Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Contemplaciones 2016’ Category

Jesús dijo a los judíos:

Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.

Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,

vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,

No como el que comieron sus padres y murieron.

El que coma de este pan vivirá eternamente.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 51-59).

Contemplación

“Este hombre”. Discutían los judíos diciendo: cómo puede “este hombre” darnos a comer su carne? Verlo como un hombre común hacía que no le creyeran. Para nosotros, que Jesús pueda ser Dios siendo un hombre común nos lo acerca y nos maravilla. Nos abre el corazón y nos amplía la mirada a considerar otra manera lo que significa “ser hombres”, la dignidad del ser humano.

Y si reflexionamos sobre la Eucaristía, comulgar con Jesús Pan del Cielo no significa comulgar solo con Dios, no significa recibir algo divino, especial, único, celestial. También significa comulgar con el hombre, con algo humano, común, terrenal.

Cuando Jesús elige hacerse Pan, lo hace porque encuentra en el Pan algo que expresa la relación que Él tiene con el Padre y que quiere compartir con nosotros. Por un lado, encarna las cosas de Dios en medio de la vida cotidiana. Pero este es un camino de bajada y de subida: en el Pan vivo la vida cotidiana se vuelve espiritual, adquiere un significado fecundo y hondo.

Lo que quiero decir es que Jesús se hace pan humano y que el pan humano se hace Jesús.

El pan es alimento común, sencillo, diario. Pero en su sencillez tiene algo extraordinario, no es cualquier alimento.

Que el pan se pueda hacer Jesús significa que hay realidades humanas que, en su simplicidad, tienen algo más.

José y María eran personas sencillas, gente “de la puerta de al lado” como dice el Papa. Pero lo ordinario lo vivían “de modo extraordinario”. Y en esto consistía su santidad. Extraordinario no en el sentido de algo maravilloso o extraño, sino en el sentido de un “extra”, un plus de amor, de alegría, de fe, de espíritu de oración y de servicialidad con los demás.

Jesús durante su vida oculta era sencillo como el pan, pero la intensidad con que vivió sus años de Nazaret, fue algo extraordinario. Me gusta pensar que el Señor “inventó” sus parábolas en aquella época, viendo a su madre amasar el pan, con ese poquito de levadura que fermentaba toda la masa…Y que aprendió de su padre San José el modo de partir el pan que se convirtió en la característica de los cristianos.

El ser profundamente humano Jesús lo aprendió viviendo la vida cotidiana en su casa, en su barrio y en medio de su pueblo, como uno más. Por eso, en el pan de la Eucaristía podemos saborear y gustar los olores y las texturas de Nazaret, las relaciones simples de la gente de un pueblo pequeño con historia y con memoria.

En la comunión entramos en relación con Dios, pero estemos atentos: no se trata del Dios del Cielo sino del Dios que ha bajado del Cielo. Antes de “subir” a algún tipo de experiencia devota o mística, hay que aprender a bajar y comulgar con la Carne entregada y la Sangre derramada del Señor. Y antes de eso, antes de que pudiera entregarla y derramarla, la Carne y la Sangre del Señor crecieron y circularon por los días y las noches de Nazaret, caminaron y trabajaron codo a codo con la carne y la sangre de sus paisanos.

Comer la Carne que nos da “este hombre” es comulgar con lo más humano de Jesús. Comulgar con una vida de la que el evangelio no nos da muchos detalles no porque no se hubieran podido conocer sino por que eran tan comunes que cualquiera puede imaginarlos sin temor a equivocarse.

El Pan de Jesús tiene las cualidades simples y comunes de nuestra vida como hombres y mujeres de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.

Señalo dos características de este Pan. Es un Pan que ha bajado del cielo. Comerlo gustando su verdadero sentido es comerlo “bajando”, al encuentro de los heridos que están al costado del camino que baja de Jerusalén a Jericó. Es verdad que es Pan del Cielo, pero es Pan bajado del Cielo. Nosotros solemos comerlo intentando subir, intentando tener deseos elevados. Y más bien se trata de comulgar animándonos a ir a lo más bajo hasta donde ese Pan ha querido llegar: comulgar con la carne de los más pobres, de los más desposeídos, de los que están abajo. No solo muy abajo sino también un poquito más abajo que nosotros. En clase social, en jerarquía, en saber, en cultura… en todo. Comulgar es gustar a Dios en lo más bajo.

La otra característica es también relacional: Jesús dice que si lo comemos viviremos por Él. Y -agrega- así como Yo vivo por el Padre.

El Padre es Pan para Jesús! Y por eso Jesús se hace Pan para nosotros. Pensar en que el Señor también comulgaba, nos hace bien. Pensar que cuando nos enseñó a rezar diciendo: “Padre nuestro… danos hoy nuestro pan cotidiano”, hacía referencia a su modo de estar en relación con el Padre, hace bien.

No es que nosotros tenemos que comulgar para tener vida eterna como si esta vida fuera un añadido, un suplemento alimentario. Jesús es Dios y su modo de serlo es “vivir por el Padre”. Comulgar, vivir por otro, alimentarse de otro, no es solo porque “carezcamos” de un bien, sino que es un modo de relacionarse de seres plenos que comparten su plenitud.

Cuando ya tengamos vida eterna seguiremos comulgando, eso quiero decir. La vida eterna el Señor la describe con la imagen del Banquete y eso significa que seguiremos comiendo y comulgando con Él, viviendo por Él.

El Jesús con el que comulgamos es un Jesús Pan que se alimenta del Pan del Padre, como hombre y como Dios. Me detengo en esto para complementar o para cambiar una imagen de la Eucaristía como algo inventado por Jesús para nosotros, algo que resulta un poco extraño. A los de su época, porque lo veían muy “este hombre” que conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de María… A nosotros porque nos parece algo “especial”, algo que rodeamos de una liturgia particular y que sólo es para algunos, para los pocos que practican.

Pensar la Eucaristía como algo muy íntimo y propio de Jesús y del Padre, que nos quieren compartir, es muy consolador. La relación entre ellos es “Eucarística”. Jesús siempre está agradeciendo y bendiciendo al Padre y el Padre siempre está regocijándose en su Hijo predilecto. Ellos se comulgan entre sí. Al comulgar, nosotros nos hacemos semejantes a ellos. Y entonces sí, podemos convertirnos en pan para los demás. Vivir comulgando con otros. Todos de igual a igual, con la igualdad que da la mesa y el pan compartidos.

Diego Fares sj

Read Full Post »

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

—«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

—«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

—«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Contemplación

Escuchadlo!

Ese es el único mandato del Padre a Pedro, Santiago y Juan: que escuchen a Jesús.

Por qué? Por que es "su Hijo amado, su predilecto".

Qué supone el Padre en ellos, los testigos, para confiarles sus cosas así?

El supuesto general de la escena es que los discípulos saben que les está hablando Yahve, el Señor su Dios. Su voz les entra en el corazón como en casa propia.

Les dice que escuchen a su Hijo.

No hace falta que les mande directamente que lo obedezcan. En sus oídos habrá resonado el "Escucha Israel", que es el modo en que el Señor hablaba a su Pueblo.

El Padre se sitúa en ese lugar tan especial que es donde uno escucha a otro. Como cuando uno le dice a alguien "escucha esto" e insiste, escucha, como diciendo yo se que si escuchas te va a gustar, te va a convencer, te va a hacer bien.

Esto supone conocimiento y confianza en ellos, en su capacidad de discernir por ellos mismos la verdad de lo que les dice.

Para ellos, que sentían la amistad y predilección de Jesús, que los había llevado aparte con Él y se les había transfigurado, el argumento del Padre, que les habla de predilección y amor por su Hijo, los hizo sentirse identificados con Jesus.

La amistad del Señor con nosotros nace de su amistad con el Padre.

Este es el mensaje que está detrás de las palabras, como la nube que los cubre con su sombra -el Espíritu Santo-.

Que Jesus se transfigura fisicamente es el efecto de la transfiguración interior: se transfigura a sus ojos como predilecto y amado. Y esta revelación del porqué de su bondad -Jesus se muestra tan bueno porque es muy amado y ese amor que recibe redunda en beneficio de todos- les hace comprender lo que el Señor está haciendo con ellos al mostrarles su amor preferencial. Los esta consolando y fortaleciendo interiormente para que, sintiéndose muy amados, puedan consolar y hacer sentir lo mismo a los demás. Así se expandirá el cristianismo… Esta será la alegría del evangelio, la alegría del amor que los testigos transmitirán con su palabra y su vida.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.
Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente
y se le enterneció con ellos el corazón
y se puso a curar a sus enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:
‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.
Pero Jesús les dijo:
‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.
Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.
‘Tráiganmelos aquí’, les dijo.
Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,
tomó los cinco panes y los dos pescados,
y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes,
los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse
y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,
sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación
Tomamos la escena en el punto donde los discípulos consideran que “ya está bien” y Jesús les sale con un “denles ustedes de comer”.
El Señor mira a su pueblo con la lógica del más.
Los discípulos siguen la lógica del “ya está bien”, la lógica del sentido común.

La lógica del más surge de un enternecimiento del corazón.
Jesús primero se deja tocar el corazón al ver la gente -la pobre gente- cómo lo sigue…
Se pone a curarlos…, se detiene a escuchar a cada uno que le cuenta lo que le pasa, mira a los ojos, los bendice… Y su corazón se va llenando del cariño y del agradecimiento de la gente. Entonces surge –espontáneo- el pensamiento de “qué más podemos hacer por ellos”.
Uno piensa distinto cuando se le enternece el corazón.
Los discípulos en cambio siguen los horarios: hora de comer, hora de irse a casa… Y estas necesidades corporales dan un tinte pragmático a su pensamiento. Su lógica no es la del que endurece su corazón y busca ávidamente su propio interés y bienestar.
Es una lógica normal, sensata… Pero puede llegar a anular la lógica de Jesús.
Sin hacer nada de malo. Solamente no haciendo nada de más.

El criterio de proponer algo más, concreto y bueno
Siguiendo nuestro tema de discernir los lenguajes tramposos, viene bien recordar aquí un tercer criterio de San Pedro Fabro que puede sernos útil. Tiene como punto central el “magis” que caracteriza la espiritualidad de los Ejercicios, pero que, como vemos, es la característica de Jesús. De un Jesús a quien se le enternece de compasión el corazón y siempre está dando de más, siempre está viendo qué puede hacer para acercarse a la gente, para dar la vida a pedacitos, como un Pan que se desmigaja para que todos coman.
¡El más del Señor!
La abundancia de vino en las bodas de Caná;
estar siempre soñando y creando parábolas nuevas
para ayudar a comprender cómo se vive en su Reino a los pequeñitos;
sus invitaciones a no pasar de largo ante el que necesita;
a no dar por perdida a ninguna oveja,
a sembrar en todos los terrenos…
Jesús siempre buscando cómo darse más, hasta el extremo de lavar los pies y de abrazar la Cruz, hasta darnos a su Madre… y al Espíritu, que es el “Plus” del don.
El Más de Jesus y del Padre es el Espíritu Santo, Creador y dador de Vida.

San Ignacio es el hombre del más, de la mayor gloria de Dios. Pero hay que entender bien el más ignaciano. No se trata de un más ideal, de una perfección en abstracto, escrita en los libros de mármol con que se retrata al santo. El más de Ignacio es el de Jesús: un “más” concreto, posible, encarnado en la vida de la gente, que tiene en cuenta tiempos, lugares y personas.
Es el pasito adelante del que siempre habla el Papa Francisco: ese más que le agrada al Padre, el más que nos sugiere en cada situación el Espíritu Santo.
Puede ser el más que proviene de una multiplicación de Dios, como en el pasaje de hoy.
Cuando el Señor multiplica su gracia, los discípulos tenemos más trabajo. No solo repartir la comida sino que hay que juntar después las doce canastas con lo que sobró.
Pero también es el más escondido y voluntario de las dos moneditas de la viuda y de la decisión de la pecadora de quebrar su frasco de perfume de nardo carísimo y la idea loca de ir a ungir los pies del Señor a la casa de un fariseo…
El paso adelante puede ser el de San Estanislao Kolbe en la fila de presos, un paso al martirio, y también un paso interior, como el de Teresita cuando decidió olvidarse de las “ofensas” que le hacían los demás y fue feliz. Un paso pequeño como el que dio el niño del evangelio de hoy para ofrecer sus cinco pancitos a Jesús.
Pequeños o grandes, estos son “un paso más en el Espíritu”.

La lógica del amor se alegra siempre con estos más.
Los sueña, los planea, los ejecuta y los saborea…
Y esta regla del más “mueve los espíritus” y permite discernir el buen espíritu del mal espíritu que, como veíamos, no siempre propone algo malo. Muchas veces lo que hace es proponer un “menos”. Un “hasta ahí” que no es inofensivo. Porque puede llegar a apoderarse de la entera religión.
Puede transformar el cristianismo en una religión del cumplimiento, del hasta ahí se puede y hasta ahí no. Puede modelar la mentalidad de generaciones enteras y durar mil años, aprisionando el vuelo amoroso del Espíritu, que quiere poner en acto las palabras de Jesús: denles ustedes de comer.
Esta lógica del “hasta ahí” puede llegar a enjaular al Espíritu, para que no haya excesos de carismas y a frisar a Jesús Eucaristía en el tabernáculo, a la espera de que los hambrientos cumplan con todas sus disposiciones legales para poder comulgar.
Es peligrosa la lógica del hasta ahí.
Y no se conforma con impedir a los que quieren dar un pasito más, sino que los ataca, los difama y trata de eliminarlos.

Fabro tiene una regla infalible que ayuda a hacer “que salte” este espíritu que suele estar muy calladito, tratando de que no se mueva nada.
Dice así: “En general, cuando se propone (a una persona o uno a sí mismo) cosas más altas o para obrar, o para esperar o desear, o para creer, o para amar, para aplicarse a ellas, con tanta mayor facilidad se tendrá experiencia de la diferencia entre el bueno y el mal espíritu (…): el que justifica y el que mancha, el que da fortaleza y el que debilita, el que ilumina y el que ofusca; en otras palabras, el bueno y el que es contrario al buen espíritu".

Para discernir hace falta “tener la experiencia de una diferencia”. Esta es la gracia.
No es que uno discierna todo ni saque todas las consecuencias inmediatamente.
A veces lleva años ver los frutos de una acción del buen espíritu que, al comienzo, parecía igual a lo que proponía el malo –como al comienzo parecen iguales el trigo y la cizaña-.
Lo importante es experimentar la diferencia.

La experiencia es más que tener una idea o un sentimiento.
Uno experimenta cuando de alguna manera recorre un camino –interior o exterior-, va y viene, toca el suelo, gasta un tiempo, nota los detalles del camino… Experimentar la diferencia entre cómo actúa el buen espíritu y cómo el malo, es algo que después se resume en una palabra o en un detalle, pero que revive la experiencia completa.

Al proponer “algo más”, uno experimenta la diferencia:
entre el buen espíritu que te justifica el paso adelante y el mal espíritu que te mancha (que te embarra la cancha, que te pone palos en la rueda, que te frena con la culpa y los habría que…);
entre el buen espíritu que te da fortaleza en el paso adelante y el malo que te debilita;
entre el buen espíritu que te ilumina (se te prende la lamparita y “ves”) y el mal espíritu que te ofusca y trata de confundirte con razones a medias, con falacias de programa de tv y verdades enojadas que te manda por mail.

Si uno escucha desde esta perspectiva las palabras del Papa Francisco, verá que este dinamismo de invitar a dar un paso adelante –posible y concreto- en el amor a Jesucristo y al prójimo, es una constante. Tanto cuando predica como cuando escribe, Francisco sigue una teología práctica, kerigmática: más que ayudar a definir ayuda a vivir.
Es una teología que quiere ayudar a personas concretas
A que “en todo puedan amar y servir a Dios nuestro Señor”;
a encontrar el “más” del Espíritu en su vida concreta,
en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno, si quiere escuchar.
Pare esto es que el Papa remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno y no a opinar qué está diciendo “en general”.
Por eso no es pertinente que, cuando trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, se critique que por qué no habla también de otros temas o se diga que si ese punto se “universaliza” no será factible de realizar. Como dicen en Europa cuando se trae una familia de refugiados en el avión. “Por que no trajo otras”. “Si todos hacemos lo mismo nos invaden…” Es curioso cómo una mentalidad consumista, que se cree que las promesas de la teología de la prosperidad y de las empresas tipo herbalife, que crean estructuras piramidales de vendedores a los que estafan, tenga miedo de multiplicar los pancitos para dar de comer a los pobres…
La táctica del mal espíritu es proyectar un “más abstracto” sobre un más concreto (abierto al más del Espíritu). Así termina por forzarlo y bloquear su dinamismo.
No son pertinentes las críticas que formulan las preguntan de este modo:
¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y varios países de América latina, pero no a su país?
La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es: si visita “todos” cómo no va a visitar “uno”, o: “por qué no privilegia al suyo, si lo quiere”. Son dos posibilidades, pero no las únicas. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento, no descartar otras posibilidades y plantear las cosas de otra manera: No será que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible? El que sigue libremente este camino de interpretación, se pone a preparar el corazón para la visita que vendrá. El que elige los otros caminos es probable que se enoje o se desilusione y que tire comentarios como el de la parábola de los obreros de la última hora, que murmuraba porque se les pagaba primero a los últimos. Jesus le dice: acaso yo soy malo porque tu ojo es envidioso?

Para discernir hay que animarse a “dar un paso más ” en nuestra vida de cristianos.
No es un paso moral, en el sentido de que se nos pida que demos mas limosna o hagamos un sacrificio… Este es el oido rutinario con que el termino medio de la gente escuchamos e interpretamos cada vez que se nos dice “un paso mas”. No se trata de eso.
Se trata de un paso más en el ejercicio de nuestra libertad de pensamiento.
A veces es un paso atrás: antes de optar y de manifestar lo que pienso, animarme a examinar mis pensamientos y preguntarme si estoy de buen espíritu o estoy tentado. Más allá del tema de que se trate y de si tengo razón o no. Animarme a preguntarme si el dinamismo que me empuja lo sopla el buen espíritu o el malo. El paso atrás es doble: me lleva a no meterme directamente con los otros y a ser crítico conmigo mismo. En mi interior puedo experimentar la diferencia entre el buen espíritu y el malo.
Este paso más implica un cambio cualitativo. No solo miro “cosas” sino dinamismos. “Si digo esto ahora, va a ser para mal”. Uno lo sabe. Y si da un paso atrás y espera el momento oportuno en que el otro este bien, la misma palabra que antes era para mal se convierte en una palabra buena.
Denles ustedes de comer!
El que dice esta palabra, el que nos manda que demos de comer a la gente, no solo pan sino su palabra (y no seamos de los que reparten pescado podrido), es Jesus:
Un Jesús al que la ternura y la compasión le han dilatado el corazón (el cura de Ars decía que “rezar es dilatar el corazón).
Un Jesús que antes de actuar sitúa su acción entre el agradecimiento al Padre y el buen deseo con el que bendice los panes que multiplica.
Esos panes así deseados, agradecidos y bendecidos, son los que tenemos que dar de comer a la gente de nuestro pueblo. Esos que el Señor multiplica y que nos dan más trabajo. No solo material, sino el trabajo de discernir si estamos dando el pan de la Palabra.
Diego Fares sj

Read Full Post »

captura-de-pantalla-2016-12-23-a-las-19-40-30

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

Y junto con Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial,

que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lucas 2, 1-14).

 

Contemplación

La contemplación de Navidad debe ser sencilla. Porque la Palabra se hizo carne y entonces no tenemos que andar dando muchas vueltas para “bajarla a la realidad”. Porque ya bajó.

Más bien tenemos que partir de nuestra realidad, allí donde nuestra carne nos es más cercana: allí donde cada familia tiene a sus niños más pequeños, a sus bebés, los que han nacido en estos días; allí donde cada pueblo tiene a sus niños que vemos que sufren y necesitan ser atendidos inmediatamente, ya sea que se encuentren en una maternidad, en casa, en una barcaza en el Mediterráneo o en medio de un bombardeo en Alepo o en Mosul.

Como la Palabra se hizo carne y nació en un pesebre, hay que salir buscar los pesebres de hoy. No es complicado ni hay que buscar necesariamente los pesebres más lejanos o peligrosos. Por todos lados hay “pesebres”-situaciones precarias que sostienen la carne frágil de los niños-.

En realidad todas las situaciones de los niños son precarias, frágiles, necesitan constante atención y cuidado.

Y allí hay que ir. Con pañalitos para limpiar y abrigar, como la Virgen cuidando que las pajitas no pinchen al Niño. Con manos fuertes para consolidar el pesebre, como San José, con dos golpes que lo asientan y enclavijan bien.

Se pueden llevar también regalitos simples, como los de los pastores. O regalos más para elaborados y para el largo plazo, como el incienso o el oro de los Reyes Magos. Todo sirve.

Pero cada uno tiene que encontrar “su pesebre”, porque lo que la Palabrita que Dios tiene para decirle esta Navidad sólo la escuchará yendo a adorar allí y no en ningún otro lado.

Como la Palabra se hizo carne, el Evangelio hay que aplicarlo inmediatamente. Con un bebé –lo experimentamos- todo es “inmediatamente”: lavarlo, abrazarlo, amamantarlo, vestirlo, acunarlo…

Después la vida irá poniendo distancias entre la palabra y la acción. Al comienzo no. La carne requiere todo ya.

Y lo mismo pasa con la carne de los que tienen hambre, de los que tienen frío, de los que no tienen casa ni patria, de los que están solos: hay que atender su carne ya. No sirve hablar de problemas que vienen de antes ni de los plazos de la macroeconomía.

Eso es mentira.

Y la prueba es que las finanzas funcionan en un constante ya. Por eso es que el dinero se transforma en ídolo y es el estiércol del demonio. No porque vaya contra Dios en abstracto sino porque va contra el Dios que se hizo carne.   La instantaneidad del dinero –esa que hace que algunos ganen millones de dólares en segundos y otros no logren juntar un dólar y medio para entrar en el Indec como pobres en vez miserables-, roba el derecho a la instantaneidad que tiene nuestra carne cuando se ve en riesgo.

Porque en un instante se muere un niño, en un instante nace una vida.

Como la Palabra se hizo carne, habrá que arreglar las cosas de la carne, no las del espíritu. Lo que quiero decir es que no se trata de que nuestra carne haga una pausa y se vuelva un poco más espiritual, cantando algún villancico o elaborando alguna ingeniosa tarjeta de navidad.

Es totalmente al revés: de lo que se trata es de que nuestro espíritu se haga carne; de que nuestro espíritu, tan acostumbrado a “reflexionar” mirándose al espejo, vuelva la mirada a los demás; de que nuestro espíritu, tan despierto siempre para lo que le conviene a él, se abaje y se ponga a pensar cómo volverse más carnal en el servicio, en la misericordia y en la ternura.

Navidad es para que nuestra espiritualidad se encarne, no para que nuestra carne se espiritualice.

Pero para esto hay que salirse de esa discusión entre carne y espíritu y hay que entrar en el corazón. Entrar en nuestro corazón y en el de los demás, como quien entra en la gruta de Belén; sentir al Niño en nuestro corazón y en el de los demás, como recién recostado por su Madre en el pesebre.

La Palabra se hizo carne primero en el corazón de María y de José. Cuando se dice que María concibió primero en la fe, no se trata de una fe “mental” sino en la fe del corazón, allí donde se unifica la carne y el espíritu. Un corazón de madre y de padre intuye esto. Fuera del corazón, afirmar cosas como “la Palabra se hizo carne”, es algo muy extraño.

Si no ponemos el corazón, si no vamos al pesebre con el regalito de nuestro corazón en las manos, si no vamos a ponerle la oreja en el pecho para sentir cómo late su corazoncito (así dicen que rezaba el papá de Orígenes, después de bautizar a su hijito, poniéndole el oído en el pecho para escuchar a Dios en el latido de ese corazón), la Navidad termina siendo una fiesta muy extraña. Con algún plato de comida muy carnal y algún deseo de paz muy espiritual, con algún regalito muy carnal y alguna tarjeta con un pensamiento muy espiritual.

Si le ponemos el corazón, la comida, el regalito, el pensamiento y el deseo, serán palabra hecha carne. Pero carne como la del corazón!

Y todos sabemos –podemos sentir y gustar- que, cada uno en su corazón, es único y al mismo tiempo igual a los demás. Igual a todo ser humano. También a Jesús.

captura-de-pantalla-2016-12-24-a-las-8-53-08            Y gracias a él sabemos que nuestro corazón es igual al de nuestro Padre. E igual al corazón del más pequeñito recién nacido que llora reclamando a su madre (y también al corazón de los niños de Alepo, que como ven que lloran sus madres, ellos han dejado de llorar).

En el corazón no hay que separar las imágenes de los que sufren y las de los que ríen. Compartimos de corazón las alegrías y las penas, las esperanzas y los sufrimientos de cada corazón.

Padre Diego

 

 

 

 

Read Full Post »

 

img_1632 

 

La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su Madre María con José,

antes de que estuviesen juntos,

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto.

Mientras tenía estas cosas en el ánimo,

el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

‘José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,

porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,

porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.’

Todo esto sucedió para que se cumpliera

lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo

a quien pondrán el nombre de Emmanuel,

que traducido significa: «Dios con nosotros.»’

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado

y recibió consigo a su mujer (Mt 1, 18-24).

 

Contemplación

El título que San Ignacio da a sus Reglas de discernimiento es “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el alma se causa, las buenas para recibir y las malas para lanzar” (EE 313).

En el pasaje del evangelio de hoy, vemos cómo San José sintió y conoció que se causaban en su alma pensamientos muy distintos y contradictorios entre sí.

Por un lado, sus pensamientos humanos, fruto de una deliberación bien pensada, en la que no encontraba otra salida racional para no ser injusto ni con María ni consigo mismo, que repudiarla en secreto. No quería exponerla públicamente ni podía hacerse cargo por su cuenta de un bebé que no era suyo.

Esos eran “sus pensamientos propios” y aunque el evangelio no lo dice, seguramente se le habrán cruzado otros sentimientos y pensamientos del mal espíritu antes de llegar a este decisión libre y deliberada.

Por otro lado, San José tiene ese sueño en el que se le aparece el ángel bueno y le da una interpretación totalmente distinta e impensada de lo que ha sucedido.

Y Mateo nos dice que, “al despertar, San José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió consigo a su mujer”.

No nos cuenta qué pensó ni si elaboró una oración. Simplemente se decidió por el buen espíritu y pasó directamente a la acción.

San José recibió no sólo el buen pensamiento, sino que se levantó y fue derechito a buscar a María y con todo amor se la llevó a su casa.

Los otros razonamientos, sentimientos y resolución anterior los “lanzó” fuera de sí, sin ninguna duda ni vuelta atrás.

 

Se suele decir que San José es el hombre del silencio y que no se conserva ninguna palabra suya en el Evangelio.

Sin embargo, Mateo nos permite entrar en su mundo interior, en el que su resolución y buen juicio humano, su capacidad de escuchar a Dios en sueños y sus acciones buenas, no solo nos hablan sino que nos abren el espacio de un diálogo interior rico y elocuente.

Su silencio es como el silencio de esos padres que abren la oreja y el corazón a sus hijos y los dejan hablar y contar todo lo que necesitan y con pequeños gestos y miradas los invitan a hablar y a hablar más hasta que desahogan todo su corazón. Son esos silencios llenos de sí, de aprobación, de aliento, de “yo te comprendo” “entiendo todo” “contame”, más elocuentes que cualquier discurso. Silencios dialogantes. Así es el silencio de San José: un silencio en el que cabían todos los diálogos entre Jesús y María en el hogar de Nazaret.

Es que el alma de San José habita en las fuentes de la Palabra.

Veamos, si no, su misión.

El Ángel le dice que como padre, será él el que le ponga el Nombre a Jesús: “le pondrás el nombre de Jesús”.

Esta misión nos recuerda a Adán, cuando Dios le trajo delante a todos los animales para que les pusiera nombre y Adán le puso un nombre a cada uno (Gn 2, 19-20).     Ponerle el Nombre a Jesús es habérselo puesto a toda la nueva creación: todo, de ahora en mas, llevará el logo “Jesús”.

Una vez que José, delante del sacerdote que lo circuncidaba, pronunció el Nombre de Jesús, qué otra cosa le quedaba para decir. Ya antes lo había comenzado a pronunciar en voz baja, mientras lo tenía en brazos y se lo daba a María: Jesús, Jesucito.       Imagino que San José tendría en sus labios este “Jesús” para todo. Jesús, Jesucito, Jesús tomá, Jesús vení, Jesús escuchá, Jesús vamos a rezar, Jesús ayudame, Jesús traéme el martillo, Jesús andá decile a tu mamá, Jesús vamos que te llevo a la sinagoga, Jesús, ahora bendecimos el pan, Jesús vamos a dormir, Jesús, despertate, que tenemos que salir rápido porque hay gente mala que nos quiere hacer mal, Jesús esperame aquí y cuidá a tu madre, Jesús no te nos pierdas de nuevo, que tu madre se angustia mucho…, Jesús, Jesús, Jesús.

Cómo dicen algunos que San José no hablaba si se la debió pasar cantando y saboreando el Nombre bendito de su Hijo. Y no solo por gusto de padre, como todo papá que saborea el nombre que le puso a su hijo, sino además, como misión dada por el Señor.

El Magníficat de San José tiene una sola palabra.

Las demás, como un rebaño de ovejitas en torno a su buen pastor, acudirían al escuchar “Jesús” y le andarían siempre cerca.

Y las palabras lobo, huirían de su corazón y desaparecerían de su mente, con solo pronunciar Jesús.

El discernimiento fatigoso que José tuvo que hacer por sí solo, antes de escuchar de labios del Ángel el Nombre que lo discierne todo, el Nombre que revela los pensamientos que cada hombre tiene en su corazón, como le diría Simeón a María, ese discernimiento, una vez escuchado el Nombre de Jesús que tendría que ponerle a su hijo, se volvió parte de su mismo corazón.

Al poner a Jesús su Nombre, San José no solo se convirtió en padre de Jesús, sino que Jesús se le encarnó en su corazón y tomó posesión de él haciéndolo uno con el Suyo.

De ahí en más, San José discernirá lo que tiene que hacer sin necesidad de andar dando vueltas y sopesando pros y contras.

Le bastará con decir Jesús y los pensamientos buenos se le arremolinarán como ovejitas y los pensamientos malos huirán como lobos espantados por el cayado del pastor.

San José, diciendo Jesús, sabrá lo que tiene que hacer: si huir a Egipto o si regresar a Nazaret.

Y se consolidará esta experiencia cuando Jesús se les pierda en el templo y se pasen tres días buscándolo. Sin Jesús, el mundo se les habrá caído y al recuperarlo, maduro –ya ocupado en las cosas de su Padre-, lo habrán sentido ya no solo como hijo querido sino como Salvador, que no otra cosa significa el Nombre de Jesús.

 

No tengo mucho más para decir sino solo esto: que San José es patrono del discernimiento.

Y que si uno quiere “discernir” como dice el Papa Francisco, no tiene que iniciarse en ningún tipo de procedimiento complicado. Basta con que comience a invocar a San José y le pida que lo acompañe en este camino, recordándole como buen Padre de invocar el Nombre bendito de su Hijo, de decir Jesús a cada rato y todo lo que pueda, para ir sintiendo y conociendo las mociones que se causan en su alma, las buenas para recibir y las malas para lanzar.

Con San José se volverá claro lo que hay que “tomar consigo” y lo que “no hay que repudiar”; uno sabrá cuándo hay que “huir a Egipto” escapando de los Herodes y cuándo hay que volver a Nazaret; uno sabrá buscar y hallar a Jesús cuando se le pierda, regresando a las cosas del Padre…

San José hablaba poco en el sentido de que no hablaba por hablar. Habló poco porque decidió y pasó a la acción. Lo cual equivale a “pronunciar” interiormente las palabras esenciales, los “sí” que lo llevan a hacerlo todo como el Señor le dice.

En esa frase de Mateo: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado”, está interiormente dicha la frase de María: “Yo soy la Servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

En el “hágase” que pronuncia constantemente la Iglesia, abriéndose a la Acción del Espíritu, San José es el que “hace” –e invita ha hacer- todas esas pequeñas tareas y servicios necesarias para cuidar y custodiar lo que misteriosamente lleva a cabo el Señor.

San José discierne los momentos, diría Francisco, actúa en lo cotidiano, cuidando al Niño y a su Madre.

Y porque está siempre pronunciando la Palabra más grande –Jesús- es que no necesita pronunciar otros discursos, sino sólo las palabras más pequeñas y simples, que casi ni se pronuncian, pero se ve que están dichas, cuando alguien como él las pone en acción.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

Read Full Post »

El 12 de diciembre de 1986 fuimos ordenados en el Colegio Máximo de San Miguel. Recuerdo siempre a Chela, misionera del Barrio de Sumampa, que después de la misa y en medio del tumulto de la gente que nos saludaba me dio un gran abrazo llena de alegría. Yo, que todavía no había “caído” en el sacerdocio, le dije: Chela, vos estás más alegre que yo! Y ella muy fresca respondió: Y por supuesto! Si tu sacerdocio es para nosotros. Hoy sigue siendo esta alegría de nuestra gente la que me confirma en el  sacerdocio. Por eso me encomiendo a sus rezos  junto con mis compañeros, dando gracias al Señor que nos eligió, nos consagró, nos perdona cada día y nos envía siempre de nuevo a evangelizar. Pidan a nuestra Señora de Guadalupe para que seamos fieles y generosos.

Padre Diego

1986

IMG_2510.jpgIMG_0476.jpgIMG_2153.jpg

2016

Read Full Post »

escandalo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo,

y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Jesús les respondió:

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:

los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?

Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?

Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Él es aquel de quien está escrito:

“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

 

Contemplación

La palabra que me golpea del evangelio de hoy es “escándalo”. Estoy pensando en el escándalo que sacude a Mendoza y a la Iglesia por el caso de los sacerdotes implicados en el abuso de menores hipoacúsicos que tenían a su cargo, en el Instituto Próvolo.

El escándalo tiene que ver con la desmesura, con lo intolerable, lo que supera la medida que cada uno y cada sociedad tiene, tenemos, para juzgar el mal.

Hago esta reflexión después de un tiempo de oración, tras haber recibido varias cartas de amigos. Estas cosas no se asimilan –más bien se vomitan o te enferman-. Pero cuanto mayor es el mal, más necesario es tomar distancia en Dios –no cualquier distancia-, para no ser devorado ni empujado por su violencia destructiva.

El escándalo suscita la indignación y la ira. En algunos, explota hacia fuera; en otros es como si implosionara… Pero ambos efectos, si no los ponemos ante el Señor producen la misma desesperanza. Y la desesperanza, para un cristiano, es un pecado más.

Así que rezar, reflexionar y escribir sobre este escándalo, buscando donde se enciende una luz de esperanza, es una forma de no agregar otro mal al del escandalo, ya de por sí tan terrible.

Alguien cometió un delito horrendo, que nos escandaliza y la indignación que nos suscita esta injusticia fuera de toda medida, hace que nos escandalicemos del que hizo el mal, de los que fueron cómplices de alguna manera, de los que tenían que haber sabido… y de los que podían haberlo evitado.

Lo cual, para mí está bien sólo si yo me incluyo en esta cadena, en mi justo punto y en mi personal medida.

No estoy diciendo que todos están obligados a incluirse.

Los cristianos, al menos, sí.

Las sociedades pueden convivir sin el cristianismo y fijar los límites de lo que toleran y lo que no, acotando lo que es capaz de “escandalizar”.

Hay cosas que escandalizan a una sociedad en un tiempo y no a otra o en otro tiempo.

Cristianamente hay algunas actitudes que el Señor marca claramente frente al escándalo. Y la primera es esta de implicarnos.

Ante los escándalos de su época, el Señor hacía ver a la gente que aquellos “cuya sangre había sido mezclada con la de los sacrificios no eran más culpables” que todo el resto del pueblo. Ante los escándalos –que son inevitables, pero hay del que los ocasiona- el mensaje es que “todos tenemos que convertirnos”.

Esta conversión no supone “igualar” todo de manera indiscriminada, sino que es ir a buscar, cada uno, el punto en el que el mal influye o toma pie en su vida y, desde ahí, convertirse.

Esta “solidaridad en la responsabilidad ante el pecado” es, junto con la interiorización, algo propio de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. El hecho de que se haya encarnado y haya dado su vida por los pecadores, habla de un solidarizarse haciéndose cargo personalmente del precio que hay que pagar para combatir el mal.

Esta actitud va contra la otra manera de resolver el mal que tienen muchas sociedades y que consiste en descargar toda la culpa y el castigo en un chivo expiatorio.        Cristianamente, en cambio, una vez que Cristo pagó por todos –todos- nosotros debemos y podemo ser solidarios en ayudar, en perdonar de corazón –lo cual no significa no castigar justamente y hacer reparar en la medida de lo posible el mal hecho- e, incluso, en pagar por otros.

La segunda actitud cristiana ante el escándalo es “interiorizar la maldad del pecado”. La maldad del pecado es la misma en su raíz, en su estructura viral, sea que quede confinada a un acto privado y secreto, sea que se extienda a actos públicos y manifiestos.

El Señor predica esta maldad del pecado que nace del corazón, no del exterior. Y condenando absolutamente la maldad del pecado hasta en una mirada o un pensamiento, tiene siempre misericordia del pecador y de la pecadora.

Odiar de pensamiento es ya pecado, aunque uno no mate físicamente.

El chusmerío y la detracción de palabra es “terrorismo”, como dice el Papa. Hace explotar la fama del otro y lo mata socialmente.

Pagar o consumir pornografía es ser cómplice del que explota a las personas que se exhiben (que aunque sean adultas, muchas comenzaron siendo explotadas en su niñez; además el mismo sitio incluye todo).

La avidez de riquezas y el mal uso del dinero y de los bienes alimenta una cadena de producción que “roba” –no pagando bien el trabajo- a millones de personas explotadas laboralmente.

Por tanto, si no se condena y combate la maldad en su fase “interna” –digamos- es hipócrita escandalizarse de sus manifestaciones “externas”.

Así, ante los escándalos, mientras la justicia hace su trabajo, y cada uno de los implicados más o menos directamente, son investigados o hacen su aporte, es bueno que cada uno de los que nos “sentimos indignados” hagamos nuestro personal examen de conciencia y “nos rasguemos el corazón y no solo los vestidos”.

Agrego aquí que hay una “intuición” que tiene la opinión pública que es verdadera pero necesita ser profundizada. Cuando se dice que “la Iglesia es lo peor”, en el sentido de que pretendiendo ser la mejor termina revelándose la más miserable, se toca algo que es de fondo. “La corrupción de lo óptimos es pésima (no es simplemente mala, es lo peor”). Por eso no hay que asombrarse de que la corrupción más horrible se de en los lugares que comenzaron siendo los más buenos. No hay que olvidar que la Biblia nos revela que el primer pecado se dio en el cielo y que el demonio era un ángel, y el más bello. Y que el pecado original se dio en el lugar de la inocencia. El demonio fue a corromper precisamente la inocencia de Adán y Eva en el paraíso. No hay que olvidar que el primer crimen se dio entre hermanos. Y que Judas era uno de los amigos y discípulos que Jesús eligió personalmente. Solo la confianza total del Señor en los suyos hizo posible que Judas lo entregara tan fácilmente aquella noche, en la que mandó que lo fueran a buscar al huerto de los olivos y lo identificó en la oscuridad dándole un beso.

La palabra escándalo quiere decir “piedra que hace tropezar” y alude a una trampa, a una piedra que está escondida y uno no la advierte hasta que tropieza malamente.

La vida social se basa en la confianza. Y no es racional pasar de la confianza absoluta en la bondad humana a la desconfianza absoluta y a la demonización de todo. Hace bien caer en la cuenta de que, en las familias, instituciones e incluso países, donde no ocurren estos hechos escandalosos, es porque hay un sano cuidado de todos para con todos. Cuando digo sano cuidado hablo de un cuidado que acepta que el pecado que en alguno se “desencuadra de manera escandalosa” es el mismo que anida en mi corazón y que, solo por gracia, no pasa a mayores.

Esto para repasar nuestra fe y nuestra antropología contra toda una visión mediática que explota una visión idílica del bien y del mal como realidades cuyos límites están claramente separados: de un lado los buenos y de otro los malos. Y hay cosas que “no se toleran” (y otras sí…). Esta visión idílica hace que combatamos el mal sólo allí donde están los malos y no cuidemos con atención los lugares donde estan los buenos –la familia, las escuelas, los seminarios, los hogares, nuestro corazón…

Lo cristiano es que el mal no se tolera nunca ni en nada, y que no solo no se tolera sino que se lo aborrece y se lucha por neutralizarlo allí donde no se puede vencerlo definitivamente. Esta concepción es vista como “exagerada” por la misma mentalidad que luego, cuando uno de estos “males tolerables” se convierte en un monstruo, se escandaliza y busca chivos expiatorios que le permitan tranquilizar la conciencia.

La última actitud ante el escándalo que quería compartir hoy es una muy paradójica: podemos escandalizarnos del bien!

Así como el mal, cuando es desmesurado, escandaliza, también la Misericordia, cuando es desmesurada (y se aplica a un caso concreto) a muchos los escandaliza. De hecho, ante una prédica del Papa en Santa Marta acerca de que “todos tenemos algo de oveja perdidad, aunque algunos tengan “mucho”, y de que hay que entender incluso a un Judas y que no hay que mandarlo al infierno así sin más, como quien tiene total seguridad de que “a ese, ni Dios lo perdona”, esto, digo, causó escándalo en algunos medios.

Y sí, la misericordia incondicional escandaliza. Algunos se escandalizan de que pueda darse el caso de que un divorciado y vuelto a casar pueda recibir la Eucaristía, porque un buen discernimiento puede reconocer que en esa situación particular no hay culpa grave que lo impida. A otros, esto les parece obvio y piensan que a qué viene tanto lío para algo socialmente aceptado desde hace años. A estos, en cambio, que se pueda arrepentir un pedófilo les parece intolerable. Para ese, hasta son capaces de creer (y desear) que exista el infierno. Por supuesto que cuando hablamos de perdonar no queremos decir seguir usando ese método nefasto de cambiar de lugar a estas personas, cuya patología tiene alto grado de reincidencia, o de evitar que cumplan una condena en la cárcel. Estamos hablando del perdón como oportunidad de conversión que hace a la dignidad de toda persona. Si no se confía en esta capacidad de redimirse de toda persona, la otra opción, tengámoslo claro, es el estado policíaco, en distintos grados y versiones.

El Señor se da cuenta de que su Misericordia puede escandalizar a los suyos por superar toda medida previsible. Por eso dice que es una gracia “no escandalizarse de él”. Es una bienaventuranza.

Es que mucha gente se escandalizaba de Jesús. No sólo los fariseos, que “se escandalizaron” cuando Jesús dijo que lo que mancha es lo que sale del corazón, no las cosas exteriores (Mt 15, 12), también se escandalizaron sus paisanos: “No es este el hijo de José, el carpintero? Y se escandalizaban de él” (Mat 13, 55-57). Y hasta sus discípulos, como Jesús mismo se los predice, en la última cena: “Esta noche todos ustedes se apartarán de mí. Está escrito: ‘heriré al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea” (Mt 26, 31).

La desmesura escandaliza. No solo la del mal, sino que incluso puede escandalizar la del bien. Este escándalo –bajo apariencia de bien- es del demonio. Sólo él produce este efecto: escandalizarse de que Dios sea bueno, de que pague al último igual que al primero, de que perdone al hijo pródigo y a la adúltera y al buen ladrón…

Por eso hay que meditar mucho en este punto y conversarlo y hacernos ayudar. No hay que ser ingenuos. Esto pasó y pasa. Nos podemos escandalizar, no solo de un Papa, sino hasta de Jesús.

Pero cuando el demonio se pasa de rosca y nos hace que nos escandalicemos hasta de la misericordia que será lo único que nos salve, hay que avivarse un poco y enfrentarlo decididamente.

Por eso rogamos por las víctimas de los abusos, por los pobres niños y niñas que sufrieron este mal terrible de parte de los que tenían que ayudarlos. Pedimos para que con la ayuda de toda la gente buena que tienen a su lado y la custodia de las instituciones responsables puedan recibir la gracia de reconstruir sus vidas convirtiendo en bien lo que fue malo. Para Dios todo es posible, también esto.

Y pedimos por los victimarios, para que se arrepientan de corazón, confiesen sus crímenes y cumplan su castigo y reparen en lo que puedan el mal cometido.

Y cada uno pida por sí mismo. Yo hago mía la oración que en forma de pregunta hace el Papa cada vez que visita una cárcel, y pensando en todas las víctimas y en todos los victimarios, le digo al Señor: “Por qué ellos y no yo”.

Esta es la pregunta “anti-efectos-del-escándalo”, la pregunta que nos saca de la desesperanza de la ira y la tristeza, y nos moviliza al arrepentimiento personal, cada uno de sus pecados, y al compromiso solidario. Es la pregunta que nos vuelve atentos para cuidar el bien y para neutralizar el poder del mal, en la medida en que cada uno pueda y allí donde le toca ser responsable.

Diego Fares sj

 

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: