Economía y Reino (33 A 2020)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:

“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:

“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:

“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.

Contemplación

El primer sentimiento que identifiqué que se movía en mi interior al leer hoy la parábola de los talentos fue el del miedo. Me vi reflejado en ese “tuve miedo” del tercer servidor. Como a él lo llevó a un modo de obrar equivocado, discerní rápidamente que era tentación. Con las cosas del Señor nunca hay que tener miedo. De hecho es lo primero que Jesús nos enseña a discernir. Siempre que se acerca dice “no tengan miedo”.

¿Qué es lo que me da miedo? Creo que confrontarme con todo lo que me ha dado el Señor y constatar la desproporción que hay entre sus dones y mis esfuerzos. El resultado siempre muestra una gran negligencia de mi parte. Y con el miedo viene el reproche. Me reprocho no tener esa simplicidad de tanta gente santa que es capaz de decir con sencillez: “Me diste cinco talentos, me diste dos, aquí tienes otros cinco, aquí tienes otros dos”. Siempre he soñado con practicar esa santidad que se concentra alegremente solo en dar fruto con los dones del Señor. Como decía un amigo hablando del Papa Francisco: “Es un tipo concentrado. Desde que se levanta hasta que se acuesta no piensa en otra cosa, sino en servir a la gente, en servir a la Iglesia”.

Sin embargo, haciendo memoria agradecida de los frutos que el sacerdocio ha dado en las misiones en que me ha tocado servir, aun con todos mis miedos y negligencias, creo que no soy de los que entierran los talentos. Me encuentro reflejado más bien en la imagen del que aprecia lo que valen los dones del Señor y los pone en el banco, para que den interés. No es la imagen neta del que recibe cinco y con su trabajo puede mostrar que ganó otros cinco (la meritocracia no es mi fuerte) sino quizá la de uno que recibió cinco, negoció bien dos y con los otros tres sacó interés abundante.

Este regateo que hago en mi contemplación, buscando acomodar la parábola a mi realidad, no tiene como fin justificarme, sino que me ayuda a ver dónde está el punto -lo original- de la parábola: entre dos extremos, el de los que cumplen con su deber y dan todo de sí y el del que es negligente y perezoso, lo que se destaca es la imagen del que pone los talentos a dar interés. Esta imagen sale del ingenioso razonamiento que Jesus pone en boca del patrón.

Creo que es su manera de hacernos ver que todo es don. No solo los talentos en sí mismos, sino también la capacidad de dar fruto. En esto, los talentos son como el dinero: dan interés.

La dinámica de la parábola invita, por tanto, a hacer rendir los dones del Reino, no según la lógica del servidor vago, sino según la lógica de Jesús. Esta lógica es la que quiere inculcarnos Pablo cuando nos exhorta y nos dice: «Tengan los sentimientos de Jesús». No se trata de sentimientos meramente «sentimentales», sino de sentimientos ligados a la puesta en práctica del amor y de la compasión, sentimientos que dan fruto para bien de los demás.

Llama la atención este ejemplo que usa el patrón, ya que rebate la lógica del servidor vago y negligente con su misma lógica, la lógica del dinero, llevada, eso sí, hasta el extremo. Puede resultar hasta un poco escandaloso, porque el Señor cuando habla del dinero, suele hacerlo para advertir acerca de su peligrosidad, ya que fácilmente se nos convierte en un ídolo. Aquí, sin embargo, usa el dinero como ejemplo concreto de cómo debemos negociar bien los talentos del reino. El ejemplo tiene la ventaja de usar un lenguaje que todos entendemos. No se trata del dinero en sí, sino de su dinámica: el dinero da interés y tiene este dinamismo de favorecer al que tiene más. ¡Lo mismo pasa con los talentos de Jesús: dan interés! ¡Y cuanto más se los trabaja, más aumentan!

En el mundo vemos cómo hay gente que no sabe qué hacer con el dinero, lo malgasta o deja que se le desvalorice; otra gente, en cambio, lo hace rendir.

Don Zatti, nuestro santo enfermero de la Patagonia, que conocía el valor del dinero, siempre decía que había que “hacerlo circular”. Tenía la famosa alcancía con el letrero: “si necesita, saque; si tiene, ponga”. En este sentido, yendo a lo macro, me animaría a decir que la crítica más fuerte al capitalismo actual sería la de estar quedando entrampado en uno de sus mecanismos, que es el del sistema financiero. Es bueno que el dinero de interés. Pero si uno se engolosina demasiado con el interés y no lo hace trabajar para que llegue a los bolsillos de la gente y produzca bienes reales, el dinero, como el agua estancada, termina por corromperse. Está bien guardar algo de dinero para los tiempos de necesidad, pero mejor que guardar demasiado es ganarse amigos con ese dinero, ya que en los tiempos de necesidad serán estas personas las que nos “tenderán una mano”. Eso es lo que nos enseña Jesús en la parábola del administrador astuto.

Con esta sola enseñanza bastaría por hoy: “Tender una mano al pobre” -lema de esta Jornada mundial de los pobres- no solo es un acto de caridad, sino que es la mejor inversión, porque nos lleva, usando un bien perecedero y de intercambio como es el dinero, a ganarnos un bien imperecedero, como es la amistad y el agradecimiento de nuestros hermanos. Este es el tesoro que adquirimos en el Cielo al dar limosna, un tesoro que no se corrompe ni se devalúa.

Pero profundicemos un poquito más en la paradoja de que el Señor use como ejemplo la lógica del dinero para hacernos comprender la lógica del reino. Nosotros tendemos a pensar que la lógica del dinero la tenemos clara. Hay cristianos que piensan que la tienen tan clara que incluso se dan el lujo de corregir al Papa cuando habla de economía. Sin embargo, siendo parte de un país que no logra salir adelante a pesar de ser rico, podríamos ser un poco más autocríticos y pensar que precisamente lo que nos sucede es que no comprendemos el verdadero valor del dinero. Y lo que Jesús nos dice es que si no comprendemos bien la lógica del dinero menos comprenderemos la lógica del reino. Si esto es así “estamos en el horno”.

¿Cuál sería el verdadero valor del dinero? Como dice agudamente Yuval Harari: “El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado. Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que dispuestas a utilizar la misma moneda”.

Si esto es verdad, los argentinos estamos entre los más desgraciados de los pueblos.

Porque tener dos monedas va contra la esencia misma de lo que es una moneda: un sistema de confianza mutua.

Aunque solucionar esto es algo que nos excede a cada uno como individuo al menos la humildad de reconocer que no sabemos manejar el dinero puede ayudarnos a bajar el tono en otros temas, en los que, socialmente, demostramos mucha soberbia.

Me detengo en un solo punto que dice así: la lección que nos permite aprender a conocer el valor real del dinero (y de los talentos del Reino) es una lección que no se aprende individualmente, sino socialmente.

De niños, en cada familia, cada uno experimenta el valor que sus padres dan el dinero y de allí saca una lección importante. Como ciudadanos, cada uno experimenta el valor que los otros conciudadanos le dan el dinero y saca también de allí otra lección importante.

Lo que quiero decir es que cada uno tiene que reflexionar sobre su propia familia y su contexto social para profundizar en sus criterios a la hora de comprender y usar el dinero.

Yo en la mía, por ejemplo, aprendí mucho de la confianza absoluta que tenía mi padre en la Providencia. De aquí me vino la confianza en Dios a la hora de llevar adelante económicamente las cosas del Hogar de San José.

En mi contexto social, administrando 20 años El Hogar de San José, una enseñanza clave me la dio uno de los miembros de la Cooperativa de trabajo padre Hurtado. Recuerdo siempre algo que dijo un día en que le pidieron que diera testimonio de lo que significaba “ser socio de una cooperativa de trabajo”. Dijo: “Ser verdaderamente socio de la cooperativa es estar dispuesto a compartir… las pérdidas”. Lo dijo medio queriendo hacer un chiste, pero ahí mismo se le iluminaron los ojos porque se dio cuenta de la gran verdad que había expresado: “Sí, reafirmó, ser parte de la Cooperativa es estar dispuesto a compartir las pérdidas”. A mí me enseñó que la clave del buen funcionamiento tanto de una empresa como de un país es que haya gente que esté dispuesta a compartir las pérdidas, no solo las ganancias. Jesús piensa lo mismo, por eso advierte a sus seguidores que el que lo siga tiene que estar dispuesto a cargar su cruz. Como decía Ignacio, a seguirlo contento en las penas y en los trabajos para después seguirlo también en la gloria. El Señor no engaña a nadie, y por eso dice sinceramente que su amistad, en algunos momentos de la vida implicará compartir penas. Y esta lección suya acerca del reino pienso que también puede servir para iluminar cuál debe ser nuestra actitud de fondo al participar en la vida económica del país.

Diego Fares sj

Gente prudente, con aceite de más (32 A 2020)

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola.

«Sucederá con el Reino de los Cielos como les sucedió

a diez jóvenes que, habiendo tomado sus lámparas,

salieron al encuentro del esposo.

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas,

pero sin proveerse de aceite,

mientras que las prudentes tomaron sus lámparas

y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar,

les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Pero a medianoche se oyó un grito:

«Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.»

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

Las necias dijeron a las prudentes:

«¿Podrían darnos un poco de aceite?,

porque nuestras lámparas se apagan»

Pero estas les respondieron:

«No va a alcanzar para todas.

Es mejor que vayan a comprarlo al mercado.»

Mientras tanto, llegó el esposo:

las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial

y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron:

«Señor, señor, ábrenos.»

Pero él respondió:

«Les aseguro que no las conozco.»

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25, 1-13).

Contemplación

Toda actividad humana tiene su propia prudencia y su propia necedad. No existe una prudencia en abstracto, quiero decir. En la tarea de iluminar al novio que entra en la casa de la novia el día de la boda, la prudencia de las cinco jóvenes que Jesús alaba consistió, no solo en llevar sus lámparas encendidas, sino también en llevar aceite de más. Y luego, la prudencia estuvo en no dividir su aceite con las otras, previendo que no alcanzaría para todas. Mejor cinco antorchas brillando en toda su plenitud que diez antorchas mortecinas.

Prudente es el que tiene claro el fin de su acción -el bien- y, haciendo un discernimiento en cada encrucijada que le presenta la vida (o frente a cada tentación del mal espíritu), elige los medios más adecuados para concretarlo. La tarea de las jóvenes tenía como fin iluminar la entrada del novio en la fiesta. Un momento breve pero muy especial, de esos que no se repiten y tienen que salir perfectos. Vemos así como el Señor toma un sencillo ejemplo de la vida cotidiana: una ocasión en la que uno tiene que estar atento y bien preparado para poder dar lo mejor de sí y cumplir con su parte protagónica en una fiesta.

La parábola quiere alertarnos acerca de una particular característica del Reino de Dios. Esa característica es que el reino lo da Jesús, es don. Nosotros no sabemos ni el día ni la hora en que Él vendrá a darnos ese regalo-a instaurar su Reino- pero, de nuestra parte, el don requiere que estemos preparados.

Estar preparados significa “estar en nuestro puesto de trabajo”, como el portero que espera la llegada de su señor; estar “cumpliendo nuestra tarea”, como el servidor fiel que distribuye la comida a su tiempo; estar como las muchachas prudentes que “tenían aceite de repuesto para sus antorchas”.

Esta característica del Reino, de llegar de manera sorpresiva, de hacerse esperar y de exigir todo de nosotros en el momento justo, no solo es algo que se dará en la última venida del Señor, sino que es algo que acontece en todas las situaciones donde el reino de Dios irrumpe en nuestra vida. Al Señor y al Espíritu les gusta actuar por sorpresa y tenemos que entrenarnos y estar preparados para dejar lo que estemos haciendo y obedecerles apenas sentimos que el Señor nos llama o el Espíritu nos sugiere hacer o rezar algo.

Como decíamos, en cada actividad la prudencia se rige por el fin, es decir por el bien. Tener claro el bien hace que uno discierna bien los medios. En el caso que elige Jesús resulta claro para cualquiera que la entrada del novio debe ser gloriosa. Eso es lo que motiva a las jóvenes prudentes a no compartir su aceite con sus compañeras necias. En vez de pedir, las necias tendrían que haber dicho: “Uy! Se nos acabó el aceite. Vayan ustedes que tienen más, así no arruinamos la fiesta”.

Hubiera sido una falsa solidaridad si las prudentes hubieran querido tapar el error de las necias diciendo: “Nos equivocamos todas”.

Destacamos dos características lindas que hacen a este “estar preparados” para participar en el don que Jesús nos trae.

Una es “proveernos con aceite de más”. Es decir, en lo esencial para nuestra misión, no ir “con lo justo”. Como se trata de un don que el Señor da gratuitamente es Él el que maneja los tiempos, y por eso conviene estar preparados por si se retrasa.

La otra es, que ese aceite que nos procuramos de más, “no podemos dejar que termine por ser ineficaz” por una caridad malentendida.

Se trata de dos modos de estar atentos cuando uno hace un discernimiento. Ante lo esencial, hay dos tipos de personas: los que siempre llevan de más y les sobra, y los que van con lo justo y siempre les faltan “cinco pa’l peso”.

Siempre recuerdo un momento en mi vida en que me di cuenta de que, en mi misión principal como sacerdote -cuando confesaba o celebraba-, tenía que dar mi tiempo de manera tal que el otro sintiera que sobraba (y no estar “mirando el reloj”). Esto implicaba, a veces, tener que «robarle tiempo” de hecho a otras tareas, por ejemplo administrativas o de profesor, aunque eso hiciera que no salieran tan perfectas. Me di cuenta porque constaté que por darle tiempo a «las cosas» (a mi mismo, en el fondo), se lo robaba a las personas (a los otros).

Pasa también en la familia, cuando los padres dedican tiempo extra para cumplir con un deber en el trabajo (y no recibir una queja) y se lo quitan al jugar con los chicos. Nos pasa con el Señor, con el que solemos medir el tiempo que le damos a la oración en vez de ir con la actitud de “perder un rato” gratuitamente con Él.

Lo de la caridad malentendida, que termina haciendo ineficaz el aceite que llevábamos de más, tiene que ver unas veces con las circunstancias, otras, con la gente a la que no sabemos decirle que no, o con las cosas que «no podemos evitar»…. Son tentación porque al final se nos lleven ese tiempo de más que teníamos para darle a los que amamos, a los que tienen derecho a recibir en plenitud -y con yapa- nuestro amor, aquellos que el Señor nos ha encomendado.

El mal espíritu suele tentarnos en estas cosas bajo apariencia de bien. Uno termina mintiéndose a sí mismo, diciendo que no es un sacerdote o un padre o una madre alegre -que brilla de amor en su iglesia y en su hogar-, por culpa de otros a los que ha tenido que darles parte de ese óleo de alegría que tenía para ungir su misión principal. No es verdad. Así como no hay excusa que valga para arruinar una fiesta, tampoco hay excusa que valga para no estar preparados cuando viene Jesús a regalarnos su reino.

…………..

Al leer ayer la parábola, antes de esta “meditación” de arriba, lo primero que me vino a la mente -y al corazón- fue que las cinco jóvenes prudentes seguro que eran enfermeras (aclaro que, por el aislamiento, en esta semana todo mi trato ha sido con enfermeros enfermeras médicos y personal sanitario).

Para “situar” el evangelio en la vida, fui recordando, una por una, todas las enfermeras que me han atendido en este tiempo. Ninguna necia. Unas más amables, otras más bruscas, algunas más eficientes, otras algo distraídas por el agotamiento de los sobreturnos de este tiempo de COVID-19, pero necia, ninguna.

Prudente, decíamos es la persona que tiene claro el fin de su tarea y elige los medios más adecuados para concretarlo. En ese sentido estas “enfermeras de alma”, como las llama el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, ayudan a que cada paciente se ponga en pie y sea dado de alta lo antes posible. Lo hacen todas dando como pueden lo mejor de sí, cumpliendo horarios dobles, reemplazando compañeras, brindándose de manera constante.

Pienso en Emanuela, cuyos pasos reconozco por cómo arrastra las crocs por el corredor (al que no nos podemos ni asomar, para guardar el aislamiento). Está exhausta luego de 12 horas ininterrumpidas de trabajo, solo ella y otra enfermera para todo el piso.

Primero me tenté de impaciencia con ella, porque veía que se olvidaba las cosas, que dejaba lo que estaba haciendo a medio hacer para ir a atender a otro. Después me di cuenta de que, en realidad, ella era la primera que acudía; y siempre con buena voluntad, aunque no le diera la vida. Fue la única que me dio un mismo consejo dos veces: “Cuanto antes te pares, más rápido te vas”. Curiosamente, desde su cansancio existencial, su palabra fue más eficaz que la de otros. A mí me hizo concentrarme no en lo que ella lograba hacer a medias, sino lo que yo tenía que hacer por mí mismo. Emanuela es una de esas enfermeras prudentes que tienen claro el bien del paciente. Todos te dan el mismo consejo pero ella, desde su cansancio, me lo dio de manera tal que me entró, con un aceite que te unge y te da fuerza y no solo se te impone con la luz de la evidencia abstracta.

Así fue. Me interné un viernes a las 7 de la mañana; a las 9 entré (por la ventana, porque no se puede pisar el suelo y te pasan de una camilla a otra por una ventana), a la sala de operaciones; a las 11:30 me despertó Ana, en reanimación, y el domingo a la mañanita, cuando el dr. Alfredo me vio de pie y que me había vestido solo, me dijo que si los análisis daban bien me podía ir ese mismo día. Así, siguiendo el consejo de Manuela y gracias a tantas oraciones de los amigos y amigas, salí caminando del hospital, los 100 ms que hay hasta el estacionamiento, a las 2 de la tarde del tercer día. (Salí, como Lázaro, que “anduvo bolú…” un tiempo, como dice el chiste, pero salí).

La segunda imagen de gente prudente me la dio el doctor que me operó. No solo las enfermeras, sino también los médicos me han ayudado a reflexionar acerca de la prudencia evangélica. Sin desmerecer a otras, los que ejercen estas profesiones tienen la gracia de que no te deja mentir. Quizás por eso ha progresado tanto la medicina. El bien que buscan es el bien del otro y esto los lleva a aprender de sus errores. Si algo le hizo bien al paciente, le hizo bien; si no tienes la vacuna contra el COVID, no la tienes. Y allí donde los políticos mienten por años, los profesionales de la salud se van corrigiendo minuto a minuto.

La cuestión es que la sala de operaciones me pareció bellísima, de otro mundo, algo así como la NASA. La doctora Mariaconsiglia (que luego me sostuvo con infinita delicadeza el brazo hasta que el dr. Baldi -mi ortopédico, que vino solo para eso-, me lo acomodó con un tutor rígido para fijar la posición y poder operar) me recibió del otro lado de la ventana y me llevó ella misma empujando la camilla, haciéndome saber que era una de mis cirujanos. Cuando dije “qué belleza”, debió haber pensado que había escuchado mal, porque me preguntó si me refería al quirófano. Yo le dije que sí, y ella se ve que miró con otros ojos su lugar de trabajo.

Vestida de astronauta, como todos, la dra. me llevó hasta mi lugar: una camillita despojada y mullida, en el medio de una sala que daba la impresión de ser amplísima, quizás porque estaba poderosamente iluminada. Rodeaban la camilla unos aparatos gigantescos que no sabría describir. Entre ellos, el famoso robot, con el que el dr. Simone -el capo- te extirpa un riñón casi sin hacerte daño.

El dr. Simone, a quien no conocía porque las entrevistas las hacen sus ayudantes, en su reino, me recibió con el saludo oficial: “Cómo le va, señor Fares”. Sonriente, jugó un poco con mi segundo nombre, “Yavier”, con esa “jota” que a los tantos les gusta y que no pueden pronunciar bien. Noté que, así como me había ido a buscar la cirujana ayudante, la vía de canalización me la puso Simone, en vez de dejarle esta tarea a una enfermera. ¡Aceite de más! En términos de parábola.

Se notaba que era el jefe. Los otros le dejaban la palabra y hacían sentir que él dirigía la orquesta. La cuestión es que todo parecía una escena de “Gray’s Anatomy”, pero como me viene pasando en este tiempo con las canalizaciones en el brazo izquierdo, también al capo, para sorpresa suya (no mía), en un pequeñísimo descuido, se le salió la aguja y tuvo que recolocarla y limpiar la sangre, que yo no vi pero “sentí” en su exclamación “Oh-oh!”. El dr. venía charlando con todos muy amablemente y esto como que lo hizo prestar atención y concentrarse.

Yo no dije nada porque para mí, estos errores con las vías son una señal y una especie de cábala: si eso pequeño se tranca, de alguna manera lo grande saldrá bien. Esto viene de una oración en la que le había pedido a Santa Teresita la gracia de que cuando alguna cosa saliera mal, pudiera ver, en esa pequeña cruz, la mano de Jesús, que tiene todo en Su poder.

La gracia de la oración fue, como ya conté, el mismo día en que a la primera enfermera que me sacó sangre se le escapó la aguja en un descuido. Pareció que había sido un desastre porque, al llenar mal el frasquito, no pudieron hacer a tiempo el hemograma. Eso impidió que la biopsia me la hicieran allí, en mi hospital cabecera, y tuve que ir a hacérmela a Modena. Pero lo que parecía que retardaba todo terminó siendo una gracia, porque los amigos de Módena no solo hicieron bien una biopsia que venía complicada, sino que aceleraron los resultados y al fin terminamos ahorrando tiempo.

Pero lo que quería hacer notar es lo que me pareció percibir en ese “oh- oh” del médico: su pequeño error lo hizo cambiar en el acto el tono distendido con que comenzaba la primera operación del día. Por el resultado de mi operación, veo que no se volvió a distraer.

Además, me gustó lo de “Señor Fares”. Sentí que allí trataban a todos por igual. Que sus delicadezas no eran por ser yo cura, sino una de las cien nefrectomías totales que hacen por año con profesionalidad y cariño. Fuera de esa sala, que es el reino donde ponen en práctica la misericordia curando con todo lo que saben y pueden, no te dan mucha bola. Pero allí te dan todo y más.

Como dijo el doctor Baldi: “Somos un poco brutos, pero estamos atentos y hacemos las cosas bien. Durante todo este tiempo de su tratamiento aunque no me vea yo voy a estar al tanto de todo”.

Gente prudente que tiene claro el bien que puede hacer y por eso discierne bien los medios que pone.

Diego Fares sj

Gesù, seduto vicino al pozzo (in tempo di coronavirus)

Gesù, stanco del viaggio, si era seduto vicino al pozzo, dice Giovanni nel Vangelo di questa terza domenica di quaresima (Gv 4, 5-42).

Mi è sempre piaciuta questa immagine di Gesù seduto, come se invitasse a chiacchierare. Gesù seduto, senza fretta, nel centro della nostra anima. Perché quello è il bordo del pozzo dove siede il Signore.

Santa Teresa dice che il castello a cui paragona l’anima è come una perla e come un albero piantato nelle acque stesse della vita, che è Dio. 

La nostra anima risiede alla sorgente stessa della vita! Collegarci a quella sorgente, a quell’acqua viva, è la cosa più fruttuosa che ci possa capitare. 

Ecco perché la samaritana, quando si rende conto di Chi è quello che parla con lei e dove si trova, quando si rende conto che Lui la conosce nel suo intimo e per questo può dirle «tutto quello che ha fatto», non vuole più che Lui se ne vada e lo invita ad andare al suo villaggio e a casa sua. 

Quella fontana è il luogo dove si beve quando si adora il Padre in Spirito e in Verità. 

È la fontana dell’acqua viva che disseta tutta la nostra sete e la sazia non come se dovessimo berla dalla bocca, ma è come quella fontana di cui parla santa Teresa, che sgorga dall’interno. 

Ascoltiamo santa Teresa. Ma prima voglio chiarire che lei scrive perché le viene detto di farlo, in modo da poter beneficiare gli altri con la sua esperienza nelle cose di Dio. E scrive in mezzo a un mal di testa e a un ronzio che non la incoraggiava affatto a scrivere. 

In quello «stato di salute» dice cose di questo tipo: «Quelli che io chiamo «sapori di Dio», (…) per capirli meglio (propongo questo) immaginiamo di vedere due fontane con due piloni che si gonfiano d’acqua. Non trovo nient’altro meglio dell’acqua per esprimere alcune cose dello spirito; sarà perché so poco e l’arguzia non mi aiuta e questo elemento mi è così familiare, che l’ho contemplato con più attenzione di altre cose. 

Questi due piloni si gonfiano d’acqua in modi diversi: in uno, l’acqua viene da più lontano attraverso molti archi e artifizi; l’altro si forma alla sorgente stessa dell’acqua e si gonfia senza alcun rumore, e se la sorgente è abbondante, come quella di cui stiamo parlando – dopo aver riempito questo pilone – diventa un grande ruscello. Non c’è bisogno di mezzi artificiali, né di costruire canali.

In questa fontana, viene l’acqua della sua stessa sorgente, che è Dio, e proprio come vuole Sua Maestà, quando viene servito per farci qualche dono, produce (quest’acqua) con grande pace e tranquillità e morbidezza dall’interno stesso di noi stessi, non so dove o come, (…) quest’acqua va riempendo tutte le dimore dell’anima». 

«Mi hai dilatato il cuore», dice il Salmo. E Teresa aggiunge che questa dilatazione viene da una profondità che deve essere «il centro dell’anima». Il fatto che quest’acqua viva sgorghi da lì è pura Grazia «e non dobbiamo lavorare invano, perché siccome quest’acqua non deve essere portata dai «canali”, se la sorgente non vuole produrla, è di scarsa utilità se ci stanchiamo. Quest’acqua è data solo a coloro che Dio vuole, e viene data quando l’anima è spesso più trascurata».

Trascrivo i testi per entrare in sintonia con la scena. Vedere come la samaritana si distraeva, come ogni giorno, per svolgere il faticoso compito di portare l’acqua a casa sua e incontra Gesù. I testi ci aiutano a vedere come il Signore – seduto lì dove tutti cercavano, come lui, l’acqua materiale – con il suo modo di conversare ha risvegliato la sorgente di acqua viva che era bloccata nel centro stesso dell’anima della samaritana. E quando vediamo questo, anche noi vogliamo parlare con Lui affinché ci permetta di sbloccare la nostra sorgente interiore, quella che tutti abbiamo, ma della quale non tutti godiamo.

Quando andiamo a pregare, andiamo alla ricerca di quest’acqua da bere. Andiamo augurandoci che voglia sgorgare e che sia prodotta dal nostro cuore. È l’acqua dell’autenticità che tutti noi desideriamo bere e far sì che sorga, come Mosè ha fatto sgorgare acqua dalla roccia, un autentico dialogo con Gesù, che è colui che ci dà l’acqua viva – lo Spirito Santo del Padre e suo.

Gesù dice: «Se tu conoscessi il dono di Dio e Chi è che ti dice “dammi da bere” forse glielo chiederesti ed Egli ti darebbe l’acqua viva».  La donna disse: «Signore, tu non hai niente con cui estrarre l’acqua e il pozzo è profondo, quindi da dove prendi l’acqua viva?».


La Samaritana sente il gusto di parlare con Gesù, ma i suoi pensieri sono legati alla logica dell’efficienza e delle cose pratiche, ed è per questo che si accorge che Gesù non ha nessuno «strumento» (o tecnica) per attingere quell’acqua viva che crede che attingerà dal pozzo. 

Gesù rispose: – «Chiunque beve di quest’acqua avrà di nuovo sete, ma chi beve dell’acqua che gli darò non avrà sete per l’eternità, ma l’acqua che gli darò diventerà in lui una sorgente d’acqua che sgorga fino alla vita eterna».

Il Signore non «attingerà» acqua da nessun pozzo, Lui è invece seduto proprio nel centro del pozzo dell’anima della donna samaritana (che è l’immagine della nostra anima), lì dove ogni anima «comunica» con la fonte della vita, con l’origine del Creatore che la crea e la sostiene nel suo stesso essere. Ecco perché quell’acqua «diventerà in lei una fonte d’acqua che sgorga per la vita eterna».

Il Signore è colui che, seduto sul bordo del nostro pozzo interiore, ci sblocca affinché ciò che siamo veramente possa sgorgare, affinché la vita che ognuno ha nel proprio intimo possa scorrere e farlo in modo autentico, incontaminato. Bere dal proprio pozzo, come diceva Gustavo Gutiérrez, è ciò che si desidera. E poiché quel pozzo è come il Pozzo di Giacobbe, il pozzo del nostro popolo, il pozzo comune, quando si beve da esso si beve con tutti l’acqua viva che è l’acqua comune. 

La donna disse: «Signore, dammi un po’ di quell’acqua, perché io possa dissetarmi e non debba venire qui ad attingerla».

In quel momento, quando il desiderio dell’acqua viva è già appagato nell’anima della samaritana (siccome è desiderio, e non bisogno, quando si sveglia è segno che si sta già bevendo dal Bene e il cuore si espande man mano che si beve di più, senza esaurire la fontana, ma dilatando il cuore) il Signore le fa vedere, con delicatezza, dove si trovava il suo blocco. Qual era la sua «condizione disordinata», con la quale era «sposata». 

Più che un problema morale, questi «cinque mariti» sono il segno di un problema spirituale: dissetarsi da fonti esterne senza prendere coscienza della fonte interiore che da sola soddisfa la nostra sete profonda.

Gesù è seduto lì. Egli è sempre seduto lì, a quel pozzo al quale il nostro bisogno ci porta a cercare acqua per dissetarci: la sete d’amore, la sete di riconoscimento, la sete di cose, la sete di amicizia, la sete con cui ogni senso e ogni passione viene proiettata verso ciò che può dissetarla. 

Gesù è sempre seduto lì, anche Lui stanco del viaggio, perché viene da noi a piedi, non come un supereroe che cala dall’alto, ma a piedi, nella persona di tanti che non sembrano Gesù, ma che un giorno sapremo che lo erano, e che ci chiedono «dammi da bere», una parola magica per riconoscere il Signore, il quale ci dà l’Acqua viva mentre lo serviamo.

……………

Un excursus necessario oggi. 

La domanda: E cosa ha a che fare questa contemplazione spirituale con il Coronavirus? 

Per me, molto. L’immagine di Gesù stanco del viaggio, seduto accanto al pozzo di Giacobbe, a chiacchierare amichevolmente con la samaritana, è un’immagine che mi aiuta a discernere molti comportamenti. Dallo spirito buono trasmesso dal modo in cui Gesù e la samaritana si sono comportati, posso discernere che altri modi di comportarsi sono dello spirito cattivo. E in alcune modalità di comportamento del coronavirus, secondo quanto ho letto dai testi di alcuni scienziati, si trovano immagini molto “pittoriche” e concrete per descrivere lo spirito cattivo. Immagini che oggi possono aiutare più di altre antiche. 

L’immagine di un virus silenzioso che cerca milioni di persone da infettare è più spaventosa di quella di un leone ruggente che può divorare soltanto uno o due alla volta. 

Cosa temo dal virus?  Fisicamente, che mi infetterò, che infetterò gli altri – quelli che amo e quelli che non conosco – quando non avrò ancora i sintomi; che distruggerà il mio sistema immunitario, o lo farà reagire in modo eccessivo, infiammando tutto… 

A livello personale, temo che diventerò egoista, insensibile, indifferente, settario, accusatore invece che solidale… 

Ci sono così tanti comportamenti fisici virali che si replicano a livello sociale, economico, politico, religioso! Si tratta di comportamenti di cattivo spirito, che quando li vediamo agire realmente con il virus, ci fanno capire quanto siano disumani quando si verificano ad altri livelli.

  • È disumano, perché è un parassita, il comportamento di un mercato finanziario che moltiplica il denaro al suo stessi interno, senza mai diventare uno strumento per chi ha fame o si ammala per comprare pane e medicine.
  • È disumano, perché è illusorio, il comportamento di chi costruisce muri e chiude i confini a persone in carne e ossa; e poi ha di fronte un virus che vola nell’aria, entrando non attraverso i barconi ma in aereo e persino in prima classe.
  • È disumano, perché egoista, il comportamento di produrre beni inutili che vengono consumati solo da pochi e poi buttati via, quando c’è un reale bisogno di produrre beni che servano tutti

Il comportamento del Signore, invece, è un comportamento umano, perché è amichevole e rispettoso. 

Il Signore non invade, non travolge, aspetta, si siede in mezzo alla stanchezza della nostra vita quotidiana.

Il dialogo del Signore dilata l’anima della samaritana, dilata il suo cuore dalla sua sorgente interiore e il cuore dilatato fa sì che ogni sentimento, ogni pensiero, ogni passione, trovi la sua misura. 

Il Signore non «accende» una nostra passione per spazzare via le altre, imponendo i suoi bisogni, come fa la rabbia, come fa l’avidità, come fa il virus, come fanno le ditte che deforestano l’Amazzonia. 

Il Signore si è incarnato nella «Sua» carne, nella «Sua» cultura e nella «Sua» storia. Nella nostra, si incarna nella misura in cui facciamo liberamente un’alleanza di amicizia con lui, quando gli apriamo la porta della nostra anima, lo invitiamo a rimanere nel nostro villaggio e a che rimanga a mangiare nella nostra casa, come hanno fatto quei samaritani.

Fondamentalmente, il Signore si siede a dialogare con colui che gli vuole bene, e non invade colui che non lo ama.

Il Signore dilata lo spirito del cuore, non infiamma le passioni e non offusca i sensi.

Il Signore fa alleanza e rafforza il meglio di ciascuno, non invade e non consuma e poi butta via.

Il Signore suscita ammirazione e ci invita a seguirlo liberamente; non ci infetta senza che noi lo sappiamo.

Il Signore dialoga nel rispetto e nell’arricchimento della diversità; non replica se stesso come le ideologie.

Il Signore è la Fonte dello Spirito, la fonte dell’acqua viva, che guarisce ciò che tocca e neutralizza ogni fonte di contagio, ogni fonte di desolazione e di morte spirituale, che è la sola cosa che noi dobbiamo temere. 

Non i virus che uccidono il corpo, ma a Colui che può infettare il nostro nucleo intimo, la fonte della vita in cui Dio ci ha creati e che vuole che diventi vita eterna.

Diego Fares SI

El buen trato y el servicio como «lugar» donde se guarda y al que viene el Reino (19 C 2019)

Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. 

Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y cámaras del tesoro que no fallen en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. 

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su cámara del tesoro allí está también su corazón. 

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. 

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. 

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.» 

Pedro preguntó entonces: 

«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?» 

El Señor le dijo: 

«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Lesaseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. 

Pero si este servidor piensa en su corazón: «Se demorará la llegada de mi señor», y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. 

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. 

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

«Donde uno tiene su tesoro, allí está su corazón». Lo valioso es el Reino que el Padre ha dado a su rebaño pequeño. Y el asunto es cómo cuidamos este reino. Las bolsas y el tesoro son el «receptáculo de las cosas valiosas» (eso significa literalmente «thesaurus»). Es la caja fuerte, el lugar seguro de la casa. En la época de los bienes virtuales el Señor recomendaría guardar las cosas en la nube en un servidor seguro; y de tener backups… 

si son bolsas, que no envejezcan, que no se agujeren; si es la cámara del tesoro o la caja fuerte, que no pueda ser vulnerada por los ladrones ni entre la polilla. Si es lugar de almacenamiento virtual que tenga claves anti-hackers y que sea anti-virus.

El lugar donde se guardan las cosas valiosas siempre es importante. Y el Señor une dos imágenes de «receptáculos»: el cielo y el corazón. El Reino es Reino de los cielos y se guarda en el corazón. En el Cielo, lo protege Dios. Nuestro corazón lo tenemos que cuidar conjuntamente. No dejar entrar ladrones… El Papa Francisco siempre nos advierte acerca de que no nos dejemos robar los bienes del Reino. En Evangelii gaudiumexclama:

¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! 80.
¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! 83.
¡No nos dejemos robar la comunidad! 92.
¡No nos dejemos robar el Evangelio! 97.
¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! 101.
¡No nos dejemos robar la fuerza misionera! 109.

Es importante clarificar bien las cosas: el Reino es regalo, es Don. El Padre ya nos lo ha dado a nosotros, su pequeño rebaño. Lo llevamos en vasijas de barro y hay quien nos lo quiere robar. Proteger estas cosas valiosas -la alegría, la esperanza, la comunidad, el amor fraterno, el celo apostólico, la fuerza misionera- es la tarea.

Dichas estas cosas sobre el receptáculo, sobre el corazón especialmente, el Señor pasa a una imagen dinámica del Reino. El Reino -la Persona de Jesús y los valores espirituales que trae- «vienen». No son solo cosas que se nos han regalado y que hay que meter en un depósito sino dones vivos, valores que se dinamizan y actualizan con las visitad del Señor. 

La Iglesia ha cultivado la imagen del «depósito»: se habla del depósito de la fe, por ejemplo, y hay que cuidar que la verdad revelada se conserve íntegra, sin defecto, sin herejías… También la unidad de la Iglesia se cuida como un ámbito en el que se practican las mismas costumbres y se observan los mismos mandamientos. Este cuidado «estructural», de los espacios, diríamos, es importante y hace a la integridad del tesoro. Pero también es importante el dinamismo del tesoro. Como vemos en la parábola de los talentos, no se trata de enterrarlo y devolverlo intacto sino de hacerlo crecer y producir. Y aquí entra el aspecto más personal de los valores del Reino. No se trata, por ejemplo, de una alegría que se conserva en la intimidad de la propia alma solamente, sino de una alegría efusiva, que se contagia anunciando el evangelio y saliendo a misionar. Y la primer imagen es la del Señor que viene a nuestra casa, del Señor que nos evangeliza y nos misiona para que luego salgamos nosotros con Él a llevar esa alegría a los demás.

El Reino, los valores del Reino, se cuidan estando atentos y preparados a esas venidas del Señor, a sus visitas que se dan «a cualquier hora», en el momento menos pensado. Esta característica, que Jesús resucitado dejó impresa en el corazón de los discípulos, que aprendieron que no podían convertir a Jesús en objeto de posesión sino que tenían que estar atentos a ver cómo y de qué forma «venía» y se les «aparecía», implica toda una conversión espiritual. No solo se trata de estar «construyendo» depósitos seguros para guardar el Reino, sino de tener puertas abiertas para que el Señor entre y también para que pueda salir, junto con nosotros, a entrar en la vida social del mundo actual, para ir a evangelizar a todos los pueblos con sus culturas.

El Reino no es solo algo valioso para guardar sino también algo que se actualiza y se renueva, un regalo que viene a nosotros, más que como «cosas» viene con lo que genera la visita y la presencia del Señor resucitado. 

Y aquí, el modo de preparar y de recibir este Reino que viene con la visita personal del Señor, es estar cuidando personas más que gestionando espacios.

El Señor responde a Pedro con el ejemplo del que reparte la ración de comida a cada uno a su tiempo y con la imagen contraria del que maltrata a los más pequeños de la casa. La imagen del «lugar seguro» y de la «bolsa que no se rompe» pasan a las imágenes del que trata bien a las personas. Es en el trato donde se juega lo más profundo del Reino. Ese es el tesoro, el lugar donde se conserva el Espíritu y donde se lleva íntegro: el buen trato.

Escuchemos de nuevo: «Si el servidor a quien se le han confiado los bienes del reino piensa en su corazón: «Se demorará la llegada de mi señor», y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles».

Feliz en cambio «el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo», de tratar bien a todos.

Imperceptiblemente, con las situaciones que narra y describe, el Señor nos hace caer en la cuenta de que «el lugar a prueba de ladrones y polillas» donde se guardan los bienes del Reino y «las bolsas que no envejecen» donde se transportan, «y lo que hay que tener preparado para cuando Él viene» no son «cosas físicas», no son «estructuras» ni dogmáticas ni jurídicas, sino que es «el servicio a su tiempo y con buen trato». Nos quiere encontrar sirviendo al personal su ración a su tiempo y tratando con caridad a todos. El servicio y el buen trato es «el lugar espiritual» donde nadie nos puede robar los bienes del Reino. 

Qué lejos quedan los que piensan que el Reino se defiende solo cuidando «estructuras» formales. Al poner allí el tesoro, se les vuelve «estructura» el corazón. 

En cambio, al sentir que el mandato del Señor es a cuidar como tesoro el «ambiente espiritual» que se crea con el buen trato y el servicio, el corazón se va volviendo lugar más apto para recibir más bienes, para recibir al único Bien, que es el mismo Señor.

Decálogo del bueno trato

RESPETEMOS
Te respeto porque eres persona y mi compañero en el trabajo.

RECONOZCÁMONOS
Valoremos y visibilicemos el aporte de los demás.

EMPATICEMOS
Me pongo en tus zapatos.

SEAMOS AMABLES
Sonríe, saluda, se amable… es gratis.

ESCUCHEMOS
Escuchemos activamente a los demás y pongámonos en su lugar.

COLABOREMOS
Aporta y participa del trabajo en equipo.

SOLIDARICÉMONOS
Apoyémonos en la dificultad.

HUMANICÉMONOS
Somos personas que trabajan con personas.

TOLEREMOS
Acepto al otro como un legítimo otro en la convivencia.

COMPROMETÁMONOS 
Somos responsables de lo que hacemos, respetando al otro.

Diego Fares sj

El ternero alimentado a grano y la fiesta como signos de la Misericordia inesperada (Cuaresma 4 C 2019)

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Contemplación

“El ternero alimentado a grano”. Tres veces es mencionado en la parábola: por el padre, que da la orden a los servidores de matarlo y asarlo, por uno de los servidores, cuando le cuenta todo al hijo mayor y por éste cuando le reprocha a su padre que a él no le haya dado ni un cabrito y para ese ‘hijo suyo’ que ha malgastado la herencia, manda a que se haga un asado con el ternero alimentado a grano, el que tenían para una ocasión especialísima.

Nosotros tenemos nuestros ritos para las ocasiones especiales. Quizás no un ternero cebado pero sí un vino de calidad superior…, por ejemplo. El ternero engordado a grano era todo un signo, señal de una predilección fuera de lo común. Por eso enciende la rabia del hijo mayor, que se ve que era alguien resentido pero quizás ni él mismo se daba cuenta hasta qué punto.

La parábola nos revela cómo es el Corazón del Padre. Tampoco esto era visible y fue necesaria esta ocasión tan especial -el regreso del hijo pródigo- para que se pusiera de manifiesto la misericordia infinita de este corazón y la alegría desbordante del amor a sus hijos, que era su motor secreto. Se ve que todos, hasta los sirvientes, estaban maravillados. No sabían que el patrón era alguien así! No solo es el abrazo – corrió y se le echó al cuello, lo abrazó y lo besó, dice Lucas-, no son solo el anillo, el vestido y las sandalias y el ternero cebado, sino también el banquete y la fiesta. El padre quiere que su alegría sea compartida por todos, no tiene miedo a exagerar ni de que alguno se escandalice. Seguramente sabe que sus servidores y la gente del pueblo comentarán la cosa y que su hijo mayor se sentirá ofendido, pero él hace la fiesta y acepta las consecuencias: tendrá que salir a enfrentar los reproches de su hijo mayor y a explicarle pacientemente por qué “era necesario” hacer fiesta. También se tuvo que hacer cargo del discurso del menor. Antes lo había dejado manejar el asunto de “su parte de la herencia” y le había dado lo que le había pedido. Pero ahora, aunque lo escucha, no le hace caso y lo trata como hijo predilecto, no como a sirviente.

Lo que queda claro es que el Padre no se deja manipular en lo que respecta a su Misericordia. En otras cosas cede. En esto no. No deja que el menor ponga límites a su Misericordia, haciendo que lo trate como a un empleado, ni que el mayor meta su Misericordia en el molde comparativo de “por qué a él sí y a mí no”, por qué a él el ternero cebado y a mí ni un cabrito. La respuesta es “todo lo mío es tuyo” e incluye “todo lo nuestro es suyo (del pródigo)”.

Podríamos decir que la lección es: todas las cosas son relativas y es bueno ajustarlas comparativamente. Todas menos la misericordia que es absoluta y enteramente personal. El Padre la da entera, sin condiciones, y a cada uno en una medida que no tiene que ver con el recipiente sino con el Donante. El da su Misericordia íntegra, con abrazo, beso, anillo, sandalias, vestido, ternero engordado a grano, banquete de fiesta, música y defensa contra las críticas. Todo esto.

Esto equivale a decir que cuando se trata de la Misericordia, tenemos que alzar la mirada: no hay que mirar ni al propio pecado ni a los méritos propios sino sólo al Padre. La Misericordia ensancha nuestro corazón y nos hace compararnos sólo con nuestro Padre que nos creo y a cuya imagen somos. De ahí el mandato de Jesús: sean misericordiosos como el Padre es misericordioso.

La Misericordia es una virtud en la que siempre debemos y podemos crecer. No es para ser aplicada según el modelo de ayer sino con el modelo nuevo de un hoy que mira para adelante.

La Misericordia que tenemos que aplicar a las situaciones que vivimos en el mundo de hoy no es la que ya conocemos sino una mayor, que le tenemos que pedir al Padre que nos haga verla y ponerla en práctica. Esta es la actitud. La de la esperanza de que el Señor use una misericordia mayor de la que hemos visto hasta ahora y de la que podemos imaginar.

Si no nos sorprende, si no nos sentimos “desubicaos como el hijo pródigo vestido de fiesta”, si no nos da un poco de indignación, como al hijo mayor, es que no es “el ternero engordado a grano” lo que está puesto en el asador y lo que se sirve a la mesa para festejar.

Cada cultura y cada época tiene “sus terneros engordados a grano”. Cuál es el nuestro?

Quizás hay aquí un problema. Quizás nuestra época, que todo lo renueva y lo descarta, carezca de “terneros cebados a grano”, carezca de signos de un amor absoluto.

Porque si el Padre le hubiera regalado, por ejemplo, el celular de última generación, en el momento mismo, ya sería antiguo en vista al próximo modelo. Quizás hoy no tenemos “símbolos de un amor incondicional” sino que todos los signos son provisorios como el amor mismo.

Quizás, no sabría asegurarlo, las expresiones de una misericordia absoluta hoy solo sean comprensibles si van por el lado de una renuncia. De la renuncia a un derecho -el de la propia tierra, por ejemplo-, para compartirla con los inmigrantes-; el de las propias ventajas que da la tecnología para “abajarnos” a la condición de vida de los que nada tienen…

Todo lo que demos será siempre poco por la dinámica misma de los productos que compartimos y que a los mismos que los reciben les parecerán siempre relativos.

Los Signos de una misericordia y de una alegría incondicional quizás deban ir por el lado de algo que “perdemos”.

Lo que sí es que, más allá aún de alguna cosa a la que renunciemos, la fiesta sigue siendo un signo claro de la Misericordia grande del Padre. Hacer fiesta con los pecadores, hacer fiesta con los pobres, hacer fiesta con los excluidos y discriminados, ese siempre ha sido y será el signo. Invitarlos a entrar en la casa, en la Iglesia, en la vida. Cosa que implica “perder” nuestro ámbito de “pureza”, esos ámbitos exclusivos que pensamos que las cosas de Dios necesitan para “no mancharse” y que en el fondo son lugares hechos a medida nuestra, para que nos miremos en el espejo de nuestra autosatisfacción. Entrar en una fiesta -en una Iglesia, en una misa- donde pueden entrar todos, justos y pecadores, como se dice, quizás sea al signo que hoy se necesita para “dar de nuevo” las cartas y comenzar otra partida, la de la Misericordia en la que todos tengamos de nuevo la oportunidad de experimentar lo que es el Corazón del Padre.

Diego Fares sj