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Archive for the ‘Contemplaciones 2018’ Category

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona las abandona y se escapa -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

No sé si será tan así como lo voy a decir, pero para mí que a la imagen del mercenario no hay que oponerle la de un buen pastor individual sino la de una cooperativa de pastores. Porque, como decía un cura amigo, Jesús eligió pescadores, no pastores. En los pescadores se ve mejor esta imagen de cooperativa, ya que ni siquiera es posible imaginar un pescador que se lance al mar a pescar solo. Los pescadores solos pescan con caña y lo hacen más bien por hobby. El Señor eligió pescadores que sabían trabajar en cooperativa: compartir barcas, redes, costos y ganancias. Con los pastores imagino que sería también algo así. Por algo guardaban varios rebaños juntos y cada uno llamaba a las suyas por su nombre. Más se confirma esta idea cuando sentimos que Jesús nos habla de que habrá un solo rebaño. Cooperativa de ovejas, digamos, requiere cooperativa de pastores. El único Pastor patrón, si aún queremos usar esta imagen, es Él: el Pastor bueno y hermoso. Y aunque era el dueño se cooperativizó con los apóstoles y el modelo va por ahí. El asunto es que al mercenario no se le opone el dueño como patrón sino la cooperativa.

La imagen de la cooperativa es de Don Tonino Bello, obispo de Molfetta, donde fue ayer el Papa ya que se cumplían 25 años de la muerte de este siervo de Dios. Le preguntaban sobre la oración, la suya y la de su diócesis, y que le aconsejaría a uno (de sus curas) que dijera que le costaba encontrar tiempo para rezar. Don Tonino decía que las exhortaciones verbales no servían mucho, ya que en el seminario estas cosas se dicen hasta el cansancio, pero que quizás sirviera hablar desde la experiencia. Y testimoniaba que: “quizás un poco tarde, me dí cuenta que habría podido invertir mejor mis recursos asociándome en cooperativa con el Señor. Cosa que hice apenas me di cuenta. Es verdad que esta nueva forma de empresa me obliga a perder un tiempo considerable con mi  Socio para la planificación consensuada del trabajo, para la elaboración bilateral de los proyectos, para la verificación de las actividades y la revisión contable: sin embargo, a parte del placer de gozar de la amistad y de la confianza de este Socio de verdad excepcional, tengo que decir que el peso del trabajo y el cansancio se reparten y que las cuentas dan. Palabra de hombre”.

Me gustó mucho esta imagen de la cooperativa: cooperativa con el Señor en la oración y en el trabajo… cooperativa entre pastores, cooperativa entre pastores y ovejas… Un solo rebaño es una imagen conclusiva. Nuestro único dueño se cooperativizó libremente. Esto como para terminarla de una vez con el papa rey, los obispos príncipes, los curas patrones de estancia y los laicos que se las tiran de ovejas para no asumir sus responsabilidades (como no soy príncipe ni patrón que se arreglen los curas, no vaya a ser que me pidan responsabilidades). Este mutuo negocio se llama “clericalismo” y está mal consentido por muchos pastores y muchas ovejas. Es un negocio de peluquería, como decía Bergoglio en sus años jóvenes, en el que los pastores son peinadores de ovejas y a las ovejas les gusta juntarse en rebañitos selectos y no mezclarse con los otros rebaños.

La imagen de la cooperativa de Don Tonino me pegó fuerte por todos los años que dedicamos a la cooperativa padre Hurtado en el Hogar, que anda caída ahora pero yo confío que resucitará, ya que si hay un proyecto válido y profético para todos, va por ese lado. La cooperativa nació de una idea un poco loca, siguiendo lo que decía Juan Pablo II sobre el trabajo. Que todo el mundo tenía que trabajar y tener trabajo y que si para los más pobres o con alguna discapacidad no había estructuras adecuadas había que “crearlas”. Así de simple: crearlas. A como diera lugar. Y eso hicimos.

Con todos los errores humanos y todas las fragilidades del mundo y todo el desgaste, en primer lugar del laico que la presidió por muchos años y de todos los socios que, como iluminadamente dijo uno un día (y me hizo caer la ficha), compartían los gastos. Porque compartir ganancias puede resultar fácil, especialmente si son abundantes. Cuando son pocas, vienen los problemas. Pero animarse a compartir los gastos de otros, eso sí que es asociarse. Digo que me cayó la ficha porque comprendí dos cosas: una que eso era lo que había hecho Jesús: venir a compartir los gastos nuestros, hacerse cargo de las deudas de la humanidad. La otra, que los pobres que se habían hecho socios de la cooperativa, habían crecido en conciencia no solo más que los otros huéspedes y comensales del Hogar sino también más que yo como director y más que los otros colaboradores -voluntarios y pagos- que muchas veces seguíamos con nuestras pequeñeces de hacer cada uno la suya actuando cada uno como principito o princesita de su metro cuadrado de ciencia y de poder.

Cooperativizarte te humaniza. Ser socio -compañero de Jesús, como decimos nosotros los jesuitas- te hace crecer. Por supuesto que los modelos cooperativistas, dirá alguno, no siempre funcionan en el mundo salvaje de hoy y tienen sus contras. Un taxista que se quejaba de que ese día había trabajado ya ocho horas y todavía no había juntado la parte que era para el dueño, me decía que prefería esa esclavitud a juntarse en cooperativa con otros taxistas, porque eran tan individualistas que, además de los problemas del trabajo, tenían que lidiar con las discusiones infinitas entre ellos. Me pareció una imagen muy gráfica del mundo actual, en que preferimos ser esclavos de un patrón que nos asegura un sueldo, aunque sea poco, a juntarnos creativamente entre pares. Los movimientos populares, sin embargo, muestran otra tendencia, y con todos sus defectos, tienen esta virtud de fondo que es la de hacer de la cooperación el centro de toda empresa y actividad humana.

Pero el asunto no era tanto reflexionar sobre la coopertiva padre Hurtado o los  movimientos populares, que ya tienen quiénes los bendigan, sino sobre cómo hacer para no ser un mercenario.

Ser mercenario es una de las “mundanidades espirituales” de las que habla el Papa. Ser mercenario es separar el tiempo personal del tiempo de la misión, lo que a larga lleva a tener dividido el corazón, porque el amor se alimenta de tiempo, fundamentalmente. Y sobre todo de tiempos libres, que es lo que en una cooperativa se usa para las reuniones de planificación, de verificación y de balance, o sea, en nuestro caso, para la oración entre socios, diríamos. Aquí, dado que siempre estoy en rojo en mi balance, me ayuda otra imagen de Don Tonino, que dice que la oración es como los vasos comunicantes y la de algunos que rezan mucho llena la de todos y tapa muchos huecos. Es así que en esta cooperativa de la oración, a la que estas contemplaciones desean estimular a que muchos participen pensando en el bien propio, la oración de algunos de ustedes llena los baches que tenemos otros. En el fondo, mandar estas contemplaciones cada sábado, para mí, siempre ha tenido (aunque yo no lo supiera desde el comienzo) la intención de cooperativizar mi oración para recibir la ayuda de la de muchos otros que al rezar ellos también rezan por mí. Como decía Camargo, en una expresión cooperativa: cuando uno reza por todos, todos rezan por él. Así que rezamos todos por todos y -concluía, con una expresión de esas que se imprimen en la memoria, al estilo Brochero- “el que no reza es un chancho”.

Y para terminar, ya que las cooperativas mezclan bien el trabajo y la contemplación, un cambio de nombre para estas contemplaciones inspirado en la genialidad de Don Tonino que ayer destacó el Papa y que nos viene al dedillo a los jesuitas. Don Tonino decía que todos tenemos que ser “contempl-activos”. Síntesis verbal luminosa de la expresión ignaciana de ser “contemplativos en la acción”. Así que a partir de ahora estas serán -desean ser- “Contemplacciones del Evangelio”.

Pd. Les dejo una película casera sobre el Taller de Artesanías San Roque González que hizo Guillermina Lenz y en el que incluyó al final el único “corto” que filmé en mi vida, al quedar encantado una mañana contemplando cómo trabajaban en silencio con sus manos nuestros artesanos y al que le puse la música de Mercedes Sosa y se convirtió para mí en una maravilla

https://www.youtube.com/watch?v=o2Fa71_WRDE

 

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La imagen del Señor resucitado nos muestra una resurrección que se le sale por los dorados del mosaico: brilla en las llagas, en el vestido y el manto, en los cabellos y la barba, y más que nada, en el espacio que lo circunda y en la herida de su Costado abierto, en la llaga de su Corazón.

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraronentonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

  • «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

  • «Si no veo en sus manos la señal de los clavosy no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

  • «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:
  • «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

  • «Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

  • «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
  • Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

 

El Anuncio de la Resurrección requiere discernimiento. Hemos visto cómo las discípulas tuvieron que discernir que ese miedo que se apoderaba de ellas y las hacía callar el Anuncio, era del mal espíritu. Hoy los discípulos tienen que discernir la Paz que el Señor les da repetidas veces y la alegría que sienten al ver al Señor resucitado..

En qué sentido digo discernir? En el sentido de que no toda paz y toda alegría son lo mismo. La Paz de Jesús es algo totalmente especial. El Señor ya les había dicho que su paz no era como la que da del mundo. Y lo mismo podemos decir de la alegría: el Señor les había prometido una alegría que nadie les podría quitar. Hay que discernir, por tanto, entre paz mundana y Paz de Jesús, entre alegría que nos pueden quitar y Alegría que nadie nos puede robar.

Este fue el primer discernimiento que hizo Ignacio, el que “hizo que se le abrieran los ojos” cuando discirnió que la Alegría que experimentaba al leer el Evangelio y la vida de Cristo “duraba” después que había cerrado el libro. En cambio la alegría que le daban los libros de aventuras se esfumaba al terminar de leer. Más aún, la Alegría del Evangelio le daba deseos de ir a Anunciar el Evangelio a todos. Era una alegría misionera. La otra en cambio era una experiencia sólo suya (aunque uno cuente que le gustó una serie o una película no es que ande empujando a todos a que la vean. Cada uno tiene sus gustos).

 

Discernir la Alegría, discernir la Paz.

Con la Alegría de ver al Señor Resucitado a los discípulos les pasará una cosa que parece extraña y sin embargo es muy común. Uno de los evangelistas dirá después que “de la alegría que sentían no podían creer”. A mucha gente le pasa en Ejercicios que cuando tienen una consolación grande y sienten algo que nunca habían sentido, primero gozan de esa experiencia única que los hace sentir amados por Dios y creer en Jesús, pero luego les vienen dudas. Será verdad algo tan especial? Y surgen los miedos: qué me irá a pedir Dios ahora?

Qué y cómo hay que discernir? Hay que discernir la Paz y la Alegría y hay que hacerlo volviendo a leer estos Evangelios de la Resurrección en los que se contienen todos los criterios de discernimiento que el Espíritu nos va revelando en la medida en que lo necesitamos cada vez.

Una clave que encontramos en este evangelio está en el hecho -significativo- de que Jesús les de la Paz tres veces. Es como si cada vez que se presenta y también durante su Visita, el Señor tuviera que darles de nuevo el don de su Paz.

Qué quiere decir esto? Entre otras cosas, significa que no tenemos que “dejarnos llevar” por el fluir de los sentimientos.

Nuestros sentimientos tienen su secuencia natural, distinta en cada uno, de acuerdo a su historia y a sus experiencias de vida. Recuerdo un comensal del Hogar al que la alegría que sintió cuando le dimos a soplar la velita en el festejo de los cumpleaños le trajo el recuerdo de que nunca le habían festejado uno. No tenía memoria de festejos de cumpleaños. Y la alegría presente se le mezclaba con la pena honda del pasado. Por eso digo que hay que discernir bien la Alegría del Señor Resucitado y separarla de las nuestras.

En los Ejercicios Ignacio hace pedir: “gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 241). Es decir: pedimos la gracia de alegrarnos y gozar “por Otro“.

Humanamente todos tenemos experiencia de estas alegrías gratuitas, enteramente centradas en la alegría del otro. Es la alegría de los padres que ven que se recibe o se casa su hijo, es la alegría del amigo que ve premiado a su amigo. Cuando uno se alegra por la alegría de alguien amado, si surge algún sentimiento de autorreferencia, de comparación, de celos o de tristeza, rápidamente se disciernen como del mal espíritu y uno vuelve a concentrarse en gozar con el gozo del otro y alimentar ese sentimiento nos confirma en el bien.

Cuando uno se concentra en la alegría del otro, esa alegría es pura. Por que? Por que  uno se alegra de que el corazón del otro se dilate por el bien que recibe y eso nos hace comprender dos cosas: una, que el bien es difusivo de sí, el amor se irradia como irradia su luz y su calor el sol; la otra, que la medida para gozar y recibir un bien es única en cada uno. No puedo gozar como goza el otro. Si quiero alegrarme me debo dejar inundar por el mismo bien que dilata el corazón del otro y dejar que dilate el mío y me de su medida teniendo en cuenta la mía.

Este es el discernimiento base con respecto a la alegría. Podríamos decir así: es tentación (mala y mentirosa) entristecerse por la alegría de otro. Es tentación ese pensamiento que puede surgir y que dice: por qué yo no puedo alegrarme como el otro, como se alegraba Ignacio o como se alegró María Magdalena o los discípulos al ver a Jesús? La tentación quiere hacerme “sacar la mirada” de la gloria y gozo del Señor resucitado, de la alegría que sienten los discípulos y los santos, para que, en vez de dejar que me contagien y me incluyan, me mire a mi mismo, mire mis límites y siga el curso acostumbrado de mis sentimientos.

La Alegría del Evangelio es contagiosa, se irradia, es esencialmente misionera, se transmite íntegra de corazón a corazón por el kerigma, por la fuerza con la que un santo expresa que Jesús ha resucitado y le ha cambiado la vida. Por eso el punto es “no sacar la mirada” de la Alegría del Otro.

Y aquí viene de nuevo lo de la Paz. El Señor, cuando ve que su presencia produce estos movimientos de autorreferencia, vuelve a darles la Paz.

Esta segunda Paz viene a decir: estate en paz con tu alegría.

La primera paz ahuyenta el miedo. La segunda paz nos reconcilia con la alegría.

Tan importante como vencer el miedo es, en un segundo momento, dejar que se establezca -que reine- la alegría. La alegría hay que dejarla que dure, que se expanda todo lo posible, inundando de luz todos los rincones del alma, sanando las heridas que produjeron las alegrías a medias, esas que la vida “nos dio y nos quitó” y que dejaron marcas de desilusión.

El Señor establece el Reino de su alegría asegurando que “nada ni nadie nos la pueda quitar”. Pero fijémonos que esta “inrobabilidad” de la alegría no es algo nuestro. Lo que no nos pueden robar es el hecho de que el Señor nos la vuelva a dar una y otra vez, incansablemente. El Señor no se cansa de darnos la paz.

Es decir: no se trata de una alegría que se nos de “en posesión”, como si fuera cosa nuestra. Esto no tiene sentido, porque se trata de Su Alegría, de la Alegría que Jesús experimenta en su Carne resucitada, amando al Padre no solo como Espíritu sino como Dios-hombre, como Palabra encarnada. Nadie nos puede robar esto que sentimos cuando Jesús se nos acerca lleno de Alegría, cuando se hace presente en medio nuestro, cuando nos parte el Pan o nos explica las Escrituras, cuando nos perdona los pecados y cuando nos sopla su Espíritu para que vayamos a dar la paz y el perdón a todos los pueblos y naciones. Esta es la alegría misionera que nadie nos puede quitar. Y tenemos que discernirla de las alegrías “nuestras”, esas que van y vienen de acuerdo a cómo es cada uno.

Ponernos en paz con su Alegría, ese es el oficio de Jesús resucitado. Ignacio lo llama “consolar como un amigo consuela a otro amigo”. Consolar es quitar el miedo y establecer la alegría, haciendo que reine, que juzgue sobre cada cosa, que legisle y que imprima el tono con que deben hacerse las cosas.

En este sentido podemos decir que todo el magisterio del Papa Francisco consiste en compartirnos los criterios de discernimiento que brotan de la Alegría.

En Evangelii gaudium, Francisco nos enseña que la alegría del Evangelio es una alegría misionera, que si no la dejamos salir, se nos convierte en algo extraño: la Iglesia que no sale a anunciar la alegría del evangelio y se dedica a querer custodiarla dentro de sí, se vuelve rígida, intemperante, se endurece en su verdad y se le agría el corazón. No tiene sentido querer “custodiar” y defender una alegría que el Señor nos dio y nos tiene que dar de nuevo, como la Eucaristía, cada día!

En Amoris Laetitia, Francisco nos enseña que la alegría del amor familiar es la de un amor que abraza toda la vida de las personas, un amor cuya lógica es la de “reintegrar” y no la de “marginar” (AL 294). En esta exhortación a las familias el Papa Francisco y los dos Sínodos hicieron entrar el discernimiento como trabajo del que ningún cristiano puede excusarse. Nadie puede sustituir mi conciencia y mi responsabilidad personal. Ese discernimiento toma a cada familia concreta -“no existen familias perfectas”- como está, y la acompaña en su camino hacia adelante: hacia el logro de un mayor abrazo de todos sus miembros, especialmente de los niños y ancianos. La iglesia saca la mirada de la lógica abstracta del “esto se puede, esto no se puede” e invita a las familias a poner la mirada en la lógica del amor: un amor que usa los criterios de la misericordia para con los pecados, los criterios de la esperanza para apuntar siempre a una mayor perfección y los criterios de la concretez, para el paso adelante que cada uno puede dar hoy para crecer en ese amor.

En la Encíclica Laudato sii, Francisco nos invita a hacer un discernimiento ampliado: nos hace ver que la alegría es personal, social y ecológica a la vez. No hay alegrías privatizadas: la alegría verdadera, hoy más que nunca, debe abrirse a abarcar todas las dimensiones del ser humano y del planeta.

Y ahora, como anunció hace dos días, Francisco nos compartirá una nueva exhortación apostólica sobre la santidad en el mundo actual. Se llama “Alégrense y exulten” y del título mismo se ve cómo se afianza este discernimiento de y por la alegría en el que Francisco insiste en este momento histórico de gracia que nos toca vivir.

 

Diego Fares sj

 

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“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle.

Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol.

Y se decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»

Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas de admiración.

El les dice:

«No se espanten.

Buscan a Jesús, el Nazareno,

el Crucificado.

Resucitó!

No está aquí.

Este es el lugar donde lo habían puesto.

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:

‘El va antes que ustedes a Galilea;

allí lo verán, como les dijo’».

Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8).

Contemplación

No se espanten! les dice el Ángel. Y con esa indicación les “discierne” a las tres discípulas ese sentimiento dominante que se ha apoderado de su corazón y las paraliza. El “no se espanten” les abre la mente por un momento y les permite recibir el anuncio de la resurrección. Porque las ideas pueden ser claras y los hechos -como mostrarles el lugar donde pusieron el cuerpo del Señor y que ya no está- pero los sentimientos con que se reciben y elaboran las ideas necesitan la claridad del discernimiento espiritual.

El anuncio de la resurrección, entonces, requiere discernimiento. Provocó en las discípulas y en los discípulos (y provoca en nosotros) tal movimiento de espíritus -admiración y espanto, miedo y alegría, dudas y certezas, deseos de aferrar a Jesús y de meter el dedo en las heridas- que hace falta ayuda para interpretarlo bien.

Y no bastará un ángel sino que será necesario el Espíritu Santo en Persona para discernir, de Pentecostés en adelante, lo que implica que Jesús “esté en pie, caminando” en nuestra historia, presente en los pobres, viniendo cada día a nuestra vida.

El discernimiento, por tanto, no es solo para decidir cómo poner en práctica lo que el Señor nos dice, como si tuviéramos claro de una vez por todas lo que significa “que nos hable un Jesús resucitado”. Nada de eso! La Resurrección requiere discernimiento “cada vez que el Señor nos sale al encuentro”, cada Eucaristía, cada vez que abrimos el evangelio o escuchamos a Francisco predicando.

Discernir el anuncio de la resurrección requiere trabajo: el de acallar algunas ideas que se instalan, el de pacificar algunos sentimientos que nos inquietan, el trabajo de abrir camino a otras  ideas y sentimientos que nos pondrán en sintonía con el modo nuevo de obrar que tiene Jesús resucitado.

Lo que quiero decir es que el discernimiento, que tanto recomienda el Papa Francisco, tiene como objeto, en primerísimo lugar, el Evangelio mismo! Necesitamos que el Espíritu nos discierna lo que las palabras del Evangelio nos anuncian y los sentimientos que provocan en nosotros.

Con esta afirmación podemos ver cuán lejos estamos de las personas que no solo piensan que tienen clarísimo el Evangelio sino que, además, están segurísimos de que las ideas que ellos han sistematizado en teologías y normas canónicas en algún momento de la historia, han clarificado todo definitivamente y pretenden que no tenemos otra cosa que hacer que “cumplirlas al pie de la letra”. Francisco habló de esto el jueves santo: “Nosotros tenemos incorporado que la proximidad es la clave de la misericordia, porque la misericordia no sería tal si no se las ingeniara siempre, como «buena samaritana», para acortar distancias. Pero creo que nos falta incorporar más el hecho de que la cercanía es también la clave de la verdad. No sólo de la misericordia, sino también de la verdad. ¿Se pueden acortar distancias en la verdad? Sí se puede. Porque la verdad no es solo la definición que hace nombrar las situaciones y las cosas a distancia de concepto y de razonamiento lógico. No es solo eso. La verdad es también fidelidad (emeth), esa que te hace nombrar a las personas con su nombre propio, como las nombra el Señor, antes de ponerles una categoría o definir «su situación». Y aquí hay una costumbre –fea, ¿verdad?– de la «cultura del adjetivo»: «Este es así, este es un tal, este es un cual…». No, este es hijo de Dios. Después, tendrá virtudes o defectos, pero… la verdad fiel de la persona y no el adjetivo convertido en sustancia. Hay que estar atentos a no caer en la tentación de hacer ídolos con algunas verdades abstractas. Son ídolos cómodos que están a mano, que dan cierto prestigio y poder y son difíciles de discernir. Porque la «verdad-ídolo» se mimetiza, usa las palabras evangélicas como un vestido, pero no deja que le toquen el corazón. Y, lo que es mucho peor, aleja a la gente simple de la cercanía sanadora de la Palabra y de los sacramentos de Jesús”.

Discernir la verdad de la resurrección para que se nos vuelva “cercana” y nos toque el corazón y nos cambie la vida!

En estas semanas de Pascua iremos discerniendo el anuncio de la Resurrección, con la conciencia de que no basta “una aparición” del Señor sino que necesitamos el testimonio de todas las personas que lo vieron y nos lo anunciaron.

Hoy, con la ayuda de las discípulas, discerniremos qué quiere decir que Jesús “se puso en pie” y que significa “lo verán en Galilea”.

….

“Se levantó! Se ha puesto en pie”, les dice el Ángel a las tres discípulas. Anuncien a sus discípulos que lo verán en Galilea.

Se levantó…. Una palabra simple que Marcos viene usando desde el comienzo de su “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Cuando las mujeres escuchan que Jesús se levantó les debe haber sonado como cuando escucharon que Jesús…:

levantó tomándola de la mano a la suegra de Simón Pedro que estaba en cama con fiebre, y ella se puso a servirlos (Mc 1, 31). O como cuando dijo: que es más fácil decir al paralítico, tus pecados están perdonados o “levántate, toma tu camilla y anda”. Pues a ti te lo digo: levántate, toma tu camilla y ve a tu casa”. Y él se levantó e inmediatamente tomó su camilla y salió (Mc 2, 9). Habrán recordado quizás cuando el Señor le dijo al hombre que tenía la mano seca: levántate y ponte aquí en medio” (Mc 3,3). O lo que les contaron los discípulos de aquella tormenta en la que Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal y lo “despertaron” diciendo: Maestro, no te importa que perezcamos? Y él, levantándose, increpó al viento… y se calmó la tempestad” (Mc 4, 38-39). Se levantó Jesús como cuando tomó de la mano a la niña y le dijo: Talita cum! Muchacha, a ti te digo: levántate” (Mc 5, 41); o como cuando tomó de la mano al chico al que el espíritu maligno desgarraba y lo tiraba por tierra y en el fuego y lo enderezó y él se levantó” (Mc 9, 27).

Se levantó el Señor de la muerta como el ciego Bartimeo, al que le dijeron: no temas, levántate, él te llama. Y él, arrojando el manto, se levantó y fue a Jesús” (Mc 10, 50).

Jesús había sido muy claro cuando los saduceos se burlaron de la resurrección. Duramente les había dicho que estaban muy equivocados, porque toda la escritura dice que los muertos resucitarán. Dios es un Dios de vivos, no de muertos”, les había dicho (Mc 12, 26-27).

Y estas discípulas, si habían estado cerca en la última cena, quizás ayudando con la comida, la mención de Galilea les habrá recordado la promesa del Señor a sus discípulos, que ahora tenían que repetirles ellas: después que haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea (Mc 14, 28).

Ha resucitado! Se ha puesto en pie y lo verán en Galilea significa: “ustedes también tienen que ponerse en camino e ir a Galilea: al lugar del primer amor y del primer llamado.

Por qué decimos que esto es un discernimiento? Porque se nos invita a elegir la “memoria” del primer llamado y del primer amor como lugar y tiempo privilegiado donde “encontrarnos” con el Resucitado.

Hay que volver a “ver” lo que pasó allí, entonces. No hay que “ir a examinar el lugar del sepulcro”.

Es un discernimiento interpretar que el primer ámbito que el Señor recupera es el pasado, el de la memoria. En el Cuerpo Glorioso de Jesús resucitado todo está vivo: cada gesto suyo que Marcos narró prolijamente, cada ayuda a ponerse en pie que hizo a los pequeños del Evangelio, será para nosotros una constante invitación a “ponernos en pie”, a resucitar, a reconocer cuántas veces él nos puso en pie en nuestra vida.

En Galilea comenzó el evangelio: con Jesús que vino de Nazaret a Galilea, donde bautizaba Juan y se hizo bautizar en el Jordán. Caminando junto al mar de Galilea fue que vio a Simón, a su hermano Andrés, a Santiago y a Juan que eran pescadores y los llamó a que lo siguieran. Marcos presentará a Jesús siempre caminando y por eso, el final de su evangelio remite al comienzo, al tiempo y al lugar donde empezó a “poner en pie” a la gente para que lo siguieran.

Todo el evangelio de Marcos es el de un Jesús puesto en pie y caminando. Un Jesús resucitado en este sentido de ir movilizando a la gente: sacando de su postración a la suegra de Simón, que se pone a servirlos, haciendo caminar al paralítico, con su camilla a cuestas, curando al de la mano seca, a la hija de Jairo y a Bartimeo. La imagen es la de un Jesús que te toma de la mano, te pone en pie y te invita a seguirlo: uno que anuncia a un Dios de vivos. Un Dios a quien hay que seguir, un Dios de gente en pie.

Las coordenadas galileicas que nos da el Ángel nos hablan de relectura, nos invitan a discernir los lugares donde Jesús comenzó a encontrarse con su pueblo. Esto implica discernir “la dirección a la que apunta la resurrección“. Y en qué dirección apunta? En primer lugar apunta hacia Galilea. Es decir, hacia nuestro pasado, nos invita a hacer memoria de las gracias recibidas. En los Ejercicios esto se hace al comienzo: el principio y fundamento es nuestra Galilea. Nuestra venida al ser y a la vida como creaturas que siempre pueden alabar, adorar y servir a su Creador.

Sin embargo, Marcos nos dice que luego del anuncio del Ángel se apoderó de las mujeres “un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo”.

Los movimientos de espíritus que suscita el anuncio de la resurrección del Señor requerirán la asistencia constante del Espíritu Santo. El hecho de que no baste la “presencia real” del Señor y de sus ángeles que se aparecen una y otra vez a los discípulos y discípulas, nos lleva a discernir algo clave: la importancia del Espíritu Santo. Incluso a los testigos presenciales no les bastarán “sus ojos”, con los que vieron a Jesús, ni sus manos con que lo tocaron. Necesitarán una y otra vez, incluso con Jesús delante, comiendo con ellos, que el Espíritu les “encienda los sentidos”, para reconocer al Señor.

Discernir esto es una gracia grande: nos pone en pie de igualdad con ellos!!!

Los que lo vieron y los que creemos sin ver necesitamos que el Espíritu nos recuerde y reinterprete en cada momento la presencia del Señor resucitado en nuestra vida y nos conduzca a Él.

Diego Fares sj

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El presupuesto es que todo el Evangelio, cada escena, cada frase, cada parábola y bienaventuranza, es fruto de un discernimiento del Señor y la Pasión lo es en grado sumo. En qué sentido decimos que son “discernimiento”? En el sentido de que son “Palabras vivas”. Las palabras del Señor no son abstracciones, no son conceptos que toman rasgos generales de la vida dejando de lado lo que hace de cada situación algo único. Por el contrario, las palabras del Señor, como Él es el Único, el Predilecto, el Ungido, expresan el torrente de Vida que se abrió paso con su entrada en nuestra historia -entrada mansa y humilde como la del que viene montado sobre un burrito-. Las suyas son palabras discernidas en el sentido de que cada acción y cada gesto de Jesús, el Señor, significa una elección de la vida y un rechazo de la muerte. Todo en Él -sus miradas, su paso, los gestos de sus manos, su cercanía, su predicación, sus milagros… todo- es afirmar y abrazar la vida y combatir el mal, despojándolo de todo poder sobre el corazón humano. La Pasión es “el discernimiento” definitivo que el Señor hace con su vida misma y que dice así:

Quiero y elijo ofrecer mi vida;

resisto interiormente todo mal

pero no rechazo la cruz, sino que la abrazo,

y en el mayor abandono,

con toda confianza,

me pongo en las manos de mi Padre.

La contemplación de la Pasión del Señor ayuda a asimilar este discernimiento de fondo, gustándolo en cada paso del Vía Crucis, en cada personaje, en cada situación límite que vive el Señor. 

Jesús entra en nuestra vida con medios humildes: sobre un manso burrito

Jesús les dijo: “Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un burrito atado, sobre el cual ningún hombre se ha sentado hasta ahora. Desántenlo y traiganmelo. Entonces le llevaron el burrito a Jesús,  le echaron encima sus mantos y Jesús se sentó en él” (Mc 11, 1-10).

Jesús entra en la Pasión perfumado por los que lo aman

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús”.

Jesús prepara la Eucaristía en medio de la vida cotidiana: sigan al hombre que va con un cántaro de agua

«Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?” El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»

Jesús es traicionado por uno de sus amigos antes que puedan hacerle daño sus enemigos: por uno que se sirve de la misma fuente que yo

Uno de ustedes me va a entregar. Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: «¿Seré yo?»  El les respondió: «Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo”.

Jesús se nos ofrece en cuerpo y sangre “antes de la Pasión”, indicando su elección libre de dar la vida

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.» Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”

Discirnamos que no es bueno “sentirse muy seguro de sí mismo”, como le pasó a Pedro

Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.» Jesús le respondió:  «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces.»

Los amigos se duermen cuando Jesús necesita que recen con Él ante el Padre

Jesús dijo a sus discípulos: «Quédense aquí, mientras yo voy a orar.»

Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo:  «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando

Y decía: «Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro:  «Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?

Hay quienes consideran que Jesús (y los cristianos y nuestros valores) deben ser eliminados  

El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?» El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?» Jesús respondió: «Yo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo.» El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: “Ha blasfemado”.

En el Señor “que lo sabe todo” de nuestras agachadas podemos encontrar la mirada que nos hace llorar amargamente y recibir perdón

Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno.» El lo negó, (Y volvió a negarlo dos veces más) En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces.» Y se puso a llorar.

Hay quienes, como Pilato, saben la verdad pero se lavan las manos

Pilato sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo

Los poderosos no se ensucian las manos, dejan que sus sirvientes se ensañen cobardemente con Jesús

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «Salud, rey de los judíos!» Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Hay gente humilde que, como el Cirineo, se ve obligada a llevar la cruz de Jesús y le es imputado a su favor: la Cruz siempre es “a favor”, si uno la carga, sea como sea que la lleve

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo.»

También los dos ladrones tuvieron que discernir: uno pedirá salvación a Jesús, el otro eligió morir burlándose

Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Jesús siente el abando del Padre y precisamente allí se pone en sus manos

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani.» Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.

Hay gente fiel, como las discípulas, que contemplan, con la cercanía que da el amor, la Pasión de su Señor

         Había también allí algunas mujeres que contemplaban a distancia. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Hay gente como José de Arimatea, el discípulo oculto, que al fin se anima a pedir el cuerpo de Cristo

Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Están las discípulas que custodian el sepulcro y esperan la resurrección

María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto” (Marcos 14, 1 – 15, 47).

La invitación a contemplar la Pasión es invitación a ir recorriendo las escenas, las situaciones y personajes y a poner nuestros propios títulos, dejando que la Pasión del Señor nos discierna el corazón, nos lo abra y nos lo atraviece, como la lanza que atravezó el Corazón de Jesús, y haga salir lo mejor que tenemos, lo más fiel, lo más compasivo, y nos saque toda malicia, toda cobardía, toda dureza que no permiten que nos dejemos amar por Él, que vino a dar con tanto amor y nobleza su vida por nosotros.

Diego Fares sj

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5 B Cuaresma 2018

             Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,

había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió:

(1) «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,

queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

(2) Mi alma está ahora turbada.

(3) ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora!

(4) ¡Padre, glorifica tu Nombre!»

Entonces se oyó una voz del cielo:

(5) «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.»

Jesús respondió:

(6) «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.

(7) Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

En el evangelio de hoy podemos encontrar una de las fuentes de lo que en Ejercicios se llama un “proceso de discernimiento”. El Señor nos enseña a estar atentos a los acontecimientos, a dejarnos tocar por ellos, sintiendo también los movimientos de la tentación. Jesús nos enseña a razonar con criterios evangélicos, a “elegir de corazón lo que amamos”, a estar atentos a la confirmación del Padre, a su consolación. Y a hacernos cargo de que amar de veras implica resistir al maligno, lo cual siempre nos pone en alguna Cruz.

Podemos aprender de Jesús, Maestro de oración: cómo “discernía” la voluntad del Padre en su corazón.

Lo que me conmueve es que Jesús “discierne”. No es que “la tenía clara, como superficialmente tendemos a dar por supuesto. El discernimiento no consiste en “tener ideas claras”. Como dice el Papa: las ideas se discuten, lo que se discierne es la situación”; el momento en que me encuentro y los sentimientos que van y vienen… y tengo que optar en un momento que si  no, se pasa.

Jesús discernía. Sus parábola, por ejemplo, son fruto de un discernimiento, son la respuesta a un problema humano en un momento preciso en el que los personajes tienen que optar: arrancar la cizaña o esperar, cuidando el trigo?; retar al hijo pródigo o correr a abrazarlo? salir a dialogar con el mayor o dejar que se desenoje solo? Salir a buscar la ovejita perdida o quedarse con las 99? Acercarse al herido o pasar de largo? Cada gesto del Señor, cada momento de su vida, es un discernimiento que une -en ese preciso momento- lo que le agrada al Padre y lo mejor para alguna persona concreta. Discernir y ser protagonista de mi vida o vivir una vida “en general”, una vida estándar, haciendo y pensando “lo que piensan todos” -o al menos, los de mi partido. Esa es la opción: discernir o ser espectador.

Los mini-discernimientos introducen “cortes dramáticos” en la trama de mi vida haciendo que me adueñe de lo que me pasa, que decida y abrace y lleve adelante algo mío, que deje mi huella y no cargue simplemente con lo que me ponen encima y me obligan a hacer.

Pasos del discernimiento de Jesús

El primer paso: “Ha llegado la hora”, dice Jesús, y responde al aviso de que “lo quieren ver” con una serie de reflexiones que se ve que venía haciendo en su corazón. Lo importante es que el discernimiento es estar atentos a la hora, al momento que se vive. Esto es normal allí donde uno tiene una misión. La misión de llevar adelante una familia hace que los padres estén siempre “atentos a la hora”. Es hora de ir al colegio, es hora de ir a trabajar, hay que salir corriendo al médico porque uno se enfermó, hay que decidir el colegio al que irá un hijo el año próximo…

El Señor tiene la misión de salvar a la humanidad y se ve que el hecho de que unos paganos quisieran verlo fue para Él la señal de que su mensaje, puesto en palabras, había alcanzado su meta. Ahora comenzaba otra etapa: la de dar testimonio con su vida. Por eso las reflexiones del grano de trigo, de perder la vida y seguirlo a la cruz.

Así sucede en nuestra vida. La vida está tejida con dos hilos, uno de textura ordinaria, que corre unido a todos los demás  hilos y se reconstituye cada vez que se anuda o se corta ─ la vida sigue ─; el otro  hilo es totalmente personal y único: es el hilo primordial, que tensiona todo el tejido de la vida común, y cuyos “tironcitos” provienen de las manos bondadosas de nuestro Padre. (Lo del Hilo primordial es del cuento de Menapace que el que no se acuerde puede buscar en internet ya que ayuda a ver que para discernir “las cosas comunes de la vida” cada uno tiene que conectarse con ese hilo primordial que lo une con Dios y con la misión y el carisma único para el que nos creó).

Pues bien, en este hecho que para Felipe tal vez fuera una cosa más -tantas personas le decían que “querían una entrada para poder saludar personalmente al Maestro-, para Jesús fue un hecho especial. Sintió el tironcito hacia lo Alto de su Hilo primordial, el que le marcaba la hora del Padre, la hora de la salvación.

Segundo paso: “Mi alma esta ahora turbada”. El anuncio de que se acaba el tiempo normal, de que se viene la pasión, le causa turbación al Señor. Se conmueve. Como decíamos, puede ser que el Señor tuviera más claras las cosas que el común de la gente. Las tenía claras porque rezaba. Pero con claridad y todo, las tuvo que vivir, las tuvo que “pasar”.

En el lenguaje de los ejercicios esta agitación interior o turbación se llama “movimiento de espíritus”. Es algo bueno. Buenísimo! Al punto de que si no se da, si uno no siente ese vaivén de alegrías y miedos, de esperanzas y negatividad…, es que no está  “rezando realmente”, no está haciendo bien sus ejercicios, dice San Ignacio.

La turbación, la ansiedad y el ponerse en movimiento las ideas, las previsiones, los afectos, surge cuando uno tiene que tomar -sí o sí- una decisión. Tener que decidir genera lucha espiritual. Animarse a sentir, darle tiempo a cada sentimiento contrario, ponerle nombre y confrontarlo…, son parte esencial de un proceso de discernimiento.

Jesús expresa su aguda agitación espiritual: “Mi alma ahora está turbada”.

Viene entonces un tercer paso que consiste en juzgar (deliberando) esos sentimientos y mociones contrarias.

Gandhi decía que “cuando uno se encuentra en el dilema de elegir, la cobardía dice ¿será esto seguro?.

La política dice: ¿será rentable?.

La vanidad dice: ¿quedará bien mi imagen?

Y la conciencia moral dice: ¿es lo correcto?”.

Cristianamente podemos agregar otra pregunta, muy personal: le agrada a mi Padre?

Jesús expresa este proceso del juicio mediante un diálogo interior, preguntándose a sí mismo: ─ “¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?”

A lo cual se responde con claridad de juicio: ─ “¡Si para eso he llegado a esta hora!

“Padre glorifica tu nombre”. Es el cuarto paso del discernimiento. Hay que verlo bien porque es muy inmediato al anterior pero es distinto. “Para esto he venido” es una conclusión lógica, un juicio que se realiza en la mente; “Glorifica tu nombre” es una decisión, un deseo y un pedido que brotan del corazón.

Una cosa es pensar con lógica, otra es elegir llevar adelante el deseo que nace de una verdad clara.

Glorifica tu Nombre quiere decir “hágase tu voluntad (y no la mía que en este momento siente temor a la cruz).

Glorifica tu Nombre es lo que uno dice cuando manifiesta pública y expresamente la decisión tomada como compromiso – consentimiento matrimonial, votos religiosos-.

Viene entonces el quinto paso del discernimiento, que es la confirmación. El Padre suele confirmar inmediatamente a sus hijos cada vez que formulan un deseo de que se haga su voluntad como el que expresó Jesús. Aquí se oye la voz del cielo que dice: ─ “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. No siempre habla el Padre con estos “truenos”, pero siempre “habla en el corazón” del que se siente atraído por Jesús y decide seguirlo. “Mi Padre ama a los que me aman”. Y los honra! -agrega Jesús.

El sexto paso es la confirmación en medio del pueblo de Dios, de los pequeños que ven que el Padre ama a Jesús. El Padre revela las cosas de Jesús a los pequeños que se alegran de él, lo escuchan y lo siguen. Por eso Jesús aclara que la voz del Padre confirmándolo a Él como predilecto es “para nosotros”.

Un séptimo paso consiste en “derrocar” al maligno, resistirlo y echarlo de nuestra vida. Rechazar el mal es la otra cara de elegir el bien.

Lo que trae paz a la hora de elegir es esta adhesión íntegra como la de Jesús a querer lo que Dios más quiera, del modo que quiera y en el momento en que quiera y sea cuales fueren las consecuencias que tenga.

Terminamos recordando lo que cuenta Ribadeneyra acerca del modo de rezar de Ignacio cuando tenía que discernir para tomar alguna decisión importante.

“Siempre la consultaba primero en la oración con nuestro Señor,

y la manera de consultarla era esta:

Se despojaba (se desnudaba, dice Ribadeneyra) primero de cualquier pasión y afecto, de esas cosas que suelen ofuscar el juicio y oscurecerlo, de manera que no pueda tan fácilmente descubrir el rayo y luz de la verdad.

Para despojarse, Ignacio se ponía como una materia prima en las manos de Dios nuestro Señor, como algo que no tiene ni inclinación ni forma alguna.

Después, con gran vehemencia, le pedía gracia para conocer y para abrazar lo mejor.

Luego (de este ejercicio afectivo, que puede ser de “deseo de deseo”, de desear ser como una materia prima y de desear desear lo que sea mejor) Ignacio consideraba muy atentamente, y pesaba las razones que se le ofrecían por una parte y por otra; y la fuerza de cada una de ellas, y las cotejaba entre sí.

Al cabo volvía a Nuestro Señor con lo que había pensado y hallado

y lo ponía todo delante de su divino acatamiento,

suplicándole que le diese luz para escoger lo que le había de resultar más agradable a El”.

Muchas veces esta oración de discernimiento la hacía Ignacio junto con la misa (digo esto porque a veces alguno dice “que se aburre en misa”, para que vea que no tiene por qué ir como espectador. Puede llevar sus decisiones a la Eucaristía y allí rezar con estas ayudas, que no son pocas ni fáciles, pero que uno puede “desear tener deseos de seguirlas”).

Diego Fares sj

 

 

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Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,

también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,

sino para que el mundo se salve por Él.

El que cree en Él, no es condenado;

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,

y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,

por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,

para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»  (Juan 3, 14-21).

 

Contemplación

Jesús le habla a Nicodemo de “practicar la verdad”. Qué significa “practicar la verdad”?.

Cuando tenemos la gracia de que el Espíritu Santo nos de a conocer una verdad, sobre Jesús, sobre nuestro corazón o sobre algo que mejora nuestra relación con el prójimo, tenemos que poner en práctica esa verdad inmediatamente, con la prontitud de los que recibieron sus talentos y los pusieron a trabajar, con la decisión del que encontró la perla fina y vendió todo para comprarla.

Solo en la tierra buena de “ponerla en juego” puede hacer el Espíritu que una verdad crezca y de frutos. Si se queda en el terreno abstracto de nuestra mente, junto con todas las ideas de todo tipo que nos dan vueltas en la cabeza, a la pobre verdad del evangelio le pasa como a las semillas que cayeron, una en la calle, otra en un pedregal y la tercera entre malezas: la verdad-de-moda, pasa y cambia (el diablo nos fascina con las verdades de moda y nos mantiene como eternos espectadores); la verdad-que-no-hecha-raíz -la verdad no reflexionada-, promete pero no cumple (el diablo nos hace olvidar lo que un día creímos), y a la verdad-que-no-combate, las medio verdades y las verdades políticamente correctas, la sofocan (el mentiroso nos acosa con sus suasiones y falacias, como dicen los Ejercicios).

Hay muchos modos de “poner en práctica” la verdad, pero dos son como los movimientos de las manos: uno el que las junta o las alza para rezar; el otro, el que dinamiza los mil gestos que hacemos para dar y para servir al prójimo.

A nuestra oración le puede ayudar el nombre que los griegos daban a la verdad: “aletheia”, que quiere decir “des-olvidar”. Al hacer oración de contemplación leemos serenamente el evangelio, dejamos que nuestra imaginación se empape con las escenas evangélicas y sentimos cómo “arde” en nuestro corazón la Palabra del Señor. Una experiencia común es que a nuestra mente se le vuelve claro algo que siempre supimos, pero se vuelve claro con una intensidad especial, que hace sentir que es el Señor el que está imprimiendo en nosotros esa claridad, esa evidencia de la verdad. Es como si algo estuviera velado y de golpe se abre el telón.

Y luego se vuelve a velar… Aquí es donde viene el segundo modo de “poner en práctica” la verdad, que es el servicio. Las verdades del Evangelio no son como las verdades matemáticas, que una vez que uno aprendió la tabla del 5 no se la olvida más. Las verdades del Evangelio, se conservan en la memoria activa solo en la medida en que las practicamos. Si no, se van al fondo de nuestro ser, a la espera de un mejor momento.           Aquí puede ayudar el nombre hebreo de la verdad que es “emeth” y significa fidelidad. La verdad que encarnamos en algún servicio concreto (también el breviario y la misa son “servicio sacerdotal” que hace todo el pueblo de Dios con sus ministros), requiere que ese servicio sea fiel, constante. Retomado una y otra vez, volviendo a empezar si nos damos cuenta de que nos olvidamos o flaqueamos.

Ahora bien, en el evangelio hay muchas verdades, infinitas verdades de vida, una para cada persona, para cada situación… Hay frases del evangelio que definieron de una vez para siempre todo un carisma, y legiones de mujeres y hombres practican esa palabra “especial” a lo largo del tiempo.

Al padre Hurtado se le reveló la verdad de que “el pobre es Cristo”. De allí nació el deseo incontenible de hacer de todo para hospedarlo.

A la madre Teresa le bastó sentirle decir al Señor “Tengo sed”, sed de que conozcan mi amor los mas pobres. De esa verdad de lo que siente el Señor nació todo su cariño por aliviar la sed de amor de los pobres.

El cura Brochero y la Mama Antula, experimentaron que los Ejercicios Espirituales ayudan de verdad cuando uno desea servir a Dios y no sabe cómo. De allí nació su entusiasmo para llevar a todos a hacer Ejercicios.

En el evangelio vemos a la gente que se acerca con fe sincera a Jesús, cómo el Señor le revela alguna verdad que queda ligada a esa persona. El evangelio está lleno de estas “verdades-persona”. Verdades no solo puestas en práctica como quien hace un trabajo externo sino verdades encarnadas y vividas de manera personal y que se pueden compartir.

A María se le revela la verdad de que “para Dios nada es imposible” y de allí brota su “Sí” a Dios, para que la Palabra -y todas sus palabras- se hagan carne en ella, la servidora. Se le revela también que Dios mira con bondad su pequeñez y todas las maravillas que hace con sus pequeños en la historia.

A San José se le revela que él tiene que ponerle el Nombre a Jesús y comprende que esa Verdad se custodia con el silencio y el trabajo paterno de toda una vida.

A Simón Pedro se le revela la verdad de que a Jesús le interesa si lo ama como amigo. Y la verdad de esa amistad hace que Pedro acepte todo lo demás: ser pecador perdonado, ser roca sostenida de la mano, ser cabeza abierta al discernimiento del Espíritu…

A Juan Bautista se le revela la verdad de que él tiene que disminuir y Jesús crecer. De allí brota su alegría interior y su aceptación del martirio.

A María Magdalena se le revela la verdad de su nombre -María- que pronunciado por su Maestro le lleva a reconocerlo resucitado y convertirse en anunciadora de la resurrección.

Y junto con estas grandes “verdades-personalizadas”, junto con estas “verdades en las que la misión y el carisma es la persona misma”, está la muchedumbre incontable de los pequeños, que viven y encarnan como un solo pueblo y personalmente “pequeñas verdades” que contienen toda la Revelación (porque el Padre se complace en hacer brillar toda la verdad en pequeñas verdades).

El pueblo fiel, en el evangelio, encarna las grandes verdades: la que dice que hay que acercar a Jesús a los niños para que los bendiga, a los enfermos para que los sane y a los adictos a algún actitud o sustancia demoníaca para que el Señor los libere. Encarna también el pueblo fiel la verdad que dice que hay que “marchar” siguiendo a Jesús, como lo seguían las multitudes; y que hay que “escuchar largamente a Jesús” y “recibir su pan y sus peces“; también encarna el pueblo fiel la verdad que dice que hay que alegrarse de que Jesús obre con autoridad y expresarlo con sonrisas y carteles y comentándolo en familia.     Dentro del pueblo fiel, hay personajes representativos que encarnan los deseos de toda la gente.

Zaqueo encarna esa verdad que dice que “la conversión verdadera llega al bolsillo“: vemos cómo suelta y reparte la plata que antes había amarrocado.

El samaritano leproso encarna la verdad que dice que “la relación con Dios tiene que ser personal y no formal“: vemos cómo deja la formalidad de ir a los sacerdotes y vuelve para dar gracias a Jesús, cosa que el Señor aprecia.

El paralítico al que sus amigos bajan por el techo encarna la verdad de que “nada ni nadie nos puede impedir que nos la ingeniemos para salir de nuestras parálisis y acercarnos a la vida que nos da Jesús”.

La hemorroisa encarna la verdad que dice que “a Jesús le basta con que le toquemos la punta del manto con un deseo hondo del corazón” en medio de la multitud y de las cosas del día. El se da cuenta de todo, conoce todo.

La viuda de las dos moneditas encarna la verdad que dice felices los pobres porque “cuanto más pobre es uno más fácil es ser generoso”. Esta es una verdad “intraevangélica”, no es una verdad sociológica. Es, pienso yo, lo qe habrá pensado Zaqueo cuando leyó en el evangelio del domingo que la joven mujer viuda había dado todo lo que tenía para vivir ese día mientras que la buena noticia suya decía que él había dado la mitad. Claro, para él era más difícil porque había acumulado tanto y tenía tantos compromisos que resolver.

Y así, todos: cada uno encarna una verdad y yo puedo encontrar la mía, para que esa “verdad-misión” me forje la personalidad. Y en vez de que la gente diga “qué personaje”, puedan decir: la vida de esta familia o de esta persona nos ayuda a comprender una verdad del evangelio.

Me quedó Bartimeo. Qué verdad encarna nuestro ciego de nacimiento, el hijo de don Timeo? Ahora veo que Bartimeo es el ícono de todo este evangelio: el ícono de la verdad puesta en práctica. Lucas nos hace ver cómo puede ver la verdad un ciego. Bartimeo encarna la verdad de que “ver (la verdad) es primero un deseo interior y antes que una evidencia que viene de afuera“. Él, que no veía, sintió que pasaba Jesús y cuando éste le preguntó que quería que hiciera por él, le dijo: “Señor, que vea!”. Deseaba tanto que sus ojos pudieran adecuarse a las cosas gracias a la luz! Y ahí nomas, nos dice Lucas, se puso a seguir a Jesús por el camino. Puso en práctica la Verdad básica, que es la luz de Jesús que sirve para ver las cosas de Jesús, antes que ponerse a ver (aunque también las veía), no se… la cara de sus familiares, el color del cielo y las plantas del camino…

La verdad más grande que existe es que Dios ha amado tanto al mundo -a cada uno de nosotros- que nos dio a Jesús, su Hijo amado. Y Bartimeo nos enseña a usar toda la luz de todas las verdades para seguir a Jesús por el camino, confrontando todo con su Palabra.

Ante cada situación, ponemos en práctica el criterio de ir a mirar “que verdad” – que pasaje, qué parábola, qué personaje del evangelio-, ilumina lo que vivo.

Así, la verdad que alguien en el evangelio supo poner en práctica, nos ilumina nuestra práctica de hoy. Esa práctica que consiste en hacer sentir a los demás como “amados por Dios”. De modo tal que nadie se sienta excluido ni lejos del Amor de Dios que Jesús trajo al mundo.

Padre Diego

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