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Archive for the ‘Contemplaciones 2019’ Category

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconoceránque ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación

Así como Yo… les decía Jesús a sus discípulos. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. Aquí ni Tomás se hubiera animado a preguntar “Señor: y cómo nos has amado”. Porque lo sabían bien. Si por algo lo seguían, si por algo habían dejado todo, sus barcas, sus casas, sus trabajos, sus familias, era por estar cerca de ese amor. Algo habían experimentado que los hacía querer recibir ese amor en cada momento del día. El de Jesús no era un amor para llevarse a casa sino para irse tras Él y quedarse con Él. Si el Señor llevaba su amor a la casa de ellos, como cuando le dijo a Mateo que lo siguiera y fue a su casa, iban por ese amor a su propia casa. Y si el Señor se llevaba su amor a otros pueblos, que eran de esos “otros rebaños” que Él decía que también eran suyos, iban a evangelizar a esos otros pueblos. Donde fuera Jesús con su amor, ellos iban. Porque lo que habían sentido de una manera inexplicable solo con palabras, les produjo una atracción infinita, era un imán que los tenía gravitando como planetas alrededor del Amor de Jesús de Nazaret. 

Pero nosotros tenemos que preguntar. No a Jesús sino a ellos, los testigos, los apostóles de ese amor. Juan es quien mejor lo expresa. Por algo lo llamaban “el discípulo que el Señor amaba”. 

Así que podemos hacer como si le preguntáramos: Cómo era el Amor de Jesús?

Y quizás, recordando cómo lo conocieron, lo primero que nos diría es que…: 

“Era un amor fácil de seguir. Cuando el otro Juan nos señaló a Jesús, nos dijo “Ese es el Cordero”, “Ese es el Siervo de Yave” (Cordero en nuestra lengua suena como Siervo), nosotros recordamos a Isaías que hablaba del Mesías como uncordero manso, como un hombre de dolores inocente, justo, fiel, que no se opone, ni combate, ni se enfrenta con sus carniceros. Pero aquella tarde en que lo seguimos, de lo que me di cuenta es de que Jesús era una Persona fácil de seguir. Se dio vuelta y al ver que lo seguíamos nos preguntó qué buscábamos y le dijimos “donde vives” y Él: vengan y vean. Eso fue todo. Nos quedamos toda la tarde y lo que experimentamos ahí es lo que cuento en mis cartas y en mi evangelio.

 Lo segundo que digo en mi carta es que su amor era vida. Vida en el sentido de vida, vida común, cotidiana, un amor vivible, quiero decir. Porque después vinieron muchos que hicieron del amor del Señor algo invivible. Una cosa tan sublime -les parecerá a ellos-, tan perfecta -si es que eso es perfección- que terminó siendo lo contrario del amor: algo para mirar de lejos pero no para vivir todos los días. 

No era para nada así. El amor de Jesús era un amor vivible y perfectamente comprensible para todos, como es la vida que la vivimos todos, no solo los cultos ni los perfectos. La vida la vive cada uno y a su manera, porque no hay “vida en general” sino la mía y la tuya y la nuestra. Por eso digo que “La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1, 2). Eso experimentamos viviendo con Él: que su amor era vida y que se nos mostraba -vengan y vean-. La vimos, la oímos, la tocamos con nuestras manos. 

Aquí viene lo tercero que diría de su amor: El amor de Jesús era un amor que se podía tocar con las manos. Por eso no nos sorprendió cuando tomó el pan y nos dijo que era su Cuerpo. Lo mismo que cuando le dijo a Tomás que tocara sus manos y metiera su mano en la herida de su costado. El amor de Jesús era como un pan, que se puede tomar con las manos y partirlo y llevárselo a la boca; era como una herida que se lava y se tocan sus bordes y se venda para que sane. 

Un amor fácil de seguir, un amor como la vida cotidiana, que se puede ver y oír y tocar.

Estas características son bien de carne, y se pueden resumir diciendo que el amor de Jesús era un amor encarnado, era su amor a personas concretas que se cruzaban en su vida en medio de situaciones bien concretas, no era un amor de manual, como si pudiera haber algo así. 

En quinto lugar puedo decir que el amor de Jesús era un amor luminoso. Su modo de hablar, su modo de relacionarse con todos, tenía luz, iluminaba, te hacía comprender las cosas, era transparente. El amor es así, lo que el que te ama hace es lo que siente por dentro, hay armonía y eso se siente, se percibe, y en Jesús esto se daba siempre y abundantemente, por eso digo que era Luz. 

Pero la palabra que más me viene es la de “hermano”. Y esto sería lo último que diría (sabiendo que se podrían llenar todos los libros del mundo hablando del amor de Jesús, pero más que llenar libros, de lo que se trata es de que cada se contagie y escriba el suyo, contando -con su vida- cómo es el amor de Jesús para él!). 

En sexto lugar digo que el amor de Jesús era un amor de hermano. De hermano en el sentido de que “hermanaba”. Creaba como un puente directo al Padre y entre nosotros. Esa es la palabra. Lo mismo con nuestra Madre. El amor de Jesús nos regala a su Madre que -inmediatamente, con la frescura de su presencia, con su fragancia- nos hermana. Por eso si me preguntan qué elegiría de entre todo lo que puedo decir, que no tiene límite, para acercarles cómo era el amor de Jesús, digo que era un amor de hermano. Un amor que hermana con los demás y con todo. 

San Francisco fue después el que mejor comprendió esto. Y por eso la gente sentía que se les hermanaba. Y no solo la gente, sino todas las creaturas, los pájaros, las cosas, hasta los peces y el lobo. Jesús se nos hermanó, nos hizo sentir hijos del mismo Padre, nuestro Abba del Cielo y de la tierra, y hermanos entre nosotros. Por eso siempre que escribo cuento las cosas como uno se las cuenta a sus hermanos. Porque sabe que cuando un hermano vive algo lindo y lo comparte, los otros sienten un gozo completo, como digo: Les escribimos esto para que estén en comunión con nosotros y nuestro gozo sea completo. 

Amense entre ustedes como Yo los he amado. Yo los amé, diría Jesús, de muchas maneras, pero en todas ellas los amé como un hermano. En la vida familiar, la relación de “hermandad” viene al último, a partir de que nace el segundo hermanito. Primero están las otras: las relaciones de pareja, de maternidad/paternidad y de filiación. Pero cuando nace el segundo, como me dijo una mamá citando a otra (autora anónima): “El ‘segundo’ corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo)… que es posible enamorarse de otro hijo, con la misma pasión e intensidad”. 

Nada mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que “su” Padre, el que lo llama “mi hijo amado, mi predilecto”, puede amarnos también a nosotros. Somos “el segundo y muchos más” y Él nos ama “con la misma pasión e intensidad” con que ama a Jesús. Como esa madre a su segundo hijito.

Ninguna otra expresión mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que pudo dejarnos a su Madre. Estaba Él en la cruz y el desgarro de Ella era inimaginable, y sin embargo, pudo amar a Juan (y en Juan a todos sus otros hijos) con el mismo amor y la misma intensidad como una madre ama a su segundo hijo. 

La relación de hermandad y de fraternidad completa las demás y las “saca afuera”, las expande, las potencia, sin que dejar que se vuelvan abstractas. Como dice el Papa Francisco: la hermandad permite que los iguales sean diversos: incluye totalmente respetando las diferencias. Dejarlo a Jesús que se me hermane, es dejarlo que sea como Él es. Esto solo lo puede hacer el Espíritu. Y cuando la hermandad nace del Espíritu, es un amor capaz de transformar todas las relaciones sociales. Por eso es que ayuda mucho rezar sintiendo y gustando el amor de Jesús como amor de Hermano.

Diego Fares sj

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            En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebataráde mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno»(Jn 10, 27-30).

Contemplación

            Estoy escribiendo sobre la fraternidad y me vino esta imagen de Jesús como Cordero en el sentido de “uno más del rebaño”. El Señor nos salva hermanándose. 

Si algo tienen los corderitos es ser hermanos, como todos lo somos en ese tiempo de la infancia en que los hermanitos jugamos juntos y nos dejamos apacentar. 

La fraternidad estáen el centro del Documento de Abu Dhabi. Francisco contaba que les llevó a él y al Gran Imán de Al-Azhar,Ahmad Al-Tayyeb, más de un año redactarlo y corregirlo. (Hago un paréntesis sobre mi falta de cultura para con los nombres de otras culturas -árabes, africanas, del asia…-. Cuando se juntan en una frase varisa palabras como estas ya no distingo de quién hablan ni de dónde es. “Al Azhar” significa “florida” o “la más esplendida”-por la hija preferida del profeta, Fátima-. Para entendernos: esta Mesquita Al AzharUniversidad Al Azhar, es como “El vaticano musulman”. Ahmad Al-Tayyeb no es el Papa, porque los musulmanes no tienen una autoridad máxima, pero de de este espléndido lugar en El Cairo, Al Azhar (mezquita y universidad), surgen las interpretaciones doctrinales más leídas y respetadas por los sunitas, que son entre el 80 y el 90% de los musulmanes. 

El documento comienza diciendo: 

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente estállamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

            Aquí quería llegar: Jesús es quien mejor expresala fraternidad humana y divina. Siendo Dios se quizo hacer hermano, con todo lo que esto significa. Su revelación de cómo es el Padre no la hizo con definiciones abstractas, sino existencialmente, hermanándose con todos nosotros. 

Es importante entender esto que se da a un nivel muy inmediato, a nivel de piel y de sangre, no conceptualmente. Cuando uno escucha las parábolas de Jesús quizás lo más importante y lo “no dicho”, es que las cuenta hermanándose. Son parábolas que al leerlas, además de la enseñanza específica que tiene cada una -la del sembrador, la del hijo pródigo, esta de las ovejas…-, uno se siente más hermano con el Señor. 

Se trata de una aproximación indirecta que hace Jesús, que lleva eso tan admirable que es que no lo sientan distante ni siquiera los que más atacan a la Iglesia. Es más, como que muchos se sienten alentados por algo que está en la misma imagen de Jesús a criticarnos a los cristianos cuando no somos fieles a este Jesús-hermano. Cosa que debemos agradecer, porque habrá críticas que hieren, pero si nos ayudan a no perdernos la hermandad con el Señor, bienvenidas sean.

            La parábola del Buen Pastor y de las ovejas que escuchan su voz, se puede leer como la parábola de la hermandad. Sin querer explicar conceptualmente todo, sino más bien oliendo esta verdad que surge de un Jesús con olor a oveja, como dice el Papa. El pastor cuida y conduce con autoridad el rebaño pero hermanándose, cargando en hombros a la oveja perdida, curando a las enfermas, llamando a cada una por su nombre, protegiéndolas, como un hermano mayor, para que nadie se las arrebate de su mano, como dice Jesús aquí.

            Si dejamos que esta palabra “arrebatar” nos conmueva -arrebatar es pegar un zarpazo y esta es la resonancia de la palabra griega “harpazein”-, vemos que Jesús la usa dos veces, para expresar cómo nos cuida Él y cómo nos cuida el Padre. Es esta la imagen que utiliza para afirmar que Él y el Padre son Uno! 

            La unidad de Dios no se define, se muestra en su modo unitario de protegernos para que nada ni nadie nos arrebate de sus manos. El Padre y Jesús son uno en este abrazo al corderito, en esta protección que brindan a las ovejas. Son Uno en esa actitud primitiva de abrazar y proteger a la criatura indefensa. 

            Esta es una imagen primordial de Dios que nosotros no debemos dejar que nada ni nadie nos la arrebate. Sé que mi Dios es Alguien que no deja que me arrebaten de sus manos.

            Sin embargo, la imagen del mundo es la de un mundo que ha sido arrebatado a los zarpazos de las manos de Dios. Vivimos en un mundo que yace herido y lastimado, lejos de Dios. En un mundo que se ha perdido el rebaño y la casa paterna a la que pertenece y que se ha reconstruido en el exilio como ha podido, lejos de este calor familiar. Expulsado del paraíso, vivimos en un mundo que anda en situación de calle, sin hogar. 

            Que nadie nos puede arrebatar de sus manos no significa que no lo hayan hecho, significa que el Señor nos sigue “sintiendo” en sus manos y -sabiéndonos arrebatados- nos sale a buscar. Nos está buscando, eso significa que no nos pueden arrebatar. No es que no suceda, y muy a menudo, sino que Él no se resigna. Como las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos. Y no es que los busquen solo en lugares lejanos, en fosas comunes o en bancos de ADN, sino que los buscan cada día en el interior de su corazón: ellas mantienen el calor del recuerdo con un amor que es más real que todo lo de afuera y que no dejan que se los arrebate ni siquiera el olvido. 

            Viene bien cementar aquí esta verdad fundamental con la palabra de Nuevo Testamento: “[Nada ni nadie…] será capaz de separarnos del amor que Dios nos expresa en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 39).

            A veces uno expresa cosas profundas en forma de un cuestionamiento: “existe Dios?” o “Dónde está Dios?” (cuando alguien sufre injusticia, por ejemplo). Son preguntas que uno lanza contra el muro de las ideas comunes dentro de las cuales vivimos comunmente, muros que se resquebrajan y caen y nos dejan a la intemperie, sin defensa.      Aquí puede ayudar este muro último, esta última línea de defensa: Dios es Aquel – o aquellos, Jesús y el Padre- de cuyas manos nadie me puede arrebatar. Por más que tironeen, la fuerza con que esas manos tienen aferrado amorosamente mi corazón, son más poderosas. No me pueden arrancar de ellas. 

            La de estar en manos de quien nos sostiene y no nos deja caer, de quien nos lleva consigo y no deja que otro nos arrebate, es una imagen básica, como decíamos. 

La imagen de las manos que nos reciben al nacer; 

las manos de nuestro padre o de nuesta madre cuando nos llevan por la calle, en medio de la gente, sin soltarnos; 

la imagen del que nos sostiene la mano en el lecho de la enfermedad y, aunque no pueda evitar que nos arrebate la muerte nuestro cuerpo, nos hace sentir que no nos suelta el alma, que como personas, seguimos unidos a sus manos más allá de lo que pueda pasar. 

            En la imagen física de aferrar a otro de la mano, se esconde una realidad más profunda: existir es estar de la mano. Es poder tender la mano y saber que otro la agarrará. Nos agarraron al nacer y no nos sueltan al morir. En el medio, se nos tienden y tendemos muchas manos. 

            Allí se sitúa Jesús y esa es su verdadera imagen, la que expresa su ser Uno con el Padre. 

Jesús es todas las manos que tendió en la vida, y que por eso se le llagaron y por eso no quiso curarse esas heridas. 

Jesús es también uno que se confía en nuestras manos. La Eucaristía no es solo “alimento”, sino alimento que se toma con las manos. Por eso lo reconocieron al partir el Pan, por su modo de tenerlo entre sus manos para ponerlo en las nuestras. Son los gestos básicos que hacemos al comulgar -extender las manos para que el sacerdote nos ponga en su hueco a Jesús. Así como insistimos en que se convierte en Pan para poder ser nuestro alimento, también podemos decir que se convierte en pan para que podamos tenerlo en nuestras manos (y por un momento experimentar lo que significa tenerlo y “que nadie nos lo vaya a arrebatar”, para ser Uno con Él y con el Padre).

            Comulgar supone este momento previo, de recibir y tomar en las manos y hacer nuestro al Señor, que no se nos caiga, que nadie nos lo robe. Esto es más que “comerlo”. Poder hacer este gesto de cuidado para con nuestro Creador y Señor, es una delicadeza suya para con nosotros, es un gesto de hermano, como cuando la madre le deja al hermanito mayor que tome en brazos al recién nacido. Cuidando que no se le caiga pero confiando en que no lo dejará caer. 

            En el hermano que cuida a su hermano se completa amorosamente el círculo virtuoso de la familia y el amor alcanza el número perfecto de sujetos, perfecto en el sentido que se abre a todos los demás. En el hermanito que abraza a su hermanito rodeado del abrazo de sus papás, la familia siembra el sentido social, la fraternidad que se multiplica y que va integrando a todos.

            Volvemos a Jesús Pastor-Cordero. En el abrazo del Señor a los más pequeñitos, a la oveja que nadie le puede arrebatar, en ese abrazo que aquí hemos contemplado como abrazo de hermano mayor, (que se da en el sobre-abrazo del Padre que nos incluye a todos en su Hijo) queda consagrada la fraternidad humana, como gesto fundante de la vida social y política y económica. 

            Toda política que no abraza así, como hermano mayor, al más vulnerable, no es política, no es bien común, sino anti-política. El signo de este abrazo es no dejar que “nadie” arrebate al más fragil. Que ningún mercado financiero pegue zarpazos que dejen a la intemperie a los más pobes… La imagen defensiva es clave para detectar políticos verdaderos de mercenarios. 

            En este último tiempo, en muchas partes de Italia, se suceden los ataques a familias gitanas (aquí les dicen “rom”). El argumento es que reciben casas en algún barrio o edificio de las periferias en menos tiempo del que debe esperar un italiano. La lucha por leyes más justas se traduce en violencia contra personas concretas, contra familias con niños. El Papa recibió a 500 miembros de la comunidad rom. La reflexión que hizo es que el problema no es solo social o político o de raza sino el problema de la distancia entre la mente y el corazón. Un problema de distancia. Precisamente eso es lo que el Señor sana “abrazando y estrechando contra su corazón a la ovejita y no dejando que se la arrebaten”. Es la distancia entre mente y corazón la que se sana con la hermandad. 

La hermandad encuentra la distancia justa con el hermano. No es algo que se pueda fijar desde afuera, con normas precisas. Los hermanos “sienten” cuando hay algo que los separa. Entre hermanos siempre se llena esa distancia que hace que una idea separe los corazones.

Diego Fares sj

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            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: La paz esté con ustedes. Y añadió: Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos: Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó: Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.
Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás: Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó: Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).


Contemplación
Entre dos alegrías plenas se desarrolla el pasaje del Evangelio de hoy: la que llenó el corazón de los discípulos al ver a Jesús y la alegría sellada con una bienaventuranza del Señor resucitado que llama felices a los que creen si haber visto, a los que se alegran en la fe.
Hablando de la alegría, en su diálogo radial de los viernes con Fernando Bravo en Continental, citaba el padre Ángel Rossi a nuestro poeta Leopoldo Marechal quien, en su “Didáctica de la alegría”, exhorta a todos a visitar a alguna persona alegre si es que fuimos visitados por uno de esos tristes que eligen la tristeza como opción: “Buscarás en seguida la casa de un Alegre; pues en verdad te digo que vale más la rota pantufla de un Alegre que la sandalia nueva de los Tristes”. A Fernando Bravo le nació compartir que él tiene una especie de receta para sí mismo cuando pasa por alguna prueba dura, como quien se encuentra en medio de una tormenta, que consiste en recurrir a las cosas que le dan alegría para poder seguir nadando, decía. Y Rossi le recordó que para eso había una regla de San Ignacio, que dice que en los momentos de desolación hay que hacer memoria de las gracias recibidas. La memoria agradecida activa ese reservorio de gracias que están en el alma ya que, por cada tristeza o dolor, la vida nos ha regalado dos o tres gracias y alegrías.
Esa reserva de Alegría se nutre de evangelios como el de hoy, que nos dice que “los discípulos se alegraron al ver al Señor”. La alegría, como dice Rossi, es para dar. Por eso no hay que temer pedirla y experimentarla. Y la alegría que los discípulos sintieron al ver al Señor Jesús resucitado y al recibir su paz -esa paz que el Señor da de manera reiterada- es -lo fue y lo sigue siendo- para nosotros. En sí misma, la alegría es para dar, es contagiosa, expansiva, como la sonrisa, como el ánimo positivo, como el entusiasmo y la danza y el meterle para adelante. Las apariciones del Señor que alegraron a los testigos son el reservorio permanente de una alegría pascual que se transmite y se expande a lo largo de todas las generaciones. Por eso el Señor la “selló” con una bienaventuranza, diciendo expresamente que la alegría de los que creen sin ver, de los que la reciben a través de los ojos, el corazón y el anuncio de los testigos, es propiamente la Alegría que Él vino a traer, esa que nada ni nadie nos puede quitar.
La alegría es el fruto que brota del amor cuando está en presencia de un bien. El bien de la presencia del Señor resucitado se experimenta por el sentido de la vista, al que Tomás necesita -cree él- agregar el sentido del tacto: Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré”. Jesús le concede esta experiencia pero, pensando en los que vendríamos, se la consolida fundándola en una experiencia más honda y estable todavía: la de la fe. Él es, si se puede hablar así, objeto de la fe. En el sentido de que su presencia interactúa no solo con nuestros ojos y con nuestro tacto, sino con todo nuestro ser. Así como la memoria de un ser amado activa nuestro amor aún estando lejos y la menor señal de su presencia -una palabra, un mensajito, algo que nos envía como regalo…-, basta para alegrarnos el día, así la memoria del Señor – de todo lo que nos dio y de todo lo que nos dará- se hace presente en esta fe, que es adhesión del corazón. Alegra la presencia de la persona amada, pero también alegra el amor que se le tiene, esté presente o esté ausente; alegra experimentar el propio ser como ordenado a otro, como don para el otro.

Tener fe, alegra. Así como nuestros ojos se alegran de la luz del día (de que “haya” luz) y, en la misma medida, se alegran de “verla” (de estarla viendo), así el corazón de los discípulos se alegra de que el Señor haya resucitado y también se alegra “al ver” al Señor, de estarlo viendo.

Esta alegría de ver con los ojos y de tocar sus manos y sus pies y la herida de su costado se fragua, como se fragua la alegría del que ha visto con sus ojos y tocado con sus manos el amor que otro le profesa, al hacer suyo interiormente ese amor en una alianza irrevocable de fidelidad para siempre. Lo que hace la fe es sellar una alianza entre dos. No es solo la alegría de ver y tocar a otro, sino la alegría de decidir que basta ese gesto externo para que el bien pase a ser la misma alianza, la fe fiel entre dos, que se alimenta a partir de ahora desde el interior y no desde afuera.

El signo de que esta fe mutua es un bien real, un amor operante que ha establecido una conexión que pasa de espíritu a espíritu, de interioridad a interioridad, es que no se necesitan gestos externos que lo prueben. Más aún, cambia el centro de gravedad: la dinámica del amor pasa a gozar más con los pequeños gestos que con los grandes, porque en lo más pequeño externo se da más lugar a la expansión del amor interno vivido en común, sobreentendido, adivinado, íntegro. La fe no se contrapone a la visión ni al tacto, como si actuara también ante un objeto “externo”. La fe dirige la vista y todos los sentidos y virtudes del alma hacia un bien nuevo, que no es solo “otro” sino lo que une a dos personas, el mismo amor “compartido interiormente”.
En el mismo reservorio en el que la memoria agradecida de la Iglesia guarda la experiencia de esta fe de los testigos, que se fraguó como un bien a compartir con todos los pueblos, mediante el bautismo que sumerge en el agua viva de esta fe común y la predicación del evangelio, se guardan las experiencias de fe de nuestros santos. Así, la fe es un bien que corre como una vena de agua interna por nuestros cerros y brota en vertientes aquí y allá.
La fe de nuestros mártires riojanos, Carlos Murias, Gabriel Longueville, Wenceslao Pedernera y Enrique Angelelli, se convierte hoy en vertiente que confirma nuestra fe, en ese Reservorio de Resurrección que corre por nuestra geografía y nuestra historia, aunque no siempre lo veamos externamente.

Y nos hace sentir más felices el hecho de no verlo, como no lo vieron ellos, seguramente en los momentos de martirio y persecución, porque así creemos mejor. Sin ver creemos mejor, porque la fe nos une de modo más interior y estable. Un signo de esta fe serán las campanas de Sañogasta. Hoy, en la fiesta de Beatificación de los cuatro mártires riojanos, sonarán con alegría de resurrección las Campanas de Sañogasta que bendijo Monseñor Angelelli en la Pascua de 1975.
Decía así nuestro obispo mártir: “En esta pascua del Señor bendeciremos en Sañogasta las campanas del templo parroquial, que está construido de piedra y recostado sobre el imponente cerro del Famatina. Las campanas llevarán este nombre: ‘AÑO DE GRACIA 1975’.
Estas campanas -decía, soñaba él en su fe- son el símbolo de una realidad cargada de esperanzas”. Y agregaba como si las escuchara en este futuro suyo que nosotros vivimos hoy, unidos en la misma fe: “Ellas seguirán convocando al pueblo para anunciarles, precisamente esto: la Vida y la Esperanza. Convocarán al pueblo, sí, para celebrar la vida de cada día, en el corazón de cada uno de nosotros, en cada hogar y en cada pueblo; convocará a La Rioja a que no detenga su marcha y a que la festeje cada día con el esfuerzo confraternizado y con la esperanza de todos”.
Hablaba luego el Pastor de los sufrimientos del pueblo riojano y terminaba con estas hondas palabras suyas sobre la paz, que es la forma básica y permanente de la Alegría cristiana, como el agua que va buscando siempre el bajo, para seguir andando nomás:
“Así se construye la paz:
Con una dolorosa maduración de la fraternidad como signo y anticipo del Reino de los Cielos en su plenitud.
Con la alegría de poder expresar y escuchar libremente los anhelos guardados en el alma de un pueblo.
Recobrando el sentido, la necesidad y la dimensión de adorar a Dios como Padre que ama a sus hijos y es operante para que ellos tengan vida y la tengan en abundancia.
Recobrando la eminente dignidad de los pobres.
Arriesgando la propia en el amor, hasta saber morir a uno mismo y entregar la vida como servicio para que los demás sean felices” (E. Angelelli, Mensaje de Pascua, 1975).
Que en este sábado-domingo de Pascua de la Beatificación de nuestros mártires riojanos, el Espíritu que nos donó el Señor Resucitado se interiorice en el corazón común que tenemos como pueblo, y al escuchar las campanas de La Rioja sonando a Resurrección, nos fundamos en ese encuentro, en ese “Tinkunaku” que solo la fe establece y alimenta en lo más hondo de nuestro ser, con “la alegría de poder expresar y escuchar libremente los anhelos guardados en el alma de nuestro pueblo”, como decía Angelelli.

Diego Fares sj 

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            El primer día de la semana, temprano de madrugada [las mujeres] fueron al sepulcro, llevando consigo las sustancias aromáticas que habían preparado. Encontraron que la piedra había sido corrida a un lado del sepulcro y, habiendo entrado, no encontraro el Cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaban que sentido tenía todo eso, de pronto se presentaron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Las mujeres, aterrorizadas, tenían el rostro vuelto hacia el suelo, pero ellos les dijeron: « ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.”» 

           Y ellas recordaron sus palabras y, regresando del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago. También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles. 

            Estas palabras le parecieron a ellos algo sin sentido y no creyeron en lo que decían. Pedro, sin embargo, se levantó, corrió al sepulcro y, agachándose, vio sólo las sábanas de lino fino. Y volvió a casa, lleno de estupor por lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

            Si se pudieran filmar los sentimientos, veríamos que en el corazón de las mujeres en la mañana de Pascua, el peso decisivo lo tenía su Señor Jesús. Su Cuerpo, lo que quedaba de Él, pensaban, era lo que las movía, antes que ninguna otra cosa. Por eso casi no habían dormido, preparando perfumes, y apenas se los permitió la costumbre, corrieron al sepulcro llevando los aromas para embalsamar el Cuerpo del Señor martirizado. 

            Saben que el cuerpo se corrompe, saben que está todo herido y lastimado, y quieren honrarlo limpiándolo, envolviéndolo en las sábanas, perfumándolo para que tenga digna sepultura. 

            Jesús está en el centro de sus pensamientos, es lo único que las mueve en medio de esa inimaginable desolación y pena que viven. Que Jesús, su Amigo y Señor, está en el centro, es algo que se puede ver por cómo actúan. Las discípulas se mueven con cosas concretas: las sustancias aromáticas, los lienzos, las vendas… Cosas que preparan con sus manos para no dejar que la tristeza y el dolor las paralicen. 

            Sienten miedo, seguramente, al ver la piedra corrida y el Cuerpo que no está… Pero no piensan en los soldados ni en lo que habrá pasado. Ellas entran directamente a buscar el Cuerpo del Señor. “No sabemos dónde lo han puesto”, le dirá María Magdalena al Señor en persona, confundiéndolo con el  jardinero. No lo ve, pero por el exceso de la intensidad de su deseo de verlo. “No sabemos dónde lo han puesto”. A las amigas seguidoras no les importa quién ni cómo se lo llevó, sino dónde, porque lo que les interesa es el Señor, no las circunstancias. Es más, experimentan terror ante el resplandor de los vestidos de los ángeles, que es tan fuerte que las obliga a bajar la vista al suelo; sin embargo, ni siquiera su terror les impide escuchar lo que les interesa. 

            Y aquí nos detenemos a contemplar, en el corazón de las mujeres, al Jesús que Ellas quieren, al que “vieron” desde el primer instante en que lo conocieron, cuando experimentaron su manera de tratarlas. 

            Les interesa ese Jesús, su Amigo. Solo y todo lo que se refiere a Él, a su Persona. Por eso siguen la indicación de los ángeles cuando las instan a recordar: “Recuerden cómo les hablaba cuando aún estaba en Galilea, las palabras que les dijo”. Me admira que sean capaces de obedecer una orden tan concreta. Decirles que recuerden es como decirles que no busquen allí, delante de sus ojos, sino que busquen adentro. Es una indicación que las saca del momento apremiante que están viviendo y, al obedecer sin más, porque Lucas hace notar que “recordaron”, nos regalan el primer acto de fe en Cristo Resucitado de la historia. Acto de fe simultáneo con el de otra mujer (si seguimos la intuición de Ignacio de que el Señor se apareció primero a su Madre) con el de María, Nuestra Señora, que de estos actos de fe que hacen vivir lo de afuera desde adentro, es el prototipo y el modelo que los precede e incluye a todos. 

            La obediencia -el oir bien al Otro- de la fe, las hace hacer memoria, las lleva a ir a buscar las claves de lo que les está pasando en algo que el Señor ya les había anunciado. Esta operación de la memoria es lo propio de la fe. El primer paso. Ante la palabra de los ángeles, ellas son capaces de dejar de mirar el vacío físico que ha dejado el cuerpo del Señor Jesús, que ya no está allí entre los muertos, y recordar las palabras del Señor que sí están impresas en su memoria.

            Si comparamos esto que ellas hacen inmediatamente -se acercan, escuchan, obedecen, creen y van a anunciar-, vemos que es lo mismo que a los discípulos y a Simón Pedro les llevará más tiempo. Ellos en un primer momento no creen a las palabras de las mujeres (que son las de los ángeles, que son las de Jesús!). Les parecen palabras sin sentido, porque son palabras que indican algo que uno tiene adentro y ellos en cambio tratan de vislumbrar algo afuera. No son capaces todavía de meterse adentro de sí mismos, no son capaces de recordar para entender, de hacer memoria de lo que Jesús mismo les había dicho.

            Este proceso de “recordar” las palabras del Señor, de “recordar” en realidad toda la Escritura, será lo que el Peregrino  Resucitado les ayudará a hacer a los discípulos de Emaús. 

            Las palabras de las mujeres! Son palabras que suenan sin sentido a los oídos de los discípulos. Porque ellos las escuchan como viniendo de “apariciones imaginarias” (es muy común cuando uno escucha a otro esta operación de identificar lo que dice como algo no suyo sino que ha tomado de otro). Y está bien, pero si uno da dos pasos más: constatar que esas palabras ya están dentro de uno, y recordar cuándo fue que a uno lo conmovieron porque fueron palabras que sintió de Jesús, de alguien que predicaba el Evangelio. La fe es recordar, es escuchar como uno escuchó en su primer amor, es escuchar como cuando uno se dejó conmover, como cuando uno creyó por primera vez.

            Todo este proceso, en el que las mismas palabras a unas las lleva a la fe, porque las conectan con lo que sintieron cuando Jesús en persona se las dijo, y a otros les parecen un sinsentido, porque tratan de analizar la situación y no entran en sí mismos, nos tiene que llevar a cuestionar nuestra fe. A cuestionar bien la fe que ya tenemos, en la medida -grande o pequeña- que la tengamos: agradeciéndola como un don. Constatando que esta fe está unida a alguna Palabra de Jesús que nos tocó, como sólo Él sabe hacer, en lo hondo del corazón. En torno a esta fe-semilla, que fue sembrada por alguien en nuestro corazón en algún momento de la vida, se confirman todas las demás. El Señor siempre suma y la fe se construye de fe en fe.

Ante lo que nos sucede hoy, ante las tumbas vacías y ante las palabras de los que nos dicen que Jesús está vivo, tenemos que “recordar” cuándo nos fue dicho que las cosas iban a ser así, para que el vacío que experimentamos hoy en vez de ser un hueco, sea una promesa nueva, algo que nos mueve a ir para adelante. Todo este proceso de las mujeres de interiorizar las palabras, nos debe llevar también a cuestionar la otra fe, la que nos falta, a cuestionarnos el por qué de nuestra poca fe. No será que a las palabras que tenemos que usar para ir adentro las usamos para parlotear de las cosas de afuera?

            No busques entre los muertos al que está vivo.Esta palabra es para instarnos a dejar de buscar a Jesús en las charlas de los muertos. Cómo sé si lo que estoy leyendo en el diario o en los twetts del celular son charlas de muertos? Esto no te lo puede enseñar enteramente nadie. El grado de vida de una palabra es algo interactivo: las mismas palabras, como vemos, dichas por los ángeles y comparadas con las que las mujeres habían conservado en su corazón cuando las escucharon de labios de Jesús, les bastan para creer que es verdad que Cristo vive; y dichas por las mujeres, a los discípulos, que las desprecian un poco y que a las palabras de Jesús las habían recibido poniéndolas un poco entre paréntesis, les parecen “sin sentido”.

            Cada uno tiene que empezar desde donde está, como cuando se estudia un idioma nuevo. Hay que ir leyendo las Palabras de Jesús con humildad y con amor -pidiendo como limosna que nos de alguna palabra viva para sentir y gustar- y luego estar atentos durante el día, cuando esa misma palabra resuena en boca de alguien “vivo”, de gente como estas discípulas amigas del Señor, que vienen cultivando en su interior las palabras de Jesús desde hace más tiempo y con ellas iluminan lo que sucede en la actualidad. 

Si uno en cambio se la pasa escuchando discursos de muertos, si se llena los oidos y la mente y los afectos con las palabras de los que no cultivaron nunca palabras vivas, estas palabras no solo no despertarán las que sembró y siembra siempre Jesús en nuestro corazón, sino que las ahogarán como las espinas y yuyos de la parábola de la semilla.

            Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.Esta palabra es para sacarnos del “no puede ser” y acompañarnos en el “era necesario”. El “era necesario” es la palabra interior que nos lleva a aceptar todo como primer paso para que se convierta en arcilla en manos del Alfarero, que puede rehacer las cosas como mejor le parece. Pero para ello hay que aceptar todo: lo bueno y lo malo, la gracia y el pecado, lo justo y lo injusto… y el tiempo que pasé sin aceptar muchas cosas… todo. El modo como Jesús acepta todo lo que le pasó a Él es el recipiente en el que puede meter “todo lo que me pasó a mí”, para que se fusione con lo suyo y comencemos de nuevo o demos un paso más, juntos. 

            También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles.Tomo esta última palabra como confirmación de este “camino y modo para tratar las palabras” que nos enseñan las mujeres. No solo las que son llamadas por nombre, María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago, sino también “las otras mujeres que las acompañaban”. Esas que son parte del ejercito incontable de mujeres de fe, compañeras entre ellas, compañeras de Jesús, las primeras en adoptar el método de interiorizar la Palabra, de “recordarla”, que despierta la fe y da frutos de caridad. Teólogas sin título (para los que miran las cosas desde afuera). Predicadoras de las cosas de Dios, para los que escuchan conectando las cosas desde adentro.

Diego Fares sj 

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Javier Cámara: El otro día una persona conocida me decía que estaba triste porque su hijo y la familia de su hijo usaba el triduo pascual para irse de vacaciones… Así que lo primero antes que todo, que me parece que sería bueno es “recordar qué conmemoramos la Pasión, muerte y resurrección de Jesús». Porque a veces, nos puede pasar, que sea sólo rutina, como una fiesta más que uno “no puede evitar” y lo festeja así como así. O el otro extremo: que, con el argumento de acompañar al Señor en la conmemoración de su pasión y de su muerte, nos metemos en un velorio nosotros y arrastramos a los demás, sin el menor atisbo de esperanza, como si el Señor no fuera a resucitar.

Diego Fares: En estas charlas nuestras, vos trabajás tus preguntas y yo mis respuestas, tratando de meternos los dos, más allá de las palabras, en la lógica del corazón. Por eso por ahí te cambio un poco -no mucho- el orden, poniendo primero alguna expresión tuya que me tocó más. Hoy, Viernes Santo, fue l de ese conocido tuyo, la tristeza de un padre cuando ve que su hijo no hereda lo mejor de la fe -que es el tesoro de familia, el tesoro de la cultura de nuestro pueblo- y se queda con su partecita de la herencia, se toma la semana santa sólo para irse de vacaciones. 

                   Empezamos por aquí: por las vacaciones, por el descanso… y la Cruz. Ese sería el título.

Es una cuestión cultural, social, diríamos, esta de que un hecho significativo se convierta en una Fiesta -religiosa o patria- y que luego la gente lo aproveche para irse unos días de vacaciones. 

Sale afuera la cuestión del deber, que dice: no hay que vaciar de sentido las fiestas importantes. También habla la culpa: si te vas de vacaciones, aunque sea andá a alguna ceremonia o meditá un rato, no te la pases en el casino!

Pero dejando de lado estos pensamientos, nosotros agarremos fuerte este deseo de vacación. Responde a la necesidad que todos tenemos de cortar, de hacer un clic, de resetear el alma sobrecargada con tantas obligaciones y problemas… El deseo de un espacio verde. Pues bien: la semana santa es uno de esos «espacios verdes del alma» como los llamaba Martín Descalzo. Es un regalo que nos hizo Jesús y a un regalo, cada uno lo usa como quiere.

La cruz del Señor es el único espacio verde no contaminado del planeta; la Cruz es lo único que “descontamina” todo.

La dinámica cultural es así: un hecho irreversible, esencial, se convierte en Fiesta. Y la fiesta consiste en poner en el centro un acto, una ceremonia, un rito, al que se lo rodea de un tiempo amplio, sin obligaciones. La gente, por ahí, se salta el rito, la estatua y el himno y se queda con el tiempo libre. Pues bien, no sé si será políticamente correcto, pero esto es lo más auténtico de todo el asunto: el descanso, el tiempo libre para estar con la familia.

Y en la Cruz está el único tiempo libre, donde nadie me va a ir a molestar para querer robármela, sacármela.  

El descanso es una de las dimensiones más profundas de la vida: de la creación y también de la redención. Dios creó el mundo y al séptimo día descansó. Se dedicó a ver cómo todas las cosas eran hermosas y buenas. Y la redención sigue la misma lógica: es un regalo. 

Los grandes hombres -los héroes, los santos, los artistas y creadores- con sus gestos y obras nos hacen un regalo. Y para festejarlos nos tomamos un tiempo de vacación. Más allá de «lo que hicieron» y «lo que conmemoramos», todos les agradecemos este regalo de un tiempo libre para nosotros, para que cada uno lo pase descansando como quiera. La vida está bien hecha y el que descansa bien luego está de humor positivo y trabaja mejor. Así que gracias al Señor por permitir que todos nos conectemos gratuitamente con esto que es humano básico, sin necesidad de añadirle deberes ni culpas. Amigos oyentes, descansen bien en estos días. El Señor no chicanea sus dones, no dice “si van a separar Iglesia y Estado, nos quedamos con los feriados”. El Señor sabe que estamos fatigados y se alegra porque sabe que en el descanso el Espíritu nos hará sentir su brisa y su Palabra, sin duda.

                   Ahora bien. El descanso que nos regala Jesús es un descanso más profundo que los demás. Su muerte y resurrección no fueron un hecho puntual que luego tuvo un eco, como una batalla o un descubrimiento, pero ya han quedado en el pasado. Lo que conmemoramos -lo que el Señor mismo nos mandó que hiciéramos en memoria suya- es que Él, que era el único que se podría haber librado de la cruz en este universo, no lo hizo. 

                   Él había salvado a tantos y no quiso salvarse a sí mismo. Recordamos que Él, que se podría haber borrado o podría haber derrotado a sus enemigos con un simple gesto de su mano, como cuando hizo caer en tierra a los soldados que lo arrestaban, no lo hizo sino que abrazó su cruz con amor y dio su vida por nosotros. Lo recordamos y lo festejamos, comiendo su pan y bebiendo el vino de su Sangre bendita derramada por nosotros, para el perdón de nuestros pecados. Este «por nosotros» es importante, pero lo meditaremos luego. Lo que quiero resaltar es que conmemoramos que exista Alguien así, como Jesús, Alguien que pudiendo salvarse Él solo, no lo hizo, sino que abrazó libremente su cruz y entregó su vida hasta el final. Él es así, es uno que elige ser así y, para nosotros, esto es un descanso, porque nos abre otro espacio verde, el espacio verde de una esperanza: la vida no es «escaparle a la cruz», la vida no es ir contra reloj tratando de zafar, desesperados por parar de sufrir, atentos a que no te caiga la mala fortuna, rogando que no te toque a vos la enfermedad, la muerte, el dolor. Vivir así, escapandole al miedo, es lo más común. Pero hubo uno que no lo hizo, que pudiendo, no se escapó. Gracias a Él tenemos estos tres días de vacaciones largas. 

Pero entendámonos bien, Jesús no fue que abrazó la cruz por que sí o porque la quisiera. La suya es una historia especial, es el espacio verde de una historia de amor, dramática, con un final injusto y una muerte cruenta e indigna, de Alguien que la aceptó por ser fiel a lo que era: Él era especial y le decían que no, que era uno más, que no podía ser ese Hijo amado del Padre que decía ser. Y aceptó pasar por lo que fuera con tal de dar testimonio de quién era en verdad Él. 

Festejamos y conmemoramos que exista Alguien así, incontaminado, puro, fiel hasta la muerte. Es un descanso saber que existe Alguien así, como Jesús, que abrazó la cruz por amor. Por amor a sí mismo, en primer lugar. Por amor a sí mismo. Esto es lo que quiero resaltar. Porque Jesús es un don entero, toda su vida es el Regalo que el Padre nos hizo a la humanidad. Y por amor a ese «ser un regalo», por fidelidad a ser quien era, el Señor se mantuvo firme, fue auténtico hasta el extremo, no solo se animó a pasar por la cruz, sino que la abrazó con todo su corazón. Fue lo que le impusieron -le imponemos- como condición para ser creíble. Y él agarró. Eso festejamos. A Él. Más allá de lo que hizo por nosotros. Festejamos que sea así. Que no sea como nosotros que vivimos de la comparación: yo no soy como ese, yo no soy como esa, que son peores que yo, como esos, que son peores que nosotros. Festejamos que Jesús abrazó la cruz porque con Él también nosotros podemos ser gente así. Gente que sabe que es un regalo para los demás y se mantiene fiel a este «ser don». Tomarse unas vacaciones es conectarse con esta dimensión. Entonces: la Cruz y el descanso: Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, que yo les daré descanso.

Florencia Barzola: Y en este descanso, que es algo básico ¿cómo podemos darnos cuenta-discernir- si estamos conmemorando bien la pasión, muerte y resurrección del Señor? Con qué sentimientos tenemos que entrar en la semana santa? 

DF: San Pablo nos anima a pedir al Espíritu: «dame la gracia -una limosna de gracia- de poder tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. De mi Amigo Jesús, agrego yo. Porque tener los mismos sentimientos de otro, si es amigo, se puede. Aunque sea alguien tan grande como el Señor. 

                   En muchas cosas esta gracia implica «incrementar» sentimientos naturales, digamos, como es la compasión con los pobres, con alguien que sufre. Todos sentimos la compasión en alguna medida y Jesús siente lo mismo sólo que más hondamente, más entrañablemente, como un hermano, como una madre. Ante la Cruz, en cambio, los sentimientos del Señor son algo que nos es enteramente desconocido y sentir como Él es puro don que Él sabe a quién se lo da, cuando y cuanto. Recuerdo que a los veinte años el padre jesuita que me acompañaba en el discernimiento de mi vocación sacó el tema de la cruz y yo, espontáneamente, le dije que no sentía que el Señor me cargara con «el peso de la cruz». El hizo una pausa y luego, con mucha delicadeza, me dijo una frase que cuarenta y cinco años después todavía me descoloca: “Capaz que es porque no tenés espaldas para llevarla, todavía”. Esa frase signó mi vida. Sobre todo cuando veo a tantos que cargan una cruz más pesada… Hace poco, Francisco sin saber de aquella frase, en medio de una conversación, hizo que la recordara. No recuerdo qué le había dicho yo y él, como de pasada, metió una frase: “pedile la cruz al Señor. Por ahí te la regala”. Lo sugirió y pasó a otro tema, como suele hacer cuando dice algo importante que no es suyo sino algo que lo tiene que confirmar el Señor interiormente.

                  Aquí es donde, para discernir bien, no hay que mirar ni la propia cruz ni la de los otros, sino la de Jesús. Sólo Él es el que carga La Cruz, el que convierte las cruces de todos en Su Cruz y el que nos enseña a cada uno a llevarla. Tenemos que pedir la gracia, cada uno en la medida en que le de el cuero y reciba la gracia, de dejarlo al Señor resumir y fusionar toda cruz en su Cruz. 

Él lo hace a lo largo de nuestra vida. Sin palabras, como seres humanos vamos dejándolo meter mano en nuestra cruz, dejándolo que haga suyos nuestros sufrimientos. Nadie es del todo consciente de este proceso constante, pero sí podemos darle una mano concreta de vez en cuando, como el Cireneo, que se debe haber sorprendido enormemente cuando, obligado a ayudarle al Señor a cargar su Cruz, se encontró luego paradójicamente más liviano y ligero para llevar la suya. 

Una señal de que estamos «en otra onda», de que no sentimos y pensamos con la lógica de la cruz, se puede ver en algo muy concreto. En nuestro estado de ánimo, por ejemplo: si siento a menudo un descontento difuso sobre mi mismo, sobre mi familia y los otros, si alimento un pesimismo generalizado sobre la existencia y tengo una irritabilidad fácil, son signos de que estoy sintonizando otra radio. No es la radio que me habla de la lógica de la cruz. Capaz que sintonicé a Longobardi que me hace reír burlándose del Calvario, pero luego me queda este mal sabor en la boca y en el corazón. Cuando siento estas cosas el discernimiento tiene que ser inmediato: “Me está faltando la Cruz. En este ambiente, en esta charla, están dejando de lado la Cruz o, lo que es peor, se están burlando de ella.  

Si en cambio advierto en mi los signos totalmente opuestos a estos, como ser la paz honda en medio de las dificultades y la lucha de cada día, la alegría incluso en la soledad, sin necesidad de evadirme, la prontitud para mortificarme en pequeñas cosas, la alegría en hacer alguna renuncia que alegra a otro sin miedo a «perderme la vida», es señal de que estoy caminando con el Señor en la vía de la cruz, cargando con Él su yugo que es liviano y llevadero con su ayuda.

Entonces: darnos cuenta, discernir cuando nos olvidamos la cruz. Tendría que ser como cuando uno salió y se da cuenta de que se olvidó el celular. Sin la cruz estamos desnudos, desconectados de la vida verdadera. En ella el Señor nos da “acceso al Padre en un mismo Espíritu”. 

JC: Ayer me llamó la atención una aparente “contradicción” entre lo que dice Jesús en el texto de la Pasión, y algo que dijo el Papa en la homilía del Domingo de Ramos. En el texto de la Pasión, el Señor les dice a sus apóstoles, en un momento, algo así como que “es el tiempo del demonio”, o del maligno, pero el Papa, en su homilía, dijo que “es la hora de Dios». Qué me podés decir de esto? 

DF: Vos citás primero el pasaje en que el Señor les dice a los que lo arrestan: esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Pero el Señor siempre habla de esa hora como de «su hora» y le dice: Padre la hora ha llegado, glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17, 1). Es el misterio de que el Señor, externamente, queda a merced del poder de los hombres y del demonio, que hacen con él lo que quieren, pero, interiormente, Él está siempre en manos del Padre, que es el que conduce todos los acontecimientos de la historia. 

         Pero me quedó la palabra «contradicción». Es importante estar atentos a estas contradicciones aparentes que uno experimenta al leer la Pasión del Señor. Porque si no se siente ninguna contradicción es que estamos leyendo solo con la cabeza, es señal de que hemos intelectualizado la cruz. La cruz la experimentamos realmente sólo allí donde se contradicen las cosas, donde no las podemos «solucionar». Por eso, allí donde no sabemos si la hora es de Dios o del demonio, allí Jesús nos enseña a abrazar esa contradicción, a abrazar la cruz. Y como dijo hace poco el Papa: la Cruz no se pueden negociar, o la abrazás o la rechazás.

Eso que vos expresás de “sentir contradicción” es lo que experimentó Pedro cuando vio que Jesús afirmaba que era la hora del poder de las tinieblas pero no se defendía ni dejaba que lo defendieran. Como que todo lo dejaba en las manos del Padre. Allí Pedro siente que ya no entiende más nada. Y eso fue quizás lo que lo llevó a alejarse del Señor, a quedarse dormido en el Huerto, para no verlo sufrir angustia, y luego a negar que lo conocía: es que no sabía «cómo defenderlo». Cuando Jesús lo mira, y cante el gallo, Pedro llorará amargamente. Comprenderá que no era él el que tenía que hacer algo por Jesús, sino que su Amigo estaba dando la vida por él. La Cruz es de Jesús, es donde Él nos salva. Si aceptamos esto, luego sí, como Pedro, podemos ayudar a otros, confirmar a otros en la fe, consolarlos en sus desolaciones.

FB:El Papa hizo referencia a esto el Domingo de Ramos, cuando habló del «encarnizamiento» contra Jesús y del impresionante silencio del Señor en su Pasión. Dijo que el Señor vence la tentación de responder a la furia del demonio, de ser «mediático». Cómo es eso de que no bastan los argumentos y medios humanos?

DF: Cuando hay encarnizamiento, cuando es la hora de las tinieblas, no bastan los medios humanos, hacen falta también los medios espirituales, los que permiten obrar «solo a Dios». En el viaje de regreso de Marruecos, Francisco habló de esto y recomendó leer Las Cartas de la Tribulación: Para este problema «existen dos publicaciones que recomiendo: un artículo de Gianni Valente, creo que en “Vatican Insider”, donde habla de los donatistas. El peligro de la Iglesia es hoy de convertirse en donatista haciendo prescripciones humanas, que se tienen que hacer, pero limitándose a estas y olvidando las demás dimensiones espirituales, la oración, la penitencia, la acusación a uno mismo, que no estamos acostumbrados a hacer. Se requieren ambas. Porque para vencer al espíritu del mal es necesario no “lavarse las manos” diciendo: “es obra del diablo”. No. Nosotros debemos luchar también contra el diablo, como debemos luchar también contra las cosas humanas. La otra publicación es de la “Civiltà Cattolica”. Yo había escrito un libro, en el 87, las Cartas de la tribulación, que eran las cartas del Padre General de los Jesuitas cuando estaba por ser disuelta la Compañía. Hice un prólogo, e hicieron un estudio sobre las cartas que había escrito al episcopado chileno y al pueblo de Chile, acerca de cómo actuar sobre este problema; los dos aspectos, el humano, científico y también legal, para combatir el fenómeno; y también el aspecto espiritual. Lo mismo hice con los Obispos de Estados Unidos porque las propuestas eran demasiado centradas en la organización, la metodología, y sin quererlo se descuidaba la segunda dimensión espiritual. Con los laicos, con todos… quisiera deciros: la Iglesia no es una iglesia “congregacionista”, es una Iglesia católica, donde el obispo debe hacerse cargo de las cosas como pastor. El Papa debe hacerse cargo como pastor. ¿Cómo? Con las medidas disciplinares, con la oración, la penitencia, acusándose a sí mismos. Y en esa carta que escribí antes que ellos [los presidentes de las Conferencias episcopales] comenzaran los Ejercicios espirituales, también esta dimensión está bien explicada. Os agradecería que estudiaseis las dos cosas: el aspecto humano y también el de la lucha espiritual (Francisco, Conferencia de prensa en el viaje de regreso de Marruecos 31 de marzo de 2019).

         La lucha espiritual es así: «En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Creerá que es “su momento”, el de su victoria, y en cambio será “el momento de Dios”, el momento de gracia. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección» (Francisco, Homilía del Domingo de Ramos 2019).

Entonces: discernir el momento. Allí donde parece ser el peor momento, allí es cuando hay que confiar todo a Dios.

JC: La cruz del Señor está en el centro de la contemplación de hoy, viernes. Pero siempre es -o debe ser- la cruz con Jesús. Está bueno preguntarnos porqué el Señor eligió la Cruz, o porqué Dios eligió el dolor de su hijo para redimirnos? ¿Es el dolor de Jesús el “valor de cambio”, la “moneda con la que compra nuestra salvación”, o es su “Amor”? ¿Es el dolor, el afrontar el dolor, la forma más contundente de demostrar amor? ¿Jesús sigue hoy “sintiendo” el dolor por nuestros pecados? ¿Nos ayudaría para nuestra vida de fe, diferenciar estos dos elementos que están presentes en la Pasión del Señor?

DF: Como bien decís, la Cruz está en el centro. Y ahí tiene que estar. Tenemos que fijar los ojos en ella – en Jesús que está en la cruz-, y dejarnos atraer interiormente a ella, a Él. Es nuestro Amigo que está en la Cruz. Así lo sienten Juan y María Magdalena. Por eso estaban allí. Y también sus amigas, las mujeres que lo habían seguido y «contemplaban» todas estas cosas a distancia. 

Vos hacés las preguntas por la cruz, por el dolor. Cada persona tiene sus preguntas personales frente a la cruz. Y no le sirven las respuestas de los hombres. Hay muchas teologías y filosofías detrás de estas preguntas. Pero hay que saber que ninguna la resuelve. Todas pueden ayudar, pero ninguna “soluciona” la Cruz. Y a veces no hacen sino bloquear la mirada. Ante la cruz y el dolor nosotros solemos preguntamos en primer lugar «por qué» o «para qué» o «cómo fue» o «quién tiene la culpa» … Pero en el momento en que uno hace una de estas preguntas hay que discernir:  esta pregunta me centra la mirada en Jesús crucificado y me abre el corazón como se abrió el Suyo o me hacen apartar la mirada del Señor y me endurece el corazón? 

Cada época formula sus preguntas y las tiene que reformular discirniendo la gracia de la tentación. A mí me ayudan las preguntas que el Papa plantea en clave de amistad

Decíamos que Jesús va a la cruz por amor a sí mismo, por fidelidad a lo que Él de verdad es. Y lo que de verdad es Amigo. 

El Papa toma toma de las preguntas de Jesús resucitado a Simón Pedro y nos dice: «Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada persona (él está hablando a los jóvenes particularmente) es ante todo su amistad. 

Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad» (CV 250).

Por eso, al mirar la Cruz, el Papa nos hace mirar allí a nuestro Amigo crucificado en el centro y nos dice: «Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidadque nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (CV 119).

Y ante el Señor Amigo nos hace formular la pregunta por nuestra vocación, nuestra misión. 

«Para quién soy yo? Es la pregunta. No tanto quién soy yo o para hacer qué estoy en esta vida, sino «para quien soy yo?» (CV 286) 

Cuando uno mira a Jesús en la Cruz, esta pregunta encuentra su respuesta: soy para él, mi Amigo. A los amigos si se les regala algo, se les regala lo mejor, nota Francisco (CV 287). Que no es lo más caro o difícil sino lo que uno sabe que le agradará al amigo. Y presenta a Jesús como el que, «por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20) (CV 118).

Ante la cruz, no respondemos en teoría sino que respondemos existencialmente: «yo estoy junto a la Cruz de Jesús porque Él está allí y es mi Amigo». Punto. Para él fue importante no rechazar la cruz que le imponían, dar testimonio de su amor hasta el fin por coherencia hacia lo que Él era y es: un regalo para nosotros. Murió en la cruz por fidelidad a sí mismo, por fidelidad a ser «todo para nosotros». Por tanto, yo no quiero saber otra cosa sino a Jesús crucificado, como sentía Pablo.

El Misterio de la cruz es que hay algo en el crucificado nos atrae irresistiblemente. Algo nos dice que tiene que ver con nosotros, conmigo en primera persona. Está allí por mí. Pero no funcionalmente por mí, sino porque Él es así, Él era todo para los demás y dio testimonio de ese ser para los demás hasta el final. Tampoco es un por mí metafísico, necesario: para salvarme, porque había que pagar el precio del pecado, porque es necesario atravesar el dolor… Estas causas son explicaciones abstractas de algo vivo mucho más radiante y luminoso. Jesús «abrazó siempre la cruz de los demás» porque Él era así. Y dio testimonio de este modo suyo de sentir y de actuar hasta el final. Por eso, aceptar su cruz, es aceptarlo a Él. Aceptar que allí donde se pierde, el Padre lo salva. Y de su mano, nuestra historia goza de las mismas gracias. La cruz es previa a todo funcionalismo. En la cruz está mi Amigo y por eso yo estoy allí. Para él fue lo más importante de su vida y yo quiero estar allí. Estando al pie, voy comprendiendo su enseñanza, recibiendo los efectos benéficos más que especulando teologías.

Entonces: la Cruz está en el centro porque Jesús es así. Y yo voy a ella porque mi Amigo está allí.

FB: Cada vez que meditamos la Pasión, el Vía Crucis, la cruz, se me viene a la cabeza la escena de la película La Pasión, en la que Jesús, con la cruz a cuesta, ensangrentado, cae nuevamente y en el piso se encuentra con su madre, la Virgen, y le dice las palabras del Apocalipsis: “¿Ves, Madre, que yo hago nuevas todas las cosas?” Yo siento que en esa escena está contenida toda la historia de salvación y, sin embargo, no puedo explicarlo… ¿Me ayudás?

DF: La novedad de Cristo, la novedad de la cruz! Abrazándola el Señor hace nuevas todas las cosas. Yo creo que lo que el Señor le dice a su Madre, lo que nos hace ver con su ejemplo al abrazar la Cruz, es que en ese gesto está “el punto de inflexión”. Allí gira la historia, allí vence al mal y lo convierte en bien. 

Se me ocurren algunas “novedades” que suceden cuando Jesús abraza la Cruz (y cada uno de nosotros la suya!).

Una novedad es que las historias cambian a fuerza de abrazos. Dice el Papa: “Nosotros somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grandeque todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. (Una historia de amor siempre es novedosa).El Señor abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar» (CV 120).

Otra novedad, que solo revela el perdón incondicional del Señor en la Cruz, es que “no tenemos precio”, que cada uno de nosotros es precioso a los ojos de Dios.

Dice el Papa: Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis.(Esta gratuidad es siempre novedosa!!!)Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) (CV 121).

“Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes«¡no tienen precio! (Que no tenemos precio es novedoso en este mundo en el que todo tiene su precio) ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús» (CV 122).

Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez.(El perdón que se renueva es novedoso, en un mundo que no olvida ni perdona)Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez” (CV 123).

Y la novedad más grande y que renueva todo es que Cristo vive, lo que anuncia el Papa al anunciar la resurrección del Señor.

«Hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior (que Jesús nos salva): ¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuelaes alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1 Co 15,17) (CV 124).

“Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, (de manera novedosa) para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo” (CV 125).

“Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. (La novedad es que:) En tu vida el mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive” (CV 126).

Diego Fares sj

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El Señor iba adelante(de sus discípulos) subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciendo: « Vayan al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontrarán un pollino atado, sobre el que no ha  montado todavía ningún hombre; desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, dirán esto: “Porque el Señor lo necesita.” » Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: « ¿Por qué desatan el pollino? » Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita. » Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús. Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron  a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: « Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas. » Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: « Maestro, reprende a tus discípulos. » Respondió: « Les digo que si éstos callan gritarán las piedras» (Lucas 19, 28-40).

Contemplación

Tres puntos, tres frases del evangelio de Lucas para entrar a nuestra Semana Santa -una entre las 54 semanas del año, acompañando al Señor, el humilde rey que va a la cruz para salvarnos de la autosuficiencia en la que el egoismo nos encierra

El Señor iba adelante. El Señor lo necesita. Si estos callan gritarán las piedras.

Las cosas que el Señor necesita… y que su pueblo le sabe dar.

            Betfagé y Betania eran pueblitos amigos. Jesús tenía a Lázaro, Marta y María en Betania y se ve que en el vecindario se sabía cuando iba y se habían creado lindas relaciones de amistad. Seguro que cuando iba a casa de Marta se cruzaba a más de uno por el camino, y luego la gente encontraba algún motivo para acercarse a verlo… El dueño del burrito o de la burra con su pollino, vivía a la entrada del pueblo y era pasaje obligado. El hecho es que Jesús actúa como un rey -rey humilde y buen amigo, pero Rey al fin- mandando a sus discípulos (que no eran tan conocidos) a que desataran el burro en la casa de esta familia. Como si hoy tomaran de tu garage las llaves de la camioneta! La relación que tenían con el Señor se puede ver en que basta que los discípulos digan la frase “Porque el Señor lo necesita” para que los dejen hacer. 

El Señor lo necesita! Hay cosas que Jesús “desea” – que seamos uno, que tengamos paz, que creamos y confiemos en Él…-, y otras que “necesita”. Junto con el burrito, que necesita para entrar humildemente como Rey de Paz en la Ciudad Santa de Jerusalén, se me ocurren otras cosas, muy comunes. El Señor necesitaba un jarrito para tomar agua, porque no tenía, como le hizo notar la Samaritana; necesitó la barca de Simón y de su hermano para poder predicar, apartándose un poco de la orilla, ya que la gente lo apretujaba; necesitó que le llenaran las tinajas de agua para el milagro del vino en Caná; y que el pibe que vendía sangüiches le diera sus cinco pancitos para multiplicarlos…

Cosas que el Señor necesita… Y que la gente sencilla le sabe acercar. 

Contemplando el tipo de relación de Jesús con esta gente de la entrada del pueblo de Betfagé, se me ocurre que Jesús es rey de la gente sencilla. Que la gente lo reconoce y lo trata como a un verdadero rey es algo que se nota en el trato que le brinda a sus discípulos. Quizás en esto se pueda percibir la diferencia entre un rey y una autoridad de otra jerarquía: en cómo trata uno a sus enviados. Podemos decirnos a nosotros mismos: en cómo trato a los empleados, a la gente que trabaja y que sirve, se nota quién es mi rey. Esta sería la máxima. Viendo cómo tratas al colectivero, al que te lustra los zapatos, al mozo, al del kiosko, al del banco, a la maestra de tu hijo, al portero del trabajo…, se puede deducir quién es tu rey. En síntesis, están los que ni siquiera “ven” a los que cotidianamente nos sirven, y los que los tratan como a inferiores o directamente ‘tratan mal’, y esto es señal de que se tienen por reyes a sí mismos (o lo que es peor: al dinero); y están los que tratan bien, como a iguales e incluso como a superiores a los sirvientes, y esto quiere decir que tienen por rey a alguien más grande, a Alguien como Jesús. 

También se puede expresar con la imagen del reino: en qué reino vives? En el reino que baila al son de la flauta del dólar o en el reino donde cotizan los valores del evangelio? Tener por rey a Jesús es algo que se juega en el mundo concreto de las cosas que el Señor necesita y que van unidas, por su voluntad expresa, a las cosas que necesitan sus discípulos, sus amigos, los pobres, los pequeños. Tuve hambre y me diste de comer. Necesitaba un abrigo y me lo regalaste. Necesitaba consejo y me pusiste la oreja. Necesitaba compañía y me viniste a ver y te quedaste a mi lado. 

La gente de Jesús tiene esta natural predisposición a servir donde se la necesita. Es gente de su reino, desinteresada, servicial, trabajadora. Es la mayoría silenciosa que habita el planeta. Quizás no todos conozcan directamente al Señor o, si son cristianos, quizás no “vayan a misa” todos los domingos, pero “son practicantes”, en el sentido que “practican las obras de misericordia” comunes, en su vida y trabajo de todos los días. Son gente atenta a lo que “el Señor necesita”. Dependen, sí, como todos, del dinero. Pero no lo sirven. No es su rey. Esto se ve fácilmente, se nota, en cómo tratan a los empleados, en cómo tratan a los clientes.

Si estos callan, gritarán las piedras

            El reino de Dios se juega en el servicio y también en el anuncio. Por eso a lo anterior se le suma la cuestión de la publicidad, de las noticias que “se gritan” públicamente.

Podemos decir así: por las noticias que consumes y más aún, por las noticias que compartes y que difundes, se puede ver quién es tu rey. 

Hoy pesa mucho la cantidad, lo que se vuelve “viral”. Es un fenómeno nuevo. Antes, la realidad era más maciza: se distinguía fácilmente entre un “hecho” y una “opinión”. Hoy se juntan unos cuantos miles de opiniones y adquieren la consistencia de un “hecho”. Hay gente que cuantifica el “humor de la gente” (el malhumor, más bien) y como sabe que es decisivo a la hora de “votar”, por ejemplo, o de quitar apoyo a alguien, transforma esto tan volatil en un hecho, más real e inmediato que el voto en papeleta que se hace una vez cada cuatro años. 

Pues bien, Jesús fue el primero que “consagró” esta volatil expresión de las multitudes e hizo notar que también se puede tomar como un “hecho” -y profético- este entusiasmo de los niños de Israel que lo alababan y le cantaban llenos de alegría: “Santo, Santo, Osanah el Rey de Israel, bendito el que viene en nombre del Señor!” 

El Espíritu Santo crea también estas ondas de alegría y de entusiasmo comunitario capaces de unificar en una gran consolación a todo el pueblo fiel de Dios y hacerlo cantar las alabanzas al Señor su único Dios. 

Los medios que sirven al dios dinero, cuando se encuentran con una expresión popular así, que peregrina a Lujan o que se junta para defender un valor como la vida, por ejemplo, tienden a minimizarlo. Tratan de acallar estas voces como los fariseos trataban de que Jesús hiciera callar a sus fans. 

También hay personas de buena voluntad que no aprecian estas consolaciones y, acostumbrados a interpretar las cosas con mentalidad mundana, no ven sino expresiones superficiales de  un entusiasmo pasajero de la gente. 

Exteriormente pueden ser iguales una peregrinación a Luján y una maratón, e incluso puede pasar que la segunda convoque más cantidad de gente. Pero espiritualmente no pesan igual. Las consolaciones del Espíritu, los actos de fe, las oraciones de alabanza y adoración, los deseos alegres de pertenecer enteramente a Dios, los actos de servicialidad, pesan en el alma y cotizan en el reino con el peso del amor, que no solo inclina el corazón y lo hace adherirse al Bien -al Bueno, a Jesús nuestro Rey eterno-, sino que lo recrean, lo hacen un corazón nuevo. 

Jesús, que discierne perfectamente una alabanza interesada de una suscitada por el Espíritu y por el Padre que “atrae a todos hacia Él”, defiende este publicidad y este voto popular masivo contra toda hipocresía e interés propio de los escribas y fariseos, y dice que si los pequeños callan el Espíritu hará gritar de júbilo a las piedras.

La lección que saco como provecho de la contemplación de este pasaje, en el que Jesús defiende una alegría que se volvió viral por un momento y la consagra como algo santo, de peso, como algo del Espíritu que renace en cada generación ante la presencia de Jesús que entra humildemente en Jerusalen para dar la vida por los hombres, es una lección de marketing: hay noticias que hay que gritarlas, cantarlas, compartirlas y viralizarlas. Y otras a las que no hay que darles bola, como se dice vulgarmente. Esta difusión es un acto no solo religioso sino también ciudadano, que cada uno debe cumplir todos los días en la intimidad de su celular, en los whatsapp y los tweets que lee y que comparte. Es un ejercicio de discernimiento mediático en el que hay que dar el like a lo que es del buen espíritu y el buhh a lo que es del malo.

El Señor iba adelante

            Uno esto con la imagen del Papa besando los pies de los políticos sudaneses. Hace unos días en una charla en Milán, un periodista me preguntaba acerca de “cuando darán fruto estos gestos que el Papa siembra” porque – notaba –  “hay muchas cosas suyas que crean malhumor en mucha gente”. Yo le decía que el Papa es uno que va adelante, que los malos humores recaen sobre el que los tiene, y no sobre él, que es uno que está concentrado ciento por ciento en cumplir con su misión y, cada día como si fuera el primero, “le mete para adelante”. 

Por eso, quizás, me tocó el pasaje de Lucas en este evangelio del Domingo de Ramos donde  que dice que Jesús se adelantaba, iba decididamente a Jerusalén a cumplir con su misión. 

A la cuestión de los frutos, le decía yo al periodista, se les puede aplicar lo de la parábola de la semilla. En los pobres y en la gente de buena voluntad, la semilla da el ciento por uno. Una misionera comboniana que trabaja en Sud Sudán decía que los sudaneses estaban conmovidos por el gesto del Papa besando los pies de sus políticos. E invirtiendo la pregunta, más que preguntarse por el valor de la semilla, lo que se puede juzgar por los frutos es la calidad del terreno. Hay gente en la que la semilla da un fruto pobre y otros a los que se las roban las aves del cielo apenas cae en ellos, y esto es porque unos tienen corazón superficial y otros porque tienen el corazón duro como una ruta asfaltada. 

Una cosa me llamó la atención. El papa besó los pies a cuatro dirigentes, pero no encontré el nombre del cuarto por ningún lado. Quizás como son sudaneses, no interesa. Sí se mencionan los nombres del presidente de la República de Sudán del Sur, Salva Kiir, y del jefe rebelde de la oposición Riek Machar, ex-enemigo, y de la vicepresidente electa Rebecca Nyandeng De Mabio, que se ve emocionada hasta las lágrimas. A uno ni lo mencionan, pero el Papa le besó los pies igual. Lo más importante fueron las palabras que Francisco selló luego con un gesto de tal magnitud, que algún diario tituló: “primera vez que un papa besa los pies a dirigentes políticos”: les dijo que si se dan la mano “serán padres de pueblos”. 

Los pueblos necesitan, desean, líderes así: reyes que sean verdaderos padres de pueblos, que los sirvan y los ayuden a vivir en paz y con dignidad.

Nosotros pedimos tres gracias: una, la de saber reconocer y seguir al Rey en los “que van para adelante”; la segunda, la de ser como los de Betfagé y Betania, gente que está pendiente de lo que el Rey necesita, en la persona de sus enviados y pequeños; la tercera, la de saber discernir y difundir las noticias de los que saben cantar y alabar al Rey verdadero.

Diego Fares sj

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