Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Contemplaciones 2018’ Category

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino los interrogaba preguntándoles:

« ¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron:

«Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió:

«Tú eres el Mesías.»

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.

Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo:

« ¡Sal! ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres.»

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo:

«El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Mc 8, 27-35).

 

Contemplación

Cuando se arma confusión en el corazón de Simón, escandalizado porque Jesús les enseñaba que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, el Señor llama a todos, al pueblo junto con los discípulos, y aclara bien que su lógica es la lógica de la Cruz.

El Papa Francisco nos lo recuerda cuando afirma que la lógica del discernimiento es la lógica de la Cruz. Como dice San Buenaventura refiriéndose a la Cruz: “Esta es nuestra lógica” (GE 174)”.

La aclaración del Señor a todos viene justo para este momento en el que muchos se sienten confundidos al ver las descalificaciones que sufre el Papa de parte de gente “seria” -de “ancianos, sumos sacerdotes y escribas” que es como decir de obispos, cardenales, teólogos y vaticanistas. No hay que equivocarse, la fidelidad a Jesús se la juega cada uno personalmente en la opción entre cargar la propia cruz o cargársela a otros, buscando chivos emisarios. Más que a las palabras que dicen los distintos grupos ideológicos y personajes, a lo que hay que estar atentos es a la cruz, a la lógica de la Cruz.

Qué significa esta frase? Qué quiere decir el Papa con esta expresión “lógica de la cruz”?

Lógica quiere decir una sucesión coherente de pasos, en los que una cosa lleva a otra. Las cosas tienen su lógica, decimos. Si no fuera así, no solo no discutiríamos sino que ni siquiera pensaríamos.

Hoy en día es común decir que hay que aceptar que haya distintas lógicas. Pero si le pensamos a fondo, lo que queremos decir con esto es que hay que respetar a las personas más allá de la lógica que sigan sus razonamientos. Es decir: hay muchas lógicas de ideas, pero una sola lógica profunda: la de las personas. La realidad de cada persona concreta es superior a las ideas.

La lógica de la Cruz de la que habla Jesús es una lógica que mira a su Persona: “el que quiera seguirme, dice Jesús, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz y me siga”. Es la lógica de ponerlo a Él como Persona por encima de todo, incluso de nuestras cruces. Por eso dice que la cruz hay que cargarla, no hay que quedarse aplastado por ella (ni mucho menos encajársela a otro), sino que hay que cargarla -abrazarla- y seguirlo a Él. Esto es lo importante. Esto es lo lógico ya que Él es el que más nos ama, el que nos viene a buscar si andamos perdidos, el que nos carga sobre sus hombros si estamos cansados, el que nos lava los pies y nos venda las heridas, el que nos perdona los pecados y nos enseña la voluntad del Padre. El es, en definitiva, nuestro Salvador. Cómo no va a ser lógico seguirlo, dejarlo todo por andar en su compañía!

La lógica de la cruz es la lógica del que sabe perder: del que saber perder lo menos importante para ganar lo más valioso. Es la lógica del comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos que hacen falta para hacerse cargo de las cosas. Es la lógica del padre y la madre que cargan con el peso que no pueden cargar los hijos porque pesa en ellos más el amor que las cosas.

La lógica de la cruz es la lógica del que da siempre un pasito más: no del más cuantitativo sino del más de la entrega más bella: con sonrisa más linda, con el ánimo más limpio, con la armonía y la paz en cada gesto. No hay que dejar de soñar con una entrega de sí más bella, dice el Papa Francisco.

La lógica de la cruz es la lógica del que encuentra siempre el paso justo  para permanecer -clavado- en su lugar misión. Del que se deja contener por el encargo que le fue encomendado y lo lleva adelante con fidelidad, sin mirar a los demás.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos necesarios para repartir y compartir. De la persona generosa y solidaria que sabe que cuando reparte el Señor lo multiplica.

Hoy en día, en que los discursos lógicos parten de supuestos distintos y te terminan llevando a donde no querrías, no basta con mirar a las personas (y no solo a las ideas abstractas). No basta con mirar la película y no quedarse con la foto. No basta mirar! Para pensar bien cada uno tiene que armarse cargando su cruz. El peso de la propia cruz será el que le de la clave para ver bien la realidad. No hay otra. Si uno se sienta como espectador terminará confundido, por más que recabe toda la información y escudriñe los ojos de los demás y trate de estar bien atento a su tono de voz. Solo el peso de la propia cruz activa el sentido del discernimiento.

La lógica de la cruz, el primer paso que nos invita a dar, es el de cargar la propia cruz. Y si por ahí uno no tiene clara cuál sea, se puede muy bien comenzar por darle la mano a alguien más pequeñito que tengamos al lado y ayudarlo a llevar su cruz. Estos dos pasos se equilibran mutuamente y a ellos se suma sin pensarlo dos veces el mismo Jesús, que a todo el que empieza a caminar cargando su cruz y ayudando a otro, le pone el hombro. Con estos paso, se aclara el panorama y uno empieza a distinguir -existencialmente- quiénes son los demás que llevan su propia cruz y quiénes los que disimulan, quiénes son los que están abocados a “sacarle provecho a esta vida” y quiénes los que intentan aprender cómo pueden cumplir mejor la misión que se les ha confiado en el bautismo, como dice el Papa.

Diego Fares sj

 

Read Full Post »

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.

Él, apartándolo de la multitud, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:

«Effetá» (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían:

«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Ese sordo que apenas podía hablar somos nosotros. No tanto cuando hablamos en familia, con nuestros amigos más cercanos o de las cosas de trabajo de todos los días, sino cuando intentamos escucharnos y hablar como sociedad, de los temas que nos afectan a todos: la política, la religión, las leyes, la economía, las costumbres…: somos sordos que apenas podemos hablar. Y el único remedio verdadero, el único tratamiento para la sordera y el hablar mal, lo tiene Jesús.

Como el sordomudo, necesitamos que nos lleve aparte, a solas, que nos ponga los dedos en los oídos y nos toque la lengua con su saliva. Necesitamos que Jesús nos suspire y, mirando al Cielo, nos diga “Effetá” “ábrete!”, para que se nos abra la dimensión social del oído y se nos suelte la lengua y podamos hablarnos correctamente: como hermanos, como ciudadanos de un mismo pueblo, como seres humanos y no como bestias que se gruñen y como enemigos que se gritan y amenazan.

La gente decía admirada, en el colmo del asombro: Jesús todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Fijémonos que este milagro es El milagro. El milagro de oír y hablar bien es el milagro evangélico por excelencia. Cuando dialogamos entre nosotros, cuando nos escuchamos y nos hablamos bien, todos los problemas se encaminan: la vida se armoniza, el amor encuentra senderos, puede actuar. Por el contrario, cuando no sabemos dialogar, todo se empantana. Hasta las mejores intenciones fracasan cuando no “comunicamos” bien, como se dice hoy.

Cuáles son los pasos que sigue Jesús para curar al sordomudo? Podemos identificarlos y consolidarlos cómo un verdadero protocolo de comportamientos evangélicos a seguir, rigurosamente, para hacer frente a esta verdadera “tragedia humanitaria de sordera y hablar mal”, de gente que se grita, se insulta y se maltrata por los medios de comunicación, para hacer frente a esta guerra mediática de calumnias y difamaciones que inundan nuestros medios y nos hacen vivir en un clima de confrontación permanente, cada día por un motivo distinto.

Porque estamos en una guerra cultural. Una guerra que no se libra ahora con ejércitos de ocupación, con bombardeos y armas químicas sino con algo peor, con armas más letales. Se envenena a los pueblos y a las familias de modo tal que nos dividimos y atacamos entre nosotros. ¿No resulta extraño que se pelee en la misma familia por “temas” que “no se pueden hablar bien” porque cada uno siente que el otro no escucha?

Apartándolo de la multitud, a solas

Lo primero que hace el Señor es llevar al sordomudo aparte. Lo sacó de la multitud y se lo llevó a solas. Un ratito a solas con el Señor es el primer paso para escuchar bien y así poder hablar bien. No se puede si estamos todo el tiempo en medio del griterío y de las expectativas que fomentan los medios. Un ejemplo: En los encuentros del Papa con los periodistas, si uno está atento, siempre hay un momento en que Francisco le hace sentir al periodista que “están a solas”. Que le responde a él, como persona, no como representante anónimo de “lo que se dice”. Me recuerda al Señor cuando les pregunta a los discípulos “qué dice la gente de mí”. Y luego: Y uds. qué opinan? Lo mismo en su diálogo con Pilato: Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? Este momento a solas con Jesús, en el que uno pregunta por sí mismo con intención de hacerse cargo de lo que salga del diálogo, es esencial para escuchar y hablar bien: define quiénes son los que están hablando, define a los interlocutores. Porque la primera tentación del padre de la mentira, del Maligno, consiste en convertirnos en loros, en portavoces de ideologías y frases hechas que discuten entre sí a través nuestro. Irse aparte, mirarse a los ojos, hablar de a dos, privadamente, con el Señor y con un prójimo, es el primer paso para romper la sordera y la incomunicación.

Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua

Estos dos gestos del Señor son los de un médico, los de una madre que le limpia los oídos a su hijito y le lame una lastimadura con su saliva. Son gestos terapéuticos, íntimos, que van a la carne de la persona antes que a sus ideas. Es como cuando en una discusión en la que un hijo se encapricha y no puede salir de su enojo, el padre lo abrazo y lo besa hasta que se disuelve afectivamente la idea que lo ciega y encapricha.

Este paso afectivo, de tocar al otro, de curar con la propia carne, da testimonio de que no bastan las palabras sino que en la escucha y en el diálogo uno tiene que ponerse en juego como persona. El mismo Jesús que es La Palabra, el Logos, no convence ni enseña sólo con ideas sino que se hace Carne y habla con sus dedos y con su saliva!

Aquí cada uno puede detenerse a contemplar y a reflexionar acerca de lo que significa hablar con gestos de cercanía y de humanidad. Comparto solo dos indicaciones acerca de por donde podría ir la cosa, porque lo que se puede hacer materialmente con un hijo pequeñito, como meterle los dedos en los oídos y lamerle una herida, uno debe encontrar la forma de hacerlo de modo no invasivo con los interlocutores adultos.

Me ayuda pensar que “meter los dedos en los oídos” metafóricamente sería “remover un obstáculo” para que el otro escuche por sí mismo. Es indicar, no imponer. Es consensuar que el problema está en algo que obstruye y cierra el oído y no en la capacidad de razonar del otro. Tocar la lengua con la saliva, metafóricamente es como decir que el problema para hablar, además de no haber identificado bien las palabras por la sordera, está también en tener la lengua seca. La saliva del Señor es el Agua viva que refresca la lengua y le permite hablar fluidamente. Y uno debe encontrar alguna palabra, algún recuerdo que “refresque” la memoria y permita a que el diálogo fluya.

Yo tomo pie en estas dos imágenes, para pensar en una acción conjunta de Jesús -por la carnalidad de los dedos y la saliva- y del Espíritu Santo, que es el Dedo del Padre y el Agua viva.

Y mirando al cielo, suspiró…

Se suma a estos gestos el alzar el Señor sus ojos al Cielo, invocando al Padre y ese Suspiro que es Aire Santo, Espíritu que Él espira junto con el Padre para completar su acción sanadora.

Y dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»).

Todo se concentra, finalmente, en una pequeña palabra: Abrete!

Es pequeña pero cargada con todo el peso amoroso del Actuar trinitario de Jesús. Es una Palabra hecha carne: dedos, saliva, ojos que se alzan al cielo y suspiro de un Jesús que pone toda su persona en juego y actúa junto con el Padre y el Espíritu. Es la imagen de todo lo que implica un verdadero diálogo en el que se escucha y se habla bien.

Toda la intención que denotan los gestos que pone en juego el Señor antes de pronunciar eficazmente la palabra “ábrete” a una persona concreta, nos hacen vislumbrar que lo que enfrenta Jesús en esta curación es algo importante. Algo que tiene una dimensión social y no meramente individual. También nos permite mensurar la dimensión de la guerra de incomunicación en la que estamos inmersos: no es cuestión de malentendidos o de algún exabrupto. La incomunicación -la sordera y la mudez- condensa todo el fruto amargo del pecado original. Y también podemos comprender la importancia que tiene escuchar y hablar bien cada uno en su vida y no asombrarnos de que sea tan difícil. Lo que pasa es que el Maligno pone todas sus armas para evitar que nos abramos a la escucha y al diálogo.

Además, es consolador sentir que una pequeña victoria en este terreno, del brindar a la palabra del Evangelio la tierra buena de nuestro oído abierto y de una lengua que sabe bendecir y no maldecir, es una victoria muy grande. Si bien es cierto que en nuestro mundo reina la confusión de ideas, la sordera y el griterío, es también verdad que una sola palabra que cae en tierra buena da el ciento por uno.

Se trata por tanto de combatir cantidad con calidad. De buscar diálogos personales y ricos, sinceros y fecundos, que contrarresten el palabrerío banal y el griterío infernal.

Abrete, nos dice Jesús. Un rato con Él a solas, un dejarnos “encender los sentidos” por el fuego del Espíritu, que nos abre los oídos del corazón y nos suelta la lengua para anunciar a todos con alegría la buena noticia del evangelio, es nuestra misión principal.

Le pedimos a nuestra Señora, en la fiesta de su Nacimiento, que “se haga en nosotros la Palabra”, como se hizo en Ella, la que siempre está, inconmensurablemente abierta a la acción del Espíritu y a la Encarnación de su Hijo, para comunicar esta apertura a todo el pueblo fiel de Dios, siguiendo los pasos que siguió Jesús para curar al sordomudo.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Se reunieron ante Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén y como vieron que algunos discípulos de él estaban comiendo sus panes con las manos impuras, es decir, sin lavar (pues los fariseos y todos los judíos, si no se lavan las manos hasta la muñeca, no comen, porque se aferran a la tradición de los ancianos. Cuando vuelven del mercado, si no se lavan, no comen. Y hay muchas otras cosas que aceptaron para guardar, como los lavamientos de las copas, de los jarros y de los utensilios de bronce y de los divanes) le preguntaban:

-¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen su pan con las manos impuras?

Y Jesús les respondió diciendo:

-Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito:

Este pueblo me honra con los labios,

pero su corazón anda lejos de mí.

Y en vano me rinden culto,

enseñando como doctrina los mandamientos de hombres.

Porque dejando los mandamientos de Dios,

se aferran a la tradición de los hombres.

….

Y llamando a sí otra vez a toda la multitud, les decía:

-Oiganme todos y entiendan:

no hay nada

que siendo externo al hombre

se introduzca en él

y sea capaz de contaminarlo;

las cosas que contaminan al hombre

son las que salen del (interior del) hombre.

Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Cuando entró en casa, aparte de la multitud, sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. Y les dijo:

-¿Así que también ustedes están sin entendimiento?

¿No comprenden que nada de lo que entra en el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y sale a la letrina. Así declaró limpias todas las comidas. Y decía:

-Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Porque desde adentro, del corazón del hombre,

salen los razonamientos torcidos, el libertinaje, los robos, los asesinatos, los adulterios, las avaricias, las maldades, el engaño, la impudicia, la envidia, la difamación, el orgullo y la necedad.

Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre (Mc 7, 1-23).

Contemplación

Jesús apuesta todas las fichas al corazón del hombre. Lo hace con el lenguaje de “todo/nada”: Nada de lo que entra desde afuera nos puede contaminar! Si algo nos envenena, no vino de afuera, Salió de adentro, de nuestra libertad.

Las tentaciones pueden venir de afuera y ser muy masivas, pero la última palabra la tiene cada corazón.

También lo que salva y todo lo bueno viene del corazón, pasa por su ternura y tiene su sello de autenticidad.

Es que el corazón del hombre es algo muy especial: de carne y de espíritu, personal y social, nuestro pequeño corazón humano tiene una capacidad ilimitada de crecer en el amor. El amor y la alegría lo dilatan.

Como dice Amoris Laetitia: “La alegría, amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga. Por eso decía santo Tomás que se usa la palabra «alegría» para referirse a la dilatación de la amplitud del corazón” (AL 126). Qué linda definición de la alegría!: Dilatación de la amplitud del corazón.

Esta alegría, en la que Francisco centra la santidad, la evangelización, el cuidado del planeta y el amor en la familia, dilata el corazón. La alegría permite que nuestro interior se convierta en una hospedería digna de nuestro Dios: digna del Amor del Padre, digna casa para que se pose sobre ella la Paz de Jesús, digno espacio para que de fruto la Santidad del Espíritu. Dios, para hospedarse y habitar, solo necesita corazones alegres. La alegría es su espacio vital. Lo que más le agrada en sus creatura es esa cualidad propia de los niños -que se vive, se aprende y se ejercita en la familia- de dejarse alegrar por los demás.

El evangelio de hoy nos presenta un acontecimiento aparentemente banal que el Señor aprovecha para dejar grabada una doctrina que se resume muy bien en una bienaventuranza, la que afirma: “Felices los de corazón puro, porque verán a Dios”. Ser de corazón puro más que un estado o un logro es una actitud pasiva: es dejarse purificar por la presencia amorosa del Espíritu, rectificando una y otra vez las intenciones que nos salen de adentro para que sean “de corazón”. Cuando obramos de corazón el Espíritu nos purifica.

El Señor afirma la doctrina de la pureza de corazón en varios momentos:

Primero, desarma la hipocresía de los fariseos, que honran a Dios con los labios, se aferran al cumplimiento de tradiciones externas pero no cumplen la ley con alegría de corazón. La pureza es sinceridad, no hipocresía.

En segundo lugar, clarifica bien las cosas a todo el pueblo de Dios, a toda la gente. Entiéndanlo bien, dice Jesús: “nada que venga de afuera puede contaminarnos”. La pureza es interior, no viene de cosas o prácticas meramente externas.

Por último, remarca esta doctrina a sus discípulos en privado, declarando “limpias todas las comidas”. San Pablo redondeará esta doctrina diciendo: “Todo me es lícito, mas no todo conviene: todo me es lícito, mas no todo edifica” (1 Cor 10, 23). Para el puro y sincero todo es puro.

Esta libertad en el Espíritu nos pone en clave de discernimiento apostólico. No es cuestión de cosas malas o buenas en sí sino de discernir lo conveniente y lo mejor, lo que más le agrada a Dios y lo que edifica al prójimo.

En lenguaje actual diríamos que el mal no son “cosas”. Ninguna cosa natural es “mala” (ninguna comida es impura). En todo caso pueden ser malas las cosas elaboradas por el hombre con la intención ínsita en ellas de hacer el mal, como puede ser una bomba química o una ley inicua. El mal adquiere consistencia en la adhesión libre de nuestras voluntades, en el seno de nuestras relaciones intersubjetivas, allí donde deseamos como fin bienes que son medios, allí donde deseamos egoístamente y privatizamos lo que es bien común. El dinero usado en especulación financiera, es el ejemplo máximo de endiosamiento de un medio.

El mal sale del corazón y lo angosta (lo angustia). Al contrario del bien y del amor, que salen del corazón y lo alegran, lo ensanchan y dilatan.

Los males que el Señor describe, vistos desde el punto de vista de la alegría, son más fácilmente discernibles y por tanto combatibles que vistos desde el punto de vista meramente moral.

La hipocresía, por ejemplo, no solo es mala sino que es triste! No rezar de corazón es triste. Es triste interiormente hacer el esfuerzo de fingir algo que no se siente, y más si se trata del culto a Dios, de la adoración! Ir a misa por obligación, rezar para cumplir son actitudes muy tristes. Si algo externo nos aburre -el predicador o un canto o la duración de una ceremonia, hay que buscar algo en el corazón que no alimente esta tristeza. Hay tantos motivos interiores para estar alegres en una misa!

Y no digamos nada de la oración personal. El solo hecho de poder rezar, de dirigirnos a nuestro Padre o a Jesús, ya es en sí mismo motivo de dilatación del corazón. Un culto a Dios que no se hace de corazón solo puede ser una tentación y apenas se la percibe la debemos rechazar, no solo por mala sino por desagradable y triste, como cosa fea, carente de belleza.

Veamos un momento dos de los males que nombra el Señor y que se pueden discernir por la tristeza que producen como fruto: los razonamientos torcidos y la necedad.

Un mal que nos roba la alegría son los razonamientos torcidos. Hoy está de moda llamarlos “falacias”. Son verdades que en un punto – que suele ser sutil y difícil de discernir en abstracto pero fáciles de ver por sus frutos venenosos- se tuercen y nos hacen concluir falsedades. Cuando una verdad me envenena, me amarga, me roba la alegría, me quita la esperanza y me pone agriamente contra mi hermano, antes de buscar argumentos abstractos que confirmen esta verdad, es bueno tomar distancia crítica y examinarla afectivamente. Si una verdad me lleva a proferir palabras venenosas e insultantes, es muy probable que en algún punto algo esté torcido mi razonamiento. La torcedura puede ser mínima, pero la falta de alegría como fruto es algo que siempre merece que le prestemos atención. Robar alegrías y esperanzas con verdades torcidas es la especialidad del padre de la mentira, del Maligno. Saberlo ayuda a estar atentos y a pedir, cada día a nuestro Padre: líbranos del Maligno!

El último mal que señala el Señor es la necedad. La necedad es obstinarse en defender verdades que pretenden pensar el mundo sin abrirse al misterio, a los dos Rostros que nos trascienden: el del prójimo y el Rostro de Dios.

Cualquier verdad se tuerce necesariamente si se cierra a estas dos trascendencias. En una familia y en un pueblo esto es claro. Las verdades que se ponen por encima de las personas, por encima de la propia familia y de la historia y cultura del propio pueblo se vuelven abstractas y en algún momento se tuercen y dan frutos de intolerancia y de violencia. Vemos en estos días que se sacan con violencia y se destruyen imágenes de la Virgen que están en lugares públicos. Una cosa es obrar institucionalmente y, así como por algún decreto se colocó una imagen, por otro decreto retirarla si se ve que es más conveniente ordenar de esta manera el espacio público. Pero ensañarse contra símbolos que encarnan valores concretos -en la imagen de la virgen no solo está lo religioso sino el valor de la ternura revestido de colores de nuestra madre patria- es necedad.

Nadie está libre de caer en la trampa de alguna falacia. La mezcla de ideas y las informaciones cruzadas y sobreabundantes en medio de las cuales pensamos y discutimos hace imposible que los razonamientos no se tuerzan en algún punto. Pero la sabiduría y el discernimiento consisten en corregir la intención una y otra vez. Y el criterio de ver si algo es “de corazón” por la alegría duradera que conlleva y que produce, es un criterio que no falla. La alegría del diálogo siempre retomado es lo opuesto a la necedad de sostener obstinadamente palabras que producen cerrazón y amargura.

En la familia esto es claro y debe serlo en el propio pueblo: cuando una frase amarga a algún miembro, se busca otra, se debe buscar otra forma de expresar las cosas; cuando hay amor, se espera otro momento, se busca alguien que pueda mediar… Todos tenemos claro que en una familia, si algo anda mal es porque viene de adentro, del corazón, y no desde afuera. Y esto debe ser claro también en el seno de nuestro pueblo: si muchos en nuestro pueblo se han convertido en ladrones y si muchos nos hemos habituado a difamar es porque algo se nos ha torcido adentro. Aceptar que la política tiene que ser chorra y difamadora porque “el enemigo” lo es es una falacia. Aunque los otros roben y difamen, si yo me contagio es porque algo anda torcido adentro mío. Y si lo justifico es porque yo soy necio.

El criterio de la alegría que amplía la dilatación del corazón es un criterio familiar y popular, algo que se vive naturalmente en la familia en el seno de un pueblo y sobre lo cual el evangelio nos hace tomar conciencia de su valor sobrenatural y de su valor social. Por eso la alegría del amor en la familia (y en nuestro pueblo), como dijo el Papa en Irlanda en no es un bien que se pueda dar por descontado. Es algo que hay que promover, custodiar y tutelar. En la familia se aprende a amar, a obrar de corazón, y si no se aprende en ella, todo lo demás queda como “habito externo”, no internalizado, no verdaderamente vinculante y entonces el pueblo pierde lo que lo cementa y le da consistencia histórica y política.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Muchos de los discípulos que lo oyeron dijeron:

– ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién es capaz de escucharlo?’

Sabiendo Jesús que murmuraban acerca de esto les dijo:

– ‘¿Esto los escandaliza?

¿Y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba primero?

El Espíritu es el que vivifica, la carne de nada aprovecha.

Las palabras que Yo les he hablado son Espíritu y son Vida.

Pero hay algunos de entre ustedes que no creen.

Porque Jesús sabía desde un principio quiénes eran los que no creían

y quién era el que le había de entregar.

Y decía:

– ‘Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí a no ser que le sea concedido por mi Padre’.

Desde ese momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás

y no andaban ya en su compañía.

Dijo pues Jesús a los Doce:

– ‘¿Acaso también ustedes quieren marcharse?’

Le respondió Simón Pedro:

– ‘Señor ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios’.

Jesús les respondió: ‘¿No los he elegido yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo.’ Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce (Jn 6, 60-69).

Contemplación

Juan dice que a muchos de los discípulos de Jesús, les resultó “duro” (skleros) el lenguaje de Jesús, tanto que “se volvieron atrás y no andaban ya en su compañía”.

En la espiritualidad de los Ejercicios, “andar en compañía de Jesús” es una experiencia de la que no se puede hablar con categorías de dureza o comodidad, como si uno midiera si es fácil o difícil. Se trata de otra cosa, de algo más radical, más íntimo y total, algo que abarca “salud y enfermedad, honores y críticas, buenas y malas”. Es una alianza que se fortalece en todas las circunstancias de la vida. Como cuando en la fórmula de la alianza matrimonial se dice “en las buenas y en las malas”.

La verdad es que con tal de poder andar en compañía del Señor – de los amigos que se hacen en el Señor-, uno hace lo que sea, deja lo que tenga que dejar y se aguanta con gusto lo que haya que aguantar.

La respuesta de Simón Pedro “A quién iremos”, dio en el blanco y sigue siendo actual. Pedro pone las cosas en términos personales. No dice “en qué otro proyecto nos embarcaremos” sino “A quién iremos”. Quién hay como Jesús! A qué otro Dios serviremos! Como dice el pueblo en la primera lectura, del libro de Josué: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!”

En aquel momento de crisis de “lenguajes”, Simón Pedro se jugó por la Persona del que hablaba: “Tú” tienes palabras de vida eterna. No se trata sólo de “lo que se dice” sino de quién es el que lo dice. Y en la iglesia -en el pueblo fiel al que el Señor convoca y llama y alimenta con su vida, que es misericordia, pan y palabra- el lenguaje no es solo el de las palabras y estructuras sino que es sobre todo el lenguaje de los gestos y el del testimonio de las personas. En la iglesia amamos y respetamos a todos, pero seguimos sólo a los Santos. Los de altar y los de la puerta de al lado.

Cabe la pregunta: qué les resultó duro a aquellos discípulos del lenguaje de Jesús, que frase les cayó mal? Algunos dicen que tomaron muy literalmente lo de “comer su Carne”. Puede ser, pero creo que pescaron bien que la exigencia de comulgar con Él era algo radical. Entendieron que no se trataba de seguirlo yendo a una marcha o defendiendo alguna idea, sino de “vivir por Él”. Ese maestro, ese Rabbí, les estaba invitando a una comunión de vida total, como la que Él mismo tenía con el Padre del Cielo. A la gente le gusta coincidir, juntarse a comer un asado, participar en empresas comunes, pero cada uno quiere vivir su vida. Vivir por otro, de otro, con otro, es algo que hay que pensarlo bien. Sólo es posible con Alguien como Jesús -Alguien que se nos puede dar por entero porque es Dios y hombre- y en aquel momento no todos veían con claridad Quién era este Maestro. Pero esto es así siempre: si uno no se juega por una persona, nunca llega a conocerla plenamente. Para conocer a Jesús hay que andar en su compañía. Toda la vida.

A los que amamos la Eucaristía, el hecho de que Jesús nos diga que para andar con Él tenemos que comulgar con Él, es más premio que otra cosa, es la fuente del consuelo. Sin el alimento de la Eucaristía no nos sería posible seguirlo, no podríamos permanecer en su amor. Jesús no es un jefe que da consignas a sus seguidores y luego los envía a sus tareas mientras él se dedica a otras cosas más importantes. Todo lo contrario, el Señor es uno que desea vivir en nuestra compañía. Nos espera cada amanecer a orillas del lago de nuestras pescas (las milagrosas y las infructuosas) con el pan sobre las brasas; nos acompaña cada atardecer por el camino de vuelta a casa (contentos o desilusionados) para partirnos el pan si lo invitamos quedarse con nosotros. Aunque parezca obvio, no solo se trata de andar nosotros en “su” compañía, sino de que Él desea andar en “nuestra” compañía. La comunión es un sacramento de ida y vuelta.

De todas maneras, el hecho es que si miramos el momento que estamos viviendo, vemos que hoy también a mucha gente el lenguaje de Jesús, tal como lo predicamos los cristianos, les resulta duro. Las razones son muchas y tienen su verdad. A unos les resulta duro porque sienten que hablamos un lenguaje impositivo, que la iglesia amenaza con el miedo al infierno, que impone una ley y no respeta la libertad y los procesos que conlleva. A otros, porque sienten que decimos una cosa y hacemos otra. A otros, porque no pueden tolerar nuestros escándalos. En todo esto debemos hacer un examen de conciencia y convertirnos. Pero Jesús mismo envió gente común a anunciar el evangelio en Nombre suyo. No quiso dejar un mensaje abstracto, escrito o grabado en piedra, sino que puso su palabra en diálogo con la nuestra y nos mandó a predicar su Palabra con nuestras palabras! Esto, precisamente, es lo más duro para muchos. Para los que quieren mensajes puros, palabras no contaminadas con la vida de gente pecadora. Claro, es verdad que cuando las bienaventuranzas del Señor se mezclan con nuestras palabras dichas como nos salen y, peor aún, cuando se ven las incoherencias de nuestra vida, pareciera que esas palabras tan hermosas del Señor se devalúan. Pero también es verdad que cuando se mezclan con la vida de un Brochero o de un Hurtado, cuando la que anuncia el Evangelio tiene la sonrisa de una Teresita y la determinación de un Ignacio de Loyola, uno agradece que Jesús haya querido “encarnar su lenguaje”.

La opción sigue siendo de cada uno: el que quiere discursos puros, los encuentra. El precio es la abstracción: deben abstraerse de la persona y de la historia de quien los pronuncia. El lenguaje de Jesús es de otro tipo: siempre vendrá encarnado en la vida de sus predicadores. Para entrar en diálogo con Él, hay que entrar en diálogo con todos. No solo con toda la historia de la Iglesia sino con todo ser humano. Y cada uno debe entrar en diálogo sincero consigo mismo, porque es en la tierra de nuestro corazón donde crece la Palabra que el Señor ha sembrado para nosotros.

El lenguaje de Jesús resultaba duro para los fariseos y escribas, a los que el Señor les decía de frente que eran unos hipócritas. No le resultaba duro a la gente común, sino todo lo contrario, se alegraban cuando Jesús les hablaba y experimentaban, en sus palabras ciertamente exigentes, todo su cariño y su misericordia. Esta es una clave para nuestro modo de hablar como seguidores de Jesús. Debemos examinar con quién somos duros y con quién tiernos. No podemos ser como el empleado que es obsecuente y meloso con sus jefes y luego en casa es duro con sus hijos y con su esposa. No podemos ser condescendientes al hablar del dinero (que es el estiércol del demonio, como le dice el Papa) y duros e intransigentes con los que quieren formar familia. Hay que estar atentos a las proporciones, no solo a lo que es justo en sí.

Y en el mismo lenguaje duro de condena a toda hipocresía, de defensa de la fe y de la vida y en la denuncia de toda exclusión de los más débiles, debemos estar atentos a no mimetizarnos con el lenguaje mundano y los recursos de los malvados. Es mejor perder en una discusión a escandalizar con nuestro tono y nuestras formulaciones a los más pequeños.

Aquí es donde entra una dureza “especial” del lenguaje de Jesús: se trata de la dureza del Señor para con sus seguidores más cercanos. No es la dureza que usaba con los corruptos. Es la dureza con los que pueden dar más y ayudar a muchos y para ello necesitan purificarse mucho mediante la corrección fraterna. Un ejemplo es la dureza del Señor cuando llama a Simón Pedro “satanás” porque este, con toda la buena intención, quería apartarlo de la Cruz. Otro ejemplo es la dureza con que retó a los discípulos cuando discutían acerca de quién era el mayor en vez de estar pensando en servir. Otros ejemplos pueden verse en la dureza del Señor contra la falta de fe: de Tomás, de los de Emaús a quienes llama “duros de entendimiento y tardos de corazón”, del conjunto de los discípulos antes de la Ascensión, a los que les reprocha su falta de fe. La dura calificación de Judas en el evangelio de hoy es significativa. Era uno de los elegidos y sin embargo se convirtió en un diablo.

La dureza del Señor es caridad, él sabe que la corrupción de los mejores es algo pésimo. No solo malo sino pésimo.

Por eso el lenguaje del pan es un lenguaje exigente. Diríamos que no exige mucho sino “todo”: exige el corazón. Y esta gracia hay que pedirla al Padre que es el Creador de nuestros corazones.

Diego Fares sj

Read Full Post »

 

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:

‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.

Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?

Nosotros conocemos a su padre y a su madre.

¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:

‘No murmuren entre ustedes.

Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraigaa mí;

Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.

No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:

Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.

Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.

Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.

Pero éste es el pan que desciende del cielo,

para que aquél que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.

El que coma de este pan vivirá eternamente,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

 

Contemplación

Atraer (“elkyse”) en griego significa también arrastrar, como en la escena de la pesca milagrosa, después de la resurrección del Señor, en la que Pedro “arrastra” hacia Jesús la red llena con los 52 peces grandes. Pero la atracción que impulsa el Padre de la que habla el Señor aquí es de otro orden: igualmente irresistible o más, pero no viene de afuera sino que se ejerce surgiendo desde nuestro interior. No solo nuestras pasiones sino también  nuestra libertad experimenta la atracción del amor y no por ser irresistible uno se siente menos libre sino que, por el contrario, la constatación interior de que algo o alguien nos resulta tan atrayente nos hace comprender su valor.

El Padre hace que sintamos atracción por ir a Jesús revelándonos su valor como Persona. Por supuesto que ser sujetos de una atracción así requiere de nuestra parte docilidad, es decir: “capacidad de ser enseñados” (enseñar es docere, de ahí la “docilidad”), ganas de aprender y de ser discípulos. Es en este sentido que el Padre revela las cosas de Jesús. Y se las revela a los pequeños, porque pareciera que a medida que uno se vuelve grande va perdiendo en muchos las ganas de ir a la escuela, el deseo de que un maestro nos enseñe. Los niños pequeños, en cambio, aprenden con gusto las cosas nuevas que la maestra les enseña en el colegio.

La atracción del Padre, entonces, tiene que ver con lo que Jesús es como Persona y con lo que deseamos ser nosotros. Ambas cosas se potencian mutuamente.

Jesús es la Palabra, y por eso, la atracción que genera el Padre consiste en despertar nuestro deseo de escuchar: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

Jesús es el Maestro -en duo con el Espíritu, Maestro interior-, y la atracción que promueve el Padre consiste en estimular nuestras ganas de ser alumnos, nuestro entusiasmo por salir a caminar con Él, maestro itinerante, que enseña a sus discípulos mientras van de camino por y en medio del pueblo fiel.

Jesús es el Buen Pastor, el Pastor hermoso, y por eso el Padre nos atrae hacia su redil, despertando nuestro gusto por ser pueblo, como dice Evangelii gaudium, por caminar como uno más con los otros, seguros bajo su bastón -su conducción espiritual-, defendidos de lobos y pastando entre lirios, como dice el Cantar: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí. El, que pastorea entre lirios”.

Jesús es pobre, manso, puro, misericordioso, pacífico, justo, alegre en las persecuciones, y el Padre nos atrae a Él haciéndonos sentir y gustar las bienaventuranzas.

Al explicar que nadie se le acerca si el Padre no lo atrae, Jesús nos aclara algo con esa frase de que “al Padre nadie lo ha visto y que es necesario que nos lo revele el Hijo”. Con esto nos quiere decir que sentir la acción del Padre -que nos haga sentir el gusto por Jesús- no es algo que nosotros podamos discernir solos, sin ayuda (la de Jesús y la del Espíritu).

La atracción la sentimos todos, porque somos hijos y todo hijo “siente” a su padre. Pero muchas veces se trata de un sentimiento indefinido, sin nombre, o interferido, tapado y mezclado con otros, lo cual impide que lo experimentemos en su pureza. Por eso Jesús nos revela al Padre en sus parábolas, para que luego podamos comparar lo que la parábola nos revela acerca del corazón de nuestro Padre y lo que sentimos interiormente.

Cuáles son las parábolas en las que Jesús nos revela el modo que tiene el Padre de atraernos hacia él? En todas hay algún indicio, sobre todo en las parábolas de “invitación”. Pongo dos como ejemplo.

Una es la del dueño de la viña que sale a contratar cosecheros invitando: “venga a mi viña”. En el llamado está incluida la imagen que Jesús usa para consigo mismo cuando dice que “Él es la vid y nosotros los sarmientos”. La atracción por trabajar y estar adheridos a Aquel de quien depende nuestra vitalidad, como la de un sarmiento para con la vid, es una atracción que brota connaturalmente, por así decirlo.

La otra es la parábola del Rey que invita a las bodas de su hijo. Allí resalta de manera particular la “gratuidad” de la atracción, gratuidad que menosprecian los invitados que tienen otros intereses y, por el contrario, aceptan encantados todos los pobres a los que los servidores del Rey salen al encuentro por los caminos. El Padre invita diciendo simplemente que “el banquete está listo”. Su amor por su Hijo, por la alegría de su Hijo que se casa, se expresa en lo magnífico del banquete y el Padre supone que eso habla por sí mismo. Pero los invitados tienen cada su excusa. No los atrae la fiesta, no se dejan atraer. En la parábola de la viña, la atracción suponía una carencia: la necesidad de trabajo, el deseo del salario… Aquí se trata de una atracción gratuita: el bien que se ofrece no “responde a ninguna necesidad nuestra”. Por eso requiere un tipo especial de corazón: un corazón capaz de alegrarse por la alegría de otro. Si este corazón no se ha formado porque está poseído por sus propios intereses, la atracción no surte efecto: no hay hierro para este imán. E incluso sucede que se llega a producir el efecto contrario: algunos se irritan de una invitación así, se sienten ofendidos de que el Rey insista y maltratan a los mensajeros.

En este cambio de época que vivimos, la defensa de valores como la vida, creo que la debemos hacer dando un paso adelante. Como dice Francisco, debemos hacer resonar una vez más el llamado a la santidad. Llamar significa atraer: debemos dejarnos atraer por Padre hacia Jesús, hacia un modo de vida como el suyo -pobre, pacífico, justo y sumamente misericordioso con todos-, de manera tal que nuestro seguimiento de Jesús suscite el deseo de seguirlo en el corazón de otros. No se trata de “imponer” ninguna ley sino de “atraer” a una vida mejor, más plena.

Si es un hecho de que el Padre siempre está “atrayéndonos” hacia su Hijo y que Jesús siempre está revelando “el modo de atraernos y llamarnos que tiene el Padre”, nuestra misión como discípulos debe ser crear entre nosotros, en nuestro modo de vivir juntos, de tratarnos, de rezar y de trabajar en el servicio de los más pobres, un ámbito donde la luz de Jesús ilumine no “cosas” sino un “sentimiento”: ilumine el sentimiento de atracción por su Persona. Este ámbito, en el que los que se sienten atraídos por Jesús viven esto como un Don del Padre, es lo que significa la palabra Iglesia. La Ecclesia es el lugar donde se juntan los convocados, los llamados, los que son atraídos. Ser iglesia es ser atraídos juntos por el Padre en torno a Jesús. En ese sentido, nadie viene a Jesús “solo”, en el sentido de “fuera” de un espacio comunitario, donde uno lo encuentra junto con los demás, junto con todo el pueblo de Dios.

En este sentido, cuando sucede como hemos visto en estos días, que se ataca la posición de algunos legisladores personalizando y diciendo que eso es “la Iglesia”, se pueden entender dos cosas en esta frase.

Una, el exabrupto de una frase politiquera que el senador que dice “la iglesia” (Picheto, por ejemplo) es porque se ha quedado sin argumentos jurídicos y políticos (en el sentido de la alta política, la que usa argumentos que brotan de la búsqueda del bien común), y por eso ataca a los otros diciendo que responden a “la iglesia”. El insulto a la madre siempre es el último recurso de los que se quedan sin argumentos y muestran su corazón rastrero.

La otra, el sonido de una verdad profética. Todos los que se juntan convocados por el cuidado y la defensa del otro -especialmente del más débil-, todos los que “honran la alteridad” son “la iglesia”, son “los atraídos y convocados por el Padre” para seguir a Jesús. Como personas y como grupos no son mejores que nadie. Es más, dejarse atraer por un llamado así, tan alto y  gratuito y poco pragmático, un llamado a honrar la vida del otro aunque no sea deseada y complique la propia, hace que se vean más las incoherencias personales y obligan al que defiende este llamado tan bueno y tan alto, a tener  que confesarse pecador en muchas ocasiones. Pero dejarse convocar por lo más alto en vez de resignarse a lo más bajo, indica una calidad de corazón que no renuncia a la esperanza de que este mundo pueda ser salvado de ese egoísmo tan triste que no conoce el gozo de la misericordia.

 

Diego Fares sj

 

 

Read Full Post »

Resultado de imagen para pan del dia

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,

subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:

«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.

Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre,

porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »

Ellos le dijeron:

«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron:

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús:

«Yo soy el pan de la vida.

El que venga a mí, no tendrá hambre,

y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Señor, danos siempre de ese pan!

La petición de la gente del pueblo que buscaba a Jesús es verdadero deseo que se transmite de generación en generación entre los que tienen fe.

Si existe ese pan, pienso yo en mi interior, deseo recibirlo, comerlo y compartirlo. Dame siempre de tu pan es la petición cotidiana para ir a comulgar y nos muestra con qué actitud debemos entrar en relación con Jesús.

 Cuando vemos cómo se presenta una persona podemos darnos cuenta de la manera como quiere ser tratada. De las palabras de Jesús podemos pensar que quiere ser tratado como pan del cielo.

Al igual que un pan que se ofrece sencillamente, el Señor quiere ser tratado sencillamente. Aunque hoy hay panes de muchos tipos, el pan expuesto en la panadería o en el supermercado siempre se presenta fundamentalmente como pan. Su mismo envoltorio, más simple que otros, lo muestra en esa propiedad suya de tener que ser “pan del día”. Puede que haya pero yo no he visto panes en envases herméticos como la leche “larga vida”. Creo que iría contra su esencia y aunque el envase asegurara que lo conserva fresco, yo si compro pan, prefiero que sea un pancito recién horneado a cualquier otra propuesta más sofisticada. Hasta el pan dulce bien envasado y conservado, fuera de su tiempo propio, no sabe igual.

Jesús, por tanto, al presentarse como pan, quiere ser tratado como pan: El es pan fresco del día y quiere un hambre también fresco y del día.

Entre muchas otras cualidades del pan, todas simples y esenciales -rico, calentito, blando, tierno, con miga, compañero, bueno como el pan- me quedo con esta de ser pan del día.

Con esta parábola acerca de quién es Él, Jesús nos ubica las expectativas. Uno tiene muchas expectativas y ante Jesús-Pan, las que debe privilegiar son las más simples, las del día.

Por ejemplo: si ponemos esto en clave intelectual, de “respuestas”, el Señor-Pan nos responderá a la pregunta de hoy y lo hará a la manera del pan: acompañando.

Aquí entra la segunda parte de lo que nos revela Jesús acerca de cómo quiere ser tratado: Él se nos ofrece como Pan del cielo. Esto nos modifica el hoy de nuestro deseo y de nuestra ansia de respuestas. Las saca del nivel superficial y va al fondo: a las preguntas y deseos  de hoy pero no a cualquiera sino a las que no se sacian con otro pan que no sea del cielo. La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.

Del cielo quiere decir “espiritual”. Y espiritual quiere decir “persona”, alguien -no algo- que es por sí mismo, que no depende de otros, que se nos puede ofrecer libremente si quiere, pero no podemos manipular ni consumir.

            Nuestra actitud para con este Jesús Pan del cielo debe ser algo solo mío, la actitud que tengo allí donde yo soy mi yo más yo, allí donde tengo ese hambre espiritual de ser más yo mismo, más auténtico y donde solo deseo lo más auténtico del otro.

Lo que quiero expresar no es posible hacerlo mejor de lo que lo hizo Jesús al definirse a sí mismo como pan. Se pueden dar algunos rodeos, pero solo para hacer sentir que nada mejor que lo que dijo Jesús. Como si uno para mostrarnos lo que es el pan nos hiciera elegir y gustar primero lo que quisiéramos de todos los demás alimentos del mundo, con su infinita variedad de consistencias y sabores, y luego esperara que una mañana nos despertáramos con hambre y nos ofreciera para comer solo un pan, un rico pan junto con el mate o el café.

Es lo que expresa el dicho popular: para el hambre no hay pan duro.

No hay Jesús para el que no tiene hambre del pan del cielo. Aquí quería llegar. Y no es que existan personas que no tengan este hambre. Pero en muchos está tapado. No tanto por comidas malas, si no por comidas rápidas. Por eso me detuve en esa cualidad del pan de gozar siendo “pan del cielo del día”. Este es el punto donde quiere situar Jesús su pan, como si quisiera poner un producto en el mercado, lograr instalarlo. Su lugar es precisamente allí donde los que no son Él, nos dicen que “no pude ser que exista algo así como un pan del cielo del día. Si es pan, es pan -y entonces hay ofertas mejores- y si es del cielo no es del día, debe ser eterno y solo se podrá expender en puestos de venta eclesiásticos con misas largas y aburridas.

Sin embargo, uno puede probar y ver por sí mismo que esto es real. Que Jesús Pan del cielo del día se encuentra en puntos de venta cotidianos. No digo gratuitos, porque este tipo de Pan tiene un precio alto. Cuesta caro. Y el precio no es plata ni cosas. El precio es nuestra hambre. Para olerlo en medio de la ciudad, así como desde la terraza de La Civiltà Cattolica en Roma se huelen las medialunas (los cornetti) que hace Adela en el Bar Lembo de Via Crispi, cuya chimenea da varias vueltas hasta poder salir al cielo abierto por el patio de la casa de al lado, hay que tener las narices con el hambre de la oración que se hace tempranito. Después se mezclan olores y sonidos y cambia el hambre y un pan calentito deja de ser algo único y se convierte en algo más, hasta la mañana siguiente.

Algo de esto quiere decirnos el Señor al presentarse como Pan del Cielo del día. Algo así como que sólo lo podremos saborear tal cual es en el horario preciso en que nuestro hambre de Dios tiene la panza vacía de la oración de la mañana. Y si no te acostumbrás a rezar de mañana, cuando se te despierta cada día el hambre del pan calentito y fresco, no podrás saborear a Jesús. Después tu hambre ya medio saciado no identificará a Jesús entre los otros panes.

El otro momento del pan es el atardecer. El pedazo de pan que uno come con hambre mientras llega la cena. Aquí puede ayudar la imagen de un hambre distinto como precio a pagar. Se trata del hambre de descanso y compañía. Es el hambre del que llega del trabajo y solo quiere tirarse a descansar un momento y luego compartir lo que vivió durante el día con sus seres queridos. Aquí Jesús se muestra como uno que comparte nuestro pan, si lo invitamos a entrar en nuestra casa. Lo reconocemos al partir el pan, el pan nuestro, el que le ofrecemos a Él, porque nosotros también somos pan. Pan de la tierra que se comparte con el Pan del cielo.

            El pan de la tierra del atardecer es pan para otro hambre básico, el de compartir lo que hubo, lo que se logró ganar con el trabajo. Este pan Jesús lo comparte. Aquí no entra lo de “pan con pan comida de sonso”, porque son dos panes que se esposan bien: el pan del cielo que trae Jesús y el pan de la tierra que ponemos nosotros. Hay que probar. El de la mañana es puro Pan del cielo para el hambre personal y exclusivo de cada uno. El del atardecer es pan familiar, compartida del pan que cada uno trajo con el de Jesús, que es uno más. Hay que estar atentos más que a los panes, al modo de partirlos que tiene él, a su modo de hace comunidad, dando a cada uno lo suyo y apreciando lo que cada uno trajo.

Diego Fares SJ

 

Read Full Post »

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos.

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: – «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?»

Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: -«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: -«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús: -«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres  en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo  los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que  habían comido.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía: -«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

Las canastas multiplicadas

El Señor envió a los doce a recoger los fragmentos “para que no se perdiera nada”. El Evangelio dice simplemente que “los recogieron y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido”.

No puedo no preguntar: ¿se habrán multiplicado también las canastas junto con los panes y peces? De golpe no sólo sucede que todos comen y que sobra sino que aparecen en el desierto doce canastos grandes!

Conversábamos un día (hace 12 años) con el padre Rossi acerca de la Casa de la Bondad y de las donaciones que aparecían y se multiplicaban… Cómo cuando teníamos claro el proyecto del Señor y nos poníamos a trabajar alegre y confiadamente en él, aparecían no solo los recursos materiales sino también las estructuras, los colaboradores… El trabajo evangélico es el de sostener estructuras (canastos) que se multiplican junto con el pan y los peces… ¡para que no se pierda nada!

Nosotros, que a veces andamos angustiados por lo que falta o por el esfuerzo hecho en repartir lo que nos regalaron! Y resulta que  el Señor nos manda a cuidar que no se pierda nada ¡de lo que sobró!

Que no se pierdan los voluntarios que se desgastaron trabajando,

que no se malogre el primer amor de los proyectos primeros,

que no se nos llene de angustia o de quejas o de suspicacias el corazón mientras estamos gestionando milagros.

La canasta con los panes besados

La gente agradecería al devolverles los panes. Y los discípulos irían recibiendo los pedacitos  con humildad (como aquella Eucaristía en el Hogar en que el Toto, que estaba un poco borrachito, se puso en la fila para comulgar y cuando le di la hostia, la tomó con la mano, la besó y me la devolvió con una sonrisa y yo la consumí.

Cada pedacito devuelto seguro que fue besado.

La canasta con los fragmentos del amor entero

Me gusta la palabra fragmentos porque me hace pensar en los fragmentitos de Eucaristía que cada día purifico en la patena, cuidando de hacer caer en el cáliz cada partícula blanca que reluce sobre el dorado.

El gesto de purificar los vasos sagrados y la patena, siempre huele a la multiplicación de los panes, a mandato del Señor de que no se pierda nada, a milagro de que Él esté entero en cada fragmento!

Los pedacitos de pan de aquella tarde venían con las huellas de las manos de cada familia, amasados por los dedos de los chicos que juegan con la miga. Fragmentos de vida que a nosotros se nos pierden por el camino pero que el Señor recoge, cuidadosamente, en la memoria materna de la Iglesia.

¡Los fragmentos de la historia de la humanidad!

Los fragmentos de la historia de cada vida!

De la mía… Todo lo que pasó, todo lo que sobró y no pude aprovechar, porque ya estaba lleno y no tenía más capacidad. Todo lo bueno y hermoso que me pasó y que disfruté sólo hasta ahí, con la pena de que terminara o de que no se pudiera guardar, todo eso fragmentario, el Señor lo junta en esa canasta que será su mejor regalo al llegar al cielo. No una canasta sólo con cosas nuevas sino también con las antiguas que cada uno vivió: será la canasta con el amor entero.

La canasta de la multiplicación constante

Comieron todos hasta saciarse!

El Señor es sobreabundante! Lo muestra la naturaleza, el universo infinito que nos ha regalado. De otra manera, nuestro espíritu se sentiría inevitablemente desilusionado. Si pudiera mos entrever nomás el límite del cielo o de lo infinitamente pequeño nos sentiríamos encerrados.

La sobreabundancia del universo en todas sus dimensiones es precisamente para que permanezca así, inagotable, y nosotros nos dediquemos a amar gratuitamente y no a querer poseer lo que ya es nuestro.

Ahora bien, las sobreabundancias de Jesús no son “naturales” ni tampoco “caen del cielo”: son sobreabundancias que El toma partiendo de un poquito de lo nuestro: del agua con la que los servidores llenan las tinajas de piedra de Caná, de los pancitos que le presenta el chico del evangelio de hoy. Sobreabundancias de Jesús multiplicadas a partir del don de nuestra pobreza y pequeñez, que el Señor va multiplicando de a poquito, de a uno en uno, pan por pan y pescadito por pescadito.

Jesús multiplica tan en silencio que recién cuando va por la mitad la gente se empieza a dar cuenta de lo que está pasando. En la economía de nuestras obras solidarias es así. Uno no se da cuenta del milagro del día a día sino cuando pasan dos o tres años y al hacer las cuentas y confeccionar la estadística con las buenas noticias se ve que alguien puso un signo de multiplicación constante en cada cosa, a cada momento: cada corazón se multiplicó por dos; a cada media hora de trabajo se le agregó otra; cada idea, cada proyecto, produjo otro mejor; cada equipo se desdobló en dos y luego en tres; cada espacio de la casa creció y se amplió como desde adentro. Y así con todo. Una sobreabundancia construida desde la pequeñez! Doce canastas que salen de una, cuyo fondo explorado por la mano de Jesús, nunca se vacía ni se llena de más.

La canasta llena del bienestar del pan

Ciertos alimentos influyen en el estado de ánimo. Así lo aseguran expertos del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Según ellos, los panes pueden generar sensaciones de bienestar, porque aumentan los niveles cerebrales del neurotransmisor serotonina… “Los panes que generan sensación de bienestar”. ¡El bienestar del pan!

Es reconfortante poder  percibir la coherencia de este universo en todos sus niveles: desde los más materiales a los más espirituales. ¡No tiene por qué estar reñida la química con la teología ni con la poesía! En el “Rosario al pan de centeno”, Bernárdez dice:

“Hermano pan: en el mantel de lino (…)

La misma gota de sudor fecundo

Que te engendraba te enseñó la norma

Para copiar esta encendida forma

Que te asemeja exactamente al mundo”.

Las canasta que guarda el gusto de la Eucaristía

Esta contemplación siempre apunta a recuperar la gracia de gustar la Eucaristía.  La hago por fragmentos para que cada uno coma lo que le gusta.

Se trata de ayudarnos a sentir ganas de comulgar el pan simple y verdadero. Porque la cultura actual nos anestesia el gusto con demasiados productos.

Da pena que algo tan lindo como poder ir a comulgar se les haya convertido a muchos en un rito que “hay que cumplir”. No es así!

Basta rezar un poco y conectarse con nuestra hambre primordial, para que se nos despierta el apetito del Pan de vida.

Basta recordar el niño que fuimos para que se refresque la alegría pura que teníamos en nuestra primera comunión y volvamos a sentir ganas de ir a misa entre semana.

Eso sí, para comulgar con gusto hay que gustar la fila: como un pobre refugiado que hace cola para recibir una hostia pequeñita y frágil en la mano…

La canasta de Ema

Recuerdo que el sábado 29 de julio de 2006 escribí sobre estas seis canastas y dejé las otras seis para que cada uno les imaginara el contenido por su cuenta. Hoy agrego una más porque me acordé que a Ema, que entró en la Casa del Padre el sábado pasado. Le había gustado en aquella contemplación el verso de Bernárdez y lo comentamos tomando un café (el que teníamos acordado para mi visita a Buenos Aires, queda para el cielo).

Así que la séptima canasta es suya. No es simbólica, porque como se ve en la foto, Ema era una voluntaria con canasta en la bicicleta. Mangueaba entre sus amigas cosas para el Hogar.

Pero más importante que este modo de multiplicar pidiendo a otros, es ese otro modo de multiplicar que consiste en ensanchar la canasta del propio corazón. Ella siempre decía medio en broma medio en serio que yo la había engañado porque, cuando vino a charlar un día y yo le pedí que colaborara en el Hogar, quedamos en un día a la semana y luego se lo fui aumentando hasta que  terminó trabajando tres mañanas todas las semanas en Mesa de entradas y después ella misma agregó su trabajo en la Casa de la Bondad. Misteriosamente, el corazón se multiplica y se ensancha, nunca se llena ni se desborda, cuando uno lo da.

                                                                                                         Diego Fares s.j.

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: