la gente. Allí comenzó la pesca milagrosa que es la Iglesia, institución, sí, pero pescada cada día y que pesca con la sola red de la Palabra. Palabra testimoniada con estilo y obras, se entiende.

Decía que la Palabra de Jesús, sus dichos, sus indicaciones y mandatos, no son palabras abstractas. Son como las redes de esos pescadores, con su cuerdas anudadas y fuertes, que hay que limpiar y desenredar. La palabra de Jesús pesca, recolecta realidades vivas como los peces del lago de Genesaret. 

Hoy en día hay redes más amplias, redes virtuales, que abarcan toda la realidad pero cuando la sacás no te pescaron nada concreto. Las de los amigos de Jesús son más modestas, pero pescan peces reales. Pescan hombres y cada uno que pescan se convierte en pescador. 

Hay que poner en práctica la eficacia de esta “red echada en los dichos de Jesús”. Cada mañana, hay que salir mar adentro a pescar en su Nombre, que está bendito.

Cada tanto, cuando uno siente que no pesca nada, que trabaja en vano, hay que extender las manos como una red, implorando al Señor que “en su Nombre”, lo que estamos haciendo de fruto, pidiendo ánimo y eficacia apostólica, pidiendo ayuda contra el cansancio de la esperanza.

La red echada en la palabra de Jesús supone una pesca personal y otra comunitaria. Hay que pescar solos y hay que saber pedir ayuda y pescar en red. Es así. Tirar la red -la redecita en el lago pequeño de la propia vida- y pescar la palabra concreta para el momento en que se está. Luego, con esos dos peces y esos pancitos que el mismo Señor nos cocina a las brasas de su Eucaristía cotidiana, se cobra ánimo para las pescas más grandes, las que hay que hacer en común.

Así como el Señor nos hace pescadores de hombres, la metáfora dinamiza otras y podemos decir que hay palabras-peces que se convierten en palabras-red. Palabras que pescamos como un pescadito en el lago de nuestra contemplación personal, que se convierten en palabras-red que pescan a muchos otros y ayudan a comprender la realidad.

Hay redes que ya están consolidadas para el uso. Si bien la pesca de cada día es siempre una aventura nueva, no hay que inventar redes si ya tenemos unas bien trajinadas y expertas ,que han pasado por las manos de Pedro y de sus compañeros. Son redes llenas de pescas milagrosas, curtidas por los vientos de tantas noches de pesca, redes que “pescan solas” si se puede decir así. 

Lo que quiero decir es que la Palabra de Jesús no son palabras aisladas, son palabras con historia, entretejidas con otras, que han sido pasadas y repasadas por muchos corazones. Comenzando por nuestra Señora, que las guardaba todas en su corazón, siguiendo por la gente, que se bebía las palabras de Jesús y lo escuchaba con gusto, continuando por los apóstoles, que le preguntaban luego en privado al Maestro lo que significaba cada cosa que había dicho en sus parábolas y consejos, hasta llegar a nuestra época, en la que cada palabra del Señor se ha convertido en un carisma gracias a los santos y en una obra de misericordia concreta gracias a tantos colaboradores que abrazan en sus manos-red a tantos necesitados y pobres de este mundo.

Contemplar es echar estas redes de nuevo -cada vez, muchas veces, las más que podamos- en el nombre de Jesús. Y pescar, pescar. Cada día. Personas, gente, creando cercanía, projimidad, encuentro, como dice y hace Francisco, el Pescador. Con esta manera tan especial de pedir como limosna lo que nos ganamos con nuestro trabajo. Que eso es la pesca, una limosna ganada con trabajo. Limosna, porque no está dicho que si echamos la red el mar nos dará sus peces. Trabajo, porque el Señor quiere servirse de nuestra barca y de nuestras redes para hacer sus milagros. Siempre requieren colaboración los milagros de Jesús: manos que llenen de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembren semillas buenas, manos que echen en su Nombre, una vez más, las redes. Contemplar es pescar.

Diego Fares sj

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             Jesús comenzó a decirles: Hoy se ha hecho real escritura en sus oídos. Todos daban testimonio en su favor y se maravillaban de las palabras de gracia que salían de sus boca. Y dijeron: ¿Pero no es éste el hijo de José?

            Él les dijo: Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: “Médico, cúrate a ti mismo”. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria. Sin embargo añadió: – De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo  que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

            Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero Él, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación

            Con la expresión “esta escritura se ha cumplido en sus oídos”, el Señor le dice a sus paisanos: Ustedes han entendido perfectamente que esto que he leido no son simples palabras. Esto que he leído es una profecía cumplida: la profmesa que el Señor nuestro Dios hizo por labios del profeta Isaías y que al escucharla, ustedes han percibido que “el Espíritu del Señor está sobre mi” y que “me ha enviado a evangelizar a los pobres”. 

            El Señor entra en contacto con el corazón de los que lo escuchan y les dice que eso que están sintiendo, esa admiración que no pueden dejar de  testimoniar, es la confirmación de que están viviendo un momento muy especial, un acontecimiento profético, en el que la palabra de Dios incide en la historia con tal fuerza que no solo se vuelve real, sino que crea una realidad nueva. No se trata, por tanto, de que Jesús “después” vaya a comenzar a predicar. Ya en esta primera prédica está contenida toda su predicación posterior. Por eso Lucas resume en un solo acontecimiento lo que pudieron ser distintos encuentros de Jesús con sus vecinos de Nazaret. En la palabra “enviado a evangelizar” está todo su evangelio: todas las cosas que Jesús anunciará y enseñará. En esos pobres, ciegos y paralíticos, están todos los milagros del Señor; en esos prisioneros, están todas las personas que el Señor liberará del poder del maligno; el año de gracia es la vida entera de Jesús en medio de su pueblo.

            Y nosotros que leemos esta escritura casi dos mil años después – así como Jesús leyó a Isaías que había recibido de Dios y escrito esa profecía 700 años antes, con la gracia, podemos dejar que la palabra se realice en nosotros de la misma manera que se realizó en Jesús.

El modelo es María: el “hágase en mí lo que dice tu palabra” que pronunció María en la anunciación. El mismo Jesús, de quien decimos -misteriosamente y con el respeto que supone decir algo que nos excede-, que es la Palabra, entra en esta dinámica, que es la que dinamiza toda la Escritura. La dinámica de dejar que la palabra se realice, entre como la semilla en la tierra más buena de nuestro corazón, y allí arraigue y de frutos: el treinta, el sesenta, el ciento por uno. 

            El Señor se deja inspirar por la palabra sembrada por el Padre en su pueblo elegido, gracias a los profetas que la acogieron y le dieron espacio total en su vida. Eso significa la afirmación “el Espíritu está sobre mí y me ha ungido”. Significa que el Señor se deja inspirar. Él que “expirará”, entregando su Espíritu al morir en la cruz, Él, que lo insuflará a todos una vez resucitado, no teme inspirarlo de boca de Isaías, no teme hacer suya una palabra que viene creciendo misteriosamente en el alma de Israel y que ahora “se cumple” en sus labios. 

            Este movimiento de “encontrar la palabra”, como Jesús “encontró” el pasaje de Isaías, de hacerla propia -leyéndola y comprendiéndola-, es un ejercicio espiritual que viene de lejos, y llega a nosotros pasando por la vida y la práctica del mismo Jesús. Él nos enseña así a “contemplar en la acción” y a “actuar contemplativamente”, partiendo de la palabra para hacer todas las cosas, no cosas extraordinarias, sino las mismas que hacemos cada día, pero en este espíritu; también las cosas nuevas que nos propone el Señor y que el Espíritu nos mueve a realizar. Son cosas ligadas todas siempre al bien de nuestros hermanos, especialmente de los que nombra Jesús, los más pobres, los ciegos, los lisiados, los prisioneros.

            Sabemos que “hay palabras y palabras”. Aunque vivamos inmersos en este océano de palabras que nos llegan a cada instante y que pueblan nuestro espacio mental, sabemos que no todas son lo mismo. De alguna manera, lo que ha sucedido, es que las palabras se han salido de nuestra mente y han adquirido consistencia propia en eso que bien llamamos la nube. Es una especie de mente común que “guarda” las palabras en distintos dispositivos y las repite -gráfica y sonoramente- todo el tiempo, a la velocidad de los algoritmos, haciendo que “alguien anónimo” esté hablando todo el tiempo. 

            Los seres humanos, en una época eramos dueños de nuestras palabras y de nuestros silencios, hablábamos cuando queríamos y callábamos cuando no queríamos decir nada. Si deseábamos que una palabra nuestra se conservara, la poníamos por escrito, para que otro, cuando quisiera leerla, se comprara el libro y lo abriera. Hoy, que hemos puesto todas nuestras palabras en la nube, todos nuestros libros, las letras de todas nuestras canciones y las copias digitalizadas de todos nuestros films, asistimos al fenómeno cada vez más consolidado de que un algoritmo sin rostro ni pausa, pronuncia todo el tiempo todo lo que hemos dicho, escrito, cantado y filmado. Cuando hablamos, en vez de escuchar lo que dice nuestro corazón, vamos a buscar donde “está dicha” esa palabra en internet. Buscamos quién dijo lo que queremos decir.

            Realizamos, así, quizás sin saberlo, el mismo antiguo acto de “actualizar” la palabra. Solo que debemos esta atentos a que el algoritmo no reemplace al Espíritu. Porque el algoritmo repite como el loro. Solo que a gran velocidad. Es verdad que al tener todas las palabras y al poder analizarlas y compararlas a velocidades inimaginables puede parecer que está reemplazando nuestra inteligencia. Decía un jesuita experto en bioética, que en este momento, cuando se da un diagnóstico médico, parece que el médico es “asistente” del algoritmo, que es el que en realidad “da el diagnóstico” teniendo en cuenta todos los análisis. El punto es que ese sujeto anónimo que habla todo el tiempo y que, teniendo en cuenta la música que hemos escuchado nos propone una playlist que va de acuerdo con nuestros gustos, ese sujeto anónimo, digo, actúa en clave de pasado. 

            El algoritmo tiene todo lo que hemos dicho y hecho. Lo repite, lo recicla y lo proyecta y, probablemente cree cosas nuevas en base a lo que tiene. De lo humano tiene el número, digamos. Lo cual es mucho, porque todo se puede cuantificar! Hasta el misterio de Dios lo numeramos: el Dios uno y trino, la Santísima Trinidad. 

            … Y sin embargo. Escuchemos cómo reza Santa Isabel de la Trinidad: 

“Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, inmensidad donde me pierdo! yo me entrego a Ti como una presa”. 

            El algoritmo no tiene eso que expresan el signo admirativo y el pronombre posesivo: “¡Oh, mis Tres!” en quienes “me pierdo”, a quienes “me entrego”. Santa Isabel pide como limosna: “Siento mi impotencia y te pido (…) Ven a mi como Adorador, como Reparador, como Salvador”.

            La escritura que se actualiza al leer Jesús la profecía de Isaías es, antes que ninguna cosa, lo que sucede cuando el Espíritu está sobre ese “Mi” -palabra con la que Jesús revela todo lo que importa. Que el Espíritu esté sobre Él es lo que reconocemos y eso nos basta. Él se hace cargo de ese Espíritu y de la misión de hacerlo llegar a todos. 

            Alguien que se hace cargo, ese es el punto donde se diferencia lo humano de lo técnico. Nada más. Pero nada menos. 

            Por eso el Señor pesca la tentación que insidiosamente deslizó alguno con aquella frase que quedó picando en el aire (como todas las frases insidiosas que dicen algo a medias y no se hacen cargo, dejando que produzcan su efecto venenoso arraigando en la mezquindad de cada uno): “Pero no es este el hijo de José?” 

            La falacia está en desviar la atención hacia “algo que autorice externamente” lo que está diciendo Jesús. Porque lo que está diciendo es, precisamente, que Él habla con Autoridad”. Con una Autoridad que le viene de adentro, de su corazón, de su vida, del dar la vida en testimonio de su amor.

            Esto es lo que les decía el Papa a los jesuitas de Centroamérica hablando de Rutilio Grande, el jesuita martirizado en El Salvador en 1977, cuya muerte convirtió a San Oscar Romero: “Rutilio fue profeta por el testimonio“. Antes que por ninguna palabra -aunque dijo todo lo que tenía que decir sin “bandearse” nunca de la sana doctrina, su profecía fue el don de su vida. 

            Jesús está “dando su vida” proféticamente, tanto cuando lee como cuando realiza un milagro. Siempre está dando la vida. 

            Un detalle nos ayuda a ver esto. Jesús parece que “adelanta” los milagros que hará en Cafarnaún, que Lucas contará después. Es que el evangelista médico une dos visitas de Jesús a su sinagoga, una en la que fue alabado y otra en la que fue echazado. Compone así esta “escena inaugural” de todo el ministerio del Señor. 

            El evangelio entero, y esta escena en particular, se sitúan en un tiempo que es más que el tiempo cronológico: Jesús en el “ahora” suyo actualiza no solo lo que Isaías profetizó 700 años antes, sino lo que él hizo/hará en Cafarnaún y lo que hará a lo largo de toda la historia: Él está Evangelizando a los pobres cada vez que sale una palabra de gracia de su boca y cae en un oído que la acoge. Y aún cuando sea rechazada, esa Palabra se cumple, misteriosamente, y crea historia de salvación.

            Por eso asistimos en Lucas a una arremetida del Señor contra los que lo ningunean. Vemos que no dejó pasar la frase, como a veces hace uno cuando,  midiendo el grado de aprobación general, deja pasar la crítica de alguna persona. 

            “Acaso no es este el hijo de José” es una de esas frases todos  comprendemos sin necesidad de conocer lo específico del caso. Sabemos que se usó para desacreditarlo como profeta, es decir como uno que realiza la palabra. Y por eso Jesús se despacha con todo su arsenal profético contra los murmuradores. Porque están pecando contra el Espíritu Santo que está sobre Él y están pecando contra los pobrecitos que, si queda desautorizado, no recibirán su palabra sanadora!

            El Señor resitúa lo que está sucediendo -el movimiento de espíritus, diría san Ignacio, ese paso de una consolación a una desolación que experimentan sus paisanos- citando el proverbio “médico curate a tí mismo”. Remite además lo que sucede a dos hechos de la vida de los profetas anteriores: Elías y Eliseo. Son dos hechos en los que se resalta que la acogida o el rechazo de la Palabra es algo personal. Así como la frase insidiosa se la agarra con Jesús personalmente, aludiendo a que “es hijo de José”, el Señor responde mostrando que la acción profética, desde el comienzo, tuvo que ver con cuestiones personales. Dos “pequeños” de Yahve, extranjeros para colmo, una viuda y un leproso, gozaron de los beneficios vivificantes y sanadores de la palabra de los profetas mientras que Israel en su conjunto la rechazó.

            Así también hoy, la palabra del Señor nos interpela al corazón. A cada uno. La suerte de la palabra se juega, no en lo que dicen los diarios y la radio, no en lo que se mensajea por twitter, sino en lo que cada uno -prestando atención a los oídos de su corazón- decide recibir, cultivar y poner en práctica. Hoy se realiza esta escritura en tus oídos, en los oídos de tu corazón. 

            Si te sentís evangelizado, alegrado y consolado como un pobre por la buena noticia, es que la recibiste. 

            Si te sentís como un ciego al que le devolvieron la vista, es que el Espíritu de Jesús se posó también sobre tí. 

            Si sentís que volvés a caminar, que te pones de nuevo en camino hacia lo que siempre presentiste y soñaste que podías ser, es que te diste cuenta de que Jesús te está hablando a vos. 

            Si alguna puerta se abrió y te saliste de alguna situación que te tenía aprisionado -como Jesús que pasó en medio de los que querían desbarrancarlo-, y respirás el aire de la libertad, es que el contacto que Jesús busca con cada persona te tocó y rompió alguna de tus cadenas: “El lazo se rompió y escapamos, como un pájaro de la trampa del cazador” (Sal 123, 7).

Diego Fares sj

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