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Archive for the ‘Contemplaciones 2019’ Category

            Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: 

«Este hombre acepta a los pecadores ( tiene expectativas con respecto a ellos) y come con ellos.» 

Jesús les dijo entonces esta parábola: 

«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.” 

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»

Y les dijo también: 

«Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: 

“Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte.» 

Jesús dijo también: 

«Un hombre tenía dos hijos….” (Lc 15, 1-32).

Contemplación

            Leo las lecturas para hacer la contemplación y me quedo con un versículo el Allelluya que dice: “Dios nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación”. Enmarca para mí las lecturas de hoy, la de Moisés que intercede para que Dios se reconcilie con su pueblo, que lo ha abandonado por otros dioses, y las parábolas de Jesús, con las que nos revela el sentido profundo de su vida, que es reconciliarnos con el Padre y entre nosotros. 

            Dice así el pasaje entero de Pablo: “…Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que consiste en que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Cor 5, 18-19).

            Esta palabra de la reconciliación, que tenemos como ministerio los cristianos, es una palabra especial. Es una palabra extendida, que sigue los procesos de un largo diálogo… No es una palabra puntual, e esas que concluyen una situación definiéndola, sino una palabra que abre. Es el tipo de palabras como las que dice el padre cuando sale a tratar de convencer a su hijo mayor de que está bien la fiesta que le ha hecho al hermano menor que ha vuelto arrepentido. La palabra de la reconciliación es una palabra que Dios nos va diciendo durante toda la vida. 

            Así también nosotros, si nos hacemos cargo de este ministerio de la reconciliación, hay una palabra que tenemos que ir viviendo y predicando durante toda nuestra vida, con gestos de reconcilición, con la preparación del terreno para que esos gestos tengan sentido y luego sí, si es necesario, diciendo alguna palabra que ilumine la reconciliación que Dios siempre está poniendo en acto. Poner en acto quiere decir que la reconciliación es “el drama”, es “lo que acontece”. Si la expresáramos en términos de una obra de teatro podríamos decir que el argumento de nuestra vida es “una reconciliación”, como la que ponen sobre el escenario las parábolas de la misericordia de hoy.

….

            Las lecturas las leo en un momento único de mi vida, de la vida de nuestra familia, como es el de la partida de nuestra madre, ya antes de ayer!, a la Casa del Padre. Ayer la enterramos en la misma tumba en que está papá desde hace 21 años, en el Parque de Descanso de Mendoza, con la cordillera nevada de fondo -el volcán Tupungato!- y todo el verde de este hermoso cementerio. 

            Tener que predicar a tantos amigos y amigas, me hizo sentir muy fuerte las imágenes cruzadas que cada palabra de nuestros rituales suscita en las mentes modernas, atravezadas por paradigmas diversos. Entonces uno busca en la mente las palabras esenciales -solo alguna- que permitan expresar evangélicamente lo que siente el corazón. Y reconciliación es una de ellas. 

            Si algo puedo decir, irá seguramente por el lado de “no tomar en cuenta las transgresiones (mentales, el hecho de que cada uno piense lo que quiera o lo que pueda) de los hombres y encontrar palabras que reconcilien. Palabras que reconcilien las ideas con la fe, que reconcilien lo que uno siente de la Iglesia, que reconcilien lo que uno aprendió en el catecismo y lo que la vida le enseñó después. 

            Al ver la tumba abierta en cuyo fondo está -tapado por una fina capa de tierra- el cajón que contiene los restos de papá, escucho las palabras de Ernesto que dice: “Bendecimos este sepulcro donde estos restos mortales esperarán la resurrección final” y -agrega- “porque en eso creemos: en que Jesús resucitará no solo nuestra alma sino nuestro cuerpo mortal, que enterramos ahora en la fragilidad de la carne”. Escucho estas palabras y siento: no se si todos creen en esta resurrección. No sé si todos “la esperan”. Yo sé que no lo entiendo, que siento que la  muerte me deja “afuera”, pero creo en Jesús y espero que Él me resucite, si quiere. Que nos resucite a todos, así como nos dió la vida.

Después, rezando la misa esta mañana, me vino con toda su fuerza la imagen de la tumba en la que descendió, lentamente gracias al aparato mecánico, el cajón de mamá, hasta posarse suavemente sobre el de papá, como en un abrazo. Y sentí esta verdad: que la vida se da a luz y se entierra. Que la vida es un misterio que viene de adentro: venimos a la vida dentro del cuerpo de nuestra madre y al morir somos guardados en el seno de la madre tierra, que nos cobija a todos, a la espera de la resurrección. 

            Se puede esperar en la resurrección! Si la vida nació desde adentro, si es un misterio de interioridad, se puede esperar que al entrar en el interior de la tierra, un día el Señor nos resucite. Pero más claro que todo es que “estamos afuera”. Al ver entrar el cajón en lo profundo de la tierra, queda claro que nuestra vida es “afuera”. Y que el misterio no está “más allá”, en un Cielo que es más alto pero también afuera, sino “adentro”. La vida es cuestión de intimidad: nacemos viniendo de adentro, morimos yéndonos para adentro, desconectándonos del afuera, quedando enterrados, a la espera de la resurrección, que si algo será, será renacer en el Corazón que nos creó. 

            La mujer a la que se le pierde la dracma sabe que la moneda está adentro de su casa. Busca, barre y mira debajo de la cama y dentro de los roperos y cajones. 

            El pastor al que se le pierde la oveja, antes de salir campo afuera a buscarla, la encuentra adentro de las expectativas de su corazón, allí donde no se resigna a quedarse sólo con noventa y nueve, aunque sea un número importante. En su interior, sus ovejas son cien. Y esa que falta le pesa adentro. Por eso sale a buscarla y la trae con tanta alegría sobre los hombros. 

            El Padre que abraza al hijo pródigo y sale a convencer a su hijo mayor para que entre en la fiesta, es un Padre que está dentro de la casa. Y todo el movimiento de la parábola es hacia adentro de esa casa construida desde el Corazón por el Padre, de la que un hijo se fue y a la que el otro hijo no quiere entrar. 

            La vida se vive desde adentro. Es un misterio de interioridad. Se despliega hacia afuera, ciertamente, pero madurando desde adentro, yendo y volviendo, sin perder conexión con el misterio de la fuente vital, que no está afuera sino en el interior, en el amor. La palabra de la reconciliación, por tanto, debe ser siempre una palabra que haga sentir que es lindo “entrar”: entrar en relación, entrar en casa, entrar a meditar, entrar a ayudar. Hacen fallta no palabras abstractas, que dejan en punto muerto la mente, sino palabras que atraigan y despierten el deseo de volver a entrar en la casa paterna. Que quiten el miedo a entrar, incluso en una tumba, incluso en la muerte. Entrar. 

            Y si uno concibe la vida como a lo que hay que entrar, siempre más profundamente, entonces Jesús pasa a ser el único interesante, el único necesario.   Porque si algo es Él -Jesús-, es puerta! 

            Jesús es la puerta. Jesús es la llave. Jesús es el camino que lleva al interior de la vida – a los valores que valen: la projimidad, la misericordia, la sinceridad, la confianza, la esperanza, la caridad-. 

            Jesús es el Nombre que abre todo, el corazón de tus hermanos, los secretos de la vida, el sentido de Dios.

            Les decía a mi familia y a mis amigos que mamá escribía todos los días en sus agendas (esas de San Pablo) desde el año 1994. Sobre un estante en su mesa de luz estaban ordenadas 25 agendas. Y en cada página están escritas, primero, las resonancias de la Palabra del evangelio del día y, luego, abajo, las cosas de la familia. Allí están guardados nuestros días, en el interior de esas agendas que expresan lo que guardan en su interior todas las madres: las cosas de sus hijos, las cosas cotidianas de su familia. Y comentaba lo que me dijo una de sus amigas (mamá tenía amigas mucho más jóvenes que ella, lo cual es todo un carisma): que María Olga había sido una mujer de fe y que nada había hecho que cambiara su relación con Jesús, ni las cosas malas ni las cosas buenas del mundo y de la iglesia. Una relación con Jesús basada en la lectura de la Palabra y en esa reflexión suya, casera, personal, en la que consistía su diálogo con el Señor. 

            Jesús es la Palabra de reconciliación que el Padre nos ha dado y confiado para que a nuestra vez la demos. Jesús. Las otras palabras sufren con el cambio de paradigmas como un continente que choca con otro (a la velocidad de dos o tres cm por año pero haciendo una presión que crea cordilleras!). 

            Uno dice “resurrección” y siente todo lo que una palabra así despierta en el imaginario actual, poblado de fórmulas químicas aplicadas al cuerpo y a la vida. El imaginario espiritual, lleno de palabras como vida eterna, cielo, resurrección, Dios…, choca con el imaginario cotidiano, lleno de palabras como calidad de vida, implante de órganos y microchips, nube y wifi, actualización de datos, evolución de la materia. 

            Solo la realidad, humilde y rica, de Jesús -con su vida de valores incuestionables, sus parábolas y su entrega- es una roca segura donde poner pie y comenzar a rezar, comenzar a pensar por uno mismo, relativizando un poco todo lo demás. Uno no puede caminar sobre otras palabras como si fueran piedras sobre el mar, porque da dos pasos y se hunde. Sí se puede caminar, paso a paso, por la palabra de Jesús. Jesús como lo sienta cada uno, Jesús como me lo dan los evangelios, Jesús amado por los santos que quiero, Jesús y sus valores esenciales, Jesús misterio, Jesús Eucaristía, Jesús que habla a los sencillos, Jesús bueno con los enfermos, Jesús comprensivo con los pecadores, Jesús que tiene palabras que dan vida… Jesús.

            Se puede hablar “de” Jesús. Decir algo, para que a cada uno el Espíritu le de ganas de hablar “con” Jesús. El que siempre está “reconciliando” a los hombres con Dios y entre sí. 

Diego Fares sj

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            Caminaban con Jesús grandes muchedumbres acompañándolo, y él, dándose vuelta, les dijo: «Si alguna persona viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. 

El que no carga con su cruz y se viene en mi seguimiento, no puede ser mi discípulo. 

¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y mira si tiene para terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda terminar y todos los que lo vean se burlen de él y digan: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.” 

¿Y qué rey, si marcha para entrar en guerra contra otro rey, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus haberes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-33).

Contemplación

            El evangelio de hoy es para todos. Lucas nos habla de grandes muchedumbres que caminaban acompañando a Jesús: había grandes y chicos, familias enteras, gente de toda condición social, cada uno en un momento particular de su vida y de su proceso interior. Y el Señor, dándose vuelta, le habló a todos. 

            Lo que quiero decir es que no era “una clase de gente” -los que buscan un maestro o un referente en un momento de su vida, por ejemplo-, sino toda la gente, movida en ese lugar particular del corazón humano que responde a su Pastor, a su Creador. Sólo Alguien como Jesús puede convocar a todos solo con “pasar”, solo con “contar una parábola” o tener un gesto, como el de multiplicar el pan.

            El Señor ve que lo siguen y “dándose vuelta”, hace estas cinco advertencias. Son eso, advertencias. Un género literario que usa mucho el Papa Francisco. Siempre hace advertir algo, notarlo, caer en la cuenta. La advertencia no es solo amenaza, es también decir “mirá aquel paisaje, qué hermoso” o “notaste lo que pasó?”… 

            Pero antes de volver a escucharlas y para que no nos suenen remanidas (hay que cargar la cruz!; hay que dejarlo todo…!) tengamos en cuenta que Jesús hace estas advertencias a los que por su propia cuenta salieron a seguirlo. 

            Digo esto porque el cristianismo se ha convertido en muchos lugares en costumbres y creencias que se heredan culturalmente, es decir en cosas en que uno ya encuentra instaladas en su vida, y entonces las advertencias pueden ser motivo de rebelión Que uno diga: “por qué siempre esto de cargar la cruz”, “por qué esto de renunciar a mis haberes…”. Por eso advirtamos que Jesús le habla a todos pero en cuanto han salido de sus ciudades y se han puesto por su cuenta a caminar con Él. No se les metió en su casa con propaganda ni les habla como a un público cautivo. Les habla -nos habla- solo cuando nos ponemos en camino! Y allí las advertencias, que suenan a amenaza si uno está quieto, se convierten en ayuda cuando uno va en camino.

            Esto es algo en lo que tenemos que reflexionar, en primer lugar, los que somos cristianos. Aunque muchos de nuestros valores se hayan vuelto parte de nuestra cultura e incluso estén en nuestra constitución, no se los podemos imponer a nadie. Y para proponer estos valores debemos hacerlo “al estilo de Jesús”. 

            Cómo propone Jesús sus exigencias? Podríamos decir que las propone en sangüiche, poniendo la exigencia entre dos actos de libertad: el acto de libertad inicial que hace el que se pone a seguirlo y el acto de libertad renovado, ese que el mismo Jesús nos hace renovar una y otra vez. Su frase preferida es “el que quiera seguirme (y se la dice a uno que ya empezó a seguirlo)… que cargue su cruz y me siga”.

            Las “advertencias”, de Jesús son llamados de atención que se dirigen a nuestra libertad, para interpelarnos y despertarnos. Él no solo recuerda las exigencias sino que, cuando la exigencia se hace sentir, aprovecha para preguntar de nuevo si de verdad queremos seguirlo. No dice: ustedes ya se comprometieron, ahora se aguantan. Recordemos el momento en que habla de “comer su carne” y muchos de sus discípulos dejan de seguirlo porque consideran duro su lenguaje. El Señor aprovecha la crisis para preguntarles a los más amigos: “Y ustedes… también quieren irse?” (Jn 6, 68). 

Otro momento fuerte es cuando, ya resucitado, le encarga a Simón Pedro el cuidado del rebaño. Aún allí, o “precisamente allí, el peso que conlleva la misión no lo carga sobre el sentido del deber de Pedro sino sobre su elección de amarlo más que los otros, de amarlo simplemente y de amarlo como amigo, dejándose amar por Él “que lo sabe todo”. 

            Esta es la piedra angular que pone Jesús: sus exigencias se apoyan en el amor y sólo en el amor. En un amor por el que podemos optar de nuevo cada vez que nos encontramos en la encrucijada de poder elegir “otros amores”. El Papa decía antes de ayer que esa era la diferencia entre hacer proselitismo y evangelizar. El que hace proselitismo manipula tu libertad, el que evangeliza te ayuda y te exige a ser siempre más libre.

            En el evangelio de hoy, Jesús desglosa estos “otros amores” y pone ejemplos de personas, cosas y situaciones que pueden ser impedimento para seguir a Alguien como Él.

Pone primero el amor a nuestros seres queridos y a nuestra propia vida. Son amores naturales básicos, instintivos, incuestionables. Pero si se adueñan de nuestro corazón de manera tal que no nos dejan caminar en seguimiento de Jesús y “crecer” en su amor, debemos aborrecerlos. No aborrecer las personas sino nuestra afección desordenada a ellas con un amor que no les corresponde, ni reclaman, porque ninguna creatura reclama para sí ese amor absoluto que solo se le debe a Dios. Todos experimentamos un natural rechazo y hasta repugnancia cuando sentimos que alguien nos idolatra demasiado. 

            Luego pone el Señor la cruz. Puede ser que uno “ame” una cruz de manera desordenada y que eso le impida crecer en el amor al Señor? Puede ser. Puede suceder que aquello que “nos crucifica”, los clavos de un deber o una culpa que consideramos absolutos, nos traten de hacer sentir que “así”, con “esta cruz”, no podemos seguir al Señor. Pero Jesús nos dice que toda cruz se puede cargar y que lo importante es seguirlo… con la cruz a cuestas.

En último lugar vienen “los haberes”, todo lo que ponemos en la columna de nuestro haber y que amamos como posesión nuestra. El Señor nos dice que, si queremos seguirlo, en la columna del haber quiere estar sólo Él. Esto no es por celos sino por realismo: Él es nuestro único tesoro, lo único que podemos “poseer”  en realidad -y poseer hasta el punto de poder comulgar con su Carne-, porque Él es el único que se nos puede dar enteramente. Las demás cosas “se nos escapan” -por decirlo de alguna manera- si las queremos poseer.

Para encarnar bien sus advertencias, Jesús cuenta dos ejemplos de situaciones en las que todos discernimos bien. Y si no lo hacemos, no hace falta que alguien de afuera nos corrija, nuestra misma razón práctica nos hace ver el error de cálculo.

            Los ejemplos del Señor a mi me gusta leerlos “personalmente”, en cuanto dirigidos a mí, hoy y aquí. No en general. 

            El discipulado, el seguimiento de Jesús, se puede comparar con lo que sucede al que quiere edificar una torre y lo que le pasa al que emprende una guerra. Hay que calcular gastos y medir fuerzas. 

Jesús nos hace ver lo que le pasa al que calcula mal -que todos se le ríen, porque no pudo terminar lo que comenzó y lo que hace el que calcula bien sus fuerzas y se da cuenta de que tiene que negociar. Este final me parece que es para los dos ejemplos: para mí la enseñanza es que si quiero seguir a Jesús, tengo que aprender a negociar con él. Negociar suena mal, pero si uno “negocia” solo con Jesús, si uno le regatea a Él en la oración, como Abraham cuando intercedió por Sodoma y Gomorra, si uno le pide y le suplica como tantos pobres del evangelio, si uno le insiste y se salta las reglas , como los que metieron a su amigo paralítico por el techo, o la que le tocó la orla del manto entre la gente…, si uno negocia con Jesús en la oración, el discipulado “imposible” se vuelve posible. Porque no hay nadie que pueda calcular bien los gastos de una vocación si que pueda pensar que con sus fuerzas podrá contra el diablo y el mundo que siempre nos redoblan en número. Si quiero ser discípulo del Señor, debo renunciar también a esos “haberes” que son mis cálculos y mis fuerza humanas y “negociar la paz con el Señor”. 

Y cuáles son las “condiciones” de paz que el Señor pone a sus discípulos?

La primera condición consiste en recibir su Paz como un don constantemente renovado. La paz es algo que el Señor da cada vez que sale al encuentro de los discípulos, una vez resucitado: la paz les dejo, mi paz les doy. Es una paz que nosotros tenemos que recibir como un don, no de una vez sino muchas veces. Cada vez que lo invocamos para algo, lo primero es “dejarnos dar su paz”, entrar en el ámbito de paz que su presencia crea. 

La segunda es estar cerca de la fuente de donde brota su Paz: sus llagas. La Paz que da el Señor “no es como la que da el mundo”, que suele ser una paz de conveniencia, que tapa cosas… La paz del Señor tiene como condición “ver sus llagas”, acercarnos a ellas, curarlas en los pobres y enfermos… Es una paz que Él nos consiguió pagando el precio de quedar llagado y para experimentarla hay que acercarse a toda llaga, mirarlas con compasión, tocarlas con misericordia en los demás. 

La tercera condición es dejar que el Señor nos “lave los pies”, nos perdone los pecados y nos calme ansiedades y culpas

La cuarta condición es “dar la paz” a los demás, como primera cosa, al evangelizar y al interactuar. Las cosas que hacemos en su nombre deben ser hechas cuidando la paz. Es el elemento en el que el Espíritu actúa.

Diego Fares sj

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Pasó que Jesús fue a comer un sábado a casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. (…) 

Al notar Jesús cómo los invitados se elegían los primeros asientos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te pongas en el primer lugar, porque puede pasar que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.» 

Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete,  invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Serás bienaventurado, porque ellos no tienen cómo retribuirte, se te retribuirá en la resurrección de los justos!»(Lc 14, 1. 7-14).

Contemplación

El evangelio de hoy nos presenta dos parábolas del Señor que trataremos de leer como una sola. La Biblia de Jerusalén las llama la parábola de la elección de asientos y la parábola de la elección de invitados. 

El tema sobre el que Jesús “paraboliza” es la elección: lo que elegimos, a quién elegimos. No sé de dónde me salió esto de “parabolizar”, pero al imaginar a Jesús en medio del banquete y de toda la gente, se me ocurrió que Él pensaba así, parabolizando, es decir: observando el modo de actuar de la gente, leyendo, por un lado lo profundo de las intenciones de los corazones, y por otro lado, teniendo en cuenta el dinamismo de la situación en su conjunto, de modo tal de poder establecer comparaciones significativas y fecundas con el dinamismo de su Reino. 

Se me hace que esta es una manera de pensar distinta de la habitual. No le comenta, por ejemplo, a Pedro o a Juan: “miren a esos, cómo eligen los primeros puestos”. Ese tipo de comentarios deja algo picando y se queda ahí, en la complicidad y el gusto de notar una actitud y hacerla ver. A veces termina en un juicio: “qué hambre que tiene aquel”; siempre buscando trepar…”. 

El Señor va más hondo, contempla la situación en su conjunto. No solo se fija en lo que elige cada uno para sí, guiado por su interés, sino que tiene en cuenta al que organizó la fiesta. 

Ese es el personaje principal de las dos parábolas: en una, porque se ve que es él el que elige sobre las elecciones de los invitados y en la otra, porque es a quien se dirige personalmente Jesús. 

Este personaje “que invita”, les hace ver a los otros que eligieron lugares dentro de un contexto relativo ya que son sus invitados y lo que ellos elijan depende, en última instancia de él, que los invitó y puede decirles: “déjale el sitio a este” o “amigo, acércate más”. 

El punto está, entonces, en la segunda parábola, la que Jesús nos dirige a todos allí donde podemos hacer una elección distinta. 

Invita a los que no tienen cómo retribuirte, le dice al que lo había invitado. Y concluye la parábola diciendo: “Se te retribuirá en la resurrección de los justos. Quién retribuirá? El que nos invitó a todos al banquete de la vida, el Padre de todos. Él es el que retribuye -con amor, no con bienes externos- las acciones que hacemos con amor en “lo secreto”.

Cuando elegimos, tenemos que elegir cosas sobre las cuales que el que nos eligió pueda obrar mejorando su creación. Si elegimos egoístamente los primeros puestos, no le quedará otra que corrernos. Si elegimos el último lugar, como no podrá mandarnos más abajo, solo podrá, en su infinita misericordia, hacernos subir un poco… 

Es como si el Señor nos mostrara el límite último, el escalón más bajo, para asentar allí -negativamente- el deseo de elegir algo que nadie nos pueda quitar. E inmediatamente nos lleva a poner la atención en elegir no “puestos para nosotros mismos” sino “personas a las que hacer un bien gratuitamente”. 

La oposición de fondo es entre elegir cosas interesadamente o elegir personas  desinteresadamente. Esta elección de los pobres mirados como personas valiosas cada una en sí misma y no considerados como medio para lograr otro fin (que me retribuyan el favor), es la elección a cuyo nivel nos quiere hacer subir el Señor. 

“Acercate más, amigo”, no es una invitación a “trepar” por el camino de elecciones que son intercambio de favores, sino que es la invitación a elegir como elige el Padre.

El nos eligió a nosotros que no se lo podemos retribuir y nos dio el don más grande que existe, el don de poder elegir hacer cosas por los demás como las hace Él: gratuitamente, por amor. 

Las parábolas van leídas en esta dinámica: la de las elecciones gratuitas del bien absoluto que es cada persona, y no en la otra dirección, la de hacernos los humildes para que nos ensalcen o de elegir a los pobres para obtener un premio que no sea el mismo amor de las personas. 

El premio es poder elegir gratuitamente! Y el Señor lo orienta mostrando los únicos bienes absolutos: los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. No es que los oponga a “tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos” en cuanto personas, sino que opone dos “objetos (o sujetos) de elección”, dos “bienes” que me hacen discernir la altura de mi elección. 

Cuando elijo a alguien que no me puede retribuir, lo elijo como persona que vale por sí misma y mi elección me hace caer en la cuenta de mi propia dignidad: yo también soy uno que ha sido elegido por puro amor, no para que retribuya algo, no con el fin de que sirva para otra cosa. 

De esta manera, lo que hace el Señor es calibrar la libertad, recalibrar nuestra capacidad de elegir. El Don de la vida y de la libertad no se puede pagar con nada que no me haya sido dado, solo se paga “honrando al otro”.

Dicho en criollo, Dios no nos creó libres para que elijamos bienes menores, sino para que elijamos los bienes más altos y gratuitos y eligiéndolos y amándolos, se dilate nuestro corazón y crezca en libertad. 

El corazón se va transformando en lo que elije, por eso cada vez que elijo interesadamente bienes menores, que son medios para pasarla bien, se me va achicando el corazón en los límites de mis propios deseos egoístas. En cambio, cada vez que elijo amar gratuitamente a los demás, se me va ensanchando el corazón en cada gesto, según la medida del amor que los otros me brindan, al ser amados gratuitamente. 

No hay límite en el crecimiento de este amor personal. Yentra allí Dios mismo como persona, que potencia infinitamente con su amor estos gestos de amor gratuito con que sus hijos imitamos su Misericordia y su Bondad, eligiendo con predilección a las más pequeñas de sus creaturas, que no tienen con qué retribuirnos el amor.

Diego Fares sj

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Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras avanzaba hacia Jerusalén. Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que serán salvados?» El respondió: «Luchen con empeño para entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos.” Y él les responderá: “No sé de dónde son ustedes.” Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.” Pero él les dirá: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que obran la iniquidad!” Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y seránadmitidosen el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 22-30).

Contemplación

            En el así llamado “Crismón”, el antiguo símbolo con la X y la P (las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego, la Xi y la Ro –Xristos-), el “ojal” de la P es símbolo de la puerta estrecha o ventanita por la que se entra al Reino.

            La puerta angosta significaba para Israel el camino preciso y bien definido de la Ley, cuyo cumplimiento fiel hacía ganar al justo la aprobación del Señor. Jesús interiorizó la puerta estrecha centrando la multitud de mandamientos y preceptos de la Ley en el único esencial: el doble mandamiento del amor. La puerta estrecha es la puerta que abre el corazón a la ley interior de la caridad. 

En abstracto, es una puerta fácil de discernir: hasta los fariseos asintieron cuando Jesús afirmó que el Amor a Dios y el amor al prójimo resumía toda la Ley y todo lo que dijeron los profetas. Pero en la práctica se trata de una “puerta” que nos descoloca, en el sentido de que no es la primera que uno elegiría como la mejor ya sea para entrar a un corazón -al de una persona o al de un pueblo-, ya sea para salir de una situación en la que se ve encerrado. 

            En el Evangelio, el Señor hace una serie de afirmaciones en las que se ve que su intención es descolocarnos. Descolocarnos de las certezas que cierran puertas y hacen difícil nuestra entrada al Reino, que nos hacen quedarnos afuera, sin disfrutar de la plenitud de los dones que el Espíritu distribuye abundantemente a los que entran en él.

El Papa Francisco usa esta palabra “descolocar” en la Carta que nos escribió a todos los sacerdotes para darnos ánimo y consuelo en medio de la tribulación que la vida sacerdotal experimenta en estos tiempos, por nuestros propios pecados y también por la persecución externa. Dice así Francisco: “Conocemos esa tristeza que lleva al acostumbramiento y conduce paulatinamente a la naturalización del mal y a la injusticia con el tenue susurrar del “siempre se hizo así”. Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad. «Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo Resucitado» y para la que fuimos llamados. Hermanos, cuando esa tristeza dulzona (la acedia) amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado» (Gaudete et exsultate 137) .

Sintamos cómo nos “descoloca” el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado:

Luchen con empeño por entrar por la puerta estrecha!! Este es el primer “grito” de Jesús. Como cuando se hunde un barco o se incendia un edificio y alguien grita señalando la única salida: por la puerta estrecha! Luchen por entrar por ella. Uno dirá: “Pero no se está incendiando nada! Hay tiempo  para entrar…”.

Les aseguro, retruca Jesús, que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. El segundo grito es para despertarnos a la situación real. El Señor quiere descolocarnos de la falsa certeza de que uno puede entrar al Reino cuando quiera. Pero no es así: no es que la puerta del Reino esté abierta naturalmente o que nosotros tengamos la llave. Es una puerta que abre y cierra “el Dueño de casa”. Y entonces, si Él nos dice que es mejor que entremos ahora, es mejor confiar en que Él sabe por qué lo dice. 

El tercer grito del que es Palabra viva y eficaz apunta a que no nos confiemos en el hecho de que “conocemos al Dueño de casa”. Jesús dramatiza la escena: Ustedes dirán: “Señor, ábrenos.” Y él les responderá: “No sé de dónde son ustedes.” Entonces comenzarán a decir: “Pero nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas.” Pero él les dirá: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que obran la iniquidad!”

Qué es esa iniquidad? Qué mal han obrado estos que no se apuraron a entrar por la puerta estrecha?

Aquí el Señor nos descoloca del todo, porque dice: “Entonces habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes echados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, y serán admitidos en el banquete del Reino de Dios”. Jesús nos pone a sus oyentes en la situación de tener que ver cómo algunos “ya están” en el Reino – Abraham y los justos de la Antigua alianza- y otros “son admitidos” y nosotros quedamos afuera. Para colmo, los últimos a los que se les deja entrar no pertenecen a la Iglesia, digamos! Vienen de todas partes, de multitud de países, culturas y religiones y el Dueño de casa los deja entrar! Por qué entonces no nos deja entrar a nosotros?

Recordemos que todo este discurso del Señor empezó con una pregunta que le hizo una persona. La pregunta era: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que serán salvados?”. Meditemos un poco en la pregunta. Sabemos que el Señor aprovechaba algunas preguntas para explayarse a gusto en la revelación del Reino. Esta es una de esas en las que pareciera que el que preguntó, si lo hizo solo para plantear un tema abstracto, debe haber quedado bien descolocado. Porque el Señor lo sacudió haciendo ver lo dramático de la situación. La reflexión que me viene es que uno no puede plantear la pregunta por “la salvación” de manera estadística: serán muchos o pocos… Jesús le hace ver que esta pregunta, si uno la hace, si es algo que le preocupa de verdad, es una pregunta que se debe hacer personalmente y uno debe asumir todo lo que conlleva de conversión. La salvación tiene una puerta estrecha y cuando surge esta preocupación en mi corazón, debo comenzar a luchar con todas mis fuerzas para entrar por ella. Si no lo hago, me pasará todo lo que dramáticamente afirma Jesús que me  pasará.

No se puede hacer “sociología” con el Reino: no se puede discutir si serán muchos o pocos los que irán al cielo o al infierno. Debo saber que esta posibilidad es real para mí. Si uno piensa: “Si se salva tanto por ciento de gente es probable que yo me salve también!”, este razonamiento no es evangélico. Jesús desarma este tipo de lógicas. Nos hace pensar así: “Podría suceder que se salven todos, menos yo!” 

El punto es razonar con ideas que me movilicen a entrar ya en el Reino y no con ideas que me mantengan cerca de la puerta pero fuera de la fila.

Por eso el “grito” final, la afirmación que se ha vuelto un refrán, pero a la que no le prestamos siempre la atención que merece: “Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”. Esta lógica del Señor es la lógica del amor. Solo el amor hace que los que por afuera son -parecieran ser- los últimos, sean -puedan ser realmente- los primeros. 

Ahora sí, retomamos la frase de “los que obran la iniquidad”. La “iniquidad” o injusticia de que habla el Señor es, específicamente, la maldad o inequidad que hace mal a los otros. Esta iniquidad tiene que ver, especialmente, con dos cosas. A nivel práctico, tiene que ver con el uso del “dios dinero” -con mamón, como se lo llama-. Lucas habla de “hacernos amigos con el dinero de la iniquidad” (Lc 16, 9), es decir, con el dinero o injustamente adquirido o no bien repartido; con el dinero acumulado más allá de lo que uno puede usar. En este sentido, la puerta estrecha de la salvación es una puerta que uno tiene en su bolsillo. Paradójicamente, el dinero sí puede “comprar la salvación”: si se reparte con amor y generosamente a los más pobres! Si se aprovecha bien para hacer obras de misericordia y ganar amigos que nos abran las puertas del cielo.

A nivel de lenguaje, la iniquidad se opone a la Verdad. Tiene que ver con un modo de hablar hipócrita, abstracto, falaz, mentiroso y engañador, que se opone a la Verdad. Juan dice que “el que habla de sí mismo, busca su propia gloria; en cambio el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia” (Jn 7, 18). Los que “obran la iniquidad”, a los que el Señor no dejará entrar en el Reino una vez que cierre la puerta, son los que hablan buscando su propia gloria. Terminan usando todo, hasta las palabras más santas, para provecho propio y esto hace que esas palabras se contaminen en su lengua y hagan daño confundiendo a los demás. Si interpretamos que el Señor discernió algo de esto en la pregunta que le hizo esta persona, podemos comprender por qué le respondió tan extensamente y tratando de “descolocarlo”. Era uno que hablaba de temas religiosos y hacía estadísticas sobre la salvación, pero no le interesaba salvarse él, relacionarse sinceramente con Jesús como maestro de vida.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a sus discípulos: 

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡qué me queda por desear, si ya está encendido? Hay sin embargo un bautismo con el que tengo que ser bautizado y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53). 

Contemplación 

Las palabras del Señor en el Evangelio de hoy, el fuego, el bautismo y la división, encuentran en el corazón de María un lugar especial para ser contempladas y entendidas de manera justa.  

El fuego de Jesús!  

En ningún lugar mejor encendido y custodiado que en el corazón de María. En el corazón de nuestra señora, el fuego del Espíritu que trae Jesús a esta tierra, enciende lo que debe arder y brillar -la luz del evangelio, la fe, la esperanza y la misericordiosa caridad, y quema lo que tiene que purificar -el egoísmo-. 

Me pasó que buscando imágenes de María relacionadas con el fuego me encontré con todas las que representan su corazón: en su corazón inmaculado está encendida la llama con que el Espíritu se posó sobre ella y los apóstoles en Pentecostés. Y me pasó al revés de lo que me sucede con las imágenes del Corazón del Señor, que me cuesta encontrar una que no tenga detalles que me resultan “melosos” estéticamente hablando. Es que los símbolos a veces pierden fuerza cuando pasa de moda la imagen externa y deja de irradiar en ella la gracia interior. Con las imágenes de nuestra señora en cambio, no me pasó lo mismo, sino que encontré una gran variedad en las que se expresa bien su ternura y la paz mansa que irradia del fuego de su corazón. Es una cuestión mía, pero sé que a otros les sucede lo mismo y que hay imágenes del Señor y de sus santos que no dicen nada a nuestro gusto actual. 

El fuego es el fuego del Espíritu. Es un fuego discreto, que discierne y divide sin concesiones y sin maltrato lo que le agrada al Señor de lo que no le agrada. Es un fuego que quema el pecado, sacude la tibieza encendiendo cada carisma y cada misión en lo que tienen de único y personal.  

En María vemos que esa llama de fuego encuentra su vela perfecta, e ilumina con luz mansa, desde el candelero, toda la Iglesia, cada alma y cada casa familiar.  

En María vemos que esa llama encuentra su horno, donde se cuece el pan de nuestro corazón en el tiempo justo para quedar crocante y fuerte en su corteza y tierno en su miga, como debe ser un corazón.  

En María, el fuego que purifica y limpia el corazón, quema sin dañar, sin maltratar, más haciendo gustar el aroma del bien que insistiendo en lo feo del mal. Es fuego que sana más por la atracción que tienen la luz de la verdad y la calidez de la bondad, que por crítica o amenaza contra la maldad del mal. 

Es el fuego manso del magníficat de María, de su alabanza mañanera que se levanta a rezar y se pone en camino para ir a servir.  

Es el fuego de una mirada comprensiva de madre, sin falsas concesiones y siempre alentadora, que hace reaccionar y estimula a ir adelante.  

El fuego que arde en el corazón de María es fuego que enciende otros fuegos, como bien decía San Alberto Hurtado. Y los enciende a mano, uno a uno, artesanalmente, transmitiendo la llama de la fe de corazón a corazón.  

El bautismo de Jesús.

Es la inmersión del Señor en la pasión: en el dolor, en la angustia, el sufrimiento y el pecado. Un sumergirse que lo lleva a beber el cáliz de la cruz hasta el fondo. María se sumerge junto con su Hijo en la pasión: así como es la “llena de gracia” o “Gracia-Plena”, también es la dolorosa. María nos enseña a vivir apasionadamente, de todo corazón, todo lo que se refiere a Jesús. Primero se tira de cabeza y luego reflexiona y medita en su corazón.  

Su fe es bautismal: es sumergirse y abandonarse enteramente en Dios sin calcular. Con la simplicidad de una madre. 

La división que trae Jesús.

Es esa que el anciano Simeón profetizó a María cuando le habló de la espada que le abriría el corazón. Que se lo traspasaría. Es la única división buena, por decirlo así: la que discierne todo en términos de lo que me acerca o me aleja de Jesús. María nos enseña a ejercitarnos en esta única división. El fruto es que dividiéndonos de todo lo que nos separa del amor de Cristo, sumamos y multiplicamos bien. Incluimos a todos en este amor profundo. 

Contemplando el corazón inmaculado y encendido de caridad y ternura de María, meditamos estas cosas y dejamos que el Espíritu las haga dar fruto en nuestro corazón. 

Diego Fares sj 

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            Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» 

Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» 

Después les dijo: «Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.» 

Les dijo entonces una parábola: «Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: “¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?”. Dijo entonces: “Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparaste ¿para quién será? 

Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 13-21).

Contemplación

            Me impresiona ver cómo rechaza Jesús este pedido espontáneo que le surgió a uno de la multitud al oírlo hablar. Veamos un poco el contexto. Jesús acababa de decir: “El Espíritu Santo les enseñará en ese momento (de la persecución) lo que es necesario decir” (Lc 12, 12). Justo ahí le brota a este hacerle este pedido, no propiamente inspirado por el Espíritu. No es que haya pedido algo malo, sino que fue un pedido indiscreto. Si el Señor hubiera accedido, no sé si hubieran quedado contentos con su modo de repartir…

Pero Jesús no deja la cosa así nomás, sino que aprovecha para elevar la conversación. Primero aclara que él no es juez ni árbitro en cuestiones de herencia. Luego va a la raíz de las disputas económicas y políticas la avidez (que como dice un obispo amigo es el mal actual de la Argentina). Y por último, cuenta Jesús la parábola del que atesoró cosas para sí en vez de atesorar lo que nos hace ricos a los ojos de Dios.

Contemplamos primero la Persona de Jesús. Cómo se sitúa frente a nuestros conflictos humanos.

No es uno que “no se meta” en los conflictos. Se mete. Pero no como juez y repartidor de bienes, sino como uno que va a la raíz de las luchas y discierne que  el problema está en la avidez, y como uno que habla en parábolas, no dando definiciones sino abriendo un espacio narrativo para que uno piense por sí mismo las cosas. 

El Señor es Juez. Pero juzga nuestras obras de misericordia, en las que se muestra la intención última y libre de un corazón. Otras cosas no las juzga, más bien las perdona. 

El Señor es repartidor, pero de talentos para servir a los demás, no de puestos y menos de dinero. 

El punto por tanto es mirar bien Quién es Él, para alzarnos a la altura de lo que puede hacer por nosotros, de la Vida que nos puede comunicar y de los dones que nos puede dar para el bien común, y no para bajarlo a opinar y juzgar de las cosas que hacemos por interés propio. 

Cómo miramos a Jesús dice mucho de nosotros mismos. La tarea contemplativa es tratar de considerarlo a partir de lo que Él mismo nos revela de sí en el Evangelio. Y allí vemos cómo el Señor va mostrando quién es Él en la acción, en sus respuestas espontáneas a las cosas que le dice la gente. Cuando se trata de los enemigos, que le hacen preguntas capciosas, el Señor se muestra prudente. Pero con los que le hablan sinceramente, aunque sean indiscretos, Jesús responde también con mucha franqueza y saca una enseñanza para todos. De ahí el “hombre! quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes”. El otro le habló francamente y el Señor le respondió de igual modo. Con una frase lo ubicó, pero no es que consideró banal su problema. Por el contrario, por eso aprovecha y profundiza en la avidez y le regala al auditorio una parábola.

Por lo que juzga Jesús acerca de la avidez y por lo que dice sobre los bienes que uno “posee”, podemos profundizar un poco más y decir que Jesús lo siguiente: Jesús es uno que se ocupa de las actitudes subjetivas de las personas. Si habla de los bienes objetivos -la herencia, la cosecha- es para ayudarnos a reflexionar acerca de lo que esas cosas despiertan en nuestra alma. 

Esto es así porque el uso de los bienes va moldeando nuestro corazón. Cuando compartimos nuestros bienes con generosidad los otros nos abren su corazón y el nuestro experimenta el tipo de bien que es una persona, un bien que está infinitamente por encima de los bienes que son cosas. 

Gustar el “bien en sí  y por sí mismo” que es una persona dilata nuestro corazón, lo hace crecer, lo enriquece. Y Dios mira con asentimiento de Padre este amor entre hermanos que nos hace crecer como personas. 

Por el contrario, cuando obramos solo siguiendo nuestro propio interés, le damos a gustar a nuestro corazón bienes que son “menos” que él. Esto lo va angostando, endureciendo, insensibilizando. No se trata aquí de cosas malas contra cosas buenas, sino simplemente de la diferencia que hay entre una cosa y un corazón. 

Nuestros ojos atesoran imágenes, nuestra mente ideas…,  pero nuestro corazón puede atesorar todo, en el sentido de apegarse afectivamente. Esa es su grandeza y también su maldición. Porque el corazón se va haciendo semejante a lo que ama, y si se adhiere a cosas que son “menos” que otro corazón, se va reduciendo. No es que las cosas sean malas, sino que nuestro corazón está para más. 

Uno lo ve en la gente que ama con envidiable ternura a una mascota. Toda creatura es digna de amor. El asunto es si lo que aprende de sí el corazón amando a una creatura lo hace abrirse a amar a las demás, a cada una según su dignidad, o si, por el contrario, lo encierra en un amor tan exclusivo que termina siendo amor a sí mismo más que al otro. 

San Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión interesante: “Ponderar – dice- con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consecuentemente (cómo ) el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina” (EE 234). 

Este “en cuanto puede”, siendo Dios todopoderoso, nos debe llevar a reflexionar. El poder no se ejerce de la misma manera cuando se trata de personas que cuando se trata de cosas. Uno puede dar muchas cosas a otros y hacer muchas cosas por él, pero “darse” sólo se puede según una medida que es compartida. 

De aquí viene la unión que el Señor hace de los dos mandamientos: amando al prójimo nuestro corazón crece en este nivel interpersonal, que es con el que puede interactuar un Dios que es Amor. Si nuestro corazón ama poco a las personas y mucho a las cosas (a sí mismo en ellas) es pobre en esta dimensión de un amor que va creciendo entre dos, en comunidad, y entonces el Señor le “puede” dar poco. En este sentido dice Jesús que “al que tiene, se le dará”. 

Ser rico a los ojos de Dios es ser rico en este amor, que late en el centro de la vida compartida, lejos de los extremos de la avaricia de bienes y de la indiferencia ante las personas, especialmente las más necesitadas, que son dos de los grandes males actuales.

Diego Fares sj

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            Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a rezar, como Juan enseñó a sus discípulos.» 

La letra

Les dijo «Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación, (sino líbranos del maligno).» 

Los dos modos de insistir

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

Cuando vemos a alguien que reza bien se nos despierta el deseo de rezar así. Imaginemos lo que irradiaría Jesús rezando al Padre! Los discípulos le pidieron al Maestro que les enseñara a rezar. Y nos quedó de regalo el Padre nuestro. 

Una oración hermosa y única. Pero me temo que muchas veces nos quedemos con la letra y dejemos de lado el espíritu, es decir el modo de rezar y de insistir. Este modo hace al cariño y al afecto con que hay que pronunciar sus palabras entrañables y tan queridas. 

 Primero el Señor nos dice “lo que tenemos que decir” cuando rezamos. Pero inmediatamente dice algo más: añade la parábola de los amigos y la del padre que da cosas buenas a sus hijos.

Digo de “los amigos” en plural porque el Señor menciona cuatro veces -no dos ni tres!- la palabra “amigo”. 

Se trata de pedir al Padre que venga su reino, que nos de el pan, que nos perdone y en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno… Pero estas peticiones se deben hacer con la confianza y la insistencia con la que un amigo que tiene que atender bien a un amigo que le cayó de sorpresa, se anima a pedirle ayuda a otro amigo, aunque sabe que lo tendrá que molestar un poco porque es tarde. 

 Esta familiaridad y confianza que da la amistad el Señor la usa para decir que si falla, queda aún un recurso más. Después de contar la parábola la desarma, digamos así, y añade otra. Si la primera fracasa, si la amistad no alcanza para que un amigo salga de su zona de confort, como se dice ahora, hay que seguir insistiendo. Y hay que hacerlo -y aquí está el corazón de la enseñanza del Padre nuestro-, como hacen los chicos pequeñitos, que insisten e insisten. Esta petición hecha con insistencia de niños dice Jesús, es la que toca de manera infalible la fibra más tierna del corazón del Padre, que no se puede resistir a dar “cosas buenas” y menos aún “el Espíritu” a los que se lo piden insistentemente.

 Dos modos de insistencia, por tanto: la de los amigos y, si esta no alcanzara, la de los hijos pequeñitos con su papá. Ahí tenemos completo el caminito – diría Teresita – para aprender a rezar. La letra no cambia. Son las palabras trascendentales, que incluyen todo género de oración en sí: La alabanza y adoración en el “santificado sea tu Nombre”; el deseo apostólico de que venga a nuestro mundo su reino; el discernimiento de su voluntad -de lo que le agrada más- para que se concreten sus sueños en la tierra y en la historia así como se concretan en el cielo; la petición del pan nuestro, para todos, cada día; la súplica humilde del perdón que sabe perdonar también a los demás; y el pedido de que en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno. En estos “Odres nuevos” pueden transformarse en Vino todos nuestros deseos y peticiones al Padre, palabra última esta para llamar a Dios; palabra bendita y familiar que nos hace a todos hermanos en Jesús.

 Ahora bien, aprender el tono y el modo -el espíritu- de estas palabras santas, es todo un camino y lleva la vida entera. La clave, afirma con claridad Jesús, está en insistir. Insistir como los chicos, que cuando se trata de algo bueno, saben obtenerlo del corazón de la madre y del papá.

El Señor ha puesto atención en cómo los chicos son capaces de “cambiar” el corazón de sus padres y por eso “juegan” a insistir. No es solo por conseguir caprichos, cosa que puede ocurrir en la superficie de la relación, sino por la alegría que les da poder “ganarles a sus padres”, ganarles el corazón. La sonrisa de los niños cuando logran lo que quieren hace que eche raíces en sus corazoncitos la experiencia fundamental de la bondad y de la predilección. La insistencia que enternece el corazón del padre y de la madre y los hace cambiar, conceder lo que antes no concedían o lo que va más allá de lo debido, de lo necesario y conveniente, es una prueba de amor personal. 

En ese juego de pequeños dones y permisos extras, se va forjando la conciencia de un amor incondicional en el que uno puede pedir lo que quiera, y como sabe que se lo darán, en cierto momento uno comienza a regularse por sí mismo. Invierte la orientación del insistir en pedir y le toma el gusto a la insistencia en dar, también de más, también las cosas buenas que se dan gratuitamente, por amor. 

La experiencia de haber recibido algo que parecía imposible después de insistir es una experiencia de apertura. Paradójicamente, lo que podría parecer que es fruto de la propia voluntad que no se detiene ante nada, esa admiración que causa que otro “deponga” su voluntad y ceda ante la nuestra, abre la puerta a un nuevo tipo de relación, basado en el reconocimiento y en la lealtad, en el saberse considerado como persona y poder responder también de modo personal.

Por aquí va el Señor al enseñarnos a rezar. Una letra preciosa y profunda, para dirigirnos al Padre y un doble modo de insistir: como amigos y como hijos pequeñitos. La oración hecha así, no puede fallar. Y cuanto más uno insista y si algún pedido concreto se hace esperar, en ese espacio abierto del pedir y pedir, se posa el Espíritu Santo, que el Padre siempre envía -sin medida- a los que se lo piden.

Diego Fares sj

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