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Archive for the ‘Contemplaciones 2014’ Category

Algunos agradecimientos más…

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; a heredar el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicieron conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-46).

Contemplación

Bajé de mi oficinita, en la planta alta del Hogar, para ir a la Casa de la Bondad a despedir a Julita, que falleció hoy (y que me dice Celina que no tenía a nadie nadie y que apenas pudimos conocer, ya que llegó hace dos semanas y enseguida se puso mal) y al volver al Hogar, viendo las dos mesas en el patio con los que participan del Taller de Dibujo, se me ocurrió que Jesús podía muy bien agregar algunos agradecimientos más a los que nos cuenta Mateo 25.

Es que vi a dos de los más pibes (18 o 19 años) dibujando con la alegría y la concentración de los chicos casi de jardín. Uno me mostró un corazón inmenso al que estaba llenando de colores y me lo mostraba como hacen los chicos, orgullosos de su monigote. Y a mí me partió el corazón, porque sentí que tenían hambre de dibujar, que como sociedad les habíamos robado esa etapa, porque que los chicos no vayan a la escuela es una cuestión de estado, no solo de la familia.

Fue un instante nomás: me mostró el dibujo y por mirarlo ni le vi la cara a él, que se concentró en seguir con lo suyo. Pero ahora que escribo me doy cuenta de que percibí eso tan humano ante lo que muchas veces paso de largo. Y se me ocurre ahora que Jesús nos diría a la comunidad del Hogar: porque estaba sin hacer nada con mis manos y ustedes me dieron lápices de colores y papel canson para dibujar. No sabía que tenía hambre de hacer un dibujito para mostrárselo a mi mamá y la seño de Dibujo me lo apreció y lo puso en la cartelera para adornar las paredes del patio.

Me viene ahora otro, unos años mayor, que después del cine del jueves, en que vieron Caballos salvajes, no se quedó al debate y bajó llevando una silla. Yo miraba desde arriba para que no se metieran en las piezas y salieran en orden y vi que este volvía. “¿No tiene el chocolate…?”, me decía subiendo y yo al principio no entendí y le dije que no había más. Pregunté al equipo de Cine debate y Luis me mostró que se habían comido todo, pero el muchacho entró y en su silla había una barrita de cereal. Se la había dejado. La agarró y se fue sin decir más. Y lo que me quedó fue también la sensación de un hambre de niñez, de ver una peli y que te regalen golosinas y agarrar de más para llevarte.

A medida que escribo me convenzo que lo del Señor “tuve hambre y me diste de comer” no se trata sólo del plato de comida del Hogar. Esa barrita de cereal nos habla de una comida que no fue dada a su tiempo. Igual que el dibujo. Hay chicos que con sus manitos sucias revuelven basura y aspiran bolsitas en vez de estar coloreando dibujos. Tuve hambre y me diste de comer es la materia básica del juicio. No es una buena intención ni un sentimiento, ni siquiera habla el Señor de amor. Se trata simplemente de acciones, de dar de comer, empezando por los bebés y terminando por los ancianos. Dar de comer quiere decir fuiste a trabajar para ganarnos el pan para comer y trataste de formar una familia en la que se sirviera la leche a su tiempo…

Después me acordé del Taller de música del lunes, que llovió y en el último comedor cantaban igual, y pensé que Jesús diría: andaba callado y triste y me invitaste a cantar. Y pese a que no estaba para música, canté y fue como un agua fresca. Pensaba en la profesora de música y en que es más difícil ir un lunes de lluvia a cantar que hacerlos dibujar o servir el mate con leche. Después de un rato, el canto te lleva y por unos instantes la música nos envuelve a todos y nos arropa… pero ¡hay que remarla para comenzar a cantar en el Comedor!

Y ya me entusiasmé con esto del juicio y pensé que habría un segundo juicio, ya para hilar más fino, para ver quién va con quiénes, porque dentro de la igualdad de los benditos del Padre también hay predilecciones, y me puse a meditar en los del Taller de Artesanías. Jesús diría: me miraba los dedos torpes y pensaba que nunca podría hacer algo tan fino y me enseñaste a hacer no sólo los cuadros en piedra y las cajas, sino esas Arcas de Noé con todos los animalitos de porcelana fría, las sillitas de Jacques y los pesebritos de Soruco. Esta actividad básica por la que seremos juzgados tiene que ver con el vestido, que no sirve solo para abrigo sino como adorno.

Y luego el Señor agradece las visitas: a los enfermos y a los presos. No habla aquí de sanación ni de liberación sino sólo de visita. Y pensaba en el Taller de sentido de la vida, en la biblioteca y el cine. Me viniste a visitar y hablamos de películas, de novelas que me gustaron. Hacía rato que nadie me preguntaba nada profundo y en el taller de sentido de la vida me ayudaste a que me soltara y contara lo que tenía por dentro. Porque la actividad de visitar requiere todo un arte. Para ser visita linda y no visita molesta. Visitar es una actitud. Hay que saber visitar y saber recibir visitas. No sólo los enfermos y los presos necesitan ser visitados… O quizás, mejor, los enfermos y los presos son como la imagen más fuerte de cuándo y dónde necesitamos ser visitados todos. Qué bien que hace, cuando alguien “nos alivia” por su modo de preguntarnos por algo que nos hace sentir frágiles (débiles, in-firmus). Qué bien que nos hace cuando otro, con delicadeza, nos saca de algún encierro, mental o emocional…

Y así, el Señor nos irá diciendo a la Comunidad del Hogar: andaba sin trabajo y pensaba cómo sería poder mandar un curriculum por internet y me enseñaste a crear una dirección de mail y a mandar mis datos a una agencia…, me invitaste a la Cooperativa, me pediste que te diera una mano con las mesas.

La contemplación fue por este lado: contemplar cuidadosamente todas estas “pequeñas acciones” que hacemos en el Hogar y que se pueden sumar a las que dice Jesús que le importan.

Creo que se puede porque él llega a hablar hasta de un vasito de agua dado en su nombre a sus pequeños. Cuánto más estas que más que acciones buenas son “co-acciones”, oportunidades de que los más pobres se organicen, luchen, se expresen, creen cosas y trabajen con sus manos, como le decía el Papa a los Participantes en el Encuentro de Movimientos Populares:

Pese a esta cultura del descarte, a esta cultura de los sobrantes, tantos de ustedes, trabajadores excluidos, sobrantes para este sistema, fueron inventando su propio trabajo con todo aquello que parecía no poder dar más de sí mismo… pero ustedes, con su artesanalidad, que les dio Dios… con su búsqueda, con su solidaridad, con su trabajo comunitario, con su economía popular, lo han logrado y lo están logrando…. Y déjenme decírselo, eso además de trabajo, es poesía. Gracias.

Creo que es lindo pensar que Jesús nos dirá: “y por la oportunidad que le brindaron a los más pequeños de poder crear cosas lindas con “la artesanalidad que les dio Dios”, muchas gracias. Muchas gracias por brindar a los pequeños la posibilidad de hacer poesía!

En las lecturas de hoy, también se habla de enemigos. Pablo dice que “el último enemigo aniquilado será la muerte”. Mirando a Julita, mientras rezábamos en coro con ocho voluntarias, pensaba que en la Casa de la Bondad el Señor logra la primera victoria ante la muerte: nos quita el miedo, nos hace recibir la muerte y tratar con ella en paz. Le hemos hecho una Casa para que la gente más solita muera rodeada de Bondad.

Me decía una amiga que había acompañado a su esposo hasta en la ambulancia, indignada porque la funeraria de renombre lo había trasladado envuelto en una bolsa raída, que “a los muertos se los trata mal” y es verdad: hay una falta de respeto que nada tiene que ver con esa obra de piedad evangélica que es enterrar dignamente a los muertos. También pienso que Jesús nos podrá decir: porque estuve muerto y me trataste con bondad.

Y también pensaba, volviendo al Hogar, que hay muchos otros enemigos que no son la muerte misma pero sí sus adláteres y sus avanzadas. Son enemigos que el Señor quiere poner bajo el estrado de sus pies. Y se me ocurrían tantos enemigos contra los que el Hogar lucha cada día: la indiferencia, la exclusión, el no mirar al otro como igual, los prejuicios, la dureza, las excusas… En realidad son todas “faltas de compasión”. Porque seremos juzgados por la compasión que es igual a decir vida, porque la compasión es lo que hace latir el corazón humano. Y el que no se compadece, el que no practica la misericordia no es que incumple con un deber, es que está muerto. Porque la vida es pasión y la primera pasión es la compasión.

Nuestro corazón realiza 70 veces por minuto –apasionadamente- esa obra de creatividad y misericordia que es enviar sangre fresca a las periferias de nuestra carne para recibirla de regreso, sucia y cansada, y darle un hospedaje transitorio en su cavidad, para que se purifique y vuelva a salir, a dar vida. El Señor nos dice que nos juzgará por esta actividad que no pertenece a ninguna creencia ni religión sino que es propia de todos los hombres y mujeres y que podemos “aprender a mejorar” sin que nadie nos lo enseñe desde afuera, porque es expresión de lo que somos.

Un último agradecimiento que me gusta imaginar: el Señor me dirá “estaba sin buenas noticias y me mandaste una contemplación”. La verdad es que esta actividad fue un regalo que nació de un no saber bien cómo rezar y probar a escribir una contemplación con el evangelio del Domingo que fuera para compartir. Se la envío a los que la reciben pero no sólo a cada uno sino al Jesús que está ustedes y que se alegra de que “le comenten su propio Evangelio”, como cuando los hizo hablar a los de Emaús y les pidió que le contaran lo que había pasado, haciéndose un poco el tonto. Esta acción tiene algo de dar de comer a los hambrientos de toda palabra que sale de la boca de Dios. Tiene algo de dar de beber a los que como la Samaritana anhelan y desean: Dame de esa Agua viva para que no tenga que venir a buscarla al pozo. Tiene algo de vestido, en el sentido de buscar palabras lindas y narraciones que alegran y le dan un tono lindo al día. Tiene algo de visita que llega por mail e invita a charlar un rato de las cosas de Jesús. El Señor me la agradece desde ahora, sin esperar al juicio y no le importa tanto si alguna sale medio media, si es como esas visitas que por ahí se hacen laaargas o resultan un poquito incómodas. El sabe escribir derecho con contemplaciones torcidas. Y como tienen la gracia de la “levedad virtual”, que con un click desaparecen o se mandan a guardar, mal no hacen.  Esta, por ejemplo, pesa menos de 40 Kbytes.

Diego Fares sj

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Domingo 33 A 2014

 

Humor angélico vs ironía satánica

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas. Llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio el que recibió un talento, hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor: Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El Señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”.

Contemplación

“Porque has sido fiel en lo poco…”

Se ve que el hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas era muy rico ya que consideraba que los 35 kg de oro, que le dio al servidor perezoso, o los 175 kg de oro que le dio al de mayor confianza, eran “cosa de poco valor”. Quizás podemos interpretar que el dinero es algo de poco valor y que “las cosas de mucho valor” que le confía a los servidores buenos y fieles son de otro orden. Pero ¿qué puede haber que sea de más valor que muchos kilos de Oro? En otras versiones de la parábola se indica que las “cosas de mucho valor” tienen que ver con personas. El servidor bueno y fiel, cuyo ícono es nuestro padre San José, es el que cuida del personal y distribuye a cada uno su tarea y su ración a su tiempo y no maltrata a los servidores.

Curiosamente, pareciera que hay alguna conexión entre el oro y los afectos, entre la manera de ganar plata y de ganar amigos…

Como la parábola es bien comparativa: con el Reino sucede como con un hombre que, a los que le fueron fiel en las cosas de poco valor (talentos) les confió cosas de mucho valor (personas), podemos ampliar la comparación y hablar de “talentos” de cualquier tipo, no solo dinero) y de “relaciones personales”.

La dinámica de los dos primeros colaboradores es la de “dar fruto” con los talentos confiados y devolver el doble a su Señor.

Notemos que ni siquiera se preocupan de guardarse algo para sí. Su alegría está en haber ganado el doble para su Señor. Me confiaste cinco, aquí tienes otros cinco.

Y al hombre que se fue de viaje se ve que le gusta esta actitud proactiva y desinteresada. Lo vemos porque los premia a los trabajadores y al que enterró su talento le reprocha su pereza: ni siquiera dejaste que ese talento me diera intereses, como diciendo, con sólo ponerlo en el banco algo hubiera dado ya que el dinero vale por sí mismo (y hoy en día más).

¿A qué apunto?

Voy a dar un pequeño rodeo. Ayer me escribe un cura amigo que está de misionero, junto con un equipo de gente muy capaz, y me hizo reír mucho con un comentario. Dice: “Con el equipo de los padres, vamos caminando, hablamos y compartimos lo que más podemos, y cuando sale la oportunidad, seguimos viendo como crecer, tratamos de ver lo que Dios nos va diciendo como equipo…, cosa que no es sencilla, pareciera que Dios nos habla a cada uno por separado y nos dice cosas diferentes a los cuatro jajaja…, pero vamos viendo”.

Yo le comentaba que su buen humor es una gracia y que tenía que publicar la frase (cosa que estoy haciendo ahora). Está muy bueno esto de gente con mucho talento a la que, a la hora de trabajar en equipo, pareciera que “Dios le habla a cada uno por separado y le dice cosas diferentes a los cuatro jajaja”.

No dejemos de notar el jajaja, que es lo más valioso, porque, como dice Marechal al comienzo del Adan Buenosayres, hay un humor angélico que hace bien, da una superioridad sobre los problemas y las tonterías humanas que permite resolver las contradicciones con altura  (contra lo que decía Baudelaire: que el humor y la ironía eran algo diabólico, porque implicaban hacer sentir al otro la propia superioridad al ironizar).

Es verdad que hay un humor y una ironía o sarcasmo que le hace el juego al poder (que suele ser diabólico) y hay otro humor, como el de Jesús, que apunta al servicio, que humilla sin denigrar, como cuando le dice a Nicodemo: “qué cosa que vos siendo maestro en Israel no sepas que hay que nacer de nuevo”, o como cuando le pregunta a los discípulos haciéndose el tonto “¿y de qué estaban hablando por el camino?”.

La ironía de mi amigo cura es de las de buen espíritu, porque agarra a cada uno por lo mejor que tiene (que es que le hable Dios y le de buenas ideas e intenciones) y hace ver que no puede ser que el mismo Señor le diga cosas diferentes a los cuatro. O, en todo, caso, si se las dice, es para que se las ingenien en ponerse de acuerdo con la riqueza de las diferencias y no para distanciarse, como diría Francisco.

Desde esta óptica de la ironía diabólica y del buen humor angélico, caigo en la cuenta de que en la respuesta del servidor que enterró el talento hay una ironía amarga de fondo.

Escuchemos de nuevo la frase. ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.

Es una frase fea ¿no? El que la dice es un pobre tipo, es cierto, pero uno que con su ironía destruye la imagen del patrón y rebaja la actitud de sus compañeros fieles. Si no estuvieran los otros, uno podría coincidir, como tantas veces que alguien nos larga una frase así, triste, sobre una autoridad y uno muerde el anzuelo y asiente. Me lo imagino haciendo comentarios, después de haber enterrado su talento., diciendo cosas como: “qué tipo exigente, nuestro patrón ¿no? Qué querrá con esto de darnos talentos…? A mí me dio uno solo, pero se ve que a otros les dio más. Creo que a aquel le dio cinco, date cuenta. Mirá como anda agrandado haciendo negocios. Se ve que se le subieron los humos. Yo pienso que aquí mejor no arriesgarse mucho, porque después metés la pata y te la cobran…”.

Estas frases dichas a otros me las imagino yo. Pero las que los servidores le dijeron a su jefe, están claritas y es el mismo Señor el que eligió las palabras para que se entienda bien qué es lo que le gusta y qué es lo que condena.

El patrón no era para nada un tipo duro y exigente. Era un buen tipo de esos que le confían sus bienes a su gente con la esperanza de poder confiarles cosas más grandes. Cómo va a venir éste a hacerle un análisis sicológico y decirle: “Ya sé como es Ud. Ud. es tan exigente! Lo digo en el buen sentido, no crea. Pero a mí me dio miedo… así que aquí tiene “lo suyo”.

El Patrón no era para nada uno que quiere cosechar donde no sembró. ¿Se dan cuenta lo que es decirle a alguien: “vos querés cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado? Es como decirle: vos te apropiás de los talentos que ganaron los otros, los hiciste laburar y ahora te quedás con todo. Sos uno que busca fama. Te querés quedar con todo. Pero a mí no me agarrás. Aquí te devuelvo lo tuyo y listo. Mi trabajo me lo hago yo para mí y no para que lo aproveche otro…

Es una lógica muy pero muy diabólica que atenta contra el Bien y contra el que es Bueno y lo hace de manera camuflada, bajo la apariencia de un pobre tipo que tenía un solo talento y lo escondió, allá él. Pero no, porque este tipo rebaja todo: hace aparecer como duro al que es Ternura, como muy exigente al que se deja entusiasmar por el trabajo y el dar frutos, como un aprovechador y vanidoso, al que es pura generosidad y cuya gloria es que los otros crezcan y vivan bien.

Por eso la condena del patrón es tan dura. No es un simple: dame lo mío, quedamos a mano y andate en paz. La condena es llamarlo primero malo, segundo perezoso y tercero necio, lo cual se ve en que lo condena usando sus propios argumentos.

La condena es también reduplicar su apuesta dándole más al que más había negociado los talentos con alegría y desinterés. Lo cual equivale a decir que el patrón se da cuenta de que este servidor malo, perezoso y necio, no sólo lo rebajaba a él sino también al que era más fiel.

Y además lo manda al reino de las tinieblas, que es el reino del chusmerío, de las lamentaciones y del rechinar de dientes, el reino de los envidiosos, de los detractores, de los que ni hacen ni dejan hacer, de los que se creen vivos, de los que tienen enterrado su talento en vez de ponerlo alegremente a disposición de los demás, de los que se ríen de los que son fieles.

El Papa Francisco suele hablar muy fuerte acerca de las distintas formas de “rebajar a los demás” con ese humor satánico que es una forma solapada de buscar poder.

En la misa del 18 de Mayo de 2013 decía:

El chisme y la envidia hacen mucho daño a la comunidad cristiana. No se puede “decir solo la mitad que nos conviene”.

Hay dos modalidades de entrometerse mal en la vida y la misión de los otros. En primer lugar, la “comparación“, el “compararse con los demás”. Cuando existe esta comparación, dijo, “terminamos en la amargura y hasta en la envidia, y la envidia arruina la comunidad cristiana”, “le hace mucho daño”, y “el diablo quiere eso”.

La segunda forma de esta tentación, agregó, son los chismes. Se empieza de una manera “muy educada”, pero luego terminamos “despellejando al prójimo”: “¡Cuánto se chusmea en la Iglesia! ¡Cuánto chusmeamos nosotros los cristianos! El chisme es despellejarse, ¿no? Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro, no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea rebajado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chusmear… No sé por qué, pero se siente bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos… Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con la lengua; ¡matar a su hermano!”.

En este camino, dijo, “¡nos convertimos en cristianos de buenas costumbres y malos hábitos!” Pero ¿cómo se presenta el chisme? Normalmente, ha distinguido el papa Francisco, “hacemos tres cosas”:

 Desinformamos: decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros.

En segundo lugar está la difamación: Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contarlo, “hacer del periodista”… ¡Y la fama de esta persona está arruinada!

Y la tercera es la calumnia: decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano! Todas estas tres –la desinformación, la difamación y la calumnia– ¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos”.

Durante su homilía, Francisco recordó también un episodio de la vida de Santa Teresita que se preguntaba por qué Jesús dio tanto a uno y poco a otro. La hermana mayor, tomó un dedal y un vaso y los llenó con agua, y luego le preguntó a Teresita cuál de los dos estaba más lleno. “Ambos están llenos”, dijo la futura santa. Jesús, dijo el papa, hace “así con nosotros”, “no le importa si eres grande, si eres pequeño”. Él está interesado en que “estés lleno del amor de Jesús”.

 

Diego Fares sj

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8Comunión de los santos

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la gente, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.”  (Mt 4,25.5, 1-12).

 

Contemplación

Releo la homilía radial de von Balthasar para la fiesta de todos los Santos y encuentro a George Bernanos, con sus imágenes tan poderosas sobre la comunión de los santos.

Antes de transcribirlas me detengo un momento y busco en Google si hay alguien más a quien le haya conmovido eso que dice: que “Jesús ha venido no como vencedor sino como uno que implora protección” –como un pobrecito del Hogar-,  y “Él está en mí como un prófugo que se ampara bajo mi protección”. Busco y lo primero que encuentro –y me maravilla- es una cita de la contemplación del 2009, el día que inauguramos la Casa de la Bondad y elegimos con Rossi celebrar esta misa de Todos los Santos.

Dos sentimientos vienen juntos, uno profundo y otro más superficial –cierta molestia de “cómo puede ser que no me acuerde de que ya había escrito sobre esta frase”-.

El sentimiento profundo es de alegría por esta “comunión con el propio deseo de santidad”. Es lindo reencontrarse con ese deseo de santidad que el Señor sembró en nuestro corazón desde pequeños y que sale a la luz cada vez que cavamos un poco, cada vez que regresamos al cuarto secreto del corazón, luego de andar de aquí para allá por la superficie de la vida. La comunión con los santos no es sólo con los que están en el cielo, es también comunión con el amor que vivieron muchos en esta tierra, con el niño que fuimos, con los que comparten la fe en otras culturas, y esperanza de comunión con los que vendrán.

 

Vuelvo a Bernanos para poner un círculo de protección definitiva a este amor de Jesús prófugo que se ampara bajo nuestra protección y establece así la comunión de sus santos protectores. Dice Bernanos que “el diablo, que puede tantas cosas, no llegará a fundar jamás su iglesia, una iglesia que ponga en común el pecado y los (de)méritos del infierno. De aquí hasta el fin del mundo será necesario que el pecador peque solo, siempre solo”.

Esta es la anti-imagen necesaria para que la comunión de los santos –en su humildad y pequeñez aparente- nos llene de consolación. Es verdad lo que decimos que en los medios, el mal aparece por todos lados, creando “una sensación de inseguridad”  (aquí me animo a decir que algunos del gobierno profetizan, quizás como Caifás cuando dijo que uno tenía que morir por el pueblo, pero profetizan: lo de la “sensación de inseguridad” es –teológicamente- una gran verdad. Porque de última: “nada ni nadie podrá separarnos (de la seguridad) del amor de Cristo”).  El mal, aunque parezca devastador, omnipresente y todopoderoso, no puede “crear comunión”. Es verdad que como nos ametralla incesantemente parece que todos los males del mundo se confabulan y tienen consistencia, pero no es así: lo que tiene consistencia es la vida, que renace y por eso, en su fragilidad renovada, ofrece al mal un lugar donde actuar destructivamente. Pero comunión, sólo la hay de los santos. Sólo el amor –los actos de amor más ocultos y pequeños, decididos en el secreto del corazón y llevados a cabo en silencio y ocultamente- tiene capacidad de crear vínculos, de establecer alianza, de entrar en comunión.

….

Estas cosas no las dice sólo Bernanos o von Balthasar. Tampoco son sólo de Pablo. Ni siquiera el Señor se reserva para sí la exclusiva. La comunión de los santos es una gracia “gratis data” –dada gratuitamente-, por el Señor de una vez para siempre, gracia que constituye el tejido tierno e irrompible que teje la trama de nuestra vida y la afirman con gestos y palabras –cotidianamente- todos los pequeños que viven el amor de Cristo como un aire que se respira.

Un ejemplo lindo: lo que me dijo Gladys con una hermosa sonrisa en la recepción del Hospital Español el sábado pasado, yendo a visitar a una enferma. Justo cuando llego a recepción salía una señora “a comprar algo a la ferretería” –dijo- y la recepcionista, cuando le digo que soy sacerdote para que me deje pasar aunque no es horario de visita, se ilumina y me dice “esa señora está buscando un sacerdote para que le bautice a su nietito”. Los dos miramos y la otra ya se había ido. Quedamos en que iba a mi enferma y luego volvía para que me avisara cómo se llamaba el nieto. La cuestión es que, luego de unas cuantas vueltas, encontré a la mamá, lo bauticé a Enzo Osvaldo, quedé en volver…,  y al salir le cuento a Gladys y me dice, mirándome a los ojos, emocionada: “en este lugar uno ve cómo Dios hace bien todas las cosas y tiene todo organizado y previsto”. Que lo dijera en ese lugar, precisamente, que podía ser el de la queja con todo derecho de “lo mal que anda este país y el mundo entero”, dado el despelote que es ese hospital, me conectó con la esperanza y con esto que llamamos “la comunión de los santos”, una comunión gestionada por gente como Gladys, de recepción, atenta al corazón de las abuelas que quieren bautizar a sus nietitos y a los curas que van a visitar enfermos, en medio de los problemas sanitarios de la Capital.

 

Todo esto es para disipar esa telaraña que se extiende sobre nuestra realidad dando la impresión de que todo anda mal. Para nada es así. Basta que uno se decida a un pequeño gesto de amor para que se abra el Cielo y uno se sienta –como Gladys- “predilecto” y parte de ese plan “de cosas buenas preparadas por el Padre para los que aman”.

Eso sí, y hay que decirlo, el amor teje y crea vínculos que sólo sirven para el amor. En ese sentido, el amor es exigente y por eso a veces preferimos vínculos más cómodos, menos comprometidos.

………………..

Después de escribir esto caí en la cuenta de que no podía seguir si no lo volvía a ver a Enzito y me pegué una corrida al Hospital. De paso le llevé la comunión a Titina y en vez de hacer las visitas por la tarde las hice de mañana. No pude entrar porque estaban medicando en terapia, pero la enfermera me dijo que el bebé estaba bien, mejor. Hubo algunos amagues de acercamiento pero quedaron ahí. La otra recepcionista me dijo el apellido de Gladys y que entraba a las cinco. Un papá me comentó que no lo dejaban entrar todavía a ver a su hijito, que tenía un problema en el esófago, otras mamás que esperaban saludaron…, pero nada especial. Se ve que las cosas son parte y parte y uno encuentra lo que anda buscando y lo que no, le pasa cerquita. Esa abuela que quería el bautismo para su bebito, tanto como para comentarlo con una recepcionista, hizo que esta me conectara con su hija y el bebe unos segundos después que ella partió para la ferretería (todavía me pregunto qué iba a comprar en la ferretería y si escuché bien o dijo otra cosa).

 

Bueno, la moraleja de las pequeñas historias del amor de Jesús, que tiene la grandeza de asociarnos a su acción y de hacer pasar su amor por nuestras manos, no es una moraleja que se pueda escribir. Así como a mí me hizo volver al hospital, cada uno tiene que agarrar el tejido en el punto de amor en que lo dejó y retomar con las puntadas. Cada historia es una historia de amor, como dice Vanier y la tenemos que escribir con hechos cada día.

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Diego Fares sj

 

 

 

 

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Las cinco luces que enfrían el amor

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Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Un autor de nombre difícil (para nosotros) –Erich Przywara sj-, muy apreciado por Francisco, tiene un tratadito del amor –el ágape- que es de lo mejor que he leído: trata de cómo el Amor es lo único esencial y digno de fe y, también, de cómo nos las arreglamos los hombres para contradecirlo o achicarlo o convertirlo en algo que él no es –solo amor- y, más hondo aun, de cómo el Señor se las arregla para que con todas estas contradicciones y “herejías contra el ágape”, éste Amor suyo siempre triunfe (cumpliendo esa ley misteriosa propia de todo lo de Jesús y que es que el amor se realice invisiblemente bajo la apariencia de su contrario, como sucedió en la Cruz, que parecía que le quitaban todo y en realidad Él se estaba dando entero, por amor).

 

En lo que me quedé enganchado para meditar y contemplar cuando se diera el momento (que es el del evangelio de hoy, en el que los que gestionaban una religión de 613 preceptos, le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más grande), es en que el padre Przywara dice que, muchas veces, nos quedamos con la visión del AT, en la que se da un doble mandamiento (Amar a Dios directamente, por sí mismo, y al prójimo como a nosotros mismos), cuando “el misterio único y el mandamiento único del ágape nupcial, del amor cristiano, proclamado por el Señor, suprime esa disociación entre Dios, prójimo y nosotros, y sólo sabe de la unión con Dios en el amor de las personas entre sí”.

 

Vamos a profundizar teológicamente en este amor. Sé que a algunos les gusta más cuando cuento las parábolas del Hogar y que hoy estamos cansados de eso que el Papa Francisco llama “una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada”. Pero confío en que, como dice Pablo: “el amor no hace mal al prójimo” (Rm 13, 10). Y también en lo que dice Ignacio: que “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” pero como “es comunicación”, hablar de él es esencial.

 

La caridad absoluta de la que habla el NT es “el amor de unos a otros como participación en el Amor de Dios al hombre” (…) Es el único mandamiento, la única ley, lo único que hemos de imitar, la única señal para reconocer a un cristiano. San Juan dice todo esto de modo inequívoco cuando afirma rotundamente que sólo en la caridad mutua permanece Dios en nosotros y nosotros en Él, porque Dios mismo es caridad”.

Y este amor de ágape que trae Jesús tiene un sello “matrimonial”, “nupcial”: es desposamiento, alianza, comunicación íntima de distintos, amor fecundo, que crece como familia, en un ritmo en que se combinan la unión y la distancia, ese espacio tan único de la buena familia que tiene momentos de intimidad exclusiva y momentos de apertura a los demás.

 

Dios no hace otra “alianza” que no sea esta del amor nupcial y la Eucaristía es el memorial y la actualización de este único ágape y alianza, en la que, como una familia, los distintos nos respetamos y amamos, sanamos nuestras heridas y nos perdonamos, nos animamos unos a otros a ser cada uno feliz realizando su carisma al servicio de los demás, sin celos, ni enojos ni impaciencias… Pablo lo expresa en el Himno a la Caridad: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene  en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13).

 

Este amor, dice Przywara, que el Señor ha donado y que el Espíritu mantiene encendido y fecundo en la Iglesia, sufre persecuciones y herejías internas, dentro de la Iglesia. De última, para entender lo que pasa en la Iglesia, hay que fijar la mirada en este amor nupcial de Jesús crucificado y resucitado y discernir, en nuestras discusiones y problemas, lo que nos aleja de este amor y lo que nos hace poder vivirlo.

 

Lo bajo ahora a la realidad (como en la reunión que hicimos la semana pasada con los huéspedes del Hogar. Tratábamos, a propuesta de ellos, el tema del bien y del mal; si se podía ser bueno estando tan condicionados por la sociedad actual, si era posible ser solidario estando cascoteado… Discurría el diálogo y cobraba altura hasta que uno dijo: “ya que lo tenemos entre nosotros, que hable el padre, a ver si baja esto a la realidad, porque estamos hablando muy en general”. Yo les pregunté si de verdad querían que lo bajara a la vida del Hogar y como dijeron que sí, les dije que “el mal, en el Hogar, era robar a un compañero. Aunque fuera una toalla. Robar en el Hogar era un pecado gravísimo y causaba un daño muy grande, porque dañaba la confianza para descansar en paz a gente que no tenía otro refugio donde estar”. Seguí sacudiendo con todo, diciendo que enojarse o discutir no estaba bien pero era comprensible: un estado de ánimo o cuestión de carácter, pero robar era algo planeado y deliberado y eso era muy malo… Bueno, el excurso es para ir a lo concreto).

 

Tentaciones contra el amor entre nosotros, amor en el que permanece (o perece) el Amor de Dios.

Yo me pregunto: ¿este servicio que presto es gratuito y amoroso de verdad, como los que brindo en mi familia, donde sé que “tendré que lavar los platos toda la vida…” o apenas lo brindo un tiempo ya pongo tantas condiciones y hago tantos reclamos que terminan estando los que quería ayudar al servicio mío?

Esta idea que tengo, ¿me lleva a dialogar con el otro con el deseo de unirme a él o la uso para cerrarme y atacar o apartarme con impaciencia?

Este juicio que hago sobre el otro, ¿es un juicio como los que hago con los de mi familia –misericordioso- o como los que hago sobre los políticos –burlón y despiadado?

 

Como ven, partimos del servicio que realmente brindamos, luego examinamos las ideas y por último los juicios.

Es el orden del amor, que se pone más en las obras que en las palabras (ideas y juicios).

Francisco decía que el Papa tiene la última palabra porque es “el servidor de los servidores” del pueblo fiel. En la Iglesia, el juicio más último lo tiene el que más sirve, no el que más “sabe”. Como en la familia.

 

Algunas herejías contra el amor familiar (cada uno busca la que más lo tienta)

 

La primera es la que Francisco llama “gnóstica”. Hablando en criollo es la de “sobrenaturalizar” tanto el amor que pareciera que el ideal es tratar con Dios directamente de espíritu a espíritu, prescindiendo de todo lo que es “carne y huesos”, situación social, vida cotidiana con el prójimo concreto con el que viajo, trabajo y convivo. Desde que Jesús se encarnó, el Amor ya no se puede desencarnar. Todo lo contrario, su dinámica es la de naturalizarse y cotidianizarse más y más.

 

La segunda forma de herejía interna contra el amor es la de “intelectualizarlo”. Esta herejía tiende a darse en los que defienden la primacía del entendimiento y de la ciencia por sobre el amor. Se ve en los que defienden “definiciones” que terminan siendo trampas para alejar a la gente de la misericordia y del amor incondicional de Dios.

 

La tercera forma de herejía interna contra el amor es la que le otorga la primacía a la obediencia formal, a la disciplina y al orden por el orden mismo. Es una caricatura de la lealtad de amigos y de la fidelidad matrimonial. Se ve en las instituciones de caridad que no ponen en el centro “al que está en situación de pobreza”, buscando lo que le hace bien a él, sino que ponen sus normas y leyes sin revisarlas ni confrontarlas.

 

La cuarta forma es la del “personalismo”. Es como la anterior, pero la obediencia no es a una ley, dogma o institución que se impone desde arriba, sino a una persona o líder carismático, libremente elegido desde abajo. Cada uno elige a los líderes que le caen bien y los obedece incondicionalmente. Con esta actitud se fragmenta necesariamente la unidad familiar de la Iglesia, una, santa y católica.

 

La quinta forma de tentación contra el amor es la colectivista, que elimina todo lo personal y pone el acento en las mayorías, en la gestión de las cosas, en los números, que pasan a ocupar el lugar del ágape.

 

Lo común a estas tentaciones contra el amor (aunque parezcan opuestas entre sí) es que son formas de querer “hacer visible y dominable” ya, totalmente, el amor de Cristo, que requiere la paciencia de la levadura y del grano de trigo que muere para fructificar.

 

Przywara muestra luego, magistralmente, cómo el Espíritu armoniza estas resistencias contra el amor y escribe derecho con líneas torcidas. En el fondo son faltas de fe, renuncias a “esperar” que el amor de fruto.

El espiritualismo es falta de fe en que Dios se ha hecho hombre de carne y huesos y camina con nosotros en nuestra historia.

El intelectualismo es falta de fe en la “locura de la Cruz” que es más sabia que la sabiduría de los intelectuales.

La obediencia formal es falta de fe en el diálogo y en la reciprocidad del amor.

El personalismo es falta de fe en que el amor no es sólo entre amigos sino también entre enemigos y adversarios.

El colectivismo es falta de fe en la fuerza del amor uno a uno, a la oveja perdida. Los números no cuentan por sí mismos.

 

Estas resistencias al amor, propias de cada cultura y de cada tipo humano, han sido vencidas por Cristo. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Nada ni nadie, dice Pablo.

Tampoco estas “tentaciones bajo especie de bien, disfrazadas de ángel de luz”:

Estas son las “cinco luces que pueden oscurecer el amor”:

la luz del ensimismamiento en dinámicas espiritualistas,

la luz del saber teológico,

la luz de la obediencia institucional,

la luz de la adhesión personal al líder libremente elegido,

la luz de la embriaguez del número y de la gestión.

 

Estas tentaciones contienen también –como las herejías externas- algo de verdad y hay que saber aprovecharla.

Es bueno desear estar “cara a cara” con Dios. Y esta esperanza hay que mantenerla viva animándonos a mirar cara a cara a Jesús en los pobres.

Es verdad que el amor da sabiduría y recta doctrina, y hay que animarse a que no todos acepten la verdad del amor y algunos la consideren “locura”, la locura de la cruz: “no quise saber otra cosa sino a Cristo crucificado”.

Es bueno obedecer la voluntad de Dios tal como la expresa la Iglesia jerárquica, siempre que esa obediencia sea “de corazón”, con libertad de espíritu y no algo formal.

Es verdad que el amor es adhesión a la Persona de Cristo y a las personas que él elige, y este amor personal hay que animarse a vivirlo sin ningún sectarismo.

Es bueno hacer números para que el amor llegue a todo el pueblo de Dios pero sin regodearse en los números como expresión de nuestra buena gestión.

 

Así, vemos que hay algo bueno y verdadero incluso en las “herejías” contra el ágape. Lo que hay que pedir es la gracia de discernir en cada caso y en cada actitud esta “perla” del amor y “saber vender –con buen humor- todo lo demás” o “cerrar un poco los ojos a esas “luces” que, si se absolutizan, enfrían el amor.

Diego Fares sj

 

 

 

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Dios no está en crisis: sigue invitando

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Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo:

(Lo que acontece en) el reino de los cielos es semejante a (lo que le pasó a) un rey que preparó las bodas de su hijo;  envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir.

De nuevo envió otros servidores diciendo:

‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’.

Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron.

El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad.

Entonces dice a sus servidores:

‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’.

Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice:

‘Compañero, ¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’?

El no abrió la boca.

Entonces el rey dijo a los servidores:

‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’.

Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

 

Contemplación

Hoy tengo algo para escribir que me desborda y se me amontona, como la gente que quiere entrar al Hogar y se acerca –siempre se va acercando, por más que hagamos hacer fila y ordenemos…- por todos lados a la puerta. Quería comenzar diciendo que no sé cómo contarlo para que les llegue de verdad y salió ahí nomás esta imagen que es, precisamente la que quiero compartir. Pero no es tanto la imagen de nuestros hermanos que se amontonan todos los días a la puerta del Hogar sino la imagen de una extraña fila que se formó ayer a la tarde.

Lo que quiero anunciar es cortito y simple: quiero dar testimonio de que lo que Jesús cuenta en esta parábola pasó ayer –está pasando ahora porque más de veinte amigos en situación de calle están de retiro espiritual estos tres días.

¿Qué es lo que cuenta Jesús? Cuenta la parábola de los invitados a las Bodas, que entre todas sus riquezas y misterios tiene esta del misterio de la invitación que es de las cosas más iluminadoras de la vida. Nuestro Dios es como un rey que invita a las bodas de su Hijo y entre los hombres hay quienes aceptan su invitación y quienes, por diversos motivos, no la aceptan, no van.

Bueno, yo quiero contarles la emoción que sentíamos estos días en el Hogar con los que iban aceptando –en un número que nos parecía increíble y que aumentó con el paso de los días- la invitación al retiro que organizaban nuestros amigos del Movimiento Virgen Gaucha. Era una mezcla de emoción y miedo como el que producen las respuestas inesperadas, que otras veces no han tenido eco, y uno siente “no puede ser”, “algo raro pasa”. Y lo que pasa no es raro si se lee la realidad con la luz que da el Evangelio, que es “antorcha”, llama encendida que camina iluminando al que va a su lado.

Quiero decir que el evangelio te ilumina si vas a caminando tras la antorcha, no si te quedás parado viendo la tele (esta imagen de la antorcha es del jesuita Spadaro y la usó para decir en el Sínodo de la familia cómo es que tiene que iluminar la vida lo que digan los padres: como una antorcha, no sólo como un faro estático que ilumina todo de lejos y desde lo alto, sino como una antorcha que va junto con la gente iluminando el día a día). Por eso es que quería escribir “llevándolos” a tener la experiencia de lo que está pasando con los invitados a la fiesta del retiro (un jovencito que aceptó la invitación tiene tal grado de discapacidad –con sus bracitos siempre medio en alto como resguardándose de algo y el mentón hacia arriba, decía que pidió ir al retiro “para estar un rato tranquilo”-.

Es como que hay que ir iluminando lo que pasó de a poquito, cada rostro, cada palabra intercambiada…

Ayer mientras esperábamos el colectivo (fue una horita que estuve y fui porque tenía miedo que se armara lío en la puerta del Hogar; después me quedé porque era un gusto charlar de cosas espirituales con los que habitualmente charlamos de fútbol o de lo que el Hogar te puede dar y lo que no), mientras esperábamos y Olga iba llamando uno por uno para hacer las fichas, salieron muchas cosas.

Lo que más llamaba la atención desde adentro era la voz de un muchachón grandote que hablaba hasta por los codos; el tono me daba la impresión de que quería hacer bardo así que salí y les pedí que hicieran fila y, aunque el grandote estaba un poco denso, y dos jóvenes con piercings y capucha me parecían medio sospechosos, los demás se ordenaron y se me fueron individualizando (digo yo). Lo suele pasar con la gente en situación de calle es que en grupo despiertan imágenes de miedo pero cuando charlás cara a cara con cada uno aparece la persona y les digo que el interés que tienen en charlar aquellos con los que nadie charla es conmovedor. Apenas se ordenó la fila, saltó uno que no conocía y me dijo: “¿ya volvió de Roma?…. Ah! No se fue todavía. Así que se va con Francisco. Dele saludos eh!”. Otro me preguntó con tono bajito y una sonrisa mansa que si ya no oficiaba misa en el Hogar; que antes había más misas y que ahora hacía tiempo que no anunciábamos una misa… y que sí, que estaba lindo si hacíamos más misas, que a él le gustaba, así que bueno, sí, es verdad que habíamos tenido hacía dos meses, claro. Pero que estaba bueno que hubiera…” (me quedó reclaro!). Todos los diálogos eran con el grandote de fondo que hacía preguntas teológicas sobre si Roma quedaba en Jerusalén y que qué había pasado que ya no había soldados romanos como en las películas y que él hacía cinco meses que no consumía y si yo creía que ya estaba suficiente como para volver a pedir trabajo, que él era frenista y desarmaba los frenos de los camiones… Otro contó que ya había ido a otro retiro y que estaba bueno. Tranquilo. Que era el momento justo para pensar un poco en lo espiritual. Como a mí me dieron ganas de ir y comenté que me vendría muy bien porque ya se me había pasado el efecto del último, se rieron y preguntaron si nosotros hacíamos muchas veces por año y les dije que una sola y les conté un poco y uno dijo Ah! Claro, hacen ocho días.  Y otro comentó Y sí, es que el efecto se te va…

La cuestión es que cuando vi que estaba todo tan en paz, les dejé a los que habían organizado que gozaran del momento y me despedí pidiendo oraciones. Nuestra Coordinadora me llamó un rato después y me dijo que al final habían llenado el colectivo y que ella había rezado un Ave María antes de que partieran como hacemos siempre nosotros y que iban muy contentos.

Quería compartir lo de la invitación. Hace un mes, en la reunión del Equipo de dirección y coordinación (que somos dos nomás) salió que hacía mucho que no invitábamos para los retiros. Susana se ofreció a invitar y para los “Retiros Populares Porres” inesperadamente se inscribieron como diez y fueron más de la mitad. Por eso, cuando me llamaron para invitar a este otro, me pareció que era amontonar invitaciones. De todas maneras se lo encargué a Susana que fue invitando comedor por comedor y, contra toda expectativa, se inscribieron 17 y a la semana siguiente más. Terminaron yendo más de veinte! Uno decía: es que hace bien que te hablen de cosas lindas. Hay tantas cosas malas…

Bueno. No sé si logro transmitir lo lindo que es compartir las idas y venidas de estas “invitaciones al banquete de bodas”.

En la hermosa reflexión del Obispo de San Isidro sobre sus encuentros con el Papa, contaba lo que le dijo Francisco acerca de esto de la “invitación”. Fijensé si no ilumina lo que les vengo contando. Le decía el Papa:

“El evangelizador es como aquel que sale a buscar empleados para su viña y sale a cualquier hora y sale muchas veces. Por eso yo quiero una iglesia en salida, esa que esté siempre dispuesta a salir, para invitar, para llamar. Hay uno que es invitado y nadie lo había llamado. Llamarlo es hacerlo sentir digno de la familia de los hijos de Dios. Cuando somos llamados, recuperamos la dignidad. Hay alguien que me llama. Hay alguien que se interesa por mí. Soy útil. Soy valioso. Puedo participar de esta familia. Qué importante es encontrar el camino para poder realizar ese llamado en nombre de Jesús. La invitación a participar de la gran familia de los hijos de Dios”.

Ahora, como dice Ignacio, reflexionamos para sacar provecho.

Una primera reflexión va por el lado de la agenda: Si uno invita para un retiro “la semana que viene”, sólo entre los que están en la calle logra que vaya un colectivo lleno. La agenda del resto está ya tomada. Moraleja: hay que hacer “un lugar en la agenda para invitaciones inesperadas”, porque muchas se nos deban haber pasado sin que ni nos diéramos cuenta, y resulta que por ahí eran a la fiesta de bodas del Hijo.

Otra reflexión va por el lado de que “la fiesta se hace igual”. Me llamó la atención una frase del padre Pagola que dice que “La religión está en crisis. Pero Dios no está en crisis. Él sigue en contacto con cada persona”. Eso sentía cuando iba yendo y viniendo por la fila y buscando los ojos de cada uno para intercambiar alguna palabra: de afuera estarán en situación de calle, pero la conciencia de cada uno de su relación con Dios está intacta y siempre activa. Uno no tiene idea de lo que el Espíritu obra en cada corazón mientras por fuera la vida corre como un río de noticias que cuentan sólo “lo que pasa en la superficie de la historia”.

La última reflexión va por el lado de “la alegría del evangelio”. Esta alegría está tanto en el invitar como en el ser invitado. Sentía que en El Hogar, todo lo que hacemos tiene el carácter de la invitación. Carácter en sentido fuerte, como el que imprimen los sacramentos. El Hogar mismo es –con todas sus reglas- una invitación abierta a ser comensales de una comida. Los que pasan por la calle y ven a la gente haciendo cola piensan cosas como “pobre gente, tienen que pedir para comer” o “vagos de m…, y encima les dan pollo”…, lo que no saben es que son los protagonistas principales de una parábola de Jesús, que están invitados a una comida que les despierta “ganas de eucaristía” como al amigo que me reclamaba que oficiara más misas, y “ganas de hacer un retiro en el que estar tranquilos y escuchar cosas lindas”.

Lo que muchos no pescamos (y eso es lo que quería compartir con esta contemplación) es que esa imagen de la gente haciendo fila (para el comedor o, como ayer, la extraña fila para el retiro) es un espejo y cada uno tiene que mirar para ver si “está allí”, si estoy en mi fila de invitado a la fiesta, si estoy escuchando las invitaciones, si las estoy recibiendo, si hay lugar en mi agenda para las invitaciones inesperadas, si soy de los que dicen que sí y de los que andan también invitando…

(Termino con una del grandote: Se fijo en unas pibas que se habían sentado al lado de la casa de la Bondad y tomaban cerveza y se besaban entre ellas. El gordo no lo podía creer y reflexionó que era una tentación para los que iban de retiro y dijo con tono de pastor evangelista que satanás pervertía a la gente con encendida lascivia. Faa! Gordo –le dije- qué vocabulario bíblico! Y me respondió sonriendo: “Y eso que todavía no fui al retiro!”).

La verdad es que en esa horita en la calle Moreno pasó de todo: desde un pelado loco que vive en los departamentos vecinos (a ese ya lo conocemos, padre, siempre nos grita) y que se la agarró con un pobre gaucho de los del retiro porque sin querer lo había empujado un poco al salir del quiosco (estaba tan sacado el pelado que tuve que hacer como que llamaba al patrullero para que se fuera callando porque gritaba como los endemoniados del evangelio), hasta las pibas estas, que un cana hizo que “circularan”, pasando por los coches que entraban y salían de a dos (¡!) en el hotel alojamiento del frente.

… ¡Y los nuestros, invitados a hacer fila para ir a un Retiro Espiritual!

Cuando los pobres son evangelizados, el mal espíritu se inquieta y los ángeles cantan “paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. Ese era el clima. Y la paz, les aseguro, que ganaba. La paz y las sonrisas y el clima amigable que nos cobijó a todos.

 

Diego Fares sj

 

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Preguntas sobre la fe

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“Jesús dijo a los ancianos y sumos sacerdotes: Escuchen otra parábola:

Había un hombre, padre de familias, que plantó una viña y la cercó, cavó en ella un lagar y edificó una torre, la alquiló a unos viñadores y emigró.

Cuando se aproximaba el tiempo de los frutos,

envió sus siervos a los viñadores para recibir sus frutos.

Y los viñadores, agarrándolos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. De nuevo envió otros siervos, en mayor número e hicieron con ellos otro tanto. Por último envió a su propio hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo.

Pero los viñadores, viendo al Hijo se dijeron entre sí:

‘Este es el heredero, matémoslo y quedémonos con su herencia’.

Y agarrándolo lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando venga el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos viñadores?

Le respondieron:

‘A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo’.

Les dijo Jesús: ¿No han leído en la escritura: ‘La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular. Por obra del Señor se hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos’? Por eso les digo que a ustedes les será quitado el reino de Dios y se le dará a gente que le haga dar frutos.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la gente, que lo consideraba un profeta (Mt 21, 33-46).

 

Contemplación

Este padre de familias y señor de su casa que plantó una viña con amor y esperaba frutos de ella, es imagen de nuestro Padre del Cielo.

 

El primero que “plantó una viña” en la Biblia fue Noé (que después se emborrachó con el vino). Pero ya antes de Noé, el Génesis utiliza esta hermosa imagen y nos dice que: “Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado” (Gn 2, 8).

Será Isaías el que embellecerá esta imagen con el Canto de amor de su Amado por su viña:

“Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña.

Tenía mi amado una viña en una ladera fértil.

La había cercado y despedregado

y plantado de vides escogidas;

había edificado en medio de ella una torre

y había hecho también en ella un lagar;

y esperaba que diera uvas buenas,

pero dio uvas silvestres.

Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá,

juzgad entre Yo y mi viña.

Qué más se podía hacer a mi viña,

que yo no haya hecho en ella?

¿Cómo, esperando yo que diera uvas buenas,

ha dado uvas silvestres? (Is 5, 2 ss.).

 

Hay una diferencia que noto entre la viña de Isaías y la de Jesús. El problema de la viña de Isaías es que da uvas silvestres, esas que son agrias, medio verdecitas, chicas y duras. En cambio la viña de Jesús da uvas buenas. Tanto que el problema está en que los “contratistas” como se les llama en Mendoza, se quisieron quedar con la herencia. Esto situaría, al menos para lo que el Señor me da a rezar hoy, el problema no en el terreno “moral” de “dar frutos” sino en un terreno más “político”: el de qué hacer con los frutos que la viña da.

En el terreno moral, todos somos iguales y nos hace bien ponernos en el lugar de la viña plantada con amor por el Amado, del que nos habla Isaías, y juzgar si nuestra vida da los frutos dulces que el Señor espera o estamos medio agrios y avinagrados.

En el terreno político, como le llamo, no se trata de si doy frutos de calidad o no, sino de otra cosa más profunda.

 

Pongamos atención en un detalle: ¿Cómo entienden la parábola los ancianos y fariseos? Jesús les pregunta “¿Qué hará el Señor con los viñadores?” (no con los frutos, que son buenos, como se ve). Y ellos responden: ‘A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo’.

¿Ven? Ellos van por el lado de “pagar los frutos a su tiempo”. Se ve que tienen cola de paja y se dan perfecta cuenta de que “no están pagando lo que deben”.

Los fariseos (de todos los tiempos) son iguales a los contratistas de la parábola que, cuando el Señor les manda a su Hijo, piensan: “matemos al heredero y nos quedamos con la herencia”.

 

Pero el lenguaje de Jesús no va por el lado de “castigar” y “pagar” sino de “dar”. Es otra lógica.

Al hijo lo manda pensando: “lo respetarán”.

No sólo iba para “cobrar”.

Quizás de la relación con el hijo hubiera salido un negocio mejor para todos, siendo que el primer negocio había sido plantar una hermosa viña y confiársela totalmente a los contratistas.

 

Entremos entonces, con estos detalles, en la mente y el corazón de este Padre. La Biblia se abre y se cierra con imágenes de dar fruto, que nos hablan de cómo siente y piensa el Padre. El Génesis nos habla de “producir frutos” (kamnon). “Produzca la tierra árboles que den fruto” dice nuestro Padre Creador en el comienzo de la creación (Gn 1, 11); y el Apocalipsis nos deja esta imagen final de lo que será el cielo: “En medio de la calle de la ciudad y a uno y otro lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (Ap 22, 2).

Vemos claramente que nuestro Dios es un Dios sembrador, que planta viñas, que ama que la vida de frutos.

Pero ¿de qué frutos se trata?

¿Son frutos que se negocian?

¿Son algo que tenemos que “pagar”?

¿Se trata de frutos que constituyen una “herencia” de la cual uno se puede apoderar?

Esta lógica es la que lleva a “matar al heredero”.

 

Escuchemos, en cambio, lo que piensa el Dueño de la viña de su Hijo: “Respetarán a mi Hijo”. El verbo “respetar” (“entrepo”) en la Biblia significa también “avergonzarse”. Pablo le dice a Tito: “Preséntate tú en todo como ejemplo de buenas obras, mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence y no tenga nada malo que decir de ustedes” (Tt 2, 7-8).

El fruto que nuestro Padre quiere de nosotros es que “escuchemos a Jesús, su Hijo amado”, que le hagamos caso, que nos atraiga desde la Cruz, en la cual lo miramos con reverencia y avergonzados por su bondad ante nuestros pecados. Por eso Jesús habla de “la piedra angular que rechazaron los arquitectos” y no de “pagar deudas” o comerciar con los frutos.

 

Notemos también que al comienzo de la parábola no dice que el dueño mandó a sus servidores a “cobrar” el alquiler sino a “recibir” los frutos. “Labein” –recibir- significa también “tomar” y es la palabra que Jesús utiliza al brindarnos El Fruto de los Frutos –la Eucaristía-: “tomen (reciban), esto es mi cuerpo”. También la usa para “recibir” al Espíritu Santo.

Nos quedamos saboreando los frutos de este recibir y dar evangélicos…

………….

Hagamos ahora algunas “reflexiones para sacar provecho” (fruto), como recomienda San Ignacio, luego de contemplar.

 

El primer fruto va por el lado de mejorar nuestra imagen de Dios, el Viñador que planta su Viña con amor e ilusión, que desea que la cuidemos y pueda él (podamos todos) “recibir y tomar los frutos”. Y cuando esta lógica de su amor que crea, que planta y bendice, que se alegra con las cosechas, no es bien comprendida por nuestra ceguera comercial, nos manda a su Hijo amado para que “nos avergoncemos” de no ser hijos, de no sentir “que todo lo suyo es nuestro”, como le dice el Padre misericordioso a su hijo mayor. La herencia está dada, no hace falta que nos apoderemos de nada: “todo es nuestro y nosotros de Cristo”. Los frutos que desea “recibir” el Padre no son algo “exterior” a nosotros: el no necesita nuestro dinero, ni nuestras obras. El fruto somos nosotros mismos, viviendo en plenitud una vida plena de amor y de buenas obras a favor de los demás. Nuestro fruto es una adoración en espíritu y en verdad que surge alegre y agradecida del fondo de nuestro corazón por todo el amor y la amistad que nuestro Dios nos brinda.

 

El que concibe el cristianismo desde la perspectiva del deber y del comercio se equivoca radicalmente. La Iglesia, es una viña plantada con ilusión y amor por el Padre y las “transacciones” están a cargo de su Hijo amado y predilecto, que no viene a juzgar ni a condenar sino a perdonar y a salvar. La vida que el Señor nos ha dado está fundada en dos apuestas de amor: el del regalo de la creación y el del regalazo de la redención.

 

Bajemos ahora a una reflexión un poco más incisiva. Es claro y manifiesto que el que se apodera de los frutos de la Iglesia cuando se trata de bienes, de dinero, poder y fama, es reprobable. Cuando Francisco le objeta algunos prelados sus autos último modelo y sus palacios, aunque se enfurezcan por dentro, nadie sale a decir nada públicamente porque sabe que se quemaría. Pero ¿qué pasa cuando los frutos de los que algunos se apoderan son “intangibles”? ¿Qué pasa con los que se apoderan de “la doctrina”? ¿Sirve para algo apoderarse de la verdad? ¿Es algo de lo que uno se pueda “apoderar”? ¿No es que “la verdad” es de todos y el que la defiende, defiende la herencia común? ¿Se puede sospechar de quien defiende “la verdad revelada”, “el depósito de la fe”, “los dogmas definidos por los Concilios”, “la tradición” en toda su pureza?

Formulo preguntas para no caer en lo mismo que pretendo criticar. Me parece que el Señor mismo utiliza este modo de pensar y argumentar, cuando pregunta: ¿Qué hará con aquellos contratistas? Hoy en día, en que todos los contenidos y todas las respuestas están en Google, el desafío es hacer bien las preguntas. Y para ello hay que hacer las preguntas de fondo, desenmascarando muchas preguntas ya dadas por obvias y para las cuales los que “se apoderan de la herencia” tienen bien elaboradas las respuestas.

 

Podemos preguntarnos, por ejemplo, ¿Hay alguna similitud entre los ancianos y fariseos de aquella época y los que hoy atacan al Papa por atrás y no se animan a más por miedo a la gente, que lo quiere y lo considera un profeta?

 

La actitud de “matar al heredero” (matarlo con la falta de respeto y la siembra de sospechas que escandalizan a gente sencilla) ¿tendrá que ver con sentirse dueños de la iglesia y no querer que otros participen?

 

Si alguno en conciencia disiente con el Papa ¿no habrá formas mucho más respetuosas y confiadas en la providencia de llevar en paz algo que siempre se da en la vida de la iglesia y que los santos nos enseñan a llevar bien, sin rencores ni habladurías?

 

El sínodo de la familia ha despertado en algunos miembros de la Iglesia inquietudes que los medios se encargan de remarcar. Creo que la primera pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿no es algo digno de admiración y respeto que en la Iglesia se den ámbitos como un sínodo para dialogar sobre los temas importantes y controvertidos? ¿No es una bendición que no todo se debata en los medios, de manera fragmentada y respondiendo a intereses que no conocemos del todo bien? Más allá de las discusiones y peleas, ¿no es algo esperanzador que el mismo Papa convoque al sínodo y recabe opiniones de todas las familias del mundo para poder dialogar en comunión y en paz? Sin el Papa, que garantiza esta unidad en la Iglesia ¿tendrían alguna autoridad (y alguna prensa) los grupitos que hablan en contra? ¿Existirían acaso fuera de su círculo de adeptos, los que, como el periodista “católico” Socci, escriben libros como “No es Francisco”?, libro que otros medios también conservadores como “Il Foglio”, califican como “basura sin pudor”.

¿Le interesaría a alguien un libro que se titule “No es Francisco” si no fuera Francisco como es? Este libro se anima a decir que la elección del Papa fue inválida (¡!), utilizando un tecnicismo mal explicado. El procedimiento de la elección es riguroso y dice que tienen que haber dos votaciones a la mañana y dos a la tarde. Si en una votación, que empieza con las papeletas y termina con el escrutinio, al contar las papeletas antes de abrirlas, se cae en la cuenta de que hay de más, el procedimiento dice que se vota de nuevo (cosa que dicen que pasó en la elección de Francisco y que, por otra parte, no tendría que haber salido del ámbito secreto y si alguno reveló cosas ya se ve mala intención allí, antes que en la elección misma). Se vota de nuevo pero el escrutinio (la votación completada) vale por una y no infringe el número de votaciones recomendado. Un amigo vaticanista me contaba que iba a salir este libro y que utilizaba la ignorancia de la gente para sembrar dudas.

Dudaba en poner el ejemplo porque por ahí siembra más dudas. Pero creo que “dudar” en los “aspectos técnicos” (“colar el mosquito”, como les reprochaba Jesús a los fariseos cuando le hacían ese tipo de argumentaciones), no le hace mella a la fe si es que uno no la basa en “la letra” sino en el Espíritu. Si basás tu fe en la letra ¿es de extrañar que seas víctima de los expertos que escandalizan? ¿No es mejor pensar con la lógica del padre de familias de la parábola que confía en que “respetaremos a sus enviados y en especial a su Hijo”?

Preguntas que nos hacemos sobre nuestra querida fe…

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Domingo 26 A 2014

Hacer

 Nube de Palabras Hogar

 

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

– “¿Qué les parece a ustedes?:

Un hombre tenía dos hijos.

Acercándose al primero le dijo:

– ‘Hijo mío, ve hoy a trabajar en la viña’.

El, respondiendo, dijo:

– ‘No quiero’-,

Pero después, arrepentido, cambió de parecer y fue.

Acercándose al otro le habló de manera similar.

Este, respondiendo, dijo:

– ‘Voy, señor’-,

Pero no fue.

– ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?

– ‘El primero’-, respondieron.

Les dijo Jesús:

-‘En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; pero ustedes, aún viendo esto, no se han arrepentido ni han cambiado de parecer para creer en él (Mt 21, 28-32).

 

Contemplación

Para nuestra Jornada de Oración y Formación de este año en El Hogar, hicimos más de veinte reuniones por áreas en las que nos preguntamos cosas como: por qué elegimos trabajar en el Hogar; por qué seguimos; qué pensamos de la misión del Hogar; si sentimos adhesión personal a ella y si tenemos experiencias de haber sido consolados en esta tarea de “acoger al que está en situación de calle o extrema pobreza”, de “ayudar a cubrir” algunas de sus necesidades de supervivencia y de  “brindar” oportunidades de inclusión y participación orientadas a la promoción También nos preguntamos si sentimos que nuestro pequeño aporte contribuye al logro de esa misión, si la conocemos cabalmente y cómo nos sostenemos frente a los conflictos.

Las preguntas dieron lugar a reuniones muy movilizantes, a profundos y conmovedores testimonios que nos hicieron mucho bien. Con todo el material que recopilamos me tomé el trabajo de hacer una nube de palabras y salieron cosas muy lindas.

Una tiene que ver con la parábola de hoy, con la pregunta de Jesús acerca de “quién hizo” la voluntad del Padre. Es la pregunta por nuestro “hacer”.

Jesús no pregunta por lo que somos (que es puro don) ni por lo que pensamos, sentimos o tenemos. A Jesús le interesa en primer lugar lo que hacemos, porque ahí se juega nuestra libertad y se vuelve real todo lo demás (lo que pensamos, sentimos y somos).

Pues bien: el verbo más usado por los Colaboradores y Colaboradoras del Hogar fue, precisamente, “hacer”: apareció 168 veces, seguido por “dar” (101) y complementado por “colaborar” (23); “Aportar” (18), “Ayudar” (13) y “Realizar” (5).

Venir” apareció en tercer lugar (40) y “Estar” en cuarto (31). Rezar apareció 4 veces (vamos a tener que crecer en esto! aunque nuestro “hacer” como es el de las bienaventuranzas, es también un “rezar” con las manos abiertas: contemplación en la acción, diría Ignacio).

 

Este “hacer” se situó en la contundencia de la palabra “Hogar”, que fue la que más apareció en total (190 veces).

Un detalle interesante: la palabra “cosas”, que parecería el sustantivo compañero de ese verbo “hacer”, vino recién en 10 lugar (39 veces).

Es que antes de las cosas salieron las personas: los “usuarios”, (fue el segundo sustantivo y apareció 80 veces), complementados con “gente” (57), “personas” (48) y colaboradores (17).

Me gustó que la quinta palabra fuera “todos” (67 veces). Y que este “hacer apuntando a las personas” se viviera como una “misión” (el tercer sustantivo: 76 veces) y un “trabajo” (71).

 

La palabra “bien” (hacer bien el bien) apareció 45 veces (más que las cosas: 38).

 

Es lindo también leer las palabras que salieron emparejadas: “vida” y “social” aparecieron en el puesto 11, las dos juntas (36 veces). “Calle” y “Amor” vienen después (25 veces cada una). Luego “Humanidad” y “Promoción”, casi iguales (24 y 22). Y, fíjense en esto: “Alegría” y “Equipo” “Resolver conflictos” y “Colaboradores” “Familia”, “Programa social” y “Servicio” aparecieron todas juntas con 17/18 veces cada una). Uno puede poner juntas estas palabras de muchas maneras y son todo un programa de acción ¿no?

 

Este análisis lingüístico tiene mucho fundamento y sentido. Jesús ya lo dice en el Evangelio: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6, 45). Deja un muy buen sabor esta nube de palabras lindas, que son cada una como una bendición.

Filosóficamente, el lenguaje es significativo del ser, de la realidad. Dice un autor que “la simple conversación, maravilla de maravillas, hace real la llamada que nos hace el prójimo y su escucha. La conversación se presenta en el origen de todo pensamiento objetivo”. Dicho en fácil: las cosas y las personas –la realidad- se hacen presentes en todo su sentido cuando hablamos de ellas. Fuera de nuestro intercambio interpersonal, las cosas y los otros (especialmente los excluidos) están como a la espera de que les prestemos atención y las hagamos participar de nuestro mundo humano.

Una comunidad como la del Hogar, conversando cordialmente, reunidos y aliados  por una misma pasión –la de servir a los más necesitados-: recordando las maravillas que el Señor hizo con nosotros y programando todo lo que podemos hacer por nuestros hermanos más necesitados, es un acontecimiento único.

 

En jornadas intensas y bien planeadas, revivimos 30 años de historia comunitaria y personal, tomamos conciencia de la misión en la que estamos participando y se estableció una unión de corazones en la adhesión a la misión que nos hace sentir que, cuando decimos “hogar” 190 veces, el Hogar se inaugura y se recrea, padece y resucita, se recuerda y se proyecta, se rejuvenece y se dinamiza, abrazándonos a todos (abrazar: 67 veces).

 

Es muy gratificante reflexionar sobre nuestras palabras en un lugar donde la primera palabra es “hacer” por los demás. Y es la primera porque todo el Hogar ha sido y es un “hacer”: un hacer artesanal cada día y un hacer no solo cosas sino “hacer un Hogar”, que por algo tiene forma verbal, ya que no es la casa material solamente sino ésta con el espíritu y el dinamismo que la habita y las prácticas sociales que realizamos en ella.

 

San Alberto Hurtado decía que la Encarnación de Jesús le había dado valor absoluto a todo nuestro hacer. Decía: “Ser cocinero o fogonero no es menos noble que ser escritor, poeta o abogado. ¿De dónde viene la ‘excelencia’ de estas profesiones intelectuales? Del falso concepto platónico, pagano, de la mayor importancia de lo abstracto sobre lo concreto. Pero ese concepto lo echó por tierra la Encarnación, que es un hecho bien concreto, y da origen a una vida de hechos con las más humildes realidades”.

 

Una vida de hechos con las más humildes realidades. La pregunta del Señor: “¿Cuál de los dos hizo lo que quería el Padre?” me recordó la frase de Hurtado sobre lo concreto, sobre el hacer. La parábola del Señor habla de una “conversión al hacer”. La voluntad del Padre se realiza “yendo a trabajar hoy en la viña”.

El hacer siempre es humilde.

El hacer siempre es hoy, ahora.

El hacer siempre es concreto.

El hacer siempre es comunitario: cuando uno hace las cosas otros se benefician y otros colaboran.

Por eso nos lleva al encuentro con el amor de Dios, que es humilde, concreto, comunitario y se nos ofrece ahora, hoy.

 

Hay una satisfacción que es plena y justa, como tiene que ser, sin nada de más ni de menos, sin que le haga mella lo exterior –la  crítica o el aplauso-: la obra bien hecha, por amor, se justifica sola y vale por sí sola. Uno siente que el premio es haber participado, haber contribuido a hacer con Él y con otros, la obra bien hecha. Este es el “hacer” del Hogar y lo compartimos con todos los que en tantas obras e instituciones de Iglesia están en la misma sintonía y buscan hacer lo que le agrada al Padre de la mano de Jesús.

 

Diego Fares sj

 

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Qué porquería es la envidia

 

Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con

un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña.

Habiendo concertado (synfonesas) con los obreros en un denario por día,

Los misionó a su viña.

Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo:

– ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Ellos fueron.

De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo.

Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo:

– ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’

Le respondieron:

– ‘Es que nadie nos ha contratado’.

Y les dice:

‘Vayan ustedes también a mi viña’.

 

Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo:

‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’.

Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario.

 

Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más,

pero recibieron ellos también cada uno un denario.

Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo:

-‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’.

El, respondiendo a uno de ellos, le dijo:

– ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20 1-16).

 

Contemplación

Sería tiempo de Vendimia (a los mendocinos esta sola palabra nos trae aires de comienzos de otoño, tiempo de uvas y de cosecha, fiesta con carrozas y reinas de la vendimia, hallazgos de vinos buenos…) y Jesús quiso acercarle a toda la gente humilde –los jornaleros-  que iban a la plaza del pueblo a esperar que los contrataran, una imagen de cómo es la gente que él quiere para su reino. Es una imagen muy especial y  llena de dinamismo, la de este empresario del reino que imagina Jesús. El tipo  contrata a todos los que puede, sale una y otra vez a darle trabajo a la gente, dialoga personalmente con todos…

Como todos los empresarios, anda apurado. Lo apura la preocupación por su viña, tanto que él en persona contrata a la gente, aunque tiene mayordomo. A este le encomendará la paga del salario, pero no la contratación (este es un pequeño detalle).

 

Esta imagen del Empresario que sale a todas horas, es potente. Después viene la imagen final (esa que acapara la atención de los comentaristas): la del Empresario que se ocupa de pagar de una manera tan particular que suscita reacciones adversas, porque les paga primero a los últimos, les da a todos el salario entero y, por si esto fuera poco, está como esperando que le salte alguno para retrucarle con mucho énfasis que la concertación fue libre y justa, remarcando que él es el Dueño y que, si hay envidiosos es porque tienen el ojo torcido y no porque él sea demasiado bueno.

 

La picardía del Empresario, de hacer pagar a cada uno un denario, comenzando por los últimos, no tiene que opacar la primera imagen, la de la madrugada, cuando sale a contratar personalmente a todos los que están en la plaza, ni tampoco las imágenes de las otras tres salidas: a las nueve, a las doce y a eso de las cinco de la tarde… (la verdad es que esto de contratar a las cinco de la tarde obliga a hacer algún comentario, no?. Especialmente si uno estuvo trabajando desde las seis de la mañana).

 

Este Empresario (puse empresario porque es una de las traducciones posibles y creo que da la imagen de un hombre emprendedor, que sale a buscar, que concierta con la gente, que da trabajo y que está atento a lo que paga), este Empresario, digo, es alguien muy especial: se ve que tiene mentalidad de hombre de negocios.

 

Confieso que me encanta, cuando encuentro alguno, charlar con hombres de negocios, con gente que tiene una empresa, que manejan empleados y proyectan cosas. Hace poco un empresario amigo me decía: “a vos con la Fundación te pasa como a mí, cuando has estado veinte años en una empresa, terminás siendo bombero. La gente recurre a último momento porque sabe que le vas a apagar el incendio y uno está un poco en todo. Ahora que te vas, tenés que dejar un equipo que ponga el fuego… a doscientos metros, digamos (y empujaba el horizonte con las manos mientras hablaba convencido). Quiero decir, que sepa que los problemas van a llevar más tiempo…”. Yo lo escuchaba con atención y me encantaba esta especie de parábola al revés: que él se comparara conmigo como empresario, que le entusiasmara, quiero decir, que las cosas del reino fueran iguales a las suyas, personalmente hablando.

 

En general las imágenes top del evangelio suelen ser la de los pobres y pequeños, las de los heridos al costado del camino, las de las mujeres de la calle, los leprosos y los ciegos… Pero estos personajes que Jesús saca a la luz, no son los únicos de los que se sirve para revelarnos lo que es la Misericordia del Padre. También están los personajes de las parábolas de la promoción, como yo les llamo: este empresario de hoy, dueño de una viña con su bodega, el mayordomo que le rebajó la deuda a los que le debían a su amo, el que se fue a un país lejano y le confió sus talentos de oro a sus empleados, el que organizó un fiestón para las bodas de su hijo. El evangelio está lleno también de estas imágenes en las que la Misericordia de los que tienen más se muestra creando puestos de trabajo, negociando bien con el dinero (perdonando deudas y confiando dinero a otros), haciendo fiestas convocantes…

Muchos de los discípulos del Señor vienen de estas filas de emprendedores. No diría que Simón Pedro era un gran empresario, pero tenía su grupo de botes, con su padre, su hermano y sus amigos, Juan y Santiago  (y quizás hasta soñaban con una pescadería…). Mateo cobraba impuestos y seguro que tenía su agencia de cambios en blue. Hay muchas imágenes lindas de gente generosa con sus bienes, que tiene gestos de derroche como la de este Empresario que le paga a todos un denario. Está también Zaqueo, que no llegó a apóstol pero le pegó en el poste y si María de Betania rompió un frasco de una libra de perfume de nardo, se ve que su familia era de buena posición.

Así como en los que están en situación de pobreza o de enfermedad veo a Jesús crucificado y me despiertan compasión, en la gente emprendedora veo a Jesús que sale a la vida pública, que convoca gente, que usa su poder para alegrar fiestas de Caná, regalar pescas milagrosas y multiplicar panes para compartir. Esta imagen de Jesús “saliendo a contratar gente”, este Jesús que camina por la orilla del lago y le echa el ojo a los cuatro compañeros pescadores, que se fija en el comportamiento de Mateo y llama a Natanael…, es un Jesús con mentalidad de empresario.

 

Ambas imágenes, la del Señor compasivo y la del Señor creativo y emprendedor, se plenifican en la Resurrección. El Resucitado muestra sus llagas curadas y sopla su Espíritu evangelizador. Manda a perdonar los pecados y a construir un Reino con los valores que él enseñó y practicó.

 

En Francisco, vemos estas dos imágenes del Señor, activamente representadas. Por un lado, mucha misericordia para con los más frágiles y desvalidos. Por otra, mucha creatividad para convocar iniciativas de paz, de trabajo, de reformas estructurales. Francisco hace real esta imagen de alguien que “sale a todas horas” al encuentro con la gente. No es un Papa de papeles sino de palabras vivas, dichas en medio de la plaza, entre la gente que sale a buscar acudiendo a todas las periferias (¿se han fijado que siempre elige periferias: la de Lampedusa, las de las parroquias alejadas, las de la dividida Corea, las de la favela de Brasil, las de la mamá soltera, las de la cárcel donde lavó los pies a los presos y presas…).

Detrás de este salir está la invitación de Jesús, sugerida en las parábolas: “Salió el Sembrador a sembrar…. Salió el Empresario a contratar…”.

 

Hace poco el Cardenal Kasper citaba a Juan XXXIII que al convocar el Concilio decía que “«Hoy, la Iglesia debe usar no las armas de la severidad, sino la medicina de la misericordia». La misericordia es, agrega Kasper, el tema central de la época conciliar y post-conciliar de la Iglesia católica”.

Él lo decía por la inédita acción de estos Cardenales de sacar un libro con los “no se puede” justo antes de que comience el Sínodo sobre la Familia. Y así como hay gente que se especializa en ser sumamente imaginativa para que la Misericordia no llegue a muchos para sanar y perdonar, también hay especialistas en que la Misericordia no sea creativa a la hora de contratar, confiar, repartir y festejar.

Los primeros, los Fariseos, son más conocidos y públicamente repudiados. Los segundos, los envidiosos que critican a los emprendedores, cuentan con gente que les presta el oído. Seguramente el que alzó la voz para protestar porque le pagaban a los vagos igual que a ellos, los trabajadores, habrá contado con muchas miradas de aprobación y muchos asentimientos en secreto.

Este tipo de mentalidad envidiosa no está lejos de nuestra actualidad. Hace unos días me contaba la Hna. Juliana que al bajar de la camioneta que trae la comida al Hogar, se le acercó una vecina a saludarla y, viendo que bajaban las ollas llenitas de cuartos de pollo al horno, exclamó, con tonito de parábola: “¡Les dan pollo!”. “A los más necesitados hay que darles lo mejor”, le respondió Juliana y ahí dejó la cosa. Yo me quedé dando vueltas al asunto y ahora, con esta parábola, me vuelve la imagen. Pienso que la vecina no necesitó agregar nada a su comentario. Está como instalado que a los pobres habría que darles polenta o que, si son adictos no tienen derecho a comer algo rico… No sé. Tantas cosas hay en esa exclamación: “les dan pollo”. Me dan ganas de responderle ahora, aunque no la vea a ella (pero sí a toda esta mentalidad): nosotros con la limosna que nos regalan hacemos lo que queremos. Y si usted envidia el pollo, es una porquería, como la suegra del cuento del mendocino: peor que el chorro. (El cuento se puede encontrar en youtube y es un paisano mío que llama a la radio para hablar de la inseguridad y cuenta cómo estaba haciendo un pollito a la parrilla cuando no viene que entra un chorro por la medianera y, pistola en mano, le dice: “Dame el poyio”. Él le responde: “el poyio no te lo doy ni m…” Y comienzan con un tira y afloje. Al final lo convence de que se siente a la mesa con su familia, como si fuera un conocido y coma con ellos. Todo parece encaminado pero no va que el chorro le pide “dame la pata muslo”, justo después que él le cortó una para su señora y tiene a la suegra esperando la otra. La suegra lo amenaza con que “Ud. sabe a nombre de quién está esta casa y lo que le  puede pasar si no me da la pata-muslo”. Entonces el tipo, acorralado, se pone a  “yorar y yorar..” tanto que el chorro se compadece y le dice: “dale la pata-muslo a la vieja y yo me como un choripan”. Con lo cual, concluye nuestro personaje que la inseguridad es real, que está y es un peligro, “pero peor es la porquería de la suegra”).

Hay que escuchar el rrelato en mendocino, pero lo cuento para concluir que “la falta de compasión es mala, pero ser envidiosos y criticar a los emprendedores, es peor: una porquería”. Porque con la misericordia compasiva se llega a cada uno en su ser más único y personal: no hay dos sufrimientos iguales, pero con la misericordia creativa se llega a muchos y los que saben contratar a otros para trabajar en la viña del Señor y saben hacer que todos se sientan incluidos y bien pagados como pares, realizan una misericordia expansiva que ayuda a la comunidad entera. Por eso el reino de Jesús es de los que son como este Empresario, que siempre está pensando en su viña, preocupado por contratar gente, por la cosecha y por que todos sean bien pagados. Y es también de la gente que se deja contratar, que trabaja contenta y sabe recibir su denario sin considerar menos a los demás ni criticar el estilo del Empresario.

 

Diego Fares sj

 

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Volver pagables las deudas

buitres

“Pedro se acercó entonces y le dijo:

– «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?»

Dícele Jesús:

– «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía:

– “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.”  Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía:

– “Paga lo que debes.”

Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba:

– “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.”

Pero él no quiso, sino que fue y le metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.  Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo:

– “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”

Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.

Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 21-35)

 

Contemplación

Esta parábola siento que la tengo que contemplar pensando en concreto en todo lo que el Señor me ha perdonado a mí y compararlo con algo que me está costando perdonar a alguno de mis hermanos.

Comienzo con el perdón del Señor. En mi sacerdocio, mi deuda es como la del primer deudor. No tendría con qué pagar todo lo que el Señor me confió y lo poco que lo he hecho rendir. Aunque visto de afuera quizás no muchos lo noten, es así. Los pobres a veces lo expresan. Cuando alguno queda fuera del Hogar me dicen: cómo puede ser que un sacerdote me niegue un plato de comida o una noche en El Hogar. Como la mayoría de las veces no se trata de quitar algo sino de no poder darlo porque se trata de un servicio colectivo, no es una injusticia. Pero de un sacerdote se espera más que lo justo y hay muchas cosas que uno puede hacer personalmente, no digo siendo un santo de altar sino rezando un poco más y dejando que aflore la compasión de Cristo que se nos regala para regalar. Como muchas veces he actuado con esa compasión y caridad y sé la alegría que se siente y cómo el Señor me bendice y bendice al otro en estas ocasiones, sé también la deuda impagable que tengo de todas las veces que no puse en práctica esta caridad. Es como si uno dejara una Eucaristía a medias o negara una absolución. Encarecer esta deuda impagable y sentir dolor por estos pecados no es para alimentar ninguna culpa auto-referencial ni para tirar una indirecta a otro. Es tomarme en serio la primera parte de la parábola y tener conciencia agradecida porque “se me ha perdonado mucho”.

 

Paso ahora a lo que me cuesta perdonar. A mí no me cuesta perdonar en la confesión, por supuesto. Aunque está bien decirlo como gracia, porque sé que hay algunos sacerdotes que son duros en la confesión y que por ahí preguntan mal o complican a la gente. Lo que a mí me cuesta es perdonar a mis pares. Pedro ayuda con su pregunta porque habla de “mi hermano”. No habla de “los paganos” o de los lejanos. Por eso, para mí, se trata de revisar mi deseo de perdón para con mis hermanos, y entre todos (la familia, los jesuitas, los del Hogar, en Regina, en Manos, en la facultad, en el barrio, en nuestro país) lo que más me cuesta es entre jesuitas…

 

Aquí me ayuda pensar un poco en cuáles eran las ofensas que preocupaban a Pedro. Identifico algunas:

Un tipo de ofensas de esas que “hieren entre hermanos” tiene que ver con la traición, el poder, el abandono y las borradas: “Dijo Jesús: Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!»  Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor” (Lc 22, 23-24). Tomo esta cita porque Lucas junta las dos peleas o altercados: la discusión acerca de quién traiciona y la de quién es el mayor (ambición). También hay que notar que la traición no es sólo vender a Jesús sino que habrá “abandono” y negación: el no poder velar con Jesús y las borradas de Pedro.”Todos me abandonaron”, se lamentará Pablo.

 

Otro tipo de ofensas tiene que ver con la sinceridad y los puntos de vista acerca de lo que hay que hacer. Los Hechos nos narran varias “peleas” entre los apóstoles y discípulos: que en general giran en torno al cumplimiento de la ley: “Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión (de la circuncisión) (Hc 15, 2).

Los diferentes puntos de vista en torno a la ley llevan a peleas por “faltas de sinceridad”: cuando Pedro come carne con los paganos y luego disimula ante los judíos, y Pablo se lo reprocha en una pasaje que vale la pena releer por la vehemencia de Pablo: Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos. Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: « Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar? » …Yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 11-20).

 

Estas ofensas son las que Pedro debía tener en mente cuando pregunta al Señor “cuántas veces debe perdonar y tolerar a su hermano”. Son pecados entre hermanos en la misión y la afectan. No son cosas menores ni estrictamente personales sino que hacen a lo comunitario: hermanos que no son sinceros y simulan, que ambicionan el reconocimiento que da el “ser mayor”, que quieren imponer sus puntos de vista con dureza, que se borran y traicionan.

Como vemos, son faltas muy íntimas, que se dan entre hermanos en la misión. Uno no se siente “traicionado” si el carnicero de la esquina se muda a otro barrio ni le hiere en el alma que un político no sea sincero.

 

Así, puedo identificar a quién siento que no me es sincero, quién siento que me traicionó o se borró, quién siento que pelea conmigo por ambición o por celos, a quién siento duro en sus puntos de vista sobre la tarea.

 

Aquí entra entonces la proporción en la que la parábola me sitúa (todo es cuestión de proporcionalidad). Recordemos que el talento era la mayor unidad de moneda del mundo antiguo (34,373 kg de oro o de plata) y 10.000 era el número más alto hasta el que se contaba. Estamos hablando de 343.730 kg de oro.

Un denario equivalía al salario diario de un obrero o un soldado. 100 denarios serían unos 436 gramos de plata y significaban unos 3 meses de sueldo. Es una buena suma pero se trata de una deuda pagable. La otra en cambio es imposible de pagar hasta para un país.

 

Ante el Señor que es mi Hermano y ante el Padre que es mi Rey, mis traiciones, abandonos, faltas de sinceridad y durezas, suman 10.000 talentos.

Y ante mí, perdonado, las de mis hermanos jesuitas pueden llegar a sumar unos 3 sueldos.

 

Esta es la matemática a la que mi invita el Señor cuando de la contabilidad de las ofensas se trata. Tengo que cotizar bien: lo mío ante el Señor se cotiza en oro. Lo de mis hermanos conmigo se cotiza en pesos.

 

Hace unos años reflexionábamos sobre algo que siempre sigue vigente: el concepto de “deuda pagable”. Perdonar es convertir una deuda en “pagable”. Ni dejarla impaga, con el consiguiente rencor e injusticia. Ni castigar al deudor de manera inmisericorde, como hace el de la parábola.

 

Puedo hacer el ejercicio de “arreglar mis cuentas” con los que considero que me han ofendido o que han ofendido a la Iglesia o a otros… e intentar imaginarme un escenario en el que hay que arreglar sí o sí. ¿Qué condiciones pondría, qué plazos, qué gestos de reparación hacen falta? Es algo “pagable”. Y recordar que a mí se me perdona siempre con sólo confesarme.

 

Entre nosotros, jesuitas argentinos, que supimos pelearnos fuerte en otras épocas, hace tiempo que iniciamos un camino para hacer las deudas “pagables”. Creo que este concepto ayudó (no sé si todos lo tienen explícito pero de hecho describe bien lo que sucede). Es lo mismo que pasa con la deuda externa: si se vuelve impagable pierde todo el mundo. Pagable es, me parece, el concepto que quiere instalar Jesús, para que legisle como ley suprema en todo conflicto entre hermanos: lo único impagable ya lo pagó él y, desde entonces, nuestro ingenio no debe estar más al servicio de ningún “estrangulamiento para que los otros me paguen lo que me deben” sino al servicio de estrategias para que, ya que toda deuda es pagable en esta vida, cómo hacer para que esto se logre más rápido y de la mejor manera. Dios no permita que ninguno de nosotros sea como un fondo buitre en la vida cotidiana de la Iglesia! Y que cuando alguno actúa así  –y rapiña- que el otro no se mimetice, como suele pasar.

 

 

Diego Fares sj

 

 

 

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El espacio donde está presente Jesús

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Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia.

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay un librito de Martini -¿Qué debemos hacer? Meditaciones sobre San Mateo– que es una joya. De este capítulo, sobre el “actitudes que hacen la Iglesia (y las que la boicotean), se pregunta: ¿Hay indicaciones en las palabras de Jesús para “hacer una comunidad según el evangelio” capaz de vivir la alegría de la fe en medio de un mundo hostil?”(pág. 86).

Y categoriza las actitudes de Mateo 18 como comportamientos prácticos que “hacen la Iglesia”.

La Iglesia, por un lado, “está hecha”, Jesús la fundó y está jerárquicamente organizada en torno al Papa y a los Obispos…, pero por otro lado, siempre “se está haciendo”: el Espíritu Santo la convoca incesantemente en torno a la Eucaristía, renace en cada bautismo, en cada casamiento…

 

Si lo miramos con el Papa Francisco podemos decir que “hacemos la Iglesia” –la comunidad de los convocados (ecclesia)- cada vez que nos “encontramos”, cada vez que gestamos esos encuentros en el Nombre de Jesús que se van haciendo cultura.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de hospitalidad se convierten en Hospederías.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de bondad se convierten en Casas de la Bondad.

Hacemos la Iglesia cuando nuestras oraciones se convierten en Encuentros de Oración y en Eucaristías y cuando nuestras correcciones fraternas se convierten en Encuentros de Formación, para aunar criterios de acción de modo que actuemos iluminados por el evangelio y no por nuestros criterios parciales.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra capacidad de diálogo se convierte en “espacios de diálogo”, ordenados en sus tiempos y de acuerdo a las necesidades de cada servicio.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra sencillez de corazón, que aquieta y pacifica nuestras ambiciones de poder y nuestra sed de reconocimiento, se convierte en obediencia alegre a las cabezas de la comunidad y en elegir el último, puesto sabiendo que en algún momento el dueño de casa nos hace “ir más arriba” y que “nos pagará según nuestras obras”, siempre todo para gloria de Dios y no nuestra.

 

En este marco grande me quisiera centrar hoy en ese “espacio de Jesús”, como dice Pagola, en el que Él “domina” o “reina”.

Es un espacio que Él necesita para “estar presente”.

Lo creamos “el Espíritu Santo y nosotros” cuando “dos o tres nos reunimos en su Nombre”, cuando dos amigos nos ponemos de acuerdo “para pedir algo al Padre”, cuando en  comunidad “nos jugamos” atando algunas cosas (aquí procedemos de este modo) y desatando otras.

 

Pensaba cuando definimos, sin ningún tipo de concesión, ni de agachadas o alianzas por miedo o conveniencia, que en El Hogar no se tolera ningún tipo de violencia: ni verbal, ni de gestos y maltratos ni mucho menos de agresiones físicas”.

Nos jugamos a que los que están en situación de pobreza tampoco quieren la violencia, ni siquiera la que ellos mismos ejercen cuando están alcoholizados, por ejemplo.

Apostamos a que todos juzgan que es injusto tolerar la violencia y no hacerle frente. Todo ser humano juzga que hay que hacer frente a la violencia: en paz y con cariño, pero con firmeza total.

Eso hizo que el Hogar se fuera pacificando de manera muy notable. Hizo que los episodios de agresividad, que cada tanto se dan –no solo entre comensales y huéspedes sino también entre colaboradores-, desentonen como desentonaría una discusión en una misa.

 

Una herramienta para crear y cuidar este “espacio de Jesús”, donde “Él domina, pacíficamente”, es la corrección fraterna. No dejamos pasar las cosas. A veces nos lleva tiempo y consideración, pero no “miramos para otro lado”. Aunque al que le toca ponerse el sayo, como se dice, patalee en el momento (y cuando es algo en lo que uno habitualmente cae, -en mi caso, suelo impacientarme y herir con ironías, por ejemplo-, patalee siempre). Después uno agradece las correcciones. Por eso tratamos, en el pequeño espacio que nos toca cuidar, que “no se generalice el maltrato y la agresión” como sucede en ámbitos más grandes.

El extremo intolerable a que ha llegado la humanidad son las muertes de inocentes, cuyo grado máximo estamos presenciando en las decapitaciones usadas como mensaje explícitamente verbalizado.

Pero no creamos que está tan lejos de nosotros. Me ha tocado escuchar en ámbitos de iglesia personas que utilizaban la expresión “hay que cortar cabezas” (y las cortaban, no física sino institucionalmente, por supuesto). Pronzato tiene aquel famoso artículo “Los cortadores de cabeza” (en: “La provocación de Dios, Sígueme, 1974), en las que señala “el olfato infalible” de los envidiosos, que “no se molestan por nulidades” sino que ponen el ojo (y el facón) allí donde los demás tienen alguna cualidad linda y buena para el bien común.

Puede venir bien, en estas épocas de decapitaciones públicas, recordar “La leyenda de los cortadores de cabeza”, para “en todo aborrecer “y expulsar este comportamiento, como dice Ignacio, sea donde sea que se de y en el mínimo grado en el que intente consolidarse como comportamiento aceptado socialmente.

 

“Había una vez un grupo esmirriado de individuos que observaban un comportamiento más bien extraño. Se reunían muchas veces y siempre con gusto, charlaban, silbaban, miraban en torno con aire de sospecha (se callaban inmediatamente si entraba uno ajeno), realizaban con cuidado cierto trabajo –siempre el mismo, cambiaba solamente el sujeto, pobrecito, que hacía de conejillo de indias involuntario- y después se separaban muy de prisa, no demasiado satisfechos, simplemente ansiosos por contar pronto con otra persona para “arreglarla” por las buenas.

Lo que les impulsaba a reunirse, con gesto de complicidad, en aquellos conciliábulos, era una enfermedad común en ellos: la alergia a la estatura de los demás. Extraño, pero era así, tal cual.

En definitiva, no podían soportar la grandeza de sus semejantes. Las dotes personales, las buenas cualidades, especialmente si eran un poco destacadas, les molestaban, a veces les enfurecían, se retorcían como locos. Consideraban, en efecto, el valor de una persona como una ofensa personal, un insulto a su pequeñez. Por eso… se habían especializado en ¡zas! cortar las cabezas de aquellos que les exasperaban tanto por su estatura. Y las cabezas sesgadas eran muchas, demasiadas, casi todas. Un botín alucinante, inverosímil.

Identificada esta singular tendencia de los hombrecitos, habían sido bautizados por quien les había sorprendido muchas veces en aquella operación, como “cortadores de cabezas”, y la denominación, acuñada, ha permanecido hasta el día de hoy. Pero ellos no se daban y no se dan cuenta. Al contrario, están convencidos de realizar un provechoso y obligado trabajo de reducción y, sobre todo, de información” (Cfr. Boletín de Espiritualidad 151, 1995, penúltimo publicado por el padre A. Rossi como Director del Boletín y Maestro de Novicios).

Pronzato continúa con “el trabajo de reclutamiento” de los cortadores de cabeza, su ley de “talla cero”, para reducir estaturas y que no se note su petisismo, la pérdida de la sonrisa de los que caen en sus telarañas de chismes (las murmuraciones que tanto critica Francisco como el mal de nuestras comunidades), etc.

Como esta secta jíbara renace cada vez que surge alguien “de talla”, es bueno ponerla en evidencia, no para cortarle la cabeza a ellos, ya que renacen duplicadas como las de la hidra mitológica, sino para invitarlos a “madurar” ya que es verdad lo que dice el dicho, que la envidia nos pone verdes, hace que se pudra el fruto sin haber madurado. No hay motivo para la envidia allí donde Jesús da abundantísimos dones a todos sus hijos, y tampoco hay motivo para cortar cabezas en el reino de Jesús, que no quiebra ni la caña partida y en el trigal del Padre donde ni siquiera se corta la cizaña sino que se cuida el trigo.

La verdad es que no pensaba ir por este lado de los cortadores de cabeza sino por el lado de los que se reúnen en Nombre de Jesús y gestan ese espacio –esa cultura- del encuentro. Pero salió la anti-imagen, la de los que se reúnen a chusmear y gestan el espacio de las cabezas empaladas. Poner las cosas en este contraste terrible, es necesario. Porque si no lo de la cultura del encuentro suena a torta de bizcochuelo y crema chantilly. Hay una cultura de cortar cabezas que está activa en el mundo y si no gestamos la cultura del encuentro a todo nivel y de manera urgente, le estamos haciendo el juego a la otra. La guerra se libra en todos los ámbitos y nosotros, en nuestras pequeñas comunidades, cuando nos damos cuenta de que con nuestra lengua le estamos cortando la cabeza a alguien, tenemos que corregirnos inmediatamente. Cuando Francisco insiste tanto en no “chiacchierar”, en no cotorrear, criticar, murmurar, participar en habladurías…, algunos lo escuchan como si fueran consejos de abuelo para viejas de parroquia. Y es algo mucho más serio. Justamente, los cortadores de cabeza utilizan variados métodos: el brutal de los militantes de ISIS, el silencioso, de todas las operaciones encubiertas de las que ni nos enteramos y otro popular, que se practica casi como un deporte en oficinas, reuniones sociales y encuentros de a dos o tres,  y que se minimiza como un “sacar un poquito el cuero”.

En tiempos de paz y bonanza, puede ser algo inofensivo. En épocas de exclusión y de violencia, todo lo que no une, es criminal, porque los más pobres e indefensos nos necesitan unidos con un solo corazón, sin el menor resquicio de envidia o de resentimiento entre nosotros. Con menos que eso, no le servimos a los pobres, por más que demos limosna o trabajemos en obras de caridad. El que no recapitula en Cristo, decapita.

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