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Archive for the ‘Contemplaciones 2018’ Category

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que se dieran cuenta sus padres. Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando». El les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc  2, 40-52). 

Contemplación

Un año termina y otro comienza y la liturgia nos pone en clima de familia. Con la palabra “clima de familia” quiero señalarte algo muy preciso. Nuestra familia es el ámbito de los que somos nacidos y criados juntos y que nos elegimos -de nuevo, cada vez- para seguir juntos. Cada año, nuestra vida se concentra en las cenas y los almuerzos de las fiestas. Allí, en nuestra familia, resuena la vida del mundo entero de modo particular: con un tono distinto. Todo lo que estamos viviendo en el país – en el trabajo, en la sociedad, en la economía y la política, en lo religioso…- todo resuena, pero con los filtros que elegimos poner. Cuando nos juntamos hacemos de modo tal que los acontecimientos externos no invadan lo esencial: el amor que nos queremos expresar celebrando la vida con nuestros ritos familiares. Nunca faltan los ritos del recuerdo de los que no están, los ritos de los regalos, que gozan de modo especial los más chicos, y nosotros con ellos; los ritos de mirarnos a los ojos y expresar nuestros mejores deseos al brindar…

La liturgia nos regala algunas escenas -pocas, pero sumamente significativas, a través de la cuales podemos entrar de lleno en el clima de familia que vivieron José, María y Jesús. 

Los hemos visto en la noche de navidad, contemplando al Niño que han apenas recostado en el pesebre. 

Los veremos el primer día del año, entrando con el Niño en brazos para presentarlo en el Templo y ponerle el Nombre: Jesús. 

Hoy, en la Fiesta de la Sagrada Familia, los vemos en el momento en que abren la puerta del aula y se encuentran con la imagen de su Hijo, en medio de los maestros y doctores de la ley: les está haciendo una pregunta y ellos lo miran estupefactos.

Doce años les pasaron por su mente en un segundo y nosotros podemos adivinar lo que sintieron. Fueron doce años vertiginosos y los pocos datos que tenemos bastan para desestabilizar cualquier imagen de una vida familiar de estampita navideña.

Todo comenzó con una anunciación sorprendente, que los hizo entrar en el centro mismo de la Historia. De allí en más, acontecimientos que les caen encima y decisiones con las que cambian su vida de manera radical. El nacimiento en Belén -en un pesebre!-, por culpa de un censo nacional decretado desde alguna oficina pública. Las visitas de gente de todo tipo, incluso reyes extranjeros, que acuden a su casa y les hacen saber que se habla de ellos en Jerusalén. La profecía de Simeón. El poder del Rey Herodes que desata su furia militarizada sobre la fragilidad del Niño, que ellos cuidan con su misma vida. José con todos sus sentidos de padre despiertos y activos. María, haciendo simple y tierna la vida cotidiana. La decisión providencial de irse en el momento justo, de emigrar. Los años de destierro, viviendo de prestado -podemos imaginar la precariedad, el idioma, los trabajos más humildes y duros-. El regreso -precavido- a empezar de nuevo, sin hacerse notar… 

Y ya estamos doce años después. Cuando la vida parecía encaminada y el gozo de peregrinar un nuevo año al Templo con Jesús de la mano los hacía disfrutar de la normalidad, resulta que su Hijo se les pierde. Comienzan los problemas de la preadolescencia, pensaríamos nosotros.

Jesús a los doce sorprende! Y los lanza de lleno a lo que será el futuro. El Señor hace su entrada en sociedad dejando a todos estupefactos y atónitos. A los maestros, por su inteligencia y sus respuestas. A sus padres por haber actuado autónomamente, siendo que siempre había sido un chico “sujeto a ellos”, como volverá a serlo al regresar a Nazaret, hasta que llegue su hora. Así como en un instante se les hizo presente todo lo vivido, así también, al abrir esa puerta, vieron de golpe lo que les haría vivir su Jesús. Y a partir de allí, el estar “sujeto a ellos” de su Hijo se volvió distinto: su presente se llenó de futuro, se volvió consciente en ellos el Reino. La Casa del Padre -en la que Jesús siempre “está”- se aposentó sobre su casa de Nazaret -o se abrió desde adentro, como se abre una flor- y el hogar de san José se volvió condivisible para todas las familias y comunidades que quieran recibir e incorporar sus lecciones de vida doméstica: la lección del silencio, la lección del trabajo, la lección del amor.

Se ve que esta ida al Templo provocó o despertó algo nuevo y poderoso en Jesús, algo que lo llevó a olvidar todo lo demás y quedarse allí sin decir nada a sus padres. 

Me imagino que la cosa habrá empezado al acercarse él -curioso- a un grupo de maestros de la ley que discutían un punto o estaban dando la lección a los chicos… Alguno habrá hecho una pregunta y Jesús habrá respondido espontáneamente en voz alta, de modo tal que el doctor de la ley habrá levantado la mirada y, viéndolo allí parado, seguro de sí como solo los niños están, lo habrá hecho pasar al frente…

Lucas nos narra cómo terminó el asunto… tres días después! 

Sus padres entran en un aula de catecismo (alguno les habrá dicho que podía estar allí el chico que buscaban, o habrán sentido su voz al pasar…) lo cierto es que se quedan atónitos viéndolo “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.” 

El Evangelio dice que lo encontraron al cabo de tres días. Es decir que Jesús fue hospedado en el Templo dos noches. Quizás la primera tarde se quedó rezando y al darse cuenta de la hora pidió hospedaje, esperando que vinieran sus padres. Al otro día lo hicieron ir a clase junto con los demás, y terminó con todos en la sala donde lo encontraron por fin José y María. El punto es que no fue cosa de un momento, sino todo un acontecimiento: hasta que quedó “sentado en medio de los doctores”, dando clase, una de esas en las que la gente se olvida del tiempo y se queda, escuchando y preguntando.

Preguntando… Esta es la palabra que nos hace entrar en la novedad absoluta de la escena. Suele pasar que haya niños prodigios que responden a todas las preguntas con agudeza y que dan una lección que han fijado en su memoria de manera sorprendente. Pero Lucas dice que el Niño no solo escuchaba, comprendía todo y respondía bien, sino que pasó a “hacerles preguntas”. 

Inaugura así este Jesús preadolescente lo que será su estilo de enseñanza basado en el diálogo, con esas preguntas suyas constantes que hacen replantearse las cosas a su interlocutor. 

“Por qué piensan mal en su corazón? Qué es más fácil decir al paralítico, tus pecados te son perdonados o levántate y camina?” Esta será la primera pregunta de Jesús a los fariseos en Lucas 5, 22. 

Pero antes esta la pregunta a sus propios padres: “Por qué me buscaban (angustiados)? Acaso no sabían que yo debía estar en la Casa de mi Padre?” Casa que se llevó consigo a Nazaret, como decíamos. 

Serán constante pedagógica las preguntas a sus amigos: “Qué buscan?” -a los dos primeros discípulos que lo siguen; “Por qué dudaste?” a Simón, cuando se hunde en el mar luego de haberle pedido que lo hiciera ir a Él caminando sobre las aguas; “De que discutían por el camino?” (ellos se avergonzaron porque habían estado discutiendo acerca de quién era el que mandaba); “Me amas como amigo?” a Simón, luego de la resurrección y junto con el encargo de apacentar a sus ovejas…

Toda la pedagogía de Jesús consistirá en un diálogo que enseña a la gente a discernir por sí misma, a repensar las cosas asumiéndolas, a plantearse de nuevo cuál es su punto de vista y confrontarlo con el de la Escritura. “Qué les parece? Un hombre tenía cien ovejas…”: las preguntas que son toda una parábola y no preguntas puntuales… “Quién de ellos se hizo prójimo del hombre herido al borde del camino?”

El que no entra en esta dinámica, que hace que apenas uno lee por curiosidad se encuentre con una pregunta que lo interpela, se queda afuera del Evangelio. 

Jesús es el Maestro que nos educa a la pregunta. Y no a la pregunta que consiste en opinar cosas abstractas sobre temas de actualidad, sino a la pregunta por la situación presente de tu corazón: 

Sos feliz ahora? 

Estás viviendo un presente pleno, amando con todo tu corazón?

O tenés el corazón en pausa, a media máquina, dudando a quién darte entero?  

La pregunta evangélica sería: “¿Sos el servidor fiel y discreto (como José) a quien puedo encontrar sirviendo su ración (de cariño, de tiempo, de escucha, de aliento…) a tu familia a su tiempo?”

Te sentís agradecido esta noche?

Te has puesto a agradecer tu vida, aceptando todo lo que pasó, tal como pasó, de modo tal de poder interpretar que “fue necesario” todo lo que pasaste y padeciste para que Dios hiciera todo lo bueno que ha hecho con vos?

O estas quizás como un disco rayado, repitiendo algo que te pasó y que no podés digerir? 

La pregunta evangélica sería: “¿De dónde a mí que me venga a visitar La que sabe cantar las maravillas que Dios ha hecho en la historia de su pueblo y me incluya en su magníficat de acción de gracias?

No has dejado de soñar con una entrega más bella para este año que viene? 

Estás buscando centrarte sin que te distraigan cosas secundarias en el punto decisivo en el que soñás con mejorar?

O estás desilusionado por un futuro que ya desde el vamos te has planteado de manera tal que sabés que será imposible de alcanzar?

La pregunta evangélica sería: “¿Comprenden lo que he hecho (al lavarles los pies Yo, que soy el Maestro)?” Si sabiendo esto lo practican serán felices” (Jn 13, 12 y 17).

Así, la última pregunta se toca con la primera y nos pone a caminar, alegres, sabiendo que el tiempo del amor es el presente. 

Diego Fares sj

Oración por la familia que rezó el Papa Francisco en Irlanda

Dios, Padre nuestro,
Somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo,
Una familia, en el Espíritu de tu amor.
Bendícenos con la alegría del amor.
Haznos pacientes y bondadosos,
Amables y generosos,
Acogedores de aquellos que tienen necesidad.
Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz.
Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso,
Especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos:
(“Pensemos especialmente en las familias que nos son más queridas”, pidió el Papa)
Incrementa nuestra fe,
Fortalece nuestra esperanza,
Protégenos con tu amor,
Haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos.
Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor,
Amén.
María, madre y guía, ruega por nosotros.
San José, padre y protector, ruega por nosotros.
San Joaquín y Santa Ana, rueguen por nosotros.
San Luis y Santa Celia Martin (papás de Santa Teresita del Niño Jesús), rueguen por nosotros.

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            La imagen me pareció justa. Son los protagonistas los que hacen que la vida tenga sentido, que tenga sentido este año 2018, que para algunos es un “annus orribilis” (así lo dicen, en latín). Yo lo contemplo como quien repasa un año de gracia. Pero de gracia evangélica, es decir en batalla. Como dice Francisco: “La vida cristiana es un combate permanente (…). Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (Gaudete et exsultate, Combate, vigilancia y discernimiento, 158). Contemplemos qué podemos celebrar de este año combatido.

El niño de la foto en su manito derecha tiene atrapado un sueño y en la izquierda, apenas más suelta, lo hace jugar entre su pulgar y su índice, acariciándolo. Sus manitos se parecen ya a las de su papá, que camina resuelto cargandolo en su valija (José tomó al niño y a su madre y huyó a Egipto…). La valija está un poco desvencijada, por todo el peso de su drama, porque se han tenido que ir de Beit Sawa, un 15 de marzo de este 2018 y vaya a saber ahora dónde estarán. 

La gracia de este año es inmensa porque hay infinidad de imágenes como esta, en las que los protagonistas son niños que duermen en una valija, acariciando sueños, mientras los lleva consigo una mano fuerte como la de tantos papás y mamás. 

“Quiero convertirme en superhéroe para no volver a tener miedo nunca más”, contó Ayham al equipo de Diarios de Sueños (Dream Diaries https://www.youtube.com/watch?v=3hcNv310dww). “Yo pararía la guerra en Siria y luego volvería y besaría todo, realmente todo, incluso los plátanos y las sandías”.

Hay un videito circulando por las redes en el que a un oficinista que sueña con un año lindo al comienzo de este 2018, lo llama su yo del futuro -que es hoy- y le hace ver que será el peor año de su vida. Uno no sabe si reir o llorar cuando mira como si fueran profecías cosas que ya fueron realidad: que el dólar que estaba a 18 subiría a 40, que River y Boca tendrían que jugar la final en Madrid, que el gas se pagaría en cuotas, que le volvimos a pedir plata al FMI…

Yo diría que más que reir o llorar hay que reflexionar, y por eso comparto mi reflexión acerca de “los protagonistas”. 

Si los protagonistas son el dólar, el fútbol y el FMI, entonces mejor emigrar. El único lugar seguro para nuestros sueños estará en una valija como esa en la que el papá lleva a su hijito al exilio. 

Qué sueñan ese niño y ese padre? No lo se, pero lo puedo imaginar. Adivino que no serán sueños de dólares ni de fútbol ni de FMI. O quizás sí, pero en otro formato, más esencial. Serán sueños de poder usar bien los ahorros que llevan, para comer, para alquilar una casa o una piecita quizás. Serán sueños de juegos. Imagino los piecitos del niño en la valija pisando algún caballito, algún peluche y un autito que su padre metió allí, como las cosas esenciales que uno mete en la valija cuando huye de la guerra y del hambre. Serán sueños de alguna institución internacional que los ampare, que les brinde status de refugiados, que les permita empezar de nuevo en otro país…  

La imagen me ayudó a mirar la Navidad y el año de otra manera. Ha sido un año de mucha lucha, es verdad. Y yo diría que si los protagonistas son los niños, es un año que quedará en la historia. Pero hay que agarrarlo desde muy abajo. Porque si uno mira a ese niño en la valija, corre el riesgo de pensar en una derrota de la humanidad. Como si uno mira las leyes del aborto desde lo que dicen los números, el número de los abortos y los números de los votos a favor y en contra de su legalización. No basta. Hay que ir más abajo y constatar un hecho: han cobrado más protagonismo los vulnerables, los pequeños, las víctimas, los desfavorecidos. 

En un mundo donde los protagonistas poderosos, por así decirlo, se revelan muy mediocres a nivel político y muy míseros a nivel humano, los menos poderosos han cobrado visibilidad y voz: hablan por sí mismos en las redes. Dicen de más, opinarán algunos. Puede ser. Pero hablan por sí mismos. No hay otro que se arrogue ser voz de los que no tienen voz. 

Estamos escuchando voces nuevas, que no se dejan domesticar. Y por ahí escuchamos sonidos que pueden parecer exagerados: gemidos de dolor, desahogos incontenibles, cantos de victoria como los de la cancha, denuncias e insultos a los gritos. Desde un punto de vista, aunque tengan otro contenido, estas nuevas voces que se alzan, nos reviven los sonidos de la niñez, cuando llorábamos a moco tendido, gritábamos con rabia, acusábamos sin piedad y gritábamos caprichosamente hasta ser escuchados. Hay algo real ahí. También reíamos con toda la panza, pedíamos ayuda a cada rato, contábamos todos nuestros secretos y confesábamos nuestro amor y nuesto gozo sin falsos pudores. 

En medio de la mediocridad institucional, del endurecimiento de muchas posturas, de la fragmentación de intereses y de las polarizaciones ideológicas, algo nuevo está naciendo porque se escuchan sonidos de infantes (infante significa el que no sabe hablar). 

Hay que aprender a escuchar estos sonidos! 

Son sonidos nuevos, distintos, en palabras gastadas. 

Hay que escuchar el sollozo de alivio, por haber vencido el miedo, en las denuncias de las personas abusadas. 

Hay que saber escuchar la fuerza de la convicción en los argumentos apasionados de las personas que defienden una causa. 

Hay que saber escuchar el grito de la libertad en las personas que se liberaron de un secreto que los oprimía y no las dejaba amar (porque el miedo no te deja amar!). 

Hay que saber escuchar la alegría de la victoria en las personas que festejan un logro político o una victoria deportiva

Allí nos tenemos que situar, en ese nivel infantil -que no sabe articular las palabras- y comenzar a construir desde la escucha.

La primera Piedra en Común para poner en la base de una nueva convivencia social está en escucharnos mirando a nuestros hijos (sintiendo el dulce peso de estar cargándolos en la valija): Mirá a los más pequeños, escuchá a los demás, medí tus palabras y graduá el sonido de tu voz. 

Debemos aprender unos de otros a llorar y a reir, a denunciar y a cantar, de modo tal que lo podamos compartir con la nueva generación, articulándolo para los que vienen. 

Tenemos que actuar como hacemos cuando los niños lloran o acusan, que los calmamos para que nos digan qué les pasa; como hacemos cuando los niños ríen y cantan, que reímos y cantamos con ellos y luego les decimos que nos cuenten con sus palabras lo que sienten de modo tal que todo adquiera una dimensión mayor al volverse familiar.

Es quizás el primer “mensaje” de Jesús en Navidad, cuya Palabra más que palabra es gemido, suspiro, llantos y risa de Niño. Al fin y al cabo, el Espíritu gime en cada creatura porque la creación entera está con dolores de parto, y gime en nuestro interior porque no sabemos rezar como conviene y Él intercede por nosotros ante el Padre (que nos lleva en la valija).

Escuchar estos sonidos nos llevará, seguramente a la oración. Esa oración en la que el Espíritu nos va enseñando a articular, palabra por palabra, lo que recibimos de Jesús como gracia y podemos usar para edificar nuestra vida en común.

Mientras estamos “en estos pensamientos” nos dirá en nuestros sueños de padre como le dijo a José: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mateo 1,18-25 – Misa Vespertina-).

Y nos hará bautizar todo lo que nos pasa con el Nombre de “Dios está con nosotros”.

La señal siempre será la misma: se nos quitará el miedo al encontrar a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en algún pesebre de los tantos que hay hoy en día por todos lados” (Lucas 2, 1-14 – Misa de Gallo-).

Como María el Espíritu nos hará conservar estas cosas meditándolas en el corazón” (Lucas 2, 15-20 –Misa de la Aurora-).

Meditando cómo la Palabra, que al principio estaba junto a Dios y que es la que creó todas las cosas, la Palabra, digo, se hizo carne y vino a habitar entre nosotros”. Esa Palabra es la luz verdadera y a los que la reciben, a los que la cargan como a un hijo en su valija, les da la gracia de llegar a ser y sentirse hijos amados de Dios. Y contemplar en su vida -y en este año que pasó y en el que viene- la gloria que este Jesús -que está todos los días con nosotros y nos acompaña, nos ayuda e ilumina-, recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 1-5. 9-14 – Misa del día-).

Diego Fares sj

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            Hay un himno muy lindo de la liturgia siro-antioquena, que se canta en esta fiesta de la visitación y que inspira el mosaico de Rupnik: 

“María, nube llena de vida, se levantó y fue a apagar la sed de la tierra sedienta [Isabel] y a hacerla fructificar. (…) La joven susurró al oído de la anciana, su palabra se deslizó por él y despertó al predicador de la Verdad. Un salto se apoderó de él, preso de alegría, como David, el hijo de Jesé, que danzó ante el arca.En el sexto mes, cuando las almas de los niños callan todavía, Juan danzó con gran júbilo en el seno de su madre”. 

María se levantó y fue con premura a la montaña, a un pueblo de Judá,entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantó la voz con gran clamor y dijo:

– ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí (esta gracia): que la madre de mi Señor me venga a visitar? Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, exultó de alegría el niño en mi seno. Dichosa tú que has creído que se te cumplirían plenamente las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

            En breves palabras, Lucas nos narra el encuentro de Isabel con María en clave de escucha. María e Isabel son las mujeres de la escucha. 

En el mosaico de Rupnik, que está en el monasterio de las ursulinas de Verona, contemplamos cómo en el encuentro entre las dos mujeres, María aprieta contra su pecho la Palabra de Dios, que es «lámpara para sus pasos, luz en su sendero» -palabra por la que ha caminado-, e Isabel, en señal de acogida, abre el manto. Ambas tienen la otra mano sobre sus panzas, sintiendo cómo sus niños se reconocen: Juan salta de alegría ante Jesús y su madre lo expresa. El sonido de tu voz…, dice Isabel. Ella nos hace comprender que se trata de una doble escucha: la del saludo de María desde la puerta y la de su hijo que salta de alegría en su interior. Isabel conecta todo e interpreta el sentido de lo que sucede: Dichoso mi niño que salta de alegría, dichosa yo que soy así visitada, dichosa Tú, María, porque se te cumplirán las palabras que te fueron dichas de parte del Señor. Dichosos todos, dichosos nosotros, dichosa Tú…

Makaria! Esta es la Palabra que “escucha” Isabel de varias maneras. Makaria significa bienaventurada, dichosa, bendita. Es una palabra que expresa cómo se “engrandece” (“mak“) la persona sobre la cual se extienden los beneficios de Dios. Indica una experiencia de predilección que es extensiva e inclusiva, propia de la Palabra cuando se derrama sobre una persona, sobre su vida, haciendo que -al caminar en Ella practicándola- se transforme en fuente de gracias para todos los demás a los que visita. Lo que vivimos en un santuario mariano, ese ámbito de paz que sentimos allí, que nos atrae y nos hace sentir ganas de ir a visitar a la Virgen, de ponernos en camino y peregrinar, es lo que vivió Isabel como primicia con la visita de su joven pariente. 

Esta experiencia se convertirá en María en algo habitual, una vez que dice Sí a la propuesta de Dios y la Palabra se hace carne en su seno. Irradiará esta gracia en las bodas de Caná, mantendrá sólidamente unidos a sí a Juan y a las otras María -aguantando- al pie de la cruz, y en el cenáculo, todos recibirán la visita del Espíritu en compañía de María.

Donde vaya, donde esté, María llevará consigo a Jesús y las creaturas lo percibirán, lo sentirán y se le acercarán. María crea cercanía, como dice el Papa. 

Ella fue consciente de esto desde el comienzo: Me llamarán “makaria”, bienventurada, profetizó en el Magnificat. Y esta gracia interior es la que la impulsa a levantarse con prontitud y salir a visitar a Isabel. 

Esto es lo que la hace “caminar y cantar”, como predicó tan lindo el Papa Francisco en la misa de Guadalupe. Hacía ver el Papa cómo María es nuestra Maestra en esta tarea tan linda de hospedar a Jesús y de ir con él a visitar a los que él quiere visitar. Ella “entra en las casas, en las celdas de las cárceles, en las salas de hospital, en los asilos de ancianos, en las escuelas o en las clínicas de rehabilitación. En todas partes transmite el mismo mensaje: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?”. 

¡Ella más que nadie sabe de cercanías! Es mujer que camina con delicadeza y ternura de Madre, se hace hospedar en la vida familiar, desata uno que otro nudo de los tantos entuertos que logramos generar, y nos enseña a permanecer de pie en medio de las tormentas”. 

“En la escuela de María aprendemos a estar en camino para llegar allí donde tenemos que estar: al pie y de pie ante tantas vidas que han perdido o le han robado la esperanza. En la escuela de María aprendemos a caminar nuestro barrio y la ciudad no con zapatillas de soluciones mágicas, respuestas instantáneas y efectos inmediatos” sino llevando a todos el canto de las maravillas que Dios hace con los humildes.

La oración es ponerse a la Escucha de La que nos trae la Palabra encarnada, para que nos consuele con su alegría el corazón y al sentirnos predilectos por sus Visitas, también nosotros nos pongamos en pie con premura, para salir a servir y a anunciar el evangelio a los demás. 

Diego Fares sj

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La gente le preguntaba a Juan: 

– «¿Qué debemos hacer entonces?» 

El les respondía: 

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; 

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.» 

Algunos recaudadores de impuestos 

 vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: 

– «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 

El les respondió: 

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley» 

A su vez, unos militares le preguntaron: 

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» 

Juan les respondió: 

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.» 

Como el pueblo estaba a la expectativa 

y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, 

él tomó la palabra y les dijo: 

– «Yo los bautizo con agua, 

pero viene uno que es más poderoso que yo, 

y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; 

él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego

Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era 

y recoger el trigo en su granero. 

Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» 

Y por medio de muchas otras exhortaciones, 

anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

            Bautismo significa sumergir, lavar sumergiendo. Para lavarse uno se sumerge en el agua limpia y sale purificado. 

En la vida nos sumergimos en muchas cosas. 

Nos sumergimos las cosas cotidianas, en el trabajo que tenemos que hacer para ganarnos la vida, para arreglar nuestra casa… Nos sumergimos en nuestros pensamientos y sentimientos, en nuestra vida interior. O en internet… Nos sumergimos en el diálogo con otras personas, con la familia, con los amigos…

Recién nos damos cuenta de que estamos “sumergidos” cuando alguien o algo que sucede nos saca de nuestro trabajo, o de nuestros pensamientos o de nuestra conversación, y eso nos molesta. 

De hecho, no podemos sumergirnos en muchas cosas a la vez: o charlamos, o soñamos y vemos televisión o trabajamos. Las redes nos hacen sentir que podemos sumergirnos en muchas piletas y en muchos océanos simultáneamente, haciendo zapping de uno a otro. La experiencia no es fácil de discernir. No se puede decir que cuando nos sumergimos en la red, por llamarlo de alguna manera, estamos surfeando en un mundo virtual y que cuando salimos a la calle estamos caminando por el mundo real. Porque también en la calle interactuamos a través de carteles digitalizados, nos guiamos no mirando al cielo sino al GPS y un mensajito de WhatsApp puede llegarnos directo al corazón, cuando no es posible vernos personalmente con alguien que está lejos.

El punto es que el Bautismo en el Espíritu Santo no es “otra piscina” donde sumergirnos. 

A veces pensamos que la oración es apartarnos de todo para sumergirnos en Dios, pero no es así. El Agua de la piscina de Dios tiene vasos comunicantes con todas las otras: la de nuestros pensamientos, la del trabajo, la de los demás, la de la red… Cuando nos sumergimos en el Agua santa de Dios, podemos dialogar bien con todo y con todos. 

Por eso, el Bautismo en el Espíritu Santo es la realidad primera. 

El Génesis nos lo narra poéticamente: En el comienzo, “el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gn 1, 2). El texto remite a otro muy lindo del Deuteronomio: “Como el águila que despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus espaldas, el Señor solo los condujo. No hubo dioses extraños con él” (Dt 32, 11-12). Es una linda imagen del Espíritu como un Águila que lleva a sus pichones sobre sus espaldas a lo más alto para enseñarles a volar y está atenta, si descienden rápidamente, para acudir en su ayuda y volver a elevarlos a su nivel. 

Si nos zambullimos en Él, si nos dejamos llevar en sus plumas, y volamos en su santidad, en su Amor de caridad y de amistad, en su paz y armonía, podremos pasar del trabajo a la oración y al diálogo con los demás, sin dificultad. 

El bautismo en el Espíritu Santo nos permite dialogar bien con toda la realidad. Las imágenes de estar sumergidos en el mar y de volar por los cielos nos expresan que el Espíritu se convierte para nosotros en un “Medio” especial. Se hace para nosotros Agua, Aire y Fuego y -podríamos decir hoy- se hace Wi-Fi. 

Es esta una sigla hermosa que significa Wireless Fidelity -Fidelidad inalámbrica-. Y al igual que la conexión de Wi Fi que se hace sin cables, por “frecuencia de radio”, la conexión espiritual entre todas las realidades tiene también sus “protocolos”. Protocolos para funcionar bien y para evitar “vulnerabilidades”. El Papa dice que el protocolo son las bienaventuranzas y Mateo 25, que nos ponen en la actitud justa para actuar bajo la influencia del Espíritu y al estilo de Jesús.

El ponernos dentro del alcance del Espíritu, en su radio de acción y de influencia, nos conecta con la realidad a nivel de su vibración más profunda. San Pablo nos habla de un “sonido profundo” de un “gemido” que emite toda la creación (Rm 8, 22) y también nos dice que “no sabemos rezar, pero que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad e “intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26).

Se trata, pues de conectanos con estos dos gemidos profundos, el de cada creatura, cuyo gemido y suspiro es el de un parto y de un anhelo de redención, y el Suspiro del Espíritu que es un gemido inefable de “intercesión”. El Espíritu intercede ante el Padre en nuestro favor, nos comprende profundamente y nos permite comprender a los demás, a todas las creaturas. 

San Francisco de Asís es el ejemplo más puro del que vive en esta “Frecuencia” que lo hermana con todas las creaturas. Laudato Si’ – ¡Alabado Seas, mi Señor! -. 

Nos puede hacer bien en este momento alabar con Francisco, rezando el Cantico de las creaturas:

Altísimo y omnipotente buen Señor, 
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen 
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, 
especialmente en el hermano sol, 
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor, 
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, 
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento 
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, 
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche, 
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, 
la cual nos sostiene y gobierna 
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, 
y sufren enfermedad y tribulación; 
bienaventurados los que las sufran en paz, 
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, 
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad 
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor 
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…

Esta frecuencia de onda espiritual es la que hace que una Madre Teresa “escuche” la sed de Cristo gimiendo en ese mendigo que le susurró “tengo sed”.

Escuchar este gemido es lo que le despierta a San Alberto Hurtado “el sentido del pobre”. Ese que no es un “sexto sentido” sino el “sentido primero” el sentido básico de la irradiación del Espíritu de Cristo en cada cosa redimida por su Sangre. A Hurtado este sentido le permite reconocer en cada pobre a Cristo, especialmente en los pobres más desagradables y “distintos”. Somos pobres y el pobre es Cristo.

Este sentido es el que hacía percibir a Teresita, en todas las situaciones desagradables – en sus propios defectos y susceptibilidades, en las pequeñas bajezas de la vida común -, la sonrisa del Padre en cuyas manos se confiaba. 

A Ignacio, la Voz del Espíritu, además de hacerlo ver a Dios en todas las cosas, le había desarrollado el discernimiento espiritual, eso que le permitía “oler” al mal espíritu para poder rechazarlo instintivamente aún antes de comprenderlo con el pensamiento. Y también le hacía “sentir y gustar” las cosas de Dios al leer su Palabra o rezar los salmos.

Meditaba también en los reclamos actuales de tantas mujeres en nuestro país, que hacen oír su voz colectivamente, en marchas y con denuncias. Más allá de las denuncias puntuales, que se dirimen en la justicia, y de las ideas que cada uno defiende, que se deben confrontar, yo trato de hacer mucho silencio para escuchar otros sonidos que vienen de muy adentro. Hay un miedo que ha acallado la voz de las mujeres no por mucho tiempo sino quizás desde siempre. Simple miedo al más fuerte. Hoy, la amplificación de la voz a través de los medios, empareja a los más fuertes con los más débiles. La voz, si no se impone la presencia física, tiene un tipo de fuerza distinto, muy especial. Vieron que la fuerza del que habla no le viene solo de alzar la voz o solo de argumentar lógicamente sino de la relación entre ambas cosas? Entre el contenido de lo que dice y el tono con que lo dice? Hablando nos emparejamos como personas. Y es un avance de la humanidad el que cada uno pueda hablar -especialmente los más débiles física y estructuralmente- y lo podamos escuchar todos los demás. La palabra vence al miedo. A este paso adelante estamos asistiendo, más allá de los “temas” que se discuten. Creo yo.

Sumergirnos en el Espíritu, dejarnos conducir sobre sus alas (y cuando bajamos de nivel, pedirle gimiendo que venga en nuestra ayuda y nos eleve y nos vuelva a hacer volar con altura), nos permite escuchar a cada persona con atención profunda, esa que capta sus gemidos más hondos en alguna queja, que sabe percibir sus expectativas y deseos reales en alguna mirada. 

El Bautismo en el Espíritu nos permite escuchar a cada cosa que requiere nuestra atención y -lo que es importante, a darle a cada cosa el tiempo necesario, sin ansiedad ni descuido.

El Bautismo renovado en el Espíritu -basta una simple señal de la cruz bien hecha que nos envuelva todo nuestro ser- nos permite escuchar cada sentimiento que surge en nuestro corazón y comprender el mensaje que tiene para darnos.

El Bautismo en el Espíritu Santo no nos aparta de nada ni de nadie, sino que evita que estemos ahogados y desbordados por lo que nos pasa. 

El Bautismo en el Espíritu Santo nos hace libres y ordena nuestra vida por el camino del Plan de Dios, que todo lo hace para el bien de los que lo aman.

Como un mendigo con su jarrito sentado en un rincón, le pedimos a los santos y a las santas, a nuestra Señora y también a Jesús, que se sienten a nuestro lado a pedir la limosna del Espíritu, que nuestro Dios, como todo buen Padre, no niega a ninguno de sus hijos. Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro Padre del Cielo les dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.

Pedimos al Padre diciendo: Padre nuestro, en el Nombre de Jesús, tu Hijo predilecto, danos tu Espíritu Santo.

Pedimos al Espíritu: Espíritu Santo, comunica a nuestro pobre corazón humano, el amor con que se ama a las tres Personas de la Trinidad.

Pedimos a Jesús: Señor Jesús, muéstranos al Padre y danos tu Espíritu.

Pedimos a nuestra Madre la Iglesia: renueva en nosotros la gracia del Bautismo, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Diego Fares sj

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What’s up?

            El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César, 

cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, 

siendo Herodes tetrarca de Galilea, 

su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, 

y Lisanias tetrarca de Abilene, 

bajo el pontificado de Anás y Caifás, 

vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, 

anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados, 

como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías: 

“Voz de que clama en el desierto diciendo: 

Preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos. 

Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará. 

Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano. 

Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lc 3, 1-6).

Contemplación

            Vino la Palabra de Dios sobre Juan, y comenzó a decir: Preparen el camino del Señor (Ἑτοιμάσατε). Juan el Bautista toma esta Palabra de Isaías, que hablaba de la venida del Señor. Jesús la usará para encomendar a Pedro y a Juan que “preparen la Pascua” (Lc 22, 8). 

            El Señor nos encarga la preparación para su venida y para su partida. El maneja los tiempos, el principio y el final. A nosotros nos encarga lo del medio. Que esté todo listo para su venida y su partida. 

            Dejando para Él las cosas grandes -el camino total de la historia-, me quisiera centrar hoy en un camino nuestro: el caminito que lleva más directo a nuestro corazón. Ese sí, no solo lo puede, sino que lo tiene que tener preparado cada uno, porque es un camino enteramente personal. Es un camino con “claves”, diríamos, que, si no las proporciona su dueño, si las encripta o las cambia (o se las olvida), el otro no puede entrar. Y Jesús no fuerza puertas. Ni para entrar, ni para salir.

            En las relaciones entre personas en cosas del corazón, muchas veces no se trata de que uno no proporcione las claves, sino de que no hay quien quiera entrar. Tanta gente sufre la soledad! Desearía que alguien tuviera las claves de su corazón y que deseara entrar…, pero como pasa el tiempo y no encuentra quién, a veces deja de tener todo preparado. Descuida su interior. No mantiene encendida la esperanza de encontrar quien quiera compartir su vida. 

            Otras personas, por el contrario, siempre están preparadas. Tienen todo listo para recibir y para encontrar. Están con todo puesto para salir a compartir, a dar una mano, a ayudar y participar. 

            Hoy que es la fiesta de Nuestra Señora Inmaculada y el evangelio nos regala la Anunciación. Tenemos en esta escena el modelo del tipo de gente que prepara bien: la Virgen estaba toda preparada. Simplemente lista. Solo una pregunta: “Cómo haremos… si yo soy así”. Tiene lista y a disposición hasta su condición más íntima y se la hace presente al Ángel, por si pudiera crear alguna dificultad. Todo su pasado y todo su futuro están preparados para que los transite el Señor y los venga a caminar. Esto se comprueba en cómo, a la mañana siguiente, se puso Ella en camino para ir a servir a su prima. Bastó la mención del Ángel para que Ella supiera qué podía hacer. Su prontitud -Francisco la invoca como Nuestra Señora de la Prontitud- es la señal de que es “la que tiene todo preparado”. Su disponibilidad para salir, para ponerse en camino, para estar donde hace falta, como en Caná, como al pie de la Cruz, como en el Cenáculo, está en relación con su disponibilidad para recibir la Visita del Señor. 

            Contemplándola a Ella, viéndola preparar las cosas, con la eficacia y la simplicidad del ama de casa que prepara la comida, la mesa y el lugar para recibir, meditamos sobre esta preparación del camino que lleva a nuestro corazón. 

            Preparar supone la confianza en que el Señor vendrá. Y si en las cosas humanas esta esperanza a veces falla, con el Señor nunca falla! El se definió como “El que viene”. Jesús siempre viene. Y cuando se va, es para enviarnos al Espíritu.

            Tenemos aquí, la primera clave para preparar bien el camino. Se trata de ver cómo está nuestra Esperanza en que Él vendrá. 

            En las cosas del corazón, ésta es la llave principal. Desear que venga, creer que vendrá, esperarlo, aunque tarde, tener todo listo y preparado para recibir y estar uno listo por si nos llama, para salir e irlo a visitar. 

            Esta es la imagen final que nos regala Juan en el Apocalipsis: “Vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo, preparada como una novia vestida para su Esposo” (Ap 21, 2).

            Así está María. Como una Novia! Así la “viste” y adorna con sus joyas nuestro Pueblo, que sabe leer a María como imagen de su propia alma y de la Iglesia, de cómo queremos ser y estar para la venida de Jesús. 

            Para la última venida y para las venidas de todos los días. 

            Preparar el camino del Señor, preparar el corazón a sus venidas… eso es la oración. 

            Preparar es prever lo que pasará: lo que le agradará al invitado, dónde se sentará, qué le gustará comer, qué música le gustará escuchar, qué le mostraremos, qué tenemos para contar… Adelantar estas cosas interiormente, eso es rezar. Y hoy se pueden preparar las cosas junto con el otro, mandando mensajitos, preguntando cosas… Esa también es una linda imagen de la oración: preparar junto con el Señor el día, la misión, lo que será el encuentro… 

            El Espíritu se especializa en mandar “what’s up”: cómo estás, qué estás haciendo, en qué andás, qué pasó, en qué está tu corazón, qué se viene, qué tenés entre manos, algo planeado?

            Si uno tiene todo preparado, o mejor, si le gusta preparar, le encantarán estos What’s up. 

            Siempre me conmueve la carta de Francisco Javier a sus compañeros: “Y si los corazones de los que en Cristo se aman, se pudiesen ver en esta presente vida -les escribía- crean, hermanos míos carísimos, que en el mío se verían claramente; y si no se reconocieran, mirándose en él, sería porque les tengo en tanta estima, y ustedes por sus virtudes se tienen en tanto desprecio, que por humildad dejarían de verse y reconocerse en él, y no porque sus  imágenes no estén impresas en mi alma y corazón” (5 de noviembre de 1549). Es un ejemplo de uno que deja que sus amigos se le asomen en cualquier momento al corazón, porque lo tiene listo para ellos, para recibirlos y que se sientan bien acogidos y hospedados en él. 

            La preparación, Francisco la había hecho “con papel y tijera”: años antes escribía: “Y para que jamás me olvide de ustedes, por continua y especial memoria, para mucha consolación mía, les hago saber, carísimos hermanos, que tomé de las cartas que me escribisteis, vuestros nombres, escritos por vuestras propias manos, juntamente con el voto de la profesión que hice, y los llevo continuamente conmigo por las consolaciones que de ellos recibo” (10 de mayo de 1546).

“Los llevo en mi corazón” les decía Pablo a los Filipenses (Fil 1, 7-8). 

Rezar es prepararle al Señor el caminito que lo lleva directo a nuestro corazón, donde “lo llevamos”, junto con la gente que amamos más.

Diego Fares sj

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Jesús dijo a sus discípulos:

– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; 

en la tierra habrá angustia de la gente, 

y desesperación por el sonido del mar y del oleaje, 

los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad 

de lo que va a sobrevenir al mundo, 

porque las fuerzas del cielo se conmoverán. 

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, 

con gran potestad y gloria. 

Cuando estas cosas comiencen a suceder, 

Pónganse de pie y alcen la cabeza,

porque se aproxima su redención. 

¡Estén atentos! que no se les embote el corazón

con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, 

no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo,

porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. 

Velen en todo tiempo rezando

para que logren escapar de todas estas cosas que van a suceder 

y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

            Dice el Papa en “Francisco, un hombre de palabra”: “Queda mucho por hacer… Y debemos hacerlo juntos”. Y para eso, reza. Y nos encomienda la oración: “No pierdan la oración. Recen como puedan, pero recen”. 

            San Juan Pablo II, a las puertas del año 2000 hablaba a menudo de la necesidad de “una gran oración”. Así la llamaba: una gran oración. En estos momentos de crisis: “es urgente una gran oración por la vida”. 

            Entramos en el tiempo de Adviento tomando con seriedad la advertencia del Señor: “Velen en todo tiempo, rogando, rezando”. 

            La gran oración es grande porque nos abarca a todos: “una oración -anhelaba Juan Pablo- que abarque al mundo entero. Que se eleve como súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida, desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual” (EV 100). 

            Al comenzar el milenio les decía a los italianos: “Nuestra común solicitud por Italia -por la Argentina, por el mundo- no puede manifestarse sólo mediante palabras. Si la sociedad italiana debe renovarse profundamente, purificándose de las sospechas recíprocas y mirando con confianza hacia su futuro, es necesario que todos los creyentes se movilicen mediante la oración común“. Y continuaba: “Sé por experiencia personal lo que significó en la historia de mi nación esa oración. Frente al año dos mil, toda la Iglesiatiene necesidad de una gran oración, que pase, como ondas convergentes, a través de las diversas Iglesias, naciones, continentes. La oración significa siempre una especie de confesión, de reconocimiento de la presencia de Dios en la historia y de su acción en favor de los hombres y los pueblos; al mismo tiempo, la oración promueve una unión más íntima con él y un acercamiento mutuo entre los hombres” (6 de enero de 1994).

…………

            “Me tendría que hacer un tiempo para rezar”, decimos. Y por ahí la frase no es feliz. El solo hecho de decirla hace que nos perdamos algo. Porque las frases que uno usa no son indiferentes. Ya vienen “cargadas”, por así decirlo, y a veces actúan como un tipo particular de luz, que ilumina unas cosas y oculta otras. 

            Yo comenzaría con esta reflexión: si “me tendría que hacer un tiempo” es que la oración en la que estoy pensando no es la de Jesús. Porque Él dice: Velen en todo tiempo. La frase de “hacerme tiempo para” es propia de un tiempo adulto agendado, pautado por la vida del trabajo y de la responsabilidad, impuesto en gran medida desde afuera: por amor a la familia uno ofrenda su tiempo al trabajo y a las necesidades de los hijos y “se tiene que hacer tiempo para todo”. Pero hay que estar atentos al “tendría”. El único tiempo en el que se hace imposible rezar es el futurible. El del “tendría que”. 

Quizás ayude partir de otros tiempos que también son propios nuestros y que “se hacen solos”. Para combatir el “tendría”.

            El tiempo de la infancia, por ejemplo, no lo teníamos que “hacer”. De niños nos metíamos en el tiempo de los juegos, de los sueños, de las aventuras, de los amigos, de las cosas nuevas cada día…, y vivíamos como en una eternidad, con las fronteras marcadas solo por el llamado para ir a comer o para irse a acostar…

            El tiempo de la ancianidad también es distinto. Aunque está acotado por las limitaciones biológicas -la hora de la pastilla, las veces que hay que ir al baño…, tiene mucho de la intemporalidad infantil. Los ancianos, en su memoria, recrean  los hechos y les van sacando el jugo de la sabiduría y de la aceptación. Por supuesto que esto se da si el anciano cuida que la memoria no se le atasque ni le quede fijada en alguna amargura particular y sabe, en cambio, viajar sabiamente por toda su vida.

            El tiempo del enamoramiento es otro modelo. Es de esos tiempos lindos que no manejamos sino que nos manejan dulcemente a nosotros y, cuando se trata del amor para toda la vida, ese “tiempo del primer amor” como lo llama el ángel de la Iglesia de Éfeso, deja una huella que hace que todos los otros tiempos se relativicen y uno siempre vuelva a desear este: el de la alegría de estar junto a la persona amada como si el tiempo no existiera. O más bien como si no tuviera huecos y fuera un tiempo todo lleno del perfume y la presencia de la persona amada.

            Agrego el tiempo de la amistad. Su característica mágica es que no lo deteriora la distancia. Cuando uno se encuentra con los amigos, no importa si los vio ayer o hace mucho tiempo, la distancia se acorta en un segundo y se colma inmediatamente el vacío temporal que produce la ausencia. Esto es así, me parece, porque la amistad tiene algo de “instantaneidad” que es propia de la vida eterna. Borges decía que “la amistad no necesita frecuencia. El amor sí, pero la amistad, sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia. En cambio el amor está lleno de ansiedades, de dudas, donde la falta de frecuencia puede ser terrible. Pero yo tengo amigos a quienes veo tres o cuatro veces al año y somos íntimos”.

El tiempo de la oración tiene algo de estos cuatro tiempos y, aunque haya que rezar “en todos” y “como uno pueda”, es bueno empezar siempre por estos “tiempos gratuitos” de la infancia, de la ancianidad, del enamoramiento y de la amistad. Son más fáciles y todos tenemos experiencia de haber vivido en ellos, de haberlos transitado con alegría. Por eso es bueno poblar nuestra mente de estas imágenes, para que al pensar en la oración no nos venga primero ese “tendría que” que es como una jaula futurible donde queda aprisionado el vuelo y el canto del querer rezar.

Cada uno debe encontrar en su corazón la vivencia de estos tiempos y, con lo aprendido en ellos, entrar en el tiempo de la oración.

El tiempo de cuando éramos niños nos ayuda a responder la pregunta de “Cuánto debo rezar?”. Nos ayuda a responder con otra pregunta: ¿Cuánto quería jugar cuando era chico? No vale la excusa de que no tenemos ese tiempo (otra vez la palabra “adulta” “tenemos”). De niño uno dejaba de jugar cuando lo llamaban (o seguía jugando hasta que lo agarraban de la mano y lo llevaban a bañarse… pero seguía jugando interiormente). Por tanto, cuando voy a rezar, puedo ir como un chico y sumergirme en la oración “hasta que me llamen”, hasta que tenga que hacer otra cosa. No importa si dura un rato o apenas unos instantes. Basta un suspiro para rezar bien. Para caer en la cuenta de que es al revés: que la oración es tener encendido ese suspiro para escaparme toda vez que pueda a suspirar una oración en medio del trabajo que es deber. Pablo nos dice que el “Espíritu gime en nuestro interior” y esos “suspiritos de oración” nos hacen entrar en su ritmo eterno de oración. Son indicios de que más que “hacernos un tiempo” se trata de “entrar en Su tiempo”, como un niño que entra en el juego y se “escapa” de las obligaciones cada vez que le dejan un resquicio.

El tiempo del enamoramiento nos ayuda a responder a la pregunta: “Qué debo decir en la oración? Qué se dicen los enamorados? Que se necesitan, que se quieren dar, que quieren estar juntos, que se aman. Lo dicen hablando de cualquier cosa, pero mirándose a los ojos, paseando de la mano…

Estas dos oraciones -la de los deseos de jugar que fluyen del corazón del niño y la de la mirada que no se cansa de mirar de los enamorados, son lo que llamamos la oración contemplativa. En el Nuevo Testamento se caracteriza con la palabra “proseujomai” -ruego- y es “estar cara a cara con el Señor dejando que fluyan los anhelos y deseos de nuestra alma”.

El tiempo de la amistad nos ayuda a superar el problema de la frecuencia, de si rezamos lo suficiente o de que para qué vamos a ponernos a rezar si apenas empecemos ya surgirá otra cosa que nos distraiga o nos obligue a dejar. 

San Francisco Javier, en una de sus cartas más hermosas, les escribía a sus compañeros diciéndoles que: “Si se asomaran a mi corazón, se verían en él, pues los llevo muy dentro”. Con Jesús, si uno no parte de que el Señor es nuestro amigo, en ese punto que tiene la amistad que goza de encontrarse y ni se le ocurre reprochar que “hace mucho que uno no venía” ni que “qué lastima que se quede tan poco”, si uno no parte de que eso no existe en la amistad, nunca supera el problema. En cambio, si parte de la amistad, como Jesús es un amigo “encontrable”, comenzará a darse cuenta, maravillado, de la cantidad impresionante de momentos para “un café” o “un mensajito” que la vida ofrece a cada rato. 

¡Ven, Señor Jesús! Le podemos decir cada vez que nos den ganas y entrar así  en el tiempo alegre de la oración de amistad.

Dejamos para el final el tiempo de la ancianidad. Nos puede ayudar a la oración que es la Eucaristía. Es un hecho que “las viejas van más a misa”. La apreciación es correcta pero no así la valoración. No van porque no tengan nada que hacer o porque la misa sea cosas de viejas. Hay una sabiduría allí con la que es bueno “dialogar”, como recomienda el Papa cuando habla de los “viejos que sueñan y los jóvenes que profetizan”. La Eucaristía es oración para dar gracias y cuando uno va a misa es porque quiere recordar a todos, estar en comunión con todos y rezar por todos. Este deseo profundo de acción de gracias, de memoria agradecida y de disfrutar intercediendo por todos, es algo que los ancianos rumian todo el tiempo en su corazón. Y por eso van a la misa como espontáneamente. La fórmula de hacer decir una misa por un difunto, vista de afuera, puede parecer una cosa antigua o funeraria. Pero en esa viejita que reza la misa por sus seres queridos está encendida una brasa de amor y de fidelidad que es el motor de la vida de la familia. Gracias a que está encendida esa lámpara en la memoria de nuestros ancianos, la vida de los adultos y de los jóvenes puede transitar las otras regiones de la vida sin que se diluyan en el anonimato y en el sinsentido. Por eso, a misa, hay que ir con corazón de anciano: lleno de rostros queridos, de abuelos difuntos y de nietos pequeños. Si no, uno se aburre. 

            Y Dejo aquí porque me tengo que ir a bendecir la boda de unos amigos.

Diego Fares sj

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            Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús.

Y le preguntó: ¿Tú eres el rey de los judíos?

Jesús le respondió: ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó: ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió: Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo: Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió: Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: 

para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato: ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación

El que es de la verdad, escucha mi voz.

Qué dice la Voz de Jesús? Qué testifica el Señor con su vida, con su humildad, con su paciencia?

Todo en Él nos habla del Amor misericordioso del Padre para con todos los hombres, sus hijos. De esa Verdad da testimonio Jesús. 

Yo doy testimonio y el que es de la Verdad, escucha mi voz.

Hay que ser de la Verdad. 

No hay que poseerla. Mucho menos manipularla. No hay que imponerla. Ni siquiera el Señor la impone. Nos dice que el que “es de la Verdad” lo escucha a Él, escucha el tono de su Voz.

Cómo sabemos si somos de la Verdad? 

Yo diría que se trata de una pertenencia que requiere mantenimiento -como la amistad-. Ser amigos es perseverar en la amistad, cultivarla, darle tiempo. Sobre todo, eso. Tiempo. Ser de la Verdad es darle tiempo, pasar tiempo con Ella y eso significa escucharla. Hablarle a la Verdad. No como quien le enseña, obvio, sino como discípulo, como quien le pregunta. 

Ser de la Verdad es rezar. 

Pero más que algo que uno “hace”, más que una actividad, rezar es amar rezar: es tener ganas, necesidad de rezar, gusto por rezar, es conectarse con la honda necesidad de escuchar tranquilamente la Verdad, que todo hombre tiene. Nosotros, cristianos, dejando que el Evangelio nos hable, que Jesús nos quiera dar una limosna de su Voz y hacer que una de sus Palabras se encienda como un fueguito y brille como una pequeña llama para nosotros y se nos regale para que la podamos “sentir y gustar”, como le gusta decir a Ignacio. No hace falta que la sintamos mucho, basta con tener un poco más de sentimiento. 

Ser de la Verdad es amar rezar. Dos verbos juntos, que no debemos dejar que se nos separen. No es simplemente rezar ni simplemente amar, sino amar rezar. 

Amar Rezar es ponerse a la escucha de esa Voz. La de nuestro Pastor hermoso. Amar Rezar es Amar Escuchar. 

Amar Escuchar es escuchar con ganas, escuchar con respeto, escuchar con paciencia, dejar que el Otro se exprese a gusto y diga todo lo que quiera.

Algunas cosas que hay que saber de esta “Verdad-Voz”.

La primera, quizás, es que la Verdad habla bajito. Como decía el Padre Cullen -misionero en China y luego en las tierras de Brochero, en Córdoba, que confesaba en Regina (el que siempre tenía un inmenso diccionario chino y cosía pelotas de fútbol en el confesionario, para que el que entraba en la Iglesia y lo veía pensara “este cura no tiene nada que hacer” y se acercara a charlar y terminara confesándose-: “Dios siempre está hablando. Sólo que habla bajito”. Cullen era muy paciente, pero algo que lo sacaba de las casillas era la gente que hablaba en la Iglesia. Se paraba y salía del confesionario hecho una furia diciendo Shhh!!! y miraba fiero al que conversaba de modo tal que nos hacía sentir mal a todos. Lo que muchos no sabían era que no era cuestión de orden o de respeto solamente, sino de que verdaderamente él estaba escuchando a ese Dios que habla bajito y no quería que la persona se lo perdiera por pensar -como muchos pensamos, en realidad- que el silencio de la Iglesia es silencio vacío. Lo que yo sé es que cuando Cullen estaba en la iglesia, en su confesionario con la luz encendida, la iglesia hablaba. Bajito, pero hablaba.

Otra cosa que más que saber hay que experimentar, es que la Verdad se toma su tiempo para hablarnos. Ni nos lo dice todo de golpe ni dice las cosas a medias. La Verdad va hablando, retoma el hilo, a veces mucho tiempo después, y espera a que a uno le caiga la ficha. Una señal son los desahogos. El suspirito de los chicos después que se confesaron, el respiro profundo después de un llanto, el sollozo que aclara la mirada. La verdad es que la Verdad se toma su tiempo porque no son muchas las cosas que nos tiene que decir. O sí, son muchas, pero todas modos distintos de decir la única cosa importante (que en la vida todo es don). Un poco eso es lo que el Señor le dice a Marta, que se inquieta por muchas cosas, cuando en realidad pocas -más bien una sola- es la importante. Y justo esa era la que había “elegido” María (y que no le sería quitada) la de estar a los pies de Jesús, escuchándolo, ya que Él tenía ganas de hablar. 

La tercera cosa, es que la Verdad nos habla cuando salimos.Nos habla en el camino que va de Jerusalén a Jericó, el de bajada allí donde hace falta dar una mano en las obras de la misericordia. Esta es una de esas cosas que siempre nos recuerda el Papa Francisco. El camino de la verdad es un  camino que sale de la lógica “casuística” -de ver y analizar y discutir sobre “casos” tipificados – y da pasos hacia la misericordia concreta que ve los  rostros de las personas, cada una única y piensa cómo hacer para ayudar y para servir eficazmente. En este camino podemos ir sintiendo que el Señor nos habla, que le interesa intervenir en lo que hacemos, participar en nuestras obras, y nos enseña cómo hacer las cosas, nos abre caminos y nos bendice.

Una cuarta cosa, es que escuchar la verdad alegra. Pablo dice que el que ama se alegra de escuchar la verdad y de que la verdad se sepa: aunque duela, “El amor se alegra con la verdad” (1 Cor 13, 6). El Papa dice en Evangelii gaudiumque “El kerigma” (que podríamos definir: “la Verdad dicha como la dice Jesús”) es un “anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano”. Y agrega ciertas “características que hoy son necesarias” para que esa Verdad le llegue a la gente. Lo primero, dice es “que exprese el amor salvífico de Dios previoa la obligación moral y religiosa”. Es decir: primero hay que hacer sentir a la gente que Dios viene a salvarlos de algo que los oprime, no que viene a ponerle condiciones y a aclararle sus deberes. Estas serán cosas que cada uno sacará por sí mismo como conclusión, una vez que se sienta incluido y salvado. Luego, dice el Papa, esta verdad “no se debe imponer” hay que “apelar a libertad” de la gente. En tercer lugar, esta verdad dicha al estilo de Jesús, vendrá siempre con “notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa” que no reduce nunca “la predicación a unas pocas doctrinas”, que a veces son cosas “más filosóficas que evangélicas” (EG 165).

Elegí dos imágenes que nos hablan de este “pertenecer a la Verdad” o “ser de la Verdad”. Una es la del Jesús de la humildad y la paciencia. El Señor de la humildad y la paciencia está metido en su Pasión. Con el oído atento a la voz del Padre y las voces de todos los hombres, en cuyo interior, gime el Espíritu con dolores de parto. El Señor escucha todo en la Pasión. 

La otra imagen es la de una mendiga pidiendo limosna junto a la Fontana di Trevi. 

La suya es la actitud para empezar a rezar cada dí, pidiendo la gracia -la limosna- de poder escuchar la Voz de la Verdad. Con el vasito delante, esperamos una limosna, no de monedas, sino de oración . 

Qué necesidad tan honda de nuestro corazón la de sentirnos escuchados. 

Uno tiene tanta necesidad de decir las cosas que no dice a nadie, de decirse, más que de decir cosas. De sentirse escuchado en la palabras que dice como salen. Cómo agradecemos que el otro llegue a sentir lo que sentimos, que sienta nuestra alegría y nuestra angustia, que entienda nuestra verdad, la verdad de lo que somos, lo más hondo, la rectificación de nuestra intención, para que sea pura, para quitarle toda doblez. Nos alegra ser escuchados en nuestra voz última, en la frase que nos resume, cada vez, en cada situación. Rezar es profundizar en esa frase. 

Y la frase que engloba todas es como ese vaso allí en el piso, vacío, a la espera de la limosna que el Espíritu nos quiera dar, para “encender con Su luz nuestro sentidos” y “poner en nuestros labios los tesoros de la Palabra”. 

Tener ese jarro de limosna entre las manos, tendido al cielo, para recibirlo todo en una limosna de oración: eso es “escuchar su Voz” y “ser de la Verdad”. 

Diego Fares sj

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