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Archive for the ‘Contemplaciones 2017’ Category

José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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 Pesebre.jpeg

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.» Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido recostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

     Por eso nos atraes tanto, pesebrito… -pensé, cuando encontré la imagen después de buscar bastante y constatar que no había muchas de “pesebre solo”.

Un pesebre solo no existe ni para los ojos de las vacas que toman de él su alimento… Quién se fija en un pesebre por él mismo? Sólo alguien como María, que lo ahuecó un poquito con sus manos, para que pudiera tomar la forma del bebé. Solo alguien como san José, que con dos golpes de sus manos ajustó los encastres y luego lo afirmó bien en el suelo.

Gente como ellos mira -con ojos y manos- un pesebre como este de Belén, en caso de necesidad. Digo que lo miran con ojos y manos, porque en su tosquedad pasó de pesebre a cuna en un momento, sin ni siquiera pensar.  Por eso nos atraes tanto pesebrito… Por esa capacidad tuya de dejarte transformar.

Algo le vio María. Algo le vio José. Al mirar el establo paseando la mirada, sus ojos se detuvieron un instante en él -era lo único que había-. María dijo sí con los ojos y José dijo “vamos” alzando hacia adelante su mentón.

Algo le vio María, porque una madre no elige cualquier cosa para recostar a su hijito recién nacido. Si no hay nada se lo queda en su regazo. Quizás fue que no vio un pesebre como lo veríamos nosotros. Ella vio un pesebre con sus ojos de Esposa de un carpintero, lo cual es algo muy distinto.

María te vio, pesebrito, convertido en cuna por las manos de José.

Nos gusta el pesebre porque es como es: tosco, para nada decorativo, útil, práctico: unas pocas tablas y troncos sin pretensiones. De pesebre, pasó a ser cuna y apenas ellos se fueron, y se lo llevaron a Él, volvió a ser pesebre, allí para siempre, usado por otros sin saber. Pero él guardó en su memoria de pesebre el peso suave del Niño que María recostó en su huequito de cuna. Digo que registró el peso porque los pesebres, acostumbrados a la levedad de la paja para los animales, son capaces de registrar en las tablas de su memoria, un peso distinto, por livianito que sea -ligero y suave era entonces el peso del Niño Jesús.

Por eso me gustas tanto, pesebrito… Me encanta y me enorgullece que tu memoria haya tenido premio. Te quedaste en aquel establo quizás creyéndote sólo para siempre. Te quedaste mudo como un pesebre, con la única capacidad de que el peso que acogiste aquella nochebuena se te metiera adentro y formara parte física de tu memoria. Te perdiste en aquel rincón perdido de la historia sin saber que María, que guardaba todas las cosas en su corazón, te había llevado consigo, en su memoria. Y un buen día, conversando con nuestra Señora, te pescó un evangelista y al escribir tu nombre en tres frases, describiendo un Jesusito “reclinado y recostado”, agregó tu número –un pesebre- y fue como una invitación a que la gente te multiplicara en sus casas.

            Me gustas pesebrito porque un pesebre puede guardar memoria de un peso, sí señor. Las cosas guardan memoria de nuestro peso en su propio ser, en su estructura. Díganle al escalón de la entrada de la iglesia del Gesú, en la parte en la que pisamos todos para abrir la puerta, si no guarda memoria de nuestros pasos.        Es verdad que el peso del Niño no puede haber dejado una huella física igual a la que dejan millones de pasos en cientos de años. Pero Él venía a cargar sobre sí el peso insoportable de todos los pecados del mundo y nadie me puede quitar de la mente que Jesús pesaba distinto.

Por supuesto que esto es algo que sólo lo saben por experiencia María, San José, el anciano Simeón y Ana, que lo tomaron en sus brazos con conciencia…, y el pesebrito de Belén, que fue de las pocas creaturas que “cargaron a Jesús” (aunque cuando digo esto siento la rumorosa protesta de tantas otras creaturas que cargaron a Jesús: del burrito, de las piedras, del polvo del camino, de la barca… y de la Cruz…). Pero yo deduzco (que para algo tenemos inteligencia y no solo para inventar sistemas filosóficos o teorías económicas que hacen malabarismos técnicos para hacer sentir que el peso de una medida no recae en realidad sobre los hombros de los más ancianos), deduzco científicamente, que el pesebre registró el peso espiritual del Niño, así como María registró cuidadosamente en su memoria su mera presencia de pesebre, su simple estar a mano, su no resistencia de buen útil a dejarse usar y transformar.

Por lo que me gustas tanto, pesebrito, es por tu capacidad de registrar el peso de Jesús en tu historia. El peso de su yugo suave y de su carga ligera.

Diego Fares s.j.

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Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

– «¿Quién eres tú?»

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

– «Yo no soy el Mesías.»

– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:

– «¿Eres Elías?»

– Juan dijo: «No.»

– «¿Eres el Profeta?»

– «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron:

– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo:

– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn 1, 6-28).

 

Contemplación

Testigos de la Luz! Como Juan Bautista, todo cristiano es -con sus pupilas y su corazón- un testigo de la luz.

Juan no era la luz, eso lo deja claro, pero sí testigo de la Luz, que no es poco.

¿De qué Luz?

De la luz de Dios.

¿Y donde está encendida esa Luz de Dios?

En los ojos de Jesús.

En los ojos de sus pequeñitos -de los niños, de los ancianos, de los pobres del Hogar, de los enfermos de la Casa de la Bondad…, de los refugiados que nos miran con ojos interrogantes desde las fotografías que les toman en las barcas- cuando los miramos con ternura y respeto y les damos la mano.

Y en los ojos de los testigos que se dejan iluminar por esas dos luces -la de Jesús y la de los pobres- . Como dice el Salmo: Tu Palabra Señor es la verdad e y la luz de mis ojos.

Juan fue el más grande de los testigos: él dio testimonio público de que La Luz había venido al mundo, y ya habitaba entre nosotros. Se lo dijo a todos, a los que querían oír, a los que se hacían los tontos y a los que rechinaban los dientes y buscaban la manera de hacerlo callar.

Aquí me detengo un poco.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Fe, porque la luz de la fe ilumina directamente la conciencia de todo hombre y mujer, y lo hace libre de todos los poderes de este mundo, no solo políticos y económicos, sino también de los poderes religiosos mal usados, que se apoderan de la ley de Dios y la usan para oprimir y no para salvar a la gente.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Misericordia, porque es una luz que ilumina las miserias y, como miserias tenemos todos, nos iguala y nos hace ser más humildes. Algunos no soportan esta luz , prefieren ser como sepulcros blanqueados.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Justicia social, porque es una luz que ilumina desde abajo. Y como son tan reales los rostros de los que no tienen el dinero mínimo para vivir, se ve claramente que las medidas económicas que dicen ser brillantes -o las únicas viables- son puras mentiras: son un pozo de oscuridad abstracta que nadie entiende, pero si se ve que mientras tanto, unos la pasan espléndidamente y otros sufren mucho cada día.

En resumen: Juan nos enseña que el problema no es la Luz, sino los testigos.

Cómo reconocer a los testigos de la Luz?

Hay una frase clave que resuena no solo en los discursos sino en los gestos y en el modo de actuar del testigo que es digno de fe. Esa frase es “no soy”.

Un testigo digno de fe, en primer lugar afirma bien claro lo que no es, para que nadie desacredite “lo que vio y oyó y puede testimoniar” diciendo que “trabaja para sí”.

Atendamos a los “no soy” de Juan. Fijémonos que no dice “no puedo”, “no sirvo”, “no tengo tiempo”, “no quiero”… dice: “no soy”.

Esencialmente, Juan no era la luz.

Y ese no soy se concreta en muchos otros:

No soy el Mesías, es decir: No soy digno de bautizarte -le dirá a Jesús-: sos Vos el que me tiene que bautizar a mí.

No soy Elías, no soy el profeta… es decir: no soy la Palabra, solo la voz.

No soy digno ni de desatar la correa de la sandalia del Señor, … es decir: no soy alguien que deba crecer sino uno que debe disminuir….

No soy el Novio, sino el amigo del novio…

Y aquí viene el pasaje que nos da el criterio para concer al testigo fiel y digno de fe.

Dice Juan Bautista explicando quién es él de manera positiva:

“El que tiene la Novia es el Novio,

pero el amigo del Novio,

el que está ahí con él

y le escucha,

se alegra con la voz del Novio.

Esta es pues mi alegría,

que ha alcanzado su plenitud.

Es preciso que El crezca

y que ho disminuya” (Jn 3, 28-30).

La imagen linda es la del amigo del novio. Cuando se casa nuestro mejor amigo, nuestra mejor amiga, es algo muy especial que nos elijan para ser sus testigos. El amor es así: elige sus testigos, y la única característica, o la más distintiva, es que elige a alguien que se pueda alegrar sin sombra de envidia, por pura amistad.

Es tan nítida esta pureza sin envidia que pasa desapercibida hasta para el mismo que la experimenta. Y esto es bueno. Pero también es bueno sacarlo aquí a la luz.

Un testigo digno de fe es uno que se puede alegrar sin envidia, como se alegra el amigo del novio.

Cuáles son sus cualidades?

La primera cualidad del testigo es estar: está ahí, cercano. Con ese modo de estar de los mejores amigos, que no protagonizan más que uno, sino que se alegran en vernos protagonizar lo bueno, así como se entristecen de verdad si nos ven fallar. El evangelio nos dice que María estaba al pie de la cruz, que las santas mujeres y el pueblo fiel estaban contemplando todas estas cosas, que Juan el Bautista estaba con sus dos discípulos cuando vio pasar a Jesús y los mandó con Él… Un testigo digno de fe es alguien que está.

Creemos en la gente que está, no a los que miran por TV.

La segunda cualidad del testigo es escuchar. También mira, pero como escuchando, interiorizando las cosas, grabando todo en su memoria, en su corazón. Se dice de María que guardaba todas las cosas de Jesús y las meditaba en su corazón. El amigo testigo es ese con el que podrás juntarte a recordar las cosas lindas y te hará sentir que su alegría fue igual -y a veces  hasta más grande- que la tuya misma, porque se fijó en cosas que no habías visto.

La tercer cualidad del testigo es alegrarse. Juan dice que él se alegra con la voz del Novio. Jesús se alegra en el Espíritu al ser testigo de cómo el Padre revela sus cosas a los pequeñitos. María se alegra viendo en esperanza cómo Dios llena de bienes a los hambrientos…

Sabemos que el que se alegra con el bien, llorará y estará a nuestro lado en las malas. Es así.

Al describir estas cosas me asaltó el pensamiento de que estas cualidades son muy claras a nivel de amistad y de fe, pero no sirven para juzgar quién es testigo digno de fe y quién testigo falso en las cosas públicas: a nivel político y de los medios de comunicación.

Sin embargo, creo nos va la vida en esta lucha por encontrar “testigos dignos de la fe de todos”.

De manera particular, les va la vida a los más pobres e indefensos, ya que cuando todo el mundo queda desautorizado, a los que tienen plata, no les va ni les viene, pero los que no tienen nada, en cambio, pierden toda esperanza de justicia y de algo mejor.

Por eso, saber discernir quién es y puede ser testigo digno de fe, es tan clave para la vida política y social como lo es para cada uno como individuo.

“Alegrarse como se alegra el amigo del novio” es un criterio muy intuitivo y práctico.

La imagen esponsal es una clave, no solo para la vida familiar o religiosa sino también para la vida política. Implica contemplar en clave de compromiso esponsal la realidad. Contra esa actitud de “yo no me caso con nadie” o de “casarse por conveniencia”, es testigo digno de fe el que se casa con la república y con la patria, el que se casa con la obra en la que sirve al bien común, el que se casa con su diócesis y su parroquia, con el pueblo fiel de Dios, la Iglesia. La imagen evangélica es la del Señor que se casa con la humanidad. De este compromiso total surge, como dice el Papa, el político de alma, que se casa con el bien de su pueblo, la enfermera de alma, que se casa con su hospital o con su salita, el maestro y la maestra de alma, que se casa con cada curso de sus alumnos… 

La otra clave es la de la alegría sin envidia. Alli hay un punto de inflexión. En esa alegría se ve de qué material está hecho un corazón, cómo miran sus ojos.

La “alegría sin envidia” hace que todo sea transparente: nos alegramos con el bien y nos entristecemos con el mal. Vengan de quien venga el bien y lo sufra quien lo sufra el mal.

La alegría con envidia, en cambio, pudre todo. Hace, por ejemplo, que sospechemos del bien, si no viene de uno de los nuestros, y que nos regodeemos en el mal, si lo sufre uno que no es de los nuestros.

Los “no soy” -repetidos en la oración-, son las píldoras del remedio que tiene a raya la envidia y potencia esa alegría del corazón que nos convierte en buenos testigos de la Luz que trae al mundo el Niño Jesús.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Principio del Evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino…,

(lo envío como la) voz de uno que grita en el desierto:

‘preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

(así) se presentó Juan el Bautista en el desierto,

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’ (Mc 1, 1-8). 

Contemplación

La contemplación de “los caminos que hay que preparar y rectificar” nos habla de trabajo. Tiene que ver con esa semilla del “amor-trabajo” de la Contemplación para crecer en el amor que invita a: “Considerar como Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas – (…) y reflexionar en mí mismo”. Reflexionar cómo tengo que trabajar y en qué tarea para que mi trabajo edifique y colabore con el del Padre, que “siempre trabaja”.

Juan Bautista, retoman la voz antigua del profeta Isaías y nos anima: Trabajen preparándole caminos al Señor que viene a bautizar en Espíritu Santo.

Estos caminos a preparar y a rectificar no son otros que los del amor.

Jesús camina dejando la huella de las plantas de sus pies cuando el camino es de amor. No importa si es de tierra, si hay barro, si está asentado o asfaltado. Lo que cuenta es que sea un camino-puente, tendido entre dos amores: entre el amor de uno que viene porque tiene hambre y el amor de otro que va porque quiere darle de comer, entre el amor de uno que viene porque desea aprender a rezar y el amor de otro que sale a predicar el Evangelio.

El Señor no transita los caminos en los que sólo el amor propio está al comienzo y al final: el camino del dinero, el camino de la fama y el camino de la soberbia que da el poder. Son caminos circulares, aunque parezca que van derechos y que salen hacia los demás, los pasan de largo: la meta no eran las personas sino los trofeos -productos, aplausos, pleitesías- con los que el que parecía que salía, vuelve cargado a la covacha de su propio ego.

Vamos a compartir seis caminos y puentes que ha creado y que recorre Francisco y que nos invita a transitar junto con él, colaborando para mantenerlos transitables.

 

El camino de los sínodos. Sínodo significa “camino juntos”. Es un camino que circula entre Roma y todos los obispos del mundo con sus diócesis y su porción del pueblo fiel de Dios. El Papa Francisco tendió este puente sinodal a las familias y a los jóvenes. El de la familia, el Papa hizo que los obispos lo caminaran dos veces. La primera con la convocación de una “Asamblea extraordinaria” en el 2014, para escuchar los aportes que venían de todas las familias del mundo. Bruno Forte, secretario especial de la asamblea, trazó una relación entre este sínodo extraordinario y el Concilio Vaticano II, por cuanto el enfoque para abordar los desafíos de la vida familiar en la actualidad sería el mismo que Juan XXIII anotaba en su diario poco antes de la apertura del concilio: «Mirar todo a la luz del ministerio pastoral, es decir: almas que salvar y que reconstruir». La segunda recorrida se hizo en la Asamblea ordinaria del 2015 y allí se dieron las directivas pastorales para hacer crecer “la alegría del amor” en las familias. El Papa reparó un camino que estaba roto y tendió un puente que estaba cortado a las familias que estaban criando a sus hijos desconectadas de la esperanza de la gracia. Bajó el puente levadizo de una Iglesia encerrada dentro de los muros de una autodefensa imaginaria -ya que nadie la ataca hoy discutiendo las verdades abstractas escritas en los códices – y la hizo salir a plantar tiendas de hospitales de campaña, allí donde el enemigo sí ataca a las familias reales, que necesitan el remedio del evangelio de la misericordia. El otro sínodo que el Papa quiere caminar junto con los jóvenes es el que se celebrará en octubre de 2018. Tomando pie en los jóvenes, la reflexión sobre la fe y la vocación común a la alegría del amor, nos hará transitar a todos este camino que se abre al futuro.

 

El camino a las periferias, a todos los tipos de pobreza. Este camino que no partió, sino que llegó a Roma con los pedidos de Obispos de todo el mundo de que la Iglesia “fuera pobre y para los pobres” y que encontró un eco formidable en el corazón de Juan XXIII, es un camino que Francisco no deja de recorrer. Dio el primer paso cuando estableció un puente con la isla de Lampedusa, a donde llegan los refugiados que cruzan el Mediterráneo, dos semanas antes de iniciar su primer viaje, ya programado por Papa Benedicto, a Río. Pero la primera opción por la periferia fue intra-vaticana. A los dos días de ser elegido el Papa visitó el Palacio apostólico, con sus diez habitaciones, cocina, comedores y estudio médico, y al ver que “aquí pueden vivir 300 personas”, hizo el viaje de regreso a Santa Marta, donde se quedó a vivir. Los veintiún viajes que ha realizado Francisco  fuera de Italia y los 17 dentro de ella han estado marcados por este impulso del Espíritu a salir a las periferias geográficas y existenciales. En todas las visitas son lugares claves las cárceles, los hospitales, los hogares… y la calle, donde Francisco goza encontrándose con el pueblo fiel de Dios, ese que en Ecuador le cubrió el auto y la carretera de flores y que en Myanmar viajó desde todos los puntos del país para asistir a una misa con 150.000 personas en un país en el que los católicos superan con poco el medio millón. La puerta de la misericordia abierta en Bangui, en el corazón del África pobre, fue otro hecho emblemático de la prédica con gestos evangélicos que hace el Papa. En Roma, sus lavatorios de pies a los más pobres, enfermos y detenidos, de todas las religiones y condiciones sociales unge cada Jueves Santo con este sello del amor a los más pobres. Los ejemplos son constantes e innumerables. Estos apuntan solamente a motivar la reflexión acerca de este camino directo que el Papa tiende a los más pobres.

El puente tendido a los medios de comunicación. Desde el primer momento, el Papa revolucionó la forma de comunicar y los periodistas fueron los primeros en comprenderlo y en valorarlo. El Papa está siempre comunicando, buscando “que el mensaje llegue”, como dijo hace unos días en el viaje de regreso del Asia. Comunica con palabras sencillas – Buona sera y Buon pranzo-, y con “cuentecitos” que eso eran las narraciones de Jesús, y que nosotros – como dice Martín Descalzo- llamamos “parábolas” para distinguirlas. El Papa comunica con gestos que hacen a sus hábitos personales, como seguir con sus zapatos negros, comer en el comedor común en Santa Marta, elegir un auto sencillo como papamóvil…  Y comunica también con gestos pastorales, como salir a recorrer la plaza, celebrar misa diaria con la gente en Santa Marta, recibir a los que le piden encontrarlo, pero elegir él, después de discernir y no por seguir un protocolo, a quienes visita. El Papa comunica concediendo entrevistas y dialogando con los periodistas sin tener antes las preguntas. Aceptando el riesgo de responder como el Espíritu lo inspira en ese momento, mirando a los ojos al que le pregunta. El Papa comunica con sus sonrisas, sus selfies, sus llamados telefónicos, cartas, mails y hasta WhatsApp personales. Y comunica haciendo dialogar a los obispos libremente, mientras él escucha y toma nota en silencio. Este puente directo a los medios ha sido una “salida al campo” como dicen los italianos, un entrar en la cancha. Antes, el lenguaje oficial iba por un lado, manteniéndose impecable en su lógica eclesiástica, y a la gente le llegaban las cosas en lenguaje periodístico. Hoy esto sigue pasando. Pero sólo para el que no quiere tomarse el trabajo de escuchar al Papa mismo hablando con los periodistas, titulando, pidiendo que se interprete bien lo que dice… Es uno de los grandes puentes de Francisco que ha sacado el Evangelio a los caminos del mundo y lo ha liberado de la prisión del lenguaje abstracto en el que estaba enjaulado el Espíritu.

El puente a todos los cristianos. En esto, lo del camino no es una metáfora. El Papa ha salido a caminar junto con los cristianos de todas las confesiones y tradiciones poniéndose a su lado, como se hace cuando uno camina con otro, sin más pretensiones. Baste citar el encuentro “privado” con los pentecostales de Caserta y la única visita a una casa de familia, la de su amigo el pastor Traetino, y el encuentro en Cuba con el patriarca ortodoxo, haciendo una etapa especial en su viaje a México, para encontrarse con él en un lugar especial, aprovechando una providencial coincidencia de agenda. El pastor Luterano en Roma, que tiene su Iglesia a dos cuadras de La Civiltà Cattolica, siempre que podía decía “nuestro Papa”. Y si sus hermanos de Alemania le objetaban algo decía que era el Obispo de Roma y que su iglesia estaba en Roma. Un amigo musulmán que vivía en el Centro de acogida de nuestra Iglesia de San Saba, decía, luego de un encuentro del Papa con los refugiados, que se notaba que apreciaba de corazón a los musulmanes y quería de veras a los pobres. Con su teología del “martirio de la sangre” que une a todos los cristianos en un testimonio supremo que los enemigos reconocen sin hacer diferencia de confesiones, el Papa transita siempre que puede, este camino ecuménico, al que la teología llega después de que se ha caminado juntos, en la oración, el servicio a los pobres y el testimonio de vida.

El puente al planeta. Este es un puente nuevo, no transitado antes. Más que un puente espacial es un puente temporal: se tiende entre el planeta actual y el planeta futuro. Nos hace tomar conciencia de que, queramos o no, estamos transitando sobre un abismo temporal: corremos el riesgo de que la cabeza de puente del futuro no tenga donde apoyarse y nos dirijamos hacia nuestra perdición, hacia un planeta invivible o vivible solo para pocos. La encíclica Laudato sí nos brinda el mapa de los pasos sociales, ecológicos y personales que podemos dar para que el camino del planeta tenga como destino un planeta mejor y para todos: para que siga siendo la madre tierra de muchos hijos y no un asteroide contaminado y sin vida que sigue girando indefinidamente por el espacio.

El camino de Jesús y a Jesús. Todos estos puentes y caminos son en realidad el camino de Jesús y hacia Jesús. Tomo aquí las palabras proféticas de Benedicto XVI en el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de junio de 2016, cuando le dijo a Francisco: “Esperamos que usted pueda seguir adelante con todos nosotros por este camino de la misericordia divina, mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Dios”. Hay gente que menosprecia los puentes y caminos de Francisco como si fueran meras cuestiones sociales (incluso sesgadas partidariamente), cuestiones meramente diplomáticas y no cuestiones de verdadera fe. Se distingue la valoración de Benedicto XVI, acerca de que estos caminos de la misericordia, en los que Francisco va adelante y nos invita a seguirlo, son los verdaderos caminos de Jesús y que llevan a Jesús, y por Él a Dios.

Trabajar junto con el Papa en tender, reparar y transitar estos caminos es una tarea en la que cada uno tiene algo suyo para aportar. En el camino largo que recorre la historia de salvación, vivimos nosotros nuestra etapa. El Señor viene en este tiempo intermedio. Viene con la potencia del Espíritu Santo que se posa en todos los que le abren el corazón y le dan velas a su soplo. El Espíritu viene a los que lo invocan y lo desean y se trasfunde en afectos de ternura y amistad, en costumbres que crean hábitos buenos y se convierten en instituciones duraderas en las que el amor puede crecer y dar fruto.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Estén atentos, velen,

porque no saben cuándo es el tiempo.

Será como un hombre que emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,

asignando a cada cual su tarea,

y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si a primera hora de la noche,

o a la medianoche,

o al canto del gallo

o a la madrugada.

No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

A qué tenemos que estar despiertos? Qué es lo que nos tiene que desvelar? Tenemos que estar despiertos al amor. Y el amor es una fuerza que se extiende a todas las personas, pero a condición de que esté siempre centrado en alguien especial. Si no se centra con predilección en alguien, al amor se dispersa.

Por eso, en este comienzo del Adviento, el Señor reclama esta atención especial hacia su Persona. Ese Alguien especial -especialísimo- es Él, Jesús: el predilecto del Padre y de los pequeños.

Podemos leer la parábola como un reclamo de cariño, de atención: el Dueño de casa que viene a cualquier hora y quiere que lo estemos esperando -insomnes y levantados- lo que hace es reclamar para sí un trato especial, un trato de Esposo que vuelve de un largo viaje y sueña con que lo esperan su esposa y sus hijitos.

La parábola no trata de un juicio final al que deberíamos temer y de tener todo en orden para poder salir airosos del examen.

La parábola no habla de nosotros.

Habla de Jesús.

Jesús quiere que lo miremos a Él, que estemos atentos a su venida y a sus encargos. No dice “miren que no saben cuándo vengo” para obligarnos a mirar las cosas que hacemos a ver si las estamos haciendo bien, sino que nos alerta para que nos demos cuenta de que Él es la Persona especial.

En términos de amor, Jesús es Especial porque en Él podemos amar a todos: al Padre, a los hombres y a nosotros mismos.

Es el “elemento aglutinante” por utilizar una palabra que quizás sea poco humana, pero la usamos teniendo en cuenta que el Señor mismo se comparó con una piedra cuando usó la metáfora de la “piedra angular”.

Él es el pan que nos une, el perdón que nos iguala, la palabra que nos interpreta.

Él es el alfa y la omega, el Predilecto del Padre, la Palabra en la que fuimos creados, el Nombre clave que activa todo…

Él es el que nos vino a buscar, el que nos perdona y nos sana, el que puede unir a todas las culturas y a todos los hombres.

Sin Él sólo podemos amar a pocos.

Y precisamente en estos pocos se ve que el amor se estructura siguiendo esta “tendencia” propia suya, que consiste en ser fecundo y extensivo a varios eligiendo y siendo fiel a una persona en especial.

Enamorarse es descubrir a ese alguien único y especial.

Formar familia es traer a la vida y hacer participar a los hijos de ese amor especial que, de ser entre dos, pasa a ser amor especial a la propia familia.

Ese amor por la familia es lo que impulsa a salir a trabajar con los demás, construyendo la sociedad.

Dice el dicho que “se trabaja por los hijos” y es una gran verdad. Si la esperanza de un futuro mejor para los hijos no centrara los esfuerzos de las personas, la sociedad se convertiría en algo extraño. Si cada uno fuera sólo él ese “alguien especial”, si todos fuéramos como esos hijos de multimillonarios que sólo piensan en pasarla bien y no contribuyen haciendo algo positivo para los demás, implosionaría la sociedad.

El amor crece en esta tensión entre algo que es especial para uno -su esposa y su esposo, su familia, su barrio, su escuela, su club, su pueblo, su patria, su comunidad eclesial- y algo que es común de todos.

Por tanto, al comenzar el Adviento, lo único que nos debe quitar el sueño es el amor a Jesús. Él nos manda que nos despertemos y resucitemos a su amor. Que salgamos de la anestesia del mundo, cuyo espectáculo pasa sin dejar alegría en el corazón, y volvamos a la vida verdadera, centrando nuestro amor en Él, nuestra Persona especial, para de allí poder amar a todos los demás.

La imagen del amor que no tiene horarios es una imagen familiar. Los papás con hijos pequeños saben que sus hijitos se despiertan a cualquier hora, que se asustan y vienen a la cama matrimonial a medianoche o de madrugada, o se despiertan primero los feriados y despiertan a todos los demás. También los papás de adolescentes saben de este “llegar a cualquier hora” de sus hijas y de sus hijos, y estar en vela hasta que los sienten llegar.

La venida de Jesús -el Adviento- hay que esperarlo velando y despiertos como esos papás. Y si en esta imagen de hijos que no te dejan dormir hay un resabio de cansancio, podemos empequeñecernos más y recordar nuestros desvelos infantiles. La noche de reyes en que no nos podíamos dormir de la emoción de los regalos. Cómo nos quedábamos dormidos sin darnos cuenta y al despertar era como si no hubiera durado nada la noche y nos levantábamos enseguida para ir a ver qué nos habían dejado en los zapatitos.

Para empezar el Aviento despertándonos al amor, nada mejor que aprender de los niños que fuimos, pues los niños son, como dice Martín Descalzo,

Los maestros de la esperanza

“Cuando algunos amigos me escriben diciéndome que mis articulejos de los domingos les llevan cada semana una ración de esperanza, yo me pregunto si estos amigos estarán tan solos o tan miopes como para no percibir que, con toda seguridad, tienen en sus casas infinitas más razones para esperar de las que yo pudiera dar en estas líneas.

Las tienen. Sobre todo en estos días. En este tiempo antes de Navidad, que es como un cursillo intensivo de la asignatura de la esperanza. Y que conste que hablo de las dos esperanzas: de la que se escribe con mayúscula y que se hizo visible en el portal de Belén y de esas esperancillas en moneda fraccionada que cada día nos regala la vida. Pero no voy a hablar hoy de las grandes esperanzas sino de ese libro de texto que se puede tener sin acudir a las librerías, el mejor tratado de esperanzas que existe en este mundo: los ojos de los niños.

Sobre todo en Adviento ahí puede leerse todo. ¿Qué daría yo porque todos mis artículos juntos valiesen la milésima parte o dijeran la mitad de lo que unos ojos de niño pueden decir en una fracción de segundo?

Leedlos, por favor, en estos días. Convertíos en espías de sus ojos. Estad despiertos al milagro que en ellos se refleja. Seguro que todos, en casa o en el vecindario, tenéis este texto que no cuesta un solo céntimo. Observadles cuando juegan en la calle, cuando os los cruzáis en los ascensores de vuestra casa, cuando se quedan como perdidos en el mundo de sus sueños. Perseguid en estos días las miradas de vuestros hijos, de vuestros nietecillos, de vuestros pequeños sobrinos. Nadie, nada, nunca os contará tanto como esos ojos, como ese tesoro que todos tenéis al alcance de la mano.

Observadlos, sobre todo, la víspera de Nochebuena y de Reyes. Entonces descubriréis que las suyas son esperanzas de oro, mientras que las de los mayores son simples esperanzas de barro. ¿Y sabéis por qué? Porque las de los pequeños son esperanzas «ciertas». Comparadlas con esa mirada con la que el jugador sigue la bola que gira en la ruleta y acabaréis de entender. Los ojos de éste se vuelven vidriosos, el girar de la bolita le da esperanza, pero es una esperanza torturadora que le crea una tensión enfebrecido y casi le multiplica el dolor en lugar de curárselo: sabe que la suya no es una esperanza cierta. Más que esperanza es hambre, pasión, ansia. Nada de eso hay en el niño. El pequeño, la víspera de Reyes, también espera, también está impaciente. Pero su impaciencia consiste no en que dude si le vendrá la alegría o la tristeza, sino tan sólo en que no sabe qué tipo de alegría le van a dar. Sabe que es amado, que será amado y su esperanza consiste en tratar de adivinar de qué manera le van a amar y cuán hermoso será el fruto de ese amor. ¡Esa es la verdadera esperanza! La de los adultos siempre les encoge un poco el alma, les hace cerrarse en ella, la aprietan a la vez que los puños, como con miedo a que se les escape. La esperanza de los niños es abierta, les vuelve comunicativos, saltan y se agitan, pero se agitan porque la esperanza les ha multiplicado su vitalidad y no son ya capaces de contenerla; arden, pero están serenos y tranquilos. Saben. Saben que no hay nada que temer. No han visto aún sus regalos. Pero sienten la mano que les acaricia ya antes de entregárselos”.

Diego Fares sj

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            Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?” Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.” Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.” Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna» (Mt 25, 35-46).

Contemplación

“Vengan benditos de mi Padre”.

La palabra “benditos” la usa el evangelio para nombrar a nuestra Señora y a Jesús: Bendita tú entre las mujeres –le dice Isabel- y bendito el fruto de tu vientre, Jesús. También la usará el pueblo fiel en la entrada de Jesús a Jerusalén, cuando le cantaban Bendito el que viene y trae el Reino. Es una palabra hermosa y Jesús la elige como su palabra última, esa que nuestros oídos anhelan tanto escuchar: Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre… y la une a nuestra pertenencia al Padre y a nuestro servicio a los pobres.

Jesús, Rey y Pastor, lo resume todo haciendo suyas estas dos  simples palabras: aléjense o vengan.

El Señor bendice todos nuestros “vengan” dichos con amor a los que tienen hambre y sed, a todos los que necesitan ropa, hogar y patria. Un vengan que se convierte en “voy yo” a visitarte cuando no puedes venir tú porque estás enfermo o en la cárcel.

El Señor maldice los “aléjense” dichos con bronca o con desprecio o de manera formal a todos los que piden una limosna, tienen hambre y sed, necesitan ropa, casa y pertenencia política porque son extranjeros, refugiados, requirentes de asilo humanitario. Un aléjense que se convierte en “me alejo yo” o “paso de largo”, cuando te veo de lejos que estás pidiendo, o ni siquiera pienso en que estás en algún lugar internado o preso en algún campo de refugiados, junto a otros cientos y miles como vos.

Cuando nuestro Rey Pastor nos examine no mirará las palabras escritas en nuestros certificados y diplomas; tampoco prestará atención a los telegramas de despido y a las carta-documentos, a las multas o la lista de pecados que escribimos para la confesión (al menos la primera vez, cuando éramos chicos).

El Señor mirará sólo estas dos palabras –vengan o aléjense- que son palabras que no se escriben en papeles, sino que quedan escritas en las manos, en los pies y en la retina de los ojos.

Mirará el cuenta-pasos donde quedaron registrados los que dimos para acercarnos a los que nos necesitaban y también los que no dimos o que nos llevaron a dar un rodeo para alejarnos.

El Señor mirará bien dentro de los ojos la cantidad de rostros que se nos quedaron grabados en la retina porque nos acercamos bien para ver.

Mirará cuántos “vengan” dije, cuántos “voy yo”.

Y mi ángel los pondrá en un platillo de la balanza.

Mirará cuántos “váyanse” dije, cuántos “que vaya otro” o “yo no puedo” o “yo no voy”…

Todo será juzgado en clave de cercanía, en clave de prójimo.

Ese es el único lenguaje que Jesús escucha. Lo demás, como que son puras palabras…

El Señor era todo “voy yo” y “vengan a mí”: Vengan a mí, los que están cansados y agobiados por la vida, que yo los aliviaré.

Todas sus parábolas son acerca de gente que va al encuentro, que sale a buscar: el padre que va corriendo a abrazar al hijo que viene, el pastor que sale a buscar la ovejita perdida. Los hombres con que el Señor compara al Padre son gente que invita, que dice: vengan, que el banquete está preparado; vengan a trabajar en mi viña, vengan con lo que ganaron con el talento, que les daré mucho más.

Vengan! Contra las formas de exclusión y de descarte, contra todas las maneras violentas, elegantes o burocráticas de decir “aléjense”, también hoy hay alguien que dice “vengan” a todos los pobres del mundo. Tomando las palabras de Pablo VI afirma decididamente: los pobres pertenecen a la Iglesia por derecho evangélico y esto nos obliga a una opción preferencial por ellos.

…………

Me quedo con esto, con pedir la gracia de ser gente abre los brazos para recibir y que va al encuentro, gente que sale a buscar. Gente que se une a la búsqueda, como todos los países que se nos han unido y están buscando nuestro submarino San Juan, que desapareció hace ya diez días en el océano atlántico, al sur. Han venido y vienen barcos y aviones de naciones amigas y también de otras que no lo son tanto.

Dicen que entre la gente de mar hay una solidaridad especial. Yo diría que las situaciones límites, como ver a alguien que se está ahogando, activan lo esencial. Y aquí se me activa a mí que como sociedad nuestros protocolos de búsqueda se activan tarde y mal. O se activan como a todos, pero hay algo que los frena y retarda y es que nos miramos primero a nosotros mismos y a nuestro enemigo antes de mirar al que se ahoga.

Me impactó un comunicado que decía: “se ha cumplido a la letra con el protocolo” que dice que hay que esperar 36 horas para empezar a buscar. En el mismo comunicado se decía: “si se han cometido errores, se pedirán disculpas”. No es así! Estas dos frases tienen que ir más juntas: “hemos cometido errores, tendríamos que haber salido a buscar antes, por las dudas…”. Y entonces los familiares hubieran dicho: “Está bien. Comprendemos que hay que seguir un protocolo. Nuestros familiares que están en el submarino eran los primeros en decir esto…”.

Pero para tener estas actitudes hacen falta dos condiciones.

Una, básica, es tomar conciencia de que todos estamos en medio del océano, del universo y de la historia, y que esta pequeñez y vulnerabilidad nos tienen que unir tan sólidamente como une a los marinos el mar.

La segunda condición, para que no anestesiemos el instinto de salir a buscar al que se puede estar ahogando, es una medida de paz básica, de fondo, que pacifique y relativice todas las demás luchas y divergencias que ponen freno a nuestro instinto básico de solidaridad humana.

El instinto paterno del que nos creó –de nuestro Padre celestial- tiene escrito en sus entrañas “no quiero que se pierda nadie, ninguno de estos pequeñitos”. Ese instinto se traduce en un “salir corriendo a buscar”, en un “dejar todo para ir a buscar al que se perdió”.

La anti-imagen –triste, patética, condenable- es la de un corazón social en el que con letras de molde se acepta la palabra “desaparecidos” en alguna de las mil formas que tiene de justificarlas nuestra sociedad: Desaparecido-por-culpa-suya, desaparecido-porque-se lo merece, desaparecido-por-error-técnico, desaparecido-no-se-sabe-por-culpa-de quien, desaparecido-por-un-tiempo-hasta-que-sale-a-flote, desaparecido-para-siempre-por-estar-a-gran-profundidad…

Para conectarnos con las entrañas de nuestro Padre, donde esta palabra no tiene lugar nunca y de ninguna manera, me hizo bien recordar nuestro primer librito –Pequeños gestos- donde escribí la historia de

Cecilia y su papá

Hace un tiempo, en nuestra Iglesia, una vez terminada la catequesis, en medio del revuelo de chicos que salen y de padres que los buscan, nos dimos cuenta de que no estaba Cecilia. Cecilia es la hermanita de una de las chicas de Perseverancia. Tiene cuatro añitos y es, demás está decirlo, un encanto. Había venido como siempre con su hermana mayor a buscar a la del medio y parece que cuando la grande entró, Cecilia se quedó en la puerta con otras amiguitas. Al salir las dos hermanas, Cecilia ya no estaba. Como a veces se esconde -la muy pícara-  para jugar, comenzamos a buscarla por todos lados: en  la Iglesia, en las aulas, en los baños… Nada. Tres mamás salieron inmediatamente a buscarla, cada una en una dirección (para qué lado agarrar en la ciudad!) y yo, desorientado y afligido ante el peligro de que alguien se la hubiera llevado (nuestra Iglesia está en el centro de la Capital y pasa todo tipo de gente),  no atiné sino a llamar a su padre (la mamá estaba enferma). Les digo que no había acabado de colgar el teléfono que el papá ya estaba llegando… Hizo las cuatro cuadras que hay desde su casa a la Iglesia en tres minutos! Estaba como loco. Hacía preguntas,  entraba y salía de la Iglesia, miraba hacia un lado y hacia otro de la calle, volvía a entrar… (después pensé que era como un animal que ventea a su cachorro)… Aunque iba y venía y preguntaba cosas estaba ensimismado (como si tuviera que encontrarla primero adentro suyo para después salir a buscarla afuera). Hasta que, de repente, se quedó quieto y dijo: “Ella no cruza la calle sola. Debe estar por aquí nomás”. Y sin mirarnos salió corriendo hacia mano izquierda, ya sin dudar. Yo me le fui atrás, atento a lo que hacía. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y siguió decidido hasta llegar a la Avenida, que es ancha. Casi se larga a cruzar en medio del flujo del tránsito, mientras yo, a pocos pasos, miraba hacia todos lados. De golpe se da vuelta y veo que me mira, pero no me mira a mí sino que mira más atrás (yo estaba al lado y no la veía!). “¡Cecilia!” – dice. En medio de la multitud que pasaba entre el bar y un quiosco de revistas, sentada en el banquito del quiosquero que le había comprado una gaseosa, estaba Cecilia con cara de asustada, como un gorrióncito,  acurrucadita contra la pared. Recién cuando su papá la alzó en brazos y comenzó a besarla, la pequeña se animó a dejar la gaseosa a la que estaba prendida y se largó a llorar desconsolada. Se había ido siguiendo a los otros chicos y de golpe se quedó sola, perdida en la gran ciudad a cuadra y media de la Iglesia, sin poder explicar nada, llamando a su papá con el gemido de su corazoncito. Nadie me quita de la cabeza que el papá la buscó primero dentro suyo. Allí, en ese corazón de padre, Cecilia nunca estuvo perdida. Se perdió afuera, por un ratito. Y aunque a ella le haya parecido un mundo, estaba allí nomás, cerquita”. (A. Rossi –D. Fares, Pequeños gestos con gran amor, 2001).

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Porque (el Reino de los Cielos) es así como un hombre que, estando por peregrinar, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores.  El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado.” “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor.” Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado.” “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor.” Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!” Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 25, 14-30).

Contemplación

El talento no son los bienes –ya que a uno se le confiaron cinco, a otro dos y a otro uno- sino responder fielmente. Ese es el talento que el Señor bendice con la bienaventuranza del Servidor bueno y fiel.

Responder bien y con fidelidad. Con prontitud y gentileza, sin las excusas del servidor malo y perezoso, sino creativamente, cuidando “lo poco” –los detalles- y a lo largo de toda la vida.

Miremos primero la cuestión de la “cantidad”.

Hablando de cantidades, el Señor hace pie en la realidad, con sus números tan distintos y en los que se siente el peso de la inequidad.

Unos tienen cinco, otros dos, otros uno (sin mencionar a los que no logran sobrevivir porque sus números no alcanzan ese 1 dólar por día que las estadísticas dicen que marca el umbral de la pobreza).

Varían mucho numéricamente los talentos en nuestro mundo.

Si naciste niña en Bangladesh –a donde la semana que viene irá el Papa-  tus bienes serán de un talento: un dólar y 43 centavos por día es lo que se gana en las 50.000 fábricas textiles por coser ropa para marcas famosas como Zara y Levi’s.

Si naciste de padres ricos, tus bienes se saldrán de la escala y quizás sientas como ese hijo de padres multimillonarios que se definía así: “Mis padres son gente que tira dinero a sus problemas… Yo soy un problema”.

Si no estás en estos extremos, tus bienes serán como los cinco o los dos talentos de las personas que viven con lo que tienen y logran ir mejorando sus bienes con esfuerzo y trabajo en la vida.

Miremos ahora las actitudes. Dos negocian bien y uno no. El hombre de la parábola utiliza la lógica de los negocios.

Uno podría decir que elogia el sistema financiero al reprocharle al servidor malo y perezoso que no haya puesto su talento a interés.

También se puede decir que premió el mérito al sacarle el talento al que lo enterró y dárselo al que tiene diez.

Ciertamente, no estamos en una de las parábolas de la misericordia. Al que enterró su talento se lo juzga con su propia lógica y se lo condena a perderlo todo, se lo cataloga de “inútil” y se lo excluye fuera del sistema.

Pero no nos tenemos que dejar llevar por el final de la parábola. La respuesta dura y el lenguaje pragmático es eso: una respuesta. El hombre le habla a este servidor utilizando su misma lógica. Este es el peor castigo. Es como decirle: como no entendiste la lógica de la gratuidad te hablo en la lógica del negocio: esa no podés decir que no la entendés.

Hago aquí un paréntesis. Yo a veces me espanto al sentir hablar a algunas personas de bien cuando “defienden” cosas del evangelio y de la Iglesia usando estas lógicas duras porque las ven “lógicas”. Enseguida pienso: No te das cuenta de que serás juzgado con la misma lógica? Cuán mortalmente equivocado sea querer defender los “talentos” que confió el Señor a la Iglesia con la lógica del que enterró el talento, nos lo muestra la respuesta de la parábola: durísima, implacable, sin atenuantes. Y fijémonos en el detalle de que no perdió el talento, sino que se lo devolvió intacto: aquí tienes lo tuyo.

Tomamos este punto para dar un giro a la parábola y, usando la descalificación total del servidor “malo y perezoso” y el castigo de su exclusión a las tinieblas y al rechinar de dientes como trampolín, nos vamos al otro extremo: al del elogio y la recompensa impensada: “Como respondiste fielmente en lo poco te pongo a cargo de mucho más.

Qué es ese mucho más?

El premio es entrar en el gozo: “Entra a participar del gozo de tu Señor”.

El gozo de haber hecho dar fruto a los talentos que nos confiaron.

El gozo de haber comprendido que eran para nosotros, no solo esos pocos talentos sino la oportunidad de crecer como trabajadores, de ganar algo nuestro, honrando así el don.

La lógica de la parábola es la lógica del don, que no es “un dar para recibir” sino  un “dar que nos convierte en gente que se da, a imagen de nuestro creador.

La imagen opuesta es la de convertirse en alguien que entierra y pretende devolver.

No tiene sentido. Es como devolver una semilla que se nos dio para sembrar: devolverla infecunda significa que uno rechazó el don, que no comprendió lo que se le donó.

Y querer justificar esto, es peor aún!

Vemos así que “el talento” es saber responder bien, con fidelidad.

Porque el premio es un premio inmaterial. El premio es “entrar en el gozo”.

Y gozar es algo que tiene que nacer de adentro.

Para gozar algo uno tiene que sentir que se lo ganó, que de alguna manera participó poniendo lo suyo, siendo fiel en lo poco.

Uno no puede gozar la vida que el Señor regala si no la vive fecundamente.

Si no hacemos producir nuestro talento –si como personas no somos “un talento” que es don para los demás- nos sentiremos como el que se coló en una fiesta ajena.

El gozo tiene una medida subjetiva: uno goza solo con lo propio porque goza con el corazón que se ensanchó al dar.

Aun cuando gozamos por el bien de otro, por un hijo a quien amamos, gozamos con nuestra capacidad de gozar. Es así.

Por supuesto que es lindo recibir un regalo. Pero si todo es regalo, no se podría gozar.

En el cielo uno gozará no el amor que recibió sino el que dio y a este gozo se le agregará aún más. Esa será la única diferencia en el cielo. El que con los cinco talentos de amor que recibió, dio otros cinco, gozará “diez y uno más”. Esta es la Matemática celestial!  Diego Fares sj

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