Que nadie se de cuenta, pero que Jesús nazca (Adviento 4 C 2015)

 

 

puerta santa (1)

 

Levantándose María en aquellos días

se encaminó con premura

a la montaña, a un pueblo de Judá

y entró en la casa de Zacarías

y saludó a Isabel.

Y sucedió que, apenas oyó Isabel el saludo de María,

Saltó de gozo el niño en su seno,

e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,

y levantó la voz con gran clamor y dijo:

– «Bendita tú entre las mujeres

y bendito el fruto de tu vientre!

¿De dónde a mí esto: que la madre de mi Señor venga a mí?

Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,

exultó de alegría el niño en mi seno.

Dichosa la que ha creído

que llegarán a cumplirse plenamente

las cosas que le han sido dichas de parte del Señor» (Lc 1, 39-45).

 

Contemplación

“María nuestra Señora cuida la gracia levantándose tempranito y yendo a servir”. Este pensamiento me consoló en la acción de gracias de la misa de 6,30 hs., en la Iglesia grande, solos el Hno Rizzo y yo. El agradece tener cura que le diga la misa cuando el Superior no está, y yo agradezco tener pueblo fiel (la broma siempre es la misma, él pregunta si no me molesta decir la misa tan temprano y yo le digo que no si él hace la colecta).

Jesús encarnado –e inculturado- crece solo y va dando fruto sin que nos demos cuenta, expandiéndose en nuestra vida como un árbol al revés, como decía Fabro, un árbol que tiene su raíz en el Padre y da fruto sobre nuestra humilde tierra. Vemos cómo sin decir nada a nadie, ni siquiera a José, María despierta la fe en Jesús escondido en su vientre.

Hoy Isabel reconoce al Salvador por los movimientos interiores –físicos- que Jesús le hace experimentar: “Apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, exultó de alegría el niño en mi seno”.

Son, por tanto, dos gracias a recibir en Navidad: una la de cuidar la gracia “yendo cada uno a servir”, allí donde tenemos a nuestra “Isabel”. La otra, la gracia de reconocer a Jesús escondido por la alegría que hace brotar en nuestro corazón.

Ayer, al abrir la Puerta Santa del Hogar de Caritas en la Estación de Términi, el Papa Francisco decía: “El Señor nació totalmente escondido, totalmente humilde. Las grandes ciudades del mundo no sabían nada. Y así es Dios entre nosotros. Si tú quieres encontrar a Dios, búscalo en la humildad, búscalo en la pobreza, búscalo allí donde está escondido: en los necesitados, en los más necesitados, en los enfermos, en los hambrientos, en los encarcelados”.

Mientras el Papa estaba predicando esto, que leí después, yo estaba yendo a la misa y me encontré con Constantino, el mendigo que vive en Términi, en su silla de ruedas, con esos ojos y esa sonrisa cada vez más linda y su estado general más deteriorado. Había ido a Santa Marta a buscar unas cosas y ví que el auto del Papa estaba esperando afuera. Pregunté a donde iba y me dijeron que a Términi, al Hogar de Cáritas, así que me fui rápido en el 64, pero tardó una enormidad, así que llegaba tarde. Hay que caminarse unas cuadras largas por via Marsala, que está al costado de la estación, para llegar al Hogar y al dispensario médico de Caritas. Y en el rinconcito acostumbrado me lo encontré a Constantino que me recibió con una linda sonrisa, aunque nos vimos sólo dos veces. Está en medio de la estación pero metido entre unos paneles, de manera tal que tiene su privacidad cuando quiere. Estaba al tanto de todo: “lástima que hoy no puedo ir porque viene el Papa, pero…” –hizo un gesto como mostrando su situación, la silla… Si quiere lo llevo, le dije. Gracias, pero hay que bajar por Marsala… y está frío. Dígale que haga una “preghierina per me” y que yo rezo por él. Le dije que sí, aunque no lo vería de cerca al Papa y le pedí que rezara por mí, que yo era el Padre Diego. El Padre de Diego! me dijo mirándome. No el cura, le dije. Ah! El cura. Pero entonces nos conocemos de toda una vida! Ahí me hizo emocionar, porque son esas cosas que uno sabe quién es el que está hablando, escondido en la fragilidad de la memoria de un anciano. Le di un beso, diez euros, que le parecieron “bien”, “para tomar algo después”, y me fui a la misa. Estaba lleno de gente y no se podía entrar, así que estuve afuera con la gente. En la comunión, una monja salió a la calle y como no le alcanzaban las hostias empezó a partirlas, con gran delicadeza, hasta que las dos o tres últimas las fragmentó –literalmente- en diez pedacitos cada una y esos pedacitos en dos, así que al final alcanzaron como para cincuenta más. Todos extendíamos la mano y recibíamos una hostia tan chiquitita que había que comerla de la mano misma, sin agarrarla con los dedos. Fue una linda comunión allí en el Hogar, mendigada, como corresponde.

Antes de irse del Hogar, le cantamos el feliz cumpleaños y el Papa resumió su prédica: “Está cerca la Navidad, está cerca el Señor. Y el Señor, cuando nació estaba allí, en aquel pesebre, y nadie se daba cuenta de que era Dios. En esta Navidad deseo que el Señor nazca en el corazón de cada uno de nosotros, escondido…, de manera tal que ninguno se de cuenta, pero que el Señor esté. Les deseo esto, esta felicidad de la cercanía del Señor”. Eso de que “nadie se de cuenta” pero “que esté”, fue lo que me llevé. Y el modo es el que nos indica nuestra Señora: yendo a servir. Allí el reconocimiento viene de los pequeños. Y ese reconocimiento sí que nos hace bien. A la Virgen también le agrada este reconocimiento y con Isabel le decimos, espejándonos en sus ojos limpios y en su alma que es cielo abierto: Dichosa la que ha creído que se le cumplirían todas las cosas que le fueron anunciadas de parte del Señor.

Diego Fares sj

 

Nuestro quehacer y la Virgen (Adviento 3 C 2015)

La gente le preguntaba a Juan:

– «¿Qué debemos hacer entonces?»

El les respondía:

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos

vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:

– «Maestro, ¿qué debemos hacer

El les respondió:

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer

Juan les respondió:

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa

y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,

él tomó la palabra y les dijo:

– «Yo los bautizo con agua,

pero viene uno que es más poderoso que yo,

y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;

él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.

Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era

y recoger el trigo en su granero.

Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»

Y por medio de muchas otras exhortaciones,

anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

 

Contemplación

En el día de nuestra Señora de Guadalupe, los tres “qué debemos hacer” de la gente se conjugan en el “hágase en mí lo que dice tu Palabra” de María. Qué puedo hacer, qué hago, qué tengo que hacer… son preguntas normales que acompañan nuestra vida y tienen todos los tonos y matices que el correr mismo de la vida les da. Qué puedo hacer es a veces un sencillo “en qué te puedo ayudar”, como el de María que piensa en su prima Isabel y parte de mañana, con prontitud, nos dice Lucas, para darle una mano. Qué puedo hacer es, otras veces, una constatación de que uno no puede hacer nada y aquí es bueno recordar lo que le dice el Arcángel a la Virgen: “no hay nada imposible para Dios”. De la mano cálida y amiga de María podemos siempre sumergirnos en la intimidad de esa fe en que para Dios nada es imposible. Podemos preguntar humildemente por el “cómo”, que siempre estará ligado a la humildad y a la cruz de Jesús y en esa sombra amorosa y nublada con que el Espíritu Santo vela su acción y la desvela.

Qué hago, qué hacemos, la pregunta tiene para nosotros sabor a Caná. Dónde María se da cuenta de que falta el vino en la boda de sus amigos y va a Jesús con esta pregunta implícita: no tienen vino, le dice y queda flotando un qué hacemos? Es más lindo tener a mano el “qué hacemos” dirigido de tú a tú a Jesús, que el “qué hago” tan autorreferencial, tan limitado. Qué hacemos, Señor, pronunciado junto con María, produce esa linda trinidad en la que estamos incluidos si queremos involucrarlos a ellos dos. En este qué hacemos la mayor parte del milagro será de Jesús, como en Caná, pero nuestro esforzado y humilde aporte de poner agua en las tinajas, será nuestro y tan parte del milagro como la conversión de ella en vino. El consejo atento de María actuará mediando bien, para que el “hágase lo imposible” de Dios se vuelva posible gracias a nuestro “hacer todo lo que Jesús nos diga”, especialmente en los detalles.

Qué tengo que hacer es la pregunta del deber que el evangelio mejora pero no descuida. Hay un mínimo y un límite, un horario y una cuota que hacen a la justicia, que nos igualan a todos. Jesús mismo hizo lo que tenía que hacer según la ley y se bautizó con Juan. Aquí es bueno que la pregunta se haga en singular y cada uno se lo responda a sí mismo y se someta al juicio de Dios y de los demás, según la ley común. Antes de señalar lo que “deben” hacer los demás, es bueno aclararme lo que debo hacer yo, según mi conciencia ante la ley exterior y ante lo que yo se que he recibido y que me obliga en lealtad.

San José nos puede ayudar en este nivel, con sus sueño angustiado frente a su deber ante el embarazo de María, su prometida. El Señor le ayuda con ese “no temas” en el que abrazar a su esposa con el hijo que lleva en su seno y hacer frente a la situación que los deja mal parados socialmente, es bendecido por el Señor, con la gracia más grande de su vida. José “toma todo”, se compra el campo entero, y gana el tesoro escondido. Vende toda su fama y su futuro y se compra la Perla preciosa que es María con Jesús y los lleva a su hogar. No achica el amor a la medida del deber mínimo, de lo tolerable y razonable, sino que se juega entero por la persona que ama y decide bien.

………

Hace 29 años, el 12 de diciembre de 1986, fuimos ordenados sacerdotes seis jesuitas –todos conocen al padre Rossi y muchos al padre Yañez y al padre Cantó…-. Al pedirles que den gracias por nuestro sacerdocio y rueguen a nuestra Señora para que nos bendiga y nos dé la mano para que respondamos bien a estos qué hacemos, que más podemos hacer y cada uno a su qué debo, comparto tres gracias.

Una, que hoy celebraremos en San Pedro junto con Francisco. Aquel 12 de diciembre fue mi  padrino de ordenación y su paternidad espiritual, desde entonces, no ha hecho más que crecer y renovarse de manera tal que el sentimiento lindo de ser hijo, cuánto más crece en mí más grande lo siente a él. Sentir que el padre de uno es el Padre de todos, es lo que nos regaló Jesús al traernos a su Padre. Contemplar este misterio grande encarnado en la medida humana pequeña de la propia vida, es una gracia, muy de uno y muy de todos. Compartible, como todo lo de Jesús.

Otra gracia de ese día fue la que recibí al ir en procesión junto con todos los jesuitas por los corredores del Máximo. El Padre Marangoni que iba detrás me preguntó si había pedido la gracia. Sin darme vuelta del todo y sintiéndome en falta porque no tenía idea de qué había que pedir le pregunté “qué gracia?”. Y me dijo: “la que se pide el día de la ordenación. El Señor no nos niega nada este día. Pedila, zonzo! Y yo rebusqué en mi corazón a ver qué pedido tenía y me salió no sé de donde (aunque sí se que fue de Ella) un: “Señor dame la gracia de hablar bien de tu Madre a tu Pueblo”. En el mismo instante que se formuló así, tan clara (y que hoy veo mejor formulada con esos dos “tú”) me vino la duda, como pasa cuando uno ya pidió y no puede volver atrás. Me pareció “poca cosa”, como si el maligno me dijera: te perdiste una oportunidad y pediste poca cosa. Yo respondí interiormente con lo que fue una especie de “defensa de María”, y dejé en sus manos la cuestión de la gracia porque ya estábamos llegando a saludar el altar y yendo a nuestros puestos, en el pasto, junto a la fuente, y el coro cantando “ya no los llamo siervos, sino amigos”.

Con el tiempo, esta gracia de la Virgen, y de hablarle bien de ella a su Pueblo fiel (que no lo “necesita” porque la ama tanto o más que el que les habla, pero que “le encanta”) ha sido siempre fuente de fecundidad. Es un “hablar bien” que no es solo hablar: en lo chiquito, por ejemplo, es un hacer practicar a muchos el pedido a “los ojos de la Virgen” cada vez que uno pierde algo, y recibir luego la alegre exclamación de alegría cuando se los hace encontrar. En las cosas prácticas es un dar testimonio de su ayuda, que va tan unida a San José, que parece que es gracia sólo de él siendo que es Ella la que pone todo en sus manos, como hace con Jesús. Este testimonio de que es Ella, cuanto más escondida más presente, con sus buenos deseos de benevolencia para con nosotros, es también un modo de “hablar bien”. Y así tantas cosas, como estar hablando ahora de una gracia que sé que ya conté y cada vez que la cuento de nuevo lo renueva todo y llega al corazón y sale en lágrimas mansas.

 

La tercera gracia sacerdotal, además de la del padrino y de la Virgen, fue de Chela, una querida misionera del Barrio de Sumampa, donde misioné tantos lindos años construyendo con la gente la ermita de la Virgen, primero, el quincho luego y la Iglesia por fin. Luego de la ordenación la gente nos vino a saludar y al bajar por las escaleras del Máximo, nos esperaba a cada uno su “porción del pueblo de Dios”. Mi gente me abrazaba y estrujaba por todos lados (era más “abarcable” en aquella época) y Chela que era grandota, me plantó un beso en las manos y me dio un abrazo de oso con tanto cariño y alegría que me hizo decirle con toda confianza lo que venía sintiendo como de reojo en el corazón: “están más alegres ustedes que yo”. “Y claro Nene, si vos sos para nosotros”, me dijo y me miró a los ojos como diciendo “te das cuenta qué lindo”. Allí me terminó de caer la unción del Espíritu, que desciende con las palabras del Obispo y la imposición de sus manos y se multiplica luego en las palabras de su pueblo fiel y en esa imposición de manos que son abrazasos: el sacerdocio es para los demás. Con esa fe es que comparto estas cosas para que cada uno se las apropie todo lo que pueda y de gracias por el sacerdocio que el Espíritu suscita en el Pueblo Sacerdotal de Dios.

Diego Fares sj

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Los preparadores de caminos (Adviento 2 C 2015)

 

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El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César,

cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,

siendo Herodes tetrarca de Galilea,

su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide,

y Lisanias tetrarca de Abilene,

bajo el pontificado de Anás y Caifás,

vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán,

anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados,

como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:

“Voz de que clama en el desierto diciendo:

Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos.

Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.

Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano.

Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación

La sola mención de los nombres y lugares nos hace ver que la geografía política en la que viene a la historia el Señor fue siempre, y sigue siendo, un espacio de conflictos. En aquella época, luego de la muerte de Herodes el Grande, sus hijos se habían repartido el territorio, pero los romanos tuvieron que poner un Procurador en Jerusalén, ya que allí los conflictos eran mayores y los mismos judíos no podían resolver sus problemas internos. Actualmente sucede lo mismo, vemos la región en disputa entre judíos, palestinos, sirios, libaneses… y las potencias mundiales que intervienen.

Se da en Jerusalén una lucha por los espacios que es como un espejo en el cual se pueden contemplar todas las luchas por espacios políticos: las que se dan en grande, a nivel de imperios, las que se dan a escala de cada país, las que se dan en la Iglesia y también en nuestras instituciones.

La imagen opuesta a luchar por espacios es la de preparar un camino: “preparen el camino del Señor”, como predica Juan.

Esto solo debe bastar como imagen fuerte y clara para orientar el corazón del que se desanima en medio de los conflictos y luchas de poder en medio de los cuales le toca vivir y trabajar. Donde sea que uno esté y donde quiera que uno se vea tentado de “tomar parte” la opción sigue siendo entre “ocupar espacios” o “mejorar caminos”.

Qué le agrada al Señor? nos podemos preguntar con la ingenuidad de Santa Teresita. Al Señor le agrada la gente que anda ocupada en prepararle caminitos. Especialmente para que los recorran los más pequeños. No le interesa al Señor que le demos un territorio conquistado. El precio de los espacios conquistados suele ser la exclusión de muchos.

Al Señor no le interesan los territorios sino los corazones. El “pasa” por nuestra vida, camina con nosotros, nos acompaña y conduce y, en el camino, nos va transfigurando el corazón a imagen del suyo. Por eso le gustan los “preparadores de camino”. Porque le permiten andar un trecho acompañando a los pequeños de su pueblo, los que caminan por caminitos que abrieron otros.

Los caminos se preparan “caminándolos uno primero”.

Y yendo y viniendo, no sólo yendo.

Los que preparan camino sienten que el espacio es de todos, que no es para poseerlo sino para caminarlo. Por eso…:

Preparar un caminito es respetar los senderos que trazaron otros.

Preparar un camino es arreglárselas para caminar sorteando los obstáculo que tocan. Preparar un camino es mejorar un poco lo que uno recorrió, para el que viene atrás.

Hoy, mirando a los que nos prepararon los caminos que transitamos, me vinieron ganas de releer a Mamerto Menapace. Es uno de esos baqueanos, como decimos, que en la febril contemplación de muchas madrugadas en nuestra pampa nos ha abierto caminos y es un gusto andar por ellos.

El primer cuento es el de La Burra, que él llama “Los dos burritos”. Y hace a los conflictos que tenemos cuando queremos ser fieles a los senderos que trazaron otros.

Erase una vez una madre – así comienza esta historia encontrada en un viejo libro de vida de monjes, y escrita en los primeros siglos de la Iglesia -. Erase una vez una madre – digo – que estaba muy apesadumbrada, porque sus dos hijos se habían desviado del camino en que ella los había educado. Mal aconsejados por sus maestros de retórica, habían abandonado la fe católica adhiriéndose a la herejía, y además se estaban entregando a un vida licenciosa desbarrancándose cada día más por la pendiente del vicio. Y bien. Esta madre fue un día a desahogar su congoja con un santo eremita que vivía en el desierto de la Tebaida. Era este un santo monje, de los de antes, que se había ido al desierto a fin de estar en la presencia de Dios purificando su corazón con el ayuno y la oración. A él acudían cuantos se sentían atormentados por la vida o los demonios difíciles de expulsar. Fue así que esta madre de nuestra historia se encontró con el santo monje en su ermita, y le abrió el corazón contándole toda su congoja. Su esposo había muerto cuando sus hijos eran aún pequeños, y ella había tenido que dedicar toda la vida a su cuidado. Había puesto todo su empeño en recordarles permanentemente la figura del padre ausente, a fin de que los pequeños tuvieran una imagen que imitar y una motivación para seguir su ejemplo. Pero, hete aquí, que ahora, ya adolescentes, se habían dejado influir por las doctrinas de maestros que no seguían el buen camino y enseñaban a no seguirlo. Y ella sentía que todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando. ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos de la escuela, era exponerlos a que suspendidos sus estudios, terminaran por sumergirse aún más en los vicios por dedicarse al ocio y vagancia del teatro al circo. Lo peor de la situación era que ella misma ya no sabía qué actitud tomar respecto a sus convicciones religiosas y personales. Porque si éstas no habían servido para mantener a sus propios hijos en la buena senda, quizá fueran indicio de que estaba equivocada también ella. En fin, al dolor se sumaba la dura y el desconcierto no sabiendo qué sentido podría tener ya el continuar siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto. Todo esto y muchas otras cosas contó la mujer al santo eremita, que la escuchó en silencio y con cariño. Cuando terminó su exposición, el monje continuó en silencio mirándola. Finalmente se levantó de su asiento y la invitó a que juntos se acercaran a la ventana. Daba esta hacia la falda de la colina donde solamente se veía un arbusto, y atada a su tronco una burra con sus dos burritos mellizos.

-¿Qué ves? – le preguntó a la mujer quien respondió:

-Veo una burra atada al tronco del arbusto y a sus dos burritos que retozan a su alrededor sueltos. A veces vienen y maman un poquito, y luego se alejan corriendo por detrás de la colina donde parecen perderse, para aparecer enseguida cerca de su burra madre. Y esto lo han venido haciendo desde que llegué aquí. Los miraba sin ver mientras te hablaba.

-Has visto bien – le respondió el ermitaño-. Aprende de la burra. Ella permanece atada y tranquila. Deja que sus burritos retocen y se vayan. Pero su presencia allí es un continuo punto de referencia para ellos, que permanentemente retornan a su lado. Si ella se desatara para querer seguirlos, probablemente se perderían los tres en el desierto. Tu fidelidad es el mejor método para que tus hijos puedan reencontrar el buen camino cuando se den cuenta de que están extraviados. Sé fiel y conservarás tu paz, aun en la soledad y el dolor. Diciendo esto la bendijo, y la mujer retornó a su casa con la paz en su corazón adolorido (Menapace, Cuentos rodados).

El segundo más que un cuento es una reflexión y nos enseña a discernir que a veces la bronca es buena y lo malo es el desánimo.

“La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla.

En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza (Menapace, La sal de la tierra).

El tercero es muy simpático y me parece que habla por sí mismo, se llama “Un tropiezo” y sirve para las críticas que recibimos por el camino. De última, lo que más sirve para mejorar el camino a los que vienen, es el modo como enfrentamos los tropiezos y las persecuciones.

El Chaco ardía en el algodonal. Mediaba enero, y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para pegar la última carpida al tabloncito de algodón que tenía en un claro del monte, como a siete cuadras de las casa. Comenzaban ya a preñarse los capullos tratando de reventar en una mano abierta que regalaba la blanca fibra.

Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio se desparramaba por su cuerpo lo mismo que el sudor que lo deshidrataba dejándole huellitas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuando antes a su rancho para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.

Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la huella que bordeaba un rastrojo viejo lleno de malezas, lo cortó derecho por entre los yuyos altos y la gramilla espesa. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar por entre el malezal donde el año anterior había tenido la chacra. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni tiempo tuvo de darse cuenta, cuando sus pies tropezaron en un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.

No hubo manera de evitar la costalada. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más flojo posible, para evitar quebraduras. Se dio un tremendo golpe que apenas si lograron mitigar las ramas del yuyo colorado que lo recibió, junto con algunas rosetas traicioneras. Desde adentro le nació la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!

Pero se contuvo. Si había tropezado, con algo sería. ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. Y efectivamente, allí entre la gramilla alta y los yuyos frondosos, estaba una hermosa sandía con la guía medio seca. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre el rastrojo, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.

A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su rancho. Y mientras de antemano saboreaba la sorpresa que le daría a su patrona, se iba diciendo a sí mismo:

-¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!

Anthony de Mello S.J. cuenta en la página 205 de su libro El Canto del Pájaro:

“Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un sabio. El hombre lo recogió, bebió su dulce jugo, comió la pulpa y se hizo una taza con la cáscara.

-Gracias por criticarme”.

Les añado un comentario mío. Yo no juzgo la intención del mono. Soy de otra raza. Pero admiro la actitud del sabio (Menapace).

Hace bien y es un gusto caminar un rato por los senderos que uno más baqueano nos abrió. Espero que lo disfruten.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Las anécdotas y el cielo (Adviento 1 C 2015)

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Jesús dijo a sus discípulos:

– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;

en la tierra habrá angustia de la gente,

y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,

los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad

de lo que va a sobrevenir al mundo,

porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube,

con gran potestad y gloria.

Cuando estas cosas comiencen a suceder,

Pónganse de pie y alcen la cabeza,

porque se aproxima su redención.

¡Estén atentos! que no se les embote el corazón

con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida,

no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo,

porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando

para que logren escapar de todas estas cosas que van a suceder

y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre»  (Lc 21, 25-36).

 

Contemplación

“Verán al hijo del hombre viniendo…”

El Hijo del hombre es una expresión que Jesús usa para hablar de sí mismo. De todos los títulos que le dan otros, este es su preferido.

Consuela pensar que al Señor le gusta “ser un hombre”, ser uno de nosotros, de nuestra especie humana.

Por supuesto que Él es especial, pero no por su “ser hombre” –en esto es igual a cualquiera de nosotros, sino por el amor que le puso a este ser hombre. El amor con que se encarnó, eligiendo a su Madre y a José, a su pueblo y a ese momento de la historia.

En ese sentido quizás uno pueda decir que él eligió y nosotros no elegimos. Pero no se si cambia mucho la cosa ya que si me dieran a elegir, elegiría mi misma familia, tal como es, mi historia tal como la viví, no otra. Sí me gustaría haber amado más, pero a esa falta de amor acude el Señor con la gracia del sacramento de la confesión que nos permite vivir amando siempre más: pedir perdón, reparar, son maneras de amar más. (De paso: la confesión no es tanto de este o aquel pecado aislado sino como expresión de no haber amado más a los que amamos).

Lo que quiero decir es que la elección, o mejor la predilección, no es cuestión de optar por unas circunstancias en vez de otras sino por un amor cualitativamente mejor. Y en eso nos emparejamos “en la cancha”, viviendo. No importa mucho haber elegido o no “antes”. El Señor pudo elegir porque vive desde siempre, nosotros no porque no podemos ni siquiera “pensarnos” antes de que se nos regalara la vida.

Así que lo que hizo “antes” de encarnarse no es cuestión “humana”. Una vez dentro de la historia, un vez en el seno de María y en el hogar de José, Jesús es tan hombre como cualquiera de nosotros, ni más ni menos.

Y aquí sí viene lo que cuenta: y es que Él le puso mucho amor a su vida familiar en Nazaret. Lo podemos ver por los frutos, por cómo quedaron “consolados” –transfigurados, santos- para siempre José y María, y Juan el Bautista y Santa Isabel y Zacarías y los pastores y los reyes…

Y si pensamos que el Señor nos sacó alguna ventaja al elegir a la mejor madre y al mejor papá, valoraremos más entonces el hecho de que nos los haya compartido. Su adelantarse en elegir la humanidad no fue sino para ofrecernos la posibilidad de ser parte de su familia: ser sus hermanos, su madre y su padre, como dice de todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.

Andando adelante en esto de “elegir” y querer su humanidad, al pensar en la Cruz no podemos menos de admirar al Señor en silencio, ya que aquí también se nos adelantó: abrazó él mismo la Cruz y fue voluntariamente a la pasión. Lo cual si bien sabemos que es parte de la carne y de la humanidad, no por eso elegimos con decisión y amor la parte de sufrimiento que nos toca.

También eligió el Señor resucitar en cuerpo y alma y ser para toda la eternidad “hijo del hombre”. No se despojó de su carne como si sólo se hubiera “revestido” o la hubiera tomado en préstamo. El Señor es hombre –un hombre- para siempre. Esa fue su opción.

Qué admirar más? Su generosidad para hacerse un niño pequeño, siendo que era Grande?

Su coraje para ir a la muerte por sus amigos, renunciando a su poder sobre la vida y la muerte? O su humildad de seguir siendo hombre para siempre, limitándose en nuestra carne siendo que era puro Espíritu y pura Palabra.

Ciertamente que nuestra humanidad es algo maravilloso y que, en su pequeñez, puede “contener” a Dios. Pero no es menos cierto que a nuestro espíritu hay algo de nuestra carne que a veces sentimos que nos “limita” un poco. No hablemos de enfermedades ni de vejez, que eso en el Cielo no contará. Pero pensemos solamente en las huellas que la historia deja en nuestra carne y que hacen de nosotros “hijos de nuestra historia”. Jesús es el Hijo del Padre y en cuanto tal, todo lo del Padre es suyo y él lo conoce al Padre y el Padre a él y en esta relación viven una plenitud más grande de todo lo que podamos llegar a pensar, cada uno a partir de sus experiencias de lo lindo que es compartir o haber compartido vida con su padre terreno. Esta plenitud, el Señor deja que quede contenida en su otra filiación, la de su humanidad, la de ser hijo de María y de José, hijo de su pueblo y de su historia, hijo de la raza humana.

Este límite de haber vivido sólo su historia –sus cortos 33 años- es su manera de “incluirnos”, de hacernos participar de su vida. Cómo podríamos compartir su relación con el Padre –infinitos los dos- si el Señor no se hubiera limitado para que, siendo él uno más, cada uno pudiera también contar su historia?

En estos días cumplió años un amigo –Domingo- y Clarita, una de sus hijas nos pidió a muchos de la familia y a los amigos que escribiéramos alguna anécdota para hacerle un “foto libro”. Nada más lindo que te pidan esto. Todos los que tratamos de escribir algo coincidimos en un sentimiento: el de que las palabras no alcanzan y sea que uno escriba mucho o menos, que elija una historia u otra, todos venimos a decir lo mismo: que la vida vivida juntos nos supera y que para nosotros, la amistad -como para Serrat y Les Luthiers- es lo primero.

Bueno, por aquí viene la esperanza del Cielo, que para nada será aburrido ya que tendremos todo el tiempo del mundo para contar cada uno su historia y, mejor aún, para que los otros cuenten la nuestra. Y luego, tiempo para escuchar la historia de los demás, especialmente la de aquellos que parecían historias comunes, y con infinito respeto para escuchar las historias que se perdieron en una barcaza de refugiados, en un pueblito de misión, en un trabajo escondido… Veremos la maravilla de cada corazón…

Menos que una eternidad, no sería justo. Que no pudieran hablar todos, no sería digno…

Por supuesto que la Virgen y los santos contarán a todos las suyas, y los adelantos que tenemos ya dan sabor a nuestra vida actual.

Y Jesús contará lo suyo, junto con cada uno de nosotros. El nos hará hablar!

Si el Señor no pudiera ejercitar este “oficio” (que en Emaús tuvo su primer capítulo) el Cielo sí que sería (perdón) aburrido, ya que la Gloria de Dios, nos quedaría demasiado grande, “la veríamos pasar”.

En la metáfora del banquete celestial, aunque no se diga y se hable sólo del “vino nuevo”, está supuesto que lo mejor será, junto con los recibimientos y reconocimientos, el tiempo para poder contar las anécdotas de la vida. En griego “an-écdota” significa “no publicado”, “in-édito”, es decir, no es solo lo “curioso” o lo “fuera de lo común”, sino también lo más lindo y lo mejor de nuestra vida, eso que “nadie publicó”, que quizás ni nosotros mismos sabíamos y que merece un foto libro con todas las maravillas que el Señor hizo con nosotros y con los demás.

Adviento es tiempo de despertar este deseo. De soñar con el “foto libro” evangélico que nos regalarán los otros cuando lleguemos al cielo, con todas las cosas lindas que vivieron a nuestro lado y que, como María con Jesús, tenían “guardadas en el corazón”.

espiritualidad

 

Diego Fares sj

Contra el odio, mucha Misericordia (Domingo 34 B Cristo Rey)

 

Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús.

Y le preguntó:

¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó:

¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió:

Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió:

Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato

¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

 

Contemplación

Jesús no quizo que “los suyos combatieran” para salvarlo. Jesús reina, va reinando a través de sus amigos y servidores, dando testimonio de la única Verdad: el amor del Padre al mundo. Un amor a todos; un amor para siempre, sin medida, sin condiciones, especialmente dedicado a los pequeñitos que más sufren, incansable a la hora de apostar de nuevo, siempre esperanzado de que los hijos que se alejaron vuelvan y quieran hacer fiesta y se dejen reconciliar; un amor preocupado por su viña, que sale a buscar trabajadores, un amor que confía en que haremos rendir los talentos con que nos dotó; un amor de sembrador que cuida el trigo y no se asusta por la cizaña, un amor de pastor que busca a su ovejita perdida y de madre que amasa el pan de cada día y encuentra las moneditas perdidas.

Por esta verdad Jesús da la vida. La da haciendo los mil pequeños gestos de amor que narran los evangelios y dejando que se la quiten, aunque Él ya la había dado toda y hasta la había convertido en Pan la noche anterior a la pasión, en una Cruz.

Por eso no quizo que los suyos combatieran, es más, los que había elegido ni estaban entrenados para combatir, aunque su amigo Simón Pedro hubiera tenido el gesto de desenvainar una espada que vaya a saber donde había conseguido. Jesús iba y va por otro lado, y los suyos también. Me encantó una frase del Padre Rossi sobre los que quieren “encasillar” al papa Francisco: “no lo entienden. El va por otros rieles”. Los rieles de la caridad que conducen a los hermanos y al Padre.

 

Digo esto porque en muchos corazones, al ver la violencia de los atentados como el de París, surge un espíritu de cierta ironía cuando el papa habla de “misericordia”. Hace unos días el padre Lombardi, su vocero decía “frente al odio, la misericordia”. En una charla de sobremesa, surgió la expresión de que era una frase, digamos “ingenua”, no sé si la frase en sí misma sino dicha a los medios, sin filtro, blanco sobre negro. La escena de Pilato y Jesús se me representó bajo esta luz contrastada. Lo imaginaba a Pilato tratando de hacer entrar en razón al Señor, buscando la manera de negociar algo para no tener que comprometerse matándolo, y el Señor que hace estas declaraciones: de que Él es la Verdad y que es Rey de un reino “paralelo” al romano, tan concreto… Pilato en un momento no lo puede creer y le pregunta si no se da cuenta de que él tiene poder para quitarle la vida o perdonársela, tan simple como eso. Y Jesús que pone las cosas en los términos que San Ignacio llamará mil quinientos años después de “las dos banderas”. O con la misericordia del Padre, que es la verdad que Jesús alza como bandera, o con el odio del demonio, que los violentos alzan como estandarte. Y no hablo solo de los que se inmolan matando inocentes sino también de los que los matan de lejos con sus aviones y sus bombas. Los malditos que fabrican armas y promueven las guerras.

 

“El que es de la verdad escucha mi voz”. Así habla Jesús en esa situación, en que, si no fuera por lo dramática, parecería un discurso ridículo para charlarlo con Pilato. Pero Juan le pone palabras inspiradas por el Espíritu a las escenas que contempló a cierta distancia y que “escuchó” en su corazón. Juan es de los que “escuchan la voz de Jesús” y “lo hacen hablar aunque esté en silencio”. En el evangelio “hablan las situaciones”, “hablan los hechos”. Y Juan, el discípulo predilecto, les ponen palabras porque conoce lo que habla Jesús en su corazón sin necesidad de que las pronuncie audiblemente. Juan es el que nos invita a escuchar todo lo que dijo e hizo Jesús y que no está narrado en su evangelio sino escrito en nuestro corazón y escribiéndose en la historia.

Y estas dos palabras contrapuestas –misericordia contra violencia- son dos palabras que tenemos que escuchar y “traducir” en nuestra vida.

Porque son palabras prácticas, que encarnan en gestos concretos el amor y el odio que pueden quedarse a nivel de sentimiento. La misericordia no deja tiempo a que sólo la sintamos. Si no la ponemos en acto, realizando algún gesto, se aborta y se convierte inmediatamente en oportunidad perdida, en quedarnos mirándonos a nosotros mismos con culpa o tratando de justificar que no hicimos nada, que se nos pasó. La violencia lo mismo: apenas ejercida, vemos con horror que su resultado es peor que lo que sentíamos. Tanto la violencia verbal como la física, producen “daños concretos”. Una palabra dicha con odio, una vez pronunciada, va como un misil: ya no se puede parar; se dirige hacia su objetivo y explota, causando daños que no podemos medir. En eso es igual a un ataque kamikaze, sólo que los daños físicos son más cuantificables.

Misericordia contra violencia. Dos cosas que se hacen con las manos y se sienten en las entrañas.

A partir de ellas se discierne la verdad de dos reinos contrapuestos. Son las palabras que disciernen claramente la realidad.

 

Hay obras de misericordia y obras de violencia.

 

Hay sentimientos de misericordia y sentimientos de violencia.

 

Hay pensamientos de misericordia y pensamientos de violencia.

 

El orden es inverso y el que es de la verdad y escucha la voz de Jesús –atado de manos ante Pilato- sabe ver la secuencia: todo pensamiento de misericordia, por fugaz que sea, repercute en las entrañas, se convierte en sentimiento de compasión y, apenas uno se deja llevar un poquito, da algún fruto, se convierte en gesto de cercanía y llega a ser una Obra, en el sentido de una Institución como nuestros hogares y casas de misericordia.

Lo mismo con la violencia: un pensamiento de violencia, por pequeño que sea –resentimiento o rencor, mal deseo o desprecio, bronca, rabia, odio- toca el higado, lo enciende y enfría el corazón, de manera tal que, si uno se deja llevar, se convierte en gesto, en cara de bronca, en distancia calculada, en comentario sarcástico, en planeamiento de venganza, y a veces se traduce en daños físicos.

 

 

 

En estos días la experiencia de vivir aquí en Europa ha sido particularmente fuerte para mí. Después de nueve meses me decidí a pedir trabajo como voluntario en el Hogar (aquí Centro de Accoglienza) que está en la Iglesia nuestra de San Saba (una de las más antiguas de Roma) donde se alojan 30 hermanos nuestros, la mayoría musulmanes, de paises como Afghanistán, Irán, Pakistán, Senegal, Mauritania y Mali, Niger, Etiopia Camerún…

Entre un miércoles que fui a visitar por primera vez el centro y este último en que comencé mi trabajo (que consiste en estar abajo, con las llaves colgadas al cuello por si hay que abrir o cerrar algo, charlando con la gente, lo cual le permite al encargado estar en la oficina de arriba, con coloquios u otras tareas), ocurrió el atentado en París.

Y es notable cómo hay que hacer un esfuerzo para mirar a las personas a los ojos y no mirar el estereotipo que los medios interponen ante la gente y mis ojos y que está configurado mitad con temor, mitad con sospecha.

Lo que quiero decir es que las obras de violencia están activas y si no se las enfrenta poniéndose uno mismo “manos a la obra” y practicando obras de misericordia, que llenan el corazón y la mente de buenos sentimientos y concentran nuestro pensamiento en mejorar la caridad, el efecto de estas “bombas” repercute en nuestra inteligencia y nos hace sentir sus efectos: los pensamientos de odio y los sentimientos de temor y de venganza, nos explotan dentro y ocupan nuestro interior.

Ante el amor del Señor en la Cruz uno no puede quedar indiferente o como mero espectador, que siente y hace sus razonamientos pero no mete las manos para ayudar. Tampoco ante la violencia extrema y los rostros de las víctimas inocentes. Hay que aumentar, urgentemente, cada uno, su tiempo de trabajo concreto en obras de misericordia. Y perder tiempo “compadeciendo” a otros en la oración y “pensando con juicios de bondad y perdón” (que su buen trabajo nos llevan) cada uno con aquellos con los que tiene diferencias o problemas.

Si no nos ocupamos en estas “obras, sentimientos y pensamientos de misericordia”, el campo lo ocupan los mártires de la violencia. De hecho, cada uno debe examinar cómo siente y como juzga, y ver en qué medida su interior ya es campo minado, listo para explotar en violencias de distinto grado, apenas alguien nos pise el pie.

 

Diego Fares sj