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Archive for the ‘Contemplaciones 2016’ Category

Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. 

Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y cámaras del tesoro que no fallen en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. 

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su cámara del tesoro allí está también su corazón. 

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. 

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. 

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.» 

Pedro preguntó entonces: 

«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?» 

El Señor le dijo: 

«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Lesaseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. 

Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. 

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. 

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

“Donde uno tiene su tesoro, allí está su corazón”. Lo valioso es el Reino que el Padre ha dado a su rebaño pequeño. Y el asunto es cómo cuidamos este reino. Las bolsas y el tesoro son el “receptáculo de las cosas valiosas” (eso significa literalmente “thesaurus”). Es la caja fuerte, el lugar seguro de la casa. En la época de los bienes virtuales el Señor recomendaría guardar las cosas en la nube en un servidor seguro; y de tener backups… 

si son bolsas, que no envejezcan, que no se agujeren; si es la cámara del tesoro o la caja fuerte, que no pueda ser vulnerada por los ladrones ni entre la polilla. Si es lugar de almacenamiento virtual que tenga claves anti-hackers y que sea anti-virus.

El lugar donde se guardan las cosas valiosas siempre es importante. Y el Señor une dos imágenes de “receptáculos”: el cielo y el corazón. El Reino es Reino de los cielos y se guarda en el corazón. En el Cielo, lo protege Dios. Nuestro corazón lo tenemos que cuidar conjuntamente. No dejar entrar ladrones… El Papa Francisco siempre nos advierte acerca de que no nos dejemos robar los bienes del Reino. En Evangelii gaudiumexclama:

¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! 80.
¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! 83.
¡No nos dejemos robar la comunidad! 92.
¡No nos dejemos robar el Evangelio! 97.
¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! 101.
¡No nos dejemos robar la fuerza misionera! 109.

Es importante clarificar bien las cosas: el Reino es regalo, es Don. El Padre ya nos lo ha dado a nosotros, su pequeño rebaño. Lo llevamos en vasijas de barro y hay quien nos lo quiere robar. Proteger estas cosas valiosas -la alegría, la esperanza, la comunidad, el amor fraterno, el celo apostólico, la fuerza misionera- es la tarea.

Dichas estas cosas sobre el receptáculo, sobre el corazón especialmente, el Señor pasa a una imagen dinámica del Reino. El Reino -la Persona de Jesús y los valores espirituales que trae- “vienen”. No son solo cosas que se nos han regalado y que hay que meter en un depósito sino dones vivos, valores que se dinamizan y actualizan con las visitad del Señor. 

La Iglesia ha cultivado la imagen del “depósito”: se habla del depósito de la fe, por ejemplo, y hay que cuidar que la verdad revelada se conserve íntegra, sin defecto, sin herejías… También la unidad de la Iglesia se cuida como un ámbito en el que se practican las mismas costumbres y se observan los mismos mandamientos. Este cuidado “estructural”, de los espacios, diríamos, es importante y hace a la integridad del tesoro. Pero también es importante el dinamismo del tesoro. Como vemos en la parábola de los talentos, no se trata de enterrarlo y devolverlo intacto sino de hacerlo crecer y producir. Y aquí entra el aspecto más personal de los valores del Reino. No se trata, por ejemplo, de una alegría que se conserva en la intimidad de la propia alma solamente, sino de una alegría efusiva, que se contagia anunciando el evangelio y saliendo a misionar. Y la primer imagen es la del Señor que viene a nuestra casa, del Señor que nos evangeliza y nos misiona para que luego salgamos nosotros con Él a llevar esa alegría a los demás.

El Reino, los valores del Reino, se cuidan estando atentos y preparados a esas venidas del Señor, a sus visitas que se dan “a cualquier hora”, en el momento menos pensado. Esta característica, que Jesús resucitado dejó impresa en el corazón de los discípulos, que aprendieron que no podían convertir a Jesús en objeto de posesión sino que tenían que estar atentos a ver cómo y de qué forma “venía” y se les “aparecía”, implica toda una conversión espiritual. No solo se trata de estar “construyendo” depósitos seguros para guardar el Reino, sino de tener puertas abiertas para que el Señor entre y también para que pueda salir, junto con nosotros, a entrar en la vida social del mundo actual, para ir a evangelizar a todos los pueblos con sus culturas.

El Reino no es solo algo valioso para guardar sino también algo que se actualiza y se renueva, un regalo que viene a nosotros, más que como “cosas” viene con lo que genera la visita y la presencia del Señor resucitado. 

Y aquí, el modo de preparar y de recibir este Reino que viene con la visita personal del Señor, es estar cuidando personas más que gestionando espacios.

El Señor responde a Pedro con el ejemplo del que reparte la ración de comida a cada uno a su tiempo y con la imagen contraria del que maltrata a los más pequeños de la casa. La imagen del “lugar seguro” y de la “bolsa que no se rompe” pasan a las imágenes del que trata bien a las personas. Es en el trato donde se juega lo más profundo del Reino. Ese es el tesoro, el lugar donde se conserva el Espíritu y donde se lleva íntegro: el buen trato.

Escuchemos de nuevo: “Si el servidor a quien se le han confiado los bienes del reino piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles”.

Feliz en cambio “el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo”, de tratar bien a todos.

Imperceptiblemente, con las situaciones que narra y describe, el Señor nos hace caer en la cuenta de que “el lugar a prueba de ladrones y polillas” donde se guardan los bienes del Reino y “las bolsas que no envejecen” donde se transportan, “y lo que hay que tener preparado para cuando Él viene” no son “cosas físicas”, no son “estructuras” ni dogmáticas ni jurídicas, sino que es “el servicio a su tiempo y con buen trato”. Nos quiere encontrar sirviendo al personal su ración a su tiempo y tratando con caridad a todos. El servicio y el buen trato es “el lugar espiritual” donde nadie nos puede robar los bienes del Reino. 

Qué lejos quedan los que piensan que el Reino se defiende solo cuidando “estructuras” formales. Al poner allí el tesoro, se les vuelve “estructura” el corazón. 

En cambio, al sentir que el mandato del Señor es a cuidar como tesoro el “ambiente espiritual” que se crea con el buen trato y el servicio, el corazón se va volviendo lugar más apto para recibir más bienes, para recibir al único Bien, que es el mismo Señor.

Decálogo del bueno trato

RESPETEMOS
Te respeto porque eres persona y mi compañero en el trabajo.

RECONOZCÁMONOS
Valoremos y visibilicemos el aporte de los demás.

EMPATICEMOS
Me pongo en tus zapatos.

SEAMOS AMABLES
Sonríe, saluda, se amable… es gratis.

ESCUCHEMOS
Escuchemos activamente a los demás y pongámonos en su lugar.

COLABOREMOS
Aporta y participa del trabajo en equipo.

SOLIDARICÉMONOS
Apoyémonos en la dificultad.

HUMANICÉMONOS
Somos personas que trabajan con personas.

TOLEREMOS
Acepto al otro como un legítimo otro en la convivencia.

COMPROMETÁMONOS 
Somos responsables de lo que hacemos, respetando al otro.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Contemplación

“El ternero alimentado a grano”. Tres veces es mencionado en la parábola: por el padre, que da la orden a los servidores de matarlo y asarlo, por uno de los servidores, cuando le cuenta todo al hijo mayor y por éste cuando le reprocha a su padre que a él no le haya dado ni un cabrito y para ese ‘hijo suyo’ que ha malgastado la herencia, manda a que se haga un asado con el ternero alimentado a grano, el que tenían para una ocasión especialísima.

Nosotros tenemos nuestros ritos para las ocasiones especiales. Quizás no un ternero cebado pero sí un vino de calidad superior…, por ejemplo. El ternero engordado a grano era todo un signo, señal de una predilección fuera de lo común. Por eso enciende la rabia del hijo mayor, que se ve que era alguien resentido pero quizás ni él mismo se daba cuenta hasta qué punto.

La parábola nos revela cómo es el Corazón del Padre. Tampoco esto era visible y fue necesaria esta ocasión tan especial -el regreso del hijo pródigo- para que se pusiera de manifiesto la misericordia infinita de este corazón y la alegría desbordante del amor a sus hijos, que era su motor secreto. Se ve que todos, hasta los sirvientes, estaban maravillados. No sabían que el patrón era alguien así! No solo es el abrazo – corrió y se le echó al cuello, lo abrazó y lo besó, dice Lucas-, no son solo el anillo, el vestido y las sandalias y el ternero cebado, sino también el banquete y la fiesta. El padre quiere que su alegría sea compartida por todos, no tiene miedo a exagerar ni de que alguno se escandalice. Seguramente sabe que sus servidores y la gente del pueblo comentarán la cosa y que su hijo mayor se sentirá ofendido, pero él hace la fiesta y acepta las consecuencias: tendrá que salir a enfrentar los reproches de su hijo mayor y a explicarle pacientemente por qué “era necesario” hacer fiesta. También se tuvo que hacer cargo del discurso del menor. Antes lo había dejado manejar el asunto de “su parte de la herencia” y le había dado lo que le había pedido. Pero ahora, aunque lo escucha, no le hace caso y lo trata como hijo predilecto, no como a sirviente.

Lo que queda claro es que el Padre no se deja manipular en lo que respecta a su Misericordia. En otras cosas cede. En esto no. No deja que el menor ponga límites a su Misericordia, haciendo que lo trate como a un empleado, ni que el mayor meta su Misericordia en el molde comparativo de “por qué a él sí y a mí no”, por qué a él el ternero cebado y a mí ni un cabrito. La respuesta es “todo lo mío es tuyo” e incluye “todo lo nuestro es suyo (del pródigo)”.

Podríamos decir que la lección es: todas las cosas son relativas y es bueno ajustarlas comparativamente. Todas menos la misericordia que es absoluta y enteramente personal. El Padre la da entera, sin condiciones, y a cada uno en una medida que no tiene que ver con el recipiente sino con el Donante. El da su Misericordia íntegra, con abrazo, beso, anillo, sandalias, vestido, ternero engordado a grano, banquete de fiesta, música y defensa contra las críticas. Todo esto.

Esto equivale a decir que cuando se trata de la Misericordia, tenemos que alzar la mirada: no hay que mirar ni al propio pecado ni a los méritos propios sino sólo al Padre. La Misericordia ensancha nuestro corazón y nos hace compararnos sólo con nuestro Padre que nos creo y a cuya imagen somos. De ahí el mandato de Jesús: sean misericordiosos como el Padre es misericordioso.

La Misericordia es una virtud en la que siempre debemos y podemos crecer. No es para ser aplicada según el modelo de ayer sino con el modelo nuevo de un hoy que mira para adelante.

La Misericordia que tenemos que aplicar a las situaciones que vivimos en el mundo de hoy no es la que ya conocemos sino una mayor, que le tenemos que pedir al Padre que nos haga verla y ponerla en práctica. Esta es la actitud. La de la esperanza de que el Señor use una misericordia mayor de la que hemos visto hasta ahora y de la que podemos imaginar.

Si no nos sorprende, si no nos sentimos “desubicaos como el hijo pródigo vestido de fiesta”, si no nos da un poco de indignación, como al hijo mayor, es que no es “el ternero engordado a grano” lo que está puesto en el asador y lo que se sirve a la mesa para festejar.

Cada cultura y cada época tiene “sus terneros engordados a grano”. Cuál es el nuestro?

Quizás hay aquí un problema. Quizás nuestra época, que todo lo renueva y lo descarta, carezca de “terneros cebados a grano”, carezca de signos de un amor absoluto.

Porque si el Padre le hubiera regalado, por ejemplo, el celular de última generación, en el momento mismo, ya sería antiguo en vista al próximo modelo. Quizás hoy no tenemos “símbolos de un amor incondicional” sino que todos los signos son provisorios como el amor mismo.

Quizás, no sabría asegurarlo, las expresiones de una misericordia absoluta hoy solo sean comprensibles si van por el lado de una renuncia. De la renuncia a un derecho -el de la propia tierra, por ejemplo-, para compartirla con los inmigrantes-; el de las propias ventajas que da la tecnología para “abajarnos” a la condición de vida de los que nada tienen…

Todo lo que demos será siempre poco por la dinámica misma de los productos que compartimos y que a los mismos que los reciben les parecerán siempre relativos.

Los Signos de una misericordia y de una alegría incondicional quizás deban ir por el lado de algo que “perdemos”.

Lo que sí es que, más allá aún de alguna cosa a la que renunciemos, la fiesta sigue siendo un signo claro de la Misericordia grande del Padre. Hacer fiesta con los pecadores, hacer fiesta con los pobres, hacer fiesta con los excluidos y discriminados, ese siempre ha sido y será el signo. Invitarlos a entrar en la casa, en la Iglesia, en la vida. Cosa que implica “perder” nuestro ámbito de “pureza”, esos ámbitos exclusivos que pensamos que las cosas de Dios necesitan para “no mancharse” y que en el fondo son lugares hechos a medida nuestra, para que nos miremos en el espejo de nuestra autosatisfacción. Entrar en una fiesta -en una Iglesia, en una misa- donde pueden entrar todos, justos y pecadores, como se dice, quizás sea al signo que hoy se necesita para “dar de nuevo” las cartas y comenzar otra partida, la de la Misericordia en la que todos tengamos de nuevo la oportunidad de experimentar lo que es el Corazón del Padre.

Diego Fares sj

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Bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea, de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano, y alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. 

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

 En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!

Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26). 

Contemplación

            Me quedaron resonando en el corazón las palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles pasado, 13 de febrero. Fueron sobre el Padre nuestro y, más que decirlas, las dramatizó con preguntas, como se suele hacer en las clases de catecismo a los niños: “Hay una ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro” -así comenzó diciendo-, y agregó: “Y si yo les preguntara cuál es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro…? No les resultará fácil responder (…) Piénsenlo, qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo».

            Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. “Yo” no, no va. 

            Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padre nuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”.

            Acá me detuve, al sentir que las bienaventuranzas tienen el mismo espíritu que el Padre nuestro. De hecho el Papa decía el otro día en Santa Marta: “Para rezar el Padre nuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas”. Es el “odre nuevo”, el “estilo” comunitario que nos enseña Jesús, para poder vivir bien el contenido del evangelio. 

            Jesús no dice “feliz de ti, que eres pobre”, sino “felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Jesús nos ve, felices o desdichados, juntos. 

            Nadie es pobre solo, nadie tiene hambre solo. En una mesa donde hay muchos comiendo uno solo no pasa hambre. Quizás por eso a los pobres los van juntando entre ellos, para que vivan en villas miseria, en zonas más pobres, en países y continentes enteros más pobres. Siempre recuerdo a una familia amiga que vivía en la villa del barrio Sancalal, junto a las vías del Belgrano. Un plan de viviendas ofreció casas prefabricadas a unas cien familias por el lado de Trujuy y se fueron. Las casitas estaban lindas y el barrio bien demarcado. Pero me quedó grabado lo que dijo una mamá: “Acá no hay quién pedirle una taza de azúcar”. Estaba aislado y eran todos igual de pobres. Para comprar tenían que salir caminando por la ruta como tres kilómetros.

            Continuaba Francisco: “No hay que olvidarlo, en el Padre nuestra falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No se olviden. Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, «nosotros».

Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: «Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo?» Y yo, ingenuo, dije: «Tú». «Este es el principio de la guerra -me dijo-. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, porque estamos todos juntos». Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura”.

            Estoy haciendo la prueba en estos días de entrar en la oración usando el nosotros, como si rezáramos en grupo. Con distintos grupos. Me di cuenta (con el estremecimiento que provoca siempre que uno da un paso de conciencia y se da cuenta de lo ciego que ha vivido!) de que siempre he rezado diciendo “yo”. Es cierto que pido por los demás y que cuando digo yo lo hago diciendo “yo soy un pecador” y también “quiero ser mejor para los demás”. Pero el “yo” está ahí, como una estatua. Empecé a tratar de rezar usando el nosotros y en el primer “nosotros” en el que me sentí identificado fue este -amplísimo- de los pobres. Acá estamos Señor, los que te pedimos limosna hoy día… Y me hacía la composición de lugar de la fila que hacen los pobres para entrar al Hogar a la mañana, al desayuno y luego al almuerzo. Acá estamos, Señor: los pobres. Los que venimos a pedirte “danos la limosna de oración de cada día”. Cuando uno no hace fila, aunque esté en medio de una multitud, por ahí no se siente “nosotros”. Y en cambio, ponerse en fila nos constituye como “nosotros”. Y ese nosotros hace que nuestra hambre se modere a su ración, que no nos pongamos avarientos con el mensaje de la sociedad de consumo, que estimula hambres innecesarios, deseos de cosas que no podemos consumir. Felices los pobres que hacen fila y siendo ese “nosotros” se les sacia el hambre con su ración común y gozan “siendo parte” del Reino de Dios, en el que ninguno es solo yo sino que cada uno se siente con un solo corazón.

            Me decía un matrimonio amigo que fue a esta audiencia del “yo” y del “nosotros”, que el Papa pasaba saludando a los que estaban adelante y que “uno veía que había tanta gente y que él tenía que pasar rápido, y entonces uno elegía bien lo que le quería decir, lo más importante”. Cuando el Señor pasa, ese “nosotros” en el que uno está nos hace discernir lo importante y no andar dando vueltas. Estar en fila con los demás nos ayuda a discernir lo esencial, a elegir las palabras que nos importa comunicar.

            Otro “nosotros” en el que me pongo a rezar es el familiar. Sintiendo nuestras penas familiares comunes. Esto es algo que sale natural. Las lágrimas son familiares. No es que uno se tenga que hacer a la situación. Si uno ve llorar a sus hermanos, a su madre, a sus primos, se conmueve inmediatamente. El nosotros está inscrito antes que el yo en nuestra carne que es familiar. 

            La familia es ese nosotros que el Señor ve cuando dice “ustedes” y que nos enseña a declinar al rezar el Padre nuestro. El es el Padre de nuestra familia, antes que nada. En esa “habitación familiar” debemos entrar para estar a solas con Él, no aislados sino como el que reza por todos. El papa lo describía así: “Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón ¿cómo está? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. «Ablanda, Señor, mi corazón». Es una oración hermosa: «Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás»”

            El nosotros familiar es el que debemos recuperar. Está tapado por el individualismo. Pero basta escarbar un poquito para que brote el agua fresca del manantial familiar. Rezar como hijo, como hijo pequeño en brazos de su madre, rezar como hermano, rezar como primo hermano, compañero de juegos. Qué extrañas posturas adoptamos a veces en la oración entendida como deber o, peor, como técnica! Jesús nos remite al “Abba” -papito- de la infancia, al hermanito y a la hermanita con quien se compartían los regalos y las tareas, al hijo mío que toca el corazón a la hora de responder a algún pedido. El nosotros familiar no permite que se convierta algo tan precioso como la oración en un bien más de consumo.

            “Podemos preguntarnos -prosigue el Papa-: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿o pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese «nosotros» que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas”.

            Por fin, la bienaventuranza de las persecuciones, los insultos y las exclusiones. Salten de gozo, dice Jesús. Así trataron a los profetas. Ser profeta -que la palabra que uno dice y el testimonio que da, deje huella, le haga algún bien concreto a otros- es la gracia propiamente evangélica. La señal de que uno fue evangelizado (por un profeta de palabra eficaz y fecunda) es que uno la comunica y la anuncia también proféticamente, de manera que incide en la vida y deja marca. En este ámbito de la profecía, del martirio (porque se es profeta por el testimonio de vida y no solo porque uno habla o escribe) el nosotros adquiere una dimensión misteriosa. Impresionan los “compañeros mártires”, esos mártires que dan la vida en grupo, sin distinguirse quién era “más santo” o tenía tal cualidad. Es el hecho duro y neto de haber dado la vida junto con los demás el que hace a nuestros mártires santos la causa de que nos haya llegado al fondo del corazón la fe. Es la multitud de testigos la que transmite la fe. Testigos anónimos, que amaron y dieron la vida, sin reclamar nada para sí. Esta entrega constituye ese nosotros al que gozosamente nos sumamos. Silenciosamente nos sumamos, cada uno cuando le llega su tiempo. No hay otro orgullo más grande que el que se siente al poder formar parte de ese nosotros: uno más, en medio de nuestro pueblo. No entramos en este nosotros dichoso por ningún reconocimiento externo. Entra el que lo vive y lo goza de adentro, el que desea ser “nosotros”, el que se esfuerza interiormente por dejar de ser “yo, me, mi, conmigo” y ama sentirse uno más de los que “aman a Jesús aún sin haberlo visto”. Uno forma parte cuando busca sólo la ayuda y la aceptación del Señor, que es el que pronuncia ese “felices ustedes” y ese “vengan ustedes, benditos de mi Padre”, que justifican la vida. 

            No hay otro pecado para pedir perdón sino este -fundamental, clarísimo, inexcusable- de no estar a la altura de este nosotros. El pecado de ser solo “yo”. 

            No hay otra gracia para agradecer más que la de ser invitado -sin mérito alguno, por pura gracia- a formar parte de los que entran a este banquete y forman parte de este reino. 

Ir aprendiendo cada vez que digo “yo” a corregirme y agregar “nosotros” es la gracia. Nosotros los hombres. Nosotros los de nuestro pueblo. Nosotros los de nuestra familia. Nosotros… 

Dichosos nosotros, si apuntamos en esa dirección, enderezando el rumbo empecinadamente hacia un nosotros abierto, al que pueden venir a habitar todos los hombres de buena voluntad. Ay! de nosotros si vamos para el otro lado: para el nosotros que se achica y se encierra. 

Diego Fares sj

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Queridos amigos de las Contemplaciones:
Salió el librito APESEBRAR EL CORAZÓN. Contemplaciones de Adviento.
Se puede conseguir en Kindle y leer en el celular. Son las contemplaciones de siempre y espero que ayuden.
Traté de poner el precio más bajo que me dejaban. También se puede «prestar» digitalmente a otros amigos y leer gratuitamente si uno está en kindle ilimitado.
El libro en papel se puede comprar pero es más caro y tardan en mandarlo. Por eso lo puse en digital. Salió con retraso y tiene sus defectos de edición -pero como el pesebre, basta si se lee con cariño.
Un cordial saludo a todos.
padre Diego
Si se ponen sobre este enlace y dan click y luego otro a lo que aparece abajo los llevará al Pesebre en amazon…

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Mis «regalías» irán de limosna a los pobres -son pocas moneditas, pero valen-.

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Jesús dijo a los judíos:

Yo soy el pan viviente que ha bajado del cielo.

Si alguien comiere de este pan vivirá para siempre,

Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos discutían entre sí, diciendo:

¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

Jesús les respondió:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del Hombre

Y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,

Y Yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.

Así como Yo que he sido enviado por el Padre Viviente,

vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo,

No como el que comieron sus padres y murieron.

El que coma de este pan vivirá eternamente.

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6, 51-59).

Contemplación

“Este hombre”. Discutían los judíos diciendo: cómo puede “este hombre” darnos a comer su carne? Verlo como un hombre común hacía que no le creyeran. Para nosotros, que Jesús pueda ser Dios siendo un hombre común nos lo acerca y nos maravilla. Nos abre el corazón y nos amplía la mirada a considerar otra manera lo que significa “ser hombres”, la dignidad del ser humano.

Y si reflexionamos sobre la Eucaristía, comulgar con Jesús Pan del Cielo no significa comulgar solo con Dios, no significa recibir algo divino, especial, único, celestial. También significa comulgar con el hombre, con algo humano, común, terrenal.

Cuando Jesús elige hacerse Pan, lo hace porque encuentra en el Pan algo que expresa la relación que Él tiene con el Padre y que quiere compartir con nosotros. Por un lado, encarna las cosas de Dios en medio de la vida cotidiana. Pero este es un camino de bajada y de subida: en el Pan vivo la vida cotidiana se vuelve espiritual, adquiere un significado fecundo y hondo.

Lo que quiero decir es que Jesús se hace pan humano y que el pan humano se hace Jesús.

El pan es alimento común, sencillo, diario. Pero en su sencillez tiene algo extraordinario, no es cualquier alimento.

Que el pan se pueda hacer Jesús significa que hay realidades humanas que, en su simplicidad, tienen algo más.

José y María eran personas sencillas, gente “de la puerta de al lado” como dice el Papa. Pero lo ordinario lo vivían “de modo extraordinario”. Y en esto consistía su santidad. Extraordinario no en el sentido de algo maravilloso o extraño, sino en el sentido de un “extra”, un plus de amor, de alegría, de fe, de espíritu de oración y de servicialidad con los demás.

Jesús durante su vida oculta era sencillo como el pan, pero la intensidad con que vivió sus años de Nazaret, fue algo extraordinario. Me gusta pensar que el Señor “inventó” sus parábolas en aquella época, viendo a su madre amasar el pan, con ese poquito de levadura que fermentaba toda la masa…Y que aprendió de su padre San José el modo de partir el pan que se convirtió en la característica de los cristianos.

El ser profundamente humano Jesús lo aprendió viviendo la vida cotidiana en su casa, en su barrio y en medio de su pueblo, como uno más. Por eso, en el pan de la Eucaristía podemos saborear y gustar los olores y las texturas de Nazaret, las relaciones simples de la gente de un pueblo pequeño con historia y con memoria.

En la comunión entramos en relación con Dios, pero estemos atentos: no se trata del Dios del Cielo sino del Dios que ha bajado del Cielo. Antes de “subir” a algún tipo de experiencia devota o mística, hay que aprender a bajar y comulgar con la Carne entregada y la Sangre derramada del Señor. Y antes de eso, antes de que pudiera entregarla y derramarla, la Carne y la Sangre del Señor crecieron y circularon por los días y las noches de Nazaret, caminaron y trabajaron codo a codo con la carne y la sangre de sus paisanos.

Comer la Carne que nos da “este hombre” es comulgar con lo más humano de Jesús. Comulgar con una vida de la que el evangelio no nos da muchos detalles no porque no se hubieran podido conocer sino por que eran tan comunes que cualquiera puede imaginarlos sin temor a equivocarse.

El Pan de Jesús tiene las cualidades simples y comunes de nuestra vida como hombres y mujeres de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.

Señalo dos características de este Pan. Es un Pan que ha bajado del cielo. Comerlo gustando su verdadero sentido es comerlo “bajando”, al encuentro de los heridos que están al costado del camino que baja de Jerusalén a Jericó. Es verdad que es Pan del Cielo, pero es Pan bajado del Cielo. Nosotros solemos comerlo intentando subir, intentando tener deseos elevados. Y más bien se trata de comulgar animándonos a ir a lo más bajo hasta donde ese Pan ha querido llegar: comulgar con la carne de los más pobres, de los más desposeídos, de los que están abajo. No solo muy abajo sino también un poquito más abajo que nosotros. En clase social, en jerarquía, en saber, en cultura… en todo. Comulgar es gustar a Dios en lo más bajo.

La otra característica es también relacional: Jesús dice que si lo comemos viviremos por Él. Y -agrega- así como Yo vivo por el Padre.

El Padre es Pan para Jesús! Y por eso Jesús se hace Pan para nosotros. Pensar en que el Señor también comulgaba, nos hace bien. Pensar que cuando nos enseñó a rezar diciendo: “Padre nuestro… danos hoy nuestro pan cotidiano”, hacía referencia a su modo de estar en relación con el Padre, hace bien.

No es que nosotros tenemos que comulgar para tener vida eterna como si esta vida fuera un añadido, un suplemento alimentario. Jesús es Dios y su modo de serlo es “vivir por el Padre”. Comulgar, vivir por otro, alimentarse de otro, no es solo porque “carezcamos” de un bien, sino que es un modo de relacionarse de seres plenos que comparten su plenitud.

Cuando ya tengamos vida eterna seguiremos comulgando, eso quiero decir. La vida eterna el Señor la describe con la imagen del Banquete y eso significa que seguiremos comiendo y comulgando con Él, viviendo por Él.

El Jesús con el que comulgamos es un Jesús Pan que se alimenta del Pan del Padre, como hombre y como Dios. Me detengo en esto para complementar o para cambiar una imagen de la Eucaristía como algo inventado por Jesús para nosotros, algo que resulta un poco extraño. A los de su época, porque lo veían muy “este hombre” que conocemos, el hijo del carpintero, el hijo de María… A nosotros porque nos parece algo “especial”, algo que rodeamos de una liturgia particular y que sólo es para algunos, para los pocos que practican.

Pensar la Eucaristía como algo muy íntimo y propio de Jesús y del Padre, que nos quieren compartir, es muy consolador. La relación entre ellos es “Eucarística”. Jesús siempre está agradeciendo y bendiciendo al Padre y el Padre siempre está regocijándose en su Hijo predilecto. Ellos se comulgan entre sí. Al comulgar, nosotros nos hacemos semejantes a ellos. Y entonces sí, podemos convertirnos en pan para los demás. Vivir comulgando con otros. Todos de igual a igual, con la igualdad que da la mesa y el pan compartidos.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

—«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

—«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

—«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Contemplación

Escuchadlo!

Ese es el único mandato del Padre a Pedro, Santiago y Juan: que escuchen a Jesús.

Por qué? Por que es "su Hijo amado, su predilecto".

Qué supone el Padre en ellos, los testigos, para confiarles sus cosas así?

El supuesto general de la escena es que los discípulos saben que les está hablando Yahve, el Señor su Dios. Su voz les entra en el corazón como en casa propia.

Les dice que escuchen a su Hijo.

No hace falta que les mande directamente que lo obedezcan. En sus oídos habrá resonado el "Escucha Israel", que es el modo en que el Señor hablaba a su Pueblo.

El Padre se sitúa en ese lugar tan especial que es donde uno escucha a otro. Como cuando uno le dice a alguien "escucha esto" e insiste, escucha, como diciendo yo se que si escuchas te va a gustar, te va a convencer, te va a hacer bien.

Esto supone conocimiento y confianza en ellos, en su capacidad de discernir por ellos mismos la verdad de lo que les dice.

Para ellos, que sentían la amistad y predilección de Jesús, que los había llevado aparte con Él y se les había transfigurado, el argumento del Padre, que les habla de predilección y amor por su Hijo, los hizo sentirse identificados con Jesus.

La amistad del Señor con nosotros nace de su amistad con el Padre.

Este es el mensaje que está detrás de las palabras, como la nube que los cubre con su sombra -el Espíritu Santo-.

Que Jesus se transfigura fisicamente es el efecto de la transfiguración interior: se transfigura a sus ojos como predilecto y amado. Y esta revelación del porqué de su bondad -Jesus se muestra tan bueno porque es muy amado y ese amor que recibe redunda en beneficio de todos- les hace comprender lo que el Señor está haciendo con ellos al mostrarles su amor preferencial. Los esta consolando y fortaleciendo interiormente para que, sintiéndose muy amados, puedan consolar y hacer sentir lo mismo a los demás. Así se expandirá el cristianismo… Esta será la alegría del evangelio, la alegría del amor que los testigos transmitirán con su palabra y su vida.

Diego Fares sj

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Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.
Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente
y se le enterneció con ellos el corazón
y se puso a curar a sus enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:
‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.
Pero Jesús les dijo:
‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.
Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.
‘Tráiganmelos aquí’, les dijo.
Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,
tomó los cinco panes y los dos pescados,
y levantando los ojos al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes,
los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse
y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,
sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación
Tomamos la escena en el punto donde los discípulos consideran que “ya está bien” y Jesús les sale con un “denles ustedes de comer”.
El Señor mira a su pueblo con la lógica del más.
Los discípulos siguen la lógica del “ya está bien”, la lógica del sentido común.

La lógica del más surge de un enternecimiento del corazón.
Jesús primero se deja tocar el corazón al ver la gente -la pobre gente- cómo lo sigue…
Se pone a curarlos…, se detiene a escuchar a cada uno que le cuenta lo que le pasa, mira a los ojos, los bendice… Y su corazón se va llenando del cariño y del agradecimiento de la gente. Entonces surge –espontáneo- el pensamiento de “qué más podemos hacer por ellos”.
Uno piensa distinto cuando se le enternece el corazón.
Los discípulos en cambio siguen los horarios: hora de comer, hora de irse a casa… Y estas necesidades corporales dan un tinte pragmático a su pensamiento. Su lógica no es la del que endurece su corazón y busca ávidamente su propio interés y bienestar.
Es una lógica normal, sensata… Pero puede llegar a anular la lógica de Jesús.
Sin hacer nada de malo. Solamente no haciendo nada de más.

El criterio de proponer algo más, concreto y bueno
Siguiendo nuestro tema de discernir los lenguajes tramposos, viene bien recordar aquí un tercer criterio de San Pedro Fabro que puede sernos útil. Tiene como punto central el “magis” que caracteriza la espiritualidad de los Ejercicios, pero que, como vemos, es la característica de Jesús. De un Jesús a quien se le enternece de compasión el corazón y siempre está dando de más, siempre está viendo qué puede hacer para acercarse a la gente, para dar la vida a pedacitos, como un Pan que se desmigaja para que todos coman.
¡El más del Señor!
La abundancia de vino en las bodas de Caná;
estar siempre soñando y creando parábolas nuevas
para ayudar a comprender cómo se vive en su Reino a los pequeñitos;
sus invitaciones a no pasar de largo ante el que necesita;
a no dar por perdida a ninguna oveja,
a sembrar en todos los terrenos…
Jesús siempre buscando cómo darse más, hasta el extremo de lavar los pies y de abrazar la Cruz, hasta darnos a su Madre… y al Espíritu, que es el “Plus” del don.
El Más de Jesus y del Padre es el Espíritu Santo, Creador y dador de Vida.

San Ignacio es el hombre del más, de la mayor gloria de Dios. Pero hay que entender bien el más ignaciano. No se trata de un más ideal, de una perfección en abstracto, escrita en los libros de mármol con que se retrata al santo. El más de Ignacio es el de Jesús: un “más” concreto, posible, encarnado en la vida de la gente, que tiene en cuenta tiempos, lugares y personas.
Es el pasito adelante del que siempre habla el Papa Francisco: ese más que le agrada al Padre, el más que nos sugiere en cada situación el Espíritu Santo.
Puede ser el más que proviene de una multiplicación de Dios, como en el pasaje de hoy.
Cuando el Señor multiplica su gracia, los discípulos tenemos más trabajo. No solo repartir la comida sino que hay que juntar después las doce canastas con lo que sobró.
Pero también es el más escondido y voluntario de las dos moneditas de la viuda y de la decisión de la pecadora de quebrar su frasco de perfume de nardo carísimo y la idea loca de ir a ungir los pies del Señor a la casa de un fariseo…
El paso adelante puede ser el de San Estanislao Kolbe en la fila de presos, un paso al martirio, y también un paso interior, como el de Teresita cuando decidió olvidarse de las “ofensas” que le hacían los demás y fue feliz. Un paso pequeño como el que dio el niño del evangelio de hoy para ofrecer sus cinco pancitos a Jesús.
Pequeños o grandes, estos son “un paso más en el Espíritu”.

La lógica del amor se alegra siempre con estos más.
Los sueña, los planea, los ejecuta y los saborea…
Y esta regla del más “mueve los espíritus” y permite discernir el buen espíritu del mal espíritu que, como veíamos, no siempre propone algo malo. Muchas veces lo que hace es proponer un “menos”. Un “hasta ahí” que no es inofensivo. Porque puede llegar a apoderarse de la entera religión.
Puede transformar el cristianismo en una religión del cumplimiento, del hasta ahí se puede y hasta ahí no. Puede modelar la mentalidad de generaciones enteras y durar mil años, aprisionando el vuelo amoroso del Espíritu, que quiere poner en acto las palabras de Jesús: denles ustedes de comer.
Esta lógica del “hasta ahí” puede llegar a enjaular al Espíritu, para que no haya excesos de carismas y a frisar a Jesús Eucaristía en el tabernáculo, a la espera de que los hambrientos cumplan con todas sus disposiciones legales para poder comulgar.
Es peligrosa la lógica del hasta ahí.
Y no se conforma con impedir a los que quieren dar un pasito más, sino que los ataca, los difama y trata de eliminarlos.

Fabro tiene una regla infalible que ayuda a hacer “que salte” este espíritu que suele estar muy calladito, tratando de que no se mueva nada.
Dice así: “En general, cuando se propone (a una persona o uno a sí mismo) cosas más altas o para obrar, o para esperar o desear, o para creer, o para amar, para aplicarse a ellas, con tanta mayor facilidad se tendrá experiencia de la diferencia entre el bueno y el mal espíritu (…): el que justifica y el que mancha, el que da fortaleza y el que debilita, el que ilumina y el que ofusca; en otras palabras, el bueno y el que es contrario al buen espíritu".

Para discernir hace falta “tener la experiencia de una diferencia”. Esta es la gracia.
No es que uno discierna todo ni saque todas las consecuencias inmediatamente.
A veces lleva años ver los frutos de una acción del buen espíritu que, al comienzo, parecía igual a lo que proponía el malo –como al comienzo parecen iguales el trigo y la cizaña-.
Lo importante es experimentar la diferencia.

La experiencia es más que tener una idea o un sentimiento.
Uno experimenta cuando de alguna manera recorre un camino –interior o exterior-, va y viene, toca el suelo, gasta un tiempo, nota los detalles del camino… Experimentar la diferencia entre cómo actúa el buen espíritu y cómo el malo, es algo que después se resume en una palabra o en un detalle, pero que revive la experiencia completa.

Al proponer “algo más”, uno experimenta la diferencia:
entre el buen espíritu que te justifica el paso adelante y el mal espíritu que te mancha (que te embarra la cancha, que te pone palos en la rueda, que te frena con la culpa y los habría que…);
entre el buen espíritu que te da fortaleza en el paso adelante y el malo que te debilita;
entre el buen espíritu que te ilumina (se te prende la lamparita y “ves”) y el mal espíritu que te ofusca y trata de confundirte con razones a medias, con falacias de programa de tv y verdades enojadas que te manda por mail.

Si uno escucha desde esta perspectiva las palabras del Papa Francisco, verá que este dinamismo de invitar a dar un paso adelante –posible y concreto- en el amor a Jesucristo y al prójimo, es una constante. Tanto cuando predica como cuando escribe, Francisco sigue una teología práctica, kerigmática: más que ayudar a definir ayuda a vivir.
Es una teología que quiere ayudar a personas concretas
A que “en todo puedan amar y servir a Dios nuestro Señor”;
a encontrar el “más” del Espíritu en su vida concreta,
en el paso de conversión y en la elección del lugar de servicio a que el Señor llama a cada uno, si quiere escuchar.
Pare esto es que el Papa remueve la tierra del corazón, provoca movimiento de espíritus, interpela a discernir personalmente qué le dice el Espíritu a cada uno y no a opinar qué está diciendo “en general”.
Por eso no es pertinente que, cuando trata un tema que juzga necesario para la conversión del corazón e insiste en un punto, se critique que por qué no habla también de otros temas o se diga que si ese punto se “universaliza” no será factible de realizar. Como dicen en Europa cuando se trae una familia de refugiados en el avión. “Por que no trajo otras”. “Si todos hacemos lo mismo nos invaden…” Es curioso cómo una mentalidad consumista, que se cree que las promesas de la teología de la prosperidad y de las empresas tipo herbalife, que crean estructuras piramidales de vendedores a los que estafan, tenga miedo de multiplicar los pancitos para dar de comer a los pobres…
La táctica del mal espíritu es proyectar un “más abstracto” sobre un más concreto (abierto al más del Espíritu). Así termina por forzarlo y bloquear su dinamismo.
No son pertinentes las críticas que formulan las preguntan de este modo:
¿Por qué fue a África central y a Asia oriental, a Suecia, Turquía y varios países de América latina, pero no a su país?
La lógica sobre la que trabaja una pregunta así es: si visita “todos” cómo no va a visitar “uno”, o: “por qué no privilegia al suyo, si lo quiere”. Son dos posibilidades, pero no las únicas. Si es verdad que el Papa sigue la lógica de buscar el mayor bien concreto y posible, se podría abrir el pensamiento, no descartar otras posibilidades y plantear las cosas de otra manera: No será que está buscando el momento justo para que una visita pueda hacer el mayor bien posible? El que sigue libremente este camino de interpretación, se pone a preparar el corazón para la visita que vendrá. El que elige los otros caminos es probable que se enoje o se desilusione y que tire comentarios como el de la parábola de los obreros de la última hora, que murmuraba porque se les pagaba primero a los últimos. Jesus le dice: acaso yo soy malo porque tu ojo es envidioso?

Para discernir hay que animarse a “dar un paso más ” en nuestra vida de cristianos.
No es un paso moral, en el sentido de que se nos pida que demos mas limosna o hagamos un sacrificio… Este es el oido rutinario con que el termino medio de la gente escuchamos e interpretamos cada vez que se nos dice “un paso mas”. No se trata de eso.
Se trata de un paso más en el ejercicio de nuestra libertad de pensamiento.
A veces es un paso atrás: antes de optar y de manifestar lo que pienso, animarme a examinar mis pensamientos y preguntarme si estoy de buen espíritu o estoy tentado. Más allá del tema de que se trate y de si tengo razón o no. Animarme a preguntarme si el dinamismo que me empuja lo sopla el buen espíritu o el malo. El paso atrás es doble: me lleva a no meterme directamente con los otros y a ser crítico conmigo mismo. En mi interior puedo experimentar la diferencia entre el buen espíritu y el malo.
Este paso más implica un cambio cualitativo. No solo miro “cosas” sino dinamismos. “Si digo esto ahora, va a ser para mal”. Uno lo sabe. Y si da un paso atrás y espera el momento oportuno en que el otro este bien, la misma palabra que antes era para mal se convierte en una palabra buena.
Denles ustedes de comer!
El que dice esta palabra, el que nos manda que demos de comer a la gente, no solo pan sino su palabra (y no seamos de los que reparten pescado podrido), es Jesus:
Un Jesús al que la ternura y la compasión le han dilatado el corazón (el cura de Ars decía que “rezar es dilatar el corazón).
Un Jesús que antes de actuar sitúa su acción entre el agradecimiento al Padre y el buen deseo con el que bendice los panes que multiplica.
Esos panes así deseados, agradecidos y bendecidos, son los que tenemos que dar de comer a la gente de nuestro pueblo. Esos que el Señor multiplica y que nos dan más trabajo. No solo material, sino el trabajo de discernir si estamos dando el pan de la Palabra.
Diego Fares sj

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